Kitabı oku: «E-Pack Bianca y deseo agosto 2020»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

E-pack Bianca y Deseo, n.º 207 - agosto 2020

I.S.B.N.: 978-84-1348-776-2

Índice

Portada

Créditos

Pasión en el mar

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Un amor robado

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

Capítulo Trece

Epílogo

Si te ha gustado este libro…


Capítulo 1

EL ENTRÓ en el restaurante por la puerta principal. La joven mochilera entró corriendo desde el callejón de la parte de atrás. Se encontraron en medio del bar.

Más exactamente, ella chocó con él.

–¡Perdón! ¡Perdón! –exclamó, cuando se apartó con un grito.

–No es necesario que se disculpe –contestó él.

Miró detenidamente a la recién llegada. Ojos brillantes, barbilla firme y un rostro manchado con el polvo del viaje. Era una cara interesante, llena de personalidad y bastante atractiva. A él le quedó una impresión de curvas suaves contra su cuerpo musculoso. Miró sus ojos del color de un océano esmeralda en un día tranquilo de verano, que es lo que debería haber sido aquel. Pero ¿acaso había algo que fuera tan sencillo como parecía?

–Me muero por un vaso de agua –comentó ella, a nadie en particular. Se volvió a mirarlo sin disimulo–. ¿Nos conocemos?

–Creo que no.

–¿Está seguro?

Él se tocó la barba de veinticuatro horas.

–Segurísimo.

Ella siguió mirándolo atentamente, como si el rostro de él le sonara de algo, pero su cerebro se negara a suministrarle la información requerida.

Eso le permitió a él inhalar el olor a flores silvestres de ella y apreciar sus dulces labios, fruncidos en un gesto pensativo. Aunque, cuando notó la terquedad de la barbilla y vio que entrecerraba los ojos de un modo que indicaba que estaba buscando su rostro en algún motor de búsqueda interna, decidió que «dulce» no era la palabra que usaría para describirla

–Estoy segura de que lo conozco de algo –insistió, con el ceño fruncido–. Todavía no sé de qué, pero lo recordaré –le advirtió, con una sonrisa que le iluminó la cara–. Usted está tan fuera de lugar aquí como yo y, sin embargo, parece muy relajado.

–Muy bien, Sherlock Holmes. ¿Algo más?

–Es evidente que está habituado a comer en restaurantes más pijos que yo.

Impertérrita ante el silencio de él, se volvió a mirar a su alrededor. Y lanzó un respingo.

–Estoy atónita. Creo que he entrado en el mundo de Oz. ¿La gente bebe botellas Mágnum de champán a mediodía?

–Eso parece.

Ella arrugó la nariz, divertida, y él noto que tenía pecas allí. Había entrado por el callejón situado detrás del restaurante y había aterrizado en Babilonia, donde se hablaba de vinos vintage con voz queda, como si fueran la respuesta a todos los problemas del mundo, mientras los camareros servían exquisiteces a una clientela a la que, en su mayor parte, le daba igual lo que comiera, siempre que fuera lo bastante caro para presumir de ello. Estaban en un templo al exceso de lo que era probablemente el puerto deportivo más estiloso del planeta. Él suponía que los empleados habían dejado la entrada de atrás abierta para facilitar la llegada ininterrumpida de suministros, pues ningún lugar del mundo podía esperar almacenar comida y bebida suficiente para satisfacer los apetitos de los superricos.

–Necesito agua y trabajo, y en ese orden –anunció la joven. Lo miró, buscando en él la solución–. ¿Sabe de algo? –ladeó la cabeza y lo observó con interés descarado. Sus ojos de color esmeralda expresaban inteligencia y tenía una boca hecha para besar–. Quizá pueda encontrar trabajo en alguno de esos barcos enormes del puerto deportivo.

Esperó, y al ver que él no contestaba, confesó:

–Me he quedado sin dinero. Este viaje ha durado más de lo que espera. Hay mucho que ver y muy poco tiempo para verlo todo.

–¿Tiene una fecha límite? –preguntó él.

–No exactamente –contestó ella–, pero antes o después tendré que volver al trabajo, ¿no? No puedo pasarme la vida de acá para allá. Aunque me gustaría –en sus ojos apareció una mirada de anhelo–. En algún momento tendré que dejar de viajar y probar otra vez la vida real.

–¿Otra vez? –preguntó él.

–¡Ah!, usted ya me entiende –repuso ella, con un movimiento descuidado de la muñeca.

–No estoy seguro. ¿Ha viajado mucho?

–Salí de Londres.

–¿Dónde vive y trabaja?

Ella no contestó. Miraba el puerto deportivo.

–Adoro el sur de Francia. ¿Usted no? –preguntó.

Como intento de cambiar de tema, aquel era bastante torpe.

–La Riviera es uno de los muchos lugares que me gusta visitar –repuso él.

Ella captó de inmediato su aparente falta de interés.

–¿Uno de muchos? –preguntó–. ¿No le parece fabulosa y espectacular? ¿No se siente mucho más vivo cuando está aquí? –el rostro de ella se iluminó y toda la tensión que él había detectado en ella, desapareció de pronto–. Música, comida, calor, cielos azules y sol. El modo en que la gente endereza los hombros y habla claramente en lugar de murmurar. Aquí la gente anda y habla con confianza y optimismo, en lugar de caminar encogidos dentro de gabardinas bajo una lluvia fría y un cielo gris.

–Esa es una buena defensa –admitió él, esforzándose por salir de su humor pesimista–. ¿Es usted abogada?

–No, pero a menudo he pensado que sería útil tener habilidades legales.

–¿En qué sentido?

–¡Oh, ya sabe! –contestó ella, vagamente.

–Si no es abogada, ¿es escritora? Es usted muy descriptiva.

Ella se echó a reír y apartó la vista.

–¿Por qué no pide trabajo aquí? –sugirió él.

Ella pasó una mano por su ropa arrugada.

–Con esta pinta, no me contratarían. Y además, quiero alejarme todo lo que pueda. Mi preferencia sería viajar por mar.

–¿Tiene que alejarse por algún motivo?

–¿Por qué lo pregunta?

–Solo sigo el hilo de lo que ha dicho.

–O sea que yo no soy la única detective. Será mejor que tenga cuidado con lo que digo.

–Será mejor –asintió él.

Ambos se miraron como intentando calarse mutuamente.

Ella era joven, atractiva, inteligente y animosa, una distracción bienvenida en un día difícil.

–Adivino que no trabajas aquí –comentó ella, después de mirarlo de arriba abajo y tuteándolo–. Unos pantalones cortos rotos y una camiseta sin mangas no me sugieren que busques trabajo de camarero.

–¿Yo? –él se echó a reír–. No. Creo que no me confiarían ni el fregadero.

–¿Para transportar las cazuelas, quizá? –musitó ella–. Tienes músculos de sobra.

–¿Entonces estoy contratado? –bromeó él, enarcando una ceja.

–Ya te gustaría –repuso ella.

Se echó a reír y en su mejilla apareció un hoyuelo.

–¿Y cómo es que te han dejado entrar? –preguntó ella.

–He entrado sin dudar, igual que tú. Si lo haces con confianza, nadie te para.

–Pero ¿no puedes ayudarme con lo del trabajo?

–Lo siento. Temo que no.

–¿Temes? –preguntó ella–. Hace menos de cinco minutos que te conozco, pero es suficiente para saber que no temes a nada.

Él habría estado de acuerdo con eso en otro tiempo, pero después de que la roca sobre la que había construido su vida se derrumbara y cayera en pedazos, ya no estaba tan seguro.

–¿Quizá seas el tipo de hombre con el que yo no debería hablar?

–Y, sin embargo, aquí estamos –él se apoyó en la pared lateral del bar y extendió las manos.

–No por mucho tiempo –respondió ella–. Solo necesito un vaso de agua y me largo de aquí. Apuesto a que el barman puede verte por encima de las cabezas de los demás –comentó, mirando a la gente del bar–. A tu lado, todos los demás parecen enanos. Se separarán como las aguas del Mar Rojo cuando te vean moverte. A mí no me verían aunque me ponga a saltar.

–Me halagas.

–¿De verdad? –preguntó ella, abriendo mucho los ojos–. No es intencionado, te lo aseguro.

–Está bien. Espera aquí.

–No iré a ninguna parte sin antes beber agua –le aseguró ella.

La chica lo divertía, y había vencido su reserva solo con una frase atrevida y una sonrisa atrayente. Los pechos, grandes y respingones, no la perjudicaban. Como tampoco el trasero firme, que tan bien realzaba el pantalón corto ceñido. Era muy fácil imaginar sus esbeltas piernas alrededor de la cintura de él, aunque terminaran en unas botas desgastadas que debían de ser las más feas que había visto en su vida. Mientras esperaba en la barra, se giró a mirarla. El rostro de ella trasmitía una concentración confusa y él adivinó que seguía tecleando furiosamente en su ordenador mental intentando saber de qué lo conocía.

A pesar de su aire de trotamundos, era hermosa. Manchada por el polvo del camino y sin nada de maquillaje. Su pelo, en particular, era abundante, de una magnificencia fiera. Su tono cobrizo recordaba un atardecer en el mar. Lo llevaba sujeto atrás descuidadamente con horquillas y parecía pedir a gritos que lo dejaran libre para que él pudiera deslizar los dedos entre los lustrosos rizos, echarle atrás la cabeza y besarle toda la longitud del cuello. Pero no era solo su belleza lo que le llamaba la atención. Ella tenía carácter, espíritu, lo que, en el mundo de aduladores que estaba a punto de habitar, suponía un cambio bienvenido.

Él tenía poco tiempo. Pronto regresaría al principado de Madlena para ocupar el trono después de la muerte de su hermano. La responsabilidad que eso entrañaba lo asfixiaba cada día un poco más. Aquel era su último viaje en su yate, el Black Diamond, antes de dejar de ser libre. Lo último que necesitaba era una complicación en forma de una joven descarada con una serie interminable de preguntas. Sin duda el sexo aliviaría sus tensiones, pero su elección habitual sería una mujer más mayor y experimentada que sabía lo que hacía, no una chica ingenua que recorría Europa de mochilera.

–¡Agua! ¡Por fin! –exclamó ella con aire teatral cuando él le pasó el vaso.

Cuando ella lo tomó, sus cuerpos se rozaron, lo que provocó un estallido del que ella pareció no darse cuenta, mientras que la entrepierna de él se tensó hasta el punto del dolor.

–Gracias –musitó ella, con una exhalación agradecida, tras beberse el contenido del vaso.

–¿Necesitas más? –adivino él.

–Me has leído el pensamiento. Pero no te preocupes, ya lo hago yo –le aseguró ella.

–Adelante –la invitó él, apartándose.

Cuando se había apretado contra él, había tenido una pista sobre el cuerpo de ella bajo aquella ropa gastada. Su adorada nonna, la princesa Aurelia, habría dicho que aquella joven estaba «bien hecha». Aunque era pequeña, como la abuela de él, al menos una cabeza más bajita que todos los demás del bar, lo que indicaba que sus repetidos intentos por llamar la atención del barman eran un estrepitoso fracaso.

–Está bien –admitió ella al fin–. Parece que no tengo más remedio que volver a pedirte el favor. Consíguemelo –dijo–. Yo animaré desde el lateral del campo, todo lo que sea posible con una garganta que parece papel de lija.

Su voz era inconfundiblemente británica, y su boca extremadamente sexy. Un arco de Cupido casi perfecto, que, cuando se elevaba en las comisuras, hacía aparecer hoyuelos en las mejillas.

–Date prisa –suplicó, sujetándose la garganta como si fuera la protagonista de una obra de teatro de su barrio–. ¿No ves que estoy desesperada?

–Deberías trabajar en el teatro –comentó él con sequedad.

–Sí, limpiándolo –asintió ella.

Que ella le hiciera reír, en un día en el que la risa había parecido imposible, mostraba que no era precisamente un muermo de mujer. Allí, en aquel reducto de ricos y famosos, donde las etiquetas no solo contaban sino que eran obligatorias, y donde nadie osaría aparecer dos veces con la misma ropa de diseño, ella estaba tan tranquila como una princesa, y mucho más divertida, al menos comparada con los miembros del consejo real de él. También podía crear muchos más problemas, o eso pensó cuando volvía de la barra. La había visto fruncir los labios con desaprobación al ver que lo servían antes que a los demás.

–No te he pedido que te saltaras la cola –lo regañó con una sonrisa.

–No lo he hecho. El barman es muy eficiente.

–Está bien. Pues gracias. Me has hecho un gran favor.

–Te he traído dos vasos de agua –señaló él, devolviéndola a la tierra–. Tampoco es como para que te arrodilles a mis pies.

–No tendrás esa suerte –le aseguró ella–. Por otra parte, a veces solo se necesita un vaso de agua. ¿Conoces a todo el mundo aquí? –preguntó, cuando terminó de beber.

–No. ¿Por qué?

–Porque todos te miran.

–A lo mejor te miran a ti –musitó él. Se volvió y todos apartaron la vista. La sofisticada clientela fingía no haberlo visto.

–Mmm –musitó ella, pensativa–. No lo creo –terminó el segundo vaso en un tiempo récord–. Estoy muy fuera de mi ambiente. Pero –añadió con un suspiro de alivio cuando dejó el vaso vacío en una mesa– ahora me tienes a mí para protegerte.

–¿Eso es una broma? –preguntó él.

–Tómalo como quieras –repuso ella–. Pero mi sugerencia es que no les hagas caso.

Él sospechaba que el pelo rojo era un buen indicador de temperamento fuerte, y adivinó que ella podía ser un pequeño terrier si la ponían a prueba.

–Bueno –añadió ella, casi sin detenerse a respirar–. ¿Me vas a decir quién eres? Me refiero a aparte de ser el único de aquí tan mal vestido como yo.

No se podía negar que ambos parecían completamente indiferentes a la etiqueta. Como mínimo, se esperaba que los clientes se sacudieran la arena del cuerpo antes de sentarse a comer, pero ¿quién cuestionaba a la realeza? Y ella estaba con él.

–Mi nombre es Luca –dijo él–. ¿Y el tuyo?

–Antes de llegar a eso –ella sonrió con picardía–, quiero saber cómo has conseguido que no te echen de aquí cuando tienes pinta de acabar de salir del mar.

–Eso es exactamente lo que he hecho.

–Está bien. En ese caso, yo creo que es porque, aunque unieran sus fuerzas los empleados y los de seguridad, no podrían contigo.

–¿Más cumplidos? –preguntó él con sequedad.

Ella apretó los labios y sonrió.

–Disculpa. Pero todavía no me has dicho cómo lo has conseguido.

–¿No puede ser que les caiga bien y hagan una excepción conmigo?

–Sí, y a lo mejor los cerdos pueden volar –replicó ella–. El maître parece un sargento mayor y no creo que se le escape mucha gente. O eres un hombre respetado o temido. ¿Cuál de las dos, Luca?

«Probablemente un poco de cada», pensó él.

–He estado aquí antes –admitió.

–¿Eres tripulante de uno de esos bloques de oficinas flotantes?

Luca siguió la mirada de ella hasta la hilera de superyates relucientes atracados en el muelle y negó con la cabeza.

–No eres tripulante –reflexionó ella–. Y todo el mundo parece conocerte, o sea que, o eres el cerebro criminal de la zona o un millonario fabulosamente rico disfrazado de pobre.

Él enarcó una ceja.

–Imagino que podría interpretar cualquiera de esos papeles.

–Seguro que sí –asintió ella–. Pero no conmigo.

–¿Se te ha ocurrido pensar que puede que te miren a ti?

–¿A mí? –resopló ella–. No encajo aquí. Aparte de algunas miradas de desaprobación al entrar, nadie me ha vuelto a mirar.

–Tu fabuloso pelo puede provocar comentarios.

–¡Vaya, gracias! Muy amable.

–¿Te he hecho un cumplido sin querer? –se burló él.

Ella sonrió un poco y prosiguió con el interrogatorio.

–Definitivamente, no es a mí a quien miran. Ahora que he saciado la sed, ya no parezco desesperada y no hay nada que sugiera que mi presencia aquí tiene algo de misterioso, o que busco refugio en este templo del exceso de acero y cristal.

«¿Refugio?»

–¿Huyes de algo? –preguntó él.

En lugar de responder, ella se salió por la tangente.

–El problema con Saint-Tropez es que engaña mucho. No había estado aquí nunca y, al llegar, me costaba creer que la ciudad retuviera el encanto del pueblo de pescadores original. ¡Hay tanta abundancia de megayates y coches caros! Pero las dos cosas coexisten bien. Burguesía francesa y riqueza ostentosa.

–¿No te gusta?

–Claro que sí. El contraste es lo que hace que Saint-Tropez resulte tan especial y divertido. Pero no cambies de tema. Estamos hablando de ti.

–¿Yo he cambiado de tema?

Ella se encogió de hombros.

–¡Venga, dime! ¿Eres un famoso o un fugitivo?

–Ninguna de las dos cosas. A lo mejor es que me escondo, igual que tú.

–¡Yo no me escondo! –exclamó ella.

La intensidad de su defensa reforzó en él la creencia de que eso era exactamente lo que hacía.

–Tú no puedes pasar desapercibido con ese aspecto –comentó ella–. Solo digo la verdad –añadió cuando él enarcó las cejas con un gesto irónico.

Algunas mujeres sonreían con afectación cuando lo veían. Aquella lo miraba entrecerrando los ojos, como si fuera un espécimen interesante en un laboratorio.

–El nombre de Luca no es mucha pista –comentó.

–¿Tienes que ponerle nombre a todas las personas que conoces? –preguntó él.

–Claro que no, pero tengo la sensación de que a ti te conozco –musitó ella. Frunció el ceño–. Pero olvidemos eso por el momento. Viajo sola por Europa, así que será mejor que tenga cuidado con quién hablo. Creo que es hora de que siga mi camino.

–Como quieras, pero si te preocupa tu seguridad, ¿por qué te pones a hablar con un desconocido?

–Tú pareces una persona de fiar y no me asustas.

–Eso es evidente –asintió él. Le costaba reprimir una sonrisa.

¿Dónde había estado ella los últimos meses, cuando la imagen de él aparecía en toda la prensa? La tragedia de la pérdida de su hermano mayor había resonado por todo el globo. Sus padres habían muerto en un accidente de avión y a él lo habían criado, primero su abuela, y después Pietro, y este último había muerto en trágicas circunstancias. La historia de dos hermanos separados cruelmente por el destino, con la fascinación añadida de una gran fortuna y del linaje real, había llegado a oídos de todos.

Quizá la había despistado verlo fuera de contexto. No se parecía mucho al hombre solemne de uniforme que aparecía en la prensa. Esas fotografías mostraban a un individuo de rostro sombrío y triste, de pie en un desfile, aceptando el vasallaje de las tropas que le eran leales. Ese individuo no se relajaba, sino que permanecía firme, soportando lo insoportable, que era aceptar que jamás volvería a ver a su querido hermano mayor. Las personas que lo conocían en Saint-Tropez solo pensaban que era un aristócrata millonario con un megayate que valía la pena mencionar. El Black Diamond, de tres mástiles, estaba anclado un poco alejado de la costa. Su versión moderna del diseño tradicional suscitaba comentarios, aunque no demasiados, pues en Saint-Tropez estaban habituados a los multimillonarios y los aristócratas.

El yate era su orgullo y su alegría, y un modo de escapar de un mundo hambriento de noticias. Lo había comprado unos años atrás, con los beneficios de una empresa de tecnología que había montado en su dormitorio cuando era adolescente. Se había corrido la noticia de que el Príncipe Pirata, como le gustaba llamarlo a la gente, debido a las velas negras y el casco oscuro como la noche de su yate, disfrutaba de una última ronda de libertad antes de embarcarse en una vida de prudencia majestuosa.

–Puesto que no me tienes miedo, creo que es hora de que nos presentemos como es debido –dijo a la chica.

–Será un honor –bromeó ella, llevándose la palma de la mano a sus magníficos pechos–. Mi nombre es Samia. Samia Smith.

–Exótico –comentó él.

–¿El nombre o yo?

–¿Y si digo que los dos?

–Diría que me quieres hacer la pelota, y no me parece que tú seas así.

El nombre le iba perfectamente. Samia era una suma de contradicciones. Animosa y decidida, pero con sombras detrás de sus ojos sonrientes.

–Samia –murmuró él. Probó el nombre en su lengua y descubrió que fluía como miel cálida y dulce, como imaginaba que sabría ella–. Encantado de conocerte, Samia Smith.

–Lo mismo digo –repuso ella, cuando se estrecharon la mano.

Lo miró pensativa y él se preguntó si lo habría reconocido y, en caso de que sí, si eso cambiaría su actitud hacia él.

Probablemente no.

Capítulo 2

LA MANO de Samia parecía muy pequeña en el puño grande de él. Su apretón era fuerte y su piel suave y delicada, como si no trabajara con las manos. Luca notó que no tenía prisa por retirar la mano. Lo miraba directamente a los ojos, dando la impresión de que era una mujer que no inclinaría la cabeza ante ningún hombre. Aunque aquellas ojeras indicaban un suceso de su pasado que la había empujado a viajar en busca de algo distinto. A esa impresión contribuía también que había una marca en su dedo anular. Una línea de piel pálida donde antes había habido un anillo.

Luca se vio obligado a agarrarla por los hombros para apartarla de la hilera de camareros que salían de la cocina y lo sorprendió el chispazo de calor que le subió por el brazo. Notó que Samia inhalaba con fuerza. Se miraron a los ojos y algo cambió entre ellos. Ya no eran dos desconocidos que se habían encontrado en un bar, eran un hombre y una mujer reducidos a su estado más primitivo. A ella le latía con rapidez el pulso en el cuello y tenía los ojos casi negros, con solo un borde de color esmeralda alrededor de las pupilas, que se habían vuelto enormes de pronto. Algunos asistentes se habían percatado de aquel bombazo y lo comentaban en susurros, así que él la hizo retroceder hacia las sombras, donde podrían hablar sin ser observados.

–¿No quieres que te vean conmigo? –lo retó ella con una carcajada.

–No quiero que ninguno de los dos obstruyamos el paso a los camareros –repuso él.

Por supuesto, había otra razón. Cualquiera que tuviera un teléfono móvil podía ser un paparazzi en potencia y las fotos del Príncipe Pirata se vendían caras. Y mucho más si el hombre en cuestión parecía estar a punto de embarcarse en una aventura más. Eso no era lo que él quería que vieran sus compatriotas. Ya había bastante jaleo en el principado y seguramente muchos temían el día en el que el hermano demonio del príncipe Pietro volviera a casa a ocupar el trono.

–¿Qué te trae por Saint-Tropez? –preguntó a Samia.

En algunos momentos, parecía que le pesara algo más que la mochila.

–El nombre de Saint-Tropez es mágico, gracias a la actriz Brigitte Bardot, que solo tenía dieciocho años cuando se casó con el peligrosamente atractivo Roger Vadim en los años cincuenta. Eso fue antes de que yo naciera, pero todo el mundo conoce su historia y cómo llevaron el glamour a un pequeño pueblo de pescadores del sur de Francia. ¿Quién podría resistirse a esa historia?

–Yo –respondió él–. Veo este sitio por lo que es. Una ciudad exitosa llena de gente.

–Eres un realista –confirmó ella.

–Y tú una romántica, por lo visto.

–¿Qué tiene eso de malo?

–Tu pareja glamurosa se divorció menos de cinco años después de haberse casado.

–No lo estropees –lo regañó ella–. ¿Por qué no piensas mejor en la felicidad que compartieron?

–Porque, como tú has dicho, soy realista –contestó él. Pero le gustaba la compañía de esa mujer–. ¿Tu vida romántica nunca patina?

–¿Podemos no salirnos del tema, por favor? –preguntó ella.

Su expresión había cambiado. Estaba pálida y sus ojos habían perdido la mirada de ensueño. Parecía casi asustada.

–¿He dicho algo malo? –preguntó él.

–No. Me he dado cuenta de que tengo hambre además de sed.

Él no la creyó, pero hacía unos minutos que se conocían y era muy pronto para confesiones sinceras.

–¿Cuánto tiempo llevabas planeando este viaje? –preguntó.

–Fue una decisión repentina –admitió ella.

–Todos necesitamos un cambio de vez en cuando –asintió él.

–Me gusta ir adonde me lleve el viento.

Luca tampoco se creía eso. Todo el mundo tenía algún plan. Vio que ella miraba la puerta por la que había entrado y se preguntó si huiría de algo o de alguien, y si la marca del anillo tenía algo que ver con eso. Aunque lo ocultaba bien, estaba nerviosa. Detrás de la personalidad interesante de Samia había una historia y él quería conocerla.

–¿Tú siempre planificas todo lo que vas a hacer? –preguntó ella–. En ese caso, ¿por qué me voy a creer que has entrado en este bar sin una buena razón?

Si él le decía que había ido allí a encontrarse con el hombre que había adoptado al hijo de su hermano, ¿lo creería? Tanto la mujer que había usado su hermano como vientre de alquiler como el esposo de ella solo querían que Luca supiera que el hijo de su difundo hermano estaba sano y salvo y era querido, y que jamás reclamarían el trono de Madlena.

¿Y por qué iban a hacerlo?, había preguntado Maria, la madre del niño. ¿Quién en su sano juicio iba a querer ser de la realeza?

Luca estaba de acuerdo con ella. Conocía demasiado bien las limitaciones que eso impondría al niño.

Maria había decidido no seguir adelante con la maternidad de alquiler y se lo había dicho a Pietro antes de su muerte. Su esposo estaba de acuerdo con ella. El hijo era suyo y no necesitaba parientes de la realeza. Lo que más le había dolido a Luca era que Pietro no le hubiera dicho que anhelaba una familia, y se culpaba a sí mismo por haber estado fuera cuando su hermano superaba ese disgusto. Lo único que podía hacer ya por Pietro era guardar su secreto. La gente de Madlena necesitaba seguridad, no un trastorno más.

–He venido a arreglar un asunto de familia –dijo.

–Creo que eres un romántico disimulado –observó ella–. La familia lo es todo. O debería serlo.

Había una nota de anhelo en su voz.

–Para mí lo es –confirmó él, más curioso que nunca por conocer la historia de ella.

–¿Estás lejos de casa? Por tu acento diría que no eres francés.

–He venido navegando –le recordó él–. Podría venir de cualquier parte. Pero supongo que mi voz y mi nombre cuentan su propia historia.

–Es más bien el tono de tu voz –musitó ella, con los ojos medio cerrados–. Melaza oscura con toques roncos de bajo.

Él soltó una carcajada.

–No sé de qué me hablas.

Ella lo miró.

–Me parece que a ti te interesa contestar preguntas tan poco como a mí.

–Puede ser –respondió él, mirándola a los ojos.

El hecho de que siguieran hablando era ya un milagro en sí mismo. Desde la muerte de Pietro, él no tenía paciencia con nadie ni con nada. Descubrir que su hermano deseaba tanto una familia y sin embargo no se lo había dicho, lo había afectado mucho. ¿Cómo podía haber estado tan absorto en sí mismo que no se había dado cuenta de lo que le pasaba a su hermano? Tenía mucho que aprender si no quería fallarle a su país como le había fallado a Pietro.

–¿Adónde irás cuando salgas de aquí? –preguntó ella–. ¿Vas a volver a casa?

«Casa» para él eran el yate o una litera en unos barracones. Un palacio suntuoso con criados sirviéndole en todo momento era su última opción. La vida de su hermano había sido esa, pero Luca había entrado en las fuerzas especiales de Madlena, donde creía que podía ser más útil a su gente. Nunca había pensado que su separación de Pietro sería tan definitiva, ni que los recuerdos compartidos se verían teñidos por el dolor de saber que le había fallado a su hermano.

–Pareces triste y enfadado –comentó Samia con el ceño fruncido–. ¿Es culpa mía? ¿He dicho algo que te ha molestado?

–No estoy triste.

–Me alegra oírlo. Ser italiano solo puede ser motivo de celebración.

Él dudaba entre marcharse y poner fin a aquel encuentro, o quedarse y permitir que Samia lo distrajera de los recuerdos de su hermano, que amenazaban con astillarle la mente. Después de que su abuela enviudara y se fuera a vivir su vida, Pietro lo había criado y cuidado, ¿y dónde estaba él cuando su hermano lo necesitaba?

–Toda esa pasta deliciosa…

–¿Qué? –preguntó él, con voz dura.

La intrusión de Samia en su pena lo había sobresaltado. ¿Pasta? De todas las cosas que ella podía haber nombrado de Italia, el arte, la música, la arquitectura y los hermosos paisajes, su mente había ido directa a un plato de comida. Luca resopló y movió la cabeza.

–Seguro que tienes tanta hambre como yo –insinuó ella.

–¿Tú tienes hambre?

–¿Tú qué crees? –bromeó Samia–. Pero no tengo dinero suficiente y es imposible que nos den de comer aquí, aunque pudiera pagarlo. No hay ni una mesa libre.

Luca no le llevó la contraria, aunque solo tenía que levantar una mano para que les prepararan una mesa en el acto.

–¿Hamburguesa? –sugirió ella.

Él siguió su mirada hasta el paseo marítimo, donde había un puesto de hamburguesas a la sombra.

Un mensaje en el teléfono lo distrajo un momento. Era de uno de sus asesores en Madlena. Le comunicaba que llevarían al yate una de las cajas rojas diseñadas para contener documentos relacionados con asuntos de Estado importantes.

Contestó al mensaje.

«Quiero que investiguéis algo más. A una persona. Solo los puntos clave».

A continuación escribió el nombre de Samia.

–¿Has terminado? –preguntó ella con una mirada de desaprobación, cuando él se guardó el teléfono en el bolsillo.

–Mi mundo nunca duerme –contestó él.

–¡Pobrecito! –exclamó ella. Se volvió hacia la salida.

–Creía que tenías hambre. ¿No vienes conmigo? –preguntó él.

Ella se encogió de hombros.

–No te conozco de nada. Quizá debería largarme –comentó.

–Solo puedes decidirlo tú. ¿Tienes hambre o no?

–Sí, pero…

–Pero ¿qué? –preguntó él, impaciente.

–Si voy contigo, tienes que aceptar esto.

Luca miró el billete de diez euros que ella le ponía en la mano.

–Sé lo que cuestan las cosas en esta ciudad –insistió ella–. Es un lugar genial para enterarte de lo que ocurre, pero no para comer fuera.

–Tú no eres periodista, ¿verdad?

Ella se echó a reír.

–¿Por qué? ¿Tienes algo que ocultar?

–¿Y tú?

Ella lo miró de soslayo.

–Ahora los dos sentimos curiosidad –repuso ella con una sonrisa.

En los oídos de él resonaron campanadas de alarma. Estaban tan cerca, que captaba sin problemas el olor a flores silvestres de Samia y el calor de su cuerpo.

–No sé cómo puedes estar tan serio –musitó ella–. A mí me resulta imposible no sonreír en Saint-Tropez.

«Pero con marcadas ojeras», pensó él.

–Hace sol y el cielo es azul brillante. ¿Qué puede no gustarte de esto? –preguntó ella.

–¿Una mujer que no deja de hacer preguntas? –sugirió él.

Ella rio y se colgó la mochila que había dejado en el suelo. Echaron a andar entre las mesas.

–Sospecho que para ti navegar no es solo un trabajo –comentó ella.

Él miró al exterior, donde la bahía de Saint-Tropez brillaba tranquila al sol, como un disco azul brillante con puntos plateados, en el calor tembloroso de la tarde.

–No –contestó, recordando las largas noches silenciosas en el mar, bajo un cielo azul-negro cuajado de estrellas, y los locos días de viento en que los delfines saltaban delante de la proa–. Navegar para mí no es solo un trabajo.

–No me extraña que te miren todos –comentó ella cuando llegaron a la salida–. Se mueren de envidia, y yo también. ¡Qué maravilla trabajar a bordo de un yate! ¿El tuyo está aquí? ¿Podemos ir a verlo cuando hayamos comido algo?

–Está atracado más adentro en el agua.

–¡Oh! –ella parecía decepcionada–. ¿Cuál es? –se puso la mano en los ojos a modo de visera y siguió la mirada de él–. ¿Es broma? ¿Trabajas en el Black Diamond? Todos en la ciudad hablan de él. ¿No es uno de los yates más grandes que hay en el mar?

El más grande.

–Leí un artículo sobre él. Si pudieras conseguirme un trabajo a bordo, sería un sueño hecho realidad.

–Puedo intentarlo –contestó él.

No era mala idea. Una distracción como ella era justo lo que necesitaba antes de volver a su casa a cumplir con su deber.

–Estoy impresionada –admitió ella–. Todos los demás son inmaculadamente blancos y tú navegas en el invento del diablo.

–Es negro –asintió él.

–Y gigantesco.

–Más grande de lo normal –musitó Luca con sequedad.

–Me alegro de que no trabajes en uno de esos edificios flotantes de cinco pisos. Encajas perfectamente en el negro. Tienes pinta de pirata. Solo te faltan un pendiente de aro y un loro en el hombro.

«Empieza el juego», pensó él cuando ambos se miraron y se echaron a reír.

Capítulo 3

SAMIA frunció el ceño.

–¿Cómo has llegado desde el barco hasta la orilla? –preguntó.

Luca se encogió de hombros.

–Nadando desde la cubierta.

Ella frunció todavía más el ceño.

–Eso explica la fina capa de arena en tu piel.

–Eres una gran detective.

–Solo curiosa –confesó ella–. Pero ¿esa cubierta no es demasiado alta para que tú saltes al mar sin peligro?

–Hay una cubierta más baja a estribor, donde guardamos las motos de agua y las lanchas con motor.

–¿«Guardamos»? –repitió ella–. ¿El dueño sabe que te apoderas de sus posesiones? Tengo la sensación de que debería saber quién es el dueño. Estoy segura de que he leído en alguna parte que es un multimillonario de una empresa tecnológica relacionado con la realeza y con fama de mujeriego –lo miró con aire apreciativo–. O sea que eres miembro de la tripulación de un yate fabuloso, y quizá incluso puedas conseguirme trabajo a bordo –comentó con una sonrisa embaucadora.

Luca frunció un poco los labios. El gesto podría haber sido una sonrisa si sus ojos no hubieran sido tan calculadores. Ella conocía esa sensación. Le dolían los músculos de intentar mantener una expresión animosa, pero no tenía más remedio. ¿Quién iba a querer contratar a una mujer con pinta de atormentada?

–Por favor, dile a tu jefe que haré lo que sea –dijo–. Dentro de un orden –añadió enseguida–. Si puedes organizarme una entrevista con el encargado o la encargada de contratar personal, no te defraudaré.

Sintió un gran alivio al ver que Luca asentía. Impulsivamente, se puso de puntillas y le besó la barbilla. Cuando vio la expresión de los ojos de él, supo que no había sido una buena decisión. No solo jugaba con fuego, sino que se arrojaba directamente en las llamas. Debería proteger su corazón, no entregárselo al primer hombre que ofrecía hacer algo por ella.

El primer impulso de él fue besarla a su vez. Porque el beso de Samia había sido una sorpresa y una maravilla. Su cuerpo era suave y cálido y olía muy bien. Quería besarla hasta que desaparecieran las sombras bajo sus ojos. Su alocado sentido del humor lo animaba, y la desesperación que detectaba detrás de su alegría lo intrigaba.

–Mi prioridad sigue siendo encontrar un trabajo –le dijo ella bruscamente, probablemente por si él empezaba a tener ideas románticas.

–Te saldrá mejor la entrevista si no te ruge el estómago –observó él.

–En ese caso, tienes mi permiso para darme de comer.

¿Y después? Tal vez se uniera a él a bordo del yate. En ese caso, sería una buena distracción. El mundo había juzgado que Pietro era un heredero más que digno del trono de Madlena, mientras que él, Luca, era el chico malo, el adolescente rebelde. Una figura oscura y misteriosa que llevaba a cabo misiones peligrosas, tenía pinta de pirata, navegaba como un pirata y, de hacer caso a la prensa rosa, pasaba de una mujer a otra como un pirata. Le quedaba mucho por hacer si quería convencer a su gente de que no era tan demonio como Pietro santo.

Samia y él salieron por la puerta.

–¡Quieto! –exclamó ella, cuando él se ofreció a llevarle la mochila–. Dentro están todas mis pertenencias. Una cosa –añadió, cuando se acercaba el portero–. Solo aceptaré un trabajo que sea legal y respetable.

–Pues claro. ¿Por quién me tomas?

–Todavía no lo sé –contestó ella con sinceridad.

El portero uniformado reconoció a Luca y abrió más la puerta.

–Príncipe –dijo, con una inclinación de cabeza–. Es un gran honor.

«¿Príncipe?». Samia respiró con fuerza. «¿Qué?».

Miró a Luca aturdida y solo le llevó un momento colocar las piezas en su sitio.

–Te conozco. Claro que sí. No trabajas en el Black Diamond. Eres su dueño. Tú eres Luca Fortebracci, heredero al trono de Madlena desde que tu hermano… –Samia se detuvo al ver la cara de él–. Perdona. Lo siento mucho. He sido una torpe. Debes de pensar que soy muy insensible.

–¿Y por qué iba a pensar eso? –preguntó Luca con frialdad–. ¿Crees que lo que tienes que hacer es darme el pésame? ¿Acaso me conoces? ¿Conocías a mi hermano?

En unos segundos, el hombre sexy y relajado que Samia había conocido en un bar se había convertido en un príncipe frío y distante.

–Lo siento mucho –repitió–. Si prefieres que no vaya contigo, me marcho.

Luca la tomó del brazo y ella entendió que tenía prisa y comprendió por qué. Por las fotografías. Había varias personas captando el momento a escondidas con sus móviles.

–Vamos –dijo Luca–. Alejémonos de aquí cuanto antes.

Samia sabía lo que era ser el foco de atención de todo el mundo, y aunque en su caso el escándalo había pasado pronto, olvidado en cuanto había surgido otro, para la realeza era algo interminable.

–Comprendo tu necesidad de discreción –dijo–. Y entiendo que todo tiene que ser tranquilo y ordenado en un yate, pero, por favor, me gustaría que me consideraras para un trabajo. Necesito algo pronto y prometo que trabajaré duro. Los dos nos hemos relajado probablemente más de lo que era nuestra intención en la última hora, pero creo que ambos sabemos que se terminó el recreo.

Luca se detuvo en la acera. Entrecerró los ojos y la miró fijamente, como si buscara llegar a la verdad. A continuación, como si hubiera alcanzado ya una decisión, hizo un gesto con la barbilla, indicando que era hora de moverse.

¿Qué debía hacer ella? ¿Quedarse donde estaba o ir con él? Miró un momento detrás de sí y optó por seguirlo.

Samia había tocado un punto débil al mencionar la muerte de su hermano, pero Luca sabía que ella no era responsable de su culpabilidad. Si quería tenerla a bordo, tenía que relajarse. A favor de ella estaba el hecho de que, después de descubrir que era príncipe, y de probablemente conocer su reputación, no parecía que hubiera cambiado su opinión sobre él y, desde luego, ella era un cambio agradable comparada con las princesas bobas y las famosas malcriadas que conocía.

–¡Eh! ¡Cuidado! –exclamó él cuando ella estuvo a punto de ponerse delante de un autobús–. Entiendo que te hayas llevado una sorpresa, pero no es necesario que te suicides.

Ella lo miró, sopesándolo, y se echó a reír.

–¡Vaya! Por un momento he creído que te había perdido. Bienvenido de vuelta.

Él soltó algo que parecía una carcajada, mirando el rostro en forma de corazón de ella.

–¿Seguro que esto es lo bastante bueno para ti? –preguntó Samia, cuando llegaron al puesto de hamburguesas.

–Si tenemos en cuenta que con la boca llena de comida, no podrás hacer comentarios insolentes, yo diría que es la elección perfecta.

Un brillo rebelde iluminó los ojos de ella. Luca pidió una hamburguesa y, un rato después, observaba a Samia lamerse los dedos manchados de salsa roja.

–¿Qué es lo que crees saber de mí? –preguntó él.

–Muy poco –admitió ella–. Solo lo que he leído en la prensa.

–Antes has dicho que llevabas un tiempo fuera de la circulación. ¿Eso es por este viaje? –preguntó él.

Samia asintió con la cabeza.

–Esperaba una respuesta más amplia –admitió él.

Ella apretó los labios y no contestó, pero sus ojos mostraban claramente que no la atraía el tema.

A Luca le gustaba que le hiciera frente, pero también se recordó que no conocía a aquella mujer ni el daño que podía hacerle.

–¿Quieres compartir? –preguntó ella, tendiéndole el panecillo grasiento.

Él pensó en la cocina del yate, donde su chef, que poseía una estrella Michelin, estaría preparando algo para tentarlo.

–Gracias, pero voy a pasar –dijo.

–¿No está a la altura de tu estatus principesco?

Él la miró y pensó en el indescriptible menú que comía en el ejército.

–Tengo buen apetito y necesito algo más que un bocado de carne para saciarlo –contestó.

Ella se sonrojó, pero le aseguró que procuraría recordarlo si conseguía un trabajo en su cocina.

«O en mi cama», pensó él.

–Cuando te hayas instalado, valoraré lo que puedes hacer –comentó.

–¿Instalado? –preguntó ella. Lo miró con el ceño fruncido–. Qué crees que llevo en esta mochila? Esto no es la Tardis. Apenas me cabe una muda de ropa. Por cierto, ¿tendré que llevar uniforme?

La mente de él se llenó de imágenes.

–No inmediatamente –contestó.

Admitió para sí que ella lo relajaba, le hacía sentirse más ligero. Y eso era bueno para él y bueno para su gente. Las bromas de ella le divertían y su ingenio rápido lo mantenía alerta. O le molestaba muchísimo cuando estuvieran a bordo, en cuyo caso la bajaría en el primer puerto, o la llevaría a su cama.

–¿Vamos a navegar directamente a Madlena? –preguntó ella.

–No lo he decidido todavía –repuso él cuando se acercaban a su muelle privado.

–¿No vas a subir al trono en un par de semanas?

Luca suspiró. No necesitaba que le recordaran que le faltaba tan poco para perder la libertad.

–¿Y qué tiene que ver eso contigo? –preguntó.

–¡Tranquilo! –exclamó ella–. Solo quiero saber cuál es la agenda para hacerme una idea de lo que me espera.

Luca pensó que su agenda quizá tuviera que sufrir cambios radicales si quería encajar en ella un interludio de placer antes de que lo reclamara el deber.

–Puede que tomemos un desvío –comentó, delante del cordón de seguridad de la entrada al muelle.

La dinastía Fortebracci tendría que esperar un poco más hasta que su próximo príncipe pactara una alianza con alguna princesa aburrida. Lo atraía más pasar tiempo con una mujer que no se achicaba ante él.

Capítulo 4

A SAMIA le daba vueltas la cabeza. ¿Qué había hecho? ¿Adónde iba? ¿Con quién iba?

¿Luca era un príncipe?

La cabeza le daba vueltas y el corazón le latía con fuerza. Intentaba actuar con normalidad, como si aquello no le importara, pero le importaba. Le importaba por su seguridad. Y le importaba por su corazón. Pues Luca, definitivamente, provocaba una reacción en ella. Le resultaba imposible estar cerca de él sin sentir algo. ¿Y qué diría él cuando se enterara de cómo se ganaba ella la vida? Pero necesitaba aquel trabajo. Y además, su olfato le decía que allí había una historia. ¿Cómo era posible que dos hermanos que habían estado tan unidos hubieran terminado, uno calificado como un santo y el otro como un pecador? No tenía duda de que Luca era un hombre complejo. Pero ¿era tan malo como lo pintaban?

–¿Tienes dudas? –adivinó él, cuando los guardias de la verja lo saludaron y después se apartaron respetuosamente–. Todavía puedes cambiar de idea.

–Estoy bien –repuso ella.

Lo que descubriera sobre Luca, se lo guardaría para sí. Publicar detalles de su vida privada sería indiscreto y deshonesto. Su corazón estaba a salvo porque él no lo quería, y, como no tenía intención de acostarse con él, Luca nunca descubriría que era tan mala en la cama como decía su ex.

–Nada serio, espero –musitó, al ver que Luca fruncía el ceño después de leer un mensaje en el teléfono.

Él tarareó y no contestó, pero su expresión anunciaba tormenta e hizo que ella se preguntara si no había sido demasiado impulsiva al acceder a aquel viaje.

Una vez a bordo, se iría aclarando con sus pensamientos. A pesar de su fachada animosa, seguía sufriendo los efectos de vivir con un matón. Y sí, había tenido miedo de él, de su poder y de sus influencias. El divorcio no los había separado, como ella esperaba, sino que lo había vuelto más vengativo. Una vez a bordo, estaría a salvo de él, al menos durante la duración del viaje. Aprendería cómo vivían los superricos y quizá escribiría algún día de ello en términos generales. No tenía por qué mencionar específicamente a Luca.

–¿Aquí es donde esperamos el transporte hasta el yate? –preguntó.

Miró maravillada la zona de espera, atendida por empleados uniformados, que servían canapés y champán.

–¿No te gusta? –bromeó él.

Ella tembló. El escalofrío se debía a Luca. Solo tenía que mirarla para que su cuerpo anhelara la excitación perdida. Huir del pasado era la luz al final del túnel, y ella estaba deseando llegar allí, desesperada por avanzar hacia un futuro mejor.

–Un vaso de agua con gas estaría muy bien –comentó.

Estaría mejor todavía mantener la cabeza despejada.

Luca también rehusó el champán porque dijo que navegaría más tarde.

Una punzada de decepción le recordó a Samia que una empleada nueva en su yate no iba a ser algo prioritario en la agenda del príncipe. Luca paseaba como un tigre que tuviera una espina en la pata. Los dos estaban impacientes por subir a bordo, pero por razones distintas. Ella también quería seguir conociéndolo, pero él volvía a la actividad que amaba, y a su estilo de vida privilegiado. «Madura». «Sé realista», pensó ella. Si tenía suerte, conseguiría el trabajo prometido y lo vería de pasada de vez en cuando.

Pero no podía evitarlo. Nunca podía. Su madre solía decir que había nacido haciendo preguntas.

–Entonces… ¿a Madlena? –quiso saber.

–Contestaré preguntas cuando estemos a bordo –repuso él.

Su tono era tenso, como para desalentar cualquier conversación futura. Ella no podía culparlo. Era un príncipe.

Un príncipe de luto.

Tenía un yate.

Y pronto estaría menos libre para navegar.

Ella, como mucho, sería un miembro de su tripulación.

«Pero aun así, podría ayudarlo», pensó.

¿Y cómo se suponía que iba a hacer eso?

«Encontraré un modo», decidió.

–Y cuando estemos a bordo, tú no harás preguntas –declaró él.

Samia echó la cabeza atrás, sorprendida, y entonces recordó que había sido acosado por la prensa y debía de estar harto de preguntas. Después de la muerte de su hermano, la opinión de la prensa había estado muy en contra de que el Príncipe Pirata subiera al trono del príncipe Pietro, que jamás había hecho nada que no fuera correcto. Hasta ella tenía que admitir que se necesitaría algo especial para restaurar su reputación. ¿Podría ayudarlo con eso? Casi con certeza, no. Cualquier influencia que ella pudiera haber tenido con los medios de comunicación, la había perdido el día que había aceptado casarse con el propietario del periódico en el que escribía ella. Este había usado todas las amenazas imaginables para que ella cambiara sus palabras por las de él, y después del suicidio de su madre, cuando Samia pensaba que ya no podía haber nada peor, la amenaza de arruinarle la vida a su padre había demostrado que se equivocaba. Ella habría hecho lo que fuera con tal de ahorrarle más dolor a su padre, y lo hizo.

–Tendrás que quitarte esas botas cuando estemos a bordo –comentó Luca.

–Claro que sí –respondió ella.

Lo habría besado por darle algo tan simple en lo que pensar. Había dejado de pasear y estaba lo bastante cerca para tocarlo. Sus manos casi se rozaban y a Samia le cosquilleaba la suya, y también el muslo más próximo al de él. Luca era tan abrumadoramente viril, que el cuerpo de ella no podía ignorarlo. El poder que exudaba era muy distinto al del ex de Samia, pero este había sido un matón, mientras que Luca daba opciones. El sexo con su ex había sido violento y rápido, lo que había hecho que Samia odiara hacerlo, mientras que Luca, a pesar de su virilidad incontrolada, le provocaba el anhelo de ser acariciada con habilidad y ternura.

Pensó con nerviosismo que quizá todavía hubiera esperanza para ella, pues Luca había notado su interés y la miraba con intensidad. «No te hagas ilusiones», se dijo, recordándose que se disponía a entrar en un mundo desconocido con un hombre que era prácticamente un extraño.

–Al fin –anunció él, cuando una lancha negra brillante se colocó al lado del muelle.

A Samia nunca la había atraído tanto correr un riesgo. Estaba ilusionada. ¿Y por qué no? Una nómada sin dinero, sin trabajo, sin casa, y con un pasado lúgubre que amenazaba con tragársela, iba de camino al yate de un multimillonario.

Mientras Luca ayudaba a sus hombres con las sogas, ella aprovechó la oportunidad para investigar un poco en su teléfono móvil. Lo que descubrió del príncipe Luca Fortebracci solo sirvió para que quisiera saber más. El Príncipe Pirata tenía bastante historia. En lo relativo a las mujeres, parecía ser un amante generoso, pero nunca había tenido una relación duradera. Empresario casi por accidente, había iniciado un negocio global en su dormitorio cuando era adolescente. Independientemente de lo que dijera la prensa, o de lo que pensara él, en Madlena lo consideraban un héroe nacional. ¿Por qué, entonces, lo ponía tan tenso ir allí? A pesar de su riqueza y de su éxito, parecía una persona solitaria, aparte de la adorada abuela de la que hablaba a menudo en la prensa.

–¿Lista? –preguntó él.

Samia pensó que iba a dejar su mundo para entrar en el del príncipe, y tenía que estar preparada para lo que pudiera surgir.

«No anticipes acontecimientos», le advirtió su vocecita interior. «Con un poco de suerte, conseguirás un empleo en el Black Diamond, donde Luca será tu jefe y estará tan por encima de ti, que quizá no vuelvas a verlo. Esta es tu oportunidad de escapar de la sombra de tu ex y de planear el resto de tu vida. Y eso es todo lo que es».

Y, con suerte, de descubrir algo más sobre Luca, aunque solo fuera para satisfacer su curiosidad. Y además, todo lo que no fuera una simple relación de trabajo conllevaría muchas complicaciones.

«¿Y no has tenido ya bastante de hombres poderosos?», pensó.

Cuando se volvió a echar un último vistazo a la orilla, vio cosas tranquilizadoras. Niños jugando, familias tomando bebidas… Y ella iba a dejar todo eso atrás.

–Si cambias de idea cuando estés a bordo, pondré un bote a tu disposición –dijo él.

¿Le leía el pensamiento? Seguramente su ansiedad resultaba evidente.

–Tendrás WiFi –le dijo él, cuando aseguraban ya una rampa entre el muelle y la lancha–. Si te quedas sin cobertura, tenemos teléfonos por satélite. ¿Quieres llamar ahora a tus padres y decirles adónde vas?

–Mi madre está muerta –ella se llevó una mano a la boca–. Perdona. Pensarás que soy una desconsiderada por contestar así.

–¿Por qué voy a pensar eso? Siento mucho tu pérdida –contestó él, con el ceño fruncido.

–Y yo la tuya –musitó ella.

El rostro de Luca volvía a ser inexpresivo. Los dos habían vivido una tragedia y los dos se esforzaban por mostrar cierta semblanza de normalidad en vidas que de pronto tenían muy poco sentido. La prensa había contado muy poco de la muerte del príncipe Pietro, más allá de describirla como «un accidente raro», lo cual bastaba para suscitar la curiosidad de cualquier periodista de investigación, incluso de una que ya no ejercía.

–¿Cómo murió tu madre?

La sorpresa de la pregunta la devolvió al presente con un sobresalto, y decidió ser igual de directa.

–Se quitó la vida –dijo.

Por no afrontar la vergüenza de ver a su esposo ante un juez. La sensación de culpabilidad que invadió a Samia le era ya familiar. ¿Podía haber hecho más por salvar a su madre? Y en ese momento se le ocurrió otra idea. ¿Luchaba Luca con un demonio parecido?

–Los dos tenemos motivos para sufrir –observó él con voz tensa.

–Y para seguir adelante –contestó ella.

Todos los días renovaba su determinación de volver al trabajo que amaba. Su caída había sido espectacular. Un día alababan su columna por su valiente información sobre elementos criminales, y al día siguiente, su columna había cambiado de un modo inexplicable. Ya no mostraba los dos puntos de vista de un argumento, sino solo uno, el de su ex, y sus lectores la habían abandonado en masa. Cuando ella había amenazado con hacer público lo que ocurría, él le había prometido que no volvería a trabajar nunca, y después del divorcio, había jurado perseguirla hasta los confines de la Tierra. Por eso había salido de Londres solo con lo puesto y con las viejas botas de senderismo de su madre, para que la ayudaran a no despegar los pies del suelo. Si quería tener una oportunidad de recuperarse, necesitaba alejarse del mal.

–¡Agárrate! ¡Siéntate! –le dijo Luca cuando entraron en la lancha.

Aunque ella no supiera muchas cosas de él, seguía siendo una presencia reconfortante. El navegante mantuvo el límite de velocidad hasta que dejaron atrás a la policía del puerto y entonces aceleró y la proa se elevó en el aire.

Chocaron con una ola. Samia gritó y cayó sobre Luca, quien la sujetó con firmeza. El contacto con él resultaba eléctrico. Su cuerpo era cálido y fuerte como una roca. Sus manos estaban encallecidas por la navegación, pero eso era otro punto a su favor. Estaba harta de que la tocaran manos que no habían trabajado en su vida. Casándose con su ex, en lugar de salvar a su padre, lo había empeorado todo al darle a su marido más motivos para amenazarla y acosarla. Cuando pensaba en ese error, lo achacaba a su pena por la muerte de su madre. Su padre estaba vulnerable y con muchas deudas y ella había tenido que hacer algo para salvarlo. Su ex había prometido lograr que no fuera a la cárcel, pero no lo había cumplido. Su padre seguía en la cárcel.

Notó que Luca parecía pensativo después de leer otro mensaje en el teléfono. ¿Problemas? ¿Podría ayudarlo ella? No lo conocía lo suficiente para preguntarle. ¿Y por qué le importaba eso? ¿Era posible que ya sintiera algo por él? ¿Había olvidado que se había prometido proteger su corazón?

«Disfruta el momento y no pienses en lo que pueda ocurrir ni en el pasado», le aconsejó su vocecita interior.

Samia volvió el rostro al sol y sonrió. La lancha rugía y ella tenía la sensación de ir volando por el mar con un hombre fuerte a la espalda. Así no era difícil mostrarse optimista.

–¡Esto es genial! –gritó. Empezaba a entender la pasión de Luca por la navegación. El cielo azul y el mar plateado resultaban espectaculares–. Nunca podré agradecerte lo suficiente que me des esta oportunidad.

–Tendrás que trabajar duro –le advirtió él.

–Estoy preparada –contestó ella.

Quizá debería preguntar qué tipo de trabajos había disponibles, pero ¿por qué estropear el momento cuando se sentía llena de vida por primera vez en siglos? Luca le había recordado lo que era hablar con alguien inteligente y ofrecer opiniones sin que se burlaran de ellas.

Casi como si le leyera el pensamiento, él le tomó la mano y miró la marca dejada por el anillo de boda.

Ella apartó la mano y lo miró a los ojos.

–Supongo que te preguntas por qué estoy aquí. Yo también –admitió.

–Estás huyendo –dijo él.

–Quizá huyamos los dos –replicó ella. Y notó que él no lo negaba.

–¿Por qué te deprimes? –preguntó Luca.

A veces la belleza de una persona se veía alterada por una autoestima demasiado alta, pero, en el caso de Samia, no era así. Parte de su pelo cobrizo había escapado de su recogido descuidado y la exposición al sol y al viento del mar le habían puesto color en el rostro y aumentado las pecas en la nariz. Era una mujer adorable y debería estar llena de confianza en sí misma.

–No me deprimo, pero tú eres un príncipe y un multimillonario y yo no soy nadie –repuso ella–. ¿Por qué te has interesado por mi situación?

–¿Nadie? ¿Eso te lo decía tu ex? –él movió la cabeza con desprecio–. Todo el mundo es alguien y merece la misma consideración.

–En un mundo ideal, tal vez –asintió Samia, con una risita–. Pero no todo el mundo es alguien como tú.

–Si lo dices por la riqueza y los títulos, un accidente de nacimiento no me hace ser mejor que los demás. El dinero… Depende de lo que hagas con él, pero no garantiza la felicidad. Ni ayuda a soportar los momentos difíciles.

–Lo siento –ella, comprensiva, le tocó el brazo–. Casi no te conozco, pero tu pérdida es tan intensa, que se trasmite.

Él ignoró el comentario. ¿Qué iba a ganar confiándose a una desconocida? Nada.

–Perdona –añadió ella, con rapidez–. No quiero entrometerme, pero si puedo ayudar de algún modo…

–No puedes.

Cuando la lancha se detuvo a la sombra del yate, Samia alzó la vista hacia la entrada grande que había en un lado del casco. Luca cruzó el espacio entre la oscilante lancha y el yate, mucho más estable, de una zancada, y esperó en el otro lado para ayudarla. Su mano firme en la cintura de ella trasmitía confianza y seguridad. Luca no la asustaba como su ex, y era un alivio descubrir que todavía podía sentirse atraída por un hombre y que, para ella al menos, el maltrato no había espantado del todo a la Madre Naturaleza.

–Bienvenida a bordo –dijo él, cuando ella saltó a través del hueco–. Espero que la experiencia valga la pena.

–Estoy segura de que sí –contestó ella, impaciente por descubrir las cosas nuevas de a bordo y conocer a la tripulación.

Esta la recibió mejor de lo que esperaba. Estrechó las manos de todos y decidió que le iba a gustar estar allí, con o sin Luca. «Aunque con él sería mejor», pensó cuando este le tocó el brazo para que siguieran avanzando.

Capítulo 5

EL EMAIL que había leído Luca en la lancha era del excelente equipo que trabajaba para él. Por el momento, le bastaba con la información que tenía de Samia Smith. Como esperaba, las respuestas a sus preguntas eran bien recibidas:

«Una esposa contribuiría mucho a calmar las tensiones en Madlena después de la muerte del príncipe Pietro.

La noticia del matrimonio del príncipe Luca silenciaría a los detractores y probaría que sus intenciones hacia Madlena son serias y a largo plazo.

La llegada con una esposa, seguida de una bendición formal en la catedral, para disfrute de todos, recibiría una aprobación unánime».

Bien. Su intención era que vieran que el Príncipe Pirata estaba decidido a cambiar. En algún momento del futuro, cuando se hubiera restaurado por completo la confianza en su reinado, su esposa podía irse discretamente con su bendición y su agradecimiento, además de con una buena pensión vitalicia. Los niños, si los hubiera, se quedarían con él. No repetiría el error de su hermano.

«La magia de una boda real nunca falla».

Un pensamiento cínico, sí, pero no privaría a los ciudadanos de Madlena de la confianza que tanto necesitaban. Su vida ya no le pertenecía a él, sino a su pueblo, que solo lo conocía por su carrera en el ejército y los escabrosos rumores de la prensa. La confianza llevaba tiempo, pero una esposa inteligente y animosa podía ser un buen comienzo.

Leyó por encima el resto del email. En un adjunto había una agenda detallada de la ceremonia y un currículum breve de la mujer a la que había pedido investigar.

«Si Su Alteza Serenísima tiene oportunidad de revisar las biografías y fotografías de las distintas princesas apropiadas que hemos incluido también y nos comunica su decisión, moveremos el tema con rapidez y podemos llevar a la elegida al yate para que la conozca de inmediato».

Luca reprimió una sonrisa. La solución a los problemas de Madlena estaba en sus manos, no en un documento adjunto con una lista de princesas «apropiadas».

Mientras Samia miraba a su alrededor, contestó al mensaje.

«Nada de princesas. Ya tengo a alguien en mente».

¿Por qué perder el tiempo con candidatas desconocidas cuando tenía a una perfecta justo delante?

«¿Y si he salido de la sartén para caer en el fuego?», pensó Samia, mirando a su alrededor.

Nunca había estado en ningún sitio que se pareciera a la cubierta del Black Diamond. Era un lugar enorme, reluciente y de tecnología punta.

Pero nadie había mencionado todavía un trabajo, ni siquiera una entrevista.

«Espero que no te hayas metido en otro lío».

Necesitaba seguridades, y decidió hablar con él antes de que desapareciera en algún lugar del barco.

Luca daba instrucciones a varios miembros de la tripulación.

–Disculpen la interrupción –dijo ella con amabilidad–, pero me gustaría saber si alguien puede presentarme al sobrecargo.

La tripulación se dispersó a una señal de Luca.

–O a la persona que entreviste a los candidatos para un trabajo, por favor –añadió ella.

–Ya estás contratada –respondió él.

–¿En qué puesto?

–Chica para todo. Para lo que te pidan que hagas.

–Necesito algo más específico.

–Ahora no –declaró él con firmeza.

–¿Cuándo? –preguntó ella, suavizando la pregunta con una sonrisa.

–Después de cenar –sugirió él–. ¿Por qué sigues temblando? –preguntó, con el ceño fruncido.

Era el efecto Luca, pero ella no estaba dispuesta a decírselo.

–La brisa es más fría –se disculpó–. ¿Es hora de que baje a dormir en la bodega?

–Esto es un yate –le recordó él–, no uno de esos «bloques de oficinas flotantes» de los que hablabas.

–Y es precioso –añadió ella.

Él enarcó las cejas en una especie de aviso de que no jugara con fuego. Samia no vio ningún peligro en eso. Dudaba de que estuviera a bordo el tiempo suficiente para quemarse las manos.

Ella estaba extrañamente silenciosa, lo cual lo desconcertaba. No solía invitar a mujeres a su yate cuando acababa de conocerlas. El mensaje de su equipo había afianzado su creencia de que una mezcla de instinto y lujuria podía proporcionar una solución temporal a un problema. Su siguiente tarea era convencerla de que se casara con él.

Repasó mentalmente una lista de las ventajas que obtendría ella: joyas de valor, asientos de primera fila en todos los eventos de prestigio, aviones privados, yates, palacios y casas por todo el mundo. Aduladores a mansalva…

La miró divertido. Era difícil no sentirse cautivado por el entusiasmo de ella durante su gira por el yate. Si a ella le gustaba algo, o no le gustaba, no temía decirlo.

–Imagino que aquí trabajaron equipos de estilistas durante meses –dijo, cuando atravesaban el gran salón.

–Aquí hay años de planificación –reveló él, divertido al ver que caminaba a su lado descalza.

–Resulta un poco soso –confesó ella, cuando unas puertas de cristal se abrieron ante su llegada.

–¿Soso? –preguntó él, algo sorprendido.

–Tanto blanco y gris resulta un poco anticuado, ¿no te parece? Me gusta un toque de color.

–¿A bordo de mi yate negro? –sugirió él, divertido.

–¿Por qué no?

Luca no se había fijado mucho en la decoración, pero verla a través de los ojos de ella le daba un nuevo enfoque.

–¿Tu primera impresión? –quiso saber.

–El Black Diamond es el juguete de un multimillonario.

–Es un yate serio, no un juguete.

–Tú me has preguntado.

Y ella había contestado sin ambages.

–¿Por qué no me haces un informe? –preguntó él con cinismo.

–Si eso es lo que quieres… –comentó ella.

Lo había tomado en serio, y él no se decidía a burlarse de aquella mujer tan directa.

–¿Por qué no? –preguntó. ¿Qué daño podía hacer?

–He pasado mucho tiempo callándome –explicó ella–. No pienso volver a cometer ese error. Digo lo que veo, y si quieres que lo escriba, lo haré encantada.

–Trato hecho –asintió él.

–¿No me ibas a enseñar el lugar donde voy a dormir? –preguntó ella–. Porque te aseguro que no seré capaz de encontrarlo sola –declaró–. Todo esto para un hombre –musitó, admirada, cuando siguieron andando.

–Y una mujer muy directa –añadió él, con una mirada de soslayo.

Tuvo la satisfacción de oírle un respingo cuando abrió una puerta que daba a la entrada forrada de paneles de madera de la suite que había elegido para ella.

–Esto ya está mejor –declaró Samia–. Nada de soso. No puedo imaginar nada más hermoso.

–Diseño de mi hermano –explicó él, con voz tensa. Todavía le costaba hablar de Pietro y aquella suite había sido la idea de su hermano para los invitados a bordo del yate.

Allí todo era llamativo y ostentoso. Había alfombras con colores intensos y tapices intrincados en la pared, encima de una cama con dosel que casi resultaba ridícula en el mar. Solo se habían utilizado tejidos exclusivos y coloridos en la tapicería, y para vestir las ventanas había sedas, raso, terciopelo y gasa, con esta última flotando perezosamente por la brisa marina que entraba desde el ventanal. La madera pulida y el bronce complementaban esos adornos y cuadros de barcos históricos y de hombres guapos en distintos tipos de uniformes completaban la decoración.

–Tu hermano tenía muy buen gusto –comentó Samia, pasando las yemas de los dedos por el brazo de un sillón tapizado con un lujoso terciopelo.

–Le gustaban la historia y el diseño. Podría haber tenido un gran futuro por delante, si no hubiera sido un príncipe.

–Pero ¿ser príncipe no es un gran futuro?

–Para Pietro no –respondió él, con dolor–. Pietro habría preferido una vida tranquila fuera de los focos. Le gustaba diseñar escenarios –recordó, pensando en los conciertos que le gustaba montar en la infancia–. Lo único que anhelaba mi hermano era una vida tranquila, pero no pudo ser.

Volvió a la realidad y echó un vistazo a la suite. Era tan grande e impresionante como pensaba Samia, aunque, en opinión de él, la decoración era más propia de un museo que de un yate de tecnología punta diseñado por él. Pero a los hermanos siempre les había gustado hacer cosas juntos y Luca había querido que Pietro participara en aquello.

–¿Estás bien? –preguntó Samia.

–Mi hermano nunca fue muy marinero –contestó él–. Pero el diseño era su pasión.

–Y lo hacía muy bien –comentó ella–. Con muy buen gusto.

–Era un hombre maravilloso.

–Y tú lo querías. Y estoy segura de que era recíproco.

¿De dónde había salido aquella mujer que el destino había puesto en su camino? Luca pensó en invitadas anteriores, que llegaban con maletas llenas de ropa, solo para descubrir después que no era apropiada para el yate y encargar, a expensas de él, prendas a París, Roma o Milán, que llegaban a puertos por los que iban a pasar. Gran parte de esa ropa colgaba todavía en el vestidor de Samia.

–Hay una piscina a bordo –dijo él–. Dos, de hecho. Puedes usarlas.

–¿Hay una para la tripulación?

–Hay dos piscinas que tú puedes usar.

–Fantástico, pero no tengo bañador.

–Encontrarás algunos en el vestidor que nunca se han usado. Utiliza lo que quieras. Alguno habrá que te sirva.

–No sé si nadaré.

–Los trajes son nuevos –explicó él–. No te dejes llevar por el orgullo. Si te sirve algo del vestidor, considéralo un pago por adelantado por el trabajo que decida que vas a hacer.

–Prefiero cobrar en dinero, si no te importa. No llevo muy bien aceptar limosna.

–Ya lo sé –repuso él, recordando los diez dólares que había insistido ella en darle por el agua y la hamburguesa–. ¿Y si te pago también un sueldo?

Ella se encogió de hombros con una sonrisa.

–Podemos llegar a un acuerdo –musitó.

Cuando Samia sonreía, se volvía irresistible.

–Me harás un favor si usas la ropa del vestidor –comentó él–. En este momento para mí solo representa dinero tirado a la basura.

–¿Puedo usar cualquier cosa que encuentre? –preguntó ella–. ¿Eso puede hacerlo toda la tripulación?

Luca se limitó a mirarla con sorna.

–Eres muy generoso –añadió ella–. De niña siempre me gustaba disfrazarme, aunque solía hacerlo con un mantel y cosas que encontraba en el armario de mi madre.

Él se volvió hacia la puerta.

–Siento haberte retenido –comentó ella.

–No lo has hecho o no estaría aquí –respondió él con franqueza.

En la caja roja de su despacho había un informe completo sobre ella que le había enviado su equipo y estaba deseando leerlo y conocerla un poco más.

–¿Dónde están tus aposentos? –preguntó ella, antes de que él saliera.

–Un poco más allá. Si necesitas algo…

–No –contestó ella. De pronto sentía la boca seca–. ¿Seguro que me voy a quedar aquí? –preguntó. Miró a su alrededor. ¿Primero la ropa y después la suite? ¿Por qué no iba a llevar el sencillo uniforme negro de los miembros de la tripulación y dormir donde ellos?–. Si me dices dónde duerme la tripulación, seguro que descubro cómo llegar.

–Quédate aquí –insistió él–. Pietro diseñó esta zona para que se usara. Si la ocupas, me harás un favor, puesto que ahora mismo no hay más espacio en la zona de la tripulación.

–En ese caso, gracias.

–Y también me harás un favor si usas la ropa.

«Muchos favores», pensó ella. ¿No habría un precio que pagar al final?

–Date una ducha y relájate mientras puedas –le recomendó él–. Esta es tu última oportunidad de volver a la orilla –añadió. Se detuvo un momento con la mano en el picaporte y apretó los labios–. No, ya es demasiado tarde.

Samia oyó el ruido inconfundible del motor del barco y no pudo evitar una sensación de pánico.

–No sabía que íbamos a zarpar ya –comentó.

–¿Tienes dudas? Espero que no.

–No.

–Todavía puedo llevarte a la orilla en una de las lanchas.

–Eso no será necesario, pero gracias –respondió ella.

Había tomado una decisión y seguiría adelante. Pero ¿qué era lo que había decidido exactamente? ¿Aceptar un trabajo no especificado y vivir en una suite digna de una princesa situada cerca de la de un príncipe? ¿Tan ingenua era? ¿No sería aquel un plan del Príncipe Pirata para lograr otra conquista más?

Se recordó que no tenía que hacer nada que no quisiera. Si de algo estaba segura era de que Luca no forzaría ni maltrataría a una mujer.

–¿O sea que estás contenta de seguir a bordo? –preguntó él.

–Sí. Pero insisto en hacer algo útil. ¿O de qué otro modo voy a pagar mi pasaje?

Luca frunció los labios.

–Seguro que encontraremos algo que puedas hacer –abrió la puerta–. De momento te dejo que te duches y así tendré ocasión de decidir qué voy a hacer contigo.

Samia tuvo la impresión de que su destino estaba ya decidido, pero, en lugar de oír campanadas de alarma, que habría sido lo normal, no pudo evitar pensar con ilusión en lo que podía depararle el futuro.

Capítulo 6

SAMIA no podía creer que se estuviera bañando en una bañera gigante en un cuarto de baño de mármol rosa veteado, envuelta en burbujas con los colores del arco iris. Aquello era increíble, nuevo y fabuloso. Y haría bien en no acostumbrarse a ello.

Por alguna razón, eso le recordó a su madre. Su padre había perdido su dinero en el juego y su madre, una belleza famosa en su día, no había estado preparada para lidiar con la realidad de la vida cotidiana. Samia se había adaptado bien, porque era joven y no estaba tan acostumbrada al lujo como sus padres. Ella tenía solo siete años cuando había empezado a ver grietas en la fachada de su riqueza. La despensa vacía y agujeros en las suelas de los zapatos caros de su padre, por ejemplo. Su madre, al principio, hacía lo que podía, interpretando escenas de otro tiempo e intentando introducir a su hija en un mundo de lujo con el que ya solo podía soñar.

«¡Cómo le habría gustado esto!», pensó Samia, pasando los dedos entre las burbujas. Apretó los labios con fuerza al recordar la última nota de su madre, donde pedía perdón y decía que su hija estaría mejor sin ella. Y Samia lamentaba que no hubieran podido hablarlo.

Cerró los ojos y suspiró. Las cosas casi nunca eran lo que parecían. Luca, por ejemplo, era un hombre poderoso, una fuerza de la naturaleza y, sin embargo, curiosamente, no se sentía amenazada por él. Más bien al contrario. La hacía sentirse segura. Lo cual, a su vez, hacía que ella quisiera ayudarlo a recuperarse de la muerte de su hermano. A veces alguien de fuera veía las cosas con más claridad. Y ella estaba segura de que lo que necesitaba el pueblo de Madlena era un príncipe fuerte que los guiara hacia un futuro brillante y prometedor. Si Luca seguía anclado en el pasado, no ayudaría a nadie.

«Y esa es una lección que también tienes que aprender tú», concluyó. Mirando atrás, era evidente que su marido se había casado con ella por dos razones: su columna y un terreno que su padre poseía en Escocia, y donde a veces soñaba con montar una granja. Su ex lo quería para hacer un campo de golf. Y al principio se había mostrado muy amable, pagando las deudas de su padre y comprándole ropa a su madre. Solo más tarde, en una de sus borracheras, había admitido que ella era un medio para conseguir sus objetivos y, si no le permitía cambiar su columna, lo pagaría su padre. Ella se había negado y él había acusado a su padre de fraude. En la cuenta de su progenitor habían aparecido unos fondos misteriosos. Cuando su madre había descubierto que el dinero que había disfrutado gastando era una trampa para incriminar a su marido, se había hundido. Y el padre de Samia, desconcertado, apenas había podido defenderse en su juicio.

No, ella no era una princesa precisamente. Y no conseguía ver cómo encajaba en los planes de Luca.

En aquel momento le rugió el estómago. A pesar de la hamburguesa que había comido, tenía hambre. No podía esperar hasta la cena. ¿Habría alguna posibilidad de encontrar algo de picar en la cocina del Black Diamond?

Solo había un modo de descubrirlo.

Decidida a no perder el ánimo, entró en el vestidor a buscar algo que ponerse antes de salir en busca de la cocina. Pero cuando abrió el primer cajón y encontró un tesoro de artículos de maquillaje, olvidó las prisas.

Después de ese descubrimiento, revisó todos los armarios y cajones. Bolsos, chales, bisutería, trajes de baño… Tomó un bikini de color turquesa y decidió que la persona que lo había encargado era de su talla. En los armarios encontró ropa y vestidos de noche de una calidad que ella jamás podría pagarse. Pasó los dedos por las lujosas telas, maravillada de que hubieran desechado tantas prendas hermosas. Se miró al espejo y se echó a reír. Seguía envuelta en una toalla con el pelo suelto y enredado.

–No soy digna –murmuró. Pero sí podía ponerse un vestido de verano de tirantes.

En la parte de atrás del armario había encontrado una caja llena a rebosar de vestidos así. Eligió el más sencillo: uno azul brillante con tirantes que se ataban en los hombros. El color encajaba con su humor optimista y el vestido mostraba lo suficiente sin revelar demasiado.

Se cepilló el pelo hasta dejarlo reluciente y se puso brillo de labios y rímel. ¿Por qué no? Era la primera vez en bastante tiempo que se sentía femenina y tenía acceso a esas cosas. En contrapartida, tenía que ir descalza porque no encontró sandalias que resultaran cómodas o que fueran apropiadas para caminar por la cubierta de un yate en movimiento.

Tomó su libreta de notas y salió de la suite.

Un miembro de la tripulación, vestido de negro, le indicó cómo llegar a la cocina. Esta, con muebles blancos y de acero, estaba inmaculada. En la pared había un hombre apoyado, charlando con un chef vestido también de blanco. Un hombre grande. El Príncipe Pirata, con aspecto tan peligroso como sugería su apodo.

–Bienvenida –dijo Luca, volviéndose–. ¿También tienes hambre?

–Una hamburguesa no ha sido suficiente –admitió ella.

Él la miró de arriba abajo. A juzgar por su expresión, adivinó que no le disgustaba su aspecto.

–¿Otra hamburguesa? –preguntó él, con una sonrisa que hizo que a ella se le acelerara el corazón.

–Si alguien me dice lo que puedo tomar, lo prepararé yo misma –comentó ella, incluyendo al chef en sus palabras–. No quiero causar molestias. Espero que no le importe que invada su cocina.

Luca se apartó de la pared y se colocó entre Samia y el atractivo chef.

–Sugiero algo ligero –dijo–. Y más tarde cenaremos juntos en la cubierta.

–Así podremos hablar de cuál va a ser mi trabajo –asintió ella–. ¿Debo ponerme elegante para cenar? –preguntó.

Luca apretó los labios y se encogió de hombros.

–Imagino que eso te gustará.

Era cierto, pero todos los vestidos elegantes del vestidor eran demasiado seductores y mostrarían mucho más de lo que estaba acostumbrada a enseñar. Samia decidió que ya solucionaría eso más tarde.

–¿Por qué no preparo algo para comer ahora y le damos un descanso a tu chef? –sugirió.

Se volvió a lavarse las manos, sin esperar respuesta, y cuando se giró de nuevo, él había despedido al chef.

–Tengo que empezar a pagar por mi pasaje –explicó ella–. Me sentiré mejor si hago algo. ¿Qué tal tortitas?

Luca se echó a reír.

–Estás contratada –dijo.

La miró mientras cocinaba y luego comieron juntos una pila de tortitas con azúcar y limón, en la encimera y con una botella de cerveza cada uno. La conversación fluyó sin problemas hasta que él apartó su plato.

–Te veo luego –dijo.

Acordaron verse a las ocho en la cubierta.

–Para cenar bajo las estrellas –comentó él, con ironía.

Y a continuación hizo algo que ella no esperaba. Extendió el brazo y le limpió azúcar de los labios con la yema del dedo, sin dejar de mirarla a los ojos. Samia permaneció inmóvil hasta que él se apartó.

–Estaré lista a las ocho –comentó, haciendo un esfuerzo–. Y mi informe también.

–¿Tu informe? –preguntó él.

–El informe del que hablamos. ¿El de la decoración?

–Tu única tarea esta noche es llegar a cenar a las ocho en punto –le informó él.

–De acuerdo –contestó ella.

Luca era el dueño del yate, pero ella estaba dispuesta a pagar su pasaje de algún modo.

Samia Smith estaba alterando su vida. Era difícil resistir la calidez y el humor de sus ojos, pero estaban también su fuerza y su desafío, y todo junto amenazaba con volverlo loco. Quizá había llegado el momento de admitir que echaba de menos un contacto humano franco y sincero. Samia decía siempre lo que pensaba, aunque a él no le gustara. Eso era algo que solo había tenido con Pietro.

Ella parecía estar cómoda en cualquier situación y con cualquier persona, lo que la convertía en un punto fuerte para el trono. Estaba contento con su elección, solo le quedaba convencerla de que sería un marido ideal para ella.

Se dirigió al estudio a examinar el contenido de la caja roja, donde estaban los informes que le mandaba su gente. Necesitaba más información de lo que le había contado su equipo en el email.

Capítulo 7

QUÉ SE ponía? ¿Qué se ponía?

Samia recorría el vestidor y se sentía como un galgo atrapado en una trampa. Había demasiadas posibilidades para una cena formal con Luca, y la mayoría le harían sentirse ridícula. Descartó automáticamente los vestidos que tenían poca tela. No le apetecía nada sentarse a su lado semidesnuda. Se sentiría como una tonta.

Eligió un vestido verde esmeralda y lo sacó de la percha. El color era fuerte y la prenda enseñaba más de lo que ella estaba acostumbrada, pero si iba a hacer aquello, lo haría bien. No quería que Luca creyera que era demasiado tímida. Si quería pagarse el pasaje trabajando, tenía que tomarla en serio.

Acarició la tela, fina como una telaraña, sorprendida de que alguien pudiera permitirse ese tipo de ropa. Las cuentas que adornaban el vestido llevaban mucho trabajo. Había montones de cristales minúsculos y todos parecían cosidos a mano. Ella nunca había querido gastar dinero de su esposo y había preferido mantenerse independiente. Hasta que él la había despedido con la promesa de que nunca volvería a trabajar.

«Eso ya lo veremos», pensó. Todavía no estaba destruida. Luca le había dado la oportunidad de ver un mundo nuevo y haría todo lo que estuviera en su mano por aprovecharla.

Cuando terminó de vestirse, se miró al espejo y tuvo que admitir que le sorprendió lo que vio. Solo quedaba saber la opinión de Luca.

Cerró la puerta tras de sí y echó a andar con la barbilla bien alta.

¡Qué vestido! ¡Qué noche! ¡Qué hombre!

¡Qué gran oportunidad!

Luca salió de una ducha fría, que había hecho poco por calmar su libido, se afeitó, secó y se puso unos vaqueros y la primera camiseta que encontró en el cajón. Se moría de ganas de ver el contenido de la caja roja, pero con una vida entera de cajas rojas por delante, había algo que tenía que hacer antes. Después de eso, volvería a vestirse para la cena.

Salió de su suite y se dirigió al puente a dar instrucciones. Antes de ir a Madlena, harían una parada en Portofino, una pequeña ciudad de Italia, donde hablaría con sus abogados para que prepararan bien el acuerdo prematrimonial que Samia tendría que firmar. Era un planificador y le gustaba saber que no dejaba cabos sueltos. Además, así tendrían ocasión de conocerse un poco mejor, algo esencial antes de que la llevara a Madlena.

Después de dar las coordenadas nuevas a la tripulación, entró en el estudio, donde estaba la caja roja en su mesa. La abrió con una llave que sacó del bolsillo, hurgó entre los documentos y sacó la carpeta de Samia. Cuando la abría, sonó el teléfono. Habló con un oficial del palacio, que quería confirmar algunos detalles relativos a su próxima boda… con una mujer a la que todavía no se lo había propuesto.

–¿Tiene novia, majestad? –le preguntó el hombre–. Todavía no nos ha dado su nombre.

–La discreción es siempre la mejor opción –repuso Luca–. No quiero que la acose la prensa. Pero no se preocupe, la novia existe.

Cuando terminó la llamada, miró la carpeta de Samia y decidió que la leería más tarde. Era mejor empezar a conocerla sin ideas preconcebidas. Esa noche en la cena harían eso y horas después llegarían a Portofino, donde ella podría relajarse y reflexionar sobre su velada juntos. Para entonces, él podría añadir lo que le contara ella a lo que había descubierto en su carpeta. No anticipaba sorpresas.

Pero más tarde, ya en su vestidor, cambió de idea y decidió que, si seguía con los vaqueros y se ponía una camisa abierta en el cuello, tendría tiempo de leer la carpeta en cuestión. Y quizá lo haría.

Samia se sentía de maravilla, muy segura de sí misma con aquel exquisito vestido. Eso era ya raro de por sí, pues era la primera vez que llevaba una prenda tan provocativa. De seda y gasa verde esmeralda, adornada con cristales y con una enagua de color crudo que daba la impresión de que no llevara nada debajo.

Luca la miró y ella sintió un calor repentino. Las mejillas le ardían bajo el escrutinio de él, pero estaba decidida a no vacilar.

–Buenas noches –dijo, aliviada de no tener que lidiar también con tacones altos además de con el vestido ceñido.

–Muy buenas noches –repuso él, aunque a ella le pareció que su tono era frío.

–Tengo la sensación de haber atravesado una nube de polvo de hadas –comentó ella, sonriente.

Miró a su alrededor. La mesa, instalada en la cubierta, estaba vestida de plata y cristal, que brillaban invitadores a la luz de las velas. Si Luca estaba de mal humor, le tocaba a ella cambiárselo. Y el mejor modo de lograrlo era mostrarse positiva y animosa.

–¡Qué noche tan hermosa! –exclamó–. Un cielo de terciopelo cuajado de estrellas y yo estoy a bordo de un fabuloso yate negro cortando el océano.

–¿Como haría un cuchillo de acero con la mantequilla? –gruñó él.

–Exactamente –ella se negaba a rendirse–. El crujido de las velas y el chasquido de las cuerdas es la única música que necesitamos para que esta noche sea perfecta.

–¿Tú crees?

Samia tragó saliva.

–¿Puedo sentarme? –preguntó.

Él hizo un gesto con la mano.

–Como quieras.

Pero se levantó educadamente y le sostuvo la silla antes de volver a sentarse. Samia notó entonces que estaban solos. ¿Tenían que servirse ellos mismos? A ella le parecía bien.

Siguió un rato de silencio, que le sirvió para pensar por qué llevaría Luca unos vaqueros y sandalias después de haberle dicho que se pusiera elegante. Además, ¿por qué no decía nada?

Picoteó distraída un panecillo recién hecho. No le resultaba fácil mantener el optimismo. ¿Por qué Luca no le había dicho que había cambiado de idea y no quería cenar con ella en vez de mostrarse distante y maleducado? Lo único bueno era el banquete de comida deliciosa preparado en una mesa al lado.

«Esperemos que cambie pronto de humor», pensó. Alzó la barbilla, decidida a que su primera noche a bordo del Black Diamond fuera una buena experiencia a pesar de todo.

¿Por qué tenía que estar tan guapa? Era como echarle sal a la herida. Luca no confiaba todavía en la reacción que pudiera tener a lo que había leído en la carpeta sobre ella.

Había llevado a Samia a bordo con la mejor de las intenciones, para convertirla en princesa, ofrecerle regalos y un estilo de vida con el que solo podía soñar. Ella se había mostrado amable con todo el mundo y había causado buena impresión. Y Luca sentía que los había traicionado a su tripulación y a él. El entusiasmo de ella había sido fingido.

La información que le habían enviado detallaba todos los hitos de la vida de Samia Smith, una periodista de investigación recién divorciada. No era de extrañar que su equipo no le hubiera dado la noticia en un mensaje de texto. Peor aún, su exesposo la había tratado con crueldad y utilizado la columna de ella para sus propios fines, pero Luca tenía que preguntarse si un leopardo podía cambiar sus manchas.

¿Una periodista de investigación?

Después de la muerte de su hermano, había intentado no sentir nada. En su corazón solo había espacio para el dolor y la culpa. La llegada de Samia lo había relajado y su humor alocado le había sentado bien. Ese humor había perdido su encanto después de haber descubierto por qué actuaba así. Al colarse en su yate, había mentido por omisión. Luca entendía que necesitaba huir de un ex vengativo y la habría ayudado de todos modos si ella le hubiera contado la situación. Pero ¿por qué no le había dicho que era periodista? Solo podía haber una razón: quería sacar provecho. Había intentado aprovechar la oportunidad como todas las demás mujeres. Tal vez no fuera una cortesana profesional, pero era una oportunista que creía que podía sacarle algo. Pero si imaginaba que se iba a salir con la suya, estaba muy equivocada.

–¿Luca? Estoy fatal, ¿verdad? –preguntó ella, con una sonrisa de disculpa. Pasó las manos por la tela de su vestido ceñido–. Adelante. Dilo –puso cara cómica–. Este no es mi estilo, ¿verdad?

¿Samia creía que su problema con ella era por su aspecto? Estaba espectacular. O era la mejor actriz del mundo, o tenía problemas graves, y, en ese caso, él debía protegerla. La segunda parte del informe detallaba los malos tratos sufridos a manos de su esposo, lo cual había enfurecido a Luca. Pero ella lo había engañado y eso no podía perdonarlo, aunque le costara mucho reconciliar la imagen de aquella mujer ingenua con un vestido de fiesta con la de una persona que mentía y engañaba para conseguir una exclusiva.

«¿No hablan los hechos por sí mismos? ¿Por qué crees que te abordó en el bar?», pensó.

–No estoy de acuerdo –dijo, cortante–. Estás muy hermosa.

–¿De verdad? –ella se sonrojó–. No me mientas.

–El vestido es tan hermoso como tú –insistió él, aunque su tono era todavía tenso.

–El vestido es escandaloso –replicó ella, riendo–. Y no sé si podré volver a quitármelo.

–Por favor –musitó él–. Hablaremos luego.

Y hablarían.

Largo y tendido.

Samia se sonrojó cuando salió un camarero de las sombras para servirles.

–El champán está abierto –Luca señaló la botella a la que otro camarero acababa de quitarle el corcho sin apenas ruido–. ¿Quieres una copa?

–Creo que no debería –confesó ella con una risita–. Ya me cuesta bastante caminar con este vestido tan ceñido para encima añadir alcohol.

–Una copa no te hará daño –repuso él, cortante.

«Y quizá me suelte la lengua lo bastante para decirle la verdad», pensó ella. Que empezaba a estar harta de su mal humor y que, si no la quería allí, solo tenía que decirlo.

–Gracias. Os llamaré si necesito algo más –dijo Luca a los camareros–. Esta noche nos serviremos nosotros mismos.

Samia decidió que podía ser una buena distracción entregarle el informe que había elaborado.

–¿Qué es esto? –preguntó él con impaciencia.

–Sobre la decoración del yate –le recordó ella–. No soy una experta, pero tengo una opinión. Está escrito a mano, espero que no te importe. Mi letra no es fabulosa, pero se puede leer.

–Tú no tienes ni idea, ¿verdad? –preguntó él.

–¿De decoración de interiores? Sinceramente, no. Pero tengo una opinión y he pensado que querrías conocerla. De todos modos, aquí está –dijo, empujando la libreta en dirección a él.

Luca la apartó.

–No tengo tiempo para esto. Tengo en mente algo más importante.

–¿Y puedo ayudarte con eso?

–Sí, creo que sí.

–Sé que preferirías estar navegando que sentado aquí con…

–¿Una periodista de investigación? –terminó él.

Capítulo 8

SAMIA cerró los ojos y a continuación respiró hondo varias veces.

–No es lo que piensas –dijo al fin.

–¿Ah, no? –preguntó él, impertérrito–. ¿Y qué pienso? O mejor dicho, ¿qué es lo que tú quieres que piense?

–Eso no es justo –protestó ella–. Nos encontramos por casualidad.

–¿Y tengo que creerme eso?

–Tú me diste la oportunidad de escapar.

–Bonita historia, Samia, pero habría sido más sincero decirme la verdad desde el principio. ¿Te importa oír mi versión de los hechos?

–Me gustaría mucho –replicó ella, alzando la barbilla.

–Me parece improbable que nos encontráramos por casualidad en el bar. Creo que te avisaron.

–¿Quién?

–¿Importa eso?

–No conocía a nadie en el bar.

–Eso lo dices tú.

–Porque es la verdad –ella apretó los dientes–. ¿Siguiente pregunta?

–Te colaste en mi yate con la historia de que buscabas un trabajo.

–En primer lugar, yo no me colé –contestó ella, con una mirada fría–. Me invitaste tú. Y necesito un trabajo. Trabajo que tú pareces bastante reacio a ofrecerme, aunque no vi esa desgana en ti cuando me invitaste a venir a bordo.

Luca, que no esperaba tanto desafío en una persona tan claramente culpable, se inclinó hacia delante.

–¿O sea que no piensas beneficiarte de tu viaje a bordo del Black Diamond? ¿Eso es lo que quieres que crea? –preguntó.

–Cree lo que quieras. Yo no puedo hacer que cambies de idea. Pero me gustaría saber por qué eres tan desconfiado.

–Buen intento –replicó él, cortante–. Pero no intentes fingir que el que actúa mal soy yo.

Samia se levantó y puso los puños en la mesa.

–Sé que se ha muerto tu hermano y tú te has quedado a recoger los pedazos, pero yo no soy responsable de esa tragedia.

Aquello fue como una bofetada. Él echó atrás la cabeza como si le hubieran pegado. Nadie se atrevía a mencionarle la muerte de su hermano. Nadie se entrometía en su pena.

–No sé quién es responsable de la tragedia –continuó ella sombría, ignorante al parecer de la furia de él–. Desde que te conozco, he buscado información en Internet. La noticia fue secuestrada antes de llegar a la prensa, como seguramente sabes. Sospecho que perdiste a tu hermano igual que yo a mi madre, aunque no espero que lo admitas. Pero sea lo que sea lo que has sufrido, y sé que ha sido mucho, no eres el único. Yo también sé lo que es perder a un ser querido…

Se interrumpió y no dijo nada durante un rato. A pesar de su rabia, Luca respetó su silencio porque sabía que ella pensaba en la muerte de su madre.

–Tu sufrimiento no te da derecho a hacerme responsable de lo que sientes ahora –sostuvo ella.

Él se levantó y golpeó la mesa con los puños.

–¡Basta! Esto se acaba aquí.

–Eso sería muy fácil –replicó ella con fiereza. Alzó la barbilla y lo miró a los ojos–. ¿Qué tal si nos sinceramos los dos? –lo desafió.

La atmósfera a su alrededor estaba espesa de furia no resuelta. La brisa marina nocturna no tenía ninguna posibilidad de enfriar el ambiente.

–Tú también ocultas algo –insistió ella con voz tensa.

–Y tú quieres escribir la historia –contestó él con desdén.

–¡Qué desconfiado eres! –exclamó ella con rabia.

–¿Y te extraña? –preguntó él.

La tragedia de la muerte de su hermano había sido ya bastante sorpresa, pero descubrir que Pietro se había quitado la vida y que él no había estado allí para disuadirlo y ayudarlo era una herida que tendría que soportar el resto de su vida.

–¿Qué otra cosa esperabas ganar aparte de una historia? –preguntó.

–¿Qué quieres decir?

–¿Dinero? –sugirió él–. O quizá era algo más sencillo.

–¿Qué quieres decir? –repitió ella.

–Tu ex era rico, pero yo soy más aún.

Samia movió la cabeza y emitió un sonido de incredulidad.

–Eso no es digno de ti. Admito que mi exmarido no estaba a tu nivel, pero ¿quién lo está? Tú eres extremadamente rico y además tienes el peso de la historia de tu parte –lo miró con furia–. Y el deber de velar por tu gente.

–Lo cual pienso hacer –respondió él, apretando los dientes.

–¿Y crees que tienes que protegerlos de mí? ¿O te interesa más protegerte a ti mismo de una depredadora?

–¿Eres una mujer depredadora?

–Soy lo que tenga que ser –admitió ella con dureza–. Pero ¿me aprovecharía conscientemente de otras personas? No. Me mantengo sola y lo he hecho durante años. Cometí un gran error cuando me casé con ese hombre pensando que podía salvar a mis padres. Pero nunca cometo dos veces el mismo error, así que puedes estar seguro de que, si solo puedo permitirme pan y mantequilla, solo comeré pan y mantequilla.

–O sea que no buscas mi dinero.

–¿No te acabo de decir que no?

–Y desapruebas todo esto –él señaló a su alrededor.

–Es un mundo que me pilla muy alejado –admitió ella–. Pero ¿lo desapruebo? No. ¿Por qué? Tú no esperas que otra gente pague tus placeres. Has ganado tu dinero solo.

Hubo un silencio. Al principio era hostil y tenso, pero los dos fueron bajando poco a poco desde la cima de la furia hasta una especie de entendimiento.

–De niño soñaba con navegar en un barco así –confesó él–. Madlena era un país pobre cuando mis padres llegaron al trono. Ellos lo convirtieron en el país que es ahora, pero al principio, yo no pensaba que tendría derecho a nada, excepto a lo que pudiera ganar por mí mismo. Si sabes algo de mí, sabrás que fundé mi empresa de tecnología cuando era un crío…

–Con un ordenador de segunda mano que habías arreglado tú.

–O sea que también has leído sobre mí.

–Tú no tienes el monopolio de investigar a la gente que conoces, y te aplaudo por el dinero que entregaste a tu país antes de pensar en hacer algo para ti mismo –repuso ella, con frialdad.

–O sea que no soy tan malo después de todo.

–¿Quizá eso se pueda decir de los dos? –sugirió ella.

–¿Cuándo pensabas decirme a qué te dedicas? –preguntó él–. ¿O pensabas ocultarme que escribías para un periódico nacional del Reino Unido y tenías una columna muy popular y respetada?

–Dices bien. «Tenía». Mi ex me echó cuando dejé de serle útil. Me dio diez minutos para recoger mi mesa y salí del edifico escoltada por su personal de seguridad como si fuera una ladrona.

–¿Cuándo pensabas decírmelo? –repitió él.

–En el momento oportuno.

–¿Charla de almohada?

–¿Crees que yo soy así?

–No te conozco mucho –señaló él.

–Ni yo a ti.

–¿Estás aquí para espiarme, Samia?

–No –contestó ella con firmeza–. Admito que sentía curiosidad sobre ti y me apetecía descubrir cómo viven los superricos, pero ¿no le pasa eso a todo el mundo y por motivos inocentes? No preparé esto con intención de contarle al mundo lo que descubriera.

–¿Cómo puedo estar seguro?

–No puedes –repuso ella con franqueza.

–¿O sea que me pides que crea que has venido aquí solo por curiosidad?

–Y para escapar –le recordó ella–. Mi ex es un matón, un hombre muy vengativo. No tienes por qué creerme, pero es la verdad.

–Y ahora tengo que considerar la posibilidad de que te hayas dado cuenta de la cantidad de oportunidades que se te han abierto desde que me conoces, tanto para restablecerte tú como para reanudar tu carrera. Serías tonta si no las aprovecharas.

–Pero, al igual que tú, tengo principios –replicó ella–. Así que supongo que los dos tenemos que aprender a confiar.

–¿Me pides que confíe en que no vas a escribir sobre mí?

–Igual que yo tengo que confiar en que no me vas a hacer daño.

Aquello lo escandalizó más que ninguna otra cosa que ella hubiera podido decir. Jamás le haría daño, pero tenía que pensar primero en su país y en su gente, lo que implicaba asegurarse de que su elección de esposa fuera tan buena como había creído en un principio.

–Tendremos que llegar a un acuerdo –dijo.

–¿Qué acuerdo? –preguntó ella, recelosa–. No me voy a acostar contigo para sellar el trato, si es lo que crees –vio que él enarcaba las cejas–. El sexo para mí es más importante que eso.

–¿Por miedo y odio sí? –preguntó él–. He leído tu ficha.

Samia se ruborizó.

–¿Has investigado mi vida personal?

–Claro que sí. No se trata solo de mi seguridad personal, sino también del bienestar de mi país. El trato era que vendrías aquí a buscar trabajo, no a una entrevista para el puesto de amante –le recordó Luca.

La vio tragar saliva y supo que pensaba si no habría salido de una situación mala para caer en otra peor.

–Nunca ha sido mi intención forzarte a permanecer aquí ni amenazarte de ningún modo. Mi plan siempre ha sido forjar un trato que ambos podamos suscribir libremente.

–No entiendo de qué trato hablas. ¿Qué esperas de mí? Todavía no has concretado ningún trabajo.

–Por ahora solo te pido una cosa, que no me compares con tu ex. Mis abogados se encargarán de que no vuelva a hacerte daño –a Luca se le encogió el estómago al pensar en Samia atrapada en un matrimonio sin amor con semejante bruto.

–¿Qué has hecho? –preguntó ella.

Parecía sinceramente asustada, lo cual resultaba raro en ella. El villano con el que se había casado tenía que haberle hecho sufrir mucho.

–No te preocupes tanto. Ni soy un matón ni contrato criminales, así que digamos solo que tengo contactos en los sitios apropiados y te puedo prometer que, a partir de ahora, estás a salvo de él.

Samia pensó un momento en sus palabras.

–¿Y qué esperas de mí a cambio de tu protección? –preguntó luego.

–No es cuestión de protección –respondió Luca–. Esa palabra sugiere a un pájaro atrapado en una jaula dependiente de mí, cuando yo sé que eres una tigresa que puede cuidarse sola.

Samia tardó un momento en darse cuenta de que hablaba en serio.

–¿Y tú? –preguntó–. ¿Cómo vas a lidiar con tener a una periodista de investigación a bordo?

Luca vaciló. Era prácticamente imposible que un periodista se acercara tanto al Príncipe Pirata y ella solo tenía que usar eso para recuperar su credibilidad en la prensa. Podría publicarlo en cualquier periódico que eligiera y nombrar su precio.

–Creo que eres ambiciosa –comentó, pensativo–, pero no para cazar un marido rico, o te habrías quedado donde estabas, ni para brillar una semana en la prensa. Creo que buscas mucho más que eso.

–Claro que sí –asintió ella con calor.

–Realización personal e independencia –musitó él.

–Si te refieres a que no busco que alguien me mantenga o me valide, y a que me enorgullece trabajar y lograr cosas, querer y cuidar, tienes razón. Pero para eso tengo que ser libre de ser yo misma, estar libre de toda influencia.

–Y amenazas –añadió él.

–Por supuesto –susurró ella–. No puedo vivir en una jaula, por muy lujosa que sea, y jamás volveré a vivir con miedo.

Hubo una pausa, y a continuación, él hizo la pregunta que más le importaba.

–¿Podrías ser una princesa?

Samia lo miró sorprendida.

–¿Perdona?

–¿Qué mejor modo de restaurar tu credibilidad que con una historia de primera mano con el Príncipe Pirata?

–¿Como esposa tuya –preguntó ella con incredulidad–. ¿Crees que escribiría sobre ti si fuera tu esposa?

Él sonrió con ironía.

–Precisamente.

–¡Justo cuando empezábamos a entendernos! –exclamó ella–. ¿Por qué has tenido que estropearlo? –preguntó con una risita tensa–. Excepto porque sé que hablas en broma, claro.

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