Kitabı oku: «Europa, 1939»

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EUROPA, 1939:

EL AÑO

DE LAS CATÁSTROFES

Francesc Vilanova i Vila-Abadal

Pere Ysàs i Solanes

(eds.)

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

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© Del texto, los autores, 2010

© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2010

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Ilustración de la cubierta: Reichstag, octubre 1939. Bundesarchiv

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Realización ePub: produccioneditorial.com

ISBN: 978-84-370-7834-2

ÍNDICE

UN AÑO REALMENTE CATASTRÓFICO. PRESENTACIÓN A UNAS REFLEXIONES SOBRE 1939, SETENTA AÑOS DESPUÉS

EL AÑO 1939. MOMENTUM DE LA GUERRA CIVIL EUROPEA

LAS GUERRAS DE 1939

FRANCO Y EL FRANQUISMO ANTE LA NUEVA GUERRA DE 1939

LOS INTELECTUALES EUROPEOS FRENTE A LA NUEVA GUERRA: EL CASO DE FRANCIA

LA NUEVA INTELLIGENTSIA FRANQUISTA Y EUROPA

EUROPA 1939: LAS DERECHAS*

DISCURSOS Y PROYECTOS ESPAÑOLES SOBRE EL NUEVO ORDEN EUROPEO

LA DERROTA DEL FRENTEPOPULISMO EUROPEO

LA SUBLEVACIÓN POLÍTICO-MILITAR DEL CORONEL SEGISMUNDO CASADO, 5 DE MARZO DE 1939

LOS EXILIADOS. UNA CRISIS PROTEIFORME EN LA FRANCIA DE LOS AÑOS TREINTA

EL EXILIO ESPAÑOL Y LA EUROPA DE 1939

BIBLIOGRAFÍA

UN AÑO REALMENTE CATASTRÓFICO. PRESENTACIÓN A UNAS REFLEXIONES SOBRE 1939, SETENTA AÑOS DESPUÉS

Francesc Vilanova i Vila-abadal y Pere Ysàs i Solanes

Universitat Autònoma de Barcelona

Checoeslovaquia era un islote perturbador del que irradiaban, desde el mismo corazón de Europa, las más siniestras consignas del Komintern. Como españoles, es decir como ciudadanos del país que ha realizado el esfuerzo más gigantesco contra el comunismo, nos satisface la operación cesárea llevada acabo por el Reich alemán. Consideramos que la desaparición del núcleo comunista de Praga es un bien para Europa y para la civilización europea, y que Alemania ha efectuado una operación del mismo sentido que la que se está llevando a cabo en España («Ante la conmoción europea. La operación cesárea del Reich, las nacionalidades, y el comunismo en derrota», la Vanguardia Española, 18 de marzo de 1939).

El día 1 de abril de 1939, la radio –franquista, evidentemente– difundía el «Parte de la Victoria», culminación del III Año Triunfal, momento seminal del Año de la Victoria y anuncio definitivo del triunfo por las armas de los sublevados de julio de 1936. La Guerra Civil española había terminado. Cinco meses más tarde, día por día, las tropas alemanas cruzaban la línea fronteriza con Polonia, tras unos oscuros episodios de provocación y engaño. Empezaba una nueva guerra europea que, pronto, se tornaría en la Segunda Guerra Mundial. Entre las dos fechas fundacionales –Año de la Victoria y arranque de la Nueva España; guerra en Polonia y principio del Nuevo Orden Europeo–, aún hubo tiempo de destruir hasta sus cimientos el Estado checoslovaco superviviente de la traición de Múnich y que el mundo comunista temblara hasta sus raíces más profundas tras la firma, el 23 de agosto, del pacto de no agresión entre la Alemania nazi y la Unión Soviética.

Setenta años más tarde era un buen momento para reflexionar sobre 1939, sus antecedentes y sus consecuencias. A veinte de la caída del muro de Berlín y del cambio de un mundo político y estratégico de bloques (heredado del conflicto de 1939-1945) por un «desorden en equilibrio», todavía sigue viva la memoria del año de arranque de una nueva guerra europea que, pronto, se convirtió en mundial y provocó una cesura brutal en el siglo XX. Con estas perspectivas, en abril de 2009, el Centre d’Estudis sobre les Èpoques Franquista i Democràtica (UAB-CEFID), en colaboración con el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) i la Fundació Carles Pi i Sunyer, y el apoyo del ministerio de Ciencia e Innovación, Agència de gestió d’Ajuts Universitaris i de Recerca (generalitat de Catalunya), la Direcció general de la memòria Democràtica (generalitat de Catalunya) y grup 62-Ediciones Península, organizó el congreso internacional 1939. l’any de les catàstrofes (1939. El año de las catástrofes). El comité organizador estuvo formado por los profesores manuel Aznar Soler (UAB), montserrat Baras (UAB), maria Campillo (UAB), martí marín (UAB), Carme molinero (UAB), Borja de Riquer (UAB), manel Risques (UB), Joan m. Thomàs (Universitat Rovira i Virgili), Francesc Vilanova (UAB), Ricard Vinyes (UB) y Pere Ysàs (UAB).

Tras la celebración del congreso y los debates que le dieron contenido y valor, el paso siguiente y necesario era la publicación de las aportaciones principales de los ponentes. Los lectores interesados tienen en sus manos una serie de textos que ponen de relieve, en primer lugar, el punto actual de las reflexiones de algunos de los mejores especialistas europeos acerca del año 1939. Abre el fuego Enzo Traverso, con un análisis de lo que denomina el «momentum» de 1939, es decir, la condensación y aceleración de acontecimientos en una ruta de colisión inevitable, en el contexto de una Guerra Civil europea, cuyos orígenes debemos remontar a 1914 y que no llegaría a su fin hasta 1945; entre una fecha y otra, debemos sumar tres guerras principales para los europeos: la gran guerra, la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial. En este marco, el profesor Traverso nos dibuja una cruda realidad, elaborada con ingredientes siniestros: los exilios europeos, las migraciones forzosas, los campos de concentración, los proyectos para imponer un «nuevo orden» político, ideológico, económico; las crisis del antifascismo, el imperialismo, etc. Todo ello dibuja un cuadro general, en el que el autor no reduce la diálectica de la tensión a una lucha entre democracias y totalitarismos, o fascismos y antifascismos; su referencia a la confrontación entre Luces y anti-Luces, nos lleva a un plano analítico un poco diferente: una guerra entre la oscuridad filosófica, cultural, moral, más absoluta, o la permanencia de los valores que hicieron posible la civilización contemporánea, con sus desequilibrios, pero también con su capacidad de progresar y ganar en libertad e igualdad. Y completando el análisis, la concepción de una guerra que anidaba varias guerras y que, en palabras del autor, «toman con frecuencia la forma de guerras contra los civiles».

El profesor Francisco Veiga ofrece un sintético análisis de la coyuntura del año 1939, en el que plantea una advertencia previa muy pertinente: no caer en la tentación de explicar los acontecimientos históricos partiendo de su resultado final y en un relato dogmáticamente lineal y unidireccional. En este sentido, el profesor Veiga enfatiza el grado de complejidad del escenario y de los orígenes el conflicto, y reclama una atención merecida a los que llama «actores secundarios», pero que pueden acabar teniendo los papeles decisivos «en los guiones de final inesperado que suelen ser las grandes crisis en las relaciones internacionales».

En «Franco y el franquismo ante la nueva guerra de 1939», Ángel Viñas analiza con detalle los presupuestos que permiten entender la actitud de la dictadura española ante el estallido del conflicto bélico, desde la voluntad de crear un Estado autoritario «en sintonía con las corrientes ideológicas y organizativas que parecían dominantes en la Europa de la época», es decir las fascistas, hasta el peso de las relaciones establecidas con las potencias del Eje, cuya ayuda había sido esencial para derrotar a la República. A partir de ese arranque, Viñas explica el camino inequívocamente pro-nazi adoptado en los meses finales de la guerra española, y el posicionamiento ante la precipitación de los acontecimientos hasta el estallido bélico de septiembre. Si la Guerra Civil había forjado «una comunidad de destino entre el “nuevo Estado” y las potencias del Eje», con el inicio de las hostilidades, «solo faltaba pasar a la acción».

¿Y los intelectuales? Estos nuevos actores de los tiempos modernos, que habían alcanzado una preponderancia social y pública insospechada, también se pronunciaron ante los acontecimientos que alimentaron 1939. La Guerra Civil española los había movilizado, pero también las tensiones francesas de los años treinta –en esto, la Segunda República española y la Tercera República francesa se hermanaron en ofrecer a los intelectuales un aparador privilegiado para manifestarse– y lo que parecía –no sin razón– el ascenso imparable de los fascismos. El congreso analizó dos casos ejemplares: por un lado, y de la mano del profesor José Carlos Mainer, la situación de los «nuevos intelectuales» españoles, eclosionados a la sombra del triunfo franquista. Por otra parte, el profesor Jean François Sirinelli nos acerca el caso de los intelectuales franceses de los años treinta. Precisamente, Sirinelli advierte en el inicio de su texto sobre el peligro de una doble generalización; por una parte, de un colectivo, los intelectuales, y, por otra, de la atribución a los intelectuales europeos del papel jugado por los franceses y, en todo caso, por los que actuaron en democracias. Los años treinta, nos dice Jean Francois Sirinelli, constituyeron «una época de grandes causas que movilizan y al mismo tiempo dividen a los intelectuales franceses». En la cuestión de la paz y la guerra, se pasará de un pacifismo ampliamente extendido entre los intelectuales y ampliamente compartido en la sociedad, producto de la carnicería de la Primera Guerra Mundial, a una actitud de defensa de las democracias en peligro, ejemplificada por la actitud Romain Rolland, en un contexto de confrontación entre antifascismo y anticomunismo. La actitud de Jean-Paul Sartre, examinada en el texto con cierto detalle, es para Sirinelli reveladora de la evolución hacia posiciones más firmes pero sin neutralizar el «viejo fondo pacifista».

El caso de España es la máxima expresión del papel del intelectual en ausencia de libertad en esa coyuntura histórica. Para José-Carlos Mainer, en la España de 1939 ni existían las condiciones para el «ejercicio intelectual clásico» ni tampoco había intelectuales que pudieran ejercerlo, lo cual le lleva a hablar de «falsos intelectuales»; unos, «agraviados y marginales dispuestos a cobrarse viejas deudas», y, otros, los que habían engrosado las filas del reaccionarismo monárquico y del joven fascismo. Para todos ellos se trataba según Mainer, en primer lugar, de afirmar la victoria de la «España eterna» frente a todos sus enemigos, incluido el «europeismo», que bien podía sintetizarlos. Y, a la vez, se dirigía la mirada hacia otra Europa, hacia una nueva Europa, la Europa de las «naciones amigas», encabezada obviamente por Italia y Alemania. De la invasión de Albania a la invasión de Polonia, el aplauso entusiasta fue la actitud de esos publicistas franquistas, absolutamente simétrica a la crítica de unas decadentes democracias a las que se enviaba con plena convicción al basurero de la historia.

Luciano Casali e Ismael Saz se ocupan en sus respectivos textos de derechas europeas y españolas. El profesor Casali inicia su explicación contraponiendo la existencia de un amplio y profundo deseo de paz en las sociedades europeas después de la gran guerra con la extensión de discursos y grupos que mitificaban la guerra y al «guerrero», visto este como homo ideal. Por otro lado, considera indispensable partir de una noción de Europa que no excluya el este y sudeste de la región. Y nos muestra una interrelación más profunda entre ambas Europas de la que a veces se considera a partir del seguimiento del viaje del concepto de «Estado corporativo», desde la Italia fascista a la Hungría de Horthy, siguiendo por el Portugal salazarista, la Francia de Vichy, para volver nuevamente a la Italia de Saló. Recorridos menos claros pueden, sin embargo, reseguirse de nociones como «Patria» o «Imperio». Luciano Casali analiza también la progresiva extensión desde 1920, tanto en la Europa oriental como en la occidental, de regímenes dictatoriales nacionalistas, que mezclaban «elementos del fascismo con elementos del autoritarismo y del conservadurismo», sin olvidar la actividad de aquellos grupos que nunca alcanzaron el poder. En la última parte del texto, hace un recorrido por las distintas experiencias dictatoriales en puertas del estallido del conflicto dedicando una especial atención a los distintos fascismos.

Ismael Saz señala una paradoja ciertamente interesante y, a la vez, inquietante: el franquismo llevó al país a uno de los períodos de ostracismo más duros y taxativos en relación a Europa. Pero no ocurrió por voluntad propia; el franquismo no quería ser aislacionista; quería tener un papel fundamental en el nuevo orden que se avecinaba: «Como intentaremos demostrar en esta exposición, las cosas fueron mucho más complejas, que el régimen –o sectores muy importantes de él– no sólo querían estar en Europa, sino que, además, querían estarlo para mandar. más aún, en el terreno que aquí nos interesa, esa voluntad debería ir acompañada –y de hecho lo fue– de la existencia de una serie de discursos sobre Europa que no eran antieuropeístas tout court, que podían expresar un cierto –otro– europeísmo y que, en fin, tampoco es este terreno el franquismo significó paréntesis alguno. Porque si bien es cierto que nos estamos refiriendo aquí a un periodo muy limitado –el terrible año 1939, o, en un sentido más amplio, los primeros años de la Segunda Guerra Mundial– lo cierto es que las culturas políticas que confluyeron en el franquismo, tenían en España, en la existencia de ciertos europeísmos poco democráticos, buenos nutrientes para la elaboración de los discursos del momento. En este sentido, es absolutamente necesario volver la vista a lo que en mi opinión bien puede denominarse los dos grandes síndromes de la cultura española del siglo XX, el síndrome regeneracionista y el síndrome Ortega». Así pues, aunque Ernesto Giménez Caballero gritara aquello de que por fin había Pirineos, Ismael Saz desmenuza las tentaciones europeistas-totalitarias de un buen nombre de sujetos, que entendieron la victoria fascista en la época com una oportunidad de oro para incorporar, definitivamente, España al concierto de las nuevas naciones europeas que, elevadas por encima de las decadentes y derrotadas democracias, y a punto de enfrentar el desafío final –la destrucción del comunismo soviético–, veían llegar su hora. Y también la de la nueva España.

Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, el antifascismo estaba en una situación de crisis profunda, junto con el frentepopulismo, «su expresión política propositiva», en palabras de Ricard Vinyes «la propuesta política más relevante que había generado la izquierda europea a mitad de los años treinta», frente a la extensión de dictaduras y del fascismo. En la primera parte del texto, Vinyes explica de forma sintética los orígenes del frentepopulismo, más allá de la recurrente asignación de la propuesta al VII Congreso de la Internacional Comunista, y destaca la extensión en el movimiento obrero de la opción de defensa de la democracia y su revaloración. El triunfo electoral del Frente Popular francés, la experiencia española y la Guerra Civil constituyeron el punto álgido del frentepopulismo. Pero, de los acuerdos de Munich al pacto germano-soviético, pasando por la derrota de la República española, la crisis del frentepopulismo resultó irreversible. Para Ricard Vinyes, el pacto Molotov-Ribentropp tuvo efectos «devastadores por el desconcierto que generó, por las divisiones que promovió i porqué el antifascismo perdió toda autoridad pública».

No puede ser más claro, ni contundente, el profesor Ángel Bahamonde en el arranque de su intervención: «Sigo pensando que el golpe de Casado no puede entenderse únicamente como una respuesta de última hora ante una situación calamitosa tras la derrota republicana de Cataluña. El golpe de Casado lo inscribo en un amplio periodo de tiempo que enraíza directamente con la crisis política de abril de 1938, que se alimenta a lo largo de 1938, principalmente tras la derrota republicana del Ebro, y que se resuelve, durante este arco temporal, en un doble frente, lo que denomino el antinegrinismo político y el antinegrinismo militar, como dos formas de oposición a la política seguida por Juan Negrín, que acabarían por confluir a finales de 1938. En sentido estricto resultaría exagerado suponer que el golpe de Casado trae consigo la fracturación definitiva del Frente Popular. Como alternativa de gobierno el Frente Popular no llegó a funcionar en España. Se resolvió como coalición electoral en febrero de 1936, fue incapaz de generar un proyecto de gobierno provisto de una mínima acción unitaria en la primavera de 1936. Y durante la Guerra Civil, quizás haciendo la salvedad del segundo semestre de 1937 por lo que supuso el gobierno denominado de la Victoria, tampoco cuajó en un ordenamiento político que se tradujera en una plataforma sólida contra la sublevación militar y sus aparatos políticos. Insisto en el mantenimiento de la hipótesis de la doble ramificación política y militar entendida a largo plazo, que desembocó en el golpe del 5 de marzo de 1939». No pueden añadirse muchos comentarios a unos planteamientos tan claros y precisos. Arrancando de esta premisa, el profesor Bahamonde despliega un minucioso análisis del último tramo de la España republicana, desde la formación del primer gobierno Negrín hasta el fin representado por el golpe del coronel Casado; un análisis político, ideológico y de las interioridades y equilibrios de fuerza del campo republicano, que enriquece de forma notable las lecturas històricas e historiográficas del último año de la Segunda República española.

Uno de los avances más notables de la investigación histórica y la reflexión historiográfica de los últimos años, ha sido la insistencia en la complejidad de los fenómenos migratorios europeos de entreguerras. Detrás de la expresión «fenómenos migratorios» hay una referencia precisa a uno de sus aspectos más cruciales: los exilios políticos, que nos desvelan las diferentes caras de la realidad histórica europea de vigilia de 1939. Francia fue el escenario privilegiado, el lugar de acogida preferente de miles de personas provinientes de toda Europa, que reflejaban, en sus vivencias, el lado más oscuro de la historia continental: la persecución política y racial, la derrota republicana española, el ascenso de los fascismos, etc. Denis Peschanski, uno de los grandes especialistas europeos, lo sintetiza, para el escenario francés, de forma muy precisa: «El tema no es simple, dado que las relaciones dialécticas entre estas poblaciones desplazadas, el Estado, la sociedad civil en el país de acogida y la opinión pública fueron complejas. Dichas relaciones se convirtieron en una cuestión central en las políticas de Estado, los comportamientos y las representaciones en el contexto de crisis proteiforme que caracterizó la Francia de los años treinta. Crisis económica, política y moral, pero asimismo crisis internacional en el contexto del ascenso de los peligros. Las problemáticas esenciales nacen de una tensión extrema: en el preciso momento en que el exilio hacia Francia llega a un punto culminante, las condiciones de acogida resultarán las peores, con la excepción de los dos años del Frente Popular». «En medio de la tormenta», señala el profesor Peschanski para definir la manera como Francia deberá enfrentar el problema y su magnitud, crecida exponencialmente en el invierno de 1939, cuando el fin de la Guerra Civil española, provoca un alud de casi medio millón de personas –civiles y militares– sobre las tierras rosellonesas.

Finalmente, la profesora Alicia Alted no se limita a un análisis descriptivo del exilio español de 1939. Por el contrario, sitúa la tragedia español en un período de largo recorrido, marcado por las migraciones forzosas, las primeras deportaciones de población o los terribles intercambios vinculados a conflictos armados en diferentes rincones de Europa. 1939 fue una primera culminación de un fenómeno histórico moderno, vinculado al salto cualitativo y cuantitativo de los conflictos de los treinta primeros años del siglo pasado.

Largo recorrido, visiones amplias y multidisciplinarias: de la alta política internacional al frentepopulismo, de las actitudes de los intelectuales, a las consecuencias de la Guerra Civil española y su impacto a nivel europeo. El año 1939 fue europeo y español, sin duda alguna. Cerró la puerta a la aventura democrática de la Segunda República y abrió las del infierno de la guerra europea, primero, y mundial después. Las democracias vivieron en el filo de la navaja, y alguna de ellas perecería sin pena ni gloria. Y parecía, sobretodo en aquel año, la hora de los fascismos, del «hombre nuevo» fascista y el inicio de nuevo orden –político, social, ideológico, cultural, económico– europeo. Ante él, el espectro inquietante del comunismo soviético se alzaba en las fronteras orientales, esperando, quizá, el definitivo hundimiento del mundo capitalista. Fascismo y antifascismo, comunismo y anticomunismo, cruzaron sus armas dialécticas –y no tan dialécticas– hasta agotar los recursos oratorios y escritos. Pero el final de los debates de los años treinta, la conclusión del terrible y catastrófico 1939, estaba escrito en la orden para empezar la invasión de Polonia, el 1 de septiembre de aquel año.

EL AÑO 1939. MOMENTUM DE LA GUERRA CIVIL EUROPEA

Enzo traverso

Université de Picardie Jules Verne, Amiens

En física, la palabra de origen latino momentum designa la velocidad adquirida por una masa en movimiento. En algunas lenguas se ha convertido en una metáfora para indicar un arranque, un impulso, una aceleración. Dialécticamente –momentum es un concepto ampliamente empleado por Hegel–, marca un umbral, una condensación de elementos formados con anterioridad cuyo peso acumulativo da un arranque cualitativamente nuevo, abriendo una situación inédita. El año 1939 no es un simple momento en el desarrollo cronológico del siglo XX; constituye más bien un momentum que acelera la precipitación hacia una conflagración mundial. En este texto se analizará como un año-bisagra de la Guerra Civil europea, es decir, de la crisis internacional –cuyo epicentro fue el viejo mundo– nacida en 1914 y acabada en 1945. Los acontecimientos de este año crucial no se inscriben en ninguna teleología histórica, sino que dibujan una constelación de la que es posible, a posteriori, captar los orígenes y los desenlaces.

I

A principios de febrero de 1939, algunos días después de la caída de Barcelona, una primera oleada de refugiados republicanos llega a Francia, cruzando la frontera de los Pirineos. Este movimiento pronto alcanzará dimensiones considerables, hasta el punto de registrarse en la memoria colectiva como un verdadero éxodo bíblico. A lo largo de los meses siguientes, serán alrededor de 450.000 personas las que abandonen España, no únicamente combatientes, sino familias enteras, con ancianos, mujeres y niños. Las autoridades francesas –cuya política de «no intervención» decidida tres años antes, durante el Frente Popular, contribuyó al aislamiento internacional de la República– se enfrentan a este flujo masivo de refugiados de un modo acelerado e improvisado, colocando a combatientes y civiles en unos centros de acogida creados en pocos días, esencialmente a iniciativa de los poderes públicos locales, con los medios de que se disponía, a menudo en las playas. Argelès contará con 77.000 internados, Saint-Cyprien con 90.000, Arles-sur-Tech con 46.000, Barcarès con 13.000. Estos centros fueron la base para numerosos relatos de memorias y reconstrucciones históricas que describen las condiciones materiales espantosas, siempre incapaces de satisfacer las necesidades más elementales de las personas internadas.[1] Lo que hay que subrayar aquí es su carácter híbrido, a medio camino entre centros de ayuda humanitaria y campos de concentración. Por un lado, responden a una demanda urgente y traducen un ímpetu solidario que brota de la opinión democrática y de las asociaciones antifascistas (se crean varios centros a iniciativa de ayuntamientos socialistas o comunistas). Por otro lado, prueban la desconfianza –incluso la hostilidad– de las autoridades francesas ante la perspectiva de acoger a una masa de refugiados políticos que podrían convertirse en un factor de inestabilidad (más allá de las repercusiones diplomáticas de esta opción). Este carácter híbrido y contradictorio está vinculado no obstante a la naturaleza de los lugares. Corresponden a la definición de campo propuesta por Giorgio Agamben: un lugar cercado que toma forma de un espacio de no derecho.[2] Las personas internadas están asistidas, pero pueden también ser perseguidas, según el capricho de las autoridades que deciden sobre su suerte. Son una masa de parias, según la definición formulada por Hannah Arendt en los orígenes del totalitarismo: un grupo de seres humanos privados de existencia política, por tanto excluidos de todo derecho, a los cuales les es «negado el derecho a tener derechos».[3]

El carácter de «campos» de estos centros de acogida alcanzó rasgos cada vez más claros a lo largo de los meses, lo cual vino a confirmar temores difusos. El 19 de mayo de 1939, el filósofo judío alemán Walter Benjamin escribía a Max Horkheimer, director del Instituto de Investigaciones Sociales, entonces instalado en Nueva York, que, en caso de una nueva Guerra Mundial, lo que esperaba a los extranjeros refugiados en Francia era «el campo de concentración».[4] Esta sombría previsión debía concretarse algunos meses más tarde. En septiembre de 1939, tras la firma del pacto germano-soviético y al principio de la Segunda Guerra Mundial, los gobiernos francés y británico anuncian el internamiento de todos los «extranjeros naturales de los territorios que pertenezcan al enemigo». En gran Bretaña son 30.000 los que se internan, especialmente en los campos creados en Kent y en la Isla de man. En Francia son alrededor de 20.000. A la mayoría se los envía a campos que habían sido puestos en marcha en febrero para acoger a los refugiados republicanos españoles. Esta «quinta columna» potencial está formada esencialmente de exiliados antifascistas, en su mayoría judíos, que han tenido que abandonar el III Reich y a los que se ha despojado a menudo de la ciudadanía alemana. En septiembre, se interna a Walter Benjamin y a Hannah Arendt en Nevers, donde permanecen hasta noviembre, cuando se los pone en libertad gracias a la intervención de un parlamentario francés. A Arthur Koestler se le interna en el campo de Vernet, en los Pirineos Orientales, del que escribirá en la lie de la terre (1941).

Ahora bien, la historia de estos campos no se detiene en 1939. En junio de 1940, tras la derrota francesa, se transfieren a la autoridad del nuevo régimen de Vichy. En virtud de la legislación antisemita promulgada por el gobierno petainista a principios de otoño, en 1941 el Estado francés comienza a agrupar a los judíos. Desde verano de 1942, estos campos se convierten en centros de tránsito desde donde se organiza la deportación de los ex refugiados políticos hacia los campos de concentración y de los judíos hacia los campos de exterminio nazis. Dicho de otro modo, los campos de acogida de los republicanos españoles se convirtieron en la antecámara de Auschwitz. Hannah Arendt resumió este recorrido en términos claros: «El exterminio de los judíos –escribe– había comenzado por privarlos de estatuto jurídico […]; antes de hacer funcionar las cámaras de gas, los nazis habían estudiado cuidadosamente la cuestión y descubierto para su gran satisfacción que ningún país iba a reclamar a esta gente. Lo que hay que saber muy bien es que se había creado una condición de completa privatización de derechos mucho antes de que el derecho de vivir fuera contestado».[5] Es comprensible el apelativo con el que se ha grabado el recuerdo de estos lugares en la memoria europea: «los campos de la vergüenza».[6]

Los «campos de la vergüenza», sin embargo, no son los únicos en este año de 1939. La Alemania nazi dispone de muchos, mucho más duros que sus homólogos franceses o británicos. Desde la llegada de Hitler al poder, seis años antes, su número se multiplicó en el conjunto del Reich. Están reservados esencialmente a los oponentes políticos y absorbieron a varias decenas de millares de alemanes. Algunos cuadros del Partido Comunista murieron en ellos. [7] Estos campos prefiguran, bajo una forma aún embrionaria, el sistema de concentración que se convertirá en uno de los aspectos característicos de la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el número de deportados (prisioneros de guerra, opositores políticos, forzados al trabajo, «asociales», judíos, etc.) alcance la cifra de 7,5 millones de personas. En el otoño de 1939, tras la invasión de Polonia, su número aumenta considerablemente, en paralelo a la creación de los guetos donde se concentra a los judíos de las ciudades conquistadas. En la URSS, por otra parte, el sistema del Gulag ya se ha institucionalizado desde 1930. Su población aumentó considerablemente durante la oleada represiva que acompañó a los procesos de Moscú, entre 1936 y 1938. Con el estallido de la guerra, el sistema de concentración soviético conocerá una expansión ulterior; su población ya no se contará en centenares de miles, sino en millones de deportados (al menos 15, entre los años 1930 e inicios de los años 50).[8] Ya en 1939 el gulag cumple con una función económica importante, en una sociedad soviética lanzada a un proceso de industrialización y de modernización autoritaria, incluso totalitaria.

Durante mucho tiempo, los campos nazis y soviéticos llamaron la atención de los historiadores de forma casi exclusiva. Más recientemente, no obstante, otros campos de este año 1939 comienzan a salir del olvido y a ser objeto de investigaciones amplias. Es el caso de los campos creados por el fascismo italiano en Etiopía o en Libia: dispositivos coloniales de represión política y de persecución racial que son centros de muerte lenta. A partir de 1941 la Italia fascista creará otros, igualmente mortíferos, en los Balcanes.[9] En España es en febrero de 1939, antes incluso del final de la Guerra Civil, cuando el franquismo institucionaliza, gracias a la «ley de responsabilidades políticas» (retroactiva y aplicable a los «crímenes» cometidos desde 1934), su propio sistema de concentración. Los prisioneros de guerra sometidos a los trabajos forzados son ya 60.000, entre una población carcelaria que supera las 270.000 personas.[10]

Este conjunto de campos es bastante heterogéneo: presentan unas características y cumplen unas funciones a menudo diferentes que van de la recepción de refugiados al internamiento de prisioneros de guerra y de opositores políticos. Son centros de tránsito, de ayuda humanitaria, de privación provisional de derechos, de trabajo forzado o de anulación gradual. En 1939 los campos de exterminio todavía no han sido concebidos, pero esta constelación heteróclita aparece, a posteriori, como su premisa indispensable.

II

Los «campos de la vergüenza» franceses de 1939 se inscriben por tanto, con sus especificidades, en una tendencia general. No sólo revelan las contradicciones y las debilidades, la impotencia y la cobardía de las democracias occidentales ante la ascensión del fascismo en Europa, sino que tejen una continuidad –un vínculo físico, según muchos actores de la época– entre la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial. Es muy difícil disociar estas dos guerras, la represión política que las acompaña, los campos de concentración y los genocidios nazis. Podemos ciertamente separarlos en el plano conceptual y analítico, pero su aprehensión histórica sólo puede hacerse a partir de su imbricación en un mismo proceso global. En otros términos, la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial no son más que dos etapas de una única crisis europea cuyos orígenes se remontan a 1914 y de la cual el año 1939 constituye un momentum, una transición crucial. Ciertamente la Guerra Civil española presenta unos rasgos singulares y nadie podría seriamente poner en duda sus propias causas, vinculadas a las contradicciones sociales y culturales del proceso de modernización, a las tensiones políticas que acompañaron el advenimiento de la Segunda República, a la reviviscencia de una cuestión nacional siempre abierta. Pero esta Guerra Civil, cuya conclusión no hace más que anunciar una deflagración más extensa que va a afectar a todo el continente durante seis años, pertenece a un ciclo de conflictos, de guerra y de violencia que, como una segunda guerra de Treinta Años, se extiende entre 1914 y 1945. Si la gran guerra fue el inicio, el año 1939 marca la conclusión de su segunda etapa (española) y el tránsito hacia la tercera, la cual sólo encontrará su propia forma a partir de 1941, con la agresión nazi contra la URSS; en resumen, final de la segunda e inicio de la tercera etapa de una única guerra civil europea.[11] La dimensión internacional de la Guerra Civil española es evidente a los ojos de todos los contemporáneos que perciben la «no intervención» anglo-francesa como la expresión palpable de la impotencia de las democracias liberales frente al ascenso del fascismo. Para Mussolini y Hitler, que deciden enviar sus tropas con el fin de apoyar a los generales golpistas –este apoyo será decisivo por varios motivos–, el carácter ideológico y europeo de este conflicto no tiene ninguna duda. Sin la aviación alemana y sin la presencia sobre el terreno de 70.000 soldados italianos muchas de las victorias del ejército franquista no hubieran sido posibles, del mismo modo que sin las armas soviéticas el frente republicano se habría hundido mucho antes. No hay duda tampoco de que para los 35.000 combatientes de las Brigadas Internacionales llegados a España después de 1936 se trataba de proseguir una lucha antifascista comenzada por todas partes, especialmente en Italia y en Alemania. Para un gran número de observadores, entre 1936 y 1939 es en España donde se juega el destino de Europa.

Mucho antes de que Ernest Nolte lo vulgarizara –en el marco de una interpretación apologética del nazismo que fue objeto de numerosas críticas muy conocidas[12]–, el concepto de Guerra Civil europea fue empleado por un gran número de sus actores, hombres de Estado o intelectuales, pertenecientes prácticamente a todas las corrientes de la cultura política de entreguerras. Del fascismo al comunismo, del nacionalismo al marxismo, pasando por el liberalismo, este concepto atraviesa en efecto todos los campos políticos, tomando en cada ocasión unas connotaciones, si no unas significaciones, diferentes. Fue muy utilizado tanto por los bolcheviques –es así como Trotsky analizaba la situación internacional abierta por la guerra y la revolución rusa– como por los «revolucionarios conservadores» alemanes, de Ernest Jünger a Carl Schmitt, pero también por intelectuales o responsables políticos liberales como John Maynard Keynes o Winston Churchill.[13] No coincidían ciertamente sus concepciones políticas, pero todos manifestaban la aguda conciencia de vivir una época en la que se jugaba, de la manera más trágica, el porvenir de Europa. Dicho de otro modo, era mediante una guerra fratricida como Europa se estaba forjando como comunidad de destino.

El concepto de guerra civil europea no designa un acontecimiento o una guerra, en singular, sino más bien una época situada por entero bajo el signo de la guerra, una época labrada por un ciclo de conflictos y de guerras. Durante el periodo que va de 1914 a 1945, Europa es el teatro de un enredo extraordinario de guerras interestatales, de revoluciones y de contrarrevoluciones, de guerras de liberación nacional, de conflictos de clase y de genocidios. Violencia e ideología se mezclan radicalizando estos conflictos hasta el paroxismo. Uno de los rasgos de este periodo reside en efecto en el surgimiento de conflictos políticos e ideológicos que trascienden los Estados, hasta el punto de romper su unidad y de dividir profundamente a las poblaciones. En otros términos, la guerra entre los Estados soberanos desemboca a menudo en guerras civiles. En el plano historiográfico, el concepto de Guerra Civil europea es sin duda el más apropiado para aprehender el sentido de esta secuencia de violencias extendidas a lo largo de treinta años.

Las razones que justifican el uso del concepto de guerra civil son múltiples. En primer lugar, los conflictos del periodo 1914-1945 ya no admiten ser aprehendidos mediante la concepción clásica de la guerra elaborada por Clausewitz en el siglo XIX, tras la derrota de Napoleón I: la guerra como correlación del Estado, el ejército y el pueblo, en el marco de una confrontación entre unos enemigos legítimos que respetan un conjunto de normas compartidas (ius in bello). Los conflictos de la segunda guerra de Treinta años están manejados como guerras civiles. La anomia jurídica que los caracteriza es típica de las guerras civiles, en las que el derecho de la guerra ya no tiene ningún valor y cada uno de los contendientes quiere destruir al enemigo. La Segunda Guerra Mundial, que marca el clímax en este ciclo de conflictos, se acaba en efecto como una Guerra Civil, mediante la anulación del enemigo que no firma un tratado de paz sino una «rendición incondicional». En 1945 el III Reich no está en la posición de un Estado soberano vencido y por tanto sometido a una ocupación transitoria (como Francia en 1871); en mayo de 1945, el III Reich ha dejado simplemente de existir, del mismo modo que la Confederación sudista al final de la Guerra Civil americana o la República al concluir la Guerra Civil española.

Por otra parte, el concepto de Guerra Civil europea alcanza toda su significación a la luz de una simple constatación: los conflictos de los años 1914-1945 implican profundamente a las poblaciones civiles y toman con frecuencia la forma de guerras contra los civiles, que conforman una parte considerable de las víctimas. Guerra contra los civiles significa bloqueo económico, bombardeos masivos de las ciudades, internamiento de los ciudadanos de los países enemigos, desplazamientos forzados de poblaciones, campañas de colonización y depuración étnica, masacres planificadas y genocidios. El éxodo de los republicanos españoles, en febrero-marzo de 1939, fue precedido por el exilio de los antifascistas italianos, de los antinazis y de los judíos alemanes y austriacos, éxodos más escalonados en el tiempo pero de dimensiones análogas. Fue precedido, tras la Revolución de Octubre y la guerra civil sangrante que la siguió en la URSS, por el éxodo de dos millones de rusos blancos. Se verá seguido, al final de la Segunda Guerra Mundial, por tránsitos de población mucho más masivos, comenzando por el de quince millones de alemanes residentes desde hacía siglos en las zonas orientales del Imperio prusiano y en el conjunto de la Europa central. Una vez más, desde este punto de vista, el año 1939 sólo es una etapa de un proceso más amplio.

III

Volvamos ahora a la caída de Barcelona, el 26 de enero de 1939. El 4 de febrero, el Heraldo de Aragón saluda la entrada de las tropas franquistas en la capital catalana con un artículo del nacionalista Víctor Ruiz Albéniz que termina con las siguientes palabras: «Un castigo bíblico (Sodoma y Gomorra)… para purificar la ciudad roja, la sede del anarquismo y del separatismo… como único remedio para extirpar esos dos cánceres mediante el termocauterio destructor implacable».[14]

Este pasaje, cuya prosa sobrecoge por su violencia, no tiene en realidad nada extraordinario. Es completamente representativo, incluso con su estilo enardecido, de la retórica contrarrevolucionaria, de tonos a menudo apocalípticos, del franquismo, tanto en su vertiente falangista como en su vertiente nacionalcatólica. Julián Casanova, que cita este pasaje en su historia de la Guerra Civil, explica que, en España, fascismo y catolicismo se revelaron compatibles.[15] Sería posible sin duda prolongar su reflexión. A pesar de sus especificidades –un peso del catolicismo sin parangón en el fascismo italiano o el nazismo alemán, una ideología más conservadora que totalitaria, etc.[16]–, el franquismo presenta ciertos rasgos típicos de los fascismos europeos de entreguerras: una fusión entre la cultura de las antiluces y el cientificismo, entre un antimodernismo oscurantista y una propensión muy moderna a emplear la violencia como medio de profilaxis social, de política higienista, incluso a veces eugenista. Diríamos hoy, adoptando el léxico foucaultiano, que el franquismo se inscribe en una tendencia más general consistente en reorganizar la sociedad según un modelo biopolítico.[17] Como revolución conservadora, el franquismo presenta los rasgos de una «cruzada moderna» que articula un discurso reaccionario y tradicionalista con una dominación biopolítica. No se contenta con instaurar un nuevo orden político, puesto que pretende reorganizar la sociedad, modelar los territorios y a las poblaciones. En nombre de la España eterna y de sus valores ancestrales, hay que extirpar el «cáncer» del bolchevismo y del anarquismo con el fin de sanar el cuerpo de la nación.

Desplacémonos ahora hacia la Alemania nazi. En el diario de Josef Goebbels –un texto valioso para penetrar en el paisaje mental del fascismo– se lee en la entrada del 30 de marzo de 1939: «Madrid conquistada, así como Valencia. Exaltación extraordinaria en toda España. Se trata de nuestra victoria (das ist auch ein Sieg von uns). Tenemos buenas razones para felicitarnos».[18] Algunos meses más tarde, cuando el ejército alemán ha invadido Polonia occidental, Goebbels visita el gueto de Lodz, apenas recién creado. En su diario describe la visita en los siguientes términos: «Es indescriptible. Ya no se trata de hombres, sino de animales. ésa es la razón por la cual nuestra tarea no es humanitaria, sino quirúrgica (chirurgische Aufgabe). Hay que cortar, de manera radical. De otro modo, Europa será arruinada una vez más por la enfermedad judía (jüdischen Krankheit). Paseo por las calles polacas. Ya es Asia. Tenemos mucho que hacer para germanizar este territorio».[19]

Las palabras de Goebbels no corresponden a una retórica abstracta, puesto que las sigue la adopción de medidas bien concretas. La ciudad de Lodz queda rebautizada como Litsmanstadt. Desde las primeras semanas de ocupación se toman decisiones cuya aplicación contempla abiertamente eliminar a la élite política, militar e intelectual polaca. Un único ejemplo basta para demostrar el alcance de esta política: en noviembre de 1939 todos los profesores de la universidad de Cracovia, una de las más antiguas del país, son deportados al campo de concentración de Sachsenhausen, donde la mayoría morirá.[20] Se concibe la campaña militar contra Polonia como un Volkstumkampf, «un combate racial» cualitativamente diferente del expansionismo pangermanista clásico (y también de la guerra de conquista que llevará a cabo Alemania al año siguiente en el frente occidental).[21] La Polonia ocupada es anexionada al III Reich (Dantzig y la Posnania) o se transforma en protectorado alemán (el «Gobierno General» dirigido por Hans Frank, que incluye ciudades como Varsovia, Lublin, Cracovia, Radom o Lemberg). No habrá en Polonia régimen colaboracionista. El proyecto nazi contempla, a largo plazo, la colonización alemana de Polonia (donde sólo residen en 1939 un millón de alemanes), lo que implica la expulsión de los polacos residentes en los territorios anexionados al Reich. La eliminación de la élite polaca, así como la guetización de los judíos y la instauración de una estricta separación entre eslavos y alemanes son medidas indispensables para alcanzar este objetivo. Este trabajo de «limpieza» se confía a unas unidades especiales (Einsatzgruppen) que se distinguirán dos años más tarde, durante la operación Barbarroja contra la URSS, en el exterminio de los judíos y en la eliminación de los comisarios políticos del Ejército Rojo. En efecto, como ha subrayado el historiador Ian Kershaw, en 1939 Polonia fue un campo de experimentación de la política de agresión y de colonización que después el nazismo llevará a cabo en el frente oriental.[22] El bombardeo masivo de Varsovia prefigura la Blitzkrieg de 1940 contra Francia, Bélgica y Holanda. Los tránsitos masivos de población prefiguran la reorganización demográfica (el hambre planificada) de Ucrania y de los países bálticos después de 1941.

Los sabios de la Alemania nazi se movilizan con el fin de legitimar dicha política de conquista del «espacio vital» (Lebensraum) en el Este de Europa. En abril de 1939, poco después de la anexión de los Sudetes al III Reich y la transformación de Checoslovaquia en protectorado alemán, el filósofo del derecho Carl Schmitt publica un ensayo titulado Grossraum gegen Universalismus.[23] Opone la idea de «gran espacio» (Grossraum) –«creador» y modelado por la fuerza vital del Volk, el grupo étnico que lo ocupa– a la idea «normativista» de espacio, codificado por el derecho internacional e inspirado ante sus ojos por una forma de universalismo de origen judío. A finales de agosto, justo antes del estallido de la guerra, se desarrolla en Bucarest un congreso internacional de sociología en el que dos jóvenes investigadores alemanes destinados a una brillante carrera en la República Federal Alemana, Thomas Schieder y Werner Conze, en la época especialistas del Ostforschung, presentan una comunicación sobre el problema de la «sobrepoblación» en Europa oriental, preconizando entre otras medidas su «desjudeización». En septiembre, en el momento del estallido de la guerra, presentan a Himmler un memorandum en el que resumen los resultados de su reflexión.[24]

Podemos ahora precisar, a la luz de estas consideraciones generales, la comparación esbozada más arriba entre el editorial del Heraldo de Aragón y el diario de Goebbels. No se trata de establecer una homología histórica entre dos acontecimientos tan diferentes como la Guerra Civil española y la ocupación alemana de Polonia. Lo que los une, no obstante, va más allá de la simple correspondencia en el plano cronológico. Los pasajes del periódico de Zaragoza y del diario del ministro nazi de Propaganda son síntomas que revelan un universo mental y unas categorías analíticas compartidas. Se halla en los dos la misma metáfora médica: «purificar la ciudad roja», «extirpar dos cánceres», sanar la «enfermedad judía» que afecta Europa, «cortar de manera radical», llevar a cabo una «tarea quirúrgica». En los dos casos, la violencia se presenta como un medio de saneamiento de la sociedad, como una operación quirúrgica necesaria para curar un cuerpo enfermo.

IV

Otros síntomas igualmente reveladores se manifiestan en el transcurso del año 1939. El 30 de Enero, Hitler pronuncia en el Reichstag un discurso célebre, que él mismo califica de profético: en el caso de una nueva Guerra Mundial, afirma, el resultado no será «la bolchevización de la tierra y, por tanto, la victoria de los judíos, ¡sino la aniquilación de la raza judía en Europa!».[25] Esta proclamación debe resituarse en su contexto. En 1939, los nazis no han elaborado ningún plan de extermino de los judíos. Hasta el estallido de la guerra, el III Reich lleva a cabo una política de terror y de persecución antisemita con el fin de empujar a los judíos a abandonar su territorio. La «Solución final» no comenzará hasta 1941, con la invasión de la URSS. Durante esta campaña militar de dimensiones titánicas y de una violencia extrema, la conquista del «espacio vital», la colonización del mundo eslavo, la destrucción del bolchevismo y el exterminio de los judíos –considerados como el corazón de la URSS y el cerebro del comunismo– se vuelven un único objetivo. En enero de 1939, sin embargo, el régimen nazi contempla aún deportar a los judíos a un territorio alejado (la metáfora de Madagascar) y su política está todavía orientada hacia su expulsión. El discurso de Hitler revela por tanto un estado de ánimo y una disposición mental. muestra claramente la propensión a adoptar las medidas más radicales, de las deportaciones masivas a la masacre a gran escala. En el contexto de la guerra, todo se volverá posible.

En octubre de 1939, Hitler firma una directiva –no una ley, puesto que esta decisión debe permanecer secreta– que anuncia la Operación T4, es decir, la política de eutanasia que aspira a eliminar a los enfermos mentales, las «vidas indignas de vivir» (lebensunwerte Leben).[26] En diciembre, se crea en Berlín un Instituto de Eutanasia, Tiergaten 4 (del que procede la denominación de esta política). En el transcurso de las semanas siguientes, se pone en marcha la eliminación de cinco mil enfermos mentales en varios hospitales psiquiátricos tanto en Alemania como en Polonia. El dispositivo técnico de la Operación T4 –el principio de las cámaras de gas– se adaptará más tarde, a partir de la primavera de 1942, en los campos de exterminio reservados a los judíos. En 1939, escribe el historiador Saul Friedländer a propósito del antisemitismo nazi, «la posibilidad de la aniquilación flotaba en el aire».[27]

V

El año 1939 marca un momento de crisis en la historia del antifascismo. Primero la derrota republicana en la Guerra Civil española y luego la firma del pacto germano-soviético lo afectan en profundidad. En primavera, la victoria franquista lo desmoraliza; en agosto, el pacto de no agresión firmado por los ministros de Asuntos Exteriores del III Reich y de la URSS, molotov y Ribbentrop, lo trastorna, cuestionando sus convicciones y sus compromisos. La Segunda Guerra Mundial se inicia en un clima de desconcierto de la opinión internacional y del movimiento antifascista. El trauma precede la previsible derrota polaca. Las consecuencia del pacto – la partición de Polonia y de los países bálticos– resultan de inmediato evidentes, incluso si algunas de sus cláusulas secretas particularmente abyectas (el intercambio de prisioneros políticos) no son aún conocidas. En el transcurso del otoño de 1939, un gran número de dirigentes e intelectuales, de Arthur Koestler a Willi Münzenberg, de Leo Valiani a Umberto Terracini, de Manès Sperber a Paul Nizan, abandona los partidos comunistas.[28]

El pacto germano-soviético parece de repente legitimar un concepto aparecido en Italia durante los años veinte, después adoptado en el seno del léxico político occidental, cuya posición sigue siendo no obstante vaga e incierta: el totalitarismo. Es en noviembre de 1939 cuando la American Philosophical Society organiza en Filadelfia, bajo la dirección del historiador de la Universidad Columbia de Nueva York, Carlton Hayes, el primer coloquio internacional consagrado a este tema. En el transcurso del otoño, Franz Borkenau, historiador austriaco, exmilitante comunista y exmiembro de la Escuela de Frankfurt, escribe su obra The Totalitarian Enemy, donde califica el comunismo como «fascismo rojo» y el nazismo de «bolchevismo pardo». En París, Raymond Aron interpreta fascismo y comunismo como dos formas distintas pero complementarias de un mismo «maquiavelismo moderno».[29]

Es por tanto en esta coyuntura histórica donde nace un paradigma destinado a imponerse durante la guerra fría y defendido aún recientemente por numerosos politólogos e historiadores, de Martin Malia a François Furet.[30] Este paradigma consiste en identificar fascismo y comunismo como dos manifestaciones paralelas de un solo fenómeno político, dos regímenes íntimamente similares y que, en el fondo, participan de una misma naturaleza a pesar de sus discrepancias ideológicas. Según los teóricos del totalitarismo, el pacto germano-soviético no habría sellado una alianza provisional y contradictoria, sino que revela la afinidad profunda, incluso la naturaleza análoga de quienes lo suscriben. Este diagnóstico se convertirá en el caballo de batalla del liberalismo posbélico (y sigue siendo en gran medida uno de los tópicos del discurso memorial y de la vulgata postotalitaria de este principio del siglo XXI).

La intuición fulgurante que muchos observadores creen tener ante las fotos de molotov estrechando la mano de Ribbentrop, en un decorado sorprendente en el que en segundo plano aparecen la hoz y el martillo al lado de la cruz gamada, es pese a todo engañosa. Observado bajo este ángulo, el año 1939 fue el año del malentendido. La alianza entre la URSS y el III Reich tiene unas motivaciones contingentes y transitorias: Hitler no quiere llevar una guerra en dos frentes, repitiendo el fracaso del imperio de Guillermo durante la guerra de 1914; Stalin considera que el Ejército Rojo –cuyas jerarquías han quedado decapitadas por las purgas de los años anteriores– no está todavía preparado para una nueva guerra, aun cuando sepa que será inevitable. En efecto, la duración de este pacto será efímera. Dos años más tarde, el enfrentamiento entre la Wehrmacht y el Ejército Rojo tomará unas dimensiones literalmente apocalípticas.

El 22 de septiembre de 1939 se desarrolla una parada militar germano-soviética en la ciudad de Brest-Litovsk, nueva frontera entre el III Reich y la URSS tras la partición de Polonia. Una foto nos muestra el encuentro entre las dos principales personalidades de dicho acontecimiento: el general alemán Heinz guderian y el coronel ruso Semyon mosseyevitch Krivotschein. Firmes en sus uniformes, sonríen ante las cámaras para una foto de recuerdo. Resulta muy interesante comparar las trayectorias de los dos altos mandos.[31]Nacido en Kulmhof, en Prusia Oriental, guderian participó en la Primera Guerra Mundial y, durante un breve período, intervino al frente de una unidad militar alemana cerca de Kazán, en tiempos de la Guerra Civil rusa. Teórico de la Blitzkrieg, dirigirá el ataque de las Ardenas en 1940 y luego, al año siguiente, al mando del segundo ejército mecanizado de la Wehrmacht, será uno de los actores de la operación Barbarroja contra la Unión Soviética. Krivotschein es un judío ruso. Se adhirió al Partido Bolchevique en 1917, a los dieciocho años, y al año siguiente se enroló en el Ejército Rojo, y combatió en la célebre caballería de Budionny. Acudió voluntario a España como experto militar soviético durante la Guerra Civil y, en otoño de 1936, dirigió la unidad mecanizada republicana durante la batalla de Madrid. Nombrado general en 1940, en el momento de introducirse dicho grado en el Ejército Rojo, participará en la Segunda Guerra Mundial y se convertirá en el estratega de la victoria soviética en la batalla de Kursk y posteriormente de la reconquista de Bielorrusia, incluida la ciudad de Brest-Litovsk. En 1945, Krivotschein será uno de los principales colaboradores del general Zukhov en la ofensiva que conducirá al Ejército Rojo a Berlín. Si se comparan los itinerarios de esos dos generales, el uno prusiano y pangermanista, el otro judío y bolchevique, se puede apreciar mejor el significado de su encuentro del 22 de septiembre de 1939: no la convergencia lógica y coherente entre los representantes de dos regímenes totalitarios, sino un episodio excepcional y efímero que posee, a posteriori, una dimensión absurda y surrealista.

El perfil que adopta la época de la Guerra Civil europea, cuando se presenta a nuestra mirada retrospectiva, no es el de una alianza o una coalición entre totalitarismos; es más bien la de un enfrentamiento radical, irreconciliable y terriblemente mortífero entre el fascismo y el comunismo. Tomada en su conjunto, la Segunda Guerra Mundial no opuso la democracia al totalitarismo. Se terminó mediante la victoria de una coalición entre las democracias liberales (gran Bretaña y los Estados Unidos) y el comunismo (la URSS) contra el fascismo (las fuerzas del Eje). A pesar de sus rasgos similares –dictadura, ideología de Estado, partido único, sistema de campos de concentración, jefe carismático, etc.–, la Alemania nazi y la Unión Soviética defendían visiones del mundo y se apoyaban sobre bases sociales completamente antinómicas. En 1939, esta diferencia de naturaleza estaba oscurecida, el tiempo de un malentendido. El antifascismo recupera su impulso y reaparece en escena a partir del verano de 1941. Los partidos comunistas recuperan su influencia y se imponen en el seno de los movimientos de Resistencia. En el corazón de la experiencia antifascista se halla la alianza entre la democracia y el comunismo, los herederos de las Luces (de las que el estalinismo es la versión paroxística y totalitaria, hasta el punto de cuestionar sus premisas, pero no la negación).[32]En el plano filosófico, la Segunda Guerra Mundial podría resumirse en un conflicto entre Luces y anti-Luces, no entre democracia y totalitarismo (puesto que dicha lectura sólo podría realizarse al precio de negar la dimensión totalitaria del estalinismo).

VI

En el año 1939 aparece uno de los grandes clásicos de la sociología del siglo XX: es en Basilea, en Suiza, donde el joven Norbert Elias, en ese momento exiliado en gran Bretaña, publica El proceso de civilización (Über den Prozess der Zivilisation).[33]En la obra elabora un concepto de civilización muy marcado por la influencia de Max Weber y Sigmund Freud. El monopolio estatal de la violencia y el autocontrol de las pulsiones unidos a la racionalidad moderna, explica a lo largo de sus páginas, conducen a una sociedad pacificada, «civilizada». La civilización de la que habla Elias no es la Zivilisation técnica opuesta a la Kultur de la que Thomas Mann se había vuelto el flagelador al final de la gran guerra en sus Consideraciones de un apolítico. Se trata más bien de una fusión de cultura y de modernidad. Su libro –que en la época pasa desapercibido– constituye en efecto el apogeo, en el seno de las ciencias sociales, de una idea de Progreso que las Luces habían forjado durante el siglo XVIII en su impulso de optimismo antropológico y que la cultura occidental había luego adoptado, durante el siglo siguiente, como una especie de «ley» que rigiera el movimiento de la historia.

En un pasaje desconcertante de este libro, Elias compara las costumbres pacíficas de los pueblos europeos civilizados con la «agresividad» (Kampflust) y con el «furor» guerrero del «combatiente abisinio». Comparada con este salvajismo «impotente ante el aparato técnico de un ejército civilizado», se apresura a precisar, «la agresividad de las naciones más belicosas del mundo civilizado parece moderada». En este mundo, concluye, «la fuerza bruta y desencadenada» sólo sobrevive bajo una forma «patológica».[34]

Este pasaje sorprendente –publicado a tres años de distancia de una guerra realizada en Etiopía por el ejército italiano con la ayuda de armas químicas, con unos soldados «civilizados» que exhibían como trofeos de guerra las cabezas cortadas de los jefes de las tribus «salvajes»– no muestran solamente la ceguera y la ingenuidad de Elias. Revela los límites y las contradicciones de una cultura que es también la matriz del antifascismo.

Salvo algunas figuras aisladas, los antifascistas son incapaces de captar la «dialéctica de la Ilustración»;[35]no ven en el fascismo más que una regresión, una recaída de la civilización en la barbarie, según la fórmula habitual en la época. muy pocos son los que comprenden que el nazismo no es solamente hijo de las antiluces, sino también el producto de una dialéctica que transformó el racionalismo occidental de fuerza emancipatoria en dispositivo de dominación, el progreso técnico en regresión social. Es a finales de 1939 cuando Walter Benjamin, exiliado en París, emprende la redacción de sus célebres «Tesis» en las que la historia está representada por un ángel que contempla asustado el pasado, extendido bajo sus ojos como un paisaje de ruinas antaño llamado «progreso». milagrosamente salvado al año siguiente, este texto sólo se descubrirá y comprenderá algunos decenios más tarde.

Traducción de Juan A. Herrero Díez

[1] Sobre la historia de estos campos, cf. Denis Peschanski, La France des camps. L’internement 1938-1946, París, Gallimard, 2002 ; Geneviève Dreyfus-Armand y Émile Témime, Les camps sur la plage. Un exil espagnol, París, Éditions Autrement, 2008.

[2] Giorgio Agamben, «Che cos’è un campo?», en Mezzi senza fine. Note sulla politica, Turín, Bollati-Boringhieri, 1996, pp. 35-41.

[3] Hannah Arendt, The Origins of the Totalitarianism (1951), Nueva York, Harcourt, Brace & Co., 1976, p. 296.

[4] Citado en Momme Brodersen, Walter Benjamin. a Biography, Londres, Verso, 1997, p. 244.

[5] Hannah Arendt, the Origins of Totalitarianism, Op. cit., p. 296.

[6] Cf. Anne Grynberg, Les camps de la honte. Les internés juifs des camps français, París, La Découverte, 1991.

[7] Cf. Wolfgang Sofsky, Die ordnung des terrors. Das Konzentrationslager, Frankfurt, Fischer, 1993.

[8] Cf. Anne Applebaum, Gulag. a History of the Soviet Camps, Londres, Penguin Books, 2004.

[9] Cf. Nicola Labanca, Oltremare. Storia dell’espansione coloniale italiana, Bolonia, Il Mulino, 2007, cap. 6 ; Angelo Del Boca, Italiani, brava gente?, Venecia, Neri Pozza, 2005 ; Spartaco Capogreco, I campi del Duce, Turín, Einaudi, 2004.

[10] Cf. Carme Molinero, Margarita Sala y Jaume Sobrequés (eds.), Una inmensa prisión. Los Campos de concentración y el mundo penitenciario en España durante la guerra civil y el franquismo, Barcelona, Crítica, 2003 ; Javier Rodrigo, Cautivos. Campos de concentración en la España franquista 1936-1947, Barcelona, Crítica, 2005.

[11] Remito, para una análisis más profundo de este concepto, a Enzo Traverso, À feu et à sang. De la guerre civile européenne 1914-1945, Stock, Paris, 2005 (trad. esp. A sangre y fuego. De la guerra civil europea (1914-1945), Valencia, PUV, 2009).

[12] Ernst Nolte, Der europäische Bürgerkrieg. Nationalsozialismus und Bolschewismus 1917-1945, Ullstein, 1987 (tr. esp. La guerra civil europea 1917-1945. Nacionalsocialismo y bolchevismo, México, Fondo de Cultura Económica, 1995).

[13] Cf. Enzo Traverso, À feu et à sang, Op. cit., cap. I.

[14] Citado en Julián Casanova, Republica y Guerra Civil, Barcelona/Madrid, Crítica/Marcial Pons, 2007, p. 404.

[15] Ibid., p. 359.

[16] Véase sobre este tema Ismael Saz, Fascismo y franquismo, Valencia, PUV, 2004.

[17] Para una aplicación a los fascismos de este concepto elaborado por Foucault, cf. Giorgio Agamben, Homo sacer. Il potere sovrano e la nuda vita, Turín, Einaudi, 1995. Sobre la dimensión biopolítica de la represión franquista, cf. el ensayo de Ricard Vinyes en Una inmensa prisión, Op. cit., pp. 155-175, y también (especialmente sobre la influencia del eugenismo fascista) Antonio Polo Blanco, Gobierno de las poblaciones en el primer franquismo (1939-1945), Cádiz, Universidad de Cádiz, 2006.

[18] Josef Goebbels, Tagebücher, I.3, Munich, Saur, 1987, p. 586.

[19] Ibid., p. 768.

[20] Cf. Mark Mazower, Dark Continent. Europe’s Twentieth Century, Londres, Vintage, 2000, cap. 5.

[21] Ian Kershaw, Hitler 1936-1945. Némésis, París, Flammarion, 2000, p. 380; Saul Friedländer, Nazi Germany and the Jews. II. 1939-1945. The Years of Extermination, Nueva York, Harper Collins, 2007, p. 12.

[22] Ian Kershaw, Hitler 1936-1945, Op. cit., p. 373.

[23] Carl Schmitt, «Grossraum gegen Universalismus. Der völkerrechtliche Kampf um die Monroedoktrin» (1939), en Positionen und Begriffe im Kampf mit Weimar-Genf-Versailles 1923-1939, Berlín, Duncker & Humblot, Berlin, 1988, pp. 335-343.

[24] Cf. Saul Friedländer, Nazi Germany and the Jews. II. 1939-1945, Op. cit., p. 32.

[25] Citado en Ian Kershaw, Hitler 1936-1945, Op. cit., pp. 217-218.

[26] Cf. Ernst Klee, Euthanasie im NS-Staat. Die Vernichtung lebensunwerten Lebens, Frankfurt, Fischer, 1985; Michael Burleigh y Wolfgang Wippermann, The Racial State. Germany 1933-1945, Nueva York, Cambridge University Press, 1993, p. 148.

[27] Saul Friedländer, Nazi Germany and the Jews. I. 1933-1939. The Years of Persecution, Harper Collins, Nueva York, 1997, p. 312.

[28] Cf. Marcello Flores, L’immagine dell’URSS. l’Occidente e la Russia di Stalin 1927-1956, Milán, Il Saggiatore, 1990.

[29] Proceedings of American Philosophical Society, vol. 82, 1940; Franz Borkenau, The Totalitarian Enemy, Londres, Faber & Faber, 1940; Raymond Aron, Machiavel et les tyrannies modernes, París, éditions du Fallois, 1993; Para una reconstrucción de este debate, cf. Enzo Traverso, Il totalitarismo. Storia di un dibattito (2001), Milán, Bruno Mondadori, 2002 (trad. esp. El totalitarismo. Historia de un debate, Buenos Aires, Eudeba, 2001).

[30] Véase, por ejemplo, François Furet, Le passé d’une illusion. Histoire de l’idée communiste au XXe siècle, París, Laffont/Calmann-Lévy, 1995.

[31] Véase Dan Diner, «Ideologie und machtpolitik», Neue Zürcher Zeitung, 22 de agosto de 2009.

[32] Es el balance al que llega, de manera lúcida, Eric J. Hobsbawm, age of Extremes. the Short twentieth Century, Londres, Penguin Books, 1994.

[33] Norbert Elias, Über den Prozess der Zivilisation, Frankfurt, Suhrkamp, 1997, 2 vol. (ed. original Hans zum Falken, Basel, 1939, 2 vols.).

[34] Ibid., vol. I, p. 357.

[35] Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, Dialektik der aufklärung (1947), Frankfurt, Fischer, 1988.

LAS GUERRAS DE 1939

Francisco Veiga

Universitat Autònoma de Barcelona

Al año 1939 se le ha adjudicado históricamente una trascendencia crucial: señala el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. En realidad, esta condición resulta un tanto subjetiva, por cuando marca el inicio de la guerra europea que llevó a un conflicto de carácter realmente mundial sólo a partir 1941, cuando la Unión Soviética y los Estados Unidos se incorporaron a la contienda. De otra parte, deja en evidencia la forma en que la Segunda Guerra Mundial fue un fenómeno enfocado y explicado de forma predominante por los historiadores occidentales. Tomando como referencia la continuidad cronológica, bien podría considerarse que el conflicto comenzó en realidad el 7 de julio de 1937, en el denominado incidente del Puente marco Polo, entre fuerzas chinas y japonesas, que llevó a la captura de Pekín por éstas y a la Segunda guerra Sino-Japonesa. Este conflicto concluyó en 1945 y por lo tanto tuvo una continuidad evidente en el cuerpo central de la Segunda Guerra Mundial.

En consecuencia, uno de los objetivos de este trabajo es el debate sobre los límites del año de 1939 como fecha de referencia histórica; y a partir de aquí, la importancia relativa de algunos de sus actores, principales y secundarios. Por supuesto, no se trata de descargar a la Alemania nazi de la responsabilidad central en el inicio de la guerra, sino de definir con más precisión el perfil del conflicto que se inició el 1 de septiembre de 1939.

A diferencia de lo que ocurre con el comienzo de la Gran Guerra en 1914, el debate en torno a los orígenes del estallido de la Segunda Guerra Mundial carece de «nervio» polémico a pesar del enorme caudal historiográfico que ha suscitado esa contienda. Al margen de la historiografía neonazi, está ampliamente asumido que fue Adolf Hitler quien la desencadenó. Es una afirmación tan incontrovertible que la simple alusión a responsabilidades compartidas resulta sospechosa, desde un punto de vista político. De la misma forma, insistir en la posibilidad de que el incidente del Puente marco Polo en 1937 fuera el año real del comienzo de la tragedia, también podría parecer un intento más o menos sutil de aligerar la contundente carga de responsabilidad que recae en el nazismo. En realidad, sólo cuestiona el fuerte componente eurocéntrico sobre el que se asienta nuestra historiografía: así, en los años treinta ninguna guerra situada fuera del marco europeo podría haber desencadenado una contienda mundial.

Por todo ello, cuando en 1961 el historiador socialista británico A. J. P. Taylor publicó su obra capital, the originis of the Second World War,[1]se ganó rápidamente reputación de revisionista. Sólo en Reino Unido, la controversia se desencadenó y prolongó durante años, con el historiador Hugh Trevor-Roper encabezando un sólido frente de detractores procedentes de interpretaciones más ortodoxas, entre los cuales figuraban: Isaac Deutscher, Barbara Tuchman, Elizabeth Wiskemann, Tim Mason, Karl Dietrich Bracher, Golo Mann, John Lukacs o Andreas Hillgruber.

Sin embargo, con el tiempo, muchas aportaciones del modelo interpretativo aplicado por Taylor a los orígenes de la Segunda Guerra Mundial terminaron por ser aceptadas, mientras se sucedían las reediciones de su obra y aparecían artículos y libros que mantenían en pie buena parte de sus apreciaciones.[2]Pura y simplemente, muchas de sus ideas no pudieron ser rebatidas.

En esta pieza no se pretende exponer, y mucho menos secundar, la amplia aportación de A. J. P. Taylor a la interpretación de la historia diplomática en el periodo de entreguerras. Pero sí que se recuperan algunos de sus planteamientos más sólidos en relación a los orígenes de la Segunda Guerra Mundial, y más precisamente a los últimos meses de paz. Ni la historiografía catalana ni la española se asomaron en su día a la importante polémica generada por Taylor, pero en un congreso sobre los orígenes de la Segunda Guerra Mundial, setenta años después del fatídico 1 de septiembre de 1939, no puede ser ignorada.

Además, en esta ponencia se hará hincapié en los actores secundarios, que también tuvieron su protagonismo a lo largo de 1939 y por lo tanto en la forma que cobró el comienzo de la guerra. Países como Hungría, Eslovaquia, Finlandia o la misma Polonia no fueron meros comparsas o sujetos pasivos en manos de las grandes potencias continentales. Lo mismo es válido para los neutrales como Turquía, Portugal, grecia o la misma España. Este enfoque, como se verá, relativiza la imagen de gigantesca confrontación ideológica que tuvo el estallido de las guerras de 1939.

Por último, cabe precisar que el planteamiento cronológico de ese año parte de la división en tres periodos: el que va de enero a marzo; el que se prolonga desde este último mes hasta agosto, y el que cierra el año a partir de los acontecimientos que llevan a la guerra, en septiembre, y alcanzan hasta el mes de diciembre.

DE ENERO A MARZO

Los tres primeros meses de 1939 fueron un periodo muy marcado por las consecuencias de la conferencia de Munich, percibida entonces por la gran mayoría de la población anglo-francesa y de la mayor parte de Europa como un logro positivo, una «paz para nuestro tiempo», en célebre frase pronunciada por el primer ministro británico Neville Chamberlain a su llegada a Londes, tras participar en el evento. Se había evitado la guerra a escala continental: era el momento de triunfo para la política del apaciguamiento entendida como un intento de conjurar el desorden y la precipitación en la diplomacia de 1914 que había llevado al desencadenamiento de la gran guerra. El appeasement tenía como referencia el desastre acaecido un cuarto de siglo antes, de la misma forma que en diversas situaciones de crisis acontecidas con posterioridad, las iniciativas de Chamberlain y Daladier fueron percibidas como sinónimo de pusilanimidad o cobardía, por parte de unas democracias occidentales decadentes o de una camarilla de conspiradores dominada por el primer ministro británico.[3] Por otra parte, se suele olvidar que la política de apaciguamiento también reflejaba el principio de dirimir los asuntos internacionales según el espíritu de la Sociedad de Naciones, propio de la década de los años treinta.[4]

A comienzos de 1939 no parecía que nada pudiera enturbiar esas perspectivas de paz: la guerra española estaba próxima a concluir, lo que se percibía con claridad tras la derrota republicana en el Ebro; Alemania parecía haber renunciado a reclamar las colonias perdidas como resultado de la gran guerra –algo que por entonces todavía generaba expectación– y no había discusiones económicas sobre el tapete. En definitiva, prevalecía la idea de que Versalles, como sistema dirigido contra Alemania, había sido desmantelado entre todos, de común acuerdo, sin llegar a la guerra.[5]

El coste político que ello había tenido para los aliados se asumía, con mayor o menor incomodidad. Así, a pesar de haber perdido su predominancia diplomática en Europa oriental, Francia no se sentía en peligro; de hecho, abandonar el Este y replegarse sobre la Línea maginot parecía más realista, en términos de seguridad, que planear intervenciones militares de difícil ejecución estratégica en países lejanos. Este sentimiento se basaba en el cálculo realista de que Francia no podría ayudar a Checoslovaquia, llegado el caso. En definitiva, sería imposible impedir un hipotético avance alemán por el Este, pero a cambio, Alemania no lograría invadir Francia; y con eso bastaba.

Por su parte, los británicos recurrían a justificaciones de tipo más moral y político al considerar que a Alemania le asistía la razón de quedarse con el territorio de los Sudetes, de mayoría étnica germana. En gran Bretaña existía una reconocida tendencia a mantener que Versalles no había sido una paz justa con los pueblos de Europa. Por ejemplo, con los tres millones de alemanes obligados a vivir en Checoslovaquia. Esta manera de pensar cuestionaba los argumentos de aquellos pueblos que habían contribuido a desintegrar al Imperio austro-húngaro, incluyendo a los checos los primeros que al impulsar la creación de un estado multiétnico y no federalizado, habían creado, ellos mismos, una «cárcel de los pueblos». Las autodeterminaciones que habían acompañado el final de la Primera Guerra Mundial eran, en parte, denunciadas como una farsa. Un planteamiento que no dejaba de ser curioso y que compartía la izquierda británica con los conservadores.[6]Parece evidente que no sólo reflejaba ecos del resentimiento histórico hacia la independencia de las colonias americanas. También traducía preocupaciones más recientes de los británicos, que se habían estado enfrentando durante todo el periodo de entreguerras a crecientes presiones nacionalistas y anticolonialistas en diversos lugares Imperio y los protectorados, sobre todo en la India y Palestina.

De otra parte, el conflicto en torno al territorio de los Sudetes, incluyendo su anexión final por Alemania, en octubre de 1938, pareció generar expectativas irredentistas, de rediseño de fronteras y hasta soberanistas en otros lugares de Europa e incluso más allá.[7] Todo ello potenciado por la evidencia de que la crisis y su desenlace implicaban la liquidación final de la Europa surgida del Tratado de Versalles, lo que llevaría a la reestructuración de los Estados y mandatos constituidos a partir de 1919. En efecto, que la crisis de Munich no sólo afectaba a Checoslovaquia y Alemania quedó bien demostrado en la pronta anexión de Teschen por Polonia y de territorios rutenos en Eslovaquia por los húngaros, poco después de los acuerdos de Munich.

Así, el conflicto generado entre la Siria francesa y la República de Turquía por el Sanjak de Alexandretta, evolucionó en paralelo al del territorio de los Sudetes, aunque en este caso el litigio discurriera en el marco legal de la Sociedad de Naciones. Y ello fue así hasta el punto de que en septiembre de 1938 se creó a partir de ese territorio el denominado Estado de Hatay, con el turco con lengua oficial y una bandera muy similar a la que ostentaba la vecina república. También es de esa época el denominado libro Blanco de macDonald patrocinado por el ministro británico de Colonias para el mandato Británico de Palestina, a fin de dar paso allí a un estado independiente que debería ser gobernado conjuntamente por árabes y judíos. En la misma Europa, en Yugoslavia, el Sporazum o acuerdo federativo para la creación de la Banovina de Croacia, acordado a finales de agosto de 1939, había sido negociado a lo largo de los meses previos entre el primer ministro Dragiša Cvetković y Vlado Maček, el líder de la oposición nacionalista croata.

Estos ejemplos comúnmente asociados a la inminencia de la Segunda Guerra Mundial, cobran un significado más lógico si se relacionan con los acontecimientos acaecidos poco antes, y no tanto si se consideran emparentados a la posibilidad de un conflicto que, por entonces, se consideraba incierto.

En consecuencia, desde la conferencia de Munich y por lo tanto, a lo largo del periodo enero-marzo de 1939, parecía evidente que tarde o temprano debería reajustarse el equilibrio estratégico en todo el amplio espacio de la Europa central y oriental, e incluso en la mitad meridional, como consecuencia del final previsible de la Guerra Civil española y el nuevo peso que tendría Italia en el mediterráneo. que el Estado checoslovaco tenía los días contados era algo que se hacía evidente a cada día que pasaba. Aparte de lo que suponía en sí misma la amputación de los 30.000 km2 que constituían el territorio de los Sudetes, con sus recursos y activos y con la línea fortificada que era el escudo occidental de Checoslovaquia, resultaba imposible creer en la viabilidad del Estado centroeuropeo, abandonado a su suerte por sus propios aliados occidentales. Y eso dejando de lado las continuadas presiones políticas de la Alemania nazi sobre Praga a partir de Munich.

La política interior checoslovaca reflejaba bien a las claras cuál era el estado de cosas. Ya en octubre de 1938, el presidente Edvard Beneš dimitió y hasta se exilió; también cayó el gobierno del agrarista Milan Hodža, sustituido por un militar, el general Jan Syrový, quien incluso llegó a ejercer interinamente la presidencia hasta que el 30 de noviembre fue elegido presidente el controvertido Emil Hácha.[8]Durante aquellos meses, los dirigentes checoslovacos debieron esforzarse por mejorar las relaciones con Berlín, lo cual alentó el escepticismo sobre la capacidad de supervivencia del Estado dentro y fuera de sus fronteras.

La extrema derecha eslovaca ganó posiciones con rapidez. Recibió un fuerte empuje tras los acuerdos de Munich, a lo que ayudó también la muerte del carismático padre Andrej Hlinka, líder del Partido Popular Eslovaco, apenas dos meses antes. Esa formación actuó como catalizador de los diversos partidos y fuerzas nacionalistas (acuerdo de Žilina), consiguiendo la autonomía para Eslovaquia ya el 6 de octubre, y constituyéndose al día siguiente el primer gobierno en Bratislava encabezado por monseñor Jozef Tiso. En enero de 1939 ese mismo gobierno ya había prohibido todos los partidos a excepción del que era la base del régimen: el Partido de la Unidad Nacional Eslovaca. También en octubre la Rutenia Subcarpática había proclamado su autonomía y resultaba evidente que la Segunda República Checo-Eslovaca (nueva denominación) era como una nave desarbolada y casi a la deriva.

No era ningún secreto que Tiso simpatizaba abiertamente con la causa nazi y que Hitler consideraba la posibilidad de un Estado eslovaco independiente como nuevo peón en su política hegemonista en Europa central y oriental. Hungría era otro de los aliados firmes con que contaba Berlín, pero que poseía sus propias ambiciones en la zona a partir de su propia y frustrada experiencia histórica como imperio. Además, la presidencia del conservador –pero no fascista– regente Horthy enfatizaba aún más ese estilo independiente de la política exterior húngara. En cambio, la pequeña Eslovaquia, que iniciaba por primera vez su andadura como Estado soberano, ofrecía interesantes posibilidades para devenir el perfecto títere y base avanzada de Alemania en Europa centro-oriental.

A comienzos de 1939 se suponía que el siguiente objetivo de Hitler sería Ucrania,[9] apoyándose para ello en una Eslovaquia ya independiente y, sobre todo, en Polonia. Por entonces, no se consideraba que ese país pudiera convertirse en el siguiente adversario de la Alemania nazi, todo lo contrario. La idea de una Polonia afín a los alemanes tenía bases sólidas, que ya habían cobrado forma en el pacto de no agresión firmado por Berlín y Varsovia en enero de 1934. Este tratado estaba en consonancia con las ideas tradicionales de Józef Piłsudski, partidario de aliarse con Alemania contra Rusia: al fin y al cabo esa había sido su opción durante la gran guerra. El carismático padre de la nueva Polonia falleció al año siguiente, pero el Estado quedó moldeado a su imagen y semejanza a partir del régimen de la Sanacja, la Constitución de Abril (de 1935), el presidente Mościski (acaudillando los pilsudskistas «del castillo») el mariscal Edward Rydz-Śmigły, liderando a los chłopcy (los «chicos», los «muchachos») o antiguos camaradas de Piłsudski en las Legiones, y al final el movimiento Ozon, ultranacionalista y antisemita.[10]En definitiva, Polonia devenía, cada día que pasaba, un régimen crecientemente autoritario. Y sus principales problemas estratégicos estaban en el Este, frente a la Unión Soviética y las reclamaciones de esta potencia sobre la mitad oriental del país, el voivodato de Volinia y la parte correspondiente de Polesia, obtenidos de Ucrania y Bielorrusia, respectivamente, tras la guerra polaco-soviética de 1919-1921. De hecho, el despliegue de las defensas polacas miraba más hacia las fronteras orientales que a las occidentales, y apenas hubo tiempo de redirigirlas antes de que las tropas alemanas invadieran el país, el 1 de septiembre.

Esa Polonia nacionalista, muy similar en sus fronteras a la de1772, justo antes de la primera partición, no había olvidado las ambiciones de 1920, cuando sus tropas entraron en Kiev, restableciendo las fronteras de algo muy parecido a la gloriosa República de los Nobles. Desde luego, Varsovia tenía intereses reconocidos en Ucrania y así lo expresó el ministro de Asuntos Exteriores Józef Beck a su homólogo alemán, Joachim von Ribbentrop, en febrero de 1939. Durante la crisis de los Sudetes, Berlín había tenido en cuenta a Polonia y le había dado mano libre para ocupar el distrito minero-industrial de Teschen (Cieszyn, en polaco; Těšín en checo), duramente disputado con los checos, armas en mano, en 1919.

El comportamiento de Varsovia durante la crisis de 1938 había sido lamentablemente egoísta. En palabras del mismo presidente checo, Edvard Beneš, la traición polaca le había hecho desistir de cualquier resistencia a los acuerdos de Munich, a pesar de que inicialmente estaba dispuesto a enfrentarse a los alemanes con las armas en la mano. Y de que contaba con el apoyo de los soviéticos, que tenían preparadas para intervenir en defensa del Estado centroeuropeo a 30 divisiones de infantería, 10 de caballería, un cuerpo más tres brigadas blindadas y 12 brigadas aéreas. El 15 de septiembre, el gobierno rumano retiró sus objeciones al paso de tropas soviéticas por su territorio. Pero el ultimátum polaco a Checoslovaquia, el 30 de septiembre, cayó como un mazazo en Praga. François Poncet, embajador francés en Berlín describió la situación diciendo que «los polacos se movían hacia Teschen como los vampiros de las viejas épocas que revolotean sobre los campos de batalla para matar y robar a los muertos y heridos».[11]Ciertamente: a la vista de la actitud de Varsovia en aquellos momentos, resulta difícil prever qué bando hubiera escogido Polonia caso de haber comenzado la guerra a escala continental precisamente en aquel otoño de 1938. Si Beneš hubiera decidido luchar con el único apoyo de la Unión Soviética, muy posiblemente, los polacos hubieran combatido con los alemanes.

En cualquier caso, a Francia le supuso el descalabro de toda su política de alianzas en la Europa central y oriental. Debe recordarse que a lo largo del periodo de entreguerras, París había sido el impulsor occidental de la Pequeña Entente, constituida en 1920-1921 por Checoslovaquia, Rumania y Yugoslavia, centrada inicialmente en contener el revisionismo húngaro y la restauración en el trono de los Habsburgo. Polonia no había accedido, pero sí mantenía una cooperación ocasional. Esta situación quedaba compensada por la alianza franco polaca de 1921, que además de cooperación militar suponía estrategias comunes en política exterior y acuerdos económicos bilaterales. Es por ello que en octubre de 1938, París no sólo perdió al vital aliado checo en Europa central: de su fuerza económica y su industria militar dependía la capacidad disuasoria de toda la Pequeña Entente. Y por si faltara algo, Polonia había actuado agresivamente contra Checoslovaquia, haciendo causa común con la feroz política alemana y el revisionismo húngaro. Para concluir: sin apoyos fiables en la mitad oriental de Europa, Francia tampoco podía articular ninguna forma de alianza estratégica con la Unión Soviética para frenar a los alemanes. De hecho, en septiembre de 1938 Varsovia se había negado en redondo a secundar la posibilidad de que los soviéticos brindaran su apoyo militar a Checoslovaquia.

En consecuencia, los franceses habían quedado totalmente desconcertados con el resultado final de la conferencia de Munich, optando por abandonar definitivamente cualquier intento de reconstruir su política de influencia en el Este y contando con la posibilidad de replegarse a una sólida posición defensiva tras la Línea maginot, caso de un enfrentamiento directo con los alemanes. Berlín presionaba todo lo que podía para apartar a los franceses de Checoslovaquia, insistiendo en que después de Munich había devenido zona de influencia alemana. El gobierno británico, por el contrario, deseaba creer que dándole mano libre en Europa oriental, Hitler terminaría dirigiéndose contra la Unión Soviética. Y que en ese juego, los polacos tendrían un papel clave. Lord Halifax, ministro de Asuntos Exteriores, escribió por entonces que Polonia caería cada vez más en la órbita alemana. Chamberlain también pensaba que era inminente una campaña germano-polaca en Ucrania.

Por todo ello, el final de ese periodo, en el mes de marzo, no se percibió como algo tan inesperado. Previamente, a finales de febrero, el gobierno autónomo eslovaco había enviado una delegación comercial a Berlín, cuya misión real fue la de sondear la actitud alemana ante la posibilidad de llevar adelante la secesión. göring, que les atendió, dió luz verde a la cuestión. Enterado de la maniobra, el gobierno de Praga proclamó el estado de emergencia y envío las tropas a deponer a monseñor Tiso, que se refugió en Alemania.[12]La farsa según la cual el líder eslovaco fue «forzado» por Hitler a proclamar la independencia de Eslovaquia bajo amenaza de que, en caso contrario, el país quedaría a merced de Polonia y Hungría, apenas lograba ocultar que la intervención del ejército checoslovaco, cinco días antes, había tenido por objeto atajar esa iniciativa, planeada por el mismo Tiso.[13]A su vez, Hitler también buscó adelantarse a los húngaros, que planeaban reintegrar Eslovaquia en las fronteras de la nueva Hungría de San Esteban; y a Praga, que si hubiera tenido éxito en eliminar el brote soberanista eslovaco, habría reinstaurado el centralismo y recuperado el control sobre la totalidad del Estado. Aún así, tuvo lugar la denominada «pequeña guerra» entre Hungría y la recién independizada Eslovaquia, que duró una semana, del 23 al 31 de marzo de 1939 y que se saldó con la pérdida de la Rutenia Carpática.[14]

Y Chequia quedó sola y amputada; al presidente Hácha se le obligó a renunciar a la soberanía de su Estado en aras del protectorado de Bohemia-moravia, integrado en el III Reich, y todo ello ya a lo largo de la jornada del 15 de marzo. Durante las conversaciones, Hácha sufrió un ataque cardiaco.

La forma en que se hundió Checoslovaquia, le proporcionó a británicos y franceses una excelente excusa para no hacer efectivas las garantías ofrecidas en Munich. El ministro de Asuntos Exteriores francés, Georges Bonnet, afirmó: «El nuevo rifirrafe entre checos y eslovacos sólo demuestra que casi fuimos a la guerra, el pasado otoño, para sostener a un Estado que no era viable».[15]Por supuesto, los británicos también estaban de acuerdo en que era imposible cumplir con la garantía dada a un Estado que había cesado de existir por sí mismo.

DE ABRIL A AGOSTO

La entrada de las tropas alemanas en Praga, convertida en la capital del Protektorat Böhmen und Mähren, fue un momento de gloria para el fascismo europeo; y sin embargo, generó también en ese bando, sentimientos contradictorios. No sólo en las cancillerías de los países democráticos: también ante los italianos, Hitler quedó como un tramposo. La ocupación alemana de Bohemia y moravia indignó a Mussolini y Ciano, dado que el Führer no había comunicado sus intenciones al aliado italiano hasta la noche anterior. Según Taylor, ello indicaba la improvisación con la que actuó Hitler en la fase terminal de la crisis checa.[16]Pero para el Duce y Ciano, dado que habían empeñado su palabra en Munich ante Chamberlain y Daladier, la iniciativa alemana los dejaba en evidencia como unos mentirosos. En el mejor de los casos, el incidente reflejaba la escasa consideración en que les tenían los alemanes como aliados de segunda categoría. El enfado de los jerarcas italianos[17] estuvo en el origen de la invasión de Albania, a instancias de Ciano.

Con todo y ello, el diseño de la operación se convirtió en síntoma de las incertidumbres y agobios que despertó la inminente tarea de rediseñar el equilibrio geoestratégico de Europa. Por entonces, y en base a los informes que manejaba la inteligencia italiana de la época, Mussolini temía que los nacionalistas croatas, con Maček a la cabeza, se lanzaran a proclamar su soberanía pidiendo respaldo a los alemanes.[18]

Tras la oportuna consulta con Berlín, el Führer aprobó los planes italianos con respecto a Albania, asegurando que el mediterráneo en general y los Balcanes en particular eran esfera de influencia italiana. El visto bueno alemán tendría que haber supuesto un jarro de agua fría al potencial de desafío que suponía la conquista de Albania; en vez de eso, la sensación que se vivió en Roma fue de optimismo, alivio y exaltación a favor del Eje; todo ello subrayado por la caída de Madrid en manos de Franco, el 28 de marzo, presentada como una gran victoria del fascismo.[19]El final oficial de la contienda civil española fue el 1 de abril. La campaña militar para la anexión de Albania se inició cinco días más tarde y concluyó el 16 de ese mismo mes. En cierta forma, Hitler había triunfado incluso sobre sus propios aliados. En ese momento, Alemania estaba en un momento de máximo poder: había aniquilado a Checoslovaquia, apoyada por Francia y la Unión Soviética. De paso había liquidado la Pequeña Entente, de la cual Checoslovaquia era piedra angular. Y por si fuera poco, se había hecho con el control de la industria y los recursos checos, de entre los que sobresalían las importantes fábricas de armamento.

Obviamente, la política de apaciguamiento defendida por los gobiernos de Londres y París, quedó en evidencia: no servía para asegurar la paz que decían buscar, sólo para mendigarla. En gran Bretaña, el sector más belicoso, encabezado por Churchill, redobló sus presiones, contribuyendo aún más a la debacle del appeasement. De repente, las expectativas de paz y estabilidad generadas por el pacto de Munich se revelaron exageradas, dado que el desmoronamiento final de Checoslovaquia se veía venir. Pero lo cierto fue que a partir de marzo, las esperanzas de que Hitler se concentrara en hostigar a la Unión Soviética, parecieron volatilizarse. Y si esto fue así, se debió en gran medida a que el nuevo foco de tensión no se desplazó más hacia el Este bolchevique, sino que permaneció en Europa y se centró en Polonia.

Como es bien sabido, ya en marzo salió a relucir que el Führer deseaba «ahora» la restitución de la ciudad libre de Danzig al territorio alemán, así como una carretera y un ferrocarril extraterritoriales que permitirían cruzar el denominado «corredor polaco» y unir a Prusia Oriental con el resto de Alemania, por vía terrestre.

En realidad, la reivindicación alemana databa de antes, concretamente del 24 de octubre de 1938, cuando a Chamberlain y Halifax les parecía que Polonia se convertiría en un aliado inevitable de Alemania. Ribbentrop hizo las primeras propuestas al embajador Lipski en vistas a preparar una estrategia común hacia Rusia, tomando como base el Pacto Anti-Comintern. A cambio de regermanizar Danzig, los alemanes aseguraban a los polacos la posesión del corredor. No era una oferta tan lesiva para Polonia, tras la expansión de gydnia como centro marítimo puramente polaco ya durante la guerra con los bolcheviques, en 1920. Ese nuevo puerto podía sustituir a Danzig, llegado el caso; de hecho, con el tiempo, terminó por generar una enorme conurbación, añadiendo Sopot a lo que hoy se denomina la «Triciudad» (trójmiasto, en polaco). Comparado con las ambiciones polacas hacia Ucrania, el asunto de Danzig parecía una trivialidad.[20]

También estaba muy reciente en el tiempo la ocupación polaca de Teschen, lo cual hace sospechar que los alemanes presentaron esa cuestión como una forma de intercambio por Danzig. Por aquel entonces, la discusión sobre este asunto se llevó en secreto; por lo tanto, cuando la reivindicación alemana salió a la luz en marzo de 1939, la reacción de británicos y franceses estuvo en consonancia con los sentimientos de rechazo que había originado la ocupación alemana de Bohemia y moravia: no se podía creer en la palabra de Hitler. Sin embargo, los polacos habían estado en el juego desde el principio y no lo habían desvelado. Posiblemente, porque esperaban sacar más provecho de la desintegración de Checoslovaquia. En efecto, el 21 de marzo de 1939, a través del embajador polaco en Berlín, expresaron su descontento ante el reconocimiento alemán de Eslovaquia y la desmembración de Checoslovaquia, sin que ellos hubieran obtenido nada en todo ello. La decepción fue tan severa que el comunicado calificaba el asunto como «golpe contra Polonia».[21]

En aquellos momentos de enorme derroche pasional y fuertes tensiones internacionales, la actitud del gobierno polaco fue pasada por alto. Pero con la perspectiva histórica actual constituye todo un ejemplo del papel determinante que, en coyunturas muy concretas, pueden llegar a jugar las pequeñas potencias a la sombra de las grandes. Cuando el resultado final es catastrófico, no resulta fácil que alguien tenga interés en revelar el perverso juego de fuerzas o las cadenas de errores que llevaron a tal conclusión: no lo desean ni los protectores, ni los protegidos.[22]

Si Hitler había propuesto Teschen por Danzig buscando comprometer a los polacos –cosa que estos habían hecho aceptando intervenir en la amputación de Checoslovaquia y más que hubieran deseado– resultaba lógico que el objetivo inicial fuera negociar con Polonia, y no atacarla y destruirla. A partir de una directiva del Führer del 25 de marzo, se deduce que Berlín todavía contaba con los polacos como aliados potenciales en su política frente a la Unión Soviética.[23]Sin embargo, a esas alturas, el gobierno de Varsovia había tomado la resolución de negarse a negociar la cuestión de Danzig; la nueva actitud en Londres y París les facilitó la tarea de definir su nueva postura internacional (la tercera en apenas medio año) y de paso les aportó unos firmes padrinos y defensores.

Si la situación desembocó en el desastre de la guerra, hacia el final de aquel mismo verano, no sólo se debió a la agresiva actitud de la Alemania nazi, sino también a la equívoca línea política mantenida por los británicos. Porque el hecho fue que la desmembración de Checoslovaquia y la ocupación de Praga no habían supuesto el final de la política del apaciguamiento como era entendida por Chamberlain. Buscando guardar la cara, los appeasers, con Chamberlain al frente, optaron por reconvenir a los alemanes en público y buscar el apaciguamiento en privado. Así que a lo largo de la primavera y el verano de 1939, e incluso más allá, se intentó un appeasement por vía indirecta, en secreto o simplemente de forma disimulada, mientras en público se optaba por posturas aparentemente firmes o protestas ante Berlín. En cualquier caso, la puerta de las negociaciones debía quedar siempre abierta; Hitler habría de ser disuadido, no provocado. Esta no sería sino una más de las actitudes contradictorias de la política exterior británica de la época, que terminarían por conducir al país, a Francia y a toda Europa, a una trampa fatal.

Es en ese contexto cuando, el 31 de marzo, el gobierno británico decidió ofrecer garantías a Polonia sobre su independencia. El ministro Beck las aceptó, pero con la idea de manejarlas a conveniencia propia, no de quedar como sujeto pasivo de las mismas. Eso quería decir que Varsovia se reservaba el derecho de negociar con terceras partes. Precisamente esa cuestión terminaría por invalidar de nuevo los esfuerzos franceses por recomponer su política de influencia en Europa del este. Aunque, de hecho, ya la propuesta británica en sus orígenes suponía que París iría a remolque de toda la maniobra. Con el lastre adicional de que desde la ocupación polaca de Teschen no confiaban como antes en los polacos.

Por otra parte, las garantías británicas amplificaron el problema inicial que era el de la germanidad de Danzig, un asunto internacionalmente asumido, que incluso admitían los británicos. Ahora Londres ofrecía garantías sobre la independencia del Estado polaco en su totalidad, un asunto mucho más genérico y moralmente inatacable, que metía bajo la alfombra la reivindicación alemana inicial. Algo que en sí mismo resultaba incómodo de cuestionar por cualquier potencia. Por la independencia de Polonia quizá sí valía la pena luchar y perecer; pero no existía la misma unanimidad para «morir por Danzig», como proclamaba el título de la célebre pieza firmada por el periodista francés marcel Déat.

De hecho, numerosas declaraciones de personajes públicos de la época, en gran Bretaña y fuera de ella, dejaban claro que el paso dado por Chamberlain había sido un nuevo error, puesto que, en palabras del mismo Daladier, «las fronteras de Inglaterra no están ya sobre el Rhin, sino sobre el Vístula, cientos de millas al este». Dicho de forma más clara por el diplomático y político conservador británico Duff Cooper: «Dejamos en manos de una de las potencias más pequeñas la capacidad de decidir si gran Bretaña tenía o no que ir a la guerra». Para mayor ironía, inicialmente Chamberlain había ofrecido las garantías a Polonia con el fin de que ese país formara frente común con Gran Bretaña y Francia para garantizar las fronteras de Rumania, país cuya integridad se creía –erróneamente– que estaba amenazada también por los alemanes. Para disipar las reticencias británicas, el astuto ministro de Asuntos Exteriores polaco, el coronel Beck, había insistido en que la situación de conflicto entre su país y Alemania no era especialmente problemática y que el problema de Danzig «no era grave en sí mismo» porque Alemania no correría el riesgo de ir a la guerra por cuestiones locales como esas. El ministro de Asuntos Exteriores rumano, grigore gafencu llegó a decir por entonces: «Los ingleses deben de estar locos. Polonia es el país menos moral de Europa».[24]

Pero desde la perspectiva de la Realpolitik y del «egoísmo nacional» que proclamaba el ideólogo y político conservador Roman Dmowski a principios de ese mismo siglo, lo cierto era que el gobierno polaco había jugado bien la partida. Desde luego, Polonia estaba peor armada y preparada que Checoslovaquia ante la eventualidad de un enfrentamiento con los alemanes. Y a tenor de lo que había ocurrido con la crisis de los Sudetes, era de temer que si se abría la puerta a la más mínima negociación con Hitler, ingleses y franceses terminarían vendiendo a los polacos, de una forma u otra. Desde ese punto de vista, las garantías británicas sobre «la totalidad» de la soberanía polaca les venían muy bien en su estrategia de enrocarse y no negociar nada en absoluto.

Por si faltara algo, británicos y (esta vez también) franceses, decidieron extender esa forma de garantía por los confines del Mediterráneo, donde los italianos estaban actuando como agresores, como quedaba demostrado con la anexión de Albania. Primero se las ofrecieron a grecia y poco después, por fin, también se hicieron extensivas a Rumania, haciéndose efectivas en ambos casos a partir del 13 de abril. Londres, por su cuenta, llegó a un acuerdo similar con Turquía el 12 de mayo.

En consecuencia, las garantías del gobierno Chamberlain a Polonia fueron un verdadero punto de giro, un evento revolucionario en la política europea de la época. Por desgracia, eran, en buena medida, gestos carentes de contenido.

Por parte británica, a la altura de 1939 no existían medios militares de cumplir con las garantías, y más especialmente para acudir en ayuda de los polacos. Caso de conflicto, los ingleses no podrían hacer nada real por ellos; éstos también eran conscientes de esa situación: se limitaron a pedir un préstamo de 60 millones de libras. Londres lo redujo a 8, pero no se pudo hacer efectivo porque gran Bretaña estaba ella misma en pleno rearme acelerado y no alcanzaba a los ingleses contaban todavía con menos posibilidades de hacer algo por la seguridad y las necesidades económicas y militares del país anatolio.[25]Por su parte, el gobierno de Ankara no explicó sus planes para cerrar los Estrechos, aislar el Dodecaneso o poner puertos a disposición de los británicos, con lo que las garantías ofrecidas por Londres quedaban diluidas. París sí que podía intervenir militarmente en ayuda de los turcos desde sus bases en Siria, por lo que con ese aliado se alcanzaron acuerdos concretos, que en último término revirtieron en beneficio de los turcos. Tal fue el caso del pacto de asistencia militar firmado entre París y Ankara el 23 de junio, por el cual se transfería a Turquía el territorio de la Alexandretta (Iskenderun), hasta entonces denominado Estado de Hatay.

Gran Bretaña, en definitiva, seguía batallando por evitar la guerra, no por prepararla. Por eso, las garantías no enviaban a los alemanes una señal de fuerza y firmeza. Y ese era el problema de la política exterior del gabinete Chamberlain a esas alturas de 1939: practicaba una versión más ceñuda del appeasement, pero básicamente se trataba de forzar a los alemanes a negociar, una vez más, como en el verano del año anterior, con previsibles resultados similares. Eso lo sabían los polacos y lo deseaban los alemanes. Prueba de ello fue que el 28 de abril Hitler repudió el pacto de no agresión de 1934 y el acuerdo naval con los británicos de 1935. Denunció que los polacos habían reaccionado provocativamente a su oferta de negociación sobre Danzig; sin embargo, ofreció reabrirla y habló bien del Imperio británico, depositando sus esperanzas en que lograrían reconducir la situación diplomática. Ese fue el último intercambio diplomático con los polacos hasta septiembre. La pelota quedaba en campo británico. Hitler seguía creyendo que podría ganar la guerra de nervios una vez más, como en el caso de la crisis de los Sudetes.

En la raíz de la inflexibilidad polaca estaba la conciencia de considerarse una gran potencia que se podía permitir una política independiente y al margen de Alemania y Rusia. Józef Piłsudski había puesto a punto esta mentalidad política, que él denominó de «equidistancia». Fruto de tal estrategia fue el mencionado pacto de no agresión germano-polaco de 1934, y otro previo, firmado con la Unión Soviética en 1932. Piłsudski dijo entonces que Polonia estaba sentada en dos taburetes y que todo consistía en saber cuándo se caería uno de ellos. Según algunas interpretaciones, el líder erró, dado que ambos se rodaron al mismo tiempo, en 1939.[26]Sin embargo, el gobierno polaco ya se había bajado del taburete soviético un año antes, a tenor de su actuación durante la crisis de Checoslovaquia. A partir de abril de 1939 desde Varsovia no se hicieron intentos inteligentes para reconducir la astuta estrategia de Piłsudski.

Pero sobre todo, los británicos se equivocaron al suponer que los polacos iban a ser un protegido tan dócil como los checos. De entrada, por aquella época, el ministro Beck creía que Polonia no estaba realmente amenazada; pero la oferta británica le concedía un buen margen de refuerzo para negociar sobre Danzig, si llegaba el caso. En conjunto, el panorama diplomático en torno a la crisis del corredor polaco, en la primavera de 1939, poseía una calidad muy rígida, muy diferente a la vivida durante la crisis de los Sudetes. Y por ello, resultaba más difícil de manejar, en especial para el gobierno de Londres, que se había echado encima la responsabilidad de evitar el desastre. Había que tirar de los franceses, muy escasamente entusiasmados con el apoyo a los polacos; y no se podía contar con los italianos como mediadores, como se había hecho durante la crisis de los Sudetes, aunque tampoco hubieran sido muy de fiar. En aquella primavera de 1939, Mussolini ya se había situado en los márgenes del juego, papel que no abandonaría a lo largo de toda la Segunda Guerra Mundial; rubricó esa posición firmando el Pacto de Acero con Hitler, el 22 de mayo, aunque dejando claro que Italia sólo estaría preparada para ir a la guerra en 1942 o 1943, lo cual acentuaba su posición de dependencia con respecto a Berlín.

Por si faltaba algo, Londres debía atender también a sus intereses imperiales en Extremo Oriente, y resistir presiones de los japoneses similares a las que afrontaba en Europa. Además, en cierta forma allí había comenzado ya la Guerra Mundial, lo que se manifestaba en al avance militar nipón por territorio chino, algo que afectaba de diversas formas al Imperio británico. En esa situación, mientras transcurrían las semanas y Europa parecía deslizarse hacia la catástrofe, Londres decidió recurrir a los soviéticos.

Y no era para menos, puesto que la Unión Soviética era pieza clave en el embrollo de Europa central y oriental, a pesar de que las potencias occidentales –y muy especialmente los británicos, hasta la fecha– se hubieran empeñado en ignorarlos. Esto era lógico, dado que el «cordón sanitario» instituido por los vencedores de la gran guerra para aislar al naciente estado bolchevique, a partir de 1919, había desaparecido para entonces. En 1939, con el foco de las pugnas continentales desplazándose hacia el Este, el centro de gravedad estratégico de Europa también se había movido en ese sentido, liquidando el cordón sanitario. En consecuencia, el viejo continente y sus problemas habían regresado a las puertas de Rusia, que nuevamente, roto el aislamiento, devenía un poder europeo.[27]

Los soviéticos eran muy conscientes de ello. De hecho, habían jugado su propio papel en la Guerra Civil española, manteniendo allí el pulso hasta el último momento, como lo probaba el postrero (y cuantioso) envío de material militar a la República en enero de 1939, destinado a la defensa de Catalunya, cuando todo estaba perdido para ese bando.[28]Actitud tanto más meritoria teniendo en cuenta que, por entonces, los soviéticos ya enfrentaban en Extremo Oriente la presión del expansionismo japonés. El primer incidente importante había tenido lugar al sur de Vladivostok, en las fronteras de Corea, dando lugar a la batalla del lago Jasan, en julio y agosto, durante la cual los soviéticos sufrieron un número considerable de bajas. En abril de 1939, los japoneses ya avisaron que las fronteras entre su Estado títere de manchukuo y el de mongolia –protegido por los soviéticos– quedaban sujetas a revisión. La consecuencia directa fue una verdadera guerra localizada entre japoneses y soviéticos conocida como batalla de Jaljin gol o «incidente de Nomonhan» que se prolongó durante cuatro meses (mayo-septiembre de 1939) con más de ocho mil muertos por ambos bandos y enormes consecuencias para el desarrollo futuro de la Segunda Guerra Mundial.[29]

Por lo tanto, parece lógico pensar que en Europa, Stalin se sentía realmente frustrado por la actitud de las democracias occidentales, puesto que la Unión Soviética había sido flagrantemente marginada en el resultado final de la crisis de los Sudetes. A la altura del verano de 1938, la presencia de unidades del Ejército Rojo en Europa central, aunque fuera para defender a un país aliado de la agresividad nazi, estaba fuera de toda consideración. Para los británicos no sólo personificaban el peligro del contagio bolchevique, sino que desconfiaban de su capacidad militar real. De ahí, posiblemente, la postrera muestra de firmeza soviética en la Guerra Civil española, sólo tres meses más tarde.

Y por ello, los mismos soviéticos fueron muy conscientes de que, a raíz de la crisis polaca, iban a tener un nuevo protagonismo en los asuntos europeos. De ahí que el 3 de mayo de 1939, un personaje tan central en la nomenklatura, como era molotov, sustituyera a Litvinov al cargo de los asuntos exteriores. molotov iba detrás de Stalin en orden de importancia. Era el reconocimiento de que la relevancia que había adquirido por entonces la diplomacia clásica para el Estado soviético. Y de que la URSS deseaba volver a ejercer como gran potencia, a fin de liquidar su propio aislacionismo y las restricciones impuestas por los tratados de Brest-Litovsk (1918) y Riga (1921), que le pesaban tanto o más que Versalles a los alemanes.

Sin embargo, el encaje de la Unión Soviética en la nueva alianza anglo-polaca se iba a revelar tan irresoluble como la cuadratura del círculo. Los franceses eran los más realistas: la idea consistía en cerrar alguna forma de alianza con los soviéticos, sin importar mucho que eso pudiera provocar a Hitler. Opinaban que el Führer sólo sería disuadido de posiciones agresivas con una masiva demostración de fuerza. Si las cosas salían mal y desembocaban en la guerra, los rusos ayudarían a dividir las fuerzas alemanas. Los franceses podrían aguantar tras las murallas de la Línea maginot. Pero el gobierno de París estaba, en realidad, al margen de ese nuevo juego de fuerzas. Eran los polacos los que tenían la sartén por el mango y por su parte, no querían saber nada de ninguna alianza con los soviéticos que contemplara la posibilidad de acceso de tropas del Ejército Rojo a su territorio. «Con los rusos perderíamos nuestra alma» –llegó a afirmar el mariscal Rydz-Śmigły. Esta actitud expresaba la negativa opinión sobre las capacidades militares soviéticas que también tenían los polacos, debida a la experiencia de la guerra de 1919-1921; además el régimen de Varsovia odiaba al comunismo y los precedentes históricos en las relaciones ruso-polacas eran nefastos. Rydz-Śmigły también afirmó que prefería perder territorios ante Alemania que aliarse formalmente con los soviéticos. En cuanto a Chamberlain, su aparentemente inagotable elasticidad en la política de apaciguamiento, más o menos camuflada, parecía estar llegando a un tope natural por acumulación de contradicciones. A esas alturas, Londres deseaba hacer política de gran potencia, aunque dando la espalda a Europa, sin que eso supusiera renuncia a liderar los asuntos del Viejo Continente. Y a la vez, Chamberlain hacía política exterior para aplacar a la opinión pública, más que persiguiendo un objetivo claro. También buscaba contentar a la oposición, que presionaba para un acercamiento decidido a la Unión Soviética. Pero el gobierno Chamberlain temía la reacción de toda una serie de países europeos abiertamente antisoviéticos –incluida España– y no deseaba que Hitler denunciara a gran Bretaña como el cerebro de una conspiración internacional encaminada a aislar Alemania. Aunque parezca mentira, a la altura de mayo de 1939, Chamberlain estaba preocupado por no perder la imagen de neutralidad.[30]

En cambio, no mostraba iguales miramientos hacia los soviéticos y sus sentimientos o necesidades. En realidad, a Chamberlain le resultaba irritante su combatividad y disponibilidad para ir a la guerra; la habían demostrado en la Guerra Civil española, en Checoslovaquia y ahora en Polonia. Moscú no debería tener capacidad o poder para disponer sobre la paz o la guerra en Europa porque, además, el primer ministro británico y su ministro de Asuntos Exteriores, lord Halifax, creían firmemente que la capacidad militar de los polacos era muy superior a la de los soviéticos.[31] El gobierno británico deseaba que la asistencia rusa funcionara como un grifo, que se pudiera abrir o cerrar a voluntad, por los británicos o incluso… los polacos.[32]Buscaban la cuadratura del círculo: un pacto imposible que defendiera a otros y detuviera a Hitler sin guerra. Los soviéticos sólo intentaban una alianza para defenderse ellos mismos, llegado el caso; y lógicamente, resultaba imposible armonizar tanta cacofonía diplomática.

En conjunto, Chamberlain perseguía, como siempre, preservar la paz, no ganar una guerra. Y eso era así porque sabía que si estallaban las hostilidades, tanto la victoria soviética como alemana irían en franco menoscabo de la posición del Reino Unido como potencia imperial; incluso podría ser destruida como tal, como de hecho así fue. Tanto gran Bretaña como Polonia querían congelar la historia: deseaban que el mundo y Europa, se mantuvieran como en 1919. Los polacos evitaban casarse con Berlín o Moscú, y los británicos no deseaban que ganaran soviéticos o alemanes. Al final, los británicos se enzarzaron en unas negociaciones muy enrevesadas, escrupulosas y dubitativas con los soviéticos, buscando acuerdos llenos de dobles raseros, intentando ganar tiempo: Londres cooperaría con los soviéticos sólo si Polonia era atacada y los polacos aceptaban tácitamente el apoyo soviético. Si Varsovia no aceptaba, los rusos habrían de luchar solos.

París sí que mostraba voluntad de comportarse de forma realista, quizá porque las garantías británicas hacia Polonia eran una catástrofe para Francia: París no deseaba ofrecerlas y a la vez era la única potencia con capacidad militar (en teoría) para hacer algo llegado el caso. Los franceses estaban aquí en una posición bien incómoda, y no podían jugar tan libremente como en el mediterráneo, frente a Italia. En tales circunstancias, se entiende que los franceses empujaran a los británicos a buscar alguna forma de acuerdo o alianza con los soviéticos, prescindiendo, hasta donde fuera posible, de lo que opinaran los polacos. De hecho, terminaron por perder la paciencia con ellos y decidieron ignorarlos: pero eso fue en una fecha tan tardía como el 21 de agosto. A la deriva en su mar de contradicciones, los británicos rechazaban esta actitud, pero no protestaron.

Como era de esperar, este panorama de contradicciones e indecisiones frustraba todavía más a los soviéticos, reafirmándolos en el sentido de que la actitud de las democracias occidentales desde 1936, o incluso antes, formaba parte de una línea coherente e intencionada de actuar. Hacia finales de julio de 1939 estaban ya convencidos de que el gobierno británico sólo deseaba enredarlos para que terminaran yendo a la guerra, en solitario, contra los alemanes. Esa conclusión tenía raíces profundas en el comportamiento de los miembros de la Entente durante la Guerra Civil rusa y llegaba incólume hasta finales de los años treinta. En Moscú no se ignoraba, por ejemplo, que políticos y diplomáticos británicos habían considerado que la materialización de las ambiciones germano-polacas sobre Ucrania podría ser un buen colofón a la política del apaciguamiento tras la crisis de los Sudetes.

Este tipo de prejuicios se amplificaban en el espejo del contrario. Los británicos temían, asimismo, acabar librando una guerra contra los alemanes mientras Moscú esperaba pacientemente a que los contendientes se desangraran para extenderse después por Europa.[33] En realidad los prejuicios eran tan potentes que se hicieron realidad, como en la peor de las pesadillas. Fue una verdadera profecía autocumplida.

Sin embargo, la iniciativa del gran golpe de efecto partió de los alemanes, y eso en una fecha tan temprana como mayo de 1939.[34] Por entonces estaba en marcha la crisis de Nomonhan, en el Extremo Oriente soviético, y vista la gravedad de la situación, el ministro de Asuntos Exteriores alemán, Joachim von Ribbentrop cogió la oportunidad al vuelo proponiendo a molotov la mediación alemana ante los japoneses. Eso ocurrió el 26 de mayo, pero la iniciativa no tuvo éxito y pasó un mes hasta que el día 29 de junio el embajador Schulenberg, en Moscú, intentó algo por su cuenta: una declaración de buena voluntad soviética en general, pero incluyendo a Alemania, lo que desembocó en un acuerdo comercial. Hacia finales de julio, Ribbentrop utilizó esos contactos para hablar de política. El 2 de agosto afirmó: «No hay ningún problema desde el Báltico al mar Negro que no pueda ser resuelto entre ambos [países]». El día 3, molotov se mostró inusualmente cooperador y abierto, aunque sólo en relación a los asuntos económicos entre ambas potencias.

El 14 de agosto, Ribbentrop volvió a la carga y envió un telegrama al embajador Schulenburg destinado a los soviéticos, repitiendo el mensaje de comienzos de agosto, con su explícita propuesta: «No existe un conflicto real de intereses entre Alemania y Rusia… No hay ninguna cuestión entre el mar Báltico y el mar Negro que no pueda ser arreglada a satisfacción de ambas partes». Esta vez se añadía que Ribbentrop estaba preparado para viajar a Moscú en cualquier momento y llevar a cabo un acuerdo final germano-ruso.

El embajador Schulenberg entregó el mensaje a molotov al día siguiente, pero éste no se apresuró. Nuevamente se tomó la propuesta con gran interés pero repuso que las negociaciones llevarían un tiempo. De todas formas, pidió precisiones sobre la forma concreta en que podría llegarse a un acuerdo. La respuesta llegó en menos de veinticuatro horas: Berlín ofrecía un pacto de no agresión, una garantía conjunta sobre los países bálticos y mediación diplomática entre Moscú y Tokio. La respuesta de molotov consistió en seguir posponiendo cualquier encuentro con Ribbentrop e insistir en el acuerdo comercial, pero abriendo la puerta un pacto de no agresión

El acercamiento mutuo transcurría a gran velocidad para lo que son los usos habituales de la diplomacia profesional. Pero no era suficiente, porque Hitler ya le había marcado un ultimátum a Polonia, a finales del mes de agosto. Por eso, el día 18 de ese mes, Ribbentrop golpeó la puerta con más fuerza. Argumentaba que debía producirse un encuentro rápido ante la eventualidad de una guerra germano-polaca. molotov accedió a ese encuentro en el plazo de una semana.

Todavía no era suficiente: el tiempo se echaba encima y Hitler quería tener firmado el pacto con Moscú antes del día 26, en vistas al posible comienzo de la guerra para entonces o para el 1 de septiembre. La clave de la cuestión radicaba en firmar el acuerdo con los soviéticos poco antes de la fecha fijada para el ultimátum dirigido a los polacos. De esa forma, Hitler contaba con romper los nervios de sus oponentes. Era de prever que el formidable golpe de efecto que supondría firmar un pacto de no agresión germano-soviético, pocos días antes de que venciera el plazo dado a los polacos para negociar la cuestión de Danzig, sería un revulsivo de tal calibre que inducirá a británicos y franceses a la negociación y, posiblemente, atemorizaría a los polacos lo suficiente como para que hicieran ellos lo mismo, con o sin presión de sus aliados occidentales.

Llegado ya el 20 de enero, Hitler echó su cuarto a espadas y se jugó el todo por el todo: decidió actuar sin intermediario diplomáticos y envió un mensaje directamente a Stalin, rogándole que recibiera a Ribbentrop de inmediato. En opinión de Taylor, el telegrama marcaba un verdadero jalón en la historia, por cuanto implicaba el regreso de Rusia a Europa como gran potencia. Ningún otro estadista se había dirigido directamente a Stalin de una forma tan directa: aparte del rechazo a la Unión Soviética como actor político internacional, se consideraba a su dirigente supremo un personaje distante y remoto, digno de escasa confianza. Hitler, por el contrario, lo trató de tú a tú, como líder de una gran potencia digna de consideración. Para Stalin, el contraste con la forma de actuar de un Chamberlain, con sus dudas, escrúpulos y dobleces, no podía ser más patente. Ese mismo día por la tarde, el dirigente soviético envió su respuesta a Berlín: accedía a que Ribbentrop viajara a Moscú el día 23.

Triste colofón para las democracias occidentales: el día 21 de agosto, el gobierno francés comunicó a Moscú que accedería a un pacto bilateral, lo que significaba no tomar a los polacos en consideración. La respuesta soviética fue gélida: no deseaban forzar a los polacos a aceptar su ayuda, por lo que la propuesta quedó desestimada.

El 23 de agosto se firmó en Moscú el denominado pacto Ribbentrop-Molotov, de no agresión. Un protocolo secreto excluía a Alemania de los estados bálticos y de las provincias orientales de Polonia, prefigurando lo que iba a ocurrir a continuación. Se había terminado para Rusia, el largo periodo marcado por el tratado de Brest-Litovsk (1918) y ello, precisamente, con el consentimiento de Alemania.

Para Berlín no era el mejor acuerdo posible, dado que limitaba un previsible avance militar alemán en Polonia. Pero es que el pacto se había firmado precisamente para provocar una nueva conferencia de Munich, tras romper los nervios y voluntades de franceses e ingleses. Se suponía que éstos no irían a la guerra sin una alianza con los soviéticos. Por su parte, Stalin, también creía que había escapado a la guerra y de paso, recuperado el protagonismo diplomático para la Unión Soviética.[35]

Hitler añadió más presión al fijar el ataque contra Polonia a las 4:40 del 26 de agosto, dejando todavía menos margen para pensar. Aquello suponía marcar un ritmo no apto para cardiacos. Se esperaba un colapso diplomático de las potencias democráticas. En efecto, Francia estuvo a punto de claudicar, pero al final el gobierno Daladier decidió seguir como hasta el momento, quizá porque el mismo sentimiento de irrealidad generaba inercia, o porque la diplomacia profesional había quedado desbordada por la de aficionados como Hitler y Stalin, y eso contribuía también al ambiente de irrealidad. Por lo demás, franceses e ingleses tampoco respondieron coordinando un frente unido: no hubo discusión de planes conjuntos, cada uno quedó libre de actuar como le pareció, no hubo reuniones de cooperación ministerial.

Hitler soltó cuerda y concedió unos pocos días más de margen. Entre el 26 y el 31 de agosto, los ingleses intentaron convencer a los polacos de que negociaran directamente con Hitler. Al final, la única manera de hacerlo era concediendo al embajador Lipski poderes como plenipotenciario, cosa que el gobierno polaco no hizo. Los ingleses perdieron la paciencia con los polacos, éstos intentaron ganar tiempo hasta el último minuto, pero siempre obstinados. Finalmente, la guerra comenzó a las 4:45 horas del 1 de septiembre y a las 6 de la mañana la Luftwaffe bombardeó Varsovia.

DE SEPTIEMBRE A DICIEMBRE

La guerra había comenzado. La Wermacht lanzó por primera vez la Blitzkrieg, logrando derrotar al Ejército polaco en treinta y seis días, campaña acortada por la intervención de las tropas soviéticas desde el este a partir del 17 de septiembre. La armonía militar germano-soviética escandalizó e inquietó enormemente a las democracias occidentales: en el ataque a Polonia no se habían producido roces ni malentendidos entre los agresores. Era el nuevo reparto de Polonia o Rozbiór, el cuarto desde 1795.

Por si fuera poco, el pacto germano-soviético se prolongó, nada menos, durante veinte largos meses, es decir, casi dos años. Se le llegó a tildar de «acuerdo diplomático del siglo» con cierta razón. Incluso dejó sorprendida a la mayor parte de las jerarquías políticas y militares nazis y soviéticas, incluyendo a sus líderes: mientras esperaba la noticia de la firma del tratado, el mismo Hitler se mostró muy nervioso. En cuando a Stalin, no fue ajeno a la incongruencia ideológica de aquel pacto, hasta el punto de que en un determinado momento del agasajo a sus invitados alemanes, en el Kremlin, llegó a brindar «por el nuevo antikominternista: ¡Stalin!».[36]

A lo largo de los meses siguientes, la amistad nazi-soviética generó un verdadero terremoto en el movimiento comunista internacional, así como un sinfín de malentendidos y tensiones en el seno de las mismas democracias occidentales, especialmente en la relación con los partidos comunistas locales: en Francia el PCF fue prohibido por el gobierno Daladier, mientras que en gran Bretaña, el secretario general, Harry Pollitt, no hizo caso de las órdenes de Moscú y apoyó la declaración de guerra contra Alemania.[37] Pero no se puede minusvalorar el impacto emocional del acuerdo, teniendo en cuenta que pocos meses antes de que se firmara más de 32.000 voluntarios encuadrados por la Komintern habían estado luchando y muriendo en España contra el fascismo. Todo ello contribuye a explicar que los historiadores tiendan a pasar de puntillas sobre el pacto Ribbentropmolotov y sobre todo, sobre su amplio abanico de consecuencias. Por ejemplo, todavía añade más leña a la hoguera el hecho de que, al parecer, lord Halifax, ministro de Asuntos Exteriores británico, hubiera advertido, ya el día 3 de mayo, de la posibilidad de un acercamiento entre Stalin y Hitler.[38] mientras duró el pacto, alemanes e italianos conquistaron la mayor parte de Europa, e incluso parte del norte de África, ante los ojos de un Stalin que contemplaba todo ello desde la más perfecta inactividad y la prensa soviética recibía instrucciones de calificar aquel conflicto como «guerra imperialista». Los Aliados hubieron de hacer frente a situaciones estratégicamente distorsionantes, como la guerra de Invierno en Finlandia, desde el 30 de noviembre de 1939 a marzo de 1940. Los franceses incluso llegaron a planear el bombardeo de los pozos petrolíferos del Azerbaiyán soviético desde sus bases en Siria. Pero, ¿era la Unión Soviética un enemigo a batir? Ni siquiera lo sabía Stalin, que dudó mucho antes de ordenar la intervención del Ejército Rojo en Polonia, temeroso de que ingleses y franceses consideraran que las garantías dadas a ese país no sólo lo eran ante una invasión alemana. Al parecer, no sabía de la existencia de una sección reservada en el tratado anglo-polaco de marzo de 1939, en el que la obligación de defender a Polonia ante una agresión se limitaba a los ataques procedentes de Alemania.[39]Cuando al final se decidió, los argumentos de base nacional utilizados por los soviéticos para justificar la agresión resultaron ser similares a los argumentados por los alemanes.[40] Pero eso no llevó a que Londres o París declararon entonces la guerra a los soviéticos, como lo habían hecho con Alemania. Y el gobierno de Moscú, por su parte, tampoco rompió las hostilidades con Polonia ni antes ni durante la invasión de las provincias orientales.

En lo que restaba del año 1939, la Unión Soviética fue expulsada de la Sociedad de Naciones, mientras gran Bretaña y Francia hacían planes para intervenir a favor de Finlandia, con más pasión y ganas que las demostradas con respecto a Polonia. Pero tampoco de esta situación surgió una ayuda significativa, y mucho menos una declaración de guerra formal a la Unión Soviética, asunto que tanto la diplomacia como el Alto mando militar británicos estudiaron y desestimaron con rapidez: pura y simplemente, no podían asumir una guerra contra dos superpotencias totalitarias a la vez. máxime teniendo en cuenta que ingleses y franceses, juntos, habían dejado bien en evidencia su incapacidad para ayudar militarmente a Polonia. Es más: documentos británicos desclasificados recientemente, ponen de relieve que a finales de septiembre de 1939, es decir, a los pocos días de la intervención soviética en Polonia, el embajador británico en Moscú, sir William Seeds, envió un telegrama cifrado a Londres en el que aconsejaba reconocer la anexión de las provincias orientales de Polonia dado que «si la guerra se prolonga durante un tiempo considerable, al término de ésa, la zona soviética de Polonia habrá quedado depurada de toda población o clase no soviética, y que, en consecuencia, prácticamente resultará imposible separarla del resto de Rusia».[41]En Londres la propuesta caló con rapidez y estuvo en el origen del pronto entendimiento entre Stalin y Churchill sobre las fronteras de Polonia cuando la Unión Soviética entró en guerra con los Aliados, en junio de 1941. En base a ello, el premier británico, tan decidido a defender Polonia y su integridad con las armas en la mano, allá por 1939, aceptaría sin escrúpulos la remodelación de las nuevas fronteras, por voluntad de Stalin, lo que le llevaría a mantener unas relaciones especialmente tensas con el gobierno polaco en el exilio, sobre todo a partir de las conferencias de El Cairo y Teherán.

Todo ello pone de relieve una vez más que en 1939 no estalló propiamente la Segunda Guerra Mundial, sino «retazos» de esa contienda, que unidos a la guerra Chino-Japonesa de 1937, a la Soviético-Nipona de 1939 y la misma Guerra Civil española, dibujan un inicio «disgregado» de ese conflicto, que se estrena realmente como guerra planetaria en 1941, con la entrada en liza de la Unión Soviética contra Alemania y de Japón contra los Estados Unidos. Además de grandes potencias militares, ambas serán la encarnación de dos modelos políticos destinados a repartirse el mundo en esferas de influencia. Antes de eso, y a pesar de los planteamientos «éticos» o de «guerra idealista contra la agresión» que decían enarbolar franceses e ingleses en 1939, su entrada en guerra contra Alemania y no contra la URSS vendrá lastrada por consideraciones «mucho más tradicionales» como indicó un diplomático británico, indignado por la permisividad de su diplomacia ante los abusos soviéticos. De hecho, en septiembre de 1939 gran Bretaña y Francia acuden a defender a una potencia autocrática (Polonia) contra el ataque de otra (Alemania), no a una democracia, como había sido el caso de Checoslovaquia.

La no injerencia soviética permitió a los alemanes sacar adelante una guerra a escala europea y mediterránea para la que no estaban militarmente preparados en 1939. La verdad es que ninguna de las grandes potencias lo estaba, pero los alemanes tampoco, lo cual es un dato para una polémica que en realidad hace tiempo que está resuelta y ayuda decisivamente a enfocar todo el debate sobre el appeasement, por ejemplo. La realidad es que entre 1936 y 1939, el rearme fue ampliamente sobrevalorado por las potencias democráticas, lo que estuvo en la base de su política del apaciguamiento.

Esta hipótesis no es nueva en absoluto. Ya la propuso un experto norteamericano en armamento como era Burton Klein, en 1959.[42] Sus conclusiones eran claras y precisas. La producción alemana de armas entre 1936 y 1939 fue sobrevalorada antes y después de la contienda; el despegue económico alemán, cuyas bases eran inmediatamente anteriores a la toma de poder por los nazis, se apoyó muy especialmente en el impulso de la inversión pública y en cierto impulso del consumo, y no a través del rearme. En 1982, Richard J. Overy[43] recurrirá a la argumentación de Klein: el ímpetu de la recuperación procedió de los programas de obras públicas y de inversión privada.

Si el programa de rearme no fue impulsado con más energía, se debió al acusado temor a recaer en la inflación, fenómeno que había dejado un duro recuerdo en la sociedad alemana; y por las disfunciones en el propio aparato productivo, a pesar del mito de la «perfecta máquina alemana». Incluso por ocasionales choques con las bases locales del NSDAP. Y además, porque fallaban las expectativas de compra o producción de materias primas.[44]

Ahora bien: existía una causa más profunda para que el rearme alemán no fuera llevado a cabo con mayor profundidad. Los planificadores alemanes habían estado diseñando una estrategia enfocada hacia la guerra localizada, el conflicto rápido: esa era la esencia real de la Blitzkrieg. Originariamente, tal estrategia parecía enfocada a ganar guerras sobre los pequeños países de la Europa oriental, uno detrás de otro: carros de combate livianos, veloces y maniobreros, capaces de poder desplazarse con agilidad por terrenos montañosos, como los Panzer I y Panzer II. Aviones de apoyo cercano, como los Junker Ju 87 Stuka y bombarderos bimotores de alcance medio, como los Dornier 17, Heinkel 111 o Junkers Ju 88: durante las batallas de Inglaterra y del Atlántico, la Luftwaffe se resentiría de su carencia en bombarderos estratégicos de mayor autonomía. Para organizar patrullas oceánicas de largo alcance y atacar desde el aire a los convoyes aliados no cupo otra solución que utilizar un modelo de avión originariamente diseñado como transporte cuatrimotor de pasajeros para Lufthansa, el Focke Wulf FW-200. De hecho, la carencia de material pesado fue tan acuciante que los alemanes estuvieron usando en primera línea carros de combate capturados a los checos –los Panzer 38(t), antiguos LT-38– durante más de dos años. A esta línea estratégica, muy concreta, debe añadirse que Hitler tendió a utilizar previamente –y con éxito– la presión calculada, la amenaza, el chantaje e incluso al bluff, exagerando conscientemente el propio poder armamentístico y más especialmente el nuevo poder aéreo. Entre 1936 y 1939, Alemania estuvo preparándose para el sprint, no para el maratón.

Esto ayuda a explicar el por qué, una vez concluidas las operaciones en Polonia, se abrió un periodo de confusión en torno a la deriva estratégica que iba a tomar la guerra a escala europea. Eran tres los factores que generaban esa incertidumbre: la falta de planes ofensivos claros por parte de los Aliados, el agotamiento temporal del impulso militar alemán y la esperanza en que la política de apaciguamiento aún podría tener opciones de salir adelante.

La primera ya se ha mencionado, al menos en parte, y se deriva a su vez del hecho de que al arranque de la guerra no se vivió propiamente como el inicio de un conflicto global, sino del enfrentamiento entre franceses y británicos de un lado y alemanes por otro. A eso contribuyó el hecho de que la Unión Soviética hubiera quedado fuera de las hostilidades y la pequeña guerra de Nomonhan no hubiera derivado en un enfrentamiento a gran escala. Al desencadenamiento de la contienda habían contribuido también actores secundarios –Eslovaquia, que por cierto combatirá con los alemanes en septiembre, y Polonia– y había grandes dudas sobre cómo tratar a los nuevos países de ese rango que estaban siendo implicados: Finlandia y Noruega en el norte escandinavo, pero grecia y Turquía en el sur mediterráneo.

El desconcierto de los aliados ante la Unión Soviética tenía cierto paralelismo con la incertidumbre que reinaba más al sur. En septiembre de 1939, Italia dejó claro que no pensaba entrar en la guerra. Esa actitud generó gran alivio en el mediterráneo, que se quebró dramáticamente menos de diez meses más tarde, cuando Mussolini creyó que había llegado el momento de subirse al carro de la victoria contra una Francia postrada ante el devastador ataque alemán. Así, en un encuentro mantenido en mayo de 1940 entre Salazar y el general Carmona con el nuevo embajador italiano en Lisboa, Renato Bova Scoppa, los portugueses se apresuran a manifestarle la esperanza de que Italia permanezca también neutral puesto que ello era «una condición para la salvación de Europa». Para Lisboa, la entrada en guerra de Italia contribuiría a dar al conflicto europeo un carácter de lucha entre las dictaduras y las democracias que perjudicaría las relaciones históricas de Lisboa con Londres.[45] En realidad algo de eso ocurría asimismo con la Turquía kemalista, pero también, aunque en menor medida, con el régimen franquista. Era evidente que existían abiertas simpatías hacia la Alemania nazi, pero también un cierto temor por su dominio absoluto y el desbarajuste general del equilibrio de poder en toda la zona del mediterráneo.

El caso de Grecia fue la excepción que confirma la regla. El «régimen del 4 de agosto» (de 1936) de tipo netamente fascista e instaurado por el general Ioannis metaxas, también buscó la neutralidad a pesar de las naturales simpatías políticas hacia las potencias ideológicamente afines por entonces dominantes en Europa. Metaxas tenía en común con Franco, İnönü, y el general Carmona un punto de vista realista en la evaluación de las realidades geoestratégicas y las capacidades militares propias y ajenas, y sabía que grecia, con sus tres mil islas en el Egeo, no podía menospreciar el poder de la flota británica en la defensa del equilibrio realmente existente en el mediterráneo oriental. Paradójicamente, el país fue arrancado de su neutralidad en contra de los grandes planes geoestratégicos de Hitler, por obra de las ambiciones locales italianas expresadas en el ultimátum del 28 de octubre de 1940. Aún así, metaxas intentó mantener la victoriosa guerra contra Italia cuidadosamente separada del conflicto global que vivía Europa. El resultado fue una situación paradójica, puesto que grecia no estaba en guerra con Alemania ni era formalmente aliada de gran Bretaña.[46] La irreal situación se vio reforzada por el hecho de que metaxas se opuso a la presencia de tropas británicas en suelo griego hasta su muerte, acaecida el 29 de enero de 1941. Su sucesor, Alexandros Korizis, permitió la internacionalización del conflicto, aunque poco tiempo después, el 18 de abril, se suicidó en extrañas circunstancias.

En definitiva, Turquía, junto con España, Portugal y Grecia coincidían en 1939 en poseer regímenes de corte autoritario que incluían el recurso a utilizar instituciones administrativas o incluso políticas importadas de las potencias fascistas más relevantes por aquel entonces. Todas ellas se situaban en el ámbito mediterráneo y la mayoría (a excepción de España) fueran partidarias de alianzas estratégicas con los Aliados.[47] Y asimismo, sus gobiernos intentaron mantenerse al margen de la contienda global que estalló ese año. Para todos, la entrada en guerra de Italia fue vista como un trastorno o incluso una amenaza. Las razones eran de tipo estratégico, lo que hizo que tanto grecia como Turquía, se sintieran alarmadas por los designios expansionistas de Roma. Pero además, y en mayor o menor medida se produjo una peculiar frustración: para Metaxas, como lo había sido para Kemal Atatürk y más tarde İnönü, Italia era un modelo referencial en la construcción del nuevo Estado

Por ende, todas las autocracias neutrales poseían algo en común, la verdadera razón para mantenerse al margen de la contienda: en todos los casos se trataba de preservar a regímenes recientemente instaurados y por lo tanto, frágiles. El ejemplo más llamativo era, posiblemente, el de la España franquista, que había salido muy recientemente de una devastadora Guerra Civil y cuyo régimen estaba embarcado todavía en una dura represión de opositores o meros sospechosos de serlo. El kemalista turco también estaba consolidándose. La guerra contra los griegos había terminado casi veinte años antes, pero en realidad había sido el último capítulo de un rosario de conflictos bélicos que había comenzado en 1911 y se habían sucedido casi son solución de continuidad, incluyendo la gran guerra, de 1914 a 1918. El país estaba empobrecido y su pirámide demográfica, muy distorsionada. El nivel de vida de la población no había mejorado, todo lo contrario. La guerra y el aislamiento contribuyeron a una grave depauperación. Además, sectores enteros de la economía estaban desatendidos, especialmente la agricultura. Y no debe olvidarse que Kemal Atatürk había introducido reformas de un radicalismo tal que la sociedad todavía las estaba digiriendo con dificultad: en cierta manera, la revolución turca, que había tenido mucho de huida hacia delante, seguía aguantándose por alfileres en 1939. Y tras la muerte del líder fundador, se imponía la necesidad de mantener durante algunos años la estabilidad social, dado que en el país estaban latentes pulsiones étnicas, culturales o religiosas potencialmente desestabilizadoras. Por lo tanto, las alegaciones de Franco e İnönü sobre la falta de preparación militar y económica de sus países respectivos, no eran fantasías; aunque evitaban hacer referencia a la inexistencia de entusiasmo bélico entre españoles y turcos.

Portugal y grecia constituían un caso relativamente diferente. Ni Salazar ni metaxas habían llegado al poder a partir de una guerra, y de hecho los griegos demostraron un gran ardor combativo contra los italianos en la campaña de 1941. Pero en ambos casos, los «hombres providenciales» sabían que entrar en la Segunda Guerra Mundial sería el final del aparato estatal y político que habían construido. El destino de grecia fue un ejemplo que debió horrorizar a los observadores portugueses, españoles y, sobre todo a los vecinos turcos: la ocupación italo-germana dio lugar al surgimiento de una potente resistencia comunista y a una larga y muy dura Guerra Civil que la derecha sólo pudo ganar gracias al apoyo militar británico y norteamericano.

Por lo tanto, en el invierno de 1939 había una guerra en marcha que parecía exactamente igual a la que se había desarrollado en 1914; con la decisiva salvedad de que no existían, como entonces, ni frente ruso ni balcánico. También faltaban planes ofensivos conjuntos; franceses y británicos no se habían puesto de acuerdo en qué hacer y la guerra en el frente occidental se limitará a golpes de mano y acciones muy aisladas a lo largo de la frontera franco-alemana, alternadas con inactividad y hasta confraternización. Es la «drôle de guerre» de los franceses, la «phoney war» británica o la «Sitzkrieg» de los alemanes. Los Aliados estaban convencidos de que el nuevo enfrentamientos con Alemania sería un calco de la gran guerra; y deseaban que así fuera, porque consideraban estar mejor preparados que en 1914 gracias a la Línea maginot.

A esa situación contribuía el agotamiento alemán. En parte, debido al bloqueo económico emprendido por el enemigo, que era otra iniciativa recuperada de los tiempos de la gran guerra, pero que funcionó bastante bien: las reservas de carburante alemanas cayeron de 2 a 1,4 millones de toneladas, desde octubre de 1939 a abril de 1949, a pesar de no producirse apenas operaciones militares. Y las importaciones alemanas, en tonelaje y valor, descendieron en un 75%.[48]Intentando adelantarse al desastre, Hitler lanzó la directiva para el Plan Amarillo (ataque contra Francia), ya en octubre.

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