Kitabı oku: «Guía literaria de Londres»

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Guía literaria de Londres

Página de créditos
Guía literaria de Londres

V.1: mayo de 2020

© de la traducción, Joan Eloi Roca, 2016

© del prólogo y la selección, Joan Eloi Roca, 2016

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2020

Todos los derechos reservados, incluido el derecho de reproducción total o parcial en cualquier forma.

Se han realizado todos los esfuerzos para contactar con todos los propietarios de los derechos de todos los materiales utilizados en este libro. La editorial agradece su colaboración a los autores, editores y particulares que han cedido materiales para la elaboración de esta guía literaria.

Corrección: Guillermo Pérez

Publicado por Ático de los Libros

C/ Aragó, 287, 2.º 1.ª

08009 Barcelona

info@aticodeloslibros.com

www.aticodeloslibros.com

ISBN: 978-84-18217-06-7

THEMA: WTL

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

Contenido

Portada

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Sobre este libro

Prólogo

Boudica saquea Londinium, Tácito

Grafitis romanos y un poema sajón

Londres rechaza el cristianismo, Beda el Venerables

El rey Olaf destruye el puente de Londres, Snorri Sturluson

La abadía de Westmister, Washington Irving

Una generación de catedrales, Justin McCarthy

El smog de Londres, John Evelyn

Cafeterías, John Macky y César de Saussure

Diario de un año de la plaga, Samuel Pepys

El gran indendio de Londres, John Evelyn

Wren reconstruye la catedral de San Pablo, Daniel Defoe

Un libertino en la ciudad, James Boswell

Un español en el Londres del siglo xviii, Antonio Ponz

La torre de Londres, William Hepworth Dixon

La visión de Londres de Lord Byron, Lord Byron

Los clubes privados de Londres, Joseph Hatton

La temporada: la fiesta de Jane Austen, Jane Austen

La inmensidad de los muelles, Edmundo de Amicis

El pasado de Londres, Charles Dickens

Una visita a la Gran Exposición Universal, 7 de junio de 1851, Charlotte Brontë

Prostitutas en Haymarket, Fiódor Dostoyevski

Hyde Park, John Ashton

Londres al amanecer, Oscar Wilde

La mejor calle de Londres, Francis Watt

Dorian Gray en un fumadero de opio, Oscar Wilde

En un fumadero de opio del este de Londres, Anónimo

Una ciudad de ladrillos y cielo lechoso, Théophile Gautier

En casa de William Morris, Henry James

Buscando trabajo en Londres, Verlaine y Rimbaud

Londres, una nación, Philip Gilbert Hamerton

El parlamento, Percy Fitzgerald

Un yanqui en albornoz, Mark Twain

El Támesis, Joseph Conrad

La vida en las calles de Londres, Jack London

En el museo de sir John Soane, Henry James

James Cushat-Prinkly aborrece la hora del té, Saki

La ciudad de las tentaciones, Natsume Soseki

Una estación y dos ciudades, G. K. Chesterton

Siete reglas para vivir en Londres, Rudyard Kipling

Parliament Hill, D. H. Lawrence

Esa cúpula familiar, Carlos, príncipe de Gales

Notas

Guía literaria de Londres
Un recorrido por Londres de la mano de los escritores más célebres que han visitado la gran ciudad del Támesis desde tiempos de los romanos hasta la actualidad

Tácito fue el primer gran escritor en mencionar Londres y, desde entonces, muchos otros grandes creadores nos han dejado sus impresiones de la ciudad. En este libro Dostoyevski y Boswell nos acompañan por los bajos fondos londinenses, mientras que Dickens, De Amicis, London o Kipling nos hacen de guías y nos dan consejos para manejarnos en la capital de Inglaterra. Otros, como Beda el Venerable, John Evelyn o Samuel Pepys nos cuentan cómo la ciudad superó pestes, incendios e invasiones, mientras que Soseki, Rimbaud o Verlaine ilustran que no es fácil vivir en Londres si no se dispone de dinero. Jane Austen, Mark Twain o Charlotte Brontë son sólo algunos más de los muchos autores que contribuyen a esta guía, que cuenta también con deliciosos grabados que permiten al lector ver lo que es y también lo que fue.

Imprescindible como complemento a una guía tradicional, la Guía literaria de Londres nos permite disfrutar de un triple viaje: en el espacio, hacia los monumentos londinenses; en el tiempo, hacia otras épocas y sensibilidades; y en el espíritu, hacia algunas de las mentes más creativas, divertidas y magníficas que ha dado la Literatura universal.

Prólogo

Hay muy poco en el nacimiento de Londres que presagie su futura grandeza. Los romanos prefirieron situar la capital de su provincia en Colchester y fueron unos comerciantes los que fundaron el asentamiento a orillas del Támesis que se convertiría en Londinium. Para escoger el lugar exacto en el que situar sus casas y almacenes, escogieron el punto más ancho y profundo del río en que la tecnología de la época permitía construir un puente. El actual puente de la Torre está solo unos metros al oeste del primer puente romano, que se construyó con madera. Londres, pues, está situada en el punto estratégico que comunica el sur y el centro de Inglaterra. Si a eso sumamos que el Támesis le aporta un enorme puerto natural, vemos que era el lugar obvio para instalar un mercado.

Y no solo los romanos tardaron en ver que Londres era el lugar natural para la capital de su provincia de Britania. Los sajones, que los sucedieron, prefirieron gobernar desde la bucólica Winchester y cuando Eduardo el Confesor al fin se dignó a reparar en Londres, decidió construir su palacio en Westminster, que estaba fuera de los límites la ciudad. El hecho de que la corona se instalase extramuros hizo que su dominio sobre la villa fuera siempre relativo. Para colmo, la Iglesia, harta del inveterado paganismo de los londinenses, concluyó que Canterbury era un lugar mucho más adecuado como centro espiritual.

En consecuencia, Londres, que ya había sido fundada por iniciativa privada, consiguió mantenerse apartada de las grandes instituciones del Estado y lograr un grado de autogobierno (y de libertad) inaudito para una gran ciudad e insólito para la capital de un reino. Su condición de centro de comercio la convirtió, además, en una ciudad rica. El alcalde de Londres fue el único plebeyo que firmó la Magna Carta en 1215.

La gente respondió a la llamada de esta ciudad orgullosa, hecha de dinero y placeres. En 1497 la ciudad tenía 70.000 habitantes, pocos más que los 60.000 que tuvo en la época romana, pero en 1837 alcanzaba ya el millón y medio. Este crecimiento se produjo gracias a una constante llegada de inmigrantes, primero de Inglaterra y luego del resto del mundo. Por eso a finales del siglo xx Londres había dejado de ser inglesa y se había convertido en una Babel de lenguajes y culturas. En 2012 un estudio reveló que Londres era la sexta ciudad de Francia en número de habitantes, con entre 300.000 y 400.000 ciudadanos de ese país afincados en su municipio. Eso quiere decir que viven más franceses en Londres que en Burdeos, Nantes o Estrasburgo. En el censo de 2010 se comprueba que uno de cada tres londinenses ha nacido en el extranjero, que en la ciudad se hablan trescientos idiomas y que existen cincuenta comunidades étnicas formadas por diez mil o más miembros, entre ellas, por supuesto, una vibrante comunidad española.

La selección de autores que aparecen en este libro responde a un doble criterio. En primer lugar, he querido transmitir la historia de Londres a través de los testimonios de algunas personas que presenciaron momentos clave de su pasado. Gracias a ellos podemos ver un Londres que ya no existe, pero sin el cual no se puede comprender la ciudad actual. Son textos que, además, nos permiten centrar nuestra atención en aspectos que hoy en día siguen presentes, pero que, al estar cubiertos bajo los diversos barnices de la modernidad, podrían pasar desapercibidos para el observador casual.

En segundo lugar, he querido reunir descripciones de los monumentos y lugares más característicos de Londres por escritores de singular talento y sensibilidad, de modo que el viajero pueda leer lo que los grandes autores opinaron sobre aquello que ahora él contempla. Así, esta guía literaria se convierte en un compañero más de viaje, pero uno que adopta la forma de Washington Irving, Charles Dickens, Edmundo de Amicis, Jane Austen, Mark Twain o Natsume Soseki.

La selección, por supuesto, es personal y muchos otros nombres podrían haberse sumado a ella, pero he hecho un esfuerzo por escoger aquellos que aunaban en su texto calidad literaria y capacidad descriptiva. Como todo libro que aborda un tema tan vasto como Londres, esta guía es, forzosamente, incompleta, pero espero que sirva para despertar el apetito del lector por conocer mejor una de las ciudades más grandes y literarias del mundo.

Joan Eloi Roca

Boudica saquea Londinium
Anales
Tácito

De Londres nada se sabía en el resto del mundo hasta que, en el año 60 d.C., la célebre Boudica, reina guerrera de los icenos, incendió y saqueó la ciudad. Los romanos le habían dado a Londres un nombre y poco más, pues el asentamiento estaba formado solo por unos almacenes y un fuerte. La ciudad carecía de baños o edificios públicos notables y, como es lógico, el Imperio apenas reparó en ella hasta que Boudica —quizá más conocida por su nombre latinizado, Boadicea— se lanzó sobre ella al frente de un ejército de cien mil britanos.

El texto que reproducimos es de Tácito, y con buen motivo. Aunque no fue testigo presencial de la revuelta de Boudica, era el historiador romano mejor informado sobre Londinium, pues su suegro, Agrícola, era tribuno en las islas cuando se produjo la rebelión.

Suetonio, sin embargo, no perdió la calma y viajó a través del territorio rebelde hasta Londinium. Esta pequeña ciudad no gozaba de la consideración de colonia romana, pero era un centro frecuentado por comerciantes y barcos mercantes. Suetonio dudó si escoger aquel lugar para plantar batalla. Al final, su inferioridad numérica —y el precio que tan claramente había pagado Petilio por su impaciencia— hizo que decidiera sacrificar la ciudad de Londinium para salvar la provincia entera. Sin conmoverse por los lamentos ni las súplicas, Suetonio dio la orden de ponerse en marcha. Se permitió a los habitantes que lo acompañaran, pero aquellos que se quedaron porque eran mujeres o ancianos o estaban demasiado ligados a aquel lugar fueron masacrados por el enemigo. La ciudad de Verulamium corrió la misma suerte.

Los nativos disfrutaban saqueando y no pensaban en otra cosa. Dejaban a un lado fuertes y cuarteles e iban allí donde el botín era mejor y estaba peor protegido. Se estima que murieron setenta mil ciudadanos y aliados locales en los lugares citados, pues los britanos no hacían ni vendían prisioneros ni practicaban intercambios de prisioneros de guerra. Les faltaba tiempo para cortar cuellos, colgar, quemar en la hoguera y crucificar, como si quisieran vengar por adelantado el castigo que se les impondría.

Londres, pues, estuvo a punto de ser destruida antes de que nadie, excepto unos pocos comerciantes, supiera de su existencia. Al final, Suetonio venció a Boudica. La tradición afirma que la batalla tuvo lugar cerca de la actual estación de King’s Cross, bajo cuyo andén número 10 se dice que está enterrada la propia reina de los icenos, pero los historiadores no avalan esta leyenda.

Es curioso saber que a raíz de la rebelión de Boudica el poderoso Imperio romano estuvo a punto de renunciar a la provincia de Britania. Fue un hispano, Séneca, quien convenció a Nerón de combatir a Boudica y mantener la presencia romana en las islas británicas. Séneca, que había sido tutor de Nerón y era su asesor, había invertido mucho dinero en Britania y se arriesgaba a perderlo si el Imperio se retiraba. Sin duda, la perspectiva de las pérdidas financieras debió potenciar la elocuencia del anciano estoico que, cabe recordarlo, además de ser filósofo y moralista, poseía una de las mayores fortunas de Roma.


Boadicea, grupo monumental en bronce obra de Thomas Thornycroft (1815-1885) que representa a la reina de los icenos en su carro de guerra, acompañada de sus dos hijas. Está ubicada en el extremo norte del puente de Westminster, muy cerca del célebre Big Ben. (© Aldaron)

De las cenizas del pequeño asentamiento nació un Londres romano mucho más próspero. Se construyó una basílica en lo que actualmente es Leadenhall Market, un fuerte en Cripplegate y un anfiteatro en Guildhall. Se pavimentaron las calles y se dispusieron en la clásica estructura romana en cuadrícula. Hacia el año 90 d.C. se construyó el primer puente permanente de Londres, hecho de madera. Ese puente estaba apenas unos metros al oeste del actual puente de la Torre.

Grafitis romanos y un poema sajón
Autores anónimos

Las primeras murallas de Londres, construidas entre 190 y 225, cerraban un área de solo 1,4 kilómetros cuadrados, más o menos la misma superficie del actual Hyde Park. La ciudad prosperó y al terminar el siglo i ya era la más poblada de Britania y se había hecho con la capitalidad de la provincia. El emperador Adriano la visitó en 122 y, quizá como consecuencia de la visita imperial, se empezó a construir una serie de grandes edificios públicos. Se alcanzaron los 60.000 habitantes y Londres disfrutó de las ventajas de la vida romana, entre ellas un mayor grado de alfabetización, lo que llevó a la aparición de los primeros grafitis de la ciudad, escritos en latín.

AUSTALIS LLEVA DOS SEMANAS

DESAPARECIENDO SOLO

(Rayado en una teja)

¡BASTA!

(Rayado en una teja)

LONDRES: EN LA PUERTA DE AL LADO DEL TEMPLO DE ISIS

(Rayado en una jarra)

A los espíritus de los difuntos: Flavio Agrícola, soldado de la Sexta legión, vivió 42 años, 10 días; Albia Faustina encargó esto para su simpar marido

(Lápida, encontrada en el área de Minories)


Ilustración de la lápida citada arriba, tomada del libro Illustrations of Roman London, de Charles Roach Smith, publicado en Londres en 1859.

GOTAS DE GAYO VALERIO AMANDO PARA LA VISIÓN BORROSA

(sello para tónico ocular)

¡VERGÜENZA!

(rayado bajo un garabato ilegible en una pared)

En el siglo iv Londinium fue rebautizada como Augusta, aunque al nuevo nombre no le acompañó la prosperidad. El imperio Romano se deshacía y en 410 retiró sus últimas dos legiones de Britania. Los sajones, que habían sido invitados como mercenarios para combatir a los pictos, se quedaron como conquistadores y, aunque en 516 el rey romanobritánico Arturo los derrotó en Mount Badon, hacia 550 Londres estaba plenamente bajo control sajón.

Pero a los sajones no les gustaban las ciudades y Londres desapareció durante la Edad Oscura. La ciudad romana quedó en ruinas mientras los sajones apacentaban sus rebaños entre sus murallas. Pensaban que aquellos edificios de piedra eran obra de gigantes y preferían mantenerse alejados de ellos. Por eso, construyeron otra ciudad, hecha de madera, barro y paja, a más de un kilómetro y medio del Londinium romano. La nueva ciudad se llamó Lundenwic y se originó en el lugar que actualmente ocupa Covent Garden. Wic era la palabra sajona que designaba «mercado». Hacia el siglo vii ese mercado le había otorgado a Inglaterra el prestigio suficiente como para que la misión cristiana en el país le concediera su propio obispo. Pero, como veremos, Londres no se mostró muy receptiva a los esfuerzos de Melito, el monje romano encargado de salvar su alma inmortal.

Londres rechaza el cristianismo
Historia ecclesiastica gentis Anglorum
Beda el Venerable

San Beda (672-735) fue un monje benedictino del monasterio de Saint Peter en Wearmouth y de su monasterio adjunto de Saint Paul. Su obra más conocida es la Historia ecclesiastica gentis Anglorum (Historia eclesiástica del pueblo de los anglos), que completó en 731 y que le valió el título de «padre de la Historia de Inglaterra». El rigor que empleó en sus textos fue extraordinario para su época. Para escribir su Historia se basó en 596 fuentes documentales, que le costó mucho obtener, así como en testimonios orales que utilizó con notable espíritu crítico. Se preocupó por conocer «las fuentes de sus fuentes» y su esmero queda patente por el hecho de que se lo considera el inventor de la nota al pie de página. De su Historia proceden los siguientes fragmentos.

En el año de nuestro Señor de 604, Agustín, arzobispo de Gran Bretaña, consagró obispo a Melito para que predicara en la provincia de los sajones del este, a los que separa de Kent el río Támesis y que linda con el mar Oriental. Su metrópolis es la ciudad de Londres, que está situada a orillas del citado río y es el mercado de muchas naciones que a ella acuden por tierra y por mar. En aquellos tiempos reinaba sobre la nación Sabert, sobrino de Ethelbert por parte de su hermana Ricula, aunque era súbdito de Ethelbert, quien, como se ha dicho antes, tenía mando sobre todas las naciones de los ingleses hasta el río Humber. Pero cuando a esta provincia llegó la buena nueva por la predicación de Melito, el rey Ethelbert construyó la iglesia de San Pablo Apóstol en la ciudad de Londres, donde Melito y sus sucesores tendrían su sede episcopal […]

En el año de nuestro Señor 616 […] la muerte de Sabert, rey de los sajones del este, […] dejó tres hijos, todavía paganos, que heredaron su corona temporal. Empezaron de inmediato a darse abiertamente a la idolatría, que en vida de su padre parecían haber abandonado, y concedieron licencia a sus súbditos para que adoraran a sus ídolos. Y cuando vieron que el obispo [Melito], al celebrar misa en la iglesia, daba la Eucaristía a la gente, siendo ignorantes como eran, le dijeron, como nos llega a través de varias fuentes: «¿Por qué no nos das también ese pan blanco que solías dar a nuestro padre Saba (porque así solían llamarlo), y que sigues dando a la gente que va a la iglesia?». A lo que él repuso: «Si os laváis en esa fuente de salvación en la que fue lavado vuestro padre, también podréis tomar el Pan sagrado que él tomaba; pero si despreciáis a aquel que ama la vida, no podéis recibir el Pan de la vida». Ellos replicaron: «No entraremos en esa fuente, porque sabemos que no lo necesitamos, pero sí nos refrescaría ese pan». Y al ser a menudo reprendidos por él en el sentido de que eso era imposible y de que nadie podía ser admitido a compartir la sagrada Oblea sin la purificación previa, al final, dijeron airados: «Si no aceptas satisfacernos en un asunto de tan poca importancia, no podrás quedarte en nuestra provincia». Y lo expulsaron e hicieron que él y su compañía salieran de su reino.

Melito se vio obligado a huir a la Galia, pero el arzobispo de Canterbury le insistió en que debía regresar a Londres, cosa que hizo. Beda cuenta el resto de la historia.

… pero el pueblo de Londres no quiso recibir al obispo Melito y prefirió seguir bajo sus idólatras sumos sacerdotes; pues el rey Eadbald [el gobernante sajón del sur y el centro de Inglaterra] no tenía tanto dominio sobre su reino como había tenido su padre y no fue capaz de devolver al obispo a su iglesia contra la voluntad y sin el consentimiento de los paganos.

El rey Olaf destruye el puente de Londres
Heimskringla
Snorri Sturluson

La narración que hace Snorri Sturluson (1179-1241), historiador, político y poeta islandés, del ataque de Olaf al puente de Londres fue escrita alrededor de 1225 y se basó en las sagas que cantaban los guerreros escandinavos. Este ataque tuvo lugar cerca de 1014, un momento en que las incursiones vikingas asolaban toda Inglaterra y buena parte de Europa. Se cree que ese invierno los vikingos acamparon dentro de las murallas de la antigua ciudad romana.

Ethelred envió una invitación a todos los hombres que quisieran estar a su sueldo para que se unieran a él con el fin de recuperar el país. Entonces mucha gente acudió a su lado y, entre ellos, el rey Olaf con una gran hueste de hombres del norte. Pusieron proa primero a Londres y remontaron el Támesis con su flota, pero los daneses tenían un castillo. Al otro lado del río hay un gran lugar de comercio llamado Sudvirke [Southwark]. Allí los daneses habían levantado grandes obras, cavado vastas trincheras y elevado un baluarte de piedra, madera y tierra en el que habían acantonado un poderoso ejército. El rey Ethelred ordenó un gran asalto; pero los daneses se defendieron valerosamente y el rey Ethelred no pudo conseguir nada. Entre el castillo y Sudvirke había un puente tan ancho que sobre él podían cruzarse dos carros. Sobre el puente se habían levantado barricadas en dirección al río, tanto torres como parapetos de madera, que llegaban casi hasta el pecho, y debajo había pilares que se sumergían hasta el fondo del río. Cuando se lanzó el ataque, las tropas se atrincheraron en el puente por todas partes y allí se defendieron. El rey Ethelred quería tomar el puente cuanto antes y convocó a todos los jefes para consultar cómo destruirlo. El rey Olaf dijo que intentaría colocar a su flota junto al puente si los demás barcos hacían lo mismo. Fue entonces cuando el rey decidió que debían colocar sus fuerzas bajo el puente, y todos aprestaron sus hombres y barcos.

El rey Olaf ordenó que se ataran unas a otras grandes plataformas flotantes de madera; para construirlas derribó casas viejas. Con estas plataformas como tejado, cubrió sus barcos hasta tal punto que sobresalían por los costados. Bajo estas pantallas construyó unos pilares tan altos y fuertes que había sitio bajo ellos para blandir la espada y los tejados eran lo bastante fuertes como para resistir las piedras que les tiraban. Cuando la flota y los hombres estuvieron listos, remaron río arriba, pero cuando se acercaron al puente les llovieron tantas piedras y proyectiles, entre ellos flechas y lanzas, que ni los cascos ni los escudos pudieron resistir y los barcos mismos quedaron gravemente dañados y muchos se retiraron. Pero el rey Olaf y la flota de hombres del norte que lo acompañaba remaron hasta situarse bajo el puente, ataron cables a los pilares que lo sostenían y luego remaron con todas sus fuerzas corriente abajo. Los pilares se estremecieron y se soltaron del fondo. Así pues, como el puente estaba lleno de hombres armados que además habían acumulado muchas piedras y otras armas arrojadizas, y como los pilares estaban sueltos y habían perdido su fijación, el puente cedió y una gran parte de los hombres que en él estaban cayeron al río, y todos los demás huyeron, algunos al castillo y otros a Sudvirke, que a continuación fue asaltada y saqueada. Cuando los que estaban en el castillo vieron que el río Támesis estaba perdido y que no podían evitar que los barcos pasaran río arriba, se asustaron, rindieron la torre y aceptaron a Ethelred como su rey.

Por eso dice Ottar Svarte: «El puente de Londres ha caído. Se ha ganado oro y fama. ¡Truenan los escudos y suenan los cuernos de guerra, Hilrd grita entre el estruendo! ¡Cantan las flechas y chirrían las cotas de malla! ¡Odín le da la victoria a nuestro Olaf!».1


Reconstrucción del ataque vikingo al puente de Londres de 1014. El dibujo es de M. Meredith Williams y fue publicado por primera vez en The Northmen in Britain (Thomas Y. Cromwell Company, Nueva York, 1913). El puente de Londres de los sajones seguía siendo, como el que construyeron los romanos, de madera. En sus diversas encarnaciones, este cruce del río ha existido durante los últimos dos mil años.

En el año 1015, tras casi doscientos años de incursiones vikingas, Canuto, rey de Dinamarca, lanzó una invasión a gran escala y se proclamó también rey de Inglaterra. Exigió altos tributos a los londinenses y alojó daneses por toda la ciudad para evitar rebeliones. Muchos de ellos vivieron en la zona alrededor de la iglesia que todavía se conoce como St. Clement Danes (San Clemente de los daneses). Pero Londres tiene que agradecerle a Canuto que la convirtiera en la capital inequívoca de Inglaterra, desbancando a Winchester, tradicional sede de la casa de Wessex. Cuando esta casa volvió al trono en la persona de Eduardo el Confesor después de que el hijo de Canuto, Hardecanuto, muriera sin descendencia, la capital no se movió de Londres. Eduardo, eso sí, trasladó el palacio de San Pablo a la isla de Thornea,2 donde estaba construyendo su nueva iglesia o minster. Para diferenciarla de San Pablo, la nueva iglesia se denominó Westminster o «Iglesia del oeste».

La abadía de Westminster
Libro de apuntes de Geoffrey Crayon
Washington Irving

Historiador y escritor norteamericano, Washington Irving (1783-1859) no solo fue embajador en España durante unos años (1842-1846), sino que fue el primer escritor estadounidense, quizá junto a Fenimore Cooper, en alcanzar fama universal. El fragmento sobre la abadía de Westminster que reproducimos forma parte del Libro de apuntes, una popular compilación de relatos, folclore y textos sobre viajes que Irving escribió bajo el seudónimo de Geoffrey Crayon y que se publicó por entregas entre 1819 y 1820. Uno de los capítulos del libro está dedicado por entero a la abadía de Westminster, uno de los lugares más visitados de Londres y que permanece prácticamente igual desde que lo visitó el escritor estadounidense, hace casi dos siglos.

En uno de esos sobrios y melancólicos días de finales de otoño en que las sombras de la mañana y las de la tarde tiñen la última decadencia del año de melancolía, pasé varias horas paseando por la abadía de Westminster. En la lúgubre belleza de aquel antiguo edificio hay algo que congenia bien con la estación y, al cruzar su umbral, sentí como si me hubiera trasladado de súbito a los parajes de la Antigüedad y fuera a perderme entre las sombras de épocas pasadas.

Entré desde el patio interior de la escuela de Westminster3 a través de un largo pasadizo abovedado de aspecto subterráneo e iluminado solamente por unos agujeros circulares realizados en sus gruesos muros. Por esta oscura avenida entreví el claustro, en el que un viejo sacristán, vestido con su hábito negro, se movía entre sus bóvedas lóbregas, como si fuera un espectro salido de alguna de las tumbas cercanas. Acercarse a la abadía a través de estos tenebrosos restos monásticos prepara la mente para su solemne contemplación. El claustro todavía conserva algo de la tranquilidad y la reclusión de antaño. Las paredes grises están descoloridas por la humedad y el tiempo las ha agrietado; una capa de moho velludo cubre las inscripciones de los monumentales murales y oscurece las inscripciones de las lápidas y otros emblemas funerarios. De la rica tracería de los arcos han desaparecido los agudos golpes del cincel; las rosas que adornaban las dovelas han perdido su belleza vegetal; todo padece la marca del gradual desgaste del tiempo, pero, aun así, hay algo conmovedor y agradable en esa decadencia.

El sol otoñal bañaba con un rayo dorado el recinto del claustro, iluminando la poca hierba que crecía en el centro del patio y proyectando sobre un ángulo del pasillo abovedado una especie de esplendor polvoriento. Por entre los arcos, el ojo atisbaba un trozo de cielo azul o una nube pasajera, y contemplaba los pináculos de la abadía, dorados por la luz, recortándose contra el azul celeste.

Mientras caminaba por el claustro, en ocasiones recreándome en su combinación de gloria y declive, y otras veces esforzándome por descifrar las inscripciones en las tumbas que formaban el suelo bajo mis pies, atrajeron mi atención tres figuras toscamente talladas en relieve que los pasos de muchas generaciones habían desgastado. Eran las efigies de tres de los primeros abades; los epitafios estaban completamente borrados y solo quedaban los nombres, que sin duda habían sido restaurados en tiempos más recientes; («Vitalis. Abbas. 1082», «Gislebertus Crispinus. Abbas. 1114» y «Laurentius. Abbas. 1176»). Me quedé allí un rato, meditando sobre aquellas inesperadas reliquias de la Antigüedad, abandonadas como pecios en esta lejana orilla del tiempo, que solo contaban la historia de que aquellos seres habían existido y fallecido; que no pretendían ofrecer ningún consejo moral más allá de la futilidad del orgullo que todavía persigue conseguir homenaje a sus cenizas y que pervive en la inscripción. Solo habrá de pasar un poco más de tiempo para que incluso estos escasos restos desaparezcan, y con ellos se pierda el recuerdo que se trató de inmortalizar en piedra. Mientras seguía mirando las lápidas me sobresaltó el sonido del reloj de la abadía, cuyas campanadas reverberaron entre los contrafuertes creando ecos en el claustro. Casi resulta sorprendente escuchar ese aviso de la partida del tiempo sonando entre las tumbas, anunciando el paso de una hora más que, como una ola, nos ha empujado un poco más hacia la muerte.


Grabado de J.P. Neale (1828) que muestra el lado norte del claustro de la abadía de Westminster y la entrada, con las puertas abiertas, al lado sur de la nave principal de la iglesia. Por este mismo arco, por el que en la actualidad pasan multitudes de turistas, pasó también Irving para salir del claustro y entrar en el templo.

Seguí mi paseo a través de un arco que me llevó al interior de la abadía. Al entrar allí la mente comprende la magnitud del edificio gracias al contraste entre el tamaño de la bóveda de la nave y el de la de los pasillos del claustro. El ojo contempla maravillado los grupos de columnas de dimensiones gigantescas, de las que se elevan arcos de altura asombrosa y junto a cuyas bases caminan hombres a los que el producto de su propia industria reduce a la insignificancia. El espacio y la solemnidad de este gran edificio provoca un profundo y misterioso deslumbramiento. Caminamos con cautela, pisando con suavidad, como si temiéramos perturbar el sagrado silencio de las tumbas, pero cada paso susurra a lo largo de los muros y resuena entre los sepulcros, haciéndonos todavía más conscientes del silencio que hemos quebrado.

Parece como si la horrible naturaleza del lugar oprimiera el alma y obligara al visitante a reverenciarla en silencio. Tenemos la impresión de estar rodeados por una congregación de restos de los grandes hombres de tiempos pasados, cuyos hechos forjaron la historia y cuya fama alcanza el orbe entero.

Y, sin embargo, la vanidad de la ambición humana casi hace sonreír al ver cómo están allí reunidos y amontonados entre el polvo; qué poca prodigalidad se ha observado al otorgar solo un recodo, un rincón sombrío, solo una fracción insignificante de tierra a aquellos a los que, en vida, no bastaban reinos, y cuántas formas y figuras y artificios se han diseñado para intentar atraer la mirada pasajera del visitante y salvar del olvido, durante unos pocos y cortos años, un nombre que en sus tiempos aspiró a ocupar eras enteras de los pensamientos y admiración del mundo.


La tumba de Charles Dickens, en el Rincón de los Poetas de la abadía de Westminster, según un grabado publicado el 15 de junio de 1870 en The Illustrated London News, poco después de que falleciera el poeta, el día 9 de ese mismo mes. Esta es, por supuesto, una tumba que Irving no pudo ver en su visita, que se produjo cincuenta años antes.

Pasé bastante tiempo en el Rincón de los Poetas, que se encuentra en el extremo de uno de los transeptos de la abadía. Las tumbas son, por lo general, sencillas, pues la vida de un hombre de letras ofrece pocos motivos espectaculares al escultor. Shakespeare y Addison tienen estatuas erigidas en su memoria; pero la mayor parte de los poetas son recordados con bustos en relieve, medallones y, en algunos casos, solo inscripciones. A pesar de la simplicidad de estos monumentos, me he fijado que es el lugar en el que más tiempo pasan los visitantes de la abadía. Un sentimiento más cálido y cercano substituye a la fría curiosidad o vaga admiración con la que contemplan los espléndidos mausoleos de los grandes y poderosos. Se quedan junto a estas como si fueran las tumbas de amigos o compañeros, pues de hecho existe una relación entre el autor y el lector. A otros hombres la posteridad los conoce solamente por medio de la historia, que continuamente se desvanece y olvida, pero la relación entre el autor y sus congéneres se renueva constantemente, siempre está activa y siempre es inmediata. El autor ha vivido para ellos más que para sí mismo; ha sacrificado gozos y se ha apartado de las delicias de la vida en sociedad para poder entrar en más estrecha comunión con mentes y épocas lejanas. Y hace bien el mundo en celebrar su fama, pues no fue adquirida mediante la violencia y la sangre, sino por el diligente reparto de placer. Que la posteridad honre el recuerdo de los escritores, pues han dejado una herencia no de nombres y actos vanos, sino auténticos tesoros de sabiduría, perlas brillantes de pensamiento y venas de lenguaje de oro puro.

Desde el Rincón de los Poetas continué mi paseo hacia la parte de la abadía que contiene los sepulcros de los reyes. Caminé entre lo que fueron capillas, ahora ocupadas por las tumbas y monumentos de los grandes. A cada paso me topaba con un nombre ilustre o reconocía un apellido de una familia célebre. El ojo, al adentrarse en aquellas oscuras cámaras mortuorias, capta siluetas de extrañas efigies: algunas arrodilladas en nichos, como rezando; otras estiradas sobre las tumbas, con las manos piadosamente unidas; guerreros vestidos con armadura como si reposaran tras la batalla; prelados, con báculos y mitras, y nobles vestidos con togas y coronas, tendidos como en capilla ardiente. Al contemplar esta escena, tan extrañamente poblada y, sin embargo, en la que todas las siluetas están quietas y en silencio, parece como si estuviéramos caminando por una mansión de aquella ciudad de fantasía en la que todos los seres se habían convertido de súbito en piedra.

Me detuve a contemplar una tumba sobre la que había una efigie de un caballero vestido con armadura completa. En un brazo sostenía un gran escudo; las manos las tenía unidas ante el pecho en actitud de súplica; el morrión le cubría casi por completo el rostro y tenía las piernas cruzadas indicando que había participado en la guerra santa. Era la tumba de un cruzado; de uno de aquellos entusiastas militares que de forma tan extraña mezclaban la religión y el romanticismo, y cuyas hazañas son el vínculo que conecta la realidad y la ficción, la historia y la fantasía. Hay algo extrañamente pintoresco en las tumbas de estos aventureros, decoradas con toscos escudos de armas y esculturas góticas. Se condicen con las anticuadas capillas en las que se suelen hallar; y, al pensar en ellas, la imaginación se dispara con las asociaciones legendarias, las románticas ficciones, la caballerosa pompa y el boato con que la poesía ha bañado las guerras por el señorío sobre el Sepulcro de Cristo. Son reliquias de tiempos irremediablemente pasados, de seres cuya existencia se ha olvidado, de costumbres y modales con los que ya no tenemos ninguna afinidad. Son como objetos de alguna tierra extraña y distante de la que nada sabemos a ciencia cierta, y sobre la cual todas nuestras concepciones son vagas y aventuradas. Hay algo solemne y horrible en extremo en las efigies de las tumbas góticas, tendidas como en el sueño de la muerte o en la súplica de la hora postrera. Causan sobre mí una impresión mucho más fuerte que las posturas atléticas, los gestos exagerados y los grupos alegóricos que tanto abundan en los monumentos modernos. Me sorprende también lo mucho que superan las inscripciones de los antiguos sepulcros a las actuales. En otros tiempos se conocía la manera de decir las cosas con sencillez y al mismo tiempo con orgullo: no conozco ningún epitafio que proyecte mejor la valía de una familia y el honor de su linaje que uno de una familia de nobles que afirma que «todos los hermanos fueron valientes y todas las hermanas, virtuosas».

Mientras se camina bajo aquellas sombrías bóvedas y silenciosos pasillos, estudiando los registros de los muertos, el sonido de la bulliciosa existencia exterior alcanza solo muy ocasionalmente el oído —el traqueteo de los carruajes que pasan; el murmullo de la multitud o quizá alguna suave risa de placer—. Cuando esos ruidos se abren paso, el contraste con el reposo semejante a la muerte que lo envuelve todo es sorprendente. El oír cómo las oleadas de la vida cotidiana se apremian a romper contra los mismos muros de aquel sepulcro induce un ánimo extraño.

Continué de tumba en tumba y de capilla en capilla. El día se apagaba gradualmente; el sonido de pasos dentro de la abadía se hizo menos y menos frecuente; la campana llamaba con su voz dulce a las oraciones vespertinas y, a lo lejos, vi a los miembros del coro, vestidos con sus sobrepellizas blancas, cruzar la nave en dirección al coro. Me detuve frente a la entrada de la capilla de Enrique VII. Un tramo de escaleras conduce hasta ella, a través de un arco profundo y oscuro y, sin embargo, majestuoso. Las grandes puertas de bronce, rica y delicadamente talladas, giran pesadamente sobre sus bisagras, como si se negaran con orgullo a admitir los pies de los mortales comunes en el más precioso de los sepulcros.


Interior de la capilla de Enrique VII en la abadía de Westminster, según un grabado de 1879. En la capilla están enterrados, además del propio Enrique VII y otros monarcas ingleses, las reinas María I e Isabel I que, enfrentadas en vida, comparten reposo eterno a pocos metros una de otra. La capilla, de estilo gótico, cuenta con espectacular tracería en el techo.

Al entrar, la suntuosidad de la arquitectura abruma al ojo, que contempla anonadado la elaborada belleza de los detalles escultóricos. Las mismas paredes se han convertido todas ellas en ornamento, recubiertas de tracería y de nichos que albergan estatuas de santos y mártires. Pareciera que el cincel le hubiera robado con su arte a la piedra el peso y la densidad, haciéndola flotar en lo alto como por arte de magia, y que hubiera tallado la tracería del techo con el intrincado detalle y la etérea seguridad de una tela de araña.

En los lados de la capilla está la noble sillería de los caballeros de la orden del Baño, bellamente tallada en roble, aunque con todos los grotescos adornos de la arquitectura gótica. En el pináculo de cada una de las altas sillas están tallados los yelmos y divisas de los caballeros, con sus bufandas y espadas, y sobre ellos están suspendidas sus banderas con su escudo de armas estampado, cuyo esplendor color oro, púrpura y carmesí se contrapone al gris de la piedra de la tracería del techo. En medio de este gran mausoleo se erige el sepulcro de su fundador. Su estatua, junto con la de su reina, está tendida sobre una suntuosa tumba, toda ella rodeada de un exquisito e imponente enrejado.

Hay cierta tristeza en toda esta magnificencia, en esta extraña mezcla de tumbas y trofeos, en la presencia de estos emblemas de la ambición más viva y desbocada junto a mementos que muestran el polvo en que nos convertiremos y el olvido que a todos, más tarde o más temprano, nos aguarda. Nada impregna la mente de mayor sensación de soledad que caminar por un lugar silencioso y desierto otrora abarrotado y festivo. Al mirar la sillería vacante de caballeros y escuderos, y al posar la mirada en las filas de polvorientas pero hermosas banderas, mi imaginación creó una escena en la que aquella sala estaba iluminada por los más valientes y más bellos, refulgentes con el esplendor de su enjoyado rango militar, mientras la multitud los admiraba entre murmullos. Todo eso había desaparecido; el silencio de la muerte se había aposentado en el lugar, interrumpido solo por algún ocasional canto de varios pájaros que habían conseguido abrirse paso hasta el interior de la capilla y habían formado sus nidos entre sus frisos y sus pendones —signo inequívoco de abandono y soledad—. Cuando leo los nombres inscritos en las banderas veo que son de hombres que viajaron hasta los confines del mundo; algunos surcaron mares lejanos; otros guerrearon en tierras distantes; otros se mezclaron en las afanosas intrigas de las cortes y los gobiernos: todos buscaban conseguir una distinción más en esta mansión de vanos honores, la melancólica recompensa de un monumento.

Dos pequeños pasillos a ambos lados de esta capilla presentan una conmovedora prueba de la igualdad ante la muerte, que pone al opresor al mismo nivel que el oprimido y mezcla el polvo de los más enconados enemigos. En uno de los pasillos está el sepulcro de la orgullosa Isabel, en el otro el de su víctima, la adorable y desgraciada María. No hay hora del día en que no se pronuncie alguna frase de piedad por el destino de esta última, que se mezcla con la indignación hacia su opresora. Las paredes del sepulcro de Isabel resuenan continuamente con el eco de los suspiros de simpatía de los que visitan la tumba de su rival.

Una peculiar melancolía reina sobre el pasillo en el que está enterrada María. La luz pugna por atravesar los ventanales cubiertos de polvo. La mayor parte del lugar está envuelto en sombras y las paredes están manchadas y marcadas por el tiempo y el clima. Una figura en mármol de María está tendida sobre la tumba, alrededor de la cual hay una verja de hierro, muy oxidada, en la que se observa su emblema nacional, el cardo. Cansado de caminar, me senté junto al monumento para descansar un instante, mientras mi mente repasaba la accidentada y desastrosa historia de la desdichada María.

El sonido de los pasos había cesado en la abadía. Ahora solo oía, de forma esporádica, la voz lejana del sacerdote oficiando el servicio vespertino y las suaves respuestas del coro; estas cesaron por unos instantes y todo quedó en silencio. La quietud, la soledad y la oscuridad que me rodeaban conferían a la abadía un interés más profundo y solemne.

Pues en la tumba silenciosa no hay conversación

ni se oyen alegres los pasos de los amigos

ni las voces de los amantes

ni el consejo cuidadoso del padre. No se oye nada,

pues nada es sino olvido

polvo y una infinita tiniebla.

De repente las notas profundas del órgano estallaron sobre el oído, desgranándose cada vez con mayor y redoblada intensidad y desencadenando, por así decirlo, grandes nubes de sonido. ¡Qué bien concuerda su volumen y grandiosidad con este magnífico edificio! ¡Con qué pompa recorren sus grandes bóvedas y respiran su horrible armonía a través de estas catacumbas, haciendo hablar a los silenciosos sepulcros! Y ahora se elevan en triunfante aclamación, ascendiendo cada vez más en una torre de notas concordantes, amontonando sonidos sobre otros sonidos. Y en este instante se detienen, y las suaves voces del coro rompen en una melodía que es como una brisa suave que asciende gorjeando hasta el techo y parece sonar por estas grandiosas bóvedas como si fuera un viento venido del cielo. De nuevo el repique del órgano descarga su sobrecogedor trueno, comprimiendo el aire hasta volverlo música y desplegándolo sobre el alma. ¡Qué cadencias continuadas! ¡Qué solemnes y arrebatadores acordes! Se torna cada vez más denso y poderoso, llena la vasta pila y parece estremecer a los mismos muros, el oído se aturde, los sentidos se ven desbordados. ¡Y ahora está tocando con júbilo absoluto, elevándose desde la tierra hasta el cielo, y parece que el alma entra en rapto y flota hacia las alturas empujada por esa creciente marea de armonía!


Grabado de Wenceslav Hollar hacia 1650 que representa la antigua abadía de Westminster y los antiguos edificios del parlamento. Nótese la ausencia de las dos características torres cuadradas de la abadía, que se construirían entre 1722 y 1745.


Abadía de Westminster, pintada por Thomas H. Shepherd (1792-1864). Nótese al fondo que todavía aparecen los antiguos edificios del parlamento que fueron destruidos en un incendio en 1834.


Panorámica aérea actual que muestra la abadía, el palacio de Westminster reconstruido, que sigue albergando el Parlamento, el Támesis y la noria gigante llamada London Eye, construida en 1999 para celebrar la llegada del nuevo milenio.

Me quedé sentado durante un tiempo perdido en ese tipo de ensoñación que a veces inspira la música: las sombras del crepúsculo se alargaban a mi alrededor, las tumbas empezaron a parecer cada vez más lúgubres y el distante reloj dio fe de que el día se desvanecía lentamente.

Me levanté, dispuesto a salir de la abadía. Al descender el tramo de escaleras que llevaba a la nave principal atrajo mi atención la tumba de Eduardo el Confesor, así que ascendí la pequeña escalera que lleva hasta ella para desde allí contemplar aquel páramo de tumbas. El sepulcro está elevado sobre una especie de plataforma y cerca de él están los de varios reyes y reinas. Desde su eminencia, el ojo abarca desde pilares y trofeos funerarios hasta capillas y cámaras, abarrotadas de tumbas, en las que guerreros, prelados, cortesanos y estadistas yacen descomponiéndose en sus «lechos oscuros». Cerca de mí estaba el gran trono de coronación, toscamente tallado en roble, según el gusto bárbaro de una remota época gótica. La escena parecía casi artificial, como un escenario de teatro diseñado para producir el efecto deseado en el espectador. Aquí se encontraba el principio y el fin del poder y la pompa humanos; aquí, literalmente, solo había un paso del trono al sepulcro. ¿No se siente uno tentado de pensar que todos aquellos recuerdos se han reunido para que sirvan de lección a los grandes y poderosos, para mostrarles, incluso en el momento de exaltación más suprema, el olvido y deshonor al que llegarán? ¿Lo pronto que esa corona que ciñe sus sienes desaparecerá y tendrá que yacer entre el polvo y la desdicha de la tumba, y que caminen sobre él hasta los más viles de la multitud? Pues, aunque parezca extraño, ni la tumba es ya santuario seguro. En algunas naturalezas existe una levedad aberrante que les permite jugar con cosas que son terribles y sagradas; y hay mentes abyectas que se deleitan cobrando venganza en los difuntos ilustres el innoble homenaje y la servil docilidad que muestran ante los vivos. El ataúd de Eduardo el Confesor había sido abierto y sus restos desposeídos de sus ornamentos fúnebres; a la imperiosa Isabel le han robado su cetro y la efigie de Enrique V está descabezada. No hay una sola tumba real que no sea prueba de lo falso y pasajero que es el homenaje de la humanidad. Algunas han sido saqueadas, otras mutiladas; algunas cubiertas de obscenidades e insultos… ¡Todas han sido en mayor o menor grado deshonradas!

Los últimos rayos de sol penetraban tenuemente por las multicolores vidrieras de las altas bóvedas. La parte más baja de la abadía ya estaba envuelta en la oscuridad crepuscular. La luz se retiró poco a poco de las capillas y las naves. Las figuras de los reyes se sumergieron en las sombras y las estatuas de mármol de las tumbas asumieron formas extrañas en la dudosa luz; la brisa de la tarde corría por las naves como el frío aliento del ultramundo e incluso los lejanos pasos de un sacristán pasando por el Rincón de los Poetas tenían algo de extraño y amenazador. Rehíce lentamente mis pasos y, al salir por el portal del claustro, la puerta, que se cerró a mis espaldas con un sonido desgarrador, llenó de ecos el edificio entero.

La abadía de Westminster se salvó de la disolución y destrucción de los monasterios ordenada por Enrique VIII a pesar de ser la segunda más rica de Inglaterra, solo por detrás de la abadía de Glastonbury. El pedigrí literario de la abadía, no obstante, va mucho más allá de su célebre Rincón de los Poetas, donde descansan muchos de los grandes de las letras británicas, pues hasta el siglo xix fue el tercer centro universitario del país tras Oxford y Cambridge y en ella se tradujo el primer tercio de la Biblia del rey Jaime y la segunda mitad del Nuevo Testamento.

Una generación de catedrales
De Charing Cross a San Pablo
Justin McCarthy

Nacionalista irlandés, Justin McCarthy (1830-1912) fue historiador, novelista y miembro del parlamento del, entonces, Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda. Desde 1860 residió en Londres, ciudad que conoció a fondo y sobre la que escribió a menudo.

¡Qué hábito tan natural es dotar de características de ser vivo o incluso humanas a algún objeto inanimado o estructura que a uno le resulta familiar y querido! No es sorprendente que en la época de las Dríadas la gente atribuyera vida, carácter y simpatías humanas a los árboles, fuentes y ríos que conocían y amaban desde hacía tiempo. Casi todos acabamos haciendo algo parecido con los edificios que conocemos desde niños y que, en cierto sentido, han pasado a formar parte de nuestra existencia. Yo siempre he atribuido a la catedral de San Pablo naturaleza y carácter humanos. No puedo explicar bien qué tempranas asociaciones y casualidades han hecho que San Pablo sea una influencia viva mucho mayor y más noble para mí que la abadía de Westminster, pero así es, y siento como si San Pablo fuera una influencia viva sobre toda la región de la metrópolis que se avista desde su cúpula y su cruz. Hay, además, otro sentido en que para mí San Pablo es distinta de los demás edificios de su clase. No es una catedral antigua y longeva, sino más bien una generación de catedrales. La abadía de Westminster nos remonta al pasado de forma ininterrumpida, hasta los días en que nació Inglaterra. La propia Westminster, sin embargo, recibió ese nombre para distinguirla de la anterior East Minster, que o bien era la actual San Pablo o bien una catedral erigida en la zona de Tower Hill. Parecería, pues, que es San Pablo y no la abadía de Westminster la que mejor representa el gradual movimiento de la historia de Inglaterra y del pensamiento inglés, así como el crecimiento de la metrópolis. Pero observen la diferencia: la abadía de Westminster ha estado siempre, desde su edificación en los tiempos en los que Pan abandonaba definitivamente el uso del cuerno pagano, velando tranquilamente sobre Londres. Ha sido reformada aquí y allí, por supuesto. Reparada y renovada y decorada con nuevos adornos producto del agradecimiento de los devotos, pero siempre ha sido la misma abadía de Westminster. Ahora, en cambio, observen la historia de San Pablo: San Pablo se ha derrumbado y muerto una y otra vez, y siempre ha revivido y sido restaurada. Nuevas generaciones la han levantado repetidamente cuando ha caído. Ha perecido en el fuego varias veces, como una sucesión de martirios, y ha emergido de nuevo reluciendo sobre la frente del cielo de la mañana. San Pablo, más que una catedral, es una dinastía religiosa o eclesiástica. Ha sido destruida tan a menudo y reconstruida en formas tan diversas que parece como si cada época quisiera poner sobre ella su particular estampa y con ella encomendarla al servicio de cada nueva generación. Uno no puede evitar pensar que —por mucho que sus autoridades, su deán, el cabildo catedralicio y demás la cuiden de la mejor manera posible—, San Pablo no está destinada a mantener su forma actual durante mucho tiempo. No deseo que mis palabras sean como la historia del padre vigilante y prevenido que se encuentra en todas las literaturas (desde Esopo, pasando por Las mil y una noches, hasta la actualidad), la historia del padre al que avisan de que a su querido y único hijo le ha de sobrevenir una muerte imprevista y que lo encierra para ponerlo a salvo en una alta torre o profunda caverna —el relato se cuenta de diversas formas— sin que le sirva de nada, pues las mismas precauciones tomadas para salvar al chico solo consiguen acelerar su defunción. Puede que lo mismo suceda con la catedral de San Pablo… Sigo pensando en el pasado y no puedo evitar murmurar para mis adentros que la misión de San Pablo es, como ya he dicho, ser una sucesión o dinastía de catedrales, y no una estructura perenne con muros que resistan el paso del tiempo y el acoso del fuego. Su misión no es ofrecernos su historia en una continuidad ininterrumpida.

Este nacimiento y renacimiento confieren, en mi opinión, un interés muy peculiar a la catedral de San Pablo. ¡Piensen en lo que sus distintas generaciones podrían haber dicho a los que las rodearon! Otra gran iglesia —la abadía de Westminster, por ejemplo— crece acompañada de una historia que crece con ella y forma parte de ese movimiento gradual, de modo que no lo percibe. Cada día se produce un pequeño cambio, casi imperceptible, y la catedral cambia con la época sin ser consciente de ello. La abadía de Westminster no puede explicar cómo decayó lentamente el dominio romano, cómo los sajones dejaron su lugar a los normandos, cómo los Tudor siguieron a los Plantagenet, cómo los Estuardo llegaron a reinar y luego se desvanecieron y cómo llegó una nueva dinastía cabalgando en el corcel blanco de Hanover. Uno puede imaginarse a la abadía de Westminster confundiendo los esplendores nuevos con los antiguos, las historias del ayer con las del señor Henry Morton Stanley. Pero San Pablo, tal y como la contemplamos, renació hace solo dos siglos. Y volvió a la existencia con una conciencia joven y rápida, que se daba cuenta de cuanto la rodeaba y de cuanto veía. Y sobre todo, pudo ver y darse cuenta de los cambios. «¡Mira eso —y esto— que no estaba así cuando por última vez vi esta tierra! ¿Qué ha sucedido con este o aquel lugar, o con esta o aquella dinastía, que recuerdo tan sólida y floreciente hace solo unos cien años?». Cada resurgimiento implica una nueva Hégira, un nuevo punto de comparación, un nuevo estándar de excelencia, una nueva inspiración de simpatía; puede que arrepentimiento del pasado, puede que esperanza por el futuro. Así San Pablo , renovada una y otra vez, ha forjado su sentimiento de camaradería con la humanidad. San Pablo siempre es joven, es decir, relativamente joven —dos siglos desde su último nacimiento, el que se produjo tras el Gran Incendio; antes hubo otro periodo hasta su destrucción y regeneración anterior, y antes hubo otra, y aún otra, hasta remontarse a la primera San Pablo, que se levantó en el alba de la historia de Londres— siempre joven y, sin embargo, enriquecida con las tradiciones y, todavía mejor que las tradiciones, con las experiencias de los siglos. Esta catedral, esta generación de catedrales, debería poder enseñarnos lecciones que ninguna otra iglesia inglesa es capaz, en su monótona antigüedad, de ofrecernos.




Como bien dice McCarthy, San Pablo ha tenido una historia muy accidentada. La primera basílica tardorromana la construyó, como nos contó Beda el Venerable, el obispo Melito alrededor de 604 d.C. en lo que entonces se llamaba Lundenwic. Melito siguió la costumbre de construir las basílicas dentro del recinto de las antiguas ciudades romanas, pero, como sabemos, los sajones habían abandonado la ciudad romana, que estaba esencialmente desierta. De modo que ese primer San Pablo, aunque estaba dentro de las murallas, quedaba fuera de la ciudad. Tras los primeros asaltos vikingos, en 886, los sajones trasladaron la ciudad otra vez dentro de las murallas, así que Londres volvió a rodear su catedral, que fue reconstruida por completo. Esta segunda versión de San Pablo, sin embargo, fue arrasada por un terrible incendio que la Crónica anglosajona fecha en 962. Se supone que esta segunda San Pablo estaba hecha completamente de madera. Parece ser que la tercera San Pablo, que se empezó el mismo año de la destrucción de la anterior, se construyó ya en piedra, pero, por desgracia, no nos ha quedado nada de ella, pues de nuevo un incendio la destruyó en 1087.

La cuarta San Pablo, que se conoce tradicionalmente como la Antigua San Pablo, la empezaron los normandos tras la destrucción de la anterior, y su construcción duró doscientos años, aunque un incendio en 1136 casi acabó con ella. Pese a que la catedral se construyó con piedra, el techo siguió siendo de madera, lo que al final resultó fatal. Tras una ampliación, se terminó en 1314 y es la majestuosa catedral gótica que se observa en el grabado sobre estas líneas. Era entonces la tercera catedral más grande de Europa y su espira, que se elevaba 149 metros, la convertía en uno de los edificios más altos del mundo. En 1561 un rayo incendió la espira y la destruyó. La catedral cambió su silueta, como puede observarse en la siguiente ilustración, pero sobrevivió. No tuvo tanta suerte en 1666, cuando el Gran Incendio que acabó con la mayor parte de Londres la destruyó por completo. La nueva San Pablo, su quinta encarnación totalmente nueva, fue encargada a sir Christopher Wren y es la que se observa en el grabado bajo estas líneas y la que todavía hoy puede visitarse en la ciudad de Londres.

Fue en un periodo extraño de la historia de Inglaterra cuando la anterior catedral de San Pablo se convirtió en cenizas durante el Gran Incendio de Londres. Podemos ver aquella época a través de los ojos de dos observadores atentos e inteligentes y, sin embargo, tan distintos el uno del otro como es posible serlo.

¿Acaso conoce la historia del mundo y sus iglesias alguna otra catedral que haya sufrido más a causa del fuego que San Pablo? Toda la carrera de este templo no ha sido sino una ordalía por la prueba del fuego. Fue herida por un incendio cien años antes de que se construyera Westminster Hall, la parte más antigua del palacio de Westminster; fue arrasada hasta los cimientos por el fuego en el siglo xi y llevó casi dos siglos devolverle algo parecido a su antigua magnificencia. «¡Fuera! Nos perdemos en la luz» debería haber sido su lema, pues fue destruida prácticamente por completo por un incendio en el siglo xv y su espira, de la que se decía que fue el edificio más alto del mundo en su época, fue destruida por un incendio provocado por un rayo un siglo después. Así llegó a aquellos días terribles de 1666, cuando feneció junto con buena parte de Londres en uno de los incendios más terribles que jamás se han producido en la historia de las grandes ciudades. Se formó entonces una comisión para reconstruirla, de la que formó parte el valiente John Evelyn, y luego sir Christopher Wren levantó el monumento que mayor fama le ha dado, de tal modo que aquellos que cuestionen su paso a la posteridad solo tienen que mirarlo para cerciorarse. El gran arquitecto duerme bajo el cobijo de la catedral que levantó del polvo y las cenizas, y no se escribió ningún epitafio más noble ni justo en una tumba que el que encomienda sus restos a la reverencia del mundo.4 El Gran Incendio de 1666 no fue sino un accidente en la carrera de sir Christopher Wren. Ya antes de que se produjera había sido nombrado miembro de la comisión destinada a considerar la posibilidad de reconstruir por completo la catedral, que había sido construida a retazos, con las nociones de belleza arquitectónica de un arquitecto obscureciendo, en lugar de complementando, las de otro. Hacía tiempo que se había decidido intentar dotar de simetría, cohesión y coherencia al edificio, y al final se había puesto de manifiesto que ese objetivo solo podía lograrse derrumbando la vieja estructura y erigiendo una nueva catedral que debía ser diseñada por el intelecto y la imaginación de un solo hombre, es decir, que debía ser la creación de una mente extraordinaria. Pero el plan se fue demorando por diversos motivos. Se interpusieron consideraciones políticas; hubo planes enfrentados y hostiles entre sí; se produjeron los retrasos y aplazamientos típicos de cualquier proyecto, y al fin pareció que no se iba a hacer nada. El Gran Incendio vino entonces al rescate y obligó a que se erigiera algo nuevo. Incluso Wren no pudo construir el templo tal y como él habría querido —su suerte quiso que tuviera que someterse a las llamadas consideraciones prácticas—. Por ejemplo, la idea de Wren era adoptar un principio del que he hablado recientemente como algo a lo que aspira un amigo mío: el principio de que San Pablo debía elevarse separada de los demás edificios y que debía poderse contemplar entera desde el río, desde la cúpula hasta su base. En la mente de Wren este objetivo podía alcanzarse creando una larga hilera de elegantes muelles que flanquearan el río, anticipando de este modo, y llevando más abajo en el río, la idea de lo que luego sería el Embankment, la canalización del Támesis. Pero Wren no logró llevar a cabo su plan. Se permitió que casas, almacenes y embarcaderos se amontonaran a los pies de la catedral caóticamente, y San Pablo se levantó tal y como la vemos ahora —o más bien como no la vemos ahora, excepto a trozos, fragmentos o plazos—. Aun así podemos, si lo deseamos, formular alguna asociación poética incluso a partir de su presente situación eclipsada y oculta, y añadirla a la reflexión que ya he hecho sobre que el descuido y los errores de generaciones pasadas han dejado que San Pablo tenga su base en el mismísimo corazón de la vida de la City. ¿Acaso no es semejante a un árbol grande y majestuoso, a algún gran cedro o alta palmera, a algún gigantesco ejemplar de un bosque de Sacramento que levanta su copa y extiende sus anchas ramas hacia el aire claro de las alturas, y deja que los matorrales y los musgos verdes y las flores silvestres y las pobres, comunes y bajas malas hierbas crezcan en su base?

Llega la noche y San Pablo está sola. Toda la parte de la ciudad que la rodea queda sin movimiento ni vida. No se ven luces ardiendo a lo largo de Ludgate Hill. La estatua de la reina Ana mira hacia la oscuridad. No alumbra ninguna ventana en Cheapside. A partir de la media noche las campanas de St. Mary le Bow repican para nadie. Hay algo particularmente melancólico, inane y fútil en una campana que suena en la noche sin tener ninguna posibilidad de despertar oídos durmientes. Nadie vive en esta parte de la ciudad. Esta parte se ha ido a la cama. A la cama en Park Lane; en Piccadilly y Belgrave Square y Eaton Square; en Norwood y Hampstead y Clapham; en Wood Green y Brondesbury; en Bethnal Green y Stratford-atte-Bowe; a lo largo de la línea de muelles, en cualquier parte: la población de la City está compuesta por todo tipo de clases sociales. El Asmodeo que pudiera estudiar todas las viviendas en las que duerme la gente que huye de la City al caer la noche tendría una oportunidad poco habitual para la sátira sobre la diversidad social de Londres. Suponiendo que fuera un demonio bondadoso, admitiendo en él cierta simpatía hacia la imposible condición del hombre situado entre tentadoras posibilidades y debilitantes defectos, ¿cuál sería el resultado de su investigación: el abatimiento o la esperanza?

Sea como fuere, el espacio que rodea a San Pablo está en silencio, despejado y solitario. Los vivos han partido. ¿Quizá entonces vuelven los muertos y recuperan sus antiguos lugares? ¿Acaso una multitud del periodo de la Restauración pasea por la base de la catedral y la admira por cómo se ha levantado de nuevo de entre sus ruinas? ¿Acaso Nell Gwynn pasea por allí sonriente?5 ¿Llegan Evelyn y Pepys cogidos del brazo? ¿Está allí el príncipe Ruperto, convertido en científico e inventor en su vejez, pasada ya la época en que podía ganar solo su mitad de cualquier batalla? ¿Acaso el hombre más célebre de su época, un hombre extraordinario en cualquier era, ha dejado su trabajo de carpintero de ribera en Tower Hill y sus bebidas de brandy con pimienta… ha venido Pedro, el zar de Rusia, Pedro el Grande, al oeste a contemplar la cúpula de San Pablo? Sería curioso si este revisitar los atisbos de la luna alrededor de San Pablo no estuviera limitado a la compañía de aquellos que presenciaron la resurrección de la catedral y que los espectros de todas las épocas, o al menos desde los días de los centinelas romanos, pudieran aparecer por la noche en Ludgate Hill y honrar con su presencia a la última edición de San Pablo. En esta cuestión no puedo aventurar ninguna opinión. Pero sí estoy firmemente convencido de que esta catedral nunca está completamente sola. Los vivos la rodean de día; los muertos son libres en ella por la noche. El Monumento6 es contemporáneo de su última encarnación, Westminster Abbey es demasiado joven como para haber presenciado su primera aparición en esta colina del este.

Algo de verdad tienen las palabras de McCarthy en cuanto a que San Pablo es la catedral con la que más se identifican los londinenses, y también está en lo cierto cuando dice que parece ser destruida y reconstruida de nuevo cada cierto tiempo para servir a una nueva generación. La catedral actual es uno de los San Pablo más longevos, pero también estuvo cerca de sufrir el mismo fin que sus antecesoras: la destrucción a manos del fuego. Solo que esta vez no fue un incendio involuntario, sino el fuego de los bombardeos alemanes sobre Londres durante el Blitz, en la Segunda Guerra Mundial. La Luftwaffe, durante abril, mayo y junio de 1942, estableció fijó entre sus objetivos los monumentos nacionales enemigos. Hitler tomó esa decisión enfurecido por el bombardeo de Lubeck por parte de la RAF, pues no consideraba que esa ciudad fuera un objetivo militar. Los alemanes establecieron como objetivos, por increíble que parezca, todos aquellos edificios ingleses marcados con tres estrellas en la guía Baedeker de la época, entre ellos, por supuesto, San Pablo. La City, el barrio que la rodea, fue atacada repetidamente con bombas incendiarias, pero, milagrosamente, San Pablo sobrevivió, convirtiéndose en un símbolo de resistencia para los londinenses. Bajo estas líneas reproducimos una fotografía, ¡San Pablo sobrevive!, que se convirtió en una imagen icónica de la Batalla de Inglaterra. Algunos, menos inclinados a creer en milagros, han defendido posteriormente que los alemanes evitaron de manera intencionada destruir la catedral porque su cúpula, tanto durante el día como cuando reflejaba la luz de la luna, les resultaba extremadamente útil para orientarse y poder llevar a cabo sus misiones.


El smog de Londres
Fumifugium
John Evelyn

Se considera que Fumifugium, un panfleto publicado en 1661, fue uno de los primeros textos sobre la contaminación del aire y el primero en abordar un problema que castigaría a Londres durante varios siglos. Su autor, John Evelyn (1620-1706) fue un diarista y escritor que ha quedado injustamente eclipsado por su contemporáneo Samuel Pepys. Miembro fundador de la Royal Society, Evelyn fue además célebre por sus extensos conocimientos sobre árboles y jardinería, lo que, conjuntamente con su preocupación por la contaminación del aire y su estudio del vegetarianismo, lo convierten, aunque él no fuera consciente de ello, en un pionero del ecologismo.

Que esta gloriosa y antigua ciudad, que desde la madera se convirtiera en ladrillo y (como una nueva Roma) del ladrillo pasara al mármol y a la piedra —la ciudad, en suma, que domina el orgulloso océano hasta las Indias y alcanza las Antípodas—, envuelva su digna cabeza en nubes de humo y azufre, tan apestosas y oscuras, es algo que deploro con justa indignación. El abuso y la falta de moderación en el consumo de carbón en la propia ciudad de Londres la expone a uno de los inconvenientes y reproches más abyectos que puede recaer en una urbe tan noble y por lo demás incomparable; y la cuestión es que ese despilfarro no procede de las cocinas de carbón, que, a causa de su pequeño tamaño y por estar poco tiempo encendidas, producen un humo que es poco en cantidad y se dispersa rápidamente sin llegar a ser discernible. El exceso procede más bien de ciertos túneles y salidas muy concretas, que solamente pertenecen a los destiladores, los tintoreros, los que trabajan en hornos de cal, los que hierven sal y jabón, y también a otros negocios particulares, uno de cuyos espiráculos infecta manifiestamente el aire de Londres más que todas las demás chimeneas juntas. Y eso no es ninguna hipérbole en absoluto, y dejaremos el medirlo en manos de los que hayan de juzgarlo, es decir, de nuestros sentidos. Mientras estas chimeneas se dedican a eructar con mandíbulas manchadas de hollín, la ciudad de Londres parece más bien la ladera del monte Etna, la corte de Vulcano, Estrómboli, o los bajos fondos del infierno, en lugar de una asamblea de criaturas racionales y la sede imperial de nuestro incomparable monarca. Pues mientras en el resto de lugares el aire es puro y sereno, aquí queda eclipsado por una nube de azufre tan densa que el propio sol, que da la luz al resto del mundo, es incapaz de perforar para derramar sus rayos sobre Londres. Así, el viajero cansado huele la ciudad desde varias millas de distancia, mucho antes de verla. Ese humo pernicioso es el que mancilla toda su gloria, crea una costra de hollín o de piel sobre todo lo que toca, estropea cuanto se mueve, empaña la plata, el bronce y los muebles, corroe hasta las barras de hierro y la piedra más dura por las substancias que acompañan a su azufre, y desgasta y castiga más en un solo año de lo que la exposición al aire puro del campo destruye en varios siglos.

Cafeterías
Correspondencia privada
John Macky y César de Saussure

A partir de 1650 empezaron a abrirse en Londres unos establecimientos, llamados cafeterías, que ofrecían a sus clientes té y café, dos nuevas y exóticas bebidas. También se abrieron chocolaterías, que hacían lo propio con el chocolate. En las cafeterías no solo se disfrutaba de un café en compañía de los amigos, sino que se convirtieron en sede de tertulias y discusiones filosóficas, lo que llevó a que el gobierno intentara una y otra vez suprimirlas. Sin embargo, la pasión por las cafeterías era incontenible y a principios del siglo xviii, apenas cincuenta años después de su primera aparición, Londres ya contaba con dos mil. Según Antoine François Prébost, un visitante francés, las cafeterías, «donde uno podía leer todos los periódicos, a favor y en contra del gobierno», eran «la sede de la libertad inglesa». John Macky, un escocés de visita en Londres, dejó escritas sus impresiones sobre las cafeterías del West End.

Me alojo en una calle llamada Pall Mall, que es el lugar habitual de residencia de todos los extranjeros debido a su proximidad al palacio real, al parque, al parlamento, a los teatros y a las chocolaterías y cafeterías que frecuenta la flor y nata de la ciudad. Si quieres saber cómo vivimos, te lo diré: nos levantamos a las nueve, y los que frecuentan las recepciones que hacen por la mañana los grandes señores en sus dormitorios se entretienen en ello hasta las once. Alrededor de las doce todo el Beau Monde se reúne en las diversas cafeterías y chocolaterías, las mejores de las cuales son la Cocoa-Tree House, White’s Chocolate House, St. James’s, la Smyrna, Mrs. Rochford’s House y la British Coffee-House, y están tan cerca unas de otras que en menos de una hora puedes ver a la concurrencia de todas ellas. Nos llevan a estos lugares en sillas (o sedanes), que son muy baratos, una guinea a la semana o un chelín por hora, y los silleros ejercen además de porteros y te hacen recados como los gondoleros en Venecia.


Grabado de 1763 que muestra una representación satírica del interior de la cafetería Jonathan’s, donde se reunían los vendedores y compradores de valores. Esta cafetería fue el origen de la Bolsa de Londres. Al autor, H. O. Neal, no le gustaban los tejemanejes de los financieros, pues dibuja a Britania, representación de la nación, desmayándose en el extremo izquierdo de la composición, mientras en el derecho un diablo se regocija. Si no por otra cosa, el hecho de que aparezca una mujer delata que se trata de una alegoría, pues las mujeres tuvieron prohibido el acceso a las cafeterías de Londres hasta la segunda mitad del siglo xix.

Si hace buen tiempo, paseamos por el parque hasta las dos y luego vamos a comer; y si hace mal tiempo nos entretenemos jugando al Picket o al Basset7 en White’s, o hablando de política en la Smyrna y en St. James’s. No debo dejar de decirte que cada partido tiene su lugar favorito y, aunque un extraño siempre es bien recibido en cualquiera de ellos, un whig no pondría un pie jamás en el Cocoa-Tree o en Ozinda, y a un tory jamás se le vería en la Coffee-House de St. James’s.


Grabado de Gustave Doré de una cafetería en Petticoat Lane, publicado en London: A Pilgrimag (1872).

Con el tiempo, las cafeterías evolucionaron y algunas de ellas se convirtieron en clubes privados. Así,White’s Chocolate se transformó en White’s Club, el más aristocrático (y el más antiguo) de todos los clubes de caballeros de Londres. La tendencia de los londinenses de ideas políticas afines a congregarse en el mismo café se extendió a los negocios: el doctor Johnson y sir Joshua Reynolds fundaron el Literary Club en el Turk’s Head del Soho (barrio que, a su vez, tomó su nombre del grito «So-hoe» que proferían los cazadores en los días en que aquella zona era campo abierto), mientras que las aseguradoras marítimas se reunían en la cafetería Lloyds, donde se acabó fundando el mercado de seguros. Ahora bien, a ojos de un extranjero como César de Saussure, un protestante suizo, las cafeterías parecían a veces lugares muy rudimentarios. El fragmento que reproducimos a continuación procede de una de sus cartas.

En Londres hay un gran número de cafeterías, la mayoría de las cuales, a decir verdad, no están demasiado limpias ni bien amuebladas, debido a la cantidad de gente que acude a ellas y por culpa del humo, que pronto acaba con los buenos muebles. Los ingleses son grandes bebedores. En estas cafeterías puedes tomar chocolate, té o café, y todo tipo de licores, servidos calientes; también hay muchos lugares en los que se puede beber vino, ponche o cerveza (…) Lo que atrae a muchísima gente a estas cafeterías son las gacetas y otros periódicos públicos. Todos los ingleses son voraces consumidores de noticias. Los trabajadores suelen comenzar el día yendo a las cafeterías para así poder leer las últimas noticias. He visto muchas veces a limpiabotas y otra gente de su clase hacer fondo común para comprar un periódico (…) Algunas cafeterías son frecuentadas por eruditos y gente de ingenio; otras son terreno de dandis y políticos o, de nuevo, de profesionales de las noticias.

El gran incendio de Londres
Diario
John Evelyn

1666 no fue un buen año para Londres. Justo cuando la peste dejaba de atormentar a la ciudad, el fuego la consumió casi por completo. Cerca de las dos de la madrugada del 2 de septiembre de 1666 se produjo un incendio en la casa de Farryner, el panadero del rey, en Pudding Lane. No hay que dejarse engañar por el nombre, pues esta calle no era famosa por sus postres, sino por las entrañas y despojos de animales (también llamados puddings) que se caían de los carros de los carniceros de Eastcheap cuando llevaban los restos de su comercio a las barcazas de basura del Támesis. El caso es que esta calle, antes del incendio, era una de las más estrechas de Londres. Tanto, que un carro debía transitar con cuidado para no rozar las paredes de las casas. El resultado fue un incendio urbano espectacular, que arrasó una ciudad construida de madera. Hasta el incendio de Chicago en 1871 no conocería el mundo un incendio urbano mayor.

2 de septiembre. Esta horrible noche (…) empezó el deplorable incendio cerca de la calle Fish, en Londres.

3. Oramos en casa. El incendio continuaba después de cenar, así que fui en coche con mi esposa y mi hijo a Bankside, en Southwark, desde donde contemplamos el deprimente espectáculo de toda la ciudad envuelta en llamas que llegaban hasta la orilla del río; todas las casas del puente, toda la calle Thames y hasta arriba, desde Cheapside hasta Tree Cranes, todo estaba calcinado; así que regresamos, completamente sobrecogidos por lo que pudiera suceder con el resto de la ciudad.

Puesto que el fuego continuó toda la noche (si es que puedo llamar noche a algo tan claro como el día en diez millas a la redonda, iluminado con una luz horrible), conspirando con un fuerte viento de levante y la extrema sequedad de la estación, fui a pie al mismo lugar y vi que todo el sur de la ciudad ardía desde Cheapside hasta el Támesis y a lo largo de Cornhill (pues el incendio también viajaba en dirección opuesta al viento, además de a su favor), las calles Tower, Fenchurch y Gracious, y así hasta Baynard’s Castle, y ahora estaba llegando a la iglesia de San Pablo, lugar en el que los andamios contribuyeron a avivarlo. El incendio fue tan universal y la gente estaba tan atónita que, desde el principio, no sé por qué abatimiento o resignación, les costó apremiarse a sofocarlo, de modo que no se oía ni se veía nada más que gritos y lamentos, y corrían como criaturas sin propósito, sin intentar siquiera poner a salvo sus bienes; tanta era la consternación que se había apoderado de ellos. Y el fuego ardía a lo largo y a lo ancho, engullendo iglesias, edificios públicos, la bolsa, hospitales, monumentos y atracciones; saltando de forma prodigiosa de casa en casa y de calle en calle, a gran distancia las unas de las otras. El calor, acumulado tras un largo periodo de buen tiempo, llegaba a prender el mismo aire y preparaba a los materiales para concebir el fuego, que devoraba, de un modo increíble, casas, muebles y todo cuanto encontraba. Allí vimos el Támesis cubierto de bienes flotando, con las barcazas y barcos cargados hasta los topes con todo lo que alguien había tenido el tiempo y el valor de salvar; igual que, en el otro lado, los carros se dirigían a los campos, que durante muchas millas aparecían sembrados de mobiliario de todo tipo y de tiendas erigidas para ofrecer refugio tanto a la gente como a los bienes que habían podido rescatar. ¡Oh, qué espectáculo tan calamitoso y miserable! El mundo felizmente no ha conocido otro igual desde su fundación ni podrá ser superado hasta el día del juicio final. Todo el cielo había cobrado un aspecto aterrador, como la parte superior de un horno ardiente, y la luz se vio durante muchas noches en cuarenta millas a la redonda. ¡Que Dios me conceda que mis ojos nunca vuelvan a contemplar algo así, después de haber visto diez mil casas en llamas! El ruido y el crepitar impetuoso del fuego, los gritos de las mujeres y los niños, la prisa de la gente, la caída de torres, casas e iglesias fue como una horripilante tormenta; y el aire estaba tan caliente e inflamado que al final nadie era capaz de acercarse, así que todos se vieron obligados a quedarse quietos y dejar que las llamas ardieran, cosa que hicieron, a lo largo de casi dos millas de longitud y una de anchura. Las nubes de humo también eran sombrías y se calculó que alcanzaron casi cincuenta millas de longitud. Así lo dejé esta tarde, ardiendo como si fuera Sodoma o el día del Juicio. Por fuerza me vino a la mente ese pasaje, non enim hic habemus stabilem civitatem: las ruinas parecen una imagen de Troya. ¡Londres fue, pero ya no es! Así, regresé.


Grabado que representa el Gran Incendio de Londres de 1666 visto desde la orilla sur del Támesis. Cruzando el río se puede observar el antiguo puente de Londres, con sus características casas colgadas en el puente, y en la orilla norte, en medio de las llamas, destaca la torre cuadrada de la antigua catedral de San Pablo. Este es el mismo lugar, Bankside, adonde Evelyn va con su esposa y su hijo a ver la magnitud del fuego. El grabado es obra de Robert Chambers, que se basó para hacerlo en un grabado de la época del incendio.

4 de septiembre. El incendio todavía arrecia y ahora ha llegado a la zona de Inner Temple. Toda Fleet Steet, el Old Bailey, Ludgate Hill, Warwick Lane, Newgate, Paul’s-Chain y la calle Watling están en llamas, y la mayor parte de ellas han sido reducidas a cenizas; las piedras de San Pablo volaron como granadas, el plomo fundido corría por las calles como un torrente y las mismas calzadas irradiaban una incandescencia tan intensa que ningún caballo, ni hombre, era capaz de caminar sobre ellas. Los escombros, además, habían bloqueado todas las rutas, de modo que no podía esperarse ayuda. El viento del este seguía impulsando impetuosamente las llamas. Nada excepto Dios Todopoderoso podía detenerlas, pues en vano trataban de hacerlo los hombres.

5. Cruzó hasta Whitehall, pero ¡oh, la confusión que reinaba en esa corte! Su Majestad tuvo a bien ordenarme, como a los demás, que me dedicara a extinguir el fuego al final de Fetter Lane para preservar, si era posible, esa parte de Holborn, mientras el resto de los caballeros ocuparon otros puestos, algunos en unas partes y otros en otras (pues ahora empezaban a darse prisa, y no antes, los que hasta este momento habían estado pasmados y con los brazos cruzados), y empezaron a considerar que nada iba a poder detener el fuego, excepto volar tantas casas como fuera necesario para hacer un cortafuegos, muchas más de las que se habían derruido por el tradicional método de tirar de ellas con los coches de bomberos. Esto lo propusieron unos marineros lo bastante pronto como para haber salvado casi toda la City, pero algunos hombres y concejales tozudos y avariciosos se opusieron, pues sus casas habrían de ser las primeras en caer. Se planteó entonces seguir ese plan y mi preocupación se centró particularmente en el Hospital de St. Bartholomew, cerca de Smithfield, donde tenía a muchos hombres heridos y enfermos, lo que me hizo insistir diligentemente en que se siguiera ese curso de acción, no siendo menor mi preocupación por el Savoy.8 Ahora le plugo a Dios, por el abatimiento del viento y por la industria de los hombres, infundiendo en ellos un nuevo espíritu cuando casi todo estaba perdido, que la furia del incendio empezara a moderarse hacia mediodía, así que no llegó por el oeste más allá de Temple ni por el norte superó la entrada de Smithfield, pero continuó todo ese día y noche impetuosamente hacia Cripplegate y la Torre, lo que nos desesperó. También volvió a prender en Temple, pero el valor de la multitud, que no cejó en su esfuerzo de sofocarlo, y el que se volaran muchas casas creando importantes cortafuegos, unido a lo mucho que ya había consumido en los tres días anteriores, hizo que el rebrote del fuego no ardiera sobre lo que quedaba con tanta vehemencia como antes. Pero aun así no se podía acercar uno a menos de un estadio de las ardientes y refulgentes llamas.

7. Fui esta mañana a pie desde Whitehall hasta el puente de Londres, a través de lo que fue Fleet Street, Ludgate Hill a la altura de San Pablo, Cheapside, Exchange, Bishopgate, Aldersgate y luego por Moorfields, y de ahí a Corn Hill, etc., todo ello con extraordinaria dificultad, subiendo y bajando por montañas de escombros todavía humeantes y desorientándome a menudo: el suelo bajo mis pies estaba tan caliente que me quemó la suela de los zapatos. Mientras tanto, su Majestad llegó a la Torre por agua, para demoler las casas del Graff, que lo abarrotaban y que, de haberse incendiado, podrían haber llevado el fuego a la Torre Blanca, donde estaba el polvorín, lo que sin duda no solo habría hundido y destruido todo el puente, sino también hundido y hecho astillas los barcos que había en el río y causado una devastación inconcebible en muchas millas de terreno.

A mi regreso me causó la mayor consternación contemplar esa gran iglesia, San Pablo, convertida en una triste ruina y su bello pórtico (por su estructura comparable a cualquiera de Europa, y no hacía mucho reparado por el difunto rey) hecho pedazos, con grandes trozos de piedra partidos y desperdigados y sin nada entero excepto la inscripción del arquitrabe, que decía quién lo había construido ¡y que no tenía dañada ni una sola letra! Era asombroso ver las piedras tan inmensas que el calor había, de algún modo, calcinado, de manera que todos los adornos, columnas, frisos, capiteles y salientes de roca de Portland habían salido volando, incluso hasta el mismo techo, donde la gran capa de plomo que cubría el espacio (de no menos de seis acres) se había fundido por completo. Los escombros de la bóveda del techo, al derrumbarse, cayeron sobre St. Faith, que estaba llena de pilas de libros que los libreros habían llevado allí para ponerlos a salvo y que fueron consumidos por completo y ardieron durante toda una semana. También se observa que el plomo sobre el altar en el extremo este estaba intacto y que, entre los diversos monumentos, el cuerpo de un obispo permaneció entero. Así yacía en cenizas aquella venerabilísima iglesia, uno de los más antiguos ejemplos de piedad de los fieles en el mundo cristiano, de los que apenas quedarán un centenar. El plomo, el hierro forjado, las campanas, la plata, etc., se fundieron; la exquisitamente labrada capilla de los comerciantes de tejidos, la suntuosa Bolsa, el augusto edificio de Christ Church y todo el resto de sedes de colegios profesionales, espléndidos edificios, arcos y entradas, todo convertido en polvo; las fuentes se secaron y derrumbaron, mientras que las aguas que las alimentaban hirvieron durante una semana; los abismos de los sótanos, pozos y mazmorras, que se habían utilizado como almacenes, seguían ardiendo entre un olor nauseabundo y oscuras nubes de humo. Así, en cinco o seis millas de recorrido no vi ni madera que no estuviera consumida ni piedras que no hubieran sido calcinadas hasta volverse blancas como la nieve.

La gente que caminaba entre las ruinas parecía estar en algún lúgubre desierto o, mejor dicho, en alguna gran ciudad arrasada por un cruel enemigo; a ello se añadía el hedor que procedía de los cuerpos de pobres criaturas, camas y otros bienes combustibles. La estatua de sir Thomas Gresham, aunque se había caído de su nicho en la Real Bolsa, seguía entera, mientras que todas las de los reyes desde tiempos de la conquista estaban hechas añicos. También el estandarte de Cornhill y las efigies de la reina Isabel con algunas de su armas en Ludgate habían sobrevivido sin mucho perjuicio, mientras que muchas de las grandes cadenas de hierro de las calles de la City, las bisagras, las barras y las puertas de las prisiones se habían fundido o quedado reducidas a cenizas por el intenso calor. Tampoco pude pasar por ninguna de las calles estrechas, sino que hube de mantenerme en las anchas, pues el suelo y el aire, con humo y fieros vapores, seguían emanando un calor tan intenso que casi se me socarra el pelo, y los pies me dolían insufriblemente. Las callejuelas y pasajes estaban llenos de escombros, así que nadie podía orientarse con precisión si no era por las ruinas de una iglesia o edificio importante en que quedara en pie alguna torre o pináculo notables.

Luego seguí hacia Islington y Highgate, donde se podía ver a doscientas mil personas de toda clase social desperdigadas por las tierras junto a los bultos de los bienes que habían podido salvar del fuego, lamentándose de sus pérdidas. Y aunque estaban a un tris de perecer por hambre y abandono, no pedían ni un penique de caridad, lo que me pareció lo más extraordinario de cuanto hasta entonces había contemplado.


Extensión aproximada del incendio la tarde del domingo 2 de septiembre. En el diagrama están representadas las murallas de la antigua ciudad, la Torre de Londres (a la derecha), la catedral de San Pablo (marcada con una cruz) y el punto de origen del incendio, Pudding Lane, marcado con una raya oscura dentro de la zona del incendio.


Extensión aproximada del incendio la tarde del lunes 3 de septiembre. El fuerte viento del este impulsó las llamas con fuerza hacia el oeste.


Extensión aproximada del incendio la tarde del martes 4 de septiembre. Esta es el área máxima que alcanzó el incendio, que no se extendió más durante el miércoles 5 de septiembre.

El incendio destruyó trece mil edificios, más que ninguno hasta entonces, entre ellos la catedral de San Pablo, ochenta y siete iglesias, el Guildhall (ayuntamiento), la Real Bolsa y cincuenta y dos sedes de colegios profesionales. A todos los efectos, el Londres medieval se desvaneció en humo y cenizas.

Diario de un año de plaga
Diario
Samuel Pepys

Parlamentario y administrador naval, Samuel Pepys (1633-1703) es ahora célebre por el diario que escribió durante una década (1660-1669), todavía cuando era relativamente joven. Sus textos son una de las principales fuentes que permiten conocer el Londres del periodo de la Restauración. Pepys fue testigo de la Gran Plaga de Londres (1664-1666), que fue la última gran erupción de peste bubónica en Inglaterra, y a la cual sobrevivió. Se estima que la Gran Plaga acabó con un 20 por ciento de la población de Londres, una cifra modesta comparada con la de la primera peste bubónica, la Peste Negra. Curiosamente, a pesar de su nombre, la Gran Plaga no se recuerda por ser la mayor, sino por ser la última.

24 de mayo de 1665. [He ido] A la cafetería, donde hace tiempo que no voy, con Creed, y allí no se habla de otra cosa que de la salida de los holandeses y de que la plaga crece en la ciudad; y de los remedios contra ella: algunos dicen unas cosas; otros, otras.

7 de junio. Muy en contra de mi voluntad, vi en Drury Lane dos o tres casas marcadas con una cruz roja sobre las puertas y allí escrito «Que el señor se apiade de nosotros»; esto me entristeció, pues fue la primera vez que, hasta donde alcanzo a recordar, vi una de esas cruces. Eso hizo que cogiera manía a mí mismo y a mi olor, así que me vi obligado a comprar un poco de tabaco para olerlo y mascarlo, lo que hizo que se me pasara la aprensión.

15. La ciudad está muy enferma y la gente tiene miedo; esta semana han muerto 112 por la plaga, frente a los 43 de la semana pasada, de los cuales uno murió en la calle Fenchurch y otro en la calle Broad, junto al despacho del Tesorero.

29. En bote a White Hall, donde el patio está lleno de carros y de gente que se marcha de la ciudad.

5 de julio. Madrugo y me aconsejan que envíe el ajuar y las cosas de mi mujer a Woolwich, para alejarla más. Por la tarde (…) me acerco caminando a Whitehall, pero el parque está cerrado. Siento tener que separarme de mi mujer. Vuelvo tarde a casa y me voy directamente a la cama, sintiéndome muy solo.

29. A mediodía vengo a comer, donde me entero de que mi Will [su criado] ha vuelto y está echado en mi cama, enfermo con dolor de cabeza, lo que hace que se apodere de mí un miedo extraordinario; y me las ingenié como pude para sacarlo de la casa e hice que mi gente se pusiera a ello sin desanimarlo.

30 (Día del Señor). Will ha estado conmigo hoy y ha recuperado la salud. Ha sido triste oír tañer nuestras campanas tantas veces hoy, por muertes o por entierros, creo que no menos de cinco o seis veces.







John Dunstall vivió en la época de la Gran Plaga y describió su proceso en esta serie de grabados, que culminan con el regreso de los habitantes a la ciudad una vez hubo remitido la epidemia.

15 de agosto. Oscureció antes de que pudiéramos regresar a casa, así que acabamos en las escaleras de Churchyard, donde, para mi gran azoramiento, encontré el cadáver de una víctima de la plaga en el estrecho callejón, apenas bajados un par de escalones. Pero gracias a Dios no me perturbó demasiado. En adelante, sin embargo, intentaré evitar volver tan tarde.

31. Esta semana han muerto en la ciudad 7.496 personas, de las cuales 6.102 han fallecido por la plaga. Pero se teme que el número verdadero de muertos se acerque esta semana a diez mil, en parte por los pobres que no se contabilizan, por su gran número, y en parte por los cuáqueros y otros tras cuya muerte no aceptan que suenen las campanas.

3 de septiembre (Día del Señor). En pie, me visto con mi traje de seda de colores, muy suave, y mi nueva peluca, que había comprado hace tiempo, pero que no había osado ponerme porque la plaga estaba en Westminster cuando la compré; y es difícil saber cómo será la moda, cuando la plaga haya terminado, en lo que atañe a las pelucas, pues por miedo a la infección nadie se atreve a comprar pelo que haya sido cortado de las cabezas de las víctimas de la plaga.

16 de octubre. Caminé hasta la Torre, pero ¡Señor! ¡Qué vacías y melancólicas estaban las calles! ¡Y había tantos enfermos en ellas, llenos de llagas! Mientras caminaba escuchaba retazos de historias tristes, pues todo el mundo hablaba de sus muertos y de alguno que estaba enfermo y de que había tantos enfermos en este lugar y tantos en aquel otro. Y me dicen que en Westminster no queda ni un solo médico y solo un farmacéutico, pues todos los demás han muerto, pero hay grandes esperanzas de que la mortandad baje esta semana. ¡Así lo quiera Dios!

15 de noviembre: La plaga, loado sea el señor, ha matado a 400 personas menos, dejando el total de la semana en 1.300 y algo. ¡Alabado sea Dios!

25 (Navidad). Por la mañana a la iglesia, donde asití a una boda de las que no se ven todos los días. Los jóvenes novios estaban encantados de estar juntos y me resulta extraño ver el gozo con el que nosotros, los casados, queremos ver a estos pobres infelices reducidos a nuestra misma condición, pues todos los hombres y todas las mujeres les miran y les sonríen.

31 (Día del Señor). Así termina este año… Ahora la plaga ha remitido casi por completo. Toda mi familia está bien y ha estado bien todo el tiempo, y todos los amigos que conozco, exceptuando a mi tía Bell, que ha muerto, y a algunos niños de mi prima Sarah, se han salvado de la plaga. Pero muchos otros que conocía muy bien han muerto; no obstante, para nuestra alegría, las casas vuelven a llenarse y las tiendan vuelven a abrir.

Igual que Samuel Pepys, el guarnicionero Henry Foe decidió quedarse en Londres durante la epidemia. Se cree que también tomó apuntes sobre la plaga, apuntes que un sobrino suyo que se quiso dar aires de grandeza añadiendo un aristocrático De a su apellido, leería con atención para escribir su Diario del año de la peste. El sobrino, por supuesto, era Daniel Defoe, al que pronto veremos en estas páginas en su poco conocida vertiente de crítico arquitectónico.

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