Kitabı oku: «La Ilíada latina. Diario de la guerra de Troya de Dictis Cretense. Historia de la destrucción de Troya de Dares Frigio.»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 295

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por ANTONIO RUIZ DE ELVIRA .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2001.
www.editorialgredos.com
Las introducciones, traducciones y notas de esta volumen han sido realizadas por M.a FELISA DEL BARRIO VEGA (La Ilíada Latina) y VICENTE CRISTÓBAL LÓPEZ (Diario de la Guerra de Troya de Dictis Cretense e Historia de la destrucción de Troya de Dares Frigio) .
REF. GEBO378
ISBN 9788424933227.
LA ILÍADA LATINA
INTRODUCCIÓN
La Ilíada Latina se inserta dentro de uno de los ciclos épicos que mayor desarrollo y difusión alcanzó en la Antigüedad y el Medievo: el ciclo troyano. El progresivo desconocimiento del griego, entre otras causas, hizo que ya en época romana la leyenda de Troya dejase poco a poco de ser conocida por la Ilíada de Homero y proliferaran las traducciones, paráfrasis y resúmenes en latín de la obra griega, que aparecen ya en el siglo I a. C. De algunas de estas traducciones tenemos noticia: la de Cn. Macio y la de Ninnio Craso, y, en época imperial, la de Acio Labeón; el mismo Polibio publicó también una paráfrasis de Homero en latín; pero de todas estas obras, hasta nosotros ha llegado solamente la que nos ocupa.
Se trata de un resumen de la Ilíada de Homero, un drástico resumen, que condensa en 1.070 hexámetros latinos los 15.693 hexámetros de aquélla. Desde el final de la Antigüedad y durante toda la Edad Media —hasta que en 1358 Leoncio Pilato difunde su traducción al latín del texto griego, iniciando la serie de las versiones humanísticas de la Ilíada —, el poema latino fue la única vía por la que se conservó el conocimiento del poema homérico en la cultura europea occidental. Por este motivo, el poema se conoció en esta época como Liber Homeri, o simplemente Homerus o, en razón de su brevedad, Omerulus 1 .
De la difusión de la obra son un buen documento algunos de los canones medievales de lecturas escolares: a partir del s. X la Ilíada Latina entrará a formar parte de los Libri Catoniani —miscelánea de textos entre los que se incluyen los Disticha Catonis —, en los que el poema sería el componente de carácter épico. De este uso escolar el testimonio más antiguo es el de Gualterio de Espira que en torno al año 975 enseñaba a sus alumnos, junto a Virgilio, Horacio, Persio, Juvenal, Boecio, Estacio, Terencio y Lucano, al Homerus latinus, es decir el resumen latino de la Ilíada; en 1086 Aimerico de Gâtinaux en su De arte lectoria coloca entre los communes auctores del currículum eclesiástico el Homerulus. La inclusión de la Ilíada Latina en la lista de autores se repite hasta el s. XIII .
A partir de estos datos, algunos han apuntado la posibilidad de que estemos ante la obra de un maestro de escuela que se propusiera ofrecer, con ciertas pretensiones literarias, un resumen más de la Ilíada en latín que resultara útil en la enseñanza. Pero la difusión de la obra en este ámbito, atestiguada en toda la Edad Media, da prueba fehaciente del uso que se hacía de ella, no de las intenciones de su autor en el momento de redactarla, según todos los indicios, hacia mediados del s. I. d. C.
Autor y fecha de composición
Desde finales de la Antigüedad y hasta época bien reciente la obra se consideró anónima, aunque durante todo este tiempo no han faltado las atribuciones más o menos caprichosas y los intentos de fijar su autoría.
En el siglo VI Lactancio Plácido cita alguno de sus versos, atribuyéndolos a Homero. A finales del s. XI el poema aparece atribuido a un tal Pindarus, que en los siglos XIV y XV se difunde bajo la forma de Pindarus Thebanus. Tal atribución se trató de explicar de diferentes maneras: a partir de una posible corrupción paleográfica lo hace R. Sabbadini 2 , para quien el error arrancaría de la costumbre de citar las obras no por el título sino por su comienzo, en este caso Liber «iram pande…», que con una transposición daría liber «pande iram…», que acabaría transformándose en Liber Pandari, y finalmente en Liber Pindari. Ingeniosa es también la hipótesis de M. Scaffai 3 , y, en cierto modo, semejante a la anterior: la transmisión manuscrita de nuestro poema corre pareja, al menos en parte, a la de las otras dos obras traducidas en este volumen, la de Dares y la de Dictis, especialmente, a la de Dares Frigio, a la que suele preceder en los códices que incluyen las dos; piensa Scaffai que en estos, se leería un encabezamiento como Homerus dein Dares, que por una corrupción, paleográficamente explicable, se convertiría en Peindares, entendido como el nombre de un autor desconocido y sustituido por otro más familiar, Pindarus. Quizás la más simple de las explicaciones, y por ello tal vez la más razonable sea la debida a F. Plessis 4 : Pindarus es, en realidad, el nombre latinizado de un copista medieval, tomado luego por el del autor.
En 1875 O. Seyffert identifica dos acrósticos, uno al comienzo y otro al final del poema, que, leídos consecutivamente desvelaban, en parte, el nombre del autor: ITALIC ‹V ›S SCRIPSIT.
I ram pande mihi P elidae, Diva, superbi,
T ristia quae miseris i niecit funera Grais
A tque animas fortes h eroum tradidit Orco
L atrantumque dedit r ostris volucrumque trahendos
I llorum exsangues, i nhumatis ossibus, artus.
C onfiebat enim s ummi sententia regis,
†protulerant† ex quo discordia pectora pugnas,
S ceptriger Atrides et bello clarus Achilles.
(vv. 1-8)
S ed iam siste gradum finemque impone labori,
C alliope, vatisque tui moderare carinam,
R emis quem cernis stringentem litora paucis,
I amque tenet portum metamque potentis Homeri.
P ieridum comitata cohors, summitte rudentes
S anctaque virgineos lauro redimita capillos
I psa tuas depone lyras. Ades, inclita Pallas,
T uque fave cursu vatis iam, Phoebe, peracto.
(vv. 1063-1070)
Años después, en 1898, Vollmer lee, en los seis primeros versos e inmediatamente después de la cesura pentemímera, el mesóstico PI (H )ERIS, es decir, la Musa (diva) a la que el poeta invoca en el comienzo de la obra 5 .
A partir del primer acróstico, la atribución al autor de los Punica, Silio Itálico, resultó inevitable; la Ilíada Latina habría sido un ejercicio poético de juventud, compuesto en época de Claudio, hacia los años 45/46 d. C. Tal paternidad no fue, sin embargo, unánimemente aceptada, fundamentalmente por razones de análisis interno de la obra, y prácticamente se abandonó cuando, en 1890, H. Schenkl 6 descubrió en un códice humanístico de Viena, el Vindobonensis Latinus 3509, el nombre de Baebius Italicus en la inscriptio que encabeza el poema:
BEBII ITALICI POETAE CLARISSIMI EPITHOME IN QVATVOR VIGINTI LIBROS HOMERI ILIADOS
Se conocía ya la existencia de un personaje con ese nombre en el s. I , perteneciente a una familia de orden senatorial originaria de Canusium. El autor de nuestro poema sería el P. Baebius Italicus que se menciona en una inscripción griega hallada en la ciudad Licia de Tlos: un alto funcionario de la administración —clarisimus en el epígrafe anterior— que, empezando su carrera con la quaestura bajo Vespasiano y tras distinguirse en la expedición de Domiciano contra los germanos en el 83, fue gobernador en Licia en el 85, llegando a ser en el 90 cónsul suffectus 7 .
Nuestro autor, que habría nacido en tomo al 45 d. C., debió de componer esta su única obra en la juventud, alrededor del año 65, posiblemente como un ejercicio escolar. Apoyaría además tal identificación el análisis interno del poema que permite datarlo en época de Nerón 8 . Bebio pudo pertenecer, antes de iniciar su carrera política y militar, a aquel círculo de jóvenes poetas de escasa fama que el emperador, según testimonio de Tácito (Ann . XIV 16, 1), había reunido en torno a sí, en una especie de cenáculo literario; se puede recordar el interés que el propio emperador demostró componiendo él mismo una obra, dentro del ciclo troyano, que pudo alentar la Troiae halosis incluida en el Satiricón, y quizás los Iliaca de Lucano.
Pese a la plausibilidad de todos estos datos, la ausencia de toda otra noticia sobre Bebio Itálico en los ambientes literarios de la época, y la persistencia de defensores de la atribución de la obra al autor de los Punica 9 , hacen que hoy se tenga por segura la datación del poema en época neroniana o, a lo sumo flavia, pero como cuestión sub iudice la identidad de su autor 10 .
La transmisión del texto. La Ilias Latina en España
Seguramente es su utilización como libro escolar, favorecida por su misma brevedad, y el progresivo desconocimiento del griego, como ya hemos dicho, lo que explica que esta obra, carente de otros méritos, al menos literarios, haya sobrevivido y llegado hasta nosotros tan bien representada desde el punto de vista textual.
De la Ilias Latina se conserva una treintena de manuscritos, los más antiguos de los siglos X /XI . Hasta la edad carolingia, son escasísimos los testimonios sobre el poema: antes de la cita de algunos de sus versos por Lactancio Plácido en el s. VI , que hemos mencionado más arriba, había sido imitado por Draconcio, a finales del siglo V .
El arquetipo, como el de tantas obras de la Antigüedad, remontaría a la época carolingia. Frente a la opinión de F. Vollmer 11 , para quien habría sido un códice de origen hispano escrito en letra visigótica, Scaffai 12 lo identifica con el ejemplar que, a comienzos del siglo IX , Angilberto hizo copiar para la abadía de St. Riquier, en el noreste de Francia. Fuera de esta área, tenemos noticias de códices de la Ilíada Latina, en el s. IX , en la Francia central y en la Alemania meridional, de donde procede en los siglos siguientes una importante familia de testimonios.
La historia del texto de la Ilias Latina, vinculada siempre a la de otras obras de contenido análogo, aparece condicionada por su inclusión en los cánones de lecturas escolares, y, dentro de éstos, por la categoría de textos a la que fue asignada.
Con anterioridad al s. X , el poema se transmitió, sobre todo, junto con las otras dos obras del ciclo troyano que se traducen en este mismo volumen: la Ephemeris belli Troiani, atribuida a Dictis y el De excidio Troiae, atribuido a Dares. A partir del s. X el poema se difunde ampliamente, tomando un camino distinto del de estas dos obras. La Ilíada Latina entrará, entonces, a formar parte de los Libri Catoniani —de carácter literario y moral—, mientras que las obras de Dictis y Dares se incluirán entre los Libri Manuales —de carácter histórico y documental—. Por último, a finales del s. XIII, el poema se separa de los Libri Catoniani, para formar miscelánea con otros textos, preferentemente épicos, como la Aquileida de Estacio.
El hecho de que la Ilias Latina, desde muy pronto, se convirtiera en un texto de uso escolar, independientemente de que ésa fuera la intención de su autor, hizo que el poema se viera expuesto a continuos cotejos y necesitado de aclaraciones, que debieron de introducirse ya en el arranque mismo de la tradición. Por ello, buena parte de los problemas de crítica textual que plantea son los característicos de una recensión abierta, con una fuerte contaminación: lagunas y trasposición de versos, variantes introducidas a partir de glosas explicativas o paráfrasis, distorsiones y sustituciones de los nombres propios, etc.
Algunas de las variantes «irreconciliables» debían de estar ya en el arquetipo. Al arquetipo remontan también, sin duda, algunos errores en pasajes especialmente difíciles, verdaderos loci desperati para los editores, en los que es prácticamente imposible decidir con un razonable porcentaje de seguridad cuál debió de ser el texto original 13 . Frente al pesimismo que mostraba Vollmer respecto del estado en que ha llegado a nosotros el texto de la Ilias Latina, lleno de corrupciones que remontan ya al arquetipo, Scaffai considera que, a pesar de todo, el establecimiento del texto puede hacerse sin excesiva dificultad 14 .
Los testimonios conservados se reparten en dos ramas de la tradición, una representada sólo por dos manuscritos, P y W, de los siglos X /XI , a los que los editores conceden un mayor crédito, y otra rama, a la que pertenecen el resto, organizados en tres familias; como ya se ha dicho, la relación horizontal entre las familias es grande, siendo característica de algunos códices, especialmente contaminados. Para los detalles sobre la descripción de los testimonios conservados en Europa, su valor y sus relaciones, remitimos a la introducción de la edición de M. Scaffai 15 . Daremos, sin embargo, noticia somera de los códices existentes en nuestro país, que, de manera general, ignoran los editores del texto latino. Son cinco los manuscritos con texto de la Ilias Latina que se conservan en las bibliotecas españolas, de los que sólo tres ofrecen el texto completo. Estos cinco códices son 16 :
1)
Tortosa, Archivo Capitular, ms. 195, escrito por varias manos entre los siglos XII y XIV ; conserva un fragmento del comienzo del poema (vv. 1-38).
2)
Barcelona, Archivo Capitular, ms. 13, s. XV ; conserva en los dos primeros folios el final del poema (vv. 960 a 1070).
3)
El Burgo de Osma, Biblioteca de la Catedral, ms. 122, s. XV ; conserva la obra entera.
4)
El Escorial, Monasterio de San Lorenzo, ms. S.III.16, s. XV ; conserva la obra entera.
5)
Salamanca, Biblioteca Universitaria, ms. 72, s. XV ; conserva la obra entera.
Aparte de estos manuscritos, el conocimiento de la obra en España está bien documentado. Además de la opinión de F. Vollmer sobre el origen hispano del arquetipo, se puede constatar la presencia del poema latino en alguna de las más significativas obras de nuestra literatura medieval: así, por ejemplo, según G. Cirot la Ilíada Latina está presente, de modo innegable, en el anónimo Libro de Alexandre, en concreto en el relato de la guerra de Troya 17 .
Por otra parte, cuando Juan de Mena, en 1442, cumpliendo con el encargo de traducir la Ilíada al castellano que le había hecho el rey Juan II de Castilla, le envía la obra conocida como Yliada en romance o bien Omero romançado, y que él titula Sumas de la Yliada de Omero, advirtiendo en el prefacio que no es la traducción de la obra completa sino de una resumida, el texto que el poeta cordobés tradujo fue, evidentemente, la Ilias Latina.
Precisamente la obra de Juan de Mena confiere un interés especial al manuscrito de El Burgo de Osma, un códice con abundantes glosas, ya que, si no fue el ejemplar utilizado por el poeta como base para su traducción castellana, puede servir por sus características, para reconstruirlo 18 . Este manuscrito es, además, el único de los códices españoles que, aunque en algún caso aislado, es tenido en cuenta por los editores del texto de la Ilias.
Contenido y estructura de la obra
La Ilíada Latina llega a la Edad Media dividida en veinticuatro libros, el mismo número que el de los cantos del poema homérico, aunque no existe entre ellos una correspondencia exacta, como veremos. Seguramente, la división en libros no se debe al autor de la obra sino a los copistas antiguos 19 . Sin embargo todos los códices presentan esta división de forma más o menos clara: muchos lo hacen mediante un explicit y un incipit en los lugares correspondientes; otros sin tal indicación expresa, dejan un espacio de separación mayor entre los versos y empiezan con capital grande y ornada.
Damos a continuación la correspondencia entre los versos de la Ilíada Latina y los cantos del poema homérico, partiendo de la división en libros del poema latino que presenta la tradición manuscrita:


Como puede verse, la división en libros que presentan los códices coincide, de forma general, con los cantos homéricos, salvo en los casos en que se indica en el esquema y que comentaremos más adelante.
Por otra parte, la extensión de los libros es muy desigual y el autor no mantiene las proporciones de los diferentes cantos homéricos, en contra de lo que es normal en los epítomes, es decir, no hace una reducción metódica y regular de cada libro, o, lo que es lo mismo, no hace un resumen complexivo, sino selectivo. Se observa también la tendencia a una mayor brevedad a medida que se avanza en la narración, resultando los episodios de la Ilíada cada vez más abreviados en la versión latina, como si al autor no le interesaran o estuviera ya cansado. Así, mientras que la primera mitad del material homérico está resumida en 779 versos, la segunda sólo en 291. La extremada condensación de algunos cantos (los 761 versos del canto XVII se resumen en tres) los convierte en simples pasajes de transición. Al resumir excesivamente algunos de los cantos homéricos, el poema latino funde, a veces, en un único episodio varios del modelo, y, en consecuencia, se le atribuyen a un mismo personaje acciones que en Homero corresponden a personajes distintos.
Las partes de la obra en las que la división en libros de los códices no coincide con los cantos homéricos son dos:
En primer lugar, los libros VI y VII distribuyen irregularmente el contenido de los cantos VI y VII de Homero: el libro VI empieza en el v. 538 y termina en el v. 563, es decir, no contiene completo el canto VI, cuyo contenido se extiende hasta el v. 574; el libro VII, que empieza en el v. 564 y termina en el v. 649, contiene el resto del canto VI, más el canto VII completo.
En segundo lugar, tampoco hay coincidencia entre los cantos XIX al XXII y los libros correspondientes: el libro XIX, que empieza en el v. 892 y acaba en el v. 910, se corresponde con el canto XIX (vv. 892-895 del poema latino), más el canto XX completo (versos 896-905 del poema latino) y el comienzo del XXI (vv. 906-910 del poema latino); el libro XX, que empieza en el v. 911 y acaba en el v. 930, se corresponde con el resto del canto XXI; el libro XXI, que empieza en el v. 931 y acaba en el v. 943, se corresponde con una parte del canto XXII; y finalmente, el libro XXII, que empieza en el v. 944 y acaba en el v. 1003, se corresponde con el resto del canto XXII 20 .
Por último, una parte de los códices une el resumen de los cantos VIII y IX en un único libro, el VIII, y, en consecuencia, tienen, en total, veintitrés libros en lugar de veinticuatro; algún códice tiene veintidós libros.
Es lógico preguntarse por la razón de estas desigualdades, por no decir incoherencias. La crítica formuló ya de antiguo la hipótesis de que tales deficiencias podrían deberse a que la relación de Bebio Itálico con el original homérico no fue directa.
El comienzo de la Ilíada Latina —los doce primeros versos—, con la tópica invocación a la Musa, es prácticamente traducción literal de la invocación homérica, que, sin duda, el traductor sabía de memoria. Frente a esto, la considerable reducción de los episodios homéricos, aunque sin olvidar ninguno de los importantes, las graves confusiones de nombres de personajes secundarios —algunas posiblemente atribuibles a corrupciones en la transmisión, otras explicables quizás por alguna intención del poeta y otras debidas simplemente a lapsus de memoria— han llevado a algunos a sospechar que tal vez no tradujera directamente del texto griego, sino sobre alguno de los resúmenes y paráfrasis en prosa que sabemos existieron del poema homérico. El poema latino parece ser el resultado de un doble proceso de elaboración 21 : una fase, que remontaría al uso escolar, de abreviación del poema homérico, en latín y en prosa, y una segunda fase, de reelaboración en verso de ese breviarium, por parte del autor de la Ilias Latina recreando de forma selectiva, y con ciertas pretensiones artísticas, el contenido de la epopeya griega.
La forma de condensar el texto homérico parece indicar que, como sugeríamos más arriba, la Ilíada Latina no pretendió ser, aunque ese acabara siendo su destino, un simple resumen del original griego destinado a la escuela, lo que haría esperar un resumen más equilibrado del original, sino más bien una antología de distintos episodios de la Ilíada, extractados y tratados ya en latín por otros autores, que podrían circular con cierta autonomía. Esto explicaría, en la opinión general, que algunos de estos episodios tengan en la Ilíada Latina una extensión similar a la que tienen en el poema homérico, cuando de hecho resultan, por su contenido, más adecuados que otros para ser eliminados de lo que pretendiera ser sólo un resumen del argumento: y es que se trataría de pasajes para los que nuestro autor tenía mayores posiblidades de imitación por contar con modelos latinos; fáciles de narrar en estilo virgiliano u ovidiano, asequibles, por tanto, a su limitado talento poético 22 .
Sin negar que esto sea efectivamente cierto, si se observa cúales son los cantos del poema homérico que han sido más ampliamente trasladados al latín, podemos encontrar otras razones del interés del autor por unos episodios frente a otros, razones que explican además por qué en ocasiones se aparta completamente del poema griego ampliando y «recreando» algunos pasajes de menor extensión en el modelo, añadiendo incluso otros inexistentes en aquel. Veamos:
La Ilias Latina frente al modelo homérico
El resumen de los cinco primeros cantos constituye la mitad del poema (vv. 1-536); de estos cinco cantos, el cuarto es, con diferencia, el más resumido; ¿cúal es el contenido de los otros cuatro? El primer canto narra el castigo que Apolo inflige al ejército griego, por negarse a la devolución de la hija de su sacerdote Crises, y el enfrentamiento subsiguiente entre Agamenón y Aquiles por Briseida. El canto II se dedica al catálogo de las tropas griegas y, más brevemente, de las troyanas. El canto III cuenta el enfrentamiento en el campo de batalla entre Menelao y Paris por Helena, y termina con una escena entre los amantes. El canto V narra el combate entre Eneas y Menelao, y en él se insiste en el futuro reservado por los dioses a Eneas como fundador de la estirpe Julia. El canto IV ocupado por distintos combates, no le interesa y lo resume mucho más.
Además de estos cantos, son otros dos, el VII y el XXII, los que más ampliamente traslada el autor. El canto VII presenta el encuentro entre Héctor y Áyax, que acaba con una anagnórisis modelada sobre la de Diomedes y Glauco del canto VI, más importante en la Ilíada, pero que a B. Itálico le interesa mucho menos que ésta otra; además al resumen del canto VII se le ha incorporado, al comienzo, el encuentro entre Héctor y Andrómaca, que en Homero cierra el canto anterior. Por último el canto XXII, repartido entre los libros XXI y XXII, tiene como tema central el episodio con que culmina el poema homérico: el enfrentamiento entre Aquiles y Héctor y la muerte de éste.
Podemos decir, pues, que al autor le interesan especialmente los contenidos siguientes:
1) Los episodios de carácter sentimental: el tema del amor filial que desarrolla ampliamente en dos escenas, las súplicas de Crises ante Agamenón para que le devuelva a su hija, seguidas de las quejas del sacerdote ante el altar de Febo, todo en el canto I; y, en el canto XXII, un episodio paralelo, el de las súplicas de Príamo ante Aquiles para que le devuelva el cadáver de su hijo. El amor conyugal, del que es paradigma el encuentro entre Héctor y Andrómaca, escena puesta de relieve al trasladarla, si la división fue obra del autor, del final del resumen del canto VI al principio del VII y, por último, el tema de la pasión amorosa, de funestas consecuencias, en dos historias: el enfrentamiento de Aquiles y Agamenón por Briseida y el enfrentamiento de Menelao y Paris por Helena.
2) Los episodios protagonizados por Héctor y por Eneas, que en la obra latina son los personajes en los que se concentra el interés del autor, en virtud del cambio radical del enfoque desde el que se narran los acontecimientos, como veremos más adelante.
3) Episodios tópicos en la poesía épica, como el catálogo de las naves, a pesar de su aridez, que era una parte de la Ilíada muy conocida e imitada.
Al margen de la especial atención prestada a un elemento emblemático del género, como el catálogo, que podía constituir un «desafío» literario, la relación del autor con los episodios «tópicos» resulta significativa. En general, B. Itálico, muestra predilección por los contenidos susceptibles de un tratamiento oratorio, según el modelo de las declamationes de las escuelas de retórica de la época, caracterizado por el gusto por la hipérbole y el patetismo (ridiculizados por Petronio en el Satiricón ). Reflejo de esta actitud son tanto el tratamiento rápido, mecánico, monótono de las repetidas escenas de combate, como el detenimiento, la recreación practicada —entre reiteración y variatio — con las escenas de súplica: de Crises a Apolo (vv. 32-43); de Dolón a Ulises y Diomedes (vv. 715-727); y las dirigidas a Aquiles por Héctor (vv. 980-995) y Príamo (vv. 1028-1042).
Frente a esto, lo que menos le interesa son los relatos de asambleas —de los hombres o de los dioses— con sus largos discursos o diálogos, que resume drásticamente, hasta hacerlas desaparecer. Posiblemente sea ésta una de las causas de que en la Ilíada Latina haya desaparecido el tono heroico-aristocrático de la epopeya griega; sin la desmesura de sus palabras, sin su primitivismo, los héroes homéricos son más bien generales de un ejército descrito sobre el modelo del romano, con evidentes anacronismos.
La gran distancia que existe entre las dos obras se observa también en el papel y el carácter de los dioses: en la Ilíada Latina, como en Virgilio, los epítetos homéricos de los dioses que hacen referencia a cualidades físicas son sustituidos por los de índole moral; también como en Virgilio, los dioses han perdido la espontaneidad y el primitivismo que compartían con los héroes, para aparecer revestidos de una mayor majestad 23 . Por último, junto con las asambleas y banquetes olímpicos, el autor elimina casi por completo la intervención de los dioses en las batallas y sus interpelaciones a los héroes, con lo que muchas de las acciones que en la Ilíada son provocadas por un dios, en el poema latino se deben únicamente a la iniciativa humana.
La Ilias Latina y sus modelos literarios
Algunos de los rasgos que distinguen a la Ilíada Latina del poema homérico aparecen estrechamente vinculados con los modelos latinos en los que forjó su lenguaje y estilo literarios el autor del epítome. La contaminación de Homero con Virgilio explica determinadas divergencias entre el resumen latino y el modelo griego 24 ; otras se deben al influjo de la elegía erótica latina, en particular de Ovidio, verdadero filtro por el que llega la tradición épica griega al autor de la Ilias Latina 25 .
La presencia de Virgilio, en especial de la Eneida , como modelo de dicción poética es ubicua en la Ilias Latina: no solamente en los episodios comunes a la tradición épica, que el propio Virgilio debía a Homero y que propiciaban la contaminación de elementos de las dos epopeyas, sino en escenas que no podían aparecer en la obra virgiliana, para las que el autor recurre a otra situación análoga. Así, por ejemplo, la expedición nocturna de Diomedes y Ulises (Il. X) está narrada sobre la de Niso y Euríalo (En. IX) 26 , y el enfrentamiento entre Aquiles y Héctor (Il. XXII), sobre el de Turno y Eneas (En. XII) 27 .
Podemos añadir más ejemplos: la visita del Sueño a Agamenón (Il. Lat. 113-122), está hecha sobre la de Mercurio a Eneas (En. IV 222-226); la entrevista de Tetis con Júpiter y la posterior disputa entre Júpiter y Juno (Il. Lat. 87-105) apenas se parecen a la escena homérica que resume; sin embargo recuerdan muy de cerca a la entrevista que Venus tiene con Júpiter, al principio de la Eneida (I 229 ss.), consonando en especial las palabras que Júpiter dirige a las diosas en uno y otro pasaje (Il. Lat. 93-94 y En. I 256-258); y las que Juno le dirige a Júpiter en la Ilíada Latina (vv. 98-103) con el monólogo de la diosa en la Eneida (I 46-47).
La presencia de Virgilio en la Ilíada Latina no se reduce al influjo poco menos que inexcusable de la Eneida. Algunos pasajes del poema son claros ejemplos de la influencia de las Geórgicas, especialmente uno: aquel en el que Crises llora desconsoladamente la pérdida de su hija en poder de los dánaos (Il. Lat. 13-20), modelado, con significativos paralelismos formales, sobre uno de los pasajes virgilianos más hermosos y con más repercusión en la literatura posterior, el canto lastimero de Orfeo por la pérdida de Eurídice (Geór. IV 511-516) 28 .
Además de la influencia de Virgilio sobre el poema, algunos han señalado posibles ecos de las otras composiciones épicas de la época flavia, en primer lugar, por razones obvias, de Silio Itálico, además de Estacio, Valerio Flaco y Lucano. Pero la valoración de las posibles semejanzas —que se las considere imitación consciente (sin excluir la autoimitación) o pura coincidencia en el recurso a formas de expresión comunes a toda la épica posvirgiliana— va inseparablemente unida a la posición de cada crítico acerca de la datación y autoría del poema 29 .
El poema latino muestra respecto de Homero un cambio de perspectiva general en varios aspectos. En primer lugar, presentando los acontecimientos desde una postura filotroyana. Para explicarlo, algunos han supuesto una segunda redacción de determinados pasajes de la obra griega, fruto de una tradición paralela favorable a Paris, que habría sido recogida por la obra latina 30 .
Los pasajes más elocuentes del «filotroyanismo» de la Ilíada Latina , son los dos versos que cierran el resumen del canto II, ajenos a Homero 31 , en los que se alude a la posibilidad de la victoria troyana vetada por los hados, y la repetida exaltación de Eneas como descendiente de dioses, futuro fundador del pueblo romano y —lo que en modo alguno está en la Ilíada — antepasado de la gens Iulia y de Augusto 32 .
Teniendo en cuenta que el autor de estos versos ha bebido sobre todo de la Eneida, y que la misma Eneida, celebración fundacional del pueblo romano (y coyuntural, del princeps ), es ya protroyana y antihelénica, la sola inspiración virgiliana basta para explicar la posición de la Ilias, divergente de Homero, sin necesidad de tener que recurrir a otra fuente 33 .
La influencia de Ovidio es grande, y no sólo de la obra elegíaca, sino también de las Metamorfosis. Esta influencia, que modifica sustancialmente la naturaleza del poema homérico en su reflejo en la Ilíada Latina, se aprecia sobre todo en el episodio inicial del enfrentamiento entre Aquiles y Agamenón, donde el amor, que en la epopeya homérica no era relevante, pasa aquí a un primer plano como motor de los acontecimientos e impulso de las acciones individuales: es la fuerza de la pasión amorosa la que produce la discordia entre los dos héroes, Agamenón, tirano dominado por la lujuria, y Aquiles, guerrero ofendido en su honor, pero, sobre todo, amante entristecido por la pérdida de su amada. Y así se plasma en el uso de un vocabulario propio del género elegíaco 34 , herencia de inmediatos precedentes ovidianos 35 .
En este contexto se explicaría la única discrepancia importante de la Ilíada Latina respecto de Homero en los doce primeros versos, que por lo demás son —como se ha dicho ya— traducción literal del griego: la lectura praecordia (v. 11: infestus regi pestem in praecordia misit ) que ofrecen todos los códices, frente a la conjetura praetoria, propuesta por algún editor, con un fuerte apoyo, en cambio, en el modelo homérico (canto I 10).
Este cambio de óptica que da énfasis al tema amoroso en la poesía épica, ya tenía un precedente en el libro IV de la Eneida, en el episodio del amor entre Dido y Eneas, un episodio extraño en su tratamiento a la épica tradicional y «elegíaco», según se le ha calificado a menudo, que fue compuesto por Virgilio sobre el de Jasón y Medea de las Argonáuticas del poeta helenístico Apolonio de Rodas. Pero es naturalmente en la poesía elegíaca donde se acentúa la visión «sentimental» de los temas y personajes de la tradición épica. Podemos recordar, en este sentido, la pasión de Aquiles por Briseida presentada como paradigma, por ejemplo, en Ovidio 36 , el rapto de Briseida figurando entre los episodios preferidos por el público, o el amor apasionado de Paris y Helena convertido en lugar común de los autores elegíacos, especialmente en Ovidio, y que en la Ilíada Latina es puesto de relieve.
En la Ilíada Latina, en efecto, el texto que sigue a la vergonzosa huída de Paris ante Menelao (vv. 253-259) narra el encuentro de los dos amantes (vv. 317-338). Pues bien, lo que encontramos en estos versos no es, como en Homero, el desprecio de una mujer que, avergonzada por el comportamiento de su amante, le recrimina con frases sarcásticas, sino los suspiros de una heroína de las Heroidas de Ovidio, con. los mismos rasgos: minucia en el análisis de las emociones más íntimas, el mismo sermo amatorius (mea flamma, meus ardor…), la misma entonación retórica 37 .
Tampoco en este caso la distancia existente entre el texto homérico y el latino obedece, por tanto, a la revalorización de Paris, difundida a través de una supuesta doble redacción del texto homérico, pues ninguna simpatía despierta el personaje de Paris, al que se presenta como sensual y cobarde y ruina de Troya 38 , sino más bien —como propone Scaffai— a la influencia de la elegía erótica: «Los autores elegíacos, renunciando al juicio moral de un Paris condenable, violador de la hospitalidad y mujeriego, encontraron en la conducta anticonvencional del héroe un modelo y una justificación para su propio amor; el voluptuoso amor de Paris y Helena se vuelve así uno de los loci communes más del gusto de los autores de la elegía erótica latina, que, siguiendo la poética de gusto alejandrino, adornaban sus poemas con sutiles alusiones y referencias a la épica» 39 .
Por todo lo dicho la Ilíada Latina parece ya lejos del original homérico que resume y, en general, de la epopeya —aunque formalmente pertenezca al género épico— y bastante cerca, en cambio, de otros géneros literarios derivados en parte de aquélla, pero con un espíritu muy distinto, acorde con los nuevos tiempos: la elegía especialmente, el epilio 40 , y en cierto modo, incluso la novela, especialmente la novela heroica.
Técnica compositiva. Lengua y estilo
Desde el punto de vista formal, la Ilíada Latina se caracteriza, ciertamente, por el estilo repetitivo y la monotonía expresiva: expresiones similares se repiten en situaciones análogas. El duelo entre Héctor y Patroclo (vv. 825 ss.) está calcado del de Héctor y Áyax (vv. 590 ss.); la invocación de Aquiles a su madre tras la muerte de Patroclo (vv. 854 ss.) reproduce la invocación inicial tras la disputa con Agamenón (vv. 81); con idénticas palabras se describe el vuelo de Tetis en ayuda de su hijo (vv. 85-6; v. 96), el del Sueño (v. 129) y el de Venus huyendo del combate tras ser herida por Diomedes (vv. 464); al mismo tiempo, esta huida de Venus se describe casi con idéntica expresión que la de Marte herido por Palas (vv. 471 y 536); la súplica de Príamo a Aquiles (vv. 1034 ss.) reproduce las últimas palabras de Héctor moribundo (vv. 984 ss.). Las reiteraciones son constantes en el catálogo de las naves.
Esta característica, que nos parece negativa y censurable desde un punto de vista literario, tiene hasta cierto punto una justificación o una disculpa en la propia naturaleza de la obra: se trata, al fin y al cabo, de una traducción-resumen de un contenido, el de la epopeya homérica, con un fuerte componente de reiteración en sí mismo; se trata además de un resumen esencial, esquemático, hecho a una escala que sólo permite representar los trazos más gruesos, sin el margen de variación en los detalles que permite diluir los efectos de la reiteración a quien trabaja a una escala mayor… Por eso, al censurar en él la falta o la pobreza de inventiva se podría incurrir en el «abuso» de exigirle algo de lo que no es totalmente responsable, que ni pretende, ni está obligado a dar.
En lo que sí se justifica, en cambio, el reproche de pobreza de inventiva es en que, aun dentro de las limitaciones que le impone la naturaleza de la obra, el suyo no es un lenguaje de creación personal, sino, por así decir, prefabricado, creativo sólo en segundo grado y con escaso instinto poético.
Todas estas expresiones reiteradas hasta la saciedad, el autor las construye, frecuentemente, mediante la yuxtaposición de fragmentos y cláusulas, con los que forma hemistiquios o versos enteros, aplicando un sistema de memorización de ascendencia escolar, que está en la base de la técnica del centón 41 ; es la técnica compositiva de la contaminación a distancia (entre distintos pasajes de una misma obra o entre distintas obras), que el autor practica con versos tomados de otros autores y también con versos o fragmentos de versos de su propia obra 42 .
También en este aspecto de técnica centonaria, la obra es ante todo virgiliana y ovidiana: de Virgilio toma las expresiones formulares, por ejemplo, para la transición entre un episodio y otro, como la descripción de amaneceres y atardeceres; las descripciones de combates —la mayor parte de la obra—, las comparaciones de los guerreros con animales o fuerzas de la naturaleza, etc. En la mayoría de los casos se trata de clichés consolidados en la poesía épica que, en última instancia remontan a Homero, pero es de Virgilio de quien procede la formulación latina; de él toma cláusulas, hemistiquios, e incluso versos enteros sin ningún recato.
Esto puede observarse bien en dos tipos de episodios narrativos especialmente tópicos: los pasajes de transición con la indicación de la hora del día y la descripción de combates 43 . También en la formación de los epítetos de dioses y héroes, otro ingrediente típico de la lengua poética, se da la mecánica recurrencia a expresiones fijas, en este caso, el cómodo nexo formado por nombre + epíteto ornamental, reducido a puro comodín métrico 44 .
Como ilustración de la técnica de composición centonaria característica del lenguaje de la Ilias Latina pondremos un ejemplo con cada uno de los dos motivos más típicos, descripción del amanecer y descripción de combates, tomados de Scaffai 45 .
a) Descripción del amanecer. Los versos de la Ilíada Latina 117-119
haec illi mandata refer: cum crastina primum
extulerit Titana dies noctemque fugarit,
cogat in arma viros…
están construidos con los siguientes pasajes de Virgilio:
… ubi primos crastinus ortus
extulerit Titan radiisque retexerit orbem
(Eneida IV 118-119)
y
…et interea revoluta ruebat
matura iam luce dies noctemque fugarat
(Eneida X 256-257)
b) Descripción de combates. Los versos de la Ilíada Latina 514-515
Ille ruens ictu media inter lora rotasque
volvitur…
resultan de la fusión de los siguientes versos de Virgilio:
aurigam Turni media inter lora Metiscum
excutit…
(Eneida XII 469-470)
inter lora rotasque viros, simul arma iacere
(Eneida IX 318)
La relación de ejemplos podría multiplicarse hasta prácticamente repetir los 1070 versos del poema. Se trata de una mecánica recurrencia a expresiones que, fijadas en la memoria del autor, constituyen una útil reserva. No exageraríamos mucho si dijéramos que todo el poema es un largo centón de versos de Virgilio y Ovidio 46 . Pero, ¿no sería precisamente esa habilidad el mayor orgullo literario del autor, aquello por lo que pretendía ser reconocido, o aspiraba a ser admirado?
Nota a la traducción
La traducción que ofrecemos está hecha a partir del texto editado por Marco Scaffai, concretamente en su 2.a edición, publicada en 1997, que es en realidad una reimpresión de la 1.a edición de 1982, más un capítulo de Addenda, en el que figuran algunas poquísimas modificaciones, que el autor acepta introducir en el texto anteriormente editado por él, atendiendo principalmente a las sugerencias de A. Grillo y P. Venini.
La elección, sin divergencias, de esta edición como base constante para la traducción, no quiere decir que en todos y cada uno de los pasajes discutibles estemos siempre de acuerdo con la elección hecha por el editor. Es más bien una decisión metodológica, pues, en general, se trata de opciones igualmente razonables, de las que ninguna se impone claramente a la otra. Por otra parte, la naturaleza del texto, como se ha señalado antes, hace que presente deficiencias de difícil arreglo. Sobre el acierto del editor en algún pasaje exponemos, no obstante, nuestras dudas en las notas que acompañan a la traducción.
Aunque es probable, como queda dicho, que la división en libros no se deba al autor, teniendo en cuenta que aparece en toda la tradición manuscrita, la mantenemos en la traducción, a la vez como reflejo del uso que la obra tuvo a lo largo de su historia, y como expediente que facilita la consulta del argumento y el cotejo con el modelo homérico.
En el aspecto literario, hemos procurado reflejar las características del original, manteniendo las mismas equivalencias léxicas y sintácticas en cada repetición de un mismo verso, hemistiquio, o epíteto fijo, salvo cuando razones de eufonía o la diversidad de contextos aconsejan cambiarlas.
En cuanto a las notas, para las de carácter mitológico hemos recurrido sistemáticamente al manual de A. Ruiz de Elvira, Mitología clásica, Madrid, Gredos, 19822, al que remitimos aquí al lector que requiera más información. En las citas de la Ilíada de Homero reproducimos la traducción de E. Crespo, Homero. Ilíada, Madrid, Gredos, 1991.
1 Así titulan la obra la mayoría de los códices que la han conservado: Incipit liber (H)omeri poetae; (hic) incipit liber (H)omeri; incipit (H)omerus; incipit liber primus (H)omeri de troiano bello…
2 R. SABBADINI , «Il titolo deir’Ilias Latina », Riv. di Filol. e d’Istruz. Class. 26 (1898), 125.
3 M. SCAFFAI , «Pindarus seu Homeras. Un’ipotesi sul titolo dell’Ilias Latina », Latomus 38 (1978), 932-999; puede encontrarse aquí una exposición de los intentos de explicación que se han hecho al respecto.
4 F. PLESSIS , La poésie latine, París, 1909, pág. 533.
5 La lectura del primer acróstico presenta problemas, pues el texto transmitido por la tradición en el verso 7, protulerant (per-) ex quo no permite leer el nombre completo del autor; de ahí, las varias conjeturas para restituir el texto necesario: Vt primum tulerant, que ofrece BAEHRENS en su edición, versarant ex quo, de DÖRING , y otras por el estilo. Aunque parece imponerse la adopción de alguna de estas conjeturas, por no incidir gravemente en la traducción, mantenemos el texto transmitido, entre cruces , tal como lo presenta la edición de SCAFFAI . También presentaba un problema el último acróstico, pero menor y de más fácil solución: el verso 1065 tal como se edita, Remis quem…, resulta de un cambio en el orden de las palabras del texto que ofrecen los códices, Quem remis… Sobre estos acrósticos puede consultarse R. S. KILPATRICK , «The Ilias Latina Acrostic: a Milder Remedy», Latomus 51 (1992), 857-859.
6 H. SCHENKL , «Zur Ilias Latina des Italicus», Wiener Studien XII (1890), 317-318.
7 En relación con los documentos epigráficos que informan sobre la existencia en Canusium de la gens a la que perteneció Bebio Itálico, véase G. CAMODECA , «Ascesa al senato e rapporti con i territori d’origine. Italia: Regio I.II.III.», en Tituli 4 (= Atti del Colloquio Intern. AIEGL su ‘Epigrafia e ordine senatorio’, Roma 14-20 maggio 1981, II), Roma, 1982.
8 Véase G. SCHEDA , «Zur Datierung der Ilias Latina », Gymnasium 72 (1965), 303-307, que, a partir de los vv. 899-902, señala como término ante quem la extinción de la casa julio-claudia, es decir el 68 d. C., y C. MORELLI , «Nerone poeta e i poeti intorno a Nerone», Athenaeum 2 (1914), 117-152, donde intenta demostrar que la obra refleja el ambiente de esta época, basándose en los rasgos de propaganda neroniana que observa en algunos pasajes, especialmente los vv. 875-891 y 899-902 (véase nota 148 a la traducción). Cf. más recientemente G. BROCCIA , «Questioni vecchie e nuove sulla cosiddetta Ilias Latina », Ann. della Fac. di Lett. e Filos. dell’Univ. di Macerata 18 (1985), 27-45.
9 Propugnan dicha atribución, entre otros, L. HERRMANN , «Recherches sur l’Ilias Latina », L’Antiquité classique 16 (1947), 241-251, y «Pindarus Philosophus», Latomus 40 (1981), 831; J. P. SULLIVAN , Literature and Politics in the Age of Nero , Ítaca-Londres, 1985, pág. 33; y de forma menos explícita, G. BROCCIA , «Questioni vecchie…», págs. 31-36 y Prolegomeni all’ «Omero Latino» , Pubbl. della Fac. di Lett. e Filos., Univ. degli Studi di Macerata, 1992.
10 Sobre las cuestiones de autoría y datación de la obra, véase un resumen en M. SCAFFAI , Baebii Italici Ilias Latina. Introduzione, edizione critica, traduzione italiana e commento, Bolonia, 1982, en la introducción, págs. 11-29, y Baebii Italici…, 1997, Addenda, pág. 477.
11 F. VOLLMER , Zum Homerus Latinus Kritischer Apparat mit Kommentar und Überlieferungsgeschichte, Múnich, 1913, pág. 144.
12 M. SCAFFAI , Baebii Italici Ilias Latina…, introducción, págs. 30-31.
13 A estos pasajes conflictivos nos veremos obligados a referimos en esta introducción y en las notas a la traducción de los lugares correspondientes. Cf. M. SCAFFAI , Baebii Italici Ilias Latina …, introducción, págs. 48-49, donde da una relación de los lugares difíciles, en los que el error parece remontar al arquetipo, ocho en total, de los que cuatro no han encontrado todavía una solución satisfactoria. Véanse además, A. GRILLO , «Critica del testo e imitatio. Per la restituzione di alcuni tormentati versi dell’Ilias Latina », Sandalion 4 (1981), 149-163; A. GRILLONE , «Sur quelques points controversés de l’Ilias Latina de Baebius Italicus», Rev. de Philol., de Litt. et d’Hist. anciennes 66 (1992), 85-87; —, «Scorrendo l’ultima edizione di Bebio Italico», Rev. Belge de Philol. et d’Hist. 70 (1992), 135-153; P. VENINI , «A proposito di una recente edizione della Ilias Latina », Riv. di Filol. e d’Istruz. Class. 111 (1983), 234-245.
14 FR . VOLLMER , «Ilias Latina», RE IX 1 (1914), coll. 1057-1060, espec. col. 1060; M. SCAFFAI , Baebii Italici …, pág. 48. Habría que añadir, sin embargo, que la facilidad a la que alude Scaffai implica, en más de una ocasión, no la ausencia de problemas, sino inclinarse por el mal menor, y que cuanto más se conoce el texto, más cerca está uno de la opinión de Vollmer, por muy radical o poco práctica que pueda parecer a la hora de disponer una edición.
15 Cf. M. SCAFFAI , Baebii Italici Ilias …, introducción, págs. 29-56, donde se ofrece también un stemma codicum, que mantiene la bipartición de la tradición en dos ramas que ya había establecido Vollmer; además, del mismo autor, «Tradizione manoscrita dell’Ilias Latina », en In verbis verum amare, Miscel. dell’Ist. di Filol. Lat. dell’Univ. di Bologna, Florencia, 1980, págs. 205-211. P. K. MARSHALL , Ilias Latina, en L. D. REYNOLDS , Texts and Transmission, Oxford, 1983, págs. 191-194; puede consultarse además F. VOLLMER , Zum Homerus Latinus… Para problemas de critica textual, cf. L. HERMANN , «Recherches sur…»; y L. HAVET , «Étude de critique verbale: les passages parallèles dans l’Ilias Latina », Rev. de Phil., de Litt. et d’Hist. anciennes 48 (1924), 62-74.
16 Para la tradición manuscrita de la Ilias en España, véase A. LÓPEZ FONSECA , «La Ilias Latina en los manuscritos S III 16, Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial; 122, Archivo Capitular de El Burgo de Osma; 72, Biblioteca Universitaria de Salamanca», Cuad. de Filol. Clás. Est. Lat. 2 (1992), 41-56; J. O’CALLAGHAN , «Ilias Latina con notas interlineales (vv. 960-1070) en el códice 13 del Archivo capitular de Barcelona», Aufstieg und Niedergang der Römischen Welt (ANRW) II, 32.3, Berlín-Nueva York, 1985, págs. 1942-1957.
17 Cf. G. CIROT , «La guerre de Troie dans le Libro de Alexandre », Bulletin Hispanique 39 (1937), 329; opinión refrendada más tarde por E. ALARCOS , Investigaciones sobre el Libro de Alexandre, Madrid, 1948, págs. 92-93, para quien «la digresión de la Guerra de Troya (…) es fundamentalmente una paráfrasis, fiel en unos casos, muy libre en otros de la Ilias Latina del Pindarus Thebanus (estrofas 417-719: desde la disputa de Aquiles y Agamenón hasta la muerte de Héctor)». En general, para la presencia de la obra en España, cf. M.a R. LIDA DE MALKIEL , La tradición clásica en España, Barcelona, 1975, págs. 119-164; F. Rico, «Sobre las letras latinas del siglo XII en Galicia, León y Castilla», Abaco 2 (1969), págs. 80-81, G. WEST , «Una nota sobre la ‘Historia Silense’ y la ‘Ilias Latina ’», Bol. de la Real Acad. Esp., LV, cuaderno CCV (mayo-agosto 1975), págs. 383-387; M. C. DÍAZ Y DÍAZ , «La transmisión de los textos antiguos en la Península Ibérica en los siglos VII-XI », en La cultura antica nell’Occidente latino dal VII all’XI secolo, Spoleto, 1975, págs. 133-175.
18 Cf. T. GONZÁLEZ ROLÁN - M.a F. DEL BARRIO VEGA - A. LÓPEZ FONSECA , Juan de Mena, La Ilíada de Homero (edición crítica de las Sumas de la Yliada de Omero y del original latino reconstruido, acompañada de un glosario latino-romance), Madrid, 1996. La introducción incluye además un amplio estudio (págs. 7-51) sobre la presencia del ciclo troyano en España durante Edad Media y Renacimiento.
19 Baehrens opinaba que la división en libros había que atribuirla al autor del poema; Vollmer, y con él Scaffai, piensan que es obra de los copistas de la Antigüedad; la división podría remontar también al uso del texto en las escuelas, y tendría la finalidad de facilitar la consulta. Uno de los argumentos en que se sustenta la hipótesis de que el autor no dividió el poema en libros es el hecho de que la transición entre un libro y otro en alguna ocasión es poco clara, y, en algún caso, parece darse dentro del mismo verso.
20 En notas a la traducción nos referimos con más detalle a esta reorganización del contenido.
21 Así lo apunta, creo que muy acertadamente, M. SCAFFAI , Baebii Italici Ilias Latina …, 1997, pág. 480. La hipótesis de que entre el poema homérico y la Ilias Latina hubiera actuado como filtro una paráfrasis en prosa del poema griego, que explicaría la organización de los episodios en el resumen versificado, remonta a L. MÜLLER , «Homerus Latinus», Philologus 15 (1860), 475-507.
22 Cf. M. SCAFFAI , «Aspetti compositivi ed stilistici dell’Ilias Latina », Studi Ital. di Filol. Class. 44 (1972), 89-121. Frente a esta opinión general, G. BROCCIA , «Questioni vecchie…», págs. 27-45, intenta demostrar que nuestro autor practica una intencionada independencia respecto de Homero, realizada con dotes literarias y pericia compositiva.
23 Como ejemplo baste comparar la disputa, salpicada de insultos y amenazas, entre Zeus y Hera, en el canto I, con el pasaje correspondiente de la Ilíada Latina (vv. 98-103), del que ha desaparecido el tono doméstico y la comicidad del modelo: Juno que en la Ilíada encabeza sus improperios a Júpiter llamándole dolomêta («urdidor de dolos»), aquí le trata de optime coniunx («excelente esposo»).
24 P. VENINI , «Sull’imitatio virgiliana nell’Ilias Latina », Vichiana 11 (1982), 311-317.
25 M. SCAFFAI , «Su una presunta doppia redazione in Omero», Studi Ital. di Filol. Class. 46 (1974), 22-40.
26 Cf. M. SCAFFAI , «Ilias Latina», en Enciclopedia Virgiliana , vol. II, Roma, 1985, pág. 911.
27 Cf. P. VENINI , «Sull’imitatio…», págs. 311-317.
28 Cf. M.a F. DEL BARRIO , «Originalidad de la Ilias Latina frente al texto homérico», Actas del II Congr. Andaluz de Est. Clás. , Málaga, 1988, vol. II, págs. 147-59, Véase al respecto la nota 9 de la traducción. Algún otro posible eco del episodio virgiliano de Orfeo en la Ilíada Latina se señala en nota a la traducción (n. 162).
29 G. BROCCIA , («Prolegomeni…») no excluye ni la posible influencia de la épica posvirgiliana sobre el autor de la Ilias , ni la autoría de Silio, posiciones que recíprocamente se refuerzan; en cambio para M. SCAFFAI , Baebii Italici… , 1997, págs. 477-480, que se inclina por Bebio, los únicos autores en relación a los cuales puede afirmarse una dependencia directa de éste son Virgilio, Ovidio y Séneca trágico,
30 Esta es la tesis de Q, CATAUDELLA , «Un’aporia dell’Iliade (III 428 ss.)», en Studi in onore di Vittorio de Falco , Nápoles 1971, págs 3 ss.; véase al respecto M. SCAFFAI , «Su una presunta…».
31 Il. Lat. 250-251: His se defendit ducibus Neptunio Troia/ vicissetque dolos Danaum, ni fata fuissent.
32 Así en el v. 236: et sacer Aeneas, Veneris certissima proles , repetido con una ligera variación en v. 483: emicat interea Veneris pulcherrima proles , y, especialmente, en vv. 895-902: vidit Cythereius/…. quem nisi servasset magnarum rector aquarum / ut profugus laetis Troiam repararet in arvis/ Augustumque genus Claris submitteret astris,/ non clarae gentis nobis mansisset origo.
33 Sobre otro interesante ejemplo de clara divergencia, aunque parcial, con el original homérico, el episodio de la fabricación de las armas de Aquiles (Il. Lat. 862-891, esp. 878-884), véase la nota 148 a la traducción del pasaje.
34 Véase, por ejemplo, vv. 70-73: non tamen Atridae Chryseidis excidit ardor/ maeret et amissos deceptus luget amores…/ solaturque suos alienis ignibus ignes; o vv. 25-26: ferus ossibus imis/ haeret amor spernitque preces damnosa libido; o bien vv. 585-586: Achilles/ et cithara dulci dirum lenibat amorem; el amor es ardor, ignes, flammas, furor, damnosa libido.
35 Compárese, por ejemplo con OVIDIO , Arte de amar I 281 (damnosa libido), Met. III 395 (sed tamen haeret amor), Met. X 342, (retinet malus ardor amantem), Met. II 313 bis (et saevis compescuit ignibus ignes).
36 Amores I 9, 33: ardet in abducta Briseide maestus Achilles.
37 Cf. M. SCAFFAI , «Su una presunta…», págs. 39-40. Por otra parte, observa Scaffai, a este tono de la elegía se contrapone en algunos versos —véase la condena de la pasión de Agamenón o las palabras de Héctor a Paris— una pátina de diatriba moralizante totalmente extraña a Homero, eco de interpretaciones cínico-estoicas de los poemas homéricos documentadas por ejemplo en Horacio, y que llegaron hasta los neoplatónicos del s. II d. C.
38 Cf. vv. 234-235, hunc sequitur…/ belli causa Paris…; vv. 253-259: Paris exitium Troaie….dedecus…aeternum patriae…
39 M. SCAFFAI , «Su una presunta…», pág. 33.
40 Como un epilio define el poema el autor de la traducción francesa, G. FRY , Récits inédits sur la guerre de Troie (Iliade latine, Éphéméride de la guerre de Troie, Histoire de la destruction de Troie), traduits et comentés par G.F. , Paris, Les Belles Lettres, 1998; véase introducción, págs. 21-24.
41 Véase A. RONCONI , «Sulla tecnica delle antiche traduzioni latine da Omero», Studi Ital. di Filol. Class. 34 (1962), 5-20.
42 M. SCAFFAI , «Aspetti compositivi…»; A. RONCONI , «Sulla tecnica…». Ni que decir tiene que este procedimiento de «cortar y pegar», en ocasiones, como se puede ver en alguno de los ejemplos citados más adelante, «produce monstruos»: acciones, movimientos, tan difíciles de imaginar como de traducir.
43 Cf. M. SCAFFAI , «Aspetti compositivi…», págs. 95-98 para el motivo del amanecer, y págs. 107-120 para la descripción de combates.
44 Dentro de los epítetos, el texto de la Ilias presenta algunas formas léxicas, en algún caso hapax legomena , como sceptriger (v. 8), Cygneide (v. 337) y Thetideius (v. 690), que merece la pena destacar (cf. M. SCAFFAI , «Aspetti…»): formaciones de segundo elemento verbal, prefiriendo las formadas mediante el sufijo -ger (saetiger, armigera) a las más clásicas (entiéndase más virgilianas y ovidianas) con el sufijo -fer; formaciones en -potens (omni-, igni-, bellipotens) , de sabor enniano. Más difícil de valorar es si «hapax sintácticos» en apariencia, como la expresión pernoctata loca (v. 703), son fruto de un feliz atrevimiento del autor o testimonios esporádicos de usos generalizados.
45 Cf. las notas de su comentario a los pasajes respectivos.
46 Una exhaustiva relación de los versos virgilianos y ovidianos, de los que el autor toma expresiones para construir los suyos puede encontrarse en el amplísimo y pormenorizado comentario que Scaffai ofrece tras el texto latino: M. SCAFFAI , Bebii Italici… , págs. 193-434. Precisamente la comparación con Virgilio y Ovidio puede permitir decidir algunas lecturas a la hora de establecer el texto latino: Cf. M. SCAFFAI , «Note al texto dell’Ilias Latina », Studi Ital. di Filol. Class. 50 (1978), 191-214; en contra de esta opinión, L. HAVET , «Étude de critique verbale…».
BIBLIOGRAFÍA
EDICIONES Y TRADUCCIONES
La editio princeps de la Ilias Latina es la de Filippo di Pietro y apareció en Venecia, en torno al 1476, posiblemente precedida por una edición gótica holandesa de una antología de pasajes del texto; para otras ediciones incunables y las ediciones posteriores, anteriores a la primera edición crítica, remitimos a la introducción de la edición de M. Scaffai 1 .
a) Ediciones modernas (en orden cronológico)
E. BAEHRENS , Poetae Latini minores, rec. et emend. Ae. B., vol. III, Leipzig, 1881.
F. PLESSIS , De Italici Iliade Latina, tesis doctoral, París, 1885.
F. VOLLMER , Poetae Latini minores, post Ae. Baehrens iterum rec. Fr. V., vol. II,3. Homerus latinus i.e. Baebii Italici Ilias Latina, Leipzig, 1913.
M. SCAFFAI , Baebii Italici Ilias Latina. Introduzione, edizione critica, traduzione italiana e commento, Bolonia, 1982; aparece una segunda edición en 1997 (rec. R. Badalí, RFIC 126 [1998] 216-218).
b) Traducciones
La única traducción al castellano de la Ilias Latina que conocemos es la de Juan de Mena de 1442; la editio princeps de la misma fue publicada por M. de Riquer:
M. DE RIQUER , (ed.), Juan de Mena. La Yliada en Romance según la impresión de Arnao Guillén de Brocar (Valladolid, 1519). Edición, prólogo y glosario, Barcelona, 1949.
Posteriormente se publicó una edición crítica de esta traducción acompañada del texto latino:
T. GONZÁLEZ ROLÁN , M.a F. DEL BARRIO VEGA , A. LÓPEZ FONSECA, Juan de Mena, La Ilíada de Homero (edición crítica de las Sumas de la Yliada de Omero y del original latino reconstruido, acompañada de un glosario latino-romance), Madrid, 1996.
No sabemos de la existencia de ninguna traducción castellana moderna. Traducciones modernas de la obra, además de la italiana de Scaffai que acompaña a las dos ediciones, conocemos la francesa de:
G. FRY , Récits inédits sur la guerre de Troie (Iliade latine, Éphéméride de la guerre de Troie, Histoire de la destruction de Troie), traduits et comentés par G.F., París, Les Belles Lettres, 1998.
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M.a FELISA DEL BARRIO
1 M. SCAFFAI , Baebii Italici Ilias… , págs. 45 ss.; para bibliografía y ediciones, págs. 437-438.
LA ILÍADA LATINA
[LIBRO I (vv. 1-110) 1 : Invocación del poeta a la Musa y breve exposición del motivo desencadenante de los hechos relatados en el poema homérico. El sacerdote Crises se dirige al campamento de los griegos a rogar a Agamenón que le devuelva a su hija Criseida. Tras ser expulsado por éste, implora ante el altar de Apolo la venganza del dios; como respuesta, Apolo envía una terrible peste sobre los griegos. Éstos, reunidos en asamblea, deciden devolver a Criseida. Agamenón no acepta quedarse sin la esclava y le quita a Aquiles la suya. Aquiles, ofendido, pide venganza a su madre, Tetis; la diosa le aconseja que se retire de la guerra, y traslada las quejas de su hijo a Júpiter, que la tranquiliza; a continuación, Juno, celosa, le acusa de favorecer a los troyanos.]
Relátame, ¡oh diosa!, la cólera del altivo Pelida 2 , que trajo a los desdichados griegos luctuosas muertes y envió al Orco 3 las almas valerosas de sus héroes, entregando a la voracidad de perros y aves sus cuerpos sin vida para que los [5] desgarraran, quedando insepultos sus huesos. Pues así se cumplía el designio del rey supremo 4 , desde que se enfrentaron abiertamente dos corazones rivales, el Atrida 5 , portador del cetro, y Aquiles, famoso en el combate.
¿Qué dios les empujó a reñir, llevados de una ira funesta?: [10] el vástago de Latona y del poderoso Júpiter 6 ; él, irritado contra el rey de los pelasgos 7 , sembró en sus entrañas la peste, e infectó los cuerpos de los dánaos con una grave enfermedad. Pues, tiempo atrás, Crises, ceñidas sus sienes con la cinta sagrada 8 , lloró a la que era su consuelo, su hija raptada, [15] mientras los días odiosos y las odiosas horas de la noche las pasaba llenando el aire con sus continuos lamentos 9 . Y puesto que no había día alguno que su alma aliviara del duelo, ni consuelo alguno que calmara su llanto de padre, marcha al campamento de los dánaos, e, hincado de rodillas, al Atrida le suplica, desdichado, por los dioses celestiales y [20] por el honor real, que le sea devuelta su hija, única razón de su vida; al tiempo, le ofrece regalos. Sus lágrimas conmueven a los mirmidones 10 , que acuerdan que Criseida le sea devuelta a su padre, pero el Atrida se niega y ordena a Crises salir del campamento, desdeñando toda piedad, pues hasta [25] la médula de los huesos tiene clavado un amor fiero y la malsana pasión le hace despreciar las súplicas 11 .
Rechazado, el sacerdote vuelve al templo de Febo y, en su aflicción, hiere violentamente con las uñas su rostro arrugado, se mesa los cabellos y golpea sus sienes cargadas de años. Luego, cuando se acallaron sus gemidos y cesaron las [30] lágrimas, fustiga los sagrados oídos del dios profético 12 con estas palabras: «¿De qué me sirve haber adorado tu divinidad, señor de Delfos, y haber llevado una vida pura a lo largo de tantos años? ¿Qué me aprovecha haber mantenido el fuego sagrado en tus altares, si yo, tu sacerdote, soy ahora [35] humillado por un enemigo extranjero? ¿Es ésta la recompensa que se da a mi vejez solitaria? Si te soy grato, quede yo bajo el amparo de tu venganza; pero si he cometido, sin saberlo, alguna falta por la que deba sufrir el castigo apropiado a la gravedad del delito, ¿por qué no actúa tu diestra? [40] Pide tu arco sagrado y contra mí dirige tus flechas: al menos, será un dios el autor de mi muerte. Heme aquí: si es culpable, atraviesa al padre; ¿por qué expía la hija los pecados de su progenitor, y se ve obligada, infeliz, a someterse al lecho de un cruel enemigo?». Así habló; el dios, conmovido [45] por la plegaria de su vate, hostiga a los dánaos con lutos amargos y extiende la peste por toda la población: por doquier caen en masa los griegos, y apenas queda suelo para las piras, apenas aire para las hogueras, y falta tierra para los túmulos.
Ya las estrellas de la novena noche se habían ocultado y [50] el décimo día iluminaba el orbe de la tierra, cuando el ilustre Aquiles reúne a los príncipes de los dánaos en asamblea, y exhorta al Testórida 13 a que exponga las causas de la terrible peste. Entonces Calcante consulta a las divinidades, descubriendo, a un tiempo, la causa de los males y su remedio, y, aunque teme hablar, confiado en la protección de Aquiles, [55] dice esto: «Aplaquemos la hostilidad del dios Febo contra nosotros y devolvamos a la casta Criseida a su piadoso padre, dánaos, si queremos encontrar un puerto de salvación». Así habló. De inmediato se inflamó la ira del rey: increpa [60] primero al Testórida con duras palabras y le llama embustero; luego acusa al gran Aquiles, y escucha, a su vez, las recriminaciones del héroe invicto. Se oyó un murmullo general. Al fin, acallado el clamor, se ve forzado, a su pesar, a liberar a la que él obligaba a amarle, y devuelve a Criseida, sana y salva, a su piadoso padre, añadiendo muchos regalos; [65] Ulises, bien conocido por todos, la condujo, a bordo de una nave, hasta los alcázares de su patria, y de nuevo puso rumbo hacia la escuadra de los dánaos.
Al punto se aplaca la hostilidad del dios Febo contra ellos, y a los aqueos les vuelven las fuerzas ya casi exhaustas. Pero no se calma la pasión del Atrida por Criseida: se [70] entristece y, frustrado, llora la pérdida de su amor. Después priva al gran Aquiles de Briseida 14 , arrebatándosela, y mitiga el fuego de su pasión a costa de la pasión ajena. Mas el fiero Eácida 15 , desenvainando rápidamente la espada, se lanza [75] contra el Atrida y le amenaza con una muerte cruel si no le devuelve la merecida recompensa de sus hazañas; aquel se dispone, a su vez, a defenderse de su ataque. Y si la casta Palas no hubiera sujetado con su mano a Aquiles, el ciego amor hubiera dejado eterno oprobio al pueblo argólico 16 . [80] Despreciando las palabras y las amenazas de aquel, el Pelida invoca la divinidad de su marina madre 17 , pidiéndole que no consienta que él quede sin venganza de la afrenta del Plisténida 18 . Tetis, atendiendo el ruego de su hijo, abandona las aguas y al punto llega al campamento de los mirmidones: [85] le aconseja que mantenga su brazo lejos de las armas y de los combates; luego cruza veloz las brisas etéreas y se dirige a las doradas regiones astrales.
Entonces, abrazada a las rodillas del rey, con sus cabellos sueltos 19 , dice: «Vengo como madre en favor de mi hijo: heme aquí, suplicante, ante tu divina majestad, padre supremo; [90] vénganos del Atrida a mí y al que es carne de mi carne; pues si se le permite a él ultrajar impunemente a la amada de mi hijo Aquiles, vergonzosamente sucumbirá el valor, vencido por la lujuria».
Y Júpiter le responde así: «Pon fin a tus tristes quejas, diosa del espacioso mar, a mi cuidado quedará esa tarea. [95] Tú consuela el corazón afligido de tu hijo». Así habló. Y ella, deslizándose por las ligeras brisas del cielo, alcanza las riberas paternas y las aguas gratas a sus hermanas.
Pero Juno se sintió ofendida: «¿Tanto puede, mi excelente esposo, la hija de Dóride? ¿Tanta consideración merece [100] Aquiles, que te dispones a abatir a los aqueos —muy queridos por mí, que soy llamada tu esposa y llevo el dulce título de hermana tuya—, y a renovar las fuerzas de los troyanos para el combate? ¿Éste es, pues, el regalo que me ofreces? ¿así es como me amas?». Con tales palabras increpa, [105] airada, al Tonante 20 y escucha a su vez las recriminaciones del rey supremo. Por último, la intervención del Ignipotente 21 puso fin a la disputa, y el padre de los dioses disuelve la asamblea del Olimpo 22 . Entretanto, el sol se aleja tras recorrer el Olimpo, y los dioses reconfortan sus cuerpos con abundantes manjares; luego se dirigen a sus lechos, [110] buscando el placentero don del descanso.
[LIBRO II (vv. 111-251): Durante la noche, Júpiter envía al Sueño a visitar a Agamenón con la orden de que, al día siguiente, ataque a los troyanos. Agamenón relata su sueño a la asamblea; la intervención de Tersites, partidario de abandonar la guerra y regresar a la patria, excita los ánimos; a continuación, Néstor los serena. Catálogo de las naves griegas y, a continuación, más brevemente, de las tropas troyanas.]
Había caído la noche y las estrellas brillaban en todo el firmamento, la calma reinaba sobre la raza de los hombres y de los dioses, cuando el padre omnipotente llama al Sueño y le habla así: «¡Ea!, ve a través de las tenues brisas, tú el más agradable de los dioses, y alcanza en rápido vuelo el campamento [115] del caudillo argólico 23 ; y mientras está dormido profundamente bajo tu dulce peso, transmítele estas órdenes: que, tan pronto como el nuevo día haya hecho salir al Titán 24 y ahuyentado la noche, reúna a sus hombres para la lucha y ataque el enemigo por sorpresa». Sin demora, el [120] Sueño se aleja y con alas ligeras vuela por los aires hasta el lecho de Agamenón, que, tendido, tenía su cuerpo sumido en un agradable sueño. Y así le habla el que alivia de penas y fatigas: «Rey de los dánaos, Atrida, despierta y escucha [125] las órdenes del Tonante que, por su encargo, te traigo, deslizándome desde el cielo: tan pronto como el Titán surja de las aguas, ordena a tus compañeros ajustar las armas a sus fuertes brazos y marchar en orden de batalla a las llanuras de Ilio 25 ». Así habló y volvió a los aires por los que poco antes había llegado.
[130] Entretanto, la lámpara de fuego había iluminado la tierra. Atónito ante tales órdenes, el héroe Pelopeo 26 reúne a los príncipes en asamblea y, en orden, les revela a todos lo sucedido; a una le prometen unir sus fuerzas para la batalla, [135] y animan a su caudillo. El rey alaba con sus palabras el valor de sus corazones y les da las gracias a todos por igual. Entonces Tersites, el más contrahecho y deslenguado de cuantos habían llegado a Troya, se opone a que se entablen más combates y les exhorta a emprender el camino de regreso a las costas patrias: Ulises, famoso por sus consejos, [140] tras recriminarle de palabra, le golpea con su cetro de marfil. Entonces sí que, con la disputa que se origina, se inflama la ira: apenas hay un brazo desprovisto de armas, el clamor se levanta hasta las estrellas y a todos les arrastra el deseo ardiente de luchar. Finalmente Néstor, prudente por la experiencia [145] de una larga vida, calmó el alboroto, reprimiéndolo con su ánimo apaciguador, y amonestó a los caudillos con sus palabras, recordando el vaticinio del tiempo en que se vió en Áulide cómo una serpiente devoraba en el árbol ocho [150] polluelos y luego, tras dar muerte a sus crías, a la propia madre que le hacía frente con su débil cuerpo. Y el anciano dice: «Así pues, os lo recuerdo y os lo volveré a recordar, aqueos: nuestras penalidades están en el décimo año, en el que Calcante predijo que caería Ilio bajo las armas victoriosas de los dánaos» 27 . Todos asintieron, alabando la longevidad de Néstor, y al punto se disuelve la asamblea. El rey les [155] ordena aprestar las armas y preparar los ánimos y los corazones para la lucha. Y tan pronto como el nuevo día dispersó las calladas sombras y el Titán asomó entre las aguas su cabeza iluminada por los rayos, el impetuoso Atrida, al momento, ordena a sus compañeros armarse y marchar en [160] orden de batalla a las llanuras de Ilio.
Vosotras, Musas, ahora —pues ¿qué no conocéis en su orden?— recordadme los nombres ilustres de los caudillos, sus ilustres padres y sus dulces patrias: pues en esto consiste vuestro oficio. Digamos cuántas naves condujo cada uno a Pérgamo 28 y llevemos a término la obra emprendida; y que [165] Apolo sea su inspirador y aliente, de buen grado, nuestra obra en cada una de sus partes 29 .
Con Penéleo al frente y Leito, impetuoso en el combate, y el terrible Arcesilao y Protenor y Clonio, los beocios llevaron [170] cincuenta embarcaciones y cruzaron las hinchadas olas con una fuerte tripulación. Detrás, Agamenón, nacido dentro de las murallas de Micenas, a quien Grecia, en pie de guerra, había elegido como su rey, llevó cien barcos llenos de soldados armados. Y le sigue el fogoso Menelao 30 con [175] sesenta naves, y con otras tantas va la feroz ira de Agapenor 31 ; tras ellos Néstor, digno de confianza por su sabiduría e influyente por sus consejos, avanza con dos de sus hijos 32 , equipado para la guerra con noventa embarcaciones. Y Esquedio, [180] poderoso por su valor, y el colosal Epístrofo, gloria de los mirmidones 33 , dos baluartes en el fragor de la batalla, cruzaron el ancho mar con cuarenta embarcaciones. Y cuarenta navíos equiparon Polipetes y Leonteo 34 , cargados de valerosos soldados. Los capitanes Euríalo y Esténelo y el [185] Tidida 35 , valiente en el combate, cruzaron el ponto con una fuerte tripulación: ochenta embarcaciones botaron, cargadas de guerreros. Y el poderoso Ascálafo y Yálmeno 36 , impetuosos ambos, abastecieron de fuerte tripulación treinta naves. Y Áyax, el más valiente de los locros 37 , equipó cuarenta [190] barcos, y otros tantos el hijo de Evemón 38 . Tras ellos marcha Aquiles, salvaguarda de los griegos, atravesando con cincuenta naves las maternas aguas 39 .
Avanzaban los jóvenes tesálicos, Fidipo y Ántifo 40 , que [195] cruzaron el profundo mar con treinta embarcaciones, y llevando tres naves hiende las aguas Teucro 41 , y con nueve el rodio Tlepólemo 42 , a los que sigue, impetuoso por su fuerza, Eumelo, que había partido con una nave menos de las que conducía el hijo de Telamón, el salaminio Áyax 43 . Y el [200] magnete 44 Prótoo, hijo de Tentredón, y con él Elefenor, nacido en los dilatados confines de Eubea, y el duliquio 45 Meges y, descollando en arrojo y en armas, Toante, del pueblo etolio, hijo de Andremón; todos éstos condujeron cada uno cuarenta embarcaciones. Y doce naves condujo la sagacidad del de Ítaca 46 , a quien sigue, con otros tantos navíos, Áyax [205] Telamonio 47 , poderoso por su extraordinario valor; también Guneo 48 navegaba para acudir a la terrible guerra, con veintidós barcos. Idomeneo y Meríones, ambos cretenses, iban equipados con ochenta naves. Y el ateniense Menesteo, de [210] ilustre linaje, condujo el mismo número de barcos que el contingente con que marcha Aquiles 49 ; el feroz Anfímaco 50 y Talpio, nacidos en la Élide, y Polixeno, de esclarecido valor, y Diores cuarenta embarcaciones botaron, cargadas de guerreros. Y Protesilao y el valiente Podarces 51 llevan [215] equipados tantos navíos cuantos conducía Áyax Oileo 52 ; y en siete barcos transportó su ejército el hijo de Peante 53 , al que siguen de cerca Podalirio y Macaón, que surcaron el profundo mar con treinta embarcaciones.
[220] Con estos paladines arribó a las costas troyanas la flota griega, con un total de mil ciento ochenta y seis naves 54 .
Y ya habían anclado presurosos las naves y ocupaban las llanuras 55 , cuando el padre Saturnio 56 envía ante Príamo 57 a Iris 58 , para anunciarle que los valientes pelasgos han [225] llegado para la guerra. Y sin demora, obedeciendo de inmediato la orden de su padre, el Priamida Héctor 59 toma las armas, ordena a toda la juventud aprestarse al combate y saca al ejército por las puertas abiertas. Un casco, refulgente de oro, le cubría por completo la juvenil cabeza, una coraza [230] protegía su pecho y el escudo guarnecía su izquierda, su derecha la lanza, y la espada adornaba su costado; también cubren sus largos muslos unas grebas resplandecientes, como convenían a Héctor. Le sigue, superior en belleza y, entonces, valiente en el combate, Paris 60 , causa de la guerra, funesta perdición de su patria, y con él Deífobo y Héleno, y [235] también el valiente Polites y el divino Eneas 61 , indiscutible descendencia de Venus, y Arquéloco y el feroz Acamante 62 , hijos de Anténor. Y también marchaban el noble vástago de Licaón, Pándaro 63 , y Glauco, muy valeroso en la guerra, y [240] Anfio y Adrasto y Asio y además Pileo. Iban también Anfímaco y Nastes, insignes ambos, y los magnánimos capitanes Odio 64 y el colosal Epístrofo y el feroz Eufemo y Pirecmes, descollante por su juventud, y con ellos llegaron Mestles y Ántifo e Hipótoo, excelente en el combate, y Acamante [245] y con él Píroo, y los hijos de Arsínoo, Cromio y Énnomo, ambos varones en la flor de la edad, a los que sigue Forco y el colosal Ascanio, y también el ínclito vástago de Júpiter, Sarpedón 65 , y Corebo 66 nacido en una tierra ilustre.
[250] Con estos paladines se defendió la neptunia 67 Troya, y habría vencido los engaños de los dánaos, si no hubiera sido otro su destino.
[LIBRO III (vv. 252-343): Los dos ejércitos se encuentran frente a frente en el campo de batalla; por iniciativa de Héctor se establece una tregua para que Menelao y Paris decidan en un combate singular el resultado de la contienda. Cuando el héroe griego está a punto de matar al troyano Paris, Venus le salva la vida alejándole del campo de batalla y conduciéndole junto a Helena, que le reprocha su temeridad.]
Ya estaban, frente a frente, los dos ejércitos con sus relucientes armas, cuando Paris, fuego funesto y ruina para Troya 68 , distingue, en la línea de batalla contraria, a Menelao [255] con sus armas, y, despavorido, como si hubiera visto una serpiente, se refugia entre sus compañeros, fuera de sí. Cuando Héctor le ve, vergonzosamente ofuscado por el pánico, le dice: «¡Oh, deshonor eterno de la patria y oprobio de nuestra estirpe!, ¿vuelves la espalda? Pues, en aquella [260] ocasión, no vacilaste en asaltar el lecho de tu anfitrión, ese cuyas armas ahora rehuyes temiendo su violencia. ¿Dónde están tus fuerzas, dónde el arrojo que conocimos antaño en las distintas competiciones atléticas? Muestra aquí tu coraje; de nada sirve en la guerra el prestigio que da la hermosura: Marte se complace con el soldado recio. Mientras tú yaces [265] con tu amada, nosotros, naturalmente, combatiremos, y derramaremos nuestra sangre en medio del enemigo. Más justo será que se enfrente contigo en el combate el infatigable Atrida, y que el pueblo de los dánaos y de los frigios 69 os contemple, tras dejar las armas. Vosotros, tras sellar un pacto, trabad vuestras manos en la lucha, dirimid la contienda [270] con la espada». Así habló. Y el héroe Priameo 70 le respondió brevemente: «¿Por qué me increpas con palabras tan injuriosas, hermano, gloria de nuestra patria? Pues para mí, ni una esposa ni la depravada lujuria son preferibles al reconocimiento que da el valor; no rehuiré probar las fuerzas ni [275] la diestra del marido, siempre que al vencedor le siga la esposa, junto con la paz». Héctor transmite estas palabras a los griegos, que aprobaron la propuesta. Al punto se hace venir a Príamo y se sella el pacto con la celebración de un sacrificio. Tras ello, los dos pueblos se separan, dejando las [280] armas, y el campo de batalla queda libre.
Entretanto, de entre las filas de los troyanos se adelanta el hermoso Alejandro 71 , descollante con su escudo y su lanza. Frente a él, resplandeciente con armas semejantes, Menelao se plantó diciendo: «Que se me permita enfrentarme contigo y no gozarás por mucho tiempo con mi mujer, que [285] pronto llorará tu pérdida, con tal de que Júpiter me asista». Dijo, y con ímpetu se lanza de cara contra su adversario. Éste repelió su acometida con un poderoso golpe, y, retrocediendo [290] con paso rápido, dispara luego a gran distancia la vibrante lanza; la esquivó el Atrida, que, lanzando a su vez la jabalina, hubiese atravesado con ella el cuerpo del raptor frigio, si no hubiera protegido su fuerte pecho una férrea coraza con siete capas de cuero. Al momento se oye un clamor; [295] entonces se planta el uno frente al otro: rozan yelmo contra yelmo, traban pie con pie, chirría el filo contra el filo brillante de la espada, protegen sus cuerpos, ocultándolos bajo los escudos refulgentes. No de otro modo los fuertes toros luchan por una blanca compañera y llenan los aires con sus prolongados mugidos.
[300] Hacía rato ya que cada uno buscaba el cuerpo del otro con el duro hierro, cuando el Atrida, acordándose del rapto de su esposa, acosa y acorrala al joven dardanio 72 . A continuación, con la recia espada, lanza un golpe de arriba a abajo al adversario, que retrocede; la resplandeciente hoja, [305] tras golpear en el borde del yelmo, saltó en pedazos. Lanzaron un gemido las huestes de los griegos. Entonces sí que se enfurece, aunque su mano ha perdido la espada, y, agarrándolo del yelmo, derriba al joven; y lo habría arrastrado, vencedor, hasta los suyos, y aquel habría sido el último día para Paris, si Citerea 73 no hubiera ocultado al guerrero con una [310] espesa niebla y no hubiera roto, soltando los nudos, las fuertes correas que pasaban bajo su barbilla. Se lleva Menelao el yelmo refulgente de oro y, enfurecido, lo lanza entre los paladines; volvió corriendo de nuevo y blandió con [315] enorme fuerza una gran lanza destinada a la perdición del frigio, a quien su protectora Venus libra del enemigo, y consigo le lleva hasta el tálamo adornado con incrustaciones de carey. Ella misma, luego, hace venir a Helena desde las elevadas murallas y entrega al dardanio Paris el objeto de sus amores.
Cuando ella le vio, le habló con estas palabras: «¿Llegas, [320] Paris, llama que me abrasa, vencido por las armas de mi antiguo esposo? Lo he visto —y verlo me ha llenado de vergüenza—, cuando el violento Atrida te llevaba arrastrándote por el suelo, ensuciando tus cabellos con el polvo de Ilio. Temí, ¡desdichada de mí!, que la espada dórica 74 pusiera [325] fin a nuestros besos; mi mente quedó trastornada, por completo el color huyó de mi rostro y la sangre abandonó mis miembros 75 . ¿Quién te persuadió a medir tus fuerzas con el cruel Atrida? ¿Es que aún no ha llegado a tus oídos la difundida fama del valor de ese hombre? Te aconsejo que no vuelvas a arriesgar tu vida frente a su diestra, tan desigualmente». [330] Así habló, y humedeció su rostro con abundantes lágrimas. Pesaroso, Alejandro le responde: «No me ha vencido el Atrida, ardiente pasión mía, sino la enemistad de la casta Palas. Pero pronto le verás caer vergonzosamente bajo mis armas y Citerea favorecerá mi esfuerzo». Tras esto, se [335] acostó uniendo, en un recíproco abrazo, su cuerpo al de la Cigneide 76 ; ella recibió en su regazo desnudo al que era su fuego y habría de ser el de Troya.
[340] Entretanto Menelao busca entre el ejército troyano a Alejandro, y va de un lado a otro, victorioso; le ayuda su hermano 77 , incitando al combate a sus compañeros de armas, mientras increpa con voz potente a los frigios, forzados a retroceder, y, exigiéndoles que respeten los términos del pacto, les reclama a Helena.
[LIBRO IV (vv. 344-388): Mientras Menelao busca a Paris y exige a los troyanos que cumplan lo pactado, desde las filas troyanas Pándaro le hiere con una flecha; Menelao es retirado del campo de batalla; la tregua se rompe y se inicia una cruenta batalla, con la muerte de ilustres guerreros por uno y otro bando, sin que ninguno alcance la victoria.]
[345] Y mientras los héroes libraban entre sí combates, el omnipotente soberano del Olimpo celebró una asamblea: entonces Pándaro 78 rompió la tregua, tensando su arco y alcanzándote a ti, Menelao: la flecha voló clavándose en tu costado, atravesando la túnica protegida con duras escamas [350] de hierro. Abandona la lucha el Atrida, gimiendo, y busca la seguridad del campamento; allí le cura con hierbas peonias el joven Podalirio 79 , versado en el arte paterno, y vuelve, victorioso, a la matanza y a los combates horrendos. La ira de Agamenón infundió coraje a los valientes pelasgos y el [355] dolor compartido les empujaba a todos a la lucha. Se produce un gran combate y en ambos bandos corre la sangre en abundancia y los cuerpos quedan esparcidos por toda la llanura. Caen alternativamente las huestes de los troyanos y de los dánaos y ningún reposo se concede a los guerreros: por doquier resuena Marte 80 y una lluvia de dardos vuela desde todas direcciones. Sucumbe, arrojado a las sombras por la [360] dura espada de Antíloco 81 , el Talisíada 82 , que abandona la deseada región de la luz. Luego al hijo de Antemión 83 que con su fuerte brazo acosaba a los griegos por la espalda, le alcanza Áyax Telamonio, atravesándole el pecho con la lanza de punta endurecida: exhala aquél su aliento purpúreo mezclado [365] con la sangre que vomita, regando su rostro al morir. Entonces Ántifo 84 , con gran fuerza, impulsándose con todo su cuerpo, arroja una lanza contra el Eácida 85 : el proyectil erró el blanco de ese enemigo pero cayó sobre otro, atravesando en las ingles a Leuco; el infeliz se desploma, abatido [370] por la grave herida, y, mientras muere, muerden sus dientes la verde hierba. El infatigable Atrida 86 , conmovido por la suerte de su amigo, ataca a Democoonte 87 y le atraviesa las sienes de parte a parte con su astil grande como un tronco, [375] y, pavoroso, saca la espada de su vaina; aquél, al morir, se desploma de espaldas sobre sus armas, y golpea la tierra con la nuca herida de muerte. Ya al Amaríncida 88 lo había derribado, con el golpe de una piedra, el Imbrásida Píroo 89 , enviándole a las calladas sombras, y, cuando se disponía a [380] despojar al joven, codiciando el botín, llega por el aire una lanza arrojada por la diestra de Toante, que atraviesa la espalda y el valeroso pecho del guerrero: cae él de bruces y vomita la sangre caliente por la boca, mientras se estremece tendido sobre sus armas.
[385] La sangre inundaba por entero la llanura dardania, los ríos corrían llenos de sangre. Por todas partes combatían con ardor los ejércitos de ambos bandos, entrechocando las armas, y unas veces crece el valor de los troyanos, otras el de los aqueos, y buscan en las vicisitudes del combate la gozosa victoria.
[LIBRO V (vv. 389-537): Diomedes, ayudado por Palas Atenea, entra en el combate y mata a muchos troyanos, entre ellos al arquero Pándaro. Se enfrenta con Eneas, al que salva su madre Venus cuando aquél está a punto de quitarle la vida; Diomedes, entonces, persigue y hiere a la diosa. Eneas se incorpora de nuevo al combate causando importantes bajas entre los griegos, al tiempo que los dos Atridas hacen estragos entre los troyanos; entre éstos cae Sarpedón, hijo de Júpiter. Finalmente se enfrentan los dioses Palas y Marte, que se retira herido por la diosa.]
Entonces el Tidida, viendo que, a lo lejos, las huestes de [390] los dánaos ceden, mientras Marte crece y se extiende, se lanza en medio de la refriega, por donde más numerosa era la acometida del enemigo, y abate mortalmente sus falanges 90 , obligándoles a volver la espalda; a diestro y siniestro blande ferozmente su espada y su lanza. Le asiste la belicosa Palas que dirige sus armas centelleantes de fuego, y proporciona [395] al joven coraje y fuerzas. Al igual que la leona salvaje, al ver un rebaño de bueyes, aguijoneada por el hambre prolongada, se lanza sobre la manada y con diente furioso derriba y mata las reses, así se lanza en medio de los enemigos el héroe calidonio 91 , amparado en los consejos y el poder de la [400] virgen Armígera 92 . Los frigios vuelven la espalda huyendo, él los persigue en su huida, pasando por encima de los cuerpos hacinados de los moribundos. Y mientras hiere y derriba guerreros, he aquí que ve, furibundo, sobresalir entre las filas enemigas a los hijos de Darete, a Fegeo y con él a Ideo; [405] Fegeo se le anticipa, atacándole con su pesada jabalina, pero el escudo rechazó el golpe, desviando el hierro que se clavó en tierra. Sin demora, el Tidida arroja con todas sus fuerzas una enorme lanza y atraviesa el pecho del guerrero: un extremo de la jabalina sobresale por delante y el otro asoma [410] por la espalda traspasada. Cuando su hermano le vió arrojando un caliente río de sangre de su pecho, mientras sus ojos giran en las órbitas y vomita el alma por la boca, vuela raudo, empuñando la espada, ansiando convertirse en vengador de la fatal suerte de su hermano; y aunque no puede [415] resistir el ataque ni las poderosas armas del Tidida, aún así trata de defenderle de él: como el ave que, viendo cómo el gavilán desgarra el cuerpo destrozado de su cría, no puede [420] atacarle, angustiada, ni prestar socorro a su polluelo, y —es todo lo que puede hacer— bate contra su pecho las ligeras alas, así Ideo contempla, feroz, al enemigo arrogante por la muerte de su hermano, pero no puede socorrer al desdichado; y, de no haber retrocedido, habría muerto él también por la misma mano.
Con no menor saña, lucha contra los teucros 93 uno de [425] los Atridas 94 , y persigue a sus tropas, sembrando la muerte con su espada; a su encuentro sale, empujado por hados adversos, el infeliz Odio, a quien, con un golpe de su larga jabalina, derriba, atravesándole la clavícula con el enorme astil. Ahora Idomeneo acomete, cuando se lanzaba de frente [430] sobre él, al meónida Festo 95 ; y ufano tras la muerte de éste, también envía a las sombras estigías 96 al hijo de Estrofio. Meríones, lanzando la jabalina, alcanza a Fereclo, y Meges a Pedeo. Entonces, pavoroso con sus grandes armas, Eurípilo mata con la espada a Hipsenor cuando éste le acometía, [435] despojando al joven, al tiempo, de la vida y de las armas. En el otro flanco, Pándaro va y viene con su curvado arco, buscando al Tidida con la mirada por los inmensos batallones; y cuando le vió derribando guerreros troyanos, tensando el [440] arco, le disparó con él una aguda flecha que le rozó con la punta la parte alta del hombro. Entonces sí que se enfurece el joven calidonio que, con el coraje de un león, se lanza en medio del ejército enemigo y mata a Astínoo y también al gran Hipirón: a éste le hiere de cerca con la espada, a aquél, de lejos, con un venablo; luego derriba, con su potente jabalina, [445] a Poliído y a Abante, y a Janto, famoso en el combate, y al corpulento Toón; tras estos, abate con violencia, a Cromio y a Equemón 97 , con una veloz saeta, y les envía, al tiempo, al Tártaro 98 . Tú también, Pándaro, abatido por la diestra del Tidida, mueres, infeliz, tras recibir una mortal herida [450] en el punto en que el lado derecho de la nariz se une a la base de la frente; la espada del Tidida hace saltar su cerebro, arrancándoselo con una parte del yelmo y esparciendo sus huesos horadados.
Y ya Eneas y el héroe calidonio habían trabado combate, [455] después de arrojarse mutuamente las lanzas. Por todas partes buscaban llegar al cuerpo del otro con el hierro amenazante, y unas veces retrocedían y otras se aproximaban. Cuando llevaban ya tiempo uno frente al otro, no viendo el gran Tidida un punto por donde inferirle una herida con la mortal espada, levantó una enorme piedra que estaba en [460] medio del campo, que apenas podrían mover del suelo doce jóvenes, y con un gran impulso la envió contra su adversario. Aquel cayó rodando por tierra con sus pesadas armas, y su madre Venus, que llegó deslizándose por las etéreas brisas, le levanta y oculta su cuerpo con una niebla oscura. No [465] lo sufrió en su ánimo el Enida que, atravesando la niebla misma, se lanza sobre Venus con sus armas centelleantes, y, al no ver en los campos a quien poder alcanzar con la espada, fuera de sí, hiere con su lanza mortal la mano de la diosa. Alcanzada, Citerea se refugia en el cielo, abandonando [470] la tierra, y allí se queja de sus heridas a su madre celestial 99 . Al dardanio Eneas le protege el troyano Apolo 100 , que le infunde ánimo y le conduce de nuevo al combate.
En todas partes, vuelven a levantarse los ejércitos, el polvo [475] oculta el cielo y el aire resuena con espantosos gritos. Aquí uno cae a tierra, despedido de su veloz carro, y es aplastado por él y pisoteado por los cascos de los caballos; otro, con su cuerpo atravesado por un veloz venablo, cae de bruces sobre el lomo del caballo 101 : la espada de aquel otro [480] le arranca de un tajo la cabeza que rueda separada del tronco; aquí yace sin vida uno, con el cerebro esparcido sobre las armas: la sangre inunda la tierra, los campos se empapan con el sudor.
Y entretanto, cruza veloz el hermosísimo vástago de Venus, [485] que hostiga a las apretadas huestes de los griegos, siega con la espada sus desprotegidas espaldas y entabla combates mortales. El valerosísimo Héctor, única esperanza de los frigios, no descansa hiriendo mortalmente hombres y desbaratando las filas de los griegos. Como el lobo, cuando ha visto en campo abierto unas reses —no le asusta ni el pastor [490] del rebaño ni la feroz jauría de perros que lo acompaña—, ruge hambriento y, sin cuidarse de nadie, se lanza ávido en medio de la grey, no de otro modo Héctor acomete a los dánaos y los espanta con su espada ensangrentada. Retrocede el ejército de los griegos, los frigios atacan con más ímpetu [495] y levantan el ánimo: la victoria redobla sus fuerzas. El rey, de los dánaos 102 , cuando ve ceder a sus compañeros con Marte en contra, vuela a caballo entre las formaciones, exhorta a los capitanes y reconforta sus ánimos para la lucha. Luego, él mismo se lanza valientemente en medio de los enemigos y, empuñando la espada, fustiga las líneas contrarias. Como el león libio, cuando ha visto a lo lejos un rebaño [500] lozano de vacas vagar desperdigado por la verde hierba, eriza la melena de su cerviz y, sediento de sangre, con el pecho erguido, salta en medio de la manada; así el fiero Atrida se arroja de frente contra los enemigos y desbarata [505] con la lanza las hostiles escuadras de los frigios. El manifiesto valor de su caudillo inflama las fuerzas de los aqueos y la esperanza reanima los desfallecidos batallones de soldados: los teucros son desbaratados y los dánaos celebran alegres su triunfo.
Entonces, finalmente, el Atrida ve venir a Eneas en su carro, a rienda suelta; se dispone a encontrarse con él, empuñando [510] su espada, y, con todo el impulso que le daba la misma furia, arroja un venablo que el fallido lanzamiento desvió de aquel hacia el pecho del auriga, clavándosele hasta el fondo del estómago; éste, cayendo del carro por efecto [515] del golpe, es arrastrado entre las riendas y las ruedas, y junto con la sangre caliente pierde la vida. Lanza un gemido Eneas y, saltando con coraje de lo alto del carro, de un potente golpe hiere de frente a Cretón y también a Orsíloco. Tras la muerte de éstos, cae, vencido por las armas de Menelao, [520] el caudillo de los paflagones 103 , y Midón, por las de Antíloco. Tras ellos, el ínclito vástago de Júpiter, Sarpedón, aviva la guerra, suscitando combates mortales: con él se enfrenta, en una lucha desigual, el desdichado Tlepólemo, hijo del gran Hércules, pero ni las fuerzas de su padre ni sus muchos [525] trabajos pudieron protegerle, ni impedir que cayera y exhalara de su cuerpo el tenue soplo de la vida. Herido, Sarpedón se retira del medio de la contienda y entra Ulises, urdidor de engaños, que mata a siete jóvenes muy fuertes. De un lado lucha el combativo Héctor, fírme pilar de su patria, [530] de otro, el Tidida: en ambos bandos yacen esparcidos por los campos los cuerpos de los guerreros y los prados se inundan de sangre. Marte, señor de la guerra, lucha con la casta Palas, y mueve su enorme escudo; la sagrada Guerrera le acosa y le hiere de un golpe con el extremo de la lanza, [535] obligándole al punto a refugiarse aturdido en el cielo 104 . Allí, maltrecho, se queja de sus heridas al rey celestial y escucha las recriminaciones de su gran progenitor.
[LIBRO VI (vv. 538-563) 105 : Siguen los combates singulares. Ante el empuje de los griegos, las mujeres troyanas hacen ofrendas a Palas. Cuando se disponen a combatir, Glauco y Diomedes descubren que están unidos por antiguos lazos de hospitalidad.]
Entretanto Áyax, con su gran fuerza, mata a Acamante, y Menelao captura al corpulento Adrasto y se lo lleva hasta [540] las naves con las manos atadas a la espalda, buscando obtener con su fuerza un jubiloso triunfo sobre el enemigo. Cargan los dánaos, la juventud troyana se retira y cubre sus espaldas desprotegidas. Comprendió el combativo Héctor que los dioses luchaban a favor de los dánaos, y que las vigorosas fuerzas de los suyos eran mermadas por el poder de la [545] virgen Armígera; al momento va hasta las murallas, manda llamar a Hécuba 106 y le aconseja que aplaque los poderes de la diosa. Al punto, las mujeres de Ilio ascienden a la ciudadela fortificada de la virginal Palas: adornan con guirnaldas solemnes los altares e inmolan víctimas de dos años 107 , según [550] el ritual. Y mientras en los templos de Minerva 108 Hécuba, en actitud suplicante, ruega por sus queridos hijos como madre y por su esposo, Glauco 109 , empuñando la espada, se dispone a combatir con Diomedes, y mientras éste le pregunta cuál es su nombre y adónde hace remontar su linaje, [555] él intentaba arrojarle una lanza con gran fuerza; y cuando está en ese intento, le grita el héroe etolio 110 : «¿Adónde te precipitas? ¿qué pensamiento te empuja, impío, a enfrentarte en tu locura conmigo, en una lucha desigual? Estás [560] viendo las armas de tu huésped, que ha herido la diestra de Venus, y que en el último combate ha alcanzado también a Marte. Depón tus crueles intenciones y guarda las armas hostiles». Tras estas palabras, poniendo fin a su enfrentamiento con las armas, intercambian sus escudos y abandonan la enconada lucha.
[LIBRO VII (vv. 564-649): Andrómaca sale a despedir a Héctor, con su hijo Astianacte en brazos. Héctor desafía a los caudillos griegos. Todos aceptan el reto, y es la suerte la que decide que sea Áyax Telamonio quien se enfrente al héroe troyano. Después de que Apolo haya librado a Héctor del mortal acoso de su enemigo, la llegada de la noche pone fin al duelo. Antes de retirarse, los combatientes descubren que les unen lazos de familia, por lo que deponen las armas e intercambian regalos. En la jomada siguiente, los troyanos, convencidos por Héctor, proponen a los griegos la devolución de Helena, pero Menelao rechaza el ofrecimiento.]
Entretanto la fidelísima esposa de Héctor, Andrómaca, [565] se dirige a su encuentro para hablarle, llevando junto a su pecho a su pequeño hijo Astianacte; pero cuando el magnífico héroe busca sus tiernos besos, el niño, súbitamente asustado, vuelve su cara atemorizada, escondiéndose en el regazo de su madre, huyendo del yelmo terrible y del penacho [570] de espesas crines. En cuanto el héroe, quitándose el casco, dejó al descubierto su cabeza, toma en seguida al niño, rodeándolo con sus brazos, y alzando las manos al cielo, exclama: «Te suplico, oh padre soberano, que este hijo mío, por quien venero tu divinidad, emule desde sus primeros años las virtudes de su padre». Esto dijo y, por las puertas [575] abiertas, se dirige con ímpetu a la batalla 111 , y tras él, marcha Paris. En cuanto llegó el momento del combate, el magnífico Héctor se adelanta y reta con sus armas invictas a los capitanes de los griegos. Sin demora, se adelantan al punto Ulises, urdidor de engaños, y el fiero Idomeneo y Meríones, [580] famoso por su linaje paterno 112 , y con ellos el impetuoso Atrida, caudillo de los griegos, y los dos Áyax 113 y, hermoso con sus brillantes armas, Eurípilo, y Toante hijo del gran Andremón, y el que había profanado con funesta herida la mano de Venus 114 ; pues seguía apartado de la guerra Aquiles, [585] terror de los troyanos, que apaciguaba con la dulce cítara el tormento del amor.
Así pues, cuando echaron las suertes en el yelmo dorado del rey Atrida, y salió la del gran Áyax, avanzó éste hasta el centro: entablan combate, primero, arrojándose las lanzas; luego, desenvainan las recias espadas y luchan con las pesadas [590] armas, buscando con la mirada algún punto vulnerable en el adversario; y ya intentan alcanzarse en el costado, ya rechazan los duros golpes con los resistentes escudos; un enorme clamor sube hasta las estrellas y el aire se llena de fuertes gritos. No es tanto el ardor con que, extremando su [595] furia, los hirsutos jabalíes se atacan con su fuerte pecho, bien mordiéndose con sus retorcidos colmillos los duros lomos, o bien echando espuma por la boca: nubes de humo [600] y un denso resplandor levantan, saltan chispas y los bosques se llenan con un gran estruendo. Semejantes a ellos en el combate, el Priamida y el fogoso Áyax blanden alternativamente la espada e intercambian heridas. Por fin, Áyax Telamonio, no conteniendo su ánimo ni su espada, acomete a Héctor, insigne en el combate, y endereza el refulgente hierro hacia un punto donde el cuello del guerrero quedaba al [605] descubierto. Él, anticipándose astutamente al golpe con rápida habilidad, inclinó su cuerpo y repele con el escudo la estocada. Pero la espada se desliza ligera por el borde del escudo y roza su cuello con una pequeña herida; levantándose, [610] con mayor ímpetu se va de nuevo el Priamida contra su enemigo, y acomete al hijo de Telamón, no ya con el hierro, sino arrojándole una gran piedra. Mas el fiero Áyax rechazó el tremendo golpe con su escudo de siete capas, y derriba al joven golpeándolo con la misma piedra. Apolo, [615] enemigo de los griegos, lo levanta, sujetándolo, y le infunde nuevos ánimos.
Y ya iban a combatir de nuevo y otra vez empuñaban las espadas, cuando, agotado, el Titán empezó a sumergir en el mar su carro de fuego, mientras la noche ascendía hasta la bóveda celeste. Al punto salen unos emisarios a apartar de [620] la lucha a los dos héroes, y, sin tardanza, ellos deponen su violencia. Y Héctor, magnífico en el combate, dice: «¿Qué tierra y qué padres te engendraron tan valeroso? Por tu arrojo se ve que eres de estirpe principal e ilustre». Y Áyax Telamonio se dispone a responder con orgullo: «Tienes ante [625] ti al hijo que Telamón engendró en Hesíona, mi madre; noble es mi casa y principal por su fama mi linaje». Héctor, al recordar el nombre y la historia de Hesíona, dice: «Dejemos de combatir, pues los dos tenemos una misma sangre» 115 . Y, adelantándose, regala al Eácida 116 su espada dorada y recibe, a cambio, el cinturón con que se había ceñido Áyax para [630] la lucha, bellamente adornado con variada labor de taracea. Tras esto, de inmediato se separan las huestes de griegos y troyanos, y la negra noche cubre el cielo de sombras. Se sacian con abundantes manjares y con el licor de Baco y, de buena gana, entregan sus cuerpos al apacible sueño.
Tan pronto como la Aurora siguiente hubo dispersado [635] las estrellas, los frigios se reunieron en asamblea. Entonces el magnífico Héctor, recordando con sus compañeros las muertes de la batalla de la víspera, les convence de que Helena sea devuelta a los aqueos invictos, y con ella un botín que aplaque la violenta cólera de Menelao: todos se muestran [640] conformes. A continuación envían a Ideo para que le transmita al cruel Atrida la decisión de los troyanos; pero él no presta atención a los regalos, ni oídos a las palabras, e incluso obliga a Ideo a abandonar el campamento. Obedeció [645] éste la orden y volvió de nuevo a los reales de Troya, rechazado por el enemigo implacable. Entretanto los dánaos, consternados por la mortandad de los suyos, levantaron por doquier enormes piras y, apilándolos en ellas, entregaron a las llamas los cuerpos de sus valerosos compañeros.
A continuación rehacen los fosos y refuerzan la empalizada con troncos.
[LIBRO VIII (vv. 650-685): Empieza el libro, al inicio de un nuevo día, con una asamblea de los dioses para decidir el destino de troyanos y griegos; Júpiter contempla los ejércitos desde el monte Ida. Siguen los combates que protagonizan ahora Diomedes y Héctor; participación destacada de Teucro, hijo de Telamón y hermano de Áyax. El libro se cierra con el final del día y el descanso de los combatientes.]
[650] Cuando el Titán hubo iluminado el orbe con sus rayos, Júpiter convoca a los dioses celestiales a una asamblea y les advierte que no pretenda ninguno intervenir en la lucha, desoyendo sus órdenes. Él se desliza por las etéreas brisas del [655] cielo y se detiene sobre las umbrías cimas del Ida. Desde allí contempla los ejércitos de Ilio y con su diestra poderosa sostiene los platillos dorados, equilibrando la balanza; pesa los crueles hados de los frigios y el destino de los aqueos: la perdición de los griegos inclina la balanza, bajo el peso de las armas 117 .
Entretanto, el Priamida, única gloria de Frigia, hostiga a los dánaos, empujado por una ira inmensa, y les acosa con [660] el peso de todo el ejército. Los aqueos son derrotados y el campamento dórico se llena de una enorme confusión. El Atrida, encerrado tras los muros, exhorta a sus compañeros y fortalece para la lucha los abatidos ánimos de los jóvenes. El primero, el Tidida, resplandeciente con el brillo de sus [665] armas, se lanza en medio de los enemigos con ímpetu extraordinario; entonces Agelao, empujado por un destino adverso, le sale al encuentro, blandiendo en la mano un enorme venablo; el héroe magnífico se le adelanta y le atraviesa por el medio con la recia espada. Desde la otra parte, Teuero, [670] protegido por las grandes armas de Áyax, acosa a los frigios, sembrando en sus espaldas una lluvia de ligeras saetas 118 : derriba con una herida mortal al fiero Gorgitión 119 , luego ataca el otro flanco del ejército y mata al auriga del altivo Héctor; el héroe troyano le alcanza con una piedra, cuando estaba desprevenido, y le derriba, haciéndole soltar [675] el arco; pero sus leales compañeros le libran de la muerte, levantándolo cuando yace en tierra. Héctor corre de un lado a otro, furibundo, y, lanza en ristre, aterroriza a las escuadras enemigas. De nuevo los dánaos, consternados por la mortandad de los suyos, se repliegan y, por segunda vez, [680] sus tropas se refugian veloces en el campamento, y refuerzan las puertas con contrafuertes de madera. Los frigios sitian a los griegos, encerrados tras el terraplén, ocupan los muros con puestos de guardia y encienden hogueras en lo alto 120 . El resto de los combatientes recuesta sus cuerpos [685] por la llanura, se entregan al vino y alivian de preocupaciones su ánimo.
[LIBRO IX (vv. 686-695): Los aqueos envían una embajada a Aquiles, con el ruego de que intervenga de nuevo en la guerra, para salvar al ejército griego de la difícil situación en que se encuentra. Aunque le prometen devolverle a Briseida, Aquiles no cede.]
Desconcertados los príncipes de los dánaos ante tan gran peligro, no pueden aliviar su ánimo ni reconfortar sus cuerpos con la comida, sino que, afligidos, lamentan su destino. Entonces, aconsejados por Néstor, envían una embajada a [690] Aquiles para pedirle la ayuda de su brazo y que les socorra en su desgracia. El héroe tetideo 121 no presta oídos a las súplicas de los dánaos ni quiere recibir ningún presente del rey; no le doblega siquiera que le devuelva a su amada, a Briseida, sin haber tocado su cuerpo. Los enviados transmiten [695] la respuesta negativa a los pelasgos y reconfortan su ánimo con la comida y con el agradable sueño.
[LIBRO X (vv. 696-740): Diomedes y Ulises hacen una salida nocturna para averiguar los planes de los enemigos; en el camino se encuentran con Dolón, al que los troyanos habían enviado al campamento griego con el mismo propósito; tras averiguar lo que quieren, le dan muerte; a continuación, entran en el campamento de los tracios, matando a su rey Reso y robando sus caballos de extraordinaria hermosura.]
Mientras las constelaciones de la segunda parte de la noche desaparecían lentamente, *** 122 aún quedaba la tercera parte de la callada noche, cuando el héroe etolio, obedeciendo una orden de los dánaos, abandona el campamento y elige a Ulises como compañero, para, con él, en la oscuridad [700] débilmente iluminada de la callada noche, averiguar con exactitud en qué fundan su confianza los troyanos, cuáles son sus planes y cuántas fuerzas preparan para el combate. Y mientras recorrían el camino pavoroso, atemorizados por esos lugares constantemente vigilados de noche, he aquí que se acerca Dolón, a quien el ejército troyano había enviado [705] para que, con sigilo, espiara las fuerzas de los dánaos, y les llevara noticias de las opiniones de sus jefes y de la tropa. Cuando Ulises, compañero de Diomedes, le vió a lo lejos, se escondieron, ocultando sus cuerpos furtivamente tras unos espesos matorrales, aguardando a que el troyano Eumedíada 123 , [710] empujado por una vana esperanza, pasara delante de ellos corriendo, y, atrapándolo sin dificultad, no pudiera volver sus pasos a su campamento.
En cuanto éste hubo pasado a su lado, confiado en su valor y en su brazo, los dos héroes saltaron sobre él, apresando al joven que intenta escapar a la carrera, y lo amenazan [715] con la espada y los puños. Él, presa del pánico: «Perdonadme la vida» —les dice— «con esto solo me conformo. Si persistís en vuestra ira, ¿qué glorioso trofeo ganaréis con mi muerte? Pero si queréis saber por qué ando en las calladas sombras, os lo diré: la poderosa Troya me ha prometido [720] el carro de Aquiles si consigue conquistar vuestras riquezas; buscando esta recompensa, me he puesto, ¡infeliz de mí!, en el difícil trance en que vosotros mismos me véis. Ahora, por la majestad de los dioses, por el mar, y por las ondas del oscuro Dite 124 , os imploro que no me arrebatéis la vida con [725] una cruel muerte. Y si me concedéis salvarla, a cambio obtendréis esta recompensa: os revelaré con todo detalle los planes del rey Príamo y los recursos del pueblo frigio». Cuando los dos héroes averiguaron lo que Troya preparaba, desenvainando la espada, decapitan al joven, cortándole la garganta.
[730] Luego entran en el campamento de Reso, al que encuentran bajo los efectos del sueño y del vino: le degüellan y le despojan; matan además a sus compañeros, que estaban tendidos por la hierba; perpetrada la funesta matanza, se cargan a hombros el botín y roban los caballos tracios, de resplandeciente blancura, a los que ni podía dejar atrás el Euro 125 [735] ni adelantar una saeta en su veloz carrera. Luego, con las primeras luces del alba, vuelven a las naves argólicas; el anciano Néstor les oye llegar y les recibe en las puertas. Cuando están ya dentro del campamento, dan cuenta de sus hazañas [740] al rey: el héroe Pelopeo 126 les felicita; y así entregan sus miembros cansados al placentero reposo.
[LIBRO XI (vv. 741-757): Con el nuevo día, se reanudan los combates; Agamenón hace estragos en las filas troyanas, y Héctor y Paris, en las griegas.]
La llegada del día envió a los guerreros a reanudar los combates de la víspera; los caudillos de los dardánidas y de los dánaos devuelven el ánimo de lucha a la tropa, ya recuperada; de todas partes vuela una nube de dardos y el hierro resuena con el hierro; por todas partes, al cruzarse, chirrían [745] las espadas; en uno y otro bando, luchan sin descanso las apretadas filas y el sudor corre mezclado con la sangre. Por fin, el rey de los dánaos, empujado por una vehemente ira, mata a Ántifo, derribándolo de una enorme herida, y con él a Pisandro, y a su hermano Hipóloco, cuando se lanzaba a la [750] pelea; después de estos, acomete con la espada a Ifidamante. Entonces el hermano de éste le hiere en la mano derecha con un venablo; él, más violento por el dolor recibido, persigue al hijo de Anténor 127 , que huye, y ferozmente se tomó venganza con su muerte. Entonces entra en la batalla, empujado por una violenta ira, el Priamida Héctor y por todas [755] partes acosa a los griegos bajo sus golpes; tampoco descansa Paris abatiendo las escuadras enemigas, y, disparando con su arco, hiere en el muslo a Eurípilo.
[LIBRO XII (vv. 758-771): La situación del ejército aqueo es crítica: los troyanos les persiguen hasta su mismo campamento que toman al asalto, obligándoles a refugiarse en las naves.]
Cargan los troyanos, los pelasgos se refugian en el campamento, con sus fuerzas exhaustas, y refuerzan por todas [760] partes los muros con gruesos contrafuertes. Entonces el belicoso Héctor, con una roca, derriba las puertas y hace saltar los troncos unidos con hierro. Los frigios se abalanzan por los accesos y derriban en la entrada a los griegos que resisten allí, y desbaratan junto a la empalizada sus batallones; otros [765] piden escalas para subir por la muralla y arrojan teas encendidas: la victoria acrecienta sus fuerzas. Los dánaos combaten desde los muros y en las elevadas torres. Vuelan las piedras, los troyanos se aproximan en formación de tortuga 128 , ocupan la rampa de entrada y atacan con fuerza en las puertas. Ya todos los pelasgos abandonan en desorden el [770] campamento y suben a las naves. Les persigue de cerca el ejército troyano, lanzando sobre ellos una lluvia de dardos; el aire resuena con el griterío.
[LIBRO XIII (vv. 772-778): Con la ayuda de Neptuno, los griegos logran alejar a los troyanos de las naves; nuevos combates cuerpo a cuerpo, esta vez protagonizados por Idomeneo, rey de los cretenses.]
Neptuno proporciona fuerzas y coraje a los dánaos. Se produce un gran combate; en ambos bandos el enemigo pelea con furia. Cae Asio bajo la diestra de Idomeneo; Héctor [775] decapita al terrible Anfímaco y sucumbe también en la lucha el yerno de Anquises, Alcátoo, al que mata con su espada el magnánimo caudillo ritieo 129 . Entonces, enfurecido, Deífobo hiere con su lanza a Ascálafo y lo sumerge en las ondas 130 .
[LIBRO XIV (vv. 779-789) 131 : Enfrentamiento entre Héctor y Áyax que hiere gravemente al primero, obligándole a abandonar el campo de batalla.]
El fiero Héctor se ensaña aquí y allá, con violento pecho; con el golpe de una enorme roca le alcanzó el magnánimo [780] Áyax, y le derriba haciéndole caer por tierra con todo su cuerpo. Corre en su auxilio un grupo de troyanos y lavan, en la corriente del Janto, al héroe que vomitaba ríos de sangre. Luego vuelven de nuevo a la lucha. Se produce una grandísima matanza en ambos bandos y la tierra rezuma [785] empapada de sangre. Polidamante hiere con un potente golpe a Protenor, Áyax Telamonio al Antenórida Arquéloco, y Acamante al beocio Prómaco, pero a él lo derriba la diestra del terrible Penéleo. Ahora cae la juventud priamea 132 .
[LIBRO XV (vv. 792-804): Ante el acoso de los griegos, los troyanos huyen aterrorizados; pero la reincorporación de Héctor al combate les devuelve el valor y ponen en fuga a los aqueos, que, de nuevo, tienen que refugiarse en las naves; Héctor trata de incendiarlas, y lo hubiera conseguido, si Áyax no lo impide.]
[790] […] 133 Empujados por el miedo, saltan la empalizada y los muros formados por el terraplén, otros se arrojan dentro de los mismos fosos. Entretanto llega veloz el infatigable [795] Héctor, terror de los dánaos: huyen de nuevo hacia las naves las tropas de Agamenón, y desde allí rechazan al enemigo, oponiéndole su fuerza. Se inicia un combate delante de las naves; el belicoso Héctor se ensaña y pide una antorcha con la que se dispone a incendiar toda la flota. Áyax le hace [800] frente con sus grandes fuerzas, firme en la popa de la primera nave, mantiene alejada con su escudo la amenaza del fuego, y él solo defiende mil embarcaciones. De una parte, los dánaos arrojan lanzas de fuerte punta, de otra, los frigios lanzan aquí y allá teas encendidas; el sudor corre por los fornidos cuerpos de los combatientes.
[LIBRO XVI (vv. 805-835): Ante el desastre del ejército aqueo, Patroclo, el compañero de Aquiles, decide incorporarse al combate, revestido con las armas de Aquiles; los troyanos son presa del pánico y Patroclo hace una carnicería entre ellos; finalmente Héctor se enfrenta a él, descubre el engaño y le mata, despojándole de las armas.]
No puede Patroclo contemplar por más tiempo la destrucción [805] de los suyos y, protegido con las armas de Aquiles, súbitamente se lanza al frente, espantando a los troyanos con su falsa apariencia. Los que hace un momento sembraban la confusión entre los dánaos y bramaban de cólera, ahora huyen despavoridos: él los acosa en su huida y deshace, [810] ferozmente, sus líneas, haciendo estragos por todo su ejército: de un terrible golpe, mata a Sarpedón y, furioso, da alcance a la carrera ahora a unos, ahora a otros, y combate sin descanso bajo la apariencia del terrorífico Aquiles. Cuando el furibundo Héctor le vió sembrando la muerte en las escuadras de sus compañeros y deshaciendo sus líneas, se [815] enfurece terriblemente y, descomunal con sus grandes armas, le sale al encuentro y le increpa así, con grandes voces: «¡Eh, aquí, vuelve aquí tus pasos, valerosísimo Aquiles! En seguida conocerás el poder de la diestra vengadora de Troya, y cuánto vale en la guerra el valerosísimo Héctor. Pues [820] aunque te proteja el mismo Marte con sus armas, incluso contra la voluntad de Marte te dará muerte mi diestra». Aquel permanece en silencio, despreciando sus amenazas y altaneras palabras, para que le siga creyendo el verdadero [825] Aquiles por quien se hace pasar. Entonces, el Dardánida, el primero, haciendo acopio de todas sus fuerzas, arroja su lanza; con un rápido golpe la rechaza, desviándola, Patroclo, y le devuelve a su vez el golpe y, en correspondencia, le arroja una enorme piedra lanzada con todo su peso, que, rebotando en el escudo, cayó sobre la verde llanura. A continuación [830] desenvainan las recias espadas y, empuñando las armas, luchan cuerpo a cuerpo hasta que el troyano Apolo pone al descubierto la fingida apariencia del supuesto Aquiles y desenmascara al guerrero: Héctor, magnífico en el combate, al sorprenderle luchando con armas ajenas, se abalanza contra el joven, atravesándole con la espada el pecho desprotegido, [835] y, victorioso, le despoja de las vulcanias armas 134 .
[LIBRO XVII (vv. 836-838) 135 : Áyax recupera el cadáver de Patroclo. Alegría de los troyanos, dolor entre los griegos.]
Áyax Telamonio rescata el cuerpo del muerto y lo protege cubriéndolo con su escudo. La juventud priamea se regocija alegre, los dánaos lamentan sus pérdidas.
[LIBRO XVIII (vv. 839-891): Aquiles llora amargamente la muerte de su amigo, y sobre su cadáver promete vengarle; al oir sus lamentos, acude desde las profundidades del mar su divina madre, Tetis, que le pide a Vulcano que fabrique nuevas armas para su hijo; el canto se cierra con la descripción de las armas fabricadas por el dios.]
Entretanto, el joven Nestórida 136 , con la apenada compañía de sus iguales, lleva al campamento el llorado cuerpo. [840] Cuando la terrible noticia golpeó los oídos del Pelida, el desdichado héroe empalideció y el calor abandonó sus huesos; con su llanto el Eácida cubre su cuerpo con el manto materno 137 , lamentando la triste muerte de su amigo; se araña [845] el rostro con las uñas y ensucia sus hermosos cabellos con el polvo, rasga su túnica a lo largo de su fuerte pecho y, echado sobre el cuerpo del amigo muerto, pronuncia amargas quejas, mientras le cubre de besos. Luego, cuando se acallaron los gemidos y cesaron las lágrimas 138 : «No te alegrarás [850] impunemente con la muerte de mi amigo, Héctor» —dice—; «recibirás, violento, el castigo que exige mi gran dolor y con esas mismas armas con las que, victorioso, te jactas, morirás derramando tu sangre». Tras estas palabras, [855] inflamado por la furia, corre hacia el mar y, suplicante, le pide a Tetis armas poderosas: ella, dejando las olas, al momento solicita la ayuda de Vulcano. El Mulcíbero aviva los fuegos del Etna 139 en los calientes hornos y con potentes golpes doma el rubio oro. Luego le entrega las armas fabricadas por su arte divina.
[860] Se aleja de allí volando Tetis. Cuando el gran Aquiles se vistió con ellas, volvió su terrible mirada hacia el escudo 140 . En él, el Ignipotente había cincelado la bóveda del cielo, los astros y las tierras, rodeadas completamente por las líquidas ninfas [...] 141 del Océano; y a Nereo ciñéndolo todo alrededor, y las fases de los astros y las partes en que se divide la [865] noche, y las cuatro regiones del firmamento, cuánto dista la Osa del Austro y cuánto el ocaso del rosado orto; y por dónde surge con sus caballos Lucífero, por dónde Héspero con los suyos, ambos uno mismo 142 ; y qué distancia recorre [870] en su órbita la curvada Luna, mientras ilumina el cielo con la claridad de su luz 143 . A los mares les había añadido sus divinidades: el gran Nereo y el anciano Océano, y Proteo siempre distinto 144 , los salvajes Tritones 145 y Dóride, amante de las olas; había representado también a las acuáticas Nereidas 146 con arte admirable.
[875] La tierra ofrece bosques y fieras de terrible apariencia, ríos y montes y ciudades con elevadas murallas, en las que los habitantes en disputa recurren a las leyes y al derecho ancestral: está allí sentado el juez imparcial para unos y [880] otros que, con rostro sereno, dirime los litigios. En otra parte, las castas doncellas repiten en su canto el nombre de Peán 147 y ejecutan delicadas danzas, mientras su mano golpea los panderos; él tañe con el pulgar extendido las delgadas cuerdas de la lira y modula los siete tonos con la flauta de cañas: forman un canto que reproduce el movimiento del [885] universo 148 . Otros cultivan los campos, los novillos aran los duros labrantíos y el robusto segador cosecha las mieses maduras, mientras el vendimiador, manchado de mosto, se complace pisando las uvas; los rebaños trasquilan los prados, y las cabrillas cuelgan de lo alto de una roca. Y en el centro se erguía Marte, cincelado en oro, en medio de sus armas, y en torno a él se sentaban, afligidas, †la diosa Átropo [890] y las restantes hermanas† 149 , Cloto y Láquesis, con los cabellos ensangrentados.
[LIBRO XIX (vv. 892-910) 150 : Vestido con sus nuevas armas, Aquiles se incorpora al combate. Le sale al encuentro un impulsivo Eneas, al que salva Neptuno, reservándolo para su providencial destino. Ansioso por vengar la muerte de Patroclo, Aquiles empuja a los troyanos hasta el río Janto, cuya corriente es el escenario de una sangrienta batalla.]
Adornado con tales dones, el héroe Tetideo se lanza en medio de los ejércitos, en un inmenso remolino; le proporciona fuerzas Juno junto con la casta Palas, e infunden coraje [895] en el joven. Le ve el héroe Citereo 151 y va al encuentro del guerrero, y aunque no poseía ni iguales fuerzas ni †el cuerpo† 152 del Eácida, aún así la ira empuja al joven a medir sus armas con unas fuerzas invencibles. Y si no le hubiera [900] protegido el que gobierna las inmensas aguas 153 , para que, prófugo, refundase Troya en campos fértiles y añadiese a los brillantes astros el linaje de Augusto, no hubiera llegado hasta nosotros el fundador de esa ilustre estirpe 154 . A continuación el Eácida, lanza en ristre, acosa a los teucros y [905] abate de muerte a un ingente número de guerreros, sediento de la sangre de Héctor. La juventud dárdana huye aterrorizada hasta la rápida corriente del Janto 155 , buscando el auxilio del divino río; él les persigue y se entabla el combate en medio de los remolinos del agua; la cólera aumentaba sus [910] fuerzas; la sangre amenaza con desbordar las orillas y los cuerpos esparcidos son arrastrados a lo largo de la corriente.
[LIBRO XX (vv. 911-930): El río Janto lucha con Aquiles, y, cuando está a punto de acabar con el héroe, Juno lo salva; Aquiles persigue a los troyanos que se refugian dentro de las murallas de Troya.]
Entonces Venus y Apolo, protector del pueblo frigio, ordenan a las olas del Janto encresparse contra los dánaos, para así hundir al Eácida, que entabla feroces combates con su diestra terrible; súbitamente el río se desborda con todo su [915] caudal y gira vertiginosamente en un gran remolino, trabando al guerrero con el torrente de sus olas e impidiendo su avance. Él lucha con todo su cuerpo contra la violencia de las aguas, rompe el empuje de la corriente y rechaza el oleaje, abriéndose paso a través de él ya con los hombros, ya con su poderoso pecho. Juno, que vigilaba a lo lejos, lo [920] salvó con el fuego 156 , pues ya cedía a la rápida corriente, y lucharon entre sí los sagrados poderes de los dioses. De nuevo el Eácida, pavoroso, acosa a las huestes frigias, haciendo enormes estragos, y, recobrando el ardor de la lucha, siembra la muerte en las escuadras, entablando terribles combates; [925] no hay fuerza capaz de moverlo ni fiereza humana capaz de cansarlo en la lucha: el triunfo aumenta sus fuerzas. Los troyanos flaquean, sacudidos por la inquietud y el pánico y, agotada casi por completo toda esperanza de salvación, se refugian dentro de las murallas y refuerzan las [930] puertas con contrafuertes de madera.
[LIBRO XXI (vv. 931-943) 157 : Tras refugiarse los troyanos en la ciudad, sólo Héctor permanece fuera, dispuesto a enfrentarse con Aquiles; cuando lo ve, el terror le hace huir y comienza una persecución en torno de las murallas.]
Sólo comparece Héctor, el único en quien residía toda esperanza de salvación para Troya; y ni el temor a la muerte cruel, que amenazaba por todas partes, ni los ruegos paternos pudieron impedi que marchara al encuentro, dispuesto [935] a enfrentarse con el gran Aquiles. Cuando lo vio a lo lejos, cubierto con las celestiales armas, […] 158 tuvo miedo y, estando cerradas las puertas, empezó a correr, infeliz, alrededor de las murallas de su ciudad, mientras el héroe Nereo 159 le persigue; e igual que en sueños, cuando el furor del enemigo [940] aterroriza el ánimo, y en la persecución uno está a punto de alcanzar al otro, y el otro parece escapar, y los dos quieren correr más, pero el mismo esfuerzo retrasa el avance; así podían ellos continuar, con alterna suerte, la carrera emprendida, sin que hubiera un momento de descanso, pues el temor aumenta la furia de ambos.
[LIBRO XXII (vv. 944-1003): Mientras desde lo alto de las murallas los padres de Héctor contemplan la escena, se entabla un terrible combate en el que Héctor, engañado por la diosa Palas, sucumbe a manos de Aquiles. Antes de morir, el héroe troyano suplica a su vencedor que devuelva a sus padres su cuerpo sin vida. Aquiles, inmisericorde, desprecia los ruegos y arrastra el cadáver de Héctor atado a su carro, alrededor de las murallas de Troya, antes de llevárselo a los griegos: estos se alegran, los troyanos lloran su triste destino.]
Los desdichados padres contemplan desde las murallas su propio destino 160 y ven palidecer en la hora suprema a su [945] hijo, sobre el que se cernía ya el día final con la última luz. De pronto la Tritonia, poniéndose ante su vista bajo la apariencia de su hermano 161 , engañó al joven con su fingido aspecto; pues, una vez que se confió, protegido por las armas de Deífobo, Palas puso de nuevo su poder al lado de los [950] dánaos. Los héroes invictos, tras arrojarse mutuamente las lanzas, traban combate cuerpo a cuerpo: uno retumba con sus grandes armas, el otro trata en vano de rechazar a su fuerte enemigo con el escudo, y devuelve, ferozmente, los golpes atacando a su vez. El sudor les corre a raudales, la [955] espada terrible desgasta el filo de la espada, permanecen trabados, pie con pie y brazo con brazo. Y ya el fiero Aquiles blandía en sus manos la lanza, que arrojó con gran fuerza dirigida contra el héroe; pero Héctor la esquivó hábilmente y la lanza pasó de largo. Gritan los dánaos. El héroe [960] Priameo, a su vez, blande un venablo y lo lanza contra las armas vulcanias; pero no le acompaña el éxito, y la hoja se dobla sobre el duro oro, saltando en pedazos. Gimieron las huestes troyanas. Se lanzan de nuevo al ataque, haciendo chocar con fuerza sus armas, y, en lucha cuerpo a cuerpo, [965] esquivan alternativamente las duras espadas.
Pero Héctor, abandonándole las fuerzas, no puede resistir por más tiempo ni a su destino último ni al Eácida que se mantiene firme frente a él. Y mientras retrocede y, buscando en el momento de peligro la ayuda fraterna, ve que no hay [970] esperanza de salvación, se da cuenta de que todo ha sido un engaño. ¿Qué puede hacer? ¿A qué divinidades invocará, suplicante? 162 Se debilitan las fuerzas de todo su cuerpo y le niegan auxilio; apenas su diestra puede sostener la espada, la noche enemiga cubre sus ojos y no le llega ningún socorro en su desfallecimiento; sigue luchando, cerca ya de la [975] muerte, y ahoga un gemido en el fondo de su corazón. Le acosa el héroe Nereo y, en su turbación, le hostiga a distancia desde todas partes; por fin le arroja la lanza que, con la rígida punta, le atravesó por medio de la garganta. Se regocijan los dánaos, los troyanos lloran sus pérdidas. Entonces, abandonándole ya las fuerzas, el infeliz Héctor le dice así: [980] «Entrega, te lo ruego, a mis desdichados padres mi cuerpo, que mi desgraciado padre te comprará con oro en abundancia: obtendrás, vencedor, regalos de Príamo. Ahora te suplica el hijo de Príamo, que fue caudillo de caudillos, el único al que temió Grecia; y si no te vencen ruegos ni obsequios [985] ni te conmueven las lágrimas de un desdichado ni su ilustre linaje, compadécete de mi afligido padre: que Peleo mueva tu corazón a compadecerse de Príamo, y de mi cuerpo, Pirro» 163 . Esto dijo el Priamida, y Aquiles le respondió con dureza: «¿Por qué tratas de ablandar con palabras suplicantes mi corazón, tú a quien podría desgarrar a la manera de [990] las fieras y devorar con mis mandíbulas, si la naturaleza lo permitiera? Pero te desgarrarán las alimañas carroñeras y todas las aves, y los perros hambrientos comerán tus entrañas. Esta satisfacción tomarán de ti los manes 164 de Patroclo, si las sombras pueden sentir algo». Mientras el gran [995] Aquiles pronuncia estas palabras con expresión cruel, el desdichado Héctor entregó la vida. Aquiles, insaciable, lo ata al carro por los pies y, victorioso, arrastra los miembros exangües tres veces en torno de las murallas; el triunfo de su [1000] dueño hace andar más erguidos a los propios caballos. Luego el héroe magnífico llevó hasta los dánaos el cadáver manchado con el polvo. Se regocijan los dánaos, se duelen por sus pérdidas los troyanos y lloran al mismo tiempo su muerte y la conquista de sus murallas 165 .
[LIBRO XXIII (vv. 1004-1014) 166 : Aquiles celebra las honras fúnebres de Patroclo y organiza competiciones deportivas en su honor, en las que intervienen los más destacados héroes griegos.]
Entretanto, el victorioso Eácida rinde las honras fúnebres [1005] a su llorado amigo y encabeza el cortejo fúnebre hasta el lugar de la ceremonia. A continuación arrastra en torno de la pira los desdichados despojos de Héctor y decreta los juegos en honor de las cenizas humeantes. El Tidida †***† vence, en la carrera pedestre 167 , al arrogante Meríones; en la [1010] lucha, Áyax es derrotado por la astucia del Laercio 168 , que burla su fuerza; en el pugilato, Epeo superó a todos, y Polipetes con el pesado disco y Meríones con el arco eliminaron a los demás. Finalmente, concluida la competición, Aquiles vuelve al campamento, acompañado de la multitud de los suyos.
[LIBRO XXIV (vv. 1015-1070): Estando Troya en duelo por la muerte de Héctor, Príamo se dirige al campamento de los griegos a suplicar a Aquiles que le devuelva el cadáver de su hijo, ofreciéndole a cambio muchos regalos; Aquiles acaba cediendo a las súplicas del anciano y Príamo vuelve con el cuerpo de Héctor a Troya, donde se celebran las exequias del héroe muerto.]
Lloran los desdichados frigios la pérdida de Héctor y [1015] Troya entera resuena con el triste duelo; lanza sus lastimeras quejas la infeliz Hécuba, y con sus uñas surca cruelmente su rostro; Andrómaca, despojada, ¡ay!, de tan gran marido, se rasga la túnica a lo largo del pecho. Con la sola caída de [1020] Héctor, se derrumba todo el futuro de los frigios, se derrumba la vejez lastimosa de su afligido padre, que aquél defendía; y ni su esposa ni la multitud de sus hijos 169 ni la gloria de su gran reino impidieron que, despreciando su vida, marchara desarmado y se presentara solo en el campamento del enemigo invicto 170 . Se admiran los caudillos de [1025] los dánaos, se admira también el mismo Eácida del valor del desdichado anciano; él, hincado de rodillas y levantando sus manos temblorosas a las estrellas, dice así: «Oh, Aquiles, el más valiente del pueblo griego, tú, enemigo de mis reinos, el único ante el que tiembla, vencida, la juventud dárdana, y [1030] cuya desmedida crueldad ha probado mi vejez: te ruego que ahora seas el más clemente y te apiades de un padre afligido que te suplica de rodillas, y que aceptes los regalos que traigo a cambio del cuerpo de mi desdichado hijo; y si no te dejas conmover por las súplicas ni por el oro, que tu diestra [1035] se ensañe con los últimos años de un viejo: al menos, la muerte del padre se unirá a los crueles funerales del hijo; y †no me concedas† la vida ni grandes honores, sino el cruel cadáver de mi hijo 171 ; compadécete de un padre y aprende a [1040] ser un padre compasivo en mi persona. Con la muerte de Héctor has vencido a los reinos dárdanos, has vencido a Príamo: acuérdate en la victoria del destino de los hombres y observa la mudanza de la suerte de los reyes». Conmovido, al fin, por estas súplicas, Aquiles levanta al anciano del [1045] suelo y devuelve al padre el cuerpo exsangüe de Héctor. A continuación, Príamo se vuelve llevándose a su patria su regalo 172 y prepara, según la costumbre de los suyos, las tristes exequias y preside las últimas honras.
Se construye, entonces, una pira a la que son arrojados los cadáveres de doce griegos, y veloces caballos y carros, [1050] trompetas, escudos, cóncavos yelmos y silbantes dardos 173 . Encima colocan, en medio de un inmenso gemido, el cuerpo de Héctor; alrededor están las mujeres de Ilio, que con las manos se arrancan los hermosos cabellos y golpean sus pechos lacerados: pues en aquella hoguera ven también las [1055] exequias de sus hijos. Con un gran murmullo se alza el grito de dolor de los jóvenes: pues en aquel fuego ardía también Ilio. En medio de los gemidos, su esposa Andrómaca, con el pecho lacerado, se adelanta veloz, con Astianacte en los brazos, queriendo arrojarse en medio de las llamas, pero la apartan de allí, a una orden, el séquito de sus esclavas 174 . [1060] Aun así, ella se resiste a todas, hasta que languideció la fuerza de las llamas y se extinguió el fuego y aquel héroe extraordinario quedó reducido a ligeras cenizas 175 .
Pero detén ya tu paso y pon fin a la tarea, Calíope 176 ; guía la nave de tu poeta al que ves acercarse a la orilla con [1065] suave impulso, y que ya toca puerto y llega a la meta del poderoso Homero. Vosotras, Piérides, séquito que le acompañáis, arriad las velas, y tú misma, diosa, con tus cabellos virginales ceñidos de laurel, deja descansar la lira. Asísteme, ínclita Palas, y tú, Febo, da tu aprobación, ahora que la [1070] travesía de tu poeta ha llegado a su fin 177 .
1 Normalmente, los libros en que se divide el poema latino resumen el canto correspondiente de la obra de Homero; cuando no sea así, se indicará en nota a pie de página.
2 Aquiles, hijo de Peleo.
3 Uno de los nombres del Hades o el Infierno, morada de los muertos.
4 Júpiter o Zeus, dios supremo y rey de dioses y hombres.
5 Son dos los Atridas que aparecen en la obra, Agamenón y Menelao, hijos de Atreo; en este caso se trata de Agamenón, rey de Micenas y jefe del ejército griego.
6 Se trata de Febo o Apolo, del que era sacerdote Crises, el padre de la doncella cautiva de los griegos y entregada a Agamenón como parte del botín obtenido en el asalto a Crisa, ciudad de Asia Menor.
7 Pelasgos, dánaos y aqueos son nombres de distintos pobladores de la península helénica y, por extensión en la poesía latina, de todos los griegos. Algunos editores corrigen el texto transmitido en el verso que aquí se traduce (infestam regi… praecordia) en infestus regi… praetoria («irritado contra el rey… (envió) al campamento»), a partir de la comparación con el correspondiente pasaje de Homero (Il. I 10); en su 2.a edición, SCAFFAI acepta la corrección de infestam en infestus , manteniendo, sin embargo praecordia , que ofrece la tradición manuscrita y que puede entenderse en relación con los versos 25-26; en relación con estos versos, la «peste» que introduce el dios en el corazón de Agamenón es la peste del amor.
8 La cinta sagrada o ínfulas que llevaban los sacerdotes en la cabeza al oficiar.
9 Como señalábamos en la Introducción (pág. 30), la descripción del sufrimiento de Crises por la pérdida de su hija, que difiere del relato de Homero, en el que apenas se repara en el dolor paterno, está muy próxima, incluso verbalmente, al pasaje de las Geórgicas (IV 511-516) donde se describe la pena de Orfeo por la pérdida de Eurídice, sirviéndose de la célebre comparación con el llanto del ruiseñor; aunque en la Ilíada Latina no se menciona el lamento del pájaro ni se establece explícitamente la comparación, la situación de Crises, mucho más aún que la de Orfeo, es absolutamente paralela a la del ave a la que el durus arator , en este caso el ferus Atrida , ha robado sus crías, motivo que ya está en Homero. Para los paralelismos formales concretos, cf. M.a F. DEL BARRIO , «Originalidad de la Ilias Latina… », especialmente págs. 151-153.
10 Pueblo de Tesalia cuyo rey era Aquiles; aquí utilizado, con valor genérico, por todos los griegos.
11 Estos versos son un buen ejemplo del tratamiento elegíaco que se da en el poema al tema amoroso frente al texto homérico; la expresión amor (ferus) haeret ossibus (o medullis ) es habitual en la poesía amorosa. Cf. lo dicho al respecto en la Introducción, págs. 32 ss.
12 Apolo, dios de los oráculos, entre los que el más importante era el de Delfos; de ahí el título de «Señor de Delfos» (Delphice en latín) que se le da en el verso 32.
13 El adivino Calcante, hijo de Téstor.
14 Hija de Brises; cautiva también de los griegos, le correspondió en el reparto del botín a Aquiles; Agamenón, al verse privado de Criseida, se la arrebata, como compensación.
15 Aquiles, hijo de Peleo y nieto de Éaco.
16 Argólico o argivo son adjetivos relativos a la ciudad de Argos y a la región de la Argólide, a la que pertenecía también la ciudad de Micenas, patria de Agamenón; en la poesía latina se usan como denominación genérica de todos los griegos.
17 Tetis, casada con Peleo y madre de Aquiles; es hija del dios marino Nereo y de la Oceánide Dóride (cf. infra v. 99), por lo tanto una de las Nereidas y diosa del mar; más adelante se hace referencia a su padre y sus hermanas (cf. vv. 871-874).
18 Es decir Agamenón. Se trataba de un pasaje difícil, hasta la restitución de la forma Plistheniden por Bergk, a partir del texto transmitido, plus thetis . Plístenes era hijo de Pélope y hermano de Tiestes y Atreo, el padre de Agamenón y Menelao; en otras fuentes mitográficas aparece en cambio como padre de éstos e hijo de Atreo, que sería así abuelo y no padre de los héroes homéricos.
19 El rey es Júpiter; los cabellos sueltos en la Antigüedad eran un signo externo del luto o la súplica.
20 Epíteto frecuente de Júpiter, dios del trueno.
21 Vulcano, dios del fuego, hijo de Júpiter y Juno. Con respecto a esta escena, cf. Introducción, pág. 28, n. 24.
22 Se indica el final de una asamblea, que tiene lugar en el poema homérico, pero que, según su costumbre, el autor ha suprimido por completo, sin haber indicado siquiera su comienzo.
23 Es decir, Agamenón.
24 El Sol, hijo de Hiperión, uno de los Titanes, hijos de la Tierra y el Cielo.
25 Troya.
26 Agamenón, nieto de Pélope, que era hijo de Tántalo y héroe epónimo del Peloponeso.
27 Estando los griegos reunidos en Áulide, a punto de partir para Troya, celebran un sacrificio a Apolo; durante la celebración, se produce el portento de la serpiente que aquí se relata y que el adivino Calcante interpreta diciendo que los ocho polluelos y la madre representan los nueve años que Troya tardará en caer, los mismos años que llevan ya los griegos luchando frente a Troya cuando empieza la Ilíada . En el poema homérico, es Ulises y no Néstor quien recuerda este vaticinio.
28 Pérgamo era el nombre de la acrópolis de Troya, donde estaba el palacio de Príamo.
29 El catálogo de las tropas griegas está muy resumido y desordenado respecto del modelo, y se ha hecho, como señala Scaffai, reagrupando a los jefes según el número de naves que conducen. Varios de los nombres propios, como en el resto de la obra, han sido restituidos por conjetura de los editores; es difícil saber si las alteraciones que han sufrido se deben a la transmisión manuscrita o al propio autor, que mantiene, en cambio, con bastante exactitud el número de naves de cada jefe o pueblo. La invocación a Apolo, como protector de la poesía, no está en Homero pero tiene bastantes paralelos en la literatura latina; sobre su posible función en este proemio, véase, más adelante, nota 148.
30 Rey de Esparta y marido de Helena, marcha al frente de los lacedemonios. Él y su hermano Agamenón organizan la expedición contra Troya a la que obligan a ir a todos los reyes y príncipes de Grecia que habían sido pretendientes de Helena, en cumplimiento de un juramento prestado: son los caudillos que aparecen en este catálogo de naves.
31 Caudillo de los arcadios.
32 Néstor, rey de Pilos, el más anciano de los que acudieron a Troya, por su larga experiencia es el más respetado de los griegos; por su edad no estuvo entre los pretendientes de Helena, aunque sí su hijo Antíloco, que le acompaña. De los siete hijos que al parecer tuvo, solo es famoso éste, al que se nombra por primera vez en el v. 360. En el catálogo de las tropas griegas del poema homérico no se hace referencia a su descendencia.
33 Esquedio y Epístrofe son los dos caudillos de los focenses, pueblo situado entre Etolia y Beocia; como en el v. 23, mirmidones está usado aquí con el valor genérico de griegos. Otro Epístrofe aparece entre los jefes del ejército troyano (v. 242).
34 Polipetes, hijo de Pirítoo e Hipodamía y nieto de Zeus; lo acompaña Leonteo, nieto de Ceneo, el lapita más célebre después de Pirítoo.
35 Esténelo, hijo de Capaneo, uno de los caudillos de la famosa expedición conocida como de «los siete contra Tebas». Euríalo —que también participa en la expedición de los Argonautas— es hijo de Mecisteo, que según algunas versiones participa también en la guerra contra Tebas. El Tidida es Diomedes, hijo de Tideo, otro de los «siete». Los tres guerreros, Euríalo, Esténelo y Diomedes, antes de luchar en Troya, participaron en una segunda expedición contra Tebas, organizada por los hijos de los «siete», conocidos como los epígonos. Diomedes, jefe de los argivos, es uno de los guerreros más destacados del poema homérico, participa con Ulises en la incursión nocturna al campamento enemigo que se narra en el canto X, y protagoniza buena parte de los combates singulares que se narran en los cantos V y VI.
36 Ascálafo y Yálmeno son hijos de Ares o Marte y aparecen también entre los Argonautas; en la Ilíada van al frente de los habitantes de las ciudades beocias de Aspledón y Orcómeno.
37 Son dos los guerreros de nombre Áyax que participan en la guerra contra Troya: este Áyax es hijo de Oileo y jefe de los locros; perece en el regreso a su patria, castigado por Palas Atenea por haber ultrajado a su sacerdotisa Casandra en la toma de Troya. Hemos preferido la forma «locros», que aconseja M. Fernández Galiano para el pueblo habitante de la Lócride, frente a las formas «locrenses» o «locrios», más usuales pero menos justificables.
38 Se trata de Eurípilo, si efectivamente la conjetura Euhaemone , aceptada de forma general por los editores, es correcta frente a la forma Euchenore que ofrecen los códices.
39 Es decir, las aguas habitadas por Tetis, diosa del mar y madre de Aquiles.
40 Fidipo y Ántifo eran hijos de Tésalo, uno de los Heraclidas (cf. Il . II 676-679); con la traducción mantenemos la posible ambigüedad del latin thessalici , que hace pensar que el autor, a partir del nombre propio del padre, ha derivado un adjetivo geográfico (cf. M. SCAFFAI , Baebii Italici …, págs. 242-243). Otro Ántifo se nombra en el catálogo de tropas troyanas, al frente de los lidios (v. 244); además, entre los hijos de Príamo se incluye uno con el mismo nombre, que aparece en el v. 366.
41 Teucro, hijo de Telamón y nieto de Éaco, es hermanastro de Áyax, al que sobrevive; gran arquero, participa también en la guerra de Troya aunque no aparece nombrado en el catálogo de las naves homérico; a partir de HOMERO (Il . 2, 671-674), donde se nombra a Nireo, llevando también tres naves, algunos editores han propuesto sustituir la forma Teucer , de toda la tradición manuscrita, por la forma Nireus ; sin embargo, mantenemos la forma Teucer que edita Scaffai, pues el error, que sin duda estaba en el arranque de la tradición, puede remontar al autor mismo.
42 Tlepólemo es uno de los muchos hijos de Hércules.
43 Es decir, doce naves: cf. vv. 204-205.
44 De Magnesia, región oriental de Tesalia.
45 De Duliquio, isla del mar Jonio, que formaba parte del reino de Ulises.
46 Ulises, el más astuto y artero de los griegos; a él se debe, como es sabido, la famosa treta del caballo con la que los griegos consiguen tomar la ciudad de Troya.
47 Mayor y mucho más famoso que Áyax Oileo es Áyax de Salamina, hijo de Telamón y nieto de Éaco como Aquiles, y, después de éste, el más valiente de los guerreros griegos, según Homero; protagoniza algunos de los episodios más heroicos de la guerra, como la defensa de las naves griegas frente a los troyanos (canto XIV); se le acaba de mencionar en el v. 198.
48 Guneo marcha al frente de los enienes y los perebos.
49 Es decir cincuenta naves (cf. supra v. 192); según algunas fuentes, Menesteo ocupó el trono de Atenas después de expulsar de él a Teseo.
50 Anfímaco, Talpio, Polixeno y Diores eran los jefes de los epeos; otro Anfímaco aparece entre los guerreros troyanos (cf. v. 241).
51 A Protesilao se le nombra en el catálogo homérico diciendo que ya está muerto, pues cae nada más desembarcar en Troya, cumpliéndose así una profecía que anunciaba la muerte para el primer griego que pusiera pie en tierra; su esposa Laodamía le llora desconsoladamente y acaba suicidándose; en su lugar se hace cargo del mando de su gente Podarces.
52 Es decir, cuarenta; este Áyax, hijo de Oileo, es el caudillo de los locros que aparecía en el v. 189.
53 Filoctetes, hijo de Peante, uno de los Argonautas; Peante es una conjetura de los editores, pues los códices ofrecen una forma Phetonte o similar; apoya la conjetura el hecho de que Filoctetes sí aparece nombrado en el catálogo de las naves de la Ilíada (canto II 718 y 725), con el mismo número de naves, siete. Filoctetes no viaja a Troya con los demás griegos: víctima de una herida que exhala un olor insoportable es relegado por Agamenón a la isla de Lemnos, en la que permanece hasta que en el final del décimo año de la guerra, es decir el que narra Homero, los griegos envían una embajada en su busca, pues el adivino Calcante había vaticinado que Troya no sería tomada sin la ayuda del arco y las flechas de Hércules, que entonces estaban en poder de Filoctetes. Ya en el campamento griego es curado de su herida, bien por Podalirio o bien por Macaón, que aparecen nombrados en el catálogo precisamente a continuación.
54 Homero añade, tras el catálogo de las naves griegas, una breve relación de los caballos que llevó a Troya el ejército griego, que omite el poema latino.
55 El catálogo de las naves griegas se hace de forma retrospectiva, situándose el autor en el momento de la llegada del ejército griego a Troya, años antes del comienzo del poema homérico.
56 Júpiter, hijo de Saturno.
57 Rey de Troya.
58 Mensajera de los dioses, Homero la llama «la de pies raudos como el viento».
59 Héctor es hijo de Príamo y el mejor de los héroes troyanos.
60 En el catálogo de caudillos troyanos del texto homérico no se menciona a Paris, que sí aparece descrito como un hermoso guerrero al principio del siguiente canto, ni a los otros hijos de Príamo, Deífobo, Héleno y Polites, que aparecen ya en los combates de los cantos siguientes.
61 Hijo de la diosa Venus y del troyano Anquises; puesto que a él remontan sus orígenes los romanos, en todo el epítome se le concede una especial relevancia, que también tiene en el correspondiente pasaje homérico (Il . II 819-821).
62 Aparecen dos guerreros con este nombre en el catálogo de las tropas troyanas: éste, hijo de Anténor, caudillo de los dardanios, pueblo de la Tróade, y un segundo, en el v. 245, hijo de Eusoro y caudillo de los tracios.
63 Hábil arquero, que será el responsable, en el canto IV, de la ruptura de la tregua entre troyanos y griegos, al disparar una flecha contra Menelao. Glauco, que en el poema homérico aparece al final del catálogo, junto con Sarpedón (aquí en v. 249), era, como éste, jefe de los licios.
64 De nuevo se trata de una conjetura; todos los códices ofrecen la forma R(h)odius .
65 Hijo de Júpiter, que morirá a manos de Patroclo.
66 No aparece en Homero este personaje que pertenece ya a la épica poshomérica (cf. VIRGILIO , En . II 341).
67 Posidón (o Neptuno) y Apolo levantaron las murallas de Troya, cuando reinaba Laomedonte, padre de Príamo.
68 Cf. infra v. 338. Los dos versos aluden al sueño de Hécuba, encinta de París, que soñó dar a luz una antorcha: el pasaje de este sueño, que está en uno de los fragmentos de Ennio, pasa a VIRGILIO , En . VII 321, y OVIDIO , Ep . Her . XVI 45 ss.). Véase M. SCAFFAI , Baebii Italici …, pág. 255.
69 Los troyanos, como habitantes de Frigia, región en la que se encontraba Troya.
70 Aquí es Paris, hijo de Príamo.
71 Otro nombre de Paris.
72 Dardanio, dárdano y dardánida, son sinónimos de troyano. Dárdano es antepasado de Príamo y fundador de Troya.
73 Frecuente nombre de Venus, que había nacido cerca de la isla de Citera, al sur del Peloponeso, donde existió un santuario de la diosa.
74 El adjetivo «dórico» aquí, como en el v. 662, es sinónimo de «griego».
75 Esta descripción de los sentimientos de Helena ante la derrota de Paris, que recuerda a otras, bien conocidas, de los síntomas de la pasión amorosa, está muy lejos del modelo homérico y responde a la perspectiva «innovadora» del autor, que contempla en buena parte el desarrollo de la guerra de Troya bajo el prisma del conflicto amoroso.
76 Cigneide o Cigneida («hija del cisne») es un inusitado nombre de Helena, que alude a su nacimiento a partir de un huevo, fruto de la unión de Leda con Júpiter, que la poseyó en forma de cisne.
77 Agamenón.
78 La acción de Pándaro está provocada por una decisión de los dioses tomada en una larga asamblea que el autor resume en dos versos.
79 Podalirio y Macaón eran hijos de Asclepio y habían heredado de su padre el arte de la medicina. Hierbas peonias son hierbas curativas: Paeon (o Paean ), «El sanador», es epíteto del dios Apolo, padre de Asclepio. En Homero es Macaón y no Podalirio el que cura a Menelao.
80 Marte aquí, como más adelante (vv. 390 y 495), es metonimia del combate.
81 Hijo de Néstor.
82 Equepolo, hijo de Talisio (cf. HOMERO , Il . IV 458).
83 El hijo de Antemión es Simoisio (cf. HOMERO , Il . IV 473).
84 Este Ántifo es hijo de Príamo.
85 Este Eácida, claro está, no puede ser Aquiles, que al comienzo de la obra se ha retirado de la guerra. Se trata de Áyax que, como Aquiles, era también nieto de Éaco; sin embargo este nombre no se le aplica normalmente, por ello frente a la lectura Aeacidem de una parte de los códices, un buen número de ellos ofrecen la forma Aiacem , originada sin duda a partir de una glosa que explicaría el inusual uso del patronímico.
86 Leuco era compañero de Ulises; es éste y no uno de los Atridas, quien en el texto homérico venga la muerte de su amigo, matando a Democoonte.
87 Hijo bastardo de Príamo.
88 El Amaríncida es Diores.
89 Jefe de los tracios: se le nombra entre las fuerzas troyanas del libro II (v. 245).
90 El término, inusual en latín, designa una tropa de infantería o el ejército en orden de batalla; el autor, posiblemente, lo ha tomado directamente de Homero.
91 Diomedes; su padre Tideo es hijo de Eneo, rey de Calidón; por esa razón se le llama aquí calidonio y más abajo, en el v. 466, Enida.
92 Se trata de la diosa Palas, a la que también se refiere el autor, más adelante (cf. v. 533), con el epíteto de «la sagrada Guerrera».
93 Los troyanos; Teucro era rey de la Tróade y epónimo de sus habitantes; con una hija suya se casa Dárdano, el fundador de Troya.
94 En la Ilíada , el Atrida que mata a Odio es Agamenón.
95 Festo es hijo de Boro, natural de la región de Meonia, patria del propio Homero, el Meónida por antonomasia.
96 Al Hades o morada de los muertos; la Éstige es una de las lagunas o ríos infernales. En Homero, es Menelao y no Idomeneo, el que mata a Escamandrio, el hijo de Estrofio.
97 Hijos de Príamo.
98 Otro de los nombres del Hades.
99 Se trata de Dione.
100 Es decir, partidario de los troyanos en la guerra.
101 Este guerrero que combate montado a caballo es otro de los anacronismos del autor en la descripción de las escenas de lucha; cf. también, poco más abajo, v. 496.
102 El rey de los dánaos es, naturalmente, Agamenón, que, en el episodio correspondiente del canto V homérico es quien anima a sus hombres; el Atrida del v. 510, contra lo que parece entender Scaffai (cf. el índice de nombres de su edición), tiene que ser también Agamenón, pues es él quien en Homero mata al compañero de Eneas, provocando que éste a su vez mate a los griegos Creteón y Orsíloco; es entonces cuando el otro Atrida, Menelao, enfurecido por la muerte de estos, mata a Pilémenes, mientras Antíloco mata a Midón; en el poema griego, es a los dos Atridas, no a uno solo, a los que se compara con dos leones que atacan un rebaño. La confusión entre los dos Atridas del resumen latino se origina al comprimir excesivamente el correspondiente episodio homérico, si es que no se debe al autor mismo; no es la primera vez que atribuye la acción de un personaje a otro.
103 Pilémenes es el rey de los paflagones, pueblo de Asia Menor.
104 En Homero es Diomedes, aunque con la ayuda de Palas, el que hiere a Marte, al final del canto V. El autor del poema latino, que hace que sea Palas la que aquí hiere al dios, en el libro siguiente (v. 560), en cambio, atribuye tal acción al héroe griego.
105 Se corresponde este libro con el canto VI del poema homérico, pero no completo. El episodio del encuentro entre Héctor y Andrómaca, que en Homero cierra el canto VI, en el poema latino abre en libro VII y queda así puesto de relieve.
106 Esposa de Príamo y madre de Héctor.
107 Las víctimas de dos años (o de dos filas de dientes) son los animales que podían destinarse al sacrificio religioso.
108 Nombre latino de la diosa Palas.
109 Caudillo de los licios, hijo de Hipóloco y nieto de Belerofonte; entre él y Diomedes existe un vínculo de hospitalidad en virtud de la amistad que unió a sus padres.
110 Diomedes, descendiente de Etolo, el fundador y epónimo de la región de Etolia, en el Peloponeso.
111 En este verso (575) es donde realmente comienza la parte de resumen correspondiente al canto VII de la Ilíada .
112 Compañero de Idomeneo y cretense como él; no consta quién es ese padre famoso.
113 Áyax Telamonio y Áyax Oileo.
114 Es decir, Diomedes.
115 En la Ilíada , al caer la noche, dos heraldos (aquí vv. 617-618), uno de ellos el mismo Ideo que aparece más adelante (v. 641), invitan a Héctor y a Áyax a retirarse; éstos deponen las armas e intercambian regalos, pero falta por completo en el episodio homérico esta nueva «anagnórisis», modelada sobre la de Glauco y Diomedes (vv. 553-563). Hesíone o Hesíona es hija de Laomedonte y hermana de Príamo (así en VIRGILIO , En . VIII 157-159); Hércules se la entrega en matrimonio a Telamón en agradecimiento por su participación en la expedición de castigo contra Troya que, a las órdenes de Hércules, habían realizado varios héroes griegos, para vengar la perfidia de Laomedonte, que, tras salvar Hércules a su hija Hesíone, se había negado a pagar al héroe su recompensa. De la participación de Telamón no tenemos noticia en Homero, pero sí en otras muchas fuentes tanto griegas como latinas, reseñadas en A. RUIZ DE ELVIRA , Mitología clásica , pág. 246; especialmente en OVIDIO , Met . XI 215-17 y 13, 23 —aquí en boca también de Áyax—. Posiblemente sea ésta la fuente del traductor de la Ilíada .
116 Cf. nota 86.
117 En ese momento, la balanza se inclina en contra de los griegos: para la interpretación de este difícil verso, véase HOMERO , Il . VIII 69-74: «entonces el padre de los dioses desplegó la áurea balanza y puso las dos parcas de la muerte (…), de los troyanos, (…) y aqueos (…). La cogió por el centro y la suspendió, y se inclinó el día fatal de los aqueos, cuyas parcas sobre la tierra (…) se posaron, mientras las de los troyanos subían al ancho cielo».
118 En el poema homérico, Teucro, excelente arquero, dispara sus flechas sobre los troyanos, mientras su hermano Áyax le protege cubriéndole con su escudo.
119 Uno de los hijos de Príamo.
120 Este asedio del campamento griego por los troyanos no responde a la situación descrita por HOMERO , donde estos muros son los de la ciudad de Troya: los guerreros troyanos, que han obligado a los griegos a protegerse en las trincheras, preparan el banquete para la cena, después de disponer sobre las murallas de la ciudad guardias y luminarias, en previsión de un ataque nocturno de los griegos (Il . VIII 505-510). El resumen latino, sin embargo, no parece cambiar de escenario, posiblemente, como señala SCAFFAI (cf. págs. 346-347 de su edición), por tener como modelo la descripción del campamento nocturno de los rútulos, en En . IX 159 ss.
121 Es decir, hijo de la diosa Tetis.
122 Después del v. 696, Vollmer establece una laguna que respeta Scaffai en su edición.
123 Dolón, hijo del heraldo troyano Eumedes.
124 Las aguas de los ríos infernales: Dite es otro nombre de Hades o Plutón, rey del mundo infernal.
125 Viento del sudeste; en poesía, viento en general.
126 Agamenón, en el poema homérico, no aparece en este momento; es un nuevo detalle de anacronismo «romano» presentar a Ulises y Diomedes como dos disciplinados soldados dando cuenta de su misión a su superior.
127 El hermano de Ifídamante es Coón, hijos de Anténor ambos; en el catálogo de las fuerzas troyanas (v. 237) se nombra a otros dos hijos de Anténor, Arquéloco y Acamante.
128 La formación de tortuga consiste en avanzar en formación apretada, haciendo una especie de bóveda con los escudos sobre las cabezas. El anacronismo de la narración del asalto de los troyanos al campamento griego, con técnicas de asedio romanas, es evidente; lo mismo puede decirse de la descripción del campamento griego que se hace en todo el poema.
129 Idomeneo; se trata de un gentilicio derivado de Rhytion , una de las ciudades cretenses que se enumeran en el canto 2 de la Ilíada .
130 Creo que se equivoca SCAFFAI (Baebii Italici …, pág. 366) cuando entiende que son las olas del mar, puesto que se lucha junto a las naves: no hay en todo el canto 13 del poema griego una sola referencia al agua; en concreto, en el episodio que aquí se resume, dice HOMERO (cf. Il . XIII 518-520) «acertó con la lanza a Ascálafo, hijo de Enialo. La robusta pica le traspasó el hombro, y cayó en el polvo, cogiendo la tierra con crispada mano». La expresión es paralela —como señala el italiano— a la más usual en el poema «sumergir en las sombras (sc . de la muerte)» —que es la lectura que ofrecen algunos códices y acepta Vollmer— y, por lo tanto, debería tener el mismo significado, «sumergir en las ondas (sc . de la muerte)», es decir, las aguas de los ríos infernales. Posiblemente tenga razón P. VENINI («A proposito…», pág. 238), cuando cree preferible la lectura sub umbras de algunos códices y elegida por Vollmer. Aun así, hemos preferido mantener el texto que edita Scaffai, aunque dejando en la traducción cierta ambigüedad.
131 De los 522 versos del canto homérico realmente se resumen solo los 135 últimos.
132 Es decir, troyana.
133 Pasaje especialmente difícil. No se incluyen en la traducción los versos 790 y 791 (cuyo contenido es incoherente con el contexto: el canto correspondiente del poema homérico empieza con la narración de la huida de los troyanos, atravesando el foso y poniéndose a salvo tras la empalizada). El v. 790 («con mayor coraje vuelven los troyanos a combatir a los aqueos») lo suprime Scaffai, mientras que lo mantienen las ediciones anteriores —aunque Vollmer lo coloca tras el 795—. El v. 791 («y reorganizan sus tropas; cede el ejército pelopeo») lo suprimen, desde Baehrens, todos los editores. La supresión del v. 790 resulta razonable por el hecho de que con ella se restablece la continuidad sintáctica, aparentemente interrumpida en 789. Pero esto mismo la hace a la vez dudosa, ya que consecuentemente el resumen del libro comenzaría a mitad de ese mismo verso, y no después de él, como indican todos los códices.
134 En la Ilíada , Héctor no despoja aquí el cadáver de Patroclo de las armas de Aquiles; sin embargo en el canto siguiente, el XVII, el héroe troyano roba estas armas a los griegos cuando las llevan al campamento y se viste con ellas; puede haber aquí, pues, una síntesis de estos dos episodios; en cualquier caso, el epíteto vulcania o es puramente ornamental o se trata de un lapsus del autor, pues estas primeras armas de Aquiles, como se dice en el canto XVII, el héroe las había heredado de su padre Peleo, al que se las habían regalado los dioses; Aquiles recibe las armas fabricadas por Vulcano en el canto XVIII, precisamente porque Héctor se ha adueñado de las suyas.
135 El canto XVII de la Ilíada es el que resume de manera más drástica el autor (761 versos reducidos a 3), omitiendo el largo y encarnizado combate que libran griegos y troyanos en tomo del cadáver de Patroclo.
136 Se trata de Antíloco, hijo de Néstor; en el texto homérico, Antílco se limita, obedeciendo órdenes de Menelao, a llevarle a Aquiles la noticia de la muerte de su compañero; son Menelao y Meríones, protegidos por los dos Áyax, los que, ya en el canto siguiente, llevan el cadáver a hombros hasta las naves griegas.
137 Es decir, con lágrimas; recuérdese que su madre Tetis, es diosa de las aguas.
138 Este verso repite literalmente el v. 30, referido este al final del llanto de Crises en el templo de Febo. El paralelismo entre los dos pasajes es evidente: tras el v. 30, Crises dirige unas palabras de súplica a Apolo, como aquí Aquiles a Tetis; antes se ha descrito el duelo de los dos personajes en los mismos términos: el primer hemistiquio del verso 845 (unguibus ora secat , en el texto latino), se repite con una ligera variación, impuesta por la métrica, en el segundo hemistiquio del v. 28 del episodio de Crises (secat unguibus ora) ; y por último se repite también, aunque con la variación lógica debida a la diferencia de edad de los protagonistas, y el consecuente contraste, la referencia a la acción de mesarse los cabellos (cf. v. 845 con v. 29). Respecto de los versos 845-846, cf. más adelante, en la descripción del duelo de Hécuba y Andrómaca, los vv. 1017-1018.
139 Homero sitúa el taller de Hefesto en el Olimpo; el autor latino cambia el escenario, trasladando las fraguas de Vulcano al Etna, de acuerdo con una larga tradición literaria (ya así en Eurípides y Calímaco), pero influido sobre todo por el pasaje paralelo del libro VIII de la Eneida , en que Virgilio describe el escudo de Eneas (para la ubicación en el Etna, concretamente, versos 416-422). El nombre Mulcíbero, «el que golpea» o bien «el que ablanda» (en latín Mulcĭber : podría venir de mulcāre , «golpear», o más verosímilmente de mulcēre , «ablandar)), aplicado a Vulcano, aparece, por ejemplo, en OVIDIO , Met . II 5; el epíteto Ignipotente o «Señor del Fuego», ya empleado en el v. 106, es con el que Virgilio se refiere a Vulcano, en el pasaje citado.
140 En Homero, la descripción del escudo de Aquiles es simultánea a su fabricación; aquí, en cambio, el escudo se describe, cuando ya Tetis se lo ha entregado a Aquiles, a través de la mirada de éste; de la misma forma que en la Eneida Virgilio describe el escudo de Eneas cuando su madre Venus se lo ha entregado, y también a través de la mirada del héroe; sin duda, el autor de la Ilíada Latina tiene presente el episodio virgiliano, además del homérico. En cuanto a lo que en el escudo se representa, se sigue, naturalmente, el modelo homérico —pues en Virgilio, es la historia futura de Roma lo que se ha representado—, pero sirviéndose de la descripción que de los relieves del templo del Sol, cincelados también por Vulcano, hace OVIDIO en Metamorfosis II 5-17.
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