Kitabı oku: «Las calles»

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© LOM ediciones Primera edición, diciembre 2019 Impreso en 1.000 ejemplares ISBN impreso: 978-956-00-1234-0 ISBN digital: 978-956-00-1234-0 Todas las publicaciones del área de Ciencias Sociales y Humanas de LOM ediciones han sido sometidas a referato externo. Edición, diseño y diagramación LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 68 00 lom@lom.cl | www.lom.cl Registro: 412.019 Diseño de Colección Estudio Navaja Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile

Índice

  Introducción

  Capítulo 1 Calles divididas: lo común y el anonimato en Santiago de Chile

  Capítulo 2 La calle y las experiencias de la desigualdad

  Capítulo 3 El barrio alto

  Capítulo 4 La pobla

  Capítulo 5 El Metro

  Capítulo 6 La mirada y la calle: sobre el ser y sentirse mirado (en menos)

  Capítulo 7 Santiago y las mujeres jóvenes: del acoso callejero al goce en la ciudad

  Capítulo 8 Sin prisa en la ciudad: la experiencia de las adultas mayores de sectores populares

  Capítulo 9 Trabajar (en) la calle. Experiencia de comerciantes ambulantes en el centro de Santiago

  Capítulo 10 Migrantes: estrategias de apropiación del espacio en el barrio Matadero-Franklin

  Bibliografía

Introducción

Kathya Araujo

El ámbito de las interacciones ordinarias y cotidianas es un surtidor de primer orden de las experiencias sociales a partir de las cuales adquiere forma nuestro saber sobre lo social y nuestro saber-hacer en él, saberes que van a influir decididamente en las maneras en que percibimos lo social, nos orientamos en él, nos presentamos ante los otros, enjuiciamos nuestra sociedad o nos vinculamos (o no) al colectivo (Araujo 2009a). La importancia del ámbito de las interacciones ordinarias en el caso de Chile no puede ser considerada como una novedad, pues la esfera de las sociabilidades ha resultado siempre extremadamente significativa para definir los contornos de la vida social en las sociedades latinoamericanas de las que hace parte el país. Sin embargo, no cabe duda que las transformaciones de las últimas décadas, muchas de carácter global pero todas con textura local, han aumentado esta relevancia. La pluralización normativa y valórica, el debilitamiento del poder de las instituciones que históricamente tutelaron la población (la iglesia católica o la escuela, para mencionar dos), el aumento de las pretensiones de individualización y singularización de los individuos, las transformaciones de las asimetrías de poder y de las modalidades sociales de su gestión, la desconfianza institucional, entre otros factores, han aportado al peso que han adquirido las experiencias ordinarias y cotidianas de interacción con los otros y con las instituciones para la manera en que se habita lo social. Ante la confusa multiplicidad de versiones en circulación sobre lo que acontece en la sociedad o de la distancia descreída de las personas con las versiones oficiales, las experiencias en las interacciones ordinarias se constituyen hoy más que nunca en la materia prima principal a partir de la cual las personas tienden a producir el saber sobre la sociedad en la que viven. Es desde este saber que van a definirse sus trayectos, prácticas o posiciones, los que a fin de cuentas son los hilos desde los cuales se produce la vida social. Las experiencias corrientes, cotidianas, comunes, no son, pues, inocuas. Al contrario. El ámbito de las interacciones es hoy, por lo tanto, una dimensión destacada, la que al mismo tiempo que es particularmente expresiva de los rasgos estructurales de la sociedad, se constituye en la fábrica misma del entramado que adquiere ésta y sus derroteros.

Desde una perspectiva como la descrita, entonces, es fácil colegir que las interacciones cotidianas se revelan como un campo no sólo de conocimiento sino también de acción privilegiado para las tareas de democratización social indispensables para la sociedad chilena. Es en este ámbito donde se juega prioritariamente el destino de la recomposición de los principios de convivencia en los que se encuentra embarcada esta sociedad desde hace algunas décadas, como lo han mostrado estudios anteriores1. Finalmente, es en este ámbito donde se juega de manera importante la cualidad y el vigor del lazo social, esto es, la textura del enlazamiento entre los miembros de una sociedad, la que da cuenta de la modalidad en que se produce el colectivo. Resulta pues evidente que una intervención tal como es requerida para democratizar las relaciones sociales en nuestra sociedad sólo será factible en la medida en que, para empezar y de la manera más detallada posible, se puedan reconstruir y comprender las lógicas y mecanismos que gobiernan estas interacciones en las diferentes esferas en que ellas se despliegan. Este libro surge de esta convicción y pretende hacer una contribución a esta tarea. Intenta aportar a este empeño enfocándose, a partir de resultados de investigación empírica, en el estudio de uno de los dominios sociales menos investigados pero paradójicamente más relevantes a este respecto: la calle.

La calle

En su apasionado y vigoroso libro Muerte y Vida de las grandes ciudades (Jacobs, 2011), Jane Jacobs sostenía que las calles eran los órganos más vitales de una ciudad. Jacobs entiende que las calles no son sitios como tampoco extensiones, sino que en ellas se despliega un orden completo que se compone de movimiento y cambio, un ballet tan afinado como milagroso dado su carácter improvisado. Las calles ejecutan funciones, pues en ellas se despliegan lógicas de apropiación, modalidades de empleo, reglas de interacción, principios morales. Pero además, y esto es esencial, las calles, señalaba la autora, cumplen su papel de savia porque ellas son espacios de intercambio; porque son el escenario de la mixtura que está en la base de la vitalidad de la existencia urbana; porque son espacios para los aprendizajes de la civilidad y responsabilidad colectiva así como para la construcción de las confianzas en la distancia; y porque, en definitiva, son fuente de los lazos que permiten mantener cuidados y seguros a sus habitantes. Por supuesto, aunque la capacidad de cumplir todas estas tareas está en ellas potencialmente, no cualquier calle es capaz de encarnar estas bondades. Existen calles que cuidan y calles que amenazan; calles habitadas y calles desertificadas; calles que repelen y calles que acogen. Pero, sea cual fuere el caso y más allá de las diferencias, lo esencial para nuestro argumento es que las calles son siempre extremadamente ricas fuentes experienciales formativas de la vida social. La calle es un escenario privilegiado de nuestra vida cotidiana y ordinaria, y nuestra vida cotidiana es un surtidor de experiencias sumamente importante para entender lo social, como diversos autores lo han subrayado desde posiciones teóricas muy diferentes (Goffman, 2001; Schutz y Luckmann, 2003).

La calle, más allá de las modalidades y razones por las cuales se las transite o habite temporalmente (para actividades necesarias, opcionales, individuales o colectivas), permite satisfacer una necesidad básica y fundadora de la vida social, que es la necesidad de contacto de los seres humanos (Gehl, 1987), la que está en la base de la disposición de las personas a responder a las exigencias que les pone la sociabilidad (Goffman, 2007). En ella se condensa esa dimensión de la sociabilidad que, como ha discutido tempranamente Simmel, tiene su motor en la experiencia de placer y satisfacción primaria que de ella se extrae (Simmel, 1949). Es decir, en primer lugar la calle contiene una –aunque muchas veces irracional y pocas veces aprehensible no por ello menos perceptible– significación libidinal. Es la experiencia del placer contenido en sentarse en una banca en el parque en un día luminoso y cálido para ver pasar a las personas, aquel de detenerse ante unos cómicos callejeros, o, más simplemente, el de caminar entre otros absorbiendo la energía de la ciudad… y, claro, también su reverso.

En la calle, de otro lado, la ciudad se manifiesta y la vida social se expresa en su complejidad y en su corporalidad. Desde esta vertiente expresiva, la calle cumple funciones diversas, no sólo de esparcimiento sino también informativas y simbólicas (Lefebvre, 2003). En ella se hacen visibles los límites, las prohibiciones, las constricciones, al mismo tiempo que se despliegan prácticas singulares y plurales, ilegítimas y prolíficas (Certeau, 2000). En la calle se expresan, por poner sólo algunos ejemplos, las concepciones de lo bello o de lo solemne que priman en sus habitantes; las maneras en que se consideran unos a otros, si tienden puentes que los unan o murallas que los separen, o si aman los interiores o gozan de los exteriores; la repartición de los privilegios en esa sociedad.

Pero esa capacidad expresiva no conduce, ni debe conducir, a una visión estática de la calle. Lejos de ser un ente cristalizado, la calle es, en tercer lugar, laboratorio y fábrica de lo social. Este carácter se explica no sólo por su condición de flujo o su cualidad emergente, sino además porque en tanto espacio social ella no puede ser entendida sino como el resultado de un trabajo constante de producción. En cuanto espacio social, en ella se conjugan, como lo ha indicado con precisión Lefebvre (2013), representaciones del espacio (un saber constituido mezcla de conocimiento e ideología a partir del cual se imagina e interviene el espacio), espacios de representación (allí donde prima lo vivido, la pasión, la acción, la dimensión cualitativa, dinámica y fluida) y prácticas del espacio. La calle es el espacio privilegiado del encuentro con los otros y del despliegue de las interacciones que son constitutivas de la vida social. En breve, la calle es probablemente uno de los escenarios más ricos en los que ante nuestros ojos se desarrolla el espectáculo de lo social en operación. O, para tomar la feliz formulación de Delgado, allí donde nos es dado percibir y experimentar a «la máquina societaria sorprendida, de pronto, con las manos en la masa» (en Jacobs, 2011: 21).

De este modo, gracias a su significación libidinal, a su capacidad expresiva y a su carácter de fábrica y laboratorio de lo social, la calle, surtidora incansable de experiencias sociales, es probablemente uno de los espacios, sino el espacio más destacado de generación de saber sobre lo social y sobre la vida en común. Es una fuente de extraordinaria riqueza de aquel saber que interviene de manera decidida en los modos que toma nuestro «habitar lo social» (Araujo, 2009a).

Pero esta importancia se redobla si se tiene en cuenta que la calle está vinculada con la expectativa de ser el escenario privilegiado del mundo público. Si es cierto que lo privado y lo íntimo son tan sociales como la calle, pues ellos están tan impregnados de sus lógicas como ella, lo cierto es que en la imaginería individual y colectiva de nuestros tiempos la calle aún continúa siendo el epítome de la vida social. Lo es ya sea porque es el espacio de encuentro con los extraños, porque es concebida como un bien común, porque sus usos se reglamentan de forma diferencial respecto de aquellos que rigen los privados, o porque su densidad de acontecimientos y presencias resuena con la complejidad que se atribuye a la idea de sociedad. Sea cual fuere la razón, lo cierto es que la calle constituye un espacio que de manera privilegiada sirve como analogía de la vida social en su conjunto.

Todo lo anterior hace de la calle el espacio más común de los espacios comunes, un escenario especialmente destacado para el análisis de la sociedad.

El libro

Este libro tiene como objeto a las calles, entendiendo a estas como espacios urbanos comunes, espacios de acceso, uso y producción compartidos, constituidos por un conjunto de condicionantes materiales, fórmulas normativas, interacciones y sociabilidades. Un mundo de costumbres, cortesías, prácticas inter-relacionales, de encuentros aleatorios u organizados (Hénaff, 2016: 84). Zonas en general sustraídas a los derechos de la propiedad privada aunque puedan eventualmente ser resultado de emprendimientos privados (Schlack, 2015), y las que implican usos, experiencias y producciones comunes y simultáneas por parte de diferentes actores2.

Este libro se interesa por las calles de Santiago porque en ellas los individuos que las pueblan se topan con experiencias que van a influir de manera decisiva en dar contorno a la imagen de la sociedad en la que viven y, en consecuencia, a sus propias orientaciones y acciones en ellas. En esa medida se acerca a las interacciones, experiencias y estrategias que los individuos tienen al momento de poblar y transitar la calle, produciéndola y siendo producidos por ella, y a la forma y medida en que ello aporta a entender a la sociedad chilena actual: sus conflictos, sus heridas, sus lazos, sus lógicas. En un movimiento doble se busca indagar la manera en que los rasgos de la condición histórica actual se expresan en las calles, al mismo tiempo que establecer lo que la calle, a través de las experiencias que ella entrega, aporta a las formas en que se perfilan tanto las relaciones sociales como los individuos.

Este texto habla de las calles de Santiago desde ángulos distintos, pero con una misma sensibilidad. No sólo una misma sensibilidad teórica acerca del modo en que debemos entender la noción de calle y el peso de la experiencia en la vida social para el destino del lazo social y político, como lo hemos discutido, sino que el libro está atravesado por una preocupación por el destino de la experiencia de lo común en ella, y de la calle como espacio igualitario en Santiago de Chile. Por esa razón, los dos primeros capítulos tienen como objetivo acercarse a estos fenómenos en las calles (en el Metro, los barrios o en los trayectos de los viandantes), estableciendo conceptualmente los puntos de partida para abordar nuestro objeto de estudio, así como situando globalmente a la ciudad y a la sociedad en las que nuestros análisis se han desarrollado.

Ellos dan inicio a un recorrido por la ciudad que se prolonga con dos capítulos que en tensión uno con otro ponen en escena dos espacios antagónicos, dos Santiagos que coexisten pero que difícilmente se tocan. Por un lado, el llamado «barrio alto», la denominación usada por los santiaguinos y santiaguinas para definir a los barrios más pudientes, visto a través de una mirada que viniendo de la periferia de la capital se enfrenta por primera vez a una de las zonas más ricas de la ciudad. Por el otro, una población marginal al sur de la ciudad, conducidos esta vez de la mano de alguien que vuelve, ahora como observadora, a la población en la que vivió mucho tiempo.

Los siguientes capítulos se concentran en las circulaciones y dos de sus vehículos: el Metro y la mirada. A pesar de su aparente distancia, no sólo de objeto sino de tono –uno basado en un trabajo más etnográfico, el otro más categorial–, ambos tienen en común el ofrecer un análisis de lo que se juega en las circulaciones como experiencia y como intercambio, con todas sus ambigüedades y ambivalencias, para los transeúntes. Ambos, al mismo tiempo, se detienen o revelan la manera en que estas experiencias son expresivas de los conflictos y procesos que atraviesan la sociedad chilena hoy.

Los capítulos 7 y 8 se concentran en la especificidad de la significación que tiene la calle, así como en las maneras particulares en que las habitan dos específicos actores sociales. Siguiendo sus trayectos e indagando sus versiones sobre la calle, las valencias, los desafíos que enfrentan y las fórmulas para enfrentarlos, son dos las figuras analizadas en esta sección: la figura de las jóvenes universitarias y la, casi antagónica, de las mujeres adultas mayores pertenecientes a sectores populares.

El libro se cierra con un último conjunto de capítulos orientados a desentrañar la relación con la calle y los efectos para la calle de quienes la ocupan para trabajar en ellas. Con una especial sensibilidad por el hecho de que las calles son entes orgánicos maleables producidas al calor de los modos en que son habitadas por actores con historias propias, dos figuras son las protagonistas en estas contribuciones: la figura móvil pero ampliamente presente de los comerciantes ambulantes en el centro de Santiago y aquella de los inmigrantes (peruanos, dominicanos, haitianos) en una de las zonas comerciales más tradicionales de la ciudad: el barrio Matadero de Franklin.

Este libro es una invitación a recorrer con nosotros las calles de Santiago. Esta invitación es a un recorrido necesariamente incompleto, inevitablemente parcial, lo sabemos, pero está movida por la voluntad de presentar las calles desde la perspectiva de sus cualidades particulares y lo que ellas aportan para construir la imagen de un Santiago caleidoscópico. De interrogar el multifacético universo de las calles santiaguinas para echar luz, simultáneamente, sobre la singularidad de los trayectos, las sociabilidades, los personajes y las interacciones que las trazan; sobre las maneras violentas, gozosas, retraídas o expansivas de habitarlas; pero, también, sobre lo que transversalmente las afecta: fenómenos estructurales y relacionales que trastocan la experiencia de lo común; fórmulas coercitivas que amenazan la libertad en su tránsito; fenómenos de desigualdad en las interacciones que socavan las relaciones sociales y el enlazamiento social.

Este libro es un híbrido. Construido y producido con la misma expectativa de unidad y plan de escritura como lo sería un libro de autor, responde sin embargo a responsabilidades autorales individuales en cada uno de los capítulos. El «aire de familia» que lo recorre, parafraseando a Monsiváis, tiene dos fuentes. Por un lado, un largo y denso proceso de discusión e intercambio teórico y analítico que se inició en 2016 y se prolongó hasta finales de 2018, y que tuvo como foco principal la producción de este trabajo. En él y de manera decidida se involucró el equipo de investigación que sostiene este trabajo con una confianza y un entusiasmo por este proyecto, primero intelectual y luego editorial, que me es indispensable reconocer y agradecer profundamente.

Por otro lado, el parecido de familia reside en que todos los textos cuentan como base troncal con los resultados de una investigación que bajo mi dirección se desarrolló a lo largo de 2016, en la que, en diferentes funciones, participaron todos los autores y autoras de los capítulos de este libro.

La investigación, cuyos resultados son transversales a este texto, estuvo destinada a aprehender los modos concretos que las personas despliegan cotidianamente para habitar la calle3. El trabajo de terreno se desarrolló exclusivamente en el Gran Santiago y se organizó por medio de dos modalidades de trabajo etnográfico: una basada en la observación participante y la otra en la técnica que denominamos observación participante de segundo orden.

La observación participante tuvo como fin rastrear las interacciones sociales cotidianas en la calle. Se focalizó en cinco áreas: parques, barrios comerciales y bohemios, transporte público (Metro y buses), avenidas y ejes de confluencia. Un grupo de seis observadores y observadoras se enfocó cada cual en un tipo de área por un periodo regular de seis semanas, con tres registros semanales de tres horas de duración aproximada en cada tipo de espacio asignado. Se realizaron 108 observaciones participantes en total. La información recopilada fue registrada por cada observador u observadora en cuadernos de campo, fotografías y grabaciones de audio. Ella, a su vez, fue sistematizada a partir de tres dimensiones generales: espacio, actores e interacciones.

La observación participante de segundo orden combinó las técnicas de observación participante y de entrevista en profundidad, buscando relevar el punto de vista de los actores sobre la calle y sus interacciones. Todas las personas convocadas para realizar las observaciones (en lo que sigue actores-informantes) desempeñaban su actividad laboral en la calle. El grupo A estuvo formado por individuos cuya actividad se desarrollaba en puntos fijos (del tipo vendedores de kiosco, lustrabotas, etc.). El grupo B estuvo constituido por personas cuyas actividades los obligaban a desplazarse a diario por diferentes zonas de la ciudad (taxistas, vendedores ambulantes u otros). A todos ellos se les solicitó registrar durante cuatro semanas sus observaciones en las calles. El material recopilado fue registrado en sus respectivos cuadernos de campo. Cada semana, cada actor-informante fue visitado y entrevistado por un miembro del equipo de investigación. Las entrevistas fueron grabadas, transcritas y posteriormente analizadas. Aunque se consideraron ocho actores-informantes, una de las personas abandonó el estudio, por lo que se culminaron siete procesos que sumaron en total 28 entrevistas.

Más allá de este tronco empírico común, muchos de los capítulos han sido realizados contando para ello con los resultados de procedimientos metodológicos o estudios adicionales y específicos al problema que han pretendido abordar. Estos son detallados, cuando es el caso, en los capítulos correspondientes. Finalmente, aunque cada capítulo es responsabilidad exclusiva de quien lo firma, todos los textos se han beneficiado en su desarrollo de varias y atentas lecturas, así como de los comentarios generosos y críticos de todos los otros autores o autoras.

En virtud del trayecto efectuado y las decisiones tomadas, resulta evidente que esta publicación no es una simple colección de artículos. Su hibridez permite, ciertamente, que cada capítulo pueda ser leído independientemente. Sin embargo, y al mismo tiempo, está justificado hacer la advertencia de que cada uno de ellos cobra todo su valor sólo a partir de su resonancia con el resto.

Toca al lector o lectora decidir sobre su modo de uso4.

1 Ver: Araujo, 2009a y 2016a; Araujo y Martuccelli, 2012.

2 Desde esta perspectiva, la calle incluye no sólo las arterias de la ciudad sino también puede comprender transportes públicos, plazas, parques, andenes del Metro, pasarelas, entre otros.

3 Además de los autores comprendidos en este libro, participaron Daniel Ruiz y Nelson Beyer, quienes por distintas razones no pudieron formar parte de él. Nuestro agradecimiento a su trabajo.

4 Una parte importante del trabajo de campo sobre el que se sostiene este libro contó con el auspicio del PNUD-Chile, en el contexto de la realización de un informe sobre la calle y las desigualdades interaccionales (Araujo, 2016b). Estoy muy reconocida por el apoyo y la confianza recibida para hacer este encargo, así como por la autorización para el uso de este material. El trabajo de campo fue, en varios casos, ampliado posteriormente y el material re-trabajado en función del objetivo de este libro. Por lo mismo, este texto se ha beneficiado del apoyo de la Iniciativa Científica Milenio del Ministerio de Economía, Fomento y Turismo de Chile, adjudicado al Centro Núcleo Milenio Autoridad y Asimetrías de Poder, en donde intentamos pensar las asimetrías de poder y su gestión en la sociedad chilena actual. También se ha nutrido de los avances realizados en el marco del Proyecto Fondecyt 1180338 «Problematizaciones del Individualismo en América del Sur», en particular en lo que en él se desarrolla respecto a las maneras en que el individualismo se expresa hoy en nuestras sociedades.

Capítulo 1 Calles divididas: lo común y el anonimato en Santiago de Chile

Kathya Araujo5

La importancia de la calle para pensar e influir en los destinos de la vida social en las llamadas sociedades urbanas no ha dejado de ser subrayada por diferentes autores desde hace ya varias décadas (Lefebvre, 2013; Gehl, 1987; Jacobs, 2011; Delgado, 2007). Lo que subyace es la convicción de que la calle es el espacio más distinguido del entrecruzamiento entre dos niveles, polis y urbs, para apelar a la célebre distinción de Lefebvre. Es decir que la calle, aparte de exhibir el orden de la construcción, materialidad y normatividad aportadas por el trabajo humano, pone en escena ese dominio esencial que es el de las relaciones e interacciones sociales que se despliegan en el espacio. Las calles no están vacías. Ellas deben llamar nuestra atención, según todas estas lecturas, porque constituyen el verdadero nodo central de la vida social urbana. Porque ellas, además, son el centro de la experiencia de los individuos. Un rasgo que desde las ciencias sociales y humanas fue bien visto muy tempranamente, como es puesto en evidencia por los trabajos de Simmel o los aportes de Walter Benjamin.

Este capítulo parte del reconocimiento de esta importancia. A partir de los resultados de dos estudios empíricos6, se centra en el análisis de las experiencias que provee la calle en la ciudad de Santiago de Chile, tomando en cuenta el contexto mayor de la condición histórica en la que se ubica: su morfología y los sujetos que la habitan. La tesis que se defenderá en lo que sigue es que los rasgos de fragmentación y segregación que caracterizan la morfología de la ciudad se acompañan, por un lado, de representaciones de una ciudad dividida y, por otro pero en consonancia, de prácticas segregacionistas y auto-segregacionistas por parte de los propios individuos. En virtud de lo anterior, la calle en Santiago constituye un afluente principal de experiencias que ponen en entredicho dos de los principios considerados normativamente como constitutivos de la calle y lo urbano en general: la idea de lo común y la dimensión del anonimato.

Para argumentar la tesis presentada, el desarrollo se divide en cuatro partes. La primera está destinada a establecer la perspectiva analítica sobre la que nos apoyamos en este trabajo, así como a revisar brevemente las transformaciones urbanas y el carácter de la ciudad de Santiago en la actualidad, para construir la relación entre esta morfología estructural y la trama dramática y los rasgos históricos de los sujetos que habitan las calles de Santiago en un momento como el actual. En la segunda parte se analizan las formas prevalentes de representación de la ciudad como dividida y las prácticas (auto) segregacionistas que la acompañan. En la tercera parte, el texto se detiene en las consecuencias de esta representación para la concepción de lo común y la posibilidad de encarnar al anónimo en ellas. Al terminar se incluye un breve apartado de reflexiones a modo de conclusión.

Perspectiva analítica: bases conceptuales y condicionantes históricas

Una de las razones centrales de la significación que tiene el acontecer en la calle para la vida social es que se trata del espacio más público, o común, de entre todos los urbanos, cuestión en la que coinciden diferentes autores (Hénaff, 2016; Jacobs, 2011; Delgado, 2007; Lefebvre, 2003; Weber, 1964). Si la calle es una fuente privilegiada de experiencias sobre lo que es la vida social, la convivencia y la sociedad misma, es necesario subrayar todavía más precisamente que lo es porque ella constituye el corazón de nuestra experiencia de lo público. Desde su concepción abstracta y normativa, ella es concebida, en el marco de sociedades modernas y urbanas con pretensiones igualitarias, a partir, al menos, de tres grandes rasgos.

Primero, como un bien común. En esta medida ella es capaz de acoger una alta magnitud de diversidad, un conjunto de copresencias que se despliegan en este espacio, o deberían hacerlo, en condiciones similares de uso y disfrute. El espacio común, como lo ha llamado Hénaff en su discusión contra la noción de espacio público y cuya expresión emblemática sería la calle, no estaría simplemente entre los términos público y privado sino que constituiría una esfera particular. Un mundo común de costumbres, cortesías, prácticas interrelacionales, de encuentros aleatorios u organizados (Hénaff, 2016: 84), el que se caracterizaría por una ausencia de regímenes de propiedad reales o imaginados (Delgado, 2007).

Segundo. Como ha sido señalado muy tempranamente en el debate, la calle, en cuanto parte del espacio público o común, ha tendido a incluir la cuestión del anonimato, como lo muestran bien, por ejemplo, los canónicos textos de Walter Benjamin. Esto supone, de un lado, que ella es el lugar en donde cada cual es arrancado de su grupo moral (la casa – la familia) y es arrojado a los «códigos impersonales del tránsito, del municipio y del Estado» (DaMatta, 2002: 129), pero, también, que es un espacio en donde el establecimiento del contacto con los otros es, al menos idealmente, voluntario (Simmel, 2001; Weber, 1964). Ella implica interacciones entre personas que no necesariamente tienen una relación cercana de conocimiento y filiación. Es un lugar privilegiado para el encuentro y la experiencia de la alteridad y, por lo tanto, implica prácticas y fórmulas de protección del derecho al anonimato (Stavrides, 2016; Delgado, 2007; Goffman, 1979).

Tercero, y en virtud de lo anterior, ella sería el espacio de despliegue más importante de la condición de igualdad de los miembros de una comunidad. Este es un aspecto que han desarrollado especialmente aquellos que han hecho uso de la noción de espacio público, como Habermas, quienes en descendencia directa de la tradición griega han concebido las calles, metafóricamente, como lugares de reunión, medios de comunicación o formas de asociación a través de las cuales actores sociales, individuales o colectivos ejercen su racionalidad deliberativa ilustrada o defienden sus derechos.

Es precisamente partiendo de estas consideraciones teóricas que nos proponemos en lo que sigue reflexionar sobre la calle en Santiago hoy, concentrándonos en este capítulo en los dos primeros rasgos, lo común y el anonimato, para luego, en el siguiente capítulo, abordar el tercer rasgo, la igualdad. Ahora bien, dado que la calle no puede ser pensada fuera de los contornos de la ciudad y los habitantes en la que se inscribe, y esa ciudad y habitantes no pueden, a su vez, ser entendidos fuera de los efectos que en ellos producen los procesos sociohistóricos de tipo estructural, nos detendremos en estos aspectos en el apartado siguiente.

Santiago: la ciudad y sus habitantes

Los estudios sobre la ciudad de Santiago han subrayado tres grandes procesos que se han acentuado de manera importante en las últimas décadas y que afectan su morfología y sus dinámicas: dispersión, fragmentación y segregación7. La dispersión de la ciudad, el crecimiento centrífugo del hábitat respecto del núcleo de la ciudad, no sólo implica un uso desmesurado e ineficiente del suelo (Heinrichs, Nuissl y Rodríguez, 2009), sino que plantea preguntas respecto a la viabilidad urbana. Al mismo tiempo interviene en las exigencias que los habitantes deben enfrentar en términos de movilidad, conexión e integración, ya sea en las modalidades propias de los sectores de mayores recursos o de los de menores recursos, o, para hacer una paráfrasis, propias del modo precariópolis o privatópolis (Hidalgo et al., 2008).

La fragmentación, la tendencia a constituirse a partir de fragmentos relativamente autónomos y espacialmente aislados, ha fortalecido las distancias entre grupos, generando especies de universos paralelos; ha producido obstáculos a la unificación del espacio urbano y se ha vinculado, además, con la potencia que cobran los especialmente erosivos procesos de segregación residencial (Jirón y Mansilla, 2014).

La segregación residencial, la tendencia de un grupo a agruparse en ciertas áreas generando zonas tendencialmente, pero no necesariamente, homogéneas poblacionalmente, se manifiesta en dos modalidades, con una tendencia al retroceso de la primera y un aumento de la segunda. La primera, una segregación residencial en una escala espacial grande, distinguida por una concentración de la población más rica en unas cuantas comunas al Oriente de la ciudad, y de la más pobre en zonas periféricas. La segunda, una segregación en escala espacial reducida, que indica la presencia de unidades residenciales de clases más pudientes cerca de zonas de residencia más pobres, especialmente impulsada por la construcción de las llamadas gated communities (Sabatini y Cáceres, ٢٠٠٤). Se han ido generando así crecientes incrustaciones de áreas de riqueza en zonas pobres, las que se incorporan en estos espacios desde una estricta clausura respecto a su entorno, protegidas de éste por muros u otros sistemas de seguridad, un proceso que ha sido leído como expresión de la pervivencia (y reverdecimiento en Santiago) de una larga tradición en la ciudad latinoamericana (Borsdorf, 2004). A pesar de que algunos han tendido a sostener que esta segregación podría ser considerada como moderada y más bien estable (Rodríguez, 2001), la tendencia ha sido a considerar, en general, que el desarrollo de Santiago comporta riesgos importantes y es caldo de cultivo de fenómenos preocupantes, dados los efectos perniciosos para la integración social en la ciudad y la calidad de vida, visibles, por ejemplo, en las altas exigencias de traslado y escasas o difíciles opciones de movilidad para los sectores más pobres de la sociedad. Se trata, en efecto, de una concentración poblacional según la condición socioeconómica, lo que agrava las pérdidas de oportunidades laborales en las poblaciones más pobres, aumenta la informalidad, los problemas de seguridad ciudadana, y el acceso y disfrute de infraestructura adecuada (Sabatini y Wormald, 2005).

Los perfiles que ha tomado Santiago en las últimas décadas han sido vinculados con la instalación del neoliberalismo, un conjunto de medidas económicas (privatizaciones, liberalización económica, desregulación, subsidiariedad del Estado, apertura a la competencia internacional, flexibilidad laboral, entre otras) que se transformaron gradualmente en un modelo. Como ha sido ampliamente discutido, en virtud de las dinámicas, concepciones y relaciones de poder producidas por este modelo, las intervenciones sobre el espacio urbano, un espacio de acción concedido a iniciativas privadas como también estatales, se han realizado a partir de una perspectiva que privilegia el valor de cambio sobre el valor de uso. Santiago aparece, desde aquí, como un espacio sometido, para tomar las nociones acuñadas por Harvey desde su particular punto de vista marxista, por un «nuevo imperialismo», cuyo mecanismo más penetrante es el de la «acumulación por desposesión» (Harvey, 2004). Lo anterior en el marco de una globalización que por medio de la constitución de las ciudades como competidoras de recursos, la alianza convergente entre capital financiero y capital inmobiliario (De Mattos, 2007), y la aquiescencia del Estado respecto a estas lógicas (Hidalgo, 2007) ha conducido al debilitamiento de la planificación normativa y a la desregulación progresiva de la gestión urbana, en favor de una cada vez mayor preeminencia del mercado para la definición de los usos del suelo y otras decisiones urbanas (De Mattos, 2004).

Pero la ciudad no es la calle. Y si una perspectiva principalmente económica puede ser quizás y eventualmente suficiente para explicar las transformaciones de la ciudad, acercarse a la calle, en cuanto dimensión urbana constituida por el conjunto de relaciones, interacciones y flujos que en ella se despliegan, requiere una mirada un poco más detallada sobre la condición histórica actual en Chile. La calle, que es la exponente más destacada de la urbs y de la polis, no puede ser comprendida aislada de los sujetos que la habitan y de la trama dramática que los atraviesa a ellos y sus relaciones. Ellos son el material del que está hecha; ella es el continente orgánico (transformable, maleable) donde ellos se despliegan.

En los últimos años los resultados de investigación en ciencias sociales han puesto en relieve que el neoliberalismo, más allá de un mero modelo económico, debe considerarse como un proyecto societal con ambición fundacional que impulsó una nueva matriz sociopolítica (Garretón, 2012). Éste impactó en las formas que adquirieron los desafíos estructurales de la vida social, al mismo tiempo que promovió, sin alcanzarlo plenamente, la producción de nuevos tipos de individuos en consonancia con la imagen de una sociedad perfectamente móvil y competitiva de propietarios y consumidores, sostenidos en el propio esfuerzo y responsabilidad (Araujo y Martuccelli, 2012; Moulian, 1998).

En segundo lugar, lo que este debate muestra es que si es cierto que el neoliberalismo es un factor relevante para entender la condición histórica de la sociedad chilena actual, y por tanto de la ciudad y en última instancia de sus calles, no es el único que ha obrado. En efecto, no puede considerarse en absoluto que el modelo neoliberal se haya cristalizado en la sociedad chilena8 y ello en buena medida porque no ha sido el único proceso de índole estructural en ella. Junto con este proceso, el empuje a la democratización de las relaciones sociales ha participado en darles forma a las relaciones y la vida social. Un proceso que se asocia, como ha sido desarrollado no sólo para Chile sino para la región, con procesos de ciudadanización a gran escala, lo que puede considerarse como un nuevo momento de la igualdad como oferta ideal social, y con la entronización del derecho como principio normativo en las últimas décadas (Domingues, 2009; Vargas, 2008). El empuje a la democratización de las relaciones sociales ha tenido efectos relevantes en las instituciones, principios normativos ideales y expectativas en las personas respecto de lo que deben recibir y en particular del trato que deben aceptar en las interacciones con las instituciones y los otros, aunque sus prácticas no necesariamente sean consonantes con ello. De manera central, como resultado de esta transformación de las expectativas relacionales, se han puesto en cuestión los principios y las dinámicas de la convivencia que gobernaron, y aún gobiernan, a una sociedad caracterizada, históricamente, por su carácter jerárquico y verticalista, protectora de privilegios naturalizados en razón de pertenencia de clase, principalmente, y con una estrategia autoritaria y tutelar en la relación entre sus instituciones principales y los individuos9. Con ello se ha dado inicio a un proceso, aún inacabado y de incierto destino, de recomposición de los principios y lógicas que gobiernan las relaciones sociales, y, de manera específica, la convivencia (Araujo, 2013).

Son varios los efectos concretos sobre los principios de la convivencia de estos dos empujes, democratizante y neoliberal. Dos direcciones en estos cambios aparecen como especialmente relevantes para nuestro argumento. Por un lado nos encontramos frente al surgimiento de fuertes y nuevas expectativas respecto a los principios que deben ordenar las prácticas de convivencia10. Ha surgido la expectativa de ser tratados de manera horizontal en las interacciones cotidianas; el mérito ha adquirido una importancia singular como criterio de justicia; se han reducido notablemente los umbrales de tolerancia a los abusos y a la discriminación; se han modificado las exigencias para el ejercicio de la autoridad con un aumentado rechazo a las formas autoritarias y mecanismos de tutela; ha crecido el rechazo a los privilegios, entre las más importantes, aunque es oportuno recalcar que estas criticadas prácticas no han desaparecido y continúan siendo consideradas por muchos como formas válidas de conducirse en la vida social (Araujo, 2016b y 2009a).

Por otro lado, nos encontramos con nuevos individuos y nuevas estrategias para enfrentar lo social. Ya sea por los profundos procesos de privatización de la salud, educación y pensiones, por la pérdida de protecciones laborales o por los efectos de fragilización de las posiciones sociales y su creciente inconsistencia, entre otros factores, en las últimas décadas la vida social ha exigido de las personas el desarrollo de la iniciativa personal y del despliegue de un conjunto de estrategias múltiples y, en términos generales, individuales. Como resultado, una nueva y fortalecida imagen de sí y una aumentada confianza en las habilidades propias y el esfuerzo aparecen en las personas, lo que, al mismo tiempo, se acompaña de una mayor desconfianza y distancia de las instituciones (Araujo y Martuccelli, 2014).

Es, pues, este conjunto de procesos lo que entrama la calle de Santiago. Un conjunto formado por una ciudad que no cesa de dispersarse, fragmentarse y estar afectada por procesos de segregación residencial, de individuos con una aumentada confianza en sí y mayor desconfianza de los otros, de la emergencia de nuevas exigencias relacionales y de una sociedad donde los principios de ordenamiento de la convivencia se encuentran en recomposición.

¿Cómo se encarna esta encrucijada y qué significa para pensar la calle en Santiago?

Sobre la calle en Santiago
1. Ciudad dividida y prácticas (auto) segregacionistas

Las percepciones sobre la ciudad de Santiago son múltiples, por supuesto. Es alabada, aunque no con demasiada frecuencia y principalmente sin sorpresa, por aquellos que pertenecen a los sectores acomodados. Se la alaba por el paisaje natural que le da su enclave geográfico (la cordillera, prioritariamente); por los servicios que ofrece; por la evaluación comparativa respecto de otras ciudades latinoamericanas; o, simplemente, porque es la ciudad propia y allí están los lugares y las personas que se aman. Como dice una joven mujer de sectores medios que ha vivido algunos años en el extranjero: «…me gusta, me gusta. Como te digo, cuando viví fuera de Chile descubrí que soy una persona mucho más arraigada de lo que me creía, entonces, acá tengo mis afectos y mis amores».

Pero por sobre cualquier cosa, mayoritariamente, a Santiago se la critica y con pasión. Se la critica por una modernidad que se inscribe en la ciudad teniendo como intermediación los abusos de las inmobiliarias, por la falta de cuidado de varias de sus zonas abandonadas a la suciedad o a la delincuencia, o, de manera destacada, por las dificultades inmensas que trae desplazarse en una ciudad que se expande constantemente, como lo refleja la respuesta que da un entrevistado (un investigador en ciencias biológicas) cuando se le pregunta qué le aconsejaría a alguien que viniera a vivir a la ciudad: «…que se vaya de vuelta… si tiene que venirse para acá que trate de buscar un barrio donde tenga colegio, su trabajo y todo junto y se aísle, como una ciudad satélite, siempre le diría: ándate para afuera, tengo miles de lugares que te puedo recomendar». Él, como la gran mayoría de nuestros entrevistados, desearía fervientemente abandonar la ciudad. Y es que la vida es considerada «dura» en Santiago en los sectores medios, en particular por causa de los desplazamientos que le hacen decir a Cristián, un hombre en la cincuentena, que «Santiago es como una tortura». En los sectores populares, a lo anterior se le suma un aspecto especialmente importante, la delincuencia, la que sería para Marcela, una técnico dental que reside en La Granja, como para la gran mayoría de nuestros entrevistados y entrevistadas de estos sectores, el aspecto más difícil con el que «lidiar» en la zona en la que vive.

Sea cual sea el juicio que se tenga acerca de la ciudad, no obstante, parece haber un acuerdo entre los individuos. Más allá de la tendencia a la incrustación de zonas ricas en zonas pobres, mezcla residencial en curso como discutimos antes, de la existencia de algunas zonas, aunque no significativas, más mixtas y de los cruces diarios evidentes entre sectores distintos de la población, lo que se encuentra es la sólida representación imaginaria de una ciudad dividida en dos: la ciudad de los ricos y la de los pobres. Una representación de Santiago como dicotómica y polarizada. Como lo nota una de nuestras observadoras-informantes, quien recorre la ciudad vendiendo seguros de salud, existe una división irremontable entre el desorden, la suciedad acumulada, los paraderos mal ubicados y la ausencia de vegetación que encuentra en su tránsito por el sur de la ciudad, y las sonrisas, la placidez, el verde y los espacios cómodos que ofrece la zona oriente. Dos ciudades que, separadas por un abismo, no se tocan.

Por supuesto esta representación no es nueva y se relaciona directamente con la estructura verticalista y rígidamente jerárquica que ha caracterizado a las sociedades latinoamericanas, entre ellas la chilena, desde al menos su experiencia colonial. Pueden ubicarse representaciones similares en la dualidad de la ciudad en vías de modernizarse del siglo XIX (Romero, 1984), o en aquella polarizada en términos de lucha de clases entre finales de los años sesenta y los setenta (Cáceres, 2016). Pero la fragmentación actual de Santiago y su creciente conversión en una ciudad de mundos paralelos (Jirón y Mansilla, 2014), en combinación con claves de lectura y enjuiciamiento más sensibles a los abusos, la discriminación y el maltrato en los individuos hoy agudiza esta representación y le da un nuevo cariz. Por eso, las promesas igualitarias y democratizantes y sus efectos en las expectativas de las personas pueden explicar el aguzamiento perceptivo y el acento crítico que adquiere hoy la referencia a esta dualidad y sus consecuencias. La división de la ciudad pone en relieve una división social entre pobres y ricos, exacerbada por las distancias producidas por el desarrollo neoliberal de las últimas décadas. Una división que es percibida como inapelable y estructurante. La división espacial, entonces, expresa la división social y ésta, en última instancia, una profunda división moral (Araujo, 2009a).

Está el Santiago de los edificios ultramodernos, sus calles cuidadas y sus estaciones de Metro, pero también está el Santiago en que las estaciones de Metro constituyen las únicas, solitarias y para algunos ofensivas expresiones de modernidad en los barrios más pobres. Está el Santiago, ese de los extremos, donde no llega el transporte público por causa del carácter suburbano y exclusivo de las zonas residenciales, siendo suplido por la tenencia de varios automóviles por hogar, y aquél en el que no llega el transporte público por causa de la peligrosidad de la zona, lo que es suplido, esta vez, por múltiples estrategias de solidaridad colectiva o sacrificadas estrategias personales de movilidad combinada (Jouffe y Lazo, 2010).

No importando del lado en que uno se ubique, siempre hay un Otro Santiago:

 Aquél de los ricos, cuyas calles no se transitan, a menos que sea indispensable por razones laborales, para evitar la situación incómoda de ser percibido como un intruso indeseado, un objeto de desprecio, como lo expresa dramáticamente el testimonio de uno de los observadores informantes participantes en este estudio, un librero ambulante que debe circular por diferentes zonas de la ciudad. Él define la experiencia de circular por zonas «ajenas» como aquella de estar expuesto al desprecio. Aunque entiende que el término es muy fuerte, no cree que podría utilizar otro más fiel a su experiencia. Transitar por aquellas zonas lo convierte, de manera inmediata afirma, en un «sospechoso».

 Aquél de los pobres, el que no se pisa ya sea por temor, dada la imagen de amenaza con la que se lo asocia, o por haberlo constituido como un lugar simplemente inexistente en la geografía de muchas personas que residen en las zonas más ricas al Oriente y Centro-Oriente de la ciudad, como Andrea, una mujer de mediana edad que vive en una zona alta del oriente de la ciudad, cuyo trabajo queda cerca y sus actividades ordinarias y sociales las realiza en un perímetro algo mayor pero que no incluye el centro y nunca, sobre todo, la zona sur o norte de la capital.

En esta medida, la fragmentación y segregación de la ciudad son solidarias de una experiencia de la calle que termina por aconsejar la evitación como la mejor estrategia. Se trata de mantenerse a distancia de las calles de lo que para cada cual es el Otro Santiago, lo que protege de tener que enfrentarse ya sea con experiencias de discriminación o con el miedo y la amenaza. La definición de un área como de los «otros» o de «los como uno» opera como elemento decisivo para mencionar zonas prohibidas, zonas de tránsito libre o zonas de cuidado, y en esa medida contribuye a establecer los trayectos diarios y los modos de realizarlos. Pero esta definición también especifica los espacios (en general los propios) que son capaces de proveer una experiencia libidinal placentera y aquellos que proveen experiencias displacenteras que más vale ahorrarse.

La experiencia de la calle muestra, así, que nos encontramos frente a una segregación causada no sólo por políticas inmobiliarias, de transporte o urbanísticas, sino que enfrentamos una segregación urbana anclada en las prácticas de los individuos. Ellos la sostienen y reproducen como resultado de sus previsiones acerca de las experiencias que les deparará cruzar la línea imaginaria de la ciudad que conciben como ajena. Lo anterior los lleva a restringir sus movimientos hacia las zonas más cercanas y conocidas, y a encerrarse en especies de islotes de sociabilidad, lo que produce el estallido de Santiago en lo que un entrevistado, un hombre joven que ha llegado desde el norte del país por razones laborales, denomina «mundos chicos». Tal como lo expone el relato de una periodista de los sectores medios-altos:

..este barrio es precioso, tiene parques, como te digo, tienes todo, tienes la cultura, yo soy súper sibarita, me encanta salir a comer y si me quiero mover tengo el Metro al lado, entonces yo feliz, además que ha coincidido, como te digo, que las pegas me han tocado cerca, o sea, ojalá que también los traslados no me impliquen… porque pasé muchos años de mi vida pegándome piques de una hora y eso era lo que quería evitar, y ahora por suerte siempre las pegas me tocaron en el centro y siempre lo máximo que me he movido es ahora a Manuel Montt, por suerte no me ha tocado una pega, no sé, en Huechuraba o en otro lado, pero, ha coincidido, y yo también como que trato, he tenido la suerte que en las pegas que me he cambiado yo, de buscar algo que sea de un entorno que sea cerca del lugar donde yo vivo y que no me implique estos traslados tan lejos.

En efecto, como lo ha mostrado un estudio sobre movilidad en Santiago, la circulación cruzada o multidireccional y por razones más allá de las laborales se da mayoritariamente en la zona centro-oriente de la ciudad, mientras que respecto de las zonas situadas al norte, sur y este de la ciudad, en particular las más desfavorecidas, éste se da desde ellas hacia la zona centro-oriente por motivos laborales (Fuentes, McClure, Moya y Olivos, 2017). En este contexto, la experiencia de sociabilidad urbana y de la calle sufre una restricción, encerrándose en zonas delimitadas por linderos geográficos materiales, particularmente en el caso de los sectores populares, o, como en los de mayores recursos, por una zonificación geográfica espacial cuyos linderos se ordenan, a lo más, por haces de desplazamientos normalmente motorizados, como, también, lo ha puesto en evidencia un estudio realizado para la ciudad de Concepción (García, Carrasco y Rojas, 2014). Dicho de otra manera, en lo que respecta a Santiago, mientras los grupos más acomodados tienden a trabajar, circular, sociabilizar y habitar en una zona estrictamente demarcada pero que transitan por razones múltiples, los grupos menos favorecidos habitan y sociabilizan en las mismas zonas, y si salen de ellas y se aventuran hacia las más pudientes es por razones estrictamente laborales, obligatorias.

Esta representación de la ciudad dividida y las prácticas que la reproducen tienen al menos dos grandes consecuencias. La primera es que la experiencia de lo común aparece como lejana para sus habitantes. La segunda, que el anónimo resulta una figura extremadamente difícil de encarnar. Revisemos ambas.

Lo común y el anonimato
¿El reino de lo común? Santiago, las calles y los regímenes imaginarios de propiedad

La retracción de los grupos poblacionales a ciertas zonas resulta más compleja y preocupante que lo que una visión idealizada de la vida barrial puede proponer (Greene, Link, Mora y Figueroa, 2014), pues implica la escasez de una experiencia ordinaria de calles concebidas como espacios comunes y caracterizados por la mixtura, siendo una retracción que termina, como se verá, por constituir a la alteridad como un hecho problemático.

La debilidad de una comprensión de la calle como común es un rasgo esencial encontrado. Esta debilidad se vincula con la vigencia de una suerte de régimen de propiedad que ordena la relación con las calles y ello de manera transversal en los distintos sectores socioeconómicos. Las calles son sometidas a un trabajo constante de territorialización, aquel trabajo que transforma el espacio en territorio, esto es, “la marca social del suelo, el dispositivo que expresa la identidad del grupo, lo que una comunidad dada cree que debe defender contra las amenazas externas e internas” (Delgado, 1999: 39). Visto desde este punto de vista, Santiago es un conjunto de territorios con una compleja y con frecuencia tensa proliferación de propietarios.

La presencia de este régimen de apropiación de las calles se expresa de diversas maneras.

Por un lado, este régimen se evidencia en una actitud primaria de desconfianza que conlleva a múltiples medidas de protección respecto del afuerino, ya sean cámaras, guardias de seguridad, miradas de desaprobación o armas. Si las miradas vigilantes que detectan su extranjeridad en un barrio bohemio en una zona habitada y frecuentada por sectores acomodados impactan a uno de los miembros del equipo de investigación, él mismo proveniente de las zonas más pobres de la ciudad, los perros aparecen como el arma de la que se precia una mujer que detecta la presencia de una de las observadoras del equipo en su calle en una población al sur de Santiago.

Por otro lado, este régimen se expresa en prácticas concretas de apropiación espacial, las que se diferencian según el sector socioeconómico. En los sectores populares, estas prácticas de apropiación se revelan, como ha ocurrido históricamente, por el uso doméstico de las calles (tender la ropa o poner la piscina inflable para los niños en la vereda) (Salinas, 2006), o por la apropiación para fines laborales, como lo muestra el comercio ambulante11. En los sectores de mayores recursos se trata, al contrario, de mantener la calle fuera del registro de la domesticidad como fórmula para dejar lo que consideran su espacio como una suerte de «espacio común restringido» (a los del propio grupo). Lo que implica lo anterior es un trabajo constante de definición por parte de los individuos respecto a la propiedad de los lugares, y de una fina detección de lo que corresponde al propio grupo social y lo que corresponde a otros.

La calle es, pues, considerada (vivida) como una suerte de propiedad de los diferentes grupos sociales, pero lo esencial es que, en términos generales, esta propiedad les es siempre reconocida por los otros grupos. En este contexto, la apropiación aparece como una modalidad de construir espacios transitables para sí mismos y protegerlos. En Bellavista, dos calles paralelas son poseídas en las noches por grupos sociales distintos que, en principio y por principio, no se tocan. El mundo del «carrete» popular y el de la cultura artística y gastronómica de los sectores medios acomodados conviven en una agitación simultánea pero disciplinadamente separada, delineando el paisaje del «Bella» como lo describe una de las observadoras-informantes, una mujer que trabaja en un carrito de comida ubicado en la calle Pío Nono. Las calles de Bellavista replican la ciudad, ya que en la medida que se transita de Oriente a Poniente, dice, «va bajando el nivel de ingresos». Así, mientras está el «Bella» de la calle Constitución «de calles buenas, limpias y agradables a la vista», el «Bella» de la calle Pío Nono aloja la «diversidad» y un público más popular. De espaldas una a la otra, estas calles son dos mundos paralelos.

La lucha por el espacio y su territorialización por supuesto no se da solamente entre sectores. Ella se da incluso al interior de las propias zonas y particularmente en aquellas donde la ausencia de una definición y resguardo institucional firme termina por dejar abierta la disputa entre los diferentes actores. Como opina una feriante que habita en una de las poblaciones con mayores índices de pobreza y peligrosidad de la ciudad, las calles se perdieron en la disputa frente a la droga, de manera que ya no pueden ser usadas para la sociabilidad porque «si estái mucho en la calle afuera, te puede llegar una bala loca, poh»; o como lo muestran algunas observaciones realizadas en algunas plazas y calles de las zonas de menores recursos, existe una disputa permanente respecto del tipo de uso que se les puede dar a las mismas (entre los niños, los grupos de jóvenes o los consumidores de alcohol o drogas) y de la distribución horaria de la ocupación de los espacios. Pero esta disputa se enmarca siempre en la imagen mayor de una representación que subraya la división citadina entre los sectores ricos y pobres.

De esta manera, la experiencia de espacios comunes a toda la población urbana del Gran Santiago, y del carácter común de la calle, esto es, de espacios que se encuentren sustraídos al régimen de la propiedad individual o corporativa, es particularmente escasa. Las calles de Santiago y su tendencia a ser concebidas como sujetas a regímenes de propiedad hacen que sólo muy raramente ellas aparezcan, en el imaginario de las personas, como un bien común y de acceso y uso igualitario para todos y todas las habitantes de la ciudad.

La difícil tarea de ser un anónimo

En el contexto de una ciudad fragmentada, una vida urbana fuertemente impactada por su división real e imaginaria, una sociedad en vías de reconstituir los principios que organizan la convivencia social y con individuos crecientemente conscientes de su capacidad de acción, el Otro y la experiencia de sí mismo como Otro se constituyen en dimensiones problemáticas de las experiencias de las personas.

En primer lugar, porque la fragmentación y la división hacen que la experiencia de encontrar Otros distantes, en términos de clase, en el uso y disfrute de las mismas calles sea poco frecuente, excepto por razones laborales y en contextos bien delimitados. El Otro, no en cuanto otredad individual y singular, sino en cuanto otro que es tal por cuenta de los signos del grupo social al que pertenece, es, a un cierto nivel, una experiencia inhabitual en la cotidianidad de una porción importante de la población.

En segundo lugar, porque dada la emergencia de nuevas expectativas de horizontalidad y la desestabilización de las formas tradicionales de ordenar las sociabilidades, los códigos que ordenan las interacciones, los frames como los denomina Goffman (2007), se vuelven inciertos e inestables. En consecuencia, la calle se ha constituido en una esfera en la que cada encuentro está abierto a una potencial disputa respecto de las formas apropiadas que deben ser respetadas en el encuentro con el otro (el asiento en el Metro, la prioridad de paso en una vereda, etc.).

En tercer lugar, porque dadas las dos primeras condiciones existe un reforzamiento de la desconfianza y del temor al otro (Lechner, 2006: 509). Lo anterior es potenciado por una percepción de los individuos como dotados con mayor capacidad de acción, como híper actores, con una tendencia a resolver los conflictos o situaciones que atraviesan apelando a sus propias fuerzas o poder sin recurrir necesariamente a mediadores con autoridad institucional o social (el policía, el conductor del bus, etcétera). En este contexto, la figura del anónimo, una figura preciada de ser una novedad a celebrar con la llegada de la modernidad (Berman, 2004) y las grandes ciudades, y una pieza constituyente de la calle en contextos normativos igualitarios, resulta en Santiago hoy día particularmente difícil de encarnar.

El anonimato es considerado un atributo fundamental en la experiencia de la calle (Joseph, 2002; Goffman, 1979). La experiencia de la calle, como sostiene Delgado, implica, en sus formas deseables, que los individuos se encuentren fuera del alcance de las clasificaciones identitarias y que los universos simbólicos particulares sean puestos entre paréntesis. Así, lo que debería reinar en ella es lo que Goffman ha llamado una desatención cortés, garantía del espíritu igualitario, es decir que la privacidad y reserva de cada cual sea respetada de manera tal que todos y cada uno reciba la misma consideración, excluyendo la posibilidad de ser hecho sentir como sospechoso o como motivo de alarma (Delgado, 2007: 188-191). Igualdad, desatención cortés y anonimato se encuentran íntimamente entrelazados.

Pero las calles santiaguinas parecen exigir exactamente todo lo contrario. En ellas se exige un trabajo constante de mostración de signos de identificación social (que permitan tranquilizar a los otros porque se es uno de «nosotros») o, en su defecto, de una presentación de sí con un agudo trabajo de disimulación de los mismos (que permitan pasar desapercibido o al menos aparecer como inocuo al estar dispuesto a respetar las reglas del territorio). Ellas están pobladas por la presencia de ojos vigilantes, atentos a descifrar la información contenida en los signos externos de los viandantes. La calle exige roles, marcos y funciones que justifiquen la presencia en ellas, ya que la ausencia de estas señales es tomada como signo de amenaza o al menos de alerta. En este contexto, el anónimo es principalmente fuente de inquietud y objeto de desconfianza. Como dice uno de nuestros observadores-informantes, en la calle «tenís que tener un rol muy definido» porque «los lugares son muy guetos». Dicho en los términos propuestos por DaMatta, en su famoso análisis «¿Sabe con quién está hablando?», sobre las interacciones en las calles brasileras: donde debería reinar el anonimato que revele la igualdad y el individualismo, reina la exigencia de mostrar «una posición bien definida y conocida (que expresa la jerarquía y la personalización)». En vez del individuo (abstracto, regido por la universalidad de la ley, fundamento de la igualdad), la persona (fundada en sus vínculos sustantivos y relacionales, fundamento del trato diferencial) (DaMatta, 2002: 225).

La vigilancia implica, al mismo tiempo, un trabajo constante de estereotipia y estigmatización que busca identificar lo que se considera peligroso y amenazante decodificando los signos exteriores que portan los individuos, y que en cuanto indeseable diferencia sirve de fundamento para desacreditarlo (Goffman, 2012).

En consecuencia, en función de la lógica de división, el régimen de propiedad que se instaura y sus efectos erosivos para la concepción de lo común que hemos descrito en el apartado anterior, transitar por los espacios, especialmente ajenos, sobre todo para aquellos menos favorecidos socioeconómicamente, quienes normalmente están obligados a hacerlo, implica una experiencia en la que el anonimato resulta particularmente difícil de sostener. Como lo evidencian nuestras observaciones, las marcas de pertenencia social, al contrario de lo supuesto por el derecho al anonimato, en vez de ser irrelevantes resultan centrales e incluso exhibidas ostentosamente. Aparecen ya sea como garantía de una extranjeridad domesticada (los uniformes de secretarias, técnicos o empleadas domésticas que circulan por las calles de la zona oriente; o los hábitos religiosos que permiten circular por zonas consideradas de alto riesgo en la zona sur); ya sea como símbolo de pertenencia al territorio; o sometidas a estrategias de disimulación (el uso del buzo que es evitado cuando se cruza la ciudad hacia zonas de mayores recursos, pero que se vuelve a vestir rápidamente una vez de vuelta al barrio).

Si la estereotipia y los procesos de estigmatización hoy en la calle no son exclusividad de Santiago (Jounin, 2014), ellos aparecen de manera aguda aquí en la medida en que no son sólo UN destino posible y negativo para la relación entre coocupantes del espacio de la calle, sobre el telón de fondo consuetudinario del respeto al derecho al anonimato. Ellos aparecen como la fórmula básica para ordenar la relación entre los individuos en las calles en una sociedad en la que en función de lógicas jerarquizantes y verticalistas, la consideración que se da al otro depende de la definición que se haga de éste como un afín o como un no afín (Araujo, 2009a). La paradoja reside, así, en que sólo se puede aspirar a los privilegios del anónimo (no ser considerado sospechoso, no ser hurgado en sus marcas sociales y personales, etc.) una vez presentadas las pruebas de pertenencia grupal y territorial.

Es la homogeneidad y la familiaridad, de otro lado, lo que permite una experiencia placentera de la calle, como lo confirman los múltiples testimonios en los sectores menos beneficiados, especialmente aquellos llamados de «pobreza guetizada» (Salcedo, 2011: 283). En estos casos, sin sorpresa, el mercado callejero de la zona, la «feria», aparece como el de mayor disfrute en la experiencia urbana, gracias a la experiencia de familiaridad y de protección que posibilita. Por cierto se trata de una sociabilidad esporádica que recrea ritualmente códigos que no se improvisan y que una vez desarmada deja lugar a la apropiación del territorio por bandas o grupos. Pero lo esencial es que esta experiencia de disfrute se sostiene también en la homogeneidad y el conocimiento mutuo. Allí todos los sospechosos habituales dejan de ser sospechosos, porque, según nuestro material, comparten grados similares de vulnerabilidad, vestimentas o formas de hablar. «El que vaya con una pinta semiformal ya es como raro, o sea, se cacha que no eres de ahí», sostiene uno de los observadores informantes.

El anonimato, clave del espíritu igualitario en la experiencia urbana, es, pues, una experiencia rara en la calle santiaguina. Sus privilegios se dan solamente en el contexto restringido de los «como uno».

A modo de conclusión

Como se ha visto, las calles de Santiago, en virtud de su capacidad expresiva respecto a lo que ordena a la sociedad hoy y en cuanto proveedoras de experiencias para los individuos a partir de las cuales producen su saber sobre lo social, cuestionan dos aspectos normativos constitutivos de ellas. Primero, que la calle está supuesta a ofrecer un campo de experiencias del régimen de lo común en la sociedad. Segundo, que la calle sea la proveedora primera y principal de la experiencia, fundamental e indispensable, para sociedades que se pretenden igualitarias, del anonimato.

La calle de Santiago provee, según nuestros resultados, de una experiencia cotidiana que surte constantemente de imágenes vívidas de la brecha divisoria que afecta la ciudad y que la corta en dos, en una geografía representacional, evidentemente simplificada, entre la ciudad de los que tienen y la ciudad de los que no. Esta representación empuja a activas prácticas segregacionistas y auto-segregacionistas, desdibujando la experiencia de lo común al mismo tiempo que fortaleciendo una relación con la calle gobernada por lo que hemos denominado como un régimen imaginado de propiedad sobre ella. El Otro Santiago es una evidencia cristalizada para los habitantes de la ciudad, y a partir de esta consideración se organizan los desplazamientos en la ciudad. Los espacios de mixtura, en donde la experiencia de cruzar los umbrales (Stavrides, 2016) sea posible, son un bien escaso en la ciudad.

Al mismo tiempo, como efecto de la distancia social y la relación de propiedad con el espacio antes descrita, la experiencia del anonimato aparece erosionada. El control, la sospecha y la desacreditación son el eje de la relación con el desconocido que hace gala de su alteridad. La territorialización de la ciudad, sostenida por regímenes de apropiación simbólica e informales, ha derivado en la dificultad de encarnar al anónimo en una ciudad que, sin embargo, se moderniza y en la que sus individuos están cada vez más imbuidos de la expectativa de recibir un tratamiento igualitario y horizontal, prescindiendo de sus características o pertenencias sociales. El anónimo, símbolo principal de la calle como un espacio igualitario y común definido por la neutralización de jerarquías naturalizadas y sus privilegios, muestra su fracaso. Como lo reveló cada miembro del equipo que realizó las etnografías sobre las que nos hemos basado, en las calles de Santiago es indispensable dar pruebas de que eres uno o una de los que componen el «nosotros» o, en su defecto, que eres inofensivo; en ellas es necesario mostrarte a cada momento cumpliendo una tarea, un rol y un personaje que quepa en las definiciones propias del espacio que transitas, especialmente si estás solo.

Dicho de otra manera, en las calles de Santiago lo común es un exotismo, la alteridad una amenaza y el flâneur, por sobre cualquier cosa, un sospechoso.

5 Profesora e investigadora del Instituto de Estudios Avanzados (IDEA) de la Universidad de Santiago de Chile. Directora del Centro Núcleo Milenio Autoridad y Asimetrías de Poder.

6 El primer estudio es sobre la calle, cuya metodología ha sido presentada en la introducción. El segundo es un proyecto de investigación dirigido a estudiar cómo los individuos perciben y encaran los desafíos estructurales que se les presentan, así como los recursos, estrategias y soportes que movilizan. La investigación supuso la aplicación de entrevistas en profundidad a 48 hombres y mujeres de entre 30 y 55 años de los sectores medios y populares de las tres zonas urbanas más pobladas de Chile: Santiago en la Región Metropolitana, Concepción en la VIII Región, y Valparaíso y Viña del Mar en la V Región. De los diferentes ámbitos que se indagaron, se han hecho uso aquí sólo de aquellos relacionados con sus percepciones y juicios sobre su experiencia urbana y de los casos correspondientes a Santiago (Proyecto FONDECYT 1140055).

7 Cfr. Heinrichs, Nuissl y Rodríguez, 2009; Dammert, 2004; De Mattos, 2004; Rodríguez y Winchester, 2004; Sabatini, Cáceres y Cerda, 2001, entre otros.

8 Ver: Araujo y Martuccelli, 2012, especialmente tomo I, capítulo 1.

9 Ver: Araujo y Beyer, 2013; Bengoa, 2006; Larraín, 2001; Salazar y Pinto, 1999.

10 Cf. Guzmán, Barozet y Méndez, 2017; Mayol, Azócar y Azócar, 2013; Araujo y Martuccelli, 2012.

11 Ver a este respecto el capítulo 9 de este libro.

Capítulo 2 La calle y las experiencias de la desigualdad 12

Kathya Araujo

El objetivo de este capítulo es detenerse en el destino de una de las dimensiones que suele componer las versiones normativas ideales de la calle: la igualdad. En cuanto espacio común compartido, se suele esperar que ella constituya un espacio de experiencia de la igualdad. No, por cierto, la igualdad socioeconómica o política, sino aquella que está profundamente vinculada con la presunción de un sustrato de igualdad entre todos los miembros de una sociedad, la que tiene una esfera de comprobación especialmente destacada en la igualdad de trato en las interacciones ordinarias. Sin embargo, no es precisamente la verificación de este ideal normativo lo que expresan los individuos respecto de su experiencia en las calles. Al contrario.

El análisis del material empírico13 reveló que las experiencias y estrategias que los habitantes de Santiago tienen al momento de poblar y transitar la calle, un espacio denso y privilegiado de interacciones entre los miembros de una sociedad, son expresivas del aumento de experiencias de desigualdad interaccional (Araujo 2013), las que aportan para poner en cuestión a la igualdad como un principio efectivamente actuante en la sociedad, es decir, activo en la regulación de las relaciones entre los individuos y entre éstos y las instituciones.

Se trata de un tipo particular de desigualdades de trato que se mide en la cualidad y carácter que toman las interacciones con otros. Un tipo de exigencia de igualdad que tiene como particularidad enfocarse en el dominio de las interacciones ordinarias entre individuos y entre éstos y las instituciones, es decir, más enfocada en las lógicas relacionales entre grupos sociales que en la definición de la cualidad y naturaleza individual implícita, como en el caso de las desigualdades de trato vinculadas a la cuestión del reconocimiento. Este es un tipo de desigualdades focalizadas en los patrones de interacción social.

La percepción de estas desigualdades está extendida en el caso chileno, porque, como ya ha sido discutido en otro lugar (Araujo, 2013), la intensidad de la misma ha ido de la mano con la expansión de promesas sociales de igualdad que se han traducido en fuertes «expectativas de horizontalidad» en la población, esto es, la expectativa de ser tratado de manera horizontal por los otros y por las instituciones (lo que implica cuestiones tan distintas pero articuladas como el demostrar un respeto básico por mi persona, recibir signos de consideración a la dignidad propia, etc.). Asimismo y en la medida en que se trata de un tipo de desigualdades, como se ha señalado, esencialmente vinculadas al ámbito de las interacciones, ellas encuentran un campo privilegiado de expresión e irradiación en la calle, ya que ésta es un escenario particularmente propicio para densas y múltiples interacciones entre los miembros de una sociedad.

Para argumentar lo anterior, en este texto nos detendremos en la manera particular en que las calles y las interacciones que las pueblan son surtidoras de estas experiencias de desigualdad interaccional, poniendo el foco analítico en dos tipos de ellas: las que se vinculan con la lucha por el espacio (y el tiempo) y las que se asocian con los modos en que se dan las interacciones con las instituciones que participan en la configuración de las experiencias de los individuos en la calle.

Desigualdades interaccionales y la lucha por el espacio (y el tiempo)
Densificación e irritación relacional

La densidad poblacional (medida por la relación entre el número de habitantes y la extensión territorial o espacial), a pesar de su carácter de representación abstracta, puede ser, aunque no necesariamente lo sea en todos los casos, un buen indicador de desigualdad entre la población. Por ejemplo, la densidad poblacional en zonas residenciales designa la cantidad de espacio con el que cuenta cada cual para llevar adelante su existencia y desarrollar sus potencialidades y necesidades (de intimidad, sexuales, de movimiento, de comodidad, de estudio y concentración). Como veremos, si bien la densidad se presenta de una manera distinta cuando se piensa en la calle, también en este ámbito ella puede jugar un papel importante para entender la cuestión de la desigualdad, en este caso, primordialmente, la interaccional.

En la calle, la cuestión de la densidad de la población no puede ser medida con un indicador como el relativo a la densidad de zonas residenciales. Ella no es homogénea como tampoco compacta en el caso de las calles. La densidad de las calles es altamente variable porque se define por razones de uso que se traducen en términos espaciales (zonas residenciales vs. zonas comerciales, por ejemplo), pero también, y de manera decisiva y articulada, temporales (densidad según hora del día u hora de la semana). Lo que la define, entonces, es la transitoriedad y su carácter fluctuante, aunque se puedan encontrar ciertos patrones que tienden a ser regulares. Por ejemplo, las zonas comerciales se densifican en horas de atención al público; las bohemias lo hacen en las noches y su horario depende del público al que atienden, etc. De otro lado, una alta densidad poblacional no debe ser necesariamente interpretada de manera negativa en la calle. Momentos de gran densidad poblacional suelen ser las «ferias», por ejemplo, y son éstas precisamente las que pueden ser consideradas como los espacios (temporalmente acotados) con las valencias positivas más altas para muchos. Sin embargo, y a pesar de lo dicho, es indispensable reconocer, de acuerdo a nuestros resultados, que la cuestión de la densidad poblacional en las calles es uno de los ingredientes más importantes cuando se trata de acercarse a la actual desigualdad de trato hoy.

Hay, seguramente, muchas más formas de ver este asunto, pero una manera relevante de entender esta vinculación con la desigualdad es poniendo el acento en el hecho de que la densificación implica un grado de imposición de la cercanía del otro y, en esta medida, agranda las probabilidades de interacciones o contactos no previstos o incluso no deseados (como en los tacos, las filas o los pasadizos del Metro en horas punta). La densificación impone ciertas coordenadas en la relación con el otro. En esta medida, situaciones de alta densificación ponen a prueba de manera destacada los dispositivos y las disposiciones colectivas relativas a lo que compete a estos encuentros con los otros desconocidos.

Ahora bien, en el caso estudiado estas disposiciones colectivas en la relación con los otros, como lo hemos discutido en un trabajo anterior (Araujo, 2016a), están marcadas por una fuerte irritación. La sociedad se encuentra irritada, en el sentido de que es una sociedad regularmente excitada por sentimientos e inclinaciones naturales, entre ellos especialmente el enojo. Lo es también en un segundo sentido, ya que la excitación que la recorre aumenta la sensibilidad y la reacción afectiva displacentera, de modo que la relación entre el estímulo y la reacción tiende a ser desproporcionada. De hecho, un pequeño estímulo puede detonar reacciones desproporcionadas de ira. En este contexto, la vida social es percibida como extremadamente conflictiva y desgastante. Los otros, los colegas, los jefes o hasta los amigos, pero, por cierto, especialmente los desconocidos, los anónimos, son percibidos como un destino para la desconfianza, un depósito de decepción, una fuente de amenaza para la integridad, un surtidor de humillaciones, un competidor por recursos tan básicos como el espacio o la dignidad. En resumen, las relaciones son vividas en la modalidad del roce, y su correlato interpretativo y afectivo usual es la irritación (Araujo y Martuccelli, 2012, t.II).

Las irritaciones relacionales están vinculadas con al menos dos factores. El primero: una conciencia elevada del abuso potencial que podría recibirse en las interacciones, la que debe entenderse como un fenómeno que se produce en sintonía con otras experiencias: la sobreexigencia y abuso estructural que perciben las personas como constitutivos de sus vidas cotidianas y ordinarias (horas de trabajo, bajos salarios, etc.). Esta conciencia conduce a una actitud de alerta e incluso de sobrealerta en las relaciones con los otros a los signos de posible desregulación en el trato hacia uno. El segundo factor es el grado de incerteza que ha introducido en las interacciones ordinarias la emergencia de nuevas expectativas respecto al trato que debería recibirse de los demás. El surgimiento de expectativas de horizontalidad en este trato, detectadas en los últimos tiempos, va de la mano con una desestabilización de las formas tradicionales de ordenar las sociabilidades y los intercambios. No obstante, debido a que estas fórmulas tradicionales no han desaparecido y se mantienen actuantes en las lógicas de ordenamiento de las relaciones sociales, los códigos que ordenan las interacciones, los «frames»,como los denomina Goffman (1986), se vuelven inciertos e inestables. Lo que reina es la incerteza sobre cuáles serían, en verdad, las exigencias a las que legítimamente puedo aspirar respecto del trato que me da el otro o que debo dar al otro en función del estatuto y lugar social ocupado transitoriamente en cada encrucijada relacional. En cada interacción social, por tanto, deben encontrarse de manera renovada salidas para las tensiones que se producen debido a que las relaciones se encuentran presionadas a articularse en un contexto en que el marco tradicional ha sido ya desbordado, pero no se han instalado consistentemente nuevas lógicas relacionales. Las definiciones de lo que es el contenido de la civilidad son afectadas por la duda y hasta por la confusión.

Cuando irritación y densificación se encuentran, como es en nuestro caso, uno de los resultados es el surgimiento de una construcción de la escena de la calle como la de una lucha aguda por el espacio. La densificación, así, termina por fertilizar el campo de las irritaciones relacionales y las lógicas que las gobiernan. Pero, todavía más, al hacerlo agudiza las condiciones para el despliegue de las desigualdades interaccionales.

El Metro, como uno de los escenarios privilegiados de este encuentro entre densidad e irritación y de las desigualdades interaccionales que en su seno se engendran –aunque de ninguna manera el único–, nos servirá para graficar lo antes discutido.

2. La lucha por el espacio (y el tiempo): desigualdades generacionales, de género y de dotación física

El Metro de Santiago, desde el inicio del sistema de transporte Transantiago, aumentó a casi el doble el número de pasajeros. Pasó de movilizar a 1,4 millones de pasajeros al día en 2006 a 2,4 en 2007 en los horarios de máxima afluencia, y de 331 a 601 millones de pasajeros en el periodo de un año. En tanto, para 2017 alcanzaba 685 millones de viajes anuales (Metro de Santiago, 2018). El surgimiento de la tarifa integrada14 y la expansión de líneas permitieron el acceso creciente de habitantes de zonas de menores recursos15, y aumentaron de manera significativa la densidad del Metro en las horas de mayor afluencia16.

El maremágnum creado por una enorme afluencia de personas en las llamadas «horas punta», coincidentes con los traslados hacia y desde los lugares de trabajo, ha convertido el acceso a este servicio, que en cuanto público puede ser considerado como un bien común, en un espacio de despliegue de estrategias y de interacciones ríspidas siempre en el límite con la violencia.

Como lo revelan las observaciones realizadas, y como cualquiera lo experimentaría un día de la semana en estos horarios, a pesar de la gran cantidad de gente apostada en los andenes de las estaciones, de las restricciones para ingresar a ellos y de su estado siempre al borde del colapso momentáneo, la normalidad (aparente) es el tono en el Metro de Santiago. Es la normalidad de la resignación, y los pasajeros saben convivir con ello. No hay dramatismo. Hay concentración. A pesar de su aparente caos, el Metro es el marco de estrictos protocolos y regularidades individuales y colectivas. Las regularidades y este aire de normalidad son el resultado de un nutrido aprendizaje de premisas básicas y estrategias provenientes de la continua experiencia.

El viaje implica un plan, sobre todo en las horas punta, una cuestión de «profesionales», pero los únicos que pueden desbaratar tal plan son los otros viajeros que también cuentan con un plan. En el Metro se despliegan esas estrategias asumidas y aprendidas por años de viajes, no sólo para embarcarse sino que también para hacerlo de la mejor forma posible y que signifique un viaje con los menores sobresaltos e incomodidades posibles, contando con las diferentes variables.

Así, las observaciones muestran rápidamente que los pasajeros tienden a agruparse por sectores sobre el andén. Esa tendencia a agruparse tiene que ver con lograr una mejor posición a la hora que el tren abra sus puertas. Estar bien ubicado incluye, si no tener un asiento, por lo menos lograr un espacio cómodo dentro del vagón. Esta estrategia implica conocer el diseño de los trenes y saber con precisión dónde pararse sobre el andén para quedar justo al centro de la puerta de entrada al vagón y, por supuesto, ganarle al que está al lado. En el momento en que se detiene un tren, los pasajeros se agolpan de tal manera que avanzan como en un bloque, unos tras otros, dando cortos pasos empujando al de adelante con uno o dos brazos a la altura del vientre y el pecho, para facilitar el avance, presionando al pasajero que le sucede. Muchas veces se escuchan entre la multitud voces, masculinas y femeninas diciendo «no empujen», pero muchos de los cuerpos de estas voces van al mismo tiempo presionando, es decir, empujando al que va delante.

Las estrategias se ajustan y se pluralizan. Por ejemplo, no es lo mismo ser pasajero de una estación terminal que de una intermedia. Para una u otra las estrategias cambian. En estas últimas, generalmente en hora punta, los trenes vienen llenos y a pesar de la poca gente que puede haber en los andenes compitiendo por subir, son pocos los que lo logran, dado el escaso espacio en los vagones. En una estación media ya no hay asientos, tampoco rincones; se trata sólo de lograr subir como sea y acomodarse aferrado al techo o confiar en que la presión sea tanta que ante cualquier circunstancia, no habiendo logrado aferrarse a nada, nadie se caiga. Es necesario hacer uso de la fuerza para empujar, de la agilidad para acomodar el cuerpo al poco espacio disponible y del equilibrio para resistir los embates de los otros candidatos a ingresar al tren. La diferencia física juega un papel inobjetable. Siempre que el tren va lleno de pasajeros y se detiene en una estación intermedia, pareciera que no cabe nadie más, que es imposible que alguien más pueda subir, pero siempre ocurre que tres o cuatro pasajeros lo consiguen aunque no se baje nadie. Esos tres o cuatro pasajeros que lograron subir son estrategas, conocen los tiempos y las cadencias, las presiones a ejercer y cuánto y cuándo empujar. Obviamente estos estrategas suelen no ser niños, ni adultos mayores, personas con discapacidades o con dificultades de movilidad por razones de físico.

El espíritu de la competencia se generaliza y se extiende a todas las situaciones, incluso a aquellas que no parecieran necesitarlo en apariencia. La llegada de un tren sin pasajeros, cuando se trata de una estación de origen del recorrido o en una combinación colapsada que inyecta un tren vacío con el fin de descongestionar, tiende a convertirse en una situación que puede hacer caóticos los intentos por subir. Pareciera que hay lugar para todos, pero eso no parece así en las conductas de los pasajeros. Siempre existe la posibilidad de quedar abajo. Siempre se puede tener un mejor lugar. Por lo tanto, la estrategia es empujar y quejarse. Si cuando viene un tren con gente un pasajero de tercera o cuarta fila sabe que le será difícil subir, cuando llega un tren vacío pareciera tenerse la convicción de que se tiene asignado un lugar y que por tanto es lícito luchar por él con las armas físicas disponibles: empellones, codazos y hasta cabezazos. Quedar abajo en esas circunstancias parece una afrenta, un reto al orgullo del viajero estratega.

El despliegue de estas estrategias no es sólo individual, sino colectivo. Pero que así sea no puede llevar a considerar que se trata de estrategias inevitables, desplegadas por individuos aislados que son meramente víctimas de un sistema de transporte público mal diseñado y sobrepasado por un volumen de pasajeros que no es capaz de atender a la población dignamente. Son formas de interacción también producidas por el colectivo de los usuarios. Si bien existe la precondición estructural a ciertas estrategias, ella no explica completamente el hecho de que estas estrategias puedan tomar formas que se encuentran al límite con la violencia, como es el caso de personas caídas por la potencia de los empujones o roces que terminan en diálogos cargados de una altísima tensión agresiva. Sin duda, las formas que estas interacciones toman están fuertemente influidas por el fenómeno más general de irritación relacional que atraviesa la sociedad chilena.

El miedo a una evolución de la situación que podría ser cada vez más violenta está siempre presente. La violencia potencial es parte de las expectativas de las personas y eso pareciera explicar la alternancia de las actitudes, visible en las observaciones hechas. Hay una oscilación constante entre una aparente indiferencia y una actitud de ensimismamiento, que en verdad debe entenderse como una estrategia de autoprotección, y la presencia de escenas de explosión agresiva en muchas ocasiones tan desmesuradas que llegan a ser irrisorias. Una observación de una de nuestras actoras-informantes, una vendedora de ISAPRE que transita diferentes zonas de la ciudad diariamente como parte de su trabajo, lo grafica claramente:

En el Metro Los Héroes estaba la escoba, lleno, lleno, lleno. Nos subimos todos a empujones, porque si tú no subes, te suben en realidad. Había un pilar en el medio, y había una señora con un coche, entonces se subieron todos empujándose, empujándose, y un gallo empujó el coche, obviamente lo venían empujando de atrás, no era que quería empujar el coche. Y como que lo dio vuelta, y el señor en vez de decir, «pucha, disculpa», dijo «pero cómo pone el coche aquí» y ahí empezó el tema, porque la señora dijo, «no, no puedo pasar más allá porque está el fierro», «pero para qué se sube con coche» dice la persona que la ha empujado/K.A. Cuando dice esa frase se mete otro gallo que era un joven alto, súper bien vestido, de terno, y empieza a discutir con él, saliendo de Los Héroes. Empiezan a discutir que el coche, que no se puede subir, que la guagua… era cada vez peor. La señora trataba de calmarlos, pero ellos seguían, «¿por qué te subes al metro, por qué no te tomas un taxi y andái más cómodo?», «¿que acaso la guagua es tuya?» «que el coche, que no sé qué»… y peleaban, y peleaban «que soy ordinario». «Tení poca cultura»… se dijeron de todo desde el Metro Los Héroes hasta el Metro Salvador, donde el gallo que empujó el coche se bajó. No pararon de discutir en ningún minuto, se enfrentaban, se tocaban, porque estaban uno al lado del otro. Yo en un minuto pensé que se iban a golpear, por el tono de la voz. La gente al principio uno que otro apoyó al que defendía a la señora, pero ya cuando vieron que la cuestión se iba tornando heavy, como que todos se quedaron callados. En el Metro Universidad de Chile todos iban en silencio escuchando la pelea, pero ya como en Santa Lucía la gente empezó a cuchichear y se empezó a reír de esto, en el sentido de que «saca el coche»; se quería bajar uno «cuidado con el coche», se tiraban tallas o «cuidado, no te vayan a pegar un combo, baja con cuidado, no empují». La gente se empezó como a reír de la situación. Yo no creo que haya sido algo tan terrible lo que hizo el caballero como para que durara tanto la discusión, yo creo que estamos todos muy estresados.

La gente está muy agobiada, muy cansada por la vida corriente que desarrolla. El espacio de interacción, que es la «calle», se constituye en un espacio de expresión de irritaciones que la trascienden. La lucha por el espacio es en este sentido, al mismo tiempo y por otro lado, una lucha por el tiempo. Se trata de expresiones que revelan pobladores estresados y presionados por una vida que les exige un uso excesivo del tiempo, ya sea por la precariedad de sus trabajos que los obliga a la pluriactividad, por el efecto del «trabajo sin fin» y su demanda desmesurada (Araujo y Martuccelli, 2012) o agobiados por los largos recorridos al trabajo, los que afectan especialmente a los sectores más pobres, que han visto crecer la distancia con sus lugares de trabajo y empeorar la conectividad, la que se sitúa entre los 90 y 120 minutos diarios (Bannen, 2011). Para las personas, como lo muestran las observaciones, por ejemplo, en el terminal San Borja, resulta, por sobre todo, imperativo cuidar sus propios tiempos. Es por esto que las mínimas interacciones que se dan en un espacio abarrotado y sometido a una cierta actitud maquinal de las personas tienen que ver con «el que se cuela en la fila y el enojo del resto», «la molestia por quien demora en pagar». De hecho, como lo sostiene uno de los informantes en una entrevista realizada en el marco de esta observación, un trabajador del terminal, las personas tienen internalizada su condición de clientes que adquieren un servicio por el cual pagan y que, por tanto, asumen que ello les da ciertas facultades, entre ellas pasar por encima del otro. Por el hecho de estar pagando, «se cree con el derecho de tratarlo mal a uno». Pero sobre todo, asegura el informante, las personas se enojan por los tiempos. Al final, dice, «son ellos los que llegan atrasados» y por eso «quieren todo rápido y no se puede, uno no da abasto»17.

La más importante constatación y la más llena de consecuencias de lo hasta aquí expuesto es que en la «calle» una especie de economía del más fuerte gobierna las interacciones y define las formas de trato que reciben las personas. Aunque podríamos mostrarlo también con respecto a la cuestión de las interacciones en los barrios bohemios o simplemente en la de los tránsitos por las aceras, el Metro sirve de ejemplo privilegiado porque es una expresión condensada y exponencial de esta realidad18. En el Metro, en las horas más complejas, los que están allí de forma regular lo están porque son «capaces» de estar. La mirada lo confirma. Hay una restricción tácita a ciertas presencias en el Metro en las horas de mayor flujo, las que, no hay que olvidarlo, son las más importantes en términos de necesidades de traslado de la población. En esos momentos están particularmente ausentes los niños, los adultos mayores de más edad y los discapacitados, a los que se suman personas que por propia iniciativa han decidido restarse para no violentar ni ser violentados y que o asumen reestructurar sus tiempos, en algunos privilegiados casos, o buscan los buses como medio alternativo de transporte, aunque ello pueda implicar una inversión de tiempo bastante mayor. Existe desigualdad de acceso a este espacio común en los momentos de mayor demanda y significación, porque las condiciones estructurales terminan por hacer que su acceso sea privilegiadamente para los «sanos», los jóvenes, los más fuertes. Hay desigualdad interaccional porque es una lucha en la que la puesta en escena de la propia fortaleza (verbal, física, actitudinal) es esencial para «derrotar» al más débil.

En efecto, las transformaciones en el transporte introdujeron una nueva arista de la desigualdad en esta esfera. Si antes se «quedaban abajo» del Metro los pobres, hoy se «quedan abajo» los débiles. El Metro, sus vagones, sus corredores y sus andenes se constituyen en un escenario, pero hay otros en los cuales el físico y la juventud son los prerrequisitos para sortear las dificultades creadas por una intensificación de la lucha por el espacio y el tiempo, donde los que no poseen las condiciones físicas o hasta de personalidad están en clara desventaja. De este modo, las desigualdades que se juegan en ese espacio no devienen por razones socioeconómicas solamente ni principalmente. Son generacionales: jóvenes-viejos. De género: hombres-mujeres. Y sobre ellas, de capacidad física y psíquica: fuertes-débiles.

Esta experiencia de la calle, en el sentido que aquí le damos, desarma una imaginería de la misma como lugar de encuentro entre iguales, libre de jerarquías, lugar de horizontalidad de las relaciones sociales. Se consagra más bien, como se ha señalado y se ha procurado demostrar, en una arena interactiva en la que la desigualdad se expande y en donde la violencia, a veces sutil, a veces descarnada, es componente de los intercambios relacionales. Quien no cumple con los criterios de competencia es expulsado y conminado a buscar alternativas que algunas veces simplemente no existen, restringiendo sus oportunidades. Lo que provocan tales circunstancias en aquellos maltratados en las interacciones, expulsados o simplemente expuestos a la experiencia, son sentimientos de no ser tratados como personas. Un sentimiento de que la dignidad les ha sido arrebatada, de ser, como dice una entrevistada, «tratados como animales». De ser expuestos a una experiencia de indignidad, por el maltrato, por cierto, pero también por una situación que los conduce a comportarse en las interacciones de maneras que ellos mismos consideran inaceptables. El tono general es de rabia contra el otro y contra el sistema.

Por supuesto, y esto para evitar malos entendidos, estos espacios son también escenarios de otro tipo de interacciones, más amables y satisfactorias. Pueden ser el lugar de la presencia amable de familias con niños bulliciosos los fines de semana, de músicos callejeros que interactúan con las personas y de gestos de amabilidad. Puede incluso ser un espacio para el descanso y el relajo, pero que lo sea, y esto es esencial, está condicionado a que haya una desactivación de la lucha por el espacio (y el tiempo). En el momento en que ello entra en escena, las desigualdades (y las irritaciones que las acompañan) se activan de forma inmediata.

En el reino de la soberanía del más fuerte, el sentimiento para muchos es el de ser colocados, de modo ordinario y cotidiano, en posición de una rebajada humanidad. Las desigualdades interaccionales se despliegan de manera ordinaria.

Desigualdades interaccionales e instituciones
Materialidad, instituciones y expectativas

Las desigualdades interaccionales competen no sólo a las formas de trato no igualitarias y no horizontales recibidas de los otros encarnados, sino también a aquellas que emergen de la relación con las instituciones. Éstas pueden corporeizarse de maneras distintas. Una de ellas es, por supuesto, en las interacciones que se desarrollan en la interfase entre la institución y los ciudadanos (formas de atención, lógicas de preeminencia en el reparto de bienes, etc.), pero ellas igualmente pueden encarnarse materialmente. Desde la perspectiva que adoptamos aquí, esto no refiere solamente a una perspectiva distributiva, por ejemplo al hecho concreto y cuantificable de la provisión diferencial de bienes que siendo considerados comunes deberían estar distribuidos de maneras más igualitarias, como el número o la cualidad constructiva de las escuelas a disposición de un grupo social u otro. Siendo esto esencial, a lo que aludimos aquí refiere a algo más. La materialidad es un símbolo pero también un vehículo que canaliza formas de trato institucional a las personas, las que son percibidas como una sanción social respecto al propio valor como personas y al lugar ocupado en la sociedad.

Si lo anterior es aplicable a muchos dominios, es probablemente la calle la esfera en la que de manera más vívida y constante la materialidad cumple esta función. Ella es el surtidor tangible, visible y corpóreo de un conjunto copioso y permanente de experiencias ordinarias y cotidianas. Las experiencias en la calle –como desarrollaremos en detalle–, por mediación de las formas que toma la materialidad de la misma, producen una percepción vívida de la desigualdad, de ser tratados de manera desigual según los sectores sociales de pertenencia. El tránsito por la ciudad –para volver a nuestra discusión del primer capítulo–, el paso por territorios ajenos, pone en evidencia esta desmedida distancia de la provisión material, la que, y esto es fundamental, es leída como una sanción sobre la cualidad de ciudadano y persona, sobre el «rango» de persona al que uno pertenece. Para volver a la afirmación de una de nuestros entrevistados, a modo de ejemplo, la experiencia en el Metro coloca a las personas en el rango de animales. Lo esencial aquí, vale la pena hacerlo explícito, es que la calle en cuanto espacio urbano de uso común concentra un conjunto de signos que provienen de las ofertas de infraestructura y servicios que están a cargo, en la mayor parte de los casos, de instituciones públicas, es en ellas en las que recae la atención de las personas y en donde se concentran las experiencias de desigualdad que testimonian (por ejemplo, el estado de las calzadas o la limpieza de las calles).

La magnitud de estas percepciones de la desigualdad de trato por parte de las instituciones y sus efectos deben ser vinculados directamente, por un lado, con las transformaciones de las expectativas en las condiciones de vida que han afectado a la población en las últimas décadas, pero también y de manera principal en una transformación de su autoimagen como sujetos sociales.

La condición histórica actual de la sociedad ha sido fuertemente esculpida por las consecuencias de la temprana instalación del modelo económico neoliberal y de la fase de crecimiento regional que lo acompañó. La instalación del nuevo modelo enfrentó a los individuos a la necesidad de reformular su condición de sujetos económicos y laborales19, pero también a encontrar nuevos acomodos frente a la tempranamente disputada ampliación de esferas que se desarrollan bajo la lógica de la mercantilización (Moulian, 2002; Richard, 1998). La transformación del capitalismo chileno no implicó sólo una transformación de las bases económicas, sino una nueva oferta de modelo de sociedad. Como ya discutimos en el primer capítulo, las exigencias para las personas sufrieron una profunda transformación (Méndez, 2009; Cárcamo-Huechante, 2007): la imagen de una sociedad móvil y competitiva; la valorización de la ambición personal y la confianza en el esfuerzo propio; la entronización de una idea de las personas como fuertemente responsabilizadas de su destino personal; individuos concebidos principalmente como propietarios de diferentes formas de capital que deben obtener y aumentar (estudios, compras de bienes, redes, etc.); una oferta de integración vía consumo y crédito (Araujo y Martuccelli, 2013).

Las transformaciones estructurales, institucionales y relacionales que se cristalizaron han dado lugar a un conjunto de críticas tanto individuales como colectivas al «sistema». Pero, si esto es así, por otro lado la mejora de las condiciones de vida aparece como un hecho innegable y valorado. Estas décadas posibilitaron logros que para muchos constituyen auténticas rupturas en sus propias historias familiares20. Expresivo de lo anterior son el aumento de los niveles de escolaridad y el porcentaje de nuevos grupos que se incorporan a la educación superior21; el descenso del número de personas viviendo bajo la línea de pobreza; el mejoramiento del equipamiento de los hogares22; o el aumento de oportunidades de consumo23. Lo relevante para nuestro argumento aquí es que además, como lo muestra nuestro trabajo, estas mejoras en las condiciones de vida terminan por nutrir las expectativas de mayor cercanía con otros grupos sociales, así como por renovar el horizonte de aquello a lo que legítimamente se puede aspirar (Araujo, 2017).

De otro lado, una combinación de las crecientes “expectativas de horizontalidad”, discutidas antes, y la emergencia de individuos con una imagen fortalecida de sí, resultado de una práctica continuada de respuestas a las exigencias que emergen de factores como la fragilidad de las protecciones sociales o de las regulaciones respecto a las exigencias del mercado, han producido actores con una confianza aumentada en su propio valor como iguales y en sus propias capacidades y agencia. En consecuencia, y por contraposición, se trata de individuos con una mayor sensibilidad a las desigualdades, y en particular a aquellas que competen a las formas de trato que se reciben de las instituciones.

Por cierto, estos procesos, cuando son vistos desde la perspectiva de la calle, se conjugan con los efectos de la segregación residencial urbana, la que toma su mayor fuerza a partir de los procesos de erradicación de finales de los setenta e inicios de los ochenta y sus efectos actuales en términos de ofertas diferenciales de infraestructura según zonas, clasificadas por el poder adquisitivo de sus habitantes. Estas ofertas diferenciales son resultado tanto de la magnitud y modalidad de la provisión de servicios como de la planificación y del diseño de los espacios (de Ramón, 2007; Sabatini y Wormald, 2005). Para dar sólo un ejemplo, la disponibilidad de áreas verdes tiene un alto grado de desigualdad entre las comunas. Mientras las comunas más pobres registran entre 0,4 y 2,9 m2 por habitante, las comunas más ricas disponen en promedio de entre 6,7 y 18,8 m2 por habitante (Ministerio de Medio Ambiente, 2013).

Lo que resulta central para el punto de vista aquí adoptado es que estos diferenciales materiales son percibidos en términos de experiencia estética, pero también de cuidado recibido. Ambos tipos de experiencia, interpretados como evidencias de las desigualdades, conducen a formas de percepción de sí asociadas con sentimientos de indignidad y de disminución.

Para graficar este tipo de desigualdades vamos a discutir dos casos: la protección contra los delitos y las interacciones con los actores responsables de la seguridad, y la cuestión de la limpieza y la suciedad en la imaginería de la ciudad. Se empezará por esta última.

Desigualdades interaccionales: experiencia estética y cuidado
Limpieza y suciedad

Quizás uno de los elementos que aparecen con mayor frecuencia, tanto en las observaciones como en los relatos de los actores-informantes y entrevistados, es una mirada comparativa de los barrios de la ciudad respecto a las diferencias en el ornato y limpieza de las calles. Una de nuestros actores-informantes, quien debe recorrer la ciudad por su trabajo de vendedora en una ruta que considera tres puntos (Providencia, Las Condes y Pedro Aguirre Cerda), lo pone en estos términos:

Me llama la atención el tema de la limpieza. De las distintas partes que estuve, en el centro hay mucha gente que está limpiando, pero aun así el centro no es limpio, o sea igual hay esmog, mal olor, mucha bulla, mucha bulla, mucha gente. Y obviamente tiene que haber suciedad porque no somos un país de cultura limpia. Como te decía antes, cuando fui al Parque Arauco ahí hay mucho verde, hay mucho espacio, se siente libertad, no hay tanto ruido, por el mismo espacio como que el ruido se va, la gente no tira papeles al suelo, es otro mundo… hay sectores sociales que por la clase social son más sucios, menos agradables, y hay partes, también por la clase social, mucho más agradables, donde hay mucho más espacio, mucho más color, mucha más vida, si se quiere.

Pero todavía más, las representaciones, de las cuales la aquí citada es un ejemplo, terminan por anudar esta constatación estética a un juicio que atribuye a las personas de estas zonas más ricas una calidad de vida muy por encima de la que se tiene en sectores populares. Así, en las representaciones, la dimensión estética está vinculada con la cuestión anímica y en última instancia con la salud mental24.

Frente al Teatro Municipal de Las Condes, fuera del Metro, hay un monumento muy bonito, muy bonito. Eh, todo limpio, ordenado, mucho espacio, verde, harto árbol. Autos, casi todas camionetas. La gente era, yo diría, creo que era más relajada. O sea era como que respetaban más los pasos de cebra... Yo miraba a la gente que iba dentro del auto e iba sonriendo, algunas iban cantando, otras conversando con su familia. Observé que había gente limpiando el entorno. Me subí al Metro (Estación El Golf/K.A) y estaba limpio, eh, no lleno, era hora peak (mujer, 41 años).

No solamente las experiencias estéticas se vinculan con la idea de una mejor calidad de vida, sino que también con menores niveles de conflicto, procesos de dignificación y de adhesión al espacio.

Las experiencias estéticas relacionadas con la limpieza y el ornato atraviesan los diferentes sectores. En las observaciones participantes hechas en La población x25, situada al Sur de la ciudad, el asunto de la basura surgió con frecuencia como un eje problemático y sistemático. Las observaciones mostraron desechos desparramados alrededor de los basureros, pero también en el suelo, en el pasto y en las esquinas. Por supuesto, la primera versión sobre las razones de este hecho es personalizada y atribuida a una suerte de cultura (o falta de ella) de las personas mismas. Este descuido con el espacio propio percibido por los vecinos de estos sectores tiende a ser interpretado por las personas como falta de respeto a los otros, o de manera más específica, a la dignidad del otro: «No tienen mucha conciencia con uno, porque uno tiene que recoger la basura de lo que botan ellos (…) estaba en la plaza de allá atrás, es cochina esa plaza» (mujer de 57 años, habitante de la población X). Pero, tras esta acusación personalizada, la responsabilidad de las instituciones no tarda en aparecer. Los lugares están así porque han sido descuidados institucionalmente y esa falta de cuidado ha producido una suerte de desidentificación con el lugar.

El descuido produce descuido. La convivencia con la basura y la experiencia estética desagradable que se genera por el descuido institucional termina por naturalizar su presencia y da continuidad a ciertas prácticas. La basura en las calles, el mal estado de los paraderos o de las calzadas resulta en una toma de distancia impotente, en un desapego que redunda en la reiteración del descuido o en una retracción hacia los espacios individuales. Ver la suciedad cuando se vuelve al barrio «deprime», reconoce una entrevistada que vive en una zona de escasos recursos y que cruza la ciudad cada día para trabajar en uno de los barrios más pudientes de la ciudad. Ella opta por encerrarse en su casa y «no mirar» el estado en el que se encuentran las calles de su zona.

La importancia atribuida a este asunto de la suciedad y la limpieza es visible, al mismo tiempo, en el hecho contrario. Si muchas personas fueron observadas con frecuencia echando basura (un periódico en el suelo del paradero, latas de cerveza en algunas plazas), otra parte de los habitantes de la zona fueron observados recogiendo y cargando basura en bolsas personales o elaborando carteles para crear conciencia en los vecinos.

Un espacio contencioso se constituye, así, en torno al tratamiento de la basura y la relación con el espacio. Por supuesto, como acabamos de verlo, con los cohabitantes del espacio, pero también con las instituciones que son responsables de ello (no sólo de la basura, sino además de proveer áreas verdes, por ejemplo). Una lucha que no sólo pasa por la cuestión de la salubridad, sino principalmente por la cuestión de la dignificación, ya que la limpieza y la experiencia estética que ella provee hace parte constitutiva de lo que en otro contexto se ha denominado la «cultura de la decencia» (Martínez y Palacios, 1996). La limpieza es leída como un indicador del valor que se le da al propio espacio. Por un desplazamiento se produce una identidad entre el cuidado del espacio y el grado de dignidad. La basura, la suciedad, no es un ítem menor, porque se asocia directamente con el grado de dignidad que se posee. La experiencia estética es en última instancia una sanción sobre el valor de cada cual como persona.

Seguridad y cuidado

El temor a la delincuencia y a la violencia es una de las características más importantes de los habitantes de la ciudad, por lo que las formas en que la seguridad funciona es uno de los aspectos álgidos en la percepción de las personas. Y esto es transversal a la sociedad. Más allá de los datos concretos y de la brecha eventual entre magnitud real de ocurrencias y grado de temor, o de las especificidades de las ocurrencias según zonas en estos casos, lo esencial aquí es que el sentimiento de inseguridad está extendido en toda la población (Subsecretaría de Prevención del Delito, 2015). En este contexto, y a pesar de este carácter transversal, uno de los elementos que aparecen de forma transparente en nuestro material es la manera diferencial en que se despliegan las interacciones con los actores responsables de la seguridad según sector social y la desigualdad de trato que ellas implican.

Al menos aparecen tres tipos de relación con los actores responsables de la seguridad. Primero, el sentimiento de una relativa ausencia de los mismos, que hace que la percepción principal sea estar principalmente destinado a protegerse con los propios recursos y estrategias. Esto es particularmente claro en zonas caracterizadas por la hegemonía de lo que Salcedo ha llamado «pobreza guetizada» (Salcedo, 2011: 283). Segundo, la experiencia de los agentes de seguridad como agentes de inculpamiento, vivencia especialmente presente en las zonas populares y medias en las que hay una percepción ambivalente de la relación con estos actores. Tercero, la experiencia de los agentes de seguridad como agentes efectivos de protección. Esta última está particularmente presente en las zonas de la ciudad que concentran a personas de mayores recursos.

Veamos el primero. Las observaciones participantes en la población X pueden servir para graficar esta modalidad. La violencia es un elemento que simboliza el imaginario de la población en la mayoría de sus relaciones. Está presente en los relatos de los mayores, se subraya en los relatos de los jóvenes, y se comienza a articular subjetivamente en los niños. Así, por ejemplo, las balas se constituyen en protagonistas destacadas de los relatos, de las imágenes y hasta de los juegos. Una feriante cuenta que su nieta no la visita porque en su casa (vive en otra zona de Santiago/K.A.) al salir a la calle escucha pajaritos, pero al venir a la población X escucha balas. Resulta, por otro lado, común ver en las calles a niños jugando a los pistoleros, apuntando, disparando y haciendo efectos especiales con la boca, y esto incluso en niños menores de 5 años. Las balas aparecen como signos asociados a la «choreza», la cual, aunque en muchos casos también funciona como contrarreferente, resulta con frecuencia bien valorada entre los adolescentes y adultos jóvenes. Las balas acompañan una forma de socialización entre los propios pares, que subraya la plena libertad para ejercer el dominio no tan sólo territorial sino también simbólico. Pero la violencia va mucho más allá y refiere, entre otros aspectos, a una lógica indiscriminada del garabato como insulto, como reto y como forma también familiar de relación. Junto a lo anterior, la droga resulta ser uno de los movilizadores más repudiados por los habitantes que no pertenecen a estos dominios, pero está explícitamente presente en la calle. La droga es, sea rechazada o endiosada, una posibilidad cierta, accesible y por sobre todo visible. La droga está al acceso de cualquiera que esté familiarizado con el sector; es muy frecuente y relativamente seguro su consumo en la calle. Para ello se ocupan las plazas, las paredes, las esquinas, los sitios eriazos, su olor está en el aire, se ve en las narices de algunas personas, sus rastros se encuentran expuestos a la luz del día; de hecho en el suelo de algunas calles no cuesta nada ver una gran cantidad de pequeños papeles cuadriculados sueltos en donde se empaquetan las pequeñas dosis. La presencia al descubierto de todas estas formas de amenaza es expresiva del hecho que los agentes de protección ciudadana no son capaces de cumplir con su función. La protección corre por cuenta de cada cual.

Un buen ejemplo lo da la seguridad de las casas. Los procesos de enrejado y reclusión cada vez más extendidos (Dammert, 2004) construyen una frontera metálica con la calle. Otro ejemplo son los postes con alambres de púas, destinados a que no se suban a robar el cobre (para luego venderlo), como aconteció hace unos años cuando hubo un alza significativa de esta materia prima y el cableado de la población quedó devastado. Los robos y algunas muertes de jóvenes electrocutados han coincidido con la reducción de la oferta de servicios de comunicación de compañías privadas en la zona, restringiendo el acceso de la población a estos sistemas. Así, las formas de protección autogestionadas son múltiples, pero, sobre todo, esta relación a distancia con los actores responsables de su protección colocan a la población en una situación de desventaja, pues aquí también queda expuesta a la ley del más fuerte y a consecuencias indeseadas. Una expresión clara y dramática de lo que venimos de afirmar es la escena consignada en su cuaderno de campo por la investigadora responsable del trabajo en esta zona:

Camino por Santa Rosa en dirección norte, me detengo a ratos, las casas de esta cuadra son de dos pisos, están todas juntas una de la otra, son de color rojizo ladrillo. En la esquina del primer pasaje, desde el ombú hacia el norte, se lee un mural del Colo-Colo que dice «traigan vinos que copas sobran». Decido entrar por el pasaje pues veo gente. Una mujer y un joven se acercan y me preguntan directamente qué es lo que estoy haciendo, pero con un tono cordial. Me preguntan si estoy haciendo alguna encuesta. La mujer tiene unos 50 años, usa aros de oro, tiene el pelo teñido y un chaleco de color fucsia. Conversamos un par de minutos y comienzo a caminar con ella por el pasaje. Le pregunto qué tal la vida en la población y me dice «sí poh, si acá está muy malo, por eso te vimos del segundo piso y vinimos a preguntarte que hacías». «¿Muy malo por acá?», replico. La mujer me responde: “Si po, la droga, la delincuencia, una tiene que andar pendiente”. La conversación resultaba dificultosa por la gran cantidad de perros ladrándome y ahuyentándome del lugar, por lo que decido devolverme y seguir mi ruta. La mujer sonríe y me dice: «Acá no tenemos balas para defendernos, pero sí tenemos perros».

Las relaciones de poder están siempre en disputa y se superponen unas a otras. La segunda y tercera formas de interacción con los agentes de seguridad las presentaremos de manera conjunta. Mientras, como señalamos, una compete a formas de acción e interacción que aparecen claramente como de protección, en la otra ellas más bien surgen como una acción de búsqueda selectiva de sospechosos o «vigilados». A pesar de que existen ejemplos de lo anterior en lugares de la calle muy distintos, como los barrios comerciales (Meiggs, por ejemplo) o la Estación Central, donde la actuación de la seguridad estatal y privada tiende a privilegiar los intereses comerciales del sector haciendo una vigilancia selectiva que tiene como objeto el comercio informal, utilizaremos, para graficar este punto, el caso de los parques26.

El Parque Forestal es un parque abierto situado en el Centro de la ciudad. Los parques abiertos se ubican entre calles y son atravesados por ellas. Si bien tienen sus límites en las veredas que los circundan, no se dibuja una estricta frontera con el exterior. Esta cuestión influye en al menos tres consecuencias. Uno, el alto movimiento de usuarios que se desplazan por el parque, cruzándolo más que instalándose en él. Una segunda cuestión de los parques abiertos tiene que ver con la ausencia de infraestructura para uso colectivo. La tercera cuestión es que son accesibles con facilidad tanto de día como de noche. En concordancia con su carácter abierto, la seguridad está a cargo de carabineros principalmente, aunque haya tránsito eventual de vehículos de seguridad ciudadana de la comuna. En este caso las formas de protección aparecen especialmente y con frecuencia como acciones de vigilancia ante un potencial sospechoso. Un fragmento de las notas de campo del investigador a cargo muestra con claridad la naturaleza y característica de las interacciones con los agentes institucionales en la calle.

Hacia el sector norte del parque me doy cuenta de la presencia de carabineros en sus motos revisando a tres personas aparentemente enjaranadas (sic). Me senté y al parecer fijé mucho mi atención en ellos, pues luego de revisarlos a ellos, una moto llega rápidamente cerca mío, preguntándome qué estoy haciendo en tono inquisitivo y soberbio. Dado que no tenía algo de lo que sospechar, se van. Siguen su camino por el parque, desplazándose en sus motos. Dan miedo, se mueven entre las áreas verdes, donde hay niños y mascotas. Cuando ven a alguien sospechoso lo rodean entre tres motos. Rompen con el equilibrio y la tranquilidad del parque. Son autoritarios. Buscan entre las personas que están en el pasto a alguien que esté haciendo un acto delictivo. Paran a un grupo donde había un inmigrante y también a un hombre en una cita que usaba buzo. Mientras están en «búsqueda de su presa», pasa a mi lado una familia, un hombre con una mujer y dos niños, dicen entre susurros y mirando a la policía: «Hijos del gobierno».

La búsqueda del «sospechoso», además de ser en sí misma una forma de trato rechazada por las personas, como lo muestra el comentario enojado de la pareja hacia el final del relato, es una forma de trato en la que factores estigmatizantes entran en acción. Se sospecha y se trata como sospechosos a los jóvenes, a los inmigrantes y a las personas que delatan su proveniencia social a partir de su apariencia, en particular, en este caso, por el uso de ciertas prendas de vestir (buzo).

El Parque Bicentenario, por el contrario, da un buen ejemplo de la otra forma de interacción y de trato de los actores de seguridad mencionada al comienzo de este apartado: aquella del cuidado. El Parque Bicentenario está situado en la comuna de Vitacura, una de las más ricas de la ciudad. Es un parque de tipo cerrado, en el sentido que tiene sus límites definidos, en términos concretos edificados ya sea por rejas o muros, y por tanto el funcionamiento de instituciones o agentes de seguridad está definido en su interior. En este caso, como en el de otros parques cerrados como el Parque O’Higgins o Quinta Normal, es la institucionalidad municipal la que se hace cargo del parque, pero en éste más que en ningún otro, la presencia de esta institucionalidad es masiva. El logo de la municipalidad está distribuido por todo el parque. Aún más, la municipalidad se encuentra anexada, por lo que el parque aparece como si fuera un jardín propio. Este parque se revela como un espacio en el que la relación de los responsables de la vigilancia con las personas emerge como de protección. Por un lado, asegurando todas las posibilidades de control interno, ya que tiene muchas cámaras de seguridad en su interior, así como un completo juego de luces para la noche que redunda en la impresión de que no hay sitios oscuros, al contrario de lo que ocurre en el Parque Quinta Normal, donde al caer la noche se dificulta la visión y la gente se retira en masa. Adicionalmente, el fin de semana los guardias del parque utilizan un chaleco reflectante y se mueven en carros de golf, sin interferir en las actividades de las personas ni interpelarlas de manera constante. Entregan, así, un sentimiento constante de seguridad a los y las visitantes, preferentemente personas de la comuna reconocibles por su apariencia exterior. Por otro lado, esta impresión se logra a partir de una división en la que el público asistente es mayoritaria y preferentemente tratado como objeto de protección, lo que implica situar a los «sospechosos» en «otro lado», como lo revelan los letreros que pueden encontrarse en su interior y que estimulan a las personas a que cada uno «sea un vigilante más».

De este modo, si la relativa ausencia de los actores de seguridad abre la puerta a una situación en la que reina la ley del más fuerte y por tanto da espacio para un conjunto variado de desigualdades interaccionales, los modos de enfrentar la cuestión de la seguridad, según sector social, abren un abanico de experiencias de desigualdad interaccional en las personas, quienes, ya sea por edad, por nacionalidad, por color de piel o por clase social, terminan por convertirse más que en el objeto de la protección, en el objeto de sospecha e interpelación.

El cuidado, traducido en términos de protección como un bien que debería ser común e igualitariamente repartido, se revela vinculado con un campo de experiencias de desigualdad en razón de la pertenencia a uno u otro sector socioeconómico. Estas experiencias se nutren, de manera privilegiada, de las formas de interacción entre los actores responsables de la seguridad y las personas. Las formas de trato que se reciben testimonian un reparto desigual del cuidado y de la protección y, en esa medida, de los procesos de estigmatización en marcha en la sociedad.

Las calles, la desigualdad interaccional y la sociedad

Las experiencias en las interacciones ordinarias y cotidianas son un espacio privilegiado para poner a prueba el vigor y la vigencia del principio de la igualdad en su afán de modelar las relaciones sociales. En estas interacciones, los individuos hacen la experiencia de la eficiencia, plausibilidad y modos de cristalización de la igualdad en las lógicas relacionales de la sociedad. Esta experiencia aporta a definir las orientaciones de su acción en el futuro. Al mismo tiempo, por intermedio de esta experiencia, los individuos son confirmados o desautorizados respecto de las formas de entenderse a sí mismos y al mundo social, pero también de sostenerse (vía dignidad, auto-respeto, etc.) y actuar (hacer uso o no de «pitutos», por ejemplo) en él. De este modo, la creencia en la igualdad (su fortaleza como ideal), su destino en la modelación de las relaciones sociales, su efecto para las orientaciones de la acción individual y su peso incluso en el bienestar personal pasan de manera importante por lo que se juega en el ámbito interactivo.

Un ejemplo puede servir para aclarar lo hasta ahora señalado. Si voy a un servicio de salud y no importando cuál sea la magnitud de mi sufrimiento, mi turno de atención se ve alterado por la llegada de una persona conocida por el médico tratante, es evidente que hay allí una experiencia que afecta mi expectativa de un trato justo e igualitario. La experiencia decantará, con probabilidad, en un saber sobre lo social en el que la lógica de los privilegios, ya sea por apellido, por recursos económicos o por apariencia, es una lógica activa que funciona ordenando el paisaje interactivo. Digamos que la experiencia topa con mis expectativas, con mis ideales igualitarios, y al hacerlo tiene un efecto de erosión. En esa misma medida, al chocar con mis ideales me devuelve una imagen de mí que afecta mi dignidad –aspecto en el que se ha concentrado el trabajo de Honneth (1997)–. Pero, más todavía, ella también contribuye a definir la dirección de mis estrategias de acción en el futuro y las formas en que las legitimaré. Puedo, así, por ejemplo, en otra situación futura, hacer uso de los privilegios que pueda movilizar, aunque ello vaya contra los ideales de trato igualitario que pueda tener, legitimando ahora mi acción con lo que la experiencia me ha mostrado sobre las lógicas sociales en acción («ya sé que no debería hacerlo, pero si no lo hago no lograré nada en una sociedad como ésta porque es así como funciona»).

Por eso, si no resulta extraño que las experiencias en las interacciones sociales ordinarias sean el espacio privilegiado de la verificación de igualdad, tampoco lo es que las experiencias en ellas resulten tan decisivas para los juicios y representaciones desde las cuales se produce la imagen de la sociedad en la que vivimos, pero también a partir de las cuales se define la adhesión o no al colectivo. Las interacciones sociales son una fuente privilegiada de insumos para los juicios acerca de la justicia efectivamente actuante en la sociedad y, por ende participan en establecer la magnitud del apego o desapego a ella. Finalmente, estas experiencias de desigualdad no sólo revelan lógicas sociales e intervienen negativamente en los montantes de adhesión al colectivo, sino que además aportan al desarrollo o a la preservación de cursos de acción que erosionan el ideal normativo de la igualdad. En la sociedad chilena, de manera específica, la disonancia entre la expectativa ideal de igualdad, de un trato igualitario a nivel de las interacciones con otros y con las instituciones, y las lógicas sociales que se generan en las experiencias que se enfrentan de manera ordinaria y cotidiana tienen como resultado que el ideal de igualdad pierda potencia para ser una orientación efectiva de las formas en que los individuos se conducen.

Las experiencias sociales de desigualdad en un contexto de elevadas expectativas de igualdad afirman el espacio para el uso desregulado del poder e interfieren en el desarrollo de la confianza indispensable para la coordinación social. Transforman diferencias en desigualdades de estatus y condición. Además, intervienen desordenando el campo de relaciones y obstaculizando la generación de un espacio común (Da Matta, 2002), horadan los principios de la autoridad y producen una tendencia a la retracción y a la gestión individual de los conflictos sociales. La pervivencia de la discriminación y de la lógica del privilegio que aquellas experiencias revelan en esta sociedad confirman la vigencia de una estructuración jerárquica de la misma (Bengoa, 2006; Larraín, 2001; Salazar y Pinto, 1999), la que interviene de manera activa como obstáculo para la construcción de un espacio que enlace a los individuos más allá de sus particularidades y que les permita en un cierto registro la experiencia de igualdad necesaria para producir una imagen de la sociedad y de sí mismos en ella, fundamento de toda democracia real.

Acercarse a esta dimensión de la desigualdad, como las desigualdades de trato y en particular las desigualdades interaccionales, es entonces reconocer una dimensión esencial de la democracia, aquella que se inscribe desde el tejido social. Las interacciones cotidianas se revelan así, y esta es probablemente la tarea más importante a futuro, como el campo de acción por excelencia para las tareas de democratización social indispensables para la sociedad chilena, y, como lo hemos intentado mostrar en este capítulo, en este ámbito la calle juega un rol especialmente destacado.

12 Este capítulo es una versión resumida y levemente modificada del documento de mi autoría «La Calle y las desigualdades interaccionales», publicado por el PNUD-Chile en Santiago en 2016. Agradezco al PNUD-Chile por el permiso para su reproducción.

13 Las reflexiones de este capítulo se basan en el análisis del material de la investigación etnográfica sobre las calles de Santiago, la que ha sido ya presentada en la introducción.

14 La tarifa integrada corresponde a la suma de la tarifa del servicio puro de la primera etapa del viaje y los valores aplicables a las combinaciones de los servicios utilizados en un periodo determinado. Así, los usuarios pueden realizar trasbordos entre buses troncales y el Metro con el pago de un pasaje por un tiempo de 60 minutos –más tarde aumentado a 90–, así como a su vez, trasbordos entre buses alimentadores y troncales o Metro con un costo adicional (Transantiago, 2005).

15 En efecto, el crecimiento mayor de la afluencia de público fue el de las líneas 4 y 4a que conectan dos comunas populosas del sur de la ciudad, La Granja y San Ramón. La composición de usuarios del Metro, desde el primer periodo en marcha del sistema Transantiago hasta el último reporte del año 2014, muestra que aumenta el flujo de usuarios del segmento D. En 2008, alrededor de un 8% corresponde al segmento ABC1, un 25% al C2 y un 42% al C3, mientras que un 20% corresponde al segmento D y un 5% al E. En 2014, cerca de un 11% es ABC1 (explicado por la expansión de la línea 1 hacia el oriente de la ciudad), un 26% C2, 30% C3 y un 33% D (Metro de Santiago, 2009 y 2014).

16 6,4 pasajeros por metro cuadrado promedio (Metro de Santiago, 2007, El Mercurio, 2017).

17 Esta lucha por el tiempo se expresa también en toda su capacidad de distorsión de las relaciones sociales en otra escena relatada por una actora-informante, una mujer de 60 años, vendedora en un puesto en El Llano en San Miguel: «El otro día chocó una camioneta con una micro y la gente de la micro se bajó a ver qué pasaba, casi todas eran mujeres, y empezaron a increpar a la señora porque no quería salir de delante de la micro. Tenía el auto cruzado. Entonces le empezaron a decir que se corriera, la señora del auto empezó a gritar, no se quería correr, el chofer no se bajaba, al final se bajó, y no se quería correr porque quería que llegaran carabineros, los cuales no aparecieron, llegó Paz Ciudadana de la comuna. Las personas comenzaron a hablar con Paz Ciudadana, con el chofer y la señora que gritaba, y le empezaron a decir que no le había hecho nada al auto. Otra señora que venía en la micro le gritaba a la señora del auto que se preocupara de la guagua que tenía adentro, que no hiciera más atado, que era una ataosa (sic), que tenía el medio auto, que no le había pasado nada, que para qué hacia tanto show, mientras los demás grababan la escena».

18 Para un análisis detenido de este medio de transporte ver el capítulo 5.

19 Ver los trabajos de Stecher y Godoy, 2014; Ramos, 2009; Soto, 2008; Dirección del Trabajo, 2009; Todaro y Yáñez, 2004.

20 Un 49% de los chilenos percibe una situación de mejora en su posición social respecto de sus padres, un 58% en el nivel de ingresos, un 54% en la situación laboral y un 53% en la vida familiar (Encuesta CEP, 2014).

21 La educación superior aumenta de una cobertura bruta de 15,6% en 1990 a 45,8% en 2011 entre personas de 18 a 24 años (Ministerio de Educación [MINEDUC], 2012).

22 En 1987, el 7% de los hogares del primer quintil de ingresos poseía tres bienes tales como lavadora, televisor, refrigerador y cocina a gas, mientras que en 2002 cerca de un 74% poseía tres o más de éstos (Ariztía, 2004).

23 Larraín, 2006; Ossandón, 2012.

24 Por cierto, la atribución de este vínculo, frecuente en nuestro material, sólo puede ser considerada como una forma de representación imaginaria y como tal es movilizada aquí. Sin embargo, es preciso recordar al mismo tiempo que los indicadores de bienestar anímico y psicológico aparecen, al menos tendencialmente, como mejores en los grupos de mayores niveles educativos que tienden a coincidir en el país con los de mayores recursos. Según una encuesta del Ministerio de Salud (2010), ante la pregunta «Durante las últimas 4 semanas, ¿con qué frecuencia se sintió desanimado(a) o deprimido(a)?», por nivel educacional (bajo, medio y alto) y sexo respondieron así: siempre: bajo 7,7%; medio 4,1%; alto 1,8% (H 2,4%; M 5,9%); casi siempre: bajo 15,2%; medio 11,6%; alto 6,4% (H 7,2%; M 14,7%); algunas veces: bajo 34,3%; medio 28,6%; alto 25,5% (H 27%; M 30,7%), nunca: bajo 17,7%; medio 24,8%; alto 25,8% (H 29,3%; M 18,4%) (Ministerio de Salud, 2010). Un análisis más detenido sobre esta relación a futuro podría dar más luces acerca del grado en que la experiencia estética está o no relacionada efectivamente con el grado de bienestar anímico.

25 Se omite el nombre de la población para mantener no sólo el anonimato de las personas involucradas, sino principalmente para evitar el efecto estigmatizante que puede producir su mención, riesgo especialmente innecesario cuando, como es el caso aquí, se trata de presentar esta realidad como expresiva de la realidad de muchas otras poblaciones.

26 Se realizó trabajo etnográfico en seis parques metropolitanos: Parque O’Higgins, Parque Quinta Normal, Parque Forestal, Parque Bicentenario, Parque Fluvial Renato Poblete y Parque de los Reyes.

Capítulo 3 El barrio alto

Brenda Valenzuela27

Para quienes residen en la ciudad de Santiago y sus alrededores, transitar por la metrópolis se vincula estrechamente con la satisfacción de ciertas necesidades, principalmente laborales. Desde las comunas más periféricas de la capital se emplea una cantidad no menor de horas de movilización para llegar hacia las zonas centro y oriente de la misma, ya que en estos lugares se ubican las mayores posibilidades de empleo, acceso a salud y educación. Algunas de estas comunas, las más periféricas –muchas de ellas las de menores recursos–, aún no cuentan con un servicio de movilización expedito como por ejemplo el que brinda el Metro de Santiago, y a pesar de ello, estudiantes, trabajadoras y trabajadores se desplazan a diario por medios de transporte como el Transantiago, el Metrotren o los distintos servicios de colectivos. La conectividad se configura como una problemática que históricamente se ha abordado desde el Estado. Acorde con las políticas económicas implementadas en dictadura, a partir de 1979 se desarrolló una política tendiente a liberar el mercado del transporte urbano incorporando nuevos buses y recorridos que mejoraron la cobertura y los tiempos de espera. Pero el sistema también originó una serie de externalidades en el funcionamiento de la ciudad que han tratado de corregirse con diversas iniciativas de los gobiernos democráticos después de los noventa. En el marco de estos proyectos de mejoramiento, a principios del siglo XXI el gobierno implementó un nuevo sistema de transporte público que integró el Metro con la locomoción colectiva (Memoria Chilena, BNC, 2018). En febrero de 2007 se inaugura el Plan Transantiago, y si bien actualmente existen 118 estaciones de Metro enlazadas a esta red de buses capitalinos, para un 27% de los usuarios su traslado se prolonga por 60 minutos y más (Fernández, 2016).

Casos emblemáticos de segregación urbana son los de los barrios Bajos de Mena de Puente Alto, Pozo Arenero de La Florida y Antupamu de La Pintana. Ellos concentran el 27,2% de la segregación urbana presente en la ciudad, dejando en evidencia la falta de conectividad, infraestructura, acceso a servicios y mobiliario urbano (Moraga, 2017). Estas comunas, además, son territorios históricamente estigmatizados por aspectos negativos como la delincuencia y la pobreza.

La comuna de La Pintana, por ejemplo, obtiene el lugar número 93 a nivel nacional con la peor calidad de vida en un estudio que considera un 40% de aspectos tales como vivienda y conectividad, según la medición realizada recientemente por la Universidad Católica y la Cámara Chilena de la Construcción, en el «Índice de Calidad de Vida Urbana de Comunas y Ciudades de Chile 2018» (CChC y PUC, 2018). En contraste, siguiendo esta medición, las comunas de Providencia, Las Condes y Lo Barnechea (comunas con mayor nivel socioeconómico y ubicadas en la zona oriente de la ciudad) cuentan con el primer, segundo y tercer lugar más favorable, respectivamente.

La división de la ciudad en dos, en materia política, económica, social y cultural, es de conocimiento público. Los sectores altos concentran los mayores ingresos y accesos a todo tipo de servicios. Por su parte, los sectores bajos, que corresponden a la población más pobre y más carente de intervención, están alejados del resto de la ciudad, bajo una segregación geográfico-administrativa que sustenta y al mismo tiempo se asegura de que estos dos «Santiagos» no se toquen. De este modo, un espacio que debiera ser común para todas y todos se encuentra parcelado en una dicotomía entre ricos y pobres, quienes casi nunca se ven.

En el marco de esta problemática surge la necesidad de generar una discusión respecto de la naturalización de la división de clases en los espacios públicos y la calle, concebida ésta como un constructo simbólico de lo común y de la igualdad28. En este contexto, además, resulta importante visibilizar que un amplio sector de los residentes de barrios populares y periféricos de la ciudad no sólo transitan escasamente y por razones laborales por la zona oriente de Santiago, sino que nunca o muy tardíamente llegan a conocer los sectores altos. Por esto, a partir del siguiente relato, que se enmarca en la realización de la investigación presentada en la introducción de este libro, se pretende reflexionar sobre la experiencia con y en el lugar del otro, en torno a observaciones participantes flotantes de carácter etnográfico que realicé en el barrio Sanhattan, ubicado en el límite de las comunas de Providencia, Las Condes y Vitacura. Estas observaciones me sirven de contraste entre este sector y los diferentes del centro de Santiago, tales como la Estación Central, terminales de buses, el Paseo Ahumada, cercanías de centros comerciales, entre otros, en los cuales también realicé un trabajo etnográfico simultáneo.

El objetivo de este capítulo es poder dar cuenta de los aspectos distintivos y relevantes de los actores e interacciones entre quienes comparten el espacio de Sanhattan y el barrio El Golf, a través de mi mirada como mujer joven y socióloga, residente de la comuna de San Bernardo, ubicada en la periferia de Santiago, creciendo en un barrio particularmente alejado del centro y de los servicios que éste ofrece.

Realicé mis estudios secundarios en comunas aledañas al lugar donde vivía, en colegios particulares subvencionados. Después opté por continuar en la educación superior (mediante créditos educacionales) en una universidad privada con vocación pública, la que se hace cargo de la problemática de una sociedad segregada, brindándonos un espacio y nivelación a jóvenes de los sectores menos beneficiados de la población. La universidad en la que estudié, está ubicada en la comuna de Providencia, en la zona que limita más con el centro que con el sector oriente de la ciudad. Ella queda a una hora y media de mi lugar de residencia. Salvo el tránsito por razones de estudio, nunca conocí los espacios públicos de ese «otro Santiago» con anterioridad. Este es el relato y el análisis no sólo de las calles que etnografié, sino de mi propia experiencia de ir por primera vez a lo que puede considerarse con toda propiedad el «barrio alto».

El texto lo he dividido en dos partes. La primera presenta el relato sin modificaciones del cuaderno de notas de dos observaciones participantes. La segunda vuelve a este relato pero para discutirlo, introduciendo una cierta distancia analítica del «yo» que observa.

Notas de campo

Llego al barrio Sanhattan por medio del Metro de Santiago, específicamente por la línea 1, que recorre desde la estación San Pablo (comuna de Lo Prado) hasta Los Dominicos (comuna de Las Condes). Me bajo en la estación El Golf.

Al subir al sector de boletería, preparo la cámara de mi celular para fotografiar la experiencia. Veo a algunas personas (en la fila dispuesta para recargar la tarjeta de pago del transporte público BIP), que por su vestimenta lucen muy similares entre sí. Lo esencial que las une es una cierta formalidad en todas ellas. En parte son sus vestimentas, en parte sus actitudes corporales. Puedo diferenciar en la fila a una mujer de baja estatura y con un vestuario que me indica que se trata de una trabajadora de casa particular (lleva pantalones de buzo holgados, zapatillas, suéter y encima un delantal a cuadros, y usa además el cabello tomado). Capturo una fotografía y sigo mi camino.

Salgo por el sector norte del Metro. Al subir al exterior me siento inmediatamente extraviada. Trato de buscar señaléticas con el nombre de las calles, comienzo a caminar y me doy cuenta de que el metro está a mitad de cuadra, afuera de un recinto municipal. Es distinto a los Metros que frecuento, que siempre están en las esquinas. Consigo ubicarme en el espacio gracias al mapa del celular, pues no me animo a preguntarle a alguien dónde estoy. Quiero pasar desapercibida, porque pretendo que nadie se dé cuenta de que estoy observando y anotando. Además, dado que nunca he estado aquí, no quiero que se note «tanto» que no conozco el sector. De cierta forma, busco evitar la mirada sobre mí, para no involucrarme en las situaciones que consigno.

Sigo caminando cerca de cuatro cuadras hacia el norte llegando a la calle Carmencita, por la cual entro y continúo dos cuadras. Allí el GPS me indica que llegué al sector de Isidora Goyenechea. Estoy justamente en la esquina de esta calle con Carmencita, a la entrada de una plaza llamada «Perú». Me detengo en este sector y observo: es una pequeña área verde que contiene juegos para niños en su interior, que no se distinguen a simple vista, ya que están rodeados de grandes arbustos plantados estratégicamente (imagino) para servir también de pared divisoria entre el área verde y la calle.

Veo a pocos niños. Los juegos lucen muy atractivos y se encuentran en excelentes condiciones, pienso, poniéndolos en comparación con los que están en mi barrio o, incluso, con los malls que visito. Los sectores infantiles que conozco en los espacios públicos siempre tienen algún defecto, o son escasos, o con muy poco mantenimiento, y casi siempre están cercados con mallas metálicas y con presencia de basura en sus alrededores. Al contrario, los juegos de aquí están limpios y en un ambiente de mucha seguridad. Asumo que este es el espacio familiar o infantil de la plaza.

Por otro lado, el suelo está conformado por alfombras de pasto sintético. El resto de la plaza tiene pasto natural y caminos demarcados para transitar. En barrios más pobres estas características son inexistentes. La falta de pavimento es un factor común en los espacios de juego, mientras el pasto natural (cuando existe) es escaso o se encuentra en mal estado.

Logro divisar la presencia de personal de seguridad destinado sólo para este sector. Se trata de guardias privados, asumo, dado que no llevan ningún logo municipal en sus uniformes. Al acercarme más, veo en una de las esquinas de la plaza un acceso hacia un subsuelo, con un letrero que dice «estacionamiento privado».

Hay mucha actividad en esta calle. Veo grandes edificios, tiendas, bancos y, sobre todo, lugares de comida. Debido a que llegué en horario de almuerzo, pude notar que estos últimos están llenos en su máxima capacidad. Se trata de grandes terrazas con decoraciones muy llamativas en colores negro o rojo, que parecen muy elegantes en mi inexperta opinión, ya que no puedo saber si realmente lo son o no para las personas que pertenecen a esta zona. Quienes almuerzan allí interactúan animadamente, por lo que se puede ver que este es un espacio de distensión.

Todas las construcciones que diviso son muy altas y pulcras. Así también las calles, que me parecen en extremo limpias. Me pregunto cuántas veces al día las asean para que luzcan así, pues no he visto personal de aseo en las calles aún. Conjeturo que quizá no es que se limpie más, sino que también son las personas quienes mantienen el aseo al no botar basura en las calles, sino que en los basureros dispuestos en las esquinas.

Otro aspecto que llama mi atención es que no hay rejas ni panderetas rodeando los espacios habitacionales y/o laborales. Sólo hay edificios sin ningún tipo de cercamiento, a excepción de algunos donde se presenta una suerte de apartado por medio de grandes espacios con árboles que sirven de pared divisoria entre un lugar y otro. Me resulta sumamente extraño lo que veo, puesto que pareciera ser obvio que todos quisiéramos proteger nuestros espacios privados. Sin embargo, este paisaje tan inusual pareciera ser parte de otra ciudad. No del Santiago en alerta por la delincuencia. Más aún, siendo este sector una zona donde presumo hay bienes de mucho más valor económico que en otros donde el cercado es un elemento básico de protección.

Al seguir caminando noto que hay una gran cantidad de lugares para sentarse a lo largo de toda la calle. Son las clásicas bancas de madera que hay en todas las plazas, pero éstas lucen de manera diferente, pues son llamativas al estar pintadas con distintas obras de arte, firmadas por sus autores.

Es imposible no notar las abismantes diferencias con todos los lugares que he etnografiado en las últimas semanas, que se ubicaban en las comunas de Santiago Centro por ejemplo, con la agitada vida del Paseo Ahumada, las conversaciones entre adultos mayores sentados afuera de los cafés para «caballeros», los predicadores evangélicos en la vía pública, las personas en situación de calle, escolares, universitarios, oficinistas, desempleados, entre otros. O en la Estación Central, con su paisaje compuesto por vendedores ambulantes y la disputa constante por el espacio público, junto a la alerta permanente por la llegada fiscalizadora de Carabineros de Chile.

La tónica en Sanhattan es ver transitar a adultos jóvenes y adultos, todas y todos vistiendo muy formales, las mujeres con vestidos rectos y cortos hasta la altura de la rodilla, con colores «vivos» y pantys negras, usando abrigos en colores rojo, beige, negro o azul, calzando botas de taco alto, en su mayoría por sobre las rodillas, maquilladas, muy peinadas y con algunas joyas discretas. Físicamente delgadas, independiente de la edad, y en general este último rasgo se acentúa mientras más adultas son, lo que resulta decidor en comparación con mujeres de este rango etario de sectores populares o periféricos. Lo que pude observar durante el proceso etnográfico es que esta característica física resulta ser todo lo contrario para mujeres que no pertenecen a estos espacios. Es fácil verlo incluso aquí, donde, además del uniforme, las trabajadoras de casa particular, de entre 40 años o más, poseen en general con una contextura física mucho más robusta que las de sus empleadoras de similar edad.

Los hombres, por su parte, visten de traje completo, esto es, terno, camisa en tonos claros y corbata. Algunos llevan abrigos largos en colores café o azul marino sobre sus trajes. En cuanto a sus bolsos, éstos varían según su ocupación (creo): usan mochilas oscuras o maletines. La mayoría de las personas lleva muy pocas cosas en las manos. Resulta llamativa la preocupación por el aspecto de parte de los varones. Independiente de sus edades, todos se presentan ordenados, pulcros y preocupados desde el cabello hasta los zapatos. Por otro lado, las mujeres llevan carteras de distintos tamaños, formas y colores.

Mientras me siento a observar, veo pasar ante mí al diputado Felipe Kast, a quien reconozco inmediatamente. Pasa conversando animadamente con un grupo de amigos. Llama mi atención debido a que es una figura política ampliamente conocida. Reflexiono en torno a lo distendido de su pasar por este barrio. Nadie lo observa tanto como yo. Pareciera ser normal que personas con cargos públicos de alto rango como él transiten por estas calles. Creo que en este espacio, el diputado es visto como un igual. Sanhattan le brinda la posibilidad del «anonimato», pues creo que sería poco probable que pudiera pasar en otro barrio céntrico o periférico de la ciudad.

Es común también ver a madres con sus hijos pequeños, de 2 a 5 años aproximadamente. O ver a parejas pasear con coches o con más de un bebé. Puedo notar que el concepto y la experiencia de familia están muy presentes en el sector. A diferencia de los otros espacios que estuve observando, aquí sí he visto a muchas niñas y niños. En general, casi todos los infantes que observo pasar tienen la piel y los cabellos muy claros. Los adultos, a su vez, se presentan más heterogéneos. Los hombres tienen el pelo en su mayoría castaño o negro, en cambio las mujeres llevan el cabello de varias tonalidades de rubio, muy probablemente una parte importante de ellas con tintura, lo que delata la relevancia de la marca social de llevar esta apariencia. De igual manera, tienen la piel muy clara. No veo a nadie de raza negra, por ejemplo. Es fácil distinguir a simple vista a trabajadoras de casa particular, jardineros, constructores, personal de aseo y ornato, repartidores de gas, entre otros. La visibilidad de los foráneos es extremadamente alta.

Pasan grupos numerosos conversando amenamente. Al caminar cerca de otras personas puedo oír que nadie habla de sus intimidades en el espacio público, en comparación a lo que pude escuchar, por ejemplo, cuando transitaba el sector de Vicuña Mackenna, en La Florida, donde se podía escuchar a las personas tratando asuntos personales. En Sanhattan las conversaciones que escucho son referentes al trabajo o la vida cotidiana, pero siempre de manera anecdótica y con poca profundidad.

En la calle todos conversan en voz alta, ocupan mucho el espacio y caminan sin prisa exagerada. Nadie mira con especial atención a estos grupos de personas. Al parecer, es normal y estas actitudes no son llamativas. Quienes andan solos, revisan o hablan por el celular.

Muchas personas que circulan por aquí conversan en otros idiomas. Distingo mayormente el inglés y el francés.

Son pasadas las 16 hrs. y veo caminar delante de mí a dos ciudadanas peruanas que, presumo, son de mediana edad, cercanas a los 40 años quizás. Van muy maquilladas y probablemente trabajan aquí, pero no visten de manera formal ni de uniforme, sino que lucen similares a las personas que vi en la Estación Central (esto es, con ropa casual). Me pregunto qué harán por aquí. Me doy cuenta de qué manera el espacio y sus reglas las hacen resaltar como cuerpos extraños.

Paso nuevamente por la plaza inicial y veo a dos personas jóvenes con sus canes, que son grandes y de raza (desconozco cuál). Tienen un pelaje llamativo y muy cuidado. Se nota que en este sector las mascotas, tanto como las personas, tienen acceso a los mejores servicios, desde los lugares de paseo y recreación hasta el cuidado y dedicación que sus dueños tienen con ellos. En otros sectores que he frecuentado en la zona «baja» de la ciudad resulta extraño ver a personas pasear con sus animales, mucho menos llevarlos con correas y bolsas para recoger sus desechos.

A primera vista, el sector de Sanhattan me hace reflexionar respecto a las profundas desigualdades materiales, geográficas, económicas y culturales que estoy presenciando y que también, inconcebiblemente, son parte de la misma ciudad.

***

Son cerca de las 17 hrs. del día lunes 16 de mayo de 2016. Esta vez al salir de la estación del Metro El Golf, camino hacia el sur y sigo por la calle Enrique Foster hacia el interior. Me siento menos extraviada que la primera vez, pero, de todas maneras, sigo guiándome por la aplicación de mapas del celular.

Me llama la atención la gran cantidad de vehículos que entran por esta calle y que se dirigen al sector de Sanhattan. Mientras camino, veo edificios que cuentan con amplia presencia de seguridad privada. Guardias de seguridad hay tanto en los espacios privados como en las calles. Pienso que se reemplaza el uso de rejas o cercos, que sí hay en otros barrios, por personal de seguridad y, sobre todo, un sentido de estética.

Otro aspecto urbano que me parece inusual es la delimitación del suelo. Portones o salidas de vehículos no están debidamente marcados, como en otros lugares. Aquí todo el suelo es de composición homogénea, sin señaléticas que sean distintivas de algún tipo de precaución. Es decir, somos los peatones quienes debemos fijarnos si estamos pasando o no por una salida de vehículo. Reflexiono anticipadamente que la ausencia de estas señales en el suelo se relaciona con dos aspectos que he podido notar en mis visitas: el primero, que somos muy pocos quienes transitamos a pie por la calle y que, por ende, puede que no sea una problemática para los habitantes de este barrio; segundo, que no llenar de pintura los suelos o no tener rejas y demarcaciones hacen que la composición del barrio sea coherente y armoniosa, es decir, aporta al embellecimiento de la zona, puesto que Sanhattan no sólo se provee de un amplio abanico de servicios y seguridad ciudadana, sino también de su carta de presentación: un paisaje amable y pulcro. Ambos aspectos son relevantes y reflejan los cuidados en la zona. Es preciso habitar un espacio seguro, pero siempre resguardando la imagen. No se puede privilegiar lo funcional por sobre lo estético, a diferencia de otros barrios en donde abundan rejas con puntas o alambres, sistemas de seguridad vecinal, entre otras protecciones.

Sigo mi camino y me siento en una de las bancas de madera decoradas que mencioné en la visita anterior, justo en la esquina de Enrique Foster con Isidora Goyenechea. Inmediatamente veo en la vereda de enfrente a una trabajadora de casa particular (lo asumo por su uniforme de trabajo). Viste calzas negras, suéter blanco, lleva el pelo tomado y usa una pechera de color azul. Asimismo, presumo, por sus rasgos faciales, que se trata de una ciudadana extranjera, quizás peruana, que ronda los 40 años. Está a cargo de un niño pequeño de aproximadamente dos años. Éste es de piel muy blanca y cabello rubio claro, y viste de manera impecable. Va dentro de un auto de juguete (fiel copia de los vehículos que manejan las personas que pasan por esta calle).

Conjeturo a simple vista que uno es el contraste del otro, ya que ambos pertenecen a realidades y clases sociales completamente distintas. Da la impresión de que a pesar de la corta edad del niño, la trabajadora es consciente de que el pequeño es «su patrón». Noto que hay algo de esta sensación en su actitud con el niño, debido a la rabia que expresa al retirarse del lugar, pues lo toma bruscamente de la mano y lo lleva rápidamente caminando a tirones.

A estas horas veo a pocas personas de vestimenta formal en las calles. Contemplo a más trabajadoras de casa particular, la mayor parte de ellas con niños y niñas de entre 0 a 10 años. Algunas pasean también a perros de tamaño pequeño.

A lo lejos veo venir a dos «nanas» con dos niños de cabellos muy rubios. La escena es llamativa porque ambas son de piel morena. Visten su uniforme de trabajo, y mientras los niños caminan por delante, ellas van conversando tras ellos. En general, las trabajadoras de casa particular siempre pasan en compañía de sus colegas. Rara vez andan solas.

Comienzo a desplazarme más por la calle Isidora Goyenechea en dirección de norte a sur. Continúo la observación afuera de un edificio residencial, al que comienzan a llegar mujeres que comparten características similares: rostro cansado, con arrugas, sobrepeso, entre 40 a 50 años. Por sus uniformes de color celeste completo, logro distinguir que se trata de cuidadoras de enfermos. No sé bien si son auxiliares de enfermería o técnicos. Van muy peinadas y utilizan pequeños aros o collares.

Pasa una familia completa: mamá, papá, dos hijos jóvenes de entre 20 a 23 años, y un hijo pequeño de 10 años aproximados. Son todos muy altos, de cabello claro, tez muy blanca y aspecto bastante pulcro. El menor incluso es mucho más alto que el común de los niños de su edad.

Me cambio de lugar a la esquina anterior (en la que estuve el primer día). Cruzo y desde un furgón escolar se escucha fuerte la música de estilo «reguetón». Me silban al pasar y, a decir verdad, no me esperaba este tipo de acciones en este barrio en particular. No logro distinguir con detalle al conductor.

Percibo que la mayor parte de las personas va de regreso a su casa. Algunas caminan con bolsas de farmacias o de la panadería que se ubica cerca de donde estoy.

Algunas asesoras del hogar pasan a estas horas con niños que presumo son sus propios hijos, quienes vuelven del colegio. Esto por el parecido físico con las trabajadoras y también porque son niños que lucen muy distintos a los residentes del barrio, ya sea por su tonalidad de piel, ojos, pelo o por el tipo de uniforme, más similar al vestuario estándar de los establecimientos públicos. Desconozco si ellas vuelven con los niños a sus comunas de origen, o bien se trata de trabajadoras «puertas adentro». Puedo notar una cercanía y cuidado especial con estos niños, en la forma en cómo les hablan y los toman.

A esta hora también aparecen muchas personas del sector a pasear a sus perros, que son generalmente de alguna raza muy pequeña. Dos mujeres que se sientan en la banca que está a mi lado (especulo que tienen 40 años o más) visten de manera casual, con pantalones holgados y blusas. Desde que llegaron han saludado a muchas de las personas que transitan por la calle. Ambas fuman cigarrillos y conversan animadamente.

Pasa además una mujer de raza negra (la primera que veo por acá) muy alta, vistiendo un blazer de color beige, pantalones ligeros con diseños de piel de leopardo, zapatos bajos y una amplia cartera negra. Es muy llamativa y, a mi parecer, de lindos rasgos. Habla por celular, cruza la calle y toma un taxi. Hombres y mujeres la observan. Sin duda, se trata de un cuerpo llamativo y extraño que causa curiosidad.

Comienza a hacer frío.

Noto que ahora algunas personas me observan al pasar, pienso que llama la atención que esté escribiendo con lápiz y papel en un entorno en el que todos escriben digitalmente. También creo que, por apariencia, desentono. Es imposible no idear las miles de posibilidades por las cuales me miran y, también, autoobservarme para buscar esas respuestas.

Me voy acercando nuevamente a los alrededores del Metro para poder divisar una mayor cantidad de transeúntes.

Cruzo la calle, y veo a un gran grupo de jóvenes europeos siendo guiados por un monitor turístico. Son treinta personas aproximadamente. El guía les va contando acerca de los edificios del sector, mencionándoles brevemente de qué se trata cada uno. Más tarde, al momento de marcharme, veo que aquellos jóvenes turistas estaban ahora justo afuera de la estación El Golf. Entro y ellos también. Van acompañados de dos guías, quienes los dirigen al Metro y pagan el pasaje a todos con dos tarjetas BIP. Los jóvenes ingresan al andén. Es inevitable pensar al verlos que, claramente, se les está realizando un tour por Santiago, pero que sólo están conociendo una parte de la ciudad, pues hay muchos otros «Santiagos» que, me imagino, estas personas no conocerán debido a que los planes turísticos no los contemplan, buscando obviamente dar una buena imagen hacia el extranjero, alimentando la idea desarrollista del país.

El otro Santiago

El barrio Sanhattan, distrito financiero, llamado así por la conjugación de las palabras «Santiago» y «Manhattan», es considerado un pequeño émulo del distrito neoyorquino en Chile. El barrio El Golf, a su vez, es mayor en extensión y parcialmente es parte del primero. Se presenta como uno de los barrios consolidados, ricos y tradicionales de Santiago, en el que se combinan actividades comerciales, gastronómicas y residenciales, y que cambia su fisonomía según la zona específica, el horario y los días de la semana. En esta primera visita, este sector se proyecta ante mis ojos como el desafío de aproximarme a un espacio totalmente nuevo y desconocido en mi experiencia personal, educacional y laboral.

El sector cuenta con una gran cantidad de modernos edificios con oficinas y se ha convertido, desde los años noventa hasta nuestros días, en el principal centro financiero de la capital, desplazando al tradicional Centro de Santiago.

Allí se ubica el World Trade Center de Santiago, una asociación que está presente en más de 85 países, asentada en la capital desde fines de la década de los ochenta con el principal objetivo de entrenar a nuevos exportadores en temáticas relacionadas con negocios internacionales. En la capital de Chile tiene 180 oficinas y 3.000 trabajadores aproximadamente, por lo que la afluencia de usuarios en este espacio público no es menor.

En el año 2012, además, se une a Sanhattan el complejo Costanera Center, que se instaura como un conjunto de cuatro edificios ubicados en la intersección de la Avenida Andrés Bello con Nueva Tajamar, a poca distancia de la estación del Metro Tobalaba. Su edificio central es la «Gran Torre Santiago», la más alta de Chile, con un área total de 128.000 m² y una altura de 300 metros. El conjunto de edificios cuenta con un centro comercial de seis pisos y dos hoteles de cuatro y cinco estrellas, respectivamente. Actualmente, tres de estos cuatro edificios están destinados a oficinas (HomeUrbano, 2018).

El barrio El Golf está ubicado geográficamente en los límites de tres comunas del sector oriente, hacia las cuales se puede acceder por medio del Metro de Santiago: línea ١ (por la estación El Golf) y línea ٤ (estación Tobalaba).

Se trata de un territorio característicamente amplio, en donde el ancho de las calles es uno de sus aspectos distintivos. De hecho lo primero que puedo notar al llegar es el tránsito cómodo tanto para peatones como para automovilistas.

Me encuentro ante grandes edificios iluminados por un sinfín de espejos, áreas verdes, espacios de socialización y un paisaje urbano armonioso, composición exótica para quienes transitamos a diario por los sectores céntricos de la ciudad, en donde la realidad del espacio público es transversalmente opuesta, ya que estamos acostumbrados a tener que caminar con cuidado, intentando no chocar al otro, estando alertas ante la delincuencia, muchas veces en un entorno gris y conviviendo con problemáticas sociales, desorden, basura, entre otros.

En barrios como Sanhattan descubrimos que existe otro tipo de ciudad y a pocos minutos del centro. Un lugar en donde todo está planificado y bien distribuido. Los edificios, que son grandes construcciones arquitectónicas, tienen perfectamente delimitados sus espacios en armonía con el tránsito y el paisaje. Los servicios que rodean estas oficinas y sitios recreativos o de paseo son delimitados netamente por vegetación. Incluso los pequeños kioscos ocupan lugares específicos, son pulcros y ordenados, resguardando una vez más el sentido estético del espacio. Se puede ver que cada cosa tiene su lugar y con ello cada persona también conoce el suyo.

A nivel vial, en ningún momento se manifiesta el desorden o el caos del centro, esto incluso si transitamos en los denominados horarios «punta», con mayor afluencia de público hacia el inicio o fin de la jornada laboral.

En cuanto a los transeúntes, éstos circulan en mayor cantidad por la calle en determinados horarios, siendo uno de ellos la hora de almuerzo, como es el caso de ejecutivos y oficinistas. Durante la mañana y la tarde circulan trabajadores de algunos oficios específicos; y en la tarde, después de las 17 horas, son generalmente las nanas quienes salen de paseo junto a bebés, niños, niñas y/o mascotas.

Las interrogantes iniciales que aparecen al caminar por estas calles son en un primer momento, ¿cuáles son las representaciones de lo común en Sanhattan?, y posteriormente, ¿por qué es un espacio que siendo público resulta desconocido para muchas personas de otras comunas?

Conjeturo, a partir de las apreciaciones iniciales, que en este barrio el espacio público está en una disputa constante, debido a que las zonas de uso común van progresivamente siendo territorios transmutados al plano de lo privado. Se observa, por ejemplo, imágenes claras de apropiación del espacio cuando vemos a restoranes usando parte de la calle para instalar terrazas, o bancos que patrocinan bicicletas «públicas» en las esquinas de estas calles, instalando así su marca durante el recorrido de cada uno de sus usuarios. De modo que lo común o lo de todos subyace a la apropiación y privatización de la calle, aunque, a pesar de ello, pareciera ser que hay espacios comunes suficientes para todas y todos. Esto siempre y cuando se mantenga una homogeneidad social, económica y cultural entre los consumidores y/o usuarios que permita mantener las actividades sociales en el marco de una simetría e identificación de clase.

Lo anterior nos remite a hablar sobre los actores. Durante mis visitas pude caracterizar a tres tipos de actores o sujetos que se repiten en el barrio. El primero de ellos son las personas que visten de manera formal y que probablemente trabajan en oficinas del sector. Ellas y ellos agrupan la mayor cantidad de personas que distingo, se mueven con libertad y potestad por la calle, hablan y ríen fuerte y caminan ocupando toda la acera junto a grandes grupos. Son similares entre sí, física, estética y socioeconómicamente.

El segundo actor se compone por las y los trabajadores que desempeñan un oficio menor en el barrio (como el personal de limpieza de las calles, jardineros, constructores, entre otros), quienes también ocupan el espacio público, pero sólo disponen de determinados y preestablecidos lugares. Esto porque en ningún momento se logra divisar a alguno de ellos desplazarse a comprar un snack, sentarse en una banca, leer una revista o sólo apreciar los paisajes. Son personas que conocen sus funciones y se acotan a los márgenes espaciales que su trabajo les permite. Además, van siempre identificados con sus uniformes de trabajo.

Entre los que pertenecen el tercer actor se encuentran los transeúntes informales. Son personas de todas las edades y, aunque en menor medida, de diferentes orígenes sociales. Algunos son estudiantes secundarios o de enseñanza superior que transitan, pasean o van a sus hogares. Además, hay personas con ropa deportiva que juegan junto a sus mascotas, muy cuidadas, generalmente de raza y de tamaño pequeño o mediano. A cierta hora del día se puede distinguir a mujeres mayores, dueñas de casa, quienes visten ropa liviana y deportiva, y caminan solas o con amigas. Este tipo de sujeto se mueve con tranquilidad y sin apuro por el sector; me pude percatar que no tiene un condicionante de tiempo.

Los tres sujetos que conviven entre sí se relacionan con base en ciertos códigos de interacción, conocidos por cada grupo, los cuales comprenden aspectos simbólicos como la tradición, la pertenencia y la apropiación de los espacios. Siempre teniendo como base la identificación dentro de una misma clase social, lo cual es factor determinante frente a la socialización que se mantiene con los otros.

Las relaciones sociales en Sanhattan se manifiestan en general con un trato amable entre las personas que por allí transitan, lo que incluye también a quienes no son del sector (trabajadores o transeúntes). Hay una civilidad presente que mantiene ciertas distancias y formas en el trato. Sin embargo, y a pesar de esta aparente cordialidad, se puede percibir que va dependiendo de la rígida distribución de clases.

He podido distinguir, luego de mis visitas, que la apropiación del uso del suelo y de los espacios que debieran ser “comunes” se explica en parte, por el desplazamiento de las personas. Aquí se destacan la potestad y el apoderamiento de la calle, resaltado por acciones simples como hablar en voz alta, reír fuerte, gesticular y moverse ocupando todo el espacio disponible. Estos elementos, que denotan seguridad y personalidad, se contraponen al estado de alerta en la mirada del otro que se encuentra, por ejemplo, en otros sectores.

Esta seguridad de clase hace del otro un igual y no una amenaza, fenómeno que ocurre, por supuesto, siempre y cuando las relaciones sean simétricas, como, por ejemplo, lo pude vivenciar mientras realizaba el trabajo de campo etnográfico en el sector de Estación Central. La amenazante mirada del otro, en este caso de los comerciantes ambulantes sobre mí, en donde al situarme relativamente cerca de ellos por más tiempo de lo habitual llamó su atención de una manera negativa, ya que era yo cuerpo extraño, no un símil ni una cara conocida en el barrio. El mismo estado de amenaza se manifestaba en el resto de los transeúntes, quienes estaban permanentemente en estado de alerta, debido a la delincuencia del sector. Expresaban esta inseguridad al llevar sus bolsos y carteras delante del cuerpo, protegiéndolos con sus manos, así como caminando rápido y mirando vigilante hacia todas las direcciones. Existen muchos espacios públicos en Santiago (no sólo poblacionales) donde es muy complejo transitar con la seguridad y calma de los habitantes de Sanhattan.

En otra dimensión puedo ver que para quienes son de este sector no hay razones para expresar timidez o incluso modestia en la vía pública, pues el entorno propicia, además de confort y seguridad, un espacio-calle en el cual son, ellos, todos iguales. Y quienes no lo son están relevados a ciertos espacios específicos que no interfieren a los de los propietarios.

El concepto de igualdad en el barrio alto corresponde en gran medida a una identificación de clase, es decir, somos iguales en tanto compartimos un mismo nivel socioeconómico y, de paso, cultural.

Hay un nivel intangible en donde se desenvuelven con el mismo lenguaje educacional y cultural. Son grupos que se ven y se identifican de inmediato. Y también existe uno tangible, en donde los grupos se configuran con base en el acceso que tienen a servicios comunes, como ir a los mismos restaurantes, usar la misma ropa, iguales dispositivos electrónicos, las mismas marcas, entre otras cosas. Como clase dominante, en este sector de la población se pueden distinguir tres categorías principales de consumo: la alimentación, la cultura y los gastos de presentación de sí mismo y de representación (vestimenta, belleza, personal de servicio, etc.) (Bourdieu, 1979).

Siguiendo a Bourdieu, podemos interpretar de una manera más acabada cómo estos patrones de elección y consumo están vinculados a la posición que se ocupa en el espacio social (público) y que muchas veces lo sustentan. Estos productos se conciben como preferencias distintivas de los grupos. Es decir, ciertos patrones de consumo como el vestuario de determinadas marcas, los servicios, los automóviles, la tecnología, etc., operan como elementos simbólicos de distinción que posicionan a los individuos en una clase social determinada que discrimina entre los gustos de «lujo» y los gustos de «necesidad» (Bourdieu, 1979).

La distinción entre lujo y necesidad se presenta como la definición clave de la división en dos del Gran Santiago porque, más allá de la segregación geográfica, las grandes desigualdades que nos enrostra la ciudad, con sus largas horas de viaje en el transporte público, desorden, caos, incertidumbre económica, abandono de las comunas periféricas, delincuencia, entre muchas otras, son, en perspectiva, producto también de la fragmentación del espacio público, en donde se sitúa la problemática de un común que no termina de serlo para todos.

Lo anterior porque cohabitamos una ciudad que no sólo distancia espacialmente a unos grupos de otros, sino que además discrimina señalando e identificando como foráneos a quienes no comparten la misma identidad de clase. Más aún, a estos «otros» se les releva a específicos y acotados lugares, siendo esta apropiación de la calle en gran medida reflejo de un sentido de pertenencia, pero también de una disputa por el poder sobre el espacio público.

Al observar al segundo sujeto (las y los trabajadores que desempeñan algún tipo de oficio) se logran vislumbrar manifestaciones de molestia o enojo ante situaciones de desigualdad que se presentan en este barrio. Por ejemplo, el caso de las trabajadoras de casa particular que deben transitar con sus uniformes de trabajo por la vía pública, o que difícilmente pueden comprar algún alimento o revista en los kioscos de las calles por las que caminan porque éstos son demasiado caros. Estas asesoras del hogar, quienes, además, muchas veces suelen ser inmigrantes, enfrentan realidades sociales y carencias muy distintas a las de sus empleadores. La irritación relacional (Araujo y Martuccelli, 2012) que esto produce se manifiesta en algunas escenas que me tocó presenciar, en donde sucedió que no tenían un trato gentil con quienes estaban a sus cuidados: niños o adultos mayores.

Por ello es dificultoso hablar de igualdad, de lo común y lo público, entendiendo el concepto, a partir de Arendt, como «el propio mundo, en cuanto es común a todos nosotros y diferenciado de nuestro lugar poseído privadamente en él» (Arendt, 1993: 61). Lo es debido a que en cada reflexión que se puede hacer al respecto surgen elementos interaccionales condicionados por la dominación de clase y que transitan rápidamente de lo común a lo privado.

La vida social en los espacios públicos está mediada por patrones de socialización que escapan a la política pública o incluso a la moral que nos indica cómo manejarnos o desenvolvernos en el ámbito de lo común. Pareciera ser que somos libres en tanto podemos transitar sin limitaciones por la calle, pero, sin embargo, hay componentes latentes a la posición social que van condicionando simbólicamente la apertura de estos espacios.

Los códigos o patrones característicos que van generando la identidad de los grupos condicionan la integración y aceptación de quienes pretenden acceder a éstos. Siguiendo a Goffman, puede ocurrir que individuos emitan intencionalmente información errónea para construir la impresión que a ellos les interesa transmitir. Se manejan a voluntad aseveraciones verbales, con el objetivo de brindar información sobre lo que «es» y de lo que deberíamos ver en ese «es» (Goffman, 2012). Se crea entonces una actuación o performance que puede definirse como la manera de imitar ciertas conductas o apariencias para formar parte de un medio social que no les pertenece en su origen. A partir de esta definición emerge el tercer actor, que no tiene un origen claro, sino más bien resulta heterogéneo y puede ser cualquiera de nosotros. Se trata de sujetos que no son necesariamente del sector y que tampoco puede que trabajen en él.

Muchos de nosotros pertenecemos al tercer actor, sobre todo cuando nos enfrentamos a terrenos y grupos sociales que nos son desconocidos. Mi experiencia de trabajo etnográfico, desde este otro Santiago de Chile, no fue la excepción.

Como señalé, ir desde un sector periférico de Santiago a la zona oriente significa planificar y disponer de varias horas de tiempo. Personalmente empleé al menos tres horas en viajes de ida y vuelta hasta el sector de Sanhattan, por lo que una de las razones, por supuesto no la única, por la cual nunca conocí estos barrios con anterioridad es precisamente por la inversión de tiempo. Desafortunadamente, trabajadoras, trabajadores y estudiantes no contamos con una disponibilidad horaria que nos brinde los suficientes espacios de ocio como para conocer otros lugares de la ciudad. Por eso, no es hasta que surge una opción de empleo en el «barrio alto» que nos movilizamos por la urbe.

Pero hay otras razones y quizás de mayor peso, como se pudo leer al inicio de este relato. Al llegar me encontré con una zona particularmente limpia y sin muchas personas transitando por las calles. A simple vista no se distinguen expresiones gráficas de comunicación como grafitis o publicidad en las paredes, a las que estoy tan habituada.

En cuanto a la apariencia de las personas, a primera vista son todas y todos muy altos, de cabellos, piel y ojos claros. Rasgos de tipo europeo. El patrón se repite en los transeúntes que veo pasar. No es mi caso.

Al tratarse de mis primeras visitas, reflexiono en torno a mi idea inicial de pasar desapercibida la mayor cantidad de tiempo, la cual llevé a cabo sin éxito. En varios momentos sentí la mirada persistente de las personas, en especial cuando tuve que capturar fotografías, o cuando realizaba apuntes por escrito en una libreta en vez de un celular, como lo haría la mayoría.

Pero más allá de estas breves situaciones, aquella mirada, como lo hemos argumentado, responde también al factor de clase, aquel «enclasamiento» del cual observadores y observados no estamos exentos. Si hubiera sido más razonable habría previsto esta mirada. A simple vista luzco diferente a las personas del sector: no mido lo que ellos miden, no visto lo que ellos visten y no poseo los objetos que ellos sí. En cuanto a mis rasgos, tampoco cumplo con el patrón esperable en estas calles, ya que no soy rubia ni tengo los ojos claros.

Además de estas apreciaciones que se centran en la apariencia, no comparto los mismos códigos interaccionales de estas personas. Nos movemos por la calle de manera distinta, usamos un lenguaje diferente, tratamos temas diferentes y correspondemos a niveles económicos, educacionales y de poder totalmente disímiles.

El resultado de todas estas características que nombro con respecto a mí, y de paso en relación a cualquier pobladora o poblador de las comunas periféricas de Santiago, deviene en la sensación de extranjeridad que experimentamos los individuos estando solos en un territorio y cultura que nos es ajena. Con ello tomamos parte de la composición urbana apareciendo como la figura contemporánea del foráneo, que si bien se ha diversificado y ha ido aprendiendo rituales, creencias y hábitos por medio de la experiencia con los otros, se mantiene en un constante estado de alerta y de reevaluación de su propio margen de movilidad en un espacio social que le resulta «im-propio».

Esta sensación de extranjeridad sustenta al fenómeno de la auto-segregación, limitándonos nosotros mismos el acceso a espacios que por diversas razones creemos que no nos corresponden. Así, muchas veces dejamos de lado la posibilidad de buscar empleo, por ejemplo en zonas como ésta, o de realizar actividades cotidianas, como acudir a un centro comercial, a una plaza o a una cafetería del sector. Hay una constante negativa a la posibilidad de salir de aquellos lugares que nos confortan, siendo una de estas causas la lejanía y falta de conectividad, pero, también, elementos simbólicos que nos hacen lucir y actuar diferente a las personas que transitan por Sanhattan o el barrio El Golf.

Sabemos de dónde venimos y quiénes somos, tenemos una identidad dada por la experiencia de lo público en lugares sociales y políticos completamente distintos a éste. Esa marca social de clase nos hace sentir (sin serlo) en muchos momentos inferiores al otro y empezar a cuestionarnos desde el «cómo nos vemos» hasta «qué productos adquirimos».

En sociedades capitalistas como la chilena, donde el filtro social se vincula con la capacidad de consumo de las personas (Moulian, 1998), esta sensación no nos es desconocida. Siguiendo la lógica de consumo como forma de «integración social», reflexiono, por ejemplo, que si durante mis visitas hubiera accedido a consumir determinadas marcas, habría sido socialmente valorada en este espacio como una igual. Ahora bien, por alguna razón, y a pesar de movernos por las lógicas del mercado, esta acción no hubiera sido suficiente para mi integración, lo que podría exacerbar de manera irracional mi temor a verme o que los otros me vean diferente a ellos. Resulta lógico: nadie quiere vivenciar la estigmatización que significa ser identificado como un «intruso».

El foráneo, entonces, es «distinto» y busca constantemente la adaptabilidad en el entorno ajeno para ser socialmente aceptado, y al lograrlo, aprehender los códigos de interacción de los grupos para integrarse de forma acabada a ellos.

Para quienes nos trasladamos desde espacios socioeconómicamente menos beneficiados a la realidad del primer sujeto que encontramos en Sanhattan, evitar remarcar el hecho de que somos diferentes y que ese barrio o sus habitantes son incluso «superiores» a nuestro lugar de origen, se hace vital. El imperativo social opera de tal manera que nos empuja a ser capaces incluso de construir una nueva identidad pública, una que persigue dicha adaptabilidad, integración y socialización en un espacio totalmente nuevo, diferente y supuestamente superior. Esta acción que tendría como consecuencia principal borrar el valor de lo que somos nos lleva a condescender con las reglas de la dominación, a travestirnos de iguales a los que habitan en su lugar de superioridad.

27 Egresada de Sociología, Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Profesora ayudante de la misma universidad.

28 Ver en este mismo volumen los capítulos 1 y 2.

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452 s. 4 illüstrasyon
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9789560013545
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