Kitabı oku: «Pensar, debatir y aportar a las relaciones internacionales»


Pensar, debatir y aportar a las relaciones internacionales / Florent Frasson-Quenoz [y otros]. -- Bogotá : Universidad Externado de Colombia. 2020.
311 páginas : gráficos ; 21 cm.
Incluye referencias bibliográficas.
ISBN: 9789587724321
1. Relaciones internacionales -- Aspectos sociales 2. Gobernanza 3. Tecnologías de la información y la comunicación 4. Identidad colectiva I. Frasson-Quenoz, Florent Xavier Rene II. Marín Aranguren, Erli Margarita III. Trejos Mateus, Francisco Daniel IV. Garay, Javier V. García, Pío VI. Martínez, Miguel VII. Rayran Cortés, Manuel Alejandro VIII. Universidad Externado de Colombia IX. Título
327 SCDD 21
Catalogación en la fuente -- Universidad Externado de Colombia. Biblioteca. EAP.
agosto de 2020
ISBN 978-958-772-432-1
© 2020, UNIVERSIDAD EXTERNADO DE COLOMBIA
Calle 12 n.° 1-17 Este, Bogotá
Teléfono (57-1) 342 02 88
publicaciones@uexternado.edu.co
www.uexternado.edu.co
Primera edición: noviembre de 2020
Diseño de cubierta: Departamento de Publicaciones
Asistencia editorial: Luz Adriana Gómez Gómez
Corrección de estilo: María José Díaz Granados M.
Composición: David Alba S.
Impresión y encuadernación: Imageprinting Ltda.
Tiraje de 1 a 1.000 ejemplares
Prohibida la reproducción o cita impresa o electrónica total o parcial de esta obra, sin autorización expresa y por escrito del Departamento de Publicaciones de la Universidad Externado de Colombia. Las opiniones expresadas en esta obra son responsabilidad de los autores.
Diseño epub:
Hipertexto – Netizen Digital Solutions
| FLORENT FRASSON-QUENOZERLI MARGARITA MARÍN-ARANGURENFRANCISCO DANIEL TREJOS-MATEUSJAVIER GARAY | MANUEL ALEJANDRO RAYRAN-CORTÉSMIGUEL MARTÍNEZPÍO GARCÍA |
CONTENIDO
PRESENTACIÓN
CAPÍTULO 1
DOXA Y GLOBAL IR: ESTUDIAR DESDE EL EXILIO EN PERIODOS DE CAMBIO(S) SISTÉMICO(S)
Florent Frasson-Quenoz
CAPÍTULO 2
DEL CONCEPTO A LA TEORÍA DE LA GOBERNANZA GLOBAL: MÁS INCLUYENTE CON LA SOCIEDAD CIVIL EN RELACIONES INTERNACIONALES
Erli Margarita Marín-Aranguren
Francisco Daniel Trejos-Mateus
CAPÍTULO 3
NO MÁS ELDORADO O CONOCIMIENTOS QUE SE PUEDEN APROVECHAR
Javier Garay
CAPÍTULO 4
EL IMPACTO DE LAS TECNOLOGÍAS DE LA INFORMACIÓN Y LAS COMUNICACIONES EN EL SIGLO XXI: LECTURA DESDE EL NEOGRAMSCIANISMO
Manuel Alejandro Rayran-Cortés
CAPÍTULO 5
LA IDENTIDAD SOCIAL: PARTE ESENCIAL DEL AUTOCONCEPTO DEL ESTADO
Miguel Martínez
CAPÍTULO 6
LA RAZÓN MULTILATERAL EN RELACIONES INTERNACIONALES
Pío García
REFLEXIONES PARA CONTINUAR EL DEBATE
NOTAS AL PIE
AUTORES
PRESENTACIÓN
El año 2019 fue uno de reflexión sobre las Relaciones Internacionales. Los cien años de la aparición de la disciplina dieron lugar a múltiples expresiones de revisión sobre los aportes al conocimiento. Hay nuevas miradas sobre lo hecho hasta el momento, y se presentan consideraciones ante los debates interparadigmáticos.
En el marco de esta celebración, se han realizado cientos de encuentros académicos en diferentes partes del mundo, así como numerosas publicaciones y discusiones. Tras cumplirse el primer centenario de la cátedra seminal de Relaciones Internacionales, algunas observaciones se repiten.
En primer lugar, la diversidad teórica y la concentración en los paradigmas tradicionales. Múltiples propuestas buscan explicar lo que se estudia en la disciplina, pero estas han sido incapaces de desplazar la preeminencia de la propuesta que, desde inicios de la disciplina, se agrupó bajo el término de realismo. Este paradigma es el que más críticas, debates y avances ha proporcionado en la comprensión de lo que son las relaciones internacionales, sus métodos, metodologías y formas de enseñanza para la comprensión de lo internacional.
En segundo lugar, tal vez como resultado de lo anterior, algunos académicos han considerado la excesiva concentración geográfica en los estudios internacionales. Por ejemplo, los aportes anglosajones, en particular los estadounidenses, se han esforzado en explicar y justificar las acciones de los Estados que poseen herramientas suficientes para influenciar en la vida internacional, dejando de lado la comprensión de las actuaciones de los Estados que no tienen esas mismas capacidades. En algunos casos, los académicos presentan descripciones; en otros, hacen críticas a lo que se entiende como Relaciones Internacionales.
En tercer lugar, se resalta la incapacidad en la disciplina de hablar de unicidad. Así como no existe unicidad teórica, tampoco la hay cuando de métodos se trata. Menos aún en los abordajes metodológicos1. Esto tiene implicaciones en los debates sobre cómo comprender los fenómenos que se estudian, la manera de caracterizarlos y, también, en la forma de proveer explicaciones sobre ellos. La corta vida del estudio de las Relaciones Internacionales –como disciplina científica– ha llevado a que las discusiones salgan de los límites de lo internacional y a varias discusiones interparadigmáticas, sin lograr comprender a cabalidad los fenómenos. No obstante, esta situación no se puede considerar como un limitante, por el contrario, se piensa como una oportunidad para continuar construyendo las representaciones mentales de la disciplina que, por cierto, tendrá cada vez más importancia por los cambios que la humanidad está presenciando en este siglo XXI.
Pero no todo han sido reflexiones académicas. Además de los cien años de la disciplina, de manera coincidente con las dinámicas internacionales, la práctica de las relaciones internacionales se encuentra en un proceso de cambio. Aún no se sabe si este se convertirá en una crisis o simplemente en una transición hacia algo más o algo diferente. Lo cierto es que es una oportunidad para considerar cómo se piensa y para qué se hace el análisis. El ascenso de gobiernos populistas, la amenaza a la democracia y la vulneración de los derechos humanos son ejemplos de la incertidumbre que se presenta para los valores liberales. De hecho, la gama se expande y los desafíos a la gobernanza global se multiplican. Por un lado, como resultado de las crecientes críticas al funcionamiento de las organizaciones intergubernamentales; por el otro, como resultado de la desconfianza que generan las prácticas del multilateralismo; pero es también menester insistir en los “nuevos” agentes que emergen como catalizadores de los cambios en lo que se conoce como el “orden internacional”.
Sin duda hay temas nuevos, muchos de los cuales devienen de los cambios tecnológicos –las criptomonedas, la inteligencia artificial, el big data, entre otros–; de los daños ambientales –cambio climático, pérdida de diversidad biológica, extracción y agotamiento de recursos naturales o de amenazas persistentes, tradicionales y no tradicionales–; crimen organizado transnacional, violencia política, ciberataques. Todo ello sumado al hecho de que la economía internacional aún no se recupera de la crisis económica de 2008. Más grave aún, al cierre de la edición de esta publicación emerge una nueva crisis mundial ni siquiera considerada por los internacionalistas, como es la del coronavirus (Covid-19). Una pandemia que se extendió desde China al mundo entero, y a pesar de otros brotes virales (SARS, la gripe AH1N1, ébola, entre otras), que ya habían hecho presencia en otros continentes, los analistas internacionales no la tenían en la mira.
Los riesgos, las amenazas o, mejor, las narrativas de seguridad, han llevado no solo a discusiones sobre lo internacional, sus límites y potencialidades, sino que han demostrado lo incapaz que ha sido la disciplina para describir, entender, explicar o interpretar esos fenómenos. Por ello, en los últimos años, ha habido una profusa publicación de textos que intentan dar cuenta de lo que sucede y proponer avances en la disciplina para entenderlos. Algunos de ellos se reseñan a continuación.
En On Cultural Diversity. International Theory in a World of Difference, Reus-Smit (2018) ratifica la importancia de la cultura para estudiar los asuntos internacionales. Demuestra el mal uso que se le ha dado al término en las teorías de Relaciones Internacionales. Por ello, propone el concepto de régimen cultural para explicar los cambios y las tendencias en el ámbito internacional.
Un año antes, Katzenstein y Seybert (2018), como editores del libro Protean Power: Exploring the Uncertain and Unexpected in World Politics, reivindican la inclusión del concepto de incertidumbre y su relación con el tema central en las Relaciones Internacionales: el poder.
Por su parte, en The Myth of International Order. Why Weak States Persist and Alternatives to the State Fade Away, Chowdhury (2017) considera que los análisis internacionales se han equivocado en partir de algo que no existe: el Estado de tipo weberiano. Por ello, cree que la organización estatal se debe entender como tendiente a las crisis y a la incapacidad de actuar como resultado de su propio origen y naturaleza.
En el libro Chaos in the Liberal Order. The Trump Presidency and International Politics in the Twenty-First Century, los internacionalistas Jervis, Gavin, Govner y Labrosse (2018) proponen diversas aproximaciones para explicar y anticipar los efectos de la presidencia de un personaje como Donald Trump en el ámbito de las relaciones internacionales. Mientras tanto, Snyder (2018), en su ensayo The Road to Unfreedom: Russia, Europe, America propone una explicación de las tendencias detrás de la llegada de un gobierno de corte populista a la presidencia de Estados Unidos. Otros más, reaccionan ante la llegada de este tipo de gobiernos. Fukuyama (2018), pensador que ha participado en casi todos los debates sobre temas internacionales, desde finales de la década de los ochenta, publicó Identity: The Demand for Dignity and the Politics of Resentment. En este libro explica el ascenso de esos gobiernos como una reacción de algunos grupos que se consideraron no solo afectados por los cambios económicos, sino por las reivindicaciones sociales, resultado del proceso de globalización.
En lugar de explicar, Levitsky y Ziblatt (2018), en su bestseller How Democracies Die proponen un proceso en el cual, las democracias más frágiles, que han creído en la paz democrática, tienden a desaparecer.
Del lado de las preocupaciones en Economía Política Internacional, The Great Leveler. Violence and the History of Inequality from the Stone Age to the Twenty-First Century, de Scheidel (2017), aborda la discusión que iniciaron Piketty et al. (2015) sobre la desigualdad, en su libro El capital en el siglo XXI.
UNA CONTRIBUCIÓN ADICIONAL
Los más reconocidos académicos han intentado anticipar las consecuencias del cambio que se observa, algunos han propuesto maneras de anticipar este cambio. Queda un punto importante para resaltar: pocos son los textos que ubican a la reflexión de las Relaciones Internacionales desde una perspectiva latinoamericana. El Observatorio de Análisis de los Sistemas Internacionales (Oasis), de la Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia inició, en 2017, un proyecto conjunto para (re)pensar las teorías que han explicado lo internacional. Un primer producto fue publicado en 2018, bajo el título Teorías sobre relaciones internacionales. Perspectivas y lecturas desde América Latina. En ese libro, diez investigadores del Observatorio hicieron una revisión de algunos vacíos o elementos que son problemáticos en el desarrollo teórico de la disciplina. No obstante, pueden ser revisados, complementados o generar mayores avances en los estudios internacionales.
El libro que el lector tiene en sus manos es una continuación de ese esfuerzo. En esta ocasión, algunos investigadores continuaron en sus propuestas del primer volumen y otros más se integraron en esta segunda etapa. Los documentos buscan proponer ajustes teóricos que sirvan a las relaciones internacionales en su intención de describir, explicar, entender o interpretar lo que sucede en el ámbito internacional. Un hilo conductor integra todas las reflexiones: la discusión frente al papel del Estado en la comprensión de las dinámicas internacionales. Como se mencionó, el estadocentrismo de la disciplina es algo que causa controversia. En los resultados de las propuestas acá consignadas, ese debate se reproduce. Por ello, la organización de capítulos parte de las propuestas que cuestionan si existe la necesidad de seguir discutiendo sobre el papel del Estado; otras, con una visión crítica, analizan a este agente y ponen el foco en otros, como la Sociedad Civil Global. No faltan los defensores del estadocentrismo, en su arista internacional, como constituyente de organismos intergubernamentales.
Frasson-Quenoz parte de la concepción según la cual, desde antes del fin de la Guerra Fría, la disciplina de Relaciones Internacionales ha estado en un momento de reevaluación de los conocimientos que ha producido desde su creación. No solo se cumplen cien años de investigación científica, sino que los fundamentos de las relaciones observadas se están reordenando. En ese contexto de cambios de la praxis y la episteme, un grupo de académicos está proponiendo abrir la disciplina a conocimientos que, hasta el momento, habían sido apartados de la institución académica. Este esfuerzo de redefinición de la disciplina de Relaciones Internacionales en Global IR es ampliamente difundido y promete abrir el mercado de las epistemes a la libre competencia. En un intento por proyectarse en el mercado de ideas latinoamericano de los años por venir, el capítulo Doxa y Global IR: estudiar desde el exilio en periodos de cambio(s) sistémico(s) propone aplicar a la disciplina científica Relaciones Internacionales los tres conceptos articuladores del pensamiento de Pierre Bourdieu: doxa, habitus e histéresis. Se propone entender cómo se está reconfigurando el estudio de lo internacional, en un esfuerzo de recalibración de la escala de reflexión de los internacionalistas; cómo las narrativas heterodoxas, fruto de este proceso de recalibración o histéresis, se orientalizan; antes de subrayar algunos de los desafíos que el momento supone y de mostrar de qué manera las respuestas formuladas están condicionadas por el mercado. Se concluye que, desde el “exilio” latinoamericano, las investigaciones deberían: 1) problematizar la dependencia, incluyendo términos epistemológicos; 2) siempre pensar a una escala más allá de los intereses del Estado; 3) cuidarse de las tendencias epistemológicas totalitarias internas que puede generar el mercado y, 4) tener en cuenta las debilidades estructurales de las sociedades en lugares de exilio.
Por su parte, Marín-Aranguren y Trejos-Mateus reconocen a las organizaciones de la sociedad civil global como un actor/agente emergente en los asuntos internacionales, y se preguntan ¿cómo visibilizar la agencia de la sociedad civil global (SCG) en las RR.II.? También se cuestionan ¿qué otros saberes deben ser incorporados para una comprensión de las RR.II. inclusiva con la SCG? Ellos reconocen la invisibilidad de la SCG en los asuntos de la política internacional. Particularmente, discuten que para visibilizar la agencia de la SCG en las RR.II., la gobernanza global, más que un concepto, ha de ser considerada como una teoría en tanto que aborda diversos agentes, dinámicas antes no observadas –como que el mundo está agrupado en redes– y los asuntos de las políticas públicas globales. La configuración que adquiere la gobernanza global en términos de epistemología (nuevos conceptos, categorías y variables), metodología (teoría de redes) y ontología (diversidad y heterogeneidad de actores/agentes) hace que, como teoría, ofrezca una mejor descripción, explicación, entendimiento (comprensión) o interpretación de las Relaciones Internacionales inclusiva con la SCG.
Otro de los coautores, Garay, responde a sus hallazgos sobre la vigencia de un modelo mental que él caracteriza como basado en las lógicas de la teoría de la dependencia, uno de los aportes latinoamericanos a las Relaciones Internacionales. En esta ocasión, su capítulo consiste en cuestionar los supuestos de los que parte esa forma de entender el mundo y la contrapone a los aportes que podría tener la Escuela Austriaca de Economía (EAE). Así, mantiene la tendencia a ver las Relaciones Internacionales como susceptibles de enriquecerse con los aportes teóricos de otras disciplinas. Su contribución consiste en mostrar qué elementos iniciales de la EAE pueden complementar la forma como se ha estudiado esta disciplina y el efecto que tendría en los estudios internacionales.
Uno de los investigadores, Rayran, hace un análisis de cómo la tecnología, comprendida como una institución política y producto social que tiene una relación en lo estructural, productivo y el poder coercitivo dentro de un proceso de desarrollo humano, y que establece un poder simbólico e identitario en los individuos, es de suma importancia para engendrar, reproducir y mantener la hegemonía de las fuerzas políticas. Esta tiene el poder para instituir un orden mundial, un tipo de Estado y el comportamiento de las diferentes clases sociales y su ocupación en el marco del sistema productivo capitalista. En ese sentido, estudia cómo las categorías establecidas por Gramsci son funcionales para analizar las relaciones internacionales en el siglo XXI, que está afectado por las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC). De ahí que, para el autor, en el siglo XXI ha de estudiarse esa puja por el control de los sistemas informáticos por parte de los Estados que buscan establecer su hegemonía mundial.
Seguidamente, la propuesta de Martínez considera que las Relaciones Internacionales se han desarrollado a partir de integrar otras disciplinas como el derecho, la política, la sociología, etc. Una de las que menos se han utilizado ha sido la psicología. Sin embargo, los estudios de Relaciones Internacionales cada vez más incluyen la variable de la identidad. Por esto, se desarrolla el concepto de identidad social como herramienta para categorizar y dilucidar la identidad de los Estados como determinante de los intereses y, por tanto, de las actuaciones de estos.
Finalmente, García considera que la sociedad globalizada contemporánea plantea nuevas exigencias a las teorías de las Relaciones Internacionales. A la comprensión del sistema internacional, como su objeto distintivo, se suma la exigencia del esfuerzo heurístico que conduzca a la elaboración y presentación de escenarios alternativos al curso corriente de los acontecimientos, cuando las ciencias naturales demuestran que las condiciones de la vida humana en la Tierra entraron en su fase crítica. De esta manera, y más allá de las interpretaciones reduccionistas que siguen ancladas a los enfoques epistemológicos monológicos o diádicos, se hace apremiante recabar la dimensión normativa por medio de teorizaciones integrales, que garanticen la participación de todos los actores y gestores del sistema internacional, como única vía hacia la prosperidad compartida y la continuidad de la saga humana en el planeta. Para ese propósito, se argumenta que el marco institucional multilateral sigue siendo la respuesta idónea.
Lo concreto es que habrá más discusiones, debates y puntos de vista discordantes. Esa es la constante en la lectura de este volumen. Sin embargo, cada autor cuestiona los límites del conocimiento hasta ahí acumulado, pone en tela de juicio los conceptos y referentes de la disciplina, gracias a la plusvalía que representa el punto de vista latinoamericano, entendido como espacio-temporalmente ubicado.
En Oasis se considera la diversidad en las Relaciones Internacionales como algo para resaltar y rescatar. Es la esencia de la academia. No se pretende refundar la disciplina ni dar la falsa idea de trabajos terminados. Las propuestas son todas exploratorias y lo que buscan es hacer un aporte para la discusión en la comunidad académica. Un aporte desde América Latina con el referente global, en tanto que se comprende la urgencia de entender el mundo para actuar en él. Así que, más que una forma de celebrar el primer siglo de la disciplina, es un aporte para comprender e interpretar los cambios en los asuntos internacionales. Las dudas que generan los sucesos del siglo XXI permiten considerar más estudios para describir y entender la arena internacional.
REFERENCIAS
CHOWDHURY, A. (2017). The Myth of International Order: Why Weak States Persist and Alternatives to the State Fade Away. Oxford: Oxford University Press.
FUKUYAMA, F. (2018). Identity: The Demand for Dignity and the Politics of Resentment. New York: Farrar, Straus and Giroux.
JACKSON, P. T. (2011). The Conduct of Inquiry in International Relations. Philosophy of Science and its Implications for the Study of World Politics. London: Routledge.
JERVIS, R., GAVIN, F. J., ROVNER, J. y LABROSSE, D. N. (2018). Chaos in the Liberal Order: The Trump Presidency and International Politics in the Twenty-First Century. New York: Columbia University Press.
KATZENSTEIN, P. J. y SEYBERT, L. A. (2018). Protean Power: Exploring the Uncertain and Unexpected in World Politics. Cambridge: Cambridge University Press.
LEVITSKY, S. y ZIBLATT, D. (2018). How Democracies Die. New York: Crown.
PIKETTY, T., CAZENAVE-TAPIE ISOARD, E. y CUEVAS, G. (2015). El capital en el siglo XXI. México: Fondo de Cultura Económica.
REUS-SMIT, C. (2018). On Cultural Diversity: International Theory in a World of Difference. Cambridge: Cambridge University Press.
SCHEIDEL, W. (2017). The Great Leveler: Violence and the History of Inequality from the Stone Age to the Twenty-First Century. Princeton: Princeton University Press.
SNYDER, T. (2018). The Road to Unfreedom: Russia, Europe, America. New York: Tim Duggan Books.
CAPÍTULO 1
DOXA Y GLOBAL IR: ESTUDIAR DESDE EL EXILIO EN PERIODOS DE CAMBIO(S) SISTÉMICO(S)
Florent Frasson-Quenoz
INTRODUCCIÓN
Los académicos de Relaciones Internacionales (RR.II.), en su esfuerzo por conceptualizar la práctica internacional, siempre evalúan sus modelos frente a los cambios que perciben. Ya sea el realismo, las propuestas liberales, los análisis marxistas y neomarxistas, todos han sido, en algún momento o en alguna medida, criticados o reformulados en función de los cambios percibidos en la política internacional. Al mismo tiempo, no hay duda de que la disciplina ha entrado en uno de estos periodos de introspección y reevaluación. En América Latina, este es un periodo de oportunidades para redefinir los límites y las maneras de estudiar lo internacional (Frasson-Quenoz, 2018).
En ese capítulo se propone un camino metodológico1 para anticipar los desafíos que supone ese periodo. Para tal fin, en un primer momento se describirá la percepción compartida por varias tendencias teóricas de que las relaciones internacionales –tal como han sido concebidas– han cambiado. Una vez caracterizado, se propone identificar y anticipar las consecuencias de estos cambios prácticos y conceptuales sobre la manera de concebir lo internacional. Para redondear la reflexión, se propone mostrar que con ese cambio de periodo se aproxima una serie de desafíos que los estudiosos de RR.II. deberían tener en cuenta.
Para estructurar el argumento y seguir las líneas más recientes del debate acerca de la crisis de la disciplina científica RR.II., se propone utilizar la reflexión de Barry Buzan en su componente analítico de la política global (2011; 2018b) y en su componente epistemológico, su llamado a la refundación de la disciplina en una disciplina de Global International Relations o “RR.II. globales” (2018a). Los trabajos del líder de la Escuela Inglesa (EI), junto con sus colaboraciones con Amitav Acharya (Acharya y Buzan, 2010; 2019), el reconocido promotor de narrativas2 heterodoxas en RR.II., y por extensión la reflexión llevada a cabo por Ole Wæver (Buzan y Wæver, 2003) y Arlene Tickner (Tickner y Wæver, 2009; Tickner y Blaney, 2012), al ser ampliamente difundidos en ese debate, son considerados aquí como los que más influencia tienen en la comunidad global de los académicos de RR.II. Desde lo “no occidental” hasta las propuestas poscoloniales y feministas; es decir, explorando algunos lugares de “exilio3” (Ashley y Walker, 1990), se propone desvelar el margen de maniobra en el que los académicos de RR.II. pueden obrar en pro de la redefinición de la doxa.
El discurso que se construye aquí no tiene una pretensión explicativa, sino una interpretativa. Esta interpretación sociológica se construye aplicando los conceptos de doxa, habitus e histéresis –propuestos por Pierre Bourdieu– a la disciplina científica Relaciones Internacionales.
La sociología de Pierre Bourdieu ya ha sido aplicada en RR.II. (Adler-Nissen, 2013). En un inicio, postula que nuestras capacidades cognitivas, nuestra racionalidad, nos permite pensar el mundo, pero que nuestra capacidad de objetivarlo es ella limitada e influenciada por un contexto social particular, espacio-temporalmente situado. En consecuencia, invita a un ejercicio de “objetivación participante” (1993).
Así, se puede entender el concepto de doxa, en una definición amplia, como la capacidad –como seres sociales– de reconocer, a través de la práctica, la arbitrariedad social y las formas no discursivas que pueden tomar las normas que la definen. Más allá, el concepto supone una tendencia a internalizar las normas de la doxa lo que, a su vez, tiende a reforzarlas. Se define como la “aceptación sin reclamo del orden cotidiano de la vida” y, al mismo tiempo y cuando esta se realiza, “representa la forma más radical de conservadurismo” –especialmente entre los dominados– (Bourdieu y Wacquant, 1992, p. 7374). En la propuesta de Bourdieu (1977), el concepto de doxa permite articular la noción de reproducción de las instituciones sociales, de las estructuras y de las relaciones entre cuerpo y espíritu, es decir, que el concepto de doxa permite entender las prácticas y las actitudes que se entienden como “naturales”.
En RR.II., las opiniones y las percepciones indiscutibles y comunes que regulan el campo, es decir las normas internalizadas que determinan “el sentido de los límites” y el habitus de los académicos, son marcadas por la influencia de una tradición específica entre las comunidades epistémicas.
Es comúnmente admitido que la disciplina es ampliamente dominada por la producción intelectual de Estados Unidos. En 2015, Robert Vitalis recordaba, primero, la influencia que ha tenido sobre la reflexión de los estudiosos de principios del siglo XX el pensamiento en términos raciales e imperialistas (especialmente el estadounidense) y, segundo, que se podrían leer las relaciones internacionales actuales siguiendo los dos mismos ejes. Si bien se puede criticar este último punto, queda de la observación de Vitalis un argumento central: la manera de concebir el mundo expresada en la academia estadounidense indudablemente ha dominado, y sigue dominando, el campo de las RR.II. Sin embargo, se quiere insistir en el hecho de que nuestra disciplina está en un estadio de baja institucionalización y que, todavía, se expresan sensibilidades metodológicas muy diversas en diferentes comunidades epistémicas.
Siguiendo a Bourdieu, se entiende al profesional científico de la disciplina de RR.II., el académico, como un sujeto social –un agente–, es decir: “un individuo atrapado en la práctica e inmerso en la acción, que actúa por necesidad”. Esta necesidad se define en relación con el contexto en el que el agente social se encuentra creando así un “habitus4, producto de la incorporación al mundo social” (1994, p. 166). En el caso que interesa, el mundo social es la institución académica y el habitus, la producción de conocimiento en un mercado competitivo. En ese mercado de bienes simbólicos, el valor de los productos es atribuido en función de relaciones sociales institucionalizadas (Deer, 2008, p. 121) y el científico compite por su supervivencia profesional; es un homo academicus (Bourdieu, 1984).
Aquí, se considera que la producción del conocimiento científico –resultado de la actividad del profesional de la disciplina en la acumulación de capital– (Bourdieu, 1984, pp. 97-167) se puede diferenciar del conocimiento no científico porque el conocimiento científico se construye con base en un lenguaje formal (que le da autoridad científica), mientras que el no científico se construye con base en un lenguaje natural (con autoridad lógica) (Bloor, 1976). En oposición al lenguaje natural,
… que está atrapado en las necesidades de la acción y estructurado por la ilusión (de in-ludere: jugar en), el lenguaje científico, conceptual racional, discursivo, rompe con las ilusiones de la consciencia para reconstituir los mecanismos objetivos de la producción de las prácticas a partir de un habitus. […] Es un lenguaje formal a la vez lógico y operativo. […] El lenguaje del conocimiento no es la palabra que acompaña la acción. (Dubar, 2007, p. 31)
Para concluir esta presentación y empezar con el argumento, se clarificará la definición del concepto de histéresis. Para Bourdieu (1977), cuando las condiciones sociales y personales son estables, el cambio social se da en función de líneas que se pueden identificar de manera clara y anticipada. En tiempos de crisis (aquí el fin de la Guerra Fría), los agentes (los científicos de RR.II.) deben adaptar su habitus de manera abrupta a los cambios drásticos del campo. En estos momentos, cuando se busca una nueva estabilidad de las estructuras del campo (de la doxa), nuevas oportunidades, muchas veces transitorias, llevan a que el habitus evolucione, pero de manera inesperada. En esos momentos de redefinición, muchas de esas oportunidades se pierden porque la doxa tiende a mantener la coherencia del campo (Bourdieu, 1977, p. 83). Este momento de transición, de cambios y d’occasions manquées, es uno de histéresis.
De lo anterior se espera que los conceptos de doxa, habitus e histéresis permitan entender cómo se está reconfigurando el estudio de lo internacional, en un esfuerzo de recalibración de la escala de reflexión de los internacionalistas; cómo las narrativas heterodoxas fruto de este proceso de recalibración o histéresis se orientalizan5; antes de subrayar algunos de los desafíos que el momento supone y de mostrar de qué manera las respuestas formuladas están condicionadas por el mercado. Se concluye que, desde el exilio, las investigaciones deberían: 1) problematizar la dependencia, incluso en términos epistemológicos; 2) siempre pensar a una escala más allá de los intereses del Estado; 3) cuidarse de las tendencias epistemológicas totalitarias internas que puede generar el mercado; 4) tener en cuenta las debilidades estructurales de las sociedades en lugares de exilio.
¿EL FIN DE LOS ESTUDIOS SISTÉMICOS EN RELACIONES INTERNACIONALES?
El debate acerca de la utilidad de la teoría en Relaciones Internacionales
Cuando los académicos de RR.II. hablan de la pertinencia de las teorías, el debate gira alrededor de su capacidad de producir los resultados esperados, de su operabilidad6 (Brown, 2013; Mearsheimer y Walt, 2013). La controversia alrededor de la utilidad de la teoría está bien resumida en la respuesta que Kenneth Waltz, el proponente del realismo estructural en RR.II., formuló frente a los cambios observados en las relaciones internacionales desde el fin de la Guerra Fría y frente al auge de las propuestas neoliberales (Waltz, 2000). Para el académico estadounidense, constatar cambios sistémicos no es suficiente para declarar el fin de la utilidad de una teoría. Para eso, un cambio de sistema es necesario. Los cambios sistémicos, es decir, los cambios en el sistema internacional, son comunes y esperados.
Si el sistema fuera transformado, la política internacional no sería más la política internacional y el pasado no serviría más como guía para el futuro. Empezaríamos a nombrar la política internacional por otro nombre, y algunos lo hacen. Los términos “política mundial” o “política global”, por ejemplo, sugieren que la política entre Estados egoístas interesados por su seguridad fue reemplazada por algún otro tipo de política o, de pronto, por nada político en absoluto. (Waltz, 2000, p. 6)
Si se pregunta si la discusión acerca de la naturaleza del poder pone en cuestión la relevancia de una propuesta teórica, la respuesta de Kenneth Waltz sería clara y negativa. El hecho de considerar el poder como un recurso material (Glaser y Kauffmann, 1998) o inmaterial (Nye, 2004), por ejemplo, puede cambiar la evaluación que se puede hacer del equilibrio del Balance de Poder en el sistema, pero no pone en cuestión la reflexión en términos anárquicos. Hablar, en la actualidad, de qué tipo de equilibrio existe en las relaciones internacionales, ya sea unipolar (Mearsheimer, 2001), bipolar (Yang, 2018), multipolar (Dunne, 2018) o apolar (Badie, 2012), no cuestiona los elementos centrales que se consideran le dan su carácter a la política internacional.
Así sea que entendamos la teoría de manera amplia, como “una realidad simplificada que inicia con la suposición de que, de manera fundamental, cada evento no es único, sino que pueden ser agrupados por similitudes” (Acharya y Buzan, 2010, p. 4), mientras no se discutan las maneras en que se agrupan los eventos, no se pone en cuestión la teoría. Barry Buzan hace parte de los que, dentro de los círculos académicos de RR.II. más influyentes, buscan agrupar los eventos de una manera distinta y quedan atentos a la manera como los agrupan los demás.
En 2010, Buzan, en una conferencia en la London School of Economics (LSE), explicaba que el concepto de superpotencia había tenido relevancia, no por su validez (autoridad científica) (Bloor, 1976), sino por la operabilidad que el concepto ha tenido desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad, es decir, su credibilidad (autoridad lógica) (Bloor, 1976). A su juicio (Buzan, 2011, abstract), los superpoderes “son un fenómeno históricamente contingente que se asentó en una profunda inequidad en la repartición de poder entre Occidente y el ‘resto’ del mundo”. Para llegar a ese enunciado, Buzan propone considerar los elementos sociales del poder, es decir, la primacía que los miembros del sistema social dan a las lecturas y categorías que algunos de ellos consideran válidas. Un “superpoder” existe no solo porque despliega recursos materiales e inmateriales de poder ampliamente superiores a los demás, sino porque la primacía de los recursos es considerada como determinante del orden social por los que orientan la política.
Así, el concepto de superpoder hubiera sido aceptado porque los países occidentales, especialmente Estados Unidos, fueron considerados como modelos, cuyas políticas eran aceptables y cuya legitimidad a ordenar las relaciones sociales no era puesta en cuestión por los demás miembros del sistema social. Sin embargo, advierte Buzan, a medida que las inequidades materiales se van reduciendo, las interpretaciones de lo que es socialmente aceptable cambian y el concepto mismo de superpoder pierde su legitimidad. En ese sentido, Buzan identifica –así no sea en los mismos términos que los que se escogieron para este trabajo– un momento de histéresis para la disciplina. Frente a una serie de cambios percibidos, el campo RR.II. se somete a una reevaluación de sus conceptos más centrales.
En el corazón del argumento del profesor de la LSE está la idea de que el conocimiento en ciencias sociales no solo es el fruto de la observación de la realidad, sino que se observa a partir de conceptos espacio-temporalmente contextualizados (Buzan y Lawson, 2015, pp. 1-14). Para Buzan es evidente que el concepto de superpoder no es operable para los periodos históricos anteriores al siglo XIX; eso porque, simplemente, la idea misma de que una autoridad política pudiera extender su alcance a escala del orbe no era concebible. La facultad de los académicos para concebir un actor internacional, un Estado, capaz de llevar destrucción masiva en cualquier punto del orbe (Braillard y Djalili, 1988, pp. 31-36), no era posible antes de que los recursos de poder fueran repartidos de manera tan desigual que permitieran, a unos pocos, intervenir drásticamente en los procesos políticos de cualquier sociedad que hubiera sobre la tierra.
Entonces, según Buzan y en un futuro próximo, las relaciones sociales deberían enmarcarse en un “globalismo descentrado”; un mundo marcado por intercambios e interdependencias, pero sin que ninguno de sus partícipes imponga a todos los demás sus lecturas e interpretaciones. Para Buzan, ello no resultaría solo de una repartición más equitativa de los recursos de poder sino, más bien, de la imposibilidad de que se “acepte cualquier forma de hegemonía en el sistema internacional” (2011, p. 7) (énfasis agregado). Más allá de la imposición pasajera de algún tipo de marco definido para las interacciones sociales, Buzan entiende aquí la hegemonía como la legitimidad para definir el marco de las interacciones sociales que le reconoce el conjunto de los miembros de la sociedad a algunos de ellos.
Pasando de la construcción de un modelo a partir de la observación empírica al análisis de la producción de la teoría, el líder de la Escuela Inglesa considera que Estados Unidos ha dominado la disciplina por su tamaño y su opulencia, que sus fundaciones han jugado un papel significativo en la financiación de los desarrollos de la disciplina en el exterior y que sus redes dominan la producción del conocimiento (Buzan, 2018a, p. 402). Al mismo tiempo, insiste en que los círculos sociales tienden a la parroquialidad, ya sea por razones relacionadas con el idioma, y las barreras que crea, o la cultura (p. 403).
Sin embargo, si se acepta la idea de que las teorías y los conceptos que utilizan son discursos que se construyen a partir de un contexto espacio-temporal definido, entonces se debe entender que la doxa en RR.II. (re)produce un cierto tipo de orden. Desde la sociología de Bourdieu se pueden entender las críticas que Oliver Turner y Nicola Nymalm hacen de los conceptos clásicos de “Estados defensores del statu quo” y de “Estados revisionistas”. Para el miembro de la Universidad de Edimburgo y la investigadora del Instituto Sueco de Asuntos Exteriores, estos conceptos “han, por mucho tiempo, trabajado en la construcción y legitimización de un entendimiento (orientado por Occidente) del statu quo global y de los avances universales que brinda”. De la misma manera que se propone en este trabajo, los autores consideran que “nuestro entendimiento de estos conceptos es menos el producto o resultado del trabajo de investigación, que modos o métodos de investigación que operan como narrativas autobiográficas” (2019, p. 3). Lo interesante aquí es que construyen su interpretación a partir de otro comentario sociológico, el de Margaret Somers y Gloria Gibson (1994), pero que los argumentos centrales propuestos por Bourdieu se vuelven a encontrar.
Cuando la reflexión de los académicos de RR.II. se considera como un discurso, entonces, esta (re)produce una meta narrativa que incluye y condiciona a los mismos académicos. Las narrativas de Relaciones Internacionales, como cualesquiera otras narrativas, porque enmarcan los debates académicos, brindan orden a nuestro pensamiento. Concomitante, “estas narrativas establecen verdades que se imponen a los académicos; ya sea acerca de cómo se constituyó ese orden, el estado en el que se encuentra o cómo debería evolucionar”. Las narrativas de RR.II. son “narrativas que ordenan”, que privilegian ciertas lógicas explicativas acerca del mundo y de los que lo pueblan (Somers y Gibson, 1994, p. 63, citadas por Turner y Nymalm, 2019).
¿Cuáles son las narrativas heterodoxas?
Buzan propone tomar en cuenta dos aspectos: la naturaleza de los países y las fuentes del conocimiento producido en RR.II. Esto le permite destacar una serie de trabajos que, en la disciplina y según él, se distinguen de la meta narrativa que la doxa de RR.II. (re)produce. Se propone aquí recopilar estas propuestas para establecer el panorama de lo “no occidental” en RR.II., porque construye sobre una categorización ya ampliamente aceptada por los que apoyan el proyecto de “RR.II. globales” (Wæver y Tickner, 2009; Acharya y Buzan, 2010; Tickner y Blaney, 2012).
Lo primero que atrae la atención de Barry Buzan (2018a) es la “teoría hindú de las relaciones internacionales” del académico, sujeto de su majestad, Bennoy Kumar Sarkar. Este propuso destacar los conceptos de mandala (esfera de influencia) y sarva-bhauma (soberano mundial) para traducir el pensamiento indio en términos entendibles por los (re)productores de normas, los académicos occidentales. En 1919, este concluye su trabajo para The American Political Science Review (Sarkar, 1919, p. 414) escribiendo: “La doctrina sarva-bhauma, como el concepto del nacionalismo federal, federación imperial, o el Estado universo, es entonces la piedra angular del arco de la teoría Hindú de la soberanía”.
El trabajo de Sarkar es puesto de relieve por Buzan7 para mostrar que la ausencia de discursos diferentes en la disciplina es más el resultado de una incapacidad de los defensores de la doxa a abrir su reflexión a las propuestas alternas, que el resultado de una ausencia de alternativa.
Destaca que, en la actualidad, los esfuerzos más notables en la construcción de un conocimiento basado en fuentes históricas y filosóficas distintas a las occidentales son las de la comunidad académica china. Pero, al momento de hablar de la historia del pensamiento en RR.II., Buzan subraya que, para las narrativas “no occidentales, […] la principal motivación sigue siendo responder a las presiones e incentivos creados por los eventos, y en particular desafiar las ortodoxias y prácticas occidentales en nombre de las que son desechados, explotados y/o negados en su estatus” (2018a, p. 406).
En ese sentido, la propuesta de la Escuela Cepalina es etiquetada como el primer esfuerzo de teorización que tuvo influencia en la manera de pensar la praxis internacional en Estados Unidos y Europa. De pronto por estar arraigada en la economía, Buzan no se extiende sobre las opciones metodológicas y los métodos privilegiados por Raúl Prébisch porque son entendidos como capaces de producir resultados válidos (con autoridad científica), pero no creíbles (con autoridad lógica); y que, se agregaría (Frasson-Quenoz, 2016), sus fundaciones eran occidentales, comunistas y rusas.
Más bien, les da un lugar a las reflexiones poscoloniales. Estima que el poscolonialismo se puede dividir en tendencias. Una primera, la de las luchas armadas de la descolonización, se evidencia con nombres tales como el Che, Mao o el francés Régis Debray (para la tendencia más radical). El vocablo poscolonial se asocia también con la Conferencia de Bandung y Nehru (para la tendencia más institucional). Los movimientos políticos pan, pan asiático, panarabista o panafricanista figuran como la última tendencia (político-cultural).
En RR.II., estas tendencias estarían representadas en el libro de Edward Said, Orientalism (1978), que abrió el campo a las reflexiones poscoloniales (Millennium, 2007; Salter, 2010). Acharya y Buzan (2010), también marcan la relevancia del trabajo de Gayatri Chakravorty Spivak (1988, 2000) y su definición de lo “subalterno”, eso por la influencia que ha tenido en la formulación del Realismo Subalterno en RR.II. (Ayoob, 1986; 1995; 1998). Pero la influencia de Said parece más duradera en el relato de Acharya y Buzan porque, en 2019, solo Edward Said es mencionado en la conclusión de su libro.
En resumen, Buzan considera que el “resto”8 ha participado en el debate académico, que las fuentes del conocimiento científico se pueden encontrar en la filosofía y la historia específicas de grupos humanos y que, usando conocimientos prácticos (no científicos), se pueden formular conocimientos en RR.II.
¿CUÁLES CATEGORÍAS PARA HABLAR DE LAS RELACIONES SOCIALES ENTRE GRUPOS HUMANOS?
En ese punto es necesario completar la respuesta de Buzan. Las narrativas heterodoxas son más diversas de lo que la lectura desde la academia anglosajona lo deja parecer. Al mismo tiempo, el complemento de las clasificaciones que se propone aquí debe ser expuesto en su “objetividad participante” antes de ser presentado. Buzan habla de “exilio” (Ashley y Walker, 1990), así sea en otros términos (explotación, exclusión, marginalidad, periferia y, sobre todo, “no occidental”). La dificultad que genera la clasificación del exilio es que nunca son los que mejor están posicionados dentro de la estructura para hablar, quienes deberían expresarse para describirla. Así, se quiere subrayar aquí una serie de márgenes a las que, desde las experiencias subjetivas de quien escribe, deberían de ser tomadas en cuenta al momento de pensar el exilio en RR.II. Se ampliará sobre los estudios poscoloniales antes de incluir reflexiones desde las propuestas feministas y de estudios de género.
Exilio, heterodoxia y poscolonialismo
Al momento de hablar de estudios poscoloniales es necesario ampliar el vocabulario. Además de las tendencias que destaca Buzan, en términos filosóficos, el poscolonialismo puede desglosarse en postcolonial (que trasciende a lo colonial), anticolonial (orientado a la lucha contra lo colonial) o decolonial (el despojar del conocimiento construido por lo colonial).
Desde 1998, Sanjay Seth, un historiador indio, ha promovido una tendencia diferente para entender desde lo poscolonial. A diferencia de lo que trasparece del relato de Buzan, Seth insiste en el hecho de que lo poscolonial no es tanto un periodo de tiempo, un modo de lucha o una reivindicación independentista, sino la voluntad de trascender una categoría, un concepto y sus significados. Lo postcolonial se transforma en la recalibración de los significados a través de la reevaluación de nuestras lecturas de la historia. Seth (2011; 2013) propone cruzar las experiencias históricas para entender la praxis internacional actual. El poscolonialismo se vuelve una metodología para abordar el estudio de RR.II., fundada en una cosmovisión que ve en las interacciones humanas una red de intercambios que moldean las percepciones y definiciones operantes en los contextos sociales. La microhistoria se vuelve el instrumento (el método) que permite desvelar y superar las categorías construidas por el colonialismo. La superposición de las narrativas individuales inmersas en la práctica, en contextos espacio-temporales idénticos, no solo abre a nuevas interpretaciones del pasado, sino que da cuenta de: 1) la complejidad de las relaciones sociales y 2) de las interpretaciones de los eventos que producen –y son producidas por– el proceso al que el conocimiento es atado. Así, los trabajos del historiador políglota Sanjay Subrahmanyan (2016) o del turco Edhem Eldem (2018), sobre las relaciones hindú-europeas-hindú o las otomano-europeas-otomanas, no solo cambian nuestras interpretaciones de los eventos que durante los siglos XVI, XVII y XVIII se desarrollaron, sino que nos permiten evaluar de manera distinta los eventos de los que somos testigos. Revelan metanarrativas, ponen a la luz del día que los referentes simbólicos que orientan la acción de los agentes sociales se construyen en un juego de espejos, un juego complejo de representaciones de las identidades declaradas, proyectadas y fantasmeadas que, a su vez, están arraigadas en intercambios materiales e inmateriales, violentos o no.
Lo poscolonial es también anticolonialismo, no solo en términos de lucha armada, sino de la construcción de las armas intelectuales necesarias para repelar o limitar el alcance del colonialismo. Aquí, los historiadores también juegan un papel central, Cheikh Anta Diop (1954; 1967; 1979) y Joseph Ki-Zerbo (1957; 1978) deben mencionarse como los que, primero, reclamaron exitosamente la estreches de las relaciones entre sociedades que compartían un mismo contexto espacio-temporal afirmando, por ejemplo, la “africanidad” de la civilización faraónica y que, segundo, construyeron el conocimiento africano que los académicos europeos les negaban. Los que emprendieron la construcción del conocimiento histórico de y sobre África llegaron a profundizar la reflexión sobre una serie de cuestiones esenciales para la construcción del conocimiento. Abrieron un campo para las fuentes orales en la constitución del conocimiento histórico. Profundizaron y aplicaron los preceptos de rigor científico para deconstruir los conocimientos producidos por la academia europea; participaron del debate científico sobre la validez del conocimiento a través de la evaluación de métodos de investigación, por ejemplo, el uso de métodos etnográficos en la construcción del conocimiento filosófico (Hountondji, 1983; 1991). Alioune Diop (1947), fundador de la revista científica Présence Africaine e intelectual de la liberación, consideraba que publicar estudios africanistas sobre la cultura y la civilización africanas suponía calibrar los métodos científicos, eso en función de los imperativos generados por la voluntad expresada de crear un recuento histórico africano. En ese sentido, escogió hacer de su revista, no un espacio para los africanos, sino un espacio científico sobre África. En ese espacio, todos los relatos de los africanos, de sus vivencias y sus modalidades de interacción con el mundo convergen para superar las narrativas tradicionales y así dar a África, a la sociedad africana, a su economía y a su cultura, su lugar (Howlett y Fonkoua, 2009).
Para terminar este complemento de respuesta, desde América Latina, no se puede dejar de lado la propuesta decolonial (Mignolo, 2018). Aníbal Quijano será sin duda conocido de los lectores hispanoparlantes. La idea de “colonialidad del poder” que propuso Quijano (2000a; 2000b; 2014),
… se funda en la imposición de una clasificación racial/étnica de la población del mundo como piedra angular de dicho patrón de poder y opera en cada uno de los planos, ámbitos y dimensiones, materiales y subjetivas, de la existencia social cotidiana y a escala societal. Se origina y mundializa a partir de América. (2000a, p. 342)
Así, el rechazo al orden impuesto por el proceso socioeconómico que fue/es la colonización, tal como lo destacó Buzan, es claro; pero, lo que pone en evidencia Mignolo es que Quijano marca una “determinación a desprenderse del paradigma de la racionalidad/modernidad” (2018, pp. 375-376). Esto supone un rechazo a la filosofía y a la fenomenología continental. No una simple negación de todas sus categorías (anticolonialismo), sino la necesidad de entender que los problemas y las necesidades de Suramérica y otras regiones del mundo son distintas a las de Occidente; eso a pesar del “trasplante” que se hizo, durante el periodo de colonización, de la filosofía y fenomenología occidental en todos estos contextos locales.
Elaborando desde lo anterior, se puede decir que el poscolonialismo no es la voluntad de promover el interés de unos en detrimento de los de Otros, más bien, es la consciencia que tienen algunos agentes sociales, desde su experiencia del “exilio”, de los órdenes sociales promovidos como naturales en un contexto espacio-temporal específico. No solo los discursos incluyentes orientalizan, sino que los discursos exiliados/heterodoxos reflejan los referentes de la doxa (Bourdieu, 1984, pp. 169-205; Hardy, 2008; Diawara, 1990).
Exilio, heterodoxia y narrativas feministas
Buzan (2018a) menciona en una sola oportunidad al feminismo. Sin embargo, en compañía de Acharya (Acharya y Buzan, 2019, pp. 285-320), subrayan los aportes fundamentales que se hicieron al proyecto de “RR.II. globales” desde el feminismo, específicamente gracias al instrumento de análisis que es la interseccionalidad. Y es cierto, los trabajos editados por Randolph Persaud y Alina Sajed (2018), tal como los citados por Acharya y Buzan, muestran la relevancia de las lecturas feministas, de género y poscoloniales para todos los estudiosos de las relaciones internacionales.
Las Perspectivas Feministas (PF) se posicionan desde el exilio. Si bien este exilio puede ser geográfico, económico o político, es ante todo uno construido a partir de una categorización de los cuerpos humanos en función de narrativas espaciotemporalmente contextualizadas y ordenadoras. Este exilio, es el que conocen los a quienes se les niega su capacidad de agencia o, dicho de otra manera, su capacidad a influir en el proceso de (re)producción de las estructuras sociales. Las PF en RR.II., por lo menos desde el reclamo de Ann Tickner (1988), han, en efecto, explorado los límites que la doxa de RR.II. vigila. Se podría decir que los estudios feministas se categorizan en función del uso que hacen de la reflexión en términos estructurales (Guzzini, 1993). Lene Hansen (2015) retoma una división admitida (Jaggar, 1983; Harding, 1986) que se propone resumir aquí.
Las PF se pueden entender como narrativas que apuntan 1) a la emancipación de los cuerpos sexuados de la dominación patriarcal, 2) a la emancipación de la narrativa machista y 3) a la emancipación de las inseguridades individuales que producen. Estas narrativas se organizan en función de su postura metodológica y, por consiguiente, del entendimiento del concepto de género que admiten. Según este criterio, se pueden identificar tres maneras de ver feminista: una racionalista, una de postura y una posestructuralista.
La perspectiva feminista racionalista se puede asimilar a lo que Sandra Harding (1986) nombró la corriente “empiricista” y Ann Tickner (2001) el “feminismo liberal”. Para estos estudios feministas, la diferenciación entre hombre y mujer no es una división que genera debate porque se construye sobre categorías biológicas empíricas: macho y hembra. El feminismo racionalista es positivista, acepta que la diferenciación de género se articula alrededor de una separación natural, objetiva y universal de los sexos. En esos estudios, el género es visto como una variable independiente que debe permitir resolver los problemas de inequidad o abusos sufridos (variables dependientes). El feminismo racionalista es comprometido desde un sesgo moral claro, que tiene como fin liberar a las mujeres de los efectos negativos ligados al papel que asumen en la sociedad. El feminismo racionalista es reformista. Supone “mejorar” el andamiaje social, limitando sus externalidades negativas (desigualdad de género) y asegurando la perennidad del orden. Los trabajos de Ann Tickner (2014) y Jacqui True (2013) pueden ser ilustrativos.
El feminismo de postura o standpoint feminism es reivindicativo. Desde este punto de vista, los Estados, los únicos actores de las relaciones internacionales, son considerados como determinados por la estructura patriarcal y silenciadores de las voces de las mujeres. En términos metodológicos, esta cosmovisión implica un movimiento hacia el género como variable dependiente; es decir, pasar de la simple consideración de la existencia de estructuras sociales políticamente neutras que se podrían enmendar, al análisis de sus consecuencias sobre la vida cotidiana y a la identificación de sus raíces profundas, para fomentar la emancipación. Aquí, los trabajos de Cynthia Enloe (1990; 2004) y Laura Shepherd (2008; 2015) son buenos ejemplos.
El feminismo posestructuralista es contestatario. Admite la existencia de estructuras sociales que determinan la vida de los cuerpos sexuados e invita a deconstruir la heteronormativa que asigna roles sociales en función de la forma de los cuerpos. Más allá del sexo y del género, el énfasis está en la necesidad de revelar las implicaciones del discurso que marca el género (gendered discourse). Invita a reformular las categorías de identidades sociales, a considerar el género como un acto performativo y a formular discursos que apunten a la emancipación del cuerpo. Haciendo énfasis en la equivalencia entre lo que es personal, privado, político y público, el feminismo posestructuralista lleva a interrogar el concepto de género tal como ha logrado definirse en las instancias de toma de decisión; en resumen, cuestiona lo que ha sido el logro histórico de las demás PF: abrir las puertas de los Estados a las temáticas del feminismo. Los trabajos de Judith Butler (1993; 2015) son aquí la referencia.
Frente a ese panorama, se puede decir que la interseccionalidad, el instrumento de recolección y análisis de datos destacado por Buzan, lleva a abrir, a flexibilizar o a modificar por completo los criterios de definición de la identidad.
Hablar de género tiende a distribuir roles en la sociedad en función de dos categorías: mujer y hombre. Pero cuando
… se refiere a la experiencia interna e individual que cada persona siente profundamente con el género, que puede o no corresponder con el sexo asignado al nacer, incluyendo un sentido del cuerpo (que puede suponer, si escogido libremente, modificaciones de la apariencia corporal ya sea por medios médicos, quirúrgicos u otros medios) y otras expresiones del género, incluyendo vestidos, discursos y manierismos. (Lavinas Picq y Thiel, 2015, p. 172)
Entonces, la “identidad de género” se vuelve más flexible, favoreciendo la multiplicación de las acepciones de la identidad. Así, a las categorías de género mujer y hombre, se pueden agregar otras: Heterosexual, lesbiana (L), gay (G), bisexual (B), transgénero (T), intersexual (I), hombre que tiene sexo con hombre (HSH), mujer que tiene sexo con mujer (MSM) o queer (Q), para citar las más nombradas.
Algunas de estas categorías tienden a separar la identidad social de los cuerpos, para mejor centrarse en una definición de identidad relacionada con las prácticas sexuales de las personas (LGB). Otras tienden a separar las prácticas sexuales de las identidades sociales. HSH y MSM, por ejemplo, son categorías que enfatizan el comportamiento por encima de la identidad declarada (LGB) y que no pretenden reformular la heteronormativa. Esas categorías también pueden expresar la inadecuación de las identidades socialmente admitidas (hombre y mujer, heterosexual) con las declaradas individualmente, ya sea en la manera en la que alguien se identifica (transgénero [T], o un rechazo a los códigos que definen el género), o en la que el cuerpo es formado (intersexual [I], cuando la anatomía del cuerpo no se adecua con la binaria macho y hembra). Finalmente, la identidad queer (Q), “una identidad de género que no está construida en relación con la binaria mujer/hombre, o que oscila entre ambos géneros y que combina, con la crítica de género, el estatus de una minoría sexual” (Lavinas Picq y Thiel, 2015, p. 172), permite reagrupar en una amplia categoría los comportamientos más transgresores, entendidos como los que desafían la oposición binaria de identidad.
Así se logran ampliar las bases de la reflexión y disminuir la tensión que la narrativa tradicional de la construcción de la identidad implica. Multiplicar las categorías lleva obligatoriamente a replantear la dicotomía de género para entenderla en una superposición de grupos que crean intersecciones. Uno de los argumentos presentados es que la interseccionalidad permite superar la oposición binaria para revelar cómo las identidades se complementan, se sobreponen y se influencian, sin perder coherencia (autoridad científica).
Momin Rahman (2018), el reconocido sociólogo que se define a sí mismo como un surasiático británico secular y que trabaja en América del Norte, mostró las ventajas de reconstruir la interpretación del panorama político de la sociedad mundial usando la interseccionalidad. En lugar de trasladar una oposición sociedad tradicional frente a identidades LGBT definidas genéricamente (figura 1), la propuesta permite a Rahman entender la identidad LGBT como dual, una internacional y una etnocultural-religiosa local, en complemento de una lectura adaptada de la sociedad tradicional, en ese caso, a las comunidades musulmanas.
FIGURA 1
LOS MUSULMANES LGBT COMO INTERSECCIONALIDAD

Fuente: Rahman (2018, p. 108).
Sin embargo, es importante observar que, al multiplicar las categorías, se atomiza o complejiza el objeto de estudio. Este movimiento, en la reflexión feminista de ciencia política, de sociología o de economía no es tan significativo como lo es en el caso de RR.II.
En esa disciplina, multiplicar las categorías hace la cuestión de su arbitrariedad más clara para los que no se reconocen en ellas. En 2015, el mismo Momin Rahman marcaba su escepticismo frente a la clasificación institucionalizada “LGBTIQ” porque es, en su opinión, culturalmente determinada: “La adecuación de LGBTIQ con la modernización es basada en la soberbia de las sociedades occidentales que afirma generalizar la experiencia Occidental de la modernidad a todas las sociedades” (2015, p. 95). De esta manera, como se sigue poniendo el acento sobre las diferencias, enfatizando en las particularidades en lugar de enfocarse en los rasgos universales, el momento en el que se cambia de escala –pasando de un contexto espacio-temporal particular a otro– revela la dificultad de aliviar la tensión entre la voluntad de asumir una perspectiva particular con la necesidad de incluir la diversidad.
Retomando la figura 1, se podría decir que, haciendo uso de la interseccionalidad, Rahman no logra superar las oposiciones binarias que conlleva la construcción de identidades. Al adicionar los puntos de vista (perspectiva de género y poscolonial), el académico multiplica tanto las categorías como sus rasgos distintivos. Cuando habla de comunidades musulmanas, LGBT o internacional, una serie de preguntas quedan sin respuestas: ¿q uién las define?, ¿en función de qué criterios? Y, más importante aún, ¿quiénes son los que por ellas se sienten excluidos?
DOXA Y PODER EN LA (RE)PRODUCCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS EN RELACIONES INTERNACIONALES
“RR.II. globales”, criterios de redefinición de la agenda de RR.II.
Buzan escogió dos criterios claros para hacer su clasificación de las narrativas heterodoxas en RR.II.: la naturaleza de los países y las fuentes del conocimiento producido. Estos criterios pueden parecer pertinentes, pero también pueden ser objeto de crítica.
La naturaleza de los países (countries) se refiere, si se complementa el término con el argumento que desarrolla el autor (Buzan, 2018a), a la red de representaciones comunes en una sociedad, a una cultura. De manera prudente, Buzan hace eco del concepto de Estado-nación. Sin embargo, la cautela de Buzan no puede tapar las ramificaciones que el uso del concepto de Estado tiene sobre la construcción del conocimiento en RR.II. En este debate, los argumentos de cada uno giran alrededor de la cuestión de la relevancia, del papel o de la capacidad de agencia de la institución social que es el Estado. En África y en América Latina, este debate es central y, para el argumento que se desarrolla aquí, esencial.
En África, la voluntad de alcanzar la modernidad y de trascenderla es un objetivo que se dibuja, en la literatura, por lo menos desde que el concepto de Estado-nación fue promovido como modelo referente para la humanidad en el siglo XIX (Horton, 1868; Blyden, 1888). Sin embargo, la diversidad de las narrativas poscoloniales no puede ser resumida en las tres tendencias identificadas por Buzan (radical, institucional y político-cultural). La diversidad de los radicalismos y de su concepción del Estado, por ejemplo, es solo igualada por las formas de opresión y de exilio. Amílcar Cabral (1966) y Frantz Fanon (1961) articularon su reflexión desde su experiencia de la lucha, desde la praxis, así como reprodujeron los marcos de referencia en los que estuvieron inmersos, pero de manera muy distinta el uno del otro. La síntesis entre las reivindicaciones, entre las cosmovisiones siempre ha sido difícil. Y en el fondo de estas divisiones, entre otros elementos, lo colonial. Así, por ejemplo, panafricanismo (Nkrumah, 1963) y Negritud (Césaire, 1939; Senghor, 1964) se fundan en contextos espacio-temporales suficientemente diferentes para que uno ponga lo político primero y la otra le dé primacía a lo cultural. Dicho de otra manera, el panafricanismo busca construir credibilidad en la praxis, mientras que la Negritud busca asentar su validez en la formulación de un lenguaje formal propio.
En América Latina, el debate no ha sido menos marcado que en África. Más allá de las posiciones que cada uno ha podido privilegiar, el hecho de que las sociedades de la región sean las que más muertes violentas de civiles genere es revelador de los retos de legitimidad que tiene el orden social actual (Lehmann, 2017), fundado en el concepto de Estado. Ya sea para argumentar que el Estado constituye el motor principal del mejoramiento de las condiciones de vida (Escuela Cepalina), para argüir que el Estado ha precedido la nación y que se impuso a las comunidades humanas (Guerra, 1992) o, como en el ejemplo colombiano, para argumentar que el Estado siempre está “alcanzando” estándares normativos (Vela, 2010), los argumentos no faltan para mostrar que el concepto se presenta como articulador del pensamiento latinoamericano; la “primacía de lo práctico”, como la acuñó Tickner (2008). Sin embargo, el hecho de que el concepto de Estado prime en los discursos no esconde que amplios sectores de la sociedad quedan inconformes y reclaman desde el exilio. En Latinoamérica se interroga a la figura del Estado, sus límites, su legitimidad, su eficiencia y eficacia, su capacidad, sus fundamentos históricos. Desde lo teórico hasta lo práctico, los Estados latinoamericanos son foco de las esperanzas y de las desesperaciones. Brasil y su reporte de más de 60.000 muertos civiles en 2017 (InSight Crime, 2018), Chile y su dificultad para representar los intereses de las poblaciones precolombinas en la agenda de gobierno, o Venezuela y su situación de escasez generadora de migración, son tantos ejemplos de que el papel del Estado no es aceptado de la misma manera, en la misma medida, o aceptado en absoluto como legítimo en la región. Dependiendo del lugar de exilio desde el que se formule la reflexión alrededor del Estado, cambia su definición, su relevancia, su pertinencia, su legitimidad.
Estas consideraciones son esenciales para la argumentación porque permiten entender que la categoría referente de la reflexión en RR.II., la que también condiciona la audiencia que puede alcanzar a tener cualquier conocimiento, es el Estado. Buzan tiende a considerar al Estado como legítimo. Esta legitimidad es tanto práctica como epistemológica. Para Buzan y Wæver (2003), el Estado formula los discursos e implementa planes de acción legítimos. Esta misma tendencia de la Escuela Inglesa a reproducir los marcos de referencia de la doxa había sido puesta en evidencia por MacSweeney (1996).
El segundo criterio de selección de Buzan, las fuentes del conocimiento producido en RR.II., es también diciente sobre lo difícil que es romper los marcos de referencia de la doxa. Como se dijo, Buzan destaca la filosofía y la historia como fuentes legítimas de la formulación de un conocimiento construido a través del lenguaje formal; no obstante, acepta también que la práctica, expresada en un lenguaje natural, puede agregar al conocimiento. Ahora bien, privilegiar filosofía e historia como fuentes legítimas del conocimiento, es decir otorgarles autoridad científica, no es neutro para su producción.
Considerando la relación entre la historia y la filosofía, Raymond Aron (1963) observaba que, según el filósofo e historiador italiano Benedetto Croce, la historia es filosofía y la filosofía es historia. En ese sentido, la fórmula de Croce es diametralmente opuesta a la de Jacob Burckhardt. Según este, entre la filosofía y la historia hay una oposición radical y, en último análisis, incompatibilidad. Así, mientras que la primera buscaría el establecimiento de proposiciones generales –propuestas válidas que deben permitir la explicación del funcionamiento de un sistema universal–, la segunda, la historia (conocimiento del pasado), es comprensión, interpretación o recuento de hechos singulares y de su encadenamiento. Así, según Burckhardt, el historiador se interesaría en lo que nunca se volverá a ver, mientras que el filósofo centra su atención en lo que es válido universalmente.
Asociar en partes iguales la filosofía y la historia es consecuencia de la postura metodológica que asume Buzan. En la Escuela Inglesa siempre se trata de aliar un acercamiento nomotético a un acercamiento idiográfico de la historia (Linklater y Suganami, 2006); es decir, de conciliar las grandes narrativas con las narrativas individuales, lo universal con lo particular. Los miembros de la escuela inglesa que, como Buzan, privilegian un acercamiento que concilia el lenguaje formal universal de la doxa (Estado, anarquía, interés y poder) con la particularidad de los contextos sociales (evaluados con base en su experiencia histórica y sus redes de significados) deben matizar su propia narrativa histórica al ritmo que los historiadores, legítimos productores del conocimiento, reconstruyen sus propias interpretaciones de la historia. En ese sentido, mientras el modelo teórico esté sustentado en un conocimiento válido (de autoridad científica), se pueden afinar las interpretaciones de situaciones específicas (de autoridad lógica). Los miembros de la Escuela Inglesa no dudan, por ejemplo, en reevaluar su narrativa de expansión de la sociedad internacional (Bull y Watson, 1984) en una de globalización de la sociedad internacional (Dunne y Reus-Smit, 2017), en un recuento que va abriendo campo a las últimas narrativas producidas por los historiadores poscoloniales o los pensadores del género. Pero, recordando el ejemplo de los estudiosos de África en la mitad del siglo XX, anticipar la validez de un conocimiento con base en uno considerado como válido, no se hace sin generar una serie de sesgos que limitan la capacidad de los investigadores de generar uno nuevo. Para evitar este tropiezo, la elección de los historiadores africanos fue admitir un sesgo, no político, sino epistemológico: no privilegiar una cosmovisión sobre otra. Alioune Diop decidió aceptar que toda idea de conocimiento nace de una situación, de un contexto espacio-temporal específico y que, por consiguiente, dar voz a los que están inmersos en ese contexto sin privilegiar una narrativa era, en sí, un paso para la afirmación de ese conocimiento.
Buzan invita también a considerar los conocimientos prácticos para la construcción del saber. Porque su interpretación de lo que es la teoría en RR.II. inicia en la taxonomía, abre un espacio tanto a la teoría en su “sentido académico” como a las estructuras que identifican los practitioners, los intelectuales públicos y otros “fuera de la academia”. Escribe: “Lo que estoy tratando de identificar en esta esfera no-académica es la práctica del pensamiento acerca de las relaciones internacionales, entendidas amplia y generalmente” (2018a, p. 392). Con este esfuerzo por abrir los círculos de reflexión académica a nuevas fuentes del conocimiento, Buzan trata de conciliar, de abrir un campo de legitimidad a los conocimientos no-científicos (de autoridad lógica). Paradójicamente, haciendo eso refuerza la idea de que no todos los conocimientos son iguales. Se asienta la doxa y se limita el acceso de los conocimientos producidos desde los lugares de exilio al estatus de conocimiento válido. La perspectiva general de las narrativas que se construyen en el proyecto de “RR.II. globales” sigue siendo, en parte, condicionada por la doxa.
Con la presentación de estos elementos se quería destacar que la doxa siempre tiene una capacidad de incorporar los nuevos conocimientos y las críticas; pero que, a su vez, tiende a reproducir esquemas de orden y a apartar los que formulan críticas. Como lo concluye Cynthia Weber (2014), en el mercado de bien raíz que es la academia de RR.II., un proceso de gentrificación está redefiniendo el valor de las epistemes de RR.II.
Poder y (re)producción del conocimiento en RR.II.
Los agentes sociales que son los académicos de RR.II. perciben cambios en su objeto de estudio. Cada uno de ellos lidia con esta percepción de manera diferente. Por ejemplo, algunos no perciben que la dominación estadounidense sobre el campo sea un problema para adaptar el conocimiento en ese periodo de histéresis (Ikenberry y Mastanduno, 2003; Hagmann y Biersteker, 2014; Measheimer, 2016), cuando muchos otros sí lo perciben como una dificultad.
Está claro que “la hegemonía de la academia estadounidense sobre el campo de RR.II. se construye mayoritariamente sobre bases materiales porque es grande […], rica y localizada en el único superpoder” (Acharya y Buzan, 2019, p. 291). Este estado de las cosas genera, cuando se junta con la propuesta de “globalismo descentrado”, un escenario en el que, como el poder material se está repartiendo de manera más equitativa entre los Estados, las fuentes de legitimidad del conocimiento se están reubicando.
Acharya y Buzan (2019) ponen en evidencia una serie de enseñanzas para que los académicos construyan una disciplina refundada en “RR.II. globales”. Identifican dimensiones que explican la dominación occidental sobre el campo y que deben, según ellos, ser superadas para permitir la construcción de un conocimiento incluyente (p. 286): el eurocentrismo, el falso universalismo, el racismo, la disyunción entre el Norte y el Sur y la negación repetida de la capacidad de agencia de los del Sur. Sin embargo, esta lista no permite anticipar el marco en el que la reflexión de los académicos del Sur debería llevarse a cabo. Se propone aquí un esbozo del panorama del mercado para los académicos latinoamericanos en función de: 1) la agenda de investigación, 2) la estructura del mercado y 3) un balance de la demanda y de la oferta.
En cuanto a la agenda de investigación dos puntos parecen relevantes. Primero, la escala de reflexión y segundo la orientación de la agenda. Al momento de investigar, la definición del marco espacio-temporal es esencial y, como se ha dicho anteriormente, este marco tiende a imponerse a los agentes sociales. La interpretación que propone Barry Buzan (2018b), la del “globalismo descentrado”, lleva a suponer el fin de las reflexiones realistas en términos sistémicos y la pérdida de fuerza de las propuestas liberales, por la incompatibilidad de sus pretensiones universalistas con una sociedad interestatal global descentrada.
El “globalismo descentrado” supone que ningún Estado tendría las capacidades materiales o inmateriales, o la legitimidad, para intervenir en los procesos políticos de otras sociedades de Estado. En esta configuración, que llama “la patología del autismo de los grandes poderes” (Buzan, 2018b), las agendas de los diferentes “complejos regionales” (Buzan y Wæver, 2003) solo estarían escasamente relacionadas entre sí, es decir que las agendas se organizarían en función de intereses centrados en comunidades más específicas. Así las cosas, el habitus de los académicos debería readaptarse en función de una escala diferente, determinada por el mercado. En este mercado, pocas serían las comunidades académicas que podrían beneficiarse de los incentivos financieros públicos de Estados con pretensiones hegemónicas promovidas a través del uso de narrativas realistas o liberales. Las narrativas se readaptarían a un campo más limitado en su espectro y sus temáticas. Sin embargo, como Waltz lo observó, si solo se dan cambios en el sistema y no un cambio de sistema (el fin de la anarquía interestatal), entonces las narrativas de la doxa perdurarán. En el “globalismo descentrado” se supone una pérdida de alcance geográfico y social para el Estado, pero solo se cuestiona parcialmente al Estado, a la anarquía o al racionalismo.
Segundo eje de la agenda de investigación, su orientación. Se puede entender que la orientación de la agenda de investigación en RR.II. se determina en función de una postura metodológica o en función de una temática de investigación, no para delimitar un campo, sus tradiciones, sus figuras, sus estándares y su filosofía. Si bien estos trabajos serían esenciales para los desarrollos del campo RR.II., apartarían el académico de su mercado. Además, si la filosofía y la historia son fuentes del conocimiento válido, para pretender reflexionar de manera diferente a la doxa, los académicos tendrían que enfocarse en un trabajo histórico o filosófico antes de empezar a pretender producir interpretaciones científicas heterodoxas en RR.II. Una lección que se puede aprender de la experiencia africana en ese campo es que, el compromiso de aceptar todo tipo de trabajos acerca del objeto de estudio es más eficiente en la búsqueda de un conocimiento diferente. Pero no es porque se identifique a una fracción de la sociedad humana como diferente, que la experiencia práctica de los agentes sociales inmersos en ella los lleve a calificarla de manera diferente. Destacar pensamientos teóricos heterodoxos depende, entonces, más del tipo de conocimiento que se quiere promover, que de la orientación de investigaciones individuales. Incentivar la difusión de trabajos que formalizan un conocimiento con base en una exploración historiográfica o filosófica depende ante todo de la estructura del mercado.
Como se ha evidenciado, la producción del conocimiento depende del marco en el que se produce; así, para que se dé un cambio de habitus también debe darse un cambio en la estructura del mercado. La relación entre el protagonismo estadounidense en la disciplina y el papel de hegemón que juega en la política internacional ha sido varias veces mencionada. En ese sentido, la referencia que constituye la doxa para la definición de lo que es la disciplina parece esencial. Al mismo tiempo y siguiendo a Bourdieu, los agentes sociales (los académicos) conocen ese mercado e indican en qué consiste. En las conclusiones de su análisis de la encuesta Teaching, Research, and International Policy (TRIP, 2014)9, Wemheuer-Vogelaar, Bell, Navarrete y Tierney (2016, pp. 14-15) destacaban que, en cuanto a la cuestión de saber:
1. Si la disciplina de RR.II. es dominada por EE. UU.: a pesar de que los académicos de RR.II. en general perciben un desequilibrio de poder en la disciplina a favor de Occidente, son los mismos académicos que se benefician de esta dominación los más reacios al cambio de la agenda en RR.II. hacia una agenda global.
2. Si la geografía es una línea divisoria en la academia responden que: lo que los académicos en Occidente perciben como la “comunidad global”, los académicos de otras partes del mundo lo pueden ver como “el Otro”, con el que no pueden identificarse o con el cual no pueden convivir. También encuentran evidencia de que las fronteras se reproducen en las prácticas de investigación: más análisis de política, menos análisis cuantitativo y un uso privilegiado de los paradigmas realistas en el “Sur Global”.
3. Si existe una división internacional del trabajo en RR.II. entre un Norte productor de teoría y un Sur proveedor de datos, llegaban a concluir que: si bien la teoría está bien presente y viva en el “Sur Global”, esta no goza del debido reconocimiento y está desestimada en la disciplina en su conjunto. Cuando de reflexión teórica se trata, se reproducen patrones de dominación y de subyugación, en específico a través de la formación de nuevos académicos del mundo entero según el “canon occidental de RR.II.”.
La estructura del mercado se fundamenta en una red de percepciones jerarquizadas por estándares. Los que producen los estándares determinan las condiciones de acceso al mercado y, por consiguiente, son también los más aptos para competir en él. Las narrativas de los académicos exiliados están inaudibles, su mercado no es suficiente como para alcanzar una masa crítica y hacer escuela. Si lo logran, son rápidamente cooptadas por la doxa y orientalizadas10. Los académicos lo perciben, también los que defienden una renovación de la agenda hacia una agenda global.
En América Latina en general, y Colombia en especial, los llamados de Amitav Acharya, Barry Buzan o Arlene Tickner son escuchados. La Red Colombiana de Relaciones Internacionales ha mostrado su compromiso en difundir estas narrativas11. Sin embargo, cuando de mercado se trata, la práctica del Departamento Administrativo de Ciencia, Tecnología e Innovación de la República de Colombia (Colciencias), ahora Ministerio de las Ciencias– lleva indudablemente a la integración de los mercados simbólicos colombiano y estadounidense. El sistema en el que se funda la observación de Minciencias, y la siguiente categorización de los investigadores y centros de investigación12, da el máximo puntaje a las revistas científicas ya establecidas, lo que tiende a estandarizar la producción de los bienes intelectuales en función de normas canónicas, ya sea en la producción ortodoxa o heterodoxa.
La demanda –en RR.II. de pronto más aún que en otros mercados– depende del presupuesto público o de grupos de interés cuyo alcance traspasa las fronteras. En una sociedad de Estado, el exilio, o grado de pertenencia al grupo, se mide por la intensidad de las interacciones con los demás miembros de la sociedad (Buzan y Wæver, 2003). Como la disciplina tiene el propósito de interpretar estas interacciones, los académicos que, en su estrategia de supervivencia, dependen de los Estados que menos interacciones tienen, deben multiplicar sus fuentes de ingreso, dejando a un lado el circuito altamente competitivo de la disciplina tal como es estandarizado, para explorar mercados conexos como la consultoría o las actividades paraacadémicas. Cuando de mercado de ideas se trata, en América Latina, basándose en el SJR (2019) una serie de revistas científicas que incluyen en sus temas centrales a los de RR.II. son de alto impacto13, diez entre Q2 y Q3, entre las que dos, tratan temas económicos y una temas de derecho internacional. Para el mismo año 2018, 48 revistas se valorizaron entre Q2 y Q3 para América del Norte, y 33 en Q1. Entre las revistas latinoamericanas de mayor impacto: 6 son revistas de universidades públicas, tres revistas de dos universidades privadas y una de un centro de pensamiento. Se pueden citar a Política y Gobierno en México, la Revista de Ciencia Política de Chile, la Revista Brasilera de Política Internacional, Utopía y Praxis Latinoamericana en Venezuela y, en Colombia, la revista Colombia Internacional, de la Universidad de los Andes, y la revista Análisis Político de la Universidad Nacional. Sin mencionar los estándares de publicación, generalmente dos estrategias se proponen en esas revistas: mantener un debate diverso sobre temáticas de la “comunidad académica global”, así se posicionan las universidades privadas; o fijar una línea editorial sesgada que restringe las condiciones de acceso a unos pocos, una elección que solo las universidades que no dependen del mercado pueden generalmente asumir. En América Latina, poco mercado hay para la creación de espacios académicos tal como el que Alioune Diop creó con Présence Africaine.
CONCLUSIÓN
En el momento de histéresis que atraviesa la disciplina, las condiciones del mercado académico son el factor determinante en el mantenimiento de la doxa de RR.II. Sin embargo, eso no supone que no se adapte el habitus de los académicos de la disciplina. Si se acepta la argumentación que sustenta la necesidad de una refundación de la disciplina de RR.II. en RR.II. globales, entonces debemos también anticipar sus consecuencias sobre el estudio de la disciplina en la región.
Ante lo expuesto, lo más probable sería ver una readaptación de la escala de reflexión de los académicos (límites regionales determinados por la intensidad de las interacciones), cuyo alcance sería determinado por la capacidad de acción (material o social) de los diferentes Estados reconocidos como legítimos; eso porque de estos Estados los académicos dependen en sus estrategias de supervivencia. Las narrativas limitarían su campo, desde lo universal hasta un cierto grado de particularismo o de universalismo regional. Se operará y –se podría argumentar–, opera, una recalibración. Siguiendo la argumentación que permite desarrollar la Escuela Inglesa, el ciclo anárquico sistémico iniciado en los albores del siglo XIX está finalizando. Un nuevo ciclo, uno que combina la horizontalidad, entre sociedades de Estados, y la verticalidad, en cada sociedad de Estados, estaría en auge.
En esta configuración, en la disciplina RR.II., cuyo nombre y práctica son marcados por la imprenta Occidental, la doxa, en especial el realismo, perduraría. El realismo, como marco de referencia y porque condiciona en gran parte nuestras lecturas, seguirá siendo pertinente al momento de observar los cambios en la práctica. Seguirá siendo la referencia para la mayoría de los trabajos producidos, no a una escala global, sino a una inferior. Los que tendrán la oportunidad de hablar de las interacciones globales solo serán unos pocos y en términos de conformidad con una doxa, realista para algunos, liberal para otros, o culturalmente arraigada en cualquier fantasma de identidad estatal que sea. Queda que la reflexión en términos globales estaría a la vez en disminución, enfocando el trabajo de la mayoría de los académicos exiliados en las tareas que ya desarrollan (incluyendo una teórica, pero limitada en su audiencia y mercado) y ampliando la audiencia de unos pocos académicos.
En esa lectura, la relación de las Américas con Estados Unidos debe ser problematizada en una serie de temáticas: la dependencia, tanto en términos epistemológicos como materiales, más aún cuando la urgencia climática está creando una situación de segregación; la escala, siempre se puede preguntar si se debe pensar más allá del alcance de los intereses del Estado; el totalitarismo interno, que puede transformar las agendas de investigación en instrumentos de propaganda política; y las debilidades estructurales de las que las sociedades exiliadas padecen, que siempre van a tender a orientar los análisis hacia la relevancia del primus inter pares. Estas problemáticas no solo deben formularse, sino que sus consecuencias sobre el habitus deben ser anticipadas. Sectarismo, utilitarismo y elitismo son las tres tentaciones a las que las comunidades epistémicas no pueden ceder. Sectarismo, para que no se privilegie un cierto tipo de trabajo o una temática. Utilitarismo para que el mercado académico no se transforme en un campo más de corrupción. Elitismo, para que el debate académico siga abierto y que formas alternas de organización social a escala global sigan siendo formuladas. Los diferentes capítulos que integran esta publicación llevan a interrogar el Estado como referente analítico. El capítulo “Del concepto a la teoría de la gobernanza global: más incluyente con la sociedad civil en RR.II.” hace directamente eso. El capítulo “No más Eldorado o conocimientos que se pueden aprovechar” muestra que el conocimiento ajeno puede ser usado para abrir caminos epistémicos fuera de su contexto original. Cuando se aborda la cuestión de las relaciones internacionales entendidas desde una perspectiva neogramsciana, en el capítulo “El impacto de las tecnologías de la información y las comunicaciones en el siglo XXI: lectura desde el neogramscianismo”, se ponen en cuestión las relaciones de subordinación y la dependencia. Sin embargo, eso no quiere decir que no se puede pensar el Estado, en su identidad, tal como se hace en “La identidad social: parte esencial del autoconcepto del Estado”. Al fin y al cabo, parece importante subrayar que pensar más allá de los intereses del Estado no constituye una invitación a ignorarlo, sino un incentivo para conceptualizarlo de manera diferente, tal como se propone en “La identidad social: parte esencial del autoconcepto del Estado”.
En todo caso, en América Latina, más que en otras regiones del mundo, el riesgo de abandonar la reflexión a escala global es grande, eso por la estructura del mercado en el que se desenvuelven los académicos. A manera de ilustración, saber si el narcotráfico es una cuestión de seguridad internacional –que solo puede entenderse en el marco de las relaciones interestatales orientadas por la competencia por la seguridad– es una cuestión central para la agenda de investigación.
Con el proyecto de RR.II. globales, se supone que la reflexión global es la que hace un estudioso de las relaciones sociales entre grupos humanos, pero desde los lugares de exilio y en este momento de histéresis, pensar lo global podría siempre ser percibido como un desvío de atención de los asuntos más urgentes de la propia agenda.
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CAPÍTULO 2
DEL CONCEPTO A LA TEORÍA DE LA GOBERNANZA GLOBAL: MÁS INCLUYENTE CON LA SOCIEDAD CIVIL EN RELACIONES INTERNACIONALES
Erli Margarita Marín-Aranguren
Francisco Daniel Trejos-Mateus
INTRODUCCIÓN
El plantearse cómo abordar las falencias de las teorías de las Relaciones Internacionales (TRI), más que un cuestionamiento de inicio para esta publicación es un interrogante consensuado, que invita a considerar la sociedad internacional de manera holística. Hay una ruptura que se denota tanto por la estrechez del mainstream, como porque los retos del siglo XXI distan de los que afrontaban sir Alfred Zimmern o Sydney Herbert, e incluso de los de Woodrow Wilson (Simonoff, 2019), hace más de cien años.
Sin duda, una preocupación que también involucra a los académicos del Observatorio de Análisis de los Sistemas Internacionales (Oasis), quienes ya expusieron unas primeras perspectivas y lecturas desde América Latina. Ahora, la apuesta es subsanar algunas de las rupturas desde diferentes enfoques. En este capítulo se opta por la coconstrucción de la teoría de la gobernanza global en Relaciones Internacionales. Marín-Aranguren y Trejos-Mateus (2018) demostraron la precariedad en la ontología sobre las sociedades civiles latinoamericanas en los estudios internacionales. Consideraron la necesidad de un marco hermenéutico incluyente con otras ciencias sociales con el propósito de hacer análisis eclécticos que describan, de manera holística, las realidades y las agencias de los agentes, incluyendo a la sociedad civil global (SCG), en relación con “La razón multilateral en relaciones internacionales”, que se propone en otro capítulo de esta publicación. Por ello, hay dos preguntas que motivan este escrito: ¿cómo visibilizar la agencia de la SCG en las relaciones internacionales?, y ¿qué otros saberes deben ser incorporados para una comprensión de las relaciones internacionales inclusiva con la SCG? (para entrar en diálogo con el autor de: “Doxa y Global IR: estudiar desde el exilio en periodos de cambio(s) sistémico(s)”, en otro capítulo de esta publicación).
Aquí la hipótesis que se discute es que, para visibilizar la agencia de la SCG en Relaciones Internacionales, la gobernanza global, más que un concepto, ha de ser considerada como una teoría en tanto que se abordan diversos agentes, dinámicas antes no observadas –como que el mundo está agrupado en redes– y los asuntos de las políticas públicas globales. Desde esta aproximación, las conjeturas del mainstream descuidan la cooperación en sus reales dimensiones, lo que deja al descubierto un sesgo de los internacionalistas. De ahí que, se precisan nuevas conceptualizaciones (autoridad y jerarquía, entre otras), que son transversales en la gobernanza global para describir, explicar, entender o interpretar los acontecimientos internacionales.
De manera concreta, se reconoce el aporte de Villamar (2017) (lo observable, lo político, lo social, lo cultural, entre otros) y se hace énfasis en que se requiere la identificación de los actores (agentes, para los constructivistas) y las agencias en el ámbito glocal. Para la investigación de la que da cuenta este escrito, se optó por una aproximación inductiva porque sirve para los propósitos de este libro, en general, y para desarrollar una propuesta que supere la precariedad ontológica de la sociedad civil global en los estudios de relaciones internacionales, en particular. Como señala Muñoz (1998), al inducir se hace uso del “razonamiento para obtener conclusiones que parten de hechos particulares, aceptados como válidos, para llegar a conclusiones cuya aplicación es general” (p. 190). “Guillemette (2006), citado por Páramo (2015, p. 1) anotaba que, “los datos sirven de punto de partida para el desarrollo de una teoría”. De hecho, la naturaleza de los datos posibilita la emergencia de temas que ni siquiera aparecen en la literatura (Páramo, 2015). En consecuencia, para una aproximación a la realidad social de los asuntos internacionales en el siglo XXI, se recurrió a la metodología de investigación cualitativa (teoría fundamentada), en la que el investigador construye una teoría que explica alguna acción, interacción o proceso (Denzin y Lincoln, 2015). Así, se busca descubrir o afinar preguntas de investigación y para ello se utiliza “la recolección de datos sin medición numérica” (Hernández, Fernández y Baptista, 2006, p. 8), luego se desarrolla el proceso de interpretación.
El lector encontrará: primero, los caminos que se abren con la gobernanza como teoría en Relaciones Internacionales. Segundo, más que semántica, una serie de conceptos renovados para conocer otra cara de la disciplina (tanto del pasado, el presente, como posibilidades en prospectiva, desde un paradigma que se propone como innovador). Tercero, se presentan las lógicas relacionales como un camino metodológico. Cuarto, se hace una reflexión sobre las interconexiones en red. Finalmente, se muestran los vacíos del mainstream y la propuesta paradigmática planteada se erige como un camino para describir, explicar, entender o interpretar lo que sucede en la arena internacional.
LOS CAMINOS SE ABREN CON LA GOBERNANZA COMO TEORÍA
El concepto de gobernanza global, que se ha expandido a las relaciones internacionales, y es usado por algunos estudiosos en sus análisis, ha adquirido cualidades para describir, explicar, entender o interpretar las realidades de la arena internacional. La singularidad en los desarrollos para una epistemología1, metodología2 y ontología3 (Murillo, 2013), hacen que adquiera el potencial para convertirse en una nueva TRI.
En este primer apartado se sostiene que la gobernanza nace en la ciencia política y se extrapola, al añadírsele el adjetivo global, a las relaciones internacionales. Es por ello por lo que es imperativo conocer la evolución del concepto mismo, para después adentrarse en la singularidad epistemológica que de él emerge.
Lo que es claro es que el concepto se desarrolla desde la ciencia política para dar cuenta de una forma de gestionar problemas en un territorio. Por lo menos, así lo describió Charles d’Orléans, en el siglo XV, para referirse al arte de gobernar (gouvernace, del francés antiguo). Un término de la misma raíz latina que gubernare –conducir un navío–, con su derivado francés gouvernail, que significa timón (Calame, 2009, p. 15). Luego, las precisiones conceptuales se hacen más que necesarias. Esto con respecto a la gobernabilidad, como capacidad de un gobierno para gobernar a la sociedad por medio de la legitimidad que esta le atribuye en procesos democráticos. También, es necesario conceptualizar Gobierno como la institución responsable de dirigir a la sociedad (Sánchez, 2012).
Lo concreto es que, para Kooiman (1993) y Kickert, Klijn y Koppenjan (1997), el Estado es un actor más, donde lo importante es la red a la que pertenece para lograr las metas de la administración. En los trabajos de Mayntz (2002) se reconoce la cooperación como una forma de lograr objetivos de gestión pública, en la que la autorregulación es importante, en tanto compromiso y responsabilidad colectiva. Por otra parte, Rhodes (2007) considera que el Estado perdió la capacidad para gobernar. En concreto, hay dos escuelas: redes de políticas públicas y la gobernanza. Esta surge como “un nuevo estilo de gobierno, distinto del modelo jerárquico y de mercado, caracterizado por un mayor grado de cooperación entre los gobiernos y administraciones públicas y actores no gubernamentales” (Zurbriggen, 2011, p. 40).
En el plano internacional, la cooperación ha sido invisibilizada. Nótese que, en el core de la literatura del mainstream de Relaciones Internacionales se da cuenta de las variables que convergen para explicar la ocurrencia o no de la guerra. Por consiguiente, los hechos que más impactan y afectan emocionalmente al ser humano son registrados por los internacionalistas con mayor recurrencia. Por el contrario, Taleb (2018) sostiene que la historia es en gran parte paz marcada por guerras, en lugar de guerras marcadas por paz (p. 225). Aun así, los escritos de teóricos, analistas y periodistas llenan páginas con las atrocidades de la guerra. Luego, se genera una serie de estadísticas en torno al conflicto, y la heurística internacional queda vilipendiada al no registrar las otras formas de interrelación de los agentes.
De hecho, una nueva rama que nace en este mapa mental tiene directa relación con el proceso de cooperación, producto del agenciamiento de diversos agentes y por el cual es posible fortalecer regímenes internacionales o, incluso, contar con nuevos; producir nuevas narrativas con otras voces. Es posible también considerar la creación de otro tipo de instituciones. Como quiera que sea, para la transformación de cómo se percibe, piensa e interpreta la política internacional, más allá del conflicto, se requiere trabajar en los registros de cooperación, lo que ella está generando y las potencialidades que pueden emerger. De esta manera, se puede develar esa realidad no contada que sucede día a día, en la que diferentes agentes/actores entran a la arena internacional y, en los términos de Taleb (2018), “arriesgan su pellejo” para gobernarse.
GOBERNANZA ENTENDIDA COMO TEORÍA
Un problema que varios teóricos discuten a menudo es que el aparato conceptual con el que se interpreta la vida internacional es insuficiente (para la muestra retomar el capítulo “Doxa y Global IR: estudiar desde el exilio en periodos de cambio(s) sistémico(s)”). De modo que, para abordajes sobre las relaciones internacionales, se precisan nuevos marcos que más que provenir de un territorio, han de trascender las disciplinas. Luego, la gobernanza, junto con el adjetivo global, es un esfuerzo para describir, explicar, entender o interpretar los hechos que se presentan en el escenario internacional. Incluso, los que desde los territorios tienen impacto mundial.
Lo cierto es que no hay una conceptualización única. No es un problema semántico, por el contrario, eso revela la importancia de esta como la nueva TRI. La Comisión de Gobernanza Global4 fue la primera entidad en utilizar la acepción. Por ahora, la tarea analítica es primigenia a pesar de que la disciplina alcanza los cien años.
También en Relaciones Internacionales se hace énfasis en la administración de los asuntos públicos y, por ende, las organizaciones cobran relevancia. Desde el inicio, Rosenau (1995) ha anotado que la gobernanza global es mucho más que la institucionalidad y su agencia (p. 13). Él considera que “incluye el sistema normativo en todos los niveles de la actividad humana (desde la familia hasta la organización internacional) en el cual se consiguen las metas a través del ejercicio del control y este tiene repercusiones transnacionales”5 (p. 13). Un análisis sobre el comportamiento en términos psicológicos y el aporte que esta ciencia humana puede hacer a las Relaciones Internacionales se encuentra en “La identidad social: parte esencial del autoconcepto del Estado” (en este libro). De modo que, el proceso de gobernanza “implica que una sociedad u organización se gobierna a sí misma, y sus dinámicas de comunicación y control son medulares en el proceso”6 (p. 14). De ahí que para Messner (1999), este marco analítico sirva para “reconstruir la transformación de la política en el proceso de globalización, pero sobre todo es también un concepto normativo para desarrollar estrategias basadas en la cooperación y el equilibro de los intereses” (p. 82).
Sin duda, en el siglo XXI hay una serie de normas, valores y creencias compartidas y la sociedad se organiza, al decir de Mary Kaldor (2005), para comentar, meditar y negociar pactos sociales y políticos con los grupos de poder (político y económico) tête-à-tête, en temas en constante desarrollo (política económica y social, libertades, guerra, medio ambiente, tecnología, sociedad, género, entre otros). De este modo, la sociedad civil, según Habermas, transmite las situaciones sociales, las problemáticas, percibidas en el mundo vital, al espacio público político (Habermas, 1998). De ahí que sea ella misma la promotora de nuevos patrones de relaciones estratégicas (colaboración, cooperación, coordinación, convergencia, confrontación, competencia, complementariedad, entre otras), no solo entre ellas mismas, sino entre estas y los diferentes agentes internacionales.
Desde finales del siglo XX, teóricos como Rosenau (1995, p. 14) vienen dando pistas sobre los acuerdos que posibilitan la cooperación. Esta es fundamental en la gobernanza global porque tiene la potencialidad para percibir, pensar e interpretar los acontecimientos de la arena internacional. Esto es, ir un paso más allá del estudio de la paz y el conflicto y las ganancias relativas (realismo), la consecución de ganancias absolutas (liberalismo) y los roles definidos por relaciones intersubjetivas (constructivismo). Lo que habría que develar son las redes que se configuran detrás de las dinámicas, los agentes y los temas; de las transformaciones de las realidades transnacionales; de cómo se configura el equilibrio de intereses; de las coaliciones de causa; del otorgamiento de la autoridad, entre otros.
Ha de puntualizarse que la comunidad política del desarrollo, las instituciones financieras, las organizaciones no gubernamentales, los centros de pensamiento, las instancias de gobierno y la academia han acogido –en su léxico– la gobernanza global porque captura “la creación de al menos cierto grado de unión política en lugar de división política en una escala mundial” (Villamar, 2017, p. 139). Luego, se posibilita una nueva aproximación al manejo de los asuntos internacionales. Es una ventana para avanzar en los temas comunes como inequidad, derechos humanos, calentamiento global, género, entre otros.
En la literatura de Relaciones Internacionales, la discusión se presenta en torno a considerar la gobernanza global como un concepto o como una teoría. En la primera opción, los grandes desarrollos se extienden desde la ciencia política y se focalizan en la gerencia pública. Desde el ámbito multilateral, la gobernanza se llevó a la práctica en la noción de buen gobierno. Solo con él se hacía posible la efectividad de la ayuda oficial al desarrollo (AOD) que, desde los años noventa, se puso de moda.
En la retórica del Banco Mundial entró como la manera en la cual el poder es ejercido en la gerencia de los recursos económicos y sociales de un país para el desarrollo, que requiere sistemas de Accountability, información adecuada y creíble, y la prestación de servicios públicos (Banco Mundial, 1992). Esto en la lógica subsiguiente a la reducción del Estado de bienestar, lo que obliga a los ciudadanos y a las instituciones que conforman a participar más en las actividades que tienen que ver con el discurrir de sus destinos en el marco de la vida pública. En la Unión Europea se hace referencia a “las normas, procedimientos, y comportamientos, que influyen en el ejercicio de los poderes a nivel europeo, particularmente desde el punto de vista de la apertura, la participación, la responsabilidad, la eficacia y la coherencia” (Comisión Europea, 2001). No obstante, los grandes desarrollos se han focalizado más en la gestión de lo público en el ámbito local.
En la segunda opción, como teoría, los acercamientos han sido más tímidos. Un paso concreto lo presenta Villamar (2017) al plantear tres perspectivas: la realidad observable/conjunto de fenómenos, el objeto analítico y el proyecto político/orden internacional. De manera precisa, al focalizar el entorno latinoamericano, se advierten hechos (corrupción, crimen organizado transnacional, cambio climático, migraciones, entre otros) que están presentes en diferentes partes del mundo, pero que se están gestionando con cooperación. A la escritura de este texto, se puede anotar que hay elementos suficientes para considerar que la región está planteando alternativas que han de ser los insumos para concretar esa potencialidad para que la gobernanza global, como teoría, impacte y genere cambios.
Quizá entre los académicos más prolíficos en considerarla una postura robusta para interpretar el mundo político de este siglo ha de nombrarse a Michael Zürn, quien en 2018 publicó, con el respaldo de Oxford University Press, A Theory of Global Governance: Authority, Legitimacy, and Contestation7. En él, se reconoce que la política global se halla incrustada en una estructura normativa e institucional dominada por jerarquías y poderes desiguales, por lo cual se requiere de un nuevo paradigma que reconozca la incidencia de la presión social (para el establecimiento de nuevos regímenes, otras instituciones, etc.).
De manera precisa, cuando se hace referencia al cambio global, urge revisar cuatro características que cimientan la gobernanza global: la primera, el cambio de autoridad según se trate de un proceso de integración o de fragmentación; la segunda, es la emergencia de la sociedad civil; la tercera, la internacionalización de élites políticas e intelectuales; y, la cuarta, la incidencia de las élites informáticas (ampliar al respecto en “El impacto de las tecnologías de la información y las comunicaciones en el siglo XXI: lectura desde el neogramscianismo”, en este volumen). La invitación de Hewson y Sinclair (1999, p. 8) es que estas características no se queden en las preguntas del cambio global, sino que sean insumo en los debates de las Relaciones Internacionales.
Autores como Weiss y Wilkonson (2014) invitan a volver a preguntarse ¿cómo está organizado el mundo?, ¿cómo se ejercen el poder y la autoridad? y ¿cómo realizar ajustes para hacer un mundo mejor? (p. 31). Ellos proponen que con estudios profundos sobre la gobernanza global se podrían lograr mejores entendimientos del ejercicio del poder en el sistema internacional, de la convergencia de actores en temas específicos, de la complejidad del mundo (p. 32). Este proceso insta a repensar sobre lo que se enseña en Relaciones Internacionales y los impactos para que los futuros profesionales se desempeñen como analistas, tomadores de decisión, medidores de riesgo y –por qué no– activistas. El estudio, desde una teoría de gobernanza global, se plantea como una opción para interpretar cómo las sociedades se han gobernado, se gobiernan y qué escenarios pueden ser probables en el futuro. En realidad, es hora ya de superar las críticas a los estudios sobre gobernanza global que señalan Avant, Finnemore y Sell (2010), cuando anotan la poca referencia a los agentes de la gobernanza que hacen los analistas, cuando en realidad hay todo un abanico de actores (organizaciones internacionales, corporaciones, asociaciones profesionales, grupos de lobby y otros que están abogando por los temas de interés global).
Si bien hay un abanico de preguntas y una más amplia lista de repreguntas, lo que aún está en blanco en el papel –a la luz de Rosenau (1995)– es la evolución intersubjetiva del consenso basado en destinos e historias comunes, la adquisición de conocimiento e información, la precisión de la movilización social, la planeación cuidadosa y a tiempo, la negociación dura (separada o combinada) que fomentan el desarrollo de mecanismos de control para posibilitar una gobernanza sin gobierno (Rhodes, 1996).
Como quiera que sea, la gobernanza global se ha ido abriendo a otras realidades. Acharya (2016) reconoce que antes se pensaba desde las organizaciones intergubernamentales en las que las voces de los Estados confluían. Ahora, él reconoce que el concepto aplica a instancias locales, donde los donantes internacionales, los agentes no estatales, los gobiernos municipales, colaboran para abordar temas como cambio climático. Estas ideas emergentes y desarrollos teóricos deben ser incorporadas en el currículo de los programas de relaciones internacionales, con el fin de apoyar la coconstrucción de la teoría y nuevos conceptos.
Si bien la propuesta teórica se refiere al estudio de las Relaciones Internacionales, cuando se lleva a la práctica, es importante considerar las características propias de los territorios para que se generen modelos apropiados al contexto. Es más, Zurbriggen (2011), luego de interpretar como un error la transferencia de modelos desde el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), propone que hay que considerar los procesos históricos y las relaciones de poder en las que se sustenta la toma de decisiones y su desarrollo en políticas públicas. Lo que no significa que no se pueda hablar de una teoría de gobernanza global. Lo cierto es que para su coconstrucción, ello representa un reto. De hecho, en la primera década del siglo XXI, en América Latina ya existían algunos patrones de gobernanza que pueden ser relacionados con los regímenes de bienestar presentes en la región: regímenes del Estado benefactor potencial (Argentina, Brasil, Chile, Costa Rica y Uruguay); regímenes de bienestar conservadores (Ecuador, México y Venezuela); regímenes de bienestar dual (Bolivia, Colombia y Panamá); y regímenes informales (El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Paraguay y Perú), como los relaciona Zurbiggen (2011). Lo concreto es que, en América Latina, se han adelantado tímidas discusiones teóricas y todas pasan por la teoría de la dependencia que sin duda se gestó en el territorio.
Lo que ha de destacarse es que, por el carácter inter y trans de la disciplina, puede hablarse de una ontología, epistemología y metodología diferenciada de otras ciencias sociales (Murillo, 2013). De hecho, la reconceptualización de su objeto de estudio8 la convierte en “un referente para otros campos” (p. 17). Ello es evidente en el traslape natural de la política internacional, el análisis de política exterior, la política económica internacional, la historia de las relaciones internacionales, la geopolítica, la diplomacia, el derecho internacional, entre otros. De ahí que no haya una frontera de conocimiento definida; ha de hacerse referencia más a la permeabilidad, que es la que posibilita ampliar el espectro para describir, explicar, entender o interpretar lo que sucede en la arena internacional. Hoy por hoy, los linderos están más en las ciencias sociales que en la ciencia política.
Razón tiene Christian Reus-Smit cuando anota que “los estudiantes tienen que darse cuenta de que nosotros vemos y entendemos el mundo a través de marcos de ideas y que esas ideas son siempre parciales” (Schouten, 2009)9. Por consiguiente, se exhorta a trabajar con pensamiento crítico para mantener un abanico de preguntas que admitan una claridad entre los diferentes enfoques de las TRI, que enaltezcan sus diferencias y permitan repensar lo ontológico, epistemológico y metodológico de las Relaciones Internacionales como fenómeno político que trasciende y constituye las fronteras del Estado. Este propósito requiere ser analizado con cautela porque ya se ha cumplido un siglo de esta disciplina centrada en el Estado, pero se hace necesario ser críticos sobre las implicaciones de su influencia. Mucho más ante la emergencia de una serie de actores/agentes en el ámbito internacional.
De este modo, formular preguntas está en la lista de tareas. ¿Qué estamos enseñando en Relaciones Internacionales?, ¿qué ha de ser incorporado de otras disciplinas?, ¿qué lenguaje teórico es el requerido para observar esta disciplina en un milenio multipolar y cambiante?, ¿importan, en el ámbito internacional, los perfomances sociales (catalogados como acciones simbólicas)? Estas y muchas otras preguntas han de ser pensadas, no solo por los latinoamericanos, sino por los intelectuales que trabajan en relaciones internacionales en el mundo.
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