Kitabı oku: «Sexo Fora de norma (Foca)»

Yazı tipi:

Sexo fora

de norma

Literatura erótica

feminista


Primera edición, 1200 ejemplares: marzo 2021

Título original: Sexo fora de norma. Literatura erótica feminista.

Copyright: © Follar normal, de Alba Serrano Giménez / © Tardes, de Bel Olid / © Muy temprano es el paraíso, de Laura Sala Belda / © Los pies de Goliat, de Francesc Xavier Ferrer Busquets / © Cita con su amante, de Manelic / © Tinderear, de Montserrat González Cardús / © Las pilas, de Lluís Planellas Giné / © La ermita, de Maria Izquierdo Burguès / © Letrófila, una fantasía textual, de Oscar Arenas Larios / © Sand, de Gala Rodríguez / © Hallar el norte, de Gemma Nafria Riera / © Cómo amarte, Mar, de Laura Tomàs Mora

© Traducción del catalán, de Rubén Giró

(de todos los relatos exceptuando Sand)

© de la fotografía de cubierta, ClickAlps / Adobe Stock

Correctoras: Gisela Baños y Nuria Ochoa

Producción editorial: Xantal Aubareda y Sandra Balagué

Diseño de cubierta y maqueta: Tono Cristòfol

Publicado por Rayo Verde Editorial

Gran Via de les Corts Catalanes 514, 1º 7ª, 08015 Barcelona

www.rayoverde.es

RayoVerdeEditorial @Rayo_Verde

ISBN ePub: 978-84-17925-53-6

THEMA: FP

Una vez leído el libro, si no lo quieres conservar, lo puedes dejar al acceso de otros, pasárselo a un compañero de trabajo o a un amigo al que le pueda interesar.

La editorial expresa el derecho del lector a la reproducción total o parcial de esta obra para su uso personal.

Índice

1  Normal y corriente. Prólogo

2  Follar normal

3  Tardes

4  Muy temprano es el paraíso

5  Los pies de Goliat

6  Cita con su amante

7  Tinderear

8  Las pilas

9  La ermita

10  Letrófila: una fantasía textual

11  Sand

12  Hallar el norte

13  Cómo amarte, Mar

14  Epílogo

Normal y corriente
Joan López Rovira
Prólogo

Normal: adj. Dicho de una cosa: Que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano.

Corriente: adj. Admitido o autorizado por el uso común o por la costumbre.

Diccionario de la lengua española.

Cuando Sílvia Catalán me ofreció participar como miembro del jurado en este magnífico proyecto que es ForaDeNorma, una voz en mi interior dijo: «Nooo, yo quiero concursar». Otra apuntó: «¿Y tú, ¿qué pintas juzgando el trabajo de otros, memo?». Pero las hice callar (bueno, bajé su volumen tanto como pude) y acepté. Y lo hice porque no me gusta cómo se trata el sexo en la literatura (ni en el cine, pero eso ya es harina de otro costal). El sexo siempre es igual, heteronormativo, obsesivamente centrado en el pene y, muy a menudo, solo entre personas enamoradas. Nada que ver con la realidad. Como el porno, allí donde nuestros niños están aprendiendo que todos los penes tienen que ser enormes, que todas las mujeres tienen que ir depiladas de cuerpo entero y que, si existe un orificio libre, se tiene que llenar tan pronto y tan duro como se pueda. De nuevo, nada que ver con la realidad.

En pleno siglo XXI, tendríamos que tener superadas ciertas actitudes y ciertas creencias. Los datos que voy a citar ahora son del informe de la Conselleria de Interior de la Generalitat de Catalunya de 2019.

El sexo forzado, muy habitual en el porno y que mucha gente idealiza, no es normal (no cumple con la norma establecida según la definición), tenemos leyes y normas sociales que prohíben las violaciones y cualquier tipo de agresión sexual. Pero dado que en 2019 hubo 2270 víctimas de violencia machista y los estudios indican que solo un 20 % de las agresiones se denuncian, podemos dar por bueno el dato que dice que unas 10 000 mujeres fueron agredidas, un millar de estas, niñas de entre cero y diez años. Eso supone que 10 000 personas no respetaron las normas y, viendo el apoyo y calor que algunos violadores han recibido públicamente, podemos estar seguros de que existen más de 10 000 personas que no consideran que una violación sea una cosa tan descabellada. Por lo tanto, una violación no es normal, pero es bastante más corriente de lo que parecería. Ah, y no olvidemos el otro dato que hemos mencionado: unas 1000 víctimas son niñas de entre cero y diez años, así que el sexo con menores de edad también es bastante común, por poco normal que sea.

¿Hablamos ahora de la prostitución? Venga. Pero no nos hará falta consultar webs de estadística. Hablemos de lo que todos sabemos. La prostitución es el oficio más antiguo del mundo. Llevamos toda la vida oyéndolo y es como una verdad absoluta. La hemos normalizado hasta permitir que tenga una visibilidad enorme en los medios de comunicación. Se anuncia en periódicos, en carteles publicitarios, aparece en artículos de revistas y todos conocemos algún local de carretera con neones revelando su actividad. La prostitución es de las cosas más corrientes y comunes del mundo. Pero en la mayor parte de este es ilegal, no se ajusta a las normas.

¿Queréis saber qué me parece exótico a mí? No son las playas paradisíacas de Bali o de Cancún. Ni las calles y templos hacinados de gente en Japón. A mí me parece increíblemente exótico el círculo polar ártico. Pensar que allí vive gente, que existe una fauna propia en un sitio tan inhóspito, hace que sea exótico, mucho. ¿Sabéis qué encuentro muy común y nada exótico? Las lesbianas. Quizá sea porque he conocido a suficientes para ver lo normal y corriente que es la homosexualidad. Y no hablo de las del porno, esas rubias sin vello alguno, que un día se comen un chocho y a la mañana siguiente se ventilan un gimnasio entero lleno de chicos culturistas. Esas no son lesbianas, sino actrices interpretando un papel.

Así que sí, la homosexualidad es bastante corriente, pero además, hace ya bastantes años que tampoco queda fuera de la norma. Es legal ser gay. No es normal verlo como algo exótico. Sobre todo, porque actitudes así son las que hacen que gente de nuestros círculos no pueda vivir abiertamente y en libertad su homosexualidad.

Necesitamos ver el sexo de nuevas maneras, con puntos de vista diferentes. Tenemos que aceptar que la diversidad sea la norma y no la excepción. Que por mucho que la tele, el cine y el porno nos vendan una especie de universo sin pelos, de genitales y pechos enormes que gira alrededor de un pene que marca el final del acto con un torrente imposible de esperma, la vida real no es así. Y tenemos que celebrarlo porque, a pesar de que las mujeres no acostumbren a depilarse varias veces al día, los hombres podamos tenerla pequeña o eyacular poca cantidad o las lesbianas no siempre acaben comiéndose la almeja; tener sexo es muy muy divertido. Y ForaDeNorma es una fiesta a la que venimos a pasarlo bien. ¿Nos acompañas?

Informació recuperada de:

Datos sobre violencia machista del Departament d’Interior de la Generalitat de Catalunya, en https://interior.gencat.cat/web/.content/home/030_arees_dactuacio/seguretat/violencia_masclista_i_domestica/estadistica_sobre_violencia_masclista_i_domestica/dades_violencia_masclista_dones/dades_dones_anys_anteriors/anys_anteriors/Dades_VM_2019.pdf.

Datos sobre pornografía de Pornhub, en https://www.pornhub.com/insights/2019-year-in-review.

Literatura erótica feminista

Follar normal
Alba Serrano Giménez

Ganadora del Premio de literatura erótica no convencional

Llevo días dándole vueltas a cuál es la mejor manera de decirte que no quiero follar normal. Me encantaría soltártelo tal cual para ver cómo reaccionas, pero me da miedo que pienses que tengo ganas de hacer cosas muy enrevesadas. Cosas como disfrazarme de perrita con medias de rejilla, subirme a un columpio con los pechos colgando o que te pongas unos pantalones de piel negra sintética con agujeros por todas partes y me pegues con juguetes sexuales caros. Me da miedo que pienses eso porque yo, en realidad, deseo lo opuesto.

De todas las maneras de decírtelo que se me han ocurrido, la mejor ha sido: Mira, es que necesito que vayas con cuidado si al final follamos. Pero he acabado descartando esta fórmula. Primero, porque la expresión ir con cuidado es demasiado polisémica. Segundo, porque quizá deducirías que te pido sexo suave, y la verdad es que, llegado el momento, no sé si me apetecería que fueras delicado.

Le he dado tantas vueltas al tema que al final he decidido ser específica en mis demandas y he redactado unos apuntes que incluso he pasado a ordenador. La primera versión del documento de Word tenía unas cuantas palabras destacadas en fucsia y no había faltas ortográficas. En la última versión —fruto de un proceso de involución que pretende mostrar un desenfado incompatible con el hecho de escribir una lista para follar—, el documento solo contiene un par de negritas y una palabra mal tecleada, «etusiasmo», cuya ene ausente es una negrita encubierta, una marca tipográfica para llamarte la atención sobre el vocablo. Este documento, arrugado y deliberadamente mal doblado, es lo que llevo en el bolsillo de la chaqueta mientras te espero en una terraza con la mascarilla puesta para nuestra segunda cita.

Ya te veo subir por la calle, tu cabeza sobresaliendo entre la gente. Caminas hacia mí y me sonríes con los ojos aún no del todo, tanteándome todavía. Esto me encanta. Tengo cuarenta años y desconfío de los hombres que te dedican demasiadas sonrisas deslumbrantes. He aprendido a preguntarme qué sombra quieren ocultar con tanto exceso de luz.

Pero tú no. Tú llegas y dudas de cuál es la mejor forma de saludarme, como les pasa a las amigas en tiempos de Covid, como le pasa a la gente que no pretende obtener una respuesta concreta de las demás personas. No sabes si abrazarme girando un poco la cabeza, si pasar de todo y estamparme los dos besos de antaño sobre la mascarilla o si hacer eso tan raro de chocar los codos. Al final, chocamos los codos mientras levantamos las cejas con timidez. Esto también me encanta. Tú me encantas. No tus ojos ni tu boca ni tus manos (que también), sino tu actitud. Si tuviera que describirla, tendría que inventarme una palabra que fuera el antónimo de caza y también de resultadista.

Nos sentamos, nos quitamos las mascarillas y pedimos, tú una caña y yo una fanta. Quieres fumar. ¿Me importa? Como lo estoy dejando… No, no, dale. Y, como eres tan alto, cuando te inclinas para encender el cigarrillo arqueas un poco demasiado la espalda. Entonces te veo de adolescente, lleno de acné y acomplejado por tu altura, empequeñeciendo el cuerpo para hablar con la gente.

Me gusta el olor del humo, digo.

Me gusta tu olor, pienso.

Nos hacemos preguntas. No nos conocemos mucho, pero la conversación fluye y de vez en cuando nos reímos. Nos gustan el cine y la playa. No nos gustan el capitalismo ni los moldes tradicionales. Tu mirada es traviesa. La ropa te queda bien. Eres la persona más atractiva de la terraza con muuucha diferencia. Las bebidas se acaban. Pedimos otra cerveza y otra fanta, que también se acaban. Hay tres colillas tuyas aplastadas en el suelo, porque ahora los bares tienen prohibido poner ceniceros.

Ha anochecido y en algunas mesas de nuestro alrededor la gente empieza a cenar. Me levanto para ir a mear las dos fantas y, en el baño, cuando me limpio el pis, el papel higiénico resbala. Resbala lo suficiente como para que tenga que limpiarme por segunda vez y para que después me mire en el espejo y examine críticamente las cicatrices que los últimos cuarenta años han dejado en mi piel. También resbala lo suficiente como para que me acuerde del papelito que llevo en el bolsillo de la chaqueta.

El papelito dice lo que yo no quiero decir. Que tengo dieciséis años y estoy en una discoteca y, como he bebido, no sé quién es el que no para de tocarme el culo, pero nadie me ayuda. Que tengo veintitrés años y un hombre que cree que me quiere me penetra mientras lloro. Que tengo treinta años y me decido a denunciar una agresión, pero no me hacen caso porque el agresor es «supermajo» y, ay, qué palo da ahora un conflicto.

El papelito dice que hace demasiado tiempo que tengo dieciséis años, y veintitrés, y treinta, y que ya va siendo hora de que pueda tener solo cuarenta y follar tranquila de una vez. También dice que para conseguirlo tú eres perfecto, un regalo caído del cielo.

Por eso salgo del bar decidida a utilizarlo. Fuera empieza a refrescar. Me estás esperando de pie al lado de la terraza. Me acerco a ti, miro hacia arriba y me tiemblan las rodillas. Espero que no se note. Se ve que nos echan porque ya es hora de cenar. Tú te niegas a comer allí. Te parece un atraco a mano armada, pero, si me apetece, conoces un par de sitios mucho mejores en el barrio.

Me apetece, y acabamos en una sandwichería compartiendo unos nachos y dándonos a probar los bocadillos. Nos estamos pasando por el forro el distanciamiento social. Yo me lo quiero pasar completamente por el forro. Lamerte la lengua y arriesgarme a contraer Covid. Parece ser que tú también, porque, mientras esperamos a que nos traigan la cuenta, nos inclinamos sobre la mesa y nos damos un beso. Es un beso de esos suaves y cortos. Nos separamos un momento, nos miramos y nos lanzamos a morrearnos, pero no nos alargamos. Me dices que no quieres incomodar a la camarera, y aquí decido que eres cien por cien digno del papelito que llevo en el bolsillo, así que te pregunto si te apetece tomar la última en mi casa y me contestas que sí.

Salimos de la sandwichería y nos abrochamos las chaquetas hasta arriba. Sin duda, el verano se está acabando. Empezamos a caminar hacia mi casa mientras charlamos y dejamos escapar alguna carcajada. En un callejón nos bajamos las mascarillas y nos volvemos a besar. El calor de tus labios y de tu aliento contrasta con el frío de la calle. Me pones las manos en la cintura y me acercas un poco hacia ti. Dejaría que siguieras, pero recuerdo que ya no quiero follar normal y me aparto.

—¿Estás bien? —me preguntas.

Pareces desconcertado.

—Sí, muy bien. Solo es que tengo que decirte algo.

Pareces asustado. Me apresuro a añadir:

—No eres tú, ¿eh? Soy yo. O sea… es que… —me cuesta encontrar las palabras— si quieres que follemos, tengo unas cuantas condiciones.

Abres los ojos como platos. A mí me empiezan a temblar las manos y me las meto en los bolsillos para que no te des cuenta. En el bolsillo derecho encuentro el papelito. Lo saco y lo empiezo a desdoblar. Tú lo señalas.

—¿Las has escrito? Tus condiciones, digo.

Se te empieza a escapar una risa incrédula. Y a mí, no sé exactamente de dónde, me sale el carácter.

—Sí. Y son tan importantes para mí que, si no te parecen bien o te lo tomas a broma, mejor lo dejamos aquí. De todas formas, debes de tener una cola de gente a la que le encantaría estar contigo esta noche. Qué más te da si me voy.

—Yo no tengo ninguna cola —contestas entre molesto y halagado.

—Es una cola metafórica —replico.

Nos quedamos un rato en silencio. Lo rompes tú:

—¿Me las quieres leer?

Te digo que sí y vamos a sentarnos a un banco. Sacas el paquete de tabaco y enciendes un cigarrillo. No puedes evitar estar divirtiéndote un poco. Carraspeo. Se me pasa por la cabeza que tengo todas las papeletas para convertirme en una anécdota que contarás durante años.

Nos veo desde fuera. En el banco, cara a cara, con las mascarillas puestas y el folio en medio. La escena parece una versión cutre de un contrato prematrimonial de Hollywood.

—¿Has oído hablar del consentimiento sexual? —te pregunto.

—Sss… no.

—Vale. Es una manera de abordar las relaciones sexuales. Se trata de no follar según lo que supones que le gusta a la otra persona. Por lo tanto, siempre que hagas algo nuevo le tienes que preguntar si le apetece, y esto se tiene que hacer cada vez que estés con ella, porque quizá el lunes le excita hacer una cosa, pero el martes no. O en este preciso momento le gusta y, al cabo de dos segundos, ya no.

La diversión se ha esfumado de tu cara y ahora tienes pinta de estar muy concentrado, atento de verdad. Te comería los morros y te desabrocharía la bragueta aquí mismo, pero eso no iría mucho en la línea del consentimiento sexual.

Señalas el papel con los ojos.

—¿A ver?

Te lo paso y empiezas a leer. Como el callejón está oscuro, tienes que sacar el móvil para iluminar el papel. Mientras, yo voy inhalando el humo que sale de tu cigarrillo como la exfumadora empedernida que soy.

—Una cosa —dices al cabo de unos minutos—: me peocupa que no etés etusiasmada.

—¿Cómo dices?

—No, que te has dejado una ene. Mira, aquí —señalas el papel—: «etusiasmo».

—¡Ay, sí, qué tonta! Me he equivocado. —Me río falsamente—. Esto del entusiasmo básicamente quiere decir que el otro tiene que GOZAR de lo que se está haciendo. Si solo lo TOLERA, no vale.

Nos callamos. Aparece un grupo de adolescentes escandalosas. Cuando pasan de largo, me dices:

—Bromas aparte, esto del consentimiento me parece muy razonable. Una guía sencilla para comportarte como una persona decente, ni más ni menos. Solo es que…

Te miras los pies.

—¿Qué?

—No, que… ¿con qué frecuencia hay que pedir consentimiento?

—Ni idea.

—Ah.

Nos volvemos a quedar en silencio. Ya van demasiados silencios. Por eso decido pasar a la acción:

—¿Qué te parece si lo vamos probando sobre la marcha? Empiezo yo: ¿te puedo dar un beso?

Levantas los ojos del suelo y sonríes.

—Sí.

Al rato nos estamos besando con sabor a tabaco y cerveza en el sofá de mi casa. En la mesita de delante hay dos latas de Estrella casi llenas. El sofá es pequeño. Llevamos diez minutos sentados en la misma postura, morreándonos como dos adolescentes, con la espalda demasiado rígida. Si no hubiéramos hablado del consentimiento, seguro que a estas alturas yo ya me habría subido encima tuyo sin sujetador y tú me estarías comiendo las tetas, pero después de la conversación tú te has quedado un poco cortado y yo también. Decido utilizar el consentimiento para salir de la situación:

—¿Estás bien haciendo esto?

Asientes con la cabeza, pero no pareces especialmente convencido.

—Pues no se te ve muy etusiasmado.

Te ríes con un poco de desgana.

Al final vamos a la habitación. Pongo música, enciendo un par de velas y regulo la intensidad de la luz hasta casi el mínimo. Mientras, tú te quedas ahí quieto, sin saber qué hacer más allá de repasar el papelito y colocarlo en la mesita de noche. Tengo ganas de decirte que, si quieres, lo podemos dejar aquí, porque estar con alguien que no tiene ganas de acostarse conmigo solo me ha pasado una vez en la vida, pero fue suficiente para darme cuenta de que no hay nada más desagradable y para preguntarme cómo consiguen soportarse a ellos mismos los hombres que follan así sistemáticamente. Te quiero decir todo esto, pero, en cuanto acabo de encender la última vela y me giro, de repente te tengo encima.

—¿Te puedo quitar el jersey y la camiseta?

Siento una mezcla de susto y alivio, pero gana el alivio. Asiento con la cabeza, nos sentamos en la cama y me dispongo a quitarme el jersey, pero tú me agarras las manos muy rápido y me dices:

—No. Yo.

Muy bien.

Haces que me tumbe, te me colocas encima a cuatro patas y empiezas a besarme el cuello. Bueno, a besarme no. Más bien pasas los labios y respiras fuerte sobre mi cuello y mis orejas hasta que me excito. Me agarras el jersey para quitármelo y yo levanto los brazos, pero lo vuelves a dejar en su sitio. Se te escapa la risa.

—¿Te puedo desabrochar el sujetador y tocarte los pechos por debajo del jersey?

Me desconcierta que ya no me lo quieras quitar, pero de momento me callo. Vamos muy bien con el tema de las preguntas y no lo quiero estropear.

—Vale.

Todavía respirando fuerte sobre mi oreja y mi cuello, me metes las manos por debajo de la camiseta y me acaricias la barriga. Yo te acaricio la espalda por encima de la ropa.

—¿No me quieres quitar el jersey? —pregunto.

—Todavía no —contestas con cara de pícaro.

—Ah. ¿Yo te lo puedo quitar?

—No.

No entiendo nada, pero el consentimiento implica aceptar lo que no entiendes. Cuando se trata de la autonomía de otra persona, lo que entiendas o dejes de entender es totalmente irrelevante.

—De acuerdo —contesto, y aparto las manos de tu espalda.

Tú me las agarras y las vuelves a poner donde estaban.

—No, no. Tócame. Pero solo un poco por debajo del jersey.

Debo de poner una cara extraña, porque añades:

—Es que se me ha ocurrido que con esto del consentimiento… sabemos qué autorizamos a hacer, pero no cuándo nos lo harán. ¿No te parece sexi?

No mucho. Creo. Se trataba de tener control sobre la situación.

—Mmm… no lo sé. A ver. ¿Quieres probarlo y te digo si me gusta?

—Sí que te gusta.

Contestas tan gallito que se me escapa una risa de cerdita. Pero se me pasa enseguida, porque, bajo el jersey, las manos vuelven a recorrerme la cintura y la barriga con los dedos. Me gusta porque me tocas con la presión justa: ni tan suave que hace cosquillas ni asfixiando la piel. Y con esta presión me pasas las manos por detrás de la espalda y me desabrochas el sujetador. Me parece que me vas a quitar el jersey y la camiseta, pero en vez de eso te pones a perfilar el contorno de mis pechos, me miras con cara de travieso, acercas tu boca a la mía y me metes toda la lenguaza. Este beso tan intenso me confunde. Lo tolero durante unos segundos, no sé si por costumbre o por qué, pero al final termino hablando.

—Espera. —Te separas—. ¿Me puedes besar de la misma manera que me tocas?

—¿De la misma manera? ¿A qué te refieres?

—Pues con la misma intensidad… el mismo tipo de juego.

—Ah, claro. —Te detienes—. Claro, claro —repites.

Y empiezas. Rodeas mis pechos con los dedos y acaricias mis labios con los tuyos. Mi cuerpo empieza a moverse solo. La pelvis se me ondula. Te acaricio la espalda por debajo del jersey. Poco a poco, me vas besando con más fuerza y vas avanzando en espiral hacia mis pezones. Todavía no has llegado y una de tus manos aparece delante de mi cara. La has sacado por el cuello de mi jersey para acercarme los dedos a la boca. Quieres que te los lama.

—¿Te parece bien? —preguntas.

—Sí, mucho… ¿Y a ti esto?

Te quedas expectante. Yo separo las piernas, te abrazo con ellas y te pongo los pies en el culo. Empiezo a aplicar presión hacia abajo mientras te miro a los ojos.

—Sí, vale.

Entonces te aprieto con fuerza el culo y ajusto tu pelvis a mi pelvis bailonga. Empiezan a bailar juntas, vaquero contra vaquero.

Vuelvo a dejar los pies en el colchón. Lamo los dedos que habían sacado la cabecilla por el cuello del jersey y ellos se vuelven a esconder. Con las puntas mojadas, me empiezan a tocar los pezones.

—Así no. Haz círculos y no presiones tanto.

—Vale.

La saliva se seca enseguida y tus dedos asoman por el cuello del jersey algunas veces más. Se mezclan con nuestras lenguas, ahora ya torpes y temerarias.

—¿Te puedo tocar el culo? —pregunto.

—¿Eh? —Separas tu boca de la mía—. Sí, sí. Dale.

Le doy, por encima de los vaqueros, que es lo que me ha parecido que te gustaba.

—Mejor desabróchalos.

—¿No quieres hacerlo poco a poco, como antes?

—No, ya no.

—Vale.

Te los desabrocho y te toco el culo. Las nalgas. Peludas, grandotas y seguro que blanquísimas. Alargo el brazo para llegar hasta el perineo —«¿Te parece bien?», «Sí, sí»—, y te lo voy tocando todo con las dos manos, y a veces presiono para que tú me presiones la pelvis, todavía vaquero contra vaquero. Tus manos están un poco desmadradas. Van de los pechos a la nuca, de la nuca a la cintura, de la cintura al culo y a los muslos por dentro de los tejanos —«¿Puedo?», «Sí»—.

—¿Quieres que follemos? —preguntas.

—Ya estamos follando.

—No, quiero decir… que si quieres follar con penetración.

—No me apetece.

—Ah. ¿Quieres hacer otra cosa?

Respiro antes de decirte lo que quiero hacer, porque no sé cómo decirlo si no es directamente.

—Te quiero meter un dedo en el culo y que te corras así. —Tu cara no es demasiado alentadora—. Siempre y cuando te etusiasme. Si no, no.

—No sé si me etusiasmará, pero llevo tiempo queriéndolo probar.

—¿Ahora te parece bien?

—Mmm… venga, va. Total…

—¿Total qué?

—Pues que este polvo es un poco raro. ¿Te sabe mal que te lo diga?

—No. Me sabría mal que no te lo pasaras bien…

—Me lo estoy pasando bien.

—Guay.

Si quiero llegar al ano con la mano necesito que nos apoyemos en el cabecero de la cama. Por eso reptamos como un bichaco de ocho patas hecho de carne, jersey y vaqueros. Una de las patas saca un gel de la mesita de noche y me vierte un poco en los dedos. No las tengo todas conmigo, pero al final alargo el brazo, lo intento y después de un rato y varios ajustes empiezas a gemir. Es agradable no hacer una paja para variar. A ver, que hacer pajas está bien. Pero hacer pajas siempre, no. Las rutinas son agradables hasta que nos acomodamos demasiado a ellas.

Me quitas el jersey.

—Perdona. ¿Todavía te parece bien?

—Sí. Ya tenía calor.

Y me empiezas a lamer y a besar toda. Son besos y lametones desordenados y con un punto de desesperación. Los noto en el hombro, el cuello, los labios, los pechos. Gimes. Cada vez más fuerte. Flipo un poco con el volumen de tu voz, pero no digo nada, por supuesto. Quien habla eres tú. Dices:

—Tía, me corro.

Te corres entre unos cuantos alaridos. Después te desplomas sobre mí. Tu cabeza grande, grande como el resto de tu cuerpo, recobra el aliento sobre mi hombro. Al cabo de unos minutos te levantas, me miras con esos ojos tan oscuros y me dices:

—Hostia. Hacía años que intentaba tener un orgasmo así. Nunca lo había conseguido.

—¿Y eso? ¿No teníais vaselina?

—Sí, sí teníamos. Lo que no tenía era la mente abierta. Aún no.

—Ya… Viva la lectura.

—Libre.

Y me das un beso largo.

—Tú no has acabado, ¿no?

—Quizá sí. Pero no me he corrido.

—Me refería a eso.

—Ya, pero no es lo mismo. —Sonrío para endulzar mis palabras. Sé más que tú sobre feminismo y sexo. No es porque sea más lista. Es porque una mujer necesita conocer más estos temas si quiere cuidarse—. A veces me quedo bien aunque no tenga ningún orgasmo, ¿sabes?

—¿Y ahora? Si quieres correrte, dime qué quieres que te haga.

Miro hacia arriba y me lo pienso. Para correrme, me tendría que mover. Salir de debajo de tu cuerpo pesado, caliente y con un ligero olor a sudor. Y tu cuerpo pesado, caliente y con un ligero olor a sudor es muy agradable.

—¿Quieres que te coma el coño? Me molaría saber cómo lo tienes.

Ay, qué monada. Creo que sí vale la pena moverme un poco.

—Prefiero hacer otra cosa.

—¿Sí? ¿Qué?

—Mira.

Salgo de debajo de ti y me quito los tejanos y las bragas. Me quedo solo en calcetines. Tú todavía estás completamente vestido, con la ropa muy desaliñada.

Me pongo de espaldas a ti, de rodillas, con las piernas algo abiertas y la espalda arqueada. Me entra un ataque de autoconciencia, de inseguridad física, pero lo ahuyento con un manotazo mental. Después giro la cabeza y te miro:

—Me apetecería que te pusieras detrás de mí y me masturbaras. Si quieres…

Muy obediente, te levantas y te acercas a mí. Yo alargo las manos hacia el cabecero de la cama y miro la pared. Espero. Tú no reaccionas. Me giro y veo que te estás tocando la bragueta.

—¿Estás bien?

—Sí. Sí —dices—. Es que ahora caigo en que no he eyaculado.

—Ah, es que me parece que tal y como lo hemos hecho, no hay bombeo de no sé qué y no se eyacula.

—Ah, vale.

Y me miras. Y te miras el paquete. Y me vuelves a mirar. Y te vuelves a mirar el paquete. Y después me miras el culo y la espalda y me los acaricias. Y me besas el cuello y el hombro.

—¿Esto te gusta?

—Sí, mucho. ¿Te parece bien que te coja la mano y te enseñe cómo me gusta masturbarme?

—Sí, por favor, que, si no, no doy pie con bola.

Nos reímos y te lo enseño. Tus dedos recogen mi flujo y te pones a mil, y yo me pongo a mil contigo. Cuando te muevo la mano, me giro para mirarte. Lo hago con toda la intención, para que entiendas qué me gusta más. Al rato ya funcionas solo y yo me agarro de nuevo al cabecero. Miro por última vez tus manos grandes sobre mi cuerpo, tu piel más oscura que la mía, y cierro los ojos. Muevo las caderas y gimo mientras tus dedos se deslizan por mi vulva, me lames el cuello y me agarras por el pelo.

Me corro y enseguida redondeo la espalda hasta quedarme en posición fetal. Tú te tumbas a mi lado.

—Tengo frío —digo, y me incorporo para acurrucarme contra el cabezal, abrir la cama y meterme bajo el nórdico.

—Y yo calor.

—¿Te quieres desnudar?

—¡A buenas horas!

—Si te apetece, te puedes desnudar y meterte aquí dentro conmigo.

Me miras. Ni te ríes ni sonríes. Tienes un amago de risa en la boca.

—El mundo al revés —dices.

—Oye, que te he avisado antes de subir. Aunque, ahora que lo pienso, puedes quejarte. El consentimiento lo contempla.

Te desnudas con el amago de risa todavía en la boca. Te digo que no hace falta que te quites los calcetines, que yo no me los pienso quitar, ni ahora ni nunca que folle y haga frío, y la risa se te escapa de la boca.

Te metes bajo el nórdico y miras la mesita de noche. El papel doblado todavía está ahí.

—¿Repasamos si lo hemos hecho bien? —propones, muy aplicado.

—Ostras, yo creo que sí.

—Pues yo creo que nos falta algo. ¿Cómo era? Ah, sí: «Cuidado posrelación». Esto significa que…

—Que nos tenemos que preguntar cómo estamos.

—Vale. ¿Cómo estás?

—Muy bien. Me lo he pasado bien y no he hecho nada que no quisiera hacer. ¿Tú?

—Igual.

—Pues ya puedes dejar el papel.

Lo dejas. Me acurruco hacia abajo y me cubro entera con el nórdico, cabeza incluida. Tú también bajas y nos quedamos un rato bajo la tienda de campaña. Nos ponemos a descubrirnos el cuerpo. Ahora. ¿Y por qué no? Antes de que se nos cierren los ojos, salgo muy rápido de debajo del nórdico para apagar las velas. Me vuelvo a meter en la tienda de campaña diciendo quéfríoquéfríoquéfrío. Te cuento que estoy aburrida de follar normal, de la típica coreografía besos-masturbación-penetración, pero, sobre todo, de la tontería esta de fingir que les lees la mente a todas las parejas sexuales que tienes. Hablamos un rato de todo y nada. Nos dormimos. Estoy tranquila.

Tardes
Bel Olid

Empezó a aparecer todos los días a la salida. Se apoyaba contra una columna del porche con el casco en la mano. Venía a buscar a Natàlia.

Salíamos a las tres menos cuarto y yo volvía a casa con Dúnia, que también era del barrio. Natàlia vivía en el centro y antes solía irse a pie con Edu e Ignasi. Ahora, al salir, se dirigía hacia aquella columna, cogía el casco sin decir ni hola y caminaba hacia una moto negra bien cuidada. Sin prisas, quien la esperaba la seguía, abría el baúl de la moto, sacaba otro casco y ponía el motor en marcha. Se movían sin mirarse, pero con una familiaridad extraña, como si no quisieran tocarse, a pesar de que se entreveía la posibilidad de una intimidad antigua.

Yo observaba el ritual como si fuera una película nueva cada día, como si el guion fuera a cambiar en cualquier momento. El giro que esperaba era, por supuesto, que se acercara a mí, me ofreciera el casco, me llevara a un lugar indefinido que implicara un largo trayecto de estar muy cerca, respirar su calor y abrazarme a su cintura sentada detrás suyo.

Llevaba el pelo corto, sobre todo a la altura de la nuca. El flequillo le quedaba justo por encima del ojo izquierdo, negro contra la pupila negra. El primer día que me miró me sobresalté; tenía aquel aire de no presencia, de estar ahí sin mancharse de lo que le rodeaba, que me había dado la libertad de mirar sin plantearme que podía ser mirada.

—Tía, venga, que estoy muerta de hambre. ¿Nos vamos?

Dúnia solía salir tarde, siempre estaba hablando con alguien y era de las últimas en abandonar la clase. Pero ese día salió antes, o quizá fue Natàlia la que tardó más de la cuenta. Si no hubiera tirado de mí para marcharnos quizá todavía estaría ahí, enganchada a esos ojos brillantes que no esperaba.

En casa nunca había nadie a esa hora. Yo llegaba, me calentaba en el microondas lo que me hubieran dejado y me lo comía delante de la tele. Hacia las cinco menos cuarto salía a buscar a mi hermano, que iba a primaria a tan solo dos calles de casa, le daba la merienda y lo entretenía hasta que llegaba mi madre.

Ese día no comí. A pesar de estar sola, me encerré en mi habitación antes de desabrocharme los tejanos. Llevaba tiempo masturbándome con una pasión casi metódica, pero siempre de noche. Ese día, no. Me quité los pantalones y las bragas, me mojé los dedos con saliva, me noté hinchada y caliente y palpitando. Las manos que me rozaban, me penetraban, me buscaban una intensidad que no había sentido hasta entonces, no eran las mías, eran las suyas. Me molestaban el jersey y la camiseta, me quité el sujetador. Me dolían los pechos de las ganas que tenía de que me los tocasen, de que me los tocase. Ella. ¿Él? Imposible saberlo.

Aquella urgencia de mediodía se convirtió en costumbre. Llegaba del instituto, comía en un momento y me encerraba en mi habitación. A veces, al tocarme, le acercaba la mano a la entrepierna y la encontraba hinchada y enorme, una especie de fuerza neumática esperando mi llegada. Otras veces, la erección era la de un clítoris duro y exigente, que pedía dedos y lengua y cuerpo y ola. Podía tener los pechos pequeños o inmensos, con vello rizado por doquier o con tan solo cuatro pelos finos alrededor de la aureola, como yo. No me gustaba más una forma que otra, no deseaba más un cuerpo concreto que otro. Deseaba el desasosiego y la sed y la prisa. Deseaba sentarme en esa moto y restregarme como me restregaba contra almohadas y manos, contra deseo y tarde.

Me lavaba bien después; volvía a ser una chica decente antes de salir de casa. En el parque, aparentando que vigilaba a Marc, me olía las manos y buscaba, debajo del jabón, el olor de la fiebre. Cuando venía el niño y me tiraba del brazo para que jugara a la pelota con él o le empujara en los columpios, yo apartaba las manos como si quemaran, como si no estuviera bien tocar a una criatura con aquella piel perfumada de placer.

En el instituto, las clases iban pasando. Estábamos a punto de acabar segundo de bachillerato, pronto llegaría la selectividad, era todo una mezcla extraña de miedo y esperanza. Yo escuchaba y tomaba apuntes y me reía con mis amigas, y a las dos y media empezaba a ponerme nerviosa, porque todos los días estaba ahí y todos los días me miraba.

—¿Qué, hoy también vendrá a recogerte tu novio, Natàlia? ¿O es tu novia?

Mi grupo y el de Natàlia no solíamos mezclarnos, pero en gimnasia la profe nos había puesto en el mismo equipo y el imbécil de Edu, mientras esperábamos que la profe volviera con los balones y la red, había tenido que hacer el comentario de mierda de turno.

—¡Qué dices, imbécil! ¡Que soy su hermana! Estoy castigada y mis padres le han dicho que tiene que venir a recogerme.

Habría sido tan fácil, tanto, deshacer el equívoco. Podría haber dicho: «es mi hermano», «es mi hermana». Podría haber dicho: «lo obligan a venir», «la obligan a venir». Pero no lo hizo, no sé si por casualidad o para preservar una intimidad que no merecía ser desvelada por el comentario idiota de un payaso en la clase de educación física.

Sonreí, ese día. Me sonrió desde su columna ocupada. Dúnia acabó notando algo y me preguntó y se lo conté. No las maratones de amor propio a las cuatro de la tarde, sino las miradas, el interrogante, las ganas.

—Dile algo. Si quiere ir a dar una vuelta por la tarde o el sábado, yo qué sé.

—Tú estás loca. ¿Delante del instituto entero?

No quise reconocerlo entonces, pero no era eso lo que me lo impedía. ¿Y si me decía que sí? ¿Y si me llevaba en moto y no sentía nada de lo que quería sentir? ¿Y si no sabía cómo besarme, cómo desabrocharme la camisa, cómo acercarse?

Se acabó el curso, aprobé la selectividad, nunca vi de nuevo a Natàlia. Jamás he sabido cómo se llamaba la persona de la columna, quién era, qué cuerpo ocultaba su ropa. Y agradezco a Natàlia y a mi yo de dieciocho años no revelarlo, no descubrirlo. Todavía hoy tengo tardes en las que ese deseo tan denso, aquella fiebre como un relámpago súbito que ilumina el cielo gris de lluvia cansada, me atrapa y me transporta atrás en el tiempo, al cuerpo que jamás besé pero que tantas veces ha acompañado al mío hasta el orgasmo.

Muy temprano es el paraíso
Laura Sala Belda

Bajo sin bragas. Hace demasiado calor para llevar nada puesto hoy. Una falda corta y una camiseta es todo lo que me veo capaz de ponerme. Y gracias. Bajo sin bragas, pues, y descalza. Las piedras del camino hacia el pueblo hacen que baile en cada paso, un baile patoso, en absoluto ensayado. Me cruzo con un chico en bañador, con la piel morena, sus ojos negros se me clavan en los muslos y pienso si adivinará que no llevo ropa interior. Noto un estremecimiento ahí abajo. Pienso en empotrarlo contra el tronco de un árbol. Solo por eso me gustaría tener polla, al menos por una vez en la vida. En una ocasión, cuando jugueteaba con Remei, nos compramos una polla de plástico y la empotré, pero aquello se doblaba, era de mala calidad.

Entro en el bar de Pitu, el bar del centro del pueblo en el que paso todos los veranos desde que tenía cuatro años. Me ve y ya se pone nervioso. Le sucede desde que le hice esa mamada una noche tras la barra. Se corrió tan rápido que ni pudo llegar a metérmela. Me chupó un poco sobre la barra y hasta luego. Me fui y acabé la faena en casa. No nos hemos vuelto a liar y, desde entonces, ha llovido lo suyo. Un café, le digo, y ponme un poco de nata aparte. Se le cae un vaso al suelo. Me gusta hacerlo sufrir. Le unté la polla de nata esa noche y se la chupé a conciencia. Me sirve el café y la nata, y juego con la cucharilla. La lamo por delante y por detrás, y noto que me resbala el sudor entre los pechos. Pitu se ha ido a lavar platos, pero veo que me mira de reojo. Paso la lengua poco a poco, dejo la nata en la punta y me la paso por los labios. Él bebe agua. El verano y el calor me ponen cachonda y los brazos de Pitu han tomado forma; los veo fuertes, duros, me levantaría bien, me arremangaría bien, me encajaría bien. Lamo más la cucharilla, aprieto el culo, estoy mojada. Pitu se acerca y me pregunta tímidamente por mi novio o novia y le digo que por ahora ni lo uno ni la otra. Que este verano estoy sola. Moja el dedo en la nata, se lo chupa y se va. Me bebo el café de un sorbo, me ajusto la falda y me voy.

Ya tengo hambre. El café, para mí, es el inicio de una buena comida. Pienso en las ostras de Miquelet y voy directa hacia allí. Saludo a dos abuelos por el camino, qué maja estás este año, dicen. También a una abuela que me pregunta si tengo novio y a la que me sabe mal desilusionar, a una niña, a la hija de la carnicera (vaya pechos le han salido, por cierto) y al perro amarillo que me lame los dedos de los pies con devoción. El camino hacia Miquelet es escarpado, cerca del mar, rodeado de rocas, no es fácil acceder, pero nadie jamás duda en ir. Siempre lo tiene repleto de gente. Una lástima, porque estos placeres me gusta más vivirlos en mi pequeña intimidad. Sus ostras son orgásmicas.

Las hace a la brasa, a la japonesa, al natural con hinojo, con cítricos, a la vinagreta. Siempre le pido las últimas novedades y un par al natural. Y una copa de vino blanco bien frío. Diría que esto es lo mejor de volver al pueblo. Abro la puerta y Miquelet me ve de lejos y ya abre los brazos de par en par. Se ríe muy fuerte. Me abraza tanto que me agita todos los huesos y noto mi cuerpo vivo y palpitando. Me lo recoloca todo en su sitio. Ya me prepara para lo que me dará a probar, se emociona porque sabe que disfruto y no existe mayor placer para un cocinero apasionado que el entusiasmo de sus comensales. Me siento en la barra, soy de barras, miro a mi alrededor, es temprano, no hay mucha gente aún y él me pregunta por mi padre mientras me sirve el vino y le digo que aún no lo he visto, que apenas acabo de llegar y él debe de estar pescando. Sabe que este delirio gastronómico es cosa de mi padre, un señor que moja pan, que lame, que prueba, que entra en las cocinas, que se detiene en cada puesto del mercado y pregunta, que saliva, que se apasiona. Me sirve la primera ostra y recuerdo la primera que me comí. Tenía cinco años y mi padre hacía que lo probara todo. La ostra que me dio era pequeña, recuerdo que la regó con un poco de limón y esta se arrugó, la olió, me la preparó y me dijo que chupara. Chupé y, tal cual, esa intensidad de mar explotó en mi boca, noté un pellizco ahí abajo y me rasqué. Mi padre entendió enseguida que sería una buena gourmet. Para él, el sexo está totalmente vinculado a la gastronomía. Una buena comida te despierta el cuerpo, siempre dice. Y a mí esa ostra me despertó el sexo. Solo tenía cinco años.

Miquelet espera que la pruebe y me acuerdo de que voy sin bragas. Miro la ostra y me noto húmeda. Su forma, su color, su olor, su líquido. Es como el coño de aquella francesa, uno que me comí el verano que dejé de ser virgen. Primero fue el pepino del inglés y después la ostra de la francesa. Éramos tan niñas las dos, pero con tanta curiosidad, que nos lo probamos todo. Sin tapujos, sin ascos, sin majaderías. Me gustó tanto comerme esa ostra salada, del final de un día de mar, tras una roca llena de algas, como también me gustó la empotrada del pepino del inglés, bien terso, con tanta fuerza y, a la vez, con tanta timidez.

Cojo la ostra, la huelo, la toco con la lengua y noto un tono picante. Miro a Miquelet, que me sonríe, y la chupo. Me la dejo un momento en la boca, cierro los ojos y me la trago. Coño, Miquelet, vaya puta ostra, le digo, y le canto lo que adivino que lleva, pero sé que algo esconde, que no me lo dice todo. Bebo vino y me trae otra. Viene tapada. Me aparta la copa de vino y me sirve una de champán. Destapo y un color azul de fondo del mar envuelve la ostra. Miro a Miquelet, con sus ojos de aquel mismo color, y tomo la ostra. No le pregunto nada. La huelo, la preparo y la chupo. Hostia, Miquel, le digo. Cuando la magnitud es considerable le llamo Miquel. Me froto el sexo con la falda, disimuladamente; me noto mojada, ya no húmeda, y los ojos azules de Miquel siguen clavados en mis labios. Cagüendiez, no me gusta Miquel, pero lo que me está dando se merece un mordisco en los labios. Se lo doy y él saca la lengua, me la pasa por toda la boca, pero lo despacho, no quiero que me quite el regusto de la ostra. Empieza a llegar gente, piden las últimas ostras de Miquelet y él me vuelve a morder el labio y yo le aparto. Dame más ostras, le digo. Me recojo el pelo, ya no pretendo estar sexi, me preparo para chupar sin interrupciones. Y, si puede ser, a solas. Me llama mi padre. Me dice que ha pescado una pieza de cojones y que la va a cocinar a la brasa. Salivo. Qué pescado, papá, le pregunto. Un dentón. Sabe que salivo. Me lo acabo todo, me tomo el champán y le digo a Miquelet que me voy. Sabe que volveré pronto.

En el camino hacia mi casa me tropiezo con Rodri, hace un año que no nos veíamos. Yo no esperaba encontrármela porque sé que se ha separado y que está jodida y con la casa en venta. Ella tampoco esperaba que yo estuviera aquí, no sé por qué. Nos abrazamos, las dos nos alegramos de vernos. Hablamos como cotorras, nos ponemos al día en cinco minutos y le digo que me espera un dentón a la brasa. Se ríe. En otros tiempos quizá me ponían más unos buenos músculos, ahora nada puede competir con una buena comilona. Le digo que venga a comer con mi padre y conmigo, pero Rodri es mucha Rodri y me dice que tiene pareja nueva en casa y que le falta tiempo para follársela. Tal cual. Veo que no has cambiado, le digo, y me responde que solo a peor. Nos despedimos con un «que aproveche» y me la imagino cabalgando toda la noche.

Cuando llego a casa, mi padre me espera con las brasas a punto para el pescado. Me abraza fuerte y noto su barriga contenta contra la mía, también contenta. Se le cierran los ojos cuando ríe de felicidad y su máxima felicidad ahora mismo es verme. Siempre me lo dice. Lo quiero tanto… Es un hombre tranquilo, un hombre que llora, que ríe, que se deja sentir y que no oculta nada. Un hombre que da la cara pase lo que pase y que me ha tendido la mano en cada momento de mi vida, por complicado que fuera. Para él, educar es amar. Amar de verdad, con todas las vértebras, con todo detalle. Todavía no entiendo por qué mi madre lo dejó. Ahora, de mayor, nunca dejaría a un hombre así. Un hombre que cuida, que se preocupa, un hombre que cocina con pasión, que vive con todos sus sentidos, que escucha y comprende, un hombre que sabe también, y sabe mucho. De todo. Con él aprendo cada día y, cuando tengo alguna duda, siempre pienso en llamarlo. ¿Cómo puedes dejar a un hombre así? El amor es extraño. Un día le pregunté a mi madre y me dijo que ya no le provocaba nada, yo me había hecho mayor y ella ya no se sentía unida a mi padre. Lloré mucho. Ella se enamoró de un tío joven que se la follaba en los lavabos públicos. Pero no me dijo esto. Lo vi con mis propios ojos. No tuve el coraje de decírselo a mi padre. Él aún la quería. Aún la quiere. Cuando cocina algo siempre hace referencia a ella. A tu madre le gustaba así, tu madre lo prefería de esta manera. A mí se me cae la baba. Su amor es puro, es inmenso. Ya me gustaría a mí dar con alguien como él. Yo, lo sé, busco a mi padre en los chicos a los que me miro. Pero ninguno está a su altura. Me fastidia mi madre, y que por cuatro polvos de adolescente en un lavabo lo dejara. Pero así es la pasión. Lo mueve todo. Lo sacude todo. Lo araña todo.

Pongo la mesa y mi padre abre una botella de vino blanco. Brindamos por mí, por él, por el pueblo y por los veranos. Hago un sorbo y noto mi sexo palpitando. Sigo sin bragas y cualquier cosa que me entra la noto ahí abajo. Mi padre me dice que ha invitado a comer al chico que le ayuda a arreglar la cocina. Y aparece. Con un cesto de tomates que ha recogido del huerto, mascando uno que acaba de morder y que le gotea por sus labios carnosos y jugosos. Media melena, piel morena, brazos bien dibujados. Babeo. Nos presenta y me mira de reojo. Encantada, Pau. Me palpita todo. Sé que lo único que ha entrado dentro de mí ha sido un deseo infinito. Huelo su piel cuando pongo la mejilla y su aroma es el del mar, el de la pimienta, la sal. Nos sentamos a la mesa y Pau corta un tomate, echa aceite, sal, pimienta y me pregunta si me gusta la albahaca. Me gusta todo, le respondo, y todavía más si es del huerto de mi padre. Huele la albahaca y me la da para que haga lo propio. Pongo mi mano sobre la suya y su piel me parece una duna a punto para deslizarse. Me deslizo un poco y retiro la mano. Hace demasiado calor para ponerse a cien. Me mira y sus ojos negros me trastornan del todo. Suerte que está aquí mi padre, que nota cómo sube la temperatura, creo, y me echa un cubito en la copa de vino. Gracias, le digo, y saco el hielo y me lo paso por la nuca, por el cuello, por el escote. Dejaría que se deshiciera en mi sexo, pero me parece demasiado osado. Pau me mira, se muerde los labios y le pregunta a mi padre cómo está el pescado. Sí, el pescado. Yo me tengo que ir al baño. Las ostras, el champán, el vino, todo me está afectando.

Me restriego el sexo contra el lavabo mientras me lavo la cara y las manos. ¿Cómo frenar este deseo que no para? ¿Lo quiero frenar, en serio? No. Solo pienso en cómo irme a la cama con este hombre nuevo. Es de vital necesidad. Vuelvo a la mesa dispuesta a ponerlo un poco más cachondo y ahora hay una niña de unos diez años. Él me dice que es su hija y eso me destempla del todo. Mi padre me mira y sonríe. Él, que hace tiempo que quiere una nieta, veo que tiene cierta complicidad con ella, como si ya lo fuera. Nos sirve el pescado y el hombre nuevo no duda en seguir flirteando conmigo. Noto un pie bajo la mesa que toca el mío, me trastorno y lo miro a los ojos. Sonríe y disimula comentando lo bueno que está el pescado. Su pie asciende por mi pierna, por el muslo, y noto un sudor frío que me vuelve a invadir. Mi padre se levanta y él retira el pie de repente. Yo quiero más y ahora soy yo la que lleva el pie hacia su sexo. Directamente. Lo noto duro, grande, voluminoso. Bajo una mano y me la pongo en el sexo. Estoy tan cachonda que tengo que taparlo como sea. Mi padre y la niña hablan, se ríen, él le quita las espinas y ella le explica que está aprendiendo a nadar. Él coge mi pie y lo pasea por su pene con un movimiento lento, pausado. Cojo un trozo de pescado y le digo a mi padre qué bueno está, cojones. Me dice que hable bien y se ríe. Mientras tanto, el pie del hombre nuevo está paseándose por mi sexo, húmedo, mojado, empapado. Chupo las carrilleras del pescado como si de ello dependiera mi vida, bebo vino y me echo más cubitos. De repente, me atraganto con una espina y el hombre nuevo se levanta para salvarme. Me lleva adentro, al baño, y le pregunta a mi padre si puede echar un ojo a la niña. Me folla sobre el lavabo, sin preguntarme si puede entrar. Me mete un dedo en la boca y el sexo duro dentro de mí; entra como si ya conociera el camino, como si fuera un habitual. Chillo y me tapa la boca. Me embiste con una fuerza que me deja muda y sorda. Le araño la espalda y le digo al oído que no pare. No tardaré mucho en tener un orgasmo sordo y mudo, pero con tanto placer que me caeré de rodillas cuando salga de mi interior, porque no me podré tener en pie. El hombre nuevo se arrodilla a mi lado, me aparta el pelo de la cara y me da un beso dulce y húmedo. Por qué no llevabas bragas, me pregunta, y se acerca lentamente y me penetra otra vez, en el suelo, de rodillas. Nos corremos los dos a la vez y oigo a mi padre que pregunta a voces si estoy bien. No puedo articular palabra alguna y el hombre nuevo contesta que sí, que ya me ha sacado la espina y que ya vamos. Respiro hondo. Me va todo a cien. Qué bueno es el sexo cuando es bueno, cuando hay un deseo irrefrenable, cuando no te sostienen ni las piernas. Salimos, le doy un beso a mi padre y le pregunto qué hay de postres. Huelo a sexo salado y lo sé, y me gusta, y me comería una trufa helada de un mordisco. Sé que mi padre siempre tiene y saca unas cuantas. El hombre nuevo no deja de mirarme y yo me pongo cachonda de nuevo. Mi padre se va a echar la siesta y él tiene que irse, tiene que llevar a la niña con su madre. Me pregunta qué haré por la noche, si quiero cenar con él. Carne cruda. Él cocina. A veces los astros se conjuran y tú solo tienes que dejarte llevar. Claro, le digo. Carne cruda. No me viene a la cabeza nada mejor para cenar.

Duermo hasta el atardecer bajo la higuera de la casa de mi padre, columpiándome en la hamaca y saciada de tanto placer. Cuando me despierto cojo cuatro higos y los devoro. Me ducho, me pongo bragas y un vestido, y me despido de mi padre, que está jugando al ajedrez con un amigo. Dónde cenas, me pregunta, y le guiño un ojo. Lo beso en la mejilla y le doy las buenas noches.

Cojo la bici. El hombre nuevo vive en las afueras del pueblo, en una masía que está rehabilitando él solito. Es un manitas, creo que en diversas materias. Me recibe sin camiseta, aunque se la pone al instante, pero tengo tiempo para mirarle los hombros, el torso. Me dice que tenga cuidado por donde piso, tiene trastos tirados por las obras y algún juguete de la niña. Me toma de la mano y me lleva a la cocina, me sirve un cóctel rojo, diría que un daiquiri de fresa, pero no pregunto, lo pruebo y está tan bueno que sé que cenaré bien. La cocina tiene una barra americana y me siento en un taburete. Él prepara la cena, pero de vez en cuando se detiene, se sienta a mi lado y me pregunta algo de mi vida. También me da un beso y me pregunta si llevo bragas, mientras lo comprueba él solito. Vuelven las palpitaciones, vuelve a subir la temperatura de mi cuerpo. Saca la carne de la nevera y toma un cuchillo largo y afilado. Pica la carne sin que le tiemble el pulso, con una decisión y una seguridad que hacen que me sienta en buenas manos. Y quiero esas manos sobre mi cuerpo con urgencia. Controlo mis pensamientos, ¿o debería decir deseo?, y doy un sorbo generoso al daiquiri.

La cocina es amplia, la preside una mesa de madera de roble. Está llena de útiles, se nota que es un hombre que cocina, y mucho. Me pide que lo ayude a preparar la salsa que acompaña el steak tartar y lo hago siguiendo sus instrucciones. Yema de huevo, salsa Perrins, tabasco, alcaparras, mostaza, anchoas, sal y pimienta, y un poco de aceite de las anchoas. Cuando lo tengo todo, me lo quita para ponerlo sobre la carne picada. Me dice que lo remueva bien con las manos, y la yema del huevo se desliza entre mis dedos mientras se mezcla con el resto de los ingredientes. Pienso que es como deslizarse por la piel del hombre nuevo, que se me acerca por detrás y me agarra las manos. Lo acabamos de mezclar todo juntos y me empiezan a molestar las bragas. Toma un trozo de carne y me lo da a probar de su dedo, que chupo y lamo sin dejar rastro ni de la carne ni de la salsa. Está delicioso. Quiero más. Me sirve una copa de vino rosado, frío, buenísimo, que me gotea por el cuello de la intensidad que le he puesto. Él se acerca y me lame el que me rebosa de la boca. Aquí no se tira nada. Nuestras lenguas se unen, se retuercen, se acarician, se acompañan en una danza infinita. Y, de repente, como cuando para la música, se detienen, se separan, se recomponen, vuelven a su sitio y nosotros nos miramos a los ojos. Él me acaricia el pelo y me da un beso en los labios, esta vez seco y sonoro. ¿Cenamos?, me pregunta; yo pienso en cenármelo a él.

Nos sentamos a la mesa, bebemos vino, flirteamos, nos contamos historias inconexas, estamos cómodos y nos deseamos. No podemos acabar de cenar, me desnuda, me estira sobre la mesa y unta el steak por mis pezones. Me chupa y me lame toda. Mi sexo está tan húmedo que creo que chorrea y me acerco un dedo. Está empapado. Él me coge el dedo y entra conmigo en mi interior. Chillo de placer mientras muevo las caderas y él se sirve más carne cruda en mi ombligo. La madre que lo parió, pienso, saldré de aquí sin aliento. Me come toda, me devora la carne como si fuesen los mejores postres que ha probado en su vida y yo tiemblo, chorreo, me agito. Me incorporo un poco; yo también tengo hambre. Cojo un poco de carne con una mano y voy directa a su sexo, duro, firme, preparado para embestirme. Lo lamo sin dejar rastro alguno de la carne, que mastico mientras sigo lamiendo, chupando. Me pide que me detenga, que acabará derramándose, me sienta en la mesa y me la clava. Tan fuerte que suelto un grito que nos deja sordos. Me embiste con fuerza mientras me come los labios, los pechos, y yo siento que me revienta por dentro con un placer que no recuerdo haber sentido antes. Me corro no sé cuántas veces, me agarro fuerte a sus hombros y él de repente se detiene, sale de mi interior y se corre mucho, con tal explosión que me pregunto cómo ha podido mantener todo ese líquido ahí dentro. Tomo un poco de carne con los dedos y me los chupo, me siento un animal carnívoro, salvaje, cazador. Nos caemos desplomados y nos dormimos, agotados.

Parece que no haya pasado mucho rato cuando noto que despunta el sol con timidez y su reflejo me da directamente en los ojos. Noto, también, cómo él me rocía con el vino rosado, frío, helado. Me lame la espalda, el culo. Me froto el sexo con las sábanas y él acerca los dedos, la mano. Empezamos de nuevo. Es muy temprano. Y él me dice que muy temprano es el paraíso.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
10 haziran 2024
Hacim:
153 s. 6 illüstrasyon
ISBN:
9788417925536
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar