Kitabı oku: «Solo se lo diría a un extraño»


Solo se lo diría a un extraño
© Ediciones Pichoncito 2020
Medianoche es un sello editorial
de Ediciones Pichoncito S.A.C.
Fundadores:
Adriana Roca y Nicolás Rodríguez Galer
Edición general:
Chiara Roggero
Autores:
© Marcos Armstrong
© Eva Bracamonte
© Fiorenza Bragagnini
© Carolina Cano
© Alfonso Casabonne
© Giselle Ceballos
© Diego Galindo
© Ernesto Gálmez
© Omar Goyenechea
© Darice Gubbins
© Mark Hoffmann
© Carmen María Irazola
© Michelle Llona
© Iago Masías
© Pepe Montes de Peralta
© Milagros Palma
© Claudia Pareja
© Christina Poppele-Braedt
© Felipe Ossio
© Marisol Quiroga
© Alvaro Raffo
© Jaime Raygada
© Marco Rivera
© Chiara Roggero
© Lucho Vargas
© Natalia Vidal
Diseño de portada:
Raquel Tudela
Dirección creativa y dirección gráfica:
Raquel Tudela
Diseño y diagramación:
Sandra Florián
Fotografías:
© Maricé Castañeda
Corrección de textos:
Jorge Cornejo
Editado por:
Ediciones Pichoncito S. A. C.
Jr. Santa Rosa 359,
Barranco 15063,
Lima, Perú
WWW.PICHONCITO.PE
Primera edición digital, enero 2021
Digitalizado por:
Book And Play Studio
bap-studio.com
ISBN: 978-612-48383-2-3
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú: N° 2021-01006
A los inquietos.
Prólogo
Cada vez que inauguro un nuevo taller de escritura, hago lo mismo: parcho mi “falta de”, mi “inexperiencia en”, la ausencia del cartón pedagógico, pero, sobre todo, parcho la altanería de armar un taller (y cobrar por él) cuando apenas tengo un librito publicado y una novela que viene hongueándose en mis archivos de computadora.
Entonces, me pregunto si para este libro también tendría que hacer el disclaimer. Advertirle al lector que lo que está por leer no comprende valores de una literatura sofisticada ni académica. Prepararlo para encontrarse con historias frívolas, pequeñas, limeñas. Me lo pregunto y no tardo en responderme. Quizás porque esta vez no se trata de mí sino de ellos.
Dicté mi primer taller de escritura en el año 2014, en un pequeño estudio de Miraflores que hoy es solo un recuerdo. Busqué amigos a quienes les intuía un deseo, o al menos una curiosidad, por la escritura. Les envié un tímido mail con la propuesta: unirse a aquel primer taller, aunque yo no tenía la menor idea de cómo lo iba a estructurar. Tengo buenos amigos y, quizás por eso, la mayoría me dijo que sí. Desde entonces, y hasta que arrancó la pandemia, dicté talleres presenciales casi ininterrumpidamente. Siempre a grupos compuestos por hombres y mujeres, de profesiones distintas, con edades diferentes, casados, solteros, divorciados, famosos, políticos, gerentes generales o desempleados. Con el tiempo, dejaron de ser talleres exclusivos para amigos y comenzaron a llegar los extraños.
La primera gran revelación que obtuve dictando los talleres fue la necesidad que tenía la gente de contar sus cosas, y no precisamente aquellas que los hacían quedar bien. Entonces, mediante ejercicios y juegos, me dediqué a generar confianza entre los miembros de cada grupo para que se sintieran con la libertad (nunca con la obligación) de escribir sobre lo que les diera la gana, sin temor a ser juzgados. Eso, en una ciudad como Lima, donde todos tienen una opinión sobre todo, era bastante liberador. Para mi suerte, mis estrategias dieron buenos resultados y, en los encuentros, empezaron a desplegarse historias íntimas, dolorosas, prohibidas y, por supuesto, sumamente seductoras.
La escritura era sin duda nuestra herramienta, pero también la excusa para confesarnos, era la música de aquel strip-tease colectivo y voluntario, la moneda que nos permitía escuchar y ser escuchados. No puedo negar que, en cada una de las consignas que dejaba, escondía una imperativa para que cada autor buscara su verdad, a pesar de que sabía que aquello podría incomodarlos. Y es que los textos honestos siempre me han resultado irresistibles.
Pero no era solamente por puro placer que hincaba a mis alumnos. Haber escrito toda mi vida me enseñó del poder íntimo y revolucionario que comprende el acto de llenar una hoja de papel con lo que nos jode y nos duele, con nuestras fantasías y frustraciones. Pero, con el tiempo y mi desfachatez en las redes sociales, aprendí que ese poder se multiplicaba con la presencia del otro. Cuando somos leídos o escuchados, reivindicamos a nuestros monstruos, y si eso ocurre de manera colectiva (como sucede en los talleres), entonces logramos que se hagan amiguitos de otros monstruos incluso más feos y temerosos que los nuestros.
Uno podría sospechar, entonces, que este libro estará plagado de catarsis personales y que la escritura, más que una herramienta, fue un pretexto terapéutico para sanar. Lamento informarles que de mis talleres nadie ha salido sano ni cuerdo.
Este libro no es más que la consecuencia de veintiséis encuentros entre extraños, que hoy abandonan ese apellido para compartir linaje en estas páginas. Nos encontró en el marco de un confinamiento obligatorio que, además de hallarnos aburridos y desubicados, nos descubrió un poco solos y perdidos. Pero, esta vez, con tiempo para mirarnos. Pero mirarnos de verdad y no de pasadita, como veníamos haciendo en esa vida de agendas abultadas y planes a largo plazo. La gran paradoja de estos talleres virtuales fue que la distancia espacial, lejos de separarnos, nos acercó de inmediato, abriendo rápidamente campo a la confianza. Supongo que la posibilidad de poder desaparecer con solo cerrar la laptop colaboraba con el atrevimiento.
¿Por qué tendríamos que ponerle el parche, entonces, a un libro que reúne los textos de una amistad nacida a través de una pantalla, cuyo vínculo principal fueron las palabras y la verdad? Por ninguna razón, me respondo. Lamento entonces decepcionar a los amantes del disclaimer, porque no voy a hacer uno. No tenemos nada qué explicar o, en todo caso, todo lo que tengamos que explicar lo encontrarás en las siguientes páginas.
Solo se lo diría a un extraño es el espejo de aquellos que se animan. Es un homenaje a todas esas personas que tienen una idea y la llevan a cabo. Es un sacudón para los que siguen esperando una señal mística que los empuje a saltar. Es un puñete en la quijada para los aguafiestas. Es una muestra de que los hombres y las mujeres no somos tan distintos, pero tampoco iguales. Es un tributo a los nuevos amigos y una reivindicación de los extraños. Es un compendio de relatos sin fecha de nacimiento ni velas de cumpleaños. Sin lentejuelas, sin push-up, sin botox, sin nada que nos disfrace. Es la reunión de veintiséis personas geniales que simplemente se vieron en la urgencia de narrarse y que, al hacerlo, descubrieron que mostrarse vulnerables era un acto de valentía.
Chiara Roggero
¿Cómo se lee este libro?
Lo primero que tienes que saber es que todos los relatos que leerás en este libro salieron de las consignas dadas en el taller. Por eso, podrás encontrar (si eres pillo) textos que de alguna manera se relacionan entre sí, con temáticas parecidas, pero siempre abordadas desde un punto de vista distinto. Porque si algo ha caracterizado a nuestros talleres es la mezcla de sus integrantes. Perro, pericote, gato, vaca, dinosaurio y mosquito de madrugada.
El género con el que hemos venido trabajando ha sido el de la autoficción. Eso quiere decir que nuestros textos se han basado en nuestras propias experiencias de vida, pero con esa cómoda licencia de agregarles una dosis de ficción o, en otros casos, de prescindir de ella, pero secretamente.
Lo segundo, y quizás lo más importante que debas saber, es que, aunque cada texto corresponde a un autor, hemos decidido guardar celosamente sus identidades. Es decir, leerás un texto y no sabrás de quién es. Podrás suponerlo, pero hay que tener mucho cuidado: el más tímido resultó ser el más coqueto; y el de la moto y casaca de cuero, un osito de peluche. Así que cada adivinanza será una moneda al aire.
No revelar los nombres de los autores supone dos cosas:
Uno:
Cada uno de los veintiséis escritores ha decidido voluntariamente liberarse del ego de firmar sus relatos. Esto no significa que hubiera estado mal poner un nombre y un apellido a aquello que uno escribe con tanta pasión. Pero, en este caso, despojarse de las palmas ha permitido que otros (en los que me incluyo) puedan liberarse y publicar aquello que quizás nunca se hubieran animado a publicar. Las máscaras siempre han sido geniales.
Dos:
El anonimato hace que, a fin de cuentas, este libro sea de todos y el texto del otro se sienta como propio. Porque así ha sido este proceso: todos hemos metido mano en el trabajo del otro y todos hemos dejado que nos manoseen títulos y párrafos, los adjetivos y los temidos finales. Entonces, sí, cuando estés leyendo un texto, ten en cuenta que hay un autor o una autora detrás, pero que detrás de ellos estuvimos todos. Extraños pero conocidos.
¿Cómo se lee este libro?
Como tú prefieras. De atrás para adelante, arrancando por el medio, buscando un título que llame tu atención o, si quieres, o si te atreves, dejándoselo al azar. Porque el azar ha cumplido un rol muy importante en nuestros encuentros. Por eso, todos los que formamos parte del taller creemos en la magia. Entonces, este libro, más que un libro de relatos, es un libro de magia. ¿No me crees? Haz la prueba y abre el libro aleatoriamente. No tengo dudas de que te encontrarás con un texto que, de alguna u otra manera, se conectará contigo y con tu historia. Y es que, al final, no somos tan distintos como creemos.
¿Qué es verdad y qué es mentira?
Eso tendrás que decidirlo tú, y aferrarte a esa verdad, porque existe una alta probabilidad de que sea mentira.
Y viceversa.


























Autobiografías
Uno
A los 15 años, en una conversación con mi mejor amiga, llegamos a la conclusión de que existían en mí un Bruce Wayne y un Batman. Un lado responsable, racional, que había sido socializado. Y el otro, uno imbécil, hasta el punto del autosabotaje.
Batman se moría por Antonio, el marihuanero. Bruce sabía que Antonio era un bueno para nada. El consenso, entonces, era que yo saliera con Antonio, pero sin que nadie lo supiera. Bruce mantenía así su imagen corporativa, o, en esa época, de alumna estrella, mientras Batman disfrutaba de las noches en Barranco, Ciudad Gótica.
Es el equilibrio que encontré entre lo que debo querer para mí y lo que sé que quiero pero no tengo claro cómo termina.
Hoy, Bruce vive en un penthouse, invierte en la bolsa y tiene una relación de largo plazo y una ahijada. Batman, forzado al celibato y al cumplimiento de las reglas de la cuarentena, se trepa por las paredes. Excepto cuando escribe. Cuando cuenta cosas que avergüenzan a Bruce, y, por extensión, también a mí. Es su venganza. Es su forma de avisarnos que existe y que debe salir pronto.
La verdad, sería más sencillo vivir sin Batman. Adoptar a Bruce, vivir en ternos Brioni y zapatos italianos. Ser apropiada, culta, respetable. Nunca más dejar que Batman se estrelle contra las paredes, cuando sé que Bruce es quien termina escupiendo los dientes rotos.
Pero no me sale. Habita en mí la necesidad de saberme profundamente libre, dueña de mi mundo. Batman sabe, y yo también, que todo se puede ir a la mierda mañana, y por eso quiero lo que quiero ávidamente.
Dos
En Cusco, no tenía cama. Mi casa era un sleeping bag. En las noches, ayudaba en la barra de Mamáfrica por alguna propina que asegurara la comida del día siguiente. El presupuesto diario era un sol; con eso compraba una palta y tres panes. Para no sentir hambre, dormía durante el día. El agua la tomaba del caño comunal, en la calle Siete Culebras.
Patear el tablero a los 19 años, dejar de estudiar Derecho en la Católica y mandar a la mierda a mis papás para salir de la cueva de Platón fue como parir lava.
Me crecieron la barba y el pelo más de lo que hubiera imaginado que podrían crecer, y comencé a correr. Mis mejores amigos eran los lustrabotas de la plaza. Ellos me dieron cama en sus casas. Al principio, me daba un poco de asco dormir en esas sábanas, felizmente tenía mi sleeping.
Desde entonces, mis camas nunca han sido las mismas y su valor ha ido transformándose.
En Sepahua, por ejemplo, mi cama fue una estera encima de la tierra. Seis meses viviendo con esos yaminahuas en la selva me enseñaron que la cama es cualquier lugar donde recargas tus sueños y energía. Esas esteras fueron partícipes de los vómitos de todos los viernes de ayahuasca y chirisanango.
En el dorm universitario de Seúl, mi cama fue el espacio del miedo, de la oscuridad y soledad. De la nostalgia secuaz que atestiguó mi cambio de piel. Ahí conocí el pánico y aprendí a controlarlo.
Llegadas las arrugas y la vida imparable de viajes y hoteles por trabajo, perdí el rumbo de mis camas hasta que, en Macondo, un bar de mala muerte en Tailandia, un italiano me dijo:
—Tu cama es tu casa y tu casa es donde lavas tu calzoncillo.
Después mi cama fue el cubil al que entraba escapando de afuera. Ese espacio acogedor que invitaba a ser tomado, como la casa tomada de Cortázar. Llena de pies, brazos y sobre todo codos y rodillas pueriles. Era como si en vez de dos, tuviera mil hijos desperdigados en esa king size que terminaban dejándome siempre al borde de la cornisa.
Ahora, mi cama es un altar. Cómplice de sueños y placeres. Tendida a la perfección cada mañana por mí, antes de salir a correr. Inmensa, para sostener todas las fantasías y todos los fetiches, pero al mismo tiempo tierna, para contener las tardes de películas con mis hijos.
Estar encima de ella no es difícil, cualquiera puede estarlo. Lo imposible es estar dentro, porque el abrazo de sus sábanas es el abrazo de mis historias en todas mis camas.
Tres
A confesión de parte, relevo de pruebas:
Generales de ley:
Seudónimo: Óscar Gabriel Lustau Flores, DNI 08213836, domiciliado en la calle Guanahaní 155, San Isidro, de estado civil casado y nacido el 8 de noviembre de 1968 en la ciudad de Austin, Texas, EE. UU.
Historial médico:
Demasiadas fracturas y endodoncias, dos hernias y un fallido infarto de miocardio.
Antecedentes penales:
No registra antecedentes penales a la fecha de emisión del presente certificado.
Declaración:
Sr. Comisario, me presento ante usted y me declaro:
Abogado de profesión, caricaturista de vocación y, de ocupación, constructor.
Arquitecto y decorador sin estudios ni título, pero en ejercicio constante.
Alguien que trató toda una vida de perder sobrepeso y ahora no puede encontrarlo.
Padre biológico desde los 22 años y emocional desde hace poco.
De ancestro judío y casado con palestina, vivo en conflicto permanente conmigo mismo.
Analizado por la misma psicóloga desde hace 30 años.
Optimista hasta la irresponsabilidad. Iluso, entusiasta e hiperactivo.
Sin ninguna conciencia de mi edad y limitaciones físicas o intelectuales, me planteo retos que difícilmente puedo lograr.
Buen pobre, pero mejor rico.
Fiel por miedo, y con miedo a ser fiel.
Sometido como hijo a mis padres y como padre a mis hijos.
No creyente en la extensión de la vida, pero sí en vivirla mientras uno esté vivo.
Finalmente, esperando la muerte para así darle sentido a todo lo vivido.
Cuatro
Dicen que Dios solo da a las personas lo que pueden manejar. Bueno, yo me cago en Dios, Alá, Yahveh y la puta que los parió.
Yo no quería ser madre de una hija con discapacidad. La gente se refiere a ella como especial, algunos incluso la llaman retrasada. Qué definición de mierda; o, como dirían los más nobles de mis amigos, qué definición tan políticamente incorrecta. Aunque, ¿sabes qué? Yo también soy políticamente incorrecta. ¿No lo parezco? Pues permíteme explicarte.
Soy inadecuada porque he imaginado muchísimas veces (más de las que quisiera) cómo hubiera sido mi vida sin ella. Soy censurable por seguir sin aceptarla tal cual es. Pásenme el libro de reclamaciones: solicito cambio de modelo por uno sin mutación genética. Soy egoísta porque todos los días sueño con regresar a mi vida de ejecutiva exitosa, con agenda rebosante, directorios en el Club Empresarial, almuerzos en La Carreta y una independencia incuestionada. Soy envidiosa porque, cuando me cruzo a una mamá que lleva de la mano a su hija, impecable, con el tutú de ballet rosado y el moño alto y prolijo, quisiera ser ella. Soy la culpable de que mi hijo mayor tuviera que decirme, a sus escasos diez años y ahogado en desesperación:
—¿Qué puedo hacer para que seas feliz?
Soy incongruente porque, a pesar de transitar por todas estas emociones inmorales, dedico todo mi tiempo a que la vida de mi hija sea lo más normal posible. Y quizás nada de lo que haga sea suficiente. Tal vez no aprenda nunca a leer o escribir, a amarrarse los pasadores, a sumar o a restar. Pero nunca tendrá una sola duda de lo mucho que es amada, tan amada que logra que todos los días me olvide de mis ganas de salir corriendo.
Cinco
Soy un carpintero sin herramientas, un abogado sin expedientes. Soy amante de los proyectos sin terminar, de las ideas que nunca abandonaron la libreta. Soy un caminante curioso. Soy los silencios de mi papá y la verborrea de mi mamá. Soy la casa de Benavides y todos los perros que en ella habitaron. Soy Mefisto, el rottweiler de mi tío Henry. Soy Pecoso, el cocker spaniel, y también soy el día en que se escapó. Soy todos los parques de La Aurora. Soy la calle Simón Salguero. Soy una infancia telemaníaca, con un televisor de señal abierta. Soy Panamericana y Frecuencia Latina, que va para arriba. Soy El Chavo del 8 y Gokú. Soy Kevin Arnold y Winnie Cooper. Soy La historia sin fin, el sensei Miyagi y la patada de la grulla. Soy mi abuela, meine Omi, que, preocupada, desenchufaba la tele y me daba un libro. Soy esos libros, las novelas de Astrid Lindgren y los cuentos de los Hermanos Grimm. Soy Hansel, pero no soy Gretel. Soy los veranos eternos con mis primos en la casita de Punta Hermosa. Soy Pedro, Sonia y todos los helados que me fiaron. Soy la señora María y sus sánguches de pollo deshilachado con una hilacha más que la competencia. Soy esa mayonesa que a algunos mandaba al baño. Soy esas madrugadas en las que yo no pescaba nada y mi viejo llenaba un cesto con tramboyos y pintadillas. Soy algunos amigos que considero hermanos y algunos profesores que considero maestros. Soy lo que recuerdo y lo que he preferido olvidar. Soy todo eso, pero también soy el camino que me queda por andar, las chicas que me falta conocer, los triunfos que quiero saborear y las derrotas que tendré que aceptar.
Seis
Mamita, Luigi no quiere ir a ver a la bebita. Dice Kike que no es de nuestra familia porque está muy gordita. Yo sí quiero ir. Tiene muchos pelos, ¿no? Seguro se va a poner más bonita. En algún día. Ponle Silvia, como mí.
*****
Mamá, soy Kike. La Silvia no hace sus tareas y cuenta muchas mentiras. Ayer le dijo a la profe del Carmelitas que ella no tenía papá. Hoy casi le saco la mugre al Luigi porque me dijo “gringo”, pero me aguanté para que me preste sus chipunes. Amo mucho a tu bebita. Es mi hermana preferida.
*****
Maa, no quiero ir a la clínica con la tía Celia. Voy a jugar fulbito ajuera. Quiero meter un golazo para la bebita. Psst... Kike dice que no la quiere. Pero tú no le creas, ¿ya? Todos estamos bien. Mejor no le doy bola a Silvia porque quiere que te diga que llora como cebolla y que le reza a la Virgen nosequé para que no la cambies. Pero yo no noto nada. Maa, porfa, ríete mucho, mucho, para que tu leche no se poinga como limón. Gregoria dice que, si no, no le va a gustar a la bebita.
Un día después de mi nacimiento, mi mamá desplegaba tres cartitas mal dobladas, salpicadas de manchas, llenas de corazoncitos extraviados y escritas con letras borrachas que me daban la bienvenida.
Sus tres diablillos (disfrazados de Reyes Magos) le hacían llegar, uno por uno, su ofrenda de palabritas, sin saber que esas cartas caracterizarían por siempre mi historia familiar y personal.
El 7 de marzo, llegué cuarta a la línea de atención de mi madre. Primera al orgulloso estreno de mi padre. Primerísima a los miedos y escrutinio de mis tres medio hermanos.
Con los años, casi nada cambiaría entre nosotros.
Crecimos juntos y mal revueltos, en un caserón donde residían personajes de Macondo, Todas las sangres y la Saga de los Nibelungos. Éramos quince, entre abuelos omitidos, padres distraídos, hijos enredados, tías postizas, primos prestados, nanas, cocineras, jardineros, fantasmas muertos en vida y espíritus renegados.
Ese primer 25 por ciento de mi vida contrapuesta, anónima y libre de supervisión me enseñó las ventajas del sigilo y las medias tintas, a medir mis fuerzas y a templarme. Pero también me instigó a explorar el mundo en búsqueda de mi individualidad.
El 75 por ciento restante me ha llevado a absorber, casi aburrida, todas esas culturas y países en los que he vivido. Y a reconocer el hogar de mi infancia como la más aguda maestra. No aguanto ni llorones ni verdades absolutas. No busco el balance, veo en el cambio la fuente de vida. Desprecio la indiferencia y el miedo a lo nuevo. Y sé que donde hay conflictos, hay energía.
Siete
Juan me contó que existían asociaciones anónimas para adictos a las relaciones. Sin entender bien a qué se refería, no tuve dudas de que yo cumpliría con todos los requisitos para ocupar una de las sillas, acomodadas en círculo, en alguna cancha de básquet venida a menos.
El sexo me fascina, me permite deshacerme de la banda presidencial y cumplir el rol del subordinado. Pero el sexo nunca será tan sexy como las relaciones; esas que incluyen despedidas desgarradoras, peleas a los gritos, cartas de amor, rupturas para siempre que jamás son para siempre.
Conmigo nunca nada termina.
Colecciono hombres que tuve que dejar ir pero nunca abandoné del todo. Son mi archipiélago de endorfina, mi hamaca para un ego insaciable que, lejos de engordar con la lista de asociados, se adelgaza y pide más.
Pero no se confundan: mi corazón es noble y mi contrato, justo. A mis chicos los cuido y los quiero; me preocupo por sus mujeres, sus hijos, sus trabajos. En ocasiones, los busco. Les devuelvo un poco de vida mientras les lamo las heridas que solo me dejan ver a mí.
Para el día en que vaya a una de esas reuniones para adictos a las relaciones, ya tengo planeado mi debut. Empezaré confesando mi mayor fantasía erótica, esa que nunca le he dicho a nadie. Quiero morirme de pronto, para que mis chicos se junten en una sala fría de velatorio y, como masones, se reconozcan. Quiero que se emborrachen y me lloren juntos: Juan y el resto de mis apóstoles.
Ocho
Cortar las raíces de un niño y extraerlo del Perú, teniendo cuidado en retirar su colegio y sus veranos en Santa María. Inmediatamente después, llevarlo a una isla caribeña y dejarlo remojar durante tres años en un colegio mixto de monjas. Batir vigorosamente hasta eliminar los grumos del shock cultural. Sazonar con repartición de periódicos, armado de aviones a escala y juegos bajo el sol y la lluvia. Espolvorear con infelicidad parental.
Alcanzado el termino medio, llevarlo a Venezuela por aproximadamente ocho años a fuego alto. Aderezar su colegio con valores jesuitas e hidratar constantemente mientras se añade agua turquesa de playas y vegetación de montañas, sin tapar, hasta que se evapore del todo. Dejar fluir su adolescencia con grandes amigos, drogas, música de los ochenta y ron con Coca Cola. Sellar con una ruptura de corazón. Revolver todo hasta obtener una masa homogénea.
Sin engrasar el molde, regresarlo al Perú. Colocar la masa en una olla de presión durante cinco años de estudios de Economía hasta el quinto superior de cocción. Humedecer a gusto y rociar los fines de semana con arena del desierto en moto y salpicar con un chorrito de chicas vainilla. Mezclar lentamente.
Con la base y el relleno a punto, ya debe apreciarse su completa transformación. Es momento de ahumarlo con trabajos en bancos y un MBA fuera. Finalizar la reducción casándolo, reproduciéndolo y pasándolo por una trituradora corporativa y empresarial hasta que suelte todo su jugo y esencia.
Dejar reposar para que alcance el color deseado y la textura correcta. Servir con un aderezo de orgullo, miedo y felicidad.
Comerlo lentamente con una pizca de sal.
* Advertencia: algunos ingredientes se sirven semicrudos y pueden causar reacciones tóxicas en determinadas personas.
Nueve
En el cole siempre me consideré un buen tipo. Estaba equivocado. Fui abusivo. No de los que te pegaban o te robaban la lonchera, sino de los que te hacían sentir mal conociendo tus debilidades. Soy el huevonazo que le decía bruta a la amiga que había jalado con cero cinco y le robaba su examen para leer las respuestas y humillarla frente a todos.
Ahora soy egoísta, cínico, ingrato. Me sobrevaloro y no soy honesto conmigo mismo. Dejo todo para último momento y hago el mínimo esfuerzo para terminar una tarea. Me comprometo y no cumplo. Me embarco, pero me bajo sin avisar. Soy exhibicionista y soberbio. Cuando corría olas, lo que más me emocionaba era saber que había gente en la orilla mirándome. Soy machito para tirarme del cerro y romperme los huesos, pero soy un cobarde en el momento de tomar las riendas de mi vida y enfrentar las decisiones importantes.
Me gustan las drogas y el alcohol, tanto por el placer inmediato como por la escapada efímera que me regalan.
Le huyo al conflicto. Tengo la cualidad de intuir lo que las personas necesitan escuchar y he sabido aprovecharlo para caer bien, jugar el juego y avanzar en el mundo corporativo. Siempre flotando, como la caca.
Hace poco, me di cuenta de algo: si mi vida fuera una película, yo sería uno de los malos.
Diez
Soy como un porfiado: no me puedo caer. Además, nadie me va a sostener. Me inclino de un lado a otro, buscando contención, pasando por mi centro, sintiendo siempre el golpe, hasta estacionarme y entenderlo otra vez. He aprendido a convivir con el hecho de tener que hacerme cargo de mí misma.
He crecido en una familia impulsiva, inestable, dramática, pero principalmente plagada de artistas. Cargo una mochila con muchos duelos. Pérdidas y ausencias que me generan dolor y un vacío que me habita.
Los libros para mí han sido un tibio refugio. También escribirme cartas, en las que huía y me abrazaba. Soy la que sostiene y la que se encarga. En mi familia no encuentro soporte, pero sí en mis buenos amigos, los que nunca se van, los solitarios. Me ha costado años darme cuenta y aceptar que compartíamos tanto. Cada uno en su casa vacía, con sus cajones vacíos, con sus familias ausentes.
Descubrí mi necesidad de analizarlo todo, de llegar a la médula, a la verdad, a la justicia de las cosas. Detesto la mentira porque he vivido en ella: mi papá tenía dos familias. Nadie hablaba del tema. La mentira nos alejó y, como decía mi viejo, el cáncer nos volvió a unir. Todavía puedo escucharlo agradeciéndole a la enfermedad. Aprendí a perdonar sin juzgar. En poco tiempo, logramos ser una familia disfuncional que partía del amor. Duró poco, y ese recuerdo es mi gran tesoro.
El cáncer nos enseñó a estar unidos. La muerte me enseñó que uno se puede reír de todo.
Por eso me río de mí, de mis propias desgracias, de la espinaca que siempre se aferra terca a mis caninos, de las gotas de sudor en mi bozo cada vez que me pongo nerviosa, de que me dejen plantada en un avión con el anillo de compromiso olvidado en mi dedo. Me río siempre.
Soy la que sostiene y la que se encarga. Soy como un porfiado: no me puedo caer.
Once
Mientras caminamos por el barrio, otra noche más, tomo tu mano y, como siempre, la siento pequeña en la mía. No tiene las uñas pintadas ni lleva anillos. No es una mano ostentosa. Encaja perfectamente en la mía. Tocarla se parece a esa sensación de acercarse desde el frío a una chimenea ardiente.
Conversamos de nuestros hijos, de los viajes que hicimos o que haremos, jamás de política, casi nunca de trabajo.
Te digo que te quiero, siempre lo hago. Me miras de costado a través de tus rulos y me sonríes. Eso me hace feliz: hacerte feliz. Si pudiese, te haría el amor ahí mismo, escondidos detrás de un carro o un tacho de basura. Pero esas locuras ya las cambiamos por una plácida rutina.
Seguimos caminando en silencio y se me viene la imagen de nuestra hija atravesando esa terrible enfermedad que, si no hubiera sido por tu fuerza, me habría despedazado. Pienso también en nuestra vida en Madrid y los celos que tuviste con Francine, mi compañera belga. En la cartera que he prometido regalarte. En las veces que me la pego demasiado y despierto en un campo de batalla.
Pienso también en mis mentiras, las que me has descubierto y las que aún conservo. Pienso en las tuyas, esas que nunca te he descubierto. ¿Será porque, de los dos, la astuta eres tú?
Doce
Mientras ella tomaba el tercer vaso de vodka, yo iba por el primer vaso de leche. Me convertí en el hombre de la casa cuando todavía no sabía amarrarme bien las zapatillas. Pasaba horas junto a mi mamá en el sillón de terciopelo verde de aquella sala llena de cuadros abstractos y ceniceros de cristal repletos de cenizas rancias.
Me contaba historias de su fallida niñez y de su adorado matrimonio que terminó en divorcio. Yo la escuchaba, mientras jugaba con los botones de mi camisa de cuadros que con tanto esmero me ponía. Elton John, Fleet-wood Mac y Eric Clapton acompañaban nuestras sesiones. Gracias a las penas de mi madre, aprendí a escuchar buena música.
A veces, pasaba días sin salir de su cueva.
Mejor así, pensaba, para no encontrarme con el monstruo etílico que se apoderaba de ella.
Diligentemente, le llevaba vasos con agua, cerraba las cortinas y me aseguraba de que estuviera bien tapada. Me refugiaba en mi cuarto de quince metros cuadrados, atiborrado de muñecos de superhéroes, y guardaba silencio para no despertarla. Mi oído se entrenó para percibir hasta el más mínimo sollozo. Dejaba todo de golpe y acudía a contenerla en mis brazos que apenas la rodeaban.
Los domingos me devolvían a mi mamá. Esperaba oír su llamado como quien espera ser finalista de un concurso, solo que en este competíamos únicamente el monstruo y yo. Corría a su lado y nos acurrucábamos para ver películas y comer pizza en su cama.
Fui un niño feliz.
Trece
—¿Vas a comer arroz con pollo el resto de tu vida? —me preguntó Kiko, calato en el sauna del club, con su chela en la mano.
Sudado hasta los dedos y a 45 grados centígrados, la pregunta me dejó helado. Me casaría en dos meses, y mi romanticismo y ganas de evolucionar no me habían dejado anticipar eso.
Igual me casé, y la pregunta quedó en el olvido de lo cotidiano y los hijos.
Pasó la pasión de los primeros años y, como un fantasma, volvió aquella escena del sauna: impertinente, desafiante, incómoda. Lo peor de todo: sin salida.
¿Iba a tocar a alguien más? Sintiéndome sano, querido, con buena chamba, exitoso y, sobre todo, con una relación de pareja sólida, ¿me quedaría en un estado conservador y de confort?, ¿o debía arriesgar, explorar?
Busqué consejo en amigos. Estaban todos igual o peor que yo: separados, divorciados. Hice terapia y le conté al diván sobre mi autosuficiencia y mis valores, y él, con esa voz que tienen los divanes, respondió:
—Háblalo con tu esposa.
Me costó años atreverme. Hasta que, una tarde helada, y luego de evaluar la opción menos dañina, le propuse a mi mujer hacer un trío con alguna flaca.
—Tú escoges —le dije.
Me dijo que sí.
No tardé ni medio segundo en imaginarme entre las dos en una cama, cumpliendo todas mis fantasías.
—OK, pero después lo hacemos con algún pata. Tú escoges —me imitó.
La payasada se me acabó de golpe. Hoy soy especialista en ponerle culantro al arroz con pollo.
Catorce
Crecí en una familia cómoda pero disfuncional. Mamá en su cuarto, papá en su mundo. Hermano mayor con distrofia muscular. Nos trataron por igual, pero era evidente que yo era más veloz, más fuerte y mucho más travieso. Sus armas eran el carácter, la palabra y una aguda inteligencia. Siempre fui competitivo. Hasta cuando no debía. Incluso contra él.
Su muerte llegó de golpe, cuando yo entraba a la pubertad y él salía de la adolescencia. La comodidad a la que estábamos acostumbrados murió con él. Ellos se quedaron con su pena y yo, con muchas preguntas sin respuesta. Ante esa soledad, no me quedó otra que tomar las riendas de mi vida. Me dediqué a mostrarme invencible. Ligero de equipaje. Competir contra los vivos era más fácil.
Con los años, empecé a disfrutar de mi vulnerabilidad. Sigo siendo competitivo, pero aprendí a perder, aunque duela. Me casé, tuve un hijo, me separé, me volví a juntar, y llegó mi hija. Aprendo más de ellos que ellos de mí, aunque les haga creer lo contrario. Hay hábitos que nunca mueren.
Me enamoré de las palabras, de las historias y de la gente que sabe contarlas. De los silencios, de la brevedad, de lo simple. De las curiosidades, de reírse de uno mismo, de perderle el miedo al ridículo. De revelarse frente a todo, de las sutilezas y de usar el humor como combustible.
Y esto me llevó hace poco a inscribirme en un taller virtual de escritura con personas a las que conocía poco y nada. Con sus palabras, historias, risas y silencios, ellas enriquecieron mi vida en cada encuentro, como una orquesta de ventanas llenas de violines, oboes y trombones, donde yo, con mi pequeño triángulo, colaboro con mi música.
Quince
Ella es un rompecabezas de infinitas piezas únicas. Casi siempre encajan, pero a menudo se pierden y dejan huecos en su composición. No es fácil armarla, pero lo difícil tiene su encanto. Las derrotas, mudanzas, traiciones, victorias, ilusiones y nacimientos son los bordes que la sostienen y permiten espacio para su continua construcción.
Ella se define por lo que no es, así descubre lo que es. Es exigente consigo misma, pero procura no serlo con los demás. Desconfiada por experiencia, pero no por voluntad propia. Ansiosa, aunque ligera para reír.
Sencilla para solucionar y compleja para analizar. Tiene humor negro, pero no discrimina. Es estadounidense de nacimiento, pero peruana para manejar y comer. Ella es curiosa para chismear, e intenta no juzgar al chismoso. Se siente joven al festejar, pero vieja para madrugar.
Profesional apasionada, pero arrastra una gran culpa por el tiempo que le consume el trabajo. Decidida a tener dos hijos, aunque se sigue cuestionando lanzarse por un tercero.
Es fiel a ellos, pero infiel a ella. Es femenina a pesar de no tener trompas de Falopio, pero masculina para negociar y decidir. Reservada por tímida y no por pudor. Impaciente con su madre, pero dócil con su padre. Cobarde para posar, aunque valiente para mirar.
Insegura ante lo desconocido, pero segura para lanzarse a ello. Nunca encajó y tampoco desencajó. Puede sonreír por la mañana, pero llorar de noche. Puede ser todo lo que dice este texto, y todo lo contrario.
Dieciséis
Crecí escuchando que era el solcito de la familia, la alegría de la casa, la rubia, la divertida. Siempre positiva. Yo no veía el vaso medio lleno, ¡lo veía rebalsado! Conmigo no había medias tintas, era la defensora del pueblo, la que siempre estaba sin importar qué hora fuera, la de la risa fácil, la confiada, la enamorada del amor.
Cuando era niña, decía que de grande quería ser mamá y tener 36 hijos. Vengo de una familia apapachadora. Mis padres están juntos desde los trece años, y de eso ya han pasado más de cincuenta.
Pero ¿qué pasa cuando ese sol se convierte en noche? ¿Cuando la risa es menos fácil que el llanto? ¿Cómo se empieza de nuevo?
Durante mucho tiempo estuve buscando esa respuesta. Fue difícil, porque me convertí en mi peor enemiga. No soportaba verme al espejo, me volví experta en ocultar mi dolor. Yo era un tren a toda máquina, no necesitaba de nada ni de nadie, sola podía con todo. Cansaba mi cuerpo al punto de que solo cayera agotado y no pudiera sentir, pensar. Nada. Eso me llevó a un paseo de tres meses en UCI.
Me tomó un tiempo entender que también era la chica insegura, triste y rota. Pero eso no significaba que hubiera dejado de ser también la mujer entusiasta, fuerte y decidida que disfrutaba la vida. Solo era cuestión de confiar en mí.
Diecisiete
John. John. John. Todo un ser y medio siglo de experiencias en un monosílabo. Cuando terceros hablan de mí, basta con decir mi nombre, quizá junto a algún calificativo, para transmitir toda la descripción de quién soy. O de quién perciben que soy.
¿Quién soy? Yo lo sé perfectamente, pero es difícil sintetizarlo, y la amplitud de mi autoestima me pide mucho más que 250 palabras. He sido siempre el pata bueno, el que hace lo correcto, el que vivió afuera, el que habla siete idiomas, el que decide bien, el exitoso, el que se casó con la chica perfecta, el que toca en discotecas de Asia, el que tiene hijos primeros de la clase y patas de la puta madre.
Pero soy géminis, y a veces intuyo que tengo un lado no tan bacán. Sí, sí, soy lindo y todo eso, pero, en lo que realmente importa, ¿soy bueno? ¿Estuve lo suficiente con el Negro antes de que partiera? ¿O lo postergué un poco mucho, anticipando que se quedaría por más tiempo? ¿Veo lo suficiente a mi mamá? ¿Hice todo lo que pude para tener una relación más cercana con mi viejo? ¿Con mi hermana? ¿Es malo que las respuestas a esas preguntas no me importen tanto?
Supongo que prefiero evitar ese yin y quedarme en el yang del patita bacán y feliz, para evitar perturbarme. Igual, ya gané el primer tiempo y este segundo lo puedo... lo debo jugar más relajado. Al menos eso es lo que creo. Ya veremos.
Dieciocho
Confieso tener una relación adictiva con el hentai, una debilidad ante ese milenario género erótico. Me matan esas hermosas japonesas sublimadas de brillosa mirada, ojos amplios y redondos, tetas inflamadas, gelatinosas, que se alzan juguetonas sobre unos virginales vientres planos.
Admito tener un fetiche con esas fabulosas criaturas asiáticas de pelos multicolores y cinturas contraídas, de amplias y arqueadas caderas bajo las cuales reposan unos culos esféricos de tamaño perfecto. Me son afrodisiacas sus faldas distraídas, sus medias altas, las telas traslúcidas que parecen una segunda piel. Encuentro irresistibles aquellos pezones sediciosos, las hendiduras ninfomaníacas, sus lenguas voraces.
Reconozco que me perturban sus miradas cándidas y a la vez incitantes, su conducta torpe, inexperta, como si estuviesen confundidas, para de pronto transformarse en insaciables máquinas de producir orgasmos explosivos y extrahumectados, siempre de derecha a izquierda, de abajo hacia arriba, de atrás hacia adelante, salpicando en su camino páginas y empuñaduras.
Me tortura su dislexia sexual, me consumen con sus gemidos acentuados, con sus gritos silenciosos “irete hoshii”, “gaman dekinai!”, me pervierten, me envician. Si fuesen fértiles, ya sería padre de medio Yokohama.
Hace unos años, una diosa oriental de carne y hueso apareció en mi vida. Poseía una gracia singular, tenía la piel afelpada, pelvis compacta, una cintura extraflexible, un cuello estilizado precioso, una sexualidad magnética. Tomaba clases de danza y era estudiante de intercambio en la facultad de Psicología. Swan era un precioso cisne nipón, y yo andaba absolutamente intoxicado con ella. Nuestras aventuras sexuales merecen ser inmortalizadas por el propio Osamu Tezuka en un manga hentai – edición especial. Terminando el ciclo, tuvo que regresar a Japón, y así terminó aquella mágica historia.
Es a ella a quien busco dentro de los animes, es su cuerpo el que pretendo rearmar entre esas ilustraciones, dedicándole mil puñetas y fantasías, reviviendo una fábula tan real como esta confesión.
Diecinueve
Soñaba con pintar con spray las paredes de mi colegio-burbuja. Romper, al menos, una regla. Pero yo siempre fui un chiquillo respetuoso. Y aunque nunca dejó de revolotearme la tentación de la transgresión, el autoritarismo de mi madre y el “qué dirán” se encargaron de mantenerme siempre en el camino del bien.
Un diagnóstico de fiebre reumática tardío me dejó postrado seis meses en cama. Sumado a eso, las intempestivas muertes de seres queridos impregnaron en mí, desde los trece años, el temor a quedarme solo.
En mis veintes fui dichoso (o, al menos, eso creía). Festejé como un niño en cumpleaños, disfruté cada día como si fuera nuevo en eso de vivir, acumulé trabajos y experiencias. La verdad es que me escondía. Huía de esa desabrida felicidad que te hace pensar que tener privilegios lo es todo. Disfrutaba sin cuestionarme, saciándome de apariencias. Elegí un camino sin salida, sin encanto.
Hasta que, un día, esa abundancia de apariencias estalló como un huevo al tirarlo contra un muro. Me fui a ser uno más. Uno que no pudiera llegar a ser Presidente con tres llamadas telefónicas. Me fui a buscar ser yo mismo. Fue entonces que comencé a cuestionarme. Me tracé objetivos y enfrenté la soledad en muchedumbre. Me perdí conociéndome, queriéndome y sintiéndome querido en aquella soledad.
El sufrimiento se mantiene y la ansiedad decae, pero, igual, de vez en cuando me visita por las noches. Descubrirme amado solo por el hecho de estar aquí me ha dado paz y seguridad. Hoy, bordeo los cincuenta y siento que alcanzaré nuevos objetivos, abrazo nuevos amores y amistades sinceras, y quiero desafiar mi equilibrio actual, porque si algo aprendí en la soledad es que no nací para quedarme quieto.
Veinte
Te despiertas a las nueve, cuando Feli, tu nana de toda la vida, entra para llevarse a Lollipop a dar su paseo matutino. Reniegas, jalas las sábanas de algodón egipcio por encima de tu cabeza y tratas de seguir durmiendo, pero la luz, todo lo que tienes que hacer hoy y tu gato, que se acerca impregnado de olor a Chanel por todo el amor que le das, te lo impiden.
Te paras de la cama, coges el vaso de jugo de naranja que Feli ha dejado en tu mesa de noche, caminas hacia el baño y te desvistes. Te miras al espejo. Aún se te ven las costillas. Puedes seguir tragando Nutella con cuchara una semana más.
Justo antes de meterte a la ducha, cambias de opinión. Regresas a tu cuarto y eliges un par de juguetes: no los más nuevos, pero sí tus favoritos. Vuelves al baño, coges tu teléfono y entras a la página de porno ético y feminista que encontraste hace poco —y que no te gusta precisamente por lo ético o feminista, sino porque todo parece real y eso te calienta más.
Terminas rápido, te bañas, te vistes y te sientas frente a la computadora. Hay varias cosas que hacer hoy, pero últimamente te sientes un poco bajoneada. Abres, sin pensarlo, la página de Latam. Barcelona, tecleas rápido, y compras un pasaje, solo de ida. Felizmente, tu asiento de siempre, el A1, está disponible. No te sorprende. Siempre has tenido muy buena suerte.
Veintiuno
La tristeza de mi madre me atravesó como la bala perdida que recibes en un fuego cruzado. Quema y calienta por dentro. No mata. Solo hiere.
He tratado, con todos los versos del mundo, de sosegar tu tristeza, alegrar tu existencia con tarjetas de dibujos con payasos y rimas inexpertas. También has sido mi sol. Esa mujer que, con lágrimas y abandonos, me enseñó un mundo luminoso.
Eras lo único que ansiaba cuando el universo se me hacía inmenso. Cuando, parada en el patio gris del colegio, tampoco encontraba la contraseña para ser feliz. Y como aprendí que la tristeza es un lugar, hice mis maletas y me marché en silencio.
He cincelado mis miedos a punto de perseverancia. He silenciado a mi niña tímida con una máscara de autosuficiencia. No he querido volver, de ningún modo, siendo la misma. En esa transición, me he tatuado “Brillar o morir”.
Me gusta ser la reina de la fiesta, llamar la atención a donde voy. A algunos les jode. Ese entusiasmo amarillo puede provocar las ganas de pincharme el globo con un alfiler. Ese alfiler puntiagudo quiebra toda mi confianza en un santiamén. ¿Será tan evidente aún mi inseguridad?
Ni los tacos aguja ni todas las ganas en las que estoy parada podrán levantarme cuando me siento rechazada. Poco aceptada. En esos momentos, vuelvo al patio gris de mi infancia: vuelvo a ser insignificante.
Todas las miradas me atraviesan como ráfagas sin piedad, hasta que me encuentro con una mirada que se detiene en mí. Me mira distinto, se encuentra conmigo y me hace sentir que de ningún modo soy transparente. No, ya no soy transparente.
El universo ya no me queda grande. A la tristeza solo la visito como viajera itinerante. Mi madre, ese lugar donde siembro semillas con la esperanza de que dé flores llenas de color.
Veintidós
“Yo sé que tú puedes más” fue la sentencia con la que crecí. Camaleonico veredicto, sucesor indiferente de éxitos y fracasos. De chica, la asumí con ignorancia, con inocencia. Con los años, entendí el verdadero peso de aquella fulminante condena.
¿Qué significa “más”? ¿Cuánto mide “más”? ¿Más que qué? ¿Más que quién?
Ese “más” ladrón siempre amargó el sabor de la victoria.
Lejos de motivarme, me anulaba. Nunca nada era suficiente. Yo no era suficiente.
Desde entonces, vivo en una competencia de alto rendimiento contra mí misma. Soy la heroína, soy la villana. Soy alguito más que menos. Soy mucho menos que más. La que se sabotea centímetros antes de la meta, moviendo la línea siempre un poquito más allá del final.
Antes, le echaba la culpa a mi madre por ser la autora de la frase. Fue ella quien me clavó esa cruz. Pero, ahora, ¿a quién? Si ya la hice mía. ¿No soy yo acaso quien la vive? ¿No soy yo quien la perpetúa?
Porque, hoy, soy yo la que decide darle cabida todos los días. Hasta la disfruto, aun sabiendo que hace que todo me sepa a poco. Detona algo en mí que me moviliza y no me da tregua: saber que siempre puedo más.
Veintitrés
Conocía la agudeza de su análisis. Metódica e instintiva, Laura había hurgado en los infortunios de mis viejos, las personalidades extrañas de mis cinco hermanos (todos mayores que yo), las vicisitudes de mi niñez en un colegio alemán, mis quince años fuera del Perú, mis pasiones, mis frustraciones y hasta el simbolismo lacaniano de por qué carajo nunca me circuncidaron.
—¿Sabés cuál es tu problema, Oscar?
—¿Soy demasiado exitoso y la envidia de mis enemigos los avienta al suicidio?
Nada como el sarcasmo para sabotear un ultimátum.
—Hacés. Malos. Cálculos —me fulminó.
Mi cinismo huyó por una rendija y sentí esas palabras como un sablazo separando mi cabeza del cuello. Yo, que hacía unos segundos me sentía en absoluto control con mi corbatita Hermès, ahora sobrevolaba ese consultorio como un espectro desmochado.
—¿Comprendés? —remató.
La que no había comprendido era Laura. Su sentencia había pulverizado la bóveda donde mantenía encerrados mis fantasmas y ahora se proyectaban frente a mí como escenas censuradas de películas prohibidas:
Niño problema. Suspendido en la universidad. Banquero hippie. Quiebras. Divorcios. Emigrante devuelto. Músico acobardado. Filósofo de ducha. Atleta sin podio. Amante de 84 octanos. Terco en las letras, los números, las reglas, las melenas...
Laura, astuta y perspicaz, me había lanzado una bola curva, un guantazo a ver si el terco reaccionaba. Todo el tiempo y el dinero invertidos en sus consultas se resumían en aquella bofetada, de esas que le voltean la cara hasta al más necio.
En forcejeos con mi inconsciente, recordé de pronto esa frase de Thoreau que alguna vez había leído sin darle demasiada importancia:
“El precio de cualquier cosa se mide con la porción de vida que entregaste para alcanzarla”.
Quizás esos “malos cálculos” de los que me acusaba Laura habían sido en realidad decisiones deliberadas, porciones de mi vida que yo había elegido no entregar. El tiempo y la libertad eran mi prioridad, y todas mis decisiones, el precio asumido. Quizás esos fantasmas no eran más que el reflejo de mi carácter y, en lugar de temerles, tenía que cuidarlos.
Veinticuatro
El día que me botaron de mi casa, me hicieron el favor más grande de mi vida. Empecé a disfrutarla sin explicaciones, con ansias de experiencias nuevas y desesperado por recuperar el tiempo perdido.
Había nacido en una casa de padres estrictos, sobreprotectores y violentos, donde su palabra era ley; mi voz, muda; y una inseguridad sigilosa se había ido instalando dentro de mí.
Yo hubiera querido estudiar música, pero me gradué de administrador de empresas y, apenas recibí el cartón que jamás usé, me prometí nunca más hacer lo que esperaban de mí. Quería enfocarme en hacer lo que sentía.
Durante un tiempo, recorrí diferentes oficios, trabajé en bancos y hasta bares. Conocí gente interesante, pero quizás lo más interesante fue conocerme a mí.
Un día, unos amigos me invitaron a conocer el Salto Ángel, la catarata más alta del mundo, ubicada en la sabana de Venezuela. Yo no tenía ni un mango.
—Te invitamos, pero tú filmas —fue su propuesta.
Nunca en mi vida había agarrado una cámara, pero igual me lancé.
La primera vez que miré a través del lente fue como entrar por una puerta secreta a un lugar donde terapéuticamente se disolvía la inseguridad al ir descubriendo mi forma de ver las cosas. Lo mejor de todo era que podría volver a esas imágenes, una y otra vez, en la sala de edición.
Regresé fascinado con mi nuevo hallazgo, que, hasta ahora, sigo explorando. Para mi suerte, el mundo se volvió cada vez más visual, y yo logré hacer una carrera a partir de escuchar a mis instintos. Nunca más solté una cámara.
Me casé a los cincuenta años y tuve una hija preciosa, que es la experiencia humana más extraordinaria que he tenido. A ella, le deseo que siga sus instintos y busque lo que la haga feliz.
Veinticinco
Provocadora, la muerte me ha vuelto a sumergir la cabeza en el agua, una vez más. Acaba de morir, hace unas horas, mi tío adorado. Mi mamá está muerta en vida desde que nací. He enterrado a mi padre, a mi hermana y a mi marido, y todavía no cumplo cuarenta. Quizás por eso, a mí, los muertos no me conmueven. Hace años que dejé de dedicarles mis lágrimas y ya ni siquiera voy a sus velorios.
A pesar de que este tránsito se me ha vuelto cotidiano, pensar en mi último latido activa una corriente de aire frío que baja por mi espalda. Si el desafío es saber quién soy, no me interesa el futuro ni lo que venga después; lo que me preocupa es que sea mi presente el que me derrote. No quiero ser una mujer que no pueda volver a sentir hambre por alguien. La mamá agobiada, que no se da un respiro porque vive para sus hijos, porque sus deseos se reducen a anhelar salud y años de vida para verlos crecer.
Durante años, me he definido por mi relación con la muerte. Ya no. Ya no le temo. Si acaso algo me da miedo no es el fin, sino la inercia de la vida que a veces pareciera mantenerla inmóvil.
Veintiséis
Tenía trece años. Nuestro primer beso supo a Coca Cola. El corazón puede cargar un disfraz pesado durante días o años. Incluso, si quieres, puedes elegir pretender no escuchar el bombeo de su sangre.
Para obtener permiso de la Iglesia, tuvimos que reunirnos con un sacerdote y presentar pruebas de que él y yo no éramos hermanos. Nos encontramos frente a puertas que no nos recibían y nos condenaban a tener hijos imperfectos. Acepté la furia de mi madre por arrastrarla a una iglesia con los mismos asistentes que habían estado en su boda, esa que resultó en divorcio.
El amor traspasa las antesalas de jardines formales, hace malabares con escenarios imperfectos, crece con valentía, dolor y una cómoda extrañeza. Tropieza sobre miradas y aprende a caminar bien. Transforma lo indebido en rutas amables, se convierte en nuestro propio mundo subterráneo bajo amenaza de tribus homogéneas. El amor es terco, nosotros también.
Me casé con mi primo hermano y lo volvería a hacer.
Breves relatos y reflexiones
4:26 a. m.
Ahí vas, una noche más, deslizándote al baño en la oscuridad. Me casé con un ninja, ¡la cagada! ¿Crees que no me despierto? ¿Te olvidaste de que soy madre de tres?
4:26 de la mañana.
Tienes cincuenta años. ¡No puedes tomar tanto jugo de manzana en las noches! Dejas la puerta entreabierta para no hacer ruido, pero prendes la luz y jalas la cadena. ¡Buena, Einstein! Y no solo dejas la tapa arriba, sino que, pa’ concha, estás descalibrado. ¿Tendría que pintarte la mosca esa para que apuntes bien y no mojes el piso? Tsss...
Si al menos mearas como chibolo y se oyese un torrente caudaloso, nutrido. No te pido el Iguazú, pero al menos una muestrita de dignidad por favor. Ese chorrito de mierda parece una procesión en clave morse... ta-ta-tá... ta-tá... ta-ta-tá... ta-tá.
No quiero ni ver el summary en mi Apple Watch; seguro el miserable marcará una sola hora de sueño profundo. Se me jodió el día. ¡Gracias, huevón!
¿Qué hago para dormir? Si prendo la tele, me va a poner cara de culo. ¡Qué tal concha! Pero ¿y si pongo el canal japonés? Siempre dice que ese idioma arrulla y noquea en segundos. Pero ¿dónde estará ese canal? ¿Cuál era? ¿MKH? ¿NHJ? Creo que estaba al lado de los brasileños...
Mejor voy a tomarme un cuartito de Dormex. Un placebo, muy efectivo. Esperaré a que regreses a la cama y me acurrucaré pegadita a ti. Mi cabeza bien encajada en tu cuello, tu brazo envolviendo mi cuerpo y mis pies haciendo nudo con los tuyos.
Eso sí, no te vuelvas a levantar porque ahí sí te cae golpe. Lo vas a hacer. Te conozco. Porsiaca, mejor me tomo un cuartito más.
¡A por ellos!
Son las nueve de la mañana. Mario sigue en casa. Como hace meses, casi no sale. Todos dicen que la Corona no le permite salir. Infiero que se debe a una carta que lo escuché proclamar frente a sus secuaces, dirigida a la Reina, donde declinaba de la opción de ser rey. Usó un tono altivo, impropio, casi insultante para dirigirse a un monarca. No tengo dudas de que la Reina, ante tamaña tropelía, ha ordenado su detención y fusilamiento inmediato. Por eso está escondido, como un facineroso. Las pocas veces que pisa la calzada, lo hace de manera clandestina, con máscaras que cubren su rostro. Cuando regresa, se descalza acojonado y limpia sus manos con prisa, como si hubiese cometido un crimen atroz.
Debo confesar que me siento identificado con él. Soy un ferviente antimonárquico y, cuando estuve vivo, pasé mucho tiempo escondido. Mi nombre es Aitor y fui un republicano en la guerra civil española. Lo que está viviendo Mario me recuerda a aquella vez, en la batalla del Puerto de Santa María, entre Cádiz y Jerez de la Frontera, cuando, asediados por el enemigo, no tuve más remedio que huir y esconderme en una barrica de gran tamaño, que estaba casi llena. Sin pensarlo y con premura, me sumergí en el líquido púrpura. Una vez dentro, la cerré. La única forma que tenía para poder respirar era mirar hacia arriba, posición que me permitiría mantener la nariz en ese pequeño espacio de aire que había entre el líquido y la tapa. Escuchaba las tropas del enemigo pasar. Tragaba el vino por cansancio, desconcierto, angustia y, por supuesto, miedo.
Pasé aproximadamente cuatro días escondido en esa barrica. Tuve alucinaciones, vi dragones y molinos, metido en un agujero de madera. Afortunadamente, cuando salí, el enemigo se había marchado.
Nunca más pude tomar o siquiera oler el vino. Pero aprendí que nadie sabe lo que puede un cuerpo hasta que lo pone a prueba. Vamos, Mario, resiste, macho, que esta vez ganamos los buenos. ¡A por ellos!
¡Ay, mi madre!
Mi mamá dice que siempre me consigo tipos complicados. Así dice, me consigo. ¿Tendrá razón? ¿Será cierto?
¿Qué carajo me pone? Ya sé lo que están pensando, que me busco tipos como mi papá. No. Nada que ver. Salvo por el descaro. Eso sí me pone. Me gustan los descarados que me ven a los lejos en un bar, que me eligen y yo lo sé. Los que aparecen de pronto a comerme la boca de un beso y que me agarran el culo delante de todo el mundo como si yo les perteneciera.
Quizás me pone lo prohibido. Entonces mi mamá puede tener razón, y sí soy la que se complica. Pero ¿y si son ellos los que me buscan a mí? ¿Existirá un radar? ¿Tendré un letrero que solo los complidescarados pueden leer en mí? ¿Encontraré al descarado no complicado? ¿En serio pienso en eso? ¿En tremenda cojudez?
Le doy otro sorbo a mi cerveza para dejar de pensar huevadas y veo que el tipo alto de pelo largo, brazos fuertes y anillo reluciente me está mirando y me ha elegido. Y yo no puedo resistirme. Me pido un shot de Jäger. Mejor que sean dos.
OK, mi madre tiene razón.
¿Dónde estás, corazón?
Venía de ganar la copa Doodero y fui de los primeros en llegar a Pigalle. Era junio, a finales de los noventa, y había quedado en encontrarme a las once con unos amigos en Le Bus. Me mataban las ganas de gozar de la noche parisina.
—Je ne te connais pas —me retó el portero, con esa cara de culo que tienen los franceses.
Nunca me había sentido tan sudaca en mi vida. Felizmente, me duró poco. Llegó El Topo y, con ese aire canchero que solo tienen los argentinos, dijo en un pésimo inglés:
–Polo player.
¡Bum! Todos adentro. Incluso Guillermo Vilas, que entró con nosotros. Federer, en cambio, se quedó afuera, con su blazer azul y sus zapatos blancos. No había sido suficiente perder ese día en el Roland Garros, ahora estaba como cualquier mortal, ignorado en una fila de discoteca.
París era el centro del mundo. Pasaba dos meses al año jugando allí la temporada de primavera, y Le Bus era el lugar donde todos querían estar. Polo, champagne, fernet, fiesta. ¿Qué más se podía querer?
La noche prometía rumba. Vilas devolvió el gesto invitándonos al mejor VIP, cerca a la pista, y nos contó que viajaba a la India esa misma noche con su guapísima novia. La música se iba poniendo cada vez mejor.
Al poco rato, se nos unieron los dos amigos de El Topo: Tomy, también del polo, un pata divertido y burlón, y Antonito, un flaco desgarbado que resultó ser el hijo de De la Rúa, el entonces presidente de Argentina, pero, sobre todo, el novio de Shakira.
No sé bien cómo, pero a la media hora yo estaba bailando con Shakira entre dreads rubios y sus caderas seductoras.
—To the rescue here I am —me cantaba al oído, acompañando esa canción de Marley en versión electrónica que retumbaba en todo Le Bus.
Nunca más pude volver a oír esa canción sin acordarme de la química con la colombiana, de su candidez cuando me preguntó si yo era profesor de surf y la carcajada que lanzó cuando le dije que era granjero.
Alguien dijo “¡Foto! ¡Foto!”.
Nos apretamos entre todos, y ella, sin pedir permiso, se sentó insinuante en mis piernas. Antonito tomó la foto.
A veces, cuando me siento desanimado, saco la foto con Shakira y recuerdo que esa noche, al menos esa noche, entre el suelo y el cielo (como cantaría ella), yo sí la encontré.
A donde nadie sabe
Cuando di a luz a Juanita, lo vi entrar a la habitación de la clínica. Estaba apoyado contra la pared, con su capucha azul marino y el esparadrapo en la barbilla. Él me miraba con mi hija en brazos y sonreía. Y aunque teníamos mucho que decirnos, no nos dijimos nada.
Esa fue la última vez que vi a Joaquín.
La primera vez que lo vi fue en un hotel en Los Ángeles, antes de tomar nuestro vuelo a Indonesia. Su equipaje era una funda llena de tablas hawaianas y un poco de ropa. Me saludó como si me conociera de siempre. Esa noche, los cuatro viajeros tomamos cerveza. Yo era la única chica del grupo.
En nuestra escala en Hong Kong, unos policías lo encañonaron. Lo acusaban de tener un arma en la maleta. Yo lo miraba desde el ventanal de la sala de embarque, con los brazos alzados, intentando dar explicaciones. Poco sabía de él, así que supuse que podría ser cierto lo del arma, aunque esa sonrisa no era la de un tipo con intenciones de matar a nadie.
Al tercer día en Indonesia, se rompió la barbilla. Una ola de Uluwatu lo lanzó contra los corales. Se le veía aún más guapo con ese esparadrapo cubriéndole la herida.
Una noche, me pidió que le contara un secreto que él sabía que yo guardaba. Me negué a hacerlo. Algunos días después, le grité el secreto, pero no sé si lo escuchó.
Ese día, Joaquín llevó el arma. Como no había olas, decidimos bucear en la playita de Puri Pau Pau. Sep, un amigo indonesio, nos llevaría en su pequeño bote a unos pocos kilómetros de la orilla. Él nos esperaría echado en las maderas de su humilde embarcación mientras nosotros buceábamos en ese mar cálido del noreste asiático.
Joaquín tenía la habilidad de permanecer bajo el agua más tiempo de lo normal. Se sumergía, luego tomaba una bocanada de aire y volvía a bajar. Sentada en el bote, con los pies sintiendo el agua tibia del mar, contaba en voz alta los segundos que desaparecía: 44, 45, 46, 47. Tuve que detenerme cuando Joaquín no volvió a subir.
Quizás la corriente lo había llevado a unos metros de donde estábamos o se había ido a explorar los pequeños arrecifes que nos rodeaban. Decidimos subirnos al bote y buscarlo. Hasta que por fin lo vimos, nadando con esa parsimonia que lo caracterizaba. Mientras nos acercábamos a él, nos reíamos aliviados, y no desaprovechamos la oportunidad de insultarlo por el susto que nos había hecho pasar.
—¡Joaquín de mierda! —le gritaba Guillermo, entre la rabia y el consuelo.
Las risas desaparecieron cuando nos dimos cuenta de que, lo que parecía Joaquín nadando, en realidad era un pedazo de madera rodeado por plantas.
Sep, con la cara transformada, sugirió ir en busca de ayuda. A nosotros nos dejó en un pedazo de tierra que no alcanzaba la categoría de isla. Mojados, nos sentamos en la orilla de ese mar tranquilo y aparentemente inofensivo. Nadie podía pronunciar una sola palabra. Yo aún no recuerdo lo que pasó por mi mente en esos minutos de espera, de naufragio.
Lo buscamos por cinco días: buzos, helicópteros, representantes de embajadas y policías especializados. Nunca encontramos su cuerpo. Con la ayuda de un brujo de la zona y en la mitad de la noche, solo pudimos hallar su arma en la profundidad del mar. Aquella que intentaron confiscarle en el aeropuerto de Hong Kong y no pudieron. Ese arpón que terminó matándolo.
A veces, pienso que Joaquín nunca se ahogó y está escondido en algún lugar, quién sabe por qué. Y solo el día en que nació Juanita decidió dar tregua a su clandestinidad para conocer a mi hija y sonreírme desde esa pared, con su capucha azul y el esparadrapo en la barbilla. Si fueron las drogas de la cesárea las que me hicieron alucinar, nunca lo sabré; lo cierto es que yo lo vi.
A veces, cuando estoy en lugares con mucha gente, lo busco, pero todavía no lo encuentro.
Agradécele a Donald Trump
A mis 29 años, yo ya era un monstruo: había sido un exitoso gestor de fondos en Banesto Madrid, había terminado mi MBA en el Instituto de Empresa, me acababan de contratar para el grupo de Corporate Finance de Bear Stearns en Nueva York y me jugaba ocho sets de squash al hilo y como si nada.
Pero durante mi ascenso al Olimpo, Zeus envió algunas plagas: Papapa perdió sus millones; tu padrino, su banco; tu tío, su empresa; y yo, mi buen juicio. Nuestro imperio había colapsado y yo debía reconstruirlo. Fue este torcido delirio el que parió al vil Oscar Trump.
A lo largo de mi secuestro, llegué a razonar, comportarme y hasta peinarme diferente (los gemelos Paul Smith le iban re-cool al traje de cojudo). Mi esencia fue a parar a un baúl, mientras en mí habitaba un ser vehemente y plástico. Para tu fortuna, esa actitud filtró algunas conquistas inmerecidas, entre ellas, tu madre, quien cayó engatusada con mis trumposos encantos.
Oscar Trump me mantuvo sometido hasta años después de haber regresado a Lima, cuando, junto con varios amigos bien capitos, aposté las pocas balas que tenía a un negocio superinteresante. El problema fue que el negocio nunca despegó. Y lo interesante es que fue súper, sí, pero ¡catastrófico!
Recuerdo una cháchara por ahí, ya en plena revolcada, con uno de esos superamigos:
—¿Sabes que cuando arrancamos el proyecto nos decían el Dream Team?
—¡Anda! ¿Sí? ¿Y ahora? —pregunté, todo estúpido.
—Ahora nos dicen el Dreaming Team.
Pocos meses después, y sin un centavo en el banco, yo andaba amargado, loser y gordo como morsa de acuario. Tu madre, muy lista y rauda, pensó: “Este no era el deal, compadre”. Me dejó como quien se deshace de su jean favorito (manchado con sillao) y rehízo su vida al lado de un exitoso abogado con cara de culebra, pero muy buen tío. El fracaso se apoderó de mi locura con la misma violencia con la que el demonio que me poseía fugó de mi alma.
Y en pleno exorcismo, en lo más doloroso de mi introspección, comprendí que la única fuerza capaz de triturar mi temple era tu ausencia en mi vida, hijo. Liberado, y con el corazón en la boca, me volqué indestructible hacia ti, con tus dos añitos, y te reencontré en mi centro. Le eché un buen vistazo a la cuesta y reemprendí el ascenso (esta vez, sin el trumposo atuendo).
¿Sabes? Eso de “Ten cuidado con lo que deseas, porque puede que lo consigas” te advierte no de lo que consigues sino de la persona en la que irreflexivamente te conviertes para hacerlo.
Así que ya sabes, flaco, ¡agradécele a Donald Trump! Si no fuese por él, no estarías en Madrid leyendo esta carta y borrando las huellas torpes de tu progenitor con tu sutil y narizona ironía.
Aletas polinesias
¿Qué pasa con las cosas que se lleva el mar? ¿Se acumulan en la isla de basura flotante de nosecuantosmil kilómetros cuadrados, esa que aparece en las pesadillas de los ecobloggers? ¿Cada vez que tomo una gaseosa, el plástico de la chapita termina encorsetando las tenazas de un cangrejo? No lo sé.
Algunas veces, las he perdido por imprudencia; otras, por culpa de una ola inesperada. Lo cierto es que el mar me ha quitado sandalias, zapatillas, palitos de helado D’Onofrio (que valían otro helado) y hasta un Discman con todo y pilas AA.
Aunque no siempre era el mar el que me arrebataba las cosas. A veces era yo, como cuando mi tía me animó a escribir una carta embotellada. La aventamos desde el muelle de Chorrillos. Recuerdo haber deseado que llegara hasta China, porque eso era lo que en mi imaginación infantil quedaba al otro lado del Pacífico. Hoy, sé que frente a Lima quedan las Islas Marquesas, que se llaman así por el marqués de Cañete, virrey del Perú. No me imagino dos paisajes más distintos. ¿Algún polinesio habrá visitado la nunca tarrajeada ciudad de Cañete, cuna de Lolo Fernández? ¿Probó chupe de camarones en Lunahuaná? ¿Hizo canotaje?
Pero mis aletas Makapuu, eso no te lo perdono, Poseidón. Hay objetos tan bien diseñados que nunca requieren una revisión. No hay nada que añadirles, nada que mejorar. Como las cafeteras italianas Bialetti o las navajas suizas Victorinox. Lo mismo pasa con las aletas Churchill modelo Makapuu. Caucho azul y suave en la parte donde calzan los pies. Amarillo y rígido en la parte que desplaza el agua y convierte tus piernas humanas en las ancas de un anfibio.
Esa tarde, en Punta Negra, estabas furioso conmigo. Seguramente por lo del Discman (porque en eso sí tienen razón los ecobloggers, no hay nada más cochino que un par de pilas AA). Yo no te guardo rencor, pero tengo que confesarte que no entiendo tu comportamiento. Porque una cosa es que me quites las dos aletas, pero ¿solo una? ¿De qué podría servirle una aleta suelta a un muchacho polinesio?
Antítesis
De chica, quería ser hombre. En los recreos, los niños jugaban fútbol, se tiraban al piso y le entregaban todo a la pelota. Las mujercitas, en cambio, hacíamos cada vez menos esfuerzo físico y, conforme íbamos creciendo, los recreos se convertían en sesiones de chismes y momentos para contemplar a los jugadores. Eso me aburría.
Además de querer tirarme al piso, perseguir una pelota y sudar por mi equipo, quería tener pipilín. Hacer groserías con él cuando se volteara la miss, poder mear donde fuera, escribir mi nombre con el chorro. Ser hombre era un privilegio, y yo lo deseaba con todas mis hormonas.
Mi hermano hizo de mi cuarto un campo de batalla. Convirtió mi casa de Barbies en un arco de fútbol. Si yo quería ver tele, debía elegir entre los Súper Campeones o Las Tortuninjas. Tuve que aprender a defenderme para sobrevivir y a utilizar estrategias de guerra. Eso para mí era divertido y despiadado, pero, sobre todo, masculino.
Dejé de bailar ballet para probar mi fuerza en el remo. Me sentía ruda. Me rehusaba a que me crecieran las tetas. Los tops de deporte se encargaban de aplastarlas, pero ellas, necias, se hinchaban igual.
A diferencia de mis amigas, a mí nunca me gustaba nadie. Qué aburridas me resultaban esas charlas de evaluación y puntaje a cada chico. Dejé de juntarme con ellas. Entonces, el paradero se convirtió en el mejor point para aprender a escupir y silbar con los muchachos.
La regla estaba de mi lado y me vino muy tarde, casi al terminar el colegio. Todo esto me conflictuaba, porque, a fin de cuentas, era mujer y el conflicto, propio de mi género.
Con los años, mi cuerpo fue cambiando y las hormonas, ocupando su lugar. Ahora me gusta ser mujer, cada vez más. Poder traer vida (aunque todavía no lo hago); que mis tetas, ahora poco hinchadas, puedan alimentar algún día a un ser humano y que mis labios pintados de rojo logren hacerme sentir una dama o una puta. Dejo salir mi femineidad y me siento especial.
De todas formas, cada vez que veo a un grupo de chibolos corriendo detrás de una pelota, siento ese deseo imposible de querer ser uno de ellos.
Aquel beso
La primera vez que te vi, me temblaron las piernas. La segunda vez, nos ganaron la necesidad, la sed, las ganas de marcarnos. La tercera, ya me tenías. Tomé un avión y fui a tu encuentro.
No me frenaron mis veintitrés años de castidad ni los diez más que me llevabas de ventaja. No me frenó el hecho de haberte visto solo dos veces en mi vida. No hubo razón, ni lógica, ni miedo, ni duda que me detuviera.
Recuerdo verte ahí, plantado, esperándome entre el tumulto ansioso. Tan tú, seguro, relajado, con esa mirada profunda que me atravesaba y esa media sonrisa cerrada.
Pasamos veinte días refugiados en tu guarida, en la parte alta de un pueblo rodeado de árboles. El lugar perfecto para perderte del mundo.
Sin tecnología, sin planes, viviendo el instante. Abocados por completo a nuestros caprichos, a nuestras incontrolables y nuevas necesidades.
Tus orgasmos y los míos cabalgaban al mismo paso, sin picos ni caídas. Éramos un ondulante sinfín de energía, desarmándonos y volviéndonos a armar. No éramos dos extraños conociéndose sino dos almas reencontrándose. Nos debíamos tanto, no sé de cuándo, pero así se sentía.
Recibimos juntos la llegada de un nuevo año, aún recuerdo ese beso. Decidido, me sacaste del bullicio segundos antes de las doce y me aislaste entre tus piernas contra un árbol, respiraste, me miraste y, sin palabras, me robaste el aire.
Autorreflejos
Llevo un rato despierto. Tengo hambre y ya me cansé de ver tele. El cuarto de mi mami está cerrado con pestillo. Ayer vinieron invitados y la bulla me despertó varias veces. Prefiero eso a los pleitos y gritos cuando ellos están solos. Ahí no puedo dormir, y, si duermo, solo tengo pesadillas.
Bajo las escaleras. Encuentro la sala como si los objetos hubieran seguido la fiesta a solas. Respiro el olor del tabaco atrapado entre las paredes. La delgada capa de humo que envuelve los muebles me transporta a la hacienda de mis abuelos, cuando observaba la fina niebla que usan de falda las montañas.
La escena no cuadra. Mamá es muy ordenada, así que algo malo debe haber pasado. Siento un calor que me invade el pecho. Entre los cojines, encuentro un empaque de cigarrillos arrugado: caja blanca, letras azules y el camello dibujado. Mamá ha estado fumando y eso solo puede significar que está triste.
El calor ahora también está en mi estómago. Olfateo los vasos con resto de alcohol y mi cabeza gira hacia atrás de forma automática. Es una reacción parecida a la que tienen mis manos al cubrirme la cara cuando mi padrastro levanta el puño. En el cole nos enseñaron que se llaman autorreflejos. Juego a ser un inspector unos minutos, pero la angustia no me deja tener diez años. Me asomo por la ventana y compruebo mi sospecha: falta el Mercedes de mi padrastro.
Busco más pistas en el baño. Solo encuentro restos de azúcar impalpable en la repisa y en la alfombra. Pienso en la divertida imagen de Manuel en mi cumpleaños corriendo al baño con los bolsillos llenos de guargüeros y alfajores para encerrarse a devorarlos. Veo las botellas del pisco que siempre traen mi madrina y su esposo. Me cae bien el tío Gotardo; mi padrastro no lo soporta. Mamá me dijo que es porque le tiene celos.
Intento reconstruir una historia coherente, pero solo logro que mi angustia y el calor aumenten. Escucho pasos en las escaleras, volteo y veo a mamá. Está radiante, lleva el pelo amarrado y está vestida con su bata guinda de seda. Me mira con ternura, con esos maravillosos ojos caramelo, y su rostro me transmite una tranquilidad que apaga el calor. Voy a su encuentro, sujeto su mano y juntos caminamos hacia la cocina.
Blue jumper
Tenía pocos días en Londres. El estudio me había enviado unos meses por un caso que involucraba a una multinacional importante. Dormía en un departamento coquetón en Pennington Street, con vista a St Katharine Docks. La ubicación era perfecta: lo suficientemente cerca de mi oficina como para no tener que tomar el Tube, pero a una distancia que me obligaba a caminar veinte minutos y cruzar el Tower Bridge todas las mañanas.
Ese viernes, dos amigos peruanos cayeron de visita. Uno era felizmente divorciado, según sus propias palabras, y el otro no quería desaprovechar la ocasión de estar lejos de su mujer. Nada de lo que yo pude decir los alejó de la idea de celebrar nuestro encuentro con una pequeña reunión en mi departamento temporal, que el estudio pagaba.
A la mañana siguiente, desperté en el piso del baño. Mi estado era deplorable. Lo único que llevaba puesto era un condón vacío. No fui capaz de reconocer nada a mi alrededor. El reflejo de las losetas blancas no ayudaba.
No tenía la más puta idea de lo que había pasado la noche anterior, pero la escena me confirmaba que definitivamente la había cagado, no sabía bien cómo ni con quién. Fue una sensación que me acompañó todo el día, como una hemorroide cerebral. ¿Qué sería mejor? ¿Saber lo que pasó o nunca enterarme de nada?
Con esa duda en la cabeza, me enrollé una toalla y fui hasta el refrigerador muerto de sed, a punto de tragarme la lengua. Al abrirlo, encontré una chela a medias, un saché con vinagre, y sobras de curry del día anterior. Ni un vaso limpio. Tomé agua del caño como los perros. Los vasos, las copas y las botellas estaban por todos lados. Eran una plaga. Decenas habían sido improvisados como ceniceros. No necesitaba ser un calculista de la NASA para darme cuenta de que tendrían que haber habido al menos cien personas esa noche.
El sillón tenía manchas secas y blancuzcas, que yo no tenía la menor intención de limpiar. Cuando levanté uno de esos ridículos cojines forrados con la bandera del Reino Unido, vi una chompa azul. Como un reflejo involuntario, recordé a esa irlandesa guapa que reía sin parar de lo que le decía. Sin duda, yo habría empezado diciendo que venía de Perú y, sin duda, ella habría entendido Beirut. Creo que me contó que también era abogada, ¿o fue la francesa que mascaba chicle con la boca abierta? ¿Nos habremos fumado un porro juntos? Fueron tantos. ¿Y la de lentes rojos? ¿Sería de ella?
Llamé a mis amigos para ver si podían darme luces sobre lo ocurrido, pero estuvieron más interesados en reconstruir sus propias historias que en ayudarme con la mía.
La resaca me duró todo el fin de semana. El lunes tocaba reunirnos por primera vez con el cliente para la presentación de la estrategia. La reunión era en el Gherkin, ese edificio icónico del skyline londinense que parece un pepino. Yo estaba totalmente metido en mi rol, con los gemelos brillosos, sintiendo que el único abogado capaz de ganar ese caso era yo.
Mientras revisaba por enésima vez los documentos con dos cafés encima, mi jefe, un inglés con pinta de inglés, contemplaba por la ventana disfrutando de los rayos del sol, tan escasos en esta ciudad. De pronto, nos anunciaron que los clientes estaban por entrar. Eran dos hombres y una mujer. Ella me estrechó la mano con firmeza, para luego susurrarme al oído, con un marcado acento irlandés:
—Do you happen to have my blue jumper?
Bruto
Después de tres años metiéndonos en contra con el Peugeot de mi papá por el puente Tenderini, se presentó la oportunidad de llevar a cabo el plan que tenía en mente hacía meses. Aún no sabía que al Cabezón le iba a ir pésimo en la vida y no me di cuenta de que esa noche, al compartir mi plan con él, descubriría algo trascendental.
—Hagamos que la calle del puente se vuelva de doble sentido —le dije, con voz de buscar problemas.
—¿Cómo? —preguntó el Cabezón con su cara de bruto.
—Solo pintamos las flechas, pes huevón. —Y entré a buscar pintura blanca.
Eran las cuatro de la mañana y regresábamos de La Noche de Barranco con varias chelas encima. Dejamos el carro en mi casa y caminamos hasta el puente con la pintura, brochas y la adrenalina a tope. Personal Jesus de Depeche Mode todavía retumbaba en nuestras cabezas.
—Pinta hacia acá, pues, huevas —le dije, al darme cuenta de que estaba pintando las flechas al revés.
—¡No! Es para allá. ¿Qué crees? ¿Que estamos en Inglaterra? —contestó el Cabezón con cara de culto.
A veces, los brutos tienen la habilidad de confundirte.
Discutimos entre risas, garúa y nervios, aturdidos por el trago y el riesgo de ser descubiertos por un patuto y terminar presos con solo diecisiete años.
—¡No, borracho huevón! Estás pintando la flecha en la misma dirección. ¿Cuál sería la pendejada si no cambias nada? —le dije, a punto de perder la paciencia.
—¡Qué terco eres, carajo! —me gritó y, sin querer, se pintó la taba de un brochazo.
Cuando se dio cuenta de que su zapato de gamuza estaba pintado de blanco, casi se me viene encima.
—Oe, ¿qué has hecho con mis Bass? Me las acaba de traer mi vieja de Miami —se quejó mientras soplaba el zapato, como si eso pudiera remediar el cagadón que se acababa de mandar.
Y fue entre esas enormes flechas blancas que apuntaban hacia el lado incorrecto, y los reclamos por sus tabas de gamuza de cien cocos recién bautizadas, que empecé a ver una pequeña luz de brutez en sus palabras, en su terquedad y en su manera de pararse.
Aunque nunca se lo dije, ese preciso momento me hizo caer en cuenta de que el Cabezón era bruto, pero, sobre todo, un pata para toda la vida.
Cabeza de jabalí
No sé si es la luz que entra por la cortina o las ganas que tengo de ir al baño o aquel malestar insoportable que solo deja la resaca. No sé, pero me despierto hecho mierda. Ella está a mi lado. Me da la espalda y no le veo la cara. Por lo poco que se ve, confirmo que está buena. ¿Será un trofeo más para colgar en la sala, como una cabeza de jabalí?
Mi vehemencia por el orden me expulsa de la cama. Me arrastra a la sala, a enfrentar el desastre. El olor a humo, ceniceros sucios, asquerosos, el vaho que todavía queda. El piso mojado con esa mezcla de hielo derretido y trago chorreado. Una casaca de personalidad indefinida. Un sostén.
Cada vaso tiene una historia. Cada pucho, un cuento. Yo no fumo, pero algo me dice que una aventura con cigarro es más interesante. Los objetos me hablan, y yo los escucho. Un vaso de plástico rojo, que huele a cubalibre con ceniza y floro, me dice:
—Yo estoy buscando a alguien con valores, ¿manyas?
—¡Anda, mentiroso! Te la quieres brincar y ya —pienso, mientras sigo recogiendo desperdicios malolientes.
Y ahora es el cenicero el que me dice que su dedicación a las artes (sí, dice “artes”, en plural) es cada vez más fuerte. Obvio, si no estudiaste nada y no consigues chamba, “las artes” son una excelente forma de no ser un loser, le recrimino.
Pero esas historias no son mías. La mía es la del chardonnay que, sin pretensión, en esa copa dejada a medias en la mesa, llegó con la amiga de una amiga. Es una uva de esas que uno no mira al principio, pero que cautivan poco a poco y son imposibles de olvidar. Siento el roble, firme, decidido, que le da personalidad. La tierra donde sentó sus raíces. Una combinación impecable. Fina, fuerte, interesante.
Sigo conversando con los despojos de una noche memorable cuando aparece ella, la chica chardonnay, la que estaba en mi cama dormida y que ahora está sin nada más que la camisa de chamba que tuve puesta ayer.
—¿Te ayudo? —se ofrece.
Ya hiciste más que suficiente, pienso mientras sonrío.
Ese jabalí se está pareciendo más a una gacela. ¿Será que se queda en la pared o la incluyo en las bolsas con los restos de la fiesta? Veremos si sigue igual de grácil al final del día.
Carta documento
Lo del documento era una excusa para verlo. Era cierto que necesitábamos su firma, pero no había necesidad de que fuera yo quien se lo llevara. Él accedió sin vacilar. Quizás no era la única con ganas de un encuentro, pensé. Traté de no arreglarme demasiado, pero igual me puse linda: el vestidito morado, las botitas tejanas y el pelo en una cola de caballo. Después de tanto tiempo sin vernos, no quería que me viera “normal”. Agoté entre mi cuello y las muñecas lo último de aquel perfume que tanto le gustaba. No me puse maquillaje en señal de protesta.
Llegué al lobby de aquel edificio ostentoso, y el portero lo llamó por el intercomunicador.
—Me pide el señor que me entregue el documento, que él se lo hará llegar lo antes posible —dijo, y estiró la mano.
Saqué el sobre de manila y se lo lancé al pobre tipo que nada tenía que ver con el canalla con el que alguna vez me había casado.
Cartas y caprichos
En tu última carta, me pediste que escriba sobre algo políticamente incorrecto, algo sobre lo que no estoy dispuesto a negociar.
Fácil, pensé. Soy ateo militante y tengo mil argumentos para enfrascarme en ese rollo, pero prefiero tocar temas más chicos.
Por ejemplo, yo no voy al Jockey Plaza.
Es un antro maligno que, encima, requiere de mí un sacrificio extraordinario para llegar al puto lugar, al enfrentar la tortura macabra que significa manejar en Lima. Esa muestra de terquedad, además de ser completa y estrictamente cierta, tiene su lado pintoresco y podría arrancarte una sonrisa. Va en línea con la imagen que me gusta proyectar. Pero hay un problema: esta no es una actitud transgresora ni políticamente incorrecta; por lo tanto, no cumple con lo que me has pedido.
También pensé en esta: las mañanas de los sábados son para montar bicicleta.
Si los planes familiares requieren de mi presencia, estos se deberán planificar a partir de las dos de la tarde; esa es una regla inamovible en mi casa. Es más, las veces que termino de montar bicicleta antes del mediodía, es ley parar en alguna cevichería a tomar unas cervezas con los amigos, no vaya a ser que por llegar más temprano a la casa pierda el terreno ya ganado. Con este tema, hablo sobre mi pasión por la bici y, de pasadita, te dejo bien claro que en mi casa mando yo. Pero el lado políticamente incorrecto nuevamente no está, y la verdad es que en mi casa el último que manda soy yo. A otra cosa, mariposa.
Yo no lavo cosas de plástico.
Últimamente, he lavado más platos que en toda mi vida. Pero una categoría no he tocado: los tuppers, tomatodos y demás cachivaches de plástico. Me dan asco. Pienso que los restos de yogur con cereal se quedan impregnados en ese material innoble y que, por más que rasquetee, no van a salir. Otra vez, nada políticamente incorrecto aquí.
Lo último que se me ocurre es lo de la misa.
A veces, no me queda otra que ir a la iglesia por algún bautizo o matrimonio ineludible. Si el cura manda arrodillarse, me quedo parado, y cuando toca rezar o hacerle el corillo al papanatas ese, callo. Me gusta hacerlo en las primeras filas para retar al sacerdote y ver si se atreve a increparme. En este caso, se podría decir que cumplo con todos los checks de la tarea, pero me parece soso, aburridón, y el tufillo de rebeldía me parece trillado.
Como puedes ver, no he podido cumplir con los requisitos de tu consigna, pero, como no quiero cortar este flujo epistolar que tan tímidamente hemos construido, te pido que me exoneres esta vez de limitarme a tus antojos. No quisiera pasar la vergüenza de que leas un mamarracho, sobre todo tú, que en el oficio de escribir eres mucho mejor que yo.
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