Kitabı oku: «Tratados hipocráticos VIII»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 307

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B.C.G., las traducciones de este volumen han sido revisadas por MARIO TOLEDANO (Sobre la naturaleza del hombre) y ÓSCAR MARTÍNEZ GARCÍA (restantes tratados) .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2003.
www.editorialgredos.com
Las traducciones, introducciones y notas han sido llevadas a cabo por: J. de la Villa Polo (Sobre los lugares en el hombre, Sobre las carnes, Sobre el corazón, Sobre la naturaleza de los huesos, Sobre el parto de ocho meses, Sobre el parto de siete meses, Sobre la anatomía, Sobre las semanas, Sobre las crisis, Sobre los días críticos, Sobre los remedios y Juramento II), M.a E. Rodríguez Blanco (Sobre la generación, Sobre la naturaleza del niño, Sobre las enfermedades IV y Sobre la dentición) , J. Cano Cuenca (Sobre la naturaleza del hombre) e I. Rodríguez Alfageme (Sobre la visión y Sobre las glándulas) .
REF. GEBO389
ISBN 9788424934170.
NOTA EDITORIAL
Con la edición de este octavo tomo de los Tratados hipocráticos concluye, al fin, la publicación de la versión castellana del amplio y variado corpus de escritos médicos atribuidos al fundador de la escuela de Cos. Ésta es, que sepamos, la primera versión completa en nuestra lengua de estos numerosos textos de la pionera medicina griega. Estos tratados de escuetas prosas, que compusieron la primera biblioteca científica y profesional en el ámbito de la cultura griega clásica, son una buena muestra del oficio, del afán de saber y del talante inquisitivo y filantrópico de los profesionales médicos, de la escuela de Hipócrates, fundada en el último tercio del siglo V a. C. Atribuidos desde muy antiguo al gran maestro, y transmitidos a la sombra prestigiosa de su nombre, estos densos tratados han sido objeto de numerosos comentarios y han marcado la tradición del saber médico durante muchos siglos. En las introducciones puntuales a cada uno se analizan las características propias de cada texto y su relación con el resto de la colección. (En el tomo I se dio una «Introducción general» al Corpus Hippocraticum y su tradición).
El primero de los ocho volúmenes de Tratados hipocráticos se publicó (en el tomo 63 de esta «Biblioteca Clásica Gredos») en 1983. En su presentación Pedro Laín Entralgo y Antonio Tovar, queridos maestros a quienes quisiera recordar aquí, con afecto no empañado por la distancia, resaltaron bien el interés y el sentido del proyecto de ofrecer una traducción actual y completa de la obra hipocrática en nuestra lengua. Hemos tardado veinte años en concluirla porque, después de los primeros tomos, que contienen los tratados más conocidos, la versión ha ido progresando a un ritmo más incierto. Pero, por fin, con este volumen octavo queda concluida.
El lector encontrará aquí, junto a algún texto muy renombrado y de notables influencias, como es el tratado Sobre la naturaleza del hombre , tratadillos menores y de difícil valoración y edición dentro del sistema hipocrático, como Sobre las semanas , por ejemplo. En fin, aquí queda vertido al castellano todo el legado antiguo del hipocratismo. El mérito de estas cuidadas versiones, precisas y bien anotadas, les corresponde a los varios traductores, helenistas y profesores universitarios, que han colaborado con claro rigor en tan ardua tarea filológica. Gracias a ellos el lector español tiene ya a su alcance una versión completa y precisa de los textos fundacionales de la ciencia médica europea. Su valor científico actual puede acaso ser dudoso y limitado, pero es innegable su básica importancia en la fundación y la tradición del saber terapeútico a lo largo de muchos siglos.
CARLOS GARCÍA GUAL
VOLÚMENES DE LA B. C. G.
QUE CONTIENEN LOS TRATADOS HIPOCRÁTICOS
| VOLUMEN | TRATADOS |
| 63 (vol. I) | Juramento. Ley. Sobre la ciencia médica. Sobre la medicina antigua. Sobre el médico. Sobre la decencia. Aforismos. Preceptos. El pronóstico. Sobre la dieta en las enfermedades agudas. Sobre la enfermedad sagrada . |
| 90 (vol. II) | Sobre los aires, aguas y lugares. Sobre los humores. Sobre los flatos. Predicciones I. Predicciones II. Prenociones de Cos . |
| 91 (vol. III) | Sobre la dieta. Sobre las afecciones. Apéndice a «Sobre la dieta en las enfermedades agudas». Sobre el uso de los líquidos. Sobre el alimento . |
| 114 (vol. IV) | Tratados ginecológicos: Sobre las enfermedades de las mujeres. Sobre las mujeres estériles. Sobre las enfermedades de las vírgenes. Sobre la superfetación. Sobre la excisión del feto. Sobre la naturaleza de la mujer . |
| 126 (vol. V) | Epidemias . |
| 143 (vol. VI) | Enfermedades: Sobre las enfermedades I. Sobre las enfermedades II. Sobre las enfermedades III. Sobre las afecciones internas . |
| 175 (vol. VII) | Tratados quirúrgicos: Sobre las heridas en la cabeza. Sobre el dispensario médico. Sobre las fracturas. Sobre las articulaciones. Instrumentos de reducción. Sobre las fístulas. Sobre las hemorroides. Sobre las úlceras . |
| 307 (vol. VIII) | Sobre la naturaleza del hombre. Sobre los lugares en el hombre. Sobre las carnes. Sobre el corazón. Sobre la naturaleza de los huesos. Sobre la generación. Sobre la naturaleza del niño. Sobre las enfermedades IV. Sobre el parto de ocho meses. Sobre el parto de siete meses. Sobre la dentición. Sobre la visión. Sobre las glándulas. Sobre la anatomía. Sobre las semanas. Sobre la crisis. Sobre los días crítico. Sobre los remedios purgantes. Juramento II . |
SOBRE LA NATURALEZA DEL HOMBRE
(Perì phýsios anthrṓpou)

INTRODUCCIÓN
1.
Estructura y contenido
La brevedad del tratado hipocrático Sobre la naturaleza del hombre (NH) parece contrastar con la multiplicidad de problemas que lleva planteando a la crítica filológica desde la propia Antigüedad. Se ha puesto en tela de juicio su extensión, su unidad estructural y su contenido. Comentaristas y especialistas han intentado dilucidar la autoría de este opúsculo, atribuido por unos al propio Hipócrates; por otros, a su discípulo y familiar Pólibo. Mientras, los menos optimistas han visto en él la mano de un mero refundidor de diversos escritos médicos, e incluso autores partidarios de la unidad del tratado (Ermerins, Schöne o Höttermann) admiten que lo que nos ha llegado del texto es un epítome. Tantas contradicciones y una cierta inercia en la interpretación del texto por parte de los especialistas han relegado a NH a un segundo plano dentro del Corpus Hippocraticum . No obstante, y pese a quedar ensombrecido en su formulación conceptual y literaria por otros tratados de índole general, NH aporta datos fundamentales para entender las ambiguas y controvertidas relaciones entre dos ámbitos de la sophía griega: la physiología y la medicina, cuyos límites no aparecen aquí tan claramente marcados como en Sobre la medicina antigua o Sobre la enfermedad sagrada . Asimismo, la gran importancia de NH radica en ser el primer texto que aborda una exposición detallada de uno de los conceptos claves de la medicina hipocrática: la teoría humoral, tan importante en toda la historia de la medicina.
La consideración de NH como una compilación de diferentes escritos médicos se remonta a Galeno, quien en su comentario al texto consideraba que la primera parte (1-8), la formulación de la teoría humoral, era obra del propio Hipócrates; la segunda (9-15) era una mezcla de cuestiones anatómicas y patológicas de escuela; mientras que la sección dedicada a la dieta (16-24) era un tratado independiente compuesto por Pólibo, discípulo y familiar de Hipócrates. Aunque se han alzado voces discordantes con las ideas de Galeno, como la de K. Deichgräber, partidario de la unidad del tratado, esta consideración ha cruzado los siglos hasta llegar, con salvedades y matices, hasta las ediciones de Littré, Villaret o Jones, quienes consideraban que bajo este título se habían transmitido dos obras distintas y, por tanto, separaban los nueve capítulos finales, rebautizados como Sobre el régimen (Perì diaítēs) o Sobre el régimen saludable (Perì diaítēs hygieinês) a partir de las indicaciones de los manuscritos principales en el capítulo 16.
En una excelente edición de NH , Jacques Jouanna rebatió con firmeza y agudeza estas opiniones arraigadas tradicionalmente en la crítica ya desde el propio Galeno. Para Jouanna, NH no puede ser considerado un compendio y en ningún caso hay razones externas suficientes para separar la parte relativa a la dieta, ya que la aparición en los manuscritos de indicaciones como perì diaítēs (sobre la dieta) o perì diaítēs hygieinês (sobre la dieta sana), utilizadas por algunos editores para justificar la escisión del tratado, no son sino encabezamientos que aclaran el contenido de los capítulos, al igual que otras como perì pyretôn (sobre las fiebres), perì emétōn (sobre los vómitos) o perì gynaikôn (sobre las mujeres), útiles para la consulta y lectura del texto. Por otro lado, afirma Jouanna, en las dos grandes ediciones del siglo I d. C., las de Artemidoro y Dioscórides, no se encontraba más que un único tratado, al igual que la traducción latina antigua, redactada en el siglo VI de nuestra era, lee los capítulos dedicados al régimen dentro de NH .
Pero, como se indicaba arriba, las controversias no surgen únicamente de su transmisión o unidad externa. Gran parte de la crítica interpreta demasiados desórdenes y contradicciones internas en NH , lo que parece alejarlo de la unidad estructural y conceptual requerida en un texto de ciencia, y ciertamente la lectura de la obra no deja una primera impresión de coherencia: primero, una disquisición general, polémica y encendida, sobre la phýsis; a continuación, una exposición, algo confusa, de la patología, en la que se incluye una descripción detallada y metódica de los vasos sanguíneos; finaliza el tratado con una considerable serie de consejos acerca de la alimentación y el ejercicio físico para atletas y no atletas.
Frente a esta interpretación tradicional, Jouanna propone otra lectura de la obra: tres núcleos temáticos, que, si bien no están perfectamente engranados, ni literaria ni conceptualmente, tienen suficientes nexos, referencias internas y concomitancias lingüísticas como para ser considerados tres desarrollos paralelos imbricados en una misma obra. Para Jouanna, NH es un texto articulado mediante una serie de postulados médicos que se demuestran en la fisiología, la terapéutica y la dietética.
En primer lugar (1-7), nos encontramos con un polémico lógos de influencia sofística sobre las relaciones entre medicina y filosofía, con un desarrollo análogo al de Sobre la medicina antigua , aunque con mayor tibieza a la hora de definir las relaciones entre el pensamiento filosófico y la incipiente ciencia médica. En esta primera sección, nuestro autor critica las teorías acerca de la naturaleza humana enunciadas desde la perspectiva de la physiología filosófica y también las de aquellos médicos influidos por los postulados monistas de Meliso de Samos o Diógenes de Apolonia, si bien el segundo no aparece explícitamente citado. Frente a las tesis monistas de las escuelas eleata y jonia, rebatidas mediante sendas argumentaciones sobre la imposibilidad del dolor y de la descendencia en un ser formado por un único principio fundamental, el autor de NH adopta una posición pluralista cercana a la escuela itálico-siciliana, heredera de figuras fundamentales como Empédocles de Agrigento o Alcmeón de Crotona. Así, los cuatro elementos o humores que constituyen el phýon humano —la sangre, la pituita, la bilis amarilla y la bilis negra— son la transposición médica de los elementos primordiales (rizṓmata) de Empédocles; y sus cualidades y comportamientos son los mismos que atribuía el agrigentino a los principios fundamentales de la phýsis . Nuestro autor asume la teoría de los cuatro elementos, aunque ya no mencione el agua, el fuego, el aire o la tierra como los elementos constituyentes de la naturaleza humana, sino que los desplace al ámbito de lo visible —como se indica en el capítulo 1— y nos hable de humores observables en el cuerpo; quizá esto explique la postura ambigua de NH respecto a la filosofía y ese carácter vicario que parece mostrar la ciencia médica respecto a una physiología que ya había recorrido bastante camino y había logrado eminentes síntesis conceptuales.
La naturaleza humana, entonces, es explicable únicamente como una conjunción de cuatro elementos cuyo equilibrio, gobierno y proporción son causa de salud o de enfermedad. La perfecta mezcla de estos elementos, al igual que en el planteamiento del equilibrio de las fuerzas o cualidades (isonomía tôn dynámeōn) de Alcmeón de Crotona, comporta salud. Por el contrario, la separación de un elemento, designada por el verbo chōrízein y por el sustantivo apókrisis , produce necesariamente dolor. Se origina la enfermedad cuando las propiedades y cantidades de los elementos se alteran, ya por la evacuación de una determinada cantidad de humor fuera del cuerpo (kénōsis) , ya por el desplazamiento del humor en su interior (metástasis) , o bien por el establecimiento del humor en un lugar del cuerpo que no le corresponde por naturaleza (apóstasis) .
Los cuatro humores, presentes siempre en el hombre, están sujetos a la influencia de las estaciones, en un tradicional intento de establecer vínculos entre el macrocosmos y el microcosmos según un esquema numérico que se encuentra casi idénticamente en los textos cosmológicos iranios o en la doctrina india de los elementos del organismo: las cuatro estaciones del año se corresponden con las cuatro cualidades generales: lo frío, lo cálido, lo húmedo y lo seco. Así se establece un ciclo continuo y periódico en el que cada humor alcanza un cierto predominio sobre los demás durante la estación con la que se le relaciona: la pituita, fría y seca, en invierno; la sangre, cálida y húmeda, en primavera; la bilis amarilla, cálida y seca, en verano; finalmente, la bilis negra, fría y húmeda, en otoño. Este punto supone una transición entre la physiología y la patología, al centrarse sobre las relaciones que se establecen entre el ciclo del año y las enfermedades. Aunque nuestro autor no considere las estaciones como causas directas de enfermedades, admite que son factores externos que favorecen su aparición y desarrollo. Como indica Jouanna, no hay que confundir el predominio normal de un humor debido a la influencia de una estación, con el patológico, producto de una alteración morbosa de la mezcla harmónica (krâsis) . Cabe señalar además que Galeno consideraba que la mención de Platón al método hipocrático contenida en el Fedro (270 c-e) estaba extraída de las doctrinas médicas de esta primera sección del tratado.
El estudio sobre la patología y la terapéutica (8-15) abarca, por un lado, los orígenes de aquellas enfermedades relacionadas con los ciclos de las estaciones, con los comportamientos aberrantes de los humores, así como de aquellas vinculadas con la dieta o el medio ambiente, con una interesante distinción etiológica entre enfermedad epidémica —aquella causada por la mala calidad del aire y que afecta a un grupo de gente a la vez— y esporádica —originada por el modo de vida, y por ello individual—; junto a esto, se dan indicaciones sobre su pronóstico y tratamiento, generalmente alopático. Junto a este desarrollo ordenado aparece, un tanto sorprendentemente, una descripción de los vasos sanguíneos. Esta parte, citada por Aristóteles en su Historia de los animales , ha sido considerada tradicionalmente como una demostración de la ausencia de coherencia estructural en NH , y para Ermerins, Schöne o Hötermann demostraba la presencia de un refundidor. Según Jouanna, su presencia en este parte del tratado está bien justificada y se relaciona perfectamente con el desarrollo anterior: el conocimiento de la trayectoria de los distintos vasos es imprescindible para llevar a cabo el tratamiento por flebotomía, dirigido a remediar aquellas enfermedades originadas por el desplazamiento o la acumulación de los humores. Tendríamos aquí un punto de intersección entre la patología y la anatomía, pero, aunque podría ser fácil caer en la tentación del anacronismo y hablar de una anatomía patológica, no hay que olvidar que la medicina hipocrática estaba más volcada en la actividad diagnóstica y terapéutica que en la sistematización anatómica.
Del mismo modo, los principios generales de la physiología expuestos en la primera parte del tratado encuentran su desarrollo en la segunda bajo el estudio de la patología: si en el capítulo 4 se ha explicado que las enfermedades surgen por una mezcla aberrante de los humores, en el 15 la intemperancia de la bilis negra sirve para explicar la clasificación de las fiebres. Asimismo, un principio físico general relativo al calor y la fuerza enunciado en el capítulo 7 se aplica en el 12 para demostrar que la mayor temperatura de los cuerpos jóvenes proviene no sólo de su estado de crecimiento, sino también de la mayor dificultad que encuentran para evacuar los humores.
Esta intención de sistema se manifiesta también en la presencia del número cuatro. Pese a que tratados como Sobre la medicina antigua no aplican criterios aritméticos o geométricos a la medicina, en NH la relación entre la phýsis y el individuo está regida por este número. De este modo, si en la primera parte se establece una correspondencia entre los cuatro humores, las cuatro cualidades elementales y las cuatro estaciones; en la exposición patológica el autor distingue entre cuatro pares de vasos sanguíneos principales y cuatro tipos de fiebres. Este uso del número como principio supremo del cosmos e hilo conductor entre la phýsis y sus seres parece apuntar no sólo a Empédocles sino a una posible conexión con la medicina de la Magna Grecia, imbuida de pitagorismo.
La dietética (16-24) es el último núcleo temático del tratado. Desde un primer momento se distingue entre una dieta para una vida corriente y otra para atletas, forzados por su entrenamiento a una dieta especial. En esta última parte, se aboga por que el médico haga sus prescripciones preventivas o curativas considerando siempre la estación del año, así como la constitución física y la edad del paciente. Puesto que las estaciones influyen sobre las cuatro cualidades elementales del cuerpo, es el médico quien debe contrarrestar su influjo mediante la supresión o adición de determinados alimentos en la dieta, siempre de modo paulatino y evitando cualquier cambio brusco.
2.
Filosofía y medicina en «Sobre la naturaleza del hombre»
NH es un texto clave para entender las complejas relaciones existentes entre la filosofía y una medicina que empezaba a querer reivindicar un espacio propio y autónomo dentro de la sophía . Se ha puesto en comparación la invectiva contra la filosofía que aparece en NH con la de Sobre la medicina antigua , texto de posturas radicales contra toda medicina basada en postulados filosóficos. Ciertamente, ambos textos, como indica Jouanna, afirman por primera vez en la historia de las ciencias la autonomía de la medicina frente a una antropología filosófica. Los dos autores critican con vehemencia a los partidarios de un principio único en la naturaleza humana, así como la validez de un conocimiento profundo sobre ella basado en consideraciones ajenas a la observación médica —recordemos la importancia dada a la sensación del cuerpo (aísthēsis toû sṓmatos) , concepto expresado en Sobre la medicina antigua extensible a todo el Corpus . Pero pese a su polémica común contra todos aquellos que traspasen los estrechos límites de la medicina, la teoría humoral expuesta en NH y su relación con las cuatro cualidades fundamentales sí revela la huella filosófica de Empédocles. Si en Sobre la medicina antigua la crítica es generalizada y no se hacen distinciones entre las diversas escuelas de medicina filosófica, NH apunta directamente contra el monismo para abogar por una concepción pluralista de la phýsis .
A finales del siglo V el monismo era la teoría más difundida entre los filósofos jonios, partidarios de la existencia de una sustancia única cuya modificación explicaba la formación de los seres, y los eleatas, que postulaban un Ser único e inmutable no identificable con ninguna sustancia determinada o concreta. Posiblemente nuestro autor no dirija su crítica contra los cosmólogos de la generación anterior, como Heráclito, Tales, Parménides o Anaxímenes, sino contra sus discípulos, interesados en aplicar las ideas de sus maestros en el ámbito particular de la medicina. Así, Jouanna cree ver en el comienzo del tratado una invectiva directa contra las tesis de Diógenes de Apolonia sobre la explicación del dolor, del cambio y la generación de los seres. Conservamos varios fragmentos de este discípulo de Anaxímenes, según Diógenes Laercio, y defensor de la teoría del aire como principio vital, que critican el pluralismo cosmológico y desarrollan la idea de que el cambio y la transformación sólo son posibles si existe una identidad común en el ser de las cosas: sin ella «no podrían mezclarse entre sí, ni sería posible la ayuda o el daño; tampoco podría una planta desarrollarse de la tierra, ni un animal podría engendrar a otro, a no ser que su composición fuera la misma», según el fragmento transmitido por Simplicio en su Física (151, 31). Por tanto, sólo es posible la mezcla y la interacción entre las diversas modificaciones de una misma sustancia. Diógenes de Apolonia trató también cuestiones anatómicas. Aristóteles nos transmite su descripción de los vasos sanguíneos en la Investigación sobre los animales (511b31) y Simplicio (Fís . 153, 13) aporta una interesante noticia acerca de la teoría de Diógenes de Apolonia sobre el carácter aéreo del esperma de los seres vivos en lo que parece ser la aplicación de un principio general físico en la descripción de la physiología de los seres concretos.
Es distinto el trato que se da a la escuela eleata: si bien se cita a Meliso de Samos, no sólo no se refutan abiertamente sus tesis, sino que van a ser utilizadas para desmontar los argumentos de la escuela jonia, lo que parece indicar que el autor se hace eco de una polémica entre estos dos filósofos. No obstante, no entra a analizar las teorías de Meliso, continuador de los postulados de Parménides sobre la imposibilidad lógica del ser y el no ser en una misma sustancia, sino que se limita a una broma de léxico pugilístico. El virulento ataque de NH obedece tanto a que toda teoría monista en su explicación de la phýsis intenta traspasar la barrera de lo visible (tò phanerón) , como a la postura crítica de jonios y eleatas respecto a los postulados pluralistas herederos de las doctrinas de Empédocles. Dos fragmentos de Meliso (D-K 30 B 8) y Diógenes de Apolonia (D-K 51 B 2) parecen criticar las «raíces» del agrigentino que intentaba superar las teorías eleatas y jonias acerca del ser y el cambio. Nuestro autor conocía seguramente estas críticas y todo su tratado aboga por la traducción en clave médica de la physiología de Empédocles. De este modo, la transformación y el cambio sólo van a ser posibles como resultado de la relación entre sustancias de naturaleza diferente.
Galeno, Diógenes Laercio y la Suda mencionan la labor médica de Empédocles y algunas fuentes le sitúan como fundador de una escuela médica instalada en la Magna Grecia de la que apenas encontramos referencias en el Corpus . Heródoto (Historia III 131) le considera como el máximo exponente de una escuela médica en el sur de Italia. Se encuentran huellas de sus postulados en Carnes , en donde la constitución del mundo obedece a la mezcla de cuatro elementos primarios y se explica la formación del cuerpo humano a partir de la combinación y modificación de éstos. Asimismo, el autor de Sobre la dieta explica la formación y destrucción de los seres como producto de la mezcla y separación de estas cuatro cualidades fundamentales. Los autores de ambos textos adoptan el método filosófico de Empédocles y comprenden la medicina como un conocimiento cuyo objeto no es sólo el estudio de la naturaleza del ser humano sino el de la propia phýsis: la medicina, por tanto, se convierte en una ciencia vicaria de la physiología filosófica. En cambio, en Sobre las enfermedades IV se expone la teoría de los cuatro humores —aquí flema, sangre, bilis y agua— en lo que parece una transposición médica de la teoría de los elementos del siciliano, no una adopción de su método filosófico. Nuestro autor, en esa misma línea, tampoco adopta plenamente el método del filósofo: para él la medicina no es una mera rama de la filosofía, sino una tékhnē autónoma basada en la observación y en la experiencia de lo visible. No obstante, la deuda es clara: el número de humores, sus cualidades, la relación entre éstos y los ciclos de la naturaleza, su mezcla y disociación en el nacimiento y muerte de los seres remiten a Empédocles.
Otro rasgo que, para Jouanna, vincula NH con el agrigentino es el recurso analógico para explicar los procesos naturales. Los fenómenos humanos no son diferentes a los del resto de la phýsis . Así, en el capítulo sexto se explica cómo los fármacos administrados para provocar la evacuación de un humor atraen en primer lugar éste y luego, paulatinamente, los demás, al igual que las plantas extraen del suelo primero aquel elemento más conforme a su naturaleza y después el resto.
Por último, cabe señalar que la deuda de NH con Empédocles parece que se detiene aquí y no en las propias teorías médicas del filósofo, en ocasiones cercanas a la taumaturgia criticada, por ejemplo, en Sobre la enfermedad sagrada . Nuestro autor no asigna al corazón una importancia especial dentro del sistema sanguíneo, ni tampoco parece compartir la teoría de la sangre como fuente de la inteligencia. Es importante señalar que NH es ante todo un tratado médico que utiliza las teorías cosmológicas como esquema para conformar un sistema satisfactorio y cerrado de conocimientos específicamente médicos, en esto reside su originalidad. De ahí que no se centre exclusivamente en la disputa acerca de los elementos constituyentes de la naturaleza humana, sino que se sirva de la teoría pluralista para vertebrar con ella enunciados de la patología, la terapéutica y la dietética pertenecientes a la herencia hipocrática.
3.
Autor y fecha
NH es uno de los pocos textos del Corpus sobre los que tenemos testimonios de autoría. Aristóteles en su Historia de los animales (III 3, 512b-513a) incluye una parte de la descripción sobre los vasos sanguíneos del capítulo 11 y la atribuye a Pólibo. Por el contrario, Galeno, en su comentario, critica esta atribución por considerar la segunda parte del tratado indigna de Hipócrates o de alguno de sus discípulos. El papiro 137 del Museo Británico, el llamado Anonymus Londinensis , datable entre los siglos I y II d. C., nos aporta un interesante testimonio. El texto de este papiro es un resumen de doctrinas médicas atribuido a Aristóteles o a su discípulo Menón. En él encontramos un resumen de los capítulos tres y cuatro de NH en el que el autor menciona a Pólibo como origen de esa descripción del sistema sanguíneo; por otro lado, aparece bajo el nombre de Hipócrates una afirmación que se corresponde a un pasaje de nuestro tratado. Las fuentes no son claras respecto a Pólibo. Ni Aristóteles ni el Anonymus Londinensis dan ninguna aclaración sobre él. Galeno en su comentario a NH le hace discípulo de Hipócrates y cabeza de la escuela de Cos tras la muerte del maestro. En cambio, en otro lugar (De difficultate respirationis VII 960) se refiere a él como yerno de Hipócrates, al igual que el Presbeutikós (Littré IX). Parece que esta cuestión no es fácilmente soluble.
La crítica posterior ha asumido una de estas dos posiciones. Fredrich pone en tela de juicio el testimonio de Aristóteles y considera que la descripción del sistema sanguíneo es demasiado primitiva para pertenecer a un discípulo de Hipócrates. Por otro lado, Deichgräber indica que esta crítica no se corresponde con el estado de los conocimientos anatómicos del siglo V a. C.: si Aristóteles, al señalar las teorías de sus predecesores, cita en último lugar la de Pólibo, debía de tener para él alguna actualidad. Jouanna, continuando con esta línea, aboga por vincular el problema de la autoría al de la composición: si atribuimos a Pólibo los capítulos 3, 4 y 11 y consideramos que este texto es una unidad conceptual y no una compilación, hemos de considerarle el autor del tratado y no dudar del testimonio de Aristóteles.
Las referencias a Meliso de Samos y la cita de Aristóteles datan NH entre el 440 y el 340 a. C. No obstante, Jouanna intenta determinar con mayor exactitud su fecha de redacción a partir de la polémica contra los filósofos monistas jonios, centrada para él en la figura de Diógenes de Apolonia. Las teorías de Diógenes tuvieron alguna difusión, al menos en Atenas, entre los años 423 y 415 a. C., ya que tanto Aristófanes (Nubes 227 y ss.) como Eurípides (Troyanas 884 y ss.) se hacen eco de ellas. Esto, la mención a las disputas oratorias y la referencia a una oposición entre Meliso y los monistas jonios conocida para su auditorio, puede hacernos ajustar la fecha del tratado a un período comprendido entre los años 420 y 400 a. C. Jouanna intenta, finalmente, precisar más su composición y la sitúa entre los años 410 y 400 a. C., pues el papel asignado a la bilis negra en NH parece estar a medio camino de Epidemias I y III, en donde aparece citada, y Epidemias II, IV y VI, en donde ya está incluida dentro de la clasificación de los humores.
4.
«Sobre la Naturaleza del Hombre» dentro del «Corpus Hippocraticum»
Pese a la disputa sobre la autoría del tratado, todos los especialistas lo relacionan con la escuela de Cos, una de cuyas ideas fundamentales era la influencia del medio ambiente y del clima sobre la naturaleza humana. Asimismo, la teoría humoral de NH vincula la predominancia cíclica de los humores a los cambios de las estaciones e insiste en que es tarea del médico contrarrestar los posibles desequilibrios que puedan causar éstas sobre la salud del ser humano, así como reconocer las variaciones que ellas producen en la naturaleza y en el desarrollo de las enfermedades. Ideas semejantes aparecen en Aires, aguas y lugares , en donde se señala la relación de la flema con el invierno y de la bilis con el verano, o en Epidemias I y III. También la teoría de la mezcla (krâsis) de los humores está señalada en Pronóstico 13, donde se apunta que los vómitos más dañinos son aquellos en los que los humores no están bien mezclados. Pero ningún tratado de la escuela de Cos plantea una relación tan esquemática entre los cuatro humores constitutivos del hombre y las estaciones. Del mismo modo, si el autor de Epidemias I distingue entre ocho tipos de fiebres, el de NH las reduce a cuatro, más sensible a una concordancia entre el ser humano y la phýsis basada en ese número. Parece que, dejando a un lado su pretensión empírica, ha preferido la sistematización de los datos en un esquema numérico preconcebido.
Por otro lado, la presencia de la bilis negra es un rasgo que distingue a NH del resto de los tratados de la escuela de Cos, en los que apenas aparece la expresión mélaina cholḗ , aunque es necesario indicar, por otra parte, que en algunos momentos el autor parece olvidar la existencia de diferencias entre la bilis amarilla y la negra. Jouanna postula la posibilidad de que la inclusión de este humor se deba a la necesidad de mantener con coherencia un esquema basado en el número cuatro. Sea así o no, los tratados de la escuela de Cos posteriores a NH , como Epidemias IV, sí reconocen la existencia de la bilis negra y la ponen a la misma altura que la sangre, la pituita o la bilis amarilla.
Una de las formulaciones fundamentales de la medicina hipocrática afirma que la salud se debe al equilibrio de los elementos constituyentes de la naturaleza humana y la enfermedad a la ruptura de ese equilibrio. Esta idea expuesta en NH , aparece planteada ya en uno de los principales representantes de la escuela de la Magna Grecia, Alcmeón de Crotona, quien definió la salud como el equilibrio (isonomía) de las cualidades fundamentales y la enfermedad como el desequilibrio (monarchía) de las mismas. Asimismo, las semejanzas entre NH y Filistión de Loeres, figura de la escuela de la Magna Grecia para quien el hombre estaba constituido por cuatro humores y la salud se relacionaba con su equilibrio, se deben a la herencia común de Empédocles, según hemos visto anteriormente. Para Jouanna, frente a Vegetti, la fecha de redacción de NH es sensiblemente anterior a Filistión, médico de la corte de Dionisio el Joven según la Carta II de Platón, lo que imposibilita dicha influencia.
5.
Nota bibliográfica
Para la traducción del texto he seguido la excelente edición de Jacques Jouanna en el Corpus Medicorum Graecorum I 1, 3, Berlín, 1975.
Han sido de utilidad para la traducción y selección de las notas las siguientes ediciones y traducciones:
J. ALSINA , Sobre la Naturalesa de l’Home, Epidèmies I i III , Fundació Bernat Metge, Barcelona, 1983.
J. JOUANNA , Hippocrate, De L’Ancienne Médecine , Les Belles Lettres, París, 1990.
W. H. S. JONES , Hippocrates IV , Loeb Classical Library, Londres, 1931.
M. VEGETTI , Opere di Ippocrate , Classici della Scienza, Turín, 1965.
6.
Nota textual
Nos hemos apartado de la edición de Jouanna en los siguientes pasajes:

JORGE CANO CUENCA
SOBRE LA NATURALEZA DEL HOMBRE
Quien esté habituado a escuchar a los que hablan acerca [1 ] de la naturaleza humana en términos que sobrepasan lo estrictamente médico no hallará provecho en esta disertación 1 , pues de ningún modo afirmo que el hombre sea aire, fuego, agua, tierra 2 o cualquier otro elemento que no sea visible 3 en el ser humano, sino que dejo estas ideas a aquel que quiera explicarlas. Además, creo que los que sostienen este tipo de cosas no las conocen bien: ya que, si bien todos se sirven de la misma idea, no exponen lo mismo. Aunque su conclusión sea idéntica —ya que dicen que lo que existe es una unidad y que esto es tanto una unidad como el todo—, no se ponen de acuerdo en los nombres. Uno dice que el aire es lo uno y el todo, otro que el agua, el fuego o la tierra, y cada uno cita en su argumentación pruebas y demostraciones que no conducen a nada. Puesto que todos ellos están de acuerdo en el fondo, pero no en las palabras, es evidente que no saben nada. Cualquiera que asistiera a sus disputas verbales se daría perfecta cuenta de ello 4 : si discuten entre sí los mismos hombres frente a los mismos oyentes, jamás un mismo individuo saldrá vencedor de la discusión tres veces seguidas, sino que una vez se impondrá uno, la siguiente, otro, y después el que por ventura tenga la lengua más fluida ante la audiencia. En realidad, lo justo es que quien pretenda tener un conocimiento firme de las cosas siempre haga prevalecer su argumento, si es verdad que conoce la realidad y la muestra correctamente. En cambio, esta clase de hombres, según creo, se echan a sí mismos por tierra 5 en los términos de sus propias tesis por culpa de su necedad y ponen en pie la tesis de Meliso 6 .
[2 ] Baste con lo dicho acerca de éstos. Por otra parte, algunos médicos sostienen que el hombre es sangre; otros afirman que es bilis; algunos otros, que pituita 7 . Todos hacen el mismo razonamiento: que existe una sustancia única —sea cual sea el nombre que cada uno quiera darle—, que esta sustancia cambia su aspecto y su propiedad forzada por la acción del calor y del frío 8 y que se vuelve dulce o amarga, blanca o negra o de cualquier otra forma. A mi modo de ver, esto no es así.
La mayor parte de la gente opina así o de un modo semejante. En cambio, yo afirmo que, si el hombre fuera una sola sustancia, jamás padecería dolor, ya que, al ser uno, no habría nada que se lo pudiera causar 9 . Además, incluso si lo sufriera, la cura debería ser una, pero de hecho son numerosas, como numerosos son los principios elementales del cuerpo, que, por una acción mutua, se calientan o se enfrían, se secan o se humedecen de manera anormal, produciendo así enfermedades. Por tanto, tan diversos son los tipos de enfermedades como sus tratamientos. Yo le pido a uno de los que asegura que el hombre es sólo y nada más que sangre que me demuestre que ésta no altera su aspecto ni llega a tener todo tipo de formas posibles, y que señale un período del año o de la vida del hombre en el que sea evidente que la sangre sea su único principio elemental; pues es lógico que haya un período de tiempo en el que lo que existe se manifieste en sí y por sí mismo. Lo mismo digo de los que afirman que el hombre es pituita o de los que sostienen que es bilis.
Por mi parte voy a demostrar que aquellos elementos que, en mi opinión, constituyen al hombre de acuerdo al lenguaje corriente y a la naturaleza 10 son siempre invariablemente idénticos, sea éste joven o viejo, sea la estación fría o cálida. Además, presentaré pruebas y revelaré las causas que hacen que un elemento aumente o disminuya en el cuerpo.
[3 ] En primer lugar, es necesario que el nacimiento no se produzca a partir de un único ser 11 . Pues ¿cómo podría un solo ser llegar a engendrar por sí mismo sin unirse a otro? Además, si no se unen seres de la misma especie y que posean las mismas cualidades no se consuma descendencia alguna. Más aún, si no se da una proporción justa y equilibrada entre lo caliente con lo frío y lo seco con lo húmedo, sino que uno predomina sobre el otro —a saber: el más fuerte sobre el más débil— tampoco se logra engendrar. De este modo, ¿cómo puede uno imaginar que un solo ser engendre a otro cuando ni siquiera lo consiguen muchos a no ser que se encuentren adecuadamente mezclados entre sí? 12 .
Ya que es así la naturaleza de todos los demás seres y también la del hombre, es necesario entonces que el hombre no se componga de un único elemento, sino que cada uno de los elementos que contribuyen a su nacimiento se mantenga en el cuerpo con la misma propiedad que aportó. Por otro lado, es también necesario que, una vez que la vida del hombre llega a su fin, cada elemento vuelva a su naturaleza: lo húmedo con lo húmedo, lo seco con lo seco, lo caliente con lo caliente y lo frío con lo frío. Tal es también la naturaleza de los animales y de todos los demás seres vivos. Todo surge así y así termina todo. Por tanto, la naturaleza de los seres se compone de todos estos elementos a los que me he referido y su fin es tal y como he dicho: al mismo sitio de donde cada ser se originó, allí regresa 13 .
[4 ] El cuerpo del hombre tiene en sí mismo sangre, pituita, bilis amarilla y bilis negra 14 ; estos elementos constituyen la naturaleza del cuerpo, y por causa de ellos se está enfermo o sano. Se goza de una salud perfecta cuando están mutuamente proporcionadas sus propiedades y cantidades, así como cuando la mezcla es completa. Por el contrario, se enferma cuando alguno de los elementos se separa en mayor o menor cantidad en el cuerpo y no se mezcla con todos los demás 15 . Así pues, cuando algún elemento se separa y queda solo, necesariamente ha de enfermar tanto la parte de la que se ha segregado como aquella en la que se ha establecido y acumulado, al ser la excesiva concentración causa de dolor y padecimiento. De igual modo, cuando uno de los humores fluye fuera del cuerpo en una cantidad mayor a la que sobra, el vaciamiento provoca dolores. Si, por el contrario, es en el interior del cuerpo donde se producen el vaciamiento, el desplazamiento y la separación de los otros humores 16 , es del todo necesario que se produzca, de acuerdo con lo dicho antes, un padecimiento doble: en el lugar del que ha salido y en el que se ha concentrado en exceso.
[5 ] Ya que he prometido demostrar que los elementos que en mi opinión constituyen un hombre son siempre los mismos según el uso corriente y la naturaleza, afirmo que estos elementos son la sangre, la pituita, la bilis amarilla y la negra. En primer lugar, he de decir que hay distinciones entre sus nombres según el uso corriente 17 y ninguno de ellos lleva el mismo; en segundo lugar, que, según la naturaleza, se distinguen también sus propiedades, pues ni la pituita se asemeja en nada a la sangre, ni la sangre a la bilis, ni tampoco la bilis a la pituita. ¿Cómo iban a asemejarse unos a otros cuando ni sus colores parecen idénticos a la vista, ni tampoco semejantes al tacto? Tampoco es igual la impresión de calor, frío, sequedad o humedad 18 . Dado que tal es la diferencia entre ellos tanto en su forma como en sus propiedades, necesariamente se concluye que no son un mismo elemento, a no ser que el fuego y el agua lo sean. Ésta es la comprobación de que todos estos elementos no son uno solo, sino que cada uno de ellos tiene su propiedad y su naturaleza: si le suministras a un hombre un fármaco que provoca la segregación de pituita, vomitará pituita; si le das uno que provoque la segregación de bilis, vomitará bilis. Por la misma razón también se evacuará la bilis negra en caso de que suministres un fármaco que la segregue 19 ; de igual modo, si haces una herida en un cuerpo mediante un corte, manará sangre. Y sucederán todas estas reacciones tanto de día como de noche, en invierno o en verano, mientras le sea posible inspirar aire y de nuevo exhalarlo, o hasta que quede privado de uno de sus elementos congénitos. Los elementos congénitos son los anteriormente mencionados, ¿cómo no iban a serlo? Es evidente en primer lugar que el hombre tiene continuamente todos estos elementos dentro de sí mientras vive y, además, ha nacido de otro ser humano que también los tenía y ha sido criado en otro ser humano que también estaba formado por esos mismos elementos a los que me he referido en mi demostración.
[6 ] Me parece que los que sostienen que el hombre está constituido de una única sustancia aplican este razonamiento: al observar que algunos hombres que toman fármacos y mueren por las purgas excesivas, vomitan unas veces bilis, otras pituita, consideran que el hombre se compone de aquel elemento que le vieron evacuar en el momento de su muerte 20 . También los que pretenden que el hombre es sangre, se sirven de esta misma idea: pues al observar a los degollados y la sangre que mana de sus cuerpos, deducen que éste es el principio vital del hombre. De pruebas de este tipo se valen todos ellos en sus argumentaciones. Pero, realmente, en los casos de purgas excesivas nadie ha muerto jamás vomitando únicamente bilis, sino que, tras ingerir un medicamento que hace segregar bilis, en primer lugar vomita bilis, en segundo lugar, pituita, posteriormente, además, bilis negra y, por último, sangre pura. Lo mismo sucede bajo el efecto de fármacos que producen la segregación de pituita: al principio el vómito es de pituita, luego, de bilis amarilla, posteriormente, de bilis negra y, finalmente, de sangre pura, con lo que sobreviene la muerte. Pues cuando el fármaco entra en el cuerpo, primero atrae aquel elemento del cuerpo más semejante a su naturaleza, después segrega y purga los demás. Al igual que los vegetales que brotan o se siembran, cuando entran en la tierra, absorben aquel elemento de ella más conforme a su naturaleza (éstos son lo ácido, lo amargo, lo dulce, lo salado y todo lo demás); es decir, extraen primero de la tierra la mayor cantidad del elemento más semejante a su naturaleza y después el resto; así también actúan los fármacos en el cuerpo: los que producen la segregación de bilis, producen en primer lugar una bilis absolutamente pura, y a continuación una ya mezclada 21 . También los fármacos para la pituita comienzan por segregar una muy pura y luego una ya mezclada. Asimismo, a los degollados les mana al principio una sangre muy caliente y muy roja para después brotarles sangre ya más mezclada de pituita y bilis.
[7 ] En invierno aumenta la cantidad de pituita en el hombre, pues éste es el humor corporal más semejante a la naturaleza del invierno, al ser el más frío 22 . La prueba de la mayor frialdad de la pituita es la siguiente: si tocas la pituita, la bilis y la sangre, encontrarás que la pituita es la más fría, además es el elemento más viscoso y el que requiere más esfuerzo para ser segregado después de la bilis negra; y todo lo que es movido por una fuerza, se vuelve más caliente bajo el efecto de ésta 23 . No obstante, aparte de esto, la pituita se nos muestra como el elemento más frío por su propia naturaleza. Que el invierno llena el cuerpo de pituita se demuestra así: los esputos y mucosidades de los hombres tienen mayor cantidad de pituita en invierno, además en esta estación sobrevienen hinchazones de color blanco 24 y demás enfermedades flemáticas. En primavera, la pituita mantiene aún cierta fuerza en el cuerpo y la sangre aumenta, pues al remitir los fríos y venir las aguas, la sangre aumenta por causa de las lluvias y de los días cálidos. Por tanto, esta es la parte del año más semejante a la naturaleza de la sangre, al ser húmeda y caliente 25 . Lo comprenderás así: es en primavera y en verano cuando los hombres sucumben en mayor grado a las disenterías, les mana sangre de la nariz y están más calientes y enrojecidos. En verano la sangre aún conserva fuerza, mientras crece la cantidad de bilis en el cuerpo, y esto se mantiene así hasta el otoño. Ya en otoño, la sangre disminuye, al ser el otoño contrario a su naturaleza. En verano es la bilis la que predomina en el cuerpo, al igual que en otoño 26 . Lo comprenderás con lo que sigue: los hombres por sí mismos vomitan bilis en esta estación y, tras la toma de medicamentos, se producen evacuaciones muy biliosas. Esto es también evidente en los casos de fiebres y en la coloración de la piel. Por otra parte, en verano la pituita se vuelve muy débil, por ser esta estación, seca y calurosa, contraria a su naturaleza. La sangre, en cambio, alcanza sus niveles más bajos en otoño, ya que el otoño es seco y el cuerpo del hombre comienza ya a enfriarse. Por el contrario, la bilis negra alcanza su mayor cantidad y fuerza en otoño 27 ; en cambio, al llegar el invierno, la bilis disminuye a causa del frío, y es entonces cuando la pituita vuelve a aumentar merced a la cantidad de lluvias y al alargamiento de las noches.
El cuerpo del hombre alberga siempre estos mismos elementos, pero con los ciclos de las estaciones unas veces aumentan y otras disminuyen, sucesivamente y según su naturaleza. Así, al igual que el año entero participa de todos los elementos: de lo caliente, de lo frío, de lo seco y de lo húmedo —y nada podría subsistir un solo instante sin todos los elementos que componen el orden del mundo 28 , y si faltara uno, todo desaparecería, ya que todos los seres se constituyen y se nutren mutuamente en virtud de una misma ley—, del mismo modo, si le faltara al hombre alguno de sus elementos congénitos, no le sería posible la existencia. En una parte del año predomina el invierno; en otra, la primavera; luego, el verano y, finalmente, el otoño. De manera análoga, también en el hombre predomina una temporada la pituita; luego, la sangre; después, la bilis, primero la amarilla y, finalmente, la llamada bilis negra. La demostración es bien fácil: si a un mismo hombre le das un mismo fármaco cuatro veces en un año, en invierno su vómito tendrá mayor cantidad de pituita; en primavera, mayor humedad; en verano, mayor cantidad de bilis y, en otoño, será más negro.
Por tanto, ya que es así, todas las enfermedades que se [8 ] desarrollan en invierno deben desaparecer en verano; por el contrario, cuantas surgen en verano han de cesar en invierno, excepto las que terminan en un período de días —más adelante hablaré de este período de días 29 . El fin de todas las enfermedades originadas en primavera hay que esperarlo en otoño. Por su parte, las enfermedades otoñales encuentran necesariamente su término en primavera. Si una enfermedad sobrepasa estas estaciones, hay que saber que tendrá un año de duración. Es el deber del médico enfrentarse a las enfermedades con la consideración de que cada una de ellas prevalece en el cuerpo con la llegada de aquella estación del año más conforme a su naturaleza.
[9 ] Es preciso también conocer el siguiente principio: cuantas enfermedades causa la plétora, las cura el vaciamiento; todas las que provoca el vaciamiento, las sana la plétora. Las enfermedades que se originan con el ejercicio físico, las remedia el reposo; aquéllas que produce el exceso de descanso, se tratan con el ejercicio físico 30 . Para conocer la totalidad, el médico debe enfrentarse al carácter regular de las enfermedades, las constituciones, las estaciones y las edades, relajar lo tenso y tensar lo relajado: de este modo la parte enferma logra un mayor alivio y en esto, a mi modo de ver, consiste la curación.
Las enfermedades surgen o de la dieta o del aire que inspiramos al vivir 31 . El diagnóstico de cada uno de estos tipos ha de hacerse del siguiente modo: cuando multitud de personas sucumben a una misma enfermedad en un mismo período de tiempo, se debe atribuir la causa a lo que es más común y de lo que todos nos valemos en mayor grado: esto es, el aire que respiramos.
Es evidente, en este caso, que la dieta de cada uno de nosotros no es la causa, debido a que la enfermedad ataca a todos sin distinción, tanto a jóvenes como a ancianos, a mujeres y a hombres; de igual modo a los que beben vino que a los que beben agua, a los que comen pan de cebada o de trigo, a los que hacen mucho ejercicio y a los que hacen poco. Por tanto, la dieta no podría ser la causa cuando hombres que llevan distinto tipo de dietas sucumben ante la misma enfermedad. En cambio, cuando se originan distintas enfermedades al mismo tiempo, hay que considerar que la dieta es la causa en cada uno de los casos y es necesario un tipo de curación que haga frente al motivo de la enfermedad, como ya he indicado en otro lugar, además de cambiar la dieta, puesto que, evidentemente, el régimen de vida que acostumbra a seguir esa persona no es el adecuado, bien en su totalidad, bien en gran medida, o al menos en una parte. Es preciso examinar esto con precisión antes de proceder al cambio, y considerar la edad del paciente, su constitución, la estación del año y el carácter de la enfermedad antes de efectuar el tratamiento, unas veces quitando, otras añadiendo, como ya he dicho antes, para dirigir la medicación y la dieta a cada edad, estación, constitución y enfermedad.
Pero en caso de que se haya establecido una misma enfermedad en forma de epidemia, es evidente que la dieta no es la causa, sino lo que respiramos: ahí está la causa, y es evidente que daña por contener algún germen nocivo. Se debe en tal situación hacer las siguientes recomendaciones a la gente: no cambiar de régimen, pues no es éste la causa de su dolencia, y procurar que el cuerpo se mantenga lo más delgado y débil que se pueda, mediante una privación progresiva de los alimentos y bebidas acostumbrados. De otro modo, en caso de un cambio brusco de dieta, se corre el riesgo de que el cambio provoque un nuevo mal en el cuerpo 32 . Hay que servirse del régimen sólo cuando no se cause manifiestamente ningún daño. En cuanto a la respiración, conviene poner cuidado en que la cantidad de aire que entre en el cuerpo sea lo más pequeña y fresca que se pueda, además de abandonar, en la medida de lo posible, aquel territorio en el que se haya establecido la enfermedad y hacer que el cuerpo adelgace, que es la mejor manera de conseguir que los pacientes no necesiten una respiración fuerte y atropellada.
Las enfermedades que surgen en las partes más fuertes [10 ] del cuerpo son las más temibles. Si además permanecen allí donde se originaron, la dolencia afecta necesariamente a todo el cuerpo, ya que las partes más resistentes están afectadas. Si, desde las partes fuertes, se propagan a alguna débil, las soluciones son difíciles. Por el contrario, el remedio es más fácil en el caso de aquellas enfermedades que se desplazan desde partes débiles a otras más fuertes, pues, a causa de su resistencia, los humores que fluyan allí serán más fácilmente rechazados.
Los vasos más gruesos tienen la siguiente naturaleza 33 . [11 ] Hay cuatro pares en el cuerpo. Un par sale de la parte posterior de la cabeza 34 , pasa a través del cuello y continúa externamente a lo largo de ambos lados de la columna vertebral; a continuación, sigue por las caderas hasta las piernas, atraviesa las pantorrillas y los tobillos por su parte exterior y llega a los pies. Así pues, las sangrías para paliar los dolores de espalda y de caderas deben realizarse detrás de las corvas y por la parte exterior de los tobillos.
El segundo par de vasos, los llamados yugulares, parte de la cabeza, baja por el cuello en los lados de las orejas 35 , atraviesa internamente las dos partes de la columna vertebral para llegar, tras bordear las lumbares, a los testículos y los muslos; sigue a través de la parte interior de las corvas; después, por las pantorrillas y por la parte interior de los tobillos hasta llegar a los pies. Las sangrías con vistas a dolores en las lumbares y en los testículos deben hacerse en la parte interior de las corvas y de los tobillos.
El tercer par de vasos 36 arranca de las sienes y sigue a través del cuello y pasa por debajo de los omoplatos para converger luego en el pulmón: un vaso va de derecha a izquierda, bajo el pecho hasta el bazo y el riñón; el otro, en cambio, de izquierda a derecha, sale del pulmón y continúa por debajo del pecho hasta el hígado y el riñón. Ambos finalizan en el ano 37 .
El cuarto par surge de la parte frontal de la cabeza y de los ojos, pasa por debajo del cuello y las clavículas; a continuación, desciende por la parte superior de los brazos hasta los codos y recorre los antebrazos hasta las muñecas y los dedos. Después, desde los dedos, cruza de nuevo las palmas de las manos y los antebrazos hasta subir al codo; desde ahí sigue por la parte inferior de los brazos hasta las axilas. Tras dejar la parte superior de las costillas, un vaso llega al bazo; el otro, al hígado. Finalmente, tras pasar por encima del estómago, terminan ambos en los genitales.
Tal es la disposición natural de los vasos gruesos 38 . También hay un buen y variado número de vasos que salen del vientre y se reparten por el cuerpo; por ellos se expande el alimento a través del organismo. Otros van desde los vasos gruesos hasta el vientre y el resto del cuerpo, tanto exterior como interiormente, y se comunican entre sí, los internos con los externos y los externos con los internos. Por ello, es preciso llevar a cabo las sangrías según las siguientes indicaciones: hay que poner cuidado en hacer los cortes lo más lejos posible de los lugares en donde son frecuentes los dolores y la acumulación de sangre: de este modo se evita una alteración grande y súbita, además de alterar la costumbre de la sangre a acumularse en un mismo lugar.
Los que escupen abundante pus sin sufrir fiebre, los que tienen frecuentes sedimentos de pus en la orina que no producen [12 ] dolor, así como aquellos con deposiciones sanguinolentas crónicas, como en la disentería, en caso de que su edad sea treinta y cinco años o más, sufren todos una enfermedad que tiene una misma causa. Estos hombres han debido llevar durante su juventud una vida dura, de mucho esfuerzo físico e intenso trabajo. Con el tiempo, ya liberados de sus tareas, su carne aumenta de volumen y se vuelve fláccida y muy distinta de la anterior, de suerte que la considerable diferencia entre su constitución anterior y la actual impide que haya acuerdo entre ellas 39 . Cuando alguna enfermedad ataca a los que se encuentran en tal disposición física, inmediatamente la superan, pero después de pasada la enfermedad, con el tiempo, su cuerpo empieza a consumirse y comienza a fluir por los vasos un líquido seroso, por donde quiera que encuentre una vía de paso suficientemente amplia. Si el flujo se desplaza hacia la parte inferior del vientre, permanece en el cuerpo de un modo parecido al de los excrementos: al ser el trayecto inclinado, no permanecen mucho tiempo en el intestino. En cambio, cuando el flujo se desplaza hasta el pecho se vuelve purulento: dado que el tránsito de la evacuación es ascendente, permanece durante largo tiempo en el pecho y se emponzoña, adquiriendo un aspecto purulento 40 . Por último, cuando se vacía en la vejiga, por efecto del calor de esta parte se vuelve blanco y se disgrega: lo más fino se queda arriba, lo más espeso se sedimenta abajo, y esto es lo que llamamos pus.
A los niños se les forman cálculos porque tienen una temperatura más alta tanto en esta parte del cuerpo en concreto como en su totalidad; en cambio, a los adultos no les sucede por la mayor frialdad de su organismo. En relación con esto, es importante saber que el hombre alcanza su temperatura máxima en el primer día de su vida, y la mínima, en el último. Por ello, un cuerpo que está en desarrollo y que realiza sus evacuaciones con dificultad ha de tener necesariamente una temperatura más alta 41 ; por el contrario, cuando el cuerpo comienza a languidecer, se llena con facilidad de flujos y se enfría. Según este mismo principio, como en el primer día el hombre está en su máximo de crecimiento, también ha de estar en su máxima temperatura; en el último de sus días, cuanto mayor sea su declive, menor ha de ser su temperatura.
Los pacientes que tienen tal disposición física recobran la salud por sí solos: la mayoría de ellos en la misma estación en la que comenzaron a consumirse y al cabo de cuarenta y dos días. En los casos en que la enfermedad se prolongue más allá de esa estación, al año recobran la salud por sí solos, si no les daña otro mal.
Las enfermedades originadas por un pequeño desarreglo 42 [13 ] y cuyas causas 43 sean fácilmente inteligibles son las que tienen un pronóstico más seguro. El tratamiento debe hacer frente a la causa de la enfermedad, pues de este modo se podrá eliminar aquello que la provoca en el cuerpo.
[14 ] Los sedimentos arenosos o calcáreos que se forman en la orina provienen de abscesos junto al vaso grueso que supuraron; después, ya que los tumores no se reventaron con rapidez, el pus generó sedimentos calcáreos que, a través del vaso y mezclados con la orina, se vertieron en la vejiga. Cuando la orina está solamente manchada de sangre, los vasos han sufrido daños. En caso de que la orina se haga densa y aparezcan pequeños pedazos de carne semejantes a cabellos, se debe tener en cuenta que éstos proceden de los riñones. Si la orina es limpia, pero de vez en cuando aparece en ella algo semejante a fibras, la vejiga sufre psoriasis.
[15 ] La mayoría de las fiebres provienen de la bilis. Se dividen en cuatro tipos, aparte de las que surgen de dolencias localizadas. Sus nombres son fiebre continua, cotidiana, terciana y cuartana 44 . La llamada fiebre continua es el resultado de la falta de mezcla de una gran cantidad de bilis y sus crisis 45 se desencadenan en un tiempo muy corto: pues el cuerpo, al no poder enfriarse ni un instante, se consume rápidamente por su elevada temperatura. La cotidiana es, después de la continua, la que se produce por una mayor cantidad de bilis. Cesa antes que las otras dos siguientes, sin embargo es más larga que la continua, por el hecho de que la provoca una proporción de bilis menor y además permite algún alivio al cuerpo, cosa que no sucede nunca en la continua. La terciana es aún más duradera que la cotidiana y asimismo es menor la cantidad de bilis que la causa. Ese alivio corporal más prolongado que se experimenta en la terciana respecto a la cotidiana está en relación con la mayor duración de la primera respecto a la segunda. Las cuartanas siguen, por lo general, la misma tónica: su duración es mayor que la de las tercianas, por cuanto es menor la cantidad de bilis que provoca el aumento de calor y más prolongados los momentos de refrigeración del cuerpo. Esta extraordinaria duración y tenacidad proviene de la bilis negra, ya que es el más viscoso de los componentes del cuerpo y el que permanece fijado en un lugar durante más tiempo. Se puede comprobar esto, la vinculación de las fiebres cuartanas con la bilis negra, de la siguiente manera: es generalmente en otoño cuando los hombres padecen fiebres cuartanas, y en una edad comprendida entre los veinticinco y los cuarenta y dos años: precisamente la época de la vida en la que predomina la bilis negra, que, asimismo, predomina en la estación otoñal. Hay que saber que los casos de fiebre cuartana que se den fuera de esta época del año y de esta edad no van a prolongarse durante mucho tiempo, si no les daña otro mal.
[16 ] Ésta es la dieta que hay que poner a los que llevan una vida normal 46 : en invierno, aumentar la cantidad de comida y reducir la de bebida en la medida de lo posible. Conviene beber vino muy puro, comer pan e ingerir únicamente alimentos asados; así como evitar las verduras siempre que se pueda durante esta estación, a fin de mantener el cuerpo seco y caliente.
Con la llegada de la primavera se debe incrementar la bebida y tomar vino más aguado, pero en pocas cantidades 47 . Los alimentos que se tomen han de ser más suaves y su cantidad, menor; ha de disminuirse la ración de pan de trigo e incorporar a la alimentación el pan de cebada. Asimismo, según este mismo principio, hay que combinar en la dieta carnes asadas y cocidas, y además consumir verduras en pocas cantidades durante la primavera a fin de estar preparados en verano para ingerir únicamente alimentos suaves, carnes cocidas, verduras crudas o cocidas y abundante bebida muy aguada. De este modo no se sufrirá un cambio brusco y repentino con la llegada del verano y la ingestión de una dieta de pan de cebada suave, frecuentes bebidas aguadas y carne únicamente cocida. Cuando llega el verano es preciso llevar un régimen como el indicado para mantener el cuerpo fresco y relajado: la estación es calurosa y seca y esto hace que los cuerpos se encuentren calientes y secos, por lo que hay que prevenirse con los hábitos de vida mencionados.
De acuerdo con el mismo principio, al igual que en primavera se debe controlar el paso del invierno al verano con la disminución de alimentos y el aumento de líquidos, de igual modo, en otoño, se controlará el paso del verano al invierno mediante el procedimiento contrario: el aumento de alimentos más secos y, por tanto, de carnes asadas, así como la disminución de bebidas y su menor disolución, a fin de poder pasar un buen invierno con una dieta escasa en bebidas, pero muy puras, y con la mayor cantidad posible de alimentos secos. Así se consigue estar sanos y no padecer frío, pues la estación es fría y húmeda.
A las constituciones entradas en carnes, blandas y de tez [17 ] roja les viene bien adoptar un régimen seco la mayor parte del año, ya que su naturaleza es húmeda 48 . En cambio, los individuos enjutos, fibrosos y de tez cobriza o morena han de seguir casi siempre un régimen húmedo, ya que sus cuerpos son secos. Por otro lado, la dieta adecuada para los jóvenes es una blanda y húmeda, pues esa edad es seca y los cuerpos están aún fuertes. Los ancianos han de seguir un régimen bastante seco la mayor parte del tiempo, puesto que los cuerpos en esta edad son húmedos, blandos y fríos 49 . Como se ha visto, se debe adaptar el régimen de vida a la edad, a la estación y a la constitución contrarrestando la predominancia del calor o del frío. Es el mejor modo de conseguir una buena salud.
[18 ] También conviene andar con rapidez en invierno y lentamente en verano, a no ser que se camine a pleno sol. La marcha de las personas gruesas ha de ser más rápida, más lenta en el caso de las delgadas. En cuanto a los baños, que sean abundantes en verano y escasos en invierno; además, son más recomendables a los delgados que a las personas gruesas. Las vestimentas del invierno no han de tener apresto; las de verano deben estar protegidas con aceite de oliva 50 .
[19 ] Las personas gruesas que deseen adelgazar deben hacer todos los ejercicios en ayuno y ponerse a comer cuando estén aún jadeantes 51 y no hayan recuperado el aliento; también han de tomar vino mezclado y no demasiado frío. Que sazonen las carnes con sésamo y con otro tipo de especias semejantes, y que sean carnes grasas, pues de este modo se saciarán con menor cantidad 52 . Es conveniente, en la medida de lo posible, hacer una única comida al día, abstenerse de tomar baños, yacer sobre un lecho duro y caminar desnudo. Las personas delgadas que deseen ganar peso han de seguir el régimen contrario, además de no hacer ningún ejercicio físico en ayunas.
Los vómitos y purgas intestinales deben utilizarse del [20 ] siguiente modo: hacer uso de vomitivos durante los seis meses de invierno, pues en este tiempo se segrega más pituita que en verano, además las dolencias se localizan en la región situada entre la cabeza y el diafragma. Con la llegada del calor hay que usar purgas, pues al ser una estación calurosa, aumenta la cantidad de bilis en el cuerpo, por lo que se originan molestias en la zona de los riñones y en las rodillas, así como accesos de fiebre y cólicos gástricos. Es conveniente, por ello, refrescar el cuerpo y evacuar por abajo los humores que se hayan concentrado en esas zonas. Las personas gruesas y húmedas han de tomar purgas saladas y líquidas; aquellos de constitución seca, delgada y débil, purgas grasas y espesas: las grasas y espesas son las que se preparan con leche, con el agua de la cocción de garbanzos y otras legumbres similares; en cambio, las líquidas y saladas se hacen con salmuera y agua de mar.
Los vomitivos se deben emplear del modo siguiente: los hombres gruesos tomarán un vomitivo en ayunas después de correr o de caminar a pie ligero en mitad del día. Prepárese éste con media cotila de hisopo molida en un congio de agua y bébase después de añadir vinagre y sal, a fin de que sea más agradable; al principio hay que tomarlo lentamente, después con mayor rapidez.
Los individuos más delgados y más débiles de constitución han de prepararse los vomitivos después de comer y de la manera siguiente: tras un baño caliente, han de beber una cotila de vino puro y, después, ingerir toda clase de alimentos, con la condición de no beber mientras se come ni después, sino que hay que abstenerse el tiempo que se tarda en recorrer diez estadios. Transcurrido éste, hay que darle para beber una mezcla de tres vinos, uno seco, uno dulce y otro ácido: que primero la tome sin haberla rebajado apenas con agua, en pocas cantidades y con largos intervalos; después, más rebajada con agua, con rapidez y en gran cantidad. El que esté acostumbrado a vomitar dos veces al mes, encontrará un mejor resultado si toma vomitivos dos días seguidos que si lo hace una vez cada quince días, a pesar de que la costumbre sea justo la contraria. Aquellos a los que les beneficia vomitar los alimentos o aquellos cuyos intestinos no excretan con facilidad encontrarán provecho en comer muchas veces a lo largo del día, empleando una dieta variada tanto en los alimentos como en las maneras de prepararlos; asimismo, les interesa beber vinos de dos o tres clases. Quienes no deben vomitar los alimentos o tienen vientres húmedos han de seguir hábitos contrarios a estos.
[21 ] Los baños de los niños de corta edad se han de hacer en agua caliente y prolongadamente; también es bueno darles como bebida vino aguado y no muy frío: el vino que se les dé apenas ha de hinchar el vientre o provocar flatulencia. Estas medidas reducirán el riesgo de espasmos, además de favorecer su crecimiento y el buen color de su piel. Las mujeres 53 han de seguir la dieta más seca que puedan, ya que los alimentos secos son los más adecuados para las carnes blandas, así como las bebidas sin mezclar son las mejores para el útero y el embarazo.
Por lo que respecta a los atletas, han de correr y pelear [22 ] en la palestra en invierno, en el verano deben reducir la actividad en la palestra, abstenerse de correr y aumentar los paseos por el fresco. Aquellos que se encuentren fatigados tras la carrera deben ponerse a luchar; por el contrario, cuantos se agoten en la lucha han de correr: de este modo la parte fatigada del cuerpo puede calentarse y descansar mejor sin interrupción del entrenamiento 54 .
Los atletas que tras un ejercicio físico intenso sufran diarreas, con restos de alimentos sin digerir en las heces, deben disminuir sus ejercicios físicos al menos en un tercio y reducir sus alimentos a la mitad. Es evidente que su vientre no es capaz de generar el calor suficiente para digerir la masa de alimentos ingeridos. Sea ésta su comida: pan muy cocido y desmigajado en vino; la bebida, vino sin mezcla y en escasas cantidades. Han de abstenerse de caminar tras la comida y, por otro lado, durante este periodo deben comer una sola vez por día; de este modo su vientre podrá generar mayor cantidad de calor y hacerse con aquello que se ingiera.
Este tipo de diarrea sobreviene generalmente en individuos de constitución pícnica, cuando, a pesar de tener tal naturaleza, son forzados a alimentarse de carne y los vasos, estrechados, no pueden asimilar los alimentos ingeridos 55 . Es la suya una naturaleza inestable que tiende a extremos, por lo que en esta clase de cuerpos el bienestar apenas se mantiene un breve tiempo. Por el contrario, las constituciones más delgadas e hirsutas admiten bien tanto una dieta estricta de carne como los ejercicios físicos; además, los períodos de bienestar son más largos.
Aquellos que vomitan los alimentos al día siguiente y que tienen los hipocondrios hinchados a causa de una mala digestión han de dormir una mayor cantidad de tiempo, mas sin dejar de someter sus cuerpos a alguna tarea física. Han de beber un vino más puro y en mayor cantidad, además de reducir durante este periodo la cantidad de alimentos: pues es evidente que su vientre, debido a la debilidad y aaexceso de frío, no puede digerir por completo tal masa. Por otro lado, aquellos atletas que sientan sed frecuentemente deben disminuir tanto su alimentación como sus ejercicios, y tomar el vino aguado y lo más frío que puedan. Los que tengan dolores en las vísceras, ya sea por el entrenamiento o por otra tarea física, deben reposar en ayuno y servirse de una bebida que, tomada en pequeñas cantidades, sea altamente diurética, a fin de que los vasos que atraviesan la cavidad intestinal no sufran distensiones por estar llenos: pues a partir de tales estados surgen abscesos y fiebres.
[23 ] Cuando las enfermedades se originan en el encéfalo 56 , primeramente se apodera de la cabeza el aturdimiento, la orina se hace muy frecuente y se padecen los demás síntomas propios de la estranguria: este estado dura nueve días. Si brota agua y mucosidad por la nariz o por los oídos, desaparecerá la enfermedad y cesará la estranguria. Entonces la orina del paciente será abundante, de color blanco y no producirá molestias durante los siguientes veinte días. El dolor de cabeza finaliza, pero en sus ojos desaparece la luz.
Un hombre sabio, que considere que la salud es lo más [24 ] valioso para los seres humanos, ha de saber servirse de su capacidad de juicio ante la enfermedad.

1 Al igual que en otros preámbulos del Corpus Hippocraticum (Sobre la medicina antigua o Sobre la enfermedad sagrada) , el autor comienza su exposición con un ataque directo. Hay que tener presente que la investigación sobre la naturaleza de los seres vivos fue el ámbito de discusión de médicos, cosmólogos o sofistas y que, como testimonia la obra presente, las polémicas entre escuelas debían ser tan comunes como enconadas: no hay que olvidar que a figuras como Diógenes de Apolonia, Demócrito o Pródico de Ceos se les atribuyen obras tituladas Perì phýseōs anthrṓpou . Aquí, aunque de un modo más ambiguo y menos beligerante que en el comienzo de Sobre la medicina antigua , se condena toda investigación sobre la naturaleza humana que parta únicamente de los elementos primarios del universo, en suma, una subordinación de la medicina a la physiología filosófica. Para esta corriente, la terapéutica debía deducirse del conocimiento de la constitución original del hombre, por lo que la medicina debía tener su punto de partida en un saber exterior a ella. Textos como Sobre la medicina antigua y NH reivindicarán la autonomía de la ciencia médica como téchnē independiente y de la figura del médico como experto practicante manual, cheirotéchnēs en Sobre la medicina antigua 1. El término «disertación» traduce el lógos del texto original, siguiendo la traducción de Alsina, término que se puede referir tanto a una exposición oral como escrita.
2 El autor comienza su refutación de los monistas jonios, de un modo semejante a las críticas de Meliso de Samos o las posteriores de ARISTÓTELES (Metafísica 988b). El hecho de que sea el aire el primer elemento mencionado es interpretado por Jouanna como un testimonio de la influencia de las teorías de Anaxímenes y, sobre todo, de Diógenes de Apolonia, que veían en este elemento una importancia primordial, idea que se encuentra en el tratado hipocrático Sobre las ventosidades , y que continuará en la doctrina del pneûma en la medicina romana de época imperial. La referencia al fuego se dirige contra el floreciente heraclitismo de finales del siglo V y comienzos del IV (PLATÓN , Crátilo 430 y ss.; Fedón 96 B; Teeteto 179d-180b). No obstante, no se encuentra en el Corpus ningún tratado que postule que el hombre esté constituido únicamente de fuego. Respecto al agua, fueron los discípulos de Tales de Mileto los que aplicaron sus teorías a la antropología. Uno de ellos, Hipón (ARISTÓTELES , Acerca del alma 405 b y Anonymus Londinensis XI 22), deducía que el alma era agua a partir del semen de los animales, siendo la humedad el criterio para la determinación de la salud. Finalmente, en cuanto a la tierra como elemento primordial, no tenemos ningún testimonio relativo a dicha teoría. ARISTÓTELES (Metafísica 988b30) afirma que ningún fisico pensó en la tierra como hypokeímenon . Su inclusión puede estar relacionada con una enumeración tradicional posterior a Empédocles.
3 Al principio del tratado el autor postula lo visible (phanerón) como único ámbito de conocimiento y práctica médica. Frente a aquellos que ponían en duda los testimonios de los sentidos (ANAXÁGORAS , 59 B 21 DIELS -KRANZ ; MELISO , 30 B 7 D-K) tanto Sobre la medicina antigua como NH defienden que los fenómenos no perceptibles por los sentidos (aphanéa ) no son objeto de conocimiento exacto. Frente a ellos, dentro del propio Corpus Hippocraticum , el autor de Sobre las ventosidades , tratado influido por los discípulos de Heráclito, declara que las realidades no perceptibles sensorialmente son inteligibles por la razón.
4 En este pasaje tenemos un testimonio sobre la antilogía, una de las prácticas dialécticas de la época. Según el testimonio de PLATÓN (Gorgias 456b-c), los médicos, bien en su propia oficina, bien ante un público, tenían que enfrentarse a los sofistas omniscientes, a otros colegas de profesión o al auditorio de la pólis a fin de obtener el puesto de médico público.
5 Katabállein , verbo de evidentes connotaciones pugilísticas. J. JOUANNA (Hippocrate , París, 1992, pág. 121) señala que las disputas oratorias podían enfrentar a dos oradores exactamente como si fueran dos luchadores frente a un público que desempeñaba el papel de árbitro. La metáfora de la lucha en la que se debía vencer tres veces seguidas, expresa adecuadamente lo que podía haber de espectacular y agonístico en esas disputas oratorias. Se puede rastrear el uso de esta analogía pugilística en pasajes de ESQUILO (Agamenón 171; Coéforas 339; Euménides 589) o PLATÓN (Eutidemo 277d). Tenemos noticia, además, de una obra de PROTÁGORAS titulada Lógoi katabállontes (80 B 1 DIELS -KRANZ ).
6 Esta imagen sirve para arremeter finalmente contra el discípulo de Parménides. Nuestro autor se ha venido sirviendo a lo largo de su exposición de las críticas de Meliso contra los monistas jonios, incluso de sus mismas palabras: el empleo de eónta para referirse a los elementos primordiales está también atestiguado en MELISO (tà eónta ginṓskein , 30 B8, 3). No obstante, no se critica ninguna teoría del eleata, defensor de la existencia de una sustancia única, ingenerada, indestructible e ilimitada. Por otro lado, el empleo del verbo orthoûn parece tener un doble sentido: «poner en pie» y «volver exactos». Pese a que ambas escuelas discrepen —para Jouanna este prólogo es un testimonio de la polémica entre Meliso de Samos y Diógenes de Apolonia—, el hecho de que los jonios sean presa de disputas internas sobre la designación de la sustancia única no significa sino que dan la razón a la idea de Meliso: lo que existe es una unidad y esto es tanto una unidad como el todo. Para la polémica entre Diógenes y Meliso, véase J. JOUANNA , «Rapports entre Melissos de Samos y Diogène d’Apollonie á la lumière du traité hippocratique De natura hominis» Revue des Études Anciennes 67 (1965), 306-323.
7 Tras la crítica a los filósofos monistas, es el turno de los médicos defensores de la idea de la existencia de una sustancia única en el cuerpo humano. La refutación comienza por la teoría de la sangre como ese elemento primordial, atribuida a Trasímaco de Sardes por el Anonymus Londinensis (XI 43 y XII 8), que, en paralelo con la mención en primer lugar del agua en el capítulo anterior, quizá estuviera muy en boga entre los médicos contemporáneos de nuestro autor. Trasímaco atribuía las enfermedades a las modificaciones de la sangre. La acción del calor o del frío la convertía en pus, pituita o bilis, sustancias nocivas para el recto equilibrio de la salud. ARISTÓTELES (Acerca del alma 405b) proporciona otro testimonio de esta teoría, sostenida en este caso por Critias, que consideraba que la sangre era el elemento primordial del hombre y causa de susensibilidad. En cuanto a la bilis o la pituita, señala Galeno en su comentario a este tratado que no fueron postulados por ningún médico como humores primordiales. Siguiendo a Jouanna, se hace difícil admitir que nuestro autor haga en dos lugares referencia a estas teorías si no existían.
8 Es frecuente la consideración de la influencia de la temperatura sobre el ser humano. Trasímaco de Sardes atribuía las enfermedades a trastornos producidos en la sangre, el humor primordial, por el efecto de un exceso de calor o frío. También en el tratado Sobre las hebdómadas (IX 442 LITTRÉ ) se hace referencia a esta idea. Para DIÓGENES DE APOLONIA (64 B 5 DIELS -KRANZ ) la cantidad de calor era uno de los factores de diferenciación entre los seres. El autor de Sobre la medicina antigua (16 JONES ) resta importancia a esta influencia: para él son los principios activos menos importantes.
9 Referencia a uno de los puntos de discordia entre los sistemas monistas: la explicación del dolor en una sustancia única. DIÓGENES DE APOLONIA (64 B 2 DIELS -KRANZ ) negaba la posibilidad de la existencia del dolor en un sistema pluralista: la capacidad de un ser para provocar daño a otro, como también el hecho de que se puedan mezclar, significa que su composición de ambos es la misma. Por el contrario, nuestro autor afirma que el monismo no puede explicar el dolor, porque su existencia presupone la alteridad, la existencia de un contrario. MELISO DE SAMOS (30 B 7, 2 DIELS -KRANZ ) utiliza un argumento semejante, aunque con opuesta intención, para rebatir a los monistas jonios: «No tiene dolor; no podría ser un todo si tuviese dolor. En efecto, una cosa que tiene dolor no puede ser siempre, ni podría tener una fuerza igual a la sana; y no sería tampoco homogénea, si tuviese dolor: sufriría, ciertamente, si algo se le quitase o agregase, y no sería, por tanto, ya homogénea. Tampoco lo que es sano podría tener dolor: perecería, en efecto, lo que es sano —lo que es— si se generase lo que no es» (Los filósofos presocráticos , B. C. G. 24), Madrid, 1986. Trad. de F. J. OLIVERI ).
10 Katà nómon y katà phýsin . P. LAÍN ENTRALGO (La Medicina Hipocrática , Madrid, 1987) analiza en varios lugares el empleo de esta expresión en el Corpus Hippocraticum , especialmente a la luz del tratado Aires, aguas y lugares .
11 El nacimiento de un ser sólo es posible a partir de otros dos seres de la misma especie que posean las mismas cualidades (dynámeis) . Por tanto, la necesidad de mezcla supone alteridad, lo que niega la hipótesis de una sustancia única. Jouanna interpreta los argumentos de nuestro autor como inversiones de las críticas de Meliso a Diógenes de Apolonia. Para Diógenes la reproducción, como cualquier interacción entre los seres naturales, demuestra la existencia de una unidad sustancial. Frente a esta idea, la noción de ser de MELISO excluye el nacimiento (30 B 1, B 2 y A 5 DIELS -KRANZ ), al igual que excluye todo cambio, límite o movimiento. Tras dos capítulos de crítica a las concepciones monistas en filosofia y medicina, el autor aboga por una teoría pluralista que es una transposición de la teoría de la phýsis de Empédocles al plano de la naturaleza humana. Sobre la influencia de Empédocles, véase J. JOUANNA «Présence d’Empedocle dans la collection hippocratique», Bulletin de l’Association Guillaume Budé, Lettres d’Humanité , XX (1961), 452-463.
12 El concepto de mezcla (krâsis, krêsis) es fundamental dentro de la teoría humoral. La salud es el estado que resulta del recto equilibrio de la mezcla de las diversas cualidades —aquí lo frío, lo cálido, lo húmedo y lo seco, cualidades fundamentales de los cuatro principios de Empédocles: agua, fuego, aire y tierra— y de los humores que integran la naturaleza del ser humano. ARISTÓTELES (Sobre las partes de los animales 673b250 y Reproducción de los animales 744a30) utiliza el término eukrasía (mezcla bien temperada), no atestiguado en el CH , para denominar dicho estado. Para el concepto de krâsis dentro de la medicina hipocrática, véase P. LAÍN ENTRALGO , La medicina ...
13 El hombre se compone de distintos principios que se reúnen en su nacimiento y, a su muerte, vuelven a su lugar de origen en virtud de la ley de atracción entre semejantes, que explica en NH el ciclo de los humores, el mecanismo de la nutrición y los efectos de la ingestión de purgas. Sobre las enfermedades IV 17 recoge la misma teoría acerca de la disgregación de las cualidades fundamentales. Asimismo, varios fragmentos de EMPÉDOCLES (1 A 85 y 31 B 62, 6 DIELS -KRANZ ) atestiguan esta misma idea, de la que se hacen eco EURÍPIDES (Suplicantes 532-534), JENOFONTE (Ciropedia VIII 7, 20) y CICERÓN (Sobre la vejez , 22). En relación con la atracción entre semejantes, cabe recordar también el proverbio «espontáneamente los buenos van a las comidas de los buenos» (autómatoi d’agathoí agathôn epì daîta íasi) recogido en un juego de palabras por PLATÓN en Banquete (174 b). Por otra parte, esta ley es un punto de partida de la iniciación dialéctica que Diotima lleva a cabo con Sócrates en la obra citada.
14 Primera mención en el tratado de los cuatro humores que constituyen la naturaleza del hombre. Cabe decir que, aunque NH es el tratado hipocrático que mejor recoge y formula la teoría humoral, no aparece una palabra específica para referirse a estos elementos, sino que alternan tà eónta, tà eneónta, tà syngenónta y chymós . P. LAÍN ENTRALGO (La medicina ..., pág 147 y ss.) define humor como «un elemento secundario del cuerpo animal, caracterizado genéricamente por su elementalidad biológica —esto es, por el hecho de funcionar en la vida normal como sustancia que no se descompone en otras más simples—, por su fluidez, aunque esta sea tan escasa en la bilis negra, y por su mixcibilidad». Este esquema de cuatro humores coincide con el expuesto en el tratado Sobre los humores y para Laín Entralgo era la teoría común de la escuela de Cos, que pasó a la posteridad a través de Galeno. El propio LAÍN ENTRALGO (La medicina ..., pág. 152) menciona el paralelismo entre esta teoría humoral de resonancias empedocleas y la doctrina india de los elementos del organismo. Según ésta, los últimos elementos del universo (tridâthu) son el viento, el fuego y el agua, que se corresponden con los tres principios fundamentales del cuerpo humano: el soplo (prâna) , la bilis (pitta) y la pituita (kapha o çesman) , a los que se añade, en segundo orden, la sangre (rakta) . Los desordenes cardinales de la salud (tridosa) son también tres, en consonancia con los elementos fundamentales. Sobre la presencia de la bilis negra, véase la introductión al presente tratado.
15 Explicación de la salud como igualdad de fuerzas, elementos o principios (isonomía tôn dynámeōn) . El primer testimonio que tenemos de esta explicación de la salud y la enfermedad mediante una expresión que encierra una metáfora política —la isonomía era una de las reivindicaciones políticas de los ciudadanos griegos que aspiraban a la igualdad legal en los siglos VI y V a. C.— fue formulado por ALCMEÓN DE CROTONA (24 B 4 DIELS -KRANZ ), médico contemporáneo de Pitágoras, y volverá a aparecer en otros médicos de la Magna Grecia, como Filistión de Locres (Anonymus Londinensis , XX, 34-37), y PLATÓN (Timeo , 82 a). Sobre la influencia de la medicina siciliana en el Timeo , véase R. JOLY , «Platon et la medecine», Bulletin de l’Association Guillaume Budé, Lettres d’Humanité 20 [1961], 439-451). Esta misma idea, aunque dentro de una visión estrictamente dietista, aparece en Sobre la medicina antigua 14, en donde la cocción (pépsis ) es el criterio de determinación de la salud. Sobre la ausencia del concepto de cocción de un humor en NH , véase la introducción de J. JOUANNA a la edición de Sobre la medicina antigua (De I’Ancienne Medecine , París, 1990, pág. 62).
16 La alteración del recto equilibrio en la mezcla de los humores produce la separación de éstos (apókrisis) , y su segregación, ya hacia el exterior del cuerpo, ya en su interior, es la causa de las enfermedades, bien por el vaciamiento (kénōsis) derivado del exceso en la evacuación, bien por el excesivo almacenamiento de un humor producido por su desplazamiento (metástasis) hacia otra zona del cuerpo. Kénōsis, metástasis y apókrisis son términos del lenguaje médico. La lengua de los médicos contribuyó a la extensión de los sustantivos abstractos en -sis . El término apókrisis en el sentido de separación de los humores dentro del cuerpo aparece también en Sobre la medicina antigua 14. Sobre el uso en el Corpus Hippocraticum de estos conceptos de la anatomía patológica, véase LAÍN ENTRALGO , La medicina ..., pág. 204 y ss. En Sobre las enfermedades I 20 y Sobre los lugares en el hombre 10 se atribuyen a las segregaciones de humores los mismos efectos dañinos sobre la salud.
17 Seguimos la sugerencia de Jouanna de traducir nómos por «uso corriente», no por «ley» ni «convención» (Jones). Parece deducirse de aquí que para nuestro autor no existe una antítesis real entre la convención y la naturaleza, la conocida oposición nómos/phýsis , sino una correspondencia entre las palabras y las realidades que designan, contrariamente a las radicales tesis de los sofistas en cuanto a la separación entre los dos ámbitos. Para Jouanna, este texto es un testimonio de que a finales del siglo V la antítesis entre estos dos conceptos no siempre reflejaba la oposición entre un valor positivo y otro negativo.
18 El autor recurre aquí a la observación empírica como criterio de demostración de sus tesis. En varias ocasiones a lo largo del tratado intenta demostrar que sus ideas son una deducción correcta de los datos de lo visible (tò phanerón) , aportando explicaciones concretas de fenómenos que ocurren en el cuerpo humano, e incluso analogías con procesos animales y vegetales, frente a las teorías de los filósofos y médicos monistas, incapaces de demostrar sus tesis en el ámbito de lo sensible.
19 Es frecuente en el Corpus la referencia a purgas de pituita y de bilis, especialmente en tratados de inspiratión cnidia. Así, Sobre las enfermedades I 8; Sobre las enfermedades II 13 y 15; Sobre las enfermedades III 10 y 16; Sobre los lugares en el hombre 28; Sobre la naturaleza de la mujer 22. Los medicamentos para evacuar la bilis negra sólo son citados en Sobre las afecciones 36.
20 Nueva crítica a la metodología de algunos médicos monistas que pretenden deducir sus tesis a partir de datos sensibles. La discusión contra los médicos monistas se sitúa plenamente en el ámbito de la experiencia (tò phanerón) . Por otra parte, el vómito de alguno de los humores es uno de los elementos del diagnóstico en el Corpus; véase Pronóstico 13; Aforismos IV 25; Aforismos VII 37; Enfermedades III 14; Prenociones de Cos 545.
21 El recurso a la analogía entre la naturaleza humana y el ámbito vegetal es frecuente en el Corpus; cf. Sobre los humores 11; Sobre la dieta 68; Sobre la generación-Sobre la naturaleza del niño-Sobre las enfermedades IV. Asimismo, EMPÉDOCLES (31 A 70 DIELS -KRANZ ), autor de manifiesta influencia sobre el tratado que nos ocupa, se sirve de un razonamiento analógico similar para comparar el desarrollo de los brotes en los árboles y el crecimiento de los embriones. Para REGENBOGEN («Einer Forschungmethode antiker Naturwissenschaft», Kleine Schriften , Munich, 1961, págs. 131 y ss.) tales comparaciones son un método para explicar los fenómenos invisibles a partir de los visibles. JOUANNA («Présence d’Empedocle...», 456) interpreta el razonamiento analógico de nuestro autor como una reafirmación del carácter empírico de la medicina y como reivindicación de ésta como un saber autónomo con una metodología propia, no vicaria de la filosofía. Cabe señalar también que la comparación establecida en este texto se fundamenta en la ley de la atracción entre lo semejante —véase supra nota 13— aunque nuestro autor añade un matiz al indicar que primero se extrae la sustancia más semejante y, a continuación, el resto.
22 Esta relación entre el invierno y la pituita (phlégma) aparece también en Aires, aguas y lugares 7 y 10. Asimismo, la consideración de la pituita como el humor más frío es común a los tratados de influencia cnidia y de la escuela de Cos, véase Aires, aguas y lugares 10; Sobre la enfermedad sagrada 6 (10 GRENSEMANN ); Sobre las afecciones 24; Sobre las enfermedades I 24 y Sobre las enfermedades II 8. Otros autores derivaban etimológicamente phlégma del verbo phlégein («encender, inflamar»). Así, FILOLAO (44 A 27 DIELS -KRANZ ) y DEMÓCRITO (68 A 159 DIELS -KRANZ ) consideraban la pituita un humor caliente, tambien PRÓDICO (84 B 4 DIELS -KRANZ ), que llamaba blénna al humor frío, generalmente llamado phlégma , y reservaba este nombre para una excesiva cocción de los humores, como Protágoras. En cambio, PLATÓN (Timeo 85b) critica a los que ponen en relación la flema y las inflamaciones del cuerpo, que para él se deben a subidas de temperature de la bilis.
23 Principio fisico general que encontrará su reflejo en el capítulo 12 para explicar la mayor temperatura del cuerpo de los hombres durante su juventud. Para Jouanna estas referencias internas son pruebas de la unidad del tratado y de la intención sistematizadora del autor.
24 Sobre la relación entre las hinchazones de color blanco, la flema y el invierno, véase también Aires, aguas y lugares 7 y Enfermedades II 71.
25 A causa de la ley de los semejantes, la sangre, caliente y húmeda, aumenta en primavera. Sobre la consideración de la sangre como un humor caliente, véase Sobre la enfermedad sagrada 7 (12 GRENSEMANN ) y Sobre las enfermedades I 24. La relación entre la sangre y la primavera (recuérdese el dicho popular), en cambio, no está atestiguada antes de este tratado y se puede deber a la voluntad del autor de elaborar un sistema cerrado basado en el número cuatro: cuatro humores, cuatro cualidades fundamentales y cuatro estaciones.
26 La bilis amarilla, seca y caliente, alcanza su dominio en verano, estación con la que se corresponde según la ley de semejantes. En el tratado coico Aires, aguas y lugares 7 se pone en relación el verano y la bilis, pero no es una constante en el Corpus hasta la aparición de NH y de los tratados redactados bajo su influencia (Sobre los humores 14, Sobre las afecciones 14, Sobre las afecciones internas 28)
27 La bilis negra aparece en NH con el rango de humor y con naturaleza propia, en lo que parece ser un planteamiento original de nuestro autor, quizá para cerrar coherentemente su sistema cuaternario. Tal consideración de la bilis negra no aparece en los tratados de la escuela de Cos anteriores a NH , pero sí en los posteriores (Epidemias IV 16).
28 Áneu pántōn tôn eneóntōn en tôde tô kósmō , comparar con DIÓGENES DE APOLONIA (DIELS –KRANZ , 64 B 2): tà en tôde tô kósmō eónta y en tôde tô kósmō eónta . Para Jouanna el uso de kósmos con el sentido de «orden del mundo» o «mundo ordenado», significado técnico de la palabra en el siglo IV (JENOFONTE , Recuerdos de Sócrates I 11, y PLATÓN , Gorgias 507e–508a), no es frecuente en el siglo V , aunque admite queestán bastante cerca de él fragmentos de HERÁCLITO (22 B 30 DIELS –KRANZ ), EMPÉDOCLES (31 B 134 DIELS –KRANZ ) O ANAXÁGORAS (59 B 8 DIELS –KRANZ ). Kósmos significa «mundo» como totalidad de seres estructurados y vinculados por una misma ley (anánkē) , por las causas necesarias que gobiernan los fenómenos naturales y las realidades concretas de la phýsis , relacionadas entre sí según un esquema macrocosmos–microcosmos. Sobre la dieta VI 484 define el cuerpo del hombre como imitación del todo (apomímēsis toû hólou) y Sobre las hebdómadas , en un texto con paralelos indios e iranios, hace corresponder las diferentes partes de la anatomía humana con los elementos del mundo: el firmamento, con la piel; las estrellas y el Sol, con el calor subcutáneo; la Luna, con el diafragma; el aire, con el pneûma , el aliento; el agua, con el vientre; la tierra, con los huesos, la carne, el cerebro, la médula, el esperma, la sangre, la vejiga y el ano. Acerca de estos conceptos y, más específícamente, sobre la relación macrocosmos–microcosmos en el Corpus , véase P. LAÍN ENTRALGO , La medicina ..., págs. 124 y ss.
29 Referencia a las fiebres, clasificadas por su duratión, de las que se ocupará en el capítulo 15. Cabe señalar que Fredrich, en un estudio sobre el tratado, consideraba el capítulo 8 como el final lógico del tratado, ya que desde un punto de vista retórico cierra un lógos sobre la naturaleza humana. En cambio, algunos de los partidarios de la unidad del tratado, como Schöne y Deichgräber, creen que con él concluye una exposición general y se da paso a un desarrollo más técnico sobre la patología; otros, como Jouanna, consideran que el capítulo 8 es el comienzo de la sección dedicada a la patología y la terapéutica: el ciclo de las estaciones es un factor que favorece el desarrollo de enfermedades, aunque no su causa determinante. El hecho de que un humor predomine durante un período de tiempo no conlleva necesariamente un desequilibrio en la mezcla de los humores, es el predominio excesivo lo que provoca la ruptura de la harmonía. Las causas reales de las enfermedades (régimen, aire, desplazamientos de humores y fiebres) serán estudiadas en el capítulo 9.
30 Principio terapéutico de antipatía o alopatía, curación mediante contrarios para restablecer el equilibrio perdido. Un paralelo a este texto lo encontramos en Aforismos II 22 y Sobre las ventosidades 1. La medicina hipocrática se sirvió principalmente del tratamiento alopático, aunque recurrió a la homeopatía si los casos concretos lo precisaban (Sobre los lugares del hombre 42). Por otra parte, PLATÓN (Banquete 186c) pone los mismos términos de vaciamiento (kénōsis) y plétora (plesmonḗ) en boca del médico Erixímaco, que define la medicina como el «conocimiento de las tendencias amorosas del cuerpo respecto a llenarse y a vaciarse» (trad. L. GIL , Barcelona, 1983, pág. 50). Es interesante comprobar ciertas concomitancias entre el discurso de Erixímaco y nuestro tratado, ya que el médico caracterizado por Platón está profundamente influido por las teorías de Empédocles y la medicina de la Magna Grecia, vinculada con la definición de salud de Alcmeón de Crotona como equilibrio y armonía.
31 Esta lúcida distinción entre enfermedades provocadas por la dieta y epidemias causadas por miasmas en el aire es común a Sobre los aires, aguas y lugares 2 y Sobre las ventosidades 6-7. El Anonymus Londinensis atribuye esta doctrina al propio Hipócrates. Sobre los testimonios de este papiro, véase C. GARCÍA GUAL , «Introducción general», Tratados Hipocráticos I , B. C. G. 63, Madrid, 1990, págs. 37 y ss
32 La recomendación de que todo cambio (metabolḗ) en los hábitos de vida sea mesurado y paulatino es una doctrina muy difundida en el Corpus y se relaciona con la invitación a la mesura y el rechazo del exceso tan frecuente en los textos griegos. Véase Sobre la dieta en las enfermedades agudas IX; Aforismos II 51. En este caso el cambio ha de ser de grado, no radical, y con la intención de adelgazar para disminuir la actividad respiratoria e inspirar una menor cantidad de miasmas. Por otra parte, aunque estas recomendaciones parezcan ingenuas, es un hecho probado que la obesidad disminuye la resistencia del paciente a la enfermedad.
33 Esta descripción de los vasos aparece citada en parte por ARISTÓTELES en su Investigación sobre los animales III 3, 512b–513a, y en el tratado Sobre la naturaleza de los huesos 9. Su inclusión aquí obedece a la necesidad de conocer las trayectorias de los vasos sanguíneos para poder llevar a cabo flebotomías en aquellas partes en las que los humores, por haberse aislado y acumulado de modo aberrante, son causa de dolencias, tal como se ha indicado en el capítulo 4. Esta relación interna entre la exposición general, la patología y la terapéutica es uno de los argumentos aducidos a favor de la unidad formal y de contenido del texto. Por otra parte, sigo la recomendación de Jouanna de traducir phlébes por «vasos», no por «venas», ya que nuestro autor no conocía la diferencia entre arterias y venas. Sobre la importancia de esta descripción de los vasos sanguíneos en la polémica acerca de la datación y autoría del texto, véase la introducción al tratado.
34 Para la teoría de que los vasos sanguíneos parten de la cabeza, cf. Sobre la naturaleza de los huesos 8. En Sobre los aires, aguas y lugares se señala que un corte en las venas situadas detrás de la cabeza producía impotencia y Alcmeón de Crotona afirmaba que el semen procedía del cerebro.
35 Este par de vasos transportan el líquido seminal desde el cerebro a los órganos genitales en Sobre los aires, aguas y lugares 22.
36 El tercer par corresponde a los dos vasos grandes descritos por Sienesis de Chipre (cf. Sobre la naturaleza de los huesos 8).
37 La idea del cruce de los vasos es común en los textos. La encontramos en Sienesis de Chipre, en DIÓGENES DE APOLONIA (64, B 6 DIELS-KRANZ ) y en PLATÓN (Timeo, 77 e). También está presente en la medicina india.
38 Sorprende que el autor no haga ninguna referencia al corazón en la descripción del sistema sanguíneo, cuando varios de sus antecesores y contemporáneos consideraban que tenía una función dentro de éste. Así, EMPÉDOCLES (31 B 105 DIELS -KRANZ ), DIÓGENES DE APOLONIA (64 B 6 DIELS -KRANZ ) y algunos tratados hipocráticos (Sobre la enfermedad sagrada 3 [GRENSEMANN , 6]; Enfermedades IV 33; Carnes 6). Esto ha llevado a pensar que es una de las teorías más arcaicas del Corpus , aunque debía ser bastante célebre en su época a tenor de la larga cita de la Investigación sobre los animales de ARISTÓTELES .
39 La idea de que el ablandamiento de la carne provoca un flujo de humores nocivos aparece también en PLATÓN (Timeo 82e ). En este capítulo el autor continúa con el estudio de las causas de las enfermedades, aunque de un modo restringido a individuos de determinada edad y constitución física.
40 La teoría de que el pus es sangre corrompida se encuentra también en Sobre las enfermedades I 15; Sobre las enfermedades IV 14 y Sobre las ventosidades 10.
41 Frente a los que sostienen que este pasaje es una interpolación (Willamowitz, Fredrich) o los que consideran que es un fragmento desplazado de su lugar en un posible epítome (Schöne), Jouanna interpreta la demostración concreta del principio general expuesto en el capítulo 7, en el que se afirmaba que todo lo que es movido por una fuerza, aumenta su temperatura bajo el efecto de ella. Añade Jouanna que no hay una ruptura en el razonamiento, como interpreta Fredrich, sino que el autor quiere indicar aquí que el proceso de separación de la orina descrito en las líneas previas provoca en el caso de los niños, por su mayor temperatura corporal, la formación de cálculos en la vejiga, lo que no sucede en los adultos. Se encuentra un paralelo en Aires, aguas y lugares 9.
42 Los comentarios discrepan sobre el sentido de la expresión ex olígou . Littré, Jones y Vegetti entienden que se refiere a enfermedades cuyo período de incubación es corto. Para Jouanna esta interpretación es incorrecta, ya que en el Corpus no aparece la idea de incubación. Tendría, por tanto, un sentido cuantitativo, no temporal (Enfermedades II 14 y 51; Enfermedades IV 38; y Sobre la dieta 32 y 90).
43 El uso del término próphasis en el Corpus ha sido objeto de varios estudios. Para una visión de las diversas teorías, véase K. DEICHGRÄBER , «Próphasis . Eine terminologische Studie», Quellen und Studien zur Gesichte der Naturwissenschaft und der Medizin III 4, 1933, págs. 1-17; y LAÍN ENTRALGO , La medicina ..., págs. 83–85, y 194–200. En buena parte de los casos se refiere a un fenómeno que precede a la enfermedad o que es el punto de partida de la misma (Epidemias III 4 y VII 120), frente a aítion , que alude a la causa profunda (Aires, aguas y lugares 4). En este contexto, sin embargo, próphasis es sinónimo de aítion (así también en Sobre la enfermedad sagrada 2), lo que dificulta una especialización clara entre los dos términos. Este sentido técnico de próphasis aparece también en PLATÓN (República VIII 556; y Timeo 66b y 92a).
44 En griego, sýnochos, amphēmerinós, tritaîos y tetartaîos . La fiebre continua (sýnochos) no tiene remisión y está atestiguada también en Epidemias I, 4 (synecheîs) . La cotidiana (amphēmerinós) aparece también en Sobre la enfermedad sagrada 1, Epidemias I 4 y en PLATÓN , Timeo 86 a, donde la causa de su origen es el exceso de aire. Para la terciana (tritaîos) , véase Epidemias I 11 y Aforismos III 21. La cuartana (tetartaîos) es considerada por los médicos del Corpus como la de mayor duración (Epidemias I 11 y Aforismos II 25, en donde se distingue entre cuartanas de verano y de invierno). En ningún otro tratado se relaciona esta fiebre con la bilis negra, debido a la importancia que da este tratado a la bilis negra Así hará también GALENO (De placitis Hippocratis et Platonis) .
45 Para el concepto de krísis en la medicina hipocrática, véase LAÍN ENTRALGO , La medicina ..., pág. 213 y ss.: «es en esencia una modificación más o menos súbita del estado de la enfermedad, que cuando es perfecta anuncia la curación, y cuando no lo es deja la vía abierta a la recidiva y acaso a la terminación letal del proceso morboso». Añade el mismo autor que esta palabra pudo tener connotaciones jurídicas (cf. ESQUILO , Agamenón 1289: theôn krísei ).
46 Toùs idiṓtas: para el término véase también Sobre las afecciones I 33, 45; Sobre la dieta 3, 68. JAEGER (Paideia , Buenos Aires, 1993) lleva a cabo una interesante disquisición sobre la diferencia entre el médico como hombre de actuación pública y el idiṓtēs (el ciudadano privado) como objeto de la actividad demiúrgica del médico a partir de la progresiva especialización de la medicina. Los capítulos 16-24 son considerados por algunos editores (Littré, Jones, etc.) como un tratado independiente al que titulan Sobre el régimen salubre .
47 Continúa la idea de que todo cambio ha de ser paulatino y gradual para evitar trastornos en el cuerpo derivadas de modificaciones drásticas en el modo de vida.
48 El autor distingue dos tipos humanos según su sequedad o humedad. El régimen ha de buscar el equilibrio de estos principios y evitar la predominancia de uno de ellos. Esta clasificación corresponde a la oposición tradicional en el Corpus entre biliosos y flemáticos. Sobre la cuestión de los tipos fisiológicos, véase. H. L. DITTMER , Konstitutionstypen im Corpus Hippocraticum , Diss., Jena, 1940.
49 Distinción clásica en el Corpus entre jóvenes, cuyos cuerpos son secos y calientes, y ancianos, de cuerpos húmedos y fríos. Así también en Sobre la dieta 33.
50 Recomendación bastante insólita y que no ha logrado ser satisfactoriamente explicada por los comentaristas. Jouanna trae a colación que en Sobre la dieta 65 el aceite es considerado caliente.
51 Asthmaínontas , término poético atestiguado en HOMERO (Ilíada X 376), ESQUILO (Euménides 651) y PÍNDARO (Nemeas III 48), que pasó al vocabulario médico con el significado de «jadear tras un esfuerzo» (Enfermedades III 7 Y Epidemias VII 9).
52 En Sobre la dieta 45 se indica que el sésamo provoca una sensación de hartazgo al que lo come.
53 Las mujeres deben seguir un régimen más seco que los hombres, ya que su constitución es más húmeda (Sobre los aires, aguas y lugares 11; Sobre la dieta 34 y Sobre las enfermedades de las mujeres I 1).
54 Después de tratar el régimen de los que llevan una vida normal, el autor aborda el régimen de los atletas en una serie de breves consejos dirigidos más a la salud de los atletas que al rendimiento deportivo. Para una comparación con los consejos de entrenamiento, véase Sobre la dieta 68.
55 Según FILÓSTRATO (Gimnástico 43), el régimen de los atletas consistía en carne de buey, toro, vaca y antílope.
56 Estos dos capítulos finales son unánimemente considerados como una interpolación. Además, el capítulo 23 corresponde con el comienzo de Sobre las enfermedades II. Esta coincidencia ha sido interpretada como testimonio de un orden antiguo en el Corpus; véase el comentario de JOUANNA , pág. 310.
SOBRE LOS LUGARES EN EL HOMBRE
(Perì tópōn tôn katà ánthrōpon)

INTRODUCCIÓN
1.
Presentación. Resumen del contenido
Este tratado, que ofrece una riquísima revisión anatómica y, sobre todo, patológica del cuerpo humano, ha recibido muy poca atención hasta muy recientemente y ha suscitado, además, valoraciones muy diversas entre los editores y estudiosos del Corpus Hippocraticum . Así, por ejemplo, mientras Littré no le concede una importancia especial y lo encuadra entre los opuscula , para su más reciente editora y comentadora, E. M. Craik 1 , se trata probablemente del más antiguo de los escritos presentes en el Corpus y un hito fundamental en el pensamiento científico griego.
Presenta este tratado numerosos problemas relacionados con su cronología, su adscripción a una escuela determinada, su estructura y su contenido, bastante oscuro en muchas ocasiones. Pero no es menos cierto que, al ocuparse tanto de la descripción anatómica como de la patología, de la terapia y de aspectos centrales de la teoría médica, su aportación es del mayor interés para conocer el estado de los conocimientos médicos en un momento bastante antiguo del desarrollo de esta ciencia.
Para el comentario que sigue nos valemos en gran medida de los excelentes introducción y apéndices de la edición de R. Joly 2 , así como del completísimo comentario de E. M. Craik.
El contenido del tratado puede resumirse como sigue:
§
1: Introducción: el cuerpo es un conjunto unitario y sus miembros son solidarios. Las enfermedades se transmiten de unas partes a otras.
§§
2-8: Sección anatómica. En cada uno de los apartados sigue habitualmente a la descripción una indicación de los principales males que pueden aquejar a cada parte del cuerpo.
§ 2:
Las aberturas que hay en la cabeza.
§ 3:
El sistema de las venas, cuyo punto de partida es también la cabeza.
§ 4:
Comparación breve entre venas y nervios.
§ 5:
Características de los nervios.
§ 6:
El sistema óseo.
§ 7:
La mucosidad del cuerpo.
§ 8:
Breve mención del sistema digestivo.
§§
9-22: Sección patológica sobre los males provocados por los flujos. En cada apartado, se describe el recorrido del flujo, los síntomas de los males que provoca y la terapia para cada caso.
§ 9:
Las causas de los flujos.
§ 10:
Revisión general en función de su destino desde su punto de partida en la cabeza.
§§ 11-13:
Flujos de la cabeza:
§ 11:
nariz;
§ 12:
oídos;
§ 13:
ojos.
§§ 14-15:
Flujos del torso, pecho (§ 14) y espina dorsal (§ 15).
§§ 16-19:
Flujos que van al tórax y tratamientos:
§ 16:
la bilis;
§ 17:
la pleuritis;
§ 18:
el empiema;
§ 19:
la consunción.
§ 20:
Flujo que va al vientre.
§ 21:
Flujo hacia la parte posterior del cuerpo.
§ 22:
Flujo a la cadera.
§§
23-40: Continuación de la sección patológica con indicación de todo tipo de males. Algunos de ellos ya se ha citado como resultado de los flujos; otros tienen un origen diferente. De nuevo en cada apartado, a la descripción del mal con sus síntomas le sigue una propuesta de tratamiento. En algunos casos la descripción es más pormenorizada, como en el caso de las fiebres (§ 27); en otros casos la relación es mucho más breve. No se descubre un orden particular en la secuencia. Desde § 31 se entremezclan algunos apartados dedicados a observaciones generales sobre la medicina y consejos amplios sobre formas de terapia.
§ 23:
Consunción posterior.
§ 24:
Agua en el epiplón.
§ 25:
Hidropesía infantil.
§ 26:
Pleuritis seca.
§ 27:
Fiebres.
§ 28:
Ictericia.
§ 29:
Úlcera ferina.
§ 30:
Angina.
§ 31:
Consejo general sobre las terapias.
§ 32:
Fracturas en la cabeza.
§ 33:
Varios remedios escuetamente enunciados para diversos males.
§ 34:
Otros consejos de tipo general para los tratamientos.
§ 35:
Comparación entre la gimnástica y la medicina.
§ 36:
Afecciones ulcerosas.
§ 37:
Flujos desde la cabeza.
§ 38:
Tratamiento de las afecciones antiguas y las heridas.
§ 39:
Nuevos consejos escuetos para varios males.
§ 40:
Indicaciones sobre las terapias por cauterización y extracción de sangre.
§§
41-46: Sección teórica sobre la medicina.
§ 41:
Dificultad de su aprendizaje. Causas y remedios múltiples y variables.
§ 42:
Efectos de principios contrarios y semejantes.
§ 43:
Elementos semejantes tienen efectos contrarios y viceversa por la debilidad del cuerpo.
§ 44:
La debilidad surge de la falta del necesario equilibrio entre el cuerpo y su alimento.
§ 45:
Tipos de fármacos según sus efectos.
§ 46:
La dicotomía entre ciencia o conocimiento, por un lado, y suerte o azar, por otro.
§
47: Apéndice: Sobre las enfermedades de las mujeres.
2.
Composición
La obra tal como la conocemos presenta problemas en cuanto a su estructura y se han señalado algunas incoherencias internas que han llevado a ciertos estudiosos a plantear la posibilidad de que esté incompleto e, incluso, a dudar de una autoría única.
Sobre la posibilidad de que falten algunas partes del texto original, se ha señalado la ausencia de una conclusión y, por otro lado, la existencia de apartados extremadamente breves, como el dedicado a los nervios (§ 5), de apenas unas frases, situado, sin embargo, junto a otros más largos y detallados que se ocupan de las venas (§ 3) y los huesos (§ 6). También son muy breves el dedicado a la alimentación (§ 8), a los flujos hacia la espina dorsal (§ 15), los que se ocupan de la consunción (phthísis) (§§ 19 y 23) o el que describe los síntomas y propone una terapia para las afecciones ulcerosas (§ 36).
Es preciso tener en cuenta, sin embargo, como señala R. Joly 3 que hay otros tratados que también carecen de conclusión, como Sobre la medicina antigua , cosa que no debe extrañar en composiciones relativamente arcaicas. En cuanto a la brevedad de algunos apartados, no puede descartarse, efectivamente, que hayamos conservado sólo formas abreviadas, resúmenes de ellos. Con todo, podríamos preguntarnos a qué respondería tal abreviación de unos apartados y no de otros. Finalmente, entre las numerosas citas posteriores que conservamos de este tratado (v. infra § 7), no existe ninguna que se refiera a algún término o pasaje que no hayamos conservado. Por tanto, sin poder descartar que en algún momento antiguo se produjese alguna pérdida en el texto original, ninguna prueba tenemos de que el tratado fuera compuesto con una longitud diferente de la que ha llegado a nosotros.
Un problema distinto es el de la posibilidad de que estemos ante un tratado compuesto por secciones o textos combinados de más de un autor, es decir, el de la falta de unidad de la obra. Entre los indicios de ello se cita, sobre todo, la presencia al final, después de las consideraciones generales, del apartado 47 dedicado a las enfermedades de las mujeres y que parece un texto añadido para completar una laguna temática del tratado. Por otra parte, es de notar que uno de los dos manuscritos principales que nos han transmitido la obra, el que se conoce habitualmente como A (Cf. infra § 6), acaba en el apartado 44, donde se añade la frase «Éste es el fin de la obra». Finalmente, K. Schubring 4 , el mayor defensor de la composición por varios autores, ha rastreado posibles contradicciones internas entre diversas secciones de la obra. En concreto, propone que un compilador último habría reunido textos anteriores de diversos orígenes y, particularmente, dos grandes secciones, que corresponderían a los apartados 9-23 y 24-30, respectivamente. Al propio compilador podrían corresponder la introducción y los apartados posteriores a 30. Entre los indicios más claros de contradicciones internas que señala K. Schubring podemos citar los siguientes:
a) En § 1 se dice que la humedad que se produce en el vientre por obra de los alimentos se desplaza hacia la cabeza, mientras en los apartados dedicados a los flujos (§§ 9-23) se hacen venir todos ellos de la cabeza.
b) En § 10 parece que la bilis es una transformación de la flema en el pecho, mientras que en §§ 27 y 33 la flema y la bilis se citan como dos humores diferentes, lo que podría sugerir la existencia de dos teorías diferentes sobre los líquidos del cuerpo.
c) La acumulación de líquidos se trata en diversas partes, como en §§ 21, 24 y 25.
R. Joly, defensor de la unidad del tratado, discute cada uno de estos argumentos. Así la adición del último apartado ginecológico la compara con lo que sucede en otros tratados, como, por ejemplo, la adición como apéndice de los cuatro últimos apartados de Sobre las enfermedades IV. Además, tanto Erotiano como Galeno conocieron el tratado con este apartado, como muestran sus glosas.
Con respecto a la ausencia de los tres últimos apartados en el manuscrito A, hace notar R. Joly acertadamente que, si este final adelantado hubiera estado en algún otro lugar diferente, al final de 40 o tras 46, por ejemplo, podríamos haber pensado con más fundamento en una adición en la otra gran familia de manuscritos, la representada por el manuscrito V. Pero los apartados 41 a 46 están fuertemente interrelacionados con referencias cruzadas entre ellos y estableciendo una perfecta secuencia en la discusión de los principios del equilibrio necesario en el cuerpo y las consecuencias de su falta. Sobre el origen de los flujos, señala también R. Joly que en realidad en §§ 9 y siguientes sólo se dice que en su recorrido final los flujos parten de la cabeza, pero nada impide pensar que, como en § 1, puedan haber llegado previamente allí desde otro punto del cuerpo.
En tercer lugar, hay razones para pensar que la bilis no es considerada, ni siquiera en § 10, como una transformación de la flema. De hecho en ese apartado sólo se dice: «Cuando [los flujos] fluyen hacia el pecho a causa del frío, se produce bilis» (gígnetai cholḗ) , lo que no puede ser interpretado de forma literal en el sentido de que «se convierten en bilis», como parece pretender K. Schubring.
Por último, que un mismo tema se trate en diversas partes no es extraño en estas descripciones antiguas. Repeticiones de todo tipo aparecen en otros tratados del Corpus Hippocraticum , especialmente si, como en este caso, hay pequeñas variaciones en cuanto al origen, evolución o resultado de un mal; aquí la acumulación de líquidos se estudia en los flujos que van por la parte posterior del cuerpo (§ 21), en los embolsamientos en el epiplón (§ 24) y en las hidropesías en el niño (§ 25).
Por consiguiente, los principales indicios de la existencia de diversas manos en Sobre los lugares en el hombre pueden discutirse con buenos argumentos, lo cual no excluye, desde luego, la posibilidad de que ese probable autor único se inspirara en distintas fuentes anteriores, que fueron asimiladas y reestructuradas para dar lugar a un tratado unitario como el que tenemos.
A todo ello hay que añadir que, frente a eventuales indicios de inconsistencias o diversas autorías, tenemos numerosos datos que apoyan una composición unitaria. En primer lugar, la propia estructura de la obra sigue una secuencia coherente: introducción, anatomía, patología y observaciones generales, con un apéndice ginecológico al final. En segundo lugar, determinadas ideas básicas sobre anatomía y terapia están presentes en toda la obra, como, por ejemplo, la consideración de la flema como el humor fundamental del cuerpo (passim) , la teoría de que los flujos se mueven hacia donde hay hueco en el cuerpo (§§ 9, 10, 14, 22, etc.) o la recomendación de que las purgaciones y limpiezas se hagan por la vía de salida más rápida y cercana (§§ 18, 21, 27, 45, etc.). En tercer lugar, la lengua presenta rasgos semejantes a lo largo de todo el tratado, como la presencia de un léxico propio ausente o apenas presente en otros tratados del Corpus (eutrepízō, inethmós, iêsthai, ináomai, lázomai, metalássō) , la utilización de verbo en plural para los sujetos neutros plurales, hóste + participio, en lugar de háte 5 o la presencia de algunos dorismos repartidos por toda la obra 6 .
En consecuencia, parece haber razones suficientes para considerar que este tratado fue compuesto por un mismo autor con una estructura y longitud básicamente idéntica a la que ha llegado hasta nosotros.
3.
Situación del tratado dentro de la tradición médica y del «Corpus Hippocraticum»
El tratado Sobre los lugares en el hombre presenta un estadio bastante arcaico de los conocimientos de medicina. Su autor, sin embargo, parece haber estado al corriente de las principales propuestas filosóficas de su tiempo, así como de las enseñanzas de las escuelas médicas más importantes, con especial presencia de la escuela de Cnido, pero con aportaciones de la escuela de Cos y de las tan desconocidas para nosotros escuelas occidentales, de la Magna Grecia.
Con respecto a la escuela de Cnido, hay claros contactos, particularmente con Sobre las enfermedades 7 . Así, por ejemplo, los humores que se citan, sobre todo los considerados más importantes (§§ 9-22), coinciden con los cuatro humores principales de la escuela cnidia, que son flema, bilis, sangre y agua. Hay también una concepción semejante de la ictericia (§ 28), analizada sobre todo en Enfermedades II 38-39. El contenido del § 47 sobre las enfermedades de las mujeres coincide en gran manera con los tratados cnidios que se ocupan de ese tema y, sobre todo, con Sobre las enfermedades de las mujeres I y II. La cauterización, recomendada para casos extremos en nuestro tratado (§§ 6, 40) aparece muy frecuentemente en los escritos cnidios, así como la extracción de sangre (§ 30). Finalmente, hay similitudes terminológicas, como el empleo de phlegmaíno para indicar «estar lleno de flema» (cf. por ejemplo, Sobre las enfermedades II 10, 29; 27; 28; 30, etc.), el uso de klydázetai para referirse al sonido que hace el pulmón cuando tiene un desgarro o la denominación de cholegón para los colagogos (Sobre las enfermedades de las mujeres I 26) y otras coincidencias 8 .
Por otro lado, debemos recordar que en la Antigüedad Sobre los lugares en el hombre (LH) se atribuía al propio Hipócrates y se la consideraba una obra de la escuela de Cos. De hecho, se han descubierto coincidencias con varios tratados de esta escuela, sobre todo con Sobre la medicina antigua y Sobre la dieta en las enfermedades agudas , que son, sin embargo, más recientes que este tratado. R. Joly 9 se interesa especialmente por los puntos de contacto con el primero de los escritos citados, en el que descubre sobre todo notables paralelismos teóricos. Así, por ejemplo, para Sobre la medicina antigua la ciencia médica no está toda descubierta, pero le falta poco (LH 46); no se puede aprender en poco tiempo (LH 41); se puede contraponer téchnē , «arte» o «ciencia», y týchē , «azar» (LH 46); hace falta contar con una cierta medida o equilibrio en el cuerpo y en los tratamientos (LH 44); la curación puede venir por remedios contrarios (LH 42).
Con respecto a la tradición médica occidental es poco lo que podemos decir, pues no conservamos ningún tratado inequívocamente atribuible a ella. Nuestra principal fuente de información son los extractos de las teorías de una veintena de médicos de los siglos V y IV a. C. conservados en el papiro conocido como Anónimo Londinense , probablemente parte de una obra de Menón, discípulo de Aristóteles. En Sobre los lugares en el hombre puede descubrirse la presencia de elementos occidentales quizá en la teoría sobre los flujos, donde hay similitudes con lo que sabemos de Filolao, Timoteo, Hipón y el propio Empédocles. Los elementos más seguros son, con todo, los terminológicos. Así, Erotiano, comentando la palabra kýbitos (§ 6), dice que es doria de Sicilia. El Anónimo Londinense asocia el término íchor , usado en §§ 12, 29, 32, con Filolao, aunque también con Deuxipo de Cos.
Si buscamos indicios de influencias más netamente filosóficas, ya hemos hablado de las posibles relaciones con el pensamiento de Anaxágoras y Empédocles. C. W. Müller 10 ha señalado, además, que algunos aspectos de § 41, particularmente la comparación de la medicina con la escritura, así como el tipo de argumentación de § 42, en donde se discuten los efectos contrarios que puede tener la aplicación del mismo remedio y viceversa, quizá tengan su origen y modelo en Gorgias. Por otro lado, M. Pohlenz, en un trabajo antiguo 11 , citado por R. Joly, señaló la afinidad de § 46, donde se contrapone técnica y azar, con las enseñanzas de Critias y Demócrito 12 .
Finalmente, es importante que nos detengamos un momento en lo que probablemente es la noción teórica más relevante de todo el tratado, el kairós , discutido en § 44. Parece evidente, en primer lugar, el paralelismo que puede establecerse con el famoso primer aforismo (Aforismos 1, 1): «La vida es corta; el arte, largo; el equilibrio, sutil (ho kairòs oxýs); el experimento, arriesgado y el juicio, difícil». El problema capital es, sin embargo, el de la intepretación que debe recibir este concepto. Parece que dentro del Corpus Hippocraticum hay dos líneas principales de utilización del término. Una parte de los tratados da más importancia al aspecto temporal, referido al momento preciso y exacto en que el médico o las diferentes sustancias del cuerpo deben actuar 13 . Otros tratados, en cambio, utilizan la noción en un sentido más cuantitativo, referido al equilibrio que han de guardar los principios activos y la medida que han de tener las intervenciones, particularmente en el terreno de la alimentación 14 . Es esta segunda interpretación la que parece que debe adoptarse para nuestro tratado, puesto que el kairós se utiliza fundamentalmente para referirse al dominio que el cuerpo, cuando está sano, tiene sobre lo que ingiere. Fuera del Corpus es posible que el médico Deuxipo también haya entendido así esta noción 15 , que tiene paralelos en el terreno filosófico en Aristóteles 16 , aunque con toda probabilidad como resultado de inspirarse en fuentes comunes, no por una relación directa entre nuestro tratado y el creador del Liceo.
En conclusión, el contenido del tratado Sobre los lugares en el hombre presenta importantes rasgos de arcaísmo, aunque posee ya una visión general de la medicina en sus aspectos anatómicos, patológicos y terapéuticos. Por otro lado, su autor estaba al corriente de las enseñanzas de las principales escuelas médicas griegas y, aunque presenta sobre todo coincidencias con los tratados cnidios, es uno de los escritos del Corpus Hippocraticum en los que se puede identificar con mayor claridad la presencia de elementos occidentales. Finalmente, la argumentación y terminología muestra que no era ajeno a las ideas filosóficas vigentes en el siglo V a. C.
4.
Datación y autoría
De todos los datos discutidos hasta ahora se puede deducir una fecha de composición bastante antigua para el tratado. La limitación de los conocimientos anatómicos, la simpleza de los tratamientos terapéuticos propuestos, la relativa pobreza de la terminología técnica nos lleva con toda probabilidad a un momento relativamente antiguo del desarrollo de la medicina.
En la Antigüedad se atribuía al propio Hipócrates. Autores posteriores propusieron como autor a Eurifonte, contemporáneo de Hipócrates, de la escuela cnidia. De hecho Galeno creía que Eurifonte había escrito varias obras atribuidas a aquél.
Sólo más recientemente se ha sugerido una fecha de composición posterior, incluso post-aristotélica 17 . Se ha aducido para ello la presencia de términos raros o inexistentes en el Corpus Hippocraticum y que, sin embargo, están presentes en tratados de Aristóteles. Es el caso, por ejemplo, de la diferenciación entre brónchos «tráquea» y oisophágos «esófago». Estas coincidencias, en todo caso, podrían explicarse por el conocimiento de una fuente común y no pueden en absoluto eliminar el imponente conjunto de evidencias a favor de la antigüedad del tratado señaladas más arriba.
La inmensa mayoría de los estudiosos, por tanto, se pronuncian por una composición antigua, del siglo V a. C., si bien con una cierto abanico de posibilidades. E. M. Craik es quien más lo retrotrae, proponiendo la primera mitad de ese siglo. Vegetti 18 lo fecha en torno al 440, C. W. Müller 19 y R. Joly 20 prefieren los últimos decenios del siglo V , aceptando Joly, incluso, que la fecha de composición podría llegar hasta el 390 a. C.
En cuanto a la autoría, nadie se inclina hoy por reconocer en el autor de este tratado a ninguno de los médicos antiguos conocidos por su nombre. Los estudios más recientes, sin embargo, coinciden en señalar la presencia de elementos de las tres escuelas médicas principales de su tiempo. Hay divergencia, sin embargo, a la hora de valorar tales elementos. Mientras que para R. Joly pudo tratarse de alguien encuadrado en la escuela de Cnido, que, sin embargo, conocía las otras escuelas médicas, particularmente la occidental, para E. M. Craik más bien debemos pensar en un autor de origen occidental, pero buen conocedor de las enseñanzas de la escuela cnidia.
5.
Conocimientos y práctica médica
Los puntos fundamentales de la visión teórica que el autor tenía de la medicina y su práctica son los siguientes:
1°) El cuerpo se compone de partes estrechamente interconectadas y mutuamente dependientes (§ 1). Según Vegetti 21 , se trata de una idea derivada de las teorías de Anaxágoras, mientras que C. W. Müller considera que está más cercana a las enseñanzas de un autor occidental, como Empédocles 22 .
2°) Todo debe estar en movimiento. Si no hay movimiento, se produce fijación y enfermedad (§ 1). El movimiento interno del cuerpo lo realizan los flujos. No hay que dejar que se acumulen los flujos que se producen por exceso de calor o de frío, por exceso o escasez de flema, pues producen numerosos males (§§ 9-31, 37). La teoría de los flujos es, probablemente, el elemento más desarrollado dentro de los conocimientos del autor y está muy cercana a la de Sobre las glándulas 7.
3°) Se citan varios nombres de humores, flema, bilis, bilis negra, sangre, ícor y pus. No se describen, sin embargo, sus características y diferencias; parece importar más el movimiento mismo de los flujos que su naturaleza. El humor más importante es sin duda la flema, el que se mueve en los flujos internos y un elemento fundamental en el correcto funcionamiento del cuerpo.
5°) El elemento clave para el mantenimiento de la salud es el equilibrio (kairós) entendido como momento en que se produce una relación apropiada entre el cuerpo y lo que ingiere (§§ 43-44). El equilibrio tiene, por tanto, una consideración cuantitativa muy cercana a la de Sobre la dieta .
6°) Los purgantes y remedios pueden tener efectos diferentes y hasta contrarios en función de la situación del cuerpo (en una situación equilibrada o no); igualmente, remedios contrarios pueden tener efectos semejantes. Ello hace muy difícil el aprendizaje de la medicina (§§ 41-42).
7°) Con todo, la medicina es un arte o técnica (téchnē) , aprehendible y contrapuesta al simple azar (tychē) , Esta contraposición se encuentra también en otros tratados (p. ej. Sobre las articulaciones 4) y está estrechamente relacionada con las teorías de Critias y Demócrito.
8°) En los procesos de curación interviene el tiempo. Hay ritmos fijos en los que desempeña un papel importante el número 7, lo que remite a las enseñanzas pitagóricas, aunque no sólo, pues hay también otros períodos (v., p. ej., § 17).
Todos estos puntos configuran una visión bastante homogénea en el terreno teórico, aunque ciertamente simple y arcaica, donde nociones abstractas como «equilibrio» y teorías muy generales como las relaciones entre semejantes y contrarios 23 sustituyen a explicaciones más concretas sobre etiología médica.
Por otro lado, la teoría no va acompañada de un nivel alto de conocimientos anatómicos y patológicos. De hecho, hay notables lagunas en el conocimiento de la estructura ósea (§ 6), como por ejemplo, al hablar de las vértebras, de las costillas o, incluso, de los huesos de la cara; desconoce la pelvis, no reconoce la existencia de dos huesos en el antebrazo y la pierna ni establece diferencias entre las articulaciones de la mano y del pie. No hay ninguna descripción del corazón, el hígado o de la respiración, cuyas funciones vitales parecen ser desconocidas o secundarias para el autor. No conoce la existencia de músculos como elementos diferenciados. Como hemos dicho, falta una teoría completa sobre los humores y la farmacología tiene un fuerte componente empírico, no teórico. En el terreno de la terapia, los remedios son muy someros, centrados en la dieta, purgantes, y alguna vez cauterizaciones. Incluso para un grado de conocimientos como el descrito, la terminología es pobre, pues se usan términos comunes o generales en lugar de técnicos; a veces se emplean varias denominaciones para referirse a un mismo concepto o parte del cuerpo, como sucede con el codo (§ 6).
Uno de los aspectos más interesantes de este tratado es la información que nos proporciona sobre dos aspectos importantes de la práctica médica antigua, la experimentación y la enseñanza.
Los conocimientos médicos del autor, sobre todo los recogidos en la parte anatómica del tratado, están basados en gran medida en la observación directa de los fenómenos fisiológicos, pero las limitaciones que presenta, comentadas en el apartado anterior, nos informan quizá sobre algunas características de tal observación. En primer lugar, no parece que haya habido una exploración detenida de cuerpos humanos completos. De otro modo no se explica la ausencia de comentarios sobre el corazón y el hígado, la falta de reconocimiento de los músculos o la afirmación de que el pulmón tiene un solo lóbulo (§ 14). Más bien parece haber tenido a su alcance esqueletos, como muestra quizá el hecho de que no conozca o identifique las costillas flotantes (§ 6), que habitualmente se sueltan y se pierden una vez desaparecidos los cartílagos que las unen al esternón. Entre los esqueletos observados es posible que hubiera fetos, pues se comenta la división de la mandíbula inferior (§ 6), que en realidad está soldada desde momentos tempranos de la gestación. Así mismo, parece haber revisado esqueletos animales; de ahí podría venir la confirmación de la división de la mandíbula inferior, recién comentada, y, por otro lado, la extraña observación de que el hombre puede tener un número variable de vértebras, lo que es falso, pero que, sin embargo, sí se da en animales como el perro o el cerdo. Sólo la mención de partes blandas del organismo como las meninges (§ 2) o el epiplón (§ 24) nos asegura la existencia de exploraciones sobre cadáveres o personas enfermas y no sólo sobre esqueletos. Sin embargo, en el caso de nuestro autor, ante la magnitud de lo no citado, podemos pensar que estas referencias fueran recibidas de alguna fuente ajena, antes que producto de la propia observación.
En lo que se refiere a las enseñanzas médicas y la transmisión de los conocimientos en las diferentes escuelas o entre maestros y discípulos, este tratado aporta indicaciones muy útiles. Para empezar, posee un fuerte carácter didáctico, que se revela en la propia estructura de los diferentes apartados, en los que, tras cada descripción patológica, se aportan las indicaciones terapéuticas que hay que aplicar para solucionar el mal. Además, parece claro que el tratado se compuso de forma escrita, por lo que podemos suponer que el autor pensaba en una difusión mayor que la de la relación directa con sus eventuales discípulos.
El tono general de la obra y numerosos detalles muestran que el autor es un maestro que se dirige a personas con menos conocimientos que él, pero, sin embargo, ya introducidos en la técnica médica. El estatuto superior del autor se refleja en el lenguaje, en el que las instrucciones, claras y precisas, van introducidas por términos como chrḗ, deî o por imperativos, y sin la presencia de mitigadores del «si quieres», «si te parece». Queda por tanto de manifiesto la existencia de un principio de autoridad en las relaciones entre médicos consagrados y aprendices. Por otro lado, como se ha dicho, a los receptores de estas enseñanzas se les supone un cierto nivel de conocimientos. Así, se habla en términos genéricos de laxantes, vendas o purgantes, lo que implica que los eventuales discípulos eran capaces de desarrollar y aplicar de forma concreta estas indicaciones. Algo semejante se produce en las referencias a la cauterización, para la que no se dan instrucciones concretas ni se menciona el instrumental necesario. A pesar de la ya comentada pobreza de terminología especializada, los términos técnicos que se emplean no requieren habitualmente explicación especial. Un último ejemplo de lo dicho: ni en el importante apartado teórico sobre el equilibrio necesario en el cuerpo y en la medicina (§ 44), ni en los que le siguen se señala nada, salvo unas pocas y superficiales observaciones sobre fármacos en § 45, acerca de la forma en que debe mantenerse o alcanzarse aquel equilibrio, por lo que supone que el posible discípulo tendría conocimientos previos sobre ello.
En resumen, el tratado Sobre los lugares en el hombre no es un escrito simplemente introductorio, sino que nos proporciona una idea bastante clara del tipo de enseñanzas que los maestros transmitían a los discípulos que habían alcanzado ya cierto nivel de conocimientos.
6.
Transmisión del texto
La historia de la transmisión de este tratado fue estudiada con detalle por K. Schubring 24 . Los editores posteriores le siguen en lo esencial.
El texto de Sobre los lugares en el hombre se conserva en dos buenos manuscritos, ya mencionados, los conocidos como A y V, que derivan de un arquetipo común, como demuestran las lagunas y evidentes errores que comparten.
El manuscrito A (Parisinus gr . 2253) está escrito sobre pergamino y remonta al siglo XI . Sólo llega hasta el final de § 44. Se han reconocido en él hasta cuatro manos de diferentes correctores, aparte de la del primer copista. A3 , la tercera mano quizá corresponda a diversos correctores, uno de los cuales parece haber tenido a la vista un manuscrito de la línea de V. Es posible que A2 conociera un manuscrito independiente de la línea AV. No hay ningún manuscrito posterior derivado de A.
El manuscrito V (Vaticanus gr . 276), también en pergamino, remonta al siglo XII . No tiene correcciones, salvo las del copista. De V derivan varios manuscritos.
Cuando las lecciones de A y V no coinciden, no es posible decantarse de forma sistemática por las de una de las dos fuentes. En general, posiblemente V es más cuidadoso con el texto, pero presenta también numerosas corrupciones, algunas derivadas probablemente de un dictado oral 25 .
En cuanto a la tradición indirecta, conocemos tres glosas de Baqueo, autor activo en Alejandría en el s. III a. C., transmitidas por Erotiano en el siglo I d. C. También según Erotiano, fue Baqueo el que introdujo este tratado en el Corpus . Es posible que tengamos además una glosa procedente de Diógenes de Chipre (c . 200 a. C.), igualmente a través de Erotiano. En total en Erotiano tenemos 33 glosas de este tratado, al que agrupa temáticamente junto con los que se ocupan del régimen, con Sobre las enfermedades de las mujeres I y II, Sobre las enfermedades I y II, Sobre el alimento, Sobre el uso de los líquidos, Sobre las mujeres estériles y Sobre la dieta en las enfermedades agudas .
Los autores romanos también lo conocieron. Así, es citado en diversos pasajes por Celso, Celio Aureliano, Sorano y Rufo. Galeno lo cita una docena de veces.
Siempre es mencionado por el título por el que ha llegado hasta nosotros, aunque Erotiano y Celio Aureliano lo abrevian una vez cada uno, citándolo sólo como Sobre los lugares .
7.
Ediciones y traducciones
La editio princeps de este tratado es Aldina y se debe a Asulanus, impresa en 1526. Hay al menos otras tres ediciones en el siglo XVI , la de Cornarius (en la imprenta de Frobenius, Basilea, 1538), la de Zwinger (1579) y la de Foesius (Francfort 1595). En el siglo XVII , Van der Linden (1665) lo publica, pero separando el último apartado, dedicado a la ginecología, que incorpora al principio de Sobre las enfermedades de las mujeres II, proceder que sigue Ermerins en el tomo II de su edición (Utrecht, 1862). En la magna edición de Littré (París, 1849) aparece la obra íntegra de nuevo, incluyendo el último apartado. Una revisión general de estas ediciones y sus aportaciones puede encontrarse en K. Schubring (1841, págs. 31-48).
Entre las ediciones modernas deben citarse la magnífica de R. Joly (Belles Lettres, 1978), la de Potter en la colección Loeb (Cambridge-Londres, 1995) y, por último, la de E. M. Craik (Oxford, 1998), cuyo texto coincide en gran medida con el Joly y contiene un amplio estudio introductorio y abundantes notas.
Hasta donde sé, esta obra no ha sido traducida nunca al español.
8.
Nuestra traducción
Seguimos la edición de E. M. Craik (Oxford, 1998), que, a su vez, sigue en general la de R. Joly (Les Belles Lettres, 1978). Nos separamos de aquella edición en los pasajes que se relacionan a contincuación. En general recuperamos lecturas de los principales manuscritos, eliminando conjeturas de los editores modernos.

JESÚS DE LA VILLA POLO

1 Hippocrates. Places in man , Oxford, Clarendon, 1998.
2 Hippocrate. Des lieux dans l’homme. Du système des glandes. Des fistules–Des hemorroïdes. De la vision. Des chairs. De la dentition , París, Les Belles Lettres, 1978.
3 Hippocrate. Des lieux dans l’homme ..., pág. 15.
4 «Zur Aufbau und Lehre der hippokratischen Schrift De locis in homine », Berliner Medizin 23 (1964), 739-44.
5 También presente en Heródoto, pero fuera de uso en el siglo IV a. de C. y no atestiguado en el resto del Corpus Hippocraticum .
6 Una discusión más extensa sobre este aspecto se puede encontrar en R. JOLY , Hippocrate. Des lieux dans l’homme ..., págs. 16 s.
7 Cf. I. M. LONIE , «The Cnidian treatises of the ‘Corpus Hippocraticum’» Classical Quartely 59 (1965), 1-30 y, sobre todo, J. JOUANNA Hippocrate. Pour une archéologie de l’école de Cnide , París, Les Belles Lettres, 1974.
8 Hippocrate. Des lieux dans l’homme ..., pág. 16.
9 Hippocrate. Des lieux dans l’homme ..., págs. 30-32.
10 «Die Heilung ‘durch das Gleiche’ in den hippocratischen Schriften De morbo sacro und De locis in homine», Sudhoffs Archiv für Geschichte der Medizin 49 (1965), 225-249.
11 «Hippokratesstudien», Nachrichten vor der Gesellschaft der Wissenschaft zu Göttingen, N.F . II 4 (1937), pág. 100.
12 Cf., p. ej. CRITIAS , Perithous B 21, 3; DEMÓCRITO , B 119 y 286.
13 P. ej., Sobre la dieta en las enfermedades agudas 20; Epidemias I 4, comienzo de Preceptos .
14 P. ej., Sobre la dieta en las enfermedades agudas 46-47; Sobre la dieta I 2; Sobre las afecciones 61.
15 Anónimo Londinense 12, 3.
16 Cf. P. AUBENQUE , La prudence chez Aristote , París, PUF, 1963.
17 K. SCHUBRING , «Zur Aufbau und Lehre...», pág. 744.
18 «Il De locis in homine fra Anassagora ed Ippocrate», Rendiconti di Lettere. Istituto Lombardo 95 (1965), 193-213.
19 Gleiches zu Gleichem, ein Prinzip frühgriechischen Denkens , Wiesbaden, 1965, págs. 232 ss.
20 Hippocrate. Des lieux dans l’homme ... pág. 32.
21 «Il De locis in homine...» , pág. 202
22 Gleiches zu Gleichem ..., pág. 141. Cf. B 22, 1 ss. DIELS -KRANZ .
23 Cf. C. W. MÜLLER , «Die Heilung ‘durch das Gleiche’...», 232-245.
24 Untersuchungen zur Überlieferungsgeschichte der hippokratischen Schrift De locis in homine, Berlín, Junker & Dünnhaupt, 1941 [Neue Deutsche Forschungen 12].
25 Por ejemplo, en § 9, V tiene kenoûtai donde A y todos los editores leen kenoû te; en § 27, V tiene hōseì thermṓdē donde la lectura correcta, ofrecida por A, es con toda probabilidad hōs hē thermolḗ .
SOBRE LOS LUGARES EN EL HOMBRE
Es mi opinión que no hay nada en el cuerpo que sea su [1 ] principio, sino que todo es por igual principio y final; en efecto, tampoco cuando hay trazado un círculo se le descubre un principio 1 . Igualmente, entre las enfermedades las hay que proceden de todas las partes del cuerpo. Lo más seco está por naturaleza más inclinado a contraer enfermedades y a sufrir más, y lo húmedo, menos, pues la enfermedad que se aloja en una parte seca se fija allí y no remite, mientras que en una parte húmeda se mueve y unas veces afecta sobre todo a una parte del cuerpo y otras veces a otra; al estar siempre cambiando de lugar produce remisiones y acaba más rápidamente, puesto que no está fija. Todas las partes del cuerpo, cuando la enfermedad se mueve bien a un punto, bien a otro, se la transmiten inmediatamente de una a otra: el vientre a la cabeza, la cabeza a las masas de carne y al vientre, y todo lo demás según este mismo principio, como el vientre a la cabeza y la cabeza a las masas de carne y el vientre 2 . Porque el vientre, cuando no hace una evacuación apropiada, pero sí llega hasta él el alimento, riega el cuerpo con la humedad que procede de los alimentos arrastrados hasta él. Esta humedad, expulsada del vientre, encuentra una vía de llegada a la cabeza en masa y, cuando ha llegado a la cabeza, no es recogida por los conductos de la cabeza, sino que fluye al azar, bien en torno a la cabeza, bien hasta el cerebro a través del hueso fino 3 y, allí, una parte penetra en el hueso y otra rodea el cerebro a través del hueso fino. En el caso de que llegue luego otra vez al vientre, le provoca la enfermedad al vientre; si alcanza alguna otra parte, le provoca a ella la enfermedad y pasa así con todas las otras partes, como con ésta, que cada una transmite la enfermedad a otra. En consecuencia, la mejor forma de tratar las partes enfermas es a través de las que se las provocan, pues es así como mejor se puede curar la causa de la enfermedad. El cuerpo en su conjunto es homogéneo en sí mismo y formado por los mismos elementos, que, sin embargo, no tienen la misma disposición entre sí, según se trate de los grandes o los pequeños, los de arriba o los de abajo. Así, si alguien intenta, cogiendo la parte más pequeña del cuerpo, provocar un daño, todo el cuerpo se resentirá de este mal, cualquiera que sea. La razón es la siguiente: la parte más pequeña del cuerpo posee todo lo que también posee la más grande 4 . Lo que padece, sea lo que sea, lo transmite la parte más pequeña a todo lo que tiene su misma naturaleza y su mismo origen, tanto si es bueno, como si es malo 5 . Y la razón por la que todo el cuerpo sufre dolores y placeres a causa del elemento más pequeño es que en este elemento más pequeño están todos los componentes del cuerpo y ellos les transmiten las sensaciones a cada uno de sus iguales y les comunican todo.
La constitución del cuerpo es el punto de partida del [2 ] discurso médico 6 . En primer lugar hay una abertura por donde oímos. Los espacios que están en torno al oído, al estar huecos todo alrededor, no oyen más que ruidos y gritos; pero lo que llega al cerebro a través de la membrana se oye por esa vía de forma discernible. Es ésta la única abertura que atraviesa la membrana que se extiende alrededor del cerebro.
En la nariz no hay abertura, sino una zona porosa, como una esponja, y por esta razón se oye a más distancia de lo que se huele, pues el olor se disipa lejos del sentido del olfato 7 .
Hasta los ojos llegan desde el cerebro para hacer posible la vista unas finas venillas a través de la membrana que lo rodea y estas venillas alimentan la vista con la humedad más pura que procede del cerebro, en la cual se refleja la visión dentro de los ojos. Estas venillas, cuando se secan, apagan la visión 8 . Son tres las membranas que protegen los ojos, una superior, más gruesa, otra en medio, más fina, y la tercera, muy fina, que protege la humedad. De ellas la superior y más gruesa produce enfermedad si recibe daño; la intermedia es muy frágil y, cuando se rasga, se inflama como una ampolla; la tercera, la más fina, la que protege la humedad, es la más frágil.
Dos son las membranas del cerebro 9 ; la membrana fina ya no se recupera cuando se rompe.
[3 ] Hay venas que llegan hasta el extremo superior de la cabeza a través de la carne manteniéndose junto al hueso; discurren a través de la carne: dos desde el extremo superior bajan rectas por donde se unen las cejas y acaban en el ángulo del ojo; otra va desde el extremo superior de la cabeza hasta la nariz y se bifurca hacia cada uno de los lados del cartílago de la nariz. Otras dos venas discurren junto a las sienes, entre las sienes y las orejas; son las que presionan la vista y siempre están latiendo, pues son éstas las únicas venas que no riegan, sino que vuelve desde ellas la sangre y la sangre que vuelve se mezcla con la que fluye en dirección contraria. La sangre que vuelve quiere ir hacia arriba, la que fluye desde arriba quiere ir hacia abajo y allí chocan, se superponen una a otra y forman remolinos, con lo que producen hinchazón en las venas 10 .
La vista se alimenta de la humedad del cerebro y, cuando recibe algo procedente de las venas, se altera con el flujo, no se produce reflejo en ella y parece que se mueve por delante de ella algunas veces algo que parecen pájaros, otras veces, como lentejas negras y no puede la persona ver con exactitud las demás cosas.
Otras dos venas discurren entre las orejas y aquellas otras venas citadas; llegan hasta las orejas y las oprimen. Otras dos venas van desde el cierre de los huesos hasta los oídos. Otras se dirigen hacia zonas del cuerpo de más abajo: dos van en paralelo a los nervios de la garganta y también en paralelo a las vértebras y acaban en los riñones. Atraviesan también hasta los genitales y cuando sufren algún daño, la persona orina sangre.
Otras dos venas van desde el extremo superior de la cabeza hasta los hombros, son las llamadas por ello escapulares. Otras dos venas van desde el extremo superior de la cabeza, pasando junto a las orejas y por ambos lados en la parte anterior de la garganta, hasta la vena llamada cava 11 .
La vena cava tiene una trayectoria semejante al esófago y está situada entre la tráquea y el esófago. Va a través del diafragma y el corazón, por medio del diafragma, y se bifurca hacia las ingles y el interior de los muslos, se ramifica en los muslos y llega por dentro hasta la pierna y junto a los tobillos. Estas venas dejan al hombre impotente cuando se cortan 12 ; acaban en los dedos gordos.
Hay una vena que sale de la vena cava y va hasta el brazo izquierdo; marcha por debajo del bazo hasta el costado izquierdo, de donde sale el bazo a través del epiplón y tiene su final en el pecho. Parte a la altura del diafragma y se une a la vena que va hasta el hombro por debajo de la articulación del codo. Esta vena se abre cuando hay enfermedades del bazo. Otra vena sale de la misma manera de la cava y va hacia la derecha. Están comunicadas todas las venas y fluyen entre sí, pues unas se juntan entre ellas y otras fluyen hasta otras a través de las venillas que parten de las venas que alimentan la carne 13 .
[4 ] Cuando una enfermedad procede de las venas es menos grave que cuando procede de los nervios, pues el mal fluye junto con la humedad que hay en el interior de las venas y no se detiene. La posición natural de las venas está en la humedad que hay entre las carnes. En cambio, los nervios son secos y compactos, están unidos al hueso y se nutren fundamentalmente del hueso, aunque se nutren también de la carne. En cuanto a su color y resistencia, su naturaleza está entre el hueso y la carne, pero son más húmedos y carnosos que el hueso y más secos y óseos que la carne. La enfermedad que llega a los nervios coge fuerza y se fija allí y es difícil sacarla. Sobre todo llegan a los nervios el tétanos 14 y otros males de los que el cuerpo recibe temblores y lo hacen temblar 15 .
Los nervios hacen presión en las articulaciones y están [5 ] extendidos por todo el cuerpo 16 . Tienen la mayor fuerza y son los más gruesos los de aquellos puntos en los que hay menos carne. El cuerpo está todo lleno de nervios, pero en torno a la cara y la cabeza no los hay, sino tendones muy semejantes a los nervios 17 , más finos y más duros, que están entre el hueso y la carne; otros son huecos.
La cabeza tiene junturas, a veces tres y a veces cuatro. [6 ] Las que tienen cuatro tienen una juntura por cada lado a la altura del oído, otra por delante y otra por la zona de detrás de la cabeza; así es la que tiene cuatro. La que tiene tres presenta una juntura por cada lado a la altura del oído y otra por delante. Como en el caso de la que tiene cuatro, no hay ninguna juntura que atraviese toda la cabeza, pero son más sanos en la cabeza quienes tienen más junturas 18 . En las cejas el hueso es doble; la unión de las mandíbulas va por medio en el mentón 19 y en la parte superior está en la cabeza.
Vértebras hay quienes tienen más y quienes tienen menos. Los que tienen más tienen dieciocho, veinte con las de los extremos, una arriba, junto a la cabeza, y otra abajo, junto a la cadera 20 .
Las costillas son siete 21 ; las articulaciones de las costillas 22 están, unas, en la parte posterior del cuerpo y se establecen con las vértebras; otras, por delante, en el esternón, y se establecen entre ellas mismas.
Las clavículas tienen articulaciones, unas en medio del esternón, a la altura de la tráquea; es ahí donde tienen su articulación. Otras, apoyadas en los huesos planos que siempre hay unidos a los hombros 23 . Los huesos planos se articulan con los brazos, en contacto con el hueso de ese brazo. Junto al hueso avanzan dos ligamentos, uno por dentro y otro por fuera, que, adhiriéndose al hueso, se articulan con los huesos planos.
Más abajo, en el codo, por la parte inferior se articula un ligamento que pasa por debajo; en la parte superior, un poco por encima del ligamento que une el codo, se unen el hueso y el propio ligamento y forman la articulación del codo.
A lo largo del antebrazo avanzan cuatro ligamentos muy finos, dos arriba y dos abajo. Por un lado, junto al codo dos ligamentos salen de arriba desde del hueso; estos que surgen con el hueso se articulan en el codo en paralelo a la articulación del hueso. Los que están abajo se inclinan hacia adentro y ambos confluyen en el ligamento de arriba, que sale del brazo; los dos se articulan dentro del brazo, forman lo que se llama el ligamento por excelencia y confluyen entre sí en el interior del codo.
Abajo, junto a la mano, el hueso tiene una articulación. Los ligamentos allí son blandos; dos de ellos no llegan hasta la articulación, pero el de arriba y el de abajo se articulan con el hueso en la mano. Las manos tienen muchas articulaciones, pues todos los huesos que se unen entre sí forman articulaciones.
Los dedos tienen articulaciones; cada uno, tres: uno, cerca de la uña, entre la uña y el nudillo; otro, en el propio nudillo, por donde se dobla el dedo; y el tercero, por donde el dedo se une con la mano.
En la cadera hay dos articulaciones, que se llaman cotilas, y los fémures se articulan introducidos en ellas. Junto a los fémures avanzan dos ligamentos, uno por dentro y otro por fuera, pero ninguno de las dos llega hasta la articulación por ninguno de los dos lados, sino que quedan adheridos al hueso en el fémur.
El fémur, en su parte superior, por donde se introduce en la cotila, se bifurca del modo siguiente: en la parte que se tuerce hacia dentro de los dos ramales, su extremo es por naturaleza redondo y liso, que es lo que se introduce en la cotila; el otro, el menor de los dos ramales, el que está en la parte de afuera, se proyecta más hacia el exterior, aparece por debajo de la nalga y recibe el nombre de cadera 24 .
En el lado de la rodilla, el hueso del muslo también se bifurca del modo siguiente: en esta bifurcación se encaja como si fuera un gozne el hueso al que se denomina pierna 25 . En la parte alta de este hueso encajado se halla la rótula, que impide que la humedad procedente de la carne fluya en el interior de la articulación cuando está desplegada. A lo largo de la pierna hay dos ligamentos que, por la parte de abajo, acaban junto al pie en el tobillo y, por la parte de arriba, no llegan en la rodilla hasta la articulación.
Junto al pie, la pierna tiene una articulación en el tobillo y otra más abajo de los tobillos; en los pies hay muchas articulaciones, igual que en las manos, pues hay tantas articulaciones como huesos; en los dedos de los pies el número de articulaciones es también igual a las de las manos.
En el cuerpo hay muchas articulaciones pequeñas, que no son iguales en toda la gente, sino diferentes para cada persona. Pero las que se han descrito sí son iguales para todos, y las venas descritas, también, aunque hay otras venas diferentes para cada persona, pero no merecen mención.
Mucosidad hay por naturaleza en todas las articulaciones 26 [7 ] y, cuando la mucosidad es pura, las articulaciones están sanas y esa es la razón por la que se mueven con facilidad deslizándose entre sí. Pero sobreviene sufrimiento y dolor cuando la carne sufre cualquier mal y fluye alguna humedad. En primer lugar, la articulación queda fija, pues la humedad que fluye de la carne no permite el deslizamiento. Además, como quiera que la humedad se produce en exceso y no recibe continuamente riego procedente de la carne, se seca; y como es mucha y la articulación no la puede contener, fluye hacia fuera, se fija de un modo nocivo y empuja levantando los nervios con los que está ligada la articulación, a la que deja desligada y suelta. Y ésta es la razón por la que quedan cojas las personas; en mayor grado, cuando se produce con mayor intensidad tal proceso, y en menor grado, cuando es menor.
Los alimentos y las bebidas ingeridos van al vientre y [8 ] desde el vientre hay tendidas fibras hasta la vejiga, que filtra la humedad 27 .
Se producen flujos cuando la carne se enfría demasiado, [9 ] cuando se calienta, cuando contiene un exceso de flema o cuando no tiene lo suficiente 28 . Flujos a causa del frío se producen, en el caso de que así suceda, cuando la carne que hay en la cabeza y las venas se estiran. Las venas, cuando la carne tiembla, se está contrayendo y presiona sobre ellas, expulsan la humedad y las carnes mismas a la vez presionan en sentido inverso al contraerse; los cabellos se erizan al recibir una presión fuerte desde todos los puntos a la vez. Desde aquel punto todo lo que se ha expulsado fluye al azar.
Y se producen flujos también a causa del calor, cuando las carnes, al hacerse más delgadas, forman poros; la humedad, recalentada, se hace más fluida. Porque todo líquido, cuando se somete al calor, se hace más fluido y todo fluye hacia donde tiene paso.
Y es sobre todo cuando hay un exceso de flema cuando se produce el flujo: al estar las carnes demasiado llenas de una cantidad de líquido que no pueden retener, fluye la humedad que no puede ser retenida y lo hace por cualquier lado. Y en cuanto los conductos quedan expeditos, fluye la humedad hacia ese lugar, hasta que los canales se cierran.
Fluye también la humedad cuando el cuerpo se seca a causa de una contracción, pues el cuerpo, que se comunica consigo mismo, recibe y conduce lo que haya de húmedo en sí hacia su propia parte seca. Y conducirlo no es difícil, puesto que el cuerpo está vacío; no está hinchado, gracias a la contracción. Cuando las partes inferiores del cuerpo están secas y las de arriba, húmedas —los conductos de arriba son más húmedos que los de abajo, pues las venas son arriba más grandes y las carnes en la cabeza necesitan menos humedad—, las partes secas del cuerpo se llenan de humedad que procede de la cabeza. Y es que, a la vez, los canales están más al servicio del conductor que de lo conducido, pues los propios canales se benefician cuando están secos, y, por otro lado, las humedades por naturaleza van hacia abajo aunque sea poca la presión a que se les someta.
Los flujos desde la cabeza son siete 29 . Uno que baja por [10 ] la nariz; otro, por los oídos; otro, por los ojos. Estos flujos salen de la cabeza, como puede comprobarse a simple vista. Otros fluyen hacia el pecho a causa del frío y entonces se produce bilis. Y sobre todo fluyen hacia el pecho a causa del frío porque el paso es fácil por la tráquea, puesto que no está tapada. A causa del frío se produce también fatiga en los que están dominados por la bilis y es porque las carnes, cuando se da un tiempo invernal, no permanecen quietas, sino que se mueven y, al moverse, se cansan y fatigan, igual que las carnes que se mueven al andar. Además, se producen empiemas y consunción cuando el flujo va hasta el pecho 30 . Otro flujo llega a la médula espinal, se produce una consunción oculta 31 .
Otros flujos van hacia atrás, hacia las vértebras y las carnes de esa zona y entonces se producen hidropesías; se puede reconocer porque se secan las partes de delante, la cabeza, la nariz y los ojos. A los ojos les sobreviene un debilitamiento de la vista, se hacen más claros, como también el resto del cuerpo, y no se expectora nada, ni aunque el flujo sea mucho. Y es que este flujo, al correr por medio de la carne, apartado tanto de la parte de delante como de la de atrás, provoca la sequedad de la parte delantera, pero riega las carnes de detrás y más la parte interior, hacia el pecho, que hacia fuera, hacia la piel. La razón es que el cuerpo es más denso y tiene aberturas más estrechas por fuera que por dentro. Y como las aberturas exteriores son más estrechas, se obstruyen. Se curan por sí mismas, pero ningún flujo puede pasar por ellas. En cambio, son más amplias las aberturas interiores y es menor la distancia entre ellas.
El flujo, puesto que procede de partes más altas y tiene obstáculos débiles, fluye y llena de humedad las carnes. La humedad que procede de los alimentos, concentrándose en un punto, se corrompe y, una vez corrompida a causa de la mezcla, unida al flujo que procede de la cabeza, alimenta el cuerpo. Pero las carnes alimentadas con una humedad excesiva y perjudicial y excesivamente hinchadas están llenas de hidropesía.
Al contrario, en el caso de que el flujo sea poco, cuando cesa, produce problemas en la cadera y estreñimiento. En efecto, como quiera que ha fluido en poca cantidad y recibe presiones desde todas partes por todos los elementos, que son más fuertes que él, dado que es poco y no tiene un caudal correspondiente a la presión que le llega de todas partes, se escapa hacia las articulaciones. Se producen los males de cadera y los estreñimientos después de que hayan sanado males del tipo indicado más arriba: cuando la enfermedad que ha causado el flujo ha sanado, pero queda algo en la carne y no hay salida para ello, ni, escapándose, produce una hinchazón interior o hacia la piel, huye hacia donde encuentra campo abierto, hacia las articulaciones y produce estreñimientos y males de cadera.
En el caso de que la nariz se obstruya por una hinchazón [11 ] y se llene de flema coagulada, es preciso reducir esta flema coagulada por medio de calentamientos o de algún purgante y no forzarla a retirarse de allí; pues si, una vez que se ha retirado, fluye hacia alguna otra parte, el flujo puede provocar en todas partes una enfermedad mayor.
Cuando el flujo se produce hacia los oídos, en primer [12 ] lugar produce dolor, pues se desplaza por la fuerza, y produce sufrimientos hasta que forma una fístula. Mas, cuando encuentra su vía para fluir, ya no produce sufrimientos. Para quien está dominado por tal dolor hay que hacer que un purgante de naturaleza caliente se entibie, diluirlo en aceite de almendras amargas e introducirlo en el oído; por detrás, hay que aplicar una copa como ventosa 32 , en el lado derecho, si lo que duele es el izquierdo y en el lado siniestro, si lo que duele es el derecho. Y no hay que abrir, a no ser que la ventosa tire. Si con todo esto no cesa el dolor, hay que introducir, para enfriar el oído, un purgante de naturaleza fría y hay que darle a beber un medicamento que purgue hacia abajo, no hacia arriba, puesto que no va bien vomitar; y hay que enfriar todo lo demás. Siempre hay que abandonar el procedimiento que no produzca curación; y si hace que algo empeore, hay que irse a lo contrario. Pero si impulsa la curación, en absoluto hay que retirar nada de lo aplicado, ni interrumpir el tratamiento, ni añadir ninguna otra cosa 33 .
En el caso de que el flujo ya haya creado una fístula y fluya en abundancia un ícor 34 purulento y maloliente, hay que hacer lo siguiente: empapando una esponja con un purgante seco que tenga propiedades secantes, hay que aplicarlo tan cerca como se pueda al oído y hay que introducir una sonda por la nariz, de manera que una parte de lo que fluye hacia el oído vaya antes hacia la nariz y no se retire hacia la cabeza de nuevo, pues es perjudicial.
[13 ] Cuando el flujo va hacia los ojos, se llenan de flema y se hinchan. En este caso es preciso curar con un purgante, bien húmedo, bien seco, en polvo 35 . En el caso de que se hayan llenado de flema súbitamente, no hay que aplicar ningún ungüento, sino que bien se limpia por abajo al paciente 36 con la lavativa más fuerte que se pueda, bien hay que hacerle adelgazar cuidadosamente con algún otro medicamento purgante, sin provocar el vómito. Si se forman en el ojo como piedras, hay que aplicar un purgante que provoque tantas lágrimas como se pueda y hay que hacer que el resto del cuerpo adquiera humedad y mantenga la flema, para que los ojos se humedezcan más y se laven, de modo que la lágrima endurecida se vaya.
Cuando el flujo llega a los ojos en pequeña cantidad y provoca irritación 37 , hay que aplicar un ungüento suave, que pueda a la vez secar y provocar unas pocas lágrimas, y se debe introducir en la nariz un purgante cada día o en días alternos usándolo con la misma intención; este purgante ha de ser de tal tipo que no vaya a provocar en la nariz otra cosa que un humedecimiento y ha de provocarlo poco a poco. El ungüento de los ojos ha de secar, para que lo que el purgante de los ojos seque y tapone se vaya por la nariz.
Los medicamentos que son purgantes de la cabeza, los que son fuertes, extraen líquido de toda la cabeza; los que son flojos, sólo de los ojos y, después, de las zonas cercanas a la nariz.
En el caso de que desde la carne y el hueso, si se ha depositado alguna mucosidad entre ellos, se produzca un flujo hacia los ojos, se hace manifiesto el origen del flujo por lo siguiente: la piel de la cabeza, cuando se la toca, cede y se abren heridas en la cabeza; lloran los ojos, pero sin que se produzcan llagas en los párpados, ni pica ni provoca pérdida de visión, sino que se mantiene una gran agudeza visual. La razón es que el flujo no es salado, ya que no procede del cerebro, sino más bien mucoso. Al paciente hay que tratarle del modo siguiente: es preciso purgarle la cabeza con un medicamento que no sea fuerte y hay que hacer adelgazar el cuerpo estimulando con comidas y purgantes la expulsión por via fecal, de modo que se seque el flujo cuando el cuerpo esté más delgado o que pueda expulsarse por medio del purgante aplicado a la nariz. Aparte, no se debe aplicar a los ojos purgante alguno. Y si de este modo no se cura, se debe hacer una incisión en la cabeza hasta llegar al hueso; no hay que realizar incisiones superficiales ni transversales, sino cortar sólo hasta tocar el hueso. Hay que realizar abundantes incisiones, para que el flujo que se haya acumulado salga más rápidamente manando por las heridas y, a la vez, la abundancia de heridas provoca adhesión de la carne al hueso. Así es como se debe tratar. Pero con ello, si no se cuida bien, se produce el siguiente resultado para el paciente: no queda limpio el ojo como para que, limpio, la visión sea buena; por causa del flujo en él estancado se hace el ojo cada vez más brillante y se reduce la visión nítida.
En el caso de que hasta la humedad pura del ojo llegue alguna otra humedad que contenga sangre, la pupila del ojo de esa persona no aparece redonda en su brillo; la razón es la siguiente: en donde penetra el líquido sanguinolento ya no hay brillo y sólo queda lo que aparenta ser el contorno. Al paciente le parece que se mueve algo delante de los ojos y ya no ve nada con precisión. En este caso es necesario cauterizar 38 las venas que presionan la vista, las que siempre están temblando y se encuentran entre el oído y la sien 39 . Cuando se hayan taponado tales venas, aplíquense a los ojos purgantes que los humedezcan y retírense cuantas veces se pueda las lágrimas, para que la humedad que provoca la enfermedad y se ha estancado en los ojos pueda limpiarse.
Si el ojo se hiere, hay que utilizar purgantes suaves y secantes, para que la herida, seca, se haga menor y la cicatriz, más pequeña.
Cuando se produzca una nube en el ojo 40 , le conviene al ojo llorar.
[14 ] Cuando el flujo va hacia el pecho y hay allí bilis 41 , la manifestación es la siguiente: se asienta un dolor en el flanco y que llega hasta la clavícula de ese lado; aparece fiebre; la parte superior de la lengua se hace más clara y se expulsa materia coagulada. En esta enfermedad el peligro se da a la semana o a los nueve días 42 . Cuando duelen ambos costados, pero los otros síntomas son iguales a los de antes, en este caso se da una perineumonía; en el de antes, una pleuritis 43 . Estos males tienen el siguiente origen: cuando se produce un flujo hasta el pulmón desde la cabeza, a través de la tráquea y las arterias, el pulmón, como quiera que es grumoso y seco por naturaleza, atrae hacia sí toda la humedad que puede. Y cuando la ha obtenido, crece. Cuando el flujo se produce en todo el pulmón, su lóbulo 44 crece, llega a tocar ambos costados y produce la perineumonía; cuando sólo toca uno de los dos costados, la pleuritis. La perineumonía es mucho más peligrosa y son mucho más fuertes los dolores de los costados y las clavículas; la lengua está más pálida, la faringe duele a causa del flujo, sobreviene una fatiga severa y alcanza al pulmón al sexto o séptimo día. Si al paciente no le abandona la fiebre al séptimo día, muere, se hace empiemático 45 o ambas cosas. Si, tras dos días de remisión, le sobreviene la fiebre al noveno día, generalmente también este enfermo muere o queda empiemático. Si le sobreviene al duodécimo día, se hace empiemático. Si le sobreviene al decimocuarto día, se cura.
Quienes se hacen empiemáticos por una perineumonía o una pleuritis, no mueren, sino que se curan. Por lo general, se hacen empiemáticos cuando el flujo coincide sobre el mismo punto que la bilis. Pero en el caso de la bilis, se expulsa una gran cantidad de líquido y, cuando se ha expulsado, cesa el flujo; en cambio, en el caso de los empiemas, fluye menos y no cesa, y los enfermos se hacen empiemáticos cuando expectoran menos de lo que fluye hasta el pulmón 46 . Pues este flujo que se concentra y fluye al pulmón se convierte en pus y este pus concentrado en el pulmón y en el pecho produce úlceras y pudrición. Y cuando se ha producido una úlcera, se produce un flujo procedente de la parte ulcerada y de lo expectorado. A la vez produce un flujo la cabeza cuando se agita 47 y se produce un flujo mayor desde la parte ulcerada en el pecho y el pulmón; y las heridas, al recibir movimiento, se rasgan, de modo que, aunque cesase el flujo que procede de la cabeza, el que procede de las propias úlceras será suficiente para provocar la enfermedad.
Se produce también empiema por una úlcera, pero es más ligera esta enfermedad. Se produce igualmente fuera del pulmón, sobre todo por una rotura 48 y cuando la carne queda aplastada. En tal zona se concentra el pus y, cuando se ha concentrado, si alguien hace que el cuerpo se mueva, resuena y hace un ruido; en estos casos se practica la cauterización.
La consunción se produce cuando se reúnen en el mismo punto, como en el empiema, el flujo que corre por la tráquea y el de los conductos bronquiales 49 que unen el pulmón con la tráquea y esto cuando el flujo es frecuente y de poco en poco, de modo que no crea mucha humedad en el pulmón. Así pues, el flujo se seca y queda fijo en la tráquea, de manera que no puede limpiarse, sino que se añade nuevo flujo cada poco, que queda allí retenido y provoca tos. El flujo retenido en los conductos bronquiales, como quiera que estos conductos tienen un paso estrecho, deja solo una angostura para el aire y ello provoca que el aire quede retenido, de modo que el paciente, siempre falto de aire, continuamente está deseando inspirar, a la vez que en el pulmón, como no hay mucha humedad, se produce una raspadura interior. Mas cuando hay un gran flujo desde la cabeza, ya no hay raspadura en el pulmón, pues la aportación de flujo es abundante. Los afectados por la consunción también se vuelven empiemáticos cuando el cuerpo adquiere más humedad. Cuando el cuerpo se hace más seco, los empiemáticos pasan a estar afectados de consunción.
El empiema se manifiesta por lo siguiente: al principio afecta un dolor en el costado. Cuando el pus ya se ha concentrado, el dolor sigue igual, pero se produce tos, se expectora pus y el aire se retiene. Si todavía no se ha expulsado el pus, se remueve en el costado y suena como si fuera un odre 50 . Y si de todo esto no se manifiesta nada, pero hay empiema, es preciso atender a los síntomas siguientes: el aire se retiene mucho y la voz es un poco ronca, los pies y las rodillas se inflaman, especialmente en el costado en el que se ha retenido el pus. El pecho está hinchado; las articulaciones, sin fuerza; se cubre el cuerpo entero de sudor y a veces le parece al propio paciente que siente calor y a veces frío. Las uñas se curvan y el vientre está caliente. Estos son los signos por los que se debe reconocer a los que sufren el empiema 51 .
[15 ] Cuando el flujo es posterior y va hasta la espina dorsal 52 , le sobreviene al paciente una consunción del tipo siguiente: duele la espalda y las partes anteriores de la cabeza le parece que están vacías.
[16 ] Son peligrosos por la bilis los casos siguientes: si sobreviene una ictericia, cuando en los ojos y las uñas se producen amoratamientos; también cuando el cuerpo tiene úlceras y hay amoratamientos en torno a ellas; cuando se genera sudor, pero no en todo el cuerpo, sino sólo en una parte; también cuando el paciente, si aún tiene fiebre, expectora esputos verdosos o en el caso de que, cuando el líquido verdoso aún está dentro del pulmón, cese la expectoración. Es necesario conocer cuándo se dan estos casos y cuándo no. Cuando se dan, se produce ruido en la faringe al respirar, hay una aireación difícil, hipo, el paciente se mantiene febril mientras todavía está la expectoración en el pulmón y el vientre se suelta cuando el enfermo está ya débil. Todos estos son los riesgos de la pleuritis y la perineumonía.
La pleuritis debe curarse del modo siguiente: no hay que [17 ] hacer cesar la fiebre antes de siete días y hay que administrar bebida, bien oximel 53 , bien vinagre y agua. Hay que proporcionar estas bebidas tantas veces como se pueda para que haya humectación de modo que, mientras se está produciendo, provoque la expectoración. El dolor hay que combatirlo con purgantes calientes y administrar un caldo que pueda provocar la expectoración. Hay que bañar al paciente al cuarto día; al quinto y al sexto ungir con aceite; al séptimo, si la fiebre no tiene visos de desaparecer, hay que lavar de modo que se produzca sudor con el lavado.
Además, al quinto y al sexto día, hay que utilizar fuertes purgantes que provoquen la expectoración, para que el enfermo llegue al séptimo día en las mejores condiciones posibles. Y si no remite al séptimo día, remitirá al noveno, en el caso de que no sobrevenga algún otro síntoma peligroso. Cuando se vaya la fiebre, hay que preparar caldos tan flojos como sea posible y administrárselos. Si se produce diarrea, en el caso de que el cuerpo aún esté febril, hay que retirar las bebidas; pero si la fiebre ha cedido, utilícense cocimientos de cereal.
La perineumonía ha de tratarse del mismo modo.
A los empiemáticos hay que limpiarles interiormente la [18 ] cabeza no con purgantes fuertes, sino retirando los líquidos poco a poco por la nariz y a la vez utilizando alimentos purgantes. Cuando no se esté al comienzo de la enfermedad, sino que se esté ya conteniendo el flujo, hay que lograr que el enfermo expectore y provocar tos, utilizar purgantes en infusión y a la vez proporcionar alimentos. Y cuando sea necesario que se produzca la expectoración, hay que utilizar más alimentos, salados y grasos, y vino astringente; hay que provocar tos cuando esté en tal situación.
[19 ] En cuanto a los afectados por la consunción, recibirán el mismo tratamiento en todo lo demás, excepto que no debe darse mucho pan de una vez y el acompañamiento no ha de superar al pan. Utilícese vino aguado con la comida, para que no produzca calor ni proporcione su calor 54 a un cuerpo que está debilitado y para que de este modo el vino y el cuerpo adquieran a la vez calor en el mismo momento y no provoquen una subida de la temperatura.
[20 ] Cuando una gran cantidad de flujo baja por el esófago hasta el vientre 55 , se producen evacuaciones por abajo y algunas veces también por arriba. En el caso de que este paciente tenga dolores en el estómago, hay que limpiar primero con un purgante o una infusión y después servirse de un medicamento astringente; los alimentos han de ser de fácil digestión mientras haya dolor. Cuando cese el dolor, también hay que utilizar alimentos astringentes. El mismo tratamiento hay que dar también cuando la evacuación se retenga muchos días.
En el caso de que el paciente esté débil y no pueda alimentarse por la debilidad, es preciso, primero, lavar interiormente con una infusión de cebada 56 y después, cuando se le haya limpiado con esto, suministrar algo astringente.
Cuando el flujo vaya por detrás hacia la masa carnosa en [21 ] paralelo a las vértebras y provoque acumulaciones de líquido, hay que aplicar el siguiente tratamiento: cauterizar en tres puntos en la carne del cuello, entre las venas 57 . Después de haber cauterizado, hay que cerrar las heridas y hacer las cicatrices lo más finas posible. Una vez cortado el flujo de este modo, aplíquese un purgante a la nariz para que se desvíe hacia allí el flujo; ha de repetirse la operación con un purgante suave hasta que quede completamente desviado el flujo. La parte delantera de la cabeza ha de calentarse y la de detrás ha de refrescarse. Cuando el paciente esté ya caliente en la parte delantera de la cabeza, debe comer alimentos que provoquen flema y que sean lo menos purgantes posible para que se dilaten cuanto se pueda los canales de la parte delantera de la cabeza.
Después, una vez que se haya cortado el flujo y se haya desviado, en el caso de que antes de la cura el flujo ya hubiera llegado hasta el cuerpo, es preciso aplicar el siguiente tratamiento: si se ha deslizado sobre todo junto a la piel, hay que calentar el exterior. Si ha ido por dentro, hacia el vientre y desde fuera no se nota nada, hay que dar a beber un purgante. Si ha fluido por ambas partes, hay que eliminarlo de ambas. Es preciso tener cuidado en buscar la salida más directa, bien por abajo, bien por arriba, bien por cualquier otro sitio por donde haya vías de salida en el cuerpo.
[22 ] Cuando se produzcan males de cadera por culpa del flujo, es preciso aplicar una copa ventosa y extraerlo, sin provocar herida 58 . Por dentro hay que provocar calor, haciendo que beba purgantes calientes de modo que se cree una salida, hacia afuera, hacia la piel, por la fuerza ejercida por la ventosa y, por dentro, hacia el vientre, por obra del calentamiento. Porque cuando el flujo se ve interceptado y no tiene por donde pasar, se abre camino hacia las articulaciones, fluye hacia lo que cede a su paso y provoca el mal de cadera.
[23 ] La consunción posterior: en estos casos hay que limpiar interiormente la cabeza con un purgante suave hasta que se interrumpa el flujo y hay que servirse de una dieta 59 como antes; dése a beber al paciente un medicamento purgante, hágase una lavativa por abajo con leche y trátese el resto con baños templados.
[24 ] Agua en el epiplón 60 . Se produce cuando el bazo aumenta por obra de la fiebre, lo que sucede cuando el cuerpo se debilita, pues lo mismo que hace crecer el bazo consume el cuerpo 61 . Cuando el cuerpo está débil, el bazo crece 62 y el epiplón se debilita junto con el cuerpo, la grasa que hay en el epiplón se deshace. Y cuando esta zona queda vacía de grasa y desde el bazo recrecido se produce un flujo hacia el epiplón, puesto que éste se encuentra muy cerca, como quiera que el epiplón tiene cavidades y está hueco, recibe el flujo en su interior. Una vez que la enfermedad se encuentra en el cuerpo, el flujo va hacia la parte enferma si no se la cura, aunque incluso la propia cura tiene su peligro.
A este tipo de enfermo hay que tratarlo como sigue: hay que hacerle beber purgantes que provoquen una limpieza de los líquidos interiores y suministrarle alimentos que provoquen flema. Y si ni aun así mejora, hay que practicar una cauterización tan ligera y superficial como se sea posible en torno al ombligo, no en el ombligo mismo, de modo que pueda retener el agua, y hay que hacer salir el líquido cada día.
Entre las enfermedades, se pueden correr riesgos en aquellas que revistan mayor peligro; pues, si sale bien, curarás al enfermo, y si no, habrá sufrido lo mismo y de la misma forma que iba sufrir en cualquier caso.
En un niño la hidropesía debe tratarse del modo siguiente: [25 ] hay que abrir las hinchazones y las zonas llenas de agua, practicando muchas aberturas pequeñas con un cuchillo; hay que abrir en cada parte del cuerpo, aplicar baños calientes y siempre frotar la zona abierta con un purgante que produzca calor.
Se produce una pleuritis seca, sin flujo, cuando el pulmón [26 ] se seca en exceso por una sed obligada. Pues el pulmón, dado que es seco, cuando se seca más de lo que corresponde a su naturaleza, se hace flaco y, debilitado, doblado hacia el costado por su debilidad, llega a tocar el costado. Y cuando roza el costado, al ser ésta una zona húmeda, se adhiere a ella y provoca la pleuritis. Entonces se produce también un dolor en el costado y el hombro, viene fiebre y se dan expectoraciones blancas. A este tipo de enfermo es preciso tratarlo con muchas bebidas, lavarlo, darle un purgante contra el dolor y proporcionarle todo lo que produzca expectoraciones. Este enfermo sana en siete días y el mal no es peligroso; es preciso no darle nada de comer.
[27 ] Las fiebres se producen por lo siguiente: cuando el cuerpo tiene exceso de flema y las carnes se hinchan, la flema y la bilis quedan encerrados y no se mueven; nada se refresca, ni saliendo ni moviéndose, ni se produce la evacuación de ninguna otra cosa 63 .
Cuando hay fatiga, fiebre y plétora 64 , es preciso lavar mucho, ungir con líquidos y calentar cuanto se pueda para que el aumento de temperatura, al abrir el cuerpo, salga por medio del sudor. Hay que hacer esto tres o cuatro días seguidos. Y si no cesa el mal, hay que suministrar un purgante colagogo 65 y no enfriar al enfermo con fiebre antes del cuarto día. Tampoco hay que darle a beber ningún purgante mientras el cuerpo esté hinchado, pues no evacuan sino un poco, ya que el cuerpo está inflamado. Pero cuando se haya deshinchado, sí hay que hacérselo beber y evacuará.
A un enfermo con fiebre no hay que proporcionarle alimento ni purgarle con caldos, pero hay que hacerle beber en la mayor cantidad posible una bebida de agua caliente o mezclada con miel, o de vinagre con agua. Porque, en el caso de que la bebida no entre fría, sino que esté y permanezca caliente, limpia el cuerpo del enfermo bien por la orina, bien por el sudor y ayuda al cuerpo, que está abierto por todas partes, respirando y en movimiento.
Cuando la fiebre afecta a quien ya no está inflamado, está claro que la fiebre no se mantiene a causa de la abundancia de flema y, si no remite, hay que alimentar al enfermo y hacer que aumente la flema. Y si ni siquiera así va bien, está claro que no era aquello lo que producía la fiebre. Es preciso, entonces, que el enfermo beba un purgante para que evacue por donde más domine la fiebre, por arriba o por abajo; si es por arriba, que evacue por arriba; si es por abajo, por abajo.
Y no es menos necesario para las personas débiles beber algún purgante que para las fuertes, sino que es igualmente necesario o sólo con la siguiente diferencia: que los fuertes beban un purgante fuerte y los débiles uno flojo.
Los estados febriles requieren de bebidas y caldo, de modo que la fiebre se deshaga con un purgante que enfríe, el kámmar 66 o algún otro semejante. En el caso de que no se elimine la fiebre con este antipirético, han de usarse a continuación purgantes que calienten 67 . Si ni siquiera así remite, utilícense de nuevo purgantes antipiréticos.
La ictericia hay que tratarla del modo siguiente: cuando [28 ] te llegue un paciente de este tipo, dale alimento y aumenta sus líquidos con baños, con alimentos grasos y con bebidas durante tres o cuatro días. Cuando el cuerpo haya adquirido más líquido, púrguese y séquese el cuerpo y extráiganse a continuación las grasas, aplicando un purgante por todas partes por donde sea posible sacar la humedad. En la cabeza puede aplicarse un purgante flojo; hay que dar a beber diuréticos. Antes de las comidas durante todo este período, si se está eliminando la humedad activa, suminístrese una bebida purgante para que no se nutra el cuerpo desde ese momento. Cuando haya adelgazado, hay que limpiarlo con baños. Tras haber cortado una raíz de higuera silvestre 68 , hay que echarla en el agua y lavar al enfermo con este líquido. No hay que suministrar bebidas colagogas para que no alteren más el cuerpo al paciente. Y cuando esté ya seca la humedad que se ha removido, hay que alimentar al enfermo, pero no con un medicamento purgativo ni diurético, sino con vino puro y todo cuanto hace al cuerpo humano más rojo. Si el paciente estuviera pálido, hay que extraer de nuevo líquidos, pero sin llegar a secar, para que no haya coagulación mientras el enfermo está pálido.
[29 ] La úlcera ferina 69 se produce en el cuerpo por las causas siguientes: cuando se llena de flema la carne de alrededor y los bordes de la herida se hacen gruesos. Cuando la herida misma se humedece y sobre ella se forma una capa de ícor reseco 70 o bien la herida está coagulada y corrompida, entonces el ícor que fluye de la herida se ve impedido de salir por el coágulo que se ha formado junto a la carne desde la herida. La carne recibe el ícor por debajo, puesto que está levantada por el exceso de flema y cuando llega el ícor fluyendo por debajo, pudre la carne y la hincha.
En estos casos hay que untar la propia herida con medicamentos humectantes para que, humedecida por fuera, el flujo salga fuera de la herida y no bajo la carne; las aberturas de la propia herida hay que tratarlas con medicamentos fríos para que, enfriada, se contraiga la carne y no se abra dando lugar a un flujo en sentido contrario. Igualmente todas las otras heridas hay que untarlas alrededor con medicamentos refrescantes y sobre ellas aplicar los humectantes.
La angina se forma por la sangre, cuando se coagula la [30 ] sangre de las venas del cuello. A un paciente en tal situación hay que extraerle sangre de las venas de los miembros 71 y a la vez hay que purgarle por abajo para que lo que provoca esta enfermedad baje. También la lengua, cuando tenga grandes heridas, hay que curarla del mismo modo.
Las enfermedades deben tratarse desde sus causas 72 . En [31 ] las que se producen por los flujos, primero hay que hacer cesar los flujos. En las que se producen por otro motivo, hay que eliminar la causa de la enfermedad y curarla. Después, si se ha producido algún flujo, en el caso de que sea abundante, hay que hacerlo salir del cuerpo; si no es abundante, se debe restablecer la situación del enfermo con la dieta.
Fracturas de la cabeza 73 : si el hueso se raja y fractura, [32 ] no hay peligro. Hay que tratar al paciente con medicamentos humectantes 74 . Si se fractura y queda una fisura, sí es peligroso; a este paciente hay que realizarle una trepanación, para que por la fisura del hueso no fluya el ícor y corrompa la meninge, pues, como entra por un paso estrecho y no sale, daña y provoca locura en la persona. A este paciente hay que realizarle una trepanación para que haya una salida para el ícor, no sólo una entrada; y, una vez ejecutada una trepanación amplia, hay que tratarle con medicamentos que atraigan la humedad y hay que bañarle.
[33 ] Al que tenga fiebre, no le purgues la cabeza, para que no enloquezca. Porque los medicamentos que purgan la cabeza provocan calor y, entonces, si al calor que procede de la fiebre se le añade el que viene del purgante, provoca locura.
Heridas mortales: cuando a alguien que se encuentra mal le viene un vómito de bilis negra 75 , muere si tiene una herida.
También el que está afectado de diarreas, se encuentra débil y está delgado, si repentinamente se seca interiormente, muere.
Cuando a alguien dominado por la calentura y que está débil se le abren pequeñas úlceras amoratadas en sus bordes, muere.
Cuando a alguien afectado por alguna enfermedad y que ya está débil se le forman amoratamientos, el resultado es mortal.
Cuando alguien que ha bebido un purgante se ha excedido y evacua por abajo y por arriba, hay que hacerle beber, en primer lugar, vino mezclado con agua; después hay que suministrárselo puro bastantes veces y así cesa el mal.
Si no ha mediado un medicamento purgativo ni emético, la bilis, cuando sale espontáneamente o por abajo o por arriba, es más difícil de parar. Pues la que sale espontáneamente se ve forzada a hacerlo por una fuerza que hay en el cuerpo. Pero si fluye por obra de un purgante, no ha sido forzada por algo connatural a ella. Cuando te encuentres un paciente con diarrea y con vómitos, no pares el vómito, pues el vómito detiene la evacuación y el propio vómito es más fácil de detener después. En el caso de que esté débil el que padece este mal, tras haberle hecho vomitar, hay que suministrarle un medicamento que provoque sueño.
La sangre, cuando provoca una enfermedad, produce dolor; la flema, pesadez generalmente.
En las enfermedades que uno no conozca, hay que dar a [34 ] beber purgantes que no sean fuertes; si mejora el paciente, queda mostrado el camino: hay que aplicar un tratamiento que reduzca los líquidos. Si no mejora, sino que se pone peor, lo contrario. Si no conviene que el paciente reduzca los líquidos, vendrá bien que aumente la flema y hacer que cambie con frecuencia, manteniendo la misma idea.
Si alguien se ve afectado por una enfermedad y el paciente es fuerte, pero la enfermedad débil, entonces se puede utilizar con toda tranquilidad un purgante más fuerte que la enfermedad, puesto que, aunque se vaya algo de lo sano del paciente junto con ese mal débil, no se produce ningún daño. Pero cuando te encuentres que la enfermedad es más fuerte y que el enfermo está débil, hay que aplicar un tratamiento con purgantes suaves, que puedan superar a la propia enfermedad y la expulsen, pero que no hagan más débil todavía al enfermo.
[35 ] El ejercicio físico y la medicina son por naturaleza contrarios 76 , pues uno, el ejercicio físico, no necesita introducir cambio alguno, mientras que la medicina, sí. Pues al que está sano en nada le conviene introducir cambios sobre su situación presente, mientras que al enfermo, sí.
[36 ] Las afecciones que son ulcerosas y que sobresalen sobre la superficie del cuerpo hay que tratarlas a la vez con purgantes y con abstinencia de alimentos.
[37 ] Para un flujo que procede de la cabeza es conveniente un emético.
[38 ] Las afecciones antiguas son más difíciles de tratar que las recientes. Por tanto, hay que convertir primero las afecciones antiguas en recientes. En una úlcera encallecida hay que eliminar la parte dura con un medicamento corrosivo y luego cerrar la úlcera. Los medicamentos que provocan un aumento mayor de flema son los que cierran estas úlceras limpias. Los que provocan disminución son los que limpian las úlceras.
Si uno trata de cerrar lo que aún no está convenientemente dispuesto, el cuerpo enfermo alimenta el mal que tiene la herida. Y si es preciso cerrar la úlcera y llenarla, conviene provocar aumento de flema en la zona, incluso si se trata de masa de carne en la cabeza, pues la carne, impulsada hacia arriba por los alimentos, presiona sobre lo que ha sido corroído por los medicamentos y contribuye a la curación. En el caso de que se abulte en exceso, se debe reducir por medio de la alimentación.
[39 ] A los enfermos que están graves y que desean incluso ahorcarse hay que hacerles beber por la mañana temprano raíz de mandrágora 77 , en menor cantidad de la que provoca enloquecimiento.
El espasmo hay que tratarlo del modo siguiente: se prenden fuegos a ambos lados del lecho, se hace beber al enfermo raíz de mandrágora, en menor cantidad de la que provoca el enloquecimiento, y se aplican a los tendones de la espalda bolsas calientes. Si como resultado del espasmo se produce fiebre, desaparece en el mismo día, en el siguiente o dos días después 78 .
La fiebre que es producto de una fractura no afecta más de tres o cuatro días. Si afecta más, aunque se crea que procede de la fractura, es posible que sea producto de otra cosa y no se debe tratar como si viniera de una fractura.
Cuando un hombre tiene contraídos los pies y las manos, eso le provoca enloquecimiento 79 .
Es preciso cauterizar la vena que corresponda según la [40 ] enfermedad que padezca el paciente [***] 80 . Si la persona ha recibido una cauterización y sale algo de sangre, para que no sea peligroso hay que hacer estas dos cosas: si no se atraviesa la vena con la cauterización, no se cierra en el lugar en el que se halla el mal por el que se practicó la cauterización, pero se favorece el flujo. Porque, si se atraviesa la vena con la cauterización, no hay flujo, ya que, cuando se atraviesa, cada uno de los dos extremos de la vena cauterizada se contraen y secan. Pero si queda conectada, por la conexión corre la sangre y se riega.
Si sale sangre de la vena, hay que realizar una cauterización oblicua. Y si no cesa con esto, hay que seccionar arriba y abajo, a cada lado, de modo que se retire la sangre que fluye, pues es más fácil parar la sangre con un medicamento cuando está dividida que en borbotón.
Cuando hay algo de dolor en la cabeza, se debe extraer sangre por las venas. Y si no cesa, sino que continúa, cauterícense las venas y sanará. Pero si se purga la cabeza, se provoca más daño.
[41 ] La ciencia médica no puede llegar a aprenderse rápidamente 81 porque es imposible que se mantenga un conocimiento fijo en el mismo punto, como el del que ha aprendido a escribir de una manera, que es la que enseñan, y conoce ya todo; y todos los que saben escribir lo saben de la misma manera, ya que lo que es igual y se realiza siempre de la misma manera, ahora y en otro momento, no puede convertirse en lo contrario, sino que continuamente es igual y no cambia en cada ocasión. Pero la medicina no hace lo mismo ahora y un instante después; y ante un mismo paciente puede actuar de formas contrarias; además, las mismas cosas pueden ser contrarias a sí mismas 82 . Un primer ejemplo: una purgación del vientre no siempre la consiguen los purgantes y, por otro lado, los purgantes tienen dos efectos. Incluso, ni siquiera funcionan los purgantes como contrarios a los astringentes. Cuando se produce una retención del vientre, a causa de la retención excesiva el cuerpo se llena de flema y, cuando la flema llega al vientre, la retención da lugar a una purgación, pues, cuando la flema ha llegado al vientre, se produce evacuación. Del mismo modo, las sustancias purgativas por naturaleza provocan retención en el vientre: si administras sustancias purgativas y éstas hacen que desaparezca lo que provoca la enfermedad y proporcionan humedad, cuando se ha lavado el interior, se produce la curación. Y así los astringentes tienen el mismo efecto en el vientre que los purgantes y los purgantes que los astringentes.
De la misma manera, las sustancias que producen aumento de flema hacen que las personas estén pálidas y sin color, mientras que las que lo reducen les dan buen color. Sirve para purgar cada cosa lo contrario de aquello sobre lo que se va a actuar. Por ejemplo, cuando una persona pálida tiene exceso de flema, se le va el mal si se reducen los líquidos proporcionándole un purgante; así la sustancia reductora fue útil para el que tenía exceso de flema. Pero, de estas sustancias, la que en otro momento recibió ayuda puede ayudar a su vez a la que le ayudó: cuando alguien esté sin color y pálido por la reducción de líquidos, si se le administra una sustancia que provoque aumento de flema, cesa la palidez.
Se produce dolor tanto por causa del frío como del calor, [42 ] tanto por el exceso de ellos como por el defecto. En las partes del cuerpo que son frías por naturaleza, en las que están en la parte externa del cuerpo, junto a la piel, se produce dolor a causa de lo que está demasiado caliente y en las partes calientes por naturaleza, a causa de lo que está frío. En las partes que son secas por naturaleza, cuando reciben humedad y en las que son húmedas por naturaleza, cuando se secan. Porque los dolores se producen en todas las cosas que ven su naturaleza alterada y destruida 83 .
Los dolores sanan con sus contrarios y el remedio es particular para cada enfermedad. Así a las partes calientes por naturaleza y que están enfermas por el frío, les conviene algo que las caliente y todo lo demás de la misma manera.
Otro asunto distinto es el siguiente: los mismos elementos que producen la enfermedad, cuando se administran a los que están enfermos, los hacen sanar. Por ejemplo, la misma causa provoca la estranguria 84 cuando no existe y, cuando existe, la hace cesar. Con la tos pasa lo mismo que con la estranguria, por obra de las mismas causas se produce y para.
Otra cosa distinta es la siguiente: la fiebre que se produce a causa del exceso de flema, a veces se produce y acaba por obra de los mismos elementos, pero a veces se acaba con elementos contrarios a aquellos con los que se produjo. Si uno quiere lavar con agua caliente a un paciente con ese mal y suministrarle mucha bebida, se cura gracias al exceso de flema, pues con la administración de los elementos que producen la flema el que tiene fiebre se cura. Pero también se cura si uno está dispuesto a hacerle beber medicamentos purgantes y eméticos: por igual cesa el mal con lo que lo provocó y con lo específico para hacerlo cesar. Porque, si uno da a beber mucha agua a una persona que está vomitando, quedará limpio de aquello que provocó el vómito junto con el propio vómito. Así, gracias al propio hecho de vomitar cesa el vómito. Pero también el resultado es el mismo con la paralización del vómito, ya que hará que vaya para abajo aquello que desde dentro provoca el vómito. De las dos formas, contrarias entre sí, se cura. Y si esto fuera así en todos los casos, podría haber quedado establecido que unas cosas, según como sean y por qué se produjeron, se han de tratar con sus contrarias y que otras cosas, según como sean y por qué se produjeron, con las semejantes a ellas.
Esta situación 85 viene provocada por la debilidad del [43 ] cuerpo. Porque el cuerpo se alimenta igual por obra de alimentos iguales y los alimentos son habitualmente dominados por el cuerpo. Pero cuando se aporta algo mayor o menor o se introduce otro tipo de cambio, es el cuerpo el que se ve dominado y son los alimentos quienes dominan. Y cuando el cuerpo se ve dominado por lo que se le proporciona, las mismas cosas que lo hacen prosperar lo dominan y producen, simultáneamente, el efecto contrario. Por ejemplo, lavarse con agua caliente mientras el cuerpo está dominando lo que se le proporciona, lo hace prosperar; pero cuando es el cuerpo el dominado, aquel baño lo hace más flojo. El saciarse de algún alimento produce el mismo efecto que el baño: mientras los alimentos son dominados, hace prosperar al cuerpo, pero cuando son los alimentos los que dominan, provoca diarreas y otros males. Cuando lo que se aporta va a experimentar un cambio, es preciso que aquél a quien se le aporta también varíe su situación; pues el cuerpo, cuando ha variado su estado, como es poco activo y se ve superado por todo, padece todo tipo de accidentes. Y este resultado lo provocan por igual los purgantes, las sustancias que producen aumento y las reductoras. Estos elementos provocan esa clase de efectos en el cuerpo, así como también todas las otras cosas contrarias a éstas.
[44 ] La medicina es una cuestión de equilibrio sutil 86 . Quien sabe esto, en ello tiene un elemento fijo y sabe los elementos propios y ajenos 87 que forman en medicina el equilibrio que hay que conocer; es decir, que las sustancias purgativas se vuelven no purgativas y que las demás son contrarias y que las más contrarias no son las más contrarias. El equilibrio está en lo siguiente: administrar alimentos que, una vez administrados, el cuerpo vaya a dominar en la cantidad apropiada, de modo que, si los domina, sea absolutamente necesario que el alimento purgativo suministrado sea purgativo y el que provoca flema, lo provoque.
Así pues, si el cuerpo domina los alimentos, no se produce enfermedad ni un resultado contrario a lo suministrado y éste es el equilibrio que el médico debe conocer. Pero cuando se sobrepasa ese equilibrio, el resultado es el contrario [tanto para quienes antes de haber superado el punto de cocción creen haberlo alcanzado ya, como en el hecho de que se caliente demasiado] 88 . Pues, mientras el cuerpo domina lo que se le administra, se está nutriendo, pero cuando se sobrepasa ese equilibrio, se produce lo contrario, pues se reduce. También todas las otras cosas que provocan el aumento de flema, mientras el cuerpo las domina, producen cada una lo que corresponde a ese equilibrio y a su naturaleza: las sustancias que provocan aumento de flema la hacen aumentar. Pero cuando se sobrepasa el equilibrio, se produce lo contrario 89 .
Son purgantes todas las sustancias que alteran la situación [45 ] presente. Y todas las sustancias suficientemente fuertes alteran la situación. Es posible, si así lo deseas, alterar la situación con un purgante y, si no lo deseas, mantenerla con alimento. A quien está enfermo conviene alterarle toda la situación desde su estado presente, pues, si no la alteras, lo que provoca el mal aumentará.
No se debe suministrar purgantes fuertes por naturaleza en enfermedades ligeras, ni aun disminuyendo su fuerza con la administración de una pequeña dosis del purgante. Antes bien, para las enfermedades fuertes hay que servirse de purgantes fuertes por naturaleza y para las débiles, de purgantes no fuertes, sin cambiar las cualidades del purgante, sino a cada uno según su naturaleza: para las enfermedades débiles, purgantes débiles por naturaleza y para las fuertes, purgantes fuertes por naturaleza 90 .
Las enfermedades hay que eliminarlas por donde más cerca se pueda de forma natural y hay que eliminarlas por la vía más próxima.
Los purgantes son los siguientes: todas las sustancias disolventes y disgregantes y las que producen reblandecimiento en un medio caliente, pues el vientre es caliente. También todas las sustancias saladas y las que son similares a las citadas.
Las que no son purgantes, sino astringentes, son las que producen flatulencias, pues las sustancias húmedas, cuando se las seca, producen flatulencias; también las que atascan, las que se solidifican por obra del calor, las que se desmenuzan fácilmente y las secas.
Provocan aumento de flema en el interior del cuerpo, cuando se las suministra, todas las que por fuera provocan disminución. Y tanto reducen como aumentan la flema. Los purgantes que provocan reducción también calientan, y así es también para las sustancias ácidas y que provocan aumento de flema a un tiempo 91 .
Todo lo que provoca frío en el vientre es purgante; tanto las sustancias frías como las húmedas. Pero cuando no son purgantes, producen calor. Producen frío también las sustancias calientes introducidas en el vientre y que provocan rápidamente evacuación; pero si no provocan evacuación, son calientes para el vientre.
De todas estas, las que producen plétora son las que provocan un aumento mayor de flema. Y las que, administradas en gran cantidad no producen plétora, son purgantes.
Verdaderamente me parece que la medicina ya ha sido [46 ] descubierta toda ella, la que es como lo descrito aquí y la que informa sobre cada cosa, sus hábitos y sus equilibrios. Quien conoce de este modo la medicina, en mínimo grado ha de depender de la suerte 92 , pues sin suerte y con suerte siempre puede actuar bien. En efecto, toda la medicina ha llegado a un punto estable y parece que los magníficos conocimientos que contiene precisan en mínimo grado de la suerte. Pues la suerte es soberana y no se puede dominar; ni con súplicas se obtiene que acuda. Pero el saber se puede dominar y siempre tiene buena suerte cuando quiere utilizarlo alguien que sabe. Por tanto, ¿para qué precisa la medicina de la suerte? Si hay purgantes seguros para las enfermedades, creo yo, no depende de la suerte el que curen las enfermedades, si verdaderamente son purgantes. Y si es útil administrarlos con ayuda de la suerte, por igual las harán sanar los purgantes y los que no lo son, administrados con ayuda de la suerte a la enfermedades.
Cualquiera que elimina la suerte de la medicina o de cualquier otra cosa, diciendo que los que saben bien algo no se valen de la suerte, me parece que sabe lo contrario de lo que debe saber, pues creo que sólo pueden tener buena o mala suerte los que saben hacer algo bien o mal. Porque tener suerte es el hacer algo bien y esto es lo que hacen los que saben; y no tener suerte es no hacer bien lo que uno no sabe. Sin conocimientos ¿cómo podría alguien tener suerte? Pues si la tuviera en algo, no podría obtener de esa suerte consecuencias importantes, ya que el que no actúa bien no puede tener suerte en lo demás, al no poder realizar el resto del proceso.
[47 ] Las llamadas enfermedades femeninas 93 . El útero es la causa de todas las enfermedades, pues a cualquier punto a donde se mueva fuera de su lugar natural, provoca enfermedades, tanto si se adelanta, como si se retrae 94 . Cuando la matriz ha cambiado de posición hacia fuera sin proyectar su abertura ni llegar a tocar los labios, la enfermedad es muy débil. Pero cuando se mueve hacia delante e introduce su abertura en los labios, al principio, en cuanto los toca, se produce dolor y después, cuando queda taponada la matriz y obstruida por su propia entrada en los labios, deja de producirse el flujo menstrual. La retención de este flujo produce inflamación y dolor.
En el caso de que descienda la matriz hacia abajo y, apartada de su camino, se introduzca en la ingle, producirá dolor. En el caso de que, tras retirarse hacia arriba, se desvíe y vea interceptada su trayectoria, a causa de la obstrucción, también provocará una enfermedad. Cuando la matriz padece por esta causa, produce dolor en las caderas y en la cabeza.
Cuando la matriz está llena y se inflama, no se produce ningún flujo y se llena completamente. Y cuando se llena completamente, entra en contacto con las caderas. Cuando la matriz, llena de líquido y dilatada, no evacua y entra en contacto con las caderas, produce dolores en las caderas y en la ingle; corren como bolas por el estómago y provoca pesadez de cabeza, a veces en una u otra mitad de ella, a veces en toda ella, según sea la propia enfermedad.
La manera en que hay que tratar estos males es la siguiente: en el caso de que simplemente se desplace la matriz hacia delante y sea posible aplicarle algún ungüento, úsese cualquier producto de mal olor que se desee, cedro 95 , misoto 96 o alguna otra de las sustancias que tienen un olor fuerte y malo. Han de aplicarse fumigaciones y no baños de vapor; no han de utilizarse comidas ni bebidas diuréticas durante este tiempo ni hay que lavar con agua caliente.
En el caso de que la matriz se haya retirado hacia atrás y haya subido sin haberse desviado, utilícense aplicaciones aromáticas que, a la vez, produzcan calentamiento. Se trata de materias del tipo siguiente: mirra 97 , bálsamo o alguna otra sustancia aromática y que a la vez produce calentamiento. Hay que utilizar estas aplicaciones. Hay que proporcionar baños en vapor de vino por abajo; hay que lavar con agua caliente y han de utilizarse diuréticos. Pero lo que está claro es que, si no se desvía aun estando retirada hacia atrás, se produce flujo; más si está desviada, no se produce el flujo llamado menstrual. Este mal es preciso tratarlo primeramente con un baño de vapor del tipo siguiente: se echan higos silvestres 98 en vino y se calientan, después de haber colocado un pepino 99 que llene todo el círculo de la boca del recipiente en el que se vaya a calentar; y hay que haber actuado con el pepino como sigue: tras cortar el pepino por la mitad transversalmente y vaciarlo, córtese también un poco el extremo pequeño y colóquese como se hace para tapar los odres pequeños, de modo que el olor, pasando por el estrecho paso, llegue hasta la matriz 100 . Hay que aplicar fomentos de agua caliente y utilizar aplicaciones de medicamentos que produzcan calor.
Producen calor aquellas de las sustancias de antes que tienen capacidad de provocar el flujo menstrual como las siguientes: excremento o hiel de vaca, mirra, alumbre, gálbano 101 y cualquier sustancia semejante; de esto, cuanto se pueda. Y hay que provocar la expulsión con medicamentos purgantes por abajo, que no produzcan vómito, flojos, para que no haya evacuación de una forma excesiva.
Las aplicaciones es preciso hacerlas del modo siguiente, si se quiere que sean fuertes: tras haber cocido someramente algo de miel 102 , echa en ella alguna de las sustancias señaladas que provocan el flujo. Después, fabrica como supositorios de los que se usan para el ano, pero hazlos largos y finos. Tras hacer que la mujer se tumbe boca arriba, hay que levantar los pies del lecho por la parte de abajo y aplicar los supositorios; y hay que calentarlos en un trozo de tela o algo semejante, mientras se ablandan. En el caso de que se quiera aplicar de un modo más suave, hay que envolverlos en una venda.
Si la matriz está llena de líquido, se inflama su abertura y se produce falta del flujo menstrual. En estos casos es preciso tratar provocando el flujo con la aplicación de purgantes, dando baños de vapor como se han descrito y actuar igual que con la falta de flujo menstrual de antes. Y si la matriz se desplaza hacia delante y se desvía, también es preciso provocar el flujo como en la falta de flujo de antes.
Cuando el flujo sea excesivo, es preciso evitar el calentamiento con agua caliente u otro producto y no servirse de diuréticos ni de alimentos purgantes. La parte de los pies del lecho ha de estar más elevada, para que la inclinación no favorezca el flujo y hay que servirse a la vez de productos astringentes.
Los flujos, en cuanto llega el momento de la expulsión, llevan sangre y, cuando menos mana, son purulentos. En las mujeres más jóvenes llevan más sangre; las mayores tienen las llamadas menstruaciones con más mucosidad.

1 La misma idea está en HERÁCLITO (22 B 103 DIELS -KRANZ ). En el Corpus Hippocraticum también se encuentra en Sobre la naturaleza de los huesos 11 y en Sobre la dieta I 19, que se considera también inspirado en Heráclito.
2 A lo largo de todo el tratado se encuentran numerosas repeticiones y pleonasmos, que corresponden a un estilo descriptivo arcaico.
3 Quizá este hueso fino sea una expresión técnica para referirse a la meninge, de la que habla en § 2, 1.
4 Esta idea puede encontrarse también en ANAXÁGORAS (59 B 1 y 6 DIELS -KRANZ ).
5 Se trata de una idea presente en muchos lugares del Corpus , p. ej. en Sobre la dieta I 6; Sobre las enfermedades de las mujeres II 174; Sobre la naturaleza del hombre 3. También se encuentra en otras obras antiguas (PLATÓN , Timeo 81a) y particularmente en autores médicos, como FILOLAO (6 DIELS -KRANZ ) y GALENO (III 17 KÜHN ).
6 Encontramos una afirmación semejante en GALENO (II 1, 11 ss. KÜHN ; XIV 677, 2 y 4 KÜHN ) y en PS -SORANO , Cuestiones Médicas (ROSE , Anecdota II 248). RUFO (Sobre la denominación 233 DAREMBERG -RUELLE ) cita expresamente este pasaje de Sobre los lugares al tratar de este asunto.
7 El razonamiento, un tanto condensado en este punto, implica que los olores, al disiparse y disolverse en el aire antes de que lleguen hasta el olfato pueden ser percibidos a causa de ello por éste con menos claridad que los sonidos. Además, el olor ha de pasar tamizado por el cuerpo esponjoso de la zona porosa, por lo que no tiene acceso directo al cerebro, a diferencia de los sonidos.
8 Mantenemos en la traducción la imagen, presente en la terminología griega, que concibe la vista como una luminaria ígnea, susceptible de ser apagada. La misma idea está también en otros autores antiguos, como ALCMEÓN (24 A 10 DIELS -KRANZ ) y EMPÉDOCLES (31 B 84 DIELS -KRANZ ).
9 Según GALENO (XIV 711 KÜHN ), Hipócrates creía que había dos membranas en el ojo, pero esta idea no se encuentra en lugar alguno del Corpus .
10 A pesar de conocer con cierto detalle la fisiología de las venas, los autores del Corpus no siempre les atribuyeron la función de contener y conducir la sangre, como tampoco llegaron a descubrir la circulación de la sangre y su función. Es notable en el caso de Sobre los lugares ... que apenas cita el corazón ni le atribuye ninguna función en relación a la sangre.
11 Probablemente se refiera con este nombre a la aorta. La existencia de esta gran arteria, la principal del sistema circulatorio humano, era ampliamente conocida ya en el siglo V a. C., incluso fuera del ámbito especializado de la medicina (cf. EURÍPIDES , Ión 1011).
12 Era una idea común en la Antigüedad que el semen procedía del cerebro y que la incisión en las venas que pasan tras las orejas provocaba esterilidad en el hombre. Cf. Sobre los aires, aguas y lugares 22; Epidemias VI 5, 15; Sobre la generación 2.
13 La descripción del sistema de venas del cuerpo se encuentra también en otros muchos tratados: Sobre la enfermedad sagrada 6-7; Sobre la naturaleza del ser humano 11; Sobre las carnes 5-6; Epidemias II 4, 1; Sobre la naturaleza de los huesos 11. Cf. C. R. S. HARRIS , The Heart and the Vascular System in Ancient Greek Medicine. From Alcmaeon to Galen , Oxford, Clarendon, 1973, § 2.
14 El término tétanos tiene en el Corpus a veces un significado más amplio que la infección que recibe tal nombre en la actualidad. Cf., p. ej., Sobre las enfermedades internas 52-54. V. M. D. GRMEK , Diseases in the Ancient Greek World , Baltimore-Londres, 1989, pág. 342.
15 Este pleonasmo, como nota Joly, quizá proceda de una glosa, pero está presente en todos los manuscritos.
16 Cf. Sobre la naturaleza de los huesos 3.
17 En general el término înes , que traducimos por tendones, es sinónimo de neûra , nervios. Sin embargo, ARISTÓTELES concibe los înes como algo intermedio entre los nervios y las venas (Investigación sobre los animales III 6, 515b27-32).
18 Una descripción de la forma de estas junturas, aunque no sobre su número, se ofrece en Sobre las heridas en la cabeza 1.
19 Esta afirmación, que es válida para algunos animales, no lo es para los seres humanos más que en los fetos relativamente poco formados; v. Introducción.
20 Teniendo en cuenta que en realidad se reconocen en el hombre treinta y tres vértebras, la cifra de dieciocho y veinte sólo pueden entenderse si a las doce dorsales y cinco lumbares sumamos, contada como una sola, el conjunto del sacro y el coxis, por abajo, y si las siete cervicales se cuentan como dos, que podrían corresponder al atlas, como vértebra junto a la cabeza, que se menciona específicamente, y las otras seis cervicales tomadas conjuntamente como una unidad.
21 Sólo cuenta las conectadas con el esternón, no las costillas flotantes, v. Introducción.
22 Según la terminología médica antigua, no se establece diferencia entre juntura móvil de huesos, es decir, articulación tal como se entiende en la actualidad, y la juntura fija de ellos.
23 Sorprendentemente, el autor no utiliza aquí el término omóplatos , común en el resto del Corpus Hippocraticum , sino un término puramente descriptivo, plátos ‘plano’, lo que no se repite en ningún otro tratado y quizá sea un rasgo de arcaísmo.
24 En griego íschion . Nótese cómo en griego recibía el nombre de cadera tanto la pelvis, como los dos extremos laterales y más prominentes de la parte superior de las piernas.
25 Es decir, la tibia.
26 Se refiere al líquido sinovial. El autor utiliza el mismo término, mýxa , que se emplea también para otras mucosidades del cuerpo, particularmente las nasales.
27 Se ha especulado con la posibilidad de que la brevedad de este párrafo sea debida a una laguna. Los manuscritos coinciden, sin embargo, en el texto transmitido.
28 El tratamiento de los flujos, central en este tratado, parece tener puntos de contacto con el de autores como Filolao, Timoteo o Hipón, según el resumen de sus teorías que aporta el Anónimo Londinense . También se han notado similitudes con Empédocles. Todos ellos proceden de la Magna Grecia. V. E. M. CRAIK , Places in Man , págs. 132 s.
29 El número de flujos descritos quizá esté relacionado con las teorías pitagóricas. Una secuencia como la que se ofrece aquí —nariz, oídos, ojos, pecho, médula, vértebras y cadera— se propone también en Sobre las glándulas 7. En ese pasaje, sin embargo, se introduce un flujo hacia el vientre, que aquí no es citado, y, en cambio, se reúnen los flujos que van al pecho y la médula en uno solo que pasa por la garganta y luego se divide hacia adelante y hacia atrás.
30 La consunción (phthísis) puede entenderse como lo contrario del empiema, pues implica falta de humores. No se indica cuándo se produce empiema y cuándo consunción en una misma situación, pero puede depender de las condiciones de calor y frío expuestas en el apartado anterior.
31 El término empleado es alaíē . GALENO , en su Glosario , comenta de este término: «se llama así en Sobre los lugares en el hombre la consunción que es como ciega e invisible».
32 El término sikýē se refiere a una copa de vidrio que se utilizaba como ventosa. El mismo tratamiento se recomienda en Sobre las heridas 27.
33 Nótese cómo, una vez más, tras haber propuesto una actuación concreta, se expone la recomendación de carácter general en que se apoya. Es una de las características de este tratado.
34 También en §§ 29 y 32. El término ichṓr es utilizado en la épica para referirse a la sangre de los dioses. En el siglo V su significado había evolucionado y se utiliza en el Corpus Hippocraticum para referirse a líquidos corporales infecciosos o purulentos. En el Anónimo Londinense se asocia esta palabra a Deuxipo de Cos (12, 24) y a Filolao (18, 37).
35 El tono de este apartado es fuertemente didáctico. Después de la mención de cada mal se recomienda un tratamiento.
36 Es decir, se aplica un enema.
37 El término knipótēs es glosado por EROTIANO (K 30) como xerophthalmía , es decir, «sequedad» o «irritación del párpado». GALENO (XIX 112 KUHN ) también lo glosa como «irritación».
38 La cauterización es un tratamiento recomendado frecuenteme en los tratados Sobre las enfermedades .
39 Cf. § 3.
40 El término árgemon es glosado por EROTIANO (A 56) como «padecimiento de color blanquecino que sobreviene a los ojos y que recibe el nombre de la blancura que produce».
41 Este pasaje ha recibido mucha atención, pues para algunos implicaría, junto con la cita de § 16, que para el autor la bilis es un humor diferente de la flema (R. JOLY , Hippocrate. Des lieux dans l’homme ..., pág. 21). Sin embargo, la comparación con § 10 permite entender que la bilis es un producto de la llegada del flujo al pecho y no un humor independiente.
42 Tanto aquí como en otros lugares del tratado (p. ej., § 10), las referencias al número siete quizá reflejen una influencia pitagórica. Sin embargo, no se aplica rígidamente este módulo en todas partes.
43 La diferencia entre perineumonía, como enfermedad que afecta a ambos costados, y pleuritis, la que afecta a uno solo, quizá esté también implícita en Prenociones de Cos 394. Sin embargo, en otros casos (Sobre las enfermedades I 28) no se establece tal diferencia.
44 En este tratado se concibe todo el pulmón como un único lóbulo.
45 Es decir, se le producen acumulaciones de pus en la pleura.
46 Queda claro en este apartado que no hay una identificación entre pus y bilis.
47 Por la tos, supone R. JOLY , Hippocrate. Des lieux dans l’homme ..., pág 55.
48 Referencias a roturas en el entorno del pulmón se encuentran también en Prenociones de Cos 396, pero como resultado simultáneo al empiema, no como su causa. Por otra parte, la pleura como membrana que recubre el pulmón parece no haber sido reconocida en la Antigüedad.
49 El texto utiliza el término aortaí , literalmente «aortas». Según Erotiano (A 58) Baqueo utilizaba este término para referirse a las arterias, mientras que Epicles y Lico de Nápoles lo utilizaban para referirise a los bronquios existentes en el pulmón y en la tráquea. Por el contexto, es éste el sentido que mejor parece cuadrar aquí.
50 La auscultación en caso de acumulación de líquidos en el cuerpo consistía en mover al paciente mientras se aplicaba el oído por la espalda. Es citado frecuentemente en los tratados cnidios. Cf. J. JOUANNA , Hippocrate et l’École de Cnide , París, Les Belles Lettres, 1974, págs. 315-316, n. 1.
51 Algunos de estos síntomas se señalan también en El pronóstico 17 y en Prenociones de Cos 396.
52 Otras referencias a los flujos que van hacia atrás se ofrecen en §§ 10, 21 y 23. E. M. CRAIK (Hippocrates. Places in Man , págs. 159 ss.) discute las posibles incoherencias en la descripción de tales flujos en el presente tratado.
53 Mezcla de vinagre y miel, conocida como expectorante también en otros tratados (Sobre la dieta en las enfermedades agudas 58).
54 La propiedades caloríferas del vino eran ampliamente reconocidas en la Antigüedad; v., por ejemplo, EURÍPIDES , Alcestis 752.
55 Aunque el flujo que baja hasta el vientre no está específicamente incluido en los siete flujos enumerados en § 10, era éste uno de los principales reconocidos en el cuerpo, como se señala en Sobre las glándulas 7.
56 En griego ptisánē , origen del español ‘tisana’. El recurso a la cebada aparece en otros muchos tratados, particularmente los que tratan de las dietas.
57 Sorprende que no se sugiera una cauterización de las venas mismas, por donde se supone que pasa el flujo. Quizá el autor esté pensando en una ruta del flujo por las vértebras.
58 Este pasaje es citado expresamente por CELIO AURELIANO en su obra Sobre las enfermedades crónicas 5, 24.
59 Es la única utilización del término dieta en este tratado. Este hecho, unido a la concisión del texto y los problemas que plantea el reconocimiento de los flujos principales del cuerpo, hace pensar a E. M. CRAIK , (Hippocrates. Places in Man , págs. 171-172) que quizá estemos ante una interpolación.
60 Acaba en § 23 la consideración de los flujos y se pasa a tratar de otras enfermedades.
61 Pasaje citado por GALENO , Scripta Minora III 197.
62 La relación entre el bazo y el resto del cuerpo se discute en el Timeo platónico (72d).
63 Este párrafo es citado por Pseudo Galeno, donde el presente tratado se nombra como Sobre los lugares interiores .
64 Este término se refiere al exceso de cualquier materia. En este caso se refiere al exceso de líquidos, particularmente flema.
65 La diferenciación entre fármacos colagogos, los que ayudan a eliminar la bilis, y los que eliminan la flema se da en los tratados cnidios. El término cholēgón , utilizado aquí, sólo se repite en Sobre las enfermedades de las mujeres I 26.
66 Este término ha sido comentado por EROTIANO (K 31), quien dice que es de origen dorio y cita a otros comentaristas y da también como variantes formales del nombre kámaron, kámmoron y kámoron . Sobre su identificación, Zeuxis y Lico dicen simplemente que es un nombre genérico para un antipirético; para Dioscórides se trata del acónito; Zenón, el discípulo de Herófilo, dice que los dorios de Italia llamaban cámmoron a la cicuta.
67 Es decir, usar el tratamiento contrario si el primero no ha funcionado.
68 Sobre las propiedades de los higos, v. Sobre la dieta II 55.
69 GALENO , en Glosario, s. v. thēríon , cita el principio de este apartado.
70 El ícor se cita también en §§ 12 y 32.
71 Un tratamiento semejante se recomienda en Sobre las enfermedades II 26-8; III 10 y en el Apéndice a Sobre la dieta en las enfermedades agudas 9-10.
72 Este apartado es una especie de recopilación general y algunos editores y comentaristas sugieren la posibilidad de que se trate de una interpolación. Cf. E. M. CRAIK , Hippocrates. Places in Man , pág. 186.
73 El tratamiento más completo de este tema en el Corpus Hippocraticum es el que se da en Sobre las heridas en la cabeza Ver también Predicciones II 14.
74 Se propone un tratamiento contrario en Sobre las heridas en la cabeza 13 y Sobre las úlceras 1.
75 Única mención de la bilis negra en este tratado. Otras menciones, por ejemplo, en Sobre la naturaleza del hombre 11.
76 Esta idea contrasta con lo formulado en Sobre la medicina antigua 4 y también en PLATÓN , Gorgias 464b; República 3, 406a-b; Critón 47b, donde dieta y ejercicio se asocian positivamente.
77 EROTIANO glosa este pasaje (M 12). Sobre la mandrágora como purgante, cf. M MOISAN , «Les plantes narcotiques dans le Corpus Hippocraticum», en P. MALONEY et al . (eds.) La maladie et les maladies dans la Collection Hippocratique. Actes du VI Colloque International Hippocratique , Québec, Éd. du Sphynx, 1990, 381-392.
78 La misma idea se encuentra en Aforismos IV 57, Prenociones de Cos 152-153 y Sobre las crisis 62.
79 Lo mismo se dice en Pronóstico 3; Prenociones de Cos 487 y Sobre las crisis 62.
80 Todos los editores suponen aquí una laguna. La cauterización es el tratamiento extremo en todos los tratados médicos (por ejemplo, en Sobre las articulaciones 8). En el presente tratado se recomienda para el flujo en el ojo (§ 7).
81 Cf. § 46 de este mismo tratado en el mismo sentido.
82 La idea de que un mismo tratamiento puede tener efectos contrarios y que puede obtenerse un mismo resultado de dos tratamientos diferentes se encuentra extendida en todo este tratado y también en otros, como Epidemias VI 5, 4 y Sobre las enfermedades internas 26.
83 Éste es, probablemente, el apartado más importante sobre la cuestión de la curación por contrarios y por iguales, citado por GALENO en Sobre las opiniones de Hipócrates y Platón (Plac.) 636, 2 ss. Y en otros pasajes. V. R. JOLY , Hippocrate. Des lieux dans l’homme ..., pág. 72, n. 1 y E. M. CRAIK , Places in Man , pág. 204. El asunto aparece también en otros pasajes del Corpus Hippocraticum , como, por ejemplo, en Sobre la medicina antigua 13, Epidemias VI 2, 1, o Sobre la enfermedad sagrada 18.
84 Retenciones de orina en la vejiga que provocan micciones escasas y dolorosas. Cf. Sobre las enfermedades II 1 y 12, IV 55; Epidemias II 2,17.
85 Hay que entender: la falta de una regla uniforme.
86 El término griego utilizado es oligókairos . Apoyándose en la comparación con otros tratados y comentarios, así como en el contenido del resto del apartado, Craik prefiere una interpretación que se centre en el equilibrio entre elementos y actuaciones. Es también el sentido que elegimos nosotros. Por el contrario, R. JOLY prefiere la interpretación temporal: «La médecine a peu de temps pour agir», que coincide parcialmente con la de É. LITTRÉ : «La médecine est de mesure fugitive» y con F. Z. ERMERINS : «At uero ars medica benem habet occasionem».
87 El texto griego dice tà eídea kaì tà mḕ eídea . Nuestra traducción sigue la propuesta de A. E. TAYLOR , Varia Socratica , Oxford, Parker, 1911, pág. 239, asumida también por R. Joly. Por tà eídea se han de entender los cuerpos que, en virtud de sus propiedades específicas, ofrecen algún tipo de alimentación a las materias de su misma clase que se encuentran en el organismo. Por el contrario, tà mḕ eídea son cuerpos de una clase diferente, no presente en el organismo y, por tanto, incapaces de proporcionar alimento a ninguna parte del cuerpo. Cf. también H. DILLER , «Zum Gebrauch von εἴδος und εἴδεα in platonischer Zeit». En H.-H. EULNER , et al . (eds.) Medizinische in unserer Zeit. Festgabe für E. Heischkel und. W. Artelt , Stuttgart, Enke, 1971, págs. 23-30.
88 Esta frase, que aparece en todos los manuscritos parece tener poco sentido en el pasaje. Los editores las editan entre cruces (Joly) o directamente las eliminan (Ermerins). Es probable que se trate de glosas, introducidas posteriormente en el texto. Su intepretación podría ser que si no se respeta el equilibrio, el resultado es el contrario tanto para quienes se apartan del equilibrio por defecto, como por exceso.
89 El manuscrito A añade aquí: «Fin de Sobre los lugares en el hombre ».
90 Este párrafo desarrolla de alguna manera la idea del «equilibrio» expuesta en el apartado anterior.
91 Algunas afirmaciones de este párrafo son contradictorias con lo dicho en otros lugares de este tratado y en otros. Por lo general, se entiende que el uso interno y externo de un producto son alternativos y con los mismos resultados. Tampoco es coherente la afirmación de que los purgantes calientan, cuando en §§ 3 y 5 se dice que son fríos en un medio caliente. Quizá debamos entender estas aparentes contradicciones sobre la base de los efectos contrarios de las sustancias cuando no se mantiene el equilibrio necesario, pero la expresión está, desde luego, abreviada, pues no hay referencia explícita a que se esté hablando de esta falta de equilibrio.
92 Cf. También Sobre la ciencia médica 4 ss.; Sobre las afecciones 45; Enfermedades I 7. Joly remite a F. HEINIMANN , «Eine vorplatonische Theorie der τέχνη» Medical History 18 (1961), nn. 11-18.
93 Este apartado aparece como una especie de apéndice, sin relación directa con las observaciones de carácter general de los apartados anteriores. Por ello algunos comentaristas y editores (Van der Linden, Ermerins) lo eliminaron. Sin embargo, los testimonios de Erotiano y Galeno prueban que en la Antigüedad ya se le conocía como parte de este tratado. Su contenido concuerda con las enseñanzas de los otros tratados ginecológicos del Corpus .
94 La suposición de que la matriz puede moverse por todo el cuerpo está presente en otros tratados. Así, por ejemplo, en Sobre la naturaleza de la mujer , se indica que puede moverse a la zona del hígado (§ 3), a la cabeza (§ 48) o a las piernas (§ 49).
95 Puede tratarse de la resina del cedro, aceite hecho con ella o simplemente el serrín de su madera, como en Sobre las enfermedades de las mujeres II 152 o Sobre la naturaleza de la mujer 81.
96 En griego myssotós , especie de pasta comestible, hecha de queso, miel, ajo, aceitunas negras y otros productos. Se cita también en ARISTÓFANES , Caballeros 771. Su uso médico se recomienda en Epidemias II 6,28, como inductor de la bebida.
97 Se recomienda como calmante en todos los tratados ginecológicos.
98 El tratamiento tópico con higos para enfermedades de las mujeres se recomienda también en Sobre la naturaleza de la mujer 39, Sobre las enfermedades de las mujeres I 38; II 163.
99 Tratamiento con pepino, sus jugos, semillas y carne, se recomienda en diferentes tratados relacionados con las mujeres, como, por ejemplo, en Sobre la naturaleza de la mujer 61 y 109; Sobre las enfermedades de las mujeres I 7 y 79-80; II 128; Sobre la superfetación 27; Sobre las mujeres estériles 222, 238.
100 Todo el procedimiento, descrito de una forma un tanto entrecortada, va dirigido a convertir el medio pepino vacío en una especie de cánula capaz de introducirse en la vagina. Los vapores de los higos calentados en vino, al pasar a través del hueco central practicado al vaciar el pepino que obstruye la boca del recipiente, se entiende que se impregnan también de los efectos benéficos del propio pepino.
101 Todas estas sustancias son citadas en otros pasajes del Corpus Hippocraticum como remedios para males de las mujeres y, particularmente, para la falta de flujo menstrual. Cf. E. M. CRAIK , Hippocrates. Places in Man , pág. 228.
102 La miel cocida era considerada en la Antigüedad casi como una panacea. V., por ejemplo, Sobre las enfermedades de las mujeres I 75; Sobre las mujeres estériles 27.
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