Kitabı oku: «Laberinto en Londres», sayfa 2
Chica de country, chico de cómics
Al día siguiente, después de un break, encontré en mi cuaderno una tira de una historieta. En el primer cuadro, estaba el chico de los pantalones gastados y salía un globo que decía: “Sé que soy un desubicado y no sé cómo pedirte perdón. ¿Querés jugar a los dardos conmigo?”. En el segundo cuadro: “Si seguís con bronca…”; en el tercero, se ponía un bearskin.
Me pareció grasa, pero igual me gustó. Por lo menos, se había esforzado. En situaciones normales, no hubiera vuelto a hablar con él. En situaciones normales, nunca hubiera hablado con él. Pero estaba en Londres, completamente sola. ¿Qué más podía hacer?
—Parecés de la primaria, dejando una nota en mi cuaderno —le dije a la noche en el Social Center mientras pensaba que no era tan feo.
—Es que no sé cómo escribirle a una chica que se compra peluches y se conmueve por Ofelia —sonrió seductor.
—¿No dejás nunca de provocar?
—Empecemos de nuevo. Me llamo Facu —dijo como suplicándome.
—Sofi… ¿Dónde están los dardos?
Tiré el primero y le di al centro.
—¡Rebien! —dijo sorprendido.
En su primer tiro, el dardo rebotó y cayó al suelo.
Tiré el segundo y acerté en el último sector.
—¡Impresionante! —dijo.
—Chica de country, dardos, ping pong, bicicleta, tenis, golf —le respondí.
—Te hacía más de libros, como siempre estás leyendo.
—Me estoy poniendo al día para el curso. Pero sí, es verdad, libros y pelis. ¿Y vos?... ¿Qué te gusta hacer?
—Cómics, amo los cómics…
¡Qué aburrido!, pensé, pero no me atreví a decirle.
—… el cine, los bares, los amigos.
Con el tercero le apunté a él y pensé que no era nada feo. Era alto, flaco, obviamente no tendría las abdominales de Thiago.
—¿Tengo que salir corriendo? —dijo tierno.
—Te podría prestar el bearskin, pero no te va a servir: es de piel de oso.
Sonrió con una sonrisa tan linda. Su cara no era tan perfecta, pero tenía algo atractivo.
Tiré y le di al centro otra vez.
—Perdón —dijo—, sé que me comporté como un tarado —se notaba que tenía vergüenza—. Tenés que entender a los hombres, las estupideces que hacemos para que ustedes nos den bola.
—Puedo entender lo del oso, pero lo de Ofelia.
—No entiendo por qué llorabas —me dijo.
—Él la enamoró y luego la deja de una forma tan cruel. Si Hamlet hubiera sido sincero con ella…
—¿Qué? No se suicida por Hamlet. Su padre la hizo débil, con todo ese rollo de la moral y las buenas costumbres.
—No entendés nada, se suicida por amor.
—Se suicida porque todos se mueren en las tragedias. Si llorás por Ofelia, ¿qué te pasa con Julieta o Desdémona?
—Lloro por todas las mujeres.
—¿También por Lady Macbeth?
—Dale, tirá.
—Te dejé sin respuesta.
—La verdad, me sorprendiste con tu conocimiento de Shakespeare.
—Con estos pantalones ¿tenía que ser un bruto? —me dijo desafiándome.
—No, con esa falta de sensibilidad.
Tiró y el dardo dio en el centro.
—¡Me estabas dejando ganar! —le reproché.
—No —se rio—, te juro que no.
—¡Te creés que soy una nena! —y me fui.
Corrió hasta alcanzarme.
—¿Todos nuestros encuentros van a terminar así? El primer tiro lo hice mal a propósito. Pero el segundo… no soy tan bueno como vos.
Era lindo. No, hermoso como Thiago, pero sí, lindo.
En el bar también estaba Cata con un chico. La miré indignada.
—¿Son amigas? —me preguntó Facu.
—Ya no.
—¿Qué pasó?
Si le contaba, iba a quedar como una tonta.
—Me traicionó —dije.
—¿Un chico?
Me puse roja.
—Conmigo no vas a tener problemas, no es mi tipo.
—¿Y cuál es tu tipo?
—Morochas de ojos verdes, apasionadas —y sonrió.
—Entonces tampoco soy tu tipo.
—¿Querés serlo?
—¡Ni ahí!
—¡Qué lástima!
Nos quedamos en silencio, moviendo nuestras cabezas al ritmo de la música. Facu cantaba.
—¿Cuál es tu tipo? —me preguntó.
—Morochos de ojos verdes apasionados —lo miré directo a los ojos y me quise matar, tenía ojos verdes, unos ojos verdes hermosos y su pelo era negro. Yo no podía ser tan idiota. ¿Cómo no me había dado cuenta antes?
—Yo prefiero la pasión en la mujer, no en los ojos —dijo.
Podía quedar como una tonta o doblar la apuesta. No me iba a vencer tan fácilmente.
—Si yo fuera apasionada, te besaría —le dije—. Pero no.
—También podrías dejarte besar.
—Tal vez.
—Para mí, jamás te atreverías a besar a un chico si él no lo intenta primero.
—¿Qué sabés?
—Demostrámelo.
—¿A quién querés que bese?
Me tomó la mano:
—¿Vamos a bailar? —y me llevó a la pista.
No bailaba tan mal, pero seguía con esos jeans desastrosos. Pensé que con un cambio de look podría ser el modelo con el que había soñado. ¿No me estaría conformando con poco?
Me tomó de la mano y me hizo dar una vuelta por debajo de su brazo. Al girar vi a Cata que me miraba y se reía. Yo estaba haciendo el ridículo.
Me solté y me fui. Esta vez no me siguió.
Algo estaba fallando
Entré en mi habitación, abrí la valija y saqué al osito. Lo abracé, pero no sentí ningún alivio. Algo estaba fallando: ni el perfume ni el peluche podían consolarme.
Desde que había salido de Buenos Aires, había disfrutado un solo momento y había sido con Facu. Pero no me podía gustar él; no era mi tipo, no era como yo. Guardé el oso en la valija.
Le escribí a Mora: No sé lo que te contó Cata, pero es una tarada. Por suerte, borré el mensaje antes de mandarlo.
Entró Odile y me preguntó:
—¿Por qué lo dejaste en la pista?
—Me sentía una tonta dando vueltas. Todos me miraban.
—De la envidia, a las tías les mola Facu.
—¿Les mola?
—No te hagas la “boluda” —dijo haciendo las comillas con sus dedos, que entendiste bien.
—No sé qué le ven —disimulé.
—¡No te creo!
—Cata se reía.
—Está celosa.
—No puede tener celos de Facu, se levantó en el avión al chico más lindo que vi en mi vida.
—Capaz se reía de otra cosa.
Apostemos
Al día siguiente me metí en el aula de Odile y abrí el cuaderno de Facu. Estaba lleno de dibujos. Me hubiera quedado mirándolos, pero tenía miedo de que alguien apareciera. Mientras ella estaba en la puerta monitoreando que no viniera nadie, escribí apurada:
Sé que soy una desubicada y no sé cómo pedirte perdón. ¿Querés jugar a los dardos conmigo?
Si seguís con bronca, avisame y llevo el bearskin.
Estaba renerviosa porque no sabía si me dejaría plantada. Odile me iba a acompañar por las dudas. Era la primera vez que me sentía tan insegura frente a un chico. Me puse mi mini de jean Armani y una camisa blanca.
—Hola, viniste sin el sombrero —dijo tocándome el pelo.
—Os dejo que tengo que chatear —dijo Odile—, ¿así decís vosotros?
Asentimos con una sonrisa.
—¿Qué pasa? ¿Por qué os reís?
—Nos da risa que nos trates de “vosotros”.
—¡Que sois complicados! —y se fue.
—Gracias por venir —le dije a Facu.
Me miró a los ojos y, sin sonido, me dijo:
—Estás loca.
No era un insulto, todo lo contrario, parecía un “me gustás” disfrazado, incluso un “me gustás mucho”.
Sonreí.
—¿Jugamos a los dardos? —le pregunté.
—No pienso dejar que me destroces de nuevo. ¿Pool?
—Bueno —le respondí desafiante.
—Uhh, me vas a hacer bolsa, lo presiento.
—Mejor no apuestes.
—Decime en qué sos mala.
—Jamás.
—Creo que ya lo sé —dijo provocándome.
—Morite.
—Rayadas —dije luego de haber embocado una.
—Lisas.
—Obvio, es lo que te queda.
Yo estaba a punto de tirar y vi que se me abría el escote. Lo miré y estaba mirando mi pecho. Lo odié.
—Confesá, ¿para quién es el oso? —dijo.
Erré.
—¿Qué te importa! —me di vuelta y me abroché un botón más.
Cuando él estaba a punto de hacer su tiro, le dije:
—Vi tus dibujos —y me pareció que le daba vergüenza.
Ahora el juego era tratar de distraer al otro.
—¿Por qué me dejaste bailando solo?
No le respondí.
—No hace falta que te acuestes sobre la mesa —le dije—. Igual vas a fallar.
—Estoy esperando que vos te tengas que acostar con esa minifalda.
—¡Baboso!
—Podías haberte puesto un short.
—No sabía que íbamos a jugar al pool.
—¿Por qué te hacés la linda? —me dijo cuando pasaba de frente junto a mí.
El espacio era angosto y sentí la proximidad de su cuerpo que me atraía.
—Soy linda. ¿Querés que te regale el oso?
—Seguro —metió una—. ¿Decías?
—Una bola la mete cualquiera, ahora dos seguidas…
—Apostemos.
—Dale —respondí.
—Un beso.
—Tu única posibilidad de darme un beso…
—Entendiste mal. Si yo meto la bola, le das a un beso a alguien, sin explicarle nada.
—Pero si no embocás —dije—, le tenés que dar un beso a un hombre.
—Nooo. A cualquier chica, elegís vos.
—No.
—Arrugaste.
—No arrugué —dije—. Pero no me vas a usar de excusa para besar a una chica.
—La elegís vos. Podés elegirte.
—Ni loca.
—O podés besar a tu peluche…
Le pegué con el taco.
—¡Violencia, no! —gritó riéndose. Agarró el taco y me llevó hacia él.
El de Seguridad nos dijo que nos controláramos. Cata estaba mirando y me quise matar.
—Vos te lo perdés —me dijo Facu y metió la segunda bola.
—¿Qué me pierdo? ¿Tu beso?
—Te deschavaste: me ibas a elegir a mí.
—¡Ni loca!
Esta vez fui yo la que tenía que pasar por donde estaba él. Pasé de frente sin levantar la vista, sentí su perfume.
—¿Hugo Boss? —pregunté deteniéndome a su lado.
—Reconocé que estás muerta por mí —me dijo susurrando.
—¿Quéeee? Vos estás muerto —me tocaba el turno—. Correte —le dije para que no me viera mientras me reclinaba sobre la mesa.
—Esta postura sí que es sexi.
—Yo diría elegante, no estoy recostada, sino reclinada.
—Los chicos te lo están agradeciendo —señaló atrás mío.
Me di vuelta y me estaban mirando, me puse roja, golpeé la blanca con toda mi furia y metí la bola.
—Una bola la mete cualquiera —dijo imitándome—, ahora dos seguidas…
Metí otra.
—Ahora, tres seguidas…
—¡Cómo te gusta que te humillen!
—Pará, pará. Si metés esta…
—¿Qué vas a apostar ahora?
—Si metés esta… —dijo como evaluándome—, hago lo que quieras.
—¿Lo que quiera?
—Sí, cualquier cosa.
Metí la bola.
—¡Sí! —festejé—. Te cambiás esos pantalones.
—¿Vas a desaprovechar esta oportunidad solo para que me cambie los jeans? ¿No querés reconsiderarlo?
—No.
—Ok, si yo meto tres seguidas, mañana vas a clase con mi jean y te lo dejás puesto todo el día.
—Jaja. Nunca vas a meter tres seguidas.
—Arriesgate.
—Ok.
En un tiro metió dos bolas.
—Te van a quedar muy lindos —dijo mientras le ponía tiza al taco.
—No te hagas el profesional.
Estaba renerviosa, había una lisa justo al lado de la tronera. Era un tiro refácil. Cualquiera podía meterla.
—¿Nerviosa?
—Ni ahí. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Que tenga que usar tus asquerosos jeans? —dije mientras me desabotonaba el botón de la camisa.
—¿Esa es tu estrategia? —me miró a los ojos, evitando mi escote.
—Sí —lo desafié.
—Los vas a amar —tiró y entró la bola.
Cuando salió de su habitación, estaba divino. Se había puesto un pantalón Príncipe de Gales, que tenía mucha onda, una camisa blanca. Y una sonrisa de sobrador insoportable.
—Acá están —me dijo—. Te odio.
Los agarré con asco.
—¿Por qué no me das los que tenés puestos? —le pregunté.
—Sabía que te iban a gustar, me disfracé de tu príncipe azul. Pero mañana te toca a vos disfrazarte de mí.
—Ja.
—Lo único que te pido es que me los devuelvas limpios.
Mientras me iba, le hice fuck you.
Esa no era yo
Di vueltas y vueltas en la cama, hasta que me levanté y me probé los jeans. Aunque no eran mi onda, no me quedaban tan mal. Si bien el corte era de hombre, zafaban. Un tanto rebelde, descuidada, provocadora. Una remera blanca, básica; los Dr. Martens.
Me miré al espejo, esa no era yo, pero me gustaba.
Soñé que nos besábamos. Por fin estaba callado.
A la mañana, me despertó Odile.
—¿Qué haces durmiendo vestida?
—Perdí una prenda.
Me miró sin entender.
—Apostamos. Si él metía tres bolas seguidas, yo tenía que usar sus jeans.
—¿Y dónde te cambiaste? —me preguntó mordaz.
—Acá, no pasó nada.
—¿Y?
—No sé.
—No sabes, dormiste con su jean toda la noche y no sabes.
—Me quedé dormida. Es tan raro, no para de hablar. Está todo el tiempo provocándome, seduciéndome. Y nada, ni un beso.
—Capaz tiene miedo de que lo botes.
Vos, yo y el silencio
Tenía un mensaje de Mora: estas reborrada. q pasa?
En el desayuno, Cata estaba justo al lado de Facu. ¡Qué casualidad! Sabía lo que estaba haciendo. No le alcanzaba con Thiago, ahora también me quería robar a Facu.
—¡Qué cambio de look! —le dijo babosa—. Se nota que Sofi tiene influencia.
—No solo ella —le respondió él señalándome.
—Ah —dijo Cata—. ¿Qué hacés vestida así?
—¿Qué te importa?
—Dale, no podés seguir enojada.
—No estoy enojada, pero ya no soy más tu amiga.
—¿Qué tenés?, ¿cuatro años? —y lo miró a Facu buscando complicidad.
Él la ignoró y ella se fue.
—¡Estás hermosa! —me sacó una foto con el teléfono.
—¿Qué hacés?
—Un recuerdo.
—Sos un tarado.
—Estás hermosa, y te juro que no miento.
Me sentía expuesta.
—Jamás creí que mis jeans podían quedarte tan bien —agregó.
—¿No parás nunca de hablar?
Sonrió y se notó que le dio vergüenza. Por primera vez lo vi vulnerable, tierno, y me encantó. Hubiera acariciado las ondas de su pelo desprolijo.
—Hoy, después de la cena, hagamos una salida sin palabras —dijo—. Vos, yo y el silencio.
—Ok, pero si hablás, te toca una prenda, y esta vez me voy a vengar.
Le respondí a Mora: A full leyendo, me pasé a Literature. London me dio vuelta la cabeza, pero no como yo pensaba. 
El laberinto nos atrapó
Lo que al principio me había parecido tentador ahora me atormentaba. ¿Qué íbamos a hacer si no hablábamos?
Quizás ir cogidos de la mano como dos tortolitos, me había dicho Odile. A España le tenían que prohibir que enseñara el español. Porque solo le quedaba bien a los chicos; a mi amiga belga la envejecía antes de tiempo.
Ni bien nos encontramos, me tomó de la mano y salimos a caminar por el parque. El cielo estaba oscuro. El viento sacudía los árboles. Algunos pájaros nocturnos decían lo que nosotros no podíamos pronunciar.
La noche había extendido el parque, yo respiraba Inglaterra. Del otro lado de los edificios, había un laberinto de arbustos. Estaba prohibido ir de noche, pero aprovechamos la distracción del vigilante para escabullirnos. Me sentía Elizabeth huyendo con Darcy. Ella nunca hubiera arriesgado el honor de su familia. ¿Y yo?
Empezó a llover, suave. Llegamos al laberinto, corrimos hacia adentro. Me imaginé que era un túnel hacia otro mundo sin palabras. El sendero se angostaba, las ramas cada vez estaban más desprolijas, más salvajes. Yo corría hacia un mundo sin miradas, sin censuras. Sin Cata. Un mundo donde solo estábamos nosotros dos.
Lo abracé. Sus brazos me contuvieron. Busqué su boca y recibí sus labios. Morí en sus besos, y renací con la lluvia que nos empapaba. El agua recorría nuestros cuerpos; mientras nos besábamos, bebíamos la tormenta. Jamás había besado a un chico de esa forma, jamás me habían besado tan apasionadamente.
Cuando la lluvia paró, empezamos a desandar el camino. Pero nuestros pasos nos llevaban a senderos sin salida. A veces me dejaba llevar, a veces lo llevaba yo. A veces lo acorralaba y volvía a besarlo, para corroborar que él estaba ahí. A veces, me abrazaba y me alzaba y me daba vueltas. Las horas, cómplices, se habían detenido, el laberinto nos había atrapado.
A tientas, fuimos llegando a la salida. Pero nuestros cuerpos se resistían a salir. Una luz nos iluminó.
—Who is there?
Quise desaparecer. El guardia nos apuntaba con la linterna.
—Sorry, sir. My girlfriend had lost her grandma’s ring.
—You can’t be here!
—We are leaving.
Salimos corriendo, tropecé y caí sobre el barro. Me levanté inmediatamente y seguí corriendo. Estaba aterrorizada.
Al llegar, Facu me dijo:
—Estás pálida.
—Mirá si nos expulsaban.
—Nena de country, nena de mamá —y me dio un beso.
—Sos un tarado —y me dejé besar.
—Me embarraste el pantalón y me lo mojaste todo.
—No sé de qué hablás, ahora es mi pantalón.
—No, que no traje muchos.
—Perdiste la apuesta.
—¿Qué querías que hiciera?, tendrías que haberte visto la cara.
—No importa, perdiste la apuesta.
—Ya no te tengo miedo.
—¿Qué? ¿Antes sí?
—Con esos dardos…
—Tonto.
Me acarició y me dijo:
—Este finde voy a ir al Film and Comic Con. Exhibo mis trabajos en el Artist Alley.
—¿Qué es eso?
—Un espacio para amateurs.
—¡Qué bueno!
—¿Querés venir?
—No —dije antes de evaluar la posibilidad de acompañarlo—. ¿Vas a estar los dos días ahí?
—Sí, vine para esto.
Me quedé callada, mi cabeza no paraba de taladrarme: ¿Cómics? Sabía que le gustaban, había visto sus dibujos en el cuaderno. Pero no sabía que le gustaban tanto como para pasar el fin de semana en una convención. Yo había soñado con un modelo, eventualmente un arquitecto, hasta podía ser un artista plástico, pero jamás con un dibujante de historietas.
—Mirá que hay de todo. ¿Qué dibujo mirabas de chica?
—Las chicas superpoderosas.
—¡Nooo!, mi hermana me torturaba con ellas. Era fanática. ¿Cuál era tu preferida?
—No me acuerdo.
—Seguro que Burbuja.
—¿Porque es la más dulce…?
—Es la que tenía a Pulpi.
Me puse roja y lo odié.
—Ay, Pulpi, te sabés el nombre —dije para disimular mientras él me ceñía a su cuerpo con sus brazos de pulpo.
—Un día se lo escondimos, no sabés el escándalo que hizo.
Apoyé mi cabeza en su pecho.
—Si querés, podés ir disfrazada de Burbuja.
—Ya quedé con Odile, vamos a ir a Notting Hill.
Vi sus ojos verdes, me vi en sus ojos verdes. Me besó.
—Para que te acuerdes de mí —dijo.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.
