Kitabı oku: «Visitar todos los cielos»

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VISITAR TODOS LOS CIELOS

Vicente Aleixandre

VISITAR TODOS LOS CIELOS

CARTAS A GREGORIO PRIETO

(1924-1981)


Edición e introducción de

Víctor Fernández


CUADERNOS DE OBRA FUNDAMENTAL

Responsable literario: Javier Expósito Lorenzo

Diseño: Armero Ediciones

Cuidado de la edición: Antonia Castaño

© Herederos de Vicente Aleixandre, 2020

© De esta edición: Fundación Banco Santander, 2020

© De la introducción: Víctor Fernández, 2020

ISBN: 978-84-17264-17-8

Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.

Índice

Víctor Fernández

«SALIR A LA VIDA»

SOBRE ESTA EDICIÓN

Vicente Aleixandre. VISITAR TODOS LOS CIELOS CARTAS A GREGORIO PRIETO (1924-1981)

CARTAS NO FECHADAS

ANEXO: POEMAS DE VICENTE ALEIXANDRE EN EL ARCHIVO GREGORIO PRIETO

NOTAS

Víctor Fernández

«SALIR A LA VIDA»

Un pintor y un poeta. Y entre ellos, el diálogo que se crea en estas cartas guardadas durante años y con celo por el primero. A falta de unas memorias, este epistolario nos ilumina sobre ambas biografías, la de Gregorio Prieto (1897-1992) y la de Vicente Aleixandre (1898-1984), a lo largo de un recorrido que arranca en el Madrid de los años veinte, cuando eran dos jóvenes creadores aún desconocidos, pasando por la etapa en que devienen actores principales de la Generación del 27, hasta los inicios de los años ochenta, es decir, cerca ya de la muerte del poeta.

Estas misivas son fácilmente comparables a las que nacen de otros casos de amistad entre un pintor y un poeta. En este sentido, es factible ver un paralelismo con las ya conocidas que se intercambiaron Federico García Lorca y Salvador Dalí, cartas que muy probablemente el propio Aleixandre conoció gracias al autor granadino, de quien fue buen amigo y confidente. La intención es la misma: si Lorca pone en juego lo mejor de sí mismo para acceder a quien fue figura principal del surrealismo, Aleixandre también da lo mejor de sí para llegar a Prieto. Pero no adelantemos acontecimientos y empecemos por el principio.

Ese inicio se remonta a 1905. Es en ese año cuando la familia Prieto deja Valdepeñas (Ciudad Real) para trasladarse a Madrid. El carpintero Ildefonso Prieto abre un taller de ebanistería en la capital pensando que en la gran ciudad, la urbe por antonomasia, tendrá más posibilidades que en tierras castellanas. Con él y su esposa viaja también su hijo Gregorio, nacido unos años antes, en 1897. Al niño Gregorio Prieto le fascina el mundo de la pintura, pese al rechazo paterno a que se dedique a las artes plásticas. Tras pasar por la Escuela Industrial de Ingeniería, Prieto intenta trabajar en diversos oficios, pero sin suerte. A él lo que le interesa es el arte, especialmente la posibilidad de ponerse frente al caballete y poder plasmar su particular universo. Así que, pese a la oposición paterna, se examina en la Real Academia de San Fernando para estudiar la carrera de pintor y obtiene plaza en 1915. Logra entonces convencer a su padre y es en Bellas Artes donde conocerá a sus maestros, nombres que marcarán su carácter creativo, entre ellos, Julio Romero de Torres y Ramón María del Valle-Inclán, además de tener como compañeros de aula a Rosa Chacel, Timoteo Pérez Rubio y Joaquín Valverde, entre otros.

No será hasta cuatro años más tarde cuando Prieto exponga por primera vez. Lo hace en uno de los lugares icónicos del mundo literario madrileño, el Ateneo, punto de encuentro de letras y pintura, donde Valle-Inclán tiene una tertulia y es fácil encontrase con Azaña o Baroja. A Prieto se le abre entonces un mundo soñado que determinará para siempre su personalidad artística convirtiéndolo en un pintor literario, un artista que no duda en poner su talento al servicio de las letras cuando se le necesita. Pero el pintor no solamente está del lado de aquellos nombres que representan una tradición literaria, como es la de la Generación del 98, sino que su curiosidad lo lleva también a ser un visitante habitual de lo que Juan Ramón Jiménez bautizó como la Colina de los Chopos. Es allí, en la Residencia de Estudiantes, donde entabla relación con quienes renovarán —si es que no lo están haciendo ya en ese mismo momento— el arte español. Así, el artista que llegó de Valdepeñas pasa a ser íntimo de Rafael Alberti, Federico García Lorca, Emilio Prados, Concha Méndez, Juan Chabás y, especialmente, de Vicente Aleixandre, a quien conoce en abril de 1924.

Aleixandre es en esa fecha un aspirante a poeta. Había nacido en Sevilla en 1898, aunque dos años más tarde su familia se muda a Málaga, donde Vicente estudia sus primeras letras y conocerá a Emilio Prados, uno de sus decisivos amigos. La familia no permanece mucho tiempo en Andalucía y en 1909 los vemos residiendo en Madrid. En la capital, Aleixandre se matricula en 1914 en la Facultad de Derecho de la Universidad Central y en la Escuela de Estudios Mercantiles. No es todavía un escritor, pero hay en él una vocación que quiere despertar y está a la espera del impulso definitivo. Este lo recibirá de un muchacho apasionado por los clásicos y de nombre Dámaso Alonso. Los dos han coincidido durante el veraneo en Las Navas del Marqués, en Ávila, y Dámaso guiará los pasos de Vicente hacia la lectura de Rubén Darío al prestarle una antología del gran autor nicaragüense.

El que será el único Premio Nobel de la Generación del 27 es también un hombre que siente la necesidad tanto de amar como de ser amado. El contenido de su corazón incluso se filtrará en buena parte de su producción literaria, hasta el punto de que su yo poético se funde con su propio yo. Es también, por otro lado, un hombre enfermo, cuyos episodios de frágil salud no lo abandonan, como vemos reflejado también en este epistolario.

¿Conocemos lo suficiente de Aleixandre como para construir su retrato? Emilio Calderón lo intentó hace unos años con una biografía que puede erigirse como el punto de arranque de cualquier trabajo sobre el poeta. En Vicente Aleixandre. La memoria de un hombre está en sus besos, que obtuvo en 2016 el Premio Stella Maris de Biografías y Memorias, Calderón logró dibujar el perfil del escritor con los materiales de que dispuso. No estaban todos. Hay en cualquier investigación sobre este autor la laguna que se deriva de no poder ahondar en sus papeles personales y literarios, hoy por desgracia en manos privadas e inaccesibles para los estudiosos.

No pasa afortunadamente lo mismo con el Archivo Gregorio Prieto. El pintor fue lo suficiente escrupuloso a lo largo de su vida como para preservarlo todo, de ahí el fondo que actualmente se conserva en el archivo de su fundación, ubicado en Madrid. El copioso intercambio epistolar que Prieto mantuvo con escritores, artistas, iconos culturales, periodistas o políticos arroja unos diecisiete mil documentos que se han podido digitalizar desde el mes de noviembre de 2015. Las cifras hablan por sí solas: más de medio centenar de cartas de Luis Cernuda, ochenta y ocho de Vicente Aleixandre, casi sesenta de Rafael Alberti, una decena de cartas, postales y dibujos de Federico García Lorca... Porque Gregorio Prieto se escribió con todos, desde Manuel Altolaguirre a John Lennon, pasando por Valle-Inclán, Manuel Chaves Nogales, la familia de Winston Churchill, la duquesa de Alba o Carmen Maura. El suyo es un archivo que, además de ayudarnos a recuperar la figura del artista, nos permite conocer algo mejor la historia cultural reciente de nuestro país.

Uno de los grandes pilares del archivo está relacionado con Vicente Aleixandre, con quien Gregorio Prieto mantuvo una gran amistad que, pese a algún altibajo en los años sesenta, duró hasta la muerte del poeta. Aleixandre vio en Prieto al amigo fiel, al confidente, tal y como se percibe en unas cartas en las que le pone al corriente de sus pasos literarios, ya sea el anuncio de la finalización de un poema, la entrega a imprenta de Espadas como labios o las visitas a uno de los maestros del grupo, Juan Ramón Jiménez.

Tiene el lector, por tanto, en este libro un diálogo incompleto al no poder disponer más que de las misivas de Aleixandre, aunque el contexto y el contenido de las mismas nos puede ayudar a imaginar cómo fueran las que Prieto escribió al poeta.

Dentro del corpus epistolar de Aleixandre nos hallamos aquí ante un caso único. Entre las cartas que han visto la luz hasta ahora, especialmente las dirigidas a Miguel Hernández y a su esposa, Josefina Manresa, o a José Antonio Muñoz Rojas, Max Aub y Ricardo Molina, no encontramos la intensidad que se aprecia en las destinadas a Prieto. Hay un motivo: Aleixandre tiene en el pintor al cómplice necesario, al lector inicial de su poesía. Algunas epístolas contienen, por ejemplo, determinados poemas que buscan en el amigo a ese primer lector, al confidente de esos versos en los que se adivina al gran poeta. Es el caso de «Reloj», que Aleixandre le anuncia a Prieto en una carta de diciembre de 1927 y del que reproduzco a continuación la primera parte:

RELOJ

1

La una

La una. Se pretenden

presagios de campanas

libres. Pero ya están

—haz de filos, de lanzas—

apretadas de tarde

las flechas, solidarias.

Una venda de tiempo

transparente las ata.

No se siente ni ruido

ni pasaje. Luz cálida.

De la ceñida forma

y peso se desgaja

una espiga. La una

se escucha fresca, clara,

universal. Un ángulo

de sombra abre su pausa.

Además de la poesía, de compartir con el amigo pintor los avatares de su escritura, Aleixandre llena estas cartas de alusiones a los temas más diversos: confidencias sobre primeros amores; alusiones a lecturas; consejos; recuerdos de amigos, conocidos y saludados, desde Lorca a Juan Ramón; comentarios sobre reuniones con Mariano Orgaz o referidos a la boda de Manuel Altolaguirre; confesiones acerca del temor a las erratas en la edición de su obra. Pero hay, ante todo, una devoción por vivir y por reivindicar el arte, sobre todo un arte comprometido con su tiempo. Es un conjunto epistolar que podría recordarnos al que escribió otro poeta a otro artista: tanto Aleixandre como Prieto podrían fácilmente haber suscrito, el uno respecto al otro, esa «inteligente admiración» que a Rilke le suscitaba la obra de Auguste Rodin, e igualmente haber hecho suyas las palabras que el poeta le dirigía al escultor en 1901:

Es trágica la suerte de los jóvenes que presienten que les será imposible vivir si no logran ser poetas, pintores o escultores, y no encuentran el consejo verdadero, hundidos en el abismo del desaliento; buscando un maestro poderoso, no son palabras ni indicaciones lo que buscan, sino un ejemplo, un corazón ardiente, manos que sepan hacer grandeza. Es a usted a quien buscan.[1]

En esa misma búsqueda encontramos también a Vicente Aleixandre, quien el 16 de abril de 1929, inmerso en el que sería su libro Pasión de la Tierra (1935), le confiesa a su amigo, a su cómplice, lo que significa para él el hecho de enfrentarse a la página en blanco:

Yo lo escribo poseído por el demonio de la poesía, como un condenado. Siento la inspiración como un pez que me da coletazos entre las manos. Saldré de mi obra vaciándome, agotado, y ella quedará como expresión de mí en una época. Después escribiré versos otra vez, de otra manera que mi libro Ámbito. Soy un gran curioso también en la poesía y quiero visitar todos los cielos. Nada de la belleza me puede ser ajeno.

Con ese «visitar todos los cielos», el poeta le hace partícipe a su amigo pintor de un anhelo con el que hemos querido titular este epistolario. En 1932 encontramos otro ejemplo delicioso de estas confesiones literarias y vitales referido a ese mismo libro de prosa poética, para el que entonces Aleixandre barajaba el título de Espadas como labios:

El primero de mis libros, el de poemas en prosa, Espadas como labios, lo acaba de leer Gerardo Diego. Me ha escrito una carta única en que me dice es un libro «único, personal, magnífico; en una palabra: importantísimo (y lo subraya) para la poesía española». Yo oigo estas cosas, me alegro, pero en seguida pienso en las hermosuras que uno se encuentra por la calle y que uno puede amar. Al lado de esto, que es vivir, el arte me parece cosa secundaria. Aunque jamás he sentido yo mi poesía como arte, sino como sangre, como la alta sangre de mi alma.

Vemos así, en estas cartas, a Aleixandre, más allá de la experiencia de la poesía, ambicioso por disfrutar de la vida, feliz y cercano, como cuando escribe, exultante, el 11 de abril de 1930:

Tengo unos deseos enormes de vivir, chico, de salir a la vida. Siento bajo mis siete suelos un rumor vibrante que canta el amor, todo un terremoto de música, de naturaleza, que me hace estremecerme hasta la punta de mis cabellos. Me siento como la torcida, como la llama de una lumbre que me pasa el alma y la carne y me asoma a los ojos con un resplandor inextinguible. Soy yo mi fuego y mi exaltación y siento una apetencia del mundo y del amor que me haría abrazarlo hasta ser yo él, hasta enajenarme en su extravío.

¿Se perderá toda esta fuerza mía? ¿Se ha de salvar solo para mi arte, para encender mi lengua de poeta? ¡Ah, no, no lo quisiera! Quiero vivir; quiero vivir en vida, no en letra, ni siquiera en poesía. La poesía como la más ardiente corona de la vida. ¡Pero la vida, sí, la vida!

Al leer estos fragmentos es inevitable pensar, ya que hablamos de un pintor y un poeta, en la vitalidad que destila también esa otra relación de amistad de la que queda constancia epistolar y a la que antes nos referíamos, la de Dalí y Lorca. Valga como ejemplo esta nota de diciembre de 1927 enviada por el ampurdanés al granadino:

Estoy pintando unos cuadros que me hacen morir de alegría; estoy creando con una pura naturalidad, sin la más mínima preocupación artística; estoy hallando cosas que me dejan una profundísima emoción y procuro pintarlas honestamente, o sea, exactamente; en este sentido estoy llegando a una total comprensión de los sentidos. A veces me parece hallar de nuevo y con una intensidad imprevista las «ilusiones» y alegrías de mi infancia...; tengo un gran amor a las hierbas, a las espinas de las palmas de la mano, a las orejas rojas al contrasol y a las plumitas de las botellas; no solo me alegra todo eso, sino también las vides y los burros que pueblan el cielo.[2]

Vicente Aleixandre y Gregorio Prieto, sin saberlo, siguen esta misma estela, una de las más ricas en cuanto a epistolarios de gran calidad literaria que dan espacio a una celebración de la alegría de vivir. Y, en ese sentido, el presente epistolario viene a ser también la culminación de un proyecto largamente acariciado por el artista de Valdepeñas y que nunca pudo materializar. Prieto combinó la pintura con el arte del libro y fue el primero en dar a conocer los dibujos de Federico García Lorca, además de las misivas recibidas de este autor. Años después haría lo mismo respecto a su correspondencia con Luis Cernuda. ¿Y Vicente Aleixandre? Había una voluntad de publicar este material, que de manera fragmentaria, muy fragmentaria, recogió en una monografía dedicada a la Generación del 27. En el archivo del pintor se conserva alguna misiva en la que Aleixandre se muestra conocedor de la voluntad que habría sido expresada por Prieto de hacerlo protagonista de uno de sus libros. El proyecto no fue a más, pero no hay constancia de oposición alguna por parte del poeta. En la última de las cartas fechadas del poeta al pintor, del 2 de diciembre de 1981, se habla de esa propuesta que no prosperó:

Es una idea bonita la que me propones de escribir un libro sobre mí y mi poesía. Estoy seguro de que será una obra hecha con gran cariño y a mi satisfacción, y además de tu escritura misma llevará el sello de tu arte. Cuando tengas trazado el proyecto me gustará que nos veamos y me hables de él. Como considero importante disfrutar la obra cuando esté compuesta y terminada antes de entregarla al editor, por si hay que hacer alguna puntualización o tocar cualquier posible error. Por supuesto que cualquier texto mío de la índole que sea (poemas, cartas y cualquier clase de escritos) será, en cada caso concreto, de acuerdo conmigo para su publicación.

El libro resultará sugestivo y rico y estoy seguro de que yo seré el primero en felicitarte por él y en alegrarme de su éxito.

Vicente y Gregorio fueron amigos toda la vida, aunque sabemos que hubo un distanciamiento tras la Guerra Civil, muy probablemente a consecuencia de un malentendido provocado por el pintor. La amistad volvió a retomarse, aunque sin la intensidad de los años veinte. Pese a todo, Prieto no dudó en felicitar al poeta cuando se alzó con el Premio Nobel de Literatura de 1977. En 1964, el artista trataba de arreglar aquella situación con una extensa misiva de la que hay copia en su archivo:

Ayer recibí una carta emocionadísima de Rafael Alberti, que ahora vive en Roma, y no sé si es esta carta de Alberti, por sugestión, lo que me haga escribir a Aleixandre, perdona si esta no te llega en agrado. De toda aquella generación de poetas, solo quedan Aleixandre y Alberti, y no quisiera que el punto final fuera aquella desdichada y tonta tarde, que yo tengo olvidada, pero que si la recuerdo es solo para disculparla, puesto que para una telefonata mal avenida, fue lo que hizo obrar de esa manera, sin culpa por tu parte, me alegró mucho saber todo lo que se habló en aquella conversación telefónica, para dejarte libre de culpas, y esta liberación es la que me hace escribirte esta carta.

Todo volvía a su sitio, todo volvía a resurgir ya como final de una etapa. Muy atrás quedaban esas cartas en las que un ilusionado Aleixandre le reconocía la importancia del amor a Prieto, a ese Gregorito, como él lo llamaba, al que le pedía que fuera feliz, como cuando le confiesa el 7 de septiembre de 1931:

Amo a montones, esto es una catarata, me voy quedando en todos los ojos y a todo le hallo su núcleo, su yema esencial o meritoria que me lo hace deseable. Carnal o solo espiritualmente voy deseando a casi todo y a todo le encuentro hermosura o gracia o simplemente juventud, que me basta.

En el archivo de Prieto existe una cuartilla cuyos extremos superiores han desaparecido al ser rasgados con poco cuidado. Muy probablemente esto sea porque el pintor la tuvo enganchada en algún rincón de su estudio. No es difícil imaginar que leyó esa hoja muchas veces y que fue el alimento que necesitaba para algunos de sus cuadros. Es un breve poema que Vicente Aleixandre incluiría después en su libro Ámbito, de 1928, pero cuyo primer destinatario, junto a la carta del 9 de octubre de 1924 —la primera de este epistolario—, fue el artista, al que está dedicado: «A Gregorio Prieto, nuevo amigo». Prieto lo guardó con orgullo toda su vida, al igual que las cartas que siguieron llegando, preservadas como un tesoro, como una manera de mantener viva la llama de una de las amistades más importantes de su vida. En ese poema llega el eco de cuando fueron jóvenes ambiciosos, hambrientos de arte y acuciados por ese deseo de «salir a la vida»:

ADOLESCENCIA

Vinieras y te fueras dulcemente

de otro camino

a otro camino. Verte,

y ya otra vez no verte.

Pasar por un puente a otro puente.

—El pie breve,

la luz vencida alegre—.

Muchacho que sería yo mirando

aguas abajo la corriente,

y en el espejo tu pasaje

fluir, desvanecerse.

SOBRE ESTA EDICIÓN

El presente libro reúne una gran selección de cartas de Vicente Aleixandre a Gregorio Prieto, hoy guardadas —excepto una, la carta 24, identificada con su nota correspondiente— en el archivo madrileño de la fundación que lleva el nombre del pintor. Se han excluido breves notas sin interés literario y otras que el propio poeta pidió que fueran destruidas. El mismo Prieto acarició la idea de hacer una publicación bajo el título de «Cartas griegas de Vicente Aleixandre», un proyecto parecido a los que había realizado en torno a Federico García Lorca y Luis Cernuda, y del que habló con el propio poeta en 1981. No prosperó la idea, aunque algunas de las misivas aparecieron en Federico García Lorca y la Generación del 27 (Biblioteca Nueva, 1977). Como queda dicho en el prólogo, no se dispone del conjunto de cartas de Prieto a Aleixandre.

El orden cronológico en el que se presentan las misivas es resultado bien de la datación que consta en ellas de puño y letra de Aleixandre, bien de la que se ha logrado establecer como fruto de la investigación. Queda al final un pequeño grupo de cartas que no se han podido fechar y que mantienen aquí la secuencia en que aparecen en el archivo del pintor. Cierra este volumen un anexo al corpus epistolar que recoge el conjunto de poemas de Aleixandre conservados en dicho archivo, dedicados, según consta en los documentos originales, a Prieto y algunos de los cuales integran las propias cartas que le envió. Estos poemas se transcriben, tanto en el epistolario como en el anexo, de acuerdo a las versiones manuscritas o mecanografiadas por el poeta, al margen de que, en las ediciones de sus libros, los textos sufrieran alguna variación —que, en todo caso, como hemos podido comprobar, fueron leves.

He tenido en cuenta para esta edición las obras completas de Vicente Aleixandre preparadas por Alejandro Duque Amusco para Visor (Poesías completas, 2001, 2.ª ed. 2005; Prosas completas, 2002), así como la biografía de Emilio Calderón Vicente Aleixandre. La memoria de un hombre está en sus besos (Stella Maris, 2016) y la Poesía completa de Vicente Aleixandre al cuidado de Alejandro Sanz (Lumen, 2017).

La presente edición está en deuda con Amaya Aleixandre, sobrina y heredera del Premio Nobel, la cual ha autorizado la publicación de estas misivas. Igualmente, mi agradecimiento por su apoyo a Carina Pons, de la Agencia Literaria Carmen Balcells. En la Fundación Gregorio Prieto debo destacar la generosidad y ayuda de Raúl Luis García y Jesús Rubio.

Mi más sincero agradecimiento a Javier Expósito por su paciencia, confianza y ánimos en el proyecto desde el primer momento. Publicar con él en la Fundación Banco Santander era un sueño perseguido desde hacía tiempo. Tampoco puedo dejar de darle las gracias a Antonia Castaño por la paciencia en pulir y dar luz a este epistolario con su ojo clínico.

Por último, pero no menos importante, mi enorme gratitud a Anna Maria Iglesia, quien me ha ayudado revisando las cartas y su ordenación a pocos días del nacimiento de nuestra hija Nora. Nunca le podré agradecer lo suficiente que por unas semanas nuestra casa fuera una suerte de improvisada Velintonia.

VISITAR TODOS LOS CIELOS

[ 1 ]

(Serrano 98)

9 octubre 1924

Amigo Gregorio Prieto:

Ahí va mi poema que te gustó y que ya es para ti. Alegre estoy porque te lo mando y porque te he conocido; alegre con la alegría de tu pintura, que yo no llamaría nunca alegre. Es por esta fiesta del otro día que a ti te debo y a tu arte. En eso nuevo que cada día quisiera uno ir descubriendo, tú eres para mí, aunque antiguo, nuevo, con la novedad cobrada por tus cuadros ante mis ojos, ya reposados, fuera de una visión primera —un abril último— de Exposición, en que las imágenes se superponen en un simultaneísmo de recuerdos que perturba la claridad. ¡Maravillosa claridad la de tu pincel! Yo tengo aún en mí la comezón de ese agridulce de la cabeza femenina, de sonrisa redonda, que fue tu última pintura vista la tarde aquella. Aún me parece contemplar la otra cabeza, la del joven pintor, que emana, dentro de su neta pintura, en su adolescencia, un aire saturado de lirismo. Y la ternura de ese paisaje raso, materno y puro. Y la blancura —sin ser tristeza exactamente— de tus paisajes de Criptana, donde todo el pueblo se va hacia el campo, y donde las paredes clarísimas, la calle sola, el viento (aunque no se mueva), el patio enjalbegado, envueltos en la luz cernida de tu paleta, me llenan —no sé por qué— de una pura melancolía. Conseguida estructura, fino matiz, fino ritmo de tales paisajes.

Yo quiero hoy en esta carta expresarte mi adhesión, mi comprensión. Quiero sencillamente saludarte, saludar en ti una firme realidad de arte y el porvenir de una segura, «enorme y delicada» floración. El camino es tuyo. Todo te lo merecerás además por la calidad de tu simpatía.

Con un abrazo de tu «nuevo amigo».

Vicente Aleixandre

Adolescencia[3]

(A Gregorio Prieto, nuevo amigo)

Vinieras y te fueras dulcemente

de otro camino

a otro camino. Verte,

y ya otra vez no verte.

Pasar por un puente a otro puente.

—El pie breve,

la luz vencida alegre—.

Muchacho que sería yo mirando

aguas abajo la corriente,

y en el espejo tu pasaje

fluir, desvanecerse.

Vicente Aleixandre

Octubre 1924

[ 2 ]

Señor de Dámaso[4] Shaftesbury House / Shaftesbury Road / Cambridge 11 abril 1925

Gregorio amigo:

Tu postal me ha sorprendido gratamente como un buen recuerdo que esperaba y no esperaba. Veo que te has acordado como me ofreciste y que, aunque nada me cuentas de tu vida en esa ciudad, pedirte esto también hubiera sido demasiado. Si tu primavera ahí —esa que supongo que estarás descubriendo— es alegre, la nuestra hasta ahora no puede ser más triste. Estamos todavía en lo de «las frescas lluvias de abril».

Nos queda el triste consuelo de que vendrá mayo y nos abrasaremos. Qué tránsito tan brusco en esta tierra castellana de invierno a verano. No tiene primavera.

Agradecido de tu envío de La Source [5]. Cuando estuve en París, hará año y medio, me impresionó este cuadro delicadamente. Y qué coincidencia que tú hayas pensado en mí —¿es verdad?— al contemplarla. Tanto recuerdo guardé de ella que en Madrid, hace poco tiempo, he escrito un poema que precisamente se titula así y que ella me inspiró. Te lo diré:

LA FUENTE (INGRES)[6]

Sobre la fuente había piedra limpia.

Limpia el agua pasaba.

Había sol y campo. Tu apretada

carne se ofrecía

caliente al viento hecho gracia.

Pasé por tu lado. Enhiesta estabas,

cántaro a la cadera, a regresar.

Pasé yo por tu lado. Fresco niño,

a detenerme iba. Tú alargaste

tu gesto permanente y me dijiste:

—Pero pasa...

Y pasaba, pasaba largamente, prolongando

bajo tu sombra mi estancia.

Cuando ya mi cuerpo estaba lejos

y junto a tu sombra el agua.

Mal lo he copiado ahora; pero tú sabrás leerlo. Verás que hay alguna modificación. Por ejemplo: el cántaro a la cadera y no sobre el hombro. Lo sé, pero quise dejarlo así porque es cosa más redonda, más femenina la cadera y contribuye a la impresión total.

No sé si sabrás que unos cuantos vamos a publicar una revista de literatura, cuya dirección tiene Juan Ramón[7]. Está Dámaso, Bergamín[8], Salazar[9], etc. y estoy yo. Con esto salgo, empujado halagadoramente, de mi silencio para tomar la actitud que siempre he mirado con prevención del hombre que publica sus perpetraciones. Te contaremos como suscriptor de Ley[10], sin compromiso. Y digo sin compromiso porque las suscripciones se pagan vencidas, y cuando no se quiere no se pagan. No hay coacción aunque la publicación se titula «Ley». Además es cosa insignificante. Creo que Chabás[11] colaborará también. Se lo diré también a Alberti[12].

Espero que estés contento en París. Como estás ya muy formado, París te ha de sentar muy bien. No caerás en el peligro de los pintores tan jóvenes como tú pero menos formados que tú, de ser blanda cera, demasiado blanda cera ante cada impresión. Tuyo es el porvenir, amigo Gregorio Prieto, tuyo es el porvenir. Es una cosa gozosa ver a un hombre tan joven como tú, con un pincel de la calidad del tuyo y con todas sus dilatadas posibilidades por delante.

Mucho se te puede exigir porque mucho estás obligado a dar.

Me parece que he correspondido extensamente a tu recuerdo. Un rato que estés solo en tu hotel y sin gana de trabajar y sí con la de saludar a un amigo en Madrid, escógeme y cuéntame de tu vida y de tu plan de trabajo y de visita. En Serrano, 98, estoy y desde aquí te abrazo.

Vicente Aleixandre

[ 3 ]

Aravaca, Colonia Domínguez

20 diciembre 1926

Querido amigo Gregorio:

Recibí aquí tu carta y envié a Dámaso su catálogo que le destinabas. No sabes cuánto me alegró ese triunfo tuyo en París. Tengo muchas ganas de ver tus

nuevos cuadros. Nada he visto desde que por primera vez te fuiste a Francia. ¿Recibiste en tu primera etapa, hace año y medio, una carta mía en París, respuesta a una postal tuya? Por Rafael Alberti, el pintor prófugo venido a nuestro campo poético y en él maestro, he sabido de ti con frecuencia. Ya te habrán dicho que me puse malo y que estoy en Aravaca. Ya estoy bien y en primavera me trasladaré a Madrid.

Me parece que te estoy viendo el último día de tu exposición de Bellas Artes en 1925, antes de salir para París. Siempre he tenido fe en ti y en tu calidad de pintor. Recuerdo el gusto de aquella visita a tu casa hace dos años. ¡Ya dos años! No tienes idea de lo deprisa que pasa el tiempo en la soledad. A mí esta temporada se me está pasando como cinematográficamente: verano, otoño, invierno, primavera, otra vez verano, otoño... No hay tiempo de vivir: solo de constatar el tránsito velocísimo.

Algo trabajo en verso. Poco; soy muy vago y el campo me alienta a ello. He publicado algo en la Revista de Occidente[13]. Como te digo, compruebo el paso del tiempo; es casi mi única labor.

¿Llegará esta carta a tiempo de cogerte antes de que te escapes para aquí? Ignoro tus planes.

Ya ves que no te olvido, Gregorio. Recuerdos a la Cité, al Sena, a toda la bellísima ciudad. Soy tu amigo y te abraza cordialmente

Vicente

Déjame saber de ti.

[ 4 ]

Colonia Domínguez, Aravaca (Madrid)

15 abril 1927

Querido amigo Gregorio:

Me escribe Juan Guerrero[14], el que dirige Verso y Prosa, y me dice te meta prisa para que le envíes en seguida el dibujo que les destinas, pues tienen que hacer el clisé y podrías dar lugar a que se retrasase el número.

Yo le había anunciado tu envío, por eso el hombre me encarece que te anime a hacerlo muy pronto. No dejes pasar los días, porque hasta ahora Verso y Prosa se ha distinguido por su puntualidad a la salida.

¿Has enviado también los suyos a Litoral ? El otro día le escribía yo a Emilio Prados[15] y le decía que los habíamos estado viendo y que me parecían soberbios, lo mejor de lo publicado hasta ahora en la revista.

Las señas de Guerrero son: Juan Guerrero, Merced 22, Murcia.

No he vuelto a Madrid desde el día que nos vimos. No te copio versos hoy, pero cuenta con que te daré un ejemplar de mi libro cuando lo publique. Así tendrás muchos más de los que yo te pudiera ahora mandar.

Un abrazo de tu amigo

Vicente

Pero no quiero que vaya esta carta tan seca, ea, y te voy a decir la buenaventura: te voy a copiar mi «Adolescencia», que puede ser no solo mía sino tuya:

Adolescencia

Vinieras y te fueras dulcemente

de otro camino

a otro camino. Verte,

y ya otra vez no verte.

Pasar por un puente a otro puente.

—El pie breve,

la luz vencida alegre—.

Muchacho que sería yo mirando

aguas abajo la corriente,

y en el espejo tu pasaje

fluir, desvanecerse.

¡Ahora me parece recordar que ya te envíe este poema otra vez! Es posible, es que lo quiero mucho. Pero no te importe. Por sí o por no, ahí va. Acógela bien, que va desnuda.

Adiós, adiós. Otro cariñoso abrazo,

Vicente

[ 5 ]

Colonia Domínguez

21-4-27

Gracias, Gregorio, por esa foto de un cuadro tan fino, lleno de una elegancia recóndita y delicada. Lo guardo para ponerlo en mi cuarto de Madrid. ¡Lástima que al escribir la dirección la tinta traspasase y manchase un costado!

Tienes razón: ahora me he acordado de que mi «Adolescencia» te la envié hace tiempo. Mi predilección por él y su fácil línea adolescente tienen la culpa de la repetición.

Para subsanarla te va ahora mi «Juventud».

Juventud [16]

Estancia soleada:

¿Adónde vas, mirada?

A estas paredes blancas,

clausura de esperanza.

Paredes, techo, suelo:

gajo prieto de tiempo.

Cerrado en él, mi cuerpo.

Mi cuerpo, vida, esbelto.

Se le caerán un día

límites. ¡Qué divina

desnudez! Peregrina

luz. ¡Alegría, alegría!

Pero estarán cerrados

los ojos. Derribados

paredones. Al raso,

luceros clausurados.

Adiós, Gregorio. Me alegraré de que te guste. A ver cuándo nos vemos. Un abrazo de

Vicente

[ 6 ]

Velingtonia [17], 3 / Parque Metropolitano Jueves 9 [junio de 1927]

Querido amigo Gregorio:

El sábado voy a salir e ir al centro. ¿Quieres que nos veamos? Yo me alegría de hacerlo con más calma que el otro día.

Primero tengo que hacer varias cosas y luego recaeré en algún sitio donde podamos quedar citados. ¿Te parece bien en el café Gran Vía? Es donde estuvimos en una ocasión Rafael, tú y yo. Ahora se reproducirá la escena porque también estoy citado con Alberti, que ahora sé que irá.

La hora será la de las ocho. No te olvides: las ocho. Sé puntual. ¡No faltes!

Si hay sitio estaremos sentados fuera. Si no, dentro. Tú ya sabes que el Gran Vía tiene dos partes divididas por la puerta de entrada a la casa. Nos situaremos en la más lejana de la Red de San Luis. Si no hay sitio fuera en esa parte, mira el exterior también de la otra. Y si no estamos en el exterior de ninguna de las dos, entonces es que hemos tenido que entrar y, en este caso, solo en la parte más alejada de la Red de San Luis.

Me parece que están previstos todos los casos para que sin evasión nos hallemos. Estúdiatelo.

Hasta el sábado, sábado 11.

Un abrazo

Vicente

Llévate lápiz y papel por si nos animamos al dibujo mío.

[ 7 ]

Velingtonia, 3 / Parque Metropolitano

Viernes 10 [junio de 1927]

Querido amigo Gregorio:

Recibo en este instante tu carta. Tienes razón: otro día con calma me harás el dibujo. Yo al citarte lo hacía por verte, tanto que lo del retrato se me ocurrió a lo último. Se me ocurre que, a pesar de tu clase de inglés, podríamos vernos. No tienes más que acudir a las cinco y media o seis menos cuarto al café Gran Vía, dentro y en la parte cercana a la Red de San Luis, y lo más cerca de la puerta posible. Allí estaremos Rafael y yo y Pepe Bergamín. Claro que no me harás el retrato, pero podremos pasar un par de horas juntos, hasta tu clase de inglés. Allí nos pondremos de acuerdo para reunirnos para esa obra tuya que tanto me ilusiona por ser de tu mano.

No faltes. Ya sabes, mañana sábado, a las cinco y media en Gran Vía en la parte que te he dicho.

Un abrazo.

Vicente

Lleva esos dos retratos últimos que me ofreces enseñarme.

[ 8 ]

Hoteles de Tiffón, Miraflores de la Sierra (Madrid)

10-8-27

Mi querido Gregorio:

Todo llega y mi carta también llega. ¿Estás en Madrid? ¿Cómo estás? ¿Ya del todo bien? ¡Ojalá! No te he olvidado. Cada día te quería escribir, siempre. Pero uno se distancia, pasa el día; un cielo azul, un cielo malva, unas nubes, aquel pájaro: ¡el día ha pasado! Hoy por la mañana cierro los ojos. Ni azules, ni malvas, ni fucsias; nada de color. Mis paredes blancas y a escribir. Mis paredes blancas, clausura de esperanza. El aire de mi cuarto, gajo prieto de tiempo. En él mi cuerpo y mi espíritu, para escribirte. ¿Te acuerdas?

¿Y qué decirte? Decirte que aquí hace frío muchos días; que la sierra está hosca. Que el cielo es duro, pétreo, y las cosas parecen de cristal vigoroso y helado sobre él —sobre el telón del firmamento—. ¿Tú pintas? Me gustaría verte pintar aquí. Aquí se puede pintar muy bien. Hay a veces una transparencia cruel en el espacio. Me acuerdo de algunos paisajes tuyos de Criptana.

Yo sigo escribiendo. Mi vida es escribir. Mejor dicho, es mi premio. En Verso y Prosa he publicado un soneto a don Luis de Góngora. He dicho en él cómo veo la arquitectura barroca de la poesía de don Luis, y a qué luces últimas. ¿Se comprende esto? Dímelo tú. A lo mejor se figuran que el soneto está dedicado a Góngora sin que su contenido haga referencia a él. Y no, no. La hace, vaya si la hace. Como que es mi visión de la poesía de Góngora.

Hace unos días he mandado por fin mi Ámbito a los amigos de Málaga, y les ha gustado mucho. Tú ya conoces muchas poesías de él.

¡Qué mal reproducido estaba tu dibujo en Verso y Prosa ! Me dio una lástima enorme. Una cosa tan bonita, estropeada completamente. Ha sido al reducirla de tamaño. Perdía aquella gracia y morbidez, tan finas, tan acordes y terminadas. Es una cosa terrible que entregue uno una cosa y salga solo su triste caricatura. ¿A ti te gustó cómo estaba reproducido?

Dentro de unos días hay aquí toros. Corrida casi zuloaguesca. Con torerillos de Turégano o poco menos; con nombres absurdos: Vaquerín de Tetuán, Cocherín de Baracaldo. Con oros, rojos, platas terrosos, salvo el carmín nuevo, brotante de la sangre fresca. ¡Pobre corrida! Yo iré, y no me gusta. Pero aquí no se puede faltar.

¿Qué haces? ¿Das inglés? Dime a quién ves. ¿Pintas? ¿Organizas alguna exposición, o es pronto para París y Londres?

¿Me has olvidado? ¿Y mi retrato, mi querido retrato? Tengo unas ganas enormes de volver y que me lo termines, tan fino, con aquella elegancia.

Me gustaría copiarte alguna poesía nueva mía, pero son largas. Te prometo hacerlo en mi próxima carta. Hoy quiero que esta coja el correo para que veas que no te olvido desde mi sierra alta.

¿Te acuerdas de nuestras tardes en casa? Qué gratas y alegres. Desde la terraza, la lejanía y el azul de estos montes. Tú y yo en el aire, nacidos en él, vigentes por él. Y las palabras atadas en las manos, de cristal, no impidiendo el espacio pero reforzándolo. Casi alzándonos en la quietud, con mil brillos, fríos sin descanso, horóscopo de juventud, clarín de la risa, mar llano de la mirada —una espuma imprevista.

Estoy contento. Déjame que con esta impresión te abrace y te diga adiós. Adiós, Gregorio. Desde mi mar, adiós. Adiós en ondas grandes, seguidas... Adiós, adiós, adiós, adiós, adiós, adiós. Tu playa las extienda.

Vicente

¡Escríbeme!

[ 9 ]

Velingtonia 3 (Parque Metropolitano)

Sábado 15 [octubre de 1927]

Querido Gregorio:

Tengo muchas ganas de verte y charlar contigo tan a gusto como otras tardes de la primavera pasada. El otro día del teatro con aquel barullo nos perdimos de vista en seguida.

¿Te gustaría pasar una tarde conmigo? A mí me encantaría.

Yo no sé qué días tienes libres o si son todos. ¿Das clase? El martes próximo (día 18) es muy buen día para mí. Si a ti te viene bien, ven, que te espero contentísimo. Si no pudieras, dime cuándo podrás; pero ven el martes, ven, sí, Gregorio. ¡Qué gusto me dio encontrarte el otro día! ¿Cómo nos perdimos?

El miércoles y el jueves no estaré en casa.

Si no me avisas, te espero el martes. Acuérdate de que tu enfermedad y operación nos impidieron vernos cuando yo me iba a marchar.

Adiós, pintor. Adiós. ¿Hasta el martes? Un abrazo

Vicente

¿Te es buena hora las seis y media o las siete? No te retrases, que me impacientaré.

Addio

[ 10 ]

Velingtonia, 3 (Parque Metropolitano)

11-11-27

Mi simpático Gregorio:

Hace dos días que he recibido tu carta y ya ves qué pronto me siento a tu lado para que nos pongamos a hablar sin cuidado, como tantas tardes hemos hecho y volveremos a hacer (y yo lo estoy deseando). Tu carta es eso: una impresión del París que esta vez te has encontrado, y que tú me cuentas con tu gesto expresivo, para que yo lo vea bien y me entere de todo. (Me parece estarte viendo sentado frente a mí, cruzados los dos de risas o sonrisas inesperadas, saludables, buen viento entre que llevar la conversación.) Me explico este gesto: tu asco a esas materias repelentes del superrealismo pictórico. Chico, qué cosa más fea eso de los algodones manchados de pus, esas lombrices y esos sexos arrugados y podridos. ¡Corramos, huyamos! Deja que nos dé el sol en la cara, y respiremos el nítido aire tan agudo de la sierra. Me lo estás contando y nos hemos asomado los dos a la baranda frente al horizonte largo, para contrarrestar la fea materia y no percibir su olor de sentina. Me gusta mucho que tú, pintor de claridades y de sombras hermosas, de bellos cuerpos y de pincel limpísimo, huyas de enfangarte en ese limo transitorio del superrealismo que me cuentas. ¿Pero es eso lo que hacen los jóvenes? ¿Todos los jóvenes? Esto último sería lo peor. No lo puedo creer. Dime, dímelo, dime si en París toda la pintura joven y «bien vista» va por ahí. Si es así, ¡abajo lo «bien visto»! Oponles tu torso y no te dejes engañar por sus voces de sirenas caducas de senos lacios y maculados de manchas vergonzosas. ¡Cuidado con el contagio! Cuida tu pura sangre pictórica.

¿Cuánto tiempo vas a estar en París? ¿Tienes tiempo ya pensado, volverás por Madrid este invierno pronto? No dejes de decírmelo.

No me choca ese vicio del cine que te está entrando. Yo todavía no lo padezco, pero comprendo que es tentador. Yo me contengo para no ir demasiado. A mí el cine, cuando era niño, me gustaba con locura. Luego se me pasó ante la flojedad de argumentos y lo malo de las actrices y actores. Eran los tiempos del cine francés y de los decadentes films italianos. Estuve casi seis u ocho años sin ir. Y ahora he empezado, el año pasado, a ir de nuevo y veo cómo me interesa, estoy asombrado del cambio absoluto que se ha hecho en ese arte. Lo malo es que, como las casas productoras han de rodar cintas incansablemente para atender a la voracidad mundial, la calidad se resiente y vienen muchos films de precario resultado artístico: pobres de argumento, de marcha literaria, de vieja literatura, porque la literatura es el peor enemigo del cine, por lo menos su más peligroso escollo. Y revolver plásticamente un argumento sacado de novela o concebido por una mente que ve el cine novelescamente es lo espinoso, lo que hace ver muchas cintas pésimas, de una bastedad de novelón ilegible. A mí me desagrada ver un film que es a la cinematografía lo que un folletín burdo o grosero es a la mejor literatura. Si yo no quiero leer esa fea novela o poesía, tampoco tengo por qué soportar esa película que enternece solo a las porteras, solo a ellas. (Porque hay una clase de películas que enternece a las porteras y a nosotros también, a mí y a ti. Quizás por disfrutar cosas, pero nos gusta a los dos grupos —Charlot, por ejemplo—.) Eso es lo difícil: acertar a ir a películas que merezcan la pena. A mí, que salgo poco al cine, me sería utilísimo una indicación previa. Tú que estás en París, cuando me escribas dime algunos títulos de películas que te hayan gustado, con el nombre del actor y actriz para más fácil comprobación. Así, cuando vengan a Madrid, yo podré ir a verlas. No te olvides de decírmelo, que me será muy bueno.

Me alegro mucho de que gusten tus cuadros. ¿Hasta en Rumanía? Gregorio, Gregorio, nos vamos a poner muy tontos tus amigos con verte tan celebrado y solicitado. Que te tropieces con algún señor o señores que te adquieran cosas te deseo, que esto es importante y, con tanta gente rica como hay, habrá que matarlos si no cuelgan en los muros de sus salones algún «Prieto». ¡Si es hasta negocio para ellos! ¿No te parece que dentro de veinte años esos cuadros tendrán otro precio? Fe, mucha fe en ello tenla tú, y a trabajar con el corazón ligero y la mano llena de futuro.

Estoy apenadísimo porque no me has terminado el retrato que me estabas haciendo a pluma. Me gustaba mucho la elegancia joven que supo poner tu pulso en las líneas tan frías (no mías, tuyas). Estoy deseando verme a tu completo gusto. (A mí lo que me enseñaste ya me parecía precioso.)

Estoy corrigiendo pruebas de Ámbito, pero esos malagueñitos son unos pesados y tardaremos en tenerlo del todo listo. En cuanto esté te mandaré un ejemplar dedicado a ti con mi amistad y otros para esa deliciosa réclame que con tanta gracia me ofreces. Aceptada, aceptada, Gregorio, y encantado de ir contigo, en mi libro, a través del París que se entera de cosas españolas. Pero ya te digo, no sé si tardará mi libro veinte días o un mes o cuánto.

Como sé que te gusta, para acabar te diré una poesía mía. Representación de la memoria como un río que copia imágenes.

MEMORIA [18]

Valle de ausencias claro,

frescor de nube presto

presencia dan a un vivo

paisaje descubierto.

La soledad en él

húmeda, me hace, quieto,

quedarme suspendido

sobre el caudal del tiempo.

La tarde ha ido sesgando

de luces el espejo,

en que verán mis ojos

tejerse en el silencio

la tenue y dulce farsa

de masas: tu reflejo.

Asir así el pasaje

precario de tu cuerpo

sobre la base grata,

fluida del espejo.

Y mirar en la margen

tus manos, con el gesto

brumoso de la huida,

hurtarse a mí, sediento.

Adiós, Gregorio. Escríbeme muy pronto. Ya ves qué carta esta mía, larga, larguísima, sin fin. Cuéntame lo que haces y todo lo que quieras, y lo que te pregunto. Adiós, adiós. Acércate y dame un abrazo; toma uno muy fuerte de tu amigo.

Vicente

Dime qué arrondissement es el de tu barrio de París; para las más seguras señas. Escríbeme muy pronto para saber que te ha llegado esta carta que va a París, a secas, sin decir Xe o XIIe etc. etc.

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