Kitabı oku: «Colección de Vicente Blasco Ibáñez», sayfa 69
–Señor dotor—gimió el muchacho.—Mi padre… mi pobre padre.
Y como si no pudiera contener la pena tanto tiempo comprimida, se ahogaron las palabras en su garganta y rompió á llorar.
Aresti se fijó en él. No era del país: debía ser maketo, de los que llegaban en cuadrillas de Castilla ó de León, empujados por el hambre, atraídos por los jornales de las minas. Un pantalón azul, con piezas superpuestas en las posaderas y las rodillas, oscilaba sobre sus zapatones claveteados, de punta levantada. La faja negra oprimía una camisa de franela roja, apenas cubierta por un chaleco suelto, y la maraña de pelos ensortijados, sucios de barro, se escapaba por debajo de una boina vieja. Olía á juventud descuidada, á ropas mantenidas sobre la carne meses enteros. Aresti conocía este perfume de las minas; el hedor de los cuerpos vigorosos que trabajan, sudan y duermen siempre con la misma envoltura.
–Tu padre… ya te entiendo—dijo bondadosamente.—¿Y qué le ocurre á tu padre? Vamos á ver.
El pinche se explicó trabajosamente. Su padre estaba arriba, en Labarga, en una casa de peones, muy enfermo; se moría. Al amanecer había querido levantarse para ir al trabajo como los demás compañeros, pero le ardía la piel, deliraba. El día antes había llovido y se mojó en la cantera. Él, que era su hijo, se había quedado para cuidarle. ¿Pero cómo, señor?… Estaba muy malo, mucho. ¡Para que él se hubiera decidido á perder el jornal del día!…
Y el muchacho repitió lo de la pérdida del jornal varias veces, dándole con su acento una importancia extraordinaria, como la mejor demostración de la gravedad del enfermo.
Aresti creyó consolarle, prometiendo que enviaría al médico que estaba en Galdames, tan pronto como volviera. Pero el muchacho rompió á llorar de nuevo.
–Señor dotor… Usted, sólo usted… Se lo pido por lo que quiera más en el mundo… He bajado de Labarga para eso. Usted sabe más que todos juntos. La gente dice que usted hace milagros…
Y apoderándose de una mano del doctor, se la besó repetidas veces sin saber qué decir, como si estas muestras de veneración fuesen todo su lenguaje y con él quisiera convencer al médico.
–Basta, muchacho—dijo Aresti riendo.—No sigas. Iré á Labarga para que no me beses más con tu cara sucia… Buena se va á poner Kataliñ cuando sepa que subo al monte.
El muchacho, tranquilizado por la promesa del doctor, habló con menos dificultad contestando á sus preguntas. Eran de tierra de Zamora y habían venido á las minas su padre y él con seis paisanos más. Hacía tres años que realizaban este viaje á la entrada del invierno. Ellos tenían allá su poquito de tierra. Cultivaban hierba y centeno; las mujeres se encargaban de los campos durante el frío y los hombres emprendían la peregrinación á Bilbao en busca de los jornales fabulosos, de once reales ó tres pesetas, de los que se hablaba con asombro en el país. Al venir el verano, regresaban al pueblo para recoger la cosecha y plantar la del año próximo. En las minas se trabajaba mucho, la vida era dura, morían algunos; pero se podía volver á casa con buenos ahorros.
–Yo, señor dotor, gano siete reales: mi padre once ú doce. Damos un real por la cama y nos comemos cinco cada uno, porque aquí todo va por las nubes. Hay otros gastos de zapatos y calcetines, porque el mineral destroza mucho. Además, casi todas las semanas llueve en esta tierra y no se trabaja… Total, que no bebiendo vino y comiendo poco, volvemos á casa á los diez meses con cuarenta ó cincuenta duros.
–Pues vais á ser ricos cualquier día—dijo Aresti.
–¡Quia! ¡no señor!—contestó el muchacho cándidamente.—Ricos nunca lo seremos. ¡Aun si ese dinero fuese para nosotros!…
–¿Es que lo regalais?…
–Se lo llevan los mandones. Con él pagamos la contribución.
Aresti caminó un buen rato en silencio, admirando una vez más la sencillez, la humildad de aquella gente, dura para el trabajo, habituada á las privaciones, sin la más leve vegetación de ideas de protesta en su cerebro estéril. Abandonaban casa y familia para hacer una vida de campamento, encorvados ante la piedra roja, arañándola de sol á sol con un desgaste de fuerzas que no era suplido por la alimentación, acelerando día por día la ruina de su organismo; y este sacrificio obscuro y penoso, era para sostener un derecho de propiedad ridículo sobre cuatro terrones infecundos, para mantener con gotas de sangre y pedazos de vida la pompa exterior de que se rodea el Estado.
Al entrar en Gallarta, el médico pasó apresuradamente ante su casa, temiendo que les viera Catalina y le apostrofase por su subida al monte.
–Vivo, muchacho; vamos aprisa. Son las siete y aún he de tomar el tren para Bilbao.
Pasaron apresuradamente por la calle principal de Gallarta, una cuesta empinada y pedregosa con dos filas de casuchas que ondulaban ajustándose á todas sus tortuosidades. Eran míseros edificios construidos con mineral en la época que éste no era tan buscado; gruesos paredones agujereados por ventanucos, con balcones volados que amenazaban caerse y los pisos superiores de maderas carcomidas. Las techumbres, con grandes aleros de tejas rojizas y sueltas, estaban mantenidas contra los embates del viento por una orla de pedruscos. En los pisos bajos estaban los establecimientos de Gallarta, tabernas en su mayor parte. Algunas ventanas con vidrios empañados servían de escaparates, exhibiendo zapatos ó quincalla oxidada y vieja, restos de saldos de la villa, enviados á las minas donde todo se compra sin protesta malo y caro. A causa del desnivel entre la empinada calle y las casas, unas tiendas tenían varios peldaños ante su puerta, como si fuesen torres; otras eran profundas como cuevas, con una escalera interior para bajar á ellas. Los establecimientos de ropas ondeaban en su fachada trapos multicolores. La calle, con sus tiendas estrechas y lóbregas y sus casas de poca altura, hacía recordar la tortuosa vía de una población árabe. Algunas carretas permanecían detenidas á las puertas de las tabernas, moviendo los bueyes sus colas y bajando las testuces pacientemente, mientras adentro gritaban los conductores ante los vasos de vino.
Aresti tenía buenas piernas, acostumbrado como estaba á aquel país montuoso, y apoyándose en la cachaba seguía sin dificultad al pinche que casi corría por el camino, con dirección á Labarga, uno de los barrios extremos de Gallarta, situado en plena explotación minera. Así como ascendían por el áspero camino, era más fuerte el viento y se ensanchaba el paisaje. Agrandábanse los montes y se velaban los valles bajo la bruma de la mañana. Por la parte del mar, el Serantes, que guarda la desembocadura de la ría de Bilbao, recortaba sobre el cielo plomizo su mole coronada por un castillete abandonado. A sus pies extendía el mar su ancha faja obscura, cortada á trechos por otros montes más bajos, metiéndose en triángulos, tierra adentro, en forma de ensenadas y rías.
Hacía algún tiempo que el doctor no había subido á pie la cuesta de Labarga y encontraba cierta novedad al espectáculo. Sin dejar de andar, iba examinando el paisaje. Una aldea que blanqueaba entre los campos al pie de Serantes, era San Pedro Abanto; más allá, al lado de una ría, alzábase la montaña de Somorrostro. Dos nombres famosos que conocía toda España después de la guerra civil. Como una resurrección de aquella lucha recordada por el doctor, sonaron varias cornetas en las alturas inmediatas al camino, tembló la tierra con sorda trepidación y estallaron varias detonaciones entre nubes de polvo rojo y piedras por el aire. Eran los barrenos de las minas, que se disparaban á una hora fija, por la mañana y por la tarde, avisando los vigilantes con sus cornetas para que se alejase la gente. Más allá de las minas inmediatas sonaron nuevas detonaciones, y luego otras más lejanas, estremeciéndose toda la cuenca minera con un incesante cañoneo como si tronasen baterías ocultas en todos los repliegues y cúspides de los montes.
Aresti, excitado por este estruendo, recordaba la famosa batalla de las Encartaciones, cuando el ejército liberal intentaba levantar el sitio de Bilbao por segunda vez. La ferocidad de los hombres, la triste gloria de la guerra y la destrucción, habían popularizado los nombres de dos humildes aldeas de Vizcaya. Él no había presenciado los combates; pero como si los hubiera visto, después de escuchar su relato tantas veces á los viejos del país y á muchos de los contratistas que eran entonces aldeanos hambrientos y, por inconsciencia juvenil, por no enfadar al cura de su anteiglesia, habían tomado las armas en defensa del Señor y los Fueros. En una casita blanca, que se alzaba entre los robledales del llano, habían matado de un certero cañonazo á los dos mejores generales del carlismo. Después, el médico miraba el monte de Somorrostro con sus ásperas pendientes, aislado, lúgubre como una pirámide. Aún se encontraban osamentas al cavar en las faldas. Allí había sido la gran carnicería: los batallones del gobierno, la infantería de marina, con la bravura del toro que embiste bajando la cabeza sin medir el peligro, pugnaban por subir á lo más alto para vencer al enemigo, y éste los fusilaba impunemente desde sus atrincheramientos preparados con fría anticipación, y pareciéndole poco mortífero el fusil, apelaba á procedimientos de la guerra primitiva y salvaje. Soltaban desde las alturas ejes de hierro con ruedas, arrancados de las vagonetas de las minas, y estos carros de la muerte descendían saltando de peñasco en peñasco, con una velocidad vertiginosa que aumentaba á cada choque, á cada aspereza del terreno. Resucitaba la antigua lucha entre los celtíberos bárbaros y las disciplinadas legiones de Roma. Las ruedas locas rompían las masas de pantalones rojos ó azules que en vano intentaban avanzar; aplastaban los hombres bajo su férreo volteo, hacían crujir los huesos, deshilachaban los músculos, y, manchadas de sangre, seguían rodando hasta encallarse en el llano, ahitas de destrucción.
–¡Imbéciles! ¡imbéciles—repetía mentalmente el doctor.
Y pensaba con tristeza en los miles de hombres muertos en aquellos montes y en otros de más allá; en todos los que dormían eternamente en las entrañas de la tierra vasca, por un pleito de familia, por una simple cuestión de personas, hábilmente explotada en nombre del sentimiento religioso y de la repulsión que siente el vascongado por toda autoridad que le exija obediencia desde el otro lado del Ebro.
Contrastando con estos recuerdos de una época de violencias, rodeaban al doctor, conforme avanzaba en su camino, la actividad del trabajo, el movimiento de la diaria batalla del hombre con los tesoros de la tierra. Los tranvías aéreos para la conducción del mineral apoyaban sus cables sobre los robustos postes y deslizándose por ellos, pasaba el rosario de tanques cargados de pedruscos rojos, salvando hondonadas y despeñaderos, descendiendo de meseta en meseta, siempre hacia el llano, buscando los descargaderos de Ortuella, la vía férrea del Triano, que es el respiradero de las minas.
En el fondo de las grandes cortaduras de las canteras, corrían sobre los rieles lijeramente tendidos, las vagonetas de mineral, tiradas unas por caballos, empujadas otras por hombres. Veíanse grandes plataformas de madera, planos inclinados por los cuales resbalaban los vehículos amarrados á una cadena sin fin. La vía automática de una compañía extranjera deslizaba en un espacio de varias leguas sus vagonetas, que parecían seres animados. Los vehículos rodaban en dos filas, en opuestas direcciones, cabeceando lentamente como bueyes sumisos, siguiendo su camino en línea recta, encontrando un puente sobre cada abismo y atravesando las alturas por túneles pendientes que los devoraban.
El paisaje aparecía trastornado por la mano del hombre. El minero violaba á la Naturaleza, volcándola, desordenando sus ropajes. Todo había cambiado de lugar. Las cumbres habían sido echadas abajo por la piqueta y el barreno: las hondonadas, rellenas de escoria roja, estaban convertidas en mesetas. Las faldas de los montes aparecían desgarradas: lo que en otros tiempos era suave declive, asustaba ahora con el pavoroso corte del despeñadero. Habíase cambiado el curso de las aguas; las antiguas fuentes admiradas por los ancianos escapábanse ahora con rezumamiento fangoso por las angostas galerías que perforaban las pendientes. Muchos montes despojados de la envoltura roja, que era su carne, mostraban el armazón calcáreo, la triste osamenta. Los prados de otras épocas, la tierra vegetal con sus maizales y robledales, todo había desaparecido, como si soplara sobre aquellas montañas un viento de fuego. Sólo quedaba el pedrusco férreo, el terrón rojo, la tierra codiciada por el hombre, que parecía haber ardido con interna combustión. A trechos quedaban algunos jirones de suelo verdeante. Crecía la hierba allí donde se amontonaban las vagonetas volcadas, las plataformas carcomidas, delatando una explotación abandonada. En estos rincones pacían algunos rebaños de ovejas panzudas, de largas lanas, dando con sus esquilas una nota de calma pastoril á aquel paisaje desolado que parecía recién surgido de una catástrofe geológica.
El camino bordeaba la profunda zanja de una cantera. Era como uno de esos cráteres apagados, en los que muestra el planeta la intensidad de sus convulsiones. Parecía imposible que aquella profundidad fuese obra del hombre en tan pocos años. Abajo, las cuadrillas de mineros, atacando el muro de mineral con picos y palancas, semejaban bandas de insectos. Los caballos parecían por su tamaño escapados de una caja de juguetes.
Aresti, ante este desgarrón de la corteza terrestre que mostraba al aire sus entrañas, recordaba las formas y colores de las piezas anatómicas reproducidas en sus libros de estudio. Las calizas blanqueaban como huesos; las fajas de mena rojiza tenían el tono sanguinolento de los músculos, y las manchas de tierra vegetal eran del mismo verde musgoso de los intestinos.
A un extremo de la gigantesca excavación la montaña se había venido abajo, formando una cascada inmóvil de ondas de tierra y enormes pedruscos. El médico recordaba la catástrofe ocurrida cuatro años antes. La cantera se había derrumbado, cogiendo en su caída á una cuadrilla de obreros que trabajaba en su base. Unos habían perecido aplastados instantáneamente: otros habían quedado enterrados en vida, en un socavón, aislados del mundo por centenares de toneladas de mineral. La gente acudía para pegar sus oídos con horror á los peñascos desmoronados, creyendo escuchar los gritos implorando auxilio, los gemidos de los infelices que perecían lentamente en la obscuridad de las entrañas de la tierra. Pasaban las horas, pasaban los días. Centenares de obreros trabajaron con un vigor extraordinario, pretendiendo revolver la inmensa avalancha de mineral; pero tras una semana de trabajo, sólo habían avanzado algunos metros y ya no se oía nada: de la tierra no salía ningún lamento. Al remover los pedruscos se encontraron varios cadáveres: hombres desfigurados, con las piernas rotas y el cráneo aplastado; un pinche casi intacto, con la cara sonriente, conservando aún en su mano un tanque de agua. Eran los que se hallaban fuera del socavón en el instante del desprendimiento. Los otros que estaban en la cueva se pudrían tras el gigantesco tapón de mineral que los había aislado del mundo. De muchos de ellos ni los nombres se conocían. Habían llegado á las minas poco antes y los capataces sólo anotaban sus apodos. Tal vez en algún rincón de España los esperarían aún, creyendo que cuanto más larga fuese la ausencia mayores serían los ahorros.
Las mujeres de Gallarta afirmaban que de noche salían gemidos del derrumbamiento. Durante unos meses viéronse en el camino de Labarga formas blancas, con luces en la cabeza, arrastrando cadenas. En las casas temblaban los muchachos y las jóvenes, oyendo hablar de las pobres almas en pena de la mina. Pero cierta mañana apareció tendido en el camino uno de los primeros borrachos de Gallarta, con un brazo fracturado y la cabeza rota, y ya no volvieron á salir fantasmas, ni nadie sintió deseos de adornar la catástrofe con grotescas apariciones.
El recuerdo de los enterrados fué borrándose en la memoria de todos. Las desgracias, en aquella explotación cruel que gastaba las vidas de muchos miles de hombres, superponíanse unas á otras con frecuencia, ocultando y desvaneciendo las anteriores. Un día, las vagonetas, al chocar unas con otras, aplastaban á un obrero: otro día saltaban de los rieles al bajar por el plano inclinado cayendo sobre un grupo encorvado ante el trabajo, que no recelaba la muerte traidora que llegaba á sus espaldas: los barrenos estallaban inesperadamente abatiendo los hombres como si fuesen espigas; llovían pedruscos en mitad de la faena, matando instantáneamente; y por si esto no era bastante, había que contar con los navajazos á la salida de la taberna, con las riñas en la cantera, con las disputas en los días de cobro, con la feroz acometividad de aquella inmensa masa ignorante y enfurecida por la miseria, en la cual vivían confundidos los que al salir de los penales de Santoña, Valladolid ó Burgos no encontraban otro camino abierto que el de las minas de Bilbao, en las que se necesitaban brazos, y á nadie se preguntaba quién era y de dónde venía…
La Muerte rondaba en torno del mísero populacho, como un lobo alrededor del rebaño, siempre vigilante, con las uñas afuera y los dientes agudos. Zarpazo aquí, dentellada allá, la gran enemiga se mostraba infatigable. Siempre había en el hospital más de una docena de camas ocupadas por carne enferma que pedía entre gemidos el auxilio de don Luis. Era un perpetuo estado de guerra ante la muerte; una batalla contra la ciega fatalidad y la barbarie de los hombres, cuyos ecos se apagaban en la misma montaña, llegando apenas á la opulenta Bilbao. El mineral marchaba ría abajo sin que nadie pensase en lo que había costado su arranque del suelo.
Aresti salió de su ensimismamiento al ver que entraba en la calle única de Labarga, dos filas de míseras casuchas puestas sobre los peñascos que bordeaban el camino. Los edificios de Gallarta parecían palacios, comparados con las chozas de este barrio de mineros. Eran barracas, conocidas en el país con el nombre de chabolas, con tabiques de madera delgada y techumbre de planchas corroídas. Las puertas estaban en dos piezas horizontales: la hoja inferior quedaba cerrada como una barrera, y la superior, al abrirse, era la única ventana que daba á la casa luz y aire. Las incesantes lluvias habían podrido aquellas habitaciones, reblandeciendo la madera, deshilachando sus fibras como si toda ella fuese á convertirse en gusanos. Fuera de las casas ondeaban sobre cuerdas los guiñapos de color indefinible puestos á secar. Algunas gallinas flacas y espeluznadas corrían por el camino. Los niños permanecían sentados ante las puertas, graves é inmóviles, como si fuesen de distinta raza que la revoltosa chiquillería de los pueblos del llano.
Al ver al doctor, salían las mujeres á las puertas de sus tugurios, sonriendo como en presencia de un acontecimiento inesperado, sintiendo de pronto el miedo á enfermedades que tenían olvidadas.
–¡Chicas, es don Luis!—se gritaban unas á otras.—¡Señor doctor, aquí! ¡Míreme usted este chico!… ¡Entre á ver á mi madre!
Pero Aresti conocía de larga fecha estos recibimientos; el furor que acometía á todos por estar enfermos apenas le veían, sin ocurrírseles bajar al hospital más que en casos de extrema gravedad. Y seguía adelante sonriendo á unas, contestando á otras alegremente, precedido por el pinche zamorano que volvía la cara como si temiese verle secuestrado por el grupo de comadres.
Un hombre de larga barba ensortijada y canosa, fumaba sentado ante una casucha que era la peor del barrio. Tenía los ojos casi ocultos bajo las cejas y un gesto de desdén contraía á cada momento su cara negruzca. Al ver al médico no se llevó la mano á la boina ni abandonó su inmovilidad de fakir, como si estuviera abstraído en la contemplación de la miseria que le rodeaba.
–¡Salud, amigo Barbas!—dijo el médico alegremente, deteniéndose ante él.—¿Qué hay compañero?
–Mucho y malo, don Luis.
–Y esa revolución ¿cuándo la hacemos?…
El Barbas miró un instante á Aresti con ojos ceñudos, como si fuese á insultarle: después escupió la nicotina de sus labios con un gesto desdeñoso.
–Búrlese, don Luis. Usted está acostumbrado á oír quejarse de dolor lo mismo al rico que al pobre, á ver que todos mueren igual; por eso toma á risa las cosas de los hombres. Al fin no somos más que animales. Hace usted bien. Ríase… pero el trueno gordo se acerca. Algún día encontrarán su merecido todos los ladrones… ¡todos! incluso su primo Sánchez Morueta.
–¡Compañero! ¿y yo?—dijo el doctor.—¿Qué vas á hacer de mí?
–Usted es un guasón que se ríe de la vida… pero entre burlas y veras hace bien á los pobres y vive cerca de su miseria. Usted es casi de los nuestros.
–Gracias, compañero Barbas.
Y dando á entender al solitario con un gesto que volvería para hablar con él, subió los peldaños de una casucha en cuya puerta le esperaba impaciente el pinche.
Era la casa de peones, el miserable albergue de las montañas mineras, donde se amontonan los jornaleros. Aresti estaba habituado á visitar aquellos tugurios que olían á rancho agrio, á humo y á «perro mojado». En la entrada de la casa estaba el fogón con algo de loza vieja alineada en dos estantes. Los tabiques de madera eran de un amarillo viscoso, como si las tablas trasudasen de una pieza á otra la suciedad y la mugre de los habitantes. Una vieja, delgada de rostro, y enorme de cuerpo por los pañuelos que llevaba arrollados al busto y los innumerables zagalejos de su faldamenta, vigilaba el hervor de un puchero, con las manos cruzadas sobre el delantal de arpillera, mirándose con ojos bizcos los cuernos del pañuelo rojo arrollado á la cabeza. Unos gatos flacos y espeluznados rodaban en torno de la mujer, esperando que cayese algo de la olla: unos animales lúgubres, de mirada feroz, tigres empequeñecidos que parecían alimentarse con el hambre que sobraba á sus amos.
La vieja rompió en lamentaciones al conocer á don Luis. El pobre peón estaba muy malito: ¡á ver si lo sacaba adelante!… Ella le había tomado ley después de tenerlo varios años en su casa. Y al lamentarse, había tal expresión de frío egoísmo en sus ojos, que el doctor la atajó brutalmente:
–Sobre todo, lo que usted más siente, tía Gertrudis, es perder un real diario si muere.
–¡Ay, don Luis, hijo! Semos probes y cada vez hay más casas de peones. Mi probe viejo está casi baldao del reuma y gana menos que un pinche escogiendo mineral en los lavaderos. ¡Y muchas gracias que lo aguantan, y con el pupilaje de estos chicos de Zamora podemos ir tirando!… ¡Ay Señor, después de trabajar toda la vida! El médico levantó una cortinilla de percal rojo y desteñido que ocultaba un tugurio sin luz, ocupado por la cama de los viejos. Levantó otra, y vió un cuartucho no mucho más grande, obstruido completamente por un camastro enorme, formado con tablas sin cepillar y varios banquillos. En él dormía toda la banda de Zamora, siete hombres y el muchacho, en mutuo contacto, sin separación alguna, sin más aire que el que entraba por la puerta y las grietas de la techumbre. Varios jergones de hoja de maíz cubrían el tablado: cuatro mantas cosidas unas á otras formaban la cubierta común de los ocho, y junto á la pared yacían destripadas y mustias algunas almohadas de percal rameado, brillantes por el roce mugriento de las cabezas.
Aresti pensó con tristeza en las noches transcurridas en aquel tugurio. Llegaban los peones fatigados por el trabajo de romper los bloques arrancados por el barreno, de cargar los pedruscos en las vagonetas, de arrastrarlas hasta el depósito de mena y volverlas á su primitivo sitio. Después de una mala comida de alubias y patatas, con un poco de bacalao ó tocino, dormían en aquel tabuco, sin quitarse más que las botas ó, cuando más, el chaquetón, conservando las ropas impregnadas de sudor ó mojadas por la lluvia. El aire, estancado bajo un techo que podía tocarse con las manos, hacíase irrespirable á las pocas horas, espesándose con el vaho de tantos cuerpos, impregnándose del olor de suciedad. Los parásitos anidados en los pliegues del camastro, en las junturas de la madera, en los agujeros del techo, salían de caza con la excitación del calor, ensañándose al amparo de la obscuridad en los cuerpos inánimes que duermen con el sueño embrutecedor de la fatiga. En las noches tormentosas, cuando el viento pasa de parte á parte la casucha por sus resquicios y grietas, amenazando derribarla, los cuerpos vestidos y malolientes se buscan y se estrechan ansiando calor, y los sudores se juntan, las respiraciones se confunden, la suciedad fraterniza.
El médico consideraba que aquellos ocho hombres que dormían en común eran amigos, eran compatriotas, ligados por el nacimiento y las aventuras de su peregrinación anual: y su pensamiento iba hacia otras casas de peones, tan míseras como aquella, donde los hombres acostados en la misma cama no se habían visto nunca; donde el infeliz muchacho, recién llegado de su tierra, dormía en contacto con un individuo, con otro que también acababa de llegar á la mina, tal vez recién salido del presidio ó fugitivo por algún crimen. Los cuerpos extraños se juntaban bajo la misma pegajosa cubierta, la carne se rozaba con otra carne sudorosa, tal vez enferma de peligrosas infecciones. Y esta promiscuidad, bajo la misma manta, de viejos y jóvenes, de inocentes jayanes recién venidos de su tierra y veteranos de la vida errante, conocedores de todas las corrupciones, se efectuaba en medio de una forzada abstinencia de la carne, en un país donde por las condiciones del trabajo, los hombres son mucho más numerosos que las mujeres, y la continua afluencia de presidiarios licenciados traía consigo todas las criminales aberraciones de la virilidad aislada.
Aresti vió al enfermo en el fondo del camastro, junto á la pared, respirando jadeante. Estaba acostumbrado á visitar los tabucos de los mineros: nada le extrañaba, y con agilidad de muchacho saltó encima del tablado, marchando de rodillas sobre los jergones. Encendió una cerilla y entonces vió en el tabique de la cabecera que en otros tiempos había sido blanco, un crucifijo y varias estampas de colores, representando generales contemporáneos, con el ros calado y el pecho cubierto de bandas y cruces, héroes de la guerra que se habían cubierto de gloria entregando territorios al enemigo ó fusilando en masa á indígenas indefensos.
El médico no pudo contener su risa.
–¿Por qué estarán aquí estos tíos?…
Las estampas habrían sido pegadas como adorno, sin fijarse en los personajes; ó tal vez serían recuerdos de algún antiguo soldado, cándido y entusiasta, que creería haber servido á las órdenes de caudillos inmortales.
El enfermo tenía los ojos cerrados, y respiraba trabajosamente. Su piel ardía. Estaba vestido, conservando las mismas ropas, mojadas por la lluvia de la noche anterior.
–Una pulmonía de padre y señor mío—dijo el doctor arrojando la cerilla y saliendo del camastro otra vez de rodillas.
Afuera, junto al fogón, escribió una receta en una hoja de su cartera, encargando al pobre pinche, que después de la visita parecía más tranquilo, que bajase por los medicamentos al hospital.
Cuando Aresti salió de la barraca, después de hacer varias recomendaciones á la vieja, vió que le aguardaba en medio del camino un contratista de los más amigos. Iba vestido de flamante pana; sobre el chaleco brillábale una gruesa cadena de oro y calzaba altas polainas fabricadas con la tela impermeable que servía de forro á las cajas de dinamita.
–Hola, Milord—dijo el médico.—¿Qué, hoy no hay oficios divinos en la capilla de Baracaldo?
–No, don Luis—dijo el contratista con cierta unción en sus palabras.—Demasiado sabe usted que en nuestra religión este día no es de fiesta.
–¿Y Milady, siempre tan hermosa y elegante?
–Vaya, no se burle usted; ya sabe que no somos más que unos pobres patanes con un poquito de protección.
Después de esto, el llamado Milord rogó al médico, que ya que estaba en Labarga, se llegase á la cantina de Tocino, el capataz de su confianza, que llevaba varios días inmóvil en la cama por el reuma. Aresti se resistía alegando su viaje á Bilbao.
–Un momento nada más, don Luis: entrar y salir. Yo también tengo prisa por llegarme á la mina. ¡El pobre Tocino me hace tanta falta cuando no está allí!…
El doctor se dejó conducir algunos minutos más allá de Labarga, hasta una altura donde estaba establecida la tienda de Tocino. Por el camino bromeaba con el contratista sobre su religión. El Milord había sido capataz de las minas de una compañía inglesa, logrando interesar al ingeniero director en fuerza de excederse en la vigilancia del trabajo y no dejar descanso á los peones de sol á sol. La protección del jefe lo elevó á contratista, colocándole en el camino de la riqueza, y, no sabiendo cómo mostrar su gratitud al inglés, había abrazado el protestantismo. La despreocupación religiosa era general en las minas: sólo se pensaba en el dinero y el trabajo. Era viudo, con una hija, y para ligarse más íntimamente con sus protectores, la tuvo durante seis años en un colegio de Inglaterra, volviendo de allá la muchacha con un exterior púdico y unas costumbres de confort que regocijaban á toda Gallarta. Los domingos, Milord y Milady bajaban á Baracaldo, vestidos con trajes que encargaban á Londres, para confundirse con las familias de los ingenieros y los mecánicos ingleses empleados en las minas ó en las fundiciones de la ría, que llenaban la única capilla evangélica del país. Aresti, que había cogido cierto miedo á los flirts con Milady, hasta el punto de rehuir el encontrarla sola y que conocía ciertas historias de jovenzuelos que saltaban su ventana durante la noche, ensalzaba irónicamente al padre lo mucho que su robusto retoño había ganado después de la cepilladura en el extranjero.
–¡La educación inglesa!—decía Milord abriendo mucho la boca para marcar su admiración.—¡Una gran cosa! Hay que ver lo que sabe la chica… Es verdad que acostumbrada á tantas finuras, se aburre aquí entre brutos. Pero, de mi para usted, don Luis, yo tengo mi plan, mi ambición, y es casarla con algún señor de la compañía.