Kitabı oku: «El islote de los desechos»
Primera edición: mayo de 2021
© Copyright de la obra: Víctor De la Vega
© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions
Código ISBN: 978-84-123328-4-1
Código ISBN digital: 978-84-123328-5-8
Depósito legal: B 7744-2021
Diseño portada: Celia Valero
Corrección: Teresa Ponce
Maquetación: Celia Valero
Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez
©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com
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Para mis hijas Laura y Sheila,
por ser las niñas de mis ojos.
Para mi yerno Matías.
Para mis amigos:
Félix Sanches, por tanto apoyo y ayuda;
Marcelo González, por su generosidad y amistad incondicional;
Gabriel Cartes y su sobrino Diego, por ser buenos amigos;
don Peter Ulloa, por ser buena persona;
José Lepuman y Johana, por su hospitalidad.
Un reconocimiento especial para Rosa Castilla por enviarme a la persona correcta para publicar.
También un reconocimiento especial para la persona que confió en mi material y que ha hecho posible la publicación de este libro, Isabel Montes.
CAPÍTULO 1
20 de junio de 1996

Sentado sobre la banqueta giratoria y apoyando su antebrazo en la barra del antiguo pub de la avenida Northumberland, tomaba un whisky el viejo Mathew.
Hacía mucho tiempo que frecuentaba el lugar junto con su amigo John y sus otros tres amigos, pero esta vez lo hacía solo, su compañero de muchas batallas no lo seguiría más en sus paseos diarios por las calles de Londres.
Todos los días a las siete de la tarde, en ese sitio se congregaba el grupo de veteranos de la guerra para sus largas charlas. Algunas veces jugaban a las cartas, otras veces a los dardos o cualquier otro juego de mesa, dependiendo del estado de ánimo de cada uno, o simplemente se sentaban a beber, así como a tener conversaciones muy profundas de diferentes temas. Dos semanas antes John fue sorprendido por un ataque al corazón mientras descansaba una tarde en su casa, arrebatándole la vida, y desde entonces el grupo de amigos no se reunían. Mathew acordó reanudar los encuentros considerando que ese sería el deseo de su amigo y por tal motivo estaba ahí esperando al resto de sus compañeros, tres más, todos exagentes de inteligencia ahora jubilados.
Olga, la camarera ucraniana de mediana edad, de mirada inquisitiva e inquieta, siempre alegre y coqueta, ojos azules y pelo rojizo, luciendo piernas bien delineadas por la minifalda que llevaba de uniforme, los trataba con mucha familiaridad y cariño, pues los conocía desde hacía ya mucho tiempo.
Notó la tristeza en el rostro de Mathew y amablemente le dijo unas palabras de consuelo tras enterarse de la muerte de John, mientras le acariciaba el hombro al acongojado Mathew, hablándole con su acento de extranjera.
Faltaban quince minutos para la hora indicada. Él llegó temprano y esperaba en la barra, cuando llegaran los demás ocuparían su mesa habitual del centro del local, pero pegada a la pared. Era ahí donde pasaban las horas de las tardes disfrutando de su mutua compañía.
Por lo general, a esa hora de la tarde el bar registraba una buena entrada de gente. Olga les reservaba su mesa porque eran clientes habituales y buenos consumidores; sin embargo, en esta ocasión la mesa estaba ocupada por un hombre solitario, joven, que tomaba su café con pequeños sorbos y movimientos lentos, sin prisa por terminar.
Andrew, Ethan y Kwan entraron al pub y rápidamente localizaron a Mathew sentado frente a la barra.
Andrew, hombre de mirada penetrante, escaso pelo y totalmente cano, de ochenta y tres años, empuñaba en su mano derecha la pipa de tabaco inseparable para él. Robusto y con un andar ligero, apurando siempre a sus compañeros ―que a su gusto caminaban demasiado despacio―, era inquieto, bromista y muy risueño, amable con todo el mundo y muy educado en sus modales.
Ethan, ochenta años, el más bajo de estatura de todos, aunque en otros tiempos no lo fuera, ahora sufría de escoliosis, enfermedad que al paso del tiempo se fuera agravando, eso lo estresaba y lo mantenía con un mal humor constante. Muchas veces sus amigos le hacían bromas por su estado, siempre reían y le mencionaban con frecuencia que dejara ya de buscar objetos en el suelo al caminar. Algunos días se molestaba, otros en cambio les seguía la corriente.
La curvatura de su espina dorsal era demasiado para él, trataba constantemente de impedir que las miradas curiosas de los transeúntes lo perturbaran, pero a veces era inevitable. Con todo y su problema, el tiempo que pasaba con sus amigos lo disfrutaba al máximo.
También estaba Kwan, el más joven de todos, setenta y tres años, oriundo de Corea, pero radicado en Londres por muchísimos años, de estatura mediana, flacucho, siempre bien vestido y perfumado, con su pelo en apariencia sin arreglar, con gafas ovaladas y una risa contagiosa, muy expresivo en sus ademanes. Nunca se casó, a diferencia del resto de sus amigos, pero sí mantenía un aire de conquistador, siempre lanzando miradas coquetas y hasta algún piropo a las mujeres que llamaban su atención.
Ya estaban ahí los cuatro amigos, se saludaron con la misma familiaridad de siempre, aunque con un toque de nostalgia por el amigo que faltaba.
Miraron hacia su mesa, seguía ocupada por aquel extraño al que no habían visto antes por ahí. Olga se acercó a ellos dando explicación de por qué no les había reservado en esa oportunidad, diciendo que, como se habían ausentado por esos días, no creyó que volverían justo ahora.
No quedaba una sola mesa vacía en el bar. Los tres recién llegados se acomodaron en otras banquetas al lado de Mathew, sin decir una palabra. Este se levantó, se dirigió hacia la mesa que siempre les esperaba y se paró junto al hombre. Los demás lo observaron desde su sitio, viendo como hacía ademanes con sus manos. Mathew levantó su mano derecha llamándolos hacia él. Se encaminaron en fila hasta la mesa, saludaron cordialmente al hombre y Mathew les comentó que no había problema con compartir la mesa. Una vez que se hubieron acomodado, se presentaron uno a uno, sacaron sus cajetillas de cigarros y comenzaron a fumar. El hombre dijo llamarse Raúl, estaba de visita por unos días en la ciudad para encontrarse con su novia, una escritora aventurera con ganas de viajar, española como él, solo que en esos momentos estaba ocupada con su editor y tendría que esperarla un par de horas más.
Andrew tomó la iniciativa y preguntó a Raúl a qué se dedicaba. Él les dijo que manejaba su propia empresa de paisajismo y decoración de interiores.
En unos cuantos minutos les dio información general de sus negocios, de su relación con Lola y de los motivos por los que ella llegó a Londres.
Tras brindar por su nueva amistad con los tragos que pidieron en la barra, Raúl preguntó a los veteranos qué hacían y cómo es que se juntaban siempre ahí.
Mathew le contó cómo se forjó esa amistad que los unía y la pérdida reciente de su amigo. Raúl, interesado en la conversación, hacía preguntas cada vez más profundas y bien pensadas. Fue entonces cuando Mathew decidió contarle la parte más difícil de sus vidas.
Todos tomaban whisky, así que pidieron a Olga que les trajera una botella y hielo. Se sirvieron otro trago más esa tarde de verano, donde el bullicio de la gente en el interior del pub reflejaba el ánimo de los ahí presentes: risas escandalosas, conversaciones animadas, miradas de complicidad, etcétera.
Tomaron un trago más y entonces Mathew, presionado por el grupo, comenzó con su relato remontándose muchos años atrás.
—Me casé con Elizabeth un domingo 18 de junio de 1939, en Berlín, justo antes de comenzar la guerra y poco tiempo después de que Eugenio Pacelli se convirtiera en el papa Pío XII. Ella quedó embarazada en julio de 1940. Fue en ese mismo año cuando Mussolini apoyó a Hitler en su invasión a Polonia, ocurrida el 1 de septiembre de 1939, y a Francia, el 14 de junio del año en curso. Para entonces vivíamos en un edificio de apartamentos en Berlín. Yo, como ingeniero mecánico, trabajaba en una empresa metalúrgica, y estaba totalmente en contra de la guerra. No aprobaba los proyectos de Hitler ni sus ideales, no me gustaba el trato que estaba dando al resto de las personas que no eran afines a sus paradigmas de raza.
Todos tomaron sus mejores posiciones para oír con atención aquel relato que ya habían escuchado con antelación, pero siempre salían nuevos detalles que Mathew había omitido por olvido las veces anteriores. Raúl, que sí desconocía la historia, miraba fijamente al viejo, que, respirando hondo, se aprestaba a soltar lo que fuera su experiencia de vida. Mathew continuaba.
Y eso fue lo que me metió en problemas, mis convicciones me costaron más de cuatro años cautivo en un lugar realmente denigrante para cualquier ser humano. Después de pasar la Navidad de 1940 y Año Nuevo de 1941 en un ambiente hostil en la ciudad, ya que algunos sacerdotes católicos eran asesinados por no apoyar con sus sermones dominicales las acciones del Gobierno, el lunes 13 de enero fui enviado a Austria por la compañía para cerrar un negocio que nos dejaría buenas ganancias. Sin embargo, ya no regresé a casa. Se suponía que solo estaría fuera por una semana, pero no fue así.
Elizabeth buscó ayuda por todos lados. Primero acudió a la empresa, mi superior no supo dar explicaciones, tampoco sabía qué había pasado conmigo, según él. Después buscó información en la policía, en los hospitales, recorrió Berlín tratando de encontrar alguna pista sobre mi paradero, le pidió ayuda a un amigo nuestro que estaba alistado en el Ejército para que por favor investigara cualquier cosa que indicara qué me había sucedido, pero nadie le dio información sobre mi situación. Pasaron los días lentos y angustiantes para ella y para mis padres, después las semanas, los meses y finalmente algunos años.
Fue un periodo turbulento y doloroso tanto para ella como para mí, las cosas se desarrollaron de una manera muy inesperada para todos. Sabíamos que el ambiente no era prometedor, pero también era cierto que no estábamos preparados para lo que se nos venía encima.
A finales de marzo de 1941 nació mi hijo. Para entonces la guerra cumplía ya veinte meses, y los yugoslavos se rendían ante los alemanes por el fiero ataque que sufriera su capital, Belgrado. Mi esposa estaba muy preocupada temiendo que el bebé fuera a nacer con problemas debido a tanta angustia, incertidumbre y dolor, pero afortunadamente todo salió bien.
Para ella no fue fácil vivir en una ciudad donde se respiraba odio, discriminación, peleas, abusos, asesinatos y violaciones en contra de judíos, gitanos, testigos de Jehová y otras personas que eran ya consideradas como indeseables para la sociedad alemana de aquellos días. La mentalidad de la mayoría de los ciudadanos era apoyar al régimen nazi. Con razón o sin ella, esperaban que Hitler cumpliera su promesa de convertir al país en el mejor del mundo.
También hay que decir que hubo muchos clérigos que lo apoyaron. Dadas las circunstancias del país, con cientos de miles de soldados luchando por su patria, era obligación asistir a la iglesia si querías mantener la paz con tu familia y vecinos, pues allí se hacían largas plegarias por ellos y se bendecían sus armas, ya que los consideraban sus héroes.
Era tu obligación moral y patriótica apoyarlos sin reservas; si no, te veían como un traidor. Las consecuencias de esto eran que te despojaban de todo lo que poseías y podían aniquilar a tu familia completa. Elizabeth tuvo que seguirles el juego para proteger a nuestro hijo, ya que no había muchas opciones.
Bueno, el jueves 16 de enero de 1941 salí de las oficinas centrales de la empresa Metal Works de Viena con rumbo al hotel. Recogería mi equipaje y saldría hacia el aeropuerto para regresar a casa, sin embargo, a la mitad del trayecto fui interceptado por un vehículo. Cuatro sujetos con uniforme militar y con actitud procaz me trasladaron hasta su cuartel. No me explicaron absolutamente nada, me encerraron en una oficina por un buen rato hasta que llegara su jefe, quien me aclararía lo que estaba pasando. Después de unas dos horas de espera, llegó un alto mando militar y me insultó sin saber yo qué estaba pasando. Con un poco de temor, me atreví a preguntar qué era lo que había hecho. El tipo me informó de que yo estaba siendo detenido por órdenes del Gobierno alemán, porque me negué a tramitar la transferencia de armamento austriaco hacia mi país utilizando el nombre de la empresa para la cual trabajaba. Me dijo que mis jefes habían dado la autorización para hacer este movimiento. El problema fue que a mí no me informaron de nada. De todas maneras, le dije que yo no iba a colaborar con ellos en esta acción, que la empresa podía mandar a otra persona para hacer los trámites, yo no quería involucrarme de ninguna forma en el asesinato de personas. Eso bastó para que me trasladaran hasta la frontera con Alemania en calidad de traidor. Allí me entregaron a una patrulla alemana custodiada por dos motociclistas que me introdujeron en mi país de nueva cuenta para llevarme hasta lo que servía de cuartel para ellos.
Los custodios no solo me lanzaron miradas de desprecio, sino que aprovecharon para insultarme y conducirme a empujones, además de descargar algunos golpes en mi cuerpo y cara.
Tan pronto como subí al auto me forzaron a tomar un par de píldoras que me hicieron perder el conocimiento. No supe por cuánto tiempo estuvimos viajando sino hasta varios días después, cuando escuché por casualidad una charla donde mencionaron que me drogaron para no ocasionar problemas en el trayecto de unas siete horas.
Me desperté tirado en una habitación oscura, sin ventilación ni ventanas para ver el exterior. Ya me habían despojado de mis pertenencias personales, no tenía conmigo el viejo reloj que heredara de mi padre ni tampoco mi billetera con mis documentos. Pasaron algunas horas y llegó un guardia a por mí. Cuando salí de ese cuarto oscuro y frío mi cuerpo estaba adolorido por los golpes recibidos. Me di cuenta de que estaba en lo que era un cuartel improvisado. Se trataba de una vieja casa particular, sin muebles en sus habitaciones y espacios. Al fondo, en el cuarto más grande, al centro de este, un oficial sentado en su silla y con los pies estirados sobre el escritorio fumaba una pipa y miraba como distraído por la ventana lateral.
—Así que usted es Mathew Meller, ¿no? —preguntó con sarcasmo.
—Sí, señor, soy yo —contesté con tranquilidad.
Como tenía mis convicciones bien arraigadas, no le temía. Tal vez el oficial percibió mi actitud y por eso se enfureció, dando un puñetazo sobre la mesa.
—¿Acaso no se da cuenta de los problemas que nos ha causado por mantenerse con su terquedad? Si no quiere perder a su familia y pretende volver a verlos, tiene que firmar estos documentos.
Me percaté de que era el contrato para introducir el armamento desde el país vecino utilizando los servicios de la empresa para la que trabajaba. Lo observé con detenimiento, miré al oficial y le dije:
—¿Por qué se empeñan en utilizarme a mí? ¿Por qué no lo hace el dueño o envía a otra persona si hay gente con puestos de mayor responsabilidad que el mío? Además, ustedes como Gobierno tienen todos los medios para traer esa mercancía hasta acá y sin trabas. Lo siento, oficial, no firmaré, no quiero ser parte de esto, no quiero llevar en mi conciencia la muerte de miles de personas por el resto de mi vida. Aunque solo sea una firma, no lo haré.
—Piénselo o su familia sufrirá las consecuencias.
Yo conocía la crueldad de la milicia alemana, sabía que no me dejarían en paz. Al final de cuentas, de todas formas mi familia ya estaba sufriendo, si firmaba o no, sería acosado constantemente.
—Quiero hablar con mi jefe.
—Eso ya no es posible, usted no está en condiciones de negociar nada. O firma, o lo encerramos —respondió el oficial, que ahora me daba la espalda de pie frente a la ventana y mirando al exterior.
Yo sabía muy bien que si no firmaba me iban a hacer desaparecer. Además tenía la preocupación de mi esposa, que ya para entonces contaba con seis meses de embarazo y su parto sería un riesgo al saber que su esposo estaba desaparecido. No muy convencido, tomé la pluma que estaba al lado de los documentos y firmé. Dejé la estilográfica en su lugar.
―Ya está ―dije resignado.
El militar no se giró para mirarme, permaneció de pie sin dirigirme la palabra.
—¡Guardia! —gritó el oficial. Un uniformado asomó rápidamente por la ajada puerta de madera de la vieja casona―. ¡Que venga el doctor!
Presentándose en la sala minutos después y con un saludo reverente, se paró frente a su superior un hombre con lentes redondos y flacucho que portaba una carpeta.
—Quiero, doctor, que extienda un certificado de deficiencia mental a nombre de Mathew Meller, al instante.
—¿Qué significa esto? —pregunté confundido―. Acabo de firmar los documentos, usted prometió que me dejaría en libertad si yo accedía a eso y lo acabo de hacer.
El hombre tomó los papeles y los guardó en el cajón de su escritorio mientras su rostro reflejaba una sonrisa malévola y cobarde.
—Eso significa —contestó el hombre con cierto placer― que será enviado a un lugar especial, ya que no me permiten matarle ahora, pero ya veremos más tarde.
Mientras, el médico nerviosamente llenaba un formulario. Lo firmó, estampó un sello y lo entregó al oficial. Acto seguido, salió de la sala sin pronunciar una sola palabra.
—¡Guardias! ―volvió a llamar el hombre, y dio instrucciones―: Por la mañana lo lleváis con los desechos y lo dejáis allí.
A pesar de los reclamos, no logré nada. Me condujeron a empujones hasta una celda.
«Los desechos ―pensé―. ¿Me irán a matar? ¡No! Él dijo que no podía hacerlo ahora. Bueno, que Dios se acuerde de mí».
Antes de encerrarme de nuevo, me llevaron a otro cuarto donde me pusieron dos grilletes en las manos, además de tatuarme un número en el brazo izquierdo.
De allí me devolvieron al cuarto que serviría de calabozo por esa noche, no había cama, todas mis pertenencias me fueron incautadas por los oficiales, no había baño. Estaba oscureciendo, tenía un gran vacío en el estómago, comencé a darme cuenta de que tenía hambre. Mis pensamientos viajaron hasta Berlín.
«¿Cómo estarán Elizabeth y mis padres?», reflexionaba bajo las sombras y el frío de la soledad.
Acurrucado en una esquina del cuarto helado y con el cansancio a mis espaldas, decidí dormir para olvidar un poco las ganas de probar bocado. Bajo aquellas circunstancias cualquier cosa podía pasar, pero era optimista y esperaba volver a ver a mi familia pronto.
Entre pensamientos y reflexiones me quedé dormido, pero al cabo de poco rato desperté por las bajas temperaturas que calaban hasta los huesos. Me apretujé contra la esquina del cuarto lo mejor que pude para calentarme, pero era imposible no sentir frío bajo esas condiciones, solo llevaba encima una ligera chaqueta que no me habían quitado. Haciendo grandes esfuerzos, logré coger el sueño nuevamente.
Así, despertando a cada rato, pasó la noche, siempre tratando de acomodarme para que mi cuerpo se calentara. No había ruidos en el exterior, no sabía la ubicación exacta, muchas cosas me estaban ya desconcertando.
La mañana llegó sin que me diera cuenta, el guardia abrió la puerta bruscamente.
Observé sobresaltado como el guardia me propinaba un puntapié en una pierna para que me levantara. Lo hice con la mente un poco confundida y, sin dar tiempo a que reaccionara, a empujones me subieron a un coche. Sin decir una sola palabra emprendieron la marcha con rumbo desconocido.
Estaba sentado en el asiento trasero del vehículo, los dolores musculares me atormentaban por la posición tan incómoda en la que pasé toda la noche y los golpes recibidos que me habían marcado la piel.
La mañana era gélida, los guardias echaban vapor blanco por sus bocas como si fueran toros bravos de corral. Todo estaba cubierto de mucha neblina y había poca visibilidad en el camino solitario por el que viajábamos, recordaba a una película de terror.
Al paso de dos o tres horas, la temperatura fue mejorando, el sol calentó un poco y en el costado derecho se dejaban ver pequeñas colinas con grandes y preciosos árboles. Pasamos por una humilde aldea, pero no detuvieron la marcha, las personas del lugar parecían despreocupadas de lo que ocurría a su alrededor. Un reducido mercado en la calle principal: quesos, pan, carne... Pareciera un poblado de otra época.
Entonces me di cuenta de que me sería muy difícil volver a ver a mi familia, los métodos de tortura de los soldados eran ya conocidos por mí. Fijé la vista en los alimentos del mercadillo, volví a sentir hambre, pero ese era el menor de los problemas ahora.
Un mar de ideas pasaban por mi mente, deducía mil cosas, pero al final las conclusiones no me parecían tan lógicas y solo me resignaba a mi suerte.
Retomaron el camino rural. Después de un rato, de entre la espesura del bosque se visualizó una gran finca, vieja pero bien construida, un amplio portón de hierro y dos guardias al interior custodiando el acceso. Cuando vieron el vehículo oficial se apresuraron a dejar la entrada libre abriendo de par en par la antigua verja.
Me bajaron bruscamente y nos dirigimos al interior del recinto. Escuché con atención, y sin derecho a replicar, como estos soldados presentaban con todo detalle el informe al oficial en turno sobre la situación y mi negativa a colaborar con el Gobierno.
El oficial a cargo me miró con la vista llena de odio e hizo una mueca de desagrado. Con los documentos en mano que recibiera de sus subalternos, se acercó con paso firme hasta donde yo estaba, me miró fijamente y, sin decir nada, descargó una violenta bofetada sobre mi rostro ocasionando una masiva hemorragia desde la nariz. No pude hacer gran cosa, trataba de limpiarme con las manos, pero no me era fácil por los grilletes de hierro que impedían la movilidad. Erguido y en silencio, observé al oficial con firmeza retándolo con la mirada. El hombre ordenó que me trasladaran inmediatamente a la zona de reclusión.
Sin demora, me tomaron dos nuevos guardias y emprendieron el viaje por otro camino rural sombreado por los árboles apostados a lo largo del sendero.
Pocos kilómetros más adelante, se topaban de frente con un gran lago. Llegaron directo a un embarcadero, donde los esperaba una pequeña lancha de motor. Me bajaron como era ya su costumbre, a empujones e insultos, mientras hacían bromas a costa de mi persona. Intercambiaron palabras con los guardias de la embarcación y se fumaron un cigarrillo mientras yo esperaba de pie a un lado.
A lo lejos, en el centro del lago observé un manchón verde, que sin duda se trataba de un islote.
Terminada la conversación de los guardias y el cigarrillo, me entregaron a los del bote, que me sentaron de un empujón instándome a permanecer quieto y sin dar problemas.
—¡Que se divierta, señor Meller! ―me gritaron los anteriores custodios mientras retrocedían para tomar el camino andado con anterioridad, palabras burlescas que sonaron a sentencia y olvido.
Consternado, observé como la lancha despegaba del pequeño muelle en dirección recta al islote. La brisa acarició mi cara y movía mi pelo lacio con una sensación engañosa de armonía y paz en su entorno.
Todo parecía tan tranquilo en aquel lugar, no había bombas, ni granadas, ni ruido de metralletas, ni gente corriendo y gritando, y eso comenzó a preocuparme. En ese momento comprendí que un castigo alemán no podía ser tan benévolo, había algo siniestro en el ambiente, algo que no veía aún, pero lo sentía.
A medida que la lancha se desplazaba por las tranquilas aguas del lago y se acercaba cada vez más a su destino, a lo lejos percibí como el islote se iba agrandando. Visualicé algunas construcciones antiguas, como un refugio abandonado.
Efectivamente, era un edificio viejo y en desuso. A lo lejos me di cuenta de que había personas caminando.
—Si me disculpan un momento, caballeros... —dijo Mathew levantándose de su asiento―. Debo ir al baño, esta vejiga me mata.
Caminando un tanto tambaleante por el alcohol en su sangre y los años que ya le pesaban, se dirigió al fondo del establecimiento para hacer sus necesidades.
—Y bien —preguntó curioso Kwan a Raúl, aprovechando la pausa en el relato―, ¿cuánto tiempo estarás en Londres?
—Lo suficiente ―respondió el español― para arreglar mi situación con Lola.
—Pero ¿es qué las cosas no están bien? ―inquisitivo insistió el coreano.
—Déjalo en paz ―dijo Ethan.
—No, está bien ―replicó Raúl, que se sentía extrañamente cómodo junto a aquellos viejos bonachones―. Lo que pasa es que llevamos dos años de relación y pocas veces nos habíamos separado ―contaba el hombre joven―. Y ahora Lola lleva dos meses aquí y me dice que piensa quedarse porque la editorial le está ofreciendo un buen contrato y un excelente programa de lanzamiento para sus obras.
»Sin embargo, veo que cada día nos estamos distanciando más y más. Al principio hablábamos todos los días y a cada momento, ahora siempre tiene algún pretexto. O está ocupada, o está en entrevista con su editor, o está escribiendo. Al parecer ya estoy en segundo plano, o tal vez ni eso, pero por eso he venido hasta aquí, para aclarar las cosas.
Los hombres se miraron discretamente entre ellos, de inmediato se dieron cuenta de que aquello ya no iba a funcionar.
—Te diré algo... ―dijo Andrew―. No quisiera entrometerme en tus asuntos, muchacho, pero, así como lo cuentas, creo que mejor te vas despidiendo de tu novia.
—Lo tengo asimilado, señores ―respondió el joven―, pero si vine hasta aquí es porque no me gusta dejar las cosas en el aire, me gusta dejar las cosas muy claras y que no haya duda de que no me interesé por sacar esto adelante.
—Haces muy bien, hijo ―respondió Andrew en tono paternal―, y, si hay algo que podamos hacer nosotros, cuenta con nuestra ayuda incondicional.
—Lo tendré en cuenta ―dijo Raúl―. Son ustedes muy agradables.
—Lo que pasa ―habló Kwan― es que no nos conoces bien.
—Habla por ti ―dijo Ethan soltando una carcajada.
—¿Y ya tienes donde quedarte? ―preguntó Andrew.
—Sí ―respondió nuevamente Raúl―. Lola pasará por mí y me quedaré en su apartamento. Quedamos de vernos aquí, así que la conocerán cuando llegue.
—Muy bien ―dijo Kwan―, será un placer. Y, por favor, tutéanos.
—¿Me he perdido algo? ―dijo Mathew al acercarse a la mesa.
—Un poco ―dijo Andrew―. Estábamos hablando con nuestro joven amigo de su novia.
—Pero no es nada importante ―dijo Raúl―. Mejor sigue contando esa historia tan interesante, me gusta saber de primera persona lo que ocurrió en aquellos días tan terribles de nuestra historia.
—Muy bien ―dijo Mathew complacido―, pero primero brindemos nuevamente por nuestro encuentro.
Se sirvieron otro trago, levantaron sus vasos y brindaron por la amistad.
El bullicio del lugar no amainaba, persistía el buen ambiente en el lugar mientras Mathew continuaba con su historia.
CAPÍTULO 2
Domingo, 19 enero de 1941

El bote empezó a disminuir la velocidad, se acercó lentamente hasta un destartalado muelle de madera podrida que apenas se mantenía a flote. Allí me ordenó uno de los guardias que bajara rápidamente.
―¡Bienvenido a casa! ―dijo el otro soldado.
Cuando puse el pie en el muelle y mientras trataba de estabilizarme, sentí un fuerte empujón que me hizo trastabillar. Perdiendo el equilibrio, fui a caer en las heladas aguas del lago. Los guardias soltaron a reír burlonamente mientras aceleraban el motor de golpe para retirarse del lugar.
Yo esperaba que los guardias bajaran conmigo, pero no lo hicieron. Ante mi mirada desconcertante se alejaron sin decir nada más.
Con las manos inhabilitadas por los grilletes y empapado de agua, empecé a caminar cuesta arriba por el terreno empinado. Esperaba ver a más guardias, pero nadie se me acercó. Seguí caminando, mas no hubo comitiva de recibimiento.
Percibí un olor nauseabundo, comprendí que aquella aparente tranquilidad estaba rodeada de muerte. No era médico, jamás había sentido algo tan repugnante, pero me di cuenta de inmediato de que había cadáveres en algún lugar.
Cuando finalmente alcancé la explanada del islote, observé restos humanos a los dos costados, en estado muy avanzado de descomposición. Con gesto repulsivo, inclusive vi a los gusanos moverse en los cuerpos que yacían en el suelo.
Más allá de este macabro espectáculo y cerca de la edificación, lentamente se movían otras personas, pero parecían zombis, nadie hablaba. Me acerqué caminando cada vez más despacio, mi fortaleza se derrumbó como edificio dinamitado. Al verlos de cerca, exclamé:
—¡No, Dios, por favor, no, esto debe ser una pesadilla!
Las personas habían sido alteradas aterradoramente, con rostros desfigurados y miembros mutilados. En sus maltrechos cuerpos se exhibían cirugías mal tratadas, algunos presentaban hasta la falta del cuero cabelludo. Parecían seres sacados de los lugares más terroríficos del imaginario humano, inventos de una mente enferma y diabólica.
Me di cuenta de que a nadie le importó mi presencia. Unos iban, otros venían, todos con la mirada fija en algo y nada a la vez, la mayoría con ropas sucias y malolientes, algunos hombres con barba sucia y descuidada, mujeres con rasgos de desnutrición tan avanzada que un viento las podría arrastrar muy lejos.
Pero nadie se fijó en mí, nadie me habló. Otros más permanecían sentados apoyados en las paredes de la larga construcción, tan débiles que solo en poco tiempo morirían, ya no había fuerzas para levantarse. Y ¿para qué? Nada los podría salvar ya de su irremediable deceso.
En ese momento olvidé por completo el dolor de mi cuerpo. Lo que estaba viendo no fue nada agradable a mis ojos, a mis sentidos, la condición de las personas ahí era lastimera. Aquel islote que en la lejanía parecía tan tranquilo era en realidad el mismo infierno.
La construcción tenía cuartuchos viejos uno al lado del otro, y con una sola entrada cada cuarto, pero sin puerta que los protegiera. Yo estaba de frente a ellos, conté uno a uno, terminé en el número 18. Era tan vieja la construcción que tras de ella se levantaba un montón de tierra y en este algún que otro árbol se erguía sobre el techo de las ruinas. Era como si el suelo se la quisiera tragar.
Comencé a recorrer el lugar y me encaminé hacia la parte trasera. Antes de llegar hasta la esquina de la edificación, escuché voces incoherentes y gruñidos, así que me apegué al muro. Con cautela, me asomé al borde y casi me dio un infarto al observar otro grupo de «desechos» más activo.
Como aves carroñeras, unos cuatro individuos y una mujer arrancaban pedazos de carne a un cuerpo tirado al centro de ellos. Parecían una manada de hienas hambrientas. Emitiendo gemidos salvajes, se empujaban unos a otros para conseguir trozos de la presa putrefacta y se llevaban las manos llenas de tejidos y materia a sus bocas ansiosas.
Se aferraban a la vida a costa de violar toda forma de conciencia humana, pero si su mente era animal era gracias a otros seres que actuaron peor que los más salvajes depredadores.
A unos metros detrás de la edificación había una fosa que despedía un humo ya moribundo. Me acerqué para ver como contenía restos humanos calcinados, algunos huesos parciales asomaban en los costados del fuego.
Permanecí allí parado, pegado al muro para no ser descubierto, con los ojos desorbitados por tan miserable cuadro.
Entonces comprendí la bajeza, la parte oscura, la parte más aberrante del ser humano, que en su cobarde afán de progreso llevó a otros a caer en condiciones tan lastimeras como las de este grupo de personas.
Estaba tan concentrado viendo a los caníbales que no me di cuenta de que detrás de mí había un hombre de pie observándome fijamente. Llegó en silencio. Cuando percibí la presencia del individuo, me giré y me dio un susto tan grande que casi pego un brinco.
—Hola, me llamo Mathew ―dije nervioso.
Pero el espectro no respondió en absoluto, se movió con lentitud y siguió su camino, no gesticuló ni un músculo de su cara.
Caminaba con mucha dificultad, su brazo derecho lo tenía mutilado y traía un número tatuado en su hombro, además de una cicatriz desde la altura de la barbilla hasta el ombligo.
«¿Los tendrán drogados? ―pensé―. Tengo que ser fuerte. Dios, dame fuerzas, esto se puede poner peor, tengo que aguantar».
Trataba de darme ánimo porque las energías comenzaban a faltarme.
—¡El rinoceronte, el rinoceronte! ¡Corran todos, corran!
Uno de los hombres que comían del cuerpo tirado se despegó del grupo y comenzó a correr y a gritar despavorido, con las manos en alto y gestos de espanto, pero nadie se movió un centímetro. El hombre pasó justo a mi lado con la cara llena de residuos humanos, mas no se detuvo, corrió hasta perderse en el otro extremo de las ruinas.
Con el aliento desgastado, comprendí que era necesario buscar un lugar para refugiarme antes de que el día terminara. No sabía con exactitud cuánta violencia podría haber en los desechos, y más al ver a algunos consumir carne humana.
Regresé al frente de la edificación y recorrí uno a uno los cuartos. Todos los que vi tenían restos de cadáveres, algunos más estaban ocupados por personas que, ya sin fuerzas, yacían en el suelo como esperando dar esa última bocanada de aire antes de morir, hasta que casi al final encontré uno que solo tenía tierra y basura, pero nada que no pudiera limpiarse, aunque de repente los olores se agudizaban en el ambiente.
Me di a la tarea de limpiar ese cuarto. Salí en busca de algo que me sirviera de herramienta y me quedé parado a la entrada observando con atención cada sección. Clavé la mirada en el bosque que estaba en todo un costado del islote. Me encaminé hasta allá con lentitud, los dolores musculares me acosaban a todo tiempo. Cuando comencé a buscar, encontré entre las ramas caídas y las hojas de los árboles un viejo pedazo de lata metálica que serviría de pala para limpiar el suelo del cuartucho.
Junté pedazos de madera vieja, palos gruesos y delgados para proteger la entrada en caso de que algún intruso quisiera acceder sin permiso. Me moví rápido, limpié lo mejor que pude. Encontré pedazos de alambre oxidado que sirvieron para armar una puerta provisional con la que resguardarme del frío y otros elementos nocturnos. Para mi fortuna, no había ningún cuerpo tan cerca de mi lugar que incomodara, los olores se sentían dependiendo de la dirección del viento.
Con las fuerzas al límite, me desplomé en el suelo, soportando los molestos grilletes que me empezaban a causar dolor en las muñecas. No alcanzaba a comprender todavía qué estaba pasando a mi alrededor.
Apoyado en el muro, comencé a dormitar. Por segundos perdía el conocimiento y al abrir los ojos imaginaba un mal sueño la realidad, pero pronto entendía mi error.
Volvía a dormitar, despertaba, volvía a dormitar, despertaba, el tiempo pasaba tan tan tan lento.
De reojo y con extrema curiosidad, observé a mis nuevos compañeros. Lo mismo: caminaban, venían, iban, como robots esqueléticos controlados invisiblemente por un amo malvado.
Apoyado al lado de la entrada, fui sacado de mi cavilación por una mujer que, con ropas tan desgastadas que su cuerpo maltrecho mostraba por completo su deteriorada fisonomía, salió riendo a carcajadas, risas que sonaban con tal energía que cualquier cómico las envidiaría en su presentación.
Pero reía sin motivo aparente. De pronto se giró al verme.
—¡Ahí está! ―Corrió gritando a donde yo estaba.
Me asusté al ver aquel rostro con expresiones incomprensibles.
Para mi alivio, la mujer pasó de largo y paró unos metros después de mí, hablando incoherencias, pero en perfecto alemán, igual que el hombre del rinoceronte.
Hablaba con un ser imaginario, tanto era así que regresó llorando y dando gritos de lamento del mismo sitio de donde salió.
«Los desechos, eso es ―pensé―, los desechos de sus experimentos. Eso es lo que hay aquí. Por eso el oficial pidió un certificado para mí de deficiencia mental, me enviaron al vertedero humano».
En el crepúsculo, me di cuenta de que me enfrentaría a una noche muy cruel, una noche muy fría. La temperatura comenzó a descender rápidamente. Estaba preocupado por la falta de alimentos y las infecciones que pudiera contraer en el lugar. Fue entonces cuando escuché el motor de la lancha que hacía ronda por el islote. Alcancé a ver a los dos uniformados que observaban con atención al pasar lentamente por allí.
El bote dio dos vueltas alrededor muy despacio y después desapareció tal como llegara. Comencé entonces a preparar los palos y otras maderas que me servirían de barricada de protección en caso de que algún desecho representara alguna amenaza en aquel olvidado lugar.
Por la falta de alimentos y por el esfuerzo realizado al armar la improvisada puerta, mi cuerpo sudoroso daba prueba de que mis fuerzas estaban terminando. También sentía el viento frío que recorría mi rostro y movía mi pelo liso caprichosamente.
Cayó la noche y como pude me acomodé en un rincón del lastimoso refugio. Poco a poco los huesos se me fueron enfriando y dieron paso a dolores agudos en las muñecas, que estaban ya sangrando por el roce y el esfuerzo de tanto movimiento que hiciera durante el día. Aun así sostenía en las manos un palo como protección, que no dudaría en usar en caso necesario.
El viento húmedo y helado empezó a filtrarse por entre las rendijas, así que busqué otro rincón más conveniente para esquivar el frío todo lo posible. Me acomodé, pero sin quitar la vista de la entrada, sabía que algunos personajes seguían caminando afuera, oía sus pasos, los gruñidos de otros, como si nunca durmieran. Y así, poco a poco me venció el cansancio, hasta que me quedé profundamente dormido. Yo estaba tan aislado en el sueño, como los demás lo estaban de la realidad que vivían, que de pronto tuve la sensación de estar en algún teatro de Berlín, deleitándome con una hermosa melodía interpretada por una voz femenina extraordinaria.
La soprano dejaba salir las notas musicales con tanta fineza que el público eufórico aplaudía, y yo, cautivado por tan bella experiencia, abrazaba y besaba a mi esposa.
Pero algo no estaba bien en el sueño, había risas burlonas y gritos sin motivo aparente. Entonces desperté sobresaltado. Sí, había una soprano parada de frente al enorme lago, cantaba como una verdadera artista, imaginando que las luces de la otra orilla, aunque lejana, eran su público.
Por otro lado, se escuchaba un bullicio provocado por otros seres, que, con sorprendente energía, caminaban de un lado a otro como si se encontraran en pleno centro de cualquier ciudad grande del mundo.
Al permanecer parado cerca de la puerta vi con incredulidad como algunas mujeres caminaban en círculos con largas ropas sucias y maltrechas. A pesar del frío y la fina lluvia que comenzó a descender, tanto hombres como mujeres se paseaban, algunos tomados de la mano. Era tan extraño todo, tan irreal, como una de esas pesadillas que oprimen el pecho hasta casi asfixiar a la persona.
Todo este trastorno ocasionado en los habitantes del islote no era asimilado por mi cerebro, al que cada segundo en el tiempo lo desconcertaba mucho más.
Noté con asombro semejante cambio, sin dejar de escuchar a la «artista», que embelesada se entregaba a su público imaginario en la lejanía.
Me intrigó la situación, pero también mi cuerpo reclamaba descanso, así que, para no entrar en conflicto conmigo mismo, me aparté con lentitud hacia mi lugar y, acomodándome de nuevo, retomé el sueño.
Aquella noche pareció eterna, me despertaba continuamente por los ruidos exteriores y por la incomodidad. Tan solo unos pocos días atrás había estado durmiendo en un lujoso hotel en Viena, mas ahora sufría los embates de los elementos, que me proporcionaban gratis un constante dolor de cabeza, y trastornos estomacales por el hambre y ahora también por la necesidad de dormir bien.
CAPÍTULO 3
22 de enero de 1941

Habían pasado pocos días, mi condición hambrienta hizo que menguaran mis fuerzas, la desesperación me esclavizaba, mi sistema nervioso estaba a punto de estallar.
Por momentos, hasta la vista comenzó a fallarme, sentía mareos y un dolor de cabeza punzante. Traté de concentrarme, pero ya me estaba costando mucho trabajo hacerlo.
El mal tiempo continuó azotando la región. La espesa neblina persistía y la visibilidad alcanzaba solo unos cuantos metros. Escuché el ruido de la embarcación que se acercaba y traté de levantarme rápido, pero no pude hacerlo, los dolores aporreaban todo mi cuerpo. Con lentitud me aposté frente a la puerta hechiza, me tapé lo más que pude el pecho con la delgada chaqueta y salí del refugio. Con curiosidad alcancé a ver como los hombres descendían cargando un gran recipiente. Los guardias, portándolo uno de cada lado, vaciaron el contenido de este sobre otro que se hallaba muy cerca de la orilla. Estaban tan lejos que no acerté a saber qué ocurría. Me dirigí con lentitud hacia ellos, pero cuando estaba a la mitad del camino los hombres comenzaron a alejarse, el agua se abría dejando estelas a sus costados.
Al acercarme más me di cuenta de que los soldados habían traído comida y la habían depositado sobre dos recipientes tan sucios y malolientes como los habitantes que se acercaron para devorar su contenido.
Los hombres y mujeres que acudieron consumieron todo con avidez. Se empujaban unos a otros, tomaban con sus propias manos lo que podían y se lo llevaban a la boca. En su locura gruñían como bestias que protegen a su presa.
Los guardias proporcionaban alimento, pero no era recomendable ni saludable consumirlo por las condiciones en las que lo dejaban. Ese alimento daba más bien la apariencia de ser desperdicios, no algo preparado con esmero para las personas del islote. Si quería sobrevivir, tenía que ingeniar algo rápido y eficiente.
Me acerqué un poco más, solamente para darme cuenta de que no era bienvenido. Al percatarse de mi presencia, algunos hicieron ademanes violentos, convirtiendo aquella escena en una pelea de leones y hienas por la presa. Permanecí inmóvil, mirando con asombro la lucha por el alimento. Retrocedí tan lento como me había acercado, sabía que tenía pocas posibilidades de salir ileso si me atrevía a descender un paso más.
Entre ellos se encontraban los que el día anterior estaban devorando un cadáver humano, comprendí que tenía que alejarme lo más pronto posible de ese lugar, y más al percibir el aspecto terrorífico de estos personajes que tenían marcas por todo su cuerpo y rostro, desfigurados completamente, con pelo parcial sobre sus cráneos y cara.
Al caminar con lentitud de regreso, entendí que no todos los desechos luchaban por la comida, solo los que aún poseían un poco de lucidez en sus dañados cerebros.
Había otros que, por su condición mental, simplemente eran víctimas del tiempo, a quienes el fantasma de la inanición torturaba, y lentamente veían consumirse sus últimas energías. Por eso tantos de ellos parecían muertos vivientes, formando un cuadro de terrible humanidad.
Entré tan confundido al refugio que no pude por menos que dejarme caer en el suelo frotándome la cara con ambas manos.
Sentí frío, hambre, desesperación, angustia, coraje, odio... Era una mezcla de emociones que nunca había experimentado.
Por un momento mi mente quedó en blanco, pero, abriendo los ojos, comprendí que tenía prioridades.
—¡Debo sacarme estos grilletes como sea! —pensé en voz alta—. Tengo que sobrevivir, debo regresar con mi familia. Si quiero lograrlo, tengo que centrarme y entender que estoy solo en este lugar, no puedo gastar mis energías en estar pensando todo el tiempo en estas personas. Ellos ya están jodidos, yo todavía no.
Con esto en mente, salí a recorrer el islote, quería saber cómo era de grande el lugar y qué probabilidades tenía de salir de allí con vida.
Caminé por el lado opuesto de donde dejaran los alimentos. No fue fácil, ya que por todos los lugares que pasaba me topaba con restos putrefactos, y otros ya convertidos en osamentas. Aun así miraba con mucha atención cada espacio de terreno por si descubriera algún objeto que fuera de utilidad para quitarme los molestos grilletes de mis adoloridas manos.
El infierno de Dante me pareció un juego, una broma en comparación con lo que estaba viendo, no podía existir en ningún sitio un lugar más horrendo que el que estaba viendo y sintiendo en ese momento.
La neblina fue levantando su manto, pude ver a más distancia las tranquilas aguas del lago mientras caminaba sin hacer ruido, como cuidando de no molestar a los vecinos que permanecían impávidos en la lejanía.
Algunos con su hábito de caminar de un lado a otro, en tanto algunos más simplemente permanecían sentados por no tener fuerzas para moverse.
Con la firme intención de sobrevivir y encontrar objetos que me sirvieran me di a la tarea de recorrer el islote con mucha atención.
Todos los movimientos los calculaba cuidadosamente, mi experiencia como ingeniero mecánico sería muy valiosa en esas circunstancias.
Mi padre fue un hombre con una vida modesta que siempre trabajó en el sector de la construcción de todo tipo de viviendas y edificios. Desde muy niño aprendí a utilizar cualquier clase de herramientas, conocí todos los materiales utilizados en este ramo, lo que me sería de suma importancia bajo estas condiciones.
Después de recorrer varias áreas, me dirigí hacia el bosque tapizado de árboles nativos de la zona. Había tilo norteño, un árbol muy alto, pinos y abedules. Era el único lugar al que no había ido. Me adentré en él, caminé dando vueltas por todos lados para hacer un reconocimiento completo del lugar. Provocaba un ruido al pisar las ramas secas, algunas aves salieron volando al percibir mi presencia.
«Tengo que idear una trampa para pájaros ―pensé―. Ya tengo comida».
Continué la búsqueda, el lugar era más grande de lo que aparentaba. Caminé por un buen rato hasta que de pronto, al acercarme a la orilla del islote, contemplé con asombro como esa parte estaba repleta de gigantescas rocas. Con una vista maravillosa, pude apreciar en la distancia el otro extremo del lago, la franja de tierra llena de caseríos con humeantes chimeneas que invitaban a pasar una mañana acogedora en compañía de los seres queridos.
Los recuerdos de la familia se apoderaron rápidamente de mí.
«¿Cómo estará mi mujer, mis padres? Dios, cuídalos».
Proseguí la caminata por el borde del lago. Un poco más allá mis pensamientos fueron interrumpidos por ligeros y repetidos golpes en el agua, busqué por entre las rocas, pero tenía poca visibilidad. Entonces subí a una roca grande con mucho cuidado. Desde lo alto observé asombrado a un tipo bien abrigado que lanzaba al agua con insistencia un cordel con anzuelo. Era evidente que estaba pescando.
Sorprendido por el hallazgo, me quedé quieto y en silencio, analizando sus movimientos.
CAPÍTULO 4

Al hablar y contar esta historia, Mathew parecía estar viviendo el momento de esos acontecimientos. Por instantes la pasión lo dominaba al recordar en detalle lo vivido años atrás.
Aunque Raúl prestaba mucha atención al relato, interrumpió a Mathew.
—Si me disculpáis, por favor. Está entrando Lola al bar, iré a recibirla.
Cada uno de los hombres dirigió su mirada a la entrada al tiempo que el español caminaba hasta la mujer.
Con mirada pícara se deleitaron con el físico de la dama. Le adornaba su bien formado cuerpo un vestido negro, de tirantes y bien pegado a su anatomía hasta mitad de sus muslos, sin dejar nada a la imaginación. Zapatos negros de tacón y un andar alegre y coqueto. Pelo rojizo, de corte cuadrado hasta los hombros, y piel muy blanca.
Raúl la recibió con un abrazo y un beso muy corto en la boca. Era más el entusiasmo de él que la emoción de ella ante el encuentro. Intercambiaron un par de palabras y se encaminaron hacia la mesa, donde los caballeros no le quitaban la vista de encima. Al acercarse más, ninguno disimuló su asombro al verla de frente mostrando aquellos senos grandes que casi se le salían por el escote de su vestido ajustado.
—Bien, señores, os presento a Lola, mi novia ―dijo el joven―. Y ellos son mis nuevos amigos, que acabo de conocer ―se dirigió a ella.
Se pusieron de pie y saludaron al tiempo que se presentaba cada uno.
No les pasó desapercibido el olor del perfume suave pero muy sensual que emanaba de la piel de Lola, además de quedar hipnotizados por sus hermosos ojos verdes.
Volvieron a acomodarse en sus lugares, ella se colocó entre Raúl y Kwan.
—¿Así que eres la novia de nuestro joven amigo? ―preguntó sonriendo Andrew.
—Así es ―respondió ella―. ¿Y qué más os ha contado?
—Nada más ―respondió Kwan―. Mathew nos estaba narrando su historia de cuando estuvo prisionero en Alemania junto con nuestro amigo John, que murió dos semanas atrás.
—Pero háblanos un poco de ti, Lola ―le instó Mathew.
—Bueno ―continuó ella―, soy escritora y estoy aquí porque conseguí un contrato con una editorial muy prestigiosa y exigente, así que decidí venir. Me gustó mucho el trato que me dieron y entonces decidí quedarme. El editor tiene muy buenos planes con mis proyectos, me está apoyando mucho.
Mientras ella hablaba, Kwan, sentado a su lado, rozaba su rodilla con la de ella. La chica se dio cuenta, pero no dijo nada, solo le miraba de reojo coquetamente. Eso motivó al solterón a seguir con el juego, cada vez le tocaba más con la pierna, hasta que se decidió a extender su mano disimuladamente y agarrar su muslo carnoso y suave, justo cuando todos alzaron sus vasos para brindar por el nuevo integrante del grupo.
Kwan, siendo el más joven de los amigos, sabía bien conquistar mujeres, era ameno en sus charlas y no tenía complejos de ningún tipo.
Siguió acariciándole la pierna sin remordimiento, la chica era ligera y no le importaba que su novio estuviera presente.
«Esta mujer es una puta», pensó Kwan.
Ella prosiguió contando su motivo de quedarse en Londres.
—Si me ofrecen tantos beneficios, debo aprovechar. Al principio tuve que pagar un lugar para quedarme, pero ahora me han proporcionado un apartamento para vivir. Creo que las condiciones de trabajo y tanta prestación son inmejorables, y por el momento he pensado en no moverme de aquí. Quién sabe, tal vez hasta me quede a vivir aquí.
—Y ¿qué pasara con nuestro amigo Raúl? ―preguntó sonriendo Kwan.
—Bueno, en mi pueblo la gente dice que «tiran más dos tetas que dos carretas», así que ya lo discutiremos en su momento ―dijo dirigiendo la mirada a su novio, que le sonreía un tanto desconcertado por sus palabras.
—Pidamos otra botella —atinó a decir Ethan―, esta ya ha caducado.
Levantó su mano derecha hacia donde Olga se encontraba, le hizo un ademán y ella entendió al instante. Momentos después les ponía en la mesa otro cubo con hielo y una botella nueva, limpiando un poco antes de retirarse.
Levantaron otra vez sus pequeños vasos y brindaron por el momento de estar ahí juntos y por su amigo que partiera.
—Mathew, ¿por qué no continuas con la historia para que Lola la escuche también? —insinuó Raúl.
—Sí ―afirmaron todos.
—Está bien ―dijo el hombre.
CAPÍTULO 5

Berlín era un hervidero de rumores, chismes, noticias falsas y todo tipo de comentarios.
Elizabeth, entonces con seis meses de embarazo y atormentada por la falta de noticias mías, casi al borde de la locura, aguantaba el acoso de las fuerzas de las SS, que cada día se daban el tiempo para hostigarla por la decisión de su esposo, o sea, yo. A pesar de todo, ella era la que siempre daba palabras de consuelo a mis padres, que equivocadamente daban su apoyo al dictador, aun a sabiendas de todo el daño que estaba ocasionando a otras personas inocentes y viendo físicamente como las tropas abusaban de los no simpatizantes del régimen y de todos aquellos que ya eran considerados no deseables para el país.
Aquel día, con los nervios de punta ella fue testigo de lo más horrendo que hasta entonces había visto.
En el transcurso de la mañana llegaron los soldados al edificio de apartamentos donde vivíamos. Con espanto, vio por la mirilla de la puerta como a patadas franqueaban la entrada del apartamento de enfrente. Gritos de angustia salían del lugar, descubrieron a dos familias judías escondidas allí. A todos los sacaron a empujones, no sin antes ordenarles que se quitaran toda la ropa, tanto hombres como mujeres y niños. Luego de esto los expusieron públicamente. Un soldado tomó a un niño de escasos meses por los pies y lo estrelló contra la pared del edificio con tal brutalidad que le reventó la cabeza al bebé. Sin remordimiento alguno, soltó el cuerpo sin vida del niño en el suelo mientras la madre corría enloquecida a levantar los restos de su pequeño.
Partes de su pequeña cabecita quedaron estampadas en la pared y la abundante sangre causada por la cobarde acción quedó esparcida por el suelo ante la mirada incrédula de todos los presentes, que, impotentes y a punto de enloquecer, solo observaban desfallecidos la escena macabra.
A pesar de los ruegos encarecidos de las familias, nadie hizo nada por detener tan monstruosa acción.
Los que por casualidad pasaban por el lugar se hacían los desentendidos y solo atinaban a mirar para otro lado como si nada pasara.
Después de este acto sádico, algunos soldados arrojaron muebles y otras pertenencias de la familia por la ventana hacia la calle. Al mismo tiempo, cual aves de rapiña, saqueaban toda cosa de valor que encontraban en las viviendas. Burlonamente destruyeron cuanto pudieron. Minutos después arrodillaron a todos los miembros de estas familias en la calle, desnudos totalmente, nueve personas en total: niños, mujeres, hombres y un anciano.
Temblando por el intenso frío a la intemperie y avergonzados por estar en esa condición, fueron obligados a golpes a arrodillarse con las manos detrás de la cabeza, al tiempo que los soldados les gritaban todo tipo de improperios y reclamos por haber desarrollado sus negocios y vidas entre la sociedad alemana, les humillaron de la forma más cruel que encontraron. Después de «divertirse» un poco, como lo gritaban los militares, descargaron sus armas contra estas almas indefensas.
Los cadáveres quedaron expuestos por el resto del día, tirados como animales a mitad del camino, hasta el atardecer, cuando un carretón impulsado por caballos y conducido por dos hombres pasaba levantando todos los cuerpos de los desventurados que habían sido asesinados en esa jornada. Dos hombres con rostro sombrío y mirada helada como la temperatura se daban a esta tarea macabra como si fueran la misma personificación de la muerte.
Pasaron muchos días antes de que Elizabeth pudiera dormir un poco, después de tan terrible espectáculo seguía siendo torturada emocionalmente.
Al punto de la locura lloraba sin cesar por la conducta vergonzosa de sus conciudadanos, la angustia la consumía lentamente, los días le parecían eternos y las noches interminables, la desesperación le carcomía el alma.
Cuando acudía en busca de información acerca de su marido, siempre le decían que su esposo se había unido a un grupo de intelectuales que ayudaban a Hitler como consejeros en estrategias de ataque e invasión. Que él estaba concentrado en un centro de operaciones junto con personas muy importantes, y por tanto ella debía colaborar, junto con las damas de las altas esferas, en delatar a cualquiera que hiciera comentarios negativos contra el Estado.
Por lo menos, para ella fue un gran alivio saber que su esposo estaba vivo, aunque siempre dudó que yo estuviera apoyando una causa que nunca aprobé, pues conocía bien mis ideas y convicciones.
Los oficiales de las SS, al recibir la negativa de ella a cooperar, la acusaron de proteger a los enemigos. Así que un día muy temprano llegaron hasta su apartamento, lo pusieron todo patas arriba y rompieron cuanto pudieron, vociferando toda clase de maldiciones contra ella y mis padres.
Mi padre era un hombre muy nacionalista, pero también era muy humanitario, le dolía el sufrimiento ajeno. Por un lado, apoyaba los planes de Hitler, pero, por otro, le molestaba el trato que estaban recibiendo una gran variedad de personas en diversos países por parte de los ejércitos alemanes.
Mi madre no se inmiscuía en cuestiones políticas ni militares, siempre tomó una postura neutral, pero en las conversaciones familiares sobre el tema muchas veces guardó silencio para no contrariar a su marido y hacía como que lo apoyaba para no entrar en discusiones, era una mujer muy sumisa y temerosa.
Los militares ordenaron a todos sus conocidos que no les brindaran ninguna clase de ayuda, ni siquiera cuando estuviera a punto de parir. Entonces se complicó más la tarea de conseguir alimentos y combustible, les cortaron los suministros básicos.
La situación no podía ser peor, la familia llegó a estar en condición de fugitivos en su propio país.
Fue gracias a las buenas amistades que tenía mi padre como pudieron salir adelante, ya que a costa de su propia vida le suministraban clandestinamente alimentos y medicamentos que de vez en cuando eran necesarios.
Dadas las condiciones de extrema presión y la carencia continua de productos básicos, mi madre enfermó y su decadencia física se aceleró. Como siempre, tanto Elizabeth como mi padre hicieron todos los esfuerzos posibles por ayudar en su recuperación, consiguieron todos los medicamentos recomendados por el doctor que les atendía, pero nada de lo que hicieron funcionó, fue tan grave su debilidad que murió en pocas semanas.
Fue un entierro miserable. Con el dolor de la pérdida sobre sus espaldas, mi padre tuvo que fabricar él mismo un ataúd con pedazos de madera que recolectó en diferentes lugares, incluso tuvo que desarmar un mueble familiar para terminarlo. Después lo llevó con mucha dificultad hasta el cementerio, pues los soldados prohibieron a todos que les ayudaran por considerarlo un traidor.
Haciendo acopio de sus últimas fuerzas, lo subió sobre un viejo carretón que tuvo que reparar, ya que también estaba inutilizable. Llegando hasta el lugar, se dio a la tarea de cavar el hoyo para la sepultura. Solo Elizabeth y él estuvieron allí, soportando sobre sus maltrechos cuerpos la fría llovizna que hacía más pesado el lamentable ambiente.
De pie al lado de la tumba, abrazados como dos huérfanos en medio del desierto, derramaron lágrimas de dolor, de ansiedad, renegando muy en su interior por estar viviendo situaciones tan lastimosas.
Los dos lloraron de impotencia y coraje, la realidad que les tocó vivir les hizo repudiar un sistema que estaba destruyendo las vidas de millones de personas.
—Es tarde ―dijo Lola interrumpiendo el relato―. Debo revisar un material para mañana y no tengo mucho tiempo. Además, he de hablar con Raúl sobre nosotros. Si nos disculpáis, me gustaría retirarme.
Los hombres quedaron sorprendidos por lo repentino del comentario, pero respetaron las palabras de la chica.
—Está bien ―dijo Mathew―, tal vez en otra ocasión podáis escuchar la historia.
—Si queréis, nos vemos aquí mañana ―dijo Raúl incorporándose―. Yo estaré algunos días y me encantará escuchar más.
—No se diga más ―dijo Kwan, quien no paró de tocar la pierna de Lola con el consentimiento de ella―. Aquí estaremos a las siete como cada día. Será un placer esperaros y pasar un buen rato.
—Vamos por mi equipaje ―dijo Raúl a su novia―, lo dejé encargado en un hotel aquí cerca por si debiera quedarme ahí.
—Bien, vamos ―respondió ella.
Los cuatro caballeros se pusieron de pie para despedir a la pareja, que agradeciendo todo se encaminaron a la salida.
—No les doy ni tres días juntos ―dijo sarcástico Kwan sonriendo con malicia.
—No digas eso ―replicó Andrew―. Hacen una bonita pareja.
—Hagamos una apuesta ―retó Kwan a sus amigos―: si ellos aguantan más de tres días como pareja, yo pago la cuenta de nuestro consumo por una semana; pero, si no lo hacen, cada uno de vosotros pagaréis una semana de consumo. ¿Os parece?
—No sé por qué haces esto ―dijo Ethan―, pero yo acepto la apuesta.
—Aceptamos ―dijeron los otros.
Kwan sabía de qué hablaba, y por su experiencia dedujo con certeza que Lola estaba en Londres para sacar partido no solo de la editorial, sino también de su editor, que, deslumbrado por el físico de la chica, la apoyaría a cambio de tener su cuerpo, cosa muy probable a juicio del coreano, dados los momentos en que la estuvo acariciando sin que ella se inmutara. Tenía una buena carta y estaba seguro de que ganaría la apuesta.
Apostaba porque intuía que ella no dejaría pasar esa oportunidad para llegar hasta donde quisiera, no dejaría que su novio interfiriera en sus planes, aunque eso supusiera hacerlo sufrir. En su opinión, ella tenía todo para ganar una buena posición en el mundo literario; y era egoísta, porque utilizaría cualquier cosa para triunfar, se dejaría la piel, su propia alma, no estaba dispuesta a fracasar en ese momento.
Por supuesto que no diría nada a sus amigos de lo sucedido en ese primer encuentro, lo guardaría solo para él, pero tenía toda la intención de seguir con el juego y llevar la situación al límite.
Esperaría hasta el siguiente día para ver cómo se comportaba Raúl. Kwan era un hombre muy observador, muy inquisitivo e intuitivo.
Les quedaba la mitad de la botella de whisky y no se irían de ahí hasta terminarla. Eran buenos bebedores, no les importaba comportarse como adolescentes cuando estaban ebrios, disfrutaban al máximo la vida cuando se reunían, no querían que esas ocasiones fueran en vano.
Mientras ellos continuaban con el tema de los españoles, los chicos llegaban al apartamento de ella, no muy lejos del bar, después de recoger una maleta pequeña con algunos regalos que Raúl le comprara a Lola en Madrid.
Un apartamento pequeño, pero muy confortable, decorado con buen gusto, todo colocado en su lugar preciso, como le gustaban a ella las cosas.
Le sugirió a su novio que se pusiera cómodo mientras ella se daba una ducha.
Él le mencionó que tenía hambre y quiso saber si había por ahí cerca un lugar para pedir algo de cenar, eran poco más de las diez de la noche.
Afuera se sentía algo de calor, pero ahí dentro el ambiente era muy relajante.
Ella le dijo que en la nevera tenía jamón, queso y algunas verduras para preparar unos sándwiches con los que calmar el apetito.
A Raúl le gustaba cocinar. Efectivamente, encontró el pan y todo lo necesario para preparar el tentempié.
Cuando Lola salió de la ducha, la cena estaba lista en la mesa del comedor: un buen sándwich para cada uno y una botella de vino tinto lista para servirse.
Con la mirada fija en el cuerpo de ella, que lucía una bata fina y transparente, se acercó para besarla. Ella aceptó un beso apasionado, largo, donde sus lenguas se buscaban con desespero.
Lo apartó con una sonrisa coqueta, le sugirió que primero la cena, luego lo demás.
Con una actitud relajada se sentaron, él sirvió el vino y brindaron por estar juntos otra vez. Enseguida comieron sus porciones al tiempo que se ponían al día con lo acontecido en España y con los amigos en común, hasta que llegó la pregunta del millón.
—Y dime ―se atrevió Raúl―, ¿cuáles son tus planes?, ¿qué piensas hacer? Y nuestra relación, ¿seguirá? ¿O has cambiado tu forma de ser y pensar? Porque en los últimos meses te noto más fría y distante.
—Esta noche no quiero hablar de eso ―dijo ella acercándose sensualmente por detrás de él, que permanecía sentado.
Lo rodeó con sus brazos y metió sus cálidas manos por debajo de la camisa de él, acariciando su pecho mientras él sentía su agitado aliento en sus oídos y sus pechos tocando sus hombros.
Se le calentó la sangre cuando las suaves manos se deslizaron hasta su vientre y lentamente bajaron un poco más.
Se levantó, se puso frente a ella y fundieron sus bocas en besos largos y húmedos. Sintió los pezones de ella en su pecho, lo que lo encendió mucho más.
Ella le despojaba la camisa a tirones, él se dejaba llevar por los impulsos de ambos. El atlético muchacho la cargó en sus brazos y, sin despegar sus bocas ardientes, se dirigió a la habitación. Juntos se tiraron en la cama, las caricias con sus bocas no cesaban, sus manos se recorrieron todo, se embriagaron con el olor de la piel de cada uno. No hubo palabras, un lenguaje corporal que no necesita de letras, solo gemidos de placer y caricias que desbordan la imaginación.
Tuvieron sexo, hicieron el amor, después de varios meses sin verse sus deseos esperaban a encontrarse.
Rendidos, ya tarde en la noche se quedaron dormidos abrazándose.
21 de junio de 1996
La mañana del viernes los sorprendió al entrar los rayos solares por una pequeña abertura entre una cortina y otra de la ventana que daba a la calle.
Raúl se levantó sin hacer ruido y se dio una ducha. Acto seguido, se dirigió una vez más a la cocina. Preparó café, hizo pan tostado con mermelada de fresa, lo colocó sobre una bandeja y se aseguró de que Lola estuviera despierta para llevar el desayuno a la cama.
Con una sonrisa de satisfacción, ella le recibió apoyada en el respaldo de la cama. Él se acercó y le dio un beso tierno en la boca, ella se dejó consentir.
Él sentado a la orilla de la cama acercó la bandeja, y tomaron el desayuno juntos.
El plan para ese día fue salir a pasear por Londres hasta las tres de la tarde. Luego ella debía acudir con su editor por cuestiones de publicidad y revisión de sus proyectos hasta bien entrada la noche.
Así él estaría libre para reunirse con sus nuevos amigos como habían quedado.
Felices por el encuentro se prepararon para salir.
Caminaron por las calles, tomaron el metro para llegar hasta Camden Town. Andando por entre los puestos del mercadillo se divertían. Cuando llegaron a la calle Camden High, llamaron su atención las tiendas con sus llamativas y pintorescas fachadas. Pasaron gran parte de la mañana recorriendo el lugar y después se fueron a comer al Borough Market. Ahí se deleitaron con una paella mixta. Raúl estaba fascinado por el recorrido que hacía en poco tiempo, pero aún faltaba una última visita: le llevó a conocer el Tower Bridge. Entraron para ver el funcionamiento de la máquina que lo eleva, cruzaron por la pasarela de cristal transparente y desde ahí su vista contemplaba parte de la hermosa ciudad.
Como ya estaban sobre la hora, regresaron con prisa al apartamento. Con calor en sus cuerpos por la caminata, se pusieron cómodos. Lola le indicó que podría salir y pasear por algunas calles cercanas para conocer el entorno mientras llegara la hora de reunirse con sus amigos o quedarse a descansar viendo algo en la televisión. Ella se dio una ducha rápida y se vistió como era su costumbre. Llevaba una falda corta en color rojo, una camiseta blanca de tirantes mostrando parte de sus senos, de los que tanto presumía, y zapatos de tacón marrones. Salió apresurada llevando entre sus manos algunos cuadernos de apuntes, se despidieron con un beso en la boca.
Con más calma, Raúl se desnudó y se metió a la ducha. No pensaba en lo que conoció esa mañana, aunque todo lo que vio le encantó, más bien sus pensamientos giraban en torno a su relación con Lola. Había cierta incertidumbre en el aire, lo percibía, pero de algún modo lo aceptaba, o se resignaba. Ella buscaba con insistencia el reconocimiento como escritora y estaba luchando con todo para lograrlo.
El agua fría le golpeaba su cabeza, pero le era agradable, recorría su anatomía con una sensación placentera. Meditaba con tranquilidad en todo lo que podría ocurrir, se estaba preparando mentalmente para cualquier cosa, no quería que la decisión de su novia lo tomara por sorpresa.
Permaneció un rato bajo el chorro de agua, sentía como un masaje relajante el líquido al recorrer su cuerpo. Cuando lo dispuso salió del baño, se tumbó en el sofá y se quedó mirando el techo que adornaba su centro con un cuadrado en moldura, todo pintado de blanco. No quería pensar en nada más, dejaría que las cosas surgieran como tuvieran que ser.
Dejó pasar el tiempo ahí recostado. Por momentos se levantaba y se quedaba frente a la ventana viendo el pasar de la gente caminando por la acera. Encendió el televisor, pero no le prestaba atención, fue más bien para no sentirse tan solo.
A las seis salió a caminar un poco, el bar no estaba tan lejos, miró las vitrinas de algunas tiendas solo por curiosidad. Sin pensarlo más, se encaminó hasta el lugar de la cita. De los cinco fue el primero en llegar, se acercó a la barra y pidió su whisky. Notó que otra chica atendía en las mesas, no era Olga la que se encargaba del trabajo esa tarde.
Pidió una cerveza también, tomaba un sorbo de whisky y un trago de cerveza.
La mesa los esperaba, estaba vacía. Cogió su vaso, la botella y se fue a sentar. La nueva camarera se le acercó para decirle amablemente que esa mesa estaba reservada a esa hora. Él le preguntó si era para cuatro hombres que acostumbraban a estar ahí todos los días y ella afirmó. Le respondió que no se preocupara, que él les acompañaría. Antes de dejarlo en paz, con una sonrisa ella le indicó que si necesitaba algo se lo hiciera saber. Raúl le preguntó por Olga. La chica le mencionó que era el día libre de la camarera y que ella la remplazaba siempre, que en realidad su turno era por las mañanas, pero en los descansos era ella quien atendía a los clientes en lugar de su compañera.
—Yo soy Raúl ―le dijo cortésmente.
—Yo me llamo Natalia ―respondió.
Una vez hechas las presentaciones, la chica volvió para atender a otros clientes que la llamaban.
Su rostro dibujó una sonrisa cuando vio que los cuatro hombres entraban juntos al establecimiento.
—Hola, muchacho ―dijeron―. ¿Cómo estás?
—Hola, caballeros ―respondió con una sonrisa y saludando a cada uno―. Estoy bien, gracias, y espero que vosotros también lo estéis.
—¿Acaso se nos ve mal? ―dijo sonriendo Andrew.
—De ninguna manera ―contestó Raúl―, se os ve mejor que nunca.
—Y ¿cómo fue tu día? ―preguntó Kwan.
—Yo diría que bastante bien ―dijo el joven―. Hay días buenos y otros no tanto, al menos creo que el de hoy fue bueno, ya mañana será otro día.
—Muy bien ―dijo Mathew―. Pidamos nuestra botella, tengo un poco de sed.
Natalia ya se encaminaba hasta ellos con su pequeño cuaderno y su pluma en la mano para tomar la comanda, junto con un platillo ovalado con algunos frutos secos para picar.
Pidieron lo de siempre, una botella de whisky acompañada con un cubo de hielo.
Volvieron a brindar ahora por el nuevo encuentro, se sentían relajados unos con otros, nada de presiones, nada de comentarios incómodos.
Raúl les contó su recorrido por Londres esa mañana, así como sus impresiones de la ciudad, ya que era su primera visita.
Entonces insistió en que Mathew continuara con el relato que lo dejara intrigado, le hubiera gustado seguir escuchando, pero dadas las circunstancias tuvo que suspender la narrativa.
Una vez más levantaron sus vasos y brindaron. Mathew respiró hondo y comenzó a soltar palabras continuando donde se quedara el día anterior.
Yo no lograba ver el rostro del hombre que tranquilamente lanzaba una y otra vez el anzuelo al lago, tratando de alcanzar la mayor distancia posible.
Después de varios intentos el delgado hilo se tensó. Se movía de un lado a otro, el pez luchaba, pero era ya muy tarde: el anzuelo lo atrapó clavándose en su boca sin poder zafarse; mordió la carnada, pero le costaba la vida.
El hombre dio dos tirones bruscos, se aseguró y comenzó a recoger el hilo. A medida que lo acercaba más, se dio cuenta de que traía un pez de unos siete u ocho kilos. Lo tomó en sus manos. El animal luchaba, pero todo era en vano, esa carpa enorme había perdido la batalla.
Cuando el hombre se giró para caminar un poco hacia la orilla, yo bajé la cabeza para no ser detectado, pero continué observando con sumo interés la actividad de aquel desconocido.
Con asombro me di cuenta de que en un balde de madera ya tenía otros tres ejemplares de similar tamaño: dos truchas y una carpa más. Lo descubrí cuando seguí al hombre hasta un poco más allá con mucho sigilo, detrás de otra roca que obstaculizaba la vista.
Con curiosidad advertí como este se encaminaba con su valiosa carga hasta una abertura sobre la pared rocosa del islote. Era una cueva con la entrada del tamaño de una persona, estaba bien oculta por algunas piedras grandes. Una vieja embarcación que daba la apariencia de haber encallado en ese lugar por alguna fuerte tormenta servía de protección ante la mirada de cualquiera que estuviera en el exterior. El hombre giró la cabeza para todos lados como presintiendo la invisible presencia de algún intruso.
Yo tomaba todas las precauciones posibles para no ser descubierto.
«¿Será acaso el guardia del islote? ―pensé―. Pero no lleva uniforme ni armas y vive en una cueva. Un guardia alemán no viviría así bajo ninguna circunstancia. ¿Quién puede ser? ¿Otro sobreviviente como yo? Eso lo investigaré ahora mismo».
Me encaminé hacia la guarida del hombre con mucha cautela, no quería hacer ruido con las cadenas de mis manos. No iba a ser fácil por la distancia a la que se encontraba, por lo irregular del camino y las grandes rocas que tenía que esquivar.
El corazón me latía cada vez más fuerte debido al nerviosismo que me acosaba. No sabía cuál iba a ser la reacción del hombre cuando me tuviera frente a frente. Me quedaban solo unos cuantos metros para llegar a la entrada cuando en la lejanía escuché el ruido leve de un motor. Era una pequeña lancha que se acercaba a la orilla. Eso me hizo quedarme agazapado detrás de la roca.
El hombre que había estado pescando minutos antes salió con una canastilla llena de peces, por lo menos serían unos diez.
El bote se acercó lentamente a la orilla. Un hombre de unos sesenta años dirigía la embarcación. Apagó el motor y tomó una bolsa grande, como un saco. Sin bajarse, extendió la mano para entregarla al hombre del islote, que a cambio le transfería el producto de la pesca, con muchos peces de buen tamaño. Ambos personajes se saludaron con mucha familiaridad, conversaron por un lapso de unos quince minutos, después se despidieron afectuosamente.
Alcancé a escuchar con un poco de dificultad como el hombre del bote daba informes de lo que estaba sucediendo allá afuera, tanto de las tropas de Hitler como de las noticias que llegaban del resto del mundo.
Escuché con asombro que ahora las tropas alemanas acechaban por todos lados, rodeando cada día más a los poblados cercanos, y que estaban abriendo campos de exterminio, además de las ejecuciones, que ya eran habituales en todo el país.
También oí que el dictador estaba avanzando amenazante hacia naciones vecinas y nadie lo podía detener. Daban por hecho que él sería el gobernante del mundo, contaba con un gran ejército, la Iglesia católica le había reafirmado su apoyo y también otras principales confesiones religiosas, que disimuladamente con su silencio se alineaban con él. El hombre informó de que los sacerdotes católicos que no lo apoyaron fueron masacrados. El papa mandó una carta donde se compadecía de las víctimas que estaban muriendo en Alemania, pero no condenó las acciones del régimen. Decía que él mismo podría morir en un campo de concentración en apoyo de las personas acosadas, pero, por otro lado, muchos de sus representantes estaban bendiciendo las armas y obligaban al pueblo a morir por los ideales de su líder.
Le escuché decir que Rumanía era ya un aliado de Hitler y que el general Ion Antonescu era un antisemita declarado que estaba despojando de todos sus bienes y propiedades a los judíos y gitanos y creando leyes gubernamentales para erradicar de su territorio a estas personas.
No solo era su intención expulsarlos del país, los estaban confinando ya en campos de concentración y a miles les asesinaban indiscriminadamente por acuerdos entre autoridades rumanas y alemanas.
En los Estados Unidos de América, el demócrata Franklin D. Roosevelt era elegido presidente por tercera vez.
Intercambiaron algunas palabras más que no alcancé a escuchar. Fue entonces cuando el hombre se despidió, mientras que el otro se quedaba en tierra parado y observando como la lancha se alejaba. Se sentó por un momento sobre una pequeña piedra, tal vez meditando en los informes recibidos.
Pese a su aspecto saludable, el hombre tosía de vez en cuando y caminaba con lentitud, todos sus movimientos parecían estar bien programados.
Desde mi posición me puse de pie y con un poco de indecisión grité:
—¡Hola, amigo! ¿Podemos hablar?
El hombre se volvió totalmente sorprendido y sin titubear respondió:
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