Kitabı oku: «Los civilizionarios»
Los civilizionarios
Repensar la modernidad desde la ecología política
Los civilizionarios
Repensar la modernidad desde la ecología política
Víctor M. Toledo

Universidad Nacional Autónoma de México
Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad
Juan Pablos Editor
México, 2019
Toledo, Víctor M.
Los civilizionarios : repensar la modernidad desde la ecología política / Víctor M. Toledo, autor. - - México : Universidad Nacional Autónoma de México : Juan Pablos Editor, 2019
1a. edición
187 p. : ilustraciones ; 14 x 21 cm
ISBN: 978-607-711-561-8 Edición impresa
ISBN: 978-607-711-591-5 e-book
T. 1. Ecología política
HT241 T65
LOS CIVILIZIONARIOS. REPENSAR LA MODERNIDAD DESDE LA ECOLOGÍA POLÍTICA
de Víctor M. Toledo
Primera edición electrónica en e-book, 2020
D.R. © 2019, Víctor M. Toledo
D.R. © 2019, Universidad Nacional Autónoma de México
Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad (IIES)
Antigua Carretera a Pátzcuaro núm. 8701
Col. Ex Hacienda de San José de la Huerta
58190, Morelia, Michoacán, México
D.R. © 2019, Juan Pablos Editor, S.A.
2a. Cerrada de Belisario Domínguez 19, Col. del Carmen
Alcaldía de Coyoacán, 04100, Ciudad de México
Imagen de portada: Danae Brissonet, Mural en El Manatí,
Bacalar, Quintana Roo, México
ISBN: 978-607-711-561-8 Edición impresa
ISBN: 978-607-711-591-5 e-book
Juan Pablos Editor es miembro de la Alianza
de Editoriales Mexicanas Independientes (AEMI)
Distribución: TintaRoja <www.tintaroja.com.mx>
Índice
PREFACIO
1. EL CAPITALOCENO ES EL CONTEXTO
El mundo en una tablita
Noventa empresas provocan la crisis climática del mundo
¿Capitalismo verde?
El glamoroso encanto de la ecología
Volkswagen, por su amor al planeta
El derrumbe ideológico del capitalismo
2. CRISIS DE CIVILIZACIÓN Y ECOLOGÍA POLÍTICA
La ecología política
Diez tesis sobre la crisis de la modernidad
Crisis de la modernidad y transformación civilizatoria
Los civilizionarios
De revolucionarios a civilizionarios
La ecología política conquista América Latina
América Latina: el pensamiento ambiental del Sur
¿Son realmente necesarios los partidos políticos?
Por qué los partidos políticos son como los dinosaurios
3. LOS TERRITORIOS
Los territorios como escenarios bioculturales
La democracia comienza en los territorios
México: territorios liberados
Territorios y ecología política: proyectos de muerte vs. proyectos de vida
El caso de la Sierra Norte de Puebla
Resistencias bioculturales: el caso de los mayas
4. LAS COMUNALIDADES
Domesticar no es dominar
Cooperación o competencia: una respuesta evolutiva
La revolución de las hormigas
Comunalidad, la cooperación es subversiva
La comunalidad, una “ecopolítica del Sur”
Conciencia de especie y comunalidad
5. LA CONSTRUCCIÓN DEL PODER SOCIAL
Hacia una teoría de los tres poderes
El meta-poder de la información
Poder, coerción y crisis socioambiental
¿Qué es el poder social?
La sustentabilidad como poder social
¿Cómo se construye el poder social?
El hogar como célula del poder social
El reloj de la sustentabilidad
Cherán: la construcción del poder social
Ecotecnologías, defensa del territorio y poder social
Ecomedicina: del cuerpo humano al cuerpo del planeta
Agroecología y alimentos: el cambio viene por el estómago
Energía solar y poder ciudadano
El control ciudadano de la comunicación
La ecopolítica en las ciudades
¿Adónde va la Ciudad de México?
Poder ciudadano: lo que el sismo nos dejó
Educar para la vida
Las redes regionales de resistencia
Hacia una teología de la liberación ecopolítica
6. REINVENTANDO LA CIVILIZACIÓN
2018: Nuevas evidencias
Pirámides o redes: el dilema supremo
Los tejedores del poder social
La rebelión silenciosa ya comenzó
Hacia una política por la vida
BIBLIOGRAFÍA
Este libro es para Patricia Moguel,
compañera de vida y de mil batallas,
primera interlocutora de las ideas
que brotan de mi imaginación.
Por su delicadeza y su bravura,
por su temple y su amor.
Con gratitud eterna.
Yo sostengo de nuevo que dado que no lograremos
derrocar gobiernos, ni abolir el capitalismo global,
ni hacer que esta civilización desaparezca, ni volver
a todo el mundo budas que caminan, ni curar todos
los males sociales y económicos, no debemos seguir
esperando a que todo eso suceda. Si diez fulanos
caminan más allá de la civilización y construyen
juntos un nuevo tipo de vida para ellos mismos,
entonces estos diez estarán viviendo desde
el primer día dentro de un nuevo y luminoso
paradigma. No necesitan pertenecer a ningún
partido o movimiento. No necesitan que
se promulguen nuevas leyes. No necesitan
tramitar ningún permiso, ni una nueva
constitución. No necesitarán dejar de pagar
impuestos. ¡Para ellos la revolución ya triunfó!
Daniel Quinn
Beyond Civilization, 1999
Prefacio
Entramos ya a la era anterior a una situación de crisis sin paralelo en la historia. A un “preludio a la autodestrucción” que lleva como autores intelectuales y materiales a una pequeñísima fracción de la especie humana. Se trata de la minoría de minorías que comanda cada vez con más fuerza los destinos del mundo a través del capital y del Estado. ¿Cómo evitar este “suicidio de especie”? La respuesta es: encontrando los mecanismos de liberación, los caminos para salir de los campos de esa fuerza opresora que explota por igual el trabajo de la naturaleza y el trabajo de los seres humanos. La fuerza opresora son un puñado de corporaciones y bancos que hoy impulsan proyectos de muerte y destrucción por todos los rincones del planeta; acciones de depredación y parasitismo que la mayoría de los Estados facilitan y alientan. Este libro intenta contribuir con esa búsqueda liberadora utilizando como marco de referencia el nuevo campo de la ecología política, y a los civilizionarios como los nuevos agentes del cambio.
Como ha ocurrido con obras anteriores del autor, este libro proviene en su mayor parte de los ensayos publicados en el periódico mexicano La Jornada entre 2013 y 2018. Sólo algunas porciones proceden de otras fuentes o son textos especialmente preparados para complementar la idea general de la obra. Esta vez el ensamblado es notablemente coherente, como si cada parte se hubiera acomodado mágicamente a la totalidad. Toda la obra está dirigida a develar lo que en otros tiempos se calificaría como una “teoría de la liberación” o un “proyecto revolucionario” y que hoy apenas logra adquirir la categoría de una reflexión para la emancipación social y ambiental de un mundo que se dirige al caos, cada día con mayor rapidez. Esta pretensión se encuentra alimentada por la visión personal del autor de que vivimos en una realidad que grita desesperadamente a los oídos sordos de los intelectuales de vanguardia, empecinados en probar los supuestos teóricos heredados de una añeja tradición en vez de intentar comprender la compleja realidad que nos contiene. Mientras los pensadores de la liberación sigan atados a los anteojos heredados, seguirán equivocándose en sus interpretaciones de la realidad, y todavía más, en las fórmulas que proclaman para emanciparla. Por esta sola razón, esta obra se inscribe en la corriente, no declarada, de otros autores iconoclastas como Orlando Fals-Borda, Enrique Dussel, Boaventura de Sousa Santos, Raúl Zibechi, André Gorz, Gustavo Esteva y Arturo Escobar, para mencionar sólo a los más consultados.
Este libro es pues una síntesis actualizada del pensamiento del autor, que va confirmando o desechando muchas tesis y que se mueve libre y con flexibilidad, de ida y de vuelta, entre la evidencia empírica de fenómenos que pasan desapercibidos y toda la nueva teoría que desencadena. Pero también es un nuevo compendio que demuele ideas, dogmas e instituciones, bajo un supuesto o lema central: el que ante una crisis de civilización es necesaria una transformación civilizatoria. Y esta transformación requiere de reinventarlo todo, o casi todo, incluyendo los marcos teóricos, los métodos y enfoques, pues “no se pueden ofrecer soluciones a los problemas con el mismo tipo de pensamiento con los que fueron creados” (Albert Einstein).
El libro está formado por seis bloques, que en la obra aparecen como seis capítulos, cada uno de los cuales contribuye a ofrecer una visión de la situación contemporánea, la crisis social y ambiental, y de toda una gama de opciones que desde la perspectiva del autor conforman los pilares de una transformación radical que es invisible y silenciosa, y que ya ha comenzado. Tras ofrecer elementos para contextualizar los tiempos actuales (capítulo 1), se ofrece al lector una explicación sucinta del nuevo campo de conocimiento de la ecología política y de su principal derivación teórica: la del cambio civilizatorio. Aquí debe aclararse que el término capitaloceno, recientemente formulado por Jason W. Moore (2017) y otros autores (véase también los ensayos reunidos por la revista Ecología Política), procede de la crítica al concepto de antropoceno, que en la última década adquirió una gran notoriedad en la discusión científica sobre la crisis del planeta. En su versión original, la idea de antropoceno se refiere a la aparición de una nueva era geológica (la civilización moderna e industrial) en la que la acción humana se ha constituido en una nueva fuerza capaz de alterar los procesos globales o planetarios (Crutzen y Stoermer, 2000).
Los capítulos 3 a 5 exploran por igual tres ámbitos claves para la liberación: las luchas por los territorios, el reconocimiento de las comunalidades y la construcción del poder social o ciudadano. El capítulo 6 es una sección de conclusiones en torno a lo que es una “política por la vida”. Como ya es habitual, el autor está infinitamente agradecido con los soportes que han hecho posible esta nueva publicación: mi institución (UNAM), mi medio de difusión periodística (La Jornada), mis colegas y colaboradores, mi familia y la casa editorial, esta vez representada por Juan Pablos Editor.
1. El capitaloceno es el contexto
EL MUNDO EN UNA TABLITA
Pasaron ya casi dos décadas desde que el ojo profético del sociólogo alemán Ulrich Beck llamara la atención acerca del deslizamiento del mundo, cada vez menos sutil, hacia lo que él definió como la sociedad de riesgo global. “Todos estarán de acuerdo —afirmó— en que en las décadas venideras nos enfrentaremos a profundas contradicciones y paradojas desconcertantes y en que experimentaremos esperanzas envueltas en desesperación” (Beck, 2002). El concepto de riesgo combina lo que en otros tiempos era mutuamente excluyente: el análisis integrado de la sociedad y la naturaleza, la conjunción de las ciencias naturales con las ciencias sociales, el discurso previsor con las amenazas concretas. La sociedad del riesgo global abre el discurso público y la ciencia social a los retos derivados de la crisis ecológica, que, como sabemos ahora, son globales, locales y personales al mismo tiempo.
Evocando a Beck, cada año el World Economic Forum publica el Informe Global de Riesgos (Global Risks Report), que aparece antes de la reunión de las mayores potencias en Davos, Suiza. El informe de 2016, que ya ha sido publicado, aparece con la novedad de que por vez primera el cambio climático encabeza la lista. El informe, que recoge las opiniones de unos 750 expertos, dirigentes y académicos, es un reporte sombrío que registra por igual la crisis climática, la gigantesca migración de refugiados, el ascenso del Estado Islámico, el desempleo, la ciberpiratería, la fragilidad de la economía, el terremoto petrolero y la desaceleración de China y de otros países emergentes. El informe registra un incremento en todos los 29 indicadores que, agrupados en cinco categorías (ambientales, económicas, sociales, tecnológicas y geopolíticas), analizan cada año, y en sus interacciones. Curiosamente, en paralelo al informe también ha sido exhibida una nueva película nominada al Óscar sobre el crack de 2008 (La gran apuesta, de Adam McKay), que intenta explicarnos el derrumbe de Wall Street y su efecto dominó sobre bancos y otras instituciones financieras del mundo. Esta película, que fue antecedida por otras tan notables como El lobo de Wall Street, donde se unieron los talentos (y el capital) de Leonardo DiCaprio y Martin Scorsese, deja ver en su última escena la aparición en 2015 de indicadores similares a los de la pasada catástrofe financiera. A lo anterior deben sumarse las respectivas crisis económicas de países tan diferentes como China, Grecia o España, y los descomunales endeudamientos de los gobiernos, encabezados por el de Estados Unidos. Este último país representa, hoy por hoy, el ejemplo supremo de una economía sostenida con alfileres. La razón: Estados Unidos enfrenta una deuda de 60 mil billones de dólares, que representa 330% del PIB, es decir, ¡poco más de tres veces su producto económico anual! Casi la mitad de esta gigantesca deuda la concentran el gobierno federal y las familias estadounidenses, que deben pagar dividendos a toda una gama de organismos financieros nacionales y extranjeros, principalmente chinos (véase la serie de artículos de Rojas Nieto en La Jornada, septiembre de 2015). Por todo ello, se inicia el año con un evidente nerviosismo en las elites y cúpulas que dirigen el mundo. De lo que no se habla (o se hace muy poco y tangencialmente) es de las causas de este panorama preocupante y de las fuerzas que lo determinan o lo impulsan, y que a la vez representan la única manera de detenerlo y remontarlo. La razón es que las miradas preocupadas de las minorías se detienen a escudriñar los efectos o impactos, pero no se sumergen en las causas profundas o últimas. El mundo está en una tablita no por arte de magia, sino porque los mecanismos de explotación alcanzan cada año nuevos récords. Los indicadores de desigualdad social y de concentración, acumulación y centralización de riqueza aumentan a la par de los fenómenos de depredación ecológica y de deterioro ambiental. Las máximas ganancias reportadas en 2015 por agencias como Bloomberg o Forbes oscilan entre cinco mil millones y 29 mil millones de euros en corporaciones como Amazon, Inditex, Facebook, Dalian Wanda, Alphabet y Mars. Ya el economista francés Thomas Piketty dejó claro en su libro El capital en el siglo XXI, a partir de datos estadísticos duros, cómo la desigualdad social en el mundo se ha incrementado durante el siglo anterior. Pero los ciudadanos del mundo además han registrado y visibilizado la existencia de una suerte de olimpiada de la corrupción, en la que buscan participar los principales actores de la economía, las finanzas, la diplomacia y la política del mundo contemporáneo. ¿Buscarán la celebridad y la fama por la corrupción? Ahí están desde grandes magnates, dirigentes del deporte mundial (FIFA y COI), el rey de España y varias cabezas de los mayores bancos, hasta corporaciones tan comunes como Volkswagen y financieras como Goldman Sachs y decenas de dirigentes políticos, diplomáticos y de organismos internacionales. Y todo ello sin entrar a los tejidos subterráneos entre las mafias mundiales y las empresas, los bancos y los gobiernos.
Ante este panorama, las fuerzas de la cordura y de la dignidad se mantienen y multiplican más allá de intereses individuales o grupales, ideologías y creencias, controles y poderes, acicateados por los principales indicadores de la realidad. La conciencia de especie, la inteligencia global, el espíritu de colmena siguen ganando adeptos a pesar de todo. El año 2016, como los años por venir, serán cada vez más dramáticos y necesitarán de contrapesos basados en la información, el conocimiento, la equidad, el compromiso y la verdad. Si de algo podemos estar seguros es de que el futuro siempre llega. Y puede llegar como una fuerza desquiciada, un vendaval incontrolable, un alud indetenible e impredecible o como un evento sobre el que podemos ejercer un cierto dominio. El futuro será lo que hoy todos nosotros hagamos por él, y eso se logra mediante la audaz combinación entre conciencia y acción.
NOVENTA EMPRESAS PROVOCAN LA CRISIS CLIMÁTICA DEL MUNDO
¿Quiénes son los causantes del calentamiento del planeta y sus secuelas climáticas? ¿Acaso somos toda la humanidad? ¿Está la responsabilidad distribuida equitativamente o por el contrario recae sobre sectores específicos? Durante las negociaciones internacionales para detener y remontar el cambio climático se llegó, mediante métodos diversos, a establecer cuotas de responsabilidad por países basadas en la cantidad de contaminantes arrojados a la atmósfera. Hoy, nuevos estudios han afinado la mirada logrando revelar con mayor precisión los principales contaminadores y haciendo visibles interesantes procesos de carácter histórico.
Un informe preparado por Tim Gore para la organización Oxfam y distribuido en la pasada Cumbre de París sobre el cambio climático, la llamada COP21 (<www.oxfam.org/>), mostró que la mitad más pobre de la población humana, unos 3.5 mil millones de individuos, generan tanto como 10% de los gases causantes del calentamiento global, mientras que el 10% más rico emite la mitad de esos gases a la atmósfera. La revelación vino a confirmar lo que ya se sospechaba: que los sectores más vulnerables a las nuevas inclemencias del clima, como inundaciones, sequías, temporadas extremas de calor, impactos de huracanes, etc., son los que menos ponen “velas en el entierro”. A esto suele llamarse injusticia climática. Aún más, el reporte permite matizar entre países y en el interior de los países la responsabilidad de los diversos sectores sociales como alteradores del equilibrio global. Por ejemplo, las emisiones totales de la mitad más pobre de China, unos 600 millones, representan apenas un tercio del total de emisiones del 10% más rico de Estados Unidos, alrededor de 30 millones. Igualmente, el 10% por ciento más rico de India contamina en promedio sólo una cuarta parte de lo que lo hace la mitad más pobre de Estados Unidos. Estos datos muestran que los estilos de vida son un factor determinante. Cómo se consumen alimentos, se utiliza agua y energía, se transporta o se eliminan desechos, e incluso cómo se practica el descanso o el esparcimiento, son asuntos claves. Por ejemplo, el uso de los aviones lo realiza(mos) solamente 2% de la población humana. Una cosa es producir alimentos de acuerdo con el sistema tradicional de los pequeños productores campesinos en circuitos cortos, y otro es el sistema agroindustrial que implica insumos, energía, fertilizantes químicos, transporte a largas distancias, transformación, congelamiento, empaque, etcétera.
El modelo occidental, el buen vivir industrial, incluido el bienestar y por supuesto el confort, es en esencia un modo que dilapida y depreda mayormente los recursos del planeta, pero hay algo peor: es el principal causante de la contaminación de los gases de efecto invernadero que han afectado el equilibrio climático del planeta. El uso de los índices de la llamada huella ecológica permite calcular el impacto ambiental que provoca desde un individuo, una familia, una ciudad, un país y toda la humanidad. Mediante el uso de este indicador hoy es posible evaluar y medir los impactos que los diversos sectores de la sociedad tienen sobre el equilibrio del ecosistema planetario (Wackernagel y Rees, 1996).
Otro estudio, realizado por Richard Heede, investigador del Instituto para la Responsabilidad Climática en Estados Unidos (Climatic Change, 2014) ha ido mucho más lejos (véase <link.springer.com/>). Este científico logró compilar durante ocho años una detallada secuencia de las emisiones generadas por 90 entidades dedicadas a la producción de carbón mineral, petróleo, gas y cemento. Su análisis abarca de 1854 a 2010, es decir, buena parte de la era industrial y ofrece datos de lo que cada entidad emitió en 2010 y las emisiones acumuladas durante su historia. El estudio revela que estas 90 compañías, que incluyen corporaciones privadas y públicas, son las responsables de nada menos que 63% de las emisiones acumuladas de carbón a la atmósfera. De la lista, las primeras 20 la encabezan, como era de esperarse, las gigantescas empresas de energía como Chevron, Exxon, British Petroleum, Shell, Saudi Aramco, Conoco Phillips, Peabody y Energy, pero también empresas estatales como Gazprom, de Rusia, la Compañía Estatal de Irán, Petróleos Mexicanos, Petróleos de Venezuela, Petro China y Sonatrach de Argelia. Esta veintena generó 30% de las emisiones de carbono y metano que van a la atmósfera.
Durante una entrevista, el autor de ese estudio indicó que aunque existen miles de productores de gas, petróleo y carbón, “[…] los que toman las decisiones, los altos gerentes de las principales firmas emisoras, son pocos y caben en uno o dos autobuses”. Enfatizó un dato de gran relevancia: que la mitad de los contaminantes emitidos desde la revolución industrial ¡se generaron en los últimos 25 años!, es decir, cuando las corporaciones y los gobiernos ya sabían de la relación entre las emisiones y el calentamiento global. En suma, hoy asistimos, gracias a la información derivada de la investigación científica, a un escenario de mayor precisión y claridad. Este conocimiento, que ya es imposible ocultar o desaparecer, irá impulsando la conciencia y la acción de cada vez más ciudadanos. El desafío no tiene por qué perderse. ¡Somos 99% de la humanidad reclamando al 1% restante!
¿CAPITALISMO VERDE?
¿Es posible un ecocapitalismo, un capitalismo verde? ¿Puede una empresa ser exitosa y al mismo tiempo mantener prácticas que con rigor no afecten a la naturaleza? ¿Tiene un empresario entrenamiento para competir, derrotar y destruir, la sensibilidad para reconocer el aleteo de una mariposa? ¿Cómo hacer compatible la implacable lógica de producción masiva de una sola mercancía con el valor fundamental de la vida: la diversidad? ¿Y la carrera enloquecida por crecer que caracteriza a los negocios, no es acaso contradictoria con los procesos y ritmos naturales?
Las preguntas han estado reverberando al menos por un par de décadas, y al parecer hoy estamos en posibilidad de responderlas. Las respuestas son todas negativas, a pesar de dos intentos —uno legítimo, el otro falaz— por demostrar lo contrario. Por un lado, un intento por justificar “científicamente” el papel ambientalmente positivo de la economía capitalista, ya sea mediante su comprobación explícita u ocultando o negando los efectos destructivos del capital. El primero atañe a todo lo que se ha escrito en torno a la llamada economía verde. Lo segundo tiene que ver con el alud de disfraces que usan para lavar la imagen de empresas y corporaciones y parecer ecológicamente correctas, una cosmética conocida como lavado verde (green washing), la orquestación de campañas para crear la ilusión de que las empresas son capaces de transformarse y de mutar hacia servicios o productos ambientalmente amigables.
Dentro de las llamadas economía ambiental y ecológica, mucho se ha escrito sobre una posible racionalidad del capitalismo frente a los problemas ecológicos. Una de las obras seminales es el libro Natural Capitalism, de Hawken, Lovins y Hunter-Lovins publicado en 1999. El concepto central de esta corriente que intenta ofrecer una salida a la crisis ecológica de escala global es el de capital natural. Este concepto contiene la idea de que existe un “capital” embebido en la naturaleza, del cual depende toda posible riqueza y que en consecuencia deben adoptarse instrumentos inspirados en el mercado para resolver los problemas ambientales. La obsesión ha llegado a tal punto que un grupo de investigadores liderados por R. Costanza se dieron a la tarea de calcular en dólares el valor de la naturaleza. Y lo lograron. Para el mercado el capital natural del ecosistema planetario y sus servicios ambientales oscila entre 16 y 54 trillones de dólares al año (véase <http://www.esd.ornl.gov/benefits_conference/nature_paper.pdf>).
Este estudio, tan inútil como absurdo, ha sido citado más de diez mil veces en la literatura científica.
De esta visión surgió una práctica de salvamento, a ser ejecutada por empresarios y empresas:
La mayoría de los negocios operan aún bajo una visión anticuada del mundo, que no ha cambiado desde el comienzo de la Revolución industrial. En aquella época los recursos naturales fueron abundantes y la fuerza de trabajo fue el factor limitante de la producción. En la actualidad, existe un excedente de trabajo, mientras que el capital natural, los recursos y sistemas ecológicos que proveen de los servicios que soportan la vida, son cada vez más escasos y relativamente caros. La próxima Revolución industrial, como la primera, vendrá como respuesta al cambio de patrón de escasez. Ella creará recuperación y nuevas oportunidades. Los negocios deben adaptarse a estos nuevos tiempos. Y eso es lo que están haciendo las empresas innovadoras (véase <http://www.natcap.org/>).
El lavado de imagen o cosmética verde, es una estrategia publicitaria iniciado por las empresas para hacer creer que sus productos o acciones toman en cuenta la problemática ambiental, cuando en realidad sus negocios son altamente destructivos de la naturaleza. El término en inglés greeen washing fue introducido por el periodista neoyorquino Jay Westervel en 1986 a partir de una práctica hoy generalizada en muchos hoteles de contribuir a “salvar el planeta” evitando cambiar las toallas diariamente. Desde entonces la práctica de envolverse en un baño de pureza ecológica para vender sus productos o servicios se ha vuelto harto común en miles de empresas y corporaciones. En paralelo, los grupos de ambientalistas o académicos que se han dedicado a investigar estas actitudes fraudulentas se han multiplicado. En 2002, durante la Conferencia Mundial sobre Desarrollo Sostenible en Johannesburgo, la llamada Academia del Lavado Verde (Greenwashing Academy) otorgó premios a las entidades más sofisticadas en engañar a los consumidores. Los premios fueron otorgados a corporaciones petroleras como BP o la Exxon Mobil y al gobierno de Estados Unidos. Más recientemente, un estudio de 4744 productos anuciados en 2010 como ecológicos o ambientalmente amigables, reveló que 95% de ellos no lo eran realmente, es decir estaban mintiendo (véase <http://en.wikipedia.org/wiki/Special:Search/>).
Mientras tanto, en la realidad la gran competencia global prosigue de una manera cada vez más intensa. En ella compiten las gigantescas corporaciones y los empresarios más ricos, por obtener las mayores ganancias posibles a partir de la explotación cada vez menos sutil de los trabajadores y la dilapidación de la naturaleza. El espectáculo que presenciamos es cercano a lo apocalíptico: el capital globalizado arrasa con todo, mediante megaproyectos turísticos, hidroeléctricos y energéticos, minería a cielo abierto, una pesquería que ha abatido las tres cuartas partes de los recursos marinos, ganadería extensiva, miles de sustancias tóxicas esparcidas, reducción de la biodiversidad (sólo la soya transgénica ha convertido más de 40 millones de hectáreas en una “fábrica” de una sola especie) y contaminación de la atmósfera. Lo que no hemos podido detener los ciudadanos del mundo, lo detendrá la naturaleza a través de las resistencias ecopolíticas que crecen y se multiplican por todo el planeta. El capital en su laberinto.
EL GLAMOROSO ENCANTO DE LA ECOLOGÍA
¿Se puede dudar de quienes se dedican a la noble tarea de defender, restaurar o conservar la naturaleza? ¿No acaso desde Francisco de Asís hasta las mujeres hindúes del movimiento Chipko en defensa de los árboles, todo amante de la naturaleza se considera respetable, digno, célebre? Y en la decadencia de los hacendados rusos, ¿no es Astrov el enamorado de los bosques, el único que mantiene el optimismo en la tragedia “El tío Vania” del dramaturgo Anton Chéjov? Y sin embargo, como veremos, este instinto profundo por la naturaleza que llevó al poeta y filósofo Henry David Thoreau a permanecer dos años en la soledad de un bosque de Nueva Inglaterra, hoy ha sido cooptado y magistralmente utilizado por las fuerzas ecodestructivas no sólo para autopintarse de verde sino también para generar una nueva ideología en las masas cautivas de los ciudadanos modernos. El fenómeno aparece tan paradójico como sorprendente, porque surge justo en una época en que la destrucción ecológica ha alcanzado sus máximos históricos, en razón de los impactos producidos por esos mismos agentes que hoy ofrecen compartir con nosotros, y por todos los medios, el glamoroso encanto de la ecología. Un estado de gracia en el que no importa quién lo realice sino que lo realice con el mayor colorido, entrega, elegancia, glamour y espectacularidad. Los actos siempre van engalanados de una atmósfera burbujeante que evoca antiguas filantropías y que, por supuesto, casi siempre aparecen en las exclusivas secciones de sociales de televisión, prensa, revistas.
En plena era de la consolidación del capital corporativo, de la monopolización más brutal de que se tenga memoria, de los máxi mos históricos de inequidad social, la ecología se ha convertido en el acto de magia mediante el cual el carácter depredador de las corporaciones se trastoca en una sublime devoción para salvar plantas, animales, bosques, ríos, lagos, naturalezas y el planeta mismo. Y las limosnas que dedican a estos menesteres, pues lo invertido de sus exorbitantes ganancias apenas se ve con la lupa, se vuelven altamente redituables porque permiten ocultar garras, fauces y colmillos tras el disfraz de una nueva cruzada por la naturaleza, de un acto heroico para salvar el planeta. El resto se deja a la propaganda, al bombardeo mediático, todo bien aderezado por la puntual bendición de científicos famosos, reconocidos, banales o frívolos.
El burbujeante atractivo de la ecología se encuentra por supuesto ligado con la posibilidad imaginada de construir un capitalismo verde. Ya en un número especial dedicado al tema, la revista Expansión afirmaba en su portada que “los proyectos ecológicos han dejado de ser una moda, para convertirse en un buen negocio” (7 de julio de 2008). La lista de empresas y corporaciones con campañas, acciones y programas verdes es interminable: de Exxon a Walmart, pasando por Coca-Cola, McDonald’s, Volkswagen, Ford, Kellogs, Bimbo y un largo etcétera.
En México, las campañas verdes se han incrementado de forma inusitada. El fenómeno alcanza además niveles trágicos por cuatro razones: a) se vive la más feroz de las devastaciones sobre su naturaleza y su ambiente tal y como lo muestra el alud de proyectos mineros, energéticos, hidráulicos, turísticos, habitacionales, automotrices y biotecnológicos, realizados por corporaciones en complicidad con los gobiernos de todos los colores y de todas las escalas (“reformas estructurales” y anteriores); b) la resistencia política, periodística y académica a estos proyectos depredadores ha sido reprimida y de manera brutal; hoy existen decenas de verdaderos ambientalistas asesinados y líderes y activistas encarcelados de manera ilegal (presos ecopolíticos); c) porque para sus campañas los corporativos han logrado cooptar a luminarias de la ciencia mexicana dedicadas a esos temas (biólogos, ecólogos, conservacionistas), además de organizaciones no gubernamentales y oficinas de gobierno, y d) porque estas campañas que buscan eliminar pecados y culpas, soslayan no sólo los impactos ambientales sino también los escabrosos asuntos laborales y sociales como la explotación de los trabajadores y la supresión de derechos elementales (sindicatos, prestaciones, protección a menores y a madres). Lo que sigue es un primer repaso del glamour ecológico en México, una pasarela de máscaras, de contradicciones entre lo que se proyecta o aparenta y lo que realmente se hace. La breve revisión amerita urgentemente de exploraciones periodísticas y de estudios más profundos.
Grupo México (ocho mil millones de dólares de ventas en 2010) es la compañía minera más grande del país extractora de cobre, zinc, plata, oro, plomo y molibdeno, y la tercera productora de cobre más grande del mundo. Ferrocarril Mexicano, la división de transporte ferroviario de la compañía, opera la flota más extensa de la nación. Su portal hace un marcado énfasis en el cuidado del medio ambiente y de las comunidades aledañas, y su filosofía proclamada es el desarrollo sustentable, para lo cual elabora y difunde un informe anual desde 2006. Además de un programa de reforestación, el corporativo anuncia una planta eólica en Juchitán y re ducciones en el uso de energía y combustibles. Expoliador por décadas de las riquezas nacionales, su inmoral respuesta durante el accidente de Pasta de Conchos, junto al reciente derrame de 40 millones de litros de sulfuro de cobre y otros siete metales pesados en dos ríos de Sonora, muestran la falsedad de su imagen como empresa social y ambientalmente amigables.
Es posible que el corporativo mexicano con más antigüedad en los escenarios del glamour ecológico sea Cementos Mexicanos (Cemex) la compañía transnacional más importante del mundo en materiales para construcción, pues ya desde hace dos décadas apoyó la edición de varios libros científicos sobre el tema. Con presencia en 50 países y ventas en 2013 por 15 mil millones de dólares, Cemex también abraza el desarrollo sustentable como su eje estratégico y edita desde 2003 un anuario detallado. Su propaganda anuncia un sello verde (ecooperando) y la construcción sustentable, y su último informe reporta acciones contra el cambio climático, el ahorro energético y por un entorno urbano sustentable. Frente a esta imagen, Cemex fue irremediablemente sancionado en México (2008) y España (2011) por sendos fraudes fiscales (ocultó ganancias multimillonarias) y soborno de autoridades. Su mayor inmoralidad es la contaminación que generan sus actividades extractivas denunciadas en Nicaragua, Colombia y otros países y en su sede central y originaria: Monterrey fue convertida por Cemex en la ciudad con el aire más contaminado de América Latina por la acción de 64 pedreras, la mayoría de las cuales abastecen a la corporación.
Otro destacado ejemplo proviene de Volkswagen de México (VKW), quién declara que “[…] desde hace tiempo hemos asumido nuestro compromiso con el futuro de la Tierra, [porque] […] usamos pinturas sin disolventes y materiales reciclables”. Sus acciones van desde la conservación de una reserva en Guanajuato y un parque eólico en Zacatecas hasta viveros sustentables, reforestación y el programa Eco-chavos. “Por amor al planeta” se ha encargado además de otorgar premios anuales a investigadores mexicanos, es decir, pequeñas limosnas corporativas que le reditúan sustento científico. Su máxima hazaña fue sumergir un auto de cemento de cuatro toneladas de peso en los mares de Cancún a manera de “escultura submarina”.
Si Walmart hace el ridículo con sus bolsas verdes, sus cajas ecológicas y sus proveedores sustentables, también se la toma más en serio al calcular el número de árboles al año que se salvan por la captura de carbono que significa, por ejemplo, lograr situar más mercancía en menos espacio en las cajas de los tráileres. Por su parte, Monex, el grupo financiero sospechoso de mover ilegalmente millones de dólares a la campaña de Enrique Peña Nieto, creó el “Fondo Verde”, que dona una parte (¿cuánto?) de las inversiones a la conservación biológica.
En comal aparte se cuecen Bimbo y Telmex. El primero, por su desbordante campaña donde el osito níveo se pinta de verde: plantas sustentables, empaques degradables y vehículos híbridos cuyos motores eléctricos se nutren de la energía del viento de un parque impuesto con violencia a las comunidades zapotecas del Istmo oaxaqueño. La panificadora también teoriza y con “Reforestemos México” define la sustentabilidad como sinónimo de competitividad y rentabilidad, al fin que nadie cuestiona. En cuanto a Telmex, la alianza WWF-Fundación Carlos Slim-Semarnat, fundada en 2008, ha logrado conformar una estrategia de conservación y desarrollo sustentable de México al apoyar proyectos de conservación junto con organizaciones de la sociedad civil, comunidades rurales e instituciones académicas como el Instituto de Ecología de la UNAM. Todo ello mientras las mineras del grupo arrasan montañas y comunidades, adquieren extensas superficies (Puebla, Hidalgo y Tlaxcala), y la fundación apoya la investigación del maíz transgénico. Finalmente, el caso emblemático de Coca-Cola resulta tan descomunal que sería necesario dedicarle un estudio completo.
De todo este “lavado de imagen”, sorprende la manera en que los consumidores se dejan a sí mismos “lavar el cerebro”. De alguna forma ello explica porque la elite de consumidores mexicanos (incluyendo científicos renombrados) se ha convertido en una masa silenciosa y conformista, incapaz de generar ideas críticas y en consecuencia de realizar compromisos más allá de sus estrechos intereses individuales, familiares o de gremio. El glamoroso encanto de la ecología se ha convertido en uno de los anestésicos más eficaces del mundo moderno. El futuro que viene, por desgracia y por fortuna, los hará despertarse súbitamente. Pasarán de un sueño construido a partir de una falsa conciencia, a la pesadilla inevitable de la realidad.
VOLKSWAGEN, POR SU AMOR AL PLANETA
En el ancho panorama del lavado verde (green washing) podemos encontrar varios talentos en el arte de la seducción propagandística. Ahí están Cemex con su “sello verde”, Coca-Cola con su “planeta te quiero”, Monex con su “eco-banca” y Ford con su “iniciativa ambiental”. Pero ninguna empresa había conseguido mayor impacto en el público y en la academia que la frase de la Volkswagen, “Por amor al planeta”. Con este eslogan la corporación automotriz instituyó en México un premio anual de investigación ecológica desde hace diez años y lanzó una exitosa campaña que lo pintó de un verde intenso. Su imagen emblemática a todo color es un auto de la marca bajo un arco iris y seis colibríes revoloteando en un paisaje de pinos y veletas eólicas acompañados de girasoles y animales silvestres al estilo Walt Disney. Una de sus acciones más espectaculares fue sumergir en el Caribe mexicano, frente a las costas de Tulum, un automóvil de cemento de cuatro toneladas de peso como símbolo de su compromiso con los mares.
Por desgracia (¿o por fortuna?) la empresa alemana ha caído en desgracia y, lo más grave, ha hecho caer su imagen de ambientalista abnegada hasta lo más hondo de la tierra o de los mares. Usted decida. Su trayectoria no es nueva, le ha sucedido lo que a otras corporaciones no menos ambientales. Cemex, por ejemplo, sancionada por fraude fiscal en México (2008) y España (2011), ha sido reiteradamente acusada en varios países por la contaminación que generan sus procesos extractivos y ha logrado que Monterrey se convierta, vaya récord, en la ciudad con el aire más sucio de América Latina a causa de sus 64 pedreras. Telmex, presume la alianza entre la Fundación Slim, el WWF y la Semarnat, mientras las mineras arrasan montañas y comunidades, adquieren extensas propiedades (Puebla, Hidalgo y Tlaxcala) y la fundación apoya la investigación del maíz transgénico. Por su parte, Coca-Cola que, declara también su pasión por el planeta y realiza una “campaña nacional de reforestación y cosecha de agua” ha convertido a México, junto con Pepsi, Danone y Nestlé, en el primer consumidor per capita de agua embotellada del mundo, según lo documenta el excelente libro de Gian Carlo Delgado-Ramos (2014b) Apropiación de agua, medio ambiente y obesidad. La Coca-Cola se dedica a producir dos bienes contradictorios: por un lado, el agua embotellada que publicita ligada a la vida sana, el deporte y la salud, y los refrescos que son fuente de deshidratación, malnutrición y obesidad, además de que genera millones de toneladas de basura plástica. Y lo más grave, como sucede con la minería, el gobierno de México ha otorgado a la Coca-Cola 172 concesiones que corresponden a 48 acuíferos de 28 estados de la República (véase mapas y cuadros en el libro antes citado). Y ¡el agua embotellada es entre 240 y diez mil veces más cara que el agua de la llave!
Es en este contexto que la empresa Volkswagen falseó las pruebas de las emisiones de gases de sus autos con diesel (unos 11 millones circulan hoy por el mundo), según reveló la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, lo cual afecta a al menos medio millón de unidades. La trampa o artimaña supuestamente mostraba que los autos de la corporación generaban hasta 40% menos gases tóxicos al ambiente. El fraude aceptado por los directivos provocó en unas horas la pérdida de 17 mil millones de dólares de su valor de mercado y la renuncia de su director general. Ante el hecho surgen numerosas preguntas, desde ¿dónde quedó ese amor por el planeta? hasta ¿por qué autoridades ambientales y científicos mexicanos bien conocidos le hacen el juego, sin ética alguna, a las corporaciones? Como puede verse el glamoroso encanto de la ecología se ha convertido en uno de los anestésicos más eficaces del mundo moderno. Un encanto que la realidad, cruenta y terrenal, termina desvaneciendo. Ahora sí, por amor al planeta.
EL DERRUMBE IDEOLÓGICO DEL CAPITALISMO
Nosotros cantaremos a las grandes masas agitadas por el trabajo, por el placer o por la revuelta: cantaremos a las marchas multicolores y polifónicas de las revoluciones en las capitales modernas, cantaremos al vibrante fervor nocturno de las minas y de las canteras, incendiados por violentas lunas eléctricas; a las estaciones ávidas, devoradoras de serpientes que humean; a las fábricas suspendidas de las nubes por los retorcidos hilos de sus humos; a los puentes semejantes a gimnastas gigantes que husmean el horizonte; y a las locomotoras de pecho amplio, que patalean sobre los rieles, como enormes caballos de acero embridados con tubos, y al vuelo resbaloso de los aeroplanos [...].
Esto y más escribió Filippo Tommaso Marinetti (1867-1944) en su Manifiesto futurista de 1909, y acaso esta proclama capte y refleje como nada ese impulso nunca antes visto en la historia humana con que el capital se lanzó de lleno a la industrialización imparable, ya recién descubierto el petróleo, su fórmula secreta.
El maravilloso mundo que se avecinaba para la humanidad a inicios del siglo xx, mediante la innovadora combinación de capital, petróleo y tecnología, se vio sin embargo casi de inmediato interrumpido por su sentido inverso. Y esos tres supuestos pináculos del progreso, el confort y la vida convertida en sueño se utilizaron en cambio para la destrucción masiva, la magnificación de la fuerza y el genocidio nunca antes visto en la historia del planeta. La relativa era pacífica surgida con la posguerra, la década de los cincuenta del siglo XX, volvió a animar durante medio siglo las expectativas de un futuro lleno de plenitudes fincadas en el mercado, las innovaciones científico-tecnológicas y el uso de los combustibles fósiles (petróleo, gas y uranio), especialmente tras la caída de la Unión Soviética, la otra cara de la civilización industrial, convertida en el bastión mundial de una quimera colectivista que se volvió un infierno. El capitalismo entraba de lleno como la única opción de una civilización tecnocrática y materialista basada en el individualismo, la competencia, la corporación, el confort, el consumismo y una necia necesidad de dominar y explotar a la naturaleza. El mejor de los mundos posibles. Marinetti renacía de sus cenizas.
Hoy, los Papeles de Panamá culminan, son el último eslabón de una cadena de sucesos que tras casi una década colocan las ilusiones del capital en pleno descrédito. Toda civilización se mueve en el tiempo, a través de la historia, en la medida en que es capaz de mover la imaginación de los individuos en torno a expectativas de vida. La falsa conciencia opera entonces como el mecanismo que mueve las energías individuales que, articuladas, generan los procesos societarios que mueven a las sociedades. El capitalismo ha sido el motor de la civilización moderna o industrial; y sus fuegos artificiales, luces y luminarias, los impresionantes avances tecnoeconómicos y el bienestar y confort que ofrece. Pero cada vez queda más al descubierto una realidad distinta. La fórmula por la que apuesta el capitalismo no sólo se queda corta sino que da señales de fatiga, decadencia y, aun, de ineficacia y perversidad. Los enormes aparatos creadores de ideología que bombardean día y noche las mentes de los seres humanos por todos los rincones del planeta se vuelven disfuncionales. La civilización moderna aparece cada día como una gigantesca maquinaria dedicada a la doble explotación que realiza una minoría de minorías sobre el traba jo humano y el de la naturaleza. Tal explotación se adereza, oculta, desvanece, maquilla e incluso justifica por todos los medios posibles. El capitalismo no cumple las expectativas de bienestar, equidad, justicia, seguridad y democracia que siempre pregonó; además, a los ojos de los ciudadanos del mundo aparece como un mecanismo indetenible que parasita y depreda. En este nuevo panorama, el Estado va quedando al descubierto como la instancia dedicada a defender, legitimar, justificar o imponer los intereses del capital corporativo, en el brazo al servicio de la concentración y acumulación de riquezas. Las figuras de los grandes plutócratas, idealizadas y alabadas por revistas, programas televisivos, películas y medios digitales e impresos, desde Walt Disney o Henry Ford hasta Steve Jobs, Bill Gates o Carlos Slim, se desploman y las sustituyen los cientos de empresarios corruptos en pleno contubernio con criminales y mafias políticas. El mercado, concebido como la vara mágica de la innovación, el desarrollo y el progreso, se delinea por la fuerza de los hechos en un escenario brutal de competidores sin escrúpulos o corruptos y en un inexorable perfeccionamiento de los monopolios. El mundo se ha convertido en un gran casino; y su devenir, en guerra despiadada entre el capital y el Estado de un lado, y la humanidad y la naturaleza del otro.
El mundo de ficción construido por el capital se resquebraja. Antes de los Papeles de Panamá aparecieron la gran crisis financiera de 2008 y el rescate con los impuestos ciudadanos de los bancos quebrados, el espionaje masivo, el lavado de dinero, las trampas de Volkswagen y otras automotrices, los actos corruptos de reyes, presidentes, primeros ministros, cardenales y obispos, magnates y ejércitos, la comprobación científica de la inequidad social y económica, la megaconcentración de las riquezas, la injusticia agraria mundial, la depredación despiadada de la naturaleza, el peligroso desequilibrio del ecosistema global y los cambios climáticos, el gasto bélico y la amenaza nuclear. La tecnología, el petróleo y el mercado conducidos por la racionalidad del capital han creado un mundo más —no menos— peligroso e injusto. Quedan como testimonios irrefutables los datos duros derivados de sendos estudios. Los 62 seres más ricos del mundo (sólo nueve mujeres entre ellos) poseen una riqueza igual a la de 3 600 millones de otros miembros de la especie (Oxfam Internacional), una situación agravada entre 2010 y 2015. Por otra parte, tres investigadores suizos develaron tras el análisis de la base de datos Orbis 2007, donde figuran 37 millones de empresas, que un grupo de solamente 1 318 corporativos y bancos domina la mayor parte de la economía mundial (New Scientist, 19 de octubre de 2011). Todo ello, mientras luego de dos décadas de reuniones mundiales no se logra detener el calentamiento del planeta que la tríada mercado/tecnología/petróleo, la civilización moderna, ha generado.
2. Crisis de civilización y ecología política
LA ECOLOGÍA POLÍTICA
El término ecología política ha sido utilizado de manera explícita por varios autores desde hace más de tres décadas. La ecología política intenta analizar los conflictos desde una perspectiva que articula las relaciones entre la naturaleza y los seres humanos con las relaciones sociales mismas y especialmente con las relaciones de poder. Otros autores la definen como la “economía política de la naturaleza” o “el análisis sociopolítico de las relaciones entre el ambiente y la sociedad”. Surgida con gran fuerza en la década de los noventa del siglo pasado, un hecho corroborado por la aparición de varias revistas sobre el tema en Inglaterra, Estados Unidos, España, Francia, Italia, Grecia e India, el número de autores que abrazan esta disciplina híbrida se ha extendido y multiplicado en los últimos años, algunos de los cuales han realizado reflexiones teóricas. Como en varios países del mundo, en América Latina la ecología política ha tenido una expansión inusual, especialmente provocadas por los conflictos sobre el uso de los recursos naturales que se escenifican en las áreas rurales a consecuencia de la expansión de megaproyectos de todo tipo (Toledo, 1992, 2017; Alimonda, 2002, 2006; Alimonda et al., 2017; Delgado-Ramos, 2014a; Leff, 2006; Pengue, 2017). En este sentido, en la región ha habido en las últimas dos décadas un claro movimiento de traslado de la ecología política de las áreas urbanas e industriales hacia las zonas rurales notoriamente campesinas, indígenas, de afrodescendientes y de pueblos tradicionales (Brasil) (Toledo, 2017). Hoy en día hay no solamente una proliferación de publicaciones por todos los países de la región, sino la creación de colectivos de investigadores, como el Grupo de Trabajo de Ecología Política del Clacso (<gtecologiapolitica@gmail.com>) y la multiplicación de redes de resistencia de sectores oprimidos del campo y las ciudades; lo que Martínez Alier (2011) llamó el “ecologismo de los pobres”.
El primer hecho por resaltar de este nuevo campo del pensamiento es que logra conjuntar dos corrientes de avanzada, el pensamiento complejo y el pensamiento crítico, para dar lugar a una mirada científica a la altura de los complicados procesos del mundo globalizado. Esa nueva óptica logra resolver dos magnas limitaciones del pensamiento contemporáneo: por un lado, adopta un enfoque integrador, holístico o transdisciplinario, pues aborda de manera conjunta, no separada, los procesos naturales y los procesos sociales; por el otro, trasciende la visión dominante de una (tecno)ciencia al servicio del capital (corporativo) para adoptar una ciencia con conciencia (ambiental y social), que ya no busca solamente interpretar al mundo ni transformarlo, sino, para ser más precisos, emanciparlo. Se trata de una definición de la ecología política, que convierte a esta nueva área del conocimiento humano en un campo potencialmente poderoso en las luchas de la humanidad por salir del caos global cada vez más evidente al que le ha condenado la civilización moderna o industrial.
¿Qué proclama la ecología política? Tres tesis, sencillas pero todopoderosas. La primera es que el mundo actual y su deslizamiento hacia el caos o el colapso provienen de la doble explotación que efectúa el capital: sobre el trabajo de la naturaleza y sobre el trabajo humano. Ambos fenómenos se encuentran indisolublemente ligados y surgen en el momento en que los grupos humanos generan sociedades desiguales, donde un sector minoritario explota al resto. La segunda tesis tiene que ver con la expresión espacial de esa doble explotación. La escala también determina los procesos actuales, desde lo global hasta lo local y viceversa. Por ejemplo, hoy es necesario adoptar la visión de sistema-mundo, de Wallerstein (1979-1998), pero agregándole la “contradicción ecológica” de escala global, cuya situación es estudiada por miles de científicos en colectivos internacionales (Hornborg y Crumley, 2007). La tercera tesis se deriva de las anteriores y establece que la sucesión de crisis de las últimas décadas, en realidad responden a una crisis de civilización. El mundo moderno basado en el capitalismo, la tecnociencia, el petróleo y otros combustibles fósiles, el individualismo, la competencia, la ficción de la democracia representativa y una ideología del “progreso” y el “desarrollo”, lejos de procrear un mundo en equilibrio, está llevando a la especie humana, a los seres vivos y a todo el ecosistema global, hacia un estado caótico. Tres procesos supremos provocadores de desorden aparecen como resultado de la consolidación y expansión de la civilización moderna: el dislocamiento del ecosistema planetario (cuya mayor amenaza es el cambio climático); la inequidad social, y el desgaste, ineficacia y disfuncionalidad de las mayores instituciones, como el Estado, los aparatos de justicia, la democracia electoral y la difusión del conocimiento. Se trata de tres expresiones entrópicas (generadoras de desorden) dentro de las cuales el mundo moderno queda irremediablemente atrapado, fenómeno que surge del dislocamiento del metabolismo general entre las sociedades actuales y la naturaleza (González y Toledo, 2011, 2014).
El caos global que sacude cada vez con más frecuencia a las sociedades siempre es doble: ambiental y social. En ambos casos se trata de fenómenos de oscilación extrema que aparecen de manera sorpresiva y que, en consecuencia, incrementan la incertidumbre y el riesgo. En franca contradicción con la “ilusión sistémica” que cada día construye la ideología de la modernidad, los datos duros provenientes de las ciencias naturales y sociales indican un desplazamiento del sistema-mundo hacia el caos o colapso que, dependiendo de cada país, puede ser suave o abrupto. Los millones de anestésicos ideológicos que se aplican día con día a los ciudadanos del mundo, oscurecen y ocultan —si no es que tornan invisibles— la verdadera situación del mundo. Como lo señaló Wallerstein, en las últimas cuatro décadas han aumentado el desempleo y la inestabilidad geopolítica, y han oscilado locamente los precios de la energía. A lo anterior se suma el estudio de Thomas Piketty (2014), que mostró cómo en los últimos 250 años se ha incrementado la desigualdad social, fenómeno confirmado por los reportes sobre la mayor concentración de riqueza entre los más ricos y entre las mayores 50 corporaciones. Aquí destacan dos estudios. El primero, realizado por un grupo de teóricos de los sistemas complejos, utilizó la teoría de redes para analizar las relaciones de 43 mil corporaciones trasnacionales, llegando a la conclusión de que 1 318 compañías, que representando el 20%, controlan 60% de la economía del planeta y sólo 147 de ellas manejan 40% del flujo económico global (Vitali et al., 2011). Por otra parte, una inves tigación periodística publicada en Russia Today devela que sólo cuatro “megabancos” controlan las principales trasnacionales globales. A lo anterior hay que agregar los numerosos informes sobre la desigualdad publicados por Oxfam Internacional y otras organizaciones. Por otro lado, la secuencia de informes del IPCC (<http://www.ipcc.ch/>) ofrece suficiente evidencia científica del aumento de la inestabilidad climática provocada por la contaminación industrial, incluyendo los sistemas modernos de producción de alimentos, además del agotamiento de los recursos pesqueros, el agua, los suelos, los glaciares, los bosques y selvas y los mecanismos de autorregulación ecológica. Mientras los erráticos fenómenos económicos, políticos e institucionales se viven como huracanes, inundaciones o sequías, los desastres climáticos, la transformación de paisajes y la pérdida de biodiversidad recuerdan de inmediato a los fenómenos económicos.
DIEZ TESIS SOBRE LA CRISIS DE LA MODERNIDAD1
En este capítulo se hace una apretada síntesis de lo que significa la crisis de la civilización industrial o moderna a partir de una mirada histórica que contempla el paisaje completo del pasado humano y de la vida. Se plantea que el dilema central es entre tradición y modernidad, y que para remontar la crisis se requiere remontar el dominio del racionalismo, la dependencia de la energía fósil, el abandono al que se ha condenado al individuo, la fase corporativa del capitalismo. Se identifica la construcción del poder social como la piedra axial de una ecología política verdaderamente emancipa dora. Se concluye que las próximas décadas serán cruciales pues se habrá de vivir el conflicto supremo entre el mono demente y el mono pensante, entre los intereses particulares y perversos y la búsqueda del bien común, la seguridad y la paz, nutrida por una suerte de conciencia cósmica. De ello dependerá la supervivencia de la especie humana o su desaparición.
1. La mirada histórica. Resulta imposible tener una visión acertada de la crisis actual, si se carece de una perspectiva histórica. Pero no solamente de la historia de los historiadores, sino de la historia de los arqueólogos, de los paleontólogos, de los biólogos, de los geólogos y de los astrofísicos. El panorama revelado por la investigación científica, es decir, por el pensamiento racional, ofrece datos concretos acerca del devenir humano y social, del mundo vivo, del planeta y del universo. Comprender la vida o el devenir del planeta o la evolución de los homínidos, resulta necesario para entender los procesos sociales. Buena parte de la tozudez humana proviene de la estrechísima mirada de los analistas y estudiosos, de su ausencia de memoria, de su visión casi instantánea, rasgo inequívoco de la propia crisis.
2. Crisis de civilización. El mundo moderno es un invento social de hace apenas unos 300 años. Un origen difícil de precisar, pero que se ubica en algún punto donde confluyen industrialismo, pensamiento científico, mercado dominado por el capital y uso predominante de petróleo. El inicio de la ciencia puede fecharse de manera “oficial” en 1662 y 1666, años en que se fundaron las primeras sociedades científicas en Inglaterra y Francia. El estreno de un pozo petrolero regurgitando “oro negro” tuvo lugar el 17 de agosto de 1859 en el sureste de Estados Unidos. La industrialización y el capitalismo son procesos difíciles de datar, pero ambos no van más allá de los tres siglos.
En la perspectiva de la historia de la especie, de aproximadamente de unos 1 300 años, la aparición de la Edad Moderna ocurrió en apenas “un abrir y cerrar de ojos”. En unas cuantas décadas se pasó de un metabolismo orgánico a un metabolismo industrial. La crispación que hoy se vive se debe, fundamentalmente, a lo ocurrido en los últimos cien años, un lapso que equivale solamente a 0.03% de la historia de la especie humana. En el parpadeo del último siglo, todos los procesos ligados al fenómeno humano se aceleraron, incrementando sus ritmos a niveles nunca vistos y generando fenómenos de tal complejidad que la propia capacidad del conocimiento humano ha quedado desbordada. El siglo XX ha sido entonces la época de la consolidación del mundo moderno, industrial, capitalista, racional, tecnocrático, y de su expansión por todo el planeta.
Vivimos en una crisis de la civilización industrial cuyo rasgo primordial es la de ser multidimensional, pues reúne en una trinidad la crisis ecológica, la crisis social y la crisis individual, y dentro de cada una de éstas toda una gama de (sub)dimensiones. Esto obliga a orquestar diferentes conocimientos y criterios dentro de un solo análisis, y a considerar sus ámbitos visibles e invisibles. Se equivocan quienes piensan que la crisis es solamente económica o tecnológica o ecológica. La crisis de civilización requiere nuevos paradigmas civilizatorios y no solamente de soluciones parciales o sectoriales. Buena parte de los marcos teóricos y de los modelos existentes en las ciencias sociales y políticas están hoy rebasados, incluidos los más críticos.
Estamos entonces en un fin de época, en la fase terminal de la civilización industrial, en la que las contradicciones individuales, sociales y ecológicas se agudizan y en la que la norma son cada vez más los escenarios sorpresivos y la ausencia de modelos alternativos. Vista así, la crisis requiere de un esfuerzo especial, pues se trata de remontar una época que ha afectado severamente un proceso histórico iniciado hace miles de años, de relaciones visibles e invisibles: el metabolismo entre la especie humana y el universo natural.
3. El papel crucial de la ciencia y la tecnología. Estos últimos tres siglos han sido una sucesión continua de transformaciones vertiginosas, inusitadas y hasta compulsivas. La ciencia apuntaló a través de la tecnología el desarrollo del capitalismo y éste impulsó a niveles inimaginables el desarrollo de la ciencia. El conocimiento permitió la construcción de máquinas cada vez más sofisticadas, de edificios, puentes, aparatos, carreteras, sustancias artificiales, fuentes de energía, materiales diversos, medicamentos, organismos manipulados, medios de comunicación y de transporte. El poder de la especie humana se multiplicó a niveles sin precedentes, tanto para construir como para destruir. El mundo moderno, profano y pragmático, que fue y sigue siendo un producto del conocimiento racional, modificó radicalmente visiones, instituciones, reglas, costumbres, comportamientos y relaciones sociales. El conocimiento, en íntima relación con la empresa, triunfó sobre todas las cosas y ocasionó transformaciones como nunca antes.
La ciencia (y sus tecnologías) al servicio del capital es, por fortuna, dominante pero no hegemónica. Contrariamente a lo que se pregona y sostiene, no hay una sola ciencia (“La Ciencia”) sino muchas maneras de concebir y de hacer ciencia y de producir tecnologías. Al interior de la gigantesca comunidad científica existen minorías críticas de contracorriente que buscan un cambio radical del quehacer científico y la democratización del conocimiento. Por ello, toda superación de la crisis actual supone un cambio radical en la manera de generar y aplicar ciencia y tecnología. Mientras no existan propuestas alternativas de conocimiento científico no podrá remontarse la crisis; el conocimiento seguirá encadenado al capital. Hoy en el mundo existen unos ocho millones de científicos (UNESCO, 2015), los cuales necesitan ser confrontados con el panorama actual, para que tomen en sus manos el urgente reto de buscar soluciones de todo tipo a la crisis contemporánea.
4. Tradición y modernidad. Una de las claves para la correcta comprensión de la crisis de la modernidad, y su posible superación, atañe a la significación cultural de los mundos que se ubican antes o por fuera de ese mundo moderno. Las periferias espaciales y temporales que por fortuna aún existen como enclaves premodernos o preindustriales, son estratégicas para la remodelación de la sociedad actual. Por lo común lo tradicional se opone (contrasta) a (con) lo moderno.
Durante más de 99% de su historia el ser humano aprendió a convivir y a dialogar con la naturaleza al considerarla una entidad sagrada y al concebir a sus principales elementos como deidades y dioses. También aprendió a formar colectivos basados en la cooperación y la solidaridad, la sabiduría de los más viejos y el uso de una memoria comunitaria y tribal. La época de oro de la especie humana tuvo lugar hace unos cinco mil años, cuando cerca de 12 mil culturas, distinguidas por la lengua y distribuidas por todos los hábitats del planeta, aprendieron a vivir en comunidades o aldeas soportadas por relaciones armónicas con sus recursos locales. La aparición de sociedades no-igualitarias cada vez más complejas, permitió el incremento de la población, del comercio y del conocimiento, pero también desencadenó usos imprudentes de los recursos naturales.
La historia que siguió a esa época de equilibrio no ha sido más que la historia de una doble explotación, social y ecológica, un largo proceso de degradación y decadencia que alcanza su cenit con el advenimiento de la modernidad. Hoy como nunca antes, a pesar de los avances tecnológicos, informáticos y sociales (como la democracia), la especie humana y su entorno planetario sufren los peores procesos de explotación y destrucción.
En lo que queda de tradicional en el planeta, siete mil pueblos indígenas con una población estimada entre 400 y 500 millones, se encuentran las claves para la remodelación de las relaciones sociales y de las relaciones ecológicas, hoy convertidas en meras formas de explotación del trabajo humano y de la naturaleza. Por ello resultan de enorme interés los experimentos políticos que viven países como Bolivia y Ecuador, donde los gobiernos se nutren de elementos de la cosmovisión indígena. Ello no significa una vuelta romántica al pasado (tentadora opción), sino la síntesis entre tradición y modernidad, que es la disolución de su conflicto. Pues así como no se pueden eliminar los preceptos rescatables de lo tradicional, tampoco se pueden desdeñar los de los tiempos modernos.
5. La crisis del racionalismo y el reencantamiento del mundo. La ciencia dio lugar al nuevo “cosmos oficial” del mundo moderno. El conocimiento científico ha revelado el macrocosmos y el microcosmos, desconocidos ambos por los seres premodernos. Sobre este cosmos profano que reconoce todo ciudadano moderno, se montan, a manera de componentes no deseados, toda una serie de otros cosmos, secundarios, marginales o alternativos, que se empeñan en mantener vigente, de mil maneras, un cosmos sagrado.
Pero el imperio de la razón generó a su vez una nueva contradicción. El racionalismo, que ineludiblemente separa al sujeto del objeto de su observación y análisis, profanó una visión del mundo que había prevalecido y operado exitosamente durante el largo pasado, y quebró la unidad que existía entre individuo, sociedad y naturaleza. Esta vez la visión secularizada, objetiva y científica de la realidad, prometió mitigar la angustia mediante una oferta tentadora: la construcción de un mundo pleno de satisfactores, cómodo y seguro, donde quedarían satisfechas la mayor parte de las necesidades. Este mundo feliz tendría como sus fundamentos el uso creciente y perfeccionado de los conocimientos científicos y tecnológicos, puntualmente orientados por un ente económico superior: el mercado. La fe en el progreso, el desarrollo y un futuro cada vez mejor, compensó la ausencia de creencias divinas en la que devino la nueva concepción moderna y racional de la realidad. Pero esta sustitución que dejó atrás el encantamiento del mundo, condenó al mono racional a vivir frente a una realidad que se analiza y se fracciona por medio de instrumentos, fórmulas, teoremas, ecuaciones, experimentos, pero que de nuevo carece de un significado como totalidad. Además, a escala individual, lo racional suprimió lo pasional, el pensamiento al sentimiento, lo que en términos neurofisiológicos significa la preponderancia de una mitad del cerebro humano sobre la otra. Por todo lo anterior, el ser moderno ha quedado a la deriva desprovisto de brújula; por ello se hace necesario un reencantamiento del mundo, una reconexión del individuo consigo mismo, con los otros y con la naturaleza, que no es más que el concepto del “buen vivir” de las cosmovisiones indígenas.
6. El individuo olvidado. En un mundo orientado por una racionalidad instrumental, materialista y tecnocrática, las soluciones a la crisis se buscan por lo común en los procesos de innovación tecnológica, los ajustes al mercado, los productos que se consumen, los sistemas de producción, los instrumentos financieros o políticos, los medios masivos de comunicación; y muy rara vez en el individuo, en el ser y sus expresiones más cercanas, sutiles y profundas: su cultura, su comunicación, sus problemáticas, sus relaciones con él mismo y con los demás, incluidas sus maneras de organizarse y de resistir. No se puede buscar la transformación de las “estructuras externas” y visibles de los procesos vastos y gigantescos de la sociedad y de la naturaleza, sin explorar el mundo (interno, doméstico y organizacional) del individuo. El ser humano es un ente complejo que busca el equilibrio entre razón y pasión, pensamiento y sentimiento, cuerpo y espíritu. Es un ser cuyas conductas y decisiones se rigen no solamente por el mundo consciente del día sino por el universo inconsciente de la noche y de los sueños. El ser humano, la cultura a la que pertenece y que recrea, sus vidas cotidianas y las instituciones y organizaciones que inventa para enfrentar, resistir y remontar la crisis, son las claves ocultas, las dimensiones intangibles que la reflexión crítica debe integrar. Es Occidente por fin mirando a Oriente.
7. La conciencia de especie. Hoy, el conocimiento coherente y completo de los procesos históricos y actuales, naturales y sociales, permite al ser humano adquirir una conciencia sin concesiones. Una mirada limpia sobre lo que acontece. La conciencia de especie permite recobrar una percepción original del ser humano, hoy casi olvidada o suprimida en la realidad industrial: la de su pertenencia al mundo de la naturaleza. También lo conduce a restablecer un comportamiento solidario con sus semejantes vivientes (humanos y no humanos) y no vivos y a edificar una ética de la supervivencia basada en la cooperación, la comunicación y la comprensión de una realidad compleja.
Bajo la conciencia de especie ya no sólo se pertenece a una familia, a un linaje, a una comunidad, a una cultura, a una nación o a una cofradía religiosa o política. Antes que todo se es parte de una especie biológica, dotada de una historia y necesitada de un futuro, y con una existencia ligada al resto de los seres vivos que integran el hábitat planetario y, por supuesto, en íntima conexión con el planeta mismo. La conciencia de especie otorga a los seres humanos una nueva percepción del espacio (topoconciencia) y del tiempo (cronoconciencia), que trasciende la estrechísima visión a la que le condena el individualismo, racionalismo y pragmatismo del Homo economicus.
8. La era del poder social. Hoy vivimos el pináculo del capital y, más específicamente, del capitalismo corporativo. Como nunca antes las grandes compañías han tenido ganancias récord, y si no, si han entrado en bancarrota, se han dado el lujo de ser rescatadas por los impuestos ciudadanos. Esto ha sido así porque el poder económico ha sojuzgado al poder político, hasta tal punto que en muchos casos es imposible distinguir si se trata de un político que se dedica a los negocios o un empresario que se dedica a la política (ahí están los casos emblemáticos de Bush, Fox, Berlusconi y Piñera). Frente a esta amalgama de intereses, la gran derrotada ha sido la sociedad civil, los ciudadanos, que han visto menguado su poder de decisión. Hoy, la devastación del mundo de la naturaleza corre en paralelo a la explotación del esfuerzo de los trabajadores. Solo, el capital liberado de candados y restricciones destruiría al planeta entero si ello fuera rentable, de la misma manera que exprimiría hasta la última gota de sudor de los empleados y trabajadores, y abusaría impíamente de los consumidores.
El gran desafío es entonces la reconstitución del poder social y el control ciudadano sobre los procesos económicos y políticos. Ello supone construir o reconstruir el poder social en territorios concretos. En esta perspectiva, la superación de la crisis será la sustitución paulatina y gradual de las actuales instituciones por aquellas creadas por el poder ciudadano. A las gigantescas compañías monopólicas seguirán las cooperativas, microempresas y empresas de escala familiar; a los grandes bancos, cajas de ahorro, bancos populares y cooperativas de crédito; a las cadenas comerciales, el comercio justo, orgánico y directo entre productores y consumidores. A la producción estatal o privada de energías fósiles y del agua, seguirá la producción doméstica o comunitaria de energías solares y renovables y de agua; a los grandes latifundios, base de los agronegocios, las reformas agrarias de inspiración agroecológica; a los espacios naturales, escénicos y de esparcimiento hoy privatizados, su reconversión en espacios públicos y gratuitos administrados por los ciudadanos locales. Y, naturalmente, los presupuestos participativos.
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