Kitabı oku: «Piratas de todos los tiempos»
PIRATAS DE TODOS LOS TIEMPOS
Víctor San Juan

ISBN: 978-84-15930-09-9
© Víctor San Juan, 2013
© Punto de Vista Editores, 2013
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Índice
El autor
Introducción
Siglos IX al XIV. Desde el confín de los tiempos: la piratería como arma de guerra. Reyes, nobles y monjes piratas
La piratería como arma política: Evolución de la piratería mediterránea y atlántica. El renacimiento: Colón ¿pirata?
Primera mitad del siglo XVI. Los corsarios berberiscos
Segunda mitad del siglo XVI. Ingleses y franceses encuentran el filón de la piratería americana
Siglo XVII. El gran siglo de la piratería
Siglo XVIII. Piratas bajo pabellón negro
Siglo XIX. Limpiando los últimos reductos piratas
El siglo XX. La guerra del corso en la Primera y Segunda Guerra Mundial y la Guerra Civil española. Secuestros de transatlánticos
El siglo XXI. La piratería moderna. Yates y piratería. Expolio de tesoros hundidos. Los piratas actuales
Bibliografía y fuentes
El autor
Víctor San Juan es escritor, ingeniero y navegante. Nacido en 1963, cursó estudios de Ingeniero Técnico de Obras Públicas en la Universidad Politécnica de Madrid. Es diplomado en sistemas de calidad ISO 9.000, y posee títulos de patrón de yate y capitán de yate. Es, asimismo, uno de los pocos navegantes españoles que cuenta con victorias en regatas de barcos de vela en circuito y pruebas costeras, de media distancia (Dénia-Andraixt 2007) y raids oceánicos de larga duración (regata Ceuta-Horta, Azores), como piloto y navegante del yate Baraka Mar, de Clemente Guijarro.
Literariamente tiene casi una veintena de escritos y nueve obras publicadas, en las que combina las novelas históricas y de ficción con los estudios de investigación de tema marítimo. Ha ganado dos veces el premio Nostromo de Literatura Naútica, la primera en 2001 con Pequeño Escota, novela acerca de los últimos veleros comerciales españoles, los pailebotes levantinos y murcianos, y en 2011 con Indiamen, ambas publicadas por Juventud. Su novela Soy capitán (Noray, 2003) cuenta con amplia aceptación entre los lectores de tema naútico. Con ocasión del Bicentenario de la Batalla de Trafalgar (2005) recibió la Medalla de la Fundación Letras de la Mar por el estudio Trafalgar, tres armadas en combate (Sílex, 2005) y la novela Memorias de Trafalgar (Noray, 2005). Posteriormente, otro estudio sobre un episodio prácticamente desconocido de la historia naval española, La batalla naval de Las Dunas (Sílex, 2007) ha convertido este texto en referencia ineludible sobre la marina de la época de los Austrias. En 2009 su novela Viejo Roble es finalista del Premio Nostromo de ese año; otra novela, La carrera del té, se publica al año siguiente. En 2010 apareció tambien Las notas del argonauta, y en 2012 Barcos desaparecidos y su misterio, que genera gran espectación. Asimismo, publica con asiduidad artículos y colaboraciones en periódicos y revistas como la Revista General de Marina, Revista de Humanidades, suplemento naútico del diario El Mundo, etc.
Navega a vela desde los 12 años, con un largo período de aprendizaje en vela ligera y clases olímpicas hasta los 18 años; luego pasa al crucero costero, de altura, y, finalmente, navegación oceánica. Ha sido capitán (skipper) de tres embarcaciones, y realizado otras tantas travesías transatlánticas, la regata Cádiz-La Habana 2001 abordo del Virgen del Cobre de Jose Pedro Santamaría, una travesía de retorno Santo Domingo-Bermudas-Azores-Estepona en 2002, y, por último, la regata Ceuta-Azores 2007, de la que resultó ganador con Baraka Mar. También ha navegado en el Mar Egeo, Túnez, Cerdeña, Sicilia, Galicia, Baleares y un largo etcétera; desde 2006 gestiona la campaña del velero de competición Pequeño Escota, habiendo realizado hasta el momento casi 100 regatas y más de medio centenar de trofeos y campeonatos. Dentro del calendario nacional de alto nivel, ha participado en 6 Rutas de La Sal, 3 regatas Peñón de Ifach Calpe-Formentera, la Cartagena-Melilla 2006 y la Dénia-Andraixt 2007. Ha sido vocal de la Federación Madrileña de Vela, y comodoro del Club Naútico Albalá (Madrid) y el Club Naútico de Oliva (Valencia).
Su e-mail es pequenoescota@hotmail.com
Puedes escuchar sus últimas entrevistas en Onda Cero, programa Te doy mi palabra de Isabel Gemio o en Radio Euskadi, con Roge Blasco o Begoña Yebra.
Para mi hermana Mariángeles que siempre estará con nosotros
Introducción
De los asaltos vikingos y las invasiones normandas, al asesinato del número uno de la navegación a vela, sir Peter Blake, por piratas del Amazonas; de los reyes piratas medievales aragoneses, al secuestro de modernos transatlánticos por filibusteros con motivos políticos; de los corsarios alemanes de la Primera y Segunda Guerra Mundial, a la epopeya marítima de Cristóbal Colón en unos mares dominados por los piratas; de los terribles corsarios berberiscos y argelinos –Barbarroja, Dragut, Aydin, Euldj Alí y Murad, los cuales, a pesar de holocausto de Lepanto, aún representan el horror de pasadas generaciones– hasta los legendarios piratas del siglo XVIII, Barbanegra, Calico Jack, Thomas Tew, Henry Every y el desventurado capitán Kidd; de los piratas de tiempos de paz que asolaron el incipiente Imperio americano (Drake, Hawkins, Cavendish y Frobisher), a los de los tiempos de las guerras de Flandes, que constituyeron el brazo armado marítimo de Holanda (Piet Heyn, Oliver Van Noort, Van Spielbergen, Cornelius Jol Pata de Palo, y Balduino Enrique), incluyendo a los protagonistas de la época dorada de la piratería, el siglo XVII (Edward Mansvelt, Jean David Nau El Olonés, Henry Morgan, Laurent De Graaf Lorencillo y Granmont), todo, en suma, conforma una larguísima crónica de piratas tan extensa como la de la propia humanidad. Escribir sobre piratería lo es sobre la propia historia del mundo, y, en concreto, sobre la historia de la navegación.
Los anteriores son personajes teóricamente conocidos, mas pocas veces contemplados en su conjunto, y, por lo tanto, valorados desde ópticas limitadas y criterios deformados por las versiones épicas del cine y la literatura. Todo el mundo ha oído hablar de Morgan o de Drake, incluso de Long John Silver o de Jack Sparrow –que nunca existieron–, pero pocos conocen hechos singulares como que Venecia actuó como estado pirata saqueando Constantinopla en 1204; que un rey de Aragón, Alfonso el Magnánimo, disponía de flota propia, y que llegaba al extremo de atacar enclaves de su propio reino para someterlos; que Colón pudo ser pirata, y que, de hecho, colaboró y contó con ellos para realizar el Descubrimiento; que el célebre Walter Raleigh, amante de la reina Isabel, apenas navegó en sus barcos, limitándose a financiar y supervisar expediciones; y que España no siempre fue la víctima, pues utilizó el corso y la piratería como arma de guerra contra Holanda, devolviendo así la pelota, y especializándose en el particular los barcos flamencos con base en el puerto belga –entonces español– de Dunquerke. Con ocasión de la Revolución de 1868, la Gloriosa, y consecuencia de los desórdenes y descomposición resultante, barcos de la Armada Española con base en Cartagena practicaron la piratería; también es del todo desconocido que, entre uno de los corsarios disfrazados del siglo XX, hubo uno español; y, sobre todo, aun hay quien piensa que, en pleno siglo XXI, la piratería está extinguida, cuando sigue tan practicada y en boga como en los siglos anteriores. En realidad, la piratería, tan familiar y hasta entrañable en nuestro inconsciente colectivo, es una completa desconocida.
A lo largo del siglo XIX, se popularizó el retrato romántico del pirata, es decir, los atractivos libertarios que, a semejanza de lord Byron y tantos otros, hicieron de los mares su hogar al compás de los párrafos de El Corsario, o las estrofas de La Canción del Pirata de Espronceda. De haber retrocedido 100 años en el tiempo, lo que se habría encontrado, real y dramáticamente, habría sido un terrorífico y estrambótico individuo, el mismísimo Edward Teach, alias Barbanegra, paradigma del pirata bajo pabellón negro, mirándonos con ojos fríos emergiendo de una maraña de greñas hechas trenzas de las que cuelgan humeantes bengalas. Si retrocediéramos un siglo más, lejos de topar con el hasta cierto punto simpático Long John Silver, creación genial de Robert Louis Stevenson del granuja agradable a la vez que ladrón sin escrúpulos, la cruda realidad se habría materializado en el escalofriante y sanguinario Jean David Nau, el Olonés, psicópata asesino que, en sus delirios de exterminio, llegó a devorar la carne de sus víctimas después de haberles robado y torturado. De continuar hacia atrás en el alucinante viaje a través de la oscura historia pirática, el siglo XVI dio a luz especímenes como Jeireddín Barbarroja, aparatoso individuo de espeso pelo a modo del hombre-lobo, el cual, acostumbrado a no dar ni un chavo por su propia vida, era capaz de revolverse contra sus propios colegas, jefes y aliados, de robar, despojar y torturar crudamente, sin dejar piedra sobre piedra, la ciudad de Mahón, o de navegar inopinadamente con sus galeras en pos de una bella duquesa italiana, firmar la alianza con los franceses, o correr, después de la derrota, como humilde cordero y las alforjas llenas de valiosos tesoros robados, para arrojarse a los pies del sultán Solimán el Magnífico, a fin de que éste se apiadara y le otorgara el mando de su flota. O Francis Drake, aventurero, negociante, marino, ladronzuelo y torturador sin escrúpulos, que no dudaba en engatusar con sus regalos a una frívola, hipócrita y tonta reina hasta conseguir que financiara y fuera cómplice de sus aventuras practicando la delincuencia por toda América Central y el Caribe; luego, cuando Inglaterra necesitó un almirante, otro gallo cantaría…
El concepto difundido de pirata puede hacer caer en el error de que se trata sólo de aquél aventurero que lucha, de forma violenta y con medios ilícitos, por conseguir el botín, por su cuenta y riesgo, al margen de cualquier organización o institución estatal; realmente, en numerosos casos, gozaban de cobertura y apoyo por parte de algún poder legítimo que los respaldaba de hecho, aunque no siempre estuviera dispuesto a reconocerlo. Este es un concepto “moderno” de pirata, válido a partir del Renacimiento; diferencia al pirata sin oficio ni futuro, del que tal vez algún día pueda ser considerado héroe. Si el apoyo no es encubierto, ya se le puede considerar corsario, sobre todo si dispone de una buena patente real, por escrito. Pero, anteriormente, la piratería y los reinos estaban indisolublemente unidos, considerándose aquélla, en realidad, como una forma más de guerra que no necesitaba de patente para su práctica, y cuyas raíces se hunden en la noche de los tiempos. Atacar por sorpresa, y saquear al enemigo, era una forma de debilitarlo tan lícita como plantear batalla en campo abierto; si alguien le hubiera dicho al temible Roger de Lauria que, para asolar la costa italiana, necesitaba una patente de corso de su monarca, se habría desternillado de risa.
Con el Renacimiento, los reyes –salvo la de Inglaterra– se dan cuenta de que no pueden respaldar ni asociarse con los piratas, fundamentalmente, por sus métodos: asesinato, robo, saqueo y tortura de inocentes. No obstante, los sabrosos botines eran tan tentadores, que, muchas veces, se dejaban atrás los escrúpulos. Aun cuando con la llegada al trono de los Estuardo los piratas ingleses pudieron despedirse del total respaldo de la Corona, surgió, para estos individuos, la necesidad de establecerse por propia cuenta en cualquier isla del Caribe. El problema era que los españoles ya estaban allí, dándoles batalla sin descanso. Con la llegada al poder del lord Protector puritano, Oliver Cromwell, y el Western Design, Inglaterra retorna a la comodidad de la “doble política”, o sea, abjurar públicamente de los piratas, y aprovecharse de ellos como vanguardia armada para debilitar la “fortaleza española” en Indias, con vistas a crear ricos asentamientos coloniales en el Nuevo Mundo. Bahamas, Jamaica, Barbados, Granada, Trinidad y un largo etcétera son el largo rosario de islas que, más o menos desguarnecidas, fueron cayendo en sus manos, constituyendo cabezas de puente para la instalación británica en las Indias Occidentales, cuyo origen no fue otro que los ataques piráticos. De cómo se defendió el resto, habla el hecho de que ninguno de los “puntos fuertes” –Florida, México, La Habana, Puerto Rico, Cartagena de Indias, etc.– acabaron cambiando de manos, y, cuando fueron conquistados, los ingleses se mostraron incapaces de conservarlos; de hecho, nunca conseguirían prosperar en Tierra Firme.
Con el tiempo, los monarcas llegarán a la misma conclusión a que llegaran, tiempo atrás, los sultanes Selim y Solimán: más vale alcanzar un buen arreglo con estas fuerzas irregulares, que ponerse en contra de ellas. Esta vergonzosa y pragmática política, que luego se ha justificado de mil y una impresentables formas, desde demonizar al enemigo hasta convertir a los piratas, auténticos delincuentes, en héroes de epopeya, acabará costando muy caro, y, en especial, a los propios británicos, que llegaron al extremo de rehabilitar y encumbrar a criminales como Henry Morgan, nombrándole gobernador de Jamaica, e inspirando el protagonista, totalmente idealizado y desprendido de su vileza, de la obra de Rafael Sabatini El capitán Blood. La cobertura política y literaria puesta al servicio de tan lamentables prácticas se vendría abajo cuando, llegada la siguiente centuria, la propia Armada inglesa tenga que emplearse a fondo para exterminar a canallas como Edward Teach Barbanegra, verdadera materialización del delirio sabatínico, Edward England, Henry Every, Bartholomew Roberts o Howell Davis, que desataron el pánico en las rutas de la navegación comercial, incluidos los intereses de la propia Gran Bretaña. El buen pirata se había transformado, por arte de magia y cuando no atacaba a los españoles, en vulgar asesino y delincuente. Lejos de un cargo en la administración colonial, acabaron siendo designados para la horca por sus propios conciudadanos, hartos de sus excesos; los mismos que antes, hipócritamente, los toleraron cuando iban dirigidos contra otros. Aún hay que leer a los historiadores piráticos anglosajones proclamar que “hombres como aquéllos abrieron un destino para Inglaterra”.
La concesión de patentes de corso es la materialización del concepto del “pirata civilizado”; un corsario es un especialista que, aunque no sometido a disciplina militar, pone en práctica procedimientos de guerra, y, aunque no sea pirata, actúa como tal. Eso sí, ha de respetar las banderas neutrales y los prisioneros, aun cuando el saqueo y la lucha por el botín permanezcan invariables. Para la corona, el corsario presenta grandes ventajas sobre el pirata irregular, incluso sobre las propias fuerzas: es controlable, no necesita difíciles justificaciones diplomáticas para sus actos, se financia a sí mismo gracias al botín –del que sigue teniendo parte el propio monarca que expide la patente– y debilita al enemigo sin desgasar ni causar bajas propias.
No obstante, la fina línea que separa al pirata del corsario puede transgredirse en cualquier momento, como consecuencia de inesperadas complicaciones, la más habitual de las cuales era capturar un buque de la propia bandera por equivocación. ¿Qué hacer? Si se entrega, el corsario será castigado y desprovisto de su patente, mientras que, si no lo hace y se queda con el botín, será declarado pirata, perseguido implacablemente, y si es capturado, condenado a la horca. En estos casos, si el afectado tenía algo de sentido común, hacía cuentas: en el caso de que el botín diera para asegurar una cómoda existencia hasta el fin de sus días, se trataba de desaparecer en las brumas de las rutas marítimas; en otro caso, un duro futuro esperaba al corsario. Esta “inestabilidad” de la guerra del corso se solventará por las marinas regulares practicándola con marinos profesionales; corsarios, como se ve, bastante alejados del ideal romántico, pero mucho más solventes y eficaces, y, sobre todo, que van a causar muchas menos víctimas. De hecho, los corsarios “profesionales” del siglo XX iban a dejar en pañales a los filibusteros, bucaneros, rastafaris y demás patulea caribeña, que quedarían como simples y pintorescos aficionados. La guerra pirata y corsaria ideal no es la que produce personajes imaginarios para el cine y la literatura, sino la que, sin ocasionar pérdidas de vidas innecesarias, logra el objetivo, es decir, el botín, con el mínimo daño, causando el máximo trastorno técnico, logístico y de comunicaciones al enemigo, que sufrirá graves pero incruentos daños en su organización. Frente a este eficiente y diáfano concepto, las primeras piraterías en Indias eran simples robos de caramelos a la puerta de un colegio, si no fuera por la estúpida e innecesaria crueldad que llevaban aparejada, normalmente motivada por la absurda visceralidad de las contiendas religiosas.
Diferenciando pirata de corsario, en realidad hemos hecho un breve viaje por la piratería a través de los siglos; la motivación de este trabajo es entrar más a fondo en ello. Al repasar la historia, la piratería, con su verdadero aspecto, se antoja como un monstruo asesino de muchas cabezas capaz de transformarse, cambiando de forma, aspecto y color, e incluso de hacerse invisible, para adaptarse a la época en que le toca sobrevivir, con la firme determinación de no desaparecer jamás. De ser fracción indisoluble de la guerra medieval, pasará a ser parte de la hipocresía de naciones acomplejadas con el poderío del Imperio español, que la utilizarán para apoderarse de los despojos de éste último. A continuación, es arma de guerra en contiendas religiosas y políticas, como ya lo había sido en el Mediterráneo a cargo de los piratas berberiscos, para terminar, en el Caribe, constituyendo un verdadero espejismo de forma libre y auténtica de vida que acabaría naufragando víctima de la escasa categoría de los que la ponían en práctica. Para el nuevo siglo los piratas son, cada vez más, simples delincuentes a exterminar por el poderoso brazo del imperio marítimo británico, y, después, el norteamericano, tímidamente imitado por franceses y españoles. En el siglo XIX la lucha por el exterminio de la piratería prosigue, y florece la guerra del corso, la más evolucionada forma de práctica, que alcanzará su máximo esplendor en el siglo XX, auténtico siglo de las guerras.
Pero la piratería de a pie, la cruel y asesina, no se había extinguido; sobrevivirá, bien arraigada en la pobreza y desigualdades ocasionadas por las diferentes reparticiones de recursos a lo largo y ancho del orbe, para eclosionar de nuevo, como abceso de pus, a fines del siglo XX y principios del XXI, haciendo de sus víctimas la marina mercante y deportiva. Para más inri, la falta de conocimiento de una sociedad bombardeada por conceptos superficiales y estereotipados ha hecho de los piratas una especie de héroes infantiles sin peligro ni relevancia, olvidados del tiempo, instrumento de juegos y banalidades. Que el monstruo nunca aparezca ante nosotros por sorpresa para que aprendamos cuál es su verdadero rostro.
Siglos IX al XIV. Desde el confín de los tiempos: la piratería como arma de guerra. Reyes, nobles y monjes piratas
Al principio, todo fue piratería. Esto no quiere decir que cualquier nave que surcara los mares fuese pirata, pero sí que, si no era capaz de serlo, o de defenderse con presteza y eficacia, podía ser víctima de estos depredadores de la mar en cualquier momento, y no sólo en mar abierta, sino también en puertos, riberas y estuarios, incluso en el propio hogar, pues las hordas de piratas, saqueadores por excelencia, no veían en las fronteras físicas sino un nuevo desafío a superar para llevar a cabo sus fines. Piratas, pues, han existido siempre, y lo único que ha variado ha sido el tipo de piratería, el marco geográfico en el que se perpetraba, y la represión, absoluta, a medias o inexistente, inepta o efectiva, que contra ella se ejercía.
La piratería, uno de los oficios más antiguos del mundo, ha tenido siempre éxito por ser una actividad fácil; basta contar con una embarcación, del tipo que sea, armas blancas, y un puñado de hombres decididos, para lanzarse a ella, y esto era tan válido al principio de los tiempos como lo es en pleno siglo XXI. Ya en las crónicas egipcias aparece el faraón Ramsés luchando contra los piratas aqueos, aunque, en aquella época, los más famosos depredadores marítimos eran los piratas chekeres de Oriente medio, la gente de Chequer. En realidad, el gran pueblo marítimo de la antigüedad fueron los himyaritas, los “hombres rojos” asentados entre la mar y las montañas del Líbano, es decir, los fenicios, que recorrieron el Mediterráneo de Este a Oeste, pasaron las Columnas de Hércules, y arribaron a las brumosas costas británicas. Estos grandes marinos fundaron las ciudades de Tiro, Sidón y Beryte, importantes puertos, aunque la primera compañía de navegación surge en el mar Rojo, en lo que es hoy Eilath, para navegar en pos del oro de Ophir. Tiro, con sus dos puertos –norte y sur– será tan importante metrópoli comercial como para entrar en los planes de conquista de Alejandro Magno, que la hizo suya. En su expansión mediterránea, los fenicios toparon con los griegos, y, ni que decir tiene, los barcos de ambos bandos se atacaron y depredaron piráticamente unos a otros, especialmente cuando iban cargados de riquezas. Los griegos fueron grandes piratas, guardándose la memoria de Polícrates de Samos, el más famoso de su época, que llegó a tener una flota de más de un centenar de naves. El origen de Cartago, máxima enemiga de Roma, será de colonia fenicia, que encontrará de nuevo unos difíciles competidores, tanto, que acabarán por aniquilarla. Los fenicios, más comerciantes que piratas, utilizaron y sufrieron la piratería como todo el que apostaba por las rutas marítimas en la Antigüedad.
La primera represión efectiva y organizada de una civilización floreciente contra la piratería de la que tenemos noticia nos sitúa en el 67 a.C., es decir, muy próximos al arranque de la Era Cristiana, cuando el cónsul Pompeyo, yerno y rival de Julio César, organizó sus fuerzas dividiendo el Mediterráneo y mar Negro en trece sectores diferentes, a cada uno de los cuales asignó un comandante, constando la fuerza total de la impresionante cifra de 120.000 hombres y 270 barcos. Pompeyo dirigió esta amplia y exhaustiva redada personalmente, con una división de sesenta barcos, hasta tierras de Cilicia, donde los últimos de estos delincuentes fueron capturados, juzgados, y, muchos de ellos, ajusticiados. El episodio más famoso de piratería de la época vino de la mano del propio Julio, cuando, joven y desterrado por las intrigas de Sila, navegaba por mar hacia Cilicia –Turquía–. Los piratas le apresaron y pidieron veinte talentos por su rescate; herido en su orgullo, César mandó pedir cincuenta prestados, alegando que éso era lo que él valía, y juró a los piratas que les daría muerte. No tardó en cumplir su promesa; una vez en libertad, armó una flotilla en Mileto y halló y capturó a sus aprehensores, recuperando el rescate, y degollando a cada pirata antes de ahorcarlo, con lo que señaló a la posteridad la pena que había de darse a los bandidos de la mar. Por último, dato curioso, uno de los raros piratas romanos fue un hijo de Pompeyo, Sexto, que se dedicó al oficio tras ser expulsado de Roma.
Lo anterior es bien elocuente de los peligros a los que debía enfrentarse la navegación comercial en el Mare Nostrum, y los esfuerzos que tuvo que realizar el todopoderoso Imperio Romano para erradicar esta lacra. El Imperio bizantino heredaría estos crónicos problemas mediterráneos, que se reproducirían en todas las épocas hasta el desplazamiento del centro de gravedad del comercio al océano Atlántico, y, con él, de toda la cohorte de alimañas saqueadoras. En 1204 se produce un hecho de la mayor singularidad histórica, y que debe inscribirse en los anales de la piratería, pues el dux veneciano Enrico Dandolo, habiendo sido llamado para trasladar una cruzada con su flota, se encontró con el nada infrecuente problema de la falta de pago, por lo que, de acuerdo con sus deudores, decidió reconducir la cruzada transformándola en un asalto en toda regla a la ciudad de Constantinopla. El saco de la Centinela de los Estrechos, a cargo de una república marítima en ciernes, mostró hasta qué punto gobernantes sin escrúpulos podían usar la piratería como herramienta de predominio, de guerra, o como simple instrumento de cobro.
Mucho antes, sin embargo, una terrible horda pirática había conmovido los cimientos de Europa, sembrando el terror y el horror en las lejanas y frías aguas del mar del Norte y el canal de la Mancha. Eran los “hombres de las bahías”, hombres de las vik, o vikingos, pueblo de saqueadores procedente de Escandinavia, que disponían en aquel momento de las mejores naves, pues, si bien no eran las más aptas para navegaciones de altura (como se ha demostrado con las reconstrucciones actuales, padecían de los defectos de los barcos sin cubierta y escaso francobordo, es decir, frecuentes inundaciones que podían terminar en naufragio, y difícil gobierno con vientos de popa), sí resultaban las más ágiles, marineras y versátiles para el tipo de incursión pirática en el que se las empleaba, pues, con su rapidez de maniobra y evolución, y calado reducido, podían penetrar profundamente en los estuarios y cursos fluviales, mientras que la propulsión mixta a remos y vela les facilitaba el asalto y abordaje a embarcaciones más pesadas, o la rápida huida de quien quisiera capturarlas.
Las naves vikingas de cabotaje eran el karfi, velero costero de carga, mientras que el knerrir era el gran barco oceánico, de unos treinta metros de eslora, y respetable calado y francobordo. Pero la embarcación “todo uso”, el drakkar o dragón clásico que conocemos vulgarmente, era el llamado hafskip o knörr, de vela y remo, veinte metros de eslora, doce de altura de mástil, cinco metros de manga y dos de puntal, construido con dieciseís tracas de madera remachada a cada banda, y que podía llevar una veintena de tripulantes. Mientras que el knerrir se empleaba para grandes travesías, el hafskip resultaba una espléndida embarcación pirata, por su rapidez, maniobrabilidad, fácil manejo y mínimo calado. Estos barcos se conocen práticamente al detalle, pues en el fiordo danés de Roskilde aparecieron cinco hafskip, mientras que en el túmulo mortuorio del Sandefjord sueco –Gokstad– se descubría, en 1880, un hermoso karfi de cabotaje. Pero el caso más notable fue el barco de Oseberg, en el fiordo de Oslo, que apareció en 1904, tratándose de un magnífico drakkar ceremonial con el que se sospecha se quiso enterrar a una antigua reina nórdica.
Con tan desarrolladas y eficientes embarcaciones, los vikingos serían capaces de llegar a las costas del mar del Norte, Islandia, Groenlandia y Terranova. Su navegación se basaba en el sol y la latitud, el vuelo de las aves (que estos marinos describían cuidadosamente), y, sin duda, la experiencia previa, los primitivos derroteros, que irían componiendo en sucesivas incursiones, y el arrojo y capacidad de improvisación de cada marino, además de la información facilitada por los enemigos capturados en diferentes expediciones, que proporcionarían a los nórdicos la necesaria “inteligencia”. Navegaban unas 120 millas diarias, con las limitaciones y dificultades de las travesías costeras, pero también con sus ventajas, es decir, la posibilidad de disponer, en caso de necesidad, de un refugio a mano para huir del mal tiempo o descansar hasta una nueva jornada.
De esta forma, avanzando por la costa, y creando a su paso bases de apoyo para posteriores expediciones, los nórdicos o normandos penetraron profudamente hasta el mismo corazón del Imperio carolingio de los francos, cuyo punto débil fue precisamente estar surcado por ríos. Entraron por el Rhin, el Mosa y el Somme; por el Sena llegaron a Rouen y París en 845, 855, 862 y 885. Rebasando la Bretaña, el Loira les abrió las puertas para el saqueo de Nantes, Tours y Orléans. Más allá, hallaron la inmensa desembocadura del Garona, de diecisiete kilómetros de ancho, por la que pudieron penetrar en 847 a Burdeos, y, siguiendo el curso del Dordoña, a Perigueux (en 841, 849, 853 y 865) y Clermont-Ferrand, en la misma Auvernia. Con el tiempo, pudieron apropiarse de un territorio que abarcaba desde el Ouessant hasta el río Escalda, incluyendo las actuales Francia, Bélgica y parte de Holanda hasta París, al que llamaron Normandía.
Desde esta cómoda cabeza de puente, iban a desplegarse hacia el Sur para producir incesantes estragos. En 844 llegan a la cornisa cantábrica de la Península Ibérica, pero no impresionan a los recios asturcones, cuyo rey Ramiro I los devuelve al mar. Logran penetrar, no obstante, en las rías altas y bajas gallegas, saqueadas a conciencia. El vigoroso impulso de estas hordas prosiguió hacia el Sur, alcanzando el estuario del Tajo, es decir, Lisboa, repetidamente devastada hasta los mismos cimientos. Alarmado por las noticias que llegaban del Oeste, el emir Abd-al-Rahmán II, heredero de la dinastía Omeya del califato de Córdoba, envió un ejército que masacró la horda normanda en Tablada. Los “barbudos del Norte” no eran invencibles; si se neutralizaban sus mejores bazas, es decir, sus magníficas embarcaciones, y las “hachas danesas” –temibles en el cuerpo a cuerpo masivo– podían ser vencidos, y lo fueron, aunque, en su retirada, los vengativos piratas saquearan Beja.
Pero esta derrota no fue más que una pausa antes de que arreciara un nuevo temporal: en 858-859, sucesivas expediciones normandas recorren el litoral de la España musulmana, doblan el cabo San Vicente, y se introducen en los cauces del Guadiana y el Guadalquivir hasta Sevilla, que fue entregada a las llamas, quedando la propia capital del califato, Córdoba, amenazada. Acto seguido, los vikingos atraviesan el estrecho de Gibraltar, cruzan el mar de Alborán, y, más allá del cabo de Gata, la ambición del “terror nórdico” encuentra víctimas en las que cebarse: remontan el cauce del Ebro, y, cuando el rey de Navarra García Iñiguez acude para hacerles frente, lo capturan prisionero y piden por él un elevado rescate. Las Baleares son las siguientes en sufrir la acometida normanda, y sus ciudades, completamente arrasadas. Por último, cruzando el golfo de León, por el valle del Ródano es atacado el “bajo vientre” del Imperio carolingio hasta Valence y Lyon.
Esta fue la “primera oleada” normanda. Para la próxima, habrá que esperar al siglo X, cuando, de nuevo, el duque de Normandía, Ricardo I, impulsó a los daneses hacia el Sur. Esta vez, no obstante, los peninsulares estaban mejor preparados. Los normandos invaden Galicia de nuevo, pero los cristianos les sorprenden en diversas emboscadas, y les derrotan, incendiando sus naves. En Lisboa son acometidos en las llanuras, sufriendo pérdidas. Más al Sur, la flota musulmana del califa Al-Hakam II protege los cauces del Guadiana y el Guadalquivir; los daneses no tienen otra posibilidad que seguir adelante, llegando a la Italia meridional, donde, para estupor del papa León IX, se establecieron. El vicario de san Pedro no dudó en acometerles con su hueste, y es hecho prisionero en 1053. Así que su sucesor, Nicolás II, entendió como mucho más práctica la alianza, verificada en 1059. A partir de dicho momento, los normandos, ya establecidos y consagrados, abandonaron la piratería, para involucrarse en el difícil y resbaladizo juego de la política italiana, llegando a proclamarse reyes de Sicilia.
La piratería, pues, había penetrado en los dominios de la Edad Media: un difícil conglomerado de diminutos reinos, cuyos monarcas no deseaban otra cosa que enriquecerse a costa del vecino, mientras que las grandes repúblicas comerciales de la Antigüedad –Génova, Venecia y Pisa– aún se estaban gestando. Se trata de un periodo de “señores de la guerra”, en el que la piratería se utiliza para hacer daño al rival, y como práctica habitual para abastecerse en tiempos de escasez, o acaparar en los de bonanza. Como una bandada de aves carroñeras, los reinos rivales caerán unos sobre otros sin importarles víctimas ni seres inocentes, sufrimientos ni atrocidades, en un aquelarre pirático lamentable de los muchos que habría de registrar la historia.
El conde de Empúries, señor de Gaucelem, sería un buen ejemplo de lo anterior. Tenía su castillo en la desembocadura del río Muga –bahía de Roses–, a caballo de las rutas comerciales que unían Italia con la antigua Occitania, es decir, un lugar estratégico para atacar la navegación en el golfo de León, que depredaba a conciencia. Establecidos sus dominios marítimos, llevó sus incursiones al norte de Mallorca-Alcudia y Pollensa-Almería, e incluso el estrecho de Gibraltar. Cuando los normandos irrumpieron en sus dominios, no dudó en aliarse con los musulmanes para rechazarlos. Del 903 al 911, un nuevo conde, Sunyer II, atacó a los normandos en las Baleares y mar de Alborán, en una nada infrecuente campaña naútica de piratas contra piratas. Pero, aliados sus vecinos del Norte y del Sur, con los ya establecidos normandos de Sicilia, esta dinastía caerá en decadencia de forma paralela al aterramiento del fondeadero del Muga con el cambio de milenio, no pudiendo ya desplegarse desde allí más naves. Los días de la Empúries pirática medieval se desvanecieron como los de la romana Emporion en su día.
También a la sazón culmina otra horda pirática que había sembrado el pánico en el Mediterráneo central: los sarracenos, que, con base en el Túnez actual, cuya costa era un auténtico rosario de refugios piratas como la islas de Zembra y Djerba, Bizerta, cabo Cartago y la actual Kelibia, alcanzaron con facilidad el Tirreno para sus primeras incursiones. En 827 desembarcan en Córcega, Cerdeña y Sicilia, llegando al continente en 834, y culminando sus asaltos con la toma de la ciudad de Bari –841– en plena “espuela” de la bota italiana, es decir, el Adriático, lo que les permitía el control de este mar confinado. Sin embargo, su más sonado ataque llegará en 846, cuando desembarcan en el antiguo Portus de Roma –Lido–, saqueando la ciudad extramuros. También llegaron a la costa azul francesa, pero, con el nuevo milenio, su impulso decreció y fueron expulsados tanto de Italia como de las islas, aunque pequeños núcleos como Almería continuarán manteniendo la actividad aún durante otro siglo. Lo mismo sucedió con los temibles normandos, detenidos finalmente en Inglaterra en 878, y en Francia en 891. Para fin de siglo, las crónicas dejan de hablar de estos invasores que asolaron las costas europeas aprovechándose de la sorpresa y el ataque masivo como táctica básica, y sin pretender justificar de ninguna manera sus intenciones, tal como se hará después por motivos ideológicos, de odio al imperio dominante, o religiosos.
Los nuevos tiempos no traerán grandes novedades. El señor de Barcelona, Ramón Berenguer III, hijo de madre normanda, fue un señalado noble que se dedicó a la piratería. En 1114 realizó una expedición pirata contra las Baleares, en mal momento, pues, en su ausencia, los almohades, en la senda del ya desaparecido emir Al-Mansur (Almanzor) devastaron su ciudad. Con el tiempo, Aragón y su salida al mar, Cataluña, van a desempeñar un importante papel como foco de poder en el Mediterráneo, librando una pugna marítima e isleña en la que la piratería no era sino un instrumento más de hacer daño al enemigo. Lo mismo sucedía en otras latitudes; las aguas confinadas se veían sometidas a la pugna de los nautas zarpados de ambas orillas, de los que los piratas no eran sino la punta de lanza. En aguas del canal de la Mancha aún se recuerda la leyenda del monje y almirante Eustace Buskes, al que arrancó de su abadía de San Wulmer, en Picardía, un conflicto por la muerte de su padre, terminando por aceptar un puesto de senescal y la pacífica existencia de un hombre casado. Pero tampoco ahí estaba escrito su destino, pues una nueva diferencia, esta vez con su señor, lo mandó al exilio inglés, siendo acogido, por su noble cuna, en la corte de Juan sin Tierra, que había sucedido al famoso Ricardo Corazón de León. Puesto al mando de una escuadrilla de galeras inglesas, Eustace atacó las islas de Jersey y Guernsey en atrevida incursión pirata, escapando después del jefe galés de la escuadra francesa, Kadoc, al que burló también remontando el Sena, logrando copioso botín. Su triunfante regreso a Inglaterra en 1206 le valió la primera “patente de corso” expedida personalmente por Juan. Excomulgado éste por el papa, Eustace, que debía seguir siendo fiel a sus convicciones religiosas, regresó al servicio de Felipe Augusto de Francia, que, convencido de su fama, le puso al mando de sus galeras de Boulogne, con las que asaltó dos ciudades sublevadas contra su señor, Brugues y Dam, entregadas al pillaje. Pero, atrapado por una hábil maniobra de Guillermo Larga Espada, su flota quedará destruida completamente.
Felipe Augusto le rehabilitó con ocasión del destronamiento de Juan Sin Tierra, para llevar a su hijo Luis al trono inglés. Los 800 navíos y 1.200 caballeros fueron sorprendidos por un tremendo temporal que los dispersó completamente, aunque Eustace lograba llegar a buen puerto con Luis y ocho galeras. Acto seguido, se apodera de las islas de Serk y Guernsey, mientras la situación de Luis y su esposa, Blanca de Castilla, se hace cada vez más precaria. Puesta la flota francesa bajo el mando de Eustace, será finalmente derrotada por una escuadra inglesa que le atrapó con el viento a su favor. El buque del almirante, rodeado por cuatro enemigos, fue batido y abordado, y éste pionero de los corsarios del canal de la Mancha, descubierto escondido en la cala, sería decapitado, según se cuenta, por Ricardo, hijo de Juan Sin Tierra, que le acusó de traidor.
A través de las grietas de una aparentemente gris y atávica Edad Media, había emergido el pulso incontenible de las cruzadas, auténtica invasión occidental de Oriente Medio por la que se acabaría pagando un alto precio. Intervinieron en ellas, como actores principales, reyes y nobles franceses procedentes de los restos del Imperio carolingio, secundados por ingleses, alemanes, flamencos, italianos y un largo etcétera. No todas las cruzadas fueron dirigidas contra los herejes islámicos de la Tierra Santa; algunas, como ya sabemos, serían hábilmente “reconducidas” contra el corazón del Imperio bizantino, Constantinopla, por los codiciosos venecianos, que, tras el asalto, procedieron al saqueo y expolio de la ciudad que alberga el Cuerno de Oro, revelando a las claras que el espíritu caballeresco y cristianizante podía muy bien trocarse en simple ambición de enriquecimiento sin escrúpulo, es decir, en pura piratería.
Un síntoma más de las tensiones a las que Europa se veía sometida, que no eran ajenas a la rivalidad entre Francia e Inglaterra, pues el rey de ésta última era vasallo del de aquélla, además del papado y el Imperio germánico, los cuales, con todo tipo de falsos pretextos, se disputaban la posesión de la Italia Lombarda, Cerdeña y Sicilia. A estas pugnas se superponía la rivalidad entre las ciudades comerciales italianas, Venecia, Génova, Pisa, Lucca y Florencia, siempre dispuestas a medirse en cruentas contiendas navales, o a aliarse con la enemiga de ayer para hacer frente a una tercera, ignorando que, a su espalda, aun en decadencia, alentaba el otrora poderoso Imperio bizantino, heredero de Roma, en plena eclosión cultural e intelectual antes de extinguirse en su imposible posición geográfica de nexo entre Oriente y Occidente.
En medio de esta malla inextricable de conflictos y pasiones, dos reinos de la Península Ibérica, Castilla y Aragón, prosperaban actuando como pescadores de río revuelto, aprovechándose de las debilidades de unos y otros. No muy bien lo hizo el primero; magistralmente, el segundo. Fernando III, el Santo, rey de Castilla, había expansionado notablemente su reino a costa de al-Ándalus, tomando Córdoba, antigua capital del califato, Jaén, y, en 1248, dotándose en los puertos montañeses de una flota primigenia al mando de Ramón Bonifaz, Sevilla, con lo que lograba la salida de sus naves al estratégico golfo de Cádiz. Casó con una alemana, Beatriz de Suabia, de la que tuvo a Alfonso X el Sabio, rey de Castilla de ascendiente Hohenstaufen, que, seducido por el sueño de ser emperador –rey de reyes– dejó a Castilla varada en sus amplios horizontes marítimos hasta la llegada del Renacimiento. La visión de la que, por el momento, carecieron los reyes castellanos, fue la que, muy al contrario, aprovecharon al máximo los reyes de Aragón, en una proyección mediterránea que llevaría la contienda política y pirática a las aguas en torno a la isla de Sicilia, y de la que emergería uno de los marinos y piratas más grandes de la antigüedad.
Jaime I el Conquistador había hecho lo propio con el Reino de Aragón; de hecho, su gran aventura, la conquista de Mallorca, se llevó a cabo con la disculpa de que los piratas baleáricos atacaban los barcos mercantes barceloneses, y, por tanto, había que erradicar este nido pirático. Lo cierto era que, en aquel momento, se atacaba al tráfico mercante catalán, francés, italiano y bizantino desde el mundo islámico, cristiano, griego, y, en resumidas cuentas, de los cuatro puntos de la rosa de los vientos; pero la excusa de la piratería, como la de las armas de destrucción masiva en nuestros días, sirvió a los invasores para justificar sus propósitos. Mallorca fue conquistada en 1229, Menorca en 1231, e Ibiza en 1235, con el principal aporte de Barcelona, y caballeros francos de Marsella y Montpellier. Tras la hazaña, el siguiente objetivo del rey Jaime fue Castellón, y, después, Valencia, que cayó en 1238.
El hijo de Jaime I fue Pedro III el Grande, gran guerrero y singular personaje, pues, como todo buen monarca, supo hacer de su fama y fuerza elemento negociador que empleó diplomáticamente. Limitado al Oeste por Castilla, y al Sur por las conquistas de su padre, que apenas dejaban Murcia como resto fronterizo, la ambición de Pedro le impulsaría hacia el Este, a través del Mediterráneo, en un salto escalofriante que le llevó a chocar directamente contra la casa de Anjou, reyes de Francia, y el papa, protegido de éstos. El Aragón de Pedro III mantuvo, a través de los puertos catalanes, un intenso y fructífero tráfico comercial con al-Ándalus y Túnez, respaldado por los oportunos acuerdos con estos reinos islámicos. Con base en Málaga y Almería, las naves catalanas atacaban el tráfico marítimo del enemigo francés, e italiano, con patente de corso del propio Pedro, al que la historia consigna como monarca pirata. En la propia Barcelona, al sur de la montaña de Montjüich, estaba el puerto de Can Tunis, la Casa de Túnez, donde se llevaba a cabo el activo intercambio de mercancías con este reino africano de piratas.
Dominando los accesos al Mediterráneo por el Oeste (estrecho de Gibraltar) y el Este (canal de Sicilia), no es de extrañar que, en la muerte de Manfredo, rey de Sicilia y cuñado de Pedro III, y asesinato de su sobrino Conradino a manos de Carlos de Anjou, el aragonés viera una ocasión inigualable de apoderarse de esta isla basándose en los derechos de su esposa Constanza Hohenstaufen, y con la inapreciable ayuda de los propios sicilianos, que iban a masacrar a los franceses en venganza por el crimen de Conradino durante las famosas Vísperas Sicilianas.
La vanguardia invencible que el rey Pedro III empleó para hacer efectiva esta reclamación fue su poderosa flota, al mando de los almirantes Conrad de Llansá y Roger de Lauria, y los célebres guerreros almogávares, montañeses catalanes y aragoneses de enorme resistencia y capacidad combativa, que se lanzaban al ataque al grito de “desperta ferro”. La denominación de estos mercenarios parece provenir del árabe, al-mo-gauar significa incursor en tierra extraña, al-muhavir, [el que provee de noticias], es decir, ejército de observación, que siempre son los que van por delante, y gabar, que significa orgulloso, altivo. Estas tropas mercenarias, a bordo de las escuadras de galeras del rey pirata, compondrían un tándem formidable e imbatible en los notables logros durante este periodo de la corona de Aragón.
Conrad de Llansá había llegado a Aragón como criado de la reina Constanza; siciliano de sangre nórdica, iba a protagonizar la primera gran victoria naval aragonesa en aguas mediterráneas. En 1279 el rey le envía, con diez galeras, a saquear las ciudades norteafricanas del sultán de Marruecos. La expedición pirática comenzó, significativamente, en Túnez, donde, logrados los pactos oportunos de no agresión, se procede a arrasar y saquear toda la costa desde el cabo Bon hasta Ceuta, rematando la incursión con la toma de ésta última ciudad. Cuando las fuerzas del sultán Abu Yusuf acudieron a sitiarle, Llansá escapó con el tiempo justo; seis de sus barcos, con todo el botín, lograron cruzar el estrecho para refugiarse del viento de Poniente a sotavento del Peñón, en la que, desde entonces, se conoce como cala de los Catalanes. Pero otras cuatro galeras, abatidas por el viento, fueron perseguidas por tres musulmanas, hasta que, llegados a las islas Habibas, en las proximidades de Orán –fue sin duda una larga persecución, de más de una jornada– se dieron la vuelta y vencieron a las perseguidoras, capturando dos y hundiendo la restante. La victoria de las Habibas, precedida del crucero pirático por el norte de África, señaló el inicio del dominio de la Armada aragonesa, utilizando la piratería como un elemento de guerra más.
Las Vísperas Sicilianas (1282) habían trastornado los planes de Carlos de Anjou, obligándole a la represión en la isla; ciego de odio, sitió Mesina para pasarla a sangre y fuego, pero Pedro III, a la sazón en Túnez, acude en ayuda de los sicilianos desembarcando en Palermo. Mientras los almogávares dan buena cuenta del sitio de Mesina, la escuadra aragonesa, al mando del bastardo Jaime Pérez, derrota en Reggio a los franceses, tomándole veintidós galeras. Pero esta segunda victoria naval se ve empañada por la rápida destitución del hijo natural del rey, que había desobedecido a su padre atacando la plaza de Reggio contra las órdenes de aquél.
Toma entonces el mando de la escuadra el calabrés Roger, nacido en Scala, hijo del señor de Lauria y doña Bella, dama y posiblemente, ama, de leche, de la reina Constanza de Aragón. Se había criado en la corte como compañero de juegos de Pedro III, y los monarcas aragoneses le ennoblecerían con los títulos de conde de Cocentaina y señor de Calpe. Se trataba, pues, de persona que, aunque no emparentada de sangre con la familia real, lo estaba por todo lo demás, pues era un íntimo de toda la vida en quien depositar absoluta confianza. Cuando Pedro III, prosiguiendo las operaciones de guerra para controlar el canal de Sicilia, pone sitio a la fortaleza de Malta, las galeras francesas acuden para levantarlo, seguidas de cerca por las de Roger de Lauria. Atrapados los franceses en el puerto de La Valetta, Roger los conminó a la rendición, y, rechazada ésta, se trabaron las dieciocho galeras aragonesas en combate con las veinte de Guillermo Corner. El francés acometió personalmente la galera de Roger y le buscó con un hacha; mal momento pasó el almirante aragonés cuando una lanza le clavó un pie a las tablas del plan, inmovilizándole contra tan formidable enemigo, pero la piedra almogávar oportunamente lanzada desde una honda anónima desarmó al francés, y Roger, desclavando la azcona, atravesó con ella a su enemigo. Fue el principio del fin para la flota francesa, que perdería diez galeras apresadas antes de poner pies en polvorosa, dejando en manos aragonesas las islas de Malta, Gozo y Lípari. Tercera gran victoria para el intratable Pedro III, al que, a falta de nada mejor, excomulgó el papa afrancesado, y retó a duelo personal Carlos de Anjou, quedando ambas “represalias” en agua de borrajas.
Entretanto, la conquista de Sicilia proseguía: Constanza desembarcó para ser coronada reina, y Roger, tras su victoria, se dirigió a Nápoles para buscar los restos del enemigo en su propio cubil. Aceptó el desafío el hijo de Carlos de Anjou, príncipe de Salerno, y, con todos los nobles de su corte, armó una escuadra mucho más numerosa que la aragonesa, saliendo en su busca. Roger de Lauria, al verlos venir, simuló la huida para sacarlos del puerto, logrado lo cual, los aragoneses se volvieron repentinamente contra las galeras francesas. Mientras los cortesanos y caballeros francos estorbaban la maniobra de éstas últimas, Roger y sus almogávares acometieron con agilidad y ligereza, logrando rodear y sitiar la galera de Capua, donde iba el príncipe de Salerno, que, con su barco desfondado por varios arietes, tuvo que verlo irse a pique, siendo rescatado personalmente por Roger junto al almirante Jacobo de Brusson; acto seguido, la moral francesa se vino abajo, siendo completamente derrotados por cuarta vez consecutiva. Roger de Lauria se dirigió entonces de vuelta a Nápoles, y, confirmada su victoria por el enemigo, marchó a Mesina con los prisioneros para presentarse a Constanza. La reina, para que los sicilianos no ajusticiaran al de Salerno en venganza por el asesinato de su primo Conradino, se las tuvo que ver y desear. Aún así cayeron, linchados por la multitud, sesenta prisioneros, y dos más que se apuntó el propio Lauria por traidores.
Carlos tuvo que bajar con una escuadra a lo largo de la costa italiana para hacerle frente, pero, víctima de problemas internos y la enfermedad, murió en Foggia este rey de Nápoles y Sicilia, hermano de san Luis de Francia, a comienzos de 1285, sin haber podido rescatar a su hijo. Entretanto, Lauria, reforzado con las galeras de Pedro III, y viendo que su enemigo no reaccionaba, se lanzó al saqueo de la costa calabresa, empezando por Nicotera, siguiendo Castelvetro y Castrovilari, y acabando por arrasar toda la Basilicata en una estremecedora campaña pirática, en la que inocentes pagaron por los pecados de su rey francés.
Las barbaridades del almirante-pirata aragonés en su propia tierra natal debieron ser de tal entidad, que la nueva Corona de Sicilia hubo de pararle los pies, enviándole a tomar la isla de Djerba para el sultán de Túnez. Terminada esta misión, y de vuelta en Mesina, el nuevo rey de Francia, Felipe III Capeto, llamado el Atrevido, decide llevar la contienda a tierras europeas, invadiendo el Rosellón como cabeza de puente para penetrar en Cataluña. El ejército francés cruza el Ampurdán y pone sitio a la plaza de Gerona, que rindieron, pero se declara una epidemia de peste que debilita el ejército y la flota francesa.
En estas condiciones llega, incansable, Roger de Lauria a las costas catalanas después de tomar y saquear Taranto, enviado expresamente por el rey Pedro, que le dijo:
“Ya sabes, Roger, por experiencia, cuán fácil es a los catalanes y sicilianos triunfar de los franceses y provenzales por mar”.
Fuertes los enemigos en cincuenta y cinco galeras, dejaron quince en Rosas, avanzando con el resto hacia el Sur en apoyo del rey Felipe, que marchaba por tierra. Avistada una división de sólo diez galeras aragonesas, hicieron por ellas una nueva subdivisión de veinticinco francesas, que fueron a toparse con el grueso de Roger de Lauria en persona, al que no esperaban en aguas catalanas. Teniendo en cuenta su repentina inferioridad, la peste, y el adversario que habían encontrado, los franceses trataron de escabullirse al amparo de la oscuridad tomando la contraseña de sus enemigos: Aragón, y encendiendo fanales como los de las galeras catalanas. Pero Roger y los suyos no se dejaron engañar, atacando a los provenzales del almirante Jean d’Esclot. Las formidables andanadas de los ballesteros catalanes fueron en esta ocasión decisivas, de forma que, llegado el amanecer, sólo doce galeras francesas lograron escapar con Enrique del Mar. El resto cayeron prisioneras, y Roger, al ver algunas en mejor estado que las suyas propias tras el combate, no dudó en transbordar con su gente y emprender la persecución.
La victoria de Las Hormigas, llamada así pues se libró en las inmediaciones de estas islas situadas frante al cabo de Plana, entre Palamós y Llafranc, en la Costa Brava, fue la quinta del reinado y la más celebrada de Roger, pues detuvo en seco el avance franco por la mar, lo que significó desbaratar también el impulso de la invasión francesa por tierra. Los cronistas y aduladores de la época harían famosa la frase de Roger al conde de Fox tras el combate:
“Sabed que sin licencia de mi rey no ha de atreverse a andar por el mar escuadra o galera alguna ¡qué digo galera! los peces mismos, si quieren levantar la cabeza sobre las aguas, habrán de llevar un escudo con las armas de Aragón”.
La retirada francesa se consumó de la forma más catastrófica, pues falleció de peste el rey Felipe el Atrevido, y las galeras que quedaron en Roses, sin tripulaciones ni mandos, hubieron de ser quemadas para que no cayeran en manos del enemigo. Por desgracia, la ferocidad de Roger y los suyos quedó también en evidencia, pues, en venganza por los estragos perpetrados en la invasión, arrojó al mar, para que se ahogaran, trescientos prisioneros atados, y a otros tantos les sacó los ojos, en un cruel exceso criminal más propio de un pirata desalmado que de un almirante real.
Tampoco sobreviviría mucho a esta batalla el rey Pedro III el Grande; murió en Villafranca con cuarenta y seis años, dejando de heredero a su hijo Alfonso III el Liberal. Mallorca, gobernada por su tío Jaime, se había declarado independiente de Aragón aprovechando la invasión francesa, y hubo de ajustar las cuentas a la familia, tal como habría deseado su padre. Por su parte, Roger zarpó inmediatamente de vuelta a Sicilia para informar allá del óbito del monarca a su viuda. Tal vez en castigo a sus crueldades, la mar le sumió en un tremendo temporal que dispersó sus cuarenta galeras, costándole gran esfuerzo alcanzar Trapani. En su ausencia, Constanza había dado el mando de la escuadra a Bernardo de Sarriá, que, para no ser menos a los usos y abusos de la época, realizó un crucero pirático por la costa meridional italiana, arrasando Capua, Sorrento, Pasitano y Astura, además de apoderarse de las islas de Capri y Procida. Para no ser menos, Roger recompuso seis galeras con las que recorrió en pirata la costa provenzal, haciendo numerosas presas, y saqueando localidades como Engrato y Santueri. Llevaba de nuevo el almirante el correo real, es decir, un comunicado del rey Jaime de Sicilia para su hermano Alfonso.
La piratería aragonesa provocó la reacción del gobernador de Nápoles, decidido a la invasión de Sicilia en connivencia con el papa. Mandaba la expedición Reinaldo de Aveliá y el obispo de Marturano, legado del papa; tomaron Augusta, al norte de Siracusa, desde la que se vislumbra el Etna justo por la vertiente contraria que lo contemplaban desde Mesina los aragoneses, como cabeza de puente para pasar el ejército de Brindisi. Estaba Roger precisamente en el astillero de Mesina, sucio y envuelto en una toalla, preparando como solía, personalmente, sus galeras, cuando se enteró de que los volubles sicilianos le acusaban de lo sucedido, y, ni corto ni perezoso, tal como estaba, se presentó en la corte ante Constanza y su hijo Jaime, espetándole a los cortesanos:
“¿Quién de vosotros es el que, ignorando los trabajos míos (que detalló uno por uno), no está contento de lo que he hecho hasta ahora?”.
Calló la corte, y Roger, hombre fuerte del reino, y, como tal, mal visto por los que mucho quieren y nada hacen, partió con cuarenta galeras al encuentro del enemigo. De un rápido golpe de mano, puso sitio y reconquistó Augusta, donde cayeron prisioneros Aveliá y el legado papal. Sin descanso, se dirigió a destruir la flota enemiga, de ochenta y cuatro barcos, fondeada en Castellmare di Stabia, y la avisó de que la iba a combatir. Dispuestos los franceses en batalla, se arrojaron contra los de Aragón, rodeándolos con ventaja inicial. Pero, viendo que podían ganar gracias a su superioridad numérica, empezaron a estorbarse unos a otros por conseguir el mejor botín, creando masas de barcos atascados que eran fácil presa del enemigo, y, en especial, de los ballesteros catalanes. El momento cumbre de la confusa batalla de Castellmare, posiblemente la mejor de Lauria, llegó cuando fueron tomadas las dos taridas con los estandartes del almirante enemigo, Enrique del Mar, que, una vez más, huyó para ponerse a salvo. Fueron apresadas un total de 44 galeras enemigas, es decir, la mitad de la escuadra francesa, que fueron llevadas a Mesina en medio de grandes hurras y aclamaciones para Roger y los suyos. Crecido por la victoria, el marino aragonés se creyó capaz de lograr personalmente un armisticio con sus derrotados, pero el nuevo rey Jaime de Sicilia no le respaldó, ordenándole ponerse a sus órdenes en la contraofensiva por tierras calabresas. Frente al castillo de Bellveder volvió Roger a poner de manifiesto un proceder típicamente pirático, como fue exponer al tiro de las máquinas de guerra enemigas, en vanguardia, al hijo del señor que defendía la plaza, resultando el joven muerto. Tomó acto seguido el rey Jaime el puerto de Gaeta, y, cuando se preparaba una cruenta batalla con las fuerzas de Nápoles que acudían a combatirlos, el papa logró poner paz entre ambos contendientes, iniciándose una tregua de dos años. Paz también buscaba el rey Alfonso de Aragón con Francia, pero, antes de consumar el tratado, falleció con sólo veintisiete años, en 1291.
Heredaba el trono el rey Jaime de Sicilia, ahora Jaime II de Aragón, ocupando el de Sicilia Fadrique. Roger de Lauria aprovechó el interregno para realizar una nueva expedición pirática en aguas africanas; llevó luego al nuevo rey a la Península, y regresó a Sicilia, donde, desembarcando, le ganó una fiera escaramuza al caballero francés Guillermo Estenardo en Castella, tras lo que saqueó Malvasía y la isla de Chío, regresando porteriormente a Mesina.
Llegaba entonces, para sorpresa y estupor de todos, el giro copernicano que dio Jaime II a la política aragonesa haciendo las paces con Francia, cediendo Sicilia a los Anjou a cambio de Córcega y Cerdeña, y acordando la revocación de la excomunión a los aragoneses por el célebre tratado de Agnani. Fadrique y Roger, no sabiendo en un principio qué partido tomar, son citados en la playa de Roma –el Lido– por el inquietante papa Bonifacio VIII, que trata de apoderarse de Sicilia. El pontífice, consciente de que se halla ante uno de sus mayores enemigos, el más afamado y diestro almirante y pirata de su época, le espeta:
“—¿Es éste el enemigo tan grande de la Iglesia y el que le ha quitado la vida tanta muchedumbre de gentes?
—Ese mismo soy, Padre Santo –le replica Roger– mas la culpa de tantas desgracias es de vuestros predecesores y vuestra”.
Acto seguido, el taimado papa se lleva en privado a Fadrique, al que trata de convencer con sus intrigas. En Sicilia, el bando aragonés estaba dividido; unos caballeros apostaban por Jaime pese a que ello implicaba entregar la isla, otros por Fadrique, que, finalmente, decidía quedarse. Roger no es ajeno a esta controversia, y, aunque al principio favorable a Fadrique, acabó abandonándolo por numerosas discrepancias, que no logró aplacar su colega y cuñado Conrad de Llansá, a la sazón en la corte siciliana.
Siguió un nuevo crucero pirático de la armada de Roger por la costa italiana: se atacan y saquean Lecce, Otranto y Bríndisi, a cuyo regreso el almirante se evidencia ya como partidario de Jaime II de Aragón, lo que fue causa de su arresto (1297) en un arrebato de Fadrique, que, a continuación, ordena el destierro, que verifica el marino en compañía de la reina viuda Constanza y su hija Violante, que iba a casarse con el duque de Calabria en Roma. El rey Jaime no tiene otra opción, si quiere garantizar el tratado, que arrebatar Sicilia a su hermano Fadrique, aliándose con los franceses. Roger, tapándose la nariz, debe encabezar con el conde Russo la hueste napolitana en la batalla de Cattanzaro, pero son vencidos por los sicilianos, y el calabrés está apunto de morir, herido en una cuneta. Enfurecido y derrotado, regresa a la Península, donde el rey Jaime le rehabilita poniéndole de nuevo al mando de la escuadra aragonesa. Roger de Lauria volvía a ser el almirante invencible de siempre, para ésta su última cabalgada sobre las olas en pos de su rey, Jaime II de Aragón.
El intento de reconquista de Sicilia conoció no pocos altibajos y sinsabores, pues los coriáceos guerreros fieles a Fadrique, y éste mismo, supieron insuflar a los sicilianos un espíritu de resistencia que el rey de Aragón y los suyos, Roger incluido, no pudieron superar. Los sitios de Patti y Siracusa se complicaron lamentablemente; Juan de Lauria, sobrino del almirante, corría la costa con veinte galeras de catalanes, cuando le salieron al paso veintidós sicilianas, que le derrotaron estrepitosamente, apresando dieciseís naves y tomándole prisionero. Para supremo escarnio del almirante, su sobrino fue decapitado en Mesina por traidor; cumpliendo órdenes, hubo de volver a la costa italiana para rehacer sus fuerzas, pero no tardó en regresar con 56 naves de guerra y el rey Jaime a bordo, dispuesto a cumplir sus compromisos. No lejos del cabo Orlando, toparon con los sicilianos, antiguos amigos y compañeros, ahora enemigos a muerte, con cuarenta galeras al mando de Fadrique, Alagón, Ampurias, Palici y Entenza. Anochecía, y, con buen juicio, el rey Jaime ordenó esperar a que rayara el alba para atacar.
Roger aprovechó el tiempo para acondicionar sus galeras a son de batalla; consciente de su superioridad, ordenó a una de sus divisiones acometer al enemigo por la popa, mientras el resto lo hacían por el frente. Por su parte, los sicilianos ataron sus naves para forzar al enemigo a aceptar el combate a distancia mientras le desgastaban con salvas de ballestería. Pero Entenza, demasiado impulsivo, desató su galera y acometió a los aragoneses, trabándose así la batalla, y cayendo los sicilianos en la tenaza que magistralmente Roger había planeado. Fadrique quiso aguantar hasta vencer o morir, pero, rendido por el cansancio y el calor, sus lugartenientes emprendieron la huida con otras seis galeras, dejando al resto en la estacada. Al ver esto, el alférez Pérez de Arbe, leal a Fadrique en toda la heroica sublevación siciliana, se quitó el casco y se suicidó partiéndose la cabeza contra el mástil, acto sin parangón en la ya extensa historia de la guerra naval. Por lo que respecta a Jaime, luchó con valor con un pie clavado a cubierta por un dardo, tal como le sucediera a Roger en Malta. Dieciocho galeras cayeron prisioneras del almirante Lauria, el cual, sin dudar un instante, se vengó cruelmente de los prisioneros por la muerte de su sobrino; tuvo el rey Jaime que detener la carnicería, perdonando a muchos que antes le prestaron servicio.
Con la victoria de cabo Orlando dio Jaime II por conquistada Sicilia, habiendo cumplido con Carlos de Anjou y el papa en virtud de lo firmado en Agnani; pero sus aliados no quedaron contentos con él, especialmente cuando el príncipe de Taranto, hijo de Carlos, fue derrotado por un rehecho Fadrique en Trapani. De nuevo la suerte de la isla gravitaba sobre los hombros de Roger, que, en ésta su última batalla naval de las seis que habría de ganar (Malta, Nápoles, Las Hormigas, Castellmare, cabo Orlando y ésta de Ponza) luchó frente a la mencionada isla contra las 32 galeras de Conrado de Oria, afamado almirante genovés cuya capitana fue rendida y desfondada por el propio Roger en persona, forzando así la rendición de la flota siciliana. A continuación, el almirante lograba un tratado de paz con Alagón, mano derecha de Fadrique, refrendado primero y después rechazado por Carlos de Anjou, que, al volver a ser derrotado, tuvo que entregar a Fadrique la isla y la mano de su hija Leonor, quedándose el aragonés con un trono por el que había luchado, verdaderamente, como un león.
Así termina la carrera exhaustiva, del diestro y feroz almirante Roger de Lauria, que, retirado a sus dominios valencianos, fallecería cinco años después (1305). Se trató, sin duda, del primer almirante de su época, el mejor de su tiempo, y uno de los más notables y olvidados de la historia naval. Sin duda que era un hombre de su tiempo, y también el más notable pirata del Mediterráneo del siglo XIII, en un período en que política y piratería eran acción e instrumento, tanto más en una monarquía de amplio horizonte marítimo como fue la Corona de Aragón, que necesitaba recurrir periódicamente a la piratería para dotar de medios a su escuadra, y poder pagar a los mercenarios almogávares. Los escasos escrúpulos que pudiera imponer la época a estos métodos quedaron descartados al ser el reino declarado pirata, como su rey, que fue excomulgado por un papa tendencioso y muy lejos de su papel de referencia moral de la cristiandad. En otras palabras, si el papa había utilizado la excomunión como arma contra sus enemigos en el campo de batalla ¿quién tenía autoridad moral para decir que la piratería fuera algo ilícito?
Vivió Roger, pues, en una época difícil, plagada de conflictos y con nulas o escasas referencias morales o éticas, por lo que el juicio a su papel de pirata se hace complejo, y sólo cabe criticar abiertamente su comportamiento cruel y vengativo contra prisioneros desarmados. De su valor, destreza y pericia no puede haber duda, así como de su fidelidad a la causa de la Corona de Aragón. Personaje sin duda interesante, y cuya memoria ha mantenido la Armada española, que, hasta muy recientemente, ha bautizado potentes buques de guerra con su nombre. Marcó, con su impronta característica, una fase de la historia de la piratería en que ésta y la guerra naval prácticamente no se diferenciaban, lo que nos ayudará a comprender mucho más los acontecimientos posteriores.
La piratería como arma política: Evolución de la piratería mediterránea y atlántica. El renacimiento: Colón ¿pirata?
Hemos visto cómo repúblicas comerciales –Venecia–, almirantes –Roger de Lauria– e incluso reinos enteros –Aragón– podían convertirse en piratas de la Antigüedad. Castilla no les iría a la zaga, abriéndose finalmente a los horizontes marítimos, y no precisamente en la época de los Reyes Católicos, como se suele creer, sino mucho antes, con un rey que comenzó a serlo de niño, Alfonso XI, al inicio de cuyo reinado la situación del reino era la siguiente:
“Todos los ricos-omes et los caballeros vivían de robos et de tomas que facían en la tierra, et los tutores consentíanselo por los aver cada uno de ellos en su ayuda. Et en ninguna parte del regno non se facía justicia con derecho; et llegaron la tierra a tal estado, que non osaban andar los omes por los caminos sinon armados et muchos en una compaña (…) et los logares que eran cercados manteníanse los más dellos de los robos et furtos que facían”.
En esta situación, cabe suponer razonablemente que aquel monarca de quince años tuviera una idea muy clara acerca de los ladrones y saqueadores; lo que había que hacer con ellos lo puso de manifiesto muy pronto, al tomar el castillo de Valdenebro, refugio de hidalgos bandidos asaltadores de caminos, a los que hizo ejecutar al completo. Alfonso fue un rey de carácter y sin escrúpulos, no se habría llevado mal con Roger de Lauria. Durante su reinado se enfrentó a Portugal (el rey portugués era su suegro), con Navarra, y con todo bicho viviente, pero mantuvo una tácita solidaridad con Aragón para combatir el peligro común, es decir, el islámico, que iba llegando de África con las sucesivas invasiones magrebíes. Castilla tenía ya salida a la mar a través de Santander y Sevilla; pronto adquiriría una tercera puerta al Mediterráneo, Cartagena, lo que le permitiría mantener diferentes escuadras en pie de guerra. A partir de entonces, Aragón se vería obligada a tener presente este hecho, optando por una política de conciliación con su vecina para mantener un firme dominio del estrecho.
Aun así, los comienzos fueron difíciles. El primer pacto entre Castilla y Aragón se verifica en 1339, por Alfonso XI y Pedro IV respectivamente, remitiendo al estrecho doce galeras al mando de Gilabert de Cruilles para evitar el paso de la horda de benimerines al mando del príncipe Abdelmalic, con la pretensión de instalar en Granada una nueva dinastía merinida marroquí. La flota castellana del prior Alfonso Ortiz Calderón es deshecha por una tempestad, Cruilles pierde la vida en el desembarco, y el sustituto, Jofre Tenorio, es derrotado en Gibraltar. Alfonso XI se ve obligado a pedir socorro al dux de Génova, Simón de Bocanera, que remite quince galeras comandadas por su hermano Egidio, y toma personalmente el mando de la tropa para frenar la invasión. La batalla se da el 30 de octubre, no lejos del río Salado; la hueste de Alfonso, aliado con los portugueses, embiste al contingente marroquí, que es, a la vez, acometido de revés por la guarnición de Tarifa. Los benimerines son completamente derrotados, y se logra un fabuloso botín. Explotando al máximo su victoria, Alfonso conquistará Algeciras en 1344, pero, tan sólo seis años después, fallecerá de peste en campaña. El ascenso al trono de Pedro I, llamado El Cruel, desencadenará en Castilla una terrible guerra civil con el bastardo Enrique de Trastámara, que acabará venciendo más por los excesos y errores de Pedro que por méritos propios.
Por su parte, el Reino de Aragón había firmado, en 1302, la paz de Caltabellota, que significó el fin de la guerra por conquistar Sicilia. El temible ejército pirata mercenario de los almogávares quedaba sin trabajo; aunque pronto les saldría un nuevo encargo. Reclamados por el basileus de Constantinopla, Andrónico II Paleólogo, se forma un nutrido grupo de aventureros conocidos con el nombre de La Compañía, bajo el mando de un halconero de Federico II Hohenstauffen, llamado Roger de Flor, y Berenguer de Entenza. En 1303, ya estaban en el Cuerno de Oro los 6.500 almogávares embarcados en Mesina para iniciar una serie ininterrumpida de victorias, que llevaron a los propios bizantinos a traicionar y asesinar a Roger, lo que provocó la ira de los temibles almogávares en el episodio conocido como la venganza catalana. Con el duque de Atenas como jefe, los almogávares finalmente fundarían un país en suelo griego, al que llamaron Neopatria, al sur de Tesalia, y que mantendrían durante setenta años.
La paz no significó el fin de la piratería aragonesa en el Mediterráneo occidental; durante la primera mitad del siglo XIV arrecia la ofensiva pirática, a pesar de los esfuerzos de los reyes Jaime II y Pedro III y sus diplomáticos para aplacar la indignación de los tunecinos. Sin guerras que librar, los catalanes, valencianos y mallorquines, con sus saetas y leños, se convirtieron en el azote de Tremecén y Túnez, la tierra que, a la vuelta de los siglos, acabaría siendo Berbería. Son asaltados Xaual, Bujía, Sfax (en Túnez), y, ya en el colmo de la osadía, el mismo puerto de La Goleta, el legendario puerto de Cartago. ¿Cómo era posible que los piratas aragoneses llegaran tan lejos? Inevitablemente, tenía que haber una base en el canal de Sicilia desde la que se desplegaran sus naves. La consiguiente investigación concluyó que era en la perdida isla de Djerba donde se guarecían los catalanes. Y ¿quién estaba al mando de esta guarida? Pues ni más ni menos que el hijo de Roger de Lauria. En 1310, Aragón envía al futuro cronista Ramón Muntaner para expugnar dicha isla, pero no lo consiguió; todo lo más, los piratas escapaban, esperando a que se retiraran sus perseguidores para regresar al refugio. Los nombres de los piratas de esta época son Pere Ribalta, Jaume Castelló, Guerau de Canyelles, Ferrán Assolit, Jaume de Tortosa, e incluso un noble, el vizconde de Castellnou.
Se sospecha que al final hubo un pacto entre los piratas y los monarcas de Aragón y Túnez, pues, de 1336 en adelante, cesan los ataques contra este sultanato, y arrecian en Argel y Marruecos, lo que a los reyes de Aragón les parecía una forma excelente de debilitar a este último reino para evitar nuevas invasiones de la Península a través del estrecho. El acuerdo con Túnez revitalizó el Can Tunis barcelonés, que se recicló para el detestable comercio de esclavos; el rey Pedro el Ceremonioso fomentó el liderazgo catalán en el comercio de esclavos, convirtiendo la ladera del Montjüich en centro europeo de la distribución de esclavos en 1340. Esta preponderancia llevaría a Aragón a topar con la república marítima emergente de la época, Génova.
Génova había sellado su destino abierto al Mediterráneo occidental aniquilando a su rival Pisa en la batalla de Meloria (1284); esta victoria la rubricó uno de los mejores piratas de la época, Benedetto Zaccaría, mandando la flota genovesa. La escuadra aragonesa bajo el mando del heredero de Roger de Lauria, Bernat Cabrera, debe luchar contra las flotas genovesas por la supremacía. En 1352, las galeras catalanas, venecianas y bizantinas derrotan a las genovesas en las lejanas aguas del Bósforo; pero Cabrera sufre su primer tropiezo al año siguiente, en Alguer, cuando es derrotado por los genoveses en este puerto de Cerdeña entregado a los catalanes. No obstante, el aragonés se reivindicará finalmente culminando la completa conquista de esta isla.
En 1359, el descaminado Pedro I el Cruel, rey de Castilla, intenta apoderarse del Can Tunis barcelonés para hecerse con sus riquezas humanas, esto es, los esclavos. El plan es citar de nuevo al genovés Egidio Bocanera, tal como hizo su padre, pero por motivos bien distintos, pues la de Pedro es una expedición inequívocamente pirata. Pero Montjüich se defendió con coraje, hundiendo varios barcos de los genoveses y castellanos a base de artillería, lo que produjo la retirada de sus enemigos.
Antes de continuar, desplacémonos por un momento al puerto de Nantes, en el estuario del Loira, donde encontramos una temprana historia de una mujer pirata; se trata de Jeanne de Belleville, conocida como la Leona de Clisson. Francia e Inglaterra se hallan inmersas en la Guerra de los Cien Años; los reyes ingleses eran súbditos del rey de Francia, y poseían reinos y comarcas en lo que hoy es terreno continental francés. Esta complicada entelequia producía notables conflictos y continuos puntos de fricción, no sólo entre franceses e ingleses, sino entre los propios franceses según pertenecieran a una u otra facción. El marido de Jeanne fue víctima de uno de ellos, traicionado y asesinado en la guerra de Blois y Montfort. Jeanne se exila a Inglaterra, y, al servicio del rey Eduardo, éste le confiará tres navíos, con los que piratea en el golfo de Vizcaya. Capturada por la flota de Felipe de Valois, escapa con sus dos hijos en una chalupa, en la que, antes de alcanzar tierra, muere uno de sus hijos. Jeanne será uno de los pocos piratas que se rehabiliten: después de su aventura, se casa con el hijo del condestable del rey de Francia, pasando el resto de sus días en una tranquila existencia.
Inglaterra tuvo un gran rey, Eduardo III, conquistador de Escocia, que había vencido en Sluys y Crécy, en territorio francés, añadiendo Calais a sus conquistas. Era una época de grandes guerreros, como el también Eduardo, el Príncipe Negro, que ayudó a Pedro el Cruel, al que acabó abandonando, completamente defraudado. Su hijo, Ricardo II, heredará el trono en 1377, con tan sólo diez años, quedando la regencia a cargo de Juan de Gante, duque de Lancáster, en un periodo de gran inestabilidad, por la interminable guerra con Francia, las revueltas campesinas de Wat Tyler, y el movimiento herético de John Wycliff (los bollardos). Castilla se verá implicada en la Guerra de los Cien Años, precisamente por el apoyo prestado a Pedro I por los ingleses; su rival, Enrique de Trastámara, finalmente rey de Castilla, y su hijo, Juan I, pasaron factura al duque de Lancáster aliándose con Francia, y enviando a la flota castellana para aprovechar el momento de debilidad inglés. Esta expedición pirática de la escuadra de Enrique y Juan de Castilla tiene lugar entre 1372 y 1380; el almirante Fernando Sánchez de Tovar derrota a la flota inglesa en La Rochelle, y, luego, asalta sucesivamente ocho puertos ingleses, entre ellos, Folkestone, Plymouth, Portsmouth, la isla de Wight penetrando por el Solent, y Hastings. Por último, dejando a babor el gigantesco estero de las arenas de Goodwin, penetra por el Támesis, asaltando y saqueando también Gravesend, y amenazando la propia city londinense. Este episodio, que recuerda el asalto de Constantinopla por los venecianos en 1204, ha quedado arrinconado en los anaqueles del olvido, puede que por su lejanía en el tiempo.
Pero la suerte no sonreirá siempre a Juan I de Castilla (reinó de 1378 a 1390). A la muerte del rey de Portugal, reclamará para su segunda esposa Beatriz, hija de aquél, el trono luso. Juan de Avis, ocupante del mismo, opone resistencia ayudado por el duque de Lancáster, y todo se decide en la legendaria –para los portugueses– batalla de Aljubarrota, no lejos de Lisboa, donde hoy se levanta un espléndido monasterio para conmemorar el evento. El ejército castellano naufraga en las trincheras portuguesas, y habrá que esperar doscientos años para que Felipe II de España, por vía materna, reclame y consiga la corona de Portugal. No obstante, la estirpe de Juan I lograría al fin la corona más insospechada: a través de Leonor de Aragón, primera esposa de Juan, su hijo, el regente Fernando de Trastámara, emergerá del confuso e imposible compromiso de Caspe como rey de Aragón; y su nieto, Alfonso V, conocido como el Magnánimo, será el encargado de revitalizar la potencia naval aragonesa a través del ataque pirático y en corso a sus más directos rivales, Francia y Génova. Con él entramos en el siglo XV, un siglo de transición a cuyo final se llegaría al evento que cambiaría el mundo, y, cómo no, también la piratería.
Declarada la guerra pirática en el Mediterráneo, todos los actores en juego, aragoneses, franceses, genoveses, pisanos, venecianos, bizantinos y musulmanes irrumpirán en todos los frentes mudando las alianzas según cada necesidad particular. Génova había visto con agrado el predominio de Aragón en Cerdeña, pues anulaba el de su rival más feroz, la vecina Pisa. Pero cuando Aragón ocupó la isla, Génova no dudó en lanzar sus barcos contra los aragoneses; éstos respondieron aliándose con los venecianos, a lo que los genoveses replicaron firmando un tratado con Castilla (1356), y azuzando el corso norteafricano para que depredara los barcos catalanes y mallorquines. De resultas de todo este embarullado entramado mediterráneo, un barco mercante que navegara del estrecho de Gibraltar al canal de Sicilia, o viceversa, podía ser atacado por cualquiera y de cualquier nacionalidad sin previo aviso, en cualquier momento, e izara el pabellón que izase.
Los monarcas y sultanes de las riberas mediterráneas, lejos de erradicar este estado de cosas, lo estimularon y alentaron aún más; uno de los más destacados promotores del corso y la piratería catalana, valenciana y balear fue precisamente Alfonso V el Magnánimo, lo que produciría, para ciudades como Barcelona, Valencia y Palma de Mallorca, una inusitada riqueza y prosperidad. Las víctimas eran los barcos de Marsella, Pisa y Génova, que, con ricos cargamentos en sus bodegas, trataban de atravesar indemnes las aguas del Mediterráneo occidental. A este lucrativo negocio, los catalanes y aragoneses atrajeron a los marinos castellanos, tanto andaluces como gallegos y cántabros, que se estrenaron así en la depredación marítima.
Alfonso V no sólo promovió la piratería, sino que también la practicó él mismo, pues tenía una flota particular armada con las peligrosísimas bombardas, cañones cortos de gran calibre antecedentes de las famosas carronadas nelsonianas, tipo éste de artillería con la que no contaba ningún barco de entonces. La trascendencia de este hecho es notable: con el rey-pirata, probablemente rey-pirata por excelencia, el concepto de corso carecía de sentido, pues él mismo era la garantía de patente. Se permitía atacar y saquear los barcos que consideraba enemigos, y, sin línea divisoria alguna, también reprimía la piratería ajena, pues, para él, todo eran enemigos, y, en este caso, competencia. Llegado a este punto, no puede extrañar que atacara a sus propios súbditos, en un aquelarre pirático que le llevaba a usar la piratería como instrumento de dominación, atacando incluso poblaciones ¡de su propio reino! Ciertamente, lo de Alfonso no tenía igual. Aún más sorprendente, el consentir y consentirse a sí mismo todo tipo de inescrupulosas liberalidades piráticas, no le impidió redactar un código de comportamiento en los mares, algo parecido al vigente Código de Circulación para vehículos, pero aplicado a los barcos, llamado el Llibre del Consolat de Mar, que mostraba a los embajadores extranjeros cuando venían a pedirle medidas contra la piratería.
Numerosos fueron los protagonistas de esta “época dorada” de la piratería catalana. Uno de los más famosos, Romeu de Corbera, auténtica mano derecha del rey Alfonso. Corbera era un templario clandestino; la Orden del Temple había sido abolida en 1312 por el papa Clemente V, después de un terrible proceso en Francia que mandó a muchos de ellos a la hoguera. Otros de estos monjes guerreros tuvieron que buscar refugio en diferentes órdenes, como la catalana de Montesa. Corbera ingresó en la corte de Aragón de la mano del rey Martín el Humano, se consolidó con Fernando de Trastámara (o de Antequera), rey de Aragón, y le llegó a Alfonso como gran experto y estratega de la mar, para tomar el testigo dejado en su día por Roger de Lauria. Justo lo que necesitaba el rey, que lo convirtió en un verdadero azote contra Francia y Génova.
En la expedición de 1420, partió de Valencia con veinte galeras, cerca de Pisa dió batalla y derrotó a la flota genovesa, y, al regreso, entró en el puerto de Marsella forzando las cadenas de la entrada, para, acto seguido, desembarcar y desatar un asalto y saqueo de pesadilla, en el que la venganza contra los que habían aniquilado a sus hermanos templarios no debió quedar exenta. Esta lamentable práctica, es decir, tomar venganza sobre súbditos inocentes de lo que hacían sus monarcas, fue una detestable conducta criminal que reiterarían berberiscos, ingleses y holandeses contra los españoles en el futuro.
También Bernat de Vilamarí destacaba con su expedición corsaria al Mediterráneo oriental en 1450. Interceptó allí las rutas de navegación terminales de la Ruta de la Seda, capturando barcos venecianos y genoveses, contrarrestó la actividad pirática de los caballeros hospitalarios de San Juan de Jerusalén, basados en la isla de Rodas, cruzó los estrechos, entró en Constantinopla, y, de regreso al Dodecaneso, se apoderó de la isla de Megasi, haciendo del puerto de Castellroig su base –no lejana a Rodas– para el asalto a las costas turcas, palestinas y egipcias, durante cuatro años. Languideció después Castellroig o el Castell Alfonsí (Castillo de Alfonso, como se le conocía), el punto más avanzado al que llegaría la expansión pirática catalana. De regreso, Vilamarí destrozó un convoy genovés en la isla de Ponza, y los mercaderes de esta República, no sabiendo cómo detenerlo, probaron con el soborno, regalándole un principado en la población de Calvi, en Córcega. Aceptó el pirata, no tardando en convertirse Calvi en otro nido pirático inexpugnable del Mediterráneo.
El sacerdote Lluis Pontós se haría a la mar como pirata, en su caso para paliar el hambre y la pobreza de las localidades de la costa levantina; en las calas de Mallorca, Ibiza y Formentera acechaba los barcos cargados de grano que se dirigían de Italia a los puertos mediterráneos peninsulares. Francisco Navarro fue un judío riojano que también pirateó por estas costas, hasta establecerse en Génova con su negocio. Jaume de Vilaregut fue otro sacerdote que atacó el tráfico francés, genovés y catalán, llegando a fundar una hermandad pirática, remedo de la luego famosa de la isla de La Tortuga. Joan Bernat de Marina tuvo la fortuna de atrapar un cargamento de grano en época de hambruna, siendo muy aclamado. Y, así, un largo etcétera, que incluye incluso a nobles como Arnau de Fuxá, Juan de Castro, Jaume Terré, Gabriel Ortigues o Pons de Catlar.
Inmerso el Mediterráneo occidental en esta auténtica plaga, no resulta extraño que, a falta de nada mejor, los piratas acabaran atacándose entre ellos, convirtiéndose en víctima el antes cazador, y, así, sucesivamente, según el carácter de la nave con la que se toparan. El marino provenzal Audinet se hizo rico como depredador de la costa catalana y los barcos de cabotaje que la recorrían, en la década de 1440. Fornar fue otro saqueador de los barcos negreros catalanes que comerciaban con el norte de África, como Joan Torrellas, temido y odiado en todo este litoral, y que resultó un precursor de Henry Morgan, pues terminó su “carrera” como consejero marítimo barcelonés, cruzando sin complejos la frontera que separa a un delincuente de un alto funcionario estatal. En este estado de cosas, surgieron “cazadores de piratas”, piratas al fin y al cabo también ellos mismos, a los que se contrataba para atrapar a otros. Destacaron entre ellos Joan Perich, Ramón Desplá y Joan Devalls, que represó la nave de Pere Torrella capturada por los sarracenos. Víctimas de estas actividades represivas –en interés de la causa pirática, no contra ella, no lo olvidemos– cayeron piratas como Fornar, Bartolomé Pisano y Francisco Janer. Por último, estaban las represalias, es decir, la respuesta del enemigo: en 1457, los corsarios genoveses atacan y saquean el Ragomir, en el puerto de Barcelona, entre la muralla y Can Tunis.
No se piense, sin embargo, que esta situación era exclusiva de las aguas del Mediterráneo; en el mar del Norte y canal de la Mancha sucedía algo muy parecido. A partir del siglo XII, los comerciantes de las ciudades del norte de Alemania, lideradas por Hamburgo y Lübeck, deciden asociarse para obtener prebendas y ventajas comerciales y financieras, además de velar por la seguridad de sus flotas, amenazadas por los piratas de ambas costas. En total, la asociación, conocida como Hansa, llegó a reunir setenta ciudades, con factorías repartidas desde el mar del Norte y el Báltico, hasta la propia Inglaterra, y tenía que soportar la lacra de la piratería de ingleses, alemanes y escandinavos produciéndole pérdidas notables. Los más famosos eran los de la hermandad de las Vituallas (Vitalienbrüder), que, liderados por Godekins y Stertebeker, sembraron el terror en el Báltico y mar del Norte, llegando a saquear Wisby y Bergen. Por fin, en 1402, la flota hamburguesa de la Hansa logró atrapar a Stertebeker, recuperando un fabuloso botín. Pero, en 1418, esta misma escuadra de la Hansa se enfrenta a la flota de Juan II de Castilla frente a La Rochelle, siendo derrotada.
De forma parecida a los piratas e invasores vikingos y normandos, conocemos al detalle las embarcaciones hanseáticas: en otoño de 1962, en el curso del dragado del río Wesser para el acondicionamiento del puerto de Bremen, la draga Arlesienne encontró varios pedazos de madera pertenecientes a una coca hanseática que llevaba allí, hundida, 600 años, después de faltar de su amarradero en el puerto, casi con toda seguridad, por una inesperada avenida que trajo la crecida de las aguas correspondiente. Como es bien sabido por otros casos, el fango es un espléndido conservador de la madera, por lo que la embarcación apareció, para sorpresa de todos, en aceptable estado de conservación. Tiene 30 metros de eslora, 7,5 de manga y 5,3 de puntal; la proa es recta y lanzada, la quilla, de una sola pieza y ligera curvatura, profundiza el máximo de calado, dándole un notable plano de deriva, indispensable para la correcta navegación a vela. Sobre ella se disponía el entramado de cuadernas al que iban empernadas las tablas del forro, a tope en el fondo, y de tingladillo en los costados, amuras y aletas. Sobre la cubierta podía elevarse un pequeño castillo, el “puente de mando”, y arbolaba un solo palo de vela cuadra; aunque las cocas comenzaron gobernándose con una espadilla en el costado de estribor, las más evolucionadas ya lo hacían con un timón de goznes sobre el codaste, inclinado 30º respecto a la vertical. El Museo de Barcos Alemanes de Bremerhaven recuperó y reconstruyó este auténtico tesoro legado por el estuario del Wesser, que databa del año 1380, para, posteriormente, realizar una réplica a escala real que permitiera evaluar las cualidades de este tipo de embarcación. Del mismo modo que la galera evolucionó del trirreme, y la carabela de los faluchos, la carraca de dos palos sería la sucesora de la coca, un tipo de nave que, por ser plenamente oceánica, daría lugar, en su cruce con la carabela, a la omnipresente nao de las primeras crónicas piráticas atlánticas.
Al comienzo del verano de 1453, tres desgastados navíos genoveses arribaron al puerto de la isla de Quíos, cuna del cronista Homero, y situada frente a la costa turca donde se asienta, hoy día, la ciudad de Izmir. Allí, en la isla que produce el dulce lentisco y la goma blanca de mascar –relajante antecedente del chicle– esperaban fondeadas varias galeras venecianas enviadas por el papa. Las noticias que traían los recién llegados, después de su apresurada travesía del mar de Mármara y la estrepada con rumbo Sur, sumieron a los venecianos, y, en concreto, a su almirante Loredan, en la más honda consternación. Se había producido, precisamente, aquéllo que tenían que evitar: la caída de Constantinopla, la Centinela de los Estrechos, en manos del ejército turco del sultán Mahomet II, el pasado 29 de mayo.
Aquel cambio de manos del más importante baluarte del Mediterráneo oriental, que garantizaba el dominio del mar Egeo, y, por lo tanto, el rápido acceso de los barcos turcos al Mare Nostrum, significaba que, en el intrincado mundo marítimo de la época, donde piratas pisanos, venecianos, genoveses, franceses, aragoneses y musulmanes campaban por sus respetos, robando o dejándose robar entre ellos o por los nuevos piratas castellanos –que, a la vez que hollaban tímidamente los horizontes atlánticos, penetraban en las líneas de navegación mediterráneas de la mano de una u otra alianza coyuntural– acababa de irrumpir una fuerza que unificaría la piratería y el corso africano, desatando una vastísima ofensiva que impulsaría a los otrora enemigos a unirse también para hacerles frente bajo las banderas de España, Venecia y el papa.
Pero todo éso estaba aún por llegar; de momento, la guerra de guerrillas del Mediterráneo del siglo XV era un confuso reino de taifas en el que Génova, sus piratas y sus mercaderes, con mayor o menor fortuna, se desempeñaban para abrirse un hueco entre los demás. La irrupción de los turcos tuvo para Génova una importancia fundamental: si, durante el siglo anterior –XIV– Génova se había volcado en el comercio oriental, Egipto y Oriente Medio, expandiéndose gradualmente hacia el Norte por el curso del Danubio, e incluso al mar Negro, el empuje de los otomanos, que eran conquistadores soberbios y excluyentes, además de comerciantes rapaces y poco predispuestos a tener socios, negó a Génova este camino, dejando aislados a los pocos genoveses que trataron de abrir, audazmente, mercados en Persia o India. A fines de siglo, no le quedaba a Génova en el Este nada más que una solitaria posesión, peligrosamente próxima a la costa turca ¿lo adivinan?, la isla de Quíos.
No había otro camino que el Oeste: Occidente ofrecía también buenas posibilidades. A diferencia de los turcos, los castellanos y andaluces de la Península Ibérica se habían mostrado bien dispuestos a llegar a un entendimiento siempre que existiera la perspectiva de un beneficio mutuo. Gracias a ello, al ser la República genovesa Señora de los Mares, sus emigrantes y comerciantes habían podido instalarse con cierta seguridad en las ciudades españolas más importantes, participando en los negocios y la vida civil. El más lucrativo de los que se avecinaban, sin duda alguna, era el previsible comercio atlántico, que los castellanos dominaban ya hacia las Canarias y África occidental, en plena expansión de su poder, y aprovechando el hueco hacia el Oeste dejado por los portugueses, que habían preferido la ruta sur y el largo periplo a India iniciado por Vasco da Gama. Por lo tanto, no tendría nada de particular que la punta de lanza de la expansión castellana hacia el Oeste fuera, precisamente, un genovés; ni que este genovés, durante la época de su aprendizaje marítimo, se viera envuelto en el mundo de la piratería y el corso, pues, esto era lo único que existía en el Mediterráneo; ni tampoco, por último, que este genovés y sus propósitos colisionaran, una vez más, con los del Reino de Aragón y los comerciantes catalanes, pues eso era lo que había venido sucediendo en el Mediterráneo durante todo el siglo. La antipatía entre Fernando el Católico y Colón es algo mucho más profundo que lo originado por las veleidades de la reina Isabel: no es más que el eco, reflejado contra las vetustas paredes de la historia, de la rivalidad entre Génova y Aragón, sabiéndose ya la primera tocada de muerte.
Sobre la personalidad, orígenes y hechos de Colón existen todo tipo de opiniones y teorías. Abandonada, hace tiempo, la sempiterna versión del gran descubridor, apareció la imagen del seductor de la reina Isabel, el visionario, o el adelantado que amplió los dominios castellanos al otro lado de los océanos, para caer luego en el infortunio del que se aprovechó de descubrimientos de otros, el embustero, e incluso el estafador y falsario, del personaje de humildes orígenes con una desenfrenada ambición de cargos y riquezas terrenales. Posiblemente de todo tuvo un poco Colón, que, siendo un personaje rico en matices, ofrece, al que quiera explotar alguno de ellos, abundantes perspectivas.
Aquí corresponde investigar la vida del Colón pirata, tarea nada fácil; pues, si como asegura Eslava Galán, Colón era un mentiroso, y la única fuente de sus andanzas marítimas anteriores al Descubrimiento era él mismo, es decir, lo que él contó, hemos de concluir lo que asegura Ricardo de La Cierva en su Gran Historia de América:
“Antes de 1492, Cristóbal Colón, el descubridor de las Indias, es, fundamentalmente, dos cosas: un misterio y un secreto”.
Siguiendo por éste camino, resulta fácil dejarse llevar por hipótesis como las de Angel Joaquinet, que asegura que Colón (nombre falso de otro seudónimo: Joan Scolbus) era en realidad un pirata, impostor, espía al servicio de los genoveses, asesino y aventurero, compañero de correrías del pirata bretón Jean Cotelen, que, asociado con piratas andaluces de Huelva, los hermanos Pinzones, logró de ellos, y de otros, la información, el gran secreto a voces, de lo que había al otro lado del Atlántico, una riqueza sin límites, y, para hacerse con ella, ideó el patrocinio del Reino de Castilla –él solo, un simple marino, no habría podido apoderarse de nada– para lograr, alcanzado el objetivo, el ennoblecimiento que le convertiría en dueño de todo. La hipótesis no deja de tener verosimilitud, pero, como la versión oficial, carece de pruebas de rigor histórico. Lo realmente objetivo es que no se puede ir sobre terreno firme más allá de lo asegurado por de La Cierva.
Oficialmente, Cristoforo Colombo nació en Génova en verano de 1451, hijo de un tejedor genovés, de nombre Domenico, y Susanna, una lavandera. Tuvo dos hermanos, Bartolomeo y Giacomo (Diego), y una hermana, Bianchinetta; ésta última, por su boda con un quesero, desaparece de la historia, mientras que los dos hermanos permanecen en ella. La familia, de origen humilde, y escasos recursos, no puede proporcionar un futuro al joven Cristóbal, que ha de abrirse camino como grumete en los barcos comerciales genoveses:
“De pequeña edad entré en la mar navegando, y lo he continuado hasta hoy” y “ Ví todo el levante y poniente”.
Nada que objetar a estas afirmaciones, salvo que, como anota Hugh Thomas, no deje de preocuparnos que nunca escriba en italiano, sino en español salpicado de portugués, cuestionando así su propio origen.
El caso es que la persona que rubricó tales palabras estuvo en la mar durante su juventud, y, cuando aún era muy joven, se vió inmerso en una de las escaramuzas originadas por las dispersas contiendas de la época. Año 1472; Génova se halla en franca decadencia, y sus navegantes han de ponerse al servicio de otros señores. Por parte de su padre, Domenico, a Colón le toca el bando galo; aragoneses y franceses luchan en el Mediterráneo, y Barcelona sufre asedio. El señor de Marsella, Renato de Anjou, pretendiente al trono de Nápoles, manda a un joven con pretensiones de corsario a capturar la galera Ferdinandine aragonesa al golfo de Túnez; a la hora de la verdad, este joven “lobezno”, Cristoforo, la encuentra protegida por otras dos, al sur de Cerdeña, por lo que opta por enprender el regreso a Marsella; pero una parte de la tripulación se amotina, al fallar el objetivo. El joven Colón decide engañarlos:
“Se alteró la gente que iva conmigo, y determinaron de se bolver a Marsella, ante lo cual, visto que no podía, sin algún arte, forzar su voluntad, otorgué su demanda, y, mudando el cevo de aguja, dí la vela al tiempo que anochecía, y, otro día, al salir el sol, estábamos dentro del cabo de Carthágine, tenido todos ello por cierto que ívamos a Marsella”.
Aunque hay interpretaciones diversas, según cada historiador, parece que, en este episodio, Colón confesaba haber iniciado su carrera pirática con un fiasco, puesto que no pudo apoderarse de la galera aragonesa; pero luego, en vez de llevar el barco de vuelta a Francia, decide entregarlo engañando a la tripulación, llevándolo al puerto de Cartagena. La mayor parte de los eruditos piensan que no es más que puro cuento.
Dos años después, Colón navega a la isla de Quíos, auténtica encrucijada de esta historia, como agente comercial de los aún poderosos albergos –sedes familiares– genoveses Di Negro, Spínola y Centurione, al parecer a bordo de una galera que comerciaba en paños. Estamos, pues, lejos del primigenio Colón pirata; mas, por mucho que quisiera alejarse del gremio, en aquella época, tarde o temprano, era inevitable acabar tropezando con ellos. En 1476, Colón embarca a bordo del buque mercante Bechalla, que, fletado por los Di Negro y Centurione, parte en convoy con otros cuatro para, cruzando el estrecho de Gibraltar, rendir viaje en las lejanas costas inglesas. El 13 de agosto, llegados al cabo San Vicente, el convoy es atacado por la armadilla del corsario (luego almirante del rey Luis XI de Francia) Guillaume Casanove de Coullon, apodado el Viejo. La coincidencia de nombres –Coullon y Colón– ha hecho especular mucho sobre el verdadero bando en el que navegaba el luego almirante, y cómo habría podido ser la deformación o tergiversación de esta historia. El caso es que Colón cuenta que, después de un violento combate, su buque fue hundido envuelto en llamas, y él consiguió llegar a tierra –cercana unas dos leguas– y, en concreto, al puerto de Lagos, como naúfrago, asido a un madero. Muy bien acogido en Portugal, el genovés no tardaría en introducirse, gracias a su experiencia como navegante, en los círculos de investigadores donde se cocinaban nuevos descubrimientos, lo que no tardaría en ponerle en “rampa de lanzamiento” para la ejecución de su proyecto descubridor.
Por último, antes de desposar felizmente a la hija de influyentes terratenientes lusos en 1480, está el viaje a Thule de 1477:
“Yo navegué el año de cuatrocientos setenta y siete en el mes de febrero, ultra Thule, isla, cien leguas, cuya parte austral dista de la equinoccial 73 grados, y no 63 como algunos dicen, y no está dentro de la línea que incluye el Occidente, como dice Tolomeo, sino mucho más occidental, y a esta isla, que es tan grande como Inglaterra, van los ingleses con mercaderías, especialmente de Bristol, y al tiempo que yo a ella fui no estaba congelado el mar, aunque había grandísimas mareas, tanto que, en algunas partes, dos veces al día subía la marea 25 brazas o descendía otras tantas en altura”.
Colón viaja a Irlanda, en concreto a Galway, donde vió dos naúfragos colgados, como él en su día, de un madero. Algunos autores especulan con que llegara también a Islandia, e incluso a Groenlandia, pero otros, prácticamente, lo dan por descartado. El caso es que Colón, si bien reconoce haber flirteado con la piratería, deja claro en su Historia Rerum que nunca la ejerció. Desde luego, si lo hizo, no tuvo fortuna en ello, pues a Portugal llegó amarrado a un madero, y, a España, acogido por los monjes de La Rábida, como peregrino indigente. Muy lejos, pues, del más famoso pirata de la Antigüedad, Polícrates de Samos, la isla vecina de Quíos, que llegó a señorear el mar Egeo, de los piratas aragoneses como Roger de Lauria, o los berberiscos que estaban a punto de dominar el Mediterráneo. Si el hombre que abrió la ruta al Nuevo Mundo para los europeos fue un pirata, como algunos pretenden, trató de ocultarlo, no logró éxito con ello, y, por decirlo de un modo suave, no fue el orgullo de la profesión.
Si nos adentráramos en los terrenos de la especulación, del mismo modo que otros han hecho, diremos que, después de haber recorrido, a lo largo de este trabajo, la vida y hechos de decenas de piratas y criminales, de la propia escritura de Colón se deduce que, si era pirata, no pensaba “en pirata”; en ningún momento aparece el afán de presa como objetivo, ni el oportunista botín. Antes bien, la persona que escribe esas líneas, y las del viaje del Descubrimiento, estaba más destinado a ser presa que socio y colega de piratas (y, de hecho, lo sería, al capturar los piratas a la carabela Niña en 1497, en pleno Mediterráneo). Puesto en negociaciones con Vicente Yáñez Pinzón, dueño y capitán de La Pinta, que sí era un pirata, consiguen fácilmente entenderse cuando se propone el gran objetivo, pero luego, durante todo el viaje del Descubrimiento, navegan en completo desacuerdo, ocultándose mutuamente las informaciones hasta que, finalmente, Pinzón, con su carabela, acaba abandonando a su suerte a un Colón que pierde su nao Santa María por naufragio, quedando sólo con la Niña. El pirata no entendía ni podía comprender al visionario descubridor, al que acabó despreciando como a un simple capitán mercante sin fuerza ni ambición para hacerse con un botín inmediato.
La falta de liderazgo de Colón sobre el pirata Pinzón cuestiona profundamente la naturaleza del genovés como hombre fuerte capaz de imponerse a sus hombres, que esperan de él las mayores crueldades y castigos. Es difícil imaginar un Colón al temible estilo de un Roger de Lauria, Francis Drake o Henry Morgan, es decir, canallas que perpetraban ellos mismos, personalmente, las mayores barbaridades, crueldades y villanías para atemorizar a sus hombres, darles ejemplo, e imponerse a ellos. Cuando, despues de su desastrosa administración en Santo Domingo, el ya almirante Colón regresa a España cargado de cadenas, no hay en él el menor signo de arrepentimiento, de reconocimiento del castigo como justo procedimiento de expiación de sus pecados, como solía tener lugar con los piratas que eran conducidos al patíbulo. Colón no es consciente de haber incurrido en faltas terribles de este género, y lo único que piensa –pensamiento que le obsesiona– es en su mala fortuna y lo desagradecidos que son los señores que le conducen al tribunal, negándose a quitarle los grilletes. Para terminar, y no cansar al lector con meras especulaciones, la compulsiva mentira en la que incurría el genovés –mintió en la aventura de la Ferdinandine, a sus compañeros ocultándoles los datos de las singladuras atlánticas, a los hermanos Pinzón, a los reyes, y a los que fueron a América a deponerle– habla más de un carácter apocado que arrojado, más instigador que capaz de ponerse al frente de sus hombres, o darles cara a pecho descubierto. En resumidas cuentas, sin duda que tuvo un talento especial para la gigantesca empresa que llevó a cabo y coronó con mérito, pero nunca tuvo hechuras, ni lo que hay que tener, –en su época y en todas– para ser un pirata.
Primera mitad del siglo XVI. Los corsarios berberiscos
Cuando la terrible e imparable avalancha de los pueblos mongoles presionó contra la fortaleza medieval europea, cuyo baluarte de avanzada era la Centinela de los Estrechos, la ciudad bizantina de Constantinopla, heredera de Roma, quedaron una serie de pueblos atrapados entre los invasores y las “murallas”. El más singular de ellos, el otomano, llamado así por el emir Otmán, fundador de la dinastía. Cediendo ante la presión, como un magma moldeable que se encogiera por el empuje mongol, para expandirse oportunamente al cesar éste, sus sucesores Orján y Murat ensancharán los dominios de su pueblo hacia el Este y Oeste a costa de turcos y bizantinos.
La expansión no se produjo sin algún mal paso; el peor, cuando el sultán otomano Bayaceto, conquistador de Nicópolis, se propuso tomar Constantinopla. Tuvo que ser precisamente un mongol, el gran Tamerlán, quien derrotase a Bayaceto, apresándolo, en la batalla de Ankara. Así, a comienzos del siglo XV, los otomanos parecían abocados a la decadencia. Mas, de nuevo apelando a su gelatinosa naturaleza, este imperio sobrevivió a costa de vecinos más débiles como los húngaros, derrotados en Varna (1444) por Murat II. El éxito soñado llega al fin de la mano de Mehmet II, tan sólo nueve años después, con la resonante toma de Constantinopla, que consolida definitivamente el “peligro otomano” para la cristiandad y el propio islam.
Se inicia así el siglo XVI que nos interesa, el de los grandes emperadores otomanos, el primero de los cuales, Selim, conquista Siria, Egipto y Arabia, zampándose todo el islam de un bocado. Su hijo Solimán, apodado el Magnífico, y cuya pasión era la orfebrería, será el que realice un nuevo avance a costa de la cristiandad venciendo a los húngaros en Móhacs, y llevando la guerra a todo el ámbito del Mediterráneo. Sólo los Habsburgo y los monarcas de España, están en condiciones de parar los pies al arrollador empuje otomano ante las puertas de Viena (1521), y con la derrota de Lepanto (1571). Entre ambas, habrá transcurrido más de medio siglo de forcejeo, pérdidas y ganacias de territorios, trascendentales victorias otomanas como la de Preveza, y entrada en escena de otros estados atrapados por esta lucha titánica, como Venecia, que se enfrentó gallardamente al otomano tapándose la nariz para aliarse con el resto de la cristiandad; y Francia, ya lejos y nostálgica de su Imperio carolingio, que, entre los Habsburgo y los poderosos estados germánicos y pontificios, aparte de derrotada por el emperador Carlos V, iba a protagonizar uno de los episodios más vergonzosos que registra la historia, ofreciendo alianza a Solimán, y poniéndose del lado otomano cuando éstos perpetraron en el Mediterraneo occidental todo tipo de atrocidades.
Esta sería una de las bazas más importantes empleadas por el Imperio otomano para dañar irreparablemente los enclaves cristianos; la otra, nuestro objeto, fue, en la línea de los reyes medievales, el amparo, sostenimiento y financiación de la piratería hasta llegar a convertirla en un auténtico “ejército de vanguardia”, al que se consentía todo tipo de destrozos y barbaridades, se recompensaba con el botín procedente del saqueo, y se premiaba con la promoción de sus cabecillas a cargos de relevancia no ya sólo de las tierras y ciudades conquistadas, sino dentro del propio ejército del sultán.
Desde tiempos inmemoriales, las costas norteafricanas, comúnmente denominadas Berbería, han sido refugio y base de piratas. Las oleadas de pueblos que a ellas afluyeron eran tan heterogéneas como de diverso origen; remontándonos en el tiempo, se pueden citar a cartagineses y númidas, a su debido tiempo reducidos y aplastados por el poderoso Imperio romano tras la batalla de Zama. Aún hoy día, si se viaja a las ruinas de Cartago que se ubican junto al barrio diplomático de la moderna ciudad de Túnez, se puede disfrutar de un apacible atardecer, a la vista de la magnífica bahía, desde una de las terrazas de la villa que, sin duda, algún día remoto, perteneció a algún acaudalado patricio romano. Los bizantinos heredaron esta propiedad, para, en su día, perderla ante el incontenible avance musulmán, que hizo de Kairwan la capital tunecina del islam. Previamente, habían arribado a estas tierras, fruto de la oleada de invasión de los pueblos bárbaros sobre la Península Ibérica, algunas tribus de vándalos, expulsadas del sur de España por la presión visigótica. Así es como se originó una raza, que se hizo fuerte en la cordillera del Atlas, conocida como los bereberes, de rasgos genéticos totalmente distintos a mauros y árabes, y que aún pueden distinguirse en muchas mujeres norteafricanas. El pueblo beréber, mezclado con el árabe, se convirtió en guerrero, emprendedor y ansioso de riquezas, aunque vivía con modestia en una tierra de limitada producción agrícola y ganadera. Dos fueron los factores que les impulsaron a piratear en el Mediterráneo: el primero, la arribada a sus costas de una nueva oleada de refugiados, los moriscos expulsados de la Península Ibérica a raíz de la toma de Granada en 1492, a los que la tierra ya no podía mantener; y, el segundo, la llegada a los puertos de Berbería (Tetuán, Orán, Argel, Mazalquivir, Bujía, Bizerta, Túnez, etc.) de las avanzadillas de marinos otomanos con la pretensión de hostilizar las orillas septentrionales, es decir, Grecia, Italia, Sicilia, Cerdeña, Baleares y el Levante español. Con estos ingredientes es con los que se formaría una fuerza armada, dirigida por capitanes otomanos o renegados, guiada por los moriscos conocedores de las tierras de las que habían sido expulsados, y nutrida por sufridos, frugales y combativos bereberes norteafricanos. Un ejército de piratas con la necesidad del saqueo como sustento, el odio a la cristiandad como motor, y la sed de venganza contra el que les había arrebatado sus hogares como fuente de fanatismo ciego e irredento.
Este es el cóctel, la peligrosísima combinación explosiva que, a principios del siglo XVI, se formó contra los imperios marítimos cristianos del Mediterráneo. Y lo cierto es que pueden sacarse algunas lecciones de ello; tras la toma de Granada, los Reyes Católicos optaron por una dinámica de asimilación y conversión de musulmanes. Esta razonable política fue endurecida por su continuador, el cardenal Cisneros, y definitivamente erradicada por su nieto, Carlos I, que, tras la guerra de las Alpujarras, decretó la expulsión masiva. No pudo imaginar nada más contraproducente para sus territorios; aparte de los ataques a sus costas y líneas de navegación que hubo de soportar, incansablemente, a lo largo de todo su reinado, la pretensión de tomar una plaza africana en represalia estuvo a punto de costarle un serio disgusto personal, además de acarrear un tremendo desastre militar. Por otro lado, los venecianos, tradicionalmente soberbios y expeditivos en el Mediterráneo oriental –lo habían señoreado durante siglos, tomando Constantinopla al asalto en 1204– decidieron negociar con los otomanos para evitar problemas en sus numerosos enclaves comerciales. Cuando éstos empezaron a faltar a los tratados con sus asaltos piráticos, reaccionaron con violencia inusitada, asesinando cruelmente a cuanto pirata otomano capturaban. Luego, éstos se vengarían dando muerte con horrible refinamiento a los jefes venecianos de los enclaves que conquistaban, lo que constituyó el horror de la cristiandad. Fue algo parecido a lo de los indios y las cabelleras en Norteamérica, cuando los primeros que arrancaron estos triunfos a los indios fueron precisamente los blancos. Pero los venecianos se guardaron mucho de que la cristiandad supiera lo que ellos hacían con sus prisioneros.
El primer jefe del ejército pirata berberisco fue nuestro primer protagonista, de apellido desconocido, llamado por los suyos simplemente Aruch, y por sus enemigos, entre los que se haría tristemente famoso, Barbarroja, por su cabello y barbas de este color. Procedía de la isla de Lesbos, y, en concreto, de su capital, Mitilene. Lesbos es una isla del Egeo de forma peculiar, y que, como nos dice Lawrence Durrell en su libro Las islas griegas, “pertenece a esa clase especial de sitios con una magia secreta propia”. Pegada, prácticamente acogida, a la costa turca continental, pertenece sin embargo a Grecia, y posee, en su singular orografía, dos espléndidas ensenadas, Kalloni e Iera, cerradas y próximas como dos matrices, seguros fondeaderos de angosto y recovecado acceso, perfectos refugios piráticos. La isla, que un profano podría considerar perdida o remota, fue, no obstante, un lugar trillado por la historia clásica: hogar de la poeta Safo, en ella enseñó Aristóteles durante dos años, también allí residió Epicuro, y fue famosa por sus músicos y poetas. Puede que el personaje más atractivo de la isla, excluida Safo, sea Arión, el encantador de delfines. Muchos años después de este esplendor artístico y cultural, la isla bostezaba entre el cultivo de la fruta, la aceituna y la vid, y la presión de los imperios cristiano y otomano. El hijo de un alfarero de Mitilene, tal vez seducido por algún pirata con el barco a buen recaudo en los cercanos refugios, decide que, en la isla, ni él ni sus hermanos, Jaireddín e Isaac, tienen futuro, por lo que deciden enrolarse para tratar de abrirse camino en la vida. Previo paso por el ineludible trámite de renegar del cristianismo, Aruch comienza su carrera pirática, conoce la desgracia del cautiverio como remero de galeras, y acaba dando con sus huesos en los astilleros de la antigua Constantinopla, ahora Estambul, donde, no sin esfuerzo y riesgos, alcanza finalmente su propósito, es decir, que varios mercaderes le financien un pequeño barco, una galeota, para dedicarse a la guerra contra el tráfico marítimo cristiano.
Audaz, como todo el que tiene poco que perder, se aventura en nuevos territorios de caza, navegando hacia poniente para arribar a la ciudad de Túnez. Con acierto tal vez insospechado, llegaba al sitio perfecto, la puerta este de un inmenso territorio norteafricano donde, como sabemos, una legión de descontentos estaban dispuestos a seguir al primer aventurero que supiera mostrar el camino de la fortuna, pues sus gobernantes, débiles y pusilánimes, no se opondrían a los designios de los hombres ambiciosos y decididos que se presentaran. Poco le cuesta a Aruch llegar a un acuerdo de reparto de beneicios con el emir local, tras lo que toma el camino del cabo Bon y el estrecho de Mesina para irrumpir por sorpresa en el mar Tirreno, sembrado de islas volcánicas y surcado por las quillas de decenas de navíos que recorrían las rutas de navegación de la costa occidental italiana. Allí, el hijo del alfarero de Mitilene habrá de encontrar sus presas, pues, para él, no existirá otra suerte que la que él mismo, a fuerza de arrojo y desesperación, sea capaz de forjarse.
La fortuna llega, en efecto, en forma de dos galeras papales, que, aunque poderosamente armadas, navegan confiadas por aquellas seguras aguas. A la altura de la isla de Elba, sus diferentes velocidades las separan; es el momento que Aruch había estado esperando. Sin perder un momento, lanza su galeota contra la primera galera, arroja una letal rociada de flechas, y la aborda con sus hombres. La estupefacta tripulación es reducida rápidamente y encerrada en la cala. Los hombres proponen entonces a Aruch retirarse con la valiosa presa, pero éste tiene otros planes; ordena a sus hombres ponerse ropas cristianas, y remolcar la galeota como si hubiera sido capturada. Esperan así a la segunda galera, la rezagada, que se acerca en busca de nuevas. La escena se repite: nutrida salva de flechazos para abrir camino, y abordaje despiadado y contundente para aniquilar todo conato de reacción enemiga. Dos magníficas galeras del papa, el principal enemigo del islam, han caido prisioneras para certificar la fama del nuevo y audaz jefe pirata del cabello rojo.
Al año siguiente, 1505, Aruch logra capturar una galera española averiada que el rey Fernando de España –Fernando el Católico– había despachado a Nápoles con diversos pertrechos para las tropas del Gran Capitán. La irrupción de los piratas berberiscos en el Mediterráneo occidental es ya un hecho; la costa italiana, el golfo de León, las Baleares, Sicilia, Córcega y Cerdeña, incluso las costas españolas, están amenazadas, y el que encabeza esta ofensiva es precisamente el audaz corsario que se ha puesto bajo la protección del emir de Túnez, apodado por los suyos Barbarroja. Llega, pues, el turno de reacción para la potencia hegemónica de la época, la España de los Reyes Católicos y su emergente consejero, el cardenal Cisneros. Ni que decir tiene, hay que renunciar a la persecución del evasivo Aruch (a la sazón incorporado a la escuadra turca de Kemal Rais que opera en el Adrático contra los venecianos), pero se puede hacer mucho daño a los piratas atacando y apoderándose de todos los pequeños puertos donde éstos se refugian. Se procede así a la sistemática invasión del norte de África, Berbería, el “nido” corsario. En 1505 se toma Mazalquivir (Mers-El Kebir), en 1508 el Peñón de Vélez de la Gomera, en 1509 Orán, y, al año siguiente, Bugía, obligando a las taifas de la zona –Túnez, Argel, Tremecén y Bizerta– a convertirse en feudatarias del reino de España. Vemos así cómo, si la expulsión de los moriscos fue el caldo de cultivo para la ofensiva pirática comandada por Aruch, ésta iba a desencadenar una ocupación militar en toda regla del norte de África, campaña en la que, como veremos, encontraría la muerte el propio pirata. La hoguera se enciende, crea sus propios monstruos, y se reduce a rescoldos con ellos.
El soldado español que encabezará esta ofensiva será un artillero del Gran Capitán, Pedro Navarro, luego marqués de Oliveto, figura que llegará a compararse al propio Aruch Barbarroja. La impresionante oleada española desborda el cabo Bon, y se procede a la toma del Trípoli argelino. Pero, cuando se interna en las inciertas aguas de escaso brazaje del golfo de Gabes, donde se alza la isla de Djerba, el asalto fracasa, pereciendo en él el hijo del duque de Alba, lo que hace caer en desgracia a Navarro, que se pasará al bando francés. La ofensiva se detiene.
Entretanto, Aruch ha regresado; su patrocinador, el emir de Túnez, es ahora un temeroso súbdito de los españoles. Ni corto ni perezoso, Barbarroja ocupa el puerto de La Goleta con su numerosa flotilla de galeotas, y el emir le cede el gobierno de la isla de Djerba, convertida, a partir de entonces, en refugio y principal base pirata, igual que lo sería, muchos años después y en el Caribe, la isla de la Tortuga. Aruch ya no es sólo un capitán corsario, sino un poderoso gobernador de plaza fuerte, desde la que se va a desplegar en contraofensiva contra los españoles. La primera expedición berberisca contra Bugía fracasa estrepitosamente, y Barbarroja resulta herido y pierde un brazo. De regreso a su cubil tunecino captura, tal vez para resarcirse, una galera genovesa. Nunca lo hubiera hecho; en el Mediterráneo de esta época, como bien sabemos, regía el principio de acción y reacción, y provocar a los susceptibles genoveses cuando uno acaba de ser derrotado era jugar con fuego. El almirante Andrea Doria, genovés aliado con España, penetra en el puerto de La Goleta con sus doce galeras, destruye por completo la flota de Aruch, tomándole seis naves, y saquea el fuerte y la ciudad.
Aparece entonces en la historia el luego afortunadísimo hermano de Aruch, Jeireddín, con el tiempo el gran y recordado Barbarroja suplantando a su hermano. A cargo de la desmantelada flota, ha de refugiarse tierra adentro, en la ciudad de Túnez. De allí, antes de enfrentarse a su hermano, marcha a Djerba, donde, durante el invierno, se esfuerza reconstruyendo a duras penas la flota familiar. Salvada así su dignidad, Aruch le perdona, y, juntos de nuevo los tres hermanos, proceden al segundo intento contra Bugía, donde, aparte de perder a Isaac, los Barbarroja cosecharán un nuevo y desastroso fracaso, que les dejará fuera de combate hasta 1516. Su relevo lo tomará la flota oficial turca, asolando el Adriático, y un nuevo pirata berberisco, Kurdogli, que, con una flota de cuatro galeras y veintitrés fustas, asola las costas italianas occidentales.
Perdido el prestigio, a los Barbarroja les costará una dura lucha volver a imponerse en el cruel escenario del norte de África. Se refugian en Yiyel, y luego, con una pequeña tropa, toman el puertecito de Cherchel decapitando al gobernador de la plaza, el pirata Caracassam. Estas escaramuzas entre berberiscos brindan una excelente oportunidad: los españoles dominan el puerto de Argel desde la isla fortificada del Peñón. El nuevo jeque se niega a pagar el tributo, y llama en su ayuda a la “banda” de Barbarroja. Mejor le habría ido pagando: el pirata se instala en su palacio, y lo asesina cruelmente, autoproclamándose rey de Argel. Pero nadie se cree estas bravatas si el presunto “monarca” no es capaz de imponerse a sus opositores. A ello se aplica Aruch con la ayuda de moriscos expatriados españoles, que le apoyan en los diversos intentos de sedición que sufre la baqueteada familia corsaria. Ahogados en sangre todos los motines, y exterminados los rivales, Aruch logra al fin proclamarse dueño de Argel. Es el momento cumbre de su difícil carrera, de nuevo gobernador de una estratégica plaza fuerte del mundo berberisco y del islam, desde la que aunar esfuerzos contra la cristiandad. Durante 1917, emprende su ofensiva hacia el Oeste, apoderándose de Tenes y Tremecén, abriendo así una enorme brecha en el Magreb dominado por los españoles. Aruch Barbarroja es ya el auténtico líder del territorio berberisco, la vanguardia del islam contra los infieles.
Como no podía ser de otra manera, el recién coronado Carlos I de España fraguaba ya la respuesta española, que se iba a desplegar, esta vez, desde Orán. El ejército español del marqués de Comares avanza hacia el Este; sorprendido en vanguardia, Aruch, obligado siempre a correr más riesgos de lo debido, resulta copado en Tremecén. Entrando 1518, los españoles proceden al sitio de la plaza, conscientes de la talla del caudillo berberisco que se refugia en ella. Mas no por mucho tiempo; llegada la primavera, Aruch intenta escapar por un hueco en el muro. Rodeado finalmente el corsario por la compañía del alférez García de Tineo, éste, personalmente, lo mata de un golpe de pica. La cabeza de pelo rojo regresa triunfalmente a Tremecén en la punta de una lanza. Así de brutalmente acabó sus días un pirata nacido y que se hizo grande en un mundo brutal, para ser brutal él mismo, y los que le exterminaron. Podía haber sido el fin del corso berberisco, pero su hermano Jeireddín, también Barbarroja aunque de pelo castaño, iba a empequeñecer a Aruch con su demoledora trayectoria, no exenta de su aspecto intrigante y siniestro, hasta llegar a ser, para los turcos de nuestros días, considerado como un gran almirante de su flota, estratrega y gobernador. No en vano, en la actualidad, una de las más modernas fragatas lanzamissiles de la Armada turca lleva su nombre.
Khair-el-Din Barbarossa, o Jeireddín Barbarroja para nosotros, pirata berberisco de origen griego, era gobernador de Argel a la muerte de su hermano. Ni él, ni éste último, lo habían tenido fácil. Los peligros que les rodeaban eran muchos: por un lado, los españoles, siempre presentes en la isla del Peñón, dispuestos a explotar la más mínima debilidad del enclave pirata. Por otro, los propios lugartenientes de Aruch, que, envalentonados con su desaparición, se creerían con tanto derecho a mandar como el propio Jeireddín. El más peligroso de ellos era Ahmed el Cadí, presente en la última persecución de Aruch, y del que ahora se desconfiaba. Por último, el propio entorno islámico y berberisco era un riesgo, pues siempre se prestaba a derribar al candidato que mostrara el menor flanco débil, para sustituirlo por un nuevo líder fuerte.
Buena muestra de la inteligencia y capacidad de liderazgo de Jeireddín fue su primera iniciativa al tomar el mando: reconocerse, sin pérdida de tiempo, como vasallo de la Sublime Puerta, es decir, del sultán turco Selim, cabeza de una potencia hegemónica de la época al nivel del imperio español. Con lo que, de ser Argel un pequeño reino perdido en Berbería, rodeado de enemigos, pasaba a ser vanguardia y punta de lanza en el Mediterráneo occidental del poderosísimo Imperio turco. Iniciativa rápidamente respaldada por el propio Selim, que, a cambio del enclave estratégico que caía, regalado, en sus manos, para dañar a la cristiandad, estaba dispuesto a conceder cualquier tipo de prerrogativa.
El buen comienzo se vió frustrado por las inevitables luchas intestinas, que acabaron situando a Jeireddín en posición muy incómoda. El apoyo político del Sultán se vió pronto respaldado con el material, mediante el envío de tropas. También los españoles, contra su voluntad por supuesto, actuaron reforzando al jefe berberisco, pues una expedición del almirante Moncada se vió sorprendida por el temporal, y veintitrés galeras españolas naufragaron en Argel con artillería y pertrechos, despojos éstos muy bien aprovechados por Jeireddín. Sin embargo, el pirata no pudo con la conspiración de Ahmed el Cadí, que acabó por sitiar Argel con sus huestes, obligando al último Barbarroja superviviente a escapar.
En el siempre seguro cubil de Djerba encontraría una vez más refugio Jeireddín; junto a él, todos sus lugartenientes, luego brillantes capitanes piratas: Sinan el Judío, Dragut el León Berberisco, Salah Reis y Aydin, conocido por los cristianos como Cachidiablo. Entre todos, arman una cuarentena de barcos, retornan a Argel, y logran deponer a Ahmed, que, según la costumbre, fue rápidamente liquidado. Jeireddín se ve entonces lo suficientemente fuerte como para tomar la molesta isla del Peñón. Impide el refuerzo capturando un convoy de nueve barcos españoles, y, después de una larga resistencia, logra entrar en el fuerte, apresando a los supervivientes. Lo más cruel y detestable de su carácter se desvelará ahora, con el largo tormento al que sometió, hasta su muerte, al comandante español de la isla, Martín de Vargas.
El día de San Lorenzo de 1532, su lugarteniente Aydin, con doce fustas, ataca en las playas de Cullera, en el Levante español, para proteger el exilio de varios centenares de moriscos del valle del Alfandech. Enterado del desembarco, el conde de Oliva, Francesc Gilabert de Centelles Riu-Sech y Fernández de Heredia –conocido como el Comte Lletrat por su afición a las letras– acude con tan sólo unas decenas de hombres a repeler el ataque, lo que consigue, rescatando a diversos cautivos y resultando herido por dos flechazos. Aydin huye rumbo a Argel, pero un temporal del mediodía lo desvía a Formentera, donde va a buscarle la escuadra de ocho galeras de Rodrigo Portuondo. Ante el superior enemigo, Aydin decide escapar, abandonando a los moriscos en las entonces estériles y desiertas soledades de Formentera.
Observa, no obstante, que Portuondo ha cometido el error de destacarse con dos de sus galeras, colocándose en clara inferioridad. Sin dudar un momento, el experto pirata invierte el rumbo con sus doce unidades menores, rodea a Portuondo, y, después de darle muerte, captura sus barcos. Sin pensarlo dos veces, decide emular a Aruch con su reforzada flotilla, lanzándose contra las seis galeras enemigas restantes. La catástrofe española es total: tras reñido combate, Aydin captura otras cuatro galeras, hunde una más, y sólo otra solitaria logra escapar de la completa derrota naval. La victoria es tan completa, que Aydin, ya sin nada que temer, regresa a Formentera para reembarcar a sus pasajeros.
Los escarmentados españoles decidieron esta vez poner la represalia en manos de Andrea Doria, que, en aguas de Cherchel, destroza la flota de Sinán el Judío, aun cuando sufre un grave revés en tierra. Ese mismo año toma Corón y Patrás, en una brillante incursión en el Mediterráneo oriental, que demostraba que una armada audaz podía allí hacer tanto daño como las de Barbarroja y sus secuaces en Occidente.
Barbarroja. ¿Hemos dicho Barbarroja? De hecho, el líder berberisco está ahora muy lejos de los campos de batalla, inmerso en plena “gestión diplomática”. En 1533, enterado del fallecimiento de Selim y la llegada al trono de Solimán, decide, tras gestión vía visir Ibrahim, viajar a Estambul para presentar sus respetos al nuevo soberano. De la oportuna y acertada iniciativa sale investido del cargo de pachá o almirante en jefe de la flota turca; su fulgurante y legendaria carrera naval está a punto de empezar.
Con una formidable armada de casi cien unidades, el pachá Barbarroja saquea la costa calabresa e italiana occidental, e intenta la romántica caza de la bella y rica duquesa Giulia Gonzaga, a la que no será capaz de atrapar por un pelo. Después de la diversión galante, recala en Marsella con un enviado francés a bordo, lo que ya revela por qué derroteros derivaba la Corte de Valois con respecto a la Sublime Puerta para contener el poder del emperador Carlos, y concluye el “crucero” mediterráneo en el puerto de La Goleta de Túnez, donde desembarca, tomando la ciudad.
La repercusión de este golpe de efecto es tremenda. Toda la cristiandad quedaba amenazada por el fortalecimiento del estado berberiscoturco-islámico del Norte de África. Acción-reacción. El año de 1535 es el de la expedición a Túnez del emperador Carlos V, que tuvo ocasión, como otros, de navegar en la espléndida bahía de Túnez, otrora de Cartago. A partir del promontorio donde se alza el poblado de SidiBou-Said, comienza la extensión donde un día estuvo la más famosa metrópoli cartaginesa. En lo que hoy es la entrada del canal dragado que conduce al moderno puerto de Túnez, edificada como una pequeña París en torno a su medina, estaba el fuerte de La Goleta, clave del puerto y de la ciudad. Los berberiscos lo defendieron durante dos semanas y media, tras lo que cayó en manos españolas, como la laguna, el puerto, y, por último, la ciudad, entregada al más cruel saqueo.
Pero Barbarroja no está allí. Prudentemente, ha puesto tierra de por medio, refugiándose en Bona, huida ésta que recuerda a la de Aruch, y en la que pierde la vida Aydin, el vencedor de Formentera. Ello no sacia las ansias de venganza de los españoles; Andrea Doria, almirante del emperador, persigue el medio centenar de galeras de Jeireddín, pero éste logra alcanzar el refugio de Argel. El genovés comete entonces el error de retirarse, ocasión que Barbarroja, oportunista donde los haya, decide no desaprovechar. Sin darse por vencido, como un rayo, salva las 150 millas escasas que separan Argel de Menorca, y el 1 de septiembre de este mismo año, inesperadamente, penetra en el puerto de Mahón.
Los menorquines piensan que se trata del emperador triunfante de regreso, y le reciben con alegría. Pronto saldrán de su error. Jeireddín desembarca con dos millares de piratas, y, literalmente, no deja piedra sobre piedra en la capital menorquina, asolada hasta la extenuación para paliar la sed de venganza de este sutil canalla. Los únicos supervivientes, espectros del sufrimiento, la tortura y la desesperación, serán vendidos en los mercados de Constantinopla, víctimas inocentes del deseo de venganza berberisco. Mostrando su verdadera naturaleza, ahora Jeireddín corre sumiso, servil y humillado, a ponerse, con el cuantioso botín, a los pies de Solimán el Magnífico, que le reprocha la pérdida de Túnez. El vil pirata sabe hacerse perdonar, y Solimán piensa que, en realidad, se trata de un excelente general para la guerra que acaba de declararle a los orgullosos venecianos, lo que descarga, por el momento, el frente occidental de su presencia.
Como a los siete magníficos, pero en pirata, y berberisco, Barbarroja convoca a sus antiguos capitanes; Aydin ya no puede comparecer, pero sí lo hacen Dragut, Sinan el Judío, Murad, y el eunuco Hassan. El pachá Barbarroja los pone al mando de la flota con la que está devastando el mar Adrático, y con la que hace frente, en septiembre de 1538, a la primera Santa Liga de la cristiandad, un difícil conglomerado de barcos venecianos, genoveses, españoles y papales, puestos bajo el mando de Andrea Doria: 200 galeras cristianas, en completa superioridad frente a las 150 con las que Jeireddín, finalmente, va a aceptar el envite al principal azote del islam en la mar, un almirante Doria envejecido y lejos de sus mejores días. Es la batalla de Preveza: Barbarroja supera la ventaja táctica inicial de su adversario poniéndolo contra el viento, y cuando Dragut comienza a imponerse en el ala derecha, de pronto, inopinadamente, el genovés decide retirarse seguido por los venecianos, dejando ocho galeras en la estacada, de las cuales cuatro serán hundidas, y, otras tantas, capturadas. Treinta años antes de Lepanto, Preveza consta como la gran victoria naval otomana del siglo. Tendrá graves consecuencias: Venecia, siempre interpretando por propia cuenta, rompe la Liga y firma la paz con el Sultán. Y todos los enclaves cristianos en el Mediterráneo oriental quedarán a merced de la flota turca; Castilnuovo es tomado, y las islas de Rodas, Chipre y Malta serán los próximos objetivos. Hasta tal punto fue capaz de llegar el pirata instaurado por el sultán como dueño y señor del Mediterráneo.
Desacreditado Andrea Doria, ya tan sólo un líder fuerte podía hacer frente a Jeireddín: el propio emperador Carlos, gran guerrero que le había infligido la derrota de Túnez. Consciente de sus obligaciones, el monarca se dispone a repetir en Argel la hazaña tunecina. En otoño de 1541 comienza el desembarco frente al refugio pirata, defendido por el fiel Hassan. Pero ¡una vez más!, llega el temporal y desbarata por completo la vasta operación. El duque de Alba, y un sombrío Andrea Doria, aconsejan a Carlos I la retirada. En medio del completo desastre, sólo la figura del pundonoroso Hernán Cortés, conquistador de México, emerge sobre las playas argelinas pidiendo a Carlos aguantar a pie firme; el resto de los hombres se derrumban. Los barcos españoles supervivientes se retiran, y los berberiscos celebran su nueva victoria. De hecho, y desde la Preveza hasta su muerte, a Jeireddín sólo le acompañarán las mieles del triunfo.
Dos años después, Barbarroja ve confirmada su máxima aspiración: la alianza entre el sultán y Francisco I de Francia para desmantelar el frágil entramado del Imperio español. Barbarroja no tiene oponente; no hay armada que le haga sombra. Piratea y saquea cuanto quiere en nombre del sultán, haciéndose inmensamente rico. Arriba a Marsella, donde es recibido en triunfo, y se ocupa de rescatar de los cristianos a Dragut, que cayó prisionero en 1540, y al hijo de Sinan. Llegado a la vejez, el pirata no piensa sino en volver a casa para un merecido retiro. Secuestra a la joven hija del gobernador de Reggio para casarse con ella, y, finalmente, pone rumbo a Estambul, donde, como otros grandes canallas, morirá en la cama en 1546.
Carlos I de España abandonaba este mundo mediado el siglo; Felipe II, su hijo, tuvo que afrontar la guerra del Mediterráneo como lo había hecho su predecesor. Los acontecimientos derivaban a una “guerra de islas” que dará lugar al suceso de mayor trascendencia, la batalla de Lepanto, que contará con la asistencia de piratas berberiscos. El monarca cristiano, obsesionado por exterminarlos, ha puesto el dedo índice en el mapa sobre la isla de Djerba, que ya conocemos como refugio de los piratas catalanes, señalándosela primero a un viejo y renuente Andrea Doria, después al duque de Medinaceli, virrey de Sicilia. Por su parte, los berberiscos viven soñando con un nombre: Malta, isla que, alzándose como un bastión en las estribaciones del canal de Sicilia, controla el estratégico paso del Mediterráneo oriental al occidental; en poder, como se halla, de los caballeros de la Orden de Malta, es una daga afilada amenazando la garganta del territorio berberisco.
A diferencia de La Tortuga, una roca inmensa, Djerba no es más que una extensión de arena emergiendo de la mar, al fondo del golfo de Gabes, de forma cuadrangular y unos 25 kilómetros de lado; como un gigantesco parapeto, protege el golfo de Bou Ghrara, en la región de Zarzis, excelente fondeadero de galeras que sólo tiene dos salidas, El Quantara y El Marsa, protegidas, respectivamente, por los fuertes o borjs de Kastil y El Assa. El frontal de la isla, donde se halla Houm Souk, la capital, permite avistar y avisar con tiempo, a uña de caballo, a cualquier corsario fondeado en el viejo puerto de El Quantara, cuyo estrecho atraviesa una vieja calzada romana.
Los fondeos en Djerba son charcas de escasísimos brazajes. Todo en Djerba son canales por dragar, bancos móviles de arena, arrecifes sumergidos, y lagunas a resguardo de mangas de arena protegidas por fuertes como Borj el Kebir, fundado por Roger de Lauria, pirata y almirante. Una segura ratonera, a la que sólo se accede a través de un dédalo de canalizos. Pero la determinación del hijo del emperador es sólida: Andrea Doria ha de ir allá a sacar las alimañas de su cubil.
En aquel momento –1551– el líder de los berberiscos, es decir, el sustituto o heredero de Barbarroja, es un audaz corsario de parecidos orígenes, aunque distinto carácter. Se le conoce como Dragut o Turgut-Rais, y ha nacido en tierra firme turca, en concreto, en CharaBalac, población del golfo de Boudroum, en Anatolia, que, enfrente de la isla de Léros, era conocida como auténtica guarida de corsarios. De humilde origen campesino, desde niño se enroló en las galeras del sultán, adquiriendo la necesaria experiencia naútica. Su carrera se inicia a la sombra de Barbarroja, en Argel, el cual, valorando su lealtad y cualidades, le confía una de sus escuadras. Dragut procuró hacerse merecedor de esta confianza; durante la década de 1530 a 1540, perpetra todo tipo de asaltos y fechorías en las costas de Cerdeña, Sicilia y Calabria, costas en otro tiempo dominadas por las escuadras de Roger de Lauria. Como premio a sus hazañas, Jeireddín le confiará veinticinco navíos para asolar el Tirreno y el Adriático, donde captura un valioso cargamento de cinco barcos venecianos antes de que puedan refugiarse en Corfú, con los que llega al que sería desde entonces su refugio, Djerba, en gran triunfo. En 1540, irrumpe en el golfo de Gabes, recorre la costa genovesa, y se detiene en el fondeadero de Girolatta para hacer un descanso, sin poner centinelas; es la oportunidad que Gianettino Doria, sobrino de Andrea, había estado esperando. Con veintiuna galeras, rodea y captura al rais berberisco. Sólo un capitán de flota, Mani-Rais, escapará de la trampa de Girolatta. Dragut es cargado de cadenas, y puesto a remar en la galera del propio Andrea, despiadado destino en el que purga sus penas durante cuatro años, sin duda convencido de acabar así sus días.
Pero la fortuna guarda inesperadas sorpresas, que, en este caso, resultaron desastrosas para la cristiandad. El caballero francés Jean de La Valette, maestre de la Orden de Malta, lo reconoce, y, en virtud del chalaneo franco-turco, es decir, la nefanda alianza entre Francia y Turquía contra el emperador, realiza, por intercesión de Barbarroja, las necesarias gestiones para ponerlo en libertad, previo pago de 3.000 escudos de oro. Andrea Doria y La Valette nunca se arrepentirían bastante de esta lamentable transacción.
Repuesto en su cargo por Barbarroja, en 1547 es el auténtico reyezuelo de Djerba; se presenta en la corte turca con honores, se casa con la hija de un rico mercader, y se le concede, como a los grandes almirantes, que su galera luzca un gran fanal a popa; en lo sucesivo, procuraría mostrarse a la altura de estas distinciones, y, especialmente, tras la muerte de Jeireddín, revelándose como su auténtico heredero.
Su primera gran operación es devastar el golfo de Nápoles, capturando en la isla de Procida una galera de los caballeros hospitalarios de San Juan, que iba a Malta con 20.000 escudos de oro. En 1550 se presenta en Maheddia con 36 galeras, pero, ante la aparición de la flota del papa Julio III y el duque de Florencia con 53 barcos, decide replegarse a Djerba. Toma entonces veinte galeras y asalta varias poblaciones sicilianas; luego, pasa a la costa africana, capturando, de una sola tacada, Susa, Sfax y Monastir. Era más de lo que Felipe II estaba dispuesto a permitir; en consecuencia, ordena a Doria que sorprenda y aniquile a Dragut en su guarida de Djerba.
Dragut era astuto, atrevido y audaz, pero también fue, durante toda su vida, bastante descuidado, y mucho más compasivo con sus prisioneros que el desalmado Jeireddín. Le atraparon en Girolatta, y, esta vez, vuelven a sorprenderle en Djerba. El rais turco está carenando sus galeras en El Quantara, cuando Doria, con fuerzas superiores, le sorprende frente a Borj el Kastil; no obstante, el viejo almirante genovés decide no atacar, esperando que sus enemigos se agoten de inanición. Fue un gravísimo error, que significaba no conocer a Dragut. En la noche, el rais moviliza a los dos mil habitantes de la isla, bota sus galeras al agua, y, sin alarmar a los cristianos, excava la calzada romana y hace pasar sus barcos al golfo de Bou Ghrara. Recorre las nueve millas hasta el paso de El Marsa, y escapa por allí de la ratonera. Cuando los barcos de Doria se asoman al fondeadero, éste está vacío. En su huida, además, Dragut captura un barco de suministros de los genoveses.
Ahora les corresponde jugar a los berberiscos, y el objetivo, como no podía ser de otra manera, es Malta. La Armada turca de noventa galeras, cincuenta galeotes y 10.000 combatientes está al mando de Sinán Pachá, y su segundo es Dragut. En Malta sólo hay siete galeras, y la población huye en masa de la fortaleza; pero ésta, defendida por los caballeros hospitalarios, es prácticamente inexpugnable. Los turcos sólo pueden tomar la pequeña y despoblada isla de Gozo; entonces, Sinán Pachá decide dirigirse a Trípoli, bastión de los Hospitalarios, y logra rendirla. Es el momento cumbre de la carrera de Dragut, nombrado gobernador de Trípoli, y de la renovada ofensiva turca. Andrea Doria sufre una aparatosa derrota frente a Messina, y, en 1555, Salah Rais, otro capitán turco, toma la ciudad de Bugía a los españoles. Alonso de Peralta, defensor de la plaza, es ahorcado por haberse rendido.
Finalmente, en 1559, y vista la potencia otomana, Enrique II de Valois decide renovar la alianza con el sultán. Dragut recibe como aliado a León Strozzi, general de galeras francés que, años después, será derrotado y ejecutado como pirata por Álvaro de Bazán en la batalla de Las Azores (1582). El papa, sin embargo, decide hacer frente a los turcos, convocando una liga que reúne para la captura de Dragut, apodado “el león berberisco”, a 53 galeras, cuatro galeotas, dos galeones, treinta naves de aprovisionamiento y 14.000 hombres; está al mando del duque de Medinaceli, que tiene a sus órdenes a Juan Andrea Doria, sobrino de Andrea (ya retirado con 90 años), el príncipe de Mónaco y el duque de Florencia. Pero la disentería diezma la expedición, que fracasa ante la fortificada Trípoli de Dragut. Medinaceli opta entonces dirigirse a Djerba, tomando la disputada isla e iniciando en ella la fortificación.
Piali Pachá, ahora al mando de la flota turca, decide impedirlo. Llega a Djerba desde Estambul en sólo veinte días, y sorprende por completo a la flota cristiana. Se pierden 28 barcos de los 48 que le restan a la Liga Papal, y se pone sitio a la débil fortaleza, que acaba por capitular (1560), levantándose la famosa “Torre de las calaveras” tras decapitar a los prisioneros. Arrecia la marea turca: en 1563 el rey de Argel asedia la plaza española de Orán, en plena Berbería, pero se salvará milagrosamente, gracias a oportunos refuerzos. García de Toledo reconquista el Peñón de Vélez de la Gomera; las líneas de resistencia parecían estabilizarse, pero, en realidad, los turcos no hacían sino preparar su próximo golpe.
Djerba, Malta. Malta y Djerba. Toda la estrategia marítima mediterránea no parecía sino gravitar sobre estas dos minúsculas pero vitales piedras de toque. En mayo de 1565 la Armada turca de Piali Pachá, con el apoyo de los berberiscos de Dragut –treinta galeras y 3.000 hombres– se presenta ante la fortaleza maltesa de la capital, La Valetta. Son más de 200 barcos y 25.000 hombres en total, que inician un larguísimo asedio, cuatro meses, que soportarán los caballeros de Malta bajo el mando de un ya anciano Jean de La Valette (que acabará por dar su nombre a la ciudad), causando a sus enemigos más de 14.000 bajas; la más grave, y más interesante para nosotros, la del propio Dragut, muerto de un cañonazo cuando inspeccionaba el perímetro de la fortaleza; fue el último descuido de este pirata de cambiante fortuna y personalidad propia, cuyo recuerdo aún se conserva en la costa levantina, en concreto en la localidad de Cullera, asolada por él en 1546, donde, al abrigo de una cueva, aun podemos estremecernos ante la efigie de un Dragut apuntándonos ferozmente con su pistolón.
Malta resistió bombardeos, minado de zapadores, ataques jenízaros y asaltos en masa al arcabuz; fue inútil. Sus tres fuertes lo aguantaron todo, incluso el último ataque turco, desatado a la desesperada cuando se supo la noticia –falsa– de que llegaba un contingente español de auxilio. Después, Piali Pachá tuvo que ordenar la retirada; el fiero león turco se había dejado las fuerzas, y los dientes, ante los lienzos de los muros de Malta, verdaderos bastiones de la cristiandad, lo mismo que las playas, canalizos y fortines de Djerba fueron la perdición de los almirantes cristianos.
Dragut tuvo sucesor, Euldj Alí, o Uluch Alí, conocido por los cristianos como Ochiali. Si los Barbarroja fueron oriundos de las islas griegas, y Dragut turco de pura cepa, Euldj Alí, significativamente, resultó ser paisano de Roger de Lauria, es decir, calabrés, y renegado, un capitán que destacó entre los de “el león berberisco”, hasta lograr, como antes sus predecesores, el gobierno de una ciudad berberisca por encargo del sultán, en su caso, Argel, que le concediera Selim II en 1568. No tardaría en alcanzar nuevos laureles; al año siguiente, encabeza un ejército de cuatro mil jenízaros, que, aprovechando la rebelión morisca de Granada –y, por tanto, la debilidad momentánea de las fuerzas españolas–, toma la ciudad de Túnez, obligando al sultán títere a refugiarse en La Goleta. Y en 1570 captura tres galeras de la Orden de Malta en aguas sicilianas.
En realidad, sólo era la punta de lanza de la renovada ofensiva turca, esta vez con el objetivo de una nueva isla, Chipre. A pesar de la prolongada resistencia, Famagusta acaba por caer, para espanto de Venecia y el papa Pío V, que, invocando a la cristiandad, apela a España y los venecianos a fin de que olviden sus diferencias y se alíen para hacer frente al peligro otomano. La renovada Santa Liga se constituye definitivamente en la primavera de 1571: el papa, España y Venecia acuerdan formar una gran armada contra los turcos, que debía concentrarse en Mesina.
No fueron pocos los avatares de la formación de la escuadra cristiana, que quedó bajo el mando del hermano bastardo del emperador, Juan de Austria, el legado del papa, Marco Antonio Colonna, y el viejo e intransigente Sebastián Veniero, jefe de los venecianos, con el que no habrá manera de entenderse. Pero así se llega al 2 de octubre de 1571, a las siete de la mañana antes del alba, en la costa occidental de Grecia, justo allí donde este país parece dividirse en dos pedazos por el brazo de mar que penetra en él profundamente: el golfo de Corinto, llamado de Patrás en su embocadura, y, antes, de Lepanto, por la población del mismo nombre que se asienta en su ribera norte.
En este piélago de islas e islotes, protegido por las siluetas pétreas de Itaca y Cefalonia, va a librarse el combate de galeras más famoso de la historia. Sopla un ligero viento terral, y, con él, una impresionante formación de 221 galeras turcas surca las aguas del golfo; 55 a la derecha, al mando de Mohamed Scirocco, y 91 en el centro o batalla, donde navega la Sultana del comandante general Alí Pachá. Las 67 galeras de Euldj Alí, el pirata berberisco heredero de los Barbarroja y Dragut, forman a la izquierda, y ocho galeras de socorro navegan por la estela de la flota. Se acaba de avistar la flota enemiga, que ha estado dando vueltas y rodeos en su busca, ignorantes de su concentración en Corfú. Ya están ahí esos malditos cristianos, peleados entre ellos y con el viento de cara; las ligeras y maniobrables naves otomanas acabarán con ellos. Justo en el centro de la formación, puede verse una magnífica galera roja engalanada: la Real. Su nombre no sólo alude a la propia nave, sino a su categoría, pues había también “capitanas” y “patronas”. Sin duda, lleva a bordo al jefe cristiano: un magnífico presente para el sultán, cuando sea capturada.
No menor debió ser la impresión en el campo cristiano. 207 galeras de España, Venecia, Malta, Saboya, Génova y el papa: la Santa Liga. Forman, por el lado de tierra, 55 galeras venecianas de Agostino Barbarigo, frente a las de Scirocco. En el centro, Juan de Austria, hermano de Felipe II, lleva 64 galeras, y le escoltan el cascarrabias Veniero, y el juicioso y templado Colonna. Por último, a la derecha, para hacer frente a Euldj Alí, navega con sus cincuenta galeras Juan Andrea Doria. La reserva cristiana, no obstante, quintuplica la otomana, 38 galeras al mando de Álvaro de Bazán, cuyas acciones de apoyo serán decisivas.
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