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Transkenstein
Frankenstein desde una perspectiva trans: el monstruo, la exclusión y la ira

Victoria Antola


Colección “Saberes del cuerpo”

Índice de contenidos

1  Prólogo

2  Introducción

3  Sinopsis de Frankenstein o el moderno Prometeo

4  Capítulo I: Construir un cuerpo como asunto político y tecnológico

5  La potencia de un cuerpo trans o un cuerpo monstruo como una cuestión política

6  Biopolítica: Lo que dicen los cuerpos

7  El género como tecnología

8  La producción de subjetividad

9  Distinción entre sexo y género: El cuerpo como campo de batalla

10  El derecho a la Identidad de género

11  Capítulo II: Frankenstein construcción del cuerpo monstruo

12  La concepción del cuerpo binario en occidente

13  Estilos literarios y el reflejo del cuerpo moderno

14  Las personas trans como sujetos del feminismo

15  La identidad de género

16  Implicancias de la distinción sexo/género

17  Capítulo III: Aislamiento y expulsiónla sociedad

18  El acceso a la educación de las personas trans

19  Algunas ideas sobre la educación en la modernidad

20  Los mecanismos de poder en la Escuela

21  La escolaridad y el lenguaje en relación a las personas trans

22  El sujeto en las redes de la experiencia

23  Los Sujetos Educativos en la actualidad

24  La práctica del vestir desde una mirada sociológica

25  Expresiones de género e indumentaria

26  Capítulo IV: Frankenstein su ira y la furia travesti-trans

27  La exclusión y la ira

28  La ira en el discurso travesti-trans

29  Conclusiones

30  Anexo

31  Bibliografía


Antola, María VictoriaTranskenstein : El monstruo, la exclusión y la ira / María Victoria Antola ; prólogo de Susy Shock. - 1a ed. - Paraná : Editorial Fundación La Hendija, 2022.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-8472-41-61. Transexualidad. 2. Feminismo. 3. Estudios de Género. I. Shock, Susy, prolog. II. Título.CDD 306.768

© por Fundación La Hendija

Gualeguaychú 171 (C.P.3100)

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Diagramación: Martín Calvo

I.S.B.N.: 978-987-8472-41-6

Digitalización: Proyecto451

Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723

Fundación La Hendija.

Gualeguaychú 171. (C.P.3100)

Paraná. Entre Ríos. Argentina.

A los creadores de este monstruo,

mamá Coty y papá Roberto.

A Lohana Berkins, por su inmensa lucha y generosidad con nosotras en general y conmigo en particular.

Prólogo

Se pregunta nuestra autora: ¿Qué hubiera sido de las personas trans sino hubiesen sido expulsadas de sus hogares cuando niñas? ¿Qué les hubiera sucedido si conocían otra cultura, leían otros libros, miraban otras películas? ¿Qué les hubiera pasado si la sociedad en lugar de espanto sintiera respeto por su diferencia? La incidencia de la sociedad, del derecho, de la medicina, la literatura, en síntesis, la cultura, ha determinado y aún determina nuestra fatalidad…

Y al traer este enorme trabajo, propone nuevas discusiones, sobre un tema que rica o maliciosamente, nos tiene de protagonistas a las personas trans: ¿Qué somos?, esa pregunta que abre o cierra según del lado amoroso o perverso de donde se esté, según se nos sienta parte o no, de esta otra enorme agonía que es lo humano.

Y hace dos cosas interesantísimas: travamente relee, a su antojo pero con mucha información y trabajo lo pre existente, ese simbolismo, que como en el caso de Frankenstein, aparentemente da cuenta de algo que la heterosexualidad construyó, como miedo a lo distinto, horror a lo que no se nos parece, y lo apropia, lo encarna, lo redime y juega con todos esos ingredientes para hacernos pensar, ¿y si lo que parece que es, no es?, ¿y si en este entramado de lo construido para atemorizarnos estamos empoderadas, mirándoles pequeñitos y fracasados? ¿Si estas ficciones hablan más de sus miserias que de nosotras?, ¿si solo lo han usado para señalarnos y encerrarnos en sus castigos, sin dar cuenta del enorme espejo que les refleja?

Y en segundo y no menos importante lugar, celebro este trabajo, porque tiene en una persona trans, en este caso Victoria, la relevancia de esa relectura, el lugar destacado de poder volver a mirar, cuando nos apropiamos del conocimiento, esa otra gran deuda pendiente con todo un colectivo, algo más bellamente monstruoso que cualquier arma bélica, algo que dispara hacia un futuro de nuevas posibilidades, que es nuestra voz propia, gigante o pequeña, convertida en libro, como en este caso, o en el ejercicio milimétrico de lo oral, no importa, pero protagonistas.

Susy Shock

Introducción

“¿Y qué era yo? De mi creación y mi creador no sabía absolutamente nada; pero sabía que no tenía dinero ni amigos ni propiedad alguna. Además, estaba dotado con una figura deforme y repugnante (…) Cuando miraba a mi alrededor, no veía ni escuchaba a nadie como yo. ¿Era yo un monstruo, una mancha sobre la tierra, de quien todos huían y a quien nadie reclamaba?”. (Shelley, 2014:130)

Cuando el confinamiento por Covid-19, y todas sus sucesivas variables, se instalaban para quedarse (nadie sabe hasta cuándo), yo presentaba este trabajo de más de dos años producto de mi tesis de Maestría en Estudios y políticas de género (UNTREF), dirigida por el Dr. en Estudios de género y Licenciado en Artes (UBA) Lucas Martinelli, sin cuya contención y guía no hubiese sido el mismo. Pensaba entonces cómo la defensa pública de una tesis se transmitía desde la privacidad de mi casa, y al mismo tiempo, paradójicamente, era posible que estuvieran acompañándome desde la virtualidad tantos amigos y familiares que no hubieran podido estar presentes físicamente de lo contrario. Esta obra tiene mucho de esa paradoja sobre los beneficios y las desventajas de la tecnología, una indagación sobre en qué medida es realmente una herramienta para el progreso humano y hasta qué punto conlleva su autodestrucción. Ni el planteo ni la pregunta son nuevos, pero merecen ser preguntados y replanteados con el paso del tiempo y, sobre todo, por distintas personas con diferentes puntos de vista más esclarecedores según su situación en el mundo.

Ahora mismo, con la celeridad y bombardeo constante de información (verdadera y falsa), y con una pandemia que cuestiona todos los paradigmas, llegué a preguntarme si lo dicho en esta obra seguirá vigente. Y lo cierto es que a medida que ha pasado el tiempo, siento que no solo está vigente, sino que se confirma de maneras bien concretas. Parafraseando a Brigitte Vasallo (2021) el famoso “quedate en casa” parte de una ficción de la normalidad en la que se presume que todos tenemos una casa, que esa casa es un hogar y que allí están nuestros afectos. Algo tan ajeno a la realidad de las personas trans en particular, y del colectivo LGBTIQ+ (1) en general, que en palabras del Licenciado en letras (UNLP), periodista y activista Franco Torchia (2020): no pretendemos volver a la “nueva normalidad”, ya que nuestras identidades disidentes nunca habitamos la (vieja) “normalidad” sin atravesar grandes obstáculos. Esa “casa normal” está inscripta en el marco de un Estado que durante mucho tiempo no sólo nos ha excluido del ejercicio de la ciudadanía plena, sino que ha criminalizado nuestras existencias, y nos ha privado del derecho a la educación, al trabajo, a la salud y a una vida digna, y “vivible” en palabras de Judith Buttler (2015).

Pero, ¿Por qué retomar un texto tan distante en el tiempo, como la novela de Frankenstein o el moderno Prometeo (2)? ¿Cuál es la relación que concibo entre esa novela de principios del siglo XIX y la realidad de las personas trans? Es decir, ¿Qué vínculo imaginario puede plantear una nueva producción de sentido que sea un puente entre una ficción de principios de siglo XIX y una realidad de principios del siglo XXI? La primera pregunta es fácil de responder, como traductora de inglés siempre he tenido un particular interés en la cultura y la literatura inglesa. En especial la del siglo XIX. Sin ir más lejos, mi nombre propio, que tuve la posibilidad y el honor de elegir por medio de un fallo histórico del Superior Tribunal de la provincia de Entre Ríos y la primera rectificación de partida de nacimiento y nombre en Paraná, mi ciudad natal, en 2011. Esto un año antes del hito que fue la Ley 26743 de Identidad de género, de 2012, a partir de la cual todas las personas trans accederían a ese derecho por medio de un trámite administrativo. Ante esta realidad producto de una lucha colectiva y personal de años por exigir nuestro legítimo derecho a la ciudadanía, y ahora ya como sujeta y ciudadana, me propuse, y ahora de manera consciente, desarmar y contribuir a desaprender los preceptos de esa realidad ficcional que son el binarismo y la heteronorma.

Mi nombre, conlleva un sesgo de mi gusto por la literatura victoriana. Empecé en mi adolescencia leyendo, entre otras, las novelas de Jane Austen, contemporánea de Mary Shelley. Pero sin desmerecer el genio de Austen, sería más difícil asociar su trabajo a las disidencias, aun cuando hay que reconocer que sus novelas cargan contenido político y debatían ya en la época el lugar de las mujeres en la sociedad inglesa. Es necesario decirlo, desde un lugar muy conservador, en contraste con la autora de Frankenstein o el moderno Prometeo.

Al analizar parte de la biografía de Mary Shelley y a su monstruo podemos rastrear la fe y la desconfianza ante el advenimiento de la Revolución Francesa, seguida de la Revolución Industrial, como también la influencia de una de las primeras obras de la filosofía feminista: Vindicación de los derechos de la mujer, de 1792, escrita por su madre, Mary Wollstonecraft, que rebate la postura sostenida por los teóricos, políticos y educadores del siglo XVIII de que las mujeres no debían tener acceso a la educación. Ese mismo acceso a la educación que se nos ha negado durante tanto tiempo a las personas trans, y que ha sido una herramienta tan útil para mantenernos en la marginalidad, en nuestro estereotipo de monstruos. Todavía muchas “mujeres” trans, al igual que el monstruo, sólo pueden convivir con otras personas a condición de no ser vistas (3).

La novela de Frankenstein muestra a la ciencia como un instrumento que genera sentido, conocimiento y poder: produce identidades, establece límites entre los sujetos, discrimina lo “normal” y lo “patológico”. Por ejemplo, la corporalidad hegemónica hombre o mujer, le confiere al sujeto entidad de persona humana. Y esta clasificación se hace en torno al modelo patriarcal. Una idea que también retomará Michel Foucault para referirse a la modernidad. Con los aportes de éste último y de Judith Butler, no nos cabe duda, a las personas trans, del sentido patologizante del conocimiento que se ha desarrollado en torno a nosotras en los últimos cien años. Sin duda, la medicina, el derecho y la literatura han jugado un papel fundamental en esta tarea. Es posible pensar que una ficción como Frankenstein puede funcionar como una figura compleja que de algún modo tensione los saberes sobre los cuerpos. Que modifique las ideas previas que tenemos sobre ellos y nos marque un rumbo en la imaginación para pensar las combinaciones posibles en torno a las cuales podemos configurar nuevas expresiones corporales y de género.

Michel Foucault (2003), en “Historia de la sexualidad Vol. I”, nos quitó el velo sobre los efectos nefastos y aún vigentes de la modernidad, al sostener que disciplinas como el derecho o la ciencia fueron herramientas para moldear y domesticar el cuerpo. Sin embargo, es interesante analizar cómo en el surgimiento de esa era, una joven inglesa de dieciséis años, comenzó a advertir en su propio tiempo las consecuencias más oscuras de la razón humana. Claro, no fue la única, pero fue la primera que se aventuró a fabricar un “hombre nuevo” con pedazos de cadáveres, de viejas teorías, reinterpretadas bajo el rayo intenso del iluminismo y que se permitió “jugar” con la medicina hasta ese entonces, permitida solo para varones. Es, justamente, a través de su primera novela, que Mary Shelley captura el espíritu de su época y deja plasmado todo el contexto de experimentación, descubrimientos y manipulación del conocimiento para la creación de ese cuerpo, que guiado excepcionalmente por la razón dejaría de lado todo planteo moral y ético, con lo que terminaría creando un monstruo.

Según Jerónimo Ledesma (4) (2014) existen una enorme cantidad de trabajos críticos sobre la novela desde los años setenta hasta nuestros días, en parte por el auge del feminismo y en parte por la revalorización del gótico como género literario. Según relata este investigador, los trabajos críticos sobre la novela en la Asociación de Lenguaje Moderno (MLA) y la Universidad de Pensilvania suman más de seiscientos. Y agrega que para analizar la misma los críticos han utilizado enfoques múltiples: marxistas, psicológicos, textuales, antropológicos, historicistas, de género, etc. Me he nutrido de algunos de estos enfoques y textos para pensar, sin hallar en ellos el punto de reflexión que me interesa: el modo en que la novela de Frankenstein expone la creación de un cuerpo y de un ser diferente que está constituido por las teorías de su tiempo, pero de la manera más ingeniosa donde las mismas son utilizadas para demostrar exactamente lo contrario de lo que predican y los riesgos a los que se sume el hombre en la modernidad en su afán de conocerlo y poderlo todo. Hacerse un cuerpo de la muerte por medio del racionalismo más extremo podría terminar en la destrucción y el exterminio del sujeto mismo. Como, tristemente, pudimos comprobar en la segunda mitad del siglo XX, que las alertas de Mary Shelley no estaban tan erradas.

Es por eso que quiero aclarar enfáticamente que no pretendo realizar un análisis de la obra en toda su extensión, ni contenido. Ya se ha escrito muchísimo al respecto. Lo que pretendo y me resulta tentador es retomar algunos conceptos e ideas para construir una perspectiva trans sobre la misma.

Los aspectos de la novela sobre los que me interesa reflexionar para ser comparados con la realidad travesti/trans son las ideas de “cuerpo monstruo”, “ciencias jurídicas y médicas”, “literatura”, de “producción y acceso al conocimiento” y de “aislamiento, ira y rebeldía” que son los ejes que guiarán la investigación. Estas nociones me permitirán a lo largo del desarrollo de esta obra establecer un diálogo sobre nuestras realidades y los efectos de las instituciones modernas sobre nuestros cuerpos y nuestro colectivo.

La hipótesis de este trabajo de investigación es que las instituciones modernas principalmente la jurídica con una impronta punitiva criminalística y la médica con un señalamiento impregnado de disciplinamientos corporales hegemónicos, producen, por medio de sus prácticas y sus discursos, el cuerpo/monstruo a partir del siglo XVIII y hasta nuestros días y, en consecuencia, la exclusión y la ira de esas subjetividades que se apartan. Esta relectura de Frankenstein, desde una perspectiva trans habilita a considerar cómo estas instituciones operan sobre un cuerpo de forma imaginaria y, con el trazado de una comparación, dar visibilidad a las personas trans para explicar la exclusión y marginalidad, a las que somos expuestas como el monstruo.

A lo largo del recorrido presentado pretendo indagar sobre la construcción del cuerpo trans sujeto a los modelos imperantes impuestos por las instituciones modernas, pero también como emancipación subjetiva de los mismos. Y analizar y describir los efectos que las instituciones modernas (medicina y derecho) imprimieron sobre el cuerpo monstruo/trans y la construcción de las subjetividades.

Propongo como objetivos una reflexión sobre el impacto que generó la creación de un personaje literario como Frankenstein, escrito por una mujer y publicado por primera vez en 1818, y considerar las recreaciones y nuevas huellas de ese cuerpo/monstruo en los cuerpos trans en la actualidad. Asimismo, reconocer los diferentes agentes productores de conocimiento moderno generizado de forma binaria, identificando qué identidades quedan por fuera y si son estas definidas como “lo monstruoso”. Y además indagar sobre los elementos que determinan la desigualdad genérica y reconocer la necesidad de incorporar el género al enfoque político, social y económico.

Desde un enfoque cualitativo, se analiza la obra de Mary Shelley Frankenstein o el moderno Prometeo en relación con las corrientes filosóficas de su tiempo, y los trabajos que la autora “suturó” para crear este nuevo monstruo moderno. Con esto de base se contrastarán las nuevas teorías de género y sus mayores exponentes tales como Judith Butler, Paul B. Preciado, Marlene Wayar y Lohana Berkins, entre otras, teniendo siempre en cuenta como marco la obra de Michel Foucault sobre la Historia de la Sexualidad y la Biopolítica. De esta forma la obra está construida desde una producción teórica sobre los cuerpos/monstruos trans contada por una trans en primera persona.

El cuerpo trans queda muchas veces ligado a la estética como valor identitario dentro de un orden binario y heteronormativo. Además, irónicamente, La estética trans reproduce parte del orden social heteronormado que cosifica nuestro cuerpo y nos confina a la marginalidad como sucede con lo femenino y lo diferente; al mismo tiempo la estética trans produce resistencia porque en su materialización pone en crisis las concepciones binarias de la modernidad racional, produciendo así esquemas de sentido que se contradicen y a la vez transforman la realidad existente.

Como lo plantea Foucault, podemos pensar al género como una tecnología, caracterizado como un proceso complejo orientado a producir sujetos “normales” a partir de la regulación de las prácticas desde un plano simbólico y material. (Foucault, 2003:52) Pero como sostiene Butler, el cuerpo generizado es un constructo performativo. Sin embargo, podemos señalar que, si bien las posibilidades corpóreas están predeterminadas por lo social, es mediante la actuación performativa que podemos modificarlas. (Pecheny, 2008:62)

Las identidades trans desarticulan el pensamiento binario, lo cual rompe con la lógica del sujeto de la modernidad. Posiblemente esto nos trascienda a nosotras mismas, y en esa exacerbación de los cuerpos y de los rasgos identitarios naturalizados como femeninos, conscientes o no, hacemos caer al mundo de la representación construido en una racionalidad que sólo admite identidades fijas y que, incluso hoy, confiere a lugares de marginalidad social a quienes la cuestionan.

Este libro se divide en cuatro capítulos. El primero, Construir un cuerpo como asunto político y tecnológico, plantea el estado de la cuestión y también se extiende como marco teórico para las tres categorías de análisis utilizadas en los siguientes capítulos. El segundo, Frankenstein construcción del cuerpo monstruo, analiza la construcción de la de subjetividad por la ciencia médica, jurídica y la literatura, durante la modernidad. El tercero, Aislamiento y expulsión de la sociedad, analiza el acceso a la educación de las personas trans. Por último, el cuarto capítulo, Frankenstein su ira y la furia travesti-trans, concluye con el trazado de un direccionamiento planteado por los capítulos anteriores hacia una propuesta teórico-política emancipatoria en y desde las diferentes voces travestis-trans en la argentina actual.

En cierta ocasión Judith Butler enunció “No estoy segura de que el mundo pueda llegar a cambiar sin la intervención crítica de los términos y definiciones (5)”. Yo estoy segura de que el mundo tampoco puede cambiar si en esas intervenciones no participan en primera persona actores de los grupos subordinados como parte fundamental en la reconstrucción de ese conocimiento sobre el sexo y los géneros. Nuestra experiencia y perspectiva son únicas y es para nosotras para quienes la vida ha sido más limitada o menos vivible por lo cual la intervención sería tanto más interesada, aunque menos objetiva, ya que afecta directamente nuestra calidad de vida. Incluyo en esta obra referencias de las teorías de otras autoras trans, así como también algunos trabajos sobre la realidad de las personas trans en nuestro país, para contrastarlos con las penurias del monstruo en su largo recorrido. Honestamente no creo que se pueda construir una nueva teoría de los géneros que sea liberadora sin la intervención directa y el relato en primera persona de personas trans. Nosotras debemos elegir si queremos llamarnos “mujeres” trans, personas trans, travestis, etc. Nosotras debemos contar cómo nos relacionamos con nuestro cuerpo. Nosotras debemos sentar las bases de cómo nos interesa presentarnos a la sociedad. Nosotras debemos empezar a legislar y decidir sobre nuestras propias existencias.

1. La sigla LGBTIQ+ representa al colectivo de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans, Intersex y Queer. El símbolo más intenta significar que las identidades sexuales como el género no deben ser cristalizados bajo una etiqueta y que pueden existir tantos como personas mismas. Una variante de esta sigla consiste en LGBTTTIQ+, para representar dentro de las identidades trans a los grupos Travesti, Transexuales y Transgénero. Otro debate sobre la sigla es el orden, hay quienes afirman que el grupo de personas trans debería ir al comienzo, por ser actualmente el más vulnerado.

2. Frankenstein o el Moderno Prometeo fue publicada por primera vez en 1818. Cabe agregar que en esta versión Mary Shelley trato varios temas sociales, económicos y políticos de su época y que su esposo, el poeta Percy Shelley, hizo algunas correcciones de estilo en algunos pasajes a la versión original de la cual también firmó el prólogo como propio. Esta primera versión de 1818 fue encontrada en la Biblioteca Bodleiana de la Universidad de Oxford. En 1831, la autora reescribió completamente la obra para una nueva publicación, de tono más acorde a la era victoriana y a su posición social en ese momento. Esta última fue la más difundida en la posteridad.

3. Según datos obtenidos en una investigación titulada La Revolución de las Mariposas (Fernández, 2017), revelan, así como los resultados obtenidos en otros estudios realizados con posterioridad a la sanción de la Ley de Identidad de Género que, en el ámbito de la educación, a diferencia de otros como la vivienda e incluso el empleo, se percibe una mejora en el acceso a ese derecho en comparación con la situación identificada en el anterior sondeo en 2005. En efecto la escolaridad de mujeres trans y travestis en todos los niveles tuvo avances en los últimos diez años.

4. Jeronimo Ledesma es el traductor del inglés al español de Frankenstein o el moderno Prometeo, y un erudito en su conocimiento sobre la novela publicada por la Editorial Coihue en 2014. Esta edición reúne la versión original de 1818 y las modificaciones que sufrió el texto en 1831 para la última publicación revisada por la misma Mary Shelley. También contiene comparaciones, y una investigación exhaustiva de la autora, su contexto histórico y los temas desarrollados en la obra.

5. Conferencia de Judith Butler en la Universidad Tres de Febrero (UNTREF) en 2015, titulada: “Cuerpos que todavía importan”. (En línea) https://www.youtube.com/watch?v=-UP5xHhz17s

Sinopsis de Frankenstein o el moderno Prometeo

No quiero dejar de incluir en esta presentación una breve sinopsis de la novela que facilitará la lectura contextual dentro del rico argumento de la misma:

Víctor Frankenstein es un estudiante de ciencias naturales devenido en científico, proveniente de una familia burguesa bien acomodada. La historia del monstruo de Frankenstein comienza cuando es abandonado a su suerte por su creador Víctor, repugnado por su aspecto físico. Durante varios días, el Monstruo, asustado, entristecido e ignorante de su identidad, vaga por los bosques, sobreviviendo como puede.

Finalmente encuentra cobijo en un cobertizo abandonado en una granja, habitada por una familia, los De Lacey, que son exiliados franceses tras la Revolución Francesa. En el transcurso de los meses siguientes, y a fuerza de observar sin ser visto a los habitantes de la casa, el Monstruo aprende a hablar, a leer, a escribir y empieza a comprender mejor el mundo que le rodea y encariñarse con los De Lacey. Se vuelve culto, elocuente y refinado. Accede a conocer la historia de su creador y lo relativo a su nacimiento, tras encontrar en sus ropas el diario de Víctor, por lo cual experimenta un creciente rechazo hacia sí mismo.

Cuando se da a conocer a la familia De Lacey y estos lo rechazan con violencia, el monstruo huye. Comienza allí a cometer una sucesión de asesinatos que van desde el hermano pequeño de Víctor hasta su prometida.

Más adelante, se encuentra con Frankenstein en persona, y le cuenta su travesía, culpándole de haberle creado para haberse después desentendido de él y haberle condenado a una vida solitaria y miserable. Le exige que le cree una compañera, semejante a él, pero de sexo femenino y promete que se alejará para siempre si se le concede este pedido. Víctor accede en un principio, pero luego se rehúsa por temor a duplicar el error que considera haber cometido. Esto desata la ira del monstruo que acaba por asesinar a Elizabeth la prometida de Víctor.

El padre de Víctor Frankenstein muere, por la angustia que le han causado tantas muertes y desgracias. Víctor, sólo y desahuciado, decide consagrar lo que queda de su vida a perseguir y exterminar al monstruo. Al cabo de varios años, llega al Ártico, donde el capitán Walton, director de una expedición de exploración que intenta encontrar un paso al norte que facilite las rutas comerciales de navegación, lo recoge moribundo en su barco. Con su último aliento Víctor le relata su historia, le insta a que no cometa los mismos errores que él cometió, es decir, su ambición desmedida por crear vida desde la muerte, y le ruega que se deshaga del Monstruo. Finalmente, Víctor Frankenstein muere. La novela concluye relatando la desaparición del monstruo en la profundidad del Polo Norte.

Capítulo I
Construir un cuerpo como asunto político y tecnológico
La potencia de un cuerpo trans o un cuerpo monstruo como una cuestión política

Para comenzar me gustaría citar la investigación realizada por Manuel Roberto Escobar, titulada Cuerpos en resistencia (2015) en su apartado “¿Cómo se construye un cuerpo trans?”, plantea que la construcción de un cuerpo es un asunto político que “moviliza vectores de fuerza que perpetúan órdenes sociales o los interpelan” (157) El autor se pregunta además “¿qué puede un cuerpo?, ¿cuál es su potencia?” y concluye citando a Deleuze diciendo que “la potencia de un cuerpo es susceptible de ser considerada y ejercida en un sentido político.”(1975, citado en Escobar, 2015: 106). Entonces la intervención del cuerpo aumenta o disminuye su capacidad de obrar.

Esther Cross en su libro La mujer que escribió Frankenstein (2013), analiza la obra y la época de Mary Shelley, pero sobre todo lo que dicen los cuerpos. Aparecen los personajes de la medicina clandestina. Como nos relata en su investigación, los cuerpos se robaban, se abrían, se vendían, pero estaban mudos. La autora llega a la conclusión de que Mary Shelley y Fanny Burney, que fue escritora de novelas británicas de poca repercusión en la actualidad, pero cuyos diarios y cartas se siguen hoy estudiando para saber más sobre la vida de finales del siglo XVIII y principios del XIX, fueron quienes le dieron voz al cuerpo, “lo revivieron”, para denunciar lo terrible, lo peligroso de la ciencia y la medicina. En una de sus cartas, Fanny Burney escribió sobre una intervención que se le hizo sin anestesia y el horror de ese episodio. (Cross, 2013: 93).

En “Mis palabras a Victor Frankenstein desde el Pueblo de Chamonix: Escenificando la Ira Transgénero”, Susan Stryker (1994) enuncia que “el cuerpo transexual es un cuerpo no natural. Es producto de la ciencia médica. Es una construcción tecnológica” (196). Se pueden entonces rastrear de sus palabras que los cuerpos en sí son una producción de la medicina y el derecho moderno y, por lo tanto, como ella construir una comparación sobre estas construcciones. La autora afirma entonces que encuentra una profunda afinidad entre el monstruo de Frankenstein y ella como transexual: “Como el monstruo, soy percibida con demasiada frecuencia como menos que humana del todo.” (196) y agrega: “Mi exclusión de la comunidad enciende en mí una profunda y sostenida ira que, como el monstruo, dirijo contra las condiciones en las que debo luchar para existir (6)”. (196).

Según May Rigby, en Frankenstein and the Queer Gothic (2006), enfocarse en la obra de Mary Shelly puede contribuir a explorar la relación entre esta literatura gótica y la teoría queer como propuesta de campos que pueden iluminarse mutuamente. El gótico romántico escrito a principios del siglo XIX es una buena herramienta para rastrear como las prácticas discursivas a través de las cuales las ideas occidentales modernas se materializaron en torno al cuerpo, el sexo, el género y la sexualidad. La novela gótica moderna surge en Inglaterra a finales del siglo XVIII y principios del XIX, y es una reacción contra los principios de la Ilustración, busca conmover al lector y también toma los presupuestos del romanticismo. Hay un interés por la antigüedad y el medievalismo frente al progreso ilustrado. Un culto a la decadencia, a lo pasajero y a la muerte. Importancia de los elementos sobrenaturales e irracionales. Muestran una lucha entre el bien y el mal que simboliza la lucha interna del hombre contra sus miedos más ancestrales (Fernández Bañón, 2016: 7).

Otro trabajo de investigación realizado por Benjamín J. M. Martínez Castañeda, titulado “Yo monstruo mío. Susy Shock: la cuestión del ser y lo divino en el cuerpo transexual” (2015), parte de la idea de “despojo” y se plantea que “La modernidad se encargó de despojar a sus moradores de condiciones humanas y los redujo a la vida desnuda, el hombre moderno ha sido despojado de la naturaleza, lo divino y de lo humano; hoy en día el hombre contemporáneo, el hombre de la vida desnuda, precaria y vulnerable, va en busca de ese resplandor luminoso.” (1). Es esa búsqueda de ese instinto de vida lo que, según el autor, busca Susy Shock (2008) en su poema “Yo monstruo mío”. (Ver anexo. Imagen I)

Benjamín Martínez Castañeda se pregunta: ¿Qué significa ser un monstruo en este mundo desalmado? Esta pregunta también aparece, en cierta forma, planteada en la novela de Shelley. El autor se plantea, analizando la frase de Susy Shock “Yo, reivindico mi derecho a ser un monstruo” que el cuerpo humano ha sido separado, y citando al banquete de Platón llega a la deducción de que ya no somos esa quimera que Aristófanes narra; la naturaleza del andrógino ha sufrido graves modificaciones. Allí se cuenta que los hombres al sentirse superior a los dioses, fueron separados por la mitad por Zeus haciéndolos más débiles y útiles para los dioses mismos. Luego se cuestiona si el deseo es la carencia de algo, ¿qué es lo que hace que Susy Shock se vea monstruosa ante su deseo? Y considera que no sólo ella se siente así, ya que los hombres hemos perdido la capacidad de amarnos entre nosotros, el precio que se paga por haber sido separados según la metáfora del Banquete. Lo que nos mueve como monstruos de nuestros deseos es, “(.) el amor de los unos a los otros innato en los hombres y restaurador de la antigua naturaleza, que intenta hacer uno solo de dos y sanar la naturaleza humana”. (Platón, 2006) La cuestión está en no caer en esa vorágine del mundo industrializado y hacer de nuestra vida una obra de arte, como también lo propone Susy Shock en su poema.

A doscientos años de las advertencias de Mary Shelley sabemos que:

La modernidad ha fracasado, la gran promesa de progreso nos dejó esperándola sentados en la sala de espera del Seguro Social, o de cualquier otra dependencia que tiene por objetivo regular nuestras vidas. América Latina pasó por la posmodernidad con los pies por delante, sería mejor hablar de una post mortem-nidad. “Yo mariposa ajena a la modernidad / a la posmodernidad / a la normalidad”, son versos que nos invitan a pensar en que no todos caben en ese cajón de la productividad que nos da forma de seres grises con la necesidad de ser indispensables en el dominio técnico que nos norma y sistematiza en años, meses, semanas, días, horas, minutos y segundos. (Martínez Castañeda, 2015: 2)

Susy Shock se presenta opuesta a la producción en serie como un producto artesanal, con mayor armonía en el contacto con la naturaleza, experimentando una existencia más arriesgada como la de Frankenstein.

“El cuerpo y la vida trans.pirada para Susy Shock ha sido de resistencia, burla y dominio de los estigmas; no busca ser definida, ni reconocida como hombre o mujer. Su estar en el mundo se abre a lo masculino, a la maternidad, y a la luz de la naturaleza que la abraza día con día.” (Martínez Castañeda, 2015: 2). Rechaza las categorías modernas que pretenden aprisionarla, domesticarla a cambio de la convivencia y reconocimiento del arcaico contrato social. “Ella no tiene problemas con las normas y los normales, son éstos los que los tienen hacia ella.” Susy Shock reivindica su derecho a ser un monstruo “y que otros sean lo Normal” (Susy Shock, 2008).

Otra investigación titulada “Cuerpxs en fuga. La praxis de la insumisión” (2018), compilada por Sasa Testa, también problematiza el tema de la monstruosidad y la corporalidad, en su apartado “Reivindico mi derecho a ser un monstruo” Una vez más el poema de Susy Shock, que se apropia del concepto de monstruo aparece analizado como verdadera reinvindicación del devenir trans, y de la elección de circular por fuera de la norma. Como el cuerpo del monstruo creado por Victor Frankenstein, un cuerpo puede subvertir una norma y/o cuestionarla. (Escobar, 2015)

El ensayo plantea que la revolucionaria propuesta de no pertenecer a ninguno de los géneros binarios establecidos, con el lema “ni varón ni mujer. Ni XXY ni H2O” que Susy Shock lleva a la práctica en sus intervenciones “artivistas” y en su ser Susy, se relaciona y complementa con las teorías de Judith Butler sobre de la identificación genérica y la performatividad de género:

Identificarse con un género bajo los regímenes contemporáneos de poder implica identificarse con una serie de normas realizables y no realizables y cuyo poder y rango precede las identificaciones mediante las cuales se intenta insistentemente aproximarse a ellas. Esto de “ser hombre” o “ser mujer” son cuestiones internamente inestables. Están siempre acompañadas por la ambivalencia precisamente porque toda identificación tiene un costo, la pérdida de algún otro conjunto de identificaciones, la aproximación forzada a una norma que uno nunca elije, una norma que nos elije, pero que nosotros ocupamos, invertimos y resignificamos, puesto que la norma nunca logra determinarnos por completo. (Butler, 2008:186)

El texto también cita a Diana Maffía (2003), en cuyo libro Sexualidades Migrantes. Género y transgénero, se explica con claridad la violencia ejercida por las instituciones sobre las identidades de género, sobretodo trans:

Afirmar que los sexos son dos, es afirmar también que todos estos elementos irán encolumnados, que el sujeto tendrá la identidad subjetiva de género de su sexo anatómico y cromosómico, lo expresará y aceptará los roles correspondientes, y hará una elección heterosexual. Lo que escape a esta disciplina se considerará perverso, desviado, enfermo, antinatural, y será combatido con la espada, con la cruz, con la pluma, con el bisturí, y con la palabra. (Maffía, 2003: 6)

Las personas trans luchamos para acceder también a la formulación de teorías sobre nuestro colectivo en primera persona, sin mediación o análisis. Como ejemplo, el testimonio de Lohana Berkins en referencia a la mirada que hemos ido construyendo de nosotras mismas:

Nosotras no quisimos sujetarnos a vivir en función de ese rol que estaba determinado simplemente por nuestros genitales y nuestro sexo. Muchas cosas hacen a una persona y no solo la circunstancial realidad de sus genitales. Ser transgénero es tener una actitud muy íntima y profunda de vivir un género distinto al que la sociedad asignó a su sexo. No se trata de la ropa, el maquillaje o las cirugías… se trata de maneras de sentir, de pensar, de relacionarnos y de ver las cosas. Este género, de alguna manera elegido o autoconstruido, no debe ser uno de los dos géneros que impone el sistema patriarcal. Nosotras pensábamos que nuestra única opción (si no queríamos ser varón) era ser mujer. (…) Hoy tratamos de no pensar en sentido dicotómico o binario. Pensamos que es posible convivir con el sexo que tenemos y construir un género propio, distinto, nuestro. Nosotras hacemos una transición dentro del sistema sexo género. (…) Nosotras no nos hemos encontrado a gusto como personas condicionadas masculinamente. (…) Somos traidoras del patriarcado y muchas veces pagamos esto con nuestras vidas. (Berkins, 2009: 154-155)

Por último, las figuras sirenaicas que inspiraron la obra de la artista y activista Effy Beth, abordadas por Pablo Farneda (2018), con quien tengo el honor de compartir esta colección, poseen muchos puntos en común fundados en la estructura romántica de lo que él llama “matriz teratológica moderna”. Citando también a Frankenstein o el Moderno Prometeo de 1818, Farneda afirma que tanto el cuento de La sirenita de Hans Christian Andersen, publicado en 1837, como un monstruo son sujetos que no pueden ser leídos en términos binarios sino monstruosos. Agrega además que el romanticismo fue una reivindicación de la individualidad, lo singular y aquello apartado de la norma. En ambos clásicos del romanticismo los protagonistas son expulsados del mundo que añoran, imposibilitados de ser amados “y pagan el precio de su deseo con sufrimiento, soledad, y finalmente con la muerte.” Siendo la singularidad de sus cuerpos, el rasgo fundamental que los condena, experiencias que compartimos en mayor o menor medida todas las personas trans. (Farneda, 2018:142)

Biopolítica: Lo que dicen los cuerpos

Las personas trans tenemos una relación particular con nuestros cuerpos que nos lleva desde muy temprana edad a tener otra perspectiva sobre aquello que debemos construir para ese devenir “hombre” o “mujer”, como únicas posibilidades propuestas por las instituciones modernas. Si bien hoy muchas avanzan hacia el género neutro, es importante decir que aunque nuestra Ley 26.743 de Identidad de género reconoce la autopercepción sin especificar hombre o mujer, nuestro sistema jurídico y registral sólo contempla esas dos posibilidades (7). Las personas trans somos testigos privilegiados de como las leyes moldean e imprimen ese orden sobre los cuerpos:

La experiencia muestra que son los propios sujetos quienes van a dar lugar a reflexiones e investigaciones acordes con sus intereses, demandas, reivindicaciones y sueños. No van a ser personas ajenas. Pero la insularidad, la mirada hacia sí mismo, atenta contra cualquier esfuerzo, tanto desde el punto de vista de la legitimidad política como de la legitimidad académica. De ahí que la pregunta sobre quiénes investigan tenga al menos dos respuestas: investigan quienes tengan interés, capacidad y compromiso, e investigan quienes compartan intereses, demandas reivindicaciones y sueños con los de los sujetos investigados. En concreto, muchos de quienes estudian las experiencias de la diversidad sexual y de género las viven o han vivido. Pero validar o invalidar investigaciones y reflexiones exclusivamente por haber pasado o no tales experiencias, si en el ámbito de la retórica política funciona, en el de las ciencias sociales no debería. (Pecheny,2008: 12).

Estoy de acuerdo con Mario Pecheny teniendo en cuenta la relevancia y la potencia que implica escribir teoría trans en primera persona, en especial desde un lugar donde las demandas y los problemas planteados nos atraviesan como sujetas y como comunidad.

Los lineamientos que propone Michel Foucault (2016) para hablar sobre las sexualidades reprimidas y los cuerpos disciplinados con el nacimiento de la modernidad, en especial en materia médica y jurídica, me son una perspectiva útil para considerar estas miradas sobre Frankenstein y la cuestión trans. Como ya mencioné, lo que Mary Shelley advirtió como un peligro en su propio tiempo, Foucault lo plantea como el resultado de una terrible realidad a partir del siglo XVIII:

“Mucho tiempo habríamos soportado, y padeceríamos aún hoy, un régimen victoriano. La gazmoñería imperial figuraría en el blasón de nuestra sexualidad retenida, muda, hipócrita. Todavía a comienzos del siglo XVII era moneda corriente, se dice, cierta franqueza. Las prácticas no buscaban el secreto; las palabras se decían sin excesiva reticencia, y las cosas sin demasiado disfraz; se tenía una tolerante familiaridad con lo ilícito. Los códigos de lo grosero, de lo obsceno y de lo indecente, si se los compara con los del siglo XIX, eran muy laxos. Gestos directos, discursos sin vergüenza, trasgresiones visibles, anatomías exhibidas y fácilmente entremezcladas, niños desvergonzados vagabundeando sin molestia ni escándalo entre las risas de los adultos: los cuerpos se pavoneaban. A ese día luminoso habría seguido un rápido crepúsculo hasta llegar a las noches monótonas de la burguesía victoriana. Entonces la sexualidad es cuidadosamente encerrada. Se muda. La familia conyugal la confisca. Y la absorbe por entero en la seriedad de la función reproductora. En tomo al sexo, silencio. Dicta la ley la pareja legítima y procreadora. Se impone como modelo, hace valer la norma, detenta la verdad, retiene el derecho de hablar -reservándose el principio del secreto” (Foucault, 2016: 9).

Foucault denomina “biopolítica” a una forma específica de gobierno que aspira a la gestión de los procesos biológicos de la población. Afirma que ésta es el efecto de una preocupación anterior del poder político: El Biopoder, un conjunto de estrategias de saber y relaciones de poder que se articulan en el siglo XVIII, en Occidente, modalidad que se despliega sobre lo viviente, lo humano. El cuerpo “como máquina: para educarlo, aumentar sus aptitudes, arrancar sus fuerzas, el crecimiento paralelo de su utilidad y su docilidad, su integración en sistemas de control eficaces y económicos, todo ello quedó asegurado por procedimientos de poder característicos de las disciplinas: una “anatomopolítica del cuerpo humano”. (Foucault, 2007: 40)

Según Foucault, la consecuencia del nacimiento de la Biopolítica es el instrumento intelectual a partir del cual desde el siglo XVIII el Estado es obligado a autolimitarse: la economía política.

“Lo que se trata de obtener no es una sociedad sometida al efecto mercancía sino una sociedad sometida a la dinámica de la competencia. No es una sociedad de supermercado sino una sociedad de empresa. El homo economicus que se quiere reconstituir no es el hombre del intercambio, tampoco el hombre consumidor; es el hombre de la empresa y la producción”. (Foucault, 2007: 41)

Foucault nos remite a la creación de este “hombre moderno”, del que Shelley ya nos previno con la dicotomía del científico y su monstruo.

El género como tecnología

El aporte de de Lauretis (1991) es clave para esta obra, ya que desde el feminismo planteó el género como diferencia sexual (la mujer como “otro” del hombre) evidenciando así, como la teoría feminista estaba atada a dicotomías patriarcales universalizantes. Propuso el término “tecnologías del género”, retomando el concepto de “tecnologías del yo” de Foucault, para evidenciar que, como la sexualidad, el género tampoco es propiedad natural de los cuerpos. En esto coincide con Judith Butler que alega que el género no es natural sino una construcción performática que actúa sobre los cuerpos a partir de la repetición gestual y discursiva. (Butler, 2016) De Lauretis suma además que existen complejas tecnologías políticas como el cine, la literatura, la familia, las teorías, las políticas de Estado, las instituciones, etc., que tienen como efecto la construcción de un género sobre un determinado cuerpo. Según ella “la construcción del género es tanto el producto como el proceso de su representación” de patrones jerarquizados de masculinidad y feminidad difundidos por la cultura hegemónica de toda época. Frankenstein está creado no solo con partes de distintos cuerpos sino también con diferentes discursos y teorías que configuran su existencia.

Otro de los aportes más importantes de de Lauretis fue igualar al “género” con la “ideología”. Según ella “Cuando Althusser escribió que la ideología representa no el sistema de relaciones reales que gobiernan la existencia de los individuos, sino la relación imaginaria de esos individuos con las relaciones reales en las que ellos viven y que gobiernan su existencia, estaba también describiendo, a mi modo de ver, el funcionamiento del género” (1991: 12). También llegó a la conclusión de que el “sujeto feminista” no puede ser sino un sujeto en proceso de definición constante: consciente de estar siempre dentro y fuera de la ideología del género, ya que, “El sujeto del feminismo es en-gendrado allí”. Frankenstein podría ser un sujeto engendrado por su autora para mostrar el desencanto que ante la modernidad postergó las batallas del feminismo por más de un siglo.

Fue de Lauretis quien acuñó el concepto “teoría queer”, en 1990, con los objetivos de crear un sistema para dejar de pensar las sexualidades disidentes como algo marginal a la heterosexualidad estable y dominante, y para poner en evidencia los presupuestos heterosexuales y generizados que sostiene toda la teoría y la enseñanza en los circuitos académicos. Pero para 1994 se retracta y retorna, insistentemente, al término “lesbiana”. A su criterio, la teoría queer se había vuelto funcional a las políticas editoriales. Susy Shock (2008) prefiere adoptar la denominación de monstruo, más que de queer. Una apropiación que quizá escarba con más fuerza hasta los orígenes de la cuestión.

La definición cyborg que presentó, Donna Haraway (1984), en los años 80 es “un organismo cibernético, un híbrido de máquina y organismo, una criatura de realidad social y también de ficción (.) y experiencia viva que cambia lo que importa como experiencia de las mujeres a finales de este siglo.” Actualmente la prótesis ya no entendida como reemplazo sino como ampliación de posibilidades de vida, es una de las condiciones de este concepto. De este modo, lo prostético no reemplaza una parte faltante o incapacitada del cuerpo, sino que amplifica las formas de las corporalidades y sus funciones. “La medicina moderna está asimismo llena de ciborgs, de acoplamientos entre organismo y máquina, cada uno de ellos concebido como un objeto codificado, en una intimidad y con un poder que no existían en la historia de la sexualidad (.) La biopolítica de Michel Foucault es una fláccida premonición de la política del ciborg, un campo muy abierto.” (Haraway, 1984: 2) Para Haraway, ser cyborg refiere a la fusión entre cibernética y organismo. La tecnología ya no se usa ni se lleva, sino que se es tecnología.

También podríamos concebir al cyborg como una entidad que establece conexiones, por su capacidad de interrelacionarse, e incluso, comunicación global, y así en tanto sujeto inesencial, posibilitaría el borramiento de las distinciones categoriales en las formas de los cuerpos (humano/máquina; naturaleza/cultura; varón /mujer).

Haraway escribió “El cyborg es una criatura en un mundo post genérico.” (1984: 3) Pero las nuevas tecnologías ya no son agentes transparentes ni medios democráticos que eliminan el problema de las diferencias sexuales o de las jerarquías de clase:

“No es solo que la ciencia y la tecnología son medios posibles para una gran satisfacción humana, así como una matriz de complejas dominaciones, sino que la imaginería del cyborg puede sugerir una salida del laberinto de dualismos en el que hemos explicado nuestros cuerpos y nuestras herramientas a nosotras mismas. (.) Significa al mismo tiempo construir y destruir máquinas, identidades, categorías, relaciones, historias del espacio”. (Haraway, 1984:38)

El concepto de cyborg nos invita a repensar lo político y las diferencias. Lo que se considera monstruosidad va tomando distintas formas de acuerdo a la época, en la novela de Philip K. Dick titulada ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de 1968 y en su conocida adaptación al cine en 1982 llamada Blade runner, dirigida por Ridley Scott, presenta como problema que este nuevo cyborg-monstruo creado por las nuevas tecnologías se parece cada vez más al estereotipo binario. El problema hoy es que esos monstruos son una copia fiel del sujeto moderno mismo, y ya no una criatura deforme como lo era el monstruo de Frankestain. Y eso es quizá lo que hoy más terror nos causa.

La producción de subjetividad

En sus postulados teóricos, Paul B. Preciado (2009), cuestiona al régimen biopolítico. Él vio en la testosterona una droga política, un arma química con el potencial de hacer explotar al sistema sexo/género desde adentro. Para él, la testosterona y la filosofía son técnicas de producción de subjetividad. Hay muchísimos rituales de transformación de la subjetividad. La transexualidad para él no es volver a un origen, sino una deriva. Pero no se transforma sólo tu subjetividad y tu cuerpo, hay un colectivo alrededor, históricamente patologizado, al cual no se le permite el acceso a las técnicas de producción de subjetividad. Al encontrarnos con un lugar para articular nuestros propios lenguajes y nuestras propias técnicas podemos resignificarnos políticamente. El espacio público y el supuesto espacio privado están absolutamente segmentados en términos de género. Toda arquitectura corporal es política.

El cuerpo de Frankenstein es una construcción de la modernidad. En especial de la medicina y el derecho de su tiempo. Es un cyborg de su tiempo. Es un conjunto de técnicas científicas y teorías filosóficas suturadas para la producción de subjetividad, que pretenden crear “un hombre nuevo” y terminan creando lo que luego se considerará un monstruo, por no parecerse, por no ajustarse a lo que se esperaba de él.

Paul B. Preciado en Testo Yonqui (2009) afirma que desde mediados del siglo XX se producen una serie de transformaciones en cuanto a las técnicas de producción de la subjetividad sexual y, en consecuencia, se cuestiona cómo construir nuevas estrategias de lucha política frente a esas formas de control y normalización. El autor llamó a este fenómeno la “industria farmacopornográfica”.

En este contexto, se refiere a “revoluciones somatopolíticas”, una redefinición del estatuto del cuerpo frente a las prácticas que lo definen. A partir de la década de 1980 la clínica se derrumba no solo por los ataques de los movimientos sociales, sino por la entrada de las lógicas neoliberales. “La píldora se convierte en la molécula farmacológica más vendida de la humanidad, el cuerpo como consumidor de técnicas de reproducción asistida, de viagra, de prozac, por ejemplo.” Según Preciado somos consumidores farmacopornográficos, somos al mismo tiempo sujeto y objeto de los aparatos de gobierno y que esa es la paradoja, que nosotros mismos manejamos esos aparatos. (Preciado, 2009)

En Manifiesto contra-sexual pensaba la sexualidad a partir de la prótesis y no del órgano. “Con la voluntad de des-naturalizar y des-mitificar las nociones tradicionales de sexo y de género, la contra-sexualidad tiene como tarea prioritaria el estudio de los instrumentos y los aparatos sexuales y, por lo tanto, las relaciones de sexo y de género que se establecen entre el cuerpo y la máquina.” (Preciado, 2009: 21)

En su libro Testo Yonqui, Preciado enuncia que hoy:

“Al poder no se lo obedece, se lo traga”. En forma de cápsulas, por la boca, o se lo absorbe por los poros. Es líquido, viscoso, aspirable e inyectable. El poder ya no produce cosas sino estados del alma, tejidos vivos, deseos, reacciones químicas, que también son moneda de cambio en el mercado. El poder ya no somete desde afuera como un aparato de ortodoncia, hace uno con el cuerpo. Se traga, también, a través de la mirada cada vez que la pantalla indica cómo hay que gozar, cómo consumir y consumar”. (Preciado, 2002: 44).

El imperativo visual es la forma de la verdad del sexo. Preciado llama a este momento, en el cual el poder ya no es exclusivamente ni vigilante ni castigador, la era farmacopornográfica. ¿Quién podría cuestionarlo en esta época en la que las vacunas, los laboratorios y los gobiernos marcan el paso sobre la humanidad toda?

También el autor se cuestiona ¿Cuál es la relación entre el sexo con la economía? El conjunto de tecnologías que nos normalizan son transversales, nos atraviesan a todos. La identidad al final es otra de las ficciones de las que se sirve el neoliberalismo para evitar que podamos llevar a cabo una lucha global.

“El sistema de sexo-género es un sistema de escritura. El cuerpo es un texto socialmente construido, un archivo orgánico de la historia de la humanidad como historia de la producción-reproducción sexual, en la que ciertos códigos se naturalizan, otros quedan elípticos y otros son sistemáticamente eliminados o tachados. La (hetero) sexualidad, lejos de surgir espontáneamente de cada cuerpo recién nacido, debe re-inscribirse o re-instituirse a través de operaciones constantes de repetición y de re-citación de los códigos (masculino y femenino) socialmente investidos como naturales.” (Preciado, 2002: 45)

Las tecnologías del cuerpo, como la testosterona, la píldora, etc., son productoras de subjetividad. La hormonización puede incorporarse al cuerpo, cambiarlo y crear “ficciones biopolíticas”, que a su vez se integrarán a organismos políticos mayores, como por ejemplo instituciones políticas, legales o médicas. (Preciado, 2002)

La caja de pandora abierta por el doctor Frankenstein en los comienzos de la modernidad está en su máximo esplendor.

Distinción entre sexo y género: El cuerpo como campo de batalla

Con el hallazgo de Butler y el surgimiento de la teoría Queer se ha desestabilizado la categoría sexo a partir de las fuertes críticas argumentadas en contra de la noción de identidad y naturaleza. La distinción entre sexo y género que hace Butler es de gran relevancia para la teoría feminista, ya que “Aunque la unidad no problemática de las “mujeres” suele usarse para construir una solidaridad de identidad, la diferenciación entre sexo y género plantea una fragmentación en el sujeto feminista”. (Butler, 2016:54) Butler, contribuyó al impulso y la expansión de los movimientos queer, trans e intersex. Una vez más el campo de batalla de estas luchas es también el cuerpo.

La performatividad del género no es un hecho aislado de su contexto social, es una práctica social, una reiteración continuada y constante en la que la normativa de género se negocia. El sujeto no es el dueño de su género, y no realiza simplemente la “performance” que más le satisface, sino que se ve obligado a “actuar” el género en función de una normativa genérica que promueve y legitima o sanciona y excluye. Dentro de esta tensión, la actuación del género en que una deviene es el efecto de una negociación con esta normativa. “El travestismo pone de relieve lo que, después de todo, sólo está determinado en relación con lo hiperbólico: la cualidad subestimada, sobreentendida, de la performatividad heterosexual.” (Butler, 2015:55) No encarnar el género de forma normativa o ideal supone arriesgar la propia posibilidad de ser aceptable para el otro, la posibilidad de ser legible como sujeto de derecho e incluso, supone arriesgar la propia vida. Frankenstein al no encarnar ese “hombre modelo” que su creador tenía en mente tampoco es leído como sujeto, y es expulsado de la sociedad por esa razón.

Viviane Namaste (2009) hace una interesante crítica a la obra de Butler (2018), en especial, a su libro Deshacer el Género que problematiza cómo la transexualidad atraviesa la identidad y su relación al trato que reciben en general las personas trans y más específicamente la violencia a la que se somete a nuestro colectivo. Para Butler el problema de la violencia es central al considerar la situación de las personas trans. Su teoría promete generar conocimiento que resulte útil para las víctimas de esa violencia. Namasté, citando a Mirha-Soleil Ross, que es muy crítica en relación al análisis de la violencia contra las personas trans, sostiene que esta violencia está mayormente dirigida a aquellas que transcicionan “de hombre a mujer”, usando las siglas en inglés “MTF” (male to female), una distinción de la cual Butler no se ocupa. (Namaste, 2009)

Butler plantea preguntas teóricas sobre como entendemos y reproducimos el género. Estas preguntas surgen a través de su observación de travestis, drag queens y transexuales, pero es importante señalar que no provee al lector con suficiente información sobre el contexto. Sin embargo, una superficial consideración del entorno y lugares citados por Butler (imitaciones femeninas en bares gay) sugiere que las interacciones y las relaciones sociales no están solamente estructuradas por el género. Si bien las representaciones (performances) plantean sin duda preguntas sobre el género y su constitución, también están estrechamente conectadas a cuestiones laborales. El saber académico sobre este tema confirma claramente la importancia del trabajo como relación social. (Namaste, 2009)

En sentido más amplio, la obra de Butler sobre la teoría feminista provee escasa consideración acerca de la centralidad del trabajo hacia los cuerpos, las identidades y las vidas de las mujeres transexuales. De este modo, no resulta curioso que las observaciones de Butler sobre este entorno no le presten la debida atención a la prostitución como forma de trabajo. Ésta no es casual para muchas mujeres transexuales, sino que es más bien una precondición necesaria para acceder, por ejemplo, al cambio de sexo o tratamientos de hormonización en muchos países que, a diferencia del nuestro, no garantizan legalmente el acceso a dichas intervenciones. Por lo tanto, es a través del trabajo que el género de las mujeres transexuales se constituye. (Namaste, 2009) A lo largo de la novela, el monstruo de Frankenstein se va constituyendo como sujeto, no solo por la intervención de su creador sino también por las relaciones sociales en las que va interviniendo a lo largo de la trama.

El punto clave, según Namaste, es hacer un análisis detallado del contexto en el cual las diferentes formas de relaciones sociales de raza, trabajo, y género se entrecruzan para comprender adecuadamente la violencia hacia las mujeres trans y mujeres trans de color en particular, quienes son las mayores victimas según su análisis. “La debilidad del argumento de Butler, está condicionada por el poco desarrollo de una aproximación empírica.” La autora, continúa explicando que Butler no se ha interiorizado en un estudio cuidadoso y específico del entorno. Los marcos políticos y teóricos que propone Butler son insuficientes, ya que se basan en información incompleta. A Butler le interesa pensar a través de la regulación de género. Pero lo que regula la vida diaria de las mujeres transexuales y las travestis puede explicarse mejor analizando la prostitución más que con un acotado análisis del género. También se puede decir que algunas interpretaciones del monstruo de Frankenstein ponen el foco en el mundo del trabajo y la emergente clase trabajadora producto de la inminente Revolución Industrial. El monstruo es presentado como una falla necesaria para satisfacer los objetivos de ese nuevo capitalismo, donde todos desde el centro o la periferia tienen que aportar valor al sistema económico. Las “mujeres” transexuales y travestis cumplen también un rol marginal en esta desigual distribución del trabajo.

Un detallado estudio empírico podría evidenciar la importancia teórica y política de ocuparse de las cuestiones relativas a la prostitución para entender la vida de las mujeres trans. (Namaste, 2009) En nuestro país, se ha abordado esta relación entre la prostitución y la vida de las mujeres trans por medio de las investigaciones de Lohana Berkins y Josefina Fernandez. (2013, 2015 y 2017).

Para Namaste, ese saber académico pone atención a la regulación del espacio público. Un análisis continuo de la regulación, no sólo considera la represión y la violencia hacia las travestis y transexuales, sino también la que está dirigida hacia las personas sin techo, vendedores ambulantes, y prostitutas callejeras. A todos los “monstruos” producidos por la modernidad que, como Frankenstein, están confinados a la marginalidad. Dentro de ese marco, la violencia hacia las personas trans es parte de una violencia continua hacia los pobres y marginados en un contexto amplio de capitalismo global. El punto de la autora es que una cuidadosa investigación empírica es necesaria para entender realmente cómo funciona la regulación y cómo puede ser resistida. (Namaste, 2009)

Según Namaste “En los últimos veinte años, hemos sido testigos de la pérdida de una generación completa de mujeres transexuales, a causa del VIH, suicidio, sobredosis o asesinato por parte de un cliente. Las mujeres transexuales envejecen con el preocupante conocimiento de que muchas de nosotras (con frecuencia, la mayaría) no vivimos por encima de los cuarenta años.” Finalmente concluye enunciando que “La tarea política y teórica disponible no es, entonces, deshacer el género. Lo que se requiere no es ni más ni menos que deshacer la teoría.” (Namaste, 2009) Algo que también claramente cuestiona la novela de Shelley, tras los infortunios de su criatura concebida con “partes de cadáveres”, como metáfora de un terrible reciclaje de las viejas teorías.

El derecho a la Identidad de género

En un trabajo que analiza la identidad de género en el contexto de la Justicia de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), su acceso a la Justicia como operadoras y justiciables, se hace referencia a la Ley 26743 que establece el derecho humano a la identidad de género. Como ya lo he mencionado el derecho prescribe sobre los cuerpos una determinada identidad en el período moderno (siglos XVIII-XX), es por eso que esta Ley argentina, de mayo de 2012, que permite elegir la identidad autopercibida, desestimando el sexo al momento del nacimiento, es considerada como la más progresista sancionada hasta el presente. La prensa internacional ubicó a la “Argentina como líder de la revolución trans en el mundo” (De los Reyes, 2014) y hasta 2017 su modelo fue seguido por Dinamarca (2014), Malta (2015), Irlanda (2015) y Colombia (2016). (Radi y Pecheny, 2018: 25)

La Ley adopta una definición de “identidad de género” utilizada en los sistemas internacional y regional de derechos humanos: Dicha definición es provista por los Principios de Yogyakarta (2006). La investigación cita a Mauro Cabral, activista e investigador trans e intersex, quien fue uno de los convocados para su redacción.

Cabral sostiene que la Ley toma cuestiones esenciales del activismo local como “El acceso pleno, despatologizado y desjudicializado, al reconocimiento de la identidad de género autopercibida, sin requisitos incompatibles con los derechos humanos, articulado con el derecho de acceso a la salud –incluyendo, claro está, la salud transicional–.” (Radi y Pecheny, 2018: 25)

Es interesante cómo esta investigación define “desjudicialización” como la quita de potestad al Poder Judicial para intervenir y autorizar procesos de rectificación de datos registrales. Reemplazándolo por un procedimiento administrativo para modificar el nombre y género en el documento nacional de identidad. Para ejercer ese derecho, “no se exige la acreditación de diagnósticos médicos ni se invoca la conformación de comités de bioética, y es en ese sentido que se dice que la ley despatologiza.” (Radi y Pecheny, 2018: 27)

Cabe destacar que, pese a la sanción de esta Ley de identidad de género, la investigación remarca como la mayoría personas trans, al igual que el monstruo de Frankenstein expulsado de la sociedad, son aún víctimas de la pobreza, la discriminación estructural, la falta de oportunidades, el hostigamiento y la persecución policial, que “ponen de relieve los límites de las estrategias de reforma legal y llaman a diseñar e implementar otras estrategias de política pública y acción política. Después de todo, como dice la poeta Susy Shock, “¡A nosotras nos matan, aunque el documento diga Diana Sacayán!” (Radi y Pecheny, 2018: 27)

En su apartado “Necropolíticas: hacer morir y dejar morir” la investigación refiere a la presencia de la muerte prematura en la experiencia, el pensamiento y las políticas travestis y trans: “La muerte prematura y violenta es uno de los temas prioritarios del activismo travesti y trans alrededor del mundo.” (Radi y Pecheny, 2018: 127) Citando a una de las entrevistadas el trabajo analiza la importancia del derecho como generador de identidad y de ciudadanía “Hemos enterrado incluso hasta con una lápida sin nombre, porque para la justicia no éramos hombres ni éramos mujeres, éramos cosas.” (Radi y Pecheny, 2018: 127) Curiosamente, el monstruo de Frankenstein tampoco tiene nombre, es aquello monstruoso, diferente, que no se puede nombrar, que está fuera de la sociedad.

Por último, Mario Pecheny realiza una entrevista a Dora Barrancos, reconocida y respetada intelectual por su militancia feminista y su trayectoria en el campo de las ciencias sociales, y en especial en cuestiones de género. Respecto de la Ley de indentidad de género se le pregunta a Barrancos sobre la misma “un poco para relativizar la idea de epopeya y también para poner en contexto sobre lo que puede traer o no un cambio legal” (Radi y Pecheny, 2018: 143) Ella responde:

En principio podría decir que una se coloca un poco en antagonismo foucaultiano. Porque todos sabemos lo que para Foucault es el aparato jurídico, etcétera. Y además porque él no podía expresarse desde ahí. Creo que nuestra experiencia marca la posibilidad de que el orden legal sea el que marque una disrupción. Una disrupción en el sentido de que no es lo mismo la condición de disidencia sexogenérica ex ante Ley que ex post. Me refiero a la autorización que da la ley a cierta ruptura. Por eso digo que esa disrupción se anticipa a imaginarios. A menudo reflexiono en voz alta: menos mal que los derechos humanos no son plebiscitables (!). Porque quiero saber qué hubiera pasado con la plebiscitación de la Ley de Identidad de Género. Y todos sabemos bien qué hubiera podido pasar con un referéndum... Entonces una vez que está esa ruptura, por lo menos en el orden legal, tiene impacto sobre el orden jurídico finalmente. Para mí, es por eso positiva, más allá del límite en que se coloca, etcétera. Da una enorme autorización a la gente, aumenta la capacidad de legitimarse. Hay mucha más capacidad de cabildeo con firmeza en el seno de la familia. Entonces esas son mallas que van desajustando la propia tenebrosidad simbólica. Lo simbólico es tenebroso, y esto le va poniendo banderillas. (Radi y Pecheny, 2018: 143)

Nuevamente vemos que la idea de “tenebrosidad” está asociada al colectivo trans, como históricamente ha estado atada al monstruo de Frankenstein, a lo diferente, a lo fuera de la norma. Como se deduce del testimonio de estos expertos el orden jurídico, como el médico, imprimen sus huellas en el cuerpo trans y de esos órdenes dependen en mayor parte las condiciones de inclusión o exclusión en un determinado contexto social.

Cualquier definición adoptada desde esta investigación podría contribuir a reproducir aquello contra lo cual luchamos los sujetos con identidades de género diferentes a nuestro sexo biológico, si entre las principales formas de opresión, dominación y violencia en el campo de las sexualidades se encuentran la denominación heterónoma, la objetivación y la homogeneización. Pero la mejor forma de resolver este contratiempo no es evitándolo, ósea, no definiendo. Sino que se resuelve usando las definiciones en su contexto. Es interesante mencionar lo complicado que resulta tratar de investigar dichos sujetos, y temas, estudiarnos, con nuestras viejas reglas y metodologías, pero sin embargo esto no debe desalentarnos.

En la concepción de sujetos con identidades de género trans, con nuestros deseos y prácticas, nuestras relaciones y derechos, es acertado posicionarse desde el lugar de sujetos capaces de palabra y de acción, y no de víctimas.

En resumen, la construcción de un cuerpo social e individual ha sido sin duda una de las mayores preocupaciones del período moderno, y hacia allí han estado orientadas sus diferentes tecnologías al servicio del nuevo modelo de producción capitalista. La producción de una subjetividad en particular por parte de la medicina y el derecho modernos, retratadas en la novela de Mary Shelley, se puede hallar al diseccionar esos cuerpos los rastros de esos discursos que los desgarraron y volvieron a suturar.

El cuerpo moderno, ha sido sin duda un campo de batalla en el que se intentó imprimir a fuego la binaridad de género, anexada a la heteronorma. Por todo esto, es tan interesante analizar los orígenes del paradigma moderno sobre los cuerpos, y reconocer de una vez, y de manera universal, el derecho humano a una identidad de género, para materializar al fin la célebre promesa de aquella época de igualdad, fraternidad y libertad para todas las personas sin distinción.

6. Traducido del inglés al español por María Teresa Arcos y revisado por Mauro Cabral.

7. En julio de 2021, luego de que esta obra se enviara a edición, se estableció por Decreto presidencial N°476/21 el reconocimiento de identidades por fuera del binomio masculino/femenino al incorporar la nomenclatura “X” en el Documento Nacional de Identidad (D.N.I.) como opción, para todas las personas que no se identifiquen como varón o como mujer. Esta decisión está enmarcada dentro de la Ley de Identidad de Género.

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Yaş sınırı:
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Hacim:
203 s. 22 illüstrasyon
ISBN:
9789878472416
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

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