Kitabı oku: «La Reina Roja»


A mamá, papá y Morgan, que querían saber qué pasó
después, a pesar de que ni siquiera yo lo sabía.

UNO
Odio el Primer Viernes. La aldea se llena de gente, y ahora, en pleno calor del verano, eso es lo último que uno necesita. Desde el lugar donde estoy sentada en la sombra, la cosa no es tan grave aunque el mal olor de los cuerpos, sudorosos por el trabajo de la mañana, basta para horrorizar a cualquiera. El aire vibra de calor y humedad, y hasta los charcos de la tormenta de ayer están calientes, con remolinos veteados de aceite y grasa.
El mercado se vacía; todo el mundo cierra su puesto por hoy. Los comerciantes están abrumados y distraídos, y a mí me resulta fácil robar todas las mercancías que quiera. Para cuando termino, mis bolsillos están repletos de baratijas y tengo una manzana para el camino. Nada mal para unos minutos de trabajo. Mientras la multitud prosigue, yo me dejo llevar por la corriente humana. Mis manos vuelan como flechas, siempre en movimientos rápidos y fugaces. Unos billetes de la bolsa de un hombre, una pulsera de la mano de una mujer: nada muy llamativo. Los lugareños están demasiado ocupados arrastrando los pies para notar que hay una carterista entre ellos.
Las construcciones altas y espigadas a las que la aldea debe su nombre (Los Pilotes, qué original) se elevan a nuestro alrededor, tres metros por encima del terreno lodoso. En la primavera los bajíos se cubren de agua pero estamos en agosto, cuando la insolación y la deshidratación arrasan con el pueblo. Casi todos esperan anhelantes el Primer Viernes, día en el que las clases y el trabajo terminan temprano. Pero yo no. Preferiría estar en la escuela, sin aprender nada, en un salón lleno de jóvenes.
Esto no quiere decir que vaya a estar mucho tiempo ahí. Estoy a punto de cumplir dieciocho años y cuando eso ocurra tendré que alistarme. No soy aprendiz ni tengo trabajo, así que me mandarán a la guerra, como a los demás holgazanes. No es de sorprender que no haya empleo; todo hombre, mujer y niño quiere evitar el ejército.
Mis hermanos partieron a la guerra cuando cumplieron dieciocho, y los tres fueron enviados a combatir a los Lacustres. Sólo Shade sabe escribir medianamente bien y me manda cartas cuando puede. De los otros dos, Bree y Tramy, no he sabido nada desde hace más de un año. Pero no recibir noticias es una buena señal. Las familias pueden pasarse años sin saber nada y un día hallar a sus hijos e hijas esperando en la puerta, con un permiso para quedarse, o felizmente dados de baja. Aunque lo común es recibir una carta en papel grueso con el sello real debajo de un agradecimiento escueto por haber entregado la vida de tu hijo. A veces hasta se reciben botones de su uniforme roto y desgarrado.
Yo tenía trece años cuando Bree se fue. Me besó en la mejilla y me regaló unos aretes para que los compartiera con mi hermana menor, Gisa. Eran unas cuentas de vidrio del tenue color rosa del atardecer. Nosotras mismas nos agujereamos las orejas esa noche. Tramy y Shade siguieron la tradición al marcharse. Ahora Gisa y yo tenemos engastadas en una oreja tres piedras que nos recuerdan que nuestros hermanos combaten en algún lugar. Yo no creí que tuvieran que irse hasta que apareció el legionario con su brillante armadura y se los llevó, uno tras otro. Este otoño vendrá por mí. Ya empecé a ahorrar (y a robar) para poder comprar unos aretes para Gisa cuando me vaya.
“No pienses en eso”. Esto es lo que mamá dice siempre, sobre el ejército, sobre mis hermanos, sobre cualquier cosa: Qué buen consejo, mamá.
Calle abajo, en el cruce de las veredas del Molino y el Caminante, la muchedumbre aumenta y más vecinos se suman a la marcha. Un grupo de chiquillos, ladrones en ciernes, revolotean entre el gentío con dedos pegajosos y escrutadores. Son demasiado jóvenes para ser buenos en esto, y los agentes de seguridad intervienen en el acto.
Una leve presión en la cintura me hace voltear, por instinto. Atrapo la mano lo bastante torpe para querer robarme, y la aprieto para que el diablillo no pueda huir. Pero en vez de un chico escuálido, veo frente a mí un rostro con una sonrisita de suficiencia.
Kilorn Warren: aprendiz de pescador, huérfano de guerra y tal vez mi único amigo de verdad. De niños nos molíamos a palos, pero ahora que somos mayores (y que él es treinta centímetros más alto que yo) trato de evitar peleas. Supongo que él puede serme útil. Para alcanzar repisas elevadas, por ejemplo.
—Eres cada vez más rápida —me dice riendo, mientras se libra de mi mano.
—O tú más lento.
Entorna los ojos y me arrebata la manzana.
—¿Esperamos a Gisa? —pregunta y muerde el fruto.
—No, ella tiene permiso para trabajar hoy.
—En marcha entonces, o nos perderemos el espectáculo.
—¡Y eso sí que sería una tragedia!
—¡Ya, ya, Mare…! —dice, y sacude frente a mí su dedo—. Se supone que esto es para divertirnos.
—Se supone que es para intimidarnos, bobo.
Pero él parte a grandes zancadas, lo que casi me obliga a trotar para seguirle el paso. Camina en zigzag, tambaleante. “Piernas de marinero”, las llama, aunque nunca ha estado en el mar. Pero largas horas en el bote de su maestro, incluso en el río, deben haberle servido para algo.
Igual que mi papá, el de Kilorn fue enviado a la guerra, pero mientras que el mío volvió sin una pierna y un pulmón, el señor Warren regresó en una caja de zapatos. La madre de Kilorn desapareció entonces, dejando que su hijo se las arreglara como pudiera. Él estuvo a punto de morir de hambre, pero seguía buscándome para pelear conmigo. Yo le daba de comer, para no verme obligada a maltratar a un costal de huesos, y ahora, diez años más tarde, aquí sigue. Por lo menos es aprendiz y no tendrá que hacer frente a la guerra.
Llegamos al pie de la colina, donde la multitud es más numerosa, y empuja y da codazos por doquier. Asistir al Primer Viernes es obligatorio, salvo que, como mi hermana, seas un “trabajador esencial”. Como si bordar seda fuera esencial. Pero los Plateados adoran su seda, ¿no? Hasta los agentes de seguridad, al menos unos cuantos, pueden ser sobornados con los paños que mi hermana confecciona, aunque yo no sé nada de ese negocio.
Las sombras en torno nuestro aumentan mientras ascendemos por los peldaños de piedra hacia la cumbre de la colina. Kilorn los sube de dos en dos, casi me deja atrás, pero se detiene a esperarme. Me mira con su sonrisa de suficiencia, y hace juguetear sus ojos color verde botella.
—A veces olvido que tienes piernas de niño.
—Eso es mejor que tener su cerebro —afirmo, y le doy una ligera bofetada al pasar.
Su risa me sigue escalones arriba.
—Estás más gruñona que de costumbre.
—Es que no soporto esta cosa.
—Lo sé —murmura, solemne esta vez.
Cuando llegamos a la plaza, el sol arde en lo alto. Construido hace diez años, este ruedo es posiblemente la estructura más grande de Los Pilotes. No es nada comparado con los descomunales recintos de las ciudades, pero los elevados arcos de acero, los miles de metros de concreto, bastan para dejar sin respiración a una aldeana.
Hay agentes de seguridad por todas partes; sus uniformes color negro y plata sobresalen entre el gentío. Hoy es el Primer Viernes y ellos ansían ver qué sucederá. Portan armas o pistolas pequeñas, aunque no las necesitan. Como siempre, son Plateados, y los Plateados no tienen nada que temer de nosotros, los Rojos. Todos lo sabemos. No somos iguales, aunque lo parezca. Lo único que nos distingue de ellos, al menos en principio, es que son muy altos. En cambio, nuestras espaldas están vencidas por el trabajo, la esperanza inútil y la desilusión inevitable por nuestra suerte en la vida.
En la plaza descubierta hace tanto calor como afuera y Kilorn, siempre vigilante, me lleva a la sombra. Aquí no hay asientos, sólo largas gradas de concreto, pero, arriba, los pocos Plateados nobles disfrutan de palcos frescos y confortables. Disponen de bebidas, comida, hielo, aun en pleno verano, sillas almohadilladas, luz eléctrica y otras comodidades de las que yo no disfrutaré nunca. Pero esto les tiene completamente sin cuidado y en cambio se quejan de las “malas condiciones”. Yo les daría una mala condición si pudiera… A nosotros lo único que nos dan son bancas duras y ruidosas pantallas de video, con un brillo y un volumen casi insoportables.
—Te apuesto un día de salario a que hoy ganará otro coloso —dice Kilorn, y arroja al ruedo el corazón de la manzana.
—Nada de apuestas —replico en el acto. Muchos Rojos se juegan sus ingresos en las peleas a la espera de obtener algo que les ayude a pasar otra semana. Pero yo no, ni siquiera con Kilorn. Es más fácil rasgar la bolsa del corredor de apuestas que intentar conseguir dinero de esa forma—. No deberías malgastar tu salario.
—No lo malgasto si acierto. Un coloso siempre le da una paliza a alguien.
Los colosos suelen participar en, al menos, la mitad de las peleas, dueños de más habilidades para el combate que casi cualquier otro Plateado. Usar su fuerza sobrehumana para tratar a los demás como muñecos parece ser una diversión para ellos.
—¿Y el otro? —pienso en la gran variedad de Plateados que podría aparecer: telquis, raudos, ninfos, verdosos, caimanes, todos ellos de aspecto aterrador.
—No sé. Ojalá sea bueno. Un poco de distracción no me vendría nada mal.
En realidad Kilorn y yo no estamos de acuerdo en lo que llamo las Farsas Plateadas. A mí no me gusta ver a dos luchadores hacerse pedazos, pero a él le fascina. “Que se acaben entre ellos”, dice. “No son de los nuestros”.
No comprende el propósito de estos espectáculos. No son un mero entretenimiento para dar un respiro a los Rojos en su trabajo agotador. Son mensajes fríos y calculados. Sólo los Plateados pueden luchar en las plazas porque únicamente un Plateado puede sobrevivir a ellas. Combaten para exhibir su fuerza y su poder. “Ustedes no son dignos rivales. Nosotros somos mejores. Somos dioses”. Esto está escrito en cada golpe sobrehumano que los luchadores asestan.
Y no les falta razón. El mes pasado vi a un raudo pelear contra un telqui, y aunque aquél era más rápido que el rayo, el telqui lo paró en seco. Con sólo el poder de su mente, lo elevó sobre el suelo. El raudo empezó a ahogarse; era como si el otro lo tuviera agarrado de la garganta con una mano invisible. Cuando la cara del raudo se amorató, pararon la pelea. Kilorn gritó de emoción; había apostado por el telqui.
—¡Damas y caballeros, Plateados y Rojos! Bienvenidos al Primer Viernes, la Gesta de Agosto.
La voz del locutor resuena en la plaza, amplificada por las paredes. Como de costumbre, parece aburrido, y no lo culpo.
Antes, las Gestas no eran combates sino ejecuciones. Prisioneros y enemigos del Estado eran llevados a Arcón, la capital, y eran ejecutados frente a una turba de Plateados. Supongo que esto les agrada, y fue así como se iniciaron las peleas. No para matar, sino para entretener. Más tarde se volvieron Gestas y se extendieron a otras ciudades, a diferentes plazas y audiencias. Luego se admitió a los Rojos, limitados a los peores asientos. Poco después, los Plateados construyeron plazas en todas partes, hasta en aldeas como Los Pilotes, y la asistencia, antes una dádiva, se volvió una condena. Mi hermano Shade dice que esto se debe a que las ciudades con plazas registraron una notoria reducción de fechorías y protestas Rojas, incluso de los pocos actos de rebeldía. Ahora los Plateados ya no tienen que usar la ejecución ni las legiones y ni siquiera la Seguridad para mantener el orden: dos luchadores pueden atemorizarnos con igual facilidad.
Hoy, los dos implicados honran a su gremio. Al primero en salir a la blanca arena se le anuncia como Cantos Carros, un Plateado de Harbor Bay, situado al este. Nadie tiene que decirme que es un coloso. La pantalla de video da una imagen clara del guerrero que tiene brazos como troncos: nudosos, nervudos, tensos. Cuando sonríe, veo que su dentadura está rota o perdida. Tal vez de niño tuvo problemas con el cepillo de dientes.
Junto a mí, Kilorn vitorea, y los demás lugareños rugen con él. Un agente de seguridad arroja un pan a los más escandalosos para que se lo disputen. A mi izquierda, otro le tiende una ficha amarilla a un niño vociferante. Fichas lec: raciones extra de electricidad. Todo para hacernos aplaudir, para hacernos gritar, para obligarnos a ver, incluso si no queremos hacerlo.
—¡No se oye! —el locutor arrastra las palabras e imprime en su voz todo el entusiasmo del que es capaz—. ¡Y aquí tenemos a su enemigo, llegado directamente de la capital, Sansón Merandus!
Éste bien podría ser el segundogénito de un segundogénito que trata de ganar renombre en la liza. Es pálido y enclenque junto a ese monumento de músculos en forma humana, pero su armadura de acero azul es fina y reluciente. Aunque debería tener miedo, luce extrañamente sereno.
Su apellido me suena familiar, pero eso no es raro. Muchos Plateados pertenecen a familias famosas, llamadas Casas, compuestas por docenas de miembros. La familia dominante en nuestra región, Valle Primordial, es la Casa de Welle, aunque yo no he visto jamás al gobernador Welle. No la visita más de una o dos veces al año y por ningún motivo se rebajaría a entrar en una aldea Roja como la mía. Una vez vi su navío, de líneas elegantes y banderas verdes y doradas. Él es un verdoso y cuando pasó, los árboles de la orilla crecieron y de la tierra brotaron flores. Esto me pareció bonito hasta que uno de los chicos mayores lanzó piedras contra su nave. Las piedras cayeron al río sin causar daño, pero el chico fue torturado en el cepo.
—Ganará el coloso.
Kilorn arruga la frente mientras contempla al luchador insignificante.
—Yo no estaría tan seguro. ¿Sabes cuál es la fortaleza de Sansón?
—Eso qué importa, de todas formas va a perder —replico con sorna y observo.
El llamado usual retumba en la plaza. Muchos se ponen de pie, ansiosos, pero yo permanezco sentada, en señal de muda protesta. Aunque parezco tranquila, ardo en cólera. En cólera y envidia. “Somos dioses”: resuena una y otra vez en mi cabeza.
—¡Luchadores, a sus puestos!
Ellos obedecen y se plantan en extremos contrarios de la plaza. En estas peleas no se permiten armas de fuego, así que Cantos saca una espada corta y ancha; dudo que la necesite. Sansón no empuña arma alguna, sólo mueve nerviosamente los dedos a sus costados.
Una señal eléctrica, un zumbido grave, cruza el recinto. Aborrezco esta parte. El sonido vibra en mis dientes, en mis huesos, palpita hasta hacerme pensar que algo podría romperse. Termina abruptamente con un repiqueteo chirriante. Allá vamos. Exhalo.
De inmediato, esto parece un baño de sangre. Cantos embiste como un toro, levantando arena a su paso. Sansón intenta eludirlo, usa el hombro para esquivarlo, pero el coloso es ágil. Lo prende de una pierna y lo arroja por la plaza como si estuviera hecho de plumas. Los vítores acallan el rugido de dolor de Sansón al chocar contra la pared de cemento, pero es visible en su rostro. Antes de que pueda levantarse, Cantos ya está sobre él y lo lanza al cielo. Azota contra la arena un montón de lo que sólo pueden ser huesos rotos, pero Sansón se pone de pie nuevamente.
—¿Es un saco de boxeo? —pregunta Kilorn entre risas—. ¡Acaba con él, Cantos!
A Kilorn no le interesan unos minutos extra de diversión. No grita por eso. De veras quiere ver sangre, la sangre de un Plateado, sangre plateada que manche la plaza. No importa que esa sangre sea todo lo que nosotros no somos, todo lo que no podemos ser, todo lo que queremos. Él sólo necesita verla para creer que ellos son realmente humanos, que pueden ser lastimados y vencidos. Pero yo sé que no es así. Su sangre es una amenaza, una advertencia, un presagio. No somos iguales, y no lo seremos nunca.
No lo defraudan. Desde los palcos es posible ver el líquido metálico y tornasolado que mana de la boca de Sansón. El sol de verano se refleja en él como en un espejo de agua, y pinta un canal que baja por el cuello del campeón hasta su armadura.
Esto es lo que divide de verdad a Rojos y Plateados: el color de nuestra sangre. Por algún motivo, esta simple diferencia a ellos los vuelve más fuertes, más listos, mejores que nosotros.
Sansón escupe, proyecta en el ruedo un rayo de sangre plateada. A diez metros de él, Cantos empuña su espada y se dispone a terminar con esto.
—Pobre tonto —murmullo.
Parece que Kilorn está en lo cierto. Un simple saco de boxeo.
Cantos avanza pesadamente por la arena con la espada en alto y los ojos encendidos. Pero se congela a medio camino y su armadura suena debido a la súbita pausa. Desde el centro del ruedo, el guerrero sangrante le arroja una mirada que cimbra.
Sansón truena los dedos y Cantos camina, en sincronía perfecta con los movimientos del alfeñique. Anda boquiabierto, como si se hubiese vuelto torpe o bruto. Como si hubiera perdido la razón.
Yo no puedo creer lo que ven mis ojos.
Un silencio de muerte recorre la plaza mientras miramos sin comprender la escena que se desarrolla bajo nosotros. Ni siquiera Kilorn habla.
—Un susurro… —suelto yo.
Nunca había visto uno en la plaza; dudo que alguien lo haya hecho. Los susurros son raros, peligrosos y efectivos, incluso entre los Plateados, incluso en la capital. Los rumores sobre ellos varían, pero todo se reduce a algo simple y estremecedor: pueden entrar en tu cabeza, leer tus pensamientos y controlar tu mente. Y eso es justo lo que Sansón hace en este instante, se abre paso con sus murmuraciones a través de la armadura y los músculos de Cantos hasta su indefenso cerebro.
Cantos alza la espada con mano temblorosa. Intenta resistirse al poder de Sansón. Pero fuerte como es, su mente no puede luchar contra el enemigo.
Otro giro de la mano de Sansón y la sangre plateada salpica la arena justo cuando, atravesando su propia armadura, Cantos hunde la espada en su propio vientre. Pese a que estoy en los asientos más altos, puedo oír el horrible chapoteo del metal que traspasa la carne.
Mientras la sangre de Cantos mana a borbotones, resuenan exclamaciones en el ruedo. Nunca habíamos visto tanta sangre en este lugar.
Se encienden luces azules que bañan la plaza con un brillo fantasmal y señalan el final del encuentro. Varios sanadores Plateados atraviesan la plaza corriendo, y se precipitan sobre el caído Cantos. No está previsto que los Plateados mueran aquí. Se supone que deben pelear con valentía, hacer gala de sus habilidades y dar un buen espectáculo, pero no morir. Después de todo, no son Rojos.
Los agentes proceden con una rapidez inaudita. Algunos son raudos, y su figura imprecisa se agita de un lado a otro mientras nos sacan en manada. No quieren que estemos presentes si el vencido expira en la plaza. Entre tanto, Sansón abandona la plaza con aire resuelto, como un titán. Su mirada tropieza con el cuerpo de Cantos y yo espero que se muestre arrepentido. En cambio, exhibe un rostro indiferente, glacial, inexpresivo. Este combate no fue nada para él. Nosotros no somos nada para él.
En la escuela aprendimos acerca del mundo anterior a éste, el mundo de los ángeles y los dioses que vivían en el cielo y gobernaban la Tierra con amor y bondad. Algunos dicen que son sólo leyendas, pero yo no lo creo.
Los dioses aún nos dominan, han descendido de las estrellas y no les queda ni un ápice de bondad.

DOS
Nuestra casa es pequeña, incluso para los estándares de Los Pilotes, pero al menos tenemos una buena vista. Antes de que lo hirieran durante uno de sus permisos en el ejército, papá la construyó de tal forma que quedara en lo alto y pudiéramos ver el otro lado del río. Aun en medio de la neblina del verano es posible divisar los claros que antes fueron bosque, ahora relegados al olvido. Aunque semejan una epidemia, al norte y al oeste las colinas intactas son un recordatorio apaciguador. Todavía queda mucho por explorar. Más allá de lo nuestro, más allá de los Plateados, más allá de todo lo que conozco.
Subo las escaleras a casa, sobre madera gastada a la que las manos que por ella ascienden y descienden cada día han dado forma. Desde esta altura distingo algunas barcas río arriba que ondean con orgullo sus lustrosas banderas. Plateados. Ellos son los únicos lo bastante ricos para usar medios de transporte privados. Y mientras disfrutan de vehículos con ruedas, botes de recreo y hasta aviones a reacción que alcanzan grandes alturas, nosotros sólo tenemos nuestros pies, o una bicicleta si corremos con suerte.
Seguro que esas embarcaciones se dirigen a Summerton, la pequeña ciudad surgida en torno a la residencia de verano del rey. Gisa estuvo hoy ahí, con la costurera de la que es aprendiza. Ellas suelen ir al mercado cuando el rey está de visita, a vender sus productos a los comerciantes y nobles Plateados que siguen como patos a la familia real. El palacio se conoce como la Mansión del Sol, y dicen que es una maravilla, pero yo no lo he visto nunca. No sé por qué la familia real tiene otra casa, especialmente si el palacio de la capital es tan bello y elegante. Pero como los demás Plateados, tampoco ella actúa por necesidad. La mueve el deseo. Y consigue todo lo que se propone.
Antes de abrir la puerta al caos de siempre, le doy una palmada a la bandera que se agita en el zaguán. Tres estrellas rojas sobre tela amarillenta, una por cada uno de mis hermanos y con espacio para más. Con espacio para mí. Casi todas las Casas tienen banderas como ésta, algunas con cintas negras en lugar de estrellas, como mudo recordatorio de sus hijos muertos.
Dentro, mamá suda frente a la estufa, remueve un guiso mientras mi padre observa desde su silla de ruedas. Gisa borda en la mesa, hace algo hermoso y exquisito, y absolutamente incomprensible para mí.
—Ya llegué —digo, a nadie en particular.
Papá contesta agitando una mano, mamá inclinando la cabeza y Gisa sin dejar de ver su paño de seda.
Pongo junto a ella mi bolsa de cosas robadas, y hago sonar lo más posible las monedas.
—Creo que ya tengo suficiente para un buen pastel de cumpleaños para papá. Y para más baterías que duren hasta fin de mes.
Gisa mira la bolsa, frunce el ceño con desdén. Apenas tiene catorce años pero es muy lista para su edad.
—Un día vendrán a llevarse todo lo que tienes.
—La envidia no es digna de ti, Gisa —la regaño y le doy una palmada en la cabeza.
Sus manos vuelan hasta su brillante y perfecto cabello rojo, que recoge otra vez en un chongo esmerado.
Siempre he querido tener su cabello, aunque jamás se lo diría. Mientras que el suyo es como el fuego, el mío es lo que llamamos castaño cenizo. Oscuro en la raíz, opaco en las puntas, pues el pelo pierde su color con el estrés de la vida en Los Pilotes. La mayoría de las mujeres llevan el cabello corto para ocultar sus puntas grises, pero yo no. Me gusta tener el recordatorio de que hasta mi pelo sabe que la vida debería ser de otra manera.
—No es envidia —resopla y vuelve a su trabajo.
Borda flores hechas de fuego, cada cual es una linda flama de hilo contra la lustrosa seda negra.
—¡Qué bonito, Gee!
Dejo que mi mano recorra una de esas rosas, maravillada por la sensación de suavidad. Gisa voltea y sonríe dulcemente, dejando ver sus dientes uniformes. Aunque peleamos mucho, ella sabe que es mi pequeña estrella.
Y todos saben que la envidiosa soy yo, Gisa. No puedo hacer más que robar a quienes sí pueden hacer cosas.
Una vez que ella concluya su aprendizaje, podrá poner su taller. Los Plateados vendrán de todos los rincones a pagarle pañuelos, estandartes y prendas de vestir. Gisa logrará lo que pocos Rojos consiguen y vivirá bien. Mantendrá a nuestros padres, y a mis hermanos y a mí nos dará empleos modestos para que nos libremos de la guerra. Un día Gisa nos salvará sólo con aguja e hilo.
—Como el día y la noche, hijas mías —rezonga mamá.
No lo dice como ofensa, sino a modo de una verdad desagradable. Gisa es hábil, dulce y bonita. Yo soy un poco más tosca, como mamá explica amablemente. La oscuridad contra la luz de Gisa. Supongo que lo único que tenemos en común son los aretes en recuerdo de nuestros hermanos.
Papá resuella desde su esquina y se golpea el pecho con un puño. Esto es frecuente, ya que sólo tiene un pulmón de verdad. Por fortuna, la destreza de un médico Rojo lo salvó, al reemplazar el pulmón dañado por un artefacto capaz de respirar por él. No fue un invento plateado; ellos no necesitan esas cosas. Tienen a sus sanadores. Pero éstos no pierden el tiempo salvando Rojos, o manteniendo siquiera con vida a los soldados en el frente. La mayoría permanece en las ciudades, prolongando la vida de los Plateados viejos, remendando hígados destruidos por el alcohol y cosas por el estilo. Así, nosotros tenemos que consentir un mercado clandestino de tecnología e inventos que nos ayude a mejorar. Algunos son ridículos, la mayoría no funciona, pero un poco de metal acoplado salvó la vida de mi padre. Lo oigo funcionar a toda hora, una diminuta pulsación para que él pueda seguir respirando.
—No quiero pastel.
—¿Qué quieres entonces, papá? Un reloj nuevo o…
—No considero nuevo nada que tú arranques de la mano de nadie, Mare.
Antes de que estalle otra guerra en la casa de los Barrow, mamá retira el guiso de la estufa.
—La cena está lista.
La trae a la mesa y el vapor me envuelve.
—¡Huele rico, mamá! —miente Gisa.
Papá no es tan diplomático y hace una mueca frente al platillo.
No queriendo quedar en evidencia, trago a la fuerza un poco de estofado. Para mi sorpresa, no está tan mal como de costumbre.
—¿Le pusiste la pimienta que te traje?
En lugar de asentir, sonreír y agradecer que me haya dado cuenta, mamá se sonroja y no contesta. Sabe que la robé, igual que todo lo que yo regalo.
Gisa entorna los ojos sobre su caldo, sabe adónde va a ir a parar todo esto.
Se diría que a estas alturas yo ya debería estar habituada, pero la reprobación de todos me irrita.
Suspirando, mamá baja la cara hasta las manos.
—Tú sabes que te lo agradezco, Mare… Simplemente me gustaría que…
—¿Que fuera como Gisa? —termino por ella.
Mamá sacude la cabeza. Otra mentira.
—¡No, claro que no! No fue eso lo que quise decir.
—Está bien —mi resentimiento se alcanza a oír sin duda hasta el otro lado de la aldea. Hago cuanto puedo por evitar que la voz se me quiebre—. Es la única forma en que puedo ayudar antes… antes de que me vaya.
Mencionar la guerra es una forma rápida de silenciar la casa. Hasta el zumbido de papá se detiene. Mamá vuelve la cabeza con las mejillas rojas de ira. Bajo la mesa, la mano de Gisa se cierra sobre la mía.
—Sé que haces lo que puedes por proceder correctamente —murmura mamá.
Le cuesta mucho decir esto pero me consuela de todos modos.
Yo mantengo la boca cerrada y fuerzo una inclinación de cabeza.
Gisa salta entonces en su asiento como si algo le alarmara.
—¡Ay, casi lo olvido! Pasé por el correo al volver de Summerton. Había una carta de Shade.
Es como si explotara una bomba. Mamá y papá se abalanzan en pos del sobre sucio que Gisa extrae de su saco. Yo permito que vean la carta por encima, que examinen la hoja. Ninguno de los dos sabe leer, así que deducen en el papel lo que pueden.
Papá huele la carta para tratar de identificar el aroma.
—Pino. Nada de humo. Eso es bueno. Está lejos del Obturador.
Ante eso, todos soltamos un suspiro de alivio. El Obturador es la franja devastada entre Norta y la comarca de los Lagos, donde se libra la mayor parte de la guerra. Los soldados pasan ahí casi todo al tiempo, agazapados en trincheras condenadas a hacer explosión o lanzando ofensivas temerarias que acaban en una masacre. El resto de la frontera es principalmente un lago, que en el lejano norte se convierte en tundra, demasiado fría y desértica para combatir. Papá fue herido en el Obturador hace años, cuando una bomba cayó sobre su unidad. Ahora el Obturador está tan destruido por décadas de guerra que el humo de las explosiones es una niebla constante y nada puede crecer ahí. Es gris y tétrico, como el futuro de la guerra.
Al fin él me pasa la carta para que la lea, y yo la abro con gran expectación, al mismo tiempo impaciente y temerosa de saber qué dice Shade.
—“Querida familia: Estoy vivo. Obviamente”.
Esto nos hace reír a papá y a mí, y sonreír a Gisa. A mamá no le causa mucha gracia, aunque Shade siempre empieza todas sus cartas igual.
—“Fuimos llamados del frente, como es probable que el sabueso de papá ya haya adivinado. Es bueno volver a estar en la base. Aquí es tan Rojo como el amanecer; casi ni se ven oficiales Plateados. Y sin el humo del Obturador, se puede ver salir el sol más radiante cada día. Pero no estaré mucho tiempo en este lugar. El alto mando planea redirigir nuestra unidad al combate acuático y se nos ha asignado a uno de los nuevos barcos de guerra. Me encontré con una doctora separada de su unidad que dice haber conocido a Tramy, y que está bien. Recibió algo de metralla en el repliegue del Obturador pero se recuperó satisfactoriamente. No tiene ningún daño permanente”.
Mamá lanza un sonoro suspiro, sacude la cabeza.
—Ningún daño permanente —repite contenta.
—“Aún no sé nada de Bree, pero no me inquieta. Es el mejor de nosotros, y su permiso de cinco años está próximo. Pronto estará en casa, mamá, así que deja de preocuparte. No hay nada más que informar, al menos que yo pueda escribir en una carta. Gisa: no seas tan presumida, aunque te sobren razones. Mare: tú no seas tan malcriada todo el tiempo y deja de golpear a ese chico Warren. Papá: estoy orgulloso de ti. Los quiero mucho a todos. Su hijo y hermano favorito, Shade”.
Como siempre, las palabras de Shade nos traspasan el alma. Casi puedo oír su voz si me esfuerzo lo suficiente. Las luces empiezan a chirriar de repente.
—¿Nadie llevó los papeles de racionamiento que traje ayer? —pregunto antes de que las luces se apaguen y nos sumerjan en la oscuridad.
Mientras mis ojos se adaptan, apenas alcanzo a ver a mamá que sacude la cabeza.
Gisa reclama:
—¿Ya van a empezar otra vez? —su silla rechina mientras se incorpora—. Me voy a dormir. Traten de no gritar.
Pero no gritamos. Mi mundo ya parece ser así: estoy de masiado cansada para protestar. Mamá y papá se marchan a su recámara y me dejan sola en la mesa. Normalmente yo saldría sin hacer ruido, pero hoy no hallo fuerzas para hacer otra cosa que irme a acostar.
Trepo otra escalera que lleva al ático, donde Gisa ya está roncando. Duerme como un tronco. Ella concilia el sueño en un minuto, mientras que, a veces, yo puedo tardar horas. Me acomodo en mi catre, contenta nada más de tenderme y aprieto la carta de Shade contra mi pecho. Como dijo papá, huele intensamente a pino.
El río parece sereno esta noche, tropieza contra las piedras en la ribera al tiempo que me arrulla. Ni siquiera el viejo refrigerador, un armatoste oxidado alimentado por baterías y que por lo general silba tanto que hace que me duela la cabeza, me molesta esta noche. Pero el canto de un ave me interrumpe justo cuando estoy a punto de caer dormida. Kilorn.
No. Márchate.
Otro reclamo, esta vez más fuerte. Gisa se mueve un poco, y se enrolla en su almohada.
Refunfuño para mí, maldigo a Kilorn, y me levanto y bajo la escalera en silencio. Una chica normal tropezaría entre tanto desorden en el cuarto principal, pero yo conservo el equilibrio gracias a tantos años escapando de la policía. Bajo en un segundo la escalera de los pilotes y me hundo en el lodo hasta los tobillos. Kilorn espera y sale de las sombras bajo la casa.
—Ojalá te gusten los ojos morados, porque así te los voy a poner por esta…
Ver su cara me para en seco.
Ha estado llorando. Y Kilorn no llora nunca. Los nudillos le sangran, y apuesto que en los alrededores hay una pared igual de maltrecha. Pese a lo avanzado de la hora, no puedo menos que sentirme preocupada, y hasta asustada por él.
—¿Qué ocurre? ¿Qué sucede? —tomo su mano en la mía sin pensar, siento su sangre bajo mis dedos—. ¿Pasó algo?
Él se da un momento para responder, trata de armarse de valor. Ahora estoy aterrada.
—Mi maestro… cayó. Murió. Ya no soy aprendiz.
Intento contener una exclamación, pero se me escapa de todos modos, como si se mofara de nosotros. Aunque él no tiene que hacerlo, aunque ya sé qué es lo que quiere decir, continúa.
—Ni siquiera había terminado mi instrucción, y ahora… —choca contra las palabras—. Tengo dieciocho años. A ningún pescador le falta un aprendiz. No tengo trabajo. No puedo conseguir ningún trabajo —lo que añade es como una daga en mi corazón. Kilorn apenas consigue hablar, y yo preferiría no tener que oírlo—. Me mandarán a la guerra.

TRES
Ha estado sucediendo durante la mayor parte de los últimos cien años. No creo que se le debiera seguir llamando siquiera guerra, pero no existe palabra para esta forma superior de destrucción. En la escuela nos dijeron que empezó por problemas de territorio. La comarca de los Lagos es plana y fértil, bordeada por lagos inmensos repletos de peces. No como las colinas rocosas y arboladas de Norta, donde las tierras de cultivo apenas pueden alimentarnos a la mitad de nosotros. Incluso los Plateados sintieron la presión, así que el rey declaró una guerra que nos involucró en un conflicto que en realidad ningún bando podía ganar.
El rey lacustre, Plateado también, respondió en la misma forma con el total apoyo de los miembros de su nobleza. Querían nuestros ríos, tener acceso a un mar que no estuviera congelado la mitad del año, y los molinos de agua que hay a todo lo largo del río Capital. Los molinos son lo que vuelve fuerte a nuestra región, ya que nos aportan electricidad suficiente para que incluso los Rojos podamos disponer un poco de ella. He oído rumores de ciudades que se hallan más al sur, cerca de Arcón, la capital, donde Rojos altamente cualificados fabrican máquinas incomprensibles para mí. Para transporte en tierra, agua y aire, o armas para desatar la destrucción dondequiera que los Plateados lo necesiten. Nuestro profesor nos dijo con orgullo que Norta era la luz del mundo, una nación grande por su tecnología y poder. El resto, como la comarca de los Lagos o las Tierras Bajas al sur, vive sumido en las tinieblas. Y nosotros tuvimos la suerte de nacer aquí. La suerte. Esta palabra hace que me den ganas de gritar.
Pero pese a nuestra electricidad, los alimentos de los lacustres, nuestras armas, sus números, ningún bando tiene mucha ventaja sobre el otro. Ambos cuentan con oficiales Plateados y soldados Rojos que combaten con poderes y armas y con el escudo de un millar de cuerpos Rojos. Una guerra que se suponía que iba a terminar hace un siglo, aún se mantiene. A mí siempre me hizo gracia que peleáramos por agua y comida. Incluso los sublimes y poderosos Plateados necesitan comer.
Pero eso ya no tiene gracia ahora, cuando Kilorn sea el siguiente al que yo tenga que decir adiós. Me pregunto si me regalará un arete para que lo recuerde después de que el refinado legionario haya venido por él.
—Una semana, Mare. Una semana y me habré ido —se le quiebra la voz, aunque tose para tratar de disimularlo—. ¡No lo permitiré! No… ellos no me llevarán.
Pero yo puedo ver que en sus ojos el espíritu de lucha se debilita.
—Tiene que haber algo que podamos hacer —dejo escapar yo.
—No hay nada que nadie pueda hacer. Nadie ha escapado del alistamiento y seguido con vida.
No necesita decírmelo. Todos los años alguien intenta huir. Y cada año se le arrastra hasta la plaza, donde es colgado.
—Nosotros encontraremos una manera.
Incluso ahora, Kilorn tiene fuerzas para sonreír.
—¿Nosotros?
El ardor en mis mejillas crece más rápido que una flama.
—Yo estoy tan condenada al ejército como tú, y a mí tampoco me van a llevar. Huyamos.
El ejército ha sido siempre mi destino, mi castigo, lo sé. Pero no el de Kilorn. A él ya le ha quitado demasiado.
—No podemos ir a ninguna parte —farfulla él, aunque al menos discute. Al menos no se ha rendido—. No sobreviviríamos al invierno del norte, al este está el mar, al oeste hay más guerra, al sur sólo contaminación y el resto está plagado de Plateados y agentes de seguridad.
Las palabras surgen de mí como un torrente:
—También la aldea está plagada de Plateados y agentes de seguridad. Aun así, siempre nos las hemos arreglado para robar en sus narices y salir ilesos.
Mi mente vuela, hace todo lo posible por hallar algo útil, lo que sea. Y es entonces como si un rayo me cayera encima.
—Los del mercado negro, que operan gracias a nosotros, contrabandean de todo, desde focos hasta cereales. ¿Quién dice que no pueden contrabandear personas?
Abre la boca para arrojar mil razones por las cuales eso no dará resultado. Pero en lugar de ello, sonríe y asiente.
A mí no me gusta meterme en asuntos ajenos. No tengo tiempo para eso. Pero aquí estoy, oyéndome decir cuatro palabras fatales:
—Déjamelo todo a mí.
Lo que no podemos venderles a los tenderos habituales, tenemos que llevárselo a Will Whistle. Es viejo, demasiado débil para trabajar, pero muy listo. Vende de todo en su mohoso carromato, desde café, de comercio muy restringido, hasta objetos exóticos de Arcón. Yo tenía nueve años y un puñado de botones robados cuando me arriesgué con él. Me pagó tres céntimos y no me hizo preguntas. Ahora soy su mejor clienta, y quizá la razón de que él pueda mantenerse a flote en un espacio tan reducido. En un buen día, incluso podría llamarlo amigo. Eso pasó años antes de que yo descubriera que Will forma parte de una gran organización. Algunos la llaman la resistencia, otros, mercado negro, pero a mí lo único que me importa es lo que pueda hacer. Tiene compañeros como Will en todos lados. Incluso en Arcón, por increíble que parezca. Transporta bienes ilegales por todo el país. Y ahora apuesto a que podría hacer una excepción y transportar a una persona.
—De ninguna manera.
En ocho años, Will nunca me ha dicho que no. Ahora, este viejo tonto y arrugado me cierra las puertas de su carromato prácticamente en las narices. Qué bueno que Kilorn no vino para ver cómo lo defraudo.
—¡Por favor, Will! Sé que tú lo puedes hacer…
Él sacude la cabeza meciendo su barba blanca.
—Aunque pudiera, soy un comerciante. La gente con la que trabajo no es de la que dedica su tiempo y esfuerzo a llevar de un lugar a otro a un mercader más. Ése no es nuestro oficio.
Siento que mi última esperanza, la única esperanza de Kilorn, se me escurre entre los dedos.
Seguro que Will ve la desesperación en mis ojos porque se ablanda, recargado en la puerta de su carromato. Tras lanzar un suspiro profundo, voltea hacia la oscuridad del carro. Un momento después se vuelve y me hace señas para que entre. Lo sigo gustosa.
—Gracias, Will —balbuceo—. No sabes cuánto significa esto para mí…
—Siéntate y cállate, niña —dice una voz aguda.
En medio de las sombras del carromato, casi invisible bajo la luz tenue de la vela azul de Will, una mujer se pone de pie. Una joven, debería decir, porque parece apenas mayor que yo. Pero es mucho más alta y porta el aire de un viejo guerrero. El arma que lleva en su cintura, metida en una banda roja que muestra soles grabados, es ilegal, sin duda. Ella es demasiado rubia y blanca para ser de Los Pilotes, y a juzgar por el ligero sudor que hay en su rostro, no está acostumbrada al calor ni a la humedad. Es una desconocida, una extranjera y una fugitiva. Justo la persona a la que yo quiero ver.
Me indica a señas que me acerque a la banca empotrada que hay en la pared del carro y ella vuelve a sentarse sólo una vez que lo he hecho yo. Will nos sigue, y casi se desploma en un sillón gastado, desde donde nos mira alternativamente a la joven y a mí.
—Mare Barrow, te presento a Farley —murmura, y ella aprieta el maxilar.
Posa en mí su mirada.
—Quieres transportar un cargamento.
—Un chico y yo…
Pero ella me interrumpe, alza una mano grande y encallecida:
—Un cargamento —dice otra vez, y me dirige una mirada elocuente. El corazón me salta en el pecho; esta tal Farley bien podría terminar siendo de las que ayudan—. ¿Y cuál es el destino?
Me devano los sesos tratando de pensar en un lugar seguro. El viejo mapa del salón de clases gira ante mis ojos, recorro las costas y los ríos, destaco ciudades y poblados y todo lo que existe entre ellos. De Harbor Bay al oeste hasta la comarca de los Lagos, de la tundra del norte a los desechos tóxicos de las Ruinas y el Wash, todo es terreno peligroso para nosotros.
—Cualquier lugar a salvo de los Plateados. Con eso basta.
Farley parpadea, sin cambiar de expresión.
—La seguridad tiene un precio, niña.
—Todo tiene un precio, niña —irritada, imito su tono—. Nadie lo sabe mejor que yo.
Un largo silencio se extiende por el carromato. Puedo sentir que la noche se acaba y se lleva unos minutos preciosos de la vida de Kilorn. Farley percibe sin duda mi malestar e impaciencia, pero no se apresura por hablar. Después de un rato que parece eterno, al fin abre la boca.
—La Guardia Escarlata acepta, Mare Barrow.
Tengo que reunir toda mi compostura para no saltar de alegría en mi asiento. Pero en ese momento algo me da un tirón e impide que una sonrisa cruce mi rostro.
—El pago será íntegro, por el equivalente a mil coronas —continúa Farley.
Esto me deja casi sin aliento. Hasta Will se muestra sorprendido, y la expresión en su rostro hace que sus esponjosas cejas blancas se oculten bajo su cabello.
—¿Mil? —consigo exhalar.
Nadie maneja esa cantidad de dinero, no en Los Pilotes. Eso alcanzaría para alimentar a mi familia durante un año. Durante muchos años.
Pero Farley no ha terminado aún. Tengo la impresión de que le gusta esto.
—Se puede pagar en billetes, tetrarcas o el equivalente en trueque. Por cabeza, desde luego.
Dos mil coronas. Una fortuna. Nuestra libertad vale una fortuna.
—Tu cargamento partirá pasado mañana. Deberás pagar entonces.
Apenas puedo respirar. Tengo menos de dos días para acumular más dinero del que he robado en toda mi vida. Imposible.
Pero ella no me da tiempo para protestar.
—¿Aceptas las condiciones?
—Necesito más tiempo.
Farley sacude un tanto la cabeza. Cuando se inclina sobre mí, me doy cuenta de que huele a pólvora.
—¿Aceptas las condiciones?
Es imposible. Es aberrante. Es nuestra mejor oportunidad.
—Sí, acepto.
Los siguientes minutos transcurren en forma confusa mientras marcho penosamente a casa a través de sombras turbias. Mi mente arde, busco el modo de hacerme de cualquier cosa que alcance una suma similar a la exigida por Farley. No hay nada así en Los Pilotes, de eso estoy segura.
Kilorn espera en la oscuridad, con la apariencia de un niño perdido. Supongo que lo es.
—¿Malas noticias? —la voz le tiembla, aunque intenta mantenerla firme.
—La resistencia puede sacarnos de aquí —por consideración a él conservo la calma mientras se lo explico. Dos mil coronas bien podría ser el valor del trono del rey, pero yo hago que parezca nada—. Si alguien puede hacer esto, somos nosotros. Nosotros podemos.
—Mare —la voz de Kilorn es fría, más fría que el invierno, pero el vacío de su mirada es peor aún—. Se acabó. Perdimos.
—Pero si apenas…
Él me toma de los hombros, me sostiene a una distancia prudente. No duele, pero me asusta.
—No me hagas esto, Mare. No me hagas creer que hay una forma de salir de esto. No me des esperanzas.
Tiene razón. Es cruel dar esperanzas cuando no hay ninguna. Únicamente produce rabia, rencor y desilusión, todas las cosas que vuelven esta vida más difícil de lo que ya es.
—Sólo deja que lo acepte. Tal vez… tal vez entonces pueda poner en orden mi cabeza, prepararme como se debe y tener una oportunidad allá.
Mis manos encuentran sus muñecas, y las aprieto con fuerza.
—Hablas como si ya estuvieras muerto.
—Quizá sea así.
—Mis hermanos…
—Tu padre se encargó de que ellos supieran a qué se enfrentaban mucho antes de que se marcharan. Y tienen la ventaja de ser enormes —fuerza una sonrisa que trata de contagiarme. Pero no lo logra—. Soy buen nadador y marinero. Me necesitarán en los lagos.
Hasta que él me envuelve y me estrecha entre sus brazos, no descubro que estoy temblando.
—Kilorn… —murmuro en su pecho y callo lo demás.
Debería ser yo. Pero mi momento se acerca a toda prisa. Sólo me cabe esperar que Kilorn sobreviva lo suficiente para volver a verlo, en el cuartel o en una trinchera. Quizás entonces encuentre las palabras correctas. Quizás entonces comprenda cómo me siento.
—Gracias, Mare. Por todo —él retrocede y me suelta demasiado rápido—. Si ahorras lo suficiente, podrás pagar cuando la legión venga por ti.
Asiento sólo por él, pero no tengo intención de dejar que combata y muera solo.
Para cuando me acurruco en mi catre, sé que esta noche no voy a dormir. Debe haber algo que pueda hacer, y aunque saberlo me lleve toda la noche, lo encontraré.
Gisa tose dormida, emite un ruido leve y discreto. Hasta inconsciente consigue ser elegante. No es de sorprender que encaje tan bien con los Plateados. Ella es todo lo que los Plateados aprecian de un Rojo: seria, complaciente y modesta. Es bueno que sea Gisa la que tenga que tratar con ellos, la que les ayude a esos tontos suprahumanos a elegir la seda y las finas telas con que confeccionarán las prendas que sólo se pondrán una vez. Ella dice que uno termina por habituarse a eso, a las sumas que ellos gastan en trivialidades. Y en el Huerto Magno, que es el mercado de Summerton, esas sumas son diez veces más altas. Con su maestra, Gisa cose encajes, sedas, pieles y hasta gemas para crear arte que pueda ser usado por la elite plateada que parece seguir a la realeza por doquier. El desfile, lo llama Gisa, una marcha incesante de pavos reales altivos, cada cual más orgulloso y ridículo que el anterior. Todos ellos Plateados, todos idiotas y todos obsesionados con su nivel social.
Esta noche los odio más que de costumbre. Las medias que ellos pierden tal vez alcanzarían para librarme de ser llamada a filas, junto con Kilorn y la mitad de Los Pilotes.
Por segunda ocasión esta noche, me cae un rayo encima.
—Despierta, Gisa —no hablo en voz baja porque esta niña duerme como un tronco—. ¡Gisa!
Ella se mueve y se queja desde su almohada.
—A veces quisiera matarte… —rezonga.
—¡Vaya, qué amable! Despierta —todavía tiene los ojos cerrados cuando salto sobre ella como un gato gigante. Antes de que pueda ponerse a gritar, quejarse y llamar a mi madre, le tapo la boca con una mano—. Escúchame, eso es todo. No hables, sólo escucha.
Ella resopla en mi palma, pero asiente al mismo tiempo.
—Kilorn…
La piel se le enciende con la sola mención de mi amigo. Y hasta ríe, algo que nunca hace. Pero yo no tengo tiempo para su historia de amor de colegiala, ahora no.
—¡Basta, Gisa! —le digo, con la respiración entrecortada—. Reclutarán a Kilorn —su risa desaparece entonces. El reclutamiento no es un chiste, al menos no para nosotras—. Ya tengo una manera de sacarlo de aquí, de librarlo de la guerra, pero necesito que me ayudes —me duele decirlo, pero las siguientes palabras escapan de mis labios de un modo u otro—. Te necesito, Gisa. ¿Me ayudarás?
Ella no vacila en responder y yo siento que el amor por mi hermana crece sin límite.
—Sí.
Qué bueno que soy de baja estatura o de lo contrario el uniforme extra de Gisa no me habría quedado bien. Es grueso y oscuro, totalmente impropio para el sol del verano, con botones y cierres que parecen cocerse bajo el calor. La mochila que cargo en la espalda no deja de moverse, y casi me aplasta con el peso de las telas y los utensilios de costura. Gisa porta su propia mochila y uniforme reglamentario pero nadie parece reparar en ella. Está acostumbrada a trabajar duro y a tener una vida difícil.
Recorremos en lancha casi todo el trayecto río arriba, apiñadas entre bushels de trigo en la barcaza de un agricultor bondadoso con quien Gisa hizo amistad hace años. Aquí la gente confía en ella, como nunca podrá hacerlo en mí. El agricultor nos deja bajar cuando aún nos falta un kilómetro y medio, cerca de la sinuosa fila de comerciantes en dirección a Summerton. Ahora arrastramos los pies junto a ellos, hacia lo que Gisa llama la Puerta del Huerto, aunque no se ven hortalizas por ningún lado. En realidad se trata de una puerta de cristal reluciente que nos deslumbra antes de que tengamos siquiera la oportunidad de traspasarla. El resto del muro parece estar hecho de lo mismo, aunque yo no puedo creer que el rey Plateado sea tan tonto para ocultarse detrás de paredes de vidrio.
—No es vidrio —me dice Gisa—. O al menos, no del todo. Los Plateados descubrieron una forma de calentar el diamante y mezclarlo con otros materiales. Es totalmente impenetrable. Ni siquiera una bomba podría atravesarlo.
Murallas de diamante.
—Eso parece algo necesario.
—¡Baja la cabeza! Déjame hablar a mí —musita ella.
Permanezco a su lado, con la mirada fija en el camino mientras éste pasa del asfalto negro y agrietado al pavimento de piedra blanca. Esta piedra es tan suave que estoy a punto de resbalar, pero Gisa me toma del brazo para evitarlo. Kilorn no tendría ningún problema para caminar sobre esto con sus piernas de marinero. Pero él nunca estaría aquí. Se ha dado por vencido. Yo no lo haré.
Al acercarnos a las puertas entrecierro los ojos para no deslumbrarme y poder distinguir lo que hay del otro lado. Aunque Summerton sólo cobra vida en este periodo y se vacía antes de que caiga la primera helada, es la ciudad más grande que yo haya visto jamás. Hay calles, tiendas, tabernas, casas y patios bulliciosos, orientados todos hacia la refulgente monstruosidad de mármol y cristal de diamante. Y ahora sé de dónde tomó ésta su nombre. La Mansión del Sol resplandece como una estrella, elevada treinta metros sobre el suelo en una masa ondulada de torreones y puentes. Parte de ella se oscurece aparentemente a voluntad, para dar privacidad a sus ocupantes. No se puede permitir que los campesinos vean al rey y su corte. El edificio es imponente, intimidatorio y espléndido, y es sólo la residencia de verano.
—¡Nombres! —escupe una voz áspera y Gisa se para en seco.
—Gisa Barrow. Ella es mi hermana, Mare Barrow. Me está ayudando a traer unas cosas para mi maestra.
No le tiembla la voz, la mantiene firme, casi monótona. El agente de Seguridad hace una seña con la cabeza y yo hago un show para quitarme la mochila. Gisa entrega nuestras tarjetas de identidad, ambas sucias, desgastadas y casi hechas pedazos, pero válidas al fin.
El hombre que nos examina debe conocer a mi hermana, porque apenas mira su identificación. Inspecciona la mía, y alterna entre mi cara y mi foto por espacio de un largo minuto. Me pregunto si él será un susurro y si podrá leer mi mente. Esto pondría rápido fin a mi pequeña excursión, y quizá me ganaría una soga alrededor del cuello.
—¡Las muñecas! —suspira, ya aburrido de nosotras.
Me siento confundida por un momento pero Gisa tiende la mano derecha sin pensar. Sigo su gesto y dirijo mi brazo al agente. Él rodea toscamente nuestras muñecas con un par de cintas rojas. El círculo se reduce hasta apretar como un grillete; no podremos quitarnos estas cosas sin su ayuda.
—¡Avancen! —dice el agente mientras hace un gesto perezoso con la mano.
Dos chicas no son una amenaza para él.
Gisa asiente agradecida, pero yo no. Este hombre no merece ni una pizca de reconocimiento de mi parte. Las puertas se abren a nuestro alrededor y las cruzamos. El corazón palpita en mis oídos, y ahoga los ruidos del Huerto Magno mientras entramos en un mundo distinto.
Es un mercado como jamás he visto antes, salpicado de flores, árboles y fuentes. Los Rojos son pocos y veloces, hacen diligencias y venden sus mercaderías, y están identificados por sus cintas rojas. Aunque los Plateados no portan cinta alguna, son fáciles de distinguir. Van cargados de gemas y metales preciosos, una fortuna que pende de cada uno de ellos. Con sólo deslizar la mano, yo podría irme a casa con todo lo que necesitaré para siempre. Todos son altos, bellos y fríos, y se mueven con una gracia acompasada que ningún Rojo podría reclamar. Nosotros no tenemos tiempo para movernos de esa manera.
Gisa me conduce frente a una panadería con pasteles exquisitamente espolvoreados, una tienda que exhibe frutas de vivos colores que yo no había visto nunca, y hasta una colección de animales salvajes que me son completamente desconocidos. Una niña, Plateada a juzgar por su ropa, da de comer pedacitos de manzana a una criatura con manchas parecida a un caballo, pero de cuello increíblemente largo. Unas calles más adelante, una joyería reluce con todos los colores del arcoíris. Tomo nota de ella, pero aquí es difícil alzar la cabeza. El aire parece palpitar, vibrante de vida.
Justo cuando creo que no puede haber nada más fantástico que este lugar, miro atentamente a los Plateados y recuerdo cómo son. Esa niña es una telqui, y hace levitar a tres metros de altura la manzana para dar de comer al animal de cuello largo. Un florista pasa las manos por una maceta de flores blancas y éstas crecen rápidamente, hasta enrollarse en sus codos. Es un verdoso, un manipulador de plantas y tierra. Un par de ninfos están sentados junto a la fuente, entreteniendo con parsimonia a unos pequeños con esferas flotantes de agua. Uno de los ninfos tiene cabello anaranjado y ojos malévolos, pese a que los chicos se arremolinan junto a él. En la plaza, Plateados de todo tipo se ocupan de su vida extraordinaria. Hay muchos, cada uno de ellos magnífico, espléndido e impactante, y muy lejos del mundo que yo conozco.
—Así es como vive la otra mitad —murmura Gisa, intuyendo mi pasmo—. Es suficiente como para ponerte enfermo.
La culpa me invade. Siempre he sentido envidia por Gisa, por su talento y todos los privilegios que le otorga, pero nunca había pensado en el costo que implica. Ella no pasó mucho tiempo en la escuela y tiene pocos amigos en Los Pilotes. Si fuera normal, tendría muchos. Sonreiría. En cambio, esta joven de catorce años va a todas partes con aguja e hilo, cargando sobre sus espaldas el futuro de su familia, sumida hasta el cuello en un mundo que detesta.
—Gracias, Gee —susurro en su oído.
Ella sabe que no me refiero sólo a hoy.
—Allá está el taller de Salla, el del toldo azul —señala a una calle lateral donde se encuentra un local diminuto apretujado entre dos cafeterías—. Ahí estaré si me necesitas.
—No voy a necesitarte —replico en el acto—. Aunque las cosas salieran mal, no te involucraré.
—Bueno —dice ella, y aprieta mi mano un segundo—. Cuídate. Hoy hay más gente que de costumbre.
—Y más lugares donde esconderse —sonrío.
—Pero también más agentes —concluye con voz grave.
Seguimos andando, nos acercamos a cada paso al momento en el que ella me dejará sola en este sitio desconocido. El pánico se apodera de mí cuando ella retira con cuidado la mochila de mis hombros. Estamos frente a su taller.
Para calmarme, hago un repaso entre dientes:
—No hables con nadie. No establezcas contacto visual. No te detengas. Sal por el mismo punto por donde llegaste, la Puerta del Huerto. El agente te quitará la cinta y seguirás tu camino —Gisa asiente con sus ojos bien abiertos mientras hablo, cautelosa, y tal vez hasta esperanzada—. Son quince kilómetros hasta casa.
—Quince kilómetros hasta casa —repite.
Deseando con todas mis fuerzas poder acompañarla, la veo desaparecer bajo el toldo azul. Ella me trajo hasta aquí. Ahora es mi turno.

CUATRO
He hecho esto miles de veces, mirar al gentío como un lobo mira a un rebaño de ovejas. Busco al débil, al lento, al incauto. Sólo que esta vez la presa soy yo. Podría elegir a un raudo que me atrapara en medio segundo o, peor todavía, a un susurro que sintiera mi presencia a kilómetro y medio de distancia. Hasta la niña telqui podría vencerme si las cosas se pusieran difíciles. Así pues, debo ser más rápida y sagaz que nunca y, por si fuera poco, tener también más suerte que nunca. ¡Es enloquecedor! Por fortuna, nadie presta atención a una ayudante Roja más, a otro insecto que corretea a los pies de los dioses.
Me dirijo de nuevo a la plaza, con los brazos colgando a los lados, sueltos pero listos para entrar en acción. Mi danza consiste normalmente en esto, atravesar las partes más congestionadas de un tumulto y dejar que mis manos prendan bolsas y monederos como telarañas atrapando moscas. No soy tan tonta para intentarlo aquí. En cambio, sigo a la gente por la plaza. Mis fantásticos alrededores ya no me deslumbran, así que ahora veo más allá, las grietas en la piedra y los agentes de seguridad de uniforme negro que hay en cada sombra. El increíble mundo plateado adquiere entonces una forma más clara. Los Plateados apenas se miran, y nunca sonríen. La niña telqui parece aburrida mientras da de comer a su extraña criatura, y los comerciantes ni siquiera regatean. Sólo los Rojos parecen vivos, volando entre los lentos hombres y mujeres que disfrutan de una vida mejor. Pese al calor, el sol y los luminosos estandartes, yo nunca había visto un lugar tan frío.
Lo que más me preocupa son las negras cámaras de video ocultas en las copas de los árboles o en los callejones. En la aldea hay unas cuantas, en el puesto de Seguridad o en el ruedo, pero aquí cubren todo el mercado. Puedo oírlas zumbar, como para recordarme que alguien vigila.
La marea de la multitud me lleva por la avenida principal, frente a tabernas y cafeterías. Algunos Plateados están reunidos en un bar al aire libre, en donde miran pasar a la gente mientras disfrutan de sus bebidas matutinas. Un puñado de ellos ven pantallas fijas en las paredes u otras que cuelgan de los arcos. Cada una proyecta algo distinto, desde viejos combates hasta noticias y programas vistosos que yo no entiendo; todo se confunde en mi cabeza. El agudo silbido de las pantallas y el ruido distante de la energía estática zumba en mis oídos. No sé cómo pueden soportarlo. Pero los Plateados ni se inmutan, e ignoran los videos casi por completo.
La Mansión proyecta sobre mí una sombra tenue y me descubro mirándola otra vez con ridícula veneración. Justo en este instante, un zumbido me hace reaccionar. Al principio parece el timbre del ruedo, el que usan para dar por iniciada una Gesta, pero éste es diferente. Grave, y en cierto modo más sonoro. Sin pensarlo, me vuelvo hacia él.
En el bar que hay junto a mí, todas las pantallas pasan ahora el mismo programa. No es un discurso del rey, sino un anuncio informativo. Hasta los Plateados se detienen a mirar, en absorto silencio. Cuando el zumbido termina, comienza el reporte. Una mujer rubia y regordeta, Plateada sin duda, emerge en la pantalla. Lee un escrito y parece intranquila.
“Plateados de Norta, ofrecemos una disculpa por la interrupción. Hace trece minutos se produjo un ataque terrorista en la capital”.
Los Plateados que me rodean lanzan exclamaciones que desencadenan murmullos de temor.
Yo sólo atino a parpadear, incrédula. ¿Un ataque terrorista? ¿Contra los Plateados?
¿Acaso es posible?
“Se trata de un ataque coordinado contra edificios gubernamentales en Arcón oeste. Según los primeros informes, se reportan daños en el Tribunal del Reino, en el Arca del Tesoro y en el Palacio del Fuego Blanco, aunque ni el Tribunal ni el Tesoro estaban en funciones esta mañana”.
La locutora da paso a imágenes de un edificio en llamas. Agentes de seguridad desalojan a los ocupantes mientras ninfos combaten las llamas con agua. Sanadores, a los que se distingue por una cruz roja y negra en el brazo, corren para todos lados entre ellos.
“La familia real no se encontraba en su residencia de Fuego Blanco, y no se reportan víctimas hasta el momento. Se espera que el rey Tiberias dirija un mensaje a la nación en el curso de la próxima hora”.
Un Plateado que está junto a mí aprieta el puño y golpea la barra; deja rajaduras como de telaraña en el tablero de roca sólida.
—¡Son los lacustres! ¡Están perdiendo en el norte y por eso bajan al sur a atemorizarnos!
Algunos se unen al comentario, maldicen a la comarca de los Lagos.
—¡Deberíamos acabar con ellos, y avanzar hasta las Praderas! —agrega otro.
Muchos expresan su acuerdo con aplausos. Yo tengo que hacer un esfuerzo para no poner en su sitio a estos cobardes, que nunca verán el frente ni enviarán a pelear a sus hijos. Su guerra plateada se paga con sangre roja.
Mientras las imágenes continúan mostrando el momento en que la fachada de mármol del Tribunal se hace añicos o cómo un muro de cristal de diamante resiste una bola de fuego, una parte de mí se siente contenta. Los Plateados no son invencibles. Tienen enemigos que pueden lastimarlos, y por una vez, no se esconden detrás de un escudo rojo.
La locutora regresa, más pálida que nunca. Alguien le indica algo fuera de pantalla, y ella revuelve sus apuntes con manos temblorosas.
“Parece que una organización se ha atribuido la responsabilidad del atentado en Arcón”, tartamudea. Los alborotadores callan al instante, ansiosos de oír el mensaje en la pantalla. “Un grupo terrorista que se hace llamar la Guardia Escarlata dio a conocer hace unos momentos este video”.
“¿La Guardia Escarlata?”, “¿Quién diablos…?”, “¿Es una broma…?” y otras preguntas de asombro surgen en la taberna. Nadie había oído hablar hasta ahora de la Guardia Escarlata.
Pero yo sí.
Así llamó Farley a su organización. Suya y de Will. Pero ellos son contrabandistas, los dos, no terroristas, dinamiteros ni cualquier otra cosa que la televisión pueda decir. Es una coincidencia, no pueden ser ellos.
La pantalla ofrece entonces una visión aterradora. Una mujer aparece frente a una cámara temblorosa, lleva la cara cubierta con una pañoleta escarlata que sólo deja ver sus vivaces ojos azules. En una mano sostiene un arma y en la otra, una raída bandera roja. En su pecho hay una insignia de bronce con la forma de un sol dividido.
“¡Somos la Guardia Escarlata y abogamos por la libertad e igualdad de todos los hombres…!”, dice la mujer.
Reconozco su voz.
Farley.
“¡…comenzando por los Rojos!”
No necesito ser un genio para saber que un bar lleno de Plateados frenéticos y violentos es el último sitio en el que una chica Roja querría estar. Pero no puedo moverme. No puedo dejar de mirar la cara de Farley.
“¡Ustedes se creen los amos del universo, pero su imperio como reyes y dioses está llegando a su fin! Mientras no nos reconozcan como seres humanos, como sus iguales, la guerra estará en su puerta. No en un campo de batalla, sino en sus ciudades. En sus calles. En sus casas. Ustedes no nos ven, pero estamos en todas partes”. Su voz resuena con autoridad y aplomo. “¡Y nos levantaremos, Rojos como el amanecer!”
Rojos como el amanecer.
Terminan las imágenes y la rubia retorna, boquiabierta. Los clamores ahogan el resto del programa mientras los Plateados que hay en el bar recuperan su voz. Berrean contra Farley, la llaman terrorista, asesina, diablo rojo. Antes de que sus miradas caigan sobre mí, salgo a la calle.
Pero a lo largo de la avenida, desde la plaza hasta la Mansión, desde cada bar y cada cafetería, hay Plateados iracundos que van saliendo. Yo intento arrancar la cinta roja de mi muñeca, pero la maldita cosa no cede. Los Rojos desaparecen entre los callejones y las entradas, en un intento por huir, y yo tengo la cordura de seguirlos. Justo cuando encuentro un callejón, se desata el vocerío.
Miro imprudentemente por encima del hombro y veo que agarran a un Rojo del cuello, que suplica a su atacante Plateado:
—¡Suélteme, no sé nada, yo no sé quiénes diablos son esas personas…!
—¿Qué es la Guardia Escarlata? —le vomita el Plateado de frente. Lo reconozco, es uno de los ninfos que jugaban con los pequeños hace menos de media hora—. ¿Quiénes son?
Antes de que el pobre Rojo pueda contestar, una cascada furiosa le da en la cara. El ninfo eleva una mano y el agua sube, moja al Rojo de nuevo. Otros Plateados rodean la escena, se burlan jubilosos, animan a su camarada. El Rojo escupe y jadea, en lo que trata de recuperar el aliento. Proclama su inocencia cada vez que puede, pero el agua no para. El ninfo, con ojos bien abiertos de odio, no da indicios de refrenarse. Saca agua de las fuentes, de cada vaso, la descarga sin límite.
Lo están ahogando.
El toldo azul es mi faro, y me guía por las calles colmadas de pánico mientras esquivo a Rojos y Plateados por igual. El caos suele ser mi mejor aliado y facilita mi trabajo como ladrona. Nadie nota que le falta el monedero mientras huye de una muchedumbre. Pero Kilorn y las dos mil coronas ya no son mi prioridad. Sólo pienso en recoger a Gisa y salir de la urbe, que sin duda se convertirá en una cárcel. Si cierran las puertas… No quiero ni pensar qué sucedería si quedara atascada aquí, atrapada detrás del cristal con la libertad justo fuera de mi alcance.
Los agentes corren en todas direcciones, sin saber qué hacer ni a quién proteger. Un grupo escaso rodea a unos Rojos, a los que obligan a ponerse de rodillas. Los Rojos tiemblan y ruegan, repiten sin cesar que no saben nada. Yo apostaría que soy la única en toda la ciudad que, antes de hoy, ya había oído hablar de la Guardia Escarlata.
Esto me hace estremecer de temor otra vez. Si me capturan, si les digo lo poco que sé, ¿qué le harán a mi familia? ¿A Kilorn? ¿A Los Pilotes?
No puedo permitir que me atrapen.
Uso los puestos del mercado para esconderme y corro lo más rápido que puedo. La calle principal es una zona de guerra, pero yo no quito la vista del frente, del toldo azul que hay más allá de la plaza. Paso por la joyería y bajo el ritmo. Una sola alhaja podría salvar a Kilorn. Pero durante el segundo que me lleva detenerme, un pedazo de vidrio me pasa rozando la cara. En la calle, un telqui tiene los ojos fijos en mí, y apunta de nuevo. No le doy la oportunidad de repetirlo y me largo, escabulléndome bajo cortinas, puestos y brazos extendidos hasta que regreso a la plaza. Antes de darme cuenta de lo que ocurre, el agua se agita a mis pies mientras atravieso la fuente a toda prisa.
Una espumosa ola azul me da de lado y me derriba en el agua revuelta. No es profunda, tan sólo sesenta centímetros, pero parece como si fuera plomo. No puedo moverme, no puedo nadar, no puedo respirar. Apenas puedo pensar. Lo único que mi mente consigue hacer es gritar ¡Ninfo!, y recuerdo al pobre Rojo de la avenida, ahogándose de pie. Me golpeo la cabeza en la piedra del fondo y veo estrellas, chispas, antes de que mi vista se aclare. Cada palmo de mi piel se electriza. El agua cambia a mi alrededor, se vuelve normal otra vez y yo salgo a la superficie. Mis pulmones vuelven a llenarse de aire que quema mi nariz y mi garganta, pero no me importa. Estoy viva.
Unas manos pequeñas pero vigorosas me agarran del cuello y tratan de sacarme de la fuente. Gisa. Mis pies resbalan en el fondo y caemos juntas al suelo.
—¡Tenemos que irnos! —grito, y me paro apresuradamente.
Gisa ya corre delante de mí, hacia la Puerta del Huerto.
—¡Qué lista! —grita por encima del hombro.
No puedo evitar voltear a la plaza mientras la sigo. Una turba de Plateados llega en tropel, y busca entre los puestos como lobos hambrientos. Los pocos Rojos que quedan se encogen de miedo en el piso y piden compasión. Y en la fuente de la que acabo de huir, un hombre de cabello anaranjado flota bocabajo.
Mi cuerpo tiembla, cada nervio de mí se enciende en llamas conforme avanzamos a empujones hacia la puerta. Gisa me toma de la mano y abre paso para ambas entre la multitud.
—Quince kilómetros hasta casa —murmura—. ¿Lograste lo que querías?
El peso de la vergüenza me aplasta mientras sacudo la cabeza. No hubo tiempo. Apenas alcancé a marchar por la avenida antes de que empezaran las noticias. No pude hacer nada.
Gisa pone cara larga, que se dobla en una arruga diminuta.
—Ya se nos ocurrirá algo —dice, con un tono de voz tan desesperado como yo me siento.
Pero la puerta se eleva delante de nosotras, se acerca a cada segundo. Esto me llena de pavor. Una vez que la atraviese, una vez que abandone este lugar, es un hecho que Kilorn tendrá que irse.
Y creo que es por eso que ella lo hace.
Antes de que yo pueda detenerla, sujetarla o jalarla, la hábil manita de Gisa se escurre en la bolsa de alguien. Pero no de cualquiera, sino de un Plateado que busca ponerse a salvo. Un Plateado con ojos de plomo, nariz dura y hombros anchos que parecen gritar: “No te metas conmigo”. Gisa podrá ser una artista con el hilo y la aguja, pero no es una carterista. Él tarda un segundo completo en darse cuenta de lo que ocurre. Y entonces alguien levanta a mi hermana de la superficie.
Es el mismo Plateado. Aunque ahora son dos. ¿Gemelos?
—No es un buen momento para hurgar en los bolsillos de los Plateados —dicen al unísono.
Y luego son tres, cuatro, cinco, seis, los que nos rodean entre la gente. Se multiplican. Este Plateado es un clonador.
La cabeza me da vueltas.
—Ella no quiso hacer nada malo, es sólo una niña tonta…
—¡Soy sólo una niña tonta! —exclama Gisa, tratando de patear a su captor.
Ellos ríen, produciendo un ruido horripilante.
Yo me arrojo sobre Gisa, para ayudarla a zafarse, pero uno de ellos me tira al suelo de un empujón. La piedra dura del camino deja sin aire mis pulmones y yo jadeo, sin poder hacer nada mientras uno de los idénticos me pone un pie en el vientre para contenerme.
—¡Por favor! —exhalo, pero nadie me escucha ya.
El silbido en mi cabeza se acentúa cuando cada una de las cámaras gira para mirarnos. Me siento electrizada de nuevo, esta vez temo por mi hermana.
Un agente de Seguridad, el mismo que nos dejó entrar esta mañana, llega con aire decidido, arma en mano.
—¿Qué es todo esto? —aúlla, mientras mira a los Plateados idénticos.
Uno por uno, ellos vuelven a fundirse, hasta que solamente quedan dos: el que sujeta a Gisa y el que me tiene inmovilizada en el suelo.
—¡Es una ladrona! —dice uno, sacudiendo a mi hermana.
Hay que reconocer que ella no grita.
El agente la reconoce, y su rostro insensible se arruga durante una fracción de segundo.
—Conoces la ley, niña.
Gisa baja la cabeza.
—Sí, la conozco.
Yo hago todo lo posible por librarme, para impedir lo que viene a continuación. Un cristal se hace añicos en ese momento, cuando una pantalla cercana se rompe y chisporrotea a causa de los disturbios. Eso no distrae al agente, quien toma a mi hermana y la tira al piso.
Mi voz hace explosión y se une al barullo del caos.
—¡Fui yo! ¡Fue idea mía! ¡Castíguenme a mí!
Pero ellos no escuchan. No les importa.
Sólo puedo observar mientras el agente tiende a mi hermana a mi lado. Gisa me mira a los ojos al tiempo que él descarga en ella la cacha de su pistola, y le destroza los huesos de la mano con la que cose.

CINCO
Kilorn me encontrará dondequiera que yo intente esconderme, así que no me detengo. Corro como si pudiera dejar atrás lo que le causé a Gisa, la forma en que le fallé a Kilorn, cómo lo destruí todo. Pero ni siquiera pude escapar de la mirada de mi madre cuando llevé a Gisa hasta la puerta de nuestra casa. Vi la sombra de la desesperación en su rostro y corrí antes de que mi padre apareciera en su silla de ruedas. No habría podido enfrentarlos a ambos. Soy una cobarde.
Así que corro hasta que ya no puedo pensar, hasta que se desvanecen todos los malos recuerdos, hasta que sólo puedo sentir que los músculos me arden. Incluso me digo a mí misma que las lágrimas que corren por mis mejillas son gotas de lluvia.
Cuando al fin aminoro el paso para recuperar el aliento, estoy fuera de la aldea, y he avanzado un par de kilómetros por el terrible camino del norte. Las luces se filtran entre los árboles en una curva e iluminan una hostería, una de las muchas que hay en los viejos caminos. Está a reventar, como cada verano, llena de sirvientes y trabajadores estacionales que siguen a la corte real. Ellos no viven en Los Pilotes, no conocen mi cara, de manera que son presa fácil para el robo. Todos los veranos hago lo mismo, y Kilorn siempre me acompaña, sonriendo junto a una bebida mientras me mira trabajar. Supongo que ya no veré su sonrisa mucho tiempo.
Unos hombres salen de la hostería tropezando y soltando risotadas, borrachos y felices. Sus monederos tintinean, pesados con el salario del día. Dinero plateado por servir, sonreír e inclinarse ante monstruos vestidos como señores.
Yo causé mucho daño hoy, mucho dolor a quienes más quiero. Debería dar la vuelta e irme a casa, para al menos enfrentarme a ellos con un poco de valor. En cambio, me acomodo bajo las sombras de la hostería, contenta de permanecer en la oscuridad.
Supongo que para lo único que sirvo es para causar dolor.
No pasa mucho tiempo antes de que las bolsas de mi saco se llenen. Los borrachos salen cada pocos minutos y yo me apretujo contra ellos, exhibiendo una sonrisa enorme para ocultar mis manos. Nadie se da cuenta, a nadie le importa siquiera, cuando yo desaparezco de nuevo. Soy una sombra, y nadie recuerda a las sombras.
La medianoche llega y se va y yo sigo aquí, esperando. Arriba, la luna es un recordatorio brillante del tiempo, de que debería haberme ido hace mucho. Un último bolsillo, me digo. Uno más y me marcharé. Lo he estado diciendo durante la última hora.
No me lo pienso dos veces cuando sale el cliente siguiente. Mira al cielo y no me ve. Es demasiado fácil estirar la mano, demasiado fácil enganchar el cordón de su portamonedas con un dedo. Ya debería saber que aquí nada es fácil, pero los disturbios y la mirada vacía de Gisa me han atontado de dolor.
Su mano prende mi muñeca con puño firme e inusualmente caliente mientras me aleja de las sombras. Intento oponer resistencia, escurrirme y correr, pero es demasiado fuerte. Cuando voltea, el fuego en sus ojos despierta temor en mí, el mismo temor que sentí esta mañana. Pero aceptaré cualquier castigo que él pueda requerir. Me lo merezco.
—Ladrona —dice, con una rara sorpresa en la voz.
Yo parpadeo, conteniendo la risa. Ni siquiera tengo fuerzas para protestar.
—Obviamente.
Fija sus ojos en mí, lo examina todo, desde mi cara hasta mis gastadas botas, lo que hace que me muera de vergüenza. Tras un largo momento, suspira y retira el puño. Asombrada, lo único que puedo hacer es mirarlo. Cuando una moneda de plata gira en el aire, apenas estoy lo bastante alerta para atraparla. Un tetrarca. Un tetrarca de plata vale una corona entera. Mucho más que los centavos robados que llevo en las bolsas.
—Esto debería bastar para que te las arregles —dice él antes de que yo pueda reaccionar.
A la luz de la hostería, sus ojos despiden reflejos de oro rojizo, el color de la cordialidad. Los años que he pasado calando a la gente no me fallan, ni siquiera ahora. Su cabello negro es demasiado brillante, su piel demasiado pálida para que sea un simple sirviente. Pero su físico parece más el de un leñador, con hombros anchos y piernas fuertes. Es joven, un poco mayor que yo, aunque ni de cerca tan seguro como tendría que ser cualquier chico de diecinueve o veinte años de edad.
Debería besarle las botas por haberme soltado y haberme hecho ese regalo, aunque mi curiosidad puede más que yo. Siempre es así.
—¿Por qué?
La pregunta es cruel. Pero después de un día como hoy, ¿cómo podría comportarme de otra manera?
Desconcertado por mi interrogación, él se encoge de hombros.
—La necesitas más que yo.
Quiero arrojarle la moneda a la cara, decirle que puedo cuidarme sola, pero una parte de mí no es tan necia. ¿El día de hoy no te ha enseñado nada?
—Gracias —suelto a regañadientes.
No sé por qué, él se ríe de mi renuente gratitud.
—No te ofendas —avanza, se acerca. Es la persona más rara que he conocido—. Vives en la aldea, ¿no?
—Sí —hago una mueca para mí.
Con mi cabello desteñido, mi ropa sucia y mi mirada de frustración, en qué otro lugar podría vivir. Él contrasta vivamente conmigo: camisa fina y limpia, zapatos de piel suave que emiten destellos. No se está quieto mientras lo miro, y juguetea con su cuello. Lo pongo nervioso.
Palidece a la luz de la luna con ojos traviesos.
—¿Te gusta? —me pregunta, para desviar la atención—. ¿Vivir allá?
Su pregunta casi me hace reír, pero parece que él no le ve la gracia.
—¿A alguien le podría gustar? —respondo al fin y me pregunto a qué diablos juega.
Pero en vez de contestar rápido, con una réplica ingeniosa como lo haría Kilorn, se queda callado y una mirada sombría asoma en su rostro.
—¿Ya te vas? —dice de pronto, mientras señala el camino.
—¿Por qué? ¿Te asusta la oscuridad? —inquiero intencionadamente, mientras cruzo los brazos sobre mi pecho, aunque en el fondo me pregunto si no debería tener miedo. Él es fuerte, es rápido y tú estás sola aquí.
Su sonrisa aparece de nuevo, lo cual me hace sentir perturbadoramente tranquila.
—No, pero quiero estar seguro de que tendrás las manos quietas el resto de la noche. No puedes exprimir a la mitad de la taberna, ¿no? Me llamo Cal, por cierto —me tiende la mano.
No se la tomo, pero recuerdo el calor abrasador de su piel. En cambio, echo a andar por el camino, a paso veloz y sigiloso.
—Mare Barrow —le digo por encima del hombro, aunque él no tarda en alcanzarme con sus largas piernas.
—¿Siempre eres así de agradable? —me espolea, me hace sentir como un experimento en observación. Pero la plata fría en mis manos me mantiene serena, me recuerda qué él tiene más en sus bolsillos. Plata para Farley. Qué apropiado.
—Los señores han de pagarte muy bien para que cargues coronas —replico, con intención de distraerlo. Funciona de maravilla; él cede.
—Dispongo de un buen trabajo —explica, como si tratara de restarle importancia.
—Eres afortunado.
—Pero tú ya tienes…
—Diecisiete —termino por él—. Aún me queda algo de tiempo antes de alistarme.
Frunce el ceño y tuerce los labios en una línea triste. Una nota grave que afila sus palabras se cuela en su voz.
—¿Cuánto tiempo?
—Menos cada día.
El solo hecho de decirlo en voz alta me revuelve el estómago. Y Kilorn tiene aún menos que yo.
Él no dice más y me mira otra vez, inspeccionándome mientras cruzamos el bosque. Pensando.
—Y no hay trabajo —refunfuña, más para sí que para mí—. No hay forma de que evites el reclutamiento.
Su confusión me deja atónita.
—Quizás en el lugar de donde tú eres las cosas son distintas.
—Por eso robas.
Yo robo.
—Es todo lo que puedo hacer —expulsan automáticamente mis labios. Recuerdo de nuevo que causar dolor es para lo único que sirvo—. Pero mi hermana sí tiene trabajo —esto se me escapa antes de acordarme: No, no tiene. Ya no. Por tu culpa.
Cal me ve batallar con las palabras, y me pregunto si debo corregirme o no. Pero esto es lo único que puedo hacer para no sonreír, para no desplomarme ante un perfecto desconocido. Aunque es seguro que él ve lo que trato de ocultar.
—¿Estuviste hoy en la Mansión? —creo que él ya sabe la respuesta—. Los disturbios fueron terribles.
—Así es —digo, y las palabras casi se me atoran.
—¿Tú…? —insiste él, en forma tranquila y discreta.
Es como hacer un agujero en un dique, y todo se desborda. Yo no podría contener las palabras aunque quisiera.
No menciono a Farley ni a la Guardia Escarlata, y ni siquiera a Kilorn. Sólo que mi hermana me metió disfrazada al Gran Huerto para que pudiera robar el dinero que necesitamos para sobrevivir. Luego vino el error de Gisa, su herida, lo que esto significó para nosotras. Lo que le hice a mi familia. Lo que he estado haciendo: decepcionar a mi madre, avergonzar a mi padre, robar a quienes llamo mi comunidad. Aquí, en el camino, rodeada solamente por la oscuridad, le revelo a un desconocido lo horrorosa que soy. Él no hace preguntas, a pesar de que lo que digo parezca poco razonable. Se limita a escuchar.
—Es todo lo que puedo hacer —digo de nuevo, antes de guardar silencio.
Veo entonces de reojo un brillo plateado. Él sostiene otra moneda. A la luz de la luna, lo único que distingo es el perfil de la llameante corona del rey grabada en el metal. Cuando la pone imperativamente en mi mano, supongo que sentiré otra vez su calor, pero ya se ha enfriado.
No quiero tu lástima, siento ganas de gritar, pero hacerlo sería una estupidez. Con esta moneda adquiriremos lo que Gisa ya no puede comprar.
—Lo lamento mucho, Mare. Las cosas no deberían ser así.
Yo ni siquiera puedo reunir fuerzas suficientes para fruncir el ceño.
—Podría ser peor. No me compadezcas.
Me acompaña hasta las afueras de la aldea y me deja atravesar sola las casas sobre los pilotes. Algo en el lodo y las sombras le molesta, y el sirviente desconocido desaparece antes de que yo pueda voltear para darle las gracias.
Mi casa está en silencio y a oscuras, tiemblo de miedo. La mañana de hoy parece haber quedado a cien años de distancia, parte de otra vida en la que yo era tonta y egoísta, y tal vez un poco feliz. Ahora no tengo otra cosa que un amigo llamado a filas y los huesos rotos de una hermana.
—Tu madre no debería preocuparte tanto —dice mi papá con una voz que retumba desde atrás de uno de los pilotes.
No lo he visto abajo desde hace más años de los que quisiera recordar.
Mi voz chilla de sorpresa y temor.
—¿Papá? ¿Qué haces? ¿Cómo…? —pero él se lleva un pulgar al hombro, apuntando a la polea que cuelga de la casa. Es la primera vez que la usa.
—Se fue la luz. Pensé en venir a echar un vistazo —explica, brusco como siempre.
Pasa a mi lado rodando en su silla y se detiene frente a la caja del switch, desde la que un tubo se introduce en el suelo. Cada casa tiene una para regular la carga eléctrica que mantiene encendidas las luces.
Papá resuella para sí, hace un chasquido con el pecho cada vez que inspira. Puede ser que Gisa esté como él ahora, con su mano convertida en un caos metálico, pensando atormentada y resentida en lo que pudo ser.
—¿Por qué no usan las fichas lec que les traigo?
En respuesta, papá saca de su camisa una ficha de racionamiento y la mete en la caja. Normalmente esta cosa se pondría en marcha echando chispas, pero nada sucede. Está descompuesta.
—No sirve —suspira y se recuesta en su silla.
Ambos miramos la caja de electricidad sin saber qué decir, sin querer movernos, sin el menor deseo de subir. Papá huyó como yo, incapaz de quedarse en casa, donde de seguro mamá se está lamentando por Gisa, llorando por los sueños perdidos, mientras mi hermana intenta no seguirla.
Sacude la caja, como si golpear esa maldita cosa pudiera devolvernos la luz, el afecto y la esperanza. Sus movimientos son cada vez más hostiles, más excesivos, hasta irradiar cólera. No contra mí ni contra Gisa, sino contra el mundo. Hace mucho tiempo nos llamó hormigas, hormigas rojas que arden bajo la luz de un sol plateado. Destruidos por la grandeza de otros, perdimos la batalla por nuestro derecho a existir debido a que no somos especiales. No evolucionamos como ellos, con facultades y fortalezas que vayan más allá de nuestra limitada imaginación. Seguimos siendo los mismos, estancados en nuestro cuerpo. El mundo cambió a nuestro alrededor, pero nosotros seguimos siendo los mismos.
De repente yo también me enojo y maldigo a Farley, a Kilorn, al alistamiento, y a cualquier cosa que se me viene a la mente. La caja de metal está fresca al tacto, ya que hace tiempo que ha perdido el calor de la electricidad. Pero en lo hondo del mecanismo aún hay vibraciones, a la espera de que se les vuelva a encender. Me concentro en la búsqueda de la energía eléctrica, en recuperarla para probar que aun algo tan pequeño puede marchar bien en un mundo que va tan mal. Mis dedos topan con algo afilado que hace que mi cuerpo se estremezca. Un alambre expuesto o un falso contacto, me digo. Lo siento como un alfilerazo, como una aguja que se me clavara en los nervios pero no duele.
Por encima de nosotros la luz del zaguán regresa con un zumbido.
—Bueno, ya era hora… —dice papá entre dientes.
Da vuelta en el lodo, avanza rodando de nuevo hacia la polea. Yo lo sigo en silencio, sin querer mencionar la razón de que ambos temamos permanecer en el sitio que llamamos hogar.
—Ya basta de huir —dice, y se engancha en el aparato.
—Ya basta de huir —confirmo, más para mí que para él.
El equipo rechina a causa de la presión y sube a mi padre al zaguán. Yo subo más rápido por las escaleras, así que lo espero arriba, donde, sin decir palabra, lo ayudo a zafarse.
—¡Vaya porquería! —rezonga cuando desprendemos por fin el último broche.
—A mamá le encantará saber que saliste de casa.
Él voltea a verme con dureza, me toma de la mano. Aunque ya casi no trabaja, reparando baratijas y tallando en madera para los chicos, sus manos siguen estando ásperas y encallecidas, como si acabara de regresar del frente. La guerra no se va nunca.
—No se lo digas a tu madre.
—Pero…
—Sé que parece una nadería, pero es mucho. Ella creerá que es un pequeño paso en un largo camino, ¿sabes? Primero salgo de casa en la noche, luego durante el día, más tarde voy al mercado con ella como hace veinte años. Después, las cosas vuelven a ser como antes —sus ojos se nublan al decir esto y se esfuerza por no dejar de hablar con voz baja y serena—. Nunca mejoraré, Mare. Jamás voy a sentirme mejor. No puedo darle esperanzas a tu madre, no cuando sé que nunca se cumplirán. ¿Entiendes?
Demasiado bien, papá.
Él sabe lo que la esperanza me ha hecho a mí, y se dulcifica.
—¡Cómo quisiera que las cosas fueran distintas!
—Todos querríamos que fuera así.
Pese a las sombras, puedo ver la mano fracturada de Gisa cuando subo al desván. Ella suele dormir hecha un ovillo, enrollada bajo una manta ligera, pero ahora está tendida bocarriba, con el brazo lesionado sobre un montón de ropa. Mamá la volvió a entablillar, lo que mejoró mi modesto intento de ayuda, y el vendaje está recién hecho. No necesito luz para saber que su pobre mano está llena de moretones. Duerme inquieta, se mueve en la cama, pero su brazo permanece inmóvil. Hasta dormida, le duele.
Quisiera tocarla, pero ¿cómo compensar los terribles sucesos de hoy?
Saco la carta de Shade de la cajita donde guardo su correspondencia. Al menos esto me calmará. Sus bromas, sus palabras, su voz atrapada en el papel me tranquilizan siempre. Pero mientras releo vagamente la carta, me invade una sensación de pavor.
“Rojo como el amanecer…”, dice el mensaje. Ahí está, más claro que el agua. Las palabras de Farley en el video, el grito de guerra de la Guardia Escarlata de puño y letra de mi hermano. La frase es demasiado rara para ignorarla, demasiado peculiar para no hacerle caso. Y la oración que sigue: ver salir el sol más radiante… Mi hermano es listo, pero práctico. No le interesan las auroras ni los amaneceres, y menos aún las frases ingeniosas. Nos levantaremos resuena en mí; pero en lugar de oír la voz de Farley en mi cabeza, oigo la de mi hermano. Nos levantaremos, Rojos como el amanecer.
Por alguna razón, Shade lo sabía. Hace semanas, antes del atentado, antes del video de Farley, él ya sabía acerca de la Guardia Escarlata y trató de avisarnos. ¿Por qué?
Porque es uno de ellos.

SEIS
Cuando la puerta se abre de golpe al amanecer, no tengo miedo. Los escrutinios de Seguridad son habituales, aunque por lo general sólo recibimos uno o dos al año. Éste será el tercero.
—Vamos, Gee —murmuro, mientras ayudo a mi hermana a dejar su catre y bajar las escaleras.
Ella se mueve con dificultad, apoyada en su mano fuerte, y mamá nos espera en la planta baja. Envuelve a Gisa en sus brazos, pero no me quita los ojos de encima. Para mi sorpresa, no parece molesta, y ni siquiera decepcionada de mí. Por el contrario, su mirada es dulce.
Dos agentes esperan junto a la puerta con el arma colgando al costado. Los reconozco, son del puesto de la aldea, pero hay alguien más con ellos, una joven vestida de rojo que porta una insignia en el pecho, una corona de tres colores. Es una asistente real, una Roja al servicio del rey, deduzco y empiezo a entender. Ésta no es una inspección rutinaria.
—Se nos somete a registro e incautación —reclama mi padre, diciendo lo que cree que es su deber cada vez que esto sucede.
Pero en lugar de separarse para hurgar en nuestra casa, los agentes de seguridad se mantienen inmóviles.
La joven da un paso al frente y, para mi horror, se dirige a mí.
—Mare Barrow, has sido llamada a Summerton.
La mano sana de Gisa toma una de las mías, como si de esta forma pudiera retenerme.
—¿Qué? —logro balbucear.
—Que has sido llamada a Summerton —repite ella, y señala en dirección a la puerta—. Nosotros te escoltaremos. Avanza, por favor.
Un llamamiento. A una Roja. Nunca en mi vida había oído algo semejante. ¿Por qué yo? ¿Qué hice para merecer esto?
Pensándolo bien, soy una delincuente, y quizás hasta me consideren terrorista por mi asociación con Farley. Mi cuerpo es un manojo de nervios, cada músculo está tenso y al acecho. Tendré que correr, aunque los agentes bloquean la puerta. Será un milagro si consigo llegar a una ventana.
—Tranquila, todo está en orden después de lo de ayer —dice la asistente riendo, aunque confunde el origen de mi sobresalto—. La Mansión y el mercado están bajo control. Avanza, por favor.
Para mi sorpresa, ella sonríe, mientras los agentes de seguridad ciñen sus armas. Esto me hiela la sangre.
Oponerse a la Seguridad, oponerse a un llamamiento real, significaría la muerte, y no sólo para mí.
—De acuerdo —farfullo, mientras desprendo mi mano de la de Gisa. Ella se adelanta para apresarme, pero nuestra madre la aleja—. ¿Nos veremos pronto?
La pregunta queda flotando en el aire y yo siento que la mano tibia de papá roza mi brazo. Se está despidiendo. Los ojos de mamá se anegan en lágrimas contenidas, y los de Gisa tratan de no parpadear para recordar hasta el último segundo de mí. Yo no tengo nada que dejarle. Pero antes de que pueda entretenerme más o ponerme a llorar, un agente me toma del brazo para apartarme.
Las palabras que siguen se abren paso entre mis labios, aunque salen apenas como algo más que un murmullo:
—Los quiero.
La puerta se cierra entonces detrás de mí, echándome de mi casa y de mi vida.
Atravesamos la aldea a toda prisa por la calle que conduce a la plaza del mercado. Pasamos por la ruinosa casa de Kilorn. Él acostumbraba estar despierto a estas horas, a medio camino del río para iniciar temprano sus labores, cuando aún está fresco, pero esos tiempos han quedado atrás. Supongo que ahora duerme hasta mediodía, para disfrutar de las pocas comodidades que puede antes de alistarse. Parte de mí quisiera gritarle adiós, pero no lo hago. Él irá a husmear después, me buscará y Gisa se lo contará todo. Riendo para mis adentros, recuerdo que Farley me espera hoy para que le pague una fortuna. Se llevará un chasco.
En la plaza nos aguarda un flamante vehículo negro. Cuatro ruedas, ventanas de cristal, diseño impecable: parece una fiera lista para devorarme. El agente sentado en los controles pisa el acelerador cuando nos acercamos, escupe humo negro en el aire fresco de la mañana. Me meten atrás sin decirme nada y la asistente apenas alcanza a deslizarse a mi lado antes de que el vehículo arranque, corriendo por la calle a velocidades que yo no habría imaginado nunca. Éste será mi primer y último viaje en un transporte así.
Quiero hablar, preguntar qué sucede, saber cómo me castigarán por mis crímenes, pero sé que mis palabras caerán en oídos sordos. Me asomo a la ventana, veo desaparecer la aldea mientras entramos al bosque, marchamos de prisa por el ya conocido camino del norte. No está tan lleno como ayer y hay agentes de seguridad desperdigados por la carretera. La Mansión está bajo control, dijo la asistente. Supongo que se refería a esto.
El muro de cristal de diamante brilla al frente, refleja el sol que sale de la arboleda. Quiero entrecerrar los ojos pero no los muevo. Debo mantenerlos bien abiertos.
La entrada hierve de uniformes negros, todos los agentes de seguridad que inspeccionan y vuelven a inspeccionar a los viajeros que llegan. Cuando nos detenemos, la asistente me guía junto a la fila a través de la puerta. Nadie protesta ni se preocupa por verificar nuestras identificaciones. Seguro que ella es conocida en estos lares.
Una vez dentro, la asistente me mira.
—Por cierto, soy Ann, pero aquí nos conocemos por nuestro apellido. Llámame Walsh.
Walsh. Este nombre me suena.
—¿Eres de…?
—De Los Pilotes, como tú. Conozco a tu hermano Tramy y ojalá no hubiera conocido a Bree, un verdadero rompecorazones —Bree ya se había ganado fama en la aldea antes de marcharse. Una vez me contó que temía menos que los demás el alistamiento porque la docena de jóvenes sanguinarias a las que dejaría aquí eran mucho más peligrosas—. A ti no te conozco, pero lo haré, sin duda.
No puedo evitar ponerme a la defensiva.
—¿Qué quieres decir?
—Que trabajarás aquí largas horas. No sé quién te contrató ni qué te hayan dicho sobre tus deberes, pero se ve que ya empiezan a irritarte. No vas a ocuparte de cambiar sábanas y limpiar platos. Tendrás que mirar sin ver, oír sin escuchar. En este lugar somos objetos, estatuas vivientes hechas para servir —ella suspira y se vuelve, abre de golpe una puerta hendida precisamente junto a la entrada—. Sobre todo ahora, con esto de la Guardia Escarlata. Ningún momento es bueno para ser Rojo, pero éste es pésimo.
Cruza la puerta, aparentemente en dirección a una pared. Yo tardo un momento en darme cuenta de que baja un tramo de escaleras y desaparece en la semioscuridad.
—¿Mis deberes? —insisto—. ¿Qué deberes? ¿Qué es esto?
Ella voltea en la escalera, casi entornando los ojos frente a mí.
—Fuiste llamada para ocupar un puesto de servicio —dice, como si fuera la cosa más obvia del mundo.
Trabajo. Un puesto. Casi me desmayo de sólo pensarlo.
Cal. Me dijo que tenía un buen trabajo, y ahora ha movido algunos hilos para conseguirme uno. Tal vez, incluso, trabajaré bajo sus órdenes. El corazón me da un vuelco ante esta posibilidad sabiendo lo que significa. No voy a morir y ni si quiera a combatir. Trabajaré y viviré. Y más tarde, cuando encuentre a Cal, lo convenceré de que haga lo mismo por Kilorn.
—¡Apúrate, no tengo tiempo para llevarte de la mano!
Tropezando detrás de la asistente, desciendo a un túnel sorpresivamente oscuro. Las paredes están alumbradas por lámparas pequeñas, que apenas permiten ver. Arriba hay tubos, que zumban de agua corriente y electricidad.
—¿Adónde vamos? —pregunto por fin.
Casi consigo oír el desaliento de Walsh cuando se vuelve hacia mí, confundida:
—A la Mansión del Sol, por supuesto.
Por un segundo, creo sentir que mi corazón se detiene.
—¿Que qué? ¿Al palacio, al mismo palacio?
Ella golpetea la insignia en su uniforme. La corona titila bajo la escasa luz.
—Ahora estás al servicio del rey.
Tienen un uniforme listo para mí, pero apenas reparo en él. Estoy demasiado asombrada por lo que me rodea, la piedra de color marrón claro y el centellante piso de mosaico de esta sala olvidada en la casa de un rey. Otros sirvientes pasan trajinando en un desfile de uniformes rojos. Examino sus caras, busco a Cal para darle las gracias, pero él no aparece por ningún sitio.
Walsh permanece a mi lado, me susurra algunos consejos.
—No digas nada. No oigas nada. No hables con nadie porque nadie hablará contigo.
Casi no distingo sus palabras; los dos últimos días han sido un desastre para mi corazón y mi espíritu. Siento que la vida simplemente decidió abrir las compuertas para que me ahogara en un torbellino de vueltas y revueltas.
—Llegaste en un día muy agitado, quizás el peor que veremos nunca.
—Vi las embarcaciones y las naves aéreas… Los Plateados han venido río arriba durante semanas —digo—. Más que de costumbre, aun para esta época del año.
Walsh me apresura, y pone en mis manos una charola de copas relucientes. Seguro que estos utensilios podrían comprar mi libertad y la de Kilorn, pero la Mansión está protegida en cada puerta y ventana. Yo no podría escapar jamás en medio de tantos agentes, ni siquiera con todas mis habilidades.
—¿Qué sucederá hoy? —pregunto tontamente. Un mechón de mi cabello oscuro cae sobre mis ojos, y antes de que yo pueda quitarlo, Walsh lo retira y lo sujeta con un brochecito, con movimientos rápidos y precisos—. ¿Es una pregunta idiota?
—No, yo tampoco lo sabía hasta que empezamos a prepararnos. Después de todo, no se ha celebrado un acto igual en los últimos veinte años desde que la reina Elara fue escogida —habla tan rápido que sus palabras casi se funden entre sí—. Hoy es la prueba de las reinas. Las hijas de las Grandes Casas, las mejores familias plateadas, han venido a ofrecerse al príncipe. Esta noche habrá un gran banquete, pero por ahora ellas están en el Jardín Espiral, arreglándose para presentarse, esperando ser elegidas. Una de esas chicas será la próxima reina, y ellas están dispuestas a cualquier cosa con tal de recibir la oportunidad.
Una imagen de un racimo de pavorreales cruza mi mente.
—¿Y qué hacen? ¿Dan una vuelta, dicen un par de cosas y agitan las pestañas?
Walsh resopla y sacude la cabeza.
—No —sus ojos brillan entonces—. Estarás de servicio, así que podrás verlo tú misma.
Las puertas de madera tallada y vidrio fluido se alzan al fondo. Un sirviente las mantiene abiertas para permitir que pase la fila de uniformes Rojos. Llega mi turno.
—¿Tú no vienes?
Puedo notar la desesperación en mi voz, casi rogándole a Walsh que se quede conmigo. Pero ella se aleja y me deja sola. Antes de estorbar el avance o estropear de otro modo este organizado ensamblaje de sirvientes, me obligo a seguir y salir al sol de lo que Walsh llamó el Jardín Espiral.
Al principio creo estar en medio de otro ruedo como el de la aldea. El espacio se curva hacia bajo en una hondonada inmensa, pero en vez de bancas de piedra, la espiral de terrazas está llena de mesas y sillas afelpadas. Plantas y fuentes escurren por los peldaños, dividiendo las terrazas en palcos. Éstos confluyen en la base, donde hay un prado circular decorado por estatuas de piedra. Delante de mí se encuentra un palco cargado de sedas rojas y negras. Cuatro asientos, cada uno de hierro cruel, lucen desdeñosos desde su sitial.
¿Qué demonios es este sitio?
Mi trabajo pasa sin darme cuenta, siguiendo el ejemplo de otros Rojos. Soy auxiliar de cocina y se supone que debo limpiar y ayudar a los cocineros, y ahora mismo preparar el ruedo para el próximo evento. No estoy segura de entender por qué la familia real necesita un estadio. En el pueblo sólo se usa para las Gestas, para ver luchar a un Plateado con otro, pero ¿qué significado podría tener aquí? Esto es un palacio y sus pisos nunca se mancharán de sangre. Pero lo que, a falta de un mejor nombre, yo llamo ruedo, me hace tener un mal presentimiento. El hormigueo regresa y vibra en oleadas bajo mi piel. Cuando termino y vuelvo a la entrada de sirvientes, la prueba de las reinas está a punto de comenzar.
Los demás ayudantes se esfuman y se desplazan a una plataforma alta rodeada de cortinas transparentes. Yo corro tras ellos y choco con la fila justo en el momento en el que se abre otra serie de puertas, directamente entre el palco real y la entrada de sirvientes.
Empezamos.
Mi mente retrocede al Huerto Magno, a las criaturas bellas y despiadadas que se hacen llamar seres humanos. Todas ellas ostentosas y presumidas, con duras miradas y peor genio. Estos Plateados, las Grandes Casas como Walsh las llama, no serán distintos. Incluso podrían ser peores.
Entran en manada, como un rebaño de colores que se distribuye por el Jardín Espiral con una gracilidad fría. Las diversas familias, o Casas, son fáciles de distinguir; todos sus miembros visten del mismo color. Lila, verde, amarillo, negro, un arcoíris de matices en dirección al palco de su familia. Yo pierdo la cuenta rápidamente. ¿Cuántas Casas hay? El gentío no deja de incrementarse, y algunos se detienen a charlar mientras otros se abrazan con rigidez. Me doy cuenta de que esto es una fiesta para ellos. Es probable que tengan pocas esperanzas de que de aquí salga una reina, así que esto es una mera diversión.
Pero algunos no parecen estar de ánimo festivo. Una familia de cabello plateado y atavíos de seda negra se sienta en concentrado silencio a la derecha del palco del rey. El patriarca de la Casa tiene barba puntiaguda y ojos negros. Más abajo cuchichea una Casa de color azul marino y blanco. Para mi sorpresa, reconozco a uno de los suyos. Sansón Merandus, el susurro que vi hace unos días en la plaza. A diferencia de los otros, él mira misteriosamente al suelo, con su atención puesta en otra parte. Tomo nota mental de no topar con él, ni con sus mortales aptitudes.
Curiosamente, no veo a ninguna mujer en edad de casarse con un príncipe. Tal vez se preparan en otro lado y esperan con ansia su oportunidad de ganar una corona.
De cuando en cuando, alguien oprime en su mesa un botón de metal con forma cuadrada para que se encienda una luz, lo cual indica la necesidad de un sirviente. Aquél de nosotros que esté más cerca de la puerta respectiva debe acudir al llamado, mientras los demás seguimos a la espera de nuestro turno para servir. Como es de suponer, tan pronto como me acerco a su puerta, el detestable patriarca de los ojos negros pulsa el botón de su mesa.
Doy gracias al cielo por mis pies, que nunca me han fallado. Paso casi saltando entre el gentío, bailando en medio de los cuerpos diligentes mientras el corazón me late con fuerza en el pecho. En vez de robarles, estoy aquí para servirles. La Mare Barrow de la semana pasada no sabría si reír o llorar de esta versión de sí misma. Pero ella fue una tonta, y ahora pago el precio de su estupidez.
—¿Señor? —pregunto ante el patriarca que pidió el servicio. Aunque mentalmente me propino un par de insultos. No digas nada, es la primera regla, y ya la he incumplido.
Él no parece notarlo y se limita a alzar un vaso de agua vacío con mirada de aburrimiento.
—Juegan con nosotros, Ptolemus —se queja ante un joven musculoso que tiene a su lado y el cual imagino que es el desafortunado portador del nombre Ptolemus.
—Un alarde de poder, padre —señala éste; se termina su propio vaso, me lo tiende y lo tomo sin pensarlo—. Nos hacen esperar porque pueden.
Aluden a la familia real, que aún está por hacer acto de presencia. Pero oír a estos Plateados hablar así de ella, con tanto desdén, resulta desconcertante. Los Rojos insultamos al rey y los nobles si podemos salirnos con la nuestra, pero pienso que ése es nuestro derecho exclusivo. Estas personas no han sufrido un solo día en su vida. ¿Qué problemas podrían tener entre ellas?
Quiero quedarme y escuchar, pero hasta yo sé que eso va contra las reglas. Me vuelvo y subo los escalones hasta la salida. Aquí hay una pileta oculta detrás de unas flores de color vivo, quizá para que yo no tenga que atravesar el pretendido ruedo a fin de reabastecerme de agua. Pero en este momento se oye cómo un tono metálico y agudo recorre el lugar, muy parecido al que da principio a las fiestas del Primer Viernes. Resuena en varias ocasiones y deja oír una melodía suntuosa que anuncia sin duda la entrada del rey. Todas las Grandes Casas se ponen de pie, les guste o no. Veo que Ptolemus le vuelve a murmurar algo a su padre.
Desde mi atalaya, escondida detrás de las flores, estoy al nivel del palco del monarca, un poco más atrás. Mare Barrow, a sólo unos metros del rey. ¿Qué pensaría mi familia o Kilorn al respecto? Este hombre nos manda a la muerte y yo me he convertido sin más ni más en su ayudante. Qué asco.
El rey entra con brío, pavoneándose. Aun visto desde atrás, es mucho más gordo de lo que parece en las monedas y la televisión, aunque también más alto. Viste un uniforme rojo y negro de corte militar, aunque dudo que lo haya usado un solo día en las trincheras. Son los Rojos los que mueren ahí. Insignias y medallas destellan en su pecho, como testimonio de cosas que no ha hecho nunca. Incluso porta una espada dorada, pese a los numerosos guardias que lo rodean. La corona que sostiene en la cabeza me es familiar, de oro rojo y hierro negro trenzados, cada punta es una llama crepitante y ondulada. Parece arder sobre su cabello negro salpicado de canas. Qué apropiado, porque este rey es un quemador, como lo fue su padre, y el padre de su padre, y así sucesivamente. Destructivos y poderosos reguladores del calor y el fuego. Antes, nuestros reyes quemaban a disidentes con sólo un toque flamígero. Puede que este rey ya no queme a los Rojos, pero nos sigue matando con guerra y ruina. Conozco su nombre desde que era niña e iba a la escuela, aún deseosa de aprender, como si eso hubiera podido llevarme a algún lado. Tiberias Calore VI, rey de Norta, Flama del Norte. Un verdadero trabalenguas. Yo escupiría su nombre si pudiera.
Le sigue la reina, quien inclina la cabeza en señal de saludo a la multitud. Mientras que las ropas del rey son oscuras y austeras, el atuendo azul marino de ella es fresco y ligero. Se inclina solamente ante la Casa de Sansón, cuyos colores observo que viste. Han de ser parientes, a juzgar por su aire de familia. Ella ostenta el mismo cabello rubio cenizo y la misma sonrisa mordaz, que la hacen parecer un gato montés.
Por amedrentador que sea el aspecto que exhibe la familia real, no es nada comparado con los guardias que la escoltan. Aunque yo soy una Roja nacida en el fango, sé cómo son ellos. Todos saben cómo es un centinela, porque nadie quiere encontrarse con uno de ellos. Flanquean al rey en cada emisión, en cada discurso o decreto. Como siempre, sus uniformes parecen de fuego, con colores que oscilan entre el rojo y el anaranjado, al tiempo que sus ojos brillan detrás de aterradoras máscaras negras. Cada uno porta un rifle negro rematado con fulgurantes bayonetas plateadas, que podrían cortar el hueso. Sus habilidades son más terribles que su apariencia: guerreros de elite de diferentes Casas Plateadas, entrenados desde niños, que han jurado lealtad eterna al rey y su familia. Eso es suficiente para hacerme temblar. Pero las Grandes Casas no temen.
De algún sitio en lo profundo de los palcos surge un alarido: “¡Muera la Guardia Escarlata!”, grita alguien, y otros lo siguen en el acto. Yo siento un escalofrío al recordar los acontecimientos de ayer, tan lejanos ahora. Qué rápido podría cambiar esta gente…
El rey parece descontento y palidece entre el ruido. No está habituado a arrebatos como éste, y casi protesta por la gritería.
—¡La Guardia Escarlata está siendo atacada, al igual que todos nuestros enemigos! —ruge Tiberias, haciendo resonar su voz sobre la multitud, que calla como ante el estallido de un látigo—. Pero no es eso lo que nos reúne ahora. Hoy estamos aquí para honrar la tradición, ¡y ningún demonio rojo nos lo impedirá! Hoy celebramos el rito de la prueba de las reinas para que surja la más talentosa de las hijas y se case con el hijo más noble. En esto hallamos la fuerza para unir a las Grandes Casas y el poder para asegurar el régimen plateado hasta el fin de los tiempos, y derrotar a nuestros enemigos dentro y fuera de nuestras fronteras.
—¡Fuerza! —contesta el público a voz en grito. Es estremecedor—. ¡Poder!
—¡Ha llegado de nuevo el momento de enarbolar este ideal, y mis dos hijos honrarán nuestra más solemne costumbre! —mueve la mano y dos figuras pasan al frente, flanqueando a su padre. No consigo ver sus caras, pero ambos son altos y de cabello negro, como el rey. Visten también uniformes militares—. El príncipe Maven, de la Casa de Calore y de Merandus, hijo de mi esposa soberana, la reina Elara.
El segundo príncipe, más pálido y delgado que el otro, alza la mano en señal de sobrio saludo. Se vuelve a izquierda y derecha, y yo alcanzo a ver su rostro. Aunque es de aspecto serio y señorial, no puede tener más de diecisiete años. Sus rasgos son afilados y tiene ojos azules, su sonrisa podría congelar el fuego: desprecia este esplendor. No puedo menos que coincidir con él.
—Y el príncipe heredero de la Casa de Calore y de Jacos, hijo de mi difunta esposa, la reina Coriane, beneficiario del reino de Norta y de la Corona Ardiente, Tiberias VII.
La innegable ridiculez de este título me hace reír tanto que no reparo en el joven que saluda y sonríe. Por fin alzo los ojos, para poder decir que estuve así de cerca del futuro rey. Pero me encuentro mucho más de lo que esperaba.
Las copas de cristal caen de mis manos sobre la pileta sin romperse.
Conozco esa sonrisa y esos ojos. Apenas anoche incendiaron los míos. Él me consiguió este trabajo, me salvó de alistarme. Era uno de nosotros. ¿Cómo es posible?
Él voltea por completo, saludando a su alrededor. No hay duda.
El príncipe heredero es Cal.

SIETE
Vuelvo a la plataforma de los sirvientes con una sensación de vacío en el estómago. Si acaso había sentido felicidad hasta este instante, se desvanece ahora por completo. No me atrevo a voltear otra vez, verlo ahí con ropas elegantes, cargado de galones y medallas, y justo con los aires de grandeza que no soporto. Como Walsh, él también porta la insignia de la corona en llamas, pero la suya es de mármol negro, diamantes y rubíes. Titila sobre el negro oscuro de su uniforme. ¡Qué diferente de las prendas sencillas que vestía anoche, usadas para no desentonar con pueblerinos como yo! Ahora parece un futuro rey de pies a cabeza, Plateado hasta la médula. Y pensar que confié en él.
Los demás sirvientes se hacen a un lado, para permitir que me arrastre hasta el último sitio de la fila mientras la cabeza me da vueltas. Él me consiguió este trabajo, me salvó, salvó a mi familia… y es uno de ellos. Peor que uno de ellos. Un príncipe. El príncipe. La persona a la que la totalidad de quienes ocupan esta monstruosidad de piedra en espiral han venido a ver.
—Todos están aquí para honrar a mi hijo y al reino, de manera que yo los honro a ustedes —ruge el rey Tiberias, haciendo añicos mis pensamientos como si fueran de vidrio. Alza los brazos para señalar los numerosos palcos y sus ocupantes. Aunque yo hago todo lo posible por no quitarle la vista de encima, no puedo hacer otra cosa que mirar a Cal. Él sonríe, pero sus ojos no—. Honro su derecho a gobernar. El futuro rey, el hijo de mi hijo, será de su sangre plateada, y de la mía. ¿Quién osará reclamar su derecho?
El patriarca de cabello de plata brama en respuesta:
—¡Yo reclamo la prueba de las reinas!
En toda la Espiral, los líderes de las diferentes Casas gritan al unísono. “¡Yo reclamo la prueba de las reinas!”, repiten, conservando una tradición que yo no entiendo.
Tiberias sonríe y asiente.
—Comencemos entonces. Lord Provos, si me hace el favor.
El rey voltea en el acto, hacia la que supongo es la Casa de Provos. El resto de la Espiral sigue la dirección de su mirada, y los ojos de todos van a dar a una familia vestida de dorado con rayas negras. Un viejo de cabello gris cruzado por blancos mechones, avanza. Con su extraña vestimenta, parece una avispa a punto de clavar el aguijón. Hace un movimiento brusco con la mano y no sé qué esperar.
La plataforma se tambalea de súbito, ladeándose. Yo no puedo menos que saltar, y casi choco con el sirviente que tengo a mi lado, mientras resbalamos por un carril invisible. Con el alma en un hilo veo que también el resto del Jardín Espiral rota. Lord Provos es un telqui, y mueve la estructura por carriles preestablecidos con sólo el poder de su mente.
La estructura entera gira bajo su mando hasta que el escenario ajardinado se ensancha en un círculo enorme. Las terrazas bajas retroceden, para alinearse con los niveles superiores, y la espiral se convierte en un cilindro inmenso abierto al cielo. Mientras las terrazas fluyen, el escenario se sumerge, hasta detenerse a casi seis metros bajo el palco inferior. Las fuentes se vuelven cascadas, se vuelcan desde lo alto del cilindro hasta su base, donde llenan pozas angostas y profundas. Tras un último resbalón, nuestra plataforma hace alto sobre el palco del rey, lo que nos ofrece una vista perfecta de todo, incluido el escenario que hay allá bajo. Esto tarda menos de un minuto, durante el cual Lord Provos transforma el Jardín Espiral en algo mucho más siniestro.
Pero cuando Provos vuelve a tomar asiento, el cambio no ha terminado aún. El zumbido de la electricidad aumenta hasta hacerlo crepitar todo a nuestro alrededor, lo que me para los vellos de los brazos de punta. Una luz violácea brilla cerca de la base del Jardín, y echa chispas con la energía que procede de puntos minúsculos e invisibles en la piedra. Ningún Plateado se levanta para controlar esto como hizo Provos antes. Entiendo por qué. Esto no es obra de un Plateado, sino una maravilla de la tecnología, de la electricidad. Relámpagos sin truenos. Los haces de luz se entrecruzan y cortan, y tejen una red brillante y cegadora. Me duelen los ojos de sólo mirarla, como si me clavaran puñales afilados en la cabeza. No sé cómo pueden soportarlo los demás.
Los Plateados parecen sobrecogidos, intrigados con algo que no pueden controlar. En cuanto a los Rojos, miramos boquiabiertos, sumergidos en un temor reverente.
La red se cristaliza mientras la electricidad se expande y se ramifica. Y entonces, tan súbitamente como llegó, el ruido termina. Los rayos se congelan, se solidifican en pleno vuelo y producen un escudo transparente de color púrpura entre el escenario y nosotros. Entre nosotros y lo que pueda aparecer allá.
Mi mente se desboca, preguntándose qué podría requerir un escudo de relámpagos. Un oso no, tampoco una manada de lobos, ni cualquiera de las singulares fieras del bosque. Ni siquiera las criaturas mitológicas, los grandes felinos, los tiburones de los mares o los dragones que representarían un peligro para los abundantes Plateados que hay acá arriba. ¿Y por qué tendría que haber bestias en la prueba de las reinas? Se supone que ésta es una ceremonia para elegir soberanas, no para luchar contra monstruos.
Como si me respondiera, el suelo del círculo de estatuas, convertido ahora en el pequeño centro de la base del cilindro, se ensancha. Sin pensarlo, me muevo hacia delante, con la esperanza de ver mejor. Los demás sirvientes se aglomeran a mi lado, queriendo ver qué horrores puede generar este aposento.
La joven más pequeña que haya visto nunca emerge de la oscuridad.
La aclamación asciende mientras una Casa de seda color café y gemas rojas aplaude a su hija.
—¡Rohr, de la Casa de Rhambos! —prorrumpe la familia, anunciándola al mundo.
La chica, que no tiene más de catorce años, sonríe a los suyos. Es menuda en comparación con las estatuas, pero curiosamente sus manos son grandes. El resto de ella parece proclive a ser arrebatada por una brisa fuerte. Da una vuelta al cerco de estatuas, sin dejar de sonreír hacia arriba. Posa su mirada en Cal, quiero decir en el príncipe, al que intenta atraer con sus ojos de liebre, o con la sacudida ocasional de su cabello castaño rubio. En suma, parece ridícula. Hasta que se acerca a una estatua de sólida piedra y arranca su cabeza de un solo golpe.
La Casa de Rhambos habla de nuevo:
—¡Colosa!
Bajo nuestra presencia, la pequeña Rohr destruye en un instante el escenario y convierte las estatuas en pilas de polvo al tiempo que resquebraja el suelo que pisan las plantas de sus pies. Es como un terremoto en forma modestamente humana que lo destruye todo a su paso.
Así que de esto trata el concurso.
Una puesta en escena violenta, hecha para exhibir la belleza y el esplendor de las jóvenes, y su fuerza. La hija más talentosa. Esto es una demostración de poder, con el objeto de enlazar al príncipe con la mujer más impactante, para que sus hijos puedan ser los más fuertes. Y así ha sido desde hace cientos de años.
Me estremezco de sólo pensar en la fuerza del dedo meñique de Cal.
Él bate palmas cortésmente cuando la joven Rohr concluye su despliegue de destrucción organizada y regresa a la rampa. La Casa de Rhambos la vitorea mientras ella desaparece.
Después llega Heron, de la Casa de Welle, la hija de mi gobernador. Es alta, de rostro semejante al de la garza homónima.* La tierra removida fluctúa en torno suyo mientras ella reconstruye el escenario. “Guardaflora”, canturrea su familia. Una verdosa. Bajo su mando, los árboles crecen en un abrir y cerrar de ojos, hasta rozar con sus copas el escudo de rayos. Ahí donde las ramas lo tocan, éste despide chispas y prende fuego a los retoños. La chica siguiente, una ninfa de la Casa de Osanos, no se queda atrás. Usa las fuentes convertidas en cascadas para apagar el fuego contenido del bosque con un huracán de rápidos, hasta que sólo quedan árboles carbonizados y tierra abrasada.
Esto continúa durante lo que parecen horas. Cada chica sale a demostrar su valor, y todas topan con un auditorio cada vez más destruido, pero han sido entrenadas para hacer frente a cualquier cosa. Varían en edad y apariencia, pero todas son deslumbrantes. Una de ellas, de apenas doce años de edad, hace estallar todo lo que toca como si fuera una bomba ambulante. “¡Olvido!”, clama su familia, describiendo su poder. Mientras ella elimina la última de las estatuas blancas, el escudo de rayos se mantiene firme. Sisea contra el fuego de la jovencita, y el ruido rechina en mis oídos.
Electricidad, Plateados y alaridos se revuelven en mi cabeza mientras veo a ninfas, verdosas, colosas, telquis, raudas y lo que parece un centenar de Plateadas de otros tipos lucirse bajo el escudo. Cosas que ni siquiera en sueños creí posibles suceden ante mis ojos, al tiempo que estas muchachas convierten su piel en piedra o rompen paredes de cristal a gritos. Los Plateados son más grandes y fuertes de lo que siempre temí, con poderes que ni siquiera sabía que existieran. ¿Cómo pueden ser reales estas personas?
He recorrido un largo camino, y de repente estoy de vuelta en el ruedo, viendo a los Plateados alardear de todo lo que nosotros no somos.
Me lleno de asombro cuando un animus que domina criaturas hace bajar del cielo un millar de palomas. En el momento en que las aves se arrojan de cabeza sobre el escudo de rayos y revientan en nubecillas de sangre, plumas y electricidad mortífera, mi encanto se vuelve indignación. El escudo echa chispas otra vez, y desintegra lo que queda de las aves hasta lucir como nuevo. Los aplausos por el retorno al escenario del despiadado animus casi me producen náuseas.
Otra joven, es de esperar que sea la última, sale al ruedo, ya reducido a polvo.
—¡Evangeline, de la Casa de Samos! —proclama el patriarca de cabello plateado.
Él es el único de su familia en tomar la palabra, y su voz retumba en todos los rincones del Jardín Espiral.
Desde mi atalaya, veo que el rey y la reina se incorporan en sus asientos. Evangeline ya ha captado su atención. En marcado contraste, Cal se mira las manos.
Mientras que las otras muchachas portaban vestidos de seda, y algunas una extraña armadura dorada, Evangeline aparece con un traje de cuero negro. Chamarra, pantalones, botas, todo con estoperoles de dura plata. No, no de plata. De hierro. La plata no es tan mate ni tan dura. Su Casa la aclama de pie. Es de la familia de Ptolemus y el patriarca, los hombres de cabello plateado a los que serví agua. Pero también la vitorean otros, otras familias. Quieren que ella sea la reina. Es la favorita. Llevándose dos dedos a la frente, Evangeline saluda, primero a su familia y luego al palco del rey. Ellos corresponden al gesto, descaradamente a favor de ella.
Quizás esto se parece a las Farsas Plateadas más de lo que creí. Salvo que en vez de poner a los Rojos en su sitio, aquí el rey pone en su lugar a sus súbditos, poderosos como son. Una jerarquía dentro de la jerarquía.
He estado tan absorta en las pruebas que apenas reparo en que llega mi turno de volver a servir. Antes de que alguien pueda indicarme la dirección precisa, parto al palco de la derecha, oyendo hablar sólo al patriarca de Samos.
—Magnetrón —creo que dice, pero no tengo idea de qué significa.
Atravieso los angostos corredores, que antes eran pasillos descubiertos, hasta los Plateados que requieren el servicio. El palco está al fondo, pero soy rápida y no tardo en llegar. Ahí me encuentro con un clan particularmente obeso, cubierto de chillante seda amarilla y plumas horribles, que disfruta de un pastel de gran tamaño. Hay platos y copas regados por el suelo, y me pongo a recogerlos, con manos ágiles y diestras. Una pantalla a todo volumen en el palco presenta a Evangeline, aparentemente quieta en el escenario.
—¡Qué farsa es ésta! —se queja uno de los bichos gordos y amarillos al tiempo que se retaca la boca—. La joven Samos ya ganó.
Qué raro. Ella parece la más débil de todas.
Apilo los platos, aunque sin retirar los ojos de la pantalla, para ver a Evangeline dar vueltas por el escenario devastado. Todo indica que ahí no queda nada con lo que ella pueda trabajar, mostrar lo que es capaz de hacer, pero eso no parece importarle. Su sonrisita de suficiencia es terrible, como si estuviera totalmente convencida de su magnificencia. Pero a mí no me parece magnífica.
En ese momento, los estoperoles de hierro de su chamarra se mueven. Flotan en el aire, cada uno de ellos se convierte en una dura y redonda bala metálica. Luego, como los tiros de un arma, salen disparados, se clavan en el suelo y las paredes, e incluso en el escudo de rayos.
Evangeline es capaz de controlar el metal.
Varios palcos la ensalzan, pero ella está lejos de haber terminado. Chirridos y ruidos metálicos suben hasta nosotros desde lo hondo de la estructura del Jardín Espiral. Hasta la familia gorda deja de comer para mirar, perpleja. Está confundida e intrigada, pero yo puedo sentir las vibraciones debajo de mis pies. Sé que hay que tener miedo.
Con un ruido demoledor al perforar el piso, unos tubos de metal traspasan el escenario, emergiendo desde lo profundo. Atraviesan las paredes y rodean a Evangeline con una retorcida corona de metal gris y argentino. Parece que ríe, pero el crujido ensordecedor del metal la ahoga. Del escudo de rayos se desprenden chispas, pero ella se protege con su chatarra. No exuda una sola gota de sudor. Por fin, deja caer el metal con un estruendo horrible. Vuelve los ojos al cielo, a los palcos de arriba. Boquiabierta, deja ver sus dientecitos afilados. Parece tener hambre.
Aquello empieza poco a poco, con un ligero cambio de equilibrio hasta que el palco entero se tambalea. Caen platos al suelo y ruedan copas de cristal que escapan de la barandilla para ir a estrellarse contra el escudo de rayos. Evangeline está descoyuntando y volteando nuestro palco, lo que provoca que nos ladeemos. Los Plateados que están a mi alrededor graznan y buscan dónde apoyarse, convertido su aplauso en pánico. No son los únicos; cada palco de nuestra fila se mueve con nosotros. Muy abajo, Evangeline dirige todo con una mano y arruga la frente, concentrada. Como los luchadores Plateados en el ruedo, quiere mostrarle al mundo de qué está hecha.
Pienso en eso cuando una bola amarilla de plumas y carne choca contra mí, y me lanza por la barandilla junto con el resto del servicio de plata.
Lo único que veo mientras caigo es púrpura, el escudo de rayos que sale a mi encuentro. Silba de energía y chamusca el aire. Apenas tengo tiempo para comprenderlo, pero sé que el cristal jaspeado de color púrpura me cocerá viva, al electrocutarme en mi uniforme rojo. Apuesto que lo único que les preocupará a los Plateados es quién tendrá que recogerme.
Pego de cabeza contra el escudo y veo estrellas. No, estrellas no. Chispas. El escudo hace su trabajo y me incendia con descargas eléctricas. Mi uniforme arde hasta quemarse y echar humo, y supongo que veré cómo sucede lo mismo con mi piel. El olor de mi cadáver será delicioso. Pero, no sé por qué, no siento nada. Seguro que me duele tanto que no lo puedo sentir.
Sin embargo… sí lo siento. Siento el calor de las chispas subir y bajar por mi cuerpo, prendiendo fuego a cada uno de mis nervios. Pero no es una sensación desagradable. De hecho, me siento… viva. Como si hubiera pasado ciega toda mi vida y acabara de abrir los ojos hace apenas un instante. Algo se mueve bajo mi piel, pero no son las chispas. Miro mis manos, mis brazos, me maravillo del rayo mientras se desliza sobre mí. Mi ropa se quema, se calcina por el calor, pero mi piel no cambia. El escudo sigue intentando matarme, pero no puede.
Todo está mal.
Yo estoy viva.
El escudo despide humo negro, y comienza a partirse y cuartearse. Las chispas son más radiantes, más feroces, pero también más débiles. Yo trato de incorporarme, ponerme en pie, pero el escudo se hace pedazos bajo mis talones y vuelvo a precipitarme al vacío.
De un modo u otro, caigo sobre un montón de tierra no cubierta de metal dentado. Maltrecha y con los músculos doloridos, es cierto, pero todavía de una pieza. Mi uniforme no corrió con tanta suerte, y casi se está cayendo a pedazos achicharrados.
Me pongo en pie con dificultad, y siento que otras partes de mi uniforme se desprenden. Arriba de nosotras, los murmullos y las exclamaciones recorren el Jardín Espiral. Siento que todos me observan: la chica Roja quemada. Al pararrayos humano.
Evangeline me mira fijamente, con los ojos muy abiertos. Parece presa de la furia, la confusión… y el miedo.
De mí. Por alguna razón, tiene miedo de mí.
—¡Hola! —digo tontamente.
Ella contesta con una ráfaga de trozos de metal, todos ellos puntiagudos y mortales, que vuelan directo a mi corazón.
Sin pensarlo, levanto las manos para protegerme de lo peor de ese ataque. Pero en vez de atrapar con las palmas una docena de cuchillas con picos, siento algo muy diferente. Al igual que antes con las chispas, mis nervios vibran, avivados por un fuego que viene de adentro. Este fuego se mueve en mí, detrás de mis ojos, bajo mi piel, hasta que siento que me rebasa. Luego se vierte desde mi cuerpo en poder y energía puros.
El chorro de luz, no: el rayo, hace erupción entre mis dedos y quema el metal. Las piezas crepitan y humean, se parten por efecto del calor. Caen inofensivamente al suelo mientras el rayo impacta en la pared del fondo, deja un agujero humeante de más de un metro de ancho y casi arrasa con Evangeline.
Ella se queda boquiabierta, conmocionada. Seguramente mi aspecto es el mismo que el de ella cuando miro mis manos, mientras me pregunto qué diablos acaba de ocurrirme. En lo alto, un centenar de los Plateados más poderosos se pregunta lo mismo. Cuando alzo la mirada, veo que todos me observan.
Incluso el rey se inclina sobre el filo de su palco, perfilando contra el cielo su corona llameante. Cal está junto a él, y me mira asombrado.
—¡Centinelas!
La voz del rey es aguda como un cuchillo cargado de amenazas. De repente, los uniformes rojo anaranjado de los centinelas resplandecen en casi todos los palcos. Los guardias de elite esperan otra palabra, otra orden.
Soy buena para robar porque sé cuándo correr. Y éste es uno de esos momentos.
Antes de que el rey pueda decir cualquier cosa, yo salgo disparada, empujo a la atónita Evangeline y me escurro de pie por la trampilla que sigue abierta en el suelo.
—¡Deténganla! —resuena la voz detrás de mí cuando caigo en la semioscuridad de la estancia de abajo. La función de metales voladores de Evangeline agujereó el techo, así que sigo viendo el Jardín Espiral. Para mi desaliento, parece como si la estructura se desangrara, pues los centinelas uniformados bajan de sus palcos, todos ellos en mi persecución.
Sin tiempo para pensar, lo único que puedo hacer es correr.
La antesala que hay bajo el ruedo da a un pasillo vacío y oscuro. Cámaras negras y cuadradas me ven correr a toda velocidad y dar la vuelta por un pasillo y otro más. Puedo sentirlas, tras de mí como los centinelas, no muy lejos. Corre, repite mi cabeza. Corre, corre, corre.
Tengo que hallar una puerta, una ventana, algo que me ayude a orientarme. Si pudiera salir, al mercado tal vez, podría tener una oportunidad. Podría.
El primer tramo de escaleras que encuentro sube a un largo salón con espejos. Pero aquí también hay cámaras, situadas en las esquinas del techo como grandes bichos oscuros.
Una salva de disparos hace explosión sobre mi cabeza, lo que me obliga a arrojarme al suelo. Dos centinelas, con uniformes del color de la lumbre, hacen trizas un espejo para arremeter contra mí. Son como los de Seguridad, me digo. Torpes agentes que no te conocen. Que no saben qué puedes hacer.
Pero tampoco yo sé qué puedo hacer.
Como ellos esperan que corra, hago lo contrario y los embisto. Sus armas son grandes y potentes, pero voluminosas. Antes de que puedan disponerlas para disparar, aturdir o ambas cosas, yo me deslizo de rodillas por el terso piso de mármol entre los dos gigantes. Uno de ellos grita tan fuerte tras de mí que convierte otro espejo en una tormenta de vidrio. Cuando logran cambiar de dirección, yo ya estoy lejos, corriendo otra vez.
Hallar por fin una ventana es una bendición y una maldición al mismo tiempo. Derrapo y paro frente a un panel gigantesco de cristal de diamante, con vista al ancho bosque. Está justo ahí, al otro lado, más allá de una pared impenetrable.
Bueno, manos, éste podría ser un buen momento para que hagan lo que ustedes saben hacer. Pero nada sucede, desde luego. Nada sucede cuando más lo necesito.
Una oleada de calor me toma por sorpresa. Al voltear, veo que un muro rojo y naranja se aproxima, y sé que los centinelas han dado conmigo. Pero el muro está caliente, titilante, casi compacto. Fuego. Y viene directo hacia mí.
Mi voz es débil, apenas audible, desesperada, cuando yo misma río de mi apuro.
—¡Vaya, qué maravilla!
Me vuelvo para salir corriendo, pero choco con un muro amplio de tela negra. Varios brazos fuertes me envuelven y me sujetan mientras trato de zafarme. ¡Electrocútalo! ¡Quémalo!, grito en mi cabeza. Pero no pasa nada. El milagro no va a volver a salvarme.
El calor aumenta y amenaza con dejar sin aire mis pulmones. Hoy sobreviví al relámpago; no quiero tentar a la suerte con el fuego.
Pero lo que me matará es el humo. Negro y denso y demasiado fuerte, me asfixiará viva. Siento que todo da vueltas a mi alrededor, y que los párpados me pesan. Oigo pasos, gritos, el rugido del fuego mientras el mundo se oscurece.
—Lo siento —dice la voz de Cal.
Creo que estoy soñando.
* Heron en inglés significa garza real. [N. del T.]

OCHO
Estoy en el zaguán, veo a mamá despedirse de mi hermano Bree. Ella llora y lo abraza con fuerza. Shade y Tramy aguardan para sostenerla si las piernas le fallan. Sé que también ellos quieren llorar al ver marcharse a su hermano mayor pero no lo hacen, por mamá. Junto a mí, papá no dice nada, se contenta con mirar al legionario. Incluso con su armadura de placa de acero y malla antibalas, el soldado parece pequeño junto a mi hermano. Bree podría comérselo vivo, pero no lo hace. No hace nada cuando el legionario lo toma del brazo y lo separa de nosotros. Entonces aparece una sombra, que lo persigue extendiendo sus alas oscuras y terribles. El mundo da vueltas a mi alrededor y me derrumbo.
Caigo un año más tarde, con los pies hundidos en el lodo en que chapoteamos bajo nuestra casa. Mamá abraza a Tramy ahora, mientras le suplica compasión al legionario. Shade tiene que apartarla. En algún lugar, Gisa llora por su hermano preferido. Papá y yo guardamos silencio, ahorrándonos nuestras lágrimas. La sombra regresa, gira esta vez en torno mío y tapa el sol y el cielo. Yo aprieto los ojos con la esperanza de que me deje en paz.
Cuando los vuelvo a abrir, estoy en brazos de Shade, y lo estrecho lo más fuerte que puedo. Mientras me acurruco en su pecho, hago una mueca de dolor. Me arde la oreja y retrocedo al ver gotas de sangre roja en la camisa de mi hermano. Gisa y yo agujeramos de nuevo nuestros oídos con el diminuto regalo de Shade. Supongo que yo lo hice mal, como todo. Esta vez siento la sombra antes de verla. Y parece enfadada.
Ella me arrastra por un desfile de recuerdos, todos ellos son heridas abiertas que no sanan aún. Algunos incluso son sueños. No, pesadillas. Mis peores pesadillas.
Un mundo nuevo se materializa a mi alrededor, para formar un paisaje nublado de humo y cenizas: El Obturador. Jamás he estado ahí, pero he oído lo bastante para imaginarlo. El terreno es plano, formado por cráteres de un millar de bombas. Los soldados con uniformes Rojos manchados se encogen en cada cráter, como la sangre que llena una herida. Yo paso flotando entre ellos, examino sus caras, en busca de los hermanos que he perdido a causa del humo y la metralla.
Bree es el primero en aparecer, forcejea en un charco de lodo con un lacustre vestido de azul. Quiero ayudarle, pero sigo flotando hasta que lo pierdo de vista. Después viene Tramy, quien se agacha junto a un soldado herido para impedir que muera desangrado. Nunca olvidaré sus gritos de dolor y frustración. Tampoco a él puedo ayudarlo.
Shade espera delante, aventaja incluso a los guerreros más valientes. Está plantado en una cresta, sin considerar el riesgo de las bombas, las armas ni el ejército lacustre que hay al otro lado. Incluso tiene agallas para sonreírme. Yo sólo puedo mirar cuando el suelo bajo sus pies hace explosión y lo convierte todo en una columna de humo y cenizas.
—¡Alto! —consigo gritar, mientras tiendo el brazo al humo que una vez fue mi hermano.
Las cenizas toman cuerpo, moldean nuevamente la sombra. Ésta me cubre hasta que una oleada de recuerdos vuelve a volcarse sobre mí. Papá al llegar medio muerto a casa. El alistamiento de Kilorn. La mano de Gisa. Todo se confunde, un remolino de colores demasiado vivos que hieren mis ojos. Algo no está bien. La memoria retrocede en el tiempo, como si yo viera mi vida en reversa. Y entonces surgen hechos que no es posible que recuerde: el momento en el que vi a mi hermana por primera vez, cuando aprendí a caminar, cuando mis hermanos me pasaban como una pelota entre ellos mientras mamá los reprendía. Esto es imposible.
“Imposible”, me dice la sombra. La voz es tan aguda que temo que me parta el cráneo. Caigo de rodillas, choco con lo que parece concreto.
Y entonces ellos ya no están. Mis hermanos, mis padres, mi hermana, mis recuerdos, mis pesadillas han desaparecido. Concreto y barrotes de acero se alzan a mi alrededor. Una jaula.
Me pongo en pie con dificultad y me llevo una mano a mi dolorida cabeza, mientras comienzo a ver claramente las cosas. Una figura me mira al otro lado de los barrotes. Una corona reluce en su cabeza.
—Haría una reverencia, pero parecería adulación —le digo a la reina Elara, y de inmediato quisiera no haberlo hecho.
Ella es una Plateada; no le puedo hablar así. Podría mandarme al cepo, quitarme mis raciones, castigarme, castigar a mi familia. No, comprendo, cada vez más horrorizada. Ella es la reina. Podría matarme. Podría matarnos a todos.
Pero ella no parece ofendida. En cambio, casi sonríe. Siento náuseas cuando nuestras miradas se cruzan, y me doblo en dos una vez más.
—Eso vale para mí como una reverencia —dice entre dientes, se ve que disfruta mi dolor.
Yo contengo el impulso de vomitar y alargo los brazos para agarrarme de las rejas. Mi puño se cierra alrededor del frío acero.
—¿Qué me van a hacer?
—No quedo mucho por hacerte ya. Pero esto… —mete una mano entre los barrotes para tocarme la sien, con lo que triplica mi dolor y me hace caer contra las rejas, con apenas bastante consciencia para sujetarme—, esto es para evitar que hagas una tontería.
Siento ganas de llorar, pero me recompongo de una sacudida.
—¿Una tontería como sostenerme en pie? —logro proferir.
El dolor casi no me deja pensar, y menos aún ser educada, pero me las arreglo para contener un torrente de maldiciones. ¡Mare Barrow, controla tu lengua, por favor!
—Como electrocutar algo —espeta la reina.
Gracias a que el dolor cede, reúno fuerzas suficientes para llegar a la banca de metal. Hasta que apoyo la cabeza en la fría pared de piedra asimilo las palabras de la señora. Electrocutar.
El recuerdo de las piezas dentadas cruza por mi mente. Evangeline, el escudo de rayos, las chispas y yo. No es posible.
—Tú no eres Plateada. Tus padres son Rojos, tú eres Roja y tu sangre también lo es —murmura la reina, mientras da vueltas frente a los barrotes de mi jaula—. Eres un milagro, Mare Barrow, una imposibilidad. Algo que ni siquiera yo puedo entender, y eso que ya lo vi todo de ti.
—¿Era usted? —pregunto casi chillando, y alzo los brazos de nuevo para sostener mi cabeza—. ¿Estuvo usted en mi mente? ¿En mis recuerdos? ¿En mis pesadillas?
—Si quieres conocer a alguien, conoce sus temores —parpadea frente a mí como si yo fuera una tonta—. Además, tenía que saber con qué estamos tratando.
—No soy un objeto.
—Lo que eres aún está por verse. Pero deberías dar gracias de una cosa, niña relámpago —dice ella con sorna, y apoya la cara contra las rejas. Las piernas se me engarrotan de repente, pierdo toda sensación, como si me hubiera sentado mal. Como si estuviera paralizada. El pánico sube por mi pecho mientras veo que ni siquiera puedo mover los dedos de los pies. Así ha de ser como se siente papá, inútil y abatido. Pero, de un modo u otro, consigo levantarme, y mis piernas se vuelven a mover, para llevarme hasta las rejas. La reina me mira desde el otro lado. Pestañea al compás de mis pasos. Ella es un susurro y juega conmigo. Cuando estoy lo bastante cerca, toma mi cara entre sus manos. Yo me quejo mientras el dolor en mi cabeza se multiplica. ¡Qué no daría ahora por la simple condena del reclutamiento!—. Hiciste eso frente a cientos de Plateados, personas que formularán preguntas, personas con poder —sisea ella en mi oído, y mi cara queda envuelta en su aliento empalagoso—. Ésa es la única razón de que sigas viva.
Aprieto las manos e invoco de nuevo el relámpago, pero no aparece. Ella sabe lo que hago y ríe con desfachatez. Detrás de mis ojos explotan estrellitas que nublan mi vista, pero oigo cómo la reina se marcha en un torbellino de seda rumorosa. Recupero la vista justo cuando su vestido desaparece al dar la vuelta a una esquina, y me quedo completamente sola en la celda. Apenas consigo volver a la banca, contengo el impulso de vomitar.
El agotamiento me acomete en oleadas, comienza por los músculos y se hunde en mis huesos. No soy más que un ser humano, y los humanos no estamos hechos para enfrentar días como hoy. Sobresaltada, reparo en que mi muñeca está descubierta. La cinta roja ha desaparecido, me la quitaron. ¿Qué podría significar esto? las lágrimas luchan por salir, pero no voy a llorar. Me queda mucho orgullo todavía.
Puedo contener las lágrimas, pero no las preguntas ni la duda que corroe mi corazón.
¿Qué me pasa?
¿Qué soy?
Cuando abro los ojos, veo que un agente de Seguridad me mira al otro lado de los barrotes. Sus botones de plata brillan bajo la débil luz, pero no son nada comparados con el resplandor de su calva.
—Deben decirles a mis familiares dónde estoy —suelto de pronto, mientras me enderezo.
Al menos les dije que los quiero, evoco nuestros últimos momentos.
—Mi único deber es llevarte arriba —replica él, aunque sin sarcasmo. Este individuo es un dechado de tranquilidad—. Cámbiate de ropa.
Me doy cuenta entonces de que mi cuerpo está cubierto aún por un uniforme quemado a medias. El agente señala una ordenada pila de ropa junto a los barrotes. Me da la espalda, para concederme así algo semejante a la privacidad.
La ropa es simple pero fina, más suave que la que me haya puesto nunca; una camisa blanca de manga larga y un pantalón negro, ambos decorados con una raya plateada a cada lado. También hay zapatos: una botas negras lustradas que me llegan a las rodillas. Para mi sorpresa, no hay una sola puntada roja en estas prendas. Por qué, no sé. Mi desconocimiento se ha vuelto ya una constante.
—Listo —mascullo, al subir la última bota por mi pierna con algo de dificultad.
Mientras la bota se acomoda en su sitio, el agente voltea. No oigo el tintineo de las llaves, pero tampoco veo una cerradura. Ignoro cómo piensa sacarme de mi jaula sin puertas.
Pero en vez de abrir una entrada oculta, da un tirón con la mano y las barras de metal se pandean. ¡Claro! Este carcelero es un…
—Magnetrón, sí —dice él mismo, moviendo los dedos—. Y por si acaso te lo preguntaras, la joven a la que estuviste a punto de freír es mi prima.
Casi me ahogo con el aire de mis propios pulmones, sin saber cómo reaccionar.
—Lo lamento.
Parece una pregunta.
—Lamenta no haber acabado con ella —repone él, sin ánimo de burla—. Evangeline es una arpía.
—¿Es un rasgo típico de familia? —mi boca se mueve más rápido que mi cerebro, y reprimo una exclamación, al ver lo que acabo de decir.
Pero en vez de reprenderme por hablar cuando no debo, el agente esboza una sonrisa.
—Supongo que lo descubrirás por ti misma —dice con una mirada dulce—. Soy Lucas Samos. Sígueme.
No me hace falta preguntar para saber que no tengo otra opción.
Me guía fuera de la celda, por una escalera de caracol, hasta donde se encuentran al menos doce agentes más. Éstos me rodean sin decir nada, en estudiada formación, y me fuerzan a acompañarlos. Lucas se mantiene junto a mí, siguiéndoles el paso. Ellos no sueltan sus armas, como si estuvieran listos para la batalla en todo momento. Algo me dice que no están aquí para defenderme, sino para proteger a los demás.
Cuando llegamos a los hermosos niveles superiores, las paredes de cristal son inusualmente oscuras. Vidrios tintados, me digo, recordando lo que Gisa me contó sobre la Mansión del Sol. El cristal de diamante puede oscurecerse a voluntad para ocultar lo que no se debe ver. Obviamente, yo pertenezco a esta categoría.
Me llevo una fuerte impresión cuando descubro que las ventanas no cambian por efecto de ningún mecanismo, sino de una agente pelirroja. Ésta agita una mano junto a cada pared por la que pasamos, y un poder dentro de ella tapa la luz, al empañar el vidrio con una ligera penumbra.
—Esta mujer es una sombra, una curvadora de luz —bisbisea Lucas, cuando nota mi estupor.
También aquí hay cámaras. La piel me hierve cuando siento su mirada eléctrica recorrer mi cuerpo. Normalmente me dolería la cabeza bajo el peso de tanta electricidad, pero esta vez el dolor no aparece. Algo en el escudo me ha hecho cambiar. O quizá liberó otra cosa, una parte de mí que había permanecido encerrada mucho tiempo. ¿Qué soy? Vuelve a resonar en mi cabeza, más ominosamente que antes.
La sensación eléctrica pasa sólo después de que atravesamos una incalculable serie de puertas. Esos ojos no pueden verme aquí. Llegamos a un salón en el que mi casa podría caber diez veces, con todo y pilotes. Y justo delante de donde estoy, con una mirada ardiente que se funde con la mía, se encuentra el rey, sentado en un trono de cristal de diamante tallado a manera de infierno. Detrás de él, pronto se ensombrece una ventana, que dejaba entrar demasiada luz. Ése podría ser el último destello de sol que veré en mi vida.
Lucas y los otros agentes me hacen pasar primero, mas no permanecen mucho tiempo ahí. Con sólo una mirada atrás, él los guía afuera.
El rey está frente a mí, la reina de pie a su izquierda y los príncipes a su derecha. Me niego a ver a Cal, pero sé que sin duda él me contempla, embobado. Mantengo la vista fija en mis botas nuevas, concentrada en los dedos para no ceder al temor que convierte mi cuerpo en plomo.
—¡Arrodíllate! —murmura la reina, con una voz suave como el terciopelo.
Debería hacerlo pero mi orgullo no me lo permite. Aun aquí, frente a los Plateados, ante el rey, mis rodillas no se doblan.
—No —replico, y encuentro fuerzas para alzar la mirada.
—¿Te gusta tu celda, niña? —pregunta Tiberias, y la sala se llena con su voz majestuosa.
La amenaza en sus palabras es clara como el día, pero permanezco firme. Él ladea la cabeza, me mira como si yo fuera un experimento por esclarecer.
—¿Qué quiere de mí? —acierto a preguntar.
La reina se inclina junto a él.
—Te lo dije: es Roja de cabo a rabo… —pero el rey la esquiva como si fuera una mosca.
Ella frunce los labios y da un paso atrás, con las manos apretadas. Se lo merece.
—Lo que quiero para ti es imposible de hacer —espeta Tiberias.
Su mirada se enciende, como si quisiera consumirme con ella.
Recuerdo las palabras de la reina.
—Bueno, no es culpa mía que usted no pueda matarme.
Él ríe.
—No me dijeron que fueras lista.
Siento un alivio enorme, como cuando un viento fresco se cuela entre los árboles. La muerte no me espera aquí. No todavía.
El rey tira al suelo un montón de papeles, cubiertos de letra manuscrita. La primera hoja contiene la información básica: mi nombre y fecha de nacimiento, los nombres de mis padres y la mancha oscura de mi sangre. También está ahí mi fotografía, la de mi tarjeta de identidad. Me miro, veo mis ojos aburridos, hastiados de hacer fila para sacar mi foto. ¡Cómo me gustaría poder meterme ahora en esa imagen, en la muchacha que no tenía más problemas que el reclutamiento y un estómago vacío!
—Mare Molly Barrow, nacida el 17 de noviembre del año 302 de la nueva era, hija de Daniel y Ruth Barrow —recita Tiberias de memoria, poniendo mi vida al descubierto—. No tienes ninguna ocupación y tu llamado a filas está previsto para tu próximo cumpleaños. Vas poco a la escuela, sacas malas calificaciones y tienes una lista de delitos que darían contigo en prisión en casi cualquier parte. Robo, contrabando, resistencia al arresto, por citar unos cuantos. En síntesis, eres pobre, grosera, inmoral, poco inteligente, depravada, rencorosa, terca y una lacra para tu aldea y mi reino.
Sus rotundas palabras tardan un momento en asentarse, pero cuando lo hacen, no las contradigo. Tiene toda la razón.
—Sin embargo —se levanta de su trono, y está tan cerca que puedo ver los agudos filos de su corona, y que sus puntas son capaces de matar—, no sólo eres eso, sino también algo que yo no puedo concebir. Roja y Plateada al mismo tiempo, peculiaridad con consecuencias mortíferas que ni tú misma alcanzas a comprender. ¿Qué debo hacer contigo, entonces?
¿Me lo está preguntando?
—Podría soltarme. Yo no diría una sola palabra.
La súbita risa de la reina me interrumpe.
—¿Y las Grandes Casas? ¿También ellas van a guardar silencio? ¿Olvidarán a la niña relámpago de uniforme rojo?
No. Nadie lo hará.
—Ya conoces mi consejo, Tiberias —añade Elara, con sus ojos fijos en el rey—. Resolverá además nuestros dos problemas.
Debe ser un mal consejo, malo para mí, porque Cal aprieta el puño. Esta acción atrae mi mirada, y por fin lo veo sin remilgos. Permanece quieto, sereno y callado, justo para lo que estoy segura que se le educó, pero detrás de sus ojos arde fuego. Su mirada se encuentra un instante con la mía, mas yo la aparto antes de que pueda dirigirme a él y pedirle que me salve.
—Sí, Elara —dice el rey, e inclina la cabeza hacia su esposa—. No podemos matarte, Mare Barrow —aún no, queda flotando en el aire—. Así que te ocultaremos dejándote a la vista de todos, donde podamos vigilarte, protegerte y tratar de entenderte.
El brillo de sus ojos me hace sentir un manjar a punto de ser devorado.
—¡Padre! —estalla Cal, pero su hermano, el príncipe pálido y esbelto, lo toma del brazo para acallar sus reproches. Esto tiene un efecto calmante en Cal, y cede.
Tiberias prosigue, ignorando a su hijo.
—Ya no eres Mare Barrow, una hija Roja de Los Pilotes.
—¿Entonces quién soy? —pregunto, con voz temblorosa, pensando en todo lo horrible que ellos me pueden hacer.
—Tu padre fue Ethan Titanos, general de la Legión de Hierro, muerto en batalla cuando eras una niña. Un soldado, un Rojo, te llevó consigo y te educó en la inmundicia, sin revelar jamás tu verdadero origen. Creciste creyendo que no eras nada y ahora, por obra del azar, vuelves a ser alguien. Eres Plateada, una dama de una gran Casa perdida, una noble con inmenso poder, y algún día serás una princesa de Norta.
Aunque lo intento, no puedo contener un grito de estupefacción.
—¿Una Plateada… una princesa?
Mis ojos me traicionan, y vuelan a Cal. Una princesa ha de casarse con un príncipe.
—Te casarás con mi hijo Maven, y lo harás sin protestar.
Me quedo tan boquiabierta que juro que mi quijada casi toca el suelo. Un sonido horrible, vergonzoso, escapa de mi boca mientras busco algo que decir, pero lo cierto es que esto me ha dejado sin habla. Ante mí, el joven príncipe parece igual de confundido, y farfulla tan ruidosamente como yo quisiera hacerlo. Esta vez es el turno de Cal de refrenarlo, aunque me mira a mí.
El joven príncipe consigue decir algo.
—No lo entiendo —suelta él, haciendo caso omiso de Cal. Da rápidos pasos hacia su padre—. Ella es… ¿por qué?
En condiciones usuales, yo me sentiría ofendida, pero tengo que aprobar las reservas del príncipe.
—¡Cállate! —exclama bruscamente su madre—. Obedecerás.
Él la fulmina con la mirada, cada palmo del joven hijo se rebela contra sus progenitores. Pero la madre persiste y el príncipe retrocede; conoce tan bien como yo su ira y su poder.
Mi voz es débil, apenas audible.
—Esto parece… demasiado —no hay otra forma de describirlo—. Usted no necesita hacer de mí una dama, y menos todavía una princesa.
Tiberias sonríe, pese a todo. Como los de la reina, también sus dientes deslumbran de blancura.
—¡Ah, pero lo haré, pequeña! Por primera vez en tu rudimentaria y miserable vida tendrás un propósito —siento la pulla como una bofetada—. Henos aquí, en las primeras etapas de una rebelión inoportuna, con grupos terroristas o combatientes de la libertad o como se llamen esos Rojos idiotas, haciendo volar las cosas en pedazos en el nombre de la igualdad.
—La Guardia Escarlata —Farley. Shade. Tan pronto cruza este nombre por mi mente, suplico que la reina Elara no vuelva a entrar en mi cabeza—. Ellos realizaron un atentado…
—En la capital, sí —el rey alza los hombros y se rasca el cuello.
Mis años en las sombras me han enseñado a adivinar un gran número de cosas. Quién lleva más dinero consigo, quién no reparará en ti y quién miente. El rey miente, lo sé, mientras veo cómo, una vez más, se encoge forzadamente de hombros. Quiere parecer desdeñoso, pero no lo logra. Algo le hace temerle a Farley, a la Guardia Escarlata. Algo mucho mayor que unas cuantas explosiones.
—Y tú —continúa, inclinándose al frente—, tú podrías ayudarnos a evitar que esta situación se complique.
Yo reiría a tambor batiente si no estuviera tan asustada.
—¿Casándome con… perdón, me podrías repetir tu nombre?
Las mejillas del joven príncipe palidecen en lo que imagino es la versión plateada de un sonrojo. No en vano su sangre es de plata.
—Me llamo Maven —contesta él, con voz baja y tranquila. Como el de Cal y su padre, su cabello es negro y esmaltado, pero las semejanzas terminan ahí. Mientras que ellos son corpulentos y musculosos, Maven es delgado, con unos ojos como agua clara—. Y sigo sin entender nada.
—Lo que nuestro padre está tratando de decir es que ella representa una oportunidad para nosotros —dice Cal, quien por fin interviene para explicarse. A diferencia de la de su hermano, su voz es fuerte y terminante, la voz de un rey—. Si los Rojos la ven, Plateada de sangre pero Roja por naturaleza, educada por nosotros, es probable que se apacigüen. Será como un antiguo cuento de hadas, la plebeya convertida en princesa. Harán entonces de esta mujer su heroína. Se identificarán con ella, no con los terroristas —y concluye, con voz grave y sonora—: Ella será una distracción.
Pero esto no es un cuento de hadas y ni siquiera un sueño. Es una pesadilla. Pasaré encerrada el resto de mi vida, obligada a ser quien no soy. A ser uno de ellos. Un títere. Un espectáculo para tener a la gente feliz, callada y oprimida.
—Y si contamos bien la historia, también las Grandes Casas estarán satisfechas. Eres la hija perdida de un héroe de guerra. ¿Qué mayor honor podríamos darte?
Nuestras miradas se cruzan, y yo imploro en silencio. Él me ayudó una vez, y quizá podría volver a hacerlo. Pero Cal inclina la cabeza de un lado a otro, la sacude lentamente. Aquí no me puede ayudar.
—Esto no es una petición, Lady Titanos —dice Tiberias, usando mi nuevo nombre, mi nuevo título—. Cumplirás, y lo harás como es debido.
La reina Elara vuelve hacia mí sus ojos pálidos.
—Vivirás aquí, como es costumbre entre las novias de la realeza. Yo planearé a mi criterio cada día de tu vida, y tú recibirás lecciones de todo lo imaginable para que hagamos de ti alguien —busca la palabra correcta, mordiéndose el labio— apto —no quiero saber qué significa esto—. Se te someterá a continua inspección. En adelante, vivirás pendiendo de un hilo. Un paso en falso, una palabra inadecuada, y pagarás las consecuencias.
Mi cuello se pone rígido, como si sintiera las cadenas con que los reyes lo han rodeado.
—¿Y mi vida…?
—¿Qué vida? —cacarea Elara—. ¡Deberías agradecer tu buena suerte, niña!
Cal aprieta un momento los ojos, como si la risa de la reina le apenara.
—Se refiere a su familia. Mare… esta joven tiene familia.
Gisa, mamá, papá, los chicos, Kilorn… una vida arrebatada.
—¡Ah, eso! —resopla el rey, mientras se deja caer en su asiento—. Supongo que le daremos una asignación para que se calle.
—Quiero que mis hermanos regresen de la guerra —por una vez, creo haber dicho bien algo—. Y que no permita que sus legiones se lleven a mi amigo Kilorn Warren.
Tiberias responde en un pestañeo. Un par de soldados Rojos no significan nada para él.
—De acuerdo.
Pero parece menos un indulto que una sentencia de muerte.
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