Kitabı oku: «Alberto, tenemos un problema»

Yazı tipi:

Alberto, tenemos un problema. ¿Ysi reseteamos la economía?

Fecha de Edición: Agosto 2020

@2020, Giarrizzo, Victoria

Derechos exclusivos de edición digital reservados para todo el mundo.

Editado por:

ISBN: 978-987-47549-4-3

Diseño gráfico e ilustraciones de tapa: Natalia González Ferrari.

Editado en Argentina

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de portada, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, sin permiso previo del editor.

Índice

Introducción

Cumbres borrascosas

C.1 País rico, economía pobre

El cometa y su vuelo contra el viento

El cometa a la deriva

Al final, ¿ricos o pobres?

El fin de la nostalgia de los recursos

La Pachamama ya no importa

Crecimiento sin calidad de vida

Las crisis tienen nombres y apellidos

C.2 Pancrisis

El Invitado de piedra y la moraleja del desarrollo social

Concubinos molestos

Vuelo de China a América

Alberto vio el peligro

Salud, economía y la balanza inclinada

Golpe a golpe en la pobreza

Ingreso universal y la heladera ausente

La eficiencia del gasto ineficiente

Egoísmo y polarización

Proteger a uno es proteger a todos

C.3 Para la economía, salud

Esperar lo mejor y prevenir lo peor

Traumas y sombras del pasado

Ni tan lejos ni tan cerca, sí evitable

Ideas para volver a crecer

Inversión, la estrella ausente

Perfil inversor del empresario argentino

Modificar la actitud inversora

Miranos a los ojos

Economía de bajo consumo

C.4 Recaudar y racaudar,

modelo para desarmar

Robin Hood y los Hombres Felices

Robin Hood, el justiciero marginal

Un sistema de pocos amigos

Todos los caminos conducen a evadir

Los primeros impuestos

Batman el evasor

Acorralados

Desarmar para armar

C.5 Qué herencia vamos a dejar

La represa, el relato y ¿Alberto el constructor?

La represa y un pueblo futurista

Gracias, pero no nos presten más

Muchos fugadores en un mismo equipo

Matemagia, educación y producción

Bajar costos o bajar costos

Exportaciones: miradas engañosas

Amiguismo y derecho adquirido

Estamos preparados para el desarrollo

Bibliografía

Introducción
Cumbres borrascosas

Alberto. Tenemos un problema. Muchos problemas. Problemas viejos y problemas nuevos. Sabemos que heredaste un país en crisis, endeudado, en recesión, semi fundido. No importa. No te elegimos para que nos recuerdes el pasado lastimoso. Te elegimos para que nos ayudes a salir de este charco barroso en el que vivimos sumergidos hace décadas. Mira a Mauricio. También heredó un país crítico. Y ahí quedó, paralizado en una herencia pesada que le pesó. Nos abrumó con el recuerdo, con sus certezas, y convirtió el charco en pantano. Ya lo dice un viejo refrán: “si vives en el pasado te perderás en el presente”.

Por derecha, por el centro, por izquierda, todos los gobiernos desde la dictadura militar nos confiscaron el futuro. Crisis, recesión, pobreza, inflación, especulación, default. Cuánto más escucharemos esas frases en este magnífico país. Muchos de nosotros nacimos en crisis, crecimos en crisis y si no cambiamos el rumbo, moriremos en una nueva crisis económica y social. Nos resistimos.

Porque no es cierto que el fracaso nos defina. El fracaso no debilita, fortalece. Sobran experiencias. Países que con mucho menos y sacudidos por crisis más severas, lo hicieron. Israel, Japón, Dinamarca, Suecia, Estonia, son ejemplo de resiliencia. Y en nosotros la resiliencia está. Cada crisis nos transforma, nos vuelve creativos, nos da fuerzas para levantarnos y superarnos. Son los políticos quienes no están a la altura del pueblo para el que gobiernan. Nosotros nos unimos mientras ustedes reparten culpas, críticas y cargos. Mientras quiebran y dividen a la sociedad. Mientras pelean por sacar más tajada de un poder que nunca entenderemos para qué acumulan.

Los cambios económicos son decisiones que se toman en conjunto, buscando consensos. Algún gobierno deberá unir y entender que la política no es un juego de poder, sino un espacio donde todos los días se define el bienestar de 45 millones de habitantes. En cada decisión se puede construir o destruir.Esta inesperada crisis nos destruyó y terminó de confirmar los viejos problemas de crecimiento, ingresos, pobreza, empleo, informalidad, y corrupción que arrastramos. Pero también nos convoca a utilizar ese quiebre para renacer. Eso requiere demarcar el futuro.

Alberto. Tenemos muchos problemas. Por eso te pregunto: ¿pensaron con tu equipo qué país quieren dejarnos? ¿O seguiremos anclados en la herencia recibida? Porque no hay magia ni ciencias ocultas para el desarrollo. Es delinear un rumbo, que no siempre es el más sencillo porque requiere consensos. Es gobernar para la gente, que ahora es tu gente.

Argentina hace tres años que no crece. Miremos nuestro crecimiento desde 1983, también es lastimoso. Tuvimos 7 gobiernos y 4 nos dejaron con recesiones. En ese tiempo apenas crecimos a un promedio anual de 0,9% por habitante. Insuficiente para un país en desarrollo. Insuficiente porque ocurrió con subas y bajas. Miremos desde 1900 y tampoco lo hicimos mejor. En 119 años apenas crecimos 1,3% anual por habitante. Poco para buscar el desarrollo. Resultado: 20 millones de pobres, 15 millones de personas viviendo en hogares sin saneamiento adecuado, 3,6 millones habitando cerca de basurales. Empresas que podrían brillar y son pobres, con infraestructura y capital obsoleto. Una tasa de mortandad de emprendedores alta, porque los costos abruman y el 85% no sobrevive al primer año. Tasas de evasión entre las más altas del mundo. Porque nuestro sistema tributario asfixia. Y una marginalidad galopante, gente que no tendrá una jubilación, ni un ingreso digno.

Todo eso y mucho más tenemos. También hay ejemplos alentadores. Empresas con tecnología, robotizadas, que invierten, exportan, y aplican innovaciones a mejorar su productividad. Una comunidad universitaria reconocida. Un capital intangible invaluable. Y un Estado que nos protege, aunque a la vez nos descuida porque lo hace con recursos prestados y suele ser cómplice de la especulación, una de las mayores enfermedades del país.

¿Serás vos Alberto quien pueda encarar la revolución política y económica que necesitamos? ¿O tendremos que esperar próximos gobiernos?

Mirá al interior de nuestro país. Rutas en mal estado. Vías férreas abandonadas. Vías fluviales desaprovechadas. Aeropuertos olvidados. Sólo capitalizando eso podemos bajar costos de transporte, una de las grandes cargas en los precios. Podemos descentralizar a la Ciudad de Buenos Aires y lograr mejores condiciones para salir al mundo. Miremos el Estado: ¿es necesaria tanta burocracia con la tecnología disponible? Bajar el costo del Estado no significa despedir gente. Significa eliminar pérdidas de tiempo, coimas, y el desgaste que magnifica el costo argentino.

Nuestra sociedad tiene moral tributaria, entiende la importancia de pagar impuestos. Pero su complejidad y presión están minando esos valores y el salto a la informalidad se acelera. La AFIP mira hacia otro lado. Tenemos un Banco Central que debe regular y orientar el crédito. Y no logra que el sistema financiero ofrezca tasas competitivas y atienda a la producción. Tenemos una economía social asistida. Son potenciales capitalistas que mendigan ayuda porque no tienen opción. ¿Quién elige nacer en la pobreza? Démosles capital para salir de la informalidad a la que fueron condenados.

La prioridad para el desarrollo es el sector productivo. Es quien puede traer dólares exportando sus productos y servicios, es quien puede crear empleo de calidad invirtiendo. Y quien puede contribuir a incrementar el componente nacional en algunos productos que se fabrican o ensamblan para reducir la demanda de divisas. La economía que viene trae condiciones atípicas: viviremos sobre niveles de bajo consumo y la forma de desafiar esa realidad en una sociedad montada sobre el consumo interno, es bajando costos. Impositivos, logísticos, financieros y burocráticos. Sólo allí hay mucha tela para cortar. La pandemia terminó de destruir las bases de la economía, pero abre una ventana para hacer reformas y torcer el destino.

No es el objetivo de este libro hablar de las causas de nuestro fracaso sino marcar caminos a nuestro progreso. “Alberto, tenemos un problema” continúa con el relato iniciado en “Atrápame si puedes, el secreto de la inflación argentina”, desde un enfoque sencillo, intuitivo, y amigable al público no especialista.

Agradecimientos: a Nicolás Giarrizzo, Valeria Francou, Nancy Camo, Fernanda Menoyo, Laura Etchegaray, Leandro Sánchez, Carina Pag, Gaby Berutti, Soledad Suso, Mariela Córdoba, Karina Raffo, Pablo Saracino, Susana Godoy, Alberto Villalba, Carlos Barrios, Susana Clur, Guille Benítez, Santiago Giarrizzo, Ernestina Giarrizzo, Germán Reynoso, Silvia Bai, Pablito Escobar, y mi amado hijo Estanislao, a todos por el apoyo incondicional.

A Rodrigo Lara Serrano por sus invaluables aportes. A Néstor Lavergne y Gabriela Bernal por su lectura crítica. A Martín Oliva, intendente de Concepción del Uruguay, por la confianza al incorporarme a sus equipos técnicos a pesar de mi inexperiencia en gestión. A María José Purita, maestra y colega, por sus comentarios y el entusiasmo en transmitir la economía a los jóvenes nutriéndose de mis libros.

A dos personas que tuve la oportunidad de conocer: Belén Gómez y Diego Gaillard, ¡con quienes formé el mejor equipo de trabajo de mis últimos 46 años! A Agostina y su papá Agustín Bordagaray, por sus aportes incondicionales.

A Martha Malpassi, Sara Peisajovich, Celeste Ansaldi, Felicia Rubinsky, Norma Caplan, Lidia Lagier y Graciela Abramovich por el apoyo permanente. A mis colegas de Futbol Sin Cristal (FSC) y #ParidadenlaMacro, que me inspiran a animarme. A Natalia González Ferrari, que diseñó este libro. A Valeriano, mi hijo desafiante, que me enseña todos los días que la realidad no siempre es como uno la ve.

C.1 País rico, economía pobre
El cometa y su vuelo contra el viento

“He sido rica y he sido pobre, y ser rica es mejor”. Sophie Tucker

La crisis argentina viene de lejos. Pero la cuarentena terminó detonándola. Un dato: de los últimos 7 gobiernos, 4 nos dejaron en recesión. Entre 1900 y 2019 apenas crecimos a un promedio de 1,3% anual habitante, muy bajo para saltar al desarrollo, y especialmente porque esa expansión estuvo cruzada por crisis recurrentes: recesión, default, especulación, y su consecuencia directa, desempleo y pobreza. La peor performance fue entre 1983 y 2019, con un crecimiento de solo 0,9% anual per cápita. Pensando solo en materia de crecimiento, entre los 7 peores gobiernos de la historia en 119 años, 4 ocurrieron desde 1983: Alfonsín, Duhalde, De la Rúa y Macri. El mejor fue Néstor Kirchner (2003-2007). Pero especialmente desde 2012 Argentina viene perdiendo capital y bienestar. El bienestar subjetivo, que indica cómo percibe la gente su calidad de vida, cayó 21%. Dotada de una gran riqueza natural, sobre la cual está de moda discutir si es mucha o poca, Argentina a principio del siglo pasado prometía. Y por mucho tiempo mantuvimos esa nostalgia de lo que pudimos ser y no fuimos. Las generaciones jóvenes, sin embargo, ya no piensan en nuestros recursos como puentes al desarrollo, valoran la naturaleza, por su belleza. ¿Y el crecimiento, el desarrollo y el bienestar? lo entienden desde una mirada integral. Porque la experiencia de muchos países del mundo demuestra que hay que buscarlo por otros lados.

El cometa a la deriva

Israel es un pequeño país ubicado en un lugar inhóspito: el corazón de Medio Oriente, entre 14 países árabes, asechado por conflictos geopolíticos y religiosos. Allí se levanta con una superficie equivalente a menos del 0,8% de la nuestra. En 1948, tras casi 70 años bajo el mandato británico de Palestina, Naciones Unidas acordó la división del país creando dos Estados en un mismo territorio, uno judío y otro árabe. Israel declaró su independencia, pero el mundo árabe no la reconoció y al día siguiente ejércitos vecinos lo invadieron. Desde entonces las guerras fueron constantes, con cinco conflictos grandes entre 1948 y 1983. ¿La causa? El dominio del territorio israelí, considerado Tierra Santa para judíos, católicos y musulmanes. ¿Quién podía imaginarse 80 o 40 años atrás que ese país llegaría a convertirse en una potencia económica y tecnológica? El pequeño Israel, fundado por inmigrantes pobres, sin recursos naturales, asediado por conflictos con los árabes, logró ser líder tecnológico mundial, referente en salud digital, construir las mejores universidades del mundo, obtener 12 premios nobel y tener las mayores tasas de población universitaria. No importa cómo lo hizo, porque no hay recetas que puedan extrapolarse. Pero deja su moraleja. La adversidad nunca es un freno para el desarrollo, y la historia de Israel confirma aquel viejo refrán: “el cometa se eleva más alto cuando va contra el viento”.

La historia nuestra es exactamente opuesta. Argentina logró su independencia el 9 de julio de 1816 y su emancipación definitiva con la constitución de 1853. Para fines de ese mismo siglo ya casi no quedaban conflictos políticos internos. Las tierras estaban divididas, Buenos Aires era la capital nacional y el país federal estaba definido con todas las provincias del interior constituidas.

A principio del siglo XX Argentina era reconocida como un país rico. No importa si más próspero que Estados Unidos o menos que Nueva Zelanda o si ocupábamos el puesto 1, 5 o 10 en el ranking de riqueza mundial, porque las estadísticas de esa época eran muy precarias. Éramos un país con tierras fértiles, con manadas de ganado en grandes explotaciones, con recursos minerales en la cordillera, con vías fluviales por donde los barcos llevaban productos a los centros ferroviarios y desde allí abastecían a las ciudades. Habíamos desarrollado una gran red de ferrocarriles que, al interconectar el país, permitían el crecimiento de los centros urbanos, el traslado de inmigrantes al interior, de nuestros alimentos al puerto de Buenos Aires y consolidábamos una fuerte y rápida expansión económica.

Se poblaban áreas remotas y se desarrollaban redes de transporte, rutas y viviendas. Todo eso generaba un mercado interno más importante con necesidades de alimentos, ropa, calzado, muebles, remedios, que derivaba en inversiones y el florecimiento de nuevas actividades, nuevos empleos, y una mejor distribución del ingreso. Por esas épocas nos destacábamos por proveer al mundo alimentos, especialmente granos, actividad que nos valió el apodo de “Granero del Mundo”. Exportábamos maíz, trigo, alfalfa, carnes congeladas, cueros y lanas. Todo eso y más nos diferenciaba de otros países en aquellos tiempos.

Argentina por esa época prometía. Y mucho. Como no hacerlo si tenía una naturaleza de infinitos los colores y mano de obra capacitada para fundar lo que quisiera. Los inmigrantes europeos que llegaban tenían capacitación y conocimientos, lo que sumaba expertice a nuestra producción. Comparada con el pequeño Israel ¿cómo no iba a prometer? La naturaleza hablaba, nos ilusionaba, nos mostraba que podíamos ser potencia si transformábamos esas ventajas en riqueza.

Pero los recursos no fueron suficientes por sí mismos para lograr el salto al progreso. El pequeño Israel superó en muy poco tiempo todas sus adversidades para levantar una potencia, y Argentina desperdició cada una de sus oportunidades para alcanzar el desarrollo. El destino, sin embargo, es generoso, y cuando se cierra una puerta en algún momento abre una nueva ventana para construir oportunidades en la adversidad.


Fuente: Banco Mundial

Al final, ¿ricos o pobres?

África es uno de los continentes más ricos en recursos naturales. Su contraste es que allí se ubican los países más pobres del mundo con tasas de pobreza que superan el 80%. En República Centroafricana, Burundi, Congo, Liberia o Níger, se pueden encontrar abundancia de oro, petróleo, uranio, grandes reservas de coltán, entre tantos otros recursos naturales. Pero sus mismos recursos fueron dando lugar a guerras por su dominio, situaciones de violencia cotidianas y una calidad de vida muy precaria.

Comenzaré recorriendo algunos números archi conocidos de nuestro país. Siempre es bueno tenerlos en la mesa para reconocernos. Argentina ocupa el 1,8% de la superficie terrestre, es el octavo país del mundo con mayor extensión de territorio y el segundo de América Latina.

Sus virtudes naturales están a la vista. Son incuestionables. Después de Brasil tiene la mayor cantidad de km2 de superficie cultivable, es uno de los países con mayor producción de alimentos por habitantes, es de los territorios más fértiles para cultivo de cereales del mundo. Tiene capacidad para alimentar al 10% de la población mundial, es el principal exportador y tercer productor mundial de biodiesel.

Desde el descubrimiento de Vaca Muerta, en 20111, se posicionó como el cuarto país del mundo con mayores reservas de petróleo no convencional, el segundo con reservas de Gas No Convencional, un insumo estratégico para producir desde fertilizantes hasta plásticos. Es el tercer país de la región con reservas de litio, y se lo considera entre los países con más potencial para el desarrollo de la acuicultura, por la calidad de sus espejos de agua para la cría y de su materia prima para convertirla en alimento. ¿Es un mito listar estos recursos para aseverar nuestras riquezas naturales? Si y no. Depende cómo lo analicemos. Veamos.

En 2018 el Banco Mundial publicó un informe titulado “La riqueza cambiante de las naciones”, donde analizó 141 países. ¿Qué dice? Que Argentina no es tan rico en recursos naturales como se auto considera. Midiendo como riqueza cuatro categorías: “energía”, “minerales”, “tierras de cultivo y pastoreo” y “bosques y áreas protegidas”, concluye que, si se mide la riqueza natural por habitante, en América latina solo supera a Colombia y se encuentra en el puesto 9. El país con más riqueza es Chile, por sus reservas de cobre, oro y hierro. Le sigue Venezuela, con sus reservas de petróleo y gas natural, y tercero Brasil con una diversidad más similar a la Argentina. Solo mejora levemente, al puesto 6, cuando se mide la riqueza de recursos absoluta. Sorpresa general. En el mundo, entre 141 países analizados, el puesto del nuestro es el 28 si se mide la riqueza absoluta y 47 si se mide la riqueza natural por habitante.

¿Menos de lo que creíamos? ¿O menos de lo que los analistas creen que creíamos?

Son cada vez más los especialistas que hablan del “mito de la riqueza argentina” y se basan en informes como el del Banco Mundial que relativizan esa prosperidad natural. Advierten que finalmente no somos tan abundantes de recursos y tenemos menos que nuestros países vecinos. Algunos van más allá y sugieren que ese concepto falso fue lo que llevó al país a dormirse en el discurso de sus recursos y no buscar el desarrollo.

1 En rigor de verdad, vaca muerta fue descubierta en la década del 30 por Charles Edwin Weaver mientras realizaba estudios de campo para Standard Oil of California (actual Chevron). En 1931, publicó sus descubrimientos. En 2011 YPF confirma esos estudios.


Fuente: Banco Mundial

Sin embargo, cuando se indaga entre la gente, se observa que informes como ese no cambian demasiado lo que la población local percibe de sí misma. Quizás el mito principal es creer que creemos ser más que los demás.

El fin de la nostalgia de los recursos

“Hazte fama y échate a dormir”, dice un viejo refrán que trajeron los españoles a estas tierras. ¿Quién no escucha cada tanto que los argentinos tienen fama de alardear, que creen ser más de lo que son o mejores que otros? Siempre me pareció un prejuicio exagerado. Una fama errónea y estigmatizada.

El informe del Banco Mundial no contradice lo que la población local piensa de nuestro país. Según una encuesta nacional que realizamos on-line entre 1500 personas en la última semana de mayo 2020 para echar luz sobre ese tema, sorprendieron las respuestas. Básicamente 9 de cada 10 personas coincidieron en que Argentina es rica en recursos naturales. Pero a la hora de ranquear al país entre sus pares de América del Sur, tal como lo hizo el Banco Mundial, en riqueza absoluta la ubicaron en el puesto 4 cuando el organismo la ubicó en el puesto 6. No tan lejos. Y frente al mundo, en el puesto 34 cuando el Banco Mundial la posicionó en el puesto 27.

El promedio de la gente cree que Argentina está donde las estadísticas mundiales dicen que está. Y no porque hayan leído el informe del organismo. Lo dicen intuitivamente. La sociedad sabe que los recursos son abundantes, pero eso no la hace sentir por encima de otros vecinos. No parece haber sobreestimación de esa riqueza en el individuo no especializado.

Aun así, si se les ofrece la opción de vivir en nuestra nación, rica en recursos, pero pobre en desarrollo, o con los mismos vínculos que acá en países como Japón o Israel, desarrollados pero pobres en recursos, el 70% elige esta tierra. Los recursos naturales parecen ser valorados por sí mismos, no por la riqueza material que puedan ofrecer, o porque nos posicionen por encima de otras naciones. Esa parece ser una cuenta que hacemos más los especialistas. A la naturaleza se la valora como elemento para una mejor vida. Si puede ofrecer mayor bienestar material, mejor, pero su valoración principal hay que buscarla más sobre el plano espiritual, por el goce y el disfrute. Dos puntos interesantes: el primero, ¡solo el 22% de los encuestados cree que la riqueza natural es importante para el desarrollo! El segundo, cuando se mira el ranking por edades, los jóvenes de entre 13 y 21 años, ubicaron a la Argentina cuarta en la región, igual que el promedio de la muestra, pero cuando tuvieron que ubicarla por su riqueza natural en el mundo, el puesto fue el 52. Más atrás que el promedio de la muestra.

La cuestión de país rico en recursos es un tema quizás de generaciones mayores a los 35 años. Los más jóvenes ya no escuchan repetir esa frase “de lo que fuimos y ahora somos”, o “de lo que somos y pudimos ser”. La cuestión del mito de los recursos parece del pasado: las nuevas generaciones no mantienen esa nostalgia. Así, ya no importa si tenemos más o menos que otros países. Sabemos que la Argentina es abundante en recursos y eso alcanza, aunque no sepamos bien como aprovecharlos para enriquecernos con ellos.


Fuente: Banco Mundial y CERX.

La Pachamama ya no importa

Hay una hipótesis económica conocida como “La maldición de los recursos naturales” o “La paradoja de la abundancia”. Sugiere que los países y regiones con abundantes recursos, especialmente agrícolas, minerales y combustibles, tienden a tener un menor crecimiento económico y desarrollo que los menos dotados de esos bienes. Esa hipótesis comenzó a ser planteada por varios investigadores a partir de los años 90 2 aunque desde entonces encontró defensores y detractores.

¿Las razones para hablar de esa maldición? Muchas. Una de ellas es la que se conoce como Enfermedad Holandesa. Sugiere que, como los recursos naturales se exportan, esas exportaciones determinan grandes ingresos de dólares al país, dando lugar a una caída en el tipo de cambio local, porque habrá mucha oferta de divisas en nuestro mercado interno. Así, al abaratarse el dólar, los demás sectores productivos reducen su competitividad internacional. El término surgió en la década del 60 cuando los ingresos de divisas en los Países Bajos aumentaron tras el descubrimiento de grandes yacimientos de gas natural en Slochteren, una ciudad cercana al Mar del Norte, y la región entró en retroceso económico afectada por esa maldición.

Pero no es un caso de enfermedad holandesa el de Argentina. Al contrario. Su problema de desarrollo fue acompañado por devaluaciones permanentes y más fugas que ingresos de dólares.

En cambio, pueden identificarse otras causas por las cuales los recursos no fueron impulsores del desarrollo. Una es la mala administración de ellos que realizaron los sucesivos gobiernos que manejaron el país desde al menos la mitad del siglo pasado. Dos, la presencia de instituciones corruptas que realizaron contratos beneficiosos para las compañías multinacionales encargadas de explotarlos. Nuevamente la especulación financiera ocupa un rol central: podría concluirse que una gran masa de esos recursos terminó financiando grandes fugas, dando lugar a lo que algunos autores denominan: “país saqueado”. Sumemos la ausencia de controles para regular las tasas de extracción, y la falta de inversiones locales para explotarlos. Tampoco se observó en las últimas cinco décadas un plan de explotación y administración sustentable. Cuando lo hubo, fue para favorecer empresas particulares, como sucedió en los 90 con la minería.

La percepción colectiva en el país también apunta a las mismas causas. En la misma encuesta anterior, cuando se le solicitó a la gente que liste los motivos por los cuales cree que Argentina no pudo aprovechar esa riqueza, el principal que aparece es la interferencia política en la vida económica. El 35,6% de la gente adjudicó la pérdida de esa oportunidad a la “corrupción” y el 25,5% a las “malas políticas de los gobiernos”. Otras cuestiones repetidas fueron “falta de planificación, falta de inversiones, desinterés de los funcionarios por el desarrollo” (14%) y “falta de control a las inversiones extranjeras” (11,5%).

Lo que se desprende de la experiencia argentina y del mundo, es que la madre tierra si bien nunca fue determinante, menos lo será en épocas de la economía del conocimiento. Igual, aunque no sea condición para el desarrollo, si los recursos naturales están y son bien gestionados, se convierten en un elemento potenciador, como fueron las experiencias de Australia, Nueva Zelanda o Canadá, modelos de países con los que comúnmente se suele comparar a la Argentina. Más que maldición, esas economías tuvieron su bendición. Nuestra riqueza económica insuficiente y nuestros altos niveles de pobreza hay que buscarlos en otro lado, ni en la ausencia ni en la presencia de recursos.

2 El primero en plantear la maldición de los recursos naturales fue el economista británico Richard M. Auty en 1993.


Fuente: CERX

Historia de nuestra pobreza

En junio de 2020 la pobreza argentina afectaba al 35,5% de la población, según datos del INDEC, y para fines de 2020 el país habrá cumplido tres años consecutivos en recesión, con un nivel de PBI que será 7,1% menor al de diez años atrás. Aunque en 2020 incidió fuerte el coronavirus, Argentina hace años viene empobreciéndose, destruyendo riqueza, producción y capital.

El desarrollo está asociado al crecimiento. Para desarrollarse un país debe crecer, pero el crecimiento por sí mismo no asegura el desarrollo. En el caso argentino, si se traza una línea de tiempo hacia atrás, ambas cosas fueron insuficientes: se creció poco y se desarrollo poco. Pero eso no fue siempre así. En los albores del siglo XX, el país crecía y parecía que derramaba prosperidad. A pesar de los conflictos internos y de las dos grandes guerras mundiales, entre 1900 y 1945 Argentina tuvo una tasa de crecimiento anual promedio de 9,3%.

Si se mide la evolución del PBI desde 1900 hasta 2019, en 119 años, encontramos que en el 70% de ellos (86 años), el país creció, y en el 30% restante (33 años) hubo recesión. La tasa de crecimiento promedio en esos años fue 3,1% anual. Hasta allí las cosas parecen estar bien. Sin embargo, hay varios problemas con esas estadísticas. El primero es que, si se mide por cantidad de habitantes, el PBI per cápita solo creció a una tasa promedio de 1,3% anual en esos 119 años, poco para hablar de desarrollo. Y como condimento, ese crecimiento fue discontinuo según periodos, con importantes crisis económicas de por medio. Acá entramos al tercer problema. La economía no logró un crecimiento constante, especialmente desde el regreso de la democracia.

Si dividimos los 119 años desde 1900 a 2019 en tres tramos, la foto de crecimiento marca lo siguiente:

- La mejor performance económica ocurrió entre 1900 y 1945, con una tasa de crecimiento promedio de 9,3% anual en esos 45 años. Pero el crecimiento por habitante fue solo 1,5%, bajo, por el fuerte crecimiento poblacional sobre principio del siglo.

- En el periodo 1945 – 1983 la tasa de crecimiento anual fue 5,8% promedio, por debajo del periodo anterior, pero subió a 1,9% midiendo el crecimiento anual por habitante. Incluso si se mide 1945 hasta 1975, un año antes que comience la dictadura militar, el crecimiento por habitante fue de 2,7%.

- El ciclo menos auspicioso ocurrió entre 1983 y 2019, con un crecimiento anual promedio de apenas 2,8% y por habitante de 0,9%.


Fuente: en base a datos de Dos siglos de Economía Argentina, Orlando J. Ferreres e INDEC

Si nos detenemos en el último ciclo, 1983-2019, y sin contar el año 2002, los peores resultados fueron con Fernando De la Rúa en sus dos años de gobierno con una caída promedio anual de 2,6% en el PBI. La segunda peor performance fue la de Mauricio Macri, con una caída anual promedio de 1% en sus cuatro años gobernando. La tercera mayor caída, siempre hablando del promedio por año, la dejó Raúl Alfonsín, entre 1983 y 1989, con una baja de 0,7%.

Del otro extremo, cuando más se creció fue en el gobierno de Néstor Kirchner, entre 2003 y 2007: un 9,9% anual promedio de crecimiento, seguido con 4,7% promedio anual que se creció en los 10 años de gobierno menemista (1989-1999) y 2% en los 8 años de Cristina Kirchner (2007-2015). En el caso de Cristina Kirchner, sus dos mandatos se dividen: el primero (2007-2011) con un alto crecimiento, cuando anualmente la expansión promedió el 3,6%. Y el segundo (2011-2015) con un crecimiento anual promedio casi nulo, apenas 0,4%.


Fuente: en base a datos de Dos siglos de Economía Argentina, Orlando J. Ferreres

Poniendo la lupa entre 1900 – 2019 ¿Cuáles son los gobiernos que mejor dejaron el país en materia de crecimiento? Observando nuevamente el crecimiento promedio anual, Néstor Kirchner sigue adelante (9,9%), detrás Manuel Quintana (9,5%) que gobernó dos años, entre 1904 y 1906. Le siguen: Julio Argentino Roca (8,6%) con 6 años de mandato, hasta 1904; Marcelo T Alvear entre 1922 y 1928 (7%); Arturo Illia entre 1963 y 1966 (7%); José Figueroa Alcorta entre 1906 y 1910 (6,6%); los tres años de Pedro Ramírez y Edelmiro Farrell entre 1943 y 1946 (5,8%) e Hipólito Irigoyen entre 1916 y 1922 (5,7%). De los ocho gobiernos mencionados, seis corresponden a la primera etapa del siglo XX.

Y ¿quiénes fueron los gobiernos que peor dejaron el país en materia de crecimiento? El peor año de la Argentina fue 2002, con una caída de 10,9% en el PBI bajo el mandato de Eduardo Duhalde. El gobierno de José Felix Uriburu, entre 1930 y 1932 dejó una caída de 5% anual en sus dos años de gobierno, José María Guido tuvo una caída de 3,1% anual y en cuarto lugar Fernando De la Rúa con una baja anual de 2,6%.


Fuente: en base a datos de Dos siglos de Economía Argentina, Orlando J. Ferreres

De los siete gobiernos con peor performance de crecimiento de la historia, cuatro ocurrieron en la última etapa, 1983-2019 (ver cuadro). Completando ese dato: desde 1983 hasta ahora, de siete gobiernos, cuatros nos dejaron con recesiones. Aunque sea el objetivo de este libro explicar las causas de esas recesiones, ese comportamiento sí muestra en grandes números como llegamos hasta donde estamos.

Crecimiento sin calidad de vida

Volvamos al pequeño y fuerte Israel, país desarrollado, líder tecnológico, con una de las mayores tasas de escolarización y esperanza de vida del mundo. Un crecimiento económico sostenido de 4,5% anual en los últimos 50 años, según el Banco Mundial, y tasas de desempleo mínimas, de apenas 5% a fines de 2019. Contradictoriamente, ese crecimiento fue acompañado de un incremento considerable en su tasa de pobreza, generando un gran caudal de trabajadores pobres. Según la OECD, al mismo tiempo que el país crecía cómoda y generosamente, de solo 13,8% de israelíes viviendo por debajo de la línea de pobreza en 1995, 25 años atrás, se pasó a 22% en 2019, explicada por los bajos sueldos, los altos costos de vida y un crecimiento en la cantidad de lugareños que no tienen capacitación suficiente para trabajar en el sector de alta tecnología.

El bienestar está muy ligado al crecimiento. Pero no siempre la relación es tan estrecha. Si algo iguala a Israel y Argentina, es esa disociación. Los dos atravesaron periodos de fuerte crecimiento, pero sin mejoras proporcionales en el bienestar de su gente.

El crecimiento de un país suele medirse por la variación del Producto Interno Bruto (PBI) que indica la cantidad de bienes y servicios producidos durante el año en esa economía. En otras palabras, el PBI mide algo así como la riqueza anual generada. Con esa definición, cuando un país crece se espera que se refleje en mayor creación de empleo, menor pobreza, derivando en mejoras en la calidad de vida.

No siempre ocurre así. Para que el crecimiento derrame bienestar, dependerá de qué es lo que lo impulsa y en qué condiciones. La economía puede crecer fuerte y sostenidamente, pero con el crecimiento concentrado en pocos sectores que no sean empleo intensivo, o que sean extractivos, sin que la población perciba las mejoras. O puede crecer con grandes flujos inmigratorios para los cuales el país no está preparado a dar respuestas, generándose problemas de equidad. O generando otros desequilibrios, como crecimiento con pérdida de poder adquisitivo en determinados sectores. Eso es lo que sucedió en la Argentina en buena parte de los últimos 15 años.

“¿Cómo evalúa el nivel de bienestar económico de su hogar?” Esa pregunta se la hacemos semestralmente desde CERX, a un panel de 1000 personas en Capital Federal y Gran Buenos Aires desde el año 2005. En la medición realizada en abril de 2020, ya con un mes de cuarentena encima, solo el 8,0% contestó “bueno” o “muy bueno”, el 42,6% respondió “regular” y 41,4% “malo” o “muy malo”. Con respecto a abril del año pasado, esa percepción empeoró 13,5% 3.

En esa misma medición se le solicitó a la gente que ranquee su percepción de bienestar en una escala de 0 a 10, donde 0 es “muy malo” y 10 “muy bueno”, y que la compare con el valor que tenía antes de la cuarentena. Resultados: 3,5 puntos de bienestar en medio de la cuarentena y 5,4 puntos antes de la cuarentena. ¿Cuánto era ese valor por ejemplo en 2016? 6,3 puntos. ¿Por qué niveles tan bajos de bienestar incluso pre-cuarentena? Porque el crecimiento argentino no fue constante ni lo suficientemente productivo y equitativo.

Entre 2005 y 2019, el país acumuló un crecimiento económico de 74,3%, lo que objetivamente y en la visión cuantitativa tradicional, interpretaríamos como una mejora en el bienestar. Sin embargo, las percepciones de bienestar de la población en ese tiempo cayeron 5,6%. Para entenderlo mejor, se puede dividir ese periodo en cinco etapas:

Etapa 1. 2005-2007: Crecimiento con mejoras de bienestar: la economía creció 34,2% y el bienestar mejoró 38,8%. Los altos precios agrícolas se derramaban en todos los sectores de la economía, impulsando bienestar.

Etapa 2. Año 2008: Crecimiento económico con destrucción de bienestar. La economía creció 4,1% ese año y el bienestar bajó 7,2%. Fue el inicio de la crisis financiera internacional y el conflicto político en el campo.

Etapa 3. Año 2009: Baja el PBI y cae el bienestar. La economía cayó 5,9% con el impacto a pleno de la crisis financiera internacional, y el bienestar bajó 9,2%.

Etapa 4. 2010-2011. Crecimiento con impacto muy suave recuperación en el bienestar. El PBI creció 16,7% y el bienestar se recuperó apenas 3,6%.

Etapa 5. 2012-2019. Crecimiento serrucho. La economía acumuló una caída de 2,6% esos años y el bienestar se retrajo 21%. bien

estar se retrajo 21.

3 Para medir la percepción de Bienestar Económico se elaboró un indicador cualitativo con la siguiente fórmula: (respuestas positivas – respuestas negativas + 1)*50. Sobre eso se elaboró el indicador de Bienestar Económico Subjetivo (IBES)


Fuente: CERX

¿Por qué el crecimiento no se tradujo en bienestar en el caso argentino? Varias son las razones, pero una extendida fue que una parte del crecimiento desde 2007 fue impulsado por consumo financiado con crédito caro, y otra, por el malestar que comenzó a generar la inflación especialmente desde fines de ese año, que además obligaba a los hogares a compensar ingresos con ocupaciones alternativas.

Si bien la preocupación por el bienestar poblacional es muy alta para la mayoría de los gobiernos, y pocos dudarían en que el objetivo final de las políticas económicas es mejorar la calidad de vida de la gente, hay dos problemas. Por un lado, sabemos que crecer no siempre mejora la calidad de vida. Y por otro, pocos gobiernos miden el bienestar subjetivamente, indagando entre la misma gente como lo percibe. Por lo tanto, poco se conoce sobre ese estado.

Argentina tiene mediciones privadas, como la que hacemos desde CERX, pero jamás tendrán el alcance que podría lograr el INDEC. Claro que con mediciones subjetivas solamente tendríamos una foto incompleta. Porque podría suceder lo inverso: la gente percibe bienestar sin mejoras concretas en la economía. Las dos mediciones son complementarias para entender el impacto de las políticas que se aplican. Otra deuda pendiente. Aunque también la tienen naciones desarrolladas, como nuestro potente Israel.

Las crisis tienen nombres y apellidos

Cuando el viejo burro de un campesino cayó en un pozo, su dueño pensó “burro viejo, pozo seco”, para que esforzarme en sacarlo si igual no sirve y morirá. Más fácil, reunió a sus vecinos para que lo ayudaran a tapar el pozo con tierra y sacrificarlo adentro. Viendo lo que estaba sucediendo, el burro en el fondo del hoyo rebuznaba desconsolado, hasta darse cuenta de que nadie lo rescataría, y rendirse. Pasaron algunos minutos, el burro abrió los ojos y sonrió. Se incorporó pausadamente y sacudió la tierra que cubría su lomo y su cabeza. A medida que iba cayendo la tierra, la fue usando para dar pasos hacia arriba que lo acercaban a la salida. Cuando el pozo estuvo casi cubierto, los vecinos vieron sorprendidos cómo el burro llegó hasta la boca del pozo, pasó por encima del borde y salió trotando con más fuerza que cuando era joven.

Las que llamamos crisis a ciegas, suelen tener nombres y apellidos (los responsables también). Empresas y familias que alcanzadas por esos eventos caen en la bolsa de afectados que conforman en conjunto el concepto macroeconómico de “crisis”. Las historias individuales se multiplican en cada crisis. Contar una es solo un pedacito de tantas vidas, que, en algunos casos como el burro, lograron salir del pozo para volver a empezar y en otros, quedaron atrapados en la tierra que les cayó encima.

El caso de “La Delfina” es un ejemplo de crisis y recuperación. Carina Pag es la dueña de un tradicional restaurante en el interior de la provincia de Entre Ríos, que, bajo ese nombre, hace honor a la mujer que luchó junto al caudillo de la zona, Pancho Ramírez. “La Delfina” nació en 1971 de la mano de su padre, “Baby”, oriundo de la colonia alemana de Santa Anita. Negocio próspero, fue creciendo con el esfuerzo familiar. Para fines de los 90, tenían 15 empleados, y rentaban un local grande en pleno centro de la ciudad. Asomaba el año 2000 cuando el locador les triplicó el alquiler porque tenía una mejor propuesta: la instalación de un casino.

Los Pag eran dueños de una parrilla enfrente al restaurante, con inmueble propio, “Parrilla La Delfina”. Una opción era mudarse ahí, pero significaba despedir personal. Idea va, idea viene, para Baby el “cómo” crear empleo siempre había sido el motivador de sus negocios. Descartó esa posibilidad y sin locales para alquilar, compraron una vieja casona céntrica. Financiaron una parte con un crédito bancario y otra con un crédito en escribanía contra la hipoteca del inmueble de la parrilla. Sus ahorros los invirtieron en equipar el lugar, dejando un espacio gastronómico de primer nivel. Ni sospecharon que pronto vendría una crisis de dimensiones desconocidas, la crisis de 2001-2002.

Ya en 2001 la gente gastaba poco, la recesión se sentía, y la clientela había mermado. Pero el restaurante funcionaba y los créditos se pagaban. El 7 de enero de 2002 Argentina devaluó su moneda después de 10 años de convertibilidad. El dólar pasó de $1 a $3, y la deuda en dólares se triplicó en pesos. Imposibilitados de hacer frente a los pasivos, levantaron el restaurante y vendieron la casona por debajo del precio de compra para saldar la deuda con el banco. Faltaba la escribanía. Los meses transcurrían sin llegar a un acuerdo sobre la pesificación de esa deuda, hasta que llegó la fecha de remate del inmueble: junio 2003.

Baby, con un infarto encima, propueso quebrar y cerrar. Carina vio otro camino: conseguir dinero entre conocidos. Vendió su departamento, su auto, y para abastecerse de mercadería, desparramó cheques en uno de los principales supermercados de la ciudad, que confió y apoyó. Al poco tiempo, cumplió sus deudas, salvaron el inmueble y montaron el histórico restaurante “La Delfina” en la vieja parrilla, local pintoresco y renovado. Llevó su tiempo, y de a poco recuperó el sello floreciente.

Dieciséis años después, una nueva crisis volvió a sacudir al histórico restaurante: la cuarentena. Como muchas familias argentinas con varias crisis encima, no están preparados, pero sí acostumbrados.

En el historial de crisis, los comportamientos entre unos y otros empresarios difieren, depende del resto financiero, de su acumulación de capital, del estado de ánimo, de la rapidez en reconvertirse, de las redes de apoyo, y de ese concepto nuevo que llamamos “resiliencia”. Caídas sin rescates, ciclos malos interminables, ciclos buenos con fecha de vencimiento. Las familias y empresas se apoyarán en lo que puedan para recomenzar. El emprendedor, el empresario pyme, no se rinde. Pasará de un estado a otro, mostrando lo que podrían ser y hacer si el país les diera mejores oportunidades y condiciones.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
172 s. 37 illüstrasyon
ISBN:
9789874754943
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar