Kitabı oku: «Darse»

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DARSE

AUTOBIOGRAFÍA Y TESTIMONIOS


VICTORIA OCAMPO

FOTOGRAFIADA POR NICOLÁS SCHONFELD.

VICTORIA OCAMPO


DARSE

AUTOBIOGRAFÍA Y TESTIMONIOS

Selección y prólogo de

Carlos Pardo





COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL


CUADERNOS DE OBRA FUNDAMENTAL

Responsable literario: Francisco Javier Expósito

Cuidado de la edición: Armero Ediciones

Diseño de la colección: Gonzalo Armero

Conversión a libro electrónico: Enredart


© Fundación Banco Santander, 2016

© Fundación Sur, Buenos Aires, 2016

© De la introducción y de la selección, Carlos Pardo, 2016




Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.

ISBN: 978-84-92543-82-3


ÍNDICE

La vida copia a la literatura, por Carlos Pardo

Agradecimientos

Bibliografía


AUTOBIOGRAFÍA

EL ARCHIPIÉLAGO

Prefacio

Antecedentes. Mezcla

Propósitos

Hacia el archipiélago

El archipiélago

Le vert paradis

EL IMPERIO INSULAR

Introducción

Titania

Un Robin Redbreast en una jaula

El jardín de la infanta

LA RAMA DE SALZBURGO

VIRAJE

Viraje

Ernst Ansermet

Keyserling entra en escena

FIGURAS SIMBÓLICAS

Keyserling

Drieu

SUR Y CÍA

Sur y Cía

Una carta de Waldo Frank


TESTIMONIOS

TESTIMONIOS (1935)

Jacques Rivière. À la trace de Dieu

SEGUNDA SERIE (1941)

Viaje olvidado

La mujer y su expresión

Virginia Woolf en mi recuerdo

TERCERA SERIE (1946)

Michele

SOLEDAD SONORA (1950)

Impresiones de Núremberg

La cárcel de ruido en el siglo xx

QUINTA SERIE (1957)

Encuentro y desencuentro con Gide

SEXTA SERIE (1963)

El claustro de T. E. Lawrence

Nuestro Borges



Carlos Pardo

LA VIDA COPIA A LA LITERATURA

Viviendo su sueño

Digámoslo desde el principio: este libro se propone vindicar la figura de Victoria Ocampo como escritora. Es decir, mostrar lo mejor de su obra para que el lector juzgue si, como se ha repetido tantas veces, fue solo una mujer amante y gran promotora de la cultura o una verdadera escritora. Una escritora autoexigente y humilde al co­dearse en pie de igualdad con grandes autores de su tiempo, al reconocer sus propios límites, pero sin duda una de las mejores escritoras de literatura memorialística en español del siglo xx.

Nos proponemos destacar a Victoria Ocampo no solo como pionera de la vanguardia en una labor que hoy llamaríamos «gestión cultural», sino como creadora de un tipo de literatura que quizá únicamente ahora, con un cambio en la mentalidad de los lectores, en la recepción, empezamos a leer como gran literatura.

También, por decirlo al comienzo bien claro: así como se ha rescatado la figura de su hermana Silvina, excelente cuentista, y a pesar de que nuestro maniático pensamiento binario nos lleva a verlas enfrentadas (la tímida hermana pequeña, Silvina, hormiguita con obra perdurable; y la avasalladora Victoria, la hermana mayor, Musa sin obra), es necesario valorar la contribución deliberadamente «menor» de Victoria a la literatura a través de sus propios textos (hay una dialéctica de lo tímido y lo confesional, de lo artístico y de lo «aliterario» en la obra de Victoria, humilde en su propósito pero no en su resultado).

Quizá así veamos que la familia Ocampo dio lugar a dos escritoras muy diferentes, cuyos estilos no compiten, dos de las mejores escritoras argentinas del siglo xx.

La fama de Victoria, una de las intelectuales más valoradas de su tiempo, impide ver su obra. Así que lo primero que deberíamos hacer para buscarle el lugar que merece, no solo como amiga y protectora de Tagore, Ortega y Gasset, Stravinski, Borges, Gabriela Mistral y un largo etcétera, o como fundadora de la revista Sur, el mayor órgano cultural de Argentina y de buena parte del mundo hispánico durante más de medio siglo, es señalar algunos tópicos que envuelven su obra y desmontarlos.

El principal cliché ya lo hemos mencionado: Victoria Ocampo fue una «figura» literaria sin obra. Sus mejores obras son ella misma y la revista Sur. Cierto que tradujo muy bien, suele añadirse como apostilla. El segundo tópico insiste en que era una especie de groupie intelectual, una adicta a los autores, sobre todo hombres. El tercero hace hincapié en su clase social, mostrándola como una pija afortunada, una aristócrata superficial. El problema de estos tópicos es que todos tienen una pequeña parte de verdad y una mayor de ignorancia.

Por ir del último al primero: Victoria nació en una familia aristocrática, tuvo una esmerada educación trilingüe (español, francés e inglés) y, por cuestiones históricas, vivió en unos años en los que las monedas europeas, inestables por las convulsiones políticas y dos guerras mundiales, favorecieron el cambio de la moneda argentina. Esto no puede llevarnos a pensar en ella como una niña mimada y caprichosa. La lectura de este libro deja bien claro que de la fortuna de Victoria (y de sus muebles y joyas y casas… vendidos) salieron algunas de las mejores iniciativas culturales del siglo xx. Victoria fue, aunque hoy suene mal, una mecenas. Pero no una mecenas que agasaja desde la distancia, sino compañera de viaje y propiciadora de grandes proyectos. Así que podemos decir que a su altura intelectual hay que sumar una virtud de carácter aún escasa: la generosidad. O mejor dicho, el desprendimiento.

En cuanto a lo de groupie de grandes hombres… La autora tuvo que pagar esta mistificación del genio tan del paso al sigo xx (cuando la doctrina del superhombre se hermanaba con la religión del Arte) en su relación con Keyserling. Y Hermann Keyserling es una constante de este tomo, a veces desde el humor, otras desde el odio. No es descabellado suponer que esta «confesión» que vamos a leer surgiera del impulso de defenderse de los ataques del filósofo alemán. Tampoco insistiremos en este prólogo —ni interpretaremos algo que solo le cabe al lector—, pero no está de más señalar que en el equívoco de Keyserling, que pensó que la admiración de una mujer no podía de­sembocar más que en una sumisión sexual ante el gran hombre, pesa la sociedad profundamente machista en la que vivió, o mejor dicho contra la que vivió, Ocampo.

Victoria fue una feminista con las ideas claras y una intuición aún más clara que sus ideas. Una mujer que se atrevía a tratar de tú (de vos) a los intelectuales de la época, casi todos varones, pero también a señalar la grandeza de María de Maeztu, Virginia Woolf o Gabriela Mistral. Como anécdota diremos que Victoria conducía su propio coche a comienzos de siglo, era adúltera reconocida (o libre de vivir un amor que da algunas de las páginas más hermosas de este libro) y se vio muy a menudo obligada a ahuyentar a los hombres que pensaban en ella como en una hermosa musa millonaria.

En su divertida y documentada biografía Victoria Ocampo. El mundo como destino, María Esther Vázquez recoge las defensas de Waldo Frank y Francisco Ayala en sus respectivos libros de memorias. Pueden orientarnos.

Frank escribe:

«Esta criatura maravillosa, sobre la que habían caído tres maldiciones —la de la belleza, la de la inteligencia y la de la fortuna—, tenía sus debilidades. Sobreestimaba […] a Tagore, V. Woolf, T. E. Lawrence, a los cenáculos de Londres y París; subestimaba, seguramente, a algunos americanos tanto del norte como del sur, tanto del pasado como del presente […]. Tanto los nacionalistas como los cosmopolitas la atacaban ferozmente en razón de estas, por así decir, faltas. Eran injustos. El hecho de que apreciara tanto no autorizaba a exigir que apreciara más».

La hermosa carta que el propio Frank le escribe a Victoria cuando comienzan el proyecto de Sur, en el tomo sexto de su autobiografía, es un ejemplo del tipo de críticas con las que tuvo que luchar.

Por su parte, Ayala escribe en Recuerdos y olvidos:

«Nadie piense que había el menor esnobismo en la vehemencia con que Victoria se desvivía por entrar en contacto con personajes […] y acogerlos, pues no era su brillo externo, el llamado prestigio, lo que la seducía, sino los efectivos morales en que ese prestigio podía estar fundado, tras los cuales detectaba ella la excelsitud de un alma, aunque temo que más de alguno de los así cortejados y agasajados tomaría por esnobismo de señora rica su provechoso entusiasmo. Es de sospechar que ello le depararía más de un desengaño. […] Lo curioso es que bajo ese ímpetu suyo […] se descubría pronto una gran timidez de carácter y, desde luego, una limpia ingenuidad».

Así creo que hemos despejado dos de los tópicos, pero dejemos el principal, el de la obra que pierde en comparación con la vida, para el siguiente capítulo, pues afecta a la escritura de la propia Victoria, a su poética. Cerremos este apartado con su propia voz en el «Prefacio» a El archipiélago: «Y viviendo mi sueño traté de justificar mi vida. Casi diría de hacérmela perdonar».


Ordenar el caos

«Las autobiografías son lecturas que apasionan. Claro que la vida más rica y más llena de acontecimientos diversos no pasa de lo vivido a lo escrito sin un talentoso traductor. Y las traducciones de esta índole no son fáciles. A veces, un novelista habituado a manejar personajes, es decir, a utilizar disfraces para contarse a sí mismo, o contar a las personas que ha conocido, o con las que ha soñado (todos soñamos, aunque no seamos novelistas), se ha de sentir incómodo sin su habitual máscara. El gran poeta es autobiográfico casi constantemente, pero de manera excelsa, y natural como su respiración.»

Estas palabras de un artículo de 1971 dedicado a la autobiografía de Graham Greene, intencionadamente titulado «Ordenar el caos», definen el proyecto de Victoria y nos enfrentan al principal prejuicio que quiere desmontar este libro.

Me atrevería a decir que en la literatura moderna ha habido algo así como un «giro copernicano». De Aristóteles a Wilde, la literatura pasó de imitar a la vida a concebir la vida como ficción, como obra literaria. «La vida copia a la literatura», escribió Victoria en un ensayo de la tercera serie de sus Testimonios, «Moral y literatura», de 1946. Y la filosofía, la crítica literaria, la política, el psicoanálisis (la antropología, el urbanismo, el paisajismo, etcétera) hacen cada vez más hincapié en cómo damos sentido a la vida (creamos la experiencia) a partir de herramientas narrativas, algo tampoco ajeno a los publicistas y a los medios de comunicación que fabrican la realidad, y que afecta, en primer término, al individuo que se construye a sí mismo con elementos ficcionales.

Se ha repetido hasta la saciedad la respuesta de Nietzsche a la pregunta ¿qué es la verdad? «Un ejército móvil de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas, adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, a un pueblo le parecen fijas, canónicas, obligatorias.» Victoria Ocampo no es solo su mejor obra en el sentido nietzscheano de la vida como obra de arte, sino que su propia obra escrita es eminentemente autobiográfica, y para ella lo autobiográfico es una ficción de la que surge, si hay talento —si hay arte—, el autor. Así como no hay persona antes del relato, el autor tampoco existe previamente a la escritura.

También hoy las especulaciones en torno al futuro de la novela no dejan de publicitar esta revolución que se ha llamado «autoficción», pero ¿qué ha cambiado en la recepción de la autobiografía para que aquello que en su momento fue tachado de literatura menor se encuentre ahora en el centro de los debates estéticos sobre el futuro de lo literario? Agotada la «verosimilitud» de la novela decimonónica, que llevaba a su máximo esplendor al artificio aristotélico, la literatura del siglo xxi busca la «veracidad». Aunque esta sea una nueva manera de crear, como dijo Roland Barthes, un «efecto de realidad».

Como decimos, no fue un debate ajeno a la propia Ocampo, porque tampoco es nuevo. Victoria vivió en un momento en que el tema de la novela era el propio autor. No hay que entender de otra manera su fascinación por Marcel Proust o Virginia Woolf. E incluso su temprano acercamiento a Dante. Pero encontrar al autor, más allá de la superficial lectura romántica en la que se justificaba la calidad de un texto por su cercanía a la supuesta persona que lo escribía, es preocuparnos por una ficción que nos ayuda a desentrañar otra ficción: el lector.

Victoria leía a los clásicos para construirse, pero dio un paso más. Aquí, como en tantos otros momentos, la guiaba la intuición, que no es sino una manera veloz de la inteligencia: en contra de un mundo que no valoraba la escritura autobiográfica, y menos de una mujer, Victoria escribió sin la garantía de éxito una de las primeras autobiografías en nuestro idioma verdaderamente sinceras. «Muy pocas mujeres las han escrito interesantes y veraces», le había dicho Virginia Woolf por carta, y Victoria asumió la tarea.

Su Autobiografía no se publicó hasta su muerte, entre 1979 y 1984 (aunque fue escrita entre 1952 y 1953), pero ya en la primera serie de Testimonios aparece esta ­preocupación: el libro-charla, la carta, el testimonio y la confesión como formas vivas de la literatura. Aunque quiso que su vida se alimentara del arte, no permitió que su obra sonara a literatura.

En un artículo de la primera serie de Testimonios, «Jacques Rivière. À la trace de Dieu», de 1926, Victoria escribe:

«El editor se excusa de presentar esas páginas tal como las ha encontrado: bajo su forma esquemática, breve o familiar. Pero precisamente eso es lo que tienen de más conmovedor para nosotros.

Querría siempre poder entrar en ciertos libros en el momento en que la preocupación literaria no ha venido aún a robarme su ardiente desorden. Como si así se nos ofreciera una posibilidad de contacto más perfecto con el autor y penetrásemos en lo vivo de su carácter. A través de las repeticiones y los titubeos, percibimos con claridad (con más claridad de lo que podríamos percibirlo en una obra corregida definitivamente) la fisonomía real de un pensamiento, de una sensibilidad».

Victoria fue romántica en este sentido: su desprecio de la literatura como relleno. En cuanto un texto le cansaba, cuando notaba que añadía páginas compensatorias, lo abandonaba. Es raro encontrar una página de Ocampo sin intensidad.

Pero este método entraña una dificultad para quien quiera preparar una edición de su obra respetando su crudeza, la verdad del texto previa a la mentira de una trama, «su ardiente desorden».


Darse

Ramona Victoria Epifanía Rufina Ocampo nació en Buenos Aires el 7 de abril de 1890 en el seno de una familia aristocrática, descendiente de los fundadores de la patria, los Ocampo y los Aguirre.

No vamos a detallar su genealogía ni sus años de formación, pues el lector los conocerá con la pluma irónica y entregada de la propia autora, pero sí recordar que en su infancia, adolescencia y juventud pasó largas temporadas en Europa (sobre todo en París, donde recibió clases de Henri Bergson) y, como suele decirse, su formación intelectual fue cosmopolita. Su primer idioma literario no fue el español, relegado a lo familiar, sino el francés, en el que escribió la mayoría de sus cartas.

Sobre su carácter tampoco queremos adelantar nada, pues un prólogo no puede resumir un libro sino invitar a su lectura, pero sí señalar que la obra y la vida de Victoria no son comprensibles sin su necesidad de contacto, de comunicación. Su facultad para ser permeable a los demás, para darse. Su literatura se construye en los otros.

Los otros pueden ser divinos difuntos como Dante. Pueden ser Delfina Bunge, esa otra excepción a la machista cultura hispana de su tiempo, a quien escribe apasionadas y lúcidas cartas adolescentes en francés, el comienzo de su obra literaria. Y los otros también son los amantes, porque este libro es un estudio del amor. O, por jugar con un título unamuniano, un estudio del amor y de la pedagogía.

Estas memorias comienzan con uno de los exámenes más sinceros de la pasión de los celos y del amor adúltero que ha dado la prosa confesional en español. ­Desde la obsesión por la belleza física que lleva a Victoria a casarse, con el empujoncito de la época machista, con Bernardo Monaco de Estrada, y a aislar su belleza, a «descifrar el rostro», escribe con inteligencia, de la persona reaccionaria, violenta y convencional que era Monaco (convertido en el Jérome de estas páginas, y luego en M.), también a ­enamorarse del primo de Estrada, Julián Martínez, «el hombre más buen mozo de su época», en palabras de Manuel Mujica Láinez, con el que mantuvo una relación de trece años y una amistad profunda hasta la muerte de este.

Pero Victoria también «se da» a los intelectuales: Tagore, Ortega, Ansermet, Keyserling, Drieu…

Como les pasa a veces a los escritores memorialísticos, la calidad de la prosa de Victoria depende de la calidad de sus amigos. Esto supone algo así como una religión de las circunstancias, estar a favor de la oportunidad y propiciar una vida que merezca la pena vivirse.

Si estas memorias contagian las ganas de vivir, no es por ingenuidad, sino por una fortaleza que asume el dolor pero no el desánimo. Victoria tampoco es una vengadora ni una satírica. Es, las más de las veces, una observadora rigurosa que acepta su falta de objetividad, y se regodea en ella. Si la expresión no hubiera caído en desgracia, podríamos llamarla «fina psicóloga», pero también es una narradora empática e implicada.

Eso quiere decir que cuando Victoria conoce a Rabindranath Tagore este libro se vuelve la crónica de un extrañamiento cultural Oriente-Occidente, de una amistad con errores de traducción. Que cuando conoce al director de orquesta suizo Ernest Ansermet este libro se convierte en un testimonio de la lucha de la música moderna por abrirse paso, de Debussy a Stravinski. Los consejos de Ansermet, otro generoso entusiasta, conforman un excelente manual de autoayuda para artistas…

Esto quiere decir que cuando Victoria conoce a Ortega, que la alentó a que comenzara a escribir en castellano y la sobrevaloró como escritora, en opinión de la propia Victoria, este libro se transforma en autocrítica y estudio de sus limitaciones.

Que cuando Victoria se las ve con el conde filósofo, Hermann Keyserling, sus memorias son la sala de disección de la fascinación por los «genios», además de una defensa de la libertad de la mujer para vivir en primera persona, sin el permiso masculino ni los clichés de la musa, la santa o la fatal.

Eso quiere decir que este libro se vuelve profundamente feminista cuando aparecen en él otras mujeres como María de Maeztu, directora de la Residencia de Señoritas de espíritu krausista, modelo de la educación de nuestro país con el que terminó el nacionalcatolicismo franquista.

Y que se hace crítica literaria cuando aparece Virginia Woolf. Y que se convierte en lúcida historia de una pasión cuando aparece Drieu la Rochelle, el gran escritor francés colaboracionista, el hermoso suicida. El capítulo Drieu merecería la publicación exenta, como verá el lector.

Que se transforma en sutil novela de celos familiares cuando se menciona a la hermana pequeña, Silvina, la gran narradora tímida y excéntrica, casada con Bioy Casares.

Y cometeríamos un imperdonable error si nos olvidáramos de Fani, la criada asturiana, personaje a la vez secundario y motor de la acción…

Y así seguiríamos, con riesgo de hacernos monótonos, cada vez que la vida de Victoria se reinventa, especialmente con la «cuadrilla de Sur»: Waldo Frank, Eduardo Mallea, José Bianco, Jorge Luis Borges, Roger Caillois. Es aquí cuando entra en juego la pedagogía.

En palabras de Borges a la muerte de Ocampo, el 27 de enero de 1979: «En un país y en una época en que las mujeres eran genéricas, tuvo el valor de ser un individuo […]. Dedicó su fortuna, que era considerable, a la educación de su país y de su continente […]. Personalmente le debo mucho a Victoria, pero le debo mucho más como argentino».


Los textos

Nuestro propósito es presentar una «novela de su vida» escrita por la propia Victoria Ocampo. A veces, perdónesenos la presunción, leyéndola mejor que ella a sí misma. Esto quiere decir con más respeto y mayor confianza en sus dotes de gran escritora.

Por eso, hemos ordenado el material sin querer que afectara a su frescura. Nos valemos principalmente de dos fuentes: su incompleta Autobiografía, escrita entre 1952 y 1953 y publicada póstumamente en seis tomos; y sus Testimonios, nombre con el que se refirió a las sucesivas recopilaciones de sus ensayos literarios (conferencias, artículos, obituarios, etcétera), publicados en diez volúmenes de 1935 a 1977.

Victoria pensó titular su autobiografía Documento, nombre poco atractivo que daba a entender con claridad su método compositivo: recopilar otro material además de su historia en primera persona, sobre todo cartas.

Cuando fue publicada su Autobiografía, el medio literario argentino respondió con una ligera decepción. Victoria se mostraba repetitiva en algunos momentos y su talento dependía, como hemos dicho, del personaje que tratara o del hilo que siguiera. Era digresiva y entusiasta, pero también parecía que faltara una revisión final del texto. Esto es evidente en el capítulo dedicado a Keyserling. Ya hemos sugerido la idea de que el motor de esta confesión fue el ataque de Keyserling, concretamente en su libro Meditaciones sudamericanas, donde Victoria aparece convertida en una especie de hermoso animal inferior, subdesarrollado (una mujer latinoamericana). Victoria quiso contar su propia versión y lo hizo en el divertido El viajero y una de sus sombras de 1951. Este libro, demostrando la estrecha relación que hay entre la confesión literaria y la defensa judicial, pudo llevar a Victoria a querer profundizar en su historia con fines que superan la justificación por un ataque concreto.

Sinceramente, suponemos que el medio literario argentino que leyó la Autobiografía de Ocampo se sintió decepcionado por haber albergado unas expectativas demasiado grandes, pero algo ha debido de cambiar en nuestra manera de valorar los escritos en primera persona, pues, leída hoy, se presenta como una obra de alta calidad literaria y, sin duda, la mejor de Victoria. No solo por su frescura y cercanía. También por su sinceridad, por poner toda la carne en el asador.

Sin desmerecer las series de Testimonios, pensamos que cuando una anécdota se repite de un libro a otro, es en la Autobiografía donde Victoria muestra «su corazón al desnudo». No posa de gran escritora. No quiere ser ingeniosa, ese lastre de algunas conferencias que dan origen a sus Testimonios. Es más humilde en su Autobiografía. Menos gran escritora, pero mejor escritora.

Así, en esta selección que pretende limpiar el original de repeticiones, cuando una anécdota figura en diferentes textos, hemos elegido la que contaba la historia sin afectación, desde dentro. Por eso hemos tenido que dejar fuera El viajero y una de sus sombras, pues a pesar de su humor no es difícil advertir una Victoria parapetada, en guardia.

Victoria reflexionó con inteligencia sobre las cualidades del género autobiográfico, también en esta Autobiografía que define de la siguiente manera en el «Propósito» que precede al primer tomo, El archipiélago:

«Estas páginas se parecen a la confesión en tanto que intentan explorar, descifrar el misterioso dibujo que traza una vida con la precisión de un electrocardiograma. No veo por qué ha de ser más fidedigno uno que otro para el diagnóstico de un ser y del tiempo en que le tocó vivir. […] Para ser sincero por escrito el talento es un ingrediente indispensable. […] La tercera persona es un instrumento que no he aprendido a manejar. Además, coincido con Trotski: es una forma convencional. […] Es decir, caer en la afectación, deficiencia mucho más lamentable que el uso de los borrosos lugares comunes».

No es la única vez. Al comienzo del último tomo, titulado Sur, Victoria vuelve a ahondar en los riesgos que entraña este género. El menos significativo, caer en las manos de la policía literaria, es decir de los estudiosos que querrán comprobar cuánto de verdad hay en lo que has escrito. Pero Victoria sabe que una autobiografía es también una manera de dar forma a la experiencia, una impostura a la vez que un milagro si da con la pluma adecuada, así que el mayor riesgo es «que en las autobiografías en que la preocupación por la sinceridad es ardiente y manifiesta llegue el momento en que aquel que uno fue se sustituye, sin saberlo noso­tros, por el que uno hubiera querido ser. Y esta es mi preocupación, mi incomodidad».

Y más adelante: «No trato de hacer una obra de arte o una novela contando esta vida que me atormentará con sus enigmas hasta mi último suspiro. Trato de liberarme. Aquí la palabra “liberación” es sinónimo de alumbramiento. Nacer de mí misma».

Así, escribir no es solo una confesión, sino una liberación que se coloca en un plano también superior al de las «obras literarias». Quizá el mayor peligro es «hacer literatura», en su sentido peyorativo, y la mayor virtud «darse»: exponer la vida a la vista de todos para que se use.

Francisco Ayala realizó una selección de la Autobiografía en 1991 para Alianza Editorial. A pesar de su indudable lucidez, en Ayala pesa un doble prejuicio: recalca la «pureza» y la «sencillez» con que Ocampo retrata lo íntimo a la vez que prima la infancia y adolescencia en su selección, épocas donde quizá pueda verse mejor esa pureza. Pero la escritura de Ocampo es íntima a la vez que violenta, pública y política, exhibicionista y profundamente intelectual. Claro que estos adjetivos no parecen encajar con el tópico que asigna a la mujer una escritura poco elaborada, de cuarto de estar… Por otra parte, en la elección de la infancia, tema de indudable prestigio literario, pesa también un prejuicio sobre aquello que no puede decirse, que no puede entrar en la «gran literatura»: la crónica del cuerpo, del adulterio, y toda la dimensión pública (mundana) de una intelectual de primer orden.

Nosotros hemos querido una Victoria de cuerpo entero, un cuerpo (una mente) que es en los otros. Porque pensamos, con Victoria, que el pudor es el principal enemigo de la mujer y de la autobiografía. Así que hemos acortado un poco esa infancia, que ya había tenido éxito en las antologías, y hecho hincapié en la mujer que empieza a desviarse de la norma de su tiempo para terminar educándolo.

Ahora los Testimonios. La primera edición se publicó en la Revista de Occidente en 1935, igual que el primer libro de Ocampo, De Francesca a Beatrice, de 1924, versión ampliada del primer texto literario publicado por Victoria, «Babel», aparecido en 1920 en La Nación… Por lo tanto, debemos agradecer a Ortega y Gasset la insistencia.

Victoria publicó diez series de Testimonios, que a su vez recopilan artículos de una prosa ágil y cercana, a veces de clara pulsión autobiográfica, que podemos clasificar según su origen: conferencia (alegato), retrato (obituario), crónica periodística en primera persona y prosa poética.

La singularidad de su escritura y la riqueza de los temas que trata harían necesaria una edición completa de los mismos. Existe una reedición reciente de las series tercera y quinta. Y una selección de las diez series hecha por Eduardo Paz Lestón para la editorial Sudamericana, publicada en dos tomos en 1999 y 2000, escueta pero excelente, hoy inencontrable.

Nuestra selección de los Testimonios quiere completar el retrato de vida que la Autobiografía deja incompleto. Comencemos a tirar piedras a nuestro propio tejado: esta selección es una interpretación, pero no la única. Nos hubiera encantado disponer de más espacio para incluir algunos ensayos largos de Victoria, como «Emily Brönte. Terra incognita» o la «Contestación a un epílogo de Ortega», incluidos en la primera serie de los Testimonios. También hemos tenido que dejar fuera algunos de los textos políticos de la autora, como «La Argentina y su dictadura», de la serie quinta, de 1950, demoledor análisis del peronismo. También nos falta algo más de la revista Sur. Y nos habría gustado mostrar otros retratos: Valéry, Jouvet, Adrienne Monnier… Leer los Testimonios por orden cronológico es constatar la desaparición de los intelectuales de un siglo.

En resumen, son muchos los personajes en la vida de Victoria Ocampo que hemos dejado fuera: Gandhi, Mallea, Caillois, Gabriela Mistral… Pero hemos conseguido hacer un retrato en primera persona, como decimos, de cuerpo entero. Un libro que no solo la retrata a ella, sino a un mundo.

En nuestra selección de Testimonios hemos querido que primara la calidad literaria y señalar algunos temas: su reflexión política tras la visita a los Juicios de Núremberg; los sutiles desencuentros con su hermana Silvina en el ensayo que dedicó a su primer libro; las reflexiones sobre dos figuras fundamentales en su obra, T. E. Lawrence y Virginia Woolf, y sobre figuras de su tiempo con las que se midió, a veces desde la disonancia, como André Gide; agudas reflexiones sobre la escritura autobiográfica; y la memorable defensa del feminismo.

Al margen de la Autobiografía y los Testimonios, nos apena no haber podido incluir, por su extensión, los dos libros de diálogos, con Borges y Mallea, más fáciles de conseguir de segunda mano o en sus reediciones. Y los preciosos, e inencontrables, Virginia Woolf en su diario y 338171T. E., dedicado a T. E. Lawrence.

En fin, hubiéramos querido un libro de mil páginas, pero nos conformamos con ayudar a la autora a crear una posible novela de su vida, un proyecto que suponemos le habría gustado. Seguimos al pie de la letra su proposición en el ensayo «Jacques Rivière. À la trace de Dieu»: «La mejor manera de hacer elogio de una obra consiste en transcribir sus más hermosos pasajes, y no en parafrasearlos».

C. P.

AGRADECIMIENTOS

Este libro ha supuesto una labor de arqueología. No hay ediciones vivas de la mayoría de las fuentes que hemos utilizado. Algunos libros tienen cincuenta, sesenta, setenta años…

Por eso agradecemos su ayuda, inestimable más allá de la frase hecha, a quienes nos han facilitado el acceso a estas fuentes:

Ernesto Montequin, Andrés Barba, Carmen Cáceres, Mercedes Álvarez, Manuel Borrás y Abraham Gragera. También a Juan Javier Negri, de la Fundación Sur, por su amabilidad y cercanía al proyecto.

A Javier Expósito, Blanca Gómez y Lola Albornoz, responsables de la edición en la colección Obra Fundamental de la Fundación Banco Santander, por la insistencia (y asistencia) en este proyecto desde el primer día hasta el último.

Y a la biblioteca del CSIC, a su personal y a sus fondos. Esa joya desconocida en el centro de Madrid donde los amantes de la literatura latinoamericana pueden encontrar los tesoros que siempre han deseado.

BIBLIOGRAFÍA

Testimonios

Testimonios. Primera serie, Madrid, Revista de Occidente, 1935.

Testimonios. Segunda serie, Buenos Aires, Sur, 1941.

Testimonios. Tercera serie, Buenos Aires, Sudamericana, 1950.

Soledad sonora. Testimonios. Cuarta serie, Buenos Aires, Sudamericana, 1950.

Testimonios. Quinta serie, Buenos Aires, Sur, 1954.

Testimonios. Sexta serie, Buenos Aires, Sur, 1962.

Testimonios. Séptima serie, Buenos Aires, Sur, 1967.

Testimonios. Octava serie, Buenos Aires, Sur, 1971.

Testimonios. Novena serie, Buenos Aires, Sur, 1975.

Testimonios. Décima serie, Buenos Aires, Sur, 1977.

Autobiografía

Autobiografía I.El archipiélago, Buenos Aires, Sur, 1979.

Autobiografía II.El imperio insular, Buenos Aires, Sur, 1980.

Autobiografía III.La rama de Salzburgo, Buenos Aires, Sur, 1981.

Autobiografía IV.Viraje, Buenos Aires, Sur, 1982.

Autobiografía V.Figuras simbólicas. Medida de Francia, Buenos Aires, Sur, 1983.

Autobiografía VI.Sur y Cía, Buenos Aires, Sur, 1984.

Otras obras

De Francesca a Beatrice (con prólogo de Ortega y Gasset), Madrid, Revista de Occidente, 1924; Buenos Aires, Sur, 1963.

La laguna de los nenúfares, Madrid, Revista de Occidente, 1926.

Domingos en Hyde Park, Buenos Aires, Sur, 1936.

San Isidro (con un poema de Silvina Ocampo y 68 fotografías de Gustav Thorlichen), Buenos Aires, Sur, 1941.

338171 T. E., Buenos Aires, Sur, 1942.

Le vert paradis, Buenos Aires, Lettres Françaises, 1947.

Lawrence d’Arabia (publicado en francés e inglés), París, Gallimard, 1947.

El viajero y una de sus sombras (Keyserling en mis memorias), Buenos Aires, Sudamericana, 1951.

Lawrence de Arabia y otros ensayos, Madrid, Aguilar, 1951.

Virginia Woolf en su diario, Buenos Aires, Sur, 1954.

Habla el algarrobo (luz y sonido), Buenos Aires, Sur, 1959.

Tagore en las barrancas de San Isidro, Buenos Aires, Sur, 1961.

Juan Sebastián Bach. El hombre, Buenos Aires, Sur, 1964.

La bella y sus enamorados, Buenos Aires, Sur, 1964.

Diálogo con Borges, Buenos Aires, Sur, 1969.

Diálogo con Mallea, Buenos Aires, Sur, 1969.

Páginas dispersas de Victoria Ocampo, números 356-357 de la revista Sur, enero-diciembre de 1985, Buenos Aires, mayo de 1987.

AUTOBIOGRAFÍA
EL ARCHIPIÉLAGO

A mí me hubiera aliviado hablar en tercera persona de mí misma, no solo por las ventajas que ofrece (especialmente si uno habla de sí mismo en esa tercera-primera persona que son tan a menudo las novelas y cuentos), sino porque me siento, por momentos, tan lejos de cierta mí misma como lo puedo estar del pelo que me han cortado y barren en la peluquería, o de la uña que me limo y vuela al aire hecha polvo. Yo no soy «aquello», lo perecedero que formó parte de mí y ya nada tiene que ver conmigo. Soy lo otro. Pero ¿qué?

Victoria Ocampo

PREFACIO

Buenos Aires contaba entonces con unas 600.000 almas, como se dice. Lo supongo, ya que cinco años después el censo dio un total de 668.000 habitantes. Éramos tres millones de argentinos y un millón de extranjeros en un inmenso territorio casi desierto y en barbecho. Hacía apenas ochenta años que la invasión de España por los soldados de Napoleón nos había proporcionado una buena ocasión para declararnos independientes. Y, desde luego, hacía menos tiempo aún que el diputado Vicente López y Planes, en un arranque patriótico, se había ido de un teatro para escribir nuestro himno nacional. Generaciones posteriores a la suya1 le hubieran aconsejado quizá (como a Rouget de l’Isle, empeñado en la misma tarea dieciocho años antes) mayor brevedad. Pero sus voces no estaban en el aire y además un himno nunca es moderado. El understatement está reñido con la vehemencia patriótica. Y pongámonos en el lugar de López y Planes; arrastrados por la marea creciente de exaltación, ¿hubiéramos conservado aquella mesura alabada por Ortega y Gasset más de cien años después? Lo dudo. A pesar de la largura del poema y del enfático subrayado de la música, no logramos oír esas palabras, esos compases sin que resuciten emociones nacidas los 25 de mayo y 9 de julio de la infancia: desfiles de soldados y banderas ávidamente esperados en los balcones de la esquina de Florida y Viamonte.

Oíd mortales el grito sagrado…

Allons enfants de la patrie…

Estos himnos estuvieron entre las primeras canciones que retuve y canté, junto con el Arrorró mi niño y el Il pleut, il pleut bergère. Los mezclaba, pues para mí la patria se extendió pronto más allá de la frontera. No sabía leer. Sabía recordar en dos idiomas, que no tardaron en ser tres.

Arrorró mi sol,

arrorró pedazo

de mi corazón.

Durante años, por turnos, seis niñas sucesivas oirían esta canción para dormir. Poco tenía en común su ternura con el grito militar:

Aux armes citoyens!

Pero no prestábamos atención a ese detalle. Y los mayores tampoco: es costumbre dar la bienvenida a huéspedes oficiales tocando una música cuya letra es francamente belicosa (véase La Marsellesa).

Cantábamos eso como cantábamos Mambrú. ¿Quién sabía que un joven llamado Winston era un futuro Mambrú? ¿Y que la cosa iba en serio? ¿Que él seguiría la tradición de sus antepasados?

Nous entrerons dans la carrière

Quand nos aînés n’y seront

plus.

También aprendería yo estas estrofas sin darles importancia. Sin preguntarme qué forma me ofrecería el destino de les venger ou de les suivre, como dice el himno. Nada hacía prever, un 7 de abril a las cuatro y media de la tarde, cuando nací frente al convento de las Catalinas, el vuelco que iba a dar el mundo. Las palomas se posaban en las cornisas de la iglesia, como ahora.

El más feroz enemigo del nuevo Mambrú era un inocente de meses: Adolf. Otro chico, un tal Benito, andaba por los siete. Franklin, chico del bando de Mambrú, cumplía ocho años. Nadie se preocupaba de un estudiante, Vladimir Ilich, que ya rumiaba su revolucioncita. Nicolás y Alejandra no eran novios. Marx había publicado El capital. Gandhi, de veintiún años, estudiaba abogacía. Un empleadito francés escribía Narcisse, y un futuro diplomático, Tête d’or. Borodin ponía su nota final al Príncipe Igor, y nuestro Igor se sentaba en el banco de un colegio ruso, mientras que Debussy ya dibujaba sus Arabesques.

¿Qué acontecía por aquí? Se sospechaba que Pellegrini se sentaría en el sillón de Juárez Celman.

De la desintegración del átomo, la música dodecafónica, la pintura no figurativa, ni noticias. Mi tocaya, muy vieja, reinaba aún en Gran Bretaña.

La patria insignificante que me había tocado estaba in the making. Nacía en una futura gran ciudad que merecía el nombre de Gran Aldea, todavía. Las familias de origen colonial, las que lucharon y se enardecieron por la emancipación de la Argentina, tenían la sartén por el mango, justificadamente. Yo pertenecía a una de ellas; es decir a varias, porque todas estaban emparentadas o en vías de estarlo. Aquellas familias de corte patriarcal vivían estrechamente unidas por la sangre, la amistad o la enemistad, las ilusiones o los rencores, las querellas y las reconciliaciones, por la fe en una nueva nación. Iba yo a oír hablar de los ochenta años que precedieron a mi nacimiento, y en que los argentinos adoptaron ese nombre, como de asuntos de familia. La cosa había ocurrido en casa, o en la casa de al lado, o en la casa de enfrente: San Martín, Pueyrredón, Belgrano, Rosas, Urquiza, Sarmiento, Mitre, Roca, López… Todos eran parientes o amigos. El país entero estaba poblado de ecos de fechas históricas con aire de cumpleaños (happy birthday) caseros, de nostalgias sentidas por quienes me rodeaban y mimaban.

—Cuando se iba a caballo a la quinta del padrino de tu tía Carmen, don Miguel de Azcuénaga [hoy, la residencia presidencial].

—Cuando se ponían días y días para llegar a la estancia de tu tía Clara [Estación Cobo. A media hora de avión].

—Cuando pegaban con brea los moños colorados.

—Cuando vendían duraznos por la calle… y eran cabezas.

—Cuando Sarmiento venía a tomar café con Tata Ocampo.

—Cuando se escondieron en casa los L., perseguidos, después del derrocamiento de Juan Manuel.

—Cuando fuimos con Carolina y Pellegrini al Niágara. Aquí está la foto.

—Cuando tío López venía a Villa Ocampo a ver a mi tata…

Yo oía todo eso como quien oye llover, pensando en lo que me interesaba: un postre que servían, tal vez, en ese momento, y que llegaría a mí decapitado de su copete de crema de Chantilly; una muñeca de tamaño sobrenatural con un collar de ámbar y que yo envidiaba (no era mía); las calcomanías que me esperaban en el cuarto de Vitola2. El mundo estaba lleno de objetos codiciables, y mi padre, indiferente a ellos, hablaba de cosas irreales: los recuerdos que le traía el olor de la retama. En la estancia donde él veraneó, de chico, resplandecían como el sol. ¿Habría carneros o corderos allí?, me preguntaba yo, más atraída por el reino animal que por el reino vegetal. Pero no se hablaba de mis animalitos preferidos sino del olor de las retamas. Y para colmo, eran retamas difuntas: decían que aquella estancia (Las Hermanas) se había convertido en una ciudad triste: La Plata. Qué me importaba a mí si no había carneros, como en el Pergamino. Nada tenía sabor, todavía, a lo más amargo y lo más dulce de la vida: los recuerdos. Yo era una pizarra nueva donde todo se escribía con tiza y se borraba (creía yo, equivocadamente) con esponja cuando se presentaba algo más divertido que apuntar.

Así, cuando los trenes que silbaban de noche se oían desde nuestras camas, en Buenos Aires (como se oían, más próximos, en los veranos de San Isidro), mientras mi padre tal vez recordara aquellos meses de San Luis (su primer trabajo de ingeniero para el ferrocarril: un puente), y mientras mi abuelo rememoraba sus andanzas para traer el quebracho necesario para los durmientes de las vías, de tal a tal parte, yo solo sentía que el silbato me acompañaba, porque horadaba la oscuridad detestada. La vida era puro presente para mí.

Ahora, los recuerdos que me inundan, los de ellos junto con los míos, abrazan (y el término es exacto) grandes extensiones; se corren hacia el norte, hacia el sur de la Argentina, abarcan Córdoba, San Luis, La Rioja, la inmensa provincia de Buenos Aires. Van desde el Pergamino, donde mi abuelo paterno trabajaba en su campo (salía al amanecer, en tílburi, después de unos mates), hasta aquellas estancias a orillas del Salado, donde veraneaba mi madre, porque eran de los Aguirre y de los Sáenz Valiente. Algunos nombres encarnan para mí esas estancias de mi niñez y de mi adolescencia: San Miguel, La Rabona, conocidas íntimamente, directamente, con carneros, alfalfa, huevos de avestruz y de teros, primos, dulces hechos en braseros, esquila, paseos en break, galleta tostada, mate a veces, baldes de leche con espuma, valses de Ramenti en un piano vertical (tocados por mi tía Isabel), retos: «Ya he dicho que no le escondan el gorro a ese chico» (el chico lloraba), asados, nidos de hornero, delantales con sietes, moretones en las rodillas, barro en las manos («¿No pueden estar limpias un segundo?»), risas, lágrimas, carreras, lecturas; y El Chajá, El Rincón de López, paraísos conocidos indirectamente, por las descripciones de mi madre.

En cuanto a los nombres de las calles… Florida, Viamonte, Tucumán, Lavalle eran el reducto de los Ocampo. Allí viví. México, Suipacha, Bolívar eran los barrios de mi madre antes de casarse. San Isidro se pierde de vista en mi pasado y en el de mi familia materna.

Nous y trouverons leur poussière

Et la trace de leurs vertus…

Aquellas familias pertenecían a una época que ha cumplido su periplo, con las fallas y los aciertos, las cualidades y los defectos de su tiempo. Representaban un way of life en trance de desaparecer ahora. Sus costumbres, sus ideas, sus prejuicios, sus tabúes no son los nuestros. Tenemos un juego nuevo de costumbres, de ideas, de prejuicios, de tabúes, aunque nos halague creer que nos hemos librado de ellos sin reemplazarlos.

Aquellos hombres y aquellas mujeres han dado al país —que necesitaba tanto sacrificio y subsistía entre tanto sobresalto— lo que eran capaces de dar. ¿Qué más puede exigirse? Han vivido su hora de acuerdo con su conciencia. Yo vivo de acuerdo con la mía, sin figurarme que una vale más que la otra. No me siento obligada a seguirlos, sino cuando acepto su credo, y en la medida en que lo acepto.

Nous aurons le sublime orgueil

De les venger ou de les suivre.

¿Por qué? Ni vengarlos, ni seguirlos; continuarlos a nuestra manera, que no puede ser la de ellos: la circunstancia ha cambiado.

Yo solo sé que habré prolongado, por un camino en apariencia muy distinto, no el rastro de sus virtudes, fuesen las que fuesen (sería jactarme) sino su amor tenaz, y a veces encabritado, por un país ingrato y querido, que precisa, hoy más que nunca, una suma enorme de amor desinteresado para criarse y crearse, como los niños chiquitos. Este caudal no se consigue con empréstitos solamente. Y mientras el país no lo reciba, merecerá del mundo aquel juicio de Quincy Adams, cuando advertía a Monroe: «En el estado inorgánico de las provincias de la América Española, no sería prudente auspiciar un reconocimiento». Y eso fue a pedir a Estados Unidos mi bisabuelo Aguirre en 1817: un reconocimiento.

Dentro de otra esfera, en condiciones muy diferentes, yo también he tratado de negociar un reconocimiento. Tal vez habré fracasado, como fracasó don Manuel Hermenegildo en su misión diplomática (no en la otra)3. Pero como él y con él puedo repetir: no pido una limosna sino un acto de justicia. Y como don Manuel Hermenegildo se trajo de Norteamérica el Horacio y el Curiacio, y armas que le costaron tantos dolores de cabeza, yo soñé con traer otros veleros, otras armas, para otras conquistas. Y viviendo mi sueño traté de justificar mi vida. Casi diría de hacérmela perdonar.

1 Probablemente no la de los jóvenes de estos años. (Nota agregada en 1974.)

2 Victoria Ocampo, tía abuela.

3 La de comprar barcos y armas.

ANTECEDENTES
MEZCLA

Antes de entrar en materia, aunque lo ya contado es una forma de hacerlo, quiero repetir algo que he señalado ya. Sería mucho más interesante, más dans le goût du jour, daría más probabilidades de renombre a esta autobiografía (o como se la llame), comenzar por un: mi genealogía empieza con mi padre, o acaso sin él; con mi madre solamente, a quien nunca conocí, puesto que me abandonó en el umbral de un asilo de huérfanos. Pero no. No fui una niña expósita. Hasta me atrevo a decir que fui lo contrario.

El medio en que se ha desarrollado una infancia, ya sea un asilo de huérfanos o un palacio real (la mía no corresponde a ninguno de estos dos extremos), tiene demasiada importancia para que se lo pase por alto. Tiene importancia por las influencias, por las reacciones provocadas a favor o en contra del medio. Además, el factor herencia cuenta en mayor o menor grado.

Desde luego, siempre he pensado que, prescindiendo del medio y de la herencia, factores en que no interviene nuestra voluntad o nuestra elección (me refiero a caracteres físicos, aunque los medios económicos pesan en las posibilidades de desarrollo, de educación, a la vez favorable y desfavorablemente, de manera imprevisible), los hombres y las mujeres son exclusivamente hijos de sus obras y por ellas valen o se condenan.

Después de esta profesión de fe (intento con ella disipar todo malentendido), dada la etapa en que vive nuestra «civilización» (etapa de nuevos prejuicios, justificados, como la mayoría de los prejuicios, en su origen), pasemos a un resumen que considero útil.

Como ya dije, nací frente al convento de las Catalinas, que habían ocupado los ingleses en el momento de las invasiones, desde el 5 hasta el 7 de julio de 1807. Esta iglesia se encuentra en la esquina de San Martín y Viamonte, frente a la casa donde vivían mis padres y frente a la que ocuparían las oficinas de SUR.

Cuando yo iba a misa, de chica (Les dimanches tu garderas — En servant Dieu dévotement), nada sabía ni me importaba de la historia de esta iglesia. Me arrodillaba los domingos y días de fiesta cerca del altar mayor, sobre uno de los reclinatorios que allí tenían, en fila, mis tías abuelas. A mi izquierda, el enrejado de madera que separaba a las monjas del resto de los fieles y las ocultaba, de acuerdo con las reglas de la orden de clausura, me llenaba de aprensión y de curiosidad. El encierro me horrorizaba, pues no lo podía imaginar voluntario, sino compulsivo.

Por ese coro de las monjas, oculto por el enrejado, habían entrado los ingleses, y en una celda del convento permaneció la comunidad apeñuscada durante treinta y seis horas. ¡Qué espanto me hubiera causado ese hecho, de saberlo yo entonces, por mi marcada claustrofobia y frenesí de libertad!

Pero nada sabía. La iglesia parecía haber nacido conmigo y no le concedía más pasado que el propio, casi imperceptible. Ignoraba que aquel lugar era histórico (a la manera sudamericana) y que los dos hombres cuyo papel en la Reconquista de Buenos Aires era importante no me eran extraños, y se encontraban ya en dos puntos cardinales, de mi pasado uno, de mi porvenir el otro: Pueyrredón, por ser hermano de mi tatarabuela; Liniers, porque su descendencia, durante años, crearía conflictos en mi juventud… y más allá.

También ignoraba que en el año 1810, tan cargado de consecuencias, la calle Viamonte llevaba mi apellido, y la calle San Martín, asociada con triunfos de la hora, el [nombre] de Victoria. Esta coincidencia no tiene más importancia que la que le asigna mi superstición. Pero debo confesar que las coincidencias me inquietan y nunca se me figuran fortuitas. Tarde ya en la vida descubrí, por casualidad, mirando un mapa de las calles del Buenos Aires de aquella época, este detalle: la esquina precisa de las dos calles en que la casualidad iba a hacerme nacer (cierto que nací junto a la esquina y no en la esquina misma), en que echaría anclas esta mi vida y en que se desarrollarían los acontecimientos, o parte de los acontecimientos más importantes de mi vivir (SUR en la misma esquina), llevaba mi nombre y apellido en un momento estremecido de nuestra historia. Descubro también que el trayecto diario entre San Isidro y la esquina de esas calles (trayecto recorrido desde mis primeros años) fue cubierto en circunstancias más bien dramáticas por dos personajes mezclados a mi destino de diversas maneras: uno por llevar yo su misma sangre; otro porque quienes llevaron la suya me inspiraron (y les inspiré yo a ellos) toda la gama del amor pasión y del odio.

La iglesia de las Catalinas era, cuando yo nací, un edificio sin pretensiones y sin fealdad. La fealdad le cayó encima con la pretensión de embellecerla. Su atrio, de baldosa roja, estaba rodeado de una verja sencilla en fer de lance. Su cúpula de azulejos era igual a la de la mayoría de las iglesias coloniales de Buenos Aires y de su catedral.

Liniers escribe en un informe (agosto de 1806): «El 5 del corriente me dirigí al pueblo de San Isidro, que atravesamos entre aclamaciones… Acampé a la tropa en un hermoso sitio, pero la noche fue cruel de viento y agua…». El hermoso sitio eran las barrancas de San Isidro, donde yo iba a vivir. Y las idas y venidas entre ese lugar y el barrio comprendido entre Florida, San Martín, Viamonte y Tucumán sería el marco en que se encuadraría la parte material y argentina de mi existencia (he vivido en otros lugares física y sobre todo espiritualmente). Yo estaba destinada a conocer, pero sin aclamaciones, sin tropas ni armas, esas noches desoladas de viento, de lluvia y de zozobra en las barrancas. ¿Qué contemporáneo no las ha conocido de una u otra manera? Solo que yo quisiera leur faire un sort, contarlas. O por lo menos exorcizarme de ellas fijándolas fuera de mí al contarlas. La confesión es necesidad enraizada en el hombre y que se alivia sea por vía de un sacramento o ahora por vía de un Ersatz al que no le tengo demasiada fe: el psicoanálisis (que ha venido a dar razón a ciertas prácticas religiosas).

Así como el Río de la Plata, visto desde una azotea de la calle Viamonte o desde las barrancas de San Isidro, fue el horizonte de toda mi vida, mi familia fue el background en que brotó y se desarrolló. Ni lo uno ni lo otro pueden amputarse sin suprimir elementos muy importantes y vitales.

Como la mayoría de los adolescentes, he querido y detestado a esta familia y he soñado escapar por aquel río abierto a todas las partidas. Es decir que he luchado desesperadamente contra la tiranía de los míos, tanto más cruel por no sentirme yo retenida sino por el cariño que a ellos me ataba. Esta tiranía nacía de ciertos prejuicios corrientes en aquella época, en todas partes del mundo (aunque en diferentes proporciones). Ni consideraciones sociales ni ventajas económicas me hubieran paralizado cuando, por ejemplo, soñaba con dedicarme al teatro, ser una gran actriz y trabajar por mi cuenta. Me impidió huir de mi medio lo que afecta al corazón: había nacido y crecido en una casa en que se adoraba a los niños. Además, se hubiera podido decir de mí lo que alguien de la parentela de Benjamin Constant escribió de él: «Benjamin était dans sa famille un objet précieux… que chacun aurait voulu avoir».

Entre cinco abuelas (mis tías abuelas) que estaban a mis órdenes mucho más que yo a las órdenes de ellas (aunque el cariño era mutuo), entre cinco abuelas en casa de quienes pasaba los días enteros, una sola me inspiraba obediencia: Vitola (Victoria), mi preferida. Madrina (Pancha), la segunda de mis preferidas, no logró lo que por voluntad propia le concedí a Vitola: absoluta sumisión. ¿A quién se le podía ocurrir desobedecer a Vitola?

Mi padre y mi madre… eran otro cantar. Desde luego, había que obedecerles, y los adoraba. Pero ellos estaban como en otro plano. Más cerca y más lejos, a la vez. Los dos, muy distintos, inspiraban matices muy distintos de cariño. Lo descubro a posteriori.

En efecto, los Ocampo y los Aguirre eran familias con diferentes modalidades, exteriorizaban en otra forma sus emociones y tenían una visión distinta de las cosas. Además, en los Aguirre de mi rama entraban los Herrera. La tierra vasca y la andaluza muy opuestas han de ser si se parecen a estos representantes suyos. Los Herrera, por ejemplo, tal como los recuerdo, tenían un buen humor bonachón de al pan pan y al vino vino. [En algunos de ellos veía yo (o veo a distancia de años) una alegría, una espontaneidad sevillanas (conste que nunca he conocido a un sevillano, alegre o melancólico).] Tanto en su quinta de San Isidro como en la calle Suipacha o en París, mama Ramona vivía muy a la criolla. Contrariamente a las hermanas de mama Angélica (Ocampo), tan afrancesadas y algunas elegantes y refinadas, no usaba jamás palabras francesas, incluso en Francia. Bautizó a Les Trois Quartiers (tienda que frecuentaba) Los tres carteros, no por ignorancia, sino por travesura, por comodidad y por criollo desafío burlón. No le gustaba la etiqueta. Sus nietos podían transformar su casa en un potrero sin que ella se alterara. Le encantaba tratar a la gente campechanamente. Los Herrera eran comunicativos, optimistas, risueños, amigos de bromas, mientras los Aguirre, reservados, secos, serios, capaces de soportar en silencio cualquier cosa por un sentimiento exacerbado de dignidad (y por la muy conocida soberbia vasca), los mirarían, supongo yo, con cierta superioridad. Y, por supuesto, en casa de mi abuela, viuda, dominaba el ambiente Herrera. Pese a la ausencia del padre, algunos de los hijos heredaron el empaque de los Aguirre, o una mezcla de las dos características: jovialidad y una capacidad de aguante, un no dar su brazo a torcer, una silenciosa fortaleza, resultado (imagino) del fuerte contingente de la enigmática sangre vasca… e irlandesa.

En cuanto a los Ocampo, vivían en un casi perenne estado emotivo que producía cierta trepidación crónica (mi abuela era una excepción e irradiaba calma). Perpetuamente alerta en lo que se refería a sentir; siempre inquietos de lo que podría ocurrirle a un miembro del clan; perdiendo un tanto la cabeza, y perdiéndola indistintamente frente a un sarampión, una tos convulsa, una indigestión de la gente menuda, o un parto normal de las mujeres, como ante una agonía. Con lágrimas atragantándolos por cualquier percance de orden sentimental. Perturbados fácilmente y fatalmente perturbadores, de rebote. Hablo a grandes rasgos de estas familias, y, claro está, había excepciones y matices.

La Morena, mi madre, había heredado la alegría de los Herrera, pero acompañada por un temperamento y una finura, un aguante terco y una altivez secreta que denunciaban una copiosa dosis de Aguirre en su constitución. Su optimismo y su risa contagiosa (tenía una encantadora sonrisa) contrastaban con la tendencia a la melancolía y al pesimismo de mi padre. Estas características no le impedían a él un muy marcado sentido del humor, de lo cómico en todos sus matices.

En una carta de mi bisabuelo a una de sus hijas le dice: «Cómo se reiría Manuel, aunque siempre es tan silencioso para todo». El Manuel de aquellos años era jovencito, y ya amigo de callar, por lo visto. Además, el que lo hereda no lo hurta. Mi abuelo, neurasténico desde el saque, acabó siéndolo con bombos y platillos en su vejez. Es decir, que nadie podía ignorar sus estados de ánimo, porque si bien mi padre era silencioso (aunque creo que con mi madre no lo era), mi abuelo comunicaba al universo sus menores males, y a gritos. Esto a partir de los setenta, que es cuando yo más vivamente lo recuerdo.

Mi abuela contaba diálogos nocturnos, de un cuarto a otro, como el que sigue:

—¡Angélica! No puedo dormir.

—Hay que tener paciencia, Manuel. Ya estamos muy viejos. El insomnio es cosa de viejos.

—¡Entonces, me joderé, carajo!

Mi abuela sonreía, pues mi abuelo se le había transformado en un hijo malcriado, para quien su presencia sedante era indispensable.

En cuanto a mi padre, sé que estaba tan ansioso e impaciente por verme llegar al mundo que temía morirse antes. Yo fui la mayor de sus seis hijas. En aquellos días de abril, habrá mirado por la ventana de nuestra casa las palomas que se pasean sobre las cornisas de las Catalinas, como a menudo iba a mirarlas yo. Esas campanas, destinadas a ser la música de fondo de muchas crisis interiores y exteriores, sonarían una tarde de abril, como todas las tardes, cuando a las cuatro y media, más o menos, empecé a llorar.

PROPÓSITOS

Lo que intento escribir se parece a la confesión, porque pretende ser verídico y porque proclama una fe, al margen de la fe que me enseñaban cuando, arrodillada en el reclinatorio de las Catalinas, pedía al cielo, con fervor, un destino muy distinto del que escondía el enrejado de madera mirado con curiosidad y aprensión por mis ojos tan nuevos. Es decir que ya estaba saliéndome del dogma rígido que no tardé en rechazar con recóndita violencia.

Estas páginas se parecen a la confesión en tanto que intentan explorar, descifrar el misterioso dibujo que traza una vida con la precisión de un electrocardiograma. No veo por qué ha de ser más fidedigno uno que otro para el diagnóstico de un ser y de la época en que le tocó vivir.

No sé si fracasará mi plan, porque, como observa Aldous Huxley, en el arte (y para que la cosa escrita cobre vida ha de ser arte o será nonata) no bastan la verdad, la sinceridad, la voluntad, la perseverancia, la honestidad intelectual: hace falta talento.

Las cartas de amor de Keats despiertan interés apasionado —dice Huxley—. Son tal vez más importantes, literariamente, que sus poemas. Pero ¿cuántas cartas de amor verdadero se habrán escrito, y cuántas personas habrán conocido, en el correr de los siglos, con la misma intensidad que Keats, las angustias y la frágil dicha del amor? Sin embargo, pocas, contadísimas son las cartas de amor que perduran y que «parecen» sinceras. Para ser sincero por escrito el talento es un ingrediente indispensable.

Mallarmé aseguraba que la poesía no se escribe con ideas sino con palabras. También se podría asegurar —y tal vez con más razón— que la sinceridad solo llega al lector por el trujamán del talento. Para que la sinceridad se exprese, es obligatorio que la socorra, que la traduzca el talento.

Por estos motivos he pensado que así como he dado el título de Testimonios a mis artículos y ensayos, tendría que darle a mi Autobiografía, a mis Memorias, un título prudente: Documento. Documento en la tercera acepción del vocablo (diccionario de la Academia Española): «Cualquier cosa que sirve para ilustrar o comprobar algo».

Trotski escribe, refiriéndose a sus recuerdos de infancia: «Cuando he bosquejado por primera vez estos recuerdos, me ha parecido más de una vez que describía no ya mi infancia, sino un viaje de antaño en un país lejano. Hasta he tratado de contar lo que había vivido hablando de mí en tercera persona. Pero esa forma convencional cae demasiado fácilmente en la pura literatura, y es lo que yo quería ante todo evitar».

También a mí me hubiera aliviado hablar en tercera persona de mí misma, no solo por las ventajas que ofrece (especialmente si uno habla de sí mismo en esa tercera-primera persona que son tan a menudo las novelas y cuentos), sino porque me siento, por momentos, tan lejos de cierta mí misma como lo puedo estar del pelo que me han cortado y barren en la peluquería, o de la uña que me limo y vuela al aire hecha polvo. Yo no soy «aquello», lo perecedero que formó parte de mí y ya nada tiene que ver conmigo. Soy lo otro. Pero ¿qué?

La tercera persona es un instrumento que no he aprendido a manejar. Además, coincido con Trotski: es una forma convencional. No coincido con él en el deseo de evitar la literatura. Parecería que usa la palabra en su sentido peyorativo únicamente. Creo que hay otro, el bueno. En el malo, yo también trato de evitarla, pues la aborrezco. Aborrezco eso que podría llamarse: hacer literatura, fabricarla torpemente, sin capacidad para usar las palabras como instrumentos de precisión adecuados al fin que nos proponemos. Es decir, caer en la afectación, deficiencia mucho más lamentable que el uso de los borrosos lugares comunes.

Tampoco quiero hacer «literatura» entre malévolas comillas. Y menos con recuerdos. Pero declaro que, en lo que atañe a la buena literatura, no soy yo quien la evita, será ella quien se aparta de mí, en todo caso. Pues una de las cosas que más he admirado es la cosa escrita.

Deseo que este documento se acerque a la buena literatura, porque así comunicará su verdad. Si se aproxima a la mala, quedará incomunicado.

HACIA EL ARCHIPIÉLAGO

Como esos sueños que no conseguimos reconstruir, al despertar, sino por fragmentos, de los que conservamos, por lo contrario, la atmósfera de angustia o de felicidad, mis primeros recuerdos emergen en mi memoria consciente como un archipiélago caprichoso en un océano de olvido.

¿Por qué tal recuerdo y no tal otro? Este es el gran enigma que no ha sido resuelto. Esa elección que se produce, involuntaria como el parpadear cuando se nos entra una nada de polvo en el ojo, ha de estar ligada a la marea baja o alta del inconsciente (¿o subconsciente?), a sus flujos y reflujos. Ha de significar, ha de traducir una naturaleza, una intolerancia para determinadas temperaturas o incitaciones exteriores. Ha de dibujar el carácter de un ser, pues evidentemente recordamos siempre lo que ha causado el mayor impacto o lo que queda asociado a una circunstancia que lleva una máscara. Nuestros amores de niños (y por amor entiendo aquí nuestra manera personal de amar a quienes amamos, padres, hermanos, tíos, maestros, camaradas de juego, etcétera) ¿no son acaso los precursores, los avant-coureurs de nuestros amores de adultos? En lo que me concierne, es así. Yo podría ponerle como título a mis Memorias la divisa de María Estuardo, usándola al revés: «En mi comienzo está mi fin».

La interpretación de mis primeros recuerdos depende, desde luego, de lo que yo creo ver en ellos. Pero los recuerdos en sí no dependen de mi voluntad, no han sido deliberadamente seleccionados. Mi memoria me los impone. Sobre este punto no puede haber duda posible. Ni rastro de wishful thinking. En la medida en que estoy en condiciones de controlar con algún rigor su autenticidad, esos primeros recuerdos parecen ligados en orden cronológico a la indignación causada por la injusticia y la crueldad; a una ternura apasionada por las personas queridas (apasionada, y exigente, y pronta a sufrir, desconsolada, por el menor asomo de negligencia y sobre todo de inconsecuencia); a un interés marcado por lo comestible; a un miedo nervioso de ver llorar, como si yo pudiera ahogarme en ese diluvio; a un horror de traicionar mi pena, mi dolor; a un frenesí de disimulo cuando sufría; a un deleite tremendo ante la belleza física.

Sin embargo, la persona mayor que más he querido en mi infancia, fuera de mis padres, mi tía Victoria (Vitola, no conseguía pronunciar la parte difícil del nombre), en ningún modo era una mujer linda. La cuestión de la belleza o de la fealdad no se planteaba para mí en su caso. Vitola era Vitola. Un ser aparte. La historia del nombre —que contaré más adelante— y mi necesidad de decirle a ella, a ella sola, infinidad de veces: «Hasta mañana, Vitola» (para oírle contestar «hasta mañana» a ella), como si la noche fuera una peligrosa travesía que íbamos a emprender separadas, me parece estar ya en la cima del cariño que ha podido inspirarme una persona.

[«A thousand times good night…» Mil veces buenas noches. Yo no conocía Romeo y Julieta ni de oídas, pero ya sabía que «parting is such sweet sorrow, that I shall say good night till it be morrow». Todo esto era un échantillon non sans valeur de lo que sentiría más tarde. Ternura infantil o amor pasión no cambiarían de tónica. Los mismos bemoles quedarían en la clave.] La historia del nombre es la historia de mis peores angustias sentimentales.

El recuerdo de Tata Ocampo, el día del aljibe, irá en primer término. Yo tenía cinco años cuando murió.

No sé si los recuerdos que ordeno a continuación de este son anteriores o posteriores. En cuanto a la historia del aljibe, mi madre (a quien le pregunté, treinta años después, si ella sabía algo del asunto) me la confirmó. Tata Ocampo había comentado el susto que involuntariamente le di y su terror de que por intervenir o no intervenir cayera yo de cabeza en el agua y me ahogara antes de que pudieran salvarme.

La historia del caballo se reavivó en mí cuando hojeando el Don Quijote ilustrado por Gustave Doré me encontré con Juan Haldudo. El caballero, montado en Rocinante, vio —escribe Cervantes— «atada una yegua a una encina, y atado en otra un muchacho, desnudo de medio cuerpo arriba, hasta de edad de quince años, que era el que las voces daba, y no sin causa, porque le estaba dando con una pretina muchos azotes un labrador de buena talla…».

Con la rapidez de un perfume, esta escena me transportó al baldío, cerca de Palermo, y a lo que ocurrió después. Poco me faltó para pensar, aquella tarde de mi niñez, una vez acusado el culpable al vigilante: «Hoy has desfecho el mayor tuerto y agravio que formó la sinrazón y cometió la crueldad; hoy quité el látigo de la mano a aquel despiadado enemigo, que tan sin ocasión vapuleaba a aquel delicado infante». El infante, en mi caso, era un caballo, pero tanto da. Mi pensamiento no estaba articulado, era puro tartamudeo emotivo.

Alguna otra vez, en la edad adulta, esta gloriosa sensación de haber «desfecho el mayor tuerto» me ha embargado, pero nunca con tamaño contento y certidumbre de haber cumplido con un deber maravilloso (cosa que no suelen parecer todos los deberes).

La muerte de mi bisabuelo y un viaje a Europa, poco después, son las dos fechas seguras que me sirven de mojones.

La mañana en que mi padre entró en mi cuarto con la noticia de esta muerte (la primera que no lograron ocultarme) se destaca de otras, borradas. Conste que aquella partida de Tata Ocampo para el cielo no me parecía una operación totalmente imposible. Olfateé algo insólito en el procedimiento mismo, en la forma de anunciarme eso. El tono de mi padre era demasiado natural. Poco natural resultaba que viniera él, temprano, a mi cuarto, para darme parte de un inesperado viaje de mi bisabuelo. Tuve inmediatamente la certeza de que tal partida para un lugar de inmejorable fama debía, sin embargo, afligir a mis tías (abuelas). Era raro que lo dejaran viajar solo, así fuera al cielo.

Mis sospechas crecieron en unos instantes. Algo enmascarado había en ese acontecimiento que mi padre se empeñaba en presentarme como de rutina. Me dio pánico. El presentimiento de una ley inexorable me hacía pensar, en mi fuero interno: «La cosa ha de ser atroz, y no podré escaparme». Aquella mañana el disimulo que intuía me cortó la respiración casi. Al disimulo respondí disimulando a mi vez. Fingí tomar con indiferencia lo que de más en más me alarmaba. Reprimí el deseo casi insoportable de echarme en brazos de mi padre; me sobrepuse al intenso malestar que me aflojaba las piernas y se parecía a una indigestión del corazón. Se me estaba indigestando el corazón. El corazón se me subía a la garganta, como en otras ocasiones el estómago. Pensé que lo que sentía no debía transparentarse, pues si se me veía, yo estaba perdida, perdida, todo sería peor. Confesar mi terror era darle al presentimiento oscuro, informe, que lo provocaba, derecho de ciudadanía. Como tantas veces había de suceder después, a lo largo de una larga vida, fui valiente de puro cobarde. Así tomé siempre el toro por las astas: en un paroxismo de aprensión. No sé si mi padre se dejó engañar por mi comedia o si adivinó mi temblor interno y juzgó más prudente fingir no sospecharlo. Era la primera, pero no la última vez que esto iba a ocurrir entre nosotros dos.

Aquella mañana, yo temí las lágrimas de mis tías como temía las súbitas tormentas de San Isidro, cuando los truenos y los relámpagos nos sorprendían en el «jardincito» (reservado a nuestros juegos), y nos llevaban deprisa hasta la casa diciéndonos: «Corran, corran».

Huir, huir. ¿Dónde? «Adiós» quería decir, siempre, lágrimas entre los míos.

Yo era una niña muy impresionable, centro de la atención en una familia de grandes emotivos. Me defendía como podía. Mi madre me ha contado que aquel bisabuelo del aljibe repetía, cuando yo apenas andaba gateando: «No le hablen tanto a esta niñita. ¿No ven ustedes cómo las mira? Fíjense en su mirada, no la aturdan».

Cuando nos embarcamos para Europa, tendría cerca de seis años. El recuerdo de mi despedida, en el portón entreabierto de Viamonte, no puede ser inventado, ni puede habérmelo contado nadie, y yo haberlo transformado en recuerdo. Me despedí solo de mi tía Carmen. Las otras tías no quisieron verme, parece. Yo era la sobrina nieta que poblaba sus patios y sus vidas. Recuerdo claramente que llevaba yo una gorra con cintas de raso blanco (barbijos) que pasaban sobre las orejas y me las anudaban en el cuello. Me confortó la idea de que estas cintas me protegerían, que me impedirían oír llorar a Carmen… y estar en peligro de llorar.

En las páginas que siguen he anotado detalles —para mí importantes— con toda la fidelidad posible en estos casos y usando el lenguaje más simple e inclusive insulso: el reducido lenguaje de los niños, en que de vez en cuando, si son precoces, aparecen palabras que sorprenden, porque no hacen juego con las habituales.

Quien recuerda a la niña no es una niña1, pero los hechos recordados son, como dije, y repito, independientes de la voluntad del adulto: responden a una elección para la que el adulto no ha sido consultado. Mi yo consciente no ha elegido la serie de recuerdos que voy a narrar. En eso reside su interés. ¿A qué responde esa elección? ¿Cómo se opera?

Utilizaré notas escritas hace treinta años. Tal vez estas notas no sean significativas más que para mí misma. Constituyen un aide-mémoire sobre mi persona, para mi persona. Los médicos preguntan al enfermo que examinan por primera vez qué enfermedades tuvo de niño. Esta vendría a ser la etapa del sarampión, de la tos convulsa, de la varicela, etcétera; el cuadro clínico de la infancia en un plano que no es el de la salud física, aunque puede muy bien vincularse con ella, o más bien dicho no estar disociada de un estado de euforia física, de exceso de vitalidad con todas sus ventajas y sus inconvenientes (porque hasta lo aparentemente bueno y puramente positivo tiene sus aspectos negativos en este mundo contradictorio y tan a menudo incomprensible en que nos movemos).

1 Sin embargo, como observa Graham Greene: «For the self we remain always the same age».

EL ARCHIPIÉLAGO

BUENOS AIRES

Esta calle estrecha tan fea no puede ser Florida. Cuando me fui era ancha. Me aseguran que era igual. Nadie me convencerá.

[…]

Hablo mejor francés que español, y me gusta más. ¿Cómo ha pasado?

Una mademoiselle muy vieja viene a darnos lecciones de francés. Al cabo de cinco minutos le digo: «Vuelvo enseguida. Un minuto». No vuelvo.

[…]

Paul, el cocinero, era negro. Había nacido en una isla que se llamaba la Martinique. Parado en la puerta de la cocina que daba a uno de los patios, me sonreía, con un bonete blanco sobre la cabeza. Siempre andaba de bonete blanco. Hacía huevos fritos como nadie en el mundo, decían. A mí me encantaba el encaje dorado que rodeaba los huevos fritos en los platos blancos y rosados. Soñaba con huevos fritos.

[…]

Paul no me echaba de la cocina, como François del último patio. Yo miraba sin cansarme, cada día, cómo vaciaba los pollos o limpiaba el pejerrey. No sé qué cara tenía; veo sus manos que preparaban las fuentes con tanta perfección. Era bien negro.

Pero las tías se mudaron de la vieja casa de rejas y patios. Mi padre les iba a hacer una nueva en la misma esquina de siempre. Se mudaron a casa de Madrina, Tucumán 675. La idea de cambiar de casa me divirtió.

[…]

Cuando en diciembre nos vamos a San Isidro, duermo en el cuarto que está al lado del de Vitola y Carmen. Vitola se sienta cerca de mi cama y casi todas las noches me lee cuentos de hadas, antes de apagar la luz; pero siempre queda una veil­leuse encendida porque tiemblo en la oscuridad. Cuando Vitola se ha acostado, empiezo a decirle: «Hasta mañana, Vitola». Contesta: «Hasta mañana, gatita». Esto sigue y sigue. Vitola se cansa y no contesta. Entonces aumenta mi fervor y mi deseo de hacerle repetir, aunque sea una vez más, su «Hasta mañana, gatita». Tiene que ser ella la última que lo dice. Si no, no estoy en paz.

Esta ceremonia tiene lugar cada noche. A veces Vitola se empaca y no contesta. Le parece que insisto demasiado. Entonces, ¡qué problema! No puedo callarme, ni quiero disgustarla. No. No puedo abandonar la partida hasta oírle decir «Hasta mañana, gatita».

Una noche, después de haberme acostado, conversé con Vitola y me dijo que no se llamaba Victoria, que su verdadero nombre era Antonia, o que su primer nombre era Antonia. Se llamaba Victoria solo en segundo término. Quedé anonadada. Me invadió un dolor tan insoportable que traté de hacerle decir que no era la verdad. Que era una broma. Vitola contestó que no era un chiste. Insistí. Inútil. Vitola aseguraba que me hablaba en serio. Entonces la tormenta estalló. Le dije que todo eso era horrible. Que no podía soportar que se llamara Antonia después de haber creído que se llamaba Victoria, como yo. Le supliqué, con lágrimas en los ojos, que me dijera que su verdadero nombre era Victoria. No parecía comprender que era una cosa muy grave para mí. No veía que yo estaba de veras desesperada. Sonreía cruelmente —me pareció—, y sacudía la cabeza. Me anonadaba su insensibilidad. Yo no comprendía que ella no comprendiera.

A la mesa (yo comía con las tías abuelas) me sentaban entre Vitola y Madrina. A menudo ponía una mano sobre el hombro de Vitola y otra sobre el hombro de Madrina. Vitola solía preguntar riendo: «¿Es cariño o comodidad?». Yo, invariablemente, contestaba: «Comodidad». No era cierto.

Una tarde, en el jardín de Villa Ocampo, había mordido y chupado unas frutitas raras, que no se comían en la mesa y tenían mal gusto. Las arranqué de un arbolito con espinas que estaba al lado del portón. Le pregunté a don Francisco, el que mandaba en ese jardín, cómo se llamaban. No me lo dijo, pero me advirtió que era veneno. A medida que se acercaba la noche, la voz del jardinero crecía dentro de mí: «VENENO, VENENO, VENENO». No podía pensar en otra cosa. Iba a morir envenenada. Iba a morir esa misma noche. Cuando estuve en la cama y le dije «Hasta mañana» a Vitola, llegó una ola tremenda de terror. Le había dado un beso a Vitola por última vez. Más valía que ella no lo supiera. Si yo se lo decía, sería peor. Era necesario callarse. Daba vueltas en la cama. No encontraba postura adecuada para esperar la muerte. ¿Cuándo empezaría a sentirla? ¿Cuánto tiempo haría falta esperarla? ¿Por qué lado del cuerpo empezaría? Vitola, en el otro cuarto, acabó por oír que yo no me quedaba quieta, como de costumbre, y vino a ver qué pasaba. Mi camisón estaba empapado en sudor. Esto la sorprendió. Preguntó si me dolía algo. Contesté que tenía ganas de hacer pipí. Su presencia me aliviaba, pero estaba resuelta a no decirle nada. Me puso otro camisón. Me dijo que era hora de dormir, que ya estaba amaneciendo. ¿Amanecía? ¿Habría luz? Pero entonces es que no voy a morirme —pensé—. De día nadie se muere. Cuando Vitola se fue, ya había luz entre las persianas. ¡El día! Abrazada a mi almohada, y rendida, me dormí.

[…]

Tenemos muchos juguetes. Pero mi tía abuela Rosa es la guardiana de los juguetes. Dice que los estropeamos rápidamente, y ha hecho hacer un armario con puertas de vidrio donde los guarda bajo llave (no todos, pero los más lindos). Allí está un muñeco rubio, con traje de terciopelo verde y cordones dorados, que es maravilloso, y muy grande. No es mujer, es varón, de pantalones. Los 25 de mayo y los 9 de julio, y algún otro día importante del año, se abre el armario. El muñeco tiene también que ver pasar a los soldados. He conseguido que me lo dejen llevar a pasear en coche, a veces. Entonces le grito: «¡Respirá, respirá! Que pronto Rosa te pondrá en la cárcel». Espero que al oír estas cosas, o saber que las digo, Rosa se enoje.

[…]

Abraham, que cuidaba la quinta de verduras, tenía barba como papá Manuel, y un chico de mi edad, muy llorón. Lloraba si le escondíamos el gorro que siempre llevaba puesto. «Dame la gora, dame la gora», gritaba, lloriqueando. Nos pusieron en penitencia porque nos pescaron escondiéndole la gora. «No van a jugar más con ese chico si lo hacen llorar. Ya saben.» No entiendo por qué me daban ganas de hacer llorar a los chicos llorones.

Pero a mi primo Martincito tenía ganas de pegarle, todos los días. Les hablaba a las mujeres (a mí) con aire de despreciarlas. Si lloraban los varones, las niñeras les decían: «Te vamos a poner polleras». Entonces se figuraba que eran mejor —por usar pantalones— que las que usábamos polleras.

Nos anuncian, a Angeliquita y a mí, la llegada de una institutriz que sabe muchas cosas, es severa y no permitirá que yo haraganee, como lo he estado haciendo hasta ahora. Dicen que ya tengo edad de no hacer todo lo que me da la gana. O será que todavía no tengo edad de hacerlo, pregunto. Mademoiselle nos dará lecciones de francés todas las mañanas, de nueve a once. Se quedará a almorzar. A la una de la tarde nos llevará a Palermo, donde jugaremos y estudiaremos las lecciones para el día siguiente sentadas en un banco. La esclavitud. La esclavitud se llama Alexandrine Bonnemason. Es francesa, naturalmente. Una parienta nuestra se la recomendó a Vitola. Dijo: «Es un pozo de ciencia». Esta recomendación no me entusiasma. No tengo intención de convertirme en un pozo de ciencia. Ni quiero que quieran convertirme en eso.

El día de la primera lección traté de hacer el jueguito acostumbrado: «Espéreme un minuto. Vuelvo enseguida». Pero no me dejaron salir del cuarto. Vitola le ha dicho a Mademoiselle que no tolere comedias, que me haga estudiar en serio, sin contemplaciones.

¡Vitola! Quiere que yo aprenda muchas cosas. Me vigila. Cuando Mademoiselle no puede menos que darme dos minutos para ir al cuarto de baño (donde me encierro para ver volar las moscas, o para oler los jabones), me ataja: «¿Qué es este perdedero de tiempo?», pregunta. Sabe de sobra que yo voy al baño para escaparme. Entonces me echo en sus brazos, la beso: «¡Vitola, Vitola!», suplico. Nada. No cede.

Las lecciones de Mademoiselle y Mademoiselle ocupan inmediatamente un lugar importante en mi vida y en la de mi hermana.

Mademoiselle empieza por ponerme en penitencia porque «contesto». ¿Cómo se puede no contestar? Pues ella pretende que no se le conteste, salvo cuando ella pregunta algo sobre las lecciones.

Hace y nos hace hacer la señal de la cruz y decir un padrenuestro y un avemaría antes de empezar la clase. Repite, a propósito de cualquier cosa, como una amenaza: «C’est la dernière fois que je vous le répète».

Está resuelta, sin duda, a meternos en la cabeza todo lo que ella tiene en la suya. Comienza por el comienzo: «Quand la Terre était une nébuleuse…». ¿Qué será una nebulosa? No lo explica con claridad, o yo no entiendo su explicación. Pero comprendo que esto pasaba hace miles y miles de años. Me pregunto, impaciente, cuánto tiempo pondrá Mademoiselle en explicarme la desnebulización de la Tierra. ¿Siglos? Pobre de mí.

Suele interrogarnos sobre algo ya explicado, y si contesto: «No sé», me da una penitencia y dice: «Il fallait savoir».

Mademoiselle nos lleva a casa de una alumna suya, medio parienta nuestra. Se llama Eloisita y se parece por lo juiciosa a la Gertrude de Diloy le chemineau. Vive en la calle Artes, tiene una muñeca enorme, con un collar de ámbar (la muñeca más grande que hemos visto). No tiene mamá, cosa que me parece terrible. Pero vive con una tía muy buena. Eloisita dice que Mademoiselle es severísima para las lecciones. Ya lo sabemos.

Eloisita hace gimnasia y me enseña a hacerla. Parece de goma, y yo también quiero hacer las mismas pruebas.

A la tía de Eloisita le debemos la presencia de Mademoiselle en casa. Ella se la recomendó a Vitola. Buena ocurrencia. Mademoiselle nos dice que tenemos que portarnos muy bien cuando vamos de visita a la calle Artes, porque el tío de Eloisita está à cheval sur l’étiquette. El tío es un gordinflón que nos parece ridículo, y más por estar à cheval sur l’étiquette.

Todas las tardes después del almuerzo, llega un cupé que alquilan especialmente para llevarnos a Palermo. El cochero se llama Eustaquio, pero Mademoiselle lo llama Eustache de Saint Pierre. El Eustaquio francés era de Calais y parece que se portó muy bien en una ocasión. El nuestro no se porta mal, hace lo que yo le pido: cerca de la Recoleta la calle está llena de pozos. Yo le grito a Eustaquio, cuando llegamos a ese lugar: «Por los barquinazos, Eustaquio, por los barquinazos».

El cupé salta y nosotras brincamos en los asientos, encantadas.

Cuando en las esquinas pasamos delante de un vigilante le suelo gritar: «Vigilante, barriga picante», y alguna vez le muestro mi muñeca desnuda por la ventanilla del cupé, para ver si se enoja. Pero no hace caso. Mi prima Paloma me había contado que las monjas de su colegio le han recomendado que tape los espejos del cuarto de baño cuando se bañe. ¿Será porque es pecado desnudarse? Nunca se me habría ocurrido.

Un agneau se désaltérait dans le courant d’une onde pure…

Aprendemos fábulas de La Fontaine. No me aburren, como la aritmética. He resuelto no aprender aritmética. Cuando tenemos que hacer una de las cuatro opérations fondamentales, yo copio lo que ha puesto Angeliquita en su cuaderno cuadriculado cambiando al azar algún número para que no descubran la maniobra. Pero Mademoiselle no se deja engañar y nos da deberes distintos.

Mademoiselle dice versos de memoria. Racine y Corneille. Se saca entonces los anteojos y se refriega los ojos antes de empezar. La escucharía horas. Le Songe ­d’Athalie y Le Récit de Théramène me gustan especialmente. Sobre todo algunos versos. Le Récit de Théramène me gusta más a partir de «Un effroyable cri sorti du fond des flots». Y en Le Songe d’Athalie me gusta aquello de «son ombre vermonlie» y lo que sigue. Vermonlie1 ha de ser un color muy extraño, pienso. El color de los espectros, de las ánimas en pena. Además, el comienzo de esa tirade, como dice Mademoiselle, ya da un miedo espantoso y delicioso:

C’était pendant l’horreur d’une profonde nuit…

Yo que tanto miedo tengo de noche comprendo lo que es «l’horreur d’une profonde nuit».

A veces pensaba: «Si pudiera volver la cabeza ligerito, ligerito y mirar detrás de mí vería: NADA. Tal vez llegara a descubrir que no hay nada. Nada». La palabra me fascinaba. Me preguntaba: «¿Y si todo lo que está pasando delante de mis ojos no pasara sino delante de mis ojos, nunca detrás?». Esta idea me deprimía y me atraía. Cuando cavilaba sobre eso me encontraba como prisionera de un mundo sin salida. Un mundo que no tenía relación con el mundo de mis horas de comida (tan apreciadas), de juegos, de clase, de paseos. Un mundo distante del mundo en que guardaba cuidadosamente la caja de jabones llena de piedritas, o en el que daba una vuelta en coche con mi muñeco vestido de terciopelo verde. Un mundo sin cosas, sin gente y, sin embargo, tan espantosamente fuerte dentro de mí. Era como si me encarcelara un sueño más cierto que la vida de todos los días. Y era también como un precipicio donde me hubiera tirado por miedo de caer en él. Trataba entonces de salir de esa telaraña tremenda para la que yo era una mosca. Pensaba con todas mis fuerzas: «Lo único cierto es que voy a comer a las siete; que voy a jugar; que dentro de tres meses llega el día de mi santo; que antes llega Carnaval y me vestiré de diablo. ¿Para qué pensar en cosas que no tienen pies ni cabeza? Me cansa. Y todo eso no existe. Yo lo imagino. La prueba es que nadie, nadie habla nunca de cosas semejantes. Nadie piensa en eso sino yo». Pero nunca y nadie sonaban a nada. Me sacudía yo como un perro que sale del agua para sacarme de encima el agua de la nada.

Yo quería mucho a todos los sirvientes: Micaela, Catalina, Carmelo, François, Juan Montero, etcétera.

Juan Montero era el primer mucamo (maître d’hôtel). Tenía voz baja y bigotes grandes. Tosía siempre con tos de resfriado, pero no estaba resfriado. Era una especie de eminencia gris. Como todos los sirvientes, hacía años que estaba en casa de las tías abuelas. El día de San Juan invitaba a toda la familia y le servía un chocolate de su especialidad, con unas maravillosas tostadas con manteca y azúcar que nadie hacía como él. Cuando entraba en la sala en dos viajes con grandes bandejas de plata, las tazas llenas de espuma y las tostadas en pila sobre grandes platos, era un momento solemne (para Juan y para mí). Depositaba las bandejas en la mesa y, antes de pasar las tazas, sacaba de su bolsillo un blanquísimo pañuelo empapado en agua de colonia y lo desplegaba antes de sonarse las narices. Hacía como si se sonara, porque no se sonaba de veras. Lucía el pañuelo. Mis tías abuelas se miraban de reojo, y cuando salía para buscar algo, comentaban: «¡Qué tilingo! Es ridículo que saque así el pañuelo que apesta a colonia. Habrá que decírselo». Me inquietaba esa amenaza, porque creía que Juan se ofendería. Pero supongo que nunca se cumplió o que Juan no le hizo caso, pues siguió desplegando un pañuelo perfumado y gigantesco.

Micaela Loperena era la mucama de Vitola y mi favorita. Vasca y como de la familia. Ella me lavaba la cabeza. «¡Andá! Que te lave la cabeza Micaela», y allí iba yo. Era religiosísima, limpia, y leía perfectamente bien en alta voz. Se casó con Chacho (sobrenombre que vino de muchacho), cochero de papá. Chacho era importante en San Isidro, cuando llegaba en el pescante del break y pedíamos que nos dejaran sentar al lado de él y que nos prestara el látigo.

Carmelo era el segundo mucamo de las tías (a las órdenes de Juan). Petiso y alegre, jugaba todo cuanto ganaba y le regalaban a las carreras, decían. Catalina era mucama de mamá, persona importante en la casa. También vasca (Catalina Iparraguirre) y muy porfiada. Su preferida era mi hermana Pancha, que había nacido cuando ella «entró en la casa». Le aconsejaba a Santos (otra mucama de Madrina) que comprara un pedacito de tierra en un buen cementerio, porque valía la pena hacer el gasto: «Eso es para toda la vida», agregaba.

Había otros sirvientes, pero quedaban más en la penumbra. Excepto Mary. Mary era irlandesa y había sido mucama de Madrina. La conocí siempre jubilada y viviendo en casa de las tías abuelas, con toda clase de privilegios. Le llevaban la comida a su cuarto porque sufría de reumatismo. Mary era misteriosa. Hablaba mal el español, a pesar de que entró a la casa a los diecisiete años y allí se quedó para el resto de la vida.

A todo le agregaba: but. «But ya le dije que su Madrina la llamaba». «But ¿por qué desobedece?» «But when yo le digo que…» Madrina hablaba siempre de «la pobre Mary»2. Yo no le veía nada de pobre y mucho de prepotente.

Otro irlandés, Gathny, iba todos los veranos a Villa Ocampo con su hijo de mi misma edad. Era butler. Alto y serio. Al comienzo de la temporada desaparecía dos días. Madrina decía: «Hay que dejarlo al pobre. Es su debilidad, pero después se porta muy bien». Los sirvientes no hablaban de debilidad sino de tranca. «Duerme la mona», comentaban. Yo le preguntaba a Franky, el chico: «¿Y tu papá?». «Está durmiendo».

Pero cuando empezaba a servir la mesa Gathny era un maître d’hôtel modelo. Imponía su disciplina a la familia. Si se quedaban conversando de sobremesa más de lo debido, abría la puerta del hall y anunciaba, lacónico: Café hall. Querría, sin duda, dejar todo en orden antes de retirarse a descansar. Madrina decía: «Este Gathny», como decía: «¡Pobre Mary!». Siempre los disculpaba y protegía. Había que aguantar sus manías como las de Juan Montero.

Al poco tiempo de ponernos en manos de Alexandrine Bonnemason, nos dijeron que íbamos a estudiar inglés. Nuestra maestra se llama Miss Kate Ellis. También estudiaríamos solfeo con un antiguo profesor de violín de mamá. Mamá estudió el violín. Nuestro profesor de solfeo se llamaba Frigola. Este hombre nos pareció viejísimo y me dio asco cuando supe que le gustaba lo que más detesto: las natas. Esa telita que se forma sobre la leche hervida era mi pesadilla. A él le llevaban una taza de leche donde flotaban. Arrodillada sobre una silla y casi acostada sobre la mesa, miraba a Frigola saborear sus natas. Colgaban de sus bigotes cuando terminaba de beber. Me fascinaba el asco que me daba. Nos hablaba de redondas, blancas, corcheas, semicorcheas, fusas, semifusas, de manera aburrida.

Siempre tenía malas notas en solfeo. Frigola las escribía en una libreta de hule negro. Un día me dijo que se las mostraría a papá, en vista de lo cual tiré la libreta arriba de un ropero (delante de él). Frigola se quejó de mi comportamiento a Miss Ellis. Esta le advirtió que no se podía esperar mucho apoyo de las tías; que las tías interceptaban los mensajes a las autoridades de la calle Viamonte 482 si acusaban de algo a su sobrina predilecta.

Por otro lado, yo le hacía gracia a Frigola y me aprovechaba de esa situación. No podía soportar ni que me diera la mano (por las natas). Un día, yo estaba comiendo una palmera de Blas Mango delante de él, y se me quedó un pedacito pegado en la mejilla. Con la punta de sus dedos cuadrados, Frigola la sacó. Me fui de una carrera al baño a jabonarme la cara.

Frigola me llamaba, nunca supe por qué, «la espartana». Siempre llegaba con su violín en una caja, y yo le pedía que tocara «la polca del gallo». Supongo que él la habría inventado, pues nunca he oído hablar de ella después.

Miss Ellis tenía rico olor, ropa limpia y blusas almidonadas. Aprendí rápidamente el inglés, pero no podría decir cómo. De oído. Aprendí a leerlo. Miss Ellis andaba siempre cargada de revistas llenas de figuras, y solía traernos bombones de chocolate. No nos daba miedo, como Mademoiselle. Las Nursery Rhymes eran divertidas, y también los cuentos de Miss Ellis. Hablaba continuamente de Queen Victoria y de la familia real. Nos mostraba fotografías de esa familia en las revistas. El Transvaal y los bóeres la preocupaban. Los ingleses no los querían, ni ellos a los ingleses. Me empezaron a gustar los bóeres. Miss Ellis hablaba de Mafeking. Nos contaba cómo era Navidad con nieve, en Inglaterra; y el convento donde se educó, St. Leonards. A veces íbamos con ella a las tiendas inglesas de la calle Cangallo. En las tiendas hablaba de la guerra bóer, en inglés. Yo oía: «It’s a shame».

No tenía buenas notas en mis lecciones de inglés y, a pesar de ser muy buena, Miss Ellis se quejó de mí a mis padres. Los fue a ver (pues nosotras recibíamos la lección de inglés a las cuatro, en casa de las tías). Les dijo que no me contentaba con no estudiar, que distraía a mi hermana de su trabajo haciendo toda clase de morisquetas. Que mi hermana, más seria que yo aunque menor, era mi víctima. Que la que hacía y deshacía era yo y por consiguiente era yo la que siempre tenía la culpa de todo. Recibí un buen reto de mi padre. Llena de indignación y de rabia (consideraba que mi hermana no era mi víctima, puesto que yo compartía o tra­taba de compartirlo todo con ella), no sabiendo cómo desquitarme, me puse a ­escribir. Escribí una protesta acusando a Miss Ellis de ser cobarde por «contarles» cosas a mis padres (ser cuentera era algo que yo no toleraba, ni en los grandes ni en los chicos); escribí que los ingleses eran cobardes porque querían aplastar a los pobres bóeres; escribí que deseaba una completa victoria de los bóeres en África; escribí que hacía votos por el aniquilamiento del Imperio británico. Finalmente, señalé lo que habían hecho con Juana de Arco, seguramente por algunas cuantas morisquetas que les desagradaban. Descubrí que escribir era un alivio3.

Mademoiselle detestaba a los ingleses y a Inglaterra: se le veía por encima de la ropa. Llamaba a Inglaterra «la pérfida Albión». Claro que si se había conducido con Francia como Miss Ellis conmigo, lo comprendía. Miss Ellis decía que la marina de guerra francesa estaba adonnée à l’opium. ¿Qué sería el opio?

Mademoiselle no era cuentera. Ella misma daba y hacía cumplir, sin piedad, las penitencias. Y a mí me tocaba la mayor parte. Contra esto no me indignaba como me indigné contra lo otro. Y eso que era capaz de tenerme ocupada en cumplir con las penitencias el tiempo en que tenía derecho a jugar. «Vous allez me conjuguer le verbe désobéir»; «Vous allez me conjuguer le verbe répondre»; «Vous allez me conjuguer le verbe grogner.»

—lmpossible.

—lmpossible n’est pas français.

Si no era francés, tampoco era argentino. ¡Miren qué pretensión!

A veces Mademoiselle me ponía de pie, con los brazos en cruz y un libro en cada mano. O nos amenazaba con lo que llamaba le bonnet d’âne, que confeccionaba con un diario viejo. Vi ese bonete sobre la cabeza de dos de mis hermanas. Me salvé de él porque los brazos en cruz era más penoso; ellas eran demasiado chicas para ese castigo.

El bonnet d’âne, fuera de ser humillante, no molestaba. Pero los brazos en cruz, al cabo de dos minutos, eran un suplicio.

—Vous me faites devenir chèvre… —decía Mademoiselle.

¿Por qué cabra? ¡Ese animalito tan lindo! «Vous me faites devenir tigre» me hubiera parecido más justo.

Yo le temía al tigre que dormía siempre con un ojo abierto en Mademoiselle, aunque ella lo llamara cabra. La he visto romper las tapas duras de las Fábulas de La Fontaine al oír: «Je ne sais pas».

—Vous serez punie.

Torció el libro con tal fuerza rabiosa que partió la tapa dura en dos pedazos. Y eso que era avara hasta con lo ajeno. Romper un libro significaba estropear algo que costaba dinero. El santo dinero. Sin furia, jamás lo hubiera hecho.

Miss Ellis, que no conseguía domar el potro en mí, era muy distinta. Nunca la vi rabiosa. Fuera del día aquel en que habló con mi padre, no volvió a quejarse, aunque le sobraban motivos. Nos llevábamos bien. Mejor que nadie comprendía lo que era Navidad. Nos contaba cantidad de cuentos, nos mostraba figuras de un país en que me daban unas ganas locas de vivir —por lo que ella describía—. Por su sola presencia, sus blusas almidonadas y limpitas, su olor a alhucema, su letra grande y clara, sus crackers, su butterscotch, sus revistas, su umbrella, Inglaterra entraba en el cuarto de estudio con ella.

Pronto me olvidé de que les había ido con quejas a mis padres para tratar de conseguir de mí lo que nunca consiguió: atención a cuanto no me divertía o interesaba.

Mademoiselle vivía en otro mundo, sin fantasía. Con ella la gramática era gramática, la aritmética aritmética, y no había tu tía (o tus tías, en mi caso). Nunca nos contaba, como Miss Ellis, ni cómo era su país ni en qué lugar de Francia había nacido; no nos hablaba, como Miss Ellis, del colegio donde iba de chica; en Navidad no nos traía plum pudding, ni chocolates (que le regalaba otra alumna amiga, Copeta Roca, mucho mayor que nosotras).

Saber las lecciones era obligación con Mademoiselle… De lo contrario llovían las penitencias. Nos leía un libro aburridísimo, La Morale pratique, y otro que tampoco me gustaba demasiado, Morceaux choisis. La mayoría de esos morceaux los había elegido alguien que no tenía mis gustos. En cambio, siempre oía con placer los versos que nos solía recitar de memoria: Racine, Corneille. Aprendía sin pereza las fábulas de La Fontaine. Mademoiselle nunca olía a ropa limpia, como Miss Ellis. Usaba, colgado de un prendedor, un reloj con tapa de oro e iniciales entrelazadas (las dos primeras del alfabeto). El ruido seco de la tapa, al cerrarse, era inexorable como la lentitud de las horas de clase. La llamábamos Couco (Cuco).

A pesar de todo la quería, de cierta manera; y a Miss Ellis de otra. Cuando mis relaciones con ella andaban bien, firmaba Victorita de Couco. Cuando andaban mal, la detestaba.

Fuera de las horas de clase, el mundo de la lectura resplandecía como un árbol de Navidad. Los libros de la Bibliothèque Rose se amontonaban en mi cuarto.

Un verano, Mademoiselle consintió que leyéramos en voz alta, durante la clase, Un capitaine de quinze ans, de Julio Verne. La espera de ese momento hizo soportable el resto y cambió el color de aquellas horas monótonas y a veces penosas.

[…]

Mamá resolvió que íbamos a aprender música en serio. El piano. Y nada de Frigola, ya que no le hacíamos caso. El único resultado de las lecciones de solfeo era hacerle tocar a Frigola «la polca del gallo» en el violín de mamá.

Esto no podía continuar. Yo le rogué que me dejase estudiar el violín como ella.

Mi razón oculta era que para el violín hay una sola línea de notas en el pentagrama, y para el piano dos. Por consiguiente, el violín tenía que ser más fácil que el piano. Mamá me dijo que no. Que estudiaría el piano. Que el violín era un instrumento muy difícil y que lo sabía por experiencia. Tanto insistí que me dejó tomar tres o cuatro lecciones. Me convencí enseguida de que yo no tenía razón.

Mamá nos llevó a casa de una señora que, como Frigola, había sido maestra de ella. Nos recibió con abrazos. Llevaba una esclavina de piel que parecía de carnero, pero de carnero sucio, por el color beige. Y un prendedor del que colgaban breloques y entre ellas una manito de coral. Cuando se agachaba se oía el ruidito de ese cencerro especial. Se llamaba Berta Krauss. Era maciza como los toros de La Rabona. Mamá la llamaba Berta, y me asombró tanta familiaridad con semejante monumento de la ciencia musical.

Mamá me dijo que Miss Krauss era dinamarquesa. No sé si trató de impresionarme con su nacionalidad. Verdad que por primera vez entraba yo en relación con una maestra nacida en un país tan lejano del nuestro. Berta Krauss nos miró las manos y las uñas. Las manos no eran grandes, pero había que conformarse. No se les podía obligar a crecer de golpe. En cambio, las uñas estaban demasiado largas, y convenía cortarlas lo más cortas posible. Esto me disgustó. Yo no me dejaba cortar las uñas así no más. Alguna vez tuvo que intervenir la autoridad suprema de la casa. Las uñas me pertenecían y no veía con qué derecho iban a imponerme un largo de uñas dinamarqués.

Berta Krauss vino a casa a los pocos días. Siempre con la esclavina de piel de carnero (o de algo que merecía serlo). No se la quitaba excepto en verano.

En invierno, se envolvía las caderas y el posterior, cuando se sentaba para dar la lección, en una manta liviana que llamaba «culero». Estas originalidades no me habrían molestado si no las hubiera acompañado otra clase de fantasías. Por ejemplo, la manía de enseñarnos a mirar lo menos posible el teclado, al tocar. Además, había inventado, para llegar a sus fines, un aparato que consistía en dos como muletas de madera, que se aseguraban en cada extremo del teclado. Tirante sobre esas maderas, un paño verde impedía totalmente ver por dónde andaban las manos ciegas.

Esto era un tormento.

Las escalas empezaban a las siete de la mañana, los lunes y los jueves. Una hora de lección para cada una. Nos turnábamos para la de las siete, que en los meses de invierno resultaba odiosa. Tempranito despertaban a la que le tocaba la primera lección (no se admitía en mi familia que una niña hiciera esperar un minuto a su ­maestra), la sacaban de la cama tibia, medio dormida la metían en la bañadera (agua caliente por suerte) y de ahí salía para el suplicio. Miss Krauss era más severa y brusca que Mademoiselle.

Llegó hasta a hacerme caer del taburete giratorio de un empujón. Alguna vez me pellizcó. Como era porque no había estudiado debidamente, esa infame conducta me pareció, más o menos, justificada. Nunca se me ocurría rebelarme contra un justo castigo, aunque lo encontrara brutal. Yo le tenía francamente miedo a Berta Krauss, y de miedo a su violencia aprendí a adular. Comprendí que era sensible a la adulación, por dinamarquesa que fuera. Pero si yo no había estudiado lo que ella mandaba, como ella mandaba, la adulación solo servía a medias.

Nos desayunábamos con ella, en el turno de las siete. El pan más doradito era para ella y para ella toda la manteca, si la quería. Ese día, a esa hora, yo no tenía mi hambre habitual, a menos que supiera admirablemente lo que me había ordenado que estudiara.

Cuando estábamos en Villa Ocampo, llegaba Miss Krauss en un break o en una victoria de la estación de San Isidro. La traía un cochero que se llamaba Antonio. Yo la ayudaba a bajar del coche, con una amabilidad desesperada que ya estaba pidiendo perdón. La primera cosa que hacía, al pasar la puerta de la calle, era encerrarse en el cuarto de baño, a la izquierda de la escalera de mármol. Dejaba sobre un escalón su cartera, su sombrilla, algún libro, que yo recogía respetuosamente para evitarle a ella ese trabajo. La esperaba al pie de la escalera como un monaguillo dispuesto a ayudar a decir misa. Cuando tiraba de la cadena, sabía yo que aparecería rozagante, triunfante, lista para devorar el desayuno (tenía siempre buen apetito). Entonces subíamos la escalera en procesión, rumbo al altar: el piano.

Pronto nos habló de la existencia de un compositor alemán, Kuhlau (ella pronunciaba Kulo). Él y Grieg eran sus predilectos. El nombre de Kuhlau (que nos convulsionaba de risa) quedó ligado al de Miss Krauss, por los siglos de los siglos (aunque Czerny y Diabelli fueron el pan nuestro de cada día, en compañía de las escalas. ¡Ay! ¡Esas escalas cromáticas en que los dedos parecían que iban pisándose los pies!).

Descubrimos, al frecuentar su casa (organizaba concursos entre sus alumnas cada tanto) que Berta Krauss fumaba. Esto nos asombró. Nunca habíamos visto fumar a una mujer, aunque Madrina, que había viajado por muchos países (Rusia, Estados Unidos, Egipto), alguna vez dijo que en no sé qué lugar las mujeres fumaban cigarros. Este fue un descubrimiento del que las chicas, alumnas de Miss Krauss, hablábamos, cuchicheando. «¿Sabés que fuma?» En la casa de Miss Krauss, con sus tres patios, se paseaba un perro enorme llamado Troll. No se parecía nada a Palomo, el perro de Mademoiselle. Como tampoco se parecían las casas en que vivían. La de Miss Krauss estaba casi en la barranca de Carlos Pellegrini. La de Mademoiselle, mucho más chica y lejos, en una calle de baldíos, Coronel Díaz.

Mademoiselle trajo, cuando veraneábamos en San Isidro, un nuevo libro para lectura en alta voz, en clase. Este nuevo libro era viejísimo, con las páginas cubiertas de manchas de humedad. Dos volúmenes que le habían regalado, premio por su buena conducta, en épocas lejanas —suponíamos—: Les Aventures de Télémaque. El libro no prometía mucho en cuanto al aspecto. No tenía figuras, y se parecía a otros ­libros aburridos. Pero cuando empecé a familiarizarme con el mundo desconocido de diosas y ninfas que allí circulaban me empezó a gustar, y hasta a entusiasmar. Todas eran lindas, y Télémaque me pareció encantador tal como lo imaginé. Por razones de edad tenía que ser más seductor que ese Ulysses de cuya partida no se consolaba Calypso. Y Eucharys me gustó más que Calypso.

Después de la lectura, cada día, Mademoiselle tomaba los dos volúmenes y, en vez de guardarlos en el cajón de los demás libros, levantaba la cortina de hierro de la chimenea (que no se encendía en verano) y allí escondía el olímpico mundo en que yo ya soñaba vivir. El escondrijo me pareció vergonzoso, al principio. Pero poco a poco me acostumbré a la rareza de aquella ocurrencia, y la aprobé. Con el correr del tiempo, me habría parecido chocante que Mademoiselle hubiese guardado esos libros en otro lugar.

Ese lugar participaba del particular encanto de Télémaque. Mademoiselle nos leía ella misma el libro y había prohibido que lo sacáramos de la chimenea en su ausencia. Nada más fácil que levantar la cortina de hierro y apoderarnos de aquellos dos tomos (la lectura avanzaba lentamente). Pero ni se me ocurrió, a pesar de que no había obstáculo material alguno. El obstáculo existía, pero de otra índole. Dimanaba del libro mismo, de sus páginas manchadas de humedad, maravillosas e indefensas. ¿Cómo se podía proceder de manera poco noble con un libro lleno de nobleza? Cuando Calypso, la ninfa Eucharys, Télémaque y Néoptolème desaparecían en la chimenea, ahí convenía dejarlos hasta el día siguiente, aunque me devorara el deseo de continuar la lectura y de vivir en tan deslumbrante compañía.

Mademoiselle llegaba a Villa Ocampo en el tren de la una. Nunca, de mémoire d’homme, lo perdió, aunque los días de lluvia torrencial abrigábamos esa esperanza. Nunca se enfermaba, tampoco, a pesar de que alguna enfermedad leve pero prolongada le solían desear sus alumnas.

La esperábamos en el portón, y yo, corriendo, me subía al estribo del break gritándole al cochero que quería detener los caballos: «Siga, siga».

Los días grises, especialmente si les tocaba cortar el césped a los peones, todo olía a pereza y a flores mientras el ruido de afilar guadañas (yo pensaba: las afilan tanto para no cortar el pasto. ¡Los comprendo tan bien!) daba sueño. Yo tenía una vaga y casi defraudada esperanza de que nos permitieran ir al Bajo, en vez de encerrarnos en el cuarto de estudio. Todo en el jardín y en el cielo parecía «no hacer nada». El sol dormía detrás de nubes pesadas e inmóviles; los montones de pasto húmedo olían a trébol. Las hojas de los árboles no se movían. Los peones, sentados a la orilla de los caminos, tenían una lentitud perezosa para sacar del estuche de cuerno la piedra de afilar. La monotonía del cielo gris se apoderaba de todo, de los ruidos, de la medialuna repetida que dibujaban las guadañas al cortar el pasto; por las ventanas abiertas entraba en nuestro cuarto de estudio con una invencible modorra. Me entraba a mí por los ojos y la nariz. Apoyaba la cabeza en el brazo extendido sobre la mesa; la mesa cubierta de un hule que se me pegaba (¡Ah! ¡El olor a hule de las lecciones en verano!). Mademoiselle, insensible a la tentación de una siesta que invadía ese cuarto, me retaba: «Voulez-vous vous tenir comme il faut? Ne vous vautrez pas sur la table. Ce n’est pas là une façon d’écrire». Y agregaba, como hablándose a sí misma: «Elle est paresseuse comme une chenille. Elle baille comme une carpe à ­l’agonie». (Este hablar de mí como si se tratara de un objeto no me sacaba de mi remolonear. De mi perdedero de tiempo, hubiera dicho Vitola, que seguramente estaba en el hall, abanicándose.)

En efecto, yo era un bagre agonizante. Deseaba tirarme al jardín como un bagre ha de desear tirarse al agua si del agua lo sacan. Y destilaba pereza como un batallón de orugas. Los días nublados, en verano, eran para mí días especiales que los mayores anulaban por culpa de su genio maligno. Esos días, no se podía siquiera seguir la marcha del sol ausente. No se podía vigilar, desde la ventana, cómo avanzaba la sombra de la casa en el jardín, indicando la proximidad de las cuatro. A las cuatro, yo sabía que la sombra llegaba hasta la palmera y allí dibujaba, consoladoramente, la hora de la libertad: «Está el coche para la señorita mademoasel», anunciaba alguna mucama misericordiosa. Cuando era Miss Ellis, decían: «La señorita mademoasel Miselis».

Una o dos veces, por temporada, nos dejaban ir al Bajo a la hora de la lección de francés. Felicidad única. Corriendo, bajábamos por la barranca; corriendo llegábamos hasta la vía del tren (para cruzar, había que esperar a alguna persona mayor); corriendo me lanzaba por la avenida de álamos bordeada de zanjas con agua a flor de barro. Allí, en un sitio donde la zanja era más honda, pescábamos, con cañas de bambú verdes y gusanos que juntábamos en un tarrito. Bagres, tarariras, anguilas pasaban tal vez por ahí, pero mirarían con desconfianza nuestra carnada. No «picaban». El hecho es que solo Bernardo, el peón, aseguraba haber pescado anguilas. Nosotras teníamos que contentarnos con ver temblar el corcho sobre el agua barrosa. Rara vez se hundía y quedaba un bagre prendido del anzuelo. Pero esta escasez de pesca no disminuía nuestro entusiasmo. Y en cuanto a Bernardo, sabíamos que pescaba todos los días a la hora de la siesta. ¡Qué maravilloso destino! —pensábamos—. ¡Con razón pescaba hasta anguilas!

Detrás del invernáculo, en Villa Ocampo, un pedacito de jardín nos pertenecía. Ahí podíamos hurgar en la tierra, hamacarnos en una hamaca que colgaba al lado de un trapecio y de una escalera de cuerdas por donde yo me trepaba. Debajo, un colchón de arena esperaba las posibles caídas. Yo había llegado a hacer pruebas en el trapecio. Pruebas que exigían cierta fuerza y cierta destreza. Un día le quise enseñar a mi hermana Angélica una de ellas: la más fácil. La hice colgarse del trapecio en la postura de los pruebistas de circo cuando esperan que otro pruebista se lance de otro trapecio y se prenda de sus manos. Esto lo hacía yo sin dificultad. Le imprimí al trapecio un movimiento de balanceo, como lo hacía yo. Mi hermana perdió el equilibrio y se cayó de cabeza al suelo. Empezó a sangrarle la nariz. El espectáculo de esa cara ensangrentada me llenó de horror y de remordimientos. Me sentí criminal.

Yo no imaginaba los juegos, la clase, los paseos, el comer, el dormir, el reír, sin mi hermana. No imaginaba que ella pudiera no querer lo que yo quería, hacer otra cosa que la que se me ocurría hacer y hacerle hacer a ella, por consiguiente. Si yo decidía que fabricaríamos perfume con hojas de rosas, tenía que ayudarme a llenar de pétalos una cacerola con agua que yo ponía en el horno, segura de que había inventado un método excelente. Si otro día pensaba que podíamos teñir algún género, aplastando flores de colores vivos, tenía que ayudarme a coleccionar trapos para el experimento. Ella comía masitas que yo prefería, pues me parecía inconcebible que pudiera ­preferir otras. No la distinguía de mí misma, fuera de las ocasiones en que me adjudicaba el derecho de comer doble ración de masitas, y de llevar la voz cantante. Mis tías abuelas —a veces me daba cuenta de la diferencia— me mimaban más que a ella. Esto me molestaba mucho en cuanto lo notaba. Cuando me llamaban para hacerme un regalo, preguntaba inmediatamente: «¿Y Angélica?». No había secretos entre nosotras (¿y cómo los podría haber habido si ella era yo?). Nos entendíamos a medias palabras. Nos ponían los mismos vestidos, los mismos sombreros, los mismos zapatos. Los míos eran más grandes, pero eso era todo. Leíamos los mismos libros, a las mismas horas. Estudiábamos en la misma geografía, la misma gramática, a las mismas horas. Íbamos a todas partes juntas, yo adelante y ella atrás. Entrábamos en las mismas tiendas, yo adelante y ella atrás. Subíamos en los mismos coches (break o cupé), yo adelante y ella atrás. Trepábamos por las mismas escaleras, yo adelante y ella atrás.

Mi derecho de primogenitura, ese derecho tan comentado por la Histoire Sainte que estudiábamos, me parecía indiscutible y natural. Me hubiera parecido absurdo que pudiéramos vivir de otra manera que yo adelante y ella atrás. Ese orden venía de nuestro nacimiento. Yo exigía obediencia y ofrecía protección. Sin embargo, de noche, cuando atravesaba interminablemente en mi cama uno de esos inmensos desiertos de miedo en que me sentía perdida para siempre, era yo la que extendía el brazo hacia la cama vecina y despertaba a mi hermana: «¿Estás durmiendo?». Yo buscaba su mano. Y una vez que tenía entre la mía esa mano más chica, más débil que la mía (esa mano que tal vez habría apretado demasiado durante el día, por distracción o por violencia), la oscuridad enemiga se volvía menos amenazante.

Jugando a patinar en los patios de la calle Tucumán, se me ocurrió ponerme jabón en la suela de los zapatos; resbalé y caí sobre el brazo izquierdo. Sentí un dolor agudo, y no pude ya mover el brazo. Lo tenía que sostener con el otro. Esto sucedió después del almuerzo, a la hora de ir a Palermo. A pesar del dolor, salí como de costumbre, sin decirles nada a las tías. Cuando llegamos al bosque tenía el brazo hinchado y lo puse debajo de una canilla. El dolor aumentaba. Volvíamos a casa cuando a la altura de la Recoleta nos cruzamos con mamá. Hizo señas para que se detuviera nuestro coche. Se bajó del suyo. «¿Qué tiene esta chica?», preguntó. Me había visto la cara desencajada. Le dije: «Me caí patinando y no puedo mover el brazo ahora». Me llevó a su coche y fuimos a casa de un médico, Alejandro Castro, que tenía fama, en la familia (era pariente), de ser un gran médico. Entonces, además del dolor tuve miedo.

Quién sabe lo que me iban a hacer, y el hecho de que Alejandro Castro fuera un gran cirujano me alarmaba muchísimo más. Si se apelaba a tanta ciencia era por considerar el caso grave —pensé—. Peor que peor. El gran médico me miró y me tanteó el brazo sin que yo dijera ni mu. Le hizo una seña a mamá y se alejaron de mí. Hablaron. La cosa se ponía cada vez más seria para mí. ¿De qué hablaban? Volvieron, sonriendo, como dos cómplices. Él me dijo: «Vamos a colocar estos huesos en su lugar y no te va a doler más». Agregó que gritara si tenía ganas y si me dolía. Empezó a darle tirones al brazo. El dolor era horrible, pero el miedo era más fuerte que todo. Me mandaba callar. Si este médico se enteraba del dolor que yo sentía, me cortaría el brazo para curarme. Así hacían los médicos. Por fin acabó el martirio. Me entablilló y me vendó el brazo aquel hombre tan tranquilo y de mano segura. Le dijo a mamá: «Tenés una chica muy valiente». No era cierto. Yo no había gritado por cobardía. Mamá volvió a casa conmigo y dijo que me había portado de tal manera que ella misma estaba asombrada. Tenía dos huesos rotos, «radius et cubitus», y me los habían colocado en la posición que correspondía para que pudieran soldarse. Ese volver a colocar era sumamente doloroso, y yo no había chistado. De miedo —pensé—. De miedo me dejaría matar sin chistar…, por raro que parezca.

Pasé un mes con el brazo inutilizable y aprovechando la oportunidad para hacer lo que quería. Cobré de esa manera el hecho de no haber gritado. Esta fama de valentía me colocó en un escalón más alto. Me daba nuevos privilegios. «La pobrecita ni se quejó. ¡Y dicen que es regalona!» La pobrecita sabía perfectamente por qué no se había quejado.

En Martínez, en una casa rodeada de jardín a la que se llegaba por una calle de eucaliptos, vivían dos parientas nuestras —ya señoritas de baile y novios— de una belleza perfecta: María Florentina y Lita. Yo prefería a Lita y hubiese pasado horas enteras contemplándola.

Casi todas las tardes, en verano, salíamos a dar una vuelta en break, y yo aprovechaba para decirle a Chacho: «Pasemos por lo de Moreno». Desde luego, la mayoría de las veces el jardín estaba desierto. Pero el solo hecho de pasar por el camino de eucaliptos, de ver la casa rodeada de plantas, de imaginarla a Lita allí, como La Belle au bois dormant, me llenaba de emoción. Lita era una princesa encantada. A veces aparecía en carne y hueso, a lo lejos, en el jardín, y naturalmente ni se daba cuenta de que ojos ansiosos la buscaban. Un día, que nos vio, hizo parar el break y dijo: «Bajen, chicas. Entren». Llevaba un vestido beige. Pude mirar de cerca esa piel sin rastro de color en las mejillas, pero como iluminada por dentro; esos ojos desmesurados y llenos de sombra brillante; la blancura de la sonrisa; el pelo negro que pesaba en rodete apretado sobre la nuca. Lita era alta y de taille élancée, como diría Mademoiselle. Tenía una languidez muy suya en el andar, como si viviera agobiada por tanta belleza, aunque no daba la impresión de pensar en su belleza.

Para mí, era diferente de los demás mortales y solo comparable con las diosas de la mitología.

Su olor era delicioso, no el de la gente que usa perfume, sino el de los bebés limpitos que huelen a jabón, a talco. Yo la miraba con la mayor discreción posible, temerosa de importunarla y de aburrirla. ¿Cómo podía interesarle a ella una chica como yo? ¿Cómo hubiera podido tomarme en cuenta? Yo hubiese querido decirle: «No sabés lo linda que sos. Sos lo más lindo que he visto en el mundo». Pero ni qué pensarlo. Tampoco me atrevía a pedirle permiso para admirarla a mis anchas; a preguntarle si eso la fastidiaba. No me sentía con derecho a mirarla como tenía ganas. Me portaba como una chica bien educada, y no era de buena educación, ya me lo habían dicho, molestar a los mayores mirándolos descaradamente.

Ese día, María Florentina bajó a saludarnos. Un instante su belleza me distrajo de la de Lita. El cuello de su blusa de lingerie no tenía esas ballenitas que se usaban para que el género quedara tirante. Este detalle, que en otra mujer me hubiese chocado (pues me gustaba que los cuellos fueran impecables), en ella resultó lleno de gracia. El cuello de la blusa de María Florentina podía comportarse de cualquier manera, arrugarse como un acordeón: todo le quedaba bien a ella. Y si algunas mechas rubias estaban fuera de su lugar, en la nuca, el desorden agregaba un encanto más al encanto. Pero la presencia de Lita impidió que me ocupara mucho de su hermana a pesar de la blancura de aquella piel, del celeste de los celestiales ojos, y del color miel del pelo, que dejaba descubiertas las orejas, como dos caracoles de preciosa carne rosa pálido.

Lita se paseó por el jardín conmigo. Si Venus (estábamos en plena era mitológica) hubiese bajado del Olimpo y la Virgen María del cielo para complacerme, no habría sentido más emoción. Al pasar junto a un rosal, quiso cortar una rosa para mí. Veo su gesto, su cabeza inclinada y su pollera que se enganchó en unas espinas. Paralizada por el espectáculo, ni atiné a librarla del traicionero rosal. Con reverencia hubiese tocado el ruedo de esa pollera beige y me hubiese pinchado los dedos desenganchándola. Hubiese querido detener el sol, como Josué, inmovilizar el tiempo y que Lita se quedara siglos cortando una rosa, y yo siglos mirándola cortarla, en un jardín de Martínez.

Puse la rosa en mi libro de misa. Estas cosas no eran terrenales.

[…]

Otra tía, casada con otro hermano de mi padre, Mercedes P., tocaba el piano muy a menudo en casa. Y muy bien. Había estudiado en París. Tenía unas manos blancas, chicas, con dedos de punta cuadrada, ágiles y poderosos. La piel de los brazos era suave. La nariz respingada no se parecía a las cosas tristes que tocaba casi siempre. Su músico preferido me parecía desesperadamente apasionado, melancólico y violento. También a mí me gustaba, lo prefería. Mercedes trajo a San Isidro dos innovaciones: el tenis y Chopin. Aprendí a jugar tenis (hicieron una cancha espléndida) y caí de rodillas ante Chopin.

Durante todo aquel primer verano (primero en compañía de Mercedes) yo le pedía a esta tía música que tocara piano. No se hacía rogar. Tocaba mucho tiempo, aunque nunca lo bastante para satisfacerme. Sobre todo, nunca repetía suficientemente los estudios, las baladas de Chopin. Todo en esa música me llegaba al corazón. Me inundaba deliciosamente sin que llegara a hacer pie en ese mar. Ya no sabía dónde estaba la costa por la marea de esa agua sonora. No sabía adónde me llevaba. Hubiese deseado hacerle repetir y repetir ciertos compases. Siempre encontraba en aquellas piezas compases que parecían dirigirse especialmente a mí, a mí sola. Mi preferencia por esos compases era vehemente (como mi preferencia por ciertas caras) y me costaba no detener las manos blancas que corrían sobre el teclado, tan chicas y tan seguras. «Por favor, Mercedes, volvé a tocar ese pedacito de la balada, cuando de pronto se pone coja, ¿sabés?» Mercedes se reía y siempre hablábamos de la balada coja. Sentada sobre una silla, lo más cerca posible del piano, seguía el ir y venir de los dedos, hipnotizada por los sonidos. Hubiese llorado a veces, porque algunos compases de los impromptus, de las baladas, de los estudios, de las mazurcas, de los preludios, me chaviraient d’émotion. Me parecía que la música, esa, me oprimía el corazón hasta cambiarle la forma. O tal vez, al contrario, que lo ceñía hasta descubrirle su forma, en un doloroso placer. Hacía tiempo que había aprendido, a mis expensas, que mi corazón existía. Pero ignoraba que tuviera una forma. Creía que no tenía un dibujo exacto, particular, que cedía como la arcilla cuando se la modela, porque era como la arcilla. Y de pronto esa música le restauraba una forma que parecía haber sido, desde siempre, la suya. Esa música le revelaba su dinastía. Mi corazón había encontrado su familia y esa familia era real.

[…]

Una de las hermanas de mi madre murió y dejó cuatro varones y tres mujeres a cargo de mi abuela. Veraneaban en la quinta vecina, en San Isidro. Los partidos de croquet, con este nuevo contingente, tomaron más importancia. Inmediatamente empecé a admirar a mi primo C., siete años mayor que yo. Me trataba con el más completo desdén, más rotundo aún que el de Franky. Yo no existía para él. Sin embargo, corría a la par de los varones y hasta les ganaba en el croquet. Esto no parecía contar. C. no se daba por enterado. Me resigné a mi triste suerte. Estaba visto que yo no podía impresionar a los varones. Además, ¿cómo pretender que una persona de la edad de C. me tomara en cuenta? Vivía ya en un mundo al que yo no tenía todavía acceso. Cuando llegaba a sonreírse mirándome, o a darme la mano por algún motivo, mi corazón se derretía de agradecimiento y de esperanza. ¿Esperanza de qué? De atraer su atención, tarde o temprano. Pero enseguida se derrumbaba mi castillo de naipes. C. no se fijaba en mí para nada, y hubiese podido tragarme la tierra sin que él lo notara.

En invierno, veía a C. en casa de mi abuela, donde vivía con sus hermanos. La Calle Suipacha, como la llamábamos, era muy grande y magnífica para jugar a las escondidas. Pero C. no jugaba a las escondidas y ya no era un compañero de juegos para nosotros. La mirada dura de sus ojos celestes, el tono cortante e irónico que había adoptado, sus pantalones largos, todo hacía de él un ser absolutamente inaccesible y remoto. Lo contemplaba como si fuera la cima de un glaciar. O como un témpano que pasaba arrastrado por la corriente hacia otros parajes. Tenía una manera burlona de reír que me ponía carne de gallina. Si hubiese sospechado mi camote infantil, cómo se habría reído. No quería ni imaginarlo. En un cuartito donde guardaban los trastos, C. se consagraba a experimentos de química, decía. Manejaba instrumentos raros, pilas. Nos llamaba a veces, a nosotros, los más chicos, y nos ponía en fila, tomados de la mano, y hacía pasar por esa cadena de carne estremecida y obediente una corriente eléctrica que recogía con su propia mano. Me prestaba a este desagradable experimento para probarle que no tenía miedo, y también porque recibir una descarga eléctrica que había pasado por la mano de C. era un privilegio imprevisto, una concesión de aquel soberano. Cuando terminaba la experiencia y nos había deslumbrado con su saber, nos despachaba sin darnos las gracias y nos cerraba la puerta en las narices. Yo salía de ese cuarto de los trastos como si me atara a él, misteriosamente, un elástico que tiraba más y más a medida que me alejaba.

Mi insignificancia frente a C. me anonadaba, me anulaba. Y su indiferencia (eso era lo peor) me parecía a la vez insoportable y justificada, cruel y natural. Un día, al bajar con mi madre la escalera de la Calle Suipacha, una escalera larga y bastante empinada, tuve la impresión de que iba a tirarme y rodar abajo, por la alfombra roja, o que iba a volver corriendo al cuarto de los experimentos para gritarle a C. que yo era un ser humano, y que no se me podía tratar como a un trapo. «¿Qué te quedás haciendo, por qué bajás como si no pudieras moverte?», dijo mi madre. ¡Cómo se habría reído C. si le hubieran contado que su recuerdo se me atravesaba en la escalera! Que no llegaba a desenredarme de él. Pero estaba en mi mano ocultárselo. Y nunca, nunca lo sabría.

Mi prima Clarita, mucho mayor, prima de mi padre, en realidad, nos había regalado unos libros que leía cuando tenía la misma edad que nosotras. Libros de tapas rojas con letras doradas; cuentos de hadas. Noté que al comienzo de varios de esos cuentos habían querido tachar con tinta las palabras sin conseguirlo. Se ­podían leer todavía: «La reine devint grosse et mit au monde une princesse». Y en otro: «Il était une fois un roi et une reine dont l’union était parfaite; mais il manquait à leur bonheur un héritier. La reine qui croyait que le roi l’aimerait davantage si elle en avait un, ne manquait pas au printemps d’aller boire des eaux qui étaient excellentes». La marca de la pluma, en vez de borrar parecía subrayar aquellas frases y atraía la atención. ¿Por qué habrían tratado de borrarlas?

Antes del nacimiento de mi quinta hermana (la cuarta nació en París cuando mi prima Clarita me leía L’Auberge de l’ange gardien), me sorprendió una noche, al volver a casa de mis padres (había pasado como de costumbre el día en casa de mis tías), el aspecto de mamá. Me pareció completamente deformada. No era la de antes. Me llenó de inquietud, de aflicción, de rebeldía verla así, distinta. Como si me la robaran. La miré con rencor y con miedo. Miedo porque me parecía que corría un peligro. Rencor porque me hacía sufrir ese miedo. Estaba segura, ahora, que de esa manera empezaban los bebes: por esa deformación. Cuando nació en París mi cuarta hermana me dijeron que los niños venían justamente de París. Aquel día, y los anteriores, la historia de Torchonnet ocupaba mi horizonte. No podía pensar con fuerza sino en él. En sus desdichas. L’Auberge de l’ange gardien acaparaba mi atención. Pero, con el correr del tiempo, el misterio de los nacimientos me inspiró a la vez aprensión y curiosidad, un estado de angustia recurrente. «La reine devint grosse…» ¿Podía yo dudar, al mirar a mi madre, que a ella le estaba pasando lo mismo? ¿Y que nacería, no sabía yo cómo (aunque imaginaba que saldría por el ombligo), un bebe, y que me contarían que llegaba de París? Ese agujerito redondo y tapado, en medio del vientre, no podía servir para otra cosa, y me asustaba pensar en la rotura de la carne para que pasara por allí un bebe, por minúsculo que fuera. ¡Qué terrible! ¿Por qué no nacerían los niños de manera menos atroz? ¿Como los pollitos, por ejemplo? También algunas naranjas llevaban en el ombligo como un comienzo de naranjita.

Las madres eran como unas naranjas. Pero que se rompiera un ombligo me parecía algo monstruosamente cruel y me llenaba de espanto.

[…]

Un día, al abrocharme el calzón en el cuarto de baño vi que tenía una mancha roja. Y también la camisa. Era sangre. Me pregunté de dónde podía venir, porque no me había rascado ninguna picadura, ni lastimado las piernas (cosa que me pasaba con cierta frecuencia). Además, en invierno no andaba yo trepándome a los cercos y a los árboles, como en verano. Llamé a Micaela y le dije: «Mirá mi camisa. Estoy sangrando. No tengo nada en las piernas ni en los muslos. ¿Qué es esto?». Ella me dijo que esperara un poco y fue a buscar a mamá. Mamá me dijo que esa sangre no era nada de particular. Esa declaración me produjo desagrado, pues mi madre trataba de restarle importancia a algo bastante inquietante. Agregó que mi prima M. tenía eso también, así como todas las chicas que llegaban a la edad de empezar a ser señoritas. Eso, todos los meses. Que no había que bañarse en agua fría mientras durara, ni jugar con agua fría, ni mojarse los pies. Que había que usar agua templada y que no se hablaba de esas cosas delante de los señores. Delante de las mujeres, sí. Que tampoco tenía yo que hablarles de eso a mis hermanas menores, por el momento.

Todo aquello me pareció insólito, desagradable en grado extremo, y por aña­didura humillante. ¿Por qué había que callar eso? ¿Era acaso una vergü̈enza? ¿Vergü̈enza por qué? ¿Para quién? Además, ¡qué condenación! Todos los meses. Me sentí, de pronto, como aprisionada por una fatalidad que rechazaba con todas mis fuerzas. ¡Huir! Pero ¿cómo huir de mi propio cuerpo? Algo inexplicable me estaba pasando, ajeno a mi voluntad. Y para colmo, era necesario ocultarlo, como se ocultan las faltas graves, dignas de castigo. ¿Por qué? Cuando llamé a Micaela, no le atribuía a la cosa más importancia que si me sangrara la nariz. ¿Por qué se ocultaba eso? Sufría terriblemente porque me obligaban a sentir como vergü̈enza por algo de que yo no tenía la culpa y que nada tenía que ver con mi voluntad. Pasaba del abatimiento a la más furiosa rebelión. Acurrucada sobre mí misma, como para ofrecer el menor blanco posible, me sentía presa. Presa de mi cuerpo. De mi cuerpo que odiaba, porque me estaba traicionando al conducirse de modo imprevisto. Porque algo en él merecía una vergü̈enza que yo no merecía ni aceptaba. Y que se repetiría cada mes. No podía deshacerme de mi cuerpo ni conformarme con una fatalidad que me sometía a sonrojarme por culpa de él, como si fuera su cómplice. La vergüenza había nacido de palabras oídas, no del cuerpo o de su comportamiento. La vergüenza venía de afuera. Era una vergüenza ajena a mí, ante la que todo en mí se rebelaba como si me alcanzara una tremenda injusticia en lo más intacto y silvestre de mi ser. Me obligaban a desconfiar de mi cuerpo, ese compañero al que estaba amarrada. Yo no había sentido ninguna vergüenza al ver la sangre, como no la sentía cuando me sangraba una rodilla lastimada o la nariz. La vergüenza transformaba esa sangre en humillación. Humillación de la que ni siquiera podía quejarme. Humillación mensual, a plazo fijo. ¿Y qué me importaba a mí que mi prima y todas las chicas más grandes que yo la soportaran? Lo que importaba era esa nueva sensación de rebajamiento inmerecido por algo que le sucedía a mi cuerpo, no a mí, y de que parecían hacerme, en adelante, responsable. Nunca había tenido vergüenza de mi cuerpo.

Por esos días me llevaron al Jockey, que era un edificio nuevo y lujoso. Arriba de la gran escalera central, en el descanso, me encontré con mi diosa favorita, Diana, desnuda. La miré con placer y curiosidad. Y cuando me estaba jabonando en el baño, le pregunté a Micaela, a la mañana siguiente, si había visto estatuas de Diana. Me contestó: «En los libros». Le pregunté: «¿No te parece que me parezco a ella?».

Me dijo, riendo, que sí, por mis piernas largas y mi barriga chata. Esa contestación me consoló algo de encontrarme fea. Porque yo me veía más bien fea en el espejo, a pesar de que mis tías me encontraban linda. No contaba la opinión de ellas para mí. Ya sabía que era una opinión nacida del cariño.

Por cierto, hubiese preferido la belleza de la cara a la del cuerpo. Pero nadie me había consultado sobre mis preferencias.

Pensaba con envidia en los muslos de esa estatua. No ser de mármol yo también. El mármol no se mancha con sangre. Y yo detestaba la sangre que me iba a manchar cada mes. Me sentía encarcelada por esa sangre. Ni la belleza del cuerpo me quedaba. ¿Quién hubiera hecho una estatua de Diana con los muslos manchados de sangre? Pensé que la sangre mataba la belleza. Que la mataba en mí. Que hubiese preferido no nacer.

De pronto, recordé con espanto los grandes pedazos de algodón empapados en sangre que había visto en una palangana, por casualidad, cuando mi hermana menor había nacido. Me pregunté si esta sangre tendría relación con la que aparecía todos los meses. La idea de ese castigo que soportaría cada mes para recordarme que mi destino era destino de sangre, y que de sangre se tendrían que teñir los muslos más lindos por ser de carne, me desesperaba. Una esclavitud. Una afrenta. Habituarse a eso era imposible. Impensable. Era una condena injusta y horrible. No me dolía en el pensamiento, en la idea del cuerpo, en ese eco de las cosas que llevamos dentro y que es más fuerte que las cosas mismas.

Me parecía que no iba a tolerar la vida los días en que llegase esa sangre y que pasaría el resto del mes angustiada por la espera. Que esa espada de Damocles suspendida sobre mi cabeza me estropearía la existencia toda. Sufrí tanto que se disolvió mi sufrimiento como un pan de jabón continuamente usado: por desgaste. La tercera vez que vino la sangre, me pareció casi natural. Pero la sensación de rebeldía y de humillación, o de repudio a algo (¿a qué? A tener que aceptar que me condenaran a silenciar como algo vergonzoso que no dependía de mi voluntad y que me era impuesto por la naturaleza), subsistió, como un retumbar de truenos en la lejanía, truenos que anunciaban una inminente tormenta.

¿Y qué era esto de no poder hablar delante de los «señores», si se podía hablar delante de las mujeres? ¿Y de cuándo acá me iba a dejar tratar como si fuera de cristal, cada mes? Yo no sentía más malestar físico que el que me habían dejado las palabras de mi madre. Era como si no las pudiera tragar. Temblaba de rebeldía.

Mi malestar era moral y profundo. Además, todo esto tenía que tener vinculaciones con el misterio del nacimiento.

Pues yo no me sometería. Con sangre o sin ella me lavaría con agua fría. Me subiría al trapecio, con sangre o sin ella. Y ningún poder en el mundo me obligaría a tener hijos. Hijos que salen por el ombligo. Lástima no ser gallina.

1 Son ombre vers mon lit a paru se baisser. Yo no había leído a Racine en esa época. Lo escuchaba.

2 Supe mucho después que Mary tenía un hijo natural que la visitaba como sobrino, y llegó a ser comisario.

3 Este fue el comienzo de mi carrera literaria.

LE VERT PARADIS

Mais le vert paradis des amours enfantines,

L’innocent Paradis plein de plaisirs furtifs,

Est-il déjà plus loin que l’Inde et que la Chine.

Charles Baudelaire

Una tarde de entierro de Carnaval, en San Isidro, estábamos cerca de la verja, mirando a la gente que pasaba por el Camino Real (así se llamaba la avenida del Libertador), a la espera de alguna mascarita. Nos habíamos quitado los disfraces de diablo o de payaso con cascabeles, que olían a satiné y que me gustaban tanto. Cuando se nos presentaba un candidato, le tirábamos bombas llenas de agua. Las teníamos verdes, azules y rojas, flotando en dos baldes. Era necesario manejarlas con cuidado, porque podían reventar en la mano y mojarnos a nosotras en vez de mojar a la víctima elegida. Durante buena parte de la mañana, las habíamos llenado con jeringas. Operación delicada: si se les echaba demasiada agua estallaban; si demasiada poca, no reventaban por nada, aunque cayeran al suelo.

De pronto, me di cuenta de que un muchacho pasaba y volvía a pasar delante del portón, donde finalmente nos habíamos instalado: era más cómodo para tirar bombas. El muchacho pasaba galopando, en un caballo bayo, y tenía una cara que me gustó enseguida. Era el tipo de cara que más me atraía, pensé.

El muchacho se divertía mucho, evidentemente, porque pasaba y pasaba con distintas velocidades, al galope, al trote, y hasta al paso cuando comprendió que las bombas escaseaban. Yo nunca me había divertido tanto. Le pregunté a Micaela: «¿Crees que pasa por mí?». Me contestó, riendo: «Claro». No sé por qué se me ocurrió aceptar la opinión de Micaela como palabra del Evangelio y dar por seguro que no se equivocaba. Brincaba en el pasto, corría alrededor del portón como si la tierra hubiese adquirido propiedades de colchón elástico. Ninguno de los chicos que me habían gustado, ni Franky, ni C. (Pepito Martínez de Hoz no contaba, porque aquello de Palermo eran cosas de bebes), me había llevado el apunte. Ninguno se dignó tratarme de igual a igual o darse por aludido de mi existencia. Empezaba a creer que la fatalidad me perseguía y que los varones nunca me tomarían en cuenta. ¿Sería tan fea como todo eso? El hecho es que ni me miraban. C. no se dignaba jugar un partido de croquet conmigo sino cada muerte de obispo. Si yo lo convidaba, distraídamente respondía con una mueca como diciendo: «No me jorobés». Y seguía de largo. Desde luego, los pantalones largos lo colocaban en otro nivel. Yo, de media corta y trenzas largas, no era digna de su consideración. El desencuentro de nuestros destinos era total. Y como, además, yo no quería demostrar un interés especial, tampoco podía él adivinar que su presencia en un partido de croquet era tan importante, y tan dolorosa su ausencia.

En cambio, este desconocido, con una cara tan linda, y ojos tan celestes como los de Franky o los de C., tenía otra actitud. Me miraba. Me había visto. Cosa increíble pero evidente: yo existía para él.

Cuando le tiré la última bomba que quedaba en el balde, grité: «Fue». Él contestó: «Pero no pegó».

Me asombró que pronunciara palabras tan comunes, me asombró que las supiera, e inmediatamente me parecieron nuevas y maravillosas porque salían de su boca. Me apoderé de ellas como de una fórmula mágica cuya simple repetición podía convertirse en un agua efervescente de felicidad. Él conocía esas tres palabras. Las pronunciaba. Las usaba. Era algo que le pertenecía y que él me había dado. Porque en verdad me las había tirado como yo las bombas a él. Me las dirigió a mí, exclusivamente. Y nadie ya, en el mundo, me las podría quitar.

Cuando cayó la tarde nuestra niñera nos obligó a volver a la casa. Me alejé del portón à contre-cœur, lentamente. Esa expresión francesa convenía, pensé. El cielo estaba todo rosado y el galopar del caballo sobre el camino de piedra se oía. Durante un rato, se oyó de vez en cuando. Yo sabía que era el de su caballo. Me seguía hasta la palmera, hasta la magnolia, hasta más allá del invernáculo. Ya no podía distinguir al desconocido. Pero llevaba algo muy precioso: tres palabras.

Al día siguiente me desperté temprano de manera brusca, yo que de costumbre ponía mucho tiempo para salir del sueño. Algo había cambiado mi ritmo de vida. Todo se aceleraba, y el despertar también. Al abrir los ojos pensé: «¿Volverá?». No había pretextos. Carnaval se había terminado, y también el juego con agua. Si volvía, sería para verme.

Volvió.

Supe, por los sirvientes, que era L. G. F., primo de unos primos segundos míos; y primo también de Pepito (el novio de mis primeros paseos en Palermo). ¡Qué casualidad! Aire de familia con Pepito tenía. Pero no puede haber gran parecido —pensé— entre un chico chico y este L. G. F. que montaba tan bien a caballo y era persona de más edad que yo. De más importancia, por consiguiente, puesto que ser mayor daba una superioridad indiscutible. Y yo sabía de sobra que, a pesar de mis piernas largas, mi aspecto era el de una desairada cachorra.

Supe que L. G. F. vivía a unas pocas cuadras, en la quinta de Elortondo. Seductor y constante, pasaba a diario en su caballo bayo delante de nuestro portón. Incansablemente, iba dos o tres cuadras para el lado de San Fernando y dos o tres cuadras para el lado de San Isidro. Nos mirábamos sin saludarnos y sin sonreír.

Cuando llegó el otoño, cuando en el jardín se caían las hojas y las mandarinas empezaron a ponerse amarillas, aunque estaban muy ácidas; cuando los días se acortaron y se oyó hablar de regreso a Buenos Aires, una angustia me invadió. No podía imaginar las tardes sin la esperanza de ver pasar a L. G. F.

La última semana de Villa Ocampo no fue dichosa, como de costumbre. Hasta ese momento, todo cambio me divertía. «¿Sabrá dónde vivo?», me preguntaba a cada instante. «¿Lo veré en Buenos Aires?» «¿Cómo hará? ¿Cómo haré? ¿Voy a perderlo?»

No lo perdí. Apareció, muy serio, en la esquina de Florida y Viamonte, sin caballo, desde luego. El ir y venir lo hacía a pie. Sentí que su presencia en aquella esquina era una verdadera declaración de amor. Esta vez podía estar segura. Me quería. ¿O vendría simplemente por curiosidad, para ver si yo lo quería a él? ¿Habría adivinado cuánto me gustaba su cara? ¡Cómo me gustaba su cara! Ninguna otra cara podría gustarme más en los siglos de los siglos. ¡Con tal de que me trajera siempre esa cara1 y con tal de que mis ojos la pudieran adorar! ¡Qué más podía pedir! Eso era todo, era un mundo. ¡Con tal de que esa cara me esperara fielmente en la vereda de Viamonte, o en la esquina de Florida! ¡Con tal de verla dos o tres veces cada tarde!

No podía quejarme. L. G. F. era de una constancia solo comparable con la mía. Lloviera o tronara, a ciertas horas, en cuanto yo aparecía en un balcón, empezaba él a pasar y pasar delante. Ni él ni yo teníamos posibilidad de vernos sino a horas determinadas. Los dos estudiábamos. Pero a partir de las cinco y media, el ir y venir de L. G. F. por la vereda de Viamonte no cesaba. Caminaba con los ojos clavados en un balcón (donde yo me asomaba) y solían darle empujones impacientes los transeúntes. En medio de las personas que por allí pasaban, dirigiéndose a alguna parte, él era un sonámbulo. Por mi lado, yo tenía que tomar precauciones y cambiar con rapidez de balcón si había moros en la costa (alguna de las tías). Los moros caseros se habían dado cuenta de que algo pasaba. Mi tío Narciso, que entraba y salía de la casa a diversas horas, había notado la presencia asidua de L. G. F. y demostró impaciencia, irritación. Me lo contaron los sirvientes, todos cómplices míos. Mi tío se había quedado parado en el umbral de la puerta de calle, esperándolo. Y había dicho en alta voz: «¡Que lo vuelva a encontrar a este mocoso!».

Aquella tarde, L. G. F. desapareció momentáneamente. Pero volvió en cuanto mi tío, cansado de esperar, se fue. Admirable rasgo de coraje, pensé. Mi tío (el de los domingueros) era alto y resuelto. Llevaba siempre un bastón pesado. A lo mejor le hubiera pegado un garrotazo. ¡Las cosas que había que soportar!

Si mis tías me encontraban en el balcón, cerraban la persiana de hierro y me hacían abandonar mi puesto de vigía. «¿Qué estás haciendo afuera con este frío? ¿Querés pescar una pulmonía?» Yo contestaba: «¿Cuándo me han visto con pulmonía? ¿No se puede mirar desde el balcón ahora?». Si era Carmen (la más joven de las tías) me atrevía a decirle: «Ese de los zapatos amarillos ¿te está festejando?». Así le daba a todo un tono de broma y le quitaba importancia a un asunto tan importante. Carmen nunca se enojaba, pero cerraba la persiana. Había veinticuatro balcones en la casa de Florida y Viamonte, sin contar las buhardillas. Y yo tenía piernas largas, era rápida y ágil para subir escaleras. ¿Quién iba a seguirme? A menos que pusieran vigilancia permanente en cada balcón, era imposible impedir que me asomase. La persecución de que éramos víctimas L. G. F. y yo era odiosa. ¿Qué mal hacíamos? Esa persecución no me impedía pasarme las tardes corriendo de un balcón a otro, a la hora en que estaba libre de lecciones y maestras. No le impedía a él pasarse las horas muertas dando vueltas por la manzana. Habíamos llegado a entendernos sin hablarnos y a ponernos de acuerdo sobre el mejor horario. Mi lección de inglés —la última del día— terminaba a las cinco.

A veces L. G. F. se hacía la rabona; lo veía aparecer en la esquina por la mañana (yo echaba siempre una mirada a la calle, por si acaso). Si era la hora en que nos tocaba la lección de francés (nueve a once), tenía que buscar un pretexto para escaparme. Mademoiselle no era persona fácil de amadouer (como decía). Me encerraba entonces, si lograba escapar, en el baño de Vitola y le mostraba a L. G. F. una geografía abierta (los mapas eran fáciles de ver a distancia). Él hacía un gesto disimulado que significaba: «He comprendido».

Una o dos veces nos siguió, después del almuerzo, hasta Palermo. Claro que me sentí halagadísima, porque era gastar dinero en coche y desafiar a Mademoiselle. Mademoiselle se enojó, claro está. Lo llamó: «Blanc-bec! Petit morveux». Pero él sabía guardar las distancias, nada pudo oír de estas insultantes exclamaciones.

Una tarde, dejó tres pimpollos de rosa té en el balcón del comedor (piso bajo). Lo vi desde arriba y bajé con los zapatos en la mano, para no hacer ruido, a recoger las flores. Volví arriba de una carrera. Era como si L. G. F. hubiese entrado en la casa. Me asomé a otro balcón y mostrándole el ramito me lo puse contra la cara. Después lo escondí en mi libro de misa, al que ponía un elástico negro porque tenía muchas estampas y se podían caer. Era mi caja fuerte.

Al día siguiente, le tiré un ramito de violetas desde el primer piso. L. G. F. lo recogió y lo besó. Después se escondió en un recoveco del Bon Marché2, con las violetas en la mano. Cuando no pasó nadie por la calle, me tiró un beso con la punta de los dedos extendidos. Le contesté en la misma forma. Me parecía que este beso había empezado en Carnaval. Desde Carnaval nos veíamos casi a diario. Y ahora, además de aquellas tres palabras dichas en San Isidro, mi libro de misa olía a rosas secas.

Mi hermana y yo tocábamos piezas fáciles a cuatro manos. A una de ellas que estudiábamos en los días en que vi a L. G. F. por primera vez, le puse palabras sobre nuestro encuentro. Y para poderlas cantar sin que las entendieran, escribí las sílabas al revés. La melodía traía el recuerdo intacto de aquel entierro de Carnaval, memorable. Era como el retrato de L. G. F. y el del caballo galopando. Era el ruido del galope, y las bombas de colores, y todo lo de esa tarde, pasada y siempre presente. La tarde en que el bayo recibió en el anca la bomba destinada al jinete y el jinete pronunció tres palabras inolvidables: «Pero no pegó».

Esto era como un fresco de gran tamaño. Tenía otros dos retratos, distintos. Había descubierto una fotografía de una estatua de Juana de Arco con la cara de L. G. F. La tenía en tarjeta postal. En vista del extraordinario parecido, le pedí a una prima, que estaba en París, que me consiguiera una fotografía de tamaño mayor. Cuando llegó, me inquieté bastante.

Creí que era imposible no ver a quién se parecía y descubrir la razón oculta de mi fervor por ese personaje histórico. Pero nadie había mirado a L. G. F. como lo había mirado yo. No pasó nada. Pude, a vista y paciencia de los mayores, colocar ese verdadero retrato de L. G. F. en mi dormitorio.

Además de esa Juana de Arco, había también un Napoleón en Arcole parecidísimo. Estaba en uno de los libros de mi padre y conseguí sustraerlo y llevármelo a mi cuarto. Mi padre no se dio cuenta de la desaparición del libro, o no le importó. Era lícito que me gustara la cara de Juana de Arco, la cara de Napoleón, pero no que me gustara la cara de L. G. F.

Entre Juana de Arco, Napoleón y yo se establecieron relaciones íntimas; complicidades.

Los domingos y fiestas de guardar íbamos a misa de diez, a las Catalinas. Íbamos con Abuela. L. G. F. esperaba nuestra llegada en el atrio. Cambiábamos miradas al pasar. En la iglesia, los reclinatorios de las tías se encontraban en primera fila, frente al altar mayor, a la izquierda, del lado del enrejado de madera. Detrás de ese enrejado opaco estarían las monjas, imaginaba yo. Nos arrodillábamos, con el rosario de nácar envuelto en la muñeca, y abríamos el libro de misa donde correspondía. Yo pensaba en L. G. F. «Je m’approcherai de l’autel de Dieu, du Dieu que remplit mon âme d’une joie toujours nouvelle.» Mi alegría era L. G. F. «Je chanterai vos louanges sur la harpe… [ô Dieu, mon confident!] Pourquoi es-tu triste, ô mon âme?…» Mi alma no conocía tristeza mayor, en ese momento, que la de estar tan cerca y tan lejos de L. G. F., sin posibilidad de verlo, sino a escondidas, como en un juego prohibido, o como cuando se desobedece y, sin que nadie lo advierta, se lee un libro divertido en vez de estudiar la gramática o la aritmética. «Gloire au Père, et au Fils et au Saint Esprit», mis confidentes.

[…]

Desde la azotea de la casa de mi tía H., hermana de mi madre, en la calle Florida entre Viamonte y Córdoba, se veían los balcones de la casa de L. G. F., pues vivía en la calle Córdoba, cerca de Florida. Mi tía H. se había casado con un viudo, padre de dos chicas y dos varones. Éramos muy amigos y a esa casa íbamos los domingos a almorzar3. La casa nueva y enorme de mi tía H. era mandada hacer para perderse en ella. Con la menor de las chicas subíamos a la azotea para mirar (para que yo mirara) la casa de L. G. F. Era una emocionante aventura. Sabíamos que ni a H. ni a mamá les gustaría este atrevimiento.

Yo tenía la esperanza de que a L. G. F. se le ocurriera salir al balcón un domingo y que nos viera. De esta manera la azotea de mi tía H. se transformaría en otro lugar de cita clandestina. Así fue. La azotea estaba colocada en tal forma que quedaba casi frente al balcón donde apareció L. G. F. Se distinguía perfectamente y él nos reconoció enseguida. Sacó de su bolsillo un pañuelo blanco y nos saludó agitándolo, como hacen los pasajeros de un barco que se aleja del muelle. Nosotras hicimos otro tanto con nuestros pañuelitos. Esta nueva manera de mirarnos por encima de los techos de la ciudad me pareció más íntima. Aunque estábamos muchísimo más lejos que en la sacristía de las Catalinas o que en los balcones de mi casa, aquí no había gente extraña. Nadie asistía al encuentro de nuestras miradas. La casa de mi tía H., por sus tres pisos, dominaba toda la manzana.

Pero esta felicidad, reservada a los domingos y —si era posible— a los feriados, no iba a durar sin nubes. Una tarde, creo que un lunes, me llamó mi amiga por teléfono y me dijo estas palabras siniestras, que comprendí inmediatamente: «Todo se ha descubierto». Un amigo de mi padre, el señor N., vivía en la casa vecina a la de L. G. F. Por casualidad salió el domingo al balcón a tomar el sol. Por casualidad vio a L. G. F. agitando un pañuelo enorme, que parecía una vela de barco, en el balcón vecino. Lleno de curiosidad, el señor N. fue a buscar sus anteojos de larga vista y descubrió, en la azotea de la casa de los L., a dos chicas que respondían al saludo. Una de ellas era la chica de O. Se lo fue a contar al padre de la chica de O. El padre se lo dijo a mi tía H. y mi tía la llamó a mi pobre amiga, que era solo mi acompañante, y le dio un sermón.

Al colgar el tubo después de oír estos horrores, creí que la casa se me iba a derrumbar sobre la cabeza. Me refugié en el cuarto de estudio. Detesté al señor N. y lo maldije hasta la última generación (cosa aprendida en la Histoire Sainte). Ya no me atrevía a pasar delante del cuarto de papá sino con la velocidad de una liebre despavorida…, de miedo a que la puerta se abriera y llamara: «Victorita, vení acá». Pero por extraño que fuese no me convocó para hablarme, como era su costumbre si algo marchaba mal y había llegado a sus oídos (no existía peor castigo para mí). Este silencio inesperado no me tranquilizó. El chisme del señor N. tuvo, en efecto, las consecuencias temidas. El domingo siguiente, cuando después del almuerzo intentamos entrar en la azotea nos encontramos con la puerta cerrada con llave y la llave ausente. Esta señal de que se tomaban precauciones nos dejó angustiadas. Por supuesto…, después de unos días reaccionamos, buscamos la llave y la encontramos.

El hermano menor de mi amiga C. iba al mismo instituto que L. G. F. Nunca conseguí que me contara las cosas que me hubiesen interesado. Era una fatalidad digna de las tragedias de Racine. La única persona que estaba en contacto directo y diario con L. G. F. no nos tomaba en serio a ninguno de los dos. Se burlaba de nosotros. Una vez, sin embargo, supe que L. G. F. le había preguntado por mí. Parece que dijo: «¿Y el ángel?». «¡Ja ja ja!, qué idiota. ¡Bonito ángel! No te conoce.» Me abalancé sobre él (no era la primera vez, y ya habíamos rodado por una escalera en el Bristol). Nos separaron. «Mirá si tendré razón», dijo triunfante, arreglándose la corbata medio desatada que seguramente fue lo primero de que pude echar mano. Este episodio enfrió momentáneamente nuestra amistad, pero A. L. se mostró generoso: me regaló una tarjeta postal, enviada por L. G. F. para año nuevo. Era una cabeza de caballo. Decía: «Te desea muchas felicidades L. G. F.». Me llevé la tarjeta y la escondí, junto a san Antonio, entre las estampas de mi libro de misa. Era un documento comprometedor. Si lo descubrían…, ¡cuántas preguntas! Esa cabeza de caballo y esas palabras firmadas…, prueba aplastante de nuestra conducta pecaminosa.

Cuando me quedaba sola, de noche, sacaba la tarjeta de su escondite y la besaba. Besaba «te desea muchas felicidades». ¡Cómo habría sido de feliz si esas palabras se hubieran escrito para mí! Pero tanta dicha era inalcanzable. Podía estar agradecida de tener esa postal elegida, comprada, pagada por L. G. F. También llevaba una estampilla pegada por él. Había escrito la dirección, el saludo, con su pluma, con su tinta, con su mano. ¿Qué más?

Me daba perfectamente cuenta de que las personas mayores no eran capaces de entender lo que pasaba entre L. G. F. y yo. Por otro lado, ¿quién era capaz, excepto Dios si ve lo que siente la gente? Solo Dios, si ve a la gente por dentro, podía comprender mi felicidad cuando lo veía pasar a caballo en San Isidro, a pie en Viamonte. Era una felicidad que se comunicaba a todo cuanto me rodeaba, de tal modo que yo encontraba sus rastros en todos lados: en el dibujo de los hierros de los balcones de casa, en las losas de la vereda, en el sonar de las campanas de las Catalinas, en el olor de las rosas amarillas, en el incienso de los domingos, en la arcada del Bon Marché donde él solía pararse, medio escondido, para hacer una seña de despedida. Era una felicidad que dejaba su marca en los objetos: un pedazo de cartulina, unas hojas secas. Una felicidad que se extendía en círculos como los que hace una piedrita tirada a un estanque: círculos cada vez mayores, que cada vez abarcaban más cosas, que invadían todos los dominios, la ciudad, el campo, las estaciones, la lectura, la música, los héroes de la historia, los santos del calendario, las oraciones, los sueños.

L. G. F. caminaba agachando la cabeza. Su labio inferior avanzaba ligeramente. Delante del espejo traté de imitar esta moue de la boca que a él le quedaba tan bien. Si el labio superior hubiera sobresalido como en algunas caras —pensé, avanzando mi labio superior para probar—, qué distinto efecto. No me hubiera gustado nada L. G. F. Las gentes con labio superior protuberante parecen conejos, son siempre mamarrachos. Uno de los encantos de L. G. F. era esa moue. En cuanto a su manera de andar, yo la imitaba perfectamente, así como un levantar de costado la cabeza, de vez en cuando, como si le molestara el cuello. A fuerza de imitarlo empecé a caminar agachando la cabeza. Mi madre lo notó: «¿Qué le pasa a esta chica que cada día anda más agachada? Qué mala costumbre estás tomando. Es feísimo. Te vamos a tener que poner espalderas». Yo ya me veía como la Clémence de Comédies et proverbes, de la Comtesse de Ségur: con un aparato que me impediría bajar la cabeza. Pero mamá no era Madame d’Embrun. Las espalderas no pasarían de una amenaza.

Otro de los encantos de L. G. F. era que caminaba a grandes trancos. Sus piernas eran, desde luego, mucho más largas que las mías, puesto que me llevaba unos cuantos años. Y cuando se está creciendo, los años hacen notables diferencias.

Al llegar la primavera, el año del memorable Carnaval, mis padres decidieron ir a pasar una temporada, como de costumbre, a la estancia de mi abuelo. Esto, que hasta esa época me había llenado de contento, me desesperó. Pergamino quedaba lejos, y aunque La Rabona, con su jardín, su huerta, sus animales, mis tíos Juan e Isabel, ofrecía un programa variado y divertido (además, nos veríamos libres de lecciones), estas ventajas no compensaban separarme de L. G. F., no verlo durante cuatro interminables semanas. Y ¿cómo avisarle que me iba? Ni se me ocurrió hablarle por teléfono. Mi relación con él era de mirada a mirada.

Si L. G. F. no me veía más en los balcones, creería que lo olvidaba. Acabaría por aburrirse de esperarme. No volvería. ¿Cómo evitar esta catástrofe? A. L. era el único puente. Pero no era puente sino abismo de burla y de indiferencia ante nuestra desgracia.

Sin embargo (y nunca supe por qué milagro), L. G. F. apareció a las seis y media de la mañana en la esquina de Florida y Viamonte, el día de nuestra partida. Tomábamos el tren de las siete y media. Evidentemente, lo sabía y venía a despedirse. Pero como la familia entera entraba y salía de los cuartos, preparando las últimas valijas y vistiendo a las chicas, y mi padre ya estaba levantado, la despedida fue breve: un abrir y cerrar el balcón, dos manos que, a la distancia, se juntaban en el mismo adiós.

Esto me quitó un peso del corazón. Con mi amiga C., la que me acompañaba a la azotea, habíamos convenido en que agregaríamos a nuestras cartas unas líneas escritas con jugo de limón, para comunicarnos lo que ninguna otra persona tenía que saber. Al calor de una vela, el jugo de limón invisible toma un tinte marroncito. Yo lo había leído en un libro. Pero nunca hubo noticias que darme. El jugo de limón solo sirvió para escribir, invariablemente: «No sé nada de L. G. F. No lo he visto».

Sin embargo, hasta ese no saber nada era saber algo, puesto que aparecían, de golpe, al calor de la vela, las iniciales mágicas.

Si no hubiese sido por la lectura y mi afición creciente a escribir cartas, y hasta futuros libros, ese mes de La Rabona, estación Socorro, habría sido de mortal tristeza. Estar lejos de la esquina de Florida y Viamonte era un destierro. Pero los libros en que la gente se quería, sin que los persiguieran porque se querían…, o en que conseguían verse aunque los persiguieran, eran un consuelo. Los libros, los libros, los libros eran un mundo nuevo en que reinaba una bendita libertad. Yo vivía la vida de los libros, y no tenía que rendirle cuentas a nadie de este vivir. Era cosa mía.

Además, las cartas…, otro alivio; aunque no se las podía dirigir al verdadero destinatario. Escribir por escribir también me tranquilizaba. Después de mi primera composición sobre los crímenes del Imperio británico, inspirada por la traicionera Miss Ellis, había nacido en mí la seguridad de que escribir era un desquite. La palabra escrita ayudaba a escapar de las injusticias, de la soledad, de la pena, del aburrimiento.

1 Un Paul Newman adolescente.

2 Hoy Galería Pacífico.

3 Ella tuvo cinco hijos; uno de ellos sería premio Nobel.

EL IMPERIO INSULAR

In many mortal forms I rashly sought

The shadow of that idol of my thought.

And some were fair —but beauty dies away:

Other were wise —but honeyed word betray.

Shelley, Epipsychidion

INTRODUCCIÓN

Ayer en el idioma de hoy

Antes de entrar en ese tramo de vida que llaman adolescencia, y que suele prolongarse en algunas casos, quiero volver a hablar en mi idioma de hoy, es decir el del temps retrouvé; desde esos zancos que los años nos atan a los pies, y que van creciendo como parte de nuestra persona, alejándonos del pasado. Alejándonos y acercándonos a él de una nueva manera, puesto que nos permiten verlo en conjunto, y con un tipo de visibilidad desconocida hasta ese periodo. Cuando hablen mis dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve años, me ayudarán a no desfigurarlos, a no verlos solo desde mis zancos, a bajar a su nivel, algunas cartas conservadas.

Powers, jefe del Partido Demócrata de los Estados Unidos, dijo a Kennedy, ­contestando a una declaración del joven candidato a la presidencia: «El único contratiempo que habrá conocido usted en su vida es, probablemente, que se olvidaran, una mañana, de servirle el desayuno en la cama».

No me cabe duda de que se podrá pensar, con todas las apariencias de la razón, que el único drama sufrido, las únicas dificultades vencidas en mi adolescencia y juventud, eran de la índole del desayuno que no llegó a hora fija, o del baño sin agua caliente por una momentánea descompostura de la caldera. Sin embargo, esto que parecería ser la verdad no es toda la verdad, ni siquiera la mitad de la verdad.

Como la mayoría de las adolescencias la mía fue (o me dio la impresión de ser) dramática, aunque concurrían circunstancias exteriores y materiales para hacerla feliz; vivía en una familia unida, en medio de personas mayores que me querían y estaban atentas al bienestar de sus niños. Un surtido de hermanas inteligentes y lindas es compañía irreemplazable en una casa: conocí ese lujo y no la tristeza, difícil de imaginar para mí, de ser hija única. Tuve suerte. Éramos seis chicas, bastante seguidas; lo bastante para podernos divertir las unas con las otras, o las unas viendo a las otras. La distancia de años que separa a los niños crea cierto desnivel al comienzo de la vida. Luego se va borrando. Pero hasta ese desnivel es atrayente. Tener un bebe a mano es una experiencia inolvidable. Verlo bañar, tomarlo en brazos, sentarse con él en una silla de hamaca, olerlo como una flor de talco y leche, desdoblarle cuidadosamente las manos, besarle los pies, darle la mamadera. ¡Qué privilegio!

Siendo seis, nos dividíamos naturalmente en varios grupos para las clases, los paseos, las comidas, los juegos, las amistades (aunque nos juntábamos a menudo). Las dos mayores éramos inseparables. La tercera, Pancha, oscilaba entre las dos mayores y las dos que la seguían, Rosa y Clara. Silvina, la menor, era la única que nació en la casa nueva de Viamonte 550. A partir de mi nacimiento, se esperaba siempre un varón, para matizar. Pero cuando no se presentaba (como que nunca se presentó), todo el mundo se regocijaba del acrecentamiento de la familia y a nadie se le ocurría que tantas mujeres eran una calamidad. Supongo que cuando nació Silvina abandonaron la esperanza de que las cosas variaran y la bautizaron con el segundo nombre de mi padre, por no gustarles el primero para una mujer. ¿Qué hubiera podido agregar a la batahola de las chicas de la calle Viamonte un varón? No lo sé.

Todas teníamos rasgos comunes, siendo bastante diferentes para quienes nos conocían. Dos teníamos ojos castaños con reflejos verdosos; tres, ojos decididamente celestes; y una de un tono verdoso más neto. Todas teníamos pelo castaño, tirando a un caoba más o menos claro. Todas, menos dos (Clara y yo), tenían nariz aguileña (mi sueño). La estatura, a partir de mi metro setenta y dos, iba decreciendo. Clara murió a los once años, de diabetes infantil. Era de una belleza y de una sensibilidad excepcionales. Murió el año en que se cantó por primera vez Pelléas en Buenos Aires. Era la compañía de L’Opéra Comique (Marguerite Carré). Fuimos con ella al teatro y estaba tan entusiasmada como yo. Me robó un retrato firmado que yo había conseguido de Marguerite Carré y la reté con la prepotencia de las hermanas mayores cuando descubrí que ella lo tenía escondido. En esa época nadie sabía en la casa que estaba enferma y amenazada de muerte. Solo se descubrió su enfermedad poco tiempo antes de que se convirtiera en agonía. Los médicos que la solían ver (había crecido de golpe, estaba muy delgada y siempre tenía sed) no diagnosticaron nada hasta la última semana. Fue un golpe terrible para todos. Y yo, recordando mi reto, le regalé el retrato, con un atroz remordimiento de habérselo quitado. Por primera vez vi morir a alguien. Me pareció que tocaba fondo, que por primera vez llegaba a la realidad de las cosas, una terrible realidad. Y al mismo tiempo, la comunión en el dolor compartido era como otra gran realidad que me salía al paso. Yo no era yo, era mi madre, mi padre, mi hermana, mis hermanas, la niñera, las tías, la muerte, la vida. Siempre había sentido orgullo por la belleza de Clara. Me gustaba peinarla, mirarla. Para la última fotografía de ella, yo la peiné despeinándole los rulos. Quedaba más linda despeinada. Mansamente, dejaba que, a tirones, le desenredara el pelo tan suave y lustroso.

Me obligué a quedarme al lado de su cama hasta el final. No lo podía soportar físicamente. Hubiera querido huir de la casa. Pero tampoco podía soportar no acompañar a mamá. Si ella soportaba, cómo no había de soportar yo. Verla a ella era otra ­especie de agonía. No lloraba. De cuando en cuando preguntaba con una voz atrozmente tranquila: «¿Clarita, me oyes?». Una voz para no asustarla. Para no asustar a nadie, pensaba yo. Y también pensaba: «¿Por qué quiere despertarla? ¿Para qué? Ya está dormida». Casi le hubiera suplicado: «No la despertés». Pero era como si mamá no hubiera querido soltarle la mano a Clarita, como si hubiera querido que la sintiera presente hasta el borde mismo de la separación. Clarita ya era una persona y sospechaba que se moría. Se lo dijo a una niñera, no a nosotras. ¡Fue una muerte tan silenciosa!

Vitola murió antes, en París, durante nuestro segundo viaje. Pero no la vi morir. No quisieron llamarme. Y muertes había sufrido en mi familia desde mi infancia. Pero hay muertes y muertes según nuestro grado de cariño, de apego a un ser. Estas dos muertes eran separaciones tan dolorosas que nada de lo demás contaba.

[…]

Dice Haldane en La desigualdad del hombre: «La educación universal lleva, no a la igualdad, sino a la desigualdad basada en auténticas diferencias de talento. Allí donde hay igualdad de oportunidades el fracaso no tiene excusas. El hombre nor­teamericano que ha llegado al éxito por su propio esfuerzo, y que comprende este hecho, suele parecer despiadado al aristócrata europeo, quien, justamente porque sabe que no debe su situación de privilegio a su capacidad congénita, es a menudo más considerado para con sus inferiores… Así, algunos observadores ven en el Partido Comunista ruso el germen de la aristocracia más orgullosa, más eficiente y más despiadada que el mundo haya visto».

Yo no sé a ciencia cierta si el trato considerado que siempre vi en mi casa respecto a los servidores provenía de cierta bondad natural o de un sentimiento de tipo noblesse oblige, es decir de un complejo de superioridad, hasta cierto punto. En verdad, existía. Existía en tal forma que lo más común era vivir entre mucamos, mucamas, niñeras, cocineros que llevaban treinta años de servicio en la casa y que se jubilaban dentro de la misma casa o en casas que se les daban para que descansaran en ellas. Y así seguía en cadena (si cadena se le podía llamar)… Es decir, que el hecho se reproducía, y nuevos servidores se convertían en viejos servidores, que nunca se iban, o pasaban de un miembro de la familia a otro. Era un sistema de vida eminentemente patriarcal con todas sus ventajas e inconvenientes. Inconvenientes de que yo me sentiría víctima mucho más que cualquiera de los numerosos servidores que he conocido y tratado desde mi infancia, y que no parecían imaginar o necesitar otra clase de existencia. O, por lo menos, que la imaginaban muy débil y vagamente. No me pasaba otro tanto. Yo la imaginaba con intensidad y rebeldía de prisionera, consciente de los muros y de la segregación desde otro sector. Mi punto de vista era el de una adolescente capaz, cuyas dotes no puede aprovechar ni desarrollar plenamente por vía de una educación adecuada, y que lo intuye a diario.

La educación que se daba a las mujeres era por definición y adrede incompleta, deficiente. «Si hubiera sido varón, habría seguido una carrera», decía mi padre de mí, con melancolía probablemente. Y lo mismo hubiera podido decir de sus otras hijas (aunque las carreras hubieran sido diversas). Lo malo era que yo, haragana aunque llena de energía, aprovechaba esta circunstancia para hacer el mínimo de trabajo con el mínimo de esfuerzo. Tenía «facilidad» para aprender, siempre que no se tratara de aritmética. En esa materia era tan idiota como hubiera podido ser brillante en otras: en los idiomas, por ejemplo, y supongo que en las lenguas clásicas, si se les hubiera ocurrido someterme a esa disciplina que tan bien me hubiera venido en el porvenir. ¡Ay! ¡Cómo he lamentado el tiempo perdido y mi ignorancia, años después! Desde luego, no se hubieran opuesto a que estudiara latín y griego. Y hasta comencé a hacerlo. Pero no pasé de unas declinaciones y del alfabeto griego. Enseguida vi la dificultad del asunto y pegué una espantada, como el potro ante un obstáculo que ha de aprender a saltar. Nadie me clavó las espuelas. ¡Y me gustaba tanto vivir, vivir, correr al sol, mirar, oler la tierra y sus plantas, comer sus frutas! El latín y el griego representaban un esfuerzo voluntario y casi heroico para una adolescente llena de joie de vivre, puesto que nadie se lo imponía.

El estudio que hubiera seguido por voluntad propia y en serio, no me lo permitían: el teatro. Ese fue mi drama durante años. Y creo que tenía vocación para las tablas. Aunque la luz de las candilejas nunca me hubiera reemplazado ni alejado de la del sol.

«Una de las tareas más urgentes del psicólogo es escoger los poetas en capullo de entre los pintores, plomeros, políticos, pedagogos, etcétera, en estado embrionario. En la actualidad la selección vocacional es arte muy rudimentario, y generalmente ocurre al final de la educación, y no cerca del comienzo.»

Si esto es la verdad en la hora presente y en los países adelantados, cuánto más lo sería en época de mi infancia y adolescencia; en un país atrasado como el nuestro; y tratándose de la educación de una mujer. Mi vocación, si vocación tenía, la descubrí yo sola y la mantuve viva contra viento y marea. Así como un deficiente mental podría quejarse (si fuera capaz de razonar) de que sus padres no lo mandaran a una escuela especializada para tratar de corregir sus defectos (si son corregibles), así podrían lamentarse otros niños, dotados para tal o cual cosa, de que sus padres no los sometieran a ciertas disciplinas para desarrollar esas dotes. Los niños con «facilidades» suelen ser holgazanes. Y suelen desarrollar su capacidad de holgazanería si no se les obliga a rendir lo que deben rendir, de acuerdo con sus capacidades.

Creo que esto me sucedió a mí. Mi afición a aprender de memoria cuentos, ­poemas u obras de teatro en verso que me gustaban, sin obligación de hacerlo, es ya una prueba de que para la carrera teatral o la literatura no conocía la pereza. No conocía la pereza para la lectura. No la conocía para escuchar música (incluso la que llevaba el rótulo de difícil); pero la conocía, y mucho, para leer música a primera vista (cosa que siempre hice pésimamente). Y cuando volví a Europa, no tuve pereza para ir a los museos, ni para seguir cursos en la Sorbonne o el Collège de France, si los temas me atraían.

[…]

Nunca he leído un libro, visto una pieza de teatro o presenciado un acontecimiento que considerara extraordinario sin tener inmediatamente necesidad de compartir mi entusiasmo o mi indignación con cuanta persona me caía a mano. Recuerdo aún que después de la lectura de Une ville flottante, de Julio Verne, me fui enseguida a casa de mamá Ramona (estábamos en San Isidro) para contarle cómo, en un duelo, un rayo oportuno, atraído por la punta de la espada de un canalla, Harry Drake, lo había fulminado, dejándole así al noble rival la posibilidad de casarse con la viuda, víctima del villano. Sin la intervención providencial del rayo, y de acuerdo con la moral del autor, jamás hubiera resultado posible este tan justo desenlace y enlace. Lo cierto es que yo había estado con el Jesús en la boca, esperando que cayera el inesperado rayo. Tanto me impresionó, nos impresionó a mi hermana y a mí este siniestro personaje, que encontramos en la vida real un hombre que nos pareció idéntico al Harry Drake descrito por Julio Verne; descubrimos también, en la estación de San Isidro, a un sosias del Uriah Heep de Dickens. Tomaba el tren todas las mañanas a la misma hora. Iba seguramente a su empleo. Pero su aspecto, como el del señor parecido a Harry Drake, nos producía un horror placentero y una curiosidad insaciable. ¿Serían de veras tan viles como los personajes a quienes se parecían?

El cuarto de juguetes (nursery, dirían los ingleses) de las menores era visitado por las mayores, mientras que el cuarto de estudio de las grandes no lo era por las chicas. A la hora de la siesta, en verano, las grandes estudiaban y las chicas dormían. Las horas y el lugar de las comidas, también distintos. Y como las chicas almorzaban y comían más temprano y siempre en casa de mis padres, se presentaba la ocasión de ir a ayudarlas a comer los sesos panés, el puré de papas, el pejerrey, el arroz con leche o cualquier otro plato que algunas, desganadas, comían con suma lentitud y reluctance. La ayuda empezaba por el ejemplo y la participación…

Mi padre estaba siempre con temor de que nos rompiéramos el alma. Durante un tiempo, por ejemplo, anduve en bicicleta. Pero un médico le advirtió a mi padre que la bicicleta no era un buen ejercicio para las niñas. Se suprimió la bicicleta. Durante otra época, salía yo a caballo con mi padre. Tenía dos petisos, Mosquito y el Bayo. Íbamos hasta Martínez por la avenida de tipas que corre paralela a la vía del tren (Eduardo Costa). Yo llevaba un traje azul, de amazona, y montaba como mujer, en silla con horqueta. La pollera larga era ya en sí una satisfacción grande. Para qué decir el resto. Pero esta felicidad no duró mucho. Mi padre pensó que yo era imprudente, o se cansó de salir a caballo. En la estancia, se opuso a que el petiso más manso me llevara en su lomo. Temió que me rompiera una pierna, o la cabeza, como ya me había roto un brazo.

Perros no tuvimos. El Beauty de mi infancia no era mío. Era perro guardián. Mi padre pensaba que podíamos terminar, en esta relación perruna, con algún quiste hidatídico.

Bebíamos agua filtrada, o mineral; leche hervida; no comíamos verduras crudas si no eran de procedencia conocida. Cuando llegábamos a algún hotel, en viaje por Europa, mi madre desinfectaba con alcohol los lavatorios, tinas, bidet de los baños antes de que los usáramos. Poco importaba que el hotel fuera, como era, de primera categoría. La categoría de nuestra limpieza e higiene superaba siempre la del hotel.

En nuestro primer y segundo viaje a Europa, nos embarcamos con vacas (dos) y gallinas (varias). Y sábanas. La verdad era que las seis chicas daban mucho quehacer: las desganadas por desganadas, las comilonas por comilonas, las traviesas por traviesas, las no traviesas por víctimas de las traviesas, etcétera.

[…]

Tomábamos lecciones de baile en lo de Forster. Este hombre con olor a polvos perfumados, vestido de etiqueta (frac) a las tres de la tarde, y con guantes blancos a toda hora (así lo veía yo), nos enseñaba a bailar el vals, la polca, la tarantela, el ­Washington Post, le pas de quatre, le pas des patineurs, la mazurca, tutti quanti menos el tango, desde luego. Nos enseñaba a hacer reverencias con gracia y sin caernos sentadas. Yo era una de sus mejores alumnas, y cuando iba a fiestas de chicas en que se bailaba todas querían bailar conmigo y yo con las que bailaban bien solamente.

En una casa rodeada de jardín y que abarcaba toda una manzana frente a la plaza San Martín (Christophersen) solíamos bailar. Tanto bailaba yo que al volver a casa tiraba los zapatitos de charol antes de subir la escalera.

Mi primer baile en serio fue para mí un acontecimiento; me parecía que iba a cambiar de vida, porque mi «presentación» me iba a dar una independencia que por cierto no me dio. Lo advertí muy pronto. Aquel baile fue en casa de Alvear (Teodelina) y, si mal no recuerdo, recité «Stella», de Hugo (no sé a qué venía eso). Vi de lejos a L. G. F., con quien nunca había hablado y que ya no me interesaba. Otras caras habían tomado el lugar de la suya en la pantalla de mi imaginación. Además, lo consideraba demasiado joven; ya no me conmovían los hombres que no eran mucho, o bastante mayores que yo. L. G. F. había sido the face, como se diría ahora en lenguaje hollywoodense. Pero, aunque con distintas armónicas, en torno a the face seguía yo tejiendo mis sueños, y las caras me atraían por su belleza. Hasta mi primer baile, se puede decir que no había tenido ocasión de hablar con muchachos (fuera de los numerosos primos, que no contaban, excepto C., por quien sentí un efímero engouement; y fuera de los tíos jóvenes que admiraba por su físico). Por ser una familia de mujeres, los hermanos ausentes no habían traído un contingente de varones amigos a nuestra casa. Hablar por teléfono, escribirse cartas, invitar a casa a algún muchacho que no fuera de la familia no se practicaba ni se admitía. A los diecisiete años, como prueba de liberalidad y de concesión a las ideas modernas (?) reinantes, se me permitió jugar al golf en Mar del Plata con muchachos que eran hijos de padres conocidos… Jugábamos en foursome. Desde la casilla (no había casa de golf, sino casilla de madera), las madres solían seguir, con anteojos de larga vista, a las parejas que se alejaban en el descampado. No había árboles en la cancha, y solo en un hoyo, del lado del mar, se pasaba por una hondonada en que momentáneamente desaparecían los jugadores. Desaparecían de a cuatro y con cuatro caddies, nunca en dúo. Solo cloroformando o asesinando con arma blanca (los tiros se hubieran oído inmediatamente desde la casilla) a seis personas, habría podido aislarse una pareja en esa hondonada. Nadie lo intentó, que yo sepa.

Tampoco era permitido jugar seguido al golf con la misma persona. En los bailes, se prohibían igualmente las «temporadas» a menos que fuera en vísperas de un «compromiso». La «temporada» significaba darle dos o tres piezas seguidas al mismo muchacho (asunto más grave si era «festejante»). El cambio continuo de compañero me hartaba, pues en eso, como en todo, tenía preferencias marcadas. A menudo me llamaban al orden, me amenazaban con suprimir el golf, me sacaban temprano de un baile porque durante dos piezas me lo pasaba conversando, sentada en una silla, con mi compañero sentado en otra silla, en medio de cincuenta espectadores. Mi conducta resultaba incorrecta.

En cuanto a las comidas, habían cortado por lo sano: no nos dejaban ir, o rara vez. Un compañero de golf y flirt ocasional, W. P., me preguntaba: «¿Por qué no te dejan, che? ¿Comés con los dedos? ¿Ponés los codos en la mesa? ¿Te sonás las narices con la servilleta? ¿No te han enseñado a usar los cubiertos?». Y yo furiosa le gritaba: «¡Cretino! Me gustaría verte a vos soportando lo que tengo que soportar. Reíte nomás, matón de barrio».

Francamente, no me explico la razón de este tabú suplementario. Todas estas prohibiciones y limitaciones empezaron a crear en mí un estado de rebelión.

Llovía sobre mojado. La rebelión latente era previa a mi presentación en sociedad. Arrancaba de mi adolescencia.

El haber pasado, indiferente, sin el menor movimiento de curiosidad, junto al ex adorado jinete del Carnaval sanisidrense, en mi primer baile, no me fue una advertencia. No se me ocurrió pensar que yo había creado a L. G. F. a imagen y semejanza de mis sueños, ignorándolo todo del verdadero L. G. F. No se me ocurrió pensar que así como había animado esa imagen la había borrado. No se me ocurrió que podía reincidir. No se me ocurrió que con el cambio de edad un invento semejante podía traer consecuencias, para la inventora y el inventado. Se me ocurrió, por lo contrario, que yo había cambiado muchísimo, creencia equivocada. Seguía tejiendo en torno a las caras que me atraían toda una telaraña de sueños, atribuyendo al portador de la cara excelencias, virtudes, dotes, características que no poseía, o interpretándolo en el sentido que yo deseaba, si contradecía la línea por mí trazada. Esta costumbre infantil se mantenía, ayudada por la obligatoria superficialidad y fugacidad de mis relaciones con individuos del otro sexo. Yo misma caía en la propia telaraña que tendía, no en la que posiblemente otros me tendían. Y a veces (casi siempre, en verdad) los que habían producido involuntariamente el fenómeno quedaban momentáneamente enredados en el sistema telarañoso.

TITANIA

TITANIA: How came these things to pass?

Shakespeare, Midsummer’s Night Dream

Las absurdas costumbres de la época favorecían espejismos con consecuencias desdichadas. El túnel desembocaba, para una muchacha de imaginación viva, en lo que podía resultarle (o no resultarle, si tenía una suerte descomunal) una prisión y un castigo tremendo e inmerecido: el matrimonio y la equivocación.

El hecho es que yo tenía idolatría por las caras lindas. Solo aprendí con los años que una cara perfecta, en cuanto a sus rasgos, puede convertirse en algo odioso o simplemente aburrido cuando la hemos descifrado. Me complacía en mis telarañas. Cuando la cara linda pertenecía a una mujer, no había peligro. Siempre me fascinó la belleza femenina, pero el lesbianismo ha sido una tentación o una comarca desconocida para mí. El hombre fue mi patria. Y el peligro consistía en imaginar que me enamoraba de veras cuando como una araña insensata me debatía en mi telaraña propia; en imaginar que estaba enamorada y en sufrir luego por una equivocación, pena más dura que la muerte, porque era una muerte en vida (dadas las costumbres). Así fue.

Volviendo a las usanzas de aquellos tiempos, tan estrictas y dementes en cuanto tocaba a la mujer soltera o casada, adolescente o en plena juventud y madurez, nunca olvidaré el efecto que me hizo, cuando todavía no «andaba en sociedad» (léase ir a unos cuantos bailes o recibos), saber que desde el púlpito se había denunciado y censurado a unas niñas que salían a caballo, en Palermo, con sus hermanos y los hermanos de sus amigas. La monstruosidad de semejante condenación me estremeció. Yo conocía a estas muchachas mayores que yo, y todas llenas de belleza, gracia e inocencia. Al decir inocencia me refiero a lo que para ellas significaban esos paseos matinales, ese galopar de su juventud y esplendor por el bosque de Palermo. ¿Era eso más pecaminoso que un partido de golf? Delia (mujer de Neruda) y Adelina del Carril (la viuda de nuestro Ricardo Güiraldes) se acordarán…

Ahora vemos el lado cómico de estas costumbres, pero quienes las soportaron conocieron su lado humillante y exasperante. Los prejuicios han variado; sin embargo, existen bajo otras máscaras. Quiero decir con esto que si bien Giordano Bruno fue a la hoguera en el año 1600 por sus enseñanzas iconoclastas, hoy, en la URSS, hay terrenos vedados si los descubrimientos a que se llega en ellos no coinciden con «las firmes tradiciones materialistas de la ciencia rusa» (tan adelantada y admirable, por otro lado, nadie lo pone en duda). El caso Lysenko lo prueba, aunque creo que ha sido superado, a la fecha1.

Lo mismo que en el terreno de la astronomía (hasta allí interfiere la filosofía política, según parece) han sido inmensos los cambios, lo han sido en las costumbres sociales y sexuales. Pero si algo se puede temer hoy es irse al lado opuesto de los tabúes de otras épocas no muy lejanas. Crear otros tabúes, por consiguiente. Tan absurdo resulta lo uno como lo otro, aunque supongo que es fatal. La rueda tiene que dar una vuelta completa. Nosotros hemos sido rebeldes con causa. Ahora le toca a la juventud, suponemos, ser rebelde sin causa. Lo malo de esto es que se arriesga, por reacción, volver hacia atrás cualquier día. Y un retroceso no es deseable, en ningún campo.

De niño enseñaron al doctor Lovell (astrónomo) que el Sol era el centro de un sistema estelar importante. Que la Tierra era, a su manera, importante. Pero el doctor Lovell sabe ahora «que habitamos uno de los planetas más pequeños de una estrella típica» y que «nuestro sistema solar es minúsculo dentro del orden de las medidas cósmicas».

De niña me han enseñado cosas que han variado tan considerablemente como esas medidas de orden cósmico. Y yo, sola, he tenido que restablecer el equilibrio. Un equilibrio moral y espiritual comprometido, después de haber desmantelado las bases para hablar en lenguaje de actualidad. He tenido que redescubrir el mineral precioso quitándole la ganga que lo ocultaba totalmente. Y no fue una operación fácil, no fue —que se me permita el juego de palabras— una ganga. Costó caro.

[…]

La idea de que solo los hombres mayores que yo (quince a veinte años) podían interesarme y entenderme (sin embargo, estos no habían dado señales de lo último) empezó a preocuparme. Y también el temor de que esos hombres no se fijaran en mí, ni les cayera yo en gracia. La fe en mis poderes de «conquista», que con L. G. F. había nacido, sufrió un largo eclipse. Años.

En una de mis primeras cartas a Delfina Bunge se ve esta preocupación. Delfina era mayor que yo. Escribía. Tenía un novio (o festejante): Manolo Gálvez, que también escribía. Un hermano de Delfina (Carlos Octavio) escribía. En fin, Delfina era un ser privilegiado de acuerdo con mis cánones. Además, Delfina era realmente una mujer con un charme muy suyo. Inteligente y sensible, no tenía lo que se llama belleza, pero algo que puede seducir tanto o más. Ya Marguerite Moreno, a quien yo admiraba, y que era una mujer fea (o lo que así se suele llamar), me había hecho dudar de la omnipotencia de la belleza. La cara de Marguerite Moreno me fasci­naba, y envidiaba la de Delfina. Envidiaba esa boca grande y donde se dibujaba una sonrisa desairadamente seductora. Porque uno de los misterios del físico de Delfina era que todo lo que en otra mujer hubiera podido pasar por desairado, en ella era encantador. Era encantador algo que en toda su persona se parecía al efecto del pelo lacio y despeinado2. Algo despojado de afeites, de preocupación de elegancia que resultaba, no sé cómo ni por qué, personalísimo.

Delfina reunía, por consiguiente, mucho de lo que a mí me parecía más valioso: edad, afición a las letras, novio y hermano escritores, inteligencia, sensibilidad, buena voluntad. Cuando la conocí se me aclaró el cielo tormentoso de la adolescencia.

La carta a que me refiero (en francés, pero que traduciré como la parte de esa correspondencia que cito), escrita cuando tenía yo apenas dieciséis años, decía:

«Perdón si te molesto. Has de tener cosas mejores que hacer… Solo te pido un poco de amistad a cambio de la admiración y la ternura que siento. Te lo suplico… Sos feliz, te quieren, te comprenden. Tenés un amigo verdadero, sincero. El aislamiento moral es doloroso. Vos no conocés esa horrible sensación de soledad (en medio del cariño, lo sé). Se sufre demasiado, porque se tiene demasiada necesidad de ser comprendida.

Tenés que saber que te quiero mucho. Desde el primer momento. Y estoy segura, esta vez, de no equivocarme. Pero, hélas! ma grande tiene otras cosas en la cabeza. Está de novia. Es feliz. La chica no está de novia, no la quieren, ni es feliz.

Un poco de amistad para mí, Delfina. Tengo dieciséis años y a esa edad uno necesita confiar en alguien, si no el corazón estalla. ¿Querés ser amiga mía? ¿Querés escucharme? Contestame con franqueza, sin vueltas. ¿Me encontrás passable? ¿Me tenés simpatía? Si me encontrás espantosa, decímelo.

No te oculto que me dará pena. Pero no puedo soportar la idea de resultarte cargosa. Si te parezco digna de leer algo tuyo me sentiré colmada. Espero tu carta. De veras ¿puedo pensar: “Delfina es mi amiga”? Yo me encargo de querer por dos.

V.».

Este «¿Querés ser amiga mía?» era el equivalente del Voulez-vous jouer avec moi? pronunciado tímidamente bajo los árboles del Pré Catelan a la chica rubia que hacía colección de renacuajos en una caja de cartón. Era la pregunta de la niña traducida al idioma de la adolescente.

Delfina tuvo conmigo una paciencia sorprendente (cuando la examino a distancia). La he podido medir al releer mis cartas, que ella guardaba y mandó encuadernar cuidadosamente. No sé cómo las juzgó dignas de encuadernación. Son un tremendo documento de soberbia adolescente (que me avergü̈enza), de rebeldía continua (que comprendo y que volvería a sentir); una mezcla de clarividencia, de perspicacia y de ignorancia, de orgullo y de humildad, de aciertos y de disparates, de raciocinio y de delirio y de faltas de ortografía. Centenares de cartas, por lo menos, ya que le escribí todos los días durante un tiempo largo. Desde que la conocí hasta que nos fuimos a Europa, en 1908.

De esa época, son casi los únicos documentos que conservo, aunque tengo algunas cartas y versos. Pero ocurre con las cartas el mismo fenómeno que con las personas, las amistades. Barrès lo dijo admirablemente, al hablar de la muerte de su amigo Jules Tellier: «Je sens trop qu’avec ce grand poète est morte une partie de moi-même; des cellules de mon cerveau désormais demeureront paresseuses parce qu’elles ne travaillaient que pour le plaisir de s’accorder avec lui» («siento demasiado que con este gran poeta ha muerto una parte de mí mismo; células de mi cerebro quedarán inactivas, de ahora en adelante, porque solo trabajaban para el placer de coincidir con él»; Du sang, de la volupté et de la mort). Hay cosas de las que podemos hablar con ciertos y determinados amigos; otras cosas con otros. De modo que la correspondencia con una sola persona revela un aspecto de nosotros, pero uno solo. Si nos entendemos en más de un terreno con tal o cual persona, o si hay afinidades de temperamentos y de gustos a la vez, será más completa la «muestra» de nuestra personalidad que aparece en la correspondencia. Pero nada más.

Con Delfina teníamos puntos de contacto. Sin embargo, nuestros temperamentos eran muy distintos. Nos gustaba la literatura; no sé bien si la misma o si nos gustaba por las mismas razones. Delfina siempre estuvo dentro de la Iglesia católica. Yo al margen.

Esto no creaba conflictos (como con mi madre) y yo hablaba francamente de mis dudas e incredulidades o repugnancias. Ella escuchaba y trataba de convencerme de mi error con dulzura y terquedad. Yo nunca intenté convertirla a mis dudas. Mi proselitismo era de carácter literario, y solo con Gandhi me inflamó la necesidad de comunicar verdades de orden casi religioso.

1 Escrito en 1952.

2 No a la manera de Brigitte Bardot, por cierto, que es el colmo de lo sophisticated.

UN ROBIN REDBREAST EN UNA JAULA

PREÁMBULO A LAS CARTAS A DELFINA

Las lecciones de español me aburrían porque las lecturas y la historia argentina me aburrían. Tampoco me interesaba la historia (tan apasionante y dramática) del descubrimiento y conquista de América. Los adelantados, los virreyes, los capitanes generales se sucedían sin despertar en mí curiosidad ni simpatía. No simpatizaba con el espíritu de la conquista o el de los conquistadores españoles. Veía en ellos un afán de lucro muy poco romántico. Este afán se notaba a las claras en el tira y afloja creado entre rivales por las circunstancias y las ambiciones. Que los indios americanos se los comieron vivos a estos personajes se me importaba un pepino. Tampoco me atraían particularmente los diaguitas, los charrúas, los guaraníes, los comechingones, la indiada antropófaga. Colón nos había metido en un brete.

[…]

Yo era una lectora fácil, también, voraz y omnívora. Lo malo era que no podía ir a una librería a comprar cualquier libro que me interesara, como lo hacía Ricardo. Muchísimos libros estaban en el índex casero. Algunos de manera incomprensible, puesto que no se trataba de pasiones amorosas (tema vedado cuando los amoríos no eran del estilo Mon oncle et mon curé y no terminaban en matrimonio). Ejemplo de esta censura sin motivos aparentes fue el secuestro de mi ejemplar de De Profundis (Oscar Wilde), encontrado por mi madre debajo de mi colchón en el hotel Majestic (París). Yo tenía diecinueve años. Por supuesto que hubo una escena memorable en que yo declaré que así no seguiría viviendo y que estaba dispuesta a tirarme por la ventana. Mi madre no se dejó inmutar por la amenaza, no me devolvió el libro y salió de mi cuarto diciendo que yo no tenía compostura. Le di inmediatamente la razón, tirando medias por la ventana. Fue un acto simbólico, muy festejado por los chauffeurs que estaban en la avenue Kléber y se divertían como locos. Fani, nuestra niñera-mucama, sí creyó en la amenaza que había oído; ella, al deshacer mi cama, había descubierto involuntariamente mi biblioteca privada y había presenciado el incidente. Hablaba sola: «¡Ay, la niña se va a tirar por la ventana! ¡Es muy capaz!». Para ella fue un alivio ver lo de las medias. Comprendió que, por procuración, ya había cumplido mi amenaza.

A partir de mi adolescencia empecé pues a leer cuanto podía procurarme o cuanto consentían en leerme saltando pasajes escabrosos (como en la lectura de Los Miserables de Hugo, que nos hacía en alta voz una preciosa mujer, recién casada, mi tía Isabel, que aquí bendigo por la felicidad que me procuraba con esas lecturas). Una mezcolanza de autores, de muy distinto nivel, franceses e ingleses, se me amontonaban debajo del colchón unos, sobre las mesas otros: Conan Doyle, Dickens, Racine, Hugo, Maupassant, Poe, Walter Pater, Verlaine, Mme de Lafayette, Molière, Daudet, Wilde, George Sand (Les Romans champêtres), el diario de María Bashkirtseff, Harriet Beecher Stowe, Rider Haggard, Tolstoi (Ana Karenina), Dostoievski (Crimen y castigo), Barrès, el Tristán de Bédier, Musset (solo en verso; aprendido de memoria en gran parte, durante un sarampión)1, Loti, Lamartine ­(poemas), Mme de Noailles (poemas)2, Shakespeare, Dante (ahí había de todo, pero pasaban a través de la censura por la rima, como las óperas por el acompañamiento de música), ¡qué sé yo! El caso Rostand, por el incendio que provocó, fue típico de mis pasiones de adolescente. La compañía de Coquelin dio L’Aiglon, con Marguerite Moreno en el papel del duque de Reichstadt. Enseguida me reconocí en el protagonista y enseguida pensé que nadie podía decir los versos, pronunciar las palabras como Marguerite Moreno. Y que nadie tenía su voz.

[…]

Mis lecciones de piano con Berta Krauss duraron hasta nuestro segundo viaje a Europa (1908). Una vez en París, seguí con las lecciones de canto y recitado, pero interrumpí las de piano. Mi hermana Angélica continuó sola, y tuvo por maestros a Francis Thomé, Raoul Pugno y su discípula, la hoy muy célebre Nadia Boulanger.

Nuestras lecciones de canto eran también ejercicios de alpinismo. Para darlas teníamos que trepar cuatro pisos, en un immeuble, 22 rue de Châteaudun. Nuestra profesora, Mme Sanderson, era una persona de mucho volumen, como suelen ser las cantantes. Cuando cantaba el dúo de Sansón y Dalila («Mon cœur s’ouvre à ta voix», etc) y que llegaba a «La flèche est moins rapide à porter le trépas, que ne l’est ton amante à voler dans tes bras», le temblaba tanto la papada que parecía un budín de gelatina. Suponíamos que nunca bajaría de su cuarto piso por aquella escalera tan empinada, pues de bajar tendría que subir, y no parecía capaz de eso. Pronto pasamos a ser alumnas de su hija, Germaine. Era joven, entusiasta, de piel fresca y dientes deslumbrantes. Vigilaba su peso celosamente. Nació entre nosotras dos una gran amistad. Cantaba Fauré, Duparc, Reynaldo Hahn, Debussy, Glück con una voz cálida y una dicción perfecta (cosa que yo apreciaba ante todo en las cantantes francesas). Estudié con ella la Carta de Pelléas, una de mis mayores emociones musicales de aquella época. Antes de conocer a Germaine, había descubierto por casualidad a Reynaldo Hahn. Vi anunciado en el Figaro un concierto en que se cantarían poemas de Verlaine, y allí fui, por los poemas. Era un lugar pequeñísimo. Un cuarto grande, nada más. Reynaldo Hahn no tenía casi voz, pero hacía milagros con esa nada. En aquella época, se empezó a decir que una voz de gran volumen era un inconveniente para cantar bien las canciones «grises». Yo llegaba de Buenos Aires, es decir de Chopin, de Wagner, de Schumann. Había temblado de entusiasmo al oír cantar Walkiria y Tristán a Salomea Krusceniski. Esta cantante de ópera tenía un soprano lírico poderoso que resistía a las despiadadas exigencias de Wagner.

Mi adoración por Wagner se había complicado y reforzado por una adoración por su intérprete, Salomea Krusceniski, rusa, esbelta, cosa que rara vez les ocurría a las Isoldas, Brunildas o Elsas de esos años. El formato de otra rusa, la famosa Félia Litvinne, era lo corriente (aunque ella exageraba un poco el diámetro). No se conocían los sistemas empleados con tanta eficacia por María Callas.

Mi familia no era muy amiga de que las niñas de la casa se codearan con actrices y cantantes. Me había costado un triunfo que me permitieran tomar lecciones con Marguerite Moreno. Sin Vitola, no lo hubiera obtenido. Además, sospechaban que era tuberculosa (y creo que con fundamento). La enfermedad de Chopin y del duque de Reichstadt me parecía a mí muy romántica, y casi me avergonzaba no tener aptitudes para que se me contagiara. No opinaban lo mismo mis padres. También me costó mucho llegar a conocer a Salomea Krusceniski, a pesar de que nadie dudaba de la integridad de sus pulmones. No sé realmente qué temían que me contagiara. Afortunadamente, tuve como aliada en esta emergencia a una señora amante, como yo, de la música, y voluminosa como Mme Sanderson. Cantaba y era ­bondadosa. Convenció a mi madre de que me llevara a su casa una tarde en que iba a tomar té la diva. No pude articular palabra en su presencia. Esto al parecer conmovió a la Walkiria de mis sueños, porque me mandó una fotografía con esta dedicatoria: «A V. O., la chère et charmante créature». La alegría y la emoción fueron tales que enseguida empecé a pensar que no era cierto; que había escrito eso no porque lo sintiera, sino como una formule de politesse.

El mismo repertorio de dudas me asaltó al recibir mi primera carta de amor. Como ya creo haberlo dicho, en mi familia, en esos años, ni cartas, ni llamados telefónicos, ni visitas de «mocitos», ni temporadas en los bailes, ni juegos de golf repetidos con el mismo compañero eran permitidos. El festejante, o los festejantes, pues había varios, naturalmente, eran seres remotos, con los que se hablaba poco, mal o nunca (si existía oposición). En el corso de las flores podían mandar un ramo especial. En el corso de Carnaval3, podían subir al estribo del break con su dominó de satiné negro y su antifaz, para decir algún piropo que las tres o cuatro personas que iban con nosotras (entre otras nuestro padre) oían. A eso se limitaba la relación y el intercambio…

No salí jamás a la calle sin chaperon antes de casarme. Ni acompañada por mi hermana o primas (ellas tampoco salían solas). La casa de Bernarda Alba, que tanto sorprendió a los ingleses cuando asistí a una representación del drama en Londres, es, o era, algo fundamentalmente español o hispanoamericano.

Pero por más cuidada, por más vigilada, por más presa que esté una desdichada criatura que comete el crimen de tener dieciocho años y sentir lo que normalmente se siente a esa edad, siempre hay una mano amiga que le trae la carta prohibida, o un teléfono cómplice por donde le llega la voz que no debía oír en ese tête à tête pecaminoso en que el hilo conductor hace el papel de la serpiente, y en que dos oídos quedan desnudos y absolutamente solos, escuchándose, en el paraíso terrenal de las uniones telefónicas.

La carta llegó en vísperas de mi partida para Europa. Y me la dio una amiga tan linda que yo me preguntaba cómo no se la escribían a ella más bien que a mí. Con la carta me encerré en el baño (siempre, o por lo menos desde que se usa, ese cuarto ha sido para la juventud el mejor refugio para leer cartas importantes). Para más seguridad, me apoyé contra la puerta. Quien no ha vivido en La casa de Bernarda Alba no sabe tampoco lo que significa abrir el sobre de la primera carta de amor y leer: «Amor mío…». Esperaba cualquier encabezamiento menos ese. El que lo escribía hacía gala de ser irónico. Yo hacía gala de no tomarlo en serio. Pero lo único que se me ocurrió pensar fue: «¿Por qué me lo dice, si no es cierto? ¡Y cómo puede ser cierto, Dios mío!». Leí la carta pestañeando, con los ojos ardiendo de lágrimas que me impedían ver. Después me pasé la esponja por la frente y los ojos y salí del cuarto aquel (que era el de mi madre) con la sensación de que todos iban a leer en mi cara: «¡Amor mío! ¡Amor mío! ¡Amor mío!».

Tenía, como dije, varios festejantes. Pero este que me escribía así era el festejante. Más buen mozo, más inteligente que los otros, no era tierno, sino áspero. Por eso aquellas palabras me tomaron desprevenida. En torno a él la telaraña de mis sueños se extendía ahora. Era necesario encontrar la manera de seguir recibiendo cartas y de escribirlas. Eso fue posible porque en docenas y docenas de sobres (que le hice llegar) imité tan bien la letra de una prima (una letra de la Santa Unión) que nadie dudó de que las cartas que llovían de Buenos Aires, en el Majestic, eran de ella. Y este subterfugio, este engaño ¿para qué? Para preguntarse a través del Atlántico, durante dos años: «¿Estás seguro?…» «¿Estás segura?…» «¿Es cierto que me querés?». No era lícito decirse esas cosas sin estar de novios. No era lícito ser joven. Mi caso, aunque creo que en mi familia exageraban, no era un caso excepcional. Que lo digan si no las Elizabeth Barret y las Charlotte Brontë que pasaron por una esclavitud tremenda en la primera mitad del siglo xix. Y aquello no era España o Hispanoamérica. Claro que en el siglo xx todo cambió. Pero no en los años, en el país y en la familia en que me tocó vivir mi adolescencia y mi juventud. Esa es la verdad.

A pesar de «haber consagrado a los escritores mi parte de credulidad» desde muy niña, como el Orlando de Virginia Woolf, no tuve la fortuna de conocer a gentes del oficio o interesadas por los libros, sino con cuentagotas. Cierto que me he desquitado después, en demasía. En el trayecto de mi adolescencia a mi juventud (inclusive) solo encontré en mi camino a Carlos Reyles (por ser pariente de una parienta mía), a Enrique Larreta (por el mismo motivo), a Martín Aldao que tenía en París los libros más admirablemente encuadernados que hasta entonces había visto, a Groussac muy de lejos (mi padre lo admiraba). En París, conocí a Maurice Rostand (aproximación a Edmond, y que empezaba a escribir, como yo), a Brousson (aproximación a Anatole France), a la familia Champion (libreros, no escritores), y a Bédier, de quien seguía los cursos y con quien hablé por obra y gracia del viejo Champion, en su librería del quai Malaquais. Édouard Champion, que publicó aquella colección de libritos admirablemente impresos titulada «Les Amis ­d’Édouard», fue mi primer festejante extranjero y «letrado». Atendía, con su padre, la librería que tanto me gustaba, al borde del Sena. Me escribió que renunciaba a mi dote, que lo único que lamentaba era que mis padres tuvieran dinero y que quería decírselo. A mí me sorprendió lo de la dote, pues nunca había pensado en términos de dote, ni que alguien me festejara pensando en ello. Por otro lado, no se estilaba lo de las dotes en la Argentina, aunque bien sabido era que los padres acaudalados no dejarían morir de hambre a sus hijas. Pero como también se suponía que ellas no iban a casarse con pordioseros, no se planteaba el problema. Lo cierto es que, en casa, los festejantes de gran fortuna, o que se convirtieron en grandes embajadores (alemanes o franceses), le tocaron a mi hermana A., y a mí los pobretones de toda la escala social. Mi hermana no se dejó conmover por las ventajas y lujos que diversos potentados le ofrecían. Y yo no quiero suponer (a esta altura de la vida) que quienes sin un centavo en el bolsillo me festejaban lo hacían por la dote. Falsa humildad aparte, tenía otras dotes. Una sola vez tuve un enamorado de considerable fortuna, inteligente y de físico seductor. El joven en cuestión, a pesar de su padre multimillonario, no tenía un cobre en su bolsillo y los únicos regalos que de él recibí fueron, un día de mi santo, tres claveles, y otro día ídem, una fotografía de la Victoria de Samotracia, y lágrimas y besos en mis manos. No estaba en mi destino recibir regalos de valor monetario de mis enamorados. Tengo que averiguar qué dice mi horóscopo en ese sentido. Aunque ya es un poco tarde. Pero mi «fijación» (se diría ahora) con hombres mucho mayores que yo no me permitió tomarlo en cuenta, y la verdad es que nunca se me ocurrió pensar en el matrimonio bajo un aspecto de ventajas económicas o sociales. Este desinterés total no era meritorio, pues nunca me había faltado nada, y para ciertas cosas carezco de imaginación. La pobreza, en un hombre, me atraía más que la riqueza. Casi todas las personas que yo más admiraba habían sido pobres. O por lo menos, no se distinguían por la riqueza sino en otro terreno.

[…]

No creo que a mi padre le hubiera hecho mucha gracia que le dijera que iba a quedarme en París, compartiendo con los Champion la tarea de vender libros (y hacerlos). A mí me hubiera tentado muchísimo el programa, pero casarme con un librero, editor, escritor o lo que fuere por su oficio, como otras con un millonario por su dinero, o con un duque por su título, no me entraba en la cabeza por más que lo considerara conveniente para mis ambiciones. Lo primero, lo indispensable, era que el tal personaje, fuese quien fuera, me gustara físicamente. Por desgracia, el del quai Malaquais y algún otro candidato posible en aquel París de mi despertar a la vida plena no llenaban ese requisito. Y me pasaba algo extraño, tal vez porque no conocía a muchos extranjeros, o al tipo de extranjeros capaz de hacerme cambiar de opinión. Así como cuando yo decía u oía la palabra «campo» no imaginaba nada europeo, sino algo totalmente argentino (en Europa todo me parecía jardín bien rastrillado), cuando pensaba en «hombre» veía siempre al hombre argentino. Y sin embargo, los hombres de mi generación, y mucho más aún los que me llevaban (como a mí me gustaban) varios años, eran seres insoportables por su cerrazón mental y sus prejuicios de cavernícolas en todo lo que se refería a la mujer.

Consideraba cavernícolas, en ese sentido, a las personas mayores de mi familia. Pero quería irremediablemente a mi padre y a mi madre. Por consiguiente, tenía que soportar en ellos cosas que no estaba dispuesta a soportar en otros. Me costaba y dolía herirlos.

Esto que ocurría en casa no podría repetirse cuando con un hombre de mi generación bajáramos, juntos, a la arena de la vida. Ni privilegios para uno, ni privilegios para el otro. De no ser así, ¿qué equilibrio se podía esperar y qué pacto resistiría a esa tensión?

Mi error fue creer que esto era viable en la República Argentina en los años de la jupe entrave, tan molesta para caminar. ¿Cómo no iba a pensar que podía transformar a un hombre si me sentía con fuerzas suficientes para transformar el mundo (con tal de dejar aparte a la gente intransformable de mi casa, y a mi intransformable ternura y debilidad frente a ellos)?

CARTA A DELFINA

(Traducción del francés)

Mi muy querida:

No podés imaginar la alegría que me dio tu carta, tu larga carta. La he leído tres veces. Como de costumbre, tenés razón. Sos cuerda y yo loca. Estás…, cómo decir…, resignada, yo en rebeldía. En fin, sos un ángel y yo un demonio. Me sorprende que un ángel pueda querer a un demonio, tanto como que un demonio pueda querer a un ángel.

¿Pensás que soy desgraciada por egoísmo? Sin embargo, la verdad es que hasta los mejores son egoístas. Rascá un poco, quitá el barniz de desinterés que recubre ideas y acciones y te encontrarás siempre con algo poco recomendable. El amor mismo, cuando se lo analiza, es egoísta.

Lo que decís es cierto. No me contento con que cuatro o cinco personas opinen como yo, sientan como yo. Necesito comprensión en una escala universal.

Anatole France dice que la alegría de quienes piensan se llama coraje del espíritu. Pero qué le voy a hacer, no tengo ni ese coraje ni esa generosidad. Paso de un paroxismo de desesperación a un paroxismo de joie de vivre. Me decís que sufro porque tengo hambre de querer. Sí. Solo que me he jurado a mí misma que no tendré sino un gran amor: el arte. Reíte. El arte no me bastará siempre, lo sé. La necesidad de querer a alguien me tortura. Cuando no siento un entusiasmo que me exalta y me revela a mí misma quién soy, ando a tientas.

Esperaba demasiado del género humano. El mundo en que yo creía vivir no existe. He caído aquí sin saber de dónde. Nada parece poder contentarme.

[…]

Me preguntás si he deseado a veces tener mil otras vidas. Pero las tengo, querida. No vivo por una persona, vivo por mil; siento que la sangre que corre por mis venas es más cálida, más rápida que la de toda una nación. El corazón late más fuerte, tengo más entusiasmo que toda una generación de veinte años. Necesitaría desarrollar yo sola la actividad de todo un pueblo (inteligente) para satisfacerme. Nunca habrá descanso para mí.

Sí. La calma que me describís ha de ser maravillosa.

Yo estoy sola, sola. Vos, la persona que mejor me comprende, la única amiga verdadera, no estás aquí, y tenés novio. No me quejo. Ya te lo he dicho al comienzo de nuestra amistad. Me basta tu simpatía: querré por dos.

He recitado delante de Coquelin.

«¿No temes que un gran entusiasmo haga en ti una invasión bárbara y se devore tus entusiasmos parciales?», me preguntás. Sí. Lo temo. Lo temo mucho. Sería un desastre.

1 Il n’est de vulgaire chagrin / que celui d’une âme vulgaire…

2 Et les poètes morts, dans leur tombe profonde, / me suivent de leurs vœux et savent qui je suis. […] Je suis l’être que tout enivre et tout afflige…

3 El corso de San Isidro.

EL JARDÍN DE LA INFANTA

Was it not Fate (whose name is also Sorrow)

That bade me pause before that garden gate

To breathe the incense of those slumbering roses?

Edgar Allan Poe

Mi casamiento (la ceremonia religiosa) tuvo lugar en la casa de Florida y Viamonte. Naturalmente, me peinó, me colocó el velo y me aseguró que estaba preciosa (cosa de rutina) Martín Soulés, el peluquero que durante años reinó en Buenos Aires y batió el pelo joven o viejo de la «alta sociedad». Esto de la vejez del pelo (no me refiero a las canas que pueden ser tan lustrosas y sentadoras) no lo había notado yo hasta que un día le oí decir a Chanel, a propósito de una clienta por ambas bien conocida: «Elle a les cheveux vieux». Nada más exacto. Hay un tipo de pelo sin brillo natural y como muerto que merece ese adjetivo.

No había nada viejo en mí aquel día y el traje de raso blanco que llevaba era testigo de ello. Como sucede en los velorios, primeras comuniones, etcétera, esta ceremonia está empañada por detalles materiales que la desnaturalizan, distraen la atención y la fijan en la superficie. ¿Cae bien el tul? Póngame aquí otra horquilla, Martín. Sí, niña preciosa. No me coloque así esos azahares, voy a parecer novia de vidriera de tienda barata, ¿me oye, Martín? ¡Cómo no la voy a oír! Pero deme tiempo, ¡qué niña Victoria!

Martín me hablaba con la familiaridad de quien me conoció de trenzas… Cuando peinaba a «la señora, su mamá».

Otra prueba me esperaba, peor que la de convencer a Martín que no me fabricara para tan solemne ocasión una cabeza de peluquería. Bajé por la gran escalera del brazo de mi abuelo, que sin acudir a peluquero estaba imponente, con su barba blanquísima, su nariz aguileña, su aire de pájaro de presa y de patriarca árabe. Todo esto era de primer orden para el lado «espectáculo» de este tipo de ceremonia. Pero a mi abuelo se le ocurrió, vaya uno a saber por qué, adoptar un paso militar, aunque lento y acompasado, que sin parecerse al pas de l’oie de los ejércitos alemanes tenía un vago parecido con él. Lanzaba cada pierna hacia delante, más alto de lo normal, con ímpetu rítmico. Para una estilización de marcha nupcial en un ballet hubiera quedado bien. Me chocó esta gimnasia imprevista, y desesperada traté de dificultar la performance tirándole del brazo hacia atrás y tratando de romper el compás. No me atreví a susurrarle ninguna indicación y su paso no se modificó, pues si yo tiraba hacia atrás él seguía tirando hacia delante. Además, temí que si lo despertaba de golpe para modificar su paso de sonámbulo podía trastabillar y rodar conmigo, mi tul y mi cola, por la escalera. Vi todo el cuadro en un segundo. «¡Qué lástima que haga locuras este viejo tan lindo! —pensaba—. ¿Qué le ha dado por creer que esto es una marcha militar, o un rito de tribus salvajes?»

Lo malo era que mi abuelo estaba más en lo cierto que yo al atribuir ese sentido a aquella marcha nupcial.

Por qué será, no lo sé. Pero mi recuerdo de esa tarde está más ligado a papá Manuel que al de cualquier persona de más importancia para mi corazón.

Otro detalle nimio e imborrable: el traje del novio, de corte impecable, tenía olor a naftalina. Por poco no le propuse que lo pusiera a ventilar en el balcón antes de ir a recibir la bendición, pues mi olfato muy sensible e imperioso invadía todos mis pensamientos.

Salimos para San Isidro en dos autos. Desde luego, íbamos juntos en uno (aunque no me hubiera sorprendido demasiado que nos hubiera acompañado un chaperon hasta el límite de lo posible). El otro seguía por si teníamos una panne en el camino (los caminos no eran entonces lo que son ahora). Estábamos en el mes de noviembre.

El 15 de diciembre nos embarcaríamos para Europa.

[…]

El año pasado (1962), me sorprendió leer en una cita del diario inédito de Drieu la Rochelle (muerto) que yo había tenido en su vida una influencia parecida a la que ejerció Mme de Staël sobre Benjamin Constant1. Nada supo Drieu de mi juvenil entusiasmo por Germaine Necker, y yo la tenía muy olvidada. Pero no entiendo en qué consistía la influencia a que se refiere Drieu, pues si bien he tenido puntos de contacto con esta mujer de talento (y me halaga la comparación), he sido y soy muy distinta de ella. Su vida entera estaba absorbida por la política y centrada en ella. Por lo contrario, yo he vivido siempre al margen de la política y no me ha interesado. El casamiento de Germaine Necker (su caso viene bien para aclarar ciertos aspectos del mío) fue un asunto debatido como un tratado entre naciones, o como un negocio en que se pesó el pro y el contra. Un toma y daca. Hasta María Antonieta intervino. No se trataba de amor sino de razón o de conveniencias.

Nada de eso ocurrió en mi caso. De los hombres jóvenes que yo frecuentaba en mi juventud (y no olvidemos que era una frecuentación limitadísima), el que más me atraía, por ser el más inteligente y buen mozo, era Jérome. Solo nos encontrábamos en los bailes y cada muerte de obispo en el hipódromo o en el Palais de Glace, que estaba de moda. Cuando mi hermana Clara murió, cesaron los bailes, las carreras y el Palais de Glace. Ya no tenía ocasión de ver a Jérome ni a otros amigos. Entonces, un joven pariente, que por serlo tenía entrada a casa, pidió permiso para traer a Jérome, para que «visitara». Esto ya era un paso que comprometía en cierta forma a las jóvenes, dada la manera de pensar y prejuicios corrientes de la época en general y de mi familia en particular (la casa de Bernarda Alba).

Se presentaron, pues, una tarde, el pariente y el no pariente. Después de repetirse el hecho tres o cuatro veces, mi padre me llamó a su escritorio (estas audiencias nunca presagiaban un diálogo placentero) y me preguntó qué pensaba hacer. ¿Casarme o qué? Seguir así, recibiendo las visitas de ese «mocito», no le parecía bien. Sin quererlo (no tenía interés ni prisa en que me casara y ninguno de los candidatos a la vista era de su agrado: me lo dijo2), esta actitud paterna me empujó hacia una resolución que tal vez no hubiese tomado de sentirme libre…, es decir, de poder conversar y verme con Jérome, y con otros amigos, sin preocupación de que ese hecho tirait à conséquence. Resolví comprometerme. De otro modo, no vería más a Jérome. Era la única manera de salir del atolladero: pésima manera. Intolerable era también el atolladero. No me resigné a soportarlo ni un día más…, pero me resigné a crearme otro, peor, aunque en aquel momento no calculé las consecuencias que el casamiento podía acarrear.

Desde luego, creía estar enamorada de Jérome. Me inquietaba, eso sí, nuestro distinto modo de encarar la vida y de sentir. Jérome, desconfiado, me acusaba sin razón de lo que yo era incapaz de planear. Por ejemplo, cuando pasé una larga temporada en Francia, me escribió reprochándome que me prestara a las maniobras de mi familia, empeñada en casarme con un rico heredero. De ricos «partidos» estábamos rodeadas. Pero mi familia nunca se metió en esas cosas (muchos defectos tenía, para mi gusto; no ese), y yo no concebía que nadie se casara por el dinero o la posición social. Despreciaba a quienes lo hacían, y mamá se enojó bastante conmigo (no del todo) cuando le declaré que, para mí, la señora X (casada por afición a las grandes fortunas) era peor que una prostituta. La carta de Jérome me cayó muy mal. Mi indignación fue tal que pensé no escribirle nunca, ni verlo. Este fue el primer timbre de alarma que oí claramente. Una persona que pensaba eso de mí podía cometer conmigo cualquier injusticia. No me creía exenta de defectos, o incapaz de cualquier error, cualquier falta: esa no. Estaba segura de que ciertos tipos de bajeza quedaban fuera de mis posibilidades. «Et non point par vertu, car nous n’en avons guère», como diría Péguy. Tal vez fuese capaz de algo de gravedad equivalente, pero absolutamente distinto.

Había palpado los gravísimos inconvenientes de la disparidad de opiniones en seres atados por lazos de sangre. Los había padecido en mi propia casa, con mis padres. De puro soberbia imaginé, absurdamente (aunque no imperdonablemente…, qué experiencia tenía, admitiendo que la experiencia sirva para algo), que estos males, irremediables tratándose de la familia, serían remediables tratándose de una persona de mi generación.

Además, pesaba en la balanza esa telaraña tejida por mi fantasía en torno a ­Jérome. Pesaba como plomo, por impalpable que fuera.

Otro detalle debió alertarme, y por cierto me rebeló tanto como la sospecha de Jérome de que mi familia proyectara casarme con un hombre rico, prestándome yo a ese plan. Una tarde en el jardín de San Isidro, cerca de la tumbergia llena de flores (ya estábamos de novios), Jérome me preguntó si algún hombre me había besado. Vi en su mirada y en el tono de su voz que esta pregunta era, para él, una piedra de toque…, como lo fue para mí, aunque en sentido inverso. En un segundo pensé: «¿Y con qué derecho me lo reprocharía? ¿Acaso él no ha conocido y besado a otras mujeres? ¡Y qué mujeres habrán sido!». El beso que hubiera podido confesar, el único, fue un momentáneo y fugitivo apoyarse de dos bocas muy jóvenes, una sobre la otra (cerradas como para el coro de Madame Butterfly). Un beso entre dos puertas, apasionado pero infantil casi por su castidad. Un beso de muelle ternura. Me pareció que este hombre (que no era tierno) ni entendería ni admitiría ese «pecado». Que no lo interpretaría. Contesté, como quien se defiende: «No». «¿Estás segura?» «No.»

De ahí arranca, creo, mi error. Debí contestar: «Sí. Una vez me besaron. ¿Y qué? ¿Qué suma de virginidades pretende usted que aporte al matrimonio? ¿Le he pedido cuenta de sus actos? ¿O la enumeración de sus amores? ¿No soy un ser humano como usted?».

Debí sostener la legitimidad de un acto más que inocente: normal, limpio, primaveral, ¡qué sé yo! Debí sostener mi derecho absoluto sobre mi persona, que no era un bien que pasaba de manos de mi padre a manos de mi marido. Debí sostenerlo en esa circunstancia.

Tomé la defensiva en vez de tomar la ofensiva, cosa que nunca me ha dado resultados. Y mentí, en cierta forma, actitud que siempre he despreciado. No puede pasarle nada verdaderamente grave a quien no miente, y catástrofes al que utiliza esa arma de dos filos. Por lo general, la gente miente para defenderse. Pero así no se defiende, se expone. Esa es mi experiencia, tal vez porque lo que yo he deseado salvar no se podía salvar por la mentira.

Sarmiento había dicho (yo por entonces no era lectora de Sarmiento, y lo ignoraba): «Puede juzgarse el grado de civilización de un pueblo por la posición social de las mujeres… De la educación de las mujeres depende… la suerte de los Estados; la civilización se detiene a las puertas del hogar doméstico cuando ellas no están preparadas para recibirla».

El grado de civilización a que habíamos llegado cuando me casé era equivalente al de los cafres. Ahora, como entonces, considero que era un crimen de lesa humanidad, puesto que no se trataba a la mujer como a un ser humano…, no digo ya en pie de igualdad. Era un objeto del que un padre o un marido podían disponer, y si protestaba se creaba fama de fille perdue… o con tendencia a serlo.

Resulta curiosísimo comprobar cómo un hombre de la inteligencia de Gide juzga a las mujeres. Se me dirá que tenía buenas razones para no comprenderlas, puesto que no las deseaba. Pero esa peculiaridad del autor de Corydon no se puede invocar tratándose de un hombre de su calibre intelectual.

Cuando en Et nunc manet in te se refiere a su idea de la mujer, confiesa que hasta muy tarde en la vida creyó que el bello sexo se dividía en dos clases de personas (si a eso se le puede llamar personas): las mujeres de mal vivir, las prostitutas o courtisanes por un lado. Esas eran capaces de sensaciones físicas equivalentes a las del varón, en el orden sexual. Por otro lado, las mujeres respetables como su madre, sus tías, su futura mujer (con la cual no tuvo jamás sexual intercourse), muy por encima de cualquier reacción fisiológica. A propósito de sus relaciones con su mujer, escribe Gide (Et nunc manet in te, página 1128, Bibliothèque de la Pléiade):

«Je m’étonne aujourd’hui de mon aberration […]. Que mes désirs charnels s’adressassent à d’autres objets, je ne m’en inquiétais guère. Et même j’en arrivais à me persuader confortablement, que mieux valait ainsi. LES DÉSIRS, PENSAIS-JE, SONT LE PROPRE DE L’HOMME; il m’était rassurant de ne pas admettre que la femme en put éprouver de semblables; ou seulement les femmes de “mauvaise vie”. Telle était mon inconscience, il faut bien que j’avoue cette énormité, et qui ne peut trouver d’explication ou d’excuse que dans l’ignorance où m’avait entretenu la vie, ne m’ayant présenté ­d’exemples que de ces admirables figures de femmes, penchées au-dessus de mon enfance: de ma mère d’abord, de Mlle Shackleton, de mes tantes Claire et Lucile, modèles de décence, d’honnêteté, de réserve, à qui le prêt du moindre trouble de la chair eût fait ­injure, me semblait-il. Quand à mon autre tante, la mère de Madeleine, son inconduite l’avait […] exclue de la famille, de notre horizon, de nos pensées…».

(El subrayado es mío.) De lo que se deduce que para Gide la decencia de una mujer consistió, durante muchos años de su vida, en la frigidez patológica, considerada hoy como síntoma de anormalidad. Además, la excusa, la explicación me parecen sórdidas. En mi adolescencia, en casos, supongo, análogos al de la madre de Madeleine, siempre tomaba partido por la acusada, sospechando que el crimen no había de merecer esa implacable y cruel severidad.

Volviendo a Mme de Staël (porque me es útil para presentar mi circunstancia tan distinta a la suya), en Delphine, diez años después de su casamiento, escribe que si algo puede «nous permettre une plainte contre notre Créateur, un “Lasciate ogni speranza…”», sería el tormento de un matrimonio mal avenido.

M. de Staël se figuró que ser marido de Germaine Necker le daría derechos sobre ella, mientras que Germaine se imaginó que ser la mujer del embajador de Suecia le daría por fin libertad. Esto lo comenta Christopher Herold en su libro sobre ella.

Algo semejante ocurrió en mi caso (sin ser igual). Pero me encontré en una prisión de otro género. El lasciate ogni speranza lo empecé a ver escrito en todo cuanto me rodeaba. Las costumbres que regían nuestra sociedad eran incomparablemente peores que las que sin embargo le parecían atroces a Mme de Staël. El sacudimiento de la Revolución francesa y el medio de hombres políticos e intelectuales de Germaine Necker eran excepcionales. Para una mujer ávida de política y hasta de intrigas políticas, no se podía pedir más. El embajador de Suecia (marido), el padre de Germaine soportaban cualquier cosa con resignación, aunque no la aprobaran siempre. La situación de la autora de Corinne era, desde todo punto de vista (dada su época), privilegiada. No se podría decir con verdad otro tanto de la mía.

No sé si Germaine Necker pensó en serio en tirarse a un lago suizo. Amenazó con hacerlo. Yo pensé en el suicidio, aunque sin amenazar ni confiarle a nadie mi proyecto. Mi desaparición no tenía forma de chantage, como la de Mme de Staël. Era el simple huir de un mundo donde no encontraba postura y donde la única puerta abierta parecía ser la de mi muerte. No sé si hubiera llevado a cabo lo vagamente planeado, si sucedía lo peor. No sucedió. Pero conocí el horror de encontrarme durante días suspendida entre la vida inaceptable y la muerte temida.

El obstáculo ha sido siempre para mí el cariño que le tenía a unos padres con ideas diametralmente opuestas a las mías en lo que se refería a la independencia de la mujer (a su derecho a dedicarse al teatro, pongamos, si sentía vocación; a divorciarse de un marido con el cual no existía posibilidad de entenderse, etcétera). En una carta a Ortega, del año 1931, que acabo de recuperar por vía de su hija, Soledad, le escribo:

«He sacrificado a mis padres convicciones que no debí sacrificar a nadie. El sacrificio hubiera sido, para mí, dado mi carácter, no sacrificarme, sacrificarlos a ellos. Es decir, sacrificar la falsa visión que tenían de las cosas (desde MI punto de vista) aunque esto los hubiera hecho sufrir. Pero fui cobarde por ternura. Y es un defecto que aún persiste en mí. No sé si podré alguna vez librarme de él. Cada vez que he cedido, que he tomado por omisión (no por acción) una actitud contraria a mis convicciones, es decir, torcida de acuerdo con mi código, ha sido casi siempre a causa de ese terror nervioso, irracional, paralizante de la pena que iba a infligir a terceros (mis padres). O más bien dicho, a ese terror que la pena de ellos me iba a dar. Pues no me hago ilusiones. No creo que es la pena de los demás lo que me aterra sino la pena que esa pena me va a traer, de rebote. Además, mi corazón ha estado con frecuencia acaparado por seres que mi inteligencia combatía y cuyas opiniones y principios no aceptaba. Esa fatalidad me ha perseguido. Las traiciones de mi carne a mi inteligencia y de mi inteligencia a mi carne me han empujado hacia el reino del espíritu. No sé si me explico. El amor a los padres es también carnal. Mi vida instintiva era muy fuerte y le hacía frente a cualquier cosa, sin ceder un ápice. En ciertos sectores, se desarrollaba pues una lucha encarnizada, capaz de hacerlo todo añicos (aunque por lo visto no ha destruido nada, no sé por qué milagro de equilibrio entre fuerzas parejas). Un solo refugio: le spirituel. El espíritu, lo que yo llamo así, no es ni carne ni inteligencia, sino algo que para existir exige el combate y cierto acuerdo de estas dos potencias, como el niño para venir al mundo necesita que se encuentren definitivamente el espermatozoide y el óvulo. Lo espiritual no es, para mí, lo que insinúas al final de tu epílogo».

En ese epílogo preguntaba Ortega: «¿Por qué desdeñar lo terreno?». Y se lo preguntaba a una mujer que si algo había hecho durante su juventud era creer que lo corporal era santo, o por lo menos que toda atracción o repulsión física era algo así como una ley sagrada. Que no había amor posible sin la más pronunciada de las preferencias físicas. Que era capaz de enamorarse del talento de un hombre, pero incapaz de transformar en amor de orden sexual este enamoramiento si el aspecto del genio, por genio que fuese, no le entraba por los ojos y no respondía a una afinidad de orden físico, no metafísico.

Justamente por no desdeñar lo terreno, es decir la pasión, e imaginar que la pasión era la única forma de felicidad posible (siempre que la pasión se mezclara con elementos nobles), había caído yo en la cuenta de que la pasión no era la felicidad, sino el infierno, y en el mejor de los casos el purgatorio.

El descubrimiento de la energía espiritual (que Bergson ha descrito a su manera) nació en mí del combate entre la pasión y la inteligencia. Ninguna de las dos me bastaba. Ninguna de las dos —radicadas en polos opuestos de mi ser— saciaba mi apetito de unidad, ese enorme vado que se abría entre ellas y donde se entrechocaban deseos, ambiciones, aspiraciones, como los objetos en un baúl donde sobra mucho lugar y que los changadores manejan sin cuidado en cada desembarco. Mi inteligencia podía despreciar los arrebatos y sufrimientos de la pasión. La pasión podía desdeñar y burlarse de los razonamientos, de la sagacidad de la inteligencia. Esta pugna no modificaba las cosas, las agravaba. Pero la vida espiritual (la llamada energía espiritual por Bergson) tocaba a otro dominio, y en él no existía posibilidad de cierto tipo de perturbaciones, de cierto tipo de discordias, de cierto tipo de padecimientos. ¿Qué era? No hubiera podido responder concretamente a la pregunta.

Germaine Necker también había descubierto que la pasión (por lo menos en materia amorosa) no es, ni mucho menos, una garantía de felicidad, sino todo lo contrario (desde luego, tratándose de apasionados de gran formato). Había descubierto que decir esperanza era decir también temor, que decir libertad era decir inestabilidad. Que cada ganancia se acompaña de una casi segura pérdida, tarde o temprano. El único terreno en que esta ley no rige es en el de la energía espiritual.

A este descubrimiento no se llega por la Razón únicamente, diosa que estaba en los altares en la época de Germaine Necker. Y la autora de Corinne creía bastante en esa diosa, aunque su lógica era a veces extrañamente contradictoria (la diferencia que establece, por ejemplo, entre la felicidad del individuo y la de la nación)3. Pascal habla de algo que está «au dessus de la raison, mais non pas contre». A ese algo me refiero.

Las injusticias cometidas con la mujer me habían atribulado desde que cambié los dientes de leche. La desigualdad política y social que padecía me daba chuchos de indignación. Me dolía en mi vida de adolescente y en las vidas ajenas imaginadas. Luchar contra ese estado de cosas era mi firme propósito. Y luché como luchan y han luchado otras. En mi país, me avergüenza comprobarlo, los hombres son hijos del rigor, y las mujeres mansas prefieren no disgustarlos. Solo el día en que una humillada los humilló, los llevó por delante brutalmente (y merecidamente, en ese particular) cedieron y hasta se arrodillaron. Me refiero a Eva Duarte. Intencionalmente digo Eva Duarte y no Eva Perón. Lo que era de veras el feminismo, lo que había sido, los sacrificios que había costado, nunca lo supo. Aprendió de boca de un antifeminista (todo fascista lo era) una falsa definición del feminismo, y en su libro se burla de una campaña sin la cual ella misma no hubiese llegado donde llegó, ni hubiese estado en tela de juicio el voto (obtenido ya en tantos otros países). De ahí su equivocación en esa materia.

Pero me adelanto demasiado, aunque el tiempo adquiere en manos de la memoria certificado de simultaneidad para todas las épocas de una vida. No le importa de cronologías.

[…]

¿En qué, pues, he podido ejercer sobre un escritor francés de mi generación una influencia comparable a la de Mme de Staël sobre Benjamin Constant? Misterio. Ni él me convirtió a su totalitarismo ni yo a él a mi antitotalitarismo en aquellos años que nos empujaron a la Segunda Guerra Mundial. No sé si algo influyó en Drieu el recuerdo de lo mucho que le hablé de figuras contemporáneas de la India (Tagore y Gandhi), como influí en su descubrimiento de Debussy. La guerra nos separó material y moralmente (no afectivamente). Su dedicación a Shankara, en los últimos años de su vida, y su indiferencia hacia lo que tanto lo había apasionado, la política, son evidentes. De esto ha dejado testimonio: «Je crois qu’il y a sous toutes les religions une religion secrète et profonde qui lie les religions entre elles et qui n’en fait qu’une seule expression de l’Homme unique et partout le même [estas hubieran podido ser palabras mías, y son cosas sabidas]. Je vais mourir peut-être pour une ­croyance dans la vertu de la politique, qui n’est plus la mienne». Esta es la voz de Drieu, y es una confesión que sorprende (a mí me conmueve).

Dejemos lo que semejante declaración, en vísperas de un suicidio, significa. Ese es otro capítulo. Retornemos a la época en que sin la menor inclinación hacia los temas políticos, siempre importantes en la vida de Mme de Staël, yo estaba embobada con El pájaro de fuego, bailado por Karsávina, Las danzas del príncipe Igor, El espectro de la rosa y Nijinsky en maillot rosa saltando por un balcón a un récord de altura. El gabinete de Poincaré y las vicisitudes de la politiquería criolla me te­nían sin cuidado… Y mi opinión sobre esos problemas no le importaba a nadie.

Nos embarcamos, como ya dije, el 15 de diciembre de 1912, en un barco alemán, Jérome y yo.

Durante la travesía se organizó una fiesta de esas que nunca faltan a bordo. En el barco viajaban chilenos, brasileños, uruguayos, peruanos. Los argentinos se pusieron de acuerdo (une fois n’est pas coutume) para que yo los representara. Mi papel y el de las otras mujeres no era difícil: envolvernos en una bandera y entrar al comedor con ese atavío. A mí me fabricaron y colocaron sobre la cabeza un gorro frigio. Me anunciaron como la República Argentina. Por ahí anda un recorte de La Nación en que Tobal, compañero de viaje, hace pomposamente la crónica de la ceremonia. Ese fue mi momento de Miss Argentina. Entré al comedor pisando una alfombra de aplausos, que nunca me valieron las cosas que realmente me costaron energía, dedicación y desgaste de vida.

1 «Drieu a comparé le rôle qu’a tenu Victoria Ocampo dans sa vie à celui de Mme de Staël dans celle de Benjamin Constant» (Drieu la Rochelle, par Fréderic Grover, NRF, La Bibliothèque Idéale).

2 «No veo a nadie —me dijo mi padre— que esté a tu altura.»

3 «La búsqueda de la felicidad individual debe tender al dominio total de las pasiones, mientras que la libertad política [que Germaine compara a la felicidad en el plano de las naciones] ha de fundarse sobre un cálculo que se apoya en la existencia de cierta cantidad casi constante de pasiones entre la población.» Esto lo comenta Herold en su obra sobre Mme de Staël, al exponer las ideas de su biografiada. Y, en cierta medida, toca uno de los puntos centrales de mis discusiones con Drieu: mientras sea considerado honrado, justo, noble, en el plano nacional, lo que la moral considera deshonesto, injusto, innoble en el plano individual, no me interesará la política ni admitiré son bien fondé, le decía yo. Él contestaba: «No entiendes nada de política…».

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