Kitabı oku: «Reino de papel»

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VREditorasYA

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A Cori e Irda,
que un día me regalaron un libro
sin saber que me estaban cambiando
la vida.


– M e dijiste que eras una persona terrible –me dijo de la nada, como si hubiera estado toda la vida conteniendo ese pensamiento y ya no pudiera hacerlo un segundo más.
Le di un sorbo a mi bebida, intentando aparentar una tranquilidad que no estaba ni cerca de sentir.
–¿Y? –Tenía el corazón en la boca, palpitando agitadamente y temía que, de decir algo más, fuera a caérseme y a quedar latiendo, expuesto como un mórbido centro de mesa.
–Yo creo que una mala persona nunca hubiera hecho lo que hiciste.
–¿Pisar el acelerador antes de que pudieras invitarme a salir?
–Espera, ¿sabías que iba a invitarte a salir?
–No es el punto. –Palabras tan secas que podrían haber hecho creer a cualquiera que el desierto del Sahara era un paraíso tropical–. Además, ya te dije: esto es una salida de amigos. –Él sonrió, a pesar de mi clara negativa. Me detesté por la forma en la que apuré las palabras; nunca había sonado menos convincente.
Podría haber dejado pasar mi desliz, pero no me sorprendió que no lo hiciera: su actividad favorita parecía ser descolocarme, y era más que excelente en ello.
–Ya olvidé el punto.
–Recuérdalo.
–Ah, ¡eso! –Lanzó una carcajada, pero luego se puso serio. O todo lo serio que podía ponerse; una única vez lo había visto sin sonreír. Me pregunté si le dolería la cara–. No eres una persona terrible, aunque tenías razón con lo de ser amargada.
Esta vez, me tocó a mí sonreír, pero nunca estuve tan en desacuerdo con algo como con su declaración. Me intrigaba. Odiaba admitir lo mucho que me intrigaba su sonrisa.
–¿Por qué?
Destelló en sus ojos ese brillo relajado, pero una vez más vi en ellos el vestigio sombrío de una tristeza que parecía no tener fondo. Como si lo hubiera imaginado, las esquinas de sus labios se curvaron y su luz iluminó nuestro cubículo.
–Todo lo que hiciste. –Sabía perfectamente lo que abarcaba ese "todo", y eso solo me hizo sentir más culpable–. Eso es algo que ninguna mala persona hubiera hecho.
Y así fue como finalmente me reí. De verdad. Sin importarme perder la apuesta. Me reí porque él parecía tan convencido que cualquiera le hubiera creído. Me reí porque de todas formas ya había perdido y, sobre todo, porque nunca había tenido tantas ganas de llorar.


Llorar en público era, probablemente, lo que más odiaba en la faz de la Tierra. Llorar, en líneas generales, era casi igualmente odioso, pero exponerlo ante todos, que te miraran con esas expresiones de pena e intriga, como si ellos fueran a entender algo, como si ellos pudieran, con sus palabras empalagosas, hacer una diferencia... eso lo hacía peor.
Así que no lloré. Contuve las lágrimas que me escocían los ojos como si mi vida dependiera de ello.
No recordaba la última vez que las emociones me habían sobrepasado de esa manera, como una estampida desenfrenada, pisoteando mi cuerpo sin piedad. Sentimientos vertiginosos que me retorcían las entrañas con tanta violencia que no llegaba a convertirlos en furia. La furia era un sentimiento sencillo, había aprendido eso hacía mucho tiempo. También aprendí que todo –miedo, desagrado, inseguridad, dolor– podía traducirse al lenguaje de la ira, y la ira era increíblemente similar a la indiferencia.
Saber eso hacía más frustrante no poder rearmarme. Tantos años deformando sentimientos y esculpiendo furia, y sin embargo sentía que había sido la más estúpida de las pequeñeces la que me había dejado hecha un lío.
Era pequeño, o lo había sido al principio, como todas las cosas que duelen y todas las cosas que toman desprevenidas a las personas: una inundación empieza con una gota, un terremoto con un temblor, una muerte con una exhalación y, por supuesto, un sentimiento con un error. En mi caso, hubo muchos errores y de golpe había también muchos sentimientos, demasiados.
Demasiados sentimientos. Demasiado altos. Demasiado caóticos.
Demasiado aterradores.
Las preocupaciones que me nublaban la vista serían poco más que recuerdos distantes en seis meses. Ese momento de mi vida era tan solo un medio para un fin; con la universidad a la vuelta de la esquina, tenía cosas que merecían mucha más atención que los hechos que me habían llevado al bullicioso parque en el que me encontraba.
Y a pesar de que me repetía eso una y otra y otra vez, la frustración, la ansiedad y la culpa me hacían jirones el estómago, y yo me lo envolvía con los brazos, como si fuera poco más que un malestar pasajero.
Tanto empeño en distraerme de mi interior puse, que mi desconexión con el exterior –el ruidoso parque de juegos, con niños correteando y madres que los seguían, algún que otro corredor o ciclista cuyo trayecto zumbaba a mis espaldas, el cielo despejado y brillante de las cuatro de la tarde, el incómodo banco de piedra sobre el que me había desmoronado– me tomó por sorpresa. Tenía los ojos fuertemente cerrados, sin ser consciente del dolor de cabeza que esto empezaba a provocarme, cuando el desliz de un sujeto peludo contra mi tobillo me sobresaltó. Sin embargo, mi único movimiento fue un rápido parpadeo, que me reveló a un gato gordo y de pelaje atigrado en marrones y negros. Lo más llamativo era el collar que llevaba, del cual colgaba una correa con el extremo roído. Mi cuerpo se paralizó completamente. El cabello se me había caído como una cortina a los lados de la cara, pero no me animé a moverme ni para correrlo. Sin importar cuantas veces me hubieran hablado de gatos y perros y el cariño nato de los animales domésticos, mi cerebro no tenía lugar para razonamientos lógicos en ese momento. Nunca había estado frente a uno, menos todavía con uno así, que parecía magnetizado alrededor de mis botas.
Entonces una segunda voz, casi tan suave como el pelaje del animal, se coló entre la de mis pensamientos.
–¡Kai! –Tres letras cargadas de alivio me acariciaron mientras su dueño se acercaba a donde el gato y yo nos encontrábamos. Unas manos varoniles, con dedos largos manchados con infinidad de colores, irrumpieron en mi campo de visión para hacerse con la bestia, pero parecía totalmente negada. Solté un chillido cuando se escurrió entre mis tobillos, impulsándose con un solo salto hacia mi regazo. Instintivamente, el desconocido se alejó un par de pasos, sus manos desaparecieron de mi vista, como si las hubiera alzado en señal de rendición–. Le agradas –soltó, y estaba segura de que sonreía, pero mis ojos estaban clavados en el animal, temiendo que me atacara ante el más mínimo despiste–. A Kai no le agradan muchas personas –continuó con su explicación–, como habrás notado.
Yo, que había estado al borde del llanto tan solo unos segundos antes de esto, a duras penas podía procesar sus palabras. Cuando alcé la vista para encontrarme con la del desconocido, con el único objetivo de que se llevara a su gato de mierda y a su palabrerío incesante, el nudo en mi garganta se asentó.
Primero caí en la cuenta de que tenía unos ojos preciosos, de color avellana, rodeados por un halo de pestañas densas que los hacían infinitamente profundos. Luego, en que tenía unos rasgos trazados delicadamente, con una nariz perfilada y unos pómulos remarcados, bronceados por lo que parecían horas al sol. Tanto estos, como sus manos y la mata de desprolijos rizos castaños que le caían sobre la frente, estaban salpicados con pintura amarilla y naranja. Por último, vi una sonrisita despreocupada que tembló un poco, desdibujándose en una mueca de incertidumbre al ver mi rostro.
Podía imaginarlo perfectamente. Toda la vida había tenido el mismo evidente problema que se sumaba al del llanto. A diferencia de muchos afortunados, cuando la congoja se hacía demasiado fuerte y me empeñaba en esconderla, manchas rojas tomaban mi rostro y resaltaban mi palidez. Rodeaban principalmente mis ojos irritados y mi nariz, pero no era mucho mejor sobre las mejillas o la barbilla. Mamá me dijo una vez que hacía que mis ojos se vieran tétricos, casi translúcidos.
Pero, como lo último en lo que quería pensar era en mi madre y sus terribles consejos para la triste niña de seis años que fui una vez, parpadeé rápidamente para alejar las lágrimas, logrando una imagen más clara –y no por ello menos atractiva– del chico frente a mí.
–Si esto es por Kai, juro que es un santo. No te asustes. –Noté que tenía el otro extremo de la correa del gato enredada entre los dedos y su voz había adquirido un tono que iba entre el consuelo y la gracia pero que, tal vez porque estaba demasiado conmocionada como para admitir más sentimientos en mi sistema, no me molestó tanto como debería. De hecho, tenía una voz casi relajante–. Simplemente odia la correa.
–¿Un gato con correa? –No era exactamente lo que tenía planeado decir, pero me conformé con que mi voz no temblara. En mi garganta parecía haberse atorado una montaña de rocas filosas: una por cada lágrima que me negaba a soltar.
Él se encogió de hombros y, como si mis palabras hubieran sido una invitación, tomó asiento a mi lado. El gato emitió un rugido patético que, si bien no surtió efecto en el invasor, tensionó todos los músculos de mi espalda.
–Si fuera por él –explicó el desconocido girándose hacia mí con una sonrisita carismática–, solo se levantaría para comer. Así que cuando empezó a engordar, llegamos a la conclusión de que había que hacer algo al respecto. Ya ves, a Kai no le pareció la mejor opción –dijo, cabeceando hacia la mitad de la correa rosa que sostenía–; es la segunda que rompe.
No parecía en absoluto avergonzado de estar paseando un gato gordo y malhumorado con una correa como si este tuviera complejo de perro, así que no se lo hice notar. Además, comenzaba a relajarme en la compañía del felino. Casi lo suficiente como para olvidar la causa de mi conmoción.
Casi. Pues en el fondo de mi cabeza revoloteaba vívidamente el recuerdo de la chica asustada en el suelo. Ella, a diferencia de mí, no había tenido la fuerza para bloquear el llanto, y se le había escapado a sacudidas del cuerpo. En un momento llegué a pensar que iba a partirse en dos si seguía llorando así, forcejando contra las manos que tiraban de ella.
–No puedo creer que se esté dejando acariciar –la voz del desconocido me obligó a girar, volviendo a encontrar sus ojos, que parecían más sorprendidos de lo que yo estaba al verme deslizar los dedos índice y anular por la cabecita del gato–. Creí que odiaba a todo el mundo. Ahora empiezo a creer que solo me odia a mí.
Me fue imposible no esbozar una sonrisa, por más débil que esta fuera, ante la forma en la que se reía de sí mismo. Me hubiera gustado tener ese poder.
Sus espesas cejas se alzaron con indignación fingida.
–¿Te divierte? –Estaba sentado en el extremo opuesto del banco, lo suficientemente lejos como para ser respetuoso y a su vez poder hablar en un tono moderado.
–¿Que tu propio gato te odie?
–Puesto así es un poco patético, ¿no?
–Un poco.
–Al menos mi gato y su odio a mí te distrajeron.
Pero por más verdad que hubiera en esas palabras, el recuerdo me volvió a sorprender, y mi concentración volvió al felino. Estaba totalmente derretido en mi regazo. Me sorprendió el consuelo que esa bola peluda podía traerme. Tal vez era porque teníamos el mismo humor nefasto y el mismo deseo de escapar.
El chico soltó un “maldición” por lo bajo, como si le avergonzara aplicar ese vocabulario, y enseguida se disculpó.
–Lo siento, tal vez lo mejor hubiera sido no mencionarlo. No estoy acostumbrado a consolar chicas en parques.
–No me digas. Se te da de lujo.
Sus ojos se iluminaron.
–¿De verdad?
–No –mentí, disfrutando del bufido irritado que dejó salir al apoyar sus antebrazos en las rodillas–. Pero no es que yo necesitara consuelo.
–¿Entonces llorabas por hobby? –se mofó.
–No lloraba.
Excelente respuesta, Aspen. Simplemente excelente.
–Ah, ya veo –contestó con evidente burla–. ¿Se puede saber por qué no llorabas, entonces?
Y aunque pretendió ser un chiste, me costó Dios y ayuda no romperme completamente cuando abrí la boca para contestar y se me escapó un ruidito tan penoso como el intento de rugido del gato en mis piernas.
Me pegó con fuerzas renovadas la visión de mis amigas, esas que hacía no tanto parecían lo mejor de lo mejor, derramando como agua insultos sobre la chica pelirroja. Si bien Fallon y el resto del grupo habían mostrado comportamientos similares otras veces, nunca habían llegado a ser más que un par de empujones y breves insultos, y aunque nunca me regodeé en ellos o participé, tampoco intervine, quedándome a un lado con una sonrisita de suficiencia ligera pero notoria como para que no me criticaran por amarga.
Pero, antes de hoy, no habíamos sabido con quién engañaba a Fallon su novio. Al descubrirse que era nada más y nada menos que con la pelirroja un curso por debajo de nosotras, a nadie se le ocurrió que Fallon debería cortar con Darren Wes. Eso sería una locura.
Lo que había que hacer era mucho más obvio y sencillo. Hablaron de ello como cuando íbamos de compras: con sonrisas de diversión y chillidos excitados, y cuando tocó el timbre de la última hora, sorprendimos a la pelirroja. Me alegré de no haber prestado atención mientras planeaban todo, porque no estaba segura de haber podido pararme a un lado mientras Maggie y Ashleigh la empujaban, tomándola una de cada brazo, dejando paso libre al puño de Fallon.
Un estremecimiento me rebanó la columna.
–Ey, ¿qué pasa?
Me molestaba. Me molestaba de una manera retorcida que un extraño pareciera más preocupado por mí de lo que nadie lo había estado nunca antes, y me molestaba que no pudiera contenerme y mostrarme erguida y aguda como siempre. Estaba hecha un completo desastre. Y lo que más me pesaba de todo eso, era que ni siquiera tenía las fuerzas para enojarme con él o mentir. De todas formas, ¿qué tanto más bajo podía caer?
–Soy una persona terrible –solté, sin animarme a desviar mi vista del animal y aprovechándome de la privacidad que ofrecía mi pelo al caerme alrededor del rostro en mi encorvada postura. De verme así cualquier compañero de clases, mi reputación moriría. Pero ahora mismo, había pocas cosas que me importaran menos.
–Estoy seguro de que todos nos sentimos así en algún momento. –Su serenidad era contagiosa, peligrosamente adictiva. Por supuesto, él no lo entendía. Era el tipo de chico que se paraba a animar a una fracasada solitaria en un parque lleno de niñitos. Dudaba que supiera lo que se sentía ser mala persona.
Pero me callé esos pensamientos limitándome a negar con la cabeza. Me violentaba la mera idea de compartir la horrible causa de mi estado con él. A pesar de ser un desconocido, era fácil ver en él la calidez del trato que emanan quienes viven de actos amables, y aunque por dentro supiera lo estúpido que era, no quería que él confirmara la verdad de mi afirmación. Solo quería que dijera algo, aunque fuera alguna tontería sobre el gato que ahora estaba profundamente dormido sobre mi falda de estampado escocés.
Lo miré –siendo sincera, no podría explicar por qué lo hice– y, por una fracción de segundo, creí ver en su mirada algo más que la comprensiva pena de un buen chico. Algo que esperaba, debajo de la pintura que le salpicaba las mejillas, de forma inquietante. Quería decirle algo más, pero temía que al hacerlo se desatara mi garganta y colapsara el débil dique que contenía mis lágrimas.
Para mí suerte o desgracia, no llegué a definir su abatimiento ni a abrir la boca, porque el irritante chirrido de su celular nos sobresaltó a ambos.
Él levantó la cadera en un movimiento un tanto forzado para poder sacarlo del bolsillo delantero de sus jeans. Me sorprendió el contraste del dispositivo moderno con sus prendas: una sudadera grande y de apariencia suave por años de uso, jeans desgastados y, como si fuera poco, unas Vans que parecían haber sido atacadas por un ejército arcoíris que apenas permitía distinguir su color negro original.
Con un rápido toque y evidente apuro, lo silenció. Noté con esa acción que sus manos también estaban manchadas con pintura celeste.
Sus ojos volvieron a mí y casi me creí que realmente lo lamentaba cuando habló.
–Alarma –explicó, como si me mereciera saber el motivo de la interrupción–. Aunque me encantaría dejarte el gato, hay chances de que en casa me maten si lo hago. –Me dio un giro inesperado el corazón al verlo deslizarse hacia mí sobre el banco–. Así que disculpas adelantadas por el posible alboroto. –No entendía de qué hablaba y estuve a punto de sacar el gas pimienta de mi bolso cuando sus manos atacaron al gato, despertándolo de su pasivo sueño con un maullido furioso digno de un león.
El gato, paranoica, lo único que quería era tomar su gato. Mi propio reproche por poco me hace bufar, tanto de alivio como frustración. No era tan irracional mi instinto. A todos nos enseñaban desde chicos a desconfiar de los desconocidos.
Volví a mirarlo y acepté la ridiculez de mi pensamiento al verlo sostener al gato, que repartía arañazos a diestra y siniestra, lo más lejos posible de su rostro mientras lo retaba como si se tratara de un niño revoltoso. “No. Malo. Kai, malo. ¿Conque así van a ser las cosas? No pienso darte más atún, chancho maleducado”. Sus muñecas y brazos no se salvaron de los arañazos, y me sonreí irónica al ver cicatrices y cascaritas de heridas de guerras similares. Algunas eran más gruesas y largas y otras tan finas sobre la bronceada piel que casi no se percibirían de no prestar atención. Y yo estaba prestando atención, reconocí, apartando violentamente mis pensamientos de la forma fuerte de sus brazos que se adivinaba bajo las mangas del abrigo. Agradecí a Dios –aunque se lo debía a Kai– que él estuviera demasiado ocupado apaciguando a la fiera como para notar el calor que me invadió el rostro.
Pasaron tal vez dos minutos de esta entretenida situación, hasta que me animé a arriesgarme a recibir un par de heridas yo misma. Acerqué una mano temblorosa a la cabeza del animal, y traté con todas mis fuerzas de ignorar el calor del muslo de mi compañero de banco al chocar con mi rodilla. El gato pareció dejar caer todas sus defensas en el momento en el que asenté mis caricias detrás de su oreja, reemplazándolas por una inclinación notoria de su cabeza hacia mí.
Incluso con el miedo de incentivar un nuevo ataque felino, alejé mi mano en cuanto pude, y esta fue reemplazada por la de su dueño. Me molestó cuánto le costó a mi cerebro aceptar el descaro que hubiera significado mantenerme así de cerca, pero me limité a entenderlo y a separarme del chico hasta volver a nuestra distancia inicial. Mi rodilla sintió el frío más punzante que antes al perder el contacto con su pierna.
Una vez más, el desconocido me halagó con un gesto de incredulidad, mientras bajaba al animal a sus propias piernas.
–Considérame indignado –acotó de forma acusatoria, yendo con los ojos de su gato hacia mí–. Casi dos años trabajando con animales y nunca conseguí que este fuera tan manso, mucho menos con tan poco esfuerzo.
La absurda naturaleza de la situación –una chica como un tomate irritado, un chico que era más pintura que humano y un gato furioso– me robó una risa breve y arenosa, levemente agria pero igualmente sincera, seguida de un gesto de indiferencia.
–Los amargados nos llevamos bien entre nosotros.
Kai, desde su cómodo lugar, soltó un maullido que, de no ser por su claro estado de dormitación, habría jurado era una afirmación, y el chico a mi lado se puso de pie un segundo después, ocultándome su expresión.
Al encararme, con el gato sostenido como si fuera un bebé despatarrado, su sonrisa me mostró por primera vez –o tal vez era la primera vez que yo le prestaba atención a esta y al metro ochenta del sujeto– un set impecable de dientes blancos. No la miré más de un segundo, pero fue suficiente para notar la punta de uno de los caninos apenas partida y el hoyuelo de la barbilla.
–Trata de no ser una amargada...
–Aspen.
Me miró de arriba abajo, como analizando que el nombre fuera aplicado, y luego sonrió aún más. No pareció notar la ola de calor que me golpeó el pecho.
–Aspen –repitió–, espero verte pronto y bien, pero a menos que corra ya mismo, estaré más que tarde.
Y no me dio tiempo a responder, razonar, o preguntar su nombre, antes de salir disparado por donde había venido, con su gato malhumorado y una pequeña porción de mis preocupaciones.
No llegué a decirle que yo esperaba no verlo nunca más.

Cuando llegué a casa, no me sorprendió que el griterío continuara. Las voces de mamá y papá se superponían entre sí, ninguno escuchaba al otro y las ideas, tanto las lógicas como los insultos incoherentes, se perdían sin ser escuchadas. Esa era la casa Vann. Supuestamente los ucranianos eran conocidos por su carácter severo pero controlado, era una pena que mis padres hubieran heredado solamente la primera mitad de esa suposición. Tenían menos control que simios hambrientos en jungla sin bananas, y así se vivía en mi casa, con el coro de sus quejas como música de fondo.
No notaron mi llegada –de la misma forma en la que no lo habían hecho cuando llegué a casa más temprano ese mismo día, a eso de las tres y media de la tarde–, o si lo hicieron, no les pareció merecedora de una pausa a su disputa, así que me escabullí lo más rápido que pude hacia mi habitación, cerrando la puerta a mis espaldas. El intento por sofocar sus voces fue totalmente en vano.
Las paredes blancas y desnudas del cuarto me invitaron a caer sobre el colchón y las mullidas almohadas. No lloré ni siquiera en ese momento, pues había pasado más que suficiente tiempo lamentándome en el parque. Si no lo hice allí, no lo haría ahora. No podía seguir perdiendo valioso tiempo con tonterías.
Lo que sucedió con la pelirroja a la salida de clases me había distraído lo suficiente. Lo que le pasara a esa chica no era mi problema, y por ende no merecía un segundo de mis preocupaciones. Había sobrevivido toda la secundaria con una única idea clara en mente: cada uno por su cuenta. Si me dedicaba a ir por la vida haciendo de defensora de todos los que alguna vez habían sufrido de las pullas de Fallon, terminaría siendo uno de ellos, y no era algo que me interesara. Lo importante ahora mismo era pegarme a Fallon, Ashleigh, Maggie y Claire. Con ellas a mi lado, me aseguraba tranquilidad el resto del año, que era todo lo que podía pedir.
Además, era importante recordarle al resto del mundo cuál era su lugar. No podíamos dejarlos actuar como lo hacíamos nosotras, porque entonces pensarían que éramos iguales, y dejarían de respetarnos. Eran cosas simplemente necesarias.
Por primera vez, ese pensamiento no me reconfortó.
Volviéndome sobre mi espalda, encontré en la pared opuesta el único adorno de toda la habitación: un corcho con un almanaque, post-its organizados por colores y prioridad, y un enjambre de notitas de impecable caligrafía con recordatorios. En medio de todo ello, se erguía el cartel que miraba tan seguido en busca de motivación. Este, en letras anchas y decoradas en verdes y lilas claros, leía:

Seis meses para poner fin a la secundaria que todos tanto temían dejar, seis meses para al fin ser libre y embarcarse a la universidad más lejana que me aceptara.
Estaba tan ansiosa como temerosa por cambiar el cartel por el de "5 Meses", que ya tenía listo y bien guardado en la cajonera del escritorio. Porque, a pesar de tener ya planeada la lejanía y los detalles de la vida que gozaría en un par de años, eran las grandes decisiones las que aún no había tomado. No tenía ni la más pálida idea de lo que quería estudiar y solo pensarlo me generaba un ahogo sofocante.
En parte, eso había sumado a mi estrés de esa tarde, junto con el haber llegado a casa para encontrarme a mis padres en guerra.
Después de que en la escuela hubieran anunciado la proximidad de las fechas de envío de solicitudes a las universidades, el mundo se paralizó a mi alrededor. Fue como un balde de agua fría cayéndome encima. Creía tener todo el tiempo del mundo para tomar una decisión, pero de la nada eso no era más que otra mentira. Estaba entre la espada y la pared.
Y esa colisión de sentimientos me llevó a una huida más patética que épica. No estaba segura de cuánto tiempo estuve en el parque, solo que hubo un claro antes y después. El antes, más sofocante, que me tenía con las manos temblorosas y las ideas difusas, al que se le puso fin con la llegada del gato de ojos amarillos, y el después, al retirarse este en brazos de su dueño, más calmo y reflexivo. Pensándolo bien, tal vez hubiera habido un durante, entre el antes y el después. En este, con la compañía del chico de colores, por poco olvidé el antes y todos los errores que habían desatado el caos en mi interior.
“Espero verte pronto y bien”, había dicho él, con esa sonrisita radiante. Solté un bufido al recordarlo. Lo último que quería era volver a encontrarme con alguien que me había visto en ese estado lamentable, alguien que se había acercado tan peligrosamente a los destrozados pedacitos de mi persona en su mayor momento de debilidad.
La ilusión de tener alguien que se preocupara por mis problemas había sido agradable los minutos que duró, pero sabía que terminaría, de la misma forma en la que se termina un paquete de galletas o el calor del verano. Tal vez lo más molesto no era que lo hiciera, sino que al verlo doblar la esquina y desaparecer de mi vista, había esperado que se diera vuelta, aunque fuera una vez.
Desilusión, pensé con rechazo, que sentimiento tan absurdo.

Ni siquiera con los auriculares a todo volumen pude ahogar el bullicio que venía de la cocina y casi di un grito de alivio cuando este desapareció abruptamente. Lo único que me retuvo fue el miedo a advertirles de mi presencia. Sin embargo, todas las precauciones fueron pocas y, dos horas más tarde, asomó una mata revuelta de pelo gris, especialmente arreglada para ocultar la incipiente calvicie de papá.
Me sonrió, esa sonrisa triste que tan mal disimulaba su miseria, como si con eso pudiera borrar de mi memoria los gritos que habían machacado mis oídos toda la tarde.
–Penny, no sabíamos que estabas en casa. ¿Vas a cenar? –No me dejó responder–. Bueno pídete lo que quieras, hay efectivo en el jarrón. Mamá se fue a otra cena de trabajo y yo ya comí. –Tampoco esperó respuesta en esta ocasión, cerró rápidamente la puerta como si apenas tolerara verme.
Avancé al baño, dejando mis carpetas cuidadosamente cerradas en una esquina del escritorio y marcando con tics las tareas que me había sacado de encima. Estaba agotada, y lo único que quería hacer era eliminar todo rastro de maquillaje de mi cara antes de ir derecho a la cama, pero me distraje con mi reflejo.
Al remover los restos de corrector bajo mis ojos, me impresionó ver que tenía unas ojeras pronunciadas, y lo labios, bajo los brillos que llevaban, se encontraban pálidos y resecos. Mis dedos se deslizaron por mi mejilla, como para asegurarse de que fuera real. Entonces mis ojos me devolvieron la mirada y di un paso atrás al ver la pesadumbre que cargaban. El corazón se me convirtió en piedra del susto. Al enjuagarme la cara se me había derramado la máscara sobre los pómulos y ahora serpenteaba entre las pecas, dándole a mis ojos un contraste que los hacía de un gris más pálido que nunca. Los mechones húmedos se me pegaban al rostro, enmarcándolo con un rubio casi blanco.
No pude recordar la última vez que me había visto tan mal. En momentos así, veía en mí la sombra de mi padre más fuerte que nunca, con sus rasgos afilados –aunque la nariz pequeña era de mamá–, pero también con esa tristeza que le inundaba la mirada, incluso tras esbozar la sonrisa más bonita.
Parecerme a mis padres, ¿en qué momento no lo había querido evitar? Y sin embargo aquí estaba, mi rostro siendo el calco de ambos. Quien quisiera, podría ver en mí la vivaz arrogancia de mamá, y quien me desarmara, el derrumbado espíritu de mi padre, oculto tras la misma adicción al trabajo. Tragué fuerte al pensar en que esto último –si bien disfrazado bajo maquillaje y la poca dignidad que me quedaba– era lo que había visto el chico del parque.
Ese pensamiento intrusivo me sacó de mi trance, y me empeñé en terminar lo que había empezado para escapar lo antes posible de la chica del reflejo.
Me acosté tras replantearme la oferta de papá. No podía ni con la idea de comer una lechuga. Todo en ese día me había revuelto el estómago. El anuncio de las universidades, la pelirroja, el griterío de mi propia casa, el gato y su dueño, la debilidad que mostré en ese momento, mi reflejo fantasmagórico...
Apagué la lampara, buscando consuelo en la oscuridad, y me decidí a dejar de ignorar a mis amigas, abriendo el chat.
Los primeros mensajes eran sobre una tal Avery, que no tardé en enterarme, era la pelirroja, y los salteé con la sensación de que se me había encogido el pecho, fiel a mi decisión de no hacerme cargo de las penas de otros.
Lo que seguía me sorprendió. "El merecido descanso tras el regreso a clases", había escrito Fallon. ¿Descanso? No llevábamos ni una semana de clases tras el receso de Navidad y ya estaban planeando ir a otra fiesta.
Y, sin embargo, en contra de toda cordura mía, pausé y releí. Vi la excitación de todas y pensé que podría guardarme las excusas por esta única vez. Fallon tenía razón. Estaba cansada de verdad. Cansada de las responsabilidades, de pensar, de sentir y del inmenso vacío que se negaba a dejarme. Así que cuando preguntaron quienes se anotaban, respondí con una sola palabra:
YO.


La casa de Fallon era ridículamente inmensa. No tenía mejor forma de describirla. Tenía un campo de fútbol por patio, en el que había una piscina enorme y climatizada, sobre la cual se derramaba una cascada majestuosa de piedras modernas. Nos habíamos pasado todo el verano en las reposeras de al lado, tomando sol y dándonos chapuzones cortos, con vasos de bebidas que ningún padre aprobaría que sus hijas tuvieran en manos.
Había, en el rincón opuesto, un bosquecito, que venía a ser un rejunte de árboles pelados por el invierno con ramas retorcidas que le daban un aire de ensueño. Era la parte más bonita de la casa. Mejor que el cine en el subsuelo, el jacuzzi o el sauna, incluso mejor que el balcón del cuarto piso en el que me encontraba. Pero a Fallon no le gustaba porque había poca luz para broncearse, y porque decía que los bichos eran insoportables.
–¡Es tu turno! –Ashleigh llamó a mis espaldas, asomando por el ventanal corredizo que hacía de puerta. Con ella se elevaron las voces que solían ser un murmullo apenas perceptible entre el silencio de la noche. Apenas le dirigí una mirada sobre el hombro y un corto asentimiento de cabeza.
Afuera estaba frío, un frío que te calaba los huesos y te ajaba las mejillas, anunciando que la peor parte del invierno estaba justo sobre nosotros. Me gustaba la sensación del viento abrazándome por más que me hiciera temblar, y lo último que quería era interrumpir ese momento para unirme al griterío que provenía del cuarto de Fallon. Pero, siendo viernes por la noche, y viendo que yo solita me había metido en esto, no tenía más opción que alejarme del barandal y abandonarme en manos de mis amigas.
Cuando me dejé caer en la silla frente al espejo del tocador de Fallon, un chillido comunitario las poseyó a todas. En el colegio habían estado insoportables, con miles de ideas sobre qué hacer con nuestro pelo, maquillaje, ropas, como si fuéramos a los Óscars y no a otra fiesta en la que pocos –por no decir nadie– notarían en verdad nada de eso en la oscuridad.
Asheligh tenía el pelo negro y lacio característico de las chicas asiáticas, y siempre me había parecido la más bonita del grupo. Tenía los ojos rasgados, que había heredado de su madre, y una sonrisa inocente que habría engañado a cualquiera que no la conociera. Yo sabía perfectamente que, aunque ahora me mirara emocionada, más de una vez había hablado mal de mí a mis espaldas. Nunca le di demasiada importancia. Después de todo, no necesitaba su amistad. Mientras Fallon me quisiera, o al menos me viera útil, sería bienvenida allí y pasaría de lo más cómoda por este último año de la secundaria, como había hecho desde tercero.
La dueña de la casa ya se estaba agarrando el peine y la rizadora. Aunque creí que eran para ella, que insistía en arreglarse última para que le durara más el maquillaje, los dirigió a mi melena. Sus ojos azules encontraron los míos en el espejo.
–Hoy, vas a ser una diva –me afirmó, sonriente. Tenía un rostro en forma de corazón y labios finos, siempre pintados con brillos. La piel dorada tras horas y horas al sol iba a juego con su cabello castaño claro, y yo era una convencida de que se desvivía para alcanzar esa perfección inmaculada.
–No sé si la rizadora es necesaria –respondí, un tanto desconfiada de tener a Fallon con un aparato hirviente tan cerca de mí.
A decir verdad, siempre habíamos sido un grupo bastante peculiar. Ashleigh con sus sonrisitas y sus calificaciones perfectas, Claire con sus novios de turno; Maggie, la deportista estrella, capitana del equipo de fútbol femenino, Fallon con su encanto y superioridad, y yo, con mi sencillo silencio. Ninguna confiaba demasiado en la otra, pero nos necesitábamos. Para no estar solas, para ser admiradas y, en algunos casos, porque conocer a la competencia era la mejor forma de destruirla. ¿No?
Ashleigh y Fallon habían competido en todo desde que tenía memoria, y estaba segura de que, el bizarro respeto que existía entre ellas, provenía de las veces en las que se habían hecho sufrir la una a la otra. Robándose chicos, echando a perder tareas, tomando el lugar como presidente de la clase, dirigiendo el comité para algún que otro baile. Mentiría si dijera que no era de lo más divertido observarlas arrancarse los pelos mutuamente, pero a veces podía llegar ser tedioso. En especial cuando montaban espectáculos a los gritos en la cafetería y todos se quedaban observando nuestra mesa. Les encantaba hacer eso, y mientras lo hacían, yo comía en silencio, con mi calma habitual, haciendo como si nada cuando quería tomarlas a una por cada oreja y gritarles que maduraran. Al día siguiente, o en el peor de los casos, una semana después, entrarían tomadas del brazo como si nunca hubiera pasado.
Claire, con su cabello anaranjado y su lado seductor, vivía de la atención del sexo opuesto. Los novios le duraban un mes, y en el medio estaba con una infinidad de chicos más. No me gustaba la forma que tenía de hacerlos sentir especiales. La había visto en incontables ocasiones romperles el corazón tras semanas diciéndoles que eran los únicos. Por suerte, Maggie concordaba conmigo y siempre se lo reprochaba, lo que me ahorraba el trabajo y la culpa de no hacerlo yo. Eran mejores amigas, tal vez las únicas dos que realmente se querían en nuestro rejunte. Habían sido como carne y uña desde la primaria, y a veces sentía que eran parte de un pequeño grupo aparte, con sus miradas silenciosas y sus chistes internos. Más que molestarme, lo envidiaba. En mi vida había tenido una conexión así con alguien, un amigo de verdad que supiera todo de mí.
En el fondo éramos un rejunte de chicas bonitas: dos castañas, una con pelo de zanahoria, otra pelinegra y una rubia. Cualquiera que tuviera dos neuronas y un buen par de ojos notaría que el único secreto tras mi presencia allí había sido un poco de suerte, mezclado con la rareza de los genes ucranianos y –escondida, bajo pisos y pisos de mentiras– mi desesperada necesidad de protegerme de quienes me rodeaban. ¿Qué mejor manera de hacerlo que siendo quien todos temían?
–No digas tonterías, vas a quedar preciosa. –Y, aunque me hubiera gustado protestar, estaba demasiado cansada para hacerlo.
La noche anterior tampoco había dormido, como tantas otras, enfrascada en el estudio y cualquier otra cosa que me permitiera no pensar en la situación de ayer, en Avery y sus ojos vidriosos mirándome como si fuera su única esperanza. No me gustaba sentirme culpable. Ella había besado a Darren y buscado la ira de Fallon, yo no había hecho nada. De la misma forma en la que no hice nada para ayudarla cuando Fallon le dio vuelta el rostro de un manotazo. Y luego otro. Y otro más, con el puño cerrado, directo en la nariz. Todos sus anillos quedaron impresos en el rostro de Avery como una secuencia de tatuajes rojos.
El recuerdo me tironeó del esternón.
–¿No tienes nada un poco más escotado para prestarme, Fallon? –aventuró Claire acomodándose los pechos de la manera menos delicada que podía existir. Ashleigh se rio, pero la vi darse vuelta y rodar los ojos cuando creyó que nadie miraba.
–No –intervino Maggie recogiéndose el pelo castaño oscuro, casi negro, en una cola alta y lacia. Por el rabillo del ojo, la vi intercambiar una mirada con su mejor amiga, de esas que para mí podrían significar tanto "¿Está bueno el jamón?" como "Necesito una ducha", pero para ellas parecían tener un significado tan preciso como palabras pronunciadas en voz alta–. Eso es más que suficiente escote. –Y tenía razón. El top que llevaba se hundía hasta mostrar tanta piel que era imposible no mirar.
–Quieta –exigió Fallon volviendo a orientar mi cabeza al espejo con un tirón no tan suave de uno de los mechones que se enroscaba entre los dedos. Me sentía ridícula, con la mitad de la cabeza voluminosa y llena de vida y la otra lisa como una tabla, igual que siempre.
Sabía que bajo la máscara de maquillaje que me había colocado antes de salir de casa, seguían las mismas ojeras que me habían aterrado la noche anterior, pero me gustaba fingir que no estaban allí. Ahora, con esas chicas, era Aspen Vann, la silenciosa, seria y sarcástica chica de vida perfecta, cuya familia era dueña de una de las marcas de zapatería más lujosas del país. Que ridículo. Para colmo, en mi vida había calzado uno de esos zapatos salvo por un par de galas de la misma empresa y lo único que podía decir era que había tenido suerte de no romperme un tobillo con semejante tacón de aguja.
Odiaba a esa empresa. La odiaba con la concentración de todos esos otros sentimientos que había reprimido a lo largo de mi vida. El poco tiempo que papá tenía para mí tras sus incontables peleas con mamá, se lo dedicaba a Dios sabrá qué cosa en su estudio. Antes le gustaba hacer sus propios diseños, pero hacía años no lo veía hacerlos. Ahora era solo la cara frente a la empresa, y la mente al mando. La creatividad había quedado en manos de terceros. En cambio, mamá, que había estado a cargo de la parte de finanzas desde el inicio de los tiempos, siempre encontraba los fines de semana un pequeño espacio para hacer algo conmigo. Ir de compras, tomar un batido en Dino's. Al menos estaba allí.
Pero, reitero, mis amigas no veían nada de eso. Solo los zapatos, el apellido que seguía a mi nombre y mi capacidad para lucir bonita sin representar una amenaza para ninguna de ellas.
Excepto, tal vez, por Ashleigh; ella sí veía en mí más de un problema, porque le seguía en promedio y en la lista de "Mejores Amigas" que Fallon había hecho cuando estábamos en tercero de secundaria. Era una chica rencorosa, pero tampoco me preocupaba. Ashleigh tenía un problema con todos.
En un momento pensé que nos parecíamos, que teníamos eso en común, pero la ilusión duró poco. Mi amiga quería ser la mejor, sin importar el precio o consecuencia, sin importar a quién hubiera que derribar por el camino. Odiaba a todos, porque todos destacaban sobre ella en algo, como un recordatorio de la perfección que nunca alcanzaría. Yo solo quería ser. Ser yo, lejos, muy muy lejos de esta ciudad y su gente. Borrón y cuenta nueva. Y yo no odiaba a todos. Yo odiaba los problemas, los errores que me llevaban a ellos y sus consecuencias. Odiaba los sentimientos que complicaban todo y me odiaba a mí misma por ser el recipiente que los contenía.
Para cuando mi peinado estuvo listo, me alegré tanto porque Fallon no me hubiera quemado en un "descuido", que apenas me importó lo raro que se veía mi pelo –que normalmente me llegaba a la cintura– enrulado al punto que apenas llegaba al final de mis omóplatos. No era que se viera mal, pensé, mirándome al espejo. Solo que no estaba bien tampoco, en la forma en la que caía y se amontonaba alrededor de mi rostro. Claire exclamó algo sobre que se veía “salvaje”. A mí me parecía incómodo. Pero sonreí y asentí con fingida alegría antes de ser arrinconada por ella y un montón de pinceles y paletas de colores.

Para cuando llegamos a la puerta de la fiesta, ya estaba más que arrepentida. No era solamente lo ridícula que me sentía con los párpados pintados de naranja mandarina lo que me hizo querer huir. Se sumaba a esto algo mucho más simple: el patio delantero de la casa de Fraternidad, infestado de parejas en estados demasiado comprometedores y minado de botellas y latas de cerveza vacías. Me pareció divisar a alguien vomitando detrás de un arbusto.
Si quería desconectarme de los problemas podría haber visto una peli o tomado un batido de chocolate en Dino's con un libro en mano. ¿Por qué terminé cediendo a ese mismo impulso adolescente que nunca había llegado a comprender? Las fiestas no eran el único entretenimiento que existía. Nunca habían sido un entretenimiento, en mi caso. No entendía qué se suponía que debía hacer. Porque quedarse callado no era una opción pero la música estaba demasiado alta para hablar, porque no debías quedarte quieto pero no sabía bailar, porque debería emborracharme pero de hacerlo no podría estudiar al día siguiente… Y sin embargo había caído, en mi desesperante intento por perder el peso que venía arrastrando hacía meses, en ese falso concepto. Todos se divertían en fiestas así: chicos de universidad, alcohol, música alta y ningún adulto gritando en el fondo. ¿Por qué no era suficiente para mí?
Mi único consuelo había sido, mientras nos deslizábamos entre la apretada multitud de la pista en dirección a la barra, que todas habían prometido que sería una noche de chicas: no estaría ni Darren ni ningún nuevito, como les llamábamos a los novios de Claire, ni nadie. Solo nosotras bailando y divirtiéndonos. Y tenía esperanzas de que así fuera, porque podía no parecerlo, pero por más que hubiera malos momentos y rivalidades, también había días en los que realmente nos divertíamos.
Como esa vez que fuimos a Dino's y reímos horas y horas de cosas que, en perspectiva, no ameritaban ni la mitad de esas risas. Tal vez había sido porque Fallon tanto como Claire y Ashleigh estaban totalmente borrachas, o porque salíamos de una fiesta que había sido un completo fracaso, pero ese recuerdo era el que quería llevarme de ellas a la universidad.
Me limité a caminar, sintiendo el temblor de la música incluso a través de las paredes, metiéndoseme entre los huesos como un terremoto con cada golpe del bajo. Me permití pensar que tal vez esta no había sido tan mala idea, que lo pasaríamos bien allí dentro, o, aún mejor, sería un completo fracaso y terminaríamos una vez más en Dino's.
Que gracioso, casi al punto de ser admirable, era que pudiera mentirme a mí misma de esa manera.
A pesar de todas las promesas que hicimos, nos llevó tan solo media hora dispersarnos y terminé sola, con una lata de cerveza intacta en mis manos y el culo pegado a uno de los sillones que había en una salita al lado de la pista de baile.
El único motivo por el cual había decidido tomar ese asiento era que era el lugar menos ruidoso de toda la casa y con menos personas gimiendo. Había luz suficiente para ver más que contornos y flashes multicolores. Lo que no había eran amigas. De a poco se habían ido encontrando con universitarios bonitos y huecos como sacados de una película y desaparecido con ellos. Excepto por Maggie, que se había negado a dejar el bar, desde el cual sospeché que podría mirar y cuidar de Claire. No le sentó bien mi chiste sobre que al final nuestra amiga no había necesitado más escote y me miró con ojos casi asesinos, así que me encogí de hombros y me fui.
Para mi desgracia, el chico a mi lado, cuyo nombre había perdido en medio de su incesante palabrerío, interpretó mi caída en el sillón –justo a su lado– como una señal de inequívoca atracción, así que me excusé a los diez minutos mirando mi celular como si me hubiera llegado un mensaje y diciendo que mi novio había llegado a buscarme. Con esa mentirita piadosa y pasos furiosos, comencé a abrirme paso entre la gente.
Había venido a despejarme y divertirme y terminé más aburrida que la mierda en un rincón, repitiendo escenas del día anterior –Avery y sus lloriqueos petrificantes, las peleas entre mis padres, la apabullante velocidad con la que se acercaba el futuro– sin parar en mi cabeza y con un jugador de lacrosse hablándome de su último campeonato como si fuera lo más importante del mundo. Casi sigo de largo hasta la puerta, preparada para plantar a todas mis amigas y llevarme mi auto directo a casa, cuando la visión de un rostro conocido, tirado en el suelo, con la camisa abierta y el pecho delgado y frágil descubierto, me frenó como si me hubieran puesto una pared en frente.
Entrecerré los ojos, sin poder creer lo que me mostraban. Podía estar confundida. Tenía que estarlo. Pero era un rostro difícil de olvidar, e incluso estando en la otra punta del pasillo, podía ver las negras pestañas curvándose sobre sus pómulos.
Era Kai. O bueno, su dueño. El chico del gato, con el mismo hoyuelo en la barbilla, aunque con un extravagante pantalón de cuero con el que jamás lo hubiera imaginado y una camisa estampada con un millón de palmeras psicodélicas, era imposible de confundir.
No me di ni cuenta, pero para cuando mi cerebro salió de su estado de conmoción, ya marchaba en su dirección.
Estaba tirado, con un brazo sobre el baúl antiguo a su lado, y el otro con una lata de bebida a la mitad. Se había quedado dormido tomándola, me di cuenta asqueada, al ver la mitad del contenido desparramado a su alrededor. Apestaba a hierba, sudor y una decena de cosas igual de terribles e indescifrables. Pero eso era lo menos preocupante; lo que realmente aterraba era el sudor frío que le recorría el rostro y la temperatura fúnebre que congeló mi mano cuando la posé en su frente, acuclillándome a su lado.
Miré con preocupación alrededor. La única iluminación del pasillo era un tubo que emitía una luz ultravioleta y le daba un tono casi translúcido a la piel del chico, exponiendo telarañas de venas bajo su piel. Había un grupo de gente cerca, que nos miraba de reojo y reían. Les respondí sin palabras, segura por la forma en la que se dieron vuelta de forma inmediata, de que había conseguido transmitir todo el odio que sentía, irrefrenable y ardiente. Eran sus amigos, pensé incrédula. Pensé en mis propias amigas, en como siempre se reían a mi alrededor y en como Fallon había jugado a la peluquería. Yo nunca había estado en una situación como la de Kai, pero de hacerlo, ¿me ayudarían o me mirarían entre risas? ¿Me dejarían tirada o me levantarían para llevarme a casa?
Me sacudió un temor horrible; de que así vieran otros mi vida, de que el chico frente a mi estuviera tan solo a pasos de un coma, de que a nadie en este mundo pareciera preocuparle el chico de los gatos y su respiración entrecortada.
Mi corazón latía como si estuviera por salirse de mi pecho.
Aguanta, aguanta, aguanta, repetí una y otra vez en mi cabeza, pasando ambas manos por mi pelo. Los dedos se atascaron en los estúpidos rizos y los arranqué de allí sintiendo la frustración como aceite hirviendo por mis venas. Aguanta, aguanta, aguanta.
No debería importarme, me dije, no debería estar tanteando los bolsillos del chico desesperada, ni haber soltado una exhalación aliviada cuando tanteé los bordes de un celular en el bolsillo trasero de los ajustados pantalones.
Pero no podía ignorarlo. A alguien que, con su estúpido gato, sus inútiles comentarios y sonrisas resplandecientes, me había sostenido el corazón cuando se me caía a pedazos. Se lo debía.
Mientras tiraba del dispositivo, me importó poco y nada estar casi tirada sobre el sujeto. Solo podía pensar en sacarlo de allí. Y tal vez un poco en el asco de que las medias que llevaba se me empaparan de lo que esperaba fuera cerveza y no vómitos o algo peor.
Estaba drogado. Drogado de verdad. Se olía en él y se sentía en todo lo que lo rodeaba como una peste contagiosa. Supe en ese momento que fuera cual fuera el motivo tras ese consumo obsesivo, había venido de algo más que del deseo de pertenecer. Tras verlo el otro día, no podría convencerme ni Dios de que ese chico se hundiría de aquella manera porque sí. No con esos ojos luminosos y esa alegría que salía de él a borbotones.
¿Había estado tan delgado la primera vez que nos vimos? ¿Y de dónde habían salido esas ojeras? Eran tan profundas como las mías, tal vez más, y estaba segura de que no habían estado allí el día anterior. Habría notado las manchas violáceas oscureciendo su mirada. ¿O no? ¿Había sido yo lo suficientemente egoísta como para no reparar en ellas? ¿Dónde estaba el muchacho risueño que me había hecho reír con su gato gruñón? Y pensar que había creído que él no conocía la oscuridad de los errores que marcan y las penas que agobian hasta cerrarte los pulmones. ¿Cómo había escondido todo eso de su mirada?
Entonces, mientras yo me partía la cabeza con preguntas e intentos fallidos de contraseñas para desbloquear el maldito celular, se despertó. Un movimiento de cabeza, un débil parpadeo para ajustarse a la luz, a la atronadora música que nos reventaba los oídos y a la chica que tenía arrodillada al lado. Me miró como si estuviera soñando, y me dedicó una sonrisa bobalicona de quien no puede siquiera recordar en qué planeta está.
–Hola –su sonrisa se ensanchó, esta vez mostrando todos sus dientes, como si hubiera dicho algo comiquísimo, y echó la cabeza hacia atrás para soltar una carcajada.
Mi primera reacción fue destensarme, no había notado el agarrotamiento de los músculos y lo doloroso que se había vuelto hasta aquel momento. Lo prefería drogado e inútil que en coma. La segunda reacción, casi instantánea, fue fruncir el ceño. Había algo diferente en su sonrisa, en los impecables dientes tanto como en la forma en la que se arrugaban las comisuras de sus labios al mostrarlos, como si alguien se hubiera dedicado a reorganizar la secuencia de hoyuelos. Pero no era el momento de analizar sonrisas o apariencias. Tenía que mantenerlo despierto y sacarlo de allí.
–¿Te puedes levantar? –pregunté.
No hubo respuesta. Sus ojos se estaban cerrando otra vez.
–Ah no, ni lo pienses. –Sacando el lado de mí que necesitaba, le di un par de cachetazos lo suficientemente fuertes para despertar sin lastimar. Soltó un quejido, pero volvió a mirarme y con eso me bastó. No pude evitar notar en sus ojos de pesadilla, hinchados y enrojecidos como si hubiera bebido sangre, una oscuridad impenetrable. Hice a un lado la parálisis del momento, colocándome a su lado, pasando un brazo por debajo de sus axilas y acomodando el suyo sobre mis hombros–. Arriba.
Fue casi milagroso lograrlo, sentí que me hundía en el suelo bajo su peso y sus pasos débiles y agónicos, pero de alguna manera –y con alguna manera me refiero a empujones y patadas entre la multitud–, nos abrimos camino a la salida.
Casi se me cayó de cara al piso cuando descendimos por el porche. Alguien se rio e hizo un comentario, pero no tuve tiempo de responderle: el celular del chico, que había guardado en el bolsillo de mi falda, comenzó a vibrar. Me ardía el brazo derecho de sostener a Kai, y tuve que hacer un centenar de maniobras para sacarlo, entorpecida por el apuro para evitar que se cortara.
De nuevo me reproché estar tan preocupada, pero cada vez que lo miraba, colgando débilmente de mí, con la cabeza gacha y los hombros caídos, no podía evitar recordar a la pelirroja. No pude hacer nada por ella, pero podía ayudar a Kai. Como si llevarlo sano y salvo a su casa pudiera borrar las mil veces en las que me hice a un lado de los problemas de otros sin que se me moviera un pelo.
Nunca estuve tan agradecida de haber conseguido estacionar en la entrada. Dimos un par de pasos más y recosté al chico contra la puerta de acompañante, dándole otro par de cachetadas no muy sutiles para mantenerlo despierto mientras miraba la pantalla del celular. El nombre “Aaron” la iluminaba. Debajo, en rojo, anunciaba doce llamadas perdidas del número. Atendí, esperando a algún amigo o a alguien, quien fuera, que pudiera decirme qué hacer con él para que estuviera a salvo.
–Christof –la voz del otro lado de la línea agitó algo en mi cerebro, una advertencia, pero fue ahogada por el eco del nombre, que se repetía en mi cabeza. Miré al chico. Christof. Aunque no fueran las mejores circunstancias, era agradable saber su nombre al fin. Definitivamente mejor que seguir llamándolo por el nombre de su gato. Sacudí la cabeza, reprochándome y volviendo a enfocarme en la voz distante del extraño–... lo mismo siempre. Dime ya mismo dónde estás, no te muevas y no cortes la llamada. Pido un Uber y voy por ti...
–Aguarda –lo interrumpí, tratando de bajarle un par de decibeles. Podía palpar el pánico en su voz. El chico parecía estar en la desenfrenada histeria previa a un paro cardíaco–. Aguarda. Soy…
–No eres mi hermano.
Di otra secuencia de golpecitos a Kai. Christof. A Christof, para mantenerlo despierto.
–De eso estoy enterada –solté tras un bufido–. ¿Ahora vas a escucharme o vas a seguir diciendo obviedades hasta que me duerma? –Quería ayudar, pero la gente en general parecía tener un talento especial para sacarme de quicio incluso en mis mejores momentos.
Hubo un momento de silencio del otro lado de la línea. Por un instante temí que realmente se le hubiera parado el corazón. No quería pensar en tener dos muertos en una noche.
–Está bien, perdón –dijo al fin.
–No pidas un Uber. Eso va a llevar mucho tiempo –respondí, ignorando totalmente su disculpa–, yo lo llevo. Dime la dirección.
–¿Quieres que le de mi dirección a una desconocida?
El comentario me irritó a extremos casi imposibles. Estaba intentando ayudar, ¿no? Entonces, ¿por qué era tan complicado no hacer las cosas más difíciles de lo que ya eran? Me pasé la mano por el pelo, de nuevo atascándola en los rizos, intentando contener la sarta de barbaridades que se me vino a la cabeza; principalmente porque ese tal Aaron tenía razón.
–Si tu hermano es el chico que está drogado hasta las nubes, vestido con una camisa de seda y botas de cargo con cordones amarillos fluorescentes que encontré tirado en el pasillo, sí. Te lo recomendaría.
Lo que había dicho parecía un chiste en comparación con la realidad. Christof no dejaba de sudar y sus manos temblaban a los lados de su cuerpo como pescados fuera del agua, sin mencionar que a duras penas podía mantener los ojos abiertos. De todas formas, no pude decir eso, ni usar esa palabra que acechaba mis pensamientos desde el momento en el que lo vi. Drogadicto. Me negaba a llamarlo así. Llamarlo drogadicto se sentía incorrecto. Así como las palabras "bueno" o "malo", no eran estados constantes, la condición actual de Christof tampoco lo era. Un drogadicto era quien se había abandonado para siempre en el adormecimiento químico, alguien sin cura, sin vuelta atrás. Él era tan solo un chico drogado: en esta situación, en este momento. Era algo circunstancial. Tenía que serlo.
Noté que el chico del otro lado de la línea se alejaba el teléfono para decir una palabrota y me descolocó de la más extraña manera y totalmente en contra de mi voluntad pensar que, incluso en semejante situación, se preocupaba por su vocabulario.
–Está bien –dijo, su voz de nuevo fuerte–. ¿Tienes dónde anotar?
Miré a Christof, a quién sostenía con una mano en el pecho contra el lateral del auto para que no perdiera totalmente el equilibrio. Bajo mi palma, sentí el bombeo desbocado de su corazón, como si estuviera girando en círculos furiosos dentro de su jaula. Ya no eran solo sus manos las que temblaban, su rostro se contraía erráticamente, como si estuviera soñando despierto. Me aterró ver que estaba aún más pálido bajo la luz de las farolas.
–Sí –mentí y, acto seguido, soltó una dirección y corté.
Viendo que Christof comenzaba a cabecear, le di una nueva seguidilla de palmadas la mejilla. Gruñó y logró enfocar sus ojos el tiempo suficiente para dirigirme una mirada asesina. Si todo lo demás no hubiera terminado de convencerme de que era el chico del parque, ese destello de sus ojos avellana, incluso cuando se encontraba rodeado de venas rojas y vidriosas, hubiera sido todo lo que necesitaba para aceptarlo. Pero se me removía algo adentro de solo ver el vacío que lo teñía ahora.
No me dio mucho tiempo de seguir analizándolo porque, como si alguien hubiera presionado el interruptor de apagado, su cuerpo se desplomó. Maldije y lo atrapé. Christof, así delgado como lo veía, seguía midiendo una barbaridad, y casi me derribó. Su pecho quedó pegado al mío y su cabeza colgando sobre mi hombro. Lo único que me indicó que no sostenía un cadáver, fueron los murmullos incomprensibles que soltaba contra mi cuello. Me recorrió un escalofrío ante esa cercanía indeseada y casi lo dejo caer deliberadamente, desesperada por alejarlo de mí.
Solo Dios sabe cómo me las arreglé para empujarlo de vuelta contra el auto, abrir la puerta y guiarlo, en su estado de seminconsciencia, dentro.


En el auto no aguanté ni cinco segundos con la radio prendida. A pesar de lo incómodo que era el silencio –para mí al menos. Dudaba de que Christof tuviese mucha idea de lo que sucedía a su alrededor– tenía miedo de dejar de escuchar su respiración. Todo el trayecto le dirigí miraditas de reojo, tras hacer un cambio, mi mano iba de la caja de cambios a su rostro. Pum, cachetazo. Y él se limitaba a responder con gruñidos, pero abría los ojos, y con eso a mí me bastaba.
Las calles se encontraban desiertas, y por un momento me extrañó. Hasta que recordé que era pasada la una de la mañana, que la "noche de chicas" había resultado en un rotundo fracaso y que ni había avisado que me había ido con el auto. Pero como al chequear mi celular no encontré ningún mensaje en el chat grupal ni en los privados, me limité a tirarlo al asiento de atrás con un sentimiento desconocido acaparándome.
Era como un manto oscuro, como sombras turbias que se me enredaban en el cuerpo, un aire pútrido que se colaba por mi nariz, orejas y boca. No podía respirar. Cada uno por su cuenta; era algo que había sabido por tanto tiempo que no recordaba haberlo aprendido. Había nacido con ese pequeño pedacito de sabiduría enredado en mis genes, ¿no? Creía que sí. No, sabía que sí. Pero, entonces, ¿por qué me sentía así?
Retuve el impulso de pegar un frenazo y salir corriendo. Lejos del auto, de Christof y su olor a hierba, de la ciudad, de mis supuestas amigas, del país, del mundo entero. Me frené y no corrí, porque sabía que por más lejos que estuviera, mi sombra me acompañaría.

Me di cuenta de que la dirección que el hermano de Christof me había dado quedaba a tan solo diez cuadras de mi casa y a cinco del parque en el que mi acompañante y yo nos habíamos conocido. Tras media hora de viaje desde la casa de la fraternidad, ya había dejado de tratar de encontrar explicaciones para el millón y medio de cambios que había parecido sufrir Christof en poco más de veinticuatro horas. Había dejado de pensar en que era más lindo con la cara manchada de pintura y su gato loco y sus sonrisas espontáneas. Ya no pensaba en nada de eso, ni en cómo sus brazos que antes habían parecido sólidos y fuertes eran ahora poco más que escarbadientes unidos a sus hombros por engranajes protuberantes.
Sacudí la cabeza. Solo faltaban un par de cuadras.
Llegar, dejarlo bajo el cuidado de Señor Sobreprotector e irme. Nunca más volver a verlo. Le di una mirada de reojo, procurando tampoco pensar en que parecía tener el pelo graso y bastante más largo. Ni en lo suave que se había visto el día anterior.
Cachetazo. Gruñido. Un insulto a mi persona por lo bajo. Ojos abiertos.
Ya era casi automático, no intercambiamos palabras en ningún momento. Atribuí a eso el nerviosismo que me generó hablar, junto con la leve duda que tiñó mi afirmación.
–Despierta, ¿sí? En un minuto llegamos.
No estaba acostumbrada a tratar con gente en ese estado, y temía que si le gritaba o hablaba muy fuerte fuera a entrar en estado de shock, a ponerse violento o algo por el estilo. Nunca estuve tan arrepentida de no haber prestado atención a las clases de prevención y preparación que teníamos una vez al año. Lo único que podía recordar era que no debía dejar que se durmiera y que debía hidratarlo. Pero como no tenía agua, Christof iba a tener que conformarse con mis cachetadas.
Para cuando frené el vehículo, estaba tan aliviada como preocupada.
A mi derecha había una casa beige claro de estilo victoriano, con los marcos de las puertas y ventanas, al igual que los pilares que sostenían el tejado sobre el porche, blancos. Había solo cuatro casas en esa cuadra, todas igual de inmensas en sus parques y edificaciones, y elevadas sobre una pequeña colina. Al igual que en las otras tres, había que subir escaleras para llegar a la entrada y otras más para alcanzar el porche. A decir verdad, era una casa preciosa, elegante pero no ostentosa, y yo hubiera estado encantada admirándola de no ser porque esos escalones parecían ser la mayor desgracia de la vida en aquel momento.
Me desabroché el cinturón, ya sufriendo la idea de cargar con el peso de Christof hasta arriba de todo y salí con un portazo. El helado viento invernal me atravesó la finísima camisa como una navaja, y ni hablar de las piernas desnudas. Farfullando sobre lo arrepentida que estaba de todo esto y de como nunca volvería a hacerme cargo de desconocidos desesperados que encontrara, di la vuelta por delante del auto y abrí la puerta del acompañante.
No me sorprendió que Christof ya estuviera dormitando otra vez, pero sí volvió a acelerarme el pulso.
Y si... No. No en mi auto, pensé.
–Christof –decir su nombre era extraño. Se sentía como una violación a su intimidad. Él no me lo había dicho el día anterior. Tal vez no quería que lo supiera–. Christof, despierta –insistí, tomando su rostro entre mis dos manos y sacudiéndolo de un lado a otro. Solo paré cuando soltó un quejido casi doloroso–. Estás en casa. Necesito que te bajes.
Dijo algo, tan por lo bajo que por poco creí que lo había imaginado.
–¿Qué? –pregunté.
–Que te… que calles la… puta boca…
El comentario me hizo arder el rostro de furia. ¿Cómo se le ocurría hablarme así después de todo lo que había hecho por ayudarlo? ¿Dónde estaba el chico amable y despreocupado del parque?
Inhalé profundamente, conteniéndome con la poca decencia que me impedía darle un tortazo con toda la furia a un chico medio inconsciente, y me incliné sobre él para sacarle el cinturón de seguridad. Entre su falta de colaboración, el aroma nauseabundo que desprendía y mi frustración, tuve que concentrarme haciendo uso hasta de la última de mis neuronas funcionales. Y como si fuera poco, la tela sedosa de su camisa se había atascado entre la hebilla y el seguro, impidiéndome desabrocharlo.
–¿Puedo ayudar?
Casi escupo el corazón.
Solté un grito. Me erguí de golpe, dándome la cabeza contra el techo del auto. Un estallido de dolor se abrió paso por mi cráneo como grietas en la tierra.
Estaba preparada para caer directo al suelo de la manera más patética posible, cuando un tacto cálido encontró el hueco entre mis omóplatos, estabilizándome.
Por un momento, olvidé completamente dónde estaba. Solo podía sentir el desenfrenado eco en mi tórax, como si me hubieran vaciado completamente. Esa extraña sensación de haberse olvidado el alma tras un movimiento brusco, y como si esta respondiera con retraso, me encontró con un golpe que me aflojó las rodillas.
Cuando el desconocido se acercó, con aires de salvador, le propiné un empujón. Sí, me caí. Sí, por poco me termino de romper la cabeza contra la esquina de la puerta. Pero prefería eso a dejar que el extraño siguiera acercándose.
–¡Ey! –se quejó retrocediendo–. ¿Qué haces?
–Busco el gas pimienta para alejarte, maldito raro –exclamé, mientras revolvía el bolso–. ¡Mierda! –Me lo había olvidado en lo de Fallon–. Te lo advierto –continué mientras intentaba pararme y fracasaba, demasiado mareada por los golpes. El lado posterior del cráneo, justo sobre el parietal, me latía como si fuera un cascarón y un pollito estuviera luchando por salir–, si das un paso hacia adelante, te pateo.
Supuse que sonaba bastante patética, intentando amenazar a alguien y sin siquiera poder pararme o abrir los ojos sin estremecerme. No fue que se riera lo que me tomó por sorpresa, si no la forma. De nuevo, esa sensación de aleteo en el fondo de mi cabeza. No ayudaba en absoluto con el dolor.
–Déjame ayudar. –Abrí los ojos y me encontré una mano firme y callosa extendida en mi dirección.
Y, a pesar de que me negué y volví a intentar hacerlo sola, el fracaso fue inevitable. Resignada y cayendo en la cuenta de que lo único que el desconocido había hecho desde su llegada había sido ofrecer ayuda y evitar la primera de mis caídas, la tomé.
Noté en ese momento que tenía una infinidad de arañazos cicatrizados en sus manos y brazos.
Mi mirada se desvió a Christof. Sorprendentemente no se había vuelto a dormir, sino que nos miraba casi con atención a través de sus párpados pesados, con una sonrisita socarrona en el rostro. Dientes perfectos. Bajé los ojos a sus brazos. Ni un rasguño. Como si Kai nunca lo hubiera tocado.
Entonces me volví con el rostro desfigurado del impacto al ya-no-tan-desconocido.
Ojos avellana luminosos y bien abiertos, rodeados de pestañas largas como patas de araña, una mancha de pintura celeste en la mejilla, otra con un poco de rosa en la oreja y el pelo arremolinado a su alrededor. Ese pelo, denso y oscuro, rasgos marcados, imposiblemente similares y a su vez diferentes de los de Christof, hombros anchos, brazos fuertes. Incluso las manos tenían un tinte azulado, como si se hubiera pasado un trapo apresuradamente para limpiarlas.
No necesité ver las zapatillas arcoíris. No había necesitado nada de ese rastreo de su cuerpo en general. Me había bastado con los ojos, su peculiar manera de captar la luz, tanto como el obvio reconocimiento que mostraban, pero no había podido evitarlo.
–¿Aspen? –preguntó, casi tan incrédulo como yo.
Y digo "casi", porque yo tenía un doble de él en mi auto. Claro, un doble venido abajo y en las nubes de porro, pero, aun así, casi idéntico.
–¿Kai?
Soltó una carcajada tirando la cabeza hacia atrás. Su nuez de Adán subió y bajó y yo la seguí, embobada. Era demasiado para procesar. El diente partido se burló de mí. ¿Cómo no había notado todas esas diferencias antes?
–Kai en realidad es el gato. –Sentí mi rostro enrojecer, pero esta vez no tenía nada que ver con la furia–. Aaron –se presentó–. Pero claro, tú ya lo sabes.
–Ahora lo sé.
Nos quedamos unos segundos en silencio, mirándonos, y solo entonces me di cuenta de que todavía seguíamos tomados de la mano. La retiré casi con violencia, y él dejó caer la suya rápidamente. De repente, volvía a invadirme la necesidad de huir. Él se frotó las palmas contra el jean.
Pensé en el parque, en como me había visto con la cara brotada y los ojos hinchados y vidriosos. Pensé en las cosas que le dije, en como me olvidé, incluso por el más ínfimo de los instantes, de todo excepto su sonrisa y su gato.
–Tu hermano está drogado –fue lo primero que se me ocurrió decir.
Como si lo hubiera olvidado completamente, su cabeza rebotó en dirección a Christof y la mía lo imitó, aliviada de al menos tener una excusa para dejar sus ojos.
Esta vez, mi compañero de viaje se había vuelto a abandonar al sueño. De nuevo se dispararon las alarmas al verlo tan pálido e inmóvil. Aunque vinieron acompañadas de un recién descubierto sentimiento de irritación. Había hecho todo eso para devolver un favor, pero ahora todas esas buenas intenciones parecían vacías y mal dirigidas.
–Voy a llevarlo adentro –declaró Aaron, doblándose sobre su hermano como yo lo había hecho solo minutos antes. Oí una tela rasgándose sonoramente y luego el ¡clik! del cinturón aflojando–. Espera un segundo, por favor. –Acto seguido, alzó a su hermano como si fuera una princesa hecha de plumas, rodeó el auto y subió las escaleras al trote.
No, pensé en ese momento, recordando el pánico en su voz a través del teléfono, a pesar de no haber sido Aaron, todo lo que hice esta noche lo ayudó.
Le había devuelto el favor. Una mano por otra mano. Estaba libre de deudas y culpas. Él y su hermano intoxicado ya no eran mi problema. De hecho, nunca lo habían sido. Ya podía irme.
Pero no me fui. Ni siquiera di un paso, como si de mis pies hubieran florecido raíces inmensas y se hubieran extendido hasta el núcleo de la tierra. Me di cuenta en ese mismísimo momento de que no quería irme. Por mucho que me irritara recordar las únicas palabras que me había dirigido en toda la noche, por más peste que me hubiera dejado en el auto, tenía que estar segura de que Christof estaba bien.
Mientras veía a Aaron regresar, descendiendo por las escaleras casi al trote, me decidí hacer lo necesario para dejar el dilema atrás: preguntar por el hermano, subirme al auto e irme enseguida. Simple y efectivo.
–¿Y? ¿Está bien? –soné tan despreocupada que hasta yo podía creérmelo. Él se encogió de hombros.
–Aunque no lo parezca, ha tenido peores momentos.
–Tampoco es tan difícil de creer.
Me dedicó una mirada que me hizo dudar si había sido demasiado dura, pero no parecía herido, solo curioso, con las cejas elevadas y una pequeña arruga entre ellas.
–Entonces... –continué, un poco descolocada por su silencio–. ¿Es un sí?
Aaron, que parecía haberse perdido en sus pensamientos, sonrió. Tenía ese tipo de sonrisa; amplia, luminosa, como si reflejara todo el brillo de las estrellas.
La comisura de mi boca tironeó, tentada a responder, pero la forcé de regreso a su lugar. No estaba allí para hacer amigos.
–Es un "está todo lo bien que puede estar". La resaca le durará unas buenas horas, pero se lo merece –lo dijo sin rencor alguno, con humor, me animaba a pensar.
–¿No estás enojado? –la pregunta me había trepado por la garganta y saltado al espacio entre nosotros, sin darme oportunidad de frenarla. Se me abrieron los ojos de la sorpresa y se me enredaron todos los pensamientos en un caótico griterío–. No importa –me apresuré a decir–. No me importa. Adiós.
Giré sobre mis talones y cerré con un golpazo la puerta de acompañante, dispuesta a meterme tras el volante y pisar el acelerador a fondo.
–Aspen.
Fue una sola palabra, pero la sentí engancharse entre mis costillas y tirar. Su fuerza casi me hace retroceder. No volteé, pero mantuve el rostro inexpresivo, pensando que de alguna manera él podría verme.
Esperé en silencio. En parte, porque no sabía qué decir, el chico solo había dicho mi nombre y, en parte, porque quería que lo dijera otra vez. Lo que era una estupidez.
–¿Qué?
Fue casi un ladrido, como si su sonrisa me hubiera insultado. Segura ante mi recuperada fortaleza, le solté una mirada sobre el hombro. Gran error.
Me miraba de nuevo con ese gesto de confusión, con la cabeza ladeada, como si fuera un cachorro abandonado, y la exposición de la blanca dentadura. El hoyuelo en su barbilla se profundizó cuando habló.
–¿Estás bien?
Parpadeé. Una. Dos. Tres veces.
¿Que si yo estaba bien?
Aaron tenía que ser la persona más desconcertante que había conocido nunca. Tenía un hermano medio comatoso en algún lugar de la casa, y me preguntaba a mí si estaba bien.
Ahí mismo lo decidí. Aaron no me gustaba en absoluto. Tenía esa sonrisa constantemente estampada en el rostro, como un brillante tatuaje blanco, y una facilidad casi sospechosa para tirar de mis emociones de un lado para otro en microsegundos.
Me imaginé, por la forma en la que menguó su sonrisa, que mi máscara de piedra se había caído, dejando expuestos cada uno de mis pensamientos, y eso me hizo retroceder un paso. Él amagó a avanzar otro, pero se lo pensó un segundo y devolvió el peso de su cuerpo a donde estaba.
Quise armarme de falso valor, ponerme de nuevo la máscara y mentir con las mismas mentiras ensayadas que tenía para mis padres. Quise decir que sí y sonreír irónicamente. (El humor distraía a la gente de los problemas). Pero desde el día anterior me había atropellado una mezcla hiperquinética de sentimientos tan grande que no pude hacer el esfuerzo.
Volví el rostro hacia adelante y rodeé el auto, sintiendo el peso de su mirada en mí. Cuando abrí la puerta, sus ojos encontraron los míos. O tal vez, los míos encontraron los de él. Tal vez nos encontramos a medio camino, como sabiendo que algo estaba mal en la idea de que ese fuera el final.
Tampoco tuve fuerza para sostener esa mirada, porque descubrí en ese momento, que cuando Aaron no sonreía, parecía la persona más triste del mundo.
El agotamiento de todas esas noches de estudio y las últimas cuarenta y ocho horas me estaban pasando factura. Necesitaba irme. Y así se pusieron de acuerdo por primera vez mi cuerpo y cerebro, permitiéndome entrar en el vehículo.
Mientras me abrochaba el cinturón, escuché el apagado "Adiós" de Aaron. Para cuando terminé de alisarme la falda y alcé la vista, él estaba a mitad de los escalones dándome la espalda, pero no subía. Noté que arrastraba las manos de arriba abajo sobre los jeans.
Entonces se dio vuelta. Había regresado a su rostro esa resplandeciente sonrisa que por poco me hizo olvidar las sombras que la habían atrapado minutos antes.
No me quedé analizando la forma en la que la que esa determinación vibrante que se desprendió de él me golpeó casi en olas, o la inocencia que le daban a su rostro las manchas de pintura. De hecho, pisé el acelerador con tal desenfreno, que de no ser por lo hermoso que me había parecido en ese momento, no hubiera recordado ni su nombre.


El fin de semana se pasó en un suspiro.
Estudiar, estudiar, estudiar, recordar, esforzarme por no recordar, estudiar, estudiar, merienda en Dino's con mamá, estudiar, saludo de buenas noches de papá, estudiar, estudiar, estudiar.
Para cuando quise darme cuenta, ya era lunes y me encontraba nuevamente surcando los pasillos del colegio, con Ashleigh, Fallon, Claire y Maggie a mi derecha. Ellas hablaban hasta por los codos, pero no estaba muy segura sobre qué exactamente.
–¿Qué le pasa?
No tenía idea de quién había preguntado.
Seguí caminando, estirando el cuello de un lado a otro. Estaba buscando algo, y no me di cuenta de que ese algo era Avery, hasta que la vi. Sus ojos, aterrados, conectaron por medio segundo con los míos antes de que se escabullera entre la multitud. No lo suficientemente rápido. Vi su nariz inflamada y casi pude escuchar el impacto de los nudillos de Fallon otra vez.
–Aspen... ¡Aspen!
–¿Qué? Sí. No. Lo que digan. –Todas me miraron extrañadas. La brutalidad con la que el recuerdo me había asaltado, o tal vez, la brutalidad del recuerdo en sí, me habían paralizado.
Cuatro rostros de perfectas muñecas me miraron. Había dejado de caminar en algún momento y tuve que apresurar un par de pasos para alcanzarlas.
–¿Te encuentras bien? –fue Claire quien habló, con su suave tono de preocupación. Por poco me olvido de que ella tampoco se preocupó por mí el viernes.
Mi casilla de mensajes vacía. Ninguna se había percatado de mi desaparición. Otro recuerdo que no debería importarme. Otro sentimiento y otro problema que no debía estar ahí.
Pero otra vez, me ahogó esa bruma negra. Me dolía la cabeza como si mil pájaros me estuvieran picoteando el cerebro con sus picos de hierro.
Sonreí.
–Sí, lo siento.
–¿Entonces? –terció Ashleigh, claramente irritada.
–¿Entonces qué? –No me gustaban las preguntas como esa. Sonaban como una emboscada, tan abiertas, tan inesperadas. Todo por andar ocupándome de cosas que no me incumbían.
–Que a dónde fuiste el viernes. –Claire me guiñó el ojo cómplice, claramente imaginando situaciones que no podían estar más lejos de la realidad.
Quise responder rápido, sacármelas de encima, pero me quedé tildada pensando en que habían notado mi ausencia.
Claro que se acordaron de mí. Somos amigas. Eso hacen las amigas. Se cuidan, se preocupan las unas por las otras.
Supe que, por triste que fuera, me había ilusionado ese pensamiento, porque la bruma se disipó por un instante y también porque volvió más densa que antes, casi sólida en mi garganta, al escuchar las palabras de Fallon, como cuchillos en mis oídos:
–¿A quién le importa? Tuvimos que pedir un Uber. La próxima, avisa por lo menos.
–Eso –afirmó Ashleigh, porque no podía ser de otra forma, haciéndole de eco a todas las ideas de Fallon.
Se me llenaron los pulmones de una sustancia ácida y pegajosa. Sentía que podía gritar por una eternidad. Un grito venenoso que sofocaría a cualquiera a menos de veinte kilómetros, un grito lleno de odio. Un odio como una torre que me mantenía de pie, que parecía ser lo único firme en mi vida, cuidadosamente construida para guardar muy en lo alto mi corazón. Allí arriba, solo el odio mismo que formaba los muros que lo sostenían, podía tocarlo. Cualquier otro sentimiento quedaba cerca de la base, donde no podía acceder a él. Siempre y cuando los muros no se agrietaran, estaría a salvo. No gritaría.
Y no grité.
No me detuve por más que sintiera el latido en mi cabeza a punto de estallar; un pie delante del otro. Aunque tenía ojos fijos en el corredor, donde la gente se hacía a un lado para dejarnos pasar, en mi cabeza recordaba a Aaron, con su sonrisita. Ey, ¿qué pasa? El recuerdo de su voz reventó algo en mí, una mezcla de ira y pena y arrepentimiento. Muchísimo arrepentimiento. Porque desde que pronunció esas palabras yo supe que nunca antes alguien me las había dicho así, como si la respuesta fuera importante, como si, incluso de haber elegido esbozar otra sonrisa mentirosa, hubiera sabido que algo estaba mal.
Pero las sonrisas mentirosas no fallarían en este corredor, con esta gente, así que la forcé. Casi pude oír la piel de mis mejillas rasgarse. Me encogí de hombros. Dije algo, ni me di cuenta de qué fue, pero pareció dejar a todas conformes. Ahora hablaban de otro nuevito de Claire. Todas sonreían. Yo ya no era un problema.
Pronto iríamos a la universidad. Pronto estaría lejos, muy, muy lejos de aquí y todas estas caras –Fallon, Ashleigh, Aaron, Christof, Avery– se volverían manchones irreconocibles. Recordaría esa noche en Dino's, tal vez, y me aferraría a ese recuerdo como si todos los otros –penosos y amargos relatos– no existieran. Los borraría. Porque allí empezaría con la hoja en blanco y podría modelar este pasado. Cuidaría que los momentos felices se esculpieran con la mejor precisión en mi memoria, y que los tristes se derrumbaran.
No recordaría caminar hoy por este pasillo mientras me ahogaba, ni la oscuridad sofocante al darme cuenta de yo que no importaba, ni el dolor de los ojos de Avery mientras nosotras reíamos.

Cerré la puerta. Volví a abrirla, como esperando a que se materializara un buen panqueque con Nutella. No sucedió. La heladera, en efecto, seguía vacía.
Ya ni sabía por qué me molestaba en buscar. Era una casa vacía, una casa fría y una casa oscura a pesar de los amplios ventanales, como si la luz le huyera, y no tenía sentido esperar que la heladera fuera diferente. O las alacenas, o las sonrisas de la gente en los marcos de fotos, o los cuartos de invitados.
Cerré la puerta otra vez y me aparté, todavía muerta de hambre. El estómago me suplicaba ruidosamente que le diera algo para entretenerse tras más de doce horas sin ingerir un bocado.
Teníamos una cocina gigante que debía ser, después del comedor principal, el cuarto más grande de la casa. Dos islotes de mármol blanco –porque por algún motivo alguien pensó que hacer toda la bendita cocina blanca y plateada la haría más sofisticada, cuando solo la hacía parecerse más a un hospital– se alzaban en medio.
Antes, Isa cocinaba en ellos los pasteles más deliciosos que podían existir. Por esos tiempos, siempre se elevaba el aroma a vainilla y azúcar como un vaho cálido en el aire y la música de la pequeña radio que siempre traía con ella se mezclaba con el delicioso sabor de la masa cruda que le robaba cuando creía que no estaba mirando.
Claro que ella también se fue. El mismísimo día que cumplí los trece años, mis padres decidieron que no tenía ningún sentido mantener a una niñera. No les importó lo mucho que rogué para que se quedara, o las mil ventajas de ello que les di. No les importó que no la hubiera podido saludar o pedirle un número, una dirección, un algo, para seguir en contacto. No. Yo era grande, ella cuidaba niños pequeños y debía irse.
Dijeron que un servicio de limpieza podría hacer perfectamente el trabajo por un costo mucho menor. Pero el servicio de limpieza no jugaba conmigo cuando volvía del colegio, ni cocinaba pasteles, ni me enseñaba a coser y bordar vestidos para mis muñecas, ni se aseguraba de que comiera todas las comidas necesarias del día. El servicio de limpieza aparecía y desaparecía con tal disimulo, que bien podría nunca haber llegado. La casa se mantenía vacía, fría y oscura.
Varios de mis mejores recuerdos eran con Isa. Por ese entonces, yo no entendía muy bien que no en todas las familias las casas eran un terremoto de gritos e insultos, y tampoco sabía que la mayoría de los niños veían a sus padres más de dos veces por semana. En casa éramos Isa y yo, y nunca me pareció poco. De hecho, descubrí al cumplir los trece, era mucho más de lo que podía pedir, ese tipo de cosas hermosas que se van antes de que te des cuenta, como una estrella fugaz.
De cruzar la puerta a mi espalda, entraría directo al salón principal. Hacía mucho tiempo que no lo usábamos. Se mantenía limpio y preparado para las cenas importantes de la empresa, para las galas y los potenciales inversores que traerían, pero nadie ponía pie allí. Era demasiado amplio y resaltaba todo lo que no podíamos hacer para llenarlo. Pero hubo un tiempo en el que no fue así, en el que Isa y yo lo convertimos en algo más, algo nuestro. Corríamos todos los muebles y el lugar, con sus paredes vidriadas del suelo al cielorraso, se convertía en nuestro salón de baile, lleno de criaturas míticas, princesas y reyes justos.
Nunca faltaban los príncipes, y yo le decía a Isa que no mirara cuando los besaba. Ella jugaba a las princesas conmigo y siempre hacía de reina. Creo que, en algún momento entre las sábanas que nos hacían de falda, los sillones que se convertían en fuertes y los peluches que rescatábamos de las garras de malvados hechiceros, empecé a imaginar que también era mi mamá.
Ahora, en la esquina del desayunador, justo donde se cortaba y las baldosas de la cocina se convertían en el elegante suelo de madera de la sala contigua, se apoyaba el bolso de mi verdadera madre.
Me acerqué y revolví en sus miles de bolsillitos hasta dar con la billetera. Justo cuando la estaba por sacar, el celular comenzó a sonar, con esa cancioncita aguda e irritante que me daba ganas de revolearlo contra la pared.
Cuando ella y papá no estaban gritando, ese era el sonido que se escuchaba. Llamadas y más llamadas, seguidas por sus voces sonrientes. Las voces que usaban para negociar. Las voces que decían "somos una empresa familiar", "somos simpáticos", "somos Vann y, como nuestros calzados, perfectos." Odiaba esas voces.
Me apresuré a sacar un par de dólares de la billetera de mamá y estaba por cortar la llamada cuando el eco de sus tacones –marca Vann, como era de esperarse– contra el mármol, me previno de hacerlo.
Se veía como siempre: pantalones de vestir, blazer a juego y una blusa, esta vez, de color verde jade. Parecía joven, mucho más que mi padre, por más que solo se llevaran solo dos años. Era como si las peleas solo le agregaran arrugas a él y se las sacaran a ella. El pelo rubio lo llevaba en su clásica coleta tirante, y detesté, a pesar de todo el maquillaje que usábamos, poder ver tan claramente las similitudes que nos unían.
Aunque supe toda la vida que tenía los ojos tristes de papá, grises y tormentosos, la forma era la misma que los de ella: afilada, con pestañas claras que ambas bañábamos en máscara para alargar. Teníamos también los mismos pómulos altos y salpicados de pecas que se extendían por el puente de la nariz y, más levemente, por el resto del cuerpo.
Me sonrió. Eso también lo teníamos en común: una sonrisa gatuna y encantadora, rozando lo frívolo. Tal vez era lo único que agradecía haber heredado de ella.
Ah, y la capacidad de mentir.
Eso lo teníamos los tres.
Éramos, por defecto y efecto, excelentes mentirosos.
–¡Buenas! –canturreó como si fuera el mejor día de su vida. Era jueves. Jueves significaba cena de trabajo, lo que significaba menos tiempo en casa, lo que probablemente significaba, si no el mejor día de su vida, mejor día de su semana–. No te preocupes, yo atiendo. –Señaló el celular.
Amplió su sonrisa y supe por ese gesto que estaba preocupada. No, no preocupada. Nerviosa. Seguro esperaba la llamada de otro gran contratista. Desde que la conocía, es decir toda la vida, eso era lo único capaz de alterarle un pelo.
Pero, de todas formas, yo ya tenía el teléfono en la mano y le eché un vistazo al nombre en la pantalla antes de pasárselo.
“Laia Rouge”, decía. Debajo, en letras más pequeñas, se leía la empresa a la que pertenecía. La reconocí. Dos semanas atrás, para mi cumpleaños, habían enviado una canasta enorme con cosméticos de la compañía, como cortesía. Y, tan solo dos días después, firmaron un acuerdo de campaña conjunto con Vann. Casualmente, mi cumpleaños se encontraba convenientemente cercano a la fecha de cierre del trato. Qué maravilla.
Una vez le había preguntado a mamá por qué agendaba a todos con nombre y apellido. A los doce, cuando recién recibía mi primer celular, me parecía imposible que no llenara de corazoncitos y caritas todos los nombres. "Porque son de trabajo", respondió, "No son importantes". Papá y yo tampoco estábamos agendados con corazoncitos, pero cuando él la llamaba, salía "Tom", cuando yo lo hacía, "Penny". Nada de apellidos ni formalidades. En ese momento me hizo feliz. Éramos importantes.
–¡Laia! No, no. –Silencio–. Claro. –Otro silencio–. Estaba por salir así que dudo poder. –Se colgó el bolso al hombro y soltó una risita irritantemente similar a la de Fallon.
Por un segundo, pude imaginarlas. Mi amiga, con sus ojos azules eléctricos, definitivamente más cercanos al tono de mi madre que los míos. Por más que Fallon estuviera bronceada permanentemente y su cabellera morocha tuviera sus perfectas ondas, muy diferentes a nuestro pelo claro y lacio, no me fue difícil encajar su imagen a la de mamá. Ambas podrían usar tacones de aguja Vann, los lucirían honradas mientras soltaban risitas en Dino's.
Cuando mamá y yo íbamos a Dino's los sábados, no siempre nos reíamos. Era más bien en los casos raros que lo hacíamos. En general, hacíamos un recuento de mis méritos escolares de la semana y, luego de un buen silencio incómodo, ella se quejaba un poco del trabajo, yo le preguntaba por las reuniones de los jueves, ella sonreía y me decía que eran fantásticas, que el equipo de finanzas trabajaba más relajado en ellas, fuera del horario laboral.
Me alegraba por ella. O algo así.
Me alegraba de que existieran esos jueves y de no tener que escucharla otra noche insultando a diestra y siniestra a todo lo que la rodeaba. Papá generaba ese efecto en ella, aunque no entendía por qué. Él también insultaba, pero lo hacía tan secamente que a veces me parecía que era peor. Lo hacía sonar como si tuviera en su boca la verdad absoluta. Y su verdad absoluta, al menos sobre mi madre, no era demasiado favorable.
Los jueves no eran como todas esas noches. Mamá llegaba temprano de la oficina, como hoy, y se iba sonriente a seguir trabajando en algún restaurante con el famoso equipo de finanzas. Papá llegaba tarde y solo se pasaba por mi habitación, me dejaba dinero y me decía que cene algo. Yo nunca le decía que el reloj ya había marcado la una de la madrugada. Asentía y sonreía. No que importara. En general, la puerta se cerraba sin esperar respuesta.
El punto era que los jueves eran paz, un día milagroso en la casa Vann.
Mamá se frenó en el umbral de la puerta que daba al pasillo. Por un momento fantástico, me pareció que iba a darse vuelta y a saludarme, que me iba a sonreír y decirme que me asegurara de comer bien, que me abrigara que hacía frío y que me quería. Pero abrió su bolso, revolvió un poco, sacó la billetera y soltó un suspiro de alivio.
–Creí que me la olvidaba, pero la tengo –le aseguró a Laia, sacando el celular de entre su hombro y mejilla y relajando el gesto.
Siguió avanzando y el repiqueteo de sus tacones se fue perdiendo por el pasillo. Mientras, yo sentía la presión de esos pasos sobre mi pecho, la aguja del tacón enterrándoseme más y más. Sangré. Si cualquiera me hubiera preguntado, si cualquiera me hubiera mirado como me había mirado Aaron una semana atrás en el parque y hubiera dicho esas mismas palabras –Ey, ¿qué pasa?– yo le hubiera asegurado que, en ese momento, sangré.

Dos horas más tarde, estaba de piernas cruzadas frente a un montón de carpetas abiertas en mi escritorio, con un paquete de Maruchan vacío todavía en una esquina. La cuchara seguía ahí, incrustada en el fondo acuoso que nunca me terminaba y que dejaba el olor a verduras calientes impregnado a mi alrededor.
Solté un bufido, mirando el cartel en el corcho a mi lado. Seis meses. Era lo único en lo que podía pensar. En especial mientras hacía un ejercicio tras otro sobre nomenclatura de hidrocarburos.
Medicina.
Parecía la opción lógica. Lo que cualquiera hubiera elegido con una facilidad como la mía para la química y la biología. Había tenido buenos profesores toda la vida, pero, aparte de eso, era casi natural. Podía seguir el orden de las explicaciones y volcar ese conocimiento en los ejercicios perfectamente. Además, se paga bien y mi promedio daba perfectamente para ingresar a una buena universidad. Como si fuera poco, me gustaba.
Me gustaba la exactitud del cuerpo humano, sus huesos rectos, sus músculos enredados, la maravilla de que incluso cuando el más mínimo error en nuestra formación pudiera derivar en muerte, hubiera tantos de nosotros vivos. Me deslumbraba con las anomalías de los cuerpos, con las rarezas que nos hacían imperfectos y las maneras de eliminarlas. En el cuerpo, las cosas estaban bien o mal, blanco o negro. No había matices confusos de "tal vez", o "que tal si...". Y lo que era mejor, todo aquello que estaba mal, podía ser eliminado. El cuerpo humano podía ser perfecto.
Pero sobre todas esas cosas, me pasaba horas y horas tirada en la cama mirando el techo, pensando en cómo esa máquina tan perfecta podía albergar sentimientos.
La cosa más imperfecta y más caótica en la tierra, eso que nos ata a los animales y su descontrol. Sentimientos que nos hacen sufrir y actuar como idiotas, que nos llevan a tomar decisiones absurdas porque nos nublan el juicio. Esos sentimientos que parecían retorcerse en mi interior, agónicos, desde hacía tantos años. No podía extirparlos. Eran una enfermedad crónica. Cuando crees que alcanzas indiferencia absoluta, es ahí, que caen sobre ti millones de sentimientos como vidrios. Y te cortas y sangras y lloras y ríes, porque los sentimientos te hacen perder la cordura.
Pero –porque todos saben que siempre hay un pero– no podía. No podía simplemente estudiar Medicina. No quería trabajar toda la vida en un laboratorio. Yo quería ver pacientes, estar con ellos, hablar, interactuar con la fuente de la enfermedad y el dolor. E, irónicamente, eso era también lo que no quería, lo que me aterrorizaba. Quería un paciente, quería sanar su dolor, quería ver y ayudar, pero no quería sus sentimientos complicados, o madres llorando, o niños llorando o a nadie llorando. No quería sus sentimientos en mi consultorio, manchándolo todo.
Qué ironía que aquello que más me maravillaba fuera lo que menos comprendía. Tal vez, era esa misma incomprensión hacia los sentimientos y sus fuerzas, lo que más me intrigaba.
No me gustaban las personas. No me gustaban las complicaciones que traían. No me gustaba que fueran egoístas y mentirosas y cizañeras y quejosas. Ninguna persona me gustaba. No me gustaban mis padres, aunque los amaba. No me gustaban mis amigas, aunque sí me hacían sentir otras cosas, que se mezclaban en la boca de mi estómago, formando un color sin nombre. No me gustaba Christof, pero me había preocupado por él. No me gustaba Aaron, pero había querido escucharlo hablar toda la tarde sobre Kai. Porque Kai sí me gustaba. Silencioso y compañero, suave, pero arisco. Y sobre todos ellos, no me gustaba yo. No me gustaba la desconocida que me miraba con ojos tristes por el espejo, ni la sonrisa que había heredado de su madre, ni las decisiones que tomaba, ni su habitación vacía.
A todo el mundo parecía gustarle Aspen Vann, vestida con faldas y medias hasta la rodilla, con suéteres a la moda y botitas elegantes. A todos les gustaba Aspen Vann, con sus rasgos definidos y su apellido importante, con su compañía charlatana y sus buenas calificaciones. Pero Aspen Vann odiaba a Aspen Vann y se moría de ganas de deshacerse de ella.


Los días parecían haber vuelto a la normalidad. Las dudas y cuestionamientos se habían desvanecido. Solo Claire y Maggie chisporroteaban con una energía extraña desde la fiesta y cuando nos sentamos en el comedor, se me sentó una a cada lado, como si necesitaran que actuara de barrera humana. Me guardé el gesto de incertidumbre y las preguntas. Para el miércoles, ya se habían arreglado y caminaban de la mano por el pasillo. No las había visto hacer eso antes, pero me alegró que solucionaran lo que fuere que hubiera pasado. Ya éramos las de antes, y yo no me hacía preguntas o cuestionamientos sobre nada. Estas eran las amigas que tenía. El plan era que me llevaran sin inconvenientes hasta el final de la secundaria, no ser felices para siempre. Siempre había sido ese y seguía siéndolo.
Pero las noches… las noches habían cambiado, y ahora más que nunca le temía al momento de cerrar los ojos. Porque se me aparecían estrellas avellanas, rodeadas de pestañas infinitas. Soñaba con manchas de pintura y hoyuelos en la barbilla, con gatos perezosos y sus maullidos. Eran como una brisa imperceptible, como una iridiscencia reflejada en la pared, un espejismo que desaparecía en el momento en el que corría hacia él. Antes de que me diera cuenta, el sueño volvía a su acostumbrado sinsentido (una niña hablando con una tetera, un castillo hecho de dulces y encantamientos, una mariposa humana que era mi mejor amiga) y solo quedaba su recuerdo, inexplicable y aterrador.
Así, tambaleándome en esa desbalanceada realidad, llegó otro jueves. Otro bello y hermoso jueves que me envolvió como una tibia manta en pleno invierno. Claire me había recomendado unas tiendas de ropa vintage nuevas, Ashleigh se había indignado porque saqué mejor nota que ella en el examen de Cálculo y Maggie nos había invitado a todas a su próximo partido de fútbol; habíamos aceptado de buena gana. Incluso Darren había pescado un resfrío y no había podido asistir a clase, lo que significó que no tuve que pasarme todo el almuerzo viéndolo a los besitos y manitos con Fallon.
Había sido un día curiosamente tranquilo. Preocupantemente tranquilo, y esa idea se volvió alta y ruidosa en mi cabeza en cuanto abrí la puerta de casa.
Era una construcción de tamaño promedio, papá siempre había dicho que hacer muestra de lujo innecesario era de mal gusto, pero tenía una elegancia moderna en sus ventanas redondas y la enorme puerta –un semicírculo de vidrio al final de un camino de piedras que se deslizaba sobre el césped desde la puerta principal– que daba al vestíbulo. Entré y seguí de largo, subiendo de dos en dos las escaleras, queriendo llegar lo antes posible a mi habitación.
A medida que avanzaba, en mi silencio se fue filtrando el murmullo del agua. Mamá debía estar en la ducha. Era agradable y, si cerraba los ojos, casi podía imaginar que me encontraba lejos, bajo la lluvia de algún bosque aislado.
Sonreí. Era una imagen que siempre me hacía sonreír.
Justo pasé la puerta del cuarto de mamá y un chillón intento de melodía acuchilló mi momento de paz. Una vez más, la cancioncita de su celular resonaba por la casa y sus pasillos helados. El bosque aislado y su lluvia habían desaparecido.
Me pasé las manos por el pelo dejando ir un bufido. Inhalé y exhalé, volviendo sobre mis pasos y empujando la puerta.
El cuarto de mamá y papá estaba completamente a oscuras excepto por la ínfima rendija de luz que se colaba por la puerta del baño. Ninguno de los dos parecía haberse molestado en abrir las cortinas o ventilar por la mañana, porque el olor a encierro me arrugó la nariz apenas puse un pie adentro. Mis pasos fueron amortiguados por la alfombra blanca e inmaculada.
Por un momento, se me aceleró el pulso. Hacía tanto que no entraba que no recordaba la última vez. Me sentí como una intrusa en mi propia casa y el instinto me dijo que corriera, que me fuera de allí y me escondiera en el vacío de mi propia habitación, donde al menos el pequeño cartel y las carpetas me ofrecerían consuelo. Pero si lo hacía, el tormento de esa melodía me seguiría hasta que mamá saliera de la ducha, y Dios sabía cuánto podía tardar esa mujer allí dentro.
Achiné los ojos, esforzándome para ver entre los cúmulos oscuros que formaban los muebles en la penumbra. Me dejé guiar por mi oído hasta dar, sobre la mesa de noche, con el bolso de mamá que vibraba, poseído por el demonio.
Mi intención había sido sacar el dispositivo, cortar e irme. Todo lo que quería, de hecho, era terminar ese jueves con la misma paz con la que había empezado. Pero la vida tenía una forma bastante particular de reírse de mí, y cuando miré la pantalla, me quedé estática, con el ceño fruncido y los ojos fijos en el nombre centellante que me encegueció. La pálida luz del dispositivo le dio un tinte tétrico a la habitación, como una pintura en blanco y negro de sombras acechantes y contrastes retorcidos.
Volví a fijarme en el nombre. No, no en un nombre. El apodo. En la pantalla brillaba un apodo.
MAX
Sin apellido. Sin nombre de empresa. Sin vínculo alguno.
MAX
Lo miré extrañada, acercándome más a la pantalla al rostro, como si eso pudiera desdibujar las letras y convertirlas en algo más.
Pensé en primos, primas, tíos, tías, abuelos y abuelas, pero recordé, tal vez más tarde de lo que cualquiera consideraría normal, que no tenía ninguno. Podía ser alguna amiga. Mamá tenía muchas amigas. Pero ¿Max? En mi vida había escuchado ese nombre.
Lo pronuncié con letras mudas, como probándolo, y la boca se me llenó de un sabor amargo.
El pulso que había logrado controlar se me había escapado de las manos y cabalgaba a rienda suelta. Hacía unos segundos una calma distante me había invadido. Porque era solo un nombre. Y ahora, pocos segundos después, el hecho de que fuera solo un nombre me pareció suficiente para tirarme el mundo a los pies.
Porque no era una llamada de trabajo y porque era importante. Esta persona era importante para mi madre.
Max
¿Pero qué pavadas piensas? Y era una pregunta válida, pero ni yo podría explicar el vacío que se había instalado en la boca de mi estómago. Sentía que toda mi energía estaba siendo succionada por ese agujero negro.
Corté rápido, pero a pesar de que el nombre desapareció de la pantalla, persistió en mi mente.
¡Ding!
Pegué un salto.
¡Ding! ¡Ding! ¡Ding!
Mensajes. Cuatro notificaciones cayeron como bombas, estallando en la habitación. Corrección: hubiera preferido que fueran bombas.
Max:
Kels, me cortaste?
¿Kels? Esas cuatro letras me sentaron como una buena patada. Nadie le decía así a mamá. Siempre decía que lo odiaba, que le parecía demasiado infantil.
Max:
Sé que me dijiste que no te hablara cuando estabas en casa...
Aparté la vista del celular tan rápido que casi me da un tirón en el cuello, sin terminar de leer. Clavé los ojos al frente, encontrándome con su reflejo. La pared tras el cabezal de la cama era un gigantesco espejo que se extendía de punta a punta, y mi doble tenía pinta de vampiro famélico. La lucecita del celular marcaba los ejes de mi rostro como si hubieran sido cortados con cuchillos y pulidos como cristal. En sus ojos vi todas mis preguntas tan claramente escritas que me aterró encontrar las respuestas. ¿Por qué mi madre le diría a esta persona que no la llamara cuando estaba en casa?
Quise frenarme, pero no tenía control sobre mis acciones y deslizaba el dedo sobre la pantalla. Nuevas notificaciones llegaron y me limité a silenciarlas.
...pero quería decirte que me olvidé la billetera y ya salí. Te molesta pagar hoy?
¿Hoy? ¿Eso quería decir que había habido un antes? ¿Un ayer compartido del que nunca había escuchado?
Max:
Y ya que estamos, sería genial pasar por algún restaurante, hablar un poco de lo que haremos después, sí?
Podemos ir a algún lugar lejos. Nadie nos reconocerá, si eso te preocupa.
Ya sabes que soy de tener cuidado.
Ah, y no olvides devolverme la chaqueta que te presté la semana pasada.
Sabía que mamá podía salir del baño en cualquier momento, entrar y encontrarme revisando su celular como una chiquilla metiche, y aun así, me quedé como una idiota, leyendo una y otra vez esos mensajes, esperando que se explicaran solos.
Le hablaba como siempre había querido que lo hiciera papá. Le hablaba con un tono de burla y familiaridad que me violentó.
Frases sueltas rebotaban dolorosamente en mi cabeza, como una pelota de ping-pong de acero dándosela contra mi cráneo una y otra y otra vez.
Mamá no quería que le hablara cuando papá o yo podíamos estar cerca, se juntaban con frecuencia, un restaurante, harían algo después y nadie podía reconocerlos, mamá sabe que es cuidadoso y tenía que devolverle una chaqueta.
Las imágenes, nítidas como una película de terror, se reprodujeron en mi cabeza con el sonido de tizas rayando un pizarrón. Quise agarrarme los oídos y gritar, pero no podía moverme.
Imaginé a mamá con un hombre en un restaurante, usando su chaqueta para luego ir a hacer Dios sabrá qué, y me subió bilis por la garganta, dejando un rastro ardiente. No podía respirar.
Parada en el rincón de la habitación, justo a un lado de la cama que mis padres compartían todas las noches, leyendo los mensajes de otro hombre, me acordé de Isa: de sus pasteles y sonrisas, de lo feliz que era con sus cuentos y juegos.
Extrañé la ignorancia de esos tiempos.
El sonido del agua se cortó abruptamente, y mis músculos, convertidos en piedra, cedieron automáticamente.
Bloqueé el celular y lo dejé justo donde lo había encontrado.
Como si ello fuera a borrar los últimos dos minutos de mi vida, salí corriendo de esa habitación. Había comenzado a apestar a podredumbre y mentiras, e incluso afuera, donde el sol brillaba ignorante y feliz, fui incapaz de deshacerme de él. Se me había pegado como una segunda piel, una segunda capa de mugre y suciedad que nunca iba a poder enjuagar.
El aire parecía pesar toneladas sobre mí, pero no quería escapar. Al contrario, esperaba que me aplastara de una buena vez. Estaba cansada de correr y correr sin destino. Quería hacerme bolita allí mismo y cerrar los ojos. Con un poco de suerte, cuando los abriera estaría en mi cama y todo esto habría sido otro mal sueño.
Sin embargo, me había abandonado la cordura, y no podía parar. Se me escapaban las piernas, por el pasillo, a los saltos por las escaleras, a los trompicones hasta la puerta, a toda velocidad lejos, muy lejos de allí.

Empecé a sentir frío después de lo que creía que habían sido varias horas y un batido de chocolate. Pues además del abrigo, me había dejado el bolso, con el celular, la agenda y las llaves de casa.
Las calles conocidas pero distantes parecían parte de un sueño ajeno. El ocaso llegaba lentamente y sobre mi cabeza el día le robaba los colores a la noche, contaminándose con su oscuridad. Sabía que en cualquier momento el sol se pondría y pensé que con esas nubes estiradas y acolchonadas que flotaban a miles de kilómetros, sería un atardecer precioso sobre la ciudad. También pensé que se vería hermoso desde la cima de la noria en el parque de diversiones, pero no creía poder llegar a tiempo.
Tampoco era como si realmente quisiera ir. No sabía qué quería exactamente. Ni inexactamente. Simplemente no tenía idea de nada.
Caminaba sin rumbo, sintiendo la cabeza como si le hubieran metido un pez globo dentro y se estuviera hinchando para hacerla reventar. En cambio, ese órgano vital que se suponía tenía que doler en momentos así, estaba inquietantemente tranquilo.
La última vez que me había sentido así, había sido tras la operación para extraerme las muelas de juicio. La anestesia no se había disipado del todo y yo flotaba inconsciente de un lado a otro. Salvo porque en aquel momento tenía las mandíbulas de un león, y me reía. Me reía de todo lo que veía porque el mundo se distorsionaba a mi alrededor, todo resultaba más divertido, mejor. Ahora, no estaba segura de recordar como reír.
Era como si el dolor de cabeza se hubiera tragado todos los otros sentimientos. Tal vez se habían guardado solos, enterrándose bajo nieve ártica y adormecedora, dejando solo los hechos rondando por ahí en mi cabeza.
Mamá engañaba a papá.
Bien. Entendía que no fueran la pareja más estable del mundo, pero ¿adulterio? Eso era... era impensable. Era como esas cosas de chiquilines que hacían Darren y Fallon. Sacudí la cabeza, porque eso me hizo pensar en Avery, que era lo último que necesitaba. Parecía tan impropio de mi madre, tan imposible.
Entonces se me ocurrió que tal vez no la conocía como creía hacerlo y que en realidad no era la fría mujer de negocios que parloteaba todo el día de contratos y números con la oreja pegada al celular. Y no sabía si eso era peor. Porque significaba que podía sentir. Que mamá tenía un corazón que latía y sentía con la intensidad necesaria para hacer algo tan horrible. Significaba que podría haber amado a papá, que podría haberme amado a mí, pero que no había querido hacerlo.
Los sentimientos cavaron hacia la superficie y se desenterraron. De un momento a otro, se arrastraban sobre mi cuerpo como una avalancha.
Papá.
¿Qué pasaría si se enterara? ¿Le dolería? ¿Se enfadaría? ¿O la indiferencia sería tan suprema que se abandonaría en ella? ¿Debía decirle? La idea me hizo estremecer, pero ¿qué más podía hacer? Mentir sería tan fácil... se había vuelto un hábito, pero esto era diferente. No sabía si quería hacerlo.
Si decía la verdad, tal vez al fin se dejarían ir. Un divorcio. Podía imaginar la casa silenciosa, pacífica en su carencia. El pecho se me infló de ilusión egoísta y se desinfló al instante. Porque podía pasar algo peor: que ninguno se fuera y ambos se quedaran bajo el mismo techo, con más rabia y más cosas que reprocharse de por medio. Además, ¿cómo podía ser yo la portadora de semejante noticia?
Una atrás de otra, las preguntas me saltaban encima. Entonces, reconocí la cuadra, o, más específicamente, la escalinata, que se erguía a mi derecha.
No sabría decir en qué momento me paré, pero lo había hecho y encaraba la construcción victoriana y sus cálidas paredes. Surgió ante mí la imagen de Aaron, que parecía habérseme pegado detrás de los párpados, y de Christof, quien había tenido la cortesía de dejar su inmundo perfume instalado en el tapizado de mi coche hasta el día de hoy, con su maravillosa familia, llenando toda esa casa de luz; en este mundo de ficción, Christof tenía una sonrisa tan brillante como la de su hermano.
¿Existiría otro lado de esa alma destrozada? Varias veces en las últimas semanas había pensado en el hermano perdido, no sin después recordarme que no merecía mi tiempo, y en su estado de adormilada intoxicación. Tal vez eso fuera todo lo que quedaba de él: desperdicios del chico que fue alguna vez. En el pasado pudo haber tenido la misma sonrisa que Aaron, pudieron haber desprendido esa misma energía chisporroteante, como aullidos a la luna en una noche de verano. Si eso era, o más correctamente había sido, real, hacía tiempo que se había perdido. El Christof que yo había encontrado, fúnebre y tembloroso, en un pasillo perdido de una casa de fraternidad, no esbozaba una sonrisa real hacía mucho tiempo, y no se necesitaba ser ningún genio para darse cuenta de ello.
Pero mientras miraba el césped que se inclinaba bajo el porche, salpicado de florcitas amarillas cuidadosamente arregladas, pude ver una madre arrodillada cuidando de su hogar. Una mujer que tal vez tendría los ojos y el cabello chocolate de sus hijos, y un esposo al que amaba y le era fiel.
La brevedad de la imagen fue como una puñalada en el esternón; por poco me desgarra el corazón.
Habían vuelto a mí las imágenes de mi madre y mi padre. Los sonidos apagados de las peleas de las que no habían conseguido aislarme las paredes de mi habitación. Incompetente. Insensible. Quejoso. Aislada. Idiota. Palabras que se habían escurrido bajo la puerta, con tanta fuerza que me hacían temblar las manos.
¿Cuándo había aparecido Max? ¿Fue de un día para otro? ¿Fue un proceso? ¿Debería haberlo sabido? Tal vez sí. Tal vez mamá había cambiado en algún momento y yo no lo noté. Debería haberlo notado. Era su hija. Debería haber sabido que...
–No tenías pinta de acosadora. –La voz se materializó a mi lado, como salida de las sombras.
En efecto, el sol comenzaba a ponerse y las nubes sangraban rosadas en el cielo.
Esta vez, su voz no me asustó tanto como en nuestras anteriores colisiones. Supuse que, siendo que estaba parada en la puerta de su casa, no resultó demasiado sorpresiva su aparición, pero de todas formas di un respingo.
Porque por primera vez me percaté en que tenía aroma a pintura, especias y esa esencia a hombre que parecían tener todos, mezclada con sudor. Un sudor que le empapaba la frente y hacía que se le pegaran los mechones castaños –salpicados de pintura azul otra vez– en las sienes. Se me erizaron los pelitos de los brazos, como si fuera un felino acorralado, y la sensación se extendió hasta mi nuca y la boca de mi estómago.
Cuando encontré sus ojos, destellaron y fruncí el ceño.
–No soy ninguna acosadora.
En el fondo de mi cabeza, se entremezclaban los mensajes de texto, el rostro de mi padre, mi madre, insultos, amenazas y una chaqueta prestada, pero se deshicieron en cuanto él se arrancó los auriculares de los oídos. Los bíceps se le tensaron y mis ojos se fueron solos. Agradecí que no estuviera mirando, porque no había manera de disimular mis pensamientos. Incluso estando en pleno invierno, su musculosa estaba manchada de sudor, pero ni siquiera eso me asqueó. De hecho, lo hacía parecer imposiblemente inocente, como un niño que se había pasado el día correteando con sus amigos.
Pero claro, Aaron no era ningún niño.
Me soltó una miradita de reojo y cuando lo atrapé mirando, su sonrisa se ladeó en un ángulo imposible. Esta no se borró cuando volvió la vista al cuidadoso trabajo de enrollar el cable blanco alrededor del celular. Se lo metió en el bolsillo de los shorts. No miré, enfocándome en las rejitas blancas de madera que rodeaban el parque exterior; no me llegaban a la rodilla. Eran muy poco interesantes, pero prefería analizar su pintura impecable a dejar que mis ojos siguieran descubriendo cosas para añadir a mis sueños. Hubiera sido bastante molesto empezar a soñar con las piernas de Aaron.
Me sentí levemente ligera de vergüenza y pánico, como si él pudiera leer mi mente. Si creía que estar parada en la puerta de su casa era raro, no quería ni saber el asco que le daría descubrir que veía sus ojos en mis sueños.
–¿Pararte a mirar mi casa es lo que consideras comportamiento normal?
–Es la casa de tu hermano.
–¿O sea que estás acosando a mi hermano?
Estúpida, estúpida, estúpida.
Volví a mirar al frente, pero me pareció una mala elección, porque una ventana de la primera planta se iluminó y me pareció ver una silueta regordeta recortada a contraluz.
–Salí a caminar, me la encontré –repliqué con toda la dureza que pude–. No pensaba quedarme a tomar el té.
–¿Siempre te vas así?
Ya le había dado la espalda, pero me paré en seco.
–¿Así cómo?
–Como si tuvieras miedo.
Recordé la última vez que nos vimos, cuando lo miré por sobre el hombro y casi me desarma su sonrisa. Ahora, incluso sabiendo que podía ser más inteligente, seguir adelante y no mirar atrás, tampoco pude contenerme y volví a encontrar su mirada; su luz me pareció la de un submarino perdido en el fondo del mar, buscando y buscando algo que nunca podría encontrar.
–¿De qué iba a tener miedo? –lo dije con el tono más arrogante que podía existir, pero en lugar de intimidarse o mirarme mal, se encogió de hombros.
–No lo sé. Pero te escapas.
–Tal vez simplemente me resultas aburrido.
De haber sido otra persona, probablemente me hubiera mirado mal y se hubiera rendido, pero incluso sin conocerlo en absoluto, podía confirmar que Aaron estaba lejos de ser cualquier persona. Las personas normales y en su sano juicio no me habrían dirigido la palabra tras la bizarra naturaleza de nuestros encuentros previos. Debía tener algún tipo de instinto de autodestrucción, o, todavía más extraño en un chico que no podía tener más de diecinueve años, era educado. Ese tipo de educación horrible que los obligaba a hablar cordialmente con gente de la que querían escapar sin que su sonrisa flanqueara.
Sentí ganas de vomitar.
Aaron tiró la cabeza hacia atrás y el eco de su risa se me metió bajo la piel. Cuando volvió a mirarme, mi mareo escaló hasta hacerme creer que el viento me llevaría, o que me doblaría en dos y me desharía en un montón de mariposas. No, no mariposas: lombrices. Me convertiría en un montón de patéticas lombrices y desaparecería bajo la tierra. Aaron era oficialmente perturbador.
–Imposible. Mi abuela siempre dice que soy un encanto.
En medio de tantas sensaciones asfixiantes, me sorprendieron las ganas de reír. Se me enganchó la risa en la garganta como un anzuelo y me temblaron las comisuras de los labios. Supe que él lo había notado, porque había sido tan terriblemente obvio que me hubiera gustado pegarme la cabeza contra una pared toda la tarde por idiota. En lugar de eso, me apuré a hablar.
–Te mintió.
–Entonces no tienes por qué correr.
Lo miré de arriba abajo –arrepintiéndome en el momento en el que vi que tenía ese tipo de piernas que tienen los deportistas, con gemelos marcados y una leve capa de vello enrulado– con una cara de supremo desinterés.
–Hasta donde yo sé, el único corriendo eras tú –repliqué, rezando porque no se me notara el calor que me abrasó.
Que horriblemente adictivo era hacerlo reír.
–Entonces no creo que te moleste darme tu número. –Se me secó la boca–. Ya sabes, antes de que yo salga corriendo.
Lo peor de su sugerencia, fue que me descubrí queriendo decir que sí. Porque su abuela era una mentirosa, y Aaron era completa y absolutamente irritante, y porque quería demostrárselo.
Pasé el peso de mi cuerpo a la otra pierna y le sonreí con un cinismo capaz de espantar a la luz de la faz de la Tierra. Me di el lujo de saborear la palabra:
–No.
Se le descolocó completamente el rostro, pero, claro, la sonrisa persistió. Me imaginé pasándole jabón por la boca una y otra y otra vez para borrarla. Y luego me di cuenta de que mi propia sonrisa había mutado, convirtiéndose sin que me percatara en una tentativa curva solaz.
Aaron se despegó de la frente un mechón que se le había caído, y seguí el gesto de reojo, antes de volver a mirarlo. Me convencí a mí misma de que el color de mis mejillas provenía sola y únicamente de la ira. Ira porque era un engreído petulante.
–Está bien –aceptó–, entonces déjame ganármelo. –No tenía ni idea de qué podía significar eso, así que abrí la boca para pronunciar otra clara negativa, pero no llegué a hacerlo–. Te invito un batido. Si te ríes, me gano el número. Tengo que hacerte reír una sola vez.
Mantuve la máscara de piedra, pero ya había encendido la chispa de la curiosidad, y me revoloteaba en el pecho el sabor del desafío.
Ya sabía, para ese entonces, que mirar a Aaron a los ojos era como tragar veneno con sabor a caramelo y, aun así, no dejaba de hacerlo. Los buscaba sin pensarlo, porque una parte de mí quería entender qué tenían que los hacía tan especiales, qué les daba esa toxicidad, ese poder sobre mí.
Desafiando todas las reglas del mundo real, su sonrisa se ensanchó aún más. El hoyuelo en la barbilla destelló. Me quedé sin aire. Abrí la boca. La cerré. Respiré, o intenté hacerlo. Me miró como si nada en el mundo pudiera salir mal, como si pudiera pintar para mí el cielo del color de sus ojos y las estrellas de dorado.
Habló, y fue como el susurro de las hojas de otoño cayendo de las copas de los árboles:
–¿O tienes miedo?


–Eres una idiota.
Coincidía, coincidía completamente. Yo era, en efecto, una idiota. Pero Fallon, con su asombroso despliegue de cosméticos de marca sobre el banco, se estaba pintando las uñas de un verde ácido que resultaba desagradable, y no me hablaba a mí.
–Claire –continuó–, si no querías quedar con Quentin, solo podías decirle que no.
Claire pareció hacerse pequeñita en su asiento. Nos acababa de contar de sus planes del día y sus pocas ganas de cumplirlos y yo la entendía mejor que nadie. Miré a Maggie, pero esta mantenía la barbilla alta en silencio y no nos dirigía la mirada. Llevaba el pelo como siempre, en una coleta tirante, y vestía la camiseta roja y negra de algún equipo de fútbol desconocido para mí. Cualquiera hubiera pensado que esa combinación deportiva con un jean rasgado quedaría mal, pero Claire lo hacía ver digno de una fiesta de año nuevo, junto con argollas plateadas en las orejas y una finísima capa de maquillaje. También la hacían parecer lejana, como una estatua de piedra juzgante e impoluta, sentada sobre el banco con las piernas prolijamente cruzadas, la espalda contra la pared y los brazos sobre el pecho.
–Es que sí quiero, solo no podía esta tarde –la vocecita de Clarie siempre me había parecido demasiado aguda, pero ahora mismo, me parecía patética. Y un tanto triste, como si no tuviera nada para decir que valiera la pena escuchar.
Fallon la miró de reojo, repentinamente divertida y preguntó lo que sabía que todas pensábamos:
–¿Ya tenías otra cita?
Me resultaba sorprendente que Claire se sonrojara por aquellas cosas, como si no lo hubiera hecho treinta veces antes. No me alcanzarían los dedos de las manos para contar la cantidad de novios a los que había engañado. Sin embargo, allí estaba, con los ojos castaños brillando de lo que parecía una culpa punzante. Parecía sentirse como mi madre debería hacerlo, pero ella no parecía sentir ni una fracción de la culpa de mi amiga. Me pasé una mano por el pelo, para evitar pensar en sus dotes de actriz y me obligué a prestar atención a mis amigas.
–No, bueno, sí, pero no. –Claire me miró, como esperando que dijera algo reconfortante, algo que diría Maggie, pero yo no era ella y no tenía ni idea de qué decir, así que me limité a sonreírle como diciendo "¿qué se le va a hacer?".
Había muchísimas cosas para hacer. Podía elegir solo a uno de los dos y salir con él, comprometerse, ser responsable y feliz. Podía amar de verdad, con todo el corazón, en lugar de vivir con un pie en cada mundo, dividida por sus propios enredos. Pero Claire había decidido meterse en ese lío sola y, de querer a alguno de esos chicos lo suficiente, lo hubiera elegido.
No sentía un ápice de pena por ella, pero tampoco rabia. Simplemente un rechazo más fuerte que nunca, que me tensionaba los músculos y me cerraba las manos en puños cada vez que la miraba y el recuerdo de mi madre se me estrellaba contra la cara como un enorme camión de carga.
–¿Cómo que no pero sí pero no? –repitió Fallon. Había terminado con la primera mano y se la miró para cerciorarse de que estuviera impecable. Yo estaba segura de que no necesitaba darse otra mano de pintura, porque sus uñas estaban siempre perfectas, y de que solo lo hacía para que el olor asqueroso del esmalte dirigiera las miradas de todos a ella. Le encantaba que la vieran así: desafiando las reglas y saliéndose con la suya. Rodé los ojos–. La pregunta fue si tenías otra cita. Las respuestas pueden ser sí o no, no hay un punto medio.
–Ya déjala en paz –le espetó Maggie. Me relajé un poco. Era algo normal, algo conocido en estas últimas veinticuatro horas de locos: Maggie defendiendo a Claire. Definitivamente mejor que su anterior silencio fúnebre.
Claire la miró, como buscando sus ojos para hacer esa cosa de mística comunicación que yo nunca entendería, pero la castaña apartó la vista rápidamente. Fallon comenzó a aletear como un pollito raquítico para que se le secaran las uñas, y le lanzó una mirada gélida a nuestra amiga.
–No me calles –le espetó.
En cuanto vi que Claire había fruncido el ceño y estaba lista para defender a Maggie, interrumpí. Demasiadas cosas se habían salido de control en los últimos días y lo último que quería era ver a Claire confrontar a alguien, mucho menos si ese alguien resultaba ser Fallon, un viernes a las siete cincuenta de la mañana.
–De todas formas, ¿dónde está Asheligh? No es de saltarse clases.
–No la he visto desde ayer al mediodía –anunció Maggie.
–Creo que estaba enojada por lo del examen y se fue a casa a llorar –se mofó Fallon, mirándome directamente, como esperando a que me le uniera. Me limité a sonreír de lado; era lo que esperaban de mí, era lo que iba a darles.
–¿Por un ocho? –Claire, como de costumbre, no había entendido que era una pulla, y nos miraba confundida–. A mí me parece una muy buena nota.
–A ti cualquier nota arriba de seis te parece buena nota.
Maggie torció el cuello con tal violencia hacia la otra castaña que creí oírle las vértebras crujir. Me recorrió un subidón de energía, una advertencia latente.
–Te vendría bien ubicarte, Fallon –le dijo–. Y como no lo hagas, no me molestaría hacerlo por ti.
Las cosas estaban escalando muy rápidamente y yo ni siquiera era capaz de entender cómo era que podían convertir todo en una pelea. En los ojos azules de la atacada destelló una diversión macabra, y sonrió. Teniendo en cuenta que Maggie entrenaba seis veces por semana y parecía estar hablando muy en serio, yo ni por los pelos hubiera hecho algo así. Me subió un escalofrío de solo pensarlo. Pero Fallon era Fallon y si había algo que le encantaba, era demostrar lo superior que era.
Cuando le respondió, había más de una mirada curiosa posada sobre nuestras mesas.
–Alguien está de muy mal humor...
Entendí entonces de dónde venía parte de la confianza de mi amiga: en el momento en el que Maggie daba un salto brusco de la mesa y se paraba para encarar a Fallon, entró el profesor.
El creciente barullo de las conversaciones matutinas se apagó como si le hubieran dado a un interruptor y Maggie solo pudo dedicarle una mirada rabiosa a la ojiazul antes de tomar su bolso del piso y arrastrarlo al asiento vacío junto a Claire. Cualquier tipo de tensión entre ellas estaba más que disuelta ya.
–¿Estas bien? –le susurró. Yo, que antes estaba parada con la cadera contra la pared, me había dado media vuelta y sentado en el banco detrás de ellas, sola. Fallon, en el banco al lado del de Claire, guardaba sus cosméticos con una sonrisita cizañera.
Claire asintió frenéticamente y movió los labios respondiéndole por lo bajo y estirando la mano hacia la de Maggie. Antes de llegar a tocarla, la castaña se apartó, dedicándose a rebuscar en su bolso hasta sacar un boli y un cuaderno hecho jirones. La melena enrulada de la pelinaranja me ocultó su rostro mientras volvía la vista al frente.
Las miradas de la clase seguían pesando sobre ellas, y yo, sentada considerablemente cerca, sentía su peso casi como si estuvieran sobre mí. Sacando mi cuaderno espiralado y mis resaltadores favoritos, me dispuse a escribir la fecha y decorar el título que el profesor –totalmente inconsciente de la bomba de la que nos había salvado con su aparición– escribía en la pizarra.
"Test vocacional", decía. Y yo lo copié esperanzada de que al menos, en esta hora, pudiera resolver uno de los problemas que se me enredaban en la cabeza. Casi lo había olvidado por completo. Desde ayer, en mi cabeza solo habían rondado pensamientos de pestañas oscuras y mechones enrulados que caían y se pegaban en una frente sudorosa. Y brazos musculosos con manchas de pintura. Había mucho de eso también.
¿O tienes miedo?
Había caído por la provocación más baja de todas. La furia me había fallado, como si Aaron me hiciera inmune a sus defensas, y las otras emociones me habían emboscado. No tenía práctica con cosas como esas: nervios, incertidumbre, sonrisas torcidas y respuestas educadamente filosas.
Cada vez que intentaba pensar en ello, y lo había hecho más de lo que se consideraría saludable, no podía entender cómo había pasado. Esa nausea y estado de idiotez me habían atrapado, y sin que siquiera me diera cuenta, había terminado apostando. Una risa –las condiciones: tenía que ser una carcajada de verdad, a todo pulmón– a cambio de un número de teléfono.
Recién en el momento en el que llegué a casa, con la cabeza fría y sin avellanas o dientes partidos que me distrajeran, empecé a comprender las dimensiones de lo que había hecho y todas las formas en las que podía dárseme vuelta.
Y luego, mientras me escurría hasta mi habitación, me olvidé de todo. Me olvidé de Aaron, Christof, Avery, mi futura carrera (o más bien la falta de esta), y solo pude pensar en papá. Por primera vez en mucho tiempo, ni siquiera el estudio pudo distraerme. Sabía que, si papá veía las luces de mi habitación encendidas, entraría a pedirme que cenara algo y tendría que afrontar la desazón de su mirada. Solo pensarlo era desgarrador. La idea de sonreírle y asentir con un secreto como el que tenía pudriéndoseme dentro, parecía peor que martillarme el corazón.
Pensé en el turbado gris de sus ojos, en como parecía mezclarse con algo más oscuro en el halo exterior, un vacío enloquecedor que lo seguía a todas partes. Y si supiera lo que yo sabía...
Concéntrate.
Sacudí la cabeza, volviendo a la pizarra que estaba toda garabateada con links a diferentes sitios de tests vocacionales. Me enfrasqué en ellos, como si copiando una letra incorrecta pudiera desencadenar el fin del mundo. Porque escribir prolijo, resaltar, resumir y complacer profesores con sonrisas y buenas notas era la mejor distracción a la que podía acceder en ese momento. Y Dios sabía que necesitaba una.
Deseé que el señor Humphrey copiara links por toda la eternidad, pero todo lo que empezaba debía terminar, para cuando esto lo hizo, volví a perderme en mis pensamientos.
Isa me había dicho mucho tiempo atrás que a veces necesitábamos frenar y pensar, pero no podía. No podía pensar un segundo más. No podía seguir pensando, pensando y pensando porque me estaba quedando sin lugar. Toda la vida había archivado los pensamientos cuidadosamente, pero las cosas habían cambiado, y ahora los cajones eran muy chicos y muy pocos y estaban abiertos y los papeles se desparramaban por mi cerebro en un embudo embarullado y pegajoso. Se quebraban y se volvían a pegar, fusionándose unos con otros y, como consecuencia, comenzaba a actuar como alguien que no era. Aspen Vann no aceptaba citas y Aspen Vann mentía y Aspen Vann sonreía. Pero ahora había quedado con un chico y no podía mirar a mis padres a los ojos y a duras penas podía contener mis celos.
Celos de Claire y Maggie por su amistad, por tener a alguien en quien confiar, por Fallon que vivía en su burbuja perfecta donde nada la afectaba, por Aaron y su honesta sonrisa, incluso de Chris, porque incluso siendo un inútil apestoso, al final del día, alguien lo esperaba con los brazos abiertos, rezando por que estuviera bien.
Cerrando los ojos, me agarré a ese sentimiento. Le clavé las garras a la carne de la ira y dejé que sangrara en mis manos. Casi podía sentirla, como piel abriéndose bajo mis uñas. Los puños cerrados tan fuertes a su alrededor que se me acalambraron las manos. Mi corazón chilló y su grito me partió las costillas. No respiraba, no me movía, pero volvía a ser yo y volvía a sonreír.

En el asiento del auto, sola y estacionada en la esquina de la casa victoriana de la que aparentemente no me podía deshacer, con la calefacción al máximo y la agenda bien abierta en las manos, apenas podía creer lo que estaba haciendo, ni lo que había hecho.

Era todo lo que decía, escrito con prolijidad y resaltado con color celeste pastel, bajo el día de la fecha y un par de tareas. No necesitaba más palabras para entender qué significaba y, además, me perseguía la paranoia de que alguien pudiera abrir el cuadernito y encontrarse con algo incriminatorio. Aunque una cita no hubiera resultado demasiado incriminatoria en muchos mundos, todas mis amigas sabían que lo era en el mío. Porque Aaron me había invitado a una cita, ¿no? O tal vez no, y yo estaba haciéndome la cabeza. No estaba segura, no eran preguntas que me hubiera hecho antes. De hecho, hacía un mes, cuando Jay Parker del equipo de natación me invitó a salir, ni siquiera me molesté en considerarlo antes de decirle que no. Como dije, mi mundo tenía cosas más importantes con las que tratar.
Pero por poco interés que tuviera, cuando llegué a casa después de clases y me di cuenta de que faltaban todavía tres horas para encontrarme con Aaron, mi cerebro había comenzado a maquinar como nunca antes. No sabía si prefería eso o pensar en la arpía traicionera de mi madre, con sus trajes de negocios en restaurantes elegantes, riendo con Max el sin-rostro. No era que lo que prefiriera fuera de mucha importancia, porque simplemente no podía escaparle a la idea de Aaron y yo.
Aaron y yo.
Se me revolvió el estómago.
Pasé horas revolviendo en mi inmenso armario, rebusqué entre un millar de faldas de estampados diferentes, sin tener idea de qué me esperaba. Me planteé pensar en Aaron y lo que le había visto puesto las veces anteriores que nos habíamos encontrado, pero eso solo contribuyó al revoltijo de chispas que estallaban en mi estómago. Así que terminé vistiéndome como si fuera a la escuela: falda plisada, botitas, medias por la rodilla. Me aseguré de abrigarme bien. El invierno no daba tregua a pesar de que debía estar cediéndole paso a la primavera, como si quisiera irse dejándonos con hielo corriendo por las venas.
Ahora, en el auto, a las cinco en punto de la tarde, miraba mi agenda sin poder creer que realmente estaba allí. No había ningún motivo real para preocuparse, ni siquiera para arreglarse. Bien podría haber venido en la misma ropa que había usado para la escuela. Total, lo único que iba a hacer era tocarle el timbre, avisarle que los planes que habíamos hecho habían sido un error, darme la vuelta e irme.
Esa había sido mi decisión ayer por la noche, con los ojos cerrados y el cerebro cortocircuitado: había cometido un gran error diciéndole que sí a Aaron y el único motivo por el cual me presentaría a su puerta, sería para arreglarlo.
Las ventanas del auto estaban polarizadas, pero yo me mantuve erguida y desinteresada mientras metía la agenda en el bolso. No podía permitirme caer. Necesitaba volver a ser yo, volver a estar en control, y deshacerme de Aaron era el primer paso.
Necesitaba verlo a la cara, mirarlo a los ojos, y decirle que no. Tal y como lo había hecho con Jay Parker, sonrisa arrogante incluida.
Poniendo el motor en marcha me repetí mentalmente las palabras exactas que iba a usar. De hecho, cuando quedé justo en la desembocadura de la escalinata que daba a la puerta, me creí capaz de hacerlo. Entonces una sombra apareció del lado del acompañante, abrió la puerta de un tirón y se sentó con veloz gracia.
Eso no era parte del plan. Se suponía que yo iba a subir las escaleras, tocar el timbre, esperar pacientemente, él abriría y yo le dejaría en claro que no me interesaba en absoluto su estúpida apuesta y luego me volvería victoriosa a casa, donde mis apuntes de Historia esperaban para ser pasados en limpio.
Había subestimado la impredecibilidad de Aaron. Olvídense de subestimado. Había olvidado completamente su talento innato para hacer papilla mis planes. Porque no importaba cuantas veces aparecieran en mis sueños o cuantas veces me sorprendieran en medio del día, el recuerdo de sus ojos nunca le hacía justicia a lo que era verlos de verdad.
Llevaba una sudadera gris que –para mi sorpresa– no tenía ningún color más que el intencional del estampado del logo. El tono gris hacía que sus propios ojos resaltaran con una tonalidad extraña, o tal vez fuera por la blancura sucia del cielo, pero parecían haber sido tomados por un musgo opaco. No podía dejar de mirarlos.
No podía hacer nada en absoluto. No había esperado su entrada y ahora él hablaba de algo que yo no lograba procesar, porque mi auto parecía un espacio endemoniadamente chico para compartirlo con una presencia tan inmensa como la de Aaron.
Si había esperado que se impresionara por mi auto –porque, vamos, tenía un auto increíble– me hubiera llevado una buena sorpresa. Lo único que parecía interesarle de mi reluciente último modelo eran los calefactores.
–... porque me pareció que sería extraño –decía tranquilamente mientras se frotaba las manos en busca de calor–. Así que supuse que...
Había llevado muchos frascos de perfume y aromatizantes, pero finalmente me había librado del olor que Christof había dejado aquí, sin embargo, en el momento en el que su gemelo se subió, todos esos químicos resultaron inútiles a la hora de disimular el aroma de Aaron. Salvo porque el sudor había sido reemplazado por jabón, era exactamente como lo recordaba: especias y pintura.
Me costó muchísimo hablar.
–¿Qué?
Él se detuvo y me miró. Algo le parecía claramente cómico, pero no me dijo que era, en su lugar recostándose en el respaldo y estirando las manos contra las rendijas de calefacción.
–Te decía –continuó–, que pensaba que no vendrías.
–Claro –mi respuesta, tan automática como estúpida, lo hizo sonreír aún más.
–¿Claro? –repitió, chasqueando la lengua tras lo que pareció la mirada más larga en la historia de las miradas largas. Me ardió el rostro como si me estuvieran prendiendo fuego viva y lo mejor que pude hacer para disimularlo, fue fruncir el ceño. Quise apurarme a explicarme, pero no pude porque se rio, con esa risa cargosa que me pesaba como plomo sobre el pecho. Recordaba perfectamente las palabras que se suponía debía decir, pero no pude. Si abría la boca, se me escurriría la sonrisa–. Bueno, de todas formas, me alegra que dejaras de correr. –No me dio tiempo a repetirle que yo no corría, porque de hecho había venido aquí dispuesta a hacer ring raje–. Mejor vamos yendo.
–¿Yendo? –esta vez yo fui la que repitió.
Miró a su alrededor, torciéndose sobre el asiento para pasar la vista por la parte de atrás del auto, finalmente deteniéndose en el portavaso vacío detrás de la palanca de cambios.
–Pues claro, yo no veo ningún batido aquí.
Entonces recordé por qué estaba allí en un principio y lo que tenía que hacer. Y me miró a los ojos. Y se me cayeron los pensamientos, esos que tanto me había esmerado en no pensar, como un disparo inesperado. En mi cabeza habían sido preguntas, pero al pronunciarlas, resultaron afirmaciones, y me permití alegrarme por ello.
–Esto es platónico –él alzó las cejas–. Una salida entre dos personas amistosas.
Estrechó los ojos, y se inclinó un par de milímetros hacia mí. Tan ínfimos que muy probablemente hubieran sido accidentales y, que, de no haber estado tan horriblemente pendiente de su cuerpo y sus manos callosas todavía pegadas al calefactor, no lo hubiera notado. Me obligué a mantener la respiración constante, repitiéndome que retenerla no detendría el tiempo, no me haría desaparecer. Aaron parecía estar buscando respuestas en mi rostro, pero yo lo mantuve firme. Mi fachada era sólida y se necesitaba más que un par de ojos bonitos para quebrarla.
–No tienes novio, ¿o sí?
Quise abrir la boca en una enorme O, pero mi indignación por su falta de disimulo quedó oculta tras una mueca cínica, justo antes de que me volviera a la calle y arrancara el vehículo. Por un momento pensé en lo fácil que sería decirle que sí; una única sílaba, tantos problemas resueltos. Pero no pude.
Por primera vez en mucho tiempo, estaba cansada de mentir.
–No es algo que le interese a un amigo platónico –me conformé con decir.
Echando un vistazo, llegué a captar la creciente curva de sus labios, y el destello de algo desconocido cruzarle la mirada, y me introduje en el tránsito de viernes por la tarde.
Aaron resultó ser un agradable compañero de viaje. Por un momento, deseé no llegar nunca a Dino's (el único lugar en el que compraría un batido en mi vida, pues no tenían comparación) y dar vueltas y vueltas hasta que él se cansara de hablar o yo me quedara dormida con el murmullo de su voz. Luego me di cuenta de que ambas opciones eran terribles: la primera porque parecería una secuestradora en potencia, y la segunda porque dormirse tras el volante era básicamente la fórmula para un par de costillas rotas, por no pensar algo peor.
Pero tenía una voz relajante –lo había notado la primera vez que nos habíamos encontrado– que casi me hacía olvidar la tremenda estupidez que estaba cometiendo. Además, tenía esa extraña capacidad de envolverte con palabras. Pensé, mientras estacionaba a media cuadra de nuestro destino, que podría estar diciendo que los marcianos eran sexis y lo hubiera hecho parecer interesante. Pero Aaron no tenía por qué hablar estupideces. En los cinco minutos de auto desde su casa a Dino's, había descubierto que también podía mantener un silencio cómodo, mirando por la ventana y tarareando por lo bajo las canciones de la radio.
Me corregía: tenía miedo. Un miedo visceral que me acalambraba entera cada vez que me perdía en la melodía áspera que acariciaba las historias de mi acompañante. Esta salida puramente amistosa no había ni empezado y yo estaba al borde de sacar del aire mismo unas zapatillas de deporte y ponerme a correr. Estaba tan cómoda con su presencia que ni siquiera podía mantener ese ceño fruncido que tanto decía Fallon que se me iba a quedar pegado por toda la eternidad. En el momento en el que me acostumbré –más o menos– a compartir el poco aire de mi coche con Aaron, pimienta y pintura, mis músculos se relajaron. Seguía seria, pero era aterrador lo cerca que estaba de dejar de estarlo.
Lo miré mientras nos desabrochábamos el cinturón, y él me correspondió.
–¿Entonces te atacó? –le pregunté con burla.
Él hizo una mueca de indecisión y fingido dolor.
–Yo no usaría la palabra "atacó"...
–Una rata te mordió en medio de un ataque de rabia, ¿cómo le dices a eso? –Presioné el botón y, con un clic, se aflojó el agarre de la cinta. Alivió un poco el nudo bajo mi esternón, pero no demasiado.
La mayor parte de la conversación había consistido en eso: aventuras de Aaron como el único ayudante voluntario en el refugio de animales en el que trabajaba. ¿Y todo por qué? Porque en el momento en el que entró en calor y se arremangó la sudadera, dejando expuestos esos brazos musculosos que tan difíciles de ignorar me resultaban, me quedé tildada, haciendo un análisis del contorno de las venas que se le dibujaba bajo la piel. Tal vez debería agradecer a Dios y a todos los santos de todas las religiones que Aaron hubiera pensado que miraba sus cicatrices, esas mismas que había notado la primera vez que nos vimos, porque así no más, se tomó la libertad de empezar a contarme las historias detrás de cada una.
Me las mostraba como un niño mostraría el agujero dejado por un diente caído, y a mí se me removía algo en el pecho tan incómodamente que decidí no mirarlo el resto del viaje. Como si no conociera perfectamente esas calles, como si la primicia gris de la lluvia que se avecinaba fuera algo de inminente importancia.
–Diría que se defendió –me aseguró él, liberándose de su propio cinturón–, y no era una rata. Era un caniche toy asustado y con fiebre.
Rodé los ojos. Caniche, rata. No veía mucha diferencia.
–Claro, porque tú eres aterrador.
–Voy a ignorar eso porque realmente quiero un batido.
Se bajó del auto, dejando entrar una ventisca helada que me hizo dudar. Tal vez podía decirle que fuera solo por su batido. O podía no decirle nada e irme.
Pero antes de darme cuenta, él estaba del otro lado y me abría la puerta.
Nunca en mi vida, en los diecisiete largos años de mi existencia y práctica en el arte de la actuación, me había costado tanto controlar mi rostro. Quise gritarle que se alejara y que dejara de sonreírme como un idiota y de actuar como un asqueroso príncipe de Disney.
–Hace mucho frío y hablaba en serio cuando dije que quería un batido –me dijo, desde el otro lado, extendiendo su mano libre para ayudarme a salir–. Pero por más que mi abuela me haya preparado para ser un caballero, voy a dejarte aquí plantada si no te apuras.
Ignoré su mano, ajustándome el asa del bolso al hombro y sacando las piernas para luego erguirme. Podría haber sido, como podría no haber sido intencional, pero un escalofrío me reventó hasta la última de las vértebras cuando su mirada me recorrió desde la punta de las botas hasta encontrar mis ojos. Al menos esta vez no me sonrojé sola.
–No te creo ni por un segundo que puedas dejar a alguien plantado –le espeté tan fríamente que ni yo estuve segura de si era una crítica o un cumplido.
No quise esperar a resolverlo, o a que Aaron, que volvía a mirarme con la cabeza inclinada y su sonriente carita curiosa, lo hiciera, y arranqué a caminar.
Dino's era un vejestorio. Eso decía mamá siempre, y yo no se lo podía negar. Nadie debajo de los cuarenta, excepto por mí, parecía haberlo pisado en años, si es que alguna vez lo habían hecho, y eso lo hacía perfecto. Además, hacían los mejores batidos de chocolate, con algunas fresas arriba que siempre estaban para chuparse los dedos, sin importar la época del año. Y Dino siempre me ponía un par extras. Ventajas de ser la clienta más fiel.
No pude evitar que Aaron también abriera la puerta de entrada. Quise hacerlo, pero mi cerebro se imaginó nuestras manos chocando en un intento por alcanzarla primero y me contuve, apartando la mirada al menú colgado de la vidriera. Hoy había descuento en donas glaseadas... interesante, muy interesante.
Aaron se aplastó contra la puerta porque, muy esperablemente, también era el tipo de chicos que te dejaba pasar primero. De nuevo esa sensación se removió en mí.
La puerta no era muy ancha, y pasé lo más rápidamente posible, con mi máscara impecable y pretendiendo que no quería sacudirme y soltar un chillido por cómo mi brazo se rozó contra su pecho al hacerlo.
La calefacción, mucho más efectiva que la del auto, me azotó con la fuerza de una bendición y me permití cerrar un segundo los ojos, saboreando la familiaridad de la campanilla que anunció nuestra llegada, el perfume de madera y café que lo cubría todo.
Cuando traje a las chicas por primera vez, todas borrachas y a los gritos, se había sentido como una corrupción de ese espacio sagrado. Sí, nos lo habíamos pasado increíble y siempre recordaría ese día. Pero el principal motivo por el cual no se había repetido –además de que semejante paz entre nosotras cinco era una rareza comparable con un eclipse– había sido que no quería que volviera a pasar.
Traer a Aaron aquí había sido un impulso. Según nuestro acuerdo, como yo era la que se negaba a darle el número o a darle mi dirección, tenía que pasar a buscarlo y también elegir nuestro destino. Como mi plan inicial había sido salir corriendo, no había pensado demasiado en qué vendría después. Y, aun así, cuando me siguió adentro, nada pareció fuera de lugar. De hecho, Aaron parecía mimetizarse bastante bien con el vejestorio. La mueblería de madera desgastada hacía juego con sus zapatillas hechas polvo, ambas con varias capas de pintura descascarada.
–El punto es que ese caniche...
–Rata –lo corregí sin poder contenerme, y deleitándome secretamente el gorgojeo que le retumbó en la garganta.
–... fue mi bautismo.
Nos abrimos camino entre las mesas vacías. La barra –porque en los cincuenta Dino's había sido un bar que se había reformado, reemplazando las vitrinas cargadas de licores con exposiciones de pasteles y menús escritos en tiza colorida– estaba pegada a la derecha, en parte convertida en una vitrina de cristal con diferentes tipos de donas y una tapa de madera que hacía de caja. Detrás de esta estaba Fred. Levanté una mano brevemente como saludo. Él me devolvió el gesto.
–¿Tu bautismo? –inquirí tomando asiento en mi mesa de siempre: un cubículo en la esquina, cuyas paredes, acolchonadas con un tapizado verde tan lavado que no podría decir si realmente había sido verde en un principio, hacían de asientos en forma de U alrededor de una mesilla cuadrada. La ventana que se levantaba desde el piso al techo permitía que, en los días soleados, entrara el sol a borbotones, llenando de luz mi pequeño santuario.
Aaron se acomodó frente a mí, y vi pasar un auto a su espalda. Recién en ese momento noté que llevaba una bufanda bordó –también atacada por esos colores que lo teñían de arriba abajo– y seguí los movimientos de sus brazos mientras se la desenroscaba y la hacía a un lado. No tendría el sol, pero su sonrisa era radiante como para dejarme ciega. Quería pedirle que cerrara la boca.
Se encogió de hombros.
–Mi jefe dice que todos tienen un "bautismo": su primera mordida o cicatriz de trabajo. Aunque no sé quién vendría a ser "todos" porque hasta el momento nunca vi a nadie más allí. Llevamos un tiempo cortos de personal.
–No me imagino por qué...
–¿Y eso qué quiere decir? –Parecía genuinamente intrigado, muy lejos de verse ofendido. No quise, pero me alegré. No había habido segundas intenciones en mis palabras.
–Simplemente no veo por qué alguien querría pasarse el día viendo animalitos abandonados sufrir.
–Nadie querría hacer eso. Pero hay muchos motivos para pasarse el día ayudando a animalitos abandonados a ponerse mejor y encontrar un hogar.
Me esforcé muchísimo para ignorar la peligrosa curva de sus labios. Parecían tan inocentes que se me ocurrió que en su vida habían hecho más que sonreír. No tuve ni el tiempo para frenarme, porque ya estaba pensando en todas esas cosas que podrían hacer y en que en realidad Aaron seguro ya las había hecho. Me pasé los dedos por el pelo, pasándolos por la parte frontal y deslizándolos hasta las puntas. Dudaba que eso hubiera ayudado a disimular que me había convertido en un semáforo rubio.
–Tienes una manera muy particular de verlo –le solté.
–Me gusta pensar que siempre hay dos caras a toda historia.
Iba a preguntarle si su historia tenía una segunda cara, pero Fred apareció.
–Buenas, buenas. ¿Cómo anda mi clienta favorita? –dijo mirándome y poniendo un papel plastificado en medio de la mesa.
–Todo tranquilo –respondí–. ¿Qué tal tu abuelo?
Fred era el nieto de Dino y tenía el mismo pelo lacio y negro que su abuelo lucía en las fotos en blanco y negro que colgaban de las paredes del local. Por suerte no le había copiado el ridículo bigote. De hecho, a los catorce, cuando empecé a concurrir el local, había contribuido muchísimo que él –en ese entonces con la edad que yo tenía ahora– trabajara allí en sus ratos libres. Pero la vida siguió y mientras yo me encariñé con mi rincón, Fred desapareció. Hacía poco había vuelto a trabajar en el café –suponía yo que no tenían para pagar sueldo a otro empleado– y habíamos tenido un par de conversaciones, pero habían pasado años desde ese inocente flechazo y no quedaba absolutamente nada. Nos limitábamos a pocas palabras y saludos amables. No tenía ni idea de por qué hoy, de todos los benditos días, había decidido que yo era su clienta favorita.
–El viejo está ahí –contestó, haciendo girar el repasador y dejando que le cayera sobre el hombro–, disfrutando la jubilación.
–Me alegro. –Y lo hacía. Dino siempre había sido de lo más agradable–. Te faltó un menú –señalé.
Él me mostró los dientes. Aaron hacía el gesto mil veces más bonito. Me quise pegar un porrazo solo por pensarlo, y todavía más por desviar la mirada a mi acompañante. Este parecía divertido con la situación, y lo señaló a Fred, para luego apuntarme a mí y hacer una mueca como de besitos y corazones. No pude contener una mirada de espanto y, su ridícula actuación infantil me arrancó una risa que apenas pude contener.
Fue como cuando recién empezaba a hablar ucraniano, y las palabras tozudas y rebuscadas me adormecían la lengua y se negaban a salir. Sellé los labios, pero volví a Fred sin ser capaz de deshacerme del eco retumbante en la base de mi garganta.
Fred parecía creer que el mérito había sido suyo, sin notar en absoluto los juegos de cejas que Aaron hacía a su espalda. Me temblaron todavía más las mejillas, en un esfuerzo un tanto patético por recobrar la compostura.
–No –dijo el pelinegro con una suficiencia que nunca antes había demostrado–, pasa que ya me sé tú orden.
Sin duda alguna, me gustaba mucho más el Fred silencioso.
–Entonces –respondí, con la ciceante lentitud que emplearía para hablar con un idiota–, no sé por qué no me lo traes.
Fred, que se había acomodado con un brazo sobre la mesa, inclinándose hacia mí, se tensó como un arco, claramente avergonzado. Y vaya que debería estarlo. Para empezar, hacía tres años que no venía aquí por él y, segundo, estaba aquí con una cit… Me corté. Corté el pensamiento con la misma brutalidad que se requeriría para frenar a un tren a mil kilómetros por hora. Con un amigo. Estaba con un amigo. Ni siquiera eso. Aaron era un chico agradable con el que tomaba un batido.
Como si hubiera entendido lo completamente harta que estaba de la situación, Aaron se metió, acaparando a Fred.
–Yo te pido un jugo de naranja, por favor.
Claro, pensé con burla, él pide por favor. Que bueno que yo tenía acero para cortar por ambos.
–Estaría genial que llegaran hoy –señalé, con una sonrisita irónica.
Fred pareció entender, al fin, que no tenía cabidas en ese cubículo y se fue con el rostro enrojecido.
–Vaya –comentó Aaron–, eso fue...
Le lancé una mirada que lo hizo reír. Quise unirme a él. Quise pegarle. Quise decirle que era un idiota. Quise que su jugo llegara solo para tirárselo por la cabeza.
–Ni se te ocurra. Vamos a pretender que eso no pasó.
Él inhaló entre dientes y frunció los labios, medio haciéndose el duro, medio conteniendo la carcajada que le sacudía el pecho.
–Dudo poder olvidarlo, después de todo, fue el motivo por el cual gané.
–No has ganado absolutamente nada –aclaré tan calmadamente como pude–. Eso no fue una risa.
–Creo que no ríes lo suficiente como para saber qué es y qué no es una risa, Aspen.
Pretendí no notar sus labios envolviendo mi nombre. Estaba indignada.
–Claro que me rio. Solo que eso no fue una risa. –Él alzó una ceja–. Bueno, no fue una risa dentro de los términos del trato –corregí a regañadientes. Tenía que ser a todo pulmón. No lo fue. De hecho, la contuve bastante bien.
Alzó las manos, derrotado, pero aún destellante.
–Mientras tu novio no nos deleite con otra demostración de su hombría...
Lo miré asqueada. Después de la escenita aquella, lo último que quería era imaginarme con Fred.
–No tengo novio.
En cuanto lo dije, supe que había caído en su trampa, porque Aaron se dejó caer hacia adelante con los antebrazos sobre la mesa y aires de ganador. De nuevo le atravesó el rostro esa indefinible lucidez.
–Qué bueno saberlo.

En algún momento, Aaron consiguió desplazarse por los asientos y llegar a mi lado. Y en este mismísimo momento, tenía una de mis manos entre las suyas, y analizaba mis dedos como si fueran lombrices extraterrestres.
–¿No te molestan?
Alcé las cejas, procurando ignorar la lacerante presión que envolvía el órgano palpitoso entre mis costillas y sus gritos pidiendo que me alejara.
No lo hice.
–Son solo anillos –obvié.
–Pero... –sus ojos encontraron los míos– son muchísimos...
–¿No te gustan?
Se encogió de hombros.
–Te quedan lindos.
Me sonrojé de forma violenta, pensando que era lo más estúpido que había escuchado –eran solo anillos, a nadie le "quedan lindos"– y deseando no haberme terminado el batido para poder darle un buen sorbo. Mi mano no dejó las suyas. Sus dedos –noté que tenían un leve dejo rosado de pintura mal enjuagada–, hacían girar los aros plateados para observar sus intrincados diseños. Siempre me habían gustado los anillos. Hasta ahora, nadie había hecho mucho reparo en ellos.
Habíamos hablado más tiempo del que creía que se podía hablar con un chico sin sentirse morir del aburrimiento. No sin vergüenza, me admitía a mí misma que Aaron había conseguido arrancarme un par de sonidos sofocados y un tanto similares a risas, pero no se lo admitiría nunca a él, que sonreía como si el sol viviera en sus ojos después de cada una de ellas.
–Tienes dedos esqueléticos –comentó y, sin darme tiempo a responder, sacó el anillo del ruiseñor y se lo puso en el meñique. Tuvo que pelearse para hacerlo pasar. Y eso que yo lo usaba en el pulgar.
Sonreí, pero enseguida me corregí. Echándole una mirada de reproche.
–¿Disculpa?
Él me ignoró, estirando la mano entre nosotros, como para que lo admiráramos. En sus manos, masculinas y anchas, resultaba ridículo.
–Me queda fantástico.
Cuando giró, para ver mi reacción (una mueca que lo decía todo), su rodilla chocó con mi muslo y di un respingo. Varios centímetros separaban nuestros hombros, pero me hubiera gustado que fueran más, especialmente porque más todavía me hubiera gustado que fueran menos.
No tenía sentido. Nada tenía sentido estando con Aaron. Era un enigma deslumbrante y confuso. Porque con él todo era inesperado y fácil. Ese vértigo abrumador me agarraba por las entrañas: como cuando montas una bicicleta después de muchos años y sabes que no vas a caer, pero el miedo no se va. Esa duda constante, como una piedrita en tu estómago que pregunta “pero ¿y si...?”.
Pero ¿y si me río? Pero ¿y si dejo de pensar? Pero ¿y si le digo que tiene la sonrisa más linda que vi en mi vida? Se me acumulaban las preguntas en la garganta, pero no las pronunciaba. Morían rápidamente, a sabiendas de que, si cometía uno solo de esos errores, no habría vuelta atrás.
–Te queda ridículo. –Pero en lugar de sacárselo, tomé de mi propia mano otro, hecho con tiras finísimas de plata, y, envolviendo su manaza en la mía, lo pasé por su meñique izquierdo. Me recorrió un escalofrío de advertencia cuando mi cuerpo quedó a escasos centímetros del suyo y retrocedí enseguida–. Ese está mejor.
–Va, me lo quedo.
Arqueé las cejas.
–¿A sí? ¿Y con permiso de quién?
–Bueno, bueno, al menos hasta que nos vayamos. Me gusta sentirme bello. –Hizo el gesto menos masculino posible, pasándose una mano por el pelo como una princesa, pero era difícil ignorar la forma en la que se le tensaron los brazos al hacerlo, en especial ahora que solo llevaba puesta una ridícula camiseta de Los Muppets.
–Bueno, solo porque me gusta verte hacer el ridículo.
No era del todo mentira, pensé. Es que éramos un tanto extraños. Aaron con su ropa desgastada y yo con la mía, impecablemente planchada. Debíamos parecer polos opuestos, él tan relajado y feliz, yo tan tensa y preocupada. Cualquiera que nos viera pensaría que yo tenía un palo metido en lugares en los que no iban palos.
Pero era que Aaron era preocupantemente sencillo. Yo sabía que las cosas sencillas no duraban. Pero fiel a mi papel de idiota, no podía evitarlo: le sonreí.
Él me devolvió el gesto, y luego desvió la mirada sobre mi hombro, carcajeándose.
–Creo que tu no-novio está aburrido –comentó.
De reojo, pude ver a Fred mirándonos con el rostro ilegible, como si no pudiera creer que hubiera querido flirtear conmigo.
–Ugh, ya déjalo –me quejé, borrando toda simpatía con una mueca de desagrado que pareció divertirle todavía más.
–No, no, ¿Qué va? Mejor démosle algo que hacer.
No entendí lo que se traía entre manos hasta que fue muy tarde y tenía la mano en alto, como si saludara a un viejo amigo.
–¡Eh, Fred! –soltó. Se inclinó hacia adelante al hacerlo y yo casi me atraganto con su perfume–. ¿Dos batidos más, por favor?
Con los ojos como platos, no me atreví a voltear hacia Fred. Tenía los ojos fijos en Aaron, que se ahogaba en un patético intento por contener la risa.
–¡Mírate no más! –se mofó, dándome un codazo–. Que no te de vergüenza. Solo quería que dejase de mirar –aceptó en cuanto se calmó un poco y yo enterraba el rostro entre las manos–. Ya se estaba volviendo algo perturbador.
Lo que él no sabía era que lo último que sentía era vergüenza. Aaron era un descarado y yo estaba por entrar a reírme como una loca con él. Una sonrisa gigante como nunca la había sentido me surcaba las mejillas y los hombros me temblaban mientras ahogaba contra mis palmas el desconocido sonido de mi propia risa. Así que esconderme, como parecía serlo siempre, había sido mi única salvación.
Lo mataría. Lo mataría por hacerme creer que podía ser feliz.
Fred apareció y se llevó nuestros vasos vacíos. Aaron le pidió un par de las donas que estaban en los descuentos de la vidriera. Cuando le pregunté, se encogió de hombros y me contestó que la clave estaba en los detalles. Pensar que me había visto babear por esas donas me hizo querer enterrarme viva.
Cuando llegaron, me dediqué a saborearlas como si fueran un pedacito de cielo. Estaban increíbles y casi me deshago de amor comiéndolas. Aaron se mantuvo en un silencio gatuno desde que llegaron. Lo ignoré. Cuando no hablaba y tenía algo con lo que distraer mis ojos de los suyos, era mucho más fácil no ceder.
–Me dijiste que eras una persona terrible –me dijo de la nada, como si hubiera estado toda la vida conteniendo ese pensamiento y ya no pudiera hacerlo un segundo más.
De sopetón, el aire se convirtió en papel. Yo no sabía respirar papel. El recuerdo de ese primer día en el parque, cuando le abrí mi corazón con los ojos enrojecidos, pensando que en mi vida lo volvería a ver, me bajó por la garganta como una lija.
Él se había ladeado y me miraba fijamente. Lo había estado haciendo por un buen par de minutos, mientras yo me hacía la desentendida.
Le di un sorbo a mi bebida, intentando aparentar una tranquilidad que no estaba ni cerca de sentir.
–¿Y? –Tenía el corazón en la boca, palpitando agitadamente y temía que, de decir algo más, fuera a caérseme y a quedar latiendo, expuesto como un mórbido centro de mesa.
–Yo creo que una mala persona nunca hubiera hecho lo que hiciste.
–¿Pisar el acelerador antes de que pudieras invitarme a salir?
–Espera, ¿sabías que iba a invitarte a salir?
Puede ser. Sí. No. No sé. Me atraganté con las respuestas. Tomé el batido y dejé que me helara las manos, envolviendo el sorbete con mis labios y dándole tiempo a mi cerebro para controlar el bullicio de mis sentimientos.
–No es el punto. –Palabras tan secas que podrían hacer a cualquiera creer que el desierto del Sahara era un paraíso tropical–. Además, ya te dije: esto es una salida de amigos. –Él sonrió, a pesar de mi clara negativa. Me detesté por la forma en la que apuré las palabras; nunca había sonado menos convincente.
Podría haber dejado pasar mi desliz, pero no me sorprendió que no lo hiciera: su actividad favorita parecía ser descolocarme, y era más que excelente en ello.
–Ya olvidé el punto.
–Recuérdalo.
–Ah, ¡eso! –Lanzó una carcajada, pero luego se puso serio. O todo lo serio que podía ponerse; una única vez lo había visto sin sonreír. Me pregunté si le dolería la cara–. No eres una persona terrible, aunque tenías razón con lo de ser amargada.
Esta vez, me tocó a mí sonreír, pero nunca estuve tan en desacuerdo con algo como con su declaración. Me intrigaba. Odiaba admitir lo mucho que me intrigaba su sonrisa.
–¿Por qué? –No lo miré hasta pasado un largo segundo, esperando que yo hubiera sido la única en notar cómo se me había partido la voz; en miles de susurros esperanzados, en miles de plegarias para que, de una buena vez, me dejara en paz.
Destelló en sus ojos ese brillo relajado, pero una vez más vi en ellos el vestigio sombrío de una tristeza que parecía no tener fondo. Como si lo hubiera imaginado, las esquinas de sus labios se curvaron y su luz iluminó nuestro cubículo.
–Todo lo que hiciste. –Sabía perfectamente lo que abarcaba ese "todo", y eso solo me hizo sentir más culpable–. Eso es algo que ninguna mala persona hubiera hecho.
Y así fue como finalmente me reí. De verdad. Sin importarme perder la apuesta. Me reí porque él parecía tan convencido que cualquiera le hubiera creído. Me reí porque de todas formas ya había perdido y, sobre todo, porque nunca había tenido tantas ganas de llorar.
Si tan solo supiera de Avery, si tan solo supiera de mamá y papá. Si tan solo supiera algo –o más bien todo– de mí, hubiera huido. Pero con Aaron, yo era una Aspen que nunca antes había sido. Era la que ayudaba a su hermano a llegar sano y salvo a casa, la que aparentemente se llevaba bien con gatos y no podía evitar sonreír, la que perdía el control de sus sentimientos y quería acercarse hasta quedar a medio centímetro de sus ojos, solo para contar las motas verdosas que se intercalaban con el marrón avellana.
Mientras me reía, me perdí completamente, y no había certezas de que fuera a volver a encontrarme.


Me dejé caer sobre el colchón y grité, aferrando aún el celular, con la pantalla desbloqueada y brillante. No me molesté en prender la luz, no me molesté en sacarme las botas o descolgarme el bolso del hombro. Solo grité contra la almohada, soltando todo eso que había estado reprimiendo sobre ella.
Y lentamente, como una oruga cortando su capullo para resurgir con alas resplandecientes, cambió. Ese grito que me quemó la garganta se entrecortó y, para cuando me di vuelta encarando el techo, me descubrí riendo.
Me reía como si me hubieran contado el mejor chiste de la historia, como si todavía pudiera ver a Aaron haciendo muecas a espaldas de Fred, como si hubiera descubierto un tesoro enterrado y fuera todo para mí. Me reí hasta que me dolió el estómago, con el pelo desparramado sobre las mantas blancas y arrugadas bajo mi peso. Terminé doblada a la mitad, sin tener idea de cuánto tiempo había pasado o de qué me había poseído.
De no haberla cortado yo misma, sospechaba que la risa hubiera seguido eternamente. Histérica, descontrolada, ruidosa, dolorosa inclusive, pero también muchas otras cosas, desconocidas y oscuras, que me reverberaban en la garganta.
Y tampoco duró demasiado la pausa. Solo lo que me llevó recordar el aleteo de los labios de Aaron contra mi mejilla. La forma en la que me hirvió el rostro. Cómo él salió del auto, subió las escaleritas y me saludó desde la puerta con la mano, antes de que se lo tragara la calidez de su hogar. Cómo se carcajeó cuando me reí por cuarta vez y no pude negarle su victoria.
Los abdominales se me resquebrajaron de semejantes sacudidas, los ojos me escocieron y se me secó la boca.
Entonces, y solo entonces, cuando pude respirar sin sonar como si me estuvieran acogotando, volví la vista al destello blanco del celular. Seguían allí. Tres burbujitas. Eran todo lo que había necesitado para subir las escaleras a saltos y derrumbarme en un ataque más epiléptico que de risa.
Número desconocido:
Tengo tu ruiseñor.
Una verdadera pena.
Ahora tendré que verte otra vez para devolvértelo
Y así, tan fácilmente como se nos daba respirar, las cosas empezaron a cambiar.


No había que equivocarse. Mi corazón seguía en su torre. El problema era, que esta era cada vez más pequeña y el suelo se acercaba peligrosamente. Ya podía ver los pequeños monstruos como espesas nubes negras a mi alrededor, acechando, esperando al momento en el que se desmoronara mi preciosa edificación.
Hacía todo lo que podía para mantenerla alta e impoluta, pero había cosas que estaban simplemente fuera de mi alcance. Mi santuario comenzaba a parecerse a una cárcel y yo corría de un lado a otro, poniendo baldes bajo las goteras que se abrían con su sonrisa, y tapando con barro los huecos por los que silbaba el viento con el sonido de su voz.
Aaron era un maldito tornado y yo no tenía sótano en el que esconderme.
Empezamos a vernos. No sabía cómo o cuándo se había vuelto tan rutinario. Había pasado frente a mis propias narices, y para cuando quise volver atrás, un enorme muro me lo impedía. Así que quedé atrapada entre Aaron y la pared.
El anillo de finos hilos de plata había vuelto definitivamente a su lugar en mi pulgar, pero el ruiseñor no había querido. Aaron me dijo que era un pájaro inquieto y que le gustaba viajar entre nosotros. Yo le dije que él no sabía un pepino de pájaros. Aun así, el anillito con el animal tallado empezó a pasarse entre nosotros. En algún momento entre charlas y disparates, él me pasaba el anillo o yo se lo pasaba a él y la siguiente vez que nos viéramos, sabía que pasaría a la mano del otro. Había sucedido suficientes veces como para que se volviera una costumbre.
Ir al cine, a la playa, caminar sin rumbo, tomar batidos y más batidos (aunque nunca eran suficientes), pasear a Kai, un par de almuerzos, incluso acompañarlo hasta el trabajo alguna que otra vez.
Absolutamente todo, ya lo habíamos hecho. Y lo volvíamos a hacer. Y nunca era igual a la primera vez. Pero siempre era atemorizante, cruel, lleno de luz y conversaciones absurdas; mejor. Claro, ya no tenía sentido negarse –lo había entendido tras la tercera vez, en el cine, cuando se pasó toda la película pegando chillidos dignos de una niñita–: reír con Aaron, comenzaba a volverse natural.
Había pocas cosas que estaban fuera de la mesa; pues hablábamos desde nuestros profesores de colegio hasta de los colores de la colección de sombreros de la reina de Inglaterra (sorprendentemente, esa fue una discusión de más de veinte minutos), pero esas pocas cosas, estaban estrictamente prohibidas.
Mi familia y mis amigos eran dos de esos temas que simplemente no podía develarle a Aaron, que con tanta facilidad compartía las pavadas de Cameron, su mejor amigo, las barbacoas que hacía su abuelo los domingos o las anécdotas que él y Christof habían construido de pequeños. Sabía que no era correcto ni justo, pero cada vez que él mencionaba una de estas, una oleada de celos me ardía en el cuerpo: la conciencia de que él había tenido todo lo que yo nunca podría tener. No duraba mucho; era un momento de agudo escozor, que se desvanecía en el momento en el que encontraba sus ojos.
Aaron, por el otro lado, parecía no tener límites en cuanto a su mundo. Lo ponía todo en una bandeja, como si fuera mío y pudiera curiosear a gusto. Me convencí, más segura que nunca, de que la tristeza que había visto apagarle la mirada en escasas ocasiones había sido poco más que el reflejo lastimero de mis propios sentimientos. No veía el fallo. Aaron parecía tener una vida plena, aunque muy atareada.
Más de una vez me sonrojé cuando me dijo (como si nada, con el casual tono con el que se pregunta por el clima) que había cancelado otros planes tras un llamado mío. Era de lo más difícil contener lo que fuere que rebotaba en mi estómago ante ese tipo de comentarios, más todavía a sabiendas de lo obvio que era para él mi rubor y que era lo suficientemente educado para pretender no verlo.
Descubrí más cosas sobre él en ese tiempo de las que sabía en total de mis cuatro amigas juntas. Sabía que su familia tenía una importante firma de abogacía, que trabajaba solo los jueves en el refugio (aunque varias veces se ofrecía para algún que otro turno extra haciendo inventario), que tenía un grupo de amigos demasiado numeroso como para que yo pudiera recordar todos sus nombres y que solían andar en skate en "la rampa", que su comida favorita era la tarta de arvejas pero solo si se la cocinaba su abuela, que había nacido tres minutos después de Christof, que cuando su hermano repitió curso, él repitió también para no dejarlo solo, y que en su tiempo libre pintaba.
No, no solo pintaba. Aaron pintaba. Paisajes; luminosos, oscuros, ciudades, bosques, mundos de castillos y grandeza, pequeñas villas abandonadas, rascacielos coronados por nubes, cualquier lugar que mi imaginación pudiera tocar, y todos los otros que se me escurrían de las manos. Cada uno de ellos estaba atrapado en su pequeña libreta. La llevaba a todos lados consigo, dentro del bolsillo interno de su gastada campera de jean, y muchas veces nos sentábamos en algún parque y simplemente sacaba un lápiz y se ponía a garabatear. Yo nunca le preguntaba qué hacía, con miedo a que me negara la entrada a sus pequeños mundos, pero casi siempre me mostraba el resultado. En esas líneas de carbonilla se me iba el aliento, y sabía que era capaz de mucho más. Siempre andaba manchado de pintura, y me confesó que los acrílicos eran el amor de su vida, pero nunca vi lo que hacía con ellos.
–¿Nunca te cansas? –le pregunté una vez. Frente a nosotros estaba el mar, y el murmullo de las olas era una caricia sobre la piel. A lo lejos, luminoso y casi tan colorido como las zapatillas de Aaron, se alzaban el muelle y el parque de diversiones.
Aaron me miró extrañado, sacando los ojos de la libreta. Antes de que yo hablara habíamos estado unos buenos veinte minutos en silencio.
–¿De qué cosa? –preguntó, con su cabeza ladeada y los rizos alborotados por el viento. Saqué los pies descalzos de la manta en la que estábamos y los enterré en la arena hirviendo mientras me abrazaba las rodillas, buscando cualquier sensación que me distrajera del estrujón que me había parado el corazón. Me encogí de hombros.
–De dibujar paisajes. Solo hay un mar, solo hay unas montañas y solo hay unas ciudades y unos castillos. ¿No te abruma la idea de que en algún momento ya no tengas nada nuevo?
Seguía sorprendiéndome el sonido de su risa. No fue escandalosa, pero me curvó las comisuras de los labios y me obligó a mirarlo de reojo. Cuando se reía así, Aaron era más Aaron que nunca.
Su cuerpo, en la punta opuesta de la enorme manta, me encaraba, cruzado de piernas como un indiecito. Entre nosotros estaban los restos de unos sándwiches y latas de gaseosa.
Para ser invierno, estaba sorprendentemente cálido, y se había sacado la chaqueta, mostrando la misma sudadera arañada de pintura que le había visto en nuestro primer encuentro. La bufanda bordó le aleteaba alrededor del cuello.
–No hay un límite a lo que se pueda dibujar, bobita. –Rodé los ojos ante el apodo, pero no lo interrumpí–. Las montañas pueden ser diferentes en la realidad que en una hoja, y pueden cambiar con la puesta de sol o con el soplar del viento así como con el paso de las estaciones. El océano –lo señaló con el lápiz y yo lo miré. El sol ardía alto sobre nosotros y lo salpicaba de plata–, podría ser siempre igual. Pero si tú y yo estamos aquí, es completamente diferente.
Seguí abstraída, tratando de entender lo que decía, consumida por la inmensidad del océano. A mis ojos, siempre había sido y sería igual. Amplio, agitado, helado.
–¿Por qué? –le pregunté al fin–. Nosotros no podemos cambiar el mar.
–Pero vamos a cambiarlo en mi hoja. –Escuché su lápiz golpear perezosamente el cuaderno, como para enfatizar.
–Eso no tiene sentido.
–Claro que sí. –Cuando volví a él, empezando a frustrarme por sus disparates, descubrí que sus ojos ya estaban sobre mí; refulgieron y yo olvidé completamente lo que iba a decir–. Cuando dibujo, no quiero calcar lo que ven los ojos. Eso puede hacerlo cualquiera. Cuando estamos aquí. El océano se siente diferente. –Me sonrió, y de estar parada se me hubieran aflojado las rodillas–. Eso es lo que quiero poner en el papel.
Aparté la mirada, sin tener ni la más pálida idea de qué interpretar de aquello. Podría haberle preguntado qué podía nuestra presencia hacer para que un acuífero se sintiera diferente, o podría haber hecho un comentario sarcástico sobre lo sensiblero que era. Podría haber hecho muchísimas cosas, pero opté por el silencio.
Ese día, su boceto llevó más tiempo que nunca y el resultado no se reveló ante mí.

Lo peor de todo, era que con Aaron nunca cesaban las sorpresas. Cada encuentro era como si me metiera una batidora en el cuerpo y me revolviera todos los órganos; los dejaba en cualquier parte, y últimamente, se le daba por gusto hacerme perder la cabeza y responder al corazón.
No, me retracto. Lo único peor que las sorpresas, eran las despedidas. Porque sabía que en cuanto se fuera, con una caricia de sus labios que dejaría una huella tórrida en mi mejilla, los cimientos de mi torre sufrirían el impacto de la realidad.
Y la ira me golpearía con la fuerza de mil balas. Una ira que seguía dirigida a mí, en parte por seguir acercándome más y más al dueño de los ojos avellanas, pero en especial, por seguir callada.
Día tras día escuchaba el repiqueteo de los tacones de mamá llegando a casa, su voz atendiendo algún llamado, su estridente chillido cortando el aire, aunque parecía ser para ella el equivalente a una risa. Escuchaba el constante campaneo de los mensajes entrantes y me preguntaba si sería Max, o si había vuelto a cumplir la regla de no contactarla mientras ella estuviera por casa.
Qué mujer tan precavida, pensaba rodando los ojos.
También llegaba papá, con su recordatorio clásico y su falta de tacto, cada vez más tarde. La última vez, había irrumpido en mi habitación a las tres de la mañana, y me pareció que era un poco muy tarde para cenar. También me pareció que parecía un cadáver andante. Pero sobre todo aquello, me pareció injusto que mamá se pavoneara, espléndida y sin un ápice de culpa, mientras él, inocente en su ignorancia, se caía a pedazos.
Y yo seguía callada. Observándolos, observándolo todo y sin tener las agallas de hacer algo al respecto. ¿Por qué había tenido que levantar ese teléfono? Sería todo tanto más fácil de no haberlo hecho... No habría ningún Aaron escalando mi torre, ni tendría la tentación de ayudarlo a subir con tal de tener mi pequeño rayito de paz. Pero lo hecho, hecho estaba, y ahora podía entender por qué la curiosidad había matado al gato.
Sin embargo, era viernes, y como todo buen viernes, era el día después del jueves, lo que significaba que papá estaba en la oficina desde temprano y mamá, en cambio, estaba en casa. Más específicamente, en la cama. Sí, a las dos de la tarde mamá seguía en la cama. Me trepaba un ácido por la garganta de solo pensar en qué había consistido su noche anterior. Nadie podía negar mis buenos motivos para desconfiar de que sus "jueves con los de finanzas", fueran simplemente "jueves con los de finanzas". O tal vez Max era de finanzas también, aunque eso solo lo convertiría en "jueves con el de finanzas". Si seguía pensando así, terminaría yendo a buscar un balde enorme.
El punto era que ese viernes hablaría, después de escuchar a papá la noche anterior, no podía seguir guardándome todo. Necesitaba encarar a mamá, y ella a papá.
Había sido accidental. El cuarto que papá usaba como oficina estaba en la punta opuesta del largo pasillo que llevaba a mi habitación y en general nada de lo que dijera llegaba hasta mis oídos. Pero era la una de la madrugada y el hambre atacó.
Mientras me arrastraba a la cocina, lo escuché caminar del otro lado de la puerta carrada, sus pasos ansiosos yendo de un lado a otro. Podía imaginarlo; como un león enjaulado, pasándose una mano por el pelo incesantemente, la otra sosteniendo el celular.
–Algo está mal, Pat –le comentaba a su mano derecha desde el otro lado de la línea–. Los números, no cierran. Hazme un favor y habla con finanzas. –Silencio fúnebre–. Claro que podría hablarle yo a Kelly –se me retorció el corazón al notar el excelente mentiroso que era mi padre–, pero estoy ocupado. Claro, claro. No hace falta que sea hoy, es tarde. Pero no olvides hacerlo mañana. Es importante.
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