Kitabı oku: «Nate»

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Nate
la manada de los Angeles Guardianes Volumen 3
Virginie T.

Ashley se une a la manada Ángeles Guardianes con su hermana Sam como quería, pero todos son conscientes de que a esta última le costará integrarse. El pasado de Sam está más presente que nunca y el peligro acecha en el propio seno de la manada. ¿Logrará la joven fatel vivir en paz con los metamorfos, hasta el punto de aceptar vincularse a uno de ellos, o deberá Nate renunciar a su alma gemela por el bien de todos?

Nate
La manada de los Ángeles Guardianes
Volumen III
Virginie T.

Traducido por Angeline Valenzuela Aycart

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2020. Todos los derechos reservados

La manada Ángeles Guardianes: Nate Virginie T.

Prólogo

—No lloréis, pequeñas. Quedaos conmigo. Todo irá bien.

—Mamá, no me sueltes.

—Nunca, Sam. Siempre estaré contigo.

El hombre que los empuja hacia adelante ríe. Sabe que la madre está mintiendo sin saberlo. Nunca permiten que las familias permanezcan juntas. Es mucho más fácil manipular y someter a los padres cuando ignoran lo que sufren sus hijos. Cabría pensar que los metamorfos son sádicos, pero nada más lejos de la realidad. Después de todo, son los amos del mundo, o al menos lo serán pronto. Los fateles son solo el medio para lograr su fin, una raza inferior sin utilidad alguna, aparte de la de servirles hasta su muerte, que podría llegarles muy pronto si no obedecen. Está tan impaciente, al igual que el resto de los miembros del clan, por clavar sus dientes en esa carne fresca para deleitarse con la cálida sangre de los fateles y sentir cómo le invade la fuerza, que ya está gruñendo. Quizás empiece por la fatel que agarra a sus hijas con tanta desesperación que estará dispuesta a todo con tal de protegerlas. La pequeña no debe tener más de cinco años. Sus poderes son embrionarios, servirse de ella será coser y cantar. Incluso puede que la convierta en su compañera más adelante, cuando tenga edad para ello y esté totalmente subyugada al clan. Ha escuchado decir que ciertas manadas mantienen a los niños con vida para adherirlos a la causa. Es un beta valeroso y fiel. Si le pide ese favor a su alfa, seguro que se lo concede.

Hace ya varios meses que capturamos al pequeño grupo de fateles y la niña no ha parado de lloriquear desde que llegó. Es insoportable. El alfa ordenó encadenar a ambas hermanas al fondo de la sala principal, donde las exhibe como si de dos trofeos se tratase, símbolos de su poder, pero la pequeña hace tanto ruido como silencio guarda la mayor, de diez años de edad. Los constantes llantos y quejas han convertido nuestro oído superdotado en un verdadero inconveniente. Tras recibir una visita sorpresa de una manada de leopardos, el alfa ha decidido llevar a la niña con su madre para hacerla callar y de paso lanzar una advertencia a la madre, que últimamente tiene tendencia a rebelarse, un problema que el castigo a su marido no ha logrado resolver. Dejamos al tipo ensangrentado de pies a cabeza junto a su mujer, que trata inútilmente de sanarlo. Cuando cayó al suelo indefenso, los metamorfos se dieron un festín a su costa. Perdió mucha sangre, pero es igual, otro fatel ocupará su lugar. Es cierto que cada vez cuesta más encontrarlos. Están, como quien dice, en vías de extinción. Una pena, el clan le ha cogido el gusto a su sangre. Se ha convertido en una droga para la manada, incluso ciertos miembros se muestran irascibles si no reciben su dosis diaria.

La madre se ha puesto histérica cuando le hemos llevado a su hija. Joder, solo tiene unos pocos moretones. No se va a morir por unas cuantas bofetadas. Sin embargo, al borde de las lágrimas ante el rostro entumecido de su hija, ha querido tentar a la suerte tratando de reunir las pocas fuerzas que le quedaban para invocar su magia. Craso error. El último de su vida. El beta se ha dado cuenta inmediatamente, pues los metamorfos tienen un sexto sentido. Huelen la magia que corre por las venas de los fateles y el olor se intensifica cuando estos emplean su don. Así que se ha dado el gusto de torturar a la mujer ante la mirada de su hija y, tras haberla matado, la ha dejado caer pesadamente al suelo junto a su marido, también muerto. Después ha pensado que sería divertido dejar a la niña con los cadáveres de sus padres, lanzándole una advertencia: si no se porta bien, correrá la misma suerte que ellos. En cambio, su sino podría ser mucho peor. Está destinada a ser una marioneta. Cuando al fin comprenda que solo vive para servirles, el beta la reivindicará por la fuerza y se convertirá en su compañero legítimo. No es su alma gemela, pero eso no tiene importancia. No es cuestión de amor, sino de control. Espera haberla sometido para cuando llegue el momento de ocupar el lugar de su alfa, envejecido y cada vez más negligente. Con una fatel a su lado, será invencible.

Capítulo 1
Sam

Ha habido mucho trajín estos últimos días, como si la manada estuviera en ebullición, y he divisado caras desconocidas por la ventana, pero a fin de cuentas, no estoy al corriente de nada. Peter siempre dice que formo parte de la manada, pero en la práctica no es verdad. Me tienen miedo, del mismo modo que yo se lo tengo a ellos. Y tienen motivos razonables para temerme, así como los tengo yo. No a este clan en concreto, sino a los metamorfos en general. Digan lo que digan, no es un pueblo del que pueda fiarme, y lo he aprendido a base de palos. Resulta difícil establecer lazos así. Peter, mi padre adoptivo, ha tratado por todos los medios de hacerme sentir cómoda y de que confíe en los Treat, pero aún no he sido capaz. Sé que no tengo nada que temer ni con el alfa ni con Greg. Vete tú a saber por qué, nunca he tenido miedo de este último y él nunca ha desconfiado de mí. Puede que se deba al hecho de que era solo un niño cuando nos conocimos y a que su instinto de supervivencia es, por decirlo de alguna manera, nulo. Cierro los ojos con todas mis fuerzas para borrar las imágenes que atraviesan mi mente. Sangre, gritos, llantos e impotencia. Soy inútil y peligrosa, y siento a Ashley cada vez más distante. Quiere hacer su vida y en ella no hay cabida para mí. En realidad, nunca la ha habido. Y lo entiendo. Podría ocultar mis orígenes fateles, pero ¿de qué sirve si no soporto que se me acerquen? Mi hermana mayor, tan guapa y sociable, abandonó el territorio de la manada para vivir entre humanos y desempeñar una profesión. Yo no puedo hacer eso. Soy demasiado desconfiada e inestable. Ella no ha vivido lo mismo que yo. El tratamiento de Peter me ayuda a regular mis poderes, pero no obra milagros. Mi don forma parte de mí, no puede desaparecer y tampoco quiero que lo haga. Es mi medio de defensa contra el mundo exterior. Soy consciente de que soy un peligro público, motivo por el que mi casa está ubicada en la linde del territorio, lejos del resto de las viviendas del clan. Solo mi hermana quiso quedarse cerca de mí, pero el aislamiento no tardó en hacer mella. Y el idiota de Nathan no ayudó precisamente a convencerla de que se quedara cuando decidió mudarse fuera del territorio. No lo soporto. No me gusta la manera en que mira a Ashley, con esa mezcla de concupiscencia y fulgor malicioso en sus ojos. Si sigue vivo, es solo porque le prometí a mi hermana que nunca mataría a un Treat y porque siempre mantengo mis promesas. Bueno, las que le hago a ella. Sin embargo, eso no me impide divertirme un poco a costa de todo miembro que me importune. Tendré que matar el tiempo de alguna manera.

—Sam. ¿Dónde estás?

He ahí la persona que siempre me hace sonreír. Por desgracia, ya sé lo que viene a anunciar. Vuelve a irse, como de costumbre. Dijo que debía ir a ver a su mejor amiga y me sorprende que se haya quedado en el territorio más tiempo de lo previsto. Parece que ha llegado el momento de decir adiós.

—¡Sam! ¿Por qué no contestas?

Mi hermana está resplandeciente. Es una mujer espectacular. Alta, rubia, con los ojos verdes y la piel de porcelana. Ojalá me pareciese más a ella. Pero hoy luce aún más deslumbrante. Tiene algo diferente en la mirada que no logro discernir. No poseo su don, no leo la mente como ella. A veces pienso que sería mejor que ella tuviera mis poderes y yo los suyos. Ashley sabe controlarse mucho mejor que yo.

—¿Absorta en tus pensamientos, hermanita?

Tengo treinta años y me mima como si fuera una niña pequeña. Y la verdad es que en muchos aspectos, lo soy. Como cualquier niña, necesito un abrazo para apaciguar mi corazón atormentado. Se sobresalta ante mi abrazo. Es evidente que la he sorprendido. Lo cierto es que me he levantado de un salto para estrecharla entre mis brazos sin pronunciar una sola palabra.

—¿Va todo bien, Sam?

—Sí, es solo que necesitaba un abrazo.

—¿Estás segura?

Detesto que se preocupe por mí. No debería. No es su papel. Es mi hermana, no mi madre, y ya es hora de que le permita recuperar su lugar. Sin embargo, no logro hacerlo y me siento mal por ello. De todos modos, no puedo ocultarle nada. Bueno, casi nada. Me permite tener mi intimidad, nunca se inmiscuye voluntariamente en mi mente, pero soy tan inestable que, en ocasiones, capta mi humor involuntariamente. Me lo dijo cuando éramos pequeñas. Pero a pesar de todos mis esfuerzos, nunca he conseguido esconder mis sentimientos tras un muro. Me mira preocupada. Estoy convencida de que ha sentido mi tristeza. No ha sido un buen día. No obstante, actúa como si no pasara nada y yo se lo agradezco.

—Quiero presentarte a alguien.

Ha conocido a alguien. Por eso está tan radiante, está enamorada. Sin conocerlo, ya odio al hombre irremediablemente se llevará a mi hermana. Sabía que este día llegaría, pero no estoy preparada. Un temporal de cólera y desesperanza causa estragos en mi interior. Ante todo, me entristece perderla, porque no me cabe duda de que ese hombre no aceptará tener a una cuñada loca en su vida, en sus vidas. Una lágrima resbala por la mejilla de Ashley. Lo lamento. Sé que yo soy la razón. Se limpia la mejilla y me estrecha aún más.

—No pasa nada, Sam. Es Sevana. Ya te he hablado de ella.

No lo entiendo. Creía que su amiga estaba lejos de aquí. Asiento con la cabeza, con la nariz enterrada en su cuello abrigado con un fular de seda.

—¿Te parece bien que pase?

Ante mi expresión desconfiada, me tranquiliza, como siempre.

—No te hará daño, te lo prometo.

Me encojo de hombros. Evidentemente, no tendría nada que hacer contra mí. Nadie puede conmigo. Eso también lo he aprendido a base de palos, concretamente un dardo anestésico que me clavaron en la nalga. Pero no es momento de pensar en eso. Una chica acaba de entrar en mi casa. No soy metamorfa, pero sí territorial, y me cuesta aceptar su presencia en mi hogar. Su sonrisa afable me ayuda a relajarme un poco, así como la presencia de Ashley, que me sostiene la mano en señal de apoyo.

—Hola, Sam, mi nombre es Sevana. He oído hablar mucho de ti.

—Yo también.

No miento. Ashley se deshace en alabanzas hacia su persona y no entiendo el porqué. Sevana es una chica bajita y menuda con el pelo negro y cara de inocente. Una pequeña humana como cualquier otra de las miles que debe haber en el mundo, supongo.

—No te sorprendas tanto, Sam. Te aseguro que es excepcional.

—Sin ánimo de ofender, es una chica normal y corriente.

¿De qué se ríen?

«No soy tan normal como parece». Mis ojos pasan de Ashley a su amiga y mi mirada atónita hace que su risa se intensifique.

—Ash, eres tú quien…

—Sabes bien que no.

Cierto. La presencia que he sentido en mi cabeza era menos intrusiva y no tenía la voz de mi hermana. Se ha quedado en la superficie y se ha limitado a comunicarse sin llegar a entrar.

—¡Es telépata!

Menuda sorpresa. Pensaba que nunca volvería a ver a otro fatel. Creía que mi hermana y yo éramos las últimas de nuestro pueblo y que se extinguiría con nosotras.

—Sí, soy una fatel, como tú. Soy profetisa. Bueno, entre otras cosas.

Ashley la mira negando con la cabeza. No lo entiendo. Se sigue una conversación en silencio. La magia crepita en el aire como una bruma intangible e invisible. Siempre he tenido un sexto sentido para percibirla. Otra de mis rarezas. Quizás sea porque siempre estoy en guardia, a la espera de un riesgo inminente, y porque el poder de los fateles puede ser extremadamente peligroso. No soporto que me mantengan al margen en mi propia casa.

—¿Puedo saber qué ocurre?

Es evidente que Sevana quiere informarme de algo y mi hermana se opone.

—Ashley, puedes contarme lo que sea. Soy fuerte.

Frunce el ceño. No me cree, como tampoco lo hago yo, pero quiero saber qué es lo que ocurre desde hace varios días y esta fatel tiene la respuesta, de eso estoy segura.

—Confías en mí, ¿no?

Evidentemente. Es mi hermana. La única persona que no me traicionará jamás.

—Siempre.

—Prométeme que vas a escucharme hasta el final sin asustarte.

No me gusta el cariz que está tomando esta conversación, pero confío en el criterio de mi hermana. Además, escuchar no me compromete a nada.

—Te prometo que te voy a escuchar.

Ashley se muestra indecisa, pero su amiga toma la decisión unilateralmente y suelta una bomba que no esperaba.

—Soy la hembra alfa de la manada Ángeles Guardianes.

Mi cuerpo se tensa inmediatamente. Está vinculada a un metamorfo y sé exactamente cómo ha terminado así. Solo tenía cinco años, pero no se me escapaba nada. A mí también deberían haberme vinculado a la fuerza a uno de ellos. Pero ¿qué quiere esta mujer? ¿Ayuda? ¿O piensa traicionarnos y servirnos en bandeja a su clan como si fuéramos animales que llevan al matadero?

—Sam, para.

Ashley me aprieta el hombro, pero solo tengo ojos para Sevana. Me acerco inconscientemente a ella y veo la mordedura en su cuello. Sé lo que significa. Peter me lo explicó hace mucho tiempo para que no me asustara al ver a las parejas de su manada exhibirla con orgullo. ¿Cómo puede alguien estar feliz de que le muerdan? ¿A quién le gusta sufrir?

—¡Sam, basta!

Parpadeo, recuperando aparentemente el control de mis emociones, y me percato de que estoy demasiado cerca de Sevana para mi gusto —podría tocarla extendiendo el brazo— y de que su nariz está sangrando. Debería enfadarme conmigo misma, pero no lo consigo. Tengo demasiados pensamientos sombríos en la cabeza. Amenazas de represalias que una niña nunca debería haber escuchado. Además, Sevana no se molesta y se limpia la nariz con el reverso de la mano sin más.

—Es la primera vez en mi vida que sangro por la nariz. Me gusta vivir nuevas experiencias.

Su comentario me desconcierta por completo, incluso más que su media sonrisa.

—Ahora que me has hecho una demostración de tu poder, me toca mostrarte uno de los míos.

¿Uno de los suyos? No me da tiempo a preguntar a Ashley cuando mi mesa de café se eleva en el aire tambaleándose y dando vueltas. Sevana tiene las manos extendidas, haciéndolas bailar como si de una directora de orquesta se tratase. De pronto se detiene y mi mesa vuelve a su lugar en el suelo, como si nada hubiera pasado.

Debo tener un semblante cómico, porque a pesar de su evidente cansancio, Sevana ríe.

—Ahora que ya tengo toda tu atención, podemos hablar. Pero primero, necesito sentarme y beber algo con mucho azúcar o me desplomaré aquí mismo. Y un pañuelo también.

Mi hermana reacciona mucho más rápido que yo.

—Ven, te prepararé un café con doble ración de nata y azúcar.

Veo a ambas amigas cogerse del brazo y partir en dirección a la cocina, con Sevana parcialmente apoyada en mi hermana para poder caminar, y me quedo plantada en medio del salón, incapaz de reaccionar ante lo que acaba de pasar. Y la verdad es que no sé lo que acaba de pasar. ¿Cómo podría? Era muy pequeña cuando mis padres murieron. No sabía gran cosa sobre los fateles, aparte del hecho de que poseían poderes que se desarrollaban con la edad y la práctica. Debería haber comenzado mi entrenamiento a los seis años, pero no dio tiempo. No pude adquirir los conocimientos que necesitaba y Ashley, solo cinco años mayor que yo, no sabía lo suficiente para ayudarme. La habían enseñado a utilizar su propio poder, pero aún no le habían hablado de otros. Ese tipo de conocimientos se adquirían con doce o trece años, ya que se consideraban secundarios. Los fateles no estaban del todo equivocados, pues ¿de qué le sirve a una persona saber que alguien puede volar si ella misma es incapaz? Por tanto, ignoraba que hubiera fateles con poderes telequinéticos. De lo que sí estoy segura es de que cada fatel posee un solo don. Entonces, ¿cómo es posible que Sevana pueda también comunicarse telepáticamente? Por no mencionar que mi hermana ha afirmado que era profetisa. Por primera vez en mucho tiempo, mi curiosidad se sobrepone a mi desconfianza y me reúno con las dos, sentadas frente a una taza humeante que, por lo que se ve, me estaba esperando.

—Ha llegado el momento de hablar entre adultas.

No pronuncio palabra, con todos mis sentidos puestos en el más mínimo gesto de Sevana. Ashley me aprieta la mano, pero permanece igualmente callada.

—Como he dicho, soy fatel y también la hembra alfa de una manada. Ashley me ha contado por encima vuestra historia, pero la mía es muy diferente. En pocas palabras, he vivido entre humanos, desconocedora de mis orígenes. Hace unas semanas me atacaron unos metamorfos en el hospital donde trabajaba con Ashley.

Una leve angustia me oprime el pecho. Podría haberle ocurrido a mi hermana. ¿Por qué nadie me cuenta nada? La respuesta es sencilla: me habría presentado en el hospital hecha un basilisco y habría acabado con toda persona, buena o mala, que se hubiera cruzado en mi camino.

—Sam, mírame, todo va bien.

Ignoro por qué los ojos de Ash reflejan destellos de esperanza. Para ella es muy importante que no pierda los estribos. Está acostumbrada a mis cambios de humor y nunca me los ha reprochado, a pesar del dolor que le causan. En esta ocasión, sin embargo, me está suplicando que me controle. Esta historia reviste una importancia fundamental para ella y quiero entender la razón. Mi voz suena ronca cuando invito a Sevana a continuar su relato.

—Tu padre, Peter, me trató extraordinariamente bien, y una manada asociada al gobernador se hizo cargo de mi protección.

—¿Qué manada podía estar interesada? Has dicho que vivías como una simple humana.

—Una manada que odia a los disidentes tanto como nosotras.

—¿Cómo los Treat?

—Sí, solo que ellos los combaten.

Capítulo 2
Sam

¿Una manada que combate a los suyos? Me cuesta imaginarlo. Debo reconocer que Peter nos ha protegido siempre, incluso a pesar de mis excentricidades, y estoy segura de que estaría dispuesto a luchar por nosotras. La diferencia es que él nos acogió cuando éramos pequeñas y se ha encariñado con nosotras como un padre con sus hijas. El caso de esta manada es diferente, combaten para defender a gente desconocida.

—¿Por qué?

—¿Que por qué defienden a personas inocentes, vengan de donde vengan, contra los disidentes?

Asiento con la cabeza.

—Cada uno de los miembros de la manada Ángeles Guardianes tiene sus propias razones.

Eso no es una respuesta, sino más bien una evasiva. Se está escabullendo. Su historia debe ser falsa. Una patraña para convencerme de unirme a su causa.

—Veo que no te convence. La razón de mi compañero, Connor, es la venganza.

Entiendo la venganza. Es un sentimiento que en veinticinco años nunca me ha abandonado y una necesidad que me carcome poco a poco.

—Una manada rebelde asesinó a su familia porque ayudaban a fateles a ocultarse. Cuando el gobernador anunció su intención de combatir los abusos de los metamorfos, se unió a la causa.

La duda me corroe, tengo que saberlo.

—¿Te utiliza?

—¿Qué?

Su expresión de sorpresa y asco me asombra.

—No. Es sobreprotector en exceso. He tenido que amenazarle con colgarle de un árbol para que me dejase venir a verte. Me irrita, gruñe, pero ante todo es lo mejor que me ha pasado en la vida.

Qué sensiblería tan patética. ¡Desde luego, el amor es ciego!

—Solo estás enamorada. Ni siquiera ves lo que está pasando.

—Connor es mi alma gemela, Sam. Y he ganado mucho más que él sellando nuestro vínculo.

—No lo entiendo.

—Vives en una manada, pero me he dado cuenta de que eres bastante… independiente.

Es una bonita manera de decir que vivo al margen de todo y de todos.

—¿Has escuchado hablar de las almas gemelas de los metamorfos?

—No mucho. Es como estar enamorado, ¿no? Pero más animal.

Sonríe, claramente recordando alguna ocasión agradable. ¿Cuándo fue la última vez que viví un momento así?

—El vínculo entre dos almas gemelas es mucho más profundo que el sentimiento de amor corriente. Los metamorfos pueden tener varias compañeras a lo largo de su vida, pero solo tienen un alma gemela. Una vez la encuentran, es lo único que les importa. Se convierte en el centro de su universo. Y una vez unidas, las almas gemelas no pueden vivir la una sin la otra. Literalmente.

Eso quiere decir que si uno muere, el otro también, por lo que se ha asegurado de que él no la matará.

—Entonces no puedes morir.

—¿Cómo?

Ashley toma el relevo.

—Connor jamás haría nada que pudiera herir a su compañera.

—Únicamente porque si la mata, muere.

—No, Sam. No la has escuchado. Nunca le haría daño porque ella lo es todo para él. Es el gran amor de su vida. El único.

—Y porque si me tocase las narices, le patearía el trasero.

¿Perdón? Creo que estas dos románticas empedernidas olvidan algo.

—Los fateles no tienen nada que hacer contra un metamorfo enfadado y decidido.

—En circunstancias normales, es posible, pero yo ya no tengo nada de normal. Estoy vinculada a Connor. Nos hemos unido, de ahí la mordedura.

Hago una mueca al volver a mirarla. La visión de esa marca me resulta casi insoportable, y se me nota en la cara.

—Es la única manera que tiene un metamorfo de unirse definitivamente a su compañera. Jamás ha vuelto a morderme. No está conmigo por mi sangre, Sam.

Tal vez sea lo que él le ha hecho creer, pero a la larga…

—Como ya te he dicho, la que ha salido ganando he sido yo. Siempre he sido profetisa, pero el vínculo de unión me ha otorgado otros poderes.

Abro de par en par los ojos y la observo atentamente. Ni rastro de falsedad. Además, Ash sabría que miente. Nadie puede ocultarle nada a menos que se concentre.

—¿Eres más fuerte que el metamorfo ese?

—Soy más fuerte que Connor. Y aunque me sigue sobreprotegiendo como a una pequeña flor indefensa, también sé que le tranquiliza el hecho de que sea capaz de defenderme contra los rebeldes.

—Sois muy monos, me alegra que hayas encontrado a uno de los pocos metamorfos dignos de confianza que hay en el mundo, pero ¿por qué me estáis contando toda esta historia?

Las miro. Claramente, Sevana está esperando a que Ashley cuente el final de la historia, pero mi hermana no abre la boca y me temo lo peor. Un mal presentimiento se apodera de mí. Me levanto de un salto, con la súbita necesidad de largarme de lo mucho que me hierve la sangre.

—¿Queréis que me una a uno de ellos?

Ashley se apresura a cortarme el paso para que la mire.

—¡No, por supuesto que no! Nunca te pediría algo semejante.

Mi presión sanguínea se relaja un poco, pero permanezco a la espera.

—¿Entonces qué?

—Sevana regresa a su nuevo territorio con los Guardianes y yo voy con ellos.

Mi corazón está destrozado. Mi hermana se va. Abandona definitivamente a los Treat, porque sé que no es posible pertenecer a dos manadas. Y en consecuencia, también me abandona a mí. Me dejo caer en el suelo. Solo quiero estar sola.

—Sam, entiéndeme. No tengo elección.

Yergo la cabeza impetuosamente. ¿Cómo que no tiene elección? ¿Alguien la ha presionado? ¿Nathan sigue buscándole las cosquillas?

—¿Es Nathan quien te obliga a huir?

—No, Nathan está muerto, lo ha matado mi compañero.

El corazón me da un vuelco. Ashley se tapa inmediatamente la boca con la mano, pero su revelación no ha escapado a mi atención, ni muchísimo menos.

—¿Tu compañero?

Mi hermana, incómoda, se balancea de un pie al otro. Sospecho lo que voy a ver, un presentimiento me asalta y rezumo miedo por todos los poros de la piel. Extiendo la mano y le quito el fular. Veo la mordedura en su cuello. Lo sabía. Ashley nunca lleva fular, nunca. Juraría que opuso resistencia. Es una herida horrible y debió hacerle sufrir un martirio. En mi cabeza se baten la rabia, la incomprensión y el sentimiento de traición. Después de todo lo que hemos pasado, se ha rendido y se ha metido en la boca del lobo. Cierro los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavan en las palmas.

—Sam, cálmate.

A mi hermana se le llenan los ojos de lágrimas mientras su amiga sangra por la nariz. No soporto verlas dejarse manipular de esta manera. Mi hermana se merece algo mejor.

—Dile a tu compañero que venga.

Esa palabra me desgarra literalmente la boca.

—Tendré que conocerlo si forma parte de la familia.

Mi tono almibarado no engaña a nadie y ambas sacuden la cabeza en señal de negación.

—No mientras te encuentres en este estado mental.

Siento cómo la magia me rodea, tratando de infiltrarse en mi cabeza para sosegarme, pero después de tantos años he aprendido a escudarme de sus poderes y debería saberlo.

—Para.

No quiero hacerle daño. Es mi hermana, la mitad de mi corazón, y sin embargo ahora no confío en ella. Es una sensación desagradable. Siempre he pensado que era la única persona con quien podía sentirme totalmente segura, y en este momento no hay nada más lejos de la realidad.

—Estamos enamorados, Sam.

—Abre los ojos. Eso no es una señal de amor.

Señalo con el dedo las profundas marcas de dientes que le dañan la piel.

—Es una herida horrible que te han obligado a aceptar.

—Sam, déjame enseñártela y explicarme. Te lo suplico.

Sus lágrimas son tan suyas como mías y me culpo por hacerla sufrir así.

—No me pidas que escoja. No sería capaz.

¿No me preferiría a mí antes que a su torturador? ¿Por qué? Respiro profundamente para apaciguar mi tormenta emocional, pero mantengo todos los sentidos alerta.

—¿Qué quieres enseñarme?

Tira un poco de su camiseta y veo una segunda mordedura más limpia.

—Esta es la marca de unión que me ha hecho Sean. Tenías razón, lo otro es una herida y opuse resistencia.

Monto en cólera. ¿Es así como piensa calmarme?

—Fue Nathan. Traicionó a los Treat y quiso reivindicarme a la fuerza. Hizo que me raptara un alfa disidente, pero Sean acudió a mi rescate con Sevana y su compañero.

Mi hermana desaparece y nadie me informa de nada. Esto ya es peor que ser el último mono, es ser insignificante.

—Sean mató a Nathan para protegerme. Y no me obligó a nada. Estaba dispuesto a esperar para reivindicarme. Es muy protector conmigo y no volverá a morderme jamás. No me quiere por mi sangre.

Me he perdido. Los disidentes no luchan entre ellos. Al contrario, comparten la sangre de los fateles para que otras manadas estén en deuda con ellos.

—Quiero conocerlo.

—Y estás en tu derecho, pero antes quiero que te calmes. Es parte de mí, de mi alma, y si le haces daño, sufriré mucho.

Asiento con la cabeza en señal de entendimiento. Sevana coge un pañuelo para limpiarse la sangre seca de la nariz, que ya ha dejado de correr.

—Os dejo en familia, necesito descansar y Connor está preocupado.

—Tú eres una más de la familia, Sevana.

Se sonríen y siento una punzada en el corazón al verlas tan unidas.

—Lo sé, pero acudí en tu ayuda a pesar de que él no quería que estuviera en primera línea y también he tenido que pelearme con él para que me dejase venir a ver a Sam contigo.

Me mira encogiéndose de hombros.

—No quería que me acercase a ti.

Lo entiendo. Tengo una reputación entre los Treat que desde luego no inspira mucha confianza.

—Si no soy considerada con él, lo volveré loco.

Dicho esto, sale de la habitación y de mi casa.

—¿Actúa en contra de la voluntad de su alfa?

Ashley sacude la cabeza.

—Le planta cara a su compañero, que es diferente.

Puede ser. O no. La verdad es que no tengo ni idea.

Tres golpes secos en la puerta me sobresaltan.

—Tranquila, Sam. Es Sean, mi compañero. Antes de abrir la puerta, debo advertirte.

Entrecierro los ojos con expresión suspicaz, a la espera de que continúe.

—Es autoritario. Y tozudo. Vamos, un beta. Un metamorfo beta.

¿Y eso le conviene? ¿A ella que no soporta que le den órdenes?

—Entiendo que tengas dudas, pero es mi alma gemela. Fue un flechazo, ¡aunque no quiere decir que no me ponga nerviosa a veces!

—Ve a abrir. Está esperando y no quiero que me tire la puerta abajo.

En efecto vuelve a golpear la puerta, ahora con más fuerza.

—Pues sí. Rompió la mía cuando Nathan me agredió y yo no podía abrir, así que es perfectamente capaz.

¿Y yo soy la desequilibrada?

Capítulo 3
Sam

Inequívocamente, el hombre que cruza el umbral de mi puerta es metamorfo. Es más alto que Ashley, a quien estrecha contra sí como si se le fuera la vida en ello. Es rubio, y sus penetrantes ojos dorados me juzgan como yo lo juzgo a él. Empieza a gruñir. ¿Por mí o por Ashley? Ni idea, pero queda claro que este tipo es tan inestable como yo, y sé cómo puede convertirse en un animorfo incontrolable. Mi hermana le propina un codazo en las costillas para llamarle la atención.

—¡Para de gruñir!

Todo obediente, deja de gruñir de inmediato, lo cual me desconcierta.

—Perdón. Un acto reflejo.

Cuando la mira, sus ojos pasan de dorado a oro fundido. Me impresiona la intensidad de su mirada, colmada de adoración por mi hermana. Nunca he prestado atención a las parejas de la manada. A decir verdad, nunca he prestado atención a la manada en general. Por tanto, ignoro los pormenores del vínculo de unión y las almas gemelas. Pero quiera o no quiera, lo acepte o no, sus sentimientos por Ashley son evidentes. De nada sirve engañarse, no está con ella por su don ni por su sangre, sino por su persona, y nunca lo habría creído si no los hubiera visto juntos. Mi hermana, de corazón tierno, lo mira exactamente de la misma manera. Es vomitivo. Creo que se han olvidado de que estoy aquí. Están en su mundo, en su burbuja. Me noto algo celosa. Para mí, que a menudo me siento sola e incomprendida, tener esa armonía con alguien se reduce a un mero sueño. Podría ponerme en plan ogro y hacerle sangrar para recordarles que estoy aquí, pero seguramente mi hermana me lo reprocharía.

—Ya tendréis tiempo de miraros más tarde. Sobre todo en otro lugar que no sea mi casa.

Ashley se pone roja hasta las orejas, mirándome con expresión arrepentida.

—Hola, soy Sean, el compañero de Ashley.

Da un paso adelante sin soltar a mi hermana y me tiende la mano. No me gusta que me toquen y el hecho de que me saque más de una cabeza me pone nerviosa. Su aura de poderoso metamorfo dominante me apabulla y me perturba. Ante los ojos suplicantes de mi hermana, hago el esfuerzo de estrecharle la mano durante una milésima de segundo por educación.

—Sam.

Ladea la cabeza e inspira a pleno pulmón. Es un truco de metamorfo. Me está oliendo. También puede captar mis emociones y no me gusta la idea. Una pequeña jugarreta no hace daño, ¿no? Sean frunce el ceño, se sacude la nariz y empieza a gruñir.

—Sean, ya empiezas otra vez.

A pesar del apunte de mi hermana, no se calla. Sigue con la mirada fija en mí.

—Tienes un don interesante… y también muy raro.

No me puedo creer que mi hermana se lo haya contado. Traidora. Ahora sabe que se la he jugado.

—No mires a tu hermana así. No me ha dicho nada. Simplemente he atado cabos. Te diviertes haciendo sangrar a la gente por la nariz y acabas de privarme de mi olfato. Deduzco que manipulas los átomos del cuerpo humano a tu antojo.

Mis ojos y los de Ashley, abiertos como platos, confirman su hipótesis. Nunca nadie lo había acertado antes.

—No te sorprendas tanto. Conozco bien los poderes de los fateles. Ahora, si pudieras devolverme mis capacidades te lo agradecería.

¿Conoce bien los poderes de los fateles? ¿Cómo es posible? Debe tener más o menos la edad de Ashley y los fateles no se relacionaban con otros pueblos. Ocasionalmente hacían visitas de cortesía, pero eso era todo. A menos, claro está, que se criase en una manada disidente que retenía a fateles prisioneros para arrebatarles su sabiduría y su vida.

—Detesto sangrar por la nariz.

Se sostiene la nariz, que le tiñe de rojo los dedos.

—Para, Sam.

Percibo la angustia en la voz de Ashley, pero una bruma de pura rabia me nubla la mente. Ha formado parte de los disidentes, estoy segura. Aumento la presión y mi poder se intensifica. Sus ojos lloran lágrimas de sangre. No obstante, el metamorfo permanece tranquilo, sin un solo indicio de pánico en su rostro. No se mueve ni un milímetro. Mi hermana está fuera de sí, pero debería saber que nunca le haría ningún mal. No sería aceptable. Siento un intenso dolor en la mano, donde ella me ha golpeado. No lo ha hecho con fuerza, pero me escuece la mano, y cuando la levanto, veo que mi piel está enrojecida, como quemada. Pierdo la concentración y con ella mi poder sobre Sean, que se precipita hacia Ash.

—Shh, todo va bien. No pasa nada.

La estrecha contra sí, en sus brazos, y la acuna como a un bebé, manchando de rojo su hermosa cabellera rubia y su pálida piel. El color escarlata sobre su piel de alabastro me da náuseas y me inclino instintivamente hacia adelante. Es entonces cuando percibo el fuego en las manos de Ashley. Tiene llamas brotándole de la punta de los dedos, ¡y ellos tan tranquilos! Sean me mira a los ojos y me explica.

—Tu hermana ha adquirido la capacidad de la piroquinesis gracias a nuestra unión, solo que aún no controla bien su nuevo don. No era su intención herirte.

¡Mi hermana juega con fuego en todos los sentidos de la expresión! Al fin entiendo las palabras de Sevana. El vínculo de unión otorga a los fateles una ventaja innegable sobre sus parejas metamorfas. Mi hermana sería totalmente capaz de defenderse de Sean en caso de que este tuviera la mala idea de hacerle daño, cosa que él sabía cuando se unieron porque lo había constatado con Sevana y el alfa. Entonces, ¿por qué lo hizo?

—¿Por qué la reivindicaste?

—Porque es mi alma gemela y la quiero.

Ni rastro de vacilación en su cara, solo genuina convicción.

—¿Cómo es que sabes tanto sobre los fateles?

—Me crie con ellos.

No miente. En cualquier caso, su respuesta suscita muchas otras dudas.

—Mira, tú no confías en mí y el sentimiento es mutuo. Te contaré mi historia cuando nos conozcamos mejor.

—Eso no va a pasar, ya que os vais del territorio de los Treat.

Suspira y mira a Ashley a los ojos. Mi hermana parece triste, abatida y resignada. Está decidida a continuar su vida sin mí, lejos de mí, pero no le fascina la idea. Con eso me consuelo.

—Te propongo un trato. Lo tomas o lo dejas, la decisión es tuya, pero las condiciones no son negociables. En cualquier caso, yo voy a regresar a casa, a la manada de los Ángeles Guardianes, porque soy el beta y defendemos una causa justa de la que no voy a desertar. Mi lugar está allí y Ashley viene conmigo.

Si por mí fuera, le haría sangrar a borbotones, pero mi hermana ya ha llorado bastante, así que hago de tripas corazón y respondo.

—Te escucho.

—Puedes venir con nosotros y unirte a los Ángeles Guardianes. Como aquí, tendrás tu casa apartada de las demás para estar tranquila. A cambio, sigues el tratamiento de Peter y te entrenas conmigo para aprender a canalizar tu don.

Esta propuesta no me la esperaba. Me quedo sin habla, a diferencia de Ashley, que se abalanza sobre Sean para meterle la lengua hasta la campanilla.

—¿Has cambiado de opinión? ¿Te parece bien que venga con nosotros?

—Es tu hermana. Además, nunca me he negado. Solo dije que sería complicado.

Es idea de Ash. Me quiere en su vida. Solo necesito saber algo más antes de decidirme.

—¿Tendré que vincularme a un metamorfo?

—Te agradecería que establecieras vínculos de amistad con la manada o, al menos, que no les hicieras daño, pero no, no es cuestión de que te unas a nadie. De ninguna manera. Todos los miembros de la manada son libres de tomar sus propias decisiones y elegir a sus parejas, incluida tú.

—Entonces está decidido. Acepto.

—Bien. Una última advertencia: si se te ocurre atacar a alguno de los nuestros, te vuelves inmediatamente con los Treat.

Ashley tiene razón, es un verdadero beta, aunque uno mucho más honrado que el farsante de Nathan. No me da ninguna pena. Nunca lo he apreciado y no lloraré su muerte.

Mi hermana me da un enorme abrazo antes de irse a hacer las maletas. Nos vamos en dos horas. En dos horas abandonaré el territorio de los Treat, el único lugar que he conocido desde que tengo seis años. Cuando Peter nos acogió, seguimos a su manada de ciudad en ciudad. Yo era pequeña y estaba muy trastornada. Guardo pocos recuerdos de aquella época. Por aquel entonces, mis poderes comenzaron a desarrollarse, junto con mi furia y mi miedo a lo desconocido. La manada encontró este lugar y nos instalamos. Desde entonces, no he vuelto a salir. Nunca he sentido la necesidad y, sobre todo, me da demasiado miedo el mundo exterior como para aventurarme a explorarlo. Además, mi padre adoptivo pensaba que sería peligroso para el resto. Podría haber atacado al primer metamorfo que se me hubiera cruzado y haberlo matado sin dudarlo un segundo. Y a partir de ahora viviré en el seno de una manada ajena, en un territorio desconocido. Tendré que hacer un esfuerzo sobrehumano para mantener la calma y controlar mi ansiedad. Por suerte, no soy humana, sino fatel. No obstante, debo ser sincera conmigo misma: no voy a lograr controlar mi ira de un día para otro, si es que algún día lo consigo, lo cual no está garantizado. En cualquier caso, el trayecto hasta el territorio de los Guardianes va a ser un infierno. Prefiero cubrirme las espaldas o Sean me enviará de vuelta a casa antes de siquiera llegar. Tengo que ver a Peter. Estoy acostumbrada a llamarle cuando lo necesito para que sea él quien venga a verme, pero las cosas van a cambiar, así que mejor empezar ya.

Avanzo hasta la puerta de entrada y me detengo. ¿Cuándo fue la última vez que crucé esta puerta? Ya ni me acuerdo. Vivo recluida desde hace demasiado tiempo, limitándome a deambular por mi casa o por la parte de atrás las raras veces que la necesidad de tomar el aire me obliga. Decido no darme más tiempo para cambiar de parecer, porque estoy segura de que encontraría una buena razón para no ir, giro el pomo y me encuentro al aire libre, con los rayos del sol calentándome la piel. Sé la dirección que he de tomar. Ya he estado en el laboratorio de Peter. El medicamento que permite a Ashley camuflar su olor a magia se elaboró con mi sangre y en su día acudí para que me extrajeran muestras. Muevo un pie detrás del otro, con la mirada puesta en el sol en lugar de en los edificios que se perfilan en el horizonte, porque sé que si los miro me generarán sensación de agobio. Mi casa y la de mi hermana están ubicadas al margen de la manada, mientras que el resto están dispuestas en pequeños grupos. Por el rabillo del ojo, distingo a algunos miembros de los Treat que se giran a mi paso y exclaman con sorpresa al reconocerme. Debo decir que la mayoría no me ve desde que tengo quince años, cuando Peter consideró que ya era lo bastante mayor para ser independiente y yo me aislé del mundo. Tampoco es que antes fuera muy sociable, pero me veían de tanto en tanto, cuando venían a casa del alfa o se celebraba una reunión del clan. Y a menudo lamentaban haberse cruzado conmigo. Algunos de ellos aún deben acordarse, pues aceleran el paso para alejarse lo antes posible de mí. Casi se me hace cómico, casi, porque aunque yo no recuerde su compañía, la soledad me pesa. Es una auténtica paradoja. Espero que vivir en el territorio de los Guardianes con Ashley y Sevana me permita subsanar esa carencia. Rodeada de dos fateles como yo —aunque es un decir, pues al estar vinculadas a un metamorfo se han hecho increíblemente poderosas—, tendré la ocasión de entablar lazos. Nunca lo reconoceré ante Sean, pero el factor determinante de mi decisión ha sido la idea de tener amigos. Pero ¿amigos animorfos? ¡Imposible! Mis recuerdos son extremadamente vívidos y me pierdo demasiado en ellos. Pasar tiempo con la hembra alfa ya supondrá un gran avance para mí.

Capítulo 4
Sam

Ni siquiera tengo la necesidad de entrar en el laboratorio, pues encuentro a mi padre adoptivo justo delante, en mitad de una conversación con Sevana, un hombre que la estrecha contra sí y que, por tanto, debe ser su compañero, y Greg. Greg. Voy a echar de menos a ese idiota. Vale, no es que sea estúpido. Crecimos juntos y a pesar de mis excentricidades nunca me ha dado de lado. Debe ser la persona a la que más he hecho sangrar y nunca ha tirado la toalla conmigo. Es nuestro guardaespaldas personal y el único lugarteniente que se atreve a venir a mi casa, aunque sospecho que también es un poco masoquista.

—¿Sam? ¡No sabes cómo me alegra verte fuera de casa! ¿Necesitas algo?

La sonrisa de Peter nunca ha sido tan sincera como en este instante. Incluso me abraza con emoción. Llevaba mucho tiempo esperando a que saliera de mi caparazón. Lamento haberlo decepcionado y no haber sido la hija que merecía.

—¿Te ha dicho Ashley que me voy con ella?

—Justamente Connor me lo estaba comentando. Connor, le presento a Sam, la hermana pequeña de Ashley. Sam, este es Connor, el alfa de los Ángeles Guardianes, y tu nuevo alfa, si lo he entendido bien.

Connor es bastante impresionante, como todos los metamorfos. Es alto y musculoso, y su animal se adivina en sus ojos. Su aura también es muy poderosa, como la de Peter y Sean, aunque este último sea beta. Pero tiene esa forma de mirar a su compañera… como Sean y Ashley. Denota un amor infinito y un profundo respeto. Me ayuda a tranquilizarme y a controlar mi ansiedad. No detecto ningún signo de falsedad ni manipulación en su semblante, y mucho menos en sus ojos.

—He escuchado hablar mucho de ti, Sam.

Inconscientemente, hago una mueca. Sospecho los rumores que han debido llegar hasta él. Como primera impresión, las hay mejores.

—Estaría tentada de decirte que nada de lo que has oído es cierto, pero hace mucho aprendí que los metamorfos huelen la mentira. Una lástima.

Esta última frase la murmuro para mí.

—También tenemos el oído fino…

—¿Siempre has sido así de déspota?

Su sonrisa es bondadosa, afable. Es evidente que dirige su manada con la misma compasión que Peter.

—Diría más bien asocial. Pero bueno, ahí estás tú, fuera de casa, rodeada de tres metamorfos y una poderosa fatel, y todo va bien.

Ahora soy yo la que no puede evitar sonreír de soslayo. Parece buena persona y no quiero engañarle. De todos modos, cuando viva en su territorio no tardará en darse cuenta de que los rumores que circulan entre los Treat son pura verdad.

—No te fíes de las apariencias. Todo lo que has oído es cierto. Y la situación no es como te imaginas. Greg —señalo con el pulgar al metamorfo a mi lado— no cuenta.

El lugarteniente adquiere una expresión de indignación muy cómica.

—No te lo tomes a mal, Greg, pero ambos sabemos que no estás a mi altura. Peter me quiere demasiado como para hacerme daño y en cuanto a ti —lo miro a los ojos, un movimiento no muy inteligente por mi parte—, será mejor que no te enfrentes a mí.

No baja la mirada, como tampoco lo hago yo, pero no se lo toma como una afrenta, de lo que deduzco que es más reflexivo que impulsivo. Me gusta.

—De hecho, la única que me inquieta es Sevana. Debo reconocer que la demostración que ha hecho de sus poderes me ha dejado pasmado.

El alfa de los Ángeles Guardianes me evalúa de pies a cabeza en un incómodo silencio general.

—Asocial, pero directa y honesta. Bienvenida a los Ángeles Guardianes, Sam.

No puedo creer que mi perorata no le haya hecho cambiar de opinión. A pesar de todos mis defectos, me acepta en su territorio, en su manada. Peter lo hizo porque sintió pena de aquellas niñas que éramos Ashley y yo. ¿Pero Connor? Estoy impresionada. Y creo que podré respetarlo, lo cual es bueno, pues constituye la base de la jerarquía de los metamorfos.

Peter aún espera conocer la razón de mi presencia.

—Ahora que ya os habéis presentado, dime ¿cómo es que has abandonado tu guarida? Te conozco lo suficiente para saber que no es por disfrutar de nuestra compañía.

No, eso seguro.

—Voy a tener que viajar con metamorfos en un coche.

—Y en avión. Llegaremos antes en avión.

Miro a Connor, que acaba de meter el dedo en una llaga más dolorosa de lo que imaginaba. Creo que no entiende bien el problema. Afortunadamente, Peter me comprende.

—¿Qué medicamento quieres? Ya sabes que haga lo que haga, tus poderes forman parte de ti. No puedo suprimirlos, y de todos modos tampoco funcionaría porque se nutren de tu ira y tu angustia.

Connor frunce el ceño con aire de incomprensión. No quiero ofenderle, pero debe comprender el problema que supone para mí salir del territorio. Recuerdo entonces lo que me dijo mi hermana sobre su mejor amiga.

—Cuando conociste a tu compañera, tenía miedo de ti, ¿no?

—Mostraba cierto recelo, sí.

—Yo no siento recelo, siento terror.

—No lo entiendo, vives en una manada.

—Corrección. Vivo en su territorio, apartada. No estoy arrinconada en un lugar cerrado sin posibilidad de escaparme en caso de peligro.

—No es nuestra intención hacerte daño. Confío en que Ashley te lo haya dejado claro.

—Mi mente es caprichosa y mi pasado… digamos que no es muy alegre y que a menudo lo confundo con el presente.

—Ya veo. Y supongo que tu miedo a los animorfos no es infundado.

Se podría decir así. De todos modos, no pienso contarle mi historia. A menos de dos horas de encerrarme con una manada de metamorfos, no sería una buena idea. Prefiero volver a concentrarme y exponer mi idea al alfa de los Treat.

—Podrías darme un sedante.

Reflexiona profundamente. ¿He dicho una tontería?

—Tus sueños pueden jugarte una mala pasada.

Lo sé, tengo pesadillas. Me ocurría de pequeña. Utilizaba mi poder en sueños contra los que vivían en mi casa, razón por la que pedí vivir sola cuando alcancé la adolescencia.

—Será necesario reforzar la dosis, soy consciente. Pero es lo mejor para todos. Ashley cuidará de mí durante el trayecto. A su lado no me pasará nada.

—Ni al mío.

Miramos a Greg, que parece decidido.

—Quiero estar cerca de Sam y Ashley y unirme a la manada de los Ángeles Guardianes.

—Greg, ya no tienes que estar constantemente con nosotras. Ashley ya no te necesita para protegerla, tiene a su compañero gruñón —la pareja alfa suelta una risita ahogada—; y sabes perfectamente que yo nunca he necesitado a nadie. Siempre que vienes a verme acabas sangrando.

Greg me lanza una mirada sombría en contradicción con su media sonrisa. Sorprendentemente, a pesar de todas las jugarretas que le he hecho, nunca se ha enfadado conmigo.

—No lo hago por estar contigo y con Ashley, Sam, aunque francamente no me habría ido sin vosotras. Quiero unirme a ellos porque apoyo su causa.

Y dale con la causa. Madre mía, es lo único que saben decir. ¿Y cuál es su causa exactamente? Porque hasta hace poco, todo el mundo pensaba que los fateles habían desaparecido, por lo que combatir a los disidentes no tenía mucho interés. ¡Llegan veinticinco años tarde! No es que tengan la culpa, tan solo eran niños, como yo, pero de igual modo, no pueden cambiar el pasado.

—Sam, ¿conoces la actividad principal de los Guardianes?

Sevana habla con dulzura. Sin duda, nació para ser alfa. Connor es la fuerza y ella la gentileza. Un dúo vencedor.

—Combaten a los disidentes.

—Es una manera de ver las cosas. Pero tú miras el mundo al revés, desde tu perspectiva. Trata de pensar a la inversa. Los Guardianes no combaten a los rebeldes, sino que protegen a los inocentes. Sí, a menudo los protegen de los disidentes, pero no luchan por placer y nunca provocan los enfrentamientos. Trabajan para el gobernador, que los llama cuando hay algún problema.

—¿Están al servicio de los humanos?

Eso no me llama menos la atención. Ya me lo había dicho en mi casa, pero reconozco que no era la información más importante para mí en ese momento. La mayoría de los metamorfos se consideran parte de una raza superior que debe dirigir el mundo, pero estoy siendo injusta. Los Treat también se han puesto al servicio de los humanos. Peter desarrolla medicamentos para ellos.

—Los Ángeles Guardianes defienden a todo aquel necesitado, ya sea metamorfo, humano o fatel, ahora que saben que algunos de nosotros hemos sobrevivido.

—¿De qué necesitan protegerse los animorfos?

—De alfas sedientos de poder que no soportan que en su manada haya miembros que no piensan como ellos. No eres la única que ha padecido los sueños de grandeza de los rebeldes y algunos metamorfos aún los sufren. Los Guardianes están ahí para ayudarles.

Los Ángeles Guardianes son más altruistas aún que los Treat. No me extraña que Ashley se haya enamorado de un beta que promulga valores de igualdad.

Hablando del rey de Roma, mi hermana llega corriendo y salta sobre mi espalda.

—¿Qué haces aquí?

—¡Qué simpática!

—Perdón, me he expresado mal. Me lo está contagiando Sean, es algo habitual en él.

El beta gruñe, pero le acaricia tiernamente la mejilla con una sonrisa en los ojos.

—Estoy feliz de verte fuera de casa. Feliz, aunque sorprendida.

Lo había entendido, pero quería fastidiarla un poco. Una pequeña venganza personal por haberme ocultado lo que le había cambiado la vida.

—Tenía que pedirle a Peter un favor para el viaje. Y Greg acaba de anunciar que viene con nosotros.

Ups, Sean intensifica su gruñido aferrando a Ashley, que eleva los ojos al cielo de exasperación.

—¡Quieres parar con ese ruido!

Sin siquiera prestarle atención, dirige la mirada hacia Connor.

—¿Has aceptado?

—Todavía no, pero no veo por qué he de negarme.

—Mi compañera ya no necesita un guardaespaldas, me tiene a mí.

¡Pero si el gran beta está celoso! Es ridículo. Ash siempre ha visto a Greg como un hermano pelmazo, igual que yo.

—No me uno a vosotros para cuidar de ellas, sino para ayudaros en vuestra misión con el gobernador.

Sean y Greg se enfrentan con la mirada. No tiene pinta de que vayan a ser amigos. No obstante, Greg es un excelente lugarteniente y los Guardianes ganarían un miembro muy valioso con él. Ash acaricia el pectoral de Sean, lo que parece apaciguar al animorfo, que pronuncia su resolución con la boca pequeña.

—Si a Connor le parece bien, eres bienvenido.

El alfa da su aprobación antes de alejarse con su compañera.

—Os dejo. Debo repasar los últimos detalles con mis lugartenientes. Vamos a viajar con tres fateles y no podemos permitirnos ser vulnerables. Os espero aquí a todos en una hora.

Mi hermana me mira. Quiere saber por qué he salido de casa.

—Le he pedido a Peter que me dé algo para sumirme en un profundo sueño durante el trayecto, por aquello de no volverme loca.

Me estrecha entre sus brazos y yo me dejo, pues calma la tensión que siento en los hombros.

—Buena idea. No te perderé de vista ni un segundo.

Ha llegado el momento fatídico. El de las dolorosas despedidas y los ojos lacrimosos. En mi caso, nada de eso. Yo ya estoy medio grogui y si Greg no me sostuviera, ya me habría caído al suelo hace tiempo. Toda la manada Treat ha venido a desearnos un buen viaje. Los miro con los ojos vidriosos y todos parecen más tristes que aliviados. Nunca lo habría imaginado. Supongo que a pesar de mi mal carácter, me aprecian. O que solo están así por Ashley, vete tú a saber. Tras darle un último beso a Peter, me instalo en el primer coche con ayuda de Greg. Hemos acordado que haría el viaje entre Ashley y Sevana para limitar mi estrés hasta que me quedase profundamente dormida. Connor y Sean se montan delante, porque no se iban a separar de sus compañeras. Greg y los dos lugartenientes de los Guardianes, Owen y Liam, se montan en el segundo coche, y al fin partimos en dirección al aeropuerto más próximo.

—Es un nuevo comienzo, una nueva vida, Sam. Te gustará y estaremos juntas.

Con esas últimas palabras que me susurra mi hermana al oído, caigo en un mundo de Morfeo sin sueños.

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Litres'teki yayın tarihi:
26 ocak 2021
Hacim:
130 s.
ISBN:
9788835415282
Tercüman:
Telif hakkı:
Tektime S.r.l.s.
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