Kitabı oku: «La octava maravilla»
La octava maravilla
colección vindictas
novela y memoria
Vlady Kociancich
La octava maravilla
INTRODUCCIÓN
GABRIELA DAMIÁN MIRAVETE
PRÓLOGO
ADOLFO BIOY CASARES
UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
México 2020

Contenido
Urgencia por la maravilla
Prólogo
1. Me sucedió
2. Me llamo Alberto Paradella
3. El título de abogado me llegaba con la certeza
4. Necesito hablar de Victoria
5. Conocí a Victoria en Argentinos Juniors
6. Yo me reí del amor a primera vista
7. Poco antes de recibirme empezaron las pesadillas
8.Del todo no me siento culpable
9. La desesperación estimula el ingenio
10. Si hubiera tenido más tiempo para reflexionar
11. Durante algunos años fui correctamente feliz
12. Estoy lista
13. Si se entiende a la felicidad
14. Escribía todos los días hábiles
15. Ayer también escribí
16. Las traducciones no alteraron el curso de mi vida
17. 23 de febrero de 1975
18. Si quiero ser honesto no puedo acusar a Victoria
19. La inteligencia es el arte de salir de situaciones difíciles
20. Aunque parezca sorprendente
21. El triunfo excedió con creces mis modestas aspiraciones
22. En tardes como ésta
23. A mí mismo me parece increíble
24. Ja en naewiyu Berlin
25. No recuerdo la fecha exacta en que empecé a viajar
26. Tenía que avanzar derechamente a tierra
27. Y Paco Stein habló
28. Un hombre cree ser hombre
29. Atenas, El cairo, Roma, Porto Alegre
30. Profundamente dormido crucé el atlántico
31. Esta mañana he visto la salida del sol
32. Siempre hay algo estimulante
33. Se oyó el tintineo de unas llaves
34. Aunque parezca extraño
35. Aturdido bajé en la puerta del hotel Kempinski
36. Cuando el chófer que tenía los ojos de mi padre me dejó
37. La lluvia hace que uno vea el mundo con ojos de miope
38. Un indio de gran tamaño
39. Al cabo de todos estos días
40. ¡Brillante!
41. Durante el momento en que tomé la decisión
42. Las exigencias del presente distraen
43. La chaqueta roja de la azafata
44. Estaba de pie, junto a la ventana
45. El único animal peligroso
46. Toda la noche he tenido pesadillas
47. Te lo dije
48. El ómnibus se detuvo en el puesto
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URGENCIA POR LA MARAVILLA
Podría pensarse que el impulso de escribir, esa necesidad de dar testimonio de lo experimentado en nuestro paso por el mundo, es uno solo: la urgencia de consignar en alguna parte las palabras claridosas oídas en la calle, la piedad con que la luz ilumina una esquina cualquiera y dora los rostros de quienes se han reunido en ella, el dolor de una pérdida a la que, milagrosamente, se ha sobrevivido. He visto esto, siento y pienso esto otro. Cuando las definiciones son insuficientes para describir la experiencia, nacen las historias, y la raza de los nerviosos escribe,1 hermanada por el arrebato de enunciar.
Sin embargo, hay una clase particular de nerviosos (y nerviosas) cuyo impulso quizá sea éste en un inicio, pero cuya urgencia es oblicua, está sutilmente desplazada hacia otraparte: es el arrebato de consignar la extrañeza, lo insondable, lo misterioso, de enunciar eso que Julio Cortázar describió como el sentimiento de lo fantástico: “esas llamadas coincidencias en que de golpe nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad tienen la impresión de que las leyes, a que obedecemos habitualmente, no se cumplen del todo o se están cumpliendo de una manera parcial, o están dando su lugar a una excepción”. Cortázar afirmaba que había personas más capaces que otras de identificar esa sensación, esos “pequeños paréntesis de la realidad” que se abren en cualquier momento y circunstancia cotidiana: “consiste sobre todo en el hecho de que las pautas de la lógica, de la causalidad del tiempo, del espacio, todo lo que nuestra inteligencia acepta desde Aristóteles como inamovible, seguro y tranquilizador se ve bruscamente sacudido, como conmovido, por una especie de viento interior, que los desplaza y que los hace cambiar”.2
Vlady Kociancich (Buenos Aires, 1941) es una autora de esta naturaleza, interesada en explorar las grietas que de vez en cuando se abren como abismos diminutos en la realidad tangible y son percibidos por quienes están alerta a las señales. Como una buena parte de sus colegas del cono sur, siempre sintió una inclinación natural hacia el cuento fantástico: “No se me ocurrían por ejemplo cuentos psicológicos, intimistas o descripción de estados de ánimo, porque me aburrían soberanamente, y tampoco el realista porque en realidad me parecía que estaba ligado justamente al periodismo, a los hechos inmediatos, esa especie de pornografía de la realidad inmediata no me gustaba”.3 En esa manía recurrente con que el sistema literario valida a sus autoras, se le asocia siempre con Jorge Luis Borges y Bioy Casares, de quienes fue discípula y amiga; pero, si bien comparte con ellos ciertas afinidades como lectora y autora, Kociancich tiene una genealogía aparte; y lo más importante: posee un acercamiento propio a lo fantástico. Reconoce a Joseph Conrad como el autor que escribió las historias que a ella le habría gustado inventar, y en general, a otros héroes de la literatura anglosajona que “tenían lo que me parecía le faltaba a la literatura española y la literatura argentina: el vuelo de las grandes aventuras, el individuo enfrentado a conflictos que por momentos parecían reales de tanta fuerza”, como H. G. Wells o Thomas Hardy. En sus amores también figuran Shakespeare, Lampedusa, los cuentos de Julio Cortázar y la original escritora P. D. James, de cuya obra policiaca se ha alimentado gratamente.
En las historias de Vlady Kociancich coexisten elementos de este crisol de influencias, sólo que tamizados por la experiencia de la autora, una mujer porteña que comenzó su carrera literaria en los años 70 del siglo xx, y que trabajó durante años en una lujosa revista de viajes. Es, de hecho, el viaje lo que posibilita esa dislocación fantástica que hace única toda la obra de Kociancich, y el tema principal de La octava maravilla. En ella, el desesperante Alberto Paradella ve su propia vida pasar sin intervenir demasiado, hasta que las circunstancias, poco a poco, lo obligan a viajar y a escribir, y en ese trance, a ser testigo del misterioso tejido que une el tiempo y el espacio, la realidad y el sueño, un punto geográfico y otro. La novela, que tiene la textura, el golpe y el asombro final de un cuento fantástico, es una mezcla inusual de diálogos porteños plenos de ingenio y gracia, los apuntes minuciosos, paisajísticos, de una crónica de viaje, una carta de amor a la magia del cine; y una prosa delicada, precisa como un bordado en que la tela de la realidad va cubriéndose con los coloridos hilos de una ruptura fantástica que se observa a sí misma: “una construcción lógica, posible pero prodigiosa, una aventura de la imaginación filosófica, una historia de amor, de amistad, de traiciones, una busca infinita”, así la describió Bioy Casares en el prólogo.
Quizá desconcierta un poco el hecho de que en esta, su primera novela publicada, la mirada de Vlady Kociancich sea poco crítica hacia la forma en que se relacionan sus personajes masculinos y femeninos, considerando que fue publicada en plena efervescencia de los movimientos feministas (1982), algo que, sin embargo, se intuye en la libertad con que sus personajes femeninos toman ciertas decisiones. A pesar de esto, el contexto suele cargar las tintas y es posible distinguir, a través de los ojos de su protagonista, algunos prejuicios comunes en la literatura escrita por varones. Conviene recordar que esta suerte de camuflaje (“escribe como un hombre”, ¿cuántos años esta frase se disfrazó de halago?) ha permitido la sobrevivencia de la obra de varias autoras; pues era así como obtenían la admiración de ciertos lectores y colegas cuya opinión acreditaba y posibilitaba que otros le concedieran el beneficio de la duda, leyeran su obra y se percataran de sus cualidades.
Por suerte, La octava maravilla es un grato umbral hacia la obra de su autora, que va haciéndose cada vez más rica y compleja precisamente porque su deleite fantástico también va ligándose a un espíritu crítico, inconforme con esta realidad: “No recuerdo una obra verdaderamente novedosa y conmovedora escrita por alguien conforme con su tiempo, conforme con su sociedad y conforme con sus circunstancias. Generalmente son los desesperados quienes están tratando de encontrar otro mundo, llámase destino o como se quiera”. Así, en los cuentos de La ronda de los jinetes muertos y las novelas El secreto de Irina y El templo de las mujeres, la prosa y la imaginación de Kociancich construyen su universo narrativo a partir de cierta experiencia femenina del mundo que determina incluso el hecho fantástico presente en el corazón de la historia: “Los ojos de estas mujeres tienen una mirada que sólo se ve en las mujeres. No es de horror. El horror nos toca igual a todos. Es de incredulidad. Es de silencio. Mañana se cubrirán discretamente. Hablemos, dirá él. Y hablarán. Y después sabrán guardar el secreto. Mientras tanto, esperan y rezan”.4 En El templo de las mujeres, la isla griega Thera y la casa de la abuela Dodo, en Buenos Aires, están unidas al destino de su protagonista, la joven Mistral, que espera salvarse del amor, ese hado trágico que ha determinado la prematura muerte de todas las mujeres de su familia.
Las grietas que cruzan toda la literatura de Kociancich son, a decir de ella misma, “una llave metafórica al descubrimiento de que este mundo, esta vida, no es tan sólido, tan firme y contundente como creemos. No implica necesariamente un derrumbe posible, sino también una apertura, una entrada a otra realidad distinta a la que nos es inculcada. Más bien una llamada de atención a lo que damos por inamovible, a ideas recibidas dócilmente, a prejuicios dañinos, a cualquier dogma, en suma. Me rebelo ante los dogmas”.
Enunciar ese sentimiento de lo fantástico no es sólo un impulso para quienes escriben: es, sobre todo, una necesidad lectora, la obsesión de una tribu más nutrida de lo que parece, oculta en los pasillos aromáticos de las librerías de viejo, buscando en las páginas de una historia oscura firmadas por un nombre aún más oscuro la confirmación de que la vida encierra un misterio más grande que nuestras miserias cotidianas y que por ende, atestiguar el mundo tiene sentido, aunque no sepamos explicar cuál es, ni siquiera a través de nuestros microscopios y telescopios.
Esa cofradía lectora hoy puede celebrar la dicha de dar la bienvenida a sus estantes a esta maravilla: la literatura de Vlady Kociancich.
GABRIELA DAMIÁN MIRAVETE
1 Además de narradora, Vlady Kociancich es ensayista. Uno de sus volúmenes, dedicados a sus escritores favoritos, se llama, precisamente, La raza de los nerviosos (Seix Barral, 2006).
2 Julio Cortázar, “El sentimiento de lo fantástico”, conferencia dictada en la U.C.A.B. en 1982.
3 Ronald Spiller, entrevista con Vlady Kociancich, “Del lado aventurero de la literatura”. Iberoamericana (1977-2000) 18. Jahrg; núm. 1 (53) (1994), pp. 62-78, Iberoamericana Editorial Vervuert.
4 Vlady Kociancich, El templo de las mujeres, Tusquets, 1996.
PRÓLOGO
Confieso que en ocasiones me he preguntado si la práctica del género fantástico es compatible con la convicción de que el mundo necesita más cordura que irracionalidad. Mis escrúpulos afloran en raptos de puritanismo en que olvido la vocación literaria, la importancia de las letras para el hombre, la primacía del relato fantástico sobre las demás formas narrativas: es el cuento, por excelencia. De todos modos, ¿cómo no envidiar la buena estrella, o el talento, de Vlady Kociancich, que ha inventado una historia fantástica, extrañísima y apasionante, creíble para lectores de nuestra época? Podríamos decirlo así: creíble en esta época en que la visión del universo ha cambiado.
En el género fantástico distinguimos tres corrientes principales: la de castillos, vampiros y cadáveres, que procura el terror, pero se conforma por lo general con la fealdad; la de utopías, ilustre por el repertorio de sus autores, que se confunde con la precedente cuando recurre a la utilería del miedo, y la que se manifiesta en construcciones lógicas, prodigiosas o imposibles, que suelen ser aventuras de la imaginación filosófica. En esta última corriente se inscribe, mutatis mutandis, la novela de Vlady Kociancich: una construcción lógica, posible pero prodigiosa, una aventura de imaginación filosófica, una historia de amor, de amistad, de traiciones, una busca infinita. Hay un agrado y probablemente alguna utilidad en establecer clasificaciones; la realidad, por fortuna, siempre las desborda.
Desde el comienzo de este libro alucinante sentimos que nos guía una mano segura. En el estilo sabio, simple, eficaz, en tono muy grato, la autora nos refiere las peripecias del héroe –hombre de nuestro tiempo, convencido como nosotros de que todo es pasajero, pero capaz de sentimientos profundos y arraigados– a lo largo de una serie de situaciones terribles, cómicas, desgarradoras, raras, nunca arbitrarias, siempre creíbles. La narración está inmersa (por lo menos la veo así en mi memoria) en una recelosa luz de sueños, por la que vertiginosamente nos acercamos al inasible sentido de la vida. Desde luego, la vida, el destino del hombre, son trágicos, pero la tristeza que puede haber en La octava maravilla, que los refleja con fidelidad, no apesadumbra al lector porque el relat fluye a través de reflexiones agudas e inteligentes. El trabajo de una inteligencia rica es quizá el mejor título para invocar la alegría de vivir.
Los personajes, las escenas, los lugares, dejan nítidos recuerdos. Pienso en el héroe que extravía su mundo, el barrio conocido y familiar, para recuperarlo en parajes remotos; en Victoria; en Paco Stein; en un diálogo con un loco, en un jardincito interior; en la joven constructora de lápidas, de Düsseldorf; en el ruso de Berlín; en el turco Safet; en la pensión de Frau Preutz y sus mujeres; en la presentación cinematográfica del poeta Francisco Uriaga, donde la fantasmagoría bordea el delirio.
Algunos lectores recuerdan tal vez una época de su vida en que deslumbrados por sucesivas revelaciones, descubrieron la literatura. Es curioso: la experiencia ulterior de quienes tuvieron esa suerte prueba que las revelaciones y los hallazgos nunca se acaban. Para mí, el más extraordinario hallazgo de los últimos años ha sido La octava maravilla de Vlady Kociancich. Por eso he querido escribir estas líneas de presentación.
ADOLFO BIOY CASARES
LA OCTAVA MARAVILLA
1
Me sucedió –el viaje, el cambio de mar o el otro– hace ya un año, en el Berlín de hielo y de llovizna de febrero, y en este Buenos Aires que arde húmedamente mientras escribo, que penetra por mi ventana abierta en vaharadas de calor, me estremece la memoria de aquel frío y la pura conciencia de mi perplejidad.
Los diarios de la mañana, un ejemplar de cada uno (tuve que comprar todos para convencerme de que la noticia era real, no la broma de un enemigo que supiera lo de Berlín), están extendidos y abiertos en la página con la información imposible, sobre el sofá tapizado de rojo que hay en mi estudio.
Hace apenas unos minutos, la muchacha que bajó del tren en la estación de Villa del Parque, ayer, mientras yo aguardaba vaya a saber qué –no a ella, por supuesto, ni al tren– se asomó a la puerta. La vi, alta, desnuda, el largo cabello rubio enmarañado, y me sobresalté, le grité que no entrara.
A pesar de su soñolencia y de esa carnal naturalidad con que una mujer se mueve en casa extraña si ha dormido ahí una noche, unas horas, pareció trastabillar, recibió mi grito como un golpe. Me dolió desbaratar su adormilado aplomo, precisamente hoy, precisamente el suyo, y me disculpé mostrándole el desorden de los diarios abiertos. Sonrió, se inclinó para darme un beso leve en la frente y fue a vestirse.
Escribo con angustia, partido en dos: un hombre que necesita escribir esta historia para entender su historia, su vida, y un hombre que necesita retener a esa muchacha para seguir viviendo. El impulso de correr hacia ella y abrazarla, demostrarle con caricias que mi atención está concentrada violentamente en su presencia aquí, en mi casa, y el impulso de contar lo que me sucedió, a riesgo de que ella crea que prefiero encerrarme en mi trabajo en vez de prolongar el goce de la tarde y de la memorable noche anterior, tienen una fuerza pareja.
Oigo correr el agua de la ducha. Los minutos de tregua antes de que regrese vestida, ya despierta, esta codiciada extranjera de ondulante cabello rubio y ojos grises, me alcanzan para desear rabiosamente no haber leído la noticia de que Vida y obra de Francisco Uriaga, la película cuyo libro escribí durante mi estadía en Berlín, fue premiada en el Festival de Cannes.
No pretendo una reivindicación, no reclamo por noches sin dormir en la pensión de Frieda Preutz. Tampoco debe leerse mi relato como un reproche a Juan Pablo Miller, el joven cineasta argentino que triunfa en Europa, con quien fuimos cálidamente amigos y al que no he vuelto a ver. ¿Por qué no callo entonces? Porque me desborda el azoramiento. Porque mi brusco ingreso en el mundo del cine, un viaje dentro de otro viaje, me convirtió en uno de esos turistas que compadezco, gente que apuesta las ganas de ser otro en la ruleta de circunstancias extranjeras. Porque no sé qué es lo que gané cuando creí haber ganado, qué es lo que perdí cuando me anunciaron la pérdida.
Y porque la única documentación de mi viaje es la película que está dando su triunfal vuelta al mundo y mi nombre no figura en los títulos.
2
Me llamo Alberto Paradella, tengo treinta y dos años, un divorcio, ningún hijo, y hasta que empezaron los viajes como periodista especializado en turismo, mi vida transcurrió sedentariamente entre Villa del Parque, donde nací, me crie y fui a la escuela, y el barrio sur de Buenos Aires, cuyas ruinas apuntaladas a fuerza de literatura y de folklore eligió Victoria, mi legitima esposa, me separé hace una eternidad.
Cuando del destino se trata, no hay otro modo de abordarlo que remar río atrás, corriente arriba, en busca de una orilla reconocible de la que se pudiera haber partido. Así viajé toda la noche, un hombre en un bote, solitario e insomne. Para ser franco, no he encontrado nada que explique el viaje, la película, la muchacha rubia. Mi pasado es un pueblo de llanura.
Fui un chico como todos los chicos de Villa del Parque, progenie bien alimentada, correctamente vestida, estatalmente educada, de familias inmigrantes, españolas e italianas en su mayoría, y la sola diferencia que recuerdo –mi condición de hijo único– la disimulaba con irritante exageración el gran número de primos, abominables criaturas menores, que invadían la casa de la calle Jonte. Si a mis amigos les sobraban hermanos, a mí me sobraban parientes.
Tanta convivencia forzada con dos pares de abuelos saludables, con todas las ramas del árbol familiar combadas por el peso de los robustos frutos de su descendencia, invita a la reflexión, empuja al ensueño. Era, cuando podía, un chico solitario, un aplicado soñador. Lo curioso es que aunque anoche recuperé, en el rastreo de la infancia, la imagen del niño que se escapaba de aquel mundo gregario y bullanguero para soñar, no recuerde un solo sueño. Recuerdo, en cambio, la terraza.
Nuestra casa era de una sola planta, un edificio cuadrangular, con un frente liso y sin revoque y un patio al fondo que protegía la parra de rigor. A la terraza se subía por una escalera de mano, ancha y sólida, a la que le faltaban los primeros peldaños.
Cada vez que mi padre declaraba, con tono firme, que esa misma tarde se ocuparía de reparar la escalera, yo temblaba pensando en los primos, encaprichados y llorosos, retenidos en el patio por la escalera desdentada y la aprensión de sus madres. Pasé momentos de verdadera angustia antes de comprender que cuando mi padre decía “sin falta”, “ahora mismo”, no expresaba la decisión que me despojaría de mi refugio, sino el fastidio que le causaba la busca de dos cajones de fruta vacíos para reemplazar los peldaños faltantes. Los cajones desaparecían regularmente el sábado y el domingo. Yo los escondía hasta que mis primos dejaban de interesarse en la escalera, se aburrían de pedir un permiso nunca concedido o los mandaban a aturdir en la vereda.
El panorama que veía desde la terraza no tenía nada de espectacular o misterioso: una laguna de techos planos y terrazas similares a la nuestra, con puntas del tejado a dos aguas de dispersos chalets, se extendía plácidamente hasta donde alcanzaba la vista. A mis pies, entre márgenes de edificios cuadrados, sin gracia alguna, que reflejaban como un espejo la sucinta arquitectura de mi propia casa, corría la calle adoquinada, con pozos que hacían corcovear la bicicleta. Las copas de los paraísos apenas rozaban la cornisa del techo; en invierno perdían las hojas y me permitían observar a gusto el paso de los vecinos, las mujeres barriendo la vereda; en verano florecían con un olor estruendoso, de una dulzura repugnante que atraía nubes de moscas. Pero yo no subía a mirar el paisaje.
Anticipando un segundo piso que nunca se construyó, había un gran balcón de curva pretenciosa, que se asomaba a Jonte. Era alto, panzón como la proa de esos pesados galeones españoles que ilustraban mi libro de historia. Las duras rectas de la casa y del damero suburbano de Villa del Parque, la tradicional superposición de cuadraturas ejecutadas por un dibujante torpe entre bostezos, se diluía pesadamente en la media circunferencia del balcón, como un intento grotesco de recordar la forma del mundo. Curiosamente, era la falta de paredes, de ventana, de techo, lo que le daba una absurda pero enfática dignidad: la de una nave construida para surcar mares difíciles, pensada para el transporte de tesoros, no para la exploración ni el combate.
La asociación entre el balcón y el barco corresponde al adulto que escribe. El chico, simplemente, estaba en él. Me gustaría contar que jugaba a los viajes. Pero busco la verdad, no una clave literaria, y la verdad es mi pura presencia en el balcón, sin juegos, sin sueños transmitibles, sentado en unas tablas que mi padre había amontonado ahí y cuyo destino, infinitamente postergado, ni él mismo recordaba. Quieto, paciente, me recuerdo sentado en el balcón como en una playa, de espaldas a la casa, contemplando el mar de casas y de gente. En algún momento de la infancia, quizá porque intuí que hay que dar razones para todo, empecé a llevar libros. Tampoco recuerdo qué leía.
Menciono la terraza porque del resto de la casa de Villa del Parque, que se vendió cuando murieron mis padres, casi no me acuerdo. Hasta el barrio, al que volví ayer después de una larga, deliberada ausencia, me pareció, de tan impreciso, extranjero.
Eso, en cuanto a la infancia y no es mucho. De mis años de adolescente tengo aún menos que decir. Me asombra que la familia me considerara excepcional, sobre todo las mujeres, que se llenaban la boca de elogios. Lo mejor de la existencia del otro es que a uno lo arranca de mirar hacia adentro, lo obliga a verse como lo ven. Pero ni las fotos en el álbum de mi madre, ni los suspiros y sonrojos de primas ya crecidas, ni la fácil conquista de chicas en Argentinos Juniors, éxito que coronó e interrumpió simultáneamente Victoria, me convencen de que yo era tan buen mozo como se declaraba. En lo que se refiere a mis singulares virtudes, no poseo otra certeza que el odio encarnizado que despertaba en mis primos varones.
Una sola vez estuve al borde de la vanidad, cuando una joven vecina, casada y a todas luces feliz con su marido, que acostumbraba tomar el sol en la terraza de al lado, cruzó a la mía y me sedujo. Fue hecho en silencio, sin explicación previa. Yo tendría catorce o quince años, ella andaba por los veinticinco.
Durante un largo verano, a la hora de la siesta, todos los días menos sábados, domingos y feriados, yo trepaba la escalera con esos libros que ya no leía, ella se asomaba, callada, puntual, en el hueco de la suya, agitaba una mano y saltaba el muro bajo de la medianera. Nunca dijo que me amaba o que era un chico hermoso. Nunca, en realidad, dijo nada más que una palabra de saludo, alguna orden instructiva al principio, susurrada para no asustarme o para no alertar a posibles testigos. Un día esperé inútilmente hasta que se hizo noche. Ella no apareció ni ése ni los días que siguieron y yo volví a leer. Después, cuando las tías adulaban a mi madre comentando la suavidad del cabello, la belleza de los ojos castaños, la sonrisa encantadora con sus dientes perfectos, la elegancia natural de ese único producto de los Paradella de Jonte, yo pensaba, desconcertado y triste, que alguna de esas cosas podrían haber gestado el salto de mi hermosa vecina, pero no habían sido suficientes para retenerla otro verano.
Con excepción de este episodio erótico, nada hubo de interesante en aquel periodo de mi vida, que se deslizó amable, sin cumbres, sin abismos, por tres angostos cauces: el Colegio Nacional Urquiza, el Club Argentinos Juniors, la casa, en la que ya raleaban los primos y me permití estar solo sin necesidad de esconderme.
Así llegó el momento de elegir una carrera. ¿Fue ése el punto de encrucijada? ¿Existió alguien, en algún lugar de este mundo tan raro, que apoyó la oreja en el suelo y distinguió mis pasos entre los pasos de millones de muchachos de igual edad y de igual inocencia ante el futuro, y dijo: “este” y me marcó para una fecha y una ciudad, Berlín?
Mis padres me preguntaron cuál era mi vocación. Respondí que quería ser arqueólogo, me convencieron de la prudencia de estudiar antes medicina, me inscribí en la facultad, aprobé con brillo dos exámenes teóricos, me desmayé ignominiosamente ante el primer cadáver. Siete años después, me recibía de abogado.
3
El título de abogado me llegaba con la certeza de que a menos que me abriera paso como un tigre en la jungla de la muchedumbre colega, sería un simple esclavo de oficinas jurídicas, tan mal pagado como la secretaria que me llamaría doctor y mucho más aburrido que ella.
La esclavitud y el sueldo de miseria me importaban muy poco. Me asustó el tigre que la sociedad me imponía. Y no hablo, por favor, de otra sociedad que la que verdaderamente molesta: la del prójimo. Padres, tíos, amigos, novia, esa batida ululante que abre camino en la maleza, acorrala la fiera y luego se hace a un lado y espera que el cazador acierte el tiro.
La actividad de mi compañía nativa empezó cuando cursaba las últimas materias. Aturdían los tambores: “Y cuando Alberto se reciba”. Pues bien, el abogado de prestigio, el triunfador, el héroe, preso en la carpa del talento que lo exiliaba de ser un muchacho cualquiera de Villa del Parque, lo condenaba a jugarse la vida cotidiana en astucias menores, pensaba, estremeciéndose, en su clara incapacidad para estar a la altura de un épica tejida con cadáveres de clientes y de colegas.
Si hay duda, siempre es mejor callarse.
Una noche en que volvíamos del cine con Victoria, tuve la mala idea de preguntarle:
–¿Qué pasa si no me recibo?
Caminábamos por calles generosamente oscuras, entretenidos en la dificultad y el corto éxtasis de besos dados en plena marcha, y si recuerdo con tanta nitidez mi pregunta es porque la respuesta de Victoria la cristalizó.
–Imposible.
Me detuve bruscamente. Victoria, enredada en mi abrazo, casi cayó hacia atrás.
–¿Por qué imposible? –grité–. ¿Y si me aplazan en los exámenes?
Victoria era menuda, más bien baja (nunca me gustaron las mujeres altas), y con veinte años ya cumplidos y el título de maestra normal, conservaba intactos el temperamento y los modos de una niña. Ahí estaba precisamente su mayor encanto, en el notable divorcio entre forma y contenido. Ya extraída de un molde maravilloso de sensualidad, carne, piel, curva y ángulo, ni un solo trazo a dibujarse en la pequeña obra maestra de su cuerpo y sin embargo, pura e inalterable persistía en la mujer el alma de la niña. Siempre guardaría, para enamorarme a mí y, ay, a otros hombres, todo el dogmatismo, la astucia y la brutalidad de una chica de diez.
Los plátanos de la vereda marcaban una segunda sombra sobre nosotros, apenas si le veía la cara. Antes de hablarle, la besé. Una manzana arrancada tempranamente del árbol, mi Victoria: tersa, fragante y dura.
–¿Por qué imposible? Tenés que ver la cantidad de aplazados que hubo este cuatrimestre.
La suya era una mente, si bien restringida, lógica. Contestó:
–Medalla de oro en la primaria, medalla de oro del Urquiza. ¿Quién te quita la medalla de oro de la facultad?
Y agregó, impaciente:
–Mamá me está esperando levantada. Vos sabés que nos tienen calculado el tiempo.
A veces sospecho que las peores cosas de mi vida me suceden porque así como hay personas que carecen del sentido del olfato o del gusto, a mí me falla el instinto de sincronización. De modo que en vez de aguardar una ocasión a todas luces más propicia que la vuelta del cine, con la señora madre en la otra punta del camino y mirando el reloj, insistí:
–Escúchame, Victoria. Por favor. Ya me he estado preguntando qué pasa si no me recibo. Si no, fíjate bien, es una suposición, si no ejerzo de abogado. Porque últimamente, creéme, siento que no voy a ser un buen profesional. No el que vos y la familia esperan.
Frunció el ceño, pensé que reflexionaba. Continué:
–Supongamos que apruebo los exámenes, que me recibo. ¿Y después? Nos casamos. ¿Y qué vida tenemos? Yo todo el día afuera, trabajando como loco para ganar plata, para comprar la casa-quinta y el auto, y vos sola, aburrida, esperándome, hasta que yo llego medio muerto, sin ganas de nada, tal vez furioso.
–¿Qué tiene de malo la casa-quinta? –me interrumpió, alarmada.
Uno de nuestros sueños de novios era una casita en el Tigre.
La tranquilicé.
–No es por la casa-quinta. Se trata de otra cosa.
Le expliqué que de sólo imaginar una vida de constantes decisiones me daba náusea y vértigo. Que la misma desidia que me llevaba rectamente a la medalla de oro sería la causa de mi fracaso como profesional. Que mientras ella me veía rico o famoso, yo me veía convertido en un abogado de tercera, trotando por los tribunales, perdiendo pleitos y acumulando honorarios impagos.
–Para esa vida de peleas, soy un cobarde.
Me escuchaba con tanta atención que, arrastrado por mi propia elocuencia, pasé a describir mi modesto, anhelado paraíso. Casarme con ella; ayudar a mi padre en la carpintería; comprar una casita en Villa del Parque y también la casa-quinta en el Tigre; nada de autos, de viajes a Europa, de cansadores lujos, que imponen tantas obligaciones, tanta gente aburrida. Victoria y yo, Villa del Parque, nuestros hijos.
La excitación, el tiempo que apremiaba, la madre suspicaz esperando en la puerta, me empujaron a farfullar esta cursilería:
–Tengo una sola ambición, Victoria. Decir, como Ulises, que mi nombre es Nadie y empezar por el final feliz. No salir de Itaca, ahorrarme las batallas y los viajes.
Por si acaso, aclaré:
–Itaca es Villa del Parque.
He dejado de escribir. He ido al dormitorio y he contemplado el retrato de Victoria en un estado de agitación muy similar al de aquella noche. Tan solo, tan incoherente como entonces. A la cara hoy extraña de la fotografía le he reprochado, tal vez injustamente, porque me siento abandonado por todo lo que me era familiar y querido:
–¿Qué te costaba? Me hubieras ahorrado el viaje a Berlín, ese sueño y esta pesadilla. ¿Qué te costaba, Victoria? Era tan fácil.
¿Lo era?
En el fondo de nuestras expectativas hay un libreto que nunca respetan los autores. Ya me parecía oír, desde la doble sombra de los plátanos, la voz aniñada de mi novia recitando una letra común al cine de la época, a la película que habíamos visto esa noche y que la había hecho llorar a mares. Victoria diría: “Tenemos una vida por delante. Será feliz mientras estemos juntos, amor mío…”
Victoria dijo:
–Imposible.
La tomé del brazo y la arrastré a un claro entre las hojas por donde pasaba, débil y trémula, la luz del farol de la calle. Le puse una mano bajo el mentón, alcé el bonito rostro hacia mi cara, que sentía dura por el esfuerzo de ocultar la decepción y la única recordada furia que me provocaría Victoria en largos años de amor y desencuentro. Inciertos puntos amarillos le salpicaban la frente y las mejillas, pecas de luz, que falseaban la limpia belleza de su piel.
–¿Por qué imposible? –susurré, ahogándome, desesperado y terco.
Estaba loco por ella y con razón; mis amigos me la envidiaban y con razón. Era hermosa, despreocupada, alegre.
Abrió enormes los ojos, sabía que me gustaban tanto. Despreocupadamente, alegremente, contestó:
–Porque te quiero mucho.
4
Necesito hablar de Victoria y sin embargo me disgusta hacerlo. Más que cualquier otro sentimiento humano, el amor es una cosa del presente. Y yo un cobarde. El miedo me vuelve cuidadoso. Hay una explicación para todo, me digo. Pero no la encuentro. Paradójicamente, sobran las explicaciones. Ninguna me conforma y en el fondo de la papelería de buenas razones, intuyo otra que no sólo no es buena sino que nada tiene de razonable.
¿Es posible que yo, Alberto Paradella, el hombre más sensato del mundo, pueda volverme loco?
Escribo con bastante serenidad, pero cuando me aparto del papel, dejo de creer que soy el que soy, ya no me pertenezco, no pertenezco a nada ni a nadie. Todo lo que me rodea parece extraño y hostil. La casa, ajena. El jardín con palmera, siniestro.
Entonces, sin pensar, llevado por un impulso del que me arrepiento en seguida, hago cosas de chico o de borracho. Marco el número de la casa de Victoria, donde vive con el hombre por el que me dejó.
–Hola.
La voz del marido de Victoria. Ronca, malhumorada. Es natural, porque no respeto la hora –tengo todo el tiempo del mundo, la eternidad del insomnio– y deben ser las tres o las cuatro de la mañana.
–¿Puedo hablar con Victoria, por favor?
–¿Qué?
–Por favor. Cuestión de vida o muerte. Deme con Victoria. Prometo no hablar mucho, un minuto nomás.
Murmullos sofocados, una exclamación. El teléfono está junto a la cama. Dios. Al fin, Victoria.
–Hola.
–Victoria, soy yo.
–¿Pero quién habla?
–Alberto.
–Alberto qué.
–Alberto, tu marido, Alberto Paradella, yo, soy yo, Victoria.
–¿Cómo? Pero ¿qué dice?
Ah, finge asombro, me niega.
–Victoria, no es el momento de jugar. Tengo que hablar con vos. Tengo que verte. Por favor.
La voz del hombre, muy próxima –quizá tenga la cara pegada a la de Victoria para escuchar– exclama: “¿Quién es?”
–¡Y qué sé yo! –contesta la inconfundible voz aniñada de Victoria, con una irritación que me alegra porque está dirigida a él.
Furiosa, se defiende:
–Escuche, yo no conozco a ningún Alberto Como-se-llame. Voy a colgar. Y no se le ocurra molestar de nuevo.
¿El hombre es tan celoso o de tan buena imaginación que la obliga a negar a un marido que ella misma abandonó?
–Por favor, Victoria, no cuelgues. Tengo que verte y explicarte. Vos sos la única que…
Antes del clic me alcanzan las atroces palabras de mi mujer al otro.
–Un chiflado, un borracho. Anda a saber.
5
Conocí a Victoria en Argentinos Juniors el mismo día en que dos amigos míos, integrantes del equipo juvenil de básquet que salió campeón esa temporada, se expulsaron voluntariamente del club. Tiraron la biblioteca del presidente a la recién estrenada pileta de natación.
Yo estaba entre los que se agolparon a mirar cómo los peones sacaban el mueble de la pileta –una biblioteca matrona, con anchas molduras talladas– y los socios cadetes pescaban lo que había quedado de los libros después de una noche en el agua.
–El crimen –gemía el presidente– fue cometido al amparo de las sombras nocturnas, sí señor.
Miraba, repito, más asombrado que divertido, pero con la turbia satisfacción de contarme entre los testigos del acontecimiento del año, cuando oí que alguien gritaba mi nombre desde el otro lado de la pileta. Era Paco Stein, mi amigo de toda la vida y quien me presentaría a Victoria.
Que se llamara Paco Stein jamás nos sorprendió, ni a mí ni a la barrita de la cuadra y del club. Quiero decir que aceptamos sin curiosidad alguna ese curioso apodo, tal como corresponde a muchachos criados en medio de nacionalidades confusas. Ignoro por qué grieta se filtró ese nombre –el verdadero es Boris y lo descubrí o me lo dijo cuando ya no vivíamos en Villa del Parque– en una familia tan estrictamente judía como la suya. Pero Paco mismo era una misteriosa digresión en el relato bíblico de los Stein.
No heredó un solo rasgo de su padre, hombre callado, de sonrisa aguachenta, que raras veces salía de su taller de sastre; tampoco de la madre, rubia, menuda, pálida y de movimientos cautelosos, como si convaleciera de alguna grave enfermedad, cuyo aspecto frágil estaba desmentido por la salud de hierro y la acerada legislación que imponía a la casa, al marido, a los tres hijos y a un gato blanco, Mitsi, que, aunque gordo y lerdón, sabía hacer pruebas de habilidad como los perros y maravillaba a los vecinos. Las dos hermanas mayores, también rubias, vulnerables y enérgicas, no se daban con nadie, se casaron muy jóvenes y desaparecieron del barrio.
Paco Stein tenía el pelo erizado y rojo, la cara redonda, pecosa, los ojos grandes y saltones intensamente azules, la nariz chica, los labios gruesos, los dientes desparejos y mal cuidados, la risa fácil y cierta inclinación por la bebida fuerte más común al irlandés típico que al judío. Y hablaba con la volubilidad y desaprensión de un gallego.
Nunca conocí persona más sociable. También había en él algo de Mitsi, esa impertinente destreza para concertar los variados asombros de sus espectadores. Uno tenía su pequeño circuito de amistades y relaciones; Paco, hasta de chico, era habitué de un mundo que no se cerraba en la frontera de cuatro o cinco calles. Estaba en todas partes y su presencia verborrágica, risueña y feroz de vivacidad, brotaba en todo suelo. Se podía sospechar que ese pelirrojo de físico endeble, petiso, flaco, sin músculo, encerraba a unos cuantos pelirrojos diplomados en diferentes especialidades. Gran jugador de truco, imaginativo bailarín, asador impecable de nuestras escapadas al Tigre, centro-forward de nuestro primer equipo de fútbol, combinaba estas habilidades de índole social con un cerebro cuya actividad admirábamos y sólo a medias comprendíamos.
Porque le interesaba todo: la ciencia, la filosofía, la pintura, el teatro, el cine, la literatura. De sus viajes al centro –frecuentes, solitarias incursiones que respetábamos como otras tantas pruebas de su excentricidad– volvía con una cargazón de libros de segunda mano y una experiencia que trataba infructuosamente de comunicarnos. Como si fuera hoy, recuerdo una famosa partida de truco en el Café Juncal. Coincidió con su descubrimiento, aquella tarde, de una película que (gesticulando, colorado de excitación, el rojo pelo alborotado), calificaba de revolución en la historia del cine. Nadie le creyó porque la había visto en el Lorraine, que era una sala para dormirse.
La memoria produce asociaciones insólitas. Hoy, tantos años después, cuando alguien dice El ciudadano, el impresionado muchacho que fui le contestaría: “Por el río Paraná, iba navegando un piojo”. Aquel día, casi lo echaron del café. Lo salvó ganar, ante el asombro de su compañero de juego, el campeonato. Lo salvó su simpatía. Lo salvó la conciencia generalizada de que Paco o no Paco, su apellido era Stein, su inteligencia una marca de fábrica.
Es extraño. Escribo sobre Paco como si hubiera muerto. Peor, como uno evoca los fantasmas de su pasado. Y no es así. Paco perteneció a mi vida hasta hace un año. Pero ¿qué digo? Pertenece aún. Es verdad que no hablo con él desde… No sé. No entiendo a qué vino este desvío nostálgico de mi relato, si yo me proponía hablar de Victoria.
6
Yo me reí del amor a primera vista hasta ese día en Argentinos Juniors cuando vi, antes que a Paco Stein, a la chica que lo acompañaba.
Cabello negro, ojos verdes, naricita respingada, una boca de las que llaman generosas y con los labios sin pintar. La visión de esa cabeza adorable me cortó el aliento. Del cuerpo que la sostenía no recabé información hasta que torpemente empecé a abrirme paso entre la multitud, di una vuelta que me pareció inacabable alrededor de la pileta, llegué a ellos, la vi entera: una graciosa, diminuta réplica de la mujer ideal.
Mientras mis amigos se desvivían argentinamente por las rubias, yo siempre tuve una firme debilidad por las morenas de ojos claros. Victoria no solamente cumplía con el color del pelo y de los ojos; era lindísima. Tan pequeña que hasta Paco parecía alto al lado de ella, y sin embargo concentraba en su escasa superficie todas las miradas de los socios más próximos. Miradas de admiración y pena, el mudo y triste ruego que provoca la belleza en los meros espectadores.
–Esta es Victoria –dijo Paco–, mi invitada especial al acto depredador que ha tenido lugar en nuestra magna sede deportiva.
Rodeaba los hombros de la chica con un brazo amistoso.
–Lástima los libros, che. Policiales de tercera categoría, dos o tres ejemplares del Manual del alumno bonaerense, una docena de Platero y yo. Ese burro flota como un corcho.
A la mujer ideal no la soltaba.
–La víctima incolora, inodora e insípida, desluce al victimario. Decí que la biblioteca, el mueble imperialista le da un toque de fuerza, o no valía el viaje de Victoria, que se viene de Flores.
Me miró fijamente y bizqueó. Tenía ese curioso tic. Cuando clavaba los ojos en un punto, bizqueaba. No era bizco.
–Victoria, este buzón de carne es mi gran amigo Alberto Paradella.
El codazo disimulado pero certero me despertó. Extendí una mano que temblaba.
–Encantado.
–Mucho gusto –dijo ella, formal.
Me observaba con el frío interés que yo había aprendido a reconocer en las chicas del club: gesto aprobatorio antes de lanzarse al ataque, el general que mide el campo de batalla y lo encuentra adecuado a su estrategia. Se trataba de la mujer ideal y dudé. ¿Cómo compararla con otras? Pero el centelleo en el mar verde de su mirada me recordó uno similar, casi olvidado: el de los ojos también verdes de la vecina en la terraza.
La mano que estreché con avidez y grandes ilusiones era la de una criatura, blanda, tierna, confiada. Las uñas, arrasadas por una mordedura constante, me llegaron al corazón; un defecto infantil que humanizaba al sueño, que me ensanchaba de ganas de protegerla y de mimarla, y que años después, en la butaca del cine o leyendo en la cama, no cesaría de reprocharle porque me irritaría tanto el ruidito de las pobres uñas esquiladas, el eterno clic-clac de los dientes voraces.
No le solté la mano. Ella tampoco intentó zafarla.
Paco retiró el brazo del hombro de Victoria y se lo miró como a un objeto extraño, de presencia enigmática. Luego, como el absurdo gato de los Stein, dio un salto, cruzó los pies en el aire, cayó de rodillas entre Victoria y yo.
–¡Aleluya, Aleluya!
Hacía esas cosas con frecuencia y espontaneidad y uno se reía y secretamente envidiaba su falta de pudor, de ese viril sentido del ridículo que nos enorgullecía y nos amargaba la vida al mismo tiempo. Pero esta vez enrojecí y lo odié. Fue apenas un instante porque Victoria no lo festejó, porque no se soltó de mi mano y porque Paco, loco y todo, ya decía generosamente:
–Oh, sí, Alberto Paradella, un gran amigo, un gran deportista. Aquí donde lo ves, Victoria, con esa cara de pavo, es el orgullo de Argentinos Juniors.
–¿Ah, sí? –dijo Victoria.
Y por fin desprendió la mano y se echó el largo pelo hacia atrás en un movimiento de tan felina delicadeza que casi me hizo llorar de ganas de abrazarla.
–No lo dudes, Victoria. Donde lo ponen a Alberto hay lucimiento. Composición. Tema: La vaca. Te explico. Es el sujeto de toda oración admirativa. Tema de ejercitación literaria, modelo de párvulos, tortura de infelices. En el cuaderno de premios, nunca está ausente. Nuestro mejor arquero, la estrella del juvenil de básquet…
¿No se le iría la mano? ¿No había un tono burlón en tanto elogio? ¿Y si a ella no le gustaba el deporte? Iba a decir que ya no jugaba al básquet cuando la oí exclamar, los ojos iluminados por un súbito interés:
–¿De los que tiraron la biblioteca al agua?
–Nop.
La teoría de Paco de que la negación castellana era débil, había creado ese nop, que imitaba medio Argentinos Juniors y por lo menos un tercio de la población joven de Villa del Parque. Cuando uno quería mostrarse categórico, irrevocable y además finamente escéptico, usaba el nop de Paco Stein.
–Fue el año pasado, querida, antes de que los Juveniles de Básquet se convirtieran en vulgares delincuentes juveniles, como dice nuestro desconsolado, culto presidente. Ahora Alberto juega al ajedrez.
Por los ojos verdes pasó una sombra.
–¿Al ajedrez?
Paco saltó al rescate.
–Momento, aclaro. Ahora es nuestro campeón de ajedrez.
La carita se reanimó.
–Ah –dijo.
Si Paco había albergado alguna ilusión con respecto a Victoria, nunca me enteré. Seguramente, en el transcurso de aquella presentación que le costó la chica más linda que vimos en Villa del Parque, miró bizqueando cómo nos mirábamos, supo que todo estaba decidido, y con esa agilidad para adaptarse a los acontecimientos que maravillaba a sus amigos, se aplicó a elogiarme ante Victoria.
Yo estaba demasiado feliz para agradecérselo. Cuando esa noche, en el Café Juncal, lo arrinconé en la mesa, lo acribillé a preguntas sobre la mujer de mi vida, se mostró, en cambio, extraordinariamente parco. No pasaba de suministrarme meros datos de filiación –la casa, la familia, los estudios–, el modestísimo currículum de una muchacha de esa edad. Con la sed de los enamorados, insistí en que me hablara de ella. A nuestro intelectual, nuestro psicólogo, nuestro hombre de mundo, le pedí una opinión.
En esos días tomaba solamente café. Bizqueó inclinado sobre la taza, bizqueó concentrándose en la cucharita. Tardó en contestar y su respuesta, una perogrullada, me decepcionó.
–Es muy linda –dijo.
Y luego, bizqueándome en la cara, creó esa frase que a lo largo de los años que siguieron, por aplicación sabia y reiterada a casos que no podían ser esclarecidos mediante la razón, a situaciones que exigían prudente silencio, a descubrimientos penosos o a la llana perplejidad, se convertiría en su tarjeta de identificación.
–Este mundo es muy raro –dijo.
Lo perdoné porque me había alabado tanto delante de Victoria. Lo perdoné por la recolección de ah, esos ah de Victoria que probaban que yo le gustaba, que me quería. Cómo iba a sospechar que aquellas concisas, suspiradas exclamaciones, los ah emitidos esa mañana en el club, después en casa, cuando mi madre sustituyó a Paco en los elogios, después en la puerta de la facultad, cuando le comunicaba la nota de un examen, no eran sino la campanilla de una caja registradora que acusaba el ingreso de moneda. Moneda que hacía circular Victoria entre su propia familia, amigos y conocidos, con la prepotencia y la vulgaridad de un nuevo rico.
Lo supe aquella noche en una vereda de Flores, a la vuelta del cine, en su respuesta a mi pregunta: “Imposible”.
Me dije: “Victoria no me quiere. Para estar solo, mejor cortar ahora, separarse”.
Largamente contemplé su rostro buscando la palabra mordaz, el tono duro. Entonces, mientras la miraba, vi el enojo que empezaba a ensombrecerla, recordé que los nefastos ah me habían garantizado la frecuencia de sus besos, de su sonrisa. Imaginé la vida sin ella. Imposible. La vida con ella pero sin título de abogado. Imposible. Su orgullo la haría volverse a otro proveedor de indispensables ah.
Justo en el límite, a punto de perderla, atiné a abrazarla, a prometer:
–Era una broma. No te enojes, Victoria, era una broma.
–Ah –dijo.
Cerró los ojos y me ofreció la boca.
7
Poco antes de recibirme empezaron las pesadillas.
Para alguien que siempre ha dormido bien o tiene sueños agradables, despertarse en mitad de la noche sudando frío, pasarse la otra mitad tratando de interpretar un sueño tan absurdo como aterrador, es un hecho que puede cambiarle la vida. Y cambió la mía.
Una de aquellas terribles noches, sin verdadera conciencia de lo que hacía, salí al patio, trepé la escalera a la terraza. Pleno invierno, yo en piyama, con una manta escocesa como abrigo, sujetándola alrededor del cuello, subiendo esa escalera. Mi naturaleza es friolenta, desconfío de la oscuridad, pero ahí estaba, en la proa del balcón, aterido, cacheteado por el viento, bajo una llovizna de hielo.
Miraba el barrio que dormía y yo insomne, cuando sucedió. Me refiero a que la pesadilla que me había echado de la cama apareció ante mis ojos bien abiertos.
Casas y árboles oscilaron con el leve temblor de una película sumergida en el líquido que la revela. Un instante ondularon los techos. Las pocas luces encendidas (un farol, una ventana abierta), se apagaron y prendieron en posiciones diferentes. La calle abajo zigzagueó, se derramó de su cauce, volcó a la izquierda, pasó el bulto cuadrado de la esquina y desembocó en la gran avenida iluminada que no era Nazca. El retumbar de un trueno me aturdió. No había tormenta. Sólo viento y agua. El trueno era el paso de un tren por un puente de hierro, sobre mi cabeza. Pensé, aterrado: “La estación está lejos, qué puente, dónde, por qué arriba”. El silencio que siguió a esa ráfaga de estruendo, se ahondó en nuevas convulsiones del barrio. Desgajado, hostil, no era Villa del Parque.
Bajo la lluvia, algunos trazos se afirmaban. Sentí tanto miedo como fascinación y me incliné aún más, aplastada la cintura por el parapeto de cemento del balcón, para ver bien la imagen que brotaba en aquella inesperada fotografía.
Negro, gris, trémulo, ajeno, vi otro barrio. Una calle, una puerta en una casa, un cartel con letras rojas que no pude leer, un baldío o tal vez un gran patio desierto, y entre las sombras, el círculo de un faro remoto que me buscaba en la noche y la lluvia, que aumentaba velozmente de tamaño a medida que se acercaba a mí. Primero fue una luz amarilla, luego un remolino de colores intensos, y por fin el rostro desconocido de un hombre que movía los labios silenciosamente. La visión se estremeció de pronto. Villa del Parque y aquel negativo que no concluyó de revelarse, desaparecieron borrados por algo tibio que me cubría los ojos.
Eran lágrimas.
La encontré el viernes y hoy es lunes. Se irá a las nueve, dijo.
Todavía era noche cuando me escurrí de la cama. Cerré la puerta del dormitorio, cerré la puerta del estudio, puse un mantel doblado bajo la máquina para atenuar el ruido de las teclas, y seguí escribiendo.
Llegué, como han leído, hasta la pesadilla en la terraza. Ahí me detuve. No lo hice a propósito. La sorpresa de recordarme en esa situación ridícula (en piyama, bajo la lluvia y además llorando), me impidió continuar. No me reconozco, no puedo creer que la escena pertenezca a ese pasado que intento recuperar y explicarme. Una pieza de otro juego; una de las comunes trampas de la memoria.
La chica de la estación de Villa del Parque duerme todavía, pero falta poco para que suene el despertador. Idea de ella.
–Es un lindo reloj –había dicho, tomándolo con esas manos delicadas como si el despertador fuera una cosa viva.
Le dio cuerda, observó la posición de las agujas antes de colocarlo en la mesa de luz, entre la lámpara y el cenicero de ónix que me regaló Victoria para el último cumpleaños celebrado en pareja.
Tan absorto la miraba que tuvo que repetir la pregunta:
–¿Me acompañarás?
–Sí, sí –contesté.
–Sos muy bueno.
Y sonrió. Yo ya sabía que iba a sonreír. Todo en esta muchacha es tan lento. En el gris de los ojos, por detrás de una corola de pétalos dorados, se alza una tenue luz que inunda progresivamente la mirada hasta convertirla en un único brillo de metal. Pero, independientemente de los ojos, durante dos, tres segundos, no demasiado tiempo, el suficiente para que yo lo advierta y me asombre, el rostro continúa suspendido en la expresión previa: grave, concentrado o vacío. Luego, paso a paso, la risa hace su obra. Se abre el arco de las cejas, los altos pómulos aplacan su severidad, el labio se desprende del labio, la bella boca de dibujo grueso, con el finísimo vello de las mujeres nórdicas, comienza a distenderse hacia las comisuras y, entre dos paréntesis y dos puntos de hoyuelos, aparece entera, de pie, la sonrisa.
No es extraño que me distraiga en la contemplación de estos singulares procesos. Sólo cuando agregó que tomaría el tren de las ocho y veintiséis –el único defecto que le descubro es un maniático respeto por el reloj–, entendí que no me preguntaba si la acompañaría en el amor o la felicidad. Quería que la llevara a la estación Retiro.
Si al describirla doy la impresión de que la juzgo estúpida, aclaro que no soy el tipo de hombre que confunde velocidad de movimiento con inteligencia. Más rápida que Victoria no hubo otra y sin embargo, con todo lo que la quería, nunca fui ciego a las irrefutables pruebas de su estupidez.
A propósito de Victoria: esta muchacha es tan diferente a ella, que a cada rato las comparo. No necesito mirar la fotografía de mi mujer que, en parte por pereza y en parte porque sentí que las dos o tres cosas que podía hacer con el retrato –romperlo, quemarlo, esconderlo en un cajón– implicaban una venganza repugnante, sigue encima de la cómoda, donde siempre estuvo.
A Victoria le gustaba mucho esa fotografía. Lograba adularla más que el espejo. Y le disgustaba la mía, que hacía juego, porque según su opinión, la cámara, la luz y el fotógrafo, me habían inventado un fuego en los ojos, una sonrisa divertida en los labios, una expresión de curiosidad apasionada, rasgos que ni por asomo pertenecían al hombre frío, aburrido e indiferente, que vivía con ella. A mí, para decir verdad, me parecía ridículo tener fotos de ambos ocupantes del dormitorio como si estuviéramos ausentes o muertos, pero Victoria se enojó tanto cuando protesté, que no volví a tocar el tema.
El día en que Victoria se fue de casa, destruí mi fotografía. Tuve que romper el vidrio para sacarla del marquito. Me costó, de puro torpe, una cortadura en el dedo. Pero ni loco me arriesgaba a que el portero le contase a todos los vecinos que había hallado mi imbécil cara sonriendo en el tacho de la basura.
8
Del todo no me siento culpable. Hay personas que nacen con una aversión natural por la mentira y yo soy una de ellas. Creo, tal vez ingenuamente, que en el respeto a la verdad se encuentra el único camino de salida del infierno. Si mentí, fue porque a la verdad no la creyeron.
–¿Cómo? Entonces no querés trabajar –exclamó mi madre, mientras la mano tironeaba del pañuelito escondido en la manga de su blusa.
No alcanzaba a sacarlo. Yo aclaraba:
–Por supuesto que quiero trabajar.
Y la acusación de haraganería me obligaba a defenderme, recordándole cómo había trabajado todos esos años sobre los aburridos libros de texto.
Mi madre postergaba el pañuelito.
–La verdad, nunca fuiste un vago, a Dios gracias.
–Voy a trabajar. Dije que no quería ejercer.
–¿No qué?
–No usar el título. Me gustaría emplearme en otra cosa. Ayudar a papá en la carpintería, por ejemplo.
–¡Un abogado en la carpintería!
–Te aseguro que papá gana más plata con la carpintería que un abogado que no sabe hacer plata.
–Tu pobre padre. Enterrado en la viruta, del día a la noche, sin ver gente.
La carpintería, lo juro, era un club. Iba a replicar que si algo no le faltaba a mi padre, conversador famoso del barrio, era gente, cuando entendí que ella se refería a trajes, corbatas, automóviles y casas-quintas, no a las personas que los habitan.
Necesitaba la complicidad de mi madre. La mítica indulgencia maternal que todo lo acepta y lo perdona y de paso ayuda a convencer a su futura nuera de que, abogado o no, el hijo es un hombre de valía. Insistí: ni coche, ni yate, ni viaje a Europa, apenas un abogado mediocre y encima triste. No me negaba a trabajar. Me negaba a la selva, al tigre, al inevitable fracaso.
Yo era un típico estudiante argentino. Quiero decir que la universidad me educaba para recibirme, no para andar perdiendo el tiempo en pavadas que desmerecen al caballero instruido. Si mi padre hubiera sido abogado, me habría refugiado en su oficina; si ingeniero, en su empresa. Pero mi padre era carpintero, todo el panorama laboral se reducía al limbo de los avisos clasificados, así que imprudentemente insistí en la carpintería.
Con astucia de madre y femenino sentido común, replicó:
–Jamás pudiste ni sostener derecha una herramienta. ¿Por qué te creés que te mandamos a estudiar?
Y agregó, persuasiva:
–Con toda tu salud, siempre fuiste un chico delicado. Siempre soñando, siempre en babia. Los chicos inteligentes son así. No sirven para nada. Por eso uno les da una carrera. Sin un título, los pasan por encima.
En el tono de mi madre había esa conmiseración por la inteligencia, que yo creí nativa y propia de Villa del Parque, de mi barrio y mi gente, hasta que descubrí que era nativa y propia del mundo.
Con apesadumbrada ternura, me dijo:
–¿Vos creés que a tu padre no le hubiera gustado que trabajaras con él? Pero unos tienen fuerza en las manos, otros en la cabeza. Y, Albertito, cada vez que te ofrecías a ayudarlo, temblábamos. O rompías algo, o algo se te rompía a vos en el cuerpo. Nunca vimos chico más inútil, pobrecito.
Seamos francos: ella no mentía.
–No verás abogado más inútil, tampoco.
–¡Ah, eso no! Para algo estudiaste, para algo sacaste tan buenas notas. Lo que pasa es que sos muy modesto, no como otros…
Y empezaba la nómina de los horribles otros: el hijo de Fulana, el sobrino de Mengana, etcétera.
Exhausto, derrotado, yo asentía en silencio.
Con mi padre no me fue mejor. En un punto del monólogo que emprendí para describir un futuro muy diferente al que él imaginaba, alzó los ojos de la madera que estaba lijando y me miró.
Mi padre, Antonio Paradella, era alto, flaco y de cara angulosa, con unos matorrales de cejas negras sobre los ojos grises, a su edad tan limpios como los de un niño. En el cuerpo magro pero duro, en la nariz aguileña, en el ancho mentón cuadrado y la sombra de barba que le costaba afeitar, nadie sospechaba a primera vista su firme vocación para la broma, su risa alegre, su incapacidad para tomar decisiones o mostrarse severo. Era, a pesar de su flexibilidad en el trato con todo el mundo y el número de sus amigos, un hombre tímido.
Sé que ha muerto. Pero hay tantas cosas que parecen desmentirlo. El olor de la madera fresca, recién cortada y sin barniz; las óperas de Verdi que todavía oigo, silbadas floridamente por mi padre, en las mañanas del domingo, cuando los domingos eran los de la infancia, una fiesta; en la mesa de una librería de viejo, un reseco ejemplar de Más allá, su única lectura, me devuelve su cara absorta y feliz; una mano ancha y tosca de obrero, vista en un colectivo, recupera la suya, y hasta creo oler la mezcla de azúcar y limón que frotaba en la piel callosa, en el guante de cuero que el trabajo había calzado en su mano íntimamente delicada, lenta en llegar a mi mejilla, avergonzada de rozarme con su aspereza.
Alzó los ojos y me miró, perplejo.
Tartamudée:
–Hay perezas y perezas. No es que no quiera dar las últimas materias. Se trata…
Para escucharme, suspendió el ir y venir de la lija sobre la madera. Solía hablar y trabajar al mismo tiempo, con armoniosa sincronización.
Bajé la vista. Me había sentado sobre el banco de carpintero, como cuando era chico y le contaba historias del colegio o del club. Me sentí chico y estúpido. Hubiera querido enterrar la cabeza en la montaña de viruta que había a mis pies. Pues bien, no era un chico. Debía mirarlo cara a cara y decirle, cara a cara, que los años de facultad, el abogado de la familia, corrían hacia el mismo destino que esa viruta. Se necesitaba coraje. No lo tuve. Salté del banco de carpintero, me sacudí la ropa.
–No me hagas caso. Estoy chiflado. Los nervios del examen, sabés.
Abrió la boca, asombrado y curioso. No dijo nada. Extendió la mano hacia mi cara y en el mismo movimiento la retiró.
–Yo no sé –dijo–. Yo no sé.
Buscaba alguna palabra. No la encontraba.
–Si no te gusta… Yo no sé…
Se miró la mano. Tenía un raspón fresco y lo estudió atentamente, palpando la raya de un rojo pálido, que cruzaba, fina y recta, la dura piel.
–¿Es para tanto? –preguntó, inesperadamente.
Recordé la pesadilla, la visión en la terraza, de algún modo ligadas a la desazón de recibirme. Pero ahora me encontraba ahí, en la carpintería, el sol entraba por la ventana, un río correntoso con todas las chispas del polvo de aserrín y todo el perfume de árboles aún frescos, no llovía, no era de noche, era inconcebible que mi padre tuviera que morirse un día, que yo, tan bien anclado en esa madera de Villa del Parque, emprendiera los viajes y en uno de esos viajes la película, Francisco Uriaga y la soledad del regreso. Mi padre repitió:
–¿Es para tanto, Alberto?
–No, no es para tanto –contesté.
Como ven, fracasé con Victoria, con mis padres, con las tías, con los primos (ni al más rencoroso pude alistar en mis filas), con los amigos.
No soy dado a las confidencias, pero una tarde, en el Café Juncal, le dije a Paco Stein que recibirme de abogado equivalía a una suerte de suicidio. La exageración, impropia de este muchacho sano y equilibrado, lo sobresaltó.
–Pero che.
Y ahí nomás llamó al mozo y pidió otra vuelta de ginebra.
Porque era Paco Stein no saltó al ruedo, como los otros, para explicarme que esa obsesión se sustentaba en mi modestia. Cuando no hablaba, sabía escuchar y me escuchó.
Por ahí, el empecinamiento que ponemos los porteños en decir escucho por oigo, nace de la realidad. Escuchaba, pero no me oyó.
Claro, también yo era (aunque no me había sucedido Berlín), el mismo que soy ahora, con ese pudor que me hace dar vueltas y vueltas antes de contar la historia, el que acumula datos y razones para escudarse de toda sospecha de inverosimilitud o de injusticia. Fui minucioso en los detalles. Extraje cada pequeña pieza de mi angustia, armé un complejo mecanismo. Todas las piezas, menos una: la pesadilla en la terraza. ¿Y qué podía oír Paco sino el monótono tic-tac?
–Veamos –dijo–. El correcto Alberto Paradella imagina que no le saldrán bien los deberes que le mandó la señorita. Imagina que en lugar del diez de costumbre, le van a poner ocho. Se agarra la cabeza, se desespera. ¿Voy bien?
No. Pero siempre he estado dispuesto a pensar lo peor de mí. Asentí vagamente.
–Luego, no quiere rendir examen. O le ponen diez, o se retira del establecimiento.
Con toda la buena voluntad que suelo poner en la admisión de mis defectos, la calificación de necio me ofendió. Para no contestarle de mal modo (al fin y al cabo le había pedido un consejo, al fin y al cabo tenía la obligación de ser franco conmigo), sacudí la cabeza lentamente.
–No exageres –murmuré.
–¡Pero dejate de jorobar! Un tipo como vos, con un currículum que te envidiaría Ceferino Namuncurá, preocupándose por el futuro.
–¿Lo de Ceferino lo decís porque tenía visiones?
–Nop. Porque lo adoran los pobres de espíritu. Ver, me parece que no veía nada. Pero sabés como es en la universidad religiosa con los trabajos prácticos. Optativos, el milagro, la visión o la voz celestial. Te bochan en una de éstas y sonaste. Al fichero a hacer cola beata, esperar el acomodo. Alguna visión tendría. ¿Por qué? ¿Vos no tendrás visiones? Si hablas así del futuro…
–No. El futuro no.
A ciegas busqué un término más adecuado. Tropecé con uno. Lo dije. Paco se echó atrás en la silla, silbó admirativamente. Luego, marcando el dos por cuatro con el vaso, se largó a canturrear: “Contra el destino, nadie la talla, se terminaron para mí todas las farras…”
El grito que pegué le cortó la sonrisa, el tango y el compás.
–¡Mozo!
El gallego se acercó trotando entre las mesas. En su cara peleaban a puño limpio el furor de que alguien lo llamara mozo, en vez de Manolo (o en su defecto, se lo atrajera chistando, agitando la mano, a guiños), y el asombro de que ese insulto proviniera de mí.
–¡Mozo! –gruñó, metiéndose la bandeja bajo el brazo, como para cuidar el lado expuesto a mi ataque de locura–. ¡Mozo! Que mozo sea. Aquí está el mozo, señor, y orejas no le faltan. Malo cuando al de buen oír le gritan.
Tal vez, bajo mi carácter apacible escondo a un iracundo. Tal vez, aquellos que parecen enojarse fácilmente poseen un enojo ficticio, un tic más o menos errático alrededor de la furia, y se asustan cuando ven una de verdad. El gallego y Paco me miraban escandalizados, pero con respeto. No me podía ver la cara, pero me di cuenta de que me costaba hacer pasar la voz por la garganta.
–Dos ginebras. No tenés derecho.
Manolo dio un respingo.
–¡Cómo que no tengo derecho!
–Pero callate, gallego, que no es con vos –dijo Paco–. El que no tiene derecho aquí soy yo. Derecho a qué, pregunto.
–¡Derecho a gritarle a uno! Lo que hay que ver y que me quede ciego. Era así (Manolo marcó una altura de medio metro con la bandeja) y ya holgazaneaba en el Juncal y ahora mozo. ¡Mozo! Y uno a servirle que para eso está. Pero que no hay derecho, veréis si no hay derecho.
Cualquier cosa nos aguantaba el gallego y su paciencia, a lo largo de tantos años de doce horas diarias en el café, se había solidificado en estratos de diversas eras. Resultaba imposible horadar esa corteza sin desenterrar fósiles de anécdotas, respuestas darwinianas que caían con sumaria violencia sobre nuestra presuntuosa juventud, pero lo llamábamos mozo y se le volaban los pájaros junto con la soberbia autoridad que le daban el oficio y la experiencia. Fue esa rabia lo que me calmó. Como un espejo, me mostró la mía.
–Está bien, Manolo –dije, sintiéndome ridículo–, no era con vos, lo juro. ¿Pido de nuevo? Dos ginebras, Manolo. Por favor.
–Manolo ahora es Manolo –gruñó, a medias aplacado–. Jo, que te estrego, burra de mi suegro.
Pero, aunque sacudía la cabeza como si quisiera quitarse de encima la impresión de mi ruina moral, marchó a buscar las ginebras.
Paco hizo un gesto de que continuáramos. Dios, cómo necesitaba contarle. Pero la escena me había dejado exhausto. Prendí un cigarrillo para darme tiempo. Después de Ceferino Namuncurá y Adiós Muchachos no es fácil encontrar el tono apropiado para una confidencia. Temía enojarme de nuevo. Y total, para qué.
Paco esperaba, atento.
–Estarás preocupado si tomás tanto. Vas por la tercera ginebra.
–El que se tomó tres fuiste vos –dije cansadamente.
–Da lo mismo. En cultura alcohólica no aprobaste ni jardín de infantes. Aunque puede ser que no te venga mal.
No dije nada. Se inclinó sobre la mesa y acercó la cara, bizqueando aceleradamente.
–Oíme, Paradella. De verdad, ¿qué miércoles te pasa?
Pensé: “Si le cuento lo de la pesadilla en la terraza, no me creerá; si me cree, me tomará por loco; si no le cuento, por estúpido”.
Los ojos azules, redondos y brillantes de curiosidad, clavados en mí, a la expectativa, me hicieron sentir como al actor de reparto que cae por accidente bajo los reflectores destinados al protagonista. No recordaba mi papelito; me confundía una escena de lluvia, viento y metamorfosis. Dije lo primero que se me ocurrió:
–Un paso en falso y se pierde todo.
Hubo un largo silencio. Paco levantó su vaso y lo miró al trasluz. Estaba vacío, pero se lo llevó a los labios e hizo correr el hilo de unas gotas. A mí me daba vueltas la cabeza. Para frenar el mareo, tomé el resto de la ginebra.
–No sos muy claro –dijo.
–No –admití.
Había dos planos en mi angustia. Elegí el que me dejaba menos solo.
–Esperan demasiado de mí. Victoria, los viejos, la familia. Y yo no quiero lastimarlos. No quiero lastimar a nadie. Por nada del mundo.
Se rio suavemente, entre dientes, mientras sacudía la melena roja y hacía girar el hielo en el vaso.
–¿Vos? ¿Lastimar a alguien? ¿Justamente vos?
–¿Por qué justamente yo? ¿A vos no te importan las ilusiones de tu gente? ¿No te importa amargarlos?
Me miró con honesta sorpresa.
–¿Yo?
–Sí, vos.
Se echó a reír a carcajadas.
–Nadie se hace ilusiones con este señor. Nadie espera que triunfe o gane plata –con el pulgar se señaló el pecho–. Yo soy un intelectual –dijo.
La respuesta me dejó boquiabierto. O por ahí fue la quinta ginebra, que le dio su carácter de mágica iluminación. Vi claramente, entendí todo.
–Me salvaste la vida –dije.
Le agradecí efusivamente, le pedí que cambiáramos de tema. Se encogió de hombros, no insistió.
Yo había encontrado la digna, la única salida. Nadie lloraría sobre el cuerpo desgarrado del pobre cazador, nadie mataría al tigre. No había necesidad de destruir los campamentos, los fuegos, los tambores. El mero tigre no saciaría la sed de gloria de Alberto Paradella. La mira de su rifle apuntaría a un animal del que sólo se tiene referencia por boca de seres aún más raros que la pieza cobrada: el incapturable unicornio.
Eso sí, un paso en falso y todo lo perdía. Aquella misma noche empecé a mentir.
9
La desesperación estimula el ingenio.
Hoy la mentira me parece extraordinaria. En esos días de irresolución y de pánico no fue, sin embargo, más que una escapatoria pedestre. ¿Cómo se me ocurrió? Mirándome al espejo.
De pie frente a la luna del ropero, durante largas noches en las que me era imposible dormir, me estudiaba. Trataba de decir, con soltura, con insolente desparpajo, como Paco Stein:
–Soy un intelectual.
Nadie me creería. Ahí, bien clara en el espejo, estaba la viva imagen del ominoso abogado.
–Soy un intelectual.
Lo decía en todas las posturas. Y me deprimía inevitablemente. Ni con la mejor voluntad daba para más que el doctor en leyes. Y eso si mantenía cada músculo de la cara en su sitio, porque en cuanto me movía un poco, aparecía el segundo personaje a elección: el cirujano joven, de paso atlético, que enarbola una sonrisa robusta en el pasillo del hospital, de ida hacia el quirófano o de vuelta de un cadáver irresponsable.
–Si algo te falta, pedazo de idiota –me decía tristísimo, en voz alta, porque a la semana ya hablaba solo–, es el physique du role.
El muchacho del espejo proclamaba a gritos una buena salud, un temperamento equilibrado, una naturaleza imperturbable. Ese cuerpo estaba tan bien hecho para circular sedosamente por las trivialidades organizadas de la existencia como la hormiga por el hormiguero. ¿Dónde introducir la resquebrajadura intelectual, el traspié genético?
Arrugaba la frente, fruncía el ceño, sonreía de lado, amargo, cínico, feroz. Era inútil. Por más que me torciera, encorvara y gesticulara, seguía ofreciendo el mismo aspecto de chico sano, simpático, sin imaginación alguna. Ni anteojos podía inventarme; tenía una vista de águila.
Una noche, mientras me miraba en el espejo, vi por primera vez la biblioteca que había en mi dormitorio. Era realmente escasa –unos estantes de madera que preparó y nunca concluyó mi padre– y en ella no guardaba los libros de texto sino los que me gustaba leer. En el espejo, detrás de mi deplorable imagen, la biblioteca reflejada parecía más grande. Pensé en un dique, con los libros como ladrillos bien ensamblados. Sin darme vuelta, saqué el paquete de cigarrillos y el encendedor. Las manos me temblaban.
Ahí, de pie, fumando entre la doble biblioteca, como un hombre que espera su tren en la estación, esperé. El tren llegó, me trajo la solución y la partida.
A pesar de mi handicap anatómico, yo era (en términos de Villa del Parque), un ávido lector. Leía mucho, pero de una manera que no me ponía en evidencia. Quiero decir que no se me notaba, como a Paco, la frecuentación de los libros. Jamás comentaba mis lecturas y carecía de esa habilidad de gimnasta para la pirueta crítica que admiraba en mi amigo. Leía sólo para mi placer y secretamente. Pero si callaba no era por vergüenza; me faltaban opiniones comunicables.
Mi relación con los libros fue siempre un contacto individual, cada uno de ellos una casa en la que entraba, me alojaba un tiempo, salía, cruzaba la calle, tocaba el timbre de otra puerta. Esa noche, con bastante asombro, comprendí que, casa por casa, había vivido en un barrio y que el barrio, aunque parezca raro al que se cría en él, forma parte de una ciudad, así como la ciudad forma parte del mundo.
–¡Libros!
El abogado del espejo me entendía: no hablaba de los bloques de piedra del Derecho Constitucional, ni de ninguno de sus parientes.
La literatura es el arte de los pobres. Una madre generosa que no hace distingos entre hijos legítimos y bastardos, que pide menos de lo que da y soporta a pie firme la negación y el abandono. Que mi biblioteca personal fuera modestísima, mi familia iletrada, mi trato con la literatura distraído y tartajeante, no me descalificaba para el salto a ese amplio regazo. Los libros no exigen árbol genealógico, intermediario ni instrumento; no hacen preguntas, no toman examen. Si uno aprendió a leer, descubre que no necesita más que las ganas. En todas partes, polvorienta, mustia, descorazonadora pero disponible, hay una sucursal de esta Legión Extranjera de las Artes, donde enrolarse cuesta el gesto.
Yo no podía anunciar “Soy un intelectual” sin que se me rieran en la cara. A mi edad, no iba a ponerme a aprender piano. Dibujo y pintura era el recurso de las niñas y de los locos. En cambio, impunemente, podía decir:
–Estoy escribiendo.
Nunca había hecho un dibujo que llamara la atención de la maestra o de la mamá; cantaba desafinadamente. Pero tenía (como el noventa por ciento de la población alfabeta), mi pasadito de escritor: las composiciones de la primaria, la retórica de almanaque y la cuerda sensiblera, ejecutadas primorosamente en la secundaria, plus las cartas que me elogiaba Victoria y cuyas cumbres poéticas eran un dócil calco del mapa literario español. En cuanto a mi cultura, todo el mundo sabía que Paco Stein me prestaba libros y que, casi tan regularmente como a Argentinos Juniors, desde muy chico concurría a la biblioteca pública que quedaba más cerca, la Miguel Cané. Como si eso fuera poco, había estudiado inglés y podía leer, a los tropezones, el francés raso de los libros de texto.
Arrimé una silla al espejo y me senté a pensar. Juro que me vi en la cara una sonrisa astuta.
Suponiendo que un imaginario fiscal me acusara:
–Usted es un abogado de tres al cuarto. No adelanta, no gana, las mujeres lo dejan, no se compra la casita en el Tigre, no hace el viaje a Europa, no se aplica, se me distrae.
Yo, suelto, invulnerable, respondería:
–Estoy escribiendo.
Y le cerraría la boca.
Ah, el gerundio salvador. El presente continuo del verbo escribir. Lo había visto en acción en la facultad, esgrimido por condiscípulos que fracasaban en sus exámenes, por muchachas inteligentes y feas. Lo había visto en un café que frecuentaba Paco, en boca de un tipo al que le ofrecían trabajo. “Perdóname, pero estoy escribiendo.” Efecto mágico: instantáneo silencio, asentimiento respetuoso.
–Cuidado. El tiempo del verbo es fundamental –dije al inocente muchacho del espejo.
Nunca escribo, fanfarronería que exige un pasado de artista cachorro y yo no había emitido ni un ladrido vocacional. Tampoco escribí o he escrito, porque producen en la gente la alarma de la campanilla que agitaba el leproso en la Edad Media: hasta el más lerdo intuye que precede a la lectura del manuscrito fresco. Ni ebrio ni dormido anunciar escribiré, que induce al descreimiento inmediato.
–Estoy escribiendo.
Y claro que me perdonarían. Porque a la vez que nadie siente curiosidad por la obra en progreso, nadie puede tampoco resistir el hechizo que emana de su comunicación pública: la promesa del genio sustentada, paradójicamente, en el alivio de no tener una sola prueba de su existencia.
A ese templo corrió a buscar asilo el acosado pero responsable Alberto Paradella.
10
Si hubiera tenido más tiempo para reflexionar, no lo habría hecho. Me refiero a que el cuidadoso estudio de la estratagema ocupó todas las noches en que no iba al cine con Victoria, estudiaba o dormía. Porque dormía. La pesadilla, tal vez borrada por la práctica delante del espejo, desapareció, y con la ingratitud que otorga el alivio, no volví a preocuparme por alucinaciones ni sueños. Tampoco me pregunté si sería capaz de la mentira. Simplemente, noche a noche, pulía mi juego solitario, mientras día a día sorteaba, desganado, las incomodidades de la realidad. Uno de esos días, misteriosamente, me recibí.
La fiesta de celebración arrancó de mí el gesto que nunca hubiera partido de la pura voluntad. Mis recuerdos más vívidos de esa fiesta abarcan dos etapas: una infinita tristeza primero, una loca borrachera después. Nadie advirtió ninguno de esos estados. Desgarrado de pena, me las ingenio para sonreír; borracho, conservo la insufrible máscara de mi sensatez.
En el patio, bajo la parra, se había tendido una mesa muy larga, armada con tablones y caballetes. Los blancos manteles de festividad, bordados por la mano hábil de mi madre, apenas alcanzaban a cubrir la madera. Esos manteles casi me hicieron llorar.
–Mortaja para un muerto en pie –se dijo el flamante abogado, mientras se servía una copa y miraba a su alrededor.
Tías, primos, la familia completa. Victoria, lindísima, trajo también la suya. Los compañeros de facultad y los muchachos del club. Paco Stein, que correteaba, conciliador, de uno a otro bando de las amistades y los parientes que deponían armas por una noche. “En presencia del muerto”, pensé, “postergan sus vendettas”. Y la actuación de los invitados no se apartaba mucho, en realidad, de la bondad prefabricada que opera en los velorios.
Aborrezco las fiestas, esas cuerdas flojas de las que siempre alguien cae al vacío. Pero me homenajeaban, era el esfuerzo de quienes me querían, y fingí estar contentísimo, disimulé fervorosamente mis aprensiones acerca del futuro, hasta olvidé la mentira que iba a infligirles. Para no aguar la fiesta, tomé enormes cantidades de vino.
Pasó la cena. Atiborrados de comida y de alcohol, bullíamos en el patio. Llegaron los postres y con ellos el brindis.
No. No fue el vino. No del todo. Fueron los aplausos, los gritos, el verano y la celebración. Rostros acalorados y risueños se volvieron a mí. Me maldije. “¿Por qué no me alegro? ¿Qué me cuesta? No tengo sensibilidad, no tengo corazón.”
–¡El discurso! ¡El discurso!
–Sí, que hable Alberto.
–Silencio, que va a dirigirnos la palabra el doctor Paradella.
–No te hagas rogar, che.
–Mira qué rico. Se pone colorado.
Mi gente, mis amigos, Victoria. Se me hizo un nudo en la garganta. Los quería mucho y ese amor era recíproco. Me puse de pie, emocionado, mareado, casi lagrimeando por la conciencia de ese gran amor y por el vino que empezaba a manifestarse. Me dije que no había hombre más afortunado en el mundo y comencé a hablar.
–Estoy escribiendo.
Hablé para mi madre: nada del joven creador, peleando con sus fantasmas a puertas cerradas mientras se enfría la comida. Oh, no, madre, aunque estoy escribiendo, me portaré siempre muy bien. Hablé para Victoria: boda y tranquila prosperidad. Sí, Victoria, estoy escribiendo, pero detrás de un gran artista hay siempre una gran mujer. Hablé para mi padre, que no entendió el guiño cómplice y sacudía perplejo la cabeza: me emplearía, padre, en un estudio jurídico, porque me niegan la carpintería. Para mis amigos: defiendo, muchachos, el ganapán y la vocación. Porque estoy escribiendo.
Hablaba seriamente, mientras luchaba por contener la risa y me agarraba a la mesa para no perder el equilibrio, estimulado por la atención despavorida de quienes no habían querido escucharme. Gozaba anticipadamente el alivio que tendrían que disimular, pasado el susto. Tanto ensayo delante del espejo me permitía apartarme de la escena y pensar: “Les ofrezco una doble vida. Si algo falla, ¿a quién van a reclamar? ¿Al abogado? ¿Al escritor? A medias van a hacer su trabajo. Pero uno de los dos personajes no existe. Ese es el broche de oro”.
Ya estaba describiendo la obra. Me pareció sumamente gracioso castigarlos con una novela, empresa de largo aliento, que puede llevar muchos años, toda una vida. Mi broma, nacida del amor y de la falta de coraje para matar al abogado, era la despedida a noches de imaginaria astucia, noches en que los guardiacárceles me dejaban cavar hasta extenuarme pero aguardaban del otro lado del túnel. Y la dejé crecer en el silencio y la sorpresa para disfrutarla un poco más, antes de aclarar el discurso, antes de aplicarme, dolorosamente, a ser un abogado de éxito. Pero de pronto, mis ojos se cruzaron con los de Victoria. Esa mirada verde brillaba tanto que creí que ya iba a echarse a llorar y me alarmé. Si no me apuraba a confesar el chiste, en vez de aplausos recibiría el merecido reproche de mis prójimos.
–Victoria, querida, voy a explicarte. Yo…
No me dejó seguir. Dio un gritito y corrió a arrojarse en mis brazos.
–¡Un escritor! ¡Mi Alberto un escritor! Mamá, papá, Alberto está escribiendo.
Mis suegros:
–Qué te dije. El muchacho es inteligente.
–Nunca lo discutí, vieja.
Tías y primos:
–Se lo tenía callado, el muy zorro.
–Capacidad no le faltará.
–Está perfecto. Por un lado se asegura el puchero con la abogacía, por el otro, se proyecta a la fama.
–No sé. Mira que hay libros que te llenan de plata y abogados que no salen de la estantería.
–Depende, che. Pero igual Alberto es una luz. Ponele la firma, éste siempre va a salir adelante.
–Una novela, qué amor.
–¿No te dije que Alberto tenía un algo espiritual?
Y mi madre, por fin, pudo usar el pañuelito. Pero ahora lloraba de orgullo.
Los muchachos del club, resentidos, leales, me palmearon la espalda hasta doblarme.
–Pico de loro, cómo hablás.
–Y con esa labia, ¿qué querés? Fíjate, encima de abogado, escribe. Vos hasta el Nobel no te para nadie.
Mis condiscípulos de la facultad se sonreían, más medidos, indecisos entre la aceptación inmediata de un hecho corriente para jóvenes universitarios y la incredulidad.
–Qué raro, nunca mostraste nada.
–No conocés a Paradella. Reservado como pocos. Hizo bien, esperó su oportunidad.
–No le gusta la promoción. Nos garantiza un autor serio.
En medio del alboroto, mi padre estaba escandalosamente callado. Lo interrogué con la mirada.
–Así que era para tanto –dijo.
Cundió una orden: “Brindemos”. Victoria me susurró al oído:
–Tomá en mi vaso, porque no hay más secretos entre los dos.
Quise hablar. No me dejaron.
–¡Por el abogado!
–¡Por el novelista!
–¡Por la fama!
–¡Por la novela!
–¡Por el éxito!
Mis ojos se encontraron con los de Paco Stein, que bizqueaba furiosamente, la boca abierta, la melena roja erizada. Le envié un mudo, desesperado pedido de socorro. “Vos sabes, deciles la verdad, yo no me animo. Vos sabés bien que era una broma.”
Alzó una mano y exigió silencio. Dejó de bizquear. La sonrisa se abrió lenta y burlona. Hizo una profunda reverencia. Luego, la voz clara y vibrante en el patio callado, ante las caras expectantes, levantó su copa y dijo:
–Brindo por un hombre de genio.
11
Durante algunos años fui correctamente feliz.
Mi doble personalidad de escritor y abogado me permitía zafarme de las trampas que ya sólo por hábito colocaban los otros a mi paso. Cuando mi empleador en el estudio jurídico inquiría la razón que me apartaba de un desempeño más brillante, yo sonreía melancólicamente, extraía la tarjeta de identidad literaria. Cuando la familia y los amigos pedían noticias de la obra, declaraba que la creación es un proceso lento y solitario, les recordaba mi necesidad de ganarme la vida, de respetar el horario de tribunales.
Me casé con Victoria. Compramos esta casa. Cómo olvidar el día en que la visitamos, acompañados por el vendedor de la inmobiliaria.
Llovía a cántaros. Victoria, impaciente, sin quitarse el impermeable rojo, con el pelo tan negro, las mejillas sonrosadas húmedas de lluvia, un suéter celeste y el verde de sus ojos más verde que nunca, aleteaba como una diminuta ave del paraíso por aquellas habitaciones sombrías que olían a tierra mojada.
En el mismo recibidor, le dije:
–Es muy grande para dos personas.
–Traje la plata de la seña –contestó riendo y sin mirarme.
–Una oportunidad única –se apuró a señalarme el vendedor.
Era un hombre de unos cincuenta años, enorme y panzón, de cara redonda y bonachona, entristecida por un violento resfrío. Los estornudos y la necesidad de mostrarse jovial para vendernos el departamento lo obligaban a una serie de cabriolas faciales, que me habrían divertido mucho si no hubiera sentido pena por él y algo de miedo de que me contagiara.
–El precio es una ganga. Cinco dormitorios, dos baños, cocina, sala, vestíbulo.
Y abría la boca en una sonrisa gigantesca, cuadraba los hombros, sacaba panza, señalaba esas ruinas oscuras con un brazo portentoso, un gesto que nos incluía en su afable magnanimidad.
–Espacio, luz, buena ubicación.
Y un desgarrador estornudo. La bocaza invertía su curva, gemía; se doblaba la espalda; la mano regia buscaba temblorosa el pañuelo, limpiaba la nariz, doblaba el pañuelo, mientras los ojos lacrimosos lo miraban con infinita tristeza antes de guardarlo en el bolsillo, luego se posaban en nosotros dos, cargados de llanto enfermo y de congoja, un segundo de conmiseración por los dolores de la existencia, y otra vez a cuadrar los hombros, sacar panza, sonreír teatralmente y elogiar el departamento.
Esos cambios de expresión eran tan rápidos y diestros, que desde ese día hasta que firmamos el bolero de compra, lo llamé Las Dos Carátulas. A Victoria no le gustó mi broma; aprovechó para acusarme de insensibilidad.
Las Dos Carátulas insistía:
–No se va a arrepentir, joven. Por supuesto, hay que ponerle unos pesos encima, para la reparación adecuada. O sea, una manita de albañilería, un toque de plomería, un llamado al carpintero, alguna pincelada aquí y allá. Pero dónde va a conseguir un departamento en pleno centro, o sea, con semejante capacidad habitacional, al precio que se le pide.
–Me parece muy grande –repetí.
–No es tan grande –dijo Victoria– si pensamos en tener chicos. Vos necesitas una pieza para escribir la novela, también. Y mucha tranquilidad.
–Ah –exclamó La Comedia–, si es por tranquilidad, le firmamos una garantía. Los vecinos son gente mayor. O sea, viejos al borde de la tumba. Fíjese las ventajas. Punto número uno: el anciano tipo cuida el centavo, o sea, que no los van a arruinar con las expensas, que manejan, les aseguro, como el avaro de la obra. Punto número dos: con la edad disminuye la capacidad auditiva. O sea, ustedes atruenan con el estereofónico, las criaturitas berrean, y los viejos como si nada. O sea, tienen el saludo asegurado para la mañana siguiente. Punto número tres…
–Igual ya la compramos –lo interrumpió Victoria. Y le explicó:
–Usted sabe cómo son los hombres. No tienen imaginación, no ven el futuro, como una, que si usted me pregunta, ya sé cómo va a quedar, cuando se limpie y se arregle y todo eso.
–O sea, que nos va a llevar unos cuantos meses y unos cuantos pesos –suspiré, echando un vistazo al largo canal del pasillo, a las puertas y más puertas, que exigían reparación con alaridos.
–Tenemos la vida por delante –dijo Victoria.
Me tomó del brazo y empezó a arrastrarme en dirección a las piezas del fondo. Las Dos Carátulas estornudó, sacó el pañuelo, lo aplicó a la cóncava mueca de sufrimiento, de pies a cabeza lo sacudió un chucho, quiso hablar, no le salió la voz. Encorvado, temblando, con gestos nos comunicó que nos esperaría en el vestíbulo.
El brillante impermeable rojo de Victoria flotaba delante de mí por el pasillo en sombras. Lo seguí, extendiendo los brazos como un sonámbulo, hacia una oscuridad aún más gruesa en la que entramos, Victoria rectamente, yo en zigzag. Choqué contra el marco de la puerta.
–¿No hay luz? –protesté.
–Arruina el efecto. Vos cerrás los ojos y los abrís cuando te diga.
Sus pasos se alejaron. Oí un ruido de metales oxidados, luego el estrépito de la lluvia.
–Ahora –dijo.
Abrí los ojos.
Una luz de plata sucia, cribada por la lluvia, iluminaba a mi mujer. Si no hubiera estado enamorado de ella, me habría enamorado entonces. La alegría y el orgullo la encendían como una antorcha en la costa desolada de ese cuarto sombrío. Un brazo rojo señalaba el balcón. Yo la miraba a ella. Sentí que en Victoria convergían todos los fuegos: el de un faro en la bruma, el de una aldea en plena jungla, el de una tienda en el desierto, el de una cabaña en la nieve, el de una estufa de gas en una casa de Buenos Aires, de este hombre, de esta mujer y de sus hijos. Victoria, Victoria, yo te amaba.
–Mirá, Alberto.
Ahí estaba la prueba. Aquello que justificaba –mucho más que los ciento treinta metros cuadrados, más que la ubicación privilegiada, que los vecinos sordos– la inteligencia de su decisión. Había un jardín.
Un jardín encerrado entre paredes de cemento. Pero a pesar de la lluvia tenía una belleza suntuosa: el lujo inesperado, en este barrio de veredas sórdidas y conventillos siniestros, de un jazmín del país, una hiedra, un cerezo, una estrella federal, un hibiscus y, emergiendo lánguida y firme de un rectángulo de gramilla, la palmera que había deslumbrado a Victoria.
–¿Te das cuenta? ¡Un jardín con palmera!
Y se echó en mis brazos.
–Pero Victoria, estás llorando.
Lágrimas abundantes y tibias corrían por las mejillas lisas, marcaban un doble curso de llanto a ambos lados de la boca.
–Estoy llorando de alegría. Debe ser el jardín. Debe ser por el jardín con palmera. No lloro más, ves, no lloro.
Y no lloraba. Los ojos verdes resplandecían, limpios como si no hubiera derramado una sola lágrima. Tenía esa facilidad para pasar de una emoción a otra, que yo envidiaba porque me costaba seguirla. Todavía la consolaba, preocupado y triste, cuando me ordenó, riéndose:
–Ahora me medís bien esas ventanas. Te traje el metro. ¿Tenés dónde anotar? Caray, el vendedor. Seguro que nos puede dar un plano. Ya vengo. Apúrate.
Y desapareció. Con el metro que Victoria me había puesto en la mano, me acerqué al balcón.
Victoria tenía razón. El jardín era tan raro como hermoso. Jazmines, hiedras, cerezos, son comunes. Tampoco hay nada de excepcional en una palmera. Lo raro era la simple existencia de un solo ejemplar de cada especie ahí, entre esos muros grises, como pobres bestias de zoológico. La belleza del jardín conmovía porque era obra de la misteriosa perseverancia de los vegetales, contra el cemento, la estrechez y la falta de amor. Con una terquedad casi humana, se encaramaba el viejo jazmín hacia la luz, florecía la rosa china, se adhería la hiedra.
Miraba la palmera de Victoria –no alta y esbelta, como se la adjetiva inevitablemente, sino desgarbada, áspera, mutante geométrica si la comparo con el roble, el fresno, el álamo, los árboles que a mí me gustan– cuando oí el gemido.
Era una larga, sostenida queja de labios cerrados. Un lamento de sonido puro, sin vocal, sin aire. Me incliné sobre la baranda del balcón. El jardín estaba desierto.
Apenas me asomé, la lluvia, que había caído durante toda la mañana sin interrupción, pero en forma de exasperante, monótono goteo, arreció. Una histérica catarata de agua se derramó sobre el jardín, acompañada por la explosión de un trueno. Durante unos segundos, la tormenta me impidió oír otros ruidos que el de los golpes asestados a persianas abiertas, las plantas lapidadas por la lluvia, flageladas por el viento. Luego, otra vez el grito.
Alguien se lamentaba en algún lugar del edificio. No era llanto ni alarido. Era una interminable ene que viboreaba, como una cinta de dolor, en el hueco abierto entre el jardín y el cielo.
Nacía en un punto invisible, se extendía, se entrelazaba con la hiedra, se enroscaba a los tallos del jardín, trepaba la palmera hasta perderse allá en lo alto, y luego reemprendía el camino sinuoso, aterrador, en busca de la casa; una marcha que expresaba, desconsoladamente, todo el dolor del mundo.
Pensé en un cuerpo retorciéndose en una cama, la boca y los ojos sellados. Pensé en un cuerpo doblado sobre una mesa, los propios brazos abrazándolo, la cabeza escondida en el pecho. Pensé en un cuerpo de pie y contra una pared, ciego, aplastándose contra ella, tratando inútilmente de sofocar el grito. No podía decir si ese grito provenía de un hombre o de una mujer. Pero no dudé que fuera de soledad y de locura, de impotencia y de horror.
Cuando por fin cesó, me sentí como si despertara de un sueño. Seguía asomado al balcón, tenía las manos aferradas a la reja, medio cuerpo bajo la lluvia. A pesar del frío, estaba acalorado de miedo. El grito no se repitió. Me sequé torpemente con el pañuelo, cerré las persianas y fui en busca de Victoria.
Ni Victoria ni el vendedor habían oído el grito. Los dos me miraron con recelo. Mi mujer desconfiaba de esa imaginación desbordante cuya falta me había reprochado; Las Dos Carátulas temía un regateo. No insistí.
La casa le gustaba a Victoria y se había enamorado de la palmera. A mí, una vez que transigí en mudarnos de Villa del Parque y vivir en el centro, me daba lo mismo. Me pareció infantil asustarme de un grito. E hice bien en disimular mi temor supersticioso, porque como todas las supersticiones, nació de la ignorancia y murió de muerte natural en los días felices que siguieron a aquel día de lluvia, a aquel gemido, a aquella casa deprimente.
Todo ocurriría tal como lo anticipó Victoria: los obreros, los muebles, las cortinas, las macetas en los balcones, los libros en los estantes, mi estudio, el color de las telas nuevas, la pulcritud doméstica, convirtieron el páramo que compramos en un hogar cálido y hermoso, admirado por la familia, envidiado por los amigos.
En relativamente poco tiempo, Victoria, enérgica y hábil, completó el cuadro que me había pintado. Sólo dos pequeños detalles borraría del diseño original: no quiso tener hijos y la única vez que volvió a mencionar la palmera se burló de aquella superada cursilería.
En cuanto al grito que oí entonces, se repite de tanto en tanto, sobre todo en verano, cuando dejan las ventanas abiertas, y me acongoja menos. Es el lamento de un pobre muchacho enloquecido, a quien ni la familia, ni los médicos, ni el sanatorio donde pasa largas temporadas, pueden arrancar del viaje en círculos emprendido hace años.
Un día, el portero me lo señaló. Venía caminando desde el jardín, apoyado en el brazo de una anciana. Es un hombre joven, de cabello castaño y ojos hermosos y muy tristes, alto, delgado, pero con el paso aplomado y flexible de un jugador de tenis. La mujer, baja y rechoncha, muy fea, de cara decidida y amarga, es la única muestra de su enfermedad. La mano del muchacho se aferra al brazo de ella, se deja guiar, como un ciego. Viste bien, aunque su ropa tiene algo vagamente pasado de moda, difícil de precisar, una elegancia extranjera, propia de los reclusos, de los enfermos crónicos.
El portero me susurró, con su habitual indignación:
–Ahí como lo ve, es orgulloso. No se da con nadie.
La curiosidad me hizo volver la cabeza cuando pasó a mi lado. Él también me miró. La serenidad que había en esos ojos encarcelados me desconcertó. Yo esperaba la mirada de vidrio de los locos, esperaba una crispación muscular en la mejilla, una boca incierta. Nunca la sonrisa que, a pesar de la sombra de su irremediable prisión, como el agua que rodea a una isla, era plácidamente afectuosa. Nunca la cortesía delicada y espontánea con que inclinó la cabeza y dijo:
–Buenos días, señor.
Quise responder al saludo y las palabras se me atravesaron en la garganta.
12
–Estoy lista.
De pie frente a mí, alta, rubia, tan bella, la cartera en la mano, la lenta sonrisa en ese rostro blanco. Sentí un golpe de pánico.
Me ha asegurado que volverá. Una y otra vez lo repitió, sin irritarse ante mi insistencia. Igualmente he tomado recaudos, como el detective con el sospechoso al que debe dejar en libertad. Vive en Villa del Parque. Tengo la dirección de su casa y también la de la perfumería donde trabaja. La pobre chica, con una paciencia admirable, me dictó el nombre letra por letra, ya que me resisto a aceptar que se llame Alicia Martínez.
Es lo menos Alicia Martínez que ustedes puedan imaginarse. En la punta de la lengua tengo un nombre para esta mujer, pero no logro articularlo. Supongo que se trata (en el mejor de los casos) de esa manía de rebautizar que ataca a los enamorados, como si ofendiera el uso de un viejo nombre en una nueva situación amorosa; en el peor, bueno, tan poco tiempo no le permite a nadie hallar el sustituto íntimo, el atajo afectuoso para evitar la cédula.
Alicia Martínez. Es curioso cómo pronuncia Alicia. Suena Álicia, el acento sobre la primera vocal. Mis ganas, espero, de que su singularidad física se extienda al nombre. Porque a veces oigo el saltito, la arritmia, y otras no.
Cuando uno trata de escribir sobre sí mismo, descubre, si es honesto, que la emoción fundamental convive con una cantidad de pavadas. El terror que sentí cuando dijo “estoy lista” lo produjo, por supuesto, la inminencia de la partida. Pero también, a que negarlo, la visión de Alicia Martínez en el living de casa, preparada para salir.
Tenía puesta la misma ropa del viernes. Lo afirmo porque de la estación vinimos directamente aquí, aunque algo caminamos, no mucho, por el barrio, aunque quizás entramos en un café. Yo estaba demasiado perturbado por el encuentro para fijarme en su vestido. Luego, todo el fin de semana transcurrió entre estas cuatro paredes y ella no me acompañó cuando fui a la rotisería en busca de comida y de una botella de vino. Además, con esa perezosa languidez que me conmueve tanto, que en ningún momento sugiere vanidad y menos todavía impudor, estuvo casi siempre desnuda; sólo se cubrió una o dos veces, echando mano de la sábana, para asomarse al jardín, que parece atraerla de un modo especial, porque lo mira absorta, como si buscara a alguien ahí abajo y la defraudara encontrar lo único que hubo en estos días: verde y silencio.
Ahora, lejos del impacto de nuestro encuentro en la estación, la vi por primera vez. Quiero decir que la vi como la verían otros en la calle.
El vestido era de una tela muy fina, de color celeste, seguramente lo más apropiado para un verano de Buenos Aires: sin hombros, sin breteles, con una falda amplia y –como diría Victoria– vaporosa. Realmente la envolvía como una especie de vapor, ya que la ligera corriente de aire que entraba por la ventana abierta, lo hacía temblar y despejarse y adherirse, en suaves movimientos de traslación alrededor del cuerpo. Una nube celeste. Debajo de la nube no había nada, salvo ella misma.
Me pregunté cómo habíamos llegado de Villa del Parque sin provocar un escándalo en la vía pública. Me pregunté cómo llegaríamos a Retiro. Estaba a punto de rogarle que se cubriera con algo, cuando preguntó, inocente, femenina:
–¿Estoy bien?
Oír su voz (me llega adelantada o con retraso, como esas películas checas, polacas, rusas, tan mal traducidas que el texto nunca se lee en la escena a la que corresponde), me avergonzó.
–Estás perfecta.
El alarde de coraje respondía a la necesidad de actuar naturalmente y me duró hasta que salimos del departamento. Tenía media cuadra para llegar al coche. La recorrí como un ladrón, con Alicia Martínez colgada de mi brazo. Sin embargo, ninguno de los vecinos, esos reclutas de imaginaria en la vereda, la miró dos veces. Tampoco, desde la silla instalada contra la pared, desde los improvisados bancos de plaza que hacen el saliente de las vidrieras de cuatro esquinas, donde se instala, por turnos, el vecindario ocioso y conversador, me negaron el saludo.
–Qué tal, doctor.
La cabeza baja, agité la mano unas cuantas veces, irritado por el inevitable doctor. Oyen la máquina de escribir y deciden que en mi departamento trabaja un abogado. No he podido convencer ni al portero de que ahora me gano la vida como periodista. Me confunden con el abogado del quinto, un hombre viejo e inválido, de rotundos bigotes grises, sombrero de fieltro y chalina, que transportan a su estudio cada mañana, milímetro a milímetro, dos muletas y dos hijos fuertes. Del fondo del pequeño cuerpo de títere, una voz ronca, de hierro, me saluda cada vez que lo cruzo en su heroica trayectoria de caracol: “Buenos días, doctor”. Hasta él me confunde con él.
El chico de la playa de estacionamiento, que de ávido no discrimina y piropea a todo lo que pasa y merece, siquiera genéricamente, la denominación de mujer, se portó como un caballero, me acompañó hasta el auto haciendo las preguntas de costumbre, que tienen que ver con mis viajes al extranjero y su necesidad de consejo sobre el tema. Siempre está por viajar. Esta vez, inquieto ante la diáfana presencia de Alicia Martínez, le contesté brutalmente.
–No dudes un segundo. Entre Mar Chiquita y Lobos, la mejor elección es Berlín.
–No me cargue, doctor, que le hablo en serio.
La muchacha ya estaba a cubierto en el auto. Me di vuelta para mirar al chico.
Tendrá unos cinco años menos que yo, pero en el barrio le decimos el chico. Y está bien, no ha dejado de serlo, no lo imagino viejo, se ha instalado en el límite de la infancia, crecido y sin maduración, como la casilla de la playa de estacionamiento donde pasa su día. Es flaco, desgarbado, de piel amarillenta, tiene el pelo lacio y negro, demasiado largo, demasiado brilloso, peinado hacia atrás y sin raya, que forma una rampa curva sobre el cuello de una camisa no muy limpia pero de colores que aturden.
Es alegre, parece feliz. Me ha ayudado a cargar tantas valijas, me ha despedido tantas veces, me ha recibido y preguntado, curioso, sin ninguna timidez, dónde estuvo, cómo le fue, que a la larga, sin contacto alguno fuera de esa playa y esa vereda, ha logrado que me sienta menos solo cuando me voy y cuando vuelvo. A la larga, sin serlo, somos muy amigos.
–Perdóname. Estoy en contra de los viajes, sabés.
Sacudió la melena, se echó a reír a carcajadas.
–Ahí estuvo genial, doctor. Dele nomás que hay aire para que salga su catramina.
Dos cosas me irritan en el chico: una, no consigo que me tutee y así me obliga a ese desagradable tic porteño del voceo al mozo, al chófer, al cadete de la oficina, obligados, por tradición jerárquica, al usted. Otra, que llame catramina a mi coche y se ofenda porque no he comprado un modelo nuevo y lujoso. Pero ni una palabra, ni un guiño, por Alicia Martínez. En suma, cuando quiere, sabe portarse como un señor.
En la estación Retiro, profundamente aliviado ante la indiferencia de una multitud de varones, me dije: “Soy yo el que exagera. Veo más ese cuerpo porque lo conozco mejor. Porque lo conozco, lo adivino. No era para tanto”.
Mi preocupación (una prueba de la capacidad que tengo para distraerme con tonterías), desapareció mientras esperábamos el tren. Y fue inmediatamente reemplazada por la angustia de la despedida.
Le hice jurar que me llamaría por teléfono a la tarde, que nos veríamos esa misma noche, a las nueve. Llegó el tren, se detuvo, bajó la gente, subió todo el mundo y yo aún la aferraba de un brazo y suplicaba. Mi desesperación no perturbó esa calma, ese maravilloso equilibrio que me admira tanto como su belleza. Apenas durante unos instantes se mostró indecisa. Parecía perturbada. Miró el reloj.
–¿Qué pasa? ¿No vas a venir?
Sonrió a su modo: lentamente.
–No nos separaremos nunca –dijo al fin.
Debí alegrarme. En cambio, me sentí extrañamente triste. Esas lindas palabras, tan indispensables, no me sonaron bien.
Dudo antes de escribir mi impresión, pero tengo que hacerlo: sonaron como golpes de formón en una piedra. Me recordaron esas tumbas del cementerio que nadie visita, esa lápida de un muerto que nadie reconoce, y en ella el texto claro, pero sin sentido, que nadie lee. Me estremecí.
De puro hábito, fui a la oficina. La encontré medio desierta, porque era muy temprano. Alguna cara de día lunes me miró sorprendida y preguntó:
–¿Qué haces aquí?
En la confusión de este fin de semana, me había olvidado: estoy de vacaciones. Disimulé mi estupidez con una excusa.
–Vine a buscar el material para la nota de la itb.
La itb es la International Tourism Bourse de Berlín, que se celebra todos los años en esta fecha. El material comprendía gacetillas, folletos, fotografías. Lo recogí, saludé a mis atónitos colegas, vine a casa.
Ahí está el sobre, aún cerrado, en una punta de mi escritorio. Toda esa información inútil. La nota está hecha y entregada. Aunque este año no he asistido a la itb, da lo mismo. La ceremonia se repite con pocas variaciones. Utilicé ese argumento para no viajar a Berlín y como corresponde lo aceptaron.
¿Y si me equivoqué? ¿No estaría protegido ahora por la distancia? ¿Acaso la locura de esos congresos de turismo no es una hojarasca en la que cualquier hoja individual de locura puede ocultarse sin esfuerzo? Miro el sobre. Contiene una realidad tranquilizadora –la itb– y una ciudad concreta, Berlín. Lo miro y me reprocho mi cobardía.
Pero también es cierto que cuando me propusieron el viaje no había tenido ninguna noticia de Vida y obra de Francisco Uriaga y tampoco había encontrado a la muchacha.
13
Si se entiende a la felicidad como el producto que se obtiene de la suma y la resta de buenos y malos momentos acumulados en un periodo de la vida, no he mentido al declarar que durante los años de mi matrimonio fui feliz. Pero también debo admitir que la desdicha me avergüenza, me hace actuar como un criminal y entonces busco un lugar escondido, cavo un foso, entierro mi cadáver. Y que cuanto más violento el golpe, mejor represento mi papel: el de un hombre al que todo dolor le llega sin asombro, un extraño perro de Pavlov que segrega una sonrisa oblicua toda vez que la campanilla del amo toca a duelo.
Mis libros documentan prolijamente que aquellos fueron años felices. Si hubo error en el cómputo o algún desfalco, no soy la persona indicada para descubrirlo; nunca tuve facilidad para los números.
En los primeros tiempos, nuestra vida en común era un modelo de sencillez y de equilibrio. La oficina jurídica prosperaba y yo con ella. Regularmente me aumentaban el sueldo; regularmente ajustaban, por este medio, la producción de cariñosas exclamaciones de Victoria. Ella ocupaba su día comandando el pequeño ejército mercenario de la construcción, soldados cuyo rasgo más notable consistía en desertar en plena batalla, abandonándonos a nuestra suerte entre montañas de cascotes, bolsas de cemento y arena, pedazos de cañería rota y azulejos. Yo escribía (fingía escribir), en una mesita que Victoria trasladaba de rincón a rincón, en huecos de trinchera.
Durante un largo año, anidamos en este incómodo paréntesis de destrucción y reparación, a la espera del día maravilloso en que se retiraran los obreros y pudiéramos quedarnos solos. Los obreros, en cambio, no demostraban ninguna ansiedad por concluir sus tareas. Como yo, preferían el diálogo a la obra.
Los albañiles, los pintores, los plomeros, los yeseros, los carpinteros y yo, estábamos estrechamente unidos por nuestra fe en la comunicación humana. Apenas Victoria salía y me dejaba vigilándolos, ellos saltaban del andamio, yo me escurría del escritorio, y nos abandonábamos al oprobio de la conversación.
Hablábamos de todo, mientras tomábamos mate para reponer fuerzas. La “refacción”, como llamaba a esas ruinas siempre frescas el maestro mayor de obras, subalterno inmediato de Victoria, comenzó en marzo con un análisis de la política nacional, y concluyó en el mes de mayo del año siguiente, cuando ya estábamos tan adelantados en el terreno de la confidencia, que yo me despertaba preguntándome si el Cacho se habría animado a proponer la separación a la Gorda, si la nena de Ramón había aprobado el examen de ingreso al banco, si Varela llegaría lúcido o sujetándose de las paredes. Era como tener otra familia.
Las frecuentes ausencias de los obreros no me preocupaban. Parte de la rutina, esas faltas enriquecían la charla, apuntalaban la rueda del mate, prolongaban placenteramente la refacción. Victoria, furiosa, me reprochó que no los fustigara. Se rebelaba contra mi blandura; no sabía que estaba hablando con el cómplice, con el interlocutor satisfecho de personas tan comunicativas.
Pero aunque los obreros parecían decididos a vivir con nosotros para siempre, un día se fueron. Y durante semanas, porque los gremios me malcriaron, Victoria tuvo que soportar mi impaciencia.
Ocurre que Victoria, que deslumbraba a todo el mundo con su facilidad de palabra y era el alma de fiestas y reuniones, conmigo llevaba a la práctica aquella máxima de san Martín que, en tándem con la famosa anécdota de la mosca, pedalea en los cuadernos de la escuela primaria: “Habla poco y sólo lo necesario”.
San Martín, refugiado en Boulogne-sur-mer; no carecería de buenas razones para aconsejar el silencio. Pero ¿qué motivos podía tener Victoria, con excepción de la falta de ganas, en nuestro departamento de Montserrat? Porque ahora que estábamos por fin solos, nuestras conversaciones demostraron tener una vida muy efímera. Como mariposas, morían estrelladas contra el vidrio de los ojos de mi mujer cuando yo, mate en mano, intentaba recuperar la felicidad de mis diálogos con los obreros. Morían ahogadas en sus bostezos, atravesadas por el alfiler de una observación impertinente. Hasta que una noche protesté:
–No me escuchabas.
–¿Querés que te repita lo que dijiste?
–Por Dios, no.
–Ahora te enojaste.
–No me enojo, me entristezco.
–Es lo mismo.
–¿Cómo va a ser lo mismo?
–Puedo prestar atención a dos o tres cosas al mismo tiempo, sabés.
–Qué atención será ésa.
–Mira, palabra por palabra. “Lo que más me gusta del cine es que me hace olvidar quién soy, dónde estoy y para qué.” ¿Ves? Y te puedo repetir lo que…
–Victoria, basta.
–Ahí tenés. Te enojaste.
Traté de explicarle que no es fácil hablar cuando el interlocutor, aunque profundamente interesado en el tema, bosteza, nos transmite una repentina preocupación por esa mancha en el sofá, pregunta si el que narra se ha acordado de sacar la basura. Tampoco alienta demasiado descubrir que el otro se ha ido por ahí, en recuerdos y ensoñaciones, y uno queda como el chico que ha remontado un barrilete: el hilo en la mano, el barrilete allá arriba, tan lejos que apenas es visible desde la tierra donde el dueño, solitario, lo mira.
–Además…
Callé.
La noche anterior habíamos estado en una fiesta, en casa de uno de mis primos. Comparé la Victoria resplandeciente, la Victoria alerta, conversando (sin un bostezo), con un amigo de mi primo, la Victoria que tanto hizo reír con sus bromas, la que bailó incansablemente hasta las cuatro de la madrugada, con la Victoria desvaída que tenía delante. Recordé muchas escenas similares –un contrapunto de Victorias luminosas en casa ajena y opacas en la nuestra–, y la obvia inferencia de que sólo yo aburría, me amargó el mate.
–¿Qué ibas a decirme?
La curiosidad la reanimó. Como un gato desplegó el cuerpo en el sillón y desde una honda distancia los ojos verdes se clavaron en mí, muy atentos, en busca de la fuente de un vago ruido amenazador. Intuí que si mencionaba las pruebas de su desinterés, me diría que estaba celoso.
No eran celos lo que yo sentía. Era miedo. Ese miedo que produce acercarse a la intimidad ajena, la mezcla de fascinación y temor que crea la puerta de una habitación prohibida. Me intrigaba y asustaba esa puerta que guardaba una Victoria secreta, la madera que dejaba filtrar ocasionalmente el olor de un hambre insatisfecha, el ventanuco del que asomaba una mano ávida suplicando alimento para el cuerpo prisionero y famélico. Porque unos mendrugos de luces, de música, de gente, parecían devolverle la vida a mi Victoria muerta.
En todo caso, en noches como las del cumpleaños de mi primo, su comportamiento no se diferenciaba mucho del de un convicto que recibe unas pocas horas de libertad. Si aquella fiesta fuera una película, me bastaría frenar el reel en dos o tres escenas, para mostrarle la prueba de su desesperada, oculta busca.
Ahí está su cara girando como un reflector desde una punta de la mesa. Ahí comienza el juego indiscriminado de su seducción, la afiebrada coquetería que, de tanta gracia y tan múltiple despliegue, tiene un fondo de hielo. Entre todos los hombres que la rodean siempre hay un desdichado favorito, un rostro que se enciende bajo su encanto como la lámpara de Psique y la persigue durante toda la noche en vano, porque (dice una voz en off) es mi mujer, volverá a casa conmigo, es a mí a quien quiere. Ahí está Victoria, acalorada, las mejillas rojas, gotas de sudor en la frente, haciendo gestos de que no puede más cuando le pido que baile conmigo, empujándome, con mimos, hacia mi prima o una muchacha cualquiera, y un segundo después, Victoria en brazos de otro, fresca, radiante, olvidada de mí. Ahí estoy yo en pantalla, mirando con tristeza y con culpa, porque me siento mal, porque soy un avaro de Victoria, miro y miro los saltos de mi esposa que ha salido de encuadre. Manos extrañas me palmean el hombro. “Qué divertida es Victoria, qué loca.” Y antes de la palabra fin, la larga vuelta a casa. Victoria en sombras y callada mientras yo conduzco el automóvil, su cabeza reclinada en el asiento, los ojos cerrados, exangüe, pálida, muda, salvo cuando protesta ante cada luz roja que me obliga a frenar, que nos impide ir rectamente hacia la cama, en la que se echará sin desvestirse y que adquiere, por obra de este gesto suyo, la frialdad de una cama de hospital.
Solamente le dije:
–Yo te aburro. Anoche, en cambio, te divertías.
–Ah, estás celoso.
Pero qué tonto era, agregó. Todo porque había besado, un beso inocente, de cariño, al amigo de mi primo. La había visto y tenía celos.
Tragué saliva. No la había visto. Ojalá me hubiera ahorrado la información. Miré la bombilla de mi mate ya frío y no contesté.
–Lo que pasa es que no me entendés. Lo de anoche era un juego. Todo es un juego.
–¿Qué juego?
–Juego de jugar –respondió impacientándose.
–Es verdad, no entiendo. Si me explicaras, tal vez entendería.
Frunció el ceño para concentrarse, muy preocupada, como el científico que debe exponer los principios de la teoría de la relatividad a un salvaje. Luego de una larga pausa dolorosa, la cara se le iluminó en una sonrisa.
–Si yo hubiera querido engañarte, me las habría arreglado de otro modo. Cómo podés imaginarme capaz de semejante cosa con toda la familia delante.
Bien. Para probarme su fidelidad, me señalaba que podía engañarme sin que yo me enterase.
He pensado mucho sobre el amor –qué otra cosa, cuando uno está demasiado solo y sin amores– y la única conclusión expresable a la que llego, es compararlo con la calle Pernambuco en Villa del Parque, en el estado en que se hallaba antes del asfalto: un lujo de mi infancia, que yo recorría en bicicleta.
Más que calle era una zanja chata en un pedazo de campo, una huella arañada entre dos hileras de casas a medio construir que flotaban en blancos de yuyales rebeldes, pero para mi edad, mi tamaño y la voluptuosidad de pedalear libremente y a toda carrera, tenía anchura de avenida, comunicaba con el mundo. De ahí mi furia cuando no lograba esquivar un pozo y volábamos, la bicicleta y yo, hacia el porrazo que me dejaba un caro saldo de magullones, torcido el manubrio, suelta la cadena, el regreso de a pie. Chico y todo, ya se me ocurría protestar contra la calle y sus traiciones de tierra.
–Y lo único que ahora me falta es escuchar que te soy infiel –gritó Victoria, antes de que yo abriera la boca.
Estaba enamorado de Victoria. Con melancólica resignación, la oí arengarme sobre la fidelidad matrimonial. No es cuestión de lealtades. Digan lo que digan, el enamorado espera amor. Y si la mujer que quiere puede enamorarse de otro, no hay nada que atenúe el golpe contra el suelo. Afecto, comprensión, camaradería, y hasta la cópula gozosa que persiste por esos caprichos misteriosos del cuerpo, se emparentarán tristemente con la sacarina, el café sin cafeína, el cigarrillo sin tabaco, el cocktail sin alcohol, simulacros que permiten retener apenas la memoria de lo que se ha perdido. La fidelidad, a ese precio de regateo, lo pone a uno en la situación del condenado a muerte que camino al patíbulo se jacta de su buena salud.
Ella usó la palabra fidelidad, no yo. Con tanta firmeza esgrimía ese término de connotaciones ambiguas, que logró que me sintiera estúpido, que comenzara a defenderla de mi mezquindad.
–No quise ofenderte, Victoria.
–Sí, me ofendiste. Me lastimaste en lo más profundo. Yo, que no quiero a nadie más que a vos, que sos el único hombre en mi vida.
Se echó a llorar. Aunque me quisiera menos –y su conducta lo insinuaba– yo no podía retirarle mi amor junto con mi credulidad, como si fuera un mueble prestado. Lloraba como una niñita, la cara contraída y bañada en lágrimas.
Me dije: “Es una niña, y no tiene la culpa de aburrirse conmigo”.
Le tomé la cara entre mis manos.
–Victoria. Dejá de llorar y escúchame. Quiero que seas sincera conmigo. Oíme bien, no estamos obligados a querer a nadie. Si no sos feliz conmigo, si querés separarte de mí, nos separamos. No voy a tenerte por la fuerza. Te quiero y te quiero libre. Podemos separarnos…
La voz se me murió en las últimas palabras. ¿Cómo habíamos llegado a ese punto? Una hora antes yo había estado más o menos contento, cebándome mate. Ahora me encontraba en un desierto, horrorizado por la soledad que se me venía encima.
Dejó de llorar tan repentinamente como había empezado. Los ojos verdes, titilantes de lágrimas, me miraron encandilados. Permaneció un momento rígida, cada músculo tenso, como si el cuerpo esperara su oportunidad para saltar fuera de la luz y lanzarse a la fuga. Sin voz, suspendido de su respuesta tuve coraje para mover la cabeza afirmativamente, en una mecánica confirmación de aquellas palabras suicidas.
No me di cuenta de que había cruzado a su territorio, que Victoria ya estaba protegida por la maraña de su jungla, por su pantano, por su río de poca agua pero de corriente traicionera, y que me tenía a tiro, inerme en la sorpresa de que me aislaran de mi regimiento, de hallarme en otra guerra, donde no eran eficaces las armas de la razón o de la buena voluntad.
–Qué tonto sos, qué celoso. Y yo te quiero tanto.
Un segundo después, Victoria entre mis brazos, Victoria consolándome, besándome, y yo, con la respiración entrecortada por el alivio, pidiéndole perdón.
Desde esa noche en adelante, no volvería a recriminar a Victoria su indiferencia, aceptaría el juego como el observador ignorante contempla una partida de ajedrez, y en los momentos de incertidumbre me persignaría con la cruz del amor, recitaría el credo al dios que me inculcó Victoria, supersticiosamente, con la vergonzosa esperanza de los escépticos.
En días previos a la partida de los obreros había decidido mandar al demonio la cansadora ficción de la novela, confesarle todo a mi mujer. La escena de esa noche (no sé cuál fue la razón de mayor fuerza, tampoco importa), inclinó el plato de la balanza que sostenía un libro inexistente. Me dije entonces que no me animaba a entristecerla con la noticia de que no iba a usar el estudio tan primorosamente decorado. El hecho es que, si bien me convertí a su religión con premura de moribundo, y acepté dócilmente los ritos de su dogma, no dejé de escribir.
Perdón. Quiero decir que no dejé la simulación de la literatura.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.