Kitabı oku: «Cándido»
Cándido

Cándido (1759) Voltaire
Editorial Cõ
Leemos Contigo Editorial S.A.S. de C.V.
edicion@editorialco.com
Edición: Noviembre 2021
Imagen de portada: Rawpixel
Traducción: Ricardo García
Prohibida la reproducción parcial o total sin la autorización escrita del editor.
Índice
1 Capítulo I
2 Capítulo II
3 Capítulo III
4 Capítulo IV
5 Capítulo V
6 Capítulo VI
7 Capítulo VII
8 Capítulo VIII
9 Capítulo IX
10 Capítulo X
11 Capítulo XI
12 Capítulo XII
13 Capítulo XIII
14 Capítulo XIV
15 Capítulo XV
16 Capítulo XVI
17 Capítulo XVII
18 Capítulo XVIII
19 Capítulo XIX
20 Capítulo XX
21 Capítulo XXI
22 Capítulo XXII
23 Capítulo XXIII
24 Capítulo XXIV
25 Capítulo XXV
26 Capítulo XXVI
27 Capítulo XXVII
28 Capítulo XXVIII
29 Capítulo XXIX
30 Capítulo XXX
Capítulo I
En que trata de cómo Cándido fue criado
en un hermoso castillo y de cómo lo echaron de él
Había en Westfalia, en el castillo del señor barón de Thunderten-tronckh, un joven, a quien dotó la naturaleza de un carácter amabilísimo; su fisonomía anunciaba desde luego la bondad de su corazón, y eran iguales en él la solidez del juicio y la sinceridad: tal vez por esto, y no por otro motivo, le llamaban Cándido. Los criados antiguos de la casa sospechaban que fuese hijo de la hermana del señor barón y de un honrado caballero de aquella tierra, con quien la señora no quiso casarse, por no haber podido probar el expresado caballero más que setenta y un cuarteles, habiéndose perdido lo restante de su árbol genealógico por las injurias del tiempo devorador.
El señor barón era uno de los más poderosos señores de Westfalia, porque, en efecto, su castillo tenía puerta y ventanas, y no faltaba en el gran salón su poco de tapicería.Todos los perros que andaban esparcidos por sus corrales componían una traílla; en caso de necesidad los mozos de la caballeriza le servían de picadores, y el cura del pueblo de capellán mayor. Todos lo llamaban monseñor, y cuando contaba cuentos, todos reían.
La señora baronesa, que pesaba cerca de ciento cincuenta kilos, gozaba por esta causa de la mayor estimación; y como sabía tratar con todo obsequio a cuantos frecuentaban su casa, era general el respeto que le tenían. Su hija Cunegunda, de diecisiete años de edad, era una muchacha colorada, fresca, gordilla, apetitosa. El hijo del barón, un vivo retrato de su padre. El ayo, llamado Pangloss, era el oráculo de la familia, y Cándido asistía también a sus lecciones con toda la sinceridad propia de sus pocos años y de su carácter.
Enseñaba Pangloss la metafísica-teólogo-cosmólogonigología, y demostraba a maravilla que no hay efecto sin causa, y que en este mundo, el mejor de los mundos posibles, el castillo del señor barón era el más hermoso de todos los castillos, y su señora parienta la mejor de todas las baronesas posibles, habidas y por haber.
—Es evidentísimo —decía— que las cosas no pueden ser de otro modo que son; porque habiendo sido todo formado para un fin, todo es y existe necesariamente para el fin mejor. Reflexionemos que las narices se hicieron para llevar anteojos, por eso gastamos anteojos; las piernas visiblemente fueron instituidas para ser calzadas, por eso tenemos calzones; las piedras se formaron para que los hombres las labrasen, y con ellas hicieran castillos, por eso tiene un castillo monseñor: este castillo es excelente, porque sin duda debe ocupar la mejor habitación el barón más poderoso de la provincia. Los cochinos nacieron para ser comidos, por eso comemos tocino todo el año. Por consiguiente, los que han dicho que todo está bien, han dicho una solemne tontería, debieron decir que todo está lo mejor posible.
Oía Cándido todo esto con mucha atención, y todo lo creía con igual inocencia; porque como a su parecer la señora Cunegunda era extremadamente hermosa, aunque jamás había tenido atrevimiento para decírselo, de allí concluía que después de la suprema felicidad, es haber nacido barón de Thunder-ten-tronckh; el segundo grado de bienaventuranza era el de ser la señorita Cunegunda; el tercero, verla todos los días, y el cuarto, asistir a las lecciones del doctor Pangloss, filósofo el más eminente de aquella provincia, y por consecuencia de todo el universo.
Un día, paseándose Cunegunda cerca del castillo por un bosquecillo que llamaban parque, vio que entre unas matas al maestro Pangloss que estaba dando una lección de física a una criada de su madre, morenilla, graciosa y dócil. Como la señorita tenía particular inclinación a las ciencias, observó sin pestañear los reiterados experimentos de que fue testigo; vio la razón suficiente del doctor, los efectos y las causas.Y al retirarse agitada, pensativa y llena de deseo de ser docta, iba persuadiéndose de que tal vez pudiera suceder que ella fuese la razón suficiente del joven Cándido, y Cándido la razón suficiente de ella. Un día lo encontró al llegar al castillo, y se puso como una grana, y a Cándido le sucedió ni más ni menos: lo saludó con voz interrumpida, y Cándido, sin saber lo que decía, le respondió como pudo. Al día siguiente, después de comer, se hallaron los dos por casualidad detrás de un biombo; a Cunegunda se le cayó el pañuelo, Cándido lo alzó, y al dárselo, Cunegunda inocentemente le apretó la mano; el joven inocentemente besó la de la señorita con una vivacidad, una expresión y una gracia, que no hubo más que pedir; presto se hallaron boca con boca, los ojos encendidos, las rodillas trémulas, las manos perdidas sin saber adónde.
El señor barón de Thunder-ten-tronckh pasó en hora menguada cerca del biombo, y al ver aquella causa y aquel efecto, echó a Cándido del castillo a patadas y empellones. Cunegunda se desmayó, la señora baronesa la hartó de moquetes.Todo fue trastorno y confusión en el más bello y agradable de los castillos posibles.
Capítulo II
De lo que sucedió a Cándido con los búlgaros
Echado Cándido del paraíso terrestre, anduvo mucho tiempo sin saber adónde dirigirse, llorando, alzando los ojos al cielo, volviéndolos muy a menudo hacia el más hermoso de los castillos, en que habitaba la más hermosa de las baronesitas: caía nieve en grande abundancia, y al fin, rendido del cansancio y sin cenar, se tendió a lo largo en un surco. Levántose al día siguiente pasmado de frío, y fuese acercando a un pueblo llamadoValdberghofftrardikdorff sin un cuarto en la faltriquera y desfallecido de necesidad. Paróse a la puerta de una taberna, en donde había dos hombres vestidos de azul, que inmediatamente repararon en él. Uno de ellos dijo:
—Mi camarada, vea usted ahí un mocito de buena presencia, y que tiene la estatura que se necesita.
Llegaron a él y lo convidaron a comer muy afectuosos. Cándido con su amable modestia les dijo:
—Doy mil gracias a ustedes, caballeros, por el favor que quieren hacerme; pero no puedo admitirlo, porque no tengo conmigo ni un maravedí para pagar el escote.
—Los sujetos del mérito y prendas de usted —le dijo uno de los azules— nunca pagan nada: ¿no tiene usted un metro y sesenta y cinco centímetros de alto?
—Sí, señor, ésa es mi estatura —dijo Cándido haciendo una cortesía.
—Pues bien está, amiguito; siéntese usted a la mesa, que no solamente lo convidaremos y pagaremos, sino que por ningún motivo consentiremos que una persona como usted carezca de dinero jamás: todos los hombres deben favorecerse unos a otros.
—Es verdad —dijo Cándido—; eso mismo me ha predicado siempre el doctor Pangloss, y ya veo por experiencia que todo va lo mejor posible.
Lo instaron a que tomase unas cuantas monedas para sus urgencias; las aceptó, quiso hacerles un recibo, lo cual ellos no consintieron en manera alguna, y se sentaron a comer.
—¿No es cierto —dijo el uno— que usted tiene un amor entrañable a...?
—Sí, señor —interrumpió Cándido—, amo con todo mi corazón a la señorita Cunegunda.
—¡Qué! No es eso —dijeron ellos—; le preguntamos a usted si no es cierto que usted tiene un amor particular al rey de los búlgaros.
—No, señor, no le tengo cariño ni en mi vida lo he visto —respondió Cándido.
—¿Cómo así? Y precisamente es el más agraciado rey entre todos los reyes. Pues es preciso beber a su salud.
—Con muchísimo gusto, caballeros —dijo Cándido, y brindó.
—Bueno —dijeron los azules—, con esto basta, y usted, amigo, es ya el apoyo, amparo, defensa y escudo del héroe de los búlgaros: su fortuna de usted está hecha, y su celebridad asegurada.
Dicho esto, le pusieron un par de grillos y lo llevaron al regimiento. Hiciéronle volver a derecha y a izquierda, sacar la baqueta, meter la baqueta, apunten, fuego, paso doble, y le dieron como unos treinta palos: al día siguiente hizo el ejercicio un poco mejor, y sólo recibió veinte garrotazos; al otro día no le dieron más que diez, y sus camaradas se hicieron cruces al ver tan rápidos adelantamientos.
Cándido, absorto de lo que le sucedía, y aun no acabando de entender por cuál especie de encantamiento se hallaba a pesar suyo en la carrera del heroísmo, se fue paseando un día fresco de la primavera, creyendo que la especie humana tenía el privilegio, que es común a todos los demás animales, de servirse de sus piernas cada y cuando les viene en deseo. Habría andado cosa de dos leguas, cuando veis aquí cuatro de sus camaradas que lo alcanzaron, lo detuvieron, lo ataron y dieron con él en un calabozo. Se le preguntó judicialmente qué era lo que más apetecía, o ser fustigado treinta y seis veces por todo el regimiento, o recibir de una vez doce balas de plomo en la cabeza. En vano quiso alegar que las voluntades son libres; en vano les dijo que uno y otro partido le parecían a cuál peor; no hubo remedio, fue necesario que se determinase, y en virtud de aquel don de Dios que llaman libertad, resolvió pasar treinta y seis veces por las baquetas del regimiento. Empezóse la función: pasó dos carreras, y como el regimiento se componía de dos mil hombres, le valió cuatro mil baquetazos, que desde la nuca a las ancas lo dejaron desollado y sangriento.Trataron de proseguir; pero Cándido, no teniendo ya resistencia para más, les suplicó por amor de Dios que le hicieran el gusto de levantarle la tapa de los sesos, a lo cual accedieron generosamente. Vendáronle los ojos, lo hicieron poner de rodillas, y cuando iban a despacharle, acertó a pasar por allí el rey de los búlgaros; informóse del delito del paciente y como era un soberano dotado de comprensión sutilísima, luego echó de ver, por lo que le refirieron, que aquél era un joven metafísico que vivía en otra región, y no sabía palabra de las cosas que pasaban en este mundo: por todo lo cual le concedió el perdón con una clemencia que no cesarán de alabar todos los diarios y gacetas de todos los siglos.
Un buen cirujano curó a Cándido en cosa de tres semanas, aplicándole oportunamente los emolientes que indicó Dioscórides. Ya había criado un poco de cutis el enfermo y podía andar, cuando el rey de los búlgaros y el de los ávaros se dieron batalla.
Capítulo III
Consigue Cándido escaparse de entre los búlgaros, y lo que después le sucedió
No podía verse cosa más hermosa, más ágil, más brillante y bien ordenada que los dos ejércitos. Los trompetas, pífanos, clarinetes, tambores y cañones formaban una armonía tan particular, que en el infierno mismo no puede haberla semejante. Empezó la artillería por echar al suelo como unos seis mil hombres de una parte y otra; la fusilería que siguió después barrió del mejor de los mundos posibles nueve o diez mil pícaros que infestaban su superficie; las bayonetas fueron también razón suficiente de la muerte de otros muchos: todo ello pudo ascender a unos treinta mil, dos más o menos. Cándido, que temblaba de pies a cabeza, como buen filósofo, se escondió lo mejor que supo mientras duró aquella matanza. Acabada que fue, y en tanto que los dos reyes, cada uno en su campo, hacían cantar el Te-Deum, determinó marcharse a otra parte donde pudiese raciocinar con mayor holgura sobre las causas y los efectos. Atravesó entre montes de muertos y moribundos, encaminándose al lugar más inmediato, que halló reducido a cenizas: pertenecía a los ávaros, y los búlgaros lo habían quemado, según leyes del derecho público. Allí los ancianos heridos por mil partes veían morir a sus mujeres degolladas, que aún apretaban sus tiernos niños a los pechos sangrientos; muchachas atravesado el vientre a estocadas, después de haber satisfecho las necesidades naturales de algunos héroes, despedían los últimos alientos; otras, medio abrasadas en el común incendio, daban gritos espantosos pidiendo que les acabaran de quitar la vida; la tierra estaba cubierta de sangre y miembros palpitantes y destrozo horrible.
Huyó Cándido a toda prisa en busca de otro lugar que pertenecía a los húngaros y por consecuencia los ávaros lo habían dejado un montón de ruinas. Atravesó como pudo por en medio de ellas, y caminando sin cesar, se halló fuera del teatro de la guerra con algunas provisiones de boca en la mochila, y sin olvidarse jamás de la señorita Cunegunda. Faltáronle los víveres al llegar a Holanda; pero como sabía que allí eran cristianos, y que todos estaban ricos, no dudó que encontraría, cuando menos, la misma asistencia y regalo que había tenido en el castillo del señor barón, antes de que lo echaran de él a patadas por unos ojos azules. Pidió limosna a algunos graves personajes, y todos le dijeron que si continuaba en aquel oficio, lo harían encerrar en una casa de corrección para enseñarle a ganar la vida. Dirigióse después a un hombre que había estado hablando en una grande asamblea acerca de la caridad cristiana, sin que nadie le replicase en más de una hora que duró su discurso. El orador, mirándolo de mala manera, le dijo:
—¿Qué viene usted a hacer aquí? ¿Es usted partidario de la buena causa?
—No hay efecto sin causa —respondió Cándido con mucha modestia—: todo está encadenado necesariamente y ordenado para el fin mejor. Necesario ha sido que me echaran de la compañía de la señorita Cunegunda, y que me dieran dos carreras de baquetas, como ahora es necesario que pida un pedazo de pan, hasta que con mi trabajo pueda ganarlo; todo ha sucedido como necesariamente debió suceder.
—Diga usted, amigo —añadió el orador—, ¿cree usted que el papa es el Anticristo?
—Nunca lo había oído decir —respondió Cándido—, pero que lo sea o que lo deje de ser, lo cierto es que yo me muero de hambre.
—No mereces comer —le respondió el otro—, vete de ahí, canalla; marcha, pícaro, y en tu vida te acerques a mí.
La mujer del orador, que se había asomado a la ventana, y vio a un hombre que dudaba que el papa fuese el Anticristo, marchó a la cocina como un relámpago, cogió un barreño de agua de fregar, y toda se la vertió encima al desdichado metafísico. ¡Tanto puede en el devoto sexo el celo de la religión!
Un hombre de mediana edad que aún no se había bautizado, esto es, un honrado anabaptista, llamado Jacome, observó el modo ignominioso y cruel con que acababan de tratar a un hermano suyo, a un animal bípedo y sin plumas, dotado de ánima racional, y lleno de compasión lo llevó a su casa, lo limpió, le dio pan y cerveza, le regaló dos florines, y aun trató de enseñarle a trabajar en una manufactura que él dirigía de telas de Persia, tejidas en Holanda. Cándido, prosternándose delante de él, exclamaba:
—Razón tenía el doctor Pangloss en decirme que todo va en este mundo lo mejor posible; porque en mí ha causado un efecto infinitamente mayor esta excesiva generosidad que experimento, que toda la crueldad de aquel señor de los hábitos negros y la de su señora consorte.
Al día siguiente tropezó Cándido en una calle con un pobre todo cubierto de pústulas, los ojos moribundos, roída la punta de las narices, la boca torcida hasta una oreja, los dientes negros, hablaba con el gaznate, y atormentado sin cesar de una tos obstinada y profunda; a cada esfuerzo que hacía el infeliz escupía una muela.
Capítulo IV
Halla Cándido a su antiguo maestro de filosofía tan filósofo como siempre
Cándido, más conmovido de caridad que de horror, dio a aquel espantoso mendigo los dos florines que había recibido del anabaptista Jacome. El fantasma lo miró con inquieta curiosidad, y derramando abundantes lágrimas, le echó los brazos al cuello, a cuya acción Cándido se retiró lleno de temor.
—¿Es posible —le dijo el astroso— que no reconoces a tu querido Pangloss?
—¡Qué oigo! ¿Usted? ¿Usted es mi maestro? ¿Usted en un estado tan miserable? ¿Pues qué desgracia lo ha puesto así? ¿Por qué no está usted en el más hermoso de los castillos? ¿Qué se ha hecho la señorita Cunegunda, la flor de las niñas, el esmero de la naturaleza?
—¡Ay, hijo!, que no puedo hablar ni tenerme en pie —dijo Pangloss.
Llevóle Cándido inmediatamente a la caballeriza del anabaptista; le hizo comer un pedazo de pan, y cuando lo vio algo menos moribundo, le dijo:
—Vamos, sáqueme de un cuidado: ¿qué es de Cunegunda? —Ha muerto —dijo, y Cándido al oírlo cayó desmayado. Su amigo logró que volviese con un poco mal vinagre que halló por fortuna en la caballeriza, y apenas abrió los ojos, comenzó a decir:
—¿Y es éste el mejor de los mundos posibles?... Pero ¿de qué enfermedad se ha muerto? Tal vez ha sido pesadumbre por haberme visto echar a puntapiés del hermoso castillo de su señor padre.
—No, por cierto —dijo Pangloss—. Los soldados búlgaros, después de haberla desflorado cuanto es posible desflorar a una criatura, la remataron con un sablazo que le dieron en el abdomen; a su señor padre, que la quiso defender, le hicieron la cabeza una torta; la señora baronesa quedó hecha tajadas; a mi pupilo lo trataron precisamente como a su hermana; y en cuanto al castillo, no ha quedado ya en él piedra sobre piedra, ni un árbol, ni una lechuga, ni un carnero, ni un pato.
Al acabar esta lastimosa relación volvió Cándido a desmayarse, y volvió a revivir después y a desahogar su aflicción en quejas amargas; pero deseando saber la causa y el efecto, y la razón suficiente que había puesto a su querido Pangloss en aquel estado lastimoso, le rogó encarecidamente que se lo dijera.
—¡Ay, hijo! —respondió el filósofo—, el amor ha sido, el amor, consuelo del género humano, conservador del universo, alma de todos los seres sensibles, el tierno amor.
—También yo conozco —dijo Cándido— a ese dueño de los corazones, y hasta ahora no tengo que agradecerle más que un beso y veinte patadas en la rabadilla. Pero, dígame usted, ¿cómo una causa tan bella ha podido producir en usted un efecto tan abominable?
Pangloss respondió diciéndole:
—Ya conociste, mi querido Cándido, a aquella criada tan graciosilla que tenía nuestra augusta baronesa, la Paulita. Yo gocé en sus brazos los deleites del paraíso, y ellos me han causado los tormentos infernales que padezco ahora. La tal Paulita estaba infestada hasta los tuétanos, y tal vez se habrá ya muerto. Este regalo se lo hizo un padre de san Francisco, hombre docto, que se entretuvo en averiguar la genealogía de su dolencia. A él se lo había comunicado una condesa, viuda y vieja y devota, que lo había recibido de un capitán de caballería, el cual lo absorbió de una virreina, a quien se lo había pegado un paje, y a este paje se lo había pegado un jesuita, que siendo novicio lo adquirió de primera mano de uno de los compañeros de Cristóbal Colón. Por lo que a mí toca, yo te aseguro que a nadie se lo daré, porque no estoy para eso, y me veo en términos de expirar.
—¡Extraño árbol genealógico —exclamó Cándido— del cual, sin duda, el mismo demonio fue la raíz!
—No hay nada de eso —respondió el doctor—, esa maldita peste era una cosa indispensable en el mejor de todos los mundos posibles; un ingrediente de absoluta necesidad; porque si Colón no hubiera adquirido en un islote de América esta dolencia que emponzoña el origen de la generación, que la estorba frecuentemente, y es una oposición visible al gran fin de la naturaleza, careceríamos de cochinilla y chocolate en nuestro felicísimo continente; donde ha adquirido esta plaga, como las disputas eclesiásticas, derecho de arraigo y vecindad. Los turcos, los indios, los persas, los chinos, los del Japón y Siam no la padecen todavía; pero hay una razón suficiente para esperar que dentro de algunos siglos sabrán lo que es. Entre tanto los progresos que ha hecho por acá son admirables, y sobre todo en los grandes ejércitos, que deciden de la suerte de los imperios; puede asegurarse que cuando pelean treinta mil hombres contra igual número de enemigos, habrá de una y otra parte veinte mil bubosos.
—Todo eso está muy bien discurrido —dijo Cándido—; pero tratemos ahora de que usted se cure.
—¿Cómo he de curarme —dijo Pangloss— si no tengo un cuarto, y en toda la extensión de este globo terráqueo no puede uno hacerse una sangría ni tomar un servicial sin que lo pague en moneda corriente, o busque alguno que le haga la gracia de pagar por él?
Esta reflexión determinó a Cándido, e inmediatamente fue a buscar a su caritativo anabaptista: echóse a sus pies; hízole una pintura muy enérgica de la situación infeliz en que se hallaba su docto maestro; Jacome no vaciló un momento, hizo que se lo trajesen a casa, lo mandó asistir con el mayor esmero, y sólo perdió en la curación un ojo y una oreja. Como escribía muy bien y sabía perfectamente la aritmética, lo hizo Jacome su tenedor de libros, y viéndose precisado de allí a dos meses a marchar para Lisboa a negocios de su comercio, se llevó muy contento en su navío a los dos filósofos.
Pangloss le daba frecuentes lecciones de optimismo, pero el bueno de Jacome decía:
—Preciso es que los hombres hayan corrompido un poco la naturaleza, porque no habiendo nacido lobos, lo son en efecto. Dios no les dio bayonetas ni cañones de a veinticuatro y ellos han hecho cañones y bayonetas para destruirse, y aún se pudiera añadir a la lista de las perfecciones que han ido adquiriendo, las bancarrotas escandalosas y fraudulentas, y el celo de la justicia que se apodera de los bienes del fallido, y no da un cuarto a los acreedores.
—Pues todo eso era indispensable —respondió el tuerto— y de los males particulares resulta necesariamente el bien general; de suerte que cuando estos males son más en número, la felicidad del todo es mucho mayor.
Entre tanto que el doctor disertaba, y estando ya a la vista del puerto de Lisboa, se oscureció el cielo, empezaron a soplar por todas partes vientos impetuosos, y el navío se halló asaltado de la más espantosa borrasca.
Capítulo V
Tempestad, naufragio, terremoto, desventuras del doctor Pangloss, Cándido y el anabaptista
La mitad de los pasajeros, débiles, moribundos, entre las convulsiones que causan los balanceos de una embarcación agitada en direcciones opuestas, carecía del vigor necesario para sentir en aquel inminente peligro. La otra mitad daba gritos y hacía promesas. Las velas se habían hecho pedazos, caían los mástiles, el barco se iba abriendo, nadie gobernaba, trabajaban pocos, ninguno se entendía. El anabaptista, que estaba sobre la cubierta, ayudaba a los marineros: uno de ellos, de un encontrón que le dio, lo tiró al suelo; pero fue la sacudida tan violenta, que el mismo marinero, sin poder valerse, cayó fuera del buque de cabeza, aunque tuvo la fortuna de quedarse enganchado por un sobaco en un trozo de entena; lo cual, visto por el bueno de Jacome, no se detuvo en ir a socorrerlo, ayudóle a subir, y ocupado en esto dio un vaivén la embarcación, el anabaptista cayó al agua, y el marinero lo dejó perecer sin volver la cabeza a mirarlo. Cándido se acerca, ve a su bienhechor expirando entre las ondas, que en un instante lo sumergen, quiere arrojarse al mar para libertarlo; pero el doctor Pangloss se lo estorba, probando con sus acostumbrados silogismos que la rada de Lisboa había sido formada ex profeso para que aquel honrado anabaptista pereciese en ella. Mientras le estaba arguyendo a priori, se abrió el navío, y cuantos iban en él se ahogaron, menos Cándido y Pangloss, que lograron asir una tabla, y el bruto del marinero que había dejado morir al virtuoso Jacome, salió nadando como un atún hasta la orilla.
Cuando volvieron un poco en sí, se encaminaron hacia Lisboa. Tenían consigo algún dinero, y esperaban con él remediar el hambre que padecían, ya que su buena suerte los había librado de la tempestad; pero apenas llegaban a la población lamentándose de la desgraciada muerte de su buen amigo, cuando sintieron que la tierra temblaba debajo de sus pies: embravecióse el mar, y rompió los navíos que estaban anclados en el puerto; cubriéronse las calles y plazas públicas con remolinos de llama y cenizas, los edificios se desplomaron, se hundieron las techumbres, se trastornaron los cimientos; treinta mil habitantes quedaron sepultados entre las ruinas de aquella opulenta ciudad. El marinero juraba y silbaba, y decía:
—Esto no va mal, algo habrá que pillar por aquí.
—¿Cuál podrá ser la razón suficiente de este fenómeno? —decía Pangloss.
Cándido exclamaba:
—El mundo perece; éste es sin duda su postrer día.
El marinero corre intrépido por medio de tantos destrozos; desprecia la muerte y busca dinero, lo encuentra, se apodera de él, se emborracha, duerme y al despertar compra los favores de la primera moza liberal que halla entre los escombros de las casas hundidas, rodeado por todas partes de moribundos y de muertos. Pangloss le tiraba de la chaqueta, y le decía:
—Hombre, no, eso no me parece bien. Usted falta directamente a la razón universal, y es mala ocasión ésta para andarse en flores.
—¡Voto a Dios! —dijo el otro—, que no estoy para oír sermoncitos. Yo soy marinero, soy de Batavia, y en cuatro viajes que llevo hechos al Japón, he pisado cuatro veces el Cristo, y tú, zanguango, ¿te me vienes ahora con tu razón universal? ¡Qué tontería!
Cándido estaba tendido en medio de una calle casi cubierto de tierra y cascotes, y muy mal herido por las muchas piedras que habían caído sobre él. Lamentábase con voz doliente, y rogaba a Pangloss que viese de buscar un poco de aceite y de vino, porque le parecía que iba a expirar de un instante a otro.
—Este terremoto no tiene nada de extraordinario —respondía Pangloss—. El año pasado padeció la ciudad de Lima igual sacudimiento. Cuando las causas son idénticas, los efectos lo son también. No cabe duda en que hay una larga veta de azufre desde Lima a Lisboa.
—Todo eso es muy probable —dijo Cándido—, pero, hombre, por la Virgen santísima, que me traiga usted un poco de vino y aceite.
—¿Cómo probable? —replicó el filósofo—. ¿A qué llama usted probable? Sostengo y afirmo que es una cosa demostrada y certísima.
En esto le dio a Cándido una congoja. Pangloss fue por un poco de agua a una fuente que estaba cerca, y rociándole con ella el rostro, le hizo volver en sí.
Al día siguiente, habiendo hallado entre las ruinas algún alimento, adquirieron fuerzas para ocuparse con otros muchos en asistir y aliviar a los habitantes que habían escapado de la muerte. Algunos de ellos, agradecidos a su caridad, les dieron de comer lo mejor que les fue posible en aquellas circunstancias: todos los convidados estaban tristes, y bañaban en lágrimas el pan que comían; pero Pangloss se esforzaba en consolarlos, asegurándoles que las cosas no podían suceder de otro modo; porque si debajo de Lisboa o en sus cercanías existe un volcán, es prueba evidente de que no puede estar en otra parte, puesto que es imposible que todo no sea de la manera que es, en atención a que todo es lo mejor que cabe.
Un hombrecillo vestido de negro, familiar del santo oficio, que estaba sentado junto a él, tomó la palabra, y le dijo con mucha cortesía:
—A lo que parece de su discurso de usted, señor caballero, usted no debe creer en el pecado original; porque si todo lo que es, no pudo ser mejor, inferiremos que no hubo caída ni castigo.
—Usía tendrá la bondad de perdonarme —respondió Pangloss— si me tomo la libertad de contradecirle. Mire, Usía, la caída del hombre y la maldición que se siguió después fueron dos incidentes de absoluta necesidad en el mejor de los mundos posibles.
—¿Necesidad? ¡Oiga! —dijo el de negro—: ¿conque Usía no cree tampoco en el libre albedrío?
—Vuecelencia se equivoca en raciocinar de esa manera —añadió Pangloss—. La libertad puede subsistir juntamente con la necesidad absoluta, porque la voluntad determinada...
Cuando Pangloss estaba diciendo esto, el familiar, con prudente disimulo, hizo una seña a su criado, al tiempo que le estaba llenando una copa de vino de Oporto.
Capítulo VI
Celébrase un auto de fe para que no haya terremotos,
y Cándido hace en él uno de los principales papeles
Después del temblor de tierra que había destruido las tres cuartas partes de Lisboa, no hallaron los sabios del país otro medio más eficaz para prevenir una total ruina, que el de hacer un bonito auto de fe; por cuanto la universidad de Coimbra había decidido que la fiesta de quemar a fuego lento unas cuantas personas, con las ceremonias y formalidades de estilo, era un secreto infalible para impedir que la tierra temblase.
En consecuencia de esto agarraron a un vizcaíno que se había casado con su comadre, a dos portugueses que, comiendo un pollo, habían separado el tocino hacia el borde del plato, y en cuanto al doctor Pangloss y su discípulo Cándido, luego que se acabó la comida, entraron media docena de ministros y los ataron a los dos; al uno porque había hablado, y al otro porque había escuchado con cierto aire de aprobación y complacencia. Pusiéronlos separadamente en dos piezas bajas fresquísimas, en donde jamás incomodaba la luz del sol. De allí a ocho días les acomodaron a entrambos unos sambenitos, que no parecía sino que se habían hecho a propósito para ellos, y les adornaron la cabeza con unas mitras de papel. La de Cándido y el sambenito que le pusieron tenían pintadas las llamas de través, y los diablos que saltaban entre ellas eran rabones y sin uñas; pero a Pangloss le pintaron las llamas hacia arriba, y sus diablos tenían uñas de gavilán y rabos largos y retorcidos a manera de látigos. Con estas galas los llevaron procesionalmente a oír un sermón muy afectuoso, al cual siguió una excelente música de bajos y fagotes.A Cándido lo azotaron en cadencia mientras la capilla cantaba; al vizcaíno y a los otros dos que no habían querido probar el jamón, los quemaron muy poco a poco, y a Pangloss lo ahorcaron. Aquella tarde volvió a temblar la tierra con espantoso estruendo.
Cándido, todo sangriento, palpitando de horror, afligido, inconsolable, decía entre sí mismo:
—¿Y es éste el mejor de los mundos posibles? Pues los otros que no son tan buenos, ¿cómo serán? Si el mal se redujese a haberme azotado a mí, vaya con Dios; los búlgaros me hicieron antes la misma burla, y no podía cogerme de susto; pero, mi querido Pangloss, el más sublime de los filósofos, ¿es posible que yo te haya visto ahorcar sin saber todavía por qué te han ahorcado? ¡Oh, mi buen Jacome, honrado anabaptista, ahogado en el puerto! ¡Oh, señorita Cunegunda, la nata y flor de las doncellas, muerta de un bayonetazo a manos de un cabo de escuadra...!
Haciendo estas tristes consideraciones se volvía Cándido, pudiendo apenas sostenerse, predicado, solfeado, azotado y empapado en agua bendita, cuando una vieja se acercó a él, y le dijo con mucho agrado:
—¡Cómo ha de ser, hijo mío! Vaya, ven conmigo, y no te desanimes.
Capítulo VII
Una vieja caritativa cuida de Cándido,
y éste halla inopinadamente lo que más quería
Cándido, sin animarse poco ni mucho, siguió a la vieja, que lo llevó a una casilla miserable: allí le dio un bote de pomada para que se untase, le dejó algo fiambre que comiera y un poco de vino, enseñándole una cama bastante limpia, en donde le dijo que podría acostarse, y junto a ella unos vestidos.
—Come —le dijo—, bebe y duerme y nuestra Señora de Atocha, y el glorioso San Antonio de Padua, y el bendito Santiago de Galicia te asistan y te favorezcan, y adiós, que mañana volveré.
Cándido, aturdido de lo que había visto, de lo que había padecido, y mucho más de la caridad de aquella santa vieja, quería besarle las manos, agradecido a tanto favor; pero ella no lo consintió, diciéndole:
—¡Ay, hijo mío! No es a mí a quien has de besar; guarda los besos para otra persona que los merece mejor. Úntate bien con la pomada, y come y duerme.
Así lo hizo, y al día siguiente la honrada vieja le trajo de almorzar; examinóle bien las espaldas, y ella misma se las untó con otra pomada que le pareció más a propósito; después le trajo de comer; volvió a la noche y le trajo de cenar, y al día siguiente repitió los mismos viajes.
—¿Quién es usted —le decía Cándido—, que tan extraña bondad usa conmigo? ¿Cómo le podré yo manifestar mi agradecimiento?
Pero la buena vieja a nada de esto respondía.Volvió a la noche sin traerle cena, y sacando de entre las faldas una espada de gavilanes, se la dio y le dijo:
—Toma ese chisme para lo que pueda ocurrir; vente conmigo, y cuidado con hablar palabra.
Lo asió del brazo y lo llevó al campo, en donde a cosa de un cuarto de legua de camino llegaron a una quinta rodeada de jardines y de canales. Llamó la vieja a una puertecilla, abrieron inmediatamente, y se subió con Cándido por una escalera secreta a un gabinete adornado con molduras y artesones de oro: hízole sentar en un canapé de Damasco, cerró la puerta y se fue. Cándido, en vista de sus pasadas desgracias y de aquel extraordinario acontecimiento, no estaba lejos de creer que todo era un sueño y una vana imaginación. Pero la vieja volvió de allí a muy poco en compañía de otra mujer de majestuosa presencia, ricamente vestida, llena de brillantes, cubierto con un velo el rostro, la cual manifestaba en sus ademanes no pequeña inquietud. La vieja, que con mucho trabajo la animaba y la sostenía, le dijo a Cándido:
—Levanta ese velo.
Lo cual hizo él inmediatamente lleno de timidez; pero ¡qué sorpresa fue la suya cuando al levantar las gasas le pareció que veía delante a la señorita Cunegunda, y la veía en efecto, y era ella misma! Él, sin poder articular palabra, cayó desfallecido a sus pies, y ella en el canapé que estaba inmediato: la vieja les hacía aire al uno y al otro, y les daba a oler espíritus a toda prisa.
Luego que volvieron en su acuerdo, comenzaron a decirse expresiones interrumpidas, sin orden; preguntas, respuestas atropelladas, lágrimas, suspiros, gemidos tristes. La vieja, encargándoles mucho que no hicieran ruido, los dejó solos para que hablasen cuanto quisieran.
—¿Conque es usted? —le dijo Cándido—. ¿Conque vive usted y la encuentro en Portugal? ¿Conque no fue cierto que la desfloraron a usted, ni le dieron un bayonetazo, como me aseguraba el doctor Pangloss?
—Todo ha sido cierto —respondió la hermosa Cunegunda—, pero no es preciso que una se haya de morir por eso. —¿Y su padre de usted y su madre? ¿Es verdad que los mataron?
—Verdad es —dijo Cunegunda deshecha en lágrimas. —¿Y su hermano de usted?
—A mi hermano lo asesinaron también.
—Y ¿por qué está usted en Portugal?Y ¿cómo ha sabido usted en dónde yo me hallaba?Y ¿por qué extraño accidente me han conducido a mí a esta casa?
—Todo te lo diré —respondió la señorita—, pero deseo que antes me refieras lo que ha pasado por ti desde aquel inocente beso que me diste, y aquellos puntillones que recibiste después.
Cándido la obedeció con el más profundo respeto, y aunque estaba muy asustado y el espinazo le dolía bastante, le contó en voz debilitada y trémula todo cuanto le había sucedido desde el momento de su separación. Cunegunda, oyendo aquella lamentable historia, alzaba los ojos al cielo, y se le inundaron de lágrimas al saber la muerte del generoso anabaptista y del sapientísimo Pangloss; después de lo cual habló en estos términos a Cándido, que estaba pendiente de sus palabras, y no apartaba la vista de su gentil presencia.
Capítulo VIII
Sucesos lastimosos de Cunegunda
—Yo estaba en mi cama durmiendo regaladamente, cuando quiso Dios enviarnos a los búlgaros a nuestro hermoso castillo de Thunder-ten-tronckh, y apenas entraron en él, degollaron a mi padre y a mi hermano, y a mi madre la hicieron tajadas. Un búlgaro de unas dos varas y media de alto, advirtiendo que a vista de aquel estrago había yo perdido el conocimiento, se puso a desflorarme, con lo cual recobré el uso de mis sentidos: grité, bregué, mordí, arañé, quise sacarle los ojos, ignorando que todo cuanto sucedía en el castillo de mi padre era una cosa que se estila y es corriente en tales ocasiones: el soldado, apurada ya la paciencia, con la bayoneta que llevaba me hizo una herida aquí en el ijar izquierdo, de la cual me dura la señal todavía.
—¡Ay!, yo quiero verla —dijo Cándido con muchísima sencillez.
—Ya la verás —dijo Cunegunda—, pero quiero continuar la relación de mis desgracias. Un capitán búlgaro entró en aquel punto, y viéndome toda bañada en sangre, y que el soldado sin hacer caso de él proseguía en su dañado propósito, lleno de cólera por la falta de respeto que aquel bruto le manifestaba, le atravesó el cuerpo con el sable, muy a peligro de haber atravesado a los dos. Hecho esto, me llevó consigo como prisionera de guerra a su cuartel, en donde dispuso que me curasen, y en efecto de allí a muy poco tiempo me hallaba ya fuera de peligro.Yo le lavaba las pocas camisas que tenía, le guisaba de comer y me esmeraba en complacerlo; por todo lo cual, agradecido sin duda de mis buenos servicios, me mostraba cariño, y muchas veces me llamaba hermosa. Él era muy buen mozo, muy blanco, de un cutis muy suave, eso sí; pero tenía poco talento, poca filosofía, y a tiro de mosquete se echaba de ver que no era discípulo del doctor Pangloss. Éste, pues, al cabo de tres meses que duró nuestra buena amistad, se halló sin un cuarto; por consiguiente le empezó a fastidiar mi compañía, y me vendió a un judío que se llamaba Cornelio Vaeverdinjen, y a puertas cerradas se llamaba D. Issacar Martínez, hombre rico, que tenía comercio en Holanda y en Portugal, y profesaba particular inclinación a las buenas mozas. Enamoróse perdidamente de mí el bueno del judío; pero no conseguía lo que deseaba, porque lo supe resistir algo mejor que al soldado búlgaro; que en fin a una doncella honrada podrán desflorarla una vez, pero su virtud le da fortaleza para que esta desgracia no se repita.A fin de ganarme la voluntad, me trajo el judío a esta deliciosa quinta en que nos hallamos. Siempre había creído que no existía en el mundo posesión más bella que el castillo de Thunder-ten-tronckh; pero al ver esta casa de placer, sus bosques y jardines, reconocí mi engaño. Un día me vio en misa el inquisidor general, me observó detenidamente con el anteojo, y me envió un recado diciéndome que tenía que hablar en secreto conmigo sobre un asunto de importancia. Condujéronme a su palacio; le conté quién yo era y lo esclarecido de mi linaje, y él entonces insistió mucho en persuadirme que a una dama de mi calidad no le era decoroso estar en poder de un judío. De allí a muy pocos días le propusieron a Issacar que me cediese a su excelencia el señor inquisidor; pero como el israelita era hombre de mucho crédito y el banquero de quien la corte se valía en todas sus urgencias, tenía suficiente orgullo para despreciar tales proposiciones, y en efecto no hizo caso de ellas. Irritado entonces el inquisidor, lo amenazó diciéndole que le haría acusar al santo oficio por la religión que profesaba (cosa que todos sabían, aunque no se la echaba en cara ninguno), y que no había de parar hasta que en un auto de fe le hiciese quemar vivo. Por último, D. Issacar llegó a coger miedo, y se convino a hacer un ajuste con el inquisidor, en virtud del cual esta quinta y mi persona les pertenecerían en común a los dos: el judío disfrutaría de ellas el lunes, el miércoles y el sábado, y el inquisidor en los días restantes de la semana. Hace ya seis meses que se observa esta convención, pero no sin discordia, porque muchas veces ha habido coléricas alteraciones sobre un punto que no se ha resuelto aún, es a saber, si la noche que media entre el sábado y el domingo corresponde a la antigua o nueva ley. Como quiera que sea, yo he resistido hasta ahora con ánimo constante a las amorosas instancias del uno y del otro, y a lo que me parece ésta debe ser la única razón de que me quieran entrambos. Para conjurar el azote cruel de los terremotos, y atemorizar de camino a D. Issacar, discurrió el señor inquisidor que sería muy oportuno celebrar un auto de fe. Tuvo la atención de convidarme a ver la fiesta; me acomodaron en un buen sitio, y a todas las damas se nos sirvió un exquisito refresco entre la misa y la ejecución. No puedo ponderar cuánto yo me horroricé viendo quemar a los dos judíos y al pobre vizcaíno que se había casado con su comadre; pero ¡cuál fue mi asombro cuando se me presentó a la vista una figura con un sambenito y una coroza en todo semejante a Pangloss! Me estregué los ojos, no cesé de mirarle, le vi ahorcar, y me dio un desmayo terrible.Vuelta en mi acuerdo para colmo de dolor y consternación, te vi desnudo y dispuesto a recibir una tunda de azotes, y antes que se me olvide quiero decirte que tienes el cutis mucho más blanco y de un sonrosado más agradable que el de aquel capitán de búlgaros de que ya te hablé. Al verte, se aumentaron mis sentimientos en extraña manera: quise gritar y decir a aquellos bárbaros que no te ofendiesen; pero me faltó la voz, y todos mis esfuerzos hubieran sido inútiles. En fin, acabada la zurra, decía yo para mí: ¿cómo es posible que el amable Cándido y el sabio Pangloss hayan venido a parar a Lisboa a ser ahorcado el uno, y llevar cien azotes el otro según las órdenes de mi amante el señor inquisidor general? Estas consideraciones acaloraban mi fantasía, y en ella se me representaban a un tiempo el asesinato de mi padre, el de mi madre y el de mi hermano, la insolencia de aquel soldado feroz, el bayonetazo que recibí, mi ocupación de cocinera, mi libertad vendida a un infame hebreo, los aborrecidos amores del inquisidor, el ahorcamiento de Pangloss, el solemne miserere cantado al son de los bajones mientras te estaban azotando, y sobre todo aquel beso que me diste detrás del biombo; todo me llenaba de aflicción el alma, y todo me puso en términos que yo temí perecer a la violencia de tan poderosos afectos. Sin embargo, procuré consolarme, agradeciendo a mi buena suerte que por medio de tantas desventuras te volviese a mi vista. Encargué a la vieja que tuviese particular cuidado de ti, y que luego que se pudiera te trajese a esta quinta, como en efecto lo ha hecho, para que yo tenga la satisfacción indecible de verte, de oírte, de hablar contigo... Pero tú tendrás hambre ya, porque es algo tarde, y yo también me siento con muy buen apetito; cenemos.
Tiró de un cordón, sonó a lo lejos una campanilla, vino la vieja, dispuso la mesa, cenaron y volvieron a reclinarse en el canapé magnífico. Ábrese repentinamente una de las puertas del gabinete y se aparece con el espanto de todos tres D. Issacar. Eran ya las once y media de la noche, se acababa el sábado, y venía a gozar de sus derechos y explicar con hipérboles hebraicas su pasión amorosa.
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