Kitabı oku: «Traición»

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Título original: Down the River Unto the Sea

© Walter Mosley, 2018.

© de la traducción: Eduardo Iriarte, 2018.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO334

ISBN: 9788491871491

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

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Ganadores del premio RBA de novela policíaca

Notas

PARA MALCOLM, MEDGAR Y MARTIN

1

La vista de Montague Street desde mi ventana del segundo piso es mejor que desde la tercera planta. Desde aquí casi se aprecian los surcos de las caras de los cientos de trabajadores que pasan por delante; gente que tiene cada vez menos motivos para cruzar la entrada de los elegantes comercios y bancos que se han adueñado de esta vía pública. Estos nuevos negocios son como prospectores modernos que peinan la ciudad en busca de los dorados clientes aburguesados que adquirirán los apartamentos de millones de dólares y la ropa de lujo, comerán en bistrós franceses y comprarán vino de cien dólares la botella.

Cuando me trasladé a este despacho, hace casi once años, había librerías de viejo, tiendas de ropa usada y suficiente comida rápida para alimentar a un ejército de trabajadores de Brooklyn Heights. Fue entonces cuando Kristoff Hale me ofreció un contrato de arrendamiento por veinte años renovable porque otro poli, Gladstone Palmer, había pasado por alto la implicación de su hijo, Laiph Hale, en la brutal agresión contra una mujer; una mujer cuya única ofensa había sido decir no.

Tres años después, Laiph fue a la cárcel por otra paliza; una que, gracias a un acuerdo con la fiscalía, quedó en homicidio involuntario. Pero eso no tuvo nada que ver conmigo; yo ya tenía el contrato de arriendo.

Mi abuela materna siempre me dice que todos los hombres reciben lo que se merecen.

Trece años antes, yo también era poli. Habría intentado enchironar a Laiph por la primera agresión, pero así soy yo. No todo el mundo ve las normas del mismo modo. La ley es algo flexible —a ambos lados de la línea—, influido por las circunstancias, el carácter y, naturalmente, la riqueza o la ausencia de ella.

Mi problema concreto con las mujeres era, en cierta época, que las deseaba. A mí, inspector de primera clase Joe King Oliver, no me hacía falta más que una sonrisa o un guiño para descuidar mis obligaciones y promesas, mis votos y el sentido común, por algo, o apenas la promesa de algo, tan fugaz como una brisa fresca, una buena cerveza o una calle en la cual la gente nunca era la misma.

Durante los últimos trece años he estado algo menos preso de mis impulsos sexuales. Sigo apreciando al otro sexo, a veces calificado de débil. Pero la última vez que me dejé llevar por el instinto me metí en un problema tan grave que llegué a la conclusión de que prácticamente me había curado de mi tendencia al ligue.

Se llamaba Nathali Malcolm. Era una Tallulah Bankhead moderna, con la voz ronca, el ingenio afilado y ese algo que definía a la aspirante a estrella de otros tiempos. Mi superior, el mismo sargento Gladstone Palmer, me llamó al móvil para encargarme el asunto.

—No debería suponer mayor problema, Joe —me aseguró Palmer—. Es básicamente un favor para el jefe de Policía.

—Pero estoy con ese asunto del puerto, Glad. Little Exeter siempre entra en acción los miércoles.

—Eso quiere decir que también lo hará el miércoles que viene y el siguiente —razonó mi sargento.

Gladstone y yo habíamos ido juntos a la academia. Él era irlandés blanco, y yo, de un tono marrón oscuro, pero eso nunca afectó nuestra amistad.

—Estoy cerca, Glad —dije—, muy cerca.

—Es posible que así sea, pero Bennet está en una cama de hospital con un pulmón perforado y Brewster echa a perder dos de cada cinco redadas. Además, necesitas anotarte un par de puntos en la hoja de servicios este año. Pasas tanto tiempo en los muelles que no haces ni la mitad de las detenciones necesarias para alcanzar la cuota.

Estaba en lo cierto. El único aspecto en el que la ley se mostraba inflexible eran las estadísticas. Nuestras carreras profesionales dependían de las detenciones y condenas de delincuentes, la recuperación de propiedades robadas y la investigación competente que conducía a la resolución de crímenes. Tenía un caso gordo entre manos, pero quizá tardase un año en darle carpetazo.

—¿De qué delito se trata? —pregunté.

—Robo de vehículos.

—¿Solo un poli para un taller ilegal?

—Nathali Malcolm. Le robó un Benz a Tremont Bendix en el Upper East Side.

—¿Una ladrona de coches?

—La orden viene de arriba. Supongo que Bendix tiene amigos. No es más que una chica soltera que vive sola en Park Slope. Dicen que el coche está aparcado delante de la casa de piedra caliza. Basta con que llames al timbre y le pongas las esposas.

—¿Tienes una orden de detención contra ella?

—Te estará esperando en comisaría. Y King...

—¿Qué? —Glad solo usaba mi segundo nombre cuando quería dejar algo bien claro.

—No la cagues. Te enviaré un mensaje de texto con todos los detalles.

El Benz morado estaba aparcado delante de la casa. Tenía la matrícula correcta.

Miré la puerta principal, flanqueada por ventanales cubiertos con unas cortinas amarillas. Recuerdo pensar que era la detención más fácil que me habían encargado nunca.

—¿Sí? —dijo ella al abrir la puerta quizás un minuto después de que hubiera llamado al timbre.

Sus ojos color canela parecían mirarme a través de una niebla. Tenía el pelo rojo, y, por lo demás, era una auténtica Tallulah.

A mi abuela le gustan las pelis antiguas. Cuando voy a verla a su asilo en el Lower Manhattan, vemos historias de amor y comedias antiguas en el canal TMC.

—¿Señora Malcolm? —dije.

—¿Sí?

—Soy el inspector Oliver. Tengo una orden de detención contra usted.

—¿Cómo?

Saqué la cartera de piel con la placa y la identificación. Se las enseñé y las miró, pero no sé si llegó a ver nada.

—Tremont Bendix asegura que le robó usted su coche.

—Ah. —Suspiró y meneó ligeramente la cabeza—. Entre, inspector, adelante.

Podría haberla agarrado allí mismo y haberle puesto las esposas mientras le leía sus derechos tal como los había dispuesto el Tribunal Supremo. Pero era una detención fácil y la mujer se sentía delicada, vulnerable. Sea como sea, Little Exeter Barret ya se había puesto en contacto con el capitán del Sea Frog. El cargamento de heroína aún tardaría unos días en llegar.

Yo era un poli bueno. Uno de esos agentes que tenía más paciencia que un santo y que solo perdía los nervios cuando algún sospechoso lo amenazaba físicamente. Y ni siquiera en esa situación disfrutaba pegándole después de haberlo reducido y esposado.

—¿Quiere un vaso de agua? —me ofreció Nathali Malcolm—. Ya se han llevado todo lo bueno.

La sala de estar se encontraba llena de cajas, bolsas de lona rebosantes y montones de libros y dispositivos electrónicos, además de plantas en macetas apiñadas aquí y allá.

—¿Qué ocurre aquí? —pregunté, como si recitara una frase que me hubieran escrito.

—Esto es lo que Tree considera robarle el coche.

Llevaba una bata verde de un tejido fino y satinado sin nada debajo. Al principio no me había fijado bien. A mi llegada, aún estaba absorto en el encargo.

—No lo entiendo —dije.

—Durante los tres últimos años me ha pagado el alquiler y me ha dejado usar el Benz como si fuera mío —explicó. Los ojos de color canela se habían vuelto dorados bajo la luz eléctrica—. Pero, en el momento en que su mujer amenazó con divorciarse de él, me dijo que me largara y le llevara el coche a su garaje en un barrio de las afueras.

—Ya veo.

—Tengo que mudarme, inspector..., ¿cómo ha dicho que se llama?

—Joe.

Cuando Nathali sonrió y movió los hombros, la estructura de nuestra relación temporal pasó de la posibilidad de que le pusiera las esposas a la seguridad de que acabaríamos bajo las sábanas.

Nathali era muy buena en la cama. Sabía besar, y eso es lo más importante para mí. Necesito que me besen, y mucho. Ella intuyó esa necesidad, así que pasamos la mayor parte de la tarde y hasta bien entrada la noche descubriendo nuevos y excitantes sitios y maneras de besar.

Era una víctima. Se le veía en los ojos, se le oía en la voz ronca. Y la orden de detención era un error. Un hombre que dejaba su coche en la casa de una novia, una casa de la que pagaba el alquiler, no esperaba que ella llevara el automóvil de vuelta a su garaje.

A la mañana siguiente presentaría un informe... y volvería a los muelles, donde se estaban cometiendo delitos de verdad.

Cuando abrí los ojos, Monica Lars, mi esposa por aquel entonces, ya estaba despierta y preparando el desayuno para ella y Aja-Denise Oliver, nuestra hija de seis años. Me desperté con el olor del café y con el recuerdo de Nathali besándome la columna en un lugar al que yo no llegaba. Me había despedido de ella al terminar mi turno. Me duché y me cambié en comisaría y llegué a casa para cenar algo más tarde de lo habitual.

Dormitando un poco más en la cama por la mañana, respiré hondo con satisfacción; entonces sonó el timbre.

El dormitorio de nuestra casa de Queens estaba en la primera planta, y yo no tenía que ir a trabajar hasta después de comer. Estaba desnudo y muy cansado; en cualquier caso, Monica sabía abrir la puerta.

Me desperecé un poco, pensando en cuánto adoraba a mi pequeña familia y que un ascenso a capitán no era algo imposible una vez trincara yo solito a los integrantes de la mayor banda de traficantes de heroína que había existido nunca dentro de los confines de la mejor ciudad del mundo.

—¡Joe! —gritó Monica desde el vestíbulo, que estaba abajo y en la otra punta de la casa.

—¿Qué? —contesté a voz en cuello.

—¡Es la policía!

Lo único que no dice nunca la esposa de un poli es: «Es la policía». Eso es lo que dicen los criminales y las víctimas de los criminales. A veces lo decíamos nosotros mismos al apuntar con un revólver reglamentario a la nuca del autor de algún delito. El alcalde nos llamaba a nosotros «la policía» y de vez en cuando también lo hacía la prensa; pero que la esposa de un poli dijese «es la policía» era como si mi abuela de piel bien negra le dijera a mi abuelo, antiguo aparcero: «¡Han venío unos negros!».

Me di cuenta de que algo iba mal y Monica intentaba avisarme. Poco me imaginaba yo que ese sería su último gesto de amor en nuestro matrimonio o que esa advertencia anunciaba el final de cualquier clase de vida normal que pudiera esperar.

Después de la detención, mi abogada del sindicato me informó de que el fiscal decía que había un cartelito al lado de la puerta principal de la casa de piedra caliza de Park Slope. Decía: PROPIEDAD BAJO VIGILANCIA ELECTRÓNICA, conque yo no podía haber esperado ninguna intimidad.

—La señora Malcolm dijo que le diste a elegir entre ir a la cárcel o hacerte una felación —me explicó Ginger Edwards.

Solo llevaba treinta y nueve horas en Rikers y ya me habían agredido cuatro presos. Un apósito adhesivo blanco me sujetaba la carne rajada de la mejilla derecha. Le rompí al sirlero la nariz y la mano de la navaja, pero la cicatriz que me dejó duraría mucho más tiempo.

—Eso no es verdad —le aseguré a Ginger.

—He visto la grabación. Ella no sonreía.

—¿Y qué me dices de cuando me besaba?

—No hay nada de eso.

—Entonces la grabación fue manipulada.

—No, según nuestro hombre. Lo investigaremos más a fondo, pero todo parece indicar que te han pillado.

Ginger era baja y tenía el pelo castaño claro. Era esbelta, pero daba la impresión de poseer fuerza física. Con treinta y tantos años, tenía una cara más bien poco atractiva que no sería muy distinta veinte años después.

—¿Qué puedo hacer? —le pregunté a la diminuta blanca.

—Yo propondría un acuerdo que excluya cumplir condena.

—Lo perdería todo.

—Todo menos la libertad.

—Tengo que pensármelo.

—El fiscal tiene intención de incluir el cargo de violación.

—Vuelve pasado mañana —dije—. Ya hablaremos entonces de un acuerdo.

Ginger también tenía los ojos de color castaño claro. Los abrió mucho cuando me preguntó:

—¿Qué te ha pasado en la cara?

—Me he cortado afeitándome.

Decidí jugármela con el sistema. Durante los dos días siguientes me metí en media docena de peleas. Me habían encerrado en una celda individual; pero, la cuarta mañana de encarcelamiento, un tipo con pinta de chalado que se llamaba Mink lanzó un cubo de orina a través de la puerta de mi celda. Mink tenía los ojos grises, la piel olivácea y el pelo rubio ensortijado.

Los guardias no tenían a nadie que limpiara mi celda.

Fue en medio de ese hedor cuando me convertí en un asesino en ciernes. La siguiente vez que pasó Mink por delante de la puerta de mi celda se inclinó hacia delante, fingiendo olisquearme. Cometió un error de cálculo de poco más de diez centímetros y lo agarré. Antes de que ese payaso se diera cuenta, lo tenía cogido por el cuello gracias a la misma llave que había usado contra muchos colegas suyos. Lo mataría y mataría a cualquier otro que pensara siquiera en ponerme la mano encima. Pasaría en la cárcel el resto de mi vida, pero todo el mundo, desde los amigos de Mink hasta el alcaide, sabría que más valía no ponerse a mi alcance.

Los guardias se presentaron antes de que pudiera matar a ese preso tan feo y cargado de orines. Tuvieron que abrir la puerta para separarme de mi víctima. Luego, los encargados de mantener la paz y yo tuvimos una pelea de mucho cuidado. Hasta entonces no sabía lo que era que te apalearan con una porra; la ira impide que sientas los golpes, pero por la noche los huesos magullados duelen que te cagas.

En pocos días había pasado de poli a criminal. Pensaba que eso era lo peor..., pero me equivocaba.

La tarde siguiente, cuando me había acostumbrado al olor a orina en la ropa, cuatro guardias se acercaron a mi celda pertrechados de la cabeza a los pies con equipamiento antidisturbios. Alguien pulsó el dispositivo para abrir la puerta y se abalanzaron sobre mí, inmovilizándome contra el suelo para encadenarme las muñecas y los antebrazos en torno a la cintura y ponerme grilletes en los tobillos. Luego me llevaron a rastras por un pasillo tras otro hasta que me metieron en una salita tan pequeña que tres hombres no habrían podido jugar al blackjack en la mesita de metal en miniatura soldada al suelo.

Me encadenaron a una silla metálica, a la mesa y al suelo. Había visto a muchos sospechosos amarrados ante mí de esa manera mientras los interrogaba. En realidad, nunca me había parado a pensar cómo se sentían ni cómo nadie podía esperar que alguien mantuviera algún tipo de conversación reveladora mientras estaba atado de pies y manos.

Me revolví contra mis ataduras, pero el dolor de las magulladuras de la víspera era tan intenso que tuve que parar.

Cuando dejé de moverme, el tiempo se solidificó a mi alrededor como si fuera ámbar sobre un mosquito que hubiera dado un minúsculo paso en falso. Oía mi propia respiración y notaba el pulso en las sienes. Fue en ese momento cuando entendí la expresión «cumplir condena». Tenía una obligación que cumplir como el criado que era.

Cuando renunciaba a toda esperanza, entró en la sala un irlandés alto y, a decir de algunos, bien parecido.

—Gladstone —mascullé. Bien podría haber sido un salmo.

—Tenéis un aspecto de mierda, alteza.

—Y huelo a meados.

—Eso me lo iba a callar —dijo, al tiempo que ocupaba la silla metálica al otro lado de la mesa—. Me han llamado y me han dicho que enviaste a un preso al hospital junto con tres guardias para que le hicieran compañía. Le has roto la nariz a un tipo y la mandíbula a otro.

La sonrisa que afloró a mi rostro fue involuntaria. Alcancé a ver mi dolor reflejado en los ojos de Gladstone.

—¿A ti qué te pasa, Joe?

—Esto es un manicomio, Glad. Me han pegado, rajado y empapado en orines. Y a nadie le importa un carajo.

El sargento coordinador Gladstone Palmer era fibroso e imponente, con un metro ochenta y cinco de estatura (unos cinco centímetros más que yo) y una boca que siempre estaba sonriendo o a punto de hacerlo. Me miró y negó con la cabeza.

—Es una vergüenza, chaval —dijo—. Se han vuelto contra ti como una jauría de perros.

—¿Quién firmó la orden de detención contra la chica? —pregunté.

—Era un email del jefe de Policía, pero cuando llamé a su despacho dijeron que él no lo había enviado.

—Yo no abusé de esa mujer.

—Nos hubiera venido bien que no tuvieras la polla tan grande y negra. Con solo ver a esa chica mirártela se puede intuir lo asustada que estaba.

—¿Y el resto de la grabación?

—La única cámara estaba en la sala de estar. No se veía nada más.

Recordé entonces que ella quiso subir al dormitorio después del primer movimiento de nuestra trágica ópera. Era un plan.

—Me tendieron una trampa, Glad.

Mi amigo hizo una mueca de dolor y volvió a menear la cabeza.

—¡Me tendieron una trampa!

—Mira, Joe —continuó después de treinta segundos de silencio—. Yo no digo que no lo hicieran. Pero todos sabemos cómo eres con las mujeres, y luego está eso otro.

—¿A qué te refieres?

—Si es una trampa, es irrefutable. Con el vídeo y el testimonio de la chica, te han pillado como violador. Le estabas agarrando del pelo, por el amor de Dios.

—Ella me pidió que lo hiciera —dije, y caí en la cuenta de cómo sonarían esas palabras delante de un jurado.

—No hay audio en la grabación. Parece que te estaba suplicando que parases.

Quise decir algo, pero no encontré las palabras adecuadas.

—Pero ese no es el problema —continuó Gladstone—. El problema es que tienes enemigos poderosos que pueden llegar aquí dentro y acabar contigo.

—Necesito un cigarrillo —repuse.

Mi único amigo en el mundo encendió un Marlboro, se levantó de la silla y me lo puso entre los labios. Le di una buena calada, contuve el humo y luego lo solté por las fosas nasales.

El humo provocó un efecto maravilloso en mis pulmones. Asentí y di otra chupada.

No olvidaré nunca el frío que hacía en esa sala.

—Tienes que mantener la calma, Joe —dijo mi coordinador—. Más vale que no hables de ninguna trampa aquí, ni con tu abogada. Lo investigaré y hablaré también con el jefe de Policía. Tengo un contacto en su oficina. Además, conozco a un par de tipos allí. Te van a apartar de los presos comunes y a poner en régimen de aislamiento. Por lo menos así estarás a salvo hasta que yo pueda hacer algún truco de magia.

Sabes que has sufrido un batacazo terrible cuando estás agradecido de que te pongan en régimen de aislamiento.

—¿Y Monica? —pregunté—. ¿Puedes conseguir que la dejen entrar a verme?

—No te quiere ver, King. La inspectora que lleva el caso, Jocelyn Bryor, le enseñó la grabación.

Mi gratitud por estar en régimen de aislamiento no duró mucho. La celda era pequeña y oscura. Tenía un catre, un retrete de aluminio de bordes duros y espacio suficiente para dar dos zancadas y media. Alcanzaba a tocar el techo metálico con solo levantar la mano quince centímetros por encima de la cabeza. La comida me daba náuseas en ocasiones. Pero, como solo me alimentaban una vez al día, siempre tenía un hambre voraz. El menú consistía en patatas rehidratadas, carne de vaca en conserva, judías verdes hervidas y, una vez a la semana, un postre de gelatina.

No estaba a solas porque había cucarachas, arañas y chinches. No estaba a solas porque había docenas de hombres a mi alrededor, también incomunicados, que pasaban horas gritando y aullando, a veces cantando y martilleando ejercicios rítmicos.

Un tipo, que de algún modo sabía mi nombre, me agasajaba a menudo con insultos y amenazas.

—Voy a darte por el culo y, cuando salga de aquí, voy a hacer lo mismo con tu mujer y tu hijita.

Nunca le di la satisfacción de contestarle. En cambio, encontré un puntal de hierro que de algún modo se había desprendido a medias del suelo de hormigón. Estuve enredando con el travesaño hasta que, por fin, después de ocho comidas, conseguí arrancarlo.

Veintidós centímetros de hierro oxidado con un mango que confeccioné arrancando un jirón de una manta raída. Alguien iba a morir atravesado por ese fragmento de Rikers. Con un poco de suerte, sería el hombre que amenazaba a mi familia.

Nunca, ni una sola vez, me sacaron de esa celda. Allí me moría de ganas de tener un periódico o un libro... y una luz para poder leer. Encerrado en régimen de aislamiento, me enamoré de la palabra escrita. Quería novelas y artículos, cartas manuscritas y pantallas de ordenador rebosantes del conocimiento de todas las épocas.

Durante esas semanas alcancé un logro hasta entonces imposible: dejé de fumar. No tenía tabaco, y los síntomas del síndrome de abstinencia se confundían con el resto de mis sufrimientos.

Las quejas de los demás presos pasaron a ser ruido de fondo, como la música de ascensor o una canción que has oído muchas veces pero de la que no te sabes la letra.

Tenía aferrada en todo momento el arma fabricada en la celda. Alguien iba a morir por mi mano; transcurridas dos semanas, no importaba quién fuera.

Había devorado ochenta y tres comidas nauseabundas cuando, mientras dormía, entraron en la celda cuatro agentes con equipamiento antidisturbios y me encadenaron. Se me cayó la herramienta porque, al entrar de repente, la luz de fuera de aquella celda que parecía una cripta me cegó y me desorientó.

Les grité a mis captores, exigiéndoles que me dijeran adónde me llevaban, pero no contestó nadie. De vez en cuando alguien me golpeaba, pero no eran más que toquecitos amorosos en comparación con lo que podrían haber hecho.

Me dejaron en una sala bastante grande y amarraron mis cadenas a unas argollas de acero ancladas en el suelo. Estaba sentado en el extremo de una larga mesa. La luz fluorescente me quemaba los ojos y me daba dolor de cabeza. Me pregunté si iba a entrar alguien a matarme. Sabía que aquello seguía siendo Estados Unidos y que la gente que trabajaba para la justicia no ejecutaba a nadie sin el visto bueno de los tribunales, pero justo en ese momento no lo tenía tan claro. Quizá me ejecutaran porque sabían que me había convertido en un asesino impenitente tras los muros de su prisión.

—Señor Oliver —dijo una mujer.

Miré hacia el lugar de donde venía la voz y me asombró ver que había entrado en la sala sin que me diera cuenta. Detrás de ella había un robusto negro uniformado de azul al que no conocía. No los había oído entrar. Los ruidos habían adquirido significados nuevos en mi cabeza, y no podía tener plena seguridad de qué había oído.

Le grité una palabra que no había usado nunca antes ni he usado después. El hombre de la camisa azul se precipitó hacia mí y me dio una bofetada... bastante fuerte.

Tensé todos y cada uno de mis músculos intentando romper las ataduras, pero las cadenas de las cárceles están diseñadas para ser más resistentes que los tendones humanos.

—Señor Oliver —dijo de nuevo la mujer.

Era alta, esbelta y de piel clara, con el pelo salpimentado y un traje pantalón de color azul marino mate. Llevaba gafas. Los cristales relucían, ocultándole los ojos.

—¿Qué?

—Soy la vicealcaidesa Nichols y he venido a informarle de su puesta en libertad.

—¿Cómo?

—En cuanto nos vayamos el teniente Shale y yo, los hombres que lo han traído aquí le retirarán las cadenas, lo llevarán a un sitio donde se pueda duchar y afeitar y luego le darán ropa y algo de dinero. A partir de ahí, su vida queda en sus manos.

—¿Y qué pasa... qué pasa con los cargos?

—Los han retirado.

—¿Y mi esposa?, ¿mi vida?

—No estoy al tanto de sus asuntos personales, señor Oliver, solo de que está a punto de salir en libertad.

Por primera vez en meses me vi la cara en el espejo de acero pulido junto a la pequeña ducha en la que me adecenté. Al afeitarme quedó a la vista la gruesa y atroz cicatriz que me cruzaba la mejilla derecha. En Rikers no siempre ponían puntos de sutura.

Cuando me apeé del autobús en la estación de Port Authority, en la calle Cuarenta y dos, me detuve y miré alrededor, y caí en la cuenta de lo falsa que era en el fondo la palabra «libertad».

2

—¿Otra vez estás pensando en la cárcel, papá?

Aja estaba en el umbral de mi despacho. Casi un metro ochenta de altura y negra como la Virgen española. Tenía mis ojos. Aunque le preocupaba mi estado de ánimo, sonreía. Aja no era una adolescente melancólica. Era una antigua animadora y estudiante de ciencias, lo bastante guapa para no necesitar un novio fijo y lo bastante atenta para que otras chicas de su edad con novios supieran que ella era mejor partido.

La falda negra era demasiado corta y la blusa color coral, demasiado reveladora, pero estaba tan agradecido de que hubiera vuelto a mi vida que escogía con sumo cuidado mis enfrentamientos con ella.

Monica, mi exmujer, pasó años intentando mantenernos alejados. Me llevó a los tribunales para intentar obtener una orden que me impidiera volver a ver a Aja-Denise y luego me demandó por no pagar la pensión alimenticia cuando ya había vaciado mis cuentas y no me quedaban ni dos centavos a mi nombre.

No fue hasta que cumplió los catorce años cuando Aja obligó a su madre a que esta la dejara quedarse conmigo con regularidad. Y, ahora que tenía diecisiete años, decía que o trabajaba en mi oficina o le contaría a cualquier juez que le prestase oídos que el nuevo esposo de Monica, Coleman Tesserat, entraba en el cuarto de baño cuando ella estaba en la ducha.

—¿Qué? —le dije a mi pequeña.

—Cuando miras por la ventana así casi siempre estás pensando en la cárcel.

—Allí me dejaron hecho polvo, cariño.

—A mí no me lo pareces. —Era lo que yo le decía por la mañana cuando era pequeña y quería librarse de ir al cole.

—¿Qué llevas ahí? —pregunté, indicando con un gesto lo que tenía en la mano.

—El correo.

—Ya lo abriré mañana.

—Nada de eso. No lo abres nunca hasta que las facturas han vencido. No sé por qué no me dejas gestionar tus cuentas en Internet para poder pagarlas yo todas.

Tenía razón; no dejaba de pensar que llegaría por correo alguna prueba nueva y me enviarían de vuelta a aquella celda infestada de cucarachas.

—Ahora tengo que ir a ocuparme de ese asunto de Acres —expliqué.

—Te lo llevas y lo revisas mientras esperas. Dices que el noventa y nueve por ciento del tiempo estás sentado en el coche sin hacer nada.

Tendió el fajo de cartas y me miró a los ojos. Era evidente que Aja-Denise se había peleado con su madre porque sabía que yo la necesitaba.

Cogí el correo y ella sonrió.

—Ha llamado el tío Glad —dijo mientras yo revisaba las facturas, el correo basura y varias peticiones de clientes, tribunales y, cómo no, de mi exmujer. También había un pequeño sobre rosa con la dirección elegantemente escrita a mano y matasellos de Minnesota.

—Ah, ¿sí? —dije—. ¿Y qué ha dicho?

—Que él y Lehman, War Man y el señor Lo van a jugar a las cartas esta noche calle abajo.

—Se llama Jesse Warren —observé—, no War Man.

—Él me dijo que le llamara así.

Los amigos de Gladstone no me caían muy bien, pero los mantenía alejados del despacho casi siempre. Y estaba en deuda con Glad; me había salvado el cuello más de una vez desde mi detención.

Al conseguir que me pusieran en régimen de aislamiento evitó que me convirtiera en un asesino y luego, cuando ya no podía reunir suficiente dinero para la pensión alimenticia y el alquiler, me prestó la pasta necesaria para poner en marcha Servicios de Investigación King. Hasta me recomendó a los primeros clientes.

Pero lo mejor que hizo por mí Gladstone Palmer fue negociar mi despido de la Policía de Nueva York. Perdí la jubilación y los beneficios, salvo el seguro médico para Monica y mi hija. Como por arte de magia, mi historial siguió sin tacha.

Llevaba una semana o así leyendo una novela con casi cien años de antigüedad, Sin novedad en el frente. Había un personaje que me recordaba a Glad: Stanislaus Katczinsky, alias Kat. Kat era capaz de encontrarse un banquete en un cementerio o una mujer hermosa en un edificio bombardeado. Cuando el resto del ejército alemán se estaba muriendo de hambre, Kat volvía a su pelotón con un ganso asado, queso maduro y unas cuantas botellas de vino tinto.

Un amigo como Kat o Glad no se ponía en entredicho.

—Le he dicho que tú estabas ocupado con un caso —continuó Aja.

—Eres mi ángel.

—Ha dicho que procuraría pasarse por aquí antes de que te vayas.

La carta procedente del interior del país me intrigaba, pero decidí dejarla para más tarde.

—¿Qué tal tu madre? —pregunté.

—Bien. Te escribe para que les des dinero a Tesserat y a ella para pagarme el viaje a Italia. Hay un congreso de jóvenes físicos en Milán.

—Parece interesante, como una especie de honor.

—Hay cientos de chicos y solo cuatro de Estados Unidos, pero no quiero ir. Puedes decirle que ya les darás el dinero, pero no tendrás que hacerlo.

—¿Por qué no quieres ir?

—El reverendo Hall ha montado una escuela especial en su iglesia del Bronx en la que alumnos de ciencias aventajados enseñan a niños en riesgo de exclusión cómo hacen experimentos los científicos.

—Oye, tienes que empezar a portarte mal alguna vez, de verdad —dije en un tono demasiado cargado de seriedad.

—¿Por qué? —preguntó Aja preocupada de veras.

—Porque, como padre, tengo que ser capaz de ayudarte por lo menos de vez en cuando. Con notas estupendas, un buen corazón y esa manera que tienes de atosigarme con el correo, me da la sensación de que no tengo nada que ofrecerte.

—Pero ya hiciste algo por mí, papá.

—¿Qué? ¿Comprarte un Happy Meal o un perrito caliente?

—Me enseñaste a que me encantara leer.

—Solo lees para hacer los deberes y te quejas de eso.

—Pero recuerdo los fines de semana que pasaba contigo cuando era pequeña. A veces me leías toda la mañana, y sé que yo también lo haré cuando tenga una hijita.

—Ya estás otra vez —dije procurando disimular las lágrimas en la voz—. Eres tan buena que me haces sentir como un inútil. Igual tendría que empezar a castigarte cada vez que haces alguna cosa bien.

Aja sabía cuándo se acababa la conversación. Meneó la cabeza y se dio la vuelta. Salió de la habitación y, por un breve instante, se disipó el peso de mi caída en desgracia, propiciada por alguien de la Policía de Nueva York.

Antes de que pudiera centrarme en el sobre rosa que procedía del Medio Oeste, Aja volvió con un sobre grande de color marrón en las manos.

—Casi se me olvida —me dijo—. El tío Glad ha dejado esto para ti.

Me entregó el paquete y se fue antes de que tuviera ocasión de seguir tomándole el pelo por lo perfecta que era.

3

Después de que Aja volviera a la mesa del vestíbulo de la oficina, me quedé allí a la deriva un rato. Mi vida desde aquellos noventa y tantos días que pasé en Rikers había estado vacía; no podría describirla de otra manera. No me sentía a gusto en compañía de la mayoría de la gente, y la sintonía pasajera con mi hija o los pocos amigos que tenía me dejaban un regusto a aislamiento. La sintonía con otro ser humano no hacía más que recordarme lo que podía perder.

Dedicarme a la investigación como detective privado me iba de maravilla porque mis interacciones con la gente las llevaba a cabo por medio de dispositivos de escucha y teleobjetivos de cámara. Las pocas veces que tenía que hablar de verdad con alguien era o bien haciendo un papel, o bien planteando preguntas concretas como: «¿Estuvo aquí fulano el viernes después de las nueve?» o: «¿Cuánto lleva trabajando para usted el señor Smith?».

Sonó el portero automático.

Medio minuto después, Aja-Denise dijo por el intercomunicador:

—Es el tío Glad, papá.

—Que pase.

Se abrió la puerta y entró el eterno sargento, alto y atlético. Llevaba una chaqueta informal de color pajizo y pantalones de un verde tan oscuro que podrían haber pasado por negros. La camisa blanca y la corbata azul eran sus prendas esenciales, y esa sonrisa lucía por igual en sus ojos que en sus labios.

—Señor Oliver —saludó.

—Glad.

Me levanté para estrecharle la mano y luego ocupó el asiento frente al mío.

—Este despacho huele a celda —observó.

—Tengo una mujer de la limpieza que viene a poner ese aroma cada dos semanas.

—Lo que te hace falta es abrir una ventana y pasar menos tiempo pudriéndote detrás de esa mesa.

—Aja me ha dicho lo de la partida de póquer de esta noche. Me gustaría ir, pero tengo que seguir a un tipo.

Glad tenía los ojos de color azul aciano. Sus globos oculares se posaron relucientes sobre mí, acompañados de una sonrisa en plan «es una pena».

—Venga, Joe. Sabes que tienes que dejar atrás de una vez este bajón. Hace ya una década. Mi hijo se ha ido a la universidad. Mi hijita ya está buscando a mi segundo nieto.

—Me va bien, sargento Palmer. Ser detective me conviene. Yo me lo monto así.

Siempre le había tenido envidia a Gladstone, desde antes incluso de que mi vida naufragara. Ya solo con su manera de estar sentado te hacía pensar que llevaba las riendas de una vida que le permitía disfrutar y, al mismo tiempo, estaba cargada de sentido.

—Pues igual podrías montártelo para mejorar tus circunstancias —sugirió.

—Ah, ¿sí? ¿Cómo?

—Conozco a un tipo que podría ser de ayuda. ¿Te acuerdas de Charles Boudin?

—¿El infiltrado que estaba como una cabra? ¿El que se metió tanto en el papel que mordió al agente que intentaba detenerlo para congraciarse con la banda de Alonzo?

—Y, tú, ¿cuál eres? —repuso Glad—. ¿La sartén o el mango?

—¿Qué pasa con Charlie?

—Iba a emborracharte con una botella nueva de coñac de setecientos pavos que tengo —dijo Glad—.Ya sabes, para quedarme con toda tu pasta y tirarte de la lengua. Luego iba a decir que ahora C. B. es teniente de la Policía de Waikiki. Dice que podría colocarte allí en un abrir y cerrar de ojos.

Era el primer indicio de la gran transición que tenía ante mí. A Glad le cabreaba que nuestros hermanos de azul me trataran con tan poco respeto. Quería que todos los polis tuvieran lo mejor. Era mi único amigo íntimo de verdad, quizá con una sola excepción, que no fuera también pariente consanguíneo.

—¿Hawái? Eso está a ocho mil kilómetros de aquí. No puedo dejar a Aja sin más ni más.

—En un año serías residente y la Universidad de Manoa tiene un Departamento de Física estupendo. A. D. podría obtener una licenciatura en Ciencias y seguir su camino, o quedarse allí y sacarse un doctorado. Es una universidad muy buena y no cuesta casi nada.

Había hecho los deberes.

—¿Intentas librarte de mí, Glad?

—Tienes que volver a ponerte las pilas, Joe. No hay ningún cargo pendiente contra ti y el Cuerpo tiene legalmente prohibido desvelar de qué fuiste acusado. Sé de tres capitanes que te darían excelentes referencias.

—¿Y Charlie ya ha dicho que me contrataría?

—Allí en la isla necesitan gente con experiencia como tú, Joe. Fuiste uno de los mejores investigadores que ha tenido la Policía de Nueva York.

—Es posible que Aja no quiera irse tan lejos.

—Querría si vas tú. Esa chica te idolatra. Y lo haría solo para que dejaras de comerte el tarro aquí como una especie de morsa melancólica.

—¿Y si llegara a saberse? —repuse—. Ya sabes..., ¿lo que dicen que hice? ¿Y si doy un giro a mi vida y luego todo se va a la mierda? Habría hecho cambiar de ciudad a Aja para acabar sin dinero ni manera de regresar.

Sin perder comba, Glad dijo:

—¿Recuerdas aquella vez que Rebozo fue abatido en East Harlem?

—Sí, ¿y qué?

—Dos pistoleros con semiautomáticas y el agente R. desangrándose como un cabrón sobre el asfalto. Tú te enfrentaste a ellos con tu arma reglamentaria, los heriste a los dos, contuviste las hemorragias de las heridas de Paulo y volviste a casa a tiempo para cenar.

—Y, aun así, me incriminaron como a un puto pringado.

—Que les den —replicó Glad, con apenas una sonrisa—. Si fuiste capaz de enfrentarte a dos pistoleros armados, ¿por qué iban a darte miedo ocho mil kilómetros?

Era una buena pregunta.

4

En mi oficio hace falta un coche; para seguir a gente, sí, pero también para ir de un lugar a otro sin tener que esperar, ni pagar, taxis y vehículos de alquiler, coches de Uber y taxis piratas. Eso a menos que te guste deambular por los túneles del metro como una rata o una cucaracha que se arrastrara por la celda de un preso olvidado.

Nueva York no es una ciudad muy propicia para conducir, así que decidí comprarme un Bianchina de fabricación italiana: un microcoche tan pequeño que casi viene con su propia plaza de aparcamiento. Parece un sedán hecho y derecho reducido casi al tamaño de un juguete. Encargué que lo pintaran de un tono marrón mate para que pasara un poco más inadvertido.

A las 18: 16 aparqué justo delante de la puerta del edificio de apartamentos Montana Crest, cerca de la calle Noventa y uno con la Tercera Avenida. Mientras esperaba a mi presa, tenía intención de abrir el correo que me había dado Aja-Denise.

Antes de abrir el primer sobre me planteé cómo sería la vida sin invierno y trabajando otra vez de poli. Estaría tan lejos que nadie conocería mi historia. Quizá fuera eso lo que me hacía falta para dejar atrás este bache que ya duraba diez años.

Eso me hizo pensar de nuevo en mi hija.

Aja no era el nombre de pila de mi hija. Cuando aún era pequeña aprendió a deletrear Asia en el cole y luego vio las letras A-J-A pintadas en un grafiti en alguna parte. La idea de que dos palabras que se escribían distinto se pronunciaran exactamente igual en inglés le hizo gracia y le tomó cariño al nombre porque, según decía: «A veces estoy feliz y a veces estoy triste, pero sigo siendo la misma persona de todos modos».

Empecé por el paquete que había traído Gladstone.

En su interior había cuatro documentos emitidos por la Policía de Nueva York que seguían el curso de una investigación basada en archivos.

Los expedientes me permitieron ver que las huellas dactilares halladas en el botellín de agua que había tirado a la papelera la mujer que se identificaba como Cindy Acres pertenecían en realidad a alguien llamado Alana Pollander. La señora Pollander, cuyo nombre de nacimiento era Janine Overmeyer, había cambiado de identidad después de ser condenada por falsificación de cheques en Ohio, donde había nacido. Pertrechada con su nuevo nombre, había entrado a trabajar para un hombre llamado Ossa James, un investigador político de Maryland.

Con ayuda del iPad que me había obligado a comprar mi hija, averigüé que Ossa James había firmado recientemente un contrato exclusivo conAlbert Stoneman, candidato al Congreso por el mismo distrito donde estaba yo esperando al congresista Bob Acres. Bob Acres, que estaba casado con una Cynthia a la que yo no conocía.

Cuando estaba en Nueva York, el congresista Acres era sumamente puntual. Por lo general, volvía a casa entre las 18: 30 y las 19: 05. Así pues, a las 18: 25 guardé los expedientes y el iPad y encendí el estéreo portátil porque la radio del Bianchina no tiene muy buenos altavoces, que digamos.

Ese día puse un CD que había grabado de mi músico preferido desde que salí de Rikers: Thelonious Monk. Antes de que me detuvieran, me encantaba el jazz antiguo: Fats Waller y Louis Armstrong, entre otros muchos. Mi padre, Chief Oliver, quiso llamarme King para que nadie pudiera denigrarme usando mi nombre de pila como si fuera una especie de criado o algo así. A él también le encantaba el mentor de Louis Armstrong, King Oliver, y quiso rendirle homenaje poniéndome su nombre. Pero mi pobre y desafortunada madre, Tonya Falter, se crio en Chicago y estaba convencida de que los demás niños del colegio se meterían con un nombre tan altisonante como King. Chief respetó la opinión de Tonya y me pusieron Joseph, el nombre de pila de King Oliver, y dejaron King como segundo nombre.

Como mi nombre tenía tanto que ver con el jazz, naturalmente empecé a interesarme por ese estilo de música. Pero, una vez salí de la cárcel, ya no me llegaban los suaves fraseos de los músicos más antiguos. Monk siempre se rodeaba de un grupo de músicos con talento; pero, mientras ellos interpretaban melodías intensas, él era el loco en la esquina que percutía la verdad entre las invenciones de rhythm and blues.

Estaba sonando Round Midnight cuando Bob Acres se apeó de un taxi delante del Montana Crest. Vestía un traje color café con zapatos oscuros y no llevaba sombrero. Tampoco llevaba corbata, pues su carrera política se basaba más en la fraternidad que en la superioridad. Le gustaba hablar con sus electores y, a decir de la prensa, representaba sus intereses tan celosamente como el mejor político.

Por doscientos quince dólares al día mantenía bajo vigilancia las actividades nocturnas de Acres tal como me había encargado la mujer que decía ser su esposa. Me dijo que estaba convencida de que tenía una aventura y quería pruebas de ello para obligarlo a llegar a un acuerdo amistoso de divorcio.

En apariencia, todo tenía sentido. El New York Times había publicado un pequeño artículo sobre la separación de Cynthia y Robert Acres. Ella había regresado a su Tennessee natal. En la única foto borrosa que tenía de ella se parecía bastante a la mujer que había venido a mi despacho, si es que esa mujer había perdido peso y se había teñido de rubio.

Antes de que me incriminaran y me detuviesen, hubiera creído a la mujer que decía ser Cindy Acres, pero después de mi ruina siempre ponía en tela de juicio lo que me decían. Por lo tanto, cogí las huellas dactilares de un botellín de agua que había tirado a la papelera y le pedí a Glad que las cotejara.

No era más que la segunda semana que Bob estaba en la ciudad. Pasaba la mayor parte del tiempo en Washington, ocupado con asuntos legislativos y estrategias políticas.

La primera semana que seguí a Bob había salido tres veces: una a cenar con un joven que podría haber sido su hijo; otra a una gala benéfica en el Harvard Club, y la tercera a lo que parecía ser una timba de cartas ilegal en la Veintisiete Oeste. Pero esta última semana todo eso había cambiado. Volvía a casa todas las tardes a las 19: 00, subía a su apartamento en la tercera planta y encendía la luz. Luego, todas las noches, la luz se apagaba a las 22: 17 y volvía a encenderse a las 6: 56 de la mañana siguiente.

Cuatro días seguidos, la luz de Bob se apagó y se encendió con precisión militar. Me preguntaba quién le habría dado el soplo de que lo estaban vigilando y adónde iría para necesitar un temporizador para que la luz se encendiera y apagara de forma automática.

La noche anterior, esperé en una calleja cerca de un portal al lado del Montana. A las 20: 34 salió Bob Acres, vestido de chándal. Recorrió dos manzanas hacia el oeste, donde lo recogió un Lincoln Town Car negro.

Veinticuatro horas después, yo estaba preparado.

En cuanto cruzó la puerta principal del Montana, conduje hasta la manzana donde lo había esperado el coche negro. Había otra limusina aparcada en la esquina siguiente.

Esperé allí.

Thelonious había pasado a Bright Mississippi. Mientras interpretaba ese tema, bastante tradicional, saqué el sobre rosa de Minnesota, olí el ligero aroma que desprendía y lo rasgué para abrirlo.

Estimado Joseph K. Oliver:

Perdone mi intromisión en su vida, pero me llamo Beatrice Summers y creo que tengo información muy importante para usted. No somos desconocidos. Cuando me conoció, me llamaba Nathali Malcolm. Le engañé para que creyese que era víctima de un hombre cruel, lo seduje y luego lo acusé de agresión sexual. Desde entonces no he dejado de pensar en usted. Un policía llamado Adamo Cortez me obligó a tenderle una trampa. Me abordó después de que me detuvieran con una cantidad considerable de cocaína y me enfrentara a una larga condena en la cárcel. Pero desde aquello me mudé a Saint Paul, dejé la droga y entré a formar parte de una comunidad cristiana que conocía mis pecados y los perdonó.Ahora estoy casada, tengo dos preciosos hijos y un marido maravilloso al que no le oculto nada. Darryl y yo hablamos de lo que le hice a usted y acordamos que le escribiera y me ofreciese a volver a Nueva York para prestar testimonio a favor suyo. Los dos somos pecadores, señor Oliver, pero creo que, mientras que usted ha pagado por sus transgresiones, yo no lo he hecho. Más abajo le indico mi número de teléfono. Hoy en día soy ama de casa, madre y esposa, y tengo contestador automático. Espero tener noticias suyas.

Suya en Cristo,

BEATRICE SUMMERS

Al leer la carta me sentí entumecido y nervioso al mismo tiempo. Naturalmente, sabía que había habido una conspiración detrás de mi detención, pero había sido tan lograda y yo había estado tan cerca de verme encerrado en una celda para los restos que dejé que esa certeza se desdibujara hasta quedar oculta casi por completo detrás del recuerdo de los muros de aquella cárcel.

Pero ahora tenía la respuesta a una pregunta que temía plantear; que temía plantear porque no quería volver a aquella celda. No quería, pero tenía la prueba ahí mismo en la mano..., ahí mismo.

La mezcla volátil de ira y miedo me llevó a levantar la cabeza justo cuando el congresista Bob Acres abría la portezuela de atrás del vehículo de alquiler.

Soy demócrata de toda la vida, igual que mi padre y su padre antes que él. Bob Acres era un republicano a ultranza, pero en ese momento hubiera votado por él. Su aparición ahuyentó el pasado un momento y permitió que me concentrara.

La limusina tomó la autopista del West Side y atravesó el túnel de Holland. Cruzamos la frontera del estado en algún punto bajo el río Hudson, pero fue un trayecto corto.

Al salir en Jersey City, Nueva Jersey, la limusina tomó el primer desvío a la derecha y entró en el aparcamiento del motel Champagne Hour en Clarkson. Aparqué en la acera de enfrente y saqué unas fotos con mi cámara digital de alta resolución. Las puertas de las habitaciones de la primera planta daban al aparcamiento. A través del potente teleobjetivo vi que Acres entraba en la número 39.

La limusina se marchó.

Esperé siete minutos, luego entré en el aparcamiento, estacioné y fui a la recepción acristalada, que tenía un mostrador de color rosa subido, paredes turquesas y el techo alicatado con baldosas de un rojo reluciente. Detrás del mostrador alto había una preciosa joven negra con gruesas trenzas de color castaño oscuro y rojo cereza. Tenía la cara ancha, pero no lucía una sonrisa que acompañara a su belleza.

Yo llevaba en la mano la mochila, que bien podía haber sido un bolso de viaje.

—Buenas noches —saludé.

—Hola —contestó sin que no sonara en absoluto a bienvenida.

Me alegró ver su desaliento. La felicidad rara vez quiere tener tratos con un hombre que se dedica a mi oficio.

Dejé un billete de cien encima del mostrador y dije:

—Tengo gratos recuerdos de las habitaciones treinta y siete y cuarenta y uno.

—Con eso no basta —repuso mirando el billete con desdén—. Son ciento ochenta dólares la noche.

—Esto es para ti —dije, a la vez que dejaba dos billetes de cien más al lado del que ya había aflojado—. Esto es por la habitación.

Sonrió y dijo: «La cuarenta y uno está libre», y yo lancé hurras en secreto por mi país, donde, una y otra vez, el todopoderoso dólar demuestra su superioridad.

Llegaba algún que otro sonido de la habitación 39 a través de la pared. Abrí la mochila y saqué un pequeño taladro manual con una broca de tres milímetros. El dispositivo era de lo más silencioso: cuando presioné a intervalos de un segundo o así la punta rematada en diamante contra la puerta cerrada que unía las dos habitaciones, apenas emitió un levísimo ruido.

Mi habitación estaba a oscuras, y, cuando asomó la luz de la 39, cogí la lente quirúrgica de fibra óptica de la mochila, la conecté a la cámara digital multiusos y luego conecté la cámara al iPad. Introduje el cable del objetivo láser por el orificio y llenó la pantalla una imagen de lo que solo se podría describir como una depravación incomparable.

La pareja de prostitutas transgénero debían de haberle estado esperando. Los tres estaban ya desnudos y empalmados. Observé el numerito con atención, sobre todo para evitar pensar en la información que había puesto en mi conocimiento Beatrice Summers.

Las trans eran muy buenas en lo suyo. Representaban el papel femenino a las mil maravillas.

A Bob, por su parte, se le veía apasionado y muy pero que muy feliz.

Grabé unas tres horas y media de vídeo antes de que terminara la miniorgía alimentada por el alcohol y la droga. Esperé a que todo el mundo en la habitación 39 se hubiera duchado, vestido y marchado; luego me acosté en la cama con el artículo más importante de mi bolsa de trucos de detective: una petaquita plateada llena de bourbon de veinte años con un cien por cien de alcohol.

Mis sueños giraron en torno al régimen de aislamiento y la barra de hierro que se me había caído mientras me sacaban a rastras de aquella celda. En la pesadilla descargaba sobre la cara de Mink los puñetazos más fuertes y satisfactorios que había dado nunca.

5

Desperté a las 11: 07 según el reloj digital que había junto a la cama. La resaca era bastante suave, teniendo en cuenta lo que podría haber sido. La habitación no me daba vueltas; temblaba nada más. Y la cabeza me dolía solo si la movía muy rápido o miraba directamente la luz.

Pasaron por lo menos diez minutos antes de que recordase la carta de Beatrice/Nathali. Pero no había tiempo de pensar en eso. Me había levantado tan tarde que tenía que apresurarme si quería llegar a tiempo al Gucci Diner.

Mi móvil sonó cuando cruzaba el túnel de Holland. Puse el altavoz y contesté:

—¿Sí?

—¿Papá?

—¿No tendrías que estar en clase, A. D.?

—Estoy entre clases y quería decirte que te he concertado una cita con una mujer llamada Willa Portman a las cuatro de esta tarde. Te he enviado un mensaje de texto, pero a veces no los lees.

—¿Para qué es esa cita?

—Quiere contratarte para que hagas un trabajo de investigación.

—¿De qué tipo?

—No lo ha dicho, pero parecía simpática.

—¿Por teléfono?

—Qué va. Ha venido.

—De acuerdo. Allí estaré.

—Pues nos vemos. Te quiero, papá.

Entre el dolor de cabeza, el tráfico de mediodía en Manhattan y elaborar el discurso que tenía que pronunciar, no tuve mucho tiempo para cavilar sobre Beatrice Summers y el peligro que podía suponer su confesión.

El Gucci Diner quedaba bastante lejos en el lado este de la calle Cincuenta y nueve. Era un negocio familiar que llevaba décadas allí. Conocía el establecimiento porque a mi padre le gustaba ir cuando él y mi madre seguían juntos. El patriarca, Lamberto Orelli, tuvo la previsión de comprar el edificio de tres plantas, y hasta el momento ninguna oferta inmobiliaria desorbitada había conseguido sacarlos de allí. Estacioné el coche en un aparcamiento y fui al banco de una parada de autobús en la acera de enfrente a sentarme y esperar. Me pregunté si de algún modo podría olvidar la carta, a Beatrice y a Adamo Cortez (fuera quien fuese). Puede que, si esperaba lo suficiente, la ira y el miedo volverían a remitir, lo que me permitiría continuar criando a mi hija y seguir a notables pervertidos de aquí para allá cruzando fronteras estatales.

Llevaba aspirinas en la mochila y agua embotellada, pero prefería sentirme mal. Parecía una respuesta adecuada a quien era y lo que era.

Bob Acres apareció exactamente a las 13:15. Fue a su mesa habitual y se sentó con el New York Times, el Wall Street Journal y el Daily News.

Dejé que pidiera y le sirviesen antes de entrar por la puerta del Gucci y acercarme tranquilamente hasta la mesa del político. Me senté sin que mediara invitación y miré a mi presa a los ojos.

—¿Sí? —dijo.

—¿Quién le informó de que le estaban siguiendo?

Acres abrió la boca pero no habló.

—Me refiero —continué— a que es la única razón que puede haber tenido para instalar un temporizador para la luz justo esta semana.

Bob me caía bien. Era un desviado y, para colmo, republicano, pero todos tenemos nuestros rincones oscuros.Yo me habría convertido en asesino si no se me llega a caer aquella barra de hierro.

—¿Quién lo contrató? —preguntó Bob.

En vez de contestar, saqué el iPad, enredé un poco con el dispositivo y le mostré la pantalla, en la que había toda una página de imágenes en miniatura que yo había tomado mientras se lo follaban.

Fue mirando las fotografías, analizándolas una tras otra. No asomó a su rostro ninguna expresión que pudiera desentrañar, lo que me llevó a pensar que probablemente había salido ganando en la partida de póquer a la que fue.

—¿Quién lo contrató para hacer estas fotos? —preguntó al levantar la vista.

El tipo me caía bien.

—Dijo que se llamaba Cynthia Acres —respondí.

Eso hizo que se le tensaran los párpados.

—¿Cindy? —Bien podría haber sido un niño cayendo en la cuenta de la primera traición de su madre.

—Eso dijo, pero cuando la investigué vi que era una doble enviada por una tercera parte para facilitarle a Albert Stoneman trapos sucios sobre usted.

—Entonces ¿no era mi mujer?

—No. No era un asunto de amor, sino de política sin más.

—Así que lo contrató Stoneman.

—Probablemente me contrató. La mujer que se hace pasar por su esposa trabaja para un tipo llamado Ossa James. Ossa es un asesor político a sueldo de Stoneman.

Acres levantó la mano derecha con la palma hacia su cara; luego se frotó el centro de la palma con los dedos de la mano izquierda.

—No lo entiendo —caviló el congresista—. ¿Por qué iban a encargarle que me enseñe las pruebas a mí en lugar de hacerlas públicas? ¿Por qué iban a permitirle que los identifique?

—Mi amo es el dólar, pero no soy ningún esclavo —repuse. Eso solía decir mi padre—. Cuando me di cuenta de que la mujer que me contrató no era su esposa, me mosqueé un poco. Una vez una mujer contó falsedades sobre mí y no me hizo ninguna gracia.

Acres puso las palmas de las manos sobre la mesa.

—¿Le está molestando este hombre? —le preguntó a Bob un tipo fornido. Por el uniforme blanco, pensé que igual era un cocinero. El tono autoritario con que hizo la pregunta quería decir que era o bien un matón, o bien un integrante del clan de los Orelli.

—No, Chris, es el ayudante de otro congresista que ha venido a darme un mensaje.

Chris posó en mí su mirada curtida. Él tenía más músculo, pero seguramente yo estaba mejor preparado. También tenía permiso de armas, aunque por lo general dejaba la pistola en casa o en el maletero del Bianchina; sobre todo por el recuerdo de aquella barra de hierro en mi mano encallecida.

Después de que se fuera el guardaespaldas espontáneo, Acres preguntó:

—Bueno, ¿qué quiere? ¿Y cómo se llama?

—¿La persona que le informó sobre mí no le dio un nombre?

—No. Ella solo me dijo que me estaba siguiendo un detective.

Ella.

—No me hace falta un nombre para esta charla, señor Acres. Y lo que quiero no es tangible.

—No pienso dimitir —dijo.

—Mire, yo soy demócrata y expoli. Tres personas en la habitación de un motel en Nueva Jersey no tienen ninguna importancia para un poli, y que usted sea de derechas tampoco la tiene. Estoy aquí porque un detective medio decente podría vigilarle, seguirle y obtener fotografías así sin tener que esforzarse mucho.

»A mi modo de ver, o bien quiere usted que lo pillen o bien su deseo es tan fuerte que a veces se le va un poco la pinza. Si es lo primero, conozco a un buen terapeuta. Si es lo segundo, conozco a una mujer llamada Mimi Lord. Por una tarifa competente le concertará citas que no lograría descubrir ni el mismísimo Sherlock Holmes.

—¿Eso es todo? —preguntó Bob al ver que yo no continuaba.

—Llamaré a la segunda Cindy y le diré que no logré averiguar nada. Ya me han pagado la mitad del trabajo. Le diré que está tirando el dinero, que no hace falta que me abone el resto. Pero usted tiene que hacer algo por mí.

—¿Cuánto?

—No se trata de dinero. Tengo que saber quién lo puso al tanto de que le seguía.

Acres tenía los ojos de color avellana a juego con la chaqueta informal tirando a dorada que llevaba ese día. Las pupilas del depravado congresista revelaban su corazón maquinador.

Se me pasó por la cabeza que los detectives y los políticos éramos en cierto modo parecidos. Nos las veíamos con pasión fingiendo en todo momento ser objetivos, aunque no libres de pecado.

—No sé cómo se llama. La que llamó al despacho, fuera quien fuese. Le dijo a la operadora que era una amiga mía. Así consiguió que le pasaran con mi ayudante. Ella le dijo que sabía que un detective me estaba investigando durante mis estancias en Nueva York. Nuestro sistema localizó el número. Se lo puedo enviar desde mi oficina.

Me caía bien, incluso si estaba intentando averiguar mi identidad.

—Claro —dije—. Envíemelo a handy@handy 9987.tv 3.

—¿Qué es eso? —preguntó mientras anotaba la dirección de email.

—Mi correo electrónico —respondí, y sonreí—. Dígame, congresista, ¿por qué fue a ese motel si sabía que había un detective tras sus pasos?

Bajó la mirada y volvió a levantarla. Meneó la cabeza y me ofreció una levísima sonrisa.

—¿Ha dicho que se llama Mimi Lord? —preguntó.

Le anoté el número en una hoja de una libretita que llevaba. La arranqué y se la di.

—Ella se ocupará de usted —aseguré, y me puse en pie.

—¿Y qué pasa con esas fotos?

—¿Qué pasa?

—¿Qué hará con ellas?

—Las borraré de la tableta y luego las olvidaré.

—¿Cómo puedo estar seguro? —indagó recordándome una canción famosa muy antigua.

—No tengo ningún motivo para perjudicarlo, congresista. Si quisiera hacerlo, se las habría dado a Stoneman o le habría pedido a usted el doble.

—Ha dicho que es demócrata —me dijo—. Igual no le gustan mis convicciones políticas.

—Desde que Reagan se cargó los sindicatos, ambos lados del Congreso se han convertido en lacayos de los ricos. Todos son elegidos, pagados y despedidos gracias a la pasta que nos roban del bolsillo a gente como yo.

Acres frunció un poco el ceño. Quizá se sentía insultado, quizá no. En cualquier caso, me dirigió un gesto con la cabeza y yo hice lo propio.

Al salir del Gucci Diner, estaba mejor de lo que me había sentido en bastante tiempo.

6

Unos minutos después de las tres de la tarde estaba de vuelta en la oficina. Mi buen humor había remitido en proporción al recuerdo del régimen de aislamiento y las ramificaciones de la carta de Beatrice Summers.

Una carta.

¿Quién enviaba cartas en estos tiempos? El papel sin pautar era de un tono rosado, y la tinta, azul pavo real. La letra era uniforme, sin borrones ni tachaduras. No había errores ortográficos y las líneas escritas eran rectas y paralelas a las partes superior e inferior de la hoja cortada a máquina.

Todos esos detalles indicaban algo. Había intención detrás de la carta. Se había escrito otro borrador como mínimo en alguna parte y luego se había copiado en papel bueno con una hoja pautada debajo para que las líneas no se torcieran: «adelante, soldados cristianos».

En la base de datos de la Policía de Nueva York, a la que tenía acceso gracias al patrullero Henri Tourneau, no aparecía ningún Adamo Cortez que trabajara en ninguna sección del Cuerpo. La Base de Datos para Investigadores Privados, por la que pagaba mil ochocientos dólares al año, me informó de que durante los últimos nueve años Summers había vivido en el municipio de Odumville, a las afueras de Saint Paul.

Me pregunté qué imaginaría la antigua Nathali cuando pensaba en Dios o qué deidad se habría figurado al cavilar sobre su acólito pecador arrepentido.

Por mi parte, cada vez que cerraba los ojos me veía en aquella celda sin luz otra vez. Olía a meados y sudor. Revoloteaban por la oscuridad insectos batiendo las alas. Hombres gruñían y se lamentaban del otro lado de la sudorosa puerta de metal que me tenía encerrado.

Sonó una campanilla de plata.

Al abrir los ojos, estaba contemplando otra vez Montague Street desde la ventana del segundo piso. Era noviembre, pero el frío no se había asentado todavía. El sol brillaba con fuerza. Una mujer se detuvo en la acera de enfrente y, al levantar la mirada, me vio.

La campanilla de plata volvió a sonar, me espabilé y me aparté de la mirada de aquella viandante al azar. Salí al área de recepción que ocupaba mi hija todos los días después de clase.

La puerta principal de la oficina estaba cerrada con llave, claro. Solo me sentía seguro detrás de puertas cerradas.

La cámara de vigilancia encima del montante por el lado del pasillo transmitía una imagen al pequeño monitor de la pared. Era una mujer blanca, joven y esbelta, vestida en tonos azules y blancos. Su vestido tenía un aire solo ligeramente profesional. Llevaba un maletín de cuero marrón y una maleta de cabina con ruedas de tejido gris.

Con la mirada levantada hacia el objetivo, tenía la belleza de la juventud, y también la pena.

—¿Quién es? —dije por el portero automático.

—Willa Portman. ¿Es usted el detective Joe Oliver?

Abrí la puerta y dejó escapar un grito ahogado, como si hubiera ocurrido algo chocante.

—Habíamos quedado a las cuatro, ¿no? —pregunté.

—S... sí. Llego con unos minutos de antelación.

—Tengo un amigo que siempre me dice que, llegue cuando llegue, siempre llega justo a tiempo.

Sonrió y, tirando de la maleta de cabina, entró en la oficina.

—Por aquí —dije, al tiempo que señalaba la puerta de mi despacho.

—¿Dónde está Aja? —preguntó mi posible clienta.

—Es estudiante de secundaria, debería llegar en cualquier momento.

Willa me lanzó una mirada preocupada, pero luego cruzó la puerta de mi despacho.

El lugar donde trabajo es una habitación bastante pequeña con techo alto enlucido de blanco y un enorme ventanal del suelo hasta el techo. Las paredes son de ladrillo visto, y el suelo, de madera oscura. La mesa es de fresno, sin cajones. No tengo artículos de oficina ni archivos en el despacho. La zona donde está Aja, que es mucho más grande, hace las veces de almacén de expedientes y material de oficina.

—Siéntese —le dije a la chica nerviosa.

Se planteó la invitación un momento y se sentó en una de las sillas de fresno dispuestas para las visitas.

—Es un despacho poco corriente —dijo mientras movía la cabeza de lado a lado.

—¿Por qué está tan nerviosa?

—Esto... No lo sé, bueno, supongo que estar aquí quiere decir que voy a hacerlo de verdad. Ya sabe, cuando uno solo piensa en hacer algo no es del todo real todavía.

—Sé a qué se refiere —contesté con más énfasis de lo que era mi intención.

Willa, creo yo, detectó la sinceridad en mi entonación, y por lo visto la tranquilizó.

—Me llamo Willa Portman.

—Eso ya lo ha dicho.

—Trabajo como becaria de investigación para Stuart Braun.

—Stuart Braun. Es un pez gordo.

—Sí —dijo con un deje de desdén—. Es un pez gordo, un abogado muy importante para esa gente de la que nadie más se ocupa.

Stuart Braun era el famoso abogado radical que representaba a A Free Man, un periodista militante negro detenido por el asesinato de dos agentes de policía hacía tres años. Habían encontrado a Man, cuyo nombre de nacimiento era Leonard Compton, gravemente herido a unas manzanas del lugar del tiroteo, en el Far West Village. Llevaba el arma que se había utilizado para matar a los agentes. Las balas le habían atravesado limpiamente el cuerpo, conque no se podían identificar las armas que le habían disparado.

Man se negó a implicar a nadie más que pudiera haber estado con él aquella noche y negó haber tenido nada que ver con los asesinatos. Se enfrentaba a la pena de muerte, vigente en el estado de Nueva York para los asesinos de polis. No mostró ningún remordimiento y, en general, rehusó cooperar con la policía o la fiscalía.

Antes de que Braun se involucrara, parecía bastante claro que Nueva York iba a celebrar su primera ejecución en mucho tiempo.

La Máquina Braun, como se le conocía, llevó el caso a nuevas cotas. Después de que Braun demostrara que buena parte de las pruebas contra su cliente habían sido circunstanciales y sus abogados de oficio fueron incompetentes, se le otorgó el derecho de apelación. La prensa sugirió que se estaba preparando un alegato de actuación en defensa propia. Se estaban celebrando manifestaciones a favor de la libertad de Man de costa a costa.

Yo no era partidario suyo. Cuando las víctimas eran polis, yo no era más que otro ladrillo en el Muro Azul. Pocos civiles entendían lo duro que es ser policía cuando casi todo el mundo te teme y recela de ti. El alcalde, el Ayuntamiento y la mitad de la población civil estaban dispuestos a creer lo peor de nosotros, cuando arriesgábamos la vida veinticuatro horas al día siete días a la semana.

Nosotros.

Todavía me consideraba un poli. En mis tiempos en el Cuerpo me habían pegado a traición, acuchillado y escupido, y además había sido grabado por un millar de teléfonos móviles. Cada vez que llevaba a cabo una detención, la comunidad parecía declararse en mi contra. No tenían idea de lo mucho que nos preocupábamos por ellos, por sus vidas.

—¿Así que es usted abogada, señorita Portman?

—Aprobé el examen de ingreso el pasado mes de junio —dijo—. Pero estoy con Braun porque hace la clase de trabajo que me gustaría hacer a mí.

—¿Y qué quiere de mí Stuart Braun? —pregunté.

—Nada.

—Entonces ¿por qué ha venido?

—He venido porque el señor Man es inocente y Stuart Braun está a punto de traicionarlo y deshacerse de él lanzando lastre —respondió la joven.

—Soltando lastre —señalé.

—¿Qué?

—Se suele decir «soltar lastre».

—Ah. —Willa me miró con una mezcla de desesperación e ira en los ojos.

—Creía que Braun estaba decidido a salvar a Man —observé.

—Así era —dijo—, al principio. Reunió toda clase de pruebas contra los polis a los que Manny abatió...

—¿Ha confesado los asesinatos?

—N... no —tartamudeó Willa Portman—. Bueno, sí, pero no tal como dice usted. Ellos intentaban matarlo. Le estaban acechando. Ya habían asesinado a tres de sus hermanos de sangre y dejado paralítico al otro. Iban tras él y, sencillamente, se protegió.

Había estado paseando la mirada mientras hacía esas afirmaciones, pero acabó la frase mirándome a los ojos.

—Entonces —la insté—, Braun estaba reuniendo pruebas...

—Tenía fechas y horas, informes de balística y declaraciones de testigos fiables que podían corroborarse.

—Parece un caso sólido.

—Lo era. Lo es. Pero entonces, hace dos semanas, Stuart, no sé..., se volvió frío. Lo cierto es que no hay otra manera de describirlo. Teníamos que ir a ver a una feligresa llamada Johanna Mudd. La señora Mudd había accedido a testificar que el agente Valence aceptaba sobornos del diácono Mordechai por ponerle en contacto con chicas y chicos sin hogar con el fin de obligarlos a ejercer la prostitución.

—¿Eso lo organizaba una iglesia?

—La Iglesia Baptista del Último Ritual de Cristo sufragaba una organización benéfica que en teoría ayudaba a chicos y chicas huérfanos que se habían escapado de casa. Mordechai y algunos amigos suyos tenían acceso a ellos. Valence, el agente Pratt y otros llevaban el negocio.

—¿Esa es la estrategia de defensa? —pregunté—. ¿Que Man y su banda luchaban contra una red de prostitución?

—No solo eso —dijo—. No solo eso. Manny dice que los polis estaban implicados en toda suerte de actividades delictivas. Había mercancía robada, droga y asesinatos. Si alguien intentaba plantarles cara, lo mataban.

—Pero entonces, una mañana, el honorable señor Braun se volvió frío, me ha dicho.

—Le pregunté cuándo íbamos a ir a ver a la señora Mudd, y dijo que no íbamos a ir. Le pregunté por qué y me contestó que todo lo que nos había contado A Free Man era mentira, que era él mismo quien había matado a sus hermanos de sangre porque iban a delatar a Valence y Pratt.

Eugene Valence, alias Yollo, y Anton Pratt eran los polis por cuyo asesinato había sido condenado Man. Eran agentes condecorados que a menudo trabajaban como guardaespaldas del alcalde y dignatarios de visita.

—Quizá Braun dice la verdad —insinué. Conocía a demasiados polis inocentes acusados de delitos que no habían cometido. Yo era uno de ellos.

—La señora Mudd ha desaparecido —me anunció Willa—. Fui a hablar con ella unos días más tarde, porque no conseguía localizarla por teléfono. Su hijo Rondrew me aseguró que nadie sabía dónde estaba. Que fue a reunirse con Stuart y no volvió.

Suspiré. Fue una exhalación inesperada. Como bien sabía, era debida a que la posible clienta había captado mi interés.

Entrelazó las manos y miró el suelo de madera noble.

—Hola. —Aja estaba en el umbral. Sonreía, su cabello corto erizado en ángulos diversos igual que un campo de hierbas silvestres rematadas en punta. Llevaba los vaqueros tan ceñidos que para el caso podrían haber sido pintados, y la blusa no le llegaba hasta la cintura ni mucho menos.

Sentí deseos de preguntarle si cumplía las normas de vestimenta del instituto, pero entonces Willa levantó la mirada con los ojos anegados en lágrimas.

—Ay, cielo —exclamó mi hija, que se precipitó hacia la abogada, se arrodilló y la abrazó.

Entre mi súbito suspiro y la preocupación de Aja, no me cupo duda de que dedicaría por lo menos uno o dos días a investigar el caso de Portman.

—Ven conmigo. —Aja ayudó a la joven entristecida a levantarse de la silla. Después de la maniobra de despegue fueron al cuarto de baño anexo a la zona de recepción.

En su ausencia intenté ver una relación entre la carta de Beatrice y el caso de A Free Man. Sabía que no había vínculo directo, pero las similitudes podían ofrecerme la oportunidad de resolver un caso tan parecido al mío que quizá tuviera cierta sensación de pasar página sin necesidad de volver a Rikers.

Si Man era inocente y lograba que fuera puesto en libertad, sería, en cierto modo, como liberarme yo mismo.

Estaba mirando por la ventana otra vez.

—Lo siento, señor Oliver —se disculpó Willa Portman detrás de mí.

—¿Quieres que tome notas, papá?

—Quiero que bajes a la tienda —dije— y me compres un paquete de esas libretitas que uso.

—Pero puedo tomar notas aquí.

—Venga. —Me levanté para dejarle más clara la directiva.

A menudo entre familiares las palabras significan mucho menos que los tonos y las miradas. Aja vio que necesitaba que se ausentara de la oficina y obedeció.

Por la puerta abierta alcancé a ver que A. D. recogía la mochila y salía por delante. Esperé quizá diez segundos y luego volví a sentarme de cara a la chica de ojos húmedos.

—Ya ve los problemas que conlleva todo esto —observé.

—¿Por eso le ha pedido a Aja que se vaya?

—Ella es mi hija y usted es algo así como veinte kilómetros de carretera en mal estado. —Willa hizo un gesto de dolor—. Con que solo sea verdad una de las cosas que me ha contado —continué—, hay malas noticias y asesinatos para dar y regalar.

—Pero Manny es inocente —gimoteó.

—Creía que estaba casado.

—¿Qué?

—Por cómo habla de él, cualquiera diría que es su novia.

—No.

—¿De verdad?

Su manera de mirarme casi me hizo sonreír. El magnetismo entre los jóvenes amantes (incluso cuando son viejos) es la gravedad del alma; innegable, incuestionable y, tarde o temprano, inoportuna.

—Solo una vez —reconoció—. Cuando Stuart tenía que ocuparse de otro caso y yo estaba grabando la declaración de Manny. Yo... yo respeto a Marin. Ella es la madre de su hijo; pero, como no están legalmente casados, no le dejan verlo si no es detrás de una pantalla de plexiglás... Él necesitaba a alguien.

—¿De verdad ha desaparecido Johanna Mudd?

—Sí.

—¿Y Braun se ha retirado del caso?

—Pasó los expedientes por la trituradora —aseguró—. Dijo que no eran más que embustes.

—¿Así que ya no hay pruebas?

Alargó el brazo y posó la mano sobre la maleta de cabina.

—Cuando empecé a trabajar para el señor Braun, mi asesora universitaria, Sharon Mittleman, me dijo que hiciera siempre copias por si se perdía algo. El señor Braun no quería que los expedientes se archivaran informáticamente. Decía que los hackers podían acceder a cualquier dispositivo de almacenamiento. Así que yo iba por la noche para usar la fotocopiadora.

—¿Qué tiene? —pregunté. Mi respeto por la posible clienta iba en aumento a cada palabra que decía.

—Tres mil trescientos diecisiete folios a doble cara.

—¿Seis mil páginas?

—Más cerca de siete mil.

Siete mil páginas. De pronto me entró miedo. Cualquier prueba le resulta útil a un detective, pero me imaginé leyendo todos aquellos folios mientras una sombra se me acercaba sigilosa por detrás con una pistola cargada en su mano totalmente sólida.

—Sabe que no puedo trabajar pro bono como Braun —dije, buscando a la desesperada una estrategia de salida.

Dejó el maletín encima de la mesa y lo abrió, revelando fajos y más fajos de billetes de cincuenta dólares sujetos con tiras de papel.

—Casi diecinueve mil dólares —dijo—. Es la mitad de una herencia que me dejó mi abuela. Sé que no podemos ir a la policía y tampoco puede haber ningún contacto entre nosotros. He estado sacando dinero de la cuenta, de mil en mil dólares. Quiero que usted demuestre que Manny es inocente y consiga que lo pongan en libertad.

—¿Y si luego quiere volver con Marin? —pregunté.

—Si quieres a alguien, lo dejas en libertad1 —dijo con toda la intensidad de la canción pop.

Viendo a la bonita joven con esa cara tan tan triste, pensé en las últimas veinticuatro horas y en lo mucho que yo había cambiado. Entre el congresista Acres y Beatrice Summers, estaba a punto de convertirme en alguien, en algo nuevo.

A punto, pero sin haber cruzado la línea todavía.

—Quédese un día más con este dinero —dije.

—¿Por qué?

—Voy a revisar todos estos documentos y después tomaré una decisión.

—Todo lo que estoy diciendo es verdad.

—Es posible, pero, aun así, tengo que convencerme.

—Pero es mi única esperanza, la única esperanza de Manny.

—¿Por qué cree siquiera que puede confiar en mí? —pregunté. Las divinas palabras brotaron de mis labios igual que Atenea de la frente de Zeus.

—Jacob Storell.

7

Jacob era hijo de Thomas y Margherita Storell. El padre poseía y regentaba una pequeña ferretería en el Lower East Side y la madre era directora de un club privado para mujeres llamado Dryads. Tom vendía martillos y clavos mientras Rita y sus amigas rezaban a los espíritus de los árboles.

La mujer me llamó después de leer la primera línea de mi anuncio en las Páginas Amarillas —SERVICIOS DE INVESTIGACIÓN KING— gracias a la palabra «servicios». Le pareció que el uso de esa palabra implicaba dedicación y dignidad.

De eso hacía ocho años. El divorcio se demoraba y el abogado de Monica había amenazado con embargar mis nuevas cuentas bancarias si no le pagaba la tarifa inicial.

Me hacía falta un trabajo, cualquier trabajo.

Tom Storell me contó que su hijo había sido detenido por robo. Había entrado en una tienda de artículos de oficina también en el East Village y vaciado la caja registradora mientras el dependiente estaba con un cliente en un pasillo al fondo del establecimiento. Llamaron a la policía y casualmente estaba a escasos segundos de allí. Detuvieron a Jacob antes de que hubiera llegado a la esquina.

—Lo que necesita es un abogado —les aconsejé—, no un detective.

—La policía tiene una grabación en vídeo —dijo Tom con convicción desesperada.

—Pero estamos seguros de que nunca haría algo así —añadió Margherita—. Es tan bueno que ya desde pequeño los demás niños le hacían meterse en problemas. Vaya a verlo. Revise las pruebas. Nos haría un gran favor.

Así pues, por un adelanto de ochenta dólares de la tarifa de cuatrocientos, fui a la comisaría del East Village y solicité ver a mi cliente.

—A ti te condenaron por falta de ética profesional, ¿no? —preguntó el sargento de guardia.

—Fui falsamente acusado —repliqué.

El poli, de cincuenta y tantos, era fornido y estaba pálido. Tenía algún que otro pelillo en las mejillas, por lo demás afeitadas, y sus ojos habían perdido el color casi por completo. Estaba a tres palmos de él, pero imaginé un olor rancio y retrocedí medio paso.

—Sala de interrogatorios 9 —me dijo el sargento. No llegué a averiguar su nombre. Me entregó una fundita de plástico transparente con una tarjeta roja dentro en la que se me identificaba como V 9.

Cuando iba por el pasillo en dirección a las salas de interrogatorios, me sobrevino una súbita claustrofobia. Tuve la sensación de que las paredes se me echaban encima. Notaba el suelo inestable, y el olor imaginado del sargento sin nombre se había vuelto acre en mis fosas nasales.

Di un traspié y mantuve el equilibrio apoyando la mano izquierda en la pared que me abrumaba.

—Joder, tío —dijo un hombre, a la vez que me pasaba la mano bajo la axila izquierda—. ¿Estás bien?

Era asiático, probablemente chino, iba vestido con uniforme de patrullero y llevaba gafas redondas de montura negra. Tenía una mirada amistosa y no olía en absoluto.

—Gracias —dije—. Supongo que los días se amontonan.

—Y cada vez quedan menos —añadió—. ¿No eres Joe Oliver?

—Sí.

—Tío, vaya putada te hicieron. Si yo hubiera sido el inspector a cargo de aquella investigación, nunca hubiese salido a la luz un vídeo. Bueno, no le pegaste a aquella tía ni nada por el estilo.

Por aquel entonces, eso no hacía sino alimentar mi malestar. Lo lógico hubiera sido que un colega de azul «extraviara» una prueba como aquella. Y los agentes de policía siempre eran los primeros en ver el escenario.

—Gracias —dije irguiéndome—. ¿Cómo te llamas?

—Archie, Archie Zhao.

—¿La sala de interrogatorios número 9 está por ahí, Archie?

—Al doblar la esquina.

En esa comisaria, las salas de interrogatorios no eran más que armarios para artículos de limpieza. Cuando abrí la puerta con cierre automático, el único ocupante se estremeció en la silla y levantó las manos hasta donde se lo permitían las cadenas.

Era un joven bajo y gordinflón con vaqueros y camisa de cuadros de manga larga. Por el aspecto de su cara, había recibido una buena paliza. Tenía el ojo izquierdo cerrado por completo y el labio inferior partido, además de un hematoma del tamaño de una pelota de golf en el pómulo derecho.

—Confesaré si quiere que lo haga —se ofreció.

No hizo falta que dijera nada más. Yo había estado en su lugar no mucho tiempo atrás. Hubo momentos en que hubiera dicho cualquier cosa para eludir el miedo a lo que pudiese ocurrir a continuación.

—Vengo de parte de tu madre, Jacob.

—Ah, ¿sí? —Abrió un ojo de par en par mientras se esforzaba por ver algo con el otro.

—¿Estás bien?

—Me han pegado. Me han pegado mucho.

—¿Robaste ese dinero?

—¿Va a llevarme a casa?

Por su aspecto, habría dicho que tenía en torno a veinticinco años, pero hablaba y se comportaba como un niño.

—Ahora mismo no, pero, si contestas mis preguntas con sinceridad, haré todo lo posible por demostrar tu inocencia.

Fue entonces cuando se echó a llorar. Apoyó la cara en las manos encadenadas y sollozó. Me senté frente a él al otro lado de la mesa de detención y esperé. Poco a poco los lloros se tiñeron de miedo y se hicieron más intensos. Empezó a gritar y a intentar quitarse las esposas, unidas a una cadena que atravesaba un agujero en la mesa y estaba amarrada a una argolla de acero anclada al suelo de hormigón.

Guardé silencio y le dejé que se desahogara. Sabía lo que se sentía.

Un rato después se calmó y se sentó erguido, más o menos.

—Lo siento —murmuró.

—No pasa nada —dije—. Te detienen por algo que no hiciste y luego te dan una paliza por decir la verdad.

Jacob me miró con su ojo de Quasimodo.

—¿Por qué cogiste el dinero de la caja registradora? —pregunté.

—Sheila me dijo que podía.

—¿Quién es Sheila?

—Una amiga que hice.

—¿Dónde la conociste?

—En el parque de Bowery. Dijo que su padre tenía una tienda y que nos iba a dar dinero para cenar. Tenía mucha hambre.

Todo el asunto llevó unas tres horas. Logré que el agente Zhao me dejara ver la grabación de la cámara de seguridad del escenario. Era evidente que alguien fuera de plano le estaba diciendo a Jacob qué hacer; probablemente Sheila. Y lo más seguro es que ella tuviera otro amigo que estaba entreteniendo al dependiente en un pasillo al fondo.

El informe de los agentes que habían efectuado la detención decía que el sospechoso no llevaba dinero encima. Estaba a solo tres puertas y ya le habían cogido el dinero.

El inspector a cargo del interrogatorio era Buddy McEnery, un tipo de mi quinta que tomaba atajos siempre que podía.

Yo también tenía mi reputación. Me gustaban las mujeres y era muy puntilloso con los detalles. Casi todas mis detenciones pasaban a ser condenas.

Convencí a Buddy de que accediera a otras cámaras de vigilancia de la zona para dar con una imagen de Jacob saliendo del establecimiento.

—Seguro que hay algún plano de la chica y el chico, o quizá las dos chicas, que engañaron al chaval.

—Aun así, el dinero lo cogió él —remachó Buddy, un irlandés moreno.

—¿Has hablado con él?

—Claro —aseguró—, con este. —Levantó el puño izquierdo.

—Seguro que en su expediente de secundaria pone que es un alumno con necesidades especiales.

—¿Un retrasado?

—Deja que lo lleve a casa, Bud, antes de que os metan un puro a ti y a tu departamento.

McEnery llevaba un traje gris que había adquirido un lustre plateado con el tiempo. Me miró fijamente, sus labios contorneados por el desprecio, y al final dijo:

—Ya no eres uno de los nuestros, ¿verdad?

—Jacob es un buen chico —le dije a Willa—, pero no creo que sea una referencia fiable.

—Jackie era mozo de almacén en la ferretería de mi padre —respondió—. Era una especie de amigo. Me habló de ti, y su madre dijo que conseguiste sacarlo de la cárcel en apenas unas horas. Cuando le pregunté si debía contratarte, me aseguró que tenías un compromiso con el servicio y la verdad.

No creo en lo sobrenatural, pero hay gente que parece ver cosas que a mí se me escapan. No sé si es cuestión de inteligencia o de una clase de percepción que no alcanzo a comprender, pero hay personas en las que confío más allá de los límites de la simple lógica. Aunque solo la había visto una vez, Margherita Storell era una de esas personas.

—¿O sea que revisará los documentos esta noche? —preguntó la bisoña abogada.

—Deme doscientos cincuenta en efectivo y los leeré. Quizá pueda darle algún consejo, quizá no.

—¿Es posible que acepte el caso si cree que lo merece?

Esperé cuatro compases antes de decir:

—Es posible.

Willa se marchó y, durante un rato, me quedé a solas y en paz tal como un soldado durante la Primera Guerra Mundial estaba en paz en las trincheras a la espera del siguiente ataque, la gripe definitiva o quizá la llegada del gas mostaza arrastrándose por el borde de una trinchera que tal vez se convertiría en su tumba.

Estaba pensando en Acres y en Summers y ahora también pensaba en Man.

Para despejar esas inquietudes me conecté a Internet, con la esperanza de encontrar buenas noticias o por lo menos algún anuncio que mereciera la pena.

El decimoséptimo correo de la lista era de bacres 1119@repbacres.com. El único mensaje era un número de teléfono.

8

Después de trabajar, llevé a Aja-Denise a un nuevo bistró francés en Montague llamado Le Sauvage. Yo tomé boeuf bourguignon y ella, coq au vin. El vino tinto era bueno y solo le dejé tomar un sorbo.

—¿Vas a aceptar el caso de Willa? —preguntó después de que le impidiera volver a probarlo.

—¿Qué te contó?

—Que ese tipo, A Free Man, es inocente y ella cree que puedes demostrarlo.

—No se lo menciones a nadie —le advertí.

—No lo haré. Solo estoy hablando contigo.

Un hombre a dos mesas de la nuestra nos miraba de reojo de vez en cuando.

—Hay otra cosa —continué.

—¿Qué?

—¿Usas el ordenador que te di?

—Sí. ¿Por qué?

—¿Alguna vez te lo llevas a casa?

—Es un portátil, pero pesa como seis kilos. No me llevaría ese trasto a ninguna parte.

—Así que nunca te lo llevas a casa.

—Qué va —respondió, pero noté un espejeo de vacilación en sus ojos.

—¿Qué?

—Los expedientes están en la nube. Por lo general descargo el trabajo al ordenador una vez a la semana para poner al día algo que igual no he acabado. ¿Tiene eso algo de malo?

Adoro a mi hija. Si tuviera que pasar el resto de mi vida en un ataúd mohoso enterrado bajo tres metros de hormigón sin oír otra música que polcas, lo haría por ella.

—¿Pasa algo, papá?

—No, cariño. Es un poco tarde. Voy a llevarte a casa.

—Vale. ¿Vas a aceptar el caso de Man? —preguntó cuando nos levantábamos.

—Haz el favor de no volver a mencionar ese hombre. Ni a tu madre ni a ninguna otra persona.

—De acuerdo. —Me miró suplicante para recalcar la promesa.

Había aparcado cerca de Montague, pero antes de que llegáramos muy lejos nos llamó alguien.

—Oigan —dijo. Venía hacia nosotros desde la entrada de Le Sauvage.

Me pregunté si me habría dejado algo.

Era el tipo que nos había estado mirando de reojo: un blanco de alrededor de uno ochenta con una cazadora deportiva verde y amarilla, y camisa y pantalones negros.

—Oigan —repitió al llegar a nuestra altura.

Sus zapatos tenían aspecto de estar hechos de paja trenzada.

—No tienes por qué ir con él —le dijo a mi hija.

—¿Eh? —respondió ella.

No supe si lanzarle un gancho a la cara o darle un beso en los labios.

—Te equivocas, tío —dije—. Es mi hija.

Parpadeó y luego miró con más atención. Hay cierto parecido si se escudriña a través del optimismo y el dolor.

—Ah. Lo siento mucho. Perdonen. Había pensado que...

—Mira —añadí—. Es de agradecer que te preocupes por una joven, pero aquí no hay ningún problema.

—¿Había pensado que era mi novio? —preguntó con incredulidad mi hija, tan inocente.

—A mi hija menor se la llevó la calle —dijo dirigiéndose a mí.

—La próxima vez es mejor que hagas una foto con el móvil y llames a la poli —sugerí—. Eso es mucho más seguro.

El trayecto a Plum Beach fue divertido. A Aja le encantaba escuchar a Sidney Bechet porque «su trompeta sonaba como si alguien estuviera hablando».

Le conté la historia de cómo Bechet retó a duelo a otro músico en París porque el tipo le había dicho que no tocaba las notas adecuadas.

—¿De verdad? —preguntó—. ¿Le pegó un tiro al otro tipo?

—Eran mejores músicos de jazz que tiradores. Resultó herido alguien que pasaba por allí. Me parece que era una mujer.

—Eso mismo me ocurrirá a mí si hablo de tus casos, ¿no? —señaló.

—Probablemente no, pero no lo descartes.

El marido de Monica salió a la puerta de su casa de tres plantas de piedra blanca. Esperaba que mi hija llegara sola.

—Joe —dijo.

—Coleman.

—¿Qué haces aquí?

—Papá tiene que hablar con mamá —respondió Aja en tono de autoridad.

—¿De qué? —Coleman Tesserat me dirigió a mí la pregunta.

—¿Joe? —dijo Monica desde el descansillo del primer piso.

—Hola, Monica —saludé—. Tengo que hablar de una cosa contigo.

—Llámame mañana.

—No puedo —contesté—. Es CVM.

Me las arreglé para no sonreír al ver cómo se le fruncían los labios a Coleman. Quería que Aja le llamara «papá» y no le hacía ninguna gracia que su mujer y yo tuviéramos un sistema secreto de abreviaturas para comunicarnos.

Mi exmujer rezongó y luego dijo:

—Déjame que me ponga algo. Nos vemos en la cocina.

—Me quedo contigo hasta que baje —se ofreció mi hija.

—Tienes que acostarte —dijo Coleman.

Era un negro de piel clara bien parecido. Medía más o menos lo mismo que yo y era diez años menor que mi ex. Coleman era agente de inversiones y tenía una posición bastante acomodada; era de esos a los que les gusta poseer cosas, o por lo menos controlarlas. Me gustaba esa característica suya porque sacaba de quicio a mi hija.

La mirada asesina que le lanzó fue una monada viniendo de una chica de diecisiete años que vivía en un ambiente protegido, pero algún día Coleman y Monica se darían cuenta del odio que se iba cocinando debajo a fuego lento.

—Vale —obedeció Aja. Luego me dio un beso en la mejilla y susurró—: Buenas noches.

Crucé la sala de estar de la planta baja hasta una zona comedor más pequeña y entré en la cocina en forma de L. Me senté a la mesita donde la familia de tres desayunaba y a veces cenaba.

Estaba pensando en la mejor manera de abordar la charla en serio que teníamos que mantener. CVM significaba «cuestión de vida o muerte» en nuestro código. Al oírlo, Monica supo que yo iba en serio.

Unos quince minutos después, entró Monica con un chándal de color verde azulado. Coleman venía detrás. Vestía vaqueros y una camiseta negra.

—¿Y bien? —preguntó él—. ¿De qué se trata?

—Dile que se vaya —le dije a mi ex.

—Tú no me das órdenes en mi casa —replicó Coleman.

—Por favor, C. C. —dijo Monica casi en un susurro.

Él tenía ganas de pelea. Yo también. En cambio, él dio media vuelta, cruzó las habitaciones hasta las, escaleras, y subió camino de la cama dando fuertes pisotones igual que Rumpelstiltskin después de una dura jornada ganando oro en su rueca de Wall Street.

Cuando estuvimos seguros de que se había ido, ella dijo:

—¿Qué pasa?

—No dejas de meterte conmigo, M. —repuse—. Me envías cartas amenazantes, haces que los abogados me envíen cartas amenazantes, y de vez en cuando intentas buscarme las cosquillas a través de A. D. No pasa nada. Me lo tomo con calma. No vengo aquí y te pregunto por qué no hiciste nada para ayudarme a mí, el padre de tu hija, cuando intentaban enterrarme tras los muros de la cárcel.

—Ya sabes por qué —dijo, con el tono de Moisés en las alturas.

—¿Así que me haces esto? —pregunté, pasándome el dedo por la profunda cicatriz en la mejilla derecha.

—Yo no te rajé.

—Pero podrías haber evitado que me rajaran. Podrías haber retirado nuestros ahorros y haberme sacado bajo fianza.

—Tenía que preocuparme de nuestra hija, de su futuro.

—Sí —convine en cierto modo—. Y la mejor manera de protegerla es asegurarte de que yo siga pagando lo que ella necesita para vivir.

—Coleman nos proporciona lo necesario.

—Pero viene bien tener un cheque extra. Hasta un sueldo de seis cifras andaría justo para estar a la altura de lo que cobran en Columbia.

—¿Qué quieres, Joe?

—Me gustaría que dejaras de intentar que me peguen un tiro.

La expresión de su rostro era la de una inocente oyendo los desvaríos de un idiota.

—Cuando llamaste a Bob Acres —continué—, no sabías cuáles eran las circunstancias.

Su gesto despectivo se desdibujó.

Monica había sido una joven preciosa. Tenía la piel marrón intenso y rasgos que remitían a África occidental. Era cariñosa y sexy, lista y leal. La había traicionado, no había excusa para algo así, pero que me dejara pudrirme en Rikers había sido más que suficiente.

—Si pones sobre aviso a un hombre que estoy investigando, yo podría acabar muerto. ¿Y si decido investigar a Coleman? ¿Qué clase de trapos sucios encontraría sobre él?

Conocía, al menos en parte, la respuesta a esa pregunta. Estaba bastante seguro de que ella también.

—Nunca... nunca he oído hablar de un tal Bob Acres —dijo sin mucha convicción—. ¿Es ese congresista?

—Me envió el número de la persona que avisó a su ayudante. Era tu móvil.

—Coleman no tiene nada que ver con esto.

—Llévame a los tribunales, denúnciame a las autoridades cuando me retraso seis días en el pago de la pensión, cuéntale a mi hija exactamente qué hice para enfurecerte tanto —enumeré—, pero, si vuelves a putearme con el trabajo, haré que lo lamentes. Te joderé esta vida perfecta que tienes hasta tal punto que no podrás ni salir a coger aire. ¿Lo entiendes?

No esperé a que contestara. Me levanté, desanduve mis pasos hasta la puerta principal y salí a la calle.

Había refrescado el ambiente. Me gustaba.

9

Encima de mi oficina, en el primer piso, está el apartamento donde vivo. También tiene los techos a cinco metros de altura y dos magníficos ventanales con vistas a una calle cada vez más aburguesada. Puse unas cortinas de color rojo intenso del techo al suelo hechas de un tejido liviano derivado, de algún modo, del bambú. Las abro por la noche porque las luces están en la parte delantera del espacio y nadie puede ver el interior.

Todo mi apartamento es una gran sala diáfana y un cuarto de baño. Tengo una profunda bañera de hierro con patas, una cama de matrimonio extragrande encima de un estrado de noventa centímetros de alto y una mesa de caoba de más de cien años de antigüedad.

Dejé el resto del espacio a oscuras, encendí la lámpara de la mesa y abrí la maleta llena de expedientes que trajo Willa Portman.

No sé si era Willa o su jefe, pero uno de los dos era muy organizado. La carpeta azul encima del enorme montón de papel era un índice que prácticamente describía la defensa de A Free Man, antes Leonard Compton. Contenía su historia personal, sus implicaciones políticas, su trabajo y experiencia militar, y los acontecimientos que desembocaron en la noche de la muerte de los agentes, Valence y Pratt.

Encima de la página del índice de la carpeta azul había una fotografía de siete por quince de una sonriente mujer negra de mediana edad. La sonrisa revelaba un diente superior de oro, y los ojos hacían pensar en inteligencia y certidumbre. Escrito con rotulador rojo en la parte inferior de la fotografía estaba el nombre: JOHANNA MUDD. Willa Portman, no me cabía duda, había puesto ahí la foto porque la desaparición de la señora Mudd era el motivo de la investigación.

Cuando aún era Leonard Compton, Man sirvió como sargento mayor en la Guardia Nacional. Había obtenido altas calificaciones como tirador y ganado muchas medallas, lo que atestiguaba su valentía y lealtad a la nación. Cuando dejó las fuerzas armadas se matriculó en el City College y llegó a ser profesor de secundaria en el Upper Manhattan, donde se esforzaba por que sus alumnos, chicos y chicas, no se metieran en líos.

Leonard escribía artículos para un periódico de las afueras de escasa tirada llamado La trompeta del pueblo. Empezó escribiendo sobre su experiencia militar, pero con el paso del tiempo comenzó a detallar crímenes cometidos contra los jóvenes en las inmediaciones de los barrios negros de la ciudad de Nueva York.

En algún momento se unió a un grupo llamado los Hermanos de Sangre de Broadway, o quizá lo fundó. Este grupo constaba de cinco hombres y dos mujeres.

Tanya Lark había sido una de las historias de éxito de Man. Era una asesina que formaba parte de una banda y asustaba a todo aquel que conocía hasta que él le enseñó que la ira y la violencia se podían redirigir para ayudar a la comunidad.

Greg Lowman era guardia de seguridad de Trickster Enterprises, una compañía juguetera que se había diversificado (según las fuentes de Braun) en varios negocios tecnológicos. Lowman era un socio negro de la Asociación Nacional del Rifle y creía firmemente en el derecho de todo estadounidense a defenderse.

Christopher Carson, alias Kit, había cumplido seis condenas en la cárcel, sobre todo por robo con allanamiento. Una de ellas se debía a una detención llevada a cabo por Pratt.

Son Mali era un africanista convencido de que algún día una revolución haría pedazos Estados Unidos. De día trabajaba como maestro fontanero.

Lamont Charles era el miembro más escurridizo de los Hermanos de Sangre de Broadway. Era sospechoso de ser un timador al que nunca habían trincado, un seductor de proporciones casi míticas y un jugador de póquer tan devastador que solo le permitían acceder a ciertas partidas profesionales desde Atlantic City hasta Las Vegas.

Lana Ruiz era una dominicana que le había rebanado el gaznate a su chulo mientras dormía, pero de algún modo logró que un juez considerase que lo había hecho en defensa propia. Su imagen era la de una preciosa mujer de piel oscura que se mostraba desafiante incluso sonriendo para la foto.

Los HSB no eran un grupo afortunado. Lowman, Carson y Mali habían sido asesinados en los dieciocho meses anteriores al tiroteo de Man con Pratt y Valence. Lamont Charles fue abatido pero sobrevivió; había quedado tetrapléjico y vivía en una clínica en Coney Island.

Mientras que Lana Ruiz fue condenada por robo a mano armada e intento de homicidio, Tanya Lark había desaparecido del mapa por completo.

Era un caos considerable hasta para un grupo político militante, incluso un sábado de verano por la noche en Brownsville, Nueva York.

Había una larga lista de testigos que aseguraban que los polis muertos estaban implicados en actividades delictivas, y dos testigos que en un primer momento declararon que los polis abrieron fuego contra Man (su testimonio fue casi idéntico), solo para retractarse con tres días de diferencia.

Aunque Braun no lo había mencionado en su argumentación, yo no atinaba a entender por qué el antiguo Leonard Compton habría de decidir enfrentarse a los polis en un tiroteo de dos contra uno. Él era tirador experto y ellos profesionales entrenados. ¿Por qué no se apostó en un tejado y los abatió durante alguna de sus misiones?

¿Y a qué venía abandonar un caso solo porque el cliente podía haber sido culpable? El deber de un abogado era atenerse a la ley, no preocuparse por el bien y el mal.

Debía de haber leído cuatrocientas páginas cuando me di cuenta de que ya eran casi las cinco de la madrugada. Tendría que haberme acostado, pero todas las pruebas me llevaban a pensar que si Adamo Cortez no era el nombre de un agente de la Policía de Nueva York, quizá fuera un apodo oficial o el nombre de un informador confidencial.

Fue en ese momento cuando supe que iba a ocuparme de ambos casos: la trampa que me tendieron y la condena por asesinato de A Free Man.

Nací para ser investigador. Para mí ese trabajo era como hacer un puzle en tres dimensiones al natural que al final sería una representación exacta del mundo real.

Del profundo cajón inferior de mi antiquísima mesa saqué dos resmas de papel, las dos de tonos pastel: una azul y la otra rosa. Así podría aunar el desarrollo de las investigaciones siguiendo dos líneas diferentes. En mi carrera frustrada, había usado hasta cinco colores distintos para orientarme.

Me habían pagado doscientos cincuenta dólares por una jornada de dieciocho horas para ver si las dos investigaciones eran coherentes. Tenía el camino despejado porque nadie sabía lo que me traía entre manos.

Como primer paso cogí una hoja blanca del cajón superior y escribí en el encabezamiento: ELEMENTOS COMUNES.

El primer asunto que tenía que plantearme en ambos casos era si necesitaba o no un socio en el proceso.

Consideré a Gladstone Palmer. Era mi amigo; de eso no cabía duda. Fue a Rikers y se aseguró de que yo estuviera a salvo en régimen de aislamiento. Cuando trabajaba setenta horas a la semana en dos empleos como vigilante de seguridad, me prestó dinero para que montara la agencia de detectives, y luego me envió a mis primeros clientes. Y Glad sabía cómo funcionaba el Cuerpo. Tenía contactos en todos los distritos, con todos los capitanes y la mayoría de los soldados rasos de la Policía de Nueva York. Sus aportaciones serían de un valor incalculable y..., si fue capaz de limpiar mi nombre, quizá también despejaría el camino para progresar él.

Pero las virtudes de Glad también eran sus defectos. Conocía a todos los que movían los hilos dentro y fuera del Cuerpo, así que quizás estuviera en deuda con gente a la que yo podría verme obligado a perjudicar. Y, si sumábamos a eso que estaba intentando que un asesino de polis saliera bien librado de los delitos que se le imputaban pese a que había reconocido apretar el gatillo..., no sería de mucha ayuda para mi amigo.

El patrullero de primera clase Henri Tourneau era otra opción. El padre del joven poli nacido en Haití me pidió que le ayudara a prepararse para entrar en el Cuerpo. Había servido de guía a Henri en todas y cada una de las fases del proceso, incluida la formación en informática para que tuviera unos conocimientos de los que carecía la mayoría de los polis. Una vez entró en la Policía, le enseñé a vérselas con todo el mundo, desde el capitán hasta la tropa. Le dije qué reglas se podían infringir y cuáles eran sacrosantas.

Una cosa que nunca fue capaz de hacer fue reconocer que yo era algo más que un amigo de su padre.

Henri me dejaba introducirme a placer en las bases de datos generales, pero usarlo como compañero en estas investigaciones estaba muy por encima del nivel del joven policía recién casado.

Ningún otro poli cumplía los requisitos, así que amplié el campo de búsqueda. Había media docena de detectives privados que conocía de trabajos que había hecho a lo largo de los años. Pero no tenía una relación lo suficientemente estrecha con ninguno de ellos como para tener la sensación de que podía confiar en alguno para algo tan serio.

El sol empezaba descollar sobre el edificio del banco en la acera de enfrente cuando pensé, a regañadientes, en Melquarth Frost. Melquarth, más conocido como Mel, era un feroz criminal.

Mel había cometido muchos errores en su vida. Había robado bancos, asesinado a rivales, torturado a víctimas, puesto bombas y formado parte de varias peligrosas bandas de atracadores que habían llevado a cabo algunos de los robos más audaces de lo que iba del siglo XXI.

Me crucé con este delincuente nato cuando el FBI encargó a unos cuantos polis de la ciudad que reforzaran los puntos débiles en una trampa que habían tendido a la banda de los Byron. Ted y Francis Byron eran auténticos arquitectos del crimen. Habían planeado y llevado a cabo por lo menos ocho atracos a bancos en los que consiguieron atravesar un muro interior para acceder a cámaras acorazadas llenas a rebosar de pasta.

En esos trabajos siempre contaban con un hombre como Mel por si había pelea.

El robo se llevó a cabo poco después de las tres de la madrugada de un miércoles en un banco del centro de la ciudad, en la Cincuenta y seis Oeste. Yo estaba vigilando una rejilla de ventilación del metro en la Sesenta y tres que, según los federales, podía servir para la huida. Estaba yo solo porque no creían probable que nadie llegara tan lejos y los jefazos les cobraban los hombres de refuerzo a dos mil quinientos dólares por barba.

Escuché la operación por una línea segura que teníamos todos los participantes. La explosión se había producido a las 3:09. Poco después, seis de los siete atracadores fueron detenidos sin que se efectuara un solo disparo.

Se discutió mucho sobre el séptimo atracador.Yo me quedé en mi posición porque era mi cometido y siempre cumplía con mi deber, a menos que hubiera una mujer por alguna parte.

Treinta y dos minutos después del inicio de la operación, se levantó ligeramente la rejilla del respiradero del metro. Observé a cobijo de las sombras, calculando el mejor momento de mi intervención.

Podría haber pedido refuerzos, pero para entonces el sospechoso se habría escapado. Podría haberle pegado un tiro en la pierna o el pie, o haberlo matado si a eso vamos, pero yo no soy de esos tipos. Así pues, esperé en cambio a que asomara una mano del suelo, la esposé y sujeté la otra esposa a la gruesa rejilla de metal. Luego apunté con mi revólver de servicio a la cabeza del individuo y dije: «Enséñame la otra zarpa, y más vale que esté vacía».

Me otorgaron una medalla al Mérito Excepcional por la detención, que me fue entregada por el jefe de Policía en persona. El FBI me invitó a su oficina central, donde el director local me estrechó la mano.

Todos los honores se fueron al traste cuando llevaron a juicio a Melquarth. A los otros seis atracadores los juzgaron juntos, pero, como Mel fue detenido solo y bastante lejos del escenario del crimen, su abogada, Eugenia Potock, pudo separarlo de los demás.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
14 kasım 2024
Hacim:
280 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788491871491
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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