Kitabı oku: «El lado oscuro de la Econometría»

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Walter Sousa Escudero

El lado oscuro de la Econometría

Temas

A la memoria de mi padre, Eduardo Cesar Sosa, que me guía por el lado claro de la vida.

AGRADECIMIENTOS

Mi principal agradecimiento es para todos los miembros de Econometría Avanzada, que leyeron varias de estas notas cuando las fui posteando en el muro del grupo en Facebook, aportando comentarios críticos, disensos, referencias bibliográficas, o un simple “me gusta”. A unos pocos los conozco personalmente (a través de mis clases), mientras que a la gran mayoría, solo a través de las redes sociales.

Mariana Marchionni y Javier Alejo me acompañan desde hace añares en casi todas mis actividades docentes en distintos ámbitos, y el material de este libro fue profusamente discutido con ellos. Mariana y Javier me ordenan cuando desvarío, son conservadores cuando me dan ganas de tirar todo por la borda, y siempre encuentran una forma de expresar sus disensos en forma clara y creativa. Es un lujo trabajar con ellos. German Caruso leyó una versión preliminar y me aportó muy útiles sugerencias. María Edo, una vez más, contribuyó con su profesionalismo e inteligencia en la etapa final de la elaboración de este libro.

Jorge Scarfi, responsable de TEMAS, tuvo el coraje de entusiasmarse con este libro heterodoxo, y siempre ha aportado un canal de excelencia para la difusión de las ideas económicas en la Argentina. Agradezco a la Universidad de San Andrés por la confianza en mis proyectos editoriales y por su ayuda a través del Programa de Apoyo a la Investigación (PAI).

PALABRAS LIMINARES

A comienzos del 2013 creé un grupo en Facebook denominado “Econometría Avanzada” con el objetivo de mantenerme en contacto con los alumnos de mis cursos de posgrado, dictados habitualmente en las Universidades de San Andrés, Nacional de La Plata y de Illinois en Urbana-Champaign. Lo pensé como un foro de discusión para compartir material nuevo —de investigación y docencia —y para que mis alumnos se mantuviesen en contacto entre sí. Mis estimaciones más ambiciosas daban un total de unos 100-200 miembros, incluyendo a mis alumnos y también a algunos colegas cercanos. A fines de 2014, la cantidad de miembros de Econometría Avanzada ya excedía las 8000 personas, de todos los países de América Latina y varios de Europa, siendo el foro de Econometría más grande de habla hispana, y posiblemente uno de los más grandes del mundo.

El mote de “avanzada”, tomado del nombre de mis cursos de posgrado, perdió relevancia rápidamente, ya que el grupo incluye a practicantes y curiosos de la econometría, que van desde los recién iniciados que toman por primera vez un curso de esta disciplina, hasta investigadores reconocidos, en la frontera del conocimiento. El grupo es anárquico, prácticamente no existe ninguna instancia de moderación y los posts de los participantes incluyen preguntas de software, material nuevo, sugerencias bibliográficas, información sobre cursos y hasta alguna dosis de buen humor. El grupo es un auténtico ejemplo de cordialidad y civismo, del cual me siento muy orgulloso.

Pero no todo es color de rosa. Un pequeño costado negativo del grupo es la necesidad de algunos usuarios (ciertamente una ínfima minoría) de intercambiar software o libros ilegales, los pedidos desesperados de alumnos de que alguien les resuelva ejercicios que ellos deberían hacer por su cuenta o, simplemente, las preguntas banales cuya respuesta aparecería inmediatamente en una búsqueda básica en Google.

Las historias que aquí compilo fueron mi reacción a los usos espurios del grupo. Me pareció que, más que adoptar un rol pontificante o de regulador, era más honesto y creativo ofrecer una serie de reflexiones periódicas sobre temas mundanos en econometría y estadística, si es que existe tal cosa como la cotidianeidad en una disciplina técnica como esta. Tienen en común estas viñetas ofrecer una lectura innovadora sobre muchas cuestiones que cualquier practicante de la econometría enfrentó en alguna instancia básica de su formación o carrera. El estilo es a veces provocador, y busca, ojalá que en forma honesta, que los practicantes reflexionen sobre el uso de distintas herramientas econométricas y se vean incentivados a razonar más que a seguir modas pasajeras.

Hace poco escribí un libro llamado Qué es (y qué no es) la estadística (Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2014), una suerte de introducción coloquial al universo de las estadísticas cotidianas (meteorológicas, deportivas, financieras, médicas, políticas, etc.). El desafío era abordar una temática seria y áspera, pero usando un tono coloquial y motivador. Este libro es algo así como una secuela, motivada por el universo de la econometría, pero dirigida a cualquiera que se haya topado o no con estadísticas. Como en mi otro libro (que, claramente, no es un requisito para leer este), el tono es también informal, en el que a veces se desliza alguna grosería inevitable, que no intenta ser soez sino fiel al estilo cándido y apasionado con el que mantengo discusiones con mis colegas y colaboradores más cercanos. Sabrán disfrutarlas y disculpar.

Buenos Aires, enero de 2015.

CAPÍTULO 1:
LOS REYES MAGOS SON LOS PADRES
(CRITICAR LA ECONOMETRÍA)

“Si aprendés el método de momentos generalizado (GMM) sabés toda la econometría; todo es GMM”, me dijo un compañero de doctorado, allá por 1993, cuando iniciaba mi PhD en la Universidad de Illinois y la tecnología de GMM (por la que Lars Peter Hansen ganaría el Nobel en 2013) estaba de ultimísima moda, como Nirvana, Pearl Jam o Soundgarden. No muchos años antes, y de la mano de Hildegart Ahumada en el viejo Instituto Di Tella, donde hice mi posgrado, se me había abierto la puerta de los modelos dinámicos y las ideas de cointegración y raíces unitarias, que provocaron una auténtica revolución en la década del ochenta, y también llevaron al Nobel a Clive Granger y Robert Engle en 2003. Un poquito más adelante en el tiempo la aparición del revolucionario paper de Berry, Levenshon y Pakes parecía cambiar la forma de hacer economía estructural empírica. Simultáneamente, en los departamentos de Estadística los estudiantes doctorales estaban obsesionados con las ideas de Markov Chain Monte Carlo, y se decía que en Harvard los alumnos de PhD deambulaban obsesivos buscando experimentos naturales o instrumentos válidos, dando inicio a la ahora llamada (retrospectivamente) “revolución de credibilidad”, iniciada por el paper de Angrist y Krueger.

La econometría es una disciplina joven y cambiante, siempre hubo modas y siempre las habrá. No subirse a una moda por el solo hecho de que uno sabe de antemano que en algún momento pasará implica un enorme riesgo, porque en econometría, si bien toda moda pasa, es también cierto que toda moda algo deja. Quien no se baña diariamente con la excusa de “si total me voy a ensuciar de nuevo”, termina viviendo como un mugriento. Y esa es la tensión que enfrentamos los docentes y estudiantes de la econometría, ese balance entre subirse al carro de moda sabiendo que en algún momento va a descarrilar, y a la vez prestar atención al core de la disciplina, ese que resiste estoicamente el paso del tiempo.

En esta tensión entre lo nuevo y lo viejo mi honesta impresión es que el alumno medio (y quizás más enfáticamente el más avanzado) tiende a ser un poquito dogmático, abraza rápidamente las tecnologías de moda y rechaza cualquier otra cosa, en particular la moda anterior. Quiere “pertenecer al club” y distinguirse del resto. De ser los ochenta, sería el primero en comprarse un traje con hombreras con zapatos blancos y peinarse con gel como Don Johnson en Miami Vice.

Habiendo pasado ya casi treinta años con esta disciplina, hago mía la genial frase de Charly García, cuando decía que “mientras miro las nuevas olas, yo ya soy parte del mar”. La docencia universitaria implica muchas veces acompañar los instintos de los alumnos y también muchas otras ir en contra. Es un balance delicado, en ningún extremo es posible aprender nada: ni adoptando ciegamente cualquier juguete de moda ni teniendo una postura escéptica con respecto a todo.

Intentando mantener este balance es que, cuando mis alumnos me juegan la carta del dogmatismo, yo intento ponerme crítico e iconoclasta. El gran desafío de la econometría aplicada es hacer las cosas de la mejor manera posible, lo que implica primero diseñar un esquema en donde sea factible hablar de qué significa “bueno” o “malo”, y luego pensar si es que hay alguna forma de hacer las cosas de la mejor manera posible. Lamentablemente este no es un ejercicio práctico. La cuestión de la optimalidad (hacer las cosas de la mejor manera posible) es una tarea abstracta que fuerza al analista a pensar no solo cómo son las cosas, sino cómo podrían haber sido, y la teoría econométrica provee una forma ordenada de pensar en estas cuestiones. Mi objetivo, entonces, es que los alumnos desarrollen un espíritu crítico que les permita entender que, dependiendo del contexto, las herramientas econométricas pueden andar bien, mal, más o menos o espantosamente. En este marco es que este capítulo intenta dudar de todo, aun de cosas muy básicas y atávicas como el teorema de Gauss Markov. Pero espero que entiendan que es parte de una estrategia docente, como la del profesor de tenis que te devuelve la pelota a tu lado flojo (como digo más adelante), y que juego cuando a mis alumnos les agarra el ataque de dogmatismo, como cuando mi compañero decía, inocentemente, que “todo es GMM”. Ahí vamos.

MULTICOLINEALIDAD, MICRONUMEROSIDAD Y MACROESTUPIDEZ

Judge le dedica un largo capítulo. Wooldridge, solo algunas páginas. Johnston y Di Nardo solo mencionan el problema en una nota marginal al pie. ¿Es realmente un problema la multicolinealidad?

A los olvidadizos les recuerdo que la multicolinealidad se refiere a una situación en la cual en un modelo econométrico una de las variables explicativas se puede obtener como una combinación lineal y exacta de las otras. Por ejemplo, si en un modelo de consumo las variables explicativas fuesen el ingreso medido en pesos y el ingreso en dólares, claramente esto implica una violación al supuesto de “no multicolinealidad”, ya que la segunda variable es simplemente el ingreso en pesos multiplicado por un número. Menos trivialmente, también violaríamos este supuesto si en un modelo de rentabilidad de empresas incluyésemos como variables explicativas el activo, el pasivo y el patrimonio neto, toda vez que, desde Fray Luca Pacioli, el primero es igual a la suma de los otros dos. Intuitivamente, el supuesto de no multicolinealidad implica que uno no debe incluir variables irrelevantes. Por ejemplo, está clarísimo que, si incluimos el ingreso en pesos y en dólares, resultará imposible alterar el primero y dejar el otro quieto, ya que uno es esencialmente el otro. En algún lenguaje moderno, el supuesto de no multicolinealidad es “el” supuesto de identificación del modelo lineal.

Agrega a la confusión un problema que podría resolverse semánticamente. En el contexto antes explicado, la multicolinealidad es como el embarazo: hay o no hay multicolinealidad, sin ninguna alternativa intermedia, más o menos en el mismo sentido en el que una chica no puede estar “un poquito embarazada”, lo está o no. Cuando hay multicolinealidad, en la jerga se dice que hay “multicolinealidad exacta”, lo cual implica una violación flagrante a los supuestos clásicos del modelo lineal. Las consecuencias son gravísimas, al punto tal que es posible mostrar que los parámetros del modelo no están identificados y que el estimador de mínimos cuadrados ni siquiera existe. Es el fin del mundo econométrico. A los ojos de muchos (posiblemente, de los autores que le dedican un espacio ínfimo al tema), se trata de un supuesto tan fundamental y de consecuencias tan severas que ni siquiera tiene mucho sentido discutir sus violaciones.

Ahora, en la práctica mucha gente habla de “multicolinealidad alta”, terminología que hace referencia a una situación en donde la correlación entre las variables explicativas, si bien no es exacta, es “alta”. Es algo así como la versión econométrica de estar un poquito embarazada.

La confusión viene del hecho de que los practicantes de la econometría mezclan la multicolinealidad en sí misma (correlaciones entre variables explicativas) con sus consecuencias (varianza alta). Confunde al recién llegado a la disciplina el hecho de que la multicolinealidad alta (no exacta) no viola ningún supuesto del teorema de Gauss Markov (TGM), de modo que el estimador de MCO sigue siendo el de varianza mínima en la clase de estimadores insesgados. La postura de quienes ignoran el tema tiene que ver con que, si no hemos violado ningún supuesto, nada hay por hacer. Como dicen los norteamericanos, no hay que arreglar lo que no se ha roto.

Y aquí viene la trampa: el TGM jamás dice que la varianza del estimador mínimo cuadrático es alta o baja, tan solo que es mínima, lo cual no implica ninguna contradicción, más o menos en el mismo sentido en el que el mejor plato de un restaurante pésimo no tiene por qué ser bueno. La multicolinealidad plantea una situación en donde puede ser que el estimador de MCO sea óptimo y así todo sea una porquería. Esto explica por qué varios libros implícitamente sostienen la postura de que “si no levantamos ningún supuesto, el TGM funciona, y ergo, no hay que hacer nada, salvo joderse”. Desde esta perspectiva, la multicolinealidad alta es una característica del modelo, como el pelo rubio o castaño de las personas, y la mala o buena performance del método de mínimos cuadrados es una consecuencia de esto y deja inalterado que sea, en su contexto, el mejor.

Resolver el “problema de multicolinealidad” agregando observaciones (como muchos plantean) es como meter al niño en un freezer para que le baje la fiebre. Es actuar sobre las manifestaciones del problema (varianza elevada), además de llevar a preguntarse (de ser factible esta vía) por qué cuernos uno tenía acceso a información adicional y no la usaba antes, situación que se dirime con terapia o pastillas, y no con un texto de econometría.

En un ingenioso tratamiento (un capítulo de su notable libro A Course in Econometrics), Arthur Goldberger dice que, si a uno le preocupa la multicolinealidad, debería preocuparle del mismo modo el problema de tener pocos datos, ya que ambas cuestiones se manifiestan exactamente de la misma forma: aumentan la varianza del estimador. Mofándose de la profesión, Goldberger argumenta que el problema de “n chico” ha sido olvidado por no haber recibido una denominación pretenciosa y sofisticada como su problema hermano (multicolinealidad), de modo que, magistralmente, sugiere atacar esta cuestión semánticamente, y propone el ampuloso vocablo “micronumerosidad” para referirse a esta cuestión. He aquí a Goldberger en uno de sus muchos raptos de lucidez, y con un humor inusitado en nuestra profesión (traducción mía, del original de Goldberger):

3. Tests de micronumerosidad

Los test de micronumerosidad requieren un uso sensato de varios dedos. Algunos investigadores prefieren uno solo, otros usan los de los pies, y algunos también usan los pulgares. Una regla confiable consiste en contar el número de observaciones. En la mayoría de las situaciones prácticas en econometría, cuando n está cerca de cero, también está lejos de infinito. Existen algunos métodos que proponen valores críticos n*, de modo que la micronumerosidad es un problema solo si n es menor que n*, pero estos procedimientos son cuestionables.

Y he aquí mi contribución a la causa. Como todos sabemos, una tercera fuente de varianza alta es el tamaño de la varianza del error, o sea, la medida de nuestra ignorancia, aquello que fue relegado, justamente o no, a esta bolsa de gatos que denominamos “término de error”, y que ahora está de moda llamar “heterogeneidad no observable”. Su varianza, entonces, es algo así como la medida de nuestra impericia, aquello que nuestro conocimiento no puede o quiere meter en el modelo. Entonces, una forma de compensar la multicolinealidad es atacar lo que en el espíritu semántico de Goldberger denominaremos “macroestupidez”, medida apropiadamente por la varianza (o el desvío estándar) del término aleatorio, estimable mediante el uso de herramientas computacionales de amplia disponibilidad. Es fácil derivar algunos corolarios simples, por ejemplo: si la macroestupidez es cero, el problema de micronumerosidad solo requiere (bajo algunas condiciones simples) tantas observaciones como parámetros a estimar, y no más.

Termino con una anécdota. Hice mi primera presentación como econometrista en la Universidad de Wisconsin, en Madison, allá por el 1996, más o menos, en el congreso del Midwest Econometrics Group. Anil Bera, mi director de tesis, me “engañó” diciéndome que él iba a presentar nuestro paper (con Mann Yoon) y una semana antes me dijo que yo lo debía hacer, favor por el cual en su momento lo quise matar, pero que, retrospectivamente, le agradeceré de por vida. Pasé una semana sin dormir preparando puntillosamente mis slides. El día de mi presentación el auditorio estaba lleno, con Jeffrey Wooldridge y el temible Chuck Manski en primera fila. Antes de mi presentación, en el coffee break, se me acerca un viejito canoso, con remera negra, jeans y zapatillas All Star, y muy simpáticamente me extiende su mano y me dice: “Hola, soy Art Goldberger”. Y a mí se me vino el mundo abajo: había conocido a uno de mis ídolos.

Referencias

Johnston, J. y DiNardo, J., 1997, Econometric Methods, 4ta. Ed., McGraw Hill, Nueva York.

Judge, G., Griffiths, W., Carter Hill, R., Lutkepohl, H. y Lee, T., 1985, The Theory and Practice of Econometrics, Wiley, Nueva York.

Goldberger, A., 1991, A Course in Econometrics, Harvard University Press, Cambridge.

Wooldridge, J., 2012, Introductory Econometrics: A Modern Approach, 5ta. Ed., Cengage Learning, Nueva York.

FUCK GAUSS MARKOV

Puede ser una estrategia de marketing, tanto como decir que Borges escribía unos simpáticos cuentitos metafísicos. Y posiblemente lo sea. Pero, si sirve para desmitificar a algún intocable de la econometría con olor a naftalina y hacer pensar a los alumnos (más que memorizar y repetir como loro), valga la chanza. No le voy a pedir perdón ni a Gauss ni a Markov: ninguno de ellos pasó a la historia por el “teorema de Gauss-Markov” (TGM), en el mismo sentido en que Michael Jordan tampoco lo hará por sus incursiones en el golf.

El problema con el TGM es que no dice lo que uno querría que dijera: que, bajo ciertas condiciones, el estimador MCO es el mejor. Peor aun sabiendo que lo mejor no es necesariamente bueno (como hablásemos anteriormente), querríamos que el TGM nos dijera que el método de MCO es bueno, y que nos diera una justificación para usarlo. Entonces, como con los carbohidratos o Ricardo Arjona, es el abuso y no el uso lo que daña y agiganta artificialmente la relevancia del TGM. Y este es el tema de esta sección: darle al teorema la importancia que se le debe, ni más ni menos.

El TGM no dice que el método de MCO es el mejor estimador. La estadística clásica tiene serios problemas en garantizar la existencia de un “mejor estimador”, así nomás (técnicamente, en términos uniformes), sin imponer restricciones. Ni siquiera dice que sea el mejor estimador insesgado. Y aun cuando lo dijese, deberíamos discutir si es interesante (o no) que un estimador sea insesgado, cuestión a la que le dedicaremos una sección entera más adelante y que, a la luz de la enseñanza dogmática de la estadística en economía, es como preguntarle a un alumno si opina que sus padres son realmente sus padres. Y deberíamos discutir también si la noción de “mejor” estimador (y, si vamos al caso, de bueno y malo) es medible solo a través de su varianza. Desde cierto punto de vista, reducir la apreciación de la calidad de un estimador insesgado a que su varianza sea chica o grande es como creer que un autobús escolar (de esos amarillos que hay en EEUU) es mejor que una Ferrari solo porque es más grande. Aclaremos. La propiedad de varianza pequeña es claramente deseable, pero no es la única. Por ejemplo, la de robustez es también otra característica interesante que un estimador debería poseer y tiene muy poco que ver con que la varianza sea alta o baja.

El TGM dice, ni más ni menos, que el estimador de MCO es el de varianza mínima en la clase de estimadores lineales e insesgados. Que no es poco, pero tampoco es demasiado. La clase de estimadores insesgados posiblemente sea interesante. Pero ¿la clase de estimadores lineales? ¿En serio? ¿Para qué quiere uno que el estimador sea lineal? ¿Para sacar cuentas más rápido? ¿Para pasar las esperanzas a través de funciones lineales? ¿Para deducir normalidad, ya que toda función lineal de una variable normal también lo es? Posiblemente. Son todas ventajas analíticas, pero difícilmente sean conveniencias conceptuales, como la insesgadez. Decir que el método de MCO es el mejor estimador lineal e insesgado es como decir que tal vino es el mejor vino antimagnético, o que tal raza de perro es buena porque su nombre no contiene la letra “t”. En definitiva, mi problema con el TGM es que muchos alumnos creen que justifica el uso de MCO, pero solo lo hace en términos relativos. O sea, el TGM dice que el estimador de MCO es óptimo: a) en un sentido muy particular (varianza mínima) y b) dentro de una clase de estimadores que no es necesariamente interesante (la de los lineales e insesgados).

Ahora, hablemos bien del TGM. Es un “teorema chusma” (chusma (arg.): ‘que habla mal de otro y en su ausencia’), como esas viejas vecinas de barrio que tienen demasiado tiempo libre. En general, el TGM sirve para descartar otras estrategias lineales e insesgadas. Por ejemplo, bajo los supuestos clásicos, el método de mínimos cuadrados ponderados no puede ser mejor que MCO (porque por el TGM el mejor es MCO), bajo exogeneidad, el método de variables instrumentales no puede ser mejor que MCO, etc., etc., lo cual no es poco.

Hace unos meses puse en Yahoo Answers la pregunta: “¿Por qué es importante el TGM?”, y la respuesta más votada es: “Porque lo dice mi profesor de econometría”. Y esto es lo que quiero desterrar e invitar al lector a que me acompañe en esta cruzada. ¿Es el TGM un teorema importante? Sí. Es casi lo mejor que se puede decir de MCO en muestras fijas y sin suponer normalidad. ¿Es tan importante? No, porque es realmente poco lo que puede decir, o en todo caso, el TGM será tan importante como relevante sea la clase de estimadores insesgados y lineales, y como efectiva sea la varianza como medición de la calidad de un estimador.

Dedico mucho tiempo en mis clases al TGM, lo demuestro con detalle y lo discuto, a veces en los términos heréticos de esta sección. A veces ando con ganas de eliminarlo por completo, pero lo dejo, porque me da lástima y porque me parece que es una buena gimnasia econométrica. Y para pasar el mensaje de que jamás la relevancia de un resultado es “porque lo dice el profesor”. No crean todo lo que dicen por ahí. Ni lo que dice esta sección.

Referencia

Gauss, C., 1987, Theory of the Combination of Observations Least Subject to Errors: Part One, Part Two, Supplement, Society for Industrial and Applied Mathematics, Filadelfia. Resulta muy instructivo mirar el trabajo original de Gauss. El contexto y la notación son completamente distintos, pero realmente vale la pena el esfuerzo.

MAMÁ, MAMÁ, MI MODELO TIENE HETEROCEDASTICIDAD

Una vieja chanza de la estadística dice que los científicos aplicados creen en la distribución normal porque piensan que es un hecho de la matemática, mientras que los matemáticos creen en ella porque piensan que es un fenómeno aceptado en la ciencia aplicada.

Tengo la impresión de que algo similar pasa con los así llamados “supuestos clásicos” en econometría. Los estudiantes y practicantes tienden a darle importancia porque creen que es algo que los econometristas teóricos juzgan relevante, y estos últimos parecen respetarlos porque creen que a los economistas aplicados les son importantes. ¿Son los supuestos clásicos algo relevante a la teoría o a la práctica de la econometría? Se agrega a esta disquisición una tercera dimensión: puede que sea cierto que estos supuestos (y el modelo al cual conducen) sean relevantes en un sentido pedagógico; quizás es más útil comenzar por una estructura simple y no necesariamente realista, y luego pasar a alguna más compleja y posiblemente más apropiada para la realidad. Más o menos por las mismas razones que la física empieza con el poco realista “movimiento rectilíneo uniforme”, para luego construir un castillo que conduce a la mecánica clásica y tal vez a la física cuántica.

Más allá de estas disquisiciones, el grueso de la práctica econométrica se basa en la estimación mínimo cuadrática del modelo lineal, usando herramientas estándar (como los estadísticos “t”) a fin de evaluar hipótesis simples o construir intervalos de confianza. Los economistas tenemos una relación casi atávica con esta simple estructura, y siempre que pareció que la íbamos a abandonar, algún evento nos devolvió al vientre materno. Cuando los modelos macroestructurales amenazaron al modelo simple estimado por MCO, los vectores autorregresivos (estimados ecuación por ecuación por MCO) nos devolvieron a la realidad. Lo mismo ocurrió con la “revolución de credibilidad” (encabezada por Joshua Angrist y sus coautores), que sugirió que utilizar modelos más complejos que el combo “modelo lineal / MCO” era inútil como esterilizar un cuchillo para asesinar a un tipo, en el sentido de que cualquier sofisticación econométrica tiene un impacto menor (si alguno) en comparación con prestar atención a la estructura de identificación del problema en cuestión.

Tengo la impresión de que chequear los supuestos clásicos es como verificar si en la práctica se da el movimiento rectilíneo uniforme de la secundaria. Es más seguro pensar que no. De modo que la preocupación no es si se cumplen o no (no se cumplen), sino cuáles son las consecuencias, cuantitativas y cualitativas, de que no se cumplan. Hacer un test de heterocedasticidad en un corte transversal es más o menos como hacerle un test de embarazo a un tipo: ya sabemos la respuesta antes de hacer el test (hay heterocedasticidad). Entonces, la utilidad de un test de heterocedasticidad no es ver si simplemente la hay o no, sino si existe algún patrón de heterocedasticidad que sea relevante evaluar desde un punto de vista económico, quizás en términos de heterogeneidad, es decir, ver la presencia de heterocedasticidad no como una patología, sino como un fenómeno conceptual relevante. De esto mismo se dio cuenta David Hendry casi 40 años atrás en términos de la autocorrelación: la pregunta de si hay autocorrelación o no no es relevante en sí misma, sino desde un punto de vista de incorrecta especificación dinámica, de modo que la presencia de autocorrelación no debería conducir a “corregir la autocorrelación” sino a repensar la estructura dinámica del modelo, cuya mala especificación conduce a la autocorrelación. Este es el gran aporte a la causa de la así llamada escuela de econometría dinámica encabezada por Hendry.

El pragmatismo vigente se basa en que hacer las cosas bien es estimar consistentemente los parámetros de interés y luego poder hacer una “inferencia válida”. De ahí que, mayoritariamente, la profesión haya gravitado hacia el método de MCO acompañado de un estimador robusto de la varianza, como el de White, que es consistente haya heterocedasticidad o no. En este marco, ¿qué rol cumple el supuesto de normalidad? ¿Y el de heterocedasticidad? ¿Y el de linealidad? El de normalidad, a nadie le importa, si va a confiar en una teoría asintótica. El de heterocedasticidad, tampoco, ya que el estimador MCO y el estimador robusto son consistentes independientemente de este supuesto, precisamente. ¿Y el de linealidad? Vamos, con un R2 tan bajo (común en economía), ajusta tan mal una recta como cualquier curva suave, por compleja que sea.

Aquí coincido con el reciente texto de Bruce Hansen, en el sentido de que “chequear los supuestos” es importante en la medida en que las hipótesis nula y alternativa detrás de los supuestos sean relevantes desde un punto de vista económico y no estadístico. En este marco, la pregunta sobre la heterocedasticidad es relevante si sugiere heterogeneidad; la de correlación serial, si apunta a una dinámica más rica; y la de no normalidad, si habla de no observables asimétricos o de colas pesadas, o con fines predictivos, como es de interés en finanzas.

Quizás haya llegado la hora de abandonar los supuestos clásicos, y con ellos el teorema de Gauss Markov. A la larga, las consecuencias de que los supuestos clásicos no valgan no parecen ser terriblemente graves, y las ganancias de que se cumplan son bastante pobres (como pobre es el teorema de GM, como discutimos anteriormente). Quizás en algún momento haya reales ganancias de eficiencia en explotar las violaciones a los supuestos clásicos, es decir, acciones tales como implementar el método de mínimos cuadrados generalizados bajo heterocedasticidad. Pero, así como están las cosas, la estructura pedagógica del “modelo lineal bajo los supuestos clásicos” parece darse de patadas con la práctica habitual econométrica.

¿No habrá llegado la hora de una nueva forma de enseñar econometría?

Referencias

Angrist, J. y Pischke, J., 2010, The credibility revolution in empirical economics: How better research design is taking the con out of econometrics, Journal of Economic Perspectives, 24(2), 3-30.

Hansen, B. 2015, Econometrics, mimeo. Disponible en http://www.ssc.wisc.edu/~bhansen/econometrics/.

Hendry, D. y Mizon, G., 1978, Serial correlation as a convenient simplification, not a nuisance: Acomment on a study of the demand for money by the Bank of England, Economic Journal, 88(351), 549-63.

UN AÑO SIN EL R2

Supongamos que viene nuestro hijo (hermano, amigo, lo que sea), de 16 años y nos dice “me saqué un 10 en un examen” (cuyas calificaciones van de 0 a 10). ¿Es una buena noticia? Bueno, si es en uno de Mecánica Cuántica, del doctorado en Física, seguro. ¿Y si el tipo volvió a sentarse con los niñitos de la primaria y tomó el examen de Matemática de primer grado? Mmmm. Esta ambivalencia de reacciones debería provocarle a uno la noticia de que el modelo que acaba de estimar tiene un R2 alto.

Como todos sabemos, el R2 es una medida de la contribución relativa del modelo lineal estimado por el método de mínimos cuadrados. Relativa a un modelo naive consistente en la media muestral de la variable de interés.

El R2 es una medida de calidad en relación con la pregunta que uno se hizo inicialmente, es decir, el R2 no juzga la respuesta ni la pregunta, sino la adecuación de la respuesta a la pregunta. Por ejemplo, si en un modelo la variable explicada es el activo de una empresa, y las variables explicativas son el pasivo y el patrimonio neto, a menos que cometamos algún error al ingresar los datos, el R2 será exactamente igual a uno. Es decir, el modelo proporciona una respuesta perfecta a una pregunta demasiado estúpida: siempre el activo es igual al pasivo más el patrimonio neto, por lo menos desde la época de fray Luca Pacioli, como discutimos antes. En el otro extremo está cualquier modelo de economía laboral, que aun con miles de datos no puede proporcionar un R2 mayor a 0.3. ¿Cuál de los dos modelos es mejor? Comparar modelos nada más que sobre la base del R2 es como comparar coches sobre la base de su tamaño. Sin otra mención en particular, creer que un modelo es mejor que otro porque tiene R2 más alto es como creer que un desvencijado ómnibus es mejor que un Porsche solo porque es más grande.

La enorme popularidad del R2 tiene que ver con hacerles creer a los principiantes que se trata de “la” medida de calidad. La estadística clásica tiene enormes dificultades en definir con precisión qué significa que un modelo sea bueno y, de hecho, recurre a un conjunto de propiedades deseables, dejándole al usuario que defina (explícita o implícitamente) su mapa de preferencias sobre ellas, por ejemplo, si es preferible más sesgo que varianza o que un estimador sea robusto o no.

Cualquier modelo es obviamente erróneo como representación de la realidad, y la discusión de si es bueno o malo es, en realidad, una discusión de si es útil o no, en el sentido de lo que decía George Box, eso de que “todos los modelos están mal, pero algunos son útiles”. En el caso de las ecuaciones de Mincer, ¿es el R2 igual a 0.3 bajo? Depende. Depende de para qué se quiera usar al modelo. Si es para estimar el efecto de la edad sobre los salarios, posiblemente el modelo sea excelente, a juzgar por la ínfima varianza con la que dicho efecto puede ser estimado. Ahora si el objetivo es usar el modelo para predecir salarios, el modelo es bastante malo. No existe forma de decir si 0.3 es bajo o alto, a menos que explicitemos qué pretendíamos del modelo. En el caso de los activos antes mencionados, un R2 de 0.99999 es patéticamente bajo: ya sabíamos cómo funcionaba el modelo sin necesidad de estimar absolutamente nada.

A veces pienso si no es mejor tirar el R2 a la basura en la enseñanza de la econometría básica. Sí, ya sé que hay mucho para perder. Pero también hay para ganar, para que el alumno focalice en la complejidad de evaluar multidimensionalmente si un modelo es bueno o no, en particular sobre la base de los objetivos que se propuso con la estimación del modelo.

El mejor favor que alguien me ha hecho es enseñarme a afinar mi guitarra a oído. Una vez que me acostumbré a confiar en mi oído interno, mi afinador electrónico Korg y yo convivimos en sana armonía. El R2 es una característica del modelo, que aun cuando sea elevado, puede dejarnos tan lejos de un buen modelo como el tocar afinado está de tocar bien la guitarra.

CAPÍTULO 2:
EL PAPER DE UN SOLO NÚMERO (COMUNICAR Y LEER LA ECONOMETRÍA)

Siempre me llamaron la atención esas aseveraciones reduccionistas del tipo “el 75 % del cuerpo humano es agua” o “la fotografía es solo luz”. Está casi en la esencia del ser humano reducir lo complejo a unas pocas causas elementales, y posiblemente la historia del conocimiento se pueda contar desde esta perspectiva. En el otro extremo, decir que “El fantasma de Canterville”, el genial cuento de Oscar Wilde, es una afortunada combinación de letras y espacios es brindar una representación realista pero muy poco afortunada acerca de su creatividad.

Trasladada esta cuestión a la disciplina que nos convoca —la econometría—, cuando me agarra el ataque reduccionista pienso que lo que a la larga hacemos es comunicar. Cualquier profesor universitario de tiempo completo, como yo, dedica tiempo a investigar, enseñar y gestionar, en proporciones que a veces son de difícil balanceo. Pero, si algún espía se dedicase a observar pasivamente lo que hago, notaría que el grueso del día estoy involucrado en algún evento comunicacional. Las fotos o la película que este agente secreto obtendría (aburridísima, por cierto), me mostrarían hablando con colegas, escribiendo o mirando en mi computadora, dictando clase o leyendo libros, papers o notas.

Como todos sabemos, la ciencia es un evento social; existe tal cosa como “la comunidad científica”, que requiere constantemente nuestra interacción. Y en este contexto opino que a veces los científicos llevamos la cuestión comunicacional a un extremo: la ignoramos, le damos un espacio mínimo y marginal frente a “la” actividad central, que es la investigación o el aprendizaje. Una de las sorpresas que me dio esta profesión tiene que ver con la importancia clave de comunicar correctamente. Como digo más adelante, mientras era estudiante (y aun ya avanzado en mi doctorado), pensaba que las cuestiones comunicacionales eran un ejercicio de poca monta. En esa época idealizaba la creación de ideas, la resolución de ejercicios o exámenes, y pensaba que primero venían las ideas y que el hecho de comunicarlas correctamente era una consecuencia natural y simple de haber pasado esta etapa. Tuve la enorme fortuna de que quienes me formaron me explicasen, explícita o tácitamente, que la generación de ideas y su comunicación son actos simultáneos. Creer que uno puede pensar primero y comunicar luego es, a mi entender, un severo error de principiantes.

No me jacto de comunicar bien (mi educación barrial me impide hablar bien de mí mismo), pero creo que lo hago mucho mejor que lo que lo hacía cuando empecé en esta profesión. Y debo este aprendizaje a dos factores. En primer lugar, a varios de mis maestros, al ver cómo ellos prestaban puntillosa atención a las cuestiones comunicacionales. En las cuestiones de escritura, menciono a Roger Koenker y Anil Bera, sobre todo a este último, con quien tuve la fortuna de escribir varios artículos. Con Anil me pasa siempre lo mismo: yo le entrego lo que opino que es una versión definitiva y final de algún paper que estamos escribiendo, para que Anil me lo devuelva días después repleto de anotaciones y modificaciones de escritura, en el 90 % de los casos, acertadas; de él aprendí a ser extremadamente meticuloso con la escritura. En segundo lugar, tengo una enorme colección de libros de econometría, intento comprar todos los libros relevantes que se publican, algunos los leo con detalle, y otros no, solo lo suficiente para saber su contenido y darme cuenta de cómo pueden ayudarme. Y los consulto permanentemente, intento ver cómo fueron escritos, qué cosas me gustan y cuáles no.

Este capítulo, entonces, se refiere a las cuestiones comunicacionales en econometría. Me referiré a libros, a cuestiones de presentación oral y escrita, y a otras intangibles y poco mencionadas en el fárrago de teoremas y computadoras que pueblan nuestra disciplina. Verán que estas discusiones a veces son un poco subjetivas, algo así como la kriptonita de los científicos, que huimos despavoridos cuando las cosas se abren demasiado a la opinión. Quizás este capítulo sea mi modesta reacción a la frase “sobre gustos no hay nada escrito”. Como dijo alguien por ahí, yo creo que sobre gustos hay mucho escrito, pasa que nadie lo lee. Triste derrotero.

SOY EL ROBERTO CARLOS DE LA ECONOMETRÍA
(¡TENGO UN MILLÓN DE LIBROS!)

El matemático y educador francés Serge Lang decía que el mejor libro de análisis real (su especialidad, una especie de cálculo avanzado) es el cuarto que uno lee. Me animo a aventurar que lo que quiso significar es que las cosas complejas no pueden aprenderse ni linealmente ni en forma continua. El proceso de aprendizaje implica una suerte de lucha grecorromana, de giros, vueltas y contravueltas, el cual resulta imposible de enfrentar con una única herramienta ni en ningún orden específico. Agrega a la complicación el hecho de que somos bastante heterogéneos en cuanto a gustos y circunstancias; ciertas estrategias nos quedan más cómodas a unos que a otros. En este marco, hablar de “el mejor libro de econometría” es, en el mejor de los casos, imposible y, en el peor, innecesario, porque dicha apreciación depende de un proceso de “dependencia de sendero” (como se sigue de lo de Lang), en el sentido de que lo que opinemos del segundo libro de econometría no es independiente del primero que hayamos leído, y viceversa.

En mi experiencia, en cada etapa que he pegado un salto en mi aprendizaje, siempre me funcionó rodearme de varios libros, a fin de tener visiones alternativas que se complementasen y sustituyesen, de modo que una me permitiese tomar partido (confirmando o refutando) lo que había chequeado en la otra. Nunca trabajé con un solo libro, sino con varios a la vez. O, en todo caso, uno de los libros fue usado como guía y el resto como material alternativo. Si a esto se agrega un grupo de amigos o compañeros que contribuyan a la discusión, un buen profesor que motive, discuta y explique, y quizás alguna herramienta computacional que permita tener alguna perspectiva operacional de lo que uno está estudiando, el coctel es explosivo. En mi experiencia, se aprende muchísimo de esta estrategia de tipo Blitzkrieg, en donde un tema es abordado simultáneamente, con varias fuentes y personas. Desde esta perspectiva es que me permito opinar sobre el stock de libros de econometría.

Básicos

Wooldridge es un gran texto, un poco voluminoso, que consigue tener una perspectiva moderna y a la vez pragmática de la econometría actual. En esta línea también me gusta mucho el libro de Stock y Watson. Formalmente ambos se han adaptado a una tendencia reciente en la enseñanza norteamericana que consiste en requerir casi nada de álgebra y cálculo, lo cual a veces genera cierta incomodidad para el resto de los sistemas educativos. Pero me deja tranquilo que ambos textos no hayan perdido rigor científico al adoptar esta postura.

Intermedios

No resulta claro que realmente existan textos “intermedios”, algo así como el equivalente econométrico del libro de Silberberg en microeconomía. Es decir, textos modernos que usen enfáticamente cálculo y álgebra, que tengan alguna discusión intuitiva, pero sin el énfasis ni la generalidad de un texto de posgrado. Nuevamente, creo que esto se debe al hueco que deja la academia americana entre el grado y el posgrado, relegando así las estructuras educativas más afines a la academia europea y quizás latinoamericana. En este contexto, la tercera edición de Johnston (no la cuarta, como discutimos anteriormente) puede ser útil. También me gusta un oscuro libro de Stewart Gill, escrito para el mercado inglés, que maneja un buen balance entre técnica e intuiciones. Insisto en que ambos están un poco desactualizados, y mi recomendación es trabajarlos para algunas cuestiones formales, confiando en las discusiones conceptuales de los “básicos”, recomendados anteriormente.

Series temporales

Si bien ya un poquito desactualizado, el libro de Hamilton es realmente bueno. Su tamaño y notación asustan, pero es porque Hamilton tiene una tendencia a sobreexplicar las cosas. Es decir, trata con mucho detalle varios casos cuando quizás entendiendo uno con detalle, el resto es una suerte de réplica. El libro de Enders es recomendable, ciertamente en un nivel técnico muy inferior al de Hamilton. También me ha gustado el libro de Lutkepohl. Para un tratamiento clásico (sin cointegración ni raíces unitarias), el texto de Brockwell y Davis me ha sido muy útil, si bien requiere una sólida espalda probabilística y matemática, incluyendo espacios de Hilbert.

Avanzados

Nuevamente, el texto de Wooldridge (ahora, el de posgrado) es altamente recomendable. Me gusta su elección del contexto de “m-estimadores” para diseñar una teoría asintótica abarcadora. Aclaro. La mayoría de los textos avanzados adopta un enfoque de “estimadores extremales” que, a mi juicio, es un poco demasiado genérico para un curso de posgrado. El enfoque de Wooldridge es, a mi parecer, más sensato. El de Hayashi me gusta también, de hecho, es el que yo uso en mi curso de PhD en Illinois, si bien hay que manejarlo con cuidado, ya que tiene un gusto demasiado a GMM, además de que discrepo del hecho de tratar de entrada el caso dependiente y heterogéneo, ya que a mi juicio solo complica la notación sin agregar demasiadas ideas concretas. El viejo libro de Davidson y MacKinnon (el de 1993) es una joya. El más reciente es interesante, pero su apego a cuestiones muestrales oscurece algunas decisiones. Me han gustado mucho las notas de clase de Bruce Hansen y de Joris Pinske, ambas enfatizan una aproximación “población primero” que creo que es muy saludable. El libro de Cameron y Trivedi también es muy recomendable en este nicho.

Específicos

El texto de quantile regression de Roger Koenker me encanta. Al igual que el de GMM de Alastair Hall, o el de nonparametrics de Qi Li y el inefable Jeff Racine. También el libro de Campbell, Lo y MacKinlay sobre econometría financiera. En cuanto a “notas” me gustaron las de Joel Horowitz sobre semiparametrics, y el capítulo de teoría asintótica de Newey y McFadden, en el volumen 4 del Handbook of Econometrics. Me encanta el libro de White sobre teoría asintótica. “El” tratamiento abarcador sobre datos en paneles, todavía está por escribirse, con mis perdones a colegas que admiro como Arellano, Baltagi y Hsiao, que han hecho un notable esfuerzo. Si bien no lo considero un libro de econometría, el de Angrist y Pischke es realmente bueno y provocador. El de Myoung-jae Lee sobre variables limitadas es realmente bueno.

Clásicos

El libro de Peter Schmidt (Econometrics) fue todo un avance en la profesión, ya hemos hablado de él. Lo mismo que el texto avanzado de Amemiya. Es muy interesante mirar el libro clásico de Henri Theil.

Punk Econometrics

Algunos libros patean el tablero y por eso me gustan. El libro de Arthur Goldberger se adelantó unos 15 años a la presentación “población primero” de estos tiempos; ya hemos discutido un ejemplo concreto sobre su radical visión de la multicolinealidad. El de Dale Poirier es sumamente provocador, desde una perspectiva bayesiana. El extraño libro de Franco Peracchi (que intenta abarcar toda la econometría habida y por haber, cosa que merece mi admiración) tiene algunas partes realmente buenas, si bien es muy difícil de manejar.

Gemas

El libro de Pudney (The Econometrics of Corners, Kinks and Holes) es tan provocador como su título, no sé por qué no ha tenido el reconocimiento que se merece. El de Berndt (The Practice of Econometrics) se queda a medio camino, pero da en el clavo: presenta primero el problema económico y luego la aproximación econométrica; la profesión pide a gritos una versión remozada de este gran libro. El “librito” de Manski (Identification Problems in the Social Sciences) es mucho más sutil y abstracto de lo que parece, pero enormemente revelador y provocador.

Libros de econometría que no son de econometría

El de Wickens (The Geometry of Multivariate Statistics) es una auténtica visita guiada a la trastienda del método de mínimos cuadrados. En esta misma línea (de exploración geométrica), me ha impresionado el reciente libro de Puntanen y sus coautores. El de Mardia (Multivariate Statistics) es un libro clásico que ilumina mucho sobre varios puntos ausentes en los textos de econometría. Igual que el brillante e inoxidable libro de Rao (Linear Statistical Inference and its Applications).

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Atesoro en mi biblioteca centenares de libros de econometría que me han formado en la profesión y me acompañan día a día. Cada uno fue elegido con mucho cuidado y también trabajado, algunos muy exhaustivamente, y otros, lo mínimo como para saber qué contienen y cómo acudir a ellos, de ser necesario. Una vez vi que mi amigo Héctor Chade (actual profesor en Arizona State University) estaba siempre trabajando un libro de su área (teoría económica). Me dijo que le tomaba más o menos un año interiorizarse en los detalles. Y desde ese día (hace ya más de veinte años), permanentemente hay un libro en mi escritorio, que escruto milimétricamente con lápiz y toneladas de papel. Es casi el extremo opuesto de Twitter y las charlas TED. Y lo recomiendo muy enfáticamente.

Conocí a Jeff Racine de la manera más insólita. Hace unos años, ni bien apareció su excelente texto Nonparametric Econometrics, formamos con algunos alumnos de UdeSA un grupo de estudio. Es decir, un pequeño grupo (de unas 5 personas) que se reunió semanalmente para discutir este libro en detalle durante cuatro meses, una excelente experiencia. A los cuatro meses viajé al estado de Nueva York, al congreso del New York Econometrics Group. El congreso se reunía en un lodge, al cual había que llegar tras unas cuatro horas de manejo por un bosque que se internaba en el corazón del parque Adirondack, en una gran cabaña junto a un lago, alejada (muy alejada) de toda civilización. Se trataba de un congreso pequeño, de unos 50 asistentes, todos econometristas. Llegué al hotel entrada la tarde y, luego de una informal cena, nos reunimos en el lounge del hotel para conocernos y compartir algún trago. En eso aparece un individuo alto, con un estuche de guitarra, y uno más alto todavía, afroamericano y de rotunda presencia, con un contrabajo acústico. Alguien les sopló de mi interés en la guitarra, y rápidamente me invitaron a unirme a la sesión musical, que transcurrió en la lengua franca del jazz y el blues. El guitarrista resulto ser Jeff Racine, autor del mismísimo libro que habíamos trabajado arduamente durante cuatro meses, y el contrabajista el carismático Bill Horrace, de Syracuse University, ambos grandes econometristas, personas y músicos. Desde entonces, para el mes de enero de cada año recibo un simpático e-mail de Jeff preguntándome si voy a ir al congreso, y recordándome de que no olvide mi guitarra. Posiblemente haya en YouTube algunas filmaciones de estos encuentros. Alguno de los asistentes al congreso guarda bajo cuatro llaves otras imágenes que revelarían el comprometido estado etílico de más de un econometrista famoso (ninguno mencionado en este párrafo, obviamente).

Referencias

Básicos

Stock, J. H. y Watson, M. W., 2003, Introduction to Econometrics, Addison Wesley, Boston.

Wooldridge, J. et al, 2006, Introducción a la econometría: Un enfoque moderno, 2da. ed., Thomson, Madrid.

Intermedios

Johnston, J., 1984, Econometric Methods, 3ra. ed., McGraw Hill, Nueva York. Stewart, J. y Gill, L., 1998, Econometrics, Prentice Hall, Londres.

Series temporales Brockwell, P. J. y Davis, R. A., 1991, Time Series: Theory and Methods, 2da. Ed., Springer-Verlag, Nueva York.

Enders, W., 1995, Applied Econometric Time Series, Wiley, Nueva York. Hamilton, J. D., 1994, Time Series Analysis, Princeton University Press, Princeton.

Lütkepohl, H. y Krätzig, M., 2004, Applied Time Series Econometrics, Cambridge University Press, Nueva York.

Avanzados

Cameron, A. C. y Trivedi, P. K., 2005, Microeconometrics: Methods and Applications, Cambridge University Press, Nueva York.

Davidson, R. y MacKinnon, J. G., 1993, Estimation and Inference in Econometrics, Oxford University Press, Nueva York.

Hayashi, M., 2000, Econometrics, Princeton University Press, Princeton. Wooldridge, J., 2002, Econometric Analysis of Cross Section and Panel Data, MIT Press, Cambridge.

Hansen, B., 2015, Econometrics, mimeo, disponible en: http://www.ssc.wisc.edu/~bhansen/econometrics/

Específicos

Angrist, J. D. y Pischke, J. S., 2009, Mostly Harmless Econometrics, Princeton University Press, Princeton.

Arellano, M., 2003, Panel Data Econometrics, Oxford University Press. Baltagi, B., 2008, The Econometrics of Panel Data, 4ta. ed., Wiley, Nueva York.

Campbell, J. Y., Lo, A. W. y MacKinlay, A. C., 1997, The Econometrics of Financial Markets, Princeton University Press, Princeton. Hall, A., 2005, Generalized Method of Moments, Oxford University Press, Oxford.

Horowitz, J., 1998, Semiparametric Methods in Econometrics, Springer-Verlag. Hsiao, C., 2002, Analysis of Panel Data, Cambridge University Press, Cambridge.

Koenker, R., 2005, Quantile Regression, Econometric Society Monograph Series, Cambridge University Press, Nueva York. Li, Q. y Racine, J. S., 2007, Nonparametric Econometrics: Theory and Practice, Princeton University Press, Princeton.

Myoung-jae, L., 1996, Methods of Moments and Semiparametric Econometrics for Limited Dependent Variable Models, Springer, Nueva York.

Newey, W. y McFadden, D., Large Sample Estimation and Hypothesis Testing, en Engle, R. y McFadden, D. (eds.), 1986, Handbook of Econometrics, vol. 4, Elsevier, 2111-2245.

White, H., 2001, Asymptotic Theory for Econometricians, ed. revisada, Academic Press, San Diego.

Clásicos

Amemiya, T., 1985, Advanced Econometrics, Harvard University Press, Cambridge.

Schmidt, P., 1976, Econometrics, M. Dekker, Nueva York.

Theil, H., 1971, Principle of Econometrics, Wiley, Nueva York. Punk Econometrics

Goldberger, A., 1991, A Course in Econometrics, Harvard University Press, Cambridge.

Peracchi, F., 2001, Econometrics, Wiley, Nueva York.

Poirier, D. J., 1995, Intermediate Statistics and Econometrics: A Comparative Approach, MIT Press, Cambridge.

Gemas

Berndt, E. R., 1996, The Practice of Econometrics: Classic and Contemporary, Addison-Wesley Educational Publishers, EE.UU.

Manski, C. F., 1995, Identification Problems in the Social Sciences, Harvard University Press, Cambridge.

Pudney, S., 1989, Modeling Individual Choice: The Econometrics of Corners, Kinks and Holes, Blackwell, Oxford.

Libros de econometría que no son de econometría

Mardia K. V., Kent, J. T. y Bibby, J. M., 1980, Multivariate Analysis, Academic Press.

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