Kitabı oku: «La Oración Intercesora de Cristo»

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Copyright © 1.997 por Warren W. Wiersbe

Originalmente publicado en inglés bajo el título The Intercessory Prayer of Jesus

por Baker Books, una division de Baker Publishing Group

Grand Rapids, Michigan, 49516, U.S.A.

Todos los derechos reservados.

Esta edición es publicada por

Ediciones Berea

para el mundo hispano.

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A menos que se especifique, todas las citas bíblicas son tomadas de la Santa Biblia, Nueva Versión Internacional 1.999 por la Sociedad Bíblica Internacional.

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Ninguna parte de este libro puede ser duplicada, copiada, transcrita, traducida, reproducida o almacenada, mecánica o electrónicamente, sin previa autorización de

Ediciones Berea

Editor General: Héctor Hernán Gómez Iriarte

Traducción: Adriana Marcela Aranguren Medina

Diseño de Carátula: Germán Arenas

Diagramación: Catherine Niño

Primera edición en castellano: 2.014 por

Ediciones Berea.

Calle 100 No.49-97 Int. 12-418. Tel.: (571) 257 8886

www.edicionesberea.com

ISBN: 978-958-44-1040-5

Impreso en Colombia

DEDICATORIA

Dedicado a la memoria de mi amigo Philip R. Newell, por muchos años el director de la Liga de Oración por la Gran Comisión, un hombre de oración que animó a muchos de nosotros a pedirle a Dios las cosas más importantes.

Contenido

PREFACIO

Capítulo 1

LA ORACIÓN MÁS GRANDE DE TODOS LOS TIEMPOS

Capítulo 2

LA ORACIÓN: EL ENTRENAMIENTO BÁSICO

Capítulo 3

TRES DONES EXTRAORDINARIOS

Capítulo 4

LO QUE SUCEDIÓ "ANTES DE QUE EL MUNDO EXISTIERA”

Capítulo 5

LA DINÁMICA DEL DISCIPULADO

Capítulo 6

SALVO Y SEGURO

Capítulo 7

EL HOMBRE QUE NUNCA DEBIÓ NACER

Capítulo 8

¿CÓMO QUE EN EL MUNDO?

Capítulo 9

LOS SANTOS SON MUY ESPECIALES

Capítulo 10

LOS CRISTIANOS… ¿UNIDOS O DESUNIDOS?

Capítulo 11

EL MUNDO, LA IGLESIA Y EL PADRE

Capítulo 12

LAS PRIORIDADES

PREFACIO

La hora ha llegado para que la Iglesia ponga sus prioridades en orden, y una de las mejores maneras de hacerlo es descubrir lo que era importante para Jesucristo. Juan 17, la Suprema Oración Sacerdotal de nuestro Señor, nos enseña sus prioridades en ese entonces y que son aplicables en nuestros días.

Este libro no es una exposición detallada de Juan 17, sino un estudio práctico de los principales temas de esta profunda oración. Mucho de este material fue presentado en la radio, en el programa “La Biblia dice” (durante febrero y marzo de 1982). Sin embargo, yo he notado que es posible escribir cosas en un libro que no pueden ser expresadas al aire.

Mi oración es que Dios utilizará estos estudios para llevar a la iglesia a retornar a su curso. Hay un precio que pagar, pero habrá un precio mayor si continuamos a la deriva.

Cada uno de nosotros debe hacer su parte, sin importar el costo.

Warren W. Wiersbe

Capítulo

1

LA ORACIÓN MÁS GRANDE DE TODOS LOS TIEMPOS

"Algunos hermanos oran largamente; pero la verdadera oración es medida por su peso y no por su longitud."

Así habló el predicador bautista británico Charles Haddon Spurgeon; ¡y tiene razón! La oración más grande de todos los tiempos está en Juan 17, y se toma aproximadamente seis minutos para leerla de manera reverente y en voz alta. ¡No es muy larga, pero ciertamente tiene mucha profundidad y peso! Según el Dr. Herbert Lockyer Sr., hay 650 oraciones registradas en la Biblia, pero ninguna de ellas ni otra alguna registrada fuera de la Biblia, se compara a "La Suprema Oración Sacerdotal" de nuestro Señor Jesucristo en Juan 17.

¿Qué tiene esta oración que la hace tan grande? Permítame sugerirle cuatro razones:

1. Es grande debido a quién hizo la oración.

Esta persona no es ninguna otra que Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios. Él no sólo es el Hijo de Dios, sino que es Dios Hijo, Dios eterno que vino a la Tierra en carne humana, pero sin pecado.

Cada uno de los cuatro Evangelios tiene un énfasis propio: el de Mateo es Cristo como Rey, el Mesías prometido en las Escrituras del Antiguo Testamento; el de Marcos, es el Evangelio del Siervo y Lucas, describe al compasivo Hijo del Hombre; pero el propósito de Juan al escribir su Evangelio, fue presentar la deidad de Cristo Jesús. "Jesús hizo muchas otras señales milagrosas en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que al creer en su nombre, tengan vida" (Juan 20:30-31).

Esto explica por qué Juan incluyó esta oración en su Evangelio, pues ella magnifica la imponente verdad de que Jesucristo es Dios eterno y casi cada versículo de Juan 17, expresa esa gran verdad.

Solamente Dios Hijo podía pedirle al Padre que lo glorificara (v.1). Moisés pidió ver la gloria de Dios (Éxodo 33:18), pero Jesús pidió recibirla y se refirió a ella como la misma gloria que Él tenía "antes de que el mundo existiera" (v.5). Sólo una persona desequilibrada o el mismo Dios Eterno, exigiría tener la gloria o cualquier otra cosa que hubiera "antes de que el mundo existiera".

Además, solamente Dios puede darle la vida eterna a los pecadores (v.2). Y note en el v.3, que Jesús se puso al mismo nivel de Dios. El pecador recibe la vida eterna cuando él llega a conocer por fe al "único Dios verdadero, y a Jesucristo..." Usted puede intentar poner allí el nombre de cualquier otro y ver si eso tiene sentido. En esta sencilla declaración, Jesús afirmó ser Dios.

Cuatro veces en esta oración, Jesús afirmó que fue Dios Padre quien lo envió (v.3, 18, 21, 25). Cualquier apóstol o profeta puede afirmar ser enviado por Dios, pero ningún ser humano podría declarar haber venido de Dios mismo (v.8; cf. Juan 16:28). Cualquier cristiano puede orar, "todo lo mío es Tuyo", pero sólo el Hijo de Dios podía agregar "y lo Tuyo mío" (v.10). ¡Jesús declaró poseer todo que el Padre poseía! Él también afirmó ser uno con el Padre (v.11 y 21).

La misma manera en que Jesús oró revela que Él es Dios. Él no empezó diciendo "Padre nuestro", sino simplemente "Padre". Jesús nunca oró diciendo “Padre Nuestro”. Jesús le dijo a María Magdalena esa primera mañana de Pascua, "ve más bien a mis hermanos y diles: 'Vuelvo a mi Padre, que es Padre de ustedes; a mi Dios, que es Dios de ustedes'" (Juan 20:17). Dios es nuestro Padre por la gracia, pero Él es el Padre de Jesús por naturaleza. Y la palabra que Jesús usó para "rogar, orar o pedir" (vv.9, 15 y 20), no es la misma utilizada para tal fin en el Nuevo Testamento; la palabra usada por Jesús significa "pedir como de un igual". Usted y yo no podríamos usarla porque no somos iguales a Dios. ¡Pero Jesús la usó tres veces! ¿Por qué? Porque Él es Dios Eterno.

En el v.24, Jesús dijo audazmente, "Padre, quiero..." (en la Versión Reina Valera, el texto se tradujo con el sentido de "querer" o "desear" desde el punto de vista de la voluntad personal). No fue una petición, sino una exigencia. Ningún creyente podría orar con ese tipo de autoridad; no sería una oración fruto de la fe sino de la presunción. Sólo Dios Hijo puede dirigirse a Dios Padre de esa manera, porque son iguales: ¡Jesús es Dios!

Hay otras evidencias de la deidad de nuestro Señor en esta oración, pero nos detendremos en el v.24: "Me amaste desde antes de la creación del mundo." Es verdad que Dios ama a su pueblo "con un amor eterno" (Jeremías 31:3), pero Él no podía expresar ese amor hasta que ellos existieran realmente en la Tierra. No obstante, el Padre amó al Hijo desde la eternidad. En el v.24 se reúnen la gloria y el amor eternos.

Si cualquier otra persona orara de esta manera e hiciera estas exigencias, concluiríamos que tal vez esté confundido o mentalmente perturbado. Sólo Jesucristo, Dios Hijo, podía orar de esta manera. Pero esta gran verdad de que Jesucristo es Dios, plantea un pequeño interrogante: ¿Por qué Dios tendría la necesidad de orar? Los Evangelios nos presentan a Jesús como un hombre de oración. Yo he contado en los Evangelios al menos diecinueve ocasiones en las que Jesús está orando. ¿No hay una contradicción aquí? No, porque durante su ministerio en la Tierra, Jesús en todo dependió totalmente del Padre. Él dijo, "Así como me envió el Padre viviente, y Yo vivo por el Padre,...." (Juan 6:57). Sus obras y sus palabras vinieron del Padre (Juan 5:36 y 14:24). Día tras día, Jesús dependió del Padre. Satanás tentó a Jesús para que usara su poder divino en Él mismo, pero Jesús no se rindió (Mateo 4:1-11).

En otros términos, nuestro Señor vivió por fe y dependió de la oración durante su vida y ministerio en la Tierra. Ahora, si Jesucristo, con todo su poder y perfección tenía que depender de la oración, ¡cuánto más usted y yo, con nuestras múltiples imperfecciones y debilidades, necesitamos depender de la oración!

El ensayista francés Montaigne escribió: "Hay pocos hombres que se atreven a publicar a todo el mundo las oraciones que ofrecen al Dios Omnipotente." ¡Jesucristo nos ha dado esta oración, y gracias a Dios que lo hizo!

2. Es grande debido al momento de la oración.

"Éste es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad." Si Neil Armstrong hubiera hecho esa declaración mientras jugaba a la rayuela con los niños del barrio, nadie le hubiera prestado atención. Pero él hizo esa declaración cuando saltó de su nave espacial para ser el primer hombre en caminar sobre la Luna. La situación le dio peso a sus palabras.

¿En qué situación se encontraba nuestro Señor y qué tenía qué ver con esta oración? Para empezar, Jesús apenas había terminado de instruir a sus discípulos (Juan 13-16). Ahora Él rogaba por ellos, porque la oración y la Palabra de Dios van juntas. Si conocemos toda la Biblia pero no nos ejercitamos en la oración, podemos tener una gran cantidad de verdad pero nada de poder. Seríamos "luz sin calor." Por otro lado, si sólo nos dedicáramos a la oración sin la enseñanza de la Biblia, estaríamos en peligro de volvernos fanáticos, "calor sin luz"! El celo es algo bueno, pero el celo sin conocimiento es generalmente destructivo.

Un balance apropiado de oración y estudio de la Biblia es muy importante para una vida cristiana equilibrada. El profeta Samuel dijo: "que el Señor me libre de pecar contra Él dejando de orar por ustedes. Yo seguiré enseñándoles el camino bueno y recto" (1 Samuel 12:23). Observe el balance entre la oración y la Palabra de Dios. "Ahora los encomiendo a Dios (la oración) y al mensaje de su gracia, que tiene poder para edificarlos y darles herencia entre todos los santificados" (Hechos 20:32). Pablo sabía la importancia del balance espiritual y también los demás apóstoles: "Así nosotros nos dedicaremos de lleno a la oración y al ministerio de la palabra" (Hechos 6:4).

La única manera en que la Palabra de Dios puede hacerse realidad en nuestras vidas es a través de la oración y la obediencia. Una razón por la que tenemos cristianos desbalanceados en nuestras iglesias es la falta de oración que refuerce el estudio de la Palabra de Dios. Es mucho más fácil lograr que los cristianos asistan a un estudio Bíblico que a una reunión dedicada a la oración, pero las dos son necesarias. Jesús enseñó a sus discípulos y después oró por ellos.

Pero esta oración no fue sólo por los discípulos; también fue por Jesús. Recuerde que Él estaba enfrentando la cruz. Cuando nuestro Señor empezó su ministerio y fue bautizado, Él oró al Padre (Lucas 3:21). A través de todo su ministerio, Él oró al Padre. Durante todo su ministerio, Él dependió de la oración. Se levantaba temprano en la mañana para orar (Marcos 1:35) e incluso oró durante toda una noche (Lucas 6:12). Él oró en el Monte de la Transfiguración (Lucas 9:28). Ahora Él estaba orando al enfrentar la agonía del Calvario.

En los primeros cinco versículos de Juan 17, Jesús ruega por Él mismo, pero eso no significa que fuera una oración egoísta. Esta es la diferencia: si Jesús no hubiera orado para que el Padre lo glorificara y lo recibiera de nuevo en el cielo, usted y yo no tendríamos hoy salvación. Al orar por Sí mismo, Jesús realmente oraba por nosotros.

Piense en lo que debe haber significado para el Salvador tener esa comunión con su Padre. La copa que Él estaba a punto de beber vendría de la mano del Padre (Juan 18:11). Llegaría la vergüenza, el dolor e incluso la muerte y la separación temporal del Padre; pero Jesús no tuvo miedo, pues con ese propósito había venido al mundo y el Padre lo vería en su gloriosa victoria.

Es interesante contrastar este tiempo de oración con algunos otros de intercesión registrados en las Escrituras. En Génesis 18, leemos que Abraham intercedió por la ciudad de Sodoma. Pero en Juan 17, Jesús intercedía por el mundo entero y moriría para salvar a los pecadores. Moisés intercedió por toda una nación, el pueblo de Israel (Éxodo 32), e incluso se ofreció a sí mismo para que ellos pudieran ser perdonados. Pero Jesús sí murió y por su muerte, todos los que confían en Él son perdonados y reciben la salvación eterna. Salomón hizo una oración extensa (1.050 palabras en algunas versiones) en su "dedicación del templo", pero la oración de nuestro Señor en Juan 17, significó la creación de un templo espiritual, la iglesia (1 Pedro 2:5).

Nuestro Señor nos da un gran ejemplo: la oración es esencial, no sólo en los asuntos cotidianos de la vida, sino sobretodo, en las crisis de la vida. Phillips Brooks dijo: "No oren por vidas fáciles, Oren por ser hombres más fuertes. No oren para que las tareas sean conforme a sus poderes. Oren para tener el poder que requieren sus tareas."

3. Es grande debido a las peticiones en la oración.

La oración que no pide nada, tampoco logra nada. Uno de los himnos populares dice:

Estamos llegando ante el Gran Rey,

Grandes peticiones hemos rogado.

Pero tales son su Gracia y Poder,

Que para Él nada es demasiado.

John Newton

Si alguna vez hubo una "oración digna de un rey", es esta de Juan 17. Aunque el bosquejo de la oración es sencillo, sus peticiones son profundas. La oración puede bosquejarse así:

1 Jesús rogó por Sí mismo (1-5).

2 Jesús rogó por sus discípulos (6-19).1. Por la seguridad de ellos (6-12).2. Por la santidad de ellos (13-19).

3 Jesús rogó por toda la iglesia (20-26).

Las peticiones en esta oración nos llevan de vuelta al principio de todo en la eternidad (v.5) y nos proyectan a la gloria futura en el cielo (v.24). Esta oración habla de la gloria del Padre y del Hijo (v.1) y de la iglesia glorificando a Dios en la tierra (v.10). Nuestro Señor menciona el amor del Padre por Él (v.24) y por los creyentes (v.23).

Cuatro palabras resumen las peticiones principales en esta oración: Gloria, Seguridad, Santidad, y, Unidad.

En los vv.1-5, Jesús pidió que el Padre le diera la gloria que le fue velada cuando vino a la tierra. Si Dios Padre no hubiera contestado esta petición, tampoco habría contestado las demás. En la siguiente sección de la oración (vv.6-19), nuestro Señor oró por sus discípulos. Él tenía dos preocupaciones: su seguridad (vv.6-12: "Protégelos") y su santidad (vv.13-19: "Santifícalos"). ¡Los discípulos serían los "pioneros" de la evangelización mundial (v.18) y necesitarían todo el apoyo en oración que pudieran tener! La última sección pone énfasis sobre toda la iglesia (vv.20-26) y la principal petición es que los creyentes puedan experimentar la unidad: "Para que todos sean uno..." (v.21).

Estas cuatro peticiones – la Gloria de Dios, la seguridad, la santidad y la unidad de la Iglesia de Dios –, son las mejores directrices que podemos tener en nuestra propia vida de oración. Hay demasiada superficialidad y egoísmo en nuestra oración. Tener en cuenta estas peticiones nos ayudaría a profundizar nuestra propia oración. Al estudiar esta oración, descubriremos que Jesús nos ha dado tres maravillosos regalos: la Vida Eterna (v.2), la Palabra de Dios (v.8, 14) y la Gloria de Dios (v.22). Al tener la Vida Eterna, también tenemos la salvación; la Palabra de Dios hace posible nuestra santificación (v.17) y nuestra glorificación es segura, porque Él ya nos ha dado la gloria. ¡El pasado, el presente y el futuro del creyente están seguros!

Un evangelista amigo mío, me habló de un adolescente que arruinó el automóvil familiar y que junto a los restos, oraba: "¡Oh Señor, que este accidente no haya pasado!" ¡Qué oración tan tonta! Tal vez usted y yo hemos hecho algunas oraciones tontas y poco profundas. Sólo cuando crecemos en nuestro conocimiento de la Palabra de Dios, podemos profundizar en nuestra vida de oración. Cuando sometemos nuestras peticiones a la Palabra de Dios, descubrimos cómo orar en la voluntad de Dios.

4. Es Grande debido a la Victoria que puede darnos Hoy.

Un amigo mío escribió una tesis sobre la oración de Salomón cuando él dedicó el templo. Es una oración maravillosa, pero gran parte de ella no es aplicable hoy a los creyentes del Nuevo Testamento. Jesús hizo esta oración en Juan 17, para que sus discípulos pudieran oírlo (v.13) y oró refiriéndose a nosotros hoy.

Jesús cerró su enseñanza en el Aposento Alto con estas palabras: "Yo les he dicho estas cosas para que en Mí hallen paz. En el mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo" (Juan 16:33). En su oración, ¡Jesús usó la palabra "mundo" diecinueve veces! La oración de Juan 17 nos dice cómo podemos vencer al mundo. Unamos estos dos importantes versículos, Juan 16:33 y 17:13, para comprender todo el impacto de lo que nuestro Señor dijo:

“En En el mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense!

Yo he vencido al mundo.”

“... digo estas cosas mientras todavía estoy en el mundo,

para que tengan mi alegría en plenitud.”

¡Lo que aprendemos de su oración nos da el valor para vencer al mundo y la alegría de esta victoria llena y controla nuestra vida!

La palabra "mundo" es usada con varios diferentes sentidos en las Escrituras: algunas veces significa "el universo creado", como en Juan 17:5: "antes de que el mundo existiera." A veces, simplemente significa "gente o humanidad", como en Juan 3:16: "Porque tanto amó Dios al mundo..." Pero con frecuencia la palabra "mundo" se refiere a algo más allá de la creación y la humanidad y significa "la sociedad organizada sin Dios y contra Dios". Jesús le dio este sentido cuando oró: "[los discípulos] no son del mundo, como tampoco Yo soy del mundo" (v.14). Los teólogos llaman a esto, el "sentido ético" de la palabra “mundo”.

El “mundo" se refiere al sistema de cosas a las que usted y yo pertenecíamos antes de que fuéramos salvados. Vivíamos "conforme a los poderes de este mundo" (Efesios 2:2): nuestras normas eran las normas de este mundo y nuestros placeres y satisfacciones venían de este mundo. Cuando creemos en Jesucristo como Salvador, recibimos la ciudadanía del cielo (Filipenses 3:20-21), para que ya no pertenezcamos más a este sistema llamado “mundo”. Aunque físicamente estamos en este mundo, espiritualmente ya no pertenecemos a él. Es como un buzo en el suelo del océano: estamos fuera de nuestro elemento, pero podemos sobrevivir porque tenemos la ayuda que viene de afuera.

¿Cuáles son las características de este sistema llamado “mundo” del cual hemos sido rescatados, que permanece en contra de nosotros y con el que constantemente debemos batallar?

En primer lugar, vivimos en un mundo engañado. El mundo no conoce a Dios, a pesar de toda su sabiduría (Juan 17:25; 1 Corintios 1:18-31). Para el mundo, una religión es tan buena como cualquier otra y acepta la cruz como un "símbolo religioso", pero no tiene un concepto de ella, ni de su propósito y poder. "El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden" (1 Corintios 1:18).

El mundo está engañado porque Satanás, el príncipe de este mundo, engaña la mente y oscurece el corazón (2 Corintios 4:3-6; Juan 12:31; 14:30; y 16:11). "Sabemos que somos hijos de Dios y que el mundo entero está bajo el control del maligno" (1 Juan 5:19). Satanás es un falsificador que proporciona sustitutos religiosos a quienes no conocen a Jesucristo. El mundo dice: "¡Lo importante no es lo que usted crea, sino que crea en algo!"

En contraste con el engaño que domina a las personas en el mundo, el creyente ha recibido el regalo de la vida eterna y por consiguiente, él participa de la verdad. "Y ésta es la vida eterna", oró Jesús, "que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú has enviado" (v.3). ¡El único Dios verdadero! Hemos vencido al mundo y compartimos la alegría de Cristo porque en verdad, ¡conocemos al único Dios verdadero! Y al conocer al único Dios verdadero y a su Hijo Jesucristo, no necesitamos a los sustitutos que tanto entusiasman al mundo. Nuestra alegría se encuentra en aquello que viene del corazón del Padre.

Pero el mundo no sólo está engañado, sino que también es peligroso. "El mundo se acaba..." (1 Juan 2:17); "porque este mundo, en su forma actual, está por desaparecer" (1 Corintios 7:31). Quienes están atrapados en este sistema al que llamamos “mundo”, piensan que es seguro, sólido, perdurable y confiable, cuando en realidad el mundo es temporal y pasajero. Hay quienes dicen, "¡tan seguro como el mundo!" Pero nada podría ser más inseguro que este mundo. (Por esa razón, el mundo creado no es seguro. "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" [Mateo 24:35]).

Por ser engañoso, el mundo es también peligroso. Puede engañar al mismo pueblo de Dios e incluso conducirlos a problemas. "No amen al mundo ni nada de lo que hay en él", advirtió el Apóstol Juan (1 Juan 2:15). "No se amolden al mundo actual", escribió el Apóstol Pablo (Romanos 12:2). Santiago hizo la pregunta pertinente: "¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios?" (Santiago 4:4). Pablo escribió a Timoteo, "haz todo lo posible por venir a verme cuanto antes, pues Demas, por amor a este mundo..." (2 Timoteo 4:9-10).

Satanás, el príncipe de este mundo, ha declarado la guerra a todo el pueblo de Dios. "Practiquen el dominio propio y manténganse alerta: Su enemigo el diablo ronda como león rugiente, buscando a quién devorar" (1 Pedro 5:8). ¡Los leones son peligrosos! Satanás utilizará al mundo para incitar al creyente a desviarse de la voluntad de Dios.

El mundo en que vivimos además de engañoso y peligroso, también es un mundo manchado y profanado. El creyente debe tener cuidado para “conservarse limpio de la corrupción del mundo" (Santiago 1:27). La nueva naturaleza de la que participamos, genera nuevos deseos, pero a nuestro alrededor siempre están las tentaciones a las cosas más bajas. Debido a esta nueva naturaleza, los creyentes han escapado de "la corrupción que hay en el mundo debido a los malos deseos" (2 Pedro 1:4), pero ellos aún pueden ser tentados y caer.

Cada vez es más difícil guardarnos "sin mancha del mundo." Los mensajeros de "los deseos del cuerpo, la codicia de los ojos y la arrogancia de la vida" (1 Juan 2:16), constantemente nos invaden. Los anunciantes, al promover automóviles o alcachofas, parecen necesitar la ayuda del sexo y el orgullo para comunicar su mensaje. Modelos seductoramente vestidas que no saben nada sobre el producto intentan cortejarnos para comprar. O quizás es el hombre de negocios guapo y evidentemente adinerado, el que intenta inflar nuestro ego y doblegarnos. Stephen Leacock describió la publicidad una vez como "la ciencia de atrapar la inteligencia humana por el tiempo suficiente como para recibir su dinero".

Finalmente, el mundo presente es también un mundo dividido. El propósito de Satanás es precisamente dividir y conquistar y parece estar lográndolo. ¡Incluso los creyentes pasan por momentos difíciles en los que se apartan unos de otros! Ponemos etiquetas sobre cada uno ("liberal", "fundamentalista", "neo-evangélico", “fundamentalista militante", “neo-fundamentalista", etc.), pensando que eso basta para solucionar todas las diferencias. Normalmente, esto crea más problemas porque la mayoría de los cristianos durante su proceso de maduración, no permanecen por mucho tiempo en el mismo “casillero” y algunos son difíciles de clasificar. ¡Gastamos más tiempo en las etiquetas que en lo que hacemos con quienes estamos clasificando!

En conclusión, hay cuatro características de este mundo en el que nosotros vivimos: es un mundo engañado, peligroso, manchado y dividido. Uno de los mensajes de Juan 17 es cómo vencer al mundo. Veamos lo que esta oración nos dice acerca del mundo en el que vivimos.

Vivimos en un mundo engañado, pero en Jesucristo tenemos la verdad: conocemos y confiamos en el "único Dios verdadero". El don de la vida eterna nos ha puesto en contacto con la verdad. Nuestro Señor mencionó esta verdad en los vv.1-5. Entre más conozcamos a Dios Padre y a su Hijo Jesucristo, menos interés tendremos en las efímeras cosas de este mundo. "Si alguien ama al mundo, no tiene el amor del Padre" (1 Juan 2:15). Es nuestro amor por el Padre lo que llena nuestra vida de la realidad espiritual.

Vivimos en un mundo peligroso, pero en Cristo Jesús estamos seguros (vv.6-12); no tenemos miedo, porque Él nos ha revelado el Nombre de Dios (esto es, la naturaleza de Dios, el carácter de Dios). "Torre inexpugnable es el nombre del Señor; a ella corren los justos y se ponen a salvo" (Proverbios 18:10). Jesús rogó, "Padre santo, protégelos con el poder de tu nombre…” (v.11).

Vivimos en un mundo manchado, pero es posible mantenernos puros debido a nuestra relación con Jesucristo. Nuestro Señor rogó por nuestra santificación (vv.13-19) y nos dio el don de su Palabra para que pudiéramos caminar en santidad. "Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad" (v.17).

Vivimos en un mundo dividido, pero en Jesucristo, los salvos tenemos la unidad espiritual (vv.20-26). Para que pudiéramos conservar y promover esta unidad, Él nos dio el don de su gloria (v.22). No necesitamos fabricar la unidad espiritual: la unidad ya está aquí y todo lo que debemos hacer es mantenerla. Tal vez un esquema que resuma estas verdades, lo haría más claro:


El Mundo en el que VivimosLa Provisión de Dios en Cristo Jesús
Un mundo engañadoEl don de la vida Eterna.(1-5): Tenemos la Verdad.
Un mundo peligrosoLa revelación del Nombre de Dios.(6-12): Tenemos la Seguridad.
Un mundo manchadoEl don de la Palabra de Dios. (13-19): Tenemos la Santidad.
Un mundo divididoEl don de la Gloria de Dios.(20-26): Tenemos la Unidad.

El famoso predicador norteamericano, Henry Ward Beecher, dijo una vez: "No es bueno para un hombre orar con 'crema' y después vivir una vida 'descremada." Lo más importante de nuestro estudio de Juan 17, es que haga una diferencia en nuestra vida diaria. ¿Cuál es mi actitud hacia el mundo? Mientras estudiamos, debemos hacer un inventario de nuestra vida. La respuesta a esta pregunta prueba si estamos o no recibiendo personalmente el beneficio de este estudio:

 ¿Hay algo del mundo que nos engaña y nos aparta de la verdad en Cristo?

 ¿Nos hemos puesto en un lugar de peligro que podría arruinar nuestro testimonio, nuestro trabajo y nuestra casa?

 ¿Estamos dejándonos manchar en secreto por el mundo?

 ¿Estamos creando divisiones no bíblicas en lugar de animar la unidad espiritual?

Después de todo, no somos bendecidos por nuestro estudio de la Palabra, sino por nuestro actuar en la Palabra.

"Pero quien se fija atentamente en la ley perfecta que da libertad, y persevera en ella, no olvidando lo que ha oído sino haciéndolo, recibirá bendición al practicarla." (Santiago 1:25).

Capítulo

2

LA ORACIÓN: EL ENTRENAMIENTO BÁSICO

“Después de que Jesús dijo esto, dirigió la mirada al cielo y oró así: «Padre, ha llegado la hora. Glorifica a Tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a Ti.»”

Juan 17:1

"¡Señor, enséñanos a orar!" Esta petición de uno de los discípulos (Lucas 11:1), daba evidencia de la verdadera condición espiritual. Nosotros debemos aprender a orar. Aunque la oración es tan natural para el cristiano como lo es respirar para un mamífero, incluso la respiración debe ser estudiada y practicada para llevarla a cabo correctamente. Los oradores públicos trabajan en su respiración para obtener lo máximo de su voz y no dañarla. El hecho que hayamos estado orando desde la niñez no es ninguna garantía de que nosotros realmente sepamos orar eficazmente.

Juan 17:1 nos da algunas directrices a seguir para orar eficazmente.

1. La postura no es importante.

¿Nuestro Señor estaba de rodillas o de pie cuando hizo esta oración? No lo sabemos. Todo lo que sabemos es que Él levantó sus ojos al cielo (Juan 11:41). La mayoría de las personas inclinan sus cabezas y cierran sus ojos cuando oran, pero Jesús levantó su cabeza y enfocó sus ojos en el cielo. Muchas personas pliegan sus manos cuando oran, pero no encuentro esta práctica en ninguna parte de las Escrituras. ¡De hecho, los judíos estaban acostumbrados a levantar sus manos, abiertas a Dios, esperando recibir algo! (1 Reyes 8:22; Nehemías 8:6; Salmo 28:2; 1 Timoteo 2:8.).

Hay muchas posturas diferentes para orar en la Biblia, y todas ellas son aceptables. Algunas personas se arrodillaban cuando oraban (Génesis 24:52; 2 Crónicas 20:18; Efesios 3:14). Cuando Jesús oró en el Monte de los Olivos, Él empezó arrodillado (Lucas 22:41). Luego Él se postró sobre su rostro mientras le hablaba al Padre (Mateo 26:39). Daniel acostumbraba arrodillarse cuando oraba (Daniel 6:10), pero el Rey David se sentó cuando le habló a Dios sobre el establecimiento de su dinastía (2 Samuel 7:18). Abraham estaba de pie cuando intercedió por Sodoma (Génesis 18:22). Así que hay muchas posturas para orar.

Lo importante es la postura del corazón. Es mucho más fácil doblar las rodillas que doblar el corazón en sumisión a Dios. La postura exterior puede ser evidencia de la actitud espiritual interior, pero no siempre es así. Una vez más, lo importante es la postura del corazón.

2. Nosotros oramos al Padre.

El modelo bíblico de oración es al Padre, en el nombre del Hijo, en el poder del Espíritu Santo. Jesús se dirigió a su Padre seis veces en esta oración. (Algunas personas dicen "Padre" o "Señor" con cada frase que oran. Éste es un mal hábito que debe eliminarse). En cuatro ocasiones Él simplemente dijo, "Padre"; las otras dos veces, Él lo llamó "Padre Santo" y "Padre Justo" (vv. 11 y 25). Por esto, yo pienso que no es equivocado usar los adjetivos convenientes cuando nos dirigimos a nuestro Padre en el cielo. Sin embargo, debemos tener cuidado con lo que queremos decir cuando decimos algo y no exagerarlo.

Obviamente nos dirigimos al Padre porque la oración está basada en nuestra relación como hijos. En la que nosotros llamamos tradicionalmente "la Oración del Señor" o "Padre Nuestro" (Mateo 6:9-13), Jesús les enseñó a sus discípulos a decir, "Padre nuestro", aunque Él nunca oró así. Observamos en el capítulo 1, que Jesús tenía una relación diferente con el Padre, porque Él es el eterno Hijo de Dios. Él dijo: " Vuelvo a mi Padre, que es Padre de ustedes; a mi Dios, que es Dios de ustedes" (Juan 20:17).

Oímos que las personas dirigen sus oraciones al Hijo e incluso al Espíritu Santo. ¿Está mal esto? Cuando Esteban dio su vida por Cristo, él vio a Jesús en el cielo y dirigió su oración a Él: "Mientras lo apedreaban, Esteban oraba: «Señor Jesús, recibe mi espíritu»" (Hechos 7:59). No conozco una oración en la Biblia dirigida al Espíritu Santo. Ya que nuestras oraciones son dirigidas a Dios y que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están todos en la Deidad, técnicamente podemos dirigir nuestras oraciones a cada uno de ellos. Sin embargo, el modelo bíblico parece ser que nosotros oramos al Padre, en el nombre del Hijo y a través del poder del Espíritu.

Nuestro Señor no menciona el Espíritu Santo en ninguna parte de esta oración. En su discurso en el Aposento Alto, Él enseñó a los discípulos acerca del Espíritu Santo (Juan 14:16-17, 26; 15:26; 16:7-13). Judas 20 dice que oremos "en el Espíritu Santo", lo cual parece tener relación con Romanos 8:26-27, versículos en los que todo serio guerrero de oración debería reflexionar. No podemos esperar que Dios conteste lo que oramos a menos que estemos en su voluntad (1 Juan 5:14-15). Nosotros descubrimos la voluntad de Dios principalmente a través de su Palabra (Colosenses 1:9-10), y uno de los ministerios del Espíritu, es enseñarnos la Palabra (Juan 16:13-14).

El hecho que la oración esté basada en nuestra relación como hijos, hace suponer que el Padre está obligado a escuchar cuando sus hijos llaman. De hecho, más que una obligación, Él se deleita cuando sus hijos entran en comunión con Él y comparten sus necesidades.

"Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a los que le pidan!" (Mateo 7:11). El corazón del Padre extiende su amorosa mano hacia los suyos y anhela compartir buenas cosas con ellos. Y entre mejor conozcamos a nuestro Padre, más fácil será orar en su voluntad.

3. Debemos rendirnos a la voluntad del Padre.

Una tormenta pasó sobre la costa de Florida y dejó tras de sí mucha ruina. Al día siguiente, mientras los hombres estaban limpiando su pequeño pueblo, un hombre dijo: "No me avergüenza admitir que anoche oré durante la tormenta.” Y uno de sus amigos contestó: "Sí, estoy seguro que el Señor escuchó muchas voces nuevas anoche."

La oración no es como unas de esas cajitas rojas que vemos en los edificios y ocasionalmente en las esquinas de las calles, en las que se lee: "ÚSESE SÓLO EN CASO DE EMERGENCIA”. Yo disfruto compartir cosas buenas con mis hijos, pero si ellos sólo me hablaran cuando tienen problemas o necesitan algo, nuestra relación se deterioraría rápidamente. A menos que hagamos la voluntad de Dios, nuestra vida negará nuestra oración.

"Padre, ha llegado la hora..." ¿Qué hora? La hora para cual Él había venido al mundo. La hora en la que Él morirá en la cruz, sería sepultado y resucitaría, terminando así su gran obra redentora. Usted puede rastrear esa "hora" en el Evangelio de Juan:

Juan 2:4 “Mujer, ¿eso qué tiene que ver conmigo? Todavía no ha llegado mi hora.”

Juan 7:30 “Entonces quisieron arrestarlo, pero nadie le echó mano porque aún no había llegado su hora.”

Juan 8:20 “Estas palabras las dijo Jesús en el lugar donde se depositaban las ofrendas, mientras enseñaba en el templo. Pero nadie le echó mano porque aún no había llegado su tiempo.”

Juan 12:23 “Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado.”

Juan 13:1 “Se acercaba la fiesta de la Pascua. Jesús sabía que le había llegado la hora de abandonar este mundo para volver al Padre. Y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.”

Juan 17:1 “Padre, ha llegado la hora.”

Creo que fue Robert Law quien dijo: "El propósito de la oración no es conseguir que la voluntad del hombre se haga en el cielo, sino que la voluntad de Dios se haga en la tierra." Si queremos orar en la voluntad de Dios, debemos vivir en su voluntad. La oración no es lo que hacemos; es lo que somos. Es la expresión más alta y profunda del ser interior.

Esta profunda relación entre la práctica y la oración nos ayuda entender promesas tales como la del Salmo 37:4: "Deléitate en el Señor y él te concederá los deseos de tu corazón." Una lectura superficial de esta promesa lo llevará a creer que Dios es un Padre cariñoso que favorece a quienes lo miman. Pero eso no es lo que dice esta promesa. Si nos deleitamos en el Señor y buscamos agradarlo en todo, algo pasará con nuestros propios deseos. Los deseos del Padre se convierten en nuestros deseos. Entonces empezamos a decir con nuestro Señor: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y terminar su obra" (Juan 4:34). Nuestra oración, entonces, simplemente es la reflexión de los deseos de Dios en nuestro propio corazón.

Hay un precio por pagar cuando nosotros oramos atentamente en la voluntad de Dios. Jesús estaba a punto de recibir la copa de la mano de su Padre (Juan 18:10-11). El Padre había preparado la copa y la hora había llegado, pero Jesús no tenía miedo. Pedro intentó proteger al Maestro, pero Jesús lo reprendió: "¿Acaso no he de beber el trago amargo que el Padre me da a beber?" (Juan 18:11). Nunca debemos temer la voluntad de Dios; y, si estamos en la voluntad de Dios, nunca debemos temer las respuestas que Él dé a nuestras oraciones. “¿Si su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pescado, le da una serpiente?” (Mateo 7:9-10).

Vivir en la voluntad de Dios hace que nosotros podamos "orar sin cesar" (1 Tesalonicenses 5:17). Este mandamiento no significa, obviamente, que nosotros debamos andar mascullando oraciones. Nuestra verdadera oración se expresa por los deseos de nuestro corazón. Si nuestros labios hacen peticiones que son diferentes a los deseos de nuestro corazón, entonces estamos orando hipócritamente. Dios no oye palabras, Él ve corazones. Por tanto, cuando vivimos en la voluntad de Dios, los deseos de nuestro corazón deberían ser cada vez más piadosos. Estos deseos realmente son oraciones que constantemente ascienden al Señor.

Jesús vivió en un itinerario divino. Cuando Él les dijo a sus discípulos que estaba regresando a Judea para ayudar a Maria, Marta y Lázaro, los discípulos protestaron: "Rabí, hace muy poco los judíos intentaron apedrearte, ¿y todavía quieres volver allá?" Y, ¿Cómo respondió nuestro Señor? "¿Acaso el día no tiene doce horas?" (Juan 11:8-9). Él sabía que estaba seguro en la voluntad del Padre y que ellos (los judíos), no podrían matarlo hasta que su hora hubiera llegado.

Dios en su misericordia, puede responder y de hecho contesta "oraciones de emergencia", pero Él prefiere que nosotros estemos en comunión constante con Él. (De hecho, ¡si nosotros buscamos vivir en su voluntad, ¡podemos tener menos emergencias!). Si la oración es una interrupción para nuestra vida, entonces algo está mal.

Que nosotros tengamos una actitud de oración no significa que evitemos tener tiempos regulares de oración. El tiempo regular de oración es lo que hace posible tener una constante actitud de oración. Nosotros disfrutamos las cenas de Acción de Gracias y los banquetes de las demás festividades, pero podemos disfrutar esos tiempos especiales porque hemos comido nuestro alimento regular tres veces al día. Nosotros empezamos el día con oración, oramos a la hora de comer, elevamos nuestras oraciones a Dios durante el día cuando el Espíritu nos impulsa a hacerlo, y terminamos el día con oración. Como sucede con la respiración, la oración se vuelve una parte tan importante de nuestra vida que con frecuencia no somos conscientes de ello.

4. La gloria de Dios debe ser nuestro principal interés.

"Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti."

La palabra "gloria" es usada de una forma u otra, ocho veces en esta oración. ¿Qué significa? En el Antiguo Testamento, la palabra hebrea traducida como "gloria", significa "ese peso que es importante y honorable". (La frase de Pablo en 2 Corintios 4:17 RV60, "eterno peso de gloria", lleva esta idea). En el Nuevo Testamento, la palabra griega traducida por "gloria", significa "opinión, fama". Los teólogos dicen que "la gloria de Dios" es la suma total de todo lo que Él es, la manifestación de su carácter. ¡La gloria de Dios no es un atributo de Dios, sino un atributo de todos sus atributos! Él es glorioso en sabiduría y poder, en sus grandes obras y en la gracia que nos otorga.

Usted probablemente ha notado que la “Oración del Señor" nos enseña cómo poner los intereses de Dios antes que los nuestros. Nosotros oramos "santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo", antes de plantear nuestras propias necesidades (el pan de cada día, el perdón y la protección del pecado). Cuando nuestra oración se centra en la gloria de Dios, vemos nuestras necesidades y peticiones desde una perspectiva apropiada. Los asuntos que parecían tan importantes tienden a disminuir a su propio tamaño cuando son medidos por la gloria de Dios.

Cualquier cosa por la que oremos, en la voluntad de Dios y para la gloria de Dios, será concedida por nuestro Padre Celestial. Cuando estamos dispuestos a traer la gloria a Dios a la tierra (v.4), Dios está dispuesto a proporcionarnos lo que necesitamos.

¿Jesús estaba orando egoístamente cuándo dijo, "glorifica a tu Hijo”? ¡No! Para empezar, Él había compartido esa gloria con el Padre "antes de que el mundo existiera" (v.5). Cuando Él vino a la tierra en su cuerpo de carne, Jesús veló esa gloria. Pedro, Jacobo y Juan la vieron en el Monte de la Transfiguración (Mateo 17:1-8; Juan 1:14), pero no le fue revelada a nadie más. Cuando nuestro Señor le pidió al Padre que lo glorificara, sólo estaba pidiendo el retorno de lo que ya era suyo.

Pero había algo más. La glorificación de Jesucristo significaba la terminación de la gran obra de salvación. En esta oración, Jesús habló como si su obra en la cruz ya hubiera terminado. "Yo te he glorificado en la tierra, y he llevado a cabo la obra que me encomendaste" (v.4). Si Jesucristo no hubiera sido glorificado, no habría salvación para los pecadores de hoy. El Espíritu Santo no habría sido dado. No habría iglesia, ni Nuevo Testamento ni vida cristiana. Al orar por sí mismo, nuestro Señor no estaba siendo egoísta, pues Él nos tenía en su mente también. Después de todo, para que esta oración fuera contestada, Él debió dar su vida en la cruz. Ni la más estrecha imaginación podría llamar a esto egoísmo.

Dios contestó la oración de su Hijo. "El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros antepasados, ha glorificado a su siervo Jesús" (Hechos 3:13). En 1 Pedro 1:21 dice que el Padre "lo resucitó y glorificó". ¡Hay un Hombre glorificado en el cielo hoy! En Jesucristo, la deidad y la humanidad comparten la gloria. Esto nos asegura que un día compartiremos la gloria de Dios, pues "seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es" (1 Juan 3:2).

Jesucristo ya le ha dado a su iglesia la gloria (v.22). El tiempo de los verbos utilizados en Romanos 8:30 siempre me ha sorprendido: "A los que justificó, también los glorificó." Nosotros sólo somos glorificados en tanto seamos justificados, pero la gloria aún no ha sido revelada. Toda la creación, en medio de dolores de parto por causa del pecado, está aguardando ansiosamente “la revelación de los hijos de Dios", pues sólo entonces, la creación será "liberada de la corrupción que la esclaviza, para así alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios" (Romanos 8:19, 21).

Lo que debemos preguntarnos es, si Dios contesta esta petición, ¿le traerá la gloria? Y, ¿qué encontrará de esa respuesta cuando Jesús venga de nuevo? He descubierto que examinar si mis oraciones buscan la gloria de Dios, es un buen método para identificar peticiones egoístas y miopes.

5. Debemos orar con fe.

Supongamos que el Maestro hubiera visto su situación sólo a través de ojos humanos. ¿Hubiera podido orar como lo hizo? No, habría sido imposible. Supongamos ahora que él repasó sus años de ministerio y los evaluó desde un punto de vista humano. Habría parecido un fracaso. Tenía muy pocos seguidores y su propia nación lo había rechazado. Hablando humanamente, su trabajo había fallado. Sin embargo, Él oró: "Yo te he glorificado en la tierra, y he llevado a cabo la obra que me encomendaste" (v.4). Por fe, Él sería ese "grano del trigo" plantado en la tierra que produciría mucho fruto (Juan 12:24).

O, supongamos que Él hubiera mirado a su alrededor. ¿Qué habría visto? Un pequeño grupo de hombres que lo traicionarían de una u otra manera. Pedro lo negaría tres veces. A esa misma hora, Judas estaba negociando con el consejo judío y vendiendo al Señor como un esclavo común. Pedro, Jacobo y Juan se durmieron en el Jardín cuando debían haber estado animando a su Señor. Todos ellos, lo abandonarían y huirían.

Sin embargo, por fe, Jesús oró: "por medio de ellos he sido glorificado" (v.10). Por fe, Él oró por ellos para cuando fueran enviados a todo el mundo a compartir el mensaje del evangelio. ¡A pesar de sus fracasos, estos hombres tendrían el éxito! "No ruego sólo por éstos. Ruego también por los que han de creer en mí por el mensaje de ellos" (v.20). Estos hombres débiles invadirían un mundo que los odiaba y traerían a muchos a los pies del Salvador. Jesús vio todo esto por fe.

Si nuestro Señor hubiera mirado adelante, habría visto su arresto, su prisión y su muerte en la cruz. Hablando humanamente, fue una derrota; pero por fe, Él vio todo como realmente era: ¡una victoria! Él les dijo a Andrés y Felipe: "Ha llegado la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado" (Juan 12:23). ¡Glorificado! Nosotros habríamos dicho crucificado. Pero Él miró más allá de la cruz, a la gloria que vendría. "Por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios" (Hebreos 12:2).

Cuando oramos con fe, empezamos a ver las cosas desde la perspectiva divina. La fe nos permite ver lo invisible. La fe trata como presente y ya realizado aquello que Dios hará en el futuro. "Vivimos por fe, no por vista" (2 Corintios 5:7).

En mi propia vida de oración, Dios está buscando constantemente devolverme a estos principios. Es fácil para mí desviarme por alguna cosa externa, y mi Padre tiene que recordarme que la oración eficaz debe venir del corazón. Yo debo examinar repetidamente mi relación con el Padre para asegurarme de estar en su voluntad y querer estar en su voluntad, "haciendo de todo corazón la voluntad de Dios" (Efesios 6:6). Debo examinar mis motivos: ¿Estoy orando para que el Padre sea glorificado o para tener mi propia gloria de una manera cómoda? ¿Estoy orando por fe, basando mis peticiones en su Palabra?

Tal vez todo esto haga que la oración parezca muy compleja y difícil. Realmente, no lo es. La verdadera oración se deriva de nuestra "relación de amor" personal con el Padre. "¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece. Y al que me ama, mi Padre lo amará, y yo también lo amaré y me manifestaré a él" (Juan 14:21).

Capítulo

3

TRES DONES EXTRAORDINARIOS

“…ya que le has conferido autoridad sobre todo mortal para que él les conceda vida eterna a todos los que le has dado. Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado.”

Juan 17:2,3

La idea de dar es importante en esto oración, y de hecho, en todo el Evangelio de Juan. La palabra "dar", en un sentido u otro, es utilizada diecisiete veces en la oración de nuestro Señor, y setenta y seis veces en el Evangelio de Juan.

Aprender a dar y también a recibir, es una parte importante de la vida. John Donne tenía razón: "Ningún hombre es una isla...“ Dependemos unos de otros y nos necesitamos unos a otros. Pero por encima de todo, necesitamos Dios. Sin la generosidad de nuestro bondadoso Dios, no tendríamos nada. Juan el Bautista dijo: "Nadie puede recibir nada a menos que Dios se lo conceda" (Juan 3:27).

Tres dones extraordinarios son mencionados en Juan 17:2, y su comprensión nos ayudará a entender mejor el gran plan de salvación de Dios y cómo encajamos en él.

1. El Padre le dio autoridad al Hijo.

Aquí somos introducidos a las misteriosas actuaciones al interior de la Trinidad, a los planes que fueron hechos "antes de que el mundo existiera" (v.5). Fue decretado que, debido a que el Hijo sufriría y moriría, a Él se le otorgaría la autoridad para dar la vida eterna a todos los que confiaran en Él. (Como veremos más tarde, los que confían en Él son también el regalo del Padre al Hijo). Fue sobre la base de esta autoridad que Jesús oró para ser glorificado. A menos que Él fuera glorificado, Él no podría compartir el don de la vida eterna. Esa es la razón por la que el versículo 2 empieza con "ya que". La autoridad y la gloria van juntas.

La autoridad es el derecho para actuar o ejercer el poder. Si un ladrón porta un arma y entra en mi casa, él tiene el poder pero no la autoridad. Si una policía aparece portando un arma, él tiene tanto el poder como la autoridad. Pero alguien tuvo que darle la autoridad a ese policía para actuar. Los líderes judíos le preguntaron a Jesús: "¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te dio esa autoridad?" (Mateo 21:23).

Dios Padre le dio a Jesucristo la autoridad para hacer lo que Él hizo en la tierra. (Por supuesto, como Hijo eterno en el cielo, nuestro Señor poseía toda la autoridad de la Deidad. Lo que estamos considerando es su ministerio en la tierra). Para empezar, el Padre le dio al Hijo la autoridad para morir y ser resucitado. "Por eso me ama el Padre: porque entrego mi vida para volver a recibirla. Nadie me la arrebata, sino que yo la entrego por mi propia voluntad. Tengo autoridad para entregarla, y tengo también autoridad para volver a recibirla. Éste es el mandamiento que recibí de mi Padre" (Juan 10:17-18).

La muerte de Cristo no fue un accidente, sino una cita. No fue un error; fue planeado. No fue martirio ni suicidio. Fue la ofrenda voluntaria del Hijo de Dios en la cruz para pagar por los pecados del mundo. Jesucristo es el único que el Padre ha autorizado para ser el Salvador del mundo. Cualquier otra persona que diga tener esa autoridad es un mentiroso.

El Padre también le dio al Hijo la autoridad para juzgar. "Porque así como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha concedido al Hijo el tener vida en sí mismo, y le ha dado autoridad para juzgar, puesto que es el Hijo del hombre" (Juan 5:26-27). Él es tanto Salvador como Juez, pues los dos van juntos. Quienes no lo reciban como Salvador, deben enfrentarlo como Juez. El hecho que Jesús ministrara aquí en la tierra en un cuerpo humano, ayuda para calificarlo como Juez. Nadie puede jamás decir: "¡Usted no sabe lo que nosotros hemos experimentado!" Nuestro Señor conoce al hombre porque Él es el Hijo del hombre.

Cuando nuestro Señor ascendió al cielo para regresar al Padre, Él dijo a sus seguidores: "Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra" (Mateo 28:18). Esto incluye la autoridad para dar la vida eterna.

La autoridad de nuestro Señor se extiende sobre de "toda la humanidad", o, como se lee en el griego original, "toda la carne". El hombre es simplemente "carne" y como tal, no tiene una gloria perdurable. "Porque todo mortal es como la hierba, y toda su gloria como la flor del campo" (1 Pedro 1:24, citado de Isaías 40:6). La primera mención en la Biblia de "toda la carne" es importante: "Y miró Dios la tierra, y he aquí que estaba corrompida; porque toda carne [la gente] había corrompido su camino sobre la tierra" (Génesis 6:12, RV60). El hombre es solamente carne, y la gloria de la carne no dura.

En su gracia y amor, el Señor Jesucristo tomó sobre Él la “semejanza de carne de pecado" (Romanos 8:3). Él era verdaderamente humano, pero sin pecado. Él entró en nuestro mundo de "carne" para poder traernos al mundo del "espíritu". Su asociación con la naturaleza humana no fue algo temporal, sino permanente. Él llevó un cuerpo humano al cielo y allí, este cuerpo comparte la gloria eterna de Dios.

2. El Padre da las personas al Hijo.

Cristo Jesús tiene la autoridad para dar la vida eterna, pero él no le da este don precioso a todos, sino sólo a quienes el Padre le ha dado a Él. Al menos cuatro veces en esta oración, Jesús identifica a los salvos como aquellos que le han sido dados por el Padre.

Nuevamente estamos entrando en los misterios del orden eterno establecido por la gloriosa Trinidad antes de la creación del mundo. Los teólogos llaman esto la doctrina de “la elección divina". Dios Padre ha decretado que Dios Hijo recibirá "un pueblo", la iglesia, debido a su obra culminada en la cruz. Dios Hijo es el regalo de amor del Padre a un mundo perdido, pero la iglesia es el regalo de amor del Padre a su amado Hijo.

Las Escrituras afirman que todas las tres Personas en la Deidad (la Trinidad), están involucradas en nuestra salvación. Esto es parte del pacto eterno hecho al interior de la Deidad. El plan de salvación de Dios no fue un pensamiento posterior. "Éste [Jesús] fue entregado según el determinado propósito y el previo conocimiento de Dios; y por medio de gente malvada, ustedes lo mataron, clavándolo en la cruz" (Hechos 2:23). "Cristo, a quien Dios escogió antes de la creación del mundo, se ha manifestado en estos últimos tiempos en beneficio de ustedes" (1 Pedro 1:20).

Dos hilos de verdad parecen correr paralelos en la Biblia: (1) Dios ha escogido a su "elegido" desde la eternidad, y (2), estos "elegidos" han tomado una decisión responsable para confiar en Cristo. "Todos los que el Padre me da vendrán a mí [ésa es la elección divina]; y al que a mí viene [ésa es la responsabilidad humana], no lo rechazo" (Juan 6:37). Si negamos la elección divina, hacemos que la salvación sea una obra humana. Si negamos la responsabilidad humana, hacemos al hombre menos que un hombre, un simple robot cumpliendo el plan eterno de Dios. "La salvación es del Señor" (Jonás 2:9) expresa la soberanía divina. "Busquen al Señor mientras puede ser hallado" (Isaías 55:6) expresa la responsabilidad humana.

¿Una paradoja? Sí. ¿Un misterio? ¡Seguro! ¿Una imposibilidad? ¡No! Uno de mis profesores en el seminario dijo: "Intente explicar la elección divina, y usted puede perder su mente. Intente justificarla, y puede perder su alma." La verdad no siempre está en uno u otro extremo. A veces la verdad se encuentra en ese sutil punto de la paradoja donde los dos opuestos se encuentran. De todos modos, un pecador no necesita comprender los misterios de la elección divina para ser salvo. Él sabe que Dios lo ama (Juan 3:16) y que Dios “no quiere que nadie perezca” (2 Pedro 3:9). Él sabe que la promesa de salvación es para "todo el que invoque el nombre del Señor" (Hechos 2:21). Si él llama, Dios le responderá y lo salvará.

Ya hemos visto que las tres Personas de la Deidad están involucradas en nuestra salvación. Quizás esta verdad pueda ayudarnos a entender mejor la parte de Dios y la nuestra en el milagro de la salvación.

En lo que respecta a Dios Padre, yo fui salvado cuando Él me escogió en Cristo antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4). Obviamente, yo no sabía nada acerca de esa elección. En lo que respecta a Dios Hijo, yo fui salvado cuando Él murió por mí en la cruz, pues Él murió por los pecados del mundo entero (1 Juan 2:2). Éste es el mensaje del evangelio, la Buena Nueva de que los pecadores pueden ser salvados. Yo había conocido esa Buena Nueva desde la niñez, pero nunca tocó realmente mi corazón hasta una noche, en la reunión de Juventud para Cristo. Oía al evangelista mientras él predicaba el evangelio, puse mi confianza en Jesucristo y fui salvado. Así, en lo que respecta al Espíritu Santo, yo fui salvado esa noche del mes de mayo en 1945, cuando respondí al llamado del Espíritu.

Ahora, enfatizar al ministerio de uno de los miembros de la Trinidad, descuidando el de los otros dos, sería un error. O, enfatizar demasiado la parte de Dios y minimizar la de hombre, también sería un error. Pablo mantuvo el balance de todas estas cosas cuando escribió: "Nosotros, en cambio, siempre debemos dar gracias a Dios por ustedes, hermanos amados por el Señor, porque desde el principio Dios los escogió para ser salvos, mediante la obra santificadora del Espíritu y la fe que tienen en la verdad. Para esto Dios los llamó por nuestro evangelio, a fin de que tengan parte en la gloria de nuestro Señor Jesucristo" (2 Tesalonicenses 2:13-14).

Si yo no creyera que Dios estaba ejecutando su plan perfecto en este mundo, habría dejado el ministerio. Para mí, que Dios tenga un pueblo elegido en este mundo es un gran estímulo para el ministerio, ya fuera el de predicar, escribir, evangelizar u orar. Cuando Pablo se desanimó en la contaminada ciudad de Corinto, el Señor lo tranquilizó: "No tengas miedo; sigue hablando y no te calles, pues estoy contigo. Aunque te ataquen, no voy a dejar que nadie te haga daño, porque tengo mucha gente en esta ciudad" (Hechos 18:9-10). Jesús llamó a estas personas, "los que me diste".

Por supuesto, la doctrina de la elección es un gran golpe al orgullo del hombre. Es desafortunado que algunos líderes y evangelistas den a los perdidos la impresión de que ellos le están haciendo un favor a Dios al confiar en su Hijo. O a veces, ellos transmiten la idea de que Dios se queda quieto a menos que el pecador haga algo que lo ayude a ser salvo. El pecador escoge, ¡pero luego descubre que él ha sido escogido! Él cree, pero después descubre que su fe y su arrepentimiento fueron regalos de Dios (Hechos 11:18). Él no puede explicarlo, pero sí disfrutarlo y afirmar con beneplácito y juntamente con Jonás, que "¡la Salvación es del Señor!"

Hay cinco bendiciones especiales que le pertenecen a quienes le han sido dados por el Padre al Hijo:

1 La vida eterna (v.2). Estudiaremos este don con detalle en la última parte de este capítulo.

2 El conocimiento del Padre (vv.6-7). El mundo perdido no conoce Dios (v.25). Sólo quienes han sido dados por el Padre al Hijo lo conocen. "Conocer su nombre" significa conocer su persona y entender su naturaleza. Los hijos de Dios no sólo saben acerca del Padre, sino que lo conocen personalmente.

3 La intercesión de Cristo por ellos (v.9). Cuando Él estaba en la tierra, intercedió por sus discípulos. Hoy Él está orando por todos los creyentes. Esto es parte de su gran ministerio como nuestro Sumo Sacerdote en el cielo (Vea Romanos 8:34; Hebreos 7:25; 9:24).

4 La protección Divina en este mundo (vv.11-12). Esto involucra el bienestar físico y espiritual por el pueblo de Dios, así como también su unidad espiritual en Cristo. Dios protege a los suyos.

5 La gloria eterna (v.24). Esta es nuestra certeza del cielo. Nadie que no haya sido dado primero a Jesús, estará en cielo.

¡Cuán importante es saber que hemos sido dados a Cristo! No sorprende que Pedro escribiera: "Por lo tanto, hermanos, esfuércense más todavía por asegurarse del llamado de Dios, que fue quien los eligió" (2 Pedro 1:10). En este tiempo de “la creencia fácil” y la evangelización poco profunda, hay sin duda muchos que llamándose cristianos, nunca han sido realmente convertidos. Un líder cristiano bien conocido, me dijo que él creía que la mitad de los miembros de nuestras iglesias no eran nacidos de nuevo. Pablo advirtió a los miembros de su iglesia en Corinto: "Examínense para ver si están en la fe; pruébense a sí mismos" (2 Corintios 13:5).

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22 ekim 2025
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9789584410405
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