Kitabı oku: «Callejones de Brooklyn»
CALLEJONES DE BROOKLYN

WIL MEDEARIS
CALLEJONES DE BROOKLYN
Traducción de Ana Herrera Ferrer

Título original inglés: Restoration Heights.
Autor: Wil Medearis.
© Wil Medearis, 2019.
© de la traducción: Ana Herrera Ferrer, 2019.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.
Av. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
www.rbalibros.com
Primera edición: mayo de 2019.
REF.: ODBO515
ISBN: 9788491874362
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CONTENIDO
1 Capítulo 1
2 Capítulo 2
3 Capítulo 3
4 Capítulo 4
5 Capítulo 5
6 Capítulo 6
7 Capítulo 7
8 Capítulo 8
9 Capítulo 9
10 Capítulo 10
11 Capítulo 11
12 Capítulo 12
13 Capítulo 13
14 Capítulo 14
15 Capítulo 15
16 Capítulo 16
17 Capítulo 17
18 Capítulo 18
19 Capítulo 19
20 Capítulo 20
21 Capítulo 21
22 Capítulo 22
PARA MI MADRE
1
Ya conoces a Reddick. Es ese tío blanco que va en el metro, que tiene más de treinta y los aparenta, con unos vaqueros y unas botas manchadas por el trabajo que nunca pensó que sería permanente, que era bastante tolerable mientras esperaba la gran ocasión que nunca llegó. La paciencia endurece sus huesos como si fueran de cemento. La resignación se disfraza de estoicismo. Está en la puerta del metro, en la línea G del norte, tercer vagón empezando por delante, con los ojos bajos, los auriculares puestos, aferrado a un ritmo que casi se podría adivinar. Desde Bed-Stuy hasta Long Island City, todas las paradas tienen su salida por el otro lado, así que nadie lo molesta y no se interpone en el camino de nadie, ha cogido un espacio propio, ha encontrado una comodidad que se halla en algún punto entre la costumbre y el ritual. Apenas lo ves. Hay tipos así por toda la ciudad.
También está Harold, intentando que lo dejes pasar con tu MetroCard. De mediana edad, negro y macizo, no resulta obvio por qué espera junto a los torniquetes, mientras tú sales. Por qué no puede pagar el billete. Nada en él explica su confianza en tu caridad. Con la armadura de su sudadera acolchada y su casco de color naranja, los hombres como Harold son habituales en el metro de la tarde, con una nevera portátil de nailon entre los pies separados, el cuerpo caído, agotado por el trabajo diario.
Cogió a Reddick hace unas ocho o diez semanas, antes de las vacaciones. Fue una transacción sin palabras, cada hombre acostumbrado a desempeñar su papel, unos actos muy pulidos y suaves, como perlas, por la práctica incontable, por años y años de viajes en metro. Los dos llevaban las mismas botas. Reddick lo dejó pasar otra vez dos días después, luego tres veces, la semana después de Acción de Gracias, una serie de pequeñas coincidencias, sus calendarios momentáneamente sincronizados. El contacto se fue ampliando en cada ocasión; primero un gesto de reconocimiento, luego algún comentario y, por fin, unas preguntas amables, intrascendentes; dos superficies que se limitaban a rozarse la una contra la otra, sin más expectativas.
Unas semanas más tarde sus caminos se cruzaron en Nostrand Avenue, una coincidencia final que los dos encontraron normal, y hablaron media hora, unidos por su minúsculo plan para defraudar a los Ferrocarriles Metropolitanos, de billete en billete. Fue entonces cuando finalmente se dieron los nombres y se ofrecieron un resumen de su historia. Harold se había criado en Bed-Stuy, pero se trasladó a vivir a casa de su madre en Hunter’s Point cuando ella murió. Trabajaba en la construcción, reforzando el ejército de gentrificadores que iban presionando hacia el este en su antiguo barrio, llenando su territorio con insulsos bloques de apartamentos, llamativos reductos de ladrillo sucio y metal barato que se alzaban entre las antiguas casas de piedra. Reddick era autónomo, y trabajaba transportando cajas y colgando obras de arte de otras personas en las paredes de otras personas, y el tiempo pasado en su estudio cada vez se iba encogiendo más, por simple dejadez. Normalmente, en lugar de pintar jugaba al baloncesto. Ya apenas se sentía culpable por eso. La conciencia compartida de sus fracasos salvaba la distancia entre sus edades. Después, sus conversaciones matutinas se convirtieron en algo habitual, incluso cuando era otra persona la que dejaba pasar a Harold, unos pocos momentos robados, breves informes de los hechos más superficiales de sus vidas.
Reddick salió temprano aquel lunes para contarle a Harold lo de la chica del callejón. Era una historia más larga que el tiempo que se dedicaban normalmente. Él la había visto al volver a casa desde el bar, justo después de las once, delante de su edificio destartalado. Ella toqueteaba su teléfono, encorvada encima del capó de un coche oscuro y rodeada de nieve. Las aceras de pizarra, desiguales, estaban cubiertas de blanco, y las entradas de los edificios, envueltas en unas oleadas blanquecinas. Él captó la escena de soslayo, enmarcada por el alto esqueleto de una construcción inacabada que se alzaba en la manzana de al lado, y como la calle estaba vacía, y el coche medio enterrado en nieve, ella parecía la superviviente final de algún apocalipsis climático. Su aliento formaba cintas de condensación, más tenues que el humo de su cigarrillo. Cuando ella levantó la vista, él vio la embriaguez en su cara flácida, una refugiada de una fiesta en alguna casa, que había huido de la multitud para fumarse un cigarrito. Ella lo vio buscar las llaves, luchar con la cerradura congelada. Se le ocurrió que quizá se hubiese quedado atrapada fuera; se volvió para ofrecerse a mantener la puerta abierta, pero ella lo miró sin verlo, sin darse cuenta del gesto. La dejó fuera.
Volvió a salir con la basura, una bolsa pesada en cada mano, el plástico transparente tenso en torno a la enorme masa de cristal abultado, de botellas vacías. La chica estaba absorta en su teléfono otra vez. Él llevó las bolsas hasta el callejón cerrado con una cancela que había a un lado del edificio, las apoyó en una pequeña zanja y buscó las llaves. Había una puerta sin cerradura en la parte posterior del callejón que se abría a la parte de atrás del edificio. No la usaba porque su apartamento estaba más cerca de la escalera delantera. El llavero se había quedado enganchado en el forro de su chaqueta, él tiró fuerte, el hilo se rompió y las llaves se le escaparon entre los dedos entumecidos y cayeron al suelo. Dejó las bolsas y se inclinó a recogerlas.
No oyó los pasos hasta que estaban encima de él. Se dio la vuelta y levantó los brazos, un movimiento amplio, violento. Era la rubia. Ella no hizo caso de su reacción exagerada y se limitó a quedarse allí de pie, jadeando por la pequeña carrera y llenando de niebla el aire entre los dos. Él soltó un taco y se agachó a coger las llaves y soltó otro taco.
—No te acerques a un desconocido así —dijo él—. Y menos estando sola. Y de noche.
—Lo siento —respondió ella, con una voz tan inexpresiva que no estaba claro si sabía por qué se estaba disculpando.
Él se sentía incómodo, y eso lo irritaba.
—Quién sabe lo que podría haberte hecho…
—Eres un buen chico.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Se me da bien la gente. O sea, ver cómo es la gente. —Sus ojos empezaron a concentrarse en la cara de él, lentamente, como si recuperase un hábito perdido—. Es que pensaba que eras otra persona.
Él no le señaló su incoherencia. No importaba, dado el estado actual de la chica. Había caído en un mundo de verdades momentáneas.
—¿Vives aquí? —le preguntó ella.
—Sí.
—Pues es un edificio muy… muy chulo. —Su voz era nasal y aguda, y el final de cada palabra se mezclaba con la siguiente de una forma que interrumpía la integridad de sus bordes, amenazando su sentido. Era la voz que ponen los hombres cuando imitan a un determinado tipo de chicas blancas de veintitantos años, una voz que no casaba demasiado bien con su cara. Él se preguntó si ella hablaría siempre así. Se preguntó si no lo estaría haciendo por él
Abrió la puerta.
—Sí, está bien.
—Voy contigo.
Él la miró, y luego miró el callejón. La oscuridad esperaba para que ellos le dieran forma. Él dio un paso a un lado y la siguió hacia el interior.
—Deberíamos…, no sé, estar un rato juntos —dijo ella.
—Vale. —La puerta se cerró con un chasquido tras ellos, la cerradura encajó en su sitio. El sensor de movimiento se puso en marcha y se encendieron las luces, revelando las paredes estrechas y sucias, las hileras de cubos de basura, de plástico y de latas. Ya se habían clasificado algunas bolsas y estaban amontonadas en un rincón, cubiertas de nieve. Ella siguió hablando sin decir nada. Él abrió un cubo junto a las estrechas caderas de ella.
—Desde luego, deberíamos pasar un rato juntos, entonces —repitió ella.
Su teléfono empezó a relampaguear, no solo el dispositivo, sino también la funda, chillona y empática. Ella se lo acercó vacilante a la cara y empezó a tocar la pantalla. Era menuda, con una cabeza que a él le pareció un poco demasiado grande, la cara estrecha, con los pómulos altos y ojos grandes, como de actriz. Sus labios eran finos y no parecían encontrarse nunca. El pelo rubio y sin vida le sobresalía del gorro de lana. Las puntas le rozaban las clavículas. Llevaba unos leggings debajo de la falda, manga larga, pero sin abrigo. No pensaba estar mucho rato al aire libre. Sus dedos brillaban, llenos de anillos absurdos. Él intentó imaginarla sobria, a la luz del día, pero la verdad es que no acababa de tenerlo claro, parecía que ella se deslizaba entre varias posibilidades.
—Tengo que enviar este texto —dijo ella, concentrada—. Pero a lo mejor, no sé…, te gustaría besarme cuando acabe.
Él la miró para ver si estaba bromeando.
Ella se echó a reír con todo el cuerpo, doblándose por la cintura, divertida con su propia audacia.
—O sea, no sé, si quieres… Ya sabes…
—¿Cuánto has bebido esta noche?
—¿Yo? Eres tú el que lleva un montón de botellas…
—Estas son de anoche. Tuvimos a unos amigos en casa, para ver el partido.
Ella arrugó la nariz al oír la palabra «partido»; los deportes le parecían aburridos o repugnantes.
—¿Así que compartes el piso con alguien?
—Sí.
—¿Y está en casa? —La sonrisa de ella reveló su motivación: era precisamente lo temerario de sus actos lo que parecía emocionarla. Él no era más que un elemento de atrezo, el terreno sobre el que ella andaba por su cuerda floja.
—No.
Ella volvió a su teléfono. Las dos bolsas estaban en los cubos correspondientes, y los dos se quedaron de pie, solos, con las puertas cerradas a ambos lados. Habría sido fácil dejar que ella se derrumbara contra él. Más que fácil, un alivio. Él dio un paso hacia ella y le tocó el brazo.
—Creo que deberías irte a casa. —Él no estaba seguro de que iba a decir aquello hasta que oyó las palabras.
—¿A casa?
—Has bebido mucho.
—Sí. —Ella sonrió—. Probablemente demasiado. Pero me lo he ganado.
Su teléfono se iluminó de nuevo y ella volvió a hacerle caso. Él empezó a alejarse de ella.
—Espera. —Ella puso el cuerpo entre él y la cancela—. ¿Ya te vas?
—Sí. —Él miró por encima de la cabeza de ella hacia la acera vacía, la calle vacía—. Y tú deberías irte a casa.
—Entonces, ¿ya está?
Ella llevaba su mal genio sin demasiado rigor, provocado por una decepción que apenas parecía rozarla. No le costaría demasiado caer en cualquier otro impulso loco.
Al cabo de un momento, él suspiró.
—Mira, te voy a pedir un taxi…
—Uf…
—Si lo llamo, ¿lo cogerás?
—A lo mejor debería…
—El caso es que necesitaría el teléfono, que está arriba en mi apartamento. —Él no podía llevarla allí, no confiaba en su propia determinación, si ella decidía que valía la pena intentarlo otra vez—. ¿Por qué no me esperas aquí mientras voy a buscarlo? ¿O puedo usar el tuyo?
—Espera… —Ella se vio interrumpida por más relámpagos llamativos. Esta vez era una llamada. Se apartó de él para responder y fue hacia las profundas sombras de la parte trasera del callejón. Él notó que la atención de ella se había desplazado hacia algún otro propósito ebrio. Si él se alejaba ahora, ella no se daría ni cuenta, quizá ni recordase el encuentro en absoluto, pero se había creado una obligación, por mucho que a él le fastidiase. Si podía hacer que ella volviese a la fiesta, que se reuniera con sus amigos, el problema sería de ellos. Esperó junto a la cancela.
La puerta trasera se abrió, derramando luz ambarina sobre la pálida nieve. Vio un brazo que la sujetaba, una piel blanca, gruesa, masculina. Ella se volvió hacia allí y pareció reconocer al propietario. Colgó y entró. La puerta se cerró tras ella. Él se quedó en el callejón, solo, unos minutos, y la noche continuó como si ella no hubiese existido nunca.
—¿Si me hubiera pasado a mí? —dijo Harold—. ¿A un hermano? Ya estaría en la cárcel.
Reddick había contado aquello para reírse un poco y había exagerado su sorpresa, la borrachera de ella, lo absurdo de la oferta que ella le había hecho sin provocación alguna.
—Yo solo quería sacar la basura…
—¿No sabes quién era ni adónde fue?
—Ni idea. Lo único que pretendía era devolverla con sus amigos.
—Bien hecho. No habría salido nada bueno de seguir hablando con ella.
—Parece que he evitado un desastre.
—Recuerdo que antes una chica nunca habría salido sola a la calle, por la noche. ¿Y ahora se van detrás de los hombres en los callejones?
Negó con la cabeza, enmudecido ante la magnitud de aquella transformación. Sonó el silbato y el tren de Harold entró traqueteando en la estación que estaba por debajo de ellos. Reddick se echó atrás y lo dejó pasar. Chocaron las manos por encima del torniquete.
—Joder, tío —dijo Harold—. Si las cosas que te pasan normalmente son como esta, podrías llevarme contigo alguna vez.
Reddick salió de la estación y, bien abrigado, emprendió el apresurado camino a través de la congelada Long Island City hasta el almacén Lockstone. Entró y se unió al resto de transportistas de obras de arte que se disponían a cargar el camión para el encargo de Seward, todos ellos todavía en el descanso de la mañana, fumando cigarrillos en el muelle de carga abierto, bebiendo café ruidosamente de unos vasos de papel y mordisqueando bollería de la tienda de comestibles. El almacén era enorme y abierto, como una capilla, con las cajas alineadas como bancos de iglesia. Les contó a los transportistas la misma historia que le había relatado a Harold, exagerándola para que tuviera gracia, hasta que llegó al brazo anónimo del final, cuando la puerta se abrió y se la tragó.
—Espera un momento —preguntó uno de ellos—, ¿no viste con quién se fue?
—No. Se fue y yo volví a mi apartamento.
—Tío, qué cosa más rara.
Otro de los transportistas lo interrumpió.
—Espero que esa chica esté bien.
Reddick frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir? No la dejé sola. Estoy seguro de que simplemente volvió a la fiesta.
El otro transportista se encogió de hombros. Se llamaba Allen; era bajito y tenía el cuello ancho, un pintor al óleo que hacía abstracciones ondulantes y precisas, recuerdos de una juerga con mescalina que duró tres semanas y que vivió el último verano que pasó en Wisconsin.
—Bueno, tú no conocías a ese tío. Ni siquiera sabías si ella conocía al tío. ¿Recuerdas aquella chica de Coney Island de hace un par de años?
—¿Cuál?
—Deberías recordarla. Salió en las noticias. Se montó una buena, con hashtag y todo. Una chica borracha se va de una fiesta con dos tíos, les dice a sus amigos que se va a dar una vuelta por la playa. No conoce a los tíos, pero es una fiesta, así que todo el mundo supone que los demás son todos guais y nadie piensa nada malo cuando ella se va.
Uno de los transportistas tiró la colilla del cigarrillo fuera del muelle.
—Sí, me acuerdo.
Allen continuó.
—Sí, qué cosa más terrible, tío. Intentaron tirarla al puto océano cuando terminaron, como idiotas. Un par de rusos completamente gilipollas. La chica era una estudiante de la Universidad de Nueva York… Creo que una de sus compañeras de habitación era de Coney Island o algo así, y por eso habían ido allí. Su cuerpo apareció a la mañana siguiente, en la playa, un poco más abajo.
Reddick dio un sorbo a su café, volvió a revivir mentalmente la escena del callejón. Acababa de una forma algo extraña, pero no sacó de ello ninguna conclusión lúgubre.
—Pues sí, terrible, tío —insistió Allen.
Se quedaron callados hasta que otro de los chicos gruñó y dio una palmada en el hombro a Reddick.
—Seguro que está bien, tío. Esto es Brooklyn, si te tuvieras que preocupar por cada chica blanca borracha que se tropieza contigo, tendrías que tomar Xanax al cabo de nada. Probablemente la volverás a ver el fin de semana que viene, y no se acordará de nada. —El resto asintió, agradecidos por aquella pequeña muestra de optimismo. Continuó—: Los adultos pueden cuidarse solos.
El grupo se dispersó y empezaron a cargar el camión, subiendo las obras de arte a la parte de atrás en unas cajas y contenedores, y lo aseguraron todo con unos pulpos. Cogieron mantas, herramientas, rollos de aislante y plataformas con ruedas, y trabajaron hasta media mañana. Después de terminar, Reddick se quedó junto a la cabina, ansioso por irse, mientras Allen daba un último repaso al inventario. La semana anterior la habían pasado despejando la nieve en torno al almacén, una cuadrilla de siete, metidos hasta las rodillas en nieve polvo y hielo. Limpiaron dos de los cuatro muelles de carga de Lockstone, el aparcamiento de clientes y la acera en torno a las amplias instalaciones. Quedaron exhaustos por el esfuerzo físico y ansiando salir afuera a hacer su trabajo. Reddick miró los coches aparcados al otro lado de la calle, imaginó que veía a la chica sentada encima de uno de ellos, la vio desaparecer con un extraño. Pilas de nieve paleada se curvaban como olas en torno a los parabrisas, y el tráfico distante latía como si fuera el mar.
—Vamos. —Allen dio una palmada en el lado del camión, sacando a Reddick de su ensoñación. Abrió la puerta del pasajero y luego dio la vuelta hasta el asiento del conductor—. No estarás pensando todavía en esa chica, ¿no? —dijo en la cabina.
Reddick se subió al otro asiento.
—No —mintió.
2
La familia Seward financiaba el mundo del arte de Nueva York. Su nombre estaba situado junto a las mejores obras, y era reverenciado por comisarios y directores y citado en procedencias. Cambiaban las obras que colgaban de las paredes de su casa en Upper East Side regularmente, haciendo ostentación de adquisiciones preciadas o sacando sus favoritas de las profundidades de su sótano en Lockstone, y sucumbían a veces a la gravedad del vecino Met sincronizando una pared o una habitación con una exposición especial, suponiendo que las obras relevantes no estuvieran en préstamo. La amplitud y profundidad de su colección les permitía darse ese capricho. La instalación actual era la mayor en la que había participado Reddick en los seis años que llevaba en Lockstone. Estaba prevista para toda la semana y cubría cinco pisos, una docena de pinturas, un puñado de dibujos pequeños enmarcados y unas cuantas esculturas colgadas en la pared, más el embalaje y almacenaje de todas las obras que se estaban exhibiendo en ese momento. Cinco de los cuadros eran para la galería delantera; dos, para el comedor de abajo; las cinco últimas obras, para las tres habitaciones del segundo piso, entre ellas el salón, que se había dejado aparte para la nueva incorporación de la colección: un pequeño y serio Richter cuya adquisición había impulsado todo aquel nuevo arreglo. El quinto piso no se había planeado, sino que quedaba para la improvisación de los restos.
Lane y Dean ya estaban en la casa. Lane era el director de Lockstone. Espabilado y lleno de optimismo pijo, veinte años más joven que el hombre al que reemplazaba, se lo habían presentado al equipo dos años antes, durante un dificultoso trabajo de empaquetar una colección de esculturas densas y precarias. Apareció en el apartamento del cliente con unos pantalones cortos de algodón y unas alpargatas de lino, y Allen casi se aplasta un dedo porque Lane no pudo meter el pie bajo una caja inclinada y sujetarla. Pero su sonrisa radiante tranquilizaba a sus clientes, y los propietarios de la empresa lo adoraban. Las relaciones entre Lane y el equipo finalmente acabaron estancándose en una tregua cautelosa. Ahora se mantenía apartado de su camino, en lo posible, y a cambio ellos toleraban su supervisión.
Lane había recogido a Dean y lo había llevado hasta la casa de los Seward para que preparase el espacio para la llegada del equipo de instalación. Habían trazado el mapa de los desplazamientos por la casa, quitado las alfombras, colocado unos plásticos para proteger las paredes y la escalera principal, y envuelto la barandilla con mantas, como si fueran pañuelos de cuello. Dean había sido compañero de habitación de Reddick desde su último año en la universidad, hacía una década ya, pero últimamente prefería dormir en su estudio de Bushwick varias noches a la semana. Sus complicadas esculturas de madera de balsa consumían todo su tiempo y hacían que eligiese el raído sofá de su estudio en lugar de coger el metro a última hora para volver a casa. El trabajo duro estaba dando sus frutos, poco a poco; sus ventas habían ido aumentando de año en año, y casi cubría sus gastos con su arte. Solo necesitaba unas veinte horas a la semana en Lockstone para ganar la diferencia. Sus padres le pagaban una parte del alquiler, pero Reddick y él nunca hablaban de eso. Su estudio estaba a unas pocas manzanas del bloque de Lane, cosa que lo convertía en la elección ideal para acompañar al director aquella mañana, pero, además, también toleraba la despreocupada animación de Lane mucho mejor que los demás, de modo que todos se sintieron muy contentos de que fuera.
Los manipuladores se pusieron los botines de plástico y los guantes de nitrilo, y sus botas empapadas por la nieve quedaron en cuarentena, junto con sus abrigos, en el vestíbulo exterior. Dean esperaba en la galería, mirando extasiado un pensativo Rachel Whiteread montado en la pared de atrás.
—La idea de que esta obra esté en una caja durante el próximo año me deprime —dijo, cuando se unieron a él.
—Pues cuélgala en tu estudio. —Allen observó la suave geometría de la escultura, su superficie calcárea—. Estoy seguro de que a ellos no les importará.
Dean no le hizo caso, se quitó las gafas para limpiar los cristales y sus ojos quedaron al descubierto, rosados y tiernos.
—¿Todo bien esta mañana?
Allen se encogió de hombros.
—Tu compañero de habitación casi se tira a una chica encima de un montón de basura; pero, aparte de eso, sí, vaya, una mañana normal.
Dean miró a Reddick, que hizo un gesto de resignación.
—No fue exactamente así —empezó a contar de nuevo la historia, recortando los detalles. Apenas tuvo tiempo de oír la reacción de Dean cuando llegó Lane, los dividió en equipos y empezaron a trabajar.
Dottie, la encargada de la casa, supervisaba el trabajo. Con el pelo oscuro, exhausta pero muy compuesta, se comportaba con una impaciencia autoritaria. Por muy sucintamente que se dirigiese Reddick a ella, siempre daba la sensación de que le estaba quitando demasiado tiempo. Porque al final no dejaba de ser una Seward más, el enorme desierto que la separaba a ella de la familia anulado por la distancia existente entre ambas y el equipo, kilómetros y kilómetros de paisaje social en escorzo. Ella hablaba a menudo con la señora Seward, que era la arquitecta principal de los temas de preparación, estudio de la colocación o espaciado; a veces se oponía a su empleada con una falta de deferencia que Reddick encontraba sorprendente, aunque a menudo había algún momento, una señal en el tono o inflexión que él no era capaz de detectar, que hacían que Dottie acabase por capitular. El señor Seward no estaba implicado en aquello; él podía hablar elocuentemente de la colección de su familia en cenas de caridad o galas de museos, pero le daba igual la disposición de las obras de arte en su hogar.
Su único hijo, Buckley, solo era unos pocos años mayor que la mayoría de los miembros del equipo de Lockstone. Tenía los ojos pesados y la barbilla estrecha, que sobresalía como el tirador de un cajón de su cara compacta. Llevaba un jersey encima de la camisa con cuello, y tenía el pelo castaño ondulado y espeso hasta la base del cráneo. La familia lo llamaba Buckles. Saludó brevemente al equipo cuando llegó, sobre las once, y Reddick no volvió a verlo hasta dos horas más tarde.
Reddick y Allen formaron pareja para colgar unos dibujos en el despacho de la señora Seward, en el tercer piso. Ella misma en persona les había dado las instrucciones, ya que Dottie estaba muy ocupada con la galería de abajo, y luego se quedó a hacer una llamada, mientras ellos trabajaban en silencio. Había un retrato de ella en la pared, detrás del escritorio, un Schnabel bastante grande que Reddick quería mirar un rato más, pero no podía acercarse mientras ella estuviese en la habitación. No formaba parte de aquella instalación. Ella hablaba con un contable o consejero financiero, mientras consultaba una pirámide de archivos abiertos y documentos desparramados, y discutía el regalo de boda que planeaba para Buckley: una de sus villas italianas, una pequeña, junto a Florencia. Le preocupaban las repercusiones fiscales que podía tener la donación; el regalo debía ser un acto de generosidad, decía ella, no un problema financiero. Los transportistas, que la oían, se esforzaban por mantener la cara serena.
Su hijo entró en el despacho. Ella colgó cuando vio su rostro pálido y alterado.
—Ella no me ha llamado aún. —La voz de Buckley era profunda y autoritaria, lo que reforzaba su presencia esbelta. Luchaba para mantenerse sereno, para enmascarar su preocupación.
—Ah, Buckles, lo siento mucho. Estoy segura de que tendrá algún motivo en el que no hemos pensado.
—Esa respuesta valía anoche, cuando era solo una cena. Pero ahora han pasado casi veinticuatro horas.
La señora Seward se quedó pensativa.
—Tienes razón. No es propio de ella.
—He llamado a Tony, y parecía preocupado.
—Podemos enviar a alguien a su apartamento. Podrías ir tú mismo.
Él parecía aterrorizado ante la idea, pero asintió.
—Sí. Sí, claro, debería ir.
La señora Seward vio que Reddick escuchaba y parpadeó en su dirección tan rápido que su hijo no pudo verlo. Reddick apartó la mirada.
—Haré que Dottie te llame al coche —dijo ella.
Cuando Buckley se fue, su ansiedad contagió al personal. Un nombre parecido a una tos quedó flotando en el aire, Hannah, que puso banda sonora a las rutinas del personal. Los manipuladores pararon para comer, y, cuando volvieron, la pandemia de la intranquilidad había saturado la casa.
Se separaron y volvieron al trabajo. Cuando entraron en el salón, Reddick recordó que Dottie había dudado y no sabía si colgar o no el Polke, porque las conexiones con Richter parecían demasiado obvias, y pospuso su veredicto hasta que volvieran del descanso. Subió las escaleras para preguntarle. Había unas zonas de servicio en los tres primeros pisos, salas muy ordenadas con aparadores repletos y austeras mesas de trabajo conectadas por una escalera cerrada. Interrumpió a Dottie y a uno de sus asistentes que estaban comiendo en el tercer piso, en una especie de sala de descanso reformada. Tenían la misma conversación que el resto de la casa, y él llegó a la mitad de una frase. El nombre de Hannah quedó colgando en el aire como un fantasma.
El equipo había elaborado una teoría a partir del fragmento de conversación que oyeron Allen y Reddick. No habría mejor momento de confirmarlo.
—¿Es la novia de Buckley?
La mirada de Dottie le dijo que no era asunto suyo.
—Su prometida.
—Ha desaparecido —dijo el ayudante. Dottie intentó que se callara, pero él protestó—. Lo siento, Dot, pero así es como empiezan los rumores. Se ve a simple vista que algo anda mal. Será mejor que se lo cuentes.
—Mira, yo no intentaba husmear…
—Claro que sí —dijo Dottie—. Pero tiene razón. Es mejor que sepáis la verdad, o si no quién sabe qué historia podría correr por ahí. —Puso el tenedor con pulcritud en su plato, apartó la silla de la mesa y cuadró los hombros hacia Reddick. Su actitud y su tono asumieron la autoridad del director de un colegio echando la bronca a un alumno remolón—. La novia de Buckley, Hannah, no apareció anoche para cenar, y no se ha sabido nada de ella hoy. Estos son los hechos, y espero que sepáis ser discretos.
El ayudante suspiró.
—Dios mío, espero que esté bien. Pobre Buckles.
—Es espantoso —añadió Reddick.
—Todavía no hay nada —saltó Dottie—. No emitamos juicios antes de saber de qué estamos hablando. Y ahora, ¿necesitáis algo?
Él preguntó por el salón, y después de que ella aclarase cuáles eran sus intenciones, se fue a informar al resto del equipo. Él estaba ya casi en la escalera cuando recordó que se había dejado el nivel en el despacho de la señora Seward. Pensó en el Schnabel y retrocedió, tanto para ahorrarse un viaje después como para robar un momento a solas con el cuadro. La habitación estaba vacía; el retrato, descolgado detrás del escritorio. Reddick miró el gran lienzo. La señora Seward parecía al menos veinte años más joven que ahora, y su silueta angulosa estaba esculpida con violentos brochazos de óleo y resina. La superficie era irregular, oscilando entre unas aguadas traslúcidas y un empaste tan grueso que bordeaba casi lo geológico. Reddick pensó cuánto material habría necesitado para construir todas aquellas zonas. Los precios de venta del arte lo dejaban indiferente, pero no los costes infinitamente más pequeños de hacerlo. Atraído por la textura se acercó más, hasta estar casi apoyado en el escritorio.
—¿Le gusta Schnabel?
Dio un salto y se volvió, enfrentándose a la que hablaba, que era la señora Seward. La transición fue vertiginosa, de imagen a carne, de décadas antes al presente. Buscó referencias en los detalles de su aspecto. Su pelo de color castaño estaba salpicado de canas y peinado hacia atrás en un moño suelto y amplio. Tenía una mandíbula dura y de forma bonita, que Buckley debía de lamentar mucho no haber heredado, y los ojos grandes y hundidos entre una red de arrugas tan finas que parecían dibujadas con grafito. Se acercó a él, moviéndose con la comodidad y la soltura de alguien cuya ecuanimidad no se ha visto alterada desde hace años, quizá décadas. Él estaba inexplicablemente nervioso.
—He venido a buscar el nivel y… realmente te atrapa, ¿no?
—Es diferente cuando tú eres el sujeto. —Ella sonrió y cruzó sus largos brazos por las muñecas, un gesto que estaba destinado a relajarlo—. Pero sí, es verdad que te atrapa. ¿Es usted artista?
—Todos lo somos. Bueno, todos menos uno. Que es músico.
—Siempre me ha parecido que la mayoría de ustedes tenían que serlo. Para tratar bien las obras de arte, tienes que tener algún motivo para que te importe. ¿Expone usted?
—No, desde hace mucho.
Ella era demasiado educada para mostrar que se había dado cuenta de su duda.
—Bueno, siga trabajando. Nunca se sabe lo que puede pasar.
—Ah, sí. Gracias. Yo…, es verdad. Nunca se sabe.
Ella sonrió de nuevo. Sabía bien el poder que se hallaba detrás de su sonrisa y cómo utilizarlo.
—Creo que me he dejado el teléfono por aquí. Probablemente en mi escritorio. ¿Le importa?
Ella señaló detrás de él. Él se volvió y vio un trozo del teléfono que sobresalía debajo de una pila de documentos. Lo sacó cuidadosamente para evitar una avalancha, y su pulgar inadvertidamente marcó el botón de inicio. La pantalla se encendió. Él miró la imagen que apareció.
—Gracias. —Ella tendió la mano, pero él no se lo entregó—. Joven… —Su impaciencia estaba contenida por la cortesía. Él captó la inflexión en su voz que significaba que la charla había terminado (es fácil reconocerlo cuando tú eres el blanco), pero, aun así, él no lo soltó.
—Joven, ¿sería tan amable de darme mi teléfono, por favor?
Ella parecía perpleja por su desobediencia, y Reddick por un momento no estuvo seguro de si su autoridad no sería un puro bluf, y pensó que a lo mejor no había consecuencias por no hacerle caso. El caso es que no podía dejar de mirar la imagen de la pantalla: Buckley sonriendo detrás de una mesa, en una cena, cogiendo la mano de una rubia esbelta que la razón insistía en decirle que tenía que ser su novia, pero que, sin embargo, parecía exactamente igual a la chica que le había pedido que la besara la noche anterior, en un callejón, rodeada de basura.
3
—¿Y está usted absolutamente seguro de que era ella?
—Sí. Se lo estoy diciendo. Al cien por cien.
Estaba en el salón, en una butaca cuadrada de la Bauhaus que habían trasladado al centro de la habitación. Otros muebles estaban también apartados de las paredes, y las herramientas colocadas cuidadosamente en rincones estratégicos, el trabajo abandonado hasta que la absurda afirmación de Reddick estuviera resuelta. La señora Seward estaba sentada enfrente de él, inclinada hacia su rostro, con los codos apoyados en las rodillas. Su expresión era preocupada y amable. Su marido estaba reclinado junto a ella con un escepticismo desinteresado, su rostro aburrido igual al de su hijo. No estaba claro si es que no creía a Reddick o sencillamente aquella era una crisis por la que no valía la pena perder nada de tiempo. Dottie iba y venía por detrás de ellos, representando el papel de poli malo con una fidelidad cinematográfica. Lane estaba quieto en su sitio, intentando no sudar.
Reddick solo quería ayudar.
—Estaba oscuro —dijo Lane, ofreciéndole una vía de escape, rogándole con los ojos que la tomara.
—Las luces del callejón se encendieron. Pude verla perfectamente.
—La ropa de invierno. Gorro, bufanda… Todo el mundo va muy tapado en esta época del año.
—Ella no llevaba abrigo. Había estado dentro, obviamente no pensaba quedarse fuera mucho rato. Solo llevaba un gorro y lo llevaba apartado de la cara.
—Pero ¿por qué estaba sola en Brooklyn? —preguntó la señora Seward—. Es que no lo entiendo, sencillamente.
—No tengo ni idea. O sea, que ella en realidad no me contó nada de sí misma. —Pensó en sus ropas, su voz—. No parecía fuera de lugar allí.
La versión que contó era un poco distinta de la que había contado al equipo y a Harold. Omitió el abrupto ofrecimiento que le hizo ella. No tenía por qué levantar sospechas. Ya las sentía de todos modos, sabía qué aspecto debía de tener él a sus ojos. Solo un poco más de metro ochenta, pero muy delgado, con los hombros inclinados hacia delante de una forma que nunca le habrían permitido a su propio hijo. Un sureño desgarbado con mala piel, pelo rubio y cara rara, con los labios algo gruesos, pero una mandíbula demasiado estrecha, y los ojos demasiado juntos. Una procedencia étnica tan mezclada que resultaba por completo americana, de una forma que lo despojaba absolutamente de contexto, sin éxito de inmigrante, sin linaje colonial, solo suposiciones y pálpitos de lo que alguien podía haber sido, de matrimonios entre personas demasiado pobres y demasiado dispersas para preocuparse por anotar de qué parte del Antiguo o del Nuevo Mundo descendían. Tenía un apellido escocés, que había recibido como herencia de la única persona de su árbol familiar que decididamente no era escocesa, y podía reclamar una herencia étnica que cualquier familia antigua de Nueva York habría comprendido, aunque privadamente la rehuyera. Su abuelo paterno llevaba el nombre de Red porque era la abreviatura de Reddick, pero también porque le pegaba a su piel color arcilla. Red era negro. Reddick no. Esa herencia se había introducido entre las grietas junto con todas las demás, otro factor de ADN indistinguible en su cara de perro callejero blanco.
¿Qué veían los Seward cuando lo miraban? Se imaginaba que a un don nadie. Él no entraba en su idea de lo que era el mundo, y por lo tanto no era nadie.
Solo podían reaccionar ante sus aseveraciones con sospecha. Sus encuentros con gente como él estaban demasiado circunscritos para que fuera de otro modo. Solo en un callejón oscuro con la prometida de su hijo; el sexo se olía en aquella escena como si fuera éter. No hacía falta que lo mencionara para que pensaran en él, y si lo hacía, aunque fuese para negarlo, la insinuación cuajaría y acabaría convirtiéndose en un hecho. Asegurar que él hizo una elección moral implicaba reconocer que hubo otra opción, y en cuanto esa otra opción se le quedara pegada, no dejarían de ninguna manera que se la sacudiera.
Decidió que la oferta atrevida de ella era irrelevante, de todos modos. Bastaba con saber que estaba borracha, su vulnerabilidad se podía asumir. Lo que importaban eran los hechos, el momento y el lugar, unos datos concretos que se podían usar para encontrarla. Él se mostró muy claro en ese aspecto y dejó a un lado lo demás.
—¿Y estaba muy alterada? —preguntó Dottie—. ¿Parecía que alguien la hubiera drogado?
Reddick negó con la cabeza.
—Pues no lo sé, la verdad. Quiero decir que ella estaba… pues sí, siento decirlo, pero estaba bastante ida. A mí me pareció que simplemente había bebido demasiado, pero la verdad es que no sé mucho cómo es eso; lo de estar drogado, quiero decir. Olía a alcohol, pero hablaba con coherencia. Sabía dónde estaba.
Él dijo que llamaran a la policía. Ellos lo desestimaron, dijeron que primero querían hablar en privado; estaban perplejos por lo improbable que era lo que él estaba afirmando. Aquel encuentro casual, quiso gritarles él, pudo haberle salvado la vida. Aceptad vuestra buena suerte, sin más, y escuchad.
Buckley volvió del apartamento de Hannah. Dottie le había enviado un mensaje cuando estaba de vuelta, pero no le había dado detalles. La preocupación vaga de aquella mañana se había espesado y convertido en terror, algo de lo ocurrido durante aquel viaje le había alterado mucho. Tenía los ojos muy abiertos y estaba sonrojado.
—Mamá, ella no estaba, obviamente, pero…
—Creo que tienes que oír esto primero.
—No habían entrado por la fuerza ni nada parecido. —Su voz profunda había perdido su tono dominante. Él parecía disminuido, acobardado por la crisis que iba en aumento—. ¿Querríais papá y tú…? Me gustaría hablar con los dos sobre lo que podemos hacer ahora. En privado, por supuesto.
—Escucha, hijo.
La orden de su madre lo sacó de su escapismo. Al final pareció darse cuenta: su familia estaba alineada frente al chico que colgaba los cuadros. Era una escena viva de juicio, de acusación. Reddick vio que la cara de Buckley cambiaba y supo que ya había dado el paso: de testigo había pasado a sospechoso. Se preguntó cómo podía haber pensado que las cosas fueran de una manera distinta.
—Reddick —dijo Dottie—, cuéntele lo que nos ha contado a nosotros.
Buckley escuchó, impaciente.
—¿Y dónde fue eso? —preguntó, cuando hubo terminado el relato.
—Brooklyn. Bed-Stuy.
Las mejillas de él palidecieron.
—Eso es imposible. Ella no podía estar allí.
—¿Qué quiere decir con eso? —soltó Reddick.
—Buckles, vosotros dos vais mucho a Brooklyn —dijo su madre.
—A actos del museo. A tomar una copa a Williamsburg.
—Pero ¿no está eso cerca…?
Él la cortó.
—¡Madre!
Ella lo fulminó con los ojos y continuó:
—Cerca del BAM, iba a decir. ¿Dónde estaba exactamente, lo puede repetir?
—Al lado de la línea A, la parada de Nostrand.
—Mamá, eso no está ni remotamente cerca del BAM. —Él parecía impaciente por terminar la conversación, por quedarse a solas con sus padres—. En realidad, no está cerca de nada.
—Excepto de mi apartamento —dijo Reddick.
—Mire. —Buckley se volvió hacia él—. No se lo tome a mal. Sencillamente, quiero decir que conozco a mi prometida, sé adónde va, y sé que ella no iría nunca a una fiesta allí.
Lo rechazó con suficiencia, cortante.
—Pero ahora mismo no sabe dónde está.
—Mire, yo…
—¡Reddick! —ladró Lane.
—Estoy intentando ayudarlo, hombre. Ni siquiera me escucha.
—No creo que esté intentando ayudar en absoluto. Creo que quiere usted meterse en esta situación por algún perverso deseo de formar parte de nuestras vidas.
—¿Lo dice en serio? —dijo Reddick.
—Buckles… —le reprendió su madre.
—Es usted de esa gente horrible que llama a la policía con pistas falsas para llamar la atención.
Reddick se puso en pie de un salto y gritó que él no quería llamar la atención, que Buckley era un maldito esnob y que, si le ocurría algo a su prometida, sería por culpa suya. Lane se metió entre los dos. Los Seward intentaron calmar a su hijo mientras este le lanzaba insultos. Finalmente, Dottie sacó a ambos bandos del vestíbulo, arrastró a Reddick y a Lane a la escalera principal, hacia la galería.
—Tienen trabajo que hacer ahí, ¿no? Y les hemos contratado por… ¿cuánto? ¿Dos horas más, hoy? —Ellos asintieron—. Usted. —Y señaló el pecho de Reddick—. No se vaya de esta habitación, ¿entendido?
—Pero tiene que llamar a la policía…
—Es un asunto privado, y van a discutirlo entre ellos, como familia.
—Tiene que encontrar a ese tipo con el que se fue ella.
—Si no puede respetar su intimidad, voy a tener que pedirle que se vaya ahora mismo. ¿Me comprende? El señor y la señora Seward harán lo que crean que es mejor. ¿Lane? Hablaremos con usted en privado.
El director la siguió escaleras arriba.
Dean se reunió con él en la galería. Reddick le ofreció un sucinto relato del enfrentamiento, y después trabajaron los dos en un silencio incómodo. La hostil incredulidad de Buckley lo había dejado dolido y humillado. Justo antes de las cuatro empezaron a guardar sus herramientas. El resto del equipo bajó y cargaron los suministros y las cajas vacías en el camión, volviendo a dejar en orden todas las habitaciones. Nadie habló con Reddick, aparte de organizar la logística del trabajo. Cuando casi habían terminado, apareció Lane y lo llevó aparte.
—¿Te has calmado ya? —preguntó. Reddick asintió y él continuó—: Los Seward me han pedido que insista en que respetes sus deseos. Pensarán lo que tú les has contado y, si necesitan algo más, contactarán contigo. No debes ponerte en contacto con ellos ni con la policía, ¿entendido?
—Estoy diciendo la verdad, Lane. Esto no es justo.
—Así conseguirás conservar tu empleo, Reddick. Sería mucho más fácil despedirte y ya está. ¿Me entiendes? Yo me he peleado por ti. Es lo mejor que he podido conseguir. Dime que harás lo que ellos dicen. Déjalos en paz. No vayas a la policía. ¿De acuerdo?
—Bien.
—Bien, ¿qué?
—Bien, no los molestaré más. Tampoco iré a la policía.
—Y una cosa más. Buckley no quiere que vuelvas a su casa, de modo que te saco de este contrato. Puedes trabajar en el almacén mañana.
—¿Hay algo que hacer? —Dos trabajadores a tiempo completo llevaban el almacén, unos tipos ya mayores, a los que no les gustaba que anduvieran por allí los autónomos.
—Ya encontrarás algo. Tengo que reunirme con otro cliente en la ciudad esta noche, así que no vuelvo. Acaba y ficha después de descargar. Que lo sepan todos los demás.
Reddick volvió al camión, y se metieron entre el tráfico lento en la Setenta y siete. Las calles y aceras estaban limpias y despejadas, el brutal invierno amaestrado formó unas rayas blancas pintorescas sobre las ramas grises y las fachadas de piedra.
—¿Y bien? —preguntó Dean.
—No me han despedido. —Todo el mundo sonrió y cedió un poco la tensión. Un par de los chicos le ofrecieron apoyo.
—¿La viste de verdad? —preguntó Allen, agachado en el lecho del camión.
—Si no, no lo habría dicho.
El otro meneó la cabeza, incrédulo.
—Estaba pensando que a lo mejor te he asustado esta mañana.
—Quizá, pero no se trata de eso. Sé lo que vi. —Reddick oyó su propia voz con un deje ronco, la indignación rasposa de su credibilidad cuestionada—. Pero me echan de este trabajo. Mañana al almacén.
—Vale. Te vas a aburrir mucho.
—Ya lo sé. Eh, ¿puedo pediros un favor? Lane no va a volver al almacén esta noche, y me vendría muy bien tomar algo. ¿Podría fichar alguno por mí? Quiero ir al centro y coger unas birras.
Era una petición habitual, cuando uno del equipo tenía planes de salir a beber por la ciudad, y todos estuvieron de acuerdo.
—¿Quieres que vaya contigo? —preguntó Dean.
Reddick negó con la cabeza.
—Estoy bien, tío. ¿Te veré esta noche en el apartamento?
—Probablemente. Tengo que ir a ducharme.
Acabaron de empaquetar. En cuanto todo estuvo seguro, Reddick salió a la calle e hizo señas al camión hacia el tráfico enmarañado, y luego dio unos golpecitos en la puerta para despedirse, cuando el camión salía ya.
Volvió a la acera y miró la casa, encajada entre una hilera de mansiones elegantes de piedra caliza. Apenas sobresalía, su grandeza reducida a textura, al ambiente de riqueza vertiginosa, una imagen ofrecida a las tarjetas postales y el asombro de los turistas. Pero era un hogar; dentro había personas, cuyos nombres y rostros conocía, a los que podía ayudar, si lo dejaban. No tenía intención alguna de ir al centro. Había desaparecido una persona. Tenía que obligarlos a escuchar.
—¿Va a intentarlo otra vez?
El hombre que habló era unos diez centímetros más alto que Reddick, el cuerpo alto envuelto en un abrigo de lana negra que se abultaba suavemente por encima de su vientre redondo. Extendió una mano enguantada.
—Thomas —dijo.
—Reddick. —Le estrechó la mano, intentando recordar si había visto a Thomas en el interior—. ¿Trabaja para ellos?
—¿Para los Seward? En realidad no…; trabajo para otra familia, que vive cerca. Los Leland. —Hizo una pausa, esperando a que Reddick reaccionase ante el nombre. Como no fue así, Thomas continuó—. Tengo amigos entre el personal de los Seward. Parece que Dottie estaba furiosa después del incidente que ha causado usted, y uno de mis amigos me ha invitado a tomar un café, esperando discretamente hasta que ella tuviera la oportunidad de serenarse un poco. Él me ha contado lo que ha ocurrido.
—Y a Dottie le preocupaba que «nosotros» hiciéramos correr rumores…
—Sí, bueno…, los Seward, los Leland, su mundo es bastante hermético. Incestuoso, incluso, si no le apetece mostrarse caritativo. En cuanto estás dentro, averiguas rápidamente que no hay drama como el que ocurre a tu alrededor. Acabas viviendo su vida, así como la tuya, y tienes tus favoritos. —El hombre alto se movió, repentinamente incómodo—. Resulta difícil de explicar a la gente de fuera.
—¿Favoritos? ¿Como quién, Buckley?
Thomas asintió.
—Conozco bien a esta familia. Buckley no es tan malo. Hay cosas que…; en realidad no puede ser él mismo, la mayor parte del tiempo.
—Es demasiado orgulloso para dejar que lo ayude.
—No es eso. Puede parecer eso, pero… no es así. Estoy seguro de ello. Me han dicho que estaba muy alterado. Hay algo más que le preocupa.
—¿Algo más, aparte de la desaparición de su prometida?
—¿Parecía asustado? ¿O preocupado?
—Estaba asustado, por supuesto. —Reddick pensó en la chica de la historia de Allen, en el cuerpo gris de la chica tirado en el fango, en la resaca. Mentalmente le había puesto la cara de Hannah—. Pero por eso exactamente debería escucharme.
—Estoy de acuerdo. Solo digo que no lo juzgue tan duramente. Usted no lo sabe todo.
—¿Y por eso está usted aquí? ¿Para defender a Buckley?
—Sí y no, en realidad. La casa de los Leland está doblando la esquina, en la Quinta; he vuelto allí después de tomar café y le he dicho a la señora Leland lo que sé. Ella se ha mostrado muy interesada. Tanto que me ha pedido que lo lleve allí.
—¿Cómo?
—Me preocupaba que se me escapara. Ella quiere oír lo que usted tenga que decir.
—No estoy seguro de que deba contarle esa historia a nadie más.
—Decía usted que quería ayudar. Y así es como lo va a hacer.
La casa de los Leland tenía un guardia en el vestíbulo, un hombre viejo con un traje muy pulido, sentado ante un escritorio victoriano con un montón de ordenadores portátiles. Hizo señas a Thomas y los dos se quitaron las botas y los abrigos. Entraron hasta un salón donde Thomas dijo a otro miembro del personal que hiciese saber a la señora Leland que habían llegado. Reddick examinó la oscura habitación. Había una alfombra floral muy grande encima de la tarima de madera noble, y unos muebles cuidadosamente tallados, de cerezo y caoba, y la tapicería de las sillas se hacía eco de los temas que presentaba la alfombra: flores, parras, arabescos. El contraste con la modernidad total de los Seward parecía intencionado, un debate sobre la forma correcta de vivir. Al cabo de pocos minutos condujeron a Reddick al piso de arriba, a un salón con la misma temática.
La señora Leland lo esperaba en un sillón de orejas de color verde oliva. Era un par de décadas mayor que la señora Seward, que llevaba el pelo espeso y blanco muy tirante y apartado de un rostro formidable, lleno de arrugas. Sonrió con una precisión política y le hizo señas de que se sentase. Él la obedeció y Thomas se fue. Dos miembros del personal, chicas jóvenes, merodeaban por allí cerca.
—¿Le ha ofrecido Thomas una bebida?
Reddick respondió que no quería nada, pero ella insistió en que tomase algo. Él aceptó un café, y una de las chicas salió.
—¿Es ese un Sargent? —Hizo un gesto hacia un pequeño cuadro que tenía ella detrás. Era el retrato de una joven sonriendo maliciosamente, con una cinta de un azul pálido sujetando su pelo de color rubio ceniza. La señora Leland respondió sin volverse.
—Es de William Merritt Chase. Es mi abuela cuando era niña.
—Es precioso.
—Tenemos un Sargent en el salón de atrás —dijo ella—. Puedo hacer que Thomas se lo enseñe cuando hayamos terminado.
—Gracias. Me encantaría. —La chica volvió con el café en una taza y un plato de Wedgwood. Él le dio las gracias. Pensó en su conversación anterior con la señora Seward, después de que ella lo cogiera admirando su Schnabel—. Todos somos artistas. Los que hacemos transportes artísticos, quiero decir. La mayoría somos artistas.
—Supongo que tiene cierta lógica. —La señora Leland hizo una larga pausa, mirándolo con intención. Era más fácil de lo que él había esperado, el encuentro tenía una familiaridad encarrilada que lo tranquilizaba. Cuando le contó su historia a los Seward no era más que un intruso, que se había introducido en su crisis privada. Con la señora Leland las relaciones habían vuelto a su lugar acostumbrado. Ella quería algo de él, un servicio…; quería que le contase su historia. Sabía que ella le ofrecería algo a cambio, ayuda, esperaba, para convencer a los Seward de que lo escuchasen. Aquel encuentro tenía la seguridad y la transparencia de una transacción. A él quizá no le acabase de convencer su papel subordinado, pero lo comprendía, con una claridad que lo tranquilizaba.
Finalmente:
—Bueno, pues oigámoslo, entonces.
Él le contó las dos mitades de la historia, primero el extraño encuentro en el callejón y luego la reacción que habían tenido los Seward al oírlo. Ella escuchó sin interrumpirlo. Reddick le dio la misma versión de los actos de Hannah que había ofrecido a los Seward, por los mismos motivos: lo despojaba de interés sexual para mantenerse bien limpio.
—¿Qué le parece? —preguntó ella, cuando él hubo terminado.
—Creo que quien quiera que abriese la puerta para que entrase ella sabe dónde está. Creo que la policía debería estar en mi edificio de apartamentos ahora mismo interrogando a la gente que dio esa fiesta, elaborando una lista de todos aquellos a los que ella vio aquella noche. Y creo que tienen que entrar también en su apartamento, en busca de pistas. Creo que si no actúan con rapidez, van a perder cualquier oportunidad de encontrarla, y todo porque Buckley está demasiado avergonzado para admitir que su prometida estaba de fiesta en un vecindario negro.
—¿Era un hombre negro el que le abrió la puerta?
—No. Le vi el brazo. Era blanco.
—Pero ¿el barrio…?
—Es… mixto, ahora mismo. Ha cambiado mucho desde que yo me trasladé allí.
—¿Quiere decir que se ha gentrificado?
—Era mucho mejor antes.
—Mejor para quién, me pregunto… —No esperaba respuesta, claro. Él esperó a que continuara—. ¿Echa usted la culpa a los Seward?
Él no lo había pensado hasta aquel momento, no había ido más allá de su frustración al ver que no lo escuchaban. Pero en la superficie, la respuesta parecía obvia. Había culpabilidad suficiente para todo el mundo, una parte para cada uno de los que estaban en aquella fiesta y que la vieron salir, otra para su propia inacción, otra para la intransigencia de Buckley.
—Creo que ella…; si ocurre lo peor, en parte ellos tendrán la culpa. Moralmente, si no legalmente.
—Le importa el aspecto moral de todo esto.
—No veo cómo podría dejar de importarme.
—Un honorable cruzado.
Él sospechó que se burlaba, pero no vio nada de eso en su rostro. Solo una curiosidad objetiva, inquisitiva.
—No. Es que… ¿tan raro es creer en lo que está bien y lo que está mal?
Ella sonrió, indulgente.
—Para mí no.
—¿Puedo preguntarle por qué estoy aquí?
—Puede. Quizá sea una moralista, como usted. Quizá crea en el bien y el mal, y cuando Thomas me ha relatado los detalles de esta desdichada situación, he querido ayudar.
Él respondió, con precaución:
—¿Así que llamará a la policía?
—No irían muy lejos sin la cooperación de los Seward. Si desea de verdad actuar según sus principios, tendrá que hacerlo directamente.
—Nuestros principios, quiere decir.
Ella mantuvo la cara impasible.
—He visto a Hannah en más de una ocasión. Conozco bien a los Seward. He visto su mal genio de primera mano. Los he visto cerrar filas. Nunca son tan malvados como cuando los importuna la verdad.
Parecía demasiado vago, demasiado abstracto para que resultara de ayuda.
—¿Qué clase de verdad?
—Las versiones que no pueden controlar.
—¿Y dónde me deja eso entonces?
—Aquí. —Ella extendió las manos, elegante—. Conmigo. Donde intentaremos descubrir qué verdad es esta que los ha provocado.
—Yo solo quiero ayudar a Hannah.
—Y yo deseo ayudarlo a usted. ¿Le parece justo este arreglo? —Él asintió, sin saber exactamente a qué había accedido—. Muy bien —dijo ella—. Thomas se encargará de los detalles. Le deseo toda la suerte del mundo.
Dio instrucciones a una de las chicas de que cogiera la taza, y a la otra que buscase a Thomas y le enseñara el cuadro a Reddick. Thomas volvió rápidamente y condujo al manipulador de arte hacia la parte de atrás de la casa, a otro salón. Las ventanas daban a un espacioso patio trasero, con la nieve acordonada en suaves charcos, los bordes agudos en torno a un camino empedrado y una fuente con varios pisos.
—Aquí está el Sargent.
Reddick se apartó de la ventana y miró el cuadro. Era un pequeño retrato de un niño como un querubín, con un brillo rosado en las pálidas y redondas mejillas. Parecía que se movía. Reddick se acercó más y la imagen se disgregó, convirtiéndose en un mapa de pinceladas y pigmento disperso, un registro de gestos: tres para los labios, tres más para la nariz, un punto como ojo, un borrón como pelo. Tan poco bastaba para conjurar la ilusión de individualidad.
—Es fantástico —dijo Reddick.
—Sí. —Sonrió Thomas—. Así que ¿lo ha dejado todo bien claro la señora Leland?
—No exactamente.
—A ella le gustaría que usted investigase la desaparición de Hannah.
No era la ayuda que él esperaba…; no era ninguna ayuda, en absoluto.
—Me despedirán si me meto con los Seward.
—Hay otras líneas de investigación que podría seguir. Haga lo que ha dicho antes que debería hacer la policía. Vaya a su apartamento. Haga preguntas. Usted vive en el edificio donde se la vio por última vez.
—¿Por qué no contrata ella a un investigador privado?
—Porque no quiere un investigador privado. Cubriremos sus gastos. —Dentro de la casa, sin abrigo, había algo delicado en Thomas, en su barba recortada con precisión y sus ojos pálidos. Tenía un cuerpo de obrero, pero cara de ejecutivo. El traje le sentaba como un guante.
—¿Gastos? ¿Qué quiere decir eso?
—Aquí tiene quinientos dólares en efectivo. Guarde los recibos y, si necesita más, le haré una transferencia. —Le dio el dinero a Reddick junto con una pequeña tarjeta de visita, que llevaba impresos su nombre y un número de teléfono—. Mándeme un mensaje a este número y yo le enviaré información sobre Hannah. Su dirección, su foto…
—¿Para qué voy a necesitar todo eso?
—Para enseñársela a la gente y preguntar por ella.
—¿Quiere que vaya puerta por puerta?
—Ella quiere que usted haga lo que crea conveniente. Y me mantenga informado.
—O sea, que quiere informes.
—Lo que quiere es sencillo. —Se acercó más, hasta que Reddick pudo oler la colonia salobre que llevaba en la solapa con ojal. El hombre puso una enorme mano en el hombro del manipulador de arte—. Encuentre a la chica.
4
Había cuatro paradas hasta la línea C, luchando por respirar entre la multitud de la hora punta. Se metió la mano libre en el bolsillo de los vaqueros y acarició los cinco billetes de cien dólares que estaban dentro, doblados. No porque le importara el dinero, sino porque así verificaba su recuerdo. Eran las pruebas de que no se había imaginado aquel día tan extraño.
Se dirigía a casa para cambiarse de ropa y luego ir al Y para jugar al baloncesto. La oferta de la señora Leland exigía una respuesta de su cuerpo. Thomas había insistido en que tomase el dinero, aunque no se había comprometido aún a nada. Fue andando hacia el norte desde la parada de Nostrand y cortó hacia el este por Halsey, uno de los pocos bloques en Bed-Stuy donde las amplias aceras estaban completamente limpias y rociadas de sal, junto a hileras de casas de piedra roja, con sus gruesas barandillas y sus verjas de hierro adornadas de blanco por la nieve. Menos imponente que el Upper East Side, pero igual de bonito. Unas pocas casas mantenían todavía las luces de Navidad, y sus patios albergaban algún que otro Santa Claus o muñeco de nieve sueltos, que habían sobrevivido a las semanas transcurridas desde el año nuevo. Casi en cada casa había un cartel que declaraba su oposición a Restoration Heights. Veía la valla allí delante, las garras en reposo de las excavadoras aparcadas por el invierno, las torres esqueléticas envueltas en plástico, con los andamios, como de alambre, rodeando sus niveles inferiores.
Era fácil imaginar cómo comenzó todo: en un mapa de Brooklyn, en algún despacho enorme, se vio el futuro. Se empezó con el East River, donde la presión creciente del centro de Manhattan enviaba una oleada a la costa opuesta, una marea creciente de blancos jóvenes y ricos que fluía hacia el interior a lo largo de la L y la J, que anegaba y desplazaba a las comunidades negras y morenas, rodeando las islas afianzadas de complejos de viviendas, o criminalidad, o sencillamente gente que amaba demasiado su casa para venderla. Ya ahogó a Williamsburg y Bushwick años atrás, empujando hacia el este y el sur, hacia el único punto final lógico, la convergencia entre las dos líneas de ferrocarril: Broadway Junction. En cuanto se marcaron las fronteras, lo único que quedó fue rellenar los espacios, pintar encima de las vidas y negocios existentes con panaderías de pan sin gluten y carriles bici, montones de bares y cafeterías de comercio justo, tiendas que venden queso a cuarenta y nueve dólares la libra. Delinear y rellenar.
Pero existe otra línea de metro en esa convergencia. Por qué limitar ese terreno de juego a la L y la J, cuando la A forma la frontera natural por el sur. Y ya estaba pasando también, al borde de Clinton Hill, en Bed-Stuy y Crown Heights. Refugiados del superpoblado Bushwick habían establecido allí campamentos base, cuatro o cinco en cada apartamento, maravillándose por el espacio y los detalles arquitectónicos, subvencionados o solo recientemente exsubvencionados por sus padres, con trabajos profesionales y salarios profesionales, pero con valores y aspiraciones bohemios. Niños cuyos deseos pueden hacer ricos a hombres listos. El modelo ya estaba establecido. Hagamos a la A lo que le hicimos a la L. Apartándonos del mapa, tracemos ese nuevo perímetro: desde el agua, a lo largo de la L, hasta el East New York, pero no toquemos la A, sigámosla de vuelta al oeste, hacia el río. ¿Veis lo que hace?, ¿la forma que tiene? ¿Cómo capta y unifica? Qué desfachatez. ¿Cómo se atreve a reclamar el corazón del barrio? Es el golpe maestro de una guerra de tierras, una doble envoltura. Solo permite una respuesta: la rendición más abyecta.
Restoration Heights es el eje conceptual. Dos torres en la propiedad principal, rodeadas por un espacio comercial, un pequeño parque con una zona abierta, acacias de tres espinas y sicómoros, un quince por ciento más de unidades asignadas a alojamientos asequibles de lo que requieren las ordenanzas municipales, un campus que va desde Tompkins hasta Throop. Dos edificios satélite más pequeños que siguen la misma lógica, camuflados por un diseño habilidoso. Extendidos como un gesto de conciliación, una forma de unir el proyecto con el tejido del barrio, de dejar intactas las señas de identidad, a la sombra de las nuevas construcciones. Una rama de olivo, como si la magnanimidad no fuera una marca más del poder.
Los niños blancos se quejarán —otro bloque de pisos, más mierda empresarial destruyendo el barrio—, pero esos mismos niños blancos se irán a vivir allí. «Nunca pensé que viviría en un lugar como este, pero, uf, necesito lavaplatos. Y odio las lavanderías. Todos mis amigos están aquí, y además el diseño encaja en el barrio, no como esos otros edificios, con portero». El caché del barrio, pero ninguno de sus problemas. La emoción culpable de estar rodeado de negritud, sin tener que vivir como ellos. No separados, sino desiguales.
Pero todavía tienes que ganarte a la comunidad: el consejo local, el Distrito Histórico. Por eso has elegido esa manzana, todo en conjunto es un adefesio, excepto la iglesia, y vas a mantener la iglesia. Casas de ladrillo de la época de la posguerra, y un macizo y descuidado edificio de apartamentos. No encajaba con el resto del barrio, representaba precisamente ese tipo de añadidos que pretendía evitar la creación del Distrito Histórico, de modo que lo derribas todo, les das algo que sí encaja, un diseño que respeta la arquitectura del entorno. Véndelo como creación de empleos. Dale un nombre que lo conecte con un hito geográfico de la comunidad, que evoque una falsa historia. Soborna a las personas adecuadas. Avasalla a los que no puedas convencer.
Esperas protestas. Esperas que una coalición de las bases se movilice. Mucho retorcerse las manos, oposición negra, culpabilidad blanca. Esperas que tengan algunos éxitos. Los permisos se retrasan, los concejales votan en tu contra, pero, al menos, tienes al alcalde. Esperas una dura lucha, hasta que se abre la tierra en el primer solar, e incluso después, cuando la batalla está ganada, pero la oposición continúa. Han pasado tres años desde que Corren Capital compró el primer solar. Los antiguos edificios se derribaron, se vertió cemento, se construyó el esqueleto, y todavía el resentimiento erige obstáculos y frenos. No has hecho ningún progreso en los dos solares más pequeños, donde los edificios actuales todavía siguen en pie. Debes confiar en el impulso global para realizar la totalidad de tu visión. A finales del otoño surge algún tecnicismo, una ordenanza que tu grupo de abogados pasó por alto, y tienes que parar. Lo envuelves todo para pasar el invierno y le echas la culpa al clima. Nevaba en Acción de Gracias. Prometía ponerse peor, ser lo bastante duro y lo bastante regular para ofrecer una excusa plausible, el peor invierno desde 1996. Salvas la cara, no les permites siquiera esa victoria menor. Restoration Heights definirá Bedford-Stuyvesant durante las décadas venideras.
La verdad es que parecía un sitio estupendo para ocultar un cuerpo. Quizá por eso había ido. Se quedó mirando entre los paneles de contrachapado verde las láminas de plástico que el tiempo había vuelto opacas, los espacios oscuros que se abrían por debajo. Los niños seguro que se metían por allí. Buscó pruebas: botellas, paquetes de cigarrillos arrugados. No parecía nada difícil meterse dentro. Quizá los vagabundos lo utilizaran como refugio. Montones de material de construcción se encontraban diseminados por la obra, formas enigmáticas de plástico y metal esperando la primavera. Enormes zonas de tierra yerma, enterrada en blanco, rodeaban las torres no terminadas. Definitivamente, se podía esconder un cuerpo.
Era una forma de empezar muy morbosa. Si es que era eso, un principio. ¿Por qué suponer que había un cadáver, una muerte? La chica de Coney Island había unido a Hannah a un destino violento; Reddick no podía olvidar las similitudes. Solo se había propuesto andar junto a la verja y mirar, un objetivo a medio formar que lo ayudase a pensar. No podía admitir que ya había tomado su decisión. Fue hacia el norte, a Monroe, y se volvió hacia el oeste, hacia la Y.
Había cancha libre a las siete, después de que el último grupo de clase de fitness dejase libre la sala. La gente era variable, sobre todo a finales del invierno, y se iban congregando juegos informales en torno al cambio de turno de la tarde, media cancha o toda entera, según el humor y la habilidad. Derek esperaba fuera de la pista cuando él llegó, animando al grupo que estaba haciendo la última ronda de carreras y sentadillas con salto. Reddick no comprendía nunca el atractivo de esas clases, una hora sudando y haciendo un simulacro desvaído del entrenamiento que tanto temía cuando jugaba con el equipo del instituto. Chocó los cinco con su amigo y se sentó en el suelo a su lado.
Derek era nativo de Bed-Stuy y parecía que conocía a todo el mundo. Era un año más joven que Reddick, un poco más grueso, musculoso y compacto. Hacía atletismo en la universidad y su aspecto lo demostraba. Ambos eran aleros en el instituto, jugadores rápidos y potentes que desde el principio iban continuamente hacia el aro, de modo que no eran complementarios de manera natural. Pero también les gustaba jugar juntos y encontrar formas de que aquello funcionara. El juego de Derek tenía más repertorio, ya que podía quedarse fuera, pasar el balón a Reddick con cortes hacia dentro, mientras retrocedía y lanzaba tiros en suspensión.
En cuanto la clase despejó la sala, dieron unos saltos y ganchos con una defensa poco entusiasta. Todos los demás se habían quedado en casa por culpa del tiempo. Estuvieron solos casi media hora, y Reddick se lo contó todo a Derek.
—Espera. ¿La vecina de Buckley Seward quiere que tú averigües lo que le ha pasado a la novia?
—No son vecinos exactamente. —Silbido—. Pero sí. Qué raro, ¿eh?
—¿Estamos hablando del mismo Buckley Seward?
—¿Cómo lo conoces?
—Porque trabajo con dinero. Y los Seward tienen muchísimo. La gran pregunta es cómo lo conoces «tú».
—Ya te lo he dicho, son clientes. Nosotros nos ocupamos de su colección.
—Y también, como parece por lo de hoy, de encontrar a sus conocidos perdidos.
Reddick cogió un rebote y se encogió de hombros.
—Pues sí.
—Eres un artista. No estás cualificado para esas mierdas.
—Pues no.
—Esa señora te está utilizando para algo.
El tiro de Derek cayó fuera y Reddick lo dejó rebotar. Estaba tan absorto por lo que debía hacer que apenas había pensado en los motivos de ella.
—¿Cómo?
Derek recogió el balón y lanzó un tiro en suspensión desde la esquina, y luego giró en torno a Reddick para atraparlo de nuevo.
—Que te está utilizando, tío. No sé exactamente qué jueguecito se trae, pero algo trama. Si lo que le preocupase fuera la chica, sin más, habría contratado a alguien que fuera capaz de hacer el trabajo.
—¿Y yo no puedo hacer el trabajo?
—Tú sabes hacer «algún» trabajo. Por ejemplo, no sé, dibujar. Y pintar.
—También jugar al baloncesto.
—Como alero eres una mierda. Pero sí que sabes jugar un poco. Lo que no sabes hacer es encontrar a una chica blanca desaparecida.
Mientras hablaban, dos tíos llegaron al gimnasio y empezaron a quitarse las sudaderas. Reddick no conocía a ninguno de los dos. En cuanto los recién llegados se unieron al calentamiento, la conversación se interrumpió, y su atención se acabó centrando cuando se dirigieron a un inevitable dos por dos. Uno era de piel clara y robusto, con aspecto tímido y un poco de pelo oscuro en el labio superior. Quizá de unos veinte años, pero al menos cinco centímetros más alto que ningún otro en la pista, y movía su estatura con ligereza. Empezó a jugar marcando a Derek. Estaban acostumbrados a que pasara eso, en las raras ocasiones en que sus oponentes no eran habituales del Y, que siempre emparejaban a su mejor jugador con Derek, atraídos por su físico de atleta y los prejuicios inherentes a su piel oscura. El otro era más bajo, unos años mayor, con la cara picada de viruelas, unas trenzas anudadas muy tirantes y la sonrisa astuta. Empezó a hablar inmediatamente, ese tipo de tío cuya boca era la mitad de su juego, que contaba con aturullarte a base de insultos y abrir los agujeros de tu frustración. Era muy divertido, la verdad.
—Joder, pareces Tom Hardy con sida —le dijo a Reddick, cuando se alineó—. Estoy jugando contra Tom Hardy pero delgaducho y enfermo.
Siguió con el tema a medida que progresaba el juego.
—Joder, este Tom Hardy, el Delgaducho, es rápido.
—¿Qué dice en tu camiseta, Tom Hardy el Delgaducho? ¿Qué demonios es Modest Mouse?
—Eh, qué pasa, Tom Delgaducho. ¿Dónde tienes la máscara de Bane?
—Tom, el Delgaducho, hoy está jugando como nunca en su vida, ¿eh? Les vas a hablar a tus nietos de esta noche…
—Este tío juega al baloncesto con una camiseta de un grupo de rock indie…
Hay una cualidad atlética distinta, que no se ve hasta que la persona se mueve. Aceleración, poder, rapidez, ese conjunto de cualidades que hacen a alguien explosivo, y que no está ligado al peso, ni a la fuerza, o la cantidad visible de músculos que tenga. Defensas de fútbol americano que pesan ciento treinta kilos y pueden saltar por encima de sus compañeros de equipo, gimnastas que miden solo metro cincuenta y que se lanzan y hacen dobles saltos mortales hacia atrás. Es la misma adaptación, un porcentaje de gente que tiene una fibra en sus músculos que está encerrada en ellos ya nada más salir del útero. El trabajo duro puede establecer pequeñas diferencias en cada dirección, expandir la cantidad total y mejorar el rendimiento, pero las proporciones básicas siguen intactas, más o menos. Es una adaptación genética, y como cualquier adaptación genética puede estar mucho más representada en unas poblaciones que en otras. Hay tendencias, más hondas y más específicas que la raza. Un velocista jamaicano es más parecido a una levantadora de pesos búlgara que a un corredor de maratones keniano, en la composición y la fuerza de su cuerpo, en la madeja de fibras y neuronas que trazan el mapa de su potencial atlético. Pero estas son verdades específicas y, en cuanto están desvinculadas de su estrecho terreno, dan alas a unas expresiones feas y perezosas. Se convierten en alimento para la intolerancia y el estigma. Crean falsas expectativas. Y cuando aparece alguien atípico, el nivel de sorpresa está más o menos en función de la profundidad a la cual han llegado esas expectativas.
Que es lo mismo que decir que Reddick no siempre estaba seguro de cómo reaccionaría la gente cuando hacía un mate.
El tipo de las trenzas se quedó inmóvil. Haciendo un mohín. No importaba que su compañero de equipo ya hubiese metido una, después de que Reddick y Derek se enzarzaran por un bloqueo; no importaba que hubiera cogido el rebote tras un tiro precipitado de Derek que había pegado en el tablero, sino que el blanquito le había hecho un mate. Estaba cabreado. Había construido su juego sobre las bravatas, pero no se lo tomaba bien, si las cosas le iban en contra.
—¿Has visto?, ese blanquito te ha hecho un mate —era la primera frase completa que habían oído pronunciar al jugador más joven.
El de las trenzas estaba enfurruñado.
—Esa mierda no iba conmigo.
—Eras tú el que estabas ahí.
—Tío, ni siquiera he saltado.
—Porque has visto lo que iba a pasar —lo provocó Derek.
Reddick podía hacer un par de jugadas explosivas como esa en un partido, no solo mates, sino también cortes, saltos y salidas cruzadas, hazañas atléticas, más que de habilidad. A los nueve o diez años, como era el único chico blanco de su calle de North Gastonia, aprendió a jugar así. Sus amigos y él solo querían ser Jordan. Saltaban con las piernas extendidas, sacaban la lengua y hacían mates con pelotas de tenis, o juguetes pequeños de hermanos menores, fingiendo que el borde de la acera era la línea de tiros libres, y volaban hacia la gloria. Ser como Mike. Nadie le dijo que era del color equivocado, que se suponía que tenía que facilitar la defensa o trabajar en ella. Nadie trabajaba en la defensa. O hacían una exhibición o morían en el intento.
En su edificio a veces lo discriminaban, arrebatos que eran recriminaciones de un legado que eran todos demasiado jóvenes para verbalizar, pero nunca en la cancha. Allí podía desaparecer. Las marcas de su diferencia, su cabello rubio, su piel rosada, acababan siendo irrelevantes por la ambición compartida. Solo había un baremo por el cual se juzgaba a un jugador: ¿sabe encestar? Si la respuesta era sí, todo lo demás no importaba.
Acabó el primero en puntos en el segundo año de la universidad, una hazaña conseguida mediante una arrancada tan rápida que bordeaba la arrogancia. Notó que aquello molestaba un poco a sus compañeros de equipo negros, un resentimiento que no era envidia, pero sí algo oscuro, estructural. Él se agobiaba mucho por lo que veía como una injusticia, ¡ni que fuera la vanguardia de otra campaña más para frenar el progreso negro! ¡Ni que estuviera intentando quitarles algo! Él no quería quitar nada a nadie, él quería formar parte de algo. Nunca se le ocurrió pensar que esa diferencia en realidad no importaba.
Tuvo ofertas para jugar en la Segunda División, pero, por el contrario, fue a la Facultad de Bellas Artes.
Ser blanco lo convertía en una minoría en el Y, como cuando estaba en el instituto, pero la incredulidad que despertaba a veces su buen juego raramente se expresaba en términos raciales, o al menos no lo expresaba la nómina habitual de tipos que se reunían para jugar por las noches y los fines de semana. La mayoría de ellos habían jugado al baloncesto en el instituto también y estaban acostumbrados a encontrarse entre atletas de diferentes procedencias. El baloncesto era puro deporte otra vez, liberado de la maraña de la ambición y el estatus. Hasta en noches como aquella, en las que llegaban nuevos jugadores y Derek y él explotaban sus expectativas, y él esperaba aquel punto de resentimiento, esa sensación de que estaba traspasando sus límites. Lo esperaba y lo temía, y le preocupaba estar imaginándoselo, que todo estuviera en su propia cabeza, que fuera una historia que él se había montado, y de nuevo volvía al instituto, y perdía así su única fe.
Pero a quién no le gusta jugar. Sobre todo, con un tipo que ha construido todo su juego con la boca. Reddick consiguió él mismo dieciséis de los veintiún puntos que necesitaba para ganar: Derek apenas sudó, y cuando el Trencitas estuvo dispuesto a admitir la derrota y cambiar, él estaba demasiado cansado para suplir a un antiguo atleta colegiado y diez años más joven que él, además. Derek soltó dos tiros en suspensión indiscutibles y un gancho y salieron de la cancha.
—Buen juego —dijo Reddick, extendiendo el puño. El tipo más alto lo saludó con un golpe. El Trencitas se lo quedó mirando tanto tiempo que todo el mundo se sintió incómodo, y al final extendió también su puño. Entrechocaron los nudillos con suavidad. Los derrotados se fueron primero, dejando la cancha vacía como terreno conquistado.
—Se ha puesto un poco insolente —dijo Reddick.
—El blanquito le ha hecho un mate.
—Ya sabes que mi abuelo…
—Nadie se cree que tu culo blanco proceda de un abuelo negro.
Se dirigieron a las escaleras.
—Creo que era mitad y mitad.
—Sí. Mitad blanco y mitad inventado.
Se echó a reír.
—Voy a tener que traerte una foto.
—Eso es lo que me dices siempre. Pero aún no he visto ninguna.
—¿Quieres ir a la taquería?
—No. Le he prometido a mi madre que veríamos Netflix y compraríamos comida preparada esta noche.
Unieron las manos y entrechocaron los hombros, y Reddick se fue solo hacia el vestuario que había en el sótano.
—Eh —llamó Derek, cuando Reddick estaba ya en el primer rellano—. ¿Y qué vas a hacer con lo de esa chica?
Él soltó el aire y se quitó el sudor de la frente.
—Creo que voy a intentar encontrarla.
Repitió esa afirmación a Dean y a Beth Han. Los tres estaban en el salón de Reddick y Dean bebiendo cerveza. Reddick empezó desde el principio para poner al corriente a Beth, y luego pasó a la enigmática oferta de la señora Leland.
—¿Qué puede esperar de ti una mujer como ella? —Beth Han hacía joyas, y los demás se referían a ella casi siempre por su nombre completo para diferenciarla de su compañera de estudio, que también era diseñadora de joyas y también se llamaba Beth, y que tenía un farragoso apellido polaco que nadie quería aprenderse. Su estudio estaba en la puerta contigua a la de Dean. En el edificio siempre se referían a ellas en plural, las Beths, y cuando había que singularizar a una, siempre era Beth Han la que acababa dignificada con una individualidad humana, y la segunda Beth quedaba reducida a un reflejo o una descripción. La Otra Beth, o la Beth Blanca. La Beth Rubia, hasta que Beth Han se tiñó el pelo con mechas color hueso, lo que complicó también esa distinción. Beth Han vivía en su estudio, sin ducha, y eso significaba que pasaba algunas noches en otros sofás para mantener una higiene aceptable. Durante las últimas semanas, esos otros sofás habían sido allí, en el horario de Dean. Algo estaba floreciendo entre ellos, y Reddick no se metía.
—Como he dicho. Ella espera que yo la encuentre.
—Pero ese no es el auténtico problema —dijo Dean—. Lo que quiero saber es por qué las chicas se te echan encima cuando han bebido.
—Eh, espera, ¿esto ha ocurrido antes?
—Sí, le pasó dos veces nada menos, en Bellas Artes.
—Era totalmente distinto —protestó Reddick—. Yo ya conocía a esas dos chicas.
—Estabas en la misma clase que una de ellas. La otra era de Baltimore. Estábamos en una fiesta, en una casa, y ella lo siguió al baño, en serio.
—Pero yo llevaba toda la noche hablando con ella. Y estaba loca, además.
—¡Reddick! —Los ojos de Beth se abrieron mucho, y se tapó la boca con la mano—. ¿Qué hiciste?
—¿Qué quieres decir? Salí corriendo de allí.
—Ah, ¿sí? Ay, Dios mío…
—Simplemente, me di la vuelta y salí corriendo.
—No puedo creer que la dejaras.
—Estaba en primer curso. Solo con ver una teta me daba un ataque de terror.
—No tenía ni idea de que teníamos semejante poder.
—Promete que solo lo usarás para el bien.
—Nunca. —Todos se rieron y bebieron. Beth continuó—: Bueno, esa fue una. ¿Y la otra?
—Completamente distinto. Yo tonteaba mucho con aquella chica de dibujo de figuras. Estábamos tomando algo en el estudio una noche, y al final parecía que iba a pasar algo, definitivamente, pero fue ella la que hizo el primer movimiento. Estuvimos saliendo unas semanas después de aquello. Solo Dean ha podido conectar eso con el otro incidente.
—Porque tú no tuviste que hacer nada. —Dean se enderezó las gafas, intentando parecer molesto—. Yo, por otra parte, me parece que siempre he estado haciendo el trabajo pesado.
Beth miró de refilón a Dean, tan sutilmente que Reddick casi se lo pierde.
—En serio —dijo ella—. No pensarás hacerlo, ¿verdad? No es problema tuyo.
—Pues no lo sé. A lo mejor…
—¿Y por dónde empezarías? —preguntó Dean.
Él pensó en Restoration Heights, en que su cadáver podía estar allí, azulado y duro bajo la nieve. Era demasiado morboso para decirlo en voz alta, pero no podía quitarse la imagen de encima.
—Buckley parecía realmente sospechoso —dijo.
—Es lo que suele pasar normalmente, ¿verdad? —dijo Dean—. Cuando muere alguien, suele ser el marido, o la compañera.
—El marido —dijo Beth—. El hombre.
—Las mujeres también matan a sus parejas.
—Los hombres normalmente son los que perpetran la violencia, es lo único que digo.
—Bueno, eso está bien, porque solo tengo sospechosos hombres. Estoy analizando todas las posibilidades.
—Entonces, ¿ya tienes sospechosos? —preguntó Dean.
—Solo uno.
—Ah, vale. Buckley. Los Seward son una familia con mucho nivel. Debe de haber una tonelada de información online sobre él.
—No creo que debamos animarlo en esto —dijo Beth.
Dean cogió su teléfono.
—Vamos a buscarlo. —Investigó un momento—. Es graduado de Wharton. Parece que estuvo en Filadelfia más o menos al mismo tiempo que nosotros, y se sacó el MBA. Aquí está en el Instituto de Asuntos Culturales. Supongo que ayudó a montar su exposición. —Volvió el teléfono para que Reddick pudiera ver la pantalla. Buckley estaba de pie en un balcón que daba a la ciudad universitaria, con una copa de vino en la mano. Había posado para la foto, pero parecía despierto y confiado, un joven privilegiado que llega al poder. Reddick pasó muchas más fotos, fotos de las obras de la galería.
—Recuerdo esa exposición —dijo—. Fue la primavera antes de nuestro primer año. Yo había venido para echar un segundo vistazo a Bellas Artes.
—Pues entonces no lo vimos.
—¿No fue a Penn Sarah? —preguntó Beth.
—Sí —respondió Reddick—. Es verdad. —Sarah era una pintora que trabajaba en el mismo edificio que Dean y Beth. Era un poco mayor que Reddick; habían salido unas cuantas veces, pero la cosa no había ido más allá de tomar unas copas—. Seguramente estuvo allí al mismo tiempo que él. Quizá lo conozca.
—Ahora ya tienes un testigo que interrogar.
—No es buena idea. —Beth se rio nada más decirlo.
—Vale, ¿qué más?
—Tengo su dirección. —Thomas le había dado esa información junto con la foto, después de que Reddick volviera del Y—. Quizá vaya a comprobarlo.
—¿A buscar el qué? —preguntó Dean—. ¿Señales de lucha?
—¿Te acuerdas de que Buckley parecía bastante alterado ayer cuando volvió del apartamento? A lo mejor vio algo…
—No lo sé. Dijo que no había entrado nadie a robar, ni nada parecido.
—Pero no lo habría dicho aunque fuera verdad, ¿no? Quiero decir… si es un sospechoso.
—¿Y cómo piensas entrar? —preguntó Beth—. Al apartamento, quiero decir.
—Pues no lo sé. —Reddick toqueteaba el cuello de su cerveza—. Supongo que solo me acercaré por allí y ya improvisaré.
—Haces unos planes muy detallados —dijo Dean—. Siempre es algo que admiro de ti.
—Ja, ja. Ya se me ocurrirá algo.
—Vale, así que tenemos un sospechoso, un testigo, una escena del crimen.
—También está la gente que dio la fiesta —dijo Reddick—. Quizá vieran algo.
—¿Y cómo los encontrarás?
—Pues supongo que llamando a algunas puertas.
Dean hizo una mueca.
—No lo hagas. Yo vivo en este edificio también.
—Tengo que hacer «algo». Puedo empezar mañana, después del trabajo.
—Es muy emocionante —dijo Beth—. Una especie de juego.
La respuesta de Reddick fue mucho más intensa de lo que se proponía.
—No es un juego para Hannah.
La inesperada gravedad de ese hecho apagó su buen humor. Se quedaron bebiendo en silencio. Dean y Beth consultaron sus móviles mientras Reddick se miraba las manos sin ver. Finalmente, Dean habló.
—Reddick, ¿vas a hacer esto de verdad?
—No lo sé. —Se acabó la cerveza—. Sí.
5
Otra mañana temprano, otro viaje en metro. Harold que lo esperaba al otro lado del torniquete.
Chocaron los puños.
—¿Qué tal, hermanito?
—Eh, ¿recuerdas la historia que te conté ayer? ¿Lo de la chica? Pues se ha puesto la cosa muy rara. —Reddick le dijo lo que había pasado en casa de los Seward, la coincidencia con la identidad de Hannah y la inesperada respuesta de la familia.
—¿Ves?, así es como tratan a la gente. Así es como son —dijo Harold—. Si no eres uno de ellos, lo que digas no importa.
—Ya sé cómo me ven, que yo para ellos no soy más que basura. Pero no pensé en ese momento que me estuvieran dejando de lado completamente.
—Tú no lo piensas nunca. Yo sí que lo habría pensado. Me habría dado cuenta de que no se iban a creer ni una sola palabra de lo que les contase. He aprendido que eso es lo que hay que esperar de gente como ellos.
—Bueno, pues habrías tenido razón. Porque Buckley no quería ni escucharme.
—¿Y qué pasa entonces con la chica? ¿Ha desaparecido?
—Eso parece.
—Y ahora tú te has obsesionado con ella.
—Fui la última persona que la vio.
—Te sientes responsable de ella, de alguna manera.
—Alguien tiene que serlo. Mira, yo…, esto es un poco tonto, pero no puedo evitar seguir pensándolo… Tú trabajaste en Restoration Heights, ¿verdad?
El otro asintió, sombrío.
—Sí, es verdad. Antes de que lo parasen. No digo que los que protestaban no tuvieran razón, pero también estaba en juego el trabajo de la gente.
—Sí. Siento que pasara eso. Es que yo…, ¿se encuentran alguna vez cuerpos en las obras en construcción?
—Claro que sí. Bueno, no muchas veces, pero sí que pasa, eso lo sé. Cuando dejan un proyecto un poco abandonado, mientras el ayuntamiento manda inspectores a la obra para comprobarlo todo, para asegurarse de que nada se desmanda, ¿sabes? Pues a veces encuentran cosas.
—¿Cuerpos?
—Cuerpos. A veces sí, cuerpos. A veces otras cosas que tampoco deberían estar ahí. Drogas. Campamentos de gente que no tiene ningún sitio adonde ir. ¿Crees que la chica puede estar ahí?
—No sé por qué he pensado en eso.
—Con este tiempo, si está allí, no estará de camping. Siento decirlo.
—Ya lo sé.
—Pero, escucha. Ya sabes que yo me crie por allí alrededor… conozco a unas cuantas personas. O sea, gente que está informada. Si pasa algo chungo, lo saben.
—Creo que esto debe de ser algo doméstico.
—No importa. Te digo que si ha ocurrido algo, yo conozco a algunas personas que pueden averiguarlo. —Parecía acelerado por su propia confianza, como si al insistir en sus afirmaciones él mismo se las fuera creyendo más—. Después del trabajo suelo ir a un sitio junto a Clinton Hill que se llama Ti-Ti’s, y allí puedo averiguar lo que tú quieras. Si realmente te interesa, me lo dices.
Reddick se lo pensó. ¿Cómo era posible que algún amigo de Harold supiera algo de aquello, algo de Buckley Seward? Había muchas capas de Nueva York entre ellos, estratos muy reforzados de clase y raza, diseñados explícitamente para mantener una distancia infranqueable.
—Creo que de momento no.
—Lo veo en tu cara, Reddick. No puedes dejar esto. Mira, te voy a dar mi número. Si cambias de opinión, me mandas un mensaje. —Cogió el teléfono de Reddick para añadirse como contacto.
—Conque Ti-Ti’s, ¿eh? A lo mejor puedo ir algún día allí contigo. ¿Qué te parece?
—Cuando quieras. Destacarías un poquito, pero bueno. No te enfades.
—No te preocupes, hombre. No me afectan ese tipo de cosas. Ya sabes que mi abuelo era negro.
Harold levantó la vista desde el teléfono, con la cara inescrutable y solemne. Al cabo de un momento sonrió.
—Venga, Red. Me gustas, hermano. No hace falta que digas eso.
—Es verdad.
—Puede ser. Pero eso no significa nada. Tú eres tan blanco como cualquier otro blanco de Long Island City esta mañana. No te obsesiones con eso.
En el almacén, los empleados a tiempo completo, enfadados, no tenían trabajo para él. Fue vagabundeando por las salas, merodeó entre los sótanos hasta que encontró una caja vacía donde sentarse y se puso a trabajar con el teléfono.
Primero los Seward. Puesto veintiséis en la lista Forbes de las familias más ricas, una fortuna amasada con las industrias más antiguas de América, el acero y el petróleo, que les había permitido la extensa filantropía que había etiquetado con su nombre salas de conciertos y espacios especiales de exposiciones, alas y renovaciones en todo el noreste. Dinero viejo que había envejecido bien, vigor juvenil mantenido por un compromiso con la vanguardia cultural. Buckley tenía dos tíos muertos (de cáncer y de accidente de avión) y varios primos, pero ningún hermano. Era el único heredero de la línea de Nueva York.
Y luego estaban los Leland, que ocupaban el puesto número veintitrés de esa misma lista. El artículo que anunciaba su lugar en la lista estaba perdido en la segunda página de los resultados de búsqueda: la primera la ocupaban entera los logros del hijo de la señora Leland, que era político. Reddick leía las páginas de política por encima, al azar de los escándalos y las elecciones, y no había oído hablar nunca del senador del estado Anthony Leland, pero los artículos de prensa lo pintaban como una estrella emergente, una especie de sosias de Christopher Reeve con la mandíbula cuadrada, que se iba poniendo canoso con una precisión estética. Su linaje no hacía juego con su cara. Para las normas de la mayoría de las familias de la lista, era solo un nuevo rico. La familia era pobre hasta que el abuelo de Anthony hizo fortuna. Resultaba difícil de creer la afirmación de la señora Leland de que William Merritt Chase hubiera pintado a su antepasada, de modo que buscó imágenes, encontró el cuadro en concreto y clicó. Retrato de una niña sirvienta. La modelo trabajaba en la cocina de la hermana del artista: era hija de inmigrantes irlandeses que americanizaron su apellido y se consideraron muy afortunados al encontrar trabajo en casa de la clase alta anglicana. Pronto hasta esa tenue conexión se perdió, y el cuadro se convirtió solamente en una leyenda familiar, una historia que se contaba en tiempos de la Prohibición con whisky de Hell’s Kitchen, hasta que el padre de la señora Leland volvió de la guerra habiendo aprendido algo del dolor: que su ubicuidad era un mercado no explotado aún. Construyó un imperio sobre los opiáceos, y cuando el cuadro salió a subasta, su hija lo compró, reclamando su historia y adoptando una estatura que se les negó a sus antepasados. Construyeron no solo una colección en torno a aquella obra, sino también una forma de vida.
La cuestión era quién estaba celoso de quién. ¿Creía la señora Leland que los Seward habían recibido injustamente el don de un estilo de vida por el que su padre tanto luchó y se mostraban demasiado despreocupados con un premio que ella, en cambio, atesoraba? ¿O bien eran los Seward los que se sentían irritados por haberse visto sobrepasados en la lista de los más ricos por una familia de donnadies, relativamente hablando? ¿Significaba tanto eso para la gente como ellos?
Quizá no significara nada. Y cualquier tensión entre las dos familias fuese un tema secundario para encontrar a Hannah. Lo que importaba era que la señora Leland quería ayudar, y él podía dejar a un lado sus motivos.
A mediodía, los empleados a tiempo completo habían conseguido convencer a Lane de que no había el trabajo suficiente para tenerlo por allí rondando, y el director lo llamó para mandarlo a casa.
—No es que estés despedido, exactamente —dijo Lane—. Esto no es ningún castigo. Pero no te necesitaremos hasta la semana que viene, cuando termine el trabajo de Seward.
Le pareció muy bien tener tiempo, y el dinero de la señora Leland lo compensaría de las horas perdidas. Volvió a su piso, se hizo un bocadillo de pavo e intentó planear por dónde empezar. La dirección de la chica lo atraía, pero la idea de ir lo intimidaba. La confianza que sentía la noche anterior se había evaporado con su agitación. Necesitaba volver al principio. Empezar con algo más fácil.
¿Qué había dicho Thomas? «Haz preguntas. Vives en el edificio».
Llevó el plato al fregadero, cogió el teléfono y miró la foto. Hannah estaba de pie junto a Buckley, y la habían sorprendido riendo. Era difícil creer que aquella fuese la misma chica del callejón. El pelo parecía más espeso; las mejillas, más redondas. No parecía alterada por la suerte que había tenido. Lo que iba a ganar con su matrimonio era inimaginable. Quizá ella ya tuviese riquezas propias, o quizá buscaba a otro, y ya estaba preparada para asimilar su adquisición. Pero si era por accidente, ¿qué presiones podía haber creado aquello? ¿Se sentía ella liberada o atrapada? Recordó su conversación, su ambigüedad; ¿luchaba para permanecer serena? ¿Habría sido suficiente para hacerla huir?
Buckley, a su lado, tenía el aspecto de un hombre pegado a un misterio luminoso. ¿Qué quería un hombre de su posición de una mujer?, ¿qué podía ofrecerle ella? ¿Discreción? En último caso, no arrojarse encima de un desconocido en un callejón. Quizá el domingo por la noche no fuese la primera vez, quizá él hubiera empezado a buscar y hubiese descubierto deseos que no podía tolerar. ¿Podía haberse sentido él tan posesivo como para hacerle daño a ella?
No había motivo para sospechar de él ni de nadie, todavía no. Ella era vulnerable, era una víctima fácil. Podía haber sido cualquiera del edificio.
Reddick cogió una libreta Moleskine pequeña y un lápiz de su estudio. Fue hacia la parte de atrás del edificio, llamó al ascensor y subió hasta el piso de arriba. El vestíbulo del sexto piso era idéntico al suyo, de baldosas desvaídas y puertas color óxido, con los alféizares y las esquinas llenas de polvo gris, abandonadas. Había algo institucional en aquel silencio hueco, en la intrusión de sus pasos resonantes. Fue hasta la primera puerta, contuvo el aliento y llamó.
No ocurrió nada. Esperó y volvió a llamar. Al final escribió una nota, preguntando si los ocupantes habían hecho o asistido a alguna fiesta en aquel edificio el domingo por la noche, explicando que no era ningún vecino quejoso que protestara por el ruido, sino que solo intentaba encontrar a una persona, y que podían enviarle un correo si sabían algo. Pasó al siguiente apartamento. Esta vez le respondió un hombre. Reddick le preguntó por la fiesta, el hombre parpadeó, soñoliento, y dijo que no recordaba haber oído nada. Él le dio las gracias y siguió adelante. Cada vez era más fácil, y había empezado a adaptarse a su nuevo papel. Los dos últimos apartamentos de aquel piso estaban vacíos, y volvió a escribir la nota.
Bajó un piso por las escaleras y repitió el proceso. De los tres inquilinos que le respondieron solo recibió miradas de extrañeza y respuestas que no ayudaban nada. Dejó otra nota en la última puerta. No creía que la fiesta hubiera sido tan arriba, así que todavía no se sentía desanimado. Esperaba tener más suerte en el cuarto piso, pero pasó lo mismo, sobre todo apartamentos vacíos. No era la hora del día más adecuada para hacer aquello, tenía que haber esperado hasta la tarde. Una mujer del 4C recordaba el ruido y dijo que estaba bastante segura de que venía de algún sitio por debajo de ella, quizá justo debajo. Nadie respondió en el 3C ni en los demás apartamentos de aquel piso. Escribió cuatro notas más. En el segundo y primer piso los vecinos que hablaron con él recordaban la fiesta, pero no habían prestado demasiada atención, porque los pasos y las risas se mezclaban con los sonidos típicos de una noche de fin de semana.
—Los domingos eran tranquilos en este edificio, en tiempos —se quejó un hombre.
Reddick volvió a su propio apartamento. No había llegado ni siquiera a enseñar la foto de Hannah. Ya había completado su tarea y no tenía plan alguno para la tarde, aparte de seguir las pistas que generase su búsqueda. Se puso el abrigo y las botas, cogió sus zapatillas y se fue al Y.
Eran más o menos las cinco, demasiado temprano para jugar un partido, la cancha estaba tranquila en el tiempo muerto entre los programas diurnos del instituto adyacente y las clases nocturnas de recuperación. Lanzó unos tiros él solo, dejando vagar la mente. Entre los ecos del rebote del balón podía oír la respiración de un hombre que corría en la pista interior, por encima de él. Al cabo de veinte o veinticinco minutos empezó a llegar gente para la clase siguiente. Él no les prestó atención. Cuando llegó el profesor, cogió su abrigo y sus botas y bajó las escaleras. Derek estaba en el vestíbulo.
—¿Ya te vas? —le preguntó su amigo.
—Hay una clase arriba. Solo intentaba matar un poco el tiempo.
—Ven a levantar pesas conmigo.
Reddick arrugó la nariz.
—Qué cobarde eres —dijo Derek.
—Es que pesan mucho.
—Claro, de eso se trata.
—Pero se parece a mi trabajo.
—El trabajo es bueno para ti. Por cierto… ¿no trabajas hoy?
—He salido temprano. —Le contó que lo habían enviado a casa, y le habló de las notas que había dejado en su edificio.
—Tus vecinos pensarán que estás loco.
—Si puedo ayudar. Aunque sea un poco…
—Tienes que meter a la policía en esto.
—Ya te lo he dicho. Me despedirán.
—Quizá no, si lo mantienes extraoficial. ¿Conoces al policía que trabaja por aquí? —Reddick negó con la cabeza—. Te lo presentaré si quieres. Puedes preguntarle.
—¿Está aquí ahora?
—Tendría que estar. Levanta pesos con Sensei. Están aquí todas las noches.
Sensei tenía sesenta y algo, era más o menos de la misma altura que Reddick, pero pesaba veinte o treinta kilos más, sin un gramo de grasa y robusto como un toro. Había adquirido su sobrenombre por la seriedad de sus seguidores, cinco o seis hombres musculosos de veintitantos años que seguían su régimen de levantamiento de pesas con una devoción que casi parecía un culto. Reddick solo lo conocía por su reputación, hasta que se encontraron en una manifestación contra Restoration Heights, en otoño. Reddick había ido con Dean, que no compartía su interés por el barrio y que solo quería un lugar barato donde vivir mientras se dedicaba a su arte. La multitud era negra en un ochenta por ciento. La incomodidad de Dean era palpable. Sensei estaba de pie ante la Universidad de New Rochelle aquel día, con un traje bien planchado y abrochado y un gorro kufi blanco; se reconocieron del Y y se presentaron. Sensei había ayudado a organizar el acto.
Dean habló después favorablemente de la manifestación (él siempre se las arreglaba para estar en el lado correcto de la historia), pero no significó nada para él, simplemente fue una posición más que calibrar. No tenía ninguna implicación emocional con el resultado.
Reddick y Sensei hablaron ocasionalmente después, en la entrada o el vestíbulo del Y. Sus conversaciones eran cordiales pero breves. Reddick había olvidado cuál era el nombre real de Sensei y dudaba de que nadie lo llamase Sensei en su cara.
—Vamos —dijo Derek.
Fueron a la sala de pesas.
Varios tipos estaban reunidos alrededor del aparato de pesas: Sensei, dos amigos suyos y un número indeterminado de acólitos, algunos de los cuales se limitaban a mirar. Sensei acababa de levantar lo que a Reddick le pareció una cantidad imposible de pesos en su espalda. Le temblaban las piernas. Dos de los tipos ayudaron a volver a colocar las pesas en los estantes. En cuanto estuvieron seguros, Derek se introdujo en el grupo; Reddick se limitó a esperar allí cerca.
Admiraba la habilidad social de Derek. Era medio innata y medio aprendida, su inteligencia y encanto fácil bien entrenados por una vida entera cruzando barreras de raza y clase. Su madre había comprado una casa en Bed-Stuy poco después de llegar de St. Thomas. Derek tenía dos años. Él y su madre se quedaron solos tras la muerte de su padre; ella lo sacó adelante con una hipoteca barata y un trabajo tedioso. Durante diez años vivieron en el apartamento del sótano y alquilaron los demás, recortando gastos, haciendo malabarismos con inquilinos negligentes e industriales deshonestos. Luego, ella compró la casa de al lado, y tres años después, aquel edificio de la esquina, donde había cinco apartamentos y una tienda en la que antes ella compraba para hacer la cena, todo latas abolladas y celofán. Su diligencia y su triunfo fueron un mapa de carreteras para su hijo. Después de sacarse el MBA se quedó en el sur de Florida, trabajando en un banco de inversiones pero dedicando su tiempo a otros proyectos, inmobiliarios y de otro tipo, ostensiblemente disfrutando de la playa y los clubes, pero, en realidad, sospechaba Reddick, disfrutando del trabajo. Había vuelto un año antes con unos buenos ahorros y perspectivas en un puñado de bancos del centro, todo lo cual iba posponiendo hasta encontrar y conseguir un apartamento en Manhattan. Mientras buscaba vivía con su madre en una casa de piedra oscura, a un par de manzanas del Y.
Hizo señas a Reddick. Estaba de pie junto a un hombre bajito, de mediana edad y regordete, con el pecho y la barriga grande, la cara amable y el pelo muy corto alrededor de una coronilla desnuda y brillante. Como toda la gente de Sensei, era negro. Sonrió cuando se acercó Reddick. La zona en torno a las pesas era un lodazal de tiza y sudor.
—Así que necesitas un poli, ¿eh? —dijo.
—Reddick, este es Clint.
Reddick le contó su encuentro con Hannah en el callejón y la respuesta de los Seward. Clint lo escuchó, inexpresivo.
—A ver, dejemos las cosas bien claras. Viste a una chica una vez, durante dos o tres minutos y de noche, y ahora estás convencido de que es la novia desaparecida de un tío para el que trabajas, aunque el tío dice que no es ella.
—Es que la vi.
—Viste a alguien. Y quizá le hayas dado vueltas en la cabeza y hayas metido la cara de esa otra chica en tu memoria. No te imaginas la de veces que pasa eso.
—De verdad que era ella.
—¿Y ha desaparecido realmente? O sea, ¿alguien de su familia o ellos mismos han presentado una denuncia por desaparición?
—Esa es una de las cosas con las que pensaba que podrías ayudarme.
—¿Quieres que te lo averigüe?
Reddick asintió.
—Dame tu teléfono.
Se secó las manos y lo cogió.
—¿Así que puedes acceder a los datos policiales online? —preguntó Reddick.
—Sí. Se llama Google. —Le enseñó los resultados de la web y clicó en el primero, la web del ayuntamiento—. Puedes encontrarlo por barrios.
—Joder —dijo Reddick.
—Estamos en el siglo veintiuno. Hay recursos para toda esta mierda. No tienes que darme la lata a mí. —Su tono era jovial, de broma.
Reddick le devolvió su teléfono.
—Su nombre no está aquí.
—Pues ahí lo tienes. —Eso parecía responder la pregunta para él.
—Pero sigue desaparecida. Quiero decir que… yo estuve en casa de esa gente. Los oí decir que ella había desaparecido. ¿No puedes hacer nada por una persona si no hay denuncia por desaparición?
—¿Cómo es posible que una persona haya desaparecido si nadie la echa de menos? ¿Qué sentido tiene eso?
—Pero eso precisamente es lo que te estoy diciendo. Que los oí decirlo.
—Mira. Ha pasado… cuánto, ¿un día y medio? Si no lo han denunciado es porque la habrán encontrado. Quizá a ella se le fue la pinza y se volvió a casa con su familia. ¿Sabes de dónde procede? —Reddick negó con la cabeza—. ¿Ves?, tendrías que saber eso. Son las primeras personas a las que tendrías que haber llamado. Porque, tengo que decírtelo (no es mi especialidad pero lo sé), estás hablando de un caso doméstico, y, casi siempre, lo que pasa es que la persona en cuestión se ha ido. Nuestros chicos aparecen en su casa, hay una maleta hecha, un montón de perchas vacías colgando del armario, pero el pobre marido está demasiado conmocionado para admitir que su mujer lo ha dejado por su propia voluntad. Que se ha vuelto a casa con su familia, o con un amante, o que simplemente quería algo de tiempo para pensar. A veces es la única manera de tener esa conversación que tanto necesitaban tener. Es privado y no tiene nada que ver contigo.
—Pero es que yo la vi.
—Pero es que tú dices que viste a alguien que se parecía a ella. A oscuras. Esto es Nueva York, tío. ¿No comprendes que tenemos cosas que hacer?
Dejó que asimilara esta última frase y dio unas palmadas en el hombro a Reddick.
—Sin rencores, ¿vale?
—Pero ¿y si averiguo algo? Alguna prueba, algo que demuestre que ha desaparecido. ¿Me ayudarás? Extraoficialmente, para que los Seward no hagan que me despidan…
Clint meneó la cabeza. Estaba claro que creía que ya había hecho todo lo posible.
—Escúchame: no eres policía. Ni siquiera eres investigador privado. No puedes hacer esto.
—Pero ya he empezado. Solo quería saber si puedo acudir a ti si encuentro algo.
—No encontrarás nada porque no hay nada que encontrar.
—Pero ¿puedo acudir a ti o no?
El otro suspiró, ablandado al fin por la persistencia de Reddick.
—Si tienes pruebas de que se ha cometido algún delito, tienes la responsabilidad de entregarnos esas pruebas. Y no te prometo nada. No te estoy encargando nada. No te digo tampoco que te vaya a ayudar. Simplemente, es tu obligación legal.
Reddick sonrió.
—Entonces, volveré.
—Pruebas, he dicho. ¿De acuerdo? «Pruebas».
«Pruebas» significaba algo más de lo que podía averiguar hablando con gente que estuvo en la fiesta. La insistencia de Clint lo dejaba bien claro. Necesitaba algo tangible, algo que probara que ella había desaparecido, que borrase todas las dudas; incluidas las suyas propias. Una ruptura abrupta no explicaba ninguna de las cuestiones que lo atormentaban: por qué había reaccionado Buckley como lo hizo, por qué Hannah estaba sumamente borracha la noche que desapareció…; pero tenía la fuerza de lo corriente, el atractivo de la simplicidad. Tenía que eliminarlo… o sucumbir a aquello si el apartamento de ella estaba vacío, sus armarios desnudos. De cualquier manera, tenía que estar seguro, tenía que tacharlo de la lista. Fue andando hacia el metro.
La hora punta ya estaba decayendo; esperando un tren que fuera hacia el norte, entró en la wifi de tráfico para ahondar en la investigación y leyó los resultados de camino. Quería ver si los hechos respaldaban la negación confiada de Clint. Encontró un artículo en el que se resumían los datos de las personas desaparecidas y que se remontaba a media década, en torno a medio millón de casos registrados en un año, con una lista de unos noventa mil individuos desaparecidos durante ese periodo de tiempo. Le sorprendió mucho ver que incluso estaba separado por géneros y por edades. Como la mayoría de las aflicciones americanas, golpeaba sobre todo a los más pobres. Casi todos los casos acababan resolviéndose. Niños secuestrados por un padre o una madre divorciados, adultos que desaparecían de su hogar, confundidos por las drogas o la locura, persiguiendo fantasmas. Personas que habían tenido tan mala suerte que huían soñando con una vida mejor, escapando de un compañero violento, de un padre o una madre abusivos. En la mayoría de los casos, la causa era explicable, y entraba dentro de los hechos de la historia personal: sus vidas eran un prólogo para su desaparición.
En algunos casos habían sido asesinados.
Cerró el teléfono, salió y fue andando por la noreste hasta la Nonagésima entre York y la Primera. Le costó nada menos que veinte minutos a paso rápido, asaeteado por el frío, llegar al edificio de Hannah. Lo vio desde la acera opuesta, seis pisos de ladrillo pálido en el centro de una calle residencial, no tan nueva ni tan cuidada como los bonitos edificios de pisos de la esquina. Una escalera de incendios de hierro, brillante por la helada, serpenteaba por la fachada. Reddick tachó una posibilidad de su lista: que ella hubiera llegado al matrimonio ya con dinero, que no se hubiera dejado amilanar por la facilidad que daba el estilo de vida de Buckley. Su barrio era lo que en la ciudad pasaba por clase media, los residentes conseguían flotar por encima de unos gastos que podrían ahogar a gran parte del país, pero que alguien como Buckley podría permitirse con la calderilla que se dejaba en el bolsillo de la chaqueta deportiva. Reddick pensó en la ropa de Hannah, en la forma que tenía de hablar… La chica a la que él conoció, ¿podría haber abandonado las comodidades que le prometía el matrimonio con Buckley? Quizá nunca lo hubiese amado, quizá solo se tratara de su dinero, y su desaparición fuera una capitulación a las presiones de su engaño. Quizá estuviese huyendo de las consecuencias de su propia codicia. Quizá hubiese vaciado su apartamento y estuviera por ahí en algún sitio de la carretera, aliviada por verse libre de una mentira.
Su número era el 4B. Todas las ventanas del cuarto piso estaban oscuras, y las cortinas hacían juego por parejas: parecía que había dos apartamentos por planta, que compartían la escalera de incendios. Supuso que el de ella estaría a la izquierda, ya que desde dentro del edificio, dando hacia fuera, los apartamentos ascendían de izquierda a derecha, como el alfabeto. Pero no había forma de estar seguro. Las persianas estaban levantadas en las ventanas de la izquierda. Intentó ver el interior, pero no pudo distinguir nada más allá de un alféizar lleno de cosas: un par de plantas, un cuenco. Había luz en el apartamento de abajo y vagos movimientos detrás de sus finas cortinas. Se preguntó si ella conocería a alguien en el edificio.
El estrecho vestíbulo estaba muy iluminado, y la forma de su interior se transparentaba por la puerta de cristal. Reddick vio que el ascensor estaba abierto y que un hombre salía de él. Atravesó la calle corriendo y cogió la puerta justo cuando salía el hombre.
—¿Va a entrar? —preguntó el hombre. Era blanco, bajo, con los hombros caídos, el pelo ondulado y castaño metido bajo un gorro de lana.
Reddick intentó fingir que era de la casa.
—Sí, gracias.
—¿No tiene llave? —El hombre sonreía, sin parecer suspicaz.
—No, sí que tengo, es que… estoy de Airbnb, y todavía no me he acostumbrado a las llaves. En realidad… ella no dijo si se le permitía subalquilar o no, así que será mejor que se olvide de lo que le he dicho.
El tipo se rio.
—Vale, hombre. ¿En qué apartamento está?
—¿Conoce a Hannah, del cuarto piso?
—El cuarto… ¿la rubia? ¿La que es bastante guapa?
—Sí, ¿la conoce?
—No, solo la he visto fumando en la escalera de incendios.
Reddick tiritó.
—¿Con este frío?
—Supongo que si estás pillado, estás pillado, ¿no? De todos modos, yo estoy arriba, en el sexto. —El tipo extendió la mano y le dijo su nombre, Reddick mintió acerca del suyo, y luego mintió unas cuantas veces más. No sabía adónde podía dirigirse el hombre, pero la verdad es que no parecía que tuviese mucha prisa. Reddick dijo que sí a todo, respondió a lo que se le preguntó y se le empezó a ocurrir un plan mientras escuchaba.
Al cabo de unos minutos lo puso en marcha.
—Bueno, me gustaría preguntarle una cosa… ¿qué pasa con la azotea? Ella tiene una foto de la vista en su anuncio, pero no me ha dicho cómo subir. ¿Tiene acceso todo el mundo o solo los apartamentos del piso superior?
—Es para todo el mundo, desde luego. Hay una escalera aparte que sube desde el sexto. A la izquierda del ascensor. Dios, si fuera solo nuestro no podría pagar el alquiler. Y la vista tampoco es tan especial.
Reddick se encogió de hombros.
—Aun así me gustaría verla; ya sabe, es la primera vez que vengo a Nueva York.
—Claro, hombre. Recuerdo cuando la ciudad era así… nueva y estimulante. —Suspiró, afectando un conocimiento fatigado—. Lo que pasa es que te acaba cansando.
—Supongo que sí. ¿Cuánto tiempo hace que vive aquí?
—Casi dos años en realidad. —Asintió con un aire de cansado orgullo.
Reddick miró al pecho del hombre, manteniendo la cara indiferente.
—¿En este edificio todo el tiempo?
—No. Me vine aquí la primavera pasada. En realidad, justo antes de que viniera la chica a la que le ha alquilado el piso. Recuerdo que la vi entrar con un par de cajas y me pregunté cuándo traerían los de la mudanza el resto de sus cosas. Yo trabajo en casa y lo oigo todo. Ruidos, todo.
—Bueno, escuche, voy a subir, pero me alegro mucho de haberme tropezado con usted.
—Sí, yo también. Si necesita algo, solo tiene que venir al 6A. Y procure tener a mano la llave la próxima vez. Este barrio es bastante seguro, pero aun así nos gusta tener seguridad.
Reddick sonrió.
—Claro.
El tipo lo dejó solo dentro del brillante vestíbulo. Él cogió el ascensor hasta el cuarto piso. Había adivinado correctamente: el apartamento de ella estaba a la derecha. Llamó a la puerta de metal y esperó. Nada. Volvió a llamar para tener la total seguridad, unos golpecitos que esperaba que no oyera el vecino. Apretó el oído contra la puerta. El apartamento estaba tan silencioso como una tumba.
Volvió al ascensor, subió hasta el sexto piso, subió las escaleras hasta la azotea. El viento le hinchó la chaqueta. Un puñado de sillas de plástico desparejadas estaban desperdigadas en torno a una mesa rajada, y el conjunto, todo cubierto de nieve. Rodeaban el edificio unos rascacielos, llenos de puntos de luz, alzándose hacia el cielo negro como la pez. Si ella fumaba en la escalera de incendios tan a menudo que hasta aquel hombre la había visto, quizá no se preocupase tampoco de cerrar la ventana. Las barandillas de hierro de la escalera de incendios se curvaban por encima del saliente del tejado; las cogió y bajó con mucho cuidado hasta el primer rellano. El metal helado traqueteó bajo su peso. Fue deslizándose junto a ventanas oscuras hasta llegar al cuarto piso.
Probó a abrir la ventana de Hannah, con suavidad… y estaba abierta. Miró a su alrededor abarcando todo el edificio y se aseguró de que nadie lo observaba, y la abrió del todo. El cuenco del alféizar estaba lleno de ceniza y colillas retorcidas. Lo apartó a un lado y se deslizó en el cálido apartamento.
Cuando Reddick tenía trece años tenía un amigo, Alvin, que estaba en la banda del colegio. Era una húmeda tarde de julio y los dos estaban aburridos; Alvin había conseguido muchos fondos el día anterior en la recaudación de verano, vendiendo caramelos, y entregó sus ganancias en la casa del director de la banda, un piso de dos dormitorios junto a Crowders Mountain, en medio de bosques. No había ninguna otra casa a la vista, dijo Alvin. Vio al director de la banda guardar su dinero con el resto y meterlo en una desbordante caja de metal dentro del cajón del escritorio. Tenía que haber al menos trescientos o cuatrocientos dólares, insistía, una cantidad astronómica. Reclutaron al hermano de Alvin, que era mayor y tenía carné de conducir, pero era un ratón de biblioteca, muy tímido, para que los sacara en coche. Lo sobornaron ofreciéndole una parte igual a la suya, le dijeron que podía esperar en el coche mientras ellos hacían todo el trabajo.
Los chicos sacaron el cristal deslizante de la puerta de atrás y lo abrieron, haciéndolo descarrilar con un palo. Nada fue como lo habían planeado: el cajón del escritorio estaba vacío, y la caja de metal había desaparecido. El director de la banda debió de llevársela aquella mañana para depositar el dinero en un banco. Discutieron si saquear el lugar, pero resultó que ninguno de los chicos tenía corazón de ladrón: robar las ganancias de la recaudación les había parecido que no produciría víctimas, cosa que sí ocurriría con las posesiones personales del director de la banda. Pero no se fueron. Estaban atrapados por la emoción de la transgresión. Saquearon el frigorífico, se bebieron el Sundrop de dos litros y arrojaron la botella vacía al suelo, abrieron los cajones de todas las habitaciones, colocaron un ejército de frascos de medicamentos de color naranja con etiquetas rojas en la mesa de la cocina, inventaron absurdas enfermedades para que cada uno recibiera tratamiento. Se rociaron el uno al otro con la colonia del súper. Revolvieron sus videocasetes, rezando para encontrar alguno marcado como X. Fuera, el hermano de Alvin se retorcía de terror en el coche que era como un horno. Los chicos salieron dos horas más tarde, embriagados por su propio atrevimiento: la casa toda desordenada, la puerta deslizante torcida y descarrilada, sus bolsillos vacíos.
No bravuconearon ante sus amigos, porque tenían demasiado miedo. Un pánico que bullía a fuego lento los invadió mientras esperaban que las noticias de la incursión corrieran por la escuela, porque las sospechas recaerían inevitablemente en ellos, atraídas por algún error, alguna falta de atención en su ejecución. Pero no llegó nunca, una ausencia que Reddick interpretó como una afrenta al orden moral del mundo, al sentido de las consecuencias merecidas, forzosas tanto por la decencia empática de su madre como por su idea adolescente del honor y la retribución. Fue una lección. El castigo no siempre viene solo, no es una ley natural, una consecuencia inevitable. Se puede uno librar de todo si no lo pillan.
Esa lección iba en ambos sentidos.
El apartamento de Hannah estaba bien cuidado y era soso, amueblado con una frugalidad chic: un núcleo de Ikea con algunos toques de florituras hechas a medida. Había media docena de grabados en las paredes, con marcos a juego. Reconoció uno de ellos, un angustiado Paul Klee. Había ayudado a guardar en una caja el original el día anterior, en el comedor de los Seward. En un rincón, debajo de una alfombrilla de yoga caída, había un rodillo para hacer abdominales. Un radiador gorgoteaba debajo de la ventana. Reddick buscó el termostato, pero no encontró nada: probablemente lo controlaba el propietario, y el calor sofocante no decía nada del estatus de Hannah. No podía arriesgarse a encender la luz, así que esperó a que sus ojos se acostumbraran al escaso brillo que venía de la calle. Escuchó su aliento, su propio pecho exhalando júbilo y miedo en igual medida. El aire era tan seco como las hojas caídas.
Una barra corta separaba el salón de la cocina; recorrió con calma ambos espacios, repasando cada objeto con una atención forense. Observó que el control remoto del televisor estaba en el sofá, tirado despreocupadamente después de apagar el televisor. La falta de libros, correo o revistas eran prueba de una vida ordenada. Había vasos sin lavar en el fregadero, cajas de sobras de comida para llevar amontonadas como si fueran bloques de construcción infantiles encima del frigorífico. Cogió una, abrió la tapa y lo invadió el olor carnoso de la lasaña. Estaba algo reseca pero comestible, quizá tuviera una semana. Volvió a dejarla con cuidado, y entonces vio una foto de ella y Buckley pegada a la puerta del frigorífico con un imán en forma de girasol. La foto se había tomado en ángulo por encima de ellos, el hombro levantado de Buckley lo marcaba como el autor de la foto: un selfi sonriente, no inmunizados por la riqueza de Buckley contra los típicos placeres tontos de pareja. Reddick guiñó el ojo, intentó leer los detalles del fondo con aquella luz escasa. Era una foto hecha en un interior anónimo, y no podía saber qué ocasión la había provocado. Fue al dormitorio.
Había ropa oscura tirada en el suelo, junto a una cama mal hecha. Se dirigió a los cajones, tocó los tiradores redondos con los guantes de invierno que llevaba. La infracción tenía diferentes niveles, había matices en las fronteras que traspasaba para llegar a la más pequeña de las muñecas matrioskas de la casa y las propiedades de ella: se preguntaba en qué punto habría pasado el límite, qué grado de delito podría justificar. Abrió el cajón superior. Estaba lleno de telas ligeras, ordenadas y dobladas, con fragmentos de encaje insinuando una intimidad que le repelió. Lo cerró y abrió el armario, un nicho poco hondo, apenas lo suficiente para contener la ropa: vestidos, pantalones y camisas separados por tipos, colgados de cualquier manera en colgadores de plástico. Cerró la puerta del armario, volvió al salón.
Dio la vuelta lentamente en el centro de la habitación, contemplándolo todo desde la distancia, un paso final para ver si había algo que pareciera extraño. No había nada allí que pudiera haber asustado a Buckley, solo el vacío, la negligencia despreocupada que indicaba que ella podía volver en cualquier momento. No había hecho el equipaje, no se había preparado para ningún viaje. Ya había visto suficiente.
Volvió a recorrer el piso para asegurarse de no haber dejado nada fuera de su sitio. La ventana estaba cerrada; el cuenco, bien colocado en el alféizar. Puso el cerrojo de la puerta para que se cerrara después de salir él, miró por la mirilla y escuchó por si oía el ascensor. En cuanto estuvo seguro de que todo estaba tranquilo, abrió la puerta, se dirigió al vestíbulo y se fue.
6
Alimentado por la adrenalina, fue a Bushwick y, mientras se tomaba unas copas para relajarse un poco, contó a Beth Han y Dean todo lo que había pasado.
—No puedo creer que hicieras eso —dijo Dean.
—¿Y si te hubieran cogido? —preguntó Beth—. Te habrían detenido.
—No cogí nada.
—Pero no es solo eso.
—¿Una nota en cada puerta? Todo nuestro edificio lo sabe, vale. A, estás loco, y B, ¡has puesto tu correo electrónico!
—Dean, ¿piensas de verdad que esas cosas importan ahora mismo?
Beth parecía alterada, él no sabía cómo tomarse su reacción. Se volvió hacia Reddick.
—Ese policía no te va a ayudar si sabe que allanaste el apartamento de otra persona.
—Mujer, no ha hecho daño a nadie, y no lo han cogido.
Dean levantó la mano desde el otro lado de la mesa y le frotó el hombro. Ella cogió el vaso, dio un sorbo, suspiró y cerró los ojos.
—Reddick, por favor, dime que te das cuenta de que lo que has hecho es una locura.
—He tenido mucho cuidado.
—No me refiero a eso.
Dean se volvió hacia Reddick e interrumpió a Beth antes de que ella pudiera seguir insistiendo.
—Olvídate de todo esto y pinta. Lane te ha dado tiempo libre, no sé, una semana. Enciérrate en tu estudio y ponte a trabajar. Pide comida a domicilio. Finge que estás de vuelta en el colegio.
Reddick comprobó su correo electrónico mientras escuchaba.
—Tenía que hacer algo —dijo—. Sigo viéndola entrar por aquella puerta abierta. La parte de atrás del callejón estaba oscura, ella era solo una silueta allí de pie, resplandeciendo un poco por la luz de su teléfono. Y luego, ¡pam! se abre la puerta y ella entra y desaparece. Yo tendría que haber…, no sé, haberla seguido. Haber entrado en la fiesta, a ver a sus amigos.
—Pero no sabes lo que pasó —dijo Beth—. Ese brazo podría haber sido de uno de sus amigos. ¿Por qué es responsabilidad tuya ella?
—Porque tenía problemas, y casualmente yo estaba allí. Y eso significa algo.
—Ya lo veo —dijo Dean—. Hay mucha literatura sobre eso, ¿sabes? La ética, la obligación, la causalidad moral…
Beth lo cortó.
—Cosa que a ninguno de nosotros nos importa lo más mínimo.
—Beth al rescate —dijo Reddick.
—Bueno, no sé. Me parecía que venía a cuento.
—Sí, claro que sí. —Le dio unas palmaditas en la mano y se volvió hacia Reddick—. Mira, no es como si hubieras presenciado un delito.
—Pues quizá sí.
—Pero aunque hubiera sido así, no hay manera de saberlo. Es igual de probable que el que abrió la puerta fuera un amigo suyo, alguien en quien confiaba. Si le ocurrió algo a ella, debió de ser horas después.
—Yo estoy de acuerdo con ese policía —intervino Dean—. ¿Puede haber desaparecido realmente la chica si nadie lo ha denunciado?
—No te pongas filosófico.
—No, lo digo literalmente.
Reddick apuñaló un cubito de hielo flotante con su pajita.
—No es solo la forma de desaparecer. Bueno, sí, me extrañó bastante, la verdad, y la imagen fue difícil de olvidar. Pero ¿recuerdas aquella chica que mataron en Coney Island hace un par de años?
Todos asintieron y él continuó.
—Bueno, pues Allen me lo contó ayer.
—¿Te lo contó? —dijo Beth—. ¿Es que no lo habías oído? La noticia estaba por todas partes.
Intentó recordar aquel verano. Sobre todo le venían algunos fogonazos de estar pintando y jugando al baloncesto, indistinguibles de los meses anteriores o posteriores. Recordaba a la chica con la que salía entonces, el bikini color rojo cereza que llevó a Fort Tilden. Su promedio era más o menos de una relación apática por año, ráfagas de interés sexual que se apagaban todas de la misma manera y se iban reduciendo y desaparecían en una disolución amistosa. Restoration Heights estaba en marcha, y rumiar sobre los cambios que representaba había empezado a devorar su tiempo. Quizá hubiera oído lo del crimen.
—Sí, es posible que me enterase —contestó—. Un poco.
—Estoy seguro de que hablamos de ese tema —dijo Beth—, y tú ni siquiera te acuerdas.
—El caso es que ella tenía amigos allí, en aquella fiesta. Y estos la dejaron salir con aquellos dos tíos, con los asesinos, y nadie los paró para preguntar qué pasaba. He estado pensando…, ¿a nadie en aquella fiesta le dio mala impresión que se fuera con ellos? ¿Y si alguien lo notó pero no hizo nada porque en realidad no la conocía, o porque los demás pensaron que no valía la pena preocuparse? Todo el mundo a su alrededor creyó que todo iba bien, de modo que no escucharon a su instinto cuando este les dijo que no era así. Y sí, comprendo perfectamente que nadie en aquella fiesta tenía la «responsabilidad» de intervenir, pero eso no cambia el hecho de que si alguien lo hubiera hecho de todos modos, aunque no fuera responsabilidad suya, la chica seguiría viva. ¿Y cómo vives después con una cosa así? ¿Si tienes un presentimiento y no haces nada y alguien muere por eso?
—Pero aquí no ha muerto nadie —dijo Beth—. Lo entiendo, el apartamento de ella no tenía el aspecto de que hubiese hecho las maletas para un viaje largo (y sigo pensando que lo que has hecho ha estado mal, pero Dean tiene razón, a lo hecho pecho) y, de acuerdo, viste lo que viste. Pero quizá ella tenía prisa, a lo mejor piensa volver para recoger sus cosas. No puedes saber nada con certeza.
—Es todo junto. El estado en el que estaba ella aquella noche, el apoyo de la señora Leland…, y si hubieras visto cómo reaccionó Buckley al verme… Cuéntaselo, Dean, fue una locura, él sencillamente se cerró en banda en cuanto mencioné Bed-Stuy, como si tuviera miedo de algo.
—Fue muy raro, sí, pero, tío… —Cogió a Reddick por el brazo—. Si dedicaras tres cuartas partes de la energía que estás poniendo en esto a pintar…
La respuesta de Reddick se vio interrumpida por el sonido de un nuevo mensaje de correo que entraba. Se soltó de la mano de Dean y comprobó su teléfono.
—Mierda, son ellos.
—¿Quiénes? —preguntó Beth.
—Los vecinos de nuestro edificio. Los que dieron la fiesta. —Miró el resto del mensaje—. Están en casa. Dicen que puedo ir esta noche.
Se puso de pie y arrojó un puñado de monedas en la mesa.
—¿Os veo más tarde?
—Creo que no —respondió Dean—. Estoy de trabajo hasta las cejas ahora mismo.
Por primera vez desde lo que parecía una eternidad, pensó Reddick, él también.
El chico que abrió la puerta en el apartamento 3C tenía unos veinte años, era musculoso y guapo. Invitó a entrar a Reddick, al parecer, inmune a la extrañeza de las circunstancias. La distribución del apartamento era completamente simétrica a la del suyo y de Dean, y Reddick lo encontró desconcertante, casi como si fuera un sueño. Las paredes estaban llenas de dibujos al azar y carteles enmarcados, una mezcla de ironía y alta cultura. Había otros cuatro jóvenes en el interior, dos chicos y dos chicas, con camisas de cuadros y vaqueros desgastados. Desbordaban seguridad en sí mismos y confianza.
Una de las chicas, con la cabeza enmarcada por una mata de pelo rizado y castaño, encendió un porro.
—¿Así que buscas a alguien que estuvo en nuestra fiesta?
De camino hacia el piso, Reddick había decidido qué partes de la verdad contar. No mencionaría ni a los Seward ni a Buckley por su nombre, solo que Hannah era la prometida de un amigo, y que pensaba que podría haber estado en su fiesta y que ahora había desaparecido.
Les enseñó la foto en el móvil.
—Sí, desde luego, estuvo aquí —dijo la chica.
—¿Estuvo? —preguntó uno de sus compañeros de piso.
—Sí. Con esos chicos del barrio.
—Ah, sí, mierda. ¿Es ella? No la había reconocido.
—Estuvo hablando con aquel tipo… ¿Frank?
—¿Quién es Frank? —preguntó Reddick.
—Pues en realidad no lo sé, tío. —La chica había pasado el porro, y uno de los chicos se lo ofreció a Reddick. Él hizo una seña, desdeñándolo. El chico continuó—: No estoy seguro de quién lo invitó. Es un tipo mayor, lo he visto en algunas fiestas.
—¿Un tipo del barrio?
La chica del pelo rizado negó con la cabeza.
—No, ni hablar. Ese tío no. Los otros dos sí. Así como… que destacaban, ¿sabes lo que quiero decir?
Reddick miró a su alrededor las caras angelicales, la piel pálida.
—O sea, ¿que eran negros?
—No, no quería decir eso. Bueno, sí, sí que lo eran, pero nosotros tenemos amigos negros…
—Saul es negro. Está por aquí todo el tiempo. Y también su novio.
—El novio de Saul es dominicano.
—Sí, pero es un dominicano «negro». Eso cuenta, ¿no?
La chica del pelo rizado los interrumpió.
—Bueno, el caso es que lo que quería decir es que esos chicos parecían que eran de por aquí, a lo mejor. Originalmente. Chicos del barrio, ya sabes.
—Vale. Así que estuvo aquí con tres tíos. Dos chicos negros y un tío mayor blanco. ¿Parecía que ella era pareja de alguno de ellos?
Todos negaron con la cabeza. El otro chico habló.
—Yo quería decir que no somos nosotros los que hemos sacado el tema de la raza. Bueno, el caso es que no creo que Frank conociera a esos otros dos. Parecía un poco…, no sé, como cabreado de que vinieran con ella.
—¿Discutieron?
—No. Solo que estaba un poco enfurruñado. Estaba en la cocina, hablando con otras chicas, cuando apareció ella con esos dos. Yo me estaba tomando una cerveza y recuerdo que parecía bastante molesto.
—¿Se fueron juntos Frank y esta chica?
Los chicos se miraron los unos a los otros en busca de respuesta. Finalmente, la chica del pelo rizado dijo:
—Pues se fueron, sin más, ¿sabes? Era una fiesta. Nadie se fija en quién sale con cada quién.
—Con cada cual —corrigió el chico fibroso. Las dos chicas hicieron una mueca.
—Vale. ¿Así que nadie más que vosotros conocierais habló con ellos? ¿Sabéis sus nombres, al menos?
—Ah, sí. Trisha tonteó con uno de ellos toda la noche.
—Creo que ella ya conocía a uno de ellos…
—¿A quién? —Reddick intentó seguir la conversación—. ¿A Frank? ¿O a uno de los otros?
—Ahora que lo dices, no estoy seguro de que se llame Frank en realidad.
—Sí, claro que sí.
—¿De verdad? Yo pensaba que su nombre tenía dos sílabas.
—Bueno, una de esas sílabas es Frank. Se me presentó. No el domingo pasado, quiero decir, hace unos meses. En otra fiesta.
—¿Franklin, quizá?
—A lo mejor. Pero bueno, el caso —dijo, volviéndose hacia Reddick— es que no fue con ese con quien tonteó Trisha.
—Vale, por favor, chicos, ¿podríais ponerme en contacto con Trisha? ¿Darme su correo electrónico?
La chica del pelo rizado le sonrió.
—Tengo su número. Pero no sé si me parece bien dártelo a ti…
—No voy a acosar a tu amiga. Además, soy tu vecino.
—¿Te hemos visto alguna vez en el edificio? Conocemos a la gente de por aquí.
—Vivo en el segundo piso desde hace ocho años.
Ella parecía escéptica ante la afirmación de él.
—Te diré lo que vamos a hacer. Ella trabaja en el barrio. ¿Conoces esa tienda de alimentación especial, a unas manzanas de aquí, en Bedford? Está allí casi todas las mañanas. Ve si quieres hablar con ella, así no tengo que dar información personal suya a nadie para que corra por todo Brooklyn.
Reddick les dio las gracias y se fue.
Se levantó temprano, se envolvió en su ropa invernal y salió por la puerta al cabo de quince minutos. Unas garras de hielo duro resistían al sol de la mañana. Después de dar un corto paseo, Reddick sacudió sus botas para quitarles la nieve y entró en el local.
La tienda era cuadrada, atestada de cosas. Unas pálidas luces fluorescentes colgaban sobre hileras de estanterías metálicas, se reflejaban suavemente en los acabados satinados y hacían resaltar las vetas del papel reciclado. Los envoltorios, como la misma tienda, se posicionaban en el extremo contrario del brillo de las tiendas de alimentación de cadenas. Los productos anunciaban cierta ética, señalaban sus virtudes tan claramente que la gente se desesperaba por pagar un precio más elevado por ellos. Había una tienda de delicatessen en la parte de atrás y un mostrador de madera donde servían cafés delante. Unas pocas mesas estaban apiñadas junto a la ventana. Reddick se acercó al mostrador, tripulado por una chica somnolienta de veintitantos años, y pidió un café largo.
—¿Trisha? —preguntó, cuando ella le devolvió el cambio. La chica lo miró inexpresiva un momento y luego preguntó si quería hablar con ella. Cuando dijo que sí, chilló hacia la tienda de delicatessen.
Llegó Trisha con un delantal, una camiseta térmica gris y un gorro que hacía juego, sobre unas espesas ondas de pelo rojo. Era casi de su misma edad, alta y robusta, con la cara redonda y afable. Ella le estrechó la mano con suspicacia y se cogió un café. Se sentaron a una de las mesas. Él le contó la misma versión que había dado en el 3C.
—Quizá ella quiera apartarse de tu amigo. Tiene derecho a irse, ¿sabes?
—Por supuesto que sí. No estoy aquí por eso. No intento que vuelva con él ni nada por el estilo. Solo quiero saber si está bien.
—¿Lo quieres saber tú o tu amigo?
—Quiero saberlo yo por mi amigo.
—Parece un poco raro todo…; no quiero ayudar a algún acosador o algo…
Al oír eso, él se quedó parado. Le vinieron recuerdos de la noche anterior: abrir los cajones de Hannah, su armario… Pero pensó en la señora Leland, que tenía información privilegiada y sabía que algo iba mal, y reprimió sus dudas. Levantó la barbilla hacia Trisha, intentando transmitirle la bondad de su resolución.
—Solo quiero ayudar.
—A lo mejor ella no necesita tu ayuda.
—Pero ¿y si la necesita? —Él le enseñó la foto—. ¿La reconoces?
Ella la miró un momento, luchando con sus sospechas, y luego miró de reojo la imagen, de mala gana.
—Pues sí. Está muy distinta, pero desde luego es ella.
—Dijeron que tú pasaste algo de tiempo con uno de los chicos que la acompañaban.
—Tyler. Pero él no la conocía. Lo dijo en la fiesta. Era amigo de un amigo de ella, que estaba también allí.
—¿Y cómo se llamaba el amigo? —Él abrió la libreta, y ella pareció asustarse.
—Ju’waun. Todo esto es muy raro, de verdad…
—¿Se fueron juntos?
—No estoy segura. Me fui antes que todos ellos.
—¿Y tienes el número de teléfono de Tyler?
—Sí que lo tengo. Es un chico majo. El lunes tuve el día libre y pasamos un rato juntos.
—¿Se quedó el domingo por la noche?
—No es asunto tuyo. Realmente, nada de esto es asunto tuyo.
—Esa chica ha desaparecido. Sin dejar rastro.
—¿Y por qué no la busca la policía?
—He hecho lo que he podido para convencer a su novio de que los llame. Pero es complicado. Pero si puedo adelantar algo, si me echas una mano, entonces la policía tendrá que intervenir. No les quedará más remedio. Pero tu ayuda me vendría muy bien. Me gustaría hablar con Tyler.
Ella lo sopesó un momento.
—No veo que haya nada malo en ello; pero tiene que elegir él, no yo. Dame tu número y le preguntaré si quiere hablar contigo. ¿De acuerdo?
Era lo mejor que había podido conseguir.
—De acuerdo.
Ya de vuelta en su apartamento mandó un mensaje de texto a Harold y le dijo que preguntara por ahí por Tyler y Ju’waun. «Chicos del barrio». No esperaba demasiado, porque lo único que tenía eran sus nombres de pila, y dudaba mucho de que lo que había dicho Harold fuese algo más que puras bravatas. Pero Harold le respondió de inmediato y dijo que consultaría a sus fuentes en cuanto saliera del trabajo.
Reddick necesitaba más datos sobre Buckley, saber cómo era cuando no estaba su familia alrededor. Pensó en Sarah, que estaba en Penn cuando Buckley obtuvo su MBA, y mandó un mensaje a Dean para que comprobase si estaba en casa. Sí que estaba. Reddick se abrigó bien y partió para Bushwick.
Encontró a Dean en su estrecho estudio, tirado en el sofá, tomándose un café y hojeando una revista. Un par de ventanas altas dejaban pasar una pálida luz a la habitación. En una mesa central se encontraba la esbelta armazón de una escultura a medio hacer, enmarcada por trozos diseminados de madera de balsa. Las paredes estaban empapeladas con bocetos y llenas de estantes repletos.
—He ido a ver a Sarah y le he dicho que venías. No le he contado por qué. —Dejó la revista en su regazo, se ajustó las gafas—. Mira, lo he estado pensando toda la mañana y creo que Beth tiene razón. Tendrías que dejar esto.
—Pero si acabo de empezar.
—Eso significa que aún no has perdido demasiado tiempo. No sé qué piensas que vas a sacar de todo esto, pero estás equivocado. No hay nada.
—No lo estoy haciendo por mí.
—Ah, ¿no? Porque no parece que le preocupe a nadie más.
Cogió de nuevo la revista y Reddick se fue. Disolventes y barnices, pigmentos y adhesivos, con vapores dulces como la madreselva, tóxicos como el veneno, permeaban los pasillos abovedados. Una sierra circular gemía en algún lugar, por encima de él. El edificio era una bestia enorme de cinco pisos, uno de los grandes espacios industriales de Bushwick que se renovaron de una manera barata, colocando en sus tripas hilera tras hilera de espacios para artistas de elevado alquiler. Estaban situados por todo el barrio como búnkeres, como depósitos de las ambiciones, rivalidades y dramas de los estudiantes de Bellas Artes que trabajaban dentro. La cerveza artesanal y el café prensado en frío habían brotado en las aceras entre ellos, un ecosistema de negocios jóvenes que medraban con el endeble caché de la nueva población, con el alcohol y la cafeína como combustibles de las esperanzas más atrevidas de los jóvenes artistas. Captar la atención de algún marchante, una vez. No importaba que la misma existencia de esos edificios fuera un argumento en contra de la posibilidad del éxito; que hicieras como hicieras las cuentas, sencillamente no había suficiente dinero para que se construyese una carrera la enorme cantidad de gente que trabajaba dentro. Los sueños son inmunes a las bajas probabilidades. Y egoístas, porque cada artista cree que es la gran excepción, aunque esa perspectiva condene a sus amigos al anonimato. Se deleitaban en el apoyo y la camaradería, pero estaban llenos de envidias privadas.
Reddick siempre había trabajado en casa.
—¿Sarah?
La puerta estaba abierta, llamó a la pared y entró. Ella levantó la mirada y le sonrió. Astuta y de ingenio rápido, con pecas rojizas y el pelo color caramelo, Sarah era una de las mejores amigas que tenía en el edificio. Habían salido a tomar copas poco después de que Dean cogiera un estudio allí. Ella estaba entre las pocas personas que Reddick conocía que se había trasladado a Bushwick antes que los bares y restaurantes, cuando los vagones de la línea L mostraban sus últimas caras blancas pasando por Morgan Avenue. Disfrutaba de las historias que contaba ella del antiguo barrio. Una chica negra, con la piel color cobre, anónima para los jóvenes pálidos que pasaban junto a ella hacia las salidas, su práctica artística parecía a veces un secreto emocionante. Su carrera había florecido junto con el barrio; ahora exponía mucho más a menudo que nadie que conociera Reddick. Sus cuadros eran grandes y rebeldes, caballos al estilo de Kooning con penes enormes, follando y corriéndose en orgías de colores incandescentes.
Ella se levantó y lo abrazó, y estuvieron hablando un buen rato, poniéndose al día de los meses transcurridos desde que se vieron por última vez. Él recordaba que ella había empezado a salir con alguien, y esa era, sospechaba, una de las razones por las cuales hacía tanto tiempo que no se veían. Las exigencias del tiempo de ella siempre habían sido muy elevadas; el celoso horario de pintura, el trabajo a tiempo parcial que la ayudaba a mantenerse a flote. Añadir un compañero romántico no dejaba demasiado espacio para mantener unas amistades ya de por sí tenues.
—Bueno, tu compañero de piso no me ha dicho claramente por qué querías hablar conmigo…
—Eso parece. Creo que no le gusta nada. —Se sentaron y él le contó un poco lo que estaba haciendo y por qué—. Buckley se puso en mi contra, y yo me preguntaba si tú lo habías conocido en el colegio. Creo que estaba conectado con el programa de arte de alguna manera, ¿no?
—Todo el mundo lo llamaba Buckles. ¿Quieres un té? Estoy haciendo té. Estaba en Wharton, pero siempre remoloneaba con los de Bellas Artes. Estaba en nuestras fiestas, aparecía en nuestros estudios… Ya sabes, a veces tenemos relación con esos chicos de Administración de Empresas o de Derecho que buscan chicas del mundo del arte o intentan dárselas de modernos o intelectuales o vete a saber el qué. Quieren demostrar al mundo que son muy interesantes, aunque lleven traje. Por ejemplo, saliendo con una estudiante de arte, o haciéndose algunos tatuajes, lo que prefieras.
—Chicos que compran libros de David Foster Wallace pero no los leen.
—Ja, ja, veo que lo has entendido bien. Pero Buckles no era de esos. Nosotros éramos su negocio. O sea, ya has trabajado para esa familia, ¿verdad? Se dedican al arte. Las otras cosas les dan dinero, pero el nombre se lo da el arte. Así que para Buckles visitar nuestros estudios era aprender el negocio familiar.
—¿Y compraba arte de estudiantes?
—Un poco. No necesariamente porque pensara que el artista luego iba a florecer. No parecía nada demasiado serio. Más bien era una práctica. Como coger los ritmos de las transacciones. Sinceramente, no parecía mal tipo. Un poco nervioso, serio y desesperado. Siempre parecía que estaba bajo una presión tremenda.
—Entonces a la gente le caía bien él, ¿no?
—Tenía mucha chulería de esa de macho blanco, ¿sabes? Del uno por ciento, otorgándonos su generosidad a nosotros, desgraciados bohemios. Pero también había otros muchos tipos blancos que eran así, tíos que intentaban esconder su origen de clase media alta detrás de las camisas de leñador y las barbas y la teoría crítica. Ibas a Bellas Artes, y eso lo era todo. Por mi parte, Buckles no me molestaba en absoluto. Era considerado y amable. No le hago responsable como persona de las estructuras de poder de las que se beneficia. Ser gilipollas con los ricos no te convierte en revolucionario, solo en gilipollas. De todos modos, era mejor él que su amigo Franky.
—Espera, ¿Frank?
Ella se encogió de hombros.
—Nosotros lo conocíamos como Franky. Franky Dutton. ¿Recuerdas que te he dicho que había un resentimiento reflejo hacia Buckles por su origen? Bueno, pues es curioso porque también hay tipos como Franky a los que tendría que ir unido todo eso y, no se sabe por qué, no pasa. Él tenía los mismos privilegios que Buckles, pero además era un gilipollas total, a quien no le interesaba nada excepto él mismo, pero estaba muy bueno, y a veces con eso basta. La gente se lo perdonaba todo, al menos las chicas, y cuantas más cosas hacía que necesitaban perdón, más dispuestos estaban todos a absolverlo.
Él sonrió.
—Tú no, claro…
—Ya me conoces. Tonteé un poco con él; todas lo hicimos. Pero no podía haber pasado nunca nada, porque yo conocía muy bien su reputación.
—Porque él iba allí solo por el arte, por las chicas.
—Por los coñitos de artistas, Reddick. No seas mojigato. En cuanto te dan poder para dictar el lenguaje, ya estás sometido. ¿Te caliento el té? Bueno, el caso es que sí, Franky era uno de esos chicos que mencionaba, que solo van persiguiendo el ambiente, pero no hablaba de esa reputación. Había rumores de que era un poco… siniestro, ¿sabes? De que le gustaba hacer daño a la gente.
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