Kitabı oku: «El hogar eterno»
WILLIAM GAY (1941-2012) nació en Hohenwald, Tennessee, el mayor de tres hermanos de una familia de aparceros pobres. Su abuelo y su padre mataban la pena tocando el banjo en el porche de una casa sin electricidad, él lo hacía escribiendo y leyendo El ángel que nos mira de Thomas Wolfe a la luz de una lámpara de aceite. Uno de los momentos más importantes de su vida fue dar en el estante de la tienda de ultramarinos con la edición en bolsillo de Un hombre bueno es difícil de encontrar de Flannery O’Connor, «los 35 centavos mejor gastados de toda mi vida». De adolescente jamás rehuyó una pelea. Su padre tuvo que vender una vez el banjo para sacarle del calabozo. Al terminar el instituto se unió a la Marina y prestó servicio en Vietnam. Nunca se llevó muy bien con la autoridad. A su regreso pasó una temporada en el Village de Nueva York y en un gueto redneck de Chicago. Se casó, volvió a Tennessee y tuvo hijos. Trabajó de carpintero, de instalador de paneles de yeso y de pintor de brocha gorda. Durante el día se deslomaba para llevar el pan a la mesa y por la noche sacaba una silla y se ponía a escribir junto al bosque. Cuando sus hijos crecieron y se fueron de casa, el matrimonio no resistió las penurias. Se divorciaron y William vivió durante un tiempo en compañía de una araña. Unos viejos vaqueros, una camisa resistente, un abrigo y un sombrero. No necesitaba más. Luego se trasladó a un tráiler en Grinder’s Creek. Hasta 1998 no vería su primera novela publicada; tenía 57 años. En sus últimos días vivía en una cabaña de troncos. Tenía calefacción central pero nunca la encendía, prefería su estufa de leña, cedro fresco. Escuchaba la Anthology of American Folk Music de Harry Smith y le gustaba AC/DC tanto como William Faulkner. Pintaba, conversaba con su perro, descuidaba el jardín y tenía una vieja postal de James Dean en Rebelde sin causa en la puerta de la nevera. Alguien le describió una vez diciendo que tenía el aspecto de un hombre al que le han pegado un tiro.
EL HOGAR ETERNO
EL HOGAR ETERNO
William Gay
Traducción Javier Lucini

Título original:
The Long Home
MacMurray & Beck, 1999
Primera edición Dirty Works: Marzo 2019
© William Gay, 1999
© 2019 de la traducción: Javier Lucini
© de esta edición: Dirty Works S.L.
Asturias, 33 - 08012 Barcelona
www.dirtyworkseditorial.com
Traducción: Javier Lucini (con la crucial asistencia de Tomás Cobos)
Diseño de cubierta: Nacho Reig
Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento»
Maquetación: Marga Suárez
ISBN: 978-84-19288-15-8
Producción del ePub: booqlab
«Los días se desgranan en minutos y zumban como moscas que regresan al hogar para morir; cada momento es una ventana sobre el tiempo.»
THOMAS WOLFE, El ángel que nos mira (1929)
«Sobrevendrá el temor por las alturas y por los peligros del camino. Florecerá el almendro, la langosta resultará onerosa y no servirá de nada la alcaparra, pues el hombre se encamina al hogar eterno y rondan ya en la calle los que lloran su muerte.»
ECLESIASTÉS 12:5
Agradecimientos
El autor quisiera reconocer la deuda contraída con su editor, Greg Michalson, así como darle las gracias por su paciencia y su talento. También le gustaría expresar su agradecimiento a Renee Leonard por su ayuda en la organización de este manuscrito.
Esta primera novela es para mi primogénita, Lee Gay Warren, con amor y gratitud, y con la certeza de que su confianza nunca flaqueó.

Thomas Hovington estaba cruzando el jardín trasero cuando oyó un sonido que hizo que se le cayese el saco de pienso y se quedase de piedra. Era un sonido extraño que parecía proceder de las entrañas de la tierra, de algún lugar situado bajo sus pies, un estruendo sordo, amortiguado, que hizo que le castañeteasen los dientes y que vibrasen a sus espaldas los cristales sin masilla de las ventanas. Aún seguía paralizado cuando volvió a retumbar por debajo del río, algo parecido a un estrépito de piedras enormes rodando por galerías subterráneas, o como si se hubiese desatado una tempestad en las cavidades del mundo, con relámpagos invisibles que restallaban por sepulcros oscuros, lustrosos y húmedos, mientras la faz de la tierra temblaba a causa de la reverberación de los truenos.
Regresó desconcertado al porche y se sentó a contemplar aquella tierra en cuya solidez siempre había confiado. En aquel entonces, Hovington era un veinteañero y aún no se le había encorvado la espalda. Hacía poco que se había metido en el negocio del alcohol de contrabando y seguía atormentándole un vago vestigio religioso, heredado de la infancia, que le hacía buscar señales de castigo divino por todas partes. Aquello bien podía tratarse de una señal. Una advertencia.
Si se trataba de eso, el aviso no se andaba con sutilezas. Cuando volvió a tronar fue como si hubiese estallado un camión cargado de dinamita y, casi al momento, el río empezó a abombarse lanzando agua y piedras por todas partes. «¡Pero qué demonios…!», exclamó. Se cubrió la cabeza con los brazos y, sin pensárselo, se puso en pie de un salto; las piedras caían sobre el tejado produciendo un estruendo ensordecedor y, por encima de la corriente, emergió intacto un lecho flagrante de piedra caliza que se quebró en grandes losas, cada una del tamaño de medio coche. Una esclusa de agua proyectada hacia las alturas.
Hovington se encogió acobardado bajo la marquesina del porche intercalando rezos y juramentos en previsión de cualquier eventualidad. La nube de roca pulverizada flotaba y se disolvía en el agua, la corriente había crecido de manera considerable. Al cabo de un rato, el río recuperó su cauce habitual y todo volvió a la calma.
En cuanto logró armarse de valor, avanzó entre las piedras hasta la orilla. A unos cincuenta metros de la casa, la tierra se había abierto formando una brecha de entre dos y tres metros de ancho. La bruma de roca pulverizada seguía suspendida sobre el abismo. Percibió un olor parecido al de la cordita.
Azufre, murmuró. Se asomó a las paredes de la brecha. La roca lisa caía en picado y se hundía vertiginosamente en la negrura. Dejó caer una piedra y la oyó rebotar en las paredes del agujero hasta que se perdió en las tinieblas, no llegó a oírse el impacto contra el fondo.
Cortó unas varas de castaño y construyó una cerca de algo más de un metro de altura alrededor de la brecha. Al principio permaneció silenciosa, pero a los pocos días comenzó a ascender un murmullo desde lo más hondo: había que aguzar el oído para poder escucharlo, y aun así era un sonido remoto, indefinible. Algunos lo compararon con un enjambre de abejas, otros estimaron que no era más que el rumor de las aguas subterráneas. Hovington determinó que eran voces. Se dirigían a él con lánguidos presagios y si persistía en la escucha podía llegar a distinguir dos voces distintas, punto y contrapunto, pregunta y respuesta. No pudo evitar preguntarse sobre los asuntos que tendrían que tratar aquellas gentes tan extrañas, en qué lengua se expresaban.
Nathan Winer era nativo del condado, se ganaba la vida como carpintero y cultivaba por su cuenta todo lo que podía. Tenía esposa y un hijo de siete años que también se llamaba Nathan. Eran como dos gotas de agua.
–En esta vida, si no quieres que metan las narices en tus asuntos, lo mejor es que no las andes metiendo tú en los asuntos de los demás –solía advertirle al crío.
Pero en la primavera de 1932 no le quedó más remedio que desoír su propio consejo y salir en busca de Dallas Hardin, el hombre que se había instalado en la propiedad de Hovington y se había adueñado no solo de su negocio de contrabando de alcohol sino, según decían, también de su esposa, Pearl.
En el último año la salud de Hovington se había resentido tanto que ya ni salía de la cama. Tenía la columna retorcida como una barra de metal que Dios Todopoderoso hubiese calentado hasta volverla maleable para luego empuñarla y doblarla a su antojo. Ni siquiera podía girarse solo. La enfermedad que acabaría matándolo ya se incubaba en su interior. Por el día permanecía encogido junto a la ventana desde la que podía contemplar el escaso trasiego de la carretera al otro extremo del jardín. Por la noche solo veía su propio reflejo iluminado por la luz de la lámpara con la habitación de hastiado telón de fondo.
La casa contaba con cuatro habitaciones. El amplio cuarto de enfrente donde dormía Hovington (donde, en realidad, vivía) y donde también dormía su hija de negros cabellos en un catre plegable del ejército que durante el día se doblaba y hacía las veces de sofá. Una cocina. Un dormitorio para Hardin y la mujer de Hovington. Y un cuarto que se utilizaba para almacenar trastos viejos y el stock de cajas de cerveza y vino del negocio que se traía Hardin entre manos.
Hardin salió de la cocina con una lámpara de petróleo de esquisto justo en el momento en que alguien aporreaba la puerta. Dejó la lámpara sobre el mueble de la máquina de coser y fue a abrir. El viento de la noche lluviosa se coló por la rendija e hizo vacilar la llama, se desbarató y titubeó dentro del globo de cristal antes de volver a recuperar su vigor.
–Tú y yo tenemos que hablar, Hardin –dijo Winer.
La luz de la lámpara destelló en las fundas de oro de sus dientes.
–Pues pasa un momento y resguárdate del aguacero.
–Quiero hablar contigo aquí fuera.
Hardin descolgó el sombrero del clavo que había junto a la entrada, salió al jardín embarrado y cerró la puerta a sus espaldas. Desabrigado, se situó frente a Winer bajo la lluvia.
–¿Qué es tan importante para que tengas que contármelo bajo la lluvia? –preguntó.
–Vengo a decirte una cosa –dijo Winer. Estaba plantado con las piernas abiertas, las manos bien enterradas en los bolsillos del abrigo, la cabeza un poco hacia atrás y el rostro pétreo y arrogante bajo la ruina de su sombrero–. He encontrado tu alambique en mis tierras, eso es lo que vengo a decirte. Por mí perfecto, como si destilas whisky hasta que te llegue al culo, pero no en mis tierras. Si la policía hubiese dado con ese alambique se me habría echado encima a mí, no a ti.
–Esa era precisamente la idea –dijo Hardin–. No lo habrás roto…
–Por supuesto. Y tampoco cuentes con el puto whisky.
–No debiste hacerlo.
–Que te jodan. De no haber pesado tanto habría cargado con ese maldito trasto y lo habría tirado aquí mismo, en tu jardín. No sé quién eres ni de dónde has salido. Tampoco sé a qué clase de trato habrás llegado con Hovington. Pero te lo advierto. No juegues conmigo. Como una sola pieza de esa condenada cosa vuelva a aparecer en mis tierras, tú y yo vamos a tenerla.
El rostro de Hardin cambió de expresión, como si de repente se le hubiese tensado la piel.
–Jamás he acatado órdenes de un granjero paleto y ya no tengo edad para empezar a hacerlo.
Winer le agarró con violencia de la pechera de la camisa, le dio unas cuantas sacudidas y le abofeteó con la mano abierta, acto seguido le dio un empujón y le hizo caer de espaldas en el barro. Hardin parecía un pájaro ebrio caído del cielo, las piernas se le doblaban como si fuesen demasiado endebles para soportar su peso: sentado y tambaleante, se puso a buscar a tientas su pistola. Winer vio lo que se proponía y se abalanzó sobre él sacando un cuchillo con una mano y abriéndolo con la otra, pero a Hardin le dio tiempo a dispararle en el ojo izquierdo. Cayó de bruces, como algo suspendido de una soga que de pronto hubiesen cortado, y aterrizó de lado sobre Hardin, un peso muerto que por un momento le dejó clavado en el suelo. Trató de quitárselo de encima profiriendo toda clase de maldiciones, podía sentir la sangre de Winer goteándole por el costado. Se revolvió y logró desembarazarse del cuerpo desgarrándose la camisa ensangrentada al levantarse.
Permaneció un momento inclinado bajo la lluvia, con las manos apoyadas en las rodillas, sin aliento. La puerta de la casa se entornó, un haz de luz amarilla se vertió por el jardín y la lluvia plateada cayó a plomo sobre el recuadro iluminado.
–¿Dallas? –llamó Pearl.
Se oía el percutir de la lluvia sobre el tejado de chapa. El cuchillo resplandecía a medio abrir en el barro, junto a sus pies.
–Cierra la puta puerta –dijo.
La luz desapareció. Recogió el cuchillo y lo limpió en la pernera del pantalón. Lo cerró y se lo guardó en el bolsillo. Dejó pasar unos segundos pensando qué hacer.
Luz pálida desde el cielo supurante. Bajo esa luz, el rostro de Winer vuelto hacia arriba, el ojo derecho mirando sin pestañear, el izquierdo un agujero negro, sus largos cabellos desplegados y resbalando en el barro, su cabeza dejando una huella parecida a una estela por el jardín resbaladizo. La boca ligeramente abierta, un destello de luz extraviada en sus dientes de oro.
Hardin lo tenía bien agarrado por los pies, una pierna bajo cada brazo, y avanzaba de espaldas por el jardín en dirección al manantial. Winer era un hombre corpulento, por lo que cada pocos minutos tenía que detenerse para descansar y recuperar el aliento. Se agazapó sobre los pies del muerto para escrutar el tráfico de la carretera. Comprobó que no venían coches, se incorporó, volvió a alzarle las piernas y se apresuró a cruzar la calzada hasta desaparecer de nuevo entre los matorrales, donde pudo respirar tranquilo. La marcha resultó bastante fatigosa hasta el borde calcáreo del agujero. Una vez allí, pudo moverse con mayor soltura, la cabeza de Winer iba rebotando sobre la superficie irregular de la roca. Lo arrastró entre las madreselvas hasta el borde del abismo e hizo un alto para registrarle los bolsillos y apoderarse de sus miserables pertenencias. Un puñado de monedas sueltas llenas de pelusa y un reloj de bolsillo barato que al llevárselo a la oreja comprobó que estaba parado. Poco, le pareció, para dar cuenta de una vida tan larga.
–Echa un último vistazo a este mundo –le sugirió al cadáver–. Me da que el que te espera va a ser muy oscuro.
Las profundidades del abismo eran de una negrura insondable. Como un pozo abierto a un mundo estigio que supurase unas tinieblas dispuestas a invadir el nuestro. Hizo rodar el cadáver con el pie hasta que las piernas se descolgaron oscilantes sobre el borde del precipicio, entonces el cuerpo se desequilibró cobrando una ilusoria verticalidad y el rostro pasmado de Winer fijó en Hardin un ojo feroz e impotente antes de ser devorado por las sombras.

William Tell Oliver salió del bosque a un terreno cultivado en su día por los mormones en el que ahora campaban a sus anchas el sasafrás y los cedros, pequeños retoños de sasafrás gruesos como su brazo aunque, quiso recordarse a sí mismo, no tan gruesos como sus brazos en aquel entonces, la vejez no perdonaba a nadie y la carne, en parte, se le había ido descolgando con el paso del tiempo. En cualquier caso, no era algo que le obsesionara, el mero hecho de seguir vivo era motivo más que suficiente para sentirse afortunado.
Llevaba al hombro un saco de harina cargado de ginseng. El sudor le ensombrecía la camisa azul en la espalda y hacía que se le pegase a los hombros. En la espesura estival del bosque ni la más leve brisa perturbaba la calma, pero aquí fuera, donde el campo descendía abruptamente entre la maleza y la piedra, soplaba un viento desde el oeste que se deslizaba entre las hojas, brillantes como mercurio, y hacía que los retoños se inclinasen.
Hizo un alto a la sombra de un álamo, se descolgó el saco, lo dejó caer al suelo y alzó la mirada haciéndose visera con la mano. El cielo era de un candente azul cobalto, pero hacia poniente se oscurecía de manera gradual hasta volverse de un gris metálico y sin brillo, el color que se imaginaba que adoptarían los mares antes de las tormentas. Una bandada de pájaros pasó volando entre chillidos agudos y entrecortados, como si hubiesen adivinado una amenaza implícita en la atmósfera, y él concluyó que se avecinaba un aguacero.
Plantado así, con la parte superior del rostro en sombra, todo el peso del sol se le concentraba en el mentón y en el cuello, una piel tan curtida y bronceada por la intemperie, tan avejentada por el tránsito incesante de los años, que había acabado adquiriendo la textura de un material a la postre inmutable a los cambios climáticos, como si no hubiese cesado de evolucionar desde el día en que vio la luz y por fin se hubiese transformado en una suerte de correa de cuero impermeable a los elementos y al paso del tiempo, encordada, arrugada y llena de cicatrices, tensada con fuerza sobre los pómulos y el puente de la nariz, que le daba a su rostro aspecto de indio.
Se agachó a la sombra para descansar. En el bosque había recurrido a su pipa para ahuyentar a los mosquitos, pero ahora la apagó golpeándola contra una piedra y cuidándose de extinguir hasta la última brasa, porque el bosque y los campos llevaban secos desde la primavera y él era un hombre al que cualquier precaución le parecía poca.
Colina abajo, el tejado de chapa de Hovington se cocía al sol, el arroyo resplandeciente discurría al otro lado de la carretera y la carretera era como una cuchillada roja y serpenteante que se desangraba en un mundo de verdor. Se sentó en silencio y recuperó el aliento, un anciano contemplando el paisaje con infinita paciencia, sin más apuro que el de un árbol o una piedra. El lugar estaba cambiando. Habían levantado una estructura nueva con bloques de cemento y el encalado brillaba con tanta intensidad que hacía daño a la vista. Postes de luz que parecían nuevos punteaban la carretera, cables eléctricos ensartados a la parte posterior de la casa.
Sin embargo, un gen de clarividencia, antigua herencia de sus antepasados celtas, discernió en la configuración de la casa y el granero, en la gradación de la colina, la pendiente y la carretera, algo más profundo, una desviación infinitesimal que distinguía aquel lugar de cualquier otro, que lo volvía sagrado, o maldito: los mormones, en su día, lo declararon sagrado y allí mismo decidieron construir su templo. Los capuchas blancas se encargarían de convertirlo en maldito con su inmediata aniquilación, con las hileras de tumbas sobre las que después crecerían sus descendientes y el bosque.
***
Llevaba toda la vida oyendo que en aquel lugar se veían luces por la noche, la gente se refería a ellas como luces minerales, fuegos fatuos. Escalofriantes bolas fosforescentes que se quedaban suspendidas sobre el dinero que supuestamente habían enterrado los mormones. Oliver dudaba que allí hubiera o hubiese habido alguna vez dinero enterrado, pero no podía evitar sonreír al acordarse de Lyle Hodges. Hodges había sido el propietario de aquellas tierras antes de que Hovington se las comprase a causa del impago de impuestos, y Oliver suponía que Hodges habría cavado hasta el último metro cuadrado de tierra maleable a golpe de pico y pala. Esa había sido su vocación, su oficio, salía con las herramientas cada mañana, siempre que el tiempo lo permitía, y se ponía manos a la obra como quien sale a trabajar a la granja o acude a su puesto en la fábrica, por las noches desplegaba sus extraños mapas trazados a mano, estudiaba sus inscripciones ilegibles y se ponía a cavar como un arqueólogo demente en busca del orden y el régimen de una era remota, mientras su mujer y su hijo se deslomaban tratando de extraer algo mínimamente aprovechable de una tierra que en última instancia acabaría produciendo solo whisky libre de impuestos. Incluso ahora, cubiertos de maleza, a Oliver no le resultaría complicado dar con los montículos dejados por el anciano, cráteres acribillados como tumbas a medio acabar y abandonadas apresuradamente. Hodges trabajó sin descanso hasta el día de su muerte, alentado por sus sueños. Oliver pensaba que no había nada malo en hacer eso, aunque sus propios sueños no habían resistido muy bien la prueba del tiempo.
En el cuadrante superior izquierdo de su campo visual, por la carretera recocida y seca, apareció un coche remolcando una estela ascendente de polvo. A medida que se fue aproximando vio que se trataba de un coche patrulla y se sintió invadido por un repentino indicio de drama, el preludio de una historia, así que se acomodó para no perder detalle.
A sus pies se escenificó un cuadro silencioso: el coche se detuvo en el jardín de la casa de Hovington (de Hardin, pensó) y se bajó Cooper, el ayudante del sheriff, que se quedó un momento de pie en la postura intemporal que acostumbran a adoptar los policías antes de dirigirse sin apuro hacia el porche con un aire entre arrogante y deferente. Hardin salió a recibirle. Estuvieron charlando un rato, el ayudante del sheriff hacía aspavientos con las manos, parecía estar transmitiendo una información importante, aunque desde allí arriba Oliver no podía oír una sola palabra.
Tampoco es que hiciera falta. Hardin se sacó la cartera y se puso a contar dinero sobre la mano expectante de Cooper. Bueno, bueno, pensó Oliver, pues parece que vamos a asistir a un buen espectáculo. A Oliver ya no había nada que le sorprendiera y, en ocasiones, pensaba que ya había visto todo lo que había que ver, aun así se quedó observando tras el álamo. Se sacó del bolsillo una botella plana de agua tibia, se enjuagó la boca, escupió y bebió. Pensó por un momento en el fresco manantial que había detrás de su casa, pero se resistió a marcharse.
El coche patrulla se alejó. Casi al momento, el valle se puso a hormiguear de actividad, como un avispero tras ser golpeado con una piedra: Hardin cruzó a zancadas el jardín hasta el Packard negro y lustroso, lo arrancó y lo acercó marcha atrás al porche, salió sin apagar el motor, abrió las cuatro puertas, desbloqueó la cubierta del maletero y la subió. Pearl salió de la casa con una caja de botellas de cuarto de litro y las metió en el coche. La hija de Hovington, con su largo cabello negro oscilando a su paso, salió también a toda prisa con una caja de cartón. Por encima del ralentí gutural del Packard, Oliver podía distinguir el restallido casi permanente de la puerta mosquitera y voces ocasionales, entre ellas la de Hardin, dando órdenes.
La puerta de atrás se abrió de golpe y salieron dos soldados uniformados en compañía de una mujer que cruzaron tambaleantes el jardín en dirección al follaje cada vez más frondoso que cercaba la sima. Uno de los soldados tropezó, cayó al río y se levantó maldiciendo; las brillantes esquirlas de la risa de la mujer ascendieron hasta los oídos de Oliver como un regalo de origen dudoso.
Cuando el coche estuvo cargado, Hardin y la chica se subieron y se pusieron en marcha hacia el este, alejándose del pueblo.
Al cabo de unos instantes, la brisa inclinó los juncos en su dirección y le secó el sudor de la cara transformándolo en un barniz salado que sintió que le contraía la piel. Las nubes veloces perseguían sombras por el campo. En el punto donde se asomaba entre las colinas el cielo estrangulado, nubes oscuras y claras se superponían en capas sucesivas como un líquido multicolor que se negaba a mezclarse. Había refrescado. Se puso en pie agarrotado y se aferró al bastón que había tallado con sus propias manos. Al levantarse, como un fenómeno inducido por la tormenta inminente, vio tres coches que avanzaban por la carretera, el sheriff y otros dos vehículos de la policía estatal de Tennessee. Cuando giraron para entrar en el jardín, se produjo un breve berrido de la sirena, se bajaron y se encaminaron sin perder ni un segundo hacia la casa. Retumbó un trueno, débil y distante. Pearl salió y se quedó apoyada en uno de los pilares del porche con los brazos cruzados, esperando con aire de estoica paciencia. El anciano sacudió la cabeza y sonrió para sus adentros antes de darse la vuelta y adentrarse de nuevo en el bosque.
Los árboles se movían, ahora el viento murmuraba siniestro entre las ramas estruendosas. Por encima de sus ondeantes copas verdes, lo poco que se podía distinguir del cielo iba en descenso, el aire adquiría profundidad, peso, como un mundo inmerso en aguas turbias. El anciano avanzaba por una realidad intensificada, impregnada de la urgencia que transmitía el aire. Los relámpagos fulguraban silenciosos desde ninguna parte, siniestramente fosforescentes en el verde irreal del bosque, y Oliver aceleró sus pasos, su marcha agarrotada y espasmódica, una silueta cómica resucitada de una película antigua.
Bajó por un sendero, ralentizando su descenso de árbol en árbol, cruzó con cautela una cerca de alambre de espino para acceder a una planicie invadida de malas hierbas y alcanzar el camino que pasaba por delante de su granero. Al salir al solar de la granja pudo ver, por encima del gris desvaído de la casa, que estaba empezando a llover, más allá del polvo pálido de la carretera, donde el campo de tono pastel daba paso al contorno oscuro del bosque, vio que el horizonte se disolvía en una cortina oblicua de lluvia y que la sacudida de la maleza avanzaba hacia él con ímpetu aciago.
Llegó apresurado a la puerta de atrás justo cuando las primeras gotas comenzaron a canturrear sobre la chapa. La habitación estaba oscura y abarrotada, las formas apenas se distinguían, como parientes benévolos desprendidos del fresco ectoplasma de la sombra. Vació el contenido del saco en una palangana esmaltada y se volvió hacia el fogón para sacar del calientaplatos una cacerola de alubias. Se sirvió unas cuantas en un plato, cogió el trozo de pan que había sobrado del desayuno y colocó el plato sobre el depósito del fogón para ponerse un poco de café frío en un tazón de barro cocido. Recuperó el plato y, superando el desnivel, pasó de la cocina alargada al salón a través de una estancia casi tan oscura como la cocina en la que había piezas de mobiliario disparejas, escombros aleatorios varados en el tiempo.
Abrió de una patada la puerta mosquitera y salió al porche. El ruido se intensificó, era un porche descubierto y el tamborileo sobre la chapa excluía cualquier otro sonido, incluso el viento que azotaba los árboles parecía haber enmudecido.
Comió en un balancín que colgaba de unas cadenas clavadas a las vigas y cuando terminó dejó el plato en la tarima, junto a sus pies, y se bebió el café con parsimonia, con la mirada perdida más allá del jardín, donde el camino de tierra se había convertido ya en un barrizal. Llovía a cántaros, al agua se vertía por la chapa sin acanalar y al momento se disipaba con las embestidas del viento. Los truenos retumbaban casi sobre su cabeza y cayeron unas cuantas bolas de granizo que resplandecieron dispersas y blancas como perlas en el barro. Los árboles no cesaban de moverse, todo lo que alcanzaba a ver desde su posición estaba animado. El aire, saturado de cascarilla, parecía cargado de electricidad, un mundo ilusorio.
Se pasó un buen rato escuchando la lluvia soporífera y cuando se acabó el café dejó el tazón sobre el plato. La humedad había oscurecido el extremo del balancín que daba al jardín y la ropa se le había empapado con las salpicaduras, pero no se movió. El furor de la tormenta se fue sosegando y la intensidad de la lluvia se estabilizó, el bosque al otro lado de los campos cobró nitidez, como una escena vista a través de un cristal desempañado o de una turbulencia inmovilizada a la fuerza. Empezó a adormilarse. Al final se quedó dormido con las manos de enormes nudillos y llenas de cicatrices sobre las rodillas y la cabeza apoyada en la cadena tirante. De vez en cuando le temblaban los párpados con fragmentos de sueños, sueños de cuando era joven, sueños fogosos de hornos siderúrgicos y ferrocarriles, sueños de paredes, de barrotes y de un tiempo construido con el mismo esmero y cuidado con el que un albañil erige un edificio de piedra.
Se despertó ya bien avanzada la tarde, caía una llovizna plomiza sobre el tejado y el aire se notaba más fresco y más limpio. Se sacó del bolsillo una bolsa de tabaco de hebra gruesa y se puso a cargar la pipa. La encendió con una cerilla de cocina y se quedó sentado, perplejo, fumando y dejando que se desmoronase lo que quedaba de tarde. Tenía la apariencia de alguien acostumbrado a esperar.
El único indicio de que alguna vez se había dedicado a cultivar la tierra era la heterogénea colección de equipamiento obsoleto que yacía desperdigada por el solar, discos, segadoras, trillos de aspecto arcaico, como piezas abandonadas por un hombre primitivo, todo oxidándose sin prisa. Habían pasado años, pero aún sentía cierta afinidad por la tierra y el registro de las estaciones. Había algo reconfortante en la lluvia, la hierba escasa de su jardín había estado agonizando en parches circulares y hasta los árboles habían empezado a tener un aspecto aturdido y marchito. Sospechaba secretamente un desinterés por parte de los dioses, indiferencia o incompetencia en las altas esferas.
Entre las cuatro y las cinco hizo su aparición el chico de los Winer y Oliver, que seguía en el porche, lo vio llegar desde lejos. En realidad le estaba esperando. A veces el tiempo le pesaba demasiado en las manos y había semanas en las que las únicas palabras que pronunciaba eran las que le dirigía al joven Nathan Winer. Contempló al chico con obvio afecto. Hubo un tiempo en que tuvo un hijo y aunque el chaval, de haber sobrevivido, sería ya adulto, siempre que pensaba en él le adjudicaba la edad del joven Winer.
Cuando Winer pasó por delante de la casa, Oliver le saludó:
–Muchacho, harías bien en entrar y ponerte a cubierto.
Winer estaba empapado, la camisa y los pantalones, varias tallas más grandes, aleteaban al viento, tenía el pelo revuelto y aplastado. Obedientemente, abandonó la carretera y cruzó el jardín hacia el porche. Había zonas en las que el barro era tan profundo que se le hundían los pies hasta los tobillos, como succionados por una ventosa.
–Sube y sal de ese diluvio.
–Demasiado tarde –dijo Winer–. Imposible mojarse más.
Pero subió de todas formas y se apoyó en uno de los pilares. Se apartó el pelo de la cara y se secó los ojos con una manga chorreante. Había en él algo extrañamente transitorio, como si en cualquier momento fuese a desaparecer.
–Menuda tromba, ¿eh?
–Gotas como ubres de vaca –convino Oliver–. ¿Has estado trabajando ahí fuera con la que está cayendo?
–No, hemos estado dentro, limpiando el gallinero. Dándole a la pala y cargando remolques.
–Me parece que el viejo Weiss podría haber tenido el detalle de acercarte a casa.
–Supongo que no se le pasaría por la cabeza.
–No se le habría pasado si fuese él quien tuviese que hacer tres kilómetros a pie bajo la lluvia –dijo el anciano–. ¿Quieres que te deje algo seco?
–Acabará mojándose igual. De todas formas, no me importa. No creo que vaya a ablandarme, yo nunca me ablando.
–Aun así, no le habría costado nada. Si tuviese coche te llevaría yo mismo, pero nunca he tenido.
–No me importa caminar.
–Bueno, tampoco creo que sea malo, yo lo llevo haciendo toda la vida. O al menos hasta hoy. ¿Quieres que ponga el café a calentar?
–No puedo quedarme. Se está haciendo de noche. Y además hace un poco de frío.
–Entonces puede que por fin pueda dormir –dijo Oliver–. Con el calor que ha estado haciendo estos últimos días no he sido capaz de pegar ojo hasta las dos o las tres de la mañana.
El chico se incorporó y dijo:
–Véngase conmigo.
–Creo que mejor me quedaré por aquí. –Oliver parecía estar examinando los pies del chico. Se levantó con rigidez del balancín–. Tengo una cosa ahí dentro que tenía intención de darte, siempre que no te pongas hecho una furia. ¿Crees que te pondrás hecho una furia?
–Lo dudo –sonrió Winer.
El anciano entró en la casa, Winer detrás.
–Hace un año o dos me compré un par de zapatos por correo y cuando llegaron no me entraban. Supuse que mis pies ya habrían dejado de crecer. Se ve que no. Les he echado un ojo a los tuyos y me parece que han aumentado uno o dos números desde primavera.
Atravesaron el salón pasando por delante de la estufa apagada que el anciano utilizaba tanto en invierno como en verano y bajaron al largo y estrecho cobertizo que servía de dormitorio. La estancia era oscura y de techo bajo, Winer se quedó un momento indeciso hasta que sus ojos se habituaron a la penumbra enclaustrada, viendo cómo las formas iban adquiriendo poco a poco contornos y solidez, formas efímeras en tránsito que se fueron fijando en siluetas más o menos reconocibles: una vieja cómoda cuyo espejo polvoriento le devolvió el reflejo deformado de sí mismo, como de barraca de feria, una vieja cama de hierro de color oxidado, cajas amontonadas sobre otras cajas hasta tocar el techo, viejos trajes de domingo grises y de color lavanda, desvaídos e informes en sus perchas, un vago olor a hierba luisa procedente de tiempos inmemoriales, de otra vida. Oliver extrajo del fondo de la cómoda un par de zapatos negros de caña alta que parecían nuevos, recién salidos de la caja y de su envoltorio de papel de seda, como un recuerdo distraído de manera encubierta al implacable paso del tiempo.
–Aquí tienes –dijo el anciano. Le tendió los zapatos–. Ponlos junto a los tuyos a ver si son de tu talla.
–Yo creo que me van a quedar bien. ¿Cuánto quiere por ellos?
–Nada.
–Se los pagaré.
–Llévatelos. Aquí arrinconados no le hacen ningún bien a nadie. No los necesito.
–Preferiría pagárselos.
–Puede que un sábado de estos te pida que vayas a venderme el ginseng. Porque o bien mis piernas ya no son lo que eran o bien cada año se están llevando el pueblo un poco más al oeste.
Después de la fetidez de la habitación, el aire del exterior resultaba fresco y puro. Con la caja de los zapatos volteada y arropada bajo el brazo, Winer volvió a exponerse a la lluvia. Cruzó bajo el peral el aluvión de chatarra desechada que yacía sobre el terreno embarrado como un azaroso despliegue de extraños frutos mutantes, y reanudó su marcha por la carretera. Oliver volvió a ocupar su puesto en el balancín. La cadena crujió al tensarse. Observó a Winer hasta que se perdió de vista tras los arbustos para luego reaparecer a lo lejos, en la carretera, donde la vegetación se interrumpía en una curva y la carretera iniciaba su ascenso. En aquel punto pasaba por encima del río y Oliver acertaba a distinguir vagamente el puente de madera. Acto seguido, el crepúsculo se instaló sin hacerse notar en medio de la lluvia y un ligero viento frío sopló desde el oeste haciendo que el agua volviese a salpicarle. Winer había desaparecido en el ocaso azul. La oscuridad se congregó bajo la sombra del peral y comenzó a arrastrarse hacia el porche; Oliver se levantó y se metió en la casa para encender la lámpara.
Aquellas noches la madre de Winer le esperaba en el salón, sentada inmóvil en la mecedora frente al fuego consumido. Hoy tenía la lámpara encendida en la repisa de la chimenea y se hallaba inmersa en el arreglo de una prenda que se había quedado floja y casi informe tras los repetidos lavados, ni siquiera alzó la vista cuando él entró. Una mujer cetrina, aún joven pero envejecida, cuyo rostro de pómulos altos le confería, de algún modo, un aspecto andrógino, como el de una monja, quizá, o como el de un sacerdote asceta enfrascado en sus ritos nebulosos. Coronada por aquel halo de luz amarillenta parecía un ser irreal, un fantasma de vigilia, una imagen descolorida en tonos sepia arrancada del calendario de una funeraria.
El cuarto de Winer estaba en el ático y se accedía por unas escaleras. Ella ni siquiera le preguntó por la caja que llevaba bajo el brazo. Guardó los zapatos en un baúl y se sentó a contemplarlos a los pies de la cama. Se imaginó que Oliver podría habérselos puesto de haber querido. Se quedó un momento mirándolos con una extraña sensación de desahucio, luego cerró el baúl.
El ático era insoportable en verano y Winer se había acostumbrado a dormir allí donde el calor le diese un poco de tregua. Esta noche la ventana estaba abierta de par en par y hacía fresco. El viento había arrancado las cortinas y estaban tiradas por el suelo, espectros vaporosos doblemente inertes y arrugados. El suelo estaba empapado de lluvia. El techo formaba una A, el estaño que hacía las veces de techo y de tejado estaba acribillado de clavos que no habían hecho diana en la viga, y al posar la mano en su superficie la sintió húmeda y fría. Se cambió a toda prisa para entrar en calor y volvió al piso de abajo.
Su madre parecía dominada desde hacía tiempo por un voto de silencio o por una extraña malformación en lo que fuera que produjese o inspirase el habla. Él tampoco hablaba. Sabía que ella, tarde o temprano, acabaría diciendo algo, en el momento menos pensado superaría lo que le había hecho sellar los labios, ira o simplemente el tedio de los días que transcurrían indistinguibles.
Le había dejado el plato en la mesa, tapado con otro. Él encendió la lámpara de la cocina y se sentó a cenar. Comió deprisa, aparentemente sin saborear la comida, quimbombó frito, judías verdes y patatas nuevas, espantando a las polillas y a los bichos atraídos por la luz o proyectados por el viento lluvioso a través de la ventana abierta. Una polilla se quedó atrapada en el calor que ondulaba sobre el globo, cayó en picado sobre la llama naranja, se convulsionó unos segundos y murió en una silenciosa agonía blanca tras el cristal ardiente.
Ella estaba de pie en la puerta, viéndole comer.
–¿Te ha pagado?
–Bueno –dijo él–, es viernes. Y paga los viernes.
Apartó su plato.
–Te engañará, acuérdate de lo que te digo. No eres más que un crío y no dudará en aprovecharse.
Era la vieja discusión de siempre y a él no le importó reabrirla.
–Si me engaña, es mi problema –dijo.
Se levantó para rebuscar el dinero que se había metido en el bolsillo y se lo alcanzó. Ella lo aceptó sin decir ni mu y él lo vio desaparecer en un abrir y cerrar de ojos en el bolsillo de su delantal.
Cuando comenzó a trabajar para Weiss, su madre montó en cólera: un crío no debería hacer el trabajo de un hombre por el salario de un crío. Ahora lo que no se cansaba de repetir era que de haber tenido un buen padre que se hubiese ocupado de él, las cosas nunca hubiesen llegado a ese punto. A tener que dar aquel paso desesperado. Ahora ella le miraba como si todo hubiese sido una maquinación urdida por él mismo.
–Un día salió como quien no quiere la cosa y cerró la puerta a sus espaldas –dijo ella con una amargura que venía de lejos–. Se largó sin decirle una sola palabra a nadie.
También aquella era una vieja discusión y si ahora él tenía argumentos para refutar la versión de su madre, prefirió guardárselos. Cuando era más pequeño y más fácil de lastimar siempre le contestaba:
–No nos abandonó.
Ella se ponía a gesticular por toda la habitación expandiendo el brazo en un movimiento entre teatral e histérico, gritando:
–Muy bien, ¿lo ves tú por alguna parte? ¿Crees que está detrás de esa puerta gastándote una broma?
Ahora se limitó a mirarla con unos ojos que ya no eran los de un niño y no tuvo nada que añadir.
Cuando volvió a subir a la hora de acostarse, la lluvia no había cesado y seguía haciendo frío. Tanteando con cuidado en la oscuridad dio con una caja de cerillas y encendió la lámpara, luego se puso a revisar los libros que guardaba en la caja de cartón que había debajo de la cama. Las sábanas estaban ligeramente húmedas pero, después del calor del día, le resultaron confortables. Se tumbó, ubicó la lámpara y se puso a leer percibiendo apenas el murmullo sibilante de la lluvia contra el estaño. Al rato oyó que su madre subía y se deslizaba por el suelo con paso sigiloso, como una rata.
–¿Qué haces ahí dentro?
–Leer.
–Se está haciendo tarde –dijo–. Apaga esa lámpara. El queroseno no lo regalan.
–Vale –dijo él.
Se levantó, quitó la colcha de la cama y la extendió al pie de la puerta para bloquear la fuga de luz. Pudo oírla, satisfecha, descendiendo las escaleras. Continuó leyendo un rato más y luego apagó la lámpara de un soplido.
Permaneció unos minutos más sumido en un letargo de puro agotamiento, consciente de hallarse en la cama, pero aun así sintiendo el vaivén incesante de la pala, hundir y sacar, hundir y sacar. Otra parte de su mente seguía poblada de rostros conocidos, rostros de gente real como la que llenaba su día a día, gente de carne y hueso como Weiss o William Tell Oliver. Sintió una vaga ilusión al pensar en el sábado y en el pueblo y, por fin, se quedó dormido.
En algún momento de la noche, la tormenta cambió de curso o cedió el turno a su hermano, porque Winer se despertó en plena tregua de la lluvia, en medio de una atmósfera plúmbea e inmóvil, la noche conteniendo el aliento. Entonces irrumpieron los primeros rayos, intermitentes y estroboscópicos, un repentino silencio en el coro nocturno de cigarras y ranas, las paredes del ático impresas con imágenes, negras como la tinta, de los árboles que había al otro lado de la ventana, una transición instantánea y profunda hacia una noche sin paredes, como si los rayos las hubiesen incinerado o hubiesen calcinado el delicado trazo de las hojas y las enredaderas sobre el papel pintado para, al momento, desaparecer abruptamente en un mundo de oscuridad total, hasta tal punto que la habitación y su austero mobiliario daban la impresión de haber sido absorbidos por un torbellino hasta ser relegados a la nada más absoluta, a la antítesis de la existencia, y después irrumpió en escena el trueno mascullando amenazante por las paredes de la cordillera y un viento frío la tomó con los árboles haciendo que la calma huyese arremolinada como un reguero de agua turbia.
No podía dormir. Se quedó de cara a la ventana, observando el fondo donde se formaba la tormenta, un cúmulo de relámpagos vibrantes que dotaban al paisaje de una tonalidad negra y plateada de pesadilla.
En la planta baja las ventanas estaban subidas para dejar que entrara la noche fresca y la casa era la casa de los vientos. Parecía inmensa y desolada en medio de la oscuridad, como algo abandonado y expuesto a los confines huracanados del espacio. Cruzó el porche y salió al jardín. El viento era ahora más fuerte y tejía en los cielos un tapiz cambiante y sin motivo visible. En el lugar donde tres árboles formaban un triángulo, él había construido una caseta entre las ramas con viejos maderos rescatados de un puente, y ahora subió por la escalera. Los árboles se inclinaban, cada uno a su aire, la casa del árbol crujía y restallaba, las ramas superiores producían un sonido estático de corriente.
Seguía sin llover. La tormenta se trasladó al sur, el cielo era un flujo constante de electricidad, nubes de un lustroso color metálico con destellos anaranjados y rosáceos. Ovoides en su marcha hacia el oeste, parecían estar compuestas de una aleación brillante, una vasta flota que visitaba el mundo con su plaga de fuego para, acto seguido, huir al lugar donde se conjugaban todas las tormentas de la tierra.
La casa del árbol se estremecía y daba bandazos y, en medio de aquella oscuridad, parecía una embarcación a la deriva en un mar embravecido, las cubiertas se inclinaban y se deslizaban al capricho de los océanos, con las velas desgarradas y el mástil meciéndose de un lado a otro como un giroscopio enloquecido: más allá, la noche sin estrellas, nada en lo que un marinero pudiera fijar su catalejo.
La lluvia acabó llegando, pero como con reparo. Una bondad tardía que se puso a tamborilear sobre el tejado improvisado. Descansando en el puente con la cabeza apoyada en el tabique escorado, Winer entrevió por las rendijas cómo iban perdiendo fuelle los rayos y cómo se iban apagando poco a poco los truenos, amordazados por el aguacero. Se adormiló escuchando el sonido de la lluvia, cada vez más intenso, esparciendo alivio por la tierra oscura y durmiente.
William Tell Oliver se despertó en algún momento de la noche. La tormenta había pasado y se había visto reducida a un chaparrón constante que no parecía tener la menor intención de remitir. Volvió a quedarse dormido y cuando se levantó a eso de las cinco de la madrugada seguía lloviendo. La mañana se desperezó desanimada en medio de un mundo lúgubre y sin sol. No dejó de llover en todo el día.
Lo que Hodges el Bocazas tenía en mente, de manera muy específica, era una radio que había visto en una mesilla de noche. Poniéndose de puntillas y mirando por una de las rendijas de la persiana podía entreverla, tenía una carcasa de madera y pinta de ser bastante cara, una radio pequeña que resultaría fácil transportar por el bosque.
Dio con ella por casualidad. La pasada primavera había estado cazando ardillas por los alrededores y se acercó a la casa a pedir un vaso de agua, pero no había nadie, el antojo irresistible de poseer la radio no le sobrevendría hasta algo más tarde. Observando la casa desde su refugio improvisado con piezas de hojalata arrastradas por el viento, no le quedó la menor duda de que allí dentro habría otros chismes a los que también podría dar buen uso y se imaginó sentado el próximo invierno ante un fuego confortable escuchando las mil maravillas que la radio desplegaría solo para sus oídos.
Conociendo los hábitos de la gente del campo, había esperado hasta el sábado. A través de la lluvia oblicua vio alejarse la camioneta. Teniendo en cuenta las paradas que harían en cada esquina, el parloteo y la comida, y luego las compras, calculó que dispondría de casi todo el día. De todas formas, se dio prisa. Salió de su refugio en medio del pinar y descendió por el barranco invadido de zarzas hasta pisar el asfalto. Entonces remontó la carretera en dirección a la casa con estudiada indiferencia, silbando, con las manos en los bolsillos y sacando solo la mano derecha para hacer un saludo rutinario cuando le adelantaba algún coche. Se pensarían que vivía allí, ¿quién iba a saberlo?
La casa presentaba un aspecto de impecable prosperidad. Blanca, dos plantas, tejado a dos aguas bastante pronunciado y pulcros rebordes verdes. Por detrás se vislumbraba un enorme granero pintado de rojo con una cubierta a cuatro aguas cercado por un variado despliegue de equipamiento agrícola que parecía recién comprado, cultivadoras y cosechadoras, un gigantesco tractor naranja. Y un pequeño bulldozer Caterpillar de color amarillo que no habría dudado en poner en marcha para darse un garbeo de haber tenido un rato y haber hecho mejor día. Más allá del granero, un campo de soja que seguía la curva de la carretera.
Tras un reconocimiento previo se aseguró de que no había perros ni niños, así que bajó por el terraplén y avanzó por el camino de entrada. Siguió hasta la puerta principal junto a un seto rapado, ahora moviéndose con más celeridad, con más decisión, buscando a tientas el destornillador.
La contrapuerta estaba cerrada por dentro, tal y como se esperaba. Ya tenía las bisagras desatornilladas y la mosquitera desmontada cuando se dio cuenta de que las bisagras de la puerta principal no eran accesibles desde el marco, el aprendiz de ladrón sucumbió ante las complejidades imprevistas de las puertas y las cerraduras. Permaneció un momento a la escucha. Lo único que se oía era la lluvia.
La mosquitera de la parte posterior ni siquiera estaba atrancada. Un porche trasero cerrado con malla metálica donde almacenaban un congelador y un montón de trastos viejos. Aquí le fue mucho mejor. Una sección de las bisagras quedaba por debajo de la moldura, pero el lado atornillado a la puerta estaba a la vista. Retiró a toda prisa los tornillos. Notó que el sudor se le deslizaba por las costillas. Apartó la puerta y echó un vistazo a la carretera. Su visión del mundo exterior quedaba ensombrecida por la malla metálica. La línea de árboles frondosos ocultaba la casa del tráfico que pudiera haber en la carretera. Satisfecho, se volvió a meter el destornillador en el bolsillo y se aventuró al interior.
Se encontró en un vestíbulo. El suelo era de una madera increíblemente resplandeciente que no supo identificar y olía a cera de muebles. Se concentró en el plano mental que se había hecho de la casa, tratando de recordar dónde había visto la radio. Entró en un dormitorio y enseguida vio que había dado en el clavo: allí estaba, como si le hubiese estado esperando desde el día que la descubrió. La desenchufó y echó un vistazo a la habitación mientras enrollaba el cable a la radio. Una lujuriosa profusión de rosas rojas que trepaban por el papel pintado. Desde un marco oval un anciano con pinta de halcón le observaba con furia salvaje e impotente.
Pequeñas baratijas en el tocador, joyas antiguas, pesadas e incómodas que, a su juicio, no tenían el menor valor. Fruslerías femeninas y tarros de extraños potingues que se dedicó a husmear. Olor a violetas. Barras de labios como cartuchos de alto calibre. Se metió algunos en el bolsillo diciéndose que su mujer se lo agradecería.
Le llamó la atención el sombrero de fieltro que estaba colgado en uno de los postes de la cama. Se lo probó, lo giró hacia un lado, luego hacia el otro, y aplanó el ala. Se miró al espejo, cuadró los hombros, compuso una expresión de aparente desdén, forzó una mirada fría e implacable.
–No pienso hablar, joder –le dijo a su cara en el espejo–. Me está haciendo perder el tiempo, agente.
Con el sombrero puesto y la radio bajo el brazo salió de la habitación, recorrió el pasillo y entró en la cocina justo en el momento en que una mujer corpulenta y de mediana edad se dio la vuelta frente al fregadero al oír sus pasos. Sostenía un plato en una mano y un trapo enjabonado en la otra. Gritó y el plato reventó en el suelo con estrépito.
Bocazas, sorprendido, retrocedió vacilante, con los ojos como platos e incredulidad en su rostro lleno de pecas. Desde el fondo de la garganta le salió un sonido ahogado de terror y se giró para salir corriendo. Ella salió tras sus pasos blandiendo el trapo como un arma.
–Mierda –gritó él.
Se precipitó por el pasillo provocando un tumultuoso crescendo sobre el suelo encerado. Salió y cruzó el porche de atrás a todo correr. Sintió que la radio se le escurría de las manos, atrapó el cable al vuelo pero notó que el aparato se había quedado encajado entre la puerta y el marco.
–Me has roto la radio –chilló la mujer.
Y él redobló sus esfuerzos. Atravesó el seto sin bajar el ritmo, inclinándose y bombeando las piernas como si le persiguiese el mismísimo diablo. Al escalar el terraplén iba prácticamente paralelo al suelo. Cruzó la carretera asfaltada insultando a un coche cargado de rostros sobresaltados que estuvo a punto de atropellarle y se zambulló en los helechos empachados de lluvia hasta llegar a la vertiente donde la oscuridad de los abetos le invitó a buscar refugio.
Se adentró en las profundidades del bosque corriendo en medio de un silencio solo interrumpido por el desgarro irregular de su respiración y la lluvia sobre los árboles. Cuando al fin se detuvo, se dejó caer al suelo. Permaneció un rato inerte y, en cuanto recuperó el aliento, se puso en cuclillas procurando no hacer ruido para tratar de esclarecer si aún le perseguían. Solo se oía el sonido de los cuclillos de pico amarillo abucheándole desde la inviolabilidad de las copas de los árboles.
Se miró el puño con pesar, seguía agarrando el enchufe y poco más de un metro de cable. Lo arrojó disgustado a las sombras y se sentó en un tocón, todavía con el sombrero puesto. Una mancha oscura, negra como la tinta, se le escurría por las sienes. Se limitó a quedarse sentado escuchando el frenético martilleo de su corazón que, poco a poco, comenzó a remitir.
El lunes, Winer cargó el esparcidor de abono y se puso a escuchar el golpeteo de la lluvia contra el techado de cartón alquitranado a la espera de que la lluvia aflojase un poco para poder ponerse manos a la obra, pero no cejaba. A mitad de mañana, Weiss se presentó en el gallinero. Herman Weiss era un hombrecillo bajito y grueso de cabellos rizados y ligeramente canosos. Tanto en invierno como en verano llevaba un salacot, unos caquis planchados e impolutos y unas botas de montaña, como si estuviese a punto de unirse a un safari. La gente decía que era imposible llevarse bien con él. Casi nadie quería trabajar a sus órdenes, pero Winer pensaba que en el fondo no era tan mal patrón. Tenía una forma brusca y bastante seca de hablar que la gente no se tomaba a bien y, además, nadie sabía de dónde demonios había salido. Decían que era un judío rico, uno de esos centroeuropeos, un italiano. Que era tratante de blancas, narcotraficante o camarógrafo retirado, y las historias que contaba sobre sus peripecias por el mundo eran tan enrevesadas y absurdas que lo más probable es que ni él mismo supiese ya quién era.
A Winer le daba igual. Para él no era más que un avicultor. Tenía tres gallineros enormes y cada uno daba cobijo a cerca de seis mil pollos. Winer se encargaba de alimentarlos dos veces al día y les rellenaba los bebederos a primera hora de la mañana y al caer la noche. Cuando cumplían nueve semanas, Weiss contrataba mano de obra extra para atraparlos, enjaularlos y llevárselos en un semirremolque. Acto seguido, se limpiaban los gallineros y vuelta a empezar.
A Winer no le caía del todo mal y con eso le bastaba. Weiss hacía gala de una amabilidad irónica y burlesca que a Winer le divertía. Nunca perdía la calma. Estaba lleno de historias sobre lugares lejanos, mujeres fáciles y cantidades desorbitadas de dinero, y ahora que la lluvia batía inclemente contra el tejado y contaba con Winer de oyente cautivo, no dudó en volver a contar alguna de las mejores.
Tenía miles y hasta puede que una o dos fuesen ciertas. Había confraternizado con reyes y presidentes. Había generales que buscaban su consejo en asuntos militares, él y Blackjack Pershing habían sido uña y carne. (Al ver que Pershing se mostraba indeciso, le había arrebatado la tiza de la mano, se había dirigido a la pizarra y había representado con puntos y flechas el movimiento que debían emprender las tropas sobre el terreno defendido por los mutilados y los moribundos: No, los alemanes os estarán esperando en este punto. Pero, en cambio, si…). Y de no haber sido por aquel socio que se la jugó, hoy sería billonario porque fue él quien inventó la Coca-Cola. Le robaron la fórmula y la vendieron a sus espaldas.
–Me compré aquel refresco por cinco centavos en Topeka, Kansas –dijo Weiss–. En una tienda de alimentación. Era mi bebida, hasta el último ingrediente secreto. Como para no ponerse a llorar.
–Ya me imagino –dijo Winer–. ¿Volviste a encontrarte alguna vez con tu socio?
–Pues mira, sí –dijo Weiss–. Lo vi en la calle State de Chicago, creo que fue en 1922. Iba al volante de un Rolls Royce Silver Ghost y le acompañaba una rubia que te habría dado un vuelco al corazón. Moseby se limitó a saludarme con la mano, como si nada, y que qué tal me iba. Luego siguió su camino…, pero tenías que haber visto a aquella mujer. De haber tenido la oportunidad, me la habría cepillado sin dudarlo en el mismísimo césped de la Casa Blanca. –Cayó en un silencio meditabundo–. O en cualquier otro sitio razonable que a ella se le hubiese antojado –añadió al cabo de unos segundos.
Weiss y su mujer estaban suscritos a un montón de revistas y más o menos una vez al mes hacían un paquete y se las pasaban a Winer. A veces le regalaban libros que ya no querían. En una ocasión, la mujer de Weiss, Alma, le dio un ejemplar nuevo de las Poesías Completas de Sandburg. La madre de Winer veía esa costumbre con suspicacia, no dejaba de pensar que aquellos regalos se los acabarían descontando del sueldo, que el día menos pensado harían recuento y le anularían toda una nómina con efecto retroactivo.
Otro hábito de Weiss que al chico le agradaba era que a eso de las nueve y media consultaba el reloj y decía:
–Bueno, hora de remojarse el gaznate.
Y se dirigían al porche. Weiss abría la vieja nevera que tenía siempre bien surtida de Coca-Colas y vino casero. Le abría una Coca-Cola a Winer y él se servía un buen vaso de vino de fresa.
Esta vez Winer examinó la botella, los lentos regueros de agua helada que se deslizaban por el vidrio verde.
–¿Esta la has embotellado tú? –preguntó inocentemente–. ¿O la has comprado en la tienda como hacemos el resto de los mortales?
–¿Perdona?
–Pensé que lo mismo sacabas una remesa propia cada dos o tres semanas.
Weiss le observó por encima del borde del vaso. Dio un trago y bajó el brazo.
–El respeto por los mayores es un atributo que no debería pasarse por alto –le dijo a Winer tras hacer una pausa.
–Tú podrías llegar a algo algún día si no trabajases de un modo tan obsesivo –le dijo Weiss esa misma mañana–. Un hombre que trabaja como tú nunca dispone de tiempo para progresar en la vida.
–¿Es que no quieres que tu dinero esté bien empleado?
–Yo siempre empleo bien mi dinero. Tú emprendes cada faena como si fuese la última e intentas dejarla finiquitada. Tienes que dejar de hacer eso. No existe una última faena. Acabas con una y siempre hay otra esperándote. Tienes que tomártelo con calma.
Winer se apoyó en la pala para descansar. Al otro lado de la rejilla de la ventana el cielo se había oscurecido, se levantaban nubes al oeste.
–La mayoría de la gente de por aquí es distinta –seguía diciendo Weiss–. Lo tuyo debe ser un atavismo o algo por el estilo. Un mutante. Estos paletos o rednecks, o como quieras llamarlos…, mira, llevo viviendo aquí veinticinco años y sigo siendo un forastero. Supongo que estarán esperando a ver si me quedo o no.
–La verdad es que algunos son bastante peculiares.
–¿Peculiares? Insignificantes es la palabra que me rondaba por la cabeza. Hace tiempo tuve una casucha cerca de la desembocadura del río y se la alquilé a un tipo llamado Warren. Y, muchacho, te aseguro que era un hombre de lo más laborioso. No veas. Le gustaba sentarse en el porche a contemplar cómo prosperaba su huerto. Solo se movía cuando se desplazaba la sombra o cuando su mujer lo llamaba a voces para cenar. Acostumbraba a presumir de huerto. «Magnífico huerto», decía. «Magnífico huerto». Una vez me pasé por allí en época de recolecta y puede que tuviera cuatro coles. Como mucho. Podría haberme llevado toda su plantación de judías verdes en este casco y en un solo viaje. Él solo tenía ocho críos, así que no sé qué demonios planeaba hacer con los excedentes. Conservarlos para el invierno, quizá. Darles salida con la camioneta.
»¿Y quieres que te sea sincero? El tiempo que me pasé construyendo esta casa, me tuve que ir a vivir temporalmente al otro lado del río, a un sitio pequeño que me apañé deprisa y corriendo. Cuando por fin me mudé aquí contraté a un par de tipos de la zona para que me echasen un cable. Perdí una escopeta automática Browning que no habría dejado escapar ni por trescientos dólares. Un par de botas de montar que me compré en España y una pistola con incrustaciones de plata, regalo de mi mujer. Recuerda que estamos hablando de que me había ido a un sitio que no estaba a más de doscientos o trescientos metros de aquí. Prefiero no pensar lo que habría pasado si me hubiese ido a la costa oeste.
Esta vez Weiss le llevó a casa.
–No queda nada por hacer ahí dentro –dijo–. Si este diluvio sigue igual, mañana por la mañana ni te molestes en salir. Ya me ocuparé yo de darles de comer. No tiene sentido que te cales hasta los huesos solo para esperar a que sea la hora de cebarlos.
El río ya estaba amarillo y presentaba un aspecto ominoso, había ido ganando velocidad y arrastraba a su paso ramitas y desechos que giraban en turbios remolinos de espuma. El brazo que pasaba por detrás de la casa de Oliver se desbordó e inundó el corral de los cerdos, engalanando los árboles jóvenes y los postes del cercado con densas aglomeraciones de maleza muerta y neumáticos que parecían boyas dejadas por alguien para poder navegar por un mundo que se estaba volviendo acuático, y desde su posición en la entrada del granero, Oliver podía ver cómo ascendía a lametazos por la hondonada.
Dallas Hardin, disgustado, terminó de contar las ganancias de los dos últimos días y, como estaba ya más que harto de la compañía de Pearl y de la niña, Amber Rose, salió a la lluvia, se plantó al borde de la sima y creyó distinguir un rumor de aguas turbulentas en las profundidades de la tierra. Un cambio de pulso, una aceleración, una modificación misteriosa. Alzó la vista hacia el cielo plomizo. Miró hacia el oeste y comprobó que era más de lo mismo, como si toda la atmósfera del planeta se hubiese fusionado en aquel inmenso aguacero.
–Pues tú sigue lloviendo, maldita sea –le dijo a la lluvia.
Y eso mismo fue lo que hizo. El tercer día el puente que unía Mormon Springs con el pueblo se desprendió de sus pilares de hormigón con un aullido de vigas tronchadas y fue a parar dando tumbos al cañaveral que bordeaba el río, giró indolentemente en los lentos remolinos, avanzó a la deriva hasta quedar atrapado en la veloz corriente principal, donde ganó ímpetu, y siguió girando a lo loco corriente abajo como un calíope liberado bruscamente de sus amarras. La mitad de la carretera ya se hallaba sumergida y Oliver podía sentarse en el porche de su casa a contemplar a lo lejos el vasto mundo empapado, la inmensa extensión de aguas turbias que cubría el campo hasta llegar al río sin otra interrupción que los troncos de los árboles y la parte superior de algunos matorrales. Tendría que haberse llevado las cabras a un pasto más elevado y haber puesto cacerolas y latas debajo de todas las goteras que ni siquiera sospechaba que tenía. Se quedó sentado en su porche, como un superviviente sombrío, privado de toda esperanza, aguardando el rescate o la decrecida final de las aguas.
Winer había bajado de la cresta por el bosque.
–¿Alguna vez había visto llover así? –le preguntó al anciano.
–Me temo que sí –dijo Oliver–. Aunque no durante tanto tiempo.
Hardin contemplaba el agua de la crecida. Una fina franja de salpicaduras espumosas franqueaba el borde de la sima y se extendía ante sus ojos. Cuando regresó una hora más tarde, la depresión desprendía un fragor perpetuo y torrencial y no pudo aproximarse al abismo. Un torrente de agua fangosa y amarillenta de entre dos y tres metros de ancho brotaba en cascada de la sima y podía oírse cómo bullía y se agitaba en las profundidades.
A última hora del cuarto día, Hardin alzó la vista hacia la ladera desde la que un cuarteto de siluetas oscuras y empapadas le saludaban. Cuatro almas estúpidamente intrépidas impulsadas, por el desafío o por la sed, a recorrer nueve kilómetros a pie, casi dieciocho o puede incluso que más teniendo en cuenta las vueltas y los rodeos que había que dar para mantenerse en las crestas, lejos de las carreteras y las depresiones inundadas.
Aquellos audaces viajeros eran los tres hermanos DePreist y una joven puta llamada Bledsoe a la que habían recogido en alguna parte. Querían beber.
–A Wolf no le queda ni gota –le informaron–. Ha vendido hasta el último trago y de momento no puede conseguir más.
Se bebieron todo el dinero que llevaban encima y luego un cuarto de litro más por cuenta de la casa. Hardin mandó a los DePreist a por leña para cuando comenzase a refrescar. Mientras ellos se dedicaban a partir trozos de tablas podridas, tallos de alubias del año pasado y viejos travesaños húmedos dejados por las crecidas, la puta se sentó junto al fuego desprendiendo vapor y se puso a trenzarse el pelo haciendo gala de una dignidad ebria y recatada.
No dejaban de repetir que lo mejor sería seguir adelante, pero no hacían el menor amago de marcharse. Durmieron como gatos, tirados en el suelo frente al fuego, y también como gatos acabaron peleándose a causa de la puta en mitad de la noche. Golpes estruendosos, muebles volcados, sillas arrojadas contra la pared. Berridos encolerizados e insultos que hicieron que al final Hardin saltase desnudo de la cama y los sacase a la lluvia a punta de escopeta, sin dejarles siquiera que se resguardasen en el porche, obligándoles a descender los peldaños bajo la llovizna gris antes de volver a entrar en la casa cerrando de un portazo y echando el pestillo.
Los tres hermanos hicieron las paces y conspiraron para prenderle fuego a la casa con Hardin dentro, pero no les quedaba ni una sola cerilla seca. El menor se pasó una hora, borracho como una cuba, tratando de hacer saltar chispas con una navaja y un trozo de pedernal. Al final se rindieron, se retiraron al granero y se marcharon al rayar el día, huraños y resacosos, dejando a la puta a su suerte.
El anciano transitó inquieto por uno de sus sueños habituales hasta que, en el mismo instante en que dejó de llover, se despertó. El agua goteaba esporádicamente en la lata de café que había puesto bajo una de las goteras pero, al momento, ese goteo también cesó. Se oía el río. Se levantó del balancín en el que se había pasado toda la noche dando cabezadas. Hacia el oeste una franja de cielo claro se extendía sobre la línea de los árboles y por encima una rodaja de sol resplandecía entre las nubes. Las nubes tenían el color del oro y brillaban como un objeto forjado de metal bruñido.
Con un viejo abrigo negro y un sombrero de paja rescatado de algún rincón polvoriento, Oliver parecía un espantapájaros al que alguien hubiese insuflado vida. Cruzó el improvisado sistema de tablones que abarcaba los meandros de la corriente con un cubo esmaltado a cuestas, pero al final se rindió y tuvo que avanzar vadeando mientras el agua, fría como el hielo, se le arremolinaba en torno a los muslos.
–Hundirme hasta la cintura y tener que ir a por agua con un cubo –se lamentó para sus adentros–. Ya lo que me faltaba.
Unos tablones de madera de castaño dispuestos en forma de V y hundidos en un orificio del farallón de piedra caliza conducían el agua hacia la charca. El agua fría y verdosa, del color del musgo, se agitaba contra los tablones de cedro cubiertos de líquenes que cercaban la charca. Oliver estaba inmerso en el estruendo, en medio de las incontables filtraciones y corrientes de aquella auténtica montaña líquida contenida a duras penas por la caliza agrietada, con el continuo bramido de las cascadas sobre su cabeza. Aquí la sombra era densa, reinaba la oscuridad y hacía frío. La tierra perpetuamente húmeda era un fermento de berros y el aire estaba saturado de menta. Dejó el cubo junto a sus pies y se inclinó apoyándose en las rodillas. Echó un vistazo a la charca.
Había capturado un destello blanco, un brillo apagado, como de marfil viejo y descolorido. Era como escudriñar en las profundidades marinas. En las sombras de la charca ondulaban lentas hebras de musgo y helechos, como algas, haciéndose eco del lento movimiento circular de la corriente. Desde el fondo oscuro, bajo la casi opaca superficie, aquel objeto se giró emitiendo un resplandor momentáneo. Hundió los brazos en el agua.
En sus manos sostenía un cráneo humano. Estaba invadido de musgo y barro incrustado, tenía una salamandra encogida en una cavidad ocular y un montón de bígaros aferrados como sanguijuelas al hueso erosionado. Los brillantes fragmentos de musgo se adherían como un obstinado cabello verde. Lo giró en sus manos. Tenía un trozo del occipital destrozado, en apariencia a causa de una inédita fuerza interior, como si el cerebro hubiese estallado y hubiese quebrado la pared del cráneo. Al volver a girarlo le dio la impresión de que se estaba mofando de él con aquella mandíbula bloqueada en una sonrisa desprovista de júbilo, con aquellos dos dientes de oro que resultaban tan cautivadores y fantasiosos en medio del fango y los líquenes.
Era real, irrevocable. Un vestigio tangible de una violencia antigua procedente de simas y canales situados muy por debajo de la superficie, lugares en los que la luz ni siquiera era un rumor. Hasta llegar a sus manos. Un sacrificio mudo salido del pozo del mundo. Se sintió asediado por una revelación que no había buscado ni deseado. El pasado se arremolinó a su alrededor igual que las aguas en torno a aquel cráneo. En un arrebato de lucidez se sintió por un momento omnipotente, los años transcurridos habían abierto una puerta y le habían permitido franquearla durante unos segundos, sabía que estaba en posesión de un conocimiento que le había sido negado al resto del mundo, pero no tenía ni idea de qué hacer con él.
El carro se había detenido en el jardín. Pearl se giró ensartándose en la mano la cortina que cubría la ventana translúcida. Había ganado peso en los últimos años y en su cara plácida apenas quedaban rastros de su antigua belleza bovina.
–Vienen –susurró.
–Pues muy bien –dijo Hardin–. No creo que se les vaya a caer el techo encima.
Ella se volvió de nuevo hacia la ventana. Dos ya tenían los pies plantados en el suelo junto al carro y la tercera estaba bajando con torpeza del pescante. Endomingadas, con una mezcla de lavanda, azul y verde que capturaba la luz del verano para al momento sacudírsela de encima, como un trío de emperifollados pavos reales que se acercaban medio quejumbrosos a aquel antro de perdición. Sombrillas colgadas del brazo aunque no hubiese el menor indicio de lluvia en el cielo. Un golpe en la puerta.
–¿Qué querrán?
Él ignoró la pregunta y se limitó a señalar con un gesto la cama donde estaba tumbado Hovington.
Otro golpe en la puerta, esta vez más autoritario.
–Bueno, deja que entren.
–Ve tú.
Él se levantó, colocó el vaso junto al borde de la silla. Cruzó la estancia, giró el pasador de madera, entornó la puerta entre quince y veinte centímetros y tuvo que bajar la mirada para enfrentarse al afable rostro campesino que le miraba desde debajo de un gorro fruncido. Él no habló.
–Venimos a ver al hermano Hovington –dijo la mujer.
Él abrió la puerta un poco más y se hizo a un lado. Pearl se volvió hacia ellas incómoda, sin el menor asomo de gentileza.
–Pasen –dijo.
–¿Cómo está?
Hardin recuperó su vaso, lo vació de un trago.
–Véanlo ustedes mismas –dijo–. Ahí tumbado lo tienen. El hermano Hovington está pasando por malos momentos.
Hovington estaba tendido bajo un edredón, un ventilador removía el aire apático en su dirección. A decir verdad, solo parecía haber conocido malos momentos. Se había quedado en los huesos y encogía las rodillas contra el pecho. Lucía una tez cetrina y los huesos le delineaban la carne enfermiza. Lo único que parecía estar vivo en su rostro eran los ojos, negros y atentos, a los que no parecía escapárseles nada. Al abrir la boca descubrió unos dientes largos, lobunos y amarillentos.
Cuando las visitantes irrumpieron en la estancia austera, Hardin se largó a la cocina con su vaso. Las mujeres se quedaron mirando a su alrededor con incertidumbre. Todos aquellos prodigios decadentes. La gramola silenciosa. Montones de cajas de botellas marrones.
–Tomen asiento –les dijo Pearl–. Rose, ve y trae más sillas de la cocina.
La chica de cabellos oscuros se levantó en silencio y desapareció por la puerta. Volvió enseguida con tres sillas y las alineó junto a la cama. Sus ojos de largas pestañas se adivinaban abatidos. Pearl se puso a alborotar con las sillas, reorganizándolas a su gusto.
–Siéntense –dijo–. ¿Me dan sus gorros?
Una de ellas tocó a la chica en el hombro con un gesto de fugaz amabilidad.
–¿Verdad que ya es toda una señorita? ¿Y no es la cosa más bonita que habéis visto en la vida?
La chica pareció no darse por aludida. Se apoltronó en el sillón que había junto a la ventana y se puso a contemplar el jardín, distante, como si de alguna manera tuviese la capacidad de proyectarse lejos de allí.
Las mujeres se hundieron en sus sillas, hicieron aparecer unos abanicos de cartón y comenzaron a sacudirlos. Pearl se situó a sus espaldas, agobiada, consternada, como si la visita inesperada fuese ella.
–¿Quieren que les traiga algo fresco? No esperábamos compañía.
La mujer que estaba en medio se desató el gorro y lo dejó caer hacia atrás. Llevaba el pelo anudado en trenzas doradas de lo más rococó. El sudor le perlaba el labio superior formando un bigote de glicerina.
–Para mí nada, gracias.
Las otras dos rechazaron la oferta con un movimiento de la cabeza.
–Hemos venido directas desde la iglesia. El nombre del hermano Hovington salió a colación durante la misa como ejemplo de los afligidos y hemos rezado por él. Veníamos a ver si necesitaba algo.
Allí tumbado, el hermano Hovington parecía no necesitar nada de lo que aquellas mujeres pudieran ofrecerle. Tenía los ojos cerrados, puede que se hubiese quedado dormido. De no ser por el suave movimiento acuoso de los globos oculares tras los párpados casi translúcidos y el lento e hipnótico pulso azulado del cuello, cualquiera podría haberle dado por muerto. El hecho es que el hermano Hovington yacía agonizante, sumido en una alteración temporal tan vinculada al dolor que le resultaba imposible discernir el paso de las horas. Desde el fuego fundido donde se consumía podía discernir las lentas maquinaciones de la eternidad, el milagro cósmico de cada segundo que nacía, en forma de huevo, plateado y fálico, el tiempo que se propulsaba resplandeciente a través de la cáscara gastada e inservible de cada microsegundo que iba quedando atrás, titubeante, comenzando a descubrir las lentas e infinitesimales progresiones de la descomposición, un mecanismo codificado desde el mismo instante de su concepción, devastador, para enseguida ser relegado por un nuevo impulso orgásmico, y todo atendiendo al latido de una especie de corazón galáctico, voces, los murmullos de un demente atrapado en la trama del mundo.
–¿Pearl?
Hardin la estaba llamando desde la otra habitación y ella se levantó, se alisó la falda con sus grandes manos, dudó.
–Vuelvo enseguida. Voy a ver qué quiere.
(Como si Hardin fuese el marido, comentarían después las tres mujeres. Y no ese frágil receptáculo defectuoso al que se le escurría la vida por cada fisura. Hovington podía haber sido cualquier extraño, o peor incluso, un familiar indeseable que había ido de visita y se había quedado para morir.)
Entonces voces, la de él sarcástica, conspiradora, la de ella interrogativa, vagamente desaprobadora, ambas emitidas al mismo tiempo, indescifrables e inequívocas a través de las finas paredes, una risa imprecisa y andrógina, y luego, sentida más que oída, la caída de la carne sobre la carne, intemporal, la protesta de los resortes de un somier, un jadeo involuntario, sonidos que parecían haber poseído desde siempre como un conocimiento innato. Después el silencio, solo interrumpido por el zumbido del ventilador que insistía en su órbita mecánica y, al instante, de un modo inverosímil, el chirrido del somier reiniciándose con más ímpetu, intensificándose hasta alcanzar el ritmo deseado. La puerta principal se abrió y se cerró y vieron que la chica, Amber Rose, se había ido.
Las mujeres se quedaron sentadas en medio de un silencio horrorizado y sofocante. El color se había apoderado de sus caras, no se miraban, tenían la vista fija en el moribundo sobre el que parecía recaer la responsabilidad de romper la furiosa agonía de aquel silencio, de hacer algo que las impulsara a emprender la siguiente acción, fuese cual fuese. Pero, como no se movió, la mujer que estaba en medio se levantó y escrutó su rostro devastado.
–Creo que el hermano Hovington se ha quedado dormido.
Las otras dos se levantaron con un denso frufrú de seda y se volvieron hacia la puerta.
–Pobre alma bendita. Supongo que necesitará descansar.
La puerta se cerró a sus espaldas cuando bajaron del porche y salieron al sol. Las sombrillas flamearon al abrirse, sus sombras en escorzo las escoltaron como gallos oscuros.
Los caballos se volvieron al verlas regresar, comenzaron a moverse inquietos, el carro crujió, las correas tintinearon musicalmente. La chica las vio trepar al carro, sus rostros sonrojados y deslustrados por la repulsión.
–¡Media vuelta! –gritó imperiosamente una de las mujeres a los caballos haciendo chasquear las riendas.
Los caballos giraron laboriosamente en el jardín de manera que el polvo ondeó y ascendió desde los cascos formando una nube que les hizo volver a poner en funcionamiento sus abanicos mientras conducían el carro hacia la carretera en medio de un gemido prolongado.
Amber Rose se apartó el oscuro mechón que le tapaba los ojos. Le parecía que el mundo estaba lleno de cosas que escapaban a su entendimiento, y las vio alejarse sin la menor expresión en el rostro.
Weiss aparcó el coche delante de la tienda Utotem y apagó el motor.
–¿Y dices que trabaja aquí? –le preguntó a Winer.
–Al menos la última vez que vine. Seleccionaba pollos y los despiezaba.
–Un hombre experimentado entonces –dijo Weiss con guasa–. Justo lo que necesitamos. No sé si me acuerdo de Hodges de la última vez. ¿Era el pelirrojo alto de ojos huidizos?
–Ese mismo.
–Entonces venga. Pero si no puedes convencerle llámame con tiempo para que podamos buscar a otro.
–Vale.
Winer se bajó del coche y cruzó la acera hasta la puerta de la tienda. En la calle hacía calor, pero dentro zumbaba un ventilador en algún lugar por encima de su cabeza y nada más entrar sintió los lengüetazos del aire frío. Ya era casi la hora del cierre y había pocos clientes. Pasó por delante de la caja y recorrió el pasillo hasta la cámara de las bebidas. Había levantado la tapa y estaba decidiendo qué le apetecía cuando una voz le saludó.
–Eh, Winer.
Se giró, pero no vio a nadie conocido. Le había parecido la voz de Bocazas pero no se le veía por ninguna parte, en el local solo había dos mujeres haciendo la compra, seleccionando de los estantes y llenando sus carritos.
–Eh, Señor de los Pollos –dijo la voz.
De pronto, apareció un pollo por detrás del borde cromado del mostrador de la carnicería. Winer se quedó inmóvil mirándolo con la botella de Coca-Cola chorreante en la mano. El pollo ascendió hasta posar sus patas amarillas en el raíl cromado. Un pulgar y un índice en cada pata. Se paseó por el borde metálico dándose aires con pasitos remilgados. Ida y vuelta. Estaba medio desplumado y la cabeza le pendía ebria del cuello roto. A través de los párpados azules parecía estar mirándole con lascivia.
Las dos señoras se detuvieron frente al mostrador de la carnicería para contemplar más de cerca semejante prodigio. Creciéndose ante aquel público inesperado, el pollo se puso a bailar, al principio suave, proyectando primero un muslo y luego el otro, en una especie de meneo fantasioso y desarticulado que seguía el ritmo de una música inaudible. Una danza macabra de zapateo campestre sobre bandejas de carne picada y filetes de hígado, aquel pollo pisoteaba los envases de sus propios hermanos diseccionados, con la cabeza floja balanceándose de atrás hacia adelante y las patas posadas sobre el borde cromado. Desde el otro lado del mostrador se alzaba el sonido de un cacareo demencial. Las dos mujeres se miraron entre sí impresionadas, o más bien disgustadas, cuando el pollo empezó a insinuarse ante ellas con un movimiento lento y lujurioso de caderas. Sacudieron la cabeza y se alejaron refunfuñando con sus carros.
Winer volvió a la realidad al oír el sonido de unos pasos que se aproximaban a la carrera por las baldosas enceradas. Se apartó del pollo para ver al viejo Christian precipitándose por el pasillo y quitándose el delantal. La cara roja y enfurecida.
Winer consideró que el espectáculo había terminado y se largó. Pagó sus cinco centavos en la caja y salió a la calle con el tintineo de la campanilla de la puerta bajo el sol blanco y cegador que rebotaba contra los techos de los vehículos aparcados. El Chrysler de Bocazas estaba al final de la manzana con su rebosante despliegue de antenas y luces, así que se dirigió hasta allí, se subió al coche recalentado, bajó las ventanillas y se puso a esperar. Se imaginó que no tardaría mucho en llegar, y así fue.
–Te ha puesto de patitas en la calle por crío, ¿a que sí?
Bocazas dio un brinco y blasfemó cuando tocó con la nuca la funda de plástico del asiento.
–Se suponía que el viejo Christian no llegaba de Nashville hasta mañana. Me he pasado todo el día despiezando pollos. ¿Cómo se supone que iba a saber que el muy hijoputa había vuelto ya?
–Supongo que no había forma de saberlo. ¿No le pareció divertido?
–El muy baboso no aguanta una broma. Ha dicho que era irrespetuoso. Para mí que se piensa que su tienda es un puto templo o algo así.
–¿Qué va a decir tu mujer?
–Vete tú a saber –dijo Bocazas–. Supongo que le entrará una rabieta y se largará a casa de su madre. Lleva tiempo buscando cualquier excusa para hacerlo y esta le viene al pelo. Siempre me está echando en cara que no soy capaz de conservar un empleo. De todas formas, se piensa que tengo un trabajo administrativo. No tiene ni puta idea de que lo único que administro son plumas de pollos y porquerías así.
Arrancó el coche y comprobó el tráfico esporádico por la luna trasera.
–No sé. Me da la impresión de que me parto los cuernos para dar con un curro decente y enseguida me quedo sin energía para currar. No sé qué me pasa.
Comenzó a maniobrar para incorporarse a la calzada. Cuando quedó satisfecho del giro hizo ladrar a los neumáticos para, al momento, hacerlos berrear de un frenazo al llegar al semáforo en rojo.
–¿Weiss va a cargar pollos esta noche?
–Sí. Dijo que si querías unirte te presentases antes del anochecer. Pensé que podrías acercarme.
–Más me vale, supongo. El dinero es dinero aunque tengas que respirar mierda de pollo para ganártelo. ¿Te apetece pasarte un rato por mi casa?
Winer pensó en la mujer de Bocazas.
–Casi mejor que no –dijo.
–Te enseñaré mi colección de piezas de recambio.
–En realidad no es que me interesen mucho las piezas de recambio. Además, es muy posible que la cosa se ponga bastante chunga en tu casa cuando tu mujer se entere de que te han despedido.
–Sí, supongo que tienes razón. Mira, cuando veas a Ruby no se te ocurra decirle nada de lo de la danza del pollo. Tiene menos humor que ese viejales de Christian.
–Descuida.
–Aún es pronto. ¿Y unas partiditas de billar?
Ya bien entrada la tarde subieron en coche hasta la casa de Weiss. Al pasar por delante de la choza de tablones grises de Oliver, Hodges dijo:
–Ahí vive un tipo al que más vale no tocarle las narices.
–¿Tell Oliver? ¿Por qué?, ese viejo no se mete con nadie.
–Puede que ahora no, pero en sus tiempos fue un hueso duro de roer. Antes de que yo llegara a este mundo su señora se encaprichó de un tal Ingram en el Jack’s Branch. Te estoy hablando del pleistoceno. El caso es que le pidió a ese tal Ingram que fuese a su casa con un carromato y caballos para llevarse sus cosas mientras Oliver estaba en el tajo. Oliver llegó más temprano de la cuenta y pilló a ese tal Ingram arrastrando un guardarropa por el jardín. Tuvieron una refriega, supongo que a causa del guardarropa, y al tal Ingram no se le ocurrió otra cosa que apuntar a Oliver con una pistola. Se pusieron a forcejear y, no sé cómo, Ingram acabó recibiendo un disparo en el corazón.
»Encerraron al viejo Oliver, pero lo dejaron salir en nada bajo fianza. Me imagino que lo absolvieron, homicidio justificado o lo que sea, pero el sábado después de salir de la trena el hermano de Ingram se le echó encima en la tienda de Long. Este nuevo Ingram le atacó con una navaja, pero Tell Oliver agarró un mango de hacha de un expositor y le reventó la cabeza a garrotazos. Por esto sí que le cayó una buena. Supongo que dos cadáveres en una semana era pasarse un poco de la raya. O puede que pensaran que lo mejor sería quitar a Oliver un tiempo de la circulación mientras siguiesen quedando Ingram sueltos por ahí.
–A ese pobre viejo le persigue la mala suerte.
Hodges lo miró con curiosidad.
–Tampoco creo que se pueda decir que los Ingram hayan tenido una flor en el culo.
Había un camión remolque aparcado delante de los gallineros. Un negro musculoso dormitaba al volante con una gorra de golf a cuadros calada sobre los ojos. Siete hombres o adolescentes agrupados delante del camión se contaban chascarrillos y mentiras mientras esperaban a que anocheciera para que los pollos se adormeciesen y fuesen más fáciles de capturar. El reflector montado en el alero del gallinero los bañaba con una luz intensa y ardiente.
Hodges se separó del grupo y se dirigió a la esquina del gallinero bajándose la cremallera del pantalón. Dio la vuelta a la esquina y desapareció en la oscuridad. Una vez fuera del alcance de la vista, se agachó para evitar las ramas más bajas del zumaque y avanzó corriendo hasta la otra esquina, donde el edificio se fundía con el bosque.
Trabajó deprisa, riéndose para sus adentros. Improvisó una jaula bajo una ventana sirviéndose de unas cajas viejas de pollos. Dos metros cuadrados de largo por algo más de medio metro de alto. Se encaramó, se sacó el corta-alambres del bolsillo, practicó un corte triangular en la malla metálica que cubría la ventana y saltó de vuelta al suelo. Se volvió a meter el corta-alambres en el bolsillo y regresó a la luz por el pasaje con peste a amoniaco.
Reapareció a la vista de todos parpadeando y subiéndose la bragueta ostentosamente bajo la mirada severa de Weiss y su delicada esposa. Weiss le miró con suspicacia, pero Hodges no le hizo caso. Todo el mundo sabía que Weiss no se fiaba de nadie y, además, él estaba a otra cosa, calculando la pasta que le quedaba y planificando el viaje a Lawrenceburg que tendría que hacer al día siguiente para vender los pollos que se disponía a robar. Acabó pensando en las botas camperas que había visto en el escaparate de una tienda y en las luces de cruce antinieblas que anunciaban en las páginas de un catálogo de piezas de repuesto.
Cuando estuvo lo bastante oscuro, Weiss despertó al empacador y dio la orden de ponerse en marcha.
–Tened cuidado con mis pequeñuelos –advirtió a los colectores.
Aunque ya estuviesen condenados al cuchillo del empacador, no podía soportar que maltratasen o manipulasen a sus pollos con brusquedad. El empacador, medio a regañadientes, ocupó su puesto en el camión, abrió la primera fila de cajas y se colocó para recibir la embestida.
Cuatro pollos en la mano izquierda y tres en la derecha. Había que ir a tientas por la húmeda oscuridad donde se hacinaban las aves, entonces alzaban el vuelo espantadas hacia el blanco resplandor de los reflectores donde aguardaba el empacador y Weiss contemplaba el proceso con mirada crítica. Brazos fatigados cargados de pollos somnolientos que se alzaban para que el empacador se apoderase de ellos. Catorce pollos por caja y una cantidad desorbitada de cajas vacías por llenar. Seis mil entre catorce, pensó Hodges con desaliento. La cifra exacta se le resistía, pero sabía que era un buen montón de cajas.
El empacador llenaba la caja, cerraba la tapa y se giraba para apilarla al fondo del camión. Las cajas vacías delante, las llenas detrás. Los colectores que iban saliendo con los brazos cargados de pollos miraban subrepticiamente el número de cajas llenas y el número de cajas que quedaban por llenar.
En la fétida y sofocante oscuridad la atmósfera estaba inundada de plumón que flotaba en el aire inmóvil y se pegaba a la piel sudorosa, al pelo y a las pestañas de los colectores, y en la blanca fluorescencia los hombres asumían un aspecto extrañamente alienígena, unos seres ligeramente siniestros y velludos.
Los brazos de Winer empezaron a acusar la fatiga. Estaba habituado a trabajar y sabía economizar sus fuerzas pero, aun así, seis mil pollos eran muchísimos pollos y el ritmo que tenían que mantener resultaba entumecedor.
Bocazas se las arreglaba bastante peor. Cada vez estaba más acalorado y sudoroso, tenía la cara tan encendida que parecía que se la habían desollado. Cuando se plantaba con los pollos en alto esperando a que el empacador se los quitase de las manos, los brazos esqueléticos le temblaban espasmódicamente y el pánico anidaba en sus ojos, como si estuviese trabajando unos grados por encima del límite de su resistencia.
–¿Qué cojones está haciendo Hodges con esos pollos? –le preguntó Leño Chessor a Winer. Leño era un amigo del colegio que había llegado a convertirse en un héroe del deporte de dimensiones casi míticas, algo de lo que nunca había logrado reponerse.
–Ni puta idea –dijo Winer–. Con Bocazas nunca se sabe. Puede que tenga otro camión aparcado ahí atrás.
Cada pocas cargas, Bocazas hacía un viaje furtivo a la ventana que había amañado y, sin miramientos, cargaba con una brazada de pollos en la noche oscura. Acababan en su jaula de construcción casera entre suaves murmullos beligerantes, ofendidos en su dignidad de pollos, con billetes a un destino desconocido.
Lo único que le instaba a seguir adelante con su plan eran las botas. Ya se había decidido por aquellas botas. Tenían unas cadenas preciosas a modo de adorno en los tobillos que parecían de plata y le daban un aire mexicano, así que al izar los pollos solo pensaba en el musical tintineo que harían las cadenas cada vez que entrase a zancadas en los billares.
Por fin, acabaron. El conductor seguía haciendo retumbar las cajas en el interior del camión mientras Weiss pasaba entre los hombres de aspecto aturdido con su magro fajo de billetes de un dólar.
Bocazas se metió su parte despreocupadamente en el bolsillo de la camisa y se dirigió al camionero para darle unos cuantos consejos que nadie le había pedido y unas cuantas indicaciones sin sentido.
–Frena, ahora retrocede un poco. Gira fuerte a la derecha.
Al final, el conductor bajó el cristal de la ventanilla y le dijo:
–Mira colega, ¿podrías simplemente hacerme el puto favor de quitarte de en medio para que pueda salir de aquí con este trasto? No tengo toda la noche.
–Por mí como si vuelcas el puto camión –dijo Hodges, pero el conductor ya no le estaba prestando atención–. Negrata engreído del norte –añadió Hodges hacia la ventanilla bajada, el motor rugiente y las enormes ruedas que aplastaban el zumaque.
Luego fue en busca de Winer.
–Oye, ¿te vienes a lo de Hardin y pillamos unas cervezas?
–No cuentes conmigo. Mañana tengo que madrugar. Es día laborable.
–Bueno, para mí no. Yo voy a pillarme unas cervezas y a darme una vuelta con el coche.
–Si vas a coger el coche podrías acercarme a casa. Me gustaría darme un baño antes de meterme en la cama.
–Hecho.
–Antes de comprar las cervezas.
Bocazas condujo de vuelta a la carretera de Mormon Springs, giró a la izquierda hacia la propiedad de Weiss y aparcó en la carretera secundaria que pasaba más abajo. Abrió una botella de cerveza y prestó atención al muro de sonidos nocturnos que volvió a erigirse a su alrededor en cuanto el coche quedó en silencio. A través de los árboles no se distinguía luz en las ventanas de Weiss. Encendió la radio y envuelto en su cálido resplandor amarillo se dispuso a disfrutar de la jovialidad casi familiar de los locutores y de la música lastimera que pinchaban; luego, al cabo de unos minutos, tomó el relevo un predicador que parecía desequilibrado y que despotricaba, desvariaba y suplicaba que le mandasen dinero. «Enviadme billetes –exclamaba–. La obra del Señor no se puede llevar a cabo con viejas monedas tintineantes de cinco o diez centavos. Al Señor le gusta el dinero que no hace ruido». Al escucharle, Bocazas no pudo evitar preguntarse a qué clase de congregación radiofónica de insomnes descerebrados se estaría dirigiendo aquel predicador de medianoche y, mientras echaba pestes de aquella evidente engañifa, el predicador se puso a emitir unos ruidos chisporroteantes al micrófono, ahogado por la emoción. Bocazas temió que aquellos escupitajos pudiesen llegar a cortocircuitarle la radio del coche y justo entonces el predicador se calmó y comenzó a hablarle de un tejido maravilloso que podría obtener a cambio de una ínfima donación de diez dólares. Se trataba de una tela de oración que, desplegada sobre cualquier zona afectada, obraba maravillas. Ya había curado cánceres, reconstituido apéndices reventados y reparado hernias. Cientos de muletas y de bragueros ya habían sido desechados por gente curada gracias a aquel tejido milagroso.
–¿Cree que podría hacer que me creciera la polla un par de centímetros? –le preguntó al predicador.
Siguió bebiendo y esperando. Era consciente de que tendría que estar en casa y se imaginó que su mujer se estaría preguntando dónde se habría metido, pero ni siquiera él lo tenía del todo claro, así que continuó sentado acunando la botella y escuchando el grito insistente de los chotacabras. Sabía que no eran solo los pollos lo que le obligaba a esperar en aquel lugar y, de un modo inconsciente, también sabía que le impulsaba el vago deseo de fatalidad que siempre le hacía caminar sobre el vacío por una cuerda floja, se sabía consumido por una curiosidad fatal, una avidez de saber qué clase de bestias acechaban al fondo del abismo. Cierta afinidad por la mala suerte que le hacía alimentar, moneda a moneda, las gargantas mecánicas de las máquinas de pinball con el dinero destinado a la compra, y jugárselo todo a una carta.
El débil estruendo de un trueno procedente de algún lugar distante situado a sus espaldas le hizo girarse a tiempo de ver la eclosión de un relámpago sobre el horizonte occidental donde parpadeó brillante y silencioso durante unos segundos antes de volver a tronar. Se bajó del coche, abrió el maletero y cogió los sacos de arpillera que había estado transportando de aquí para allá para cuando se le presentase una ocasión como aquella, descendió por el terraplén y se introdujo por un conducto de hormigón lo bastante alto para no tener que agacharse. Sus pasos resonaron de un modo extraño en el suelo subterráneo. Salió del conducto atravesando la mata de zarzas que cubría la pendiente hasta coronar la cima de la hondonada. Salvo por los relámpagos, reinaba la oscuridad. Apuró el paso, presa de una euforia anticipada. Ya podía oler el cuero de las botas nuevas, sentir el papel arrugado del envoltorio.
Había decidido meter los pollos en los sacos y llevarlos por el bosque hasta un lugar seguro desde donde luego podría ir transportándolos tranquilamente hasta el coche en unos cuantos viajes, a dos sacos por viaje. Iba cargando con dos sacos de pollos batalladores cuando la luz le sorprendió. Dio un brinco y miró con los ojos muy abiertos hacia la fuente cegadora, pero solo logró distinguir el blanco resplandor y se quedó paralizado como si el haz de luz le hubiese clavado sobre sus huellas. En ese momento se le pasaron por la cabeza varias excusas, pero ninguna le pareció buena. Han debido extraviarse del camión y me los he encontrado por casualidad. Ese negrata los robó y yo se los he quitado para devolvértelos.
–Estoy armado –advirtió Weiss–. Ni te muevas.
Pero para cuando la voz se pronunció él ya había emprendido una serie de movimientos. Se lanzó uno de los sacos al hombro y se hundió en el zumaque llevando el otro a rastras. Los pollos empezaron a graznar enfurecidos y los arbustos y los zarzales intentaron arrebatárselos. De pronto, una floración luminosa seguida de una detonación y el plomo que repiqueteó entre los árboles como granizo. El aire se llenó de fragmentos invisibles de hojas despedazadas. Renunció al saco que llevaba a rastras y aceleró el paso, corrió a ciegas por la oscuridad mientras los relámpagos intermitentes le iban mostrando los tocones y las trampas que tenía que ir sorteando o saltando. El saco le rebotaba violentamente en la espalda y corría sumido en un constante barullo de protesta encolerizada. Restalló un relámpago, desfalleció y, en la pausa negrísima que acompañó al trueno, tropezó sin poder frenarse con un tronco que le hizo caer rodando por la hondonada envuelto en un tumulto de graznidos y maldiciones.
Se quedó un momento sentado, aturdido, agarrándose la cabeza. El saco se había abierto y los pollos huían hacia la noche. Contuvo la respiración y trató de averiguar si Weiss seguía tras sus pasos. Lo único que se oía era el murmullo enojado de los pollos. Se puso de pie, agarró el saco vacío y comenzó a perseguir sigilosamente a los pollos tratando de engatusarlos para que volvieran a meterse. Ni por asomo. Entonces cambió de estrategia y rompió a correr tras ellos, de uno en uno, pero no hubo manera, se le escapaban revoloteando, cacareando y batiendo las alas, así que al final renunció al saco y se dedicó a insultarlos. Llegó arrastrando los pies al fondo de la hondonada y a su alrededor los pollos se fueron cobijando en las ramas de los árboles como pálidos espíritus ascendentes.
Hardin había ido adquiriendo con los años los rasgos distintivos del mal. A veces, los sábados, se le podía ver en una esquina, rodeado de un grupo de hombres, enumerando los defectos del mundo. Cuando Hardin hablaba, los demás escuchaban. Apenas se reía, pero cuando lo hacía todos le imitaban en ráfagas esporádicas de una risa sin alegría. Nadie quería enemistarse con él, porque enemistarse con él podía equivaler a quedarse sin techo.
Había gente en el negocio del alcohol ilegal que había llegado a la conclusión de que lo mismo se habían equivocado de oficio. La familia Moon, por ejemplo, llevaba ya tres generaciones metida en el ajo y, en las dos semanas que siguieron a la decisión de Hardin de pararles los pies, dos de ellos ya estaban instalados en Detroit atornillando puertas en carrocerías y el tercero talaba bosques para Sam Long. Este tercero era Bud. Bud fue el primero en salir corriendo hacia el alambique después de que la explosión hiciese temblar las colinas y, al llegar al pie de la hondonada, descubrió que el alambique se había volatilizado. Los pedazos yacían desperdigados por una superficie mucho más amplia de lo que nadie hubiese creído posible y no quedaba ni una sola pieza que no cupiese en una caja de zapatos. Al cabo de una semana intentaron vender el stock que les quedaba y la casa de Bud ardió misteriosamente.
El rostro zorruno de Hardin se veía cada vez más demacrado, sus fríos ojos amarillos cada vez más reptiles. O puede que se asemejasen a los de un tiburón, inanimados e inexpresivos, apenas un atisbo permanente de avaricia. Y discurría por la vida igual que los tiburones, llevándose a la tripa cualquier cosa que atrajese su atención, engulléndolo con sus ardientes fauces oscuras, nutriéndose de lo aprovechable y defecando el resto.
Había un núcleo, una especie de gema de malevolencia detrás de su taimada sonrisa, detrás del tejido mítico con el que los años le habían ido revistiendo. En esos mitos suplantaba al diablo, a los monstruos de garras y colmillos que habitaban las tinieblas de la infancia. «Como no os portéis bien os entregaré al viejo Hardin», decían las madres a los hijos. «Será mejor que te duermas –les advertían por las noches–. Si no hacéis caso, se colará por la ventana y os raptará de un modo tan silencioso que ni nos enteraremos». Su espíritu vagaba en la noche, hacía crujir las ramas próximas a las ventanas, sus secuaces fantasmales se agazapaban en la espesura donde no llegaba la luz del porche.
–Tan seguro como que estoy aquí que disparó y mató al viejo Lester Sealy –podría haber dicho cualquiera en los billares.
–Pues no me extrañaría nada. Todo el mundo sabe que andaba tonteando con la mujer de Lester. ¿Pero cómo vas a probar que lo mató? Bellwether ya lo intentó en su día y mira.
–Bueno, creo que los críos de Lester sí que podrían. En principio. Ya sabes que primero dijeron que fue Hardin, pero me temo que debieron persuadirles de que fue un suicidio. La vieja señora Winsor dijo que la hija mayor juraba que Hardin estaba allí con su madre cuando Lester llegó y les pilló en plena faena. Corrió hacia el cuarto de baño y ya había sacado medio cuerpo por la ventana cuando Lester se abalanzó sobre él. La señora Winsor dijo que Hardin le disparó a bocajarro en el corazón, que volvió a meterse en el baño y que la mujer de Lester lo arregló todo para que pareciese un suicidio.
–Y por supuesto salir a cazar pájaros con el juez Humphries de vez en cuando tampoco es que le venga muy mal a Hardin.
–Eso mismo creo yo. Y tampoco el dinero que pasa por debajo de la mesa.
En aquellos años prosperó. La guerra supuso una fuente aparentemente inagotable de soldados sedientos en compañía de mujeres. En aquellos años las luces permanecían encendidas toda la noche en Mormon Springs, la gramola que compró en Memphis interpretaba canciones tristes para los que bailaban pegados, mujeres abandonadas o solitarias, hombres tocados por la sombra de la guerra, la sombra de algo pavoroso que se arrastraba a hurtadillas hacia ellos.
Tonos cambiantes de neones rojos, blancos y azules disipaban aquellas sombras, bañaban a los bailarines con las tonalidades románticas de lo irreal. Las canciones, las luces y el pulso acelerado de sus vidas les hacía sentirse imponentes y podían verse a sí mismos como figuras míticas o héroes de tragedia. Granjeros en ropa sucia de faena junto a soldados del ejército estadounidense de permiso o con síndrome de estrés postraumático, vírgenes por no mucho tiempo procedentes de agujeros dejados de la mano de Dios en los que los búhos acechaban desde los árboles sombríos, viejas pintarrajeadas expulsadas como refugiadas de los billares, de las paradas de taxis que abrían toda la noche y de las largas barracas iluminadas con luz de queroseno. Viejas fibrosas de boca procaz y ojos coléricos, como si la vida les hubiese hecho una grave afrenta.
Entre esa fauna casi familiar, Hardin se movía como una suerte de perverso anfitrión, los ojos siempre bien atentos al vendedor que iba camino de Memphis, al ganadero que volvía de la subasta, a las carteras de cuero engrosadas que colgaban de llaveros trenzados como frutos listos para la recolecta. Para quienes toleraban bien el alcohol disponía de sobres de un polvo blanco que la gente no solía aguantar tan bien y nudilleras hechas con las asas de una bañera galvanizada, aparte de sus puños dominicales, como a él le gustaba llamarlos, hechos de latón. A un borracho amoroso le podía dar por meterse entre los arbustos con el brazo de Pearl alrededor de la cintura, o por perderse entre los helechos para aliviarse en solitario. Y allí era donde Hardin le proporcionaba su dosis extra de alivio particular, surgiendo de pronto de la espesura como una especie de espectro macabro, la nudillera envuelta en un pañuelo y sabiendo golpear en el lugar adecuado, luego se llevaba las manos a los bolsillos y se esfumaba veloz en las tinieblas.
Amanecía. Un sol ardiente de agosto calcinaba ya la línea vacilante de los árboles. Los borrachos que seguían dormitando por allí tenían que hacer un gran esfuerzo para levantarse bajo aquel calor maligno, lenta y dolorosamente, como moviéndose en un tiempo alterado o a través de una atmósfera que había adquirido la consistencia del ámbar. En el descampado no corría la menor brisa y la inminente amenaza del sol resultaba espeluznante. La barrida del sol siguió extendiéndose. Los cristales de las ventanas estaban laqueados con fuego refractado. Las hojas de los zumaques colgaban marchitas y entumecidas mientras las putas y los puteros lujuriosos se levantaban empapados de rocío entre las dedaleras y las belladonas. Criaturas extrañas, reacias o no habituadas a un sol tan maléfico, herederas de una extraña fragilidad, como si, abandonadas a la depredación del sol, su carne fuese a achicharrarse y a ennegrecerse, y se les fuesen a contraer y a atrofiar los miembros como a arañas calcinadas.
El fresco aliento del abismo les atrajo por el sotobosque como limaduras de metal alineadas por un imán sobre un portaobjetos de vidrio. Hardin bajó con su café mañanero. Silencioso, sin el menor atisbo de jovialidad. De hecho, el descampado parecía impregnado de calma, una quietud consternada en respuesta al alboroto nocturno, como si a fin de cuentas todas las cosas acabasen encontrando su equilibrio. El aire que se elevaba del abismo parecía emanar de una extraña inversión de las estaciones en el corazón de la tierra. Las voces lejanas, vagamente apaciguadoras, eran apenas murmullos. La maleza era más frondosa por allí, se ensombrecía perceptiblemente al aproximarse al abismo, la tierra formaba un curioso túmulo en forma de vulva, la grieta abierta en la roca, misteriosa, enigmática.
¿Y cómo vas a impedirle entrar? Como no sea matándole, ¿cómo vas a asegurar la santidad de tu hogar, de tu familia? Las puertas arden, las ventanas se funden y resbalan de los alféizares viscosas y llameantes, las cerraduras aparecen ennegrecidas e irreconocibles entre las cenizas. Si le esperas puedes prepararte, pero es muy astuto. ¿Cuándo se presentará? ¿A qué hora? Él dispone de todo el tiempo del mundo, puede escoger el momento, pero el único tiempo del que tú dispones es el instante de su llegada. Es un saco de rencores, la menor nimiedad es capaz de llevarle a límites que un hombre ordinario solo conoce por los libros.
«La madera arde», decía la nota que le mandó a la viuda Bledsoe. No tenía firma, una nota ambigua pero concluyente. Ella llevó la nota al pueblo y la plantó en la mesa del sheriff.
Ese año el sheriff era un joven llamado Bellwether. Bellwether había sido herido en Pearl Harbor con la suficiente gravedad para ser licenciado aunque no hasta el punto de no poder desempeñar el cargo de sheriff. Le licenciaron justo a tiempo para ser elegido durante la temprana ola de patriotismo. Bellwether era un héroe. Lo demostraba el hecho de haber sido condecorado con un Corazón Púrpura y una Cruz por Servicio Distinguido. Tenía la pierna derecha surcada de cicatrices y en la espalda una explosión de tejido cicatricial en forma de estrella donde le alcanzó la metralla. Era un muchacho de la localidad. Lo mejor que podía decirse de él era que era honesto; lo peor, que como político era lamentable. Se lavaba las manos. No terminaba de encajar con los jueces locales, los dos a los que Hardin se había metido en el bolsillo como billetes plegados. Había nacido pobre y, sin duda, así seguiría.
El cabello claro y ondulado se le estaba poniendo gris antes de tiempo. Ojos apacibles, también grises, y un rostro liso, plácido y tranquilizador. Observaba la nota desplegada sobre su escritorio. Tres palabras escritas en mayúsculas en una hoja arrancada de un bloc de cinco centavos. Parecía obra de un niño. Bellwether sacudió la cabeza.
–¿Y qué quiere que haga?
–Que lo encierre.
–Solo con esto no puedo. Su nombre no consta en la nota. Ni siquiera se trata de una amenaza directa. Aun cuando lo enviase a Nashville, ningún experto podría sacar nada en claro de estas letras de molde. Puede que no sea más que una broma. ¿De qué va todo este asunto, señora Bledsoe?
–Mi hija fue a su casa con los DePreist y se quedó haraganeando por Mormon Springs. Se desmadró y acabó borracha por los suelos. Fui a buscarla dos o tres veces y la última Hardin me insultó y me echó. Le solté a la cara lo que pensaba de él. Le dije que si la oficina del sheriff no hacía nada iría a buscar justicia fuera del condado.
–Y entonces recibió esto.
–En el buzón, pero sin matasellos ni nada. La metió en el buzón y punto. Da miedo saber que hay alguien por ahí merodeando a hurtadillas, fisgoneando por las ventanas, espiando.
–¿Y qué pasó con su hija?
–Lo último que he oído es que sigue viviendo con él. Ella y esa basura de Hovington. Sabe Dios qué clase de nido infernal tienen allí montado. Pero ya he renunciado a ayudarla. Lo único que quiero es no despertarme entre llamas.
–Hablaré con él.
–¿Y de qué servirá?
–Puede que de nada. Pero le haremos entender que usted sabe quién escribió la nota y que si pasa algo sabremos perfectamente a dónde ir a buscar. Puede que se asuste.
Ella se levantó, una mujer corpulenta y furiosa de mediana edad aferrada a un bolso negro brillante.
–Si su intención es asustar a Hardin, mejor quédese aquí sentado –le dijo–. Ya sabía yo desde el principio que venir sería una pérdida de tiempo, pero aun así he venido. Muy bien. Vaya a hablar con él. Le diré lo que pienso hacer yo. Voy a esperarle en casa con una escopeta. Y la próxima vez que le necesite será para que se lleve su cadáver de mi jardín.
–De todas formas, iré a hablar con él –dijo Bellwether.
Bellwether fue a hablar con él, pero al hacerlo tuvo la clara impresión de que no le escuchaba. Sus ojos parecían abstraídos y lejanos, como si estuviese viviendo lo que ya había decidido hacer y nadie iba a ser capaz de impedir que hiciese, ni aunque él lo pidiera. Estaban sentados en el porche y, mientras Bellwether hablaba, una chiquilla preciosa de ojos violetas que en la sombra parecían negros como endrinas, salió de la casa y se apoyó en la puerta mosquitera. Dentro no se oía más que el zumbido de un ventilador eléctrico. Un borracho desnudo de cintura para arriba, con pantalones militares y chapas de identificación colgadas al cuello, apareció por una esquina. Ya había entreabierto la boca para decir algo, pero en cuanto vio a Bellwether con su placa y el uniforme impecablemente planchado, dio media vuelta y desapareció por donde había venido. La chica esbozó una leve sonrisa clandestina y no dijo nada.
Cuando le pareció que Bellwether había terminado su perorata, Hardin dijo:
–¿Le apetece un traguito?
–Mejor no. Nunca he sido muy bebedor.
–No me estaba refiriendo a nada ilegal, Bellwether. Tengo dos o tres cajas de Coca-Colas helándose ahí dentro.
–Mejor no.
Se quedaron en silencio. Las manos de Hardin estaban relajadas. Tenía la mirada fija en sus resplandecientes zapatos de vestir de punta redondeada.
–No sé qué coño quiere que le diga –dijo por fin–. Esa anciana está como una cabra. Y esa chica ni siquiera sigue aquí. Se largó con uno de esos soldados de Fort Campbell. Pero esa gallina vieja…, ya sabe cómo se ponen algunas mujeres con la cosa de la edad. Unas lo llevan mejor que otras, y yo creo que a esta se le ha ido un poco la cabeza. –Hizo una pausa, parecía estar considerando seriamente la cuestión–. Pero se ha puesto a enredar. Y ya sabe hasta dónde pueden llegar algunas mujeres para conseguir camelarte. Pues bien, esta se ha puesto a enredar y se pasa por aquí todo el santo día tratando de hacerme cargar con el muerto. Insinuándose. Al final me lo confesó sin dar más rodeos y yo la rechacé de plano. Joder, yo todavía me puedo permitir el lujo de ser un poco exigente y escoger lo que me plazca.
Bellwether no se creyó una sola palabra de aquella historia, pero al mismo tiempo adivinó que a Hardin se la traía bastante floja lo que él pudiese creer o dejar de creer. Estaba alargando la historia para divertirse un poco, para pasar el rato. Para no perder práctica.
–Todo el mundo sabe que esa señora está más salida que el pico de una mesa –dijo Hardin–. ¿No se metió una vez una botella de Coca-Cola y tuvo que ir a la consulta de Ratcliff y al final la botella reventó antes de que pudieran sacársela? Es lo que cuentan por ahí. ¿No lo ha oído?
Bellwether se levantó. Sentía la acuciante necesidad de estar en cualquier otra parte, llevaba ya un buen rato aguantando más de lo aconsejable y bastante más de lo que estaba dispuesto a soportar.
–Poco importa lo que yo haya podido oír –dijo–. Hasta donde yo sé no hay ninguna ley que prohíba hacer eso con las botellas de Coca-Cola. Pero contra lo que sí hay una ley es contra las amenazas y contra incendiar las propiedades de la gente, y mi trabajo es hacer que esa ley se cumpla.
–Claro –dijo Hardin con aire pensativo–. La gente tiene que cumplir con su deber. Usted con el suyo y yo con el mío.
–Y sería mucho más fácil para los dos si nuestros deberes nunca se solapasen –dijo Bellwether.
–Mira tú por dónde, estaba pensando exactamente lo mismo –le dijo Hardin.
Desde el límite del bosque, Hardin la vio salir del camión, oyó el portazo. La viuda Bledsoe rodeó la parte delantera de la vieja camioneta, una mujer angulosa, sin el menor encanto, con andares masculinos. Abrió la puerta del copiloto y al momento reapareció cargada con dos bolsas de la compra y recorrió el camino que conducía hasta la puerta de su casa. Hardin se sacó el reloj del bolsillo y consultó la hora.
–Entra –le dijo en voz baja–. Es la hora de tus folletines. Hora de ver qué se cuentan en la radio.
Continuó un rato en silencio imaginándose los movimientos de la viuda por la casa, una imagen vívida de ella frente a un armario de la cocina, alzando una lata de lo que fuera. Doblando las bolsas vacías y guardándolas para la próxima.
Cuando estimó que ya habría acabado de colocar la compra y estaría escuchando la radio, se levantó y avanzó junto a la valla que bordeaba la base del risco. El reclamo de un zorzal y, a lo lejos, los lamentos imprecisos de las tórtolas. Nada más. Silencio. Por aquella zona abundaban los cedros y el aire estaba impregnado de su presencia, un aroma inasible que resultaba casi nostálgico y le hacía rememorar cierto pasado nebuloso, incidentes que no podía o no quería recordar.
Había esperado a que ella segase y almacenase el heno que ahora se apilaba en el altillo hasta casi rozar el techo. Una buena cosecha para un año tan seco, o al menos eso le parecía a Hardin. El granero estaba hecho de troncos y se alzaba en el declive entre dos colinas, desapacible y jadeante bajo el peso del sol. Las colinas eran altas y boscosas, y en el claro no se detectaba movimiento. No se agitaba ni una sola mala hierba, ni una sola hoja, el calor había dejado en suspenso hasta el canto de los pájaros.
La sombra entramada, el olor sofocante del estaño abrasado, la madera curada y el heno seco. Observó la casa por el hueco entre dos troncos. Estaba tan silenciosa como el granero. Una casa vieja abandonada por sus inquilinos, reviviendo viejos recuerdos. Somnolienta bajo el sol.
–Me imagino que te pensarás que ya está todo olvidado –le dijo a la casa.
Sin despegar los ojos del hueco que nadie se había molestado en sellar, orinó en el suelo de tierra y se salpicó las botas de fragmentos espumosos de paja y humus. Se incorporó y se abrochó los pantalones. Un núcleo de excitación anidaba en su interior, como una piedra candente. A través de haces de luz moteados de polvo, ascendió por la escalera hasta el altillo. Bajo el estaño ardiente las avispas zumbaban con una persistencia mesurada, construían sus hogares de barro en los listones. Hardin ya estaba empapado de sudor. Se volvió hacia la casa, contempló el parpadeo del sol sobre el tejado de metal, el movimiento errático, casi milagroso, que infundía al muro de vegetación, como si nada fuera del todo real. Cerca del extremo del tejado, el viento se había llevado una sección de estaño y había dejado al descubierto los listones, se olía el aroma caliente e incendiario del pino. Una luz cruda, atrapada en un nudo de madera casi translúcido, resplandecía maléfica y anaranjada, como si el embrión del fuego ya estuviese ahí, latente.
Subestimó la sequedad de la cascarilla y el heno de la temporada pasada: cuando lanzó la cerilla se produjo casi una explosión. Una inmensa onda de calor le hizo retroceder. Bajó apresuradamente la escalera maldiciendo y palpándose la cabeza para comprobar si se le había achicharrado el pelo. En lo alto se extendía un murmullo cada vez más encarnizado y podía olerse el limpio aroma del heno en llamas. No perdió ni un segundo. Pasó por delante del tractor que estaba aparcado en la entrada del granero, atravesó una muralla de ombú de más de dos metros de altura, cruzó la cerca y se dispuso a coronar la colina con la respiración entrecortada mientras la camisa blanca se le pegaba a los costados y a la tripa.
A mitad del ascenso se detuvo para contemplar la escena oculto entre los cedros. Abajo, el claro danzaba inmerso en la conflagración, mil metros cuadrados de infierno relegados a un solo lugar, centelleantes y vibrantes de amenaza, trozos humeantes de listones que se derrumbaban sobre los juncos secos y pequeñas llamas luminosas que se precipitaban festivamente sobre la parcela, una creciente marea de fuego que cabalgaba la cresta de los juncos hacia la casa igual que una ola sobre la playa. Un paisaje pintado con toda la gama cromática del fuego. El estaño se encogía y salía volando entre volutas de humo hacia el ombú marchito y a sus oídos llegaba el buf buf desmesurado de la succión producida por el incendio, que consumía el aire de la hondonada como si fuese el cañón de una chimenea.
Cuando por fin salió, Hardin lo supo no porque la viera sino por la estridencia de su voz rota, e incluso eso le pareció extraño en medio de aquel aire vidrioso, algo chirriante y mecánico, un chillido de metal contra metal. La voz le llegó alterada y fragmentada por el fuego, encogida y luego estirada. Cuando oyó el chasquido del motor de la camioneta, también eso le sonó a algo jamás escuchado. Filtrado por el incendio, se intercalaba con los berridos de la vieja, se volvía irreal, un grito electrónico distorsionado del que solo pudo disfrutar él, porque no había nadie más en los alrededores.
Se emitió una orden y Bellwether fue a su casa a arrestarle. Pearl siguió al coche patrulla hasta Ackerman’s Field. Al cabo de una hora, Hardin volvía a estar en la calle. Una semana más tarde compareció ante el juez Humphries y el caso se trasladó al jurado de instrucción. Cuando los miembros del jurado se reunieron lo desestimaron. Concluyeron que no había pruebas suficientes y que todos eran propietarios de granjas inflamables.
La esposa de Weiss se llamaba Alma. No solía tener gran cosa que contar y cuando lo hacía su voz era más bien un resuello, algo parecido al aire filtrado de un acordeón escacharrado en una sola nota sostenida. Padecía violentos ataques de asma. Cada vez que inspiraba se le podía oír a varios metros de distancia. Winer se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración, esperando a que tomara aire. Cuando llenase los pulmones volvería a emerger el tono de resuello interrumpido por aquella pausa agónica, cambiaría y bajaría de tono, como si se hubiese liberado una suerte de tensión, antes de reemprender la batalla por el oxígeno.
Tenía un perrito que siempre llevaba en los brazos y juraba que le había salvado la vida en tres ataques de asma. Era de una raza desconocida para Winer, el perro más feo que había visto en su vida, posiblemente lo más horroroso, perro o cualquier otra cosa, que había visto en su vida. Determinó que sería una especie de perro faldero. Con aquella boca llena de dientecillos afilados como agujas parecía más bien una forma de vida maligna sacada de las profundidades abisales por unos pescadores espantados. A la criatura no le gustaba Winer más de lo que la criatura le gustaba a él, así que no dejaba de enseñarle los dientes y de lanzarle dentelladas desde la seguridad de los brazos protectores de su ama, haciendo gala de una conducta extrañamente gatuna. Sus ojos negros, protuberantes y relucientes, carecían de la menor expresión canina y, con aquellos ojos saltones y aquellas extremidades de arácnido, parecía un insecto grotesco que, a saber por qué, la señora había decidido acoger en su seno. Sus destinos estaban entrelazados, pues cuando ella muriese en septiembre de aquel mismo año también dormirían al perro y lo meterían en su ataúd, un talismán que había agotado toda su suerte.
–Dicen que a Weiss se le fue la cabeza y que apuntó al doctor Ratcliff con un arma –le dijo Sam Long a Winer en el pueblo el sábado después de la muerte de Alma. Long estaba metiendo la compra del muchacho en una caja de cartón mientras lo iba sumando todo en una libreta–. Ratcliff estaba haciendo todo lo posible por salvarla y Weiss va y se le echa encima de esa manera encañonándole con la pistola. Según Ratcliff, Weiss estaba desquiciado, como desesperado. Dijo que le soltó: «Como la dejes morir, por Dios que vas tú detrás». El viejo Ratcliff le dijo entonces: «Hijo, salvo Dios Todopoderoso nadie puede devolverle el aliento a una muerta, y a Él le impresionan tan poco las pistolas como a mí».
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