Kitabı oku: «Daniel. Una guía para el estudioso»

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ASOCIACIÓN CASA EDITORA SUDAMERICANA

Av. San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste

Buenos Aires, Rep. Argentina

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Título del original: Daniel, Pacific Press Publishing Association, Nampa, ID, E.U.A., 2009.

Daniel. Una guía para el estudioso

Autor: William H. Shea

Dirección: Miguel Valdivia (PPPA/GEMA)

Traducción: Raúl Lozano Rivera

Diseño del interior: Aaron Troia, Nelson Espinoza

Diseño de la tapa: Dennis Ferree

Primera edición en formato digital (e-Book)

Florida, Buenos Aires, octubre de 2011

Asociación Casa Editora Sudamericana

Av. San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina

Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 4) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

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Web site: www.aces.com.ar

Es propiedad. Copyright de la edición en inglés © 2009 Pacific Press® Publishing Association, Nampa, Idaho, USA. Todos los derechos reservados.

Edición en castellano © 2009 PPPA y GEMA.

© 2009 Asociación Casa Editora Sudamericana.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

Libro de edición argentina – Published in Argentina

ISBN 978-987-567-856-9

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Shea, William H.

Daniel : Una guía para el estudioso / William H. Shea / Dirigido por Miguel A. Valdivia - 1ª ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2011.

E-Book.

Traducido por: Raúl Lozano Rivera

ISBN 978-987-567-856-9

1. Profecías. 2. Antiguo Testamento. I. Miguel A. Valdivia, dir. II. Raúl Lozano Rivera, trad.

CDD 224.5

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Todos los derechos reservados. No se permite la reproducción total o parcial, la distribución o la transformación de este libro, en ninguna forma o medio, ni el ejercicio de otras facultades reservadas, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes vigentes.

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Dedico este libro a Karen, Josie, Ted y Becky

Prefacio

Mi interés en un estudio serio y profundo del libro de Daniel comenzó años atrás en una clase titulada, “Introducción al Antiguo Testamento”, enseñada por el bien conocido arqueólogo adventista, Dr. Siegfried H. Horn. Esta no fue mi primera introducción a Daniel, sino una introducción a las preguntas serias y críticas acerca del libro.

Una de esas preguntas tenía que ver con la identidad de Darío el Medo, puesta de relieve en el capítulo 6. Después de abordar ese asunto en clase, el Dr. Horn admitió que la respuesta permanecía incompleta y sugirió que alguien debería examinar las tablillas de Darío en las diferentes colecciones de los museos con la intención de identificar al rey mencionado en Daniel 6 a partir de fuentes históricas. Algunos años más tarde, yo acepté ese desafío. Desde entonces, he escrito varios artículos sobre la materia; sin embargo, la identidad de Darío el Medo aún continúa en debate. Todo lo que puedo decir es que he reducido el campo de fuentes históricas en el que puede hallarse la respuesta a esta pregunta. Mi interés en el antecedente histórico de Daniel 6 me llevó a los otros capítulos históricos del libro.

La historia presentada en Daniel es un tipo especial de historia: Una historia teológica en la que los eventos seleccionados son considerados con atención mientras que otros son ignorados. Desde luego, la propia participación personal de Daniel fue uno de los mayores factores en la selección de los eventos a registrar. Hay algo autobiográfico acerca de los capítulos históricos del libro de Daniel. Pero son algo más que la mera narración de lo que le sucedió a Daniel en Babilonia. También revelan la mano de Dios en la historia y en la vida de Daniel. Por lo tanto, podemos estudiar Daniel 6 para averiguar si verdaderamente existió una figura histórica como la de Darío el Medo. Pero más importante aun, podemos también ver cómo Dios actuó a favor de Daniel durante ese tiempo de la historia babilónica. Encima y por detrás de los registros históricos dados en Daniel se aprecia la amplia perspectiva de la interacción de Dios con la historia humana llevando a cabo sus propios propósitos eternos.

De esta forma, historia y teología se combinan. En Daniel, tenemos una historia religiosa selectiva que revela no solo la historia política de las naciones de aquel tiempo, sino también la interacción de Dios con ellas y con su pueblo que vivía entre aquellas naciones.

Más allá de eso, la historia del libro nos proporciona el contexto y el punto de partida de las profecías que aparecen en él. En Daniel, la historia y la profecía no han de considerarse en ámbitos separados; están entretejidas. Las dos se combinan desde el comienzo de las profecías en el tiempo histórico del profeta mismo y, posteriormente, se extienden al futuro más allá de los días del profeta. En realidad, Daniel vivió bajo las primeras dos naciones halladas en el “bosquejo” profético del libro —Babilonia, Medo-Persia, Grecia y Roma. Y el cumplimiento de dichas profecías posteriores a su tiempo ha dado testimonio de la naturaleza inspirada de las profecías que le fueron dadas.

En términos de la materia central que trata, el libro de Daniel se divide en dos secciones casi iguales; la primera mitad constituye mayormente historia y la segunda mitad mayormente profecía. Desde luego, encontramos elementos proféticos en los capítulos históricos y, de la misma manera, hay algunos elementos históricos en los capítulos proféticos. Pero la división general del libro en dos secciones de historia y profecía prácticamente iguales es una distinción tanto exacta como útil.

Comencé mi investigación de las profecías de Daniel observando la cercana conexión entre los capítulos 8 y 9. En la primera parte de la década de 1980, cuando más o menos ya había completado mi estudio inicial, irrumpió la controversia en la Iglesia Adventista del Séptimo Día en relación con estos capítulos proféticos en particular. Como resultado, mi trabajo con el Instituto de Investigaciones Bíblicas de la Asociación General (IIB) me requirió dar atención más detallada a las porciones proféticas de Daniel. Este estudio resultó en un manuscrito inédito, “Daniel y el juicio”. Consecuentemente, el IIB publicó ciertos capítulos de este manuscrito en el tomo uno de la serie de la Comisión sobre Daniel y Apocalipsis, bajo el título: Estudios Selectos en Interpretación Profética. Como el título sugiere, esta obra no era un comentario capítulo por capítulo sobre las profecías de Daniel, sino que trataba sobre algunos temas en Daniel.

En contraste, este estudio de Daniel aborda el espectro completo de los capítulos proféticos y los presenta más o menos en orden consecutivo. Esto le permitirá al lector estudiar el texto en una forma más ordenada. No obstante, he decidido tratar con el texto de Daniel de forma que no siga estrictamente el orden original como aparece en el libro mismo. Por ejemplo, al examinar los capítulos 7, 8, y 9, he revertido el orden, tomando el capítulo 9 primero, luego el 8, seguido por el capítulo 7. He procedido así porque creo que el texto se vuelve más significativo si se lo ve de esta manera. He seguido también este orden “inverso” basado en perspectivas que he obtenido del estudio de la estructura literaria de varios pasajes del Antiguo Testamento, especialmente de los Salmos. En los varios capítulos que cubren estas profecías, he provisto justificación adicional para alterar el orden de los capítulos para el propósito de su estudio.

La historia presentada en las porciones tempranas del libro de Daniel fluyen de manera natural en las secciones proféticas. Hay un sentido en el que la profecía es sencillamente historia escrita desde el punto de vista divino antes de que suceda. Algunos elementos de la historia proveen bases para revisar el cumplimiento de las profecías después de que los eventos han ocurrido. Así, no encontraremos una tajante separación entre la historia y la profecía en el libro de Daniel. Los grandes bosquejos proféticos en Daniel comienzan, muy naturalmente, con Babilonia y Medo-Persia: los reinos que existían en el propio tiempo del profeta. Luego prosiguen con el señalamiento de los reinos que iban a venir, Grecia y Roma. Finalmente, llegan hasta nuestro mismo tiempo, y más allá, hasta que el reino de Dios haga su aparición. El reino eterno de Dios es la gran meta de la historia. Es también la gran meta de la profecía, y también debe ser la gran meta de nuestro propio viaje personal y espiritual.

La razón final por la que necesitamos estudiar cuidadosamente los capítulos históricos de Daniel es por las lecciones espirituales que podemos aprender de ellos. En la reacción de Daniel y sus amigos a la cultura pagana de Babilonia podemos encontrar un ejemplo de cómo vivir en la cultura pagana de nuestro propio siglo. Sus vidas pueden proveer un modelo de la forma en que debemos vivir hoy día: honestamente, dedicados a Dios y valientes en la fe.

Por lo tanto, al observar el desarrollo de la historia y la profecía en Daniel, vemos la mano de Dios dirigiendo la historia mediante sus poderosos actos en favor de su pueblo: la nación de Israel en el Antiguo Testamento, y la iglesia en el Nuevo Testamento. Tan ciertamente como el Señor ha dirigido la historia en el pasado, de la misma manera la llevará a su culminación en su glorioso reino. Ese fue el enfoque inspirado de Daniel, y también debe ser el nuestro. Nuestra propia experiencia espiritual con Dios debería tener como meta vivir con él para siempre en el reino que ha prometido establecer al fin del tiempo.

Es mi esperanza que este estudio contribuirá en alguna medida a esa meta.

William H. Shea

Silver Spring, Maryland, EE. UU.

Introducción al libro de Daniel

Este estudio del libro de Daniel comienza con un breve repaso de la biografía personal del autor. Debemos relacionarnos con Daniel el hombre antes de llegar al tema de Daniel el profeta.

Daniel nació en la parte final del siglo séptimo a.C., y vivió sus primeros años en Jerusalén o sus alrededores. Para cuando alcanzó la edad viril, luchas políticas y militares en las grandes naciones de su tiempo alteraron el destino de la pequeña Judá, donde vivía. Desde el tiempo del nacimiento de Daniel hasta el año 605 a.C., Judá estaba nominalmente bajo el control de Egipto. En ese año, una batalla mayor tomó lugar; Egipto fue derrotado, y Babilonia comenzó a ejercer control sobre Judá y Jerusalén. Nabucodonosor II, comandante del ejército babilónico, dirigió sus tropas a las puertas de Jerusalén y demandó el pago de tributo, así como un grupo selecto de cautivos. Daniel se encontraba entre aquellos que fueron escogidos. Él fue seleccionado, junto con los otros, debido a su futuro potencial como siervo civil en Babilonia, tarea que cumplió, después del entrenamiento, por más de sesenta años.

Pero el Señor tenía algo más en mente para Daniel que el simple servicio en la corte de Babilonia. Dios lo llamó a ser profeta y le dio sueños y visiones. Algunos de estos sueños, visiones, y declaraciones proféticas iban dirigidas al pueblo de su tiempo. En tres diferentes ocasiones, Daniel recibió profecías que tuvieron que ver con reyes en la corte real de Babilonia, o iban dirigidas a los mismos. Este tipo de profecía, que tiene que ver con personas y asuntos contemporáneos, a veces recibe el nombre de profecía clásica. Daniel habló con voz profética a los reyes de Babilonia tal como Jeremías habló a los reyes en Jerusalén.

En otras ocasiones, Daniel recibió profecías que involucraban un panorama más amplio, relacionado con la historia futura de las naciones. A esta segunda clase de profecía se le llama comúnmente profecía apocalíptica por cuanto tiene que ver más específicamente con la revelación del futuro. También se la conoce como profecía de bosquejo, puesto que bosqueja la historia de las naciones por adelantado.

Por lo tanto, en el libro de Daniel, encontramos estos dos tipos de profecías: clásica y apocalíptica. También encontramos otro tipo distinto de narrativa: la historia. Diferentes secciones del libro contienen con claridad estos diferentes tipos de literatura. En general, el libro de Daniel se divide por mitad: la primera mitad es historia y la segunda mitad es profecía. Es en la primera mitad del libro —en el contexto de la historia— que encontramos las profecías clásicas que tienen que ver con las personas y eventos contemporáneos. Las profecías de la segunda mitad del libro son de un carácter más apocalíptico.

Los idiomas utilizados en el libro de Daniel también enfatizan la distinción entre las dos secciones principales. La mayoría de los capítulos históricos fueron escritos en arameo, mientras que la mayoría de los capítulos proféticos se escribieron en hebreo. El hebreo era la lengua nativa de Daniel y el arameo era un idioma relacionado que se usaba en parte para la correspondencia oficial de los imperios neobabilónico y persa. Más que ningún otro libro en la Biblia, Daniel es bilingüe. Esdras también fue escrito tanto en hebreo como arameo, pero solo una pequeña parte de Esdras —los decretos reales— está en arameo.

Esta naturaleza doble de Daniel provee un bosquejo conveniente con el cual estudiar el libro. Algunos comentarios sobre Daniel sostienen que este libro no fue escrito por un solo individuo, Daniel, quien vivió en la Babilonia del siglo sexto a.C., sino más bien por un autor anónimo y desconocido que habría vivido en Judea durante el siglo segundo a.C. La naturaleza de los materiales que se hallan en los capítulos históricos tienen que ver con esta pregunta.

Las profecías de Daniel también han sido interpretadas de formas muy diferentes. Existen tres escuelas principales de pensamiento respecto de la interpretación de las profecías de Daniel. (1) Preterista. Este método de interpretación coloca todo el énfasis en el pasado y considera el cumplimiento de porciones de las profecías como eventos del pasado. (2) Futurista. Esta escuela de pensamiento ubica el cumplimiento de Daniel en el futuro. (3) Historicista. Esta perspectiva enfatiza el flujo y la continuidad del pasado a través del presente y hacia el futuro aún no cumplido. A veces se le llama la perspectiva histórica continua por cuanto considera la profecía como parte de un progreso continuo desde el pasado hasta el futuro. La introducción a la sección profética del libro de Daniel explora las virtudes y debilidades de cada una de estas escuelas de interpretación. El enfoque de este libro cae en la categoría de la perspectiva historicista.

La experiencia de Daniel abarca más que su presencia histórica. Hay más que decir de Daniel que su experiencia como profeta. También está el tema de su propia experiencia espiritual con Dios. Este aspecto de su experiencia y su libro no debe ser descuidado o rebasado por los otros elementos. El último capítulo de este libro considera el importante elemento de la experiencia espiritual de Daniel como instrumento escogido de Dios.

Por lo tanto, en este volumen ese será el orden de marcha hacia el libro de Daniel: historia, profecía y experiencia espiritual.

UNA NOTA SOBRE EL ORDEN DE ESTUDIO

El lector descubrirá que el orden en el que este estudio toma los diferentes aspectos del libro de Daniel varía en cierto grado del orden estándar y canónico de los capítulos en el libro mismo. Sin embargo, si uno observa con cuidado las fechas de los capítulos bíblicos —cuando se nos dan— aparentemente Daniel tampoco presenta su material en estricto orden cronológico. Por ejemplo, las profecías de Daniel en los capítulos 7 y 8 en realidad le fueron dadas antes de los eventos históricos de los capítulos 5 y 6. Si bien todos los eventos registrados en Daniel son históricos en el sentido de que de verdad ocurrieron, han sido arreglados en cierta forma para cierto propósito. En cierto grado, este estudio sobre Daniel tiene como intención seguir el orden de pensamiento más bien que el orden de escritura. Por esa razón, el lector encontrará cierta irregularidad en el orden en el cual se presentan los capítulos.

En la primera parte de este libro —la sección histórica— los capítulos estudiados siguen una especie de orden inverso. Los capítulos 2 y 7 han sido agrupados debido a que tienen que ver con profecías relativas a naciones. Los capítulos 3 y 6 han sido agrupados por cuanto tratan de la persecución de los judíos en el exilio, Daniel y sus tres amigos en particular. Los capítulos 4 y 5 han sido agrupados porque tienen que ver con Nabucodonosor y Belsasar, los reyes de Babilonia. Este tipo de orden inverso a veces es conocido como quiasmo (de la letra griega ji, que parece una X). El que algo así fuera la intención del autor original resulta evidente por el hecho de que precisamente estos seis capítulos históricos fueron escritos en el idioma arameo.

Cuando llegamos a los capítulos proféticos, el orden no se invierte; más bien, se revierte. Por lo tanto, hemos escogido estudiar los tres principales capítulos proféticos en el corazón del libro de Daniel en orden inverso; comenzando con el capítulo 9, luego avanzando con el capítulo 8, seguido del capítulo 7, y concluyendo esta sección con un resumen de los tres capítulos. La razón para este orden de estudio tiene que ver con el orden de pensamiento, no el orden cronológico o histórico. En cuanto a los eventos a los cuales estas profecías se refieren, el capítulo 9 va en primer lugar por cuanto se enfoca especialmente en el Mesías. El contenido del capítulo 8 avanza mucho más allá de ese punto hasta la era cristiana. Pero es Daniel 7 el que lleva la profecía finalmente hasta el reino de Dios y describe a los santos del Altísimo entrando y tomando posesión de él.

Hay una razón para seguir este orden de pensamiento; no se trata de la selección arbitraria de un comentador moderno que sencillamente desea hacer algo diferente. En el pensamiento europeo occidental moderno, razonamos de causa a efecto. Recogemos nuestros datos y lo sintetizamos en una hipótesis, entonces refinamos esa hipótesis y la tornamos en una teoría. Ese es el proceder del método científico moderno.

Pero los antiguos no eran modernos, ni eran científicos, por lo cual ellos manejaban las cosas de otra manera. Si bien eran suficientemente capaces de manejar las cosas cronológicamente como lo hacemos nosotros, también utilizaban un enfoque que involucraba razonar del efecto a la causa. Los profetas podían representar una escena de tal manera que sus oyentes fueran llevados a pensar, “¿por qué ocurrió esto?” Esta pregunta los llevaba de vuelta a la causa. Un profeta inspirado podía decir “esta tierra será destruida y quedará desierta”, haciendo a los oyentes regresar a la pregunta: “¿Por qué será destruida esta tierra?” La respuesta a esa pregunta comúnmente yacía en el hecho de que la gente a quienes el profeta era enviado eran personas rebeldes e impías, que habían quebrantado su pacto con Dios. Para un ejemplo de este enfoque, véase Jeremías capítulos 4 al 7 y Miqueas capítulo 1. La impiedad era la causa y la desolación era el resultado, pero el profeta daba primero el resultado para posteriormente llevar a sus lectores a una discusión de la causa.

Ese es el orden de pensamiento seguido en estas tres profecías en el corazón de Daniel. Si Daniel presentara estas profecías a una audiencia de hoy, él naturalmente daría primero el capítulo 9, porque ese capítulo trata de los primeros eventos que acontecieron. Luego continuaría con el capítulo 8 porque esta profecía presenta los siguientes eventos en ocurrir. Finalmente, daría el capítulo 7 por cuanto esta profecía presenta el gran clímax de la serie. Solo cuando estas profecías son colocadas en este orden de pensamiento es que el lector moderno aprecia plenamente su gran amplitud y la conexión entre ellas, algo que un oyente o lector antiguo habría captado más naturalmente debido a la forma en que sus procesos de pensamiento habían sido condicionados. Al revertir el orden original de presentación usado por Daniel, hemos intentado develar en su plenitud la belleza de la forma en que estas profecías fueron presentadas originalmente.

La última línea importante de profecía en el libro de Daniel se encuentra en los capítulos 10-12. El capítulo 10 presenta la introducción, o prólogo, a esta profecía, y el capítulo 12 contiene el epílogo, o conclusión. El cuerpo de la profecía en el capítulo 11 es muy específico y sigue un orden histórico y cronológico.

Hay cuatro profecías, o bosquejos apocalípticos importantes en el libro de Daniel. Se encuentran en los capítulos 2, 7, 8, y 11. Los bosquejos proféticos cubren el levantamiento y la caída de las naciones desde los días del profeta hasta el fin del tiempo.

La otra profecía mayor en el libro de Daniel se encuentra al final del capítulo 9. Mientras que los cuatro bosquejos proféticos importantes tratan del levantamiento y caída de naciones, el capítulo 9 tiene que ver más exclusivamente con el pueblo de la ciudad y el país de Daniel: Jerusalén y Judá. Aunque los eventos de esta profecía corren paralelos a los de los otros bosquejos proféticos mayores, se enfocan en una sección particular de aquel mundo no cubierta en las otras profecías: la historia del pueblo judío en Judea hasta la época del Mesías. El hecho de que las cuatro líneas mayores de profecía en este libro cubran el mismo grupo de naciones en la historia se llama recapitulación, o paralelismo. Así como los cuatro Evangelios recorren los mismos eventos desde perspectivas diferentes, así estas cuatro líneas de profecía complementarias recorren el mismo territorio, añadiendo más detalles cada vez. La presentación comienza a escala amplia en el capítulo 2, con las naciones representadas por los diferentes metales de una imagen. Para cuando llegamos al capítulo 11, vemos a los reyes individuales de cada nación y sus acciones personales. El capítulo 2 inicia con el uso de un telescopio, mientras que el capítulo 11 finaliza con el uso del microscopio.

El capítulo final de nuestro estudio de Daniel concluye con el tema de la relación espiritual. Este elemento no se encuentra tanto en la profecía en sí misma sino en la experiencia del profeta. Creo que este tema es el más apropiado para nuestra propia conclusión.

Capítulo 1

Interpretando la historia

La primera mitad de Daniel, los capítulos 1 al 6, es esencialmente de naturaleza histórica. Estas narraciones históricas incluyen algo de profecía, pero contienen claramente más historia que profecía. La naturaleza histórica de esta porción del libro genera varias preguntas de importancia:

 ¿Cuál es la perspectiva bíblica de la historia?

 ¿Cuál es la perspectiva de Daniel de la historia?

 ¿Aborda el libro la historia neobabilónica o algún periodo posterior?

 ¿Cuál es la actividad de Dios en la historia? ¿Cuál es su relación con ella?

Estas preguntas se reducen a dos principales:

1. ¿Se relaciona Dios con la historia humana o se ha retirado a alguna otra parte de su universo dejando a la Tierra avanzar por sí sola?

2. ¿Con qué periodo de la historia trata el libro de Daniel?

La segunda pregunta implica historicidad más que historia, y el texto del libro mismo nos proporciona una respuesta directa y fácilmente accesible: el libro de Daniel se presenta a sí mismo como un registro de las experiencias de algunas personas que vivieron durante el periodo del reino neobabilónico, durante la parte tardía del siglo séptimo y buena parte del sexto a.C. Sin embargo, más allá de esta sencilla respuesta yace otro asunto: ¿Es el libro de Daniel un registro verdadero de eventos que ocurrieron en el siglo sexto a.C.? ¿O es una obra que fue posteriormente escrita por otro individuo y no el profeta Daniel con la intención de que sonara como si ocurrió en el siglo sexto a.C.?

Muchos comentaristas contemporáneos del libro de Daniel con frecuencia contestan estas preguntas tomando la posición de que Dios no interviene en los asuntos humanos y que el libro en realidad fue escrito en el siglo segundo a.C., no en el sexto, por alguien distinto a Daniel. Por lo tanto, estos comentaristas no esperan que el libro de Daniel sea históricamente exacto o fiel al escenario del siglo sexto a.C. que describe en sus páginas. En un lenguaje muy práctico, es lo que se conoce como “Daniel en el foso de los críticos”.

LA PERSPECTIVA BÍBLICA DE LA HISTORIA

¿Se relaciona Dios con la historia humana? Esta es una pregunta filosófica. Implica la perspectiva bíblica de la historia y, en un sentido medular, nos lleva de vuelta a la pregunta de la naturaleza esencial de las Escrituras. ¿Qué es la Biblia? Más específicamente para nuestra discusión del libro de Daniel, ¿qué es el Antiguo Testamento? Es una revelación de la naturaleza, el carácter y el propósito de Dios. Pero es más que eso. Nos proporciona una historia que comienza con la creación en Génesis y termina en Esdras y Nehemías en el periodo persa. Esa historia se extiende a través de los libros de Moisés y Josué, los libros de Jueces, 1 y 2 de Samuel, y los libros de los Reyes, en paralelo con los de las Crónicas. Finalmente, esa historia llega a su fin con los registros de Esdras y Nehemías. Por todo, se extiende por más de dos milenios. Pero hay más historia que simples registros rústicos de lo que sucedió. Hay un enfoque de la historia particular, y ese enfoque está íntimamente relacionado con Dios como el actor central del escenario de esa historia. Es, como cierto teólogo e historiador lo ha descrito, un registro de “los poderosos actos de Dios”. El Señor ha estado activo a través de esa historia, relacionándose con los seres humanos, guiándolos y dirigiéndolos, no solo respecto de sus asuntos terrenales sino también en cuanto a cómo obtener su salvación.

Esta misma perspectiva de la historia es evidente también en el libro de Daniel. Aquí, la historia comienza con la primera conquista de Jerusalén por Nabucodonosor. Ese giro de eventos debió haber parecido desastroso a muchos de los judíos que vivían en Jerusalén en ese tiempo. Sin embargo, detrás de todo, Dios estaba obrando sus propios propósitos. El Señor permitió la conquista de Judá y Jerusalén porque la nación estaba bajo el liderazgo de Joaquín, un rey perverso y rebelde, y porque la sociedad estaba moralmente corrompida. Aún en la tragedia de la conquista, sin embargo, Dios sacó algo bueno de lo malo. Sus siervos —Daniel y sus amigos— fueron llevados a circunstancias donde pudieron testificar en una forma tal que se extendió más allá de su pequeño círculo familiar en Judá. Se convirtieron en testigos del Dios verdadero entre todos los cortesanos de Babilonia y delante del monarca más poderoso de ese tiempo. Dios entregó a Joaquín en la mano de Nabucodonosor, pero también le dio gracia a Daniel y sus amigos ante ese mismo rey. Así, en los sucesos personales y nacionales de la época, podemos ver la mano de Dios en acción. Y siendo que tenemos la palabra inspirada del profeta Daniel quien observó dichas acciones y a quien le fue dada información del cielo acerca de ellas, podemos ver con toda claridad la intervención de Dios en estas circunstancias humanas.

Vemos también la intervención del Señor en la historia humana en otros aspectos de Daniel. Dios no solo interviene en el curso de la historia entre las naciones, tales como Babilonia y Judá, sino que también él mismo se involucra en la historia personal de los individuos. Vemos la milagrosa intervención de Dios en favor de los amigos de Daniel, especialmente en la historia de la liberación del horno de fuego en el capítulo 3. En el caso de Daniel, la intervención de Dios opera en todo el libro, pero se pone especialmente de relieve con la milagrosa liberación de Daniel de los leones hambrientos en el foso en el capítulo 6. Por lo tanto, Dios opera a nivel de las naciones y los eventos históricos en proporciones épicas, pero también se relaciona con la gente en el plano individual.

La tercera forma en la que el libro de Daniel demuestra la atención de Dios y su participación en la historia de las naciones e individuos es por medio de las profecías dadas ahí. Los cuatro bosquejos proféticos principales del libro, las de los capítulos 2, 7, 8, y 11, proveen un vistazo previo que va desde los tiempos del profeta a través de las edades de la historia que siguen. Dios no solo tiene interés en el curso de la historia de las naciones; él no solo interviene en ocasiones para afectarlo; sino que también conoce el curso que tomará. Los lectores del libro de Daniel pueden descansar confiados en que hay un Dios que nos cuida detrás de las escenas de acción en la historia.

La visión del mundo que se presenta en Daniel y a lo largo de las Escrituras no es muy compatible con el pensamiento filosófico moderno. La cosmovisión moderna tiene su origen, no tanto en la Biblia, sino en la filosofía de los antiguos griegos. Esta cosmovisión moderna adquirió forma gracias a revoluciones en el pensamiento que ocurrieron particularmente en el siglo 18 d.C., conocido como la Era de la Razón. Comenzando con el modelo físico construido a partir de las matemáticas de Sir Isaac Newton y otros, esta perspectiva estableció que la mente humana era autosuficiente y que no había ninguna necesidad de fuente externa alguna de conocimiento o inspiración, tal como Dios. Esta perspectiva humanística llegó a prevalecer en los círculos intelectuales, dejando poco espacio para el Señor. Por algún tiempo, Dios fue tolerado en la periferia de la experiencia humana. El deísmo era un movimiento que veía a Dios como un fabricante de relojes. Él creó el mundo, el sistema solar, y el universo y entonces le dio cuerda para que pudiera operar por sí solo, de acuerdo con leyes propias que los científicos irían descubriendo.

Bien pronto, sin embargo, a mediados del siglo diecinueve la teoría de la evolución entró a la escena y le arrebató a Dios su rol, de por sí ya muy reducido. Ahora no había ya más necesidad de un individuo que fabricara relojes. El reloj había evolucionado por sí solo. Todo esto llevó a una confrontación directa entre la escuela de pensamiento bíblica y el humanismo racionalista. La Biblia afirma que hay un Dios y que se ha revelado a sí mismo. El humanismo racionalista dice que no hay Dios y que no existe ninguna revelación suya. La Biblia, por lo tanto, se convierte en un elemento central en este debate.

Un aspecto de la Biblia que demuestra que hay un Dios y que se ha revelado a sí mismo es la profecía predictiva. Bien puede ser que una persona muy bien informada pueda adivinar acertadamente el curso de los eventos en el futuro inmediato o cercano. Pero, proponer que alguien, valiéndose solo de recursos humanos naturales, pueda predecir correctamente lo que va a suceder en cinco, seis o siete siglos, como ocurre en el libro de Daniel, supera con creces el campo del conocimiento humano. Tal percepción solo puede provenir de la esfera de lo sobrenatural. En consecuencia, el tema de la profecía predictiva ha jugado una parte significativa en las discusiones entre los que aceptan la perspectiva bíblica y los que la rechazan.

Los que niegan la perspectiva bíblica de Dios y la historia tienen que hallar una explicación humanística para el aspecto predictivo de las profecías dadas en la Biblia. Una forma de anular el contenido predictivo de un libro profético tal como Daniel es afirmar que sus profecías no se cumplieron, que los eventos predichos no ocurrieron. Capítulos posteriores en este volumen abordarán las evidencias para el cumplimiento de las profecías de Daniel.

Pero hay otra forma de cancelar el elemento predictivo de un libro profético, y es demostrando que el contenido histórico local del libro es inexacto. Por ejemplo, las profecías de Daniel pretenden haber sido dadas en el contexto babilónico del siglo sexto a.C. Si Daniel, supuestamente escribiendo desde la perspectiva de la Babilonia del siglo sexto a.C., no presenta su historia de Babilonia en orden correcto, entonces nadie necesita darle crédito a los detalles proféticos tampoco. En otras palabras, una forma de socavar la exactitud de la sección profética de Daniel es primero socavar la exactitud de su sección histórica. Si la exactitud histórica del libro puede impugnarse, sus profecías no tienen porqué tomarse en serio.

Pero si este argumento tiene validez, entonces lo contrario también debe ser válido. Si podemos demostrar que las secciones históricas de Daniel son exactas y confiables, entonces también tenemos que tomar en serio lo que dice en las secciones proféticas. Nos dirigimos, entonces, a ese asunto: la exactitud histórica de Daniel.

LA EXACTITUD HISTÓRICA DE DANIEL

Quienes no aceptan la perspectiva de que Dios está íntimamente involucrado en la historia humana y no dan lugar en su pensamiento a la profecía predictiva, han señalado un número de supuestas imprecisiones históricas en el libro de Daniel como medio para negar el elemento predictivo de las porciones proféticas. Por lo tanto, el problema para aquellos que ven las porciones proféticas de Daniel como eventos predictivos en el lejano futuro es confrontar esas objeciones y demostrar la exactitud histórica del libro. Haremos esto al tomar cinco de las objeciones principales que se han esgrimido contra la exactitud histórica de Daniel. Existe evidencia en cada uno de estos casos para indicar que, lejos de ser imprecisiones históricas en el registro bíblico, en realidad son mal entendidos de los historiadores modernos respecto de lo que el registro verdaderamente dice.

Sin embargo, antes de tomar estas cinco objeciones individuales a la exactitud histórica de Daniel, examinemos las presuposiciones básicas que subyacen a todas ellas.

Los eruditos que estudian el libro de Daniel desde el punto de vista del humanismo racionalista no pueden dar cabida a la revelación sobrenatural en su entendimiento del libro. Tal perspectiva, por supuesto, excluye la posibilidad de que las profecías de Daniel hayan sido dadas en el siglo sexto a.C., y que hayan predicho eventos subsecuentes con siglos de anticipación. La explicación usual ha sido que el libro de Daniel fue escrito en realidad mucho después, más probablemente en el siglo segundo a.C. Se supone que el autor debió haber sido un individuo anónimo que vivió en Jerusalén en el 165 a.C., durante el tiempo de Antíoco IV Epífanes, un rey de Siria de origen griego. Siendo que Antíoco IV persiguió a los judíos e interrumpió los servicios religiosos en el templo, es por eso que se cree que mucho de la profecía de Daniel se enfoca en aquél y en sus actividades persecutorias. Por lo tanto, estos eruditos argumentan que las supuestas profecías de Daniel son en realidad historia escrita en forma de profecía. Esto es, un escritor del siglo segundo a.C. basó su material en sucesos contemporáneos que estaban ocurriendo en torno suyo, pero los presentó en forma de profecías que simulaban haber sido escritas en el siglo sexto a.C. para predecir estos sucesos.

Y si el escritor de Daniel en realidad vivió en el siglo segundo a.C., naturalmente no habría sido capaz de presentar la historia babilónica del siglo sexto a.C. sin cometer errores. Por lo tanto, de acuerdo con este argumento, las imprecisiones en la historia de Babilonia y el siglo sexto a.C. son prueba de la autoría tardía del libro y de la falta de un elemento predictivo verdadero en las profecías.

Vayamos, entonces, a los cinco ejemplos más destacados que han sido citados como imprecisiones históricas en el libro de Daniel. ¿Cuál es la evidencia? ¿Son estos en verdad errores históricos, o malentendidos de parte de los críticos?

LA FECHA EN DANIEL 1:1

Daniel 1:1 da como fecha del primer sitio de Jerusalén por Nabucodonosor como “el año tercero del reinado de Joacim rey de Judá”. Los eruditos críticos argumentan que la fecha correcta es, en realidad, el año cuarto de Joacim, o el 605 a.C., cuando se lo correlaciona con los eventos descritos en las propias crónicas de Nabucodonosor.

La secuencia de eventos sería así: Josías, rey de Judá, murió cuando salió a pelear contra el Faraón Necao, en Meguido, en el verano del año 609 a.C., cuando el gobernante egipcio iba en ruta hacia el norte a pelear contra los babilonios (véase 2 Reyes 23:29 RVR 1995). Se puede obtener una fecha exacta de esta campaña de Necao a partir de la Crónica Babilónica, que es el registro oficial de los primeros once años del reinado de Nabucodonosor. De regreso del norte de Siria en el otoño de ese mismo año, Necao depuso a Joacaz rey de Judá y lo llevó a Egipto (véase 2 Reyes 23:33-35). En su lugar, fue instalado Joacim como rey (versículo 34).

El punto cronológico importante aquí es que esta transición final, la instalación de Joacim como rey de Judá, tuvo lugar después del Rosh Hashana, o sea el año nuevo judío que inicia en el otoño. De manera que el primer año oficial del reinado de Joacim comenzó en el otoño del 608 a.C. El periodo de tiempo anterior a ese año nuevo otoñal era conocido como el “año ascensional” o año 0. Entonces, el tercer año de Joacim mencionado en Daniel 1:1 comenzó en el otoño del 606 a.C., y se extendió hasta el otoño del 605 a.C. Dentro de ese año, Nabucodonosor peleó la batalla de Carquemis en Siria en la primavera (Jeremías 46:2)1. Llegó a Jerusalén en el verano de ese año antes que comenzara el cuarto año de Joacim en el otoño.

Así, si uno interpreta esta fecha según el principio de interpretación del año ascensional y el calendario judío (de otoño a otoño), la fecha cae correctamente como el año judío de otoño a otoño de 606/605 a.C., el cual es históricamente exacto.

BELSASAR COMO REY DE BABILONIA

Otra crítica de los episodios históricos en el libro de Daniel se centra en torno a la figura de Belsasar en el capítulo 5. Está claro a partir de varias fuentes históricas que el último rey del Imperio Neobabilónico fue Nabonido, no Belsasar. Sin embargo, Daniel 5 presenta a Belsasar como el rey que estaba en el palacio de Babilonia la noche cuando la ciudad cayó en manos de los persas.

El conocimiento acerca de la existencia de Belsasar estuvo perdido desde el tiempo del mundo antiguo hasta el año 1861 d.C. Durante esos años, era desconocido según las fuentes históricas primarias, y se presentaron varias teorías acerca de su identidad, especialmente durante los siglos 18 y 19 d.C. En 1861, se publicó la primera tabla cuneiforme que menciona a Belsasar por nombre. Veinte años después, se publicó la Crónica de Nabonido; ésta contaba de una serie de años durante los cuales Belsasar administraba asuntos gubernamentales en Babilonia mientras su padre Nabonido estaba en Arabia. Finalmente, en 1924, otro texto cuneiforme fue publicado, ahora llamado “Relato en verso sobre Nabonido”. Este relato cuenta, entre otras cosas, que cuando Nabonido se fue de Babilonia, “le confió el reino” a su hijo Belsasar. De la misma manera, se ha descubierto en años recientes una serie de tablillas interconectadas que revelan el rol que Belsasar jugó en los eventos políticos y militares de Babilonia en el siglo sexto a.C.

Sobre este punto, los críticos de la historia de Daniel han tenido que batirse en retirada. Uno de ellos escribió con todo candor: “Seguramente, nunca sabremos cómo el autor del libro de Daniel supo de estos eventos”. En realidad, es fácil de entender cuando uno toma en consideración la evidencia del libro mismo. La respuesta es que Daniel estaba allí, en el escenario histórico como testigo ocular.

Algunos críticos, tratando aún de rescatar algo de credibilidad de este giro de eventos, han explotado otro aspecto de este problema. Se han dado cuenta de que no hay una tablilla babilónica específica que refiera directamente a Belsasar como rey. Esta observación es correcta hasta cierto punto. Pero, ¿qué debemos entender cuando leemos en el “Relato en verso de Nabonido” que a Belsasar se “le confió el reino”?

Cualquier hebreo que haya salido del ambiente político donde Daniel se hallaba habría estado bien consciente de la práctica de la corregencia. David puso a Salomón sobre el trono junto con él de modo que hubo dos reyes gobernando a Israel por un tiempo. Esto también ocurrió de nuevo en varias ocasiones en la historia de Israel. Daniel, por lo tanto, sencillamente hizo referencia a Belsasar como “rey” porque él ocupaba esa posición y fungía como rey. Daniel estaba históricamente en lo correcto porque sabía quién estaba gobernando en Babilonia mientras Nabonido se hallaba fuera de la capital por diez años.

Hay un detalle pequeño pero importante en Daniel 5 que da evidencias de cuán exacto era el conocimiento de Daniel respecto de Belsasar y su destino. Daniel nos dice quién se encontraba en el palacio en la ciudad esa noche y quién no. Belsasar estaba ahí, pero Nabonido, el rey principal, no estaba. Este detalle es algo que habría conocido solo un testigo de aquellos eventos en el siglo sexto a.C. Un escritor en el siglo segundo a.C. bien podría haber cometido el error de poner a Nabonido, el último rey principal, en el palacio aquella noche. Pero Daniel no cometió ese error, y la Crónica de Nabonido nos dice dónde estaba Nabonido. Él había llevado consigo una división del ejército babilónico al río Tigris para pelear contra Ciro y sus tropas, quienes se aproximaban por el oriente. Belsasar quedó en la ciudad con la otra división para protegerla. El escritor del libro de Daniel sabía que Belsasar estaba en la ciudad la noche que fue conquistada, y no hace mención de Nabonido por la obvia razón de que éste se encontraba en otra parte. Este pequeño y aparentemente insignificante detalle revela cuán preciso fue el registro de Daniel en el caso de Belsasar.

EL REINO MEDO

Durante siglos, los intérpretes ortodoxos del libro de Daniel han visto la secuencia cuádruple de reinos en los capítulos 2 y 7 como una representación de Babilonia, Medo-Persia, Grecia, y Roma. Siendo que el libro de Daniel menciona un rey llamado Darío el Medo (ver Dan. 11:1), los eruditos críticos han argumentado que el escritor de Daniel pensó que había un reino medo independiente después del reino babilónico. Por lo tanto, consideraban que, con base en la evidencia del libro mismo, la secuencia debería ser reducida a Babilonia, Media, Persia, y Grecia. De esta forma, la serie termina no con Roma, sino con Antíoco Epífanes, quien procedía del periodo griego. Esto, afirman tales críticos, es consistente con lo que escribiría un autor del siglo segundo a.C., pero es un error histórico hablar de un reino medo separado después del periodo babilónico.

Sí hubo un reino medo separado en los siglos noveno, octavo y séptimo a.C. Eso es algo bien sabido y no representa ningún problema. Pero los críticos están en lo cierto en que sería un error histórico insertar un reino medo independiente en esta secuencia después del 539 a.C., cuando cayera el reino babilónico. Los medos habían sido conquistados por los persas más temprano en el siglo sexto a.C., y por los siguientes dos siglos fueron un componente integral del Imperio Persa.

¿Acaso el escritor de Daniel cometió tal error e identificó un reino de Media separado? No si partimos de la evidencia que el texto presenta. El carnero en la profecía del capítulo 8 se identifica en el versículo 20: “En cuanto al carnero que viste, que tenía dos cuernos, éstos son los reyes de Media y de Persia”. Este carnero simbólico único representaba el reino único de Medo-Persia.

La narración del capítulo 6 sostiene el mismo punto donde la ley dada por Darío se dice que era “conforme a la ley de Media y de Persia, la cual no puede ser abrogada” (vers. 12). Si Media y Persia eran reinos separados en ese momento, la referencia hubiera sido a “la ley de Media y la ley de Persia” en vez de “la ley de Media y de Persia”. Un solo código legal gobernaba a este reino doble.

La escritura en la pared en el capítulo 5:28 nos enseña la misma verdad, dado que el reino de Belsasar fue “roto, y dado a los medos y a los persas”. No hay base en el libro de Daniel para separar un reino medo individual. La secuencia debe continuar como ha sido interpretada: Babilonia, Medo-Persia, Grecia, y Roma.

DARÍO EL MEDO

La identidad de Darío el Medo aún es asunto de cierta discusión entre los eruditos conservadores que aceptan su existencia histórica. Este caso no es tan claro como el que tiene que ver con Belsasar. Se han mencionado varios candidatos como posibilidades, incluyendo dos reyes persas, dos reyes medos, y dos gobernadores persas. Estos serán discutidos con mayor detalle en el capítulo que trata sobre Daniel 6. Aquí necesitan mencionarse solo dos puntos.

Primero, sabemos que había un corregente en Babilonia durante el primer año de ocupación persa. Las tablillas comerciales cotidianas de Babilonia de aquel tiempo registran los nombres de los reyes y sus títulos, junto con fechas de los años de regencia de cada rey. Partiendo de estos documentos, es claro que Ciro no portaba el título de “Rey de Babilonia” para el primer año de la conquista persa; ninguna de las tablillas escritas en ese entonces le asigna este título.

Segundo, está el asunto de los nombres oficiales de los reyes. En los tiempos antiguos, los reyes comúnmente tenían nombres personales antes de ascender al trono; tras ascender al trono, asumían otro nombre oficial. Esto era muy común en Egipto, y ocasionalmente fue practicado en Israel. Azarías, quien también recibió el nombre de Uzías, es un ejemplo. Esta costumbre rara vez fue utilizada en Mesopotamia, pero quizás fue más común en Persia, según ciertos historiadores modernos. Por lo tanto, Darío, según se lo menciona en Daniel, bien pudo haber sido un nombre oficial, pero necesitamos ser más exactos en la identificación del nombre personal del individuo que pudo haber adoptado ese nombre oficial.

LA FECHA DEL LENGUAJE ARAMEO DE DANIEL

Estudios tempranos argumentan que el lenguaje arameo usado en los capítulos 2-7 de Daniel se parece más al arameo del siglo segundo a.C., que al del siglo sexto a.C. No obstante, cuando esos estudios fueron practicados, solo se conocía un conjunto de textos arameos antiguos —los papiros elefantinos egipcios del siglo quinto a.C. Dado que el arameo de Daniel difiere en cierto grado del lenguaje usado en los papiros elefantinos, se argumentaba que el arameo de Daniel provenía de un periodo posterior.

Una corriente continua de descubrimientos de inscripciones arameas ha venido dando una visión más completa de ese lenguaje y su desarrollo y una mejor base de comparación con el arameo que aparece en Daniel. Las diferencias entre el arameo de Daniel y el hallado en los papiros elefantinos durante cierto tiempo se creyó que representaban un desarrollo cronológico de dicho idioma, pero ahora se sabe que reflejan más bien dialectos regionales. Todos los papiros elefantinos que formaron la base original de comparación provinieron de Egipto y reflejaban un dialecto arameo egipcio. Este dialecto difería de la forma de expresión oral y escrita del arameo en Judá, Siria, Babilonia e Irán. Cada una de estas regiones tenía su propio dialecto regional. Algunos de los rasgos característicos arameos en el libro de Daniel que se creía eran características tardías —tales como la posición del verbo, por ejemplo— ahora se sabe que son características tempranas propias de las regiones orientales, en otras palabras, como el arameo de Babilonia donde vivía Daniel.

Otro hallazgo considerable en esta área proviene del descubrimiento de los rollos del Mar Muerto. Los esenios que trabajaban en el monasterio de Qumram cerca del Mar Muerto del siglo segundo a.C. al siglo primero d.C., escribieron y copiaron numerosos documentos arameos así como textos hebreos. A medida que estos textos han sido publicados, ha quedado más claro que el arameo de Daniel es considerablemente más antiguo que estos documentos del Mar Muerto. Puesto que los eruditos críticos modernos creen que Daniel fue escrito alrededor del mismo tiempo que los rollos del Mar Muerto, resulta complicado para su perspectiva que no haya una correspondencia más cercana en términos del lenguaje. Los rollos del Mar Muerto también han revelado que el arameo de Daniel no es palestino por distribución geográfica. Más bien, se trata de un tipo de arameo oriental, como el que uno esperaría de un residente de Babilonia.

De esta manera, todos los hallazgos más importantes en el estudio del lenguaje arameo que aparece en Daniel tienden a colocar la fecha de ese escrito más temprano que lo que los críticos han creído. Actualmente, el arameo de Daniel sencillamente se lo clasifica como “arameo imperial”, lo que quiere decir que encaja bien dentro de las fechas del Imperio persa, del siglo séptimo hasta el siglo cuarto a.C. Ya no es válido el argumento lingüístico contra la fecha temprana del arameo de Daniel.

Por lo tanto, después de examinar las objeciones mayores a la exactitud histórica de Daniel, podemos decir con seguridad que su lenguaje y contenido histórico corroboran el testimonio del libro mismo de que fue escrito en el siglo sexto a.C. Además, el argumento de los críticos de que no podemos confiar en sus declaraciones proféticas debido a sus imprecisiones históricas queda destrozado.

LA ESTRUCTURA LITERARIA DE LOS CAPÍTULOS HISTÓRICOS

Para concluir este capítulo, necesitamos echar una mirada a un elemento más de la primera mitad del libro. Este elemento no tiene que ver con datación o determinación de la historicidad; más bien trata de por qué los capítulos de Daniel están arreglados en el orden en que están.

El lector cuidadoso se dará cuenta de que las narraciones históricas del libro no están arregladas en un estricto orden cronológico. Por ejemplo, los capítulos 5 y 6, que corresponden al periodo persa, preceden a los capítulos 7 y 8, que pertenecen al periodo babilónico temprano. Un orden cronológico requeriría que los capítulos 7 y 8 precedieran a los capítulos 5 y 6. Algún otro principio de organización debió haber sido usado. Como se señaló anteriormente, Daniel se divide —con cierta superposición— en secciones prácticamente iguales de capítulos históricos y proféticos.

Más que eso, sin embargo, los capítulos que fueron escritos en arameo, los capítulos 2 al 7, exhiben un orden literario específico. Estos seis capítulos se colocan aparte en cuanto a estructura literaria: la forma en que están ordenados dentro de su propia sección. Estos capítulos están claramente relacionados entre sí en pares basados en contenido. Los capítulos 2 y 7 forman un par; ambos capítulos son bosquejos proféticos que tienen que ver con el levantamiento y la caída de reinos a lo largo de porciones extensas de la historia humana.

De la misma forma, los capítulos 3 y 6 también son similares en contenido. El capítulo 3 describe la persecución de los tres amigos de Daniel en el horno ardiente; el capítulo 6 describe la propia persecución de Daniel en el foso de los leones. En ambos casos, los siervos de Dios sufrieron pruebas de su fe, y en ambos casos son liberados sobrenaturalmente de sus pruebas.

Esto deja a los capítulos 4 y 5 juntos como un par dentro de la porción aramea e histórica del libro. Estos capítulos también tienen que ver con el mismo asunto: un rey babilónico particular. En el capítulo 4, es Nabucodonosor quien aparece en la mira. En el capítulo 5, es Belsasar. Ambas narraciones comienzan con un escenario local: Nabucodonosor en su palacio y Belsasar en ese mismo palacio. Ambos reyes son todo un caso de presumido egoísmo, y ambos fueron juzgados por el Dios verdadero. En ambos casos, sus juicios vinieron en la forma de profecías que subsecuentemente se cumplieron. Daniel estaba presente para interpretar ambas profecías. Las dos historias tienen finales ligeramente diferentes, pero incluso en eso guardan una relación entre sí. En el capítulo 4, Nabucodonosor cayó en un lapso de locura, pero luego pudo levantarse de nuevo y regresar a su trono. En el capítulo 5, sin embargo, no hay una redención subsecuente para Belsasar. Él y su ciudad cayeron esa noche ante los conquistadores persas.

Por lo tanto, las narraciones de la sección aramea e histórica del libro de Daniel pueden alinearse en pares temáticos bajo el siguiente bosquejo:

A. Daniel 2: profecía sobre el levantamiento y la caída de reinos.

B. Daniel 3: narración acerca de la persecución de los amigos de Daniel.

C. Daniel 4: profecía sobre la caída y el levantamiento del rey Nabucodonosor.

C. Daniel 5: profecía sobre la caída del rey Belsasar.

B. Daniel 6: narración acerca de la persecución de Daniel.

A. Daniel 7: profecía sobre el levantamiento y la caída de reinos.

Tal bosquejo es como una escalera con escalones por ambos lados, en la cual uno asciende en el mismo orden en que desciende los escalones por el otro lado, A: B: C: C: B: A. El nombre técnico para este orden de escritura es quiasmo. Esta palabra proviene del nombre de la letra griega chi, que se parece a una X. La idea es que el bosquejo procede hacia arriba por una pierna de esta X y luego desciende en el orden inverso por el otro lado. Es una organización basada en la inversión o en una imagen de espejo. Lo que tenemos aquí en el libro de Daniel es un quiasmo relativamente simple basado en enlaces temáticos entre dos historias de naturaleza similar. Una mirada al bosquejo “quiástico” de arriba muestra que los capítulos 2 y 7 están temáticamente enlazados, como están los capítulos 3 y 6, y los capítulos 4 y 5. Esta clase de arreglo es relativamente común en el Antiguo Testamento, especialmente en los salmos, de modo que es evidente que la gente del tiempo de Daniel estaba plenamente consciente de este tipo de escritura.

¿Con qué propósito les servía, y qué valor tiene para nosotros hoy? Servía para varias funciones. Primero, era un recurso para facilitar la memorización. Tener que memorizar el contenido de estos seis capítulos de Daniel sería una tarea difícil. Sin embargo, es mucho más fácil recordar lo que cada capítulo trata una vez que se reconoce este orden inverso.

Segundo, esta clase de organización hace posible que se vean vínculos explicativos entre las narrativas enlazadas. Por ejemplo, muchos comentadores han reconocido que la profecía del capítulo 7 es una explicación adicional y más detallada de la profecía dada en el capítulo 2. Las dos profecías están relacionadas; no se refieren a periodos históricos distintos. La estructura literaria, entonces, se convierte simplemente en otra forma de reforzar ese vínculo.

Tercero, hay una cuestión estética. Es bueno reconocer que la Biblia nos habla de muchas maneras y culturas diferentes. Pero es bueno también darse cuenta de que hay una belleza literaria en estas expresiones. Reconocemos la belleza literaria de algunos salmos. ¿Por qué no reconocer la belleza literaria de algunas porciones bíblicas de prosa, tales como estos capítulos en Daniel? Daniel no es la obra pequeña e insignificante de un editor cualquiera; es la obra, bajo la dirección de Dios, de un artista literario, y necesitamos reconocer esa habilidad.

Finalmente, esta estructura literaria enfatiza la unidad de esta sección de Daniel y de todo el libro. Estas narrativas han sido colocadas juntas precisamente en un orden específico, como los ladrillos que se usan para construir una chimenea. No se puede quitar ninguno de esos ladrillos sin que toda la estructura se derrumbe. Cada uno es vital para el orden y la relación. Los críticos literarios de Daniel han pasado este punto por alto. Han intentado separar el capítulo 7 del resto de los capítulos históricos. Para ellos, la profecía del capítulo 7 fue escrita alrededor del año 165 a.C., en el tiempo de Antíoco Epífanes, pero los capítulos históricos anteriores fueron escritos antes, dicen ellos, quizás en los siglos cuarto o tercero a.C. Pero estas narraciones, incrustadas como están en la arquitectura literaria, no pueden desmembrarse tan fácilmente. El capítulo 7 va con el capítulo 2; los dos forman un par. Y ese par constituye un marco alrededor de los otros cuatro capítulos que también forman parejas entre sí. De esta manera, los capítulos históricos forman una unidad, un paquete, y el hecho de que también todos fueron escritos en lengua aramea destaca ese punto. Hace un siglo y medio, los estudiosos que critican las fuentes del libro de Daniel lo han estado partiendo en piezas cada vez más pequeñas. Finalmente, una apreciación del arte y estructura literarios del libro ha demostrado cuán erróneo ha sido este enfoque. El libro de Daniel es una unidad literaria y, además, una pieza estéticamente atractiva.

Debido a esta estructura literaria única de la sección histórica de Daniel, estudiaremos estos capítulos según los pares a los que pertenecen.

1 La versión Reina-Valera 1960 dice en Jeremías 46:2 que era el cuarto año de Joacim.

Capítulo 2

Exiliado

Con excepción de una pequeña parte del primer capítulo, todo el libro de Daniel ocurre en Babilonia. Esto es así porque Daniel vivió allí la mayor parte de su vida adulta, y su vida fue bastante larga. La primera fecha en el libro, al comienzo del capítulo 1, es equivalente al año 605 a.C. de nuestro calendario. La última fecha, la fecha que acompaña la última profecía del libro (Dan. 10:1), equivale al año 536 a.C. Esto nos da un periodo de tiempo de casi setenta años que Daniel pasó en Babilonia. Durante la mayoría de este tiempo vivió bajo reyes neobabilónicos, pero sus últimos años los pasó bajo los reyes persas que conquistaron a Babilonia. Daniel probablemente murió después de recibir la última profecía registrada en su libro. De hecho, cuando el ángel Gabriel le dio esa profecía, pareciera haberle indicado a Daniel que pronto moriría.

Daniel estaba probablemente iniciando la vida adulta cuando fue llevado a Babilonia. Algunos han sugerido que tenía alrededor de 18 años de edad, una edad que sentaba bien con la política babilónica para escoger cautivos. Así, de los casi noventa años de vida de Daniel, aproximadamente los primero veinte los pasó en Judá y los últimos setenta en Babilonia. Vivir por tanto tiempo en Babilonia significó que Daniel estuvo muy bien relacionado con la ciudad y la nación, sus gobernantes y procedimientos en la corte. Daniel entró a la corte de Nabucodonosor poco después de su exilio y probablemente sirvió allí por mucho tiempo, dado que Nabucodonosor disfrutó de un extenso gobierno de cuarenta y tres años, y Daniel pareciera haber sostenido cargos importantes en el servicio público, por lo menos durante el periodo de vida de Nabucodonosor. Después de la muerte de Nabucodonosor, sin embargo, Daniel parece haber perdido el favor de los siguientes gobernantes de Babilonia. No fue sino hasta el último de éstos, Belsasar, que Daniel fue rehabilitado a su lugar original de prominencia, y eso por un breve tiempo. Pero su popularidad continuó incluso en el periodo persa, cuando también logró cierta prominencia, aunque al precio de dificultades considerables.

En tiempos buenos o malos, Daniel era un modelo de fidelidad y perseverancia. También era un modelo en su vida devocional constante y consagrada, si bien esto también representó un precio considerable para sí mismo. Daniel es, por lo tanto, un brillante ejemplo para nosotros de alguien que tuvo valor, lealtad a su Dios, perseverancia y una comunión viva con ese Dios. Dado que varias de sus profecías terminan con el tiempo del fin en el que ahora vivimos, el ejemplo de Daniel en estas áreas es un recordatorio excelente de que también nosotros debemos vivir para Dios a pesar de las circunstancias, buenas o malas, que podamos encontrar.

Como alguien que vivió en Babilonia por muchos años y que también trabajó en el centro del poder, Daniel obviamente la conocía muy bien. Los profetas de Dios pueden referirse al futuro distante en algunas ocasiones, como lo hiciera Daniel. Pero también hablaban a su propio tiempo y pueblo. Para Daniel, eso significó la Babilonia del siglo sexto a.C., y el pueblo de Dios que vivía en exilio allí. Es natural, por lo tanto, que Babilonia y su historia jugarían una parte prominente en las profecías que Dios le daría. Babilonia aparece en no menos de cuatro de las profecías que Dios le dio a Daniel, en los capítulos 2, 4, 5 y 7 del libro. Tener un conocimiento de Babilonia y su historia en los siglos sexto y séptimo a.C. debiera sernos de mucha utilidad, entonces, a fin de entender al profeta en el contexto del tiempo y lugar en los que vivió. Tal entendimiento sirve como un punto de partida para los pasos sucesivos en las profecías que Dios nos ha revelado a través de Daniel.

LOS TIEMPOS DE DANIEL

Una forma de evaluar a Daniel es sugerir que fue un simple peón que quedó atrapado por las circunstancias de la política internacional de su tiempo. Tal evaluación se fundamenta en las condiciones políticas fluctuantes de finales del siglo séptimo a.C.

Era un tiempo de transición. Judá existía en una estrecha franja de tierra entre el Mar Mediterráneo y el desierto oriental. Ese estrecho corredor de tierra se atravesaba en el camino de conquista tanto de los egipcios al sur como de los poderes mesopotámicos de Asiria y Babilonia al norte. Repetidamente, las poderosas fuerzas militares del norte y del sur cruzaban a través de Palestina. En rápida sucesión, el pequeño reino de Judá cayó bajo el control de tres naciones diferentes al final del siglo séptimo a.C.

Primero, estaba Asiria. Arurbanipal, el último gran rey del Imperio Asirio, murió en el año 626 a.C., dos o tres años antes que naciera Daniel. Con su muerte, ocurrieron cambios mayores en el Cercano Oriente. El Imperio Asirio se rompió en muchos pedazos y por algún tiempo el pueblo de Judá disfrutó de un respiro al debilitarse el control asirio. El rey Josías aprovechó la oportunidad de ese intervalo para comenzar una reforma religiosa en el país (ver 2 Rey. 22:8-23:25). Según indicó el profeta Jeremías, sin embargo, la reforma de Josías no penetró ni duró lo suficiente (ver Jer. 3:10).

En ese vacío de poder, los agresivos faraones de la dinastía vigésima sexta en Egipto pronto se colocaron en posición de tomar el control del Asia Occidental hasta el mismo río Éufrates, donde retuvieron el dominio por una década aproximadamente. Mientras tanto, un nuevo poder surgía en el oriente. Los babilonios, en combinación con los medos de las montañas del norte de Irán, atacaron con éxito los grandes centros poblacionales de Asiria: Nimrod y Nínive. Conquistaron estas ciudades y luego las destruyeron. Al avanzar por el afluente oriental del Éufrates, sus actividades los llevaron a una confrontación con los egipcios en la región superior del río.

Después de una escaramuza inicial en el 611 a.C., los babilonios y los egipcios combatieron en gran batalla en el 605 a.C. Jeremías menciona esta batalla en Jeremías 46:1-12, donde provee una descripción de la derrota desastrosa de los egipcios. También tenemos las palabras de los propios anales reales de Nabucodonosor respecto a estos eventos. Allí, su escriba registró:

Nabucodonosor, su hijo mayor [de Nabopolasar], el príncipe heredero, reunió [al ejército babilónico] y tomó el control de sus tropas; marchó a Carquemis, la cual está en las orillas del Éufrates, y cruzó el río [para ir] en contra del ejército egipcio, el cual acampaba en Carquemis… pelearon el uno con el otro y el ejército egipcio se retiró delante de él. Nabucodonosor consumó su derrota y los batió hasta hacerlos desaparecer.

Estos decisivos eventos pusieron de cabeza todo el panorama político del antiguo Cercano Oriente. Lo que anteriormente estaba bajo el control egipcio, ahora cayó bajo el control de Babilonia, incluyendo todo el territorio al sur de la frontera con Egipto. Muy naturalmente, eso incluyó al reino de Judá. Los registros reales de Babilonia —los textos de las Crónicas de Babilonia— ilustran esta situación. Estos textos, escritos en cuneiforme, que quiere decir escritura con forma de cuña sobre tablillas de arcilla, eran relatos año con año de los eventos mayores durante el reinado del rey. No dan detalles de esta conquista en particular pero afirman en términos generales: “Cuando Nabucodonosor conquistó toda el área del país de Hatti”. La designación de “país de Hatti” era un residuo de los días cuando los hititas gobernaban Siria y Palestina. Los hititas habían dejado de existir desde hacía mucho, pero la designación aún permanecía. Incluía todos los reinos desde Siria en el norte hasta Judá en el sur.

Uno puede preguntarse por qué los registros de Nabucodonosor no mencionan específicamente a Jerusalén como una de las ciudades que conquistó. La razón probable fue que Joacim, el rey de Judá durante ese tiempo, pudo ver que resistirse a Nabucodonosor era inútil, por lo cual se rindió. Así, no fue necesario que los babilonios montaran una guerra en toda su dimensión contra la ciudad. Los textos de la Crónica de Babilonia mencionan solo aquellas ciudades que se resistieron hasta que las tropas babilónicas las dominaron. Las ciudades que se rindieron antes de ese punto, como Jerusalén, no se mencionan por nombre.

Un observador de la escena histórica en el Cercano Oriente en el 605 a.C. podría haber pensado que todo esto era el resultado de cambios en las lealtades y poder humanos. Pero había más que eso. Daniel indica esta dimensión adicional al mismo principio de su libro. Joaquín se rindió y cayó en manos de Nabucodonosor no solo porque era un rey malo, que lo era, sino porque Dios lo permitió y dirigió los eventos de esta manera. Había un factor invisible involucrado en el curso de estos eventos, y era un factor divino. Daniel 1:2 dice: “El Señor entregó en sus manos a Joacim, rey de Judá”. Si bien ésta no era la intención original de Dios para su pueblo, su apostasía —dirigida por el rey Joacim— trajo como consecuencia este triste curso de eventos. Puesto que el pueblo de Dios había renunciado a su fe en Dios y había dejado de participar en su pacto, también habían perdido el derecho a la protección divina de enemigos como Babilonia (véase Deut. 28:1; 30:20).

LA EXPERIENCIA PERSONAL DE DANIEL

Aunque en ese momento Judá no tenía una vigorosa fe en Dios, había algunos que eran fieles a Dios. Daniel y sus amigos se hallaban entre aquellos que retuvieron su fe a pesar de la apostasía general. Esto no previno que fueran llevados al exilio, pero les dio la oportunidad de testificar acerca de su fe durante dicho exilio. De hecho, la fidelidad de estos siervos de Dios inclusive en los momentos más difíciles es uno de los puntos destacados en el libro de Daniel. Entonces, se nos hace la pregunta: ¿Enfrentamos nosotros en nuestras vidas pruebas semejantes o aun menores con una medida semejante de fe? Con un ejemplo de fe y valor tan enérgico como el que Daniel y sus amigos nos han dejado, ¿no deberíamos nosotros ejercitar la misma devoción y confianza en Dios al enfrentar las pruebas que nos sobrevengan?

Imagínese usted mismo en la situación de Daniel. Usted es joven, a punto de dar inicio a la vida adulta. Toda oportunidad pareciera extenderse delante de usted. Pero entonces una curva súbita en el camino de la experiencia aparece ante usted. En vez de echar mano de las oportunidades disponibles en su ciudad o país, ahora usted es arrastrado a una tierra extraña y remota. Además, no se le concede ningún privilegio durante su recorrido y tiene que caminar seiscientos cincuenta kilómetros a través del desierto para poder llegar a su destino. No tiene ninguna garantía de que volverá a ver a su familia u hogar otra vez. De hecho, lo más seguro es que no lo hará. ¿Cuál habría sido su actitud? ¿El desaliento? ¿La depresión? ¿Se habría usted preguntado cómo es que Dios le hizo todo esto? Ahora que ninguno de sus compatriotas lo podría observar, ¿habría usted decidido que bien podría vivir de la forma que le pareciera con tal de llevársela bien en la tierra de sus captores?

Algunas de estas ideas bien pudieron haber pasado por la mente de Daniel y sus amigos, pero no les prestaron más que atención pasajera al reaccionar a sus difíciles circunstancias.

Llevar prisioneros de países cautivados era una política usual que los babilonios y egipcios ejercían. Hombres jóvenes de potencial considerable eran llevados a la capital del imperio para ser entrenados en las prácticas y cultura de los babilonios o egipcios. Esto se hacía con un propósito. El punto era entrenar a estos jóvenes para el servicio futuro al imperio. Cuando el rey o los administradores de los países conquistados salían de la escena de la acción, sus cargos podían ser tomados por individuos de su misma nación que habían sido entrenados en el pensamiento babilónico o egipcio. De esa forma Babilonia, por ejemplo, podía obtener administradores que tuvieran conocimiento íntimo de las costumbres locales de la gente a quienes ellos gobernarían, pero cuya lealtad suprema había sido cultivada hacia Babilonia mediante la educación recibida.

Cuando Daniel y sus amigos llegaron a Babilonia, iniciaron un extenso programa de estudios. Las diferentes disciplinas que llegaran a dominar les permitirían convertirse en mejores burócratas babilonios, mejores siervos del gobierno. Indudablemente estudiaron la escritura cuneiforme babilónica. Esta incluía aprender un elaborado sistema de signos que se escribían en una tablilla de barro fresco con la punta de un punzón. La escritura cuneiforme nos ha provisto algunos de los ejemplos más antiguos de escritura producidos por la raza humana. Muchas muestras han sobrevivido a través de los siglos y con buena razón: cuando el barro se endurecía, proveía un registro relativamente permanente. Si los registros eran muy importantes, tales como documentos oficiales de un rey, las tablillas cuneiformes utilizadas eran pasadas por el fuego en un horno. Esto las endurecía aún más que si solo se secaban al sol y las hacía más durables, mucho más durables que el papel que utilizamos hoy. Si los registros no eran tan importantes, se los dejaba secar naturalmente y endurecerse más gradualmente. Estas tablillas menos duraderas se rompían con mayor facilidad, que es la razón por la que los arqueólogos que hacen excavaciones en las ruinas del Cercano Oriente con frecuencia encuentran muchos más fragmentos que tablillas enteras. Se requiere de un cuidadoso trabajo en un museo para unir los fragmentos de tablillas.

Aunque el sistema de escritura babilónico era difícil de aprender, el lenguaje en sí probablemente no resultó tan difícil para Daniel y sus amigos. El idioma babilónico pertenece a lo que se conoce como la familia lingüística semítica oriental, mientras que el hebreo pertenece al grupo semítico occidental. Ambas se encuentran en la misma familia lingüística general, y no habría sido muy difícil para Daniel y sus amigos aprender el idioma babilónico. Además, una parte del trabajo en la corte de Babilonia se realizaba en arameo, un lenguaje incluso más cercano al hebreo.

Nabucodonosor mismo no era un babilonio nativo en el sentido étnico y cultural. Él y su padre Nabopolasar antes que él, pertenecían a una de las tribus de los pueblos caldeos que vivían en el sur de Babilonia. Estas tribus hablaban arameo, por lo tanto, el idioma nativo de Nabucodonosor habría sido el arameo. Fue muy natural, entonces, para Daniel conversar con Nabucodonosor en este idioma; y que varios de los diálogos sostenidos entre estos dos individuos fueran registrados en arameo. Esto provee una explicación parcial respecto del porqué el libro de Daniel fue escrito en dos idiomas: los capítulos 1, 8-12 en hebreo y los capítulos 2-7 en arameo.

Sabemos mucho acerca de las ciencias que se estudiaban y practicaban en Babilonia. Las tablillas duraderas de arcilla que se han descubierto nos han provisto de muchos de los cálculos astronómicos babilónicos y de su sistema de matemáticas. Nuestro moderno sistema matemático esta basado en unidades de diez, el sistema decimal, pero el sistema babilónico estaba basado en unidades de seis, conocido como matemáticas sexagesimales. Algo de este sistema se ha preservado hasta el día de hoy; nos explica por qué hay sesenta segundos en un minuto, sesenta minutos en una hora, y 360 grados en un círculo. El sistema babilónico muestra en Daniel 3 que las medidas de la imagen que Nabucodonosor levantó —sesenta codos de alto y seis codos de ancho— fueron dadas en unidades babilonias sexagesimales típicas.

Uno de los problemas más desagradables que enfrentaron los hebreos en su plan de estudios babilónico era la materia de astrología. El lado científico de esa materia es la astronomía, y ahí no había ningún problema. El lado interpretativo, subjetivo de la astronomía, sin embargo, es la astrología. La cultura babilónica estaba embebida en este tipo de cosas y a los cautivos hebreos probablemente se los introdujo la misma en sus clases.

Aquí encontramos una aguda distinción entre la Biblia y el mundo antiguo. El mundo antiguo era muy devoto al tema de la astrología; las observaciones basadas en los movimientos de los cuerpos celestes eran usadas para predecir eventos humanos y sus consecuencias. La Biblia, sin embargo, está diametralmente opuesta a estas cosas. Dicha oposición está claramente declarada tanto en la legislación mosaica (véase Deut. 18:9-14) como por los profetas (véase Isa. 8:19, 20). En este sentido, por lo tanto, la Biblia se coloca en completa oposición a algunas de las prácticas que se daban en el ambiente que rodeaba a los israelitas. Indudablemente Daniel y sus amigos se habrían opuesto al uso de estos métodos astrológicos en su trabajo para el gobierno de Babilonia. Ellos contaban con una fuente confiable de conocimiento acerca del futuro en la que podían confiar que era mucho más segura que las prácticas de adivinación de Babilonia. Esa fuente era el verdadero Dios.

No obstante, es una paradoja que Daniel más tarde fue puesto a cargo de los sabios de Babilonia (Dan. 2:48), quienes eran practicantes activos de la astrología. Algunos de los episodios descritos más tarde en su libro demuestran la superioridad del conocimiento recibido del verdadero Dios en oposición a los falsos métodos de los sabios (véase Dan. 2-4).

Si bien estamos de acuerdo con la oposición a los pensamientos y prácticas de la religión babilónica, también necesitamos ser justos con los babilonios en términos de lo que hacían y de lo que no intentaban hacer con estos cautivos. Este asunto brota de los nombres que les fueron asignados a los hebreos. Una vez llegado a la capital, Daniel recibió como nuevo nombre Beltsasar (Dan. 1:7). Este nombre se divide en tres componentes: Belit, el título de una diosa; shar, el término para denotar “rey”; y el verbo uzur, que significa proteger. Entonces, literalmente, el nombre babilónico de Daniel significaba, “Que [la diosa] Belit proteja al rey”. El gobernante Belsasar portaba un nombre muy similar, cuya única diferencia era que el título Bel, “señor”, se refería a una deidad masculina y no femenina.

Los tres amigos de Daniel recibieron nombres similares que comunicaban cierto significado, y ese significado estaba, en algunos casos, ligado con los dioses babilónicos. Sin embargo, esto no quiere decir que los babilonios estaban tratando de convertir a la fuerza a Daniel y sus amigos a la religión babilónica valiéndose de nombres que contenían un elemento divino. La meta era mucho más pragmática que eso. Sencillamente, los babilonios querían darles a los cautivos nombres que serían fáciles de reconocer por los babilonios con quienes estarían trabajando.

LA PRUEBA

Inmediatamente después de matricularse en la escuela para escribas de Babilonia, Daniel y sus amigos se vieron en problemas. El problema no tenía que ver con la astrología, o con sus nombres babilónicos, o la adoración de ídolos. Tenía que ver con los alimentos. Que los estudiantes se quejen de la comida que se sirve en la escuela no es un fenómeno moderno. Se remonta a mucho tiempo atrás, ¡2.500 años en este caso! Pero esta vez había razones suficientes para fundamentar las quejas: “Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía; pidió, por tanto, al jefe de los eunucos que no se le obligase a contaminarse” (Dan. 1:8).

Surge la pregunta: ¿Por qué Daniel rehusó comer de los alimentos provistos de la alacena o cocina real? El texto nos da una respuesta clara y directa: “Daniel propuso en su corazón no contaminarse”.

¡Hubiera sido interesante escuchar la conversación mientras Daniel trataba de explicarle al funcionario babilónico acerca de la impureza, basada en las leyes alimenticias establecidas en Levítico 11 y Deuteronomio 14! Entre los textos cuneiformes que han sido catalogados y traducidos, hay algunos que enumeran los platillos que se proveían al ejército babilónico. Las provisiones incluían cerdo. Para un israelita, el cerdo era impuro y considerado impropio para la alimentación. Si a las tropas se les daba cerdo, muy probablemente también se les daba a los burócratas en el palacio y a los estudiantes en la escuela para escribas. Por lo tanto, Daniel y sus amigos habrían tenido que enfrentar este asunto de las carnes inmundas que se les servían, las cuales declinaron comer porque las tales los “contaminarían”.

Habría otras razones también. Como en el caso del Nuevo Testamento en Corinto, parte de la carne que se proveía en Babilonia pudo haber sido ofrecida a los ídolos (véase 1 Cor. 8). De la misma manera, en ese entonces estaba el asunto de la preparación de la comida. Los carniceros babilonios no habrían preparado la carne de manera que fuera autorizada por la ley judía (véase Lev. 17:10-14). La preparación bien pudo haber incluido altas concentraciones de especias.

La forma más fácil y directa de evitar todos estos problemas era consumir una dieta vegetariana y beber agua solamente. Esto fue lo que Daniel solicitó al oficial. Literalmente, le pidió legumbres para comer, esto es lo que crece de las semillas, o plantas (Dan. 1:12). Daniel se dio cuenta de los problemas con la dieta babilónica, y también pudo ver que la forma más directa de evadirla era evitando el problema por completo en vez de darle la vuelta y comer de la mesa lo que pudieran. Él pidió una dieta vegetariana y la principal bebida no alcohólica disponible: agua.

El funcionario, sin embargo, no estaba dispuesto a poner a Daniel en esa clase de régimen (1:10). Tenía temor de que hubiera resultados adversos sobre los hebreos. Pero Daniel persistió, y al fin se le dio permiso de comer su dieta elegida por un periodo de diez días (1:14). Diez días de los tres años del curso no era un riesgo demasiado grande, pero aun así, el oficial de mala gana les dio a Daniel y a sus amigos permiso para proceder. El oficial era responsable por el bienestar de los cautivos, y si ellos sufrían debido a la nueva dieta, él sufriría la ira de Nabucodonosor (1:10). Los reyes del mundo antiguo eran conocidos por su tendencia a castigar a los mensajeros que les traían malas noticias.

¿Podría un periodo de solo diez días verdaderamente marcar una diferencia? En la sociedad moderna, hay muchos ejemplos que demuestran que diez días pueden ciertamente producir cambios. Un plan dietético especial anunciado en la televisión norteamericana promete: “Dénos una semana, y le quitaremos el sobrepeso”. Más intenso aun era el régimen del Dr. Pritikin, un nutricionista cuya severa dieta baja en grasas iba dirigida a la reducción rápida del colesterol y el peso como parte de un programa de rehabilitación y acondicionamiento para pacientes con serios problemas del corazón. Para participar en dicho programa, uno tenía que pasar una semana en el centro médico de Pritikin. Debe hacerse notar también que un paciente bien puede recuperarse de una cirugía seria y ser dado de alta del hospital en menos de diez días. De hecho, la duración de las estadías en los hospitales se está tornando cada vez más corta. Por lo tanto, la petición de Daniel de diez días como periodo de prueba era razonable, aunque él probablemente hubiera preferido tener más tiempo.

Nuevamente, no era solamente la fuerza ordinaria de las circunstancias humanas lo que abrió esta posibilidad para Daniel y sus amigos. No es que eran mejores nutricionistas o quinestesiólogos ni eran individuos intelectualmente superiores a los otros estudiantes matriculados. Pudieron obtener el favor del funcionario y llevar a cabo su programa porque “puso Dios a Daniel en gracia y en buena voluntad con el jefe de los eunucos” (1:9). Tan inteligente como era, Daniel tenía otro factor que operaba a su favor, y ese factor era el más importante: el favor divino. En esta situación, Dios fue capaz de usar y bendecir a Daniel y sus amigos debido a su fe en él y sus promesas.

De la misma forma, Dios puede usarnos hoy en situaciones similares. Esta parte de la narración pone énfasis en el hecho de que Dios no solo quiere que tengamos mentes alertas espiritualmente, también quiere que tengamos cuerpos saludables. Los dos asuntos están directamente relacionados. “Y al cabo de los diez días pareció el rostro de ellos mejor y más robusto que el de los otros muchachos que comían de la porción de la comida del rey” (vers. 15). Después de pasar esta prueba de diez días, Daniel y sus amigos pudieron comer la dieta que querían por el resto de los tres años en la escuela. Continuar con esta dieta por esa extensión de tiempo también contribuyó a los excelentes resultados al final del curso.

EL RESULTADO FINAL

Al final del curso de tres años, el examen final para graduarse era oral (1:19, 20). De hecho, su examinador era la persona más importante de todas, más importante que cualquiera de los profesores que tuvieron durante sus estudios. El examinador final no era otro sino el rey mismo. Él quería ver lo que los estudiantes habían cumplido durante su periodo de capacitación y ver si estaban satisfactoriamente calificados para tomar cargos en el gobierno babilónico. Una vez más, Daniel y sus amigos salieron triunfantes: “Y el rey habló con ellos, y no fueron hallados entre todos ellos otros como Daniel, Ananías, Misael y Azarías; así, pues, estuvieron delante del rey” (vers. 19). Valiéndose de la hipérbole, el texto describe a Daniel y sus amigos como diez veces mejores que los otros sabios del reino de Babilonia (vers. 20). Eso no quiere decir que obtuvieron un 100 por ciento en su examen y que los otros sabios sacaron solo un 10 por ciento. Simplemente quiere decir que los hebreos claramente fueron más sobresalientes que los otros estudiantes en el curso y que eran superiores incluso a los sabios profesionales que ya ejercían sus funciones. Un fenómeno literario similar se encuentra en la historia del horno de fuego en Daniel 3. Se le dijo a los siervos de Nabucodonosor que calentaran el horno “siete veces más de lo acostumbrado” (vers. 19). Esto no quiere decir que el horno subió de 500 grados, por ejemplo, a 3.500 grados. Más bien, significa que lo atizaron a un nivel mucho más intenso, independientemente de la temperatura absoluta involucrada.

¿Cuál fue la verdadera razón por la que Daniel y sus amigos tuvieron tan buenos resultados en el examen oral ante el rey? ¿Se debió a que tenían coeficientes intelectuales superiores? ¿Se debió a que tenían un régimen más saludable? Estos elementos pudieron haber ayudado, pero más que eso, tenían la bendición directa de Dios. “A estos cuatro muchachos Dios les dio conocimiento e inteligencia. . .” (vers. 1:17). Sin la bendición de Dios, estos jóvenes no se habrían destacado tanto como lo hicieron. Dios tenía un plan y un propósito para ellos, y quería demostrarlo delante de todos los sabios de Babilonia, delante de sus condiscípulos, y delante del rey. Dios tiene un plan y una bendición para tu vida también, aunque puede que no sea exactamente en la misma forma en que lo hizo para con estos estudiantes cautivos en Babilonia.

FECHAS

Concluimos nuestro estudio del capítulo 1 con una nota técnica acerca de tres detalles cronológicos relacionados con este capítulo. El primero tiene que ver con la fecha en el primer versículo del capítulo. Dice que Nabucodonosor vino y sitió a Jerusalén en el tercer año de Joacim, rey de Judá. Algunos han criticado esta fecha como inexacta, argumentando que el sitio realmente tuvo lugar en el cuarto año de Joacim. Esta objeción ha sido tratada más completamente en el primer capítulo de este volumen (véase págs. 22, 23). Basta decir aquí que si uno interpreta esta fecha basado en el principio de contar el año ascensional y el calendario judío (de otoño a otoño), la fecha queda establecida correctamente como históricamente exacta.

El segundo problema cronológico involucrado aquí se enfoca en la extensión de tiempo de los estudios de Daniel y sus amigos —tres años, según Daniel 1:15— y la fecha en la que ocurrieron los eventos de Daniel 2, “en el segundo año del reinado de Nabucodonosor” (2:1). Esta afirmación puede armonizarse fácilmente cuando nos damos cuenta que Daniel 1:5 no necesariamente significa tres años completos de doce meses cada uno. El primero y el último año de este curso de estudios probablemente fueron solo años parciales, tal como el año escolar actual en muchos países nuestros es de nueve o diez meses y no de doce.

Esta explicación implica lo que se conoce como “contabilidad inclusiva”, la cual tiene que ver con la forma en que los antiguos hebreos contaban las fracciones. Para los lectores modernos, 50 por ciento es la línea divisoria; cualquier cifra mayor se redondea al número siguiente, y cualquier cifra inferior no es tomada en cuenta. Esa no era la forma en la que los hebreos contaban. Para ellos, cualquier fracción se “incluía” en el número siguiente. Por lo tanto, Jesús pudo haber estado en la tumba tres días incluyendo solo una porción del viernes de tarde, todo el sábado, y una porción durante la mañana del domingo. Según la “contabilidad inclusiva”, esto equivale a tres días. Otro ejemplo bíblico de esto lo podemos encontrar en 2 Reyes 18:9-11, donde el sitio de Samaria comenzó en el cuarto año de Ezequías y terminó en su año sexto, lo cual ocurrió “al cabo de tres años” (2 Rey. 18:10). Así, los tres años de estudio de Daniel puede que no sean tres años completos de doce meses cada uno.

El último problema cronológico menor en el capítulo 1 se encuentra en su último versículo, que dice, “Y continuó Daniel hasta el año primero del rey Ciro” (vers. 21). Siendo que éste es el rey Ciro de Persia con quien el libro termina (10:1), ésta es una referencia a la totalidad del ministerio de Daniel y la vida de Daniel en Babilonia. Pero ha sido puesto al final de la primera narración del libro, la cual trata de la llegada de Daniel a Babilonia y sus primeras experiencias allí.

Obviamente, esta mención de Ciro proviene de un momento setenta años después, aproximadamente en el 536 a.C. Se lo registró aquí en el capítulo 1 editorialmente para anticipar lo que sigue en el libro. No tenía la intención de ser un punto en el tiempo como se lee en la declaración del versículo 1. Algunas de las narraciones de Daniel pudieron haber sido escritas con anterioridad y algunas otras pudieron haberse escrito posteriormente, pero la última de ellas y cualquier comentario editorial tal claramente provino del periodo persa, cuando el libro ya estaba terminado.

Capítulo 3

Reyes caídos

Los capítulos 4 y 5 de Daniel tratan el destino de dos reyes del Imperio Neobabilónico: Nabucodonosor, el fundador y primer gran rey de ese imperio (capítulo 4), y Belsasar, el último rey de ese imperio, que no fue tan destacado (capítulo 5). El hecho de que la vida de Daniel pueda abarcar la historia completa del Imperio Neobabilónico muestra realmente cuán breve fue la existencia de éste. Daniel vino a Babilonia como adolescente temprano en el reinado de Nabucodonosor, y aún se hallaba allí como anciano cuando Belsasar murió en el palacio la noche que los persas conquistaron la ciudad.

Daniel no solo vivió en Babilonia durante este extenso periodo de tiempo; también se relacionó con estos dos reyes en un nivel profesional. Dios usó a Daniel para hacerles llegar profecías a estos individuos, profecías acerca de sus reinos y acerca de ellos mismos. Por lo tanto, estos dos capítulos tratan no solo de estos reyes babilonios, sino también de Daniel y cómo les ofreció sus servicios. El papel de Daniel ante ambos reyes fue similar: sirvió como un sabio inspirado que les dio mensajes acerca de sus vidas y los tiempos, provenientes del Dios verdadero.

Nabucodonosor recibió un mensaje de Dios mediante un sueño; Dios le habló a Belsasar a través de la escritura de una mano incorpórea sobre la pared del salón de audiencias del palacio. En ambos casos, los reyes necesitaban de alguien que interpretara el mensaje de Dios, y en ambos casos los sabios de Babilonia fueron incapaces ante la tarea. Daniel tuvo que ser llamado porque los misteriosos mensajes provenían del Dios verdadero a quien él servía. Ambos mensajes eran mensajes de juicio que caían sobre los reyes. Los dos habrían de ser juzgados según al contenido de las profecías que Daniel interpretara para ellos. Y en ambos casos, todo sucedió tal y como Daniel predijo.

Sin embargo, hay una diferencia significativa entre el destino de estos dos reyes. Nabucodonosor recibió una prolongada sentencia de demencia, pero finalmente se recuperó, se arrepintió, y se tornó en fe al verdadero Dios. Belsasar, por otro lado, recibió su juicio en la misma noche en que le fue dada la profecía. Con su muerte esa noche, el Imperio Neobabilónico pasó a manos de Medo-Persia.

Los temas de estos dos capítulos son similares, aunque se desarrollan de formas diferentes. Tal enlace temático liga estos dos capítulos en el centro de la estructura literaria quiasmática de la sección aramea del libro (capítulos 2-7). En esta estructura, el capítulo 2 está conectado temáticamente con el capítulo 7; el capítulo 3 está conectado temáticamente con el capítulo 6. Y en el centro de esta escalera, el capítulo 4 está conectado con el capítulo 5. Por lo tanto, los capítulos 4 y 5 se consideran un par enlazado en el centro de la estructura quiasmática. Están conectados entre sí por la naturaleza de sus contenidos, y han sido colocados lado a lado para enfatizar con mayor vigor esa conexión. (Para una discusión adicional de la estructura literaria quiasmática de la sección histórica de Daniel, véase el capítulo 1, páginas 28-31.

EL SUEÑO DE UN GRAN ÁRBOL

La narración en el capítulo 4 es hecha mayormente en primera persona por Nabucodonosor mismo. El rey comienza su relato de esta manera:

“Nabucodonosor rey, a todos los pueblos, naciones y lenguas que moran en toda la tierra: Paz os sea multiplicada. Conviene que yo declare las señales y milagros que el Dios Altísimo ha hecho conmigo” (4:1, 2).

Después de un breve pasaje poético en el cual el rey alaba a este gran Dios por su dominio y majestad, procede a relatar su experiencia. Las expresiones de alabanza de Nabucodonosor constituyen una excelente lección para nosotros: También nosotros debemos alabar a Dios por las grandes cosas que ha hecho por nosotros. Ésta es una de las lecciones del capítulo 4. Tal como Dios actuó antaño en favor de Nabucodonosor, también puede actuar en favor nuestro hoy. Tal vez la forma en que obre hoy no sea la misma de cuando actuó en favor de Nabucodonosor, pero la narración en este capítulo nos asegura que Dios es poderoso y que interviene en los asuntos de la vida para el beneficio de sus hijos. Cuando lo hace, y vemos su mano en acción, debemos alabarlo como lo hiciera Nabucodonosor.

Nabucodonosor no puso fecha a este relato de cómo Dios trató con él, pero tenemos algunas indicaciones del marco de tiempo en el cual ocurrieron estos eventos. El rey reporta que se encontraba en su palacio, satisfecho y próspero. Tal descripción se aplicaría más naturalmente a un periodo intermedio de su reinado de 43 años. Durante el primer tercio de su reinado, Nabucodonosor dirigió sus ejércitos en campañas casi constantes. Durante el último tercio salió nuevamente a la guerra con su ejército. Por lo tanto, fue mayormente durante el tercio medio de su largo reinado que estuvo en prosperidad y paz, puesto que sus mayores conquistas militares ya se habían llevado a cabo para entonces.

Una noche durante este periodo próspero y pacífico, el rey estaba durmiendo en el palacio cuando le sobrevino un sueño impresionante. No era un sueño ordinario, y Nabucodonosor sintió que era de vital importancia descubrir lo que significaba. En el caso de su sueño anterior descrito en Daniel 2, Nabucodonosor no pudo recordar el contenido del sueño cuando despertó; esta vez recordó el sueño con claridad. De modo que llamó a sus sabios y adivinos, les contó el sueño y les demandó una interpretación. Nadie se lo pudo explicar al rey (vers. 7, 8).

Finalmente llamaron a Daniel. Los sabios subalternos no pudieron cumplir con la tarea, así que llamaron a su jefe. Nótese que, en un principio, Nabucodonosor se refiere a Daniel por su nombre babilónico Beltsasar. El rey le dijo a Daniel que en su sueño, había visto un gran árbol. El árbol era enorme y fuerte, y se veía de todos los extremos de la Tierra. También proveía sombra para los animales que vivían debajo de él y fruto para las aves que moraban en sus ramas (vers. 10-12).

Sin embargo, la segunda escena del sueño del rey no era tan placentera. Un ángel mensajero descendió del cielo con el decreto de que el árbol fuese cortado, incluyendo sus ramas, hojas y fruto; las aves y los animales a los que había provisto protección serían esparcidos. Pero no todo estaba perdido, por cuanto la cepa del árbol sería atada después que el árbol fuera cortado, y permanecería en el suelo (vers. 13-15).

En este punto del sueño, el ángel hizo una transición en su instrucción y explicación, trasladándose del símbolo del árbol a la realidad que el árbol representaba. El árbol claramente representaba a un hombre y su destino. El ángel indicó que el hombre así representado viviría entre los animales y las plantas del campo, tal como la cepa del árbol. La mente de tal hombre sería cambiada a la mente de un animal, tal como la de aquellos entre quienes viviría. Todo esto duraría hasta que siete “tiempos”, o años, pasaran sobre él (vers. 16, 17). Aparentemente, el castigo sería cesado, si bien el ángel no profetizó directamente la restauración del hombre al final de los siete años.

Si usted hubiera sido uno de los sabios convocados por el rey para explicar este sueño, ¿qué es lo que hubiera significado para usted? Recuerde, usted no tendría la ventaja retrospectiva que tenemos hoy cuando leemos toda la historia.

Hubiera sido claro que el sueño se aplicaba a un individuo, ya que las palabras del ángel establecieron ese hecho. Pero, ¿qué individuo? A nosotros nos parece obvio, al leer la narración hoy día, que Nabucodonosor era el hombre en cuestión. Pero, ¿habría sido esta la explicación natural que se les ocurriera a los sabios que tenían ante sí la tarea de interpretar el sueño? Probablemente no. Más probablemente, hubieran pensado inmediatamente en términos de algún enemigo de Nabucodonosor. Debido al destino del hombre del sueño, su primera inclinación hubiera sido probablemente señalar a aquel rey u oponente que le estaba dando a Nabucodonosor el mayor problema, aplicándole el sueño a ese sujeto.

Si usted hubiera sido uno de los sabios a los que se les ordenó interpretar el sueño, ¡lo último que usted habría deseado hacer era aplicar el sueño a Nabucodonosor! Después de todo, los mensajeros que traían malas noticias al rey fácilmente podían sufrir su ira. Sin embargo, los sabios probablemente no habrían pensado en esta interpretación de todas maneras. Sencillamente no se les habría ocurrido que un rey tan acaudalado, poderoso y famoso pudiera sufrir tal aflicción. En ese entonces, las enfermedades mentales eran consideradas obra de los demonios, ¿y cómo podrían los demonios afligir a un hombre obviamente tan bendecido por los dioses?

Por lo tanto, la interpretación de Daniel era contraria no solo a lo que pensaron los sabios respecto a Nabucodonosor, sino a la teología misma de su sistema de creencias. ¡Un hombre tan bendecido por los dioses no podía ser al mismo tiempo maldecido por ellos! Si las cosas le hubieran estado yendo mal para Nabucodonosor, eso indicaría que los dioses estaban enojados con él. De ser así, una interpretación tal del reino podría ser válida. Pero no ahora en un momento de paz y prosperidad.

LA INTERPRETACIÓN DE DANIEL

Cuando Daniel recibió la interpretación de este sueño del Dios verdadero, también quedó atónito (vers. 19). Tal como los otros sabios, Daniel estaba asombrado de que un destino tal pudiera ocurrirle a una figura tan prominente y poderosa. En el capítulo 1, Daniel había escrito que Dios había entregado a Joacim de Judá en las manos de Nabucodonosor (1:2). Y si Dios le había dado a Nabucodonosor control sobre el rey de su propio pueblo, ¿con cuánta más razón le entregaría aquellos reyes y reinos que Nabucodonosor había conquistado en otras partes del mundo? En su oración de acción de gracias por haberle dado el sueño y la interpretación en el capítulo 2, Daniel había alabado a Dios porque él “quita reyes, y pone reyes” (2:21). Dada la prominencia que había obtenido Nabucodonosor, ciertamente pareciera que Dios era quien lo había colocado en esa posición tan encumbrada. Claramente, Dios había exaltado a Nabucodonosor y le había dado gran poder. Pero ahora iba a mostrar el otro lado de la moneda. A aquel que él ponía, también podía deponerlo, y Nabucodonosor estaba a punto de ser depuesto. Eso era lo que dejó atónito y asombrado a Daniel respecto de la interpretación del sueño del capítulo 4. Pero a pesar de su sorpresa, siguió adelante y le dijo al rey lo que significaba el sueño.

Como Natán ante David, Daniel cumplió de mala gana su asignación. Con tacto, señaló que el sueño se aplicaba a Nabucodonosor. Pero atenuó la palabra profética con su preocupación por el rey, “Señor mío, el sueño sea para tus enemigos, y su interpretación para los que mal te quieren” (vers. 19). Antes que Dios le diera la interpretación, Daniel probablemente también pensó que el sueño se aplicaba a los enemigos de Nabucodonosor. Ciertamente eso es lo que los otros sabios habían pensado. Sin embargo, una vez que Dios le habló, Daniel no podía hacer nada más que aclarar las cosas y presentar el mensaje de Dios al rey.

Después de describir el enorme árbol, Daniel dijo, “Tú mismo eres, oh rey” (vers. 22). Esta parte del mensaje no era tan difícil porque podía extenderse en alabar la fortaleza y grandeza del rey-árbol. Pero vino la parte más difícil, que se encontraba en el segundo acto del sueño:

“Te echarán de entre los hombres, y con las bestias del campo será tu morada, y con hierba del campo te apacentarán como a los bueyes, y con el rocío del cielo serás bañado; y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que conozcas que el Altísimo tiene dominio en el reino de los hombres, y que lo da a quien él quiere” (vers. 25).

Daniel no terminó su sermón profético sin ofrecer esperanza. La profecía incluía restauración como su elemento final. Daniel concluyó con una apelación al rey, llamándolo al arrepentimiento:

“Por tanto, oh rey, acepta mi consejo: tus pecados redime con justicia, y tus iniquidades haciendo misericordias para con los oprimidos, pues tal vez será eso una prolongación de tu tranquilidad” (vers. 27).

Daniel no apeló al rey por un arrepentimiento de palabras; demandó acciones que correspondieran a la profundidad y sinceridad de su arrepentimiento. Demandó buenas acciones y restauración. En el nombre de los oprimidos, Daniel desafió a este temible conquistador que había sembrado tanta destrucción por todo el Cercano Oriente. Nabucodonosor había oprimido a otros hasta el límite; ahora tenía la oportunidad de rehacer esos males y corregirlos. Tenía el poder para hacerlo. La pregunta era: ¿Lo haría?

El sueño y el llamado del profeta apeló al arrepentimiento, la confesión y la restauración del rey. Las hazañas militares de Nabucodonosor eran sobresalientes; ¿podría ahora dejar un registro de restauración tras esas conquistas en los anales de la historia? Se necesitaría de un gran hombre, un hombre humilde para hacer eso. Pero si Nabucodonosor no era lo suficientemente humilde para hacerlo, Dios tendría que humillarlo.

LOS RESULTADOS

Los mismos reyes de Judá no se arrepentían de sus indiscreciones, mismas que los estaban llevando en picada hacia el exilio de su pueblo. ¿Podemos, entonces, esperar que un rey pagano como Nabucodonosor se arrepintiera en respuesta a la apelación de un profeta? Piense usted lo que implicaría un arrepentimiento tal.

El rey estaría admitiendo que no debería haber efectuado las conquistas que realizó; que la opresión que había impuesto sobre los varios países del antiguo Medio Oriente no debió haber sido aplicada; que no debió haber puesto en la cárcel a los prisioneros de guerra; que los exiliados, tal como el profeta que tenía delante de sí, no debieron haber sido traídos a Babilonia y que debieron haber sido devueltos a sus propias tierras. En esencia, el rey estaría diciendo que una gran parte de lo que había logrado como rey, sus más grandes proezas, estaban mal. Se hubiera necesitado ser un hombre verdaderamente humilde para admitir eso, y Nabucodonosor no tenía ni el valor ni la disposición para la tarea. No se postraría en arrepentimiento.

Si bien rechazó someterse a Dios cuando el Señor apeló a él a través de Daniel y la interpretación del sueño, Nabucodonosor recibió tiempo adicional para pensarlo. Dios le dio mucho tiempo. Le dio todo un año. Con todo, Nabucodonosor no cedía ni se arrepentía. Un año después, el rey caminaba sobre el terrado de su palacio. Tal vez hasta estaba pensando acerca del impresionante sueño que había tenido un año antes (vers. 29). Su respuesta de rechazo obstinado a la apelación del profeta se mantenía imperturbable.

Es interesante la forma en la que el rey expresó su rechazo. Lo manifestó mediante una declaración de orgullo jactancioso: “¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?” (vers. 30).

¿Había algún fundamento real para esta vanagloria? Sí, mucho. Nabucodonosor había engrandecido y embellecido Babilonia en gran escala. Antes de su tiempo, la ciudad consistía mayormente de un área más reducida —“la ciudad interior” o porción central. Nabucodonosor agregó una nueva línea de murallas exteriores. Esto trajo como consecuencia tanto el fortalecimiento de las defensas de la ciudad como el aumento de su tamaño. En el interior de estas murallas exteriores, el rey construyó un nuevo palacio. También construyó la sección occidental de la ciudad al otro lado del río Éufrates. Sabemos que fue el responsable de una buena parte de esta construcción por los miles y miles de ladrillos rotos que sobreviven en las ruinas de la antigua Babilonia y que tienen el nombre de Nabucodonosor inscrito sobre ellos.

Además de la construcción física de la ciudad de Babilonia, Nabucodonosor también transformó la nación en un imperio debido a sus conquistas políticas y militares. Su padre, Nabopolasar, se libró el yugo asirio, permitiendo a las fuerzas babilónicas emprender campañas más abarcantes. Pero fue su hijo, Nabucodonosor, quien concretó en un imperio las conquistas logradas mediante aquellas campañas.

También hay que considerar la extensión del reinado de Nabucodonosor. La fundación del Imperio Neobabilónico puede fecharse en el año 605 a.C., el año en que Nabucodonosor subió al trono. La caída de este imperio puede fijarse en el 539 a.C., el año cuando el ejército medopersa conquistó Babilonia. Siendo que Nabucodonosor reinó por cuarenta y tres años, su gobierno se extendió aproximadamente sobre dos terceras partes del total del periodo de existencia del Imperio Neobabilónico.

Por lo tanto, Nabucodonosor tenía razones concretas para glorificarse de sus logros en cuanto a la construcción de la ciudad de Babilonia, la construcción de un imperio, y la duración de su gobierno. Hay, sin embargo, otro aspecto de sus logros, un lado más oscuro. Si las prácticas asirias sirven de ejemplo, mucho de la construcción de Babilonia se llevó a cabo por obreros esclavos capturados en las distintas campañas militares. La extensión del imperio de Nabucodonosor reportó un alto costo en vidas humanas tanto de las naciones derrotadas como de sus propios soldados muertos en batalla.

Se ha creído que el reinado de Nabucodonosor fue largo e ininterrumpido. Pero ahora que poseemos los anales de sus primeros once años de reinado, sabemos que en su décimo año se levantó una revuelta contra él en Babilonia. ¡Esta revuelta fue tan seria que incluso en el palacio hubo peleas cuerpo a cuerpo en las que el mismo rey se vio involucrado! Los logros de Nabucodonosor pudieron haber sido impresionantes, pero se consiguieron mediante un alto precio para muchos de sus súbditos, algunos de los cuales no eran completamente pacíficos y del todo receptivos a su gobierno.

A pesar del sufrimiento que se pagó por sus proyectos, Nabucodonosor aún podía ufanarse de su propia grandeza y la magnificencia de sus logros. Pero los observadores celestiales registraron su orgullo y engreimiento. Toda la escena de lo que estos triunfos habían costado en términos de sufrimiento humano estaba abierta delante de Dios, y él no lo aprobaba. Nabucodonosor se estaba autoexaltando a un nivel casi divino, como la figura del rey de Babilonia que representaba al diablo en Isaías 14:12-15.

Ahora, Nabucodonosor estaba a punto de recibir su merecido castigo predicho en el sueño profético del año anterior. Ahora él sería arrojado al suelo y tomaría su lugar con los más bajos entre los bajos, con los animales mismos. Él había tenido un año completo de prueba en el cual debía arrepentirse de lo que había hecho y de su orgullo al respecto, pero no dio ese paso hacia el Dios verdadero. Ahora era el momento de ejecutar su sentencia.

El tipo de locura a la que fue sujeto Nabucodonosor es muy poco común, pero no desconocida en la práctica psiquiátrica moderna. El nombre técnico de esa conducta animal en los seres humanos, parecida a la de un lobo, es licantropía.

En vista de la situación general que existiría en el caso de un rey que estaba incapacitado de esta forma por un periodo extenso de tiempo, uno se pregunta: ¿Cómo hizo Nabucodonosor para mantener el trono a pesar de su locura? Este hubiera sido el momento ideal para que algún usurpador asesinara al demente rey y tomara el trono en su lugar.

La razón probable por la que esto no ocurrió tiene que ver con la perspectiva antigua respecto de la enfermedad mental. Ellos creían que ésta era causada por los demonios, que eran dioses menores malévolos hacia la raza humana. También creían que si se mataba deliberadamente a una persona mientras sufría de demencia, el dios demonio que había causado la enfermedad mental, caería sobre el criminal. Por tanto, nadie se arriesgaría a adquirir una enfermedad mental matando a una persona así afligida. La teología babilónica, o la psicología, probablemente protegió a Nabucodonosor durante el periodo de su incapacidad.

Varias veces el texto expresa el tiempo que duraría la locura, que era de “siete tiempos” (vers. 16, 23, 25). Por un proceso de eliminación, se puede ver que la única unidad de tiempo que encaja en la palabra “tiempos” es “años”. Así ha sido entendido desde los tiempos pre cristianos. La versión griega del capítulo 4 del libro de Daniel traduce esta palabra como “años”. Así, en el sueño de Nabucodonosor, la palabra “tiempos” significa “años”. El rey iba a estar incapacitado y demente durante siete años.

Podríamos considerar este juicio bastante severo, pero tuvo los efectos deseados. Al final del tiempo, cuando Nabucodonosor volvió a su estado normal, también volvió a la conciencia y reconocimiento del verdadero Dios (compare con 2:47; 3:8, 29). El rey reconoció a Dios en su salmo de alabanza al principio del capítulo (vers. 2, 3) y al final del capítulo (vers. 34, 35). Nótese que él glorificó y alabó al Dios de los cielos primero, antes de que hablara de la devolución de su reino y la restauración de su cargo y poder (vers. 34-36). Nabucodonosor ahora veía los asuntos divinos y humanos en su correcta prioridad. En toda esta narración, la frase conclusiva de Nabucodonosor fue: “Y él [Dios] puede humillar a los que andan [como yo] con soberbia” (vers. 37).

Una de las preguntas que hicimos al principio de este capítulo fue: ¿Fue justo Dios al juzgar a Nabucodonosor de esta manera? Ahora podemos ver que la respuesta final a esta pregunta es sí. Sí fue justo de parte de Dios. Aun Nabucodonosor mismo reconoció ese hecho al final de la historia. Cuando andaba entre los animales, probablemente no podía percibir el gran hecho central de Dios en su experiencia personal. Pero cuando fue restaurado a su sano juicio y recordó todo el asunto, ahora sí podía ver la mano de Dios en todo. En esta coyuntura de su vida, Nabucodonosor se convirtió en un creyente del verdadero Dios, en contraste con los dioses falsos del politeísmo a los que había adorado anteriormente.

Daniel, el profeta de Dios, estaba en la escena de la acción para explicar al rey lo que todo eso significaba. Al mismo tiempo, Dios continuó hablándole a Nabucodonosor. Tan severo como el juicio divino sobre Nabucodonosor pueda parecer, en última instancia produjo su conversión al Dios verdadero. Así que no es de sorprender que después del capítulo 4 no oímos nada más acerca de Nabucodonosor en el libro de Daniel. Hay un peregrinaje espiritual en el libro que cuenta la experiencia personal de Daniel, y también está la historia del peregrinaje espiritual de Nabucodonosor. Él recorrió el camino desde ser el más poderoso rey de su tiempo —un gobernante orgulloso y egocéntrico— hasta el punto donde se transformó en un creyente humilde y confiado que alababa al Dios verdadero. Al final del capítulo 4, dejamos a Nabucodonosor regocijándose en la salvación que había llegado a su casa real ese día.

LA LECCIÓN DE NABUCODONOSOR ES PARA NOSOTROS

Si bien no tenemos el poder y la autoridad personal que Nabucodonosor ejerció como gobernante, aun podemos aprender de su experiencia. Tal como él, nosotros probablemente tendemos a pensar mejor de nosotros mismos de lo que debemos. Tal como él, ensalzamos nuestros propios logros, grandes o pequeños. Su frase “¿no es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué?” aún resuena en nuestra experiencia hoy día. Esta clase de orgullo y autofelicitación no murió con la caída del Imperio Neobabilónico. Sigue viva hoy en la naturaleza humana y se sigue manifestando de varias formas. Es el fundamento de las religiones modernas del humanismo, el cual sostiene que los seres humanos son tan competentes mental y físicamente que no tenemos necesidad de ayuda de ninguna fuente exterior, inclusive Dios. Pero justo cuando llegamos a este punto en nuestra experiencia, algo viene a molestar esa autoconfianza y nos derriba en los brazos de nuestro Padre celestial, el único que puede satisfacer nuestras necesidades. El problema puede ser individual —una crisis de salud. O puede estar relacionado con la familia —la muerte de un ser querido. Puede ser algo local, una inundación o incendio, o nacional e internacional, una guerra o hambruna. Cualquiera que sea la forma que adopte la crisis, aprendemos que nuestros propios recursos son inadecuados para salir adelante. Nuestra dependencia no puede estar en el yo; tiene que estar colocada en algo mayor que nuestras habilidades. Como Nabucodonosor, tenemos que encontrar finalmente nuestra razón para vivir en algo mayor y externo a nosotros mismos. La filosofía del humanismo y nuestro orgullo humano quedan en bancarrota cuando se trata de las más profundas necesidades de nuestro ser. Encontramos nuestra más elevada posición en la vida cuando nos arrodillamos humildemente al pie de la cruz. Nabucodonosor descubrió eso, y nuestra experiencia nos guía a la misma conclusión.

A veces nos quejamos acerca de estas situaciones de prueba. “¿Por qué a mí?”, es un clamor constante cuando la tribulación nos llega. Los reveses que experimentamos en la vida puede que no sean tan directos o tan severos como los que enfrentó Nabucodonosor, pero deberían terminar con los mismos resultados. Debemos ser capaces de ver la mano de Dios que nos dirige a través de la prueba; finalmente debemos ser capaces de ver cómo Dios las ha usado para refinar nuestros caracteres y enseñarnos a confiar en él en los momentos de prueba. Al final de su experiencia, Nabucodonosor no expresó ninguna queja contra Dios por la demencia que le había sobrevenido. No fue tan severa. No duró tanto tiempo. No discutió con Dios; sencillamente se hizo atrás y alabó a Dios por el papel que había jugado en su vida.

Nosotros también deberíamos poder analizar nuestras experiencias pasadas y observar la forma en que Dios nos ha guiado. Debidamente comprendido el pasado, no cambiaríamos nada de lo que la providencia permite que llegue a nuestras vidas, aunque algunos episodios puedan ser duros y dolorosos. Cuando llegamos al punto final a que llegó Nabucodonosor, la severidad de esas experiencias se desvanece y es transformada en alabanza a ese Dios que nos ha guiado, aun en medio del valle de sombra.

EL BANQUETE

Daniel 5 inicia con Belsasar preparando un banquete. Esto puede parecer extraño cuando uno recuerda que en el momento en que Belsasar ordenaba el banquete, ¡una división del ejército persa estaba fuera de las murallas, sitiando a la ciudad! ¿Acaso no era este un momento insensato para celebrar?

Así pareciera al principio, pero a la luz de todas las líneas de defensas detrás de las cuales este banquete ocurriría, podemos apreciar mejor la confianza que Belsasar tenía en sí mismo. Babilonia era defendida por dos conjuntos de murallas, la muralla exterior y la muralla interior. Ambas eran, en realidad, murallas dobles. Los dos muros interiores eran de 3,65 metros y 9,14 metros de grosor respectivamente. Los dos muros que componían la muralla exterior tenían 7,30 metros y 8 metros de grosor. Por lo tanto, cualquier enemigo que quisiera introducirse a la ciudad interior, donde estaban ubicados el palacio y el templo principal, tenía casi 26 metros (86 pies) de murallas que atravesar o trepar, y éstas venían en cuatro diferentes secciones, todas ellas bien defendidas. ¡Con razón Belsasar se sentía tan seguro como para realizar un banquete a pesar del ejército que acampaba fuera de la ciudad!

Los invitados a este banquete incluían la clase alta de la sociedad oficial de Babilonia: mil aristócratas o nobles del reino. El rey también invitó a su esposa, sus esposas secundarias, las concubinas del harén real (5:1, 3), y posiblemente a su madre —la reina del versículo 10—, aunque ésta puede ser una referencia a la esposa principal de Belsasar.

El banquete incluía mucha bebida, tanto vino como probablemente cerveza (vers. 2). Los babilonios eran famosos por la cerveza que hacían, y se han encontrado algunas tablillas que describen el proceso que seguían para hacerla. La cerveza es lo que probablemente la Biblia llama “bebida fuerte” y que condena más aun que el vino fermentado. Las estadísticas modernas de crímenes y accidentes automovilísticos demuestran que el alcohol ha tenido que ver en un gran porcentaje de tales situaciones, con resultados desastrosos. El alcohol es una droga que afecta las facultades de juicio en la mente humana y sus patrones superiores de pensamiento moral. Belsasar no fue la excepción a este efecto.

El rey fue más allá del mero hecho de celebrar un banquete en el cual se bebió bastante. Hizo traer los vasos que habían sido tomados del templo de Yahweh, o Jehová, en Jerusalén para utilizarlos como recipientes para beber alcohol (5:3; véase también 2 Rey. 24:12, 13). Posiblemente Belsasar usó vasos de los templos de otros dioses del Cercano Oriente también. En el uso que les dio a esas vasijas se observa claramente el desprecio a Dios, de cuyo templo provenían.

La acción de Belsasar de beber usando los vasos del templo también involucraba ciertas creencias teológicas. Según la teología babilonia, existen muchos dioses en el cielo. Estos dioses actuaban en la Tierra mediante sus representantes, de modo que cuando ocurría cierto evento en particular en la Tierra, quería decir que la misma acción había ocurrido en el reino de los dioses. Por ejemplo, cuando Babilonia se apuntaba una victoria sobre alguno de sus enemigos, eso indicaba que en el cielo, Marduk, el dios de Babilonia, había derrotado al dios de ese país. Por lo tanto, los eventos terrenales reflejaban lo que ocurría entre los dioses. Así que, para Belsasar, beber de los vasos que provenían del templo de Yahweh era una expresión, para él, de la superioridad de su dios sobre el Dios de los judíos. Desafortunadamente para Belsasar, su teología era falsa; en realidad se estaba involucrando en un acto de blasfemia contra el verdadero Dios.

LA ESCRITURA EN LA PARED

La respuesta divina a este acto de blasfemia por parte de Belsasar y sus nobles fue enviada en forma de una profecía escrita sobre la pared del salón del trono o la cámara de audiencias en la que se celebraba el banquete (vers. 5, 6). Gracias a la pala de los arqueólogos, tenemos una muy buena idea de dónde ocurrió esto. El área del palacio de Babilonia se localizaba cerca del gran pórtico de Ishtar, sobre el lado norte de la ciudad interior. Viniendo del sur por la vía procesional, un viajero podía pasar a través de la puerta y girar a la derecha hacia el Éufrates para entrar al área del palacio. Los edificios del palacio estaban arreglados alrededor de un patio central; el edificio sobre el lado sur era uno en el cual el rey celebraba audiencias, y probablemente fue el edificio en el que Belsasar tuvo su banquete.

El exterior de este edificio estaba cubierto con ornamentos y detalladas figuras enmarcadas en ladrillos esmaltados. Entre las figuras representadas había leones reminiscentes de la primera “bestia” de Daniel 7:4, que representaba a Babilonia. Las paredes del interior del edificio, sin embargo, eran todas de color blanco, de modo que cualquiera que haya sido la tinta con la cual escribiera la mano, las letras se habrían destacado claramente contra ese fondo.

Belsasar, y sin duda sus nobles también, quedaron conmocionados cuando la escritura apareció en la pared. En su terror, se “debilitaron sus lomos”, y “el rey palideció” (vers. 6). Todos en el salón estaban asombrados. Naturalmente, todos se preguntaban qué significaba la extraña escritura. Se dio inicio a una búsqueda inmediata de alguien que pudiera leer la misteriosa escritura. Los sabios de Babilonia vinieron, pero no pudieron ofrecer una respuesta (vers. 7-9).

Entonces la reina (vers. 10), probablemente la reina madre de Belsasar, se acordó de los días antiguos, medio siglo antes, cuando Daniel había servido en la corte como sabio superior a los otros sabios de Babilonia. Daniel había sido capaz de descifrar los misterios de los sueños de Nabucodonosor, por lo menos en dos ocasiones, y esto se quedó grabado en la memoria de la reina madre. A petición suya, Daniel fue convocado (vers. 10-13).

La conversación que siguió entre Daniel y Belsasar trató tres puntos principales. Uno, por supuesto, era la interpretación de la escritura en la pared. Como prefacio, sin embargo, Belsasar hizo una oferta a cualquiera que pudiera interpretar la escritura. Propuso que esa persona fuera el tercer gobernante en el reino y darle las prendas y emblemas de ese oficio (vers. 16).

¿Por qué ofrecería Belsasar convertir al individuo que tuviera éxito en el “tercero” en el reino? Sería mucho más natural ofrecer hacerlo el “segundo”, o simplemente concederle grandes honores. Pero un ofrecimiento de la “tercera” posición en el reino suena extrañamente específico. ¿Por qué el “tercer” puesto?

Todo queda aclarado cuando entendemos la situación política en Babilonia en ese tiempo. El reinado de Babilonia estaba involucrado en un arreglo inusual justo en ese entonces. El rey oficial era Nabonido, el padre de Belsasar. Pero debido a su extensa ausencia del reino, había hecho a Belsasar corregente. En sus propias palabras, le “había confiado el reino a él [Belsasar]”. Por diez años, mientras Nabonido se hallaba fuera en Tayma, Arabia, Belsasar permaneció en Babilonia para administrar el reino.

Ahora, sin embargo, Nabonido había regresado. Pero la situación se había tornado más amenazadora de como estaba cuando se fue a Arabia. Con el asalto de los medos y persas a la frontera oriental del imperio, Babilonia estaba en peligro de derrumbarse. Dos gobernantes eran vitalmente necesarios en ese tiempo: uno en el campo para enfrentar el ataque del enemigo, y el otro en la capital para mantener seguro el control del reino. Nabonido tomó el papel de comandante en el campo y dirigió una división del ejército de Babilonia al río Tigris para enfrentar a Ciro y sus tropas. Belsasar permaneció en la ciudad con otra división del ejército para proteger la capital. Nabonido fue derrotado en el día decimocuarto de Tishri, y la ciudad de Babilonia cayó ante el ejército persa dos días después. Mediante el uso de cálculos realizados por astrónomos y asiriólogos modernos, el día que cayó Babilonia puede identificarse en términos de nuestro calendario como el 12 de octubre del 539 a.C.

Esto explica el ofrecimiento de Belsasar de la “tercera” posición en el reino a cualquiera que pudiera interpretar la escritura en la pared. Nabonido ocupaba la primera posición como rey titular. Como corregente, Belsasar era el segundo en el reino, y el intérprete exitoso sería elevado a la tercera posición, la de primer ministro, a las órdenes de estos dos reyes.

Posteriormente, los historiadores perdieron el conocimiento de esta situación e, incluso, de la existencia de Belsasar. Solo un habitante de Babilonia en el siglo sexto a.C. podría haber sabido de ese extraño arreglo y usó esa específica, aunque irregular, designación de “el tercer señor en el reino” (vers. 16, el énfasis es nuestro). Daniel recibió ese honor porque interpretó la escritura (vers. 29), pero ocupó el cargo solo por pocas horas. Luego el ejercito persa conquistó la ciudad y Belsasar fue asesinado (vers. 30).

La última parte de la entrevista entre Daniel y Belsasar implicaba el conocimiento de Belsasar de la historia reciente de Babilonia. Daniel refirió a Belsasar al caso de Nabucodonosor y los resultados de su orgullo según se lo bosqueja en el capítulo 4. No solo Daniel recordó esta experiencia a Belsasar, sino que temerariamente le declaró que debía haberle prestado atención. Debió haber sido un ejemplo instructivo para Belsasar, pero no se humilló (vers. 18-21).

Si Belsasar hubiera tomado en cuenta la experiencia de Nabucodonosor, nunca hubiera cometido el sacrilegio de beber de los vasos del templo de Yahweh. La experiencia de Nabucodonosor debió haberle enseñado a respetar al Dios verdadero cuyo poder y fuerza podían humillar al más grande gobernante del reino. Pero escogió ignorar esta advertencia. “Tú… no has humillado tu corazón, sabiendo todo esto”, dijo Daniel, acusando al rey (vers. 22). Belsasar estaba pecando contra la luz y el conocimiento; no se hallaba en la oscuridad e ignorancia respecto al verdadero Dios (vers. 22-24).

De hecho, Belsasar y su padre, Nabonido, habían escogido deliberadamente adorar otros dioses. Adoraban no solo a Marduk, el dios regular y prominente de Babilonia, sino también a Sin, la diosa de la Luna. Nabonido era un devoto especial de esta diosa. Seleccionó templos de la diosa de la Luna para reconstruir y remanufacturar en Siria como en Babilonia. Incluso construyó un templo para Sin en Arabia.

Resulta interesante ver esta conexión con la diosa de la Luna a la luz de los eventos ocurridos en Babilonia esa noche de octubre que la ciudad fue tomada. El asalto final persa contra Babilonia comenzó en la noche del día decimoquinto de Tishri y fue completado por la mañana del día decimosexto (el día babilónico se extendía de puesta de sol a puesta de sol). En la noche del decimoquinto día de un mes lunar como Tishri, la Luna llena habría estado radiante. Por lo tanto, Babilonia cayó cuando Sin, la diosa de la Luna, estaba en su apogeo. Aunque había sido elevada por Nabonido a una posición de prominencia en el panteón babilónico, la diosa de la luna no tenía poder contra el decreto de Yahweh, el verdadero Dios, quien había predicho la derrota de Babilonia por los medos y persas. Quedó claro que el poder de Dios es soberano sobre todos los elementos de la naturaleza y el hombre. Nada podría desviarlo del cumplimiento de sus propósitos; ciertamente no el poder (¡o debilidad!) de la falsa diosa de la Luna.

Estos eventos ponen de manifiesto otro detalle interesante en términos del calendario. El mes de Tishri era el séptimo mes tanto del calendario judío como del babilónico. La fiesta hebrea del Yom Kippur, el Día de la Expiación, ocurría en el día décimo de Tishri. En otras palabras, el Día de la Expiación judío ocurrió justo cinco días antes de la caída de la ciudad de Babilonia. Cuando Daniel leyó la escritura en la pared, interpretó el significado de la tercera palabra ahí escrita, tekel, como queriendo decir: “Pesado has sido en balanza, y fuiste hallado falto” (vers. 27). El verbo aquí se encuentra en tiempo pasado: “pesado has sido”. ¿Cuando pudo Dios haber emitido semejante juicio contra Babilonia? De todos los días en el calendario judío, el Día de la Expiación era el día del juicio por excelencia. Era un día de juicio en el campamento del antiguo Israel, y aún es considerado como un día de juicio en los ritos modernos de la sinagoga. No habría tiempo más apropiado para que Dios pronunciara juicio sobre Babilonia y Belsasar que el Día de la Expiación, el cual precedió a la caída del reino por solo cinco días.

En realidad fueron cuatro palabras las que se escribieron sobre la pared (vers. 25). Las primeras dos eran la misma pero repetida: mene. Esta palabra significaba, según Daniel: “Contó Dios tu reino, y le ha puesto fin” (vers. 26). Es interesante que esta palabra fuera repetida. Esto puede ser significativo en términos de los dos gobernantes Nabonido y Belsasar, quienes gobernaron juntos sobre el mismo trono al mismo tiempo. El uno no sobreviviría al otro para continuar gobernando; el reino de los dos vendría a su fin a la misma vez: Belsasar a través de la muerte, y Nabonido a través de la derrota y el exilio.

Ya hemos visto la tercera palabra escrita en la pared, tekel, y su significado. Uparsin, la cuarta y última palabra, hablaba del poder que recibiría el reino cuando la dinastía caldea cayera. Uparsin se refería a los persas; el Imperio Medopersa se expandiría e incorporaría en sí lo que anteriormente pertenecía a Babilonia. O como Daniel lo había interpretado, “Tu reino ha sido roto, y dado a los medos y a los persas” (vers. 28).

La conquista de Babilonia por el ejército medopersa es descrita por el historiador griego, Herodoto, quien visitó la región un siglo después de los acontecimientos. Los habitantes le contaron que los persas desviaron el río Éufrates y luego marcharon hacia la ciudad por el lecho del río, evitando así el intrincado sistema de murallas de la fortaleza (The Histories [Las historias], tomo 1, pp. 189-192). Todo esto ocurrió en Tishri, el mes que llamamos octubre. Ese es el mes en el que el río Éufrates está a su nivel más bajo. Por lo tanto, no resulta enteramente claro cuánta agua tuvieron los persas que desviar del río. De cualquier manera, lograron entrar a la ciudad a través del lecho del río.

Aún quedaba el obstáculo de las puertas de la ciudad en los muelles a los lados del río. Probablemente su defensa no era muy pesada, pero los persas con todo tendrían que haberlas abierto a la fuerza. La pregunta es ¿cómo?

La teoría más prevalente es que un grupo de traidores en la ciudad, compuesto de babilonios disgustados con el gobierno de Nabonido, estuvieron dispuestos a abrir las puertas para sus libertadores. Nabonido era un rey impopular, y existen textos, escritos después de la caída de Babilonia, que incluso sugieren que estaba loco. Desde luego, esto bien puede ser propaganda medopersa para asegurar una aceptación rápida entre el populacho. Pero una respuesta de cómo los persas pudieron abrir una brecha en las murallas de la ciudad a lo largo del río es que traidores dentro de la ciudad voluntariamente las abrieron.

Puede sugerirse otra posibilidad, partiendo de Isaías 45:1-3, donde Dios promete ir delante de las tropas de Ciro y entregar a Babilonia en sus manos:

“Así dice Jehová a su ungido, a Ciro, al cual tomé yo por su mano derecha, para sujetar naciones delante de él y desatar lomos de reyes; para abrir delante de él puertas, y las puertas no se cerrarán: Yo iré delante de ti, y enderezaré los lugares torcidos; quebrantaré puertas de bronce, y cerrojos de hierro haré pedazos; y te daré los tesoros escondidos, y los secretos muy guardados, para que sepas que yo soy Jehová, el Dios de Israel, que te pongo nombre”.

Esta singular profecía ha sido una piedra de tropiezo para los intérpretes críticos de la Biblia. Ellos no pueden ver cómo Isaías, quien vivió en el siglo octavo a.C., podría profetizar tan específicamente respecto de estos eventos que no ocurrieron sino hasta el siglo sexto a.C. La profecía incluso llama a Ciro por nombre casi dos siglos antes de que él realizara estos hechos. A fin de ajustar estos hechos con su entendimiento de cómo las Escrituras fueron escritas, algunos intérpretes hipotetizaron un “segundo Isaías” que vivió en el siglo sexto a.C., y que habría conocido de estos eventos y el nombre de Ciro.

Para aquellos que creen que la Escritura es inspirada por Dios, sin embargo, esta profecía sencillamente es una evidencia de su destacada presciencia y de cómo Dios decidió dar este conocimiento a sus siervos los profetas. Con tales evidencias de que Dios habla a través de sus profetas, ¡qué fe deberíamos tener en la Palabra de Dios dicha mediante ellos!

Cuando Dios profetiza eventos que han de ocurrir en la historia humana, puede valerse de una variedad de medios para producirlos. Puede simplemente prever lo que los actores humanos harán en el escenario de la historia, pero en otras ocasiones Dios interviene más directamente. Vemos esa intervención claramente en ciertos lugares en el libro de Daniel, especialmente en los capítulos 3 y 6, los cuales estudiaremos en el siguiente capítulo de esta obra.

En el capítulo 5, la misteriosa escritura que apareció a Belsasar en la pared era un claro ejemplo de la intervención directa y milagrosa de Dios en la experiencia humana. Todos los presentes en la fiesta supieron que esa escritura era sobrenatural en su origen. Ningún artista babilónico pintó esas palabras en la pared; fue, o bien un ángel o Dios mismo. Y si Dios intervino tan directamente en el palacio de Belsasar, entonces existe la distinta posibilidad de que él o su ángel actuara de manera similar con los cerrojos de las puertas del río hacia la entrada de la ciudad.

Ciertamente Dios envió a su ángel a que abriera milagrosamente las puertas de la prisión para libertar a Pedro (Hechos 12:10). Entonces, quizás no fueron los traidores babilonios quienes abrieron las puertas del río después de todo; quizás fue el mismo ángel que había escrito en la pared del palacio poco antes. Si una acción sobrenatural ocurrió en el palacio, no es difícil concebir que sucediera otra acción sobrenatural poco después y a corta distancia. Tal vez Dios no confió en la mano humana para hacer cumplir su palabra a Isaías respecto de Ciro; quizás él mismo actuó para cumplir su propia palabra, tal como afirmó que lo haría.

LOS RESULTADOS

Los eventos de esa noche histórica terminaron con varios resultados significativos. Belsasar fue depuesto y asesinado (Dan. 5:30). Aunque la profecía de la escritura en la pared tenía amplias implicaciones políticas, antes que nada era una profecía personal para Belsasar. Para él, la profecía significó su propia caída individual. “La misma noche fue muerto Belsasar rey de los caldeos” (vers. 30) al entrar las tropas persas en el indefenso palacio. El historiador griego, Xenofón (Cyropaedia VII, V, 24-32), confirma la declaración bíblica. Él no se refiere a Belsasar por nombre, pero relata cómo se estaba celebrando un banquete en el palacio babilónico esa noche y que fue muerto un rey de Babilonia. También narra por qué fue muerto ese rey. En un viaje de cacería, Nabonido, el rey titular de Babilonia, había matado anteriormente al hijo de Gobrias, el general persa que dirigiría las tropas a la ciudad la noche que Babilonia fue conquistada. En venganza por la muerte de su hijo, Gobrias mató al hijo de Nabonido.

Pero más importante que el destino de Belsasar fue el destino de las naciones acaecido esa noche. Las fortunas cambiantes de la historia se alejaron de Babilonia para coronar a Persia como el siguiente gran imperio mundial. Medo-Persia extendería sus fronteras aun más allá de lo que lo hizo Babilonia. La ciudad de Babilonia fue incorporada al Imperio Persa y por algún tiempo sirvió como una de las ciudades capitales de invierno para los reyes persas. Cuando Babilonia finalmente se rebeló contra Jerjes (el Asuero del libro de Ester) en el 482 a.C., éste apagó la revuelta con tal violencia que la ciudad comenzó a perder importancia desde ese entonces. El primer paso en la caída de Babilonia del poder, sin embargo, ocurrió al momento de la conquista medopersa en el 539 a.C.

El libro de Daniel integra historia y profecía. Las grandes líneas de historia profética que Daniel bosquejó están arraigadas en la historia de su tiempo. El primer poder mundial del cual las profecías en Daniel capítulos 2 y 7 hablaron fue Babilonia, representado por la cabeza de oro en el capítulo 2 (vers. 32, 38) y por el león en el capítulo 7 (vers. 4). Daniel mismo vivió bajo el poder mundial de Babilonia (capítulos 1-5, 7, 8), y continuó viviendo para prestar servicio bajo los potentados persas también (capítulos 6, 9-12). De modo que Daniel mismo vio el cumplimiento de la primera parte de estas grandes profecías que Dios le dio.

Daniel reconoció esta transición de imperios mundiales de forma interesante y sutil en sus palabras a Belsasar esa noche final antes de la caída de Babilonia. El profeta le señaló a Belsasar que el rey había dado “alabanza a dioses de plata y oro, de bronce, de hierro, de madera y de piedra” (vers. 23). Esta secuencia tiene un sonido familiar para el lector de la profecía dada en Daniel 2. Allí, la gran imagen estaba hecha de oro, plata, bronce, hierro, y barro cocido, seguido por una gran piedra (2:31-35). Aparte del hecho de que Daniel sustituyó la “madera” por el “barro cocido”, la secuencia es la misma en sus palabras a Belsasar en la noche de la transición del reino de oro de Babilonia al imperio de plata de Medo-Persia. Sin embargo, Daniel hizo una variación interesante aquí en el capítulo 5, porque cuando comenzó a enumerar estos metales, colocó primero la plata antes que el oro. ¿Por qué esta alteración menor aunque significativa? Porque el cumplimiento de la profecía dada en el capítulo 2 en realidad estaba ocurriendo esa noche; la plata estaba sucediendo al oro, y Daniel da a entender esto en su discurso al rey.

LECCIONES DE NATURALEZA PERSONAL

En esta narración pueden hallarse profundas verdades espirituales de naturaleza personal aparte de las lecciones históricas y proféticas presentes. Miramos hacia atrás, a Belsasar, con una visión retrospectiva de 20/20 y decimos, “¡Qué hombre tan insensato! ¿Cómo pudo haber ido contra la palabra del profeta y el ejemplo proporcionado por la experiencia de su abuelo Nabucodonosor?”

Tal vez debamos mirar a Belsasar con un poco más de piedad, no para excusar su blasfemia, sino para tomarla en serio como un ejemplo para nosotros. ¿no será que nosotros también hacemos caso omiso a las palabras de los profetas y los ejemplos obvios de la actividad de Dios en la historia pasada para aferrarnos neciamente a nuestros propios caminos? En nuestras vidas, ¿han caído dichas palabras y acciones en oídos sordos y ojos ciegos? Puede que no seamos culpables de blasfemia e idolatría crasas como lo fue Belsasar, pero nuestros propios caminos perversos pueden igualmente frustrar la gracia de Dios.

Belsasar despreció la misericordia y la gracia de Dios, extendida a la casa real de Babilonia desde el tiempo de Nabucodonosor. La gracia de Dios también les fue extendida a nuestros ancestros, pero ese no es el caso. El caso es si nosotros hemos aceptado la gracia de Dios en nuestro favor y hemos ajustado nuestra vida según ellas, en vez de volvernos a nuestros caminos. Dios quiera que el ejemplo insensato de Belsasar nos evite hoy caer en caminos similares.

Hay lecciones concernientes al juicio en este capítulo. Dios lleva las cuentas de las naciones y los individuos. Babilonia y Belsasar fueron pesados en la balanza del juicio y fueron hallados faltos (vers. 27). En un extremo de la balanza se colocaron la misericordia y la justicia de Dios; en el otro, la rapacidad, violencia y orgullo de Babilonia y Belsasar. La misericordia de Dios sobrepasaba con mucho el orgullo de Belsasar, pero él escogió no aceptar esa misericordia. El juicio no es un tema popular en el mundo moderno. Por lo menos, no los juicios de Dios. Queremos nuestra debida porción de justicia en la corte, pero cuando se trata de enfrentarse a Dios, preferiríamos un Dios que no nos llame a cuentas. Preferiríamos evadir nuestra responsabilidad moral a toda costa si fuera posible. El tema del juicio divino no era más popular en el tiempo de Daniel, Jeremías o Ezequiel de lo que es en nuestros días. Si los profetas del Antiguo Testamento nos enseñan algo, es que en todas las edades una porción significativa del pueblo de Dios ha tratado de evadir su responsabilidad moral y así escapar del juicio de Dios.

Jesús ilustró este mismo elemento en su parábola del hombre rico que derribó sus graneros para construir otros mayores. Este hombre vivía su vida según el principio de la avaricia. Quería establecer más y más empresas. Entonces llegó la fatídica noche: “Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma” (Luc. 12:20). Esa era también la condición de Belsasar. También podría ser la nuestra, pero no necesita ser así.

En el otro extremo, vemos el ejemplo espiritual de Daniel. Permaneció de pie delante del rey confiado en el Dios a quien servía. Había recibido la palabra del Dios viviente, por lo tanto no necesitaba temer a la palabra de ningún rey, sin importar cuán poderoso fuera. Bien fuera distinguido con altos cargos (como lo fue por Nabucodonosor y Belsasar) o echado al foso de los leones (como lo fue por Darío) la fe de Daniel y su confianza en Dios permanecieron sólidas. Poco importaba a Daniel si los babilonios o los persas controlaban el mundo. Tales detalles no alteraban sus hábitos de oración o su integridad personal en lo más mínimo. Independientemente de cómo soplaran los vientos políticos del mundo, Daniel permaneció como la brújula al polo, fiel a su deber y a su Dios. Nuestro ejemplo a seguir en el capítulo 5 no es Belsasar, sino Daniel. Belsasar provee una advertencia de un camino que no debemos seguir; Daniel señala el sendero de la fe y la confianza que nos lleva al reino de Dios.

Por la fe, Daniel reconoció que no importa cuáles ejércitos resultaran triunfantes o cuáles reinos se establecieran en un momento particular, la historia aún seguía bajo el control de Dios. Ultimadamente, la historia avanzaba hacia la meta trazada por Dios. Y la fe de Daniel se hizo realidad al cumplirse el primer paso de las grandes profecías cuando los persas conquistaron a Babilonia.

Nosotros nos encontramos hoy al otro extremo de la línea. En términos del capítulo 2 de Daniel, estamos en la misma base de la estatua, entre los pies y los dedos, en el tiempo del hierro y el barro cocido. Estamos en espera del siguiente y último paso: el establecimiento del reino de la piedra, el reino de Dios. Podemos mirar hacia atrás en la historia y ver que los reinos de las bestias en Daniel 7 se han levantado y se han caído tal como lo predijo Dios. Cuánta más fe y confianza en Dios deberíamos tener hoy día, en que él conoce el futuro y lo ha revelado a sus siervos los profetas.

LECCIONES DE NATURALEZA HISTÓRICA

No solo podemos tener confianza en el futuro profético según nos fue revelado a través de Daniel, sino que podemos tener confianza en la palabra histórica que el libro de Daniel nos comunica también. Los críticos de la Biblia han intentado socavar la exactitud histórica de Daniel y, por lo tanto, socavar la exactitud profética. Ese intento ha fracasado, y en ningún lugar ha sido más evidente dicho fracaso que en el capítulo 5.

Primero, los críticos negaron que siquiera existió una persona como Belsasar. Pero las tablillas que salieron de las excavaciones en Mesopotamia demostraron su existencia, su posición política, y por qué el libro de Daniel lo evalúa en la forma que lo hace.

Un examen más cuidadoso del ambiente histórico de este capítulo revela cuán preciso y exacto era el conocimiento de la Babilonia del siglo sexto a.C. que el escritor tenía. Podemos hacerle una pregunta bien específica a Daniel: “¿Quién era el rey en el palacio la noche que la ciudad cayó en manos de los persas?” Ese sería un buen punto para atrapar a un escritor posterior en cuanto a los detalles de un conocimiento impreciso. Basados en la información preservada mediante los historiadores clásicos, la respuesta habría sido “Nabonido”. Como el último rey oficial conocido de Babilonia, él debería haber sido el monarca para quien Daniel interpretó la escritura.

Pero el escritor de Daniel no colocó erróneamente al bien conocido Nabonido en el palacio aquella noche. Más bien, puso allí al virtualmente desconocido Belsasar. Daniel no hace mención de Nabonido. Si se celebró un banquete en el palacio y Nabonido se encontraba en la ciudad, él ciertamente habría asistido. Sin embargo, Daniel no hace mención de su presencia. ¿Por qué no? ¿Dónde estaba Nabonido? No sabíamos las respuestas a estas preguntas hasta que los arqueólogos excavaron la tablilla que ahora conocemos como la Crónica de Nabonido. Esa tablilla nos indica claramente dónde estaba Nabonido y por qué no estaba en la ciudad. Se había llevado a otra división del ejército babilónico al río Tigris, donde peleó contra Ciro y su ejército en una ciudad cercana llamada Opis. Dos días antes que la ciudad de Babilonia cayera, el ejército de Nabonido fue derrotado en el campo de batalla por las tropas persas de Ciro. Nabonido huyó y no regresó a la ciudad de Babilonia hasta después, cuando la ciudad estaba ya en manos persas. Así que Daniel 5 está en lo correcto al ignorar a Nabonido. Él no estaba en Babilonia la noche que ésta cayó.

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