Kitabı oku: «Maldito desde la cuna»
WILLIAM S. BURROUGHS Jr., hijo del famoso escritor William S. Burroughs, murió en 1981 a la edad de treinta y cuatro años, masacrado por las drogas y el alcohol, a causa de un fallo hepático. A muchos, incluido Allen Ginsberg, su padrino, les sorprendió que viviese tanto. Tenía todas las apuestas en contra. Criado por sus abuelos paternos después de que su padre matase accidentalmente de un disparo a su madre en México, su vida, una anfetamínica sucesión de estancias en reformatorios, calabozos, hoteles de mala muerte, bares, quirófanos y clínicas de desintoxicación, desde los cayos de Florida hasta las costas de Alaska, transcurrió bajo la sombra alargada de la Generación Beat, a la que en alguna ocasión describió como un barco que le dejó tirado en el muelle. «Y había una fiesta a bordo; podía oír la música mientras se alejaba». Escribió tres novelas. Speed (1970), Kentucky Ham (1973) y la inconclusa Prakriti Junction, de cuyo manuscrito original partió el escritor David Ohle para componer Maldito desde la cuna, la obra que ahora tienes en tus manos.
MALDITO DESDE LA CUNA
La vida corta e infeliz de William S. Burroughs Jr.
MALDITO DESDE LA CUNA
La vida corta e infeliz de William S. Burroughs Jr.
William S. Burroughs Jr.
Edición David Ohle
Traducción Javier Lucini

Título original:
Cursed From Birth The Short, Unhappy Life of William S. Burroughs Jr.
Soft Skull Press
Brooklyn, NY 2006
Primera edición:
Junio 2015
© The Williams S. Burroughs Trust, 2006
All Rights Reserved.
© 2015 de la traducción: Javier Lucini
© 2015 de esta edición: Dirty Works S.L.
Asturias, 33 - 08012 Barcelona
www.dirtyworkseditorial.com
Diseño y maquetación: Rosa van Wyk y Nacho Reig
Ilustración: Iban Sainz Jaio
Desde Dirty Works queremos darle las gracias, por la ayuda, la inspiración y el entusiasmo, a Servando Rocha, un auténtico caballero sureño.
Así mismo, el traductor desea expresar su agradecimiento a Tomás González Cobos, por su ojo crítico y sus buenos consejos; gracias, Tom.
ISBN: 978-84-19288-00-4
Producción del ePub: booqlab
Índice
Agradecimientos
Nota del editor
Informe de un caso de The American Journal of Psychiatry, agosto 1979
1. Hijo de El almuerzo desnudo
2. Llevadme a borracho, estoy casa
3. Un hígado del tamaño de Baltimore
4. Pasando a otro nivel
Agradecimientos
Ciertas partes de este libro fueron publicadas previamente en Bombay Gin, Boulder: Instituto Naropa, 1978 («Material del Viejo Diario», por Burroughs Jr.); Creem, Nueva York: abril 1974, p.54 («Solo porque Allen Ginsberg medite no significa que sea estúpido», por Burroughs Jr.); The American Journal of Psychiatry 136:8, agosto 1979 (Informe de un caso de «Problemas de compatibilidad de un hígado trasplantado», por Stephen L. Dubovsky, M.D., Jeffrey L. Metzner, M.D. y Richard B. Warner, M.D.).
Por sus contribuciones a este libro, el editor desea expresar su gratitud al fallecido Allen Ginsberg, que atesoró los papeles de William Burroughs Jr. en Boulder y en Denver después de su muerte; a Bonnie Schulman y a los demás mecanógrafos voluntarios del Instituto Naropa, que pasaron a máquina la colección de Ginsberg; a Richard Elovich, que más adelante organizó los documentos de la colección y llevó a cabo entrevistas con William S. Burroughs, James Grauerholz, Anne Waldman, Michael Brownstein, George von Hilsheimer, Allen Ginsberg y otros; a James Grauerholz, sin cuya prodigiosa comprensión de los hechos y su generosa ayuda y guía en cada una de las etapas del proyecto, la historia de Billy no habría podido contarse; a Lucille Marino, cuya lectura crítica y atenta de la versión final vertió luz in extremis sobre muchos rincones oscuros; y a todas las personas cuyas voces se escuchan a lo largo de estas páginas.
Nota del editor
Cuando William Burroughs me invitó a editar Prakriti Junction, el manuscrito de su difunto hijo, me dijo que, al igual que los otros dos libros de Billy, Speed y Kentucky Ham, se trataba de una obra autobiográfica y versaba sobre su malogrado matrimonio, sus amores posteriores, las adicciones terminales y los sufrimientos, dignos de Job, que padeció durante las grotescas secuelas de un trasplante de hígado. Aunque nunca llegué a conocer a Billy Jr., había leído recuentos y escuchado muchas historias de gente que sí le conoció acerca de su breve y lamentable vida.
Al enfrentarme por primera vez al manuscrito original, almacenado entre las cerca de trescientas cajas de expedientes de los archivos de su padre en Ohio State, Columbus, descubrí que se trataba de sesenta páginas mecanografiadas que glosaban precipitadamente y muy por encima los últimos quince años de su vida, un surtido de lo que (vagamente) él denominaba poemas, así como una azarosa colección de notas, pensamientos y frases redactadas a vuelapluma durante largas estancias en hospitales y convalecencias ambulatorias.
En sus últimos años, Billy estuvo demasiado enfermo, demasiado alterado por la prednisona, demasiado borracho, demasiado drogado (o privado de drogas) para emprender un proyecto de escritura coherente y prolongado, y eso resultaba obvio en el manuscrito de Prakriti.
Pero a medida que fui cribando los contenidos de las tres cajas de archivos que atesoraban los restos de la vida de Billy (incluyendo la pulsera del hospital, varias cintas de audio y unas cuantas fotografías), una historia cautivadora fue emergiendo de sus cientos de cartas (tanto enviadas como no enviadas, algunas salpicadas con gotas de sangre seca), de sus docenas de cuadernos y blocs, e incluso de fragmentos de papel recortados de bolsas de la compra con su letra retorcida y a menudo casi indescifrable. Presumiblemente, estos apuntes obsesivos supusieron una liberación temporal de los horrores y los apuros que siguieron a su trasplante, algo de lo que ocuparse en las noches de insomnio y los días de inactividad en Denver cuando, sumido ya en una total agonía física y mental, solo le quedaba esperar a la muerte.
También entre los papeles había numerosas cartas dirigidas a su padre o remitidas por este, y testimonios sobre su vida y su muerte de Allen Ginsberg, Anne Waldman, William Sr., James Grauerholz (el viejo amigo y editor de su padre), de sus amigos «callejeros» y de otras personas que le conocieron. Asimismo, se incluía una entrevista con su psicoterapeuta, su historial médico, un informe del caso, los papeles del divorcio, otros documentos legales e incluso la factura de su cremación. Y más de una solicitud de un poco de ayuda para hacer que su historia viese la luz, como esta en que dice: «Querido Quienquiera (considero querido a cualquiera interesado en mis “deposiciones” literarias), siento sinceramente no haber podido llegar al final, pero créeme, he dejado atrás un considerable material escrito […] que, cuando se ponga en orden, podrá dar evidencia casi fotográfica de: un viajero desde su juventud en Palm Beach, a través de los años sesenta, un matrimonio y […] el declive de una […] mente considerablemente observadora desde lo cristalino (retruécano intencionado) […] hasta la hez más turbia».
Por tanto, esto no es el Prakriti Junction de Billy. En su lugar, es un intento de «poner en orden», tal y como Billy quiso, aquel material, reconstruido no solo a partir del manuscrito de Prakriti, sino también con ayuda de los documentos y las cintas de audio que pude hallar en sus cajas.
En todos los escritos de Billy que aquí compilamos hemos tomado la decisión de no alterar las faltas de ortografía ni la pobreza de puntuación en los casos en que se sugiere más un estado mental que una inadvertencia o un error. En el resto de los casos se han corregido de la manera estándar. También se han incluido algunos extractos de Speed y de Kentucky Ham con intención de dar un cuadro más amplio de la infancia y la adolescencia de Billy, un período que queda solo muy brevemente bosquejado en Prakriti Junction.
Siempre que en alguna de las cajas de Billy me topé con un retazo o una nota que iluminaba, mejoraba o añadía información a pasajes del manuscrito de Prakriti, lo inserté en el lugar que parecía corresponderle. En todos los casos me imaginé a un Billy aprobatorio regresado de entre los muertos que me decía por encima del hombro: «Arréglalo, tío. Estaba oliendo el aliento de la Parca cuando escribía eso».
Debido a que el calendario era un recordatorio constante de los pocos días que le quedaban, Billy dató sus cartas de un modo intermitente. Al recibirlas rara vez conservó los sobres. Por tanto, la cronología representa aquí una aproximación, nunca una exactitud. Espero que sirva al propósito de contar algo que se asemeje lo más posible a la historia que Billy luchó tan desesperadamente por contar antes de que su muerte, en marzo de 1981, pusiera fin a tal denodado esfuerzo.
David Ohle
10 de junio de 2006
Informe de un caso
de The American Journal of Psychiatry, agosto 1979
El señor A, varón alcohólico de 30 años, ha llevado una vida caótica desde que su madre murió a la edad de 28 años cuando él tenía 4. Su padre solo estuvo disponible de un modo esporádico y la relación del señor A con él ha sido inconsistente. El alcoholismo del señor A resultó en una enfermedad hepática irreversible para la que el único tratamiento pareció ser un trasplante de hígado.
Cuando comenzó a recuperarse de la intervención, el paciente intentó llegar a un acuerdo con su nuevo hígado. En un primer momento, lo sintió como «un trozo de carne alienígena», pero no tardó en empezar a sentir que estaba «casado» con él, y en respuesta a la mención de «tejido extraño» por parte de su cirujano, él contestó: «Esa es una forma cojonuda de referirse a mi nueva esposa». Este sentimiento no duró y enseguida pasó a describir lo que optó por llamar «el síndrome Frankenstein». Sentía que había sido «reconstruido», que no era «un ser humano normal», sino una entidad distinta.
A medida que el estado del paciente fue mejorando, comenzó a sentir cada vez más curiosidad con respecto a la identidad de la donante y descubrió que había muerto de una hemorragia cerebral a la edad de 30 años. Pensaba que la donante le había vuelto a dar la vida y que ahora existía en su interior «por poderes» como una entidad independiente. Sentía que ella estaba convirtiendo «parte de sí mismo en mujer» y con sarcasmo bromeaba diciendo: «Dile a Gloria Steinem que no puedo ser tan malo; al fin y al cabo, no todo en mí es de hombre». En este punto, empezó a llevar un pendiente con un grabado de la Virgen María. Esta representación concreta de la fusión de su madre y la donante (que se llamaba Virginia) le sirvió al hígado trasplantado de talismán contra el daño.
En los dos años posteriores a la operación, el paciente y su hígado «han llegado a estar muy unidos entre sí», pero él no se siente una persona integrada. Manifiesta una intensa vergüenza ante la «desfiguración» producida por la cicatriz quirúrgica y es incapaz de disfrutar de relaciones sexuales normales con mujeres. Ha alternado entre borracheras e intentos de cuidarse «a causa de un sentimiento de responsabilidad con la donante».
[…] Entonces caí enfermo, febril, enloquecido, según explicaron en el hospital, a causa del miedo. Era posible. Lo mejor que puedes hacer, verdad, cuando estás en este mundo, es salir de él.
Loco o no, con miedo o sin él.
LOUIS-FERDINAND CÉLINE
Acaso no fue sublime nacer a tiempo, pasillos de hospital ignotos, madre a la que no van a tardar en borrar de la faz de la tierra, un agujero de bala en su cabeza, padre pálido, mano temblorosa mientras prende la bolita de algodón en la parte trasera de un pequeño barco de juguete en una fuente de Ciudad de México. El barquito traza círculos delirantes mientras los álamos se estremecen y nuestros destinos independientes quedan cercenados, él al opio y a la fama, cargando con la culpa y la vergüenza. Y yo, el hijo destrozado de El almuerzo desnudo, a las playas doradas y a las promesas de éxito.
WILLIAM S. BURROUGHS Jr.
1
Hijo de El almuerzo desnudo
William S. Burroughs Jr. III, hijo de El almuerzo desnudo. Nacido en Conroe, Texas, el 21 de julio de 1947 a las 4:10 de la madrugada sin consulta ni asesoramiento. Mi madre (se llamaba Joan) debió ser una mujer extraordinaria. Durante mi desarrollo fetal consumió a diario suficiente benzedrina para dejar seco en el acto a Lester Maddox, mientras el Gran Bill, mi padre, se metía tres chutes de H al día para seguirle el ritmo con su particular estilo académico y contemplativo. Nací a la conversación y a la luz de una granja de alfalfa en el valle del Río Grande. El principal cultivo, la marihuana, brotaba entre los surcos. Mi padre había contratado a un tipo que se llamaba José para ocuparse de sus campos y un par de veces por semana se pasaba por allí y le daba un codazo en las costillas. «Eh, José, ¿qué es eso que crece en mi alfalfa? Ja, ja, je, je.»
Nos escindimos y nos fuimos a Ciudad de México casi en el mismo instante en que nací y lo único que puedo recordar del valle es el ardiente zumbido de las langostas en la distancia como vistas, sí, vistas a través de efluvios de gasolina y de la malla que cubría mi cuna (bajo un árbol chato junto a una casa blanca no menos chata) para mantener alejados a los escorpiones, asquerosas cosas negras que danzaban y cabrioleaban entre las raíces agostadas y nudosas de los árboles hasta que una de ellas moría encorvándose espasmódicamente y la otra se retorcía como si se hubiese vuelto loca.
No guardo ningún recuerdo de nuestro apartamento en el barrio nativo de la ciudad por razones que pronto resultarán evidentes, pero la escalera de caracol que descendía de la planta superior donde vivíamos estaba franqueada por frescas paredes azules que mantenían a raya el calor. Puede que yo fuese lo bastante pequeño por aquel entonces para sentir la temperatura de los colores. Al pie de las escaleras, con poncho y a la luz del sol, estaba mi amiguito mexicano, Micco, orgulloso propietario de un conejo blanco llamado Chili. Jamás en la vida había llevado zapatos hasta el día en que Chili le echó el ojo a uno de mis morenos dedos desnudos y se lanzó a morderlo como un monstruo de Gila. Corrí llorando a mi madre ¡buah! que era tierna y cálida y palpitante, y no solo me salió con un conjunto de zapatos, sino también con una lata a estrenar de frijoles.
Tuve una medio hermana llamada Julie, repleta de sonrisas, diminuta bailarina desnuda, hija de mi madre. Solo me llevaba dos años y el primer indicio de desastre fue un viaje en coche endiabladamente temerario lleno de giros bruscos y caprichosos por carreteras de montaña, Allen Ginsberg en el asiento de atrás, atisbos aterradores de muerte, carrocerías oxidándose al fondo del desfiladero, y mi madre diciendo: «Ja, ja, ¿a qué velocidad puede ir este viejo cacharro?». Julie y yo nos pasamos todo el viaje en el suelo de la parte trasera, en la intimidad del miedo, mientras Allen le suplicaba al conductor que redujese la marcha. Al final chocamos contra algo y hubo un poco de sangre, no mucha. El que iba al volante no era mi padre y Allen me contaría después que durante mucho tiempo hubo ciertas dudas sobre de quién era yo hijo en realidad. (Si ellos supieran). Pero yo tenía la barbilla de mi padre y su corazón y no pierdo tiempo en los bosques lamiéndome heridas imaginarias.
Mi padre, pálido y obsesionado, me llevó a un parque muy verde de árboles mexicanos polvorientos que se sacudían de manera estéril el viento procedente de un cielo azul despejado. Yo sentía náuseas pero estaba feliz cuando nos paramos junto a una fuente, una fuente grande que me rozaba la cara con sus salpicaduras de puntos de luz. Junto al agua me reveló su regalo: un barco rojo que funcionaba con un algodón empapado de alcohol prendido en la popa. Una máquina impresionante con fuego de verdad. «Ahora debemos tener cuidado», dijo con extrema gravedad mientras pegaba fuego al algodón de manera inestable y, acto seguido, el barquito se puso a trazar círculos delirantes por el agua. Pero mis ojos ya se habían fijado en tres adolescentes de cabello grasiento que nos estaban observando desde el otro lado del agua. Soltaban risitas y me daban miedo.
En ese momento, Bill se estaba asomando directamente al abismo. La roca que había usado de base traqueteaba, se desmoronaba y repercutía bajo sus pies y estaba pálido y flaco. Yo era su principal preocupación junto a la fuente, pero por encima del anhelo y del dolor que sentía por mí pendía algo más pesado. Como plomo, pero fundido y con olor a pólvora y a cobre quemado. La Maldición Burroughs. No sé en qué momento nos visitó por primera vez, pero entonces la sentí y el chucu, chucu, ji, ji, ja, ja, se grabó en mí de modo indeleble.
Tras el tiroteo, Julie se marchó y jamás volví a verla. A Allen no se le permitió visitarla y estaba claro que a Bill, en cuanto le viesen, le secarían y le curtirían. En cuanto a mí, mi padre tomó la resolución más sabia que tuvo al alcance y me llevó a vivir con mis abuelos a St. Louis. Recuerdo llegar a su casa en la colina totalmente aterrado con un trozo de papel arrugado en la mano y preguntando: «¿Dónde está la papelera?». Mi padre siempre había sido muy riguroso con la basura. «Muy bien, Billy, ya hay suficiente mierda por ahí, ¿eh?». Y después se marchó a sufrir de mil maneras abominables y a escribir, o más apropiadamente, a transcribir El almuerzo desnudo. Hombre de pocas gilipolleces, no esperó a que le dijesen que se marchara, se fue sin más. «¿No es cierto?»
Me aceptaron sin reticencias y con gran compasión. Mi abuela era Laura Lee Burroughs, aristócrata, orgullosa, persona con mucha fuerza y un inmenso disgusto hacia todo lo relacionado con las funciones corporales. Había sido en tiempos extraordinariamente hermosa y detentaba una enorme autoridad. Mi abuelo era Mortimer P. Burroughs, más conocido como «Mote», un nombre que le pusieron en el Sur. Era amable y tierno, y aun bajo el estricto dominio de Laura, era quien proveía la mayor parte de la alegría que entraba en la casa. «¡Oh, Mote!», decía ella cuando él, en un duermevela fraudulento, dejaba caer su historia favorita sobre la vez que se comió un petirrojo en la cena de Navidad.
Yo, de niño, amaba profundamente a mi abuelo. Al cumplir los cinco, en el crepúsculo de St. Louis, me sacó a las hierbas frescas y embestimos a grandes zancadas la luz azul en espera de la primera estrella. Lanzaba a la hierba monedas plateadas de diez centavos y me decía que los ángeles las habían dejado caer para mí. Yo las recogía y se las devolvía, convencido de que habían sido los ángeles. Brillaban con polvo de estrellas.
En mi cama me sentía pequeño pero a salvo gracias a la presencia de mi abuelo leyéndome Horton empolla el huevo. En Palm Beach, Florida, cuando se iba a nadar al mar yo lloraba hasta que regresaba a casa. Y nos poníamos a jugar a un juego que llamábamos Nuestra Casa. Laura nunca participaba, ni siquiera hizo amago de unirse a nosotros. El juego consistía en imaginarse un lugar extraño y amenazante, la cima de una montaña o una cueva, preferiblemente inaccesible, rodeado de marañas de parras y zarzas. Y ese sería el lugar en el que construiríamos «nuestra casa». Años después de la muerte de Mote empecé a comprender lo que aquel juego pretendía enseñarme.
Recuerdo el modo en que se reía para sus adentros cuando me encontraba llorando al pie del camino empinado de nuestra casa en invierno. Yo no podía subir porque el camino estaba helado y no tenía intención de caminar por la nieve. Nos recuerdo a todos nosotros sentados en el porche de atrás. Yo era bien recibido en cualquier regazo y nos poníamos a contemplar las aspersiones de agua que provocaban los coches al pasar por la autopista a un kilómetro y medio de distancia.
Los tres dormíamos en la misma habitación y Laura tenía un ritual. Yo decía: «Me duelen los pies» y ella se sentaba en la cama y me masajeaba las pantorrillas hasta que me quedaba dormido. O extendía el brazo desde su cama a la mía y me estrechaba la mano en la oscuridad. Yo sentía un inexpresable miedo a la noche. Mi primer encuentro con los comeollas sería a raíz de este miedo a la oscuridad. Era un enemigo acérrimo. Incluso veía peligro en el acto de buscar la mano de mi abuela en la oscuridad. Algo podía agarrármela o podía encontrar a otra persona en su cama.
Aún hoy, tantos años después, mantengo una tregua bastante frágil con la oscuridad y siempre evito los lugares donde campa a sus anchas. Los comeollas no tenían ni idea. Se metieron unos cuantos ácidos y llevaban cosas alrededor del cuello. Con baúles de viaje llenos de libros trataron de instalarse en mi casa (mi cerebro) y decirme cómo amueblarla. Les dejé la habitación de invitados sin pared en la que no había más que una rosa recién asesinada y una nota musical. Probaron con la hipnosis, el Thorazine, el Ritalin, el encarcelamiento, los besos en el culo y las amenazas. Me dijeron que si no les dejaba ocuparse enseguida de mi problema tendría dificultades con las relaciones interpersonales el resto de mi vida. En eso acertaron.
Un psicólogo me hipnotizó y, bajo la excusa de asegurarse de que estaba sumido en un trance profundo, me acarició la mano y pareció disfrutar. Me dijo que me iría sintiendo cada vez más adormecido y que, en breve, sería incapaz de sentir nada. Hubo momentos en que fue así después de pincharme la mano con una aguja hasta cinco veces seguidas. Sé que con eso también disfrutó.
Mote y Laura se mudaron a Palm Beach para que pudiese crecer sano. Durante diez años vivimos en el 202 de la Avenida Sanford, una calle bordeada de palmeras tropicales donde las casas menguaban y algunas carecían de criados. Mis abuelos atendían una tienda de antigüedades en la Avenida Worth, en Cobblestone Gardens, y vendían elegantes antiguallas a los muy ricos a quienes siempre recibían en la puerta. La casa estaba llena de cosas que crujían. Algunas habitaciones estaban amuebladas según diferentes períodos históricos, pero cuando Mote se fue, mi abuela vendió casi todo y cargó con el resto. Teníamos un montón de viejos artículos victorianos con garras talladas en las patas; una mesita de café con alas.
Fui al Colegio Privado de Palm Beach con niños que se llamaban Post, Kellogg, Rockefeller y Dodge. Una vez le di su merecido al gordo de Winnie Rockefeller y todavía tengo los nudillos amoratados. El hijo de Errol Flynn iba un curso por encima. Siempre estaba tranquilo, por no decir que casi completamente ido. Cargaba con sus libros de piso a piso con una mirada distante. Anne Woodward era una chiquilla valiente. Llegó al colegio mascando chicle el mismo día en que su madre se ahorcó de un árbol en su jardín. Oh, Anne, mi primer amor.
Nina Dodge tenía la costumbre de presentarse en la comisaría y desnudarse. Decía: «¡No podéis tocarme! ¡No podéis tocarme!». Y era cierto. Perderían sus trabajos en menos de tres segundos. Los policías más educados del mundo están en Palm Beach. La mansión de los Kennedy, bien protegida por altos muros recubiertos de hiedra, se alzaba misteriosamente a menos de un kilómetro del 202 de la Avenida Sanford.
Por allí se decía que Palm Beach, que es una isla, tenía «tres puentes que llevaban a Estados Unidos». Originalmente se fundó para albergar a los criados a buen recaudo al otro lado del río, como un pueblo de esclavos.
Era una ciudad donde la gente podía permitirse erigir en hogar sus fantasías. Recuerdo uno de aquellos sitios. Quienquiera que fuese el propietario casi nunca se pasaba por allí. Tenía una piscina de mármol con escalones en ambos extremos. Uno de los lados estaba embellecido por lo que parecía un enorme anfiteatro de mármol cuyo único propósito era el de amplificar el embate y el rugido de las cercanas olas del océano. Los cimientos de la propiedad, que se asentaban a cuatro metros y medio del Atlántico, incluían un antiguo cementerio indio.
Tras la marcha de mis compañeros, ya hoy maduros, a todo tipo de empresas exitosas, yo me dediqué a vagar por los numerosos senderos selváticos que circundaban y penetraban en el túmulo. Había palmeras y plantas tropicales por todas partes, algunas de aspecto peligroso. Y destacaba una palmera enorme que se alzaba airosamente por encima del follaje moteado. Quienquiera que fuese el propietario de aquel solar que nos había sido legado para nuestros juegos, había importado auténtica pinocha y la había distribuido en torno a aquel árbol que se doblaba de tal manera que resultaba ideal para apoyarse e introducir los dedos entre sus fragrantes agujas. Cogía una ramita y mientras escuchaba el océano le iba arrancando las agujas con el pulgar y el índice, años antes del «me quiere, no me quiere».
Por todas partes había jardines de rocas, salvajes y hermosos, con manantiales subterráneos que formaban piscinas, piscinas naturales, no con fondo de cemento, sino limpias, con arañas acuáticas. Y alrededor de la gran piscina de mármol había estatuas griegas también de mármol que te llevaban a través de una gran galería hasta la escalinata principal de la mansión que se alzaba a un extremo de la piscina como el Taj Mahal con las ventanas condenadas en blanco y nada amenazante. Todo empapado del blanco más puro.
Yo era un poderoso guerrero con arco y flecha. Con mi amigo Larry cazábamos furtivamente en terrenos baldíos, alejados de la civilización. Un día (yo aún no había matado nada) Larry me dio un toque en el hombro. «¡Mira!». Y allí, en reposo expectante, había una serpiente índigo. Sus escamas eran azules, azules, azules. Sus ojos, su sonrisa. Ella sabía. Y, sin tener ni idea sobre tiro al arco, le atravesé el cuerpo con una certera flecha infantil, pero no la maté.
Durante cuatro días la tuve en una caja de cartón con hierba, agua y la prueba de mi masacre en el garaje de casa. El agujero que la atravesaba estaba rojo y en carne viva y el lustre y la vida se iban desvaneciendo muy lentamente. Toqué la temblorosa longitud de aquella criatura moribunda. Nunca intentó atacarme. Ni por miedo, ni a causa del shock, ni ante mi trémulo acercamiento. Los ojos se le fueron volviendo lechosos poco a poco y yo tuve mi momento. Fue un tiro perfecto, desde bastante lejos.
La gente que vivía en la casa de al lado tenía un Beagle que no dejaba de ladrar por las noches. Se pensaba que estaba protegiendo toda la manzana. Y toda la manzana se quejaba. A los dueños (el nombre del tipo era Given D. Powers) no les quedó otra que llevar la bestia al veterinario y hacer que le extirpasen las cuerdas vocales. Durante el resto de su vida ladró con un tenue susurro.
Recuerdo céspedes bien cuidados y hoteles y el embarcadero para pescar justo donde acababa la ciudad. Recuerdo la «piscina de los tiburones», escondida en la parte de Palm Beach que daba al océano, donde siempre podías ver nadar a los tiburones. Recuerdo el Club Coral Beach, las ropas color pastel, de paseo por la elegante Avenida Worth (alguien se gastó millones para construir un nuevo y fabuloso centro comercial al que nadie acudió, salvo al Abercrombie & Fitch, porque no era la Avenida Worth).
Recuerdo entrar furtivamente en la Torre Norte del Hotel Biltmore para ver si podía obtener un buen ángulo del solárium de señoras y en lugar de eso toparme con una cría de búho y olvidarme por completo de las mujeres desnudas y ponerme a perseguir a la criaturita blanca por toda la planta superior de la torre que tenía amplias vistas y mierda de paloma por todas partes y atraparla y envolverla en mi camisa y regresar con ella medio desnudo por los rojos y marrones apagados del lobby. Me la llevé a casa y canturreé para ella como hacen los niños, y luego la devolví a su sitio y la dejé marchar, como hacen los niños.
Recuerdo el tocadiscos, hermosamente pulido, de Laura. Ella lo llamaba su «Victrola». Se le inundaban los ojos de lágrimas cuando se ponía a escuchar «Three Coins in the Fountain». Abrirlo era todo un misterio. El brazo lector era una graciosa obra de arte. Yo solía apoyar la cabeza contra el resplandeciente armazón de madera que protegía la tela que cubría los altavoces y escuchaba el tema principal de The Thin Man y «¿Qué será, será?».
Tom y Clark, dos amigos gay de mis abuelos vinieron una vez a tomar el té. Alguien mencionó que me daba miedo la oscuridad y Tom me miró, burlón, con los ojos como faros. Preguntó: «¿Te da miedo que haya algo debajo de la cama?». Sus ojos no sonreían, pero todos se rieron. Yo pude ver lo que mostraban sus ojos: el mismo miedo a la oscuridad.
Yo era así de perspicaz. Le pregunté a mi abuela por qué podía sentir cosas antes de que sucedieran y percibir los sentimientos internos de la gente. Ella me dijo era un don muy especial que debía cultivar. Pero al mismo tiempo nunca entendió que si yo afirmaba que la oscuridad era peligrosa, ¡lo era! Creo que lo sabía, pero quiso que la idea se me borrase de la cabeza. Había un viejo dicho en la familia: «Es mejor que ciertas cosas queden sin decir».
Vi tres veces a mi padre entre 1951 y 1961. ¡Y qué tiempos aquellos! En coche hasta su hotel al caer la noche (nunca se quedaba con nosotros y era partidario de los sitios menos caros del extremo de la Avenida Worth que daba a la playa), el aire siempre era suave y salado. Aire a temperatura corporal. Recuerdo que resultaba difícil determinar dónde acababa mi cuerpo y dónde empezaba el aire. Él siempre daba la impresión de estar en el pasillo echando el cierre a su habitación en el momento en que yo llegaba, corriendo a su encuentro, las puertas parpadeantes a mi paso, y caía en sus brazos y su cuerpo olía a humo de cigarrillos.
Aunque solía venir a casa a cenar y yo emulaba su estilo de comer a la europea, con el tenedor al revés. En la familia existía una conspiración general para convencerme de que Bill era un explorador, quizá a causa de su expedición sudamericana en busca del yagé, y en dos ocasiones Bill me llevó a dar un paseo después de la cena y me enseñó lo rápido que caminaba por la jungla. Yo tenía que correr para no rezagarme y él se volvía de repente y me alzaba en el aire, luego se quedaba muy callado y seguíamos caminando mientras se encendía un cigarrillo.
En otra visita recibí a mi padre en la puerta dispuesto a abrazarle pero me topé con un inseguro apretón de manos, probablemente porque ya entonces tenía doce años y las cosas habían cambiado entre nosotros. Esa tarde fuimos los cuatro al restaurante Stouffer’s con vistas al Lago Worth. Recuerdo vívidamente a Bill contándonos una historia sobre unos «pequeños monstruos» que vivían debajo de su piso en París. Tenía un gato y por lo visto le habían cortado la cabeza con unas tijeras de podar. A Bill eso le parecía divertido y se dispuso a hacer una parodia del monstruito en cuestión, apretando los puños frente a la cara sobre el gratinado para simular la acción de las podadoras. Cada vez que Bill se ríe, lo que ocurre en muy raras ocasiones, uno tiene la impresión de que está reprimiendo una carcajada estruendosa, y yo notaba que su sonrisa era muy dentuda y bastante carnívora. Y así fue en el Stouffer’s. Quiero decir que para los comensales de algunas de las mesas que nos rodeaban fue verdaderamente un almuerzo desnudo. «Se podía haber oído el desinflado de un soufflé». Parece que yo fui el único que supo lo que estaba sucediendo. Mis abuelos estaban horrorizados, Bill estaba totalmente metido en su historia y la gente que estaba alrededor sentía náuseas. Mi padre se pasa tanto tiempo pensando en los demás y en lo que ha de hacerse por ellos que es casi totalmente inconsciente de lo que la otra gente pueda pensar de él. Se fue al día siguiente y esa misma noche Laura me corrigió la forma europea de agarrar el tenedor. Me dijo que los modales de Bill dejaban bastante que desear.
Pero en los años que transcurrieron entre sus visitas me educaron y me cuidaron muy bien.
Teníamos una doncella. Yo la llamaba Mami Niñera.
–¿Qué quieres para comer? –me decía.
–Fideos de pollo –de los que venían en un tarro.
Me cuidaba, nos reíamos. Jugábamos a un juego que se llamaba Se Ha Ido De La Ciudad. Cuando mis abuelos llegaban a casa al final del día, yo me encogía en la balda superior de un armario. Y cuando ellos preguntaban: «¿Dónde está Billy?», Mami les hacía un guiño, señalaba el armario y decía: «Se ha ido de la ciudad». A continuación, se pasaban un buen rato buscándome. Yo me hacía el sorprendido y sofocaba una risilla. Era genial tenerlos alrededor.
Cuando abuelo murió, dejamos que Mami se marchase. La última vez que la vi fue cuando me fui al internado. Ella tenía lágrimas en los ojos y dijo: «Ya verás cómo ni escribe».
Años después, cuando tenía una pedazo de moto y una chaqueta negra de cuero, distinguí a Mami en un coche en medio del tráfico. La seguí durante kilómetros hasta una casa muy elegante en la que estaba trabajando. Aparqué en la muy distinguida entrada de coches, dejé el motor retumbando y llamé tres veces al timbre. Ella salió a abrir más pequeña de lo que la recordaba, más vieja. Por primera vez tuvo que alzar la mirada para mirarme.
–¡Mami, soy yo! ¡Billy! ¿No te acuerdas?
Ella tembló un poco y dijo:
–Sí, pero creo que lo mejor será que te vayas.
Slam.
Cuando tenía siete u ocho años y aún no había sido desacreditado en el mundo, me metí en uno de esos embolados de «vende semillas y gana un premio». Iba de puerta en puerta por mi vecindario vendiendo aquellas estúpidas semillas de 50 centavos el paquete, cuando se desató uno de esos repentinos aguaceros de Florida, un auténtico raudal, truenos y centellas. Para mantener los paquetes presentables me los apelotoné debajo de la camisa y cuando llegué a la siguiente casa estaba empapado hasta los huesos y con los zapatos llenos de agua. Conocía a la gente que vivía allí y confiaba en conseguir una venta; el propietario era el editor del Palm Beach Post, el único periódico de una de las ciudades más adineradas del mundo. Llamé al timbre, la puerta se abrió y dije: «Hola, señora X, tengo aquí unas semillas que estoy intentando vender». (La lluvia me caía encima mientras manoseaba bajo la camisa en busca de las semillas con los dientes castañeteando.)
Ella me dijo: «No las necesitamos, tenemos un jardinero».
¡Slam!
Supongo que así es como se hace rica la gente.
Campamento de verano. Una señora encantadora en un campamento infantil de verano me salvó la vida. Nos habían dado a todos los niños un trozo de caramelo duro para que lo chupásemos alrededor del fuego del campamento mientras veíamos una representación. El mío se me atravesó en la garganta y no podía respirar y cuando me levanté boqueando sin aire, todo el mundo me miró: «¡Shhhh!». Pero esta monitora, en realidad una niña, apareció de la nada, me agarró de los pies, me puso cabeza abajo y la agria bola amarilla cayó de mi boca y rodó por el suelo con una aguja de pino pegada. Después me abrazó y mi cabeza quedó entre sus pechos. Ella estaba llorando. Me oí a mí mismo decir: «Qué manera más horrible de morir».
Una vez estaba en el jardín mirando una araña arcoíris con Ellis, el jardinero, y con mi amigo Larry. ¡Pum! Un perdigón atravesó a la criatura dejando una pequeña masa sanguinolenta colgando de una hebra. Ellis me dijo que matar a una araña de jardín traía mala suerte y yo le creí. Me volví hacia Larry que estaba allí con su rifle de aire comprimido y se lo hice saber. A él también le gustaba disparar a pájaros carpinteros con el pretexto de mantenerlos alejados de los mangos de su padre. Recuerdo los pequeños cráneos espachurrados, el rojo más profundo de la sangre sobre las plumas coloradas, y recuerdo un miedo real. A los pocos años, le pegué a Larry un tiro en el cuello.
Él se sentó en la cama. Yo me senté en una silla y le apunté con el rifle, un semiautomático calibre 22, mirando por la mira telescópica. En el círculo tenía su cara, un poco burlona, un poco desdeñosa, y la fina intersección del punto de mira justo entre las cejas. Se me crispó el dedo y por alguna razón empecé a descender el cañón. Puede que Larry hiciese algo con la lámpara justo antes de que yo disparase, no estoy seguro, pero el caso es que disparé. Pensé que el arma no estaba cargada, pero en medio del pandemonio recordé que había dejado una, una, una carga en la recámara, porque incluso ya en aquel entonces me sentía profundamente miserable; y había reservado esa bala para mí. Le atravesó el cuello.
El sonido del disparo me pilló tan por sorpresa que ni siquiera lo oí. Aunque en el aire hubo una conmoción, seguida de un silencio y de un punto rojo del tamaño de una chinche en el cuello de Lawrence, a dos centímetros y medio de la nuez de Adán. Luego sangre por todas partes, aterradores puñados de sangre por las paredes, snap, snap, él por el pasillo, manchando de sangre el papel pintado rosa de las paredes: «¡Me ha disparado! ¡Me ha disparado!».
Más tarde, el médico dijo que si el proyectil, aun siendo tan pequeño, hubiese impactado a dos centímetros y medio en cualquier dirección, le habría matado. En la confusión de llamar a la ambulancia, la llegada de los padres de Larry y la mirada y el golpe que me dio al pasar su padre al precipitarse hacia él, huí. Pero cuando regresé aquella noche encontré la bala en mi cama. Al día siguiente vino la policía con un pequeño taquígrafo sobre un trípode para tomarme declaración y llevarse la bala. Larry y yo jamás volvimos a hablar, de puro bochorno. Era mi mejor amigo.
William Thayes, mi orondo profesor de historia de noveno curso, era incapaz de hablar de una guerra sin describir las cosas viles que algunos se veían obligados a comer para sobrevivir (carne podrida de caballo, por ejemplo). Disfrutaba con los chillidos de las niñas. Cuando se ponía manos a la obra, decía: «Oh… estáis tan disgustadas, tan impactadas. Bueno, pues dejadme que os diga otra cosa: jamás en vuestra vida habéis pasado hambre y probablemente nunca la pasaréis. ¡Me refiero a hambre de verdad! Cuando uno está lo bastante hambriento se come lo que sea, queridas, ¡incluso ratas!».
Y en séptimo había un profesor de intercambio de lengua con bigote y débil mentón que jugaba a un juego de ataque sorpresa similar al de Thayes: «Recuerdo, en la guerra, cuando volé a Londres en la época del bombardeo, y supongo que conoceréis… no, supongo que no tenéis ni idea… el olor de la carne abrasada».
Al cumplir los dieciséis, mi padre quiso que volviese con él. Estaba en Tánger, Marruecos. Mis abuelos se quedaron en las puertas del aeropuerto de Miami despidiéndose con la mano de la ventanilla equivocada mientras yo, fornido, rosado y norteamericano, me acomodaba en mi asiento y les contemplaba. Sin dejar de hojear mi antología de ciencia ficción, les vi esfumarse a lo lejos a medida que el enorme avión a reacción enfilaba la franja de la pista sin huellas de zorro. Un estallido de potencia; por alguna razón, en aquel entonces los aviones no me preocupaban, y ahí estaba yo unas cuantas horas más tarde saludando con la mano a un hombre de aspecto raro al otro lado de la aduana en Lisboa. Un cuarto de hora antes del momento de embarcar en el siguiente avión, una voz de extraño acento sonó por el sistema de megafonía para anunciar que el señor nosecuántos se presentase de inmediato en el mostrador de la aduana. Yo no me habría dado cuenta de que el nombre se parecía al nuestro si Bill no se hubiese tensado al instante, muy ligeramente. Ya estaba relajado cuando me percaté de la semejanza. «¿Es a nosotros?», pregunté. «No. Estamos guay, hombre». Se rió entre dientes mientras volvía a acomodarse y se disponía a digerir el farol que me acababa de soltar. Las palabras resultaban extrañamente incongruentes viniendo de un hombre que podía haber pasado por un empleado de banco inglés. Dio una larga y profunda calada a un cigarrillo Players Medium y advertí que sus dedos estaban manchados de un amarillo oscuro de nicotina muy poco británico.
Los oficiales de aduanas marroquíes estaban aburridos, se mostraron indiferentes (¿quién querría introducir algo de contrabando en Marruecos?) y nos permitieron pasar con un gesto de la mano ante sus ojos somnolientos hasta un diminuto taxi cochambroso conducido por un fumador de hachís que iba pasadísimo y que me puso los pelos de punta. En aquella época no había semáforos en Tánger y los taxistas se escoraban a toda velocidad por los cruces en un eterno juego de a ver quién es el más gallina, y cada vez que evitábamos un apocalipsis por los pelos, mi padre mascullaba una apreciación al estilo de un tranquilo aficionado a los toros. «Bueno»1, aunque la lengua que se hablaba allí era el francés.
Pero al final nos detuvimos junto al bordillo del Bar Parade. Salido del sector europeo y como de la nada, apareció una de las personas que compartían casa con mi padre en el Marshan para darme la mano: era Michael Portman. «Michael, este es mi hijo.»
Un intento de raro orgullo paterno y, acto seguido, estábamos en el bar y yo me hice a un lado para verme acosado por un marica envejecido. «Sé que soy viejo, pero te aseguro que no he perdido la figura, querido. ¿Sabes? La mitad de los tangerinos veteranos sabían que venías y se preguntaban qué aspecto tendrías. ¡Bueno, nene! En serio te digo que si alguna vez quieres que te chupen las pelotas…». Yo estaba un poco nervioso pero le dije que si alguna vez me pasaba eso, le avisaría. Dio la impresión de quedarse bastante dolido y me dedicó una de esas miradas de lástima, como diciéndose que quizá algún día el pobre crío viese la luz, mientras se deslizaba del taburete acariciándome el muslo. «Medicina mala», pensé, y he de decir que el viejo chocho, definitivamente, no era mi tipo.
Tras algo de comer y un vasito de ron (el Parade es el único lugar de Tánger en el que puedes conseguir una hamburguesa decente), nos metimos en otro taxi kamikaze hasta el Marshan. «No hace falta que jures que acabas de llegar fresquito de América», dijo Michael. La mayor parte de los taxistas tangerinos hablan francés y el francés de mi padre es abominable. Tenía un vocabulario operativo muy respetable pero su acento bastaba para provocar disturbios. Cuando llegamos al número de nuestra casa en la calle Larache se dispuso a decir «ici»2, pero le salió al estilo del sur de Texas, «eechee». El conductor, como era de esperar, no comprendió y pasó de largo. Bill se puso como una furia. «¡EECHEE! ¡COÑO! ¡EECHEE!». Su tono de voz se impuso y el conductor retrocedió hasta detenerse.
Dentro: desorganización total. Bill sabía de mi llegada pero tuvo que explorar toda la casa para encontrarme un sitio donde pudiera dormir, y con una linterna porque había pasado algo con la electricidad. «Espera a Ian», dijo, otro inquilino, que vino a casa más tarde y arregló la instalación eléctrica saliendo a la calle y golpeando el poste de la luz con el palo de una escoba.
Aquella noche no dormí bien. La noche anterior la había pasado en Palm Beach sobre una cama dragón imperial de caoba del siglo XVII. Y ahora estoy aquí tendido escuchando sonidos extraños y murmullos árabes al otro lado de la ventana.
Pero, en cualquier caso, dormí, y al despertarme a la mañana siguiente me topé con Ian sentado en mi cama y mirándome como una madre amorosa. Hablamos unos minutos y después me tomó la mano tiernamente, muy tiernamente, e intentó llevarla a su entrepierna. Pero el intento fue prematuro y yo me aparté. Aunque no se lo tomó tan mal como la vieja loca del Parade, y todos fuimos amigos aquella tarde cuando él, mi padre y Michael encendieron sus pipas. Pipas muy largas con cazoletas de arcilla. Yo sentía curiosidad por su contenido… «Kif». Recordé la palabra de El almuerzo desnudo y pregunté si podía probarlo. «Todo a su debido tiempo, Billy», dijo Ian. Pero su debido tiempo llegó al día siguiente cuando Bill dijo: «Ian, llévate a Billy al Zoco Grande y ayúdale a elegir una pipa».
Esa noche caté por primera vez la célebre hierba medicinal. El problema es que en Marruecos hay tanta gente que se coloca fumando que se ha convertido en algo social. Así es que lo mezclan con un tabaco cruel e inusual que hace que los Gauloises te sepan a oxígeno de ambulancia. «¡Joder!», pensé. «Esto es peor que el whisky». Pero resulta que mi padre tenía a mano unos sabrosos dulcecillos de hachís de los que me zampé un montón sin saber lo que eran, y luego me sumergí en un frasco de conserva lleno de majoun casero, que es cannabis preparado para comer y que te dejará puestísimo hasta mediados de la semana que viene, amigo mío.
Saliéndonos del tema por un momento, el majoun puede ser peligroso si se prepara estúpidamente. Tengo entendido que como un mes antes de mi llegada a Tánger, Gregory Corso se dejó caer por allí de visita. Y que él, Bill, Ian y Mike se juntaron después de unas cuantas copas y, bastante borrachos, decidieron consumir un poco de majoun. Así es que Michael salió a comprar un poco de hierba y que me cuelguen si no fue y compró la variedad con tabaco infiltrado. Al volver se puso manos a la obra y lo cocinó todo con pasas y miel. A los veinte minutos de la ingestión, mi padre sintió que algo iba mal e inmediatamente reparó en el baño para vomitar la dosis entera. Los demás no tardaron en seguirle salvo el señor Corso que tercamente se negó a creer que hubiese algo mal en aquella cosa o que no pudiese controlarlo en caso contrario. Así que alrededor de una hora después salió excusándose tranquilamente de la habitación, volvió corriendo con los ojos rojos como un avestruz al ataque y se puso a zarandear a Michael chillando: «¡Envenenadorrr! ¡Envenenador-r-r!». Le persiguió por toda la casa y luego por la calle hasta la medina antes de tranquilizarse, una distancia de unos cuatro kilómetros, pero no llegó a alcanzarle porque tuvo que ir parándose cada pocos minutos a vomitar. Pura dinamita, el tío.
Oiréis a la gente decir que a uno nunca le sube la primera vez, pero a mí se me fue tanto la olla que ni siquiera pude recordar cómo empezó. Solo visiones del transcurso entero de la historia humana, desde el hombre mono lanzado a las llanuras hostiles a través de la bendita naturaleza virgen hasta el momento en que se hundió en el abismo de la tecnología. Tras dos millones de años, Ian me dio un codazo suave y me dijo que le gustaría irse a dormir. «¡Oh! Claro, tío», le respondí, y me fui al piso de abajo para quedarme dormido como un tronco.
Sueños de hachís bajo la influencia de auriculares: veo dos edificios derruidos, las fachadas posteriores reventadas; vigas desnudas a tientas contra un humeante cielo crepuscular. En la décima planta de cada edificio, asomado a la ventana, hay un hombre pálido con una lámina de metal. Están jugando una pavorosa y cruenta partida de ping-pong con algo oscuro e indiscernible que quizá sea una cabeza humana. Bajo ellos, hasta donde alcanza la vista, hay una multitud arrodillada, algunos con el cabello en llamas. Se mecen de un lado a otro, con las manos unidas, y siguen el curso del objeto indiscernible; y sus lamentos se fusionan con el estruendo de la lámina metálica que hace sacudir las vigas que rechinan y se balancean como dedos mecánicos en el cielo que oscurece. Me da la sensación de que el hombre que falle primero perderá y de que pierda quien pierda todo el mundo acabará muriendo… Michael Portman me sacó a sacudidas de aquel sueño con expresión preocupada. Cuando le conté lo que había visto fue y se lo contó a Bill. Bill estaba trabajando y cuando Michael terminó de contárselo dejó de teclear en la máquina de escribir el tiempo suficiente para decir: «Muy preciso», sin alzar la mirada para, acto seguido, volver a lo suyo.
Nuestra casa en el Marshan estaba muy bien. Dos plantas y llena de mosaicos. El cuarto de mi padre era austero, y me quedo corto. Limpísimo, con un catre tipo militar y un armario, y eso era todo, aparte de una fotografía increíblemente hechizante de una luna perturbadora hecha por su buen amigo Brion Gysin. Debo mencionar que el señor Gysin inventó el método del cut-up aplicado a las palabras o, al menos, fue el primero que se lo tomó en serio. El método del cut-up permite al escritor obtener el mismo efecto que el artista con el montaje de imágenes. El efecto puede ser, y a menudo lo es, conmovedor para un lector receptivo porque las palabras son imágenes en un sentido mucho más personalizado e íntimo que las formas. Recuerdo una cancioncilla desquiciante que tenía mi padre en su grabadora. Se trataba de un montaje de palabras hecho por Brion Gysin y consistía en una sola frase: «Vengo a liberar las palabras», repetida una y otra vez de distintas maneras. Esto es: «Las palabras son libres de venir, vengo libremente a las palabras, los libres vienen a las palabras…». Y mientras las palabras se iban repitiendo, la velocidad de la cinta se iba incrementando gradualmente hasta volverse un aullido supersónico. Pero debido al ritmo, una vez superada la etapa de risas como de dibujos animados, cierta parte del oyente mantenía el compás hasta quedar prácticamente transportado. A dónde, no lo sé, o soy incapaz de dar parte de ello.
También había un acumulador de orgón en el pasillo de arriba en el que mi padre se sentaba varias horas seguidas fumando kif para luego salir corriendo y atacar su máquina de escribir sin previo aviso.
Las azoteas, por costumbre, son en Tánger provincia de las mujeres porque allí es donde hacen la colada, cuchichean y todo eso. Una vez cometí el error de subir allí durante el día y los árabes estuvieron lanzándonos pequeños pedazos de barro a la puerta durante el resto de la semana. Pero Bill subía a la azotea todas las noches para contemplar los colores del cielo en cuanto el sol comenzaba a ponerse. Yo trastabillaba hasta la azotea de vez en cuando, totalmente pasado, y me lo encontraba transfigurado en su sitio favorito. Transfigurado y absolutamente inmóvil, con su perpetuo cigarrillo en la mano derecha, los labios abiertos al sol, y agitándose solo para dejar caer el cigarrillo cuando le quemaba los dedos. Cuando al final se hacía totalmente de noche, otra vez la repentina carrera hacia su máquina de escribir.
Aunque os diré una cosa, él y todos los de aquella casa tenían buen apetito. Aquella condenada pandilla de adictos al hachís y yo recordamos la ocasión en que volví de la zona principal de la ciudad (obviamente colocado) con una tarta de manzana y un pollo asado y la intención de retirarme a mi cuarto a entregarme a los gozos del gusto. Pero me recibió en la puerta la población al completo. ¡Zas! Sobró un poco de tarta y me fui a mi habitación a engullir mi furioso trozo de manzana. El viejo Bill utilizó los huesos del pollo, pese a lo roídos que estaban, para hacer una sopa que estuvo cociendo durante dos días con una cantidad tan increíble de pimienta que la cosa al final era como whisky. Pero estaba tan orgulloso del producto final que cualquier visitante, yo incluido, se sentía instantáneamente vencido por la compasión y se disponía a «disfrutar» de una taza, cuando no dos, ante sus ojos implorantes. A veces transcurrían varios minutos antes de que la víctima fuese capaz de expresar su apreciación.
En aquel entonces Tánger seguía siendo un lugar salvaje. Había un café en un acantilado que se llamaba el Bailarín, al que me llevó Ian por primera vez.
Olor a hachís, kif y té de menta. Música maravillosa. El violinista se sentaba con las piernas cruzadas y tocaba el violín sosteniéndolo derecho ante él como si fuese un violonchelo. Al entrar, unos hippies europeos de la especie existencialista se pusieron a susurrar entre sí. Daban la impresión de no haber visto la luz del día en años e iban vestidos completamente de negro. Todos tenían el cabello oscuro, eran tripudos y lucían círculos negros bajo los ojos.
El bailarín vestía ropas largas y un artilugio que era como una cámara de corcho con borlas en torno a las caderas y hacía números turbulentos con bandejas de vasos llenos de agua o con velas encendidas que, de alguna manera, conseguía que no se apagasen. Algo digno de verse.
El café cerraba a las tres de la madrugada y a veces Ian, yo y otro colega que se llamaba Peter bajábamos la calle riendo en compañía de los músicos y nos precipitábamos al interior de una casa desconocida de por ahí para continuar aplaudiendo y bailando y escuchando y fumando hasta que todo el mundo caía. Recobrarse al amanecer y correr a la tahona para pillar al chico que sacaba el pan recién hecho en su carretilla para hacer el reparto diario por las tiendas. Comprar una enorme hogaza demasiado caliente para llevarla sin envolverla en una camisa y parar antes de entrar en casa a por medio kilo de mantequilla fresca de una urna de arcilla en el 7-Eleven del barrio.
Aquellos fueron tiempos agradables, pero no logré adaptarme; era demasiado joven y me resultó difícil involucrarme. Me dediqué a vagar por los acantilados con mi pipa y cien gramos de hierba sin adulterar que Michael había tenido la gentileza de pillarme cuando me vio una noche ahogándome con la otra mierda. Me sentaba en los árboles que crecían colgando de los acantilados y fumaba hasta que me sentía incapaz de subir de nuevo o simplemente no me apetecía. Esperaba un rato y luego caminaba por las callejuelas, admirando los cristales rotos de colores que había sobre los muros de los ricos para mantener a raya a la chusma. Iba a los cafés, al cine (intentad alguna vez ver una película francesa doblada al árabe), a las playas, pero no pude llegar a entender lo que iba mal hasta que una noche Ian vino a mi habitación y me dijo que lo que me pasaba es que deseaba irme a casa. Él estaba al borde de las lágrimas cuando me dijo que yo no quería vivir en una casa llena de «maricones». Las comillas estaban en el tono de su voz y me pregunté cómo se sentiría mi padre. Estaba en su habitación. ¿Intentando leer?
Después de pasar varias veces por el quirófano para seguir vivo, Mote se sentaba siempre junto a una ventana, abultado a causa de las operaciones, repleto de belladona, rostro grotesco, con los ojos parpadeando de un modo incontrolable, los dientes postizos deslizándosele fuera y dañándole las encías (cuando uno ve dientes saliéndose de la cara de alguien lo único en que puede pensar es en DIENTES SALIÉNDOSE DE UNA CARA).
Cuando Mote murió mi abuela se volvió loca. Recuerdo estar sentado a su lado en la alcoba de su dormitorio. Por aquel entonces se me daba bien la guitarra y podía tocarle las canciones que le gustaban, pero sus manos retorcidas y sus repentinas rachas de llanto me hicieron desistir. Yo también me volví loco. Durante nueve años nuestra casa estuvo tan cuidada como la de los vecinos, pero dejamos que el jardinero se fuera y el tejado se volvió un poco gris. Las dos higueras del jardín de atrás entrelazaron sus brazos y llorando se fueron llenando de telarañas. Las telarañas, en mi imaginación, eran portales a otro lugar. Me sentaba junto a la ventana con los pies en el alféizar viendo como el sol resplandeciente volvía de un blanco cegador los paneles de cristal. Entonces las telarañas se convertían en seres de filamentos de platino. Entraban en la habitación y después volvían a desvanecerse. Di con otras puertas dimensionales observando el oscuro e insondable suelo de madera. En las vetas distinguía figuras fotográficas, «veía» fragancias, oía resacas de fluido.
Laura era un ser tan etéreo que siempre precisó de las realidades más solidas de More para mantenerse vinculada al mundo. Ella era con mucho la más fuerte y brillante de los dos, pero cuando él murió se volvió loca enseguida y en la luz oblicua que entraba por la ventana veía gauchos borrachos jugando a las cartas y rajándose las caras con botellas rotas y cuchillos. Una vez me vio tambalear por la habitación con un hacha hundida en la parte posterior del cráneo.
Aferrándose a su camisón rosa se movía por toda la casa con sus pies marfileños de venas azules; distraída, indecisa y con un solo pecho a causa del cáncer, a la escucha, en el pasillo. Sus ojos eran muy redondos y los párpados se le replegaban bajo las cuencas dando la impresión de una calavera estupefacta tras el rostro compasivo, preocupado, viejo y fino con aquellas dos líneas que descendían desde sus orificios nasales, como un títere.
Ella me llamaba «mi pobre cordero» y yo me encerraba en mi habitación (con la cama dragón imperial del siglo XVII, serpientes retorciéndose de proa a popa) y me drogaba. Había aire acondicionado y una butaca muy cómoda. Me sentaba en la butaca con los pies sobresaliendo por la ventana, capturando la cálida lluvia primaveral. Me pasé un montón de tiempo allí dentro, con los pies en el alféizar, fantaseando.
A las dos de una madrugada llena de crujidos la abuela llamó a mi puerta para preguntarme por qué había estado volando por el pasillo con alas de murciélago, todo ensangrentado. Nos recorrimos la casa, yo con mi entusiasmo de dieciocho años, diciendo: «Aquí no hay nada, ¿ves?, nada». Aunque nos detuvimos ante una puerta y pude sentir el miedo. Recuerdo haber esperado hasta asegurarme de que no había nada al otro lado antes de atreverme a abrirla.
Mi padre describió a Mote, su padre, como «uno de los hombres más enigmáticos y esencialmente inquietos que he conocido». Pienso que pudo haber sido porque Mote amó tanto a Laura que la permitió «apropiarse» de extensas porciones de su psique, dejándole parcialmente en blanco.
Mote siempre estaba contándome cosas; su particular apreciación del funcionamiento del mundo. Años antes de que yo tuviese edad para ponerme al volante, me dijo: «Nunca mires por encima del hombro cuando estés conduciendo. Puedes girar el volante sin darte cuenta». Me contó que un rey famoso había muerto así. No consigo acordarme de cuál.
Volví a irme de casa en estado de confusión, en busca de aventura, y llegué a Nueva York, que rutilaba de sexo y romance, pero solo logré que me arrestasen dos veces por cuestión de drogas, desarrollé un caso galopante de paranoia y me largué a los cinco meses demacrado y devastado.
De vuelta en Palm Beach, me arrestan de nuevo por falsificar una receta de paregórico. Así que tenemos a Farmacia Henry’s contra William Burroughs Jr. (Esto no se trataba ya de un arresto en Nueva York donde la fianza por la libertad condicional simplemente aumenta con la gravedad del delito). Iban a dar ejemplo conmigo y mi padre voló desde Londres para intentar que no me metiesen en la cárcel.
Una noche me arrinconó en la cocina para, en efecto, decirme: «Billy, en primer lugar, esta puta casa está encantada. Es tan obvio como un poli. No puedo ni echarme un sueñecito decente por la noche en ese cuarto trasero, y cuando lo logro son siempre pesadillas. ¡Y madre me saca de mis casillas! Me llama Mote, se dirige a mí con cualquier nombre que se le pasa por la cabeza, y me pide que mueva cosas que no están ahí. Todo esto, además de esos estúpidos polis, resulta frustrante, te lo aseguro. Y, por último, no es que tú seas de mucha ayuda». Desde luego tenía razón en todo, pero yo no le di más vueltas y le pregunté en nombre de Dios qué cojones esperaba que hiciera, ¿agitar una varita mágica? No me estaba divirtiendo mucho más que él y además estaba empezando a tener síntomas cuando me pasaba demasiado tiempo sin un chute. Ambos nos disculpamos sin decir nada y nos dimos la mano.
Me presenté ante el juez engalanado con mi traje de los domingos y un poco de síndrome de abstinencia, lo que con bastante torpeza traté de ocultarle a mi padre. Pero él puede olerlo a cincuenta metros. Tiene un olor característico, ya sabes, algo así como una transpiración paranoide. Pero fue como si me hubiese presentado con un disfraz de gorila porque lo notó todo el tribunal. El juez Mackintosh; el muy bastardo tenía la reputación de no mirar jamás al acusado, se limitaba a estudiar sus relucientes y transparentes documentos y pronunciaba la pena máxima. Pero por algún azar de la justicia o quizá gracias a la agudeza legal de mi padre, solo me condenó a cuatro años de libertad condicional (lo que equivale a decir: «Lo bastante para que la vuelvas a joder y te pillemos de verdad y entonces ya verás, pequeño monstruo»). Además debía someterme a una cura en la Federal Narcotics Farm de Lexington, Kentucky. Y todo eso sin haber sido declarado culpable de ningún delito.
Los aviones me aterran. No abundaré en lo mismo de siempre, pero ni un equipo de mujeres salvajes sería capaz de meterme en uno. No obstante, mi padre lo logró engatusándome con historias del primer chute que te meten según llegas al hospital. «El primer chute puede que te haga caer de culo». Oh, dulce chute. Pero teníamos que cambiar de avión en algún momento y ni siquiera el pensamiento de una buena sacudida de morfina pudo hacer que me subiese al siguiente vuelo. Tras mucho apelar a la razón por su parte y varios estallidos que rozaban la psicosis por la mía, Bill acabó comprándome un billete de tren de alta velocidad. Yo traté de liarle para que me alquilase un coche pensando que por el camino podría pillar un poco de P.G. (se trata de una base de opio y paregórico), pero no hubo manera. Probablemente pensó que me daría a la fuga y, pensándolo de nuevo, es justo lo que habría hecho. Seguro que me entendéis, no estaba en absoluto ansioso por llegar al hospital.
Así es que él fue por lo alto y yo por lo bajo, junto a la ventana del tren y sintiéndome tan podrido como la escoria de los pueblos nocturnos por los que serpenteábamos entre silbidos y traqueteos. Recordé las palabras: «El tren más largo que jamás se haya puesto en marcha». Y se me ocurrió que el romanticismo debe ser un efecto reflejo/secundario de paranoia moderada. Pero no puedo evitarlo y cuando no era más que así de alto me preguntaba a dónde se dirigía toda aquella gente que iba sentada como muñecos en los trenes. Y me calmaba un poco el corazón, si no las tripas, saber que en algún lugar de ahí fuera había un niñito, concretamente yo, oyendo el silbido y pensando indirectamente en mí mismo. Ya me diréis si eso no es viajar en el tiempo.
Las horas pasaban resonantes. Dormir era solo una palabra que había oído en alguna parte, ¿quizá en geografía de tercero? No estaba pensando con claridad y en torno al amanecer arrojé melancólicamente mi jeringuilla a las vías. Quizá la encontrase y la utilizase algún vagabundo como boquilla para un cigarrillo Bull Durham. Un melocotón de Dios aterciopelado y tibio por el sol para el bueno de Woody Guthrie.
La estación de Lexington era fría y deprimente, Dios mío, y por alguna razón se había armado no sé qué lío que hacía imposible llamar a un taxi. El tipo del otro lado de la rejilla me dirigió a un portal desguarnecido al otro lado de la calle donde podía esperar a que pasara uno. La gente pasaba en sus coches sobre la nieve de camino al trabajo y algunos meneaban la cabeza con una sonrisa de lástima al verme con aquella ropa de Florida y los labios amoratados. Quizá un yonqui congelándose en la estación no sea una visión insólita en el invierno de Lexington.
Cuando finalmente llegué al hotel de Bill, localicé al menos a tres secretas y a un par de indecisos que holgazaneaban por la recepción para satisfacer su desidiosa curiosidad por mi aspecto. Pero probablemente no se tratase de mí; la mitad del pueblo de Lexington está compuesta por gente del departamento de narcóticos. Dios, pero odiaba que me encerrasen allí. Tío, déjame que te diga que no hay nada más exasperante que un patrullero tedioso que al final va a por ti solo para entretenerse.
La habitación de Bill era de un gris fantasmal y crepuscular a causa de la nieve que se acumulaba al otro lado de la ventana. El Viejo ya estaba haciendo las maletas. Tenía un aire de determinación con el que nunca me había topado hasta entonces. Era obvio que deseaba dar por concluida aquella escena y alejarse lo antes posible. Me quedé junto al radiador mientras él recogía lo que le quedaba por llevarse y me enseñaba un código muy sencillo para referirnos a lugares y cosas, dado que en el hospital censuraban el correo.
Sentí más frío que nunca en el taxi cuando mi padre, con la mayor cortesía, dijo: «Al Hospital del Servicio de Salud Pública de Estados Unidos, si es usted tan amable». El conductor de cuello seboso descolgó el micrófono y gruñó: «Llevo dos para Narco» y al ponernos en marcha a través de la nieve me pregunté por centésima vez cómo demonios lograba meterme siempre en esa clase de situaciones.
Dejamos atrás los carteles de Coca-Cola, el Eddie’s Grill, el Kit Kat Klub y un diminuto cementerio encajado entre unos edificios. Payasos grasientos acariciando surtidores de gasolina. Mientras rodábamos por la carretera yo deseaba que el taxi se estrellase por efecto de algún milagro y que todos quedasen incapacitados menos yo. Entonces podría dirigirme temblando a Nueva York donde jamás darían conmigo. Sabía de un colega que se había saltado la condicional en el West Side y había eludido el «cienciaficcionesco brazo tentacular de la ley» durante nueve meses simplemente mudándose al otro lado de la ciudad. Yo estaba con él cuando le pillaron durante una de sus raras incursiones al West Side (¡Fred! ¡No me obligues a disparar!) y más o menos heredé todas sus posesiones.
Finalmente Lexington fue menguando y entramos en una larga carretera bordeada por un lado de árboles y con una interminable pradera gris cubierta de nieve por el otro tras una alambrada de espino. Llevaba unos diez minutos inmerso en aquella pradera, y eso es un montón de tiempo (trata alguna vez de ponerte a contarlo), cuando una cosa enorme y vieja con aspecto de fortificación surgió en el horizonte con un silencioso gemido. Incluso a más de dos kilómetros de un blanco grisáceo pude ver que era enorme. No había nada acogedor en ella, ni siquiera la acostumbrada solidaridad. Pero era sólida, colega, y no me pidas que explique eso, porque no puedo. «¡Guau!», pensé para mis adentros. «Espero que ese no sea el lugar. Quizá se trate de una fábrica o algo así». Pero nos detuvimos en un pequeño puesto de recepción a un lado de la carretera. Dentro hacía mucho calor. Una especie de atmósfera pesada de destino final. «¿Cuál de ustedes va a ingresar?», preguntó un hombre muy anciano. Mi padre se lo dijo enseguida y el radiador emitió un crujido que acompañó al brazo del guardián en el momento en que se apoderó de mi maleta con su zarpa nívea. Me dijo que recibiría ropa en el hospital y que podría recuperar mi guitarra a través de los canales adecuados. Supongo que tenían que pasarla por rayos X, agitarla e inspeccionarla con una linterna. Mi padre y yo nos dimos la mano y se marchó.
En lo que se refiere a presentar cualquier alternativa a un estilo de vida regido por las dosis, Lexington era un fiasco y yo lo sabía. Aunque conseguí un chollo de curro. Fui el editor del Periódico del Voluntario. Esto me concedía el privilegio de no tener que ir a desayunar + poder dormir hasta cerca del mediodía si así lo deseaba + así lo deseaba, hermano. Pero aprendí una lección casi por las malas. Verás, parte de mi «equipamiento» incluía al final un cuarto privado con vistas a la plaza de aparcamiento del médico + pegamento, lo que casi me llevó a la ruina. ¿Te la han metido alguna vez hasta la nariz en la ducha, colega? El caso es que regresé a mi cuarto/oficina una noche tras completar mi tarea habitual de limpiar la cocina tras la cena y me encontré con una pandilla de compinches acurrucados bajo la mesa de trabajo esnifándose mi pegamento. Bueno, pues me jodió y así se lo hice saber. En la sala de estar, donde pasábamos la mayor parte del tiempo jugando a las cartas + sonriendo, éramos un grupo muy unido. Éramos lo bastante piña para acojonar de la hostia a cualquier enemigo, a quienquiera que se atreviese a amenazar a uno de los nuestros. Un grupo reducido, pero duro. No es fanfarroneo, es un hecho. El caso es que, como iba diciendo, me tocó los cojones. ¿Cómo iba a explicar la desaparición de seis tubos de pegamento en una sola noche? En mi mente ya me había puesto a inventar una historia para explicar semejante incidente. Verá usted, resulta que todas las noches junto los tubos con una goma elástica + los oculto debajo de la cama. El problema es que anoche en particular no los metí lo bastante, debieron caerse y por la mañana los pisé. Me figuraba que podría embadurnarme el talón con suficiente pegamento para hacer factible, si no circunstancial, la historia. Había visto lo que le había sucedido a un tipo que se chivó de otro tío que trabajaba en la cocina. Le pilló traficando con nuez moscada, un cuelgue suave. Más tarde fueron a por él en las duchas, lo pillaron completamente en pelotas e indefenso, mientras uno de los internos aguardaba en la puerta por si venía alguien. ¿Te la han metido hasta la nariz alguna vez en la ducha, colega? Aún una semana después seguía habiendo una mancha de sangre en el suelo de baldosas. Lo único que hizo fue chivarse de un tío que traficaba con nuez moscada.
Intenté que me trasladaran a un centro de tratamiento tipo comuna para chicos descarriados en Florida dirigido de forma inteligente y semimoderna. Se llamaba Green Valley. Estaba avanzando algo en mi recuperación, pero era sabia que goteaba con lentitud.
Ahora, cada vez que iba a terapia de grupo, me rezagaba al final de la sesión y le preguntaba a mi asistente social qué se sabía de mi traslado. Por fin, un viernes, me dijo que cierta nebulosa junta de especialistas había acordado, en su inmensa compasión, trasladarme a Florida si recibían una carta del centro en la que se declarase que estaban dispuestos a admitirme. Y si recibían permiso por escrito de mi abuela que era quien había firmado mis papeles de ingreso originales.
La carta del centro no tardó en llegar, pero mi abuela escribió diciendo que yo tenía que salir de esta cosa de una vez por todas y, además, ¿cómo podía saber ella que estaba curado? y, aparte, ella sencillamente no podía permitirse la cuota de aquel centro de tratamiento. Escribí al centro y le expliqué el problema al superintendente que, muy razonablemente, escribió a mi padre para preguntarle si estaba dispuesto a aportar el dinero. A mi padre le pareció bien y volví a escribir a mi abuela… Pero, resumiendo, lo que ocurrió al final fue que mi abuela, que de repente se vio empujada a la senilidad a causa de la introspección y por mí, envió su permiso a nombre de mi asistente social en el «Hospital Lexington», y la carta pasó por casi todos los putos hospitales de la zona antes de llegarle a él. No me trasladaron hasta quince días antes de que se cumpliese el plazo para irme de todos modos.
Volví a casa para asistir a la Escuela de Green Valley, que ya no existe, en Orange City, Florida, una ciudad de retiro con una media de edad de sesenta y cinco años: «Hogar del Agua Pura», donde las dos funerarias que se repartían el negocio no daban abasto. La escuela había empezado como una comuna basada en el modelo de la Escuela de Summerhill3 para ir degenerando luego, poco a poco, hasta convertirse en un manicomio, como suele ocurrir con los experimentos comunales. Todos los que estaban allí tenían algún que otro «trastorno de conducta». Los estudiantes iban desde los más competentes, pasando por los brillantes, hasta los totalmente descerebrados. La gente del pueblo desconfiaba: «¿Qué está pasando ahí dentro?».
La escuela (en un viejo monasterio español invadido por las cucarachas) estaba organizada en torno a «familias». Cada miembro de la plantilla tenía a cargo la educación de una familia. Había una familia para los niños groguis de las flores. Había una familia vegetariana. Una familia de «pequeñines» que se hacían llamar Los Pandilleros Púrpura. Había una familia, o varias, de locos de remate –estas tenían que dividirse en grupos de dos– ningún miembro de la plantilla podía ocuparse de más de dos a la vez durante mucho tiempo sin volverse lisérgico. Eddie Sherman, por ejemplo, se pasaba las tardes haciendo zigzag por el campo al grito de «¡Putos chinos sucios y podridos!». Nigel, de dieciocho años, se envolvió en un saco de dormir y se voló la parte posterior de la cabeza con una pistola de 9mm. La bala dejó un cráter en la pared. Buckley y yo tuvimos que limpiar todo el percal. Él recogió un trozo de cráneo por los pelos ensangrentados y lo hizo bambolear horrorizado delante de su cara. Yo me puse a llorar aquella noche y durante tres días un pájaro negro sobrevoló el abeto del campus.
Mi familia estaba compuesta de fumetas, ladrones y navajeros, y se nos conocía como los Rufianes Burroughs. Yo y mis muchachos hacíamos lo que alegremente se nos antojaba. En los gratos atardeceres, algunos nos escapábamos de la escuela y descendíamos hasta las canchas de tejo para contemplar el modo en que los ancianos tropezaban y se caían. A este espectáculo lo bautizamos como La Competición del Tropiezo y la Caída. Observábamos desde una distancia prudencial y no les importunábamos.
¿Nuestra terapia? Calistenia, conocimiento, comida sana, megavitaminas, lecciones de navegación en barco y balanceo con sogas sobre estercoleros al grito de ¡yupi! También podías construirte tu propia vivienda si así lo deseabas. Las incursiones de supervivencia en el pantano eran semiobligatorias para quienes estaban físicamente capacitados; una hogaza de pan, un salchichón, jugo de bicho, purificación acuática y tabletas de sal. Siete días en el barrizal. En más de una ocasión consideramos dar caza a una vaca y matarla. Los Rufianes Burroughs se manejaban muy bien en el pantano y siempre proponían quedarse un día más.
Yo quemé mi único ejemplar de El almuerzo desnudo para hacer una fogata.
Al final del invierno, a medida que los días se fueron haciendo más largos, yo me fui poniendo cada vez más cachondo, estaba completamente salido, hasta le echaba el ojo a las cabras y eso. Ahora bien, como en la mayoría de las escuelas, follar iba en contra de la reglas, pero no podían vigilar constantemente a todo el mundo, por lo que, a pesar de los esfuerzos de la administración, había bastantes líos en el campus. Había mogollón de chicas, chicas estupendas y un montón de parejas. ¿Pero yo? No. Nanay, olvídate, hermano. Dos meses y ya me estaba empezando a doler la espalda. Sé que mis ojos se habían vidriado y quizá había desarrollado un aspecto lobuno, pero parecía espantar a las chicas. Era «La Semana Nacional de Poner Cachondo a Burroughs» todo el rato.
Fue entonces cuando la escuela me mandó en viaje de estudios a Alaska para endurecerme y enderezarme. De camino paré en St. Louis para visitar a mi abuela en una «residencia de ancianos». La residencia era un sitio de aspecto agradable en el que habían plantado árboles, hierba y arbustos, aroma de vida artificial en los lechos de flores, como si todo aquel escenario lo hubiesen dejado caer desde un helicóptero. Ojos ancianos contemplaron mi avance desde sillas de ruedas, asintiendo y sonriendo con benevolencia. En la entrada había una anciana de marfil flexible tironeando débilmente de una puerta de cristal. Se la abrí horrorizado ante mi propia fuerza y vi que al otro lado, de cara a la puerta, había una enfermera gorda sentada en una silla acolchada mascando chicle y leyendo una revista de cine. Al pasar, lo primero que hice fue pisarle el pie con toda la fuerza que pude sin que resultase intencionado y disculparme profusamente.
En recepción me dijeron dónde estaba la habitación de Laura después de consultar un archivo y preguntarme cómo se deletreaba «el nombre». Fui a la habitación y en la puerta me estaba aguardando una joven enfermera. «¿Qué utilizan por aquí, walkie-talkies?», pensé. «Puede que no le reconozca», me dijo la enfermera mientras yo echaba un vistazo a sus tetas apoyándome en la pared, sin afeitar y oliendo a humo de leña en contraste con el alcohol. Yo dije: «Sí, sí, bueno, ella me reconocerá», y abrí la puerta de un empujón.
Laura había perdido peso. Llevaba un camisón rosa y estaba amarrada con correas a una silla. «Se quita la ropa», me susurró la enfermera con obscena confianza. «¡Márchese!». Emitió un ruidito de estupefacción y se marchó a toda prisa. No me malinterpretéis. No sentí piedad alguna, solo dolor. En un mundo mejor, mi padre y yo podríamos habérnosla llevado con nosotros, pero teníamos cosas más importantes que hacer. Sus muñecas eran finas y pálidas, guarnecidas con encajes de venas azules, como los hilos de algún artesano.
Me reconoció tal y como supe que haría. Me dijo varias veces que no le gustaba aquel lugar y en el curso de nuestra charla me llamó por diversos nombres, pero me di cuenta de que eso era lo único que confundía. Que Dios me perdone, me pasaré una buena temporada en el purgatorio, porque incluso le pedí dinero, pensando en los miles de kilómetros que me quedaban hasta Alaska sin tabaco y en que lo mismo tendría que firmar algunos documentos en la mesa de las enfermeras. «Mi monedero», dijo, «mi monedero está en el aparador». No había ningún aparador. «Aquí no hay ningún aparador, mamá.»
«Mi monedero está en el cajón de arriba.»
Me pasé los siguientes diez minutos diciéndole que en realidad no necesitaba dinero y entonces entró la enfermera sin llamar. «Se le acabó el tiempo». Se marchó y yo murmuré: «No, señora, no el mío», y no pude evitar ponerme a llorar. Una sombra pálida y transparente de lo que había sido mi vieja y fuerte madre me miraba desde aquellos huesos comprimidos en una camisa de fuerza y me decía: «¡Billy! ¿Qué te pasa, corderito?». Empecé a decirle que no podía soportar verla allí, pero luego recordé que no tenía casa a donde llevarla y me quedé en silencio. Ella suspiró, miró al infinito por la ventana y volvió a darse tirones al camisón.
Muzak tocaba «Nacida libre» por los altavoces. Cuando llegó el momento de irme escuché su voz fina y vacilante a mis espaldas: «¡Ooooo! ¿No te irás?». Sus brazos delgados titubearon para alcanzarme impedidos por las correas cuando cerré la puerta. Pero me estaba yendo. Y ella también. Murió después de pasarse casi tres años en la misma silla, esperando. Me sentí culpable. A menudo me había demostrado a mí mismo que no era merecedor de su amor. Una vez incluso le sisé sus calmantes cuando se dislocó la cadera. Racionalicé que ella siempre podría conseguir más, pero en cualquier caso fue una acción muy vil.
Me quedé un poco desconcertado y me dirigí al mostrador de las enfermeras de camino a la salida para decirles que más les valía cuidar bien de ella o de lo contrario les metería un puro que ni se creerían. Me miraron con la boca abierta mientras pateaba la puerta salpicando con el barro de mis botas el suelo vidrioso.
Me compré una pinta de alcohol de farmacia y una botella de paregórico y me fui al zoo porque los bandicuts4 y los uónbats5 siempre me han hecho reír a carcajadas. Aunque mucho ojo con esos lémures de ojos tristes.
WILLIAM S. BURROUGHS: Había estado viviendo con Joan –la madre de Billy– en Nueva York, donde Billy fue concebido en una habitación de hotel. Joan era una persona extraordinaria. Nos llevábamos muy bien, pero yo no diría que estuviese enamorado. Era una relación muy íntima. Ni se me pasaba por la cabeza la idea de tener un hijo, pero te aseguro que jamás habría consentido un aborto. Estoy absolutamente en contra del aborto. Pienso que es un asesinato. Ella me preguntó y yo le dije que no lo consideraría bajo ninguna circunstancia, ni hablar.
Cuando vivíamos en Algiers, al otro lado del río en Nueva Orleans, había unos vecinos italianos que estaban todo el día causando problemas, venían y lanzaban piedras, lo uno y lo otro. Me enfrenté a ellos con mano dura. Les dije: «Salid cagando leches de mi propiedad», y así lo hicieron. Yo iba armado. No sé si lo vieron, pero debieron percibirlo. Y estaba más que dispuesto a apretar el gatillo en caso necesario. Por entonces yo tenía un buen pedazo de terreno y ellos no vivían en la casa de al lado sino en otra que quedaba bastante lejos. Solo se dedicaban a ir por ahí jodiendo, italianos bastardos.
Una vez lanzaron una piedra y le dieron a Billy en la cabeza y yo fui hasta su casa y dije: «Escuche, señora, mantenga a sus putos hijos bien encerrados en casa». Y ella me dijo: «Bueno, mi marido va a ir a por usted y le va a dar una paliza». A lo que yo le respondí: «Bueno, si lo hace, le aseguro que no volverá a casa a pie».
Pero nunca intentó hacer nada parecido. No eran más que unos asquerosos críos italianos. Bambini. Recuerdo que en Navidad se dedicaban a ir por ahí cantando. «Gloria al Judío recién nacido». Eran unos niños asquerosos, pero no idiotas. Después de aquello no me volvieron a causar problemas. Supongo que se dieron cuenta de que era un tipo al que no convenía tocarle las pelotas. Nunca vi al padre. Oí que era un hombre bastante decente. Educaba a sus hijos con mano de hierro. Y debió sentir que en aquella disputa no tenían razón, así es que jamás se presentó y nunca le vi y no tuve el menor problema con él.
ALLEN GINSBERG: Mi primer recuerdo de Billy es de México, una semana y media antes de la muerte de Joan. William había dejado a Joan y a los niños solos. Estaba en Sudamérica con Marker, su novio, un crío joven y delgado que vivía en Ciudad de México. Estaban viajando por Panamá, en busca del yagé. Fue entonces cuando Lucien Carr y yo nos dejamos caer por allí.
Recuerdo ir en coche con él, Joan Burroughs, Julie y Billy entre Ciudad de México y Mazatlán. Fue un viaje espeluznante porque Lucien iba al volante, pisándole fuerte. Y Joan le estaba incitando: «¿A qué velocidad puede ir este cacharro?». Íbamos por curvas de caminos de tierra en forma de horquilla atravesando las Sierras. Los niños estaban encogidos de miedo en el asiento de atrás a mi lado. Por aquel entonces Joan se bebía una botella de tequila al día.
Un viaje de pura ansiedad que duró alrededor de una semana. Acabamos en una carretera con rocas del tamaño de sandías buscando un lago que venía en el mapa. Pensábamos que era un buen sitio para bañarse, o una especie de pantano. Pero llevaba años seco. Yo no sé qué andaría buscando Lucien, pero al final resultó ser aquella zona de árido desierto.
Más adelante nos detuvimos junto a un río, un río como el río del Edén de los dibujos de Blake. Pero era sinuoso y estaba plagado de serpientes, como un río de la jungla. Y Joan se puso a nadar. Se sumergió durante más tiempo de lo normal y la perdimos de vista. Nos empezamos a preocupar de verdad y pensamos que se había ahogado. Pero ella solo se había alejado imprudentemente y nos llevó un montón de tiempo recuperarla. Así es que yo pensaba: ¿qué problema tiene?, ¿es una suicida? Y aquello debió desempeñar cierto papel en el disparo que acabó con su vida.
Billy me contó que recordaba vagamente aquel viaje, el miedo. Por entonces tenía cuatro años. Me dijo que conservaba un tenue recuerdo de ir agazapado en el suelo del asiento de atrás cubriéndose la cabeza con las manos. El viaje también fue traumático para mí. Desde aquel viaje los coches me aterraron. Lucien estaba bebiendo, Joan estaba bebiendo. Ignoro si ella también se metía anfetaminas por aquel entonces.
Recuerdo el apartamento donde vivían William, Joan y los niños, en el 210 de la calle Orizaba. Era en el segundo piso, con suelos de baldosas rojas. Se trataba de una calle modesta. Casas de dos plantas y una cantina. Un restaurante al final de la calle donde Joan comía huevos rancheros.
Joan había sufrido parálisis infantil y cojeaba. Le faltaban algunos dientes. Tenía el rostro arrugado. Se había metido un montón de anfetaminas, había padecido una psicosis anfetamínica en el 45, cuando se metía dos o tres tubos de benzedrina al día, rompía los tubos inhaladores para abrirlos y se tragaba el contenido.
Sufría alucinaciones, escuchaba a gente discutir en el piso de abajo. En realidad Joan tenía muy buen oído, por lo que nadie dudaba de ella. Pero nadie había visto antes un adicto a la meta. Podía oír a través de las paredes como un murciélago. Cuando vivíamos en el mismo apartamento de Nueva York me dijo que podía escuchar perfectamente a los ancianos del piso de abajo, una pareja que desaprobaba todas las idas y venidas de su apartamento. Hablaban de ella como si se tratase de una puta, con todos aquellos tipos que entraban y salían: yo, Kerouac, Hal Chase, Herbert Huncke, Phil White, un montón de gente. Joan pensaba que hablaban de llamar a la policía. Un día les oyó en una pelea feroz y pensó que el hombre la estaba estrangulando allí abajo. Así es que Jack y yo nos precipitamos por las escaleras para derribar la puerta y rescatarla, pero no había nadie en casa.
Joan se quedó muy sorprendida al descubrir que había estado teniendo alucinaciones auditivas. Reaccionó de un modo muy sensato, de alguna manera lo aceptó y se paró a considerarlo. Frunció el ceño y dijo que tendría que ponderar los efectos de la benzedrina en su organismo.
Estando embarazada de Billy, de vuelta en Texas, sé que siguió dándole al alcohol y posiblemente a las anfetaminas. Recuerdo que Huncke tuvo que ir un día a Houston para conseguirle inhaladores de benzedrina. Así es que el metabolismo de Billy pudo estar condicionado desde antes de nacer.
Cuando Billy no era más que un recién nacido fui a visitar a Bill y a Joan. No recuerdo dónde estaban viviendo –lejos, puede que en Jones Beach, Coney Island, Rockaway–, cerca del océano, en cualquier caso. Billy Jr. no era más que un bebecito diminuto, tendido en una manta. Vino Bill y se sentó a su lado, lo miró y el crío lo miró a él con una expresión muy seria, los dos allí mirándose el uno al otro, muy serios, comunicándose de un modo de lo más normal e íntimo.
Fue la primera vez que vi a un padre junto a su hijo, con esa diferencia de edad, y aquella cosa tan sublime en su manera de comunicarse. O quizá no fue más que la calma con que Bill se asomó a los ojos de su hijo y la tremenda confianza con que su hijo le devolvió la mirada. O puede que solo fuera un intercambio de miradas sin obstáculos.
De repente me di cuenta de la inteligencia del crío, de cualquier bebé, me percaté de que allí había un ser plenamente consciente mirando a otro ser plenamente consciente pero más grande que él y que también se estaba asomando a sus ojillos. Era tal la calma. Todo tan sublime y tranquilo. Me asombró ver a Bill tan sosegado, asomándose a los ojos de su hijo. También me resultó asombroso ver a Bill intimando tanto con alguien.
En septiembre de 1951 yo conducía de vuelta a Nueva York con Lucien. Su coche se averió en Houston. Era sábado y él tenía que estar de regreso en el trabajo el lunes. Trabajaba en United Press. Así es que voló lo que le quedaba de camino y dejó el coche en un taller. Me dio algo de dinero y me fui con Patchkie, su perro, a Galveston. Alquilé un sitio barato en la playa. A los dos días de instalarme abrí un periódico y me topé con aquella breve noticia que decía que William Burroughs le había pegado un tiro a su mujer en Ciudad de México.
El hermano de Bill, Mort, fue a México y no tengo ni idea de lo que ocurrió, pero se arreglaron las cosas para que Billy se fuese con sus abuelos. Los padres de Joan se quedaron con Julie y desde entonces no hemos vuelto a saber nada de ella, aunque tanto Jack como yo nos sentíamos muy próximos a ella. La conocíamos desde el 45.
Joan se llevó a Bill a su apartamento de Nueva York en el 45. Se hicieron amantes. Ella estaba muy orgullosa de él y se pasaban las noches allí tendidos, hablando. Ella le abrazaba. Dormían juntos. Tuvieron un bebé. Tuvieron a Billy.
Luego me mudé yo. Ella invitaría más tarde a Hal Chase. Más adelante, Huncke se quedaría de vez en cuando, Kerouac también se instaló allí. En medio de aquella multitud, Joan se sentía agradecida por la atención que le profesaba Bill. No era muy exigente, no era celosa.
Creo que ya en los cincuenta Joan renunció a Bill. Es probable que para entonces ya no les funcionase mucho la cosa, eróticamente. Que Bill tuviese o no novios o novias no le importaba demasiado a Joan en aquellos días. Ella ya había renunciado al sexo. Padecía psicosis anfetamínica y se estaba bebiendo una botella de tequila al día. El rostro de Boticelli que una vez había lucido, se había avejentado y se le había hinchado por el alcohol.
Billy siempre me recordaba a Joan, su misma frente alta y bulbosa. Yo diría que nunca fue atractivo. Su cara siempre se me antojó un poco oscura, como la de Poe. Recuerdo que me propuse verle cuando cumpliese los dieciocho, los diecinueve, pensando que entonces le seduciría, pensando que él sería joven y guapo. Pero en cuanto le vi se desvaneció de golpe cualquier deseo de liarme con él.
Durante mucho tiempo di por hecho que los dos niños estuvieron presentes en la habitación cuando lo del disparo. En algún momento hablé con alguien que estuvo allí. Estuvo Marker, estuvo aquel otro tipo que luego, en 1956, sería camarero del The Place en San Francisco. Y hubo una tercera persona. Y la historia que me contaron los tres difiere de la versión de Bill.
Yo no habría ido por ahí contando aquella versión si hubiese sabido que la de Bill la contradecía, salvo que eso fue lo que oí y lo que creí desde 1956. E incluso antes, porque en el 53 Bill se había enamorado de mí y vivía conmigo. Tuvimos largas conversaciones sobre lo ocurrido. Yo no le acusaba, solo adoptaba una perspectiva dostoyevskiana, distanciada, en un intento de descubrir cómo habían sucedido realmente las cosas. Así es que mi versión es una imagen compuesta, una imagen que he ido recogiendo y acumulando después de chequear las versiones de casi todo el mundo.
Creo que puedo ser la única persona que ha hablado con todos los que estuvieron presentes en aquella habitación, aparte de Bill, particularmente sobre el detalle de quién le puso el vaso en la cabeza y lo inició todo. Y me inclino a creer mi versión a causa del comportamiento que tuvo Joan durante aquel viaje en coche con Lucien, apenas una semana antes. Creo que Lucien estaba teniendo una aventura con ella y que estaban muy vinculados. Se entendían muy bien. Creo que follaban, aunque no estoy seguro.
WILLIAM S. BURROUGHS: Jugaba a una cosa con Billy que se llamaba Nuestra Casa, un juego al que su abuelo había jugado conmigo cuando yo era pequeño. Fue antes de la muerte de Joan, antes de todo. El juego consistía en que teníamos una casa en Ecuador. Yo la dibujaba. Bocetillos. Y teníamos un mono. Nuestro mono. Había gatos peligrosos en la jungla, así que nuestra casa se alzaba sobre pilotes. Era inaccesible. Era un lugar seguro.
Billy escribió mucho sobre su abuelo, mi padre. Lo describió como enigmático, básicamente inquieto, y sin duda lo fue. No se podía determinar lo que había ahí, lo que le motivaba. Era un ateo convencido. Un materialista. Nunca le gustó hablar de sí mismo, ni de nadie de la familia. Todo lo que averigüé de la familia, lo averigüé a través de mi madre. Mi padre tuvo tres hermanos: Jenny, Horace y Helen. Horace era drogadicto y alcohólico. Mi padre trató de que siguiera el buen camino, lo sacó a rastras de los bares, todo lo que fue necesario. Madre decía que cada vez que Horace entraba en una habitación era como si alguien se acabase de ir. No había nada. Había sido un joven atractivo pero ya no le quedaba un solo diente.
Los cuatro hermanos vendieron la Corporación Burroughs por cien mil dólares cada uno. Horace se gastó su parte en un año. No tenía ni pizca de sentido común. Se suicidó con un trozo de cristal roto en una pensión de Detroit.
Jenny fue una de esas borrachas empecinadas que deambulaban por las calles de St. Louis. Mi padre recibía una llamada de teléfono desde la comisaría: «Jenny está aquí otra vez». Y él iba y trataba de hacer algo. Lo último que le dio fue un billete de autobús de ida a Seattle. Y nunca volvimos a saber de ella. Todo esto ocurrió siendo yo muy joven. Mi madre me lo contó. Mi padre ni lo mencionó. No tengo ni idea de qué fue de tía Helen.
ALLEN GINSBERG: La primera vez que visité a Billy y a los abuelos en 1956 pensé que identificarían algo sospechoso en mí, que era judío. ¿Qué estaba haciendo yo en Palm Beach con esta familia goyish6? Pero me dejaron pasar la noche, cocinaron para mí en Nochebuena. Yo era plenamente consciente de que estaba viendo a los padres inmortales del inmortal Bill. Porque amaba a Bill y la idea de que tuviese padres y de que fuesen reales resultaba asombrosa, pero lo que realmente me descolocó fue que fuesen tan bondadosos.
WILLIAM S. BURROUGHS: Billy, a los dieciséis años, quiso venir a Tánger. Deseaba conocer a su padre. Hizo el vuelo transatlántico a pesar de su miedo a volar. Me encontré con él en Lisboa. Luego fuimos a Madrid. Tenía la cara redonda, moreno de pelo. Ni el menor parecido. Se parecía mucho más a su madre. Había muy poco de mí en su rostro.
Había estado encadenando fracasos por distintos colegios: iba, no le gustaban y los dejaba. Fue saltando de colegio en colegio, algunos internados que no le habían gustado nada. Mis padres se veían en apuros por tener que afrontar el pago de su instrucción, así es que pensaron que el viaje a Tánger sería una buena idea.
Con que ahí le tienes. No sé si realmente llegué a conocerle de verdad en algún momento. Fue artificial y complicado, muy parecido a la sensación de convivir con un completo desconocido. Asistió al colegio americano de Tánger tres días y lo dejó. Creo que iba al décimo o al undécimo curso. Tres días y luego dijo que no quería volver. Dijo que era demasiado penoso. Demasiado penoso levantarse y subirse al autobús. «Además, no me están enseñando nada», dijo. No había ni una puta cosa que yo pudiera hacer. Él no quería ir y punto. Yo no podía hacer nada. Nada funcionó.
Lo único constructivo que hizo durante su estancia en Tánger fue ir a clases de guitarra flamenca. Tenía una guitarra, la tocaba, llegó a entablar amistad con un grupo de jóvenes, algunos del colegio americano, un par de muchachos árabes del colegio americano que estaban en la onda. Se relacionó con nueve o diez chicos.
Nunca dijo nada de mi vida con Ian, pero me di cuenta de que rechazaría cualquier idea, cualquier sugerencia que le pudiera hacer. Como cuando le decía: «Bill, no quiero que dejes el kif y la pipa ahí, en la puta mesa, a la vista de cualquiera del Consulado Americano que le dé por entrar». Y todas las putas veces me los volvía a encontrar ahí. Yo mismo los quitaba. Por supuesto sabía que lo hacía a propósito pero ¿qué se puede hacer con alguien que tiene un mecanismo deliberado para llamar la atención? Es evidente que me lo estaba haciendo pagar. Yo intentaba hacer algo que fuese constructivo para él, pero no servía de nada, de nada, ¡nada!
Invitaba a gente a mi casa, ponía discos y bailaban. Fumaban marihuana. Lo único que me preocupaba era que llegase a oídos del Consulado. Lo que, por lo visto, ocurrió. Se lo dije a Billy cuando se marchó, le dije: «Billy, por lo que más quieras, no intentes pasar nada a Estados Unidos». Pero lo hizo. Me dijo: «Bill, no llevo nada». Pero llevaba majoun. Fue una encerrona. No sé quién le hizo la cama, pero en cuanto llegó al aeropuerto le metieron en un cuartucho y lo encontraron enseguida. Le dijeron: «Bueno, eres demasiado joven para pasar la noche en la cárcel, no creo que sea gran cosa». Desde entonces su nombre figuró en sus archivos.
Pasó seis u ocho meses en Tánger. Tenía que volver y graduarse en el instituto. En apariencia no estaba sucediendo nada inconveniente ni desagradable, nada malo en apariencia. Pero no estábamos conectando. No conectábamos, todo era como muy forzado. Yo me culpaba mucho por no haberme sentado nunca de verdad con él para explicarle, lo mejor que pudiera, la muerte de Joan y todas sus circunstancias. El sentimiento de posesión y todo lo demás. Nada. Jamás le expliqué aquello en absoluto. Naturalmente, él estaba enterado de todo. No es que se mostrase exactamente arisco sino más bien inaccesible y muerto, emocionalmente.
No le preparaba la comida. Se levantaba, se cocinaba algo y a veces almorzaba en el Bar Parade, pero yo nunca le hice la comida. Nada de nada. Distintas personas que cenan en distintos momentos. Solíamos ir a comer a la ciudad.
Decidió que quería regresar a Estados Unidos y graduarse en el instituto. Me dijo: «Bueno, quiero volver y hacer eso». Y me soltó esa cosa tan extraña, me dijo: «Estoy seguro de que aquí es donde se acaba todo para mí». Incluso en aquel momento, qué cosa más extraña. ¿De qué cojones estaba hablando?
Cuando yo tenía dieciséis años, la idea de ir a Tánger habría sido de lo más romántica. Habría entrado en trance. Nirvana. Fumaría hachís y vería todas esas cosas. Pero parecía que a él le importaba una mierda.
Es la gente joven de hoy en día. No parece que quieran ir a ninguna parte ni ver nada. Ni el menor entusiasmo por lo que sea. No pareció impresionarle en absoluto estar en contacto con otra realidad. De ningún modo. Pienso que es algo típico de los jóvenes de hoy. Lo que a mí me habría parecido algo tremendamente romántico, algo que me cambiaría para siempre. ¡Dios! ¡Tánger! ¡O incluso París! Esa capacidad de asombro ya no existe. La primera vez que fui a Tánger tenía cuarenta años, pero a los dieciséis me habría sentido transportado. A él lo mismo le hubiese dado ir a Toledo, Ohio.
GEORGE VON HILSHEIMER: La primera encarnación de la Escuela de Green Valley fue al norte del estado de Nueva York, en el 64, en una granja abandonada. Lo anunciamos a bombo y platillo en todos los periódicos liberales de la ciudad de Nueva York, y éramos baratos. Dios mío, podías pasarte todo un verano con nosotros por solo 360 dólares. El padre de Billy había visto nuestro anuncio en el Village Voice y estaba ideológicamente comprometido con lo que hacíamos. Billy vino a la escuela durante una temporada en el 66. Éramos una comuna anarquista. En aquellos días yo estaba completamente loco. Mi idea era tomar la idea de Summerhill y crear un entorno intelectual que conectase con los chicos, nada que ver con una condena en prisión.
Entonces vino el millonario aquel y quiso montar una escuela en Florida. Encontramos un monasterio construido por unos chiflados monjes episcopalianos cerca de Orange City, y lo compramos. Esa fue la segunda encarnación de la Escuela de Green Valley. Esta vez decidimos aceptar solo chicos brillantes. Pero acabamos con un montón de tíos raros, incluyendo a Billy. Vino después de haber sido arrestado en Nueva York y de haber pasado un tiempo en el hospital de Lexington, el mismo lugar al que había ido a curarse su padre.
WILLIAM S. BURROUGHS: Estaba viviendo en Londres cuando me llegó un telegrama de Madre informándome de que habían arrestado a Billy por falsificar una receta de benzedrina. Yo había estado intentando convencerle de que se viniera a Inglaterra. Estaba a punto de venir, y entonces me llegó aquel telegrama.
Regresé a Palm Beach y me quedé allí unos dos meses, traté de enderezar la situación. Hablé con el abogado, me enteré de todo el asunto. Les había tocado un juez muy antipático. Así es que dije: «Muy bien, si Billy acepta ir a Lexington para desintoxicarse, ¿querrán retirar los cargos?». Y él me dijo: «Sí, lo harán». Por lo visto pensaba que si iba a juicio le iban a caer dos años en una prisión muy dura. Realmente horrible, una pesadilla para Billy. No metían a la gente en la cárcel local. Se trataba de un delito estatal. Iría a una prisión estatal. Eso habría sido atroz.
Así es que hice un trato con el fiscal del distrito: si Billy iba voluntariamente a Lexington retirarían los cargos. Aceptaron y fue a desintoxicarse. Le llevé yo. Mi padre ya había muerto en aquel entonces y Madre no podía ocuparse de Billy. Los agentes de narcóticos estaban todo el rato controlándole. En una ocasión le intentaron convencer para que tendiese una trampa a alguien, trataron de obligarle a convertirse en un soplón, y Madre llegó a casa. Aquellos tipos estaban en su casa, dos agentes de narcóticos, agentes estatales, no federales, y Madre entró y en cuanto los vio allí les dijo: «Ya están saliendo ahora mismo de mi casa, y no quiero volver a verles».
Billy estaba preparado para hacer lo que fuese, estaba aterrorizado. Y mientras, se dedicaba a ir por ahí dando tumbos, comprando paregórico y haciendo cosas así. Mi madre vino una noche con una bolsa de botes vacíos de paregórico. Se los quité y los arrojé al lago Wood. Todos los amigos sofisticados de Madre, en cuanto arrestaron a Billy por lo de la falsificación de la receta, hicieron uhhhhhhh y no quisieron volver a saber nada de nosotros, nos abandonaron. Madre y yo cocinábamos cosas congeladas todas las noches y nos tomábamos tres o cuatro copas. Billy estaba en libertad bajo fianza. Pero casi nunca paraba por casa.
A Billy le daba tanto miedo volar que, cuando fuimos en avión de Palm Beach Oeste a Atlanta, al aterrizar se encontraba en un estado de colapso total. Viajar con alguien al que le da miedo volar es terrible. Terrible, terrible. Así que cuando llegamos a Atlanta no pudo seguir en avión. Hacía mal tiempo, montones de nieve, así es que iba a alquilarse un coche allí mismo y luego se reuniría conmigo en Lexington.
Yo volé a Lexington en una avioneta. Me dirigí al hotel y él aún se encontraba lejos, muy lejos. Así que subí a mi habitación y me puse a llorar y a llorar y a llorar. Incluso entonces ya era consciente de que él estaba condenado, que iba a morir. Me refiero a que uno puede percibir que alguien se va a morir y sentir el dolor. El dolor es siempre una reacción saludable y nunca algo de lo que haya que avergonzarse. No hay que avergonzarse de las lágrimas.
Esperaba que llegase en algún momento de la noche y llegó a la mañana siguiente. Pero, de acuerdo, llegó. Le registré en Lexington. Así fue.
GEORGE VON HILSHEIMER: Yo estaba emocionado con El almuerzo desnudo. Era lo más. Solía leerlo en voz alta. Y aquí venía de pronto Billy, supongo que porque no encajaba en ninguna otra parte. No era ni mucho menos tan singular, salvo por su poblada barba, su aspecto abatido y su notoriedad. No hacía mucho que había salido una foto suya en la revista Esquire junto a su padre.
Inicialmente tuvimos la ilusión de estar montando una escuela para fracasados talentosos. Pero resultó que todos aquellos fracasados talentosos eran, más que fracasados, chicos bastante rajados y con problemas, así que seguimos adelante y montamos una escuela específicamente para chicos con problemas. ¿Cuál era el problema de Billy? Era el típico muchacho súper-brillante que no quería trabajar. Fascinador e interesante, un poco huraño, algo nada raro a su edad. Aunque era muy escurridizo. Se las ingenió varias veces para colar drogas en la escuela y por ello tuvimos algunos careos bastante violentos.
RON NOWICKI: Green Valley era como Summerhill con un poco de Wilhelm Reich en la mezcla. George se había formado en terapia Reichiana y había criado a su hijo en un acumulador de orgón. Mi ex mujer asistió a una conferencia suya en Nueva York y se quedó impresionada, pensó que era carismático. Subimos a trabajar a la escuela, pasando fatigas.
En el verano del 66 vino Billy al Green Valley de Nueva York. Era muy silencioso y reservado. Su rostro parecía un mapa del Medio Oeste. Era delgado, medía cerca de 1,77 pero tenía un rostro amplio, un rostro estragado, sereno y poco llamativo.
La escuela se encontraba en plena batalla contra la Junta Escolar de Nueva York que se presentó una vez en la escuela y retiró a todos los chicos porque no estábamos acreditados. La escuela era para niños trastornados y se conocía por ser el último recurso para chicos echados a perder. Llamamos la atención.
Luego vino el benefactor de Florida y Hilsheimer me pidió ser el director de la escuela que se iba a fundar allí. Las normas eran más laxas. George quería que la escuela se acreditase como hospital. Teníamos enfermeras internas y cuatro psiquiatras. Se encargaría de mandar a los chicos a un campamento de pesca en Alaska para intentar devolverles al buen camino. Billy fue al campamento con otros tres chicos. Tres de ellos están ahora muertos y el otro en un hospital mental. Fue entonces cuando Billy empezó a beber, en aquel viaje a Alaska. Cumplió los veintiuno allí arriba, se tomó unas cuantas copas y le gustó.
A George le gustaban las armas y lo militar. Había estado en programas de inteligencia militar y de supervivencia. Tenía armas en un gabinete cerrado con llave de la escuela. En Pascua, un niño que había estado en un hospital mental logró acceder al gabinete, se metió el cañón de una pistola en la boca y se voló los sesos. George había decidido que la mejor manera de tratar con chicos delincuentes era ser duro con ellos. Parecía un liberal, pero por dentro era un paleto. A Billy también le gustaban ese tipo de cosas y admiraba a George incluso cuando George le gritaba. Billy me dijo que Hilsheimer estaba a favor de la pena de muerte y de meter a todos los drogadictos en la cárcel.
Un día vino a mi despacho el administrador y me dijo: «Nos ha llegado una factura del farmacéutico inusualmente alta». La escuela había recibido a través de un farmacéutico una relación pormenorizada de todos los medicamentos que contenían paregórico. El médico le había dado una receta a uno de los chicos para una infección de oído y el crío había hecho copias. Cada semana iban a la farmacia de Orange City, conseguían aquel medicamento, lo cocinaban en su habitación y se chutaban el paregórico. Escondían las jeringuillas en el brazo del tocadiscos. Y todo eso lo estaba pagando la escuela.
GEORGE VON HILSHEIMER: Mandamos a Billy a Alaska para que probase la vida dura. Green Valley organizaba allí arriba un campamento de pesca. Mandábamos a los alumnos para que experimentasen la crudeza, la realidad, la realidad mágica. La realidad de ir, de afrontar y de hacer; hacer que las cosas vayan bien en una situación extrema. Sin gilipolleces. Solo ser capaz de hacerlo. El tipo que lo dirigía tenía los pies en el suelo, un ser humano sencillo, hogareño como un pedo. Era una experiencia extremadamente buena para todo el mundo, salvo para quienes no podían arreglárselas. Pero Billy respondió bien a la experiencia de Alaska. Se mantuvo en forma después de aquello más que con cualquiera de las otras cosas que intentó. ¿Cuánto tiempo permaneció limpio? Difícil saberlo.
ALLEN GINSBERG: Billy y yo estábamos en College Hill, en Boulder, y la policía se puso a lanzar gas lacrimógeno por el campus. Nos gasearon juntos. Yo escribí un pequeño poema sobre aquel suceso: «Gas lacrimógeno… gas lacrimógeno… el gas lacrimógeno ha alcanzado a mi cabra… gas lacrimógeno». Está en First Blues.
Le eché la bronca a Billy por desmadrarse y crear más ansiedad. En vez de intentar huir del gas lacrimógeno lo que hizo fue cabrearse con el gobierno y cabrearse con todo el mundo. Yo lo interpreté como histeria. Se estaba enfadando con toda razón con los policías, gritándoles «cerdos» o cosas peores. Pero no había nada que hacer, no tenía sentido salir y golpearles o lanzarles piedras.
Se estaba encabronando cada vez más. Yo estaba un poco sorprendido, a la vez que encantado, de que Billy tuviese semejante conciencia social, pero al mismo tiempo sentía que me estaba desafiando, como persona adulta, a cabrearme, a tener una reacción punk, y yo no me sentía así exactamente. Estaba muy cabreado, pero no de esa manera.
También temía que acabase provocando la carga de la policía y que nos reventasen la cabeza. Yo había estado en un montón de manifestaciones y me habían lanzado gas lacrimógeno en un par de ocasiones. Pero creo que esa fue la primera vez que gaseaban a Billy y estaba atónito. Así que me dirigí muy en serio a él y le dije: «Espera un momento, esto es real. Afróntalo». Pero lo mismo él tenía razón, ya sabes. Solo estaba expresando su inocente indignación ante el hecho de ser gaseado.
De vez en cuando me pasa que estoy con alguna persona joven, sobre todo radicales, y de pronto se ve poseída por una justa, enorme y amenazadora ira que yo me encargo de amortiguar. Es como si me estuvieran acusando de formar parte del «sistema» por tomármelo con tanta calma. Tampoco es que sepa qué hacer, pero lo que no quiero es perder los papeles.
GEORGE VON HILSHEIMER: La que no tardaría en ser esposa de Billy, Karen, era la más pura destilación de la Princesa Judeoamericana, una JAP7 en toda regla. Cuando piensas en ella el nombre que te viene a la cabeza es el de Raquel. Era una zorra muy desatada. Un bombón, una de las zorritas más calientes que he visto en mi vida. Todavía existen hombres que han construido santuarios en su mente para adorarla. Pero tenía temperamento y no había quién la callara. Una vez nuestro decano la disciplinó y ella llamó a la pasma. Puede que la abofetease.
Cuando Karen dijo que quería casarse con Billy escribí una carta a sus padres, una de las cartas más ingeniosas que he redactado en mi vida. Karen se avergonzaba de los valores de clase media de sus padres. Y de que su padre le diese tantísima importancia a su origen judío, al hecho de que su nombre se remontase hasta el mismísimo Maimónides. Redacté la carta en ese contexto, refiriéndome a sus chiflados valores, diciéndoles que, en efecto, este chico está en apuros y también andamos preocupados por la chica con la que se va a comprometer, y que él es el vástago, el heredero de esa famosa familia.
Mi mayor confrontación con Billy fue cuando pegó a Karen. Recuerdo que fui hasta su cama y le dije que si le volvía a poner la mano encima le iba a matar. Se lo solté a la cara y le bramé como un sargento marine a un recluta. Soy un contrincante bastante violento y mi postura básica es que una buena familia ha de ser autoritaria. No en todo, pero sí en las cosas importantes. Hay que tratarles con dureza. No estaba dispuesto a tolerar que un hombre abusase de una mujer en la escuela, aun cuando lo más seguro es que ella le hubiese provocado.
En cuanto a lo de que los estudiantes se liasen entre sí, yo siempre les decía: «Si llego a enterarme, si sois incapaces de ser discretos, entonces se convierte en asunto mío». Creo que la privacidad es la base de la moralidad. El respeto por el espacio del otro. La mayoría de los críos norteamericanos no poseen el concepto de privacidad, y la sexualidad no es más que otra manera que tienen de agraviar a sus padres.
ALLEN GINSBERG: En determinado momento le enseñé a Billy una fotografía de Joan con la herida del disparo que había sacado de la morgue. Él había estado entre rejas. Se estaba portando mal, metiéndose en líos. Pensé que necesitaba algo que le espabilase. Y aquella foto andaba por casa. Así que se la solté. Él no quiso verla. Creo que ni la miró. Pensé que había una realidad definitiva a la que tenía que enfrentarse, aquella imagen de su madre muerta con una bala en la frente. Pensé que si percibía algún atisbo de realidad en la muerte, quizá recobrase la sobriedad. Mi intención no era torturarle, me limité a mostrarle algo extremo. Con todo lo jodida que era, se trataba de su historia. Me sorprendió que careciese de esa clase de impersonalidad shakesperiana o dostoievskiana que le llevase a querer mirarla. Por otro lado, pensé, bueno, quizá sea un craso error obligarle a ver estas imágenes de muerte a un muchacho joven y sensible que está tan jodido.
1 En español en el original. (N. del T.)
2 «Aquí», en francés. (N. del T.)
3 Escuela fundada en 1921 por Alexander Sutherland Neill en la aldea de Leiston, en Suffolk, Inglaterra, a unos 160 kilómetros de Londres. Es una de las pioneras dentro del movimiento de las Escuelas democráticas. (N. del T.)
4 Nombre común con que se conoce a los peramélidos, mamífero marsupial parecido a una rata. (N. del T.)
5 Nombre común con que se conoce a los vombátidos, familia de los marsupiales diprotodontos. (N. del T.)
6 En hebreo un no-judío, un gentil. (N. del T.)
7 Siglas de Jewish American Princess. Estereotipo peyorativo de cierta clase de mujer judía norteamericana criada en un entorno rico, privilegiado, materialista y neurótico a la que suele describirse como represiva en el sexo, vaga, egocéntrica y extremadamente preocupada por las apariencias. (N. del T.)
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