Kitabı oku: «Rey Mono»

Rey Mono
Título original: Monkey
D. R. © 1943, Arthur Waley, por el prólogo, la edición y la traducción al inglés
D. R. © 2020, Wendolín Perla, por la traducción al español
Ilustración de portada: Gabriel Pacheco
Primera edición: agosto de 2020.
D. R. © 2020, de la presente edición en castellano para todo el mundo:
Perla Ediciones, S. A. de C. V.
Venecia 84-504, colonia Clavería, alcaldía Azcapotzalco, C. P. 02080, Ciudad de México
www.perlaediciones.com / contacto@perlaediciones.com
Facebook / Instagram / Twitter: @perlaediciones
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
ISBN: 9786079889869

Conversión eBook:
Mutāre, Procesos Editoriales y de Comunicación
ÍNDICE

Página de título
Página de créditos
Prefacio
La historia del Rey Mono
I
II
III
IV
V
VI
VII
La misión de Kuan-yin
VIII
Historia familiar de Hsüan Tsang
IX
El emperador es convocado al inframundo
X
Lo que ahí experimentó
XI
La Ceremonia General de Muertos
XII
El peregrino emprende su viaje
XIII
La domesticación del Rey Mono
XIV
El caballo dragón
XV
Cerdito se une al viaje
XVI
XVII
Arenoso lo sigue
XVIII
El demonio león en el reino de Cuervo-Gallo
XIX
XX
XXI
El reino del Carro Lento
XXII
XXIII
XXIV
El río que Corre al Cielo y el Gran Rey de los Milagros
XXV
XXVI
XXVII
La misión cumplida
XXVIII
La calamidad ochenta y uno
XXIX
XXX
Acerca del autor
Acerca de este libro

Para Beryl y Harold
PREFACIO

ESTA HISTORIA FUE ESCRITA por Wu Ch’êng-ên, de Huai-an, en Jiangsu. No se conocen las fechas exactas, aunque parece que vivió entre 1505 y 1580 de nuestra era. Tenía cierta fama como poeta y algunos de sus versos, bastante comunes y corrientes, sobreviven en una antología de poesía de la dinastía Ming y en un diccionario geográfico local.
Tripitaka, cuyo peregrinaje a la India es el tema del relato, es una persona real, más conocida por la historia como Hsüan Tsang. Vivió en el siglo VII de nuestra era y hay detallados relatos contemporáneos de su viaje. Ya en el siglo X,y probablemente antes, el peregrinaje de Tripitaka se había convertido en tema de todo un ciclo de leyendas fantásticas. Del siglo XIII en adelante estas leyendas se han representado con regularidad en los escenarios chinos. Wu Ch’êng-ên tenía, por tanto, mucho material a partir del cual trabajar cuando escribió este cuento de hadas. El libro original es, en efecto, inmenso, y por lo general se lee en formas condensadas. El método que se adopta para esas abreviaciones es dejar la cantidad original de episodios separados, pero reducir su extensión de manera drástica, en especial al cortar diálogos. Yo he adoptado sobre todo el principio opuesto: omitir muchos episodios, pero traducir casi completos los que se conservan, dejando fuera, sin embargo, la mayoría de los pasajes incidentales en verso, que no se trasladan nada bien al inglés.
Rey Mono es único en su combinación de belleza con absurdo, profundidad con sinsentido. Folclor, alegoría, religión, historia, sátira antiburocrática y poesía pura: éstos son los elementos singularmente diversos de los que el libro se compone. Los burócratas de la historia son santos en el cielo, y podría suponerse que la sátira se dirigía contra la religión más que contra la burocracia. Sin embargo, la idea de que la jerarquía celestial sea una réplica del gobierno terrenal es aceptada en China. Aquí, como de costumbre, a los chinos se les va la lengua, mientras que otros países sólo nos permiten hacer conjeturas. Con frecuencia se ha planteado la teoría de que los dioses de un pueblo son la réplica de sus gobernantes terrenales. En la mayoría de los casos la derivación es poco clara, pero en la creencia popular china no hay ambigüedad. El cielo no es más que todo el sistema burocrático transferido corporalmente al empíreo.
En lo que respecta a la alegoría, está claro que Tripitaka representa al hombre ordinario, que ansiosa y trabajosamente sortea las dificultades de la vida, mientras que el Rey Mono simboliza la inquieta inestabilidad del genio. De nuevo es evidente que el cerdo Zhu simboliza los apetitos físicos, la fuerza bruta y una especie de torpe paciencia. Arenoso es más enigmático. Los comentaristas dicen que representa el ch’êng, que suele traducirse como “sinceridad”, pero significa algo más cercano a “entusiasmo”. No fue una idea de último momento, pues aparece en algunas de las primeras versiones de la leyenda, pero debe reconocerse que, aunque de algún modo inexplicable es esencial a la historia, se trata de un personaje anodino que en ningún momento queda bien definido.
Se presentaron extractos de este libro en History of Chinese Literature de Giles y en A Mission to Heaven de Timothy Richards, en una época en que no se conocían sino abreviaciones. Helen Hayes da una explicación sencilla aunque muy inexacta al respecto en A Buddhist Pilgrim’s Progress (serie Wisdom of the East). Hay una paráfrasis demasiado libre en japonés a varias manos, con un prefacio fechado en 1806 por el famoso novelista Bakin. Contiene ilustraciones, algunas de Hokusai, y uno de los traductores fue Gakutei, discípulo de Hokusai, que reconoce que cuando emprendió la tarea no tenía conocimientos de chino coloquial. Hace años perdí mi ejemplar de esa versión japonesa y estoy agradecido con Saiji Hasegawa, exdirector de la casa londinense de la Agencia de Prensa Domei, que generosamente me la obsequió. El texto que empleé para la traducción fue publicado por la Oriental Press de Shanghái en 1921.
ARTHUR WALEY
I
LA HISTORIA DEL REY MONO

HABÍA UNA ROCA que desde la creación del mundo fue labrada con las esencias puras del cielo y los magníficos sabores de la Tierra, el vigor de la luz del sol y la gracia de la luz de la luna, hasta que al final quedó mágicamente preñada y un día se abrió y dio a luz a un huevo de piedra casi del tamaño de una pelota. Fertilizado por el viento, se convirtió en un mono de piedra, con todos sus órganos y extremidades. Este mono enseguida aprendió a trepar y correr, pero su primer acto fue hacer una reverencia hacia cada una de las cuatro direcciones. Al hacerlo, una luz acerada salió como flecha de los ojos de este mono y su destello alcanzó el palacio de la Estrella Polar. Ese rayo de luz dejó estupefacto al Emperador de Jade, que estaba sentado en el palacio de Nube de los Portones de Oro, en el salón del Tesoro de los Sagrados Vapores, rodeado de sus ministros magos. Al ver ese extraño destello de luz, les ordenó al Ojo de las Mil Leguas y al Oído Bajo el Viento que abrieran la Puerta Sur del cielo y se asomaran. Estos dos capitanes obedecieron y salieron enseguida al portón; miraron con tal agudeza y escucharon tan bien que pronto pudieron informar:
—Esta luz acerada proviene de la montaña de Flores y Fruta, en las fronteras del pequeño país de Ao-lai, ubicado al este del sagrado continente. En dicha montaña hay una roca mágica que dio a luz a un huevo. Ese huevo se convirtió en un mono de piedra y, cuando hizo su reverencia a las cuatro direcciones, una luz acerada salió de sus ojos con un brillo que alcanzó el palacio de la Estrella Polar. Ahora está bebiendo algo y la luz se está apagando.
El Emperador de Jade condescendió a tener una opinión indulgente.
—Estas criaturas del mundo inferior —dijo— fueron compuestas de la esencia del cielo y la Tierra, y nada que pase ahí debe sorprendernos.
Ese mono caminó, corrió, subió y dio de brincos sobre las colinas, se alimentó de hierbas y arbustos, bebió de arroyos y manantiales, recogió flores de la montaña y buscó frutas. El lobo, la pantera y el tigre eran sus compañeros; el venado y la civeta, sus amigos; los gibones y los babuinos, sus parientes. De noche se alojaba debajo de acantilados de roca; de día deambulaba entre las cumbres de las montañas y las cuevas. Una mañana muy calurosa, después de haber jugado a la sombra de unos pinos, fue junto con los otros monos a bañarse en un arroyo. ¡Mira cómo esas aguas dan tumbos y volteretas como melones rodantes!
Hay un viejo dicho: “Los pájaros tienen su lengua de pájaros; las bestias tienen su habla de bestias”. Los monos dijeron:
—Ninguno de nosotros sabe de dónde viene este arroyo. Dado que esta mañana no tenemos nada que hacer, ¿no sería divertido seguirlo hasta su nacimiento?
Brincando de gusto, arrastrando a sus hijos y cargando a sus hijas, llamando al hermano menor y al hermano mayor, la tropa recorrió la orilla del arroyo a toda prisa y escaló las partes empinadas hasta llegar al lugar donde nacía el arroyo. Entonces se descubrieron de pie ante la cortina de una gran cascada.
Los monos aplaudieron y gritaron:
—¡Agua bonita, agua bonita! ¡Y pensar que nace lejos en alguna caverna debajo del pie de la montaña y fluye hasta el gran océano! Si alguno de nosotros es tan valiente para atravesar esa cortina, llegar al lugar de donde brota el agua y volver ileso, ¡lo haremos nuestro rey!
Tres veces lo gritaron, cuando de repente uno de ellos saltó de entre la multitud y respondió el reto en voz alta. Era el mono de piedra.
—¡Iré yo! —gritó—. ¡Iré yo!
¡Mírenlo! Cierra los ojos, los aprieta y se pone de cuclillas; luego se impulsa y de un brinco atraviesa la cascada. Cuando abrió los ojos y miró alrededor descubrió que ahí donde había caído no había agua. Se extendía delante de él un gran puente que destellaba. Cuando miró más de cerca, vio que estaba hecho de puro acero bruñido. El agua que pasaba por debajo manaba de un hoyo en la roca y llenaba el espacio abajo del arco. El mono se trepó al puente y, espiando mientras lo cruzaba, divisó algo parecido a una casa. Había bancas de piedra, sofás de piedra y mesas con cuencos y tazas de piedra. Regresó dando saltos hasta la parte más alta del puente y advirtió que en el acantilado había una inscripción con grandes letras cuadradas que decía: ESTA CUEVA DE LA CORTINA DE AGUA EN LA TIERRA BENDITA DE LA MONTAÑA DE FLORES Y FRUTA CONDUCE AL CIELO. El mono no cabía en sí de alegría. Regresó a toda prisa y de nuevo se acuclilló, cerró los ojos y atravesó de un brinco la cortina de agua.
—¡Un gran golpe de suerte! —exclamó—. ¡Un gran golpe de suerte!
—¿Cómo es del otro lado? —preguntaron los monos, aglomerándose a su alrededor—. ¿Es muy profunda el agua?
—No hay agua —dijo el mono de piedra—. Hay un puente de hierro y a su lado, un lugar caído del cielo para vivir.
—¿Qué te hizo pensar que serviría para vivir ahí? —preguntaron los monos.
—El agua mana de un hoyo en la roca —dijo el mono de piedra— y llena el espacio abajo del puente. Junto a éste hay flores y árboles y una cueva de piedra. Adentro hay mesas de piedra, tazas de piedra, platos de piedra, sofás de piedra, bancas de piedra. Podríamos estar muy cómodos ahí. Hay suficiente espacio para cientos y miles de nosotros, jóvenes y viejos. Vayamos a vivir ahí: estaremos magníficamente resguardados sin importar si hace buen o mal tiempo.
—¡Ve tú primero y muéstranos cómo! —gritaron los monos, encantados de la vida.
Otra vez cerró los ojos y de un brinco estuvo del otro lado.
—¡Vengan todos! —gritó.
Los más valientes brincaron enseguida; los más tímidos alargaron la cabeza y luego la regresaron a su lugar, se rascaron las orejas, se tallaron los cachetes y, finalmente, dando un fuerte grito, toda la muchedumbre dio un salto adelante. Pronto todos estaban agarrando platos, cogiendo tazas, acercándose a la chimenea en una rebatiña, peleándose por las camas, arrastrando cosas o cambiándolas de lugar… comportándose, sí, como monos, tal como se esperaría de su naturaleza traviesa, sin estar quietos ni por un instante, hasta que al fin terminaron completamente agotados. El mono de piedra tomó asiento frente a ellos y dijo:
—¡Caballeros! “Si no se puede confiar en la palabra de alguien, no sabría qué hacer con él.”1 Ustedes prometieron que aquel de nosotros que consiguiera atravesar la cascada y volver debía ser su rey. Y yo no sólo he ido y vuelto y venido de nuevo, sino que les encontré un cómodo lugar para dormir y los puse en la envidiable posición de ser dueños de una casa. ¿Por qué no se doblegan ante mí como su rey?
Con ese recordatorio, todos los monos juntaron las palmas de las manos y se postraron, formados de acuerdo con su edad y posición, y humildes, haciendo una reverencia, gritaron:
—¡Gran Rey, mil años!
Después de esto, el mono de piedra se deshizo de su viejo nombre y se convirtió en rey, con el título de Guapo Rey Mono. Nombró a varios monos, gibones y babuinos como sus ministros y oficiales. De día deambulaban por la montaña de Flores y Fruta; de noche dormían en la cueva de la Cortina de Agua. Vivieron en perfecta armonía, sin mezclarse con aves o bestias, en total independencia y absoluta felicidad.
Mono llevaba varios siglos disfrutando de esa sencilla existencia cuando un buen día, en un banquete del que todos los monos participaban, el rey de pronto se sintió muy triste y rompió en llanto. Sus súbditos enseguida se alinearon frente a él y, haciendo una reverencia, preguntaron:
—¿Por qué está tan triste su majestad?
—En este momento no tengo causa para la infelicidad, pero abrigo temores sobre el futuro y eso me preocupa mucho.
—Es muy difícil complacer a su majestad —dijeron los monos, riendo—. Todos los días tenemos encuentros felices en montañas encantadas, en sitios bendecidos, en antiguas cuevas, en islas sagradas. No estamos expuestos al unicornio ni al ave fénix ni a las restricciones de ningún rey humano. Esa libertad es una bendición inconmensurable. ¿Qué puede ser lo que le despierta esos tristes temores?
—Es cierto que hoy en día no tengo que rendirle cuentas a la ley de ningún rey humano ni debo temer las amenazas de ningún ave o bestia —dijo Mono—; sin embargo, llegará el día en que envejezca y me debilite. Yama, el Rey de la Muerte, aguarda en secreto para destruirme. ¿No hay modo de que, en vez de renacer en la tierra, pudiera yo vivir para siempre entre la gente del cielo?
Cuando los monos oyeron esto, se taparon los rostros con las manos y lloraron, cada uno pensando en su propia mortalidad. Pero, ¡mira!, de entre las filas sale de un brinco un mono plebeyo que dice en voz alta:
—Si eso es lo que le preocupa, su majestad, es señal de que la religión ha prendido en su corazón. Hay, en efecto, entre todas las criaturas, tres clases que no están sujetas a Yama, el Rey de la Muerte.
—¿Y sabes cuáles son? —preguntó Mono.
—Los budas, los inmortales y los sabios —respondió—. Estos tres están exentos del giro de la rueda, del nacimiento y la destrucción. Son eternos como el cielo y la Tierra, como las colinas y los arroyos.
—¿Y dónde puede encontrárseles? —preguntó Mono.
—Aquí en la tierra común —dijo el mono plebeyo—, en antiguas cuevas entre colinas embrujadas.
El rey estaba encantado con esa noticia.
—Mañana me despediré de ustedes —dijo—, bajaré la montaña, andaré como nube errabunda hasta los confines del océano e iré al fin del mundo hasta encontrar a estas tres clases de inmortal. De ellos aprenderé cómo ser eternamente joven y escapar de la muerte.
Esta determinación lo llevó a librarse de las redes de la reencarnación y lo convirtió al fin en el Gran Mono Sabio, a la altura del cielo. Los monos aplaudieron y gritaron:
—¡Magnífico, magnífico! Mañana recorreremos la colina en busca de frutas y bayas y daremos en honor de nuestro rey un gran banquete de despedida.
Al día siguiente, tal como estaba previsto, fueron a recoger duraznos y frutas raras, hierbas de la montaña, tubérculos, orquídeas, todo tipo de plantas y flores extrañas, pusieron las mesas y bancas de piedra y prepararon carnes y bebidas mágicas. Pusieron a Mono en la cabecera y se acomodaron según su edad y rango. La copa pasó de mano en mano para brindar; le hicieron al rey sus ofrendas de flores y fruta. Bebieron el día entero y a la mañana siguiente su rey se levantó temprano y dijo:
—Pequeños, corten para mí un poco de madera de pino y constrúyanme una balsa; luego busquen un bambú alto para que me sirva de pértiga; pónganme unas frutas y cosas por el estilo. Voy a emprender el viaje.
Se subió solo a la balsa y se impulsó con toda su fuerza; se alejó a gran velocidad, directo al mar, hasta que un viento favorable lo ayudó a llegar a las fronteras del Mundo del Sur. El destino, en efecto, lo había favorecido; durante días y días, desde que puso un pie en la balsa, un fuerte viento del sureste sopló y lo llevó al fin a la orilla noroeste, que, sí, es la frontera del Mundo del Sur. Metió su pértiga al agua y comprobó que no era muy profunda, así que bajó de la balsa y se fue hasta la orilla. En la playa había gente pescando, cazando gansos salvajes, sacando ostras de la arena, extrayendo sal del agua. Corrió hacia ellos y, por puro gusto, se puso a hacer unas extrañas payasadas que asustaron tanto a los demás que tiraron sus canastas y redes y salieron huyendo. Mono agarró a uno que se había quedado en su sitio, le arrancó la ropa y encontró así qué ponerse él. Ya vestido, fue a pavonearse por pueblos y ciudades, en el mercado y el bazar, imitando los modales y el habla de la gente. Todo el tiempo su única ilusión era encontrar a los inmortales y aprender de ellos el secreto de la eterna juventud, pero se topó con los hombres del mundo, todos absortos en la búsqueda de fama o dinero; no había nadie que se preocupara en lo más mínimo por lo que el futuro le deparara. Así, Mono salió en busca del camino de la inmortalidad, pero no halló ninguna oportunidad de conocerlo. Durante ocho o nueve años fue de una ciudad a otra y de un pueblo a otro hasta que de pronto llegó al océano del Oeste. Estaba seguro de que más allá de ese océano tenía que haber inmortales, sin lugar a dudas, y se construyó una balsa como la que tenía antes. Flotó por el océano del Oeste hasta que llegó al continente del Oeste, donde desembarcó y, después de que hubo mirado un rato alrededor, de repente vio una montaña muy alta y hermosa, con un pie boscoso. No les temía a los lobos, los tigres ni las panteras y escaló hasta la cima. Fue mientras echaba un vistazo que oyó la voz de un hombre proveniente de lo profundo del bosque. Corrió hacia ese lugar y escuchó con atención. Era alguien que cantaba, y éstas son las palabras que reconoció:
No tramo ninguna conspiración; no urdo ningún ardid;
la fama y la vergüenza son una sola cosa para mí.
Una vida sencilla prolonga mis días.
Aquéllos con quienes me topo por la vida
son todos inmortales
y desde sus callados asientos explican
las Escrituras de la Corte Amarilla.
Cuando Mono oyó estas palabras, se puso muy contento.
—Entonces por aquí debe de haber inmortales —dijo.
Se internó en lo profundo del bosque y, al buscar afanosamente, descubrió que el cantante era un leñador que cortaba maleza.
—Reverendo inmortal —dijo Mono, presentándose—: tu discípulo levanta las manos.
El leñador estaba tan asombrado que dejó caer el hacha.
—Cometes un error —dijo, volteando para responder el saludo—; no soy más que un leñador hambriento y andrajoso. ¿Qué te hace dirigirte a mí como “inmortal”?
—Si no eres inmortal —dijo Mono—, ¿por qué hablaste de ti mismo como si lo fueras?
—¿Qué dije yo que sonara como si yo fuera un inmortal? —preguntó el leñador.
—Cuando llegué a la orilla del bosque —explicó Mono—, te oí cantar: “Aquellos con quienes me topo por la vida son todos inmortales y desde sus callados asientos explican las escrituras de la Corte Amarilla”. Esas escrituras son secretas; son textos taoístas. ¿Qué puedes ser sino un inmortal?
—No te engañaré —dijo el leñador—. Es cierto que esa canción me la enseñó un inmortal, que vive no muy lejos de mi choza. Él vio que debo trabajar arduamente para ganarme la vida y que tengo muchos problemas, así que me dijo que, cuando estuviera preocupado por lo que fuera, me recitara a mí mismo las palabras de esa canción. Eso me consolaría y me libraría de las dificultades. Ahora mismo estaba disgustado por algo y por eso me puse a cantar la canción. No tenía idea de que estuvieras escuchando.
—Si el inmortal vive cerca, ¿cómo es que no te has convertido en su discípulo? ¿No valdría la pena aprender de él cómo no envejecer jamás?
—Tengo una vida dura —dijo el leñador—. A los ocho o nueve años perdí a mi padre. No tenía hermanos ni hermanas y recayó únicamente en mí la responsabilidad de mantener a mi madre viuda. No había nada que hacer más que trabajar arduamente desde temprano y hasta tarde. Ahora mi madre es vieja y no me atrevo a dejarla. El jardín está descuidado; no hemos tenido suficientes alimentos ni ropa. Lo más que puedo hacer es cortar dos haces de leña, llevarlos al mercado y, con los centavos que me dan, comprar algunos puñados de arroz que yo mismo cocino y le sirvo a mi anciana madre. No tengo tiempo para ponerme a aprender magia.
—Por lo que me cuentas, puedo ver que eres un hijo bueno y abnegado y tu devoción será sin duda recompensada. Lo único que te pido es que me enseñes dónde vive el inmortal, pues me gustaría mucho visitarlo.
—Es muy cerca —respondió el leñador—. Ésta es la montaña de la Terraza Sagrada y aquí se encuentra la cueva de la Luna Rasgada y las Tres Estrellas. En su interior vive un inmortal llamado el patriarca Subodhi. Ha tenido innumerables discípulos, y en este momento hay como treinta o cuarenta estudiando con él. Sólo tienes que seguir ese pequeño sendero hacia el sur, a lo largo de ocho o nueve leguas,2 y llegarás a su casa.
—Honrado hermano —dijo Mono, jalando al leñador hacia él—, ven conmigo y, si saco algún provecho de la visita, no olvidaré que tú me guiaste.
—Cómo cuesta hacer entender a algunas personas —dijo el leñador—. Ya te expliqué por qué no puedo ir. Si fuera contigo, ¿qué pasaría con mi trabajo? ¿Quién alimentaría a mi anciana madre? Yo tengo que seguir cortando madera y tú necesitas ir solo.
Cuando Mono oyó esto, lo único que se le ocurrió fue despedirse. Se fue del bosque, encontró el sendero, ascendió la cuesta ocho o nueve leguas y, en efecto, encontró una morada en una cueva. Pero la puerta estaba cerrada con llave; reinaba el silencio y no había ninguna señal de que hubiera alguien ahí. De pronto volteó y vio en la cima de un acantilado un bloque de piedra como de nueve metros de alto y casi dos metros y medio de ancho. Tenía una inscripción en grandes letras que decía: CUEVA DE LA LUNA RASGADA Y LAS TRES ESTRELLAS EN LA MONTAÑA DE LA TERRAZA SAGRADA.
—No cabe duda de que aquí la gente habla con la verdad —dijo Mono—. ¡Realmente existen tal montaña y tal cueva!
Echó un vistazo por un buen rato, pero no se atrevió a tocar a la puerta. Mejor se trepó a un pino y se puso a comer piñones y a jugar entre las ramas. Tras un tiempo oyó a alguien gritar; la puerta de la cueva se abrió y salió un niño mago de gran belleza, de apariencia completamente distinta a la de los muchachos que hasta ese momento había visto. El niño gritó:
—¿Quién está armando tanto alboroto?
El Rey Mono bajó del árbol de un brinco y, acercándose, dijo haciendo una reverencia:
—Niño mago, soy un discípulo que ha venido a estudiar la inmortalidad. Jamás se me ocurriría armar alboroto.
—¡¿Un discípulo tú?! —preguntó el niño, riendo.
—Claro que sí —dijo Mono.
—Mi maestro está dando clase —dijo el niño—, pero antes de anunciar su tema me pidió que saliera a la puerta y, si había alguien que quisiera instrucción, lo atendiera. Supongo que se refería a ti.
—Por supuesto que se refería a mí —dijo Mono.
—Sígueme —dijo el niño.
Mono se arregló un poco y entró a la cueva detrás del niño. Enormes cámaras se abrían ante ellos; fueron de un cuarto a otro, a través de salones de techos altos e innumerables claustros y refugios, hasta que llegaron a una plataforma de verde jade en la que estaba sentado el patriarca Subodhi con treinta simples inmortales reunidos frente a él. Mono enseguida se postró y golpeó la cabeza tres veces contra el suelo, susurrando:
—¡Maestro, maestro! Como un discípulo a su maestro te presento mis más humildes respetos.
—¿De dónde vienes? —preguntó el patriarca—. Primero dime tu país y tu nombre, y luego me vuelves a presentar tus respetos.
—Soy de la cueva de la Cortina de Agua —dijo Mono—, de la montaña de Flores y Fruta, en el país de Ao-lai.
—¡Fuera de aquí! —gritó el patriarca—. Conozco a la gente de allá. Son un grupo de astutos y farsantes. Algo traman si uno de ellos pretende que alcanzará la iluminación.
Mono, doblegándose brutalmente, se apresuró a decir:
—Aquí no hay artimañas; te estoy diciendo la pura verdad.
—Si afirmas que hablas con la verdad —dijo el patriarca—, ¿cómo dices que vienes de Ao-lai? Entre ese lugar y éste hay dos océanos y el continente del Sur entero. ¿Cómo llegaste aquí?
—Floté por los océanos y deambulé por la tierra a lo largo de más de diez años —dijo Mono—, hasta llegar aquí.
—Qué bien —dijo el patriarca—. Supongo que si viniste despacio y en etapas no es del todo imposible. Pero, dime, ¿cuál es tu hsing?3
—Yo nunca tengo hsing —dijo Mono—. Si me insultan, no me molesto para nada. Si me pegan, no me enojo; al contrario: me muestro dos veces más amable que antes. Nunca en la vida he tenido hsing.
—No me refiero a esa clase de hsing —dijo el patriarca—. Lo que pregunto es de qué familia provienes, cuál es su apellido.
—Yo no tuve familia —dijo Mono—: ni padre ni madre.
—¡No me digas! —exclamó el patriarca—. Entonces has de haber crecido en un árbol.
—No precisamente —respondió Mono—. Salí de una piedra. Había una piedra mágica en la montaña de Flores y Fruta. Cuando llegó el momento, se abrió de golpe y salí yo.
—Tendremos que ver qué nombre darte para la escuela —dijo el patriarca—. Hay doce palabras que empleamos en estos nombres, de acuerdo con el grado del discípulo. Tú estás en décimo grado.
—¿Cuáles son esas doce palabras? —preguntó Mono.
—Son amplio, grande, sabio, listo, sincero, adaptable, naturaleza, océano, animado, consciente, perfecto e iluminado. Como perteneces al décimo grado, tu nombre debe incluir la palabra consciente. ¿Qué tal Consciente de la Vacuidad?
—¡Magnífico! —dijo Mono, riendo—. De ahora en adelante, llámeseme Consciente de la Vacuidad.
Así, pues, ése fue su nombre en la religión. Y si no sabes si al final, armado con este nombre, obtuvo iluminación o no, escucha mientras se te explica en el siguiente capítulo.
1 Analectas de Confucio, II, 22. [Todas las notas son de Arthur Waley.]
2 Una legua eran trescientos sesenta pasos.
3 Hay un juego de palabras con hsing, que significa tanto “apodo” como “mal genio”.
II
LA HISTORIA DEL REY MONO

MONO ESTABA TAN CONTENTO con su nuevo nombre que se puso a dar de brincos enfrente del patriarca e hizo una reverencia para expresar su gratitud. Entonces Subodhi les ordenó a sus discípulos que llevaran a Mono a los cuartos de afuera y le enseñaran a regar y a sacudir, a saber responder cuando le hablaran, cómo entrar, salir y caminar. Luego se inclinó ante sus compañeros y salió al corredor, donde se preparó un sitio para dormir. Temprano a la mañana siguiente, practicó junto con los demás el modo correcto de hablar y comportarse, estudió las escrituras, discutió la doctrina, practicó la escritura y encendió incienso. Así pasó día tras día, dedicando su tiempo libre a barrer el piso, desmalezar el jardín, cultivar flores, ocuparse de los árboles, conseguir leña y encender el fuego, sacar agua y acarrearla en cubetas. Se le daba todo lo que necesitaba. Y así vio pasar el tiempo desde la cueva por seis o siete años. Un buen día el patriarca, sentado en su trono, convocó a todos sus discípulos y comenzó un discurso sobre la gran manera. Mono estaba tan fascinado por lo que escuchaba que se pellizcó las orejas y se frotó los cachetes; su frente florecía y sus ojos reían. No podía evitar que sus manos bailaran y sus pies patearan el suelo. De pronto el patriarca lo vio y gritó:
—¿De qué te sirve estar aquí si, en lugar de escuchar mi clase, brincas y bailas como loco?
—Te escucho con todas mis fuerzas —dijo Mono—, pero decías cosas tan maravillosas que no pude reprimir mi alegría. Por eso, que yo sepa, he estado saltando y brincando. No te enojes conmigo.
—¿Entonces reconoces la profundidad de mis palabras? —preguntó el patriarca—. Dime, ¿cuánto tiempo has estado en la escuela?
—Puede parecer un poco tonto —dijo Mono—, pero en realidad no sé cuánto tiempo. Sólo recuerdo que, cuando me mandaron por leña, subí la montaña detrás de la cueva y encontré ahí una pendiente totalmente cubierta de durazneros. Siete veces me he empachado con esos duraznos.
—Se llama la colina de la Brillante Flor de Durazno —dijo el patriarca—. Si has comido ahí siete veces, supongo que has estado aquí siete años. ¿Qué clase de sabiduría esperas ahora obtener de mí?
—Eso te lo dejo a ti —dijo Mono—. Cualquier clase de sabiduría. Para mí toda es una misma.
—Hay trescientas sesenta escuelas de sabiduría —dijo el patriarca—, y todas conducen a la autorrealización. ¿Qué escuela deseas estudiar?
—La que consideres mejor —dijo Mono—. Soy todo oídos.
—Muy bien; ¿qué te parece el arte? —sugirió el patriarca—. ¿Te gustaría que te enseñara eso?
—¿Ésa qué clase de sabiduría es?
—Con el arte podrías llamar a las hadas y montar el ave fénix, adivinar con las varillas de milenrama y saber cómo evitar el desastre y buscar fortuna.
—Pero ¿viviré para siempre? —preguntó Mono.
—Claro que no —aclaró el patriarca.
—Entonces no me sirve de nada.
—¿Y qué te parecería la filosofía natural? —preguntó el patriarca.
—¿Eso de qué se trata?
—Son las enseñanzas de Confucio, de Buda y de Lao Tsé, de los dualistas y Mo Tzu y los doctores de la medicina; leer las escrituras, rezar, aprender a tener expertos y sabios a tu entera disposición.
—Pero ¿viviré para siempre? —preguntó Mono.
—Si eso es en lo que piensas —dijo el patriarca–, me temo que la filosofía no te servirá más que un puntal en la pared.
—Maestro: yo soy un hombre común y corriente y no entiendo ese tipo de discursos. ¿A qué te refieres con un puntal en la pared?
—Cuando un grupo de hombres construye un cuarto —le explicó el patriarca— y quiere que se mantenga firme, pone un pilar que apuntale las paredes. Sin embargo, un buen día el techo se cae y el pilar se viene abajo.
—Eso no suena a una larga vida —dijo Mono—. ¡No voy a aprender filosofía!
—¿Y qué me dices del quietismo? —preguntó el patriarca.
—¿Eso en qué consiste? —preguntó Mono.
—Poca comida, inactividad, meditación, restricciones en las palabras y las acciones, yoga prostrado o de pie —le explicó el patriarca.
—Pero ¿viviré para siempre? —preguntó Mono.
—Los resultados del quietismo no sirven más que la arcilla cruda en el horno.
—Qué mala memoria tienes —dijo Mono—. ¿No te acabo de decir que no entiendo esa palabrería? ¿A qué te refieres con arcilla cruda en el horno?
—Los ladrillos y las tejas pueden estar esperando, listas y formadas, en el horno, pero si aún no se cuecen, llegará un día en que caigan fuertes lluvias y arrasen con ellas.
—Eso no suena muy prometedor para el futuro —dijo Mono—. Creo que descartaré el quietismo.
—Puedes probar con ejercicios —propuso el patriarca.
—¿A qué te refieres? —preguntó Mono.
—A diferentes formas de actividad, como los ejercicios llamados “Juntar el yin y reparar el yang”, “Tensar el arco y accionar la catapulta”, “Frotar el ombligo para pasar aire”. Están también las prácticas alquímicas, como la “Explosión mágica”, “Quemar los carrizos y encender el trípode”, “Potenciar el minio”, “Derretir la piedra de otoño” y “Beber leche de la novia”.
—¿Y éstos me van a hacer vivir para siempre? —preguntó Mono.
—Desear eso —dijo el patriarca— sería como tratar de pescar a la luna para sacarla del agua.
—¡Y dale! —exclamó Mono—. ¿A qué te refieres con sacar a la luna del agua, si se puede saber?
—Cuando la luna está en el cielo, se refleja en el agua. Parece la luna real, pero si tratas de agarrarla te das cuenta de que es una mera ilusión.
—Eso no suena bien —dijo Mono—. No aprenderé ejercicios.
—¡Vamos! —gritó el patriarca; bajó de la plataforma, agarró la nudillera y, apuntando a Mono, dijo—: ¡Simio desgraciado! No quieres aprender esto, no quieres aprender eso otro. Me gustaría saber qué es lo que sí quieres —y al decirlo golpeó al mono en la cabeza tres veces.
Luego unió las manos atrás de la espalda y se fue al cuarto interior dando grandes zancadas, despidió a su público y cerró la puerta con llave tras él. Todos los discípulos se indignaron con Mono.
—¡Simio infame! —le gritaron—, ¿crees que ésa es la manera de comportarse? El maestro ofrece enseñarte y, en lugar de aceptar agradecido, te pones a discutir con él. Ahora está ofendidísimo y quién sabe cuándo volverá.
Todos se notaban muy enojados y le lanzaban cualquier clase de improperios; sin embargo, Mono no estaba disgustado en lo más mínimo y simplemente respondió con una amplia sonrisa. La verdad es que él entendía el lenguaje de las señales secretas: por eso no había seguido el pleito ni intentado discutir. Sabía que el maestro, al golpearlo tres veces, estaba dándole una cita en la tercera guardia y que salir con las manos juntas en la espalda significaba que Mono debía buscarlo en los aposentos interiores. Que cerrara la puerta con llave significaba que debía dirigirse a la puerta trasera para que recibiera instrucciones.
El resto del día retozó con los otros discípulos enfrente de la cueva, aguardando impaciente que llegara la noche. En cuanto empezó a oscurecer, fue, igual que los demás, a su sitio para dormir. Cerró los ojos y respiró a un ritmo suave y regular para fingir que dormía. En las montañas no hay un vigilante que haga guardia o anuncie la hora, así que todo lo que podía hacer Mono era contar sus aspiraciones y espiraciones. Cuando calculó que ya debía de ser la hora de la rata —de las once de la noche a la una de la mañana—, se levantó muy silencioso, se puso la ropa, abrió la puerta con delicadeza, dejó a sus compañeros y se dirigió a la puerta trasera. En efecto, estaba entreabierta. “Con toda seguridad el maestro piensa darme instrucciones”, dijo Mono para sus adentros, así que entró con sigilo y fue directo a la cama del maestro. Al encontrarlo hecho bolita y acostado con la cara a la pared, Mono no se atrevió a despertarlo y se arrodilló a un lado. En ese momento el patriarca se despertó, estiró las piernas y murmuró para sus adentros:
¡Difícil, muy difícil!
El camino es un gran secreto.
¡Nunca manipules el elíxir de oro como si fuera un simple
[juguete!
Aquel que confía las oscuras verdades a oídos indignos
inútilmente mueve mandíbula y lengua hasta que se le seca
[la boca.
—Maestro, llevo un buen rato aquí arrodillado —dijo Mono cuando vio que el patriarca estaba despierto.
—¡Mono desgraciado! —dijo Subodhi, que al reconocer esa voz quitó las cobijas y se incorporó—. ¿Por qué no estás en tu propia habitación, en vez de venir a la mía por atrás?
—Hoy en la clase me ordenaste que viniera en la tercera guardia por la puerta trasera a recibir instrucciones. Por eso me aventuré y vine directo a tu cama.
El patriarca estaba encantado. Pensó: “Este sujeto en verdad ha de ser, como él dice, un producto natural del cielo y la Tierra. De otro modo nunca habría entendido mis señales secretas”.
—Estamos solos —dijo Mono—, nadie puede oírnos. Apiádate de mí y enséñame el camino de la larga vida. Nunca olvidaré tu favor.
—Muestras disposición —dijo el patriarca—. Entendiste mis señales secretas. Acércate y escucha con atención. Te voy a revelar el secreto de la larga vida.
Mono golpeó la cabeza contra el piso en señal de gratitud, se limpió los oídos y escuchó atentamente, arrodillado junto a la cama. Entonces el patriarca recitó:
Para administrar y cuidar los poderes vitales, esto y nada
[más que esto
es la suma y el total de todo lo mágico, secreto y profano.
Todo está comprendido en estos tres: espíritu, aliento y alma;
vigílalos muy de cerca, tápalos bien, evita cualquier fuga.
Guárdalos dentro del marco;
eso es todo lo que puede aprenderse y todo lo que puede
[enseñarse.
Me gustaría que marcaras a la tortuga y la víbora, fundidas
[en un abrazo.
Fundidos en un abrazo, los poderes vitales son fuertes;
incluso en medio de intensas llamas puede plantarse el
[Loto de Oro
y los cinco elementos pueden combinarse y transponerse
[para darles un nuevo uso.
Cuando eso esté hecho, sé aquello que desees, buda o inmortal.
Con esas palabras la constitución de Mono quedó sacudida hasta lo más hondo. Se las aprendió de memoria, agradeció al patriarca con humildad y volvió a salir por la puerta trasera.
Una tenue luz empezaba a iluminar el cielo del este. Volvió sobre sus pasos, abrió la puerta sin hacer ruido y regresó a su sitio de dormir para deliberadamente hacer ruido con las sábanas.
—¡Levántense! —gritó—. Ya hay luz en el cielo.
Los otros discípulos estaban profundamente dormidos y no tenían idea de que Mono había recibido iluminación.
El tiempo se fue volando y tres años después el patriarca volvió a treparse a su enjoyado asiento y sermoneó a sus vasallos ahí reunidos. El asunto fueron las parábolas y los problemas escolásticos de la secta zen, y el tema, el tegumento de las apariencias externas. De repente se calló y preguntó:
—¿Dónde está el discípulo Consciente de la Vacuidad?
—¡Aquí! —respondió Mono, arrodillándose ante él.
—¿Qué has estado estudiando todo este tiempo? —inquirió el patriarca.
—Últimamente mi naturaleza espiritual ha estado en ascenso y mis fuentes fundamentales de poder se fortalecen poco a poco —dijo Mono.
—En ese caso —dijo el patriarca—, todo lo que necesitas aprender es cómo conjurar las tres calamidades.
—Debe de haber un error —dijo Mono, consternado—. Entendí que los secretos que he aprendido me harían vivir para siempre y me protegerían del fuego, del agua y de toda clase de enfermedad. ¿A qué tres calamidades te refieres ahora?
—Lo que has aprendido conservará tu apariencia juvenil y alargará tu vida —respondió el patriarca—, pero al cabo de quinientos años el cielo mandará un relámpago que acabará contigo, a menos que tengas la sagacidad de evitarlo. Después de otros quinientos años el cielo mandará un fuego que te devorará. Es un fuego de una clase peculiar. No es fuego común ni fuego celestial, sino que surge desde dentro y consume las tripas, reduciendo toda la complexión a cenizas, con lo cual tus mil años de perfección habrán sido en vano. Pero incluso si logras escapar a esto, en otros quinientos años un fuerte viento te soplará. No el viento del este, el del sur, el del oeste ni el del norte; no el viento de las flores, de los sauces, de los pinos o los bambúes. Es uno que sopla desde abajo, entra en los intestinos, pasa por el diafragma y sale por las nueve aperturas. Derrite la carne y el hueso, de modo que todo el cuerpo se disuelve. Tienes que poder evitar estas tres calamidades.
Cuando Mono oyó eso, los pelos se le pusieron de punta y, postrándose, dijo:
—Te lo ruego: apiádate de mí y enséñame cómo evitar estas calamidades. Nunca olvidaré tu favor.
—Eso no sería difícil —dijo el patriarca— de no ser por tus peculiaridades.
—Tengo una cabeza redonda levantada hacia el cielo y unos pies cuadrados que pisan la Tierra —dijo Mono—. Tengo nueve aperturas, cuatro extremidades, cinco órganos internos superiores y cinco inferiores, igual que otras personas.
—Eres como otros hombres en casi todos los aspectos —dijo el patriarca—, aunque tienes mucho menos cachete.
En efecto, los monos tienen las mejillas hundidas y la boca puntiaguda.
Mono se sintió el rostro con la mano y, riendo, dijo:
—Maestro, tengo mis defectos, pero no te olvides de mis virtudes. Tengo mis abazones, algo de lo que los seres humanos normales carecen; debería tomárseme en cuenta.
—Eso es cierto —dijo el patriarca—. Hay dos métodos de escape. ¿Cuál quisieras aprender? Está el truco “del cucharón celestial”, que supone treinta y seis clases de transformación, y el truco “de la conclusión terrenal”, que supone setenta y dos clases de transformaciones.
—Setenta y dos parece un mejor valor —dijo Mono.
—Entonces ven acá y te enseñaré la fórmula.
Y le susurró una fórmula mágica a Mono en el oído. Ese mono era inusualmente veloz para asimilar las cosas. De inmediato empezó a practicar la fórmula y, con un poco de autodisciplina, logró dominar por completo las setenta y dos transformaciones. Un día que el maestro y sus discípulos se hallaban frente a la cueva admirando la vista vespertina, el patriarca dijo:
—Mono, ¿cómo va ese asunto?
—Gracias a tu bondad, lo he logrado de maravilla. Además de las transformaciones, ahora sé volar.
—Veamos cómo lo haces —dijo el patriarca.
Mono juntó los pies, dio un salto como de veinte metros y, tras montar las nubes unos minutos, cayó frente al patriarca. Esa vez no voló más de tres leguas.
—Maestro —dijo—, ¿verdad que eso que hice fue volar en una nube?
—Yo estaría más inclinado a llamarlo gatear en una nube —dijo el patriarca, riendo—. Hay un viejo dicho: “Un inmortal camina por la mañana hacia el mar del Norte y esa misma tarde llega a Ts’ang-wu”. Tomarse tanto tiempo como tú para avanzar tan sólo una o dos leguas a duras penas cuenta siquiera como gatear en una nube.
—¿Qué significa ese dicho del mar del Norte y Ts’ang-wu? —preguntó Mono.
—Un verdadero volador de nubes puede partir temprano por la mañana del mar del Norte, atravesar el mar del Este, el mar del Oeste y el mar del Sur, y aterrizar en Ts’ang-wu. Ts’ang-wu significa Ling-ling en el mar del Norte. Recorrer los cuatro mares en un día, ¡eso es lo que se llama volar en las nubes!
—Suena muy difícil —dijo Mono.
—No hay en el mundo nada difícil —dijo el patriarca—, son sólo nuestros propios pensamientos los que hacen que lo parezca.
—Maestro —dijo Mono, postrándose—, tú puedes hacer conmigo un buen trabajo. Ya que estás en eso, me harías un gran favor si me enseñaras el arte de volar en las nubes. Nunca olvidaré lo que te debo.
—Cuando los inmortales vuelan en las nubes —dijo el patriarca—, se sientan con las piernas cruzadas y se elevan desde esa posición. Tú no estás haciendo nada por el estilo. Acabo de verte juntar los pies y brincar. En verdad tengo que aprovechar esta oportunidad de enseñarte cómo hacerlo adecuadamente. Aprenderás el “trapecio de nubes”.
Entonces le enseñó la fórmula mágica y dijo así:
—Haz el pase, recita el encantamiento, aprieta los puños, y un brinco te transportará de cabeza ciento ocho mil leguas.
Al escuchar esto, los otros discípulos soltaron risitas ahogadas y dijeron:
—El mono tiene suerte. Si se aprende este truco, podrá hacer mandados, entregar cartas y llevar circulares. De un modo u otro, siempre encontrará cómo ganarse la vida.
Ya era tarde. El maestro y los discípulos fueron a sus aposentos, pero Mono pasó la noche practicando el “trapecio de nubes”; al amanecer ya lo dominaba a la perfección y podía pasear por el espacio a donde quisiera.
Un día de verano, los discípulos llevaban un rato estudiando sus tareas a la sombra de un pino cuando uno dijo:
—Rey Mono, ¿qué pudiste haber hecho en una encarnación anterior para merecer que el maestro te susurrara el otro día al oído la fórmula secreta para evitar las tres calamidades? ¿Ya dominas esas transformaciones?
—A decir verdad —respondió Mono—, aunque por supuesto estoy muy agradecido con el maestro por sus instrucciones, yo también he estado trabajando arduamente día y noche por mi cuenta y ahora ya puedo hacerlas todas.
Uno de los discípulos comentó:
—¿No sería ésta una gran oportunidad de hacernos una pequeña demostración?
Cuando Mono oyó esto, quiso hacer alarde de sus poderes.
—Denme mi asignatura —les solicitó—. ¿En qué necesito convertirme?
—¿Qué te parecería un pino? —respondieron.
Hizo un pase mágico, recitó un encantamiento, se sacudió y se convirtió en pino.
Los discípulos estallaron en aplausos.
—¡Bravo, Rey Mono, bravo! —gritaron. Había tanto barullo que el patriarca salió corriendo, seguido de sus ayudantes.
—¿Quién está haciendo este ruido? —preguntó.
Enseguida los discípulos se controlaron, alisaron sus ropas y dócilmente dieron un paso al frente. Mono adoptó su forma verdadera, se reunió con los demás y dijo:
—Reverendo maestro, estamos estudiando nuestras lecciones aquí afuera. Le aseguro que no había ningún ruido en particular.
—Todos estaban desgañitándose —dijo, enojado, el patriarca—. De ninguna manera sonaba a gente estudiando. Quiero saber qué hacían aquí, gritando y riendo.
Alguien dijo:
—La verdad es que Mono nos mostraba una transformación, sólo para divertirnos. Le dijimos que se convirtiera en pino y lo hizo tan bien que todos le aplaudimos. Eso fue el ruido que oíste. Espero que nos perdones.
—¡Váyanse todos de aquí! —gritó el patriarca—. Y tú, Mono, ven para acá. ¿Qué hacías? ¿Jugar con tus poderes espirituales para convertirte en… qué era? ¿Un pino? ¿Crees que mis enseñanzas eran para que tú pudieras lucirte con otras personas? Si vieras a alguien más convertirse en árbol, ¿no le preguntarías de inmediato cómo lo hizo? Si otros te ven haciéndolo, ¿no es seguro que te van a preguntar? Si temes rehusarte, revelarás el secreto, y si te rehúsas, es muy probable que te traten con rudeza. Estás poniéndote en un grave peligro.
—Lo siento muchísimo —dijo Mono.
—No te castigaré —dijo el patriarca—, pero no puedes quedarte aquí.
Mono rompió a llorar.
—¿Y a dónde iré? —preguntó.
—De regreso al lugar de donde vienes, supongo —dijo el patriarca.
—¿De regreso a la cueva de la Cortina de Agua en Ao-lai, quieres decir?
—¡Sí! —respondió el patriarca—, vuelve tan rápido como puedas si en algo aprecias tu vida. En todo caso, algo es seguro: no puedes quedarte aquí.
—Permítaseme señalar que llevo veinte años fuera de casa y que me dará una gran alegría volver a ver a mis monos súbditos, pero no puedo aceptar irme de aquí hasta que haya correspondido a tus favores.
—No deseo que me correspondas —dijo el patriarca—. Lo único que pido es que, si te metes en problemas, no me involucres ni digas mi nombre.
Mono se dio cuenta de que no tenía caso discutir. Le hizo una reverencia al patriarca y se despidió de sus compañeros.
—Vayas a donde vayas —dijo el patriarca—, estoy convencido de que acabarás mal, así que recuerda: cuando te metas en problemas, te prohíbo terminantemente que digas que eres mi discípulo. Si tan siquiera insinúas algo así, te desollaré vivo, romperé todos tus huesos y desterraré tu alma al sitio de la Novena Oscuridad, donde permanecerá durante diez mil siglos.
—De ninguna manera me aventuraré a decir una sola palabra sobre ti —prometió Mono—. Diré que todo lo descubrí yo solo.
Y con estas palabras se despidió, se dio la media vuelta y,haciendo el pase mágico, montó en su trapecio de nubes, directo al mar del Este. En poco tiempo llegó a la montaña de Flores y Fruta. Hizo descender su nube y, cuando empezaba a andar, oyó un sonido de grullas llamando y monos gritando.
—¡Pequeños —exclamó—, he vuelto!
Enseguida, de cada ranura del acantilado, de arbustos y árboles saltaron monos chicos y grandes, gritando:
—¡Viva nuestro rey! —después se apretujaron en torno a Mono para rendirle pleitesía.
—¡Gran Rey! —decían—, eres muy distraído. ¿Por qué te fuiste tanto tiempo y nos abandonaste, anhelando tu retorno como un hombre hambriento anhela agua y comida? Desde hace algún tiempo un demonio nos ha estado maltratando. Se apoderó de nuestra cueva, aunque luchamos desesperadamente, y nos robó nuestras posesiones y se llevó a muchos de nuestros niños, así que ahora tenemos que vigilar todo el tiempo y no dormimos de noche ni de día. Es una suerte que hayas venido ahora, pues si hubieras esperado otro año o dos nos habrías encontrado, a nosotros y lo de alrededor, en manos de otros.
—¿Qué demonio puede atreverse a cometer esos crímenes? —gritó Mono—. Cuéntenmelo y yo los vengaré.
—Le dicen el Demonio de los Estragos, su majestad, y vive hacia el norte —respondieron.
—¿Qué tan lejos? —preguntó Mono.
—Viene en forma de nube y se va como neblina, lluvia o viento, tormenta o relámpago. No sabemos qué tan lejos viva.
—Bueno, no se preocupen —dijo Mono—; ustedes sigan jugando mientras yo voy a buscarlo.
¡Querido Rey Mono! Dio un brinco al cielo en dirección al norte y pronto vio frente a él una montaña alta y muy escarpada. Mientras admiraba el paisaje, de pronto distinguió voces. Descendió por la cuesta y encontró una cueva, frente a la cual varios diablillos brincaban y bailaban. Cuando vieron a Mono, salieron corriendo.
—¡Alto ahí! —gritó éste—. Traigo un mensaje que ustedes deben difundir. Digan que el maestro de la cueva de la Cortina de Agua está aquí. El Demonio de los Estragos, o como se llame, que vive aquí, ha estado maltratando a mis pequeños y he venido con la intención de que resolvamos juntos el problema.
Corrieron hacia la cueva y gritaron:
—¡Gran Rey!, algo terrible ha sucedido.
—¿Qué pasa? —preguntó el demonio.
—Afuera de la cueva hay una criatura con cabeza de mono que dice ser el dueño de la cueva de la Cortina de Agua. Dice que has estado maltratando a su gente y que viene con la intención de resolver contigo el problema.
—Jajá —se rio el demonio—. Muchas veces he oído a esos monos decir que su rey se había ido para aprender religión. Eso significa que volvió. ¿Cómo es y qué armas lleva?
—No porta ninguna arma —dijeron—. Está con la cabeza descubierta, lleva un traje rojo con un fajín amarillo y zapatos negros: no está vestido ni de monje ni de seglar ni tampoco como taoísta. Espera con las manos vacías afuera de la verja.
—Tráiganme mi guarnición —gritó el demonio; los diablillos enseguida fueron a buscar sus armas; el demonio se puso el casco y el peto, tomó su espada y, saliendo con los diablillos a la verja, gritó en voz alta—: ¿Dónde está el dueño de la cueva de la Cortina de Agua?
—¿De qué sirve tener ojos tan grandes si no puedes ver a este viejo mono? —preguntó Mono.
En cuanto lo vio, el demonio soltó una carcajada.
—Tú mides menos de treinta centímetros y no llegas a los treinta años. No tienes un arma en la mano. ¿Cómo te atreves a pavonearte y hablar de saldar cuentas conmigo?
—Maldito demonio —dijo Mono—; por lo visto, es verdad que careces de ojos. Dices que soy pequeño y no ves que puedo hacerme tan alto como quiera. Dices que estoy desarmado, sin saber que estas dos manos podrían arrastrar la luna desde los confines del cielo. ¡Mantente firme y cómete el puño de este viejo mono!
Al decir eso brincó por los aires y dirigió un puñetazo a la cara del demonio. Éste lo esquivó con la mano.
—Tú tan chaparro y yo tan alto —dijo el demonio—. Tú con tus puños y yo con mi espada. ¡No! Si te matara con la espada, me vería ridículo. Voy a desecharla y usaré mis puños descubiertos.
—Muy bien —dijo Mono—. Ahora, amigo, ¡empieza!
El demonio relajó la guardia y dio un golpe. Mono se enfrentó a él y los dos aporreaban y pateaban, golpe a golpe. Un golpe dado lejos no es tan firme y seguro como uno cercano. Mono pinchó al demonio en las costillas, le aporreó el pecho y le dio tal paliza que finalmente el demonio se apartó, recogió su gran espada plana y acometió hacia la cabeza de Mono, pero éste ágilmente se hizo a un lado y el golpe falló. Al ver que el demonio se ponía cada vez más violento, Mono decidió emplear el método llamado “cuerpo afuera del cuerpo”. Se arrancó un puñado de pelos, los hizo pedacitos con los dientes y los escupió al aire, gritando:
—¡Cambien!
Los fragmentos de pelo cambiaron y se convirtieron en cientos de monitos que se apretujaron formando una muchedumbre. Porque debes saber que, cuando alguien se convierte en un inmortal, puede proyectar su alma, cambiar de forma y realizar toda clase de milagros. Desde su iluminación, Mono podía transformar cada uno de los ochenta y cuatro mil pelos de su cuerpo exactamente en lo que él quisiera. Los monitos que había creado eran tan ágiles que ninguna espada podía tocarlos o herirlos. Mira cómo saltan adelante y atrás, se aglomeran en torno al demonio, unos abrazándose, unos jalando, otros picándole el pecho o apiñándose en sus piernas. Lo pateaban y golpeaban, le aporreaban los ojos, le pellizcaban la nariz y seguían en eso cuando Mono se deslizó entre ellos y le arrebató la espada al demonio. Luego, abriéndose paso entre la multitud de monitos, levantó la espada y la bajó con tan tremenda fuerza sobre el cráneo del demonio que se lo partió en dos. Entonces corrió junto con los monitos a la cueva y entre todos acabaron rápidamente con los diablillos, grandes y chicos. Luego Mono dijo un encantamiento con el que los monitos se transformaron de nuevo en pelos. A éstos volvió a ponerlos ahí de donde habían venido, pero todavía quedaban algunos monitos: los que el demonio se había llevado de la cueva de la Cortina de Agua.
—¿Cómo llegaron aquí? —les preguntó.
Había como treinta o cuarenta y todos dijeron con los ojos anegados en lágrimas:
—Cuando su majestad se fue para convertirse en inmortal, esta criatura nos molestó durante dos años. Al final nos llevó a todos y se robó cuanto había en la cueva y los platos y las tazas de piedra.
—Reúnan lo que nos pertenece y tráiganlo con ustedes —dijo Mono.
Los monos prendieron fuego a la cueva y quemaron lo que había en su interior.
—¡Ahora, síganme! —ordenó Mono.
—Cuando nos trajeron aquí —dijeron ellos—, sólo sentimos un fuerte viento que soplaba a toda prisa junto a nosotros y nos arrastró como remolino hasta este sitio. No sabíamos a dónde íbamos. ¿Y ahora cómo vamos a encontrar el camino de regreso a casa?
—Él los trajo aquí por arte de magia —dijo Mono—, pero ¿qué importa? Ahora yo conozco toda esa clase de cosas y, si él pudo, yo también puedo. Cierren los ojos, todos ustedes, y no tengan miedo.
Entonces recitó un encantamiento que produjo un viento fortísimo. De repente se detuvo y Mono gritó:
—¡Ya pueden abrir los ojos!
Los monos vieron que estaban parados en tierra firme, muy cerca de su casa. Con gran alegría, siguieron el sendero conocido que llevaba a la puerta de su cueva. Ellos y los monos que se habían quedado se amontonaron para entrar en la cueva y se formaron según sus rangos y edades; también rindieron homenaje a su rey y prepararon un gran banquete de bienvenida. Cuando preguntaron cómo había logrado someter al demonio y rescatar a los monos, les contó la historia, que fue recibida con una salva de aplausos y vítores.
—No imaginábamos —dijeron— que cuando su majestad nos dejó aprendería semejantes artes.
—Después de partir —dijo Mono—, atravesé muchos océanos hasta la tierra de Yambuduipa, donde aprendí costumbres humanas y a usar ropa y zapatos. Erré impaciente como nube por ocho o nueve años, pero por ningún lado encontraba la iluminación. Por fin, después de atravesar un océano más, tuve la suerte de conocer a un viejo patriarca que me enseñó el secreto de la vida eterna.
—¡Qué golpe de suerte tan increíble! —dijeron los monos, felicitándolo.
—Pequeños —dijo Mono—, les tengo otra buena noticia. Su rey tiene un nombre en la religión. Me llamo Consciente de la Vacuidad.
Todos aplaudieron ruidosamente y enseguida fueron a tomar vino de dátil y vino de uva y guirnaldas de flores y fruta, que le ofrecieron a Mono. Todo mundo estaba de muy buen humor. Si no sabes cuál fue el resultado y cómo le fue a Mono de regreso en su viejo hogar, debes escuchar lo que se relata en el siguiente capítulo.
III
LA HISTORIA DEL REY MONO

TRAS SU REGRESO TRIUNFAL, luego de darle muerte al Demonio de los Estragos y arrebatarle su enorme alfanje, Mono practicaba todos los días su manejo de la espada y les enseñaba a los monitos cómo afilar los bambúes para hacer lanzas con ellos, fabricar espadas de madera y estandartes; cómo patrullar, atacar y retroceder, acampar, construir estacadas, etcétera. Se divertían mucho al hacerlo; sin embargo, mientras se encontraba sentado en un lugar tranquilo, de pronto, Mono pensó en voz alta:
—Todo esto no es más que un juego, pero sus consecuencias pueden ser graves. Imaginen que algún rey humano o un rey de las aves o de las bestias se enterara de lo que hacemos: bien podría pensar que tramamos una conspiración en su contra y mandar a sus ejércitos a atacarnos. Las lanzas de bambú y las espadas de madera no serían de mucha ayuda. Deberíamos tener espadas, lanzas y alabardas de verdad. ¿Cómo vamos a conseguirlas?
—¡Excelente idea! —dijeron—. Pero no hay ningún lugar donde podamos obtenerlas.
En ese momento cuatro monos ancianos dieron un paso al frente. Eran dos macacos tibetanos de trasero rojo y dos monos sin cola de trasero plano.
—¡Gran Rey! —dijeron—. Si quiere mandar a hacer armas, nada sería más fácil.
—¿Por qué piensan que es tan fácil? —preguntó Mono.
—Al este de nuestras montañas hay doscientas leguas de agua. Es la frontera de Ao-lai, y hay ahí un rey cuya ciudad está llena de soldados. De seguro tiene toda clase de productos de metal. Si va para allá, seguro que puede comprar armas o mandarlas a hacer especialmente. Y luego puede enseñarnos a usarlas y estaremos en condiciones de defendernos. Ésa es la forma de protegernos de la extinción.
Mono estaba encantado con esa idea.
—Quédense aquí y entreténganse mientras voy a ver qué puede hacerse —dijo.
¡Querido Rey Mono! Partió en su trapecio de nubes y en un abrir y cerrar de ojos había atravesado esas doscientas leguas de agua, y del otro lado había, en efecto, una ciudad con murallas y foso, barrios y mercados, e innumerables calles por las que los hombres caminaban de un lado a otro bajo el agradable sol. Dijo para sus adentros: “En un lugar así con toda seguridad tienen armas ya hechas. Iré a comprar algunas. O, mejor aún, obtendré unas con magia”.
Hizo un pase mágico, recitó un hechizo y dibujó un diagrama mágico en el suelo. Luego se paró en medio, respiró hondo y sacó el aire con tal fuerza que lanzó volando por el aire arena y piedras. Esa tempestad alarmó tanto al rey del país y a sus súbditos que se encerraron en las casas. Mono hizo descender su nube, se dirigió a los edificios del gobierno y pronto encontró el arsenal. Forzó la cerradura de la puerta y entró. Había ante él un enorme suministro de espadas, lanzas, alfanjes, alabardas, hachas, guadañas, hurgones, fustas, garrotes, arcos y ballestas: cualquier clase de arma imaginable. “Es un poco más de lo que puedo llevar”, pensó.
Así, como antes había hecho, transformó sus pelos en miles de monitos que empezaron a robarse las armas. Algunos conseguían cargar seis o siete, otros tres o cuatro, hasta que poco después el arsenal quedó vacío. Luego un fuerte vendaval mágico los llevó de vuelta a la cueva. Los monos que se encontraban en casa jugaban frente a la puerta de la cueva cuando de repente vieron una multitud de monos en el cielo; se asustaron tanto que todos se precipitaron a esconderse. Unos momentos después, Mono hizo descender su nube y convirtió a los miles de monitos en pelos. Amontonó las armas en la ladera y gritó:
—¡Pequeños, vengan por sus armas!
Para su sorpresa, hallaron a Mono de pie en el suelo y a solas. Corrieron a rendirle homenaje y éste les explicó lo que había sucedido. Cuando lo hubieron felicitado por su desempeño, empezaron a agarrar espadas y alfanjes, a levantar hachas, a pelearse por las lanzas y a llevarse arcos y ballestas. Esa competencia, que fue muy ruidosa, duró la jornada entera.
Al día siguiente llegaron desfilando, como de costumbre, y el pase de lista reveló que en total eran cuarenta y siete mil. Las bestias salvajes de la montaña y los reyes demonios de toda clase, moradores de no menos de setenta y dos cuevas, fueron a rendirle homenaje a Mono, y de ahí en adelante llevaron tributos cada año y se alistaron una vez cada estación. Algunos proporcionaban trabajo, y otros, suministros. La montaña de Flores y Fruta se volvió tan fuerte como una cubeta de hierro o una muralla de bronce. Los reyes demonios de diferentes distritos también presentaron tambores de bronce, estandartes de colores, yelmos y cotas de malla. Entrenaban y marchaban a diario, armando un tremendo ajetreo. Todo iba bien cuando, de repente, un buen día Mono les dijo a sus súbditos:
—Parece que van muy bien con el entrenamiento, pero a mí la espada me resulta muy incómoda y de hecho no me gusta nada. ¿Qué hacer?
Los cuatro monos ancianos dieron un paso al frente:
—Gran Rey, es completamente natural que usted, al ser un inmortal, no tenga interés en usar esta arma terrenal. ¿Considera que le sería posible conseguir una de los moradores del mar?
—¿Y por qué no, si se puede saber? —dijo Mono—. Desde mi iluminación he llegado a dominar setenta y dos transformaciones. Lo más maravilloso de todo es que puedo montar las nubes. Puedo volverme invisible. Puedo penetrar el bronce y la piedra. El agua no puede ahogarme y el fuego no puede quemarme. ¿Qué me impide conseguir un arma de los poderes del mar?
—Bueno, si puede hacerlo, adelante —dijeron—. El agua que corre bajo este puente de hierro viene del palacio del Dragón del mar del Este. ¿Y si va y le hace una visita al Rey Dragón? Si le pide un arma, sin duda le encontraría algo adecuado.
—Ya lo creo que iré.
Mono fue a la cabeza de puente, recitó un hechizo para protegerse de los efectos del agua y se metió de un brinco, avanzando junto con el curso del agua hasta llegar al fondo del mar del Este. Enseguida lo detuvo un iaksa que patrullaba las aguas.
—¿Qué deidad es ésa que viene por el agua? —preguntó—. Preséntate y anunciaré tu llegada.
—Soy el Rey Mono de la montaña de Flores y Fruta —dijo Mono—. Soy vecino cercano del Rey Dragón y pienso que debería conocerlo.
El iaksa comunicó el mensaje; el Rey Dragón se levantó presuroso y acudió a la puerta de su palacio, llevando consigo a sus hijos y nietos dragones, a sus soldados camarones y sus generales cangrejo.
—Pasa, alto inmortal, pasa —dijo.
Entraron al palacio y se sentaron frente a frente en el asiento superior. Después de tomar el té, el dragón preguntó:
—Dime: ¿cuánto tiempo has estado iluminado y qué artes mágicas has aprendido?
—Desde la infancia he llevado una vida religiosa —dijo Mono—, y ahora estoy más allá del nacimiento y la destrucción. A últimas fechas he estado entrenando a mis súbditos sobre cómo defender su hogar, pero yo mismo no tengo un arma apropiada. Se me dice que mi honrado vecino, dentro de los portales de concha de su palacio de verde jade, con toda seguridad cuenta con muchas armas mágicas de sobra.
Al Rey Dragón no le gustaba negarse y ordenó a un capitán trucha que llevara una enorme espada.
—No soy bueno con la espada —dijo Mono—. ¿No podrías encontrar algo más?
Entonces el Rey Dragón le dijo a un guardián chanquete que con ayuda de un portero anguila sacara una horca de nueve púas. Mono la agarró y dio unas estocadas de prueba.
—Es muy ligera —dijo— y no se adapta al tamaño de mi mano. ¿No me puedes encontrar algo más?
—No entiendo a qué te refieres —dijo el Rey Dragón—. La horca pesa mil seiscientos kilogramos.
—No se adapta a mi mano —dijo Mono—; no se adapta a mi mano.
El Rey Dragón estaba muy ofendido. Les ordenó a un general brama y a un general de brigada carpa que sacaran una enorme alabarda que pesaba tres mil doscientos kilos. Mono la agarró y, después de dar unas estocadas y bloqueos, la hizo a un lado.
—Sigue siendo muy ligera.
—Es el arma más pesada que tenemos en el palacio —dijo el Rey Dragón—. No tengo nada más para mostrarte.
—Dice el proverbio: “De nada le sirve al Rey Dragón fingir que no tiene tesoros” —dijo Mono—. Vuelve a buscar y, si encuentras algo apropiado, te daré un buen precio.
—Te advierto que no tengo nada más —dijo el Rey Dragón.
En ese momento la madre dragón y su hija salieron discretamente de los cuartos del fondo del palacio y dijeron:
—Gran Rey, vemos que este mono sabio tiene unas capacidades poco comunes. En nuestro tesoro está el hierro mágico con que se apisonó la cama de la Vía Láctea. Lleva varios días brillando con una extraña luz. ¿No sería esto quizá el presagio de que debíamos dársela al sabio que acaba de llegar?
—Ésta —dijo el Rey Dragón— es la cosa que usó el Gran Yü cuando contuvo el Diluvio para reparar la profundidad de los ríos y los mares. No es más que una pieza de hierro sagrado. ¿De qué le serviría?
—No te preocupes por si la usa o no —dijo la madre dragona—. Sólo dásela y, si puede con ella, deja que se la lleve.
El Rey Dragón accedió y se lo dijo a Mono.
—Tráemela y le echaré un vistazo —dijo Mono.
—¡De ninguna manera! —respondió el Rey Dragón—. Es demasiado pesada para moverla. Tendrás que ir tú a verla.
—¿Dónde está? —preguntó Mono—. Muéstrame el camino.
El Rey Dragón lo llevó al tesoro del mar, donde enseguida vio algo que brillaba con innumerables rayos de luz dorada.
—Ahí está —dijo el Rey Dragón.
En actitud de respeto, Mono se acicaló y se acercó al objeto. Resultó ser un grueso pilar de hierro, como de seis metros de largo. El Mono tomó un extremo con ambas manos y lo levantó un poco.
—Un pelín demasiado largo y demasiado grueso —dijo. Enseguida el pilar se achicó unos metros y se estrechó. Mono lo sintió—. Un poco más chico no haría daño —añadió.
El pilar volvió a encogerse. Mono estaba encantado.
Al sacarlo a la luz, descubrió que en cada extremo había un broche de oro, mientras que el resto era de hierro negro. En el extremo más cercano tenía la inscripción BASTÓN DE LOS DESEOS CON BROCHES DE ORO. PESO: SEIS MIL CIENTO VEINTITRÉS KILOGRAMOS.
“¡Magnífico! No podría esperar un mejor tesoro que éste”, pensó Mono.
Sin embargo, mientras avanzaba decía para sus adentros, toqueteando el bastón: “Si fuera tantito más chico, sería maravilloso”. Y, en efecto, cuando salió ya no medía mucho más de medio metro. Mira nada más cómo hace alarde de su magia, cómo hace súbitas estocadas y pases de camino de regreso al palacio. El Rey Dragón temblaba viendo aquello, y los príncipes dragones estaban en un revuelo. Tortugas de tierra y de mar metieron las cabezas en sus caparazones; los peces, los cangrejos y los camarones buscaron un escondite. Mono, con el tesoro en la mano, se sentó junto al Rey Dragón.
—Estoy profundamente agradecido por la gentileza de mi honrado vecino —dijo.
—Ni lo menciones —dijo el Rey Dragón.
—Sí, es un pedazo de hierro útil —observó Mono—, pero hay algo más que quisiera decir.
—Gran Inmortal —dijo el Rey Dragón—, ¿qué más tienes que decir?
—Antes de tener este hierro era diferente, si bien ahora —comentó Mono—, con algo semejante en la mano, empiezo a sentir que me hace falta alguna prenda apropiada para utilizar con él. Si tienes algo en esa línea, por favor, dámelo. Te quedaría muy agradecido.
—No tengo nada —dijo el Rey Dragón.
—Como dice el viejo dicho —atajó Mono—: “Un invitado no debe molestar a dos anfitriones”. No te vas a deshacer de mí al fingir que no tienes lo que quiero.
—Te convendría probar en otro mar —dijo el Rey Dragón—. Es posible que ellos puedan ayudarte.
—Mejor sentarse en una casa que correr a tres —respondió Mono—. Exijo que me encuentres algo.
—Te aseguro que no poseo ninguna prenda como la que me pides —dijo el Rey Dragón—. Si la tuviera, te la daría.
—Está bien —dijo Mono—; probaré mi hierro contigo y pronto veremos si puedes darme una.
—Calma, calma, gran inmortal —dijo el Rey Dragón—, ¡no me pegues! Sólo déjame averiguar si mis hermanos tienen algo que te puedan dar.
—¿Dónde viven? —preguntó Mono.
—Son los dragones de los mares del Sur, del Norte y del Oeste —dijo el Rey Dragón.
—No voy a ir tan lejos —dijo Mono—. “Dos en mano son mejores que tres bajo fianza.” Encuéntrame algo aquí y ahora. No me importa de dónde lo saques.
—Nunca sugerí que tú debieras ir —dijo el Rey Dragón—. Aquí tenemos un tambor de acero y un gong de bronce. Si pasa algo importante, los hago sonar y mis hermanos vienen de inmediato.
—Muy bien —dijo Mono—. Sé listo y haz sonar el tambor y el gong.
Por consecuencia, un cocodrilo tocó el tambor y una tortuga, el gong, y en un santiamén llegaron los tres dragones.
—Hermano —dijo el Dragón del Sur—, ¿qué asunto urgente te ha llevado a golpear el tambor y sonar el gong?
—Haces bien en preguntar —dijo el Rey Dragón—. Un vecino mío, el sabio de la montaña de Flores y Fruta, vino hoy a mí para inquirir sobre un arma mágica. Le di el hierro con que fue apisonada la Vía Láctea. Ahora dice que necesita ropa. Aquí no tenemos nada de esa clase. ¿No podría uno de ustedes encontrarme algo para quitármelo de encima?
El Dragón del Sur estaba furioso.
—¡Hermanos! —gritó—, convoquemos a hombres armados para que vengan a apresar al granuja.
—¡De ninguna manera! —dijo el Dragón del Oeste—. El más mínimo golpe con ese acero es mortal.
—Sería mejor no interferir con él. Démosle algunas prendas, sólo para deshacernos de él, y luego nos quejaremos con el cielo para que lo castigue.
—Buena idea —dijo el Dragón del Norte—. Yo tengo un par de zapatos para pisar nubes hechos de fibra de loto.
—Yo tengo un gorro de pluma de ave fénix y oro rojo —dijo el Dragón del Sur.
—Yo tengo un jubón de cota de malla hecho de oro amarillo —dijo el Dragón del Oeste.
El Rey Dragón estaba encantado y los llevó a ver a Mono y darle sus obsequios. Mono se puso las cosas y, con su bastón de los deseos en la mano, salió dando grandes zancadas.
—Cochinos viejos soplones —les dijo a los dragones al pasar y éstos, con gran indignación, se pusieron a conferenciar para planear cómo denunciarlo con los poderes superiores.
Los cuatro viejos monos y todos los demás esperaban a su rey junto al puente. De pronto lo vieron salir de las olas de un brinco, sin una sola gota de agua sobre él, todo brillante y dorado, y subieron el puente corriendo. Se arrodillaron ante él.
—¡Gran Rey, cuánto esplendor! —exclamaron.
Con el viento primaveral dándole de lleno en la cara, Mono se montó en el trono y colocó el bastón de hierro frente a él. Los monos se precipitaron hacia el tesoro y trataron de levantarlo. Fue como si una libélula intentara sacudir un árbol de hierro: no pudieron moverlo ni un centímetro.
—Padre —gritaron—, es usted la única persona que podría levantar una cosa tan pesada.
—No hay nada que no tenga un amo al cual obedecer —dijo Mono, levantándolo con una mano—. Este hierro estuvo en el tesoro del mar durante no sé cuántos cientos de miles de años y apenas hace poco empezó a brillar. El Rey Dragón pensaba que no era más que hierro negro y dijo que se usó para aplanar la Vía Láctea. Ninguno de ellos podía levantarlo y me pidieron que me lo llevara. Cuando lo vi por primera vez, medía seis metros. Pensé que era algo grande, así que poco a poco lo fui achicando más y más. Ahora vean cómo lo transformo otra vez —y gritó—: ¡Más chico, más chico, más chico! —enseguida quedó del tamaño exacto de una aguja de bordar, que podía llevarse cómodamente detrás de la oreja.
—Sáquelo y haga otro truco con él —suplicaron los monos.
Lo sacó de atrás de su oreja y se lo puso en posición vertical sobre la palma de la mano, gritando:
—¡Más grande, más grande! —enseguida creció hasta medir seis metros, con lo cual lo subió al puente, empleó un poco de magia cósmica e, inclinándose, gritó—: ¡Alto!
Con esto, él creció hasta medir más de treinta mil metros: su cabeza quedó a la altura de las montañas más altas; su cintura, a la de las crestas; sus ojos resplandecían como relámpagos; su boca era como un cuenco de sangre; sus dientes, como hojas de espada. El bastón de hierro que asía con la mano se elevó hasta el trigésimo tercer cielo y descendió hasta el decimoctavo infierno. Tigres, panteras, lobos, todos los espíritus malignos de la colina y los demonios de las setenta y dos cuevas le rindieron homenaje, sobrecogidos y temblorosos. Enseguida canceló su manifestación cósmica y el bastón se convirtió de nuevo en una aguja de bordar. Se la puso atrás de la oreja y regresó a la cueva.
Un día en que Mono ofrecía un gran banquete a los monarcas bestia de los alrededores, después de despedirse de ellos y darles regalos a los líderes grandes y chicos, se acostó bajo un pino al lado del puente de hierro y se quedó dormido. En sueños vio a dos hombres que caminaban hacia él con un documento que tenía su nombre. Sin darle tiempo de pronunciar palabra, sacaron una cuerda, ataron el cuerpo dormido de Mono y se lo llevaron hasta las afueras de una ciudad amurallada. Cuando volvió en sí, levantó la mirada y vio que en las murallas de esa ciudad había un letrero de hierro que decía: TIERRA DE LAS TINIEBLAS. “¡Vaya!”, dijo Mono para sus adentros, cuando súbitamente y con una desagradable sacudida vio dónde se encontraba. “Si aquí es donde vive Yama, el Rey de la Muerte. ¿Cómo llegué aquí?”
—Tu tiempo en el mundo de la vida ha llegado a su fin —dijeron los dos hombres—, y nos mandaron a arrestarte.
—Pero si estoy más allá de todo eso —dijo Mono—; ya no estoy compuesto de los cinco elementos ni caigo bajo la jurisdicción de la Muerte. ¡Arrestarme! ¿Qué tonterías son ésas?
Los dos hombres hicieron caso omiso y siguieron arrastrándolo. Mono entonces se enojó mucho, agarró rápidamente la aguja que tenía detrás de la oreja, la cambió a un tamaño formidable e hizo a los dos mensajeros picadillo. Luego se liberó de sus ataduras y, columpiando el bastón, entró a grandes zancadas en la ciudad. Demonios con cabeza de toro y con cara de caballo huían aterrorizados. Cantidad de fantasmas se precipitaron al palacio para anunciar que un dios de los truenos con cara peluda avanzaba para el ataque. Consternadísimos, los diez jueces de la Muerte se acicalaron y salieron a ver qué pasaba. Al ver el feroz aspecto de Mono, se formaron y lo abordaron con voz fuerte:
—¡Tu nombre, por favor!
—Si no saben quién soy, ¿por qué mandaron a dos hombres a arrestarme? —preguntó Mono.
—¿Cómo puedes acusarnos de algo así? —dijeron—. Seguro que los mensajeros se equivocaron.
—Yo soy el sabio de la cueva de la Cortina de Agua —dijo Mono—. ¿Ustedes quiénes son?
—Somos los diez jueces del Emperador de la Muerte —le respondieron.
—En tal caso —dijo Mono—, les preocupan la retribución y la recompensa y no deberían dejar que esas equivocaciones ocurrieran. Sepan ustedes que gracias a mis esfuerzos me volví inmortal y ya no estoy sujeto a su jurisdicción. ¿Por qué me mandaron arrestar?
—Pero ¿por qué te enojas? Se trata de un caso de equivocación de identidad. El mundo es un lugar muy grande y resulta probable que varias personas tengan el mismo nombre. Con toda seguridad nuestros policías cometieron un error.
—Tonterías —dijo Mono—. Como dice el proverbio: “Los jueces yerran, los empleados yerran, el hombre con la orden de arresto nunca yerra”. Apúrense y saquen los registros de los vivos y los muertos, y pronto veremos.
—Por aquí, por favor —dijeron y lo llevaron al gran salón, donde le ordenaron al funcionario a cargo del registro que sacara sus documentos.
El funcionario se zambulló en un cuartito aledaño y salió con cinco o seis libros de contabilidad divididos en diez columnas y empezó a repasarlos uno por uno: insectos pelados, insectos vellosos, insectos alados, insectos escamosos… Se rindió, desesperado, y probó con “monos”. Pero el Rey Mono, al tener características humanas, tampoco estaba ahí. Como no era súbdito del unicornio, no figuraba entre los animales, y como no era súbdito del ave fénix, no podía estar clasificado como ave. Sin embargo, había un archivo separado que Mono exigió revisar él mismo y ahí, bajo el título de “Alma tres mil ciento cincuenta”, halló su nombre, seguido de esto: “Linaje: producto natural. Descripción: mono de piedra. Esperanza de vida: trescientos cuarenta y dos años. Una muerte pacífica”.
—Mi vida no se reduce a una esperanza —dijo Mono—: yo soy eterno. Tacharé mi nombre. ¡Denme un pincel!
El funcionario se apresuró a proporcionarle un pincel mojado en una tinta espesa y Mono no sólo tachó su nombre, sino los de todos los monos mencionados en los archivos. Luego tiró el libro de contabilidad y dijo:
—Asunto resuelto —exclamó—. Ahora ustedes no tienen ningún poder sobre nosotros.
Y al decir esto levantó su bastón y se abrió paso para salir del palacio de las Tinieblas. Los diez jueces no se atrevieron a protestar, pero todos acudieron de inmediato con el Kshitigarbha, guía de los muertos, y discutieron con él la conveniencia de levantar una queja acerca del asunto ante el Emperador de Jade en el cielo. Debido a que Mono se precipitó desnudo fuera de la ciudad, su pie quedó atrapado en una enredadera y se tropezó. Se despertó sobresaltado y descubrió que todo aquello había sido un sueño. Entonces se incorporó y escuchó decir a los cuatro monos ancianos y a los otros que montaban guardia:
—Gran Rey, ¿no es hora de que ya se despierte? Bebió tanto que lleva la noche entera durmiendo aquí.
—Debo haberme quedado dormido un rato —explicó Mono—, porque soñé que dos hombres venían a arrestarme —les refirió su sueño y después continuó—: Taché todos nuestros nombres para que esos tipos ya no tengan la posibilidad de entrometerse.
Los monos se postraron frente a él y le agradecieron. Y de ahí en adelante se ha observado que muchos monos de la montaña nunca envejecen. Es porque sus nombres se tacharon de los registros del Rey de la Muerte.
Estaba una mañana el Emperador de Jade sentado en su palacio de Nubes con puertas de oro, con todos sus ministros civiles y militares, cuando un oficial anunció:
—Su majestad el Dragón del mar del Este está afuera con una petición que plantearle.
Se hizo pasar al dragón y, cuando hubo presentado sus respetos, un niño hada entregó un documento que el Emperador de Jade empezó a leer:
Este pequeño Dragón del Mar del Este informa a su majestad que cierto falso inmortal de la cueva de la Cortina de Agua maltrató a su servidor y entró a la fuerza a su casa acuática. Exigió un arma, empleando flagrantes intimidaciones, y con violencia y escándalo nos obligó a darle ropa. Mis familiares acuáticos estaban consternados; las tortugas de tierra y las tortugas de mar huyeron despavoridas. El Dragón del Sur temblaba, el Dragón del Oeste estaba horrorizado y el Dragón del Norte se desplomó. Su servidor se vio obligado a desprenderse de un bastón de hierro sagrado, un sombrero de plumas de ave fénix, un jubón de cota de malla y un par de zapatos para pisar nubes antes de deshacernos de él. Pero incluso entonces nos amenazó con armas y magia y nos llamó “cochinos viejos soplones”. Nos declaramos incapaces de lidiar con él y debemos dejar el asunto en sus manos. Le pedimos encarecidamente que mande soldados a controlar esa plaga y a restaurar la paz del mundo bajo las olas.
Después de leer el documento, el Emperador de Jade pronunció su sentencia:
—El dragón debe volver a su mar y yo mandaré a unos oficiales para que arresten al criminal.
El Rey Dragón hizo una reverencia y se retiró. Al momento se presentó otro oficial para anunciar que el primer juez de los Muertos, apoyado por Kshitigarbha, el abogado de los muertos, había llegado con una petición. Iba con ellos una niña hada, que presentó un documento que decía lo siguiente:
Respetuosamente sostenemos que el cielo es para los espíritus y el inframundo es para los fantasmas. La oscuridad y la luz deben sucederse una a otra. Así lo dicta la naturaleza y no puede cambiarse. Pero un falso sabio de la cueva de la Cortina de Agua ha resistido con violencia nuestros llamados; mató a golpes a nuestros emisarios y amenazó a los diez jueces. Armó un alboroto en el palacio de la Muerte y borró nombres de nuestros libros, de modo que en el futuro los monos y los simios disfrutarán de una longevidad incorrecta. Apelamos por tanto a su majestad para que muestre su autoridad mandando espíritus soldados a que se hagan cargo de este monstruo, restauren el equilibrio de oscuridad y luz y traigan la paz de vuelta al inframundo.
El Emperador de Jade pronunció su sentencia:
—Los Señores de la Oscuridad deberán regresar al inframundo y se enviará a soldados para arrestar a esa plaga.
El primer juez de los Muertos hizo una reverencia y se retiró.
—¿Por cuánto tiempo ha existido este mono pernicioso? —les preguntó el Emperador de Jade a sus ministros—. ¿Y cómo es que adquirió la iluminación?
Enseguida el oficial del Ojo de las Mil Leguas y el Oficial del Oído Bajo el Viento dieron un paso al frente.
—Este mono —dijeron— fue emitido hace trescientos años por una piedra. Al principio no mostró ninguno de sus poderes actuales, pero desde entonces se las ha arreglado de alguna manera para perfeccionarse y lograr la inmortalidad. Ahora somete dragones, domestica tigres y ha alterado los registros de la Muerte.
—¿Cuál de las deidades aquí presentes irá a lidiar con él? —preguntó el Emperador de Jade.
El espíritu del planeta Venus dio un paso al frente.
—Grandísimo y santísimo —dijo—: todas las criaturas que tienen nueve aperturas pueden aspirar a la inmortalidad. No es entonces de sorprender que este mono, producido por las fuerzas naturales del cielo y de la Tierra, nutrido de la luz del sol y de la luna, alimentado con escarcha y rocío, haya alcanzado la inmortalidad y sepa someter a dragones y tigres. Sugiero que se siga un camino indulgente. Mandemos un decreto en el que se le ordene hacer acto de presencia en el cielo. Entonces le daremos alguna especie de trabajo oficial para que su nombre aparezca en nuestros pergaminos, y aquí podremos echarle un ojo. Si se porta bien podremos ascenderlo, pero si se porta mal tendremos que arrestarlo. Este camino nos ahorrará operaciones militares y sumaremos a nuestras filas a un indudable inmortal.
Al Emperador de Jade le gustó esa sugerencia. Le ordenó al espíritu de la estrella del Libro que escribiera un citatorio y le pidió al planeta Venus que lo entregara. Salió por la Puerta Sur del cielo, hizo descender su nube mágica y muy pronto llegó a la cueva de la Cortina de Agua. Le dijo a la multitud de monos:
—Soy un mensajero del cielo y traigo la orden de que su rey se dirija enseguida a los reinos superiores. Díganselo de inmediato.
Los monitos afuera de la cueva comunicaron al interior que había ido un viejo con un escrito en la mano.
—Dice que es un mensajero del cielo y que lo mandaron para que tú vayas con él.
—¡Oh, eso me viene muy bien! —dijo Mono—; últimamente he pensado en hacer un viajecito al cielo.
Mono se acicaló a toda prisa y salió a la puerta.
—Soy el espíritu del planeta Venus —dijo el mensajero—, y traigo una orden del Emperador de Jade para que subas al cielo y recibas un nombramiento inmortal.
—Vieja estrella —dijo Mono—, estoy muy agradecido contigo por las molestias que te tomaste —y pidió a los monos que prepararan un banquete.
—Sin haber terminado la sagrada orden que me dieron no puedo entretenerme —dijo la estrella—. Tras tu glorioso ascenso tendremos muchas oportunidades para conversar.
—No insistiré —dijo Mono—. Es un gran honor para nosotros que hayas hecho esta visita.
En eso mandó llamar a los cuatro viejos monos.
—No se olviden de ejercitar a los jóvenes —dijo—. Echaré un vistazo cuando haya llegado al cielo y, si todo está bien por allá, mandaré por todos los demás para que vengan a vivir conmigo.
Los viejos monos expresaron su acuerdo y el Rey Mono, siguiendo al espíritu estrella, se montó en la nube y remontó el vuelo. Si no sabes qué puesto le dieron en el cielo, tienes que escuchar el siguiente capítulo.
IV
LA HISTORIA DEL REY MONO

DESPUÉS DE UN RATO de montar juntos, Mono se olvidó del espíritu estrella y lo dejó muy rezagado; para cuando llegó a la Puerta Sur del cielo, ya se había perdido de vista. Estaba por entrar cuando una cantidad de deidades custodias, armadas de dagas, espadas y alabardas, le obstaculizó el paso.
—¡Ese planeta es un estafador! —exclamó Mono—. Mira que permitir que estos degolladores me retengan así después de haberme invitado a venir.
En ese momento llegó el planeta; estaba completamente sin aliento.
—¡Viejo fraude! —lo confrontó Mono—. Dijiste que ibas con una invitación del Emperador de Jade. ¿Por qué esta gente me impide entrar?
—No te enojes —dijo el planeta—. Como nunca antes habías venido a la sala del cielo y no se te ha dado un nombre, los custodios no saben quién eres y hacen bien en no dejarte pasar. Cuando hayas visto al emperador y recibas tu nombramiento, te dejarán entrar y salir cuantas veces quieras.
—Puede ser —dijo Mono—, pero en este momento no puedo entrar.
—Si vienes conmigo sí puedes —dijo el planeta y casi gritando continuó—: custodios de la puerta del cielo, grandes y pequeños capitanes, ¡abran paso! Éste es un inmortal de la tierra a quien el Emperador de Jade me encargó traer.
Entonces los custodios retiraron las armas y se marcharon. Mono, recuperada del todo su confianza en el planeta, atravesó las verjas lentamente junto a él y entró al palacio. Sin esperar a ser anunciados, enseguida acudieron a la augusta presencia. El planeta de inmediato se postró, pero Mono se quedó erguido junto a él, sin mostrar ninguna señal de respeto, limpiándose los oídos con los dedos para escuchar lo que iba a decir el planeta.
—Si se me permite, vengo a informar que llevé a cabo su orden; el pernicioso inmortal está aquí.
—¿Quién es? —preguntó el emperador, asomándose por encima de su biombo real.
En ese momento Mono hizo una reverencia y dijo:
—Soy yo.
Los ministros ahí reunidos palidecieron horrorizados.
—¡Ese mono bárbaro! —exclamaron—. Cuando lo trajeron en presencia del emperador no se mostró y ahora, sin dirigirse a él, se atreve a decir: “Soy yo”. Esa conducta merece la pena de muerte.
—Él viene de la Tierra —dijo el Emperador de Jade— y hace poco aprendió las costumbres humanas. Ahora no debemos ser muy duros con él si no sabe cómo comportarse en la corte.
Los ministros celestiales felicitaron al emperador por su clemencia y Mono gritó con todas sus fuerzas:
—¡Bravo!
Entonces se les ordenó a los oficiales que revisaran las listas y vieran qué nombramientos había vacantes.
—Por el momento no hay ninguna vacante en ninguna sección de ningún departamento —informó uno de ellos—. La única opción es en los establos imperiales, donde se necesita un supervisor.
—Bueno, entonces nómbrenlo Pi-ma-wên de los establos —dijo el Emperador de Jade.
Por consiguiente, lo llevaron a los establos y le explicaron cuáles eran las obligaciones de ese departamento. Le mostraron la lista de los caballos, de los que había mil, al cuidado de un asistente cuyo deber era proporcionar el pienso. Los mozos de cuadra cepillaban y lavaban los caballos, cortaban heno, les ponían agua y les preparaban la comida. El superintendente y el vicesuperintendente ayudaban al supervisor con la administración general. Todos ellos estaban en guardia noche y día. De día se las arreglaban para divertirse hasta cierto punto, pero de noche no paraban. Todos los caballos parecían quedarse dormidos justo cuando había que alimentarlos o bien empezaban a galopar cuando tenían que estar guardados en la caballeriza. Cuando veían a Mono, los caballos celestiales formaban una multitud en torno a él y se comían los alimentos que les llevaba con un apetito nunca antes visto en ellos. Al cabo de una o dos semanas, los otros oficiales de los establos dieron un banquete para festejar el nombramiento de Mono. En pleno festín, de repente hizo una pausa y, copa en mano, preguntó:
—¿Qué significa realmente esta palabra, Pi-ma-wên?
—Es el nombre del grado que ostentas —le dijeron.
—¿Qué clase de nombramiento es? —preguntó Mono.
—No es una clase propiamente dicha —respondieron.
—Supongo que es demasiado alto para formar parte de una clase —observó Mono.
—Por el contrario —le explicaron—: es demasiado bajo.
—¡Demasiado bajo! ¿De qué hablan?
—Cuando un oficial no consigue obtener una clasificación, lo ponen a cuidar a los caballos. Es un trabajo que no incluye un salario. Lo máximo que obtendrás por engordar a los caballos, tal como has hecho desde que llegaste, es un “No está mal” dicho de pasada. Pero si alguno se quedara cojo o dejara de mantenerse en forma, te llevarías una reprimenda. Y si a alguno le pasara algo serio, te enjuiciarían y multarían.
Cuando oyó esto, el corazón de Mono entró en llamas. Apretó los dientes y dijo sumamente enojado:
—¡Entonces en ese concepto me tienen! ¿Qué no saben que en la montaña de Flores y Fruta yo era rey y patriarca? ¿Cómo se atreven a engañarme así y hacerme venir a cuidar a los caballos? Si cuidar a los caballos es un trabajo para la chusma, ¿por qué me lo asignan a mí? ¡No lo voy a permitir! ¡Me largo de aquí en este instante!
En un súbito ataque de furia, empujó el escritorio oficial, tomó el tesoro de atrás de su oreja y se precipitó a la Puerta Sur. Las deidades de guardia, que ahora sabían que él era un funcionario autorizado a entrar y salir, no trataron de detenerlo. Rápidamente hizo descender su nube y aterrizó en la montaña de Flores y Fruta.
—¡Pequeños —gritó—, el viejo Mono ha vuelto!
Le dieron un gran banquete de bienvenida.
—Como ha estado diez años en las regiones superiores, podemos con toda seguridad suponer que tuvo mucho éxito.
—¿Diez años? ¿De qué hablan? Estuve allá diez días.
—En el cielo no se dio cuenta de cómo pasaba el tiempo. Un día allá es un año aquí abajo. Díganos por favor qué rango le dieron.
—Ni lo mencionen —dijo Mono— o moriré de vergüenza. El Emperador de Jade no tiene idea de cómo aprovecharlo a uno. Él vio lo que soy, pero todo lo que pudo hacer conmigo fue convertirme en algo que llaman Pi-ma-wên. Me pidieron que cuidara a sus caballos: no es más que un puesto de baja categoría que no está asociado con ningún rango. No me di cuenta de eso cuando acepté el trabajo ni me la pasé mal jugueteando en los establos. Sin embargo, hoy les pregunté a los demás y descubrí qué clase de puesto era. Me puse furioso y enseguida renuncié al trabajo. Así que heme aquí.
—Y qué bueno —dijeron—. Si puede reinar en un sitio encantado como éste, ¿qué sentido tiene que se vaya para ser un mozo de cuadra? Pequeños, preparen un banquete para aclamar a nuestro Gran Rey.
Estaban empezando a beber cuando alguien anunció que había afuera dos reyes demonios de un cuerno que pedían ver al Rey Mono.
—Háganlos pasar —dijo Mono.
Los demonios se acicalaron, entraron a la cueva a toda prisa y se postraron ante él.
—¿Qué los trae por aquí? —preguntó Mono.
—Sabemos desde hace mucho tiempo que aprecias las buenas cualidades, pero no había habido una ocasión apropiada para que te presentáramos nuestros respetos. Sin embargo, al escuchar que obtuviste un puesto en el cielo y volviste triunfante, pensamos que no te opondrías a recibir un pequeño regalo. Aquí tienes este tapete rojo y amarillo; esperamos que lo aceptes. Y si además te dignas a aceptar que tipos humildes como nosotros trabajen a tu servicio, estamos dispuestos a realizar las tareas más ínfimas.
Mono se envolvió en la cobija lleno de júbilo y todos sus súbditos se formaron a rendirle homenaje. Los reyes demonios fueron nombrados mariscales de la vanguardia, y tras expresar su gratitud preguntaron qué puesto tenía Mono en el cielo.
—El Emperador de Jade —dijo Mono— no tiene ninguna consideración por el talento. ¡Me nombró mozo de cuadra!
—Con poderes mágicos como los tuyos —dijeron—, ¿por qué tendrías que rebajarte a cuidar de los caballos? Un título apropiado para alguien como tú sería Gran Sabio Igual a los Cielos.
A Mono le fascinó cómo sonaba eso y, tras exclamar muchas veces:
—¡Bien, bien, bien! —ordenó a sus generales que hicieran un estandarte con la leyenda GRAN SABIO IGUAL A LOS CIELOS con letras grandes.
En lo sucesivo, dijo, nadie se dirigiría a él con ningún otro nombre, y a todos los demonios que reconocían su dominio se les dieron las instrucciones correspondientes.
Al día siguiente, cuando el Emperador de Jade recibió a la corte, el jefe del establo apareció hincado en los escalones del trono para anunciar que el recién nombrado mozo de cuadra se había quejado de que el trabajo no era lo bastante bueno para él y había vuelto a la Tierra.
—Muy bien —dijo el Emperador de Jade—, pueden regresar a sus obligaciones. Enviaré a soldados celestiales para que lo arresten.
Enseguida Vaiśravana y su hijo Natha se ofrecieron para ese servicio. Los pusieron al mando de la expedición y nombraron al Poderoso Espíritu Mágico para que fuera adelante, al general Barriga de Pez para hacer avanzar a la retaguardia y al capitán de los iaksas para empujar a las tropas. Poco después habían salido de la Puerta Sur del cielo e iban camino a la montaña de Flores y Fruta. Eligieron una superficie de tierra plana para acampar y se escogió al Poderoso Espíritu Mágico para provocar la batalla. Se abrochó la armadura y, blandiendo su gran hacha, llegó a grandes zancadas a la boca de la cueva de la Cortina de Agua. Afuera estaba una pandilla de monstruos —lobos, tigres, etcétera— brincando, haciendo floreos con sus lanzas y espadas, saltando y haciendo escándalo.
—Execrables criaturas —gritó el espíritu—, corran a decirle al mozo de cuadra que por órdenes del Emperador de Jade ha venido un gran comandante del cielo a recibir su sumisión. Díganle que se apure o todos ustedes pagarán con sus vidas.
Los monstruos entraron atropelladamente a la cueva.
—Sucedió algo terrible —anunciaron.
—¿Qué pasa? —preguntó Mono.
—Hay en la puerta un comandante celestial; dice que lo envió el Emperador de Jade para que le des tu sumisión. Si no te sometes enseguida, dice que todos lo pagaremos con nuestra vida.
—Tráiganme mis armas —gritó Mono.
Se puso el yelmo de bronce, la coraza de oro y los zapatos de pisar nubes y, bastón mágico en mano, salió con sus vasallos detrás y los formó para la batalla.
Cuando el Poderoso Espíritu Mágico lo vio, exclamó:
—¡Mono condenado! ¿Me conoces o no?
—¿Qué vil deidad eres? —preguntó Mono—. Nunca en la vida te había visto. Dime tu nombre en este instante.
—Inmundo embaucador —gritó—, ¿cómo te atreves a fingir que no me conoces? Soy el Poderoso Espíritu Mágico, líder de la vanguardia de las huestes celestiales de Vaiśravana. Vengo por órdenes del Emperador de Jade para recibir tu sumisión. Desármate ahora mismo y ponte en manos de la misericordia celestial, o se pasará a cuchillo a todos los habitantes de esta montaña. Si tan sólo murmuras la mitad de la palabra “No”, al instante serás cortado en pedazos.
—Vil deidad —gritó Mono, enojadísimo—, deja de alardear. Si te mato con un golpe de mi bastón, no podrás llevar mi mensaje. Así, te perdonaré la vida para que regreses al cielo y le digas al Emperador de Jade que no sabe cómo emplear a un buen hombre cuando lo encuentra. Domino innumerables artes mágicas. ¿Por qué habían de ponerme a cuidar a los caballos? Mira lo que está escrito en este estandarte. Si reconoce mi derecho a este título, lo dejaré en paz, pero si se rehúsa, enseguida subiré y daré un golpe tan fuerte a su palacio que se caerá de su sofá de dragón.
El espíritu miró alrededor y vio el estandarte con su inscripción y soltó una carcajada.
—¡La insolencia de este horrible mono! —gritó—. Llámate “Igual a los Cielos” si quieres, pero antes trágate una buena dosis de mi hacha —y al decir esto lanzó un golpe contra la cabeza de Mono.
Éste no se alteró y detuvo el golpe con su bastón. Vino a continuación un buen pleito. Al final, el espíritu ya no aguantaba más. Mono lanzó un golpe rotundo a su cabeza y él intentó bloquearlo con el hacha. El hacha se partió en dos y el espíritu tuvo que salir huyendo. De regreso en el campamento, fue directo con Vaiśravana y, arrodillado frente a él, dijo entre jadeos:
—El mozo tiene poderes mágicos demasiado fuertes para nosotros. Fui incapaz de hacerle frente y ahora vengo en busca de misericordia.
—Este infeliz me ha humillado —dijo Vaiśravana, mirando con desdén al espíritu—. ¡Llévenselo y córtenle la cabeza!
Pero su hijo, el príncipe Natha, dio un paso al frente y, haciendo una profunda reverencia, dijo:
—Padre, no te enojes. Perdónale la vida al espíritu por un tiempo y déjame ir a luchar para que sepamos cómo están las cosas en realidad.
Vaiśravana aceptó la oferta y le ordenó al espíritu que regresara al campamento y esperara el juicio.
El príncipe, con la armadura ya abrochada, salió corriendo del campamento y fue a toda prisa a la cueva de la Cortina de Agua. Mono estaba desarmándose, pero en eso acudió a la puerta y dijo:
—¿De quién eres hermano menor y por qué vienes a colarte por aquí?
—¡Simio nauseabundo! —gritó Natha—. ¿Por qué finges no conocerme? Soy el tercer hijo de Vaiśravana. El Emperador de Jade me mandó para arrestarte.
—Principito —dijo Mono entre risas—, ni siquiera se te han caído los dientes de leche y el útero que te dio a luz no se ha secado. ¿Cómo te atreves a fanfarronear así? Por ahora te perdonaré la vida, siempre y cuando mires lo que está escrito en ese estandarte y le digas al Emperador de Jade que si me otorga ese rango no tendrá que mandar a ningún otro ejército y me someteré voluntariamente. Pero si no accede, iré y derribaré a golpes su palacio de Joyas de las Mágicas Brumas.
Natha levantó la vista y vio la inscripción GRAN SABIO IGUAL A LOS CIELOS.
—¡Debes de creerte un fabricante de maravillas para que oses reivindicar semejante título! —dijo Natha—. No te preocupes: un golpe de mi espada te pondrá los pies en la tierra.
—Me mantendré firme —dijo Mono—, y puedes romper conmigo cuantas espadas quieras.
—¡Cambia! —rugió Natha y enseguida se transformó en una deidad con tres cabezas y seis brazos.
—¡Conque este hermanito conoce algunos trucos! —se burló Mono—. Te daré a conocer mi magia.
Al decir esto él también adquirió tres cabezas y seis brazos y al mismo tiempo transformó su garrote en tres garrotes y tomó cada uno de ellos con dos manos. La batalla que vino a continuación sacudió la tierra e hizo retumbar las montañas. Fue sin duda un gran pleito. Cada uno hizo despliegue de sus aterradores poderes y pelearon hasta treinta veces. El príncipe convirtió sus seis armas en un millón y Mono hizo lo mismo. Caían chispas cual estrellas fugaces mientras ellos combatían entre el cielo y la tierra, y ninguno aventajaba al otro.
No obstante, Mono tenía manos y ojos veloces. En el momento más álgido de la refriega, retomó su forma original y, garrote en mano, se enfrentó a Natha. Con su propia figura pudo moverse con mayor libertad y, colocándose detrás de la cabeza del príncipe, le dio un tremendo golpe en el hombro. Mientras Natha preparaba una nueva magia, oyó el ruido del garrote al surcar el aire. No le dio tiempo de esquivarlo y fue tan fuerte el dolor que enseguida salió huyendo, recobró su forma auténtica y volvió con ignominia al campamento de su padre.
Vaiśravana había estado viendo la batalla y se planteaba ir a echarle una mano a su hijo cuando Natha de pronto apareció frente a él y, temblando de pies a cabeza, dijo:
—¡Padre y rey mío! Es cierto que el mozo tiene unos poderes tremendos. Ni yo, con mi magia, pude resistirlos, y al final me hirió el hombro.
—Si alguien tiene semejantes poderes —dijo Vaiśravana, consternado—, ¿cómo lo haremos entrar en vereda?
—Afuera de su cueva puso un estandarte que tiene inscrita la leyenda GRAN SABIO IGUAL A LOS CIELOS —dijo el príncipe—. Tuvo la insolencia de decir que si reconoces su derecho a ese título dejaría de darnos dolores de cabeza. De lo contrario derribará a golpes el palacio de Joyas de las Mágicas Brumas.
—En tal caso más nos vale dejarlo solo por ahora —dijo Vaiśravana—. Informaré de esto al Emperador de Jade y le pediré refuerzos celestiales para que podamos encerrarlo antes de que sea demasiado tarde.
Cuando le explicaron la situación al Emperador de Jade, éste dijo:
—¿Esperan que crea que un mono es tan poderoso que se necesitan refuerzos para lidiar con él?
Natha dio un paso adelante.
—Grandísimo —dijo—, aunque sé que merezco que me mate con sus propias manos, le suplico que me escuche. Ese mono posee un garrote de hierro con el que primero derrotó al espíritu del río y luego me hirió en el hombro.
—¡Llévense a todo el ejército y denle muerte en el acto! —ordenó el emperador.
En ese momento intervino el espíritu del planeta Venus:
—Ese mono lanza palabras de modo temerario y no hay razón alguna para suponer que puede cumplir todas sus amenazas. No obstante, si se mandan soldados para ocuparse de él, eso implicará una larga y agotadora campaña. Sería mejor si su majestad ejerciera la clemencia. Diga que desea una solución pacífica y que está completamente dispuesto a permitirle ser el Gran Sabio Igual a los Cielos. No hará ningún daño que tenga un puesto nominal con ese título, sin salario, por supuesto.
—No estoy seguro de entender qué puesto propones que tenga —dijo el Emperador de Jade.
—Podría llamársele con ese título —dijo el planeta—, sin que tenga obligaciones especiales ni un salario. La ventaja sería que, al vivir en terreno celestial, en poco tiempo se desviaría de su vida depravada, olvidaría sus locos ardides y el universo encontraría pronto la paz.
—¡De acuerdo! —exclamó el emperador y se envió al planeta a transmitir la ofrenda de paz.
Salió del cielo por la Puerta Sur y fue directo a la cueva de la Cortina de Agua. Esa vez las cosas fueron muy diferentes. El lugar estaba repleto de armas; había toda clase de ogros en guardia y estaban armados de lanzas, espadas y bastones, que blandían con fiereza, brincando de un lado a otro. Al ver al espíritu estrella, todos se precipitaron contra él.
—Vamos, caciques —dijo el espíritu—, ¿serían ustedes tan amables de decirle a su señor que estoy aquí? Soy un mensajero celestial, enviado por Dios en las alturas, y vengo con un llamado a su rey.
—Démosle la bienvenida —dijo Mono cuando oyó que un mensajero había ido—. Debe de ser el espíritu del planeta Venus, el que vino antes a buscarme. Esa vez, aunque el trabajo que me dieron era indigno de mí, el tiempo que pasé en el cielo no estuvo del todo malgastado. Corrí bastante y llegué a conocer bien el lugar. Sin duda, en esta ocasión viene a ofrecerme algo mejor.
Y les ordenó a los caciques que hicieran pasar al espíritu y lo recibieran ondeando banderas y tocando los tambores. Mono lo esperaba en la boca de la cueva con la panoplia puesta, rodeado de huestes de monos de menor grado.
—Entra, vieja estrella, y perdona que no haya venido a recibirte —dijo.
—Tus colegas le informaron al Emperador de Jade que estabas descontento con tu nombramiento en los establos y que te fugaste. El emperador dijo: “Todo mundo tiene que empezar con algo pequeño e ir ascendiendo a fuerza de trabajo. ¿Cuál es su queja?”. Y se envió a unos ejércitos para someterte. Cuando tus poderes mágicos demostraron ser superiores a los suyos y se planteó que se unieran todas las fuerzas del cielo para enviarlas contra ti, yo intercedí y propuse que se te confiriera el título que has adoptado. Se aceptó, y ahora vengo por ti.
—Estoy muy agradecido contigo por las molestias que te tomaste la vez pasada y ahora —dijo Mono—, pero no sé si en el cielo exista el rango de Gran Sabio Igual a los Cielos.
—Mi sugerencia fue que se te diera ese rango y se aceptó —dijo el planeta—. De otro modo nunca me habría atrevido a traerte el mensaje. Si algo sale mal, estoy listo para asumir la responsabilidad.
Mono quiso detener a Venus y dar un banquete en su honor, pero el planeta no quiso quedarse. Ambos emprendieron juntos el camino hacia la Puerta Sur del cielo.
Cuando se anunció al “mono de cuadra”, el Emperador de Jade dijo:
—Ven aquí, Mono. Te declaro Gran Sabio Igual a los Cielos. Es un alto rango y espero que ya no hagas tonterías.
Mono dio gritos de alegría y se deshizo en agradecimientos para el emperador.
Se les ordenó a unos carpinteros celestiales que construyeran la oficina del Gran Sabio a la derecha del jardín de durazneros. Tenía dos departamentos: uno llamado Paz y Silencio y el otro, Espíritu Tranquilo. En cada uno había funcionarios inmortales que se ocupaban de Mono dondequiera que fuera. Se destacó a un espíritu estrella para que escoltara a Mono a sus nuevas habitaciones y se le dio una ración de dos jarras de vino imperial y diez ramilletes de flores de hoja dorada. Se le suplicó que no se alborotara y que no empezara otra vez con sus travesuras.
En cuanto llegó, abrió las dos jarras e invitó a todos los de su oficina a festejar. El espíritu estrella regresó a sus propias habitaciones. Mono, que tuvo que arreglárselas solo, gozó de una libertad perfecta y de una alegría nunca antes vistas ni en el cielo ni en la Tierra.
Y si no sabes qué es lo que pasó al final, tienes que escuchar lo que se cuenta en el siguiente capítulo.
V
LA HISTORIA DEL REY MONO

MONO NO SABÍA nada de asuntos oficiales y fue una suerte que no tuviera que hacer nada más que marcar su nombre en una lista. Por lo demás, él y sus subordinados comían sus tres alimentos al día, dormían profundamente por la noche y no tenían ninguna preocupación: nada más que una libertad y una independencia perfectas. Cuando no pasaba nada más, salía a dar la vuelta y se hacía amigo de los demás habitantes del cielo. Tenía el cuidado de dirigirse a los miembros de la Trinidad como “venerables” y a los cuatro emperadores como “su majestad”, pero a todos los demás, planetas, mansiones lunares, espíritus de las horas y los días, los trataba como iguales. Un día paseaba hacia el este; al día siguiente caminaba hacia el oeste; nadie obstaculizaba sus idas y venidas, como nadie obstaculiza el paso de las nubes. Un buen día, en la corte, se presentó un inmortal e hizo la siguiente propuesta:
—El Gran Sabio Igual a los Cielos no tiene obligación alguna y se la pasa dando vueltas y congeniando. Todas las estrellas del cielo, superiores e inferiores, son ahora sus amigotas. De eso no puede salir nada bueno, a menos que se le encuentre algún modo de emplear el tiempo.
El Emperador de Jade mandó llamar a Mono, que llegó jubiloso y preguntó:
—¿Qué ascenso o recompensa se dispone a anunciarme su majestad?
—Ha llegado a mis oídos que no tienes nada particular que hacer, así que te daré un trabajo. Tendrás que cuidar el jardín de durazneros; quiero que ejerzas este trabajo con la mayor atención.
Mono estaba encantado de la vida e, incapaz de esperar un momento, se precipitó a asumir sus nuevas obligaciones en el jardín de durazneros. Encontró ahí a un espíritu local, que le gritó:
—Gran Sabio, ¿a dónde vas?
—A hacerme cargo del jardín de durazneros —respondió—. Su majestad me lo encomendó.
El espíritu hizo una profunda reverencia y llamó a los fuertes encargados de labrar la tierra, sacar el agua, cuidar los árboles y barrer las hojas para que le rindieran pleitesía a Mono.
—¿Cuántos árboles hay? —le preguntó Mono al espíritu local.
—Tres mil seiscientos. Del lado exterior hay mil doscientos, con flores discretas y pequeñas frutas. Maduran cada tres mil años. Quien las come se convierte en genio omnisciente; sus extremidades son fuertes y su cuerpo, ligero. En medio del jardín hay mil doscientos árboles con flores dobles y frutas dulces. Ésas maduran cada seis mil años y quien las come puede levitar a voluntad y nunca envejece. En el fondo del jardín hay mil doscientos árboles que dan frutas con manchas moradas y huesos amarillo pálido. Maduran cada nueve mil años y quien las come vive más que el cielo y la Tierra y está a la par del sol y la luna.
Mono estaba fascinado y enseguida empezó a revisar los árboles y a hacer una lista de las pérgolas y las pagodas. A partir de entonces sólo se entretenía una vez al mes, el día de luna llena, y el resto del tiempo no veía a sus amigos ni iba a ninguna parte. Un día vio que en lo alto de algunos árboles había muchos duraznos maduros y decidió comerlos antes de que nadie más tuviera oportunidad. Desafortunadamente sus vasallos lo vigilaban de cerca y, para quitárselos de encima, dijo:
—Estoy cansado. Voy a descansar un poco en esa pérgola. Espérenme afuera de las puertas.
Cuando se retiraron, se quitó el sombrero y la toga de la corte, subió un árbol alto y empezó a arrancar la fruta más grande y madura que veía. Sentado a horcajadas en una rama, se agasajó a placer y luego bajó. Se puso la toga y el sombrero y llamó a sus vasallos para que lo atendieran mientras regresaba solemnemente a su alojamiento. Después de unos cuantos días volvió a hacer lo mismo.
Una mañana, su majestad la Reina del Cielo, tras haber decidido dar un banquete de duraznos, les dijo a las hadas doncellas, la de rojo, la de azul, la de blanco, la de negro, la de morado, la de amarillo y la de verde, que cogieran sus canastas y fueran al jardín de durazneros a cosechar fruta. Encontraron a los vasallos de Mono en la puerta impidiendo el paso.
—Venimos por órdenes de su majestad a recoger duraznos para un banquete —dijeron.
—Deténganse, hermosas hadas —dijo uno de los custodios—. Las cosas han cambiado desde el año pasado. Ahora este jardín se ha encomendado al Gran Sabio Igual a los Cielos y debemos pedirle permiso antes de dejarlas pasar.
—¿Y dónde está? —preguntaron.
—Se ha sentido un poco cansado —dijo un espíritu guardián— y está tomándose una siesta en la pérgola.
—Muy bien —dijeron—. Vayan a buscarlo porque ya tenemos que ponernos a trabajar.
Aceptaron ir y decirle, aunque encontraron la pérgola vacía, salvo por el sombrero y la toga. Empezaron a buscarlo, pero no estaba por ningún lado. Lo cierto es que Mono, después de escabullirse para comer varios duraznos, se había transformado en un monito de cinco centímetros y dormía acurrucado debajo de una hoja gruesa muy en lo alto del árbol.
—Debemos cumplir con nuestras órdenes —dijeron las hadas doncellas—, sin importar si lo encuentran o no. No podemos regresar con las manos vacías.
—Tienen razón, hermosas hadas —dijo un oficial—, no debemos hacerlas esperar. Nuestro patrón estaba acostumbrado a pasear muchísimo y probablemente fue a ver a alguno de sus viejos amigos. Vayan a recoger sus duraznos y cuando vuelva se lo diremos.
Así que fueron al jardín y primero llenaron tres canastas con duraznos de los árboles de la parte más próxima del jardín y luego tres de los árboles de en medio, pero al llegar a los del fondo no encontraron más que tallos rotos. Alguien se había llevado todos los duraznos. Sin embargo, después de una larga búsqueda consiguieron hallar un durazno solitario que no estaba completamente maduro colgando en una rama que daba al sur. El hada de azul jaló la rama hacia ella, arrancó el durazno y la soltó. Era la mismísima rama donde Mono dormía en su forma diminuta. La sacudida lo despertó y, transformándose de nuevo a toda velocidad, gritó:
—¡¿De dónde vienen, monstruos, y cómo es que tienen la audacia de arrancar mis duraznos?!
Las aterrorizadas hadas doncellas cayeron de rodillas al mismo tiempo y exclamaron:
—¡Gran Sabio, no te enojes! No somos monstruos, sino siete hadas doncellas enviadas por la Reina del Cielo a recoger frutas para su banquete de duraznos. Cuando llegamos a la puerta encontramos a tus oficiales en guardia. Te buscaron por todas partes, pero sin éxito. Nos daba miedo hacer esperar a su majestad, así que, como nadie te encontraba, entramos e iniciamos la cosecha. ¡Te rogamos que nos disculpes!
Entonces Mono fue todo afabilidad.
—Levántense, hadas —pidió—. Díganme, ¿quiénes están invitados a este banquete?
—Es un banquete oficial y, desde luego, están invitadas ciertas deidades. El Buda del Cielo del Oeste estará ahí, al igual que los bodhisattvas y lo-hans. También Kuan-yin y los inmortales de las Diez Islas. Vendrán asimismo los cinco espíritus de la Estrella Polar, los emperadores de las Cuatro Direcciones, los dioses e inmortales de los mares y montañas. Todos ellos vendrán al banquete.
—¿Y a mí me van a invitar? —inquirió Mono.
—No he oído que lo sugieran —respondió un hada doncella.
—Pero soy el Gran Sabio Igual a los Cielos —dijo Mono—. ¿Por qué no me invitarían?
—Sólo podemos decirte quiénes están invitados según las reglas —explicaron—. Qué vaya a hacerse en esta ocasión es algo que no sabemos.
—Muy bien, queridas —dijo Mono—. No les estoy echando la culpa. Espérenme aquí un momento mientras salgo a tantear las aguas para saber si me van a invitar o no.
¡Querido Mono! Recitó una fórmula mágica y les gritó a las doncellas:
—¡Quédense aquí, quédense aquí, quédense aquí!
Era una magia que servía para engarrotar, y las hadas por consiguiente se clavaron en el punto donde estaban paradas. Mono emprendió el camino en su nube mágica, atravesó el jardín por los aires y se dirigió a toda prisa al estanque de Jade Verde. En el camino se cruzó con el Inmortal Patirrojo. Enseguida pensó en un plan para engañar al inmortal y asistir al festín en su lugar.
—Viejo sabio, ¿a dónde vas? —preguntó.
—Me invitaron al banquete de duraznos —respondió el inmortal.
—Probablemente no te has enterado… —dijo Mono—. Como vuelo tan rápido en mi nube, el Emperador de Jade me pidió que fuera con todos los invitados a decirles que primero habrá un ensayo de las ceremonias en el salón de la Luz Penetrante.
El inmortal era un alma cándida y cayó en el engaño.
—Otros años hemos tenido el ensayo en el mismo lugar que el banquete —dijo—, pero le agradezco muchísimo —y virando su nube se dirigió al salón de la Luz Penetrante.
Entonces Mono recitó un encantamiento y se transformó en una copia exacta del Inmortal Patirrojo y se dirigió al estanque de Jade Verde. Al cabo de un rato llegó a la torre del Tesoro y entró con discreción. Todo estaba listo para el festín, pero nadie había llegado. Mono contemplaba la escena cuando de pronto llegó a sus narices un agradable aroma. Volteó y en una galería a la derecha vio a varios genios fabricando vino. Algunos llevaban la uva machacada; otros, agua. Unos niños mantenían el fuego encendido; otros lavaban las jarras. El vino que ya estaba hecho despedía un perfume delicioso. A Mono se le hizo agua la boca y enseguida habría ido a beber un poco si no fuera por la presencia de todos esos sirvientes. Se vio obligado a emplear sus poderes mágicos. Tomó un poco de su pelusa más fina, se la echó en la boca, la masticó para formar pedazos aún más pequeños y la escupió, gritando:
—¡Cambien! —y entonces cada pelo se transformó en un insecto adormecedor.
En eso volaron hacia los sirvientes y se instalaron en sus cachetes. ¡Mira cómo las manos caen a sus costados, la cabeza se les hunde, se les cierran los ojos y se quedan dormidos!
Entonces Mono agarró unas de las más selectas viandas y los más delicados platillos, corrió a la galería, agarró una jarra de vino, se sirvió en un vaso y se dispuso a beberlo.
Cuando llevaba ya un rato bebiendo y estaba bastante tomado, dijo para sus adentros: “Mal, muy mal. No tardan en llegar las visitas y yo me meteré en problemas. No sirve de nada que me quede aquí; mejor voy a dormir en mi propio cuarto”.
¡Querido Mono! Tambaleándose y dando traspiés, empeorado con el alcohol, se perdió y en lugar de llegar a su casa lo hizo al palacio Tushita. En eso volvió en sí y se dio cuenta de dónde estaba. “¡Vaya! Aquí es donde vive Lao Tsé”, dijo para sus adentros. “¿Cómo llegué aquí? Bueno, siempre he querido conocer a ese viejo y nunca he tenido la oportunidad. No sería mala idea, ahora que estoy aquí, ir a echarle un ojo.”
Así que se arregló la ropa y entró. Pero no había ninguna señal de Lao Tsé ni de nadie más. En realidad Lao Tsé estaba en un cuarto superior con Dīpānkara, Buda del Pasado, exponiendo el camino a un público de oficiales inmortales, pajes y funcionarios.
Mono fue directo al laboratorio alquímico. No encontró a nadie ahí, pero había un brasero encendido a un lado de la chimenea, con cinco jícaras dispuestas alrededor, en las que había elíxir ya preparado.
—Éste —exclamó Mono contentísimo— es el mayor tesoro de los inmortales. Desde mi iluminación resolví el secreto de la identidad del mundo interior y el mundo exterior y yo mismo estuve a punto de producir un pequeño elíxir, pero de repente tuve que volver a casa y ocuparme de otros asuntos. Creo que tomaré una píldora o dos.
Inclinó las jícaras y se comió los contenidos como si fuera un plato de frijoles.
Al cabo de un rato, lleno de elíxir, y con los efectos del vino ya pasándosele, otra vez hizo un balance de la situación y pensó: “¡Mal, mal! Esta aventura es todavía más desafortunada que la anterior. Si el Emperador de Jade se entera, estoy perdido. ¡Corre, corre, corre! Me iba mejor como rey del mundo inferior”.
Salió a toda prisa del palacio Tushita, pero no tomó su camino habitual, sino que se dirigió a la Puerta Oeste del cielo. Ahí hizo un truco de magia que lo volvió invisible e hizo descender su nube hasta llegar de vuelta a las fronteras de la montaña de Flores y Fruta. Divisó unas lanzas que brillaban y unos estandartes ondeando y concluyó que sus vasallos practicaban las artes de la guerra.
—¡Pequeños, heme aquí! —gritó.
Todos soltaron las armas y cayeron de rodillas.
—Gran Sabio —dijeron—, descuida mucho a sus súbditos. ¡Mire que irse todo este tiempo sin preguntarse qué sería de nosotros!
Con todo, organizaron un gran banquete para darle la bienvenida y le llevaron un gran tazón de piedra lleno de vino de dátil. Tras darle un trago, torció el gesto y dijo:
—¡Qué cosa más horrible! No puedo beberlo.
Dos de sus generales se presentaron al momento.
—¡Gran Sabio! —dijeron—, sin duda en el palacio del cielo has estado bebiendo el vino de los inmortales y por esa razón ya no toleras este vino de dátil. Pero dice el proverbio: “No hay mejor agua que el agua de nuestra tierra”.
—Y prosigue: “No hay gente como nuestra propia gente” —dijo Mono—. Cuando me divertía en el estanque de Jade Verde vi una botella tras otra de jugo de jade y extracto de rubí, como nunca en su vida han probado. Regresaré para robar un poco para ustedes. Media taza para cada uno y así nunca envejecerán.
Los monos estaban encantados y el sabio salió a la puerta de la cueva, dio una voltereta, se hizo invisible y regresó al cielo. Encontró a los fabricantes de vino, a los que llevaban el sedimento y el agua y a los que encendían el fuego; todos aún roncaban ruidosamente. Tomó un par de grandes botellas, una debajo de cada brazo, y dos más, una en cada mano; fue a su nube y regresó. Había gran cantidad de monos reunidos y a cada uno le tocó una taza o dos. Todos estaban exultantes.
Mientras tanto, las siete hadas doncellas siguieron encantadas un día entero. Cuando al fin pudieron moverse, recogieron sus canastas de flores y regresaron con la Reina del Cielo a decirle que el Gran Sabio Igual a los Cielos las había retenido con su magia y por eso llegaban tan tarde.
—¿Cuántos duraznos recogieron? —preguntó.
—Tenemos dos canastas de duraznos pequeños y tres de duraznos medianos. Pero cuando volvimos al fondo del jardín descubrimos que la mitad de los duraznos grandes había desaparecido. Parece que el Gran Sabio se los comió. Mientras lo buscaban, de repente apareció entre nosotras, armó una escena horrible y preguntó quiénes estaban invitados al banquete. Le hablamos de las disposiciones habituales para esos festines y fue entonces cuando nos hechizó y se fue, no sabemos a dónde. Apenas hace un rato conseguimos romper el hechizo y regresar.
La Reina del Cielo fue en el acto con el Emperador de Jade y, mientras le contaba lo sucedido, una multitud de fabricantes de vino y otros funcionarios celestiales entraron en tropel para anunciar que alguien había estropeado los arreglos para el banquete, se había robado el vino y dado cuenta de las exquisiteces. En ese momento se anunció al Supremo Patriarca del Tao. El emperador y su consorte salieron a recibirlo.
—Lamento tener que informarles a sus majestades —dijo Lao Tsé— que alguien me robó el elíxir que preparaba para el siguiente banquete de cinabrio.
Se presentó entonces un miembro del séquito celestial de Mono e informó que el Gran Sabio había desaparecido desde el día anterior y nadie sabía qué había sido de él. Se confirmaron así las sospechas del Emperador de Jade. En ese instante el Inmortal Patirrojo apareció ante el trono.
—Iba yo camino al banquete, en respuesta a la invitación de su majestad, cuando encontré al Gran Sabio Igual a los Cielos, quien me dijo que se le había pedido informar a todos los invitados que primero debían ir al salón de la Luz Penetrante a ensayar las ceremonias del banquete. Hice lo que él dijo, pero cuando llegué ahí no vi ninguna señal de que sus majestades hubieran llegado y pensé que sería mejor venir enseguida a la corte.
El Emperador de Jade estaba más indignado y estupefacto que nunca.
—¡Así que el muy bribón falsifica las órdenes imperiales y engaña a mis ministros! —exclamó—. Díganle al detective celestial que le sigan la pista de inmediato.
Después de una investigación exhaustiva, el detective informó que los disturbios del cielo habían sido causados por el Gran Sabio.
Entonces el Emperador de Jade ordenó a los reyes de las cuatro direcciones, a Vaiśravana y su hijo que reunieran a las veintiocho mansiones lunares, los nueve planetas, las doce horas y todas las estrellas, además de cien mil soldados celestiales, y que acordonaran la montaña de Flores y Fruta para que Mono no tuviera escapatoria.
Cuando eso se hubo hecho, se convocó a los planetas para que ellos le comunicaran el desafío. Mono y sus generales estaban bebiendo vino celestial, y cuando se le informó que los planetas estaban en la puerta se negó a tomarse la molestia. Citó:
Si hoy tienes vino, embriágate hoy;
no hagas caso de lo que esté en la puerta, sea bueno o malo.
En ese momento un diablillo llegó disparado a decir que esas nueve fieras deidades estaban rabiando en la puerta, lanzando gritos de guerra. Mono nada más se rio.
—No les hagan caso —dijo.
La poesía y el vino bastan para alegrar este día;
las grandes acciones deben aguardar su turno: la gloria puede
[darse el lujo de esperar.
Pero mientras él hablaba otro diablillo entró a toda prisa.
—¡Padre! —gritó—. Esas nueve fieras deidades ya rompieron la puerta y están avanzando para atacar.
—¿Qué no tienen modales esos sinvergüenzas? —gritó Mono—. Yo nunca me he entrometido en sus asuntos. ¿Por qué tienen que venir aquí a acosarme?
Y ordenó al ogro de un cuerno que condujera a los reyes de las setenta y dos cuevas a la batalla, mientras que él y sus cuatro generales irían en la retaguardia. El ogro y sus vasallos no pudieron avanzar más allá del puente de Hierro. Ahí los planetas les obstaculizaron el camino.
—¡Abran paso! —gritó Mono, y caminó entre ellos a grandes zancadas blandiendo su garrote.
Los planetas no se le opusieron y se batieron en retirada. Tras volver a formar filas un poco más allá, su líder gritó:
—¡Mozo insensato! ¿Hay algún crimen que no hayas cometido? Robaste duraznos y robaste vino, afectaste el gran banquete, sustrajiste el elíxir de Lao Tsé y luego te llevaste más vino para tu propio banquete. Has acumulado un pecado tras otro. ¿No te das cuenta de lo que has hecho?
—Cierto, todo muy cierto —dijo Mono—. ¿Y qué van a hacer al respecto?
—Nos mandó el Emperador de Jade a recibir tu sumisión. Si te rindes de inmediato, serás perdonado; si no, patearemos el suelo de tu montaña hasta que quede plana y despedazaremos tu cueva.
—¿Y de dónde sacarán la fuerza para hacer eso? —preguntó Mono—. ¿Cómo se atreven a decir esos disparates? No se muevan y prepárense para recibir el garrote de este viejo mono.
Los planetas se abalanzaron sobre Mono, pero no se asustó en lo más mínimo. Blandió su garrote, rechazó unos golpes por aquí, dio unas estocadas por allá, hasta que los planetas quedaron exhaustos y uno por uno se escabulleron arrastrando sus armas para refugiarse en sus tiendas de campaña.
—Ese Rey Mono sí que es un luchador valiente —le dijeron a Vaiśravana—. No pudimos vencerlo y tuvimos que rendirnos en la pelea.
Entonces se ordenó a los reyes de las cuatro direcciones y a las veintiocho mansiones lunares que avanzaran. Pero Mono no temblaba y les pidió al ogro de un cuerno, a los reyes de las setenta y dos cuevas y a sus cuatro valientes generales que tomaran sus posiciones afuera de la cueva.
El combate empezó al amanecer y duró hasta que el sol se ocultó tras las colinas del oeste. Al ogro de un cuerno y a todos los reyes de las setenta y dos cuevas los capturaron y se los llevaron. Sólo los cuatro generales y los monos escaparon y se escondieron en los lejanos recovecos de la cueva. Pero Mono, completamente solo, garrote en mano, contuvo a los reyes de las cuatro direcciones, a Vaiśravana y a Natha, enfrentándolos entre la Tierra y el cielo. Al final, al ver que se acercaba la noche, se arrancó un puñado de pelos, se los echó en la boca, los masticó hasta reducirlos de tamaño, los escupió y gritó:
—¡Cambien! —con lo que se transformaron en miles de monos armados cada uno con un garrote revestido de metal.
Ellos llevaron de vuelta a Vaiśravana, Natha y los cuatro reyes. En eso Mono, victorioso al fin, retiró los pelos y volvió a su cueva. En el puente de Hierro lo recibieron los cuatro generales y las huestes de monos. Al verlo aullaron tres veces y se rieron, jijijí, jojojó, tres veces.
—¿Por qué aullaron tres veces y se rieron tres veces cuando me vieron? —preguntó Mono.
—Aullamos porque el ogro de un cuerno y los setenta y dos reyes fueron derrotados y capturados y porque nuestras vidas estuvieron en peligro. Nos reímos alegres porque regresaste victorioso e ileso.
—Siempre hay derrota en la victoria y victoria en la derrota —dijo Mono—. Como dice el viejo dicho: “Matar a diez mil cuesta tres mil”. En este caso los caciques capturados eran tigres, leopardos, lobos y otros por el estilo. A ninguno de nosotros se lo llevaron o lo hirieron, así que no hay nada de que preocuparse. Gracias al arte de la autodivisión los hice huir, pero es seguro que acamparon al pie de la montaña. Debemos mantener la más rigurosa guardia y dosificar nuestras fuerzas. Mañana me verán usar mi magia más potente contra esas divinidades y vengar a los capturados.
Luego los cuatro generales y los monos bebieron una o dos tazas de vino de dátil y se fueron tranquilamente a dormir.
Tras la retirada de los reyes de las cuatro direcciones, todos los guerreros celestiales hablaron de sus hazañas. Algunos habían capturado tigres y leopardos; otros, venados, lobos y zorros. Pero ninguno pudo alardear de haber tomado preso a un mono. Sí habían instalado un campamento, como pronosticó Mono, y lo rodearon de una gran empalizada. Ahí se recompensó a los meritorios y a las tropas que acordonaron las cuevas se les ordenó dar aviso con una campana o gritar y estar listos para la gran batalla que tendría lugar al romper el alba.
En el siguiente capítulo sabrás cómo les fue una vez que amaneció.
VI
LA HISTORIA DEL REY MONO

ENTONCES EL GRAN SABIO descansó tranquilo con las huestes celestiales rodeándolo. Mientras tanto, la gran compasiva bodhisattva Kuan-yin había acudido a la fiesta por invitación de la Reina del Cielo. Llevó consigo a su principal discípulo, Hui-yen, y al llegar les asombró encontrar las salas de banquetes completamente desoladas y en desorden. Los sillones estaban rotos o hechos a un lado,y aunque había unos pocos inmortales, no habían hecho el intento de tomar sus lugares, sino que estaban de pie, dispersos en grupos bulliciosos, protestando y discutiendo. Después de saludar a la bodhisattva le contaron toda la historia de lo que había pasado.
—Si no hay banquete ni bebidas, mejor vengan todos conmigo a ver al Emperador de Jade —dijo.
En el camino se cruzaron con el Inmortal Patirrojo y otros, quienes les dijeron que se había enviado a un ejército celestial para detener al culpable, pero aún no había regresado.
—Me gustaría ver al emperador —dijo Kuan-yin—. Debo pedirte que anuncies mi llegada.
Lao Tsé estaba con el emperador, y la Reina del Cielo permanecía de guardia detrás del trono.
—¿Qué pasó con el banquete de duraznos? —preguntó Kuan-yin después de concluir el intercambio de los saludos habituales.
—Siempre ha sido muy divertido, año tras año —dijo el emperador—. Es muy decepcionante que este año todo lo haya alterado ese terrible simio. Mandé a cien mil soldados para cercarlo, pero ha pasado todo el día sin que reciba noticias y no sé si lo habrán logrado.
—Creo que deberías bajar rápidamente a la montaña de Flores y Fruta —le dijo la bodhisattva a su discípulo, Hui-yen— para investigar cómo está la situación militar. Si hay hostilidades en curso, puedes echar una mano. En todo caso, dinos exactamente cómo van las cosas.
Cuando llegó, encontró un cordón militar con muchos soldados y centinelas que vigilaban todas las salidas. La montaña estaba completamente rodeada y escapar habría sido imposible. Apenas amanecía cuando Hui-yen, que era el segundo hijo de Vaiśravana y ostentaba el título de príncipe Moksha antes de su conversión, fue conducido a la tienda de su padre.
—¿De dónde vienes, hijo mío? —preguntó Vaiśravana.
—Me enviaron para ver cómo están las cosas.
—Ayer acampamos aquí —dijo Vaiśravana— y mandé a los nueve planetas como contendientes, pero no pudieron resistir la magia de este bribón y volvieron desconcertados. Luego encabecé un ejército yo mismo y él reunió a sus seguidores. Éramos aproximadamente cien mil hombres y peleamos con él hasta el anochecer, cuando él usó un método mágico para automultiplicarse y tuvimos que batirnos en retirada. Al revisar nuestro botín de guerra, descubrimos que habíamos capturado cierta cantidad de tigres, lobos, leopardos y otros animales, pero ni un solo mono. El día de hoy no empezó la pelea.
Mientras hablaban, un mensajero entró corriendo y anunció que estaban afuera el Gran Sabio y su hueste de monos dando sus gritos de guerra. Los reyes de las cuatro direcciones, Vaiśravana y su hijo Natha acababan de acordar salir a recibirlo cuando Hui-yen dijo:
—Padre, me mandó la bodhisattva a obtener información, pero dijo que si había hostilidades en curso debía yo echar una mano. Confieso que me gustaría ir a darle un vistazo al Gran Sabio.
—Hijo mío —dijo Vaiśravana—, es imposible que hayas estudiado tantos años con la bodhisattva sin aprender alguna forma de magia. No olvides ponerla en práctica.
¡Querido príncipe! Preparando su capa bordada y blandiendo su garrote de hierro con las dos manos, acudió presuroso a la entrada del campamento gritando a voz en cuello:
—¿Quién de ustedes es el Gran Sabio Igual a los Cielos?
Mono levantó su bastón de los deseos y respondió:
—Soy yo. ¿Y quién eres tú, que irreflexivamente te atreves a preguntar por mí?
—Soy el segundo hijo de Vaiśravana, Moksha —respondió Hui-yen—. Ahora soy discípulo y defensor de la bodhisattva Kuan-yin, y me pongo frente a su trono. Mi nombre en la religión es Hui-yen.
—¿Entonces qué haces aquí? —preguntó Mono.
—Me enviaron por noticias de la batalla y, como les estás dando tantos problemas, vine en persona a detenerte.
—¿Cómo te atreves a fanfarronear así? —dijo Mono—. Mantente firme y toma una probadita del garrote de este viejo mono.
Moksha no se espantó y avanzó blandiendo su garrote de hierro. Los dos estaban de pie, frente a frente, al pie de la montaña, afuera de la verja del campamento. Fue una gran pelea. Tuvieron cincuenta o sesenta embestidas, hasta que Hui-yen tuvo los brazos y los hombros todos adoloridos y, sin poder resistir más, huyó del campo de batalla. También Mono retiró a sus tropas y les pidió que descansaran afuera de la cueva.
Moksha, aún jadeando, se acercó tambaleante al campamento de su padre.
—Es absolutamente cierto —dijo—. ¡En verdad ese Gran Sabio es el más formidable de los magos! No pude hacer nada con él y tuve que volver, dejándolo en posesión del campo.
Vaiśravana estaba asombradísimo. No se le ocurrió más remedio que escribir una solicitud para que llegara más ayuda. Le encomendó esto al demonio-rey Mahābāli y a su hijo Moksha, que enseguida atravesaron el cordón militar y se elevaron al cielo.
—¿Qué tal les va allá abajo? —preguntó Kuan-yin.
—Mi padre me dijo que en la batalla del primer día capturaron a una serie de tigres, leopardos, lobos y otros animales, pero ni un solo mono —dijo Hui-yen—. Poco después de mi llegada, la batalla se reanudó y el Gran Sabio y yo nos embestimos cincuenta o sesenta veces, pero no le gané y me vi obligado a retirarme al campamento. Entonces mi padre nos mandó al demonio-rey Mahābāli y a mí a pedir ayuda.
La bodhisattva Kuan-yin inclinó la cabeza y reflexionó.
Cuando el Emperador de Jade abrió la misiva de Vaiśravana y vio que contenía una solicitud de ayuda, exclamó riendo:
—¡Qué ridiculez! ¿Cómo voy a creer que un simple mono es tan poderoso que cien mil soldados celestiales no pueden con él? Vaiśravana dice que necesita ayuda, pero no sé qué clase de tropas espera que mande.
Antes de que el emperador terminara de hablar, Kuan-yin juntó las palmas de las manos y dijo:
—No se preocupe, su majestad. Conozco a una divinidad que seguramente podrá atrapar a este mono.
—¿A quién te refieres? —preguntó el emperador.
—Su sobrino, el mago Erh-lang —dijo—. Vive en la desembocadura del río de las Libaciones, donde recibe el incienso que se quema en su honor en el mundo de abajo. Una vez, hace mucho tiempo, venció a seis ogros. Sus hermanos están con él, así como mil deidades con cabeza de planta que poseen grandes poderes mágicos. Aunque no vendría si se lo ordenaran, una solicitud sí la atendería. Si le envía una solicitud para que mande tropas, con su ayuda podríamos llevar a cabo una captura.
Se envió al demonio-rey Mahābāli como mensajero y en menos de media hora la nube en que se transportaba llegó al templo de Erh-lang. Éste salió con sus hermanos y, después de quemar incienso, leyó la solicitud.
—Que vuelva el mensajero para anunciar que ayudaré con el máximo de mis poderes —dijo.
Así que reunió a sus hermanos y dijo:
—El Emperador de Jade acaba de pedir que vayamos a la montaña de Flores y Fruta y recibamos la rendición de un mono problemático. ¡Vayamos, pues!
Los hermanos estaban encantados y enseguida reunieron a las divinidades a su cargo. Todo el templo emprendió la marcha, con el halcón en la muñeca, el arco en la mano o el perro con la correa, llevados por un fuerte viento mágico. En un santiamén habían atravesado el océano del Este hasta llegar a la montaña de Flores y Fruta. Tras anunciar su misión, los llevaron al otro lado del cordón militar y los hicieron pasar al campamento. Preguntaron cómo estaba la situación.
—Definitivamente tengo que intentar una transformación —dijo Ehr-lang—. Mantengan muy cerrado el cordón militar, pero no se preocupen por lo que pase en lo alto. Si me atacan, no vengan a ayudarme: mis hermanos me cuidarán. Si lo venzo, no intenten amarrarlo: eso déjenselo a mis hermanos. Lo único que pido es que Vaiśravana sostenga a medio camino del cielo un espejo para que ese diablillo se refleje en él. Si intenta salir huyendo y esconderse, miren su reflejo para que no lo perdamos de vista.
Los reyes celestiales ocuparon sus puestos y Erh-lang y sus hermanos salieron a pelear. Les pidieron a sus compañeros que formaran un círculo, con los halcones amarrados y los perros con correa. Cuando llegaron a la entrada de la cueva, Erh-lang encontró a una hueste de monos en formación de dragón enrollado. En medio había un estandarte con la inscripción GRAN SABIO IGUAL A LOS CIELOS.
—¿Cómo se atreve ese maldito monstruo a decirse igual a los cielos? —gruñó Erh-lang.
—No te preocupes por eso —dijeron los hermanos—. Mejor ve ahora mismo a desafiarlo.
Cuando los monitos de la entrada al campamento vieron a Erh-lang aproximándose, se escabulleron deprisa y entraron a dar su reporte. Mono asió su garrote de metal, se puso el peto de oro, se calzó sus zapatos para pisar nubes, se echó encima la capa dorada y se precipitó a la puerta a mirar en derredor.
—¿Qué clase de capitancito eres? ¿De dónde caíste? —gritó Mono—. ¿Y cómo te atreves a llegar aquí y retarme a pelear?
—¿Qué no tienes ojos o por qué no me reconoces? —gritó Erh-lang—. Soy el sobrino del Emperador de Jade. Vengo por orden de su majestad a arrestarte, mozo rebelde. ¡Te llegó la hora!
—Recuerdo que hace algunos años la hermana del emperador se enamoró de un mortal del mundo, se hizo su consorte y tuvo con él un hijo de quien se dice que partió la montaña de los Duraznos con su hacha. ¿Eres tú? Me siento medio inclinado a decirte unas cuantas verdades, pero no lo mereces. Lamentaría pegarte, pues un golpe mío significaría tu fin. Regresa al lugar de donde viniste, muchachito, y diles a los cuatro reyes celestiales que vengan ellos.
Erh-lang estaba furioso.
—Háblame con más respeto —exclamó— y ten una probada de mi espada.
Mono esquivó el lance y, levantando rápidamente el garrote, atacó a su vez. Se embistieron trescientas veces sin llegar a una decisión. Erh-lang empleó todos sus poderes mágicos, se sacudió con fuerza y se transformó en una figura gigante de treinta mil metros de altura. Sus dos brazos, cada uno con un tridente en alto, eran como los picos que rematan el monte Hua; tenía el rostro azul y los dientes muy salidos; su pelo era escarlata y su expresión, maligna hasta lo indecible. Esa terrible aparición avanzó hacia Mono y le dio un golpe en la cabeza. Pero Mono, también echando mano de sus poderes mágicos, se convirtió en una réplica exacta de Erh-lang, salvo que él sostenía en alto un solo garrote gigante, como el pilar solitario que descuella sobre el monte K’un-lun, y con él esquivó el golpe de Erh-lang. Pero los generales de Mono estaban completamente desconcertados con la gigante aparición y las manos empezaron a temblarles tanto que ya no podían ondear sus estandartes. Sus otros oficiales eran presas del pánico y no podían usar sus espadas. Los hermanos dieron una orden y las divinidades con cabeza de planta entraron a toda prisa, soltaron a los halcones y a los perros y, arco en mano, se abalanzaron a la refriega. ¡Ay!, los cuatro generales de Mono salieron huyendo y dos mil o tres mil de las criaturas a su mando fueron capturadas. Los monos tiraron sus armas y, entre gritos, corrieron, algunos a lo alto de la montaña, otros adentro de la cueva. Era tal como cuando un gato molesta de noche a las aves perchadas y su pánico llena el cielo estrellado.
Cuando Mono vio que sus seguidores se dispersaban, el corazón le latió con fuerza, abandonó su forma gigante y salió huyendo tan rápido como sus pies se lo permitían. Erh-lang lo siguió dando grandes zancadas, gritando:
—¿A dónde vas? Ven acá en este instante y te perdonaré la vida.
Pero Mono huyó, más veloz que nunca, a su cueva, donde se topó de frente con los hermanos.
—Mono desgraciado, ¿a dónde vas con tal prisa? —dijeron.
Temblando de pies a cabeza, Mono transformó apresuradamente su garrote en una aguja de bordar y, guardándola en su pelaje, se transformó en pez y se deslizó a la corriente. Erh-lang corrió hacia la desembocadura del río y no lo vio por ningún lado.
“Vaya, este simio se transformó en pez y se escondió bajo el agua. Debo transformarme también si quiero atraparlo.”
Entonces se convirtió en cormorán y descendió una y otra vez sobre las aguas. Mono salió unos momentos a la superficie y de repente vio un ave acuática cerniéndose sobre él. Era como un papalote azul, pero su plumaje no era azul. Era como una garza, pero sin copete. Era como una grulla, pero sin las patas rojas.
“Seguro que ése es Erh-lang buscándome.”
Soltó unas cuantas burbujas y rápidamente se alejó nadando. “Ese pez que hace burbujas”, dijo Erh-lang para sus adentros, “es como una carpa, pero no tiene la cola roja; es como una tenca, pero sus escamas no tienen la misma forma; es como un pez negro, pero no tiene estrellas en la cabeza; es como una brama, pero no tiene cerdas en las branquias. ¿Por qué se largó así cuando me vio? Seguro que es Mono, que se convirtió en pez.”
Y, descendiendo en picada, abrió el pico para atraparlo. En una sacudida, Mono salió del agua, se convirtió en avutarda y se quedó de pie, completamente solo, en la orilla del río. Al ver que había llegado al punto más bajo posible de transformación, pues la avutarda es la criatura más mezquina y promiscua, que se aparea con cualquier ave que se cruce en su camino, Erh-lang no se dignó a embestirlo, sino que retomó su forma verdadera y con la honda le lanzó a Mono un perdigón que lo tiró y lo hizo rodar. Aprovechando la oportunidad, Mono rodó y rodó cuesta abajo hasta la ladera de la montaña, y cuando nadie lo veía se convirtió en un peto de ánimas. Su boca, completamente abierta, era el hueco de la puerta; hizo de sus dientes las portezuelas y de su lengua el bodhisattva guardián. Sus dos ojos eran las dos ventanas redondas. No sabía muy bien qué hacer con la cola, pero asomada detrás de él parecía un mástil. Cuando Erh-lang llegó al final de la pendiente esperaba encontrar a la avutarda con que se había tropezado, pero nada más halló un altarcito. Al mirarlo detenidamente, reparó en el “mástil” que sobresalía por atrás y se rio.
—Pero ¡si es Mono! —dijo—. Otra vez quiere jugarme una mala pasada. He visto muchos altares, pero nunca uno con un mástil detrás. No cabe duda: este animal está haciendo una de sus jugarretas. Espera que yo me acerque para después morderme. No lo conseguirá. Primero cerraré el puño y golpearé las ventanas. Después derribaré las puertas.
Cuando Mono oyó esto, se horrorizó. “Eso es demasiado”, dijo para sus adentros. “Las puertas son mis dientes y las ventanas son mis ojos. No va a ser nada agradable que me patee los dientes y me golpee los ojos.” Al decir esto dio un salto de tigre y desapareció en las alturas. Erh-lang ya empezaba a cansarse de la inútil persecución cuando llegaron sus hermanos.
—Y bien, ¿atrapaste al Gran Sabio? —preguntaron.
—Acaba de intentar eludirme al convertirse en altar —dijo Erh-lang—. Estaba por golpear sus ventanas y tirar abajo sus puertas cuando desapareció. Qué asunto tan extraño.
Todos empezaron a buscar en todas direcciones, pero fue en vano: no encontraron nada.
—Quédense aquí vigilando mientras subo a buscarlo.
Al decir esto, Erh-lang se montó en las nubes y en su ascenso, a medio camino, se encontró con Vaiśravana, que sostenía el espejo mágico con su hijo a su lado.
—¿Has visto al Rey Mono? —preguntó.
—Acá no ha subido —dijo Vaiśravana—. Puedo verlo en mi espejo.
Cuando Erh-lang le contó de la captura de los otros monos y de las repetidas transformaciones del Gran Sabio, añadió:
—Y luego se convirtió en altar, y cuando le pegué, desapareció al instante.
Vaiśravana miró su espejo y soltó una carcajada.
—Date prisa, Erh-lang, date prisa —gritó—. Ese mono se volvió invisible, levantó campamento y se fue derecho a tu río de las Libaciones.
Cuando Erh-lang oyó esto, levantó su lanza mágica y corrió hacia el río tan rápido como pudo.
Por su parte, cuando Mono llegó al río se transformó en la imagen exacta de Erh-lang y fue directo a su altar. Los demonios guardianes del altar no se dieron cuenta e hicieron una profunda reverencia cuando entró. Inspeccionó el humo del incienso y estaba mirando las pinturas votivas en las paredes cuando alguien llegó a anunciar:
—Ha llegado otro Erh-lang.
Las deidades guardianas salieron precipitadamente y no podían creer lo que veían sus ojos.
—¿Ha estado aquí una criatura que se hace llamar el Gran Sabio Igual a los Cielos? —preguntó el verdadero Erh-lang.
—No hemos visto a ningún Gran Sabio —dijeron—, pero allá adentro hay otro Erh-lang sagrado inspeccionando el humo del incienso.
Entró a toda prisa y Mono, en cuanto lo vio, recobró su forma verdadera y dijo:
—Erh-lang, si me permites decirlo, el apellido de ese altar era Mono.
Ehr-lang levantó su lanza mágica de tres picos y dos hojas y embistió contra el cachete de Mono. Mono se agachó y los dos, maldiciendo y peleando, fueron acercándose hacia la puerta del altar y salieron hacia las nubes y la bruma, luchando todo el camino, hasta que Mono fue conducido a la montaña de Flores y Fruta, donde los reyes de las cuatro direcciones montaban estricta guardia. Los hermanos acudieron a recibir a Erh-lang y rodearon a Mono, acosándolo por los cuatro costados.
Mientras tanto, en el cielo todo el mundo se preguntaba por qué había transcurrido un día entero sin recibir noticias de Erh-lang.
—Su majestad —preguntó Kuan-yin—, ¿nos permitiría al Patriarca del Tao y a mí bajar en persona para ver qué está sucediendo?
—No es mala idea —dijo el Emperador de Jade, y al final éste, acompañado de la Reina del Cielo, Kuan-yin y Lao Tsé, acudió a la Puerta Sur del cielo. Todos se asomaron y vieron el cordón de las tropas celestiales y a Vaiśravana de pie a medio camino hacia el cielo con un espejo en la mano, mientras Ehr-lang y sus hermanos se congregaban en torno a Mono y discutían duramente con él.
—Ese Erh-lang, a quien propuse, no lo ha hecho tan mal —dijo Kuan-yin—. Ha rodeado al Gran Sabio, aunque aún no lo apresan. Creo que con un poco de ayuda lo conseguiría.
—¿Qué arma propones usar? ¿Cómo lo ayudarás? —preguntó Lao Tsé.
—Arrojaré mi jarrón y rocío de sauce en su cabeza —dijo Kuan-yin.
—Eso no lo matará, pero hará que pierda el equilibrio y así Erh-lang podrá atraparlo fácilmente.
—Tu jarrón está hecho de porcelana —dijo Lao Tsé—. Si cayera en el lugar preciso, todo estaría bien, pero si no da en su cabeza y cae en su garrote de hierro, se romperá. Será mejor que lo dejes en mis manos.
—¿Tú tienes un arma? —preguntó Kuan-yin.
—Ya lo creo —dijo Lao Tsé, sacándose de la manga un cepo mágico.
—Esto —dijo— se llama el cepo mágico. Tiempo atrás, cuando me fui de China, convertí a los bárbaros de Occidente y me volví un dios; mi éxito se debió enteramente a este cepo. Viene muy bien para repeler toda clase de peligros. Déjame lanzárselo.
Parado en la puerta del cielo, arrojó el cepo, que fue a dar derechito a la cabeza de Mono. Mono estaba ocupado enfrentándose a Erh-lang y sus hermanos y no se percató de que un arma caía sobre él desde el cielo. Lo golpeó en la coronilla y lo derribó. Se puso de pie apresuradamente y se dio a la fuga, perseguido por los perros de Erh-lang, que se le arrojaron a las pantorrillas, de modo que otra vez fue a dar al suelo. Ahí tendido, maldijo:
—Estoy acabado. ¿Por qué no le hacen una zancadilla a su propio amo en vez de venir a morder las piernas del viejo Mono?
Se retorció al tratar de levantarse, pero no pudo, pues los hermanos lo sujetaban. Momentos después lo tenían firmemente amarrado con cuerdas y le cortaron el esternón con un cuchillo para que no pudiera seguirse transformando.
Lao Tsé guardó el cepo y les pidió al emperador, a Kuan-yin, a la Reina del Cielo y a todos los inmortales que volvieran al palacio. En la tierra, los reyes de las cuatro direcciones y Vaiśravana, así como las huestes celestiales, enfundaron sus espadas y derribaron las empalizadas. Llegaron con Erh-lang y lo felicitaron:
—Te debemos esta victoria.
—De ninguna manera —dijo él—. Se debió enteramente al fundador del Tao y al valiente desempeño del contingente celestial. Yo no tengo ningún crédito.
—Está bien, hermano mayor —dijeron los hermanos de Erh-lang—. Lo que debemos hacer ahora es llevar a este sujeto al cielo y preguntarle al Emperador de Jade cómo deshacernos de él.
—Hermanos —dijo Erh-lang—, ustedes no figuran en la lista de inmortales, así que no pueden apersonarse frente al emperador. Hay que pedirles a las tropas celestiales que lo suban, y Vaiśravana y yo iremos a informar. Es mejor que los demás registren la montaña, y cuando confirmen que todo está despejado, vayan al río de las Libaciones a hacérmelo saber. Mientras tanto, solicitaré la recompensa por mis servicios y volveré para divertirme con ustedes.
Los hermanos hicieron una reverencia en señal de asentimiento. Erh-lang se montó en las nubes, cantando victoria, y se dirigió al cielo. Al llegar, envió un mensaje que a la letra decía: “Las huestes celestiales han capturado al Gran Sabio y he venido a recibir sus instrucciones”. El Emperador de Jade, por consecuencia, les dijo al demonio-rey Mahābāli y a un contingente de tropas celestiales que subieran a Mono y lo llevaran al bloque del verdugo, donde lo cortarían en pedacitos.
Si no sabes lo que fue de este Rey Mono, escucha lo que se cuenta en el siguiente capítulo.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.