Kitabı oku: «El mundo es una idea»

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© Judith Adam de Vega, 2014.

© de la presentación, Josep Fontana, 2014.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2016.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO027

ISBN: 9788490567715

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

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Índice

PRESENTACIÓN, POR JOSEP FONTANA

PREFACIO

PRIMERA PARTE. EL SIGLO XX

1. LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS

8/11/2008 Quién cambiará a quién

29/8/2009 Una guerra de treinta años (I)

5/9/2009 No todo son clavos (y II)

2. LA GUERRA FRÍA

3/10/2004 De lectura obligada

18/11/2006 Los seis hombres sabios

10/3/2007 El discurso de Truman

7/11/2009 El telón no era de acero (I)

14/11/2009 Tres fríos telegramas (II)

21/11/2009 ¿Quién ganó la guerra fría? (y III)

3. «MOMENTO UNIPOLAR»

12/6/2004 La teoría y la práctica

19/5/2007 Excepcionalismos

17/1/2009 El tercer líder global

SEGUNDA PARTE. LA PRIMERA DÉCADA DEL SIGLO XXI

1. ESTADOS UNIDOS

10/1/2004 La evolución de la guerra

3/7/2004 Woodward o Hersh

20/11/2004 Pragmáticos o guerreros

23/7/2005 Arquitectos de naciones

17/9/2005 El huevo o la gallina

14/1/2006 León o elefante

8/7/2006 La cruzada de la élite

23/12/2006 Un trabajo imposible

2/3/2007 El historiador de Camelot

27/1/2007 Bush no es un zorro

26/1/2008 Es la política, estúpido

9/2/2008 Un choque en casa

20/9/2008 La pesadilla de Galbraith

25/10/2008 El hombre olvidado

22/11/2008 Cómo ordenar el mundo

6/12/2008 Todo empezó en 1898

20/12/2008 Un escenario apolar

28/2/2009 La cuarta D

13/6/2009 Obama es un zorro

19/9/2009 Una idea de Bismarck

31/10/2009 La gran misión

27/12/2009 Año cero

15/5/2010 El mundo es como es

18/6/2011 El deber de proteger

4/9/2010 La gran estrategia (I)

11/9/2010 El gran desastre (y II)

30/10/2010 Las manos invisibles

2. ASIA

18/10/2003 El tigre frente al dragón

17/4/2004 El artículo 9

9/4/2005 Asia tiene dos caras

24/9/2005 Las dos teorías chinas

30/9/2006 La guerra de Charlie

14/10/2006 Un sudoku norcoreano

26/5/2007 La carrera por el siglo

30/6/2007 La liga de las potencias

6/10/2007 Anatomía de un fracaso

23/2/2008 La lección afgana

19/4/2008 No solo es la meditación

15/11/2008 Difusión del poder

14/3/2009 Un Tíbet más chino

4/4/2009 Reforma, no revolución

30/5/2009 Tiananmen es historia

3/10/2009 Una mad no atómica

17/10/2009 La guerra más larga

19/12/2009 Guerra justa, lo justo

16/10/2010 Un mundo sin centro

17/10/2010 El color del gato

19/6/2011 El despertar de los chinos

26/6/2011 Retirada

3. ORIENTE MEDIO

7/5/2005 Religión o historia

3/12/2005 Misión no cumplida

28/1/2006 Nunca digas nunca Hamas

4/2/2006 El síndrome Collins

18/2/2006 Ajedrez o póquer

18/3/2006 La tierra es agua

25/3/2006 El legado de Sharon

20/5/2006 El tiralíneas occidental

9/9/2006 Guatepeor

21/10/2006 Todo empezó en Suez

10/2/2007 Pasado imperfecto

24/2/2007 Por qué un proceso de paz

12/5/2007 ¿Qué ocurrió en 1948?

7/7/2007 El complejo de Sèvres

22/9/2007 El eje del mal menor

27/10/2007 Una carta de 118 palabras

17/11/2007 Qué territorios por qué paz

10/5/2008 Guerra o expulsión

4/10/2008 Bush quiso ser Napoleón

29/11/2008 Los tres deseos

13/12/2008 Regreso a oriente medio

14/2/2009 El enemigo del enemigo

16/5/2009 Misterio en un enigma

27/6/2009 Mosadeq fue el primero

26/9/2009 La dote y la novia

23/1/2010 El tiralíneas de Churchill

29/5/2010 Cero problemas

26/6/2010 El olor a petróleo (I)

3/7/2010 La sed de petróleo (II)

10/7/2010 La ley del petróleo (y III)

31/7/2010 El origen del desastre

27/11/2010 El dilema del autócrata

23/1/2011 Vecino autócrata

5/2/2011 Miedo a la calle

12/2/2011 Como en 1952

19/2/2011 Americanos en la costa

26/2/2011 Después de la revuelta

27/2/2011 Fracaso

1/4/2011 Una lección de diplomacia

7/5/2011 Antes muerto que vivo

11/6/2011 Erdogan se mide con Atatürk

17/9/2011 Con Mubarak vivían mejor

24/9/2011 Resolución 181

4. AMÉRICA LATINA

10/12/2005 Los bolsillos llenos

6/5/2006 Los blancos pierden gas

1/7/2006 Américas latinas por hacer

2/12/2006 «Queremos promesas»

19/1/2008 «Me llaman chamán»

27/9/2008 La rebelión del revés

16/1/2010 Independencias

2/10/2010 Retrato de la globalización

18/12/2010 El estado por hacer

5. ÁFRICA

12/7/2003 El divorcio del jefe Fernández

9/7/2005 La mano del hombre

24/6/2006 Somalia como fracaso

3/3/2007 La primera globalización

3/1/2009 Mujer blanca 24.596

7/2/2009 Cómo se hizo Mugabe

18/4/2009 El milagro sudafricano

6. RUSIA

18/9/2004 LOS CICLOS RUSOS

17/12/2005 El Zar, el ex y el gasoducto

24/5/2008 Putin neoimperial

30/8/2008 Rusia no es Plutón

11/7/2009 Gas sin derechos

9/1/2010 Un mundo gris

21/11/2010 Rusólogos en Plutón

7. UNIÓN EUROPEA

1/5/2004 Una potencia blanda

19/2/2005 ¿Qué es ser europeo?

8/4/2006 De Colbert a Sarkozy

27/5/2006 Cicatrices de la historia

14/4/2007 El cajón del populismo

21/4/2007 Las vueltas de la historia

14/7/2007 El fin de la integración

5/4/2008 1968

3/5/2008 Utopía europea

16/7/2011 El papel de las finanzas

7/8/2011 Deudas

NOTAS

PRESENTACIÓN
por
JOSEP FONTANA

Quienes trabajamos en el terreno de la historia del tiempo reciente sabemos cuán valioso resulta para nosotros la labor de los periodistas que se especializan en el estudio de la política internacional. Más allá de la realidad puntual de los acontecimientos, ellos son quienes nos transmiten unas experiencias vividas sobre el terreno, que tienen un extraordinario valor, puesto que nos ayudan a contextualizar los hechos y a evitar las manipulaciones a las que los someten con frecuencia los portavoces políticos.

Xavier Batalla, que ha publicado libros sobre las guerras de Iraq y de Afganistán, ha ido un paso más allá para ofrecernos una reflexión global sobre el mundo actual, a la luz de sus experiencias de cronista de la segunda mitad del siglo XX. En este último libro, en el que parte de la convicción de que «todos los órdenes mundiales han sido creados mediante la guerra», se pregunta cuál es en realidad el «nuevo orden» surgido de la guerra fría, lo que exige desvelar las ideas sobre las que se está construyendo.

«El mundo es una idea», nos dice, pero una idea que está generalmente asociada a algún poder, y que puede conducir a una utopía o a una distopía. Para averiguar las ideas que sirven de base a esta primera parte del siglo XXI, Batalla inicia un largo y documentado recorrido por la historia del pensamiento político que ha legitimado las interpretaciones del mundo, desde Tucídides hasta el Fukuyama del «fin de la historia» (y hago esta precisión porque Fukuyama ha dado tantas vueltas desde entonces que resulta difícil saber cómo definirlo hoy), y por las políticas asociadas a este pensamiento.

El primer paso para dilucidar el pensamiento que domina en el presente consiste en distinguir lo que son las ideas básicas que fundamentan la política, del simple ruido de propaganda, tópicos y prejuicios que se destina a atraer los votos. Las elecciones norteamericanas de 2012 nos dieron una buena muestra de la superficialidad de lo que puede llegar a difundirse para este fin.

El aquelarre en que se convirtieron los debates para elegir el candidato republicano a las elecciones presidenciales de 2012 tuvo como protagonistas a personajes que superaban las viejas historias de hombres como Ronald Reagan, quien, a la vuelta de un viaje a América Central, les contó a los periodistas su sorprendente descubrimiento de que «aquello eran diferentes países», lo que no fue obstáculo para que se esforzase en destruir tres o cuatro de ellos; o como el vicepresidente Dan Quayle, que parecía ostentar hasta ahora el récord de la estupidez, por su incapacidad para deletrear la palabra «patata».

La relativamente reciente cosecha supera, sin embargo, todos los antecedentes, lo que ha llevado a James Marshall Crotty a preguntarse en Forbes: «¿Cómo puede un país con el mayor PIB del mundo, y con un sistema absurdamente complejo para regularlo todo [...] permitir que figuren en su escena nacional hombres y mujeres de un intelecto tan evidentemente inferior?».1

Hubo candidatos republicanos menores, como Michele Bachmann, quien estaba convencida de que había que seguir luchando contra «la URSS», y que afirmaba que las escuelas públicas eran «antros de iniquidad en que se enseñaba a los niños a usar condones, respetar la diversidad religiosa y poner en duda la superioridad moral norteamericana». También hubo otros que estaban condenados a abandonar, como Newt Gingrich, que llegó a contar con el mecenazgo del magnate del juego Sheldon Adelson. Sin embargo, destacaron sobre todas las demás las declaraciones que hacían en público los dos candidatos con más posibilidades de triunfo. Rick Santorum suprimiría las universidades, «donde el 62% de los estudiantes pierden la fe». Mitt Romney, que creía que Rusia (por lo menos ya se había enterado de que la URSS había desaparecido) seguía siendo el principal enemigo geopolítico de Estados Unidos, denunció a Barack Obama en un artículo publicado el 29 de marzo de 2012 en Foreign Policy, por «reducir nuestra fuerza naval y aérea por debajo de los números ya demasiado bajos de la actualidad», pese a que el gasto militar norteamericano es superior al de todos los demás países del planeta sumados (es, en concreto, cinco veces superior al de la segunda potencia militar actual, que es China).2 Por suerte sabemos que todas estas afirmaciones no se correspondían con lo que realmente pensaban, sino que se trataba, como dijo Lloyd Grove, del «paquete cuidadosamente calibrado de temas que les han preparado sus asesores». Porque, concluyó Grove, «ha pasado mucho tiempo desde que a un candidato presidencial se le permitía actuar como un ser humano normal».3

Para descubrir las ideas realmente válidas es mejor acudir al tipo de planteamientos que se usan desde el Gobierno para justificar la política. «Toda política exterior que se precie dice tener buenas intenciones», escribe Batalla. Más allá de esta proclamación destinada al público, lo que hay es la certeza de que quienes la enuncian tienen «intenciones». Lo más difícil es descubrir cuáles son, y si son realmente «buenas» (o en todo caso, para quién lo son).

Batalla dedica mucha atención a lo que Henry Kissinger dice en sus libros; pero no debería sobrevalorar este «autorretrato» intelectual. El Kissinger real, que no es tampoco el que Hitchens malinterpretó con evidencias dudosas, lo vemos reflejado en los documentos que ponen de manifiesto su conducta política, de los que disponemos en una extraordinaria abundancia: los 2.100 memcoms (resúmenes de conversaciones) digitalizados por el National Security Archive, que suman 28.386 páginas, y los miles de telcons (transcripciones de conversaciones telefónicas) a los que hoy tenemos acceso.

Es verdad que este cúmulo de documentos es demasiado amplio como para que un investigador pueda consultarlos cómodamente; pero los volúmenes que nos ofrecen hoy una selección de los textos más interesantes de estos fondos documentales, al igual que los ya publicados sobre las cintas que grabaron las conversaciones de Kennedy, Johnson o Nixon, nos permiten una nueva vía de aproximación al conocimiento de la forma en que se llega a la toma de decisiones políticas, que raras veces es la que los propios políticos afirman para legitimarlas (como lo hacen, por ejemplo, en sus «Diarios», obviamente autocensurados, tal como se puede ver en los de Carter y Reagan).

La importancia de esta fuente reside en que por primera vez nos permite conocer los errores de percepción, las informaciones falseadas o los temores injustificados en que se basaron decisiones que, con frecuencia, tuvieron como consecuencia que se sacrificasen inútil e injustificadamente millares de vidas humanas.

Interpretada de este modo, toda la guerra fría, con sus millones de muertos, habría sido un tremendo error. Lo que ocurre es que hay en ella una dimensión más profunda, que corre desde los planteamientos reservados de Kennan a Truman, hasta el pensamiento «neocon» que Batalla recoge del Defense Planning Guidance de 1992 y del Rebuilding America’s Defenses: Strategy, Forces and Resources for a New Century del año 2000. Me refiero, claro está, a la voluntad de mantener una supremacía indiscutida y «desanimar a las naciones avanzadas de cualquier intento de desafiar nuestro liderazgo o de aspirar a un liderazgo regional».

En este terreno, que podríamos llamar «más profundo», no parece que sea enteramente justa la afirmación de que «todo ha cambiado en el escenario internacional en el siglo XXI». Por lo menos así parecen sugerirlo las preocupaciones actuales de los militares norteamericanos, como las del teniente coronel Andrew Krepinevich, director del CSBA (Center for Strategic and Budgetary Assessments), un think tank dedicado a la política de defensa, quien sostiene que lo que Estados Unidos debe decidir ahora es si va a competir o no con China por el control del Pacífico occidental. Si renuncia, habrá de admitir un cambio sustancial en el equilibrio militar mundial; si acepta, «la cuestión es cómo competir con eficacia». De hecho ya hace tiempo que algunos militares se vienen quejando de que las actividades en el Golfo y la guerra de Afganistán les estén privando de los recursos necesarios para esta tarea.4

De este mismo think tank surgió un texto que defendía el nuevo concepto estratégico de «AirSea battle», que se completó en 2009 y apareció desarrollado en 2010 en un extenso documento que contaba como autores con un equipo dirigido por el capitán de la armada Jan van Tol, experto en planificación estratégica. Su finalidad es la de perseverar en los objetivos planteados desde comienzos de la guerra fría, con el fin de impedir el ascenso de cualquier competidor que pueda desafiar la supremacía mundial de Estados Unidos, lo cual exige, en primer lugar, mantener el control de las rutas terrestres, marítimas y aéreas, que son las arterias del comercio internacional.5

Van Tol asegura que el objetivo de esta estrategia, que implica el uso conjunto de fuerzas aéreas y navales, no es la guerra, pero en su estudio se desarrollan planes para interceptar el comercio con China, confiscando en alta mar los cargamentos de las embarcaciones, en operaciones en las que se especula, sin embargo, con la posibilidad de hacer frente a una posible respuesta armada china, a lo que podría responder la presencia de tropas estadounidenses en Australia.

Si añadimos a ello la evidencia de que los dirigentes chinos creen hoy por su parte que ha llegado el momento de asumir su papel en el mundo, y que es Estados Unidos quien se encuentra en «el lado equivocado de la historia»,6 podría resultar que el futuro se pareciese demasiado al pasado —Kissinger no duda en seguir usando para la actualidad el concepto de «guerra fría»— y que lo que debería preocuparnos no es precisamente el cúmulo de dislates que puede soltar un político estadounidense.

Xavier Batalla tiene toda la razón. Para entender el mundo en que vivimos no basta con seguir día a día los acontecimientos, sino que necesitamos desentrañar las ideas que los explican. Una tarea compleja y difícil, a la que deben seguir ayudándonos informadores de su categoría.

J. F.

PREFACIO

Todos los órdenes mundiales han sido creados mediante la guerra. A cada conflagración le seguiría una ambiciosa iniciativa diplomática con el propósito de evitar que la historia se repita. El primer acto de contrición en el siglo XX fue la Sociedad de Naciones, creada bajo los auspicios del presidente estadounidense Woodrow Wilson, un idealista. Pero el Senado norteamericano se refugió en el aislacionismo y Alemania, derrotada, fue excluida, como Rusia. Una Sociedad de Naciones sin tres de los grandes no tenía posibilidades, y fracasó. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) intentó mejorar el invento multilateral. Nació impulsada por la coalición vencedora en la Segunda Guerra Mundial, con una cincuentena de países, y los objetivos que se fijó fueron ambiciosos: eliminar las causas de la guerra, la tiranía y la injusticia. Pero la guerra fría enterró los ideales que siguen haciendo de la ONU el símbolo de la inalcanzable salud moral del mundo.

Ahora, en la segunda década del siglo XXI ya han sonado tambores de guerra a propósito de Siria, Corea del Norte y el controvertido plan nuclear que tiene Irán en su mente. Estados Unidos simbolizó un final bélico con la arriada de su bandera en Bagdad el 15 de diciembre de 2011. El mundo continúa esperando la iniciativa que evite que la historia se repita.

Cuando terminó la primera guerra del Golfo (1990-1991), George H. W. Bush recuperó la retórica de Wilson y, por tercera vez en el siglo XX, un presidente estadounidense anunció un nuevo orden. Y este orden, según Bush, debería caracterizarse «por el gobierno de la ley más que por el recurso a la fuerza», pero la historia se repitió con Bush hijo, primero, legalmente, en Afganistán, y después, ilegalmente, en Iraq.

Bush creyó tener dos grandes ideas para establecer unilateralmente un nuevo orden, pero su guerra global contra el terrorismo no ha creado nada, incapaz de reorganizar el mundo. Fred Kaplan, autor de How a Few Grand Ideas Wrecked American Power (2008), sostiene que Bush fracasó por dos razones. Primero, porque los neoconservadores tuvieron la idea de que el mundo había cambiado después del 11 de septiembre de 2001, cuando, en realidad, el mundo —el poder y la guerra— sigue funcionando igual que antes. Y segundo, porque Washington actuó con el convencimiento de que, una vez en la posguerra fría, tenía tanto poder que podía actuar unilateralmente. Estas dos ideas fijas, que no grandes, demostraron que Bush, en opinión de Kaplan, fue ingenuo, impulsivo y tozudo, convencido de que su rectitud moral le podía ahorrar el conocimiento de la historia.

El mundo es una idea. Mejor dicho: es una idea sobre cómo funciona o debería funcionar. Si tuviéramos que hacer caso a Gengis Kan, la cosa estaría clara. Para el líder de los mongoles, el placer más dulce de la vida era «cazar y vencer a los enemigos, apoderarse de sus bienes, dejar a sus esposas llorando y gimiendo, montar su caballo castrado [y] servirse del cuerpo de sus esposas como camisón y ayuda».7 En cambio, para los contrarios a la guerra, la paz es el estado normal de las sociedades. El mundo es una idea, pero, según quién la tenga, esta puede ser una utopía o una distopía. Si la utopía es la búsqueda de un ideal imposible, la distopía es un lugar sin esperanzas.

John Keegan, celebrado autor de la Historia de la guerra, ¿qué es la guerra?, un agnóstico en la materia, dice que «las civilizaciones deben su nacimiento a los guerreros y sus culturas nutren a los guerreros que las defienden».8 Robert D. Kaplan, realista, no parece mal encaminado cuando dice que «uno debe tener siempre presente que las ideas importan, para bien o para mal, y reducir el mundo simplemente a luchas de poder equivale a hacer un uso cínico de Maquiavelo. No obstante, algunos académicos e intelectuales van demasiado lejos en la dirección opuesta: tratan de reducirlo todo simplemente a ideas y descuidan el poder».9 Y los idealistas en las relaciones internacionales fueron los filósofos de la Ilustración.

Los atenienses inventaron la democracia, que fue destruida por Esparta (el físico David Deutsch afirma que no somos inmortales porque Atenas perdió en el Peloponeso). Los chinos inventaron la burocracia. Los judíos inventaron la «monarquía limitada», ya que solo Dios podía tener el poder supremo. Los romanos inventaron los contrapesos de poder. Y los europeos inventaron, además, los parlamentos, como el sistema europeo de equilibrio de poder surgido en el siglo XVII, de la guerra de los Treinta Años. Entonces se creía que el mundo era uno de los dos cielos: como Dios gobernaba el cielo, un emperador gobernaría el mundo secular y un papa la Iglesia universal. Pero este nuevo término sirvió luego para definir una política de equilibrio de poder: la expresión Realpolitik reemplazó al término francés raison d’État. En Mobsters10 se dice: «Agallas y cerebro. Teniendo eso no necesitan ejército». Michael Karbelnikoff le hace decir al actor F. Murray Abraham en su película: «Hace cien años, Austria estaba gobernada por un príncipe llamado Metternich. Austria era débil y sus vecinos fuertes, pero Metternich era un viejo zorro frío y calculador. Si uno de los países se volvía demasiado fuerte, organizaba una alianza contra él. Eso llevaba a Europa al borde de la guerra y entonces todos se lo agradecían cuando impedía que estallara la contienda». «Entonces, apenas tenía ejército», replica uno de los gánsteres. «Sin embargo —contesta F. Murray Abraham—, tenía a Europa cogida por los huevos».11 Todos entendieron que así es como funciona la Mafia.

Egipcios, sumerios, chinos, asirios, griegos, indios y romanos se hicieron con esclavos a los que obligaron a trabajar en la construcción de murallas para protegerse de los extranjeros. Los habitantes de Jericó construyeron una muralla para proteger su ciudad, como hicieron los chinos con la mayor barrera entre su imperio y los que consideraban extraños; las fortificaciones se convirtieron en la especialidad italiana y, como pasó siglos después, también lo hicieron soviéticos e israelíes.

Nuestros antepasados, como afirma William R. Polk,12 lidiaron con el problema que representa el extranjero, o el bárbaro, con muchas ideas: desde el aislacionismo hasta el colonialismo; desde el comercio hasta el imperialismo; desde la diplomacia hasta el espionaje (Heródoto13 consideró que la primera misión de espionaje de la historia fue la que Jerjes despachó a Grecia desde Asia); desde la liberación hasta la esclavitud, y desde la actividad misionera hasta la exterminación. Cuando Cicerón dejó escrito en el siglo I a. C. que «todos los cimientos de la comunidad humana» estaban amenazados por tratar a los extranjeros peor que a los ciudadanos romanos, ya estableció la base de la sociedad internacional.14 Cicerón, como Aristóteles, fue un idealista que se basaba en valores morales.

«La guerra es tan antigua como la humanidad, pero la paz es una invención moderna», escribió el jurista sir Henry Maine a mediados del siglo XIX. Y Michael Howard ha escrito que «la paz inventada por los pensadores de la Ilustración, un orden internacional en el cual la guerra no desempeña ningún papel, ha sido una aspiración común entre los visionarios a lo largo de la historia, pero, por sorprendente que parezca, tan solo hace un par de siglos que se ha convertido en un verdadero objetivo y aspiración para los líderes políticos».15 Pero sigue siendo una aspiración.

La sociedad global tiene nuevas ideas y desafíos, particularmente desde el final de la guerra fría. Entre los nuevos factores están el experimento sin precedentes de la Unión Europea, las emergentes economías —la venganza de la descolonización—, la creciente influencia de las fuerzas no gubernamentales en la política exterior de un Estado, las innovaciones de globalización del comercio y de las comunicaciones, y de las demandas de las voces, previamente ignoradas, de las mujeres y las minorías. Por eso, el análisis de las relaciones internacionales deberá basarse en la conjunción de las diferentes teorías capaces de entender el mundo. En realidad, la humanidad sigue estando dividida entre quienes creen que la paz debe ser preservada y quienes creen que todavía debe ser alcanzada.

El orden medieval europeo entre los siglos VIII y XV fue producto de una simbiosis perfecta entre los guerreros que garantizaban el orden y el clero que lo legitimaba. Fue entonces cuando se inventó la paz, es decir, la visión de un orden social en el que la guerra había sido abolida: un orden en absoluto resultante de una intervención divina, sino fruto del pensamiento y la razón humana.16 El historiador Carlo M. Cipolla dejó escrito que «el déficit público fue una invención de las ciudades-estado italianas en la Edad Media después de una serie de guerras en que se vio envuelta Florencia».17

Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, resume la historia del mundo occidental en un párrafo de su obra Mundo libre.18 Dice que en las escuelas y universidades estadounidenses ha habido generaciones de estudiantes que han aprendido un relato de la civilización occidental que avanza desde Grecia y Roma, pasando por la expansión del cristianismo en Europa, el Renacimiento, la Reforma, la Ilustración, las revoluciones inglesa, norteamericana y francesa, el desarrollo del capitalismo, la burguesía y el sufragio universal, hasta las dos guerras mundiales y la guerra fría. Todo empezaría, pues, en Platón, y se habría prolongado hasta la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que ganó la guerra fría sin disparar un solo tiro contra la Unión Soviética, desaparecida en 1991. Pero las ideas son algo distinto de los acontecimientos.

Las ideas son consecuencia, a menudo, de los acontecimientos, aunque también pueden ser su causa. Los regímenes comunistas, por ejemplo, fueron producto, al menos en parte, de la idea de Karl Marx de que la historia terminaría con la victoria del socialismo. En sentido contrario, la idea de Francis Fukuyama de que la historia terminó con el triunfo de la democracia y del libre mercado, fue consecuencia de un acontecimiento, el que puso fin al siglo XX: el fracaso comunista. Fukuyama se inspiró para ello en Hegel y Alexandre Kojève, pensador francés de origen ruso que también tuvo la idea del final de la historia.

George W. Bush tuvo muchas ideas. Cuando era candidato a la presidencia hizo campaña como un político conciliador, pero una vez en la Casa Blanca cambió de idea y abominó del consenso. Empezó prometiendo una política exterior humilde y contraria a la idea de construir naciones, algo que consideraba, al menos en boca de Condoleezza Rice —su secretaria de Estado en su segundo mandato— propio de ingenuos que se mueven más por ideas que por los intereses nacionales. Bush, después de los atentados en Nueva York, Washington y Pensilvania del 11 de septiembre de 2001, se embarcó en la construcción idealista de Afganistán e Iraq. Bush volvió a nacer como idealista. No solo se trataba de derrocar al talibán, sino de construir una democracia en Afganistán. Y después de Afganistán, en Iraq y, finalmente, en todo Oriente Medio. Los neoconservadores, que fueron la fábrica de ideas de Bush, dijeron después que la idea era buena y que lo que falló fueron los acontecimientos. Las ideas importan, aunque no siempre se pueden llevar a la práctica.

Isaiah Berlin sentenció que «Robespierre, José II de Austria o Lenin no consiguieron traducir del todo sus ideas. En general, Bismarck, Lincoln, Lloyd George y Roosevelt sí lo hicieron». ¿Por qué unos logran sus objetivos y otros no? Para Berlin, la diferencia es que los primeros comprenden y los segundos no comprenden la naturaleza del material humano con el que están tratando. «Robespierre, José de Austria y Lenin hicieron todo, o casi todo, lo que era humanamente posible para encontrar la solución adecuada. Leían, estudiaban, discutían, reflexionaban [...] Sin embargo, fracasaron visiblemente y no consiguieron lo que deseaban. Tan solo consiguieron alterar violenta y permanentemente el orden que encontraron y produjeron una situación que ni ellos ni sus enemigos esperaban. Bismarck, Lincoln y Roosevelt lo hicieron», escribió Berlin en El poder de las ideas.19

Aunque el estudio de las relaciones internacionales comenzó de manera sistemática en el siglo XX, las relaciones entre el individuo y el Estado, la legitimidad y la autoridad, y el derecho y la ética no fueron inventadas en el siglo XX. Los antiguos griegos, los filósofos indios y los profetas del Antiguo Testamento también se enfrentaron a los mismos problemas, como afirma Kenneth W. Thompson.20 La esencia de los problemas políticos y sociales no ha cambiado con la historia.

En el siglo XX dominaron dos paradigmas de las relaciones internacionales: el realismo y el idealismo. El realismo occidental hunde sus raíces en Tucídides, que estableció el equilibrio del poder. Kautilya, autor del Arthasastra (Libro del Estado) y principal consejero de Chandragupta Maurya, fundador en el 320 a. C. del imperio de la India, es comparado con Nicolás Maquiavelo cuando explica, como ha señalado Robert R. Kaplan, «cómo un príncipe, al que llama “el conquistador”, puede fundar un imperio explotando las relaciones entre varias ciudades-estado». Y Sun Tzu, que conoció la guerra y la detestaba, aunque reconocía su necesidad, diseñó la táctica que hizo posible el Imperio chino.

Clausewitz, excombatiente en las guerras napoleónicas —que escribió De la guerra—, no dijo, como ha advertido John Keegan, que la guerra es la continuación de la política por otros medios, sino «que se contentó con decir que un animal político es un animal guerrero sin atreverse a considerar el concepto de que el hombre es un animal pensante en quien el intelecto gobierna el imperativo de cazar y la capacidad de matar».21

Los inventores del idealismo en las relaciones internacionales fueron los filósofos de la Ilustración, como Immanuel Kant, John Locke y Jean-Jacques Rousseau, que pusieron el acento en la necesidad de la cooperación. Y también Georg Wilhelm Friedrich Hegel, que contempló una federación de Estados como medio para alcanzar la paz, es otra piedra angular del pensamiento idealista, como en el siglo XX lo fue el historiador Arnold Toynbee.

El paradigma idealista o liberal disfrutó una efímera gloria después de la Primera Guerra Mundial, cuando el presidente estadounidense Woodrow Wilson y otros idealistas impulsaron la Sociedad de Naciones, con el propósito de ganar la guerra que pusiera fin a todas las guerras. Pero el fracaso de sus esfuerzos desembocó en el triunfo del realismo, que imperó en la guerra fría. Robert D. Kaplan, realista, sostiene que «el realista puede que tenga los mismos objetivos que el idealista, pero entiende que a veces es necesario posponer la acción para asegurar el éxito».22

El historiador Tucídides (460-411 a. C.), considerado el padre del realismo, narró, en Historia de la guerra del Peloponeso, uno de los episodios más dramáticos del conflicto entre atenienses y espartanos, en el que Atenas, desde una posición de fuerza, exigió la rendición de la isla-Estado de Melos. El acontecimiento sucedió en el año 450 a. C., cuando unos diez mil atenienses se enfrentaron a unos quinientos melios, y el enviado de Atenas, en lo que se conoce como el «Diálogo de Melos», se dirigió a los melios con estas palabras: «Se trata más bien de alcanzar un posible acuerdo con lo que unos y otros sentimos, porque vosotros habéis aprendido, igual que lo sabemos nosotros, que en las cuestiones humanas las razones de derecho intervienen cuando se parte de una igualdad de fuerzas, mientras que, en caso contrario, los más fuertes determinan lo posible y los débiles lo aceptan».23 Y los melios respondieron a los atenienses: «Lo útil (es necesario, en efecto, moverse en esos términos, puesto que vosotros habéis establecido que se hable de lo conveniente dejando aparte de este modo las razones de derecho), lo útil, decimos, exige que nosotros no acabemos con lo que es un bien común, sino que aquel que en cualquier ocasión se encuentre en peligro pueda contar con la asistencia de unos razonables derechos y obtenga provecho de ellos si con sus argumentos logra un cierto convencimiento de su auditorio, aunque sea dentro de los límites estrictos». Es decir, en su respuesta a los atenienses, los melios dijeron que podría llegar un día en que Atenas, si fuera derrotada, desearía que hubiera un sistema de normas que les protegiera. Los atenienses (que fueron finalmente derrotados en la guerra contra Esparta, librada entre los años 431 y 404 a. C.), rechazaron con desdén su propuesta. En el siglo XX, la idea de los atenienses seguía fija en H. J. Mackinder, cuando afirmó que «el gobierno del mundo aún se basa en la fuerza».24

En la República,25 que Platón escribió unos cuarenta años después del diálogo entre atenienses y melios, Trasímaco —que fue modelado a imagen de uno de los más implacables atenienses— representa el cínico sofista que transmite el mensaje de Atenas. Y como afirma Simon Blackburn, «unos y otros son los representantes de la Realpolitik maquiavélica, saben que viven en un mundo despiadado y tratan de adaptarse a él. Tanto ellos como sus sucesores han dejado una larga mancha en la historia de la humanidad (los melios no se rindieron, y los atenienses asesinaron a los hombres y esclavizaron a las mujeres y los niños) [...] Fueron los antepasados directos del neoconservadurismo estadounidense, una ideología que encuentra su inspiración inmediata en Leo Strauss, teórico y especialista en Platón».26

Los realistas son escépticos, aunque no todos, sobre la relevancia de la moralidad en las relaciones internacionales. Y Tucídides no hizo otra cosa que presentar el «Diálogo de Melos» como el primer debate entre realistas e idealistas: ¿deben basarse las relaciones internaciones en los principios de la justicia y la ética o, por el contrario, seguir moviéndose por los intereses nacionales y el recurso a la fuerza? La destrucción de Melos, que provocó el destierro de Tucídides por los atenienses, no cambió el curso de la guerra del Peloponeso, que acabó con la derrota de Atenas. Pero el realismo de Tucídides —ni inmoral ni amoral— es comparable al realismo del filósofo francés Raymond Aron, que escribió en el siglo XX: «Los hombres saben a la larga que el derecho internacional debe someterse a la realidad. Un estatus territorial termina invariablemente por ser legalizado, siempre y que perdure. Una gran potencia que quiera impedir a un rival realizar conquistas debe armarse y proclamar con antelación una desaprobación moral».27

Robert D. Kaplan sostiene en El retorno de la Antigüedad que «puede que La Historia del Peloponeso sea la obra más emblemática sobre la teoría de las relaciones internacionales de todos los tiempos. Es el primer trabajo que introduce el pragmatismo general en el discurso político. Y sus enseñanzas han sido elaboradas por autores como Thomas Hobbes, Alexander Halmilton —uno de los padres fundadores de Estados Unidos—, Carl Philipp Gottlieb von Clausewitz y, en nuestra época, Hans Morgenthau, George F. Kennan y Henry A. Kissinger».28

El legado de san Agustín fue el realismo político: la idea de que el ideal del orden internacional debía ser preservado por el equilibrio de poder. Y santo Tomás de Aquino ofreció la idea de una política basada en la razón: para él, el mejor orden internacional era un orden de pequeños y medianos Estados con moderadas ambiciones. Reinhold Niebuhr, el teólogo estadounidense y protestante que fue faro del realismo cristiano, situó en el siglo XX a Aquino en la región de los idealistas, y a Agustín entre los realistas.29 Pero los dos coincidieron en que la guerra debía estar subordinada a normas morales.

Nicolás Maquiavelo (1469-1527) cambió esta tradición moral cristiana y la calificó de no realista. El maquiavelismo es un realismo, tanto en las cuestiones internas de los Estados como en las relaciones exteriores, que niega la relevancia de las cuestiones morales, y en el que el fin justifica los medios. Para Maquiavelo, el cristianismo alababa a los dóciles, lo que permitía que el mundo fuera dominado por los malvados. Por eso prefería una ética pagana que aumentara el instinto de conservación.

El resultado fue El príncipe,30 la obra más conocida de Maquiavelo, publicada en 1532, después de su muerte. Fue, en realidad, una guía para ayudar al amoral y cruel César Borgia —que gobernó Florencia de 1513 a 1519— a defenderse de sus enemigos extranjeros, por lo que, debido a su astucia, resulta fácil encontrar en su escrito una justificación para casi todas las opciones políticas. Así, las ideas de Maquiavelo también influyeron a los padres fundadores de Estados Unidos, aunque tuvieran más fe en la gente corriente de la que pudiera tener Maquiavelo.

El sistema político de Estados Unidos data de 1787, cuando los cincuenta y cinco delegados procedentes de los trece estados originales se reunieron en Filadelfia para redactar una constitución. Y los reunidos se movieron más por el miedo que por las ambiciones. Tras haber conseguido la independencia de Gran Bretaña, los delegados temían que su libertad fuera destruida por la anarquía. William R. Polk ha explicado así los temores de los delegados: «Según creían, no era posible confiar en el pueblo; a menudo se mostraba perezoso, ignorante y sujeto a la manipulación por parte de los tiranos. La única salvaguarda que acertaron a imaginar fue dividir el poder de tal modo que ningún grupo pudiera dominarlo por completo».31

El debate entre el mundo natural, en el que mandan los intereses, y el mundo modificado por la ética, que sería el de los principios, será seguramente interminable. La política del mundo natural se basa, naturalmente, en la fuerza. Esta es la idea que tuvo Thomas Hobbes (1588-1683) con su concepto de un estado anárquico de las relaciones internacionales. La política del mundo deseable descansa en el derecho y su gran abogado es Immanuel Kant (1724-1804).

René Descartes fue el sistematizador del racionalismo europeo. La situación comenzó a cambiar unos años más tarde, cuando Isaac Newton, al observar cómo caían las manzanas, formuló la ley de la gravitación universal. La manzana, en su trayecto hasta el suelo, recorrió la distancia que separa la monarquía absolutista de la monarquía parlamentaria surgida de la Gloriosa Revolución inglesa de 1688-1689. Para Michael Howard, «durante la segunda mitad del siglo XVII, con la aspiración del Estado, apareció un nuevo concepto newtoniano en el que los Estados mantenían una relación semejante a la que el universo y los planetas mantienen entre sí. Entonces el mantenimiento de la paz pasó a verse como la conservación del equilibrio de poderes, que se debía a constantes regulaciones mediante la guerra».32

El mundo ha cambiado. Y dos de estas grandes ideas, así como su híbrido, siguen moviendo el mundo. Hugo Grotius hizo una inestimable aportación al orden internacional durante el terrible período de la guerra de los Treinta Años.33 Desde entonces, el debate principal ha seguido siendo entre las ideas de Hobbes, un realista (Leviatán,34 1651), para quien «las convenciones, sin la espada, son solo palabras»,35 y las de Kant, un idealista (La paz perpetua,36 1795).

Hobbes tuvo una visión sombría de la naturaleza humana, una profunda desconfianza en el sistema internacional y el convencimiento de que es la fuerza, y no la cooperación, la que evita los conflictos. La idea de Kant fue que el hombre está hecho de «material corrupto», pero tuvo luces para razonar que la cooperación entre Estados genera seguridad y estabilidad.

Los neoconservadores estadounidenses, que afirmaron que en Iraq lo que les movió fueron los principios y no los intereses, lo tuvieron claro. Uno de sus campeones, Robert Kagan, autor de Poder y debilidad: Europa y Estados Unidos en el nuevo orden mundial,37 dijo que el enfrentamiento entre Estados Unidos y Europa era una confrontación entre el mundo real y el mundo deseable. Kagan sostiene que tan solo se puede vivir en el mundo real y añade que el humanitarismo de Europa es únicamente posible porque es irrelevante. Dicho más llanamente: Kagan considera ingenuos a los europeos, incluidos sus dirigentes, por creerse la paz perpetua.

Kant, amante tanto de la Revolución francesa como de la norteamericana, planeó sobre el conflicto de Iraq. El pensador alemán es más conocido por su dedicación a la metafísica y a la filosofía, pero también fue un maestro del pensamiento político internacional. Su trabajo fundamental en este campo es el ensayo La paz perpetua, obra escrita en 1795. En la primera redacción de su trabajo, Kant afirmó que el mantenimiento de los ejércitos es, en sí mismo, una de las primeras causas de la guerra ofensiva, expresión con la que en su época, posiblemente, aludía a la guerra preventiva, la doctrina popularizada por George W. Bush y sus aliados. En la versión definitiva de esta obra, Kant expuso de manera razonada el derecho de las naciones a crear una federación de Estados libres.

Las naciones, como los individuos en estado natural, dice Kant, viven con el temor a los otros, por lo que, en su opinión, la solución sería una federación de naciones pacíficas que pretendan poner fin a la guerra. El propósito de esta federación no sería la acumulación de poder o la intimidación de los otros, sino la seguridad y la preservación de la libertad de los Estados. Es decir, Kant, para regatear la guerra, propuso la creación de organismos internacionales atendiendo al mandato de la Ilustración o, lo que es lo mismo, de la razón.

Lord Castlereagh, realista, y George Canning, idealista, personificaron hace dos siglos el debate entre Hobbes y Kant sobre cómo debe ser una política exterior. Castlereagh, uno de los grandes protagonistas del reaccionario Congreso de Viena (1814-1815), resumió la política exterior en la defensa de los intereses nacionales; Canning, un plebeyo que prosperó gracias a su extraordinaria elocuencia, defendió los valores democráticos. El primero, pues, fue un pesimista sobre la condición humana; el segundo pudo pasar por idealista.

Una mañana de septiembre de 1809, Canning, entonces ministro de Negocios Extranjeros, y Castlereagh, ministro de la Guerra, se enfrentaron en un duelo con pistolas. Ninguno de los dos sufrió heridas de consideración, pero, en cuanto a las ideas, ganó Castlereagh. Doscientos años después, los dirigentes actuales suelen seguir hablando con el lenguaje de los ideales y actúan según la lógica realista.

Toda política exterior que se precie dice tener buenas intenciones. Un magnífico ejemplo fue el primer ministro William Gladstone, quien en 1880 sentenció que la decencia cristiana y los derechos humanos dirigirían la política exterior británica a partir de entonces. Después de Gladstone, el idealismo fue la perspectiva dominante tras la Primera Guerra Mundial.

Estimulados por el presidente estadounidense Woodrow Wilson —partidario de la expansión de la democracia y que centró sus esfuerzos en el desarrollo de la ley para superar las cuestiones de poder y los intereses nacionales, que consideraba amorales—, los idealistas de las décadas de 1920 y 1930 tuvieron la idea de construir un nuevo orden internacional donde no tuvieran cabida la diplomacia secreta, la creación de organismos internacionales y el rechazo del célebre principio del Senado romano «si vis pacem, para bellum» («si quieres la paz, prepárate para la guerra»), un endiablado engranaje que destruyó Europa en la Primera Guerra Mundial. El liberalismo internacional desembocó en la creación de la Sociedad de Naciones y en el Pacto Briand-Kellogg, con el que, en 1928, se pretendió nada menos que prohibir la guerra. Para los idealistas, la diplomacia secreta y el equilibrio del poder fueron las causas de la guerra.

Una vez terminada la Primera Guerra Mundial, la escena internacional era un caos, como ocurre ahora. Algunos argumentan que hoy la amenaza es el islam resurgente; en 1919 era el bolchevismo. El proyecto de Wilson era tan ambicioso que Clemenceau, primer ministro francés, ironizó sobre si el presidente estadounidense creía ser Jesucristo.38 Wilson, que era la personificación del idealismo estadounidense, también fue puesto a prueba en 1919. Un reportero de The Washington Post que cubría la revuelta egipcia contra los británicos afirmó que el nacionalismo egipcio se alimentaba de «ideales wilsonianos». «Los manifestantes marchan cantando el credo wilsoniano», escribió. Por el contrario, Wilson hizo oídos sordos a las peticiones de los nacionalistas egipcios y reafirmó su apoyo al poder colonial británico.

Wilson, convencido de que los tiranos eran los que arrastraban a los ciudadanos a la guerra, y no al revés, creyó llegado el momento de que la opinión pública pudiera decir la suya en materia de política exterior. Hasta el siglo XX, la política exterior fue una materia reservada para los gobiernos. Los parlamentos y la ciudadanía debían conceder que el asunto, dada su extraordinaria complejidad, estuviera reservado para esa élite. Wilson contó inicialmente con el apoyo entusiasta de Lippmann, el periodista que en su tiempo mejor reflexionó sobre la opinión pública. Y también se vio asistido por Gallup, el padre de los sondeos de opinión. El resultado fueron dos ironías: Wilson accedió a la Casa Blanca con la promesa de no ir a la guerra, y Lippmann terminó convirtiéndose al realismo.

Lippmann se justificó con estas palabras: «Participamos en la guerra (1914-1918) que terminó con la victoria de los pueblos libres [...] Así entramos en los años veinte, rechazando la posibilidad de la paz en el mundo porque existían muchos problemas, y creyendo que la paz debía durar simplemente declarando que debería durar. Tan encantados estábamos con nuestros nobles y nada costosos sentimientos que, aunque el mundo estaba desorganizado y caótico, decidimos desarmarnos a nosotros mismos y a las democracias».39 Raymond Aron dejó escrito en sus memorias que «Lippmann rechazaba ver los hechos y los hombres, porque ni unos ni otros encajaban en su concepción global de la historia, en la que, según su tesis, se da la primacía de la nación sobre la ideología.40

El internacionalismo liberal fue criticado en la década de 1930 por Reinhold Niebuhr y por E. H. Carr. La Sociedad de Naciones, a la que Estados Unidos nunca perteneció, así como tampoco Japón y Alemania, fue un fracaso, un organismo incapaz de crear un sistema de seguridad colectiva para hacer frente a los Estados que violasen los principios de la organización, y esto provocó la reacción de los realistas. En su principal obra sobre las relaciones internacionales, Carr (1892-1982) criticó la posición idealista, calificándola de «utopía», y añadió que «el utópico establece un patrón ético que pretende que sea independiente de la política y trata de lograr que la política se adecue a él. El realista no puede entender de forma lógica ningún patrón valorativo salvo el de los hechos. En su opinión, el patrón absoluto del utópico está condicionado y dictado por el orden social y es, por tanto, político. La moralidad solo puede ser relativa, no universal. La ética debe ser interpretada en términos de política y la búsqueda de una norma ética fuera de la política está abocada a la frustración. La identificación de la realidad suprema con el bien supremo, que el cristianismo alcanza mediante un golpe enérgico de dogmatismo, es alcanzada por el realista a través del supuesto de que no hay otro bien que la aceptación y el entendimiento de la realidad».41

Cuando Hitler utilizó el poder alemán, ignorando las leyes internacionales y la moralidad, volvió a sonar la hora de la perspectiva realista. El contraataque fue fulminante. Múnich, donde el Reino Unido y Francia accedieron a las demandas alemanas de 1938 con la esperanza de garantizar una paz duradera, se transformó en el símbolo del idealismo. La Segunda Guerra Mundial podría haberse evitado, según argumentan los realistas, si Londres y París no hubieran permitido que sus ideales distorsionaran sus cálculos sobre la importancia de los intereses y hubieran advertido seriamente a Hitler. Margaret MacMillan tiene una opinión distinta de lo sucedido en Múnich: «¿Se equivocaron las democracias en los años treinta al intentar evitar la guerra? Estaban obsesionadas por la espantosa cifra de muertos de la Primera Guerra Mundial, tan reciente aún, y por el temor de que la nueva tecnología de las bombas destruyera la civilización. En lo que se equivocaban, como Neville Chamberlain, y es fácil decir esto retrospectivamente, era en su creencia de que Hitler se detendría una vez satisfechos los objetivos “razonables” de Alemania, como el Anschluss con Austria».42

Hans Morgenthau (1904-1980), influenciado por Niebuhr y Hobbes, representó la reacción radical contra el idealismo, como hizo Maquiavelo contra la excesiva utopía de la época de la caballería. En su libro más famoso, Politics among Nations: The Struggle for Power and Peace, afirma que «las relaciones internacionales, como la política, son una lucha por el poder».43 Morgenthau tuvo una idea que creyó luminosa: propuso un plan para Alemania para reconstruirla como un país agrícola, sin industria. No sería una idea brillante, como demostró el Tratado de Versalles treinta años antes. Y el secretario de Estado de Truman, James F. Byrnes, en una acción realista, la rechazó en 1946. Morgenthau se pasó de realista.

Franklin D. Roosevelt rescató la idea de Wilson de la seguridad colectiva con la creación de la ONU. No obstante, la guerra fría dio al traste con los propósitos de enmienda. Henry Kissinger, secretario de Estado de Nixon y de Ford, lo explicó así: «Una vez que la visión del presidente Roosevelt sobre un sistema de seguridad colectiva supervisado por cuatro gendarmes se hundió irremisiblemente, Estados Unidos necesitó cerca de tres años para desarrollar la alternativa que se conoció por la doctrina de la contención».44

Los libros de historia explican que la ONU nació con la firma de San Francisco, en abril de 1945. En realidad, San Francisco fue la culminación de un esfuerzo político y militar que comenzó mucho antes. Estos orígenes ayudan a entender que la ONU no es solo un accesorio idealista, como dicen sus críticos, sino una necesidad realista, como sostienen sus abogados. Roosevelt impulsó la ONU para ganar, militar y políticamente, así como para establecer los cimientos de una paz duradera. La primera piedra del edificio fue la Carta Atlántica, suscrita en 1941. Roosevelt fue acusado de idealista al inspirarse en la Sociedad de Naciones. Los wilsonianos tradicionales creían, y creen, que las instituciones supranacionales proporcionan la necesaria legitimidad para que un Estado ejerza su poder. Es decir, rechazan la idea de que una sola nación, por iluminada que sea, pueda ser un juez mundial. El invento no funcionó a causa del estallido de la guerra fría.

George F. Kennan, entonces diplomático de la embajada estadounidense en Moscú, envió a Washington, a través de cinco telegramas, lo que fue conocido como la «contención». La política de la contención fue el resultado de una posición intermedia adoptada por el presidente Harry S.Truman entre los partidarios de una política de apaciguamiento con respecto a los soviéticos (Henry Wallace, vicepresidente de Estados Unidos entre 1941 y 1945, y candidato a la presidencia en 1948 por el Partido Progresista), y la negociación (James F. Byrnes, secretario de Estados Unidos con Truman entre 1945 y 1947), por una parte, y los que preconizaban una política de confrontación (roll-back), por otra. El resultado fue la militarización de la guerra fría.

Kennan tuvo grandes ideas. Convencido de que la crisis del régimen soviético estaba escrita en la propia naturaleza del sistema totalitario, propuso la ruptura de todo contacto con la URSS hasta lograr una evolución positiva del sistema comunista. Pero se opuso a la militarización de la contención, y resultó derrotado. Fue uno de los artífices del Plan Marshall, y en la década de 1950 propuso que Alemania se transformara en un país neutral del que Estados Unidos y la Unión Soviética retiraran sus tropas. La idea le costó que sus críticos le tildaran de liberal. Fue un realista clásico que siempre abogó pacientemente por el uso de la fuerza.

Lo más importante para Kennan no fue el legalismo. Cuando el espíritu de la indignación controla la utilización de la fuerza, dijo, la moral del Estado exige la rendición incondicional del enemigo. Irónicamente, cuando más se emplean los altos principios morales es cuando se intensifica la violencia y es más destructiva de la estabilidad, que no es lo que ocurre en las guerras basadas en la defensa de los intereses nacionales. La guerra total y la rendición son los precios de la guerra librada por la obsesión legalista-moralista. En 1966, en una comparecencia ante el Comité de Asuntos Exteriores del Senado, sobre Vietnam, Kennan dijo: «A nuestro país no se le debería exigir, ni se debería exigir él mismo, que cargue con el descomunal peso de determinar las realidades de cualquier país [...] Esto no solo no es asunto nuestro, sino que además no creo que lo podamos llevar a cabo con éxito».45

Los realistas son considerados fríos. Su oficio es el cálculo del poder y el egoísmo. Pero este no parece ser el caso de Kennan, quien dejó escrito como aviso para navegantes: «En mi opinión, la aproximación legalista y moral a las relaciones internacionales se identifica con el concepto de la guerra total y de la victoria total».46 Isaiah Berlin dividió también a los intelectuales entre zorros y erizos, y la magnífica biografía escrita por John Lewis Gaddis (George F. Kennan. An American Life, 2011), el historiador de la guerra fría, demuestra que Kennan fue un zorro. «[El realismo] puede ser, para muchos, sinónimo de cinismo y reacción. Yo no comparto esas dudas. El concepto de realista no puede ser iliberal», dijo.

A quien no se puede tildar de idealista es a Henry Kissinger. Una mañana del verano de 1944, en Camp Claiborne (Luisiana), el general Alexander Bolling, comandante de la división 84 de infantería, presenciaba unas maniobras cuando reparó en un hombre pequeño con un monóculo y uniforme de la Wehrmacht, que se dirigía a las tropas en un impecable alemán de clase alta. «¿Qué está haciendo, soldado?», preguntó el general. «Hago ruido de batalla en alemán», contestó el soldado Fritz Kraemer, reclutado un año antes y conocido como «el Prusiano».47 Uno de los soldados que escucharon aquel día la arenga de Kraemer fue un joven de diecinueve años llamado Heinz Kissinger, un alemán de origen judío que había emigrado a Estados Unidos en 1938. Por primera y única vez en su vida, según ha dejado escrito, Kissinger se emocionó tanto con el discurso que envió a Kraemer una nota de felicitación.

Fritz Gustav Anton Kraemer, el «padre» de la bomba de hidrógeno, fue una figura influyente. Durante veintisiete años trabajó como asesor del Pentágono en geopolítica y estrategia (1951-1978), aconsejó a generales y secretarios de Defensa y perteneció al Consejo de Seguridad Nacional durante diez presidencias, un récord (cuarenta años) para un emigrante que abandonó Alemania en 1933. A principios de 1945, después de la batalla de las Ardenas, Kraemer regresó a Alemania, esta vez con el uniforme estadounidense y en compañía de Kissinger, ya convertido en Henry A. Kissinger y en chófer del general Bolling, aunque, poco después, fue enrolado en la contrainteligencia estadounidense. Kraemer trabajó en el Pentágono y colocó a Kissinger en Harvard.

Kraemer enseñó a pensar geoestratégicamente a quienes serían algunas de las luminarias de la guerra fría. Fue profesor del general Alexander Haig, posteriormente secretario de Estado; de Zbigniew Brzezisnki, consejero de Seguridad Nacional con Jimmy Carter; de James Schlesinger, secretario de Defensa; de Vernon Walters, personificación de la diplomacia secreta y embajador en la ONU y Alemania Occidental, y de Edward Landsdale, general que participó en la fundación del contraespionaje y que inspiró a Graham Greene para crear su inolvidable novela El americano impasible. Entre todos los protegidos de Kraemer, sin embargo, siempre destacó Henry A. Kissinger. «[Kraemer] fue la mayor influencia en mis años de formación; sus valores eran absolutos, era como los antiguos profetas», declaró años más tarde Kissinger.48

Kraemer nunca fue un entusiasta de la Realpolitik, la debilidad de Kissinger. Para Kissinger, la Realpolitik, que la aprendió del príncipe Metternich, fue la fuerza que le impulsó hacia lo más alto. En 1957, comenzó a tocar el poder con la publicación de Armas nucleares y política internacional, obra que le encumbró como una autoridad en estrategia. El joven Kissinger se opuso a la política de Foster Dulles, secretario de Estado, partidario de «una masiva respuesta» en caso de ataque soviético. Kissinger abogó por una «respuesta flexible», una guerra nuclear limitada.

Kissinger fue el artífice de la política exterior estadounidense entre 1969 y 1977, primero como consejero jefe de Seguridad Nacional y después como secretario de Estado de Richard Nixon y de Gerald Ford. Y su política exterior significó un cambio profundo. Una vez roto el consenso anticomunista en la guerra de Vietnam, Nixon y Kissinger concluyeron que el ciudadano norteamericano nunca más toleraría un compromiso en el exterior como el sufrido en Vietnam, por lo que se inclinaron por una política de distensión con la Unión Soviética. El libro fue aplaudido por Edward Teller, padre de la bomba de hidrógeno y personaje en el que Stanley Kubrick se inspiró para crear su inolvidable Dr. Strangelove.

La disputa con Kraemer no tardó en estallar. Kraemer apoyaba a James Schlesinger, entonces secretario de Defensa, rival de Kissinger y partidario de una línea de mayor dureza con los soviéticos. Pero Schlesinger fue despedido por Ford, el sucesor de Nixon, y Kraemer hizo responsable de dicha decisión a Kissinger. Para Kraemer, la Realpolitik con los soviéticos obedeció a la debilidad de los intelectuales. Maestro y alumno dejaron entonces de hablarse. Y el silencio duró veintiocho años, hasta el año 2002, cuando Kissinger le telefoneó. Un año más tarde, en noviembre de 2003, Kraemer murió a causa de una insuficiencia renal y su familia pidió a Kissinger que dijera unas palabras en el funeral. Kissinger dijo entonces: «[Kraemer] continuará siendo un faro para mí».49

Para Kissinger, la historia es un trágico proceso en el que las guerras son inevitables. Y esta es una visión que los estadounidenses, instintivamente, odian. Los wilsonianos creen que Estados Unidos tiene el derecho y el deber de rehacer el mundo. Están convencidos de que las guerras, como afirma Walter Russell Mead, miembro del Council of Foreign Relations, no deben ser libradas en función de los intereses nacionales; para esta visión idealista, las guerras deben hacerse para poner fin a la guerra. Kissinger, como teórico y como practicante, no comulgó con esta visión, después instrumentalizada por los neoconservadores en la invasión de Iraq en marzo de 2003.

Como afirma Walter Isaacson, biógrafo de Kissinger, «el legado de su infancia fue su pesimismo filosófico». Y añade: «De la experiencia nazi [trece de los familiares de Kissinger murieron en campos de concentración nazis] solo se puede salir de dos maneras en política exterior: con una actitud extraordinariamente ética o con el realismo, es decir, con la búsqueda de la preservación del orden a través del equilibrio del poder o en la predisposición a utilizar la fuerza como herramienta de la diplomacia».50 Tanto sus admiradores como sus detractores están de acuerdo en que es brillante analizando el interés nacional y el equilibrio del poder.

Kennan, el artífice de la política de la contención, mezcló realismo para conformar la política exterior de la guerra fría. Según Kissinger, si se quiere entender cómo funciona el mundo, hay que estudiar lo que pasó en Europa hace trescientos cincuenta años. El cardenal Richelieu, entonces primer ministro de Francia, desarrolló el concepto de «interés nacional» mientras trataba de evitar el resurgimiento del Sacro Imperio Romano Germánico, al que consideraba una amenaza para la seguridad de Francia, a pesar de que las dos potencias europeas eran católicas. Desde entonces, el interés nacional, para los realistas, dejó de estar relacionado con los objetivos religiosos o morales. Más tarde, en el siglo XVIII, la diplomacia del equilibrio de poder fue perfeccionada por Inglaterra, un Estado insular cuya seguridad se ha relacionado históricamente con la necesidad de preservar el equilibrio en la Europa continental.

Una vez derrotado Napoleón, los dirigentes europeos buscaron en el Congreso de Viena (1814-1815) un equilibrio de poder que perduró, a través del denominado Concierto Europeo, durante más de medio siglo, hasta que Otto von Bismarck desapareció de la escena y el desequilibrio condujo a la Primera Guerra Mundial. A este siglo de relativa estabilidad dedicó Kissinger su tesis doctoral (A world Restored, 1957), con el austríaco Metternich y el inglés Castlereagh como héroes.

La escena diplomática estadounidense se la han repartido históricamente de forma desigual los idealistas, para quienes la propagación de los valores norteamericanos es lo que da fuerza a su política exterior, y los realistas, que prefieren subrayar los intereses nacionales, la credibilidad y el poder. Kissinger, que leyó más ávidamente a Metternich que a Jefferson, no solo pertenece al grupo realista, sino que reiteradamente oscureció, como dice Isaacson, su lado brillante como estratega y táctico con su debilidad por el secretismo y su desdén por los aspectos morales.

Nueve años antes de la invasión estadounidense de Iraq, Kissinger publicó Diplomacia. Y en esta obra advirtió de que el mundo estaba entrando en una era en la que muchos Estados con fuerzas comparables competirían y cooperarían en función de sus cambiantes intereses nacionales. Kissinger sentenció entonces que el final de la guerra fría —«el wilsonismo tiene pocos discípulos en Asia»—51 hace «menos practicable» el idealismo de Wilson, «la encarnación misma de la tradición del excepcionalismo norteamericano». En lugar de comprometerse en un acto de demostración moral, escribió, Estados Unidos tendría que participar en un equilibrio de poder con Europa, Japón, China y otros países. «El triunfo de la guerra fría ha hecho mucho más inalcanzable el sueño wilsoniano de la seguridad colectiva universal».52

Los neoconservadores, sin embargo, no le escucharon. Le tacharon de cínico. A Kissinger se le fue la mano realista, incapaz de envolver su realismo con el discurso moral que conforta a los estadounidenses. La última ironía es que, como el propio Kissinger admitió, Nixon ordenó que se colgara un retrato de Wilson en la Cabinet Room.

La tragedia de Kissinger es que su grandeza teórica no se vio confirmada en la práctica. Fue un brillante académico, pero también tuvo un lado profundamente oscuro. Como realista, trató de demostrar que la estabilidad internacional es un derecho humano. Pero la manera en que pretendió alcanzar la estabilidad, siempre en nombre de los intereses nacionales, no fue susceptible de ser incluida en un catecismo sobre ética. Galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 1973, Kissinger fue admirado por ser el arquitecto de la normalización de las relaciones con China, iniciativa que fue decisiva en la posterior derrota de la Unión Soviética. Pero en su hoja de servicios hubo demasiados grandes borrones: desde la invasión de Timor Oriental por las tropas indonesias, hasta el golpe de Estado que derrocó al presidente chileno Salvador Allende. Christopher Hitchens escribió sobre Kissinger: «Muchos, sino todos los cómplices de Kissinger, están encarcelados, o pendientes de juicio, o han sido castigados y desacreditados de alguna otra manera. La única impunidad que él disfruta es su rango; huele que apesta».53

Robert Dallek, autor de celebrados libros sobre Franklin D. Roosevelt, John F. Kennedy y Ronald Reagan, encontró oro cuando un día buscaba entre las veinte mil páginas de transcripciones de conversaciones telefónicas mantenidas por Kissinger. En una de estas conversaciones, del 16 de septiembre de 1973, una vez derrocado Allende, Nixon y Kissinger hablaban del golpe. Kissinger se quejaba de que «en lugar de celebrarlo», los periódicos estadounidenses lloraran porque se había «derrocado a un Gobierno procomunista». «¿No es un logro?», preguntaba Nixon. «En la etapa de Eisenhower, seríamos héroes»; respondió Kissinger.54

En 1968, Kissinger era asesor para Vietnam en la Administración del demócrata Lyndon B. Johnson. Entonces, vietnamitas y estadounidenses negociaban en París, y Kissinger trabajaba en la campaña presidencial de Nelson Rockefeller, en esos momentos su príncipe y rival de Richard Nixon en el bando republicano. Kissinger, realista, comenzó a pasar a Nixon la información que tenía sobre las negociaciones, temeroso de que un acuerdo de última hora le hiciera perder las elecciones ante Rockefeller.

Kissinger informó a Nixon de que en París se había llegado a un acuerdo: una vez cesaran los bombardeos comenzarían las negociaciones finales. Poco después se hizo público el acuerdo, lo que dio un empujón a la candidatura del demócrata Hubert Humphrey. Pero tres días antes de las elecciones, Nguyên van Thieu, líder del régimen anticomunista de Vietnam del Sur, desafió al presidente Johnson y se negó a unirse a los negociadores. El dirigente survietnamita no viajó a París y Nixon ganó las elecciones.

Una vez Nixon se instaló en la Casa Blanca, Kissinger fue nombrado asesor de Seguridad Nacional. Un colega suyo, Daniel Davidson, aseguraba que Kissinger, refiriéndose a una eventual retirada de Vietnam, sentenció: «Nuestro objetivo es tener un intervalo decente entre la retirada de las fuerzas estadounidenses y la violación de la primera virgen». En enero de 1973, Kissinger y Le Duc Tho, jefe de los negociadores vietnamitas, firmaron el acuerdo de paz, cuyo contenido fue prácticamente idéntico al propuesto por la Administración Johnson en 1968. Cinco años más tarde, Kissinger recibió el Premio Nobel. Le Duc Tho no lo aceptó.

La desaparición de la Unión Soviética en 1991 dejó a Estados Unidos como única superpotencia, lo que cambió el mundo, no el 11 de septiembre de 2001. Pero estos atentados fueron interpretados por Bush como una oportunidad para alumbrar un orden internacional basado en cuatro ideas: la preservación del orden unipolar, la primacía de la fuerza, el ejercicio unilateral del poder y el derecho al ataque preventivo. El resultado fue un desastre.

Con los esfuerzos para comprender la escena después del 11 de septiembre ocurre lo mismo que con la elaboración de una teoría sobre el conjunto de la historia, su finalidad y las normas que presiden las transformaciones. La historia, para unos, evoluciona en línea recta e ininterrumpida; para otros, lo hace como una espiral, y para el resto no se mueve de ninguna de las dos maneras. Con el escenario de después del 11 de septiembre pasa tres cuartos de lo mismo, ya que no resulta fácil señalar el principio central que lo define. ¿Qué mueve ahora el mundo: el día después de Estados Unidos (Fareed Zakaria), el choque de civilizaciones (Samuel P. Huntington), la anarquía global (Robert D. Kaplan), la lucha por los recursos (Michael T. Klare) o la llamada pax mercatoria, que nos promete la paz de la mano de la interdependencia geoeconómica (Montesquieu: «La paz es el natural efecto del comercio»; Kant: «El espíritu del comercio, que es incompatible con la guerra», y J. S. Mill: «El comercio está rápidamente haciendo la guerra obsoleta»)?

El final de la guerra fría, dominado por las capacidades militares, convirtió a Estados Unidos en una hiperpotencia. Josep Fontana afirma que «las causas fundamentales de este enfrentamiento [en la guerra fría] hay que buscarlas en la voluntad de Estados Unidos de construir un mundo que funcionase de acuerdo con sus reglas, que se quería legitimar con la pretensión de que eran las únicas que garantizaban el progreso».55 Fueron los tiempos de George H. W. Bush, Bill Clinton y el primer mandato de George W. Bush. Pero el «momento unipolar», como el neoconservador Charles Krauthammer lo bautizó en 1991, duró poco.

En el siglo XX, Estados Unidos intentó varias veces crear un orden internacional basado en sus propios valores. Primero, Wilson impulsó la Sociedad de Naciones. La segunda vez, Franklin D. Roosevelt se inspiró en Wilson. La tercera ocasión fue cuando Bush padre recuperó la retórica de Wilson para anunciar un nuevo orden internacional. «Un orden en el que ninguna nación debe renunciar a su propia soberanía; un orden caracterizado por el gobierno de la ley más que por el recurso a la fuerza», dijo Bush padre. Clinton se refiere a ello como «el arte de gobernar del siglo XXI». Y también una cuarta vez, cuando Bush hijo, de la mano del unilateralismo, pretendió un nuevo orden internacional por las bravas, lo que acabó como el rosario de la aurora.

El término «estrategia nacional» se refiere a la manera en la que un país utiliza los medios de que dispone para proteger y promover su seguridad, sus principios y sus intereses. No faltan analistas estadounidenses que consideraron que la doctrina Bush significó una ruptura con el pasado, especialmente por los medios empleados, entre ellos el ataque preventivo. Sin embargo, William Kristol, director de la revista neoconservadora The Weekly Standard, insiste en que Bush respetó una línea que se remonta a la doctrina Monroe, con la que Estados Unidos se libró de la influencia europea en el continente americano en el siglo XIX, y a las doctrinas Truman y Reagan. La doctrina Truman oficializó la ayuda estadounidense a gobiernos aliados para contener la expansión soviética. Y la doctrina Reagan fomentó la revuelta contra los insurgentes apoyados por los soviéticos y sus aliados. Y nada más caer las Torres Gemelas de Nueva York, diversos oficiales de la Administración Bush se apresuraron a comparar la guerra global contra el terrorismo con la guerra fría, y no solo por su posible larga duración, sino por la necesidad de una contención del nuevo enemigo, que por primera vez no era de carácter estatal.

La rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética manipuló numerosos conflictos cuyos orígenes tenían poco que ver con la guerra fría, conflicto que, según un estudio del International Institute for Strategic Studies, costó la vida a diecinueve millones de personas. La guerra de Vietnam, por ejemplo, fue en realidad una lucha de liberación nacional. Y la revolución sandinista, considerada por la Administración Reagan como otra fase del expansionismo soviético, tuvo que ver más con la injusticia de la situación nicaragüense que con la creación de un Estado prosoviético a un paso de Texas. Ambos conflictos terminaron engullidos por la lógica de la guerra fría. La guerra antiterrorista también manipuló los conflictos. ¿Qué es, por ejemplo, el terrorismo en el conflicto palestino-israelí: la causa o la consecuencia? ¿Y en Iraq? ¿Qué ha sido el terrorismo en Iraq: la causa o la consecuencia? Un estudio del Peace Research Institute Oslo —PRIO— (Trends and Causes of Armed Conflicts, 2001), ha clasificado las causas de los conflictos actuales, cuya inmensa mayoría son de carácter interno (no entre Estados), de la siguiente manera: 1. Las condiciones económicas; 2. Los sistemas políticos represivos; 3. La degradación de los recursos renovables (erosión, deforestación y falta de agua), y 4. La diversidad étnica.

¿Cuándo surgió la idea de actuar unilateralmente: antes o después del 11 de septiembre? Mucho antes de que Bush entrara en la Casa Blanca, un think tank (laboratorio de ideas) neoconservador redactó un documento, «Rebuilding America’s Defenses: Strategies, Forces and Resources for a New Century», en el que proponía lo siguiente: «Antes, el objetivo estratégico era la contención de la Unión Soviética; hoy el objetivo es preservar una seguridad internacional que se corresponda con los intereses e ideales estadounidenses [...] El objetivo es asegurar y expandir las zonas democráticas; evitar la aparición de un nuevo competidor, y preservar un favorable equilibrio de poder en Europa, en Oriente Medio y en la región de petróleo circundante».56

El documento fue obra del Project for the New American Century (PNAC), creado en 1997 y considerado como el manifiesto fundacional neoconservador. El presidente y cofundador del grupo, William Kristol, era director de The Weekly Standard, la biblia neoconservadora fundada en 1995 y financiada por el magnate periodístico Rupert Murdoch.

El seminal documento del PNAC se inspiró a su vez en un informe interno del Pentágono, escrito por Paul Wolfowitz, después subsecretario de Defensa con Bush hijo, «Defense Planning Guidance», en el que afirmaba que Estados Unidos «debe desanimar a las naciones avanzadas de cualquier intento de desafiar nuestro liderazgo o de aspirar a un liderazgo regional». Este informe fue repudiado por Bush padre.57 Y también por Bill Clinton. Pero Bush hijo rescató, al acceder a la Casa Blanca, las ideas de Wolfowitz. Y los dirigentes del PNAC no solo experimentaron en su laboratorio de ideas con Afganistán, sino también con Iraq.

La primera década del siglo XXI ha conocido los cambios más profundos desde el inicio de la guerra fría, tanto políticos como económicos, sociales y tecnológicos. Estados Unidos entró en una fase de interdependencia con China. En Asia se ha generado el acontecimiento de nuestra era: el ascenso de China e India. En Oriente Próximo, la «Primavera Árabe» ha demostrado tener un incierto futuro. En América Latina, sus economías han crecido, pero también el populismo y el crimen organizado. África tiene ahora veintinueve de los treinta y nueve países más pobres del mundo, con una esperanza de vida de cincuenta y tres años, y más de veinticinco millones de personas están infectadas de sida. La globalización se ha acelerado con decisivas innovaciones tecnológicas como internet. Y las emigraciones se han mundializado con las globalizaciones de la economía, el transporte y la información, que ha empequeñecido el mundo.

La década de 1980 fue decisiva. Los demócratas estadounidenses habían dominado las factorías de ideas desde los tiempos de Roosevelt. Un factor determinante de la hegemonía estadounidense en el siglo XX fue su modelo económico, una combinación de producción y consumo de masas —así como masiva intervención pública—, pero la guerra —otra vez la guerra— cambió las cosas: hasta la década de 1940 no se superaron las cifras de desempleo de la Gran Depresión. Y, en cuanto a la política exterior, el internacionalismo liberal apostó por la «convergencia armónica» y las instituciones multilaterales. Pero esta catedral ideológica comenzó a tambalearse en la década de 1980.

Un nuevo tipo de conservadurismo comenzó a desplazar el antiguo sistema económico. Eran los tiempos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Entonces surgieron los primeros think tanks neoconservadores, que después serían el fundamento de la política exterior de George W. Bush. El modelo económico, ya experimentado en el Chile de Augusto Pinochet por Milton Friedman y su Escuela de Chicago, se transformó en el «capitalismo milenarista», según la definición de Walter Russell, basado en el triunfo de la tecnología y la desregulación.58

El resultado fue la crisis financiera de 2008. Durante años, los precios de las acciones y de la propiedad inmobiliaria habían estado subiendo. El día del juicio llegó cuando reventó la burbuja inmobiliaria. Las instituciones financieras de Wall Street ganaron millones de dólares gracias a complejas inversiones respaldadas por las hipotecas, pero el mercado bursátil se hundió. Según S. Mitra Kalita, «la riqueza total de las familias estadounidenses disminuyó en 2008 en once billones de dólares, cantidad igual a la producción de Alemania, Japón y Gran Bretaña juntas».59

Eran los tiempos en que Nicolas Sarkozy, entonces presidente de Francia, reclamaba una refundación del capitalismo. Uno de los casos más escandalosos fue el protagonizado por American International Group (AIG), una empresa de seguros arruinada por las inversiones de riesgo que fue rescatada por masivas inyecciones de dinero público (173.000 millones de dólares, pero la compañía pagó 165 millones de dólares en concepto de primas para los ejecutivos de la división que habían provocado la crisis). En Estados Unidos se habían concedido masivamente unas hipotecas denominadas subprime, caracterizadas por unos tipos de interés en principio bajos y que parecían responder a la voluntad política de favorecer el acceso a la vivienda de las clases bajas (lo que, sin duda, contribuyó a la reelección del presidente Bush). Pero la burbuja estalló en 2008 y Bush pidió al Congreso 700.000 millones para rescatar a los grandes bancos. Fue una medida que no convenció al estadounidense corriente, que no acababa de entender que Wall Street disfrutase de los grandes beneficios generados en la época de las vacas gordas y que ahora, cuando las vacas estaban flacas, se le pidiera a él que pagase la factura.

La excusa más utilizada para explicar el embrollo es que no había otra salida. Los bancos habían crecido tanto que si se hubiera permitido que se hundieran, habrían arrastrado a todo el sistema. En otras palabras, como se ha dicho para descartar un hipotético rescate de la economía española, los bancos eran demasiado grandes como para dejarlos caer sin hacernos daño. La Administración Obama pagó, aunque para apaciguar a los indignados, pidió que se limitasen las primas a los ejecutivos. Pero el consejero delegado del AIG, Edward Liddy, replicó que las primas deberían continuar siendo cuantiosas. «No podemos atraer y retener a los mejores y más brillantes talentos si creen que su remuneración estará sometida a ajustes continuos y arbitrarios», dijo.60

¿Dónde está entonces el talento? En su declaración ante los comités del Congreso, Alan Schwartz, exconsejero delegado de Bear Stearns, confesó en 2009: «Sencillamente, no he sido capaz de dar con algo que hubiera cambiado lo más mínimo la situación». Y más de uno de sus colegas insistió en que, en realidad, fueron víctimas de unas fuerzas económicas que «no podían controlar». Pero estas respuestas resultan inquietantes para los ejecutivos, como advierte el filósofo Michael Sandel en Justicia. «Si es cierto que los bancos fueron víctimas de unas fuerzas económicas que les desbordaron, ¿a quién habrá que atribuir el éxito —y las primas— en los tiempos de las vacas gordas: al talento de los ejecutivos o simplemente a que entonces la economía iba bien?».61

¿Y en la Unión Europea? ¿Qué ha cambiado en Europa en la primera década del siglo XXI? Europa tiene al oeste a Estados Unidos, que le empequeñece política y militarmente; en el Extremo Oriente, la competitividad china agrava su economía y la de su Estado de bienestar; en el este, Rusia tiene la llave energética; y al sur, se encrespan los ánimos y alimentan un nuevo populismo que, junto con la crisis económica, amenaza la integración europea. La crisis del euro y del endeudamiento han disparado la preocupación por el desempleo y por el futuro de una sociedad que envejece. Y eso se traduce en un estado de malestar cuando avanzan las reformas impopulares.

Todo ha cambiado en el escenario internacional en el siglo XXI. El mundo ya no es como en los tiempos de Harry Truman. Y tampoco es unipolar, como los mandatos de George H. W. Bush o de Bill Clinton. El presidente Barack Obama está en un mundo diferente. Mientras la Administración Bush hijo se obsesionó en lo que parecía un choque de civilizaciones con el mundo musulmán y Europa se estancaba en la crisis, China e India anunciaban el siglo XXI como un siglo asiático.

Es la difusión del poder, que lo mismo puede originar un mundo bipolar (Estados Unidos y China), que multipolar o apolar. Obama ha reorientado las necesidades económicas, tecnológicas y militares hacia Asia, no hacia el Atlántico. En el año 2000, el PIB de Estados Unidos era ocho veces mayor que el de China; hoy solo lo duplica. Las diferencias entre las sociedades china y estadounidense seguirán siendo abismales en desarrollo, como en India, donde un centenar de oligarcas poseen el 25% del PIB, mientras que 800 millones sobreviven con un dólar al día. Y China se enfrenta al inmovilismo, la corrupción y las protestas. Pero, como afirma Shlomo Ben-Ami, «las crisis actuales en Estados Unidos y Europa, consecuencia primordialmente de los fallos éticos inherentes al capitalismo de Estados Unidos y las deficiencias de funcionamientos de Europa, acreditan la opinión de Spengler (La decadencia de Occidente, 1918) sobre la insuficiencia de la democracia y su rechazo de la civilización occidental por estar impulsada esencialmente por una corruptora avidez de dinero».62

La pax mercatoria, con la creciente interdependencia, parece rivalizar ahora con la óptica de la seguridad nacional. Jim O’Neill, del banco Goldman Sachs, acuñó el término «BRIC», formado por las iniciales de Brasil, Rusia, India y China, a lo que se añadió después Sudáfrica, transformándolo de este modo en «BRICS». Muchos analistas consideran que, en unas décadas, los BRICS podrían avanzar a algunas de las economías más desarrolladas de Occidente. La idea de la pax mercatoria procede de los pensadores de Ilustración.

Solomon S. Polachek argumenta que la guerra puede convertirse en una idea mucho más costosa, lo que incrementa la posibilidad de la paz. Pero eso no significa que el conflicto bélico sea menos probable que antes de la interdependencia. Michael T. Klare sostiene que «hasta época bien reciente los conflictos internacionales se regían por consideraciones políticas e ideológicas; en cambio, las guerras del futuro se harán, principalmente, por la posesión y el control de unos bienes económicos vitales, y más particularmente por los recursos que precisan las modernas sociedades industriales para funcionar [...] Durante los años próximos, las guerras por los recursos van a ser el rasgo más característico del entorno mundial».63 En Infiltrados, la película de Martin Scorsese rodada en 2006, el guionista deja caer «que habrá una guerra con China en los próximos veinte años» (las estadísticas de los planes de defensa han aumentado un once por ciento respecto al año anterior, 2010).

Kissinger se encuentra en Asia como en casa. Para el exsecretario de Estado, las relaciones entre los grandes países asiáticos en la posguerra fría son como la balanza europea del siglo XIX, cuando la teoría del equilibrio decía que los Estados buscan maximizar su poder pero el empate se mantiene si las alianzas impiden la hegemonía de uno de ellos. Asia reúne las características que rejuvenecerían a Kissinger.

En el tablero existen tres tipos de actores. En primer lugar, las grandes potencias, que son cinco: Estados Unidos, China, Japón, Rusia e India. Después, las potencias medianas, que no pueden imponerse pero sí inclinar la balanza, como Pakistán (en buenas relaciones con Pekín y Washington, pero rival de Nueva Delhi), Indonesia, Corea del Sur y Vietnam. Y, finalmente, los peones, como Laos, Camboya y Singapur. Estados Unidos es el primer actor en Asia, con alianzas (Japón y Corea del Sur) decisivas. Pero ya sufre la competencia. La influencia de China no para de crecer, desde Corea del Norte hasta Pakistán e Irán. Japón se refugia bajo el paraguas estadounidense. Rusia mueve muchos hilos, como demuestra en Irán. Y la quinta potencia, India, es cortejada por el resto.

¿Se trata de hacer con China una política de contención, como la de la Unión Soviética? Kissinger sugiere en su último libro, China, que la Comunidad del Pacífico se basará en intereses en una «época de reequilibrio del orden mundial». «La manera de definir y de establecer el equilibrio ha de determinar la naturaleza de la relación de Estados Unidos con China, y tal vez incluso en el mundo», escribió Kissinger.64

E. H. Carr afirmó que «la antítesis entre utopía y realidad, y entre la teoría y la práctica, también se reproduce en la antítesis entre radical y conservador, entre la izquierda y la derecha [...] El radical es necesariamente utópico y el conservador, realista [...] Así, la derecha es débil en la teoría y padece una inaccesibilidad a las ideas. La debilidad característica de la izquierda es su incapacidad de hacer funcionar su teoría en la práctica».65 Si esto es así, el cambio de régimen en Iraq constituyó un ejemplo de la mentalidad utópica de la derecha neoconservadora, algo nunca visto.

Un destacado miembro de la Administración Bush le dijo al periodista Ron Suskind en 2002: «Ustedes creen que hay que estudiar la realidad». «El mundo ya no funciona así», continuó. «Ahora somos un imperio, y cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad. Y mientras usted estudia esa realidad, nosotros estamos actuando y creando nuestras otras realidades, que podrá estudiar también, y así es como funcionan todos ahora. Somos actores de la historia, y ustedes, todos ustedes, se limitarán a estudiar lo que estábamos haciendo entonces».66 ¿Quién ha sido entonces el utópico?

Woodrow Wilson no tuvo en cuenta la política del poder. Fracasó con la Sociedad de Naciones, pero, como afirma Michael Mandelbaum, profesor de la School of Advanced International Studies of the Johns Hopkins University, sus ideas triunfaron. Mandelbaum afirma: «Wilson fracasó en su intento de persuadir de que el interés nacional residía en evitar una segunda guerra mundial». Pero Wilson triunfó en tres ideas: el liberalismo, la democracia y el desarme.

Kissinger, nada wilsoniano y partidario de la Realpolitik, termina su libro, China, con estas palabras: «El filósofo Immanuel Kant en su ensayo La paz perpetua afirma que la paz perpetua llegará por fin al mundo de una de estas dos formas: por medio de la idea humana o de unos conflictos y catástrofes de tal magnitud que dejen a la humanidad sin la otra alternativa. Ahora nos encontramos en esta coyuntura».67

En 1994, tuve un encuentro con Alvin Toffler, autor de Las guerras del futuro, en Washington. Toffler manifestó entonces que la imagen de «la revuelta de los ricos, que ya existe en Europa, puede provocar una partición de China, Brasil e India». Toffler se refería a la revuelta de los ricos contra los pobres dentro de un país con desigualdades sociales históricas, pero no es descartable en un conflicto bélico entre los Estados. Ahora está por ver si la pax mercatoria, con la globalización, puede solventar el dilema. Barack Obama empezó, al inicio de la crisis, enseñando los dientes a las instituciones financieras, y con el paso del tiempo se ha quedado con los asesores de sus precursores.

A lo largo de la historia, son muchas las ideas o paradigmas que se han puesto en práctica para resolver el problema del extranjero: el realismo clásico, neorrealismo, el realismo defensivo, el idealismo, el liberalismo económico, el conductismo o pluralismo, el estructuralismo, el posmodernismo y el feminismo. Todo esto sigue siendo válido. El mundo es una idea. ¿Realista o idealista? La doctrina Obama, cuando se trata de usar la fuerza, consiste en emplearla unilateralmente cuando los intereses nacionales se vean amenazados. «¿Por qué Michael Corleone, después de haber aceptado un nuevo orden, liquidó a sus enemigos?», preguntó uno de sus críticos. La experiencia, le contestaron: «La fuerza ha sido siempre, y siempre lo será, parte de la ecuación diplomática».

XAVIER BATALLA

Barcelona, 10 de abril de 2012

PRIMERA PARTE

1

8/11/2008
Quién cambiará a quién

Una vez acabada la Primera Guerra Mundial, a las 11 horas del día 11 del mes 11 de 1918, la escena internacional era un caos, como ocurre ahora, cuando Barack Obama, presidente electo de Estados Unidos, se prepara para afrontar el peor escenario internacional que un inquilino de la Casa Blanca ha heredado desde 1968, en plena guerra de Vietnam.

En enero de 1919, el presidente Woodrow Wilson viajó a París para participar en la conferencia de paz con un nuevo principio organizador bajo el brazo. Y a Wilson lo tacharon entonces de ingenuo, como ha hecho el republicano John McCain con su rival en el 2008, Barack Obama, por haber declarado que está dispuesto a reunirse con amigos y enemigos «sin condiciones».

El mundo había funcionado hasta 1914 como querían los realistas, esto es, a base de fuerza y diplomacia secreta, prácticas que, como afirmó Wilson al esbozar sus célebres Catorce Puntos,68 condujeron a la guerra. Y el presidente demócrata, idealista y multilateralista, propuso transformar el mundo con una Sociedad de Naciones que pudiera resolver los conflictos por las buenas. Obama afirmó tres días antes de ser elegido presidente de Estados Unidos: «Si me dais vuestro voto, no solo ganaremos estas elecciones, sino que cambiaremos este país y transformaremos el mundo». La Sociedad de Naciones fue creada para establecer un nuevo orden basado en la justicia.

Wilson condujo a Estados Unidos a la Primera Guerra Mundial en 1917 con el anuncio de que el conflicto pondría fin a todas las guerras. No acertó, lamentablemente. Y también impulsó la creación de un sistema de seguridad colectivo. Pero tampoco dio en el clavo, aunque no se equivocó en lo fundamental. La prueba de que esto es así es que sus ideas, desde la democratización hasta el concepto de seguridad colectiva, siguen siendo válidas, aunque esquivas, noventa años después.

¿Por qué, entonces, Wilson no se salió con la suya? La Sociedad de Naciones nació sin poder de coerción. En marzo de 1920, el Senado no ratificó el tratado y Estados Unidos no ingresó en el organismo, que se hizo débil. Es decir, Wilson, que ignoró la realidad del poder, fracasó, pero no sus ideas, que han sobrevivido a quienes le pusieron la zancadilla. La culpa no fue del aislacionismo, como a menudo se dice, sino del unilateralismo. Los republicanos se declararon dispuestos a ratificar el tratado si se aceptaba que Estados Unidos no se sintiera atado por el organismo multilateral. Pero no hubo acuerdo, y la consecuencia fue el aislacionismo.

No fue este el único revés sufrido por Wilson. En París, Wilson logró que la idea de la Sociedad de Naciones se materializara, pero, al mismo tiempo, franceses y británicos se impusieron al idealismo wilsoniano con respecto a Alemania, contra la que dictaron durísimas «reparaciones de guerra». El economista John Maynard Keynes, que formaba parte de la delegación británica en París, pronosticó antes de dimitir que las condiciones impuestas a Alemania provocarían otra guerra, y acertó. Es decir, el realismo de quienes prefirieron castigar a los alemanes y desconfiaban de Wilson, resultó ser poco realista.

Ninguna potencia hegemónica ha sido nunca un actor auténticamente multilateralista, y Estados Unidos no es una excepción. Pero el idealismo wilsoniano ha sido una constante desde hace noventa años en la política exterior de Washington. Lo chocante del caso es que con el idealismo wilsoniano ocurre lo que con el Himno a la alegría de Beethoven, que ha sido adoptado por la Unión Europea pero también lo fue por la Rodesia racista de Ian Smith. La última prueba de esto ha sido la instrumentalización hecha del idealismo por la Administración Bush, que dijo invadir Iraq por un impulso wilsoniano pero, al mismo tiempo, ignoró a la ONU, la heredera de la Sociedad de Naciones.69

Obama parece haber recuperado el idealismo americano. Bush militarizó la política exterior estadounidense, pero el presidente electo dice preferir las herramientas del diálogo y de la cooperación. ¿Quién cambiará, entonces, a quién? ¿Obama al mundo, o al revés? «Aquellos que creen que Estados Unidos va a decidir colectivamente con otras naciones corren el riesgo de sufrir una decepción. Obama se comportará como Clinton: primero preferirá ponerse de acuerdo con los aliados; pero después, si lo necesita, decidirá en solitario», ha declarado a Les Échos Hubert Védrine, exministro de Asuntos Exteriores francés.

29/8/2009
Una guerra de treinta años (I)

La primera gran guerra europea empezó con la defenestración de tres consejeros imperiales católicos. El 23 de mayo de 1618, un puñado de encolerizados protestantes arrojó al vacío a los tres consejeros desde el cuarto piso del castillo de Hradschin, que domina Praga. La caída de los consejeros fue el detonante de una guerra que asoló Europa durante treinta años, aunque no se trató solo de un conflicto religioso; también fue político, ya que se enfrentaron partidarios y enemigos del Sacro Imperio Romano Germánico (Primer Reich), que no era sagrado ni imperio.

La última gran guerra europea que ha conocido la historia empezó, el 1 de septiembre de 1939, con una patraña sangrienta. La Wehrmacht recibió la orden de invadir Polonia al amanecer de aquel día, pero las primeras víctimas se registraron una noche antes, cerca de la población de Gleiwitz (o Gliwice), próxima a la frontera con Polonia. Soldados de las SS sacaron a doce prisioneros del campo de concentración de Oranienburg —en las afueras de Berlín—, les obligaron a vestirse con unos uniformes y los mataron. Los cadáveres fueron expuestos después ante la prensa extranjera como «bajas polacas». Los miembros de las SS tomaron a continuación la emisora de radio de Gleiwitz. Hablaban en polaco y, a micrófono abierto, anunciaron que sus camaradas estaban invadiendo Alemania.

Otro preso de Oranienburg fue entonces asesinado y abandonado como «baja polaca». Al día siguiente, Hitler utilizó la patraña para justificar la invasión de Polonia. «Por primera vez, soldados polacos han atacado nuestro territorio; desde las 5.45 horas estamos contraatacando», dijo Hitler a los diputados alemanes. Gleiwitz no fue la causa de la Segunda Guerra Mundial. La derrota alemana en la Primera Guerra Mundial —«un conflicto trágico e innecesario de orígenes misteriosos», como ha escrito John Keegan— se selló con un tratado de paz firmado en el Salón de los Espejos de Versalles, donde medio siglo antes había sido proclamado el Imperio alemán (Segundo Reich). Por parte aliada, el documento fue suscrito por el presidente estadounidense, Woodrow Wilson; el primer ministro británico, David Lloyd George, y el presidente del Gobierno francés, Georges Clemenceau. Considerado un diktat por los alemanes, el tratado puso de manifiesto la dureza de los vencedores, que aprobaron, pese a las reservas de Wilson, unas vengativas reparaciones de guerra. Pero el Parlamento alemán acabó aceptándolo. Y el Gobierno del socialdemócrata Otto Bauer asumió la responsabilidad; la derecha y el Estado Mayor Imperial se opusieron, lo que marcó el inicio de la leyenda de la puñalada por la espalda, que fue fatal para la República de Weimar. Después de Versalles, Estados Unidos impulsó la Sociedad de Naciones, pero no formó parte de ella, y eso hizo que Francia y Gran Bretaña dominaran el escenario, aunque divididos por Alemania.

Francia, que sufrió la guerra en su casa, no perdonó; Gran Bretaña, que se consideraba recompensada con las colonias y la flota alemana, que logró a precio de saldo, favorecía la reintegración de Alemania. Estas diferencias alimentaron la ambición de Hitler. Primero se retiró de la Sociedad de Naciones; en 1935 violó las cláusulas de desarme; en 1936 envió tropas a la zona desmilitarizada; en marzo de 1938 anexionó Austria a Alemania; seis meses después, en Múnich, el británico Neville Chamberlain y el francés Édouard Daladier aceptaron la anexión de los Sudetes (Checoslovaquia), y en agosto de 1939 Berlín firmó un pacto de no agresión con Moscú. ¿Qué provocó, entonces, la guerra? ¿Las vengativas reparaciones de Versalles, como advirtió sabiamente John Maynard Keynes, o el caos de la economía alemana de entreguerras? La conflagración se debió a dos fracasos ante el síndrome milenarista y la demonología antisemita del nazismo: el fracaso de los que se creían realistas y el de los que se decían idealistas. Los primeros bendijeron un tratado de paz que pretendía ser realista, pero que logró lo contrario de lo que consiguió el realismo con Alemania después de 1945. La guerra que pretendía acabar con todas las guerras solo hizo que esta cambiara a peor, y que preparara el camino hacia otro conflicto. Y los idealistas también fracasaron porque la Sociedad de Naciones, sin Estados Unidos, se demostró inoperante.

La Paz de Westfalia puso fin a la guerra de los Treinta Años y fue la puntilla para el Sacro Imperio, después enterrado por Napoleón. Y la Segunda Guerra Mundial fue la prolongación de la Primera, que así duró tres decenios.70 La idea de que el mundo se dirige en el siglo XXI hacia un escenario en el que ya no habrá más conflictos a causa de la naturaleza de los Estados solo debe interpretarse como un pensamiento utópico.

5/9/2009
No todo son clavos (y II)

El historiador británico Andrew Roberts ha escrito sobre la Segunda Guerra Mundial: «Gran Bretaña puso el tiempo; la Unión Soviética, la sangre, y Estados Unidos, el dinero y el armamento» (The Storm of War, 2009). El resultado de esta conjunción de esfuerzos y sacrificios, desde la invasión de Polonia el 1 de septiembre de 1939, hasta la rendición de Japón, el 10 de agosto de 1945, cambió el mundo de arriba abajo: significó la derrota de las potencias del Eje; la muerte de entre cincuenta y cinco y sesenta millones de personas, la mayoría civiles; el hundimiento de Europa; la aparición de un mundo bipolar, con Estados Unidos y la Unión Soviética como superpotencias; el inicio de la era nuclear; el arranque del movimiento descolonizador, y, como corolario, la guerra fría. No faltan quienes responsabilizan de este desenlace a Yalta, pero la conferencia celebrada en Crimea en febrero de 1945 fue la consecuencia, no la causa.

El presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt llamó «Tío Jo» a Josif Stalin, pero no fue el responsable de la división de Europa después de la derrota del Tercer Reich. El frente del este se había convertido en el escenario central, con lo que la Unión Soviética llevó el mayor peso de la guerra en Europa hasta el desembarco en Normandía, y eso condujo a la ocupación soviética de Europa central y del Este, no Yalta. La mayor parte de los muertos alemanes se contabilizó en el frente oriental y, cuando se celebró la Conferencia de Yalta, los soviéticos estaban a tan solo setenta kilómetros de Berlín; estadounidenses y británicos ya no podían esperar grandes concesiones por parte de Stalin. La Conferencia de Yalta, que reunió a Roosevelt, Churchill y Stalin, tuvo oficialmente dos objetivos. Primero, la coordinación final para derrotar a las potencias del Eje y la obtención del compromiso soviético de entrar en guerra contra Japón después de la derrota alemana; y segundo, la concertación de los aliados ante el inmediato futuro, principalmente en Europa, aunque el carácter extraordinariamente ambiguo del acuerdo permitió todas las interpretaciones y ambiciones de los soviéticos, que no tardaron en ignorar los principios pactados de democratización y desmilitarización de las respectivas zonas de ocupación.

La guerra fría fue el resultado de la violación de las decisiones de Yalta y de las desconfianzas y ambiciones de cada bando. Pero Roosevelt no dividió Europa. Churchill fue decisivo en la victoria, aunque fue precisamente él, no Roosevelt, quien ofreció a Stalin un reparto cínico. Mucho antes de Yalta, el primer ministro británico propuso al líder máximo soviético lo siguiente, según consta de su puño y letra: «El 90% de Rumanía para Rusia y el 90% de Grecia para Gran Bretaña». Las rendiciones de Alemania y Japón pusieron fin a la guerra total, pero no a las guerras pequeñas. En 1918, el británico Lloyd George dijo: «La guerra de los gigantes ha terminado; ahora empezará la de los pigmeos». Y así sucedió, desde Turquía hasta Polonia, como también pasó a partir de 1945. En Grecia, la guerra se transformó en un conflicto civil que se extendió hasta 1949. En Palestina, después del horror del holocausto, nació el Estado de Israel, cuya fundación provocó la primera guerra árabe-israelí. Los conflictos considerados de liberación nacional se prolongaron durante años, en algunos casos hasta hoy.

La última guerra entre gigantes fue fría (1947-1989/1991). Fría en el centro y caliente en la periferia, donde modificó perversamente la mayoría de los conflictos locales o regionales. Hoy, después del «momento unipolar» dominado por Estados Unidos en la posguerra fría, el escenario mundial conoce una difusión del poder que puede compararse a la existente antes de la Primera Guerra Mundial, aunque con otros protagonistas. Y la naturaleza de los conflictos, al menos de momento, ha cambiado: ahora no se libra entre gigantes, sino asimétricos.

Estados Unidos posee el ejército más poderoso de la historia, pero le cuesta imponerse en Iraq y en Afganistán; el ejército israelí es infinitamente superior a Hezbollah, pero no fue capaz de derrotarle en la guerra librada en Líbano en el verano del 2006. Europa se autodestruyó en las guerras del siglo pasado, pero aprendió la lección. La Paz de Westfalia, que puso fin a la guerra de los Treinta Años en 1648, consagró la soberanía del Estado, pero la rivalidad entre los Estados, que son un invento europeo, destruyó Europa siglos después. Por eso los europeos se dieron en la segunda mitad del siglo XX la Unión Europea, organismo de carácter intergubernamental y supranacional, que no recurre a la fuerza para atajar los conflictos. Mark Twain lo advirtió: «Al hombre que tiene un martillo todos los problemas le parecen clavos». Pero no todos los problemas son clavos.71


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3/10/2004
De lectura obligada

Ha habido jornadas en la campaña electoral estadounidense en que la cuestión ha parecido ser más Vietnam que Iraq. No es extraño que haya sido así, y no solo porque George W. Bush lograra salvarse de la quema vietnamita, a cambio de jugarse la vida en la retaguardia, o porque John F. Kerry se ganara unas medallas que ahora se le discuten. Lo decisivo de Vietnam es que separó a los dos grandes partidos sobre el cómo y el cuándo debía utilizarse la fuerza, y eso también es lo que se discute en el caso de Iraq.

Bush no para de repetir las buenas intenciones que le condujeron hasta Bagdad. Por una parte, el deseo, encomiable, de derrocar a un tirano; por otra, hacer de Iraq un laboratorio del que el resto del mundo árabe debería aprender lo que vale una urna. Pero la oposición demócrata, como hizo a principios de los años setenta, prefiere poner el acento en la necesidad de que Estados Unidos, en la lucha contra el terrorismo, no vaya solo, sin el apoyo de sus aliados.

Graham Greene, de quien ayer se conmemoró el centenario de su nacimiento, dejó escrito sobre su héroe-villano en El americano impasible: «Nunca conocí a un hombre que tuviera mejores motivos para todos los problemas que ha creado». Esta paradoja, referida a la guerra de Vietnam, cuando Francia entregó el relevo en los años cincuenta, no es patrimonio estadounidense. Británicos y franceses también estaban convencidos de hacer el bien en sus buenos tiempos imperiales. Pero Greene hizo que el periodista cínico, Fowler, le dijera al americano idealista, Pyle: «Deberías comprender un poco más sobre los seres humanos, y esto también es aplicable a tu país». Greene sirvió en la Inteligencia británica, y esta experiencia le fue útil, por cuestiones morales y de las otras, para sus novelas y reportajes periodísticos. Se hizo católico, pero detestaba que se le clasificara como un escritor católico. En El americano impasible abordó el inicio del intervencionismo estadounidense en el Sureste Asiático; en Nuestro hombre en La Habana escribió una farsa sobre un vendedor de aspiradoras que es reclutado para ser espía; en Los comediantes narró la muerte bajo la dictadura de Duvalier; en El tercer hombre explicó las trampas morales de la guerra fría; en Descubriendo al general trató sobre la imposible tercera vía, y en El factor humano se las tuvo con el apartheid. Ahora, sin Greene, que murió el mismo año que la Unión Soviética, un profesor de la Universidad de Wisconsin, David Krugler, imparte un curso sobre política exterior estadounidense en el que entre los seis libros de lectura obligada figura El americano impasible.

La mayoría de los escritores distingue lo bueno de lo malo. Greene fue más lejos: supo separar la crueldad de la estupidez malévola. Para Greene no hay manera de ser buenos, tan solo se puede ser menos malo. «La vida no es blanco o negro; es blanco o gris», escribió para que le calificaran de realista ético. La interpretación realista de la guerra fría no distingue los motivos que animaron a Estados Unidos de los que movieron a los soviéticos: las dos superpotencias buscaron desnivelar a su favor el equilibrio de poder. Pero, para los estrategas estadounidenses, esta interpretación realista es injusta, ya que las intenciones de Washington eran buenas, y las de Moscú, malas.

18/11/2006
Los seis hombres sabios

Históricamente, la diplomacia estadounidense ha tenido muchos hombres listos pero pocos sabios. No es un caso único. El mismísimo Napoleón hizo un negocio geopolítico ruinoso con Estados Unidos al venderle Luisiana, territorio por recalificar pero más grande que la suma de Francia, Gran Bretaña, Italia, España, Alemania y Portugal, por unos quince millones de dólares. Los estadounidenses tienen especial predilección por seis hombres, inteligentes y amigos, que diseñaron el mundo de después de 1945.

Walter Isaacson, autor de la mejor biografía de Henry Kissinger, y Evan Thomas, también editor de Time, calificaron de «hombres sabios» a Dean Acheson, Averell Harriman, George F. Kennan, John McCloy, Jr., Charles Bohlen y Robert Lovett por ser los arquitectos de la política que sacó a Estados Unidos del aislacionismo para «asumir el peso de un papel global» (The Wise Men: Six Friends and the World they Made, Simon & Schuster, 1986).

Estos seis hombres, artífices de la doctrina Truman, el Plan Marshall y la política de contención frente a la Unión Soviética, articularon la diplomacia estadounidense desde la década de 1930 hasta la guerra de Vietnam. Estaban imbuidos del internacionalismo del presidente Woodrow Wilson, pero eran realistas hasta la médula. Y sus éxitos, como ha escrito James Jablonowski, profesor de la Universidad de Milwaukee, promovieron el libre comercio, la cooperación internacional y el pragmatismo. No todas las élites han tenido la misma suerte. La guerra de Vietnam, por ejemplo, destruyó la élite demócrata. James Schlesinger, antiguo secretario de Defensa, explicó, en una entrevista citada por David Ignatius en 1989, que Vietnam «resquebrajó la confianza de la élite y provocó una grave división; para que la política exterior estadounidense funcione como lo hace la clase gobernante en Europa, hace falta un alto grado de consenso, pero esta posibilidad fue destruida» («Foreign Policy: Back Comes the Establishment», International Herald Tribune, 17 de enero de 1989).

Las décadas de 1970 y 1980 fueron años sin consenso, sin bipartidismo, tanto con la presidencia del demócrata Jimmy Carter, que naufragó en el Irán de Jomeini, como con Ronald Reagan, que le dio la puntilla a la Unión Soviética. Pero el mundo cambió y también la élite de la política exterior. Cuando James Baker fue nombrado secretario de Estado por el presidente George H. W. Bush, el republicano hizo algo pasado de moda: consultó a sus predecesores, independientemente de cuál fuera su color político. Baker se entrevistó con Dean Rusk, William Roggers, Henry Kissinger, Cyrus Vance y George Shultz, es decir, con los hombres sabios de la época. El nuevo secretario de Estado pudo haberse inspirado en John F. Kennedy, que una vez fue presidente electo pidió consejo a Robert Lovett, uno de los seis hombres sabios, quien le recomendó que nombrara secretario de Estado a Dean Rusk. George H. W. Bush también prefirió inspirarse en el establishment tradicional.

Ronald Reagan representó el inicio de la ruptura, pero Bush padre rectificó, como demostró en la guerra del Golfo (1990-1991), en la que logró un amplio consenso internacional. Y Bill Clinton, aunque tuvo un tic unilateralista cuando en 1997 dijo que «Estados Unidos es la nación indispensable», frase atribuida al eminente historiador James Chace, no se separó tanto de la política exterior de Bush padre. Con Bush hijo, sin embargo, ha sido distinto: los neoconservadores, que debían ser sus hombres sabios cuando no había bipartidismo, dijeron inspirarse en el idealismo de Wilson pero abjuraron de su multilateralismo, y decidieron invadir Iraq para cambiar el mundo por las bravas.

Tres años después de invadir Iraq, y con la derrota electoral republicana del pasado 7 de noviembre, la fiesta neoconservadora parece haber terminado. El testigo ha pasado a manos de los realistas, como James Baker, que ahora preside una comisión bipartidista sobre Iraq, y Robert Gates, sucesor de Donald Rumsfeld. Los dos trabajaron para la presidencia de Bush padre. «Si estos hombres sabios hubieran estado en el poder hace cuatro años, la invasión de Iraq nunca se hubiera producido», ha escrito Toby Harnden en el conservador medio londinense The Daily Telegraph. Brent Scowcroft, consejero de Seguridad Nacional de Bush padre, se alejó de Bush hijo por estar en desacuerdo con la invasión de Iraq. ¿Qué pasará ahora, después del fracaso neoconservador? Jonathan Clarke, exdiplomático británico que colaboró con Gates cuando este era jefe de la CIA, y con Baker cuando mandaba en la Secretaría de Estado, dice verlo así: «[Los neoconservadores] se pelean entre ellos, acusándose mutuamente. Lo que significa el nombramiento de Gates es que nos encaminamos hacia la política exterior que esperábamos de Bush cuando tomó posesión: una política pragmática y no ideológica».

Roosevelt y Truman utilizaron la Segunda Guerra Mundial y la guerra fría, respectivamente, para construir una nueva relación de Estados Unidos con el resto del mundo. George W. Bush ha utilizado el 11 de septiembre para romper el statu quo, pero los sabios neoconservadores se pasaron de listos.

10/3/2007
El discurso de Truman

La guerra fría, expresión que explica el enfrentamiento protagonizado por Estados Unidos y la Unión Soviética en la segunda mitad del siglo XX, ha pasado a la historia como un conflicto del que se sabe cuándo acabó pero no cuándo empezó exactamente. Se sabe que Estados Unidos y la Unión Soviética no se combatieron directamente. Se sabe que fue un enfrentamiento entre un bloque occidental, de ideología liberal, geopolítica marítima y liderazgo estadounidense, por una parte, y un bloque oriental, de ideología marxista, geopolítica continental y liderazgo soviético, por otra. Y se sabe también que acabó con la caída del muro de Berlín. Pero no hay consenso sobre cuándo se inició.

¿Empezó todo con la revolución bolchevique de 1917? ¿En el desembarco aliado en Normandía, cuando el frente soviético dejó de ser el único en Europa? ¿Con la primera prueba nuclear en Alamogordo, que coincidió con la Conferencia de Potsdam? ¿En Hiroshima, con el lanzamiento de la primera bomba atómica, que también fue un aviso para los soviéticos? Estados Unidos, al romperse la gran alianza contra la Alemania nazi, tomó el relevo de Gran Bretaña como potencia hegemónica, empezando por la guerra civil griega, y el gran conflicto pasó a ser entonces un asunto entre Washington y Moscú. Siguiendo esta línea, el histórico discurso del presidente Harry S. Truman el 12 de marzo de 1947, cuando anunció ante el Congreso su determinación de dar respuesta al expansionismo soviético, puede tomarse como el comienzo de la guerra fría.

Sesenta años después de aquel discurso, que definió la política de contención que congeló el mundo durante cuatro decenios, el pasado 10 de febrero el presidente ruso, Vladimir Putin, enfrió las relaciones con Estados Unidos con una filípica en Múnich contra el unilateralismo de la Administración Bush, la expansión de la OTAN y la manía occidental de que la democracia rusa no es una democracia. Un ensayista alemán, Josef Joffe, interpretó estas palabras como el «inicio de una segunda guerra fría». ¿Es posible una guerra fría en la posguerra fría?

John Lewis Gaddis, el historiador de historiadores de la guerra fría, considera que la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética introdujo tres nuevos factores en las relaciones internacionales. Primero, el convencimiento de que la guerra entre Estados poderosos «se ha convertido en un anacronismo». Segundo, el descrédito de las dictaduras. Y tercero, la globalización de la democracia (The Cold War: a New History, Penguin, 2005). No existen, pues, según Gaddis, muchas posibilidades de otra guerra fría. Pero eso no quita que las relaciones entre Washington y Moscú vuelvan a ser ahora competitivas. Los dos países han cooperado, y cooperan, en distintos campos. Les unen las amenazas del terrorismo y de la proliferación nuclear (acuerdo con Corea del Norte). Pero hay muchas cosas que les enfrentan.

Estadounidenses y rusos compiten en distintas regiones, desde Europa hasta Asia Central, pasando por el Cáucaso. Washington considera de pocos amigos el hecho de que Putin aumente los gastos militares y se dedique a vender armas a Siria, Venezuela e Irán, al tiempo que utiliza el petróleo y el gas como armas naturales en el escenario europeo. Y Washington se ve correspondido por Moscú, que considera hostiles iniciativas estadounidenses como el proyecto de un escudo antimisiles en Polonia y la República Checa o la invitación a Georgia y Ucrania, en lo que Rusia considera como su esfera de influencia, para que ingresen en la OTAN. El enfrentamiento entre Estados Unidos y Rusia no es inevitable, como demuestran las prisas que un bando y otro han tenido ahora para rebajar la tensión provocada por las palabras de Putin. Pero la guerra fría tomó la forma que tomó por la actitud de las dos superpotencias, que reaccionaron en cadena, alimentando mutuamente sus ansiedades. Para Estados Unidos, la guerra fría se debió al expansionismo comunista; para los soviéticos, la explicación hay que buscarla en las pretensiones hegemónicas estadounidenses. Pero una interpretación realista de la guerra fría no distingue los motivos que animaron a unos y a otros: las dos superpotencias buscaron aumentar su influencia. Y eso es lo que sucede ahora, cuando unos y otros alimentan mutuamente sus ansiedades. Putin apoyó a Washington en la guerra de Afganistán, pero ahora ve cómo el narcotráfico afgano utiliza el suelo ruso como tierra de paso.

Putin se opuso a la guerra de Iraq, que perjudicó los intereses rusos. Y Putin pierde los estribos cuando denuncia cómo estadounidenses y europeos pretenden ganar aliados entre sus vecinos de Ucrania, Moldavia, Azerbaiyán, Armenia y Georgia, territorios que Moscú nunca ha considerado europeos. Sesenta años después del discurso de Truman, pues, la competición continúa, aunque ahora sea por otros medios, incluido el Irán de los ayatolás, donde Rusia tiene grandes intereses, por lo que es otro banco de pruebas para las relaciones Washington-Moscú.72

7/11/2009
El telón no era de acero (I)

Intelectuales rusos, obreros alemanes y campesinos chinos compartieron la idea del comunismo. ¿Qué movió a tan dispares sociedades, desde Europa hasta Cuba, pasando por Mongolia, a aceptar —o verse obligadas a aceptar— la idea comunista? ¿El sueño de una sociedad mejor? ¿La opresión? Lo que se sabe a ciencia cierta es cuándo empezó el experimento (el primer cañonazo del buque Aurora y la toma del Palacio de Invierno en 1917) y cuándo acabó, entre el 9 de noviembre de 1989, día en que cayó el muro de Berlín, y el 25 de diciembre de 1991, la que sería la última jornada de la Unión Soviética. Hubo quien acertó a ver el final del comunismo soviético.

John Lewis Gaddis escribió en 1987 que el conflicto había evolucionado hacia una estable «larga paz». Uno de los que acertaron fue Joseph Harsh (1905-1998), un periodista que, desde el principio, insistió en que el dominio soviético no sería permanente. Y su predicción se hizo libro, El telón que no es de acero (1950), aparentemente dedicado a Winston Churchill, quien en 1946 advirtió que «un telón de acero desde Sttetin, en el Báltico, hasta Trieste, en el Adriático, ha caído en Europa».

Durante tres decenios no existió un mundo comunista. Moscú se erigió en la Roma de un movimiento internacional, pero fuera de la Unión Soviética los fracasos fueron la norma. La revolución húngara fue aplastada en 1920; el Partido Comunista de Alemania, entonces el más poderoso de Europa, fue incapaz de frenar el nazismo; los comunistas chinos retrocedieron ante los japoneses, y Franco destruyó la Segunda República y la izquierda españolas. Pero el final de la Segunda Guerra Mundial lo cambió todo. El Ejército Rojo, no los activistas comunistas, construyó entonces un sistema de Estados comunistas, empezando por Europa central y oriental. Después, la derrota de Japón dio paso a los comunistas en China y Corea del Norte. Y el agotamiento de Francia contribuyó al triunfo de los comunistas vietnamitas. La última en añadirse a la lista fue Cuba, que se refugió en la Unión Soviética. No todo fueron avances. El imperio soviético comenzó a resquebrajarse nada más empezar. El primer satélite en abandonar la órbita fue la Yugoslavia de Tito, en 1948, y en 1953 se detectaron graves fisuras en la República Democrática Alemana, donde la revuelta popular hizo que Bertolt Brecht sugiriera al régimen que disolviera el pueblo y eligiera a otro. Después, en 1956, los polacos también protestaron, como los húngaros. Maoístas y soviéticos se enfrentaron en 1959. Y el aplastamiento de la primavera de Praga, que alimentó la herejía eurocomunista, remachó que el modelo soviético no era reformable.

¿Por qué el sistema no era reformable? Por su carácter totalitario y por la bancarrota de la economía planificada. El historiador marxista Eric Hobsbawm ha explicado la paradoja: los beneficiados por la Unión Soviética no fueron los trabajadores de la que decía ser la patria de los trabajadores, sino los trabajadores occidentales: mientras los obreros del bloque soviético las pasaban moradas, el miedo a un posible contagio revolucionario favoreció el pactismo social que fue la base del milagro económico en Europa occidental. Pero ¿por qué el Muro no fue tan resistente como el acero, pese a que en su construcción se emplearon setecientas mil toneladas de la aleación de hierro y carbono? El Muro, como los regímenes que arrastró en su caída, se hundió a causa de tres presiones opuestas: por un lado, las reformas de Mijaíl Gorbachov, que dejó claro que Moscú no intervendría más en los países del bloque; por otro, el inmovilismo de los dirigentes, a los que les horrorizaba el cambio, y, finalmente, la presión estadounidense, que fue la puntilla.

Zbigniew Brzezinski, asesor para la Seguridad Nacional de Carter, escribió en 1989: «El fenómeno comunista representa una tragedia histórica. Nacido de un idealismo impaciente que rechazaba la injusticia del statu quo, buscó una sociedad mejor y más humana, pero fue una gran opresión [...] Las mentes más brillantes y los corazones más idealistas quedaron cautivados, pero provocó algunos de los crímenes más horrendos de este o de cualquier siglo» (The Grand Failure). George F. Kennan, el diplomático estadounidense que inspiró la política de la contención, advirtió en 1946 que la represión demostraba la desconfianza de los líderes soviéticos hacia la población, por lo que, con una contención firme, el régimen se hundiría. David Priestland ha escrito en The Red Flag que Gorbachov, que quiso ser Papa y Lutero al mismo tiempo, odiaba a los burócratas, pero, irónicamente, ha añadido que el sistema se hundió porque Gorbachov fue nombrado precisamente por los burócratas.73

14/11/2009
Tres fríos telegramas (II)

La expresión «guerra fría» designa el enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética, que no asumieron el riesgo de combatirse directamente y lo hicieron por otros medios o por terceros interpuestos. Fue un enfrentamiento entre un bloque occidental, de ideología liberal, geopolítica marítima y liderazgo estadounidense, y un bloque oriental, de ideología marxista, geopolítica continental y liderazgo soviético. Una situación que, una vez en la era atómica, el politólogo francés Raymond Aron calificó acertadamente de «paz imposible, guerra impensable».

Pero ¿cuándo empezó la guerra fría? ¿Con la revolución bolchevique de 1917? ¿En el desembarco aliado en Normandía, cuando el frente soviético dejó de ser el único en Europa? ¿Con la primera prueba nuclear en Alamogordo, que coincidió con la Conferencia de Potsdam? ¿En Hiroshima, con el lanzamiento de la primera bomba atómica, que también fue un aviso para los soviéticos, entonces aliados? La mayoría de los historiadores prefiere señalar el discurso del presidente Harry Truman el 12 de marzo de 1947. Entonces, el sucesor de Roosevelt anunció ante el Congreso su determinación de dar respuesta al avance de los tanques soviéticos en Polonia, Rumanía y Bulgaria, así como al empuje de los partidos comunistas en Italia y Francia. Truman habló de la necesidad que cada nación tenía de escoger entre «dos estilos de vida: democracia o totalitarismo». Y esta retórica, hasta «el imperio del mal» de Ronald Reagan, terminó siendo una constante en la guerra fría.

Truman, demócrata, quería que el Congreso aprobara una ayuda de cuatrocientos millones de dólares para Grecia y Turquía, pero el Congreso era mayoritariamente republicano, lo que, según el senador Arthur Vanderberg, hizo que el presidente empleara un lenguaje convincente, es decir, el lenguaje maniqueo de la bipolaridad. Y los dirigentes soviéticos utilizaron el anuncio de la doctrina Truman para legitimar el represivo régimen de partido único. El discurso de Truman fue decisivo, pero las posiciones de los dos bandos ya se habían establecido un año antes. En febrero de 1946, George Kennan, un diplomático destinado en Moscú, envió a Washington un despacho telegráfico de dieciséis páginas, conocido después como Largo telegrama, donde expuso fríamente la necesidad de contener el expansionismo soviético. Convencido de que la crisis del régimen comunista estaba escrita en su propia naturaleza, Kennan se declaró contrario a militarizar la contención, pero propuso no mantener contacto alguno con Moscú para procurar su hundimiento. El telegrama fue publicado en 1947 bajo el título de Las fuentes de la conducta soviética y firmado con el seudónimo de Mr. X. Frank Roberts, encargado de negocios en la embajada británica en Moscú, también advirtió a Londres a primeros de 1946 sobre la necesidad de contener a los soviéticos. Y un telegrama del embajador soviético en Washington, Nikolai Novikov, fue la respuesta a Kennan y a Roberts, cuyo contenido, no menos frío, se dio a conocer después del hundimiento comunista. Novikov escribió: «La política exterior de Estados Unidos, reflejo de las tendencias imperialistas del capital monopolístico americano, se caracteriza por la búsqueda de la hegemonía mundial». Es decir, los tres fríos telegramas subrayaron el antagonismo ideológico que arrastró a los antiguos aliados al enfrentamiento.

La guerra fría no fue accidental: las dos superpotencias alimentaron mutuamente sus temores. Henry Kissinger lo explicó así en Newsweek en 1994: «Una vez que la visión del presidente Roosevelt sobre un sistema de seguridad colectivo supervisado por los cuatro vencedores se hundió irremisiblemente, Estados Unidos necesitó casi tres años para desarrollar la alternativa, que se conoció como la política de la contención. Destinada a evitar el expansionismo soviético, esta doctrina fue la guía para todas las administraciones durante más de cuatro decenios».

La guerra fría terminó con la derrota soviética, pero sigue pesando. El conflicto pervirtió enfrentamientos cuyas raíces nada tienen que ver con la guerra fría (conflicto palestino-israelí). Alteró las variables de la descolonización (caso de Vietnam, que de una guerra de liberación nacional pasó a ser una guerra ideológica tras el relevo de Francia por Estados Unidos). Fue el origen de la amenaza de la proliferación nuclear. Y alimentó el movimiento islamista en Afganistán (1979-1989), donde el invasor soviético fue derrotado por Pakistán, Arabia Saudí y Estados Unidos. Stephen Kinzer recuerda en Overthrow (2006) lo que dicen que Zbigniew Brzezinski, coautor del plan que derrotó a Moscú en Afganistán, dijo años después: «¿Qué es más decisivo para la historia: los talibanes o la caída del imperio soviético?».

La guerra fría comenzó con la ruptura de la gran alianza contra la Alemania nazi, la Italia fascista y el Japón militarista. En 1947, el presidente Harry Truman anunció su decisión de dar respuesta al expansionismo soviético, aunque tres telegramas ya adelantaron el conflicto en 1946. Nikolai Novikov, embajador soviético en Washington, envió el 27 de septiembre de 1946 un telegrama de diecinueve páginas a Viacheslav M. Molótov, ministro de Asuntos Exteriores, en el que afirmó que «la política exterior de Estados Unidos, reflejo de la tendencia imperialista del capital monopolístico estadounidense, busca la hegemonía mundial». George Kennan, diplomático norteamericano destinado en Moscú, transmitió a Washington el 12 de febrero de 1946 el Largo telegrama (cinco telegramas), que un año después fue la base de la doctrina del presidente Harry Truman. Kennan abogó por una «contención paciente, firme y a largo plazo del expansionismo de los soviéticos». Frank Roberts, encargado de negocios británico en Moscú, envió a Londres un telegrama a primeros de 1946. En línea con Kennan, explicó así la conducta soviética: «Un factor fundamental de la política soviética [es] la búsqueda de la seguridad para un Estado sin fronteras naturales y rodeado de enemigos».74

21/11/2009
¿Quién ganó la guerra fría? (y III)

Los guionistas de Los Simpson resolvieron hace tiempo el enigma del fin de la guerra fría. En un episodio emitido años después de la caída del Muro, los guionistas plantearon un diálogo en el que el delegado ruso ante la ONU se refería a su país como «la Unión Soviética», a lo que el delegado estadounidense replicaba extrañado: «¿La Unión Soviética? Creía que la Unión Soviética había desaparecido». «No. Eso es lo que nosotros queríamos que creyerais», contestó el ruso.

Tal vez sea eso lo que piensa Vladimir Putin, aunque los historiadores occidentales siguen discutiendo sobre quién ganó la guerra fría o sobre si la Unión Soviética falleció de causas naturales. ¿Quién tuvo la culpa de la desaparición de la Unión Soviética, que, para Putin, fue la peor catástrofe geopolítica del siglo XX? ¿Ronald Reagan, con su guerra de las galaxias? El historiador John Lewis Gaddis ha escrito que «Reagan fue un genio», igual que «otros visionarios» como Juan Pablo II, Lech Walesa y Margaret Thatcher (The Cold War: a New History, 2005). Pero Zbigniew Brzezinski, consejero de Seguridad Nacional de Jimmy Carter, ridiculizó este veredicto. «En su versión más simplista, esta interpretación de la historia podía llegar a adoptar la forma de un cuento de hadas», escribió Brzezinski en Tres presidentes. La segunda oportunidad para la gran superpotencia americana (Paidós, 2008). Y si no fue obra de un solo hombre, ¿la ganó Estados Unidos?

Arthur Schlesinger, Jr., asesor de John F. Kennedy, rebatió estas ideas en una entrevista concedida a este corresponsal en 1995. «La guerra la ganaron las democracias. La guerra fría se ganó porque el comunismo llevó a la Unión Soviética a un desastre económico, político y moral. Los que realmente la ganaron fueron los disidentes en el interior del imperio soviético», afirmó. Pero ¿qué fue lo más decisivo en la derrota de los soviéticos? En Francia se frotan ahora las manos con L’affaire Farewell (El caso Farewell), que es la historia de un topo francés en el Departamento T, brazo del KGB dedicado al espionaje industrial. El topo, según la versión francesa, fue el coronel Vladimir Vetrov, que pasó a París la devastadora información que dinamitó la Unión Soviética. Es decir, para los franceses, la guerra fría prácticamente la ganó Francia, según se verá en las pantallas cinematográficas. Pero los estadounidenses ven el final de la guerra fría de otra manera y aún debaten si quienes tenían razón fueron sus palomas o sus halcones. Y esta discusión se personaliza, como ha hecho Nicholas Thompson en The Hawk and the Dove (Henry Holt & Company, 2009), en George Kennan, que propuso contener diplomática, política y económicamente a la Unión Soviética, y Paul Nitze, quien, como halcón convencido, abogó por militarizar la contención.75

La puesta en práctica de la contención inspirada por Kennan la aprobó Truman, que ignoró tanto a los partidarios del apaciguamiento como a los que preconizaban la confrontación (rollback). Y la contención se basó entonces en la construcción de barreras económicas (Plan Marshall) y militares (OTAN) para impedir el expansionismo soviético. En la década de 1950, sin embargo, con John Foster Dulles como secretario de Estado, la contención se militarizó con pactos como el Anzus, el tratado con Japón, la Seato y el Pacto de Bagdad, después Cento. Y aquí fue decisivo Nitze, amigo pero antagonista de Kennan en el Departamento de Estado. Un mes después de la caída del Muro, Kennan sentenció: «Creo que habría sucedido antes si no hubiéramos insistido en militarizar la rivalidad».

Nitze abogó por la militarización por considerar que Estados Unidos se estaba debilitando. ¿Quién, pues, acertó? ¿El rearme estadounidense endureció a Moscú, como temía Kennan, o fue el rearme el que derrotó a los soviéticos? Thompson (nieto, por cierto, de Nitze) no se moja en su libro, por otra parte magnífico. Para Thompson, la simbiosis de Kennan y Nitze fue la que derrotó a los soviéticos. Pero Nitze, en una entrevista concedida a este corresponsal en 1995, admitió: «Coincido con Kennan en que el expansionismo fue desastroso para la Unión Soviética, ya que cuanto más abarcaba, más problemas políticos, económicos y sociales se creaban. No creo que Ronald Reagan o Estados Unidos derrotaran a la Unión Soviética. Fue la Unión Soviética la que se derrotó a sí misma». Veinte años después, ¿qué lecciones cabe extraer de aquel gran debate? Básicamente, dos. Primero, que Reagan, pese a su retórica incendiaria, no utilizó la fuerza, sino el diálogo y la diplomacia. Y, segundo: aunque los peligros sean ahora distintos, el realismo de Kennan se hace imperiosamente necesario, como escribe John Gray en Misa negra. La religión apocalíptica y la muerte de la utopía (Paidós, 2008), ya que «tratar con el terrorismo y la proliferación armamentística no es una tarea para misioneros o cruzados».


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12/6/2004
La teoría y la práctica

Ronald Reagan no fue un hombre de muchas ideas, pero las que tuvo eran fijas. Desde la presidencia de Franklin D. Roosevelt, los demócratas dominaron el debate durante casi cuarenta años. En palabras del senador Gary Hart, los demócratas construyeron una catedral ideológica cuyos cimientos fueron el Estado de bienestar, el multiculturalismo y los derechos civiles. Pero esta catedral comenzó a tambalearse con la entrada en escena de Reagan, un antiguo demócrata que no era un pozo de sabiduría pero que supo vender con éxito otras ideas distintas. Reagan ofreció más de un crecepelo; sin embargo, sus adversarios le subestimaron: para la mayoría de los estadounidenses no fue Willy Loman, el viajante de Arthur Miller, sino un presidente de película.

En Reagan abundaron las paradojas. Fue el candidato más viejo (sesenta y nueve años) en ser presidente, pero su optimismo fue histórico. Asumió la presidencia después de fomentar la desconfianza hacia el Gobierno, pero acabó sus mandatos habiendo restaurado la confianza de la ciudadanía en el ejecutivo. Habló de reducir el Estado, pero triplicó su deuda. Y le fallaba la memoria, pero fue un gran comunicador. Todas estas paradojas son ya historia, pero las ideas que defendió no le acompañaron ayer hasta la tumba. Reagan es el apellido que se invoca cada vez que se insiste en la confrontación y en la reducción de impuestos. Por eso su funeral, que ha permitido refrescar su legado, le habrá demostrado a Bush que no hay mal que por bien no venga. Las raíces de los neoconservadores que tanto influyen en George W. Bush suelen buscarse en Leo Strauss (1899-1973), filósofo judío alemán que sembró su semilla en la Universidad de Chicago.

Reagan también fue clave. De la desconfianza de Strauss en los demócratas liberales, a los que acusó de la crisis de 1960, se alimentaron sus discípulos, mitad demócratas desilusionados y mitad idealistas wilsonianos. Y si Strauss los crio, Reagan los juntó. El neoconservadurismo no surgió por generación espontánea. Matt Bai afirma que «la ideología de la revolución republicana se cocinó durante décadas en think tanks derechistas» («Notion Building», The New York Times Magazine, 12 de octubre de 2003). Por eso, si Strauss fue el primer creyente, Reagan pudo ser, como practicante, el guía de la revolución. Buena parte de los ideólogos que hoy influyen en la política exterior estadounidense fueron reclutados por Reagan, cuya firmeza atrajo a los demócratas atormentados por lo que tildaban de parálisis liberal. Con Reagan crecieron la derecha cristiana y la primera generación de los think tanks neoconservadores, con Allan Bloom, discípulo de Strauss y fundador del centro de estudios de la Fundación Olin, a la cabeza. Y las visiones tradicionales de la economía y de la política exterior sufrieron entonces una sacudida decisiva. Francis Fukuyama, discípulo de Bloom, escribió El fin de la historia (1989), y Samuel P. Huntington, director del John M. Olin Institute for Strategic Studies, publicó su no menos polémico Choque de civilizaciones (1993).

Estas fueron las clases teóricas. Las prácticas se realizaron en Iraq, cuando Sadam Husein era menos malo que Jomeini; en Nicaragua, cuando Washington protagonizó el escándalo Irangate, con el que la venta de armas al enemigo iraní sirvió para financiar al amigo antisandinista, y en Afganistán, donde los primeros Bin Laden se crecieron ante los soviéticos con la ayuda estadounidense. ¿El resultado de la experiencia? Reagan empujó a los republicanos hacia la derecha por encima del ala moderada de Nelson Rockefeller, exvicepresidente que se sumió en el olvido, acusado de ser acomodaticio con la Unión Soviética, y cambió la escena internacional. «El hombre que derrotó al comunismo», ha resumido The Economist. Tal vez sea exagerado atribuir a Reagan todo el mérito del final de la guerra fría, pero no se le puede negar ni su contribución ni su empeño. «Conciudadanos, es un placer deciros que he firmado la ilegalización de Rusia para siempre. En cinco minutos empezaremos a bombardear», dijo Reagan, sin saber que se le oía mientras probaba un micrófono, el 11 de agosto de 1984. Fue su broma sobre el ataque preventivo. Y Bush hijo, con un empacho de teorías y con poca práctica a sus espaldas, se la tomó en serio.

19/5/2007
Excepcionalismos

Parece que el excepcionalismo ya no es nada excepcional. El término excepcionalismo, en materia de relaciones internacionales, suele reservarse casi en exclusiva a Estados Unidos, que no es un país que se diga hecho por la historia sino por una idea. Otra excepción es Israel, cuyo motor fundacional fue el sionismo. Y si rebuscamos en los libros de historia, daremos con la Unión Soviética, producto de otra ideología. Pero en Europa es la historia la que manda, aunque eso no quita que Francia haya sido vista históricamente como una excepción o que Gordon Brown, el próximo sucesor de Tony Blair, hable ahora de un «excepcionalismo británico».

El excepcionalismo es una teoría o creencia por la que alguien, pero especialmente una nación, se considera diferente al resto. Es lo que ocurre con Estados Unidos. Alexis de Tocqueville fue el primero en calificarlo de país excepcional. Pero al decir excepcional, Tocqueville no quería decir que fuera mejor o peor que otros países, sino simplemente distinto. Y ¿por qué sería diferente? G. K. Chesterton lo explicó de manera bien clara: «América es la única nación que se ha fundado sobre un credo». Ser estadounidense supone, de esta manera, la aceptación de un compromiso ideológico, basado en la libertad, el individualismo y el libre mercado, y no una cuestión de nacimiento o de historia. Seymour Martin Lipset, uno de los inspiradores del movimiento neoconservador, explicó el excepcionalismo estadounidense en los siguientes términos: «Los americanos son moralistas utópicos que pretenden institucionalizar la virtud, destruir al diablo y eliminar las instituciones y prácticas malignas» (American Exceptionalism: a Double Edged Sword, W. W. Norton & Company, 1996). Si esto es así, de Paul Wolfowitz, que esta semana ha anunciado su dimisión como presidente del Banco Mundial, podría decirse que es la excepción del excepcionalismo.

Quien fuera uno de los influyentes ideólogos de la intervención militar estadounidense en Iraq ha aceptado abandonar el cargo, pero no sin antes salvar algunos muebles. Wolfowitz decidió, de forma arbitraria, ascender y aumentarle el sueldo a su pareja; ahora ha logrado pactar, ante el disgusto de más de un europeo, que el Banco Mundial reconozca que el compañero de viaje de Lipset actuó éticamente y de buena fe. Wolfowitz, pues, es un caso bien excepcional. En Europa, las naciones se consideran deudoras de la historia y no de una ideología. Winston Churchill, que fue un realista excepcional, explicó la diferencia un día de 1940 en la Cámara de los Comunes. A Churchill le pidieron en aquellos tiempos, que eran de guerra, que promoviera la ilegalización del Partido Comunista, entonces contrario a intervenir en el conflicto. En su respuesta, el líder conservador dijo que el Partido Comunista estaba integrado por ingleses y que él no tenía nada que temer de un inglés. Gordon Brown parece tener ahora una idea excepcional del Reino Unido. Los amigos del actual ministro de Finanzas, según cuenta Mark Leonard, antiguo director del Foreign Policy Centre, dicen que Brown está decidido a desarrollar una filosofía del «excepcionalismo británico» («The Question Mark over Gordon Brown», International Herald Tribune, 11 de mayo de 2007). ¿Significa esto que es partidario de una política exterior idealista en el país realista por excelencia? Básicamente, trata de marcar distancias con su antecesor, cuyos diez años de gobierno han acabado como el rosario de la aurora por culpa de Iraq. Cuando los amigos de Brown hablan de excepcionalismo, lo que quieren decir es que el sucesor de Blair está decidido a defender los valores británicos y a poner el acento en la defensa de los intereses británicos, que, en su opinión, fueron ignorados por Blair cuando sugirió la incorporación de la libra esterlina al euro y cuando optó por seguir a pies juntillas a George W. Bush en la guerra de Iraq. Brown, según Leonard, no se entusiasma con la idea neoconservadora de democratizar Oriente Medio ni apoya un cambio de régimen por las bravas en Teherán. Es decir, Brown sería un realista en estado casi puro. Sarkozy, el flamante presidente francés, lo ha hecho al revés que Brown: en la campaña electoral no echó mano de la excepción francesa. De Gaulle compartía la creencia de que Francia estaba señalada por la Providencia para disfrutar de «un destino excepcional», pero Sarkozy dijo en la campaña que quiere cambiar el país para adaptarlo al mundo globalizado, no al revés. Siempre puede haber, sin embargo, una excepción.

Después de la victoria, Sarkozy advirtió a los gobiernos europeos de la necesidad de combatir el miedo de los ciudadanos que ven en la Unión Europea un caballo de Troya de la globalización. ¿Una declaración destinada al consumo interno en un país que se considera amenazado por la globalización? Puede ser, pero los comunitarios, que han recibido a Sarkozy con alivio porque no quieren más referendos sobre el tratado constitucional, temen que a cambio pida que, excepcionalmente, sea el escudo europeo el que proteja los intereses nacionales de Francia.

17/1/2009
El tercer líder global

George W. Bush termina el martes su segundo mandato como tercer presidente estadounidense global. Una vez acabada la guerra fría y desaparecida la Unión Soviética, el presidente de Estados Unidos, como ha escrito Zbigniew Brzezinski, ahora asesor de Barack Obama, empezó a ejercer de líder mundial, sin contar con ningún beneplácito internacional previo. Como si fuera Napoleón, quien arrebató al Papa la corona imperial, o la reina Victoria. El primer presidente en ser proclamado líder global fue George H. W. Bush (1989-1993), y el segundo, el demócrata Bill Clinton (1993-2001). Después de la victoria en la guerra del Golfo (1990-1991), provocada por la invasión de Kuwait por parte de Iraq, Bush padre resucitó la retórica de Woodrow Wilson para anunciar un nuevo orden internacional.

Bush fue ambicioso al definir lo que vio emerger de las cenizas de la guerra fría: «Un orden en el que ninguna nación deba renunciar a su propia soberanía; un orden caracterizado por el gobierno de la ley más que por el recurso a la fuerza, por la solución de las disputas mediante la cooperación en vez de la anarquía y el derramamiento de sangre, y por una confianza ilimitada en los derechos humanos». Como declaración de principios fue impecable, pero la euforia duró poco. Bush padre fue un líder global experimentado y con tacto diplomático, pero, según Brzezinski, «no le guió ningún proyecto audaz de futuro» (Tres presidentes, Paidós, 2007). Bush padre prefirió el statu quo. Después de Bush padre, Clinton y Bush hijo sí tuvieron visiones de futuro que dominaron el debate estadounidense sobre cómo debería organizarse el mundo después de la guerra fría.

El término que mejor definió la visión del presidente demócrata fue la globalización, un concepto que proyecta la visión de un mundo cada vez más interdependiente y que progresa a través de la cooperación multilateral. Según los partidarios de Clinton, Estados Unidos, como punta de lanza de la globalización, reforzó material y moralmente su liderazgo. Thomas L. Friedman, columnista de The New York Times que ve el mundo plano gracias a la globalización, se subió con entusiasmo a este carro. «América mantiene el mundo en orden», escribió. No todos en Estados Unidos se entusiasmaron con la visión organizadora del mundo que tenía Clinton. George Will, analista conservador pero no neoconservador, definió la década de 1990 de manera ocurrente. «En los años noventa, la historia se tomó unas vacaciones», escribió en un artículo que fue una crítica a Clinton, quien optó por reforzar o ampliar los organismos internacionales ya existentes como prueba de su voluntad multilateralista.

La doctrina rival que dominó la era de Bush hijo fue el neoconservadurismo, una cosmovisión maniquea según la cual Clinton no aprovechó la ocasión, cuando Estados Unidos era la hiperpotencia, para imponer una gran estrategia americana. Todo empezó a moverse en 1992 con un informe del Pentágono («Proyecto para un nuevo siglo americano»), elaborado por Paul Wolfowitz, en el que se sentenció que Estados Unidos debería evitar después de la guerra fría «la emergencia de cualquier futuro competidor global». Clinton, después de derrotar a Bush padre, hizo caso omiso de este documento por considerarlo radical. Pero Bush hijo lo rescató después del 11 de septiembre de 2001, cuando el temor y la ira facilitaron a los neoconservadores la puesta en práctica de una doctrina que, entre otras cosas, afirmaba que el antiguo desafío soviético se había transfigurado en islamismo combativo.

Los derrocamientos del régimen talibán (2001) y de Sadam Husein (2003) marcaron el punto culminante neoconservador. Pero la visión neoconservadora para rehacer el mundo no ha ganado para disgustos desde entonces. La ilusión de la doctrina de Bush fue la anunciada democratización de Oriente Medio, pero las elecciones celebradas entre los árabes en los últimos años solo han propiciado el avance del islamismo, como ha ocurrido en Egipto, o han reforzado a las fuerzas radicales a las que apoya Irán: Hamas y Hezbollah. Y la guerra contra el terrorismo dejó en segundo término los acontecimientos que se desarrollaban en Latinoamérica, donde no cesa el populismo, y en Asia, donde crecen las dos superpotencias emergentes: China e India. George W. Bush invirtió su primer mandato en la búsqueda de armamento de destrucción masiva que, se decía, tenía Sadam Husein. Al acabar su segundo mandato ya se sabe que el armamento de destrucción masiva —las denominadas hipotecas subprime— se hallaba en los subterráneos de Wall Street. Ocho años después, George W. Bush utilizó el 11 de septiembre contra el statu quo. Donald Rumsfeld, su primer secretario de Defensa, afirmó que el 11 de septiembre contenía la «oportunidad que la Segunda Guerra Mundial ofreció para remodelar el mundo». Este ha sido el resultado. Bush desencadenó el 7 de octubre de 2001 la guerra de Afganistán con el objetivo de eliminar a Osama bin Laden, líder de Al Qaeda. Lo que el mundo entendió que sería una represalia ejemplar se ha convertido en un conflicto que pone a prueba la credibilidad de la OTAN.

Bush derrocó a Sadam Husein en 2003, pero ha desestabilizado Oriente Medio. Irán, con Mahmud Ahmadineyad como presidente, se ha convertido en una potencia regional. El conflicto palestino-israelí se ha agravado. Y las autocracias árabes prooccidentales han aumentado su descrédito. Mientras tanto, movimientos no estatales (Al Qaeda, Hezbollah, Hamas, Ejército del Mahdi) se han visto confirmados como actores.

SEGUNDA PARTE

1

10/1/2004
La evolución de la guerra

Samuel P. Huntington, autor del célebre ensayo sobre el choque de las civilizaciones, ha entrado en el año 2004 con el pie derecho. El Foreign Office (Ministerio de Asuntos Exteriores británico) ha hecho público un documento en el que afirma que las batallas ideológicas de la guerra fría probablemente dejarán paso ahora a las confrontaciones derivadas de la religión y la cultura. El documento, que es una pieza de coleccionista dada la escasa publicidad con la que la diplomacia británica suele envolver sus preocupaciones, añade que una vez que las creencias religiosas se están convirtiendo en una fuerza fundamental en las relaciones internacionales, la cuestión afectará sobre todo a las relaciones entre las democracias occidentales y algunos países o grupos islámicos. Huntington no podía tener una crítica más favorable.

La guerra ha cambiado, y no solo en su aspecto tecnológico. Los europeos, por ejemplo, consideran que las guerras de religión las enterraron con la Paz de Westfalia, que en 1648 puso fin a la guerra de los Treinta Años. Westfalia no solo significó la puntilla para el Sacro Imperio, sino que fue el inicio del sistema de relaciones internacionales todavía vigente y basado en el Estado.

El Sacro Imperio se gastó una fortuna en su empeño por liberar Europa de protestantes y judíos; sin embargo, los estadistas, apelando a la razón de Estado, redujeron la religión a un recurso que se utilizaría según la ventaja táctica que brindara en las relaciones con el extranjero. Pero si la religión ya no es de armas tomar en Europa, ¿por qué, entonces, la insistencia en incluir el cristianismo en el prólogo de la primera Constitución europea?

La guerra, en cualquier caso, ha cambiado. Primero, como afirma Huntington, fue un asunto de reyes y príncipes; o mejor dicho, una disputa que tenían que resolver los que no eran príncipes. Este patrón de la guerra desapareció con la Revolución francesa, con la que el frente militar se situó entre las naciones. Y la guerra entre naciones fue reemplazada en el siglo XX por los conflictos ideológicos: primero, entre comunismo, fascismo y democracia; y después, en la guerra fría, entre comunismo y democracia.

La religión, sin embargo, no ha esperado a que Huntington la devolviera al frente. El siglo XX, por ejemplo, es una buena muestra. La guerra fría fue un conflicto entre dos concepciones ideológicas bien distintas del mundo, pero la religión no se tomó vacaciones en un conflicto en el que Ronald Reagan rebautizó a la Unión Soviética atea como «el imperio del mal». Y puede que la religión no explique del todo las guerras que destruyeron la antigua Yugoslavia, integrada por católicos, cristianos ortodoxos y musulmanes, pero ayuda a entenderlas, ya que los fundamentalistas nunca han sido mancos.

Después de la caída del muro de Berlín los conflictos se han disparado entre distintas etnias o diferentes religiones. No todo el mundo, sin embargo, rubrica el pronóstico de Huntington de que «el conflicto entre civilizaciones será la última fase de la evolución del conflicto en el mundo moderno».

Michael T. Klare, profesor del Hampshire College, es mucho más descreído. Casi al filo de los atentados del 11 de septiembre, Klare trazó una geografía de los conflictos (Guerras por los recursos, Urano, 2003) en la que advierte de la multiplicación de las guerras a causa de unos recursos vitales cada vez más escasos. Y lo sucedido en el último decenio del siglo XX no parece quitarle la razón. Los conflictos de la antigua Yugoslavia y África centraron la atención en las guerras étnicas, pero este enfoque no evitó los conflictos librados por el control de los yacimientos de diamantes y de cobre, la madera o las tierras de labranza. Para Klare, la competencia por el petróleo, el agua y los minerales ha provocado nuevas líneas de falla que no son ni políticas, ni ideológicas, ni de civilización o religiosas.

Las causas de la guerra, pues, no parecen abonar un solo modelo de conducta del poder. Después de todo, ¿qué explica la guerra de Iraq: el desinteresado proyecto ideológico de exportar la democracia al desierto o el interesado control de una región de importancia singular? El arzobispo de Canterbury, Rowan Williams, manifestó que sería inmoral e ilegal apoyar una guerra contra Iraq. Para Williams, el conflicto estaría únicamente dirigido a satisfacer los intereses egoístas de uno o dos países. Doctores tiene la Iglesia.

3/7/2004
Woodward o Hersh

La guerra suele tener mala prensa pero buenos periodistas. Iraq lo ha vuelto a demostrar desde que el 20 de marzo del año pasado la Administración Bush se puso el casco. Desde entonces, la guerra no solo se ha librado sobre el terreno, sino sobre el papel y en las ondas, sin excluir el cable. Y una de las consecuencias ha sido bien gráfica: en uno de sus momentos de euforia, Donald Rumsfeld, el secretario de Defensa que ha hecho suya la guerra, dijo recientemente en Iraq, ante un rendido auditorio en uniforme militar, que ya no lee periódicos. No todos los periodismos, claro está, son iguales. Y esto también se ha puesto de manifiesto en Iraq.

En Estados Unidos, por ejemplo, dos periodistas, Bob Woodward y Seymour Hersh, se han llevado la palma en los últimos meses por su cobertura de la guerra. Los dos han perseguido el mismo fin: explicar el conflicto, pero han utilizado medios distintos o, para ser más exactos, opuestos. En su libro Plan of Attack, Woodward, uno de los dos periodistas que desentrañaron el escándalo Watergate, mantiene que ha escrito la primera historia sobre cómo el presidente George W. Bush decidió atacar Iraq. Woodward afirma que, tan solo cinco días después del 11 de septiembre, Bush comunicó a Condoleezza Rice, su consejera de Seguridad Nacional, que ya estaba determinado a ajustarle las cuentas a Sadam Husein. ¿Cómo consiguió Woodward su información? ¿A espaldas de Bush? Nada de eso. Woodward escribió su libro después de entrevistar a no menos de setenta y cinco personajes que intervinieron en la planificación del ataque, incluido el mismo presidente Bush, quien le autorizó a citarle directamente.

Seymour Hersh, periodista que en 1969 reveló la matanza de My Lai en la guerra de Vietnam, también ha suscitado abundantes titulares de prensa por su investigación sobre las torturas y humillaciones sufridas por los prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib. Pero Hersh no ha investigado a través de entrevistas con altos funcionarios o dirigentes que no les importa que les graben o les atribuyan sus declaraciones.

Hersh, al contrario que Woodward, ha construido su historia a base de declaraciones de personajes de segunda fila dispuestos a hablar a cambio de mantener el anonimato. Es decir, Woodward ha elaborado su libro, como ha hecho normalmente en los últimos años, desde dentro del sistema. Es lo que en el argot periodístico anglosajón se denomina un insider, alguien con acceso fácil a los centros del poder. Hersh, por el contrario, ha investigado el escándalo de Abu Ghraib desde los pasillos subterráneos del poder, con acceso a fuentes que no quieren o no pueden dar la cara, por lo que, aunque publique en la revista The New Yorker, trabaja desde fuera. En síntesis, Hersh o Woodward son dos caras distintas del periodismo. Woodward, después de compartir en The Washington Post los laureles del Watergate con Carl Bernstein, se ha ganado una buena reputación de escribidor de libros sobre los secretos de la Casa Blanca. Pero no siempre ha salido airoso. En alguna ocasión se le ha ido la mano, incluyendo una preocupante tendencia a saber lo que piensan sus personajes. Una vez aseguró, sin pruebas documentales, que Bill Casey, director de la CIA, le confesó todo en el lecho de muerte. Hersh también tiene una fama merecida. Reveló las operaciones encubiertas de la CIA contra Salvador Allende, la autorización de Henry Kissinger para bombardear Camboya y el apoyo de Washington al programa nuclear de Israel. Pero Hersh ha sido acusado igualmente de echar algún que otro borrón. Es decir, de habérsele ido la mano. Por ejemplo, en Dark Side of Camelot, donde John F. Kennedy resultaba más sospechoso que las intenciones que han llevado a Bush a Iraq.

Woodward y Hersh son, pues, distintos, pero tienen algo en común, si hacemos caso a Noam Chomsky, para muchos el campeón de los analistas radicales estadounidenses. Chomsky insiste en Poder y terror (RBA, 2003) en que, incluso para dar cuerpo a las teorías de la conspiración, las fuentes más fiables que utiliza son las publicaciones no radicales, como son aquellas en las que publican Hersh o Woodward. Ya se sabe: si uno lee prensa puede tener ideas bien distintas a las de Donald Rumsfeld, que ya no lee diarios.

20/11/2004
Pragmáticos o guerreros

Raras veces el Departamento de Estado ha sido refugio de idealistas. Este ministerio es un lugar poco dado a poner la ideología por delante de los intereses nacionales. El Estado de Israel sabe bastante de esto. Israel fue asistido en su nacimiento, en 1948, por la ideología de los liberales demócratas, mientras los arabistas del Departamento de Estado ponían el grito en el cielo por el petróleo. Ideólogos y pragmáticos. Colin Powell, que ha presentado su dimisión como secretario de Estado, pertenecería al club de los segundos, a pesar de su interpretación en la ONU sobre las armas de destrucción masiva de las que nunca más se supo; Condoleezza Rice, su sucesora, sería de los primeros.

En 1948, una parte de la Administración Truman temía que el apoyo a Israel amenazara los intereses estadounidenses en el mundo árabe. Los abogados de esta posición fueron el Departamento de Estado, el Departamento de Defensa y las compañías petroleras. Pero el presidente presionó hasta conseguir que la Asamblea General de la ONU aprobara la Resolución 181, por la que se dividió Palestina en dos estados, uno judío y otro árabe. George Marshall, secretario de Estado, no se comprometió en público. Sumner Welles, subsecretario con Franklin D. Roosevelt, dejó escrito: «Por órdenes de la Casa Blanca, los funcionarios estadounidenses presionaron directa o indirectamente para asegurarse la mayoría en el voto final» (We Need Not Fail, 1948, pág. 63). Y James Forrestal, secretario de Defensa y contrario a que «un grupo [la presión sionista] ponga en peligro nuestra seguridad nacional», mantuvo que «los métodos para presionar a distintos países en la ONU rozaron el escándalo». (Forrestal’s Memoirs, 1951, pág. 363).

El centro de gravedad de las decisiones en materia de política exterior oscila entre el Departamento de Estado y el Consejo de Seguridad Nacional, que puede ser refugio de guerreros o ideólogos. Henry Kissinger y Zbigniew Brzezinski, dos de los consejeros de Seguridad Nacional más seguros de sí mismos, se impusieron a sus respectivos secretarios de Estado, William Rogers y Cyrus Vance, a los que les hicieron imposible la vida diplomática. En los dos casos, los consejeros prevalecieron cuando el secretario de Estado era un obstáculo para dar un golpe de timón. Kissinger actuó como un realista, aunque Salvador Allende podría decirnos algo distinto. Pero su entrada en escena confirmó un cambio, desde la distensión con la Unión Soviética hasta la normalización de relaciones con la China de Mao. Y Brzezinski consiguió que los derechos humanos fueran empleados por Jimmy Carter como un arma ideológica en la guerra fría. Rice no escapa a esta pauta, aunque con un matiz. El ascenso de Rice significa la confirmación del cambio en política exterior bendecido desde el Consejo de Seguridad Nacional en el primer mandato de Bush, quien parece convencido de haber logrado la cuadratura del círculo: la compaginación del apoyo a Israel con el acceso al petróleo árabe. Pero el nombramiento se explica, sobre todo, por su lealtad hacia el presidente: cuando hablaba Powell, no se sabía quién lo hacía; cuando hable su sucesora, sabremos que lo hace el inquilino de la Casa Blanca.

Rice, presbiteriana, comparte con Bush, metodista, la rara habilidad de saber dónde habita el demonio. Rice se dice guerrera pero realista, como el vicepresidente Cheney. Pero el 11 de septiembre, según admite, cambió su opinión sobre la bondad de la política de contención. Entonces aprendió que la mejor defensa es un buen ataque, especialmente si es preventivo. ¿Cómo cabe interpretar, pues, su ascenso? ¿Como un giro pragmático con respecto a las fantasías neoconservadoras o como la confirmación de una guerrera? Posiblemente, algo de las dos cosas. En el Departamento de Estado pueden recibirla como un mal menor, ya que peor sería tener un neoconservador de jefe. Pero a Rice tampoco le falta el ardor de los neoconservadores, entusiastas del idealismo americano. ¿Cuál será, entonces, la política exterior en el segundo mandato de Bush? E. H. Carr, autor de una de las más celebradas críticas al idealismo moderno, dejó escrito en 1939 que los estados europeos contemplan a los anglosajones como maestros en el arte de esconder sus intereses egoístas bajo el disfraz del bien general —The Twenty Years’ Crisis (1919-1939),76 pág. 79.

23/7/2005
Arquitectos de naciones

Bill Clinton entró en la Casa Blanca en 1993 como comandante en jefe de la única superpotencia. La amenaza soviética había desaparecido, pero abundaban los incendios. Desde la caída del muro de Berlín en 1989 hasta los atentados del 11 de septiembre del 2001, la mayoría de las crisis internacionales giraron en torno a Estados débiles o fracasados, como Somalia, Haití, Camboya, Bosnia, Kosovo, Ruanda, Liberia, Sierra Leona, Congo y Timor Oriental. En esta nueva escena internacional, el instinto de Clinton fue intervencionista, con la notable excepción de Ruanda.

La Administración Clinton intervino en Bosnia, Haití, Somalia y Kosovo, aunque los intereses estadounidenses no parecían directamente comprometidos. Y, según ha calculado Nancy Soderberg, autora de The Superpower Myth, el presidente demócrata nombró una cifra récord (55) de enviados especiales para resolver o prevenir conflictos desde el Ulster hasta Oriente Medio y desde India y Pakistán hasta Ecuador y Perú. Es decir, Clinton estuvo activo en el exterior, pero, enfrentado a un estamento militar reticente y a un Congreso hostil, no actuó decisivamente en muchos casos.

Las intervenciones de la década de 1990 fueron consideradas mayoritariamente como de carácter humanitario. En el debate predominó el argumento de que el sistema surgido en Westfalia (1648), cuyas piedras angulares son la soberanía y el Estado-nación, había dejado de constituir el marco para las relaciones internacionales de finales del siglo XX. Por eso, una vez acabada la guerra fría, dictadores y violadores de los derechos humanos no deberían seguir acogiéndose al principio de soberanía para protegerse mientras perpetraban crímenes contra la humanidad. En este contexto, la acción de Clinton fue multilateralista, aunque también comenzó a cambiar las reglas en lo que se refiere a la utilización de la fuerza. Este cambio fue corregido y aumentado por la Administración Bush, cuya debilidad no ha sido la intervención humanitaria.

En 1999, Clinton intervino en Kosovo contra Serbia, un Estado soberano, sin la autorización de la ONU. Lo hizo por razones humanitarias, para evitar la violación de los derechos humanos por parte del régimen de Slobodan Milošević, pero, a fin de cuentas, comenzó a modificar las reglas del juego, lo que posteriormente beneficiaría a la Administración Bush, que, en nombre de la seguridad, ha desacreditado la intervención humanitaria.

Con el primer Bush, el papel de las fuerzas estadounidenses en las operaciones de la ONU para el mantenimiento de la paz se redujeron drásticamente y la idea de construir naciones (nation-building), tan manejada por Clinton, fue archivada. Las prioridades de la nueva Administración pasaron a ser el proyecto de defensa antimisiles y la contención de China, la potencia emergente. Pero los atentados del 11 de septiembre facilitaron el cambio. Desde entonces, Estados Unidos ha librado dos guerras, en Afganistán e Iraq, aunque en la primera tuvo el apoyo de la ONU para contestar a la agresión y en la segunda resucitó la vieja doctrina del ataque preventivo.

Clinton, que suspendió la ayuda a Pakistán por el golpe del general Pervez Musharraf, nunca invirtió tantas energías como las empleadas en la reconstrucción de Afganistán e Iraq. Por el contrario, Bush, que empezó sin vocación de arquitecto de naciones, está comprometido ahora —atrapado, según se mire— en edificar en estos países un modelo democrático para el resto del mundo musulmán. Afganistán e Iraq, sin embargo, aún no saben qué es un boom en el sector de la construcción democrática. Y Pakistán, aunque aliado de Bush, contiene los huevos de la serpiente.

En suelo afgano, el talibán sigue dando guerra. Un informe de RAND Corporation, Establishing Law and Order after Conflict, ha concluido que las reconstrucciones de Afganistán e Iraq «están muy lejos de haber tenido éxito en el establecimiento de la ley y el orden». Y la organización Iraq Body Count ha revelado esta semana que el 70% de los veinticinco mil civiles muertos desde el inicio de la guerra iraquí, según sus cálculos, se ha registrado después de que Bush anunciara triunfalmente el 1 de mayo del 2003 que los grandes combates habían terminado. Toby Dodge, profesor de la Universidad de Londres y coautor de este informe, ha declarado a The Independent: «Iraq está descendiendo a la anarquía y la presencia de Estados Unidos no ayuda. Se ha demostrado su incapacidad para construir un Estado pacífico». La ironía es que Iraq, convertido en un Estado débil, parece necesitar ahora una intervención humanitaria para proteger los derechos humanos de la población civil.

17/9/2005
El huevo o la gallina

Todo orden internacional refleja la distribución del poder entre los Estados que conforman el sistema global. ¿Es Estados Unidos, entonces, una hiperpotencia, con más poder que cualquier combinación del resto de competidores, o simplemente es el primero entre iguales en una escena donde no solo importa el poder militar? Kofi Annan ha afirmado esta semana que «ni siquiera el más fuerte de entre nosotros puede tener éxito en solitario», lo que valdría tanto para Iraq como para Nueva Orleans. Pero el secretario general de la ONU también ha tenido que reconocer el fracaso de su proyecto de reforma del organismo, iniciativa que no hacía precisamente feliz a la única superpotencia.

Samuel P. Huntington, autor de El choque de civilizaciones, considera que el presente orden internacional no encaja en ninguno de los tres modelos convencionales. Un sistema unipolar es aquel en el que solo existe una superpotencia, ninguna potencia significativa y algunas potencias menores; un sistema bipolar es el dominado por dos superpotencias, y un sistema multipolar está integrado por diferentes potencias de fuerza comparable. Huntington considera que el presente orden es un extraño híbrido que denomina «sistema internacional uni-multipolar».

Los neoconservadores William C. Wohlforth, autor de The Stability of a Unipolar World, y Charles Krauthammer, autor de The Unipolar Movement, están convencidos de que Estados Unidos disfruta de más influencia que ninguna otra potencia ha tenido en la historia. En su opinión, la superioridad estadounidense es decisiva militar, tecnológica y geopolíticamente. En definitiva, Wohlforth y Krauthammer consideran que el presente orden internacional es unipolar, como lo fue la pax britannica en el siglo XIX.

Los partidarios del internacionalismo liberal sostienen que el sistema actual se mantendrá siempre y cuando los organismos internacionales sean un foro donde la potencia dominante y las potencias de segundo orden cooperen. Una superpotencia puede trabajar dentro de un sistema multilateral, insisten los internacionalistas, tanto por la necesidad de legitimar sus acciones como por la recompensa de no ir en solitario.

Los realistas están divididos. Unos sugieren que mientras la superpotencia dominante se comporte como un poder benigno, el sistema presente continuará, ya que sus eventuales competidores no lo considerarán una amenaza. Otros realistas, por el contrario, creen que todo sistema internacional está condenado a deslizarse hacia el equilibrio, por lo que sentencian que un orden unipolar es el más inestable de todos los posibles. Esta es la posición de Kenneth N. Waltz y Christopher Layne, que pronostican una transición hacia la multipolaridad, posibilidad que Niall Ferguson, autor de Coloso. Auge y decadencia del imperio americano (Random House Mondadori, 2005), considera el peor de los escenarios.

En síntesis, parece mayoritario el pronóstico de que hay orden unipolar para rato, aunque con condiciones. Y la primera de estas condiciones es la necesidad que tiene la superpotencia de subrayar su carácter de poder benigno y de ejercer su poder blando en lugar de basarse en la superioridad de su poder duro. Por tanto, la actual unipolaridad dependerá, al menos en parte, de la percepción que el mundo tenga de Estados Unidos, si lo considera un poder benigno o si lo contempla como un poder arrogante. Dicho de otra manera: su continuidad sin mayores sobresaltos estará en función de que los otros actores participen voluntariamente. Y la seguridad, en definitiva, también dependerá de la cooperación de estos otros actores, ya que el unilateralismo sin el complemento multilateralista es una invitación a posibles contrapesos estratégicos a Estados Unidos.

La Administración Bush ha actuado esta semana como un poder benigno y como un poder arrogante. La prensa liberal estadounidense ha admitido que el presidente utilizó en la ONU un tono multilateral, aunque fuera por necesidad. Pero Bush también obstaculizó la reforma del organismo. A Washington no le gusta la ONU actual, por eso Kofi Annan quiso persuadirlo de que, con su reforma, podría utilizar en el futuro el sistema multilateral, que significa una mayor legitimidad, en lugar de ir por libre, como hizo en Iraq. Pero en vez de participar en el proceso negociador, la Administración Bush prefirió torpedear la iniciativa con sus enmiendas de última hora. ¿Quién fue primero: el huevo o la gallina? La Sociedad de Naciones fracasó porque no fue operativa. Pero no fue operativa porque Estados Unidos no participó.

14/1/2006
León o elefante

El año 2006 ha resucitado una polémica que no había sido enterrada. Paul Kennedy, eminente historiador de Harvard, escribió a finales de los años ochenta un excelente libro, The Rise and Fall of the Great Powers (Unwin Hyman Limited, 1988), en el que pronosticó el declive de Estados Unidos. Como antes hicieran el historiador Carlo M. Cipolla y el periodista Walter Lippmann, Kennedy reparó en que la caída de las grandes potencias está estrechamente relacionada con la multiplicación de sus responsabilidades militares hasta que estas necesidades terminan superando sus fuerzas.

Kennedy, sin embargo, no tuvo suerte: su libro se publicó poco antes de que fuera la Unión Soviética, y no Estados Unidos, el imperio que se desmoronara. Michael Mandelbaum, autor de The Case for Goliath, donde explica cómo Washington actúa como un gobierno mundial en el siglo XXI, insiste ahora, dos decenios después, en el asunto.

Mandelbaum, especialista de la Universidad Johns Hopkins, argumenta que Estados Unidos es el país que, con su poderío militar, su compromiso diplomático y su protagonismo en la economía globalizada, mantiene estable el mundo, lo que es aceptado por la mayoría de países. La prueba de que esto es así, añade Mandelbaum, es que no se ha formado una coalición militar para contrarrestar el gobierno mundial que representa Washington. Thomas L. Friedman, columnista de The New York Times que ve el mundo plano gracias a la globalización, se ha subido con entusiasmo a este carro. «América mantiene el mundo en orden», ha escrito Friedman en su primer artículo del año.

Mandelbaum no es un neoconservador, aunque considera que la guerra de Iraq fue necesaria porque Sadam Husein amenazaba con desarrollar armas de destrucción masiva. Está tan convencido de esto que, en su opinión, lo que debería haber hecho George W. Bush es decir claramente que la guerra iba a ser un ataque preventivo y no tratar de justificar la acción con informaciones según las cuales el dictador iraquí tenía las citadas armas. En The New York Review of Books, el británico John Gray, antiguo thatcherista que ahora considera el neoliberalismo como un fundamentalismo económico, le ha contestado que, fuera cual fuera la excusa elegida, Bush seguiría teniendo ahora las mismas dificultades para poner orden en Iraq.

Para Mandelbaum, Estados Unidos «no es el león del sistema internacional que, para sobrevivir, aterroriza y devora a los animales pequeños y débiles. Es el elefante, que procura el sustento a una amplia variedad de criaturas —pequeños mamíferos, pájaros e insectos— porque genera alimento mientras está ocupado en su propia nutrición». Gray, en The Mirage of Empire, ve las cosas de otra manera. Dice que son legión los que consideran el cambio de régimen en Bagdad como una excusa para asegurarse el control de los recursos naturales iraquíes, ya que Estados Unidos es cada vez más dependiente del petróleo del golfo Pérsico, especialmente cuando la demanda de China e India se dispara.

En este contexto, afirma Gray, Washington ha optado por la geopolítica clásica: el despliegue de tropas en Asia Central y en el Golfo, que respondería al convencimiento de que se librará un Gran Juego como el protagonizado por Gran Bretaña y Rusia en el siglo XIX. Pero Gray advierte de que la intervención en Iraq solo adelantará una generación el declive de la hegemonía estadounidense. «Estados Unidos continuará siendo fundamental, pero el mundo se mueve hacia una escena en la que la paz dependerá de la acción concertada de diversas potencias; la seguridad global no se defiende con el lanzamiento de una campaña mesiánica para exportar la democracia», ha escrito.

Puede que Gray acierte: la concertación entre Estados Unidos y Europa, que fracasó en Iraq, parece ahora más posible en Irán. La diplomacia europea, cansada de ser toreada, ha acabado pasando la patata caliente, como proponía la Administración Bush, al Consejo de Seguridad, quien decidirá si se sanciona o no a Teherán. Pero para la concertación también son necesarias otras potencias con derecho a veto: Rusia, que se abstendría para no dañar sus negocios con Irán, y China, que es la potencia autónoma.

Mandelbaum considera que Estados Unidos, aunque sea un elefante, tiene un gran desafío. Kennedy sostenía que las grandes potencias se han expandido hasta alcanzar un punto en el que sus compromisos imperiales y los gastos superan sus recursos. Este desvío de dinero hacia fines militares acaba debilitando, advertía Kennedy, su economía y hace inevitable la decadencia. Mandelbaum ha actualizado la idea: «La gran amenaza para Estados Unidos no es China, sino el Medicare (la asistencia médica para ancianos) y la seguridad social (pensiones)». La deuda nacional estadounidense pasará de 3 billones de dólares a 11,2 billones en 2010. Solo los intereses de esta deuda, dice David Walker, el contador general, representarán 561.000 millones, es decir, el equivalente del presupuesto anual del Pentágono.

8/7/2006
La cruzada de la élite

John J. Mearsheimer, profesor del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Chicago, es un realista ofensivo, especie académica que se ha opuesto a la guerra de Iraq. Mearsheimer no es un realista clásico como Hans Morgenthau, que era un profundo pesimista sobre la naturaleza humana. Mearsheimer es pesimista sobre la naturaleza de quienes deciden, y posiblemente decidirán en el futuro inmediato, la política exterior de Estados Unidos.

Morgenthau definió después de la Segunda Guerra Mundial una visión de las relaciones internacionales basada en los intereses nacionales y no en los principios, como fue la norma idealista después de la Primera Guerra Mundial. Para Morgenthau, la anarquía internacional provoca la desconfianza de los Estados en los organismos internacionales, por lo que prefieren el equilibrio de poder (Politics among Nations, 1948). Mearsheimer, autor de The Tragedy of Great Power Politics (2001), explica de otra manera cómo funciona el mundo.

Mearsheimer acepta que el poder es la clave de la supervivencia, pero se separa del realismo clásico cuando se trata de medir cuánto poder quieren los Estados. Para los realistas clásicos y defensivos, la estructura internacional no invita a un Estado a aumentar su poder, ya que uniría a los otros Estados en su contra. Para Mearsheimer, la escena internacional provoca todo lo contrario, ya que el objetivo último de un Estado es ser hegemónico (si no, que se lo pregunten a los neoconservadores), lo que termina invitando a que los otros Estados se alíen en busca de un equilibrio del poder. No obstante, Mearsheimer comparte con los clásicos que el realismo, cualquiera que sea, parte de la base de que las relaciones internacionales son una lucha por el poder entre Estados que defienden intereses, no ideas, sean estas liberales internacionalistas o neoconservadoras.

«El mundo actual es multipolar. Estados Unidos es la fuerza dominante en el hemisferio occidental, pero el mundo le viene demasiado grande. En Iraq se ha demostrado que Estados Unidos no es invencible», afirmó Mearsheimer en una estimulante conversación con este corresponsal en el Institut Barcelona d’Estudis Internacionals, donde la semana pasada impartió un curso sobre seguridad. Mearsheimer se opuso desde el principio a la guerra de Iraq. Fue uno de los treinta profesores que, en el año 2002, firmaron una carta, publicada en The New York Times, en la que argumentaron que la invasión de Iraq distraería a Washington de la guerra contra Al Qaeda. Cuatro años después, Mearsheimer es contundente: «Estados Unidos ha sido humillado en Iraq; es un desastre estratégico, por lo que no creo que quiera repetir pronto otra guerra».

El pasado mes de marzo, Mearsheimer y su colega Stephen M. Walt publicaron un estudio, El lobby israelí y la política exterior de Estados Unidos (Santillana, 2007), que les ha procurado enormes quebraderos de cabeza, acusaciones de antisemitismo e intimidaciones incluidas. En el artículo se afirma: «La guerra de Iraq estuvo motivada en buena parte por el deseo de hacer más seguro a Israel». Ahora, el profesor mantiene, no sin ironía, que «la guerra no ha sido del interés de Estados Unidos ni de Israel; en realidad, los israelíes temen más a Irán, que tendrá la bomba atómica porque hay países interesados en que Estados Unidos no controle todo Oriente Medio y el petróleo».

¿Rectificará Washington? «Estados Unidos es poderoso y su élite, formada por liberales y neoconservadores, cree en una cruzada; los liberales impulsaron en los años noventa el imperialismo liberal, basado en una actitud moral y democratizadora; por eso apoyaron inicialmente la guerra de Iraq. La diferencia con los neoconservadores es que estos, cuando hablan de democratizar, ponen el acento en la fuerza y desconfían de las instituciones internacionales; los liberales demócratas, como Madeleine Albright, no se oponen a usar la fuerza, pero confían en el multilateralismo», afirma. ¿Qué pasará cuando Bush abandone la Casa Blanca? «El próximo presidente será más multilateral; de hecho, Bush ya lo es. Si quieres gobernar el mundo tienes que ser multilateral», añade.

Mearsheimer da la razón a los neoconservadores cuando afirman críticamente que Bush ha cambiado. Danielle Pletka, vicepresidenta del American Enterprise Institute, el think tank neoconservador por excelencia, ha publicado un artículo en el que acusa a Bush de «matar a su propia doctrina» (Los Angeles Times, 26 de mayo de 2006). «Pletka, partidaria de la doctrina que antepone la fuerza a la diplomacia, tiene razón; Bush, después de Iraq, ha comprendido que la fuerza tiene sus límites. Bush ha rectificado», afirma.

¿Qué cambiará si los demócratas vuelven a la presidencia? Mearsheimer, a quien cuando se le cita el realismo de Kissinger se le ilumina la cara, mueve la cabeza. «Hillary Clinton es más halcón en lo que respecta a Irán». Para William Pfaff, la rectificación de Bush es «un estofado de ideas neoconservadoras desacreditadas y geopolítica de Kissinger».

23/12/2006
Un trabajo imposible

Hace un año, Kofi Annan contó a un grupo de periodistas una anécdota sobre su aterrizaje en la Secretaría General. Annan recordó las críticas de que fue objeto por no haber cambiado el máximo organismo internacional seis semanas después de su toma de posesión, en 1997. «¿De qué se queja? Ha tenido más tiempo que Dios», le dijo el embajador ruso. Y Annan replicó: «Dios tuvo ventaja: trabajó solo, sin la Asamblea General, sin el Consejo de Seguridad y sin los comités». Pocos empleados pueden decir que tienen 192 (ahora, 193) jefes, pero es lo que le sucede ahora al secretario general. Y la experiencia de los siete secretarios generales que ha tenido la ONU, a los que el 1 de enero se les unirá el surcoreano Ban Ki-moon, sucesor de Annan, es que su trabajo es imposible.

La Asamblea General fue creada como un foro para discutir los problemas mundiales y articular unas normas globales. El Consejo de Seguridad nació para hacer cumplir las normas y mantener la paz, aunque Franklin D. Roosevelt lo ideó, con sus cinco miembros permanentes y su derecho de veto, como un directorio de los grandes, idea que se llevó el viento helado de la guerra fría. Y el cargo de secretario general fue inventado para gobernar esta vasta maquinaria de forma moderada y eficiente. Seis decenios después, sin embargo, los resultados son desiguales.

La Asamblea General es un foro de recriminaciones más que de diplomacia preventiva. El Consejo de Seguridad es el lugar donde los grandes miden sus fuerzas. Y la figura del secretario general, debilitado por las acusaciones de corrupción y nepotismo, es la diana predilecta de quienes consideran al organismo como algo irrelevante.

La ONU simboliza una gobernanza global, pero no dispone de los atributos de un Gobierno. Pero esto no explica todos sus fracasos, algunos clamorosos, como cuando en Ruanda, en 1994, hizo de Pilatos. La organización no siempre ha desempeñado un papel decisivo en el mantenimiento de la paz, en promover el desarrollo o en combatir a los liberticidas. Sin embargo, la ONU puede reivindicar su labor en la descolonización (proceso que cambió un organismo inicialmente de cultura europea), en la lucha contra el apartheid, en una larga relación de negociaciones de paz, en la extensión del imperio de la ley, en la promoción de los derechos humanos y de la igualdad entre los sexos, en la asistencia a los refugiados y en la defensa del medio ambiente. La ONU, no obstante, tampoco ha sido ajena a la corrupción, como ha demostrado Iraq, ni ha evitado ser manipulada por los Estados que la integran.

Tomemos, por ejemplo, las tragedias humanitarias, como las que han tenido o tienen por escenario Ruanda, Bosnia, Kosovo o Darfur. ¿Qué pueden hacer los cascos azules en tragedias como estas, en las que se desarrolla un conflicto entre tribus, gobiernos o insurgentes? Si los cascos azules apoyan a unos, recibirán la condena de los otros. Y si no luchan, entonces serán el blanco de las iras de todo el mundo. Annan, que esta semana se ha despedido entre lamentaciones, se ganó la ojeriza de Bush por decir que la guerra de Iraq, desencadenada sin el apoyo de la ONU, era ilegal; pero Annan no se irá como un héroe para el Tercer Mundo. ¿Por qué? Porque los gobiernos de estos países consideran que su decisión de poner más énfasis en la defensa de los derechos humanos es un neocolonialismo con otro nombre.

¿Es posible, entonces, alcanzar un consenso internacional sobre cómo debe ordenarse el desorden? Unos se dicen convencidos (hipócritamente, según Washington) de que más multilateralismo reforzaría a la ONU, que podría actuar como un sujeto. Otros prefieren ver la ONU como un objeto, ya que consideran que más multilateralismo solo haría que la organización fuera más irrelevante. Morton Abramowitz, responsable de International Crisis Group, organización independiente dedicada a la prevención de conflictos, resume así el problema: «Las potencias, grandes o pequeñas, solo se comprometen a detener las matanzas si dañan sus intereses nacionales». Y el asunto se agrava cuando se trata de los cinco países con derecho a veto en el Consejo de Seguridad. China, con grandes intereses en Sudán, ha bloqueado toda presión sobre el régimen sudanés a propósito del genocidio de Darfur.

The Human Security Report 2005, un estudio de la Universidad de la Columbia Británica financiado por Canadá, Noruega, Suecia, Suiza y Gran Bretaña, demuestra que las guerras han disminuido desde 1990, y las razones se resumen en tres: el final del colonialismo, el entierro de la guerra fría y el mayor activismo de la ONU para detener los conflictos o para prevenirlos. Y RAND, influyente think tank estadounidense, afirma que las dos terceras partes de las misiones de la ONU han sido un éxito en los últimos quince años, y eso que el coste anual de diecisiete operaciones de paz es menor de lo que Washington gasta en Iraq en un mes. Es decir, la ONU no está libre de culpa, pero los culpables son los Estados. Un trabajo imposible.

2/3/2007
El historiador de Camelot

Arthur Meier Schlesinger, Jr., muerto el pasado miércoles en Manhattan, siempre vivió en Camelot. Primero, porque pudo decir, como el senador demócrata Daniel Patrick Moynihan, que escribió más libros que los que leyeron sus críticos. Y, segundo, porque fue un historiador entusiasta de la agenda liberal demócrata, multilateralista y partidario del cambio para el avance social.

La infancia de Schlesinger fue privilegiada, una combinación de genes de primera clase, tutores brillantes, magníficas conexiones sociales y una posición envidiable para observar los sufrimientos provocados por la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Este bagaje le procuró un armamento sofisticado para interpretar la sociedad estadounidense: compasión, avidez de conocimiento, ironía y sátira. A la edad de catorce años, como cuenta en el primer volumen de su autobiografía (A Life in the 20th Century: Innocent Beginnings, 1917-1950), había leído 598 libros.

La primera vez que le entrevisté fue por casualidad. Le sorprendí telefónicamente en su despacho del decimoquinto piso del edificio del City College de Nueva York, en la calle Cuarenta y dos. Era septiembre de 1995, y Schlesinger, ya retirado, estaba recogiendo sus libros. «Estoy horriblemente ocupado, pero si viene a eso de las 11.30, estaré por usted», dijo. Y así fue.

El despacho no dejaba lugar a la duda. En dos fotografías se veía a Schlesinger junto a John F. Kennedy, cuyos mil días en la presidencia le dieron material para escribir un clásico, y en compañía de Robert Kennedy, también asesinado. Y unos cuantos libros más a la izquierda, Schlesinger estaba junto a George McGovern, el liberal demócrata que fue destrozado por Richard Nixon en las elecciones presidenciales de 1972.

La entrevista fue una lección. Menudo, de ojos pequeños que traslucían una extraordinaria inteligencia, fue rápido, conciso y punzante. «¿Qué opina de la reciente reducción del Estado de bienestar aprobada por el Senado?», le pregunté. «The New York Times la ha criticado y yo estoy de acuerdo», dijo. «Pero un editorial de The Wall Street Journal...», intenté contestar. «No me tomo en serio los editoriales de The Wall Street Journal; son increíbles», replicó.

El joven Schlesinger fue un activista demócrata. En The Age of Jackson, que escribió durante el cuarto mandato de Franklin D. Roosevelt, Schlesinger argumentaba que la democracia en la era de Jackson fue un movimiento social que empezó entre la ciudadanía pobre de las regiones del Este y del Sur de Estados Unidos. Este libro le valió el Premio Pulitzer en 1946 y, a continuación, fue contratado por el Departamento de Historia de Harvard, donde centró sus investigaciones en otra de sus debilidades: Franklin Roosevelt. Después de trabajar en la presidencia de Kennedy (se dice que se reunían cada día) y de abandonar Harvard, escribió A Thousand Days: John F. Kennedy in the White House (1965), con el que ganó su segundo Pulitzer.

Schlesinger siempre vivió políticamente en Camelot. Escribió los discursos de Adlai Stevenson en las campañas presidenciales de 1952 y 1956, de John Kennedy en 1960 y de Robert Kennedy en 1968. Como historiador no le fue a la zaga de un presunto ancestro, George Bancroft, considerado el primer gran historiador estadounidense. Y los genes tampoco le fallaron a la hora de observar la conducta humana y condenar el racismo. Schlesinger cuenta en su autobiografía una anécdota en la India del decenio de 1930. Su madre se dirigió a un oficial británico para preguntarle cómo se decía «gracias» en hindi. Y el oficial le contestó: «Ningún blanco debe dar las gracias a un indio por nada».

En los años noventa defendió la integración y criticó el multiculturalismo (The Disuniting of America), que lo consideró como una amenaza a la unidad cultural de Estados Unidos. ¿Una versión del choque de civilizaciones de Samuel Huntington? «No creo en el choque de civilizaciones, porque tampoco podemos contemplar a todas y cada una de las civilizaciones como algo monolítico», dijo en el encuentro de septiembre de 1995.

La segunda vez que entrevisté a Schlesinger eran tiempos de ataque preventivo. «La guerra preventiva unilateral no es legítima ni moral; es ilegítima e inmoral. Durante doscientos años no hemos sido esa clase de país», había escrito el historiador en agosto de 2002. Dos años después, en vísperas de las elecciones presidenciales que enfrentaron a George W. Bush y John Kerry, Schlesinger seguía siendo el liberal impenitente.

«¿Qué significa la “doctrina Bush”?», le pregunté. «El rechazo de la tradicional política exterior estadounidense. Creo que Woodrow Wilson estaba en lo cierto sobre la necesidad de una seguridad colectiva. Y también acertó Franklin D. Roosevelt con la fundación de la ONU. Los intereses y la seguridad de Estados Unidos se defienden mejor colaborando con nuestros aliados. El cambio operado, que significa el abandono de la política de contención y de disuasión, es perjudicial para Estados Unidos», contestó. Schlesinger ha muerto, a los ochenta y nueve años, sin salir de Camelot.

27/1/2007
Bush no es un zorro

Una antigua fábula griega, retomada por Isaiah Berlin en su ensayo sobre Tolstói, explica que algunas personas son como los zorros, que saben muchas cosas, y otras, como los erizos, que saben una sola cosa pero grande. Un erizo en política exterior es aquel que sostiene una gran teoría de la historia y la aplica continuamente a todo tipo de conflictos o contenciosos, se impacienta con quienes no la comparten y se muestra convencido de que, a la larga, su teoría se demostrará acertada. Un zorro, por el contrario, no se agarra a una única explicación de la historia, se muestra escéptico sobre la bondad de los grandes esquemas y prefiere extraer las enseñanzas de la práctica.

Philip Tetlock, psicólogo estadounidense que enseña en Berkeley, ha invertido más de veinte años en el estudio del comportamiento de los expertos cuando se les emplaza a que se pronuncien sobre el futuro. Predecir es uno de los placeres de la vida, pero no es un asunto fácil, sobre todo si se trata de decir, por ejemplo, quién ganará las próximas elecciones presidenciales estadounidenses. Tetlock terminó su estudio (Expert Political Judgment: How Good is it?) en el año 2003, y los resultados, con ochenta y tres mil vaticinios de unos trescientos consultados, le dieron que pensar. A la vista de las respuestas, Tetlock concluyó que los expertos aventajan en poco a periodistas o a quienes simplemente se informan con la lectura atenta de los periódicos. Y para explicar este fenómeno un tanto intrigante (para los expertos) distinguió a los consultados entre zorros y erizos.

Los erizos tienen una idea clara, a menudo fija, y se pasan la vida buscando la prueba que confirme su visión, al tiempo que manejan una amplia gama de posibles explicaciones para el caso en que la realidad se niegue a acomodarse a su punto de vista. Los zorros, según Tetlock, tienen más posibilidades de acertar, porque reúnen informaciones de distintas fuentes y, consecuentemente, ajustan sus puntos de vista al desarrollo de los acontecimientos. A estas alturas de la historia no hace falta ser un experto para concluir que fueron erizos políticos los que decidieron invadir Iraq y quienes, como George W. Bush, han rechazado las propuestas de la comisión bipartita copresidida por James Baker y Lee Hamilton, dos zorros que se han pronunciado por cambiar de estrategia a causa de los acontecimientos que se suceden en Iraq y en el resto de Oriente Medio.

El erizo es una persona que contempla los asuntos internacionales como algo susceptible de ser decidido por una única fuerza, sea esta el equilibrio de poder, que es la debilidad de los realistas; el choque de civilizaciones, que es la obsesión de Samuel Huntington; la globalización, cuyo apóstol periodístico es Thomas Friedman; o la propagación de la democracia, que es lo que anima intelectualmente a los neoconservadores. Pero el erizo no se para aquí: también es partidario de la teoría del gran líder; según esta visión, la guerra fría, pongamos por caso, no habría terminado si no hubiera sido por Ronald Reagan. El zorro suele ser más cauto y ajusta sus predicciones o su visión general a la luz de lo que dicen los acontecimientos, lo que no debe confundirse con un oportunismo ramplón. En definitiva, el erizo se agarra a una idea simple (a menudo, simplista), y el zorro suele ser más complejo.

Los dirigentes políticos necesitan tener algunas de las cualidades de los erizos. Eso es indudable. Ningún dirigente en su sano juicio político dirá que no existe ninguna posibilidad de que sus ideas, que considera fundamentales, salgan triunfantes. Pero las cualidades de los zorros también le son necesarias.

Por eso un erizo, si está al mando, precisa de colaboradores que sean zorros. No es esta, sin embargo, la norma en los tiempos que corren, cuando los dirigentes suelen rodearse de erizos, por lo general sumisos, para sentirse más seguros de lo que están haciendo. Bush, por ejemplo, comenzó su mandato como un zorro, aparentemente sin una idea fija de cómo ordenar el mundo de la posguerra fría. Y no se rodeó solo de erizos. Pero después del 11 de septiembre, la influencia de los neoconservadores ha demostrado que Bush no es precisamente un zorro.

Tetlock también ha publicado un interesante análisis sobre la tozudez de Winston Churchill. El primer ministro británico no fue un dirigente que permitiera que los hechos modificaran sus ideas fijas. Y gracias a esto, Churchill demostró que estaba en lo cierto con respecto a Hitler. Pero el gran erizo metió la pata, entre otros casos, en India, cuya independencia, a la que se opuso, dio por imposible. Bush tiene a Churchill como uno de sus héroes y ha admitido algunos de los errores cometidos en la guerra de Iraq, pero, como ha subrayado esta semana en su discurso sobre el estado de la Unión, sigue con su estrategia fija, que considera grande. Y Condoleezza Rice, su secretaria de Estado, ha sentenciado que «la historia está de parte de la Administración Bush» (The Wall Street Journal, 19 de enero de 2007). La idea que tuvo Isaiah Berlin es que no hay una gran idea.

26/1/2008
Es la política, estúpido

Ronald Reagan y Margaret Thatcher hicieron que la economía financiera regresara a la tierra en la década de 1980. Y la segunda víctima del final de la guerra fría —después, claro está, de la Unión Soviética— fue la política. Desde entonces, con Bill Clinton como primer presidente de la globalización, el mercado ha gobernado el mundo, dejando la política en un segundo término. Los tres últimos decenios se han medido por los índices económicos, por la Bolsa y por las subidas del petróleo.

El creciente temor a la recesión en Estados Unidos, con las consiguientes turbulencias, anuncia un nuevo ciclo económico que puede ser la penúltima señal de un cambio en la Casa Blanca. Pero ¿provocarán las actuales turbulencias la apertura de un ciclo político en el que se trate de meter en cintura a los cada vez más sofisticados y menos controlados sistemas financieros? Muchos, instalados en el confort occidental, prefieren ver la política como si fuera algo poco moderno y más propio de la periferia, como la manía de fumar.

Joseph Kennedy, padre del presidente Kennedy, fue un maestro en la multiplicación del precio de las acciones, maniobra a la que no pocos hicieron responsable del crac de 1929. Años después, Kennedy padre fue nombrado, ante la sorpresa de muchos, presidente de la Securities and Exchange Commission, el equivalente a nuestra Comisión Nacional del Mercado de Valores. Y el presidente que lo nombró, el demócrata Franklin D. Roosevelt, dijo que lo eligió precisamente porque Kennedy conocía todas las trampas de la Bolsa. El historiador Arthur Schlesinger ha dejado escrito que la familia del banquero J. P. Morgan «solía advertir a las visitas que no mencionasen el nombre de Roosevelt en su augusta presencia, no fuera que la furia le hiciese subir la presión sanguínea» (The Age of Roosevelt, 1985). El economista John Kenneth Galbraith añadió que es una opinión generalizada que Roosevelt, con su intervencionismo en la economía, salvó el sistema capitalista tradicional de Estados Unidos (La cultura de la satisfacción, 1992).

La crisis de 1929 llevó a Franklin D. Roosevelt a la Casa Blanca. En 1980, otra crisis provocó el cambio, aunque esta vez en beneficio de un republicano, Ronald Reagan, quien empezó a deshacer lo que Roosevelt hizo. Y en 1992, después de que los números no le cuadraran a George Bush padre, la victoria sonrió a Bill Clinton, cuyos asesores advirtieron que lo importante era la economía. «Es la economía, estúpido», fue el lema electoral que entonces hizo fortuna.

Los presidentes estadounidenses, como sus colegas occidentales, ya no tienen tanta influencia en la economía como a menudo se les supone. Pero les queda la política. Los candidatos republicanos en las elecciones presidenciales de este año, por ejemplo, son los que más se distinguen por la defensa de la libertad de mercado y la economía desreglamentada, que son los factores que posiblemente pueden explicar buena parte de las turbulencias actuales. El Gobierno es contemplado tradicionalmente por los republicanos como parte del problema, aunque la crisis actual tiene sus causas en la eliminación a partir de los años ochenta de los controles sobre el sistema financiero, y no al revés.

Los impuestos han decidido a menudo la historia, empezando por el hecho de que Jesús nació en Belén por su culpa. Pero los populistas también desconfían del Estado porque cobra impuestos. Mike Huckabee, aspirante a la candidatura republicana, ha llegado a proponer que el impuesto sobre la renta sea reemplazado por un impuesto sobre las compras. Y Rudolph Giuliani, no menos republicano, ha ironizado sobre la utilidad de los estímulos económicos procedentes del Gobierno. Estados Unidos tal vez no existiría como lo conocemos si no hubiera sido por un impuesto sobre el té que sacó de sus casillas a unos colonos que, enfurecidos, la emprendieron con los barcos británicos atracados en el puerto de Boston.

John Gray, asesor de Thatcher hasta que se cayó del caballo, es autor de un libro, Falso amanecer (Paidós, 2001), en el que plantea una desmitificadora comparación histórica: los gobiernos que actualmente son entusiastas del libre mercado dicen que se basan en el modelo de la era del laissez-faire, a mediados del siglo XIX, cuando los ejecutivos, empezando por el británico, sostenían que no intervenían en la economía. Pero la historia tendría su gran ironía: Gray sostiene que el laissez-faire no era el nombre más apropiado para definir una economía que fue posible gracias a la política coercitiva del Estado, entonces predemocrático. ¿Es la política, estúpido?

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