Kitabı oku: «El árbol del mundo»
El árbol del mundo
Viaje por los caminos de la violencia
y el progreso que han desembocado en Ucrania
Xavier Mas de Xaxàs
El árbol del mundo
Viaje por los caminos de la violencia y
el progreso que han desembocado en Ucrania

Índice
Prefacio
Capítulo 1 En el principio
Capítulo 2 El proyecto de morir
Capítulo 3 Europa se invade a sí misma
Capítulo 4 Banderas sobre el polvo
Capítulo 5 El sueño de Xi
Capítulo 6 Un planeta sin hombres
Capítulo 7 El ideal infinito
Anexo Mapas
Sobre el autor
Sobre el libro
Créditos
Prefacio
Empecé a escribir este libro hace más de un año, mucho antes de la caótica retirada estadounidense de Kabul y de la invasión rusa de Ucrania, antes incluso de que la pandemia empezara a disolverse y el mundo reconociera que el cambio climático es irreversible.
Ana Godó, directora de Libros de Vanguardia, me pidió que explicara lo que había visto a lo largo de mi carrera, las fuerzas que dan vida y tensionan el mundo. De hecho, el libro se titulaba El arco del mundo hasta que le propuse al artista Santi Moix que dibujara la portada. Pero él, en lugar de un arco, prefirió ver un árbol, un gran tronco siniestro y acogedor al mismo tiempo.
El árbol del mundo es también el de la vida, un símbolo propio de todas las culturas, fuente afianzada en la tierra y que aspira a lo más alto.
Vivimos un tiempo en el que no podemos estar seguros de casi nada, ni siquiera del progreso, el árbol que nos cobija. Cuesta tanto entender el presente que solo un charlatán se atrevería a anticipar el mañana. Así que en estas páginas encontrarán un relato que puede parecer contradictorio, con más preguntas que respuestas, historias y argumentos que espero los llenen de dudas porque la duda alimenta nuestra curiosidad y es la que, en definitiva, mueve el mundo.
Barcelona, marzo del 2022
Capítulo 1
En el principio
Tenía 26 años en abril de 1991 cuando subí al circo de Isikveren, un lugar remoto donde los dioses reinaban sobre los hombres y les negaban la vida.
Estados Unidos acababa de derrotar a Sadam Husein en Kuwait. Perdida la guerra, el dictador iraquí se había replegado en Bagdad, protegido por un ejército que todavía era temible. El presidente de Estados Unidos pidió, entonces, al pueblo iraquí que se levantara. Los chiíes en el sur y los kurdos en el norte, tal vez los menos iraquíes de los pueblos iraquíes, atendieron la llamada. Kurdos y chiíes pensaban que los norteamericanos irían en su ayuda tan pronto como los rebeldes se hicieran con el control de las comisarías y los ayuntamientos.
Isikveren se encuentra en un extremo de Anatolia, a casi 2.000 metros de altitud, en la cordillera de Hakkari, a donde se llegaba por una carretera bacheada y salpicada de controles militares turcos que luego se convertía en un camino forestal de alta montaña.
Los kurdos, casi todos sunitas, alguno cristiano, habían alcanzado aquel santuario de la miseria humana primero en automóvil y luego a pie, desde Erbil, Mosul, Dahuk y Zakho, atravesando las llanuras orientales del Tigris y subiendo las laderas meridionales de la cordillera de Hakkari que hace frontera con Turquía.
El primer día que subí allí me encontré con un cabo del ejército turco que tenía 18 años, un fusil de asalto cruzado sobre la espalda y un palo con el que golpeaba a los niños, las mujeres y los hombres que se arrodillaban sobre sacos rotos de grano, aguantando el castigo mientras recogían con las manos todo lo que podían.
Los más afortunados se habían hecho con fardos de mantas y comida que pesaban más de veinte kilos. Caían y lloraban bajo los golpes de los soldados, pero seguían adelante, subiendo hacia sus campamentos cientos de metros más arriba.
El cabo dejó de gritar para hablarme en inglés y ser amable.
–Jodidos kurdos –me dijo–. No quieren lo que les damos. Intentamos ayudarlos y se quejan. No puede uno fiarse de ellos ni tratarlos bien. Son peligrosos, mala gente, y yo de usted no volvería. Aquí no hay nada agradable que ver y, además, podría pasarle algo.
Los militares turcos empujaban a los kurdos montaña arriba. No querían que bajaran al valle. No querían que tuvieran acceso directo a la ayuda humanitaria que había llegado por carretera. Cuando las varas no eran suficientes, lanzaban piedras. Los militares más envalentonados disparaban al aire. No todos calculaban bien la altura.
El día anterior habían matado a una niña de 4 años mientras dispersaban a la multitud. Los aviones estadounidenses, como hacían a diario, habían lanzado ayuda en paracaídas, cajas que se reventaban al tocar el suelo. Contenían raciones militares, botes de leche en polvo, pan, galletas, chocolate y ropa.
Yo estaba con ellos. Tomaba notas y hacía alguna pregunta estúpida. Buscaba alguien que hablara inglés.
Me fijé en un joven que estaba en el suelo, de rodillas, protegiendo con los brazos lo que había conseguido, metiéndoselo en los bolsillos, por dentro del jersey. Me devolvió la mirada y se puso en pie, me sonrió y justo en ese momento una bala le perforó el pecho. Se desplomó al instante, con los ojos muy abiertos y las manos sujetando las galletas, el chocolate y la leche en polvo.
Un silencio muy espeso cayó entonces sobre nosotros, los refugiados y los soldados. Nadie se movió ni habló durante unos segundos que me parecieron horas. Un oficial turco dio finalmente la orden de replegarse y sus hombres obedecieron.
El joven yaciente aún sonreía, o eso al menos me parecía a mí. Era la primera vez que veía a una persona abatida. No me atrevía a moverme y no podía dejar de mirarlo. La herida tenía el tamaño de una moneda, pero no sangraba. Era un agujero oscuro en un suéter también oscuro. Le brillaban los ojos, tenía las manos muy sucias, el pelo enmarañado y el pie derecho mal torcido. Tres hombres lo levantaron y se lo llevaron a un dispensario de Médicos Sin Fronteras.
Entonces llegaron las mujeres con ululeos agudos, largos y sostenidos.
Al día siguiente regresé al campo con una mochila llena de aspirinas, mantas, calcetines y jerséis de lana gruesa que había comprado en el mercado de Cizre. Los periodistas acreditados ante el ejército turco y que disponíamos, además, de un salvoconducto de Naciones Unidas podíamos cruzar cualquier puesto de control. Yo había alquilado un Fiat 131 en el aeropuerto de Diyarbakir y conducido 250 kilómetros hasta Cizre, base entonces de la prensa y el personal humanitario. La carretera cruzaba la meseta hasta Mardin, una de las ciudades más bonitas de Anatolia, y bajaba después hacía las tierras bajas del Éufrates para girar hacia el este siguiendo la línea fronteriza con Siria.
Paré en Cizre porque allí estaba el último teléfono, una línea fija gestionada desde la centralita del hotel. Transmitir era lento y caro. Las colas para llamar eran largas y la fiabilidad del servicio muy baja. El sentido y la utilidad de mi trabajo la decidía, en gran parte, la calidad técnica de aquel teléfono. Escribía lo que veía sin tener una idea muy clara ni del contexto ni de mi papel. Pensaba que en aquellas circunstancias regalar una manta era más importante que redactar una crónica.
Desde Cizre había que conducir un par de horas hacia el este. La carretera pronto se convertía en una pista. Los camiones que llevaban alimentos y otros productos básicos aguardaban en la cuneta a que los militares les permitieran seguir.
Aparcaba el coche junto al último control, a la entrada de una aldea reconvertida en campamento militar. Desde allí, seguía a pie, remontando la pendiente durante un par de horas hasta alcanzar la zona en la que se encontraban los refugiados. A media ascensión, un médico francés que caminaba a mi lado me preguntó por qué llevaba una mochila tan grande si era periodista. Le expliqué el asesinato de la víspera.
–No tienen nada, se están muriendo, hay que ayudarles –le dije.
–¿A cuántas personas ayudarás con dos mantas, varias prendas de abrigo y unas aspirinas? –me preguntó–. ¿Has visto la multitud que hay aquí? ¿Y cómo sabes que repartirás la ayuda entre los que más lo necesitan? ¿No has visto cómo mucha gente revende la que recoge? Una mochila de veinte kilos como la tuya sirve de poco. Lo siento, pero me temo que te has confundido, y perdona si te molesta lo que te digo. Entiendo que no de debe ser fácil. Tampoco lo es para nosotros ver morir a tantas personas, pero hacemos todo lo que podemos por salvarlas. Y tú deberías intentar lo mismo. Haz todo lo que puedas para explicar Isikveren. Estas personas necesitan que el mundo conozca su sufrimiento, la traición de la que han sido víctimas. Las noticias, las imágenes de lo que aquí sucede reproducidas en las televisiones de Occidente, pueden conseguir que las fuerzas aliadas los protejan.
El médico se quedó con todo lo que yo había comprado.
Los soldados seguían gritando y golpeando, mientras los refugiados seguían peleándose por las cajas que caían de los aviones norteamericanos. La historia se repetía, y yo tenía una segunda oportunidad.
Me acerqué a un hombre de mediana edad. Le pregunté su nombre. Lo apunté en la libreta. Anoté que vestía los pantalones abombados típicos de los kurdos, camisa y americana, zapatos de cordones. Añadí que tenía los ojos claros y la barba de varios días.
Se llamaba Ursh. Había metido galletas, pan y leche en un saco de arpillera. Era mediodía y hacía mucho calor. La temperatura se mantendría alta hasta el ocaso. Entonces bajaría en picado. Las cumbres que rodeaban Isikveren seguían nevadas.
En aquel circo había decenas de miles de personas. Habían levantado tiendas de campaña, tendido telas y lonas entre los árboles, cubierto el suelo con plásticos y mantas.
Había llovido mucho. La hierba había desaparecido, la tierra estaba húmeda y muy comprimida. Los árboles que aún seguían en pie habían perdido las ramas.
Los refugiados defecaban donde podían, por todas partes. Las heces líquidas se confundían con el barro. Las cabras que aún no habían sido sacrificadas aguardaban junto a las cabezas y las vísceras de las que ya lo habían sido. Las entrañas se pudrían bajo el mismo sol que secaba las pieles.
Ursh pidió a su esposa que preparara el té, un té iraquí traído de casa en una bolsa de plástico. El agua era nieve que se conseguía subiendo hacia las cumbres, cada día un poco más arriba, más lejos. La mujer me ofreció una de las galletas que caían del cielo, recogida por su marido bajo los golpes.
El hermano de Ursh se llamaba Fuad. Eran topógrafos y habían trabajado hasta el momento de la huida. No pensaban que fuera a alcanzarlos la tragedia, no después de la derrota de Sadam Husein en Kuwait.
Habían confiado en la rutina. Creían que mientras pudieran hacer lo mismo estarían a salvo. Decían que sin el trabajo no podían vivir, que no tenían ahorros para emigrar. Insistían en que la rutina es vida, en que la constancia es buena. No calcularon, sin embargo, que no tendrían tiempo de nada cuando las fuerzas de Sadam se les echaran encima.
Ursh y Fuad tenían los ojos claros, el pelo castaño y rizado. Hablaban un inglés lento y preciso. “More tea and buscuits?”, preguntaban a cada rato. La poca dignidad que les quedaba la empleaban en acogerme con un te caliente, en hablarme con palabras inglesas aprendidas en la Universidad de Bagdad y transmitirme el orgullo que sentían por haber levantado mapas para empresas mineras y petroleras.
“Sin ideas ni lógica, no hay paz”, reflexionaba Fuad mientras intentaba contar los días que llevaba atrapado en Isikveren:
Abandonamos Dahuk antes de que la artillería atacara el centro de la ciudad, aunque ya lo había hecho en las afueras. Vimos los cadáveres de cuatro o cinco niños en una cuneta. Estaban junto al de su madre. Nadie se detenía a enterrarlos, y también nosotros seguimos adelante. Esto fue el domingo de la semana pasada. Han transcurrido ocho días que me parecen una eternidad. Partimos en dos coches. Toda la familia. Dieciséis personas. Diez son niños. La más pequeña tiene ocho meses. A las tres horas tuvimos que abandonar los coches y seguir a pie. Caminamos durante dos días. Al alcanzar la frontera turca, los soldados no nos dejaron seguir. Dispararon al aire. Llovía y nevaba. Hacía mucho frío. Las mantas estaban empapadas. No podíamos guarecernos porque no nos permitían montar tiendas. Con nosotros habíamos traído algo de pan, harina, té, leche y azúcar. Era para los niños. Nosotros tenemos paciencia, pero ellos no. Al segundo día nos dejaron entrar en Turquía. Caminamos durante tres jornadas más. Llevamos solo lo que pudimos acarrear. El frío nos impedía dormir. La lluvia y la nieve nos dificultaban el camino. Al llegar aquí nos sentimos miserables, abandonados y sin ayuda. Montamos una tienda con mantas, palos y plásticos para las mujeres y los niños. Nosotros seguimos durmiendo al raso. No sabe usted lo que significa dormir sobre este suelo, con este frío, sin una cobija ni un techo. Piensas que tendrás que enterrar a tus hijos, que tú tampoco sobrevivirás.
Isikveren olía y sabía a lo que huele y sabe el mundo, el barro y la miel mezclados con lo putrefacto. Describirlo exigía un gran esfuerzo físico, intelectual y emocional, pero si mirabas despacio y aguantabas las náuseas, el cuerpo te acompañaba y te dejaba escribir.
Respiraba por los ojos y escribía con las vísceras. Las notas resumían mi inexperiencia, gritaban bajo el peso de aquella fuerza descomunal.
La fuerza lo es todo. La fuerza y el azar, mucho más que el pensamiento y la justicia, trazan los caminos que transitamos como caballos uncidos.
La fuerza y el azar nos doblegan y nos levantan. Nadie los posee del todo ni tampoco está completamente huérfanos de ellos.
Dos topógrafos de Dahuk, dos hombres derrotados, al borde de su resistencia, podían llegar en pocas horas a un lector de diarios en la otra punta del mundo. Historias como la suya, sufrimientos como el de Magid, acarreaban el conocimiento del que nacen las conciencias.
Magid era un niño de 8 años abrasado por un agente químico, seguramente napalm. No era la primera vez que Sadam utilizaba gases contra los kurdos. El pequeño había perdido la piel de la cara y de las manos. Ni hablaba ni lloraba. Las moscas picoteaban en sus llagas y sus ojos. Si las notaba, no tenía fuerza para espantarlas.
Dejó que le hiciera fotos, acuclillado junto a su madre, que le había puesto una camisa blanca para que saliera más guapo. Estaba limpio y parecía en paz. Su padre me habló de un fuego que había caído sobre la columna de refugiados y que varias personas habían muerto. A Magid le lavaron las heridas y siguió caminando.
No publiqué las fotografías. Me pareció indigno, y todavía hoy creo que me equivoqué. La información bien hecha no es ajena al dolor. Podemos reproducir un dolor que denigre a las víctimas mientras alimenta el morbo de los espectadores, pero también podemos publicar otro que dignifique el sufrimiento. Incluso las imágenes más crueles tienen esta capacidad, y es a través de esta dignificación que la información puede ayudarnos a entender mejor las causas del mal.
La tienda de Magid estaba junto a uno de los cementerios que brotaban de manera espontánea en aquel campo de refugiados, representación escatológica del destino del pueblo kurdo. Le visité varios días seguidos. Apenas se levantaba, nunca le oí hablar. Las tumbas crecían a su alrededor.
Una mañana dejó de estar. Lo sepultaron antes de que yo llegara. Le cubrieron el rostro con una tela. Sobre la mortaja colocaron hojas secas y sobre las hojas, piedras planas. Una estela corta y sin inscripción marcaba el túmulo. A su lado, a izquierda y derecha, había decenas de tumbas pequeñas, de no más de un metro de longitud.
Dentro de la tienda familiar, un anciano liaba un cigarrillo recostado sobre la manta que le servía de lecho. Me dijo que era el abuelo de Magid y que lo aceptaba todo, incluso el hambre y la muerte de los niños, si a cambio de aquel sufrimiento los estadounidenses asesinaban a Sadam Husein y transformaban Irak en un país que estuviera en paz consigo mismo. “Nos han forzado a salir de nuestros hogares, y aquí no se puede vivir”, dijo exhalando el humo. Yo asentí, y él levantó los ojos, sonrió al cielo con los pocos dientes que le quedaban y pidió un deseo.
En aquel instante, dos aviones de guerra hicieron una pasada sobre el campo. Fue una casualidad más que un milagro porque la fuerza aérea estadounidense hacía días que patrullaba la zona, pero el anciano tuvo palabras de agradecimiento a su dios misericordioso.
Se trataba de dos A-10 norteamericanos, conocidos como Thunderbolt, diseñados para atacar tanques. Diez minutos más tarde, aparecieron cinco helicópteros. Los refugiados levantaron la cabeza. “Es James Baker, es James Baker, es James Baker”, exclamaron algunos viéndolo pasar de largo.
Bois, un peshmerga de 35 años, apenas levantó la cabeza. Ya no esperaba nada de nadie y menos de los estadounidenses. “No sé a cuánta gente habré matado en mi vida –me contó–, pero seguro que a mucha. Los gobiernos de Irak y Turquía me obligaron. Ahora no quiero matar a nadie más. Me gustaría volver a mi pueblo y vivir como antes”.
Bois se había dedicado a matar para vivir y sobrevivir en nombre de los otros, de la patria, de la historia y la religión. Matar por Dios, obligado por la jerarquía, satisfecho con la misión encomendada. Segar vidas, acabar con el enemigo y ampliar el territorio, eso era todo.
El guerrillero tenía las manos encallecidas y los ojos opacos. Añoraba el pasado agrario y sedentario de su juventud. Había pasado seis años en el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) y había participado en más de un centenar de atentados y ataques armados, casi todos contra objetivos militares turcos e iraquíes. Los peshmergas robaban y repartían parte del botín en las aldeas kurdas. Él no lo admitía, pero decenas de civiles turcos habían muerto en aquellos golpes de mano.
El mayor éxito de su partida había sido ocupar Kirkuk y Dahuk. Fueron doce días de gloria, pero luego el ejército iraquí contraatacó y no pudieron resistir. “Nos faltó un líder sólido porque cada uno iba a lo suyo. Demasiados años en las montañas decidiendo por nosotros mismos, debe de ser eso”.
Refugiado en Isikveren, se sentía estafado. La guerra acostumbra a hacerlo con los supervivientes. Estaba cansado y había dejado de creer en la causa kurda. Aquellos doce días de gloria no justificaban los seis años de lucha.
Decenas de miles de kurdos murieron durante aquellas semanas de primavera en la cordillera de Hakkari, víctimas de la política exterior norteamericana. Creyeron en un dios que había sido cruel con ellos.
No existe la piedad geoestratégica. Los líderes que se desviven por salvar a un hombre son los mismos que aceptan la aniquilación de muchos.
La gracia es la culminación de la tragedia, algo muy excepcional. Alejandro, Napoleón y Stalin podían asesinar y perdonar, ser crueles y magnánimos. Stalin decía que matar a un hombre es muy difícil, pero que matar a un millón es muy fácil.
El 2 de diciembre de 1805, después de la batalla de Austerlitz, derrotados los ejércitos rusos y austriacos, Napoleón ordenó disparar los cañones contra los lagos helados sobre los que huían los supervivientes. Los rusos calculan que perdieron a 21.000 hombres en aquella retirada. El emperador francés, sin embargo, salvó la vida de un oficial ruso herido que pedía auxilio sobre uno de los témpanos de hielo. Ordenó a dos de sus lugartenientes que lo sacaran del agua antes de que muriera congelado. Quien horas antes había decidido la suerte de decenas de miles de hombres, ahora se apiadaba de un enemigo moribundo. El soldado ruso recuperó la pierna herida por un proyectil, pero uno de los dos oficiales franceses murió por el esfuerzo realizado en aquellas aguas heladas.
Las grandes magnitudes refuerzan la abstracción en la que fructifica la barbarie, mientras las pequeñas nos colocan frente al reto, mucho mayor, de matar con nuestras propias manos. Nada parece haber cambiado mucho desde Troya.
La agonía kurda en la cordillera de Hakkari alcanzó finalmente las mentes de millones de ciudadanos occidentales, y la Casa Blanca entendió que no podía seguir siendo cómplice de aquellas muertes que, de ser lejanas y abstractas, habían pasado a ser domésticas e individuales.
Sadam Husein conservó el poder, y la coalición internacional, liderada por Estados Unidos, estableció una zona segura para los kurdos en el norte de Irak y otra para los chiíes en el sur. Los aviones iraquíes no podían sobrevolar esas regiones. La CIA creó un nuevo sistema de seguridad en el Kurdistán, y el ejército estadounidense instaló campamentos para los refugiados de Hakkari. Aunque los combates se alargaron hasta octubre, a partir del verano los kurdos fueron bajando de las montañas y regresando a sus pueblos y ciudades.
Muchas veces he tenido la sensación de que Isikveren es un principio, una historia que contiene las otras que he escrito a lo largo de mi carrera. Me enseñó, por ejemplo, que el hombre, muy a menudo, no tiene más remedio que vivir entre la traición y el sufrimiento.
También me enseñó que cuanto más te fijas en el mundo, más entiendes que son derrotas lo que sostienen sus cimientos. Creo que los derrotados, los derrotados libres, no sometidos a la esclavitud, al vasallaje de los vencedores, siempre han sido los grandes arquitectos del presente. El mundo es mucho más de ellos que de los vencedores porque, al ser hijos genuinos de la derrota, lo son también de la paz. Los vencedores, en cambio, para aceptar la paz, deben reconocer también la parte de derrota que habita en ellos. Tal vez por esto, al fin y al cabo, todos podemos reconocernos en una derrota pero no muchos pueden hacerlo en una victoria.
Isikveren también es un paradigma de la fuerza que nos retuerce el alma. Podría haber sido un episodio de la Ilíada, un pasaje más de los hombres que se destruyen ajenos a los caprichos de los dioses.
Fue la primera tragedia de la que fui testigo, y todas las demás se le han parecido. ¿Qué batalla, al fin y al cabo, qué verdadera pugna por el poder no está en este poema que Simone Weil nos ayudó a ver como un poema de fuerza?
La Ilíada –reflexiona la pensadora francesa– es algo único por esa amargura que procede de la ternura y que se extiende sobre todos los seres humanos, igual que la claridad del sol. Nunca su tono deja de estar impregnado de amargura, nunca tampoco se rebaja al lamento. La justicia y el amor, que apenas pueden tener lugar en este cuadro de violencias extremas e injustas, lo bañan con su luz sin que se dejen percibir más que por el acento. Nada valioso, destinado o no a perecer, se desprecia; la miseria de todos se expone sin disimulo ni desdén; ningún hombre es colocado por encima o por debajo de la condición común de todos; todo lo que se destruye es lamentado. Vencedores y vencidos están igualmente próximos, son por igual los semejantes del poeta y del oyente. Si hay una diferencia, es que la desdicha de los enemigos se siente quizá con mayor dolor.
Isikveren, al igual que la Ilíada, muestra la subordinación del hombre a la fuerza, pero también el reequilibrio y la continuación, y yo creo que el tiempo histórico nos demuestra que el mundo funciona así, sin respuestas definitivas, pero tampoco con rupturas eternas.
En mi principio, junto a Isikveren, también estuvieron un kibutz en Israel, un muro en Berlín, unos aviones que cayeron sobre Washington y Nueva York y un joven que se prendió fuego en Sidi Buzid.
Israel, en mi creación personal del mundo, representa la fe y la inocencia.
Era 1982, verano. Yo iba a cumplir 18 años, había leído a Leon Uris y creía que la epopeya del pueblo judío marcaba el paso de la humanidad. Por encima de los errantes y los exterminados estaban los supervivientes y los constructores, y por encima de todos ellos los justos resplandecían con una blancura renovada. Levantar un Estado comunitario sobre la tierra prometida me parecía el mejor de los destinos.
Israel utilizaba la sinagoga de la calle Avenir de Barcelona para las gestiones consulares. Había llamado a la puerta en el invierno de 1981, pero me dijeron que debía esperar un año porque los kibutz no aceptaban voluntarios menores de edad.
Israel, en aquel 1982, me permitió salir de la Barcelona posfranquista y meterme en una novela de aventuras utópicas.
Me asignaron Givat HaShloshá, un kibutz a las afueras de Petaj Tikva, en el centro de Israel. No sabía dónde estaba.
La misión de los kibutz me parecía de las más puras, un modo de vida honesto y equilibrado, donde la causa colectiva se fundía de modo natural con la aspiración individual. La propiedad privada y el dinero perdían gran parte de su sentido en aquellas comunidades de pioneros.
Los responsables de Givat HaShloshá me explicaron que el nombre era un homenaje a tres trabajadores judíos de Petaj Tikva que murieron torturados en 1916 en una cárcel otomana de Damasco acusados de espionaje a favor de los británicos.
No me explicaron que el kibutz se había levantado sobre los terrenos de Majdal Yaba, una ciudad árabe con tres mil años de historia. En el Antiguo Testamento aparece como Afek, un enclave amurallado que, como tantos otros en la región, cambió de manos muchas veces. Los israelitas se la arrebataron a los cananeos, pero la perdieron luego ante los filisteos. Los romanos la llamaron Antipatris, y los cruzados franceses, Mirabel. Los musulmanes la bautizaron como Torre de Nuestro Padre, Majdal Yaba.
El 10 de julio de 1948 la comunidad judía de Petaj Tikva, entonces una colonia de judíos ortodoxos fundada en 1878 con dinero del barón Edmond de Rothschild, atacaron Majdal Yaba. Los 1.500 habitantes fueron expulsados, víctimas de la nakba, la tragedia del pueblo palestino. Cientos de miles de árabes perdieron sus hogares aquel año ante el empuje del nuevo Estado de Israel.
Los palestinos –me dijeron entonces en Givat HaShloshá– no huyeron de los judíos sino de la guerra que los países árabes iniciaron contra Israel nada más declarada la independencia. La mayoría habían encontrado refugio en Jordania, “su nuevo país”.
La verdad es que entonces no me preocupaba el pueblo palestino. Me interesaba el Estado judío, las chicas del kibutz y las excursiones de fin de semana a Tel Aviv.
De domingo a viernes trabajábamos moviendo las tuberías de riego en los campos de algodón, pintando los depósitos de pienso en la granja de pollos o enganchando suelas de botas militares en la fábrica de calzado. Nos levantábamos antes del amanecer y no parábamos hasta el mediodía. Las tardes las pasábamos en la piscina, tendidos sobre el césped.
La hierba verde, regada con aspersor, simbolizaba la superioridad del orden sionista.
Muchos años después, en Tucson (Arizona), volví a comprobar la jerarquía racial que pueden marcan los céspedes. Allí simbolizaban el dominio angloestadounidense sobre el desierto y los indígenas latinoamericanos.
Los oprimidos suelen recorrer a pie los caminos más polvorientos y desérticos, sea en Sonora, el Sáhara o Judea. Sin duda, la vegetación cultivada del kibutz reforzaba nuestro convencimiento de que el ejército israelí, el que llevaba las botas que fabricábamos en Givat HaShloshá, tenía todo el derecho a invadir Líbano en nombre del progreso occidental.
La propaganda israelí explicaba que la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) tenía su cuartel general en Beirut y que era una organización terrorista, antisemita y antisionista. No había duda. Era un hecho que yo no disputaba porque entonces, a mi ignorancia sobre el pueblo árabe palestino, añadía otras dos igual de graves: que la etiqueta terrorista era una de las más aleatorias de la historia y que, en medio de una guerra, no hay más víctima que la población civil. La inocencia de los civiles atrapados en un conflicto no supe interpretarla bien hasta Isikveren.
Miramos al mundo como queremos que sea, no como es en realidad. Incluso los analistas más fríos no pueden evitarlo. Nuestro cerebro tiene un mecanismo que dificulta la comprensión de los puntos de vista que nos parecen contranaturales. Los reporteros que vemos el mundo en primer plano y nos enfrentamos a la tarea de escribir el primer borrador de la historia topamos constantemente con este muro. Creemos que podremos mejorar las cosas si denunciamos lo que no encaja en nuestra visión preconcebida de los acontecimientos. Es un error, pero, paradójicamente, también es una ilusión a la que no renunciamos porque a veces tenemos razón.
Durante más de treinta años he escrito cientos de notas desde lugares complejos, sitios donde lo que menos vale es la palabra hecha promesa política, porque las personas que se enfrentan a la nada, las que se exponen al vacío que va a tragarse sus vidas, empezando por sus propios cuerpos y acabando por las memorias que creían imperecederas, están muy cerca de la verdad.
La falta de futuro les lleva a actuar por instinto. Abandonan el tacticismo, que no es más que miedo, y prescinden de los matices, que entorpecen la clarividencia. No importa si pertenecen a un partido que es una escisión o un reagrupamiento, si el derecho les ampara o les condena, solo importa si están en paz con Dios y consigo mismos, si tienen un primo policía o un tío funcionario, si la familia ha tomado las decisiones estratégicas adecuadas para sobornar a los guardianes del toque de queda y del control de carreteras, así como a los centinelas fronterizos, último obstáculo que deberán superar para seguir adelante. No hay más, pero tampoco menos.
Este orden natural del presente empecé a comprenderlo escuchando las historias de los supervivientes de la Shoah en Givat HaShloshá. Eran ancianos con el tatuaje en la muñeca, europeos que nunca más volverían a huir. Israel llenaba su nada. Allí podían ser felices y dormir en paz.
El conflicto entre árabes y judíos es el más antiguo y violento de la historia contemporánea. Reposa sobre la Shoah, el exterminio sistemático de seis millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Las barbaries del siglo XX aún lastran nuestro presente europeo, y nadie puede predecir si algún día las superaremos, no solo como ciudadanos de Europa, sino como individuos.
Igual que hay una física cuántica, también debe existir una historia cuántica. Si las partículas del mundo más pequeño se comportan de manera diferente a las del mundo más grande, nuestra historia íntima también debe regirse por leyes peculiares, diferentes a las que sustentan la gran historia de la humanidad.
Newton descubrió las leyes de la física grande, y al entender por qué caen las manzanas del árbol pudimos enviar al hombre a la Luna. Los grandes guerreros de la humanidad nos mostraron los fundamentos de la fuerza, y aún hoy la violencia pesa más que la diplomacia.
Las leyes de la historia grande no se comportan del mismo modo en la historia pequeña de nuestras neuropatías. Los físicos aprenden a medir el mundo microscópico de las partículas subatómicas, y la frontera del hombre ya no está en la Luna.
Los periodistas, los escritores, los historiadores, los antropólogos y psicólogos, y con ellos todos los artistas, en la búsqueda activa de los principios que nos hacen vivir, intentan lo mismo, y así amplían los límites interiores del ser humano, lo hacen más comprensivo y sofisticado.
¿Cómo ven el futuro los palestinos, y con ellos los pueblos que se sienten víctimas de la historia? El futuro para ellos, lamentablemente, no es más que el espacio donde resolver las injusticias del pasado.
La dinámica de los objetos históricos, especialmente de los más atroces, como el Holocausto, supera con mucha facilidad la resistencia del perdón y el olvido. Las generaciones posteriores quedan atrapadas en un bucle de dolor, venganza y resistencia que no pueden controlar. Están a merced de sus recuerdos y de las personas que los atizan por todo tipo de motivos políticos, religiosos, económicos y militares.
Más que vivir en el orden que proporciona el Estado de derecho, estas personas, y entre ellas hay muchas privilegiadas del sistema liberal, viven en un caos emocional, que se nutre de nostalgia, mitomanía, heroísmo y revolución.
El 11 de septiembre del 2001 este caos intentó tragarse a decenas de millones de familias en Estados Unidos, incluida la mía.
Osama Bin Laden, heredero de un clan saudí muy rico e influyente, dirigía desde Afganistán una organización terrorista que pretendía dominar el mundo islámico. Había atacado las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania, así como un destructor de la Armada americana frente a las costas de Adén, y anhelaba desde hacía décadas un ataque como el del 11-S.
Yo vivía entonces en un suburbio de Washington. Casa con jardín, la puerta siempre abierta, los árboles de treinta metros, las barbacoas a punto, los vecinos discretos y solidarios. La capital del imperio no podía protegernos de la violencia callejera, pero se suponía que sí podía hacerlo de los enemigos del mundo exterior, los que vivían al otro lado de ese foso, entonces todavía más imaginario que real, que separa a los unos de los otros.
Nosotros éramos los unos, y Bin Laden quería convertirnos en los otros. Quería expulsar a los soldados estadounidenses de los países musulmanes, acabar con el dominio del cristianismo sobre el islam, derrotar a las dictaduras árabes prooccidentales y restablecer la umma, la comunidad de creyentes que ideó Mahoma en el siglo VII.
La causa palestina era la principal motivación que tenía para intentar revertir el flujo de la historia. Un pueblo sin Estado, sometido a la ocupación militar israelí con la ayuda de Estados Unidos, simbolizaba todo el mal que el cristianismo y el judaísmo habían causado a los pueblos islámicos.
Bin Laden creía que, atacando el territorio estadounidense como ningún otro país había hecho a lo largo de la historia, conseguiría el cierre de las bases del Pentágono en los países árabes. Estaba convencido de que los estadounidenses, enfrentados al horror del 11-S, saldrían a la calle, como hicieron al final de la guerra de Vietnam, para exigir a su gobierno la retirada militar de los territorios islámicos. Las dictaduras corruptas y vasallas de Estados Unidos perderían entonces a su principal aliado, y Al Qaeda podría combatirlas desde dentro con plenas garantías de éxito.
El 11 de septiembre del 2001 era un martes. Los niños habían ido al colegio y los padres al trabajo. El sistema funcionaba como siempre, con las puertas abiertas y el optimismo a flor de piel. Wall Street se disponía a vivir otra jornada de intenso mercadeo financiero sin saber que un fanático en Kabul había encontrado la manera de pervertir el sistema de ganancias.
Los comandos suicidas secuestraron cuatro aviones comerciales. Estrellaron dos contra las Torres Gemelas en Nueva York y uno contra el Pentágono, a las afueras de Washington. El cuarto lo más probable es que hubiera hecho blanco en el Capitolio pero se vino abajo en una zona rural de Pensilvania. Aquellas aeronaves transformadas en misiles causaron casi 3.000 muertos.
Bin Laden expuso la profunda soledad del poder estadounidense, su gran vulnerabilidad ante los desafíos más radicales. El presidente George W. Bush, volando en el Air Force One sobre el espacio aéreo continental sin encontrar una forma segura para aterrizar en la base área de Andrews y alcanzar la Casa Blanca, indicaba el gran éxito que había tenido Al Qaeda.
Estados Unidos había sufrido un segundo Pearl Harbor, unos atentados que equivalían a una declaración de guerra.
Durante todo el día, la población estadounidense, sobre todo en Washington y Nueva York, estuvo expuesta a la misma nada que aflige a los desposeídos.
Bin Laden contaba con este fuerte impacto emocional. Pensaba que los estadounidenses se rebelarían contra el gobierno que no había sido capaz de protegerlos. Pensaba que el individualismo, la defensa de la propiedad privada, las mismas fuerzas del capitalismo, forzarían un cambio radical en la política exterior y que Estados Unidos se replegaría sobre sí mismo.
El pueblo estadounidense, sin embargo, cerró filas con su presidente y secundó el llamamiento a las armas. Había sucedido lo mismo después del ataque japonés a la flota del Pacífico en la base hawaiana de Pearl Harbor la mañana del domingo 7 de diciembre de 1941. Si Estados Unidos entró entonces en la Segunda Guerra Mundial, ahora iba a hacerlo en una “guerra contra el terror”. El contraataque diezmó a Al Qaeda y aplastó al régimen talibán que lo había acogido en Afganistán.
Han pasado veinte años desde el inicio de esta guerra contra la insurgencia yihadista, el último gran error estratégico de Estados Unidos en el siglo XX, aunque formalmente en el XXI, causante de uno de los grandes desequilibrios en la trama que sostiene a las naciones.
Destruir es más fácil que construir. Lo vemos en un partido de fútbol, en un Parlamento y en todo el universo, donde la destrucción es irreversible. A la fuerza que tienen los sistemas para comportarse de la forma más probable los físicos la llaman entropía. Es, además, una fuerza expansiva. Un gas siempre ocupará todo el espacio en un recipiente cerrado y un tren sin frenos en una pendiente siempre irá más deprisa. La entropía no es reversible. El gas no se contraerá sin más y el tren no se detendrá por sí mismo.
Hay una entropía en la historia y, al igual que sucede en la física, marca la dirección y la intensidad del tiempo. Los astrofísicos creen que el universo seguirá expandiéndose hasta que agote la entropía que lo mueve. En ese momento, la parálisis es muy probable que provoque su extinción. No habrá vuelta atrás. No somos Dios. No sabemos darle cuerda al reloj de la existencia.
Cuando un jarrón de cristal cae al suelo y se rompe no puede volver a componerse solo. Aunque metamos los trozos en una bolsa y la agitemos, no lograremos que se recomponga porque eso supondría, de algún modo, volver atrás.
Del mismo modo que no hay retorno, no hay satisfacción plena por las heridas sufridas.
El líder humillado buscará satisfacción en el campo de batalla. Enviará a sus ejércitos a conquistar la tierra que ha de darle la inmortalidad y morirá sin ver el alcance de la destrucción surgida de su error, del tremendo error de creerse que la historia está para ser construida. La historia no se hace, se vive. La historia somos nosotros, los buenos y los malos. No hay hecho histórico que no nazca de la cabeza y el corazón de un hombre. Es nuestra voluntad o la falta de ella la que acciona el movimiento de la historia, la que determina el progreso, la gran ambigüedad que encierra cada paso adelante.
Siglos de zarismo y estalinismo no han llevado a la armada de Vladímir Putin hasta los bosques, las ciudades y los campos de cereales de Ucrania. Ha sido su ambición de querer estar en la historia, para él épica y gloriosa, de una Rusia inventada, soñada, idealizada y, por tanto, irreal, ajena a la verdad.
Putin está en una historia ilusoria, como estuvieron los caudillos megalómanos. Está en ella comiendo tierra, devorando vidas, sin asumir la responsabilidad de sus decisiones porque esto es algo que solo pueden hacer las personas capaces de ser antes de estar, y los autócratas como él no son, solo están, no pisan los campos, sobrevuelan quimeras, se atrincheran en palacios, edificios inexpugnables, castillos kafkianos en los que nunca podremos entrar. Desde allí ordenan, mandan y liquidan, eliminan al adversario, modifican las fronteras, se acomodan en la historia, como si la historia fuera un sofá, un trono, una cama imperial, un mausoleo como el de Lenin en la plaza Roja de Moscú.
Así se fraguan las derrotas de los sátrapas ilusos y el sufrimiento de los súbditos inocentes.
Ucrania no devolverá nada a Rusia. Puede que un día remoto le diera la luz, pero ahora ya no tiene nada más que darle. La historia no es un objeto que pueda cambiar de manos. Nadie puede inventarla ni adueñarse de ella. Putin puede aplastar ciudades y conquistar el territorio, pero la victoria, la victoria que la historia certifica, es otra cosa y está fuera de su alcance.
George W. Bush también pensaba en la eternidad cuando invadió Afganistán a finales del 2001. Buscaba venganza, la venganza del humillado por los yihadistas del 11-S, una humillación muy parecida a la que ha llevado a Putin a la guerra de Ucrania, pero se encontró con la derrota del prepotente, del invasor ilusionado con su mundo y su historia, su tecnología y su moral, convencido, engañado, cegado por una superioridad irreal.
Veinte años de guerra en Afganistán, la más larga a la que se ha enfrentado Estados Unidos, le sirvieron para aniquilar Al Qaeda, pero no para impedir que su lugar lo ocupara el Estado Islámico. Incluso la derrota del califato en Irak y Siria no impidieron que el terrorismo islámico fuera y siga siendo la mayor amenaza a la que se enfrentan muchas sociedades en todo el mundo.
No hay victoria posible para el que no puede conquistar las mentes de sus enemigos. Por eso las guerras territoriales, las que se libran hoy siguiendo el patrón de siempre, solo pueden acabar en derrotas.
Las guerras nos rodean. Incluso las que no lo son y, por no serlo, podemos ganar. Las amenazas a las que nos enfrentamos, por ejemplo, son tan grandes que hablamos de ellas como si fueran guerras. Nuestros líderes aparecen en televisión para decirnos que estamos en guerra contra la crisis climática, contra la pandemia, contra los nacionalpopulismos y las autocracias, cuando en realidad estamos ante amenazas, retos sin duda enormes, generacionales, que exigen una acción global. Pero exceptuando el calentamiento de la Tierra, que no tiene precedentes, el resto son peligros antiguos, que la humanidad ha aprendido a superar.
El hombre sabe convivir con las guerras, los virus y las sequías. Camina y se adapta. Esta es una de sus grandes habilidades, y así ha sido desde que se puso en pie. Pero, al mismo tiempo, este hombre contemporáneo vive subyugado por los popes de la política y la religión, chamanes que agravan las plagas para predicar la resignación. Los oráculos insisten en que debemos resignarnos aunque esto suponga mantener el statu quo que alimenta la injusticia. Aseguran que es por nuestro bien. Hablan de la estabilidad. Intentan convencernos de que es primordial, que los cambios son más efectivos si son graduales y consensuados.
Claro que luego nos meten en la cabeza todo lo contrario. Nos llaman a filas, nos movilizan y sacrifican en el altar de los valores abyectos y las ideas abstractas.
Es entonces cuando el hombre sensato y desesperado pierde la paciencia. Deja de escuchar las historias antiguas y de creer en las mitologías. Reafirma su fe en la ciencia y la tecnología. Comprende que el freno a la evolución siempre lo han puesto el poder, la voluntad política, la codicia del sometimiento. Al comprender, este hombre liberado se hace el sordo, desoye las órdenes y las advertencias de las autoridades, se transforma en un fanático y en un revolucionario de su propia revolución, coloca su vida en el alambre y ahí la deja, a merced de las fuerzas que determinan el destino.
El 17 de diciembre del 2010, a las once y media de la mañana, una hora después de que la policía volviera a confiscarle el carro de verduras con el que se mal ganaba la vida, Mohamed Buazizi se prendió fuego frente al Gobierno Civil de Sidi Buzid, una ciudad pobre e inhóspita de 40.000 habitantes en el centro de Túnez. Había llegado al final. Sin dinero suficiente para sobornar a los agentes, alimentar a su familia y pagar deudas, este hombre de 26 años había perdido la dignidad, su último refugio.
Poco después de su sacrificio, mientras agonizaba en la cama del hospital municipal con quemaduras en un 90% del cuerpo, decenas de personas se concentraron frente a la misma sede oficial, ahora con la verja y las ventanas cerradas, para lanzar las primeras consignas contra la dictadura de Ben Ali. Entre ellos, según se ve en el vídeo que Ali Buazizi, primo de Mohamed, grabó con su móvil, destaca un joven que gritaba: “Alá es el más grande”.
El régimen de Ben Ali, uno de los más firmes aliados de Europa y Estados Unidos, había convertido su presidencia en una cleptocracia y a Túnez en un estado policial. Disponía de 160.000 agentes para una población de diez millones y medio de personas. Decenas de miles de activistas por la democracia y los derechos humanos habían sufrido detenciones arbitrarias, torturas y encarcelamientos prolongados.
Mohamed Buazizi falleció el 4 de enero. Unos días después, en una calle del centro de Túnez, frente a las líneas policiales que disparaban gases lacrimógenos y pelotas de goma, los estudiantes se jugaban la vida. Los francotiradores, apostados en las azoteas, tiraban a matar. Antes de empezar a correr, uno de ellos me dijo exultante que Buazizi lo había liberado. “Me ha liberado –gritó para que pudiera oírle bien–. Ahora sé que no volveré a tener miedo”.
No era esta la intención de Buazizi. Se prendió fuego para liberarse a sí mismo, porque una mujer policía lo había humillado, no porque quisiera hundir una dictadura o llevar a los islamistas al poder, como acabó sucediendo.
Sin embargo, son los seguidores los que transforman a un desgraciado en un líder, los que convierten una protesta local en una revolución internacional.
Unas semanas después de la caída de Ben Ali, el presidente israelí, Shimon Peres, reflexionando sobre el alcance de los levantamientos populares en casi todos los países del Norte de África y Oriente Medio, me dijo en su residencia de Jerusalén que “el gran problema del mundo árabe es la necesidad y el odio. El resto es política. Las revoluciones han aliviado el odio porque han aportado libertad, pero aún no han solucionado el desayuno de nadie”.
Buazizi abrió una página en blanco para los que nunca habían podido hablar, y cinco años después de su muerte, en la avenida principal del centro de Sidi Buzid rebautizada con su nombre, junto a un monumento vandalizado que representa el carro de verduras, los jóvenes lo maldecían con la voz recuperada.
“Si un día no trabajo, no como. La revolución no ha cambiado esto”, reconocía un vendedor de frutas y verduras, tan joven y desesperado como lo estuvo Buazizi. “Maldito Buazizi –decía otro–. Él puede estar en el paraíso, pero yo no tengo trabajo ni vida”.
El primer mártir de las primaveras árabes, el héroe a su pesar, se había convertido en un traidor. Su madre y sus hermanas tuvieron que dejar Sidi Buzid, acosadas por los vecinos y los insultos en las redes sociales, que las acusaban de haberse salvado a expensas de todos los demás. Es verdad que pocos días antes de huir a Arabia Saudí, Ben Ali las indemnizó, y Canadá acabó acogiéndolas, pero también es cierto, como me explicó su primo Alí en la casa familiar, que “el martirio de Mohamed unió a los árabes”.
Durante unos meses, los jóvenes tunecinos y con ellos los de gran parte del mundo árabe, unieron sus miedos, se reconocieron en sus frustraciones y arriesgaron sus vidas para vencer a la tiranía. Lo consiguieron sin ayuda de nadie. Ningún país occidental les tendió la mano, no tenían líderes ni más capacidad organizativa que las redes sociales.
La espontaneidad de la protesta fue su gran ventaja táctica y, aunque cantaron victoria, su lema, la consigna de tantos alzamientos populares en países a priori muy dispares, sigue siendo hoy una aspiración: “Libertad, trabajo y justicia social”.
Los alzamientos populares del 2011 fracasaron. Ninguno con más desgracia que el de Siria. Medio millón de muertos y diez años de guerra no han bastado para derrocar a Bashar el Asad, uno de los dirigentes más sanguinarios del mundo.
La violencia y el radicalismo del islamismo político convencieron a muchos árabes de que la democracia no es para ellos, y volvieron a besar los pies del general, del monarca, del sumo sacerdote que les niega el cielo pero no el pan.
Otros muchos, sin embargo, no se han dejado engañar por los milagros y los misterios. Han protestado en Argelia contra la gerontocracia militar y han depuesto a un dictador en Sudán, mientras que en Irak y Líbano se han levantado contra la violencia y el sectarismo religioso, contra el mal gobierno y la corrupción.
Han tenido suerte porque los autócratas y los monarcas absolutistas en Turquía, Egipto y Arabia Saudí encarcelan y asesinan a la disidencia política, algo que no haría un régimen seguro de sí mismo. Reprimen, en gran medida, porque sus economías son hoy mucho más débiles que hace diez años. Les cuesta más repartir el sustento y gestionar la ambición de una juventud que sigue aspirando a la dignidad. También son más vulnerables porque han eliminado la sociedad civil y las instituciones públicas que ventilaban las frustraciones.
Los pueblos de Oriente Medio y el Norte de África siguen lejos de la libertad. Nadie sabe si algún día volverán a tocarla ni cómo será ella cuando lo hagan antes del último muerto, pero parece claro que no van a dejar de buscarla.
Si en el invierno del 2011, Túnez me enseñó los límites de la revolución, Berlín me había demostrado todo lo contrario en el otoño de 1989.
Pocas semanas después de la caída del muro de Berlín, es decir, del colapso del comunismo en Europa Central y Oriental, vi a un hombre llorar frente al altar de Pérgamo. Sus manos acariciaban el mármol del friso, las figuras de los dioses y los titanes. Estaba absorto en la violencia de su lucha, en la belleza helenística y barroca de los cuerpos desnudos. La iluminación no era buena y las sombras añadían dramatismo al combate de los Hércules.
El hombre lloraba tranquilo, con el sombrero y el abrigo puestos. Era una tarde de principios de diciembre, hacía frío y no había nadie más en la gran sala del museo. El hombre me pidió disculpas. “No se asuste, no pasa nada –me dijo–. Soy un profesor de griego en Berlín Occidental y no pensaba que después de tantos años iba a emocionarme así”.
Había cogido el metro hasta la estación de la calle Friedrich para ver esta gran obra del arte heleno. Allí había pasado el control de pasaportes, entrado en Berlín Oriental y caminado hasta el Museo de Pérgamo, a orillas del Spree. Al salir de la estación le había sorprendido la tienda moderna de Cuba Tabaco y luego las paredes grises de todos los edificios, sin apenas comercios ni letreros. Era la primera vez que se alejaba tanto del Muro.
El museo, sin apenas visitantes, con las obras sucias de polvo, mal iluminadas con fluorescentes que tanto servían para una escuela como un hospital, atesoraba lo que pocos podían apreciar.
Recorrimos varias salas, y al salir ya había anochecido. El profesor me preguntó si podía acompañarme hasta la estación. Llovía un poco. Caminamos por el centro de una calle desierta. Los adoquines mojados por la lluvia brillaban bajo la escasa de luz de las farolas. Estábamos metidos de lleno en la estética de la guerra fría, inmersos en las ruinas del Berlín comunista, con la derrota de la ciudad manifestándose a flor de piel, en cada centímetro de lo que veíamos y pisábamos, cargando sobre nuestras espaldas el peso enorme de aquella república agonizante.
“Ahora somos un pueblo, una familia”, me dijo antes de entregar su pasaporte al guardia germanooriental que iba a permitirle ganar el lado occidental de la ciudad y volver a su casa, a su vida y a la vida.
“Un pueblo, una familia, una patria” era un canto habitual en aquellas semanas posteriores a la caída del Muro. Había más gente como el profesor, personas que tenían miedo y estaban desorientadas. Creían que la revolución tranquila tenía trampa. No se fiaban de las masas. Decían que eran imprevisibles y que todo podía pasar. No habían perdido la memoria de los cristales rotos.
La Unión Soviética mantenía a 360.000 soldados en la RDA, la República Democrática Alemana, y aunque el líder ruso Mijaíl Gorbachov había prometido que no obstaculizaría las reformas que habían iniciado los países hasta entonces vasallos de Moscú, ¿quién podía garantizar que algún general soviético no fuera a borrarlas de un plumazo?
Los intelectuales de izquierda también andaban perdidos. No se encontraban a sí mismos cuando un día de marzo de 1990 me topé con ellos en una sala de la Universidad Humboldt, otro edificio inmenso y decrépito del Berlín Oriental. Se acercaban las primeras elecciones multipartidistas de la RDA, y aquellos profesores de la primera institución académica del país no sabían a quién votar. La caída del Muro los había descolocado. Se sentían pequeños en aquella sala de paredes que parecían acantilados. Formaban parte de la inteligencia disidente pero también eran comunistas. Como Gorbachov, también ellos creían que aún era posible la reforma del sistema. No querían ceder ante el capitalismo ni perder su república en una reunificación precipitada. Querían lo nuevo sin perder lo viejo, querían ser libres con las ideas de ayer.
Once años después me encontré con otro grupo de hombres enfrentados a un dilema similar. Fue en Túnez, justo después de la caída de Ben Ali. Eran periodistas. Se habían citado en la sede de la Asociación de Periodistas, un edificio pequeño, blanco, colonial, rodeado de un pequeño jardín.
Era un día radiante, y recuerdo a un veterano del oficio poniéndose de pie y levantando la voz. Llevaba un cigarrillo en la mano. Dio una larga calada mientras se hacía el silencio y dijo que “ahora solo nos queda ser libres. Si ahora no lo hacemos, si ahora no vencemos el miedo y asumimos la responsabilidad de informar, la revolución morirá”.
Mencionó a Fahem Boukadous, y el silencio a su alrededor aun fue más profundo. “Nuestro colega lleva dos años en prisión por defender lo que la mayoría de nosotros no hemos tenido los cojones de defender, yo el primero, pero ahora digo basta. No más autocensura, no más vivir cómodamente a expensas del sistema”.
“Ahora nos toca a nosotros –le secundó un periodista más joven–. Debemos acabar esta revolución. El pueblo nos ha dado una responsabilidad histórica y debemos proporcionarle la información que necesita. Nadie debe volver a decirnos sobre qué escribir”.
Junto a los aplausos, también rumor de protestas y algo de alboroto. Varios colegas estaban molestos con tanta autocrítica. Habían escrito y publicado a las órdenes de un régimen que podía haber cometido algún exceso, pero que también había defendido el progreso social de las mujeres y mantenido a raya a los islamistas. Además, era aliado de los europeos. Sostenían, asimismo, que el periodismo siempre sería un instrumento político del poder. Veían la información como una correa de transmisión del Estado. Apelaban, por último, a la responsabilidad del gremio para no publicar “informaciones desestabilizadoras”.
Aquella reunión en Túnez acabó mal. A gritos, sin opción de consensuar un comunicado.
El encuentro de los académicos de la Universidad Humboldt también acabó igual de mal, pero sin gritos ni necesidad de consensuar ninguna nota.
Los jóvenes germanoorientales defendían la unificación rápida de Alemania, abrazaban el capitalismo, el consumo y las libertades asociadas a un estilo de vida que creían insuperable. La mayoría más veterana, sin embargo, aspiraba a una unificación lenta que, en todo caso, respetara el sistema comunista.
Deng Xiaoping había demostrado en China que era posible adaptar la estructura política del estado comunista a la economía capitalista. “Un país, dos sistemas”, decían los reformistas chinos, y aquellos intelectuales alemanes, nostálgicos de lo que estaban a punto de perder, creían que era la mejor salida.
“Si no lo conseguimos, creo que me iré”, me dijo un profesor de antropología social. Había cumplido 60 años y creía que era demasiado tarde para cambiar de principios. “Me gustaría trabajar en una universidad que pagara mejor y en un país que no tuviera miedo al marxismo. ¿Cree usted que Francia sería un buen lugar?”.
El presidente francés, François Mitterrand, había dado la razón a los germanoorientales que temían la avalancha occidental. Temía la reunificación de Alemania tanto como ellos y había puesto unos cuantos millones de dólares encima de la mesa para financiar las reformas que necesitaba la RDA. “Mitterrand es nuestro aliado –decían los veteranos de Humboldt–, y Gorbachov no permitirá que la República Federal nos engulla”.
Sin embargo, se equivocaron. De tanto mirar al pasado para anticipar el futuro se habían olvidado de mirar a su alrededor.
Estados Unidos presionó a Francia y a Gran Bretaña para que no pusieran palos en las ruedas de la reunificación. Gorbachov, concentrado en salvar a la URSS, dio por perdidos a los antiguos satélites del Pacto de Varsovia. La Alemania comunista no tuvo ninguna posibilidad.
El comunismo, además, había dejado de ser relevante. Los jóvenes encaramados al Muro, frente a la puerta de Brandemburgo, ya no le prestaban atención. Sin ningún esfuerzo se habían desprendido de la ideología marxista. Habían visto el otro lado, la oferta comercial de la avenida Kurfürstendamm, sus escaparates rebosantes de atajos a la felicidad.
Europa, para ellos, era mucho más que una idea. Era una aspiración y un destino, el reverso de la utopía marxista-leninista. Años después y de un modo muy similar, también se convirtió en la aspiración de los jóvenes árabes, igual que hoy sigue siéndolo de millones de asiáticos y africanos.
Una tarde me uní a un grupo de jóvenes de Berlín Oriental, veinteañeros como yo, que habían estado bebiendo cervezas junto al Muro, cerca del Checkpoint Charlie. Habían reunido unos cuantos marcos occidentales, los suficientes para comprar un equipo de alta fidelidad, un Sony con doble platina, radio y tocadiscos. Los soldados norteamericanos que vigilaban el paso fronterizo no pusieron ningún problema. Fuimos a una tienda cerca de la avenida Ku’damm.
Un par de horas después volvíamos a estar de vuelta en Berlín Oriental, en los bajos de una casa muy cerca de la Sinagoga Nueva de la calle Oranienburger, un gran edificio de estilo morisco del que solo quedaba la fachada. Allí conectamos el equipo, pusimos Desintegration, el álbum de The Cure que había salido unos meses antes, y abrimos unas botellas más. La música nos acercó al fin del mundo. Era trascendental, a ratos épica y a ratos catastrófica, incluso depresiva. Suerte que también había algún tema, como Lovesong y Pictures of you, más accesibles, optimistas y liberadores.
De alguna manera, The Cure encajaba bien con la decadencia del Berlín Oriental y la atmósfera que respiraban aquellos jóvenes que sabían de dónde venían pero que aún no podían saber a dónde iban.
Aquel invierno de 1989 y 1990 lo pasé entre Barcelona y Berlín. Cogía un avión a Frankfurt y allí el puente aéreo de Pan Am hasta el aeropuerto de Tempelhof. Me acercaba al Muro, intentaba arrancar algún trozo con grafiti y comía los bocadillos de carne asada con mostaza y pepinillos que se vendían en puestos callejeros. Aquellos carritos fueron de los primeros negocios privados del Berlín poscomunista.
También frecuentaba una cantina de Kreuzberg donde los inmigrantes turcos explicaban historias de un capitalismo que les explotaba, pero que les permitía ganar lo suficiente para comer salchichas y beber cervezas antes de volver a explotarlos.
Un día conocí a una peluquera en un mitin de Willy Brandt en Rostock y pocos días después fuimos juntos a un pequeño cabaret cerca del mercado de Hackescher. Actuaban unas amigas suyas, que habían dejado Rostock, el principal puerto de la RDA, para probar fortuna en “la grande y libre” Berlín.
Tenían fe en sus cuerpos y estaban cansadas de cortar el pelo a mujeres sin nada que contar. La nueva Alemania era una aventura para las antiguas obreras del comunismo. Ni por un momento dudaron en apoyar a los democristianos que les prometieron la unidad perfecta: Estado de bienestar y libertad en una patria recuperada. Hasta iban a cambiarles sus marcos orientales por los del Bundesbank, gracias a una decisión política, sin ninguna coherencia financiera, pero todo el sentido histórico: una misma moneda para un país reunificado. Se frotaban las manos. Eran ricas. Imitaban a Lili Marlene con sentido del humor, sin dolor y sin nostalgia.
No es lo habitual, pero hay alzamientos populares que acaban bien, como el de Corea del Sur en junio de 1987, cuando el coraje de los estudiantes derribó a la dictadura, y también como el de Berlín en 1989.
La paz, en todo caso, es muy esquiva. No he sido testigo de ninguna que responda al significado pleno de la palabra paz. Es más, no creo que sea adecuado hablar de paz en ninguna circunstancia.
Toda la claridad que ilumina la violencia se vuelve oscuridad cuando aparece la paz. No debería ser así, la violencia es negra y la paz es blanca, barbarie frente a sabiduría, pero en la práctica, la violencia es muy translúcida y la paz muy opaca. Quien ha visto la muerte no se equivoca. Sabe lo que tiene delante. Quien solo ha visto la vida, sin embargo, está en la duda. No sabe a ciencia cierta si esa vida es guerra o es paz.
Capítulo 2
El proyecto de morir
Las guerras siempre van mal y ya no suelen ganarse. También es difícil escapar de ellas. Son estados de vida permanente, tanto que hasta dejan de llamarse guerras y pasan a denominarse conflictos.
Nadie puede vivir en una guerra, pero todos podemos adaptarnos a un conflicto. Por eso los conflictos pueden ser eternos, como los que hunden a rusos y ucranianos, israelíes y palestinos, azeríes y armenios, serbios, bosnios y croatas, birmanos y rohinyás, marroquíes y saharauis, etíopes y tigreses, yemeníes y hutíes. Los yihadistas se han asentado en el Sahel, desde las costas atlánticas de Mauritania a las índicas de Somalia, y veinte años después los talibanes vuelven a controlar Afganistán.
La mayoría de estas guerras y conflictos, además, son invisibles. Unos porque duran una eternidad y otros porque desaparecen de nuestras pantallas en apenas diez días, el periodo de atención media que suscita una crisis internacional.
Hay otros conflictos que son muy difíciles de ver y de atribuir, como los que suceden en el ciberespacio. Está en marcha, por ejemplo, una lucha geopolítica por el dominio de la computación y las comunicaciones cuánticas que, además de invisible, es difícil de entender.
Las guerras y los conflictos, la tensión que provocan, magnificada y manipulada por los vectores de la comunicación de masas, aceleran la destrucción y se hacen virales a intervalos cortos pero intensos, como la respiración de un herido en combate.
Vivir en el conflicto es la norma para miles de millones de personas. A algunas les parece hasta más fácil y satisfactorio que vivir en la concordia.
A estos combatientes sin descanso el conflicto les define, mientras que el consenso les diluye. Encuentran en la confrontación una justificación mitológica, una pureza identitaria, que les parece superior al mestizaje y el anonimato que requiere la vida en común.
Desde finales del siglo XX he sido testigo de ese anhelo de pureza en numerosos conflictos en los Balcanes y el Cáucaso, en el Kurdistán iraquí y turco, en las playas de Túnez, en Argelia, Libia y Líbano, en la meseta de Saná, en Israel y Palestina, en las selvas de la República Democrática del Congo y las de Honduras, en las regiones altas de Pakistán y los desiertos de Asia Central, en el oasis de Kashgar y en las orillas del río Suchiate que separa a México de Guatemala. He hablado con vencedores que no estaban seguros de nada y he hablado con insensatos que no sabían en nombre de qué mataban.
Las guerras, a veces, si se enquistan y las miras despacio, parece que están dormidas, que son irreales, tan inofensivas como el ojo de un huracán.
Esto lo aprendí al final de la primera guerra de Chechenia, en la primavera de 1996. Los soldados rusos vigilaban la carretera entre Grozni y Shalí, una ciudad en poder de los rebeldes a la que llegabas después de cruzar la tierra de nadie a toda velocidad y con el respaldo del coche lo más estirado posible para que tu cabeza no fuera un blanco demasiado fácil. Los soldados rusos llevaban chancletas en lugar de botas y camisetas de vivos colores en vez de guerreras. Bebían vodka y fumaban marihuana. Alardeaban de haber matado ya a 100.000 musulmanes chechenos.
Los 300 muyahidines que aún defendían Shalí veían películas norteamericanas de acción, jugaban al ajedrez en sus casas de jardines modestos y paseaban en Rolls Royce y otros coches de gama alta robados en Europa Occidental. Los vecinos los envidiaban desde los billares instalados a la sombra de grandes olmos.
Disparar al enemigo parecía más un entretenimiento que un ejercicio militar. La misma sensación había tenido un año antes en las montañas que rodean Sarajevo durante el asedio serbio y la misma la tuve en el 2012 en Yabal Mohsen, el barrio alauita de Trípoli (Líbano), donde resistía una milicia aliada al régimen de Damasco y acosada por rebeldes sirios.
Yabal Mohsen está situado en una colina que domina la ciudad, y allí encontré a un hombre que había comprado un rifle AK-47 por 1.200 dólares. “Estuve disparando durante dos horas a los hijos de puta de ahí abajo –me dijo en la terraza de su apartamento, con vistas fantásticas y las ventanas agujereadas por las balas– hasta que me di cuenta de que no tenía sentido. Regalé el fusil, y me metí en casa con la familia”.
Uno de esos “hijos de puta” se llamaba Samir. Era un guerrillero del Ejército Libre de Siria, que entonces era la milicia preferida de Occidente. La frontera con Líbano era un coladero. Su familia tenía dinero y había alquilado un piso espacioso en el centro de Trípoli. Él iba y venía. Cobraba 140 dólares al mes por luchar contra el ejército sirio.
Siria es una guerra camino del olvido, una Bosnia-Herzegovina treinta años después, otro fracaso de Europa, otro triunfo de la violencia, de las guerras que no se pueden ganar ni perder porque no solo enfrentan a ejércitos sino, sobretodo, a un pueblo consigo mismo.
Siria ha sido una revuelta agraria, una guerra civil, un conflicto religioso, un pulso geoestratégico entre Irán, Israel, Rusia, Turquía y Estados Unidos, una yihad a la que se apuntaron jóvenes europeos, hombres y mujeres nihilistas. El régimen de Damasco es salvaje. Ha gaseado a civiles desarmados, torturado hasta la muerte a menores de edad, causado medio millón de muertos y, sobre este infierno, ganado unas elecciones con un 95% de los votos.
La primera refugiada siria que conocí en Líbano se llamaba Amira. Tenía 23 años, vestía hiyab y trabajaba en una fábrica de jabones de Trípoli. Había huido de Homs y me habló de mujeres violadas, de niños degollados, de un tío que perdió la razón después de 32 días de tormento, de cómo ella resistió con una treintena de mujeres y de cómo logró salvar a su hija de diez meses.
Dos años después vi a familias sirias hacinadas en un piso infecto de Tarlabasi, un barrio decrépito de Estambul, a dos pasos de la burguesa avenida Istiklal. Convivían con drogadictos y prostitutas. Los alquileres se habían triplicado ante la llegada de los refugiados. Apenas pisaban la calle por temor a todo.
He conocido a mujeres yazidíes que tuvieron su primer hijo a los 14 años y que salvaron la vida porque supieron recitar el Corán ante los degolladores del Estado Islámico (EI) que las consideraban heréticas e impuras. Cuando las visité en una casa cerca de Nusaybin (Turquía) donde se habían refugiado con decenas de hijos, no entendían lo que era Europa o Estados Unidos y solo hablaban de volver a sus casas en las montañas de Sinjar para seguir adorando al diablo como habían hecho sus ancestros durante cuatro mil años.
A Fady Elías Blbleh lo encontré en Mardin, la antigua ciudad amurallada de los primeros cristianos asirios, de los armenios y los orfebres, el magnífico mirador sobre las planicies meridionales de Anatolia.
Blbleh era un armenio de Qamishli, ciudad kurda de un millón de habitantes en el norte de Siria. Sus antepasados sobrevivieron al genocidio de 1915. Cruzaron en pleno agosto las planicies de la alta Mesopotamia fustigados por los militares otomanos, y su resistencia a la tortura, la sed y la vergüenza colma desde entonces el orgullo de su estirpe.
Al joven Blbleh lo encontré en abril del 2015 comiendo pipas con su hermano en Mar Hirmiz, un templo caldeo del año 397 en el centro de Mardin. Habían huido de Qamishli de noche y cruzado el Tigris en una balsa. Pertenecían a la clase media siria, emprendedora y bien formada. Querían llegar a Holanda con ayuda de los traficantes de hombres, las mafias kurdas y balcánicas que controlaban las rutas de la droga, la prostitución y la emigración clandestina. Solo así, desde el corazón de Europa, decían que podrían soltar el lastre de las tragedias familiares y demostrar a sus padres que el honor no estaba solo en el polvo del pasado.
Eran dos refugiados más en la corriente que llevaba a cientos de miles, la mayoría sirios como ellos, pero también afganos, palestinos, iraquíes, eritreos, sudaneses, nigerianos y otros africanos, a un mañana europeo.
Entre ellos iba también Abdulá Shenu, que se hizo famoso porque perdió a su hijo en el mar. No tenía pasaporte cuando, tres años antes, había huido de Kobane, una ciudad siria junto a la frontera turca, con su mujer y sus dos pequeños. En Turquía trabajó de pintor, vendedor, albañil y carpintero. Ahorró y dos veces pagó a los traficantes para que les llevaran a Grecia, pero no lo consiguió y perdió 4.000 euros. Entonces decidió intentarlo por su cuenta. Llevó a la familia a Bodrum y compró una barca inflable.
Apenas hay dos millas náuticas, unos cuatro kilómetros, entre Bodrum y la isla griega de Cos. Las luces del puerto de Cos se ven tan cerca desde el paseo marítimo de Bodrum, que Abdulá Shenu creyó que podría alcanzarlas con una barca de playa y un par de remos. Sin embargo, nada más dejar la orilla, arreció el viento y las olas volcaron la pequeña embarcación de juguete. Durante tres horas luchó por mantener a su mujer y sus hijos a flote, hasta que se le escaparon de las manos. El mar devolvió sus cuerpos a Bodrum.
La fotografía del pequeño Alan inerte en brazos de un agente turco dio la vuelta al mundo. Los medios lo llamaron Aylan Kurdi, porque Aylan es la forma turquizada de Alan y Kurdi porque fue el apellido que las autoridades turcas pusieron en el permiso de trabajo de su padre. Aylan Kurdi es el cadáver que abrió las puertas de Europa a un millón y medio de refugiados. Alan Shenu es el niño que nació con la guerra y del que nada sabremos.
Los refugiados son caminantes invisibles. Desde el momento que salen de casa van perdiendo cosas, igualándose en el cansancio y la determinación.
Después de una gran tragedia, como un ataque terrorista, un bombardeo o una capitulación, los hombres caminan. Dejan sus vehículos y caminan, siguen a pie en busca de refugio, avanzando sin apenas hablar.
No importa que sea la mañana del 11-S en Nueva York o la tarde de ese mismo día en Washington, no importa que sea en una de las principales ciudades del mundo o en una de las más olvidadas. Los he visto caminar en unas y otras, y apenas hay diferencia. Aunque no se puedan comparar las derrotas que han sufrido, el abatimiento que los enmudece es similar. Unos y otros están aturdidos, han perdido las referencias, ya no tienen trabajo, ni casa, ni gobierno. Su familia sufre, es posible que alguien cercano haya muerto. No se explican el cómo ni el por qué y, lo peor de todo, es que no saben qué pasará mañana o dentro de un instante. Muchos preguntan al periodista que los interroga, pero él tampoco tiene las respuestas.
Los refugiados caminan, y las fronteras se cruzan a pie o nado, con lo puesto, la ropa y las reliquias familiares preservadas en fardos y mochilas.
El norte de Siria se llenó de maletas vacías y vehículos abandonados durante los años más duros de la lucha incivil, igual que se habían llenado las carreteras del norte de Irak durante la ofensiva de Sadam Husein tras perder “la madre de todas las batallas” al final de la primera guerra del Golfo.
Lo segundo que pierde el refugiado es la identidad. Los documentos no le sirven o le sirven de bien poco. Muchos no llevan ninguno para que las autoridades que encuentran a su paso no sepan de dónde vienen. Así es más fácil evitar una repatriación.
Durante el camino, los refugiados aprenden por instinto. Aprenden a moverse y esconderse, a tentar la suerte y conservar el miedo que los mantiene alertas y a salvo.
El día que me enseñaron a caminar entre las balas había intentado cruzar el río Diyala con el Mercedes de una familia kurda muy numerosa. El Diyala separa Irak de Irán, cerca de Suleymaniya. Sadam había caído, y los clanes kurdos luchaban entre sí por el control de la región. Irán ofrecía una salida natural de aquella guerra fraticida.
El Mercedes, un modelo de la clase C cargado hasta arriba, lo conducía una mujer. Dentro había más mujeres y niños. Como el puente fronterizo estaba demasiado expuesto, intentaban cruzar por un vado del río, pero el coche, con la suspensión muy baja, se atascó entre las piedras del lecho.
Yo estaba en aquel vado, cubierto por un soto frondoso, siguiendo el éxodo de aquella gente, cuando las mujeres abandonaron el Mercedes, me dieron las llaves para que lo sacara del río y salieron corriendo hacia la orilla iraní. Intenté un par de maniobras pero el vehículo no se movió.
Lo dejé con las llaves puestas cuando sonaron los primeros disparos. Corrí hacia un árbol y después hacia otro pero era inútil guarecerse. Solo el azar de aquel soto mágico en medio del secano podía protegerme. Me quedé quieto durante unos segundos interminables y, siguiendo el consejo de una voz que no veía, empecé a caminar despacio, encorvado, en un estado meditativo, dejando que las balas ganaran por velocidad, buscando por instinto una salida que no sabía que existía pero que allí estaba, en la ladera que trepaba desde la orilla oriental.
Otros refugiados la encontraron a ciegas, igual que yo. Cuando cesó el combate, los soldados iraníes nos pidieron que volviéramos a cruzar el Diyala. El Mercedes seguía en su lugar. Ninguna bala lo había alcanzado.
Unos años después, en una de las ofensivas aéreas israelíes que castigaban Gaza con regularidad, un periodista palestino me recordó la gran utilidad de la parsimonia cuando el peligro acecha.
Íbamos en su coche, un Golf con las letras TV marcadas en el techo. Caían las bombas a izquierda y derecha, delante y atrás, pero él no pasaba de veinte kilómetros por hora. “Es más seguro ir despacio –me dijo–. Además, nunca sabes dónde va a caer el próximo proyectil. Podemos correr mucho y morir reventados en el siguiente cruce”.
Cuando has visto una guerra en directo, su recuerdo te acompañará siempre. Es una memoria sórdida y adusta, un manto que, sin embargo, por extraño que parezca, llega a protegerte si mantienes el mínimo equilibrio psicológico para no enloquecer.
Las guerras están llenas de personas que han perdido el juicio. El dolor enloquece cuando es insoportable y cuando lo ves en los demás, sobre todo en los supervivientes de un ataque, los que se han salvado de una explosión por unos centímetros, los que saben que a pesar de seguir viviendo están más muertos que vivos. Sus efectos van de la aflicción más profunda a la exaltación más perversa. Afecta a los combatientes y a los no combatientes. También a los cronistas.
El sufrimiento ajeno segrega adrenalina en las personas que, tocadas por un impulso irrefrenable, retan a la muerte, la buscan y la acarician. Es una perversión y una adicción, porque a medida que crece la sensación de invulnerabilidad, también lo hace la de inmortalidad.
En el desierto de Libia, entre Brega y Ajdabiya, he visto a guerrilleros y reporteros dejarse atrapar por esta corriente que a medida que se acerca al abismo va cargándose de más y más vida.
Los guerrilleros rebeldes libios, armados con palos y fusiles viejos, rotos y sin munición, habían partido al frente con el corazón ligero. Se sentían fuertes, protegidos, casi invencibles ante el enemigo ausente. Leían en voz alta los versos más comunes del Corán mientras esperaban a las tropas mercenarias de Gadafi.
“En el nombre de Dios, el Compasivo con toda la creación, el Misericordioso con los creyentes”. “Todas las alabanzas son para Dios, Señor de todo cuanto existe”. “Dios ama a los que se arrepienten y a los que se purifican”.
Leían acuclillados, de cara a un enemigo que no se veía pero que estaba cerca. Cuando los proyectiles caían cerca de su posición se mantenían inmóviles. La palabra de Dios era su escudo. Tenían suerte, baraka que dirían ellos, y, en el último instante, casi todos lograban replegarse, esconderse, partícipes de un juego que permitía volver a empezar.
Hay situaciones en las que poco separa a un miliciano de un periodista. El peligro es el mismo, y misma también es la estrategia para esquivarlo: suerte y sentido común, pero siempre mucha más suerte que sentido común porque la lógica es otra cuando te mueves cerca del frente, a lo largo de líneas ofensivas o defensivas que se desplazan a velocidades y en direcciones imprevisibles.
Si no corres lo suficiente o lo haces en el sentido equivocado, entonces el frente te pasa por encima. Las bombas ya no solo caen detrás tuyo o a tu alrededor. Lo hacen también delante y te mueves por un espacio difuso, rodeado de guerrilleros que están tan perdidos como tú en el polvo que levantan las explosiones. Apenas alcanzas a ver los pies que las esquivan.
Entonces es cuando aparecen los cadáveres, los corazones se encogen, y el juego termina. Vemos el vientre de la guerra, la derrota y la muerte. Se hace el silencio que enmudece al combatiente.
En la primavera del 2011, Ajdabiya era una ciudad desierta a punto de cambiar de manos. Los rebeldes habían huido, y los mercenarios africanos a las órdenes del coronel Gadafi se acercaban, pero todavía no habían llegado. En el hospital quedaban los cadáveres, los heridos más graves y los empleados de la limpieza, un grupo de bengalíes sin otro lugar al que ir. Preguntaban cuándo llegaría el enemigo, y yo no lo sabía. Responderles que no tardaría mucho era como no decirles nada, pero no podía precisar más. Querían telefonear a sus casas en Bangladesh, y yo les presté un Thuraya. Se pusieron en fila, anotaron sus teléfonos en un papel e hicieron cola para avisar a sus familias de que seguían con vida.
Apenas había vegetación en la vieja Ajdabiya. El agua estaba bajo tierra, en pozos y aljibes. El mar estaba cerca, pero no se veía. Era un cruce de caminos en el golfo de Sirte. La carretera que une Bengasi con Trípoli se cruza aquí con la que lleva a Tobruk y la frontera egipcia, también con la que baja hacia el sur, hasta el oasis de Jula. No hace falta más para tener una historia violenta.
Ajdabiya empezó siendo romana y luego, bizantina, fatimida y otomana. Fue colonia italiana y campo de batalla de los carros de combate en la Segunda Guerra Mundial. Los nazis y los aliados la ocuparon varias veces, hasta que los británicos asentaron su conquista y Rommel voló a Berlín para suicidarse. El petróleo cambió su suerte, y los amigos búlgaros de Gadafi montaron el hospital donde encontré a los bengalíes.
No hablaban árabe ni entendían la revolución. Podían morir aquel mismo día, pero la noticia de que aún estaban vivos era una gran esperanza, y la esperanza es todo. Supera con mucho la tozudez de los hechos, y dispara el entusiasmo y la fantasía. Lázaro nos enseñó que incluso puede ser más importante que la resurrección.
Durante aquellos minutos en el jardín delantero del hospital búlgaro de Ajdabiya fue posible la ilusión de que el reino de la justicia no estaba perdido del todo.
El encuentro era una metáfora de la contemporaneidad. Por un lado estaban los desplazados de Oriente y por otro el turista occidental de la información. Detrás, pisándonos los talones, se acercaban los mercenarios del sátrapa. Los papeles estaban repartidos. Había víctimas, agresores y observadores, pero nadie era bueno ni malo, amigo o enemigo. Cada uno defendía sus intereses, asumía la herencia trágica de su pasado y se ponía en manos de Dios.
Gadafi era un paranoico, pero esta falta de cordura no le había impedido, apenas unos meses antes, estrechar las manos de los líderes occidentales y plantar su jaima de rey de África en los jardines de los palacios europeos. Tenía petróleo que vender.
Los bengalíes eran migrantes económicos. Antes de la guerra, el hospital de Ajdabiya era un buen destino. Sueldos decentes en una ciudad tranquila cerca del complejo petrolero de Brega. Podían ahorrar y enviar remesas a sus familias.
Libia, al fin y al cabo, aunque había apoyado el terrorismo internacional, seguía siendo una república popular y socialista. Nada que ver con las monarquías absolutistas del golfo Pérsico que despojaban de los derechos laborales más básicos a la mano de obra asiática y africana.
Los mercenarios eran unos 6.000 soldados y paramilitares procedentes del Chad, Mali, Níger y Sudán del Sur. Luchaban por un millar de dólares al mes.
Gadafi tenía buenas relaciones con estos países, sus vecinos del Sahel. Gracias a ellas, Libia había recuperado un valor estratégico que Estados Unidos agradecía. Era útil para luchar contra las franquicias de Al Qaeda en la región. Así, Gadafi pudo normalizar las relaciones diplomáticas con Occidente y acceder al mercado internacional de armas. Pagaba con los dólares del petróleo.
Los revolucionarios que intentaban derrocarle tenían el apoyo aéreo de la OTAN y el financiero de Qatar. Europa creía que apoyando la democracia en Libia el petróleo fluiría con mayor facilidad, mientras que el emir qatarí Al Zani, aliado de primera hora de las primaveras árabes, veía una gran oportunidad para acrecentar el peso de su pequeño emirato en detrimento de Arabia Saudí, hasta hoy la nación árabe más preeminente.
Los Hermanos Musulmanes, la cofradía religiosa que aspiraba a liderar las masas que se habían levantado contra los dictadores, era un gran aliado de Qatar. Repartía los petrodólares de los Al Zani entre la población libia, como había hecho también en Túnez, Egipto y otros países.
Gadafi no tenía ningún futuro, pero aquella tarde en Ajdabiya aún era una amenaza temible. Los celadores, limpiadores y cocineros bengalíes llevaban a casa la noticia de su voz y colgaban en menos de 30 segundos para que nadie se quedara sin hablar.
Sin embargo, el ruido de los disparos, de la ofensiva gadafista, era cada vez más intenso, y un periodista europeo hecho prisionero tenía un alto valor de canje. Si los empleados bengalíes se ponían al abrigo de las balas, la avalancha militar pasaría por encima de ellos sin detenerse, pero yo no podía estar tan seguro de que no se fijara en mí. Mi rescate podía fácilmente superar el millón de dólares.
Era prudente salir sin más demora. Algunos bengalíes se quedaron sin telefonear y unos días después, cuando regresé a Ajdabiya, de nuevo en manos rebeldes, se habían ido. No di con nadie que supiera lo que les había ocurrido. Los habitantes regresaban a la ciudad desde sus escondites en el desierto para encontrar sus casas destruidas por la artillería. No sabían nada de los empleados asiáticos del hospital. Habían encontrado cuerpos de enfermos rematados en sus camas, pero ni rastro de los bengalíes. A lo mejor se habían replegado con las fuerzas gadafistas o huido hacia la frontera egipcia.
El paso entre Emsaed y Sallum estaba abarrotado de migrantes sin los pasaportes y los visados adecuados para cruzar. Los agentes egipcios no podían atenderlos, ni prometerles nada. Tampoco dejarlos pasar. Habían acampado en los alrededores, extendido los toldos de plástico, las mantas de tejidos sintéticos y acostado a los más pequeños. La Cruz Roja los alimentaba. Rezaban a las horas y renegaban de los alzados en armas, del funcionario consular que no llegaba.
Es en estas fronteras, en estos márgenes de la historia, donde rompen las olas que golpean a los hombres obligados a caminar. Proceden de las culturas más periféricas y hablan las lenguas que pocos entienden. Van lejos sin saber muy bien a dónde. A veces quedan varados durante semanas que pueden ser años, pero perseveran. Esperan y callan, sufren y desconfían. Están atrapados entre la nada y el infinito, esclavizados por los traficantes de hombres mientras aguardan el momento de jugarse la vida que han tenido por una nueva que posiblemente no verán. Carecen de un atrás, un lugar y un tiempo pasados a los que regresar, y aun así, a pesar de su parálisis y su silencio, preparan el orden mestizo del Occidente que viene. Saben que Europa y Estados Unidos necesitan a decenas de millones de personas oscuras como ellos para mantener las ciudades limpias, las mesas servidas, los museos abiertos y las iglesias iluminadas.
El Gran Inquisidor de Dostoievski se dispone a quemar a Cristo en la hoguera. Antes, sin embargo, quiere saber por qué ha regresado. Le recrimina que lo haya hecho y más aun con un mensaje de emancipación. Le reprocha que haya animado a los hombres a ser libres porque la libertad no hace libre a nadie, sino todo lo contrario, atormenta a los obedientes, a los corderos que basan su felicidad en un orden superior, una jerarquía que les garantice el pan y la salvación eterna. “Hemos corregido tu obra –le dice a Dios el sumo sacerdote– y la hemos cimentado sobre el milagro, el misterio y la autoridad”.
Los gobiernos occidentales han jugado a ser Dios y han perdido. Nos les alcanza el milagro, el misterio y la autoridad sobre una población desafecta, y cometen, además, errores estratégicos imperdonables.
El presidente ruso Vladímir Putin los ha cometido en Ucrania, igual que el presidente estadounidense Barack Obama los cometió antes en Oriente Medio. En sus memorias, Obama admite que quiso salvar a millones de jóvenes musulmanes de la violencia, la ignorancia y los sueños de la gloria celestial. Reconoce, sin embargo, que acabó matándolos porque vivían entre yihadistas y estaban expuestos a las bombas y los drones, al último grito de la tecnología militar.
La aviación rusa ataca las ciudades ucranianas en el 2022, y esta es una guerra que hemos visto antes en otras ciudades de Europa, Oriente Medio y Asia, atrocidades que pensábamos nunca más volver a ver.
Destruir una ciudad, matar a sus habitantes, incendiar sus edificios, es aniquilar una cultura, algo que la humanidad practica desde siempre, en un círculo de construcción y derribo imposible de romper, como si el hombre fuera incapaz de aprender de las ruinas, los escombros, el polvo que genera su barbarie, patología congénita de la que no puede curarse.
La aviación rusa bombardeó Alepo a partir del 2015. Durante más de un año golpeó los barrios de la resistencia contra el dictador Bashar el Asad y los redujo a escombros. Cometió crímenes de guerra y de lesa humanidad al atacar de manera sistemática objetivos civiles mientras la comunidad internacional miraba para otro lado.
Dos años después, la aviación estadounidense bombardeó Raqa. Lanzó 10.000 bombas durante cuatro meses sobre la capital del Estado Islámico en Siria, una ciudad muy densa, de 300.000 habitantes, que resultó dañada en un 80%. Murieron miles de civiles, mujeres y niños incluidos, imposible saber cuántos, porque los estrategas estadounidenses decidieron que no había otra vía para derrotar al enemigo.
¿Cuántas personas murieron en Dresde y Hamburgo bajo las bombas aliadas en la Segunda Guerra Mundial? ¿Cuántas preguntas similares podríamos hacernos sobre las ciudades sometidas a lo largo de la historia por la fuerza, por la violencia injusta pero justificada en nombre de Dios, la patria o el progreso?
Presionado por investigaciones periodísticas, el Pentágono tuvo que reconocer que bombardeó por error a civiles inocentes durante la caótica evacuación de Kabul en agosto del 2021.
Por muy quirúrgicos que sean los ataques, los inocentes mueren. Cerca de 100.000 niños han muerto o han resultado heridos desde el 2015 en zonas de conflicto. Cientos de miles han sido secuestrados, millones han visto negado su derecho a la educación y la sanidad porque no han quedado colegios y hospitales en pie. Save the Children calcula que 149 millones de niños viven en zonas de conflicto intenso. Medio millón son hijos de madres violadas por soldados y milicianos, por las fuerzas de pacificación y el personal humanitario.
Estos niños crecen con el lastre de la guerra y la injusticia. Están acostumbrados a la destrucción, a escuchar el silbido de las bombas al caer, al repiqueteo de las ametralladoras, a ver el brillo de las balas trazadoras, los arcos de luz que dibujan en el cielo nocturno. Gritan con todo su cuerpo y cuando duermen lo hacen con las ventanas abiertas y las cortinas corridas. Si revientan, los cristales no les alcanzarán.
Los niños de la guerra no aprenden a jugar, pero sí a conocer el peligro y a ser taimados.
Este es el mundo pequeño del que emana la historia, donde las personas son muy jóvenes y masculinas, la testosterona se mezcla con la podredumbre y nadie puede medir muy bien el alcance de sus actos.
Los ojos intentan adivinar las vías de escape mientras la cabeza ordena las prioridades y el corazón contiene el miedo, pero es la sangre la que todo lo decide.
La sangre que mana de los cuerpos heridos adquiere una dimensión esotérica en el campo de batalla. Su naturaleza trasciende lo físico, lo puramente sanitario, para transformarse en una fuerza oculta con el poder de unir a los opuestos y enfrentar a los semejantes. La demencia se apodera de unos y de otros, y al grito más desgarrador le sucede el más vacuo de los silencios.
Frente al hechizo telúrico de la sangre se levanta la contemplación, que puede ser inerte, morbosa y vengativa.
Los padres a los que vi llevando a sus hijos de 12 años a contemplar el cadáver de Gadafi en una cámara refrigerada del mercado de abastos de Misrata buscaban mucho más que ser testigos de un cuerpo mutilado, ensangrentado, hinchado de gases pestilentes, un cadáver del que escapaban los líquidos viscerales y los recuerdos del horror.
Aquellos progenitores pretendían mucho más que mostrar a su descendencia el trofeo de la sublevación, la lección de que el bien triunfaba sobre el mal. Aquellos hombres se adentraban con sus hijos en el magma nauseabundo de la muerte en busca de un talismán, como si de los restos humanos de aquel tirano linchado un par de días antes aún pudieran extraer un aliento, una enseñanza, que les permitiera sobresalir entre sus vecinos y, quien sabe, si hasta prosperar.
“Las circunstancias nos han obligado a cometer crímenes para poder hacer el bien. La razón estaba de nuestra parte”, me dijo el médico al salir de la morgue improvisada con su hijo de la mano.
Gadafi fue un revolucionario, un terrorista internacional, un aliado de Occidente y un dictador despiadado. Hizo estallar aviones de pasajeros en pleno vuelo, torturó y ejecutó a la disidencia, crió gigolós del fútbol y, poco antes de que la furia de la OTAN cayera sobre él, había estrechado las manos de los jefes de gobierno europeos, las atrocidades perdonadas a cambio de petróleo.
Gadafi justifica a Maquiavelo y nos habla del presente, de la dificultad de distinguir al amigo del enemigo y de la importancia de la fuerza. También nos habla, sin embargo, de la estupidez de meterte en un hoyo del que no podrás salir vivo. Allí lo encontraron, sin ir más lejos, las milicias de Misrata. El rey de África, perdidos los galones y abandonado por el último de sus guardaespaldas, se escondía solo en un agujero de la autopista que cruza Sirte, su ciudad natal, y cerca de allí lo lincharon.
El médico odiaba a Gadafi con una fuerza imposible de entender para los pilotos de la OTAN y, mucho menos, para los líderes internacionales que propiciaron el bombardeo de Libia para protegerlo a él y sus conciudadanos del terror de la revolución verde.
La defensa de su dignidad había llevado al médico a una violencia contraria a sus principios morales y religiosos. Estaba espantado, avergonzado y satisfecho al mismo tiempo. Asumía la contradicción de estos sentimientos sin poder resolverla. Estaba convencido de ser un hombre bueno.
Que la contemplación puede conducirnos a la fuente de vida que es aliento me lo enseñaron dos mujeres musulmanas, Mediha Filipovic y Nadia Aziz, ambas sentadas frente a las ruinas de sus vidas, una en su casa de Sarajevo y la otra frente a los escombros de la suya en Mosul. De ellas aprendí que la contemplación es un ejercicio de resistencia y libertad. Ayuda a reflexionar y, por tanto, es más útil para la supervivencia que el fetiche de un enemigo abatido.
Mediha Filipovic tenía 50 años en el Sarajevo asediado de 1995. Vivía en un piso cerca del hospital de Kosevo y del cementerio del León, en la zona alta del norte de la capital. La fachada daba a las posiciones de la artillería serbia y estaba reventada. Había cubierto con plásticos los huecos de las ventanas. La sala de estar, situada en la parte de atrás, tenía una buena vista sobre la ciudad. Allí había resistido los mil días del asedio medieval, saliendo lo imprescindible para conseguir comida. Leía libros sobre ciencias orientales, quemaba pieles de naranja en una estufa y escuchaba sinfonías alemanas cuando llegaba la luz.
Viví con ella unos días de diciembre. Hablábamos en inglés. Había sido profesora de odontología en la universidad. Añoraba a su único hijo, refugiado en Inglaterra, y a una sobrina que se había hecho famosa gracias a un diario del asedio que alguien en Estados Unidos había comparado con el de Ana Frank. Explicaba anécdotas de su familia, los Filipovic, una estirpe de abogados que se remontaba al siglo XVI, y se ponía un chal de seda para cenar.
Entonces contemplábamos la ciudad a oscuras y ella, habiéndolo perdido todo menos su refugio y su historia, admitía que había tenido suerte, que los obuses serbios solo le habían destrozado dos habitaciones y que se las apañaba para comer y asearse. “Al menos es una vida digna, aunque no sé para qué”.
Dignidad es también lo único que le quedaba a Nadira Aziz cuando decidió sentarse frente a su casa de Mosul destruida en junio del 2017. Los equipos de rescate le habían aconsejado que lo mejor era salir de allí mientras intentaban recuperar los cadáveres de su hermana y su sobrina, sepultados bajo los escombros.
Ella, sin embargo, no quiso levantarse de la silla roja que había plantado en el camino que fue su calle. Pedía a los rescatadores que fueran con cuidado y, sin levantarse, les gritaba que recogieran también ese y aquel objeto, pertenencias que asomaban entre las piedras y el polvo.
Nadira tendría más de 60 años y contemplaba su presente descompuesto. Había sobrevivido a la guerra y la represión, al régimen atroz de un dictador laico y de un califa salafista, ambos igual de sanguinarios. The New York Times explicaba su historia. Así fue como la conocí.
Había pasado casi toda su vida en la ciudad vieja, el barrio a orillas del Tigris que fue la última trinchera del Estado Islámico. Ahora solo le quedaban unos cuantos libros y una foto recuperada de entre los escombros que había colocado en el suelo polvoriento, junto a una pata de su silla roja.
Los yihadistas prohibían los libros y las imágenes. Si hubiera podido hablar con ella, le habría preguntado dónde los había escondido y por qué corrió el riesgo. Luego le hubiera dicho si veía alguna posibilidad de reconstruir aquella casa.
La imagino sin respuestas y en manos de Dios, repitiendo “in sha Allah”.
Con Mediha sí que puede hablar después de la guerra. Compartimos un café en un hotel de Sarajevo en el otoño del 2016, pero no quiso decir mucho del pasado. Prefería no recordar, y su silencio la crecía.
–La guerra nos cambió para siempre y nunca más volveremos a ser normales, ¿no crees? Cuando alguien quiere matarte simplemente por ser lo que eres, como hicieron los serbios con nosotros los musulmanes y como antes habían hecho los nazis con los judíos, sabes que nunca estarás a salvo porque nunca podrás dejar de ser lo que eres. Y así, a partir de esta vulnerabilidad, te vuelves un poco fantasma y un poco loca.
–¿Cómo empezaste de nuevo –insistí–, dónde colocaste la primera piedra de tu nueva vida?
–Salí de casa cuando acabó la guerra. Eso es todo.
Gracias a su inglés, el gobierno Bosnio le dio un trabajo de funcionaria en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Llegó a ser embajadora.
–¿Por qué luchas? –le pregunté a una joven estudiante de medicina en la Universidad de Bengasi durante la revolución libia del 2011.
–Por mis derechos políticos y porque quiero votar –me contestó.
–¿Y no vas a luchar por tus derechos civiles, por la igualdad de la mujer con el hombre, por ejemplo?
–No tengo ningún problema con mis derechos civiles. Me cubro con el niqab porque quiero, y mi madre me buscará un marido. Nadie mejor que ella para saber lo que me conviene.
–¿Y qué opinas del mundo, no vale la pena luchar por los derechos humanos?
–Todo el mundo sabe que los derechos humanos son un invento de los gobiernos cristianos para someter a los países islámicos.
Esta joven estudiaba para ser anestesista y se había convertido en un peón más de las guerras clásicas por el control de la tierra y el dominio de las identidades a través de la religión. La interpretación más ortodoxa del islam la obligaba a poner su salud reproductiva y su realización personal en manos de los hombres que interpretan la sharía.
Abundan los políticos y militares, los líderes mediáticos y religiosos, que trabajan para dominar las mentes y los corazones, para ganar guerras imposibles. El dominio de la sexualidad y la xenofobia son sus armas principales.
Hemos visto cómo las utilizaban Donald Trump, Vladímir Putin, Viktor Orbán, Xi Jinping, Kim Jong Un, Bashar el Asad, Recep Tayyip Erdogan, Beniamin Netanyahu, Nicolás Maduro, Rodrigo Duterte, Salva Kiir, Hasan Nasrallah, Alí Jamenei, Mohamed bin Salman y Abiy Ahmed, premio Nobel de la Paz 2019, pero hay más.
De todos ellos solo el líder supremo talibán, Haibatulah Ajundzada, ha podido cantar victoria. Veinte años de lucha ha necesitado para derrotar al ejército afgano y a su aliado estadounidense. Su triunfo es la derrota del progreso humanista, la demostración de que la democracia no se puede exportar. Germinó en las naciones europeas y latinoamericanas que pasaron la segunda mitad del siglo XX bajo dictaduras civiles o militares, pero hoy ya nadie se atreve a promocionarla. Hacerlo es garantía de provocar una guerra. Ucrania, Siria, Libia, Irak, Somalia, Yemen y Afganistán lo demuestran.
Afganistán, por si quedaba alguna duda, es el ejemplo de que la cultura social y religiosa, los ritos y creencias, la idiosincrasia de muchos pueblos, está reñida con la libertad, el respeto a la vida integral de las personas, especialmente de las mujeres y las minorías, tanto étnicas como sexuales y políticas. Llevar la democracia a estos rincones del pasado implica iniciar una guerra que nunca podrá ganarse.
Los integristas de la multiculturalidad, muchos de ellos progresistas en sociedades opulentas, los mismos que defienden, por ejemplo, la tradición del velo islámico porque es un valor ancestral, consideran que los afganos tienen todo el derecho a vivir bajo un régimen talibán que esgrime la sharía para negar al ser humano sus derechos más fundamentales.
Los afganos, sin embargo, no han podido elegir. Son hijos del tribalismo, la intransigencia religiosa y la corrupción político-administrativa. No lo han tenido fácil para pensar por sí mismos. El libre albedrío, el mismo que los ciudadanos de los países avanzados pierden bajo el adoctrinamiento de las redes sociales, no ha estado a su alcance, ni parece que vaya a estarlo durante mucho tiempo.
Sin libre albedrío el hombre pierde un enlace esencial con su origen. Decidir lo que es moral o inmoral, dar y recibir órdenes, afrontar el destino hasta abarcar la muerte, todo este ejercicio continuado de voluntad se diluye entre los automatismos que implanta el pensamiento único.
En los rincones del mundo donde los ancianos y los libros sagrados monopolizan la verdad, donde no tiene sentido aprender lo que Dios no enseña y donde lo malo, casi siempre, viene de fuera, persevera la barbarie porque se impone la magia y retrocede el libre albedrío.
El velo, la ablación, el analfabetismo y la esclavitud ordenan la vida en estos lugares remotos, de geografías imposibles de domesticar, donde la superstición y la tradición indican cómo debe consumirse la vida.
“Las mujeres trabajan en casa y los maridos lo hacemos en la calle”, me decía un comerciante del mercado de Chilas, en el verano del 2019 para justificar la segregación de género y la jerarquía patriarcal.
Chilas se encuentra a orillas del Indo, en el norte de Pakistán, en un valle muy profundo a los pies de la cordillera del Karakórum, y los hombres que llenaban el mercado la tarde de Ramadán que lo visité habían salido a comprar pollo, arroz, tomates, pan y sandías. Los que no tenían nevera compraban hielo y nieve, y los que no querían cocinar pagaban con billetes sucios y arrugados la comida hecha en puestos que freían pollo especiado.
De Chilas salieron los seis jóvenes que, reclutados por los talibanes e inspirados por Al Qaeda, atacaron en junio del 2013 el campo base del Nanga Parbat, el más occidental de los catorce ochomiles. Mataron a seis alpinistas extranjeros. “Este es el día que vengamos a Osama bin Laden”, gritaron mientras fusilaban a los montañeros, los diez arrodillados y con las manos atadas a la espalda.
Los hombres de Chilas, sin embargo, niegan que pasara nada de lo que sucedió. “Aquí no hay terroristas. Todo el mundo es bienvenido”, me aseguraba uno de ellos. No hablaba con libertad porque me escoltaba un soldado con un fusil de asalto, pero sí con alegría. Él y sus vecinos querían demostrar modestia y hospitalidad. Se atusaban las barbas, posaban para una foto de grupo, sonreían orgullosos y no decían lo que pensaban.
El gobierno les había comprado las tierras bajas que anegará la presa de Diamir, y se habían gastado el dinero en vacas, cabras y ovejas, en adquirir tierras más altas para cultivar patatas. Ninguno había invertido en mejorar la educación de sus hijos y, todavía menos, de sus hijas. “Aquí solo un 20% de las chicas y no más de un 70% de los chicos están escolarizados”, me aseguró un profesor de instituto. “Siempre ha sido así, y las nuevas infraestructuras que construyen los chinos no lo va a cambiar”.
Para estos hombres, Osama bin Laden no está muerto. “Osama bin Laden, vive”, decían uno tras otro. Por eso no tiene sentido que nadie vengara su muerte asesinando a unos alpinistas. “Vivía en Abbottabad, cerca de la academia militar, y los militares lo protegieron”, afirmaba un guía de montaña.
Un pastor solitario, que dijo llamarse Muyajadid y tener 30 años, campeón de polo en el valle de Raikot, también pensaba que Bin Laden no había muerto tiroteado por una unidad de élite norteamericana que asaltó su casa la noche del 2 de mayo del 2011. “Bin Laden vive porque Dios todo lo puede”, decía mientas preparaba la comida en una cabaña a 3.300 metros de altitud frente a la cara norte del Nanga Parbat y repasaba todo lo que Dios le había dado: una familia, un caballo de polo, unos trofeos de plástico dorado, unos campos de patatas y una vida sin preocupaciones geoestratégicas.
Allá arriba, su existencia básica e islamizada, sin luz eléctrica ni agua corriente, discurría por un plano inverso al del mundo ateo y tecnológico. Todo lo que necesitaba para ser feliz era saber que, llegado el momento, Dios le perdonaría sus pecados.
La misma fe en el perdón divino tenía un reclutador de terroristas salafistas que dijo llamarse Abu Zeineb y que conocí junto a la mezquita de Al Riyad, en Susa (Túnez), en el verano del 2015, pocos días después de que un estudiante asesinara a 39 turistas europeos que tomaban el sol en la playa. Estaba convencido de que Dios no le castigaría si me cortaba el cuello.
“Somos ejecutores de la voluntad de Dios y seremos recompensados en el paraíso”, me anunció con el aplomo de quien ha visto la luz. Su mal estaba despojado de violencia y cargado de razones. Era un mal apocalíptico, inevitable y, por lo tanto, eterno. Al mismo tiempo, sin embargo, era un mal irresponsable, tan integrado en su lógica mental, física y espiritual que rebosaba liviandad. Era el mal banal que Hannah Arendt teorizó para explicar el Holocausto. Me confesó que en el supuesto de que tuviera que cortarme el cuello no sería por nada personal. “Usted es un cristiano europeo, pero me cae bien”.
–Queremos ser como ustedes –añadió– y las muertes no cesarán hasta que lo seamos.
–¿Iguales en qué? –le pregunté.
–Iguales en todo. Esto significa vivir según la ley de Dios y no según las leyes de la democracia y el capitalismo occidental. Significa vivir según nuestras costumbres y no según las normas del ejército estadounidense y de los gobiernos europeos, con su falsa retórica sobre el multiculturalismo y las ayudas al desarrollo. Nos sentimos oprimidos y avasallados, y por eso luchamos.
–Matar es pecado, no está en el Corán, es injustificable –dije recordando lo que me había reconocido otro salafista poco antes de encontrarme con el reclutador de jóvenes terroristas.
–Lo injustificable –respondió Abu Zeineb– es matar sin una causa, pero la yihad tiene una causa. Occidente nos impone unas costumbres que no tenemos más remedio que aceptar porque si no lo hacemos parecemos bárbaros. Comprendo que un buen musulmán estalle ante la provocación constante, en pleno Ramadán, de gente que se baña desnuda, que bebe alcohol y fuma a todas horas sin mostrar respeto por nuestras creencias. El turista es arrogante, se siente superior. Y ustedes, que ahora lloran la muerte de 39 europeos en una playa de Túnez, antes no sintieron nada por la muerte de millones de musulmanes, igual de inocentes, a manos de los ejércitos occidentales en Irak, Afganistán, Siria, Libia y tantos otros países. Lo malo de ustedes es que no son capaces de asumir sus responsabilidades.
Abu Zeineb tenía 35 años y los ojos azules. Tenía la frente marcada con la señal de los piadosos que cada día se inclinan decenas de veces ante Dios. Vestía pantalones y un polo. Llevaba gafas de sol. Daba clases de contabilidad en un instituto. Era amable, me llamaba por mi nombre y me pedía que le diera razones para no ser “un objetivo comprensible” si decidía darme un baño en la playa. Cuando no pude hacerlo, intentó explicarme que si algún día moría a manos de un salafista sería por voluntad de Dios. “Solo una parte del islam es amor a Dios –me explicó–. La otra nos obliga a seguir luchando hasta que seamos iguales, no oprimidos”.
El terrorismo de inspiración islámica sigue siendo la principal amenaza para europeos y estadounidenses. Los atentados que arrancaron en Madrid en el 2004 se han extendido hasta hoy por Francia, Alemania, Bélgica, Gran Bretaña y otros países, causando cientos de muertos.
La yihad es una aspiración para muchos jóvenes europeos que se sienten discriminados, víctimas de una desigualdad social y económica que creen irreversible. Sacrificar sus vidas en una guerra santa puede ser un proyecto de libertad para ellos. Creen que la muerte es un destino mejor que la vida.
La historia está llena de proyectos para morir, de leyendas para glorificar a los muertos. Homero lo hace con Héctor en la Ilíada. Víctima de un duelo a muerte con Aquiles, su cuerpo no se corrompe. Aquiles arrastra el cadáver entorno a la tumba de su amigo Patroclo, pero los dioses lo mantienen como si estuviera dormido, libre de cualquier tortura, humillación o cautiverio.
Hasta ahora, el suicidio no era una posibilidad ética para los europeos. No había nada grandioso, nada honorable, en quitarse la vida. Ni siquiera los santos martirizados del cristianismo lo habían sido por voluntad propia. Hoy, sin embargo, Europa engendra kamikazes.
Los guardianes de las esencias europeas, blancas y cristianas, dirán que estos jóvenes suicidas no son europeos. Aunque hayan nacido en Europa, aunque Europa los haya criado, educado y alimentado, dirán que no le pertenecen, que no son como ellos.
Cuando esto sucede, Europa no se reconoce en el espejo, y su comportamiento es el de un bulímico, con atracones de civilización y vómitos de xenofobia. La Unión Europea, el proyecto más ambicioso y justo de Occidente, no puede evitar que una parte creciente de su población tenga una visión tan equivocada de la realidad que aúpe al neofascismo. Tampoco puede evitar que los jóvenes expulsados de este paraíso de igualdad y bienestar vivan un exilio interior de dolor y sufrimiento, atrapados entre la pasión y la frustración, camino de una muerte épica.
El paraíso del profeta ofrece a estos europeos desheredados placeres de carne y hueso, que es mucho más de lo que pueden conseguir los cristianos en el suyo. Tal vez por eso sea posible encontrar la felicidad en el terror, un terror que, en última instancia, se asume como un mandato de Dios. A los que mueren en nombre del islam se les llama shahid (mártires) y nadie los olvida.
Los soldados israelíes matan palestinos en defensa de su país, aunque sea en los territorios bíblicos de Judea y Samaria conquistados por la fuerza. El soldado de una democracia no puede ser un terrorista. Obedece órdenes, sigue unas pautas de combate, puede ser procesado si las viola. Casi nunca, sin embargo, deberá enfrentarse a las consecuencias de sus disparos. El Estado dirá que actuó en aras de la seguridad nacional y le perdonará.
Israel también es Europa y también blinda sus fronteras, como si el enemigo fuera exterior y no interior, más uno de los otros que uno de los suyos.
El conflicto palestino ya no es solo una lucha por el control de la tierra. Es un conflicto racial. Los palestinos, también los que tienen pasaporte israelí, no son iguales ante la ley. Nunca podrán serlo en un Estado reservado a los judíos, un Estado que no puede perder la identidad judía.
Los jóvenes marginados de los arrabales franceses también piensan que el Estado los trata de inferiores, sospechosos e impuros. Los negros estadounidenses dirían algo parecido, y todo el mundo ha podido ver cómo la policía los asesina a cara descubierta.
El asesinato, ya sea en nombre de Dios, del Estado o de una causa cualquiera, tiene un componente colectivo. El terrorista no es un delincuente individual. Comparte su crimen con los testigos, con todos los que piensan como él. Su culpabilidad, a veces, es aplaudida en público, a menudo elogiada en privado.
La tarde del 20 de noviembre del 2012, Hamas asesinó en Gaza a seis palestinos, supuestos colaboradores de Israel. Lo hizo en plena calle, en un cruce muy concurrido del barrio de Sheij Raduan, junto a la gasolinera Baylul.
El comando llegó en un minibús que se detuvo en el centro del cruce. Los milicianos, encapuchados, hicieron bajar a los seis hombres, que eran barbudos y tenían bien visibles en sus caras las heridas de la tortura. Al menos dos llevaban bolsas de plástico atadas al cuello.
Les obligaron a tenderse en el suelo, les apuntaron a la cabeza con fusiles kaláshnikov y dispararon sin bajar del minibús. Partieron de inmediato, y la gente, que había visto la ejecución sumarísima con la espalda pegada a las fachadas, fue acercándose.
De un poste de luz colgaba un papel grande con los nombres y apellidos de los muertos, así como su lugar de procedencia. Estaban escritos a mano con un rotulador de tinta azul. Un miliciano lo pegó antes de partir. La gente perdió el miedo de inmediato. Se agolpó sobre los cuerpos.
Uno de los ajusticiados aún vivía. Balbuceaba bajo los escupitajos, las patadas y los teléfonos móviles que grababan su agonía. Estaba tendido boca arriba, ahogándose en la sangre que manaba de su boca, rodeado de cámaras telefónicas y sonrisas burlonas.
Alguien ató con una cadena larga las piernas de un cadáver a una moto y la muchedumbre gritaba “¡espía, espía!” al verlo pasar. Su cuerpo estirado con los brazos en alto dejaba una senda de asfalto limpio. La cabeza golpeaba el bordillo de la acera cada vez que la moto doblaba una esquina. El piloto se divertía. Iba y venía por la misma calle.
“Es el castigo que se merecen los traidores que perjudican a su pueblo”, me dijo un hombre. “Colaborar con Israel es la peor traición que uno pueda imaginar”, afirmó otro.
Llegaron padres con niños pequeños cogidos de la mano. Estaban alegres. La multitud crecía y miraba los cuerpos. Saltaba sobre ellos evitando mancharse las sandalias con la sangre espesa que los cubría.
Por dos veces, el miedo a un ataque aéreo hizo correr a todo el mundo. Los cuerpos quedaron solos en el centro del cruce mientras la gente buscaba en el cielo las señales invisibles de los misiles israelíes. Fueron alarmas infundadas, y el espectáculo terminó cuando las ambulancias rescataron a los muertos.
La gente regresó a casa convencida de que la resistencia era imbatible. “Nadie puede con nosotros”, gritaba exultante un padre junto a su hijo. “Dios está de nuestra parte –aseguró otro hombre–. Aunque el Corán prohíbe matar, legitima la defensa”.
Podemos decir que Hamas no es un gobierno ni Gaza un país. También podemos decir que los verdugos son salvajes, seres ajenos por completo a nuestra ética y libertad, incluso podemos decir que los testigos de la barbarie, ya sea en un mercado de Misrata o en un cruce de la ciudad de Gaza, son cómplices del terror.
Pero tampoco podemos negar que nuestros estados recurren al terror y que, como ciudadanos de esos estados, somos cómplices de sus crímenes, “objetivos justificables”, según diría mi amigo Zeineb. Solo los niños son inocentes.
El discurso sin ira y sin moral de Abu Zeineb podría ser también el de cualquier Estado democrático. No existe el poder al margen de la barbarie. Es difícil vivir en un país donde el poder y la libertad no se excluyan porque la libertad suele estar al servicio del poder.
Henry Kissinger lo sabe de sobras. Su vida ha sido calcular los riesgos y las recompensas de una decisión estratégica. Es algo que aprendió de sus padres en la Alemania nazi: salir corriendo a pesar de tener prohibido moverse de casa. Huyeron a Estados Unidos y se hicieron norteamericanos.
Kissinger fue soldado en la Segunda Guerra Mundial y luego estudió en Harvard los fundamentos del mundo contemporáneo. Era profesor en esa universidad cuando Nixon lo llevó a la Casa Blanca. Fue consejero nacional de seguridad entre 1969 y 1975 y secretario de Estado en 1973, cargo que ocupó hasta 1977. Durante esos años cambió el mundo para que el mundo se pareciera más a Estados Unidos, y lo hizo con idealismo e hipocresía, muchas veces en secreto, al margen de la ley, espiando a sus más estrechos colaboradores, asumiendo que la defensa de la libertad provoca millones de muertos.
Kissinger es admirado por haber acabado la guerra de Vietnam, abierto las relaciones con China, reducido el riesgo de una guerra nuclear con la Unión Soviética y sentado las bases para la coexistencia entre Israel y Egipto. Ganó el Nobel de la Paz por todo ello, y el mundo fue algo mejor.
El año 1971 fue importante en su vida. Lo pasó entre Islamabad y París, negociando una vía para llegar a Pekín y otra para firmar la paz con Vietnam del Norte. Eran dos objetivos difíciles y, en gran medida, contradictorios con la política exterior de Washington.
En París negociaba la rendición de Estados Unidos, una salida de Vietnam que no fuera muy humillante. Buscaba una paz que, sin embargo, él mismo había boicoteado años antes, cuando la intentó el presidente Johnson. Entonces adujo que el triunfo aún era posible. Sin embargo, el motivo de aquel boicot, que extendió la guerra y costó muchas más vidas, era ayudar a Nixon a ganar las elecciones a la presidencia de Estados Unidos.
En Islamabad se veía con Yahya Khan, un déspota sanguinario que presidía Pakistán y era un gran aliado de China. Kissinger lo necesitaba para llegar a Mao. Quería abrir un diálogo con Pekín que debilitara a la URSS, su gran rival por el dominio del mundo.
En marzo de aquel 1971 Khan reprimió una revuelta independentista en Pakistán Oriental, el país que luego se llamó Bangladesh. Murieron entre medio millón y tres millones de personas. Kissinger no pestañeó ante la brutalidad. Le debía un favor a Khan y quería demostrar a China que Estados Unidos podía ser un socio fiable incluso ante la más flagrante violación de los derechos humanos. Al año siguiente Nixon fue a Pekín, y en 1973 Kissinger ganó el Nobel.
Bangladesh fue un ejemplo de la barbarie al servicio del poder democrático, pero hubo más, más personas inocentes sacrificadas en Camboya, Indonesia, Chile y Argentina.
Kissinger aprobó más de 3.000 bombardeos en la neutral Camboya. Los B-52 causaron entre 150.000 y medio millón de muertos. La ira y la angustia por esta masacre abrió las puertas al régimen de Pol Pot, que masacró a otro millón de camboyanos.
Kissinger apoyó a las dictaduras sangrientas y anticomunistas de América Latina, silenció asesinatos en masa y justificó errores morales en aras de un bien superior, la preservación de la supremacía occidental frente al comunismo soviético. Hizo esto y mucho más con la mirada de un seductor y un apoyo mediático envidiable para cualquier político.
Kissinger salvó a Israel en la guerra del Yom Kipur porque sin el apoyo militar estadounidense el pequeño Estado judío no habría resistido la ofensiva de Egipto y Siria, que atacaron con respaldo soviético. Luego cogió el avión y voló sin cesar entre Damasco, El Cairo y Tel Aviv. Buscaba la paz y lo hacía a pesar de que el presidente Nixon era un antisemita, implicado, además, en un espionaje político que amenazaba con hundirle.
Nixon se defendía del Watergate. No tenía otra prioridad, pero Kissinger, el mismo de Kissinger de Vietnam, Bangladesh y América Latina, insistía en que la paz era posible entre israelíes, sirios y egipcios. En junio de 1974 convenció a Nixon de que fuera a Oriente Medio, pero ya no había nada que hacer. Nixon dimitió en agosto, antes de que el Congreso lo destituyera. La paz de Kissinger tuvo que esperar dos años más, hasta que Jimmy Carter la cerró en Camp David.
Al dejar la política, Kissinger abrió una oficina en Manhattan para asesorar a los que quieren saber cómo se alcanza el poder y cuál es la mejor forma de preservarlo. Le ha ido muy bien. Pocos intelectuales entienden mejor la naturaleza intrínsecamente violenta de los estados nación.
Sus clientes han podido perseguir, encarcelar, torturar y asesinar a sus enemigos. Los totalitarismos lo hacen con una publicidad que las democracias procuran evitar, aunque no siempre es posible.
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