Kitabı oku: «Talleyrand»

Xavier Roca-Ferrer (Barcelona, 1949) es escritor, editor y traductor. Entre sus numerosas novelas y colecciones de relatos destacan El cas Petrescu, L’home dels miracles, Els dimonis familiars, Les raons de Venus o El cap de Penteu, que le mereció el premio Josep Pla en 1993. También es autor de los ensayos Historia del ateísmo femenino en Occidente (Arpa, 2018) y El mono ansioso (Arpa, 2020).
Como traductor ha vertido al catalán y al castellano algunas obras maestras del alemán, el francés, el inglés y el latín. Es buen conocedor y admirador de las literaturas clásicas japonesa y china y autor de la primera versión completa en español de La Novela de Genji de Murasaki Shikibu. En Arpa ha publicado traducciones anotadas de las Consideraciones sobre la Revolución francesa de Madame de Staël, Las guerras privadas del clan Bonaparte de Madame de Rémusat y El cantar de los Nibelungos.
«Noble como Maquiavelo, sacerdote como Gondi, secularizado como Fouché, ingenioso como Voltaire y cojo como el diablo». Victor Hugo, sobre Talleyrand
Personalidad enigmática y fascinante, con una formación eclesiástica que lo lanzó a las alturas de la Iglesia francesa, cuando tuvo la ocasión no tardó en trabar amistad con un joven Bonaparte, en el cual creyó ver el ejecutor de sus ideas y deseos para Francia: poner fin a la Revolución, reforzar el Estado, recrear una monarquía, y reconstruir el país y su economía en el marco de una Europa pacificada. Sin embargo, su alumno resultó más díscolo de lo que imaginaba.
Talleyrand, cuya ingente fortuna personal sabía muy ligada a la suerte del que había pasado a ser Emperador de los franceses, trató de pararle los pies hasta que las invasiones de España y Rusia acabaron con su relación. Su figura ha sido objeto de enconados enfrentamientos: las derechas lo odiaban por «traidor» a la Iglesia, a un emperador y a tres reyes, y las izquierdas lo veían como un fósil de la aristocracia y un plutócrata. Amigo de la broma y la mixtificación, vivió «ocultándose» como algunos filósofos antiguos, y ello se nota en sus memorias. En ellas, soberbiamente escritas, miente poco, pero calla mucho.
Roca-Ferrer arroja nueva luz sobre la vida del viejo aristócrata, que entendió como nadie los conflictos de su época. Se dio cuenta de que la irrupción del pueblo en el gran teatro del mundo iba a cambiar la historia, e hizo entrar en ella principios como los de la soberanía del pueblo, la legitimidad, la no intervención o la neutralidad.
«Cuando me examino a fondo, me preocupo, pero cuando me comparo, recobro la seguridad en mí mismo».
CHARLES-MAURICE DE TALLEYRAND-PÉRIGORD
«Seguramente Napoleón era superior a los demás. Lo esencial era el hecho de que los hombres estaban seguros de alcanzar sus objetivos bajo su dirección. Por ello se comprometían con él como lo hacen con cualquiera que les inspire una certidumbre parecida. Los actores siguen a un nuevo director del cual esperan obtener un bello papel. Es una vieja historia que se renueva sin cesar. La naturaleza humana está hecha así. Nadie sirve gratuitamente a los otros, pero si uno sabe que por este medio se sirve a sí mismo, lo hace con gusto. Napoleón conocía a los hombres y sabía sacar partido de sus debilidades».
J.W. VON GOETHE, Conversaciones con Eckermann
«Era un personaje raro, temido y considerable: se llamaba Charles-Maurice de Périgord. Era noble como Maquiavelo, sacerdote como Gondi, défroqué como Fouché, ingenioso como Voltaire y cojo como el diablo. Podría decirse que todo cojeaba junto con él: la nobleza, que había convertido en sierva de la república, el sacerdocio, que había arrastrado al Campo de Marte y luego arrojado al arroyo, y el matrimonio, que había roto con mil escándalos y una separación voluntaria. También su talento, que deshonró con su bajeza...
Había hecho todo eso en su palacio y a este palacio, como una araña en medio de su tela, había atraído y capturado héroes, pensadores, conquistadores, grandes hombres, reyes, príncipes y emperadores. Bonaparte, Sieyès, Mme de Staël, Chateaubriand, Benjamin Constant, Alejandro de Rusia, Guillermo de Prusia, Francisco de Austria, Luis XVIII y Luis Felipe: las moscas doradas que zumban en la historia de los últimos cuarenta años. Todo este enjambre brillante, fascinado por el ojo profundo de este hombre, había pasado sucesivamente por debajo de la puerta cuya arquitectura lleva la inscripción Hôtel Talleyrand.
Pues bien: anteayer, 17 de mayo de 1838, este hombre ha muerto. Han venido unos médicos y han embalsamado su cadáver. Para ello, a la manera de los egipcios, han extraído las entrañas de su vientre y el cerebro de su cráneo. Concluido el proceso, una vez encerrado el príncipe de Talleyrand y convertido en momia en un sarcófago tapizado de satén, se han retirado dejando sobre una mesa su cerebro, ese cerebro que había pensado tantas
cosas, inspirado a tantos hombres, construido tantos edificios, dirigido dos revoluciones, engañado a veinte reyes, contenido el mundo entero. Cuando hubieron partido los médicos, ha entrado un criado, ha visto lo que han dejado: ¡Vaya! ¡Han olvidado eso! ¿Qué hacer con ello? Entonces se ha acordado de que había una cloaca en la calle, ha ido a ella y ha arrojado el cerebro a la cloaca».
VICTOR HUGO
«Entre el clero democrático el único orador digno de ser mencionado fue el párroco de Emberménil, Hénri Grégoire, un cristiano fervoroso y un jansenista más fervoroso todavía, todo él hecho de odios: odio a la impiedad, odio a los papistas, odio a la realeza. Se creía “evangélico”, pero lo era en una versión lúgubre. Y, sin embargo, era sincero, honesto y, a veces, mostró una gran nobleza de carácter. Maurice de Talleyrand, obispo de Autun, fue su contrafigura: ya entonces era “una mierda en una media de seda”. La víspera misma de los días de octubre estaba buscando aún su camino con su hocico al viento. A la mañana siguiente su mente se había decidido: la Revolución había triunfado y él, sentado con la izquierda, iba a traicionar su orden, su Iglesia, su rey, su propia alma y, sonriendo mientras lo hacía, las ropas que llevaba. Sin ni siquiera levantar odios entre aquellos a quien vendía, vendió a todo el mundo... Seductor, persuasivo, corrupto, deshonesto, elevó el espíritu de la traición al nivel del genio».
LOUIS MADELIN, 1911
«Los “racionalistas” —los defensores de la modernidad, de una monarquía popular, de un orden económico y legal de carácter liberal, como Barnave, Talleyrand, el marqués de Condorcet y el astrónomo Sylvain Bailly— eran todos producto del iluminismo tardío. Creían en la libertad, el progreso, la ciencia, la propiedad privada y una administración justa, y eran herederos de la ética reformista de Luis XV y auténticos predecesores de la “nueva notabilidad” que surgiría después de que la Revolución hubiera completado su curso. Usaban un lenguaje razonable y mantenían la cabeza fría. Lo que tenían en mente era una nación dotada, a través de sus representantes, del poder de apartar todo lo que se oponía a la modernidad. Un estado (muy probablemente una monarquía) no haría la guerra a la Francia de 1780, y, en cambio, esta realizaría sus promesas».
SIMON SCHAMA, 1989
«Vivió en una de las épocas más peligrosas que Europa ha conocido dirigiéndola, sobreviviendo, moldeándola sin un pestañeo. El gran juego de la vida del más aristocrático de los estadistas consiste en no abandonar nunca el juego, y juega muy bien, tan bien que muy pocos se le han podido comparar en el arte de encarrilar el mundo».
DAVID LAWDAY, 2006
TALLEYRAND
Xavier Roca-Ferrer
TALLEYRAND
El «diablo cojuelo» que dirigió
dos revoluciones, engañó a veinte reyes
y fundó Europa

© del texto: Xavier Roca-Ferrer, 2020
© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.
La edición de este libro ha sido posible gracias a la ayuda del Departamento de Cultura de la Generalitat de Catalunya

Primera edición: febrero de 2021
ISBN: 978-84-17623-77-7
Diseño de colección: Enric Jardí
Diseño de cubierta: Anna Juvé
Imagen de cubierta: Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord,
François Gérard (1754-1838)
Maquetación: Àngel Daniel
Producción del ePub: booqlab
Arpa
Manila, 65
08034 Barcelona
arpaeditores.com
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.
SUMARIO
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO I Los pies tuvieron la culpa
CAPÍTULO II Los años de estudio
CAPÍTULO III En la capital del mundo
CAPÍTULO IV Las mujeres del cura
CAPÍTULO V Ensayo general
CAPÍTULO VI La revolución, al fin
CAPÍTULO VII El diablo toma el poder
CAPÍTULO VIII Una apoteosis paródica: la fiesta de la Federación
CAPÍTULO IX La Legislativa echa a andar
CAPÍTULO X Inglaterra sospecha
CAPÍTULO XI En el nuevo mundo
CAPÍTULO XII Tal para cual
CAPÍTULO XIII De camino a brumario
CAPÍTULO XIV Una piedra en el zapato
CAPÍTULO XV El hombre del primer cónsul
CAPÍTULO XVI Del Consulado al Imperio
CAPÍTULO XVII La batalla de los tres emperadores y sus consecuencias
CAPÍTULO XVIII Un regalo imperial, la confederación del Rin y el fin de un imperio
CAPÍTULO XIX El príncipe se aparta del Imperio a partir de Tilsit
CAPÍTULO XX Una farsa española
CAPÍTULO XXI Erfurt y un matrimonio inesperado
CAPÍTULO XXII 1809: Un mal año para todos
CAPÍTULO XXIII 1810-1811: Tiempo de divorcios, bodas y traiciones
CAPÍTULO XXIV 1812: El principio del fin
CAPÍTULO XXV 1813-1814: El hundimiento (i)
CAPÍTULO XXVI 1813-1814: El hundimiento (ii)
CAPÍTULO XXVII Nunca segundas partes fueron buenas
CAPÍTULO XXVIII 1814-1815: El congreso que bailó y acabó en susto
CAPÍTULO XXIX La bestia resucita
CAPÍTULO XXX El obispo en la oposición y un mal negocio
CAPÍTULO XXXI Unas cuantas muertes y un nacimiento misterioso
CAPÍTULO XXXII De cómo el veneno de la política alarga la vida
CAPÍTULO XXXIII Embajador en Londres
CAPÍTULO XXXIV Últimas andanzas en el mundo de los vivos
EPÍLOGO: ÚLTIMA PIRUETA Y TELÓN RÁPIDO
BIBLIOGRAFÍA
PERSONAJES ILUSTRES
Para Juan Javier Antequera Mouriz, jurista de mérito y baluarte del sentido común en un mundo cada día más estúpido, con afecto y admiración.
INTRODUCCIÓN
«Cuando cambian las circunstancias, tiendo a cambiar mis opiniones. ¿Y usted qué hace?»
J.M. KEYNES
Pocos personajes históricos han tenido el honor de ser tan despreciados y considerados tan odiosos como Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord (1754-1838). Basta con ver cómo lo describe Louis Madelin en el párrafo que hemos citado precedentemente, extraído de su Historia de la Revolución, publicada en 1911. En el momento de su fallecimiento había acumulado los siguientes títulos, entre otros menores que no indicamos: príncipe de Benevento y del Imperio (1806), gran chambelán del Imperio, vicegrán elector imperial, príncipe de Talleyrand (1824), duque de Dino (1817), gran águila de la Legión de Honor (1805), caballero de la Orden del Saint-Esprit (1820) y de la española del Toisón de Oro (1814), gran comandante de la Orden de la Corona de Sajonia, gran comandante de la Orden de la Corona de Westfalia, caballero de la Orden de Luis de Hesse, de san José (Wurzburgo), imperial de Leopoldo (Austria), del León (Persia), del Águila Negra y del Águila Roja (Prusia), del León y del Sol (Persia), banda de la Orden de San Andrés (Rusia), etc., títulos que le habían sido concedidos bajo regímenes tan distintos como el consulado, el imperio de Napoleón o la monarquía restaurada de Luis XVIII. Además, fue obispo de Autun, aunque por poco tiempo.
Algunos lo han admirado por esnobismo o por llevar la contraria y otros se han dejado fascinar por él como el ratoncito por la boa. También lo compadecen por su «vocación forzada» y «su infancia sin amor». Pocos, en cambio, han hecho un esfuerzo por «entenderlo», quizá por no caer en aquello que decía Mme de Staël: «Comprenderlo todo es perdonarlo todo». Y, ciertamente, Talleyrand hizo cosas difícilmente perdonables, unas veces porque no le quedó más remedio y otras porque no halló razón suficiente para abstenerse de hacerlas. Más o menos maltratado por el mundo en sus primeros años, no se anduvo con remilgos a la hora de ajustar cuentas con este mismo mundo. Su aspecto espectral y su cojera no lo hacían especialmente atractivo a la vista, salvo para la infinidad de mujeres a las que fascinó.
Dice un proverbio africano: «Eres hijo de tu época más que de tu padre». El longevo Talleyrand fue hijo de muchas épocas y de muchos mundos. Fue a la vez contemporáneo de Voltaire, de Mirabeau, de Bonaparte, de Lamartine y de Balzac. Como ha señalado Jean Orieux, nuestro protagonista «habla la lengua de Voltaire, trafica como Mirabeau y se desenvuelve cojeando en medio de asuntos tenebrosos como los que aparecen en La comedia humana». Paradójicamente, aunque siempre estuvo comprometido con su presente (un presente infinitamente cambiante: pensemos en todo lo ocurrido entre febrero de 1754 y mayo de 1838 en Europa, en el mundo y, sobre todo, en su Francia natal), permaneció «inmutable». Emmanuel de Waresquiel subtitula su ejemplar biografía de Talleyrand Le prince immobile, porque hay algo en él fijo, estático, seguro, que, en última instancia, acaba por convertirlo en el único «asidero» de su país frente a tantos hechos que agitaron Francia a lo largo de medio siglo.
A través de una historia convulsa, el exobispo de Autun fue el archivo viviente e irremplazable de grandezas, vicios, elegancias y
también de los encantos de un pasado que se diría que conservó para su uso particular. Solo fue infiel a cuanto le pareció efímero en el mundo que dejó tras de sí la Revolución: Iglesia, políticos, regímenes, discursos y juramentos. Fue, en cambio, en muchos aspectos el guardián infatigable de su país y del fuego de la civilización gala con su culto a la libertad, las artes, la industria, la riqueza —ya fuera mejor o peor adquirida— e, incluso, a la gastronomía. Cargado de vicios y extraordinariamente inteligente, su cinismo descarado fue lo que le granjeó más enemigos. Se le ha criticado, mucho más que su cojera física, de la que no tuvo culpa, la «cojera moral» de su comportamiento sinuoso. Desde muy pronto intuyó que los meandros (y no los caminos rectos e iluminados) son la ruta más segura hacia el éxito. A su alrededor, en torno a su cabellera empolvada, que nunca abandonó, un enjambre de avispas alborotadas le llamaba «traidor, traidor» a gritos, como en una comedia de Aristófanes. Pero, veamos, ¿a quién traicionó realmente? A traidores. En política cualquier innovación es siempre una traición. Como él mismo afirmó, «afortunadamente las leyes se dejan violar sin que griten».
Cuando se le sorprende en los asuntos más turbios, siempre aparece rodeado de personajes ilustres. El muy sincero Louis Antoine Fauvelet de Bourrienne (1769-1834), diplomático, amigo de Napoleón, para el cual redactó el Tratado de Campo Formio y del que fue secretario en Egipto, pero que se unió a la causa real en 1814 y partió a Gante con Luis XVIII durante los Cien Días, afirma en sus memorias que «la historia hablará tan bien de Talleyrand cuanto mal hablaron de él sus contemporáneos». Se ha repetido a menudo que la maledicencia que le persiguió toda la vida fue fruto de la envidia. No olvidemos que Talleyrand se hizo inmensamente rico y nunca se molestó en ocultar su riqueza, en gran parte adquirida mediante sobornos de Gobiernos que querían comprar los favores de su amo Napoleón u operaciones especulativas en las que jugaba con las cartas marcadas. También perdió grandes sumas en el juego, una de sus pasiones. En eso no se distingue de otras figuras políticas contemporáneas
que se arruinaron en el tapete verde: tanto el tory Pitt el Joven, veinticuatro años ministro de Gran Bretaña, como su contrincante whig Fox dejaron al morir abultadas deudas fruto de su desmesurada afición a «tirar de la oreja a Jorge», expresión popular muy «británica» que se deriva del hecho de que las barajas inglesas solían llevar la imagen del rey (alguno de los cuatro Georges) representada en el reverso de las cartas.
Talleyrand fue muy generoso con los suyos, con su familia, con sus criados, con el personal de los ministerios que dirigió y con sus vasallos de Benevento y Valençay. Sabedor de que no podía hacer feliz a todo el mundo ni llevarse su fortuna al más allá, hizo suyo el viejo dicho de que «la caridad bien entendida empieza por uno mismo». Por ello algunos han hablado de la immoralité douteuse del ilustre cojuelo. El discurso fúnebre lo pronunció Prosper de Barante, uno de los últimos amantes de Mme de Staël, y a sus elogios se unieron hombres de derechas como François-Auguste Mignet, Abel-François Villemain, Victor de Broglie (yerno de Mme de Staël), el conde de Saint-Aulaire y el príncipe Poniatowski, este último descendiente de Talleyrand a través de su hijo natural, el conde de Flahaut. Todos ellos se esforzaron en defender a capa y espada la memoria del príncipe, por más que, a partir de la monarquía de Juillet, los políticos pequeñoburgueses galos tendieron a ensañarse con el hombre que había salvado Francia de una catástrofe cierta, seguramente para tranquilizar su mala conciencia de demagogos inútiles.
En cuanto a los historiadores, no todos aceptaron la imagen negativa que hallamos en Madelin (por no hablar de Chateaubriand) y en tantos biógrafos que lo han descrito como un ambicioso frenético, un aristócrata aventurero que fue saltando de un régimen a otro según le convenía y no dejó juramento sin romper. Ciertamente fue muy ambicioso, pero lo fue «a su manera». La vida lo había colocado en un lugar muy elevado que le dejaba percibir mejor que a muchos otros «los cambios rápidos y las fluctuaciones de su tiempo». Ello le permitía dominar las circunstancias, anticiparlas, canalizarlas, buscar la manera
de que la nave del Estado virara con la mayor suavidad posible ante una probable tempestad o, en cambio, si el momento parecía favorable, rectificar el rumbo y avanzar a toda vela siguiendo sus propias ambiciones.
Aceptando la idea de que «la historia no es precisamente una escuela de moral» (François Furet y Denis Richét), a lo largo de los últimos treinta años autores como Funck-Brentano, Roberto Calasso, André Suarès o Marc Fumaroli han escrito sobre él textos luminosos que destruyen el mito del personaje diabólico que hizo de su vida una venganza contra una familia y una sociedad que lo hicieron cura a su pesar «porque era cojo». Una venganza que, por cierto, lo hizo inmensamente rico. Esta fue la imagen del «malvado obispo de Autun» que habían ido creando desde la derecha (por cura apóstata y traidor al rey) y desde la izquierda (por agiotista y poco escrupuloso) tantos historiadores de finales del XIX y de la primera mitad del siglo pasado, dando por hecho que lo mínimo que podía hacer aquel malvado para hacerse perdonar tantos pecados y traiciones era salvar una Francia arruinada y humillada en un momento en que parecía insalvable.
Uno de sus muchos biógrafos aconseja acercarse a Talleyrand un poco al modo como contemplamos al personaje que creó Orson Welles en las escenas finales de La dama de Shanghai, cuando lo hallamos encerrado en un laberinto de espejos deformantes que lo reflejan hasta el infinito. La cojera de Talleyrand, sobre la que tanto se ha especulado, nos lo acerca al Ricardo III de Shakespeare, aunque el último rey del conflicto de las Dos Rosas es seguramente menos complejo que el príncipe de Benevento, el cual se movió en una época muchísimo más complicada. De lo que no hay duda alguna es de que la figura sombría del último rey de la casa de York llega a nosotros deformada por la propaganda de sus vencedores, los Lancaster-Tudor, en la persona de Enrique VII, que tenían muchas razones para denigrarlo, unos «vencedores» que tuvieron la suerte de contar con un portavoz que se llamaba Shakespeare. También la figura de Talleyrand fue
forjada en un primer momento por la historiografía reaccionaria y clerical que dominó en la Restauración y en los tiempos de la monarquía de Juillet. Algo hay, sin duda, que a nuestro juicio vincula ambos personajes de dos épocas tan alejadas: la profunda energía que mostraron en sus actuaciones, una energía cercana a aquella virtù que Maquiavelo consideraba el atributo más necesario para ser un buen príncipe.
La virtù es un concepto clave en el léxico maquiavélico que el florentino usa de manera frecuente, alejándolo de aquellas connotaciones adquiridas por influencia del cristianismo y devolviéndole la polisemia que tuvo en la Antigüedad —en ocasiones se refiere a «quella antica virtù»—. Para el príncipe de Benevento, igual que para Maquiavelo, el peor enemigo de la virtù masculina (el término procede de vir, que en latín significa «hombre») es la Fortuna, esencialmente femenina, el azar, lo imprevisto, y la única manera de vencerla es imponiéndose a ella mediante las dosis necesarias de energía (no más). Con el azar, como con las señoras, mejor ser «impetuoso» que «respetuoso».
Talleyrand conocía muy bien a las mujeres: amó a muchas, fascinó a unas cuantas, fue amigo de unas pocas (como Mme de Rémusat, una burguesa que se convirtió en su confidente predilecta) y supo apreciar la importancia de tenerlas como aliadas a la hora de hacer política. En líneas generales, también hay que decir que las mujeres lo trataron bien. Quizá porque, a pesar de su energía —que, como buen exseminarista, sabía disfrazar de afable blandura—, siempre conservó algo de femenino en su carácter.
Antes de entrar en la escuela pasó dos años junto a su bisabuela, Mme de Chalais, una mujer inteligente y culta de los tiempos de Luis XIV, a la que adoraba. A su lado aprendió a ser un auténtico aristócrata por dentro y por fuera y a tratar a las mujeres con un respeto que ya se estaba perdiendo, cosa que no olvidó ni durante los peores años de la Revolución. También de ello hablaremos a lo largo de este compte rendu de su paso por el mundo antes de entrar en el infierno, según unos, o de disolverse in des Welt-Atems wehendem All, como canta Isolda, dejándonos un recuerdo imborrable que ha dado lugar a muchos miles de páginas y a un enigma no del todo resuelto, a los que vienen a incorporarse, con toda humildad, las que siguen a esta introducción, quizá demasiado larga.
XAVIER ROCA-FERRER
CAPÍTULO I
LOS PIES TUVIERON LA CULPA
«Son mis pies los que me han hecho cura…».
Talleyrand y los Astros
Bajo el signo de Acuario, Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord vino al mundo el 2 de febrero de 1754 en París, Rue Garancière, y fue bautizado el mismo día en la iglesia de Saint-Sulpice. En alguna parte hemos leído que los Acuario tienen una personalidad fuerte y atractiva. Hay dos tipos de Acuario: uno es tímido, sensible y paciente. El otro es exuberante, vivo, y puede llegar a esconder las profundidades de su personalidad bajo un aire frívolo. Ambos tipos de Acuario tienen una fuerza de convicción y un sentido de la verdad muy fuerte, pero son tan honestos que son capaces de cambiar sus opiniones si se les demuestra con pruebas que están equivocados. Los Acuario son capaces de ver los diferentes puntos de vista sobre una cuestión, por lo que son uno de los signos más tolerantes y sin prejuicios de todo el zodiaco. Son perseverantes y se expresan razonadamente, con moderación y, a veces, con humor. Casi todos son inteligentes, claros y lógicos. Muchos son imaginativos y psíquicos. A veces sienten la necesidad de retirarse del mundo para meditar o pensar. Se niegan a seguir a la multitud. A pesar de su personalidad abierta y su deseo de ayudar a la humanidad, no suelen hacer amigos con facilidad. Les cuesta mucho entregar su alma.
Aunque el autor no es muy aficionado a los horóscopos, es fuerza reconocer que muchas de las características señaladas se dieron en la personalidad de nuestro protagonista. Su padre, Charles-Daniel de Talleyrand-Périgord (1734-1788), caballero de Saint-Michel en 1776, teniente general en 1784, pertenecía a una rama menor
(cadette) de la casa Talleyrand-Périgord que algunos genealogistas hacían descender de los antiguos señores de Grignols, a su vez rama menor de los prestigiosos condes de Périgord, cuyos orígenes se remontaban nada menos que al siglo XI y que también eran una línea menor de la ilustre (y extinta) casa de la Manche, todo lo cual no está muy claro y todavía es objeto de discusión entre los eruditos con tiempo que perder.
Charles-Daniel vivía modestamente en la corte de Versalles con su esposa Alexandrine de Damas d’Antigny (1728-1809). Talleyrand tuvo un tío ilustre, Alexandre-Angélique de Talleyrand-Périgord (1736-1821), hermano menor de su padre, arzobispo de Reims y luego cardenal y arzobispo de París, que influyó notablemente en que el muchacho fuera entregado a la Iglesia. Talleyrand se mostró siempre muy orgulloso de sus ilustres ancestros y en sus memorias se declara «descendiente de los antiguos vasallos de la corona». Luis XVIII, que le detestaba, solía decir: «Monsieur de Talleyrand solo se equivoca en una letra en sus pretensiones: es del (du) Périgord, no de (de) Périgord».
Daniel-Marie, abuelo del biografiado, se casó dos veces: la primera con Marie-Guyonne de Theobon de Rochefort, de cuyo matrimonio tuvo a Gabriel-Marie, conde de Périgord, que se casó a su vez en 1743 con su prima Marguerite de Talleyrand, princesa de Chalais, única heredera de la rama de Chalais, de la que tuvo a Gabriel de Talleyrand-Périgord, que acumuló la riqueza y los títulos de ambos progenitores. De su segundo matrimonio con Elisabeth de Chamillard nacieron cuatro hijos más: Charles-Daniel, padre de Charles-Maurice, Gabriel-Marie, Louis-Marie, barón de Périgord, y el ya citado Alexandre-Angélique, arzobispo de Reims. Charles-Daniel contrajo matrimonio en 1751 a los dieciséis años con Alexandrine-Victoire-Léonore de Damas d’Antigny, seis años mayor que él, perteneciente a una familia noble de Borgoña venida a menos, que apenas aportó 15.000 libras. El matrimonio fue, al parecer, muy feliz, cosa rara en la época, y tuvieron cuatro hijos: el primogénito murió muy joven, y le siguieron Charles-Maurice, Archambaud y Boson. En sus primeros años Charles-Maurice no vivió en la opulencia. Con todo, como Alexandrine era dama de honor de la segunda delfina, María José de Sajonia, Luis XV les concedió una pensión para «completar» los ingresos familiares (en especial, el sueldo de militar del padre, brigadier y luego coronel del ejército real).
Las muertes del delfín en 1765 y de la delfina en 1767, los padres del futuro Luis XVI, a los que los Talleyrand se hallaban especialmente vinculados, solo consiguieron empeorar las cosas, pues la madre de Charles-Maurice no logró ganarse un lugar en el círculo de amigos de la caprichosa María Antonieta. Como dejó dicho Mme de Campan, primera camarista de la reina: «El arte de la guerra funciona sin cesar en la corte: rangos, dignidades, pero, sobre todo, los favores mantienen un combate ininterrumpido en el que no se conoce la palabra paz». Aunque, como se verá muy pronto, nuestro protagonista no destacó nunca por su amor filial, seguramente porque sus progenitores hicieron muy poco por merecerlo, nunca olvidó las dificultades económicas que rodearon su infancia, sobre todo si comparaba su posición con la holgadísima de su tío, el conde de Périgord, y de toda la descendencia Chalais.
En cualquier caso, en la aristocracia del ancien régime las relaciones entre padres e hijos solían ser muy frías y distantes. Los padres de los niños de buena familia se interesaban poco por sus vástagos hasta que no cumplían los doce o catorce años y podían «entrar» en la sociedad que les esperaba. Era entonces cuando tocaba decidir qué se podía hacer con ellos. Además, las obligaciones «cortesanas» de padres y madres quitaban mucho tiempo a la vida de familia. Por otra parte, el famoso manual Emilio, o De la educación de J.J. Rousseau, que intentó cambiar las cosas y no pocos padres tomaron como manual para la educación de sus hijos, no se publica hasta 1762, cuando nuestro protagonista tenía ya ocho años. Solo le faltaba que una mala jugada del destino le hiciera perder la primogenitura.
¿ACCIDENTE O TARA?
Como ocurría por lo general con los infantes de su clase, Charles-Maurice fue enviado a un faubourg de París, en este caso el conocido como Saint-Jacques, para que lo criara una nodriza hasta los cuatro años. No fue, pues, una excepción; el hermano mayor, fallecido, también había sido llevado a una nodriza y no había ocurrido nada. No puede decirse lo mismo en su caso. He aquí cómo nos lo cuenta él en sus Memorias del príncipe de Talleyrand, a las que recurriremos con frecuencia. En líneas generales son bastante creíbles porque, aunque calla lo que no le interesa que se sepa, no suele mentir. Talleyrand resultó a lo largo de su vida un celoso dueño de sus silencios, que fueron muchos, pero casi nunca pretende engañarnos.
A los cuatro años [...] la mujer con la que me habían puesto a pensión me dejó caer de encima de una cómoda. Me dañé un pie [el derecho]. Pasó meses sin decirlo y solo se dieron cuenta cuando me vinieron a buscar para enviarme al Périgord, a casa de Mme de Chalais, mi bisabuela. [...] Por entonces había pasado demasiado tiempo desde el accidente como para poder curarme. El otro pie, que a lo largo de aquel tiempo de dolor tuvo que soportar solo el peso de mi cuerpo, se había debilitado. Quedé cojo de por vida.
Desde su primera infancia se vio obligado, pues, a andar apoyado en una especie de muleta rudimentaria. Puede verse su calzado «especial» en su mansión de Valençay y en el Museo Carnavalet de París. El zapato tiene la forma de un pie de elefante de armadura metálica completado por una férula de hierro que discurre por la cara interior de la pantorrilla y se fija por
debajo de la rodilla a un sólido collar de cuero. Su visión estremece como la de un instrumento de tortura. De todos modos, frente a esta versión que sostiene el propio interesado y que no se discutió en un principio, a lo largo del siglo XIX y del que le siguió otros especialistas mantuvieron muy pronto que el defecto era hereditario y que el niño nació «marcado»: no cabía hablar, pues, de accidente, sino de «tara». Además, como el sabio doctor e historiador Agustin Cabanès (1862-1928) sostenía que este defecto venía acompañado de anomalías intelectuales y morales, el detalle encantó a los que de entrada detestaban al personaje. Explicaba la maldad de aquel auténtico «monstruo de la naturaleza», al que odiaban más que a ningún otro hombre público de la época. Pero seguramente Cabanès no se equivocaba del todo.
Casi dos siglos después, en 1988, uno de sus biógrafos, Michel Poniatowski, afirmó a partir de estudios médicos que el niño había nacido con una malformación que afectaba no a uno sino a los dos pies. Se trataba del llamado «síndrome de Marfan», consistente en un crecimiento desproporcionado de pies y manos. En su caso, había nacido con un pie izquierdo plano y largo y un pie derecho corto, gravemente atrofiado. A mayor abundamiento, el defecto se daba también en su tío Gabriel-Marie, que cojeaba ostensiblemente, uno de cuyos retratos nos lo muestran con un extraño calzado ortopédico parecido al de nuestro protagonista. Ello no privó al tío de hacer carrera militar, una carrera que a Charles-Maurice le fue negada. En 2003, uno de sus últimos y mejores biógrafos, Emmanuel de Waresquiel, se decantó decididamente por esta segunda versión y sostuvo que la finalidad de entregar el niño «estropeado» a la Iglesia no se debió tanto a su defecto físico ni a una especial falta de afecto paterno, sino al propósito de obtener para el chico, difícil de casar con una rica heredera por su «tara», puesto que «la marca» representaba un indudable peligro para la descendencia, la cuantiosa herencia de su riquísimo tío arzobispo.
LA FORTUNA DE UN SEGUNDÓN
Ante la desgracia del primogénito, la familia se volcó en el segundo. Archambaud era tan solo un oficial joven y guapo sin dinero, por lo que se vio obligado por sus padres a lograr un buen matrimonio, algo que finalmente se consiguió. Su madre tenía unas cuantas sobrinas lejanas, la más rica de las cuales era Sabine de Senozan de Viriville, nieta del conde de Vienne, primo de su madre, cuya hija Claudia se había casado en 1761 con Jean-François Olivier de Senozan. El matrimonio había muerto en 1769 dejando una sola hija, Sabine, que, gracias a diversas herencias, se había convertido en uno de los mejores partidos de Francia. Su fortuna no era comparable con su linaje (algunos llegaron a hablar de mésalliance), pero permitía pasar por alto sus orígenes poco ilustres, dado que su nobleza era reciente y debida a la compra de cargos parlamentarios. También el benjamín, Bosun, hizo en su día un buen matrimonio en el mundo de las finanzas.
Según resulta del contrato nupcial, la novia de Archambaud disponía de una renta de 20.000 libras para su uso personal y aportaba otras 100.000 libras al matrimonio procedentes de la venta de parte de sus bienes muebles. La aportación del novio consistía, más que en bienes concretos, en «esperanzas», entre las que destacaban las tierras de l’Angoumois que heredaría de su bisabuela cuando esta muriera. Todo ello a costa de dejar sin un céntimo a Charles-Maurice con el argumento de que ya se encargarían de él la Iglesia y su tío el arzobispo. En cuanto a las gracias personales de la joven, que no había cumplido aún dieciséis años (Archambaud tenía diecisiete), parece que no eran muchas: «Tiene una cabellera soberbia, hermosos dientes, no es baja y, con un poco de colorete, su tez resulta bonita [...] es alegre, sabe música y le ama mucho», he aquí cómo la describió en una carta Mademoiselle Charlemagne, amiga de la familia y gouvernante de los hijos de Charles-Daniel y Alexandrine.
La boda tuvo lugar en el Hôtel de Senozan a principios de 1779. El rey, la reina y toda la familia real habían firmado el contrato nupcial pocos días antes de la ceremonia religiosa que bendijo el cardenal de la familia del novio. A la ceremonia siguieron unas cuantas grandes cenas en los palacetes1 de Châtelet, de Guerchy y en el de los Talleyrand. En ningún momento hizo acto de presencia Charles-Maurice, que prefirió desaparecer. Ni siquiera menciona la boda en sus memorias. No tardaría en ser ordenado discretamente sacerdote en Reims.
En aquel momento Archambaud aún estaba desarrollando su personalidad, pero no tardó en revelarse como un joven cortesano de escasa inteligencia al que solo apasionaban las mujeres y el juego. Siempre endeudado hasta las cejas, en 1786 su affaire con la duquesa de Guiche, hija de la duquesa de Polignac y educada bajo la mirada de la reina, constituyó un auténtico escándalo. Durante una visita nocturna del joven a la dama en Versalles, la llegada inesperada del marido obligó al amante a saltar desde una ventana del primer piso, a consecuencia de lo cual se dislocó una rodilla. Se dice que Luis XVI comentó el episodio con estas palabras: «Puesto que parece absolutamente necesario que estemos rodeados de putas, por lo menos que se las aloje a todas en la planta baja». Una de las pocas bromas que se le conocen.
EN BUSCA DE AIRES SALUTÍFEROS: LOS AÑOS EN CHALAIS
Aunque los pies de su hijo mayor no parecían inquietar mucho a los progenitores y Talleyrand se lo reprocha numerosas veces (todavía en 1792, exiliado en Londres y sin un céntimo, cuenta a un amigo que ni su padre ni su madre le habían besado nunca, algo que resulta difícil de creer), su salud sí les preocupaba, sobre todo tras haber perdido al que hubiera sido el auténtico primogénito de la familia, por lo que su madre lo llevó en 1757 a tomar las aguas de Forges. Desde el principio fue confiado a los cuidados de la ya citada Mademoiselle Charlemagne, mujer de confianza de la familia que había pasado de servir a la marquesa d’Antigny a ocuparse de su hija, que es la que se encarga en 1758 de llevarlo a pasar dos años en la mansión de la princesa de Chalais en Santonge. Ya empezaba a estar extendida en la época la fe en los poderes salutíferos de la vida campestre, que Rousseau se encargaría de reforzar.
La madre se excusa: tras un aborto, su salud es precaria y, aunque no lo dice, quitarse el niño de encima le resulta claramente beneficioso dada la mala situación financiera del aún joven matrimonio. Incluso a la hora de costear el viaje se nota el afán ahorrador de los padres, al menos en lo que respecta al que entonces era todavía su único hijo, puesto que Archambaud no había nacido aún. De la mano de Mademoiselle Charlemagne, que sentía un enorme afecto por el «cojito», un afecto que el niño le devolvió con creces, Charles-Maurice viajó en una democrática diligencia, de manera que para hacer un recorrido de cuatrocientos veinte kilómetros tardó diecisiete días, durante los cuales se alojaba por las noches en las posadas más baratas que había por el camino.
En sus memorias Talleyrand se extiende largamente sobre esos dos años en casa de su bisabuela, Marie-Françoise de Rochechouart-Mortemart, princesa de Chalais. La anciana era nieta de Colbert e hija de M. de Vivonne, padre de Mme de Montespan, la que fuera amante de Luis XIV. Viuda de su matrimonio con Michel Chamillart, marqués de Cany, tenía a la sazón setenta y dos años. Había sido dama de palacio de María Leszczyńska, la esposa polaca de Luis XV, y se había retirado de la corte en los años cuarenta para instalarse en su dominio de Chalais hasta su muerte, ocurrida en 1771. La dama conservó siempre lo que se
llamaba l’esprit Mortemart, una forma particular de humor que se asociaba tradicionalmente a los miembros de la casa Rochechouart-Mortemart a partir del siglo XVII. Se ha definido como «brillante y cáustico» y, en general, poco respetuoso con los cortesanos más altivos, de los que se burlaban sin llegar a la ofensa. Saint-Simon lo advirtió y lo glosó en sus memorias.
En las suyas el propio Talleyrand reconoce que aquella mujer «avait conservé ce que l’on appelait encore l’esprit des Mortemart: c’était son nom». A su lado, el chico tuvo la revelación inconsciente pero imborrable de su personalidad y se inició en el arte de vivir propio de su raza, una representación de la cual parecía haber subsistido en la persona de su bisabuela para transmitírselo. Lo conservará en la escuela, en el seminario, en la Iglesia y fuera de ella, en definitiva, durante toda su vida. Fue la primera vez (y quizá la última) en que tuvo la ocasión de conocer una corte digna de tal nombre a partir del ambiente un tanto feudal pero exquisitamente cortés que rodeaba a aquella gran dama. Los domingos después de misa recibía en la «farmacia» de su casa a los enfermos y baldados de la región para, siguiendo el buen criterio de dos monjas enfermeras, proporcionarles los tratamientos más adecuados a sus males. Allí aprendió que la nobleza no consistía en coleccionar títulos y blasones, sino en hacer sentir su superioridad espiritual y educar al mundo mediante su sola presencia.
En la madurez de su vida la recuerda vivamente en sus memorias:
También es la primera [mujer] que me hizo degustar la felicidad de amar... ¡Le doy las gracias por ello! Sí, la amaba mucho. Su memoria me resulta aún muy cara. ¡Cuántas veces a lo largo de mi vida no la he echado de menos! ¡Cuántas veces he notado con amargura el precio que costaba contar con un afecto sincero en mi propia familia!
También es cierto que en su testamento aquella mujer singular se olvidó de su huésped y su generosidad se dirigió a Archambaud. Religiosa, debió de pensar también que Dios (o, en
su lugar, la Iglesia de Francia) velaría por aquella criatura tan lista pero lisiada que tal vez con un poco de suerte llegaría a papa. La Iglesia ya había conocido seis o siete papas franceses desde Esteban IX, en la época de Federico de Lorena. En Chalais Talleyrand aprendió a leer. Además, en aquel pequeño mundo reservado y cálido como una corte de cuento nadie le hizo sentir nunca que era un «tarado». Cojeaba como en París, pero, como él mismo nos dice, «su corazón se bañaba en ternura».
Dos años después de su llegada a Chalais, sus padres lo reclamaron. Dejó a su bisabuela llorando: nunca más volverían a verse. Acompañado otra vez por Mademoiselle Charlemagne, hizo el viaje de regreso a París en las mismas precarias condiciones en que había hecho el de ida. Llegó a su casa en la madrugada del 1 de septiembre de 1760. Sabemos muy poco sobre los dos años siguientes2, pero intuimos que sirvieron para que sus padres se ratificaran en su plan de hacerle seguir la carrera eclesiástica a la sombra de su tío arzobispo. En 1762, el año de la publicación del Emilio, Charles-Maurice entró en el prestigioso colegio de Harcourt. Tenía ocho años.
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1 Hemos decidido traducir el término francés hôtel por «palacete» o «mansión» para evitar confusiones. En algunos lugares de España (en Madrid, sobre todo) y de Latinoamérica se ha seguido usando hasta hace poco la palabra hotel uhotelito en el sentido de «casa más o menos aislada de las colindantes y habitada por una sola familia» (DRAE).
2 En sus memorias Talleyrand da a entender que fue llevado directamente del «campo» al colegio de Harcourt, pero no es cierto. Se come dos años. ¿Por qué?
CAPÍTULO II
LOS AÑOS DE ESTUDIO
«Fue en el seminario donde M. de Talleyrand se forjó mejor que en el mundo este carácter impávido sobre el cual las bondades y la injurias resbalan con la misma facilidad, que sabe obtenerlo todo y perderlo todo sin descomponerse y que, concentrado en sí mismo, se sirve de los hombres como de máquinas, los eleva, los rebaja, los acaricia o los inmola con una total indiferencia. En el curso de su vida, tan variada, [...] la nota dominante de su carácter fue siempre la de cura».
JACQUES-CLAUDE, conde Beugnot (1761-1835), par de Francia
EL COLEGIO DE HARCOURT
Curiosamente Talleyrand no nos dice nada en sus memorias de los dos años que separan su llegada a París de su ingreso en el colegio de Harcourt, y carecemos de fuentes capaces de llenar este vacío, seguramente irrelevante. Situado en una parte desaparecida de la Rue de la Harpe, cerca de la Sorbona, la añeja institución fundada en 1311 en la que estudiaron grandes talentos como Boileau, Diderot, La Harpe, Montesquieu, Racine o La Mettrie, ha sido reemplazado en la actualidad y casi en el mismo lugar por el Lycée Saint-Louis. Muy popular en la época, «el Harcourt» acogía por igual a hijos de la burguesía y de la aristocracia. Los miembros de esta última solían contar con un preceptor privado. En cuanto a Charles-Maurice, dicha tarea la compartieron en un principio un tal abad Hardi y uno de sus primos, Louis-François de La Suze, también emparentado con la princesa de Chalais a través del primer matrimonio de la dama. No fueron los únicos: les siguieron M. Hullot, que se volvió loco, y M. Langlois, especialista en la historia de las cortes de Francia, cuyos fastos describía detalladamente con enorme entusiasmo. Él se encargó del muchacho hasta que abandonó el colegio en 1769.
Talleyrand no se detiene mucho en ellos en sus memorias y da a entender que fue un auténtico autodidacta que escogió personalmente sus lecturas y pasatiempos. Con todo, parece evidente que el tal Langlois, hombre amable que también fue tutor de sus dos hermanos menores, despertó en él una cierta simpatía, porque en 1828 lo hallamos en la lista de invitados a una fiesta que dio su expupilo en su fastuosa mansión parisina de la Rue Saint-Florentin, y todo apunta a que lo ayudó económicamente en sus últimos años. Es posible que aprendiera de él la costumbre de empolvarse el cabello, pues parece que solo ellos dos lo siguieron haciendo hasta los últimos años de la Restauración.
Poco nos ha dejado dicho de los años, sin duda monótonos, pasados en el colegio de Harcourt. De entre sus profesores solo destaca cierto abad Duval, profesor de filosofía que había escrito un opúsculo contra Newton que había hecho reír mucho a Voltaire. Allí trabó amistad con otro alumno, Auguste de Choiseul-Gouffier, dos años mayor que él, del cual nos cuenta que «participó y participa aún de todos mis afanes, placeres y proyectos que han agitado mi alma a lo largo de mi vida», y, efectivamente, parece que se convirtió en uno de sus mejores amigos a lo largo de su atribulada existencia. El tío de este muchacho era nada menos que el duque de Choiseul (1719-1785), uno de los estadistas más importantes de la época que fue ministro de Asuntos Exteriores y luego jefe de gabinete de Luis XV. Mimado por la Pompadour y derrotado por la Du Barry, conoció el exilio. La Du Barry, en cambio, conoció el frío tajo de la guillotina. En un primer momento el duque fascinó a Talleyrand, que vio en él un modelo a seguir. Le admiraba el hecho de que, siendo un hombre del establishment, se mostrara a la vez como un librepensador y fuese amigo de los peligrosos philosophes. En sus primeros pasos, más de una vez recurrió a su consejo en materia de política económica de la Iglesia, primera cuestión de la que se ocupó. Con el transcurso del tiempo, sin embargo, comenzó a juzgarlo con otros ojos y pasó a preferir la gestión de uno de sus predecesores en el cargo de primer ministro de Francia, el honesto y longevo cardenal Fleury (1653-1743), al cual no pudo conocer personalmente. Escribe en sus memorias: «M. de Choiseul será para la historia únicamente un hombre que gobernó Francia mediante el despotismo a la moda [...] y su nombre no nos recuerda batallas ganadas, tratados gloriosos ni ordenanzas o reglamentos útiles».
Y, sin embargo, nunca olvidó lo que oyó decir al duque en más de una ocasión sobre su forma de trabajar y la útil compatibilidad de la actividad política con la vida social:
En mi ministerio siempre he hecho trabajar más que trabajado yo mismo. No hay que enterrarse bajo montones de papeles: hay que buscar hombres capaces de desentrañarlos. Hay que gobernar los asuntos con un gesto, con un signo... Nunca he impuesto informes largos, he intentado retener la información que ofrecía la conversación de los embajadores. [...] Hay que hacer trabajar a los que trabajan y entonces el día tendrá más de veinticuatro horas. Un ministro que se mueve en sociedad puede adivinar incluso en una fiesta más de lo que llegará a saber nunca encerrado en su despacho.
En este punto fue su discípulo más aventajado y obtuvo muy buenos resultados.
SER CURA TAMPOCO ES TAN MALO...
No existe constancia de que Talleyrand fuera un estudiante brillante, pero tampoco de que fuese desobediente, revoltoso o incómodo. Todo indica que se había sometido a lo que sus padres exigían de él, y aunque en los textos de algunos biógrafos de la corriente clerical de la segunda mitad del xix se resaltan a veces momentos de «abatimiento» y «tristeza», no deben entenderse como dramáticas crisis de conciencia del tipo que suelen sufrir ciertos seminaristas inseguros antes de su ordenación. Por otro lado, ser clérigo en Francia en aquellos tiempos era algo muy distinto de serlo ahora: si se contaba con buenos padrinos (y Charles-Maurice tenía a su tío), casi podía asimilarse a un buen matrimonio en el que uno se ahorraba los inconvenientes de la monogamia, al menos teórica.
De hecho, a los hijos inteligentes de buena familia la Santa Madre Iglesia les abría un sinfín de posibilidades para medrar, enriquecerse y no privarse de placer alguno que fueron aprovechadas por no pocos prêtres. ¿Quién no recordaba los ejemplos «tan poco ejemplares» de los cardenales de Retz, el famoso frondista al que Talleyrand admiraba especialmente, el hábil Richelieu o el sinuoso Mazarino, que llegó a ser el hombre más rico de Francia? Y las cosas no habían cambiado mucho. Cierto panfleto de la época referido a un conocido obispo decía:
Un évêque de grande mine Et dont le nom me reviendra Payait du trésor de l’Église Comme l’usage l’autorise Une actrice de l’Opéra. .....................................
«Comme l’usage l’autorise» dice la coplilla. En otras palabras, el tal obispo estaba lejos de ser una excepción. Durante su estancia en la escuela, Charles-Maurice contrajo la viruela, pero ello no le abrió las puertas del hogar familiar, quizá por temor a
un contagio, sino que se le alojó en casa de una cuidadora profesional de la calle Saint-Jacques. De todos modos, tuvo más suerte que el pobre Mirabeau y la enfermedad no dejó marcas en su rostro. En sus memorias no evita quejarse del poco interés que despertó su enfermedad en su familia:
Me sentí aislado, sin apoyos, todos vueltos en contra de mí, pero no me quejo porque pienso que estos retiros obligados hacia mi interior han avivado mi capacidad de reflexión. Debo a las penas de mis primeros años haber ejercitado muy pronto mi hábito de pensar con mayor profundidad, un hábito que quizá no habría tenido si me hubiesen ofrecido algunos motivos insignificantes de alegría...
Vale la pena observar, al hilo de estas «confesiones» y de otras parecidas que iremos reproduciendo a lo largo del libro, que, cuando Talleyrand empieza a escribir sus memorias «nel mezzo del camin della sua vita», se había ganado ya numerosos enemigos que le reprochaban determinadas actuaciones objetivamente muy graves. Será luego, tras colgar los hábitos, traicionar a la Iglesia y a sus reyes, intrigar en todos los ámbitos, participar en mil casos de corrupción, aceptar toda clase de sobornos, etc., cuando empiece a insistir en que «se vio condenado a crecer sin amor y a ser lo que no quería ser», circunstancias fatídicas con las que pretende explicar y hacerse perdonar «sus errores», como suelen hacer todavía hoy ciertos delincuentes juveniles de buena familia con el asesoramiento de caros psiquiatras. Por ello en sus memorias muestra especial interés en recoger sus quejas sobre su desgraciada infancia y su «vocación impuesta», con el propósito de atribuir cierta culpa de sus fechorías a la infortunada decisión de sus progenitores de «meterlo a cura». En consecuencia, todos esos lamentos merecen ser tomados cum grano salis.
Nos consta que empezó a escribir la parte de sus memorias que trata de su juventud tras firmarse el Concordato (1801) que reconcilió a Napoleón con el papado. Al año siguiente el emperador le obligó a casarse en interés de la moral pública con la mujer con la que estaba conviviendo desde tiempo atrás: Catherine
Noele Grand, luego de Talleyrand-Périgord, a pesar de la firme oposición de Roma, que le seguía teniendo por obispo. Fue entonces cuando el que lo había sido de Autun al empezar la Revolución empieza a imaginar que algún día deberá rendir cuentas por haber abandonado el estado clerical. Por lo tanto, presentarse como le prêtre malgré lui en sus memorias constituye una suerte de justificación de su regreso al estado laical, su auténtica vocación. En una de las cartas de contrición enviadas a Roma en 1838, poco antes de su muerte, se refiere a «una dirección impuesta a una juventud totalmente contraria a una vocación sincera» y, en otra, «a una juventud [...] conducida hacia una profesión para la cual no había nacido».
Sin embargo, no pocos contemporáneos suyos de muy buena familia, como Turgot, Chateaubriand o Jacques de Norvins, sobrino del poderoso Loménie de Brienne, arzobispo de Toulouse y luego de Sens, ministro de Luis XVI, se negaron rotundamente a obedecer la voluntad de sus familias, empeñadas en «meterlos» en la Iglesia velis nolis. Bien mirado, si se examina su trayectoria desde el final, tampoco le fueron tan mal las cosas a Charles-Maurice en el seno de la Mater et Magistra ni se privó de nada. Teniendo en cuenta las estrecheces por las que pasaba su familia, la Iglesia le permitió mejorar su situación personal. No tardó en ingresar él solo el triple de lo que obtenían sus padres «por todos los conceptos». Cuando bastantes años después insiste tanto en el tema de la imposición paterna, hay que creerle a medias. Unos historiadores le creen mucho, como Jean Orieux; otros muy poco, como Waresquiel. Que el lector decida.
Tampoco hay razón alguna para pensar que Talleyrand fuera especialmente desgraciado en sus años de escolar. Es muy probable que incluso su falta de brillantez respondiera a un plan preconcebido o inconsciente de pasar desapercibido: ¿para qué exhibir, pues, su inteligencia, su capacidad de reflexión, su memoria y su incomparable sentido de la observación? Un colegio como el que le acogía era un lugar ideal para practicar las artes del silencio y el disimulo, que tanto le sirvieron cuando «entró en el mundo». En cuanto a sus relaciones con la familia durante sus años de escolar, el matrimonio Talleyrand-Périgord-de Damas d’Artigny invitaba a sus hijos escolarizados a cenar en su casa una vez a la semana en compañía de su preceptor y les despedía con una frase ritual que su destinatario nos ha conservado: «Soyez sage, mon fils, et contentez M. l’abbé!». Estamos casi convencidos de que Talleyrand nunca hizo enfadar en serio a abbé alguno. Años después, cuando fue ponente en la asamblea de la Constitución Civil del Clero y propuso e hizo aprobar la expropiación de los bienes de la Iglesia, mató seguramente a muchos abbés de un infarto.
EL NEPOTISMO ECLESIÁSTICO EN FRANCIA
No todos los que en el siglo XVIII entraban en un seminario en Francia y en muchos otros países europeos lo hacían por vocación religiosa. Para muchos jóvenes humildes con afán de aprender el seminario era la única escuela gratuita que se les ofrecía. Baste recordar la historia del protagonista de Rojo y negro. Que luego fueran buenos o malos curas ya era otro cantar. Cabe suponer que habría de todo. También ocurría lo mismo entre las grandes familias: al amparo de la Iglesia las cabezas brillantes podían labrarse un porvenir envidiable a cambio de unas obligaciones y privaciones mínimas. Si en la familia había ya, además, alguna autoridad eclesiástica destacada, la cosa se presentaba más fácil todavía. Ello confería a la aristocracia un control sobre la vida religiosa del país que podía resultar muy provechoso. En Francia, los Rohan llevaban «dominando» el arzobispado de Estrasburgo, que pasaba de tío a sobrino, desde generaciones. A partir de 1760 una cuarta parte de los ciento treinta obispados del reino se hallaban bajo el control de trece familias: los Castellane detentaban cuatro, los La Rochefoucauld tres, y otros tantos los Brienne, los Bernis, los Nicolaï, los Boisgelin...
Algo parecido ocurre en la familia Talleyrand. La carrera del longevo Alexandre-Angélique de Talleyrand-Périgord (1736-1821), hermano del padre de Charles-Maurice, es un ejemplo de lo que estamos diciendo. Tras estudiar en el seminario de Saint-Sulpice con los oratorianos, fue nombrado limosnero del rey y luego vicario de Verdún gracias a la influencia de su cuñada, la condesa de Périgord, mujer todopoderosa bajo Luis XV, aunque no figure entre sus amantes. No había cumplido aún treinta años cuando Charles-Antoine de La Roche-Aymon, arzobispo de Reims, lo elige como su coadjutor y lo hace nombrar para la sede in partibus de Trajanopolis, hoy Loutra Traianopouleos1. Absorbido en la corte por las tareas de gran limosnero de Francia y, muy pronto, por las funciones de ministro de la Feuille, cargo que le permitía controlar la distribución de una parte importante de los beneficios eclesiásticos, La Roche-Aymon deja en manos de su coadjutor la administración de su diócesis, en la que está, además, llamado a sucederle. El arzobispo titular muere diez años después y Alexandre-Angélique se elige a sí mismo como sucesor de acuerdo con lo previsto. En aquel momento el arzobispado de Reims ingresaba 560.000 libras de rentas anuales (el doble que el de Narbona). El nuevo arzobispo no dudará en elegir como su coadjutor al mayor de sus sobrinos, nuestro Charles-Maurice.
A partir de entonces las relaciones entre el eclesiástico y los padres de su protegido se estrechan y los hermanos empiezan a tratarse regularmente. En 1767 alquilan juntos el palacete de Guerchy, en la Rue Saint-Dominique, y pasan las vacaciones de verano también juntos en una finca arrendada cerca de Vincennes, donde «el aire es excelente». Tres años después, con los quince cumplidos, Charles-Maurice se instala en Reims. Realiza el viaje en una silla de posta para él solo (¡había que quedar bien!), que lo trasladó en dos días de su casa de París a Reims. Allí tomó el nombre de abad de Périgord y vistió su primera sotana (en realidad, calzones hasta la rodilla, frac y medias de seda negros), requisito al que todavía no estaba obligado y que, si hay que creer al interesado, «le fue impuesto contra su voluntad». Hombre de natural elegante, quizá pensó que el negro no le sentaba bien. Mme de Chateaubriand, que lo odiaba, lo recuerda como un chico «bastante guapo, con cabellos rubios y ondulados y una mirada límpida, pero fría y escrutadora, y una estatura superior a la media». Llegó a medir casi un metro ochenta.
EN REIMS
No parece que su primera estancia en Reims le haya hecho muy feliz y, bastantes años después, se refiere con desdén en sus memorias al lujo que rodeaba al arzobispo de la diócesis y a su coadjutor, que «no compensaba, nos dice, el sacrificio completo de mi sinceridad que se me exigía». Que el joven Charles-Maurice no eligió el estado eclesiástico parece fuera de toda duda, pero que lo haya aceptado de tan mala gana como quiere darnos a entender resulta cuando menos discutible. En 1782 el joven Jacques de Norvins, futuro director de la policía del Imperio, recibió de su tío Loménie, arzobispo de Toulouse, la sugerencia de hacer carrera en la Iglesia y el buen hombre le prometió su cargo (por lo menos). Norvins, que tenía trece años, nos cuenta en sus memorias:
El prelado tuvo la bondad de insistir y de subrayar las ventajas de la ambición y de la fortuna. [...] Yo le dije que el único objeto de mis estudios era ver cumplida mi vocación decidida de convertirme en magistrado.
Las perspectivas que se ofrecían al muchacho eran ciertamente atractivas: una vida eclesiástica relajada y libre, una gran
fortuna y la posibilidad de hacer una carrera administrativa y política en la Iglesia o fuera de ella. No pocos arzobispos se habían convertido en primeros ministros del país: André Hercule de Fleury fue el principal consejero de Luis XV, del cual había sido preceptor, y su mandato fue «la parte más feliz del reinado del abuelo de Luis XVI», o Loménie de Brienne, arzobispo de Toulouse, ministro de este último, que convocó los fatídicos Estados Generales de 1789, se asustó y corrió a refugiarse en el mejor remunerado arzobispado de Sens.
Desde el primer día tío y sobrino se entendieron a la perfección. Las cartas de Talleyrand que se conservan en los archivos del château de Broglie muestran que las relaciones entre ambos fueron siempre muy cordiales. Parece normal, puesto que, gracias a su tío, Charles-Maurice es invitado y acogido en Reims, entra en el seminario de Saint-Sulpice y obtiene las dispensas necesarias para obtener sus primeros beneficios antes de la edad mínima prescrita. La Revolución los separa (no podía ser de otro modo), pero el arzobispo volverá a entrar en contacto con su sobrino en los últimos años del Imperio y se convertirá en un aliado importante del futuro exministro de Napoleón. En una carta posterior a la primera Restauración dirigida a Bruno, marqués de Boisgelin, emigrado de 1792, luego maître de la garde-robe y comisario extraordinario de la octava división naval del rey (Toulon), caballero de san Luis y par de Francia desde 1815, Charles-Maurice definía a su tío como «un hombre excelente, que ha hecho de la indulgencia uno de sus principales deberes».
Convertido en arzobispo de Reims en 1777 y, por lo tanto, en primer par eclesiástico de Francia, Alexandre-Angélique se encarga de presidir las asambleas quinquenales del clero galo y sigue ingresando anualmente rentas por valor de 560.000 libras como su antecesor, más 126.000 libras por sus dos abadías de Cercamp y Saint-Quentin en Isle. En 1789 el buen hombre adquirió en París el palacete de Gramont en la Rue Bourbon por 251.000 libras, aunque la Revolución le impidió disfrutarlo.
Poco sabemos, en cambio, de lo que su sobrino hizo durante su estancia en Reims, etapa que pasa por alto en sus memorias. Parece que le interesó mucho la lectura de las biografías de grandes cardenales diplomáticos, como Duprat, Ossat y Polignac, una lectura que su tío le recomendó, y, sobre todo, las memorias del execrado cardenal de Retz, Paul de Gondi (1613-1679). La figura de este último le fascinó toda la vida: Gondi, coadjutor del arzobispo de París, que también era su tío y al que intentó suceder, fue uno de los principales impulsores de las dos rebeliones de la fronda contra Mazarino, la regente Ana de Austria y, en última instancia, contra un Luis XIV menor de edad.
Conspirador nato, Gondi se confesaba «una de las almas menos eclesiásticas que hayan existido jamás». Intrigante y aficionado al doble juego y a la sorpresa, también se mostró muy hábil como negociador hasta que el jovencísimo monarca lo hizo detener también por sorpresa en diciembre de 1652. A partir de este momento, su buena fortuna se fue apagando hasta extinguirse en 1679, cuando se hallaba ya retirado en su abadía de Saint-Denis, tras haber escrito sus memorias y renunciado a un cardenalato que le había costado mucho conseguir. Se diría que Talleyrand lo tomó de modelo y quizás aprendió de él lo que no se podía hacer: afortunadamente para Charles-Maurice, Napoleón no era el Rey Sol.
CHARLES-MAURICE EN EL VIVERO DE LOS OBISPOS
En 1770 Talleyrand entró al fin en el seminario de Saint-Sulpice, conocido como «el vivero de los obispos», donde pasó los siguientes cuatro años. La pensión no era barata: 580 libras al año, y los estudios que ofrecía consistían en dos años de filosofía y tres de teología que preparaban a los alumnos para pasar su tesis de bachiller. Luego, tres años más de teología en la Sorbona completarían la formación exigida al «buen sacerdote». Resulta creíble, dada su tendencia a sentirse en todo distinto y superior a
los demás (quizá porque lo era), que no mienta cuando nos describe su actitud en el seminario en estos términos:
Durante los recreos me retiraba a una biblioteca en la que buscaba y devoraba los libros más revolucionarios que podía hallar, y me alimentaba de la historia, de los amotinamientos, las sediciones y los trastornos políticos que se habían dado en todos los países.
Con todo, no debía de ser tan mala la vida del seminario, puesto que en 1815 contó a Alexis de Noailles que el superior general M. Bourrachot le daba excelentes consejos y que estimaba a M. Legrand, doctor en teología. Muchos años después, en 1821, elogió a monseñor Bourlier, obispo de Evreux y antiguo «sulpiciano», quizá porque durante la Restauración siempre se agradecía un elogio de la institución, pero fuerza es reconocer que a lo largo de toda su vida Talleyrand nunca dejó de mostrarse respetuoso con los sacerdotes, tal vez porque nunca dejó de considerarlos de algún modo «colegas suyos».
Las clases se impartían en una gran aula de la planta baja con capacidad para ochocientos alumnos. Allí aprendió, por encima de todo, esa manera particular de estar en sociedad, a la vez discreta, amable, mesurada y cortés, que se llevaba en Saint-Sulpice, a la que llama le bon maintien, expresión difícil de traducir equivalente a guardar las formas. Él mismo trata de explicárnosla en una nota:
Como el lenguaje de la acción o la palabra, la contención [le maintien] es también una lengua, la más limitada de las tres, pero también la más sencilla y la más exacta. Cuando la palabra con sus acentos y la acción con sus movimientos se lanzan a todos los excesos, saltándose los límites, la buena contención suele detenerlas, hacerles dar marcha atrás y encuadrarlas dentro de los límites de la circunspección. [...] Es gracias a la confianza que la buena contención inspira y merece como Saint-Sulpice ha logrado conservar y restablecer una paz siempre fácil de romper entre la Iglesia y el mundo.
El difícil Concordato firmado por Napoleón y Roma en 1801, en cuya redacción tanto intervino Talleyrand, a la sazón ministro de Asuntos Exteriores del primer cónsul, es una prueba de hasta qué punto Charles-Maurice dominaba el arte de la contención. En líneas generales, no guarda un mal recuerdo de aquellos años. En 1814, hallándose en Viena en representación de su país en el Congreso, reconoció al conde de Noailles y le dijo: «Cuando quiero sentirme feliz, sueño con Saint-Sulpice y evoco los recuerdos de aquellos tiempos. Había entonces buenas cabezas en el seminario». Entre sus compañeros de estudio se contaban retoños de familias notables como M. La Coste de Beaufort, primo hermano del marqués de Pompignan. Tutelaron a Charles-Maurice los abbés Bourlier, futuro obispo de Evreux, y Charles Mannay, que no tardó en convertirse en vicario general de Reims.
Con todo, su auténtica «hada madrina» sigue siendo su tío Alexandre-Angélique, que, a partir de 1777, tras la muerte de su antecesor de La Roche-Aymon, pasa a ser el todopoderoso arzobispo-duque de Reims. No pocos historiadores le han reprochado su «ciego nepotismo». En efecto: fue él quien obtuvo para su sobrino la dispensa necesaria «por su aplicación al estudio y su talento» para que pudiera presentar y aprobar su tesis de bachiller dos años antes de los veintidós obligatorios. Talleyrand la expondrá el 22 de septiembre de 1774. El tema: Quaenam est scientia quam custodient labea sacerdotis, («¿Cuál es la ciencia que guardan los labios del sacerdote?»), y en su redacción intervino no poco su director, el abbé M. Mannay, al cual el bachiller guardó siempre un sincero reconocimiento. En cuanto pudo, lo hizo obispo de Tréveris.
Paralelamente a sus estudios, su carrera eclesiástica resultó meteórica: el 28 de mayo de 1774 recibe las órdenes menores del obispo de Quimper y el 1 de abril de 1775 el subdiaconado del de Lombez en la iglesia de Saint-Nicolas-du-Chardonnet, primera orden mayor, que imponía ya la castidad perpetua. Se cuenta que la vigilia de ser ordenado dijo a su superior, M. de Cussac: «Me fuerzan a ser eclesiástico y se arrepentirán». La frase, recogida por Georges Lacour-Gayet (1856-1935), autor de la biografía más voluminosa (cuatro tomos) que se ha escrito sobre el personaje, sigue siendo repetida por los historiadores que, como Orieux, responsabilizan de todas las traiciones y diabluras del personaje a una vocación impuesta por sus padres. No obstante, la consistencia de su carácter y la ligereza con que pasa de una situación a otra obteniendo siempre algún beneficio para sí mismo nos permiten ponerlo en duda y nos impiden compadecerlo demasiado. Para ello ya tenía a la infeliz Luzy de paño de lágrimas, a la cual no tardaremos en referirnos.
UNA CONSAGRACIÓN REAL Y NUEVAS AMISTADES
El 3 de mayo es nombrado canónigo de la catedral de Reims y el 3 de octubre abad comanditario de Saint-Denis de Reims, un cargo que le asegura unos ingresos considerables. Cinco días después agradece a sus compañeros canónigos que lo hayan aceptado entre ellos mediante este discurso, auténtico modelo de diplomacia:
Recibo con el más vivo reconocimiento la gracia que me habéis acordado. Un gran respeto por vuestra compañía, la más firme adhesión a sus miembros, el deseo más vivo de formar parte de vuestro cuerpo y la amistad que siempre habéis manifestado a mi tío son los únicos títulos que me reconozco para merecerlos. Espero, señores, que seguiréis conservando vuestras bondades para conmigo. Os garantizo todos mis esfuerzos para hacerme digno de ellas.
Entre ambas fechas hay un episodio que no se puede pasar por alto. El 11 de junio de 1775 Charles-Maurice asistió a la consagración de Luis XVI, en la cual participaron su tío como coadjutor del arzobispo consagrador (aún no era titular del cargo) y su padre, que tenía el honor de ser uno de los cuatro otages de la sainte Ampoule, los cuatro señores encargados de escoltarla desde la abadía de Saint-Remi de Reims hasta la catedral. Entre
sus obligaciones figuraba nada menos que «defenderla hasta la muerte». Entraban en la catedral a caballo precedidos por sus respectivos escuderos.
¿Qué era esa sainte Ampoule que parecía tener tanta importancia? Según un episodio de mitología cristiana recogido por Hincmar, arzobispo de Reims (802-882), era el frasquito que una paloma había traído volando a Remigio de Reims, futuro san Remigio (saint Rémy), para que untara con su aceite la frente del rey Clovis (Clodoveo I) cuando lo bautizó hacia el año 496. La historia nos recuerda la del santo Grial de la mitología artúrica y tal vez se inspiró en ella, pero no encontró un Wagner que la inmortalizara. Con el mantenimiento de esta tradición se pretendía insistir en la idea de que «Dios y solo Dios hace al rey, con la ayuda visible del sacerdote». Casi todos los reyes franceses fueron consagrados en la catedral de Reims hasta 1825, fecha en la cual el rey Carlos X de Francia accedió al trono. Este fue destronado por la Revolución de julio, en la que se coronó a Luis Felipe de Orleans, hijo de su tío el regicida Philippe-Égalité. También en su consagración estuvo presente Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord en calidad de gran chambelán de la corte.
En sus memorias no se detiene en la regia consagración salvo para decirnos que fue con motivo de ella que trabó las primeras amistades femeninas a su altura, destinadas a ser las fundadoras del «serrallo» episcopal y, luego, ministerial, que Talleyrand dominó con su personalidad y encanto:
Fue a partir de la consagración de Luis XVI que datan mis relaciones con varias mujeres cuyos méritos en diversos aspectos las hacían sobresalientes y cuya amistad no ha dejado nunca de arrojar un encanto sobre mi vida. Son madame la duquesa de Luynes, madame la duquesa de Fitz-James y madame la vizcondesa de Laval, de las que voy a hablaros...
También en sus memorias nos informa por extenso de una aventurilla picante de sus tiempos de seminarista que parece extraída de una novelita de Marivaux o del abbé Prévost. Su protagonista, Dorotea Dorinville, era una actriz de reparto de la Comedia Francesa, Luzy de nombre artístico, a la que conoció saliendo de misa en un día de lluvia. El joven le ofreció su paraguas y acompañarla a casa. «Ne permettrez-vous pas, ma belle demoiselle...?», nos parece escucharle cantando estas palabras de Fausto a Margarita en la ópera de Gounod. Y Luzy accedió.
Bonita e inocente, aunque era mayor que él, debió de sentirse muy halagada por la compañía de aquel elegante seminarista de hábito bien planchado que la acompañaba a diario a casa. Nos los imaginamos paseando cogidos de la mano por l’allée des Philosophes, frecuentada por Rousseau en 1741, y la llamada promenade des Soupirs, refugio de enamorados furtivos, dos espacios abiertos a los paseantes parisinos del jardín del Luxemburgo que «fundara» María de Médicis, como una Manon y un abbé des Grieux hechos realidad. La historia duró dos años y el memorialista nos cuenta que se sentían almas gemelas porque ambos se habían visto obligados por sus familias respectivas a seguir «vocaciones impuestas», pues ni ella quería dedicarse al teatro ni él al sacerdocio.
Aquella relación fue pronto del dominio público y la parejita empezó a formar parte del paisaje urbano de los alrededores de Saint-Sulpice (ella vivía en la Rue Férou). Charles-Maurice no hizo nada por disimular la situación (lo cual demuestra cuán poca importancia confería a las obligaciones que, en teoría, le esperaban), y su superior en el seminario tampoco se esforzó por atajarla. Hubiera debido despedir al muchacho de la institución que dirigía y quizás hubiese hecho un gran servicio a la Iglesia y a Talleyrand... o no. Pero seguramente prefirió «hacer la vista gorda» y evitar un escándalo. Comenta Lacour-Gayet: «[…] el muchacho debió a las condiciones inseparables de su cuna y, sobre todo, al respeto y consideración que se tenía por los méritos y virtudes del arzobispo de Reims, su tío, que no se le echara a cajas destempladas».
Es el primer amor que se le conoce. A partir de la consagración real tomó conciencia de que un personaje como el que se
proponía llegar a ser algún día (dentro o fuera de la Iglesia) no debía ni podía enredarse con gente de la farándula. Y se mostró fiel a su compromiso, pues entre la larga lista de mujeres que le adoraron no hallamos actrices, bailarinas ni cantantes de l’Opéra, como en el caso del obispo de la canción citada, aunque acabó contrayendo matrimonio con algo mucho peor: una cortesana gastada y necia. Pero fueron órdenes de Napoleón.
No cuesta mucho imaginar lo que pensaba Talleyrand de la sainte Ampoule y de toda la ridícula parafernalia que la rodeaba, pero cuando el rey le dio el 24 de septiembre del mismo año la abadía de Saint-Remy de Reims, que disponía de un beneficio de 18.000 libras, es seguro que se puso muy contento. Tras haber vivido hasta entonces dependiendo de su familia y del seminario, sintió, como él mismo nos cuenta, «l’orgueilleux plaisir de tenir de lui seul toute son existence» («el placer orgulloso de obtener de sí mismo toda su existencia») y califica de moment doux aquel en que recibió el primer pago. Hay que decir en su honor que lo primero que hizo con aquel dinero fue saldar las deudas que sus padres mantenían todavía con el colegio de Harcourt y este con el pobre profesor Langlois, el cual, al parecer, hacía tiempo que no cobraba. A estos emolumentos vinieron a unirse los que le correspondían como titular de la capilla de la Virgen en la parroquia de Saint-Pierre: otras 18.000 libras. Si no se convirtió, empezó a resignarse.
Cuando en septiembre de 1779 fue incorporado definitivamente a la diócesis de Reims, recibió el diaconado, que le fue conferido por monseñor de La Rochefoucauld, obispo-conde de Beauvais. Ya podía, pues, con plena legitimidad, «servir al altar, bautizar y predicar», pero le faltaba ascender el último escalón, imprescindible para lo que la Iglesia quería hacer de él: la ordenación sacerdotal. Y el tema alberga importancia suficiente como para que pasemos a un nuevo capítulo.
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1 In partibus (infidelium). Locución latina que significa literalmente «en tierra de infieles». En su sentido originario se aplica al obispo al que se le asigna una diócesis en territorio no cristiano, donde no reside y, en consecuencia, no ejerce: «Se le ha asignado una diócesis desaparecida de Mauritania (Partenia)».
CAPÍTULO III
EN LA CAPITAL DEL MUNDO
«Adorad a Dios, servid al rey, amad a los hombres».
VOLTAIRE
EL PRIMER CARGO IMPORTANTE
Aunque la sede de su oficio se halla en Reims, Charles-Maurice tiene claro que en Francia todo lo realmente importante pasa por París, de modo que no duda en instalarse también en la capital. En noviembre del mismo año, 1777, alquila a las Damas Agustinas de Bellechasse por 2.2000 libras anuales «una casita pequeña y cómoda» de dos pisos en la Rue Saint-Dominique, comunicada por detrás con el patio del convento. La casita se encuentra en pleno faubourg Saint-Germain, a dos pasos del palacete de Guerchy que habían alquilado sus padres y el arzobispo. También su hermano Archambaud y su esposa viven cerca. Fueran los que fuesen sus sentimientos hacia sus padres, siempre hizo todo lo posible para no estar lejos de su familia. Parece que a partir de ese momento su relación con sus padres y hermanos se fue normalizando. La posición a la que había llegado neutralizó las barreras levantadas durante su juventud, en especial con su madre, algo que no impidió que años después les recriminara de vez en cuando en sus memorias pasados agravios de falta de cariño y de imposición de la carrera eclesiástica, quizá, como se ha dicho, para justificar su muy criticada conducta ulterior.
En febrero del mismo año su tío y mentor le había hecho elegir diputado y promotor de la Asamblea general de la Iglesia de Francia, que solía durar cinco o seis meses y se reunía, como ya se ha dicho, cada cinco años para revisar la administración del clero, resolver los conflictos de jurisdicción con la administración real y votar, entre otras cosas, la «donación gratuita» que se hacía al soberano mediante la cual la Iglesia contribuía a los gastos del reino. Cada una de las dieciséis provincias de la Iglesia francesa enviaba cuatro diputados. Aquel año la presidencia correspondía a monseñor de La Roche-Aymon, protector de su tío. En principio nuestro protagonista no tenía derecho al cargo porque solo era subdiácono (y la normativa exigía un ordenado in sacris) y, además, ni siquiera residía en la diócesis que le tocaba representar. Era imprescindible, como mínimo, que fuera ordenado.
A pesar de todo, parece que nadie se opuso a su nombramiento, quizá porque era «el más civilizado de los hombres, el más dueño de sí mismo y el más orgulloso, pero también el más discreto y evitaba injuriar y quejarse». Para salvar las apariencias, fue nombrado promotor juntamente con el abbé de Vogüé, que fue quien le había iniciado en las finanzas eclesiásticas, ámbito en el cual resultó un discípulo aventajado. Su función consistía básicamente en defender los bienes de la Iglesia contra las pretensiones del fisco real. La situación era complicada porque reinaba una enorme confusión sobre ciertos derechos feudales cedidos al clero que este se empeñaba en defender, ya que, en cuanto bienes de la Iglesia y no feudales, estaban exentos de impuestos. El memorial que Talleyrand redactó sobre esta cuestión fue excelente y determinó que a sus veintiún años fuera nombrado agente general del clero francés, es decir, representante y defensor permanente de los derechos económicos de la Iglesia francesa ante las finanzas reales, algo así como un ministro de Finanzas del clero.
ÓRDENES MAYORES
Pero aún seguía siendo subdiácono. Faltaban el diaconado y la ordenación, de modo que abandonó su abadía de Saint-Remy y se inscribió en la Sorbona para preparar la licenciatura en teología, puesto que solo era bachiller. Como él mismo confiesa:
Pasé dos años ocupado en todo menos en la teología porque los placeres tienen un lugar importante en los días de un joven bachiller.
Parece olvidar, sin embargo, que aquel «joven bachiller» era ya abad de Saint-Remy, algo que le importaba poco, y, además, estaba muy bien acompañado en la Sorbona por los abbés de Montesquiou, Saint Phar, Damas, Coucy, hombres todos ellos «de excelente nobleza y execrable moral» (Orieux). Para distraerlo de sus duros y piadosos estudios, sus padres lo llevaron con ellos a Château-Thierry, donde el tío benefactor poseía un castillo. El joven se aburrió mucho allí (el campo no le gustaba), pero se lo agradeció con unos días de seriedad y silencio absolutos. Más comprensiva, su abuela materna, la marquesa d’Antigny, le hacía enviar a la Sorbona auténticos cargamentos de vino de Borgoña que duraban poco, porque el nieto y su círculo de libertinos no tardaban en dar cuenta de él. Lo que más le gustaba eran las fiestecitas en buena compañía y con abundantes libaciones, y se mostraba muy generoso a la hora de repartir entre sus amigos lo que había recibido de la abuela. Ni sus peores enemigos negaron nunca su generosidad.
Finalmente, se le permitirá licenciarse en teología el 2 de marzo de 1778, una vez más antes de la edad legal gracias a la intervención directa del rey, movido por dos cartas del generoso arzobispo de Reims. De los seis licenciados del día, él aparece como el primero de la lista, y se le menciona como nobilissimus. El último del sexteto fue cierto abbé Borie Desrenauds, plebeyo y natural de Corrèze, personaje trabajador y de grandes luces que volverá a tratar a lo largo de su vida y que acabó como archivero del Consejo de Estado, al cual seguramente hubiera debido corresponder el primer puesto. Su trato con la teología y los teólogos le permitió extraer de sus estudios lo único que contaba para él: convertirse en un dialéctico temible, algo que lejos de ser incompatible, puede resultar de notable ayuda para el buen economista.
Ya podía, pues, culminar la primera etapa de su formación y carrera eclesiástica mediante la recepción del orden sagrado, requisito, este sí, imprescindible para convertirse luego en obispo, arzobispo o cardenal, como sus admirados Richelieu y de Retz, quién sabe. Antes de acercarse al «instante supremo», hizo por lo menos un par de visitas a dos personajes, el primero desaparecido, a los que admiraba fervorosamente: Richelieu y Voltaire. Armand Jean du Plessis (fallecido el 4 de diciembre de 1642), cardenal-duque de Richelieu, duque de Fronsac y par de Francia, fue un cardenal, noble y estadista francés que dirigió sabiamente la política de Francia durante los últimos años de Luis XIII y la minoría de Luis XIV.
Como primer ministro consolidó la monarquía francesa luchando contra las diversas facciones internas y para contrarrestar el poder de la nobleza transformó Francia en un fuerte Estado centralizado. También resultó particularmente notoria su intervención en la guerra de los Treinta Años, que terminó con la Paz de Westfalia. Hombre intrigante y mujeriego, la famosísima novela de Alejandro Dumas Los tres mosqueteros y sus infinitas adaptaciones cinematográficas y televisivas lo han hecho mundialmente conocido como el «clérigo villano» por antonomasia, pero es indudable que fue un buen político, famoso, además, por su mecenazgo del arte y por fundar la Académie française. A su muerte dejó unos 20 millones de libras: fue uno de los hombres más ricos de su época y seguramente el más rico de la historia de Francia, con la única excepción de su sucesor, el cardenal Mazarino.
Tras su muerte, ocurrida el 4 de diciembre de 1642, fue enterrado de acuerdo con sus deseos en la capilla de la Sorbona y allí Charles-Maurice fue a visitarlo para «pedirle inspiración». No podía imaginar que el 5 de diciembre de 1793 los revolucionarios saquearían aquel mausoleo ilustre a pesar de la intervención del bienintencionado arqueólogo Alexandre Lenoir. Los atacantes exhumaron el cadáver del cardenal y lo decapitaron. El cuerpo fue colocado en los sótanos de la Sorbona, convertidos en fosa común. Richelieu fue un teólogo tan mediocre como Talleyrand, pero de una inmensa energía. Por eso el ordenando fue a mantener un último diálogo «de tú a tú» con uno de los hombres de los que más creía haber aprendido. Su ejemplo, como él mismo nos dice, «n’était pas décourageant», y, si Richelieu se hizo ordenar, ¿por qué iba a negarse él, «primogénito desposeído de los Talleyrand-Périgord»?
También quiso hacerse «ordenar» por el hombre que en aquel momento era el profeta de moda: Voltaire. Tras su larga estancia en Ferney, el autor de Cándido había regresado en la primavera de 1778 a la capital y Talleyrand se arrodilló delante de él y le pidió que le impusiera las manos. Lo admiraba mucho por su manera de pensar, su sentido del humor y, sobre todo, por su falta de respeto a todo y a todos. Fuera del mundo de Voltaire, pensaba, solo había miseria, tiranía e imbecilidad. En cambio, en el universo del autor del Diccionario filosófico portátil percibía una felicidad razonable, constituida por riqueza (¡!), libertad y decoro. El mundo al cual él aspiraba. Y que, sin lugar a dudas, de haber sido posible, hubiera deseado para toda Francia.
A pesar de sus conexiones, su carrera eclesiástica no se presentaba fácil en absoluto. Monseñor de Beaumont, arzobispo de París y quizá celoso del de Reims, no dejaba de recibir informaciones nada edificantes sobre aquel abbé tan simpático como discreto, aunque muchos se habían dado ya cuenta de que era inmune a la cólera y al desprecio y que solo le interesaban de verdad su provecho y caprichos. Pero en 1777 su tío era ya arzobispo titular de Reims y no estaba dispuesto a tolerar más dilaciones. La ordenación era solo un primer paso. Un poco más allá se vislumbraba un obispado. Por otra parte, el joven había mostrad, o sobradamente su competencia, si no en teología, sí, al menos, en cuestión de números, y su memoria sobre «les biens inaliénables de l’Église», redactada por quien no tantos años después iba a proponer y conseguir su expropiación, determinó que todas las observaciones de poca monta fueran pasadas por alto.
Finalmente, el 18 de diciembre de 1779, a la edad de veintiséis años, Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord fue ordenado sacerdote por el obispo-conde de Noyon, monseñor Grimaldi. La leyenda de nuestro protagonista cuenta que la mañana de su ordenación fue sorprendido por su amigo y compañero de colegio (y más tarde, de juergas) Choiseul-Gouffier, anegado en llanto tras pasar una noche terrible sumido en la incertidumbre ante el paso que iba a dar. Choiseul, dicen, le conminó para que se retractara, a lo que el otro le respondió: «No. Es demasiado tarde y no puedo echarme atrás».
¿Resulta creíble la escena? Tal vez sí. A pesar de su inmovilidad estatuaria, Talleyrand fue, como Voltaire —este último escudado en su permanente media sonrisa—, un consumado comediante, y, sin dejar de ser nunca él mismo, supo siempre representar el papel que el público del momento esperaba de sí. Aquel número del llanto, si se dio, fue una escenita dedicada a un único espectador, Choiseul, que no esperaba menos. El sacerdote de nuevo cuño tuvo siempre entre sus divisas la frase latina de dudosa atribución: Mundus vult decipi, ergo decipiatur… [El mundo quiere ser engañado, pues que se le engañe…]. Vale la pena reconocer que la mayor parte de sus burlas contaron siempre con el entusiasmo de los burlados. Al menos en un primer momento.
LOS DESAYUNOS OPÍPAROS DE LA RUE DE BELLECHASSE
Instalado en su cómodo pied à terre parisino de la Rue de Bellechasse y servido por su fiel «hombre para todo» Courtiade, que, mientras vivió, nunca se apartó de él, Charles-Maurice empezó a entregarse a lo que realmente le gustaba como, por ejemplo,
coleccionar libros. A la hora de seleccionarlos no solo atendía a sus textos (de los que no se excluía la pornografía), sino también a su edición, la textura del papel, la encuadernación y el origen: fue así como el hombre creó una extraordinaria biblioteca, y aunque las circunstancias de la vida lo obligaron a venderla en más de una ocasión, siempre logró rehacerla y mejorarla.
Desde el principio se acostumbró a levantarse tarde (solía trasnochar, especialmente las noches en que jugaba) y desayunaba opíparamente a las once. Parece que el tono de las reuniones era elegante y ligero. En 1778 un sabio escocés, Adam Smith, había publicado su famoso tratado La riqueza de las naciones, que fue devorado por los intelectuales franceses, empezando por Talleyrand y sus amigos. No debe extrañarnos, pues, que aquellos desayunos resultaran, además, el mejor curso de economía política que ofrecía París en aquel momento, por más que no faltaran, como es natural, los intermedios dedicados a la poesía, la galantería y la gastronomía, temas que interesaban en mayor o menor medida a todos los presentes.
Solían acompañarlo en la mesa un puñado de amigos extraordinariamente fieles como el ya citado Choiseul, compañero de colegio, el conde Luis de Narbonne, brillante bastardo de Luis XV, buen militar muy apreciado más adelante por Napoleón y gran seductor (fue amante de, entre otras damas, la vizcondesa de Laval, una de las mujeres que Charles-Maurice conoció con motivo de la consagración real, y Mme de Staël, la brillante hija de Jacques Necker, con la que tuvo dos hijos, Auguste y Albert), Armand Louis de Gontaut, duque de Biron, antes duque de Lauzun, guillotinado en 1793, que había luchado en la guerra de Independencia de América, y Pierre-Samuel Dupont de Nemours, autor de una gran cantidad de obras sobre economía, política, fisiología, historia natural y física, hombre muy ducho en el terreno de los negocios y las inversiones ventajosas que murió en Estados Unidos.
A ellos se unieron personajes muy variados, entre los que destaca Honoré Gabriel Riqueti, conde de Mirabeau (1749-1791),
a ratos colaborador y a ratos feroz enemigo de nuestro protagonista, un exaltado de pocos escrúpulos pero lleno de ideas que habría de desempeñar mediante su oratoria incendiaria un papel relevante en la Asamblea Nacional. Desde su tribuna intervendrá en cuestiones políticas fundamentales como la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, el veto real o la Constitución Civil del Clero. Más moderado de lo que aparentaba (siempre pensó en llegar a una entente con la monarquía), su muerte prematura dejó descabezada una izquierda revolucionaria relativamente razonable que se fragmentó con efectos fatales.
También acudían a estos desayunos personajes muy populares de la época, como el abbé Delille, hábil versificador y mal poeta, pero muy admirado en los salones, y el académico Chamfort, famoso por sus sentencias, como la que recogemos: «Para ser amable con el mundo hay que dejarse enseñar lo que uno ya sabe», que Charles-Maurice solía repetir. Casi todos los habituales estaban de acuerdo en criticar el tratado de comercio firmado en 1786 por Francia con Inglaterra salvo Talleyrand, que lo defendía, argumentando que los tratados de comercio eran indispensables para mantener la paz entre las naciones, y la paz, como había sentenciado Voltaire, era la primera condición de la civilización porque favorecía el aumento de la riqueza: los tratados de comercio hacían a las naciones solidarias en la prosperidad. A su juicio (y en esto coincidía malgré lui con Necker), Inglaterra era en aquel momento el país que mejor respondía a los «principios liberales que convienen a las grandes naciones».
Pero el auténtico gurú de aquellos desayunos únicos fue Isaac Panchaud (1737-1789), un banquero de familia ginebrina, aunque nacido en Londres, de fuertísima personalidad que detestaba a su compatriota Necker, una animadversión que inoculó a Talleyrand. La amistad de Talleyrand con Panchaud no se limitó a niveles teóricos. Panchaud le inició en la praxis de los negocios en una época en que la economía pública y la privada se hallaban fuertemente interconectadas. Este listísimo ginebrino-inglés, que casualmente murió el día de la toma de la Bastilla, representó para nuestro biografiado (y para la época) ese pequeño círculo cerrado de individuos iniciados en las cuestiones complejas y oscuras de la banca y las finanzas internacionales que los libelos de los últimos años de la monarquía tildaban de agiotistas, de alcistas y de bajistas de los efectos públicos, es decir, de especuladores a gran escala. Iba a ser, también, el consejero más o menos escuchado de todos los controladores de finanzas de Luis XVI: de Turgot, de Necker, de Joly de Fleury y, por encima de todo, de Calonne.
También Charles-Alexandre de Calonne (1734-1802), conde de Hannonville, nacido en Douai de una familia de clase alta, además de abogado de la corte general de Artois, procurador del parlamento de Douai, intendente de Metz (1768) y de Lille (1774), y controlador general de Finanzas de Francia desde el 3 de noviembre de 1783 hasta 1787, un protegido del ministro de Asuntos Exteriores M. de Vergennes, se dejaba caer con frecuencia por aquellos instructivos desayunos para tomar parte en los debates, escuchar al gurú de todos (Panchaud) y tratar de aprender de él. Charles-Maurice veía en Panchaud un «hombre extraordinario», cumplido rarísimo en la obra de este memorialista tan parco a la hora de los elogios.
Siguiendo sus pasos, el que ya era un gran jugador en el tapete verde se convierte en «tomador de riesgos» y se asocia a las empresas más nuevas de la época, especula a lo grande y procura anticiparse a todo. Junto con su amigo Lauzun, uno de los principales accionistas de la Sociedad de Minas de Carbón de Rueil, fundada en 1785, se apunta a cuanto ofrezca alguna oportunidad de ganancias y actúa como intermediario en importantes operaciones financieras por cuenta de terceros, como su amigo Choiseul. En aquel momento se negociaba con todo: cambios de la moneda, metales preciosos, efectos de comercio, etc. ¡Y no todas las operaciones se hacían delante de notario!
Fue Calonne quien imaginó un plan para reflotar la arruinada economía del país mediante la creación de un banco central. El secreto radicaba en mantener los intereses bajos y evitar la falta de liquidez. Como primer paso hacia este desiderátum, Panchaud había fundado ya en 1776, junto con, entre otros, el famoso escritor y comediógrafo Caron de Beaumarchais, autor de la celebérrima y muy discutida comedia Las bodas de Figaro, la llamada Caisse d’amortissement, dotada de un capital de 15 millones de libras dividido en 5.000 acciones de 3.000 libras. Tuvo éxito y aquella recién creada institución no tardó en contar con una asociación de accionistas en comandita que reunía todo el «capitalismo» de París. Talleyrand se interesó mucho por su funcionamiento, sobre todo durante sus años de agente general del clero, y, a pesar de todos sus cambios, no abjuró nunca en el terreno económico de sus convicciones anglófilas y librecambistas basadas en Panchaud, y no solo a nivel teórico.
Desde sus primeros pinitos a su lado, el veneno de la especulación se apoderó del abbé Périgord, que así se le conocía, del mismo modo que, en el Palais Royal y al lado del duque d’Orleans, primo del rey, contrajo la enfermedad del juego (el whist), dos pasiones incurables que no dejaron de sonar como el basso continuo de toda su vida, con independencia de las demás actividades que le confirieron un lugar único en la historia de su país. Quizás, en última instancia, la auténtica gran pasión de Talleyrand no fue la política, ni la economía, ni el juego ni las mujeres, sino el Riesgo con mayúscula y en todos los campos. Por razones obvias no podemos detenernos en sus infinitos negocios (afirma Waresquiel que el hombre se pasó la vida ganando dinero y endeudándose) sin correr el peligro de triplicar el volumen del presente estudio, salvo en algún supuesto particular que nos parezca imprescindible relatar a los lectores. Baste, pues, con lo dicho.
CHARLES-MAURICE EN LOS SALONES
Si Talleyrand consagraba las mañanas a su formación como político y economista y a pasarlo bien con los amigos, dedicaba las soirées a hacerse un lugar importante en la buena sociedad de su tiempo. Con ello, no solo seguía los consejos del duque de Choiseul y de Calonne, sino su propio gusto e inclinaciones. Y en aquel tiempo decir «buena sociedad» en París equivalía a referirse a los salones y a las mujeres que en ellos se movían como pez en el agua, cuando no los dirigían. Los salones que visitaba y donde con frecuencia se quedaba a cenar no eran en principio reuniones dedicadas al debate político, aunque con el paso del siglo este acabó adueñándose de muchos de ellos.
Tal fue el caso del de Mme de Staël, hija del ministro Necker y tan apasionada por los asuntos públicos como su padre, un salón que no empieza a darse a conocer hasta 1786, cuando el suizo hugonote asume por primera vez el ministerio, y que tendrá sus días de gloria cuando, pasados los años duros del Terror, la baronesa lo reabra en 1795 en la embajada sueca (su marido será el embajador) en la Rue du Bac.
La cultura de los salones venía de antiguo y en ellos habían discutido y sentenciado la mayor parte de los philosophes de la Ilustración francesa. Los salones de la Francia del siglo XVIII fueron adaptándose más o menos a las mutaciones del ambiente social, filosófico y político del país: más literarios en los primeros años (últimos de Luis XIV) para evitar choques violentos con la beatería que dominaba en Versalles, y más abiertamente filosóficos a partir de la Regencia durante la minoría de Luis XV (1715-1723), que coincidió con el pistoletazo de salida del movimiento de los philosophes protagonizado por los Condorcet, D’Alembert, Diderot, Rousseau, Grimm, Helvétius, D’Holbach, etc.
Había numerosos salones grandes y pequeños, famosos e íntimos, a disposición del abbé Périgord. Se reunían en las salas «de recepción» de lujosos palacetes de París con chimeneas como escenarios de ópera, sofás, chaises longues y sillones cubiertos de mullidos cojines, unas salas que solían dar a otras habitaciones mucho más reducidas, útiles a la hora de intercambiar confidencias o iniciar una tímida liaison. Todo ello a la trémula luz de las velas, fácil de imaginar para quienes hayan visto el film Barry Lyndon de Stanley Kubrick, una luz que difundía un aura casi mágica sobre las cabezas empolvadas y las mejillas artísticamente maquilladas de unos y de otras. A veces sonaba un cuarteto de cuerda o un clave en un rincón que pocos escuchaban porque no estamos en Viena.
Como la prensa se hallaba sujeta a la censura real, las noticias más escandalosas se daban a conocer en los salones, unas noticias que, con frecuencia, distribuían simultáneamente a todo el mundo los repartidores de panfletos por calles y plazas, incluido el levantisco faubourg Saint-Antoine, que durante la Revolución pasó a llamarse Faubourg-de-Gloire. En los salones se escuchaba, se flirteaba, se daban muestras de ingenio o, sencillamente, el visitante curioso y discreto entrecerraba los ojos (nunca los oídos) y se dejaba ganar por aquella atmósfera única, prestaba atención a lo que se decía y se informaba y cultivaba. Los salones que frecuentó Charles-Maurice pretendían aún mantener su origen «literario». Los asistentes daban a conocer primicias de libros o artículos que estaban escribiendo u obras del momento especialmente debatidas, como La nueva Eloísa de Rousseau. También se hablaba de ciencia, arte, economía y de religión, todo ello acompañado por un chismorreo más o menos salaz sobre la familia real u otras personalidades ausentes de las altas esferas.
Talleyrand descubrió pronto que Versalles tenía oídos en todas partes, por lo que evitaba tocar temas «espinosos», aunque seguramente se divertía cuando otros lo hacían. Se ha dicho que el abbé de Périgord nunca fue más él mismo que en esos salones, en los cuales encarnó mejor que nadie lo que en 1780 se llamaba l’art de plaire. Tenía treinta años y, aunque siempre fue fiel a su carácter distante y discreto, no se veía aún obligado a forzar su naturaleza ni su estilo para no solo ser quien era, sino también parecer lo que deseaba ser. No se muestra, pues, (falsamente) perezoso, cínico ni impenetrable por sistema. Se mueve en el marco de los códigos de la época. Incluso las agudezas que más tarde se le atribuyeron, sus famosos bons mots, forman quizá más parte de la leyenda que de la historia. Al igual que su madre (lo veremos más tarde), parece que los detestaba, porque, como afirmaría en cierta ocasión, «sirven para todo y no conducen a nada». Benjamin Constant, otro personaje excepcionalmente inteligente de la época, los calificaba de «tiros de fusil contra la inteligencia».
Entre los muchos salones que frecuentó, destaca el de Felipe, segundo duque de Orleans desde 1785, antes de Chartres (1747-1793). Felipe era un miembro de la rama cadette de la Casa de Borbón. Partidario de la Revolución, fue conocido por los revolucionarios como Felipe Igualdad (Philippe Égalité), aunque ello no le salvó de morir guillotinado en 1793 durante el Terror. Había iniciado su vida en la corte a partir del advenimiento de su primo Luis XVI y obtuvo un mando en la marina, pero un grupo de cortesanos apoyado por la reina María Antonieta logró que el rey se lo revocara. A partir de este momento la poca simpatía del duque a los monarcas (y, en especial, a la «Austriaca», a la que acusaba de ser la culpable de todos los males de Francia) se convirtió en un odio feroz que le llevó a votar a favor de la muerte del rey en la Convención1.
Talleyrand, que años después será decisivo para la entronización de su hijo Luis Felipe, lo defiende de la acusación de haber participado directamente en los días de octubre de 1789, especialmente violentos, y durante la Restauración lo describirá como un tipo irreflexivo, frívolo y corrupto. Un hombre sin planes, sin proyectos, sin constancia, «que no amaba a nadie». Sin embargo, a lo largo de diez años fue íntimo de aquel «vividor neurasténico» (Waresquiel), que, según se dice, lo inició en la masonería, y pasaba muchas horas junto a él en el Palais Royal. Fue allí donde su afición juvenil por el juego se convirtió en pasión enfermiza. Ambos eran profundamente anglófilos y co-laboraron en la preparación del tratado con Inglaterra concluido en 1786. La intimidad de Talleyrand con el de Orleans y sus amigos lo indispuso para siempre con el partido de la reina y dificultó notablemente su carrera hacia el obispado.
Como en todos los salones se sabía que el país en que vivían (algunos muy bien) se hallaba al borde de la bancarrota, la economía solía aflorar en sus conversaciones: muchos intuían (y Talleyrand mejor que la mayoría) que existían alternativas a las políticas que los hombres del rey, como Turgot, Calonne o el mismo Necker, trataban de imponer con mejor o peor fortuna, pero el débil Luis XVI no apostaba decididamente por ninguna de ellas temiendo que el remedio fuera peor que la enfermedad. Y la enfermedad resultó mortal, al menos para el rey y la reina. El plan de Calonne, que entusiasmaba a Talleyrand, era el más novedoso y arriesgado. Se basaba en lo que llamaba «la unidad de los principios» y acabó siendo adoptado tras la Revolución por la Asamblea Nacional contra la voluntad del rey. A los tres años Calonne fue despedido de su cargo de controlador general de Finanzas, y, tras un intermedio a cargo del arzobispo Loménie de Brienne, protegido de María Antonieta, se volvió a llamar al padre de Mme de Staël.
En aquel momento el salón de los Necker se había convertido ya en otro de los favoritos de Charles-Maurice. El hombre reunía las «virtudes» que más atraían a Germaine, la grand salonnière en titre, destinada a convertirse algunos años después en la pesadilla del futuro «amo» de su amigo, Napoleón Bonaparte. La muchacha, que en aquel momento tenía poco más de veinte años y sin ser especialmente bonita lucía unos ojos negros abrasadores que enloquecían a los hombres, estaba encantada con aquel visitante que, aunque se le sabía eclesiástico, le parecía extraordinariamente listo y ambicioso, méritos a los que se unía, a juicio de la mujer destinada a importar el romanticismo alemán en Francia, «un fondo impenetrable e indescifrable». Porque Talleyrand tuvo siempre mucho de «misterioso». No debe extrañarnos, pues, que no tardara en unirlos una extraña fascinación recíproca.
Probablemente la Staël habló muy bien de Talleyrand a su padre, pero, como sea que en aquel momento el joven era el agente general del clero católico francés y Necker un calvinista recalcitrante, el ministro no le hizo ningún caso. En cuanto a las relaciones entre Germaine y Charles-Maurice, algunos suponen que fue el primer amante de la embajadora, una afirmación que es, por lo menos, dudosa y Waresquiel desmiente2. Volveremos sobre ello al hablar de la primera fase de la Revolución. Esta y el exilio no tardaron en separarlos, aunque se volvieron a encontrar a partir de 1795 en unas circunstancias que ninguno de los dos hubiese podido imaginar entonces. Los dos habían cambiado mucho, pero la amistad perduró casi siempre. Cuando el 14 de julio de 1790 el obispo de Autun (nuestro biografiado) celebre en el Campo de Marte bajo un fuerte aguacero la misa de la fiesta de la Federación, Germaine y su esposo estarán presentes en el palco de las autoridades.
A Charles-Maurice le encantaban las maneras un poco teatrales características de los salones: permitían un educado descaro consistente en pasar de una observación maliciosa o casi grosera a un cumplido afectado. Sacó mucho partido de ellas e hizo de la politesse extremada allí aprendida un arma desde sus primeros pasos por el mundo, arma que siguió utilizando a lo largo de toda su vida y con la cual conseguía desconcertar a Napoleón, totalmente ajeno a aquella cultura de cortesía civilizada. En aquellas peceras en las que tanto contaba el atuendo de los asistentes, el joven Talleyrand lucía su elegante indumentaria eclesiástica que tan bien le sentaba, si bien a veces prefería el atuendo laico y atildado de un viscontino de Fortuny: frac azul, chaleco blanco, calzas de cuero de gamuza, medias de seda y una nívea corbata de plastrón impecable que se elevaba casi hasta el mentón ocultando el cuello. Así se mostró siempre con pequeñas variaciones a partir de su secularización, salvo cuando su cargo le imponía un determinado uniforme, y así se nos muestra todavía en un retrato pintado a sus ochenta años.
Uno de los salones en que se inició fue el de Mme de Montesson, famosa por haber sido la amante y luego esposa morganática del duque de Orleans, cabeza de la dinastía rival de los Borbones. No tardaría en pasarse al de su hijo, por entonces duque de Chartres y futuro «Felipe Igualdad», del cual se ha hablado ya. En todos los salones que frecuentó, Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord se ganó una reputación única tanto por su reserva un tanto displicente como por sus fulminantes respuestas que descolocaban al contrincante más impertinente. Todo ello sin olvidar su impecable dominio de le bon maintien, la «buena compostura», aprendida en el seminario. Vale la pena apuntar aquí que, entre los salones visitados, no olvidó el de su madre, sobre el cual nos cuenta lo siguiente en sus memorias:
Elegí para ir a ver a mi madre las horas en que estaba sola: fue para poder disfrutar más de las gracias de su esprit. Nadie ha tenido nunca a la hora de conversar un encanto comparable al suyo. No tenía ninguna pretensión. Solo hablaba a través de matices: nunca dijo una agudeza [bon mot]: lo consideraba algo de lo que se había abusado. Las agudezas pasan a la historia y ella solo quería gustar y que se perdiese lo que decía. Un cúmulo de expresiones fáciles, nuevas y siempre delicadas, eran suficientes para las necesidades variadas de su talento.
Con ella aprendió el arte de hablar maravillosamente sin decir nada. La lección de su madre añadió un punto de naturalidad al cúmulo de artificio que el abbé Périgord había ido acumulando desde que se reconoció a sí mismo en casa de su bisabuela. A lo largo de toda su vida siempre destacó más por sus silencios que por sus intervenciones en las conversaciones, y siempre prefirió lo que él llamaba el mot juste al inane bon mot. Cuenta Stendhal que «no era el autor de sus agudas frases. Se le atribuían las que París produce siempre, y él no las adoptaba hasta pasados dos o tres días, cuando estaba asegurado su éxito». En cambio, tenía el arte de saber escuchar en las conversaciones, incluso cuando lo relatado o comentado lo había oído mil veces, un arte que pocos conversadores dominan, y fue precisamente este arte el que le hizo famoso. Era lo único que le faltaba aprender para alcanzar la cima. También su amiga Mme de Staël era una buena «escuchadora», pero, a diferencia de él, en cuanto abría la boca no había manera humana de hacerla callar. Cuando la conversación se había agotado, la mesa de whist solía prolongar la noche de Talleyrand, a veces hasta altas horas de la madrugada.
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1 Talleyrand nos ha legado una biografía de su «amigo» el duque de Orleans en la que lo deja por los suelos en todos los aspectos. Sin embargo, no dudó en apoyar la elección de su hijo Luís Felipe para que este pudiera ocupar el trono de Francia tras la revolución de Juillet de 1830, y le sirvió fielmente.
2 Muchos años después, Talleyrand dijo en cierta ocasión que Madame de Staël «lo había violado», pero seguramente no pasó de ser una boutade. Ambos tenían un carácter muy fuerte y esto determinó que sus relaciones sufrieran notables altibajos. En su novela Delphine (1802), Germaine Necker lo retrata bajo la figura de un personaje femenino, Madame de Vernon, una mujer especialmente intrigante y odiosa.
CAPÍTULO IV
LAS MUJERES DEL CURA
«Poneos a sus pies, a sus rodillas... ¡Pero nunca en sus manos!»
TALLEYRAND
AMIGAS PARA SIEMPRE
En sus memorias, poco por no decir nada consignó Talleyrand sobre su ordenación. En cambio, en sus notas sobre la ceremonia de la consagración regia a la que había asistido se refiere a las que pueden considerarse sus primeras amigas en las altas esferas. Con los Montmorency, los Luynes y los Fitz-James entrará con todos los honores no en tal o en cual salón, sino en el universo de la corte y de la gran nobleza de París, un universo destinado a ser el de toda su vida. Y lo hace de la mano de tres mujeres singulares. La duquesa de Fitz-James era la hija única del conde Thiard, teniente general de los ejércitos del rey, guillotinado durante la Revolución. Casada muy joven con el duque de Fitz-James, bisnieto (por una rama bastarda) de Jacobo II de Inglaterra, el último Estuardo coronado, será elegida dame du palais de la reina María Antonieta, a la que permanecerá fiel desde su exilio en Bruselas.
Veinteañera como ella, la duquesa de Luynes, de soltera Montmorency, hija menor del duque de Laval, fue casada a los trece años con el de Luynes. Pronto se hizo inseparable de su cuñada, la vizcondesa de Laval, que, con un padre estrechamente vinculado a las finanzas, no fue aceptada en la corte de Madame, la cuñada de la reina1. Su padre, Tavernier de Boullongne, había hecho su fortuna financiando las guerras del mariscal de Sajonia en la década de 1750. Cuando no estaban en Versalles, las tres mujeres tenían sus salones en París, la de Luynes en su palacete de la Rue Saint-Dominique. En los tres salones reinaba una pasión furiosa por el juego que hacía muy feliz al futuro obispo de Autun.
Las tres damas fueron íntimas amigas e inmunes al demonio de los celos. Parece que la vizcondesa de Laval fue amante del abbé, aunque no tardó en decantarse por Calonne y luego por el conde de Narbonne, al cual ya no dejará, aunque sí él a ella en el tiempo en que fue el primer gran amor de Mme de Staël. La hija de Necker lo hizo ministro de la Guerra y padre de dos hijos. Cuando Germaine se entregó al regicida sueco Ribbing y luego a Benjamin Constant, el militar regresó a los brazos de la de Laval. Divorciada finalmente por iniciativa de su marido, se reconciliará con «el mundo decente», aunque siguió cambiando de amante todos los años. Caprichosa y voluble como ella sola, su amistad con Talleyrand se mantuvo firme en todo momento y posiblemente fue la mujer que más ascendiente tuvo sobre él. El curita justifica su conducta de aquellos años por la necesidad de «completar su educación» en las materias que no se aprendían en el seminario ni en la Sorbona:
Tenía una reputación más que suficiente, pero no un conocimiento bastante del mundo, y vi con placer que tenía ante mí unos años para dejarme arrastrar a todas las tendencias [mouvements] de la sociedad. [...] Iba a casi todas partes.
Charles-Maurice se había dado cuenta de que «el poder de lo que en Francia se llama la sociedad fue prodigioso en los años que precedieron a la Revolución e incluso en todo el siglo pasado [el XVIII]». Y, también, de que las mujeres eran las mejores educadoras que un joven abbé podía desear, condenado hasta entonces a vivir rodeado solo de personas de su mismo sexo. «Allí donde los hombres han fracasado, una mujer puede triunfar», solía decir. De sus amigas aprende que, si el vicio no tiene consecuencias, el ridículo resulta mortal. También le enseñan a medir las relaciones entre la cortesía y la impertinencia, y lo que significan el bon ton y el bon goût para triunfar en París. Las mujeres eran la auténtica esencia del plaisir de vivre que la Revolución anulará para siempre. El París postermidoriano de las merveilleuses será una grosera parodia de aquel temps perdu pour toujours, y lo mismo cabe decir de las cortes consular e imperial que trató de impulsar Bonaparte. Solo bajo el Segundo Imperio se recobrará algo parecido en la corte de Compiègne, dominada por la granadina Eugenia de Montijo.
En aquel mundo se le han atribuido numerosas amantes: Mme de Genlis, Mme de Valence, Mme de Buffon, Mme de La Chatre, la misma de Staël, y numerosas amigas y protectoras, como la condesa de Bufflers, la de Brionne, la princesa de Vaudémont, la duquesa de Montmorency, la de Bauffremont ... Después de la Revolución oiremos hablar largamente de estas «conquistas»: sus amigos se referirán a ellas para resaltar la fascinación que desprendía su personalidad única; sus enemigos, por el contrario, para presentárnoslo como un sátiro perverso que nunca se tomó en serio sus votos, que traicionó al mismo Dios, que corrompió a jovencitas, engañó a maridos, etc. La Lujuria en persona con una mitra en la cabeza y la tricolor en la mano.
Resulta difícil afirmar cuánto hay de verdad y de mentira en estas historias. La enorme discreción del protagonista, que siempre procura salvar las apariencias, dificulta la investigación. Y, sin embargo, Charles-Maurice no dudará en utilizar su gusto por las mujeres para «construir» su personaje. El aura de sus primeros
éxitos amorosos (auténticos o imaginarios) enmascara el trabajo del gran ambicioso que fue y que ya pondrá de relieve su labor como agente general del clero francés. A lo largo de toda su vida Talleyrand hizo lo posible para disimular su hiperactividad en todos los terrenos que pisó (y, en especial, en el económico y el diplomático) bajo una indolencia más fingida que real propia de un hombre que, por tener él mismo un lado femenino según han subrayado algunos de sus contemporáneos, parecía incapaz de ser constante ni serio.
Las mujeres no lo ayudaron solo por su influencia en el gran mundo, que funcionaba a otros niveles, sino por la manera en que las trataba, su cortesía, su finura y, ¿por qué no?, su sentido del humor. «Qui fait rire l’esprit se rend maître du coeur», solía repetir otro gran favorito de las damas, François-Joachim de Pierre de Bernis (1715-1794), escritor, obispo y diplomático como él e íntimo amigo de Giacomo Casanova, cuyo libertinaje compartió en Italia. Talleyrand no fue un gran seductor a la manera de don Juan, del citado Casanova o de su amigo Narbonne, sino un «fascinador», un encantador de serpientes femeninas que se dejaron hipnotizar por él desde que lo conocieron y en su gran mayoría se mantuvieron «a su servicio» hasta el final.
Con independencia de si se acostaron con él o no, ejerció sobre todas ellas (su «serrallo») una magia especial que siempre le funcionó. Como nos explica el ultrarrealista Eugène François Auguste d’Arnauld, barón de Vitrolles (1774-1854), un político importante en las dos restauraciones que lo conoció y admiró cuando ya contaba sesenta años:
Tenía todas las debilidades, la afectación y la blandura del otro sexo. Exagerado tanto en sus odios como en sus amistades, en sus gustos y en sus cóleras, había en él mucho de una vieja coqueta mimada.
Supo siempre dispensarles un trato y una atención particulares y «creía» en su eficacia. Cuando una situación se presentaba complicada en exceso, decía: «Hay que movilizar a las mujeres» («Il faut faire marcher les femmes»). Y no solía equivocarse. Como constató el marqués de Giambonne, uno de sus íntimos de los días del Imperio: «Cuando empieza una relación, la continuará por hábito, pero jamás la romperá». Sea como fuere, el término habitude no lo explica todo, y, mucho menos, sus amistades de más de cincuenta años. Hizo sus confidencias más íntimas a mujeres en cartas que, por desgracia, han sido quemadas o se han extraviado. Ellas lo adoraban por su discreción, por su encanto y por su inteligencia, no por su vigor sexual, sobre el cual incluso la madre de su único hijo tenía sus reservas. La leyenda de que también fue el padre del pintor Delacroix, tantas veces repetida, está hoy completamente desacreditada y reducida a lo que realmente es: una leyenda nacida del imaginario de quienes se obstinan en emparentar a famosos a toda costa (Waresquiel).
LA MADRE DE SU HIJO
Entre las muchas mujeres que se cruzaron en su camino, dos muy distintas entre sí merecen especial consideración2. Nos referimos a Adélaïde de Flahaut, que le dio su único hijo, y a la condesa de Brionne, que intentó hacer de él un cardenal sin pasar por el escalón del episcopado. Allá por el año 1783 Charles-Maurice empezó a mostrar una especial predilección por el palacio del Louvre. El apartamento del primer piso se hallaba en un principio reservado a artistas protegidos por la corte, pero en aquel momento lo ocupaba el conde Alexandre de Flahaut (1726-1793) y su joven esposa Adélaïde-Emilie (1761-1836), que con el paso del tiempo se ganaría una notable fama como escritora. Su madre, Marie Irène Catherine de Buisson, hija del señor de Longpré, había contraído matrimonio con un burgués parisino llamado Filleul. Se ha dicho que fue una de las numerosas amantes de Luis XV, aunque no hay pruebas que lo demuestren. Su marido fue nombrado secretario del rey y el matrimonio se movió en círculos cultos, contando entre sus amigos al mismísimo Jean-François Marmontel, novelista, dramaturgo y crítico literario prestigioso en el París prerrevolucionario.
Su hija mayor, Marie Françoise Julie Filleul, se casó con un hermano de Mme Pompadour, y la pequeña, Adélaïde-Émilie, con el citado conde de Flahaut, un mariscal de campo muy zoquete, hermano del director de las construcciones del rey, que le llevaba treinta años y pasaba la mayor parte de su tiempo fuera de la capital. Para distraerse y estar a la moda, Adélaïde abrió a los veintidós años su saloncito particular en su apartamento del Louvre. La joven compensaba sobradamente su carencia de sangre azul con su cultura, un talante decididamente liberal y su belleza (se le atribuían «los ojos más hermosos del mundo»), de modo que no le costó mucho hacerse con un puñado de incondicionales que acudían a celebrarle las gracias y hacerse leer fragmentos de los ensayos que decía estar escribiendo. En cuanto Talleyrand puso por primera vez los pies en aquel salón, quedó atrapado. También él, especialista en deslumbrar en los salones, a quien el orden sagrado (ya era vicario general de la diócesis de Reims) y sus reconocidas aspiraciones en el campo de la política hacían especialmente atractivo, deslumbró a la joven salonnière.
Además, en cuanto se supo que Charles-Maurice era un habitual del apartamento del Louvre, empezaron a hacer acto de presencia en él personalidades de la vida política y económica del momento como Calonne, que no se cansaba de explicar en todas partes la reforma impositiva que proponía (con poco éxito, todo hay que decirlo). Aunque según parece Calonne compartía los favores de Adélaïde con el marqués de Montesquieu, cuando dos años más tarde la joven dio a luz, nadie tuvo la menor duda (empezando por sus progenitores) de que el niño era hijo del vicario de Reims. Aquel mismo año de 1785 tuvo lugar la Asamblea general del clero, en la cual Talleyrand iba a ser uno de sus dos secretarios. El hombre anhelaba hacer méritos, porque tenía treinta y un años y el obispado que perseguía seguía resistiéndosele.
Ninguna de sus conquistas (empezando por la madre de la criatura) veía nada malo en el hecho de tener descendencia de un clérigo. En la víspera de una revolución que iba a trastocarlo todo y amenazaba con arruinarlas, las autoridades de la Iglesia francesa tenían muchísimas preocupaciones más acuciantes que controlar el cumplimiento del celibato eclesiástico. Lo que más le encantaba a Talleyrand de aquel triunfo amoroso era que ponía celosos a muchos, especialmente a un americano, el gobernador Morris, también enamoradísimo de Adélaïde. El hombre, cojo como el abbé a raíz de una caída de caballo y por aquel tiempo embajador de George Washington en París, se consolaba haciendo circular que, al decir de la joven madre, a la hora del amor físico, el reverendo resultaba más suave in modo que fortiter in re, en otras palabras: más mimoso que potente. La indiscreción, cierta o no, no disminuyó en caso alguno la fascinación que Charles-Maurice siguió ejerciendo sobre el otro sexo hasta su muerte.
La madre de su hijo no tardó en convertirse a ojos de tout Paris en su maîtresse en titre. Nuestra pareja mantuvo sin timidez alguna una relación serena, casi conyugal, que duró entre 1783 y 1792. A poco que podía, el abbé de Périgord iba a pasar la noche junto a su amada y su hijito, al que esperaba una gran carrera, como se verá en su momento. La Revolución los separó. Mme de Flahaut, realista acérrima, huyó de París en 1792 para reunirse con la sociedad de emigrados instalados en Mickleham (Surrey). Había aprendido la lengua de Shakespeare de una gouvernante inglesa y allí tuvo algunos amantes ingleses antes de abandonar la isla. Su pobre marido, cornudo y guillotinado, permaneció en Boulogne-sur-Mer, donde fue arrestado y ejecutado el 29 de enero de 1793.
Cuando Talleyrand pasó dos años y medio en el exilio, primero en Inglaterra y luego en Estados Unidos, la muy inteligente Mme de Flahaut consiguió mantenerse con sus novelas, una de las cuales, Adèle de Sénanges (Londres, 1794), parcialmente autobiográfica, obtuvo un notable éxito. Tras viajar por Suiza e instalarse temporalmente en Hamburgo, donde ejerció de sombrerera, regresó a París en 1798 y en 1802 contrajo un segundo matrimonio con el diplomático portugués dom José Maria de Souza Botelho Mourão e Vasconcelos, el cual, aunque se le ofreció la embajada de San Petersburgo, prefirió seguir instalado en París hasta poner punto final a una edición maravillosa de Los Lusiadas de Camões (1817). Con la caída del primer Imperio, Adélaïde, ahora Mme de Souza-Botelho, desapareció de la vida social parisina, aunque siguió publicando novelas históricas. Fue la única amante de Talleyrand que no mantuvo su amistad con él hasta la muerte, pero el obispo de Autun no dejó nunca de ocuparse de su hijo Charles (como su padre) de Flahaut.
EL CAPELO FRUSTRADO
Los sueños de Talleyrand no cesaban de concentrarse en la mitra episcopal, pero su aspiración parecía más difícil de obtener de lo que él había imaginado a pesar de su posición privilegiada de sobrino del arzobispo de Reims. Sin embargo, había una mujer que estaba decidida a ir más allá. Una de las grandes sacerdotisas de la corte, la condesa Louise de Brionne, veinte años mayor que él, decidió hacerlo cardenal. El derecho canónico de la época lo permitía. La dama, perteneciente a la ilustre familia de los Rohan, se hallaba casada con un príncipe de Lorena. Tenía dos hijas que encantaban a Charles-Maurice: la mayor era la princesa de Carignan y la menor, Charlotte de Lorena, entró en religión. Con todo, la preferida del futuro obispo de Autun fue su nuera, la princesa de Vaudémont, que eclipsaba con su espectacular belleza y su refinada elegancia a todas las mujeres que se exhibían en el salón de la de Brionne.
Las cuatro adoraban al curita de Périgord y se conjuraron para obtener para él el capelo cardenalicio. No contaban, sin embargo, con que María Antonieta iba a oponerse rotundamente. El rey se puso del lado de su esposa y el capelo en juego fue a aterrizar sobre otra cabeza con gran disgusto del interesado, aunque le hizo ganar en compensación el tierno afecto de Charlotte, que murió abadesa de Remiremont a los treinta años tan enamorada del abbé perigordino como el día en que lo conoció, y de la Vaudémont, cuyo amor sobrevivió hasta los días en que las «modernas» redingotes, adaptación francesa del término inglés riding coat, de los súbditos de Luis Felipe de Orleans sucedieron a las pelucas empolvadas de 1787.
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1 El hermano de más edad del rey recibía el título de Monsieur (y su esposa el de Madame). Al Delfín correspondía el de Monseigneur.
2 Reservamos para capítulos posteriores las figuras de Catherine Grand y la duquesa de Curlandia, pues entraron notablemente más tarde en su vida.
CAPÍTULO V
ENSAYO GENERAL
«Mi profesor en Saint-Sulpice M. Hugon había servido como acólito cuando se consagró obispo a M. de Talleyrand en la capilla de Issy en 1788. Parece que durante la ceremonia el comportamiento del abbé de Périgord fue muy inconveniente. M. Hugon contaba que al confesarse el sábado siguiente se acusó de “haber hecho juicios temerarios sobre la piedad de un santo obispo”».
ERNEST RENAN
PRIMEROS ÉXITOS
Si Talleyrand no parece tomarse muy en serio su ordenación sacerdotal, a la que alude solo de pasada en sus memorias, sí se entregó con todas sus fuerzas y talento a su cargo de agente del clero francés con ocasión de la Asamblea general que iba a reunirse en París en mayo de 1780. Para entonces no tenía aún experiencia alguna sobre la administración de la Iglesia, pero su capacidad de aprendizaje y de adaptación a las circunstancias le abrieron el camino que le hizo acreedor de su primer triunfo. Su cargo, que iba a extenderse de mayo de 1780 a septiembre de 1785, se hallaba en el centro de la maquinaria administrativa de la Iglesia y lo convertía en su representante ante el rey. El clero era el primero de los órdenes del reino y poseía la cuarta parte de las propiedades del país, que producían unas rentas superiores a las del tesoro real. Gozaba de derechos y privilegios fiscales y jurídicos que sus agentes generales, en colaboración con las diócesis, se encargaban de defender cuando eran discutidos. Venían, pues, a representar, como explica Waresquiel, algo así como el poder ejecutivo de un clero cuyas asambleas generales y extraordinarias funcionaban como el poder «legislativo».
Sus oficinas se hallaban en el convento Des Grands-Augustins, que daba al muelle del Sena frente al Pont Neuf. Allí se conservaban los archivos del clero bajo la custodia de Henri-Gabriel Duchesne, que será el secretario particular de Talleyrand. El puesto de segundo secretario correspondía a Charles Mannay, el que fuera profesor suyo en Saint-Sulpice. Pero Charles-Maurice no era el único agente, porque la norma exigía que hubiera dos. Aquel año sus nombramientos correspondían a las diócesis de Aix y de Tours. Su compañero, Pierre-Daniel de Boisgelin, nombrado por la diócesis de Aix (nuestro biografiado lo había sido por la de Tours gracias a un hábil juego de manos de su tío), era también un abbé mundano y mujeriego, frecuentador de los salones de París, pero tuvo mala suerte en uno de sus affaires. Tomó por amante a una tal Anne Coupper, que lo había sido de Luis XV, y a la que este casó con un marqués: el episodio dio lugar a un escándalo, a consecuencia del cual el marido fue exiliado a cuarenta leguas de París y Boisgelin perdió la mitra que su tío, arzobispo de Aix, le había prometido, de modo que optó por esfumarse y dejar la agencia del clero en manos de su compañero.
Aunque los panfletos contra Talleyrand aparecidos durante la Revolución se esfuerzan en pintarlo como un inútil, un perezoso y un vividor, no se corresponden en absoluto con la realidad. Desde el primer día Charles-Maurice puso de relieve su enorme capacidad de trabajo. Velaba hasta altas horas de la noche para poder enviar las numerosas cartas que esperaban sus corresponsales. Allí se inició como estadista de alto nivel. En aquel lugar no se le exigía que fuera religioso, sino práctico. Puede parecer paradójico que el menos vocacional de los clérigos se esforzara hasta tales extremos por defender a la Iglesia, pero no hay que olvidar que nunca había dejado de soñar con la mitra. Su linaje, su tío y sus méritos acabarían obrando el esperado milagro si ninguna reina oficiosa frustraba sus aspiraciones. En última instancia, era el rey quien nombraba a los obispos y Roma se limitaba a decir que sí.
A pesar de su inmensa riqueza (o, quizás, a causa de su inmensa riqueza), la Iglesia estaba a la defensiva. La opinión pública se hallaba cada día más en contra de su poder y de sus privilegios. Los philosophes, empezando por el deísta Voltaire, la habían ridiculizado sin piedad, y el pilar central que sostenía el orden antiguo, la vieja iglesia del gran Bossuet, que seguía proclamando el derecho divino de los reyes a dirigir a su gusto la vida de sus súbditos, empezaba a agrietarse. Bossuet, que distaba mucho de ser un necio, ya vislumbraba un final quizás inevitable que daría al traste con todo lo que él y los suyos habían venido defendiendo desde los tiempos de Teodosio hasta Trento. Como él mismo escribió:
Veo prepararse un gran combate contra la Iglesia en nombre de la filosofía cartesiana. Veo nacer de su seno y de sus principios, a mi juicio mal entendidos, más de una herejía, y preveo que los ataques que se lanzan contra los dogmas que nuestros padres han creído acabarán por hacerla odiosa y hacerle perder todos los frutos que podía esperar de su labor de inculcar en el espíritu de los filósofos la divinidad y la inmortalidad del alma.
Profético. Bossuet murió en 1704. Faltaba menos de un siglo para 1789. Por otro lado, los rumores persistentes de confiscación de los bienes del clero de Austria en 1782 por orden del gran masón que era José II, que la Gazette de France propagó en abril de 1782 con la bendición del Gobierno, hicieron sonar todas las alarmas e indujeron al obispo de Autun a escribir a Charles de Vergennes, a la sazón ministro de Asuntos Exteriores, una carta en estos términos:
Su sincero amor por la religión es demasiado bien conocido, señor, y estoy convencido de su respeto por las leyes, de su equidad, de la amplitud de sus luces, de la prudencia y sabiduría de sus opiniones para que esas reflexiones temerarias e indiscretas que circulan puedan levantar en mí la menor alarma.
Esta carta permite adivinar ya el gran diplomático que será el hombre que la escribió. El altivo Vergennes le hizo saber que no albergaba la menor intención de dañar al clero. Sin embargo, el inteligente Talleyrand empezó a buscar medidas para mejorar la opinión que la calle tenía de la Iglesia. Entre sus sugerencias figuró que la Iglesia comprara las loterías reales, que todos los años sacaban dinero del «buen pueblo» incauto para llenar los bolsillos del monarca y se habían convertido en un foco de corrupción, para cerrarlas y poner punto final a su inmoralidad. La idea no prosperó. De todos modos, con independencia de la opinión, mayoritariamente negativa, que la sociedad pudiera tener del clero, una parte importante del propio clero era el primer elemento descontento con la forma en que la Iglesia se administraba.
A lo largo de los cinco años en que Talleyrand fue agente general, durante la segunda mitad de los cuales, no se olvide, mantuvo su idilio con Adélaïde de Flahaut, que le hizo padre de un hijo, tuvo que enfrentarse con el creciente malestar de un número importante de sus propios representados. Aunque la Iglesia les proporcionaba alojamiento gratuito, la mayoría de los clérigos recibía una miseria, mientras que el 90% de sus rentas iba a los obispos y a otras altas dignidades eclesiásticas. Aquel lujo que «la calle» achacaba, indignada, a toda la Iglesia, beneficiaba en realidad a muy pocos. Lo primero que hizo el nuevo agente fue preparar un edicto real que elevaba la congrua de los curas «de parroquia» de 500 a 700 libras anuales, aunque no todos los parlamentos se mostraron de acuerdo a la hora de registrar el edicto en 1786.
Téngase en cuenta que los ingresos medios de un obispo rondaban las 35.000 libras anuales ya en 1750. Para dar una base racional a sus pretensiones, ordenó elaborar un censo que iluminara los puntos oscuros (y eran muchos) de la administración eclesiástica. A tal efecto envió un cuestionario a todas y cada una de las diócesis del país para enterarse de cuáles eran exactamente sus funciones, cuántos hospitales y hospicios se hallaban a su cargo, cuánto costaban, cuáles eran sus propiedades, qué se ganaba y qué se gastaba. Con ello la Iglesia obtuvo por primera vez un conocimiento de sí misma que nunca antes había alcanzado o que siempre había preferido no tener. Cuando el resultado del informe fue finalmente expuesto a la Asamblea general en 1785, plasmado en la excelente prosa de su inspirador y sus colaboradores, produjo tanta admiración que su autor fue gratificado con 100.000 libras, que, por descontado, no despreció. Lo aprendido con su primer encargo importante le resultará muy útil luego, cuando dé el salto a la política y a la economía del país a partir de la Revolución. En 1789, al igual que había hecho en 1785, se propuso lo mismo: ahogar la disidencia gritona de los elementos más radicales del bajo clero, como los Grégoire y Gouttes. Desgraciadamente, las circunstancias habían cambiado y las cosas no se presentaban tan fáciles.
LO QUE CUESTA UNA MITRA
100.000 libras no era en absoluto una cantidad despreciable, pero Charles-Maurice esperaba más: su salto a la condición de obispo. El intento de promocionarlo al cardenalato capitaneado por Mme de Brionne, sus hijas, nuera y unos cuantos incondicionales más había fracasado en 1784, a pesar de que sus promotoras habían recurrido incluso al rey Gustavo III de Suecia, de viaje por Italia, para que les echara una mano con el papa. También contribuyó al fracaso el desgraciado asunto conocido como «del collar de la reina», que dio al traste con la reputación del cardenal de Rohan, primo de la condesa de Brionne, que fue arrestado sin contemplaciones y los enemistó a todos con María Antonieta.
La noticia de que la salud del arzobispo de Bourges, una diócesis importante al sur del Loira, iba de mal en peor hizo concebir esperanzas al triunfador de la Asamblea general de 1785, y Charles-Maurice inició una discreta campaña de propaganda difundiendo que él era el favorito en la sucesión del prelado en cuestión. «Se está hablando de la diócesis de Bourges para mí», escribió a su amigo Mirabeau. «Es un buen puesto... El arzobispo ha tenido una apoplejía y no se le auguran más de dos o tres semanas de vida», pero el hombre era en exceso optimista: pasado un año el arzobispo seguía con vida. Finalmente se produjo el ansiado desenlace, pero la diócesis vacante fue a parar a otro candidato y Charles-Maurice se quedó, como suele decirse, con un palmo de narices. Ya tenía treinta y cuatro años y estaba a punto de perder toda esperanza. «Nada me sale como quisiera», confesó en una carta a su amigo Choiseul.
Como no había nacido para estar mano sobre mano (aunque sus enemigos aseguraban lo contrario), y en su cerebro inquieto bullía un sinfín de ideas sobre finanzas, gobierno y educación, intentaba darles salida a través de algún cauce ad hoc, sobre todo al tener plena conciencia de la agitación que se había apoderado de todas las clases del país. Con todo, su interés por los problemas de la gente corriente, el «tercer estado», era solo teórico y derivado de una perspectiva liberal característica de la Ilustración. Así que cuando no estaba intrigando para obtener el título de obispo, se movía y maniobraba en el amplio marco de la clase política de París sugiriendo posibles salidas a una gran crisis que todos los ciudadanos sensatos veían venir.
Las malas cosechas habían doblado el precio del pan y la carestía envenenaba el ánimo de un número cada vez mayor de franceses. No era la primera vez que Francia se hundía en la depresión. La ayuda a los americanos para que libraran su guerra colonial (en el fondo, dirigida contra sus vecinos ingleses) había vaciado las arcas del rey. La bancarrota era un hecho y podía ocurrir cualquier cosa. Como nos recuerda el británico D. Lawday:
El odio contra las clases privilegiadas y el menosprecio hacia la corte crecían de día en día, y la burguesía —comerciantes, abogados, médicos y empresarios— notaba cada vez más en carne propia los síntomas del malestar general. Los panfletistas regaban con vitriolo el descontento de la masa anónima. Durante el verano y el otoño de 1788 el ejército abrió fuego más de una vez contra muchedumbres airadas en las calles de París.
Talleyrand contemplaba la situación y empezó a simpatizar con «los descontentos», entre otras razones porque, al no recibir la ansiada mitra, comenzó a detestar a quienes se la negaban. Todas las revoluciones acogen en su seno a los resentidos, que acaban formando parte de la masa «alzada», aunque sea temporalmente, junto a los realmente agraviados, los fanáticos y los aprovechados. Normalmente suelen arrepentirse luego, cuando ya es demasiado tarde. El abbé no se equivocaba cuando afirmaba que «en Francia se ha formado un nuevo poder: la opinión pública». Pero la situación no había madurado lo suficiente todavía. Además, los que constituían las principales dianas del odio popular no paraban de pelearse entre sí.
Y fue un aristócrata quien encendió la mecha. El duque de Orleans, Luis Felipe II, compañero de mesa de juego de Talleyrand, se encaró un día con su primo Luis XVI en la cámara de los nobles para advertirle de que sus órdenes eran ilegales si no contaban con su voto (entiéndase: el de los aristócratas). Charles-Maurice quedó estupefacto. Como era de esperar, el duque fue desterrado a provincias. Más tarde se vengó votando a favor de la muerte de su primo en el juicio que se le instruyó, aunque su cabeza (seguramente arrepentida) acabó cayendo en la misma cesta o en otra similar en 1793. Obedeciendo a un resentimiento «de clase» generalizado, la nobleza (y no las clases hambrientas) acabó rebelándose contra el poder real y le exigió la convocatoria urgente de los Estados Generales, una asamblea extraordinaria en la que se juntaban los tres «órdenes» (nobleza, clero y «tercer estado») para resolver la crisis. Versalles estaba en contra de los Estados Generales. Los últimos de los que se tenía memoria se habían reunido hacía dos siglos. Pero la aristocracia se empeñó en repetirlos, convencida de que acabaría dominando la situación y saldría fortalecida frente al soberano. Con ello vendría a resarcirse del fracaso de las frondas en tiempos de Ana de Austria. Fue, pues, la nobleza y no el pueblo la que puso en marcha la Revolución francesa, punto en el que todos los historiadores están de acuerdo, pero, como suele pasar, no tardó en írsele de las manos.
LA MITRA AL FIN
Fue justamente entonces cuando llegó la mitra que venía esperando desde hacía años la hermosa cabeza empolvada de Charles-Maurice. Poco tiempo después del fallecimiento del obispo de Bourges, murió el de Lyon. El elegido para dicha diócesis dejó vacante la de Autun, en la Borgoña, y dicha carambola favoreció a nuestro biografiado, aunque el abbé de Périgord no recibiera una diócesis importante. Consta que el rey, que tenía muy mal concepto de Talleyrand (y la reina peor), se oponía en un principio a su nombramiento, pero el padre del interesado, tras obtener de su hijo la promesa de que dejaría de una vez por todas sus turbias especulaciones financieras, el juego y las mujeres, se postró ante su soberano y le imploró que fuera clemente con su retoño y no frenara por más tiempo su ascensión en el escalafón eclesiástico. Después de todo, había obtenido grandes logros como agente general del clero de Francia.
El rey se ablandó y firmó el nombramiento diciendo, según cuentan: «Esto lo pondrá en el buen camino» («Cela le corrigera»). El decreto se firmó el 2 de noviembre de 1788. Dos días más tarde falleció Charles-Daniel, pero el mal (o el bien) ya estaba hecho. No parece, en cambio, que el nombramiento hiciera muy feliz a Alexandrine, la madre del obispo electo, pues lo consideraba indigno del honor que se le iba a hacer (Waresquiel). Sea como fuere, si Charles-Maurice guardaba todavía algún rencor contra su padre, este último favor tuvo por fuerza que compensarlo con creces. Curiosamente, en este último episodio no parece que interviniera el tío arzobispo. El 15 de diciembre llegó el visto bueno del papa.
Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord fue consagrado obispo de Autun el 4 de enero de 1789 por Louis-André de Grimaldi, obispo-conde de Noyon, en una ceremonia discreta que tuvo lugar en la capilla de la Soledad de Issy, cerca de París. Grimaldi tenía también una pésima reputación y solía decirse de él que debía su cruz pectoral «a su apellido, a la intriga y a las mujeres, con todo lo cual se llega a todas partes» (marqués de Bombelles). Peleado con su capítulo, vivía en París, y el mismo Talleyrand lo coloca en sus memorias entre los que denomina obispos «disipados».
El consagrando acababa de levantarse de la cama, donde lo había mantenido postrado un fuerte resfriado. Parece que se puso pálido como un espectro cuando extendió las palmas de las manos para recibir los óleos, tanto que tuvieron que suspender la ceremonia hasta que se hubo recuperado. Acababa de comprometerse a «preservar, defender, fortalecer y promover los privilegios y la autoridad de la Iglesia de Roma». El obispado de Autun y las dos abadías de que era titular en aquel momento le aseguraban una renta mínima por sus empleos eclesiásticos de 56.000 libras. Sabía perfectamente que los grandes príncipes de la Iglesia ingresaban más de 200.000, pero para empezar no estaba mal teniendo en cuenta que su padre, que acababa de morir, solo dejó reconocimientos de deuda. Paradójicamente, el abandono ulterior de su dignidad episcopal no le quitó nunca «la vanidad de su nacimiento y del rango ocupado en la Iglesia» (Pasquier).
CAPÍTULO VI
LA REVOLUCIÓN, AL FIN
«Esto no es un motín, majestad, es una revolución».
El duque de La Rochefoucauld-Liancourt a Luis XVI.
CUARENTA DÍAS EN AUTUN
El día en que Talleyrand llegó a Autun para hacerse cargo de su grey, un Napoleón de diecinueve años se hallaba sirviendo como teniente de artillería en tierras de Borgoña, no lejos de donde iba a empezar a oficiar su futuro ministro. Su misión consistía en aplastar amotinamientos de campesinos, una labor que llevaba a cabo muy a su pesar porque el joven corso simpatizaba con el pueblo. Le enfurecía la corrupción que reinaba en Versalles y la incapacidad de los monarcas a la hora de dar una respuesta al malestar de la nación. En ningún momento le había pasado por la cabeza todavía poner fin a la monarquía, pero, hombre liberal y leído al fin, soñaba, al igual que Talleyrand, en la apuesta por una monarquía constitucional a la inglesa in terra gallica.
Cabe decir, pues, que monseñor de Talleyrand-Périgord, obispo de Autun, hizo su entrada en la Revolución revestido de su cruz pectoral con el báculo en la mano y el anillo pastoral en el dedo. Hacía tanto frío que el Sena se había helado: también el resentimiento acumulado a lo largo de siglos congeló la nación. Tras vencer a regañadientes su natural testarudez, Luis XVI se vio obligado a abrir la puerta a los Estados Generales. Obedeciendo a la nobleza, pues era ella la que los había exigido, ordenó que aquella asamblea, cuyas particularidades nadie recordaba con exactitud, se juntara el 8 de mayo de 1789. El título de obispo aseguraba a Charles-Maurice un asiento en el parlamento y el derecho a intervenir en la nueva configuración de Francia. Aunque era diputado del clero por derecho propio, necesitaba el respaldo de la diócesis de Autun para actuar. No se trataba de un mero trámite, pero afortunadamente el clero que de él dependía poco sabía sobre sus ideas políticas, aunque sí bastante de su fastuoso tren de vida.
Llegó a Autun a mediados de marzo y «se desposó» con la Iglesia de Autun según mandaban los cánones. Su alta estatura, casi metro ochenta, y el báculo, que no abandonaba en ningún momento, conferían a su figura revestida de púrpura un aspecto imponente. Para completar la sensación de autoridad y prestigio que de él emanaba, empezó invitando a los sacerdotes y canónigos de la provincia a unas cuantas cenas fastuosas. Tras obsequiarlos como un príncipe, les comunicó el manifiesto que iba a presentar ante los Estados Generales, en el que se recogían las líneas generales de sus intenciones políticas. Era un resumen claro y elocuente de los principios liberales que se defendían en los infinitos desayunos celebrados en compañía de sus amigos en su casita de París. Sus puntos fundamentales pueden resumirse así: de ahora en adelante no habría ley sin el consentimiento del pueblo emanado de un parlamento elegido; el derecho a la propiedad privada era sacrosanto e intocable; nadie podía ser privado de su libertad, ni siquiera momentáneamente, salvo con arreglo a una ley y jamás mediante una orden arbitraria; la libertad de expresión sería sagrada; los castigos, siempre de acuerdo con la ley, serían iguales para toda clase de ciudadanos; se abolirían los privilegios fiscales y las finanzas públicas no se sanearían con nuevos impuestos, sino mediante el incremento de ingresos derivado de la abolición de los privilegios y los préstamos públicos.
Aquello suponía el fin del poder real tal como había sido concebido hasta entonces. El clero de su diócesis, confuso ante tantas novedades que no acababa de entender, lo designó su diputado en los Estados Generales. A continuación le rogaron que celebrase una misa en la catedral, a lo cual no se pudo negar. Todos los presentes pudieron comprobar por su torpeza que «celebrar misa» no era lo suyo y, efectivamente, nunca lo fue. También es cierto que celebró apenas algunas. A los pocos días abandonó Autun, una ciudad que nunca más volverá a pisar. Y, sin embargo, sus peores enemigos a lo largo de su carrera política nunca dejaron de referirse a él sarcásticamente como «el obispo de Autun». Courtiade, su fiel criado, lo llamó siempre «monseñor».
LA ORGANIZACIÓN DE LOS ESTADOS GENERALES
Faltaban tres semanas para que se reuniese en París la gran asamblea que, mejor o peor, se estaba preparando. Tradicionalmente la integraban los llamados «tres órdenes», a saber, el clero, la nobleza y lo que se denominaba «el tercer estado», es decir, todos los demás: burgueses, campesinos, pequeños comerciantes e industriales. Al verse amenazado por la aristocracia, el rey decidió doblar el tercio del tercer estado, de modo que los diputados se repartían así: el clero integraba un cuarto, otro cuarto los nobles y la mitad restante el bon peuple. Ello reforzaba la influencia de la gente sencilla, con la cual el monarca esperaba contar.
Talleyrand, que no se había opuesto a la idea, se inquietó cuando vio que la representación del tercer estado se hallaba infestada de abogados, «esa clase de gente cuya mentalidad, debida a su oficio, los suele hacer extremadamente peligrosos». Parece ser que de cada cuatro diputados «populares», uno era abogado. Sirvan de ejemplo Robespierre, el «picapleitos» de Arras, Jacques-Pierre Brissot, Georges Jacques Danton y Louis de Saint-Just, que más tarde será apodado «el Arcángel del Terror». Muy pronto las mentes de una serie de leguleyos celosos iban a convertirse para el obispo en una auténtica pesadilla que a punto estuvo de costarle la vida.
Quizá por falta de experiencia en la materia, aquellos Estados Generales se convirtieron en cuestión de semanas y a partir del «juramento de la Sala del Juego de Pelota»1 en Asamblea Nacional, un parlamento decidido a acabar con el poder del soberano. El bajo clero y parte de la aristocracia liberal se alinearon junto a la mitad de los «populares», y el rey cometió el inmenso error de apelar al ejército para disolver los Estados y dejarlos «para mejor ocasión». No es lo que Talleyrand quería y culpa a Jacques Necker, ministro de Hacienda de Francia y padre de su amiga Mme de Staël, del desastre en su conjunto, empezando por la idea del rey de doblar el tercer estado. Además, ya no se iba a votar por órdenes, como se había hecho históricamente, sino por cabezas. ¡Cuando se votaba por órdenes, bastaba con que el clero y la aristocracia se pusieran de acuerdo para que el tercer estado tuviera que aceptar lo decidido! Ya nunca más volvería a ser así.
En el fondo de las memorias de Talleyrand late el rencor del gran señor hacia el burgués protestante (Necker era las dos cosas) y critica a Luis XVI por haberlo elegido, «un gran error», a su juicio. La vinculación ancestral del obispo de Autun con el ancien régime no podía desaparecer de un día para otro. Por más que estuviera dispuesto a apoyar los derechos de los ciudadanos y la libertad del pueblo, llevaba los prejuicios del viejo orden en la sangre como aristócrata «de espada» y, también, como autoridad eclesiástica.
Asustado por lo que veía venir, corrió a Marly, segunda residencia real fuera de París, donde se habían refugiado el rey y la reina tras la muerte del delfín, a proponer a los que quisieron escucharle que la única solución posible era que el rey se trasmudara «por voluntad propia» en monarca constitucional a la inglesa y pasara a apoyar su autoridad ya no en un pretendido «derecho divino», que nadie sabía qué era, sino en dos cámaras, la de los comunes, elegida, y la de los pares, integrada por la nobleza y el alto clero. Por más que no se cansó de repetirles «yo os he prevenido, haced lo que queráis», no le hicieron caso y la Asamblea ya había tomado demasiado la delantera como para dar marcha atrás. Algo tenía claro el obispo de Autun ante aquella inconsciencia: no estaba dispuesto a perderse con ellos.
Con independencia de cómo pensaba acabar la cosa, Charles-Maurice se dio cuenta de que no iba a poder mantenerse al margen del tifón que se avecinaba por momentos. Como en tantas ocasiones a lo largo de su vida en que hubo de afrontar situaciones caóticas o inesperadas, el obispo de Autun no tardó en decidir qué hacer. Lo resumió en esta frase: «Me puse a disposición de los elementos», es decir, se permitió plena libertad de acción. Se dejaría arrastrar por la corriente tratando de salvar en todo momento cuanto fuera susceptible de ser salvado. Primero a sí mismo y, de ser posible, la misma civilización que había conocido desde que naciera y que le parecía a todas luces insuperable.
PRIMERAS MEDIDAS DE LA CONSTITUYENTE
El 14 de julio, tras ser apartado Necker, un hombre muy querido por el pueblo, de la dirección de los enloquecidos Estados Generales, una multitud enfurecida tomó la Bastilla, la prisión de París y símbolo de la opresión real, y se produjeron los primeros linchamientos populares. El rey se vio forzado a recuperar a Necker, que se hallaba ya en la frontera, y a devolverlo a la capital para evitar males mayores. El banquero fue recibido en París como un mesías y, para su hija Germaine, que adoraba a su padre, aquel «fue el día más feliz de su vida». Pero aquella fiesta improvisada constituyó solo una pausa, una ilusión.
En calidad de primer ministro de Finanzas, Necker se opone a la Asamblea constituyente, y en especial a Mirabeau, líder de lo que en aquel momento podían llamarse «los populares». Los diputados rechazan las propuestas financieras de Necker, basadas en sus tradicionales métodos de anticipos y préstamos. Luego, tras la expropiación de los bienes de la Iglesia con el fin de «recapitalizar» el Estado sugerida por el mismísimo Talleyrand y aprobada por la Asamblea, de la cual hablaremos con más detalle en el capítulo siguiente, Necker se opuso terminantemente a la financiación del déficit con la emisión de asignados (luego veremos en qué consistieron).
Como dijo Mirabeau al rey el 1 de septiembre de 1790: «El actual ministro de Finanzas [Necker] no se encargará de dirigir, como debe ser, la gran operación de los asignados-moneda. No entra fácilmente en su concepción y el recurso a los asignados-moneda no lo ha ideado él; incluso se ha propuesto combatirlo. Ya no gobierna la opinión pública. Se esperaban de él milagros y no ha sido capaz de salir de una rutina que se opone a las circunstancias». A la vista de todo ello, a Necker solo le quedaba dimitir y lo hizo el 3 de septiembre de 1790. Tras su dimisión, se retiró a Suiza, a su castillo de Coppet, donde siguió escribiendo hasta su muerte, ocurrida en 1804. No volvió a pisar Francia y fue su hija quien se encargó de coger el testigo y mantener en vigor su herencia intelectual e ideales políticos.
Talleyrand tampoco simpatizaba con Necker, aunque fuera buen amigo de su hija. Tenía muy claro cuáles eran sus intereses prioritarios. «La caridad bien entendida empieza por uno mismo» fue siempre el rey de sus principios, aunque en todo momento intentó hacer compatibles en lo posible los intereses del abbé de Périgord con los de Francia porque estaba convencido de que su bienestar y prosperidad personales dependían de la pacificación y tranquilidad de su país. Y, a pesar de que las circunstancias lo obligaron a moverse mucho por Europa y siempre lo hizo al más alto nivel, puesto que residió con comodidades regias en Berlín, Viena, Varsovia y Londres, ciudad en la que vivió casi cuatro años al final de su vida como embajador de su país, nunca concibió una felicidad absoluta para sí mismo fuera de Francia, del mismo modo que Mme de Staël nunca la concibió fuera de París.
En las semanas previas a la toma de la Bastilla, Charles-Maurice se esforzó proponiendo leyes sensatas a la Asamblea y procurando por todos los medios y sin demasiado éxito atraer a los moderados a su campo. Desde el punto de vista político, le costó poco esfuerzo abandonar las filas del clero para unirse a las del pueblo. Otros clérigos lo hicieron, entre los que se contaban algunos obispos. Sea como fuere, en los primeros momentos nunca se opuso frontalmente a lo que ya era una revolución. En el curso de una partida de whist dijo a la anfitriona, que le reprochaba su simpatía «por el pueblo»: «Acepte la verdad, señora: después de la manera como hemos estado viviendo, la revolución que tiene lugar hoy en Francia es indispensable. Y esta revolución acabará resultando útil.»
En la Asamblea no cesaba de presentar propuestas sobre las cuestiones que más le interesaban, incluso una reforma en materia de pesos y medidas, que no prosperó. Frente a él se erguía la imponente figura de su amigo/enemigo Mirabeau, un auténtico crápula, pero un pico de oro cuya oratoria encendida causaba estragos, sobre todo cuando se intuyó que el rey quería desconvocar la Asamblea porque ya no tenía sentido seguir hablando de Estados Generales. Mirabeau comparaba la Asamblea con «un asno díscolo que solo cabía montar con mucho cuidado». El hombre, demagogo de libro, contaba además con un «taller» de escritores mercenarios que le preparaban sus diatribas.
Enfrentado con él (aunque en el fondo estaban de acuerdo en casi todo), Charles-Maurice ejercía de «voz de la razón» y, en un tono mesurado e inteligible, exponía sus puntos de vista sin renunciar, cuando era necesario, a «agarrar el toro por los cuernos». No era un orador y leía sus intervenciones, algo que redundaba en su claridad, si bien les privaba de gancho. Además, los diputados carecían de formación democrática, y, queriendo mantenerse fieles ad pedem litterae a las instrucciones recibidas de sus electores, no se sentían facultados para votar libremente a partir de los argumentos que se les exponían. Más todavía: cuando las deliberaciones no avanzaban por el camino esperado o previsto, se levantaban y se ausentaban de la Asamblea, por más que Talleyrand se desgañitara en insuflarles «cultura democrática».
Para resolver este problema, propuso a los diputados que quemaran sus mandatos e invocó los principios de la «voluntad general» y de la libertad deliberante de la Asamblea. Prohibir a un diputado deliberar o intimarle a retirarse «supone que la voluntad general se vea subordinada a la voluntad particular de un municipio o de una provincia». Con este argumento, que acabó siendo aceptado, Charles-Maurice no hizo la Revolución, pero le entreabrió la puerta al desligar a los diputados de los juramentos prestados a sus electores.
LA CAPITAL DE FRANCIA ANTE EL ARRANQUE DE ALGO QUE IBA A CAMBIARLO CASI TODO
¿Y qué ocurría en París mientras en Versalles los representantes de los tres órdenes, hoy convertidos en una única masa de 1.200 diputados desligados de sus mandatos, escuchaban propuestas que a veces apenas entendían y, cuando las daban por buenas, se enfrentaban a la espinosa cuestión de cómo hacerlas realidad? Curiosamente la vida en la capital no parecía haber cambiado mucho, aunque no pocos escuchaban en su interior el crujido de la madera de un trono que se cuarteaba por momentos. Talleyrand dejó de vestir la indumentaria episcopal y la cruz pasó a ocultarse debajo de la camisa, si no fue depositada en un cajón. El odio callejero contra el clero y la nobleza iba engordando como el vientre de una vaca embarazada de trillizos.
Y, sin embargo, la vida de salón no había muerto y el de Mme de Staël, la hija de Necker y amante de Narbonne, era el más concurrido. Germaine hallaba a Charles-Maurice brillante por el acierto de sus intervenciones y, sobre todo, por su conversación insuperable, que era la vara de medirlo todo de la embajadora de Suecia. Se hablaba, incluso, de la posibilidad de hacerlo ministro, aunque el hombre remoloneaba.
Para quitar importancia a una situación crítica que amenazaba a todos, se celebraban bailes de máscaras en los que los aristócratas se disfrazaban de Fígaros y Sganarelles y las aristócratas de fruteras de los Halles o pescaderas. Un día, Talleyrand descubrió bajo la apariencia de una plebeya y deslenguada «Mme Denis» nada menos que a la duquesa de Luynes. ¡Muchos seguían pensando que todo en la vida (y en especial los episodios desagradables) debía tomarse en broma! Rire de tout..., como aconsejaba Voltaire a D’Alembert.
TALLEYRAND EN FAMILIA
La relación de Talleyrand con Adélaïde de Flahaut, madre de su hijo desde 1785, no se había acabado y la visitaba siempre que podía en su apartamento del Louvre. Allí se cruzaba con su rival en el corazón de la dama, el también cojo gobernador Morris, representante en París del presidente Washington. Morris llevaba un diario de los acontecimientos empezado antes de la toma de la Bastilla en el cual calificaba a nuestro biografiado de «agudo, astuto, ambicioso y malicioso». También lo trataba en el salón de los Necker y constató la enorme admiración que Germaine sentía por el abbé de Périgord. El hombre, americano al fin, juzgaba su conversación brillante en exceso y confesaba «no sentirse en su constelación». Como era natural en un ciudadano de las antiguas colonias británicas independizadas, Morris confiaba en el éxito de la Revolución, aunque a veces parecía más interesado en el comercio del grano y las señoras guapas.
En sus cenas à trois chez Flahaut (nos las imaginamos pintadas por Greuze) se cansaba pronto de las disertaciones de Charles-Maurice sobre política y finanzas y solía dormirse. Convencido de que el obispo de Autun no daba la talla en la cama, se vanagloria en sus memorias de haber «satisfecho» a Adélaïde al menos en una de cada tres de sus visitas, salvo cuando tenía la regla o, excepcionalmente, el anciano marido se hallaba en casa. Con todo, reconocía los méritos de su rival y apoyaba la idea de que fuera nombrado ministro de Finanzas, aunque lamentaba que no tuviera más gente capaz a su alrededor y que no fuera un poco más trabajador. En dos palabras, daba a entender que era perezoso (y no solo en la cama). Siempre que se le presentaba la ocasión, el americano «lo aleccionaba» sobre los principios generales que redundan en beneficio de la salud y la riqueza de las naciones. Según él, la fuente de todo se hallaba «en el corazón del hombre». Desmiente, sin embargo, el mito de la pereza del obispo de Autun, que se encargó de poner en circulación Morris, pero que acompañó al obispo a lo largo de toda su vida, el hecho de que, aunque Charles-Maurice se levantara tarde, su labor en el naciente parlamento merece ser calificada sin reparos de titánica. Nunca volverá a trabajar tanto en su vida.
Cuando Morris discurseaba, Charles-Maurice, que no podía permitirse el lujo de renunciar a la eventual influencia que pudiera tener aquel hombre en su carrera, lo escuchaba con atención fingida. Pero no sirvió de mucho. El pobre Morris tenía mucha menos influencia en los asuntos de París de la que creía y el abbé de Périgord, aunque contaba también con el apoyo de Mme de Staël y sus íntimos, no se convirtió en ministro por el momento. A pesar de su inteligencia y moderación, le seguía persiguiendo la leyenda de su inmoralidad y codicia, de ser un jugador empedernido y un obispo «disipado». A su leyenda negra, el gobernador Morris había añadido (injustamente) su «insuperable pereza», quizá porque Talleyrand había aprendido del viejo Choiseul que el buen político es «el que sabe hacer trabajar a los demás». Y de hecho siguió mostrándose fiel a este consejo bajo el Directorio, el Consulado, el Imperio y la Restauración monárquica.
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1 El 20 de junio de 1789, los diputados que se dirigían a la reunión de los Estados Generales encontraron las puertas de la Cámara donde se celebraban las sesiones cerradas por orden del rey (so pretexto de unas reparaciones). A la vista de ello, los representantes del Tercer Estado se desplazaron al juego de pelota de Versalles (jeu de paume: hoy diríamos «la pista de tenis») para continuar sus deliberaciones. Allí juraron, inspirados por Mounier y Sieyès, «no separarse jamás y reunirse cuando así lo exigiesen las circunstancias hasta que la constitución del Reino sea establecida».
CAPÍTULO VII
EL DIABLO TOMA EL PODER
«En aquel momento decisivo el mundo entero estaba observando con inquieta simpatía el progreso de nuestra revolución, consciente de que Francia asumía el riesgo y el peligro de actuar en favor de toda la raza humana».
JULES MICHELET
LA PUÑALADA TRAPERA
Cuando finalmente se tocó en la Asamblea —era inevitable— la desastrosa situación financiera del país, Talleyrand invirtió dos horas largas en exponer la necesidad de que el Estado gestionara un crédito de 80 millones de libras a largo plazo y a intereses bajos ofreciendo a los prestamistas garantías férreas de que se les pagaría. Pero ¿cómo? La moción fue aprobada y aplaudida, pero llevarla a la práctica se presentaba poco menos que imposible. Para entonces las relaciones de Charles-Maurice con la Iglesia se habían enrarecido. Hemos dicho ya que el odio del pueblo contra la Iglesia y, en especial, contra la jerarquía, no se había disuelto por el hecho de que numerosos miembros del bajo clero se hubiesen pasado a las huestes «revolucionadas». Era evidente que la Iglesia de Francia necesitaba una reforma urgente y que solo el obispo de Autun tenía imaginación, conocimiento y medios para llevarla adelante. El hombre se hallaba de nuevo entre Escila y Caribdis: sabía perfectamente que, si tomaba la iniciativa de la reforma, su gremio lo odiaría más de lo que ya lo odiaba, pero que, si no lo hacía, caería en desgracia (una desgracia seguramente insalvable) en la Asamblea.
La reforma que propuso suponía una ruptura radical con el antiguo orden: la nacionalización de la Iglesia francesa. El Estado se haría con la propiedad de todos sus bienes, los subastaría o vendería según mejor le pareciera, y pagaría a los clérigos un salario como si se tratara de unos funcionarios más. Las propiedades en cuestión suponían la mitad de la tierra de casi todas las provincias del reino y producían unas rentas de unos 100 millones de libras anuales. La «operación» iba a ser por fuerza un paso importante para evitar la bancarrota del país.
Mientras que el tercer estado en su gran mayoría aprobó la solución propuesta sin problema alguno, la jerarquía eclesiástica, sobre cuyos fabulosos ingresos hemos hablado ya, puso el grito en el cielo y al obispo «traidor a su clase» en el infierno. El abbé de Périgord pasó a ser a ojos de muchos Judas redivivo o, quizás, el mismísimo Anticristo. ¿Podía ser el mismo hombre que en 1782, ante el temor del clero francés a verse expropiado como le había ocurrido al austriaco bajo José II, escribiera una carta al ministro de Exteriores Vergennes en estos términos: «Su sincero amor por la religión es demasiado bien conocido, señor, y estoy convencido de su respeto por las leyes, de su equidad, de la amplitud de sus luces, de la prudencia y sabiduría de sus opiniones para que esas reflexiones temerarias e indiscretas puedan levantar en mí la menor alarma»?
Una vez más, Talleyrand se mantuvo fiel a sí mismo y no pareció inmutarse lo más mínimo por la actitud, no por lo esperada menos agresiva, de «los suyos». Como él mismo declaró ante la Asamblea: «Soy casi el único de mi orden en apoyar ante vosotros unos principios que parecen contrarios a nuestros intereses». Pero razonaba: ¿acaso era la Iglesia realmente propietaria de su inmenso patrimonio? Evidentemente no en el sentido ordinario de la palabra propiedad desde el momento en que no podía venderla en su propio beneficio: la administraba en virtud de su función religiosa por voluntad expresa de donantes y testadores. ¿Quién era la beneficiaria de esta función? La nación. Consiguientemente, Francia era la auténtica propietaria de esta riqueza y la medida propuesta suponía únicamente la devolución a la nación de una abundancia de bienes que ya era nacional. Solo daba lugar a un cambio de administradores. El colmo del jesuitismo en un país en que los jesuitas habían sido expulsados (y disuelta su orden) en tiempos de Luis XV. Los clérigos seguirían siendo pagados por sus servicios al pueblo, del mismo modo que se pagaba a ministros, jueces, oficiales y al rey mismo.
Cuando en noviembre se puso en marcha la disposición, los jerifaltes de la Iglesia renovaron sus ataques, a lo que Charles Maurice respondió que, prejuicios aparte y viendo hacia dónde se encaminaba la situación, acababa de salvar a la Iglesia en Francia: «Estoy convencido, escribió, de que la medida tomada era el único medio para salvar al clero del destino funesto que le esperaba». Con ella había evitado, aseguraba, la eliminación de toda la Iglesia como había hecho Cromwell en la vecina Inglaterra. Es posible que tuviera razón, y fuerza es reconocer, por si puede servir de atenuante al «desmán», que fue también el detestado obispo de Autun, convertido en ministro de Asuntos Exteriores de Napoleón, la pieza esencial en la negociación del Concordato de 1801, para escándalo de auténticos liberales como Mme de Staël.
FABRICANDO UNA CONSTITUCIÓN CONTRA RELOJ
Tocaba ahora preparar la futura Constitución y se constituyó una comisión de ocho miembros (de la que nuestro biografiado formaba parte) para que se hiciera cargo de la tarea. La Constitución recogía básicamente los principios que Charles-Maurice había anunciado a sus electores de Autun, así como una vaga aspiración a la «igualdad», que iba a ser la manzana de la discordia por las diversas maneras en que fue entendida por los sucesivos Gobiernos de Francia. En la libertad y la fraternidad todos estuvieron de acuerdo, pero la égalité, término multívoco donde los haya, fue el talón de Aquiles del nuevo orden y lo sigue siendo en la actualidad en las democracias liberales1. Obviamente no quería decir lo mismo para Mme de Staël, Robespierre, Danton, Hébert, el radicalísimo Babeuf, Napoleón y, claro está, para el gran acaparador que fue Talleyrand. Precedió a la Constitución un prólogo que contenía la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, cuyo artículo VI se atribuye al abbé de Périgord:
La ley es la expresión de la voluntad general. Todos los ciudadanos tienen derecho a participar, personalmente o a través de sus representantes, en la formulación de las leyes. Tiene que ser la misma para todos, tanto en lo relativo a la protección como a las penas. Como todos los ciudadanos son iguales ante la ley, todos tienen derecho a acceder a todas las dignidades, rangos y empleos públicos con arreglo a su capacidad...
La declaración sintetizaba el pensamiento de la mayor parte de los philosophes galos que habían destacado en los principales salones del siglo y, en especial, en el último y más político de ellos: el de Mme de Staël. Tampoco se olvidaba de incorporar la libertad de expresión y de prensa, otro punto que no todos entendieron de la misma manera. A primera vista, mantener el catolicismo como religión de Estado parecía contradecir los derechos del ciudadano. Los primeros en quejarse fueron los feligreses de Autun, a los que su obispo (aún lo era, al menos formalmente) recordó que «cualquier tipo de limitación en materia religiosa es un ataque al primero de los derechos del hombre». La libertad de conciencia, claro está.
La situación se complicó para todos y, en especial, para nuestro protagonista. Una cosa era que él mismo hiciera con su estado lo que quisiera y otra muy distinta que pretendiera imponer a franceses que se consideraban católicos (empezando por el clero mismo) la desobediencia al papa de Roma, una imposición que también parecía desconocer los tan alabados derechos humanos. Convencido de que la Iglesia debía ser reformada de arriba abajo, Charles-Maurice no se detuvo. La nacionalización de sus bienes no había puesto fin a la hostilidad del pueblo alzado. No pocos imaginaban, conociendo la afición del abbé de Périgord a hacer negocio con todo, que iba a aprovechar la disposición para hacerse personalmente con parte de lo expropiado o especular con ello en beneficio propio. Solo faltó la proclamación de la Constitución civil del clero.
LA SEGUNDA PUÑALADA
La ley sobre la Constitución civil del clero fue votada el 12 de julio de 1790 por la Asamblea constituyente con la finalidad de sustituir el Concordato de 1516. Su objetivo, anunciado al aprobarse previamente la nacionalización del patrimonio eclesiástico, era reorganizar en profundidad la Iglesia de Francia transformando a los sacerdotes católicos parroquiales en «funcionarios públicos eclesiásticos». Louis-Alexandre Expilly de la Poipe, rector de Saint-Martin-des-Champs, cerca de Morlaix, elegido diputado por el clero en agosto de 1788, presidió en la Asamblea constituyente la comisión que promulgó la Constitución y fue el primer obispo constitucional. También participó en su redacción el muy radical Henri Grégoire. He aquí, resumidas, las principales medidas que imponía: se suprimían antiguas instituciones como los cabildos catedralicios; se reestructuraban diócesis y parroquias tomando como modelo la estructura departamental; se establecían ochenta y tres diócesis, una por departamento; obispos y sacerdotes serían elegidos por los fieles; el Estado se haría cargo de su remuneración; y se reconocían derechos civiles plenos a todos los religiosos, un reconocimiento que les iba a permitir abandonar sus cargos y renunciar a sus votos si querían.
Los religiosos eran ahora ciudadanos como los demás, sin privilegios ni regalías. Con este sistema no quedaba sitio para el papa: solo pasaría a relacionarse con la Iglesia de Francia por medio de un obispo de nueva creación que debía enviarle anualmente una carta como prueba de unidad de fe y de comunión en el seno de la Iglesia católica. Siguiendo las directrices impuestas, el 4 de enero de 1791 los diputados del clero reunidos en la Asamblea tuvieron que prestar juramento a la nueva Constitución. Algunos «juraron» bajo la presión de las tribunas, pero ochenta obispos se negaron a hacerlo. Solo tres se avinieron a ello, y uno fue, naturalmente, el inspirador de la medida, Talleyrand.
A partir del 7 de enero se iniciaron los juramentos en el resto de Francia, pero la mitad de los sacerdotes se negó. Los miembros del clero no relacionados con una parroquia fueron considerados «no útiles» y obligados a un cese forzoso, salvo que eligieran unirse al clero de parroquias prestando juramento. De no hacerlo, se quedaban sin sueldo. Como era de esperar, el papa Pío VI consideró esta Constitución civil del clero herética, sacrílega y cismática. Prohibió a los clérigos prestar dicho juramento y ordenó a los que ya la habían jurado a retractarse. Este episodio originó una ruptura en el seno de la Iglesia francesa entre los clérigos juramentados y los llamados refractarios, y constituyó la ruptura definitiva entre la Revolución y el papa. A raíz de ella muchos católicos que habían apoyado en principio la Revolución pasaron a la oposición. Bastantes años después el exobispo de Autun llegó a la conclusión de que la medida había sido nefasta e innecesaria. Pero, como dice Macbeth, «lo hecho, no puede deshacerse». Escribe en sus memorias:
No me avergüenzo de reconocer que, cualquiera que fuese mi intervención en esta obra [fue todo obra suya], la Constitución civil del clero fue quizá el mayor error político de la Asamblea.
Charles-Maurice, elegido presidente de la Asamblea el 16 de febrero en calidad de representante de la diócesis de Autun, prestó su juramento el 28 de diciembre (día de los Santos Inocentes), convirtiéndose en uno de los tres obispos juramentados con que contaba en aquel momento la Iglesia de Francia.
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1 Recientemente todavía la reivindicaban los gilets jaunes en sus violentas protestas contra el Gobierno de Macron, desencadenadas por el aumento de precio de los carburantes.
CAPÍTULO VIII
UNA APOTEOSIS PARÓDICA: LA FIESTA DE LA FEDERACIÓN
«Tras todos los juramentos que hemos hecho y roto, tras haber jurado fidelidad a la Constitución, a la ley, al rey, cosas todas ellas que solo existen de nombre, ¿qué significa un nuevo juramento?».
Talleyrand
EL SEGUNDO 14 DE JULIO O LA venganza del cielo
A los pocos meses de la promoción del obispo de Autun a presidente de la Asamblea, se decidió por unanimidad que no se podía dejar pasar el 14 de julio de 1790, aniversario de la toma de la Bastilla, como un día cualquiera. Para su solemne celebración se reunieron en París 14.000 delegados de las guardias nacionales de todos los departamentos. La enorme mise en scène de la Fiesta de la Federación, del juramento a la nación, a la ley y al rey se nos aparece hoy como una manifestación de pura propaganda, la primera «en honor de la igualdad, la libertad y la reconciliación de los franceses». En ella Talleyrand, «el primer patriota del clero», encargado de demoler la antigua prisión del despotismo, va a representar un papel protagonista. Celebrará la gran misa en el altar que se elevará en el centro del Campo de Marte, donde desde 1889 se yergue la emblemática Torre Eiffel, lugar escogido para el acontecimiento por especial designación del monarca.
Desde los primeros días de julio 18.000 obreros trabajan sin descanso para dejar el lugar listo para la celebración. La finalidad de lo que su protagonista calificó luego de «bouffonnerie du Champ-de-Mars» fue encender al máximo el patriotismo de la nación, impresionándola por la magnitud de los medios empleados, e impresionar asimismo a los enemigos de la Revolución (interiores y exteriores) advirtiéndoles de que cualquier intento de dar marcha atrás estaba condenado al fracaso. Al frente de todo el espectáculo, el todavía obispo de Autun, aristócrata reformado, hombre de Dios y de la Constitución y cabeza visible de la Asamblea Nacional iba a ser testigo ante el cielo y la humanidad de los juramentos que serían prestados. Para destacar su protagonismo se había levantado una pirámide truncada en cuyo plano superior se montó el altar de la patria necesario para la gran misa prevista, adornado con ochenta y tres banderas, una por departamento.
Al redoble de los tambores de los granaderos, trescientos clérigos revestidos de albas blancas ceñidas con la banda tricolor y escoltados por un centenar de monaguillos que hacían balancear incensarios desfilaron hasta ocupar sus puestos. Los abbés des Renaudes y Louis, tan poco eclesiásticos como el oficiante, se disponían a asistirle, y su hermano Archambaud, revestido de oro y espada al flanco, montaba la guardia al pie del altar. La música, compuesta para la ocasión por Gossec, cantada y acompañada por 1.800 instrumentos, evocaba más «una fiesta de la antigua Grecia que una ceremonia cristiana» (conde Valentín Esterhazy).
El obispo avanza cojeando con la mitra episcopal calada y el báculo en la mano. Se dice que al pasar por delante de su amigo el marqués de Lafayette, el elegante «héroe de los dos mundos» por su participación en la guerra de América y ahora aclamado jefe de la Guardia Nacional de Francia, Charles-Maurice le susurró: «No me haga reír, por lo que más quiera». Pero el tiempo seguía siendo monárquico y se negó a colaborar. Todo aquel festival sacro-burlesco ocurría bajo un diluvio que no se tomó descanso alguno a lo largo de todo el día y los paraguas dieron al traste con la estética prevista por su organizador, el propio Talleyrand. ¿Se estaría tomando el cielo su venganza? La Constitución civil del clero se había votado dos días antes. Los organizadores habían previsto la presencia de un millón de personas, pero en aquellas circunstancias nadie se tomó la molestia de contarlas.
La misa, prevista para el mediodía, empezó a las cuatro de la tarde porque había que esperar a que el cortejo de federados procedente de la Bastilla llegara al Campo de Marte precedido por batallones de niños y ancianos. A continuación tuvieron lugar los juramentos cívicos, el primero prestado por Lafayette, al que siguieron los de los diputados de la Asamblea Nacional, el Ayuntamiento de París, los federados y todos los espectadores. Cerraron «la ronda» el rey y el delfín. Se cantó un tedeum y la ceremonia acabó sobre las seis de la tarde. Los resfriados y catarros a los que dio lugar se cuentan por miles.
Acabada la fiesta, el que había sido su oficiante se cambió deprisa de indumentaria y corrió al tapete verde que le estaba esperando. Tuvo tanta suerte que hizo saltar dos bancas y fue a celebrar sus nada exiguas ganancias al salón de la vizcondesa de Laval, que había sido y volvería a ser la amante de Narbonne, prendido por aquel entonces de los bellos ojos y el pico sublime de Mme de Staël, de la que esperaba un ministerio. Al día siguiente Charles-Maurice escribió a la madre de su hijo calificando de «ridículo» el espectáculo que había protagonizado el día anterior. A sus ojos, los juramentos eran solo ficciones políticas que se usaban por comodidad según las circunstancias, pero que, en puridad, no tenían valor alguno.
LOS RAYOS DEL VATICANO
Después de todo lo ocurrido, el Vaticano decidió finalmente tomar medidas contra aquella oveja cada día más negra. Sus pecados de herejía, apostasía y muchas cosas más no admitían perdón. Entre ellos, se había permitido en febrero «consagrar» obispos por lo menos a tres sacerdotes juramentados (en realidad, parece que fueron catorce) para reemplazar a los refractarios y a los que habían emigrado. En sus memorias Charles-Maurice se justifica aseverando que lo hizo para asegurar la continuidad del catolicismo en Francia y evitar que cayera en las garras del presbiterianismo. De todos modos, aunque fingía indiferencia, empezó a temer por su vida, que veía amenazada desde los dos extremos.
Los realistas radicales le dirigían veladas amenazas de muerte en la prensa reaccionaria por haber traicionado a la Iglesia y a su clase. En el otro extremo, el odio de la calle contra la jerarquía riquísima de la Iglesia, que no había dejado de existir, y el de los que no se fiaban de las conversiones sospechosas e interesadas para salvar la piel y seguir animando subrepticiamente la contrarrevolución, también lo tenían en su lista de «enemigos del pueblo». Tanto miedo tenía que un día se presentó en casa de Adélaïde, que nunca dejó de ser una ultrarrealista, y le entregó un sobre que, según dijo, contenía su testamento, en el que, con toda seguridad, no se olvidaba de reconocer a su hijo.
En cuanto a su curiosa relación con la Iglesia, decidió ponerle fin de una vez por todas. La Iglesia le facilitó las cosas. En un breve del 10 de marzo de 1791 el papa le manifestó su dolor por cuanto había hecho hasta entonces y en otro del 13 de abril lo amenazó con la excomunión si no se retractaba, pero ¿por qué iba retractarse? Los rayos con que Roma lo fulminaba servían a su propósito final: romper todos los vínculos que lo ligaban a un estado que, al menos en teoría, aborrecía. El Moniteur publicó el último de los breves, y Charles-Maurice escribió a su amigo Biron, el duque de Lauzun, gran organizador de fiestas nocturnas y un habitual en los desayunos de la Rue de Bellechasse:
¿Conoces la noticia? ¡La excomunión! Ven a consolarme y a cenar conmigo. Todo el mundo va a negarme el agua y el fuego, de modo que esta noche tendremos viandas frías y vino frappé.
¿Cabe mayor insolencia?
CAPÍTULO IX
LA LEGISLATIVA ECHA A ANDAR
«La corrupción se halla en el hombre como el agua en el mar».
MIRABEAU
CAMBIO DE TERCIO
Por honestidad política la Asamblea constituyente que Talleyrand había acabado presidiendo tuvo que disolverse para dar lugar a la Legislativa y se impidió que sus miembros «repitieran» en esta última. En una de sus intervenciones finales del 18 de septiembre de 1790, Charles-Maurice se manifestó contra los asignados, punto en el cual coincidía con Necker. Tras la expropiación (sin compensación) de los bienes del clero que él mismo había propuesto, las autoridades francesas obtuvieron una gran cantidad de riqueza en tierras, edificios, fincas, etc., un patrimonio inmenso, pero que no se traducía en dinero líquido. Para solucionar este problema, se idearon los «asignados»: unos documentos que funcionarían como bonos de la nación, sustentados en los bienes confiscados por el Gobierno revolucionario a la Iglesia y a personajes hostiles al nuevo régimen, como los aristócratas emigrados y los clérigos católicos refractarios.
En teoría tales propiedades serían vendidas por orden de la Asamblea Nacional y con ello se obtendría dinero en oro y plata que a su vez sostendría el valor de los «asignados», que empezaron a emitirse en diciembre de 1790. Sin embargo, la pésima situación económica generalizada hizo muy difícil vender los «bienes nacionales» y obtener efectivo por esta vía. Los problemas financieros obligaron a que a mediados de 1791 la Asamblea Nacional aceptara dar a los «asignados» la consideración de papel moneda de curso legal, una medida que disminuyó mucho su valor en poco tiempo. Anticipando acontecimientos, los asignados fueron anulados por el Directorio el 30 de pluvioso del año IV, o sea, el 19 de febrero de 1796. Para entonces habían llegado a emitirse 45.000 millones en asignados y su valor había bajado hasta el 1/200 de su nominal. El 20 de septiembre de ese mismo año Talleyrand puso fin a su destierro/emigración en Estados Unidos y regresó a París.
A pesar de los sinsabores que le deparó la política desde que entrara en ella, Talleyrand tenía razones suficientes para sentirse satisfecho de lo que había logrado o había estado a punto de conseguir. En el terreno de la religión, al que siempre había dado una gran importancia porque nunca pudo desprenderse del todo de sus primeras experiencias, no tardó en llegar a la conclusión de que la libertad de conciencia y de religión que predicaba no acabaría de ser nunca una realidad si los judíos que vivían en Francia, originarios de España, Portugal y de la región de Aviñón, seguían privados de derechos políticos. A pesar del muy extendido antisemitismo de la época (que no parece haber remitido en la actualidad en Francia), obtuvo de la Asamblea un decreto que los homologaba con los demás franceses, una decisión que lo hizo todavía más odioso a ojos de los cristianos conservadores. Un libelo de la época llegó a afirmar de él que prefería ser «el rabí de una secta de usureros al pontífice de la religión de Jesucristo».
También lo enfrentó (y no poco) con sus antiguos colegas su proyecto, objetivamente admirable, de extender a todo el país una educación pública gratuita. Hasta entonces la educación había sido impartida o controlada por la Iglesia a todos los niveles. Charles-Maurice quería promover una educación pública y laica de calidad accesible a todos los niños franceses. En 1791 y con la ayuda de Laplace, Monge, Condorcet, Lavoisier, Vicq d’Azyr y La Harpe, entre otros, redactó un informe importantísimo de 216 páginas sobre la instrucción pública, «absolutamente gratuita porque es necesaria para todos». Una de sus consecuencias sería la creación del Instituto de Francia, a la cabeza de un sistema educativo dirigido a todas las clases sociales. En él los hombres «de la Revolución» proyectaron una educación progresiva, desde las escuelas de cantón a las de los departamentos, una formación «physique, intellectuelle et morale» dirigida a perfeccionar «la imaginación, la memoria y la razón». François Furet ve en este informe «un des monuments de la Révolution française». Por su autoría, Talleyrand se convierte en miembro del Instituto. Y será allí donde pronunciará su último discurso antes de morir. Lamentablemente, su magnífico plan de reforma educativa solo se convirtió en ley prácticamente sin alteraciones cien años después.
Si fue elegido presidente de la Asamblea no se debió a aquella labor admirable, que no interesó a la izquierda, desde siempre partidaria de la mediocridad intelectual que hace a los hombres más «iguales» y, también, más crédulos y manejables, y volvió a soliviantar a la Iglesia, convencida de que el privilegio de educar a los cristianos le pertenecía exclusivamente a ella por derecho divino. Debió el cargo a una oportunista apología de la Revolución que pronunció ante los diputados una semana antes de las elecciones. Por una vez en la vida, parece que el hombre se mostró realmente apasionado en la tribuna.
Empezó su discurso trazando un inventario rutilante y cargado de optimismo del trabajo parlamentario ejecutado hasta la fecha. Había restablecido unos derechos del hombre pisoteados hasta entonces por todo el mundo: en consecuencia, su declaración urbi et orbi por el parlamento galo estaba destinada a convertirse en un alarido de los humillados contra sus opresores y en una auténtica ley para los legisladores de todos los países, una idea que, claro está, no compartía ninguno de sus vecinos europeos, ni siquiera los ingleses, que se tenían por los más libres desde la Carta Magna y, sobre todo, desde la Glorious Revolution de 1688, que había echado del trono de la isla a los criptocatólicos Estuardo.
En Francia toda la nación se sentía rejuvenecida, por no decir renacida, tras probar el infalible elixir de la libertad y derrotar el horror, notablemente exagerado, de la Bastilla. Sin embargo, no todo fueron elogios en la larga arenga que había preparado cuidadosamente y ensayado ante un círculo de escogidos del salón de Mme de Staël: así, no dudó en condenar la violencia y las matanzas en nombre de la Revolución que estaban ensangrentando las provincias, sacudidas por aquella Grande Peur1 que parecía justificarlo todo. El parlamento acabó con una súplica que no tenía nada de hipócrita, pues reflejaba perfectamente el estado de ánimo y los temores del orador:
No deshonréis un hermoso acontecimiento que los anales del mundo recogerán atribuyéndolo a vosotros. ¿Qué podemos temer? Nada, no, nada salvo una oscura impaciencia. Habéis soportado tantos siglos de despotismo: esperad un poco más. Vuestra libertad bien merece un poco de paciencia.
La advertencia revela que Talleyrand tenía plena conciencia de que el desorden se había apoderado de las provincias y nadie parecía capaz de controlarlo: fuera de París la Revolución estaba descarrilando. El rey merecía que lo dejasen en paz: el objetivo del obispo de Autun seguía siendo una monarquía constitucional, aunque cada día que pasaba se planteaba nuevas dudas sobre cómo alcanzar la meta querida. Sea como fuere, el bonvivant que habitaba el cuerpo del abbé de Périgord no tenía vocación de mártir y estaba firmemente decidido a anteponer su bienestar personal por encima de todo. En su conciencia, si la tenía, no podía sentirse culpable por el resultado de siete siglos de historia. Si muchísimos franceses habían enloquecido, que cargaran ellos con las consecuencias de sus propios errores, pero muchísimos franceses no eran Francia. En el fondo, él se identificaba con la Francia civilizada de la douceur de vivre: por lo tanto, solo salvándose a sí mismo lograría salvar su Francia. El discurso fue enviado a todas las parroquias del país para que los párrocos lo leyeran a sus feligreses tras el sermón dominical.
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