Kitabı oku: «Creí que borraban todo rastro de ti»

YOAN SMADJA
Creí que borraban todo rastro de ti
Traducción de Antonio Roales Ruiz
www.armaeniaeditorial.com
Título original: J'ai cru qu'ils enlevaient toute trace de toi (Belfond, 2018)
Primera edición: Enero 2021
Segunda impresión: Febrero 2021
Primera edición ebook: Agosto 2021
Copyright © Yoan Smadja, 2019 © Belfond, Place des Éditeurs, 2019
Ilustración de cubierta: © Aline Bureau, 2017
Copyright de la traducción © Antonio Roales Ruiz, 2020
Copyright de la edición en español © Armaenia Editorial, S.L., 2021
Armaenia Editorial, S.L.
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ISBN: 978-84-18994-26-5

Yo cogí y le mostré un puñado de polvo; le pedí, insensata,
alcanzar tantos cumpleaños como granos tenía el polvo.
Ovidio, Metamorfosis, libro XIV
1
Fue en abril de 1994 cuando le pedí a Dios el divorcio. ¿Aceptó? Creo que nunca me respondió.
Habitualmente, la primavera es una estación dorada. En abril de 1994, no fue así. Por entonces vi un país vestido todo de verde, de tierra y de aflicción.
La primera impresión se percibe desde el cielo. Lo siento mucho por los periodistas que llegaron por carretera, porque se perdieron lo más bello, a la par que singular, que ofrece Ruanda: la maraña de colinas, su geometría inacabada, atormentada, de una belleza que corta la respiración. La sensación de una naturaleza subyugada. De ese damero imperfecto nace una armonía particular, que es prueba de la existencia de un propósito. Creí descubrir en aquello algo que nos supera, más allá del azar, más allá de la mano del hombre, absolutamente incapaz de modelar un orden tan sutil, una magia semejante a la alternancia de las estaciones, al rocío de la mañana, a la esperanza.
Irresistible resulta la predilección de los seres por las apariencias, por la espuma de las cosas; en Ruanda, aquella había nublado nuestra visión. Habíamos pasado por alto tanto los acontecimientos importantes como las pequeñas señales, sin que encontraran eco alguno, ni en el hueco de los corazones, ni en el pliegue de las almas que habían pronunciado el «esto nunca más», ni ante los ojos de los vigías en los que habíamos depositado tantas esperanzas. Sin embargo, se nos dice que nos inspiremos en el océano. Él, que está tan alejado de Ruanda, que desde siempre menosprecia su superficie, desdeña el viento, el ruido de las olas, la resaca. La espuma. Porque el océano solo es profundidad, lo que hay por encima no le importa.
Deberíamos haber comprendido lo que ocurría en Ruanda mucho antes de la primavera de aquel año. Quizá habíamos tratado de no ver, de tranquilizarnos. Quizá habíamos bajado la guardia. Aunque los ruandeses y la comunidad internacional no deberían haber cedido ni un palmo de terreno, lo cierto es que habían desviado la mirada, durante años, frente a la hidra. Hasta el naufragio.
El tiempo que pasa ejerce poca influencia en nuestras vidas. Las heridas más profundas se nos infligen en un abrir y cerrar de ojos. Las que uno no se espera. Las que empujan a pedir cuentas a los seres a los que se ama con pasión. Las que terminan por separar.
Digamos que discutí —sola—; no me hizo falta mucho tiempo para admitirlo.
Fue en abril de 1994 cuando le pedí a Dios el divorcio.
Sacha Alona estaba releyendo este texto escrito veinte años antes.
Después de un descanso forzoso de varias semanas a su vuelta —su huida— de Kigali, le había comunicado al redactor jefe de Le Temps que dejaba las páginas de internacional del periódico para dedicarse a la crítica gastronómica. Él le pidió que lo repitiera. Lo tomas o lo dejas.
En pocos meses, había logrado integrarse en ese círculo tan restringido como masculino, cuyos artículos lo mismo crean que destruyen una reputación. La repostería se convirtió en su ámbito predilecto. A medida que su pluma se afinaba para describir el equilibrio de una crema de naranja, lo obvio de ciertas mezclas, limón y clavo, rosa y pistacho, trufa y kadaif, había ido teniendo la sensación de librarse de los reflejos de antaño. Lo que su mano iba ganando en sueños y en emociones sentía que iba perdiéndolo en precisión, en lucidez. En vehemencia. Obstinada y talentosa, nunca confesó sus dudas ni sus remordimientos. Había cambiado la exaltación por sueños razonables y serenos. A medida que adquiría galones en este universo mediocre, enguatado, iba quedando en el olvido que en el pasado había cubierto algunos de los conflictos más trágicos de los años ochenta y noventa. La gran reportera se había hecho crítica gastronómica, y aquello se había convertido en una pasión. Se había convertido en un refugio.
La extrañeza había sido el rasgo sobresaliente de su personalidad, desde la infancia; Sacha había sido una alumna que se sentía fascinada por cada clase, cada visita a un museo, cada fragmento de conversación captada. De tal modo que no supo qué rumbo tomar, por miedo a perderse algo apasionante, a encerrarse. Su única certeza fue que debía estar allí donde tenía lugar la historia, allí donde la multitud, los sobresaltos del tiempo le parecían de interés. Se incorporó al Instituto de Estudios Políticos de París con el sentimiento ambivalente de que lo público era tan vasto que debía abarcar todos los ámbitos y todas las materias, pero se enseñaba con tal altura que olvidaba la suerte del ciudadano, su día a día. Acudió a conferencias y descuidó las clases, pasó sus veladas con militantes politizados y dejó de prepararse los exámenes. Jamás dudó lo más mínimo cuando cualquier estudiante extranjero, en los bancos de la facultad, le proponía descubrir su país. Participó en todos los frentes, no faltó a ningún concierto. ¿Sus estudios? Un visto y no visto, castigado por algunos profesores incapaces de captar ese frenesí plagado de ausencias; aceptado con una sonrisa por otros, benévolos, conmovidos por tanto ímpetu.
Mientras que, una tras otra, las puertas de los gabinetes ministeriales, de los centros de investigación y de los grandes grupos se les iban abriendo a sus amigos, que administraban sus propias carreras y mostraban su determinación de ser tenidos en cuenta, Sacha, por su parte, vagaba. Una vez obtenido su título, como si fuera una llave maestra y aun cuando la noción misma de desempleo masivo parecía desconocida, iba navegando de un trabajo a otro, de una asociación a otra, de un continente a otro, al albur de los encuentros y de las propuestas. No supo decir no a nada, por miedo a perderse algo.
A partir de entonces, brillaba y luego se cansaba, era una eterna principiante, aplicada, deslumbrante, guiada por el incontrolable deseo que experimentan esos jóvenes a los que el día a día no les basta. Se entregó a cada tarea con obstinación y con pasión.
Pero los arrebatos de juventud son como el vals de los sedimentos, acaban aminorando la marcha y dejando tras de sí una melancolía impalpable de la que resulta difícil deshacerse. Así fue como se puso a escribir. Todo lo que vio. Todo lo que emprendió. Sus textos tuvieron por título el enunciado del mes y del hecho, en bruto. «Fue en mayo de 1982 cuando presencié un secuestro en Beirut». «Fue en agosto de 1980 cuando asistí al nacimiento de Solidaridad». «Fue en diciembre de 1986 cuando participé en la inauguración del museo de Orsay».
Pasaron los meses y los años, y esa propensión suya a maravillarse, a emprender cada proyecto con un ímpetu nuevo, esa curiosidad sin límites que algunos envidiaban, fueron poco a poco siendo percibidas como una debilidad, una incapacidad para asentarse. Sus amigos se casaron, sus vidas tomaron caminos distintos y, de repente, dejaron de verse. El perímetro de la existencia se había restringido. El mundo jamás espera.
La independencia es una forma de rejuvenecer, se toma conciencia de ello solo cuando se pierde. Las nuevas oportunidades se hicieron más raras. Pasada cierta edad, nuestras sociedades malinterpretan la fascinación: la toman fácilmente por ingenuidad. Le respondieron que su currículum no era suficientemente «legible», que no estaba lo bastante «especializada». Impregnada de una nostalgia que ya jamás la abandonó, narró sus andanzas profesionales, las dificultades, la rugosidad de un tiempo nuevo. «Fue en enero de 1987 cuando perdí mi libertad».
La llamaron a su domicilio.
—¿Señora Alona?
—¿Sí?
—Soy Bernard Witz, redactor jefe de Le Temps. Los artículos que nos está enviando desde hace meses no tienen gran interés. De manera que tendría que pedirle que no continuara.
—Y entonces, ¿por qué no lo hace?
Silencio.
—Porque el modo en que ordena sus palabras tiene algo de delicado.
—Y entonces, ¿por qué no tienen gran interés?
—Porque si tiene usted la intención de ser periodista, no es de usted de quien debe hablar, sino de los demás.
—Y entonces, ¿cómo hacemos?
—Empiece por venir a verme mañana a las ocho.
La conversación había durado menos de un minuto. Al día siguiente, Bernard Witz le había dicho:
—Odio esa nueva manera que hay ahora de llamarse por el nombre de pila, y no tengo tiempo de tratar de «señor-señora» a mis periodistas. ¿Supone esto para usted un problema, Alona?
No lo suponía.
El periodismo de guerra llegó bastante rápido. Como una evidencia. La tensión, la rigidez.
Sus artículos fueron tan escasos como esperados, aunque ella no buscara nunca suscitar adhesión o benevolencia; ni siquiera reconocimiento. Para llegar a obtener la masa crítica de elementos, de información necesaria para la redacción de un reportaje, fiel a sí misma, bullía. Cuando se trataba de escribir, narraba. Siempre que Bernard Witz aceptara sus escritos, y no había rechazado ninguno, disponía del número de columnas que le fueran necesarias. Ya no era un periódico, era una revista. Se tomaba su tiempo, sin importarle los imperativos del cierre, del espacio, ajena a la urgencia. La actualidad la dejaba indiferente.
Bernard Witz había entendido rápidamente el modo en que Sacha trabajaría. Le decía: «Alona, te vas a Sarajevo», consciente de que esa frase no implicaba ningún límite de tiempo, ninguna restricción de espacio. No se podía estar seguro de que permanecería donde el avión la depositara en un primer momento. Nunca se sabía cuándo estaría de regreso. Echaba a volar, libre, dotada de una extraña facultad: la capacidad de percibir el mundo con los ojos del otro. Firmemente convencida de que la materia de la que está compuesto el hombre es tan frágil, tan fluida, que la escucha solo puede revelarla. Witz esperaba de Alona que narrara las ciudades, que trajera de ellas el crepúsculo, los instantes preciosos y, a través de ellos, los tormentos del hombre, la aspereza de las almas, los latidos de los corazones.
«Fue en abril de 1994 cuando le pedí a Dios el divorcio». Seguía manteniendo esa costumbre de titular sus escritos así. Nadie sabía cómo había logrado convencer a Bernard Witz para que la dejara hacer de ello una marca de fábrica tan personal. Con ese artículo de abril de 1994 finalizó la carrera de gran reportera en zonas de guerra. Algunos habrían profundizado en su compromiso, se habrían unido a organizaciones de defensa de los derechos humanos, de promoción de la paz. La única obsesión de Sacha fue dulcificar el caos. La repostería, pensaba, tendría ese efecto.
Habían pasado más de veinte años. Nada podía borrarse. Sobre todo, desde ese lunes de abril de 2017, cuando había descubierto en su buzón un pequeño paquete que había pasado por distintas direcciones antes de llegarle a ella. El nombre del remitente no aparecía. Abrió el envoltorio, sentada como cada mañana en la terraza del café Charlot. Contenía un sobre y un cuaderno con solapa de tamaño mediano. La piel, negra, era de buena factura, pero aparecía sucia, desgastada. En algunos lugares estaba como hundida. Sacha pasó la mano por encima y después por el corte. Teniendo en cuenta el desgaste, el cuaderno habían debido manipularlo cientos, tal vez miles de veces. Las páginas eran de un blanco desvaído, algunas estaban manchadas. La letra era suave, despejada; las palabras se habían trazado de modo meticuloso, casi escolar. Era una sucesión de cartas. En un primer momento, no lo entendió.
Luego, abrió nuevamente el cuaderno y lo hojeó. Sintió un nudo en la garganta, los latidos del corazón acelerarse. Fue pasando las páginas. Se llenó la nariz del perfume que despedía. Percibió un leve aroma de vainilla. ¿O tal vez era solo su imaginación? La última carta databa de la primavera de 1994. En la parte derecha de la cubierta de piel, habían trazado una flor.
Esa flor.
Ya no cabía duda. Había oído hablar de ese cuaderno veinte años antes. Sacha cogió el sobre que lo acompañaba. Le dirigían una misiva cuya letra era la misma que la del cuaderno y con un encabezado de la universidad de Ruanda. Adjuntaban una foto en blanco y negro.
Sacha leyó el texto. Colocó varias monedas encima de la mesa para pagar el café y seguidamente subió a su casa.
Hizo una llamada a Nueva York.
Daniel:
Yo no era una niña como las demás. La memoria me juega malas pasadas. De mi más tierna infancia no identifico nada concreto salvo quizá algunos olores, algunas impresiones, el viento que arrugaba las hojas de los árboles. Mi primer recuerdo real es el columpio. Debía yo de tener siete u ocho años, era primavera, quizá del año 1985. El parque de la residencia del embajador francés era tan grande que a mis abuelos, empleados como jardineros, les concedieron una parcela de tierra, en el extremo de aquel. Allí construyeron una casita, y una puerta de entrada, abierta en el muro exterior del recinto, permitía un acceso independiente.
Vivíamos en un contraste permanente: una casa de aspecto frágil, enclavada detrás de un parque opulento. A la izquierda de la casa crecían en corola orquídeas blancas adornadas de azul y de puntos violeta. Centenares de lobelias, rojas y moradas, inundaban cestos de mimbre decorados con rayas negras, tiestos y jarrones colocados en el suelo, amontonados en un jardín con aspecto de tienda de antigüedades engalanada con flores.
Y luego había sobre todo lirios, las flores orgullosas y aromáticas de nuestras mañanas; largos tallos y hojas verdes, en cuyos extremos despuntaban, blancos y puros, rosas y escarchados, perfectamente orgullosos y conscientes, o esa impresión daba, de que eran lo más bello que alumbra la tierra.
Mi padre había colocado una escalera, adosada a la casa, para que pudiéramos observar la ciudad y las colinas, más abajo.
Un sauce dominaba el espacio con su corpulencia esmeralda, metálica. Sus pesadas ramas colgaban, animadas a veces por amplios movimientos. Había una mesa de madera inestable colocada al abrigo del árbol, de su tormento. Allí servía mi madre un té muy dulce, anegado de leche. Recuerdo que mis padres se sentaban allí a menudo, en dos sillas cuyo metal descamado se clavaba en la tierra, sin pronunciar palabra, sentados uno junto al otro, con los dedos entrelazados y la mirada puesta en las hojas del sauce, que susurraban al capricho de las corrientes de aire, una acuarela con mil tonalidades de verde.
A la derecha de la puerta de entrada había un ficus de dos metros de alto. El padre de Papá lo había plantado cuando era solo un pequeño brote, nada más nacer él. Ya nadie en Ruanda planta un árbol cuando nace un niño, pero los viejos siguen refiriéndose a ello como el más precioso gesto que pueda hacerse por el cielo y para la tierra. A medio camino entre la creencia y la tradición, el árbol de mi padre permanecía vigilante junto al umbral de la puerta, como un libro en una biblioteca, como un ancestro en medio de una dinastía inquebrantable, como un trozo de Ruanda en un país evangelizado y privado de su propio Dios.
Mis padres nadaban en esa atmósfera tranquila y sólidamente unida al tiempo que avanza, como si su vida hubiera transcurrido toda ella en esa hora que parece no tener fin, extraña y rosada, que separa el día de la noche, el sol de la penumbra.
Mis padres se cruzaban palabras tan escasas como frecuentes eran las sonrisas que se intercambiaban. Tal vez para no herirme, no lo sé.
Mi padre instaló un columpio bajo el sauce con ayuda de Théodose, al que le habían permitido que su vaca entrara en la residencia, puesto que era nuestra parcela. Después de haber clavado las pesadas barras de metal directamente en la tierra y de haber atado una cuerda a la viga superior, mi padre corrió a la calle para llamar a los niños del barrio.
Llegaron todos, educados y resplandecientes de felicidad, tratando de eliminar con sus manos sucias las arrugas de las camisas y los rastros de tierra de los pantalones. Allí estaban Laurent, Marie y Pancrace. Otro niño, de más edad, casi un adolescente, también estaba allí. En fila india, felices, se colocaron frente al columpio, esperando que Théodose acabara de probarlo.
—Déjanos a nosotros, ¡ya ves que aguanta! —soltó el niño que yo no conocía.
Théodose no se bajó del columpio aquella tarde, aduciendo con aire exageradamente profesional, algo más firme de la cuenta, que había que verificar bien su solidez, por la seguridad de los pequeños. Los niños se quedaron mirándolo en el jardín, alegres y llenos de envidia. Mi madre preparó un plato de berenjenas, mandioca y espinacas, acompañado de unas brochetas de carne a la parrilla. Cerveza para los adultos, Fanta para los niños.
Papá había invitado al embajador de Francia a unirse a ellos. El diplomático le tenía aprecio. Era un buen hombre muy cortés, que se dirigía a los niños igual que a los adultos. A menudo se sentaba junto a mi padre en una de las dos sillas metálicas del jardín. Aparte de Mamá, era el único que lo hacía. Ambos hombres podían estar allí charlando durante horas.
Los niños se quedaron y se pusieron a imitar el chirrido del columpio cada vez que Théodose se balanceaba, mientras se bebía una Primus. Fue esa tarde de primavera, mientras no lograba arrancar ese sonido de mi garganta al mismo tiempo que los demás niños, cuando entendí de verdad lo que significaba ser muda. Oír a los otros niños sin pensar en ello, luego, escucharlos. Volver a oírlos. Y no hablar jamás. Ningún sonido, ninguna de esas risas sonoras saldría jamás de mi boca.
Théodose se durmió en el columpio. Luego, se cayó. Pancrace, Fanny y los demás rieron hasta llorar. Bajo las ramas del sauce llorón, no pude imitarlos. Preferí dejar de mirar. Entonces, el niño desconocido se acercó a mí y gruñó:
—Ya sé que no puedes hablar, pero ¿por qué no sonríes?
Esbocé algunos gestos agitando los brazos: «Me habría gustado ser como vosotros». O, al menos, eso es lo que significaba el vaivén rápido de mi mano entre él y yo. El joven sonrió.
Mis pulmones se llenaron de un aire perfumado y feliz. Desde entonces, cada mañana y cada tarde, mi nariz busca ese precioso perfume. No salió ningún sonido, pero, finalmente, sonreí.
—Voy a contarte un secreto: tus ojos hablan mucho más que todas las bocas de Kigali juntas.
El joven sacó una navaja del bolsillo y, acercándose al muro exterior de la residencia, dibujó en él una flor.
Aunque hubiese podido hablar, Daniel, no sé qué te habría respondido aquel día. Hoy, mientras recordaba cuando nos conocimos, he lamentado que mis ojos no logren encontrarte. Me gustaría que, bajo el sauce llorón, rieran junto a ti.
Te echo de menos.
Rose
2
—Alona, te vas a Sudáfrica.
—Pero si allí no hay guerra…, —fue lo único que Sacha consiguió responder.
Cuando Bernard Witz la llamó aquel 1 de abril de 1994, Sacha se imaginó una serie de reportajes sobre el renacer democrático posterior al fin del apartheid. Una mitad de siglo sumida en la segregación, recogida en una decena de artículos enviados con regularidad desde una de esas habitaciones de hotel sin alma, estandarizadas. Como si las cadenas internacionales se hubiesen fijado como objetivo último la búsqueda de lo parejo, de la igualación: bebidas de minibar y posavasos de imitación de encaje idénticos, los mismos sofás, lámparas y pinturas insulsas, una edición de los Evangelios con encuadernación en azul y letras de reflejos dorados, escondida en el cajón de la mesilla de noche, idéntica ya sea en pleno corazón de París o en mitad de una guerra de trincheras.
Adentrarse en un conflicto armado proporciona una subida bastante nítida, aunque indescriptible, de adrenalina: la acción está allí mismo, al alcance de la mano. Por el contrario, recorrer a pocas semanas de las elecciones generales los suburbios de Ciudad del Cabo, de Johannesburgo y de Pretoria, los barrios de negocios, los edificios públicos, los pueblos del campo y las capitales de Suazilandia, Lesoto o Namibia —«si tienes tiempo, Alona, porque esto a la gente le importa un comino»—, plantear las mismas preguntas al evidente panel representativo de los negros, los blancos, los jóvenes, los viejos, los jefes y los indigentes sudafricanos, eran perspectivas que la dejaban fría y que normalmente rechazaba.
Sacha había aceptado, aunque temía aburrirse, ella que tenía la sensación de estar dando vueltas desde su regreso de Kabul, un mes antes.
Se subió a un taxi cuyo conductor, de camino al aeropuerto, se tomó el tiempo de explicarle por qué su profesión estaba llena de canallas, a qué números había que jugar en el siguiente sorteo de la lotería, teniendo en cuenta los últimos que habían salido, cómo los servicios secretos estadounidenses e israelíes se habían entregado al tráfico de órganos chinos —de ojos, más concretamente— para satisfacer la demanda occidental y por qué, sobre todo, nunca había que fiarse de las mujeres con las que Sacha se encontraría en sus reportajes por Sudáfrica, donde, al parecer, los negros «habían montado el follón más impresionante de la historia».
Sacha pensó en llamar a Bernard Witz al llegar al aeropuerto para proponerle un reportaje sobre la perspectiva de los taxistas parisinos en relación con los asuntos internacionales, pero atisbó la silueta flotante de Frédéric Larrieu en medio del vestíbulo de salidas. Frédéric, al que conoció unos años antes en la facultad de Ciencias Políticas, se había convertido en uno de sus amigos más íntimos. Al acabar la carrera, había continuado sus estudios en la Escuela Nacional de Administración y después se había presentado a la oposición para ser alto funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores.
En 1984, lo habían nombrado consejero cultural de la embajada de Francia en Kabul. Durante el mandato de este perfecto rusohablante, autor de una tesis sobre los asesinatos políticos en la antigua URSS de Stalin, las inauguraciones de bibliotecas y de centros culturales en Kabul se produjeron con una frecuencia relativamente discutible.
La tarea oficial de Frédéric Larrieu consistía en transmitir al Ministerio de Asuntos Exteriores, en el Quai d’Orsay, la escasa información que le iban dando algunos oficiales comunistas, hartos de intentar reprimir a un pueblo que definitivamente no quería que le impusieran la felicidad socialista. La consecuencia fue que comenzó a mantener contactos habituales con importantes suboficiales rusos, que siempre estaban muy al tanto de las orientaciones militares definidas por Moscú. Como Afganistán estaba a las puertas de Oriente Medio, las actividades soviéticas en la región se analizaban sistemáticamente. El consejero cultural andaba siempre haciendo malabarismos con faxes, telegramas diplomáticos, reuniones de homólogos de la Alianza Atlántica, informes militares a los oficiales aliados de paso por Kabul. Él mismo tenía que regresar a París para poner al corriente a sus homólogos franceses, ingleses o americanos de los servicios secretos o de los ejércitos.
A finales del año 1988, un oficial con el que Frédéric Larrieu solía coincidir lo informó de que la URSS no estaba tan bien como sus dirigentes daban a entender. Los soldados del Ejército Rojo, a los que continuamente se privaba del material que pedían, estaban mal equipados, y las visitas oficiales de los dirigentes se aplazaban sistemáticamente. Frédéric tuvo la sensación de que se estaba produciendo un cambio histórico. Por más que la Unión Soviética ordenara el bombardeo de todas las provincias afganas o lanzara un número incalculable de cohetes, incluso a Saturno, nada cambiaría.
Nadie en el Ministerio de Asuntos Exteriores se creía ni una maldita palabra de esa información que provenía de los militares soviéticos. Si la URSS amenazaba al mundo libre con varios miles de ojivas nucleares, es que la URSS existía sin lugar a dudas. En la cancillería se decidió pasar por alto aquella manipulación destinada a adormecer la vigilancia de las democracias occidentales.
Solo Frédéric Larrieu abrazó esa hipótesis. En cuerpo y alma. Redactó cierto número de informes que preconizaban dos nuevas orientaciones: el apoyo a las milicias antisoviéticas en Afganistán debía intensificarse, y las operaciones que pretendían hacer cosquillas en los pies del gigante comunista ahora debían apuntar a gangrenar sus miembros. Sus informes se enviaron sin ningún aval jerárquico a cualquier funcionario capaz de leer un fax en un perímetro que abarcaba desde el Elíseo hasta Matignon.
Sin embargo, la URSS seguía existiendo. Al joven diplomático le pidieron que frenara sus ansias y que se abstuviera de apostar solo y contra todos por el desmoronamiento del bloque soviético. También le rogaron que, en la medida de lo posible, dejara de saturar las líneas de fax del cuerpo diplomático.
De modo que, cuando la URSS dejó de existir, unos meses más tarde, a Frédéric Larrieu le rogaron que ventilara sus actividades culturales para incorporarse al gabinete del ministro de Asuntos Exteriores. «Con absoluta prioridad», le habían dicho. De consejero del ministro pasó a ser con treinta y un años el responsable del Centro de Análisis y Previsión del ministerio y, dos años después, jefe de gabinete.
Sacha Alona y Frédéric Larrieu coincidían en una constatación simple: la democracia es un edificio frágil que, al igual que el amor, nunca alcanza el estatus de realidad evidente y perenne, sino que reposa sobre cimientos que hay que mantener, mediante la fastidiosa renovación de las pruebas de democracia, como son el voto, la verificación de constitucionalidad, la separación de poderes y la libertad de prensa.
«No hay grandes hombres sin virtud, y sin respeto a los derechos no hay sociedad», escribía Tocqueville, y Sacha había hecho suya la frase. Al ciudadano le corresponde el papel de vigía. La democracia ganaba su realidad en el respeto escrupuloso de las libertades individuales y en la apropiación por el conjunto de la ciudadanía, individuos simples y órganos constitucionales, de lo público. Sin embargo, Sacha nunca había deseado convertirse en uno de los engranajes de los gabinetes ministeriales, de las comisiones o de los partidos. Una vez que alguien había puesto el pie en ese engranaje, era muy fácil dejarse la vida. En el mejor de los casos, uno se aislaba de cualquier realidad; en el peor, se ponía a considerar el cenáculo político como un mundo en toda regla, cuyos imperativos y calendario primaban sobre los de toda la sociedad.
Frédéric Larrieu debía tomar un avión poco después que Sacha. Ella le agradeció que hubiese agilizado la expedición de su pasaporte.
—Así que, ¿a Sudáfrica?
—Ciudad del Cabo, para empezar. No sin cierta aprensión.
—No deberías dejar de recordar en la redacción de tu periódico que Sudáfrica está en paz ahora mismo, lo que hay que enviar allí no es un reportero de guerra.
—Por eso lo de la aprensión. Como si los hombres ya no estuvieran en guerra, ni hubiera más conflictos que cubrir. Además, me pregunto si de verdad al lector medio le interesa tanto Sudáfrica.
—Ahí es donde entras tú en juego, querida mía.
—Ya, pero es que… no estoy segura de saber cómo actuar en este tipo de contexto. Sin guías avezados en situaciones de crisis, sin chaleco antibalas, sin hombres armados en todos los rincones de la ciudad…
Ella se encogió de hombros. Él le sonrió.
—Encontrarás cualquier acreditación que necesites en nuestra embajada de Ciudad del Cabo. Si te hace falta lo que sea por allí, avísame.
—¿Y tú? ¿Adónde vas esta vez?
—A Ruanda. El ministro quiere convencer a Habyarimana de que ponga en práctica los acuerdos de Arusha. Voy a reunirme con nuestro embajador en Kigali; nos veremos con el presidente a su regreso de la conferencia regional, en Tanzania.
Sacha le dio un beso en la mejilla.
—Por cierto, ¿estarás localizable allí?
—En la embajada. Que tengas buen viaje, estoy deseando leerte.
Sacha se despidió. Con una sonrisa nerviosa en los labios, se dirigió hacia el mostrador de facturación de la compañía. El desapego que la gente cercana le achacaba no era más que fachada. Siempre que se marchaba sentía ansiedad. No creía que la experiencia acumulada garantizara la calidad de los reportajes por hacer. No conocía ninguna zona de confort. Cada destino suponía un cuestionamiento absoluto. Nunca cedía a la tentación de la confianza. Se había hecho agnóstica, dubitativa, había aprendido a tomar distancia, a perder interés por sus propias emociones, a dar un paso al lado en cualquier circunstancia. Solo permanecía su infinita curiosidad. Entender un hecho, observar, recopilar la información habitual de las fuentes más fiables, no conformarse con despachos de agencia, despertar con sus textos el sentimiento de alerta o de empatía, ajustar el peso de las palabras a las situaciones observadas: cada línea era un reto. Sacha temía a su oficio, y por eso mismo la apasionaba, evidente proceso de adaptación a la falta de confort, a la tensión.
En la cola, le pareció reconocer a algunos periodistas. No se unió a ellos. El vuelo de Air France que Sacha tomaba duraría unas doce horas, lo que le bastaría para hojear los varios libros que se había llevado. La única perspectiva que la agradaba era que a su llegada debía verse con Benjamin Thomas, un fotógrafo radicado en Sudáfrica, empleado de una agencia francesa independiente. Le Temps recurría a sus servicios con regularidad. Ya había trabajado con él en Somalia, durante la operación «Restaurar la esperanza». No conocía Ciudad del Cabo.
Estaba deseando que el avión aterrizase.
***
Los trámites habituales se resolvieron con diligencia. Una vez recogido el equipaje, Sacha se encontró con Benjamin en el vestíbulo de llegadas. El fotógrafo había alquilado un Ford Sierra por cuenta del periódico. Abandonaron la zona del aeropuerto en dirección al hotel. En la carretera que bordea los muelles Ben Schoeman, la periodista observó un baile extraño. Cuando la distancia entre los vehículos lo permitía, algunos transeúntes intentaban cruzar la autovía, desdeñando el peligro, sin hacer caso a las ráfagas de los coches particulares ni a los pitos de los vehículos pesados, que a veces no tenían más remedio que desviarse para evitarlos. En su mayoría jóvenes, se jugaban la vida para sortear los cruces y ganar unas decenas, tal vez unos centenares, de metros. Una ruleta rusa. Sacha se alegró de no tener que conducir en esas condiciones.
Caía la noche, dando al horizonte un indescriptible tono de feliz fin del mundo. Sacha pensó que Dios debería permitir a los muertos de cada día que vieran su última puesta de sol. El mundo habría estado exageradamente cronometrado, pero sería tolerable cerrar los ojos después de que el último cuarto de luz se hubiera sumergido en el mar e inundado su superficie con rayos resplandecientes. Un afgano de edad incierta, que siempre insistía en seguir el convoy de muyahidines al que Sacha acompañaba a finales de los años ochenta, le había dicho que a los hombres les gusta la hora del crepúsculo porque es la única en que pueden mirar al astro directamente a los ojos, sin que este se los queme. Un breve momento de igualdad con el Sol, antes de volver a ser vulnerable cada día.
Tres pitidos sacaron a Sacha de su letargo. Benjamin se aferraba al volante; pisó a fondo el pedal del freno. Sacha tuvo tiempo de atisbar que tres jóvenes saltaban la barrera que bordeaba la autovía. El vehículo pesado que precedía al Ford Sierra los rozó; luego, frenó tan bruscamente que el remolque invadió el arcén. Benjamin estuvo a punto de salirse de la calzada. El coche se empotró en la trasera del camión. Se produjo un estruendo indescriptible. Benjamin se estrelló contra el volante. El parabrisas estalló. La chapa se aplastó por efecto del golpe. Un dolor agudo se apoderó del estómago de Sacha. Decenas de trozos de cristal aterrizaron en el habitáculo del vehículo. Las puertas traseras del Freightliner se abrieron e impactaron violentamente contra el Ford Sierra antes de que Sacha perdiera el conocimiento.
Daniel:
Mañana, tarde y noche, desde hace muchos años, mi padre, que no había abandonado esta casa nada más que para llevar a cabo su curso de perfeccionamiento, cuidaba de que cada uno de los embajadores de Francia que se sucedían en esta residencia, su esposa, sus hijos, sus invitados, disfrutasen de la «mejor mesa del África subsahariana», un cumplido que le había hecho un ministro de paso.
Mi padre creció en esta casa, pero rápidamente perdió interés por los trabajos de jardinería que efectuaban sus propios padres y para los que él estaba destinado. Cautivado por el perfume del azahar, por el de los mangos y el de la vainilla que crecían en la residencia, pidió permiso para trabajar en la cocina. Lo pusieron a fregar platos y no se atrevió a reclamar algo mejor, el simple hecho de estar en aquel lugar lo colmaba de felicidad. Pasaron muchos meses, se celebró la fiesta nacional, era el 14 de julio de 1986. Entonces falló un camarero principal y le pidieron a mi padre que se vistiera con ese traje que llevan los camareros y fuera pasando entre los comensales con algunas de las bandejas de canapés preparados para la ocasión.
Al final de la velada, cuando solo quedaban el embajador, su familia y los empleados domésticos, mi padre no pudo resistirse a la tentación de probar un babá al ron que nadie se había comido. El chef de entonces, hombre intransigente pero bueno, que ante todo era capaz de distinguir a los glotones de los golosos, sorprendió a mi padre en ese momento de éxtasis. Divertido, adoptó una mirada desdeñosa preguntándole qué estaba haciendo. Mi padre se puso firme, convencido de haber cometido un error irreparable, pero no respondió. El chef reiteró su pregunta y, ante el silencio de mi padre, le pidió que abandonara la cocina y que no volviera. Más tarde me contó que las palabras le salieron del tirón:
—Chef, si me echa, ¡déjeme probar el último!
No había tenido tiempo de sonrojarse por su descaro cuando oyó al chef gritar:
—¡Pues entonces póngale chantilly vainillado, santo Dios!
El chef de la residencia era un cocinero de pasión desbordante, irresistible. Un retrato de Auguste Escoffier —no supimos hasta mucho después de quién se trataba— presidía la habitación que le hacía las veces de despacho. Sus libros, siempre abiertos, estaban desperdigados por lo que él llamaba sus «dominios», zona que se extendía de manera relativamente móvil entre la cocina, el comedor privado del embajador, los lugares de recepción, el jardín, el economato y las zonas de servicio; en resumen, toda la residencia de Francia.
Originario de Lyon e hijo también de restauradores, había querido cursar estudios de cocina; después, se unió a los equipos de Mère Brazier y de Bocuse. Aunque había ejercido en muchos establecimientos, consideraba su paso por el Auberge du Pont de Collonges como el apogeo de su carrera. Apuntaba minuciosamente cada una de las recetas en las que participaba, ya fuera como pinche o como chef: fondos de alcachofas con foie gras, salmonetes con escamas de patata, gratín de colas de cangrejo, costillar de cordero asado con flor de tomillo, fricasé de pollo de Bresse con nata y colmenillas.
No obstante, disfrutó de otros éxitos y la vida lo condujo a casas ilustres. Era meticuloso y trabajador, aunque poco imaginativo; cada hora del día la dedicaba a la cocina, al perfecto dominio de las cocciones, a la reproducción de los clásicos. Veneraba el servicio gueridón, los cortes limpios, delante de los clientes. Odiaba la digresión a la que algunos sometían a la cocina, limitándola al añadido estético de ingredientes puestos unos junto a otros, abandonando las salsas, las reducciones, los caldos, aglutinantes inseparables de la gastronomía francesa. Probó con la repostería, paciente, deseoso de aprender, consciente de que ese terreno tiene algo de más exigente, de más riguroso, que es menos dócil al término medio y que los emplatados nunca serán lo más importante. Al igual que para la cocina, lo que más apreciaba eran los clásicos que descubrió en los restaurantes en los que se inició: el président de Bernachon, la tortilla noruega flameada con castañas y cassis de Borgoña, el ambassadeur de bizcocho genovés impregnado de Grand Marnier con frutas confitadas, el babá al ron.
En diciembre de 1982 le propusieron convertirse en segundo de cocina en el Grand Véfour. Por primera vez entró en un restaurante parisino, aunque con influencia, en parte, del suroeste; allí servían una mayonesa de ave, un fricasé de pollo a la Marengo, pichón relleno de foie gras al coñac, parmentier de rabo de buey con trufas. Un año más tarde, el restaurante sufrió un atentado. El chef no resultó herido, pero el hecho tuvo sobre su vida un efecto de una violencia tan aguda que quiso «tomar distancia» —esa fue su expresión—.
Nunca había salido de Francia, nunca había atravesado la frontera, ni siquiera tenía pasaporte. Un antiguo colega había entrado a trabajar en una embajada, y se sorprendió a sí mismo preguntado en el Ministerio de Asuntos Exteriores por puestos de chef libres en la red diplomática. Se incorporó a la residencia de Francia en Kigali, la única opción que le propusieron, sin plantearse preguntas. Le gustó y no le causó extrañeza.
Sintió que tenía una misión importante: la de velar por la calidad de ese patrimonio vivo que son la cocina y la repostería francesas, la de mantener su rango, la de alimentar su aura en el extranjero. Diplomáticos, expatriados de todo cuño, personal civil de Naciones Unidas, oficiales ruandeses: todos se arremolinaban ahora alrededor del chef. A la gente de paso le regalaba la sensación de no haber salido de territorio francés. A los expatriados les permitía redescubrir el aroma embriagador de un huevo en meurette, la imperceptible finura de un rodaballo al champagne, el delicado sabor de un pastel saint honoré con crema praliné.
Él, que en el pasado parecía adolecer de una falta de creatividad, había multiplicado los canales de suministro, sabía abastecerse de los productores locales, probaba sustituciones sutiles para paliar la falta de algunos productos, estaba pendiente de las idas y venidas de altos funcionarios, los convencía para que le trajeran trufa negra de Richerenches, espárragos de Uzès o nueces del Périgord. Para él, la llegada regular de la valija diplomática suponía un soplo de aire fresco, no porque echara de menos Francia, sino porque el único modo en que concebía su oficio era en lo sublime, en la perfección. Algunos platos podían acomodarse a variaciones calculadas, sopesadas, pero desde luego no se transige ni con el origen de la caza ni con la mantequilla de Échiré.
El hombre no se consideraba tanto un artista, sino más bien un mago. A veces era un obrero, a veces, un alquimista. Al embajador de Francia lo divertía en la misma medida en que le resultaba un orgullo. El chef tenía carta blanca; bastante suerte le parecía que tenían ya al contar con un discípulo de Bocuse en Kigali como para frustrarlo.
—¡Pues entonces póngale chantilly vainillado, santo Dios!
Mi padre se quedó pasmado. El chef cogió dos platos de postre, les dio una pasada con la parte baja del delantal. En el centro, delicadamente, colocó dos babás; estaban brillantes, glaseados. A su lado, una cucharada de isla flotante. Cogió dos pequeños tenedores dorados, grabados con las letras de la República, le tendió uno a mi padre y le mostró cómo convenía comerlo. Se cortaba un trozo de babá y se acompañaba con una pizca de isla flotante: era absolutamente indispensable que esta tocara la lengua antes que el pastel.
—¿Ha visto usted ya la película La Soupe aux choux1? La de Louis de Funès.
—No, chef.
—Pues créame, un buen babá al ron es como decían en la película que era la sopa de repollo: «Te perfuma hasta la médula, por donde quiera que pasa te va aliviando, se te arregla el cuerpo, calma las tripas y hasta es buena para la cabeza».
Mi padre no apartaba la vista de él.
En realidad, no se apartó ya nunca más de él, simple y llanamente. El chef lo convirtió en ayudante de cocina —había tan poca gente allí, con él, que la jerarquía parecía sobrevalorada, pero tampoco era cuestión de decirle a aquel joven, que ni siquiera alcanzaba el nivel de aprendiz, que no era más que un responsable del corte de alimentos—.
Durante casi dos años, mi padre desapareció. Yo solo lo veía en muy raras ocasiones. A diferencia de un restaurante, una residencia de embajada nunca tiene tiempos muertos. De madrugada, el chef y él elaboraban panes, croissants, empanadillas rellenas de manzana asada, servían mermeladas, pastas de avellanas y de chocolate, cortaban piñas frescas, exprimían cítricos. Por la mañana, se hacía balance de las provisiones, se preparaban los menús de los días siguientes, se echaba un vistazo a los productos de los mercados, se hablaba con los chefs de los hoteles de lujo de toda la región, hasta Sudáfrica, para conseguir frutos rojos, albaricoques, cidra o membrillo. Después, cuando la planificación de las labores que marcaban el ritmo de la vida en la embajada lo permitía, el chef le enseñaba a mi padre, concienzudamente, las bases de la cocina francesa. Más exactamente, obligó a mi padre a trabajar las frutas y verduras de producción local:
—No querrá usted aprender a hacer un fricasé de setas de chopo si ni siquiera sabe abrir una vaina de vainilla adecuadamente.
Trabajaron el aguacate, la tilapia, la patata, las cebollas, las berenjenas y las judías. Secaron pescados, combinaron boniato con nata líquida. Luego, progresivamente, le fue revelando a mi padre las técnicas, los métodos, las cocciones. Tamizaban, espumaban, reservaban. No podía confundirse el corte en juliana con el mirepoix. Dosificaban la mantequilla, la nata, el vino. Estaban pendientes de la densidad y de la temperatura del suflé. Estudiaban el correcto uso de las especias. Montaban claras a punto de nieve, preparaban rellenos, muselinas, veloutés. Torneaban champiñones, escogían manzanas golden para la tarta Tatin, cerezas burlat para el clafoutis. Distinguían los productos nobles de los ingredientes comunes. Cogían los platos por la parte inferior, tenían cuidado de que los delantales estuvieran inmaculados. Le enseñó a mi padre que el único bocado importante de un plato es el primero: si la crema de un pastel saint honoré no ha cautivado desde el primer profiterol, la receta es un fracaso. Por el contrario, si se tiene el reflejo de cerrar los ojos para captar mejor la sutileza del sabor, entonces todo se convierte en un sueño y el deseo de volver a experimentar esa sensación mágica permanecerá para siempre. En el fondo, lo que importaba era la duración en la boca. Por la noche, después del servicio, esos dos señores continuaban con sus lecciones, incansable profesor, infatigable alumno, insensibles ambos al tiempo que transcurría, sordos a los estruendos del exterior.
Mi padre vivió unos años muy felices, aprendió a conocer productos que jamás había visto; el chef le había enseñado sus características, la forma de revelar sus sabores, los secretos de su cocción. A mi madre la reclutaron a veces para ayudar en labores de poca importancia.
Después de cuatro años en Kigali, un domingo por la mañana, el chef vino a sentarse en una de las sillas de metal de nuestra parcela. Era la primera vez que yo lo veía aquí. Vestía un traje ligero. Mi padre se colocó a su lado. Mi madre y yo los observábamos desde la ventana de nuestra casa de vainilla.
—Querido amigo, no nos andemos con rodeos. Van a trasladar próximamente al embajador y me ha pedido que vaya con él; tengo intención de aceptar.
Mi padre lo escuchaba con aspecto serio. El chef dejó que se instalara un silencio antes de continuar:
—He logrado convencer al embajador de dos cosas. La primera es que sea usted quien ocupe mi puesto, no tiene ningún sentido traer a alguien de la metrópolis. La segunda es que no iré con él hasta dentro de seis meses, el tiempo necesario para que vaya usted a Francia a demostrar de lo que es capaz.
Mi padre abrió la boca, pero el chef no lo dejó hablar.
—Ya le he encontrado un sitio en el Auberge du Pont de Collonges, con don Paul Bocuse. Le reservarán una pequeña habitación y yo le regalo el billete. Me ha encantado conocerlo, Joseph. Y sé que usted cuidará de esta casa.
El chef se levantó, por la mejilla de mi padre corrió una lágrima.
Rose
3
El conductor del Freightliner arrancó la puerta del Ford Sierra. Agarró a Benjamin por el cuello. Se explayó en groserías, mezclando afrikáans e inglés. Los gritos despertaron a Sacha.
Otros conductores de vehículos pesados se habían parado para observar el accidente y el espectáculo que ofrecía el transportista fuera de sí. Soltó la ropa de Benjamin, empujó al fotógrafo dentro del coche y subió a la parte trasera de su camión para comprobar el estado de la mercancía. El choque había desplazado algunas de las cajas de madera. El conductor hacía movimientos amplios, deliberadamente exagerados, que pretendían mostrar los daños que había causado Benjamin. Se agitaba inútilmente; las cajas, en equilibrio precario, se tambalearon. Una de ellas cayó a la carretera y estuvo a punto de llevarse por delante al hombre. Se rompió por uno de los lados. El conductor saltó del camión. Algunos camioneros, tal vez por solidaridad, lo imitaron.
El movimiento de los conductores, atareados alrededor de la caja destrozada, a medio camino entre la carretera y el coche accidentado, sacó a Sacha de su letargo. No pudo distinguir su contenido. La caja, marcada con la palabra «Fire», estaba recubierta de letras chinas pintadas con una plantilla. Sacha tuvo el reflejo de coger la cámara de fotos de su colega, que estaba en el asiento trasero del coche; no parecía dañada. Trató de salir como pudo del habitáculo del vehículo, escrutó al conductor del camión. El hombre estaba nervioso. Para respaldar el parte del accidente, Sacha tomó algunas fotos del coche de alquiler y, después, de la trasera del camión con el que habían chocado. El camionero, con un gesto amenazante, le ordenó que se alejara. No lo hizo. Mientras estaba observando la parte de atrás del Freightliner, se quedó paralizada. El conductor la estaba apuntando con una Beretta. Benjamin fue junto a ella. Otros camioneros los rodearon muy rápidamente, empuñando pistolas. Bajó la cámara de fotos, la dejó colgando de la bandolera. Benjamin y ella levantaron los brazos al cielo. Retrocedieron. Solo entonces los tipos guardaron su arsenal, salvo el primero, que seguía encañonándolos.
Sacha y Benjamin se alejaron sin dar la espalda al conductor armado. Se sentaron al borde de la carretera, a unos cincuenta metros del lugar del accidente. Ninguno de ellos trató de negociar, los hombres no estaban allí para eso. Apartaron la mirada de los vehículos inmovilizados, sin aliento. Al pasarse la mano por la cabeza, Sacha observó que aparentemente ya no sangraba. La montaña de la Mesa, que se alzaba detrás de la urbe, lanzaba sombras amenazantes sobre el resto de Ciudad del Cabo, sumida en la oscuridad. Algunas nubes venían a ensombrecer el horizonte. Las luces del puerto iluminaban a lo lejos unas cuantas grúas inmóviles. La ciudad se ahogaba en el mar opaco de reflejos trémulos. Sacha adivinaba sobre la arena pesadas rocas redondas, granulosas.
Volvió en sí. Le resultaba sencillamente imposible soslayar el accidente. El camión. La caja. Las armas. ¿Por qué semejante amenaza? ¿Por qué tanta urgencia?
De repente, sonó el potente pitido del claxon de un vehículo pesado. Un camionero les hizo señales ostentosas con los brazos. Se levantaron a duras penas, fueron junto a él sorteando los camiones aparcados en el arcén. Fue entonces cuando Sacha observó la larga fila de mastodontes, todos parados en el borde de la calzada: delante del camión con el que había chocado Benjamin había otros cuatro Freightliner idénticos y dos todoterrenos. Un convoy completo.
Un hombre de piel negra y ojos entreabiertos observaba el vaivén de los conductores desde la cabina del camión accidentado, con la puerta abierta. Sentado entre el asiento del conductor y el del pasajero, lucía un uniforme y botas militares negras. Sacha entornó los ojos. No lograba identificar el escudo rectangular de colores que llevaba cosido en la manga de su camisa caqui. Simplemente distinguió una letra negra. Una «R», quizá una «B». A esa distancia no se veía bien.
Al acercarse, Sacha se dirigió al conductor del camión siniestrado, le preguntó por el tipo de mercancía que transportaba. Este no se molestó en responderle; se limitó a echar una mirada al primer hombre que antes se había apresurado a ayudarlo a recoger la caja. El conductor era pequeño, unas largas patillas entrecanas recorrían sus mejillas musculosas, tenía la tez de color aceituna. Encendió un cigarrillo, sonrió y después respondió a Sacha en un mal inglés:
—Lo que hay en estos camiones no es asunto suyo. Ahora habrá que pagar por los daños.
Benjamin rebatió: solo su coche estaba destrozado por ese estúpido accidente. El hombre señaló el camión.
—Las puertas abolladas, la caja rota y el tiempo perdido para recogerlo todo.
Benjamin hizo un gesto de despecho. De ningún modo había que ceder ni que compensarlos. El fotógrafo se dio la vuelta; unos cuantos hombres se aproximaron, hicieron piña junto al tipo del cigarrillo, cortándole el paso a Benjamin. Algunos cruzaban los brazos, otros se llevaron la mano al cinturón, amenazando con sacar de nuevo las armas. Se pusieron a bromear mientras lo miraban.
El hombre del cigarrillo ordenó a uno de los otros que le quitara a Benjamin el dinero que les costaría el paso de la frontera.
Con un movimiento de la mano que quería decir «Acabemos de una vez», el conductor del camión contra el que colisionaron se sacó una billetera del bolsillo y la arrojó a los pies del fotógrafo. Benjamin la recogió; era la suya. Seguramente se la habían robado al sacarlo del habitáculo del coche justo después del accidente. Los grandullones, entre burlas, les dieron la espalda. Benjamin esperó a que los motores volvieran a rugir antes de abrir la billetera. Estaba vacía. Tenía la mala costumbre de sacar demasiado dinero de una sola vez antes de marcharse a hacer un reportaje. Ni Sacha ni él tenían la menor idea de la frontera que esos hombres pretendían cruzar, ni si su intención era sobornar a los militares que se encontraran allí de guardia. Lo único que sabía el fotógrafo es que de su billetera habían volado tres mil dólares.
Sacha y Benjamin dejaron el coche accidentado en el lugar exacto en el que había pasado a mejor vida. Cuando ya lo habían perdido de vista, oyeron sonar algunas sirenas estridentes en dirección al lugar del siniestro.
***
La noche fue hermosa en Ciudad del Cabo. A las fachadas de los edificios beis, malva y anaranjados les prestaba reflejos cobrizos, brillantes. El asfalto, agrietado en algunas partes, absorbía la luz cegadora de los puestos aún abiertos. El olor de las calles era extraño, mezcla de efluvios marinos y de dura vida cotidiana. Por el suelo había algunos montículos de basura, ropa usada, viejas cajas de cartón. Los transeúntes eclécticos daban a la oscuridad un toque animado. Las nubes, agrupadas en ovillos dispersos, parecían velar por una ciudad en la que, incluso de noche, soplaban aires de cambio.
Media hora a pie les bastó a Sacha y a Benjamin para llegar al hotel Hermitage. Benjamin daría parte del siniestro a la agencia de alquiler al día siguiente. De paso, denunciaría en comisaría el robo de sus tres mil dólares. Acordaron verse en el hotel para el desayuno.
Una vez en su habitación, Sacha se lavó con agua y jabón las contusiones que le había provocado el accidente. Se puso un albornoz y comenzó a vendar el resto de las heridas. El estado en que estaban la tranquilizó, no tendría que pasar por el hospital. Se echó en la cama, muerta de cansancio, tumbada de espaldas. Descolgó el teléfono y pidió hacer una llamada a París.
Marie Bréal, secretaría de redacción de Le Temps, estaba acabando la relectura de un artículo complejo sobre el fracaso en la adopción del plan de sanidad estadounidense, que había entregado un colaborador independiente un poco antes esa mañana. Dos tercios del artículo eran francamente incomprensibles —más aún que el propio plan de sanidad, obra maestra de la complejidad—. Se preguntó quién era el irresponsable que dejaba que se publicasen semejantes estupideces, esperando que ella efectuara un trabajo de corrección decente; era exasperante. Acabaría la tarea que le habían encomendado, pero tenía la firme intención de quejarse al día siguiente. Colocó el artículo en la mesa, cogió lentamente uno de sus tres paquetes de cigarrillos diarios y se encaminaba a la salida, cuando sonó el teléfono. Reconoció inmediatamente la voz que estaba al otro lado del aparato.
—Sacha. ¿Qué tal su estancia por allí? —preguntó, más por cortesía que por interés.
—Hola, Marie. De momento, digamos que regular. Pero le ahorro los detalles, yo la llamaba para pedirle un favor.
—Pues dígame.
—Al salir de allí, me traje los últimos artículos publicados sobre Sudáfrica, los leí en el avión. ¿Podría enviarme por fax todos los que se hayan publicado sobre el África subsahariana, digamos que en estos últimos dos meses? No solo los nuestros, los de nuestros colegas de la prensa especializada también. Y si pudiera clasificarlos, separando los que tratan sobre intercambios comerciales y el transporte por carretera, le estaría…
—Me toma usted por la persona equivocada, Sacha —le espetó la secretaria de redacción.
—¿Es decir?
—Es decir, la documentalista.
Marie Bréal había elevado la voz. Continuó:
—Fíjese que tengo cosas mejores que hacer durante mis noches que andar hurgando en los archivos del periódico. Para eso están los becarios.
—¿Quiere que le dé el número de fax al que enviarme los documentos?
—Me da a mí que no nos hemos entendido, Sacha Alona —recalcó el apellido de la periodista de una manera que a esta le pasó inadvertida—. No tengo tiempo de participar en sus... ¿en sus qué, por cierto?
—En una intuición. Marie, escúcheme. Tengo un presentimiento y me gustaría estar segura. Me salvaría usted la vida —terminó diciendo con suavidad.
—¿Eso es todo? —respondió la secretaria de redacción después de un silencio resignado.
—No, no es todo. Querría también que se informara específicamente sobre una empresa de transporte llamada «Fire». Seguro que es una empresa sudafricana de transporte de largas distancias. Sus camiones son modernos y, por así decir, bastante poco discretos. Intente informarse acerca de sus áreas de entrega o del tipo de material que suelen transportar. No dude en pedir ayuda a los colegas que hayan cubierto estos temas anteriormente.
—¿Y a qué número le envío todo esto?
Sacha se despidió de la voz de su colega, rota por la nicotina, un tanto amargada y resignada ante los trabajos ingratos, una vez que le había dado las señas completas de la recepción del Hermitage. El convoy de camiones parecía demasiado limpio para los muelles de la ciudad; su escolta civil y militar, desmesurada. Algo no le cuadraba a Sacha, sin que pudiera saber con exactitud de qué se trataba. Ese convoy era exagerado.
Marie Bréal no enviaría los artículos que le había pedido hasta varias horas después, tiempo al que Sacha sabría sacarle partido. Llamó a la recepción, pidió algo de cena.
Cuando por fin el encargado del servicio de habitaciones vino a llamar a su puerta, se había quedado dormida.
***
En el pasillo sonaron gritos frente a la habitación de Sacha. Estaba levantándose a duras penas de la cama cuando una mano pesada se puso a aporrear la puerta. Despertar a la gente por sorpresa empezaba a ser una manía en la Sudáfrica postapartheid. Se levantó, se dirigió al cuarto de baño; estaba claro que el afrikáans no era una lengua que sonara amistosa al oído de una francesa. ¿Cómo iba esta gente a contar historias bonitas a sus hijos en semejante idioma? Se puso de nuevo el albornoz.
El escándalo del pasillo acababa de transformarse en un hilito de palabras dulzonas pronunciadas por un mozo de hotel que le rogaba a Sacha que abriera la puerta. Giró el picaporte, de mala gana. Eran las siete de la mañana, el sirviente se encontraba en el pasillo junto a un hombre al que no reconoció hasta pasados unos instantes. Seguro que le habría costado la noche entera dar con ella. El dueño del coche alquilado la víspera parecía estar enfadadísimo.
El propietario de la agencia de alquiler, seguido del empleado, se precipitó al interior de la habitación y se puso a vociferar en inglés, dejando ver una fea dentadura. Señaló a Sacha con su grueso dedo índice, le pidió explicaciones, le reprochó que no hubiera iniciado los trámites necesarios en este tipo de situaciones y le exigió una indemnización. El tipo hablaba muy rápido, tragándose las sílabas. Pegó el rostro hinchado al de Sacha, que retrocedió unos pasos.
—¿Qué quiere que haga, caballero? —preguntó finalmente en inglés—. Son las siete de la mañana, ayer por la tarde me hirieron en un accidente y necesitaba descansar.
—Lo que quiero que haga es que pase por la agencia hoy mismo para resolver este asunto entre personas adultas responsables —replicó el arrendador.
—Y que pase también por la comisaría —dijo una voz en el pasillo.
Un hombre rechoncho, sonriente, entró, le tendió la mano al sirviente y se dirigió a Sacha, sin prestar atención al dueño del coche. Se presentó:
—Soy el inspector Saunders.
Sacha trataba de no mirar al cielo ante lo ridículo de la situación. Habían entrado ya tres desconocidos en la habitación de su hotel a esas horas de la madrugada.
El inspector estaba a cargo de la vigilancia nocturna en los muelles. Le rogó al dueño de la agencia de alquiler que saliera de la habitación. Este obedeció, no sin que antes Sacha le asegurara que iría a la agencia para dejar resuelto el incidente del día anterior. El inspector se interesó por el estado de salud de la periodista y le rogó que pasara por la comisaría de la calle Leicester a última hora de la tarde. Le entregó un sobre que contenía su pasaporte y su pase de prensa. Sacha se los había dejado olvidados en el coche después del accidente.
—Señora Alona, solo quiero hacerle una pregunta: ¿cuántos hombres vio usted en los camiones ayer por la tarde?
Sacha arqueó las cejas.
—Le confieso que no me esperaba que me hiciera usted esa pregunta antes incluso de interesarse por lo ocurrido.
Él sonrió. Ella continuó:
—Pensándolo bien, creo que vi a nueve personas distintas. Los conductores de los cuatro camiones y otro hombre, un negro, que no se bajó de la cabina del camión.
—¿Cómo pudo usted salir bien parada de semejante accidente?
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