Kitabı oku: «Amar sin miedo a malcriar»
YOLANDA GONZÁLEZ VARA
AMAR SIN MIEDO
A MALCRIAR
La mirada a la infancia desde el respeto,
el vínculo y la empatía

© del texto, Yolanda González Vara, 2010
© de esta edición: RBA Libros, S.A. 2019
© del prólogo, Mario Marrone, 2010
Diagonal, 189 – 08018 Barcelona
www.rbalibros.com
Primera edición: abril de 2010.
Primera edición en esta colección: abril de 2019.
RBA PRÁCTICA
REF.: RPRA417
ISBN: 9788498678253
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CONTENIDO
1 PRÓLOGO, POR EL DR. MARIO MARRONE
2 AGRADECIMIENTOS
3 INTRODUCCIÓN
4 PRIMERA PARTE: COMPRENDIENDO EL DESARROLLO EMOCIONAL EN LA INFANCIA1. EL MITO DE LA FELICIDAD INFANTILLa ilusión del paraísoEl oficio de madres-padres: cambiando la miradaNuestro carácter y su influencia¿Qué hago? Y el sentimiento de culpaRecordando nuestra infancia: sentirnos primero, para sentirlos a ellosPotenciando la salud, previniendo el sufrimientoCrecer y criarPero ¿es posible cambiar? La confianza en la autorregulación¿Quién cambia?Aires de cambio2. LAS EMOCIONES INFANTILESEl desarrollo emocional¿Son las emociones infantiles similares a las de los adultos?Razón y emociónEmociones básicasLas tres estructuras cerebrales3. MIEDO A CREAR DEPENDENCIA. MIEDO A MALCRIARLa dependencia es natural4. La teoría de la frustración y el niño, visto como el «perverso polimorfo»5. Placer, realidad y deber6. La batalla de la obediencia: autoritarismo o autoridad
5 SEGUNDA PARTE: EMBARAZO-BEBÉ INTRAÚTERO Y PARTO1. LAS RAÍCES DEL ÁRBOL: EL VÍNCULOEl concepto del apegoFunciones de las figuras de apegoConductas de apegoLa resiliencia2. COMIENZA LA AVENTURA: EL EMBARAZOCriterios mínimos saludables durante el embarazo y el partoAportaciones de la teoría de apego en el embarazoPreparación preventiva durante el embarazo¿Es el parto traumático?Algunas dificultades importantesAbortos recurrentes3. EL PARTO Y EL NACIMIENTO: EL PASAJE A LA VIDAEl parto naturalIntroducciónParto: tres claves fundamentalesEl posparto: crisis y oportunidad vitalLa maternidad y la sexualidad femeninaSexualidad en el embarazo
6 TERCERA PARTE: DEL NACIMIENTO A LOS DOS-TRES AÑOS1. DESDE EL NACIMIENTO A LOS DOS AÑOS: LA AUTORREGULACIÓNLa primera mirada, el primer contactoFomentando la empatíaLa empatíaLos sentidos del bebé y nuestra respuesta sensibleLa lactancia natural: mamar con placerEl chupeteEmociones maternas y lactanciaLa noche y el colecho: ¿dormir juntos?El destete: cómo y cuándoCriterios mínimos sobre psicomotricidad y gateo2. INTERPRETANDO SU LENGUAJEEl llanto en la infanciaSituaciones cotidianasEl llanto del bebé y los tipos de llanto«Mamá, papá, tengo miedo»: los miedos infantiles y los nuestrosLas rabietas de los niños y las nuestras…La interpretación de los niños manipuladores y la incoherenciaEl no del adulto. ¿Quién es el cabezota?El discurso de la fantasía. Los objetos animados
7 CUARTA PARTE: DE LOS DOS-TRES AÑOS A LOS SIETE1. EL CONTROL DE ESFÍNTERES: EL PAÑAL2. EL COMIENZO DE LOS LÍMITES: LA AUTORIDAD RECONOCIDAEntendiendo los límites3. LAS FANTASÍAS Y LAS MENTIRAS: EL PENSAMIENTO INFANTILEl pensamiento y el lenguaje infantilLa memoriaConversaciones con niños pequeñosSer malinterpretadoMetaconocimiento¿Qué es mentir?Ser acusado de mentirA partir de los seis años4. LA ENVIDIA Y LOS CELOSLa envidiaQuiero y odio a mi hermanitoLos celosCooperación o competitividad5. ¿ENSEÑAR A COMPARTIR?No comparte nadaEntonces, un hermanito ¿cuándo?6. LA FUNCIÓN DE LOS AMIGOS, EL JUEGO Y LA TELEVISIÓN¿Cómo se hacen amigos en la infancia?Jugar acompañadosCaracterísticas del juegoLa televisión no es un juegoEl juego y los padres
8 QUINTA PARTE: TEMAS CRUCIALES Y DELICADOS1. LA AGRESIVIDAD DE NUESTROS HIJOS... Y LA NUESTRALa infanciaAdultosEntendiendo la agresividad infantilAgresividad no es lo mismo que destructividad2. LA SEXUALIDAD INFANTIL¿Qué es la sexualidad infantil y cuándo comienza?Función de la sexualidad genitalLos adultos ante la sexualidad infantilSexualidad pública o privadaLos profesores y la escuela infantilLa sexualidad en la escuela3. ¿ESCOLARIZAR O SOCIALIZAR?Conciliar lo irreconciliableRecordando tu escolarizaciónLa importancia del vínculo y el continuumRespuesta socialPensemos juntosPara finalizarNiños y escuela. Algunas preguntasLos deberes escolares4. EL DIVORCIO: LA PAREJA ACABA, LOS PADRES CONTINÚANMitos sobre el divorcio y los hijosRepercusión en los hijos de la separación de los padres5. LA MUERTE Y LA INFANCIAReflexionemos juntos
9 SEXTA PARTE: TESTIMONIOS DE LOS GRUPOS DE MADRES Y PADRES1. TESTIMONIOS DIRECTOS DE PADRESMi preparación en el embarazo, en el parto y en la crianza (Galicia)Escuela de padres de Altea (Alicante). Grupo de dos a siete añosEscuela de padres de San Sebastián. Grupo de dos a siete añosEscuela de padres de Benisa (Alicante). Grupo mixto de dos a doce añosEmbarazo in vitro y crianza (Alcoy). Grupo de Altea (Alicante)Escuela de padres de San Sebastián. Grupo de doce a dieciocho años. (Primer grupo de padres, iniciado hace dieciocho años y que continúa con hijos adolescentes)Escuela de padres de Altea (Alicante). Grupo de dos a siete añosEscuela de padres de San Sebastián. Grupo de doce a dieciocho años. (Se inició durante el embarazo, hace dieciocho años)Parto prematuro y lactancia. Alcoy (Alicante)Escuela de padres de San Sebastián. Grupo de seis a doce añosEscuela de padres de Benisa (Alicante)2. ALGUNOS TESTIMONIOS DE EDUCADORES INFANTILESEvaluaciones finales de la formación dependiente del Departamento de Prevención e Infancia del Ayuntamiento de San Sebastián3. EPÍLOGOReflexiones sobre el planeta y la infanciaNo hay mayor violencia que la del desamor
10 BIBLIOGRAFÍA
11 DATOS DE LA AUTORA
PRÓLOGO
Yolanda González ha escrito este libro con lucidez y claridad. Es un libro sobre el cuidado del bienestar emocional de los niños, fundamentalmente dirigido a los padres, educadores y profesionales. Es un texto educativo que ayuda a pensar.
Las ideas y los conocimientos de Yolanda González se basan en su rica experiencia como psicoterapeuta individual y grupal y también como especialista y formadora en prevención y promoción de la salud mental infanto-juvenil. Tiene además un anclaje teórico en la psicología evolutiva, el psicoanálisis y avances en otras disciplinas contemporáneas cuyos objetivos son el estudio de las condiciones familiares y sociales que contribuyen al equilibrio psicosomático óptimo, a lo largo del ciclo vital y aun en condiciones vitales adversas.
Yolanda González ha encontrado en la terapia reichiana una fuente de inspiración. Esta es una línea de abordaje del trabajo clínico desarrollada por el neuropsiquiatra y psicoanalista austríaco Wilhelm Reich (1897–1957) y que implica una visión integradora de lo mental y lo corporal en la comprensión del individuo, su estructura de carácter, su historia personal y las secuelas emocionales de los traumas que pueda haber vivido.
Por otra parte, Yolanda incorpora a su esquema referencial la teoría del apego, desarrollada por el psiquiatra y psicoanalista británico John Bowlby (1907-1990), la psicóloga estadounidense Mary Ainsworth (1913-1999) y sus discípulos La tesis fundamental de la teoría del apego es que el estado de seguridad, ansiedad o zozobra de un niño o un adulto está determinado en gran medida por el grado de accesibilidad y capacidad de respuesta empática de sus padres o principales figuras de afecto. Las figuras de apego no sólo deben estar accesibles y proveer suministros básicos (como alimentación y cuidados prácticos), sino también responder de manera apropiada dando protección y apoyo emocional. Por otra parte, la protección y el apoyo emocional son inminentemente compatibles con el desarrollo de los sentidos de autonomía e identidad personal.
A pesar de que muchos de los temas que trata Yolanda González en este libro son hoy en día conocidos por psicólogos, psicoterapeutas y educadores, también los profesionales informados pueden encontrar en estas páginas ideas y datos que los ayuden a reflexionar sobre estos temas y a actualizarse. Lamentablemente, también es cierto que muchos profesionales de la salud, la educación y el trabajo social no han despertado aún al enorme potencial que tiene la teoría del apego para orientar su trabajo profesional. Dado el hecho de que este libro está escrito con claridad, puede ser de utilidad tanto para los lectores legos (particularmente aquellos que cumplen una función parental y quieren mejorarla) como para los profesionales con grados diferentes de formación e información en este campo del conocimiento.
Como bien lo sabemos, la infancia es un período crucial del desarrollo emocional del individuo. Sin embargo, sectores importantes de la población en general y de los profesionales que trabajan con niños y familias no han logrado ubicar este principio en el núcleo de sus esquemas referenciales. Yolanda González incorpora a sus exploraciones las dimensiones socio-política, socio-económica y socio-cultural. No olvida que la función paterna ocurre en un contexto lleno de obstáculos y desafíos. Las exigencias laborales y económicas a las que se ven sometidos los padres y las condiciones cambiantes de la estructura de la familia en nuestra sociedad dan a esta problemática una enorme complejidad. Un porcentaje importante de niños crece en familias monoparentales, familias reconstituidas, con padres divorciados, padres homosexuales y otras variantes de la estructura familiar clásica. Los factores económicos facilitan o dificultan las condiciones de crianza. Tanto la pobreza como la opulencia desprovista de amor parental son factores adversos para el desarrollo infantil.
Nadie nace con condiciones innatas para cumplir la función parental óptima. No se puede aprender a desarrollar mejor la función parental de manera teórica. La capacidad de responder de manera empática, sensible y reflexiva a los niños depende en gran parte de las experiencias infantiles. Para utilizar un término propuesto por el psicoanalista británico Donald Winnicott, las personas que han tenido padres suficientemente buenos estarán mejor capacitadas para cumplir una función parental suficientemente buena con sus hijos. Desarrollos recientes en psicoanálisis y psicología evolutiva hablan de un conocimiento implícito relacional (véanse, por ejemplo las contribuciones de Daniel Stern). Este conocimiento es implícito en el sentido de que actúa fuera de la atención y de la experiencia consciente y verbal. Por lo tanto no es explícito, no está representado simbólicamente y no puede descubrirse, analizarse o enseñarse de manera intelectual o teórica. Las personas que han tenido déficit de cuidado en su propia infancia probablemente van a tener fallas a nivel de su conocimiento implícito relacional que sólo podrán ser potencialmente reparadas o modificadas a través de instrumentos adecuados de intervención terapéutica.
Sin embargo, otros padres, quienes afortunadamente en su infancia se han beneficiado de mejores condiciones de crianza, también pueden beneficiarse del apoyo e intercambio de ideas y experiencias con otros padres y especialistas en promoción de la salud mental infanto-juvenil, en el contexto de grupos de discusión y escuelas de padres, ya que los desafíos que surgen de las condiciones socioculturales cambiantes actuales requieren nuevas estrategias. Las pautas del proceso de socialización, la forma de relacionarse con amigos, Internet y las estructuras familiares cambiantes constituyen nuevos modelos a los cuales responder con un grado adecuado de efectividad y flexibilidad. En este contexto, en sus respuestas personales, los padres se debaten entre a) el control rígido o la liberalidad extrema y b) la elaboración de actitudes coherentes y constantes o los cambios continuos que resultan del desconcierto.
En este libro, Yolanda no omite un tópico que tiene gran relevancia clínica y actualidad: la transmisión intergeneracional del trauma en las relaciones parento-filiales, tales como el abuso sexual y otras formas de maltrato. Las investigaciones clínicas de las últimas décadas establecen una clara correlación entre relaciones parento-filiales abusivas y psicopatología grave en la edad adulta. Está claro entonces que las intervenciones para reducir el índice de abuso y maltrato infantil constituyen la manera más efectiva de prevención psiquiátrica.
En línea con desarrollos recientes en psicología, psicoanálisis y filosofía de la ciencia, Yolanda ubica sus ideas en un marco intersubjetivo e interaccional. Esto quiere decir que el desarrollo de la personalidad, de la estructura de carácter y las conductas en las relaciones íntimas y sociales es en gran parte el resultado de fuerzas y factores interactivos. En este sentido se aparta de los dualismos cartesianos: interno y externo, mente y cuerpo, razón y emoción, ya que estas entidades son aspectos de un todo indivisible.
El modelo intersubjetivo, más allá de sus connotaciones teóricas, debe orientar el estilo de intervención preventiva y clínica. Por ejemplo, cuando un padre se queja de aspectos problemáticos de la conducta y carácter de su hijo, es función del terapeuta o educador ayudar a ese padre a explorar cómo las reacciones de su hijo pueden resultar de interacciones en las cuales el padre está directamente implicado. Ningún padre que no se mire a sí mismo puede cambiar la conducta de su hijo.
La historia de apego de cada individuo influye tanto sobre las relaciones parento-filiales posteriores como sobre la relación de pareja y, cuando las parejas llegan a ser padres, su propia relación ha de tener influencia sobre la crianza de sus hijos. En este contexto, la reconstrucción histórica (recordar la propia infancia) es crucial para entenderse a sí mismo y mejorar la función parental. Como dice Yolanda, «tender una mano a nuestra infancia nos ayuda a mirarnos desde otro lugar».
La interacción con los hijos puede reactivar a nivel consciente, inconsciente o preconsciente recuerdos de la propia infancia y las emociones y ansiedades asociadas. Si las ansiedades no han sido trabajadas en un proceso personal de búsqueda de insight las propias defensas contra el dolor psíquico han de generar respuestas carentes de empatía y capacidad reflexiva en relación con los hijos. Sin embargo, como dice Yolanda, no se trata de mantener a los niños en una burbuja de cristal protegida. Estudios recientes sobre resiliencia y vulnerabilidad muestran que la vida está llena de adversidades y no se puede esperar que un hijo o una hija estén totalmente protegidos, sino que desarrollen recursos internos para manejar las adversidades. La resiliencia es un término tomado de la física con referencia a materiales que bajo el efecto de la presión se tuercen pero no se quiebran. El término fue adaptado a las ciencias sociales y a la psicología para caracterizar a aquellas personas que, a pesar de nacer y vivir en situaciones de alto riesgo, logran mantener el equilibrio emocional y el sentido de competencia. Implica la habilidad para superar la adversidad, adaptarse, recuperarse y acceder a una vida significativa y productiva. Sabemos hoy que la resiliencia es parte del proceso evolutivo y debe ser promovida desde la niñez.
Otro mérito de este libro es que nos ayuda a pensar en las necesidades y conductas del niño según su edad, deseos de exploración y momento del desarrollo. La comprensión y atribución de intencionalidad por parte de los adultos depende de una capacidad de comprensión empática que tenga en cuenta el momento evolutivo por el que está pasando el niño.
Yolanda subraya la importancia de lograr una complicidad lúdica entre padres y niños como base del aprendizaje y la maduración. Desde luego, en esa constelación de apegos fundamentales, no están ausentes el padre, los hermanos y otras figuras del entorno familiar. De esta manera, Yolanda explica cómo la capacidad de jugar y de entretejer un simbolismo compartido es un elemento importante para gozar y crear. Leyendo este manuscrito yo también sentí esa complicidad lúdica entre Yolanda y yo. La fluidez de sus ideas, la claridad con que las expresa y los ejemplos de la vida cotidiana con que las ilustra me involucraron en lo que parece eso mismo: una complicidad lúdica. Ciencia, sabiduría de vida, experiencia clínica y poesía conforman una narrativa que es poco común en libros de este tipo. Esto se hace notorio, por ejemplo, cuando Yolanda habla de la experiencia de estar embarazada y todo lo que eso significa. Creo que los lectores de este libro sentirán algo parecido a lo que yo he sentido y espero que juntos podamos celebrar este nuevo nacimiento: este libro de Yolanda González.
MARIO MARRONE
Psiquiatra. Psicoanalista.
Miembro fundador y
ex presidente de
la International Attachment Network (Teoría del Apego)
AGRADECIMIENTOS
Especialmente:
A mi madre, siempre presente en mi corazón.
A mi padre, por su constante curiosidad ante la vida.
A mi hija, por ser mi maestra en el arte de acompañar.
A todos los grupos de padres-madres, profesores y profesionales, por la experiencia otorgada y la confianza depositada.
A mis amigos que me han animado hasta el nacimiento de este libro.
A las escuelitas alternativas que he supervisado, entre ellas La Serrada.
A mis pacientes y a todos aquellos que han confiado en que realmente es posible,
Amar sin miedo a malcriar
INTRODUCCIÓN
Cuántas veces los padres expresan este temor cuando atienden las demandas de sus pequeños… Cuántos niños ven frustradas sus demandas de atención para evitar la maldición de que se malcríen… Cuánto consejo «sabio» destinado a adiestrar a los padres que aún conservan el sentido común, intentando que lo abandonen en el baúl de los tiempos…
Sentido común que, como bien sabemos, es el menos común de los sentidos. La empatía, la intuición, la capacidad de contacto, la respuesta sensible, son conceptos esenciales para la salud, aunque no muy presentes en nuestra sociedad actual. Al contrario, suelen reprimirse, ignorarse y sepultarse bajo cientos de manuales sobre educación y crianza. Sin embargo hoy en día, y cada vez con más fuerza, renace en el corazón de muchos padres y profesores la necesidad de escuchar sin prejuicios el lenguaje emocional de sus hijos o alumnos, cuestionándose poco a poco la inercia educativa transmitida desde siglos de manera transgeneracional.
Más allá de la exigencia habitual en algunos adultos de intentar «hacerlo bien», se impone la necesidad de reflexionar y de recuperar el deseo de contacto genuino en el quehacer cotidiano con los bebés y los niños.
La vida es cambio, transformación. La vida cambia en todos los planos de la existencia, pero no de forma aislada. Desde la física cuántica se sabe que la naturaleza responde a una compleja trama de relaciones entre las diversas partes de su todo unificado. Formamos parte de una red interconectada e interdependiente entramada en la sociedad humana, aunque nos comportemos con una actitud individualista e insolidaria con el resto del sistema del que formamos parte. Por tanto, somos corresponsables de los cambios que se produzcan en nuestra sociedad y nuestra vida, a pesar del poder y la estructura política.
Nuestra sociedad cambia vertiginosamente. La estructura familiar está cambiando. También nuestro planeta se transforma como consecuencia de múltiples factores, pero también por la propia influencia humana. Cambia, todo cambia. Pero ¿cómo cambia nuestra sociedad y hacia dónde?, ¿son estos cambios saludables?, ¿qué va a pasar con nuestro planeta? Tenemos que reflexionar seriamente sobre el rumbo que la humanidad ha tomado hasta la actualidad y el grado de satisfacción global obtenido.
Hemos de preguntarnos con sinceridad, con relación a la primera infancia, ¿qué es lo que deseamos legar a los que más debiéramos amar en nuestra vida?
Podemos responder desde una postura intelectual y discutir durante horas sobre el estado de los modelos familiares actuales, los cambios sociales, o la devastación del planeta. Las conclusiones, si las hubiere, podrían ser interesantes o triviales, pero realmente ¿qué es lo que necesitamos? Ya hay demasiadas cumbres, reuniones de alto nivel y todavía pocas soluciones profundas. Estamos en un momento histórico, crítico. «Crisis» etimológicamente, significa peligro pero también oportunidad.Tenemos ahora y en este momento la oportunidad, y también la responsabilidad, de reflexionar sobre nuestro modelo social, educativo, familiar y planetario. Tenemos la responsabilidad de aportar con nuestro granito de arena un cambio de rumbo más saludable, tomando el timón de nuestra vida en esta red interconectada de la que formamos parte.
Con relación a la primera infancia, es importante tomar conciencia de que debemos cuidar la construcción de la casa desde los cimientos, antes de que la estructura esté dañada. Tenemos que cuidar las raíces del futuro árbol desde el inicio, para lograr entre todos bosques frondosos y saludables, que regeneren nuestra sociedad desde su origen. Tenemos que recuperar la capacidad de escucha interna, de respeto por el ritmo natural, de armonía con el funcionamiento natural, más allá del estrés y la locura social en la que estamos inmersos. Por ellos. Por los más pequeños. Por los portadores de la vela de la vida. Y para lograrlo, hemos de desarrollar la capacidad de empatía y escucha.
Para tener sentido común, es necesario no estar muy amurallado respecto a los propios sentimientos, ni acorazado en las propias emociones, de tal manera que podamos escuchar todavía con oídos de niño, ver con ojos de niño, sentir con corazón de niño. Sólo desde ahí podremos acompañar a nuestros hijos en su caminar, a nuestros alumnos en su descubrir y a nosotros mismos como padres en el difícil arte de acompañar en su desarrollo.
Y no es fácil, claro que no. La prueba de la dificultad está en la cantidad de ocasiones que somos conscientes de que como padres, educadores, o adultos que interactuamos con los pequeños, perdemos la paciencia y las buenas intenciones, como consecuencia de la supuesta «cabezonería cotidiana», por citar un ejemplo. O las veces que intentamos que obedezcan a nuestras peticiones una y otra vez sin éxito y acabamos gritando y utilizando esos recursos de los que luego nos sentimos culpables porque «no quería volver a gritar, pegar o castigar», pero no ha sido posible.
Y es aún más difícil cuando, de pequeños, no nos han escuchado, ni mirado, ni entendido en muchas de nuestras necesidades emocionales. Es más difícil si hemos tenido una educación autoritaria por excelencia y basada en la obediencia como único criterio educativo.
Pero es posible. Es posible establecer un puente de conexión entre mundos tan dispares como son el universo adulto y el infantil.
Y de esta posibilidad trata el presente libro.
No es un libro de recetas rápidas.
No es un libro para lograr obediencia.
No es una recopilación exhaustiva de investigaciones ni de textos, aunque implícitamente se apoya también en ellos.
Es, sobre todo, una guía para la comprensión de las necesidades infantiles. Para acompañarlos en su caminar y desarrollo.
Y todo ello, desde la MIRADA del niño/a.
No desde el adulto que mira al niño.
Es una guía desde la empatía, la observación y el respeto ante ese pequeño que no por ser vulnerable es tonto ni debiera ser manejable a nuestro antojo.
Os invito a navegar por estos mares infantiles, sin naufragios duraderos y llegando a buen puerto llevando de la mano a esta criatura, a su ritmo, y disfrutando del camino, más allá de los tropiezos…
PRIMERA PARTE COMPRENDIENDO EL DESARROLLO EMOCIONAL EN LA INFANCIA
1 EL MITO DE LA FELICIDAD INFANTIL
LA ILUSIÓN DEL PARAÍSO
«Los niños son felices porque son niños.» ¿Qué opinas de esta afirmación?
Aunque la mirada del adulto respecto a la infancia ha ido variando a lo largo de la historia de la humanidad, en la actualidad todavía persiste en muchos sectores de la población la creencia de que la infancia es la etapa más feliz de la vida. Todavía hoy es común la creencia de que el bebé y/o el niño es feliz por ser niño o bebé. Todavía hoy se considera que la infancia es el paraíso que perdemos a medida que crecemos, cuando nos vamos enfrentando a la asunción de responsabilidades en la vida cotidiana, como pagar el crédito, trabajar, afrontar las dificultades de la relación con el jefe o la pareja. Todas esas realidades adultas nos llevan a pensar que en la etapa infantil sólo hay alegría y alguna que otra rabieta o llanto sin trascendencia.
Tendemos a ignorar que los pequeños, aunque estén bien alimentados, también sienten tensiones, dolor, miedos e incluso sufrimiento, si el malestar se prolonga en el tiempo. Queremos creer que nuestros hijos/as son felices, por el importante hecho de que nosotros sentimos que los queremos, que les damos lo que necesitan e incluso lo que nosotros no tuvimos. Y es así en parte. Pero sentir afecto por otro no garantiza que al receptor le llegue nuestro cariño.
He visto muchas creencias de este tipo en la consulta. Padres que, confrontados en un espacio terapéutico con sus hijos adultos, se derrumbaban al escuchar las narraciones de sus hijos sobre sus experiencias infantiles en la familia. Padres que creían haberlo dado todo ante hijos que se emocionaban al verbalizar la falta de cariño recibido.
La percepción de que los bebés y los niños son felices está mediatizada también en parte por la labilidad de sus emociones. Es decir, por los cambios emocionales rápidos que observamos en su estado y que nos llevan a minimizar e infravalorar tanto la intensidad de su emoción como la función que cumple para su desarrollo emocional. Es real, ellos juegan, ríen y, cuando lloran, enseguida vuelven a jugar y reír. Esta labilidad emocional es inherente a su proceso de desarrollo.
Su instinto vital les lleva a estar continuamente explorando y superando obstáculos. A través de su exploración, aprenden. Pero no olvidemos que, al mismo tiempo que aprenden, sienten. Y experimentan muchas sensaciones y emociones con cada pasito que dan en la exploración hacia el mundo exterior. Y además, lo hacen con mucha intensidad.
Más allá de las emociones de júbilo y alegría presentes con frecuencia en la infancia, los niños a veces se sienten muy solos, tristes o desorientados y las emociones les inundan sin poderlas manejar e integrar, como veremos en el capítulo sobre las emociones infantiles. Por tanto, ¿qué hay de cierto en el mito de la felicidad infantil?
La infancia no representa la seguridad de la felicidad, como nos gustaría creer. La infancia es una etapa crítica en el desarrollo madurativo, aunque no es la única. También la adolescencia representa un pasaje crítico hacia la madurez. Y tampoco podemos olvidar la última etapa, y no por ello menos importante en el recorrido vital, la vejez.
Pero entre todas las etapas de la vida, la infancia es la más vulnerable, como iremos viendo a lo largo del libro. Es la etapa en la que se depende totalmente del adulto para la supervivencia física y psíquica en la primera infancia. Es la etapa de la oportunidad, de la potencialidad, de los senderos por transitar, de los nuevos caminos por descubrir, pero todavía sin disponer de autonomía real.
Esta etapa de dependencia infantil necesaria con relación al adulto y más tarde al entorno familiar y escolar, es la que va a permitir al pequeño desarrollar o no una base saludable y segura desde la que podrá afrontar los retos y la aventura de vivir.
Retomando el a priori de la felicidad infantil se considera que, durante este corto período de su existencia, la función más importante del adulto es cuidar su salud física.
Es lo que se «ve» y cuantifica a primera vista, es decir, su desarrollo corporal. Expresiones como «que coma bien», «que duerma lo suficiente», «que no esté enfermo» son consideradas como la base de un desarrollo saludable. Más adelante, junto a estos criterios iniciales, se añade «que tenga acceso a una buena educación», «que sea un ser socialmente adaptado».
Estos son algunos de los objetivos que se anteponen como prioritarios en la crianza y educación en los primeros años de vida. Si bien son objetivos básicos para el desarrollo infantil, ¿son en sí mismos suficientes? Habitualmente, el desarrollo emocional es peor percibido y ocupa un lugar secundario en las funciones de crianza y educación muchas veces por desconocimiento, otras porque la comprensión de estos procesos del desarrollo infantil es más compleja.
Sin embargo, durante la infancia no es suficiente, para el desarrollo de la salud global infantil, centrarnos en qué atendemos, sino en cómo lo llevamos a la práctica. Este es un criterio esencial para fomentar o no la salud infantil integral desde una perspectiva biológica, psicológica y social. Es decir:
No es lo mismo que coma que obligarlo a comer.
No es lo mismo que duerma que aplicarle métodos externos para lograr ese objetivo, sin reflexionar sobre sus consecuencias.
No es lo mismo lograr obediencia que favorecer actitudes razonables. Y así sucesivamente, como veremos en capítulos posteriores.
El cómo nos relacionamos con nuestros hijos/alumnos a través de los actos cotidianos de la vida no es menos importante que lo que les ofrecemos para sus cuidados diarios.
La interacción, la relación, la atención emocional, el vínculo, la estructuración del carácter, son aspectos esenciales para la formación de ese bebé o niño que tanto amamos.
Y la coherencia. ¡Cómo nos cuesta ser mínimamente coherentes, más allá del modelo educativo y de crianza que elijamos!
El «hoy sí, pero mañana no, porque lo digo yo» genera inseguridad, impotencia e incertidumbre en cualquier persona que lo padezca, y con mayor motivo en los pequeños, que dependen del criterio razonable o irracional del adulto para su desarrollo.
De ahí la importancia de evitar caer en la alternancia de modas educativas y métodos cambiantes que, sin ningún norte claro que resuene como saludable en nuestro interior, nos confunden como adultos y desazonan a nuestros hijos.
Por ejemplo: hoy aplico el «duérmete niño» y mañana no, «hoy te dejo ver la televisión porque me interesa que estés entretenido» y mañana no, «hoy te dejo jugar con mis llaves» y mañana no, «hoy te mando al rincón de “pensar” y mañana no, pues estoy de buen humor».
Hay muchos ejemplos de incoherencias que provocan desconcierto en el pequeño, por lo imprevisible de la respuesta del mayor.
EL OFICIO DE MADRES-PADRES: CAMBIANDO LA MIRADA
¿Dónde se aprende? Es un hecho que para cualquier oficio o carrera se requiere preparación. ¿Y para ser padres?
El otro día, en uno de los grupos de padres-madres que coordino, un padre decía: «Me siento engañado. Nadie me dijo lo duro que es ser padre. Nadie me habló de las noches sin dormir o el desconcierto que siento a veces ante sus demandas».
Otra madre comentaba: «Creí que con darle de comer o cambiarle los pañales todo marcharía bien. Me doy cuenta de que tenía una visión idealizada de la maternidad. En el fondo, buscaba compañía, sentirme plena. Y ahora afloran todas mis lagunas, mis miedos y el temor a no hacerlo bien».
En las últimas décadas, la familia ha sufrido enormes transformaciones que han dado lugar a múltiples modelos familiares (nuclear, monoparental, homosexual, etc.).
Paralelamente, vivimos en una época sin precedentes en el campo científico y tecnológico. La sociedad avanza a un ritmo vertiginoso que obliga a sus miembros a rápidas adaptaciones. Y con esta velocidad hacia no se sabe dónde, ¿qué ocurre con la primera infancia?
En la sociedad occidental, la primera infancia aparentemente nada en la abundancia. ¿Abundancia de qué?
Primera y fundamental reflexión. Abundancia de objetos, juguetes, tecnología, que se traduce en una feroz invitación al consumismo. Las generaciones anteriores no han tenido tanto tecnicismo aplicado al juego, pero jugaban, inventaban, fantaseaban. Jugaban. También es cierto que jugaban cuando era posible, ya que la realidad familiar a veces los obligaba a realizar tareas relacionadas con el cuidado de hermanos o labores caseras, como ayudar a los padres.
Actualmente, la invasión de juguetes de vanguardia, la televisión, el ordenador, los videojuegos, el móvil, junto al acceso temprano a la educación infantil (cero a dos años) que la sociedad moderna «propone» a los pequeños, unas veces para su disfrute, otras para suplir la ausencia materna o paterna, pretenden sustituir, paliar o compensar lo insustituible: la necesidad de amor y seguridad.
Las necesidades afectivas, de seguridad y de amor parental, se mantienen intactas en el tiempo durante toda la historia de la humanidad. La práctica clínica con pacientes evidencia que no hay mayor sufrimiento que la vivencia de abandono, soledad y ausencia afectiva durante los primeros años de vida.
Que el modelo familiar ha sufrido muchas transformaciones en los últimos años es una realidad constatada, pero las necesidades emocionales infantiles no se han suprimido ni han disminuido ¡desde hace treinta mil años!, la edad que tiene el cerebro del hombre de Cromagnon, que es similar al cerebro actual. Por muchos ordenadores, Nintendo y otros juegos interactivos con los que se cuente hoy en día, las necesidades de protección, respuesta empática y afecto, siguen estando presentes en los bebés-niños y continúan necesitando ser satisfechas adecuadamente por los adultos.
Cuando se tiene un bebé, las condiciones laborales no cambian lo suficiente para poder atender sus necesidades. Se justifica la falta de atención prioritaria en esta etapa con una sobrevaloración de la función de la calidad afectiva. Y, si bien es cierto que la calidad de la relación es fundamental, la cantidad de dedicación no es menos importante en los primeros años de vida. Es decir, a más temprana edad es necesaria una mayor dedicación a tiempo real para crear la relación y favorecer el vínculo.
Trabajar y estar con el bebé es realmente estresante y difícil de realizar. Los papás/mamás requieren tiempo también de calidad para interactuar y atender a los pequeños.
Socialmente, debería disponerse con facilidad de excedencias retribuidas (como en otros países europeos) para ejercer la paternidad/maternidad responsable, sin tanto estrés para los adultos y su consiguiente repercusión sobre los pequeños.
Y también debería priorizarse el tiempo para poder acudir a grupos de padres-madres, lugar privilegiado donde compartir las dudas, alegrías y miedos de la crianza y educación de los hijos. Es más, debería iniciarse la preparación a la maternidad/paternidad incluso antes de que se inicie el embarazo. Esta es la práctica que cada vez más padres solicitan y tengo la fortuna de poder atender.
El oficio de ser padres/madres es el más importante para la humanidad, pero para ejercer la función más milenaria de la especie humana, en una sociedad extremadamente cambiante, los padres se encuentran solos.
Se requieren espacios de reflexión y de trabajo personal para evitar el aislamiento en la crianza, espacios que favorezcan estilos relacionales con los hijos más satisfactorios y menos alienantes. Probablemente, estos espacios específicos (grupos dinámicos de madres-padres) no serían necesarios si contáramos con un nivel emocional saludable y con una capacidad de contacto y empatía suficientemente desarrollados para interactuar con los pequeños/as, favoreciendo vínculos seguros y sanos.
Es probable que algunos futuros padres gocen de mucha capacidad de contacto con las necesidades emocionales infantiles, pero no es lo más frecuente, pues la mayoría de nosotros hemos tenido una infancia con buenas intenciones en los cuidados parentales, pero con mucha ignorancia emocional sobre las necesidades afectivas profundas.
Todavía hoy en su mayor parte, la maternidad y la paternidad se ejercen «sobre la marcha». Es decir, se prueban estrategias educativas un poco a ciegas, repitiendo la educación recibida con ligeros cambios externos. En muchas ocasiones, el criterio educativo responde a las indicaciones puntuales del pediatra o la vecina y/o familiares cercanos. Generación tras generación, volvemos a reproducir modelos educativos.
Tú que estás leyendo este libro, muy probablemente has leído ya otros sobre crianza o educación. ¿Por qué? Porque te interesa o te preocupa la crianza de tu hijo y estás buscando respuestas a muchas preguntas naturales que surgen ante el hecho nuevo de ser madre o padre, aunque lo vayas a ser por tercera o cuarta vez. A veces estás desorientado, «porque eso de ser padre o madre» no es tan fácil como creías. También, porque deseas darle lo mejor de ti a tu hijo y eres consciente de las dudas que te asaltan, muchas veces por desconocimiento, otras por la presión social, que pretende que reacciones según la mayoría en temas tan delicados y variados como son los que rodean la crianza.
Tener información sobre el proceso de desarrollo evolutivo a nivel psicoafectivo resulta fundamental para conocer los procesos, para comprenderlos y no malinterpretarlos. Pero es mucho más importante tener capacidad de contacto, de sentir, de ponerse en el lugar del otro, no sólo intelectualmente, sino desde la emoción que nos transmite ese otro.
El concepto de empatía («sentir con otro») es esencial en cualquier interacción humana, pero no está muy extendido. Si lo estuviera, nuestra sociedad estaría más humanizada y sería más solidaria. Sólo tenemos que mirar a nuestra sociedad occidental consumista. Irradia infelicidad, enfermedad e injusticia (guerra, desigualdad social, maltrato, depresiones), por no mencionar la tragedia de otras sociedades que nadan en la miseria de la subsistencia, desprovistas de todos sus recursos naturales.
Por todo esto, el modelo de la prevención y promoción de la salud infantil es necesario.
Ninguna revolución social ha logrado cambios duraderos en la calidad de las relaciones humanas y sociales básicamente porque no hay cambio profundo que no comience en uno mismo.
Por tanto, si queremos legar una sociedad más saludable a nuestros hijos, tenemos que empezar a tratar de escuchar y comprender a la primera infancia, atendiéndola desde la raíz, es decir, desde el mismo momento en que se proyecta y se inicia una vida. Se trata de un apasionante proceso que comienza con el deseo de embarazo, continúa con la concepción y la gestación, para culminar en el parto natural y los primeros años de vida.
Podemos intentar poner en práctica un modelo saludable, favoreciendo un continuum en la relación, un hilo simbólico invisible, sólido y amoroso, sin fisuras ni rupturas en la formación del vínculo padres-bebé y niño. No se trata de ser padres perfectos, porque no existe tal perfección y, mucho menos, en una sociedad neurótica como la nuestra. Lo único real es el deseo y el intento de aproximarnos a la creación de una relación que sea lo más saludable posible, desde la presencia emocional y la capacidad de dar amor, el único verdaderamente incondicional.
Y todo ello a pesar de las renuncias temporales que representa la crianza, pues, usando términos economicistas, la mejor inversión a largo plazo (cubiertas las necesidades básicas de supervivencia) es la salud emocional. Sólo desde esta base podremos no repetir lo disfuncional, lo no saludable e incluso lo patológico en nuestros hijos.
Los padres, los profesores, los profesionales de la salud y los adultos en general somos portadores de actitudes saludables o patológicas, según nuestra propia historia personal global. Por tanto, somos responsables, que no culpables, de los resultados que observamos en la infancia y más tarde en la adolescencia. Pero es más fácil quejarse de tal o cual comportamiento o carácter infantil que implicarse en modificar la relación. Es más sencillo lamentarse de una situación que cambiar lo que sea necesario para mejorar la calidad de las relaciones humanas y por tanto sociales.
Es más habitual decir que «es difícil» que ponerse manos a la obra. Por tanto, es cuestión de empezar a caminar, aportando como padres y profesionales nuestro granito de arena y evitando actitudes destructivas cada vez más presentes en nuestra sociedad.
Albert Einstein afirmaba: «Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo».
NUESTRO CARÁCTER Y SU INFLUENCIA
La primera piedra del camino es nuestro propio carácter. ¿Cuántas veces, nos decimos «esta vez, no voy a volver a tropezar en la misma piedra» y volvemos a repetir el mismo modelo de comportamiento o sentimiento? Somos, a veces, capaces de reconocer algunos rasgos de nuestro carácter, pero es más difícil flexibilizarlo, cambiarlo.
¿Qué es el carácter? La expresión popular conocida como «es que yo soy así», pretende explicar y justificar muchas de nuestras reacciones y comportamientos cotidianos, así como nuestra forma de entender la vida. Cada día, cada minuto, cuando interactuamos con otro, estamos haciéndolo desde nuestro carácter individual.
Sin entrar en una definición clínica del término, el carácter está compuesto por diversos mecanismos defensivos psíquicos que se incorporan a nuestra forma de funcionar de manera automática y no voluntaria.
Nuestro carácter nos permite por un lado economizar energía, ya que automatiza nuestras respuestas ante sucesos diversos, pero por otro también nos esclaviza, ya que pasa a ser en parte inconsciente y escapa a nuestra voluntad.
Ejemplo
Si de pequeña los adultos te decían de forma repetida cuando llorabas reclamando atención: «No llores, ¡qué fea te pones!» o te inhibían con un «los niños no lloran», o te ridiculizaban con «qué llorona eres», quizá tuviste que inhibir muchas veces el llanto, conteniendo tu respiración y apretando tu mandíbula, para que no emergiera la expresión del llanto, como lenguaje emocional de alguien que reclama ayuda o consuelo. Y te volviste «dura» al aprender a renunciar a expresar tus emociones, creyendo ya de adulta que «eres así». Quizá cuando oigas llorar a tu propio bebé se te activará ese patrón de funcionamiento y su llanto te irritará especialmente y, aunque sepas racionalmente que algo le debe de estar pasando, sentirás que no puedes conectar y empatizar con su llanto y sólo desearás que pare de llorar.
Son muchos los adultos que refieren malestar ante el llanto de un pequeño y son muchas las causas que se esconden tras este malestar, aunque estén sumergidas en el océano del inconsciente.
Este «yo soy así» a veces pretende explicar lo inexplicable: la tendencia a tropezar siempre en la misma piedra, aunque no queramos.
¿Por qué? ¿Es acaso inevitable?
Esta manera de ser y de percibir la vida no es ni genética ni casual. Aunque frecuentemente atiendo a padres a quienes les encantaría que así fuera para dejar de pensar en las causas del comportamiento de su pequeño y poder justificarlo con un «es que ha nacido así, qué le vamos a hacer», en realidad no es todo tan sencillo.
Esta creencia genética se refuerza cuando se tienen varios hijos con caracteres diferentes y los padres creen que los «educaron igual» y los «quisieron igual». Éste suele ser un tema muy habitual en las conferencias y en los cursos, pero rápidamente los padres comprenden que no «estaban igual» con el primer hijo que con el segundo. Con el primero sólo había uno a quien atender. Con el segundo se tenía la experiencia previa, que con el primero no era posible, y además había que atender también al primero. Quizá con el primero la madre trabajaba y con el segundo no, o a la inversa.
¿Y la relación de pareja? No es idéntica en el primer nacimiento y en el segundo. Probablemente hubo cambio de trabajo o incluso murió la abuela con el segundo embarazo, o al primero le diste el pecho mucho tiempo y al segundo no. Son muchos los factores que cambian en nuestra vida permanentemente porque la vida es cambio continuo. De lo contrario, si siempre estuviéramos igual y no hubiera cambio ni evolución en nuestra vida, ¡produciríamos clones!
Afortunadamente, criamos y amamos individualidades únicas, aunque nazcan en el «mismo» núcleo familiar sujeto a cambios constantes, como la vida misma.
¿Cuándo y cómo se forma el carácter?
Esta «manera de ser» se ha ido entretejiendo lentamente durante los primeros seis o siete años de vida, de forma singular en función de la relación que fuimos estableciendo con nuestras figuras de apego, primero las figuras parentales, más tarde la familia y, por último, la escuela y la sociedad.
Cuando nacemos, nuestro organismo es muy sensible y moldeable. Percibe e interactúa en función de las señales que recibe del exterior. El mundo interno se va organizando en función de estas respuestas externas a las demandas de atención de los pequeños. Estas respuestas abarcan un gran abanico de posibilidades, desde las amorosas y contenedoras a las frías e indiferentes.
En realidad, el único lenguaje que un bebé registra del adulto es el emocional. Es decir, el bebé siente con claridad si aquel es capaz o no de dar una respuesta sensitiva y empática a sus necesidades primarias.
Todos los estímulos que le llegan desde el exterior impactan directamente en su organismo sin disponer todavía de un repertorio de respuestas incorporadas, es decir, de unos mecanismos defensivos psíquicos y de una coraza que le permita defenderse de lo que puede experimentar como agresiones externas (falta de contacto con sus necesidades afectivas, sentimiento de abandono, llanto, soledad, hambre, etc.).
Con el paso del tiempo, el bebé va estructurando un tipo de carácter, una muralla defensiva. Sin entrar en caracterología clínica, pues no es este el objetivo de este libro, a modo de orientación podemos señalar que existen caracteres más rígidos y duros y otros más flexibles y fuertes.
El objetivo de la prevención es lograr personalidades con vínculo seguro, sin defensas rígidas pero con fortaleza yoica. Este tipo de carácter y de vínculo se forma grosso modo cuando existe capacidad de contacto y empatía por parte de las figuras de apego hacia el pequeño en formación, cuando se respeta el ritmo madurativo y las necesidades emocionales infantiles. En definitiva, cuando hay amor suficientemente bueno e incondicional (Winnicott, 1998).
Pues bien, es este carácter individual formado en nuestros primeros años de vida a través de nuestra propia historia familiar lo que nos condiciona en la lectura e interpretación de las vivencias emocionales del pequeño de una o de otra manera y, en consecuencia, modela nuestra respuesta a las demandas que nos llegan del bebé o del niño. El carácter es como una pantalla, que puede ser más o menos opaca o transparente, a través de la cual interpretaremos la vida.
Desde la física cuántica, se sabe que el observador está incluido en la observación. No hay hechos «objetivos» puros. Todo está mediatizado por el sujeto de observación. Por esto, cada situación objetiva va a depender directamente de la interpretación subjetiva. Diferentes observadores interpretarán diferentes conductas infantiles según su propia óptica caracterial: unos verán sus actos como malintencionados, otros como fruto de la ignorancia propia de su edad madurativa. Todo ello aderezado con las pinceladas propias de la propia historia personal.
Ejemplos
Si un adulto ha sido educado en la ausencia del contacto físico y emocional, es decir, con frialdad aunque correctamente, probablemente experimentará dificultades para sentir y transmitir calidez hacia sus pequeños. Posiblemente estará más atento a lo que «debe ser» la educación que a la sensible atención de la emoción de sus hijos. Quizás incluso le resultará muy molesta la expresión emocional e interpretará que sus hijos no deberían expresar rabia o llanto, sino modales adecuados.
Si una madre ha sufrido maltrato en la infancia y no ha realizado un trabajo terapéutico, muy probablemente tendrá dificultades para no reproducir ese modelo de relación con sus hijos, salvo si está alerta para no repetir conductas que provoquen sufrimiento. De hecho, la investigación realizada en relación con la transmisión intergeneracional sobre abusos infantiles concluye que uno de los indicadores más importantes para esta transmisión es el grado en el que esas experiencias traumáticas infantiles no hayan sido analizadas y asimiladas por la persona que las sufrió y que pasarán, en ese caso, a formar parte del inconsciente (Kaufman y Zigler, 1987). Esto implica que la mamá reproducirá el modelo de maltrato como algo «normalizado» e inevitable, pues así lo experimentó ella en su infancia.
Los mismos autores descubrieron que el índice de transmisión intergeneracional de maltrato infantil de padres a hijos puede pasar del 5 % a más del 75 % en función de las diferentes asimilaciones e integraciones de la propia experiencia de maltrato. Afortunadamente, con un adecuado abordaje terapéutico y preventivo, es posible evitar la repetición de estos modelos de maltrato. De ahí la importancia de asumir nuestra propia responsabilidad en la transmisión de patrones disfuncionales para la salud en relación con nuestros hijos. Tenemos la oportunidad y el deber de evitar repetir y transmitir modelos inadecuados de padres a hijos.
Como vemos, la variedad de respuestas adultas puede abarcar un extenso abanico. Un padre puede magnificar el sentido de las emociones infantiles, respondiendo con mucha ansiedad ante cualquier manifestación del bebé o niño, mientras que por el contrario otro padre podría tender a minimizar el sentido de la demanda infantil, llegando incluso a ignorarla por no sentirla como apremiante.
Hay autores que no contemplan la función del carácter, ni la transmisión intergeneracional de modelos de padres a hijos. Sin embargo, desde la experiencia clínica y preventiva, comprender los mecanismos caracteriales, así como los modelos internos de relación, permite ahondar con más profundidad en las causas del sufrimiento humano y, desde ahí, tratar de prevenirlas en la primera infancia.
De hecho, en mi experiencia profesional, tanto en los grupos de padres como en la formación de profesorado y de personal sanitario, ocurre con frecuencia que los participantes se asombran de la forma en que la relación con los niños llega a mejorar cuando se asume que somos los adultos los que podemos cambiar la interacción con cada pequeño. Por esto considero esencial el abordaje preventivo durante toda la infancia, desde el inicio de la vida.
Es esencial porque los cimientos del carácter se forman durante los primeros seis o siete años de vida, etapa crucial para la estructuración básica de la personalidad de un ser humano. Y aunque, afortunadamente, esta formación no es determinante ni definitiva, sí condiciona en cierta medida la forma de percibirnos a nosotros mismos y al mundo exterior.
¿Qué nos aporta comprender la función del carácter en relación con la crianza y la educación de los niños? Fundamentalmente, el lugar desde donde nos posicionamos para relacionarnos con nuestros hijos o alumnos. Si ignoramos que nuestro carácter está mediatizado por nuestra historia personal, muy probablemente intentaremos que nuestros hijos o alumnos «cambien porque ellos tienen el problema» y nosotros la razón.
Así es cómo inicialmente acuden los padres a la consulta: «Vengo, porque mi hijo, es… cabezota, egoísta, desobediente…». Sin embargo, si reconocemos que nuestro carácter está condicionando también la interacción con nuestros hijos, probablemente intentaremos observar cómo es nuestro modo de sentir y de actuar en ese momento y en relación con ese niño concreto. Es decir, se trata de asumir que yo soy responsable de esa interacción. Mejor aún, se trata de reflexionar sobre qué puedo cambiar para que mejore la relación con mi hijo, siendo yo el adulto y teóricamente más maduro y experimentado para llevarlo a cabo.
Pongamos otro ejemplo en relación con la interpretación del que observa o interactúa con un pequeño:
Una niñita de tres años se empeña en llevar un vaso de leche de la cocina a la sala. El padre teme que se le caiga. Efectivamente, acierta y el vaso termina cayéndose de sus manos después de tropezar y romperse en mitad de la sala sobre la alfombra nueva recién estrenada. ¿Qué siente el padre ante este hecho?, ¿cómo lo interpreta? y ¿qué hace con todo ello?
Por supuesto, la reacción va a depender de muchos factores: de su cansancio, estrés, estado de ánimo, etc. Pero, básicamente, ¿cuál es su primera interpretación y su reacción? Hay muchas posibilidades, pero podríamos citar dos básicas: la primera y más típica es responder con un enfado seguido de un «¿ves?, ya te lo decía yo».
En este caso, ¿qué es lo que se ha interpretado sobre la caída del vaso? Muy probablemente varias cosas, pero entre ellas «se le ha caído el vaso por cabezona y desobediente» o quizás «es una descuidada, que va atolondrada jugando y sin fijarse por dónde va».
Desde una posición de empatía, podría ser interpretado como un accidente involuntario propio de su aprendizaje. En ese caso, no sólo desaparece el impulso de recriminar, sino que surge la necesidad de atender el susto que probablemente haya tenido la niña por la rotura del vaso con un abrazo en el caso de que reaccione llorando. Interpretarlo como un accidente no significa que no pueda decírsele con respeto y cariño que ya aprenderá a tener más cuidado. Pero se trata de no reaccionar automáticamente ante el hecho en sí, sin empatizar con la pequeña.
Se trata de no interpretar malas intenciones o desobediencias en situaciones que responden a otros motivos, como en este caso un accidente involuntario.
En mi práctica profesional, constato permanentemente la habitual desorientación en temas de desarrollo psicoafectivo. Es decir, el desconocimiento existente sobre las etapas afectivas evolutivas en la primera infancia y, relacionado con ellas, lo que puede esperarse o no que entienda o haga una criatura en función de su edad. En ocasiones observo que se exige lo que no corresponde para la etapa y, en otras, que se interfiere en el proceso de autonomía progresiva con prácticas sobreprotectoras que impiden el desarrollo natural.
En general, esta desorientación es fruto, en primer lugar, de la falta de información y reflexión existente y, en segundo lugar, de la falta de contacto o empatía en la relación.
Todos los padres y madres con un mínimo grado de salud hacen lo que pueden con relación a sus hijos y desean lo mejor para ellos. Pero eso no significa que siempre logren su objetivo. Afortunadamente cada vez hay más sectores de la población que manifiestan el creciente deseo de reflexionar sobre qué modelos de educación y crianza consideran más saludables para sus hijos, evitando la repetición de modelos que interfieren con el desarrollo de la salud infantil.
¿QUÉ HAGO? Y EL SENTIMIENTO DE CULPA
A medida que vamos comprendiendo las implicaciones de nuestra maternidad/paternidad es frecuente que emerja la siguiente reflexión: si lo hubiera sabido… Y con ella el incómodo e improductivo sentimiento de culpa. La culpa es una losa en la consciencia que nos muerde y no ayuda a crecer. Somos responsables, pero nunca culpables de lo que ignorábamos. A medida que los padres y profesores van cambiando la mirada con respecto a los peques, expresiones como «sí, es verdad, pero qué haces si…» se vuelven habituales y reflejan la ansiedad ante el «qué hacer» en cada situación. Llegados a este punto, resulta fácil deducir que esa pregunta directa no tiene una respuesta única.
Una de las primeras cosas que anticipo en mis conferencias, y ahora en este libro, ante la inevitable pregunta que surge en los coloquios de «¿qué hago ante esto?» es: «No lo sé». Hay cien mil respuestas posibles. Quizá podríamos preguntarnos: ¿realmente queremos una de esas respuestas que puede dar otra persona, sea padre, profesor o experto en la materia? ¿O deseamos comprender qué le pasa en concreto a mi hijo/a, o a este alumno concreto?, pero sobre todo, ¿por qué le pasa eso?
Está claro que todas estas preguntas son insuficientes si ignoramos nuestro propio sentir: ¿qué siento yo ante lo que me llega de él/ella? Cuando seguimos este proceso, descubrimos que el «qué hacer» es el último paso del recorrido y habitualmente la respuesta emerge con facilidad cuando comprendemos «qué le pasa y por qué». Además evitaremos un problema habitual que aparece tras una respuesta experta: creer o no creer en el consejo.
En este libro no hay respuestas rápidas y mágicas porque no se trata de QUÉ hacer sin antes comprender las causas de cualquier situación en la interacción con ese bebé o ese niño/a. No se trata de aplicar métodos y más métodos para ver si alguno funciona, pues lo que funciona en un caso fracasará en otro como si fuéramos en un tiovivo de un lado a otro, mientras crece el sentimiento de fracaso. Se trata de saber, de comprender y de contactar con lo que le ocurre al otro, ese pequeño otro, que es nuestro hijo o alumno y no nuestra prolongación. Es decir, se trata de llegar al porqué de su llanto, de su rabieta, de su supuesta desobediencia, de su miedo, de su agresividad, sus celos, en definitiva, se trata de comprender el origen de su emoción y su sentido en esa criatura concreta que vive en un sistema familiar concreto. Y para ello, es necesario parar un poco antes de dar respuestas automáticas que responden a nuestra manera de ser y, por tanto, a nuestro carácter.
Se trata de mirar con «ojos de niño», como menciona Tonucci, desde abajo y desde su sentir. Sólo habiendo contactado con su sentir, podremos dar una respuesta sensitiva, en términos de la teoría del apego. Es decir, intentaremos dar la respuesta adecuada a su demanda emocional, sin mandatos educativos previos.
Y desde ahí, vamos a intentar profundizar en cada tema de este libro. Juntos vamos a intentar crear un puente de conexión y empatía desde el universo adulto hacia el universo infantil, puente necesario para superar las lagunas y las interferencias a veces demasiado dolorosas, por disfuncionales e innecesarias, en la relación con los pequeños. Ese lugar es, por excelencia, el mejor donde puede expandirse la experiencia del amor incondicional. Vamos a ser conscientes de que, cuando reflexionamos sobre nuestra relación con nuestros hijos/as, es probable que sobrevenga un sentimiento amargo y poco saludable: el sentimiento de culpa.
No se trata de fustigarnos ni castigarnos, por lo que hice supuestamente mal cuando funcionábamos sin espacios reflexivos y sin la elección consciente del modelo de crianza que considerábamos más apropiado. Hicimos lo que pudimos, desde el primer momento que dimos a nuestro hijo la bienvenida a la vida, pero ahora tenemos la oportunidad de retomar el hilo de la relación y mejorarlo. Por tanto, se trata de tomar conciencia y de asumir la responsabilidad del cambio. Porque nunca es tarde.
RECORDANDO NUESTRA INFANCIA: SENTIRNOS PRIMERO, PARA SENTIRLOS A ELLOS
Recordar, si pudiéramos, cómo nos sentíamos de pequeños sería un excelente ejercicio reflexivo.
¿Olvidaste tu infancia? Muchos adultos olvidan su infancia. Es un mecanismo defensivo muy útil que cumple con la función de evitar el sufrimiento, si lo hubo, eliminándolo de la consciencia. Otros consideran que es poco útil tener presente la infancia porque ya pasó.
Quizás hemos olvidado o minimizado la impotencia que sentíamos ante los gritos o castigos de nuestro padre o madre, no siempre justos según nuestra vivencia infantil, o ante su actitud indiferente, o ante sus cambios impredecibles de humor y las consecuencias que tuvieron en nosotros. Pero el olvido no suprime la experiencia vivida ni el condicionamiento que genera la experiencia infantil en la percepción de uno mismo y de los demás a través de la configuración del carácter.
El olvido no impide la tendencia a la reproducción de actitudes o modelos de funcionamiento que vivimos en esa primera etapa vulnerable de nuestro desarrollo infantil. Olvidar o recordar no impiden que todos hayamos creado un tipo de vínculo, en función del cómo de la relación con nuestros progenitores y las consecuencias que de ello se derivaron.
Olvidar o recordar no es el objetivo prioritario ni la solución a la interacción con la primera infancia. Lo importante es tomar conciencia como adultos de la responsabilidad que tenemos ante cada bebé o niño para favorecer una relación más saludable, quizá, que la que tuvimos con nuestros propios padres o con los profesores, en el caso de que el lector responda a esta motivación. Desde esa responsabilidad conciente, podemos tratar de fomentar la escucha y la empatía en este apasionante proceso de crecimiento que es la primera infancia. Por otro lado, para los que recordamos bastantes episodios de nuestra infancia, ¿fueron todas las experiencias felices?
Quizá recordemos sentimientos de humillación ante nuestra incapacidad de hacer las cosas bien siendo recriminados por nuestro padre o madre. Quizá recordemos el sentimiento de culpa por fallar a sus expectativas. Quizá fuimos acusados de mentir, cuando lo único que hacíamos era fantasear o intentar evitar un castigo doloroso. O quizás ignoraron nuestro llanto, por considerarlo «llamadas de atención». Cada lector puede añadir una lista personal de sentimientos en la infancia que podrían haberse evitado porque produjeron un sufrimiento innecesario.
También puede ocurrir que cuando tenemos un hijo la memoria se active. Son muchas las madres, y en ocasiones los padres que, con cada pasito evolutivo de su hijo, recuerdan escenas o emociones significativas de su infancia. «Me acuerdo de que yo también tenía miedo a la oscuridad», por ejemplo. Desde esa activación, sienten que es más fácil conectar con el sentir de su pequeño.
Una práctica habitual en mis grupos de madres-padres consiste en favorecer que conecten con recuerdos y emociones de su propia infancia y desde ahí abordar cualquier tema con relación a los hijos. Por ejemplo, si tratamos el tema de la agresividad infantil, rastreamos en primer lugar la manera en que se vivenció una secuencia similar en la propia infancia.
Mi objetivo es intentar favorecer al máximo la empatía con los propios hijos. Las respuestas teóricas pueden ser espléndidas, pero vacías si no van acompañadas de un insight, es decir, un «darse cuenta» que favorezca también la integración emocional. Sólo desde ese lugar es posible que se produzca la magia que tanto aprecian los padres, una vez que hemos abordado un tema específico en el grupo. Un testimonio habitual es: «Salí del grupo el otro día y no sé muy bien cómo, pero todo funciona mejor ahora. Parece magia». No existe tal magia, sino simplemente un cambio de actitud, una forma diferente de mirar el conflicto.
Yo, de pequeño/a
Tender una mano a nuestra infancia nos ayuda a mirar a nuestros hijos desde otro lugar. Volviendo a nosotros mismos, si recordáramos nuestra infancia, podríamos rescatar del baúl de los recuerdos grabados en nuestra memoria corporal, impresos en nuestras neuronas y células, la historia de muchas experiencias gratas, pero también la de otras dolorosas. La activación de esta memoria profunda nos permitiría acercarnos con más facilidad a la comprensión de las emociones infantiles, desde otra posición más empática que no sea la del adulto que lo sabe todo sobre su hijo y al que tiene que modelar.
Muchas experiencias de la infancia quedan escondidas más allá de la barrera de la consciencia en el océano inconsciente que nos protege de su recuerdo. Los desencuentros con lo que más queremos, nuestros pequeños, ocurren desde el olvido y la ausencia de empatía. ¿Cómo? ¿Cuántas veces «interpretamos» el llanto o la rabieta de nuestro hijo desde nuestro guión? Es decir, valorando si tiene o no sentido, si está utilizándolo para llamar la atención o si es un capricho.
¿Cuántas veces nos ponemos realmente en su lugar, en su momento evolutivo, es decir, en su edad concreta, para comprender por qué actúa así?
Llamar la atención
En muchos lugares se oye la expresión «lo hace para llamar la atención». El tono y la connotación de esta expresión esconde un mensaje implícito: «No hay que hacerle caso. Es un capricho»…
Cada vez que oigo esta expresión, no puedo evitar responder: «¡Claro! Llora para llamar TU atención, tu cariño, tu calor…». Te llama la atención a ti. ¿Dónde estás emocionalmente para que tenga que llamarte la atención? ¿Acaso no haríamos lo mismo si alguien no nos escucha o atiende cuando le hablamos? Ellos lloran. No pueden decir «¡oiga por favor, que le estoy hablando! ¡Escúcheme!».
Sin darnos cuenta, con esa expresión y la consiguiente actitud, establecemos una distancia innecesaria con nuestros pequeños. Las llamadas de atención hay que atenderlas, no ignorarlas. Pero quizá fue la respuesta que recibimos de pequeños, demasiadas veces. En general no nos damos tiempo para sentir a nuestro pequeño y percibir su estado emocional. Por el contrario y de forma automática se impone la interpretación habitual «no me hace caso, es un desobediente», «llora para salirse con la suya», «no sabe compartir, es muy egoísta», «no quiero que pegue, es agresivo y eso está muy mal», «debe dormir solo ya, sino será muy dependiente» y un largo etc.
Es natural que lo valoremos así. Miramos con ojos de adultos, que recibimos la misma interpretación cuando éramos pequeños. Así nos han educado. Así lo hemos visto en otros y, aunque no queramos muchas veces responderles como siempre se ha hecho, porque intuimos que no es muy sano (gritando, castigando, pegando), al final terminamos repitiendo actitudes que no nos gustan. ¿Es que acaso se puede evitar el sufrimiento?
POTENCIANDO LA SALUD, PREVINIENDO EL SUFRIMIENTO
¿Hay que mantener a los niños en una burbuja de cristal protegida? Rotundamente, no. Esta pregunta aparece con frecuencia en el inicio de las conferencias o cursos de formación, cuando invitamos a los participantes a entrar en la comprensión del mundo emocional infantil. Gracias a esta pregunta podemos aclarar que no se trata de crear un universo infantil en una burbuja de cristal aislada y confortable. Sería totalmente insano.
Hagamos una distinción: la vida es un proceso muy complejo y rico. Durante este apasionante y duro proceso de vivir está presente la expansión y el placer, pero también la contracción y el dolor. Es consustancial con la vida y forma parte del permanente aprendizaje vital.
Pero la vivencia del dolor y el sufrimiento son sustancialmente diferentes. El dolor, ayuda a crecer. El sufrimiento es dolor cronificado y sin salida. Paraliza el movimiento y el aprendizaje. Pongamos un ejemplo real: ¿ayuda a crecer un dolor de muelas? Es evidente que se trata de un sufrimiento que no conduce a ningún lugar, si no se aborda adecuadamente. Por el contrario ¿fomenta el desarrollo la elaboración de una ruptura amorosa? El dolor de una ruptura puede ofrecer muchos elementos para la maduración personal.
Con relación a la infancia: ¿tiene algún sentido madurativo el llanto de un bebé desatendido? El bebé reclama a través del llanto la atención que necesita para restablecer su bienestar, como veremos más adelante. No atender su demanda de forma reiterada comporta un sufrimiento estéril fruto de la extrema vulnerabilidad del bebé, que no dispone de ningún recurso para gestionarlo. Es más, genera en el bebé uno de los aprendizajes más duros para su desarrollo psicoafectivo: la renuncia al derecho de ser acogido por unos brazos que le den la seguridad y el amor que necesita para confiar que la vida merece ser vivida. Esta renuncia primaria y esencial marca el inicio del proceso de resignación caracterial ante los retos de la vida, coartando las potencialidades para desarrollar un yo sólido y fuerte.
Más vale prevenir…
Cuando presentaba proyectos de formación sobre prevención y promoción de la salud infantil en diferentes instituciones, la primera pregunta que me hacían era: ¿prevenir, qué?
Vivimos en una época sin precedentes en el campo científico y tecnológico, donde prolifera una gran oferta de programas de prevención de aplicación socio-sanitaria. De hecho, existen cursos de prevención de drogodependencias, de embarazo precoz, de sexualidad infantil o adolescente y un largo etc., aplicados al campo de la salud. Pero todos adolecen de un enfoque parcial y puntual.
Mi propia experiencia como formadora en el Ayuntamiento de San Sebastián tuvo un origen similar. Hace dieciocho años, me contrataron dentro de un programa de «Prevención de Drogodependencias». Desde el principio, aunque progresivamente, logramos transformar un abordaje puntual sobre drogodependencias en un planteamiento preventivo integral desde el inicio de la vida. Comencé el planteamiento global por las escuelas infantiles (cero a tres años) para luego continuar con el resto de las etapas escolares, primero con padres y luego con profesorado. Hoy en día, afortunadamente, se ha creado un departamento de Prevención e Infancia, que sostiene una visión de continuum en el campo de la prevención y el fomento de la salud.
En el ámbito perinatal y prenatal, se producen también muchos abordajes calificados como preventivos. Durante el embarazo se ofrecen ecografías, controles exhaustivos, análisis; durante el parto, monitorización, goteo, oxitocina, episiotomía, epidural etc., todo ello con el objetivo de prevenir.
Con respecto al nacimiento, se realizan pruebas rutinarias destinadas a comprobar el estado de salud del bebé nuevamente con el objetivo de prevenir.
Más allá del cuestionamiento de estas prácticas rutinarias, que afortunadamente tienden a remitir en los hospitales del estado español, ¿qué se pretende prevenir? Parece que se quiere prevenir la mortandad perinatal y garantizar la salud física en el caso del embarazo y el nacimiento. Efectivamente, es importante disponer de la técnica avanzada en caso necesario. Por tanto, si la prevención se mide por la aplicación de aparatos sofisticados destinados a salvar vidas y la aplicación de diversos programas de concienciación, diremos que la prevención institucional existe. Pero prevenir y promocionar la salud infantil o juvenil no sólo es cuidar aspectos físicos o puntuales del desarrollo.
Cuando hablamos de prevención, el proyecto es mucho más global y transformador porque se trata de poner las bases para que, desde el momento de la fecundación, existan condiciones saludables para ese embrión-feto que interactúa con el útero materno y la madre en su globalidad. Se trata de favorecer que la maternidad y la paternidad sean decisiones conscientes y maduras que, a través de preparaciones integrales (psico-corporales), permitan la elaboración de los conflictos irresueltos para evitar su transmisión en la relación con los hijos. Se trata de preparar para un parto no violento, porque la violencia se inicia desde el nacimiento, cuando no se atiende los llantos desgarradores de los bebés, si son separados del regazo materno en condiciones de salud. Se trata de fomentar grupos de lactancia a demanda y prolongada para crear redes de apoyo en la difícil función de convertirse en madre y padre, respondiendo a las incesantes y naturales demandas del bebé. Cuando nace un bebé, nacen una madre y un padre y todo el sistema necesita atención.
Se trata, por tanto, de no interrumpir el abordaje preventivo mencionado antes que se inicia en la gestación-embarazo y debería continuar en los grupos de apoyo a la lactancia prolongada primero, y los grupos de padres-madres después, y de que de forma ininterrumpida en el tiempo éstos pudieran contar con un espacio para compartir dudas y miedos y crecer como padres a medida que acompañan el crecimiento de sus hijos. Es decir, el abordaje de la salud y la prevención infantil debe responder a un proceso continuo en el tiempo, como lo es el desarrollo de un bebé-niño que no se detiene, sino que encuentra interferencias externas en su camino.
No se trata de poner parches ni de realizar programas puntuales. Se trata de proporcionar unas bases mínimas para el desarrollo global de la salud infantil y de forma solidaria, no sólo en Europa, sino a nivel mundial. Este y no otro es el reto actual si queremos un futuro esperanzador para las generaciones venideras: necesidades básicas cubiertas, de nutrición, educación respetuosa y desarrollo integral, sin olvidar a nuestro planeta, que demanda también reparar el daño infligido en su naturaleza, base de nuestra existencia.
Otro objetivo de la prevención es evitar la transmisión intergeneracional. Diversos estudios ponen de manifiesto la capacidad predictiva que las representaciones maternas tienen sobre el tipo de apego que las madres establecen con sus hijos: Leboici (1991) afirma que alrededor del 80 % de las representaciones que las madres tienen sobre sus hijos responden a la transmisión intergeneracional. Y es esta transmisión la que permite «comprender los efectos de los conflictos de la infancia de los padres en el desarrollo de los hijos». Comprenderlos es la base, pero prevenirlos es el objetivo de los «grupos dinámicos de madres y madres».
El concepto de continuum
Todas las etapas de la vida son delicadas y a veces críticas, como ya hemos visto.
Desde la Psicología profunda sabemos que el período que se extiende desde la concepción hasta los siete primeros años de vida representa un tiempo crítico que hay que cuidar y respetar, por ser clave en el desarrollo de la personalidad. El concepto de continuum es, como a mí me gusta denominarlo, un hilo conductor mágico, invisible, pero estable. Es el hilo del amor maternal y paternal que debe estar presente en el tiempo como expresión firme que garantice la constitución del vínculo afectivo, vínculo que nos permite sentirnos uno con la vida. Este hilo conductor de continuidad y coherencia permite comprender que todas las etapas del desarrollo infantil son esenciales y están interconectadas, desde el mismo momento de la concepción hasta la constitución del carácter, a los seis o siete años de vida.
Este hilo de continuidad transita, o debería transitar, por todas las etapas evolutivas de la infancia, a través del mimo, la atención y el afecto del adulto, que es testigo y cuidador de su desarrollo, evitando que resulte dañado, por la falta de coherencia o presencia emocional. Utilizando una analogía, cuidar este período crítico o sensible significa poner los medios para que el futuro árbol crezca con raíces sólidas y tronco fuerte, capaz de soportar las tormentas y adversidades de la vida adulta sin resultar dañado en la base (W. Reich, 1955).
CRECER Y CRIAR
Crecer no es fácil. Criar, tampoco. No es fácil ser mamá o papá. Ni tampoco ser bebé. Aunque hay momentos eternos de plenitud y felicidad que compensan cualquier dificultad. Y no es fácil porque el momento del nacimiento sólo nos otorga el título biológico de padres. El parto representa el final de la aventura del embarazo, pero el principio de la aventura de la vida. Por eso hay que hacerse madre poco a poco, día a día y noche a noche.
Daniel Stern (1999) lo resume así: «Ha nacido un bebé, ha nacido una madre». De la misma manera que un bebé se está haciendo, creciendo, madurando, también la madre se va formando, aprendiendo, sintiéndose y sintiendo a ese bebé primero imaginario durante el embarazo y ahora real y poco a poco conocido y reconocido, con cada mirada, con cada amamantamiento, con cada sentimiento.
Y tampoco es fácil para el bebé. Sólo dispone del llanto para comunicar su estado interno y, más tarde, de la risa para expresar su placer y bienestar.
Crecer y criar, madurar y acompañar en el desarrollo están íntimamente relacionados. Son binomios inseparables porque son la clave esencial para comprender a ese bebé o niño en particular que interactúa con ese papá o mamá o profesor en concreto.
Los pequeños se forman en relación, en interacción, con un adulto. A veces, cuesta aceptar esta afirmación y resulta más sencillo atribuir el carácter del pequeño a la herencia o a la casualidad. Sin embargo, los niños no son «así» por herencia ni por casualidad, como hemos visto en el apartado del carácter. No nacen en el campo como los champiñones. Se forman en la interacción con un adulto, beben del clima familiar, se empapan de la influencia del carácter de mamá y/o papá y, poco a poco, van formando su carácter.
Sin Otro, no existe el yo. Pensar que este niño «ha salido así» es un error de percepción. En las etapas primeras de la vida, dependemos de otro para ser.
PERO ¿ES POSIBLE CAMBIAR? LA CONFIANZA EN LA AUTORREGULACIÓN
Confiar en la capacidad de autorregulación de los niños, en la capacidad de cambio de los adultos, en la capacidad de maduración de los padres es la base para cualquier transformación real.
Personalmente, como psicóloga clínica con pacientes adultos, confío profundamente en el cambio… Si los adultos cambian, aunque de forma más costosa, ¿cómo no lo harán los bebés y los niños?
La confianza básica, en términos del psicoanalista Ericsson (1983), se produce «al experimentar a la persona que cuida como un ser coherente que corresponde a las necesidades del otro tanto físicas como psíquicas, de la manera que este espera, y por ello la cara a la cual reconoce y en la cual se siente reconocido merece ser investida de confianza». Esta confianza deriva, fundamentalmente, de la calidad de la relación maternal. En los bebés y niños pequeños todavía no se ha construido un carácter rígido ni una coraza muscular estructurada, como ocurre en el adulto. La plasticidad del organismo y del psiquismo infantil permite restablecer el funcionamiento natural de forma más rápida y espectacular cuando hay una disfunción, debido a su gran permeabilidad y potencialidad.
En este período especialmente es fundamental disponer de una actitud de escucha y empatía por parte del adulto. Esta es la base desde donde el pequeño/a buscará su equilibrio si lo ha perdido, en dirección a un desarrollo más saludable. Los bebés y los niños se autorregulan. Sienten directamente cuándo tienen hambre, sed, miedo o sueño y lo piden directamente, con su lenguaje corporal y emocional. Al igual que ocurre en el reino animal, y como mamíferos que somos, los organismos vivos tienen capacidad para sentir cuáles son sus necesidades básicas y saben cómo cubrirlas.
Ningún mamífero está mal nutrido si dispone del alimento necesario. Ningún bebé muere de hambre si se le ofrece lo que necesita. El instinto de supervivencia atraviesa todo lo que está vivo. Sólo tenemos que contactar con cada necesidad primaria y satisfacerla, sea hambre, seguridad, o amor. Desconfiamos de que los bebés sepan autorregular sus necesidades primarias (sed, hambre, sueño, seguridad, contacto, amor), porque desconfiamos de nosotros mismos. Creemos que ellos no saben lo que necesitan porque son bebitos.
Nosotros a veces no sabemos lo que necesitamos porque hemos perdido la capacidad de contactar con nuestras necesidades vitales. En lugar del contacto se ha impuesto un funcionamiento normativo que nos aleja de nosotros mismos. Hacemos lo que debemos, lo que el otro, la pareja, la sociedad espera que hagamos.
Como decía un profesor de Psicopatología en la universidad, somos «normópatas». Y la sociedad tiene cosas excelentes, pero en muchas ocasiones restringe la creatividad, el pensamiento crítico y la capacidad para contactar con las propias necesidades vitales, pretendiendo hacernos homogéneos en la aceptación de reglas sociales, a veces inaceptables para el bienestar emocional, con las consiguientes repercusiones para el equilibrio individuo-sociedad. Pero ellos son pequeños y todavía tienen intacta su capacidad para buscar el bienestar. De nosotros depende decidir si interferimos en ese proceso natural e instintivo cuando demandan lo que necesitan para su crecimiento y bienestar. Y la interferencia ocurre cuando malinterpretamos sus señales o las ignoramos y no se produce la respuesta sensible que necesitan en ese momento. No se trata de darlo todo. Nada más lejos desde el punto de vista de la salud. Se trata de discriminar qué necesidad instintiva o afectiva debe ser cubierta. Hablaremos de ello más adelante.
Los padres también necesitan que se confíe en ellos. Es asombroso comprobar cómo los padres también cambian a medida que acompañan con mayor seguridad a sus hijos, comprendiendo su lenguaje emocional y el proceso de desarrollo psicoafectivo de cada hijo. Acompañar en el crecimiento global a un hijo ofrece también al adulto la oportunidad de madurar.
Tener un hijo es la oportunidad de volver a pasar por todas las etapas de nuestra vida. Por tanto, es posible lograr una relación más saludable y satisfactoria siempre que no intentemos un cambio unidireccional cuyo objetivo sea moldear al pequeño (educar) según nuestro criterio sin reflexionar sobre nosotros mismos en interacción con la criatura.
¿Qué es la autorregulación?
El concepto de autorregulación proviene del campo de la fisiología. Fue conceptualizado por Cannon en 1932 para explicar una cualidad presente en todos los seres vivos: «Representa la capacidad para organizar el intercambio de sustancias con el medio externo de manera que los elementos necesarios para el correcto funcionamiento del metabolismo se mantengan siempre dentro de unos niveles óptimos».
Es decir, la autorregulación significa básicamente que un organismo sabe cuánto y cuándo necesita dormir o comer o cualquier otra necesidad fisiológica. Esta capacidad innata para desarrollar espontáneamente todas las funciones vitales propias de cada especie está presente en todos los organismos, desde los unicelulares, hasta los más complejos. En concreto en los mamíferos, el sueño, la comida y la sexualidad son necesidades esenciales para la supervivencia. Si pretendemos modificar o cambiar esta innata autorregulación desde el exterior, estamos produciendo una importante interferencia en su proceso natural con repercusiones poco saludables.
Sólo en la sociedad humana y en las situaciones de cautiverio en el reino animal, esta capacidad innata de autorregulación se pierde, ignorándose lo que el organismo necesita, cuándo y en qué cantidad.
Nuestra sociedad se plantea que hay que educar al bebé y al niño, modelar, enseñar cómo deben ser sus necesidades, porque el bebé no sabe y nosotros sí. ¿Por qué? Básicamente, porque desconfiamos de su capacidad. Desconfiamos porque también desconfiamos de nosotros mismos, después de años de imponernos un funcionamiento que ignora el contacto con el sentir. Y ¿qué les enseñamos? Curiosamente pretendemos enseñarles todas las funciones naturales que como mamíferos que somos son instintivas.
En primer lugar, hay que enseñarles a dormir. A dormir seguido y sin despertarse aunque necesiten a su mamá, su calor y seguridad. A dormir de un tirón, por una simple razón que responde a la necesidad adulta: mamá y papá tienen que trabajar y necesitan dormir bien. Hay un libro que ha captado perfectamente la legítima necesidad de los padres. Estivill (1995) ha logrado un auténtico éxito para lograr ese objetivo. Pero ¿qué pasa con los bebés? Si los bebés pudieran hablar, ¿que dirían después de noches de angustia y llanto sin sentido, reclamando a mamá?
Está claro, son necesidades antagónicas: las de papá o mamá, que necesitan dormir, y las del bebé, que necesita sentir la seguridad del contacto. ¿Cuál de esas necesidades es más imperiosa si consideramos la propia vulnerabilidad? Si tuviéramos que elegir entre comer nosotros o dar de comer a nuestro hijo la respuesta sería sencilla en la mayoría de los casos. Por otro lado, ¿alguien ha visto a algún mamífero «enseñar» a dormir a su cría? ¿Acaso existe alguna diferencia entre la necesidad de una cría animal y una humana? La diferencia está en la respuesta del mamífero adulto, sea animal o humano. Y no olvidemos que los seres humanos también somos mamíferos.
También hay que enseñar a mamar y a comer. Cada tres o cuatro horas era una práctica habitual hasta que se generalizó la lactancia a demanda, aunque todavía hay pediatras que continúan orientando la lactancia con tiempos pautados.
Así, funciones milenarias son reguladas desde el exterior por recomendaciones pediátricas o de familiares. ¿Quién mejor que el bebé sabe cuándo tiene hambre, sueño o ganas de contacto? ¿Acaso nos gustaría que nos dijeran cuánto, cómo y cuándo debemos comer, dormir o hacer el amor?
Autorregulación significa confiar. Confiar en el bebé y en su capacidad para conectar con sus necesidades innatas e instintivas y sobre todo no interferir en estas funciones tan simples, pero fundamentales, para el desarrollo de la salud del bebé. Significa respetar su ritmo, individual y único, de sueño, alimento o contacto.
Hagamos una breve puntualización: ¿es lo mismo lo normal que lo sano? Es normal dejar que un bebé llore, porque es habitual en nuestra sociedad para que no se malacostumbre, pero ¿es sano? Es normal el llanto en la separación en edades tempranas de la figura vinculante, pero ¿es sano? Es normal un cachete para intentar corregir una conducta que no nos gusta, pero ¿es sano? Lo normal es lo que predomina más en una sociedad concreta, la media estadística, pero no es necesariamente lo más saludable. No es necesario hacer análisis exhaustivos para darse cuenta de que nuestra sociedad no es sana, sino bastante neurótica o enfermiza (maltrato, violaciones, depresiones, etc.).
Por tanto, lo sano es tratar de no interferir en la autorregulación de las funciones naturales en los primeros años de vida. Son funciones relacionadas con las necesidades básicas, no con las necesidades creadas socialmente, como veremos más adelante.
Y aun así, es importante saber que no existen niños totalmente autorregulados. Como no existen niños ni adultos ideales, ni sanos en su totalidad, evitemos actitudes prepotentes e idealizaciones contraproducentes durante la crianza y la educación. Y no existen simplemente porque vivimos en una sociedad que es poco saludable y nos impregna a todos. Pero al menos, la no interferencia es un criterio saludable como referencia válida y necesaria hacia donde apuntar.
¿QUIÉN CAMBIA?
¿Se puede entonces parar ese círculo en el que tantas veces nos sentimos atrapados? ¿Es posible?
A lo largo de la exposición, hemos visto que es posible a condición de que comprendamos que los conflictos son fruto de la interacción y que somos los adultos quienes hemos de cambiar la actitud hacia quienes están en edades tempranas del desarrollo.
Cuando esta comprensión ocurre en la consulta o en los grupos de padres-madres, profesional y personalmente siento una gran satisfacción. De pronto el adulto se coloca en una posición diferente para comprender al pequeño que tiene delante. Lo mira y lo siente, antes de caer en cualquier respuesta compulsiva.
Por supuesto que no es el profesional especializado quien cambia al pequeño con un listado de normas, límites, etc. que ofrece a los padres para su ejecución, sino que es la empatía de los adultos respecto al proceso emocional y evolutivo del niño/a la que mejora la calidad del vínculo y la relación.
Y, desde ahí, comienzan a producirse cambios asombrosos que constatamos en la siguiente sesión familiar, en el grupo de padres, o en la formación de profesores, según el caso.
Cambios que no responden tanto al «qué hacer» como al cambio de percepción interna que se manifiesta en la propia interacción con el hijo o alumno y que ha generado esa transformación en la relación.
Todos en el mismo barco
Por tanto, todos, padres, profesores y profesionales, estamos en el mismo barco. O navegamos juntos o el barco irá a la deriva, como ocurre en nuestra sociedad.
Depresiones infantiles, maltrato, fracaso escolar, desmotivación ante el estudio o la vida, embarazos adolescentes y un largo etc., son nombrados en medios de comunicación y preocupan a la sociedad en su conjunto sin buscar soluciones desde la raíz. Los parches son ineficaces. El abordaje debe ser global.
El objetivo es generar abordajes preventivos para todos los estamentos que interactúan con la primera infancia. Es decir, formación integral para los tres ámbitos y de forma interconectada: sanitarios (pediatras, matronas, etc.), profesorado infantil, de primaria y de secundaria y colectivo de padres-madres.
En este abordaje preventivo, el objetivo prioritario es cuidar el desarrollo saludable integral, no sólo físico, sino psíquico y social.
Esta prevención integral debería ser un objetivo prioritario para los políticos: más atención coherente y global a la primera infancia y a los colectivos que interactúan con ellos y menos discursos belicistas y promesas vacías.
AIRES DE CAMBIO
En estos momentos coexisten diferentes modelos de crianza y de educación, desde los más autoritarios hasta los más permisivos: desde el parto a la carta hasta el parto natural, desde guarderías para todos a la escolarización en casa.
Se trata de que cada familia pueda optar por el modelo de crianza y educación que considere oportuno, siempre que esté adecuadamente informada sobre todos los pros y los contras de cada opción.
Para el modelo de prevención que nos ocupa, la realidad es que afortunadamente cada vez más se tienen en cuenta las necesidades emocionales de la primera infancia.
Gracias a las demandas de miles de madres-padres y profesionales de la salud, algo está cambiando.
En los hospitales amigos de los niños y en las clínicas alternativas, el trato a la embarazada le devuelve el protagonismo que le corresponde en su proceso de parir sin interferencias externas. El nacimiento del bebé en los partos naturales se cuida con esmero, sin violentar su ritmo y recibiéndole con tacto, sin luces o ruidos agresivos y se comienza a valorar y a preservar el vínculo inicial madre-bebé después del nacimiento, permitiendo el contacto continuo de ambos.
También, en mi experiencia profesional, compruebo que aumenta la demanda de formación a matronas sobre el parto natural, así como la formación en prevención para el profesorado de educación infantil y de educación secundaria.
Continuando con esta labor, vamos a iniciar en el siguiente capítulo la aproximación a la comprensión del desarrollo emocional en la infancia.
2 LAS EMOCIONES INFANTILES
Quizás hayamos oído o leído que en la primera infancia no se dispone de los mismos recursos psíquicos ni del mismo lenguaje verbal del que disponen los adultos. Sin embargo, en el caso de que lo sepamos intelectualmente, lo ignoramos en nuestra práctica cotidiana.
Esta es una evidencia observable en la calle o en la consulta. Sabemos que nuestros interlocutores son pequeños, pero nuestra emisora no cambia la frecuencia para conectar con su lenguaje. Estamos demasiado ocupados como para pararnos a escuchar y observar un lenguaje como el suyo, que es más visceral, directo e inmediato. Sólo si entramos en su universo estaremos danzando en la misma sintonía que ellos y podremos acompañarlos en su crecimiento, ya que nosotros ya hemos pasado por ese camino; sin embargo, ellos no lo han hecho por el nuestro.
Su lenguaje no es el verbal, sino el lenguaje del cuerpo, el lenguaje emocional que tiene mucha lógica, aunque a veces, o casi nunca, la entendamos, porque es la lógica propia de cada edad del desarrollo emocional. Es cierto que a veces esa lógica del lenguaje emocional infantil chirría o desentona cuando se desajusta, por cansancio o por cualquier otra razón. Ese es el momento en que necesita nuestra ayuda. Por ejemplo: cuando un niño pega lo primero que sentimos es malestar por su actuación, pero sin embargo en ese momento es cuando más atención, escucha y capacidad de contacto se requiere, para ayudarlo a buscar nuevamente su melodía de crecimiento saludable. Es el momento en que tenemos que preguntarnos ¿qué le pasa, qué siente para actuar así? Habitualmente no nos damos espacio para esta pregunta y tendemos a responder a una conducta que desaprobamos, reaccionando de forma inadecuada, por ejemplo dándole un cachete para que no vuelva a pegar. O quedándonos bloqueados sin saber qué hacer, o castigando o ignorando, como veremos en el capítulo sobre la agresividad.
¿Qué es una emoción? La palabra proviene del latín, de ex-movere, movimiento de dentro a fuera. Sin entrar en definiciones complejas de índole neurovegetativa, podemos definirla como las reacciones internas ante los estímulos del entorno, que pueden ser agradables o incluso dolorosas cuando hay componentes de angustia o miedo.
La doctora Elsa Wolfberg (2006) definió así los procesos emocionales en las Jornadas de Apego y Salud Mental:
La emoción organiza la percepción, los pensamientos, la memoria, la fisiología, la conducta y la interacción social para afrontar la situación que genera esa emoción.
Por ejemplo: cuando una persona tiene miedo es más fácil que codifique los estímulos como temibles o tranquilizantes, que asocie el recuerdo de situaciones peligrosas, que tenga pensamientos intimidantes y que tenga reacciones fisiológicas de alerta.
Las emociones organizan respuestas a estímulos gratificantes o adversos, por ejemplo: un niño con miedo organiza una conducta que desencadena una respuesta confortante de la figura cuidadora.
La emoción no sólo conecta el cuerpo y la mente de un sujeto, sino mentes y cuerpos de sujetos entre sí.
Y continúa textualmente: «En un primer momento el recién nacido posee dos estados básicos: un estado de relajación o satisfacción y un estado de tensión o insatisfacción presente en el neonato. Las más primitivas formas de comportamiento afectivo son generalmente reacciones automáticas, tales como la respuesta a estímulos internos o ambientales mediadas por el sistema nervioso autónomo (SNA). Estas reacciones fisiológicas proporcionan el substrato para las diferentes experiencias afectivas. Cuando nace, el niño está notablemente mal equipado para hacer frente a los estímulos de su nuevo medio ambiente. Es una criatura «subcortical», por así decirlo, que está en riesgo permanente de descompensarse por su hiperreactividad frente a los estímulos, debido a la falta de medios para modular sus respuestas. Por este motivo, la función materna constituye una ayuda esencial a las capacidades inhibitorias todavía inadecuadas del infante».
Todos reconocemos las siguientes manifestaciones de las emociones: siento tristeza y se produce una respuesta global del organismo que se exterioriza a través de llanto. Siento alegría y todo mi organismo se expande, a través de signos evidentes corporales y orgánicos. Siento miedo y el movimiento es inverso, el organismo se contrae. Siento agresividad y emerge la expresión de la rabia. Aparentemente es simple, pero ¿se permite en nuestra sociedad la expresión emocional?
Desde épocas milenarias, la educación cumple una función de represión e inhibición, sobre las emociones, definidas como negativas o positivas, según la sociedad en concreto. Parte de la educación se centra en modelar, dirigir y controlar los estados emocionales para lograr la adaptación a la sociedad y la aceptación. Tanto es así que en los grupos de padres es muy habitual escuchar la siguiente pregunta: ¿está bien que mi hijo exprese rabia? ¿Qué hago si tiene una emoción «negativa»?
Hay emociones agradables y otras menos agradables, pero todas cumplen una función. La función de evaluar en mi organismo si el exterior me gratifica o me frustra y la posibilidad consiguiente de buscar una salida. Por tanto, las emociones son una guía que nos indica el estado de la interacción con el medio, siempre y cuando estemos en contacto con ellas.
Conviene recordar nuevamente qué emociones eran consideradas malas o negativas en nuestra infancia y cuál era la reacción del medio ante ellas. ¿Te permitían expresar la rabia? ¿Cuál era la actitud de tus padres cuando decías sentir miedo?
La respuesta habitual suele ser selectiva. La alegría es en general aplaudida, mientras la agresividad está teñida de fuertes connotaciones negativas y con la misma negatividad se responde cuando se manifiesta.
EL DESARROLLO EMOCIONAL
La salud física es algo que se puede observar a simple vista. A los niños se les ve crecer, se les ve engordar. Es fácil ver si un niño está débil o tiene gripe o le han salido caries. Se trata de algo evidente que requiere atención inmediata y por tanto, recurrimos al pediatra en busca de asesoramiento.
El desarrollo saludable en el plano emocional es más complejo. Aunque las emociones también sean evidentes, pues se les ve reír, llorar o rabiar, el desconocimiento del sentido de las mismas en función de su proceso madurativo se escapa a muchos adultos. En este desconocimiento y falta de contacto está el origen y la raíz de muchos problemas en la díada adulto-bebé-niño que tiene repercusiones directas en el modo en el que el bebé va interiorizando el mundo exterior. En función de la respuesta del medio, el bebé va sintiendo e interiorizando su vivencia de un mundo exterior amable o, por el contrario, hostil, puesto que no se trata de saber que el bebé llora o el niño siente rabia, ya que esto puede ser más o menos evidente, sino de sentir e interpretar cada emoción infantil, cada reacción emocional, como un lenguaje delicado y esencial durante la primera infancia.
¿SON LAS EMOCIONES INFANTILES SIMILARES A LAS DE LOS ADULTOS?
En una ocasión leí una frase que, aunque fría, me parecía práctica: «Los niños no son un edificio en miniatura, sino en construcción». Está claro que sus emociones y las nuestras difieren bastante.
Los bebés y los niños pequeños están gobernados sobre todo por el sistema límbico, sede de la regulación emocional, pero en ellos todavía la regulación emocional es totalmente inmadura y no cuentan con el intelecto ni la razón para comprender sus estados internos.
Mientras nosotros utilizamos y disponemos ya de un lenguaje racional, los bebés y los niños sólo disponen del lenguaje emocional y corporal. Y la emoción en ese instante es total, es decir, no caben matices, racionalización o explicación posible. Si con uno o dos años se le rompió el juguete preferido, no cabe alternativa posible. El llanto de desconsuelo es intenso y genuino, aunque a los pocos minutos su atención esté dirigida hacia otro juguete. Esto desconcierta a los padres, que minimizan o desvalorizan la intensidad de la emoción, por su breve temporalidad. Los bebés y los niños viven el «aquí y el ahora», y no cabe el luego, mucho menos el mañana. El concepto de tiempo se desarrolla gradualmente y lo que un niño de cuatro años es capaz de diferir para más tarde, uno que no ha cumplido los dos lo considera como una negativa. Los bebés y los niños necesitan adultos con capacidad de contacto y empatía para obtener la respuesta sensible y adecuada a su necesidad, pues su bienestar o malestar emocional y físico dependen totalmente de los adultos como cuidadores principales, sean éstos padres o educadores.
La calidad de la disponibilidad afectiva del cuidador es esencial para ir estructurando el mundo interno del bebé. En la danza que se establece entre el bebé y la madre (que tiene como sede central los sentidos y el cuerpo) ese ser vulnerable y totalmente dependiente que es el bebé va interiorizando, a través de sus activas demandas, si el mundo exterior es potencialmente bueno o por el contrario peligroso. Y esta percepción se conforma en función de las respuestas que recibe a sus demandas instintivas, de seguridad, placer, nutrición y afecto.
Tanto en la consulta como en la calle he visto bebés que se contraen y lloran mientras retiran la mirada de la mirada adulta, al mismo tiempo que tiembla su barbilla. Sus ojos transmiten desolación, desamparo, como si gritaran «¿es que no me escuchas?». Y el miedo se apodera de su cuerpo vulnerable sin que puedan metabolizarlo, integrarlo, comprenderlo, mientras tan sólo pueden esperar a que sus señales de petición de ayuda y atención sean captadas desde ese exterior brumoso y progresivamente más nítido que es el mundo externo. Son bebés con madres asustadas, que no entienden su lenguaje, que están cansadas y quizá contraídas también, que se sienten impotentes y rabiosas porque ya no saben qué hacer. Hablaré más tarde de la función crucial de los grupos de apoyo a la lactancia, como red social fundamental.
Puesto que los bebés y niños pequeños sienten intensamente, necesitan del adulto que, conteniendo, module la intensidad de sus emociones con la atención requerida para cada momento y necesidad específica. Esa mamá o ese papá que, contactando (cum-tactum: con tacto) con la emoción del bebé, sintonice con su sentir y desde su presencia emocional segurizante le transmita, con el lenguaje corporal, algo similar a las palabras «no estás solo, mamá está contigo, no tengas miedo. Sé lo que te pasa y te facilito con amor lo que necesitas». ¿Cómo? A través de su voz tranquilizadora y el calor de sus brazos.
Hay que tener presente que los bebés no disponen de funciones intelectuales que les permitan racionalizar la vivencia con un «mi mamá está en la cocina, por eso no viene a atender mi llanto», ni pueden comprender la ausencia de su figura vinculante con un «es que tiene que ir a trabajar, por eso no está conmigo».
Sienten y reclaman atención. La atención biológica y emocional que necesitan, por ser instintiva y vital para su bienestar, es incuestionable. ¿Quién mejor que ellos sabe lo que necesitan? Hambre, miedo, soledad, sueño son vivencias subjetivas que, expresadas por el bebé, son recogidas y atendidas o no por el adulto en función de muchos factores.
Contrariamente a lo que algunos manuales de psicología defienden, carece de total sentido «hacer esperar al bebé, para que aprenda». Es más, en esta etapa el neocórtex, como estructura cerebral relacionada con las funciones superiores intelectuales, no está maduro para cumplir función alguna de aprendizaje racional. Los bebés sienten y aprenden, progresiva y rudimentariamente, de las experiencias vitales que el entorno les ofrece como respuesta. A nivel de la estructura cerebral, y siguiendo a P. Maclean, sólo el sistema límbico y el r-complex se encuentran activos en esta fase evolutiva de los bebés. Ambos están al servicio de la supervivencia primaria.
Estas, y otras recomendaciones que veremos más adelante defienden la no atención al bebé para evitar que se malcríe, pero no se sostienen desde la psicología evolutiva ni desde la neurobiología. Por otro lado, desde la psicología evolutiva se sabe que otra característica propia de nuestra especie es la prematuridad. Todos somos prematuros. Nacemos sin haber completado nuestra formación en el útero materno, como consecuencia del tamaño de nuestro cráneo. Las fontanelas permanecen semiabiertas hasta el año de vida para permitir el desarrollo cerebral, dado que la bipedestación que tuvo lugar miles de años atrás conlleva una modificación considerable en la estructura de la pelvis femenina. Por este motivo, diversos autores (Portman, 1994; Carballo, 1972) consideran al bebé humano como prematuro hasta el primer año de vida. Esta prematuridad implica que sólo a los nueve o doce meses de vida extrauterina podamos hablar de nacimiento real, que coincide con el inicio de la bipedestación y la independencia motriz, es decir, con el inicio del deambular del bebé. Si durante el primer año de vida el bebé no fuera transportado y alimentado por el adulto, moriría.
Además del cuidado físico y la alimentación, el bebé necesita de un adecuado proceso de maternidad, ejercido a través del contacto corporal, epidérmico, afectivo y emocional entre madre e hijo. Citando a Carballo (1972): «La unidad biológica vegetativa del ser humano necesita para subsistir ser atendido, cuidado por otro que al mismo tiempo lo protege y lo modela, transfiriéndole en parte su propia organización cerebral». De ahí la importancia del cuidado piel a piel, de la atención a sus demandas emocionales sin hacer ningún tipo de restricción durante este período tan delicado de su desarrollo.
Pero los bebés no sólo sienten. Son activos e interactúan con el medio comunicando lo que necesitan a través de sus emociones y buscando regular su equilibrio interno. Aprenden a confiar o no en la vida y en su propia estima (self) en función de la interacción con la constelación maternal que responde e interpreta adecuadamente su necesidad.
El bebé reclama enérgicamente una respuesta maternal adecuada que sea «suficientemente buena», en términos de Winnicott (1998), capaz de cubrir su inagotable sed de contacto epidérmico mediante el transporte en brazos, la sensación del pezón cálido en su boquita, la mirada tierna, en un diálogo corporal armónico con la madre o sustituta, con capacidad de contacto y contención suficiente ante la variabilidad de sus emociones porque éstas cumplen una función vital para la salud.
Las emociones son consustanciales con la vida porque representan el termómetro de nuestro estado interior. Son como la brújula interna que nos permite saber dónde se ha producido una desviación o un malestar que reclama ser reconducido. Escucharlas permite conocer nuestros deseos y necesidades más profundas y poner los medios para satisfacerlas o al menos reconocerlas como guías en nuestro camino de crecimiento personal.
A pesar de ser vitales son reprimidas, ignoradas y despreciadas, en aras de funciones superiores, racionales e intelectuales que nos alejan del sentido común y del corazón.
RAZÓN Y EMOCIÓN
Desde la época de René Descartes (siglo XVII), razón y emoción han estado escindidas. La razón era considerada un proceso superior que debía mantener bajo control cualquier expresión emocional que se valoraba como de rango inferior. Esta escisión sólo benefició a los procesos racionales que, desprovistos de emoción, están exentos de humanidad, con la consiguiente peligrosidad para la evolución de nuestra especie.
La razón sin la emoción mutila la capacidad de sentirse a sí mismo y a los demás como semejantes e interfiere en la reciprocidad y en la relación intersubjetiva. Desde entonces, diversas investigaciones han tenido que demostrar la falacia de aquella afirmación cartesiana. En la actualidad se ha comprobado que emoción y pensamiento son interdependientes. No existen estructuras mentales independientes, sino que todas las estructuras cerebrales están interconectadas. Por tanto, cualquier interpretación que eluda esta realidad unificada carece de sentido. Es más, gracias a dichas investigaciones se sabe que la prevalencia dada hasta ahora al pensamiento, no es tal. Es la emoción la que puede llegar a modular el pensamiento, es decir, nuestro estado emocional puede condicionar nuestros procesos mentales. Por ejemplo, de todos es conocido que no es lo mismo contar con una adecuada preparación previa para acudir a un examen de conducir que ir en un estado depresivo o en otro emocionalmente equilibrado.
Sin embargo, los avances en neuropsicología o en física cuántica tardan en impregnar la memoria colectiva de tantos años de represión emocional en nuestra sociedad occidental. De hecho, además de en la práctica clínica, en los grupos de padres-madres (que presentan un nivel de consciencia más elevado que la media) todavía constato la poca atención que en la vida cotidiana se presta a las emociones.
EMOCIONES BÁSICAS
En las dinámicas grupales y con relación a la comprensión de las emociones infantiles, acostumbro a preguntar a los participantes cuáles consideran que son las emociones básicas y qué suscita internamente cada una de ellas. La respuesta no emerge con rapidez, sino que se va cristalizando lentamente a medida que se da el espacio para reconocerlas.
La primera que se nombra es la alegría. El organismo reacciona con una respuesta del sistema nervioso parasimpático, manifestándose con brillo en los ojos, sonrisa y vivencia subjetiva expansiva. Es la emoción, socialmente más aplaudida, empezando por el reconocimiento de la sonrisa del bebé a los tres meses. Algunos padres se regocijan cuando aparecen los rudimentos de la sonrisa en meses anteriores, aunque carezca todavía de intencionalidad propiamente dicha. Así de importante es la sonrisa y la risa como refuerzos en la interacción y el diálogo primario madre-bebé.
La tristeza aparece en segundo lugar. Desde bien pequeños no es una emoción bien recibida. Se identifica con procesos de debilidad y vulnerabilidad que es mejor esconder. Emerge el temor a ser dañado y la necesidad de ir formando una coraza protectora basada en la creencia de cierta inevitabilidad que obliga a ser duro como exigencia de supervivencia en nuestra sociedad. Por otro lado, la respuesta social ante la tristeza y el llanto en situaciones cotidianas es la evitación, negación o represión, salvo en acontecimientos vitales ampliamente aceptados (pérdidas afectivas, duelos, etc.).
Ejemplo
Esta misma semana, atendiendo un caso de separación, volví a presenciar la represión emocional del llanto en un ejecutivo corpulento y con éxito profesional que luchaba por no manifestar su dolor. Llamémoslo Pedro. Pedro narraba la secuencia de su separación cuando le invadió una intensa emoción. Reprimió el sollozo con dificultad, hasta que verbalizó: «Ya pasó». Al preguntarle cuántas veces en su vida había necesitado utilizar este mecanismo que tanto daño le hacía, sus ojos me miraron con desconfianza. Durante un rato mantuvimos el contacto ocular en silencio, hasta que, de pronto, comentó: «He tenido tres infartos en siete años». Asentí, sin perder el contacto con su mirada y unas lágrimas afloraron a sus ojos mientras en una ráfaga de insigth reconoció que así ya no podía continuar. Como otras tantas veces en este caso no pude evitar ver y sentir detrás de su contención emocional al niño pequeño que tuvo que reprimir una y mil veces su emoción, primero con mucha dificultad y luego casi automáticamente, para no resultar dañado o humillado. El mecanismo corporal es siempre similar: contención de la respiración, mandíbulas apretadas y desviación de la mirada.
El mecanismo de la represión emocional es muy frecuente. Se puede observar a través de la respiración: de hecho es el primer mecanismo de control, tanto en niños como en adultos. ¿Cuántas veces hemos contenido la respiración ante una mala noticia o una situación desagradable? Esta función vital de la respiración se ve comprometida en un intento de inhibir el llanto: el niño se ve obligado a contener su respiración/expiración para evitar sentir. Mecanismo que casi todos, consciente o inconscientemente, hemos vivido y que representa el primer freno que imponemos a la emoción para evitar un castigo o una humillación mayor. Hay más mecanismos de control de la emoción y que van generando bloqueos en el organismo y en la percepción y contacto con nosotros mismos. Pero esta descripción corresponde ya más a la clínica.
Continuando con las emociones básicas, analizaremos las dos últimas:
La rabia (agresividad) es la que goza de más impopularidad inicial y crea más problemática en las relaciones familiares, tanto por las dudas que suscita en cuanto a cómo abordarla, como por la agresividad que también despierta en los propios padres y educadores. Trataremos la agresividad del niño y la nuestra en un capítulo aparte.
Y el miedo, emoción que genera dudas en cuanto a su función y abordaje, pero de diferente alcance que la mencionada agresividad, sea escolar o familiar.
Desafortunadamente, el miedo puede estar presente ya desde la vida intrauterina cuando la madre y su útero están contraídos por diversos motivos, como veremos más adelante. El miedo puede manifestarse en el momento de un parto no natural y poco respetuoso con la magia que supone un nacimiento.
Miedo, tristeza, alegría y rabia son las emociones básicas comunes en todos los mamíferos y suponen guías valiosas que reflejan nuestro estado interior.
La depresión y la destructividad, por citar algunas manifestaciones patológicas, están cada vez más presentes en nuestra sociedad y son consecuencia de un inadecuado abordaje individual y social de las emociones básicas citadas y consustanciales con el hecho de vivir.
Una nota sobre la depresión infantil
Según datos de un estudio del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos (1999) obtenidos por un prestigioso psiquiatra: «Así como el aumento de la ansiedad caracterizó el siglo XX, se pronostica que el siglo XXI se caracterizará por un gran incremento de la depresión a nivel mundial, no sólo en la etapa adulta, sino también en el mundo infantil». Habitualmente se confunde depresión con episodios puntuales de tristeza infantil. La depresión infantil genera impotencia, abatimiento, irritación y repliegue sobre sí mismo, fruto de una resignación profunda interiorizada a causa de una renuncia a la satisfacción de sus necesidades afectivas. Pero la depresión no sólo afecta cada vez a etapas más tempranas infantiles, ¡sino que se detecta ya incluso en bebés!
Lo más alarmante es que, según la investigación de la Facultad de Medicina Baylor College (1999), se ha comprobado a través de estudios forenses que los bebés deprimidos desarrollan cerebros hasta un 20 % y un 30 % más pequeños que los bebés considerados normales.
Estos cerebros disminuidos, llamados «cerebros tristes», respondieron a bebés que no jugaban mucho o recibían pocas caricias. Se descubrió que las mamás deprimidas no estimulaban adecuadamente a sus bebés, reduciéndose la actividad cerebral con altibajos que respondían al estado emocional de la madre.
En el mismo estudio se destacaba la importancia de hablar y abrazar al bebé para que reciba la atención y estimulación necesaria. ¿Qué ocurrió en estos bebés para que lleguen a la depresión? Muy probablemente lloraron buscando la atención afectiva, la mirada, el calor, el mimo de su mamá o cuidadora principal. Quizá su llanto llegó a cotas de desesperación y rabia como intento desgarrado de obtener una respuesta hasta que, finalmente y ante sus intentos fallidos de atención, callaron y se resignaron, como si su cuerpecito expresara a través de su mirada apagada y huidiza: «nada puedo hacer», instalándose de esta forma la depresión.
Debemos estar atentos para discriminar entre bebés buenecitos y bebés en vías de depresión. No es lo mismo ser un bebé tranquilo y satisfecho, con la mirada viva y deseoso de explorar el entorno inmediato, que un bebé pasivo, que evita la conexión ocular o mira al vacío, mientras permanece supuestamente tranquilo.
Tengo especial cuidado en no diagnosticar cualquier situación si no veo in situ todo el sistema familiar. Por tanto, sugiero que es importante evitar la tentación de llegar a conclusiones con tu bebé que pudieran ser equivocadas o alarmistas. Simplemente, observa y contacta con lo que te transmite tu bebé y si algo te preocupa o tienes dudas, consulta.
En el proceso de maternidad o paternidad es natural tener dudas. Nos hacemos madres poco a poco, no sólo a través de la activación de memorias instintivas, sino por medio de nuestra propia experiencia como hijas, además de los conocimientos adquiridos. En ocasiones el instinto maternal que se desarrolla tras el nacimiento puede tener algún bloqueo que impida el contacto directo y segurizante con el bebé. Nuestro propio carácter o tipo de vínculo también pueden dificultar la interacción saludable con nuestro bebé, pero en las etapas tempranas de la vida todo se puede reconducir con cierta facilidad. Por eso es importante abordar la prevención.
LAS TRES ESTRUCTURAS CEREBRALES
Retomando el proceso evolutivo del cerebro y citando a Paul Maclean (1952), nos interesa mencionar las tres estructuras cerebrales presentes en el ser humano, al menos como mera referencia para comprender mínimamente el proceso emocional: los seres humanos, filogenéticamente, desarrollamos primero, como estructura cerebral arcaica, el denominado r-complex (reptiliano), regulador de los procesos instintivos (hambre, sueño, cópula) y común a otras especies milenarias. Asimismo, y en una fase posterior del desarrollo común a todos los mamíferos, se desarrolló la estructura cerebral límbica que, entre otras funciones, regula el estado emocional. Por último y de forma más reciente, desarrollamos el neocórtex, última estructura cerebral que nos permite la función superior intelectual.
Pues bien, después del nacimiento, el sistema nervioso central continúa su crecimiento. Al nacer, pesa 400 g y al año de vida llega a los 1.000 g. Las neuronas del bebé, especialmente las de las áreas prefrontales de la corteza cerebral, son inmaduras. Un bebé dispone de la función de las dos primeras estructuras cerebrales, necesarias para garantizar su supervivencia. En el nacimiento, el bebé es una criatura «subcortical» debido a que no puede modular sus respuestas ante los estímulos del medio. El neocórtex, la última estructura cerebral filogenéticamente hablando y que permite la emergencia del lenguaje, comienza a funcionar, una vez finalizada la mielinización de las vías corticales, hacia los dos años de existencia del bebé.
Es decir, los bebés hasta cerca de los dos años de vida no pueden comprender el discurso verbal adulto porque no están programados ni maduros para ello. Pero perciben el estado emocional a través de nuestro tono, expresión facial y gestual. Por tanto, se asustan, se alegran o entristecen también en función de la interacción con el adulto. Son los adultos quienes modulan y realizan la función de regulador externo conteniendo y sosteniendo las intensas emociones del bebé.
Sin embargo, en muchas ocasiones, los adultos interpretan los actos de los bebés, atribuyéndoles intenciones que no corresponden a su edad.
Por ejemplo
Un bebé de nueve meses está en una sillita con juegos a su alcance. Comienza el juego típico y preferido de cualquier bebé a esta edad del desarrollo. El bebé tira o se le cae el juguete. La mamá lo recoge y le dice que no lo tire. El bebé vuelve a tirarlo. La mamá le indica que no lo vuelva a tirar, «que las cosas no se tiran». Nuevamente, con el juguetito en mano, el bebé disfruta de hacer caer ese objeto al suelo al mismo tiempo que la reacción de la mamá sigue in crescendo en impaciencia, hasta que llega un momento que al recogerlo le amenaza con un «si vuelves a tirarlo, te lo quito». Y ¿qué ocurre? Que el supuestamente desobediente bebé continúa ajeno al discurso de la mamá, pero atento a su expresión gestual que le llama poderosamente la atención y ¡vuelve a tirar el juguetito al suelo! La mamá decide retirar el juguete simultáneamente a la interpretación inmediata y subjetiva de «que su bebé no le hace caso, ya de tan pequeñito…». Seguramente, si esta mamá supiera que este juego, también denominado juego del cu-cú, cumple una función evolutiva para el desarrollo del bebé, es probable que, en lugar de la crispación por la frustración de su supuesta desobediencia, disfrutara junto a su hijo de todo el contenido simbólico que se está produciendo.
¿Qué función cumple esta sencilla y repetida acción de los bebés? Básicamente, la misma que el juego de «mamá está, mamá no está», que tanto regocijo despierta en el juego cómplice interactivo del adulto-bebé. Representa la posibilidad de hacer aparecer y desaparecer el objeto, sintiendo que ejerce cierto control sobre el mismo. Es decir, es un precursor de la vivencia emocional: «Mi mamá se va, pero puedo hacer que regrese». La carga intencional que los adultos depositan en los actos de los bebés con sus proyecciones e interpretaciones en ocasiones representa una interferencia importante a la hora de conectar con la experiencia real del bebé.
Otro ejemplo
Recuerdo una escena de la vida cotidiana que cuento con frecuencia y que refleja bien la anterior afirmación: una tarde cualquiera había decidido ir a la peluquería. Quizá sea un espacio agradable para los adultos, pero no lo es tanto para los bebés, sobre todo si se les exige una conducta que no corresponde a su edad.
Un pequeño de quince meses correteaba por el suelo ante la mirada de las mujeres que esperábamos nuestro turno. No había ni un solo juguete. Sólo una planta atractiva, en el suelo y al alcance del bebé. Con la curiosidad innata y el deseo de exploración activo propio de la edad, el bebé se aproxima una y otra vez a la planta, al mismo tiempo que la mamá lo retira de la misma idéntico número de veces, mientras le dice con afán educativo «la planta, no se toca». En esta frase está condensado todo un complejo pensamiento implícito que la madre supone que el bebé está en condiciones de comprender. Es como si el bebé debiera captar en el mensaje de su mamá que:
La planta tiene vida (cuando para él es un juguete, sea animado o no).
Además, «no se debe tocar» porque no es suya (concepto de propiedad privada).
Se puede estropear o dañar si se la estira (concepto de irreversibilidad).
Por último, y lo más importante, la planta «no es para jugar» (como si, a esa edad, hubiera otras alternativas que no fueran el juego).
El bebé insistió una y otra vez en tocar la planta y las mismas veces la mamá lo retiró con igual insistencia mientras crecía su tono irritado hasta que, al final, sentenció: «Malo, eres un bebé muy malo. Eso no se hace». Afortunadamente, el bebé no entendió nada.
Podemos observar escenas como esta día a día en cualquier supermercado o lugar donde los bebés y los niños se sienten atraídos por el colorido y la forma de los objetos que normalmente están a su alcance.
Busquemos otras alternativas si queremos evitar una guerra sin sentido entre la necesidad de exploración natural del pequeño y la supuesta educación que pretende inculcar modales «adecuados» a edades inapropiadas.
Otro ejemplo
En mis grupos de padres, una «queja» frecuente es la siguiente: «Es imposible ir al súper con Mikel. Todo lo quiere tocar y coger. No hay forma de que esté quieto. La otra vez, tiró cinco botes de tomate y me enfadé mucho».
En muchas ocasiones ocurre que, cuando a través de un role play escenificamos una narración concreta, no es prácticamente necesario hacer ningún comentario adicional. Los propios padres, a través de la escenificación, se dan cuenta del sentido de la conducta infantil: debe ser realmente difícil para un niño de dos años ir al súper y mirar pasivamente cómo su mamá coge este objeto y aquel otro y lo mete en la cesta de la compra, sin querer participar en ese juego tan excitante y colorido de objetos tan diversos. ¿No es así?
Muchos de los conflictos en la interacción se producen por desconocer qué puede entender y asimilar un bebé o un niño y qué responde a una demanda inadecuada del adulto. Así mismo, las atribuciones de intencionalidad que hace el adulto a las acciones de los niños establecen en muchas ocasiones un espacio de distancia e incomprensión entre el mundo infantil y el adulto a causa del desconocimiento y de la falta de reconocimiento de las necesidades primarias infantiles. La incomprensión se agudiza cuando se desconoce que las necesidades infantiles son en su mayor parte antagónicas a las necesidades de los adultos.
En el momento en que los padres empiezan a comprender que la acción y la vivencia infantil distan bastante de la interpretación que el adulto realiza sobre su conducta, surge inmediatamente la siguiente pregunta:
Entonces, ¿cuándo entienden? ¿Qué se les puede pedir? ¿Cuándo se ponen los límites?
Cuando se produce en los grupos o en las sesiones familiares este tipo de preguntas, algo nuevo se está originando o modificando en la representación que el papá o la mamá hacen de su hijo/a. Se ha producido un espacio diferente, y sobre todo una mirada nueva, desde el cual observamos al bebé y al niño.
La mirada ya no parte de la posición de hay que educar, enseñar y dirigir al niño, porque él no sabe y yo sí sé, sino desde los interrogantes siguientes: ¿cómo puedo acompañarle en el proceso de exploración de la vida desde una posición saludable? ¿Qué necesita de mí para no interferir en su camino? Desde ese nuevo lugar y esa nueva mirada en mí se produce también un cambio. Siento que hemos empezado a sintonizar con la onda vibratoria y emocional de ese bebé o niño y que el camino de una maternidad/paternidad más consciente y respetuosa con su ritmo natural de desarrollo ya se ha encauzado sin diques o bloqueos innecesarios.
La receptividad de los padres a partir de este momento aumenta considerablemente y el deseo de observar, comprender, saber y sentir a ese pequeño/a, recobra o toma un nuevo brillo en la interacción, brillo y profundidad que estaba oculta bajo los preceptos y normas educativas externas, bajo lo que debe o no debe ser, lo que está bien o lo que está mal.
Algunos padres pasan por una pequeña crisis que remueve no sólo su concepción de la educación, sino también sus cimientos infantiles, conectando con sus necesidades no resueltas, que se convierten en el toque de atención y en un potente estímulo para no repetir con sus hijos esa falta de contacto y empatía que vivieron en su propia piel. Y se opera un cambio de percepción, de representación, del otro.
Sólo desde la aceptación de la nueva posición de observación de los procesos del pequeño se abre el camino para explorar, analizar y dejarse sentir, en todos los temas de crianza y educación que son fundamentales en la interacción con los hijos y los educadores. Por este motivo, por este cambio de actitud y el miedo al vacío educativo, emerge inmediatamente como una de las preguntas más acuciantes el tema de los límites. «Entonces, ¿cuándo y cómo se ponen los límites?» y el nuevo enfoque de observación, acompañamiento, respeto por las necesidades primarias infantiles prepara el terreno para abordar cualquiera de los temas que trata este libro.
3 MIEDO A CREAR DEPENDENCIA. MIEDO A MALCRIAR
Hace un tiempo, me sorprendió la siguiente estadística de Europa Press, leída en un diario local: «Uno de cada diez españoles cree que no es necesario demostrar afecto a un bebé porque a esa edad no se enteran de nada». Algo más de la cuarta parte, además, piensa que a un bebé recién nacido o de pocos meses «es bueno dejarlo llorar hasta que se canse, si se sabe que está sano, ha comido y está limpio». La mitad de los españoles cree también que a los niños «no se los debe coger mucho en brazos, porque se los acostumbra mal».
Cuando una mamá o un papá atiende a las necesidades emocionales del bebé o del niño generalmente aparece una voz interna o externa que amenaza con terribles consecuencias. Si una mamá, guiada por su instinto de atención al llanto, saca de la sillita o cochecito (vehículos de transporte cómodos, pero ajenos a la necesidad de contacto físico del bebé) a su bebé demandante de brazos, siempre hay cerca una vocecita que anuncia: «Uy, si lo levantas que no te pase nada, estás perdida. Lo vas a malacostumbrar».
Si un papá, cansado de levantarse por la noche para acercarse a la cuna de su bebé, lejos de su habitación, decide llevárselo a la cama, al día siguiente en la oficina más de un compañero le dirá: «Que no te pase nada, no lo sacas de la cama ni con agua caliente».
Si un niño de un año y medio reclama atención de la mamá mientras esta habla por teléfono, la amiga o la abuela puede decirle: «Que espere, sino se te subirá a la chepa».
Si una madre atiende a su hijo pequeño, su respuesta se define socialmente como «consentir». Si analizáramos el término, es precisamente lo que se requiere en la crianza, «sentir-con», es decir empatizar, que es todo lo opuesto a compensar con caprichos las lagunas afectivas que producen culpa.
Y así un largo etcétera que ejemplifica el miedo inculcado y lleno de prejuicios sobre el temor a malcriar o crear dependencia. En mis cursos de formación o en las conferencias, ante semejante interrogante, la respuesta es clara: la dependencia es natural.
LA DEPENDENCIA ES NATURAL
Nacemos dependientes. La dependencia no se crea ni en el útero ni durante el primer año de vida. No se puede crear porque dependemos del otro para sobrevivir. Somos dependientes en la infancia y más tarde mantenemos una relación de interdependencia e intersubjetividad. En todo caso, puede darse que algunos padres lleguen a interferir en el proceso natural de progresiva autonomía, impidiendo los pasos propios de la edad durante el proceso de separación-individuación descritos por Mahler (1990) y otros autores. Pero nunca se crea propiamente la dependencia, pues es consustancial con el nacimiento y por tanto inevitable. Nuestra especie es una de las más dependientes del reino animal. En otras especies, como todos sabemos, las crías comienzan a caminar desde el momento del nacimiento y adquieren una rápida independencia en un corto espacio de tiempo.
Nuestra especie necesita veinte o treinta años para alcanzar la autonomía. Y algunos seres humanos no llegan a adquirir una autonomía yoica completa, pese a vivir independientes de mamá o papá desde temprana edad. Otros continúan compartiendo techo durante muchos años, resistiéndose a dar el salto a la autonomía.
Más allá de los factores sociales y económicos, que inciden en el proceso de autonomía de los seres humanos, nuestra especie requiere de un largo proceso formativo como consecuencia del desarrollo cerebral, que permanece con una estructura similar al hombre de Cromagnon desde hace más de treinta mil años. Esta capacidad de desarrollo de las funciones superiores intelectuales tiene como precio una maduración más lenta y dependiente de los progenitores.
Son muchas las mamás que consultan en los grupos de lactancia o de padres la siguiente inquietud: «Mi bebé está muy apegado a mí. Sólo quiere estar en mis brazos. Seguramente es normal ahora, pero tengo miedo de crearle dependencia y que se quede pegado a las faldas de mamá». Esta madre tiene un bebé de catorce meses, de ojos vivos y con mucho movimiento exploratorio cuando tiene bajo control visual a su figura de apego, como corresponde a su edad evolutiva, pero busca inmediatamente a su madre si pierde el contacto visual con ella. Este mismo temor puede surgir también con un bebé de dos meses o un niño de dos años o incluso mayor. Es natural e instintivo, pues representa un mecanismo de autoprotección. Sin embargo, en el adulto, en muchas ocasiones, se despierta el miedo de la propia sobredependencia vivida con la pareja, la madre o el padre y se proyecta en el pequeño el temor propio que impide de esta forma en el bebé niño la satisfacción de su dependencia natural.
El amor nunca malcría
La sobreprotección que asfixia e impide la autonomía natural progresiva, sí. No conviene confundir, y se confunde con frecuencia, la sobreprotección con la actitud maternal amorosa e incondicional. Sabemos que, detrás de la práctica sobreprotectora en los términos descritos (insisto en la diferencia con la actitud amorosa, a veces tildada equivocadamente como protección excesiva), a veces hay sentimientos hostiles o narcisistas o miedos irracionales, que impiden un proceso natural en la autonomía del niño. Por tanto, ya no estaríamos hablando de una interacción saludable, sino problemática, como consecuencia de la proyección y de los conflictos irresueltos del adulto. Volviendo a la actitud amorosa saludable.
En el plano adulto: ¿desagradan o dañan las expresiones afectivas de la pareja, los padres o los amigos? ¿Daña que te digan desde el corazón un «te quiero»?
Dar y recibir amor nunca malcría. Es el motor de la vida y es necesario para una sólida y sana autoestima. ¿Por qué produce tanto miedo dar lo que el otro necesita?
¿Qué hay detrás del miedo a malcriar?
Más miedo. Detrás de los miedos a malcriar, hay creencias e ideologías que pretenden impedir el desarrollo del amor y la empatía y con ella la solidaridad espontánea. Son ideologías que fomentan la competitividad, la violencia y el sometimiento.
Detrás del miedo a amar y ser amado, hay desconfianza. Temor a sufrir más decepciones y vacíos afectivos que se activan de forma consciente o inconsciente ante las demandas directas de cada bebé o niño. Miedo, miedo a entregarse plenamente a la vida vibrante que irradia el bebé y que pide respuesta inmediata, sin vacilaciones ni dudas.
Los bebés y los niños son la máxima expresión de la vida y necesitan confianza en ella que sólo se puede desarrollar a través de una experiencia amorosa y segura con el adulto. La vida es continuo movimiento creativo y tiene su máximo esplendor y realización en cualquier criatura de cualquier especie. Al adulto que no ha recibido, le cuesta dar.
Al adulto que no lo han escuchado, le han enseñado a desconfiar de sí mismo y de los demás. Al adulto que no lo han amado, le cuesta mucho amar.
Quizás a algunos, los bebés y los niños les recuerdan lo que no tuvieron y necesitaron. En estos casos la emoción de la rabia se activa ante su demanda de afecto, que permanece libre todavía de prejuicios y de miedos. «No puedo tolerar que esté todo el tiempo pidiéndome. ¿Y yo qué?» Es en este momento cuando se acostumbra a hablar de «que tienen que aprender a frustrarse». Lo veremos en el apartado sobre la teoría de la frustración y su interpretación. Pues bien, la gran paradoja que los padres desconocen en torno al tema de la dependencia es que cuanto más satisfagan estos la necesidad de dependencia de sus hijos en los primeros años de vida, con más consistencia se producirá en sus hijos la seguridad interna que les permita acceder a una auténtica autonomía yoica y a una autoestima saludable.
¿Cuándo? Esta es la siguiente pregunta de padres cansados de tanta dependencia afectiva. Y la respuesta «frustrante» por imprecisa: cuando haya madurado y recibido lo necesario. Cada bebé y cada niño tienen un ritmo de maduración propio en cada pasito evolutivo que logran, aunque por supuesto contamos con referencias generales, como veremos en la segunda parte de este libro.
Por el contrario, aquellos padres que temiendo crear dependencia frustran los deseos de proximidad y contacto de sus pequeños, es probable que se encuentren con dos estilos de relación, con los consiguientes matices según cada caso: o bien desarrollarán un apego ansioso o ambivalente, de tal forma que cualquier breve separación despertará sentimientos de inseguridad y ansiedad intensos, o bien renunciará, según la intensidad de la frustración del contacto, a cualquier expectativa de proximidad corporal y de disponibilidad afectiva, adoptando posturas de bebé-niño independiente (apego inseguro), como veremos con más precisión en el capítulo sobre el vínculo. Ambas actitudes responden a la clasificación de apego inseguro.
Pero ¿cuáles son exactamente esas necesidades de las que estamos hablando?
¿Hay que darlo todo?
«¿No tienen que aprender a aceptar un no?», «¿es que acaso en la vida no hay frustración?», «¿y si los convertimos en tiranos?». No, no hay que darlo todo.
En el capítulo sobre los límites, veremos la función que cumplen estos, pero antes aclaremos un aspecto importante que elimina barreras y prejuicios rápidamente: establezcamos una clara diferencia y barrera entre necesidades primarias (instintivas) y necesidades secundarias (culturales). Cuando hablamos de este tema, que habitualmente genera mucha confusión, siempre señalo que discriminar entre estos dos tipos de necesidades permite comprender qué se puede frustrar sin causar daño y qué es irrenunciable para el desarrollo de la salud desde la perspectiva psicoafectiva.
Lo entenderemos mejor al abordar el tema de la frustración específicamente.
Necesidades culturales y secundarias: veamos, ¿es lo mismo negar una necesidad creada socialmente, como consumir, ver la televisión o comer chuches, que frustrar una necesidad innata de afecto, caricias, reconocimiento y respeto por la propia individualidad en desarrollo? Evidentemente, no. Lo que se puede comprar o consumir, si no responde a una necesidad básica, es una necesidad creada por la cultura.
Sin embargo, las necesidades primarias y afectivas no deben ser negadas ni limitadas, porque producen sufrimiento innecesario y generan alteraciones en la formación del vínculo y del carácter.
Las necesidades creadas socialmente no sólo deben ser limitadas, sino que ofrecen la oportunidad de ser negociadas en función de la edad, evitando de esta forma la alienación consumista propia de la sociedad que nada en la abundancia material y sufre de lagunas en la satisfacción emocional y afectiva.
Comprendiendo que desde un enfoque saludable el afecto, el mimo y la atención no deben ser limitados ni reprimidos, podemos abordar con más facilidad las necesidades aprendidas socialmente y por tanto secundarias, a través de la negociación, como veremos en el capítulo sobre los límites.
4 LA TEORÍA DE LA FRUSTRACIÓN Y EL NIÑO, VISTO COMO EL «PERVERSO POLIMORFO»
De una forma manifiesta o latente, existe la creencia de que el bebé o el niño es un ser insaciable y no sociable por naturaleza, que hay que dominar para su adecuada adaptación a la sociedad.
Este supuesto parte de la aportación psicoanalítica que considera al bebé o al niño como un «perverso polimorfo», egocéntrico y caprichoso, al que hay que frustrar para que avance en las diferentes fases sexuales del desarrollo psicoafectivo, desde la fase oral del desarrollo a la fase fálico-genital. De lo contrario, un bebé quedaría fijado en la fase oral, por ejemplo, sin pasar a la siguiente.
Pervertere: Etimológicamente responde a dos acepciones:
1 Alterar o trastornar el estado de las cosas.
2 Malear, hacer malo o vicioso.
La segunda acepción tipifica a un sujeto como «malo» y aunque la consideración de que el niño como perverso polimorfo en la infancia se considera como normal desde el punto de vista evolutivo, prevalece de alguna manera en la interpretación que de las conductas infantiles hacen algunos padres de sus hijos.
Bretherton (1999) señala: «No es lo mismo que un padre atribuya el llanto de su hijo al cansancio, que a los terribles dos años o a su testarudez». Esta interpretación del hijo visto desde arriba, sin demasiada identidad y entidad propia y como alguien a quien hay que modelar impide percibir al niño como «real y separado» en términos de Winnicott (1957). Si bien las aportaciones psicoanalíticas supusieron, entre otros muchos aportes, un gran avance en la comprensión del inconsciente, así como de la sexualidad, la percepción de la infancia con relación a la teoría de la frustración no corresponde con el enfoque de la prevención que estamos tratando.
Los niños son egocéntricos, no egoístas. Y lo son porque evolutivamente corresponde que lo sean. Es decir, los bebés y niños pequeños menores de tres años sienten que el mundo gira alrededor de ellos. Que el sol se levanta a la hora que ellos despiertan y la luna sale porque ellos se van a dormir. Este pensamiento primitivo se debe a la no distinción entre lo animado y lo inanimado, la fantasía o la realidad. De la misma forma que todo gira alrededor de ellos, todos los objetos también son suyos. No entienden de compartir, porque no entienden el mío y el tuyo como lo hace un adulto. Todo es suyo.
Detrás de la teoría de la frustración subyace la idea de que los niños-bebés deben ser frustrados para hacerse duros ante las dificultades de la vida, de lo contrario, permanecerían en un estado no madurativo permanente. Sin embargo, la vida en sí misma ya es frustración. Los límites vitales son permanentes, empezando por el día, que finaliza en la noche, nos guste o no, o las paredes de una casa, o los deseos no alcanzados. Y así una lista interminable. No es necesario ejercer la frustración intencional para educar o modelar, pues la vida se encarga de ello.
No se trata de hacerse duro para adaptarse a una sociedad neurótica y enfermiza como la nuestra. Se trata de confiar en las capacidades de autorregulación, que sin llegar a ser totales por estar inmersos en este medio poco saludable, posibilitan que un bebé o un niño no tenga que acorazarse demasiado pronto ni demasiado duramente para poder vivir. Al contrario, se trata de favorecer la formación de un yo sólido y equilibrado (self), con una coraza más flexible que le permita estar en contacto consigo mismo y con el mundo de forma armónica. Es decir, se trata de discriminar lo que es una frustración cultural, que no daña al yo en formación (por ejemplo, un «no» a las chuches), de una frustración afectiva gratuita, que mina el desarrollo de la confianza y la autoestima.
5 PLACER, REALIDAD Y DEBER
Se trata de principios que nacen del psicoanálisis. Sin entrar en definiciones clínicas complejas, podríamos afirmar que todos nacemos regidos por el Principio del placer. Desde que estamos en la vida intrauterina, nos movemos entre el placer y el displacer, intentando restablecer nuevamente el bienestar si éste se pierde por algún motivo. Ya desde el nacimiento, el bebé manifiesta la tendencia hacia dicho principio, buscando bienestar, seguridad, placer, afecto y alimento.
Los niños pequeños se mueven por el mismo principio. Buscan a través del juego, la risa y la expansión que todas sus actividades sean placenteras, más allá de que su deseo sea posible, teniendo en cuenta que en la vida, y no sólo en la cultura, hay frustración.
A veces los padres preguntan: ¿cuándo entienden que deben recoger la habitación? ¿Hay que esperar y cuánto? Difícil espera la que soportan los padres que así formulan el Principio del deber. Porque antes de comprender que existen deberes además de placeres en la vida cotidiana, los niños tienen que acceder al principio de realidad. Es decir, tienen que ir saliendo del mundo de fantasía y de magia donde se desenvuelven para distinguir que pueden jugar libremente «como si» (función simbólica), pero que la realidad es otra. Al margen de que un niño pequeño recoja o no su habitación, esto no significa que haya asimilado e integrado que debe hacerlo. Lo puede hacer por requerimiento del adulto, pero no porque comprenda la función ni la lógica de tal petición.
Hay un dato significativo a nivel evolutivo que nos permite comprender el momento en el que comienza a integrarse el Principio de realidad: la creencia o no en los Reyes Magos. Pensemos juntos: ¿cuándo se cuestionan los niños la existencia o no de los Reyes Magos? Hacia los cinco o seis añitos empiezan a estar maduros para integrar realmente el concepto de realidad frente al de fantasía. Por supuesto, antes hay procesos previos, pero la frontera no está del todo delimitada. A esta edad comienzan a preguntar «pero ¿los Reyes Magos existen? ¿Cómo es que están en tantas partes al mismo tiempo?». Es el momento idóneo para que el adulto pueda realizar un diálogo intersubjetivo similar a éste: «¿Tú qué crees?» y ver de esta manera en qué punto se encuentra el niño para poder aceptar o no la realidad.
Algunos niños, aunque lo intuyan, prefieren refugiarse en la magia durante un tiempo más. Otros preguntan ya directamente quiénes son. Esta es la típica escena temida por parte de algunos padres en los grupos. Temen que, al explicarles la verdad, lo vivan con una decepción o interpreten que han sido objeto de una mentira por parte de sus propios padres.
Los niños pequeños asumen con facilidad una respuesta sencilla que entronca perfectamente con su sentir infantil. En los grupos, sugiero una respuesta como, por ejemplo: «En el mundo de la fantasía, ¡claro que existen los Reyes! En los cuentos, hay hadas, duendes y son reales en el mundo de la fantasía». Esta explicación permite preparar el terreno para dar una respuesta desde el punto de vista de la realidad, si el niño está maduro para ello. «Nosotros hemos sido los reyes en ese mundo de fantasía». No suele haber mayor problema y la confianza en los padres continúa intacta, porque integran perfectamente la respuesta.
Por último, el Principio del deber, al margen de que el niño recoja la habitación o los zapatos, se integra más adelante, en la segunda infancia, aunque aparezca de forma rudimentaria en la primera.
Por tanto, ¿qué sentido tienen los enfados de los papás cuando el niño no hace lo que debe y ya sabe qué es lo que debe hacer? Es la frustración de los padres la que se expresa, pero no es lo más funcional. Quizás a través del juego, sin tanta seriedad, se logre el mismo objetivo, porque es el lenguaje que más entienden y más les divierte. Lavarse los dientes a los dos o tres años no tiene mucho sentido por mucho que les hablemos de las caries, concepto abstracto que podría significar cualquier cosa a esa edad. Sin embargo, hacerlo a través de la complicidad, del juego, es más cómodo y agradable para todos, al mismo tiempo que, como hábito, se va incorporando en la vida de los pequeños.
No se trata de renunciar a nuestros objetivos como padres en ningún momento. Se trata de no entrar en guerra con los pequeños, como consecuencia del desconocimiento de que su lenguaje y el nuestro son diferentes (racional frente a emocional) pretendiendo además que ellos, con su edad, entiendan un «hijo, lávate los dientes» con el mensaje implícito del concepto de prevención de las caries. Porque para ellos el «lávate los dientes» significa simplemente interrumpir su actividad lúdica para obedecer a mamá o papá sin que tenga sentido en ese momento, desde su posición infantil.
6 LA BATALLA DE LA OBEDIENCIA: AUTORITARISMO O AUTORIDAD
La autoridad se otorga, se reconoce en el otro. El autoritarismo y el poder, se imponen.
Sabemos que ha habido muchos modelos educativos según las épocas y los contextos socioculturales. El concepto de autoridad ha atravesado diferentes interpretaciones y grados de intensidad a lo largo de la historia. Desde la generación de nuestros mayores, «haz esto porque te lo digo yo», al modelo de «dejar hacer» como reacción a la etapa anterior, ha habido bastantes variantes que oscilan entre ambos polos. Es decir, en algunos contextos educativos se ha pasado de poner muchos límites a no poner ninguno.
La sabiduría oriental se caracteriza por la defensa del camino del medio como actitud ante cualquier avatar de la vida. Ni el autoritarismo autocrático ni la ausencia absoluta de límites son elecciones que posibilitan un desarrollo saludable. ¿Queremos niños obedientes y sumisos o razonables y con capacidad de contacto? ¿Niños desorientados por el «dejar hacer», que ven desdibujadas las fronteras entre tener un colega que olvida su función de padre, o niños que se sienten acompañados y motivados para crecer y madurar?
Es más sencillo mantener una relación basada en el hilo conductor del afecto y la complicidad que en las órdenes y el castigo constante. También es mucho más gratificante para ambos actores que participan en la creación de la obra.
Todos hemos presenciado o vivido la tensión que supone el intento de control poco eficaz, por incorrecto, con los niños pequeños menores de tres añitos, en las siguientes órdenes cotidianas:
Ejemplo
«Estate quieto.»
«No toques eso.»
«No chilles.»
«No pegues. »
«No molestes.»
«Obedece.»
«Lo vas a romper.»
Realmente agotador, ¿no es así? Y más irritante todavía, si interpretamos su conducta como un «no nos quieren obedecer». Cuando, en realidad, lo que no quieren es ser privados del movimiento, del juego y la exploración.
Hay otras formas de lograr el mismo objetivo sin sacar el uniforme de la represión, pero primero hemos de darnos cuenta de que esa forma tradicional de educar no es muy eficaz y además es agotadora y, lo que es peor, nos aleja de la comprensión de la causa que explica su comportamiento. Además nos impide reconducirlo adecuadamente para lograr nuestro objetivo concreto (que no toque eso que queremos) o bien que cambie sencillamente de actividad.
Atender a la primera infancia es un arte que requiere dosis de inteligencia, mucha paciencia, y bastante creatividad. Es posible cuando bajamos a su altura, los miramos y los escuchamos sin tanto prejuicio y pose educativa, con contacto y empatía. Los niños lo agradecen y nosotros también. Porque acompañar a los hijos o a los alumnos respetando su ritmo madurativo y su individualidad es una de las artes más gratificantes y constructivas. No es un pasatiempo, ni una opción más. Al contrario, necesitamos mejorar con urgencia la calidad de todas las relaciones humanas.
SEGUNDA PARTE EMBARAZO-BEBÉ INTRAÚTERO Y PARTO
1 LAS RAÍCES DEL ÁRBOL: EL VÍNCULO
Existe abundante bibliografía e investigaciones en torno a la teoría del apego. Aunque a lo largo de toda la exposición este modelo está presente de forma implícita o explícita, vamos ahora a tratar brevemente conceptos fundamentales con relación a la formación del vínculo.
«Consideramos esencial para la salud mental que el bebé y el niño pequeño tengan la vivencia de una relación cálida, íntima y continuada con la madre o sustituto materno, en la que ambos alcancen satisfacción y goce» (Bowlby, 1951).
No es posible hablar de un individuo sin relacionarlo con sus vínculos principales. Tampoco podemos entender la salud sin el establecimiento de vínculos afectivos adecuados. El desarrollo del psiquismo infantil es, como iremos viendo, el resultado de una constante interacción entre el niño y su contexto inmediato. Este contexto hace referencia al rol del cuidador principal con relación al bebé, siendo generalmente la madre la que ejerce esta función durante los primeros meses o años de vida, aunque puede ser desempeñada por una figura sustitutiva. Establecer vínculos afectivos es una necesidad primaria y, por tanto, es del orden de lo instintivo y no aprendido en nuestra especie.
EL CONCEPTO DEL APEGO
La teoría del apego encuentra sus orígenes en dos referenciales centrales: J. Bowlby y Mary Ainsworth (1964). Posteriormente, son muchas las contribuciones de autores a la teoría del apego, así como las investigaciones realizadas.
J. Bowlby (1907-1990), médico y psicoanalista, se interesó por la relación entre la pérdida o deprivación de la figura materna en la infancia y las consecuencias para el desarrollo de la personalidad. A través de numerosas investigaciones en el campo de la etología y en la observación directa de la díada madre-bebé, fue desarrollando la teoría del apego. Esta teoría resalta la necesidad de los seres humanos de establecer vínculos afectivos a lo largo del tiempo, a través de la interacción cotidiana con personas significativas que son las que se constituyen en figuras de apego. Esta experiencia de relación conlleva la formación de modelos operativos internos (representaciones mentales del mundo y de sí mismo) y permite desarrollar expectativas sobre la accesibilidad o inaccesibilidad de las figuras de referencia afectivas. En función de las diferentes formas de interacción de la díada madre-bebé, se van conformando diferentes tipos de apego. El apego no se crea de forma instantánea, sino que requiere de un tiempo. Es el resultado de un proceso de interacciones privilegiadas que se producen inicialmente en la familia biológica para luego extenderse a otros miembros de la familia y a figuras relevantes de la vida. «La característica más sobresaliente es la tendencia a lograr y mantener un cierto grado de proximidad al objeto de apego, que permita tener un contacto físico en algunas circunstancias y comunicarse a distancia, entre otras» (Ainsworth y Bell, 1974). Concretamente, podríamos destacar las características funcionales del vínculo en edades tempranas:
Esfuerzos por mantener la proximidad con la figura de apego.
Mantenimiento de contacto sensorial privilegiado.
Exploración del entorno, desde la figura de apego como base segura.
Ansiedad ante la separación y sentimientos de desolación y abandono ante la pérdida.
FUNCIONES DE LAS FIGURAS DE APEGO
Veamos algunas de las funciones que debieran cumplir las figuras de apego para garantizar el bienestar de la criatura:
Garantizar la supervivencia y favorecer la salud psíquica y física del pequeño.
Constituirse en base segura, desde la cual el bebé-niño pueda explorar el mundo sin temor.
Ofrecer la cantidad y calidad de estimulación que el niño necesita.
Atender al pequeño en los momentos de aflicción y llanto.
Satisfacer las necesidades de comunicación.
Satisfacer su necesidad de afecto y contacto placentero.
Para desarrollar un vínculo seguro, es fundamental que el cuidador principal reúna unas características básicas:
Constancia y disponibilidad afectiva (coherencia y presencia emocional).
Respuesta sensible a las necesidades del bebé-niño. Constituye un organizador psíquico importante.
Capacidad reflexiva del adulto (campo de la intersubjetividad. Reflexión sobre las relaciones interpersonales).
M. Ainsworth (1974) desarrolló una investigación sobre los orígenes interactivos del apego. Fue ella quien formuló el concepto de sensibilidad materna hacia las señales del niño. Esta autora, junto a sus colaboradores, destacó como el factor más importante en la interacción con el bebé la respuesta sensible de su cuidador, por ser un organizador psíquico durante el desarrollo primario infantil. La respuesta sensible es la capacidad de:
Percibir las señales del bebé.
Interpretarlas adecuada y rápidamente.
Satisfacerlas.
Esta respuesta sensible está en la base de la formación del vínculo seguro, proporcionando al bebé el sentimiento de confianza a través de la disponibilidad materna. El vínculo seguro no se crea solamente con el sentimiento subjetivo de afecto hacia el bebé sino que, además, debe de haber una respuesta sensible y coherente a sus demandas. Este aspecto es muy importante, como veremos a lo largo de toda la exposición del libro:
En primer lugar, hemos de percibir las demandas del bebé y no ignorarlas. A continuación tenemos que atender a los otros dos criterios esenciales que caracterizan la respuesta sensible del cuidador para favorecer un vínculo seguro:
Interpretar correctamente las necesidades del bebé-niño implica capacidad de contacto y desarrollo de la empatía. Hay padres que no saben «qué quiere» su bebé y prueban todo tipo de respuestas mientras aumenta la angustia y el llanto del bebé e incluso el de ambos. Conectar con sus necesidades e interpretarlas adecuadamente es fundamental para desarrollar un vínculo seguro.
Responder prontamente, impidiendo que aumente la desesperación ante la ausencia de respuesta. Este es un criterio muy poco favorecido en bastantes círculos educativos. «Déjalo llorar», «que aprenda a esperar», «lo vas a malcriar» son algunos de los numerosos tópicos que pretenden obstaculizar la respuesta inmediata a una demanda también inmediata. Los bebés no saben diferir sus necesidades y requieren una respuesta temporalmente próxima a su demanda.
En definitiva, estas características inherentes a la respuesta sensible del cuidador permiten que el bebé experimente su figura de apego a través del sentimiento primordial de confianza y disponibilidad afectiva que le proporcionan las experiencias de seguridad constitutivas del vínculo seguro
Ainsworth (1978) realizó una investigación con relación al grado de sensibilidad o insensibilidad que muestra una madre ante las señales y comunicaciones no verbales de su hijo. Bowlby la cita textualmente: «Mientras que una madre sensible parece estar siempre dispuesta a recibir las señales de su hijo lactante y se halla presta a interpretarlas correctamente y a responder a las mismas en forma rápida y adecuada, una madre insensible no captará en muchas ocasiones las señales de su bebé, no las interpretará bien cuando las advierta y responderá a las mismas tardíamente, de modo inadecuado o no responderá en absoluto».
Sus investigaciones lo llevaron a concluir que «el aspecto más importante de la conducta materna comúnmente asociado con la dimensión de seguridad-inseguridad del apego (que se manifiesta de diferentes formas y en diferentes situaciones), es la sensibilidad ante las señales y comunicaciones del bebé» (1978).
Por tanto, una madre sensible sería aquella que percibe y se ajusta a las señales del bebé, interpretándolas adecuadamente y respondiendo rápida y eficazmente, sin que sus necesidades particulares interfieran en la respuesta al bebé.
CONDUCTAS DE APEGO
Una vez establecido el vínculo, se observan una serie de conductas destinadas a lograr o mantener la proximidad y el contacto con las figuras de apego significativas para el bebé o el niño.
Son fácilmente detectables en la vida cotidiana y muy variadas:
Llamadas: llantos, sonrisas, vocalizaciones, etc.
Contactos táctiles.
Vigilancia y seguimiento visual de las figuras de apego.
Conductas de aproximación y seguimiento.
Con frecuencia podemos constatar estas conductas observando las respuestas de un bebé ante los movimientos de la madre. Cuando son pequeños (hasta los tres años), los niños juegan con tranquilidad en el parque siempre que mantengan algún tipo de contacto visual con la figura de referencia afectiva. De lo contrario (si han establecido un vínculo seguro), rompen a llorar cuando pierden de vista a la madre o el padre, esperando restablecer el contacto perdido. En estos casos, se activa la conducta de apego como consecuencia de la pérdida real o imaginaria de la figura de apego.
Cuando hablamos de conductas de apego, es importante situar el contexto. Un niño no reacciona igual si el contexto le resulta familiar o extraño. Un espacio conocido es una referencia segura. Un espacio nuevo constituye una amenaza en ausencia de su figura de apego.
M. Ainsworth (1960) estudió las conductas de apego entre cuidador primario y bebé. Diseñó un procedimiento en un laboratorio, denominado «La situación extraña», destinada a evaluar la conducta presentada por cada pequeño ante la separación de su madre. El espacio presentado como sala de observación, resultaba totalmente desconocido para el bebé de doce meses de edad, de igual manera que el observador que participaba en la sala de investigación.
Como resultado de la observación obtenida, basada en la separación temporal del bebé de su madre (invitada a salir de la sala por el observador durante tres minutos), se fueron constatando diferentes estrategias de comportamiento en los bebés. Estas respuestas ante la separación breve de la madre fueron reunidas en cuatro grupos de tipos básicos de apego:
Apego seguro.
Apego inseguro-evitativo.
Apego inseguro-ansioso-ambivalente, o resistente.
Apego inseguro–desorganizado, o confusional.
Con posterioridad ha habido más clasificaciones y descripciones de los tipos de apego, disponibles en la bibliografía existente. Para evitar confusiones y en función de esta clasificación, veamos las características de los diferentes tipos de apego.
Apego seguro: los bebés con apego seguro presentan ansiedad y reacciones de llanto durante la separación. Interrumpen su exploración y juego, reaccionando con conductas de búsqueda y seguimiento de la madre y no admiten el consuelo del observador. En el reencuentro con la madre o cuidador principal buscan la proximidad corporal y permiten ser fácilmente consolados. Una vez producida la reunión, se recuperan fácilmente de la aflicción y reinician la exploración y el juego, siempre desde la base segura que representa el cuidador principal.
Apego inseguro evitativo: son los bebés que ante la partida de la madre no presentan ninguna reacción emocional externa ni tampoco intentos de seguimiento. Permanecen jugando ante la mirada del extraño, sin mostrar aparentes signos de ansiedad ante la separación. En el reencuentro, no hay búsqueda de proximidad corporal con el cuidador principal. Las madres de estos bebés están caracterizadas como cuidadoras que «rechazan el contacto corporal con sus hijos, mantienen una actitud irritable o de reproche junto con una escasa expresión emocional» (Ainsworth, 1978). También han sido consideradas como madres poco pacientes que bloquean reiteradamente los intentos de proximidad y contacto de sus hijos y que muestran una desvalorización o negación de la importancia de las relaciones afectivas en su vida cotidiana. Esta relación interactiva enseña a los pequeños a reprimir sus conductas de apego, restando importancia a los procesos de apego de dar cariño, cuidados, etc. y generando como mecanismo defensivo una autosuficiencia emocional (Bowlby, 1973). Por tanto, los niños evitativos adoptan conductas de indiferencia ante la separación y el contacto, como mecanismo de defensa ante su inseguridad afectiva.
Apego inseguro ambivalente: los bebés ambivalentes-resistentes presentan una angustia y ansiedad intensa ante la separación del cuidador principal. No exploran ni admiten el consuelo del observador. En la reunión con el cuidador manifiestan una conducta agresiva alternando con necesidad y resistencia a la aproximación afectiva. Las madres de los bebés ambivalentes son inconsistentes en cuanto a su disponibilidad afectiva en su modo de interacción con el bebé (Isabella y Belsky, 1991). Son madres que en ocasiones reaccionan de forma muy cariñosa y otras se muestran indiferentes o agresivas, estando sus reacciones determinadas por sus propios estados de ánimo, independientemente de los estados emocionales del bebé.
Apego desorganizado: estos bebés y niños no presentan una estrategia coherente ante la separación. El cuidador principal es fuente de temor y de necesidad de seguridad. Es frecuente en los casos de niños con historia de maltrato y abusos sexuales y también en situaciones de negligencia familiar.
En síntesis, podríamos afirmar que, desde el modelo de la promoción de la salud y prevención infantil, nos interesa fomentar vínculos seguros durante la infancia.
En términos de Mario Marrone (2001), el apego seguro «representa la capacidad del individuo para confiar en la disponibilidad empática de su figura de apego y sentirse digno de su disponibilidad». En la práctica profesional con padres y educadores, dar a conocer los fundamentos de la teoría del apego resulta imprescindible para realizar un abordaje adecuado de la primera infancia. La experiencia evidencia que muchas interpretaciones iniciales de padres o educadores sobre la conducta de sus hijos o alumnos, consideradas como «independientes», son consideradas tras la formación como probables apegos inseguros.
En edades tempranas, una intervención adecuada con los padres va favoreciendo que estos apegos inseguros que manifiestan conductas independientes vayan lentamente permitiendo que emerjan las necesidades ocultas de afecto y proximidad, produciéndose cambios en la manifestación del vínculo con su cuidador principal. Recuerdo a una madre que en los grupos manifestaba mucha satisfacción ante la supuesta independencia de su hija de tres años y medio que era la envidia del barrio. Tras un número suficiente de sesiones, su percepción e interpretación de la conducta de su hija pequeña fue modificándose. Al comprender que la conducta de la pequeña, respondía a una actitud defensiva ante su necesidad de contacto y proximidad, poco a poco y tras varias crisis, pudo reconducir la relación hasta establecer y recuperar otro modo de relación más disponible corporal y afectivamente con su hija. En este proceso de «descongelamiento» de la pequeña, la madre pudo estar acompañando las diferentes reacciones de llanto y rabia sin causa aparente, hasta que la niña empezó a manifestar sus deseos de proximidad sin ninguna ambivalencia.
Si los padres cambian su percepción e interpretación (modelos operativos internos) y cuentan con la posibilidad de la función reflexiva, los hijos cambian.
Actualmente disponemos de un concepto muy utilizado y que es importante mencionar:
LA RESILIENCIA
Este concepto se ha popularizado bastante en los últimos años. Entre otros autores, B. Cyrunlik ha contribuido a su divulgación. Es un concepto prestado de la metalurgia y se refiere a la capacidad de los metales de resistir los impactos externos y recuperar su estructura. En términos psicológicos, podría definirse como la capacidad de hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas y transformarlas en aprendizaje positivo.
En la resiliencia existen unos factores de riesgo y otros factores protectores.
Como factor protector por excelencia está la formación de vínculos seguros.
En la formación de profesorado de educación infantil, insisto mucho en este concepto. Los profesores pueden constituirse en tutores de resiliencia, es decir, en modelos alternativos de relación, cuando detectan casos de niños que provienen de familias muy desestructuradas y que responden a apegos inseguros.
Contar con la mirada y la escucha de un adulto en situaciones de desierto o maltrato afectivo durante la infancia es una oportunidad que no debemos desperdiciar y que podemos brindar a los niños que requieran nuestra presencia afectiva.
A veces, una sonrisa o una proximidad corporal pueden ofrecer una chispa de esperanza inestimables en situaciones desesperadas. Es un acto generoso y satisfactorio, que puede favorecer vínculos más saludables que perduran en la memoria pasados los años, en los casos donde reina cierto desamparo.
Veamos a continuación cómo se desenvuelve en tierra fértil la semilla que hemos ido plantando en los anteriores capítulos. Empezamos por el inicio de la vida…
2 COMIENZA LA AVENTURA: EL EMBARAZO
Desde que escribí mi trabajo de investigación en Psicología sobre el «Embarazo y parto y sus repercusiones emocionales en la mujer embarazada» con una fuerte orientación psicoanalítica inicial, he tenido la oportunidad de mirar el embarazo desde diferentes perspectivas.
La más importante de todas, como para todas las mujeres, ha sido mi propia vivencia de embarazo. Sentir, vivir y conectar durante nueve meses con la increíble sensación de llevar otra vida vibrante en lo más profundo de nuestro ser es un auténtico privilegio que la vida nos ofrece a las mujeres que deseamos experimentar la maternidad.
Poder vivir el nacimiento desde el parto natural que es una de las experiencias más transformadoras y asombrosas que nos brinda nuestra condición de mamíferas humanas y que nos devuelve de forma espontánea el encuentro con lo instintivo y propio de la naturaleza humana, sin pautas culturales educativas.
Ser la protagonista del acto de parir, al mismo tiempo que se produce el acto de nacer del bebé a una nueva vida, es un instante atemporal y mágico que deja una huella imborrable en la mujer que se abandona al flujo del movimiento vital durante el parto, sellando esta impronta con la adquisición de otra identidad diferente, la de ser madre.
El embarazo y el parto no se consideran desde la psicología como una fase del desarrollo, sin embargo este período marca y afianza una potencialidad presente en la mujer que decide ser madre, aportando a su identidad femenina otra cualidad, siempre extraordinaria por muy común que sea: la de la maternidad.
Personalmente, agradezco a Federico Navarro (neuropsiquiatra y terapeuta reichiano) su presencia y trabajo preventivo durante mi embarazo, por su gran saber terapéutico-preventivo y sobre todo por su capacidad humana para acompañar y estar presente como un testigo contenedor que no interfiere en el proceso, sino que ofrece toda la confianza necesaria para emprender la aventura de parir de forma natural y criar desde el mismo lugar. Porque gracias a mi propia experiencia con el parto natural en casa y a los cursos de formación, tanto en esta línea de pensamiento como en la teoría del apego, creo firme y apasionadamente que es posible llegar a la vida sin violencia y con amor. Es posible nacer y vivir de otra manera. Nacer y vivir de forma más plena, más respetuosa con la vida y el planeta. El nacimiento es el comienzo, la base primordial desde donde se construye otra forma de concebir la vida y también es la base desde donde se inicia la construcción de la relación con el otro. Relación, interacción con ese otro ser vulnerable y confiado, que todos sentimos como características del bebé, aunque con demasiada frecuencia en nuestra sociedad se ignoren. Es un bebé que reclama respeto a su ritmo biológico, que necesita ser escuchado en sus necesidades vitales sin normas pediátricas o culturales externas, que merman y distorsionan su incuestionable instinto de recibir atención adecuada y amor incondicional. Los padres y profesionales de la salud no podemos dejar para mañana los cambios necesarios a realizar en todas las estructuras sociales para responder adecuadamente al derecho que todo bebé tiene de ser atendido en sus necesidades vitales, siendo las más importantes, como veremos más adelante, la calidez y el amor en los cuidados cotidianos.
No hay tiempo que perder. En nuestra sociedad hay mucha confusión y mensajes contradictorios en torno a la crianza que provocan demasiados llantos desatendidos por falsas creencias, demasiados abrazos perdidos por influencias externas, que son ajenas al instinto natural que permite salvaguardar la integridad emocional de cada bebé. Ningún bebé del mundo merece no ser tratado con tacto, más allá de que el nacimiento sea hospitalario o en casa, más allá del lugar. La actitud del adulto que escucha y observa, que está o no «acorazado», que teme o no a la vida, marca la relación con cada bebé que asoma a la existencia.
Hoy y ahora, los bebés y los niños necesitan nacer y crecer desde el respeto profundo por cada célula de su pequeño ser, como ser humano íntegro en formación y no como un mero proyecto al que hay que moldear según el criterio del adulto.
No se trata tanto de debatir sobre el derecho irrenunciable a decidir si el parto es hospitalario o en casa. El lugar, si las condiciones son adecuadas, es totalmente secundario. Se trata de nacer y parir sin violencia, respetando el propio ritmo de cada mujer y del bebé, ritmo íntimo de la danza universal que constituye el parto y el nacimiento.
Y desde esta posición, mi pasión entrelazada con la formación, he podido atender y preparar a mujeres y a sus parejas para la maternidad y la paternidad desde los primeros días de la concepción e incluso antes, pero también a mujeres con embarazos avanzados, pues nunca es tarde. Y siempre con el firme deseo de acompañar y ayudar a las futuras madres a superar los miedos y dudas propios del embarazo, así como los temores que despierta, de diferente grado de intensidad, la inminente experiencia del parto.
Por estas experiencias, agradezco a las mujeres y a sus parejas la oportunidad que nos ofrecen a los profesionales que navegamos en el mismo barco de transmitir desde el corazón la afirmación de que todos los bebés del mundo tienen derecho a ser recibidos con amor y respeto desde el mismo momento del nacimiento.
Profesional y personalmente, me he emocionado una y mil veces ante el milagro de la vida que se opera en el parto sin violencia, cuando las parejas a los pocos días del nacimiento acuden a la consulta para narrar su experiencia, con su recién nacido en brazos. Escuchar a los padres narrar su experiencia y observar su asombro ante la vida que sostienen en sus brazos, es compartir momentos únicos e inolvidables.
Similar alegría he experimentado cuando con una sencilla observación preventiva con relación a la díada mamá-bebé, sea respecto a la lactancia, el contacto con la mirada, el colecho o cualquier otro tema, se reconduce con suavidad el proceso natural del desarrollo en el seno familiar y la seguridad y satisfacción reaparecen en la interacción amorosa madre-bebé.
Es realmente simple y contundente, aunque parezca complicado por nuestros condicionamientos culturales: la vida, más allá de las experiencias dolorosas siempre válidas para el aprendizaje personal, se caracteriza por la expansión, el bienestar y el placer. Cualquier situación displacentera o dolorosa es una señal-síntoma a escuchar para restablecer nuevamente la salud y el gozo de vivir. Por tanto, somos los padres y los profesionales con una adecuada formación quienes debemos velar por favorecer la salud integral de la infancia y la sociedad.
Hay muchos textos y aportaciones valiosas sobre embarazo y parto con abundante bibliografía y, por ello, me voy a centrar fundamentalmente en los aspectos más destacados desde el abordaje de la promoción de la salud y la prevención infantil.
CRITERIOS MÍNIMOS SALUDABLES DURANTE EL EMBARAZO Y EL PARTO
Antes de entrar en consideraciones teóricas y prácticas sobre el tema del embarazo y el parto, tengamos presentes los siguientes criterios saludables ante la mujer embarazada. Se trata de criterios cada vez más aceptados, pero todavía no reconocidos del todo por algunos estamentos médicos y algunas futuras mamás:
Estar embarazada no es estar enferma ni requiere ser tratada como tal.
Estar embarazada es materializar el deseo, el proyecto y la energía de una nueva vida.
Las embarazadas deben ser las protagonistas exclusivas del parto natural junto a su bebé, si se dan las condiciones de salud mínimas para ambos.
Ningún profesional debería arrebatar la magia de dar vida a un nuevo ser. Su única e importante función es acompañar y ser testigo del asombroso acto de nacer, evitando cualquier interferencia.
El bebé siente y como ser sensible debe ser respetado tanto en la vida intrauterina como desde el mismo momento del nacimiento. Durante el embarazo, la mujer lleva un proyecto de vida en su interior que necesita ser cuidado con adecuada nutrición, no sólo físicamente, sino también emocionalmente.
En el nacimiento, ninguna práctica hospitalaria rutinaria justifica la separación madre-bebé. El pasaje del medio acuático (útero materno) a través del parto posibilita la vida aérea del bebé, pero no representa más que un tránsito necesario durante el desarrollo humano, y nunca una ruptura del continuum de relación iniciado en la vida intrauterina.
Este continuum se favorece a través del inicio inmediato de la lactancia, favorecida por el contenedor y reasegurador contacto de la boca del bebé con el pezón materno como hilo de conexión ininterrumpido entre el bebé intraútero y el extraútero y su madre, sin interrupción ni manipulaciones tras el nacimiento, siempre que la salud del bebé y la madre lo permitan.
La lactancia materna inmediata y a demanda, siempre que sea una opción elegida por la madre, puede prevenir la depresión posparto. Cada mujer responde a una historia personal que condiciona su experiencia en el puerperio, pero el vacío posparto que produce la separación de la mamá y el bebé puede precipitar una depresión innecesaria y evitable en las mujeres sin historial clínico depresivo, si no hay ruptura de la interacción.
El continuum de relación madre-bebé tras el nacimiento favorece el inicio del vínculo real madre-bebé, ya comenzado en la vida intrauterina de manera imaginaria y energética.
La presencia del padre durante el nacimiento del bebé facilita la vínculación padre-hijo, favoreciendo la integración de la tríada familiar.
Algunos de estos criterios son compartidos en su totalidad o en parte por profesionales de la salud y futuros padres-madres que defienden una crianza natural. Sin embargo, no están interiorizados ni integrados en el conjunto de la sociedad. Necesitamos dar pasos de gigante para lograr una transformación real en nuestra actitud hacia la primera infancia. Estamos hablando de sensibilidad, de respeto y de salud. Y estas características deberían formar parte de nuestra humanidad, si queremos un futuro más armónico en el planeta.
Veamos ahora aportaciones desde diferentes perspectivas, complementarias y presentes en el abordaje preventivo, en torno al embarazo y al parto.
APORTACIONES DE LA TEORÍA DE APEGO EN EL EMBARAZO
Cada embarazo representa una etapa extraordinaria en cada mujer. Así como el parto es una experiencia sexual que conlleva un importante estado alterado de consciencia siempre que no haya fármacos que anestesien la vivencia, el embarazo genera una gran vulnerabilidad emocional en la mujer. Un nuevo ser se está gestando en el cuerpo de la mujer y, mientras esto acontece, una auténtica revolución hormonal, física, emocional y energética envuelve la existencia de la futura mamá.
Es el momento ideal para prepararse, pudiendo resolver y superar muchos obstáculos de cara a la maternidad y paternidad inminente.
a. Fantasías y expectativas
Las primeras fantasías en torno al futuro hijo se comienzan a gestar de forma rudimentaria durante los primeros años de vida (Stern, 1999), cuando la niña comienza a desarrollar representaciones sobre el significado de ser madre, es decir, a imaginarse «jugando a mamás». Estas representaciones van variando a lo largo de la infancia hasta la adolescencia y cristalizan durante el embarazo real.
Los futuros padres y madres también empiezan a imaginar a sus hijos ya durante el comienzo del embarazo. Estas representaciones del bebé se vuelven más complejas durante el embarazo y reflejan un conjunto de fantasías acerca de cómo es el bebé, qué es lo que siente y cómo será (Benedeck y Winnicott).
De este patrón de expectativas, basadas en representaciones de relaciones pasadas, nace el «bebé imaginario» en los futuros padres.
Numerosas investigaciones sugieren que las representaciones que los padres tienen del niño/a están vinculadas a las representaciones del propio apego a sus padres. Es decir, una madre de apego seguro tendrá una representación equilibrada, coherente y flexible del niño y se podrá concebir a sí misma como proveedora de una base segura para su bebé. Mientras que las madres inseguras van a imaginar a sus bebés de una manera limitada o distorsionada, y se representan a sí mismas como desapegadas de sus hijos o incapaces de comprometerse (Zeanah, 1999; Geokge y Salomon). De hecho, desde la teoría del apego existen investigaciones que indican que durante el embarazo es posible predecir la relación de apego que los niños tendrán con su madre, incluso antes de nacer. Esta investigación, realizada por Mary Answorth, está basada en una entrevista para adultos sobre el apego y permitió descubrir que las propias representaciones de los modelos internos de la madre durante su infancia (recuerdos, vivencias con relación a sus propios padres) pueden predecir hasta en un 80 % el tipo de vínculo seguro o inseguro que formará de forma similar con su propio bebé.
Estas investigaciones ofrecen un soporte empírico respecto a la importancia del impacto de estas fantasías y proyecciones que una mujer embarazada concreta experimenta y la forma en que éstas pueden transformarse con relación a su bebé imaginario y real.
Brazelton y Lamer (1993) analizan las fantasías que se acumulan en la vida de los futuros padres, desde lo que llaman «la prehistoria del vínculo». Cito algunas de ellas constadas en la práctica:
El deseo de ser «omnipotente y completa»: son las embarazadas que verbalizan no necesitar a sus parejas por sentirse llenas, acabadas. De hecho, marginan a sus parejas durante el embarazo y después del parto.
Fantasía de amor incondicional: algunas mujeres refieren que estando embarazadas ya no volverán a estar solas nunca más. Hace referencia al deseo de fusión y unión con la propia madre, desde el mecanismo de identificación. Es importante elaborarlo, para evitar expectativas en el hijo que no se corresponden con la maternidad.
La proyección de ideales y oportunidades perdidas: esta expectativa es bastante frecuente en padres que proyectan superar sus frustraciones a través de sus hijos (profesión, vida social, etc.).
La ocupación del lugar de una pérdida o «rol de sustitución». Presente en caso de abortos o muertes cercanas. Lo observamos cuando el bebé lleva el nombre del muerto. En prevención, es importante trabajar esta fantasía para preservar y cuidar el lugar propio y real que debe ocupar el bebé en la familia, evitando que este bebé represente al que ya no está.
Identificación con el propio bebé: emerge el deseo de recibir algún cuidado maternal a través de esta identificación. Otro elemento a elaborar durante el abordaje del embarazo para evitar la inversión de roles, es decir, que el hijo cumpla una función como madre o padre que no le corresponde.
Por tanto, las fantasías y expectativas que conlleva la idea de embarazo, además de los factores socioculturales propios, son tan variadas como la historia de apego de cada mujer. Detectar estas fantasías, si bien frecuentes, es muy importante en el abordaje preventivo, pues no son insignificantes para la relación con el bebé. Al contrario, representan una carga que puede dificultar el vínculo y que es importante elaborar, para facilitar que el nacimiento del bebé responda al deseo de dar vida, criar y cuidar.
Deseos indirectos de embarazo, motivados por:
Dar un hermanito al hijo existente.
Creer que traer un hijo puede solventar una crisis de pareja.
Ambas situaciones son analizadas y tratadas delicadamente en el abordaje preventivo cuando se acude a la consulta antes de un embarazo. En ambos casos no hay un deseo genuino de ser madre o padre y dar vida, sino de responder a situaciones que no necesariamente son las que vayan a favorecer al nuevo bebé.
Tratado el tema en el abordaje preventivo previo al embarazo, muchas parejas ven el sentido y función de lo abordado y o bien deciden seguir adelante en algunos casos siendo conscientes de su opción, o bien en una gran mayoría se replantean la situación y buscan otras alternativas, hasta que emerja realmente el deseo de maternidad o paternidad. Un hijo merece un espacio único y privilegiado y no debe venir a cumplir una función para otros. Tener un hijo es una experiencia única en sí misma que responde al deseo profundo de ser madre y padre. Veremos, más adelante, el tema de los hermanos.
b. Embarazo real
Llegamos a la cristalización del embarazo real. Siendo este un período extraordinario y natural en la vida de una mujer, la confirmación del embarazo marca una etapa diferente en su vida. La fantasía comienza a transformarse en realidad: se cristaliza un sueño.
Los nueve meses de embarazo, con sus intensas transformaciones hormonales, corporales y psico-sociales, representan una auténtica oportunidad para prepararse para la maternidad y, paralelamente, para la paternidad. El embarazo representa el pasaje de la condición exclusiva de hija, para adquirir también la condición de madre y el pasaje de la condición de pareja sin hijos, para convertirse también en padres.
Ser madre representa la adquisición de una «nueva identidad» (D. Stern) que no se produce necesariamente con el nacimiento biológico del bebé real. Más bien responde a un proceso progresivo, iniciado con el deseo de embarazo, continuado durante la gestación y culminado largo tiempo después del nacimiento del bebé real. Todo este proceso requiere la aceptación e integración de todos los cambios acontecidos durante este período y que son para el resto de la vida. El embarazo vivido con consciencia es considerado por algunos autores, con los que coincido, como una auténtica fase del desarrollo en la mujer, puesto que favorece la formación de una nueva identidad, la identidad materna (Charvet, 1978).
Más allá de las variaciones histórico-sociales sobre el concepto de la maternidad, vamos a centrarnos en su función bio-psico-social para el desarrollo de la salud infantil.
Las investigaciones antropológicas de Margaret Mead pusieron en evidencia «que cada sociedad contiene preconceptos propios con relación a las funciones procreativas de la mujer», preconceptos a los que la mayoría de las mujeres se adapta, como un fenómeno de identificación transcultural. Es decir, el embarazo, la maternidad, la menstruación y la menopausia, como funciones femeninas, van a estar mediatizadas por la educación recibida en cada cultura. La nuestra todavía no es un prototipo de cultura que valore las funciones femeninas especialmente como positivas, ni psicológicamente ni socialmente.
Continuando con el embarazo, la futura mamá se relaciona con el bebé imaginario a través del tacto, de las percepciones de sus movimientos, del diálogo que establece con su bebé, al mismo tiempo que puede sentir una serie de ansiedades, miedos y preocupaciones. Estas han sido detalladas por diversos autores y conviene conocerlas para familiarizarse con unos síntomas que pueden presentarse con mayor o menor intensidad, según cada mujer en particular.
Hay mujeres que presentan muchos síntomas y otras ninguno. Estar embaraza es todo un síntoma. Es el síntoma positivo, la señal más clara de que algo maravilloso va a ocurrir: nuestro cuerpo se transforma y prepara para acoger un nuevo ser. Por tanto, sentir durante el embarazo no sólo es natural, sino saludable. Sentir los cambios de nuestro cuerpo, la influencia de las hormonas, la desestabilización de nuestra coraza fruto de la presencia de un nuevo ser. «No enterarse de nada» es, cuando menos, poco natural y probablemente responda a actitudes defensivas que sería conveniente elaborar para evitar situaciones como las presentadas en el caso de Ariadna, que veremos más adelante. Entre sentir el embarazo y no sentir nada hay todo un abanico de respuestas en función de cada caso particular, que como hemos visto guarda relación con el carácter concreto de cada mujer. Veamos ahora algunas ansiedades y miedos concretos que están presentes durante el embarazo con mayor o menor intensidad.
c. Ansiedades durante el embarazo
Son muchos los autores que han estudiado las ansiedades y los miedos durante el embarazo. Destaco la contribución en torno al embarazo de R. Soiffer, que se apoya en las investigaciones de Langer, Pichón Riviere y Arminda Aberastury.
Estas ansiedades se repiten con mayor o menor intensidad en los embarazos considerados normales, tal y como hemos podido comprobar en la práctica con embarazadas, siempre en función de su historia personal. En el trabajo preventivo podemos elaborarlas para lograr que no interfieran durante el embarazo cuando son demasiado intensas, ya que desde la teoría del apego sabemos que pueden interferir en el posterior establecimiento del vínculo seguro.
¿Cuáles son las ansiedades habituales durante los tres trimestres del embarazo?
Primer trimestre: Se despierta una gran vulnerabilidad ante los cambios bio-psico-sociales que se avecinan, vividos como desconocidos. Como consecuencia de este estrés inicial, un síntoma típico suele ser la hipersomnia, es decir, una gran necesidad de dormir o de alejarse de las actividades mundanas y estar más en contacto con una misma. En sí misma es una defensa biológica que cumple la función de disminuir el ritmo de la mujer, para favorecer su adaptación a los cambios intensos a nivel psíquico y orgánico. En el extremo opuesto, algunas mujeres desarrollan insomnio, como expresión de la vivencia de ansiedad experimentada frente al embarazo.Otro mecanismo importante que ocurre durante el embarazo, y muy útil para permitir una mayor sensibilización para la maternidad que se avecina, es el mecanismo de la regresión.Este mecanismo de regresión, presente en la mayoría de las embarazadas, favorece que la futura mamá pueda ir desarrollando una doble identificación, tanto con su propia madre como con su bebé-feto. Por esto, durante el embarazo, las mujeres suelen tener cierta necesidad de recuperar o potenciar la relación con su propia madre. La inminencia de la maternidad las lleva a buscar referencias externas y quién mejor que la madre si realmente cumplió dicha función. Este mismo mecanismo de regresión, en los casos en los que la relación con la propia madre no fue satisfactoria, permite que en el trabajo durante el embarazo la especialista sea una referencia amorosa y maternal para la futura madre, cubriendo esas lagunas que pudieran estar presentes.Continuando con los síntomas, a veces en algunas mujeres están presentes las náuseas y vómitos, que además de posibles causas orgánicas en algunos casos, expresan sobre todo la emergencia de cierta ambivalencia ante el embarazo: es decir, deseo y temor o rechazo al embarazo según el caso.Sin embargo, tal y como señalé antes, hay mujeres que desarrollan una intensa actividad, manifestando «que no se enteran de estar embarazadas» (mecanismos maníacos). Presentaré un caso más adelante.Menciono sólo de paso otros mecanismos presentes con mayor o menor frecuencia: negación, identificación, somatizaciones, etc.
Segundo trimestre: Considerado por muchos autores como un trimestre de «bienestar emocional» para la mujer embarazada.Suele ser un trimestre en que la futura mamá se recrea en el hijo imaginario. Es el momento de fantasear con el pequeño ser que se forma en nuestras entrañas mientras crece cada día más.Este trimestre generalmente se vive con la alegría de la confirmación del embarazo, no sólo por las posibles ecografías, sino sobre todo por la experiencia directa y real de la percepción de los primeros movimientos fetales.La respuesta ante los movimientos fetales es variada: hay mujeres que se relajan y comienzan a sentirse embarazadas disfrutando de cada movimiento e interpretando que «será movido», «será tranquilo», «será futbolista» y un largo etcétera. Otras, sin embargo, con cada movimiento fetal viven cierta ansiedad, al atribuir al movimiento fetal un significado agresivo: «me da patadas fuertes» o «me hace hasta daño de la fuerza que tiene». Estas atribuciones al bebé, sobre todo si tienen un contenido agresivo, podrían estar relacionadas con la proyección de vivencias hostiles no elaboradas hacia la propia madre, que convendría trabajar adecuadamente. Pero esto forma ya parte de un abordaje especializado en prevención durante el embarazo.En este trimestre pueden aparecer sueños propios del parto: en general, las futuras madres narran que tienen el bebé junto a ellas y no saben cómo ha sido el parto. Es el período en el cual se intensifican los diálogos internos con el bebé, aunque este diálogo puede estar presente o ausente durante todo el embarazo, siempre en función de la historia de cada mujer en particular.
Tercer trimestre: Es el último trimestre del embarazo, antes de abrazar al bebé real.La proximidad del parto puede despertar ciertos miedos durante el embarazo, siendo los más habituales:A no hacerlo bien.A la supervivencia del hijo.Al dolor.A no tener leche suficiente, o buena leche (bastante frecuente).A morir en el parto.Este trimestre es especialmente delicado para la prevención de partos prematuros. Y esto es debido a que durante el séptimo mes el feto realiza la llamada «versión interna»: es decir, se ubica en posición céfalo-caudal, con la cabeza en el canal del parto. Esto es muy importante, ya que los movimientos perceptibles pueden despertar ansiedad y generar una contractura de los músculos pélvicos que impida la versión interna. Muchos partos de nalgas, laterales o de hombro, que no presentan patologías pélvicas previas, responden a esta versión patológica consecuencia del miedo de la mujer. Desde nuestra experiencia preventiva, puedo afirmar que en el abordaje durante el embarazo, conocer las causas de esta patología permite en muchos casos lograr la adecuada posición cefálica, que favorece el parto natural y evita la cesárea.¿Cómo? A través de una intervención puntual en un marco profesional seguro y adecuado. En este contexto es posible el análisis de los temores hacia el parto o cualquier conflicto no resuelto que, junto con un trabajo corporal concreto, pueda favorecer la adecuada posición cefálica y, por tanto, el parto natural.Al final de este capítulo, veremos un caso en el que se presentan varias situaciones difíciles y que, elaboradas y trabajadas corporalmente, permiten un segundo embarazo, parto y crianza más satisfactorios.Pero antes vamos a continuar con la importancia del abordaje preventivo durante el embarazo y el parto.
d. La aportación energética: embarazo y parto
Partiendo de un enfoque bio-psico-social de la salud y de la enfermedad, hay una importante contribución realizada por el psiquiatra y psicoanalista W. Reich (1955) y su equipo de colaboradores en la década de los cincuenta y posteriormente ampliada con otras investigaciones. Fueron pioneros en la defensa del parto natural y en el abordaje desde la salud del embarazo, el parto y la infancia. Uno de los objetivos cruciales consistió en la prevención de la formación de la coraza caracteromuscular, que se forma durante los primeros años de vida. Su objetivo en el trabajo con embarazadas fue ir más allá de lo considerado como normal para intentar definir lo que pudiera acercarse más a lo saludable.
La coraza es un término que se ha popularizado mucho y que básicamente hace referencia al conjunto de tensiones y bloqueos musculares que cumplen una función defensiva contra las agresiones del exterior, pero que al mismo tiempo impiden la capacidad de contacto con uno mismo y el libre funcionamiento de la energía a nivel corporal. Paralelamente a la formación de dicha coraza, el carácter se va conformando durante los primeros siete años de vida en el espacio familiar y social, constituyéndose a través de un conjunto de defensas psíquicas que van definiendo dicho carácter con una impronta personal.
Desde estas investigaciones que se realizaron a través de los seguimientos de mujeres embarazadas con cierta salud y que tuvieron un parto no violento y una lactancia natural, por un lado se pretendía observar, analizar y comprobar cuáles eran las condiciones saludables para evitar que un bebé-niño pequeño tuviera que formar una coraza caractero-muscular rígida, al mismo tiempo que se trataba de favorecer las bases familiares y sociales que permitieran un desarrollo caracterial más flexible y sólido a nivel de la construcción del yo. Dichas aportaciones fueron pioneras en el campo de la prevención y precursoras de todo el movimiento posterior sobre el parto natural, defendido por profesionales destacados como Leboyer y M. Odent.
Prácticamente el movimiento actual sobre el parto natural se basa en una visión bio-psico-social de la salud y la enfermedad, siendo este modelo un punto de partida crucial para comprender las claves de un desarrollo saludable integral en la primera infancia. Continuando con la vida intrauterina, desde la perspectiva bio-psico-social y energética, hay aportaciones importantes que permiten comprender con mayor profundidad el proceso de desarrollo psicoafectivo del ser humano: desde el mismo momento de la concepción hay vida pulsátil en el útero de una mujer. Vida pulsátil, que se expresa en el embrión y luego el bebé intrauterino a través del movimiento vital y energético de expansión y contracción. Este movimiento de expansión-contracción está presente y es común a todos los seres vivos, desde los unicelulares hasta los más complejos.
El bebé intrauterino se encuentra en el espacio adecuado para su desarrollo, siempre y cuando la mamá y el músculo uterino no estén en una situación crónica de estrés o de miedo.
Cuando hablamos de emociones es fundamental comprender que todo en la vida es movimiento. Las emociones fluctúan como las olas del mar, con mayor o menor intensidad. Unas emociones resultan placenteras y otras no. Ambas son consustanciales con la vida y representan una guía en nuestra interacción con el exterior.
Emociones maternas y vida intrauterina
Durante el embarazo, la mujer puede vivenciar emociones placenteras o displacenteras. Las primeras conllevan expansión y las segundas contracción. El vínculo del bebé con su madre a nivel intrauterino le permite experimentar las emociones maternas desde este contexto, es decir, sintiendo un útero expansivo y relajado o contraído y tenso. Ambas situaciones impactan en su organismo en formación, experimentando por tanto sensaciones placenteras o displacenteras, en función de la vivencia materna.
Las emociones no son negativas en sí mismas, ni para la madre ni para el bebé, salvo si se cronifican. Es decir, una mujer puede sentir puntualmente tristeza o rabia estando embarazada y al rato sentirse plena y feliz. Sin embargo, otra mujer puede vivir todo el embarazo como una carga y con una actitud caracterial victimista que la lleva a sufrir y a aguantar su embarazo con una mezcla de sentimientos. ¿Por qué esta diferencia? Cada mujer afrontará las experiencias de la vida de forma diferente, en función del carácter y su historia personal. Cuanto más consciencia y salud psico-corporal tengamos, más pleno será el embarazo y más sensaciones intensas nos ofrecerá. De ahí nuevamente la importancia de un adecuado abordaje durante el embarazo y el parto que posibilite una experiencia consciente y responsable, como veremos más adelante.
Durante el embarazo, la mujer pasa por una serie de transformaciones corporales, emocionales y energéticas fruto de la intensa invasión hormonal, que conllevan la desestabilización de su coraza caractero-muscular: de hecho, aparece una mayor vulnerabilidad y cierta sintomatología asociada a los cambios operados en la mujer embarazada. Es por ello un momento extraordinario en la vida de una mujer, dado que esta desestabilización permite la emergencia de conflictos no resueltos. De ahí la importancia de elaborarlos en un contexto preventivo que favorezca una nueva reordenación emocional para preparar la llegada a la nueva identidad materna.
¿Afectan estos cambios emocionales al bebé?
Para algunos teóricos el bebé está en una experiencia similar a la descrita como «nirvana» (estado de máxima felicidad y plenitud) en la vida intrauterina. Otros defienden que el bebé es capaz no sólo de pensar (algunas operaciones matemáticas sencillas), sino también de percibir los pensamientos de la madre (como, por ejemplo, que se dispone a fumar un cigarrillo).
En la práctica con grupos de embarazadas, muchas madres y padres se preguntan qué hay de realidad en todo esto, pero sobre todo les inquieta saber si sus emociones pueden afectar a sus bebés de alguna manera, mientras el bebé está en la vida intrauterina. Otras se preguntan si los bebés realmente sienten o incluso si pueden llegar a captar lo que ellas piensan.
La mayoría de las mamás, después de realizar una dinámica grupal, afirman que al menos están seguras de que sus bebés sienten, aunque no saben qué ni cómo.
Hay muchos libros que defienden diversas posturas, pero bajo el modelo de la prevención, partimos de la base de que el bebé intrauterino siente. Los bebés son sensibles e interactúan con el medio, ya desde la vida intrauterina. Sin entrar en consideraciones neurológicas exhaustivas, se sabe que la maduración cerebral de la estructura neocortical (procesos superiores del intelecto) todavía no está completada en la vida intrauterina y tardará aproximadamente dos años en finalizar su proceso de mielinización (conexiones neuronales a través de la mielina, que permite la transmisión de la información).
El bebé siente
Es un ser sensible que se encuentra en estrecha interacción con su mamá. Sabemos que oye aproximadamente a partir del cuarto mes de vida intrauterina. Además, entre otras habilidades, inicia el reflejo de succión y el chupeteo del dedo, como ensayo para sobrevivir en el mundo aéreo tras el nacimiento. ¿Qué siente el bebé? Todavía no podemos afirmar científicamente y con precisión qué y cómo siente un bebé intrauterino, más allá de ciertas aproximaciones. Por tanto, evitando caer en afirmaciones equivocadas, podemos sin embargo intentar aproximarnos a comprender algunas consideraciones:
El bebé en el útero materno está protegido de muchos efectos y en cierta medida por la barrera placentaria. Pero el bebé no está aislado. Interactúa permanentemente con la madre, de la que depende absolutamente para su subsistencia. Esta dependencia lo lleva a ser receptor de cierta «información» sensitiva a través del torrente sanguíneo de la mujer, en cuanto al estado materno tanto a nivel orgánico como emocional y energético. Por supuesto, no se trata de una información intelectual o racional, sino orgánica y energética. Por ejemplo, en un estado de estrés materno, la adrenalina, al igual que otras sustancias, será transmitida al organismo del bebé mediante la circulación sanguínea a través del cordón umbilical, más allá de la barrera placentaria. Sin embargo, esta llegada de adrenalina a su universo uterino sólo será perjudicial si se cronifica. Es decir, si una madre está atravesando un embarazo mediatizado por un intenso miedo o estrés de forma continuada o crónica, entonces y sólo entonces puede afectar al bebé. Y lo hace a través de la contracción muscular de su organismo y por tanto de su entorno uterino. Entonces, el bebé siente un útero rígido y vive displacer y contracción. Pero no sabe que su mamá está estresada o tiene miedo. Lo siente.
El miedo y el estrés crónico provocan una respuesta de contracción neuromuscular en el organismo materno que puede afectar al entorno inmediato que es el músculo uterino. Un útero-nido contraído no es un lugar muy placentero que invite a vivir, sino un lugar del que se desea salir en cuanto sea posible. Abordaremos este tema con los partos prematuros.
A través del trabajo de la prevención y siempre descartadas las causas orgánicas, podemos detectar factores de riesgo en la mamá y ayudar a que ese regazo uterino sea lo suficientemente agradable para que el bebé llegue a término. De hecho, en algunos casos podemos llegar a anticipar y detectar si hay riesgo de parto prematuro en función del estado emocional y del material onírico de la mujer embarazada. Los sueños y las pesadillas son un excelente campo de interpretación durante el embarazo que nos indica el camino por donde transitan los miedos y preocupaciones de la futura mamá. El bebé recibe muchas sensaciones del universo materno y también responde. Responde desde su universo uterino, ante las situaciones placenteras que vive y transmite a su mamá, con una respuesta que se traduce en expansión y bienestar de su sensible organismo. Pero también responde a las vivencias displacenteras contrayendo su cuerpo en formación, en un intento de defensa ante experiencias desagradables. Es decir, puede sentir miedo o placer en función de la vivencia materna de cada momento. Sentir miedo o angustia durante el embarazo no perjudica al bebé si es una emoción puntual, pues no sólo es inevitable, sino natural, que en la vida sintamos un abanico de emociones, y máxime cuando se está embarazada. Sin embargo, en el caso de que se instaurara una depresión o cualquier otra patología severa, el bebé podría ver afectado su bienestar intrauterino.
Sin entrar en consideraciones clínicas imprescindibles cuando abordamos el inicio de la vida con la mujer embarazada y su pareja a través de su historia clínica y el diagnóstico corporal, voy a resaltar en este capítulo los aspectos con relación a la gestación de un nuevo ser y el incipiente pero intenso vínculo que va emergiendo en la madre, a medida que su tripita progresa.
PREPARACIÓN PREVENTIVA DURANTE EL EMBARAZO
Llevo unos veinte años de práctica profesional realizando un abordaje preventivo y de salud, tanto con padres como en la formación de profesionales de la salud.
Esta atención a futuros padres se produce muchas veces desde el inicio de la vida e incluso antes. Son parejas embarazadas que se comprometen a una preparación profunda para la maternidad/paternidad, conscientes de la importancia de la transmisión intergeneracional de padres a hijos. Parejas que desean prepararse para un parto natural, conocedores en alguna medida de la importancia del inicio del vínculo temprano madre-bebé y que continúan después del parto realizando un seguimiento especializado de todo el sistema familiar, con un ritmo mensual de sesiones y durante al menos el primer año de vida.
Lo habitual cuando una mujer se embaraza es esperar hasta el séptimo mes para iniciar la preparación al parto. Esto es lo que se oferta y se sugiere. Se infravalora o ignora la importancia de los meses anteriores. Afortunadamente, existe cada vez más la posibilidad de aprovechar esta situación especial y prepararse para la maternidad con profesionales especializados para ello. La maternidad y la paternidad son las funciones más importantes y cruciales que desarrolla un ser humano. Sin embargo, habitualmente no se cuida este proceso desde la raíz, es decir, desde la concepción.
El abordaje preventivo se inicia desde el origen de la vida, antes de que estallen los problemas o se repitan modelos educativos y de crianza, no deseables porque, si bien es cierto que prepararse para el parto es importante en nuestra sociedad occidental, no lo es menos tener espacios de reflexión y de elaboración adecuados, para estar receptivos y entregados al nuevo reto de la vida que representa tomar la decisión de ser padres.
Por eso, si es posible, es mejor comenzar precozmente la preparación, poniendo a punto los aspectos pendientes de nuestra historia personal, para no interferir en el proceso de desarrollo del nuevo ser. Se trata de evitar la repetición de esos patrones de comportamiento que no nos gustaron cuando éramos pequeños y que ahora podemos no reproducir con nuestros hijos, evitando la cadena de transmisión intergeneracional mencionada.
Además, el embarazo es una etapa especial, como hemos visto en el apartado anterior, que permite avanzar con más rapidez en las elaboraciones pendientes, debido a que la mujer está mucho más receptiva. ¿Por qué? Básicamente porque el embarazo supone una profunda transformación en la mujer, a consecuencia de los cambios que se producen en el estado corporal, que está impregnado de hormonas ante la inminencia de la maternidad. Todas estas transformaciones intensas en el organismo de la embarazada permiten que su coraza y sus mecanismos defensivos rígidos se flexibilicen. De esta forma, emerge un abanico de emociones, dudas y miedos que se alternan también con sentimientos de alegría, en función de cada mujer en concreto. Por eso es el momento de tratar la relación con los propios padres y de elaborar las fantasías y expectativas ante el nuevo hijo que en unos meses pasará a ser un bebé real.
El embarazo también repercute en el estado emocional y energético de la mujer y en la reestructuración de la red social. Todo cambia cuando viene un tercero a la vida de la pareja: la organización de la casa, el futuro profesional, la relación con los abuelos y con otros hijos. En efecto, es una etapa en la vida de la mujer de transformación profunda.
Además de cuidar la elaboración de las emociones que emergen durante el embarazo favoreciendo una nutrición emocional positiva, también es importante cuidar la alimentación. Nutrirse es nutrir al bebé. Y siempre insisto en intentar consumir alimentos biológicos, libres de pesticidas, insecticidas y sustancias nocivas. No olvidemos que «somos lo que comemos». Cuantos menos tóxicos le lleguen al bebé a través de la alimentación materna, más estaremos contribuyendo a su salud integral. La misma recomendación es válida para la lactancia materna y la introducción de sólidos para el bebé. Los alimentos biológicos son más energéticos y saludables durante la vida intrauterina y al menos deberían mantenerse durante toda la infancia, pues están libres de contaminantes para el organismo en formación. Sabemos que los alimentos manipulados y manufacturados mantienen la apariencia apetitosa, pero carecen de los nutrientes necesarios. No es fácil optar por este camino dadas las condiciones sociales, pero tampoco imposible. Es cuestión de conciencia y de prioridades en la economía familiar.
Es un hecho constatable que vivimos en un hermoso planeta cada vez más contaminado y con crecientes dificultades en todos los ámbitos, sin embargo debemos intentar, dentro de nuestras posibilidades, tener una actitud coherente en la crianza y educación, si queremos lo mejor para el futuro de nuestros hijos. No se trata de consumir más, sino de consumir mejor.
Continuemos ahora resaltando la importancia de elaborar las emociones respecto a la propia madre, por sus implicaciones preventivas con relación al futuro vínculo con el bebé.
a. Relación con la propia madre
Como hemos visto anteriormente, durante el embarazo se produce un mecanismo de regresión en la mujer, que reactiva situaciones emocionales del pasado.
La mujer embarazada siente en muchas ocasiones la necesidad de saber cómo fue el embarazo y el parto de la propia madre y también los primeros años de vida. Si el vínculo con la propia madre fue bueno, es decir, seguro y amoroso, la nueva madre se identifica con facilidad con ella y habitualmente aparecen sentimientos de agradecimiento y deseos de cercanía, puesto que dispone de un modelo inicial que le ofrece seguridad.
Si, por el contrario, el vínculo no fue satisfactorio y emergen sentimientos de soledad, vacío, abandono o incluso ambivalencia, la relación con el profesional de prevención será un eje muy importante durante su embarazo. A través de su vínculo y disponibilidad, le ofrecerá la posibilidad de crear un vínculo más amoroso del que dispuso con la propia madre.
Pero, sobre todo, la interacción en el marco preventivo con el profesional le devolverá la confianza en que ella podrá darle el amor que no recibió a su bebé, favoreciendo así que pueda establecer un vínculo más seguro con este.
Profesionalmente, es muy gratificante comprobar que, de forma similar a lo que acontece en un proceso terapéutico, las heridas van sanando y se va mitigando el dolor de no haber sido suficientemente querida o aceptada, hasta que se produce el asombroso y emotivo cambio y la mujer asume su función maternal decidida a estar disponible y sensible a las necesidades de ese futuro bebé que ya está presente en sus entrañas. Esta vivencia conmovedora es compartida en el grupo de embarazo como un mensaje de esperanza, porque realmente es posible mejorar la calidad del vínculo, pese a haber tenido una historia vincular difícil.
Un ejemplo
Elena es una joven que tiene un hijo de tres años y que forma parte de mis grupos de padres y madres desde hace poco tiempo. A través del trabajo de grupo, como suele ser frecuente, se dio cuenta de que tenía cosas que resolver en su historia personal si quería evitar la repetición y transmisión del modelo de interacción con sus padres. Tenía consciencia de la existencia de transmisión intergeneracional de modelos de padres a hijos, y no deseaba que su pequeño David sufriera la experiencia de rechazo que ella había experimentado en su infancia y todavía en la actualidad.
En las primeras sesiones, se puso de manifiesto la intensa vivencia de rechazo que Elena había vivido por parte de su madre y el sufrimiento que este rechazo le seguía ocasionando.
Ella es la mayor de tres hermanos. Tuvo otra hermana anterior, pero murió a los pocos días de nacer. Los recuerdos de su infancia están impregnados de dolor y marginación respecto a su madre, que mantuvo y mantiene una relación vincular privilegiada con su hermana menor.
Elena no deseaba todavía un nuevo embarazo. Quería dejar al menos cuatro años de distancia para poder atender a los dos adecuadamente. Además había iniciado un proceso de psicoterapia que quería finalizar. Sin embargo, ahora está nuevamente embarazada de tan sólo unas semanas. Después de intensas dudas, ha decidido continuar adelante, pues ya tuvo un primer aborto y no quiere repetir la experiencia.
Pero en esta ocasión el embarazo no es tan placentero como el anterior. Ha sentido intensas náuseas y vómitos y no entiende la razón. Estos síntomas le provocan mucha irritación, máxime cuando ya se ha tomado todas las pastillas aconsejadas para los vómitos y no le han surtido efecto. Ante la nueva situación, hemos modificado el encuadre de trabajo, iniciando un abordaje dirigido a su momento vital actual del embarazo de su segundo hijo. Sin embargo, no ha sido posible avanzar en estas primeras semanas de embarazo, debido a que su gran preocupación se centraba en su hijo de tres años. ¿Por qué? Su temor lo concreta en que su hijo David, con el que mantiene una relación muy estrecha, sienta su rechazo ante la presencia de otro hermano, de la misma manera que le ocurrió a ella cuando nació su hermana. Analizando su temor, poco a poco fue descubriendo que el temor real era que ella sintiera rechazo hacia su segundo hijo. Parece imposible que, queriendo tanto a un hijo, se tema transformarlo en rechazo ante la inminencia del nacimiento de otro hijo. Pero ocurre.
Veamos un poco el proceso: durante estas primeras semanas ha tratado de asimilar con mucha ambivalencia (emociones opuestas) el nuevo embarazo no planificado ni previsto todavía en su vida. Sentía mucha rabia por experimentar náuseas, pero también se resistía a ver la causa que las podía originar, más allá de las explicaciones físicas habituales, puesto que la medicación no había sido exitosa. Algo de índole emocional estaba propiciando no sólo los síntomas, sino el estado de irritabilidad y malestar general que presentaba.
A lo largo de la última sesión le propuse una visualización guiada hacia el útero, para favorecer contactar internamente con el bebé intrauterino. Generalmente con esta visualización específica, emergen muchas emociones tiernas y deseos de protección, incluso en presencia de un cierto grado de ambivalencia. Sin embargo, Elena no ha visto ni sentido «nada». No ha podido visualizar a su embrión. Se ha bloqueado totalmente y con una frialdad inusitada ha dicho: «Ninguna sensación. No lo veo».
Esta resistencia y negación tan marcada no son habituales. Sin embargo, gracias a este trabajo psico-corporal, ha emergido con fuerza la intensa vivencia de rechazo que estaba oculta bajo una pseudo-aceptación del bebé. Ella misma ha sido consciente del grado de rechazo y del sentido de sus náuseas. Este insight, esta toma de conciencia, le ha provocado una intensa emoción que ha favorecido rescatar el deseo de aceptación que también estaba presente, aunque muy condicionado.
Pero además ha dado lugar a una posterior elaboración muy emotiva e interesante: lo que estaba ocurriendo durante este embarazo y el rechazo al mismo era fruto de una doble identificación: por un lado, una identificación negativa con su propia madre, que rechazó en su día a la paciente con el nacimiento de la segunda hija, y por otro, otra identificación con su pequeño David como hijo mayor que podía sufrir un rechazo por parte de Elena, con el nacimiento de su hermano. Internamente, para Elena no era posible tener dos hijos sin rechazar a uno de ellos, repitiendo el mismo modelo materno que tanto daño le produjo. Después de un trabajo de desculpabilización, ha respirado aliviada. Y a continuación hemos podido seguir creando un espacio simbólico en el corazón de Elena para la aceptación del nuevo bebé, pudiendo acariciar su tripa incipiente, aunque todavía sin entrega plena. Durante todo el embarazo, continuaremos profundizando en esta dinámica familiar al mismo tiempo que avanzaremos en el trabajo psico-corporal hasta llegar a la preparación para el parto natural, con su pareja e hijo común. Y más tarde, los cuatro miembros de la familia continuarán con el seguimiento del sistema familiar, para ir tratando las dudas y dificultades que pudieran surgir en la interacción.
Mi objetivo en la preparación preventiva que fomenta el vínculo seguro consiste en favorecer que la futura mamá vaya sintiendo la importancia de tener una respuesta sensitiva en términos de la teoría del apego a las necesidades del bebé, ya desde la relación con su bebé intraútero. En otros términos, favorecer la capacidad de contacto y de empatía.
Por todo esto, es el momento de prepararse, no sólo para el parto, sino sobre todo y ante todo para la maternidad y la paternidad.
Los tres trimestres del embarazo son muy distintos entre sí y también lo son en la percepción de cada mujer en particular. Por eso, la generalización no es adecuada y requiere un abordaje individualizado, aunque se trabaje también a nivel grupal.
Pero más allá de las diferentes percepciones o síntomas, el embarazo, estar embarazada, es una experiencia única que reclama estar «presente» y en estrecho contacto con ese bebé que convive íntimamente en nuestro cuerpo. El estrés, el trabajo o la negación de que algo extraordinario pasa en nuestro interior, entre otros factores, son situaciones que debemos cuestionar si significan la pérdida de la presencia emocional en la díada mamá-bebé.
Por supuesto, el futuro padre también requiere atención. El hombre también se embaraza. Hay mucha información al respecto, incluso sobre otras culturas, en las que se experimenta el couvade (el hombre se identifica y siente los dolores del parto). La experiencia preventiva y clínica demuestra que el embarazo de su compañera activa en él también muchas sensaciones, fantasías y temores que pueden ser elaborados en un espacio seguro, como es el abordaje preventivo con un profesional especializado.
Ser padres reales y no imaginarios no es fácil en ocasiones. O puede serlo, si delegamos en otros nuestra responsabilidad o repetimos patrones automáticos educativos, sin cuestionarnos nada.
Por esto, es importante ser conscientes de que se inicia una aventura, la de dar vida y criar, la de cuidar y respetar, la de acompañar y observar, que requiere grandes dosis de empatía, paciencia y preparación. Pero también la libre opción de elegir el modelo de crianza y educación que consideremos más adecuado, siempre y cuando exista información y formación previa.
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