Kitabı oku: «De crisálida a mariposa»

© Yolanda González Vara, 2021.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2021.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO823
ISBN: 9788491878650
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
PORTADA
PORTADILLA
CRÉDITOS
DEDICATORIA
PRÓLOGO
INTRODUCCIÓN
NOTA RESPECTO AL GÉNERO
1. COMPRENDIENDO LO INCOMPRENSIBLE: LA ADOLESCENCIA
2. SENTIR AMOR NO ES SUFICIENTE
3. LA ADOLESCENCIA NO NACE DE LA NADA: SUS RAÍCES
4. LA EDAD PUENTE: DE LOS SIETE A LOS DOCE AÑOS
5. LA DESCONCERTANTE O TEMIDA ADOLESCENCIA
6. EL ARTE DE LOS ACUERDOS Y LAS NEGOCIACIONES
7. EL FANTASMA O LA REALIDAD DE LAS DROGAS
8. LA IRRUPCIÓN DE LA SEXUALIDAD Y LOS MIEDOS
9. LA AGRESIVIDAD ADOLESCENTE Y LA ADULTA
10. BULLYING Y SUFRIMIENTO
11. GRUPOS DE MADRES Y PADRES: EL CAMBIO DE MIRADA
12. TESTIMONIOS DE MADRES Y PADRES
EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
BIBLIOGRAFÍA
Notas
DEDICADO AL ADOLESCENTE SINGULAR QUE TODOS LLEVAMOS DENTRO, CON EL OBJETIVO ESENCIAL DE EVITAR LA REPETICIÓN DE LO QUE NOS DAÑÓ O NOS LIMITÓ A NOSOTROS. QUE ESTE LIBRO TIENDA UN PUENTE DE COMPRENSIÓN CONSCIENTE Y RESPETUOSO ENTRE NUESTRO PASADO Y SU PRESENTE ADOLESCENTE, CREANDO LAS BASES SALUDABLES DE SU FUTURO VITAL Y SOCIAL.
PRÓLOGO
PERSONAS EN TRANSFORMACIÓN
EN UN MUNDO EN TRANSFORMACIÓN
Tienen ustedes entre sus manos un nuevo libro de Yolanda González. Un nuevo trabajo basado, como los anteriores, en su experiencia profesional y personal. Porque ese es el valor fundamental de este libro: que intenta comunicar y ponernos en contacto con una de las «edades del ser humano» (que diría Erikson)1 más discutidas, pero desde la experiencia profesional, y bien ilustrada, además, por los conocimientos científicos. Yolanda, como siempre, vuelve a hacerlo de una forma directa, accesible, tanto útil para el público en general como para los profesionales; combinando sentido común, sentido clínico, capacidad narrativa y apoyos científicos. El resultado es esa forma suya de escribir, tan directa, accesible y comunicativa..., pero partiendo de reflexiones serias y de un marco teórico para las mismas.
Algunos lectores y algunos profesionales tal vez puedan disentir puntualmente de sus postulados o puntos de partida teóricos, o de algún enfoque de las numerosas situaciones concretas sobre las cuales reflexiona. Es un riesgo que estoy seguro que Yolanda ha tenido en cuenta. Pero eso no paraliza a la autora porque lo que de verdad le importa, el objetivo que impulsa este libro, es ayudarnos a reflexionar empáticamente sobre una serie de situaciones vinculadas con la adolescencia. También, que lo hagamos desde una mirada que ella designa como reflexión crítica y constructiva,2 basada en el respeto y aprecio por las vivencias individuales de las personas. Y ahí se da una coincidencia con nuestros propios intentos y enfoques: lo hace desde lo que yo llamo una psico(pato)logía basada en la relación y, por tanto, con una mirada contextual, teniendo en cuenta al adolescente en cuanto sujeto, pero también su medio, familiar, grupal, social.
Lo que apunta desde el título es una realidad que compartimos ampliamente con ella: que la adolescencia hoy genera miedo tanto a los adultos como a la sociedad (y casi me atrevería decir, a la cultura dominante). El aspecto transgresor y confrontador de la adolescencia juega un papel en esta situación, pero también lo juegan, en sentido inverso, el predominio social de organizaciones culturales y de la «comunicación» dominadas por la que he llamado la organización perversa de las relaciones (OPeR).3 Son formas de organización grupal y social (pero también de algunas personas concretas, a veces con gran poder) que lo que intentan sobre todo es entrar en nuestras mentes, y en las mentes de los adolescentes, para mantener sus intereses de poder, placer, equilibrio o sedación. A menudo, desembocan en organizaciones y actividades claramente especuladoras y nocivas, abusadoras y periclitadas de la adolescencia. Esas difundidas y difusas actividades intrusivas alteran no solo el necesario encuadre o marco para el desarrollo adecuado de la adolescencia y las adolescencias: como nos recuerda Yolanda González, ese marco relacional de las adolescencias ha de ser mínimamente estable y mínimamente coherente para que puedan prosperar los inevitables y a veces conflictualizados cambios en el papel social de ese niño-haciéndose-adulto. Pero esas relaciones y actividades intrusivas alteran también por múltiples vías nuestra comprensión y aproximación a esa edad y a esas personas.
De ahí que a menudo, como ilustra Yolanda, la adolescencia, más que una edad de descubrimientos y de ayuda para ver cómo ha de transformarse el mundo, se convierta en un objeto de consumo y en un generador de miedos y reacciones defensivas de los adultos y la organización social. Cuando, en realidad, la adolescencia como época de cambios y trasformaciones conlleva importantes capacidades creativas y generativas (no en vano su final coincide con alcanzar la generatividad biopsicosocial). Los que trabajamos con adolescentes y familias estamos acostumbrados a ver cómo a menudo es el púber o el adolescente quien «levanta la liebre», emite las primeras señales de lo que va mal en su mundo, en su familia, en su grupo o clase social, en su sociedad. Es cierto que, frecuentemente, lo presenta de forma disruptiva. Sin embargo, vean ustedes lo que pasa a su alrededor: periodistas, médicos, psicólogos, psicopatólogos, psicólogos sociales y hasta educadores lo que hacen entonces es culpar al adolescente o a los grupos de adolescentes. Son ellos los que acaban amonestados, medicados, trasladados, expulsados o estigmatizados como «hiperactivos», «disruptivos», «conductuales»... Como si esas formas de relacionarse de esas chicas y chicos solo tuvieran que ver con ellos o con su genética y no, fundamentalmente, con el contexto. De ahí la primera idea que suelo transmitir en este ámbito: el adolescente tiene siempre motivos... Solo que (a menudo) no sabe expresarlos. En los grupos de trabajo, para enfatizar la situación, suelo radicalizar el lema: el adolescente tiene siempre la razón. Solo que se expresa como puede.
Si partimos de una actitud defensiva ante la adolescencia, que es frecuente en las familias actuales —y responde especularmente a la actitud intrusiva (en la adolescencia y en las familias) de los medios de «comunicación»—, ni podemos entenderla, ni podemos entenderles, ni podemos aprovechar sus enseñanzas y ayudarles en sus sufrimientos. Es por ello por lo que a menudo propongo que la adolescencia es como el máster de la vida... para los adultos que saben atenderla y entenderla.
De ahí el interés de las reflexiones que Yolanda transmite en este libro, basadas en la experiencia preventiva y clínica, y en una actitud crítica partiendo de un marco teórico, pero rebosando «sentido común» y proximidad afectiva. Fiel a esa divulgación desde la proximidad, Yolanda nos muestra también en el libro directamente, sin artificios innecesarios, «cómo se lo monta», cómo trabaja los temas con los chicos y chicas, sus familias, en los grupos... Se muestra a sí misma en su labor de pensar y mentalizar, tan fundamental en estas edades y estos temas. De ahí la importancia que concede a los grupos y a las actividades de prevención en grupo de reflexión.
Porque ante la adolescencia, si partimos tan solo de una actitud defensiva (¡miedo que nos dan!) o de una actitud intrusiva (intentando aprovecharnos de ellos, negociar y especular con ellos), vamos directos hacia la confrontación y/o la manipulación sin más salidas. Son situaciones que se han mostrado abierta y aparatosamente con ocasión de la pandemia de la COVID-19. Hemos visto demasiado a menudo etiquetar y estigmatizar nuevamente a los jóvenes como los «malos», los insolidarios, los «descuidados». En realidad, en muchos momentos de la crisis pandémica se intentó que adoptaran conductas «adultas» y «éticas»..., pero infantilizándolos e intimidándolos —como a toda la población—. Es decir, utilizando el miedo y «la razón» como únicos argumentos. Así, cuando se informaba acerca de la pandemia, se evitaba mostrar muertos, hablar de la muerte, mostrar la tristeza, las ansiedades ante la separación, la desesperación de familiares y sanitarios... ¿Quién no puede soportar esas escenas y aprender a cambiar a partir de estas: los adolescentes, la población o los directivos y propietarios de los medios de «información», que han parcializado tan abusivamente la información durante meses? Desde la psicología social, el psicoanálisis y las neurociencias sabemos cómo estimular otras emociones de esos jóvenes que podrían desarrollar su solidaridad, pero una y otra vez se ha caído en la simplificación de usar solo el miedo y argumentos numéricos para que los jóvenes cumplan unas recomendaciones ampliamente frustrantes para la mayoría de ellos, es decir, emocionalmente disruptivas.4
¡Qué lejos esas actitudes parciales y descontextualizadas de la posibilidad de la reflexión conjunta, que puede llevar o no al entendimiento, pero que es siempre mentalizadora para ambos, adultos y adolescentes! Si les dejamos solos en las tormentas, nos perdemos las enseñanzas de sus tormentas y tormentos. Pero ciertamente, a menudo les dejamos muy solos en ese camino zigzagueante (pero no siempre) que suelo denominar, en parte esquemáticamente y en parte humorísticamente, como «la ruta 6-5-5-5: las seis tareas, los cinco duelos y los cinco ámbitos en un mundo revuelto».5
Me gusta recordar de esa forma la complejidad de los cambios del adolescente y las casi infinitas formas de adolescencia en nuestro planeta hoy globalizado (al menos en el ciberespacio). Ciertamente, durante esos años el/la adolescente debe desarrollar una serie de tareas:
1. lograr una identidad o quedarse en un seudoself,
2. tomar posición en el conflicto dependencia/autonomía,
3. lograr unas nuevas relaciones con el cuerpo (un nuevo self corporal),
4. estabilizar una nueva psicosexualidad (diferenciada, según un «puzle» personal, y menos marcada por lo agresivo...),
5. lograr las claves para sus relaciones de pareja y, más allá,
6. desarrollar y asentar las claves de su estilo de vida (el self social).
Esas seis tareas le van a suponer al menos cinco complejos procesos de duelo: el duelo por el mundo de la infancia, el duelo por el cuerpo y el self corporal infantil, el duelo por la omnipotencia infantil (con la necesidad consecuente y radical de buscar al Otro), el duelo por los padres idealizados y el duelo por su posición en la familia con la necesidad de crear una nueva posición única e irrepetible: la suya. Para lograrlo, el adolescente, aunque no nos enteremos de ello, va «trabajando» esos temas en al menos cinco ámbitos o situaciones: con la familia, en el mundo de los adultos, en el mundo de los (otros) adolescentes, en solitario (en su aislamiento a menudo «atrincherado») y, por supuesto, en el mundo de lo virtual, en el ciberespacio —en lo que impropiamente suele llamarse «red social», y que prefiero designar como «red o redes sociales informatizadas», para recordar que siguen vigentes las «redes sociales carnales» a pesar de la omnipresencia de las TIC (tecnologías de la información y la comunicación).
Además, a los jóvenes actuales les toca elaborar todo ello en unas coordenadas históricas y socioculturales concretas, no precisamente fáciles para las adolescencias y los adolescentes de nuestra era: en la hormigonera en movimiento de un mundo en trasformación (que debe cumplir trasformaciones urgentes). En efecto, nos ha tocado vivir un mundo vertiginosamente globalizado (y más para los adolescentes), con mayor equilibrio intergéneros, mucho más intercultural pero solo ocasionalmente inclusivo, mucho más ciberespacio que mundos aislados y defendidos, pero, al mismo tiempo, con unos cambios sociales que generan esa adolescencia «acordeón» (demasiado corta en unos lugares; artificialmente prolongada en otros: la adolescencia del precariado).
Son cambios sociales que, por encima y más allá de todos nosotros, están afectando a nuestro mundo, tanto a los adolescentes como a los adultos. Son los cambios sociales propios de nuestra época de profunda crisis de modelo social y de organización: desde una organización social zoológicamente territorrializada y estratificada, estamos pasando o hemos de pasar a una organización social humanamente globalizada, etológica global y, en su extremo, ecológica radical. Cambios tan graves y conmovedores para todos nosotros, a la par que necesarios, que no podemos permitirnos el lujo de prescindir de ningún colaborador en ese convulso proceso: y hemos de entender a los adolescentes, como lo hace Yolanda, como verdaderos «especialistas y coprotagonistas» para esos cambios necesarios; compañeros y animadores en un viaje que, aunque para unos será corto, para ellos es de esperar que sea largo y fructífero.
¡Que ustedes lo pasen bien!
DR. JORGE L. TIZÓN,
psiquiatra y neurólogo, psicólogo y psicoanalista.
Institut Universitari de Salut Mental,
Universitat Ramon Llull (Barcelona).
INTRODUCCIÓN
Tengo el gozo de presentar mi «tercera criatura»: un libro centrado en la adolescencia, pero partiendo de sus fases precedentes. Libro que, coherentemente, ha nacido del concepto de continuum respetuoso desarrollado durante el proceso psicoafectivo desde la primera infancia hasta la primera juventud.
A modo de recapitulación y para situar el nacimiento de este tercer libro, considero importante retomar los antecedentes previos que han abonado un terreno fértil para la elaboración de esta nueva obra.
Llevo más de veinticinco años de práctica profesional formando a madres y padres, educadores, profesores y profesionales de la salud en el delicado arte de criar y educar a las nuevas generaciones.
Por tanto, he tenido la fortuna de observar no solo la evolución de las criaturas desde el nacimiento hasta los veinte años, sino también las transformaciones vividas por sus cuidadores principales durante el acompañamiento a este hermoso despliegue de la vida en cada nuevo ser.
También soy afortunada por haber facilitado la elaboración de dudas y miedos habituales ante la apasionante, aunque desconocida, experiencia de la maternidad/paternidad que cada embarazo despierta en la vida de cada pareja. Embarazos que florecen cuando experimentan el gozo y empoderamiento de los partos naturales.
Los grupos de apoyo a la crianza y a la lactancia natural y prolongada, abiertos también a madres y padres conscientes que crían con biberón por diversas causas, han sido y son un espacio privilegiado para formar esa identidad materna. Identidad materna que requiere, ante todo, tiempo.
Tiempo en una sociedad sin tiempo, tanto para el derecho de la infancia a crecer sin prisas como para el derecho de que los futuros padres y madres puedan desarrollar su potencialidad y su función materna/paterna sin presiones laborales. Presiones laborales que responden a una ausencia de legislación auténtica que respete los derechos del bebé para disfrutar de la presencia segurizante de la madre y del padre durante los primeros años de vida. Etapa de extrema vulnerabilidad y dependencia natural en la que el bebé no entiende de la imposición de límites temporales externos durante su desarrollo psicoafectivo.
Bebé y ser vivo inocente e invisible en las leyes y no reconocido, salvo, en teoría, como sujeto de pleno derecho, ignorando, en la práctica cotidiana, la importancia de preservar su vida emocional mediante políticas de apoyo remunerado hasta los dos o tres años de vida a aquellos progenitores que lo soliciten, como sucede en otros países europeos. Se trata de una reivindicación social que llevamos realizando algunas asociaciones durante décadas.
En este sentido, cabe resaltar que las actuales leyes de conciliación laboral están dictadas para regular el derecho de cada madre y padre a disfrutar del cuidado de sus criaturas durante los primeros meses de vida, pero no contemplan, en absoluto, el derecho de cada bebé a formar un apego seguro durante el primer año de vida. Un apego seguro requiere de permanencia con la o el cuidador principal, un tiempo de calidad. Tiempo que se recorre, como mínimo, durante los primeros doce meses de vida, coincidiendo con el inicio de la bipedestación, considerado como «nacimiento real». Tiempo, por tanto, para favorecer una lactancia materna exenta de estrés y un apego sin sobresaltos ni cambios bruscos.
De hecho, la lactancia materna y prolongada queda desprotegida con estas medidas de conciliación adulta. Existen otros modelos y maneras de afrontar estos delicados temas para no interferir en el fomento de la salud infantil, a los que hago referencia en mi libro Amar sin miedo a malcriar.
También he constatado, en las consultas familiares y en los numerosos grupos de madres y padres que coordino, la angustia y los temores, trasladados en su generalidad por madres, ante una escolarización temprana y no deseada. No deseada ante la evidente inmadurez de la criatura para una separación prematura. De ello hablo ampliamente en mi libro Educar sin miedo a escuchar.
Y así podría mencionar cientos de temas en relación con la crianza y que han sido abordados en mis citados libros.
A medida que los hijos y las hijas crecen, el ejercicio de la maternidad/paternidad también cambia y se transforma.
De hecho, los niños y niñas son los maestros auténticos del amor incondicional y reflejan, en un espejo diáfano y sin rubor, nuestras deficiencias para cubrir sus necesidades emocionales, así como nuestros errores de interpretación día a día y con el transcurrir de los años.
Así es. Por ser nuestro espejo cotidiano, nos ofrecen la elección de una encrucijada existencial: cambiar y madurar acompañando el despliegue de su vida ante nuestros ojos o permanecer ciegos repitiendo tópicos, creencias y patrones intergeneracionales de los que arrepentirse o lamentarse más tarde.
Los niños y niñas son los maestros auténticos del amor incondicional.
Independientemente del contexto social, familiar, de la estructura nuclear o monoparental y de la diversidad sexual, cada hijo o hija puede representar una fuente de reflexión y cambio, siempre y cuando estemos abiertos a cuestionar la propia percepción ante la conducta observada, así como a asumir la influencia de nuestra propia historia personal y educativa.
A modo de empático aviso: aquellos adultos que consideran que están en lo cierto y que defienden su modelo de crianza y educación como verdad incuestionable, a pesar de los cambios madurativos que atraviesa toda criatura en su proceso evolutivo, quizá no estén leyendo el libro adecuado.
En esta exposición vamos a cuestionar nuestra percepción y la influencia de nuestra propia historia personal en la crianza y educación de hijos e hijas.
Sin embargo, estáis todos invitados a continuar para reflexionar juntos sobre esta crucial etapa del desarrollo madurativo con las inherentes e inevitables dificultades y alegrías.
¿PSICOTERAPIA O PREVENCIÓN?
En mi consulta, veo diversidad de casos que en su generalidad sufren de una atención afectiva insuficiente o deficitaria en los primeros años de vida. Es decir, a través del diagnóstico inicial, podemos detectar diversas carencias afectivas, así como sentimientos de soledad en edades tempranas o una educación negligente y autoritaria, entre algunas de las razones por las cuales una persona se plantea ayuda profesional.
La psicoterapia es sin duda necesaria. No obstante, es mucho más efectiva, económica y saludable la prevención de los trastornos psicoafectivos durante la infancia que cualquier abordaje destinado a sanar heridas de toda índole en un proceso psicoterapéutico adulto.
Efectivamente, la psicoterapia y otras intervenciones psicosociales son necesarias en la actualidad y en este sistema social debido a la ausencia de una bordaje global, gratuito y público que abogue por una prevención profunda, continuada y coherente durante todo el desarrollo madurativo psicosexual y social en todas las etapas de la vida.
Por ello me apasiona el modelo de «promoción de la salud y prevención infantil» para erradicar el sufrimiento estéril de criaturas y adolescentes. Y es posible.
Sin parches. Los programas puntuales de atención e intervención en la infancia y la adolescencia no mantienen la coherencia y la profundidad que requiere la transformación profunda de los valores de esta sociedad, consumista y neurótica, si verdaderamente queremos cuidar y atender adecuadamente a la infancia y a la adolescencia en formación.
Y desde la raíz, realizando cambios profundos en los valores y la mirada de la sociedad y de las familias.
Parece evidente y de sentido común que siempre es más inteligente «prevenir que curar». Sin embargo, existen muchas resistencias e intereses políticos y sanitarios que dificultan la implementación de un auténtico abordaje preventivo social. Afortunadamente, cada vez hay más asociaciones y profesionales que intentan favorecer cambios sustanciales de cara a la infancia y a la adolescencia.
El modelo de «promoción de la salud y prevención infantil» es imprescindible para erradicar el sufrimiento estéril de criaturas y adolescentes.
En mi caso, como he comentado al inicio, es para mí un gran privilegio haber acompañado y acompañar a centenares de madres y padres, criaturas y adolescentes, así como a educadores, profesorado y profesionales de la salud desde el embarazo hasta la adolescencia y juventud. Este recorrido por todas las fases del desarrollo ha afianzado y consolidado mi praxis profesional basada en la confianza en la vida, desde el inicio de la existencia, para preservar la salud infantil y adolescente.
Desde esta pasión por este modelo, mi aproximación e intervención ante cualquier tema que se presenta en la primera o segunda infancia me motivan enormemente.
Tanto en las consultas como en los grupos, poder profundizar en la raíz de cada problemática presentada acrecienta mi motivación debido a que los resultados son casi siempre «mágicos», según refieren las madres y padres. Realmente, no hay ninguna magia en mi abordaje. Tan solo formación profesional y grandes dosis de empatía natural hacia la infancia, que favorecen la comprensión, sin etiquetas, para captar el origen de una disfunción.
La clave real de los cambios maravillosos que se producen se encuentra en la plasticidad de la infancia y su potencialidad para la salud, junto con un cambio de mirada radical en las madres y padres que acuden a consulta o a los grupos. Ellos son los protagonistas auténticos del «milagro» a través del cambio.
Efectivamente, son los adultos los que han cambiado su mirada a la infancia y, desde ahí, deshacen los enredos creados, fruto de tópicos y creencias sociales e intergeneracionales infundados o desfasados.
¿POR QUÉ, AHORA, ESTE LIBRO SOBRE LA ADOLESCENCIA?
Durante muchos años he recibido numerosas peticiones de mis grupos de madres y padres y grupos de formación para que escriba sobre la adolescencia, por considerarlo un tema delicado, controvertido y necesario: «¿Por qué no escribes un libro sobre la adolescencia? Hace mucha falta».
Efectivamente, durante este largo proceso de acompañamiento en el desarrollo psicoafectivo infantil, finalmente, algunos grupos llegan a esta etapa en la que los hijos e hijas afrontan la supuesta temida adolescencia.
Por muchas razones profesionales y personales, he ido dilatando el tiempo de escribir sobre esta etapa del desarrollo. Profesionalmente, tengo que reconocer con honestidad que me resulta menos gratificante que las etapas precedentes debido a que los cambios deseables en la interacción adulto-adolescente suelen presentar más dificultades y resistencias. Por tres motivos fundamentalmente:
1. Por las oscilaciones emocionales propias de la etapa. Esta es la menos significativa, pues forma parte del proceso madurativo natural.
2. Por la gran relevancia de la influencia social en la vida adolescente como una variable importante en su desarrollo personal y en ocasiones imprevisible en función del contexto.
3. Porque en todo adolescente hay una historia infantil previa que lo condiciona. Y en muchas ocasiones es necesario un abordaje terapéutico en lugar de preventivo. Para ello se deben dar las condiciones necesarias: motivación y compromiso.
No obstante, tengo que señalar que los adolescentes que acuden a mi consulta lo hacen por motivación propia, lo que supone una gran ventaja debido a la implícita colaboración que presentan, pues marcan una gran diferencia con respecto a los que son «empujados» por sus madres y padres. En ocasiones, habían acudido siendo más pequeños a mi consulta y guardaban un recuerdo positivo en su corazón.
Pues bien, finalmente, llegó el día de escribir sobre la adolescencia, en un momento extraordinario en la historia de la humanidad donde el miedo impregna la vida de forma omnipresente.
Miedo: una emoción natural y necesaria para preservar la supervivencia, pero que, en caso de instalarse de manera crónica, puede generar patologías y disfunciones psicosomáticas diversas.
Miedo crónico, que conlleva contracción del biosistema frente a la necesidad de expansión vital, preparando el camino para la resignación y ahogando las ganas de vivir.
Miedo. Miedo a enfermar, miedo a morir, miedo a hacer morir a otros.
Miedo. La primera emoción que viven los recién nacidos en los partos no respetados y que jamás debieron sufrir en la entrada a la vida.
El miedo es una emoción necesaria cuando el sentido común permite valorar riesgos reales. Pero en nuestra sociedad, el miedo prevalece frente a cualquier otra emoción:
Miedo a la vida, miedo al otro, miedo a malcriar, miedo a fracasar, miedo a la soledad, por citar solo algunos.
De ahí el título: De crisálida a mariposa. Adolescencia: una mirada sin miedo. Porque el miedo impregna nuestras vidas más allá de lo saludable cuando es traspasado por tópicos y creencias infundados.
Esta obra es la tercera en la que menciono el miedo. Por tanto, es una trilogía que pretende desmontar, cuestionar y derribar limitaciones que son ajenas a la vida. Tópicos culturales, como «el miedo a malcriar», dieron lugar a mi primer libro: Amar sin miedo a malcriar.
Miedos educativos fueron el fundamento del siguiente libro: Educar sin miedo a escuchar.
Y, finalmente, el miedo a la adolescencia, que dificulta y se opone a la comprensión de la transformación de crisálida en mariposa, dispuesta a volar, no sin tropiezos.
Comencé la aventura de escribir la presente obra en pleno confinamiento mientras el mundo se había parado. Y verá la luz en una etapa crítica a nivel mundial.
Ahora nos encontramos atravesando experiencias desconocidas en nuestras vidas y somos testigos de la convulsión de los cimientos de todo el planeta.
Algo inédito ha cuestionado el antropocentrismo de la humanidad, enfrentándola, una vez más en su historia, a otro virus, el tristemente célebre coronavirus, responsable de la COVID-19. Este virus presenta una serie de particularidades, todavía contradictorias y confusas en la actualidad, que incrementa el sufrimiento en muchas áreas de la sociedad mundial.
La naturaleza fue la gran beneficiaria, pues respiró y descansó en estos meses de confinamiento humano sin sufrir la depredación que nuestra tecnología feroz ha impuesto a sus ecosistemas durante siglos.
Vienen muchos cambios.
Algunos debieran ser imprescindibles, como el respeto urgente y la regeneración global de la naturaleza, si deseamos sobrevivir como especie en la Tierra. También urge la regeneración de la economía y de los sistemas sociales, que finalmente exigen un cambio de paradigma a otro más sostenible y humano.
Sin embargo, y aun siendo temas urgentes a resolver por sus consecuencias inminentes para la salud global de la humanidad, no responden a la temática de este libro. Hay otros canales donde analizar, profundizar y tratar de comprender qué está pasando en nuestra sociedad.
Solo a modo de reflexión, es evidente que se están produciendo y se van a producir otros cambios de consecuencias imprevisibles y que vivimos en una gran incertidumbre que afecta a la salud global.
No obstante, los cambios más intolerables y peligrosos serán todos aquellos que puedan afectar a la salud emocional (y no solamente biológica) de la infancia y la adolescencia. Aquellas limitaciones y prohibiciones que restrinjan los derechos vitales de los más vulnerables, ignorando los aspectos emocionales y la necesidad de contacto con los iguales, no son inocuas ni lo han sido a lo largo de la historia de la humanidad.
Olvidar que somos una unidad psicosomática, primando solo el cuidado biológico e ignorando el cuidado psicosocial, traerá consecuencias somáticas y mentales de diversa consideración.
La medicina no debe olvidar la indisoluble relación del cuerpo con la mente.
Evidentemente, estamos ante una gran incertidumbre, un gran cambio mundial de consecuencias desconocidas.
De alguna manera, esta crisis mundial tiene algo de similar con el tema de este libro.
Existe cierto paralelismo entre la vivencia de incertidumbre y cambio que vive el adolescente y la incertidumbre global y los cambios que está experimentando nuestra sociedad actual. La diferencia radica en que la adolescencia atraviesa la crisis de la adolescencia para crecer y nuestra humanidad está atravesando una gran crisis sin horizonte claro.
Sabemos que las crisis son habituales en la vida y que son necesarias cuando concluyen en resultados positivos para la salud y el bienestar a través del cambio que operan en lo más profundo del individuo y de la sociedad. De hecho, llevamos siglos de convulsiones sociales a nivel histórico.
La humanidad ha evolucionado espectacularmente en la actualidad en diversos aspectos científicos y tecnológicos. Sin embargo, dicha progresión no ha ido paralela a la maduración psicoemocional de nuestra especie a nivel global.
Existe cierto paralelismo entre la vivencia de incertidumbre y cambio que vive el adolescente y la incertidumbre global y los cambios que está experimentando nuestra sociedad actualmente.
En algún sentido, hemos dejado atrás la prehistoria de nuestra infancia humana y estamos atravesando, desde hace siglos, una adolescencia difícil, con atropellos de todo tipo y desencuentros que hablan de un escenario de atroz individualidad.
Cuando este libro salga a la luz, probablemente habrán cambiado innumerables aspectos de la sociedad tanto a nivel económico como político, sanitario, educativo y relacional. Nos hallamos ante un cruce de caminos inevitable.
Quizá la consciencia y percepción del conjunto de la humanidad se hayan transformado y comience a haber auténticas redes de solidaridad y de cambio profundo en todos los estratos de la sociedad y en todos los rincones de la tierra. O quizá no.
Sin duda, no pasará demasiado tiempo para que constatemos cuál es la dirección tomada en esta encrucijada tan crítica en toda nuestra historia en la Tierra.
Lo cierto es que la infancia y la adolescencia habrán atravesado experiencias únicas en este tiempo excepcional que les toca vivir. Jamás olvidarán en su corazón lo que significó el confinamiento a nivel familiar y sus repercusiones económicas, afectivas y de toda índole, y, por supuesto, en el plano de la anhelada e incuestionable socialización.
Somos seres sociales y no olvidarán fácilmente, aunque quizá no lo verbalicen, la falta de movimiento y libertad y la imperiosa necesidad de estar con sus iguales, aunque «comprendan» la existencia de un virus. También recordarán el modo de afrontar dicha pandemia por parte del discurso adulto y su argumentación sobre las implicaciones de esta, sus causas y sus consecuencias.
En algunos casos, esa situación excepcional y única hasta ese momento habrá despertado en sus cortas vidas diversos miedos y síntomas de un amplio espectro, como ansiedad, apatía y confusión, además de la frustración ante su necesidad de socialización y las repercusiones del aislamiento vivido respecto a sus relaciones.
Quizás otras criaturas no se impregnaron de este miedo social y simplemente se aburrieron, e incluso algunos, siendo deseable que hayan sido muchos, disfrutaron de la inestimable presencia de sus padres y madres. Todas las opciones son posibles y con el tiempo conoceremos sus resultados.
Pero, sin duda alguna, la infancia y la adolescencia, en función del contexto familiar y de las condiciones económicas, ambientales y familiares, habrán vivido el confinamiento como algo excepcional en su vida, sin olvidar las pérdidas afectivas y la imposibilidad material de una despedida y duelo adecuados.
Efectivamente, reina la incertidumbre.
Pero también sabemos que toda crisis entraña una oportunidad: el auténtico despertar de la consciencia en los seres humanos para transmutar el statu quo demostraría que hemos atravesado la fase adolescente de la humanidad para abrazar la etapa adulta con responsabilidad, creatividad y futuro, creando entre todos un mundo más equilibrado y saludable que el actual.
Por ello deseo honestamente que, cuando finalice esta crisis global provocada por la pandemia y por sus profundas consecuencias para el conjunto de la humanidad, los adultos actuales podamos ofrecer a las futuras generaciones un legado social y ecológico, constructivo, colaborativo, esperanzador y positivo frente a la locura de la actual sociedad competitiva y depredadora hacia los iguales y contra la vida en su globalidad.
También deseo profundamente que las nuevas generaciones no sufran por nuestros graves errores y estemos a tiempo de revertir el cambio climático o, al menos, detenerlo por el bien de todas las especies y de la vida en este bello y maltratado planeta.
El auténtico despertar de la consciencia en los seres humanos para transmutar el statu quo demostraría que hemos atravesado la fase adolescente de la humanidad.
Finalizo esta introducción con una cita de W. Reich siempre vigente: «No podemos decir a nuestros hijos e hijas qué clase de mundo deberían construir, pero podemos equiparlos con el tipo de estructura caracterial y con el vigor biológico que les capacitarán para tomar sus propias decisiones y encontrar sus propios caminos para construir, de una forma racional, su propio futuro y el de sus hijos».
Esta libertad para construir el mundo que las criaturas y los adolescentes necesitan estará condicionada por nuestra percepción de la sociedad, nuestra propia historia personal y nuestra capacidad para proteger su derecho a ser felices y sanos.
Sin el miedo crónico paralizante.
Con sentido común.
Con alegría y confianza en la vida.
Desde ahí, os invito a explorar el universo del mundo adolescente y las bases que lo sustentan.
NOTA RESPECTO AL GÉNERO
En esta obra podréis observar una variación con respecto al uso genérico del masculino planteado por la RAE, que considera innecesario la utilización simultánea del femenino y masculino para aludir a ambos sexos.
Como sabemos, la sociedad está cambiando continuamente y uno de estos cambios incluye la visibilización del género femenino en todos los ámbitos de la vida, constatándose cada vez más en este sentido una clara y progresiva transformación a raíz de la inclusión de lo femenino en diversas áreas sociales y, por tanto, también en el ámbito lingüístico.
Dado que este libro va dirigido a población de adultos que interactúan con la infancia y la adolescencia y siendo estos responsables de la transmisión de valores a las siguientes generaciones, considero que cobra especial importancia la utilización de un lenguaje no sexista y respetuoso con ambas realidades, de forma que se responda de este modo a una realidad cada vez más compleja y actual. En este sentido, son muchas las comunidades que incluyen en sus modelos educativos este lenguaje inclusivo.
Este y no otro es el motivo por el cual veréis con frecuencia en el texto la referencia chica/o, en lugar de solo el uso genérico masculino.
Que las nuevas generaciones configuren una realidad más respetuosa también a través del lenguaje.
1
¡Cuánto miedo da la adolescencia! ¡Cuántas emociones despierta!
Mientras que el miedo es la emoción predominante en unos casos, en otros lo es la vivencia de la incertidumbre, siendo en la generalidad el despertar de diversas sensaciones expectantes ante el tránsito de la infancia a la adolescencia.
Lo más sorprendente ante nuestra actitud de desconcierto, malestar, preocupación o temor frente a esta etapa del desarrollo es la realidad incuestionable de que ¡también hemos sido adolescentes! Por supuesto que «no era lo mismo», expresión habitual presente en cualquier generación anterior a la presente, y, evidentemente, tampoco el contexto era similar.
Sin embargo, salvando las diferencias que siempre se producen generacionalmente, los procesos internos de cambio y transformación podrían ser muy reconocibles, salvo si hemos olvidado, reprimido o idealizado esta etapa crucial, como ocurre en tantas ocasiones con la historia personal de quien relata los acontecimientos.
Efectivamente, detrás de tantas creencias y emociones subyace el sentimiento de una etapa difícil de comprender y, sobre todo, de aceptar y acompañar, como muy probablemente nos ocurrió al experimentarla.
Cada etapa de la vida constituye, generalmente, una crisis vital subjetiva que se presenta con variados matices en función del contexto histórico, social y familiar. La infancia y la adolescencia remueven los cimientos, conscientes e inconscientes, de la estructura individual materna y paterna; nadie queda indiferente ante una criatura o un adolescente salvo que su estructura caracterial sea tan rígida que impida una movilización interna natural ante el despliegue de las potencialidades de un nuevo ser humano.
No cabe duda de que existe un hilo conductor que permite construir el relato de cada historia individual, desde el nacimiento hasta la primera juventud, mediante las diferentes etapas madurativas del ser humano. Este tránsito a través del desarrollo psicoafectivo permitirá afrontar y dar un paso más en el desarrollo biológico, psicológico y social, individual y colectivo.
Dependiendo de múltiples factores, dicho proceso natural transcurrirá con intensas tormentas emocionales o sin grandes sobresaltos, sorteando los vaivenes de las olas de la existencia. Uno de los factores esenciales para comprender el desenvolvimiento de esta etapa de la vida está relacionado intrínsecamente con la raíz de la existencia, es decir, con el proceso madurativo de la primera infancia.
No obstante, antes de retomar brevemente las raíces de esta etapa, es interesante aproximarnos al concepto de adolescencia desde la etimología. La palabra adolescencia proviene del latín, del verbo adolescere (ad + oloscere): «condición o proceso de crecimiento». Sin embargo, en no pocas ocasiones se lo relaciona con otro significado «adolecer»: estar carente o falto de algo y otras veces con la «indolencia»: pereza, desidia e insensibilidad. En ambos casos ignoramos que estas atribuciones, secundarias, pero en ocasiones presentes al pensar en el «adolescente», responden a nuestra habitual dificultad de entender, aceptar y empatizar con su proceso de crecimiento y transformación interna.
Ya en el siglo XVIII, Jean-Jacques Rousseau consideraba la adolescencia como el segundo nacimiento: «Nacemos, por decirlo así, en dos veces: una para existir y la otra para vivir. Una para la especie y la otra para el sexo... tal como el bramido del mar precede con mucha anterioridad a la tempestad, esta tormentosa revolución se anuncia por medio de las pasiones nacientes. Una sorda fermentación advierte de la proximidad del peligro. Un cambio en el humor, arrebatos frecuentes, una continua agitación del ánimo hacen al niño casi indisciplinable. Se vuelve sordo a la voz que le mantenía dócil: es un león enfebrecido. No conoce a su guía y no quiere seguir siendo gobernado».1 ¿Es así totalmente? ¿Podemos hacer algo para mejorar nuestra relación con nuestra hija o hijo? ¿De quién depende?
La palabra adolescencia proviene del latín, del verbo adolescere: «crecer, desarrollarse».
Probablemente muchas madres y padres consideran que toda la dificultad en la relación con su retoño adolescente proviene del revuelo de unas hormonas que lo hacen insoportable y convierten la convivencia en una pesadilla. Otras personas considerarán que su criatura se ha convertido en un auténtico desconocido o desconocida y añoran una infancia no tan lejana, pero más llevadera en su memoria, donde la comunicación y el afecto eran dos aspectos muy disfrutables en la interacción. Por otro lado, algunos adultos sentirán que la pesadilla que vivieron en la infancia con sus peques —en forma de mordiscos, berrinches y peleas que no entendían o aceptaban—, ahora, en la adolescencia, adopta otra forma de conducta todavía más compleja para la que no les sirve ningún recurso utilizado en la niñez, por adecuado o inadecuado que resultara.
Unas pocas familias, aunque cada vez más numerosas, se plantean que algo no va bien en la interacción y cada discusión inacabada satisfactoriamente las impregna de un sabor amargo que les encoge el corazón. Sin embargo, más allá de su interés en la resolución de estos desencuentros, los progenitores suelen desconocer, parcial o totalmente, cómo manejar y mejorar cada confrontación, incomunicación o situación potencialmente peligrosa o de cualquier índole que crea zozobra y sufrimiento para ambos protagonistas, atrapados como están en una interacción difícil.
SER ADOLESCENTE Y LA MATERNIDAD/PATERNIDAD CONFRONTADA
Ser adolescente no es fácil. Vivir la maternidad/paternidad con un hijo adolescente tampoco lo es, ni, por supuesto, ser profesor de secundaria con adolescentes.
Sin enumerar ni analizar las patologías o los problemas graves que pudieran presentarse en esta etapa, por responder a otro ámbito de intervención, y centrándonos, principalmente, en la amplia mayoría de la población, la adolescencia es un período que es experimentado con algunas turbulencias, de distinto grado, que se manifiestan en un abanico amplio de emociones diversas. Mientras, en la otra orilla, los adultos la viven con inquietudes, miedos y dificultades de diferente intensidad que les revuelven internamente, con mayor o menor profundidad según diversos factores.
¿Por qué? ¿Qué le pasa al adulto ante un adolescente?
Básicamente, la interacción adolescente-adulto nos despierta y nos confronta, sin adornos ni distracciones, con el adolescente que llevamos dentro.
Es decir, cada adolescente nos activa los modelos internos de interacción que se formaron a lo largo de nuestra historia personal en relación con nuestros propios progenitores, y, por tanto, emerge, de forma consciente o inconsciente, todo aquello que vivimos y sentimos durante este período de transición y cambio. Esto a veces no resulta fácil de digerir ni de asimilar, sobre todo sin la luz de la consciencia alumbrando el proceso.
¿Qué le pasa al adulto ante un adolescente? Básicamente, la interacción adolescente-adulto nos despierta y nos confronta, sin adornos ni distracciones, con el adolescente que llevamos dentro.
La experiencia formativa con profesorado de la ESO y de bachillerato, así como con los grupos de madres y padres de esta franja de desarrollo madurativo, me ha permitido constatar la gran dificultad que sentimos los adultos para pararnos. Pararnos a escuchar antes de intervenir, a mirar antes de juzgar. Pararnos para sustituir los gritos, los castigos o las amenazas por un acompañamiento y presencia reales en esta transformación profunda que atraviesa el adolescente en su camino hacia la adultez.
Estamos demasiado estresados, tenemos demasiados prejuicios, tópicos culturales y sociales como para poder detenernos y respirar con cierta serenidad ante los estados emocionales fluctuantes del adolescente.
Cuando eran criaturas pequeñas y dependientes todo resultaba relativamente más sencillo. Su vulnerabilidad natural nos permitía afrontar cualquier conflicto o dificultad, bien desde la empatía, bien desde un autoritarismo o desconocimiento muy difícil de tolerar a edades tempranas, salvo con las descargas inevitables de rabietas o llantos. En esa etapa nos necesitaban y dependían totalmente de nuestra presencia, amorosa o no, empática o distante, pero básicamente presencia, incluso en los casos de una presencia ausente emocionalmente.
Sus necesidades y expectativas imperiosas de afecto y cuidado estaban siempre presentes, independientemente de la respuesta adulta. Respuesta, por otro lado, nunca inocua para el desarrollo psicoafectivo infantil y que se constata a través de diversas consecuencias para la salud psíquica y somática en función de nuestra respuesta adecuada o incorrecta.
No es fácil, como adultos, estar presentes y disponibles sin perder los papeles en muchas situaciones. No es nada fácil establecer puentes de conexión sin caer en el «coleguismo» o en el autoritarismo. Pero es posible.
Sin embargo, en la etapa adolescente todo cambia. Pretender la gestión de los desencuentros desde posiciones de poder suele generar dos reacciones en el adolescente: la rebeldía o el sometimiento. En ambos casos, la comunicación está rota o fragmentada. No obstante, existe una realidad que solemos olvidar: al margen de su conducta desconcertante, indiferente o provocadora, también nos necesitan, aunque de otra manera y desde otro lugar.
Nos cuesta entender por qué razón los modos de reacción del adolescente nos descolocan y nos cuestionan, despertándonos, en frecuentes ocasiones, emociones y reacciones poco facilitadoras para suscitar un encuentro desde el corazón. Por el contrario, nuestro razonamiento o racionalización en cada desencuentro o, incluso, la propia impulsividad nos pueden llevar a imponer nuestra posición adulto céntrica como única verdad ante un adolescente que está inmerso en una etapa de transición entre la infancia y la etapa adulta, con una auténtica revolución interna y en una búsqueda desesperada por encontrarse a sí mismo, sin la asfixiante tutela materna/paterna.
No es fácil, como adultos, estar presentes y disponibles sin perder los papeles en muchas situaciones. No es nada fácil establecer puentes de conexión sin caer en el «coleguismo» o en el autoritarismo. Pero es posible.
Sigamos avanzando.
2
Sin conocimiento
no puede haber empatía ni respeto.
Hay ocasiones en que, en diferentes ámbitos y después de una conferencia o taller, he escuchado estas preguntas reflexivas:
• «Si lo hubiera sabido antes...».
• «Me llega un poco tarde toda esta información».
• «¿Por qué no nos preparan para ser madres y padres?».
• «¿Por qué no se estudia todo esto en el sistema educativo y en Magisterio?».
Son personas adultas que reconocen la importancia de una formación informada sobre los procesos madurativos de la infancia y de la adolescencia para no interferir ni generar sufrimiento mutuo innecesario.
Y es que sentir amor por los hijos e hijas no es suficiente.
La infancia y la adolescencia reclaman, como entidad definida, sentirse amados y respetados. No siempre el amor de los progenitores es transmitido de la manera saludable que necesitan las criaturas y los adolescentes en cada etapa del desarrollo. En muchas ocasiones se erigen barreras inconscientes que emergen de la propia historia personal y del ejercicio del estilo educativo e impiden que el flujo del amor pueda ser recibido sin estos condicionamientos, que los convierten, en muchas ocasiones, en relaciones difíciles o disfuncionales.
Es un hecho comprobado que la mayoría de madres y padres, por el hecho de serlo, desarrollan lazos afectivos con sus criaturas, así como diferentes tipos y estilos de cuidado hacia su prole. En general consideran que atienden y educan a sus hijos e hijas de la mejor manera posible. Y es cierto, pero desde su perspectiva. ¿Y desde la de los hijos e hijas?
La percepción de los hijos e hijas con respecto al amor de los progenitores no siempre coincide con la vivencia de los padres y madres.
Ejemplo
En ocasiones, en mi práctica clínica he visto la conveniencia de convocar a la madre y el padre de un paciente adulto concreto. Su historia personal y la divergencia en la interiorización del afecto recibido en la interacción «paciente-padres» han requerido la presencia de ambos.
Es un proceso delicado que requiere un encuadre y cuidado terapéutico específico para lograr el objetivo de encuentro y confrontación con la realidad psicológica del sistema familiar.
De una forma somera, y sin entrar en detalles que no proceden, vamos a ver un breve diálogo.
La paciente, de treinta y dos años de edad, invita a sus padres a acudir a mi consulta. Los progenitores, próximos a los sesenta años, aceptan con cierta inquietud.
Después de un tiempo de diálogo destinado a favorecer su apertura y elaborando algunas resistencias, Ana (nombre figurado) comienza a verbalizar:
—Os he convocado aquí porque siento la necesidad de deciros cómo me he sentido con vosotros. Y no me sentía con fuerzas de hacerlo yo sola.
—Dinos, hija, ¿qué pasa? —respondieron amables los padres.
—No pasa nada ahora. Pasó cuando era pequeña... —contestó Ana.
—¿Qué pasó? —preguntaron los padres con incomodidad.
Ana me miró a mí con actitud dubitativa. Llevaba meses queriendo expresar su dolor a sus padres, sabiendo que estos habían idealizado siempre su función maternal y paternal e ignoraban absolutamente sus sentimientos en la etapa infantil.
Ante su mirada angustiada, tan solo tuve que asentir con la cabeza, mientras la invitaba a hablar sin miedo.
—Yo sé que habéis hecho todo lo que considerabais como lo mejor para mí. Pero yo...
Como es natural, emergió la emoción contenida durante tantos años y sepultada en el rol de hija «feliz» para satisfacer la expectativa de sus padres.
Los padres asistían a la expresión emocional de Ana con perplejidad.
Después de unos segundos, retomó su comunicación con más firmeza.
—No quiero reprocharos nada. Pero quiero que sepáis cómo me he sentido: me han faltado los abrazos, mamá. Nunca me he sentido importante para ti. Papá, siempre te esperaba entusiasmada para jugar, pero tú llegabas cansado y yo me sentía ignorada y muy pequeña...
—¡Pero hija! —exclamaron los padres—.Te hemos dado todo lo mejor, hemos trabajado todo el día para que no te faltara de nada...
—¡Ya!... —interrumpió la hija—. ¡¡Lo sé!! ¡¡Pero no me he sentido querida, mamá!! Estabais tan ocupados... siempre había otras cosas que hacer. ¡Y yo os necesitaba a vosotros! —expresaba Ana mientras las lágrimas fluían por su rostro.
—Cómo no te vamos a querer, hija, si todo lo hemos hecho por ti... —respondieron los padres intentando comprender lo que pasaba.
—¡No es lo mismo que digáis que me queréis que yo me sienta querida! —respondió Ana armándose de valor.
No quería dañar a sus padres, pero tampoco deseaba renunciar a establecer una relación auténtica con ellos, y para ello necesitaba el reconocimiento de su vivencia infantil.
La sesión continuó.
Los padres, después del impacto inicial, escucharon con atención a la hija.
Cada cierto tiempo, como psicóloga clínica, yo intervenía para reconducir la sesión y favorecer en los progenitores una mayor comprensión y aceptación de su hija. El objetivo terapéutico en ningún momento pretendía generar el menor sentimiento de culpa y mucho menos una confrontación sin salida. Esto habría representado un fracaso.
Por el contrario, el trabajo previo terapéutico había preparado el terreno para que esta paciente pudiera ser franca con sus progenitores, pudiendo abandonar el rol de «chica obediente y complaciente» que había vivido toda su vida.
El encuentro real que se produjo al finalizar la sesión fue un regalo para Ana y sus padres. Y una satisfacción para mí.
La práctica clínica con pacientes me permite y autoriza para insistir sobre la importancia de garantizar que el sentimiento de amor parental se traduzca en percepción interiorizada de dicho afecto en los hijos e hijas. Ellos son los receptores del amor que necesitan o del desamor que perciben.
No basta con sentir que les queremos. No basta con plantar una semilla.
Se trata de regarla de la manera que esa semilla y más tarde planta necesita: tierra, agua, sol y abono son imprescindibles para que la planta se sienta amada.
Respeto, escucha y afecto verbal y corporal son los ingredientes imprescindibles para que un hijo se sienta querido y valorado. Poco vale verbalizar «te quiero» si las amenazas, los castigos, los gritos y los desencuentros interfieren y dinamitan esa expresión verbal.
Poco vale sentir «te quiero» si no hay tiempo de calidad y presencia para compartir la vida con nuestros hijos e hijas según su necesidad, pues no necesariamente existe una correspondencia entre su derecho natural de recibir amor y nuestro imaginario de amarlos.
¿Por qué ocurre este «desfase»?
Habitualmente, los padres y madres desean lo mejor para sus hijos e hijas, pero el estilo educativo, el tipo de apego y otras consideraciones de la historia personal pueden dificultar la construcción de lazos afectivos saludables y sólidos en muchos sistemas familiares.
Efectivamente, y no me cansaré de reiterarlo, con mucha frecuencia compruebo que los problemas o dificultades en la relación con el mundo preadolescente y adolescente derivan del desconocimiento del desarrollo psíquico de cada etapa del desarrollo. Ya no solo en esta franja madurativa, sino también y con variable intensidad en etapas precedentes infantiles.
El caso más doloroso y destructivo para un ser humano es la vivencia de maltrato o negligencia ejercida por quien debiera proteger, cuidar y amar: los progenitores.
Sentir amor por los hijos no es suficiente. El estilo educativo, el tipo de apego y otras consideraciones de la historia personal pueden dificultar la construcción de lazos afectivos saludables y sólidos en muchos sistemas familiares.
MALTRATO
Salvo en los casos de maltrato, en los que la negligencia representa el 50%, seguida del maltrato emocional, con un 26% y del 17% correspondiente al maltrato físico, según datos del Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social (2017), el resto de progenitores tratan de establecer una convivencia familiar lo más óptima posible, aunque muy condicionada por sus creencias y modelos educativos.
Autores como Loredo (1994) definen por maltrato un patrón de interacción en el que un miembro de mayor jerarquía produce daño físico y emocional o descuido y/o trato negligente sobre un miembro de menor jerarquía (hijo, hija), de una manera intencional y haciendo uso del poder que le da su estatus mientras el niño, la niña o el o la adolescente se encuentra bajo su custodia.
Sin embargo, no siempre los diferentes modos y grados de maltrato responden a una intencionalidad específica y consciente.
En demasiadas ocasiones, y en función de la gravedad de la violencia física o emocional, este comportamiento puede ser fruto de la ignorancia educativa y de la falta de consciencia. Hay muchas situaciones que, sin ser tipificadas socialmente de maltrato, responden a una marcada ausencia de buen trato y de respeto a los derechos de la infancia y adolescencia. Es decir, salvo en los casos más graves, donde suele estar presente una transmisión intergeneracional de patrones de crianza y educación basados propiamente en el maltrato, existen también modos de interacción que distan de un abordaje respetuoso y saludable durante estas etapas críticas del desarrollo. A esta ausencia del «buen trato» y respeto, fruto del desconocimiento de los procesos madurativos infantiles y adolescentes, se suma la carencia de la función reflexiva necesaria, entendida como «capacidad de entender los estados mentales en uno mismo y en los otros que permita dar una interpretación adecuada de la propia conducta y de los otros» (Fonagy et al., 1998).
En estas dificultades de la vida cotidiana radica la creciente necesidad de espacios de reflexión conjunta: los grupos de madres y padres, como veremos en este capítulo.
Continuando con el tema del maltrato, así como con las dificultades para interactuar con las criaturas y adolescentes, es necesario comprender que, evidentemente, son muchos los factores que pueden explicar el origen de los diferentes grados de violencia en los adultos, tema que no es uno de los objetivos del libro. No obstante, cabe señalar, como variables muy significativas a nivel emocional, la ausencia de empatía, la cual también se acompaña de ansiedad, ausencia de autoestima, depresión, ira u hostilidad hacia el hijo o la hija. Paralelamente, en el plano cognitivo se dan una serie de expectativas inadecuadas con respecto a la infancia o adolescencia que dificultan enormemente la interacción, generando numerosos conflictos e interpretaciones erróneas ante múltiples y variadas situaciones. Otra de las variables que inciden en el modo de relación son los diferentes estilos parentales, así como los estilos de apego que veremos a continuación, y que aportan mayor comprensión al desarrollo de la patología o la salud.
En estas dificultades de la vida cotidiana radica la creciente necesidad de espacios de reflexión conjunta: los grupos de madres y padres.
ESTILOS PARENTALES
Vamos a mencionar brevemente algunos estilos parentales según diversos investigadores y teóricos relevantes.
Siguiendo la clasificación de Baumerind (1966), los modelos parentales serían tres:
• Modelo autoritario
• Modelo permisivo
• Modelo democrático
Esta clasificación es muy genérica, pero nos permite en cierta medida comprender un estilo educativo que, por supuesto, habría que matizar en cada caso concreto.
El primero de ellos y el más extendido en algunas sociedades, el autoritario, se caracteriza por imponer normas sin ninguna explicación ni consenso.
La expectativa parental es la obediencia sin réplica y la exigencia de cumplimiento, en diversos ámbitos, es estricta, utilizando a tal fin amenazas o castigos.
Por ejemplo, «porque lo digo yo» o «es así y es por tu propio bien» son algunas de las creencias interiorizadas que ejercen estos progenitores convencidos de que su modelo dará lugar a «adultos de bien». Este modelo genera respuestas obedientes o rebeldes en los hijos e hijas, quienes presentan poca confianza en sí mismos y oscilan entre manifestaciones hostiles y actitudes depresivas. Su autoestima se ve muy mediatizada por inhibiciones y prohibiciones: «no sé lo que quiero», «qué es lo que debo hacer» o «paso de todo», «no creo en nada».
Los progenitores permisivos, caracterizados por «dejar hacer», ejercen poco control sobre sus hijos, evitan los castigos y no ejercen ningún tipo de autoridad.
Por ejemplo, «lo que tú quieras», «lo que tú veas», rozando en sus respuestas cierta indiferencia por la laxitud de estas.
Los hijos de estos padres suelen sentir a sus progenitores como «colegas», y, aunque no presentan gran malestar psicológico, suelen crecer sin una referencia de autoridad válida y se encuentran perdidos, presentando problemas de conducta diversos.
Por último, están los progenitores de estilo democrático. Este es el modelo más próximo al abordaje preventivo que presentamos aquí, debido a que sugiere una interacción basada en la «línea del medio», en lugar de en los extremos educativos. Los progenitores son cercanos afectivamente y manifiestan una actitud empática. Además, reconocen la importancia de los acuerdos en la convivencia familiar, y esto se refleja en un respeto mutuo que redunda en el reconocimiento natural de la autoridad del adulto, fruto de su madurez y, también, de la ausencia de imposiciones arbitrarias.
Ejemplo
Ante cualquier diferencia o conflicto, la respuesta adulta se caracteriza por la tendencia a plantear: «Vamos a tratar de encontrar una solución a este tema».
—¿Cómo te sientes tú ante este problema?
—Me gustaría que supieras también cómo lo vivo yo.
Podemos llegar a un acuerdo que nos deje satisfechos a ambos y revisarlo si no se cumple.
Esta actitud de escucha y consenso favorece que los hijos puedan presentar confianza en sí mismos, buena salud mental y escasos problemas de conducta; no están exentos de conflictos existenciales y de convivencia, pero sienten que pueden confiar en sus padres, al mismo tiempo que son libres de elegir su camino.
La responsabilidad adulta en el tipo de interacción es muy elevada durante los primeros años de vida, así como durante la adolescencia, en el sentido de la inclinación hacia el fomento de la salud o la patología.
Posteriormente a esta clasificación se ha incluido el estilo indiferente, padres y madres ausentes que generan en sus hijos e hijas problemas de ajustes psicológicos, problemas de conducta y abuso en el consumo de drogas (Núñez Cubero y Gervilla, 2003).
Es evidente que la responsabilidad adulta en el tipo de interacción es muy elevada durante los primeros años de vida, así como durante la adolescencia, en el sentido de la inclinación hacia el fomento de la salud o la patología o, en términos coloquiales, del bienestar o del sufrimiento de un ser humano en formación.
ESTILOS DE APEGO
En la misma dirección, es fundamental señalar los estilos de apego, aunque sin entrar en su complejidad, para comprender el devenir de las interacciones humanas.
En su desarrollo de la teoría del apego, J. Bowlby demostró la necesidad biológica de los seres humanos de establecer vínculos afectivos con otros, siendo esencial durante la primera infancia la respuesta infantil conductual que busca la proximidad con el cuidador principal como una forma de supervivencia física y emocional frente a los peligros del exterior.
Cada estilo de apego da lugar a unos modelos operativos internos o representaciones mentales formados por percepciones, emociones, pensamientos y expectativas creados en los primeros años de vida y que marcan un patrón de relación en la vivencia de las relaciones posteriores.
Es por eso por lo que resulta vital comprender qué tipo de apego queremos fomentar desde la primera infancia, puesto que del adolescente emergerá una percepción de sí mismo y del mundo condicionada por estas etapas tempranas. Es realmente importante tomar consciencia como madres, padres y educadores de la responsabilidad, que nunca culpa, de nuestra función adulta.
La formación del apego depende de varios factores, entre los cuales cabe destacar la existencia o ausencia de la denominada respuesta sensible, que representa un organizador psíquico fundamental para la estructuración del psiquismo infantil.
La respuesta sensible se caracteriza por:
• percibir las señales del bebé,
• interpretarlas adecuadamente y
• responder apropiada y rápidamente.
La capacidad para desarrollar la respuesta sensible es esencial para fomentar el apego seguro. Apego seguro que forma parte del deseo inicial de la maternidad y la paternidad informadas.
Sin embargo, los beneficios de la denominada respuesta sensible y sus características para el fomento del apego seguro continúan siendo en la práctica bastante desconocidos e, incluso, cuando se observan en la interacción cotidiana, prevalece la crítica social.
En este aspecto, no puedo menos que señalar la tendencia, todavía actual, de cierto rechazo social a responder prontamente al llanto del bebé, tomarlo en brazos y cubrir de forma inmediata las necesidades de los bebés (de cero a dos años) y de las criaturas, en general. Son los tópicos sobre el miedo a malcriar los que me impulsaron a escribir y cuestionar dicha creencia en mi primer libro, Amar sin miedo a malcriar, siempre vigente y que tan extraordinaria acogida ha tenido en madres, padres y educadores sensibles.
Tenemos que tomar consciencia como madres, padres y educadores de la responsabilidad, que nunca culpa, de nuestra función adulta.
Es un hecho constatado, en la práctica preventiva y social, el gran desconocimiento que existe sobre el desarrollo psicoafectivo integral de la primera infancia y la adolescencia. Es una necesidad ineludible cambiar la mirada intergeneracional para tratar de evitar todas las interferencias que generamos los adultos, bien por ignorancia, bien por déficit en la elaboración de las propias heridas emocionales durante nuestra infancia, pero que, en definitiva y sin la menor duda, condicionan la relación con hijos e hijas y alumnos y alumnas.
Continuando con la teoría del apego, las investigaciones desarrolladas por Mary Ainsworth (1970) permitieron desarrollar el concepto de base segura y formular una clasificación de patrones de apego observados durante el primer año de vida y contrastados en años posteriores. Estos fueron los estilos de apego descritos:
• Apego seguro
• Apego inseguro evitativo
• Apego inseguro ambivalente
• Apego desorganizado
Más tarde, Bartholomew y Horowitz (1991) establecieron otra clasificación de los estilos de apego:
• Apego seguro
• Evitativo (rechazante)
• Ansioso (preocupado)
Una persona con estilo de apego seguro se caracteriza por acercarse emocionalmente a los demás de manera sencilla, mostrando la capacidad de establecer una relación de dependencia mutua segura y confortable (Dutra y cols., 2002). Es decir, sus relaciones con el otro son estables, íntimas y satisfactorias, y su perspectiva de sí misma está integrada y es coherente. Estas personas son capaces de hablar de las experiencias adversas negativas o penosas de su infancia de manera reflexiva y relativamente desprovista de mecanismos de defensa (Bowlby, 1998; Marrone, 2001).
El apego inseguro evitativo, según Dutra y cols. (2002), se caracteriza por la incomodidad que sienten estas personas en las relaciones que involucran intimidad emocional, por lo que optan por mantenerse distantes, argumentando muchas veces la importancia de la independencia propia y de la autosuficiencia. Presentan también cierta inhibición en las emociones consideradas negativas o agresivas, puesto que su objetivo es mantener la aprobación social.
Siguiendo con esta clasificación, Dutra y cols. (2002) consideran que el tercer tipo, inseguro ansioso, muestra un funcionamiento emocional y conductual basado en la ambivalencia. Este estilo de interacción se caracteriza por la búsqueda de intimidad, aunque su elección se centra en personas que habitualmente lo rechazan o no responden a sus necesidades emocionales. Son personas que amplifican su necesidad de vinculación de forma desmedida. Este estilo responde a una relación con las figuras de apego en las que la relación parental ofrecía cuidado, pero simultáneamente frustraba también sus necesidades, lo que generaba una gran inseguridad y necesidad de aproximación, a la vez que un gran miedo a la pérdida.
Podríamos extendernos mucho más en los diferentes estilos parentales y tipos de apego, pero el objetivo no es tanto profundizar en estos temas como comprender la trascendencia que nuestra historia personal, nuestro carácter y el contexto social ejercen en la interacción con nuestros hijos adolescentes.
Afortunadamente, nada es estático ni permanente.
Siempre podemos mejorar y modificar el tipo de relación a través del trabajo terapéutico y de los grupos de madres y padres, como veremos en el capítulo dedicado a los grupos.
Llegados a este punto, vamos a entrar en un tema crucial para comprender la adolescencia: sus raíces, puesto que la adolescencia no nació de la nada, sino que desplegó sus alas después de años de preparación y experiencia vital en un nido familiar, escolar y social.
3
Después de navegar por los delicados y fundamentales años de la infancia, desembarcamos en la adolescencia. Antes de sumergirnos en ella es imprescindible conocer cómo se ha desarrollado la etapa precedente, como cimiento sólido o quebradizo sobre el que se apoya la actual.
Como hemos mencionado en el capítulo 1, la adolescencia no es una etapa aislada ni separada dentro de las fases del proceso de maduración de un ser humano, sino que responde a la manifestación de la interdependencia de todas las fases del desarrollo. La vida de un ser humano mantiene un hilo conductor que se entrelaza en un continuum, siempre que no haya fracturas invisibles en dicho hilo conductor, en cuyo caso derivarán en respuestas sintomáticas diversas y disfunciones de la salud psicosomática y social.
La adolescencia también representa la oportunidad para consolidar o apuntalar lo que emerge como falta o ausencia afectiva en la nueva construcción de identidad del o la adolescente.
Por tanto, no es un período que eclosiona de la nada ni emerge repentinamente. Podríamos considerarlo como la punta de un iceberg que hunde su estructura aparentemente invisible en el mar y contra la que chocamos por ignorar su profundidad. También podríamos considerarlo como la expansión de las ramas de un árbol que esconde sus raíces en las entrañas de la tierra y que, aunque permanezcan escondidas a nuestra mirada, son las que sustentan toda la magnitud del árbol. No obstante, independientemente de la analogía que visualicemos, el resultado está ahí: ese o esa adolescente es la consecuencia directa de muchos factores, pero con una innegable base en la primera infancia.

Nos guste o no, y del mismo modo que en la infancia, podemos considerar la adolescencia como ese espejo único que refleja, nítidamente o de forma borrosa, nuestra interacción histórica y cotidiana.
Sin embargo, esta fase también representa la oportunidad para retomar aspectos inconclusos durante la primera infancia y mejorar aquellos hilos que haya que reparar en la relación vincular. Es decir, es la oportunidad para consolidar o apuntalar lo que emerge como falta o ausencia afectiva en la nueva construcción de identidad del o la adolescente.
En mis anteriores libros podéis profundizar sobre todo el período infantil, desde la gestación hasta los siete años de vida, base de la estructuración caracterial. Tal y como se ha tratado en dichos libros, la infancia condiciona, pero no determina la futura personalidad adulta. Es por ello por lo que la etapa adolescente representa la oportunidad de mejorar y resolver situaciones conflictivas que quedaron pendientes en la etapa infantil.
A modo de somero repaso y siendo tan solo unas pinceladas, es esencial conocer que la etapa infantil representa el tiempo de mayor vulnerabilidad de la existencia de un ser humano debido a la absoluta e incuestionable dependencia natural con la que nacemos todos los mamíferos. Más allá de las modas pediátricas y sociales que pretenden negar dicha dependencia forzando una autonomía que ni biológica ni psicológicamente respetan su proceso madurativo, la evidencia y la clínica confirman la importancia de satisfacer las necesidades emocionales propias de los primeros años de vida si queremos fomentar apegos seguros.
Ninguna excusa educativa o social justifica el robo de la infancia. Esta tiene su tiempo de maduración, de juego y de aprendizaje basados en el movimiento y la exploración del entorno, y, por tanto, desde un ritmo natural que jamás debiera violentarse si deseamos futuros adultos responsables y maduros.
Nuestra sociedad neurótica imprime un ritmo frenético de aprendizaje intraescolar y extraescolar muy alejado del conocimiento y del respeto a sus necesidades vitales, y ninguna de estas prácticas son inocuas para la salud individual y global. Las neurosis, depresiones, violencias diversas y otras disfunciones que sufrimos en esta sociedad no son ni endógenas ni hereditarias, son aprendidas en un ambiente hostil o desprovisto del derecho al amor incondicional. Sin embargo, es más sencillo atribuir todo a la genética y eximir de responsabilidad a los adultos en los cuidados y en el bienestar físico, emocional y social de la primera infancia.
La ignorancia es la causa principal de tanto sufrimiento. Jamás dejaré de insistir en la importancia de la formación como padres y madres y profesionales que interactúan con la primera infancia, porque es la única salida que los seres humanos tenemos para evolucionar a partir de la salud. No podemos pretender que una infancia ignorada o no respetada derive en una adolescencia exenta de serias dificultades tanto a nivel subjetivo como en el plano intersubjetivo.
Tampoco podemos caer, ingenuamente, en la creencia de que, habiendo tratado de ofrecer una cuidada y respetada infancia, la adolescencia en desarrollo sea totalmente plácida y sin sobresaltos. La vida es dinámica y, por supuesto, dicha etapa dependerá del devenir de la infancia, pero también de nuestro presente familiar y personal en el momento en el que las, hasta entonces, criaturas dependientes accedan a esta nueva fase del desarrollo.
La ignorancia es la causa principal de tanto sufrimiento. No podemos pretender que una infancia ignorada o no respetada derive en una adolescencia exenta de serias dificultades.
Sin embargo, crear las bases saludables en la primera infancia fomentará la posibilidad de jóvenes fuertes, que no duros, sensibles y respetuosos ante la vida y con la seguridad interna de ser merecedores de respeto y de amor porque así lo recibieron. Y también con la capacidad de responder ante la injusticia sin caer en el sometimiento y la obediencia ciega o la resignación más mortecina.
El conflicto siempre estará presente en la vida porque es inherente a ella. Pero la forma de afrontarlo es la clave de una convivencia cooperativa y afirmadora de la vida, frente al sufrimiento de la sociedad actual.
Por ello, la atención adecuada a la infancia en el contexto familiar y educativo es vital. Y también lo es la consciencia y la coherencia adultas durante todo este proceso que se despliega ante nuestros ojos.
Crear las bases saludables en la primera infancia fomentará la posibilidad de jóvenes fuertes, que no duros, sensibles y respetuosos ante la vida y con la seguridad interna de ser merecedores de respeto y de amor.
No voy a mencionar aquí las fases del proceso madurativo y cómo acompañarlas, puesto que ya se tratan en mis libros Amar sin miedo a malcriar y Educar sin miedo a escuchar. Desde la vida intrauterina hasta los siete años nos encontramos ante la base constitutiva de la construcción del carácter y del modo de percibir el mundo. Es un período crítico durante el desarrollo de un ser humano, por su característica vulnerabilidad y dependencia, que requiere un abordaje social prioritario.
Algunas claves centrales, durante el período crítico del desarrollo que abarca desde la vida intrauterina hasta los siete años, radican en un abordaje preventivo y social donde se favorezcan la preparación para los partos naturales, lactancias prolongadas no mecánicas, socialización infantil a su debido tiempo y respeto por su dependencia natural sin independencia forzada y precoz. Estos, entre otros factores, son requisitos imprescindibles para no enfrentarnos a una factura elevada en la adolescencia o la adultez.
La atención adecuada a la infancia es vital y también lo es la consciencia y coherencia adultas.
La infancia debiera estar en el centro de la vida y merece todo el amor, respeto y consideración para un desarrollo saludable y gozoso, tanto en el ámbito familiar como en el educativo y social. Desde ahí, la adolescencia será un pasaje de la niñez a la juventud, y más tarde la adultez, sin insostenibles turbulencias, como veremos a continuación.
Ahora abordaremos una edad poco mencionada y que merece idéntica atención y consideración que la precedente y la posterior: la edad puente.
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Esta etapa es muy poco mencionada y bastante olvidada. Habitualmente se trata la infancia y se salta inmediatamente a la adolescencia como si naciera de la nada. Sin embargo, la vida continúa sin interrupciones desenvolviéndose mágicamente a través de todas las etapas sin excepción. Sin esta franja de edad, sin este puente, más silencioso pero presente, el desarrollo no tendría lugar.
Os invito a explorar esta etapa con idéntica curiosidad y respeto: la etapa de los siete a los doce años.
Sin que la primera infancia, como tal, desaparezca de la historia infantil, a partir de los siete años y después de haber constituido en los años precedentes la base de la estructuración de su carácter, así como un estilo de apego concreto que condicionará la percepción de sí mismo o misma y del mundo como amoroso u hostil, cada criatura se adentra en otra etapa importante de su corta pero intensa vida.
Este período es considerado, en ocasiones, como la etapa puente entre la infancia y la adolescencia y, también, la etapa dorada, por haber finalizado las tormentas del desarrollo infantil y transcurrir sin grandes sobresaltos. Sin embargo, ninguna consideración evita la necesidad del conocimiento de esta etapa y de sus particularidades, vividas de forma única a título individual.
Como la experiencia profesional corrobora, la variabilidad de experiencias oscila entre intensas turbulencias emocionales y una alegre infancia con poco sufrimiento innecesario.
Esta es la maravilla de la existencia: ninguna infancia es igual en su desarrollo psicoafectivo y social. Por ello, tampoco hay recetas universales, salvo si caemos en el craso error de aplicar normas generales adultas ignorando las fases del desarrollo y la riqueza de las particularidades individuales que comporta cada fase. De todo ello trato extensamente en los libros anteriores.
La etapa de los siete a los doce años es considerada la etapa dorada por transcurrir sin grandes sobresaltos. Sin embargo, la variabilidad de experiencias oscila entre intensas turbulencias emocionales y una alegre infancia.
Teniendo en cuenta siempre el trato individualizado que todo niño y niña necesita y merece, podemos considerar que la etapa de los siete a los doce años representa una edad puente entre dos orillas interconectadas: la infancia y la adolescencia.
Esta etapa dorada se caracteriza por haber finalizado la formación básica del carácter. El carácter está compuesto por una serie de rasgos y mecanismos de defensa que constituyen una manera específica y automática de ser. Este carácter individual va a condicionar nuestra forma de interpretar tanto el funcionamiento psíquico interno como la percepción del mundo exterior.
Todas las personas tenemos un carácter constituido en los siete primeros años de vida y construido a partir de la interacción con nuestras figuras parentales o personas sustitutas. Por tanto, como hemos señalado en varias ocasiones, aunque su función es la defensa psíquica ante el sufrimiento generado en la interacción con el mundo exterior, simultáneamente representa la denominada «coraza del yo», según los términos clínicos del paradigma reichiano (por W. Reich, 1897-1957, psiquiatra y psicoanalista y autor de numerosas obras e investigaciones). Es decir, dicha coraza de carácter o muscular cumple la función de protección frente a los peligros externos, reales o imaginarios, a través de una serie de mecanismos defensivos psíquicos y corporales, pero simultáneamente nos impide conectar con nuestras necesidades y emociones internas más profundas como consecuencia de dicha muralla protectora. El resultado de este proceso es una distorsión en nuestra autopercepción y la de los otros.
De manera similar y desde la teoría del apego, sabemos que cada estilo de apego responde a modelos operativos internos, formados en la temprana infancia en relación con las figuras vinculares, sobre los que construimos nuestra relación con el mundo, en el sentido amplio del término.
En las conferencias, muchas personas me preguntan si ya no hay posibilidad de modificar ese carácter una vez «finalizada» su constitución. Afortunadamente, podemos flexibilizarlo elaborando, a través de un proceso terapéutico, todas las heridas de nuestro mundo emocional, posibilitando un mayor contacto con uno mismo y con los demás.
Nada es determinante ni está definitivamente cerrado, pero nuestro carácter rígido no deja de ser un condicionante para la vida que podemos evitar con un buen abordaje preventivo desde la primera infancia y en etapas posteriores. Es decir, como adultos que interactuamos con la infancia y adolescencia podemos favorecer un carácter flexible y más saludable, frente a un carácter rígido. Y esto es posible durante la crianza y la educación, siempre que apostemos por un trabajo personal primero y, en paralelo, por una relación basada en el conocimiento y el respeto de sus necesidades emocionales. De ello dan fe quienes participan en grupos de madres y padres con esa orientación, expuesta en el capítulo anterior, de cuestionamiento profundo de nuestros modelos educativos, caracteriales y sociales.
Esta etapa dorada despierta muchas sensaciones, emociones, miedos y alegrías. Sin embargo, es, en términos generales aunque nunca totales, vivida con cierta tranquilidad. Las madres y padres ya no presentan las mismas dudas y miedos que se registran en la primera infancia y que se reflejan, también, en los grupos de esta franja de edad.
Suelo comentar que, cuando las madres y padres entran en el centro de psicoterapia y prevención que coordino, es casi innecesario «saber» qué grupo de edad está llegando a la sala; tan solo con escucharles entrar a la sala es suficiente:
• Los grupos de peques de dos a siete años suelen entrar en la sala, alborotados y charlando mucho entre ellos.
• Lo mismo sucede con los grupos de adolescentes; los progenitores entran con cierta alteración y «contagio hormonal» y suelen ser bulliciosos tanto en el ingreso en la sala como en sus interacciones.
• Sin embargo, el grupo de siete a doce años acostumbran a acudir a las sesiones con una actitud algo más reposada. Por supuesto que asisten con dudas y algunos conflictos, sobre todo cuando se acercan a las edades de la pubertad, pero habitualmente presentan una calma que no está presente en los otros grupos mencionados.
Francamente, me resulta muy divertido, y así lo comento en dichos grupos, observar la correspondencia de la actitud entre los progenitores de una franja u otra en relación con el desarrollo de las hijas e hijos.
Explicaré brevemente esta fase, aunque sin entrar en profundidad, puesto que el objetivo de este libro es la etapa adolescente.
Como adultos que interactuamos con la infancia y adolescencia podemos favorecer un carácter flexible y más saludable, frente a un carácter rígido, que permita mayor contacto con uno mismo y con los demás.
A PARTIR DE LOS SIETE AÑOS
Como estamos resaltando, la primera infancia es una etapa de construcción de los cimientos del carácter y de la personalidad. Son muchos los «trabajos» que desempeña cada criatura desde su nacimiento hasta entrar en esta etapa, siempre desde la perspectiva del continuum. Durante estos «trabajos» en los primeros años de desarrollo infantil, ha transitado entre:
• Los brazos de sus progenitores y la formación del apego con ambos.
• El aprendizaje de la bipedestación.
• El acceso al lenguaje.
• El control de esfínteres (no siempre exitoso).
• La ampliación de su círculo afectivo.
• El reconocimiento de su cuerpo junto al descubrimiento de sus genitales como fuente de placer.
• La entrada en la socialización con iguales.
• Y un largo listado de aprendizajes basados en la experiencia directa consigo mismo/a y el entorno.
Realmente, son años de gran valor formativo y de aprendizaje en sí mismo que no requiere de ninguna presión escolar extra. No olvidemos que tienen todo el tiempo del mundo para poder realizar aprendizajes formales a partir de primaria. A esta sociedad le cuesta asumir que existe un ritmo madurativo que no debiera ser violentado, por muchos aprendizajes extraordinarios que nos vendan como opción educativa para el futuro de nuestros peques. Una sólida base emocional y segura es lo que necesitan para aprender cualquier actividad futura; forzar, presionar el aprendizaje a esta edad vulnerable por encima de su seguridad emocional es, cuando menos, contraproducente. Un aprendizaje real e integrado se da desde una base de seguridad afectiva, nunca a través del miedo o el llanto.
A los siete años una criatura ya ha vivido una larga historia personal. Su estructura caracterial ya está formada y su interés se expande con más claridad hacia el exterior, relegando, de forma incipiente, a un segundo plano al sistema familiar. Familia a la que regresará, frecuentemente, como base segura ante las exploraciones que le provoquen inseguridad en el contacto con el exterior.
Si la socialización fue una necesidad natural respetada y no forzada cuando se desarrolló hacia los cuatro años aproximadamente, ahora su atención se irá centrando paulatinamente en sus iguales.
A esta sociedad le cuesta asumir que existe un ritmo madurativo que no debiera ser violentado. Una sólida base emocional y segura es lo que necesitan para aprender cualquier actividad futura.
Es el momento en el que aparecen las aficiones y el deseo pleno de compartir con los iguales, emergiendo con más claridad la tendencia a cooperar o a competir, gestada en la primera infancia en función del contexto educativo.
A medida que se acercan a los ocho años suele emerger el deseo de independencia de la tutela del adulto, con ciertos «pinitos» de salir solos a realizar alguna compra o visitar a una amistad muy cercana. Sin embargo, ante cualquier dificultad recurren a la seguridad de la casa y de la familia, si el apego constituido en los años precedentes responde a un estilo seguro de relación.
A esta edad se observa cierto equilibrio en la respuesta ante las demandas sociales. Es una edad madurativa en la que abandonan el egocentrismo propio de la etapa anterior y comienzan a aceptar el principio de realidad: «Me gustaría jugar todo el día, pero la realidad es que tengo cole».
Sin embargo, el principio del placer, como instancia psíquica que reivindica el derecho al placer, coexiste en esta etapa y en toda la vida, no siendo extraño que ambos principios conflictúen con frecuencia, tal y como observamos en expresiones como: «Sé que tengo que ir al cole, pero no me apetece nada y no quiero ir».
Esta nueva instancia madurativa del principio de realidad era inexistente en la primera infancia, fase sumergida totalmente en la búsqueda de placer y en el pensamiento mágico.
Pasarán años hasta que se integre el tercero de los tres principios que constituyen la estructura psíquica, el principio del deber: «Debo...». Dicha instancia psíquica, contrariamente a la creencia popular, no se encuentra desarrollada en estas etapas de la vida, lo que explica la dificultad para la asunción de «obligaciones», frente a la facilidad deseada por el entorno.
Por tanto, ya en la etapa adulta y sin entrar en mayor desarrollo teórico, el principio de realidad cumple la función de regulación de las demandas del principio del placer y del principio del deber, siempre que haya una mínima armonía y desarrollo saludable. De lo contrario, en la etapa adulta podremos observar la prevalencia de uno u otro principio en detrimento del equilibrio de los tres.
A los siete años una criatura ya ha vivido una larga historia personal. Su estructura caracterial ya está formada y su interés se expande con más claridad hacia el exterior.
Es necesario tener presente que, hasta el desarrollo madurativo de la última instancia psíquica, los niños y las niñas cumplen con el «deber» debido a la presión educativa del adulto o por su necesidad de agradar, e, incluso, como consecuencia de cierto mimetismo en relación con los otros/as. Pero todavía no han interiorizado ni integrado ese «deber hacer» característico del mundo adulto. Esta progresión madurativa de los tres principios psíquicos resulta de mucho interés, puesto que permite comprender muchas actitudes y comportamientos adolescentes.
Volviendo a esta franja madurativa, ahora y cada vez más son conscientes de que el mundo de la magia y la fantasía de la etapa precedente se ha quedado atrás para dar lugar a cierta aceptación de las exigencias externas con mayor facilidad. Esto es posible como consecuencia de su progresiva y lenta maduración, que les permite «comprender», aunque les cueste asumir, la existencia de ciertas normas o consensos, según cada modelo familiar, que trasciende su necesidad de jugar. Sin embargo, siguen disfrutando y necesitando de los abrazos y la seguridad que ofrece su hogar y su familia, al mismo tiempo que se sienten atraídos por historias donde se reflejan sentimientos de rebeldía ante la autoridad, con la natural complicidad entre amigos y amigas.
De cualquier forma, es una etapa de frecuente tranquilidad y equilibrio estable dentro del sistema familiar.
A esta edad pueden empezar a aceptar el principio de realidad, sin abandonar el principio del placer, dos instancias psíquicas que ahora coexisten. El principio del deber no se encuentra desarrollado en estas etapas de la vida.
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