Kitabı oku: «Diamantes para la dictadura del proletariado»
DIAMANTES PARA LA DICTADURA DEL PROLETARIADO

YULIÁN SEMIÓNOV
DIAMANTES PARA LA
DICTADURA DEL PROLETARIADO
TRADUCCIÓN DE MARTA SÁNCHEZ-NIEVES

SENSIBLES A LAS LETRAS, 72
Título original: 
Primera edición en Hoja de Lata: septiembre del 2018
© Julian Semenov, 1971. All rights reserved
© de la traducción: Marta Sánchez-Nieves, 2018
© de la ilustración de la cubierta: Karel Vašátko, Klimbin, 2016
© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2018
Hoja de Lata Editorial S. L.
Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212, Xixón, Asturies [España]
info@hojadelata.net / www.hojadelata.net
Edición: Hoja de Lata Editorial S. L.
Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu
Corrección de pruebas: Textosfera S. L.
ISBN: 978-84-18918-32-2
Producción del ePub: booqlab

Published with the support of
the Institute for Literary Translation (Russia)
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ACE Traductores.
ÍNDICE
Decreto del Sóviet de los Comisarios del Pueblo
Moscú, 21 de abril
El principio de los principios
Intermezzo en Revel
La distribución de fuerzas
Esa noche en Revel
Diferencia en los intereses comunes
Por la mañana en Moscú
Para la historia de la cuestión
Caminos…
El hombre y la Ley
El padre…
… y el hijo
Ay, estos rusos…
Se preparan unos…
… y otros
La operación
Fuego de reconocimiento
Una solución en París
La lógica de una conversación carcelaria…
… y la lógica del carcelero
En Siberia
En Revel
En Moscú
«Una vez preparado… actúa»
Sin pruebas no hay evidencias
El centro donde se cruzan los caminos 379
La operación todavía no ha terminado
La causa a la que sirven
Breve ÍNDICE ONOMÁSTICO para la dictadura del proletariado
DECRETO DEL SÓVIET DE LOS COMISARIOS DEL PUEBLO
Sobre la institución del Depósito Estatal de Alhajas de la República, el Consejo de Comisarios del Pueblo
HA DISPUESTO:
De cara a concentrar, conservar y controlar todas las alhajas pertenecientes a la RSFSR consistentes en oro, platino y plata en lingotes, así como los artículos hechos de estos, de diamantes, de piedras preciosas multicolor y de perlas, anejo a la Dirección Central Presupuestaria se ha constituido en Moscú el Depósito Estatal de Alhajas de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia (DEA de la RSFSR)…
V. I. Lenin Presidente del Sóviet de Comisarios del Pueblo
V. D. Bonch-Bruiévich Administrador del Sóviet de Comisarios del Pueblo
S. Brichkin Secretario
MOSCÚ, 21 DE ABRIL
—¿Y quién es ese de ahí, el del rincón? — preg untó el francés.
Misha Yeroshin, que llevaba días enteros con Blenner, un periodista de París, respondió con el ceño fruncido:
—Un pintor… No me acuerdo de su apellido. Se ha vendido a los bolcheviques.
—¿Tiene talento?
—Es una nulidad.
—¿Y el que está a su lado?
—Otro pintor. Trabaja con Lunacharksi, un lameculos de los comisarios.
—¿Aquí solo se reúnen artistas del pincel?
—Para nada. Ahí tiene a Kliúiev. Y a Marienhof al lado. Unos gusanos. Unos cobardes que callan mientras los comisarios los mantienen.
El francés esbozó una ligera sonrisa:
—Empiezo a tener la impresión de que esto de meterse unos con otros es una costumbre moscovita. ¿Ha sido siempre así o empezó después de la revolución?
A Misha no le dio tiempo a responder: Staritski, el crítico teatral, se había acercado a su mesa.
—¿Está libre? —preguntó.
—Por favor —respondió Blenner—, no esperamos a nadie más.
En un pequeño semisótano de la calle Kropótkinskaia se había abierto poco tiempo atrás un comedor en el que se servía té y café —previa muestra del carnet emitido por el Comité Central de Mejora de la Vida de los Científicos— a la inteligencia científica y creadora de la capital. Por eso aquí se amontonaba gente que se conocía, si no personalmente, al menos sí de oídas.
—¿Quién es? —preguntó sin ceremonia alguna Staritski, mirando fijamente al francés—. ¿A quién te has traído, Misha?
Yeroshin, que era de los que sentían el tradicional respeto por los extranjeros, empezó a agitarse en la silla, pero el francés esbozó una sonrisa bondadosa y le tendió a Staritski su tarjeta de visita.
El crítico se metió la tarjeta en el bolsillo y preguntó: —¿Del Komintern?
—Más bien de la Entente.
—Entonces tenga cuidado con Misha, es agente secreto de la Checa.
—Pero mira que eres animal. —Misha hizo un intento por sonreír—. Tú y tus tonterías de siempre…
—¿Dónde está aquí la tontería? Yo evito a todo burgués, incluso al propio, al de casa, así que de acercarme al ajeno… ¡Dios me libre, me proteja y me ampare! Nada, nada, cuando todo este galimatías acabe, te ajusticiaremos, Misha. Por razones sanitarias e higiénicas.
—¿Usted es de los que creen que el «galimatías» se va a acabar? —preguntó Blenner.
—El mundo vive según las leyes de la lógica y no puede soportar la locura por mucho tiempo. Y aquí no se trata de individuos, sino de cierto sistema supramundial que nos gobierna según sus propias leyes, unas desconocidas.
—Cualquier alteración de este mundo viene determinada por los individuos —señaló el francés—. Cifrar las esperanzas en un esquema supramundial establecido es, a su manera, una deserción civil.
—¿Entonces, qué?, ¿me está diciendo que empuñe un Nagant?
—Para nada… Solo intento hacerme una imagen clara de lo que ocurre…
—Imágenes claras en Rusia no ha habido ni habrá: aquí cada uno es un Clemenceau a su manera. Además, solamente los corredores, los exploradores, quieren tener imágenes claras. ¿Es usted corredor?
—Todo periodista es, en cierta medida, corredor.
—Así que le interesa la claridad… —resopló Staritski y declamó—: «No hay muerte más honrosa que la muerte en beneficio de la patria, y esta no puede asustar al auténtico ciudadano, al honrado». Alexander Uliánov. El hermano de Lenin. Justo esto es lo que tendremos muy pronto en la infeliz y atormentada Rusia, donde se han alzado… hermano contra hermano.
—Prefiere usted citar a Uliánov… El espíritu de sacrificio de los enviados a la muerte no le resulta muy atrayente… ¿solo a nivel personal?
—¿Y con qué derecho me habla usted así?
—¿Cómo? —El francés no comprendió—. Es una pregunta. No comprendo que pueda ofenderle una pregunta cuando tiene la posibilidad de responder.
A Blenner lo empezaban a crispar sus interlocutores. Montaban unos planes fantásticos, hacían alusiones misteriosas a saber de qué y presagiaban unos cambios inminentes; al mismo tiempo, ni uno de ellos decía una sola palabra buena sobre aquel a quien un minuto antes había saludado amigablemente, en ocasiones hasta con un beso. Al principio a Blenner lo trastornaban estas conversaciones y ya se había construido una concepción clara de sus futuros artículos: «Rusia al borde del estallido». Pero tras su encuentro con Litvínov,1 quien, siendo todavía embajador en Estonia, había sido confirmado como subcomisario del Pueblo para Asuntos Exteriores, el francés se vio obligado a des hacerse de esa concepción.
—¿Pregunta usted por la denominada oposición creadora? —le había inquirido Litvínov—. Claro que hay oposición, sería ridículo que no la hubiera. Chéjov sostenía: «Aquel que habla más que escribe se desgasta sin haber escrito nada de provecho». Con nosotros están Gorki, Blok, Serafimóvich, Briúsov; unos vástagos magníficos: Maiakovski, Pasternak, Aséiev; detrás de nosotros marchan Timiriázev, Shokalski, Óbruchev, Graftio, Gubkin; con nosotros están Koniónkov, Konchalovski, Petrov-Vodkin, Nésterov, Kandinski, Kustódiev… A veces las cosas se les ponen un poco difíciles, como en todas partes, también nosotros tenemos nuestros idiotas particulares y nadies envidiosos en los organismos que se dedican a la ilustración cultural. Pero en ningún otro país el arte consigue un auditorio enorme e interesado como el que ha aparecido en Rusia después de la revolución…
Rebuscó en su mesa y le lanzó un periódico al francés:
—Es de los suyos. Paul Nadau, ¿lo conoce? De París, también periodista. —Litvínov sonrió de nuevo—. Ahí tiene, lea lo que escribe de nuestra oposición, que no parlotea alrededor de una taza de té, sino que es seria, habla de los eseristas y de los cadetes. Estuvo con ellos en la cárcel de Butyrka.
Blenner cogió el periódico y enseguida vio unos párrafos subrayados: «Toda la celda debatía con gran solemnidad problemas de orden interno, como, por ejemplo, la designación del cuartelero. La manía infantil por el parlamentarismo que había caído sobre toda Rusia se ponía de manifiesto en los interminables discursos vacíos de nuestra celda. Bajo la dirección del presidente las enmiendas se sustituían por contraenmiendas; estas, a su vez, por propuestas, y a estas las sustituían las contrapropuestas. Los participantes de este siniestro torneo carcelario empleaban unos métodos que no estarían de más en el palacio de Westminster. Los presos escuchaban pacientes esos debates oratorios que no llegaban a nada… Tres días después de fuera llegaron unas cestas con productos para los miembros del Partido Socialista Revolucionario. Sin cortarse, estos se pusieron a llenarse los carrillos. Los demás presos se daban la vuelta en silencio para no sufrir mucho. Pero el delegado no lo resistió, se puso en pie y dijo: “Propongo debatir en asamblea la cuestión de la socialización de todos los víveres”. Se hizo el silencio. Solo se oían los chasquidos de las mandíbulas de los camaradas eseristas, que empezaron a masticar más deprisa. Finalmente, uno de ellos pronunció con voz dulzona: “Esta idea nos resulta atractiva, colegas, por supuesto, puesto que deriva directamente de los principios de nuestro partido. Pero ¡reflexionemos! ¿Estamos dispuestos a atentar contra la libertad de conciencia? Aquí hay muchos que no comparten nuestras ideas —añadió el orador señalando a un coronel mayor y hambriento, a un terrateniente con el estómago vacío y a un famoso abogado moscovita encolerizado por el hambre—. ¿Obligaremos a estos señores a convertirse en socialistas a pesar de su voluntad? ¡Claro que no, camaradas! Afirmo que la consiguiente deliberación de esta cuestión debe ser aplazada”. Y el orador se apresuró a recuperar enérgicamente el tiempo perdido en la destrucción intensiva de alimentos».
—¿Qué le parece? —preguntó Litvínov—. Si lo hubiera escrito un bolchevique…, pero es que resulta que su colega, que es burgués…, no nos soporta. Aun así, también dijo cuando lo liberaron: «Se está mejor con ustedes, al menos ustedes son concretos, pero esos… Como medusas antes de una tormenta: inmensos e inestables».
… Y ahora, al encontrarse con varios rusos en aquel pequeño semisótano, Blenner no logró obligarse a hablar con ellos sin ideas preconcebidas: ante sus ojos estaba el artículo de Nadau. Lo conocía, era un hombre formal al que era más fácil matar que obligarlo a decir una mentira.
Cuando Staritski se apartó de ellos, Blenner preguntó:
—¿Tiene algo publicado?
—¡Es incapaz de escribir dos líneas! Un charlatán. Y si hay alguien aquí que sea agente de la Checa, ese es él, se lo aseguro.
El escritor Nikándrov —alto, venoso, destacable— entró en el pequeño semisótano cuando ya había oscurecido.
—¿Quién es? —preguntó el francés al momento.
—Leonid Nikándrov, literato.
—¿También sin talento?
—A ver cómo se lo explico… Ensayos, novelas cortas sobre historia antigua, investigaciones sobre Pedro el Grande… No es combativo, no es para nada combativo.
El francés se presentó él solito a Nikándrov, le pidió que le dejara hacerle una breve entrevista.
—Tome asiento.
Malhumorado, Nikándrov accedió.
—Pero que su compañero se vaya a esperar a otra mesa.
—Conoce la ciudad, es lo único por lo que utilizo sus servicios —respondió Blenner y, girándose apenas, dijo en voz alta—: Misha, hoy no lo retengo más, gracias.
Misha, obsequioso, se despidió del francés y fue a sentarse a otra mesa: una donde armaban ruido los poetas.
—Tengo varias preguntas que hacerle, ciudadano Nikándrov. Me gustaría saber quién tiene, en la Rusia actual y en su opinión, más talento en la literatura, en la pintura, en el teatro.
—En la literatura, yo —sonrió Nikándrov. Y esa sonrisa hizo de su cara venosa y tensa algo completamente diferente: sincera, de una bondad torpe—, si quiere la verdad. Aunque en principio debería responder que Bunin, Gorki y Blok.
—Bunin está en París y a mí me interesa Rusia.
—Ya puede estar Bunin en África, que solo pertenece a Rusia.
—¿Cree usted que Bunin quiere pertenecer a esta Rusia?
—¿Y está usted convencido de que esta Rusia seguirá siendo siempre así?
—No estoy preparado para dar una respuesta, aunque solo sea porque no he leído las obras de Bunin y lo conozco solo de oídas.
—Verá, a usted le interesan los literatos rusos como figuras dentro de un sistema político, ¿no? Entonces nuestra conversación no va a funcionar.
—Mentiría si le dijera que no me interesa el sistema político. Pero tengo vivo interés en las bellas letras.
—Pues a mí no me interesan las bellas letras. Yo pertenezco a la literatura.
—¿Dónde puedo comprar sus libros?
—No me publican mucho por aquí…
—Estoy dispuesto a ayudarlo para que lo publiquen en París.
Nikándrov miró atentamente al francés y respondió:
—Pues se lo agradezco, si es que está hablando en serio.
—Estoy hablando en serio… Antes de que pasemos a sus creaciones, me gustaría preguntarle por aquellos a los que usted valora en el mundo de la pintura.
—Tenemos mucha gente con talento. Lentúlov, Martirós Sarián, Konchalovski, Maliavin… Es imposible nombrarlos a todos… Konstantín Korovin, ¡Nésterov!
—Gracias a Dios. —El francés esbozó una amplia sonrisa—. Es usted el primer ruso que me dice que hay talento en Moscú.
—¿A quién ha conocido usted? No tiene sentido hablar con esa panda. —Nikándrov señaló con la cabeza a los visitantes del comedor—. Auténticas alimañas. Peores que los comisarios, al menos estos saben lo que hacen, mientras que esos de ahí se limitan a gruñir desde la puerta. Levántales la voz, que se esconderán con el rabo entre las piernas. Eso sí, bien que dicen: «Aquí no hay nadie de talento»…
—¿Es difícil la vida para los que lo tienen?
—¿Y dónde es fácil? Es complicado tener talento, claro, dado que este siempre busca su propia verdad, y la verdad… está siempre en su interior, en su visión del mundo.
—¿Usted no está de acuerdo con Marx cuando dice: «El hombre no es libre de la sociedad»?
—No. El hombre nace libre: nadie lo ha despojado de su derecho a disponer de su vida según su propio parecer.
—Se han establecido ciertas limitaciones al respecto: a los infelices suicidas no se los entierra en los cementerios, sino fuera.
—Después de mí, el diluvio.
—Yo pensaba que un literato pensaba ante todo en sus conciudadanos.
—Dejemos que el literato piense en sí mismo. Pero que sea honrado hasta el fin. Esto sí que es una buena enseñanza para sus conciudadanos, ya verá.
—Con ese talante, ¿le cuesta vivir aquí?
—Me cuesta vivir aquí. Pero no por talante.
—¿Tiene intención de abandonar Rusia?
—Sí, estoy haciendo gestiones para conseguir el pasaporte.
—Si me da sus manuscritos, puede que para cuando usted llegue ya esté listo el libro…
Nikándrov se puso de pie:
—Vámonos de este burdel…
En la calle soplaba un viento gélido.
—En ninguna capital del mundo existe un cadalso tan cómodo y bonito como el de Moscú. ¿Sabe qué es el Lugar Frontal? Es donde cortaban cabezas. Fíjese, se han escrito tomos y tomos sobre la crueldad en la historia del Gobierno ruso, pero en tiempos de Iván el Terrible y de Pedro el Grande se ejecutó a menos gente que hugonotes despacharon ustedes en París en una sola noche —continuó Nikándrov—. Asustamos con nuestra crueldad, pero, en re alidad, somos buenos. Ustedes, los europeos ilustrados, no abren la boca sobre la crueldad, pero sí que han sido crueles: así es como llegaron a la democracia. Mientras que solo en Rusia es posible que Zasúlich disparara a un general de la policía y que se la justificara en un juicio soberano… Somos… ¡euroasiáticos! Primero los tártaros se cobraron tributos y violaron a nuestras madres, de ahí que tengamos tantos apellidos tártaros: Baskákov, Yamschikov, Yasákov; y de ahí también nuestro repiqueteo blasfemo que tanto gusta a Occidente, pues, cuando están furiosos, no van más allá de mencionar el trasero. Después, a este gran pueblo que anduvo de los varegos a los griegos lo empezaron a gobernar zarinas alemanas. Ni un solo pueblo del mundo ha sido tan dulce ni ha estado tan entretenido apreciando su historia como el mío; mire, Borodín escribe la ópera El príncipe Ígor, donde al invasor Konchak se le representa como un hombre lleno de nobleza, bondad y fuerza. Y esto no disminuye la belleza espiritual de Ígor, ¡sino todo lo contrario! O tome a Pushkin… Escribió unos epigramas contra el soberano, estuvo bajo el incesante control de los gendarmes, confraternizó con los decembristas, pero fue el primero en glorificar la represión del levantamiento revolucionario polaco… ¿Por qué? Porque cada uno de nosotros es una esfinge y adivinar cómo va a continuar cada caso es completamente imposible y peligroso.
—¿Por qué peligroso?
—Porque cada adivinación supone crear una concepción opuesta. Pero ¿y si no coincide? ¿La concepción ya se ha formulado? ¿Rusia ha hecho la finta de turno? Entonces, ¿qué? Al momento ustedes agarrarían sus zepelines, esos Bertas tan grandes que tienen y los gases serán tres veces peores…
—Comprendo su odio por su pueblo, suele pasar, pero ¿qué pintamos aquí nosotros? ¿Por qué nos maldice también a nosotros?
—Bueno, ya ve cuánto nos cuesta hablar… Yo quiero a mi pueblo y estoy dispuesto a entregar la vida por él. Y a ustedes no los maldigo; nuestra lengua es así: fraseológica, emocional, como quiera usted llamarla, pero no es más que lengua. El intelectual ruso valora París más que un francés, y conoce a Rabelais y a Balzac mucho mejor que sus intelectuales, se lo digo sin ánimo de ofender.
—Es difícil comprenderlos, en efecto. Aunque, por otra parte, a Dostoievski sí lo comprendemos. No se enfade: ¿es posible que el nivel de comprensión de un literato crezca de acuerdo a su talento?
—Entonces ¿cómo es que no entiende ni jota de Pushkin? ¿De Lérmontov o de Leskov? Me parece que Europa es egoístamente selectiva en cuanto a su aprecio del talento ruso: lo que encaja en sus medidas normales y corrientes os maravilla: «¡Ved qué cosas hacen los rusos!». De cuando en cuando me da hasta miedo pensar: «Si Gógol no hubiera nacido en Rusia, el mundo ni lo conocería». Pero resulta que Pushkin no encaja en sus medidas. No has hecho más que enmarcarlo como revolucionario y va y se comporta como un cortesano; apenas has dominado su amor sublime por Natalia y, por favor, qué tenemos aquí: una línea guasona en su diario sobre cómo se encargó de Anna Kern…
—¿Y no le parece a usted que los bolcheviques se han alzado no tanto contra el régimen social, como contra el nacional?
—¿Quiere llegar a que entre los comisarios hay mucha judería?
—Creo que los comisarios están encabezados por un ruso, por Lenin…
—Pardon, usted mismo es…
—Francés, soy francés… Mi nariz es aguileña no a causa de la diseminación de la sangre judía, soy gascón… Allí sentimos inclinación por los viajes y la política. Nos gustan las mujeres, claro, pero aún más la política.
—Si es usted político, dígame entonces: ¿cuándo van a ayudar sus líderes a Rusia?
—¿Se refiere usted a los emigrantes blancos y a la oposición interna? No van a ayudarlos, solo van a prestar ayuda a una fuerza efectiva.
—Eso quiere decir que no hay esperanzas, ¿no?
—¿Por qué…? Las medidas categóricas son ajenas a la política; no estamos hablando del amor, donde sí es posible una explosión total.
—En tal caso, la política se me presenta como el matrimonio de dos enemigos jurados.
—Está cerca de la verdad… Y no se trata de nuestra capitulación ante los bolcheviques, simplemente el mundo es pequeño y Rusia es tan grande que sin ella no es posible la actividad vital normal del planeta.
—¿Simpatiza con el bolchevismo?
—Los bolcheviques privaron a mi familia de sus medios de existencia al anular la deuda de la administración zarista. Mi hermano, padre de tres hijos, se pegó un tiro, había depositado todos sus ahorros en préstamos rusos… Pero yo no odio a los bolcheviques, odio a los ciegos en política.
—Espere, querido francés, nosotros le devolveremos su deuda. El pueblo se despertará y todo volverá a su sitio.
—¿Y qué hacer con un pueblo que está en completo silencio?
—El pueblo está en completo silencio hasta que destaque un guía, un jefe que tenga bandera.
—¿Y bajo qué bandera puede alzarse el pueblo? ¿Bajo la bandera de aquel que proclama: «Devolveremos a la burguesía francesa sus millones»?
Nikándrov se paró de repente y articuló en voz baja:
—¡Que el demonio me lleve, ya está bien!… Siempre he sabido qué es lo que no quiero y qué deseo. Escapar cuanto antes de aquí… Aunque sea al medio de la nada, ¡donde sea! Pero que sea ya… Bueno, aquí es donde vivo. Venga, le haré un té y le enseñaré mis manuscritos…
Mientras subían por la escalera, Blenner dijo:
—Es el primer discutidor abstracto que he conocido en Moscú. Todos los demás no hacen más que meterse unos con otros. Y usted no se detiene en las particularidades…
—Es que usted es extranjero. Le interesan sobre todo las particularidades, en cuanto a la generalidad… usted tiene una propia. ¡Voy a descubrirle una particularidad! Gobierne quien gobierne, yo quiero a mi tierra y no voy a ponerme a airear los trapos sucios solo para darle esa satisfacción. Yo soy yo, si le intereso así, bienvenido; si no, nos daremos la espalda y adiós muy buenas…
Chicherin se encogió de frío y se echó sobre los hombros una chaqueta corta y sin mangas de piel de conejo. La sien izquierda le molestaba con un dolor largo y fastidioso: llevaba mucho rato trabajando con documentos, acababa de llegarle por correo diplomático un último envío de Berlín y de Londres.
En su detallado informe Ioffe escribía desde Berlín:
El canciller ha declarado que considera la colaboración ruso-germana una barrera en el camino del expansionismo político de Francia y de la presión económica de Inglaterra. Considera que el principal obstáculo para cumplir con el plan de intercambio económico y cultural serán no tanto las fuerzas externas como la oposición interna por parte del potente capital del Ruhr. Rathenau ha recalcado que la irresponsable dureza de las contribuciones impuestas a Alemania en el Tratado de Versalles permite ahora aislar el excesivo extremismo del capital germano, pues los productores —los obreros y los campesinos—, así como los intelectuales con disposición patriótica, van a apoyar, sin duda alguna, al gabinete en sus intentos de organizar unas relaciones equitativas con una gran potencia, incluso aunque esta potencia resulte ser la Rusia comunista…
Krasin informaba desde Londres sobre el curso de las últimas conversaciones con los representantes de las tres principales firmas de acero y con el secretario Lloyd George. Escribía:
Los ingleses están tan seguros de ser una potencia que no ven necesario disimular los puntos de empalme que consideran de interés estratégico. En particular mister Enright me preguntó directamente: «¿En qué medida van a limitar ustedes el capital francés no solo en Rusia, sino también en los países limítrofes, y cómo piensan ayudar a los empresarios británicos a crear barreras contra el posible resurgimiento del poderío industrial germano?». A diferencia de conversaciones pasadas, se nota la ajustada concreción en el planteamiento de las preguntas, lo que atestigua las serias intenciones de la parte contraria.
Chicherin se llegó a la estufa de azulejos, pegó bien la espalda, sintió el lento calor y cerró los ojos. Esbozó una sonrisa.
«Han empezado a revolverse —pensó Chicherin—. Por fin se han dado cuenta de que el gobierno de Lenin “no se vendrá abajo definitivamente y para siempre” al cabo de tres días».
Chicherin regresó a la mesa, descolgó el teléfono y llamó a Karaján.
—¿Cómo van las cosas con los cursos breves de francés y de inglés? —preguntó—. Por favor, tome este asunto bajo su más estricto control. Siempre nos fallan minucias enojosas: reconocernos, aceptarnos…, ya lo están haciendo, pero diplomáticos que puedan encaminar este reconocimiento en provecho de la causa… se cuentan con los dedos de una mano.
765. 651. 216. 854. 922. 519… 648. 726. 569. 433… 113. 578. 723. 944… 137. 649. 523. 966. 483… 465. 282. 697. 193.2… 663 …
Querido Auguste:
¡Qué contento estoy de poder enviarte noticias con ayuda de unos amigos! Te has olvidado por completo de nosotros. ¿Cómo está la tía Roza? Imagino que allí con vosotros está como una rosa, pero aquí se hubiera congelado del todo: nuestro clima no es para ella. Igoriok estudia de la mañana a la noche, es bastante difícil que entre en la universidad, por cuanto ahora en la república no es imprescindible la experiencia laboral; sin embargo, el chico tiene tanto talento que seguimos confiando en que se convierta en un auténtico ingeniero ferroviario de verdad. Se le está pasando su antigua pasión por la geología: excepto el tío Iván, nadie puede darle consejos sobre los minerales útiles de Siberia, pero el tío Iván está tan ocupado con sus cosas que no tiene tiempo ni para dormir bien. Además, le ha subido la presión sanguínea de 150 a 190. Y los médicos de aquí de momento no pueden hacer nada al respecto, lo tratamos con una dieta de setas, dicen que ahora es la novedad. En verano secamos dos atados de cincuenta y trescientas unidades. Será suficiente para todo el invierno, pero si le servirá a Iván… no me atrevo ni a pensarlo. Si puedes, invita a Liólochka a París, dos o tres meses. Seguro que le dan el pasaporte si te muestras insistente y demuestras la necesidad de su estancia contigo, no solo como pariente, sino como persona que conoce a la perfección tu manera de escribir solfeo de oído, sin notas. Si puedes, envíame con quien tengas ocasión varias latas de cacao. Espero tus cartas.4
Tu afectuoso tío.5
25. 67. 41.5982. 6.3519.4.69.416. 5. 8893. 14. 9. 6421.6
Yo, R. R. Volobúiev, agente de la Policía Judicial de la provincia de Mozhaisk, Gobierno de Moscú, he levantado la siguiente acta de detención del ciudadano Grigori Serguéievich Belov. Circunstancias de la detención: el ciudadano G. S. Belov llegó en tren a Moscú y empezó a buscar un cochero de punto para ir a la aldea de Vozdvizhenka. Todos los cocheros ya estaban repartidos entre los trabajadores; sin embargo, Belov, que estaba en estado de cierta embriaguez, sacó de su maletín un reloj de oro de bolsillo abombado con el sistema «Hnos. Buhre» y ofreció al cochero Kuzorguin Afrikán Abrámovich la tapa de oro puro si este echaba a sus viajeros y lo llevaba a él, al ciudadano Belov, a la aldea. Basándome en esto, detuve al ciudadano Belov y lo conduje a la comisaría de la milicia en la estación.
—Firme —indicó Volobúiev—, mire ahí, a la esquinita.
—No es «a la esquinita», sino «en la esquinita» —lo corrigió Belov—, un representante del poder debe expresarse con corrección. En cuanto a la firma, no voy a hacerlo.
—¿Cómo que no?
—Pues como que no.
—Si no está de acuerdo con algo, cámbielo, volveremos a escribirlo, pero tiene que firmar, aquí todos firman cuando los pillamos.
—¿En base a qué me han apresado?
—¿Por qué estropear un reloj? Los bandidos suelen ofrecer las cosas así, los que no tienen dinero legal, sino solo trastos del pueblo robados ¡a los proletarios!
—Yo soy un trabajador con responsabilidades, ¿queda claro? Sería mejor que me soltara ahora, sin hacer ruido y por las buenas, de lo contrario… haré que tenga muchos disgustos en todo Moscú.
—¡Tengo los nervios curtidos de sustos! No me da miedo…
La puerta de la milicia se abrió y en el pequeño cuarto, lleno de humo de cabo a rabo, un militsioner metió a dos mendigas con unos niños de pecho. Un crío y una cría de unos cinco años se agarraban a la falda de las mujeres. Y un rapaz de unos diez años forcejeaba por escaparse de la mano seca y campesina del miliciano al mismo tiempo que se des hacía en blasfemias realmente originales.
—¿Y esto? —preguntó Volobúiev—. ¿Qué ha pasado, Lapshín?
—Son del Volga, y el chiquillo hurga en los bolsillos…
—Mételos en la celda, allí lo arreglaremos…
—Ay, gusano, gusano —dijo con amargura una de las mujeres, con el pelo negro y despeinado al descubierto—, seguro que tragas bien de pan, pero mis tetas no tienen leche, y ya ves, mi crío se apaga… Y gracias a Dios te dan ropa…, pero si no hay ni para pan, ¿cómo van a dar ahora dinero por ropa? Mi Nikolashka hurga entre los billetitos, salva a sus hermanos, a sus hermanas.
—Suelta al chiquillo, Lapshín.
—Es que muerde, camarada Volobúiev…
—Eso es que va a vivir —se sonrió sombrío Volobúiev— , al menos los dientes no se le mueven.
Abrió un cajón de la mesa, sacó unas rebanadas de pan, partió la mitad y se la tendió al chico:
—Toma.
Este agarró el pan y, dividiéndolo a su vez en dos, se lo tendió a las mujeres.
Volobúiev resopló y le dio al muchacho el trozo que había decidido quedarse.
—Podéis iros —dijo—. Suéltalos, Lapshín…
Cuando las mujeres se hubieron marchado, Belov dijo:
—Suelta a un ladronzuelo, pero a un hombre honrado…
Un aldeano es un aldeano, por mucho que vaya de uniforme…
Volobúiev lanzó una mirada dura al rostro colorado, juvenil y todavía lampiño de ese joven guapo y vestido a la usanza del viejo régimen, mientras empezaba a rascar la funda de su arma; sacó su Nagant y levantó el percutor. Habría disparado a ese Belov bien alimentado y rosáceo, pero este empezó a lanzar unos gritos tan espantosos y estridentes que Volobúiev se recompuso en un santiamén, aunque la mandíbula se le quedó entumecida y los brazos se le movían como bailando.
—¡Se lo contaré todo! —gritaba Belov—. ¡No dispare! ¡Aquí está todo! ¡En el maletín! ¡Mire! ¡No dispare, buen hombre!
Volobúiev cerró los ojos y se mantuvo así durante unos segundos, después guardó el Nagant en su funda, se acercó a Belov, le quitó de las manos el maletín y, tras abrir los cierres, esparció el contenido en la mesa. Brotó una montaña de oro: tres pitilleras, doce relojes, quince anillos con diamantes, cuatro monedas zaristas de diez rublos.
Volobúiev se quedó un buen rato sentado junto a esta montaña de oro y lentamente tocó todos y cada uno de los objetos… Después —sin que ni siquiera él se lo esperara— dejó caer la cabeza sobre el oro frío y mate y lanzó un aullido, de una sola nota, espantoso, como de mujer…
—Si quieres, quédate todo, pero por Dios te lo pido, déjame ir —oyó a su espalda la voz de Belov—. Quédatelo, nadie lo sabrá, yo seré una tumba, seré mudo, no se me escapará ni una palabra, buen hombre…
Volobúiev se secó las lágrimas, se sonó en un trapo y dijo:
—Discúlpeme la debilidad; la propuesta de soborno la recogeremos en un acta aparte, por supuesto, y ponga del revés los bolsillos: eche encima de la mesa todo lo que lleve.
En los bolsillos de Belov había ciento cincuenta mil rublos, un carnet de trabajador del DEA de la RSFSR y una carta sin dirección con el siguiente contenido:
Grisha, me veo obligado a escribirte esta carta porque una y otra vez esquivas los encuentros personales, algo que me duele, como ser humano y como amigo (perdóname, pero te sigo considerando un amigo, igual que antes, y no un compañero de habitación accidental).
Cuando nos encontramos —¿lo recuerdas?—, eras una de las mejores personas que yo conocía, eras capaz de regalar tu última camisa a un amigo.
Pero ¿qué es lo que te ha pasado, Grigori? ¿De veras el poder del oro y de las perlas es más importante para ti que el poder de la amistad entre los hombres? Si es así, sírvete entregarme una tercera parte de lo que te sacas en el DEA. En caso de que te niegues a cumplir mi petición, denunciaré a las autoridades tu actividad en el trabajo, no la abierta por la que recibes dinero del Gobierno de nuestra república trabajadora, sino la secreta que perjudica a los proletarios infelices y hambrientos. Por consiguiente, si para el día de mañana por la mañana no vienes a nuestro piso y repartes conmigo joyas por valor de 1 (un) millón de rublos, al momento pondré una denuncia en la Checa.
Tu antiguo amigo y ahora conocido
Kuzmá Tumánov
—¿Dónde reside Tumánov? —preguntó Volobúiev.
—En Palija.
—Palija, ¿y eso qué es?
—Hay una calle así, en Moscú.
—Entonces tiene que decir: calle tal, número tal.
—Número doce, piso seis «a».
—¿Cómo es eso, seis «a»? El cinco es cinco, el seis será seis, y si hay siete, pues hay que decirlo.
—¡Maldito burro! —empezó a gritar Belov—. ¿Por qué has tenido que meterte en mi vida? ¡Oscuridad con patas! ¡No voy a hablar contigo! No lo haré, ¿lo has comprendido? ¡No lo haré! —Y entonces Belov se lanzó sobre el agente judicial, pero lo hizo con poco arte, era un muchacho delicado, por eso a Volobúiev no le costó nada darle un puñetazo en el hombro; Belov se cayó y empezó a dar cabezazos al suelo sucio, lleno de escupitajos.
—Lo que tenemos aquí no es un interrogatorio — com entó Volobúiev mientras se alejaba hacia la puerta—, sino sendas crisis nerviosas. Solo que cuando yo aúllo, lo hago por los hambrientos, mientras que tú te comportas como un bruto por los relojes y las monedas, perro sarnoso.
Abrió bien la puerta y gritó:
—¡Lapshín! A ver, alguno, buscadme a Lapshín, que invite a unos testigos y que tire para acá, tengo un burgués baboseando el suelo y sacudiéndose el trasero con los talones.
Ese mismo día la Checa moscovita se llevó a Belov. Se encontraba en estado de postración: entendía mal las preguntas. El médico al que llamaron hizo constar que sufría un fuerte choque y dio al detenido un tranquilizante, no sin ordenar antes que no se le sometiera a interrogatorio en los cinco días siguientes.
El presidente de la Checa moscovita, Messing,7 escribió su resolución: «Al jefe de la cárcel: pido que se cumplan las instrucciones del médico».
Ninguna de las búsquedas de Kuzmá Tumánov dio resultado: había desaparecido, como si se lo hubiera tragado la tierra.
Un grupo operativo de la Checa de Moscú salió en dirección a la aldea Avérkino, donde vivía el padre de Belov, Serguéi Mokéievich. Antes tenía tres tractores, pero el nuevo poder se los había confiscado en el diecinueve. El registro de la casa del viejo Belov no aportó nada nuevo.
Una semana después el médico vio en el detenido una brusca transformación. Este lo miraba ansioso a los ojos y preguntó en un susurro:
—Doctor, si soy sincero, ¿no me fusilarán?
—Yo solo soy el médico, querido, y de verdad que no conozco los pormenores… A ver, un pie sobre el otro…
—Dios mío, ¿qué pinta aquí el pie? La noche después de que usted se fuera, me desperté empapado de sudor. Me daba miedo abrir los ojos, pensaba que había sido un sueño, ha sido un sueño… Me quedé echado, sin levantarme, después abrí un ojo… el techo gris y la bombilla con rejillas. Y lo que pude llorar, doctor, toda la noche llorando. Aunque llorar era como dulce: ¿cuánto más tengo que llorar en esta vida? Y sentía dolor en una mano, como si la atravesara una corriente, estar tumbado en el catre resultaba incluso agradable… Y mear en el bacín, también es como dulce, tierno…
—Y antes ¿en qué pensaba? —preguntó el médico—. ¿Cuándo empezó con todo eso?
—¿Usted en qué piensa cuando está borracho?
—Huy, mi querido amigo, ya no recuerdo cuando he estado yo borracho…
—Pues yo, borracho, soy tonto. A saber las cosas que puedo llegar a hacer por una moza. Cuando estoy bebido, el coraje se me desata. Y a la mañana siguiente me da vergüenza mirarme al espejo: me escupiría a la jeta, pero achispado me gusto tanto… Entonces soy fuerte, lleno de desprecio, y a las mozas les resulto enigmático.
—¿Cómo es usted con respecto al sexo?
—¿El sexo es el acto sexual?
—Casi. —El doctor no pudo evitar una sonrisa.
—Solo puedo si estoy borracho. Sobrio, me quedo pasmado delante de las mozas, no puedo decir ni una palabra, y de sexo ni hablamos.
—¿En su familia nadie ha tenido la enfermedad de las caídas?
—No estoy loco, doctor, no lo estoy… Comprendo con precisión todo lo que ocurre a mi alrededor, dónde estoy y qué me puede pasar…
El doctor recetó una nueva sesión de tranquilizantes, aunque en su conversación con el jefe de la cárcel expresó su suposición de que el arrestado era completamente responsable de sus actos.
Esa misma noche Belov escribió una carta a Dzerzhinski en la que le pedía que lo llamara para interrogarlo. Cuando le denegaron el interrogatorio, se declaró en huelga de hambre. No se esperaban eso del joven. Messing, el presidente de la Checa moscovita, se acercó a la cárcel.
—¿Cuáles son sus peticiones? —preguntó a Belov—. ¿Por qué una huelga de hambre?
—Porque no me interrogan.
—No está en condiciones de ser interrogado.
—Cada día que paso sin saber… es como morir… ¡Pondré fin a mi vida!
—Con relación al fin de su vida, intentaremos no permitírselo. —Messing medio se giró hacia el jefe de la cárcel y le pidió—: Si notan algún truco de esa clase, métanlo en una celda de castigo.
—Claro, camarada Messing.
—¿Quiere declarar algo más, Belov?
—Y usted, ¿usted no tiene nada que declararme?
—¡No se haga el gracioso!
—No lo hago. Cada persona tiene su propia forma de comunicarse… Quiero saber qué es lo que me aguarda si hago una confesión.
—La confesión espontánea se ofrece cuando el hombre no puede pasar sin ella, si quiere sentirse limpio… Pero si este negocia («deme pan a cambio de mi confesión»), entonces no hay nada de qué hablar…
—Yo no pido pan, sino vivir…
—Mientras ponga condiciones, no habrá conversación que valga. Y esa huelga de hambre… acabe ya, no es serio. Aguantará dos días, después empezará a quejarse…
—¿Por qué me habla con tanta dureza?
—Dé gracias de que hable con usted, Belov. Tengo muchas ganas de fusilarlo, justo aquí, sin moverme del sitio… Está bien, está bien… Moscú no cree en las lágrimas, ya sabe. ¡Con las joyas que le hemos quitado podría alimentarse una fábrica!
—¡Pero es que tengo veinte años! ¡Solo veinte! —Belov empezó a gritar y a hacer crujir los nudillos—. ¡Quiero vivir! Es necesario que viva, lo que pasa es que soy joven y tonto.
—A los veinte años ya hay que tener algo de cabeza… Yo tengo veintiséis, por cierto. Si quiere, escriba todos los detalles y póngalo a mi nombre: cómo mató a Kuzmá Tumánov, dónde tiene instalado su escondite —Messing hablaba sin prisa, fijándose en que las pupilas de Belov se dilataban y en que este retrocedía despacito—, y cuantos más detalles escriba, será mejor…
—¿Para mí?
—Para nosotros más, por supuesto —se sonrió Messing— , pero el tribunal puede que tenga en cuenta su tonta edad, ¿por qué no? Demuestre, ¿por qué no?, que no los robó usted, sino otros, y que usted solo es un eslabón de transmisión…
«No digas nada, nada de nada —recordó Belov con precisión y claridad pasmosa la cara de Iván Ivánovich durante su último encuentro—. Por mucho miedo que tengas, por mal que te vaya, no digas nada. No es por asustarte, te estoy contando un secreto. Fíjate: hay amnistías todos los años, para el Primero de Mayo y para el aniversario de Octubre. Punto uno. Después, no van a durar mucho, el hambre los derrotará. Punto dos. No permitimos que se ofenda a los nuestros, nuestros brazos también son alargados, hemos salido de situaciones tales que tú… este es el tercer punto. Y recuerda que el tiempo siempre trabaja en beneficio de quien es valiente y duro. Al que se desanima al momento se le considera un gasto prescindible».
—No voy a escribir nada —dijo Belov al fin—. Puede no interrogarme incluso: agua que corre nunca mal coge. No han querido por las buenas, pues no hace falta.
—Pero qué canalla… —De la sorpresa, a Messing se le alargaron las palabras—. Vaya canalla estás hecho, ¿eh? Muy bien, vuelve a tu celda. Y recuerda que no volveré a hablar contigo, por mucho que lo pidas. Es mi última palabra, gusano.
Messing puso en conocimiento de Alski,8 el vicecomisario de Economía, el arresto de Belov y le pidió que no informara a nadie más del asunto.
—Incluso le recomendaría que informara al DEA de que Belov ha partido en viaje de trabajo a Tobolsk.
—No me gustan mucho estos trucos —respondió Alski— , pero si a usted le parece completamente oportuno, le haré el favor, como excepción.
—Camarada Alski, las excepciones aquí no tienen nada que ver, simplemente Belov ha robado joyas por valor de un millón.
—¿Cómo? —exclamó Alski—. ¡Eso es imposible!
—Sabe, bastante me estalla ya la cabeza con la verdad, así que no tengo fuerzas para inventarme nada, aparte de que mi profesión no me lo permite.
—¿Quién lo ha tasado?
—Hemos llevado a Petrogrado las alhajas para no meter en este asunto a su gente del DEA.
—¿Pone en duda a todo un colectivo por culpa de un solo rufián?
—¿Dónde ha visto usted un colectivo?
—¿Y Shelejés? ¿Y Pozhamchi? ¿Alexándrov? Y, por último, Levitski, el viejo maestro y especialista que trabaja tan bien.
—Aparte de los camaradas citados, allí trabaja mucha más gente. Y tengo una petición que hacerle: sería conveniente que tres de los nuestros se introdujeran allí, como si fueran trabajadores. ¿Cómo lo ve?
—Negativo —respondió Alski—. ¿En serio cree que no somos capaces de poner orden nosotros solos? Solicitaré una inspección, mandaré especialistas de verdad, ¿por qué considerar al DEA una cueva de ladrones?
—Mire… No tengo derecho a inmiscuirme en sus privilegios, pero pienso informar a Félix Edmúndovich.
___________
1 Murió la víspera de su detención en 1951. (Si no se indica otra cosa, las notas son del autor).
2 «Para Dzerzhinski: Fuentes cercanas al Ministerio de Economía aseguran que en Rusia existe una organización clandestina dedicada al pillaje de diamantes y de oro. Estos artículos se traspasan —o deben ser traspasados— a Revel y a Amberes». (Félix Dzerzhinski (1877-1926), fundador de la Policía secreta bol- chevique, la Checa, dedicada a combatir la contrarrevolución. [N. de la T.])
3 66: código de Román, el agente soviético en Revel, camarada Fiódor Sa- vélievich Shelejés.
4 «Al director de la firma Marchand, París: El precio autorizado por el Narkom de Economía para los brillantes de quilate y de quilate y medio es de 1500 rublos. Las perlas enhebradas no redondas, de 50 a 300 rublos en oro. Las perlas pareadas, redondas y, además, enhebradas, de 50 a 200 rublos el quilate. El platino se cotiza a 80 rublos el zolotnik. El oro, a 32 rublos el zolotnik de pureza 96. Niéguese a comprar joyas a los bolcheviques y a sus precios, no conocen la situación de nuestro negocio. Aquí somos solo dos: Pozhamchi y yo. Haga fracasar sus operaciones comerciales: es lo único que puede apartar- nos del contacto directo con usted. En caso de que los bolcheviques, habiendo comprendido la imposibilidad de comercializar con los diamantes, nos per- mitan salir a Riga o a Revel, nos llevaremos cantidad suficiente de mercancía. En el momento act. no veo otro camino». (El Narodny Komissar o Narkom, comisario del pueblo, es el equivalente al Ministerio en el organigrama sovié- tico. El zolotnik es una antigua medida rusa equivalente a 4,26 g. [N. de la T.])
5 «Afectuoso tío», seudónimo del principal tasador de brillantes del DEA de la RSFSR, Yákov Savélievich Shelejés.
6 «Para Chicherin y Krestinski: Las conversaciones con los representantes de las firmas comerciales Chomet, Marchand y Tarlind han sido un fracaso. Ofrecen unas sumas miserables por diamantes, zafiros y esmeraldas. Ga- netski». (Ganetski era el embajador de la RSFSR en Riga. Fusilado en el año 1937. [N. de la T.])
7 Fusilado en 1937.
8 Fusilado en 1937.
EL PRINCIPIO DE LOS PRINCIPIOS
Cuando por la mañana temprano sonó el teléfono en la recepción de la Checa y alguien de voz un poco ronca, con acento extranjero, pidió que lo pasaran directamente con el jefe de contraespionaje, y cuando se aclaró que quien llamaba a los chequistas era el polaco Stef-Stepansky, cuyo expediente era bastante abultado (Stepansky era empleado de la Segunda Sección del Estado Mayor polaco), el miembro del consejo de la Checa Kédrov,9 siguiendo el consejo de Dzerzhinski, envió a hablar con él al ayujefsecex, a Vsévolod Vladímirov.
—Vsévolod y su brillo son insustituibles en una conversación con los bailarines de polca —dijo Félix Edmúndovich Dzerzhinski—. La juventud de Vsévolod, su elegancia y dulzura nos permitirán comprender con precisión a Stepansky: es perro viejo, tratará de jugar con nuestro muchacho. Y, más pronto o más tarde, todo juego acaba descubriendo al agente, sus intenciones reales. Y negarse a contactar con Stepansky sería poco razonable: tiene acceso a Londres, París y Berlín.
Vsévolod se encontró con Stepansky en un despacho de tabaco en la calle 3.ª Meschánskaia. Tras observar de pies a cabeza y con tenacidad a su interlocutor, el polaco dijo:
—Me agrada que hayamos quedado y comprendo dónde nos encontramos usted y yo. Sin embargo, le pediría que la parte de ajuste de nuestra conversación la mantengamos en la calle, donde nadie vaya a escucharnos. Si nos comprendemos bien «en libertad» —sonrió—, creo que es así como hablan ustedes de «no estar en la cárcel», entonces continuaremos la conversación aquí, donde, como presumo, cada una de mis palabras será audible para al menos dos de sus colegas.
Vsévolod miró alegre a Stepansky, lo tomó del brazo y dijo:
—No voy a ocultarle que no estoy más cansado porque no puedo, así que un paseo no me vendrá mal, sobre todo con un interlocutor tan interesante.
Mientras iba al encuentro del polaco, ya sabía por el servicio de vigilancia exterior que Stepansky vendría solo. Cierto que, por si acaso, se había puesto unas gafas ahumadas con cero dioptrías; pertenecía a esa clase de gente a la que unas gafas le hacían cambiar muchísimo.
Iban por una acera empedrada a través de la que ya había empezado a brotar hierba fresca, como podada a la manera inglesa, pasaban junto a unas casas pequeñitas, y desde fuera parecían dos camaradas dando un paseo.
—Entonces, ¿qué es lo que le ha traído hasta mí? — preg untó Vsévolod.
—Hasta usted no me ha traído nada. Yo he venido a ver a la Checa.
—Loable. A mí como individuo, y a nosotros como colectivo, nos gusta que venga a vernos gente interesante…
—¿Necesita que me presente?
—¿Cómo?
—¿Rango, operación, enlaces?
—A grandes rasgos, ya lo sabemos.
—¿Saben que soy teniente general del espionaje polaco?
—Me parece que recordaremos mejor los detalles si los formula por escrito, ¿no?
—¿Cree usted que voy a ponerme a escribir?
—Lo hará. Si ha tramado algo en contra nuestra, tendrá que seguir el juego. Y si lo que lo ha traído hasta nosotros es una intención auténtica de colaboración, querrá convencernos de su sinceridad y empezará a hacerlo con cosillas sin importancia, a saber: los apellidos de sus amigos, de sus íntimos y familiares. ¿O no es así?
—¡Bravo!
Sus miradas se encontraron. Vsévolod sonrió y en sus ojos no había ni la severidad ni el sentimiento de superioridad que tanto había temido Stepansky.
Vsévolod, a su vez, reparó en que el polaco estaba sin afeitar, que tenía la camisa arrugada, las botas sin limpiar y el abrigo sucio; en el hombro izquierdo había algo de pelusilla, y los dedos estaban cubiertos de esa capa grisácea de suciedad especialmente visible en unas manos tan bien cuidadas y gruesas.
—¡Bravo! —repitió Stepansky—. Razona usted con claridad, joven…
—No merece la pena hacerlo de otra manera.
—No pretendía ofenderlo con la mención a su juventud…
—Eso es algo que no ofende. Al contrario…
—No sé si habrá tenido usted ocasión —dijo Stepansky, que empezaba a cabrearse— de tratar con agentes serios y formales de los servicios de información extranjeros, pero quiero hacerle una observación: el Estado Mayor polaco se encuentra ahora en el centro de interés de todos los países europeos. Yo, en particular, tengo contacto con franceses e ingleses.
—¿Recuerda el nombre de su gente en París y en Londres?
—Naturalmente.
—¿Las operaciones?
—¿Las antiguas?
—Y las nuevas.
—Las que tienen intención de realizar Londres o París, no. Pero sus operaciones no se me escapan, me considero especialista en el mundo de los sóviets… ¿Cuándo va a informar de esta entrevista a sus superiores? ¿Puede llamar a alguno de sus jefes con responsabilidades?
—Ya lo organizaremos —prometió Vsévolod.
—¿Cuándo?
—Dentro de unos siete días.
—No es posible…
—Qué se le va a hacer…
Después de una larga pausa Vsévolod preguntó:
—¿Cuándo le han robado?
No lo sabía con seguridad y no podía saberlo. Simplemente su cerebro —el cerebro de un analista, de un hombre valiente y alegre— había analizado los hechos automáticamente; de toda la cantidad de información recibida Vsévolod había seleccionado la siguiente: en primer lugar, el polaco tenía hambre, pues había mirado varios carteles de tabernas y olfateaba los olores de las salchichas fritas; en segundo lugar, quería fumar, pero no tenía tabaco; en tercero, Stef-Stepansky tenía fama de presumido y su ropa siempre se distinguía por un gusto impecable, mientras que ahora estaba desaliñado y sucio; en cuarto, remarcaba cuanto podía su importancia, algo que suele pasar con la gente que se ve obligada, debido a determinadas circunstancias, a cifrar más esperanzas en el pasado que a confiar en un futuro salvador.
Stef-Stepansky frunció el ceño con repugnancia:
—¿Han sido ustedes?
—¿Acaso sus amigos en la embajada no han podido ayudarlo? —continuó Vsévolod sin responder a su respuesta.
—¿Ha vivido usted en Europa?
—Sí.
—Por lo visto en el ambiente de la emigración… Apoyo mutuo, camaradería y cosas así… Es jov… Perdone…
—Pero no, por Dios, está bien… Es que nosotros no nos ganamos los rangos con la edad.
—¿Con sus cualidades en el trabajo?
—Exacto.
—¿Y quién da dinero en Europa «solo porque sí»?
—Ponga una denuncia y diga que le ha robado la Checa… ¿Es que no le ofrecerían ayuda para el camino de vuelta?
—¡Bravo! ¿Y qué hago en Polonia?
«¡Lo tengo! —se dijo Vsévolod—. ¡El ratón ha caído en la trampa! Allí no tendría nada que llevarse a la boca porque lo echarán del servicio, en el portamonedas se ha llevado algo importante o demasiado dinero. Lo de venir a vernos va en serio, parece».
—Tenga, fume un poco —propuso Vsévolod.
Por la forma ansiosa con que Stepansky daba caladas, intentando al mismo tiempo sujetar el cigarrillo de manera que no quedaran al descubierto sus dedos sucios, Vladímirov terminó de convencerse de que su versión era correcta.
—Vamos a picar algo, ¿quiere? —propuso Vsévolod.
Tras ordenar para Stepansky salchichas hechas al estilo cochero, gelatina y cerveza, dijo:
—Supongo que no tiene sentido que vayamos a un restaurante, podría haber conocidos suyos.
Stepansky asintió en silencio, porque no podía abrir la boca: las salchichas estaban calientes, pero, como todo hombre hambriento, había partido un trozo demasiado grande y con cuidado aspiraba aire por las fosas nasales, para de alguna manera enfriar la carne chisporroteante, basta, maravillosa…
Después de comer Stef-Stepansky cerró los ojos y dijo:
—Y ahora, por dormir una horita, media vida.
—Vamos a mi casa, deliberaremos allí, y puede echarse a descansar mientras le preparan una habitación de hotel. Todavía tengo algunas preguntas que hacerle.
—Adelante…
—¿El apellido Bechkovski no le dice nada?
—No.
—¿Y Krakowiacki?
—No.
—¿Qué me dice de Lesnowrodzki?
—¿El coronel Lesnowrodzki? Creo que es el supervisor de su representación en Varsovia.
Nota del representante plenipotenciario de la rSfSr en Varsovia para Skirmunt, ministro de Asuntos Exteriores de Polonia
En el transcurso de las últimas semanas, en la representación plenipotenciaria rusa ha aparecido varias veces una persona desconocida que a posteriori ha resultado ser el coronel Lesnowrodzki, agente de la II Sección del Estado Mayor polaco, con el ofrecimiento de suministrar al Gobierno ruso documentos oficiales secretos del Estado Mayor de Polonia. En la representación plenipotenciaria rusa ha recibido constantes negativas de servirse de su ofrecimiento. Con todo, el 10 de octubre, ya entrada la tarde, el coronel Lesnowrodzki apareció en la representación plenipotenciaria rusa trayendo consigo diferentes documentos y un expediente secreto completo sobre el espionaje polaco en Alemania con numerosos sellos, firmas y timbres de la II Sección, con un mapa y fotografías de, presuntamente, los espías polacos en Alemania, y propuso que le compraran todos estos documentos por 500 000 marcos. Nada más ser informado de este asunto, llamé enseguida al viceministro Dąbski y le pedí que enviara inmediatamente a la representación plenipotenciaria a un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores, junto con representantes de otras autoridades para levantar acta y arrestar al coronel Lesnowrodzki. Lamentablemente, debido a lo tardío de la hora, el viceministro Dąbski no pudo enviar a un representante del Ministerio de Asuntos Exteriores. A la representación plenipotenciaria solo se enviaron delegados de la policía general y de la judicial, quienes detuvieron al coronel Lesnowrodzki, pero se negaron a interrogarlo. La ausencia en el expediente de la primera declaración del señor Lesnowrodzki en la misma representación plenipotenciaria constituye un detrimento considerable para su normal instrucción, que puede influir en su ulterior desarrollo. Mientras se esperaba a los representantes de las autoridades polacas, el coronel Lesnowrodzki reconoció que, en su calidad de agente de la II Sección del Estado Mayor, su jefe inmediato el mayor Kierzkowski le había encomendado ganarse la confianza de la representación plenipotenciaria con finalidad provocadora y que los documentos facilitados eran una falsificación preparada por la II Sección y que a él se los había entregado el mayor Kierzkowski para que los vendiera en la representación plenipotenciaria rusa.
En un momento en que los gobiernos ruso y polaco intentan por la vía de las negociaciones arreglar los malentendidos entre ambos países y que recientemente han alcanzado acuerdos sobre todas las cuestiones en disputa, el Estado Mayor polaco emplea todos sus esfuerzos en tensar y deteriorar, por medio de provocaciones criminales, las relaciones entre Rusia y Polonia.
En la última semana, en la representación plenipotenciaria rusa han aparecido sistemáticamente personas sospechosas que mostraban certificados de la II Sección del Estado Mayor de Polonia con la firma del mayor Kierzkowski y se ofrecían a conseguirnos diversos documentos. Todas las veces estos ofrecimientos terminaban con nuestra exigencia de que se abandonara inmediatamente el edificio de la representación plenipotenciaria.
En su día, cuando el Gobierno de Rusia hizo públicos unos documentos que probaban el trabajo criminal de la II Sección del Estado Mayor al mantener contactos con la Unión Popular de Defensa de la Patria y la Libertad, encabezada por Sávinkov, Odintsov y otros más, las personas desenmascaradas, para defenderse, intentaron encubrir su delito con un folletín publicado en todos los periódicos polacos y firmado por Masłowski. Para justificar y reforzar este método de defensa, la II Sección del Estado Mayor ideó un auténtico plan de provocaciones que, de salir bien, debía servir para justificar y salvar de la acusación legal e irrefutable que el Gobierno de Rusia había presentado al Estado Mayor polaco.
El incidente con el coronel Lesnowrodzki evidencia un trabajo de provocación bien ideado, dirigido por el Estado Mayor polaco, contra la representación plenipotenciaria rusa.
Presentando adjunto
1) una copia del acta levantada el 10 de octubre en la representación plenipotenciaria rusa,
2) la tarjeta de identificación del coronel Lesnowrodzki con el número 3835, emitida por la II Sección del Estado Mayor polaco y firmada por el mayor Kierzkowski,
3) todos los documentos que el señor Lesnowrodzki llevó a la representación plenipotenciaria rusa para su venta por orden de la II Sección de este mismo Estado Mayor,
tengo el honor de pedirle, señor ministro, que dé los pasos que considere necesarios para poner fin a las provocaciones de la II Sección del Estado Mayor polaco, que se han propuesto como objetivo dificultar las relaciones entre Rusia y Polonia.
Acepte, señor ministro, la seguridad de mi completo respeto.
Karaján 10
A Stepansky le enseñaron esta nota por la noche, en cuanto Vsévolod le comunicó a Kédrov los datos relacionados con Lesnowrodzki. Stepansky confirmó la nota en su totalidad e incluso, de broma, le dio su visto bueno.
A la mañana siguiente empezó a declarar. Lo más grave era que, según sus datos, había una persona entre los empleados de la embajada rusa en Revel11 que trabajaba para un servicio de información extranjero.
—Para qué servicio de información en concreto trabaja, eso no lo sé, pero que existe es incuestionable. Por fragmentos de conversaciones puedo suponer que la emigración preparó a esa persona para que la reclutaran.
Vsévolod solicitó datos de la emigración en Revel. Le trajeron la lista de los individuos más destacados: desde el monárquico de extrema derecha Vorontsov hasta el eserista Vajt, editor del periódico El Popular. Le nombró a Stepansky los apellidos de los líderes del comité de apoyo a emigrantes y refugiados: Vírubov, Lvov, Seeler, Obolenski, de los editores del periódico cadete Últimas Noticias, Ratke y Liajnitski, con la esperanza de que el polaco recordara alguno en concreto; pero Stepansky afirmó categórico que, aunque había oído esos nombres, no podía extender su conexión hasta un diplomático ruso.
Dijo también que en Moscú existía un movimiento clandestino muy fuerte que tenía a su disposición enormes reservas de diamantes, oro y platino. Este movimiento se mantenía aparte de cualquier lucha política y perseguía solo objetivos de índole personal: el enriquecimiento propio. Algunas de estas personas mantenían contactos con representantes de los círculos diplomáticos locales, que no solo acaparaban alhajas y otros tesoros, sino que en una serie de ocasiones habían hecho también de eslabón de transmisión: las joyas parten a París y a Londres y después los corredores especulan en la bolsa. Además, juegan a la baja con las acciones de las firmas que están empezando operaciones comerciales con Rusia.
—Me da que uno de mis amigos de aquí, cuyo nombre, como usted comprenderá, no voy a decir y no diré más adelante —dijo Stepansky—, tiene vínculos con ese mundo clandestino moscovita, pero por fines interesados, personales: compra joyas para él; por cierto, me han birlado un dinero que pertenecía a su familia, dos mil dólares, de esto hablaremos más adelante…
—¿Y si nosotros encontramos a esa persona con nuestros propios medios?
—Son libres de hacer lo que quieran, es su deber. Lo importante es que yo no tenga remordimientos de conciencia. Por cierto, que en ese mundo clandestino se oía el nombre de una vieja muy rica, Yelena Ávgustovna Stajóvich…
Al cabo de tres días, el miembro del consejo de la Checa Gleb Ivánovich Boki12 convocó al jefe de la Checa Messing, al segundo del jefe de la Sección Especial Búdnikov y a Vladímirov.
Antes de esta reunión, Boki había estado con Dzerzhinski y Unszlicht13: había propuesto que se observara con mayor atención a los especuladores de divisas, pero Unszlicht replicó con vehemencia:
—No estamos hablando de eseristas o cadetes que reclaman cual urogallos. Los especuladores de divisas «apolíticos» son bastante más cuidadosos e inteligentes. A cada hora puede engendrarse la salida de Rusia de las joyas. Hay que atraparlos enseguida. Los registros minuciosos, los interrogatorios elaborados con precisión… en este caso el riesgo de desfase no está justificado, no estamos ante un —sonrió— complot contrarrevolucionario que podemos examinar sin prisas…
Boki no estaba de acuerdo con Unszlicht:
—Atraparemos a diez, a doce personas, y dos se irán. O una. Si hay que apretar para sacar información… hagámoslo enseguida, ¡a todos!
—Me da a mí que no tiene razón, Gleb —dijo Dzerzhinski con voz pausada—. El tiempo en que construiremos urinarios públicos con oro lo marcó Ilich con exactitud absoluta: el comunismo… La maldición del vellocino de oro es algo sorprendente. Cuando la demanda esté a la altura de la capacidad, y esto solo será posible cuando las tiendas se doblen bajo el peso de las mercancías, entonces el oro se convertirá en un metal corriente, uno de color mate, sin sabor ni olor. Hasta entonces el oro ofrece a su propietario la posibilidad de tener pan, estoy siendo bruto aposta, y más que a todos los demás, hasta ese momento no vamos a lograr aplastar el poder del oro con arrestos y requisiciones. En una palabra, estoy a favor de realizar la operación hoy mismo. Cada hora es valiosa. En el futuro cercano la NEP14 nos dará la posibilidad de extraer el oro aquí, en casa.
La redada de la Checa moscovita contra los «centros de oro» clandestinos la encabezó Messing. La operación transcurrió, algo excepcional, de forma pacífica: ni un disparo, ni un intento de huida. Sobre todo cayó gente mayor, respetable. Se comportaron con dignidad, aunque se pusieron muy pálidos y no pudieron estar mucho tiempo de pie, pidieron sillas, las piernas no los sostenían. Y tuvieron que estar mucho tiempo de pie, mientras los agentes de la Checa de Moscú hacían el inventario de los artículos encontrados.
Se le confiscaron bastantes alhajas a la antigua dama de palacio Yelena Ávgustovna Stajóvich. Alemana, hablaba un ruso bastante flojo y por eso Boki le pidió a Vsévolod que la interrogara en su lengua materna. Vladímirov no sabía llevar un interrogatorio, porque su trabajo en el servicio de información política conllevaba una actividad realmente distinta: tan pronto servía siete meses en el grupo de prensa de Kolchak junto al conocido escritor Vaniushin, que después de la derrota del almirante esperó al «capitán ayudante Maxim Isáiev» en Harbin, como salía a Londres o aparecía en Varsovia.
Sin embargo, el tiempo apremiaba; los tres traductores que servían en la Checa estaban trabajando fuera y esperar su regreso sería inoportuno.
—Buenas tardes —dijo Vladímirov mientras le ofrecía asiento a la mujer—, tengo unas preguntas para usted.
—¿Es usted alemán?
—Ruso.
—¿Trabaja aquí por su propia voluntad?
—Completamente.
Stajóvich se comportaba con una dignidad sorprendente, lo que gustó a Vladímirov. Había llegado a ver a gente que se arrastraba por el suelo, que se mesaba los cabellos, que intentaba besar las botas de los chequistas, que mendigaba clemencia, mientras que esta anciana estaba tranquila, tenía la mirada fija y atenta en la cara de su interlocutor, la estudiaba.
—Veamos, lo primero: ¿por qué tiene esas joyas?
—Son joyas de la familia. No soy responsable de ellas, me llegaron de mis antepasados, nobles rusos…
—Entonces sírvase responder a mis preguntas en ruso — señaló Vladímirov con brusquedad—. Para usted el concepto «ruso» es particularmente abstracto, como, por cierto, lo fue para sus antepasados.
—No se atreva a hablar así a una dama de la soberana rusa.
—Sí me atrevo. Si «ruso» hubiera sido para usted la esencia, la vida, el dolor… ¡habría pensado en cuántos millones de rusos morían y morían de hambre! Y con esas piedrecitas suyas se podría haber dado de comer a un vólost.
—No hemos sido nosotros quienes hemos traído esta hambre a Rusia…
—¿Yo, entonces?
—Usted. Y la banda a la que sirve.
Vladímirov miró muy serio a la mujer, a su cara tranquila y estirada, y dijo:
—Una «banda», de acuerdo con el ordenamiento de la legislación penal, es un grupo de criminales que sustrae bienes ajenos por medio del asesinato, el robo y el soborno. ¿Estoy en lo cierto?
—Sí.
—Y ahora le pregunto, ciudadana Stajóvich: ¿por qué me miente?
—Si se atreve a seguir en ese tono, me negaré a responder. Mi vida ya está vivida, no me asustará con la muerte.
—No pretendo asustarla con la muerte. Es más, mañana mismo la dejaremos libre… Pero encontraremos la forma de decirle a la gente, y nuestra prensa se lee en París y en Londres, que usted, tras sobornar a esa persona que usted y yo sabemos, recibió hace una semana en el antiguo Banco de los Mercaderes, presentando un certificado falsificado, estas joyas del edecán del gran príncipe Serguéi Alexándrovich y que ahora está haciendo trámites para hacer pasar las joyas por suyas, de su familia, que le han llegado como herencia de sus antepasados nobles siguiendo la forma y el fondo de la ley.
—¡No, no! —de pronto empezó a susurrar Stajóvich—. ¡No, no!
Cada palabra de las pronunciadas por Vladímirov era cierta.
La vigilancia a la que se había sometido a Stajóvich después de las declaraciones de Stef-Stepansky había dado unos resultados asombrosos: vieron a la anciana entrando a su casa ya avanzada la tarde y llevando una maletita. En el interrogatorio el cochero dijo que la anciana lo había contratado junto al Banco de los Mercaderes, de donde había salido con un hombre. Este se fue a pie por una travesía, mientras que la anciana regresó a casa «conmigo», según dijo el cochero. Atraparon a la anciana enseguida, ni siquiera tuvo tiempo de esconder las joyas. Lo único que no sabía Vladímirov era el apellido de su acompañante, por eso se había expresado de esa forma —«tras sobornar a esa persona que usted y yo sabemos»—, contando con que, después de un golpe tan demoledor, la anciana se descubriría por completo.
—¡Sí! —dijo él—. ¡Sí! Y, ahora, dejémonos de emociones. Vayamos a los hechos. La dirección de su acompañante: ayer salió con él del Banco de los Mercaderes…
—¿Sabe acaso usted qué significa el último amor de una mujer? ¡No lo descubriré! Es un encanto, es el más cariñoso, es honrado y resuelto, como Otelo…
—Para mí, Otelo es la persona más repugnante de la literatura —dijo burlón Vladímirov, rompiendo el ritmo del interrogatorio—, se apropió del bárbaro derecho de quitarle la vida a otra persona, rindiéndose al ciego sentimiento de los celos… Según la ley universal, habría que juzgarlo por monstruo asesino…
—Usted nunca ha amado…
—Sí lo he hecho, sí —Vladímirov tranquilizó a la anciana—, he querido, Yelena Ávgustovna.
—Uno de los hombres más bajos de la tierra rusa, el conde Tolstói, también odiaba a Shakespeare.
—Gracias por la comparación —dijo Vladímirov—. Es un doble orgullo. Pero nos hemos apartado un poco con esto de la literatura. Regresemos a las piedras. Uno: la dirección de su acompañante; dos: el número de teléfono de la embajada a la que entregaba las joyas; y tres: la dirección del corredor que especula por usted en la bolsa de Londres.
El director del antiguo Banco de los Mercaderes informó a los chequistas de que no había aparecido por el trabajo el subjefe de la Sección de Alhajas Mijaíl Mijaílovich Krútov, el mismo que, según se aclaró más tarde, le había entregado a Stajóvich las joyas del gran príncipe con un certificado falso del Narkom de Economía. El grupo de la Checa moscovita enviado a su piso informó de que esa mañana Krútov se había dado de baja del registro de la casa y dijo que salía urgentemente para Kiev, a ver a su hermana enferma. Según los informes, Krútov no tenía parientes en Kiev.
Krútov se instaló en Serguíev Posad, en casa de Oleg, el hermano del asaltante y bandido Faddeika. Era la tercera semana que Oleg sufría de alcoholismo. Era un trabajador artístico de cajas fuertes, las cascaba como si fueran nueces. Cierto que ahora Oleg trabajaba poco, se dedicaba más a beber escondido en una pequeña dacha. Era un lugar tranquilo.
Faddeika llegó a ver a su hermano ya cuando caía la tarde, durante el día no se movía por la ciudad: la Checa hacía estragos con todas sus fuerzas.
—Mira lo que haremos —le dijo Krútov mientras removía con un cuchillo el té en una taza de aluminio—, vamos a cargarnos su táctica. No haremos que los hombres vayan a las mozas, sino al revés…
—Sé más claro —le pidió Faddeika—, que te complicas más de la cuenta y no entiendo un pimiento.
—Ahora que la Checa ha atrapado a todos los viejecitos con piedras, los que han quedado pasarán a la clandestinidad. Y puesto que «todo lo mío lo llevo conmigo»… ¿lo entiendes? Empezarán a llevar las piedrecitas en los bolsillos. Cuentan de ti que tienes chulos, ¿es así?
—Sí.
—¿Y qué clase de mujercitas tienen?
—Huum… pues… mujeres, pechugonas.
—Las pechugonas te las puedes quedar. Necesitamos que sean delgadas, jovencitas, a ser posibles de las aristócratas. Con esas pican. ¿No has comprendido nada?
—Nada —respondió Faddeika echándose a reír.
—Está bien. Mañana me llevarás con tus chulos… Yo mismo les daré las directrices.
___________
9 Fusilado en el año 1941.
10 Fusilado en 1937.
11 Actual Tallin, Estonia. (N. de la T.)
12 Fusilado en 1937.
13 Fusilado en 1937.
14 Siglas en ruso de Nueva Política Económica, intento de Lenin por di- namizar la economía rusa mediante el desarrollo de un «capitalismo de Es- tado». Con ese fin, se permitió la introducción de cierta iniciativa privada que fomentara un mercado interior al tiempo que se mantenía un control estatal sobre los sectores clave de la economía soviética. Se decretó en 1921 y duró hasta 1929, sustituida por el Primer Plan Quinquenal. (N. de la T.)
INTERMEZZO EN REVEL
Nikándrov contuvo la respiración cuando el guarda fronterizo empezó a pasar una segunda vez las hojas de su pasaporte nuevecito, con olor a hule.
—¿Cuál va a ser su profesión?
—Escritor.
—¿Y cómo es que se va?
«¿Será posible que los bolcheviques hayan vuelto a jugar conmigo? —le pasó por la cabeza, enfadado y cansado—. ¿Qué es lo que quieren de mí? ¿Será posible que me manden de vuelta a Moscú? Uf, menuda jeta: napias blancas y con pecas. Es un crío y ya está de los nervios».
Pero el guarda, después de dar unas vueltas al pasaporte, se lo devolvió a Nikándrov, volvió a mirar de arriba abajo y con sospecha al escritor y salió del compartimento.
Nikándrov cerró los ojos y se recostó sobre el respaldo rígido de felpa del asiento.
«Hasta siempre, Rusia desaseada, país de esclavos, país de señores —recitaba para sí a Lérmontov y se tragaba las lágrimas—. Ellos me hicieron llorón, los malditos comisarios. Tenían razón los romanos: no hay nada más terrible que los esclavos rebelados, su libertad es tiránica y ciega, y sus ideales están impregnados de barbarie y crueldad, porque predican el bien universal, pero universal no hay nada, excepto el nacimiento y la muerte», pensaba mientras prestaba atención a los golpecitos del guarda fronterizo en el compartimento vecino, donde viajaba un enigmático comisario de Moscú, acompañado de dos chequistas vestidos de cuero y con máuseres.
Nikándrov salió al pasillo. Primero había decidido encerrarse en el compartimento y quedarse allí hasta que su tren hubiera pasado la frontera, pero después pensó con desagrado: «¿Será posible que me hayan convertido en un cobarde tan miserable que hasta me dé miedo su presencia cercana?». Y se puso de pie, se ajustó la chaqueta cual soldado y, deteniendo la mirada en el hombre entrecano y en la cuarentena que sonreía de mentira en el espejo, abrió la puerta con brusquedad.
El vagón estaba medio vacío.
En el compartimento vecino, el comandante del servicio de fronteras y los chequistas de cazadora de cuero se despedían del enigmático hombre achaparrado: ojos color aceituna, abrigo de piel de castor y zapatos romos, la última moda americana.
—Le deseamos un feliz viaje —dijo uno de los chequistas, estrechando la mano a su tutelado— y que regrese felizmente cuanto antes, camarada Pozhamchi.
Los guardas y los chequistas se fueron, la locomotora silbó, rechinaron los topes, tintinearon las jarras en sus soportes de cobre y el tren marchó lentamente de Rusia a Estonia.
Pozhamchi estaba al lado de la ventana, sin quitarse el abrigo a pesar de que el vagón estaba bien caldeado.
Pasaban volando las casitas campesinas: casas con cubierta de tejas, de mampostería, con ventanas grandes.
Nikándrov se acordó de Rusia: las ventanucas cegatas, sin luz, la ruina, la suciedad, la pobreza…
—¿No le da vergüenza, comisario? —preguntó Nikándrov inesperadamente incluso para él.
—¿Perdone? ¿Es a mí? —sonrió Pozhamchi.
—¿A quién si no? El comisario lleva unos zapatos color frambuesa, mientras el infeliz aldeano, tal como vivía en la barbarie, así sigue viviendo. ¿Contra qué se alzaron? Ni un solo país del mundo ha llegado a otro país con la humillante petición: «Sean nuestros dueños, nuestra tierra es abundante, pero ¡no hay orden!». Rusia lo ha hecho. Y ustedes van y la meten de cabeza ¡en una revolución! Y estaba preparada para la revolución como yo lo estoy… ¡para procrear!
—Uy, pero no se altere —le pidió Pozhamchi—. Quizá yo…
—¿Usted qué? A ver, ¿qué? ¡No hay revoluciones! ¡Hay ambiciones, muchas! ¿A cuántos millones han engañado, eh? ¿Cómo va a llevar a cabo la sucia y pobre Rusia una revolución social? A ellos —Nikándrov señaló con rabia el paisaje estonio que pasaba—, a ellos les tocaba empezar, ¡y no a nosotros con nuestros pies descalzos y nuestros febriles instintos tártaros!
Nikándrov sentía que su aspecto era ridículo y penoso mientras vociferaba todo lo que le causaba dolor, pero no era capaz de detenerse. Vio que su compañero de viaje quería objetar, y esto le dio más rabia todavía.
—¡Bien me sé sus objeciones! ¡El país de esclavos analfabetos se aplica para ofrecer al mundo un nuevo camino! ¡Nosotros, los que no sabemos qué es el metropolitano o el aeroplano, nos hemos alzado contra el poder de los Estados norteamericanos! Unos tipejos borrachos que queman cuadros solo porque estaban colgados en la casa de un terrateniente…, ¡así son los que pretenden rehacer el mundo! ¡La revolución es la cumbre del desarrollo lógico! ¡La revolución está obligada a hacer la vida mejor de esa de la que reniega! ¿Y qué ha traído su revolución? ¡Hambre! ¡Ruina! ¡El poder de unos brutos que me dictan qué puedo y qué no puedo escribir!
Cuanto más rabiosos eran los gritos de Nikándrov, más sonriente se volvía la cara de Pozhamchi, y ya no estrechaba asustado contra su pecho el maletín grueso de piel de cerdo.
—¿De qué se ríe? —preguntó Nikándrov con pesar—. No debería reírse de sí mismo. El mal es vengativo: se vengará en la segunda generación, y en la tercera. Se han olvidado de sí mismos, embriagados con su minuto de poder, ¡al menos piensen en los niños! Rusia no les perdonará lo que han hecho con ella, nunca se lo perdonará, y su camino de regreso a la sensatez será sangriento y la sangre de estos años no tendrá ni punto de comparación con la sangre que se les avecina por sus pecados…
—Qué ganas de enojarse por nada —se sonrió Pozhamchi, aprovechando que Nikándrov le daba chupadas a la pipa—. Si me lo permite, yo pienso justo como usted, y no tengo intención de regresar con estos de los sóviets.
—¿Cómo?
—Pues eso mismo —respondió con cierta alegría maliciosa Pozhamchi—, solo que, muy señor mío, a juzgar por lo que veo, a usted le resultó fácil el «adieu, Rusia», mientras que a mí me ha supuesto mucho esfuerzo marchar, y un grandísimo riesgo.
Y mientras echaba otro vistazo al horario de las paradas, Pozhamchi se dirigió sin prisas hacia la salida: el tren se había detenido en una pequeña estación. Junto al edificio, Nikándrov vio varios trineos y un automóvil negro con aspecto de fiera —casi seguro alemán— con la matrícula salpicada de barro.
De pronto, Nikándrov se echó a reír. Se puso en cuclillas, se golpeaba las rodillas con las palmas —secas, grandes, esculpidas con líneas bien marcadas—, se ahogaba de risa, pero volvió a sentir lágrimas saladas en la garganta. «Dios mío — pensó—, ¡soy libre! Él como un ratón en un barco ahogándose y yo… ¡orgulloso! Yo regresaré a casa vencedor y él, ¡nunca!»
El jefe de vagón, mientras frotaba con un trapo el pasamanos de cobre, dijo a Pozhamchi:
—Solo paramos cinco minutos, no se vaya lejos, camarada. Aquí ni chapurrean ruso, cada uno habla a su manera…
—Gracias —dijo Pozhamchi, y saltó al andén con ligereza impropia de su edad. Después marchó trotando hacia el edificio de la estación.
En una mesita de un bufé pequeño y limpio había tres personas. Lanzaron una mirada fugaz al recién llegado y continuaron sorbiendo en silencio la cerveza de sus jarras de barro.
—Gentil hombre —se dirigió Pozhamchi al camarero del bufé—, ¿a quién se puede contratar aquí para ir a Revel?
—El tren va para allá —respondió este en perfecto ruso— , ¿para qué quiere caballos?
Pozhamchi dejó escapar una risa obsequiosa:
—Para ir en trineo. Bueno, póngame un vasito, y algo de pescado.
—¿Cuál?
—Ese de ahí, el rojo. ¡A los rojos les sienta mal el pescado rojo! —volvió a reírse mientras sacaba la cartera del bolsillo interior del abrigo.
—No debería beber —oyó una voz tras de sí y sintió una mano en su hombro.
Enseguida se sintió ligerísimo, las piernas le flojearon, volviéndose al momento glaciales y húmedas. Se giró. Los tres que habían estado a la mesa junto a la ventana ahora estaban a su espalda: dos le palparon rápidamente los bolsillos —no fuera a llevar un arma— mientras el tercero, por lo visto el principal, mantenía una mano en su hombro, como antes.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Pozhamchi, sin reconocer su propia voz.
—No debe beber o el embajador notará el olor a vodka; el camarada Litvínov tiene un olfato extraordinario, y puede tener después disgustos en el Narkom de Economía, con Nikolái Nikoláich, con el camarada Krestinski…
—Entonces… ¿son de los nuestros?
—Sí —respondió el mayor y lo empujó hacia la salida—. ¿Los de la embajada lo esperan en la próxima estación?
—¿Por?
—No me maree con preguntitas —dijo el mayor llevándolo del brazo— y responda.
—En la próxima… Pero ustedes… aquí están, antes incluso —balbuceaba Pozhamchi—, y gracias a Dios, pues estoy lleno de miedo, por eso decidí permitirme… para darme ánimos.
—Eso está bien. Ahora pasaremos con usted al compartimento, porque viaja solo, ¿no?
—Exacto.
—Eso está bien —repitió el mayor ayudando a Pozhamchi a subir al vagón.
«¡Ay, señor —le pasó por la cabeza impetuosa y fríamente—, y le he soltado al literato que no quiero volver! Ay, señor, ¿de veras estoy perdido? En Revel me iré corriendo a la policía, gritaré que me están atacando…».
Los tres condujeron a Pozhamchi hasta el compartimento —Nikándrov no estaba en el pasillo—, cerraron la puerta y se sentaron en los asientos de felpa; el único que no se sentó fue el jefe, se inclinó un poco sobre el asustado hombre con abrigo de castor y maletín amarillo bien sujeto en la mano derecha.
—¿Cuánto lleva ahora en diamantes?
—Según el curso del dólar… Aunque me van a disculpar, no me han enseñado los mandatos siquiera…
El jefe se volvió a sus compañeros:
—Vlas Ígorevich, presente su mandato.
Vlas Ígorevich se sacó del bolsillo una Browning de morro ancho y apuntó con ella a Pozhamchi.
—Este es el primer mandato —dijo con calma el jefe—, pero es demasiado ruidoso, por eso hemos traído un segundo, ¿no es verdad, Valentín Fránzevich?
Valentín Fránzevich sacó la mano del bolsillo de su casaca corta de cuero guarnecida con añino gris. En ella tenía un cuchillo y Pozhamchi enseguida percibió lo agudo que era, el cuchillo en cuestión, y frío, aunque solo llegó a ver un instante el trozo de acero color blanco quirúrgico: Valentín Fránzevich lo escondió enseguida, mientras lanzaba miradas burlonas al inspector del DEA.
—Pero, entonces… ¿son maleantes?
—¿Acaso tengo pinta de maleante? —preguntó el jefe—. Hubo años en que ni siquiera se atrevía a llamarme por mi nombre y patronímico, sino como mucho «su excelencia».
—¡Dios mío! ¿De veras es usted, Víktor Vitálievich? —Gracias a Dios que me ha reconocido —sonrió este—. ¿Tan mayor me hace el bigote? ¿O son las gafas? Entonces, ¿cuánto hay en dólares?
—Unos dos millones.
—¿Y usted quería largarse con esa riqueza que pertenece a la república de los obreros y de los campesinos? ¡Ay, ay, Nikolái Makárych, qué vergüenza! El pueblo pasa hambre y usted…
—¡Por Dios, Víktor Vitálievich! Estoy dispuesto a darle la mitad, pero no…
—No voy a hacerlo —se sonrió Víktor Vitálievich—, no voy a matarlo. ¿Le apetece fumar?
—Lo he dejado.
—¿Por el corazón?
—Sí, bueno, no puedo quejarme. El tabaco es un poco caro.
—¿Incluso para usted?
—Grano a grano hincha la gallina… —Nikolái Makárych hizo un esfuerzo por bromear e incluso se rio un poco, mientras miraba de reojo a los dos sentados junto a la puerta, pero Víktor Vitálievich lo interrumpió:
—De acuerdo, se acabó el recordar, tenemos el tiempo justo. No fuma, ya fumo yo solo. En la siguiente estación subirán dos de la embajada para vigilar las piedras; nos ha supuesto mucho trabajo ganarles la delantera, así que, hale, seamos breves y serios. Dígame, entre esas piedras que lleva en el maletín, ¿hay algo que pertenezca a mi familia?
—Un collar de esmeraldas y gemas sueltas, su tía los empeñó por treinta y dos mil en oro, en la primavera del diecisiete, antes de la revuelta.
Pozhamchi alargó el brazo hacia el maletín, pero Víktor Vitálievich volvió a colocar la mano en su hombro:
—No hace falta, Nikolái Makárych. No voy a llevarme las piedras, siempre me han parecido odiosas y, ahora, más todavía. Tengo algo que pedirle: entrégueselas al camarada Litvínov de la forma más intacta posible, ¿está claro?
—No comprendo, su excelencia…
—¡Y dale con el excelencia! ¿Cuándo vamos a superar el excelencia? A ver, no soy ni excelencia ni conde, soy simplemente Vorontsov. Un emigrado. Un enemigo del pueblo trabajador. Sin patria y sin linaje. Y es algo muy malo, Nikolái Makárych. Que un Vorontsov esté en la tierra sin familia, sin linaje. Para ustedes los comerciantes es sencillo: para ustedes la patria está allí donde se puede realizar la compra-venta, pero para mí la patria es solo una, y con ella en el corazón moriré, y se llama Rusia. Y tengo intención de regresar. Y entonces para usted también será todo más sencillo, podrá comerciar con las piedrecitas y seguir con los negocios que se traía con mi tía. Y usted, Nikolái Makárych, va a ayudarme a regresar a mi patria, y para eso necesito que siga trabajando en el DEA como siempre. ¿Qué ingresos tenía antes de la revolución?
—Trece mil, es fácil de comprobar en mi cuenta del banco.
—No soy de la inspección obrera, no me voy a poner a comprobar nada, confío en su palabra. ¿Qué cree usted, los bolcheviques van a quedarse mucho tiempo?
—No van a aguantar mucho tiempo.
—¿Y si encima nosotros hacemos presión? —Entonces se desmoronarán, Víktor Vitálievich. Pero solo si se ponen en serio, al pueblo no hay que enfurecerlo sin más… con azotainas y desprecio por la gente de a pie…
—Bueno, ya sabe, nadie puede garantizar que no haya errores… Rotos… nos hemos vuelto más inteligentes. A ver, veamos, por todos sus años con los sóviets recibirá cincuenta mil en oro por año. ¿Se lo pongo por escrito o le basta con mi palabra?
—No puedo regresar, no tengo fuerzas.
—Nikolái Makárych, voy a ser convincente. Escúcheme atentamente: si usted, a pesar de mi petición, insiste en su decisión de huir ahora, haré que lo entreguen: ha robado objetos muy valiosos que pertenecen al Estado, no, a nosotros, a los Vorontsov, a los Naríshkin y a los Yusúpov. Nadie le comprará las piedras, y podemos demostrar que son nuestras, bien lo sabe…
—Sí —suspiró Nikolái Makárych—, cómo no voy a saberlo…
—Y la policía lo meterá en la cárcel, y las cárceles de aquí no son ni un poquito mejores que las de Moscú. Incluso peores: aquí no hay amnistías, aquí se aprende a contar los años de condena como el dinero. Y tenga en cuenta que los gobernantes locales odian tanto como nosotros a los dueños del Kremlin, pero, además, les tienen mucho miedo y de buen grado nos entregarán a Moscú si descubren a alguno de sus porteros de las embajadas. Dentro de cinco minutos hay una parada, la gente de Litvínov vendrá y le llevará directamente a la calle Pikk. Si por el camino se le ocurre gritar o llamar a la policía, aquí mis amigos ayudarán a los chequistas que estarán custodiándolo. No va a negarse a realizar este trabajo, ¿verdad, Valentín Fránzevich?
Este asintió en silencio.
—Si acepta satisfacer nuestra petición —continuó Vorontsov—, estoy dispuesto a enseñarle su pasaporte de… ciudadano alemán. Lo recibirá aquí mismo, después de que haya hecho otros tres o cuatro viajes. Al menos entiende que no tiene más salida que aceptar mis condiciones, ¿no?
—Solo un imbécil no lo entendería —respondió Nikolái Makárych.
—Eso está bien. Mañana por la tarde venga al Corona de Oro, el que está en el sótano, yo lo buscaré allí. ¿De acuerdo?
—Sí.
—No se ponga así, no se me enfade —sonrió Vorontsov ligeramente—, con esa fortuna no habría salido adelante aquí, su cabecita no lo soportaría, no es de esa clase: recuerda con demasiada exactitud sus ingresos anuales.
—Me las habría apañado, Víktor Vitálievich, y ya me va a perdonar, pero los aristócratas que no sabían ni querían contar sus ingresos…, esos son los que condujeron a Rusia a la bancarrota. Los aristócratas tendrían que haber tenido amor platónico por Rusia y haber traspasado su administración a aquellos a los que les gustan las cifras y las recuerdan.
—¡Si ese es el programa! Ya verá, el nuevo gobierno le ofrecerá el puesto de camarada del ministro de Economía.
—¿Y el ministro, de su estamento, se pondrá otra vez a darme indicaciones? Ni que decir tiene que sería mejor que se dedicara a apostar en las carreras y a cazar, sin duda: como ordene…
—Ya basta, Nikolái Makárych, ya basta —respondió Vorontsov, y sus pómulos empezaron a rechinar—. Mi bisabuelo salió bajo las balas a la plaza del Senado,15 vale, era jugador y, aun así, tenía carruajes en propiedad. Queremos a Rusia, y el esquema solo es importante para que usted aplique su incansable fuerza. Esto es más serio. Y si se hubiera decidido a huir con esos millones del Kremlin, los chequistas lo habrían pescado de todas formas. Debe ganarse su confianza para no temer un registro en la frontera, entonces le dará piedras a Litvínov y también sacará para usted. Cuánto se va a llevar usted, es cosa suya. A mí me dará, en cada viaje, un millón. Como si usted quiere cinco, no voy a controlarlo. Hasta la vista. Mis amigos se quedan en el compartimento vecino; si pasa algo, dé una voz, lo ayudarán. Yo tampoco andaré muy lejos…
—Haced algo con el escritor, por pura tontería se me ha escapado que estaba huyendo de los sóviets…
Los tres se dieron la vuelta al momento.
—¿Qué escritor? —preguntó Vorontsov.
—No me he quedado con su nombre, solo que es literato.
—Mal hecho —dijo Vorontsov—. ¿Cómo hace esas cosas? Vorontsov sacó de su bolsillo interior un estilete alargado, presionó un ingenioso botoncito —un punzón fino surgió con gracia— y lanzó una mirada interrogante a Vlas Ígorevich. Este alargó el brazo y Vorontsov le entregó el estilete.
Vorontsov salió el último del compartimento. Entornó con cuidado la puerta, se dio la vuelta y, al ver a Nikándrov junto a la ventana, soltó el aire como dando un gemido.
—¡Dios mío, Lenia! ¡Leonid, querido mío!
Litvínov, el embajador de la RSFSR en Estonia, se levantó despacio de la mesa y salió sin prisa, con un suave contoneo, al encuentro de Pozhamchi. Lo palpó con sus fríos ojos azules, ocultos tras los gruesos cristales de las gafas, esbozó una sonrisa seca y con un gesto invitó al principal tasador del DEA de la república a una mesa pequeña, de patas raquíticas y arqueadas, puesta para dos personas.
—¿Ha llegado sin incidentes? —preguntó Litvínov.
—Sí, todo en orden, gracias a Dios. —Pozhamchi respondió sonriendo agitado y obsequioso en exceso y comprendiendo que, desde fuera, no se vería bien. Por alguna razón le parecía que ese hombre de cabeza grande al final de la conversación iba a hacerle preguntas sobre literatura y sobre su diálogo con Vorontsov en el compartimento del tren y, por eso, se sentía inseguro, como si lo observaran con un microscopio. No había tenido tiempo ni de recuperarse, de crearse una línea clara de comportamiento, porque unos diplomáticos espigados —Jrómov y Potapchuk— se sentaron en su compartimento a los tres minutos de que hubiera salido Vorontsov, y desde la estación lo llevaron enseguida a la embajada y aquí, sin dejar que se aseara y picara algo, lo invitaron a ver al embajador.
—Bueno, pues si es gracias a Dios… —Litvínov se sonrió con esa extraña sonrisa suya—, por favor, tome un café.
—Muy agradecido.
«De los suburbios casi seguro —pensó Litvínov—. ¿Por qué los suburbanos son tan tenaces en política y en las finanzas? ¿Es por un defecto en su amor propio o por un codicioso deseo de ser urbanos?».
—¿No le han pedido que me transmita nada?
—El camarada Krestinski me sancionó que le transmitiera sus saludos.
—Gracias. Qué interesante: «sancionó», puede verse al mismo tiempo como «autorizó» o como «castigó»…
—¿Quién ha castigado? —Pozhamchi no lo entendió.
—De momento nadie, a nadie —respondió Litvínov pensando: «Si él me hablara con sus términos y su vocabulario, imagino que yo tampoco lo entendería a la primera».
Clavó su dura mirada en el sobrecejo de su interlocutor y preguntó:
—¿Hay algo que quiera hacer? ¿Alguna petición?
—No, no hay peticiones, camarada Litvínov, qué dice…
—En ese caso, permítame que lo felicite por el trabajo tan noble que ha realizado trayéndonos las alhajas. Permítame que le haga entrega de un premio… —y Litvínov le dio a Pozhamchi un sobre con dos papelitos verdes de cien dólares cada uno.
—Muy agradecido —dijo Pozhamchi, y no dejó que su cara mostrara que lo había comprendido a la primera: Litvínov lo tenía sólidamente atrapado con su mirada especial. Por lo visto, esa sonrisa maliciosa y desdeñosa dejaba al descubierto justo lo que Litvínov intentaba ocultar tan a conciencia, y hoy y cinco años completos, desde el momento en que triunfó la revolución. ¿Cómo no iba a sonreír con desdén cuando en su cartera había ocho mil dólares y, en el maletín que iba a dar a ese bandido de ojos fríos, casi dos millones?
«De todo hay en la viña del Señor —pensó Pozhamchi— . ¿Qué necesidad tenía yo de fiar a la tía de Vorontsov a cuenta de las esmeraldas? Todos estamos listos a la hora de ver la ganancia cercana, pero eso de mirar hacia delante, allá donde todo está negro y lleno de espinas, bien que nos esforzamos en no pensarlo, somos como los topos».
—¿Qué ingresos tenía usted antes de la revolución? —preguntó Litvínov.
—¿Mis ingresos? Lo he borrado de mi memoria. ¿En los ingresos está la felicidad?
—Eso es cierto. ¿Y dónde está? ¿La felicidad?
—Quién sabe… —respondió Pozhamchi—. Cada felicidad es diferente, no las hay iguales.
—También es cierto —convino el embajador y se levantó.
Pozhamchi le tendió el maletín:
—Ahí está… Todo… ¿Los recoge usted o alguno de sus ayudantes?
—¿Y qué hay que recoger? —Litvínov se encogió de hombros—. Usted ha podido desaparecer con la maletita. En la primera parada en Estonia.
Pozhamchi se quedó helado otra vez y, con una risita obsequiosa, levantó con recelo la mirada. El embajador lo miraba sin pestañear y su cara parecía decir: «Vamos, desembucha, desahógate, habla…».
—¿Por qué? —preguntó Pozhamchi sin que viniera a cuento—. No sé por qué iba a marcharme, ni siquiera se me ha pasado por la cabeza…
Descerró el maletín y, comprendiendo que estaba haciendo justo lo que no debería hacer, esparció en la mesa los saquitos de gamuza que contenían las piedras y los collares. Los retenía con el característico gesto de todos los joyeros. Un movimiento insinuante y tímido, pero fuerte al mismo tiempo, como el movimiento de un padre cuando acuna a su hijo.
Las piedrecitas verdes, blanquiazules, rojo ahumado, estaban sobre la mesa y al momento esta —qué extraño, se dijo Litvínov— se convirtió en otra, pesada, y ya no era en absoluto clara, sino oscura, se empapaba de los enigmáticos destellos de las piedras. De cuando en cuando estas parecían absorber los apagados rayos del sol y entonces disparaban fríamente una luz facetada, tornasolada y estelar, pero esta luz se alargaba solo por un instante, pues después el sol se disolvía en el silencio de la piedra; y aunque seguía siendo la de antes, aun así, la mesa se había convertido en otra: con una cualidad misteriosa, oculta al entendimiento humano; se había empapado de luz para siempre, sólida y ávidamente.
—¿Le gustan las piedras? —oyó Pozhamchi la voz del embajador.
Sintió esa voz tirando a sorda desde algún lugar lejano, y le resultó desagradable oírla, porque era árida y corriente, mientras que Pozhamchi hablaba en susurros siempre que examinaba piedras, como si estuviera en el templo de una deidad.
—¿Cómo no van a gustarme? —respondió—. En cada piedra hay una historia.
—Esta, por ejemplo —preguntó Litvínov rozando con un dedo una perla grande gris celeste—. Si no tiene color, es sosa…
—Las perlas mueren si no sienten un cuerpo cerca. Está tan marchita porque ha permanecido cinco años en un depósito. Las perlas pertenecen a ese tipo único de piedras preciosas que saben lo que es estar enamorado. Fíjese. —Pozhamchi se colocó la pieza debajo de la lengua y se quedó quieto. Pasó así como un minuto y después sacó la perla de la mejilla—. ¿Lo ve? Ha empezado a coger un tono rosa. Puede salvarse. Morirá dentro de unos diez años si la guardan en un sótano sofocante en lugar de llevarla en la mano. Y estos diamantes son del depósito de Filaret, un diamante puede sanar el corazón. Si, por ejemplo, lleva en la corbata un alfiler de diamantes, nunca le dolerá el corazón… Estas esmeraldas de Sajonia las sostuvieron las manos de Federico el Grande, del sueco Carlos, de Pedro I… Y después pasaron a manos de personas de mi profesión, seguramente por eso se han conservado. Es que somos gente callada, como todos los enamorados…
Vorontsov tenía alquilada una pequeña buhardilla en las afueras de Revel. La casa era de madera; olía a mar y a mina al mismo tiempo. El dueño, Hans Saaks, había navegado en América en los «mercantes» y desde aquella lejana época estaba «enfermo» de mar: junto a su casa descansaban cables llenos de brea y cabos de Manila, que habían absorbido los aromas misteriosos y lejanos de los veleros del siglo pasado; la casa se caldeaba con esquisto, como en toda Estonia, por eso Vorontsov, mientras ayudaba a Nikándrov a desvestirse y se quitaba él mismo su abrigo pequeño y ligero, dijo:
—Ponte cómodo, Leniushka, te cedo mi yacija; yo me apañaré en el suelo, como en el frente.
—No quiero causarte molestias, Víktor, me iré a un hotel, allí podré convocar conferencias de prensa, reunirme con los editores.
Vorontsov lanzó una mirada algo extraña a Nikándrov y algo parecido a una sonrisa cambió su cara, que se volvió triste y bella, de una belleza de las que calan.
—De acuerdo, veamos —dijo—, ¿cuánto dinero tienes?
—No tengo… Bueno, algo suelto, unos veinte dólares… Sin embargo, me he traído el manuscrito de mi nueva novela.
Vorontsov sacó de un armarito vodka, un par de huevos duros y un queso poroso, amarillo fuerte.
—¿Sobre qué es la novela?
—Sobre los decembristas.
La cara de Vorontsov se congeló y preguntó en voz baja:
—¿Y para qué quieren aquí a los decembristas?
—¡Ya estamos con el escepticismo ruso!
—Vale, vale… —repitió Vorontsov y sirvió el vodka.
—Tiene aristas —reparó Nikándrov—, como los de tu montero en Sosnovka.
—Yelizárushka —dijo Vorontsov, y su rostro se volvió cálido, se estremeció—, ¿cómo estará ahora el viejo? Me quería y era leal, con entusiasta lealtad, esa que solo encuentras en los monteros rusos. —Cortó dos lonchas gruesas de queso y añadió—: Y en las mujeres.
—Y si te engañan, las mujeres o los monteros, también lo hacen a la rusa: con crueldad, con locura.
—Yo tengo la culpa de lo que pasó con Vera…
—No me refería a Vera… Yelizárushka fue el primero en prender fuego a tu casa en Sosnovka y en sacarles los ojos a los caballos… con un hacha…
—Eso es imposible, Lenia. Ahora cuentan de todo sobre los hombres, solo porque sí, por aburrimiento…
Nikándrov había visto a Yelizárushka cuando vivía en la aldea vecina —barbudo, entrecano, vestido con harapos—, ¡quién habría reconocido entonces al brillante escritor petersburgués! Había visto a Yelizárushka arrancándose del pecho escuálido, de clavículas salientes y angulosas, la ropa y gritando: «¡Esos parásitos nos han chupado la sangre! ¡Ya está bien!».
—Quizá tengas razón —respondió Nikándrov, que no quería causar dolor a su compañero y por primera vez en todo ese tiempo se fijó bien en la habitación de Vorontsov. Vio unas manchas grandes esparcidas por el techo; el papel en las paredes, antiguo y desencolado; el suelo mal teñido; una de las patas de la mesa estaba calzada con un periódico doblado varias veces.
—Hale, por el encuentro, Lenia.
Bebieron en silencio.
—Señor, qué envidia te tengo, todavía hoy estabas en Rusia…
—No la tengas, Víktor. Tú estás aquí, en tu cas… —Nikándrov se paró en seco, Vorontsov lo ayudó:
—En una caseta, no te compadezcas, Lenia, en una caseta. Vivo como un perro. Aunque mis perros vivían en casa, debajo de la biblioteca, ¿te acuerdas? Una vez, en Pascuas, te colaste allí con el lebrel… ¿Cómo se llamaba? Lizaveta, creo. Sí, seguro, era Jerry y la rebautizamos… En una caseta de perro, Lenia… Cuando te azuzan, un vasito viene bien.
—Ten paciencia, venderemos la novela y daremos el salto a París, aquello está lleno de los nuestros.
—En Berlín hay más.
Se tomaron otro vaso. Vorontsov se levantó —era de piernas largas, bien plantado— y con paso suave, como todo miembro de la caballería, se fue a la puerta.
—Ahora vengo. Voy a avisar al dueño de que regresaremos al alba. Ahora tengo un dueño. Vivo en casa de otros, Lenia.
Nikándrov sintió una inmensa pena por ese hombre de ojos grises que ya empezaba a perder pelo, que en Rusia había poseído fincas y haciendas célebres por su hospitalidad, por sus amplios rasgos democráticos —a la manera inglesa—, su magnífica colección de pinturas, sus bibliotecas y, lo más importante, por su espíritu único de bienquerencia e interesada respetuosidad, algo ajeno tanto a los ricos alcanzados como a los nobles empobrecidos, quienes de todas las formas posibles acentuaban su origen precisamente noble, pero en modo alguno aristocrático.
«La verdad, tiene un comportamiento admirable —pensó Nikándrov—. Habiendo perdido todo lo posible, se ha conservado a sí mismo, su dignidad. Por eso saldrá vencedor. Te destruyes cuando empiezas a hacer tratos contigo mismo. Por eso te observa vigilante el zar-fortuna, mientras forma sus enigmáticas combinaciones de ensamblaje del bien y el mal, de la falta de voluntad y la contundencia, de la fidelidad y la traición. Te tropiezas —contigo mismo, a solas con tu auténtico “yo”, das paso al mal aunque sea una pizquita— y estás perdido. Y esos tratos ya pueden traerte después gloria, reconocimiento y riquezas por un tiempo, da igual, estás sentenciado por la implacable lógica de su majestad fortuna, bajo cuyo dominio estamos todos, pero a quien no nos ha sido dado comprender. Es como Dios. Hay que temerla piadosa, espiritualmente; solo un miedo así puede domar al diablo que hay en el hombre».
Una vez abajo, con el dueño, Vorontsov preguntó:
—Hans Gustávovich, ¿me permite utilizar el teléfono?
—Sí, claro, pero que no sea mucho tiempo…
Vorontsov llamó a la redacción del periódico Vaba Sõna y pidió que se pusiera al aparato el señor Jürla.
—Buenas tardes, Karl Ennovich, al habla Vorontsov.
—Buenas tardes, conde.
—El escritor Nikándrov ha venido de Moscú a verlo.
—¿A mí? —se sorprendió el reportero principal de la sección de artes y crónicas—. Yo no lo he invitado. Me parece que habrá venido a verlos a ustedes, no a mí…
—No, no le merece la pena relacionarse con nosotros. Se mantiene al margen de la política, es uno de los escritores con mayor talento de Rusia. Me gustaría pedirle que viniera hoy al Corona de Oro, Nikándrov le contará lo que está ocurriendo en Rusia.
—Creo que, a grandes rasgos, podemos sospechar qué es lo que está ocurriendo en Rusia.
—Pero obtendrá las noticias más frescas de mano de un escritor que se ha visto forzado a abandonar la patria.
—Comprendo, comprendo… ¿Me darán de beber?
—Habrá vodka.
—¿Ve en qué burdo materialista me he convertido desde que en su país vencieron los materialistas? —Jürla se echó a reír—. No se me retrasen.
—Lo esperamos sobre las diez.
Vorontsov dejó el auricular en su sitio, sus dedos fuertes se restregaron los pómulos y alargó varias veces los labios en una mueca de risa violenta, insonora.
Llamar a las redacciones de los dos periódicos rusos — Últimas Noticias y El Popular— era arriesgado. En Últimas Noticias sentían inclinación por la plataforma de los cadetes, mientras que El Popular era el órgano de los socialistas revolucionarios. Estos periódicos no tenían peso alguno, y Vorontsov quería atraer sobre Nikándrov la atención no tanto de la emigración infeliz, sin dinero y sumida en intrigas, como de la intelectualidad local. Por eso no llamó ni a Liajnitski, el editor del Últimas Noticias, ni a Vladímir Baránov, el principal crítico de El Popular. Al editor Vajt simplemente no podía llamarlo: el eserista lo odiaba.
«Siempre nos pasa lo mismo —pensó mientras pasaba las hojas de su agenda—. Cuando los extranjeros demuestran interés, entonces también los nuestros empiezan a dar vueltas alrededor. Y si llevo ahora a Nikándrov a que se relacione con los nuestros, empezarán a arrugar la nariz: unos porque no ha sido suficiente de izquierdas, y otros porque no tiene excesiva fama de ser de derechas… Nada, que los locales armen ruido, entonces también lo harán los nuestros… sin necesidad de pedírselo».
—¿Jan? Hola, buenas —dijo Vorontsov cuando hubo llamado al siguiente número—. Tengo algo que pedirle. Coja a alguno de sus compañeros poetas y vengan hacia las diez al Corona de Oro, Nikándrov ha venido de Moscú.
—¿Y ese quién es?
—Su colega escritor. Es un cerebro y un muchacho encantador. He invitado a Jürla, va a dar la noticia: una conferencia de prensa que conducirán los poetas, sensacional por sí sola.
Vorontsov se volvió hacia Saaks, volvió a restregarse las mejillas frías y bien afeitadas y dijo:
—Hans Gustávovich, quería pedirle algo. ¿Haría el favor de prestarme cinco mil marcos?
—No puedo, amigo mío. No puedo de ninguna manera.
—Siempre he sido formal… Cinco mil, son solo quince mil dólares…
—Su formalidad solo puede interesar a una persona: a usted. De lo contrario tendría que pagar intereses. ¿Y a mí qué más me da? No se ofenda, señor Vorontsov, pero cada persona debe tener su propio objetivo.
—Tiene razón… ¿Puedo hacer otra llamada?
—Claro, claro, ya se lo he dicho.
Vorontsov cubrió ligeramente el auricular con la mano:
—Zhenia, soy yo. Ha venido Nikándrov. Va a ser muy violento que el primer día se dé de bruces con… Bueno, ya me entiendes. Coge a uno de los nuestros y venid hacia las diez al Corona. Si Zamiátina, Jolov y Glébov no están ocupados en el cabaré, tráetelos también. Y preparad el máximo de preguntas sobre su pasado, sobre su papel en nuestra vida cultural y su relación con los traductores en Europa. ¿Me has comprendido?
Vorontsov se giró de nuevo a Hans Gustávovich y dijo:
—Le ofrezco un anillo de compromiso. Este, ¿cómo lo ve?
—fale, pero todas las joyerías han cerrado la compra-fenta.
—¿Qué me está diciendo, que lo que llevo en el dedo es cobre?
—¿Por qué cobre? No es cobre. Comprendo que no va a llefar cobre en el dedo. El cobre deja en los dedos chorreaduras y después viene el reumatismo. Simplemente no sé cuánto fale ese anillo y quiero ser honrado.
—No le estoy vendiendo el anillo. Se lo dejo en prenda. Por cinco mil marcos. Si no se los he devuelto dentro de una semana, podrá venderlo por veinte mil.
—Anda, qué astuto e inteligente es usted, señor forontsov —Saaks se echó a reír mientras sacaba el dinero—, y cómo le gusta el riesgo. ¿Acaso se puede dejar el amor en prenda?
—Eso ya no es de su incumbencia.
—Hasta la fista. Y no se cabree, es una broma. Por cierto, ha llamado la mujer que lo llama por las noches.
—¿Qué mensaje ha dejado?
—Me ha pedido que le diga que el estado de su amigo ha empeorado.
—¿Ha empeorado mucho?
—Sí, sí, es ferdad, dijo «ha empeorado mucho». Pidió que pasara a verlo hoy por la tarde.
—Tengo que hacer otra llamada —dijo Vorontsov y, sin esperar el permiso detallado y lento de Saaks, solicitó el número y, en alemán, cambiando ligeramente la voz, dijo—: Por favor, dígale a la dama que los sábados alquila la habitación número siete que hoy me retrasaré y que no llegaré a las diez, sino hacia la medianoche.
—Sí, señor, le dejaré una nota a nuestra huésped.
—No es necesario. Dígaselo de palabra.
—De acuerdo, señor, se lo diré de palabra.
—Perdona, me he entretenido —dijo Vorontsov de regreso en su cuarto—, ¿por qué no has bebido sin mí, Lenia?
—Solo no soy capaz.
—Así que estás asegurado contra el alcoholismo, ¿eh?
—Cierto.
—Aquí ya se ha montado cierto revuelo alrededor de tu figura: la prensa, los poetas…
—¿Se lo han olido? ¿Cómo?
—Los folicularios, ya sabes qué trabajo tienen, además, no eres una aguja en un pajar. ¿Tienes hambre?
—Supongo, solo que no tengo sensación de hambre.
—¿Tienes muda de recambio? ¿Nada de piojos?
—He pasado por el centro de desinfección y no tengo recambio. ¿Nos movemos a alguna parte?
—¿No tienes una camisa algo más nueva? ¿Corbata?
—Nada, no he traído nada de Moscú, ni de Washington.
—Si hubieras venido de Washington, colaría, pero como has venido de Moscú… el portero del local no va a dejar que…
—¿A quién?
—A nosotros. Mejor dicho, a ti, yo llevo corbata.
—¿Quieres decir que nos va a echar? ¿Qué es, miembro del Sóviet de los Diputados?
—Para nada —respondió Vorontsov mientras sacaba de una maleta escondida debajo de la cama una camisa muy almidonada—, no le tiene mucho cariño a ese Sóviet, aunque podría decirse que es un trabajador. Los que se han consagrado al servilismo también tienen sus parias y patricios, sus esclavos y aves de rapiña. Y hace mucho que comprendieron que la riqueza y la independencia solo pueden alcanzarse por medio de una autohumillación sofisticada, especial. Odia a los clientes, los odia muy en serio, aunque es todo sonrisas, respeto y dulzura y ofrece dosis de trato familiar. Creo que los lacayos moscovitas tenían fichas con nuestros nombres… hasta la revolución. Y cuando pidieron la cuenta, pues no había quién les pagara, y por eso sacaron los ojos a los potros… Con un hacha…
Nikándrov se quedó mirando fijamente a Vorontsov, pero su rostro era impenetrable.
—La industria local de humillación lacayuna es asombrosa —continuaba Vorontsov—. Ofrece ocho horas de esclavitud y dieciséis de una misteriosa libertad, potente. Los lacayos empezarán pronto a crear sus propios clubs, créeme. Bueno, pues que les vaya bien. ¿Una más para el camino? La corbata no es del mismo tono, ya me perdonarás, solo tengo dos.
—¿En serio no te llevaste nada de casa, Víktor?
—Unos cien mil en diamantes…
—¿Bebiste mucho?
—Lenia, he prestado ayuda. Al principio a Antón Iványch Denikin, después me fui a Omsk, le entregué todo al almirante… ¿Recuerdas al corneta Ratomski? Murió de hambre en Shanghái, y había una vacante, de lacayo en un club inglés. No fue. Siempre había considerado que sus antepasados no eran de sangre muy pura, su soberbia era excesiva… Porque yo sí me habría humillado y habría ahorrado dinero en el club para el viaje a Europa… Su señoría, haga el favor, por aquí…
—Por ti, Víktor —dijo Nikándrov alzando el vaso y sintiendo que, por tercera vez en el día, no podía contener las lágrimas—. Por tu corazón y tu valentía.
—Está bien, Lenia… Está bien… Todo lo que pasó… ha sido útil. Hombre escaldado…
Ya en la calle, mientras avanzaban entre el precavido crepúsculo primaveral, tardío, con el presentimiento alarmante del mar, con el agua lila del primer deshielo junto a la orilla, cortado por el relieve marcado de los tejados oscuros, Nikándrov preguntó por fin:
—¿De verdad que no pudo ayudarte ninguno de los nuestros?
Vorontsov no respondió, se limitó a esbozar una sonrisa amarga.
—Recuerda el camino, Lenia —dijo por fin—, te toca volver solo, yo tengo una cita de trabajo hoy por la noche.
—¿No te molestaré?
—No, no llevo a nadie a casa…
—¿Te avergüenzas de tu cueva?
—¡Qué dices…! No soy un mercader, ni mucho menos… No, la persona vive en el centro y le resulta más fácil acercarse hasta aquí. Lenia, dime, como cuando de pequeño te confesabas a un viejo bondadoso, ¿en casa es igual de terrible que antes? ¿Como en el dieciocho?
—Para mí que es peor. Han llevado al aldeano a la extenuación total. Nuestra aldea les da igual… Ellos quieren al proletariado urbano… Resulta que han decidido destruir el sistema campesino, hacer que los aldeanos se marchen a la ciudad, que se conviertan en fuerza trabajadora gratuita para construir fábricas: según su esquema, sin fábricas no habrá felicidad ni en la vida ni en la revolución mundial. Un esquema cruel, y en ese esquema nosotros solo somos componentes inanimados, llamémoslo así, elementos transferibles de la sociedad…
revel, para román.
Es imprescindible averiguar cuál de los colaboradores de nuestra embajada tiene contacto con gente de las representaciones extranjeras acreditadas en Estonia. Por cuanto los informes proporcionados por nuestra fuente están sujetos a comprobación, le pedimos que mantenga excepcional cautela y tacto.
Boki
___________
15 Durante el levantamiento de los decembristas en 1825. (N. de la T.)
LA DISTRIBUCIÓN DE FUERZAS
Päts, jefe del Estado estonio, salió rápidamente al encuentro de Litvínov por una alfombra gruesa que disimulaba el sonido de los pasos.
Al principio no había alfombra y había que salir al encuentro de los embajadores atravesando una sala enorme, cuyo parqué se expresaba de una forma especial, resonante a más no poder, y al presidente lo alteraba ese estruendo soldadesco cuyo eco resonante golpeteaba por toda la sala, aunque él intentara que sus pasos fueran suaves, de puntillas.
—Buenas tardes, señor presidente…
—Buenas tardes, disculpe que le haya hecho esperar… Päts hizo una pausa creyendo que Litvínov respondería lo obligado en este caso, algo tipo «comprendo lo ocupado que está», pero el embajador no respondió nada, la pausa se alargaba y el presidente, extendiendo el brazo izquierdo, indicó dos sillones junto a la chimenea:
—Por favor.
—Gracias.
Como si fuera a embestir, Litvínov bajó la cabeza —en ese momento al presidente le pareció que era enorme, más grande que el cuerpo del embajador—, adelantó un poco el cuerpo y empezó a hablar:
—A pesar de nuestras repetidas peticiones, la policía estonia no ha dado ningún paso en contra de los grupos de delincuentes que, con base en Revel, realizan incursiones en ciudades y poblaciones ubicadas en nuestra república, donde se dedican a saquear, asesinar y violar.
—Por favor, hechos, señor embajador. La falta de pruebas en una cuestión así puede ser interpretada simplemente como un intento de injerencia en nuestros asuntos internos.
—Creo que, si empezamos a citar hechos, el cuadro puede ser justo el inverso. No somos nosotros quienes injerimos, sino que en nuestros asuntos internos hay injerencias: desde el territorio de Estonia se trasladan a Rusia grupos de delincuentes, aquí encuentran protección.
—Me veo obligado a repetirme: la base para debatir esta cuestión solo pueden ser hechos rigurosamente documentados.
Litvínov extrajo del bolsillo de la chaqueta varias hojitas de papel. Las fue sacando despacio, torpemente, y lo hizo de forma calculada y alegre: el presidente nunca habría pensado que traería un documento oficial en el bolsillo en lugar de en una carpeta. El embajador se permitía gastar bromas, a veces tenían su riesgo, pero siempre eran precisas y ganadoras.
Antes —tanto deportado como emigrado—, Litvínov tenía una remota idea sobre la diplomacia. Esta idea es imposible de cambiar hasta que una persona no se convierte ella misma en diplomático. Solo entonces comprende que la diplomacia es una de las variantes del comercio internacional y que es, a su vez, parecida al comercio común y corriente, aunque en los momentos de mayor peligro para el mundo recuerde al comercio de los bazares, donde vence el más tranquilo, fuerte y, obligatoriamente, honrado: la mercancía mala te pringa los morros y te difama por mucho tiempo, no es tan fácil recuperarse…
Litvínov había aprendido mucho de Chicherin, Krasin y Vorovski.
El estilo de estos hombres era magnífico: tirando a seco, sin emoción alguna, las cartas sobre la mesa, el trabajo es el trabajo, nada de bullicio y un elevado sentimiento de autoestima; no estaban representando a cualquier potencia, sino a la primera socialista en el mundo.
Una vez Litvínov le dijo al vicecomisario Karaján:
—Estoy convencido de que tarde o temprano llegaremos a resolver un problema importantísimo —todavía no nos hemos acercado, y cómo acercarse a él es la cuestión de las cuestiones, porque puede liarse pero bien—, me refiero al problema de extirpar de la conciencia de la intelectualidad rusa ese sentimiento que tiene de ser de segunda categoría.
—¿Cómo? —Karaján no lo había comprendido—. Eso nos devuelve al chovinismo de las grandes potencias.
—Ni mucho menos —replicó Litvínov—, de devolvernos a algo, sería al orgullo nacional de la Gran Rus. Adoro a Byron, ¡pero Rusia ha dado al mundo a Pushkin! ¿Maupassant? Admirable, ¡pero nosotros tenemos a Chéjov! ¿Flaubert, Zola, Dickens? Cierto, sin ellos el mundo no sería mundo. Pero ¿y sin Tolstói, Dostoievski, Turguénev, Schedrín o Lérmontov? ¿Verdi? Bien, ¿y Chaikovski, Rimski-Kórsakov, Músorgski…? ¿Cómo vivir sin ellos?
—¿Se ha dado cuenta —se sonrió Karaján— de que nuestra revolución ha despertado tanto en mí, armenio, como en usted, judío, el sublime sentimiento del patriotismo de la Gran Rus socialista?
—Sí —Litvínov estuvo de acuerdo—, y por eso durante las conversaciones no es conveniente poner los pies encima de la mesa, pero sí se debe recordar siempre que vivimos bajo el techo de la gran cultura rusa y que es posible que en el mundo no haya cultura más poderosa… Aunque luego a cualquier sueco u holandés le estrechamos la mano y le sonreímos solo porque incluso en su propia casa se comporta con educación, como si fuera extranjero.
… Habiendo sacado del bolsillo las hojitas de papel, Litvínov las estiró sobre las rodillas y empezó a leer tranquilamente:
—El 5, el 12, el 13, el 16 y el 23 de febrero de 1921 se re alizaron doce intentos de violación de las fronteras estatales, además durante el intercambio de disparos que tuvo lugar el 23 de febrero fueron heridos dos soldados fronterizos soviéticos y uno estonio. Durante un tiroteo el 2 de marzo murió un oficial blanco, el capitán ayudante Piotr Vasílievich von Bromberg. En el muerto se descubrió una importante cantidad de dinero y un paquete de documentos soviéticos falsos. Von Bromberg residía en Revel con el líder de los delincuentes monárquicos blancos, el conde Vorontsov. El 14 de febrero del presente año la embajada de la República Soviética notificó a los órganos correspondientes estonios dónde residen y dónde se reúnen los representantes de los grupos de delincuentes emigrados…
Litvínov siguió leyendo un documento que nadie podía refutar, y el presidente, escuchándolo, pensaba triste y serio: «Nuestra única culpa es ser un país pequeño. ¡Qué trágico es el papel de los países pequeños en este gran mundo! ¿A quién echar la culpa de que Dios nos instalara en esta tierra pedregosa, bella, estéril pero tan querida?».
Cuando Litvínov hubo terminado de leer el documento, el presidente se encendió un cigarrillo y se quedó un minuto inmóvil, con los párpados caídos…
—Daré instrucciones para que lo arreglen.
—El ministro de Asuntos Exteriores ha dado instrucciones tres veces, sin embargo los bandidos siguen viviendo y reuniéndose tranquilamente en Revel, y bien sabemos nosotros dónde se reúnen y de qué hablan cuando se reúnen.
—Nosotros no vivimos según sus leyes, señor embajador. La policía necesita pruebas irrefutables… De lo contrario no podemos dar contra la parte violenta de la emigración rusa los pasos que ustedes sugieren…
—Mi gobierno me ha autorizado a hacerles saber que no está dispuesto a tolerar más acometidas de este tipo realizadas desde el territorio de un Estado con el que mantenemos relaciones diplomáticas.
—Pero espero que entienda las dificultades a las que nos enfrentamos. Usted, personalmente usted, al vivir aquí…
—No acostumbro a separar mi opinión de la opinión de mi gobierno, señor presidente.
—¿Qué quiere que hagamos, que implantemos una Checa para aislar a la emigración rusa?
—No estoy autorizado a darle consejos. Podría considerarse como una injerencia en sus asuntos. Pero quisiera que los respetables señores a los que usted encargue este asunto presten la debida atención al hecho de que el Gobierno de la República Soviética no está dispuesto a tolerar más actos de este tipo por parte de grupos de delincuentes rusos que cuentan con la tolerancia de las autoridades estonias…
—Comprendo sus palabras…
—No son mis palabras, señor presidente —lo corrigió Litvínov con rudeza.
—¿Su gobierno nos amenaza con una intervención?
—Nosotros no amenazamos a nadie. Matan a nuestros guardias, pisotean nuestras fronteras, la prensa local realiza acusaciones sin precedentes a mi país y a sus líderes: ¡toda paciencia tiene un límite y esto conlleva acciones!
—Pero yo no puedo promulgar una orden para detener a todos esos rusos, señor embajador. ¡Póngase en mi lugar! ¡Mi pueblo no me entendería!
—Y a mi gobierno no lo entenderá mi pueblo si en el futuro continúan excesos similares en la frontera.
—No puedo por menos que señalar que su posición, señor embajador, es irracionalmente cruel.
—¿Usted habla de crueldad en mi gobierno? ¿De ese que le dio la libertad y la independencia? ¿Del que intervino en contra del colonialismo del zar? ¿Del que le garantiza libertad y seguridad frente a la invasión alemana? La libertad que no se ha conquistado, sino que se ha recibido de otras manos, hay que saber utilizarla con respeto y buena orientación, señor presidente.
—¿Se refiere usted a una buena orientación geográfica forzada? —sonrió con amargura el presidente.
—La buena orientación geográfica, étnica e histórica nunca puede ser forzada; siempre ha sido lo sensato en este mundo tan claramente delimitado por sí solo —respondió Litvínov y le entregó a Päts una nota del Narkom de Asuntos Exteriores.
Hemos tenido conocimiento de que opositores al Gobierno soviético ruso, que en su lucha contra él no renuncian al crimen y a las medidas provocadoras más repugnantes, están preparando en Letonia atentados contra los miembros del Gobierno letón, contra representantes extranjeros y contra miembros de las misiones extranjeras. Al mismo tiempo que los atentados, se propone la publicación de proclamas falsas en nombre del Partido Comunista para declarar que los atentados son la respuesta a la represión de comunistas. Unido a esto, se propone empezar una campaña en la prensa culpando al Gobierno soviético ruso de aparecer como los impulsores de estos atentados. De este modo se cuenta con crear la atmósfera adecuada para promover acciones bélicas por parte de potencias extranjeras contra la Rusia soviética. Es probable que métodos similares a estos vayan a emplearse en otros estados… De entre los emigrados rusos los círculos monárquicos son participantes directos. Con relación a estas noticias, a los representantes plenipotenciarios rusos en Letonia y en otros estados vecinos se les ha encomendado que prevengan a sus gobiernos de estos planes criminales.
… Una vez se hubo marchado Litvínov, el jefe del gobierno ordenó a su secretario que pidiera al embajador británico que viniera urgentemente.
Toda ley es casual en la misma medida en que cualquier caso está sujeto a las leyes. El entrelazamiento de los intereses de las potencias, de los consorcios y partidos, si se examinan a distancia, da muestras de ser un cuadro intachable y claro desde un punto de vista lógico. Sin embargo, si se personificara la historia, se encontrarían tales circunstancias larvadas que pareciera que son contrarias al sentido común. En un primer plano, en esta situación pueden dejarse ver las simpatías y las antipatías personales, las manifestaciones de la edad; tal o cual cambio en la historia estará determinada no tanto por la marcha del desarrollo objetivo de la sociedad, cuanto por la diferencia de temperamento de los líderes oponentes; la cosa más nimia puede acabar siendo un factor determinante —incluso un constipado, cuando una persona está irritable por tener la nariz goteando y el pañuelo húmedo, y encima sonarse continuamente en presencia de las demás contrapartes (sobre todo si hablamos de conversaciones internacionales), no es conveniente, además, Dios ayude a quien se atreva—, el menoscabo y la inmovilización en un líder es a veces la doctrina realmente más peligrosa que este puede poner en práctica, por mucho que a primera vista esta doctrina no sea inflexible ni intransigente.
… La mujer del chófer del embajador británico, pequeña, todavía bonita, pero que ya había empezado a marchitarse, le había montado una escena de celos a su marido, Kurt, quien había obtenido el puesto en la embajada con enorme esfuerzo y ahora intentaba por todos los medios tener fama de trabajador aplicado y devoto. Los celos gratuitos, los gritos de su mujer, el interés de sus vecinos de casa, todo esto sacaba a Kurt de sus casillas: lo que más temía era que en la embajada se enteraran de sus escándalos domésticos.
—Si trabajo día y noche es por la familia —gritaba él—, ¡quiero que los niños y tú estéis cubiertos! No tengo tiempo para dormir contigo, ¡y mucho menos con otra! Estoy cansado, ¿lo entiendes? ¡Cansado!
—¡No te atrevas a hacerme reproches! —respondía su mujer—. ¡Yo no los hago por lavar tu ropa y prepararte la comida!
En una palabra, cuando Kurt llevaba a la mujer del embajador desde un anticuario donde esta había comprado un servicio único del siglo XVII, de repente salió una carreta desde una travesía y Kurt, normalmente calmado y calculador, inquieto ahora por la escena en casa, se agarró con tal fuerza al freno que el paquete con el servicio se cayó y se rompieron tres tazas. La esposa del embajador se limitó a hacer una observación contenida, claro —no hay que perder la dignidad delante del chófer—, pero con su marido se comportó de una forma bien distinta: si hay que plegarse incluso ante los más allegados, ¿cómo vivir?
—Podrías solicitar un chófer de Londres —decía nerviosa—, esos animales no están en condiciones de conducir un automóvil, ¡deberían ir en vacas!
—Pero ya sabes, querida —respondió el embajador—, que el presupuesto remitido por el ministerio se ha reducido al mínimo. Mi camarero también es estonio y bien que me gustaría a mí ver en su lugar a nuestro Howard de Liverpool…
—Puedes contratar un chófer británico y pagarle con nuestro dinero…
—Entonces, querida, no podría comprar servicios de Sajonia ni ir cada año a Cannes.
—No es nada caballeroso, querido, echarme en cara los viajes a Cannes…
—Querida, estás confundiendo el concepto de reproche con la constatación de un hecho.
—Lo que acabas de decir es inmoral. No voy a permitirme hacer un reproche: tus antepasados escoceses estaban más interesados en el comercio del vodka de cebada que en su futuro…
Sin perder tiempo —como le habían pedido—, el embajador llegó a ver al presidente, todavía sin haberse tranquilizado, continuando interiormente el mordaz diálogo con su mujer, quien era tan fría y cruel que se había permitido reprocharle sus orígenes escoceses.
El presidente informó al embajador de Su Majestad de la conversación con el ruso y preguntó:
—¿Podemos contar con una diligencia rápida y efectiva por parte de Londres?
—No puedo darle una respuesta, señor presidente, sin consultarlo con el gobierno de Su Majestad.
—En este momento me interesa su punto de vista.
—Pero en Londres yo no vivo en Downing Street —respondió el embajador, y comprendió al momento que no había hablado al presidente como debía, y comprendió que había hablado así por el enfado con su mujer, lo que lo hirió aún más, pues fue consciente de que adolecía de una falta inaceptable en un diplomático: la emocionalidad, y, por eso, intentando suavizar de alguna manera su imperdonable brusquedad, dijo—: Enviaré inmediatamente a Londres un telegrama con sus recomendaciones.
El jefe del gobierno no podía estar al tanto, naturalmente, de las desagradables declaraciones que acababa de haber en casa del embajador de Su Majestad. Pero sí de que a Londres habían llegado varios funcionarios bolcheviques rusos de alto rango que estaban manteniendo conversaciones con representantes de círculos de negocios serios. Y el presidente presuponía que en Londres se apuntaba a un giro definitivo para suavizar las relaciones con los rojos. Por eso, cuando se hubo despedido del embajador, invitó al ministro de Asuntos Exteriores Karl Einbund y le propuso que detuviera ya mismo a varios emigrantes rusos: esta acción le ofrecía la posibilidad —aunque solo en el futuro más cercano— de parar los posibles ataques del Narkom de Asuntos Exteriores, alegando que había un grupo de emigrantes detenidos y que había una investigación en marcha, de cuyos resultados serían informados todas las partes interesadas. Al presidente le gustó mucho: «todas las partes interesadas». Era expresivo, pero daba motivos para una doble interpretación, y en política eso solo puede ser un premio: cuando uno u otro párrafo, en ocasiones una palabra, ofrece la posibilidad de diferentes interpretaciones, y cualquier interpretación presupone una conversación sentados a la mesa, y no intercambios de tiros desde las trincheras.
ESA NOCHE EN REVEL
—Señor Nikándrov, permítame que lo felicite por su interesante y trágica ponencia sobre la situación en nuestra patria — dijo Yevgueni Andréievich Krasnitski, un viejo amigo de Vorontsov, de su época en el ejército—, ojalá se incorpore cuanto antes a nuestra causa común, lo acogeremos de corazón.
Con él habían llegado otras tres personas; estos eran callados, lo único que hacían era beber con todos cada vez que Vorontsov o Krasnitski proponían un brindis. Jan Rastenburg había traído a dos jovencitos: a uno se lo veía pulcro, bien alimentado, color crema, era el traductor y poeta Iván Heinasmaa; mientras que el segundo, sin peinar, era Jüri Lõpse, un popular poeta y actor. Al principio los poetas no dijeron ni mu, se concentraron con fuerza en el vodka y en los panecillos con comida, y de vez en cuando observaban la sala: por lo visto, esperaban a Jürla para empezar su partida en presencia del periodista.
El bar estaba lleno de humo y de ruido, el ambiente era alegre. Aquí se reunía gente de diferentes tribus, extraña: marineros y especuladores, pero también la bohemia y, a veces, sujetos cercanos a los círculos gubernamentales y diplomáticos, a los que casi era imposible comprender. Puede que alguno de ellos mañana esté sentado dirigiendo un departamento o puede que vengan siguiéndolo agentes secretos de la policía que seleccionan las últimas migajas de pruebas para, a la mañana siguiente, tras llamar bajito a la puerta, llevárselo a la cárcel o allá, a una isla o más lejos todavía.
Vorontsov miraba a Nikándrov con pasión. Admiraba su talento analítico, ligeramente frío, y, además, a ese hombre estaban ligados sus recuerdos más queridos: la caza, las discusiones a la hora del té vespertino en Sosnovka sobre los destinos del mundo, sobre la historia de Rusia, y las carreras de caballos… En una palabra, todo lo que se había ido para, a todas luces, no volver.
Nikándrov, quien al principio se había sentido cohibido —los años de la revolución habían dejado huella: el autocontrol, el miedo a la denuncia de algún vecino que hubiera podido escuchar alguna palabra imprudente que se le hubiera podido escapar—, ahora estaba desatado e incluso se comportaba con cierto descaro: estaba sentado con las piernas cruzadas con demasiado descuido y soltaba ocurrencias que alguna que otra vez se pasaban de bastas. Vorontsov lo comprendía: creía que estaba provocado por un sentimiento de liberación interior que, en la mayoría de los casos, era incontrolable.
Jürla no llegó solo: con él estaba Lahme, el secretario de la redacción del Postimees, que estaba con la perdidamente bonita, y al parecer un pelín borracha, Lida Bossey, una actriz de varietés en Villa Mon Repos. Era popular en Revel: su voz era algo ronca, baja, y cantaba unas canciones extrañas, una curiosa mezcla de francesas y gitanas; al principio resultaba divertido y curioso, después los escalofríos le recorrían a uno la piel. Decían de ella que cada noche sacaba grandes cantidades de dinero de capitanes y de viejos industriales; esto le daba la posibilidad de ser completamente independiente y no pertenecer a un único protector.
Al ver a Lida, Nikándrov se recolocó, su cara se volvió aún más expresiva, se dibujaron con mayor claridad las arrugas de tristeza que rodeaban su boca. Lida se sentó cerca de él; olía a perfume ligeramente amargo, y él empezó a sentir inquietud y dicha.
El melenudo y despeinado Jüri Lõpse, tras esperar a que todos intercambiaran apretones de manos y saludos ruidosos y bebieran, preguntó:
—Señor Nikándrov, ¿en dónde ve usted el deber de un literato?
—La tarea de un literato es la literatura.
—Puedo leerle unos aforismos de La Rochefoucauld — fue la respuesta brusca de Lõpse—, me interesa su interpretación.
—Me da un poco de vergüenza responder a unas preguntas tan grandilocuentes —respondió Nikándrov encendiéndose un cigarrillo—. Por lo demás, intentaré responder… Schedrín escribió a su hijo…
—¿Quién es ese tal Schedrín? —lo interrumpió Lõpse.
—Un escritor ruso de talento genial, el gran escritor nacional. Para nosotros es como Confucio para China, como Rabelais para Francia… Resulta que escribió a su hijo que en el mundo no hay misión más honrada que la del escritor ruso… Aun admirando a Schedrín, me veo obligado a rebatirlo. ¿Quién y por qué marcó al escritor de entre toda la gente con el signo del intercesor y del buen juez? ¿Por qué un elegido cualquiera debe ser el intercesor? ¿Y si el pueblo no quiere que intercedan por él? Además, ¿qué es eso de «pueblo»? La inmensidad del concepto siempre ha permitido la aparición de tiranos, cuya lógica es concreta y limitada. ¿Por qué hemos de dividir el mundo en pasivo —el pueblo, que guarda completo silencio— y activo, el escritor que está llamado a dar la voz de alarma? ¿Y si de repente un ambicioso destruye lo ya establecido dando la voz de alarma? Pero ¿qué propone a cambio? Los derrumbes son embriagadores, recuerden los juegos de los niños, así que cómo será con las construcciones.
—Entonces, en su opinión —se sorprendió Lõpse—, ¿no debe llamarse a la gente a combatir la pobreza y la desigualdad?
—En Rusia puede contar usted un millón de ejemplos de lo que ocurrió después de que empezara el llamamiento general por la igualdad…
—Aunque al principio haya un coste, es una idea que seduce a la gente.
—¿Y usted no es bolchevique, Lõpse? –preguntó Krasnitski.
—No lo asuste —pidió Lida Bossey—, no hay ninguna necesidad. Todos deben decir lo que piensan.
—Si este consejo suyo se tomara como la base del bolchevismo —Nikándrov se volvió hacia Lida—, yo me afiliaría a su partido…
—En el partido se dice todo lo se que quiere —Lõpse no cejaba—, todo el rato están discutiendo entre ellos.
—Entre ellos es posible —respondió Nikándrov—, pero conmigo no discutieron. Y con usted tampoco lo harán, lo pondrán de cara a la pared y punto.
—Quizá tengan razón: al menos hacen algo, al menos creen en algo, usted prefiere mantenerse a un lado…
—Se está pasando, Lõpse —intervino de nuevo Krasnitski—, el señor Nikándrov ha realizado un acto de gran valor ciudadano, ha huido de la esclavitud, ha abandonado lo más valioso que puede tener un hombre: su patria.
—¿Y por qué abandonarla? ¿No le gusta lo que ocurre en su patria? ¡Combátalo! Huir siempre es más fácil.
—¿Sabe? —Nikándrov empezó a hablar despacio al ver la cara pálida de Vorontsov—, hay algo de razón en lo que dice. Cierto que está juzgando desde fuera, pues para usted Rusia es un concepto abstracto… Pero para nosotros es nuestra patria. Allí se han quedado amigos… en la tierra… A unos los fusilaron, otros murieron de hambre y hubo quien se metió una bala en la frente. ¿Combatir con un pueblo que, al creer, construye el horror y el caos? ¿Puede admitirlo el escritor? ¿Es posible que en este caso una retirada pasiva sea más honrada? Podría escribir proclamas, halagarme con la esperanza de que la juventud me escuche. Pero ¿le corresponde a un escritor hacer que aumenten la sangre y las hostilidades? Quizá ahora sea más importante otra cosa: apartado, desde fuera, observar el proceso y sentirse preparado para regresar en cualquier momento, cuando —no el pueblo, no—, cuando aquellos que intentan gobernar al pueblo comprendan que no pueden hacer nada de nada sin los intelectuales rusos, que estos, los intelectuales, han soportado sobre sus espaldas toda la carga de la lucha contra la administración obtusa, que estos, los intelectuales, también estuvieron con el pueblo y que llevaron el conocimiento a los rincones más apartados, y que marcharon al presidio y a los trabajos forzados con la cabeza bien alta, y que estos mismos presidiarios —hijos de generales, de banqueros y altos funcionarios— podrían haber malgastado el tiempo en sus haciendas y en paseos por Niza; bueno, pues cuando los gobernantes comprendan todo esto, entonces habrá que regresar a casa. Pero ahora, qué se le va a hacer… Estoy a favor del «joven-inexperto», pero en contra del «joven-sangriento»…
—Es lo que le agrada a la historia: lo joven siempre ha vencido a lo viejo. Y manifestarse en contra de que los hijos de los trabajadores y de los campesinos se conviertan en dueños de los salones universitarios y de las bibliotecas imperiales es indigno de un literato.
—Es difícil llevarle la contraria. Se vale de conceptos elevados, pero yo conozco la verdad oscura, bárbara…
—¿Y ha intentado ayudar a su pueblo a acercarse a conceptos elevados actuando en contra del barbarismo?
—No soy yo quien debe imponer algo al régimen, sino que el régimen está obligado a acudir a mí y a mis semejantes en busca de ayuda cuando siente que no puede seguir conteniendo los elementos bárbaros… Y el Sóviet de los Diputados acudirá a nosotros. Pronto. Muy pronto…
Jürla, que al principio escuchaba a Nikándrov con escepticismo, preguntó:
—Me dan miedo los profetas, pero, como toda la gente débil, creo en ellos. Cuando usted dice que los actuales gobernantes de Rusia comprenderán su papel en la vida del país, ¿se apoya en hechos?
—Me apoyo en hechos…
—Huy, eso es lo que más me interesa a mí, al periodista.
¿Y cuáles en concreto?
—¡Dios, hay multitud de hechos! Y no hace falta ir muy lejos: hoy en el tren venía un comisario, pues bien, quería largarse, imagino que quedarse aquí, en Revel.
Vorontsov se levantó escopetado, alzó la copa:
—¿Por qué nos alejamos de nuestro tema? El escritor y el poder, la musa y el revólver, la libertad y los sótanos de la Checa. Si os digo la verdad, no merece la pena desmenuzar lo elevado… Propongo que bebamos por los que se han quedado allí, en casa…
En cuanto hubieron bebido, Jürla sacó un cuadernito del bolsillo y preguntó a Nikándrov:
—¿No recuerda el apellido del comisario? Quizá quiera ser usted quien escriba sobre él, no pagamos mal por una información tan sonada.
—Verá, todavía no he aprendido a anotar datos.
—En ese caso, me siento honrado de saludarlo —dijo Jürla.
Vorontsov alcanzó a Jürla en el guardarropa:
—Karl Ennovich, no escriba sobre el comisario.
—Entonces no tengo nada sobre lo que escribir. Ya conoce usted a nuestros lectores: no aguantan el diálogo filosófico de esos gigantes.
—Es preferible que no escriba nada a que toque ese tema… —¿Así que es verdad? ¿Existe ese comisario? Averiguaré en la policía quién ha venido hoy de Moscú, lo averiguaré…
—Karl Ennovich, le pediría que no tocara ese tema…
—¿Y eso, es que el comisario es suyo? —Jürla le guiñó un ojo mientras se ponía el abrigo.
—Señor Jürla, le pido que no toque ese tema.
—Conspiraciones, siempre conspiraciones… Ya estamos hartos de sus conspiraciones, conde, son peor que un rábano amargo. Es hora de que se dediquen a asuntos serios.
—¿Puede darme su palabra, señor Jürla?
Jürla había resuelto no escribir sobre el comisario y tampoco sobre Nikándrov, no le parecía muy interesante, pero ahora al antiguo cajista al que tanto le había costado hacerse un nombre le agradó observar al conde Vorontsov que, cubierto de manchas rojas, le suplicaba humillado y manso a él, al hijo de un carpintero petersburgués.
—No lo sé, señor Vorontsov, no lo sé… La libertad de expresión está garantizada por nuestra constitución. —Se hacía de rogar—. No lo sé…
Y esto decidió su destino.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.