Kitabı oku: «Bajo el cielo de noviembre»
BAJO EL CIELO
DE NOVIEMBRE

BAJO EL CIELO DE NOVIEMBRE
© Zaira J. Gullón
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico de La Calle
Iª edición
© Editorial La Calle, 2022.
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artística o científica.
ISBN: 978-84-16164-79-0
ZAIRA J. GULLÓN

BAJO EL CIELO
DE NOVIEMBRE

Editorial La Calle
ANTEQUERA 2022
Entre las cosas hay una de la que no se arrepiente
nadie en la tierra. Esa cosa es haber sido valiente.
Jorge Luis Borges
Índice
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Agradecimientos
Sobre La Autora
PRÓLOGO

Suena la alarma del móvil y pierdo la cuenta de las veces que lo ha hecho. Siempre que me encuentro inmersa en un estado productivo de creatividad hay algo que lo interrumpe y, en este caso, es la quedada de los jueves a las ocho en el Strambotic con mis amigos. Debería saltármela y continuar escribiendo si quiero finalizar la novela que empecé hace ya años. Hacer algo bien por una vez en la vida, pero igual… Igual me viene bien una cerveza fresquita y ver la sonrisa de Aura. «¿Qué coño estoy diciendo?», me recrimino ante unos pensamientos que cada vez vienen a mí con más frecuencia.
Desde que Raquel se fue a vivir a Londres hace ya seis meses, dejándome a mí y a nuestra relación en un limbo extraño, los pensamientos acerca de Aura vienen a mi mente en borbotones incontrolables y me dejan contrariada y con una lucha continua que me desgasta por momentos.
«Vale, tienes que olvidarte del tema. No puede ser. Es imposible y lo sabes», me digo a modo de mantra para mantenerme fuerte y no pensar más de la cuenta.
Por fin encuentro el móvil, cojo las llaves y la chaqueta y me dispongo a salir y «¡bingo!». No había otro momento. Tan oportuna como siempre, Raquel, mi actual pareja. La mujer que hace seis meses se fue a Londres a trabajar tras aceptar un papel en una serie de la que ni siquiera me habló hasta que no estaba haciendo las maletas para irse. Con pocas ganas acepto la videollamada. Siento que de alguna forma se lo debo.
—¡Cariño, pero qué guapa estás! ¡Cuánto te he echado de menos!
—¡Hola, preciosa! Si hablamos ayer… —le digo, tratando de sonar lo más convincente posible.
Está guapa, de eso no hay duda, y se la ve feliz, pero lo cierto es que ahora mismo preferiría estar de camino a esa cerveza bien fresquita que me espera con mis amigos. Aun así, me quedo poniendo la mejor de mis sonrisas y haciendo alarde de mis pésimos recursos como actriz para hacer que todo resulte normal. Me siento como una mierda, quiero decirle que esto no es lo que quiero, que me falta algo y que cuando las cosas hay que forzarlas es un claro síntoma de que algo no anda bien. Creo que ambas lo sabemos y, aun así, por alguna razón, nos conformamos. Pero soy cobarde y me quedo, le sonrío y finjo que todo está de puta madre. Ella sonríe, se la ve feliz y yo vivo sumida en este estado de conformidad que cada día me asfixia más. Han pasado seis meses desde que se fue, desde que me mintió, o como prefiere decir ella, me evitó información para no tomar decisiones equivocadas basadas en mi opinión. Yo lo llamo ser egoísta. Sin más. Dijo que sería algo pasajero, que sería un par de meses los que estaría fuera y ya va camino de los seis y sumando. En el fondo creo que no me importa. Creo que la distancia puede ser una fiel aliada para terminar dejando esta relación que hace tiempo dejó de tener sentido.
«¿Cómo demonios he dejado que la situación llegue hasta este punto?».
Veo cómo sus labios se mueven mientras me está contando algo acerca de sus compañeros y los proyectos que lleva entre manos. Muy lejos de todo, me encuentro pensando que no puedo culparla, en el fondo sé que la responsable soy yo.
«¿En qué momento decidí conformarme?».
—Y entonces, ¿qué opinas, cariño? —Su voz me llega como un eco lejano.
—¡Genial, sí! Me alegro mucho por ti —le digo con la esperanza de que mi respuesta pueda encajar en algo de todo lo que me ha contado, aunque por su cara de pocos amigos sé que se ha dado cuenta de que no le he estado prestando atención.
Lo cierto es que no tengo ni idea de cómo he llegado a este punto. Igual tiene razón Salva y tengo alguna que otra tara emocional que es imposible solucionar. Aunque siendo honesta, creo que mi problema tiene mucho más que ver con el miedo a asumir riesgos y tomar las cosas que quiero de verdad, al menos, es lo que mi terapeuta Rosa dice, cosa que me alivia en cierto modo ya que, según ella, no soy un caso perdido como en el fondo me siento.
—Mira Laia, creo que no te pido mucho cuando solo pretendo que me prestes atención veinte minutos al día, que es lo que tenemos para vernos.
«Vale, ¿de dónde ha venido eso?», me digo a mí misma.
—Tienes razón. No me pides mucho, aunque menos te pedí yo cuando te supliqué que, por favor, fueras sincera y no me mintieses. Quizás, si hubieses tenido el pequeño detalle de decirme que te ibas a trabajar a Londres, no tendríamos ahora este problema de tener solo veinte minutos al día cuando tú decides para poder hablar.
Para colmo, por si fuera poca la tensión ya del momento, Salva no para de enviarme WhatsApp preguntándome que dónde narices estoy. ¿No entiende que si no contesto es porque no puedo? A veces este hombre tiene la sensibilidad en el culo.
—¡Eres una puta egoísta! —me suelta Raquel, llena de rabia.
«Hasta aquí hemos llegado».
El poco autocontrol que me quedaba se va a la mierda con este ataque.
—¿Que yo soy una egoísta? —exploto—. Aquí la única que mira su puto ombligo sin importar las consecuencias eres tú. Todo tiene que girar en torno a lo que tú quieres. Todo tiene que hacerse como tú quieres y siempre hay que entenderte porque tus razones son las únicas válidas. Te pedí una cosa, una sola cosa, Raquel —cojo aire—: que no me mintieses. Y aun así, y pese a todo, decido quedarme cuando lo que tendría que haber hecho es irme hace tiempo —le suelto del tirón cortando la llamada.
Noto que la rabia me está consumiendo por dentro y va ganando un terreno que no le quiero permitir.
«Vale, ¿qué te diría Rosa en este momento?», me digo tratando de imaginar la cara de mi terapeuta. «Muy bien. Cierra los ojos y respira. Cuenta hasta diez y déjalo salir. Con cada inspiración, deshazte de esa rabia que te atormenta».
El dichoso ejercicio me ha servido en más de una ocasión para no terminar en serios problemas. Sigo contando, y es la cara de Aura la que se aparece dejándome estática y con frustración acumulada. Llego al diez, el número mágico de respiraciones para no terminar mareada y salgo por la puerta.
«Necesito ver a Aura», digo en alto mientras cruzo el portal y Manuel, el vecino del quinto, me mira con cara de no entender nada. Me declaro oficialmente una adicta a su sonrisa. ¡Qué coño, a toda ella! La claridad de esta necesidad y, sobre todo, el hecho de asumir esta verdad absoluta, me deja atontada como cuando estás en la playa tranquilamente tumbada y una pelota te golpea en toda la cara, así me siento ahora mismo.
Sin saber de dónde ha venido el golpe. Me quedo justo en la esquina del Strambotic parada sin saber qué hacer. Empiezo a sudar y los nervios se apoderan de mi estómago. «¿Cuándo ha sido la última vez que he comido?». Seguro que tiene algo que ver con esto que siento. Sabiendo que me estoy mintiendo como una bellaca, decido utilizar una de mis muchas capas y dejar tanta introspección para otro momento.
1

Me adentro en el Strambotic hecha un manojo de nervios bien disimulados. Me dirijo a la barra a saludar a Lola, la dueña del bar. Desde que descubrimos este rincón bohemio, han sido infinitas las horas que hemos pasado entre conciertos y noches de micro abierto tratando de arreglar el mundo.
—¿Lo de siempre, niña? —me dice mientras hace malabares sosteniendo varias copas.
—Qué bien me conoces. —Le guiño el ojo mientras me dirijo a nuestro sitio habitual.
Salva y Laura miran en mi dirección mientras continúan con su conversación. Mi amigo es el primero en dirigirse a mí con una mirada que no termino de entender.
—¡Ey, tú! ¿Todo bien?
—Sí, claro. Todo en su sitio. ¿No lo ves? —Me señalo provocativa mientras doy un fuerte abrazo a Laura.
—¿Y Aura? —pregunto con la esperanza de que esté en el baño y vaya a aparecer en cualquier momento.
—¿No lo sabes? —Me mira con extrañeza—. Resulta que Raúl la llamó en el último minuto para darle una sorpresa de una escapada de fin de semana en la sierra y obviamente aceptó, como bien podrás comprobar —dice con un tono de condescendencia que hace que quiera lanzarle la cerveza que me acaba de traer Lola a la cara.
—Ya veo. Pensé que era importante que hoy precisamente nos reuniésemos todos. Si no recuerdo mal, tenías algo muy importante que decir que no podía esperar —le digo más brusca de lo que pretendía.
—¿Todo bien, Laia? —me vuelve a preguntar Salva.
Le miro. Y por la forma en que lo hago, sabe que es hora de despertar y dejar de seguir preguntando si todo va bien como si fuera un disco rayado.
—Todo en su sitio, Salva. —Apuro de un trago la cerveza en un intento de ahogar mi mala leche.
—Y bien, ¿a qué se debía tanta prisa e insistencia con la reunión de hoy, Laura? —Trato de reconducir la situación a un tema más seguro.
—¡Saludad a la nueva CEO de Bemol Construcciones! —nos dice a voz en grito, lanzando por los aires parte de su cerveza.
Salva y yo nos quedamos pegados al asiento ante la sorpresa hasta que nos lanzamos a ella llenándola de abrazos y besos como si la vida nos fuera en ello.
—¡Esa es mi chica! —grita Salva mientras la abraza como un oso que envuelve a su presa entre sus garras.
—Te juro que es la mejor noticia que he tenido en el día. Sin duda alguna, merecías este puesto más que nadie. —Trato de arrancar a Salva con bastante esfuerzo de sus brazos.
—Gracias por estar aquí, chicos. Por estar siempre. No se me ocurriría mejor celebración que con vosotros. Aunque nos falte Aura —Esperemos que todo sea por una buena causa—, por nosotros, por nuestra familia —dice Laura con una felicidad contagiosa—. Espero que no tengáis planeado nada para esta noche, porque pretendo quemar Madrid. —Apura lo último que le queda en el vaso, dirigiéndose hacia la salida.
Paramos un taxi poniendo dirección rumbo a Chueca. Sin local decidido, comenzamos nuestra habitual peregrinación por los locales de la zona. Va a ser una larga noche, quiere darlo todo y se le nota. La veo feliz como hace tiempo que no estaba y me alegro. Ha estado sometida a demasiado estrés en estos últimos meses tratando de ganarse el respeto del estirado de su padre. Me alegra que por fin se haya dado cuenta del regalo que tiene por hija. Verla tan feliz hoy me hace un poquito menos miserable. Primero, la discusión con Raquel y la absurda relación sin sentido en la que me encuentro; y segundo, la dichosa escapada romántica.
«¿Por qué siempre soy la última en enterarme de las cosas?».
—¿Bajas o pretendes quedarte toda la noche con el señor dando vueltas? —me dice Laura con esos ojos achinados que se le ponen cada vez que bebe más de la cuenta.
Salgo aturdida del taxi y me siento fuera de lugar. «¿Cómo hemos llegado tan rápido?». Me dirijo como un autómata hacia el interior del primer garito. El volumen de la música y la gran cantidad de gente que hay me agobia por un momento. Además, entre tanta multitud, me resulta bastante complicado encontrar a estos dos. «¿Dónde narices se han metido?». Por fin los veo al fondo del local con chupitos de dios sabe qué en las manos, bailando al ritmo de un reggaeton y no precisamente lento. Me declaro una persona agnóstica, pero si existe algo en la vida que pueda ayudarme a aguantar este nivel de música, lo agradeceré y compensaré eternamente. Restando los minutos que puedan quedar de estar en este sitio, me dirijo a la barra con la intención de hacer más llevadero el estado de miseria en el que me encuentro, así que decido empezar fuerte. Un par de chupitos de Jägger marcan el pistoletazo de salida de la noche. Estoy convencida de que Rosa, mi terapeuta, desaprobaría esta alternativa que decido utilizar como vía de escape. Decido sacar a mi terapeuta de mi regañina mental y termino con el primer Jägger sintiendo cómo deja un rastro de fuego a medida que va bajando por mi esófago.
—¡Que comience la noche!
***
Sorprendentemente las horas transcurren más rápido de lo que me imaginaba. El periplo por todos y cada uno de los bares de Chueca termina animándome. Hacía demasiado tiempo que no salíamos sin aparentemente preocupaciones encima. Estar con ellos siempre me llena de energía aunque no puedo evitar sentirme triste porque falta Aura y esto, aunque finja, no es lo mismo sin ella. La euforia inicial que otorga el alcohol termina por dar paso a una tremenda frustración, al pensar en por qué narices continúo manteniendo una relación que ya no me hace feliz y por qué no puedo sacar a Aura de mi cabeza cuando siempre me ha resultado relativamente fácil.
Beberme hasta el agua de los floreros no está teniendo el resultado que esperaba.
***
Laura borracha es un espectáculo digno de ver. No sé en qué momento ha sucedido, pero sin ser consciente de ello, veo que está en medio de un círculo, rodeada por un grupo de personas que la jalean mientras baila sin ninguna clase de vergüenza ni control. No tengo claro si Salva está tratando de ligar o disculpándose por alguna de sus meteduras de pata, teniendo en cuenta la cara de la pobre chica que no sabe dónde meterse; y yo, como buena mujer de barra que soy, observo apoyada con una Mahou en la mano el espectáculo ante mis ojos. Disfruto del panorama mientras veo cómo una rubia de las que hay en el grupo se acerca hasta mi lado.
—¿Disfrutando del espectáculo? —me dice en tono juguetón.
—¿Perdona?
—La chica. Te la estás comiendo con los ojos. ¿Ya le has entrado? ¿O estáis juntas? —Sus gruesos labios me resultan tentadores en la corta distancia que nos separa.
Si mis intuiciones no están demasiado equivocadas, creo que la pregunta tiene que ver más conmigo que con Laura.
—¿Lo preguntas por algo en especial? —Sonrío divertida—. Si quieres, te la puedo presentar.
—Estaría más interesada si te presentas tú. Soy Elena, por cierto —me dice sonriendo.
—Laia. —Le doy dos castos besos—. ¿Te apetece una cerveza?
—Me apeteces más tú —afirma, directa al grano, mientras avanza un poco más hacia mí.
—Vaya, no te andas con rodeos, ¿eh? —Le sonrío mientras detengo su avance—. Mentiría si te dijese que no me apeteces, pero, estoy en una relación, o algo así. Es complicado. —Sonrío ante la grandilocuencia de mis palabras.
—Una lástima, desde luego. —Se lleva la mano dramáticamente al corazón en un gesto que consigue arrancarme una sonrisa—. En ese caso, te acepto esa cerveza que proponías. —Se sitúa a mi lado.
—Así que dime, ¿piensas pasarte toda la noche sin menear ese cuerpazo que tienes? —Me repasa con la mirada de arriba a abajo.
—Exacto. Yo no bailo. Tengo los dos pies izquierdos.
—¡Perfecto! Soy la chica indicada para cambiar eso. —Elena me arrastra hacia la multitud sudorosa que sigue bailando alguna clase de canción latina.
—¡Yo no bailo, soy una fiel mujer de barra! —le digo, gritando como si me estuviesen llevando al matadero.
—Pues entonces, es hora de probar algo distinto. Soy la persona indicada para alejarte del drama. Te prometo que para cuando termine la noche, vas a estar tan sumamente agotada que no te van a quedar fuerzas para seguir lamentándote. —Se aferra fuerte a mi mano arrastrándome entre la gente.
La noche transcurre entre más cervezas de las que puedo recordar, demasiado reggaeton que asimilar y un nuevo grupo de amigos que sabe dios de dónde los ha sacado Laura.
—Déjame tu teléfono, corre —me dice Elena.
—¿Por qué tanta prisa? —Le entrego el teléfono mientras las luces del último local se encienden para dar por finalizada una noche que se me ha terminado haciendo corta.
—Por esto mismo. —Me enseña su nombre grabado en mi agenda—. Para cuando quieras echarte unos bailes. —Continúa con esa sonrisa permanente que parece inagotable.
Salimos del local cual ovejas de un rebaño en busca de nuestros respectivos amigos. Tras unos cuantos codazos y pisotones, logramos salir fuera y encontramos a nuestros respectivos grupos envueltos en una risa floja bastante contagiosa.
—¡Por fin te vemos el pelo, Elenita! Sí que has estado entretenida. ¿Te vienes o te quedas? —le dice un melenudo que supongo que debe de ser de su grupo de amigos.
—Adelantaos que enseguida voy. —Da por finalizada la conversación volviéndose hacia mí.
—¿Sabes que tienes un don innato para el baile, no? —Me mira divertida mientras se muerde el labio.
—Y tú sabes que sé ver cuando alguien me está vacilando, ¿no? Gracias por lo de esta noche. —La abrazo de una forma casi instintiva que se siente realmente bien.
—A ti por dejarte arrastrar al lado oscuro. Has sido toda una sorpresa. Si necesitas salir de tanto drama, solo avísame, ya sabes dónde encontrarme —me dice mientras me besa en la comisura de los labios y me deja parada con una sonrisa de tonta mientras la veo cómo sale detrás de sus amigos.
—¿Terminó su majestad de ser cortejada? ¿O queda alguna dama a la que tengamos que esperar? Yo te juro que no sé cómo lo haces. Debería darte vergüenza —me suelta Salva mientras emprende el camino con falsa indignación.
—¿Se terminó la noche? —les pregunto haciendo pucheros con ganas de alargar más la fiesta.
—¡De eso nada! Yo no me acuesto sin zamparme unos buenos churros con chocolate —suelta Laura mientras reprimo una arcada al pensar en el solo hecho de meterme entre pecho y espalda semejante desayuno.
Sentada en la barra del Strambotic, viendo dar vueltas al chocolate, me encuentro en una nebulosa que se me antoja realmente placentera, tanto es el placer y mi absorción, que no me percato realmente de lo que sucede a mi alrededor.
—¿Todo bien, Laia? —pregunta quien todos ya conocemos por su amplio vocabulario.
—¿En serio, Salva? ¿No tienes más repertorio? —le digo algo molesta por haberme sacado de mi ensueño de chocolate.
—Lo digo en serio, Laia. Sabes que puedes hablar conmigo de todo lo que necesites, de cualquier cosa —me dice con cara de preocupación.
Me abalanzo sobre él rodeándolo en un abrazo capaz de cortar la respiración del más fuerte, como si todas las emociones contenidas de repente saliesen con su ofrecimiento.
—Lo sé. Pero aún no estoy preparada para hablar. — Me limpio una lágrima que desciende errante por mi mejilla.
A veces, las palabras no son necesarias para entenderse. Salva y yo nos miramos. Ambos sabemos que las cosas no están bien, que yo no estoy bien, pero por ahora esto es suficiente y todo lo que necesito. Un abrazo en el momento indicado. Un abrazo que sabe que yo no pediré, pero que él siempre estará dispuesto a dar.
—¿Interrumpo alguna clase de terapia de ensalzamiento de la amistad a la que no he sido invitada? —Aparece Laura con cara de pocos amigos mientras mastica un churro lleno de azúcar.
—No digas tonterías. Sabes que ni aun queriendo podríamos dejarte fuera de absolutamente nada —dice Salva tratando de robarle el churro.
—¿Podemos entonces simplemente ir a desayunar, por favor? —Laura agarra un nuevo plato de churros que no tengo idea dónde lo piensa meter.
—Sintiéndolo mucho, voy a tener que pasar del chocolate. Mi padre me acaba de enviar un WhatsApp lleno de emoticonos que no soy capaz de descifrar. Tantas bombas me perturban. No os peleéis por los churros ni deis un espectáculo como la última vez, por favor. Portaos bien —nos dice Salva mientras nos da sendos besos en la coronilla a modo de despedida.
El silencio que precede a la marcha de Salva es algo que me perturba, teniendo en cuenta que Laura no es capaz de estar callada más de dos minutos seguidos.
—Sabes que te quiero, ¿no? —me suelta a bocajarro, apartando los platos de churros hacia un lado.
—Sí —respondo confundida por este repentino cambio.
—Y sabes que no diría nada para hacerte daño ni que me metería en tu vida así porque sí, aunque siempre termine haciéndolo, ¿no? —me sigue preguntando con especial nerviosismo.
—Sí.
—Vale. Porque no quiero volver a perderte. No quiero que vuelvas a entrar en esa espiral autodestructiva como hace años. Casi te perdemos una vez. Es suficiente — me dice con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Por qué dices eso? Sabes que no tienes de qué preocuparte. Dejé atrás todas esas mierdas. Las superé. Estoy limpia. —Trato de deshacerme del nudo que tengo en la garganta.
—Sé que lo estás, pero ambas sabemos que no estás bien. Puedes mentirte todo lo que quieras. A veces, logras ser una gran actriz, pero no te olvides de que una mirada no miente y de que somos amigas desde que teníamos cinco años. Te conozco mejor de lo que imaginas. A mí no me engañas. —Me mira con cara de sabelotodo—. Voy a respetar tu silencio, o al menos voy a intentarlo si es lo que tú quieres, pero no te olvides de que somos amigas y de que estoy aquí para no dejarte caer. —Coge aire, visiblemente nerviosa—. A veces, la carga se hace menos pesada si es compartida. Solo recuerda eso. —Entrelaza sus manos con las mías.
—Gracias por permanecer a pesar de no ponerlo fácil. —Aprieto sus manos sin necesidad de decir nada más.
Permanecemos ajenas a todo el ajetreo que un viernes a las siete de la mañana tiene el Strambotic; ella disfrutando de sus churros y yo con necesidad de ordenar lo que estoy sintiendo.
2

Observo cómo la luz se filtra entre las cortinas de mi habitación. Tirada de una forma inerte sobre el colchón, el ruido de mi estómago me advierte de las largas horas que llevo sin prestarle atención. He transitado por un estado de duermevela constante desde que llegué a casa, pensando en la larga lista de tareas que tengo que cumplir para poner en un orden lógico, —o al menos no tan caótico—, toda mi vida. Me siento abrumada por la cantidad de cosas sobre las que no estoy actuando. Echando un vistazo mental a esa lista de tareas pendientes, decido ponerme manos a la obra y empezar por la más sencilla y a la vez más urgente; devolverle la llamada a Juan.
Desde que mi abuela falleció hace ya ocho largos años y me dejase al frente de su preciado restaurante, este ha sido el único ámbito estable de mi vida gracias a Juan. A veces me pregunto qué habría sido del negocio sin él, sin su pasión, sin su entrega, sin su alma y sin su amor incondicional hacia la cocina y sobre todo hacia mi abuela y su pequeño rincón en el mundo. Desde que apareció por la puerta con tan solo diecisiete años en «El pequeño rincón de Janice», siempre ha estado presente en el restaurante. Sin duda alguna más de lo que yo puedo decir que haya estado desde que mi abuela murió. Empezó como camarero y terminó siendo el gerente. No hay una mejor persona después de Janice que conozca mejor el lugar. Por eso cuando mi abuela falleció, sin dudarlo ni un segundo, supe que no había nadie mejor que él para seguir manteniendo con vida el restaurante.
Finalizo la llamada con un creciente malestar que hace que salga de la cama a trompicones. La urgencia con la que me ha citado Juan para que nos reunamos el lunes en el restaurante, unida a su tono de preocupación, hace que repentinamente tenga ganas de vomitar. Así que decido optar por una buena ducha que arrastre todo el malestar, me recargue de energías y, de paso, elimine este olor de millennial después de una noche de festival que no me representa.
«Y yo que pensé que esta sería la opción más sencilla de la lista», me digo mientras abro el grifo de agua fría y dejo que caiga sin piedad.
***
Salgo de casa con energías renovadas y mi inseparable vaso térmico hasta arriba de café dirección a la cita que tengo con Rosa, citas que, desde que se fue Raquel hace ya seis meses, parecen ser más asiduas y necesarias de lo que me gustaría reconocer.
Decido ir andando a la consulta, aun sabiendo que la distancia que me espera es considerable. Perderme entre el bullicio y las prisas de la gente por Madrid en ese ritmo frenético de personas corriendo en todas direcciones, de una forma ilógica y contradictoria; me relaja, me transmite cierta paz. Ver la vida pasar a cámara lenta mientras el resto va con el gas a tope hace que me pierda entre mis sueños, que navegue por una quimera de lo que me gustaría que fuese mi vida, pero que por desagracia no es. Me pierdo entre las historias llevadas al papel, en el recuerdo de los veranos con Janice en la sierra llenos de sonrisas e inmensa felicidad; en el olor a primavera que desprende el pelo de Aura tumbada a mi lado en el Retiro mirando el cielo de Madrid; navego en el recuerdo a sal impregnado en la piel cuando nos escapamos Aura, Salva, Laura y yo a Los caños de meca un verano tiempo atrás. Pasear por las calles de Madrid resulta que se ha convertido para mí en uno de los mejores bálsamos contra la ansiedad, en una forma adictiva y recurrente de bucear entre oscilaciones de retazos de felicidad.
El paseo llega a su fin y con él el saludo de rigor y el pertinente «puede esperar sentada» de la regordeta recepcionista con sonrisa fija que siempre me encuentro al llegar a la consulta. Sentada, esperando mi turno, decido pasar el rato mirando Instagram. Varias notificaciones me salen reflejadas indicándome que tengo más actividad de la que suele ser normal en mí. Sin embargo, decido dejarlas para más tarde e ir directamente a la bolita de stories que sale de Aura. Termino de visionar las fotos de anuncio con su repelente novio con un nudo en el estómago. Sin compasión alguna y, por si fuera poco, lo siguiente que me encuentro son los stories de Raquel rodeada de multitud de personas en diversos garitos de Londres. Es en este momento cuando me doy cuenta de que desde ayer no he vuelto a saber nada de ella. Una cierta nostalgia me embarga al ver sus fotos, lo que hace que me apunte mentalmente hablarle para saber de su existencia y ver en qué punto se encuentran las cosas. Sigo esperando, así que decido mirar las notificaciones que tengo, entre las que encuentro varias fotos de la noche anterior en la que me han etiquetado e innumerables comentarios de gente que no conozco; supongo que se tratará de los amigos de Elena con los que Laura decidió juntarnos la noche pasada.
Termino con la invitación de Elena para seguirnos en Instagram junto con un mensaje de esperanza de volver a vernos y una imagen en la que salimos bailando que me resulta realmente entrañable y que sin duda alguna la guardaré como un buen recuerdo. Decido contestarle directamente a su WhatsApp para darle las gracias por la foto enviada y con la promesa de volver a repetir una noche como la vivida.
—¡Pero mira qué sorpresa! No pensé que fueras a escribir —me contesta Elena casi de una forma inmediata.
—Me parecía justo estar en igualdad de condiciones. Ya que fuiste tan amable de ofrecerme tus servicios como profesora de baile, me parecía igual de justo darte las gracias por ello —le escribo con un emoticono sonrojado.
—Me alegra que hayas escrito, Laia.
—Me alegra haberlo hecho.
—Te mantengo la promesa de otra noche de bailes y diversión —me contesta con varias flamencas al final de la frase.
—Cumplo lo que prometo. Siempre lo hago —le digo con caras sonrientes.
—Espero con ganas tu promesa, preciosa —contesta esta vez en un audio cuya voz consigue enviarme una descarga eléctrica por todo el cuerpo.
Con una sensación de culpabilidad por sentirme sexualmente atraída de esta forma por una mujer distinta que no sea ni Raquel ni Aura, —se van acumulando—, Rosa abre la puerta mirándome por encima de sus gafas con gesto concentrado.
—¿Pasamos, Laia?
—Sí, claro —contesto saliendo del ménage à trois formado en mi cabeza.
—¿Cómo te encuentras? ¿Cómo ha ido la semana? —me pregunta Rosa mientras se lleva a los labios la misma taza de «hoy va a ser un gran día» que siempre utiliza.
Me quedo mirando por la ventana el ir y venir de los coches como piezas diminutas desde la altura que nos encontramos.
—¿Laia? —me vuelve a preguntar llamando mi atención.
—Sí. Perdona. La semana —Me quedo pensativa—. Ha sido rara. Raquel y yo hemos vuelto a discutir, cosa que está dejando ya de ser una novedad. Con el restaurante anda algo mal, lo intuyo y me preocupa. Mi vida sigue siendo un descontrol cada vez mayor debido a mi incapacidad de tomar decisiones. En resumen, vivo agobiada de mi propia vida y de mi persona —suelto de carrerilla mientras me mantengo de pie junto a la ventana mirando hacia el exterior.
—¿Has tenido algún ataque de ansiedad? ¿Angustia? ¿Momento que no hayas podido controlar? —me pregunta mientras veo cómo toma notas en su cuaderno rojo.
—Sí.
—¿Realizaste el ejercicio de relajación que te dije?
—Ajá.
—Muy bien. ¿Y cómo vas con lo de dejarte ayudar? —pregunta una vez me he sentado frente a ella.
—Estoy trabajando en ello, de verdad. Pero es sumamente difícil cambiar una dinámica que lleva toda la vida formando parte de mí.
—Y para eso vienes aquí, ¿no? Para tratar cambiar aspectos de tu vida que no te hacen sentir bien y que te están dando problemas —me dice con un indicio de sonrisa que calma un poco el ambiente cargado que se ha ido formando.
—Esa es la teoría, sí.
—Si te resulta difícil abrirte a las personas que quieres y que te quieren, ¿cómo crees que ellos deben sentirse cuando ven que no pueden hacer nada por ayudarte porque les apartas? Desde hace seis meses, vienes de forma regular, y ambas sabemos que necesitas diversificar tus cargas. ¿Te resulta difícil hablar? Vale, probemos a escribir. Retoma ese hábito, demos ese primer paso. Coge un cuaderno y vacíate en él cada vez que lo necesites; un interlocutor mudo frente al que no sentirte vulnerable ni con miedo a ser juzgada, si eso es lo que te preocupa —me dice mientras observa cómo juego con un clip que he cogido de su mesa—. ¿Y el deporte? —Sonríe.
—¿Qué pasa con el deporte?
—¿Has pensado en algún deporte de equipo? —Me mira a la espera de una respuesta que no llega—. El deporte en equipo tiene innumerables beneficios constatados entre los cuales se encuentran el manejo de la frustración y el aumento de la autoestima. Además de reducir el estrés y la ansiedad sin necesidad de recurrir a sustancias.
—¡No soy una adicta! —le digo molesta.
—No estoy diciendo que lo seas, pero sí has tenido una clara tendencia a recurrir a cierto tipo de sustancias cuando algo se escapa a tu control —me dice claramente preocupada.
—Esa etapa forma parte del pasado. Etapa de la cual hablamos porque considerabas importante saber para conocer las bases sobre las que se ha ido cimentando mi personalidad. Etapa que, si no te importa, me gustaría dejar atrás donde debe estar, teniendo en cuenta que fue algo que pasó de forma puntual a raíz de la muerte de Janice. Fue el peor momento de mi vida —digo molesta por sus palabras.
—No te estaba atacando, Laia. No estoy aquí para juzgarte, ni como profesional, ni como persona. Si así lo has sentido, me disculpo de corazón —me dice mientras me abraza y yo pienso en si esto infringe alguna norma entre psicóloga-paciente.
El momento queda suspendido en el aire, como si una magia extraña nos hubiese envuelto en esa décima planta en el despacho de Rosa, con los cláxones sonando de fondo como banda sonora del momento.
—Lo siento. No quería ponerme a la defensiva. No he dormido bien, así que, por favor, no me lo tengas en cuenta. —Me deshago del abrazo y quito una pelusa imaginaria de mi jersey.
—Recuerda una cosa, Laia. No soy tu enemiga. No estoy aquí para juzgarte ni decirte cómo manejar tu vida, ni tampoco para decirte cómo tienes que vivir. Que te enfrente a las cosas siendo clara y sin rodeos, solo forma parte de mi trabajo y del camino que tú has decidido tomar a la hora de venir aquí de forma voluntaria. Estoy de tu lado, no te olvides de eso. —Me da un leve apretón en la mano y se dirige a su silla detrás del escritorio.
—Lo sé —le digo con un asentimiento de cabeza avergonzada por la reacción quizás un tanto exagerada que he tenido.
—Me gustaría que para la próxima sesión trajeses el cuaderno y empezásemos a trabajar en él. Necesitamos ir dando pasos e ir saliendo del bloqueo emocional en el que te encuentras, Laia.
—Está bien. Trataré de hacer el esfuerzo —le digo sin mucha convicción de llevarlo a cabo.
Salgo de la consulta dejando atrás la sonrisa estática de la recepcionista y me recibe el viento helado de una noche de invierno en Madrid golpeándome con fuerza y haciéndome sentir pequeña y en total descontrol. La reacción desproporcionada que he tenido con Rosa es un claro indicio de lo fuera de control que se encuentran mis emociones en estos momentos, un claro ejemplo de lo poco que domino la situación. Tengo que empezar a cambiar cosas en mi vida, soy consciente de ello. Al igual que sé que no tengo término medio: o me paso meses dando esquinazo a decisiones importantes que debo tomar o, de repente, necesito cambiar cosas que llevan tiempo acumulándose.
—Tenemos que hablar. Es importante. —Le envío un Whats-App a Raquel con la esperanza de seguir albergando las agallas que en este momento siento de tomar una decisión que lleva tiempo esperando.
De repente una angustia me embarga, haciendo que lo único que desee sea meter la cabeza debajo de la almohada y no despertar hasta el lunes con todos los problemas ya resueltos y teniendo de vuelta a Aura diciéndome que todo va a salir bien. No me encuentro con ánimos de volver paseando a casa, así que decido coger el metro de regreso.
—Hablaremos, pero ahora necesito tiempo y que me des espacio. Respétalo, por favor —leo atónita la respuesta de Raquel viendo como el metro se aleja mientras sigo parada en el andén.
No sé el tiempo que paso inmóvil en mitad de la multitud de gente que viene y va, lo que sí sé es que la perplejidad de un inicio ha dado paso a una rabia que me es difícil controlar. Antes de estrellar el móvil contra el suelo o liarme a soltar improperios haciendo que la gente me tome por loca, decido recurrir al puñetero ejercicio de respiración a ver si consigue sacarme de esta. Tras más respiraciones de las que puedo recordar y, como consecuencia, haberme ganado un buen mareo, decido levantar la cabeza y hacer valer todo mi autocontrol y valía.
«Valgo más que todo esto. No pienso darle ni un solo motivo más para que pueda recriminarme. Actúa como una persona adulta», me digo mientras cruzo al interior del metro que acaba de llegar.
Me pierdo en el remolino de emociones que me recorre por dentro y llego a una firme y clara conclusión: no hay vuelta atrás.
Mi relación con Raquel ha terminado.
3

Llego al lunes con fuerzas renovadas dejando atrás un fin de semana desconectada del mundo guardando en cajas recuerdos de lo que han sido mis últimos cinco años con Raquel. Borrar su huella de lo que fue nuestro hogar durante todo este tiempo es el siguiente paso que realizo. Sé que al principio me costará y estas últimas horas las he pasado mentalizándome sobre ello, pero tengo ganas de cerrar una etapa de mi vida que no lleva a ningún lado. Ambas nos merecemos algo mejor que la clase de relación en la que se ha convertido nuestra historia. A día de hoy, mientras guardo nuestra foto del día en que empezamos a vivir juntas, soy capaz de admitir y reconocer que nunca he estado enamorada de ella. Raquel fue una casualidad bonita en el momento indicado. Una fuerte atracción sexual y una relación de infinita amistad y cariño, es lo que, —al menos a mí y ahora lo admito—, me ha mantenido durante cinco años inmersa en este círculo vicioso en el que el deseo y una atracción irrefrenable nos ha dominado por completo.
A veces, simplemente basta con eso. O al menos, fue con lo que decidí conformarme. Termino cerrando la última caja y la apilo junto con las demás con la tristeza de ver cómo la vida se puede quedar compartimentada y reducida a unas simples cajas amontonadas en la esquina de cualquier lugar.
La hora que me separa de Cercedilla, —lugar donde se encuentra el restaurante—, se me termina haciendo amena entre la radio que suena de fondo y el paisaje que se va vislumbrando nevado debido al reciente temporal que ha azotado la sierra de Madrid. Nunca me ha gustado conducir, pero hoy especialmente me resulta alentador. Apretar el acelerador dejando atrás por unas horas la vida que me rodea, alejando los problemas que hacen que me cueste respirar, me parece casi hasta necesario para poder seguir manteniendo en perspectiva el curso de mi vida. A medida que voy acercándome presiento que la conversación que me espera no va a gustarme, pero tengo que dejar de salir huyendo.
Un silencio inusual y escalofriante me saluda al entrar en el restaurante dándome la razón de que estoy en lo correcto al sentir que algo no anda bien. Decido pasearme por el salón acariciando con la yema de los dedos las mesas con manteles de color burdeos en las que tantas tardes de verano he pasado mientras Janice terminaba sus postres en la cocina. El sabor a madera y tradición se sigue sintiendo en cada esquina de la estancia. Es como si el tiempo aquí se hubiese detenido reteniendo toda la felicidad vivida entre estas paredes. Sigo recorriendo el restaurante con una nostalgia que me sobrecoge por completo, llegando hasta el sitio más mágico que quizás haya conocido nunca. El jardín. Ese pequeño oasis de felicidad en el que Janice se perdía cuidando de sus plantas cuando el trabajo se lo permitía, o cuando yo misma me refugiaba para escribir a la sombra de los árboles frutales rodeada de naturaleza que lo convertían en una fortaleza frente a las miradas indiscretas de clientes o curiosos del lugar. Ahora, y debido al último temporal, se asimila a un páramo inerte con sus árboles desnudos y una capa de nieve cubriendo todo a la vista. Me sitúo en el centro del pequeño jardín dejando que mis pulmones se llenen del olor puro y limpio de la naturaleza. Siento cómo el frío de alguna manera me vigoriza y me dejo llevar por el silencio que me rodea transportándome a otro nivel. La calma no podía durar mucho tiempo más. Un WhatsApp me saca de mi dulce momento de tranquilidad.
—A las cinco te llamo y hablamos —me escribe Raquel con su ya habitual sutileza e interés.
«Esta chica es todo generosidad», me digo al tiempo que le envío un OK como respuesta siendo esta la más civilizada que en estos momentos puedo darle.
—¿Laia? ¿Eres tú? —Escucho la voz de Juan en algún lugar en el interior del restaurante.
Decido lanzar el móvil al interior del bolso para que nada interrumpa la conversación que he venido a mantener. Tomo una última inspiración y entro a su encuentro. Escucho gritos desde la puerta de entrada del restaurante. Me mantengo a una distancia prudencial en una posición en la que puedo ver cómo el rostro de Juan se va coloreando de un tono cada vez más rojizo a medida que pasan los segundos.
—¡No puedes hacerme esto, sabes que siempre cumplo! ¿Cuántos años hace que nos conocemos? No puedes dejarme tirado. Sabes que no tengo otra alternativa y que hago todo lo que puedo por mantenerme al día. Dame al menos un par de semanas para reunir aunque sea la mitad del dinero. —Escucho como Juan suelta de carrerilla a su interlocutor al otro lado de la línea.
—¡Joder, joder, joder! —se lamenta mientras se lleva las manos a la cabeza.
Permanezco inmóvil en el sitio desde el cual he presenciado la conversación contrariada por lo que acabo de escuchar.
—¡Ay Laia, qué susto me has dado! ¿Cuánto tiempo llevas ahí? Olvídalo, ven aquí y dame un abrazo, mujer — me dice forzando una tensa sonrisa.
—¿Dónde está la gente, Juan? ¿Qué está pasando? Porque algo anda mal como para que me hagas venir de urgencia para que hablemos. Y perdona que me entrometa pero, ¿andas metido en algún lío? —Le miro ceñuda esperando una respuesta.
—Sígueme —dice sin más y comienza a andar hacia lo que en su día fue el despacho/ lugar de retiro/ casa de Janice, cuando no tenía ánimos ni ganas de bajar a Madrid después de una larga jornada de trabajo. Entro en el lugar y lo encuentro tal y como mi abuela lo dejó en su momento. Nada ha sido alterado ni movido salvo el ordenador portátil que se encuentra abierto sobre la mesa de caoba repleta de papeles.
—Iré directo al grano —Se sitúa tras la mesa—. Estamos en serios problemas. No tenemos liquidez. Se debe dinero. Mucho dinero. Llevamos tres meses de retraso con los sueldos de los empleados y aún más con varios proveedores. He ido manejando la situación como he podido, pero ha llegado a un punto en que los proveedores ya no nos quieren servir y solo podemos abrir de jueves a sábado porque son los únicos días que nos salen rentables.
Silencio. Él esperando una respuesta y yo tratando de asimilar lo que creía que era la parte más estable de mi vida.
—¿Por qué has esperado a que la situación fuese tan crítica para contármela? —logro decir cuando mis neuronas han decidido ponerse a trabajar.
—Cuando tu abuela falleció, me dejaste bien claro que no querías hacerte cargo del negocio. Me diste las riendas para que lo llevase y te despreocupaste. Seamos francos, Laia ¿cuántas veces has venido por aquí en los últimos 8 años? Sabes que se pueden contar con los dedos de una mano —me dice con un aire de tristeza en la voz.
—Puede que no haya venido todo lo que debiese, pero siempre he tratado de mantenerme al día con lo que se necesitaba del restaurante. No creo que sea justo que me cargues con toda la responsabilidad de la situación en la que se encuentra el negocio —le digo cada vez más irritada.
—Y no te estoy culpando. Asumí la responsabilidad y el cargo con el mayor de los orgullos, pero la situación ha llegado a un punto en el que hay que tomar decisiones extremas si queremos salvar el sueño de toda una vida de tu abuela.
—¿Cuánto se debe? —pregunto con incertidumbre.
—Acumulamos una deuda de unos 35000 euros. Tenemos de plazo un par de semanas para ir liquidando deudas si no queremos enfrentarnos a las primeras demandas —Se mesa el pelo con nerviosismo— y seguir recibiendo género. No sé en qué posición económica te encuentras para adelantar algo de dinero y así subsanar la brecha que tenemos —me dice al tiempo que me enseña la pila de nóminas y recibos sin pagar.
—Obviamente no en una en la que tenga esa cantidad de dinero. —Miro la torre de facturas que se acumulan.
—Eso imaginaba —Medita unos segundos—. He pensado en algo —me dice con gesto compungido.
—Tú dirás.
—Tengo un dinero guardado de la venta de la casa de mis padres en el pueblo. Sería más que suficiente para cubrir la deuda e insuflar energía en el negocio, pero… —Se queda meditando lo que sea que tiene que decirme.
—¿Pero?
—El negocio pasaría a ser mío. El titular legalmente a todos los efectos, pasaría a ser yo. Pero «El rincón de Janice» seguiría vivo. —Me mira serio mientras se estruja las manos con un claro nerviosismo.
—¿De cuánto tiempo dispongo para decirte algo? —Le miro seria con una sensación de amargura en el pecho.
—Necesito una contestación antes del jueves. No tenemos más tiempo. Hay mucho por solucionar y no sé cuánto más podré contener la situación.
El camino de vuelta a Madrid lo paso en una nebulosa inverosímil siendo incapaz de comprender del todo el alcance de la gravedad de la situación. Es cierto que siempre he sentido el restaurante como una carga, que nunca llegué a comprender por qué Janice confió en mí su preciado sueño, cuando lo único que me unía a él era ella. Ahora, después de ocho largos años desde su muerte, lo único que siento es un dolor agudo en el pecho. Le he fallado o, al menos, siento que no he hecho todo lo que estaba en mi mano por seguir manteniendo su sueño vivo gracias a mí.
Y me rompo.
En la soledad de mi coche dejo salir toda la angustia y la rabia transformada en ríos de lágrimas incontrolables.
«Perdóname, Janice».
***
Llego a casa con una enorme sensación de agotamiento, como si hubiese estado días haciendo el trabajo más pesado del mundo; lo cierto es que ahora mismo la sensación de pesadez que siento sobre mis hombros es de todo menos ligera. A tan solo media hora para hablar con Raquel, decido subir a la azotea del edificio con la esperanza de que la altura y las preciosas vistas de Madrid me despejen un poquito la cabeza para afrontar lo que va a ser el punto y final de mi relación de cinco años con ella. Mientras me quedo absorta en el ir y venir de la gente, noto cómo el teléfono vibra insistente en el bolsillo trasero de mi pantalón. Tengo varios WhatsApp de Salva y Laura y al menos cinco llamadas perdidas de Aura. Al ver su nombre, de una forma automática, una sonrisa se asoma a mis labios y un cosquilleo agradable se asienta en mi estómago.
Aun con todas las ganas que tengo de hablar con ella, siento que no es el momento indicado; entre lo del restaurante y lo que me queda por venir con Raquel, creo que lo más sensato es hablar con ella en otro momento.
Una vez estoy en mi piso, la videollamada no se hace esperar. Con una mezcla de sensaciones difíciles de expresar, acepto la llamada y la imagen de Raquel aparece ante mí.
—Hola —me dice ella algo distante.
—Hola.
—No tengo mucho tiempo para hablar, así que iré directa al grano—suelta mientras mira de una forma insistente el reloj.
—Yo tampoco tengo tiempo, así que tú dirás —le contesto de mala gana con la esperanza de que todo suceda lo más rápido posible.
—Necesitaba tiempo para pensar y para poder perdonarte por cómo te comportaste el último día —suelta cínica—. La verdad es que no entiendo cómo sabiendo el poco tiempo del que disponemos seas capaz de irte dejándome con la palabra en la boca y con esos modales que dejan tanto que desear. Sabes que cuando te pones así no lo soporto —suelta toda indignada.
—¿Perdonarme? ¿Tú, a mí? —No sé si ponerme a reír o a llorar por la forma tan cínica con la que es capaz de hablarme.
—Sí, yo a ti. —La capacidad que tiene para creerse sus ideas me deja loca—. Si estamos en esta situación es en gran medida por tu incapacidad de dar el brazo a torcer y no sopesar por un momento la idea de venirte conmigo a Londres, así que no te quejes cuando solo tenemos unos minutos al día para que nos podamos ver. Hago todo lo que puedo, ¿sabes? Y entre esas cosas que hago es sacar tiempo para dedicarte y hablar contigo.
Tras unos minutos de tenso silencio en los que trato de contener la rabia y las ganas que tengo de mandarle a la mierda, respiro y encaro la situación de una vez.
—Escúchame, Raquel. Si no he sopesado ni por un solo momento la idea de irme contigo, igual es porque no es contigo con quien realmente quiero estar. Han sido cinco años maravillosos que no cambiaría por nada. Nos hemos hecho muy felices y lo hemos pasado genial, pero seamos honestas, sabes que tú querías irte y que yo no quería seguirte. Nos hemos conformado con lo que teníamos. Nos entendíamos bien, nos era sencillo estar juntas y qué decir del sexo. Juntas hemos sido un puto volcán en erupción. Pero ya está.
—¿Estás enamorada de mí? —pregunta con una mezcla de resentimiento y tristeza.
—No —Resulta complicado decírselo a pesar de que siento cierta liberación—. Te he querido muchísimo, te sigo queriendo, pero eso ya no es suficiente.
—¿No es suficiente para ti o para mí? —me dice con los ojos llenos de lágrimas.
—Para ninguna. Ambas nos merecemos más que esto. No puedo seguir contigo, Raquel. —Contengo las lágrimas al ponerle punto y final a cinco años de relación.
—No puedo obligarte a que estés a mi lado, ya veo que lo tienes bastante claro aunque si te soy honesta, no creo que esto haya surgido así sin más. En cuanto vuelva a Madrid te aviso para pasar a por mis cosas.
—Claro.
—Una sola cosa —Noto un filo de rabia en su voz—. Esto es por Aura, ¿no? ¿Ya le has dicho que siempre has estado enamorada de ella? —lanza la pregunta y corta la conexión dejándome completamente fuera de juego.
Permanezco quieta mirando el móvil como una idiota mientras su nombre ilumina la pantalla del teléfono sin descanso.
—¡Por fin contestas! ¿Se puede saber dónde te has metido? ¿Estás bien?
—Sí, Aura, perdona, tenía cosas que hacer —digo abrumada por la situación.
—Joder, Laia. Me tenías muy preocupada. Estos me han dicho que tampoco han sabido nada de ti en todo el fin de semana. Pensé que te había pasado algo —me dice con verdadera angustia en la voz.
—Tú también te fuiste sin decirme nada y no me he vuelto loca a llamarte —suelto molesta al acordarme de sus fotos de anuncio.
—Pues quizás ese es el problema —contesta cabreada
—¿Qué quieres decir? —Le pincho para ver hasta dónde es capaz de llegar.
—Olvídalo. Lo entenderás cuando quieras. Solo quería saber que estabas bien y que no habías hecho ninguna gilipollez como de costumbre. —Cuelga antes de que pueda contestarle.
«Hoy es el día en el que nadie me va a dejar terminar hablar», le digo al espacio vacío de mi salón mientras lanzo el móvil al sofá y me dirijo a la ducha con la intención de que el agua arrastre todos mis males.
Algún inoportuno ser humano ha decidido venir a llamar a mi puerta en el día menos indicado, decido obviarlo, pero frente a la insistencia de un dedo pegado al timbre, salgo de la ducha a toda prisa con una toalla minúscula y el pelo chorreando agua, decidida a soltar toda clase de improperios existentes e inventados al osado que ha decidido venir a tocarme los ovarios en el día de mierda que estoy teniendo.
—¡Me cago en tu p…! —Las palabras se quedan flotando en el aire al ver quién está al otro lado de la puerta.
—¿Esta es tu forma normal de recibir a la gente? — me suelta Aura divertida al tiempo que me mira con una intensidad que hace que me sienta aún más desnuda de lo que estoy.
—¡Joder, Aura!¿Qué haces aquí? ¿No podrías haberme avisado de que venías antes de colgarme? —Trato de anudar una toalla que no tiene ya más tela que ofrecer —. Anda, pasa antes de que me arrepienta.
Aura pasa a mi lado de una forma dolorosamente cerca. Sería capaz de reconocer su perfume en cualquier lugar del planeta. Ese olor a primavera que me inunda y me deja atontada. Me deshago ante su mirada inquisitiva una vez ha traspasado el umbral del salón. La conozco lo suficiente para ver en sus ojos que me está retando, pero también reconozco que está lo suficientemente preocupada para no seguir dando pasos salvo que la siga en este juego que se trae.
—Nos conocemos lo suficiente para saber con seguridad que no estás bien. Así que no me lo he pensado dos veces y he venido. Sabía que tratarías de convencerme de lo contrario —me dice mientras deja las cervezas que ha traído sobre la mesa del comedor.
—Pero…
—Pero nada. No tienes que hablar, aunque sabes que en el fondo terminaré sacándotelo —Sonríe con esa suficiencia que me hace querer quitarle la chulería a besos—. Me apetece estar contigo, ¿qué tiene de malo? Cenemos, veamos la tele, hagamos lo que te apetezca — Me mira con esa cara con la que no puedo negarme.
«Ay si tú supieras lo que me apetece hacerte».
—¿Y Raúl? ¿No querrá que cenes con él? —Trato de cambiar a un tema que me baje el calentón que esta mujer me está ocasionando con la forma que tiene de mirarme.
—Raúl puede cenar solo y antes de que digas alguna mierda que se te esté pasando por la cabeza, te sugiero que vayas a secarte el pelo y cambiarte mientras preparo la cena. Yo no tengo problemas con la vestimenta que llevas —Me mira con descaro—, pero vas a coger frío.
Me encierro en la habitación contrariada por el comportamiento tan directo de Aura.
«¿De qué coño va todo esto?¿Me está provocando? Qué coño le pasa?».
De no ser por el día que llevo, puedo asegurar que habría man-dado mi autocontrol lejos y le habría quitado la chulería a besos por jugar conmigo de esta manera. Rezo a la fuerza divina que sea que exista en el mundo para que me dé fuerzas y pueda aguantar la noche que se avecina sin cometer estupideces que hagan que Aura salga corriendo, aunque solo tengo un pensamiento: «O la beso o reviento».
4

Salgo de la habitación y me encuentro con una escena que se me antoja realmente irresistible. De espaldas a mí, y con Sara Bareilles de fondo, Aura se mueve en un baile cadente que hace que me quede hipnotizada mirando cómo mueve sus caderas.
—Deja de mirar como una pervertida y ayúdame a poner la mesa —me dice Aura sin siquiera girarse.
—Venimos con el ego subidito, ¿no? —Le saco la lengua y agarro las dos cervezas que me ofrece—. No es que no disfrute de tu compañía, pero ¿qué haces aquí? —pregunto aun sabiendo que no me va a ser sincera.
—Cenar con mi amiga ¿no lo ves? —Desvía la mirada tratando de esquivar el tema.
—Hoy no soy una buena compañía para nadie, de hecho, perdón por lo de antes —confieso avergonzada por mi salida de tono de antes.
—¿Perdón por ser una perra? —Se ríe con suficiencia —. Sí bueno, a veces lo eres, sobre todo cuando algo te pasa, menos mal que te conozco lo suficiente para saber que no eres capaz de pedir ayuda aunque la estés necesitando a gritos. No hace falta que me digas nada para saber que algo no anda bien. Lo sentí cuando hablamos y solo quiero estar contigo, deja de darle tantas vueltas a todo y relájate. No es el fin del mundo. —Se encoge de hombros mientras se lleva un trozo de pizza a la boca.
—¿Qué tal con don perfecto? —pregunto tratando de desviar el foco de atención de mí.
—Bien.
—Bien. ¿Sin más? —La miro escéptica.
—Sí. Bien sin más. Un fin de semana normal. Tampoco es que me apetezca hablar del tema. —Zanja el asunto sin más contemplaciones.
—¿Te has enterado ya de que por fin Laura es la nueva CEO de Bemol Construcciones? —Frente al momento incómodo que se ha establecido entre nosotras, opto por cambiar a un tema más seguro.
—Sí. Estuve hablando antes con ella. Sabes que una vez empieza a hablar no hay quien la pare —Reímos ante una verdad tan absoluta —. Ya me contó de vuestra noche salvaje y de que no has perdido tu habilidad para ligar. —Se muerde el labio inferior de una forma que hace que me esté volviendo loca.
—Mira que eres idiota. —Le lanzo un cojín entre risas.
—No comiences guerras que sabes que no vas a poder ganar. Anda y ve a por otras dos cervezas mientras voy al baño. —Sale disparada lanzándome de regreso la almohada.
«Si tú supieras que me entrego a tu guerra a pecho descubierto y sin armaduras», le digo al espacio vacío del salón.
—¿Te vas a alguna parte? —me grita Aura haciendo que derrame la cerveza del susto que me ha dado.
—¡Joder, Aura! Algún día vas a hacer que me dé un infarto.
—¿Te mudas? —pregunta seria con los brazos cruzados.
—Yo no, pero Raquel sí. Lo hemos dejado. O más bien, he sido yo quien ha terminado.
—Pero ¿cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? ¿Y por qué no has dicho nada?
—Frena, frena, Aura. Vamos por partes —Medito lo que viene a continuación intentando encontrar las palabras correctas—. Ha sido hace apenas unas horas y en cuanto al por qué —Suspiro—, supongo que sencillamente he conseguido reunir el valor para asumir que no estoy enamorada de ella, de hecho, nunca lo he estado, aunque eso a ella no se lo he dicho —me recrimino internamente por haber tardado tanto—, supongo que lo que nos unía ha dejado de ser suficiente para mí. Si miro al futuro, y créeme que no suelo hacerlo a menudo, no es a ella a quien veo a mi lado. No quiero seguir conformándome.
—¿Y has estado cinco años con alguien de quien no estabas enamorada? —pregunta incrédula.
—La quería y supongo que traté de autoconvencerme de que con el tiempo llegaría a enamorarme. Nos entendíamos bien, nos hacíamos bien, nos aportábamos cosas buenas y el sexo era inmejorable. —Me encojo de hombros.
—¿Me estás diciendo que has estado con ella cinco años porque folla bien, Laia? —pregunta tan indignada que parece como si estuviésemos hablando de ella.
—¡Joder, claro que no! No interpretes las cosas como te da la gana. El sexo era espectacular, sí, ¿acaso está mal que lo diga? Los años que he estado con ella han sido reales, han sido honestos por mi parte. Lo que tenía me bastaba, es triste, pero me conformé. Lo que no puedo hacer es seguir con ella cuando lo que siento es alivio de que se haya ido en lugar de morirme por verla y tenerla junto a mí.
—Pero, ¿cinco años? —Vuelta la burra al trigo.
—¿Podrías dejar de juzgarme, o al menos dejarlo para otro día? —le digo ya de mala leche.
—No te estoy juzgando, solo trato de comprender cómo has podido tardar tanto —Se queda pensativa—. En el fondo sabes que nunca me gustó. —Sonríe tratando de suavizar el ambiente.
—Yo tampoco sé cómo he podido tardar tanto. Nunca he querido hacerle daño, pero no podía seguir con ella. Mi puta vida es un caos, Aura. —La risa nerviosa da lugar a unas lágrimas que ya se me hace difícil contener.
—Ey cariño, ven aquí. —Se acerca a mi lado y me envuelve en un abrazo.
Llorar es tan necesario como reír y con ella a mi lado puedo abandonarme por completo. Aura es de las pocas personas, —por no decir la única—, con las que me permito ser vulnerable. Y ahora, perdida entre sus brazos, me abandono a lo que reconozco y siento como hogar. Me abandono, me rompo y me pierdo en ella. Lloro por Raquel, por mi fracaso con el restaurante, porque Janice no está para guiarme y porque estoy enamorada de ella y nunca la tendré porque me puede más el miedo a perderla que las ganas de decirle que al fin me he permitido admitir que ella es hogar, que ella es mi persona y siempre lo ha sido; que sus brazos son la salvación a cualquier caída, que es su sonrisa la única que veo a mi lado si pienso en futuro y entonces me desangro por dentro por todo lo que callo y se queda atascado en la garganta sin ser pronunciado, por tenerla tan cerca, pero a la vez tan lejos. Y me abrazo a ella porque a pesar de todo me hace sentir viva.
***
Pierdo la noción del tiempo entre sus brazos. Aura me acaricia a lo largo de la espalda provocándome infinidad de escalofríos. El golpeteo errático de nuestros corazones me sumerge en una sensación de éxtasis placentero. No sé si culpar al alcohol o al olor familiar que desprende su cuello, pero el tiempo se ralentiza y nuestros cuerpos se mueven acoplándose a la perfección. Solo el sonido de Sara Bareilles cantando She used to be mine rompe el silencio mágico que nos envuelve.
Aura continúa paseando sus manos sin piedad por mi espalda al tiempo que yo me dejo llevar de una forma irremediable perdiéndome en su cuello. Acaricio con mis labios de una forma tentativa ese lugar donde el pulso golpea con más fuerza. El contacto es tan sutil, que tengo serias dudas de que haya notado mi atrevimiento.
Noto cómo una débil risa brota de sus labios y me provoca escalofríos. «¿Tendrá cosquillas?», me pregunto con una sonrisa dibujándose en mi rostro. El poco juicio que me queda debo haberlo perdido en algún momento, ya que el miedo, que de normal me suele paralizar, no lo tengo sentado a mi lado y continúo con mi exploración. La risa da paso a una respiración acelerada que hace que me detenga en seco, «¿habré ido demasiado lejos?». Con un valor inusual en mí tratándose de ella, decido abandonar su cuello y leer en sus ojos el alcance de mi osadía. Sin margen de reacción, Aura se abalanza sobre mis labios sin contemplación, con hambre, sin dudas. Sin miedo. Quizás es esa seguridad lo que hace que corresponda al beso entregándome por completo de una forma tímida, casi pidiendo permiso, asumiendo que son los labios de Aura los que están explorando los míos. Es apenas un toque, un leve roce, algo tan delicado, que de no ser porque es Aura a quien tengo entre mis labios, juraría que no ha pasado. El sabor amargo de la cerveza mezclado con su propio sabor es una combinación mágica que me atrapa como a una mosca en una tela de araña. Perdida entre la suavidad de sus labios, un rayito de maldita cordura asoma haciendo que me separe de mala gana. Nos miramos en silencio con los labios hinchados y las respiraciones entrecortadas. Un brillo diferente se refleja en sus ojos, esos ojos color miel que siempre me han hecho sentir segura y en casa, esos ojos que siempre me han atrapado y me han dado verdad. De pronto, el miedo me golpea haciéndome ver que he traspasado una línea frente a la cual me he mantenido firme de no cruzar por miedo a perderla.
—¿Me prestas un pijama? Me he venido con lo puesto —me suelta como si nada rompiendo el silencio.
—Claro. Ahora lo traigo. —Salgo confundida y disparada hacia la habitación.
Es en la soledad de mi cuarto donde mi cabeza comienza a trabajar en lo sucedido, sopeso su reacción y pienso en el desarrollo de lo que aún queda por venir. Aparentemente se la ve tranquila y con toda la intención de quedarse, así que igual no está todo per-dido. Una alarma se enciende en lo que aún queda operativo de mi cerebro, llevándome a la pregunta de cómo plantearle la forma en la que vamos a dormir. La habitación de invitados está llena con las cajas de las pertenencias de Raquel, por lo que no es una opción. Ofrecerme a dormir en el sofá mientras ella utiliza mi cama es la alternativa más viable y segura. Las manos comienzan a sudarme y me siento como una adolescente tras su primer beso. Después de toda una vida de amistad con Aura, me siento tan torpe que no sé cómo salir y enfrentarme a lo sucedido. «¿Deberíamos hablar de lo ocurrido, o no querrá tocar el tema? ¿Le habrá gustado? ¿Y por qué lo ha hecho?
¿Querrá volverlo a hacer o me odiará por haberme aprovechado del momento? ¿Pensará que ha sido un error?», mi cabeza trabaja planteando y tratando de resolver todas las incógnitas que me asaltan.
Tras la primera fase de locura transitoria después del beso, empiezo a ser consciente de lo que acaba de suceder y una oleada, qué digo oleada, un tsunami de excitación me recorre por completo haciendo que me sienta realmente cachonda. Estoy empapada.
—Me estaba empezando a preocupar. Estaba comenzando a pensar que habías saltado por la ventana. — Me mira divertida ante mi regreso.
—Muy graciosa. No te creas que no se me ha pasado por la cabeza, pero vivo un poco alto para eso.
—¿Y el pijama? —me pregunta alzando las cejas.
Miro mis manos vacías ante su pregunta y un bochorno comienza a invadirme sintiendo un calor horrible en la cara, «¿se puede ser más tonta?», me recrimino por mi súbita torpeza.
—Estás monísima cuando te pones tan vergonzosa —Se la ve disfrutando del momento—. No te preocupes, sé dónde está. De hecho, creo que se nos ha hecho un poco tarde y ambas deberíamos descansar. Te espero en la cama —suelta como si tal cosa.
—¿En la cama? —pregunto casi gritando.
—Sí, en la cama. No pretenderás que durmamos en el suelo, Laia.
Estoy muerta de sueño y tú también.
—Puedo dormir en el sofá, así puedes descansar mejor y tener toda la cama para ti.
—Deja de decir gilipolleces, Laia. Ni que fuese la primera vez que dormimos juntas, por el amor de dios. Esta es tu casa y es tu cama. No vas a dormir en el sofá y punto. No quiero que duermas en el sofá, quiero que duermas conmigo, salvo que tú no quieras, claro —Me mira entrecerrando los ojos—. ¿Podemos, por favor, ir a la cama como hemos hecho siempre? ¡Me muero de sueño! —Veo cómo su figura desaparece en el interior de mi habitación mientras me quedo estática en mitad del comedor.
Es evidente que para ella lo que acaba de pasar no significa lo mismo que para mí, si no, no podría decirme tan tranquila y como si nada que nos vayamos a la cama como hemos hecho siempre porque:
«¡Hola, querida Aura! No nos podemos ir a la cama como siempre porque, ¡sorpresa!, nada es como siempre. ¡Nos acabamos de besar, ¡joder!».
Toda la experiencia que tengo con las mujeres desaparece cuando se trata de Aura. Con ella todo es distinto o quizás es lo que siento lo que lo hace distinto.
Tengo la concepción de que una vez dichas las cosas en voz alta todo se vuelve más real y no hay vuelta atrás, por eso, escucharme decir, —aunque sea al espacio vacío de mi salón—, que estoy jodida e irremediablemente enamorada de Aura, me hace entrar en pánico ante la envergadura que conlleva semejante verdad.
***
La leve luz que se filtra por la ventana ilumina su cuerpo convirtiéndolo en la imagen más bonita que pueda recordar. No es la primera vez que compartimos cama, pero en esta ocasión, la situación tiene una verdad distinta. Algo ha cambiado aunque no hayamos hablado del tema. Tengo miedo de que cuando despierte las cosas cambien y no precisamente para bien, aunque no puedo evitar que el corazón me explote de una inmensa felicidad al verla entre mis sábanas. Me meto en la cama posicionándome lo más al borde posible.
«Casi que habría sido mejor dormir en el suelo. Al menos no estaría preocupada por caerme».
Me abrazo a la almohada tratando de darme las fuerzas necesarias para soportar una noche que se avecina eterna en la misma cama sin rozarle en lo más mínimo. Las ganas que tengo de borrarle el nombre a besos y hacerle el amor hasta que salga el sol, tampoco ayudan a que me relaje. Sin poder remediarlo, mi imaginación empieza a volar pensando cómo sería su cuerpo desnudo enredado en el mío, su calor, su sabor, su tacto sobre mi cuerpo, mi lengua sobre cada centímetro de su piel, sentir su orgasmo como mío, sentir nuestros cuerpos unidos siendo solo uno. La excitación se apodera de mí, consumiéndome en un fuego abrasador difícil de apagar, aunque me mantengo en esta posición. Necesito salir de esta cama antes de abalanzarme sobre ella y perder el poco control que me queda para hacer realidad las fantasías que bombardean mi cabeza y mojan mi entrepierna. Salgo temblando como puedo de la cama en busca de un vaso bien frío de agua, con la esperanza de que apague el calentón que llevo encima. Aliviar mis ganas estando bajo el mismo techo tampoco es una opción viable.
«Solo faltaba que me pillase en plena faena», sonrío maliciosamente ante mi ocurrencia.
Regreso a la cama con el deseo de poder descansar algo y, sobre todo, deseando dejar de pensar en el cuerpo desnudo de Aura y en las formas que me gustaría explorar hasta aprenderme cada una de sus curvas de memoria. Veo su lado vacío en la cama y se me hace realmente grande. Una sensación de pérdida me embarga haciendo que no me percate de su presencia.
—¿Problemas para dormir?
—Más de lo habitual. Demasiadas emociones para un solo día. ¿Y tú? —Siento cómo su cercanía vuelve a calentarme por completo mientras se mete en la cama.
—Demasiado calor. Necesitaba refrescarme. —Logro atisbar su sonrisa en la leve claridad de la habitación.
—Ya veo.
—Buenas noches, Laia. —Se gira dándome la espalda.
«¡Tan pancha!¡Tan pancha!».
***
El sonido de la alarma me despierta de lo que ha sido, posiblemente, una de las noches emocionalmente más extrañas de toda mi vida. Con el cuerpo de Aura literalmente sobre el mío, apago como puedo el despertador tratando de no despertarla. Una sensación de completa felicidad me abruma. Ver su brazo rodeando mi cintura con su cabeza descansando sobre mi pecho pasa a ser la única sensación que quiero sentir por el resto de mi vida.
«Joder lo moñas que me pongo de buena mañana».
Es en esta efímera soledad que Morfeo me regala cuando me doy cuenta de que estos sentimientos siempre han estado ahí a pesar de lo mucho que he hecho por tratar de ocultarlos. No sé si es la falta de sueño y el cansancio acumulado de una lucha constante desde que recuerdo, pero una valentía inusual se apodera de mi cuerpo.
«¿Y por qué no puede ser posible? ¿Por qué no intentarlo, no arriesgarse? ¿Por qué no luchar?», me pregunto mientras acaricio su brazo con toda la delicadeza que me es posible. Decidida a cambiar el rumbo de mi vida y a enfrentar las cosas, salgo de la cama muy a mi pesar para prepararme ante la inminente conversación que tenemos pendiente acerca de lo sucedido entre nosotras.
Dispongo dos tazas de humeante café recién hecho. Ambas somos adictas a nuestra dosis bien cargada de cafeína por la mañana y poder hacerle el desayuno es algo que me sale de forma natural y casi instintiva. Con los nervios enredados en la taza que sujeto entre las manos, aguardo a que salga. Espero cambiar el rumbo de nuestras vidas o, al menos, el de la mía. Necesito saber por qué me besó anoche y qué es lo que ha significado para ella ya que para mí ha puesto mi mundo del revés. Nunca me he permitido imaginar cómo sería poder decirle a Aura lo que en mí provoca así que no tengo nada pensado ni planificado, simplemente improvisaré y dejaré que la verdad salga sin más.
—Buenos días —saludo lo más tranquila posible al verla.
—Buenos días —me contesta sin levantar la cabeza del teléfono.
—¿Café?
—Me encantaría, pero tendrá que ser de camino. Tengo que irme pitando al cole. Vamos hablando, ¿vale? —Pasa a mi lado a toda velocidad sin mirarme.
El sonido de la puerta al cerrarse retumba en mi interior y hace que la casa se sienta enorme y helada. El olor de su perfume flotando en el aire, me sume en una tristeza difícil de expresar.
«Se ha ido sin más».
Resulta una jodida broma de mal gusto que el destino me haya cerrado la boca antes de intentar abrirla.
Me quedo mirando el desayuno con una mezcla de emociones en las que la rabia se va posicionando en primer lugar con bastante fuerza.
«Nada de regodearse en la mierda, Laia».
***
Tengo menos de dos días para tomar la decisión de qué hacer con el restaurante, así que todo lo demás, por ahora, puede esperar. Tras la última conversación con Rosa en la que me sugirió que me vendría bien dejarme ayudar por los demás, medito esas palabras y pienso seriamente en no volcar esta vez mis sentimientos sobre un papel y sí hacerlo sobre alguien que me pueda aportar un rayito de luz entre tanto cielo nublado. En cualquier otro momento habría acudido a mis amigos sin pensar, pero honestamente, en estos momentos lo que necesito es a alguien que vea las cosas desde la distancia que otorga el no estar involucrado a un nivel emocional conmigo, que me desconozca lo suficiente para poderme ofrecer una opinión lo más realista y honesta posible.
***
—Estás mucho más guapa de lo que recordaba. Me alegro de que me hayas llamado. —Sonríe mientras se acerca para saludarme.
—Y yo veo que no has perdido ni un poquito tu encanto.
—Contigo es sencillo. Tenía muchas ganas de verte. Estar aquí me pone muy contenta.
—Yo también tenía ganas de verte. Necesitaba un soplo de aire fresco y me has venido a la mente de inmediato.
—Suelo causar ese efecto —Me guiña el ojo—. Así que, ¿tenías ganas de verme?
—Muchas.
—¿Algún drama con el que necesites un empujón? —levanta las cejas divertida.
—Alguno que otro queda pero me pillas en plena fase de aprendizaje de soltarlos y dejarlos atrás.
—¡Brindo por eso! —Chocamos nuestras cervezas.
La tarde se nos escurre entre las manos y con ella, retazos de nuestras vidas. Es conexión primaria en estado puro; como si nos conociésemos de toda la vida. Hablamos sin filtros y a bocajarro. Es sencillo, es especial, y me doy cuenta de que Elena posiblemente sea eso que se conoce por un amarillo, como diría uno de mis escritores preferidos. Tras ponernos al corriente de nuestros estados actuales de vida, me vacío con el sentimiento de culpa ante la inminente pérdida del restaurante.
—Saca de tu cabeza la idea de que le estás fallando. Aprender a dejar ir, decir que no, asumir que lo que quieres es algo distinto de lo que los demás esperan de ti no es fallar, es crecer, es madurar, es adquirir el valor para coger lo que realmente quieres. Lo más bonito que puedes hacer por tu abuela y por ti es luchar por lo que te hace feliz. La manera más bonita de poder honrar su memoria es no olvidando lo que ella te ha enseñado. No creo que a Janice le gustase que fueras en contra de tus deseos, no creo que ella te haya educado así, Laia. El recuerdo de tu abuela no termina con la venta del restaurante, termina cuando pierdes la esencia de ser quien realmente eres. No pierdas eso jamás. —Me quedo perpleja ante un discurso que me deja la boca seca al tiempo que entrelazamos nuestras manos.
—Sabía que me ayudarías a respirar.
Nos quedamos así, con las manos cogidas durante un tiempo que parece infinito. No hacen falta más palabras. El cómodo silencio que nos rodea nos hace entrar en una sintonía atípica en la que nos encontramos de frente y sin miedo. Me aferro con fuerza. Me encuentro en paz.
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