Kitabı oku: «Diagnóstico del Espíritu Emprendedor y la actitud ante el emprendimiento de los jóvenes preuniversitarios de la Comunidad Valenciana»

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EDITA:
Cátedra de Empresa y Humanismo.
Universitat de València
PATROCINA:
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Catedrático de Organización de Empresas, Universitat de València
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Profesor Titular de Organización de Empresas, Universitat de València
Melanie Grueso Gala
Colaboradora Contratada Cátedra de Empresa y Humanismo, Universitat de València
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Profesor Titular de Organización de Empresas, Universidad Miguel Hernández de Elche
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Profesora Ayudante Doctora Organización de Empresas, Universitat Jaume I
Antonio José Verdú Jover
Catedrático de Organización de Empresas, Universidad Miguel Hernández de Elche
DISEÑO Y MAQUETACIÓN:
Victoria Lorenzo Plumed
Unitat de Suport al Vicerectorat de Projecció Territorial i Societat
ISBN: 978-84-9133-212-1
© de esta edición: Universitat de València,
2018.
© de los textos: los autores.
© de las imágenes: los propietarios.
Índice
CAPÍTULO 1
Introducción
1.1. Justificacióndel interés y la necesidad de emprendimiento y educación para el emprendimiento
1.2. Objetivos de la investigación
1.3. Estructura del informe
CAPÍTULO 2
Espíritu emprendedor y educación para el emprendimiento
2.1. Concepto de espíritu empresarial/emprendedor
2.2. Concepto de competencia emprendedora
2.3. Actitud, intención, conducta y resultados empresariales
2.4. ¿Los empresarios nacen o se hacen?
2.5. Concepto de educación emprendedora
2.6. El modelo de las 5E de la educación empresarial
2.7. La educación emprendedora: antecedentes, modelos, experiencias y prácticas
2.7.1. Iniciativas comunitarias de apoyo al espíritu emprendedor
2.7.2. Iniciativas comunitarias de apoyo a la educación emprendedora
2.7.3. Otras iniciativas internacionales de apoyo a la ducación emprendedora
2.7.4. Iniciativas no curriculares de apoyo a la educación emprendedora a nivel nacional
2.7.5. Desarrollo de programas curriculares de educación emprendedora a nivel nacional
CAPÍTULO 3
Espíritu y educación emprendedores en la Comunidad Valenciana
3.1. Conocimiento y comprensión del entorno
3.2. Percepeción de la dinámica económica y empresarial
3.3. Concepto y visión del empresario
3.4. Espíritu emprendedor: actitud ante el emprendimiento
3.4.1. Intensidad del espíritu emprendedor
3.4.2. Modelos de influencia en el espíritu empresarial
3.4.3. Actitudes clave ante la decisión de emprender: diversificación, ahorro, rentabilidad y riesgo
3.4.4. Motivaciones para emprender
3.4.5. Posesión de competencias emprendedoras
3.4.6. Obstáculos a la decisión de emprender
3.4.7. Percepción de factores claves de éxito en la creación de una empresa
3.5. Propensión hacia el emprendimiento social
CAPÍTULO 4
Conclusiones
ANEXO I Metodología de la investigación empírica
1. Metodología de la investigación documental
2. Determinación de la muestra
3. Recolección de información
4. Base de datos y características de la muestra
5. Análisis de datos
ANEXO II Resultados del estudio empírico en función de distintos criterios de segmentación
Bibliografía
CAPÍTULO 1
INTRODUCCIÓN
1.1. Justificación del interés y la necesidad de emprendimiento y educación para el emprendimiento
Los temas emprendedores, económicos y empresariales son asuntos de interés general, porque condicionan a todos los ciudadanos en diversos frentes, sea como emprendedores, empresarios, directivos, trabajadores, consumidores, inversores o ahorradores. La Economía, la Dirección de Empresas, el Comportamiento Empresarial, las Finanzas y las Teorías del Empresario, junto al Entrepreneurship como disciplina que las sistematiza de cara a la identificación y explotación de oportunidades, han dejado de ser unas áreas de especialización de interés restringido a los economistas, para convertirse en motivos de seguimiento y preocupación por cualquier ciudadano responsable e informado.
La importancia creciente que tienen los problemas emprendedores, económicos, financieros, directivos y empresariales en los distintos ámbitos de la sociedad y la forma tan directa en que afectan a todos individualmente y como miembros de organizaciones y comunidades, justifica la necesidad de una formación especializada que aporte a las nuevas generaciones las ideas, métodos y claves que necesitarán para entender la Economía, el Mercado, el Dinero, la Empresa y el Empresario como instituciones nucleares del mundo moderno y sus procesos de cambio. Las organizaciones productivas, el perfil de los empresarios que las promueven, las tecnologías y procesos que albergan, la naturaleza de los mercados donde compiten y las instituciones que las regulan y controlan, han sufrido una transformación radical en pocas décadas. Vivimos un mundo cada vez más complejo, entreverado de fuerzas empresariales, económicas y financieras, cuya comprensión requiere cada vez mayor esfuerzo, es decir, un mayor nivel educativo.
En este escenario futuro cada vez más complejo no sólo existirán riesgos y amenazas, también se presentarán oportunidades. Una de ellas deriva del cambio demográfico. La reducción de la natalidad y el aumento de las jubilaciones ofrecerá a los jóvenes más oportunidades, por cuanto los jubilados irán dejando a disposición de quienes les reemplacen un número cada vez mayor de puestos de trabajo, pero la cantidad de aspirantes irá disminuyendo reduciéndose la competencia por cada oportunidad laboral. Las previsiones por CEDEFOP (2014) de los empleos a cubrir debido al relevo generacional oscilan, para el periodo 2013-2015, entre 7,2 y 9,7 millones según el escenario sea pesimista u optimista, llegando a 8,9 millones en el escenario base (figura 1.1).
Sin embargo, puede observarse que el filón de empleo más atractivo se producirá para las personas que tengan estudios superiores, segmento en el que se prevé la creación de casi 5,2 millones de puestos. En cambio, para las personas con estudios básicos las oportunidades netas de empleo serán negativas, destruyéndose 2,3 millones de empleo en términos netos.
Desgraciadamente, en España siguen existiendo demasiados alumnos que se descuelgan de un proceso de aprendizaje que les capacite para mantener el ritmo de vida de sus antecesores. El porcentaje de jóvenes que ni estudian ni trabajan subió en 2017 al 17,1%, cuatro puntos por encima de la media europea. Aún peor es el hecho de que el 63,2% de los parados menores de 25 años que no estudian carecen de estudios postobligatorios y otro 24,5% sólo posee formación secundaria postobligatoria (INE, 2014). La tasa de fracaso escolar prematuro sigue situada en niveles inaceptables. España se mantuvo en 2017 como el segundo país de la Unión Europea con mayor abandono escolar, llegando la tasa de jóvenes entre 18 y 24 años que abandonaron de forma prematura los estudios sin completar el primer ciclo de secundaria y que no reciben ningún tipo de formación al 18,3%. Hay pues una abundante bolsa de jóvenes inactivos que no estudian ni trabajan, y que carecen de la cualificación necesaria para reintegrarse en el mercado laboral. La nota positiva es que España ha logrado reducir este índice desde el 30,3% observado en 2006, pero sigue por encima del objetivo del 15% pactado en la Unión Europea para 2020 y de la media comunitaria situada en el 10,6% en un 80%.
Figura 1.1. Oportunidades de empleo (en miles de personas) previstas en Europa por nivel de estudios en el periodo 2013-2015. Escenario económico de base.

Fuente: CEDEFOP (2014).
Figura 1.2. Determinantes de la probabilidad de estar ocupado de los jóvenes entre 16 y 34 años. Datos de España, año 2012 (% del total).

Fuente: elaboración propia de Serrano & Soler (2015) a partir de PIAAC y OCDE.
Es más, tanto para defenderse en un entorno cada vez más difícil como para aprovechar las oportunidades que el mismo brinde, los jóvenes necesitarán un arsenal de competencias ajustado a las necesidades de la vida social y económica futura. La probabilidad de conseguir ocupación crece directamente con el nivel de estudios completados, aunque el aumento de la probabilidad es más que proporcional al crecimiento de las competencias efectivas poseídas. Como vemos en la figura 1.2, los jóvenes españoles entre 16 y 34 años con estudios universitarios tenían en 2012 un 70% más de probabilidades (5,3 puntos porcentuales) de encontrar trabajo que los que sólo habían finalizado los obligatorios. Pero, a igualdad de nivel educativo, el diferencial de probabilidad de encontrar empleo entre los que poseían el menor y el mayor nivel de competencias en matemáticas superaba el efecto de pasar de tener estudios secundarios postobligatorios a una titulación universitaria (6,6 puntos porcentuales adicionales).
El nivel efectivo de competencias no sólo determina las expectativas de logro de empleo, sino también el tipo de trabajo a su alcance. Tanto la empleabilidad como la cualificación requerida por el trabajo dependen mucho más del nivel de competencias (por ejemplo, en matemáticas) que del título poseído. Por ello, la sobrecualificación (es decir, el empleo en trabajos con un pobre nivel de exigencias en capacidades) se concentra en los jóvenes con menores competencias, mientras que los empleos más atractivos son copados por los que tienen un nivel más alto de competencias (figura 1.3). La sobrecualificación debe pues filtrarse en función del nivel efectivo de competencias.
Figura 1.3. Distribución de los sobrecualificados universitarios según nivel de competencias en matemáticas. Jóvenes menores de 35 años, España, datos de 2012.

Fuente: elaboración propia de Serrano & Soler (2015) a partir de OCDE.
De nuevo en este punto la situación española es poco alentadora. PIACC (Programa internacional para la evaluación de las competencias de la población adulta) (OCDE, 2013d) ha evidenciado el bajo nivel competencial español, que se plasma en el creciente peso de alumnos que finalizan la formación secundaria sin un control pleno de competencias básicas como son la comprensión lectora, la capacidad de redacción o la capacidad de resolución de problemas. Casi el 60% de los jóvenes españoles menores de 35 años tienen un nivel de competencias en matemáticas bajo o muy bajo, en tanto que apenas un 5% alcanzan el máximo nivel. Estos porcentajes son muy inferiores a las medias de la OCDE, que se sitúan en el 43,4% y 14,7%, respectivamente (figura 1.4).
Figura 1.4. Porcentaje de jóvenes según nivel de competencias en matemáticas. PIAAC 2012. Comparación de medias entre España y la OCDE.

Fuente: OCDE.
La formación y el nivel de competencias del capital humano de un país no sólo influyen en su estructura laboral, sino que tiene efectos igualmente beneficiosos sobre otras variables críticas para el bienestar nacional, como son el crecimiento económico, la innovación y el emprendimiento. El espíritu emprendedor es un ingrediente ineludible para reconducir la economía hacia sendas de crecimiento sostenido y competitivo. Para comprender la relación entre emprendimiento y crecimiento económico, puede partirse del concepto schumpeteriano de “destrucción creativa”, en el cual el desarrollo emerge bajo el impuso de la acción disruptiva de aquellos emprendedores que introducen innovaciones con potencial para transformar las reglas de juego y reemplazar las firmas existentes en la industria e incluso para reinventarla (Richardson, 2004, Hebert & Link, 1988).
Como ha insistido el Círculo de Empresarios (2009: 5), las personas emprendedoras son los impulsores clave de la innovación e inyectan en la economía flexibilidad y capacidad de adaptación. La actividad emprendedora se traduce en procesos de innovación en productos y/o procesos, en introducir nuevas tecnologías, en encontrar aplicaciones de mercados a nuevas tecnologías o en coordinar eficientemente equipos de recursos y capacidades en el interior de la organización. La innovación empujada por el afán emprendedor y plasmada en estos efectos mejora el rendimiento del capital físico, humano o tecnológico, y por esta vía influye positivamente en el crecimiento de la productividad (Klenow & Rodríguez, 1997, Richardson, 2004). La formación es igualmente el ingrediente esencial para mejorar el desempeño del capital humano en términos de mejora de la cantidad y calidad de los bienes y servicios a los que aporta trabajo, y por esta segunda vía constituye un determinante crítico para el crecimiento de la productividad.
El Libro Verde sobre El espíritu empresarial en Europa (European Commission, 2003a) fue el punto crucial desde el cual la Comisión Europea empezó a destacar la importancia de las empresas y del espíritu empresarial para forjar una Europa más dinámica y competitiva. La (European Commission, 2004a, 2005a,c,d,e,h,i, 2006a, 2010b, 2011d, 2012d, 2013a,e, 2016d) como una pieza crucial para impulsar la creación de empleo, recordando que en los años 90 las empresas nuevas de rápido crecimiento fueron las que más contribuyeron a reducir el desempleo, y que los países con mayores índices de iniciativa empresarial fueron también los que ostentaban mayores tasas de ocupación (European Commission, 2003a: 7-8). En la misma línea apuntaba el White Paper, Embracing innovation: Entrepreneurship and American economic growth (NCOE, 2001), que responsabilizaba a 350.000 empresas de crecimiento rápido de la creación de dos tercios de los nuevos puestos de trabajo entre 1993 y 1996. Un estudio a partir de US Census Bureau (Business Dynamics Statistics) (Haltiwanger, J., Jarmin, R., Miranda, J., 2009) estimaba que, sin los puestos de trabajo creados por las nuevas empresas, el crecimiento medio neto del empleo habría sido negativo en Estados Unidos durante el periodo 1980-2005. La estimación de la Comisión Europea en base a datos de Eurostat de 2009 estimó que las nuevas empresas (pymes principalmente) representaban el principal yacimiento de empleo, creando más de cuatro millones de puestos de trabajo al año en Europa (European Commission, 2013a: 4).
El Libro Verde (European Commission, 2003a: 8-9) agregaba otras bondades de la iniciativa empresarial: creación de riqueza, estímulo del crecimiento de la economía, fomento de la cohesión económica y social, mejora de la competitividad de las empresas, la productividad y la competitividad general de la economía (merced a su incentivo de una mayor competencia que debería animar la innovación), extracción de todo el potencial personal, aporte a la resolución de los problemas sociales y medioambientales y colaboración en el desarrollo de la economía social y la innovación social.
El espíritu emprendedor es igualmente una cualidad que adorna a las personas con mayor capacidad creativa e innovadora. Gerber (1997) ha destacado que “la personalidad emprendedora hace que cualquier situación, por trivial que resulte, se convierta en una excepcional oportunidad. El emprendedor es el visionario que hay en nosotros. El soñador. La energía detrás de cualquier actividad humana. La imaginación que enciende el fuego del futuro. El catalizador del cambio”. Por tanto, el emprendimiento es un atributo a desarrollar cuando se quiere potenciar el progreso hacia la economía del conocimiento. Es también un elemento esencial como componente de la respuesta sistémica a que las personas y las organizaciones se verán obligados para adaptarse al entorno incierto y complejo que se avecina (Stevenson, 2004, Gibb, 2007).
Figura 1.5. Situación del intraemprendimiento en España.

Fuente: Informe Emprendimiento Corporativo en España (2017).
Figura 1.6. Preferencias por asalariado/autoempleado en la Unión Europea y otros países, 2002-2012.

Fuente: Flash Eurobarometer, 354, 2012, pp. 198.
El emprendimiento y la innovación han adquirido tal importancia en la economía moderna que muchas grandes empresas han promovido programas internos para potenciarlos. Según el informe Emprendimiento corporativo en España: gacetas y elefantes bailan sin pisarse (2017), impulsado por el Centro Internacional Santander y elaborado por Deusto Business School, Universidad Autónoma de Madrid, Universidad de La Rioja y la consultora Neoris, el 86% de las empresas encuestadas cuentan con programas de promoción del intraemprendimiento orientado a atraer y promover el espíritu emprendedor. La justificación de esta acción descansa en tres ejes. Primero, en el hecho que la atracción de talento es crítica para la competitividad empresarial; de ahí que nueve de cada diez aprecien este tipo de habilidad en sus procesos de selección de personal. La segunda razón alude a los efectos de la actividad intraemprendedora sobre el negocio, que se reputan netamente como positivos, llegando un 37% de casos a cuantificarlo. Por último, la necesidad de promover el intraemprendimiento deriva del objetivo de intentar minorar el porcentaje de empleados que abandonan su puesto de trabajo para iniciar su propio negocio, problema que el informe ha constatado en el 43% de compañías (alcanzando el 25% las empresas en las que han llegado a perder más de 25 trabajadores por este motivo) (figura 1.5). Estos datos revelan que el emprendimiento no es un fenómeno limitado a la micro o pyme.
A pesar del potencial de crecimiento económico y de mejora del bienestar social e individual que el emprendimiento trae teóricamente consigo, el ciudadano medio sigue sufriendo amplias y profundas carencias en espíritu emprendedor y en alfabetización económico-financiera-directivo-empresarial, que dejan caer su efecto negativo sobre las vocaciones empresariales. El Libro Verde sobre El espíritu empresarial en Europa (European Commission, 2003a) y la Small Business Act para Europa (European Commission, 2008b: 5) ya destacaron, en base a las estadísticas del Eurobarómetro, que los europeos prefieren ser trabajadores por cuenta ajena en tanto que en Estados Unidos se decantan por ser empresarios. Los datos comparados del periodo 2002-20121 indican que el porcentaje de la población europea (UE 27) que prefiere ser asalariado es el 58%, con una subida de 9 puntos durante la década, frente a un 37% que gustaría ser auto-empleado (cayendo 8 puntos). La vocación emprendedora europea es significativamente menor a la de Estados Unidos, donde los pesos respectivos son el 46% y el 51%, si bien también en este país dicha vocación ha retrocedido 4 puntos. El contraste es mayor aún con países como Turquía y Brasil donde un 82% y 63% de la población desea realizarse empresarialmente (figura 1.6).
La situación no es más alentadora en España. Según los datos del Flash Eurobarometer, en 2012 el porcentaje de personas que gustarían de ser independientes económicamente era el 35%, dos puntos por debajo de la media de la UE27. Este valor nos sitúa en la franja baja de los países de la Unión Europea y con un descenso de 5 puntos respecto a 2002 (gráfico 1.6). Los datos de GEM hablan de la misma situación. El emprendimiento de los jóvenes españoles es significativamente bajo (6,5%), siendo una tercera parte menor que la media europea (9,2%) y situándose en la mitad de Estados Unidos (12,4%), y habiéndose reducido aún más durante los años de crisis (figura 1.7). La economía española se coloca pues entre los países europeos con menor actividad emprendedora.
Si tomamos como fuente Eurostat (figura 1.8), observamos que el peso de los ocupados emprendedores (auto-empleados) ha disminuido de forma caso continua desde la segunda mitad de los años 80, cayendo desde el 22,4% de 1986 hasta el 16% en 2017. Es fácil apreciar dos tendencias. La primera habla del crecimiento directo del porcentaje de emprendedores con la edad, de manera que el peso relativo de los emprendedores sobre los ocupados es 13 veces mayor en los de 65 ó más años que entre los de 15-24 años. Los jóvenes en su primera etapa laboral no suelen optar por el autoempleo, de modo que sólo un 4% de ellos entran en esta categoría, subiendo al 8,9% entre 25-29 años, hasta llegar al 53% en los de 65 ó más años. Los datos pueden revelar un crecimiento del interés emprendedor con la ganancia de experiencia laboral, o la debilidad del espíritu emprendedor en los jóvenes salidos de la escuela que es suplida progresivamente con el aprendizaje laboral. La segunda pulsión pronostica el paulatino debilitamiento del espíritu emprendedor entre la población ocupada en todos los segmentos de edad, excepto en los de 65 años o más, que viene desde la segunda mitad de los años 90. El porcentaje de autoempleo entre los jóvenes de 15-4 años subió del 6,3% al 6,6% entre 1986 y 1996, cayendo hasta el 4% en 2010; la segunda fase de la crisis entre 2011 y 2014 indujo un crecimiento del emprendimiento por necesidad llevando el índice al 6,5%, que ha dado paso con la recuperación económica desde 2015 a la recaída en la tendencia descendente de fondo que traslada la debilidad del emprendimiento por oportunidad.
Figura 1.7. Evolución del porcentaje de emprendedores en la población española (índice TEA) por grupos de edad. Periodo 2003-2013.

Fuente: Hernández (dir., 2014).
Figura 1.8. Evolución del porcentaje de emprendedores en la población española (medido por el % de autoempleados sobre el total de empleados) por grupos de edad. Periodo 1986-2017.

Fuente: Eurostat.Elaboración propia.
Algunos estudios (p.e., Consejo Superior de Cámaras de Comercio, 2006: 23) también utilizan como indicador del grado de emprendimiento de un país el ritmo de crecimiento de sus empresas. Aunque el primer acto emprendedor suele traducirse en el nacimiento de una microempresa, la capacidad emprendedora se demuestra también en forjar proyectos con alta capacidad de crecimiento, en los que las nuevas unidades productivas incurren en procesos acelerados que las llevan a dimensiones medianas o grandes con rapidez, o que se traducen en la entrada acelerada en nuevos mercados. El emprendedor no siempre se ve circunscrito al techo de cristal que frena el desarrollo de las empresas nacientes, por lo que en una economía emprendedora el tamaño medio de las empresas (y la cuota de ellas de gran tamaño) será mayor o se crearán compañías con más alto potencial expansivo. Así lo indican estudios como el de Hall & Jones (1999), en cuya comparación de Europa y América Latina encuentra que la relación entre el tamaño de las empresas de más de 26 y menos de 6 años de edad es de siete y tres veces, respectivamente. Hsieh & Klenow (2014) reportan resultados similares de la comparación entre las empresas de Estados Unidos y México con más de 40 y menos que 5 años de edad, situándose la ratio en 8 veces en el primer caso frente a sólo dos veces en el segundo. En este sentido, destacan que en los años 90 sólo 1 de cada 20 pymes europeas podía calificarse como gacela, frente a 1 de cada 4 norteamericanas. La SBA (European Commission, 2008b: 3) aporta nuevos datos sobre el menor crecimiento de las pymes europeas frente a las estadounidenses: el número de puestos de trabajo de las empresas supervivientes en su séptimo año crece una media del 10%-20% en las primeras, mientras que alcanza el 60% en las segundas.
La creencia en la importancia del emprendimiento y la misma propensión emprendedora de los jóvenes europeos, y los españoles dentro de ellos, han sido debilitadas por una amplia lista de condicionantes que limitan el desarrollo del espíritu empresarial y su traslación a iniciativas creadoras de valor. Según el Flash Eurobarometer 146 “Espíritu empresarial”, dado a conocer en octubre de 2003, si bien el 47% de los europeos declaraba preferir el empleo autónomo, sólo el 17% hacía realidad sus ambiciones. Sólo un 4% de los europeos había dado pasos para crear una empresa en los últimos tres años, frente al 11% de estadounidenses. El Libro Verde sobre El espíritu empresarial en Europa (European Commission, 2003a) reconoció un amplio abanico de obstáculos que alimentaban las reticencias a emprender nuevos negocios, unos de ellos administrativos y otros financieros (conseguir el capital necesario para constituir e impulsar la nueva empresa). Pero las principales barreras provienen de las instituciones.
Los errores de diseño normativo, que obstaculizan los intentos del emprendedor de crear y desarrollar su nueva empresa y del empresario honrado que ha fracasado de crear una nueva empresa, son parte de las barreras a remover para animar el espíritu empresarial. Los pequeños emprendedores mantienen que el principal obstáculo a la creación y supervivencia de sus negocios es el coste obligado para el cumplimiento de las normas administrativas, totalmente desproporcionada respecto a las empresas de mayor tamaño. El informe del Grupo de Expertos sobre Models to reduce the disproportionate regulatory burden on SMEs de mayor de 2007 calculaba que por cada euro gastado por empleado en una gran empresa para cumplir una obligación reglamentaria, una pequeña empresa podía tener por término medio que gastar hasta 10 euros (European Commission, 2008b: 8). Entre los problemas normativos ligados al fracaso se incluyen el carecer de una legislación que facilite una liquidación rápida de los negocios no viables, pues en la UE la duración media para resolver un procedimiento de quiebra suele alargarse entre cuatro meses y nueve años (European Commission, 2008b: 8); o que al reducir la protección social para el trabajador por cuenta ajena que decide hacerse empresario merman su predisposición emprendedora. Todas estas obligaciones administrativas no son sólo un pesado lastre para el dinamismo empresarial. Suelen ir unidas a restricciones y regulaciones que impiden un funcionamiento eficiente de los mercados y obstaculizan el efecto dinamizador de la competencia.
El marco institucional vigente, tanto formal (leyes, normas y reglamentos) como informal (creencias, actitudes y costumbres), condiciona a través de incentivos y oportunidades las conductas de los distintos agentes que operan en el entorno. En concreto, el entorno institucional define, crea y limita las aspiraciones, intenciones y oportunidades empresariales, afectando por ello el alcance y la velocidad de crecimiento de los proyectos emprendedores (Shane, 2003). Es bien conocido el estudio de Covin & Slevin (1989), que señalaba a los valores sociales y culturales dominantes en el país como un predictor significativo de la intención emprendedora (explicando el 7,5% de su variación).
Entre las barreras institucionales a la difusión del espíritu empresarial, las actitudes europeas ante esta vocación y el fracaso son losas destacadas. El primer problema actitudinal relevante que lastra el espíritu empresarial es la imagen del empresario y la percepción del valor de la carrera empresarial. El Libro Verde postula que “la creación de una sociedad más favorable a la empresa es asunto de todos”, bajo la premisa de que “el riesgo que presenta la vida empresarial no se valora lo suficiente”. E incluso cuando se acepta que las empresas son agentes creadores de riqueza, suelen desvincularse del empresario que ha sido su artífice y, por ello, no concede a éste el reconocimiento y el prestigio social que merecerían. La misma Comisión Europea en su Plan de Emprendimiento 2020 (European Commission, 2013a: 23) afirma:
Europa tiene un número limitado de éxitos empresariales conocidos; esto se debe a que el emprendimiento no se ha ensalzado como una carrera preferente. Es raro que en Europa ser «emprendedor» se valore como algo deseable. A pesar de que los emprendedores crean puestos de trabajo y potencian la economía, los medios no presentan sus éxitos como un modelo. Para los jóvenes, esto hace que una carrera empresarial tenga un rango bastante bajo en la lista de profesiones atractivas, y es un efecto disuasorio para los que podrían querer convertirse en emprendedores.