Kitabı oku: «Maravillas, peregrinaciones y utopías»

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MARAVILLAS, PEREGRINACIONES Y UTOPÍAS: LITERATURA DE VIAJES EN EL MUNDO ROMÁNICO

MARAVILLAS, PEREGRINACIONES Y UTOPÍAS: LITERATURA DE VIAJES EN EL MUNDO ROMÁNICO

Rafael Beltrán, ed.

PUBLICACIONS DE LA UNIVERSITAT DE VALÈNCIA DEPARTAMENT DE FILOLOGIA ESPANYOLA 2002


Aquesta publicació no pot ser reproduïda, ni totalment ni parcialment, ni enregistrada en, o transmesa per, un sistema de recuperació d’informació, en cap forma ni per cap mitjà, sia fotomecànic, fotoquímic, electrònic, per fotocòpia o per qualsevol altre, sense el permís previ de l’editorial.

© Els autors, 2002

© D’aquesta edició: Universitat de València, 2002

Producció editorial: Maite Simon

Fotocomposició i maquetació: Ligia Sáiz

Correcció: Isidre Martínez Marzo


Il·lustració de la coberta:Jerusalén, fragmento de un mapa de Palestina dibujado por Erhard Reuwich en 1486

ISBN: 978-84-370-9207-2

ÍNDICE

Presentación. Rafael Beltrán

PRIMERA PARTE

MARES, SUEÑOS, VUELOS Y PARAÍSOS

1. El Alejandro medieval, el Ulises de Dante y la búsqueda de las Antípodas. Alan Deyermond

2. El imaginado desvelo por los viajes del poeta cordobés don Pedro González de Uceda. Francisco López Estrada

3. Una caracterización del viaje en la narrativa medieval a través del medio extraordinario utilizado: el viaje aéreo (de Cleomadés a Don Quijote). Antonia Martínez Pérez

4. Viajeros en busca del Paraíso Terrenal. Eugenia Popeanga

5. El viaje de Dante por los cielos. Joaquín Rubio Tovar

6. El aprendizaje de la infirmitas: luz y tinieblas en los espacios del navegante. Isabel Soler

SEGUNDA PARTE

EL VIAJE A JERUSALÉN Y A LOS LUGARES SAGRADOS: CRUZADA Y PEREGRINACIÓN

7. En torno al Viaje de Jerusalén de Francisco Guerrero. Julio Alonso Asenjo

8. Los misterios de Jerusalem de El Cruzado (un franciscano español por Oriente Medio a fines del siglo XV). Nieves Baranda

9. El Viaje a Jerusalén del marqués de Tarifa: un nuevo manuscrito y los problemas de composición. Vicenç Beltran

10. El relato de viajes como intertexto: el caso particular de las crónicas de cruzada. César Domínguez

11. Los viajes rituales en Valencia y Cataluña: rogativas y peregrinaciones. Àlvar Monferrer i Monfort

TERCERA PARTE

LIBROS DE MARAVILLAS

12. El viaje literario de las amazonas: desde las Estorias de Alfonso X a las crónicas de América. Ana Benito

13. Razas humanas portentosas en las partidas remotas del mundo (de Benjamín de Tudela a Cristóbal Colón). Juan Casas Rigall

14. La percepción de la maravilla en los relatos de viajes portugueses y españoles de los siglos XVI y XVII. José Manuel Herrero Massari

15. La recepción de un manuscrito francés del Libro de las maravillas del mundo: ¿un dato nuevo sobre la identidad del autor? Marie-José Lemarchand

16. Los viajes de Juan de Mandeville o el mercado del conocimiento. Estela Pérez Bosch

CUARTA PARTE

ESPACIOS NARRATIVOS

17. El espacio narrativo a la aparición de la literatura de viajes del siglo XIII. Fernando Carmona

18. Analizar un relato de viajes. Una propuesta de abordaje desde las características del género y sus diferencias con la literatura de viajes. Sofía M. Carrizo Rueda

19. Hombres virtuosos y mujeres escandalosas en las Andanças de Pero Tafur. Karen Daly

20. El viaje y los viajes en la literatura bizantina. Rubén Montañés

21. Literatura de viajes y libros de caballerías: la Crónica de Adramón. Emilio José Sales Dasí

QUINTA PARTE

UNA MIRADA, HOY

22. Una mirada actual al viaje desde el Mediterráneo a Oriente en la Edad Media. Rafael Beltrán

PRESENTACIÓN

Decía hacia la década de 1550 el anónimo autor del Viaje de Turquía, que «aquel insaciable y desenfrenado deseo de saber y conoscer que natura puso en todos los hombres [...] no puede mejor ejecutarse que con la peregrinación y ver de tierras extrañas». El libro que tiene en sus manos el buen lector y no peor caminante –si no peregrino, seguro que devoto, y de los de misa diaria, de trabajos de seso y ciencia que se asientan en realidades cotidianas antiguas– ha sido concebido desde ese mismo «insaciable y desenfrenado deseo de saber y conoscer», pero preparado con una mucho más sencilla y humilde ambición.

Partimos de que el lector, hombre moderno, disfrutará de cuando en vez de los viajes de placer, pero sobre todo los soñará melancólicamente y se recreará en ellos con fruición, mientras se halla enfrascado entre sus prosaicos utensilios durante las largas horas de trabajo (de hecho, todo es uno: inglés, travel, y francés, travail). Partimos de que, además, muchas veces esos duros trabajos estarán relacionados, si no directamente con los viajes, sí con las geografías, historias o culturas del pasado. Con esos presupuestos, nuestra intención sería administrarle alguna provisión necesaria, algún viaticum –no pasaporte ni licencia, sino en un sentido etimológico, de nuevo la misma semilla y raíz– para el segundo tipo de trayecto, es decir, para un viaje a ese Más Allá de lo pretérito. No cabe duda de que el camino requiere, amén de alforjas llenas de curiosidad y credulidad, el concurso de fiables atlas y de probadas brújulas.

Pretendemos dar pertrechos, pues, en forma de guía, para visitar algunos de aquellos territorios del tiempo, no tan lejanos, donde, sin perder pie, el hombre sentía como reales muchos sueños de siempre, contemplaba las maravillas más espeluznantes, alcanzaba por mar o por tierra los infinitos, o participaba inconscientemente en la destrucción de las utopías y de los cielos. Ofrecemos cuadernos de bitácora de navegantes experimentados para trasladarnos con mayores garantías de seguridad a esos siglos en los que, tras su experiencia, ese mismo hombre, si es que milagrosamente no había perecido en el empeño, regresaba a su tierra y, ante el fuego del hogar, relataba sus aventuras a sus familiares, a veces, para nuestro gozo, legando también sus cuentos por escrito para que la posteridad los descifrara como un regalo misterioso y de valor incalculable.

Entre el 24 y el 26 de noviembre de 1999, el Departamento de Filología Española de la Universitat de València, con la colaboración de la Facultad de Filología y del programa Cinc Segles (1499-1999) de la misma universidad, organizó unas Jornadas sobre Literatura de Viajes en el Mundo Románico. Pretendíamos ofrecer a los estudiantes una visión interdisciplinar de la literatura de viajes medieval y renacentista. Aproximarnos al género, incluyendo tanto libros de viajes verídicos (peregrinaciones, misiones, cruzadas, embajadas, viajes comerciales, expediciones bélicas), como textos seudohistóricos, viajes reales ficcionalizados, geografías o mapas comentados, cosmografía alegórica, secciones enciclopédicas, mundos imaginados, bestiarios presentados como antípodas, etc. Para evitar la dispersión excesiva, esquivamos a propósito la literatura de viajes al Nuevo Mundo, lo mismo que la fascinante cronística de Indias –y aun así, afortunadamente, dos ponencias entraron de lleno en ese campo–, limitándonos al territorio del mundo románico –la única excepción fue una ponencia sobre el viaje en el mundo bizantino–. Pese a esas exclusiones forzosas, como principio orientativo nos guiaba la idea de que –como ha dicho Mario Vargas Llosa– aquellos cronistas, o periodistas primigenios que creyeron ver elefantes en la isla Hispaniola, o sirenas en el Amazonas, o localizar animales importados de la mitología grecorromana en las selvas y cordilleras americanas, no podrán ser nunca llamados embusteros, pero tampoco visionarios. Sencillamente denominaban una realidad desconocida, ante la que se sentían deslumbrados y aterrados, y lo hacían con modelos imaginarios arraigados que les facilitaban la adaptación al mundo fabuloso que hollaban por vez primera: el Dorado, la Fuente de la Juventud, Preste Juan, Miraflores (el palacio de Oriana en el Amadís de Gaula), California (la principal de las amazonas), como antes había ocurrido con la denominación de las islas de Lanzarote o Fuerte Ventura.

Sorprendentemente, porque no habíamos propuesto ningún tema concreto a los más de veinte conferenciantes que aceptaron la invitación, los mismos títulos de las propuestas, y luego sus desarrollos, fueron ordenando un mapa estratégico de intereses en torno a regiones temáticas que hemos tratado de respetar a la hora de disponer los artículos dentro del volumen: el viaje imaginado, aéreo, marítimo o terrestre, a los cielos, a las Antípodas, a las tinieblas... («Mares, sueños, vuelos y paraísos», con las contribuciones de Alan Deyermond, Francisco López Estrada, Antonia Martínez, Eugenia Popeanga, Joaquín Rubio e Isabel Soler); el viaje a Jerusalén, axis mundi y destino de peregrinación en la Edad Media y el Renacimiento («El viaje a Jerusalén y a los lugares sagrados: cruzada y peregrinación», con las contribuciones de Julio Alonso, Nieves Baranda, Vicenç Beltran, César Domínguez y Àlvar Monferrer); la percepción y plasmación escrita de lo real y lo maravilloso, desde las lógicas fantasías de Jean de Mandeville hasta los fascinantes relatos de los siglos XVI y XVII («Libros de maravillas», con las colaboraciones de Ana Benito, Juan Casas, José Manuel Herrero, Marie-José Lemarchand y Estela Pérez Bosch); y, por último, la reflexión sobre el género literatura de viajes o libros de viajes, sobre su aparición, sus formantes o su relación con otros géneros («Espacios narrativos», con los artículos de Fernando Carmona, Sofía Carrizo, Karen Daly, Rubén Montañés y Emilio José Sales).1

Mientras preparaba el volumen, los pasos del editor, que hasta ese momento se habían limitado a coordinar las Jornadas y tratar de conducir a buen puerto sus actas, se empecinaron con obstinación en plasmar algunas reflexiones en torno a determinados reflejos que encontramos –y otros que nos sorprende justamente no hallar, como quizás esperaríamos– en los relatos de algunos viajeros, guerreros, embajadores, comerciantes o escritores de la historia del Mediterráneo; historia entendida braudelianamente como geohistoria en evolución, apertura y expansión, con períodos en ocasiones de conquista o colonización unívoca, destructora, bárbara, pero en otras –en alternancia o en simultaneidad– de fructífero intercambio político, comercial y cultural. Espero que el amable lector, definitivamente dignísimo viajero de gabinete y mesa camilla (¿habrá que aver-gonzarse de ello hoy, cuando parece que el viaje no tenga más riesgo que la pérdida de maletas?), sepa disculpar ese desvío último y aproveche directamente los muchos temas de mayor enjundia que preceden y que dan pleno sentido al volumen.2

1. Participaron en las Jornadas, además de los autores de los artículos que componen el presente volumen, Miguel Ángel Pérez Priego («Viajeros en la España del siglo XV»), Josep Izquierdo («Visions de l’Infern i el Purgatori en la literatura catalana medieval») y María Jesús Lacarra («El libro del conosçimiento de todos los reinos del mundo: el manuscrito de Zurita»). Un hermoso recital de música sefardí, a cargo de Rosa Zaragoza, puso contrapunto lírico a la sesión dedicada a los viajes a Jerusalén. Hubo dos mesas redondas. La primera dedicada a las «Peregrinaciones, ayer y hoy (La Meca, Oriente, Jerusalén...)», con comunicaciones de Josefina Veglison («La peregrinación a La Meca y la literatura árabe de viajes»), Chiharu Fukui («Las peregrinaciones japonesas») y Alba Toscano («La peregrinación a Jerusalén»). La segunda, sobre «Peregrinar, de Valencia a Santiago de Compostela», con comunicaciones de Àlvar Monferrer («El contexto de las peregrinaciones en el País Valenciano»), Manuel García Comas («En torno a la peregrinación de Santiago») y Ángeles Fernández («Caminos de Valencia a Santiago»).

2. He de agradecer, en la coordinación de las Jornadas que dieron origen a este libro, la colaboración de Sergio Arlandis, Mª Carmen Barcos, Beatriz Ferrús, Laura Gallego, Mamen Oliver, Mónica Pauner, Estela Pérez Bosch, Francisco Ramos, Ángel Saiz e Inmaculada Uceda; asimismo, la coordinación técnica de Héctor H. Gassó y Diego Romero. Igualmente, la colaboración en la revisión y regularización bibliográfica de los artículos a Estela Pérez Bosch. Su tarea previa, meticulosa y paciente, ha facilitado enormemente mi trabajo de edición. Laura Gallego contribuyó también en las correcciones. Por último, Diego Romero, Héctor H. Gassó y Estela Pérez Bosch tradujeron el texto de Àlvar Monferrer, originalmente escrito en catalán (la traducción fue posteriormente revisada por el autor).

PRIMERA PARTE

EL ALEJANDRO MEDIEVAL, EL ULISES DE DANTE Y LA BÚSQUEDA DE LAS ANTÍPODAS

Alan Deyermond

Queen Mary, University of London

We are the Pilgrims, master; we shall go

Always a little further: it may be

Beyond that last blue mountain barred with snow

Across that angry or that glimmering sea [...]

We travel not for trafficking alone;

By hotter winds our fiery hearts are fanned:

For lust of knowing what should not be known,

We take the Golden Road to Samarkand.

(James Elroy Flecker, Hassan)

1. Introducción

Los muchos libros de viajes de la Edad Media mezclan siempre la realidad y la fantasía, aunque en proporciones muy distintas. En un extremo, las Andanças e viajes de Pero Tafur y los diarios de Colón son relaciones más o menos auténticas de viajes reales; en el otro, el Libro de las maravillas del mundo atribuido a Sir John Mandeville es en gran parte ficticio, y el Libro del conoscimiento de todos los reynos y tierras y señoríos que son por el mundo se apoya en mapas para los datos que se presentan como observaciones personales. Pero incluso en estos casos límites, hay una mezcla: Colón ve el océano y las islas americanas a través de sus lecturas previas y su ideología místico-caballeresca, mientras que los datos geográficos del Libro de los conoscimientos son a menudo exactos en cuanto a las regiones menos alejadas. De modo parecido, los viajes narrados en obras de ficción –sean de la matière de Rome, como el Libro de Alexandre, sean de la matière de Bretagne, como Tristán de Leonís– reflejan la realidad geográfica al lado de la invención.

2. Las Antípodas

Cuando se trata del mundo conocido, de lo que los griegos antiguos llamaron el oikoumene (a fines de la Edad Media, bastante ampliada –véase Hay 1991–), la mezcla de realidad y fantasía es notable. Pero más allá del oikoumene hubo regiones totalmente desconocidas e incluso, según la visión medieval del mundo, imposibles de conocer. La existencia de las Antípodas y el origen de sus hipotéticos habitantes –temas ya muy discutidos en la Antigüedad clásica– se debatían vigorosamente en la época patrística y la baja Edad Media.1 Se trataba de una cuestión no sólo geográfica sino teológica. El mundo se dividía en cinco zonas, dos de las cuales eran inhabitables a causa del frío extremo y una a causa del calor extremo, de modo que la zona habitable del sur (las Antípodas) quedaba irrevocablemente aislada de la del norte (Europa, Asia y el norte de África). Esta opinión medieval nace de los antiguos mapas del mundo según zonas.2


Era imposible, según esta opinión, conocer las Antípodas; sólo se podía especular. El problema teológico se centraba en los posibles habitantes: si vivían hombres allí, ¿descendían de Adán y Eva? Fue igualmente imposible contestar sí o no, ya que la descendencia de nuestros primeros padres no podría haber pasado por el intenso calor ecuatorial, mientras que la idea de una raza humana no descendida de Adán y Eva era incompatible con Génesis 9:19: «Tres isti filii sunt Noe: et ab his disseminatum est omne genus hominum super universam terram». Por eso, el Ulises de Dante habla del «mondo sanza gente».3

La idea de las Antípodas habitadas (aceptada por Lucrecio, De rerum natura, I.373-375) es ridiculizada por San Agustín («Antipodas esse [...] nulla ratione credendum est», De civitate Dei XVI.9), San Isidoro (Etymologiae IX.II.113 y XIV.V.17) y Beda:

Neque [...] Antipodarum ullatenus est fabulis accommodandus assensus, vel aliquis refert historicus vidisse vel audisse vel legisse, qui meridianus in partes solem transierunt hibernum ita ut eo post tergum relicto, transgressis Aethiopum fervoribus, temperatas ultra eos hinc calore illinc rigore atque habitabiles mortalium reperint sedes.4

La opinión de estos autores prestigiosos se aceptaba y se repetía a lo largo de muchos siglos, pero de vez en cuando surgía una opinión contraria. El papa Zacarías, contemporáneo de Beda, escribió en 748 a San Bonifacio sobre los alegatos contra un sacerdote, de nombre Virgilio (¿Fergal?): «De perversa enim et iniqua doctrina, quae contra Deum et animam suam locutus est: si clarificatum fuerit, ita eum confiteri, quod alius mundus et alii homines sub terra sint seu sol et luna, hunc habito concilio ab ecclesia pelle, sacerdotii honore privatum».5 Por desgracia, no se conservan las palabras de Virgilio. Sí se conserva, sin embargo, el trabajo de otro contemporáneo de Beda, Beato de Liébana: todas las versiones de su mapa incluyen un cuarto continente, aunque no es seguro que represente las Antípodas (se sugiere a veces que constituiría la parte meridional de África).6 En algunas versiones de su mapa, este continente tiene un habitante: un esciópode, un hombre con un solo pie enorme, con el cual se protege contra el sol.7 Es posible que Beato haya querido de este modo prescindir del problema teológico: si los habitantes de las Antípodas son una raza monstruosa cuya relación con la raza humana es discutible (véase Friedman 1984: caps. 5 y 9), la cuestión de su ascendencia no es tan urgente. Otras razas monstruosas son ubicadas en las Antípodas por autores tanto anteriores como posteriores a Beato (Moretti 1994: 98–103).

Al pasar los siglos, parece haber mayor tolerancia en cuanto a la idea de las Antípodas habitadas (véase Wright 1965: 159–165), pero principalmente porque se convierten cada vez más en tema literario, con cierta vaguedad en cuanto a su posición geográfica. A veces se dice, por ejemplo, que allí espera Arturo el regreso a su reino.8 Sin embargo, las Antípodas en su sentido literal, el de una tierra más allá del intenso calor ecuatorial, conservaban un halo de tierras prohibidas, de conocimientos peligrosos. Cualquier viajero que tratara de acercarse a ellos se expondría no sólo a los obvios peligros físicos del viaje sino también a la condena con la cual Dios amenazó a Adán si adquiría los conocimientos prohibidos: «Ex omni ligno paradisi comede. De ligno autem scientiae boni et mali ne comedas, in quocumque enim die comederis ex eo, morte morieris» (Gen. 2:16-17). No debe de sorprendernos, por lo tanto, que la idea de este viaje prohibido se haya asociado en la Edad Media con dos de los viajeros más atrevidos de la Antigüedad clásica, uno histórico pero novelado, mitologizado; el otro ficticio, inventado por Homero: Alejandro Magno y Ulises.

2. Alejandro Magno

La realidad de los viajes de Alejandro acaba de demostrarse de nuevo en las expediciones realizadas por Michael Wood (1997). Pero este núcleo histórico, realista, representado principalmente en las obras de Arriano y de Quinto Curcio Rufo, empezó a incrustarse, ya en la Antigüedad clásica, de elementos ficticios: la Res gestae Alexandri Magni de Quinto Curcio está ya bastante novelizada, y la obra más leída, la del Pseudo-Calístenes, es una biografía plenamente novelada.9 En el ingente número de libros medievales sobre Alejandro, igual que –a partir del siglo XI– en la iconografía medieval, se aumenta la ficción y se disminuye, relativamente, el elemento histórico.10 En lo que sigue voy a centrarme en las dos aventuras marítimas del Libro de Alexandre y en sus fuentes inmediatas.

El Alejandro histórico fue un overreacher (no hay palabra española equivalente), es decir, alguien de afán insaciable, alguien cuya ambición traspasa los límites de lo posible.11 El Alejandro de la literatura medieval, aún más: «La tu fiera cobdicia non te dexa folgar, / señor eres del mundo, non te puedes fartar,» dicen sus soldados.12 Inventan ambiciones absurdas para ilustrar su acusación: «Si meterte quisieres en las ondas del mar, / o en una foguera te quisieres afogar [...]» (2277ab), sin imaginarse que su rey vaya a acometer literalmente la primera de estas aventuras. Este discurso es mucho más tajante que lo que dice Cratero, en nombre de todos, en la fuente de este episodio, el Alexandreis de Gautier de Châtillon.13 Contesta Alejandro:

Non conto yo mi vida por años nin por días,

mas por buenas faziendas e por cavallerías;

non escrivió Omero en sus alegorías

los meses de Achiles mas sus barraganías.

Dizen las escripturas –yo leí el tratado–,

que siete son los mundos que Dïos ovo dado:

de los siete el uno apenas es domado,

por esto yo non conto que nada he ganado. (2288-2289; pp. 515-516)

Estas palabras revelan una ambición extraordinaria, ambición que se expresará de manera más específica:

Enbiónos Dios por esto en aquestas partidas:

por descobrir las cosas que yazen sofondidas [...] (2291ab; p. 516)

Los dos manuscritos principales ofrecen lecturas distintas de 2291b: «sofondidas» es la lectura del ms. P[arís], mientras que el ms. O[suna] lee «escondidas» (Alexandre 1934: 396-397 y 1979: 675). Las dos lecturas son sumamente interesantes. «Sofondidas», elegida tanto por Dana Arthur Nelson como por Jesús Cañas, significa «submergidas», presagiando por lo tanto la aventura submarina de Alejandro (es también posible que se refiera a las Antípodas, al otro lado del mundo y de todos los océanos). «Escondidas», en cambio, se refiere a las cosas secretas, y tal vez a los conocimientos prohibidos (cpse. Gen. 2:16-17 y Cacho Blecua 1994: 205-207).

La ambición de Alejandro se concreta en seguida:

Con todos vós a una queriéndome seguir,

buscaré los antípodes, quiérolos conquerir;

éstos están yus tierra, com’oyemos dezir,

mas yo non lo afirmo, ca cuido de mentir. (2293; p. 516)14

Este pasaje proviene del Alexandreis:

nihil insuperabile forti,

Antipodum penetrare sinus, aliamque videre

naturam accelero, mihi si tamen arma negatis,

non possunt mihi deesse manus [...]15

Empieza el viaje marítimo, pero pronto una tormenta pone en peligro a Alejandro y a sus navíos:

Fueron a poca d’ora en alta mar entrados,

andudieron grant tiempo radíos e errados;

eran los marineros fierament embargados,

ca non sabién guïar do non eran usados.

Como rafez se suelen los vientos demudar,

camióse el orage, ensañóse la mar;

enpeçaron las ondas a premir e alçar,

non las podiá el rey por armas amansar.

Quando ivan las naves más adentro entrando,

ívanse los peligros tanto más embargando;

«Señor» –dizián las gentes–, «tanto irás buscando

que lo que te dixiemos irlo as ensayando».16

Todos estos peligros non los podián domar,

non se querié por ellos repentir nin tornar;

fizo Dïos grant cosa en tal omne crïar,

que non lo podián ondas iradas espantar.

Passó muchas tempestas con su mala porfidia,

que las nuves avién e los vientos enbidia;

dizién los marineros cómol fincarié India,

a esta cosa mala que con las mares lidia.

Ulixes en diez años que andudo errado,

non vio más peligros nin fue más ensayado;

pero quando fue fecho e todo delivrado,

ixió como caboso el rey aventurado. (2299-2304; pp. 517-518)

El comienzo del viaje está en el Alexandreis (X. 1-5), pero la tormenta, no.17 Ésta –y posiblemente el comienzo del viaje (véase Michael 1970: 292)– proviene del Roman d’Alexandre.18

A pesar de su repetido énfasis sobre la ambición de explorar las Antípodas, el Alexandreis nos muestra tan sólo el comienzo del viaje, seguido de la visita de Natura a Satanás para conseguir la condenación de Alejandro y luego su asesinato. No es que Gautier de Châtillon haya olvidado lo de las Antípodas: sigue activo en la mente de Natura, aunque no se realiza en la acción del poema. Natura dice a Satanás, como parte de su alegato:

ni tibi caveris, istud

non sinet intactum chaos, Antipodumque recessus,

alteriusque volet naturae cernere solem [...]19

palabras que el poeta castellano amplía, como en las estrofas 1919-1921 (nota 14, supra), y asigna a Satanás, en su discurso a los otros diablos:

Non le cabe el mundo, nol puede abondar,

dizen que los Antípodes quiere venir buscar;

desent tiene asmado los infiernos proiciar,

a mí con todos vós en cadenas echar. (2440; p. 540)

Si el poeta del Libro de Alexandre quería demostrar dicha ambición, o algo parecido, tenía que inventar o buscar material en otra de sus fuentes, la Historia de preliis o el Roman d’Alexandre. Encuentra allí el famoso episodio de la exploración submarina de Alejandro, que ocupa las estrofas 2297-2323:20

Una fazaña suelen las gentes retraer,

–non yaze en escripto, es malo de creer–,

si es verdat o non, yo non y dé qué fer,

mager, non la quïero en olvido poner.

Dizién que por saber qué fazién los pescados,

cómo vivién los chicos entre los más granados,

fizo cuba de vidrio con muzos bien cerrados,

metióse él de dentro con dos de sus crïados.21

De este modo, la ambición atrevida, incluso pecaminosa, de explorar las Antípodas se ve desplazada hacia otra exploración marítima, igualmente atrevida e igualmente pecaminosa:

La Natura que cría todas las crïaturas,

las que son paladinas e las que son escuras,

tuvo que Alexandre dixo palabras duras,

que querié conquerir las secretas naturas.

Tovo la rica dueña que era sobjudgada,

que le querié toller la lëy condonada;

de su poder non fuera nunca deseredada,

sinon que Alexandre la avié aontada.

En las cosas secretas quiso él entender,

que nunca omne bivo las pudo ant saber;

quísolas Alexandre por fuerça conocer,

nunca mayor soberbia comidió Lucifer.

Aviéle Dïos dado regnos en su poder,

non se le fuerça ninguna defender,

querié saber los mares, los infiernos veer,

lo que non podié omne nunca acabecer.

Pesó al Crïador que crió la Natura,

ovo de Alexandre saña e grant rencura,

dixo: «Este lunático que non cata mesura,

yol tornaré el gozo todo en amargura.

Él sopo la sobervia de los peces judgar,

la que en sí tenié non la sopo asmar;

omne que tanto sabe judicios delivrar,

por qual juïcio dio, por tal deve passar». (2325-2330; pp. 521–522)

El verso 2328c, «los infiernos veer», recuerda 1920cd y 2440bc, donde el infierno se yuxtapone a las Antípodas. En 2328c, sin embargo, parece que «los infiernos» equivale a los Antípodas; parece que hay una relación metonímica. Es una cuestión de mucho interés que no se puede investigar dentro de los límites del presente artículo. Baste por ahora decir que el poeta del Libro de Alexandre toma del Alexandreis la idea de un Alejandro que demuestra su ambición desmesurada al proponerse la exploración y la conquista de las Antípodas, zona desconocida y –según la doctrina cristiana mayoritaria de la Edad Media– imposible de conocer, zona que representa los conocimientos prohibidos.22