Kitabı oku: «Maravillas, peregrinaciones y utopías»
MARAVILLAS, PEREGRINACIONES Y UTOPÍAS: LITERATURA DE VIAJES EN EL MUNDO ROMÁNICO
MARAVILLAS, PEREGRINACIONES Y UTOPÍAS: LITERATURA DE VIAJES EN EL MUNDO ROMÁNICO
Rafael Beltrán, ed.
PUBLICACIONS DE LA UNIVERSITAT DE VALÈNCIA DEPARTAMENT DE FILOLOGIA ESPANYOLA 2002
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© Els autors, 2002
© D’aquesta edició: Universitat de València, 2002
Producció editorial: Maite Simon
Fotocomposició i maquetació: Ligia Sáiz
Correcció: Isidre Martínez Marzo
| Il·lustració de la coberta: | Jerusalén, fragmento de un mapa de Palestina dibujado por Erhard Reuwich en 1486 |
ISBN: 978-84-370-9207-2
ÍNDICE
Presentación. Rafael Beltrán
PRIMERA PARTE
MARES, SUEÑOS, VUELOS Y PARAÍSOS
1. El Alejandro medieval, el Ulises de Dante y la búsqueda de las Antípodas. Alan Deyermond
2. El imaginado desvelo por los viajes del poeta cordobés don Pedro González de Uceda. Francisco López Estrada
3. Una caracterización del viaje en la narrativa medieval a través del medio extraordinario utilizado: el viaje aéreo (de Cleomadés a Don Quijote). Antonia Martínez Pérez
4. Viajeros en busca del Paraíso Terrenal. Eugenia Popeanga
5. El viaje de Dante por los cielos. Joaquín Rubio Tovar
6. El aprendizaje de la infirmitas: luz y tinieblas en los espacios del navegante. Isabel Soler
SEGUNDA PARTE
EL VIAJE A JERUSALÉN Y A LOS LUGARES SAGRADOS: CRUZADA Y PEREGRINACIÓN
7. En torno al Viaje de Jerusalén de Francisco Guerrero. Julio Alonso Asenjo
8. Los misterios de Jerusalem de El Cruzado (un franciscano español por Oriente Medio a fines del siglo XV). Nieves Baranda
9. El Viaje a Jerusalén del marqués de Tarifa: un nuevo manuscrito y los problemas de composición. Vicenç Beltran
10. El relato de viajes como intertexto: el caso particular de las crónicas de cruzada. César Domínguez
11. Los viajes rituales en Valencia y Cataluña: rogativas y peregrinaciones. Àlvar Monferrer i Monfort
TERCERA PARTE
LIBROS DE MARAVILLAS
12. El viaje literario de las amazonas: desde las Estorias de Alfonso X a las crónicas de América. Ana Benito
13. Razas humanas portentosas en las partidas remotas del mundo (de Benjamín de Tudela a Cristóbal Colón). Juan Casas Rigall
14. La percepción de la maravilla en los relatos de viajes portugueses y españoles de los siglos XVI y XVII. José Manuel Herrero Massari
15. La recepción de un manuscrito francés del Libro de las maravillas del mundo: ¿un dato nuevo sobre la identidad del autor? Marie-José Lemarchand
16. Los viajes de Juan de Mandeville o el mercado del conocimiento. Estela Pérez Bosch
CUARTA PARTE
ESPACIOS NARRATIVOS
17. El espacio narrativo a la aparición de la literatura de viajes del siglo XIII. Fernando Carmona
18. Analizar un relato de viajes. Una propuesta de abordaje desde las características del género y sus diferencias con la literatura de viajes. Sofía M. Carrizo Rueda
19. Hombres virtuosos y mujeres escandalosas en las Andanças de Pero Tafur. Karen Daly
20. El viaje y los viajes en la literatura bizantina. Rubén Montañés
21. Literatura de viajes y libros de caballerías: la Crónica de Adramón. Emilio José Sales Dasí
QUINTA PARTE
UNA MIRADA, HOY
22. Una mirada actual al viaje desde el Mediterráneo a Oriente en la Edad Media. Rafael Beltrán
PRESENTACIÓN
Decía hacia la década de 1550 el anónimo autor del Viaje de Turquía, que «aquel insaciable y desenfrenado deseo de saber y conoscer que natura puso en todos los hombres [...] no puede mejor ejecutarse que con la peregrinación y ver de tierras extrañas». El libro que tiene en sus manos el buen lector y no peor caminante –si no peregrino, seguro que devoto, y de los de misa diaria, de trabajos de seso y ciencia que se asientan en realidades cotidianas antiguas– ha sido concebido desde ese mismo «insaciable y desenfrenado deseo de saber y conoscer», pero preparado con una mucho más sencilla y humilde ambición.
Partimos de que el lector, hombre moderno, disfrutará de cuando en vez de los viajes de placer, pero sobre todo los soñará melancólicamente y se recreará en ellos con fruición, mientras se halla enfrascado entre sus prosaicos utensilios durante las largas horas de trabajo (de hecho, todo es uno: inglés, travel, y francés, travail). Partimos de que, además, muchas veces esos duros trabajos estarán relacionados, si no directamente con los viajes, sí con las geografías, historias o culturas del pasado. Con esos presupuestos, nuestra intención sería administrarle alguna provisión necesaria, algún viaticum –no pasaporte ni licencia, sino en un sentido etimológico, de nuevo la misma semilla y raíz– para el segundo tipo de trayecto, es decir, para un viaje a ese Más Allá de lo pretérito. No cabe duda de que el camino requiere, amén de alforjas llenas de curiosidad y credulidad, el concurso de fiables atlas y de probadas brújulas.
Pretendemos dar pertrechos, pues, en forma de guía, para visitar algunos de aquellos territorios del tiempo, no tan lejanos, donde, sin perder pie, el hombre sentía como reales muchos sueños de siempre, contemplaba las maravillas más espeluznantes, alcanzaba por mar o por tierra los infinitos, o participaba inconscientemente en la destrucción de las utopías y de los cielos. Ofrecemos cuadernos de bitácora de navegantes experimentados para trasladarnos con mayores garantías de seguridad a esos siglos en los que, tras su experiencia, ese mismo hombre, si es que milagrosamente no había perecido en el empeño, regresaba a su tierra y, ante el fuego del hogar, relataba sus aventuras a sus familiares, a veces, para nuestro gozo, legando también sus cuentos por escrito para que la posteridad los descifrara como un regalo misterioso y de valor incalculable.
Entre el 24 y el 26 de noviembre de 1999, el Departamento de Filología Española de la Universitat de València, con la colaboración de la Facultad de Filología y del programa Cinc Segles (1499-1999) de la misma universidad, organizó unas Jornadas sobre Literatura de Viajes en el Mundo Románico. Pretendíamos ofrecer a los estudiantes una visión interdisciplinar de la literatura de viajes medieval y renacentista. Aproximarnos al género, incluyendo tanto libros de viajes verídicos (peregrinaciones, misiones, cruzadas, embajadas, viajes comerciales, expediciones bélicas), como textos seudohistóricos, viajes reales ficcionalizados, geografías o mapas comentados, cosmografía alegórica, secciones enciclopédicas, mundos imaginados, bestiarios presentados como antípodas, etc. Para evitar la dispersión excesiva, esquivamos a propósito la literatura de viajes al Nuevo Mundo, lo mismo que la fascinante cronística de Indias –y aun así, afortunadamente, dos ponencias entraron de lleno en ese campo–, limitándonos al territorio del mundo románico –la única excepción fue una ponencia sobre el viaje en el mundo bizantino–. Pese a esas exclusiones forzosas, como principio orientativo nos guiaba la idea de que –como ha dicho Mario Vargas Llosa– aquellos cronistas, o periodistas primigenios que creyeron ver elefantes en la isla Hispaniola, o sirenas en el Amazonas, o localizar animales importados de la mitología grecorromana en las selvas y cordilleras americanas, no podrán ser nunca llamados embusteros, pero tampoco visionarios. Sencillamente denominaban una realidad desconocida, ante la que se sentían deslumbrados y aterrados, y lo hacían con modelos imaginarios arraigados que les facilitaban la adaptación al mundo fabuloso que hollaban por vez primera: el Dorado, la Fuente de la Juventud, Preste Juan, Miraflores (el palacio de Oriana en el Amadís de Gaula), California (la principal de las amazonas), como antes había ocurrido con la denominación de las islas de Lanzarote o Fuerte Ventura.
Sorprendentemente, porque no habíamos propuesto ningún tema concreto a los más de veinte conferenciantes que aceptaron la invitación, los mismos títulos de las propuestas, y luego sus desarrollos, fueron ordenando un mapa estratégico de intereses en torno a regiones temáticas que hemos tratado de respetar a la hora de disponer los artículos dentro del volumen: el viaje imaginado, aéreo, marítimo o terrestre, a los cielos, a las Antípodas, a las tinieblas... («Mares, sueños, vuelos y paraísos», con las contribuciones de Alan Deyermond, Francisco López Estrada, Antonia Martínez, Eugenia Popeanga, Joaquín Rubio e Isabel Soler); el viaje a Jerusalén, axis mundi y destino de peregrinación en la Edad Media y el Renacimiento («El viaje a Jerusalén y a los lugares sagrados: cruzada y peregrinación», con las contribuciones de Julio Alonso, Nieves Baranda, Vicenç Beltran, César Domínguez y Àlvar Monferrer); la percepción y plasmación escrita de lo real y lo maravilloso, desde las lógicas fantasías de Jean de Mandeville hasta los fascinantes relatos de los siglos XVI y XVII («Libros de maravillas», con las colaboraciones de Ana Benito, Juan Casas, José Manuel Herrero, Marie-José Lemarchand y Estela Pérez Bosch); y, por último, la reflexión sobre el género literatura de viajes o libros de viajes, sobre su aparición, sus formantes o su relación con otros géneros («Espacios narrativos», con los artículos de Fernando Carmona, Sofía Carrizo, Karen Daly, Rubén Montañés y Emilio José Sales).1
Mientras preparaba el volumen, los pasos del editor, que hasta ese momento se habían limitado a coordinar las Jornadas y tratar de conducir a buen puerto sus actas, se empecinaron con obstinación en plasmar algunas reflexiones en torno a determinados reflejos que encontramos –y otros que nos sorprende justamente no hallar, como quizás esperaríamos– en los relatos de algunos viajeros, guerreros, embajadores, comerciantes o escritores de la historia del Mediterráneo; historia entendida braudelianamente como geohistoria en evolución, apertura y expansión, con períodos en ocasiones de conquista o colonización unívoca, destructora, bárbara, pero en otras –en alternancia o en simultaneidad– de fructífero intercambio político, comercial y cultural. Espero que el amable lector, definitivamente dignísimo viajero de gabinete y mesa camilla (¿habrá que aver-gonzarse de ello hoy, cuando parece que el viaje no tenga más riesgo que la pérdida de maletas?), sepa disculpar ese desvío último y aproveche directamente los muchos temas de mayor enjundia que preceden y que dan pleno sentido al volumen.2
1. Participaron en las Jornadas, además de los autores de los artículos que componen el presente volumen, Miguel Ángel Pérez Priego («Viajeros en la España del siglo XV»), Josep Izquierdo («Visions de l’Infern i el Purgatori en la literatura catalana medieval») y María Jesús Lacarra («El libro del conosçimiento de todos los reinos del mundo: el manuscrito de Zurita»). Un hermoso recital de música sefardí, a cargo de Rosa Zaragoza, puso contrapunto lírico a la sesión dedicada a los viajes a Jerusalén. Hubo dos mesas redondas. La primera dedicada a las «Peregrinaciones, ayer y hoy (La Meca, Oriente, Jerusalén...)», con comunicaciones de Josefina Veglison («La peregrinación a La Meca y la literatura árabe de viajes»), Chiharu Fukui («Las peregrinaciones japonesas») y Alba Toscano («La peregrinación a Jerusalén»). La segunda, sobre «Peregrinar, de Valencia a Santiago de Compostela», con comunicaciones de Àlvar Monferrer («El contexto de las peregrinaciones en el País Valenciano»), Manuel García Comas («En torno a la peregrinación de Santiago») y Ángeles Fernández («Caminos de Valencia a Santiago»).
2. He de agradecer, en la coordinación de las Jornadas que dieron origen a este libro, la colaboración de Sergio Arlandis, Mª Carmen Barcos, Beatriz Ferrús, Laura Gallego, Mamen Oliver, Mónica Pauner, Estela Pérez Bosch, Francisco Ramos, Ángel Saiz e Inmaculada Uceda; asimismo, la coordinación técnica de Héctor H. Gassó y Diego Romero. Igualmente, la colaboración en la revisión y regularización bibliográfica de los artículos a Estela Pérez Bosch. Su tarea previa, meticulosa y paciente, ha facilitado enormemente mi trabajo de edición. Laura Gallego contribuyó también en las correcciones. Por último, Diego Romero, Héctor H. Gassó y Estela Pérez Bosch tradujeron el texto de Àlvar Monferrer, originalmente escrito en catalán (la traducción fue posteriormente revisada por el autor).
PRIMERA PARTE
EL ALEJANDRO MEDIEVAL, EL ULISES DE DANTE Y LA BÚSQUEDA DE LAS ANTÍPODAS
Alan Deyermond
Queen Mary, University of London
We are the Pilgrims, master; we shall go
Always a little further: it may be
Beyond that last blue mountain barred with snow
Across that angry or that glimmering sea [...]
We travel not for trafficking alone;
By hotter winds our fiery hearts are fanned:
For lust of knowing what should not be known,
We take the Golden Road to Samarkand.
(James Elroy Flecker, Hassan)
1. Introducción
Los muchos libros de viajes de la Edad Media mezclan siempre la realidad y la fantasía, aunque en proporciones muy distintas. En un extremo, las Andanças e viajes de Pero Tafur y los diarios de Colón son relaciones más o menos auténticas de viajes reales; en el otro, el Libro de las maravillas del mundo atribuido a Sir John Mandeville es en gran parte ficticio, y el Libro del conoscimiento de todos los reynos y tierras y señoríos que son por el mundo se apoya en mapas para los datos que se presentan como observaciones personales. Pero incluso en estos casos límites, hay una mezcla: Colón ve el océano y las islas americanas a través de sus lecturas previas y su ideología místico-caballeresca, mientras que los datos geográficos del Libro de los conoscimientos son a menudo exactos en cuanto a las regiones menos alejadas. De modo parecido, los viajes narrados en obras de ficción –sean de la matière de Rome, como el Libro de Alexandre, sean de la matière de Bretagne, como Tristán de Leonís– reflejan la realidad geográfica al lado de la invención.
2. Las Antípodas
Cuando se trata del mundo conocido, de lo que los griegos antiguos llamaron el oikoumene (a fines de la Edad Media, bastante ampliada –véase Hay 1991–), la mezcla de realidad y fantasía es notable. Pero más allá del oikoumene hubo regiones totalmente desconocidas e incluso, según la visión medieval del mundo, imposibles de conocer. La existencia de las Antípodas y el origen de sus hipotéticos habitantes –temas ya muy discutidos en la Antigüedad clásica– se debatían vigorosamente en la época patrística y la baja Edad Media.1 Se trataba de una cuestión no sólo geográfica sino teológica. El mundo se dividía en cinco zonas, dos de las cuales eran inhabitables a causa del frío extremo y una a causa del calor extremo, de modo que la zona habitable del sur (las Antípodas) quedaba irrevocablemente aislada de la del norte (Europa, Asia y el norte de África). Esta opinión medieval nace de los antiguos mapas del mundo según zonas.2

Era imposible, según esta opinión, conocer las Antípodas; sólo se podía especular. El problema teológico se centraba en los posibles habitantes: si vivían hombres allí, ¿descendían de Adán y Eva? Fue igualmente imposible contestar sí o no, ya que la descendencia de nuestros primeros padres no podría haber pasado por el intenso calor ecuatorial, mientras que la idea de una raza humana no descendida de Adán y Eva era incompatible con Génesis 9:19: «Tres isti filii sunt Noe: et ab his disseminatum est omne genus hominum super universam terram». Por eso, el Ulises de Dante habla del «mondo sanza gente».3
La idea de las Antípodas habitadas (aceptada por Lucrecio, De rerum natura, I.373-375) es ridiculizada por San Agustín («Antipodas esse [...] nulla ratione credendum est», De civitate Dei XVI.9), San Isidoro (Etymologiae IX.II.113 y XIV.V.17) y Beda:
Neque [...] Antipodarum ullatenus est fabulis accommodandus assensus, vel aliquis refert historicus vidisse vel audisse vel legisse, qui meridianus in partes solem transierunt hibernum ita ut eo post tergum relicto, transgressis Aethiopum fervoribus, temperatas ultra eos hinc calore illinc rigore atque habitabiles mortalium reperint sedes.4
La opinión de estos autores prestigiosos se aceptaba y se repetía a lo largo de muchos siglos, pero de vez en cuando surgía una opinión contraria. El papa Zacarías, contemporáneo de Beda, escribió en 748 a San Bonifacio sobre los alegatos contra un sacerdote, de nombre Virgilio (¿Fergal?): «De perversa enim et iniqua doctrina, quae contra Deum et animam suam locutus est: si clarificatum fuerit, ita eum confiteri, quod alius mundus et alii homines sub terra sint seu sol et luna, hunc habito concilio ab ecclesia pelle, sacerdotii honore privatum».5 Por desgracia, no se conservan las palabras de Virgilio. Sí se conserva, sin embargo, el trabajo de otro contemporáneo de Beda, Beato de Liébana: todas las versiones de su mapa incluyen un cuarto continente, aunque no es seguro que represente las Antípodas (se sugiere a veces que constituiría la parte meridional de África).6 En algunas versiones de su mapa, este continente tiene un habitante: un esciópode, un hombre con un solo pie enorme, con el cual se protege contra el sol.7 Es posible que Beato haya querido de este modo prescindir del problema teológico: si los habitantes de las Antípodas son una raza monstruosa cuya relación con la raza humana es discutible (véase Friedman 1984: caps. 5 y 9), la cuestión de su ascendencia no es tan urgente. Otras razas monstruosas son ubicadas en las Antípodas por autores tanto anteriores como posteriores a Beato (Moretti 1994: 98–103).
Al pasar los siglos, parece haber mayor tolerancia en cuanto a la idea de las Antípodas habitadas (véase Wright 1965: 159–165), pero principalmente porque se convierten cada vez más en tema literario, con cierta vaguedad en cuanto a su posición geográfica. A veces se dice, por ejemplo, que allí espera Arturo el regreso a su reino.8 Sin embargo, las Antípodas en su sentido literal, el de una tierra más allá del intenso calor ecuatorial, conservaban un halo de tierras prohibidas, de conocimientos peligrosos. Cualquier viajero que tratara de acercarse a ellos se expondría no sólo a los obvios peligros físicos del viaje sino también a la condena con la cual Dios amenazó a Adán si adquiría los conocimientos prohibidos: «Ex omni ligno paradisi comede. De ligno autem scientiae boni et mali ne comedas, in quocumque enim die comederis ex eo, morte morieris» (Gen. 2:16-17). No debe de sorprendernos, por lo tanto, que la idea de este viaje prohibido se haya asociado en la Edad Media con dos de los viajeros más atrevidos de la Antigüedad clásica, uno histórico pero novelado, mitologizado; el otro ficticio, inventado por Homero: Alejandro Magno y Ulises.
2. Alejandro Magno
La realidad de los viajes de Alejandro acaba de demostrarse de nuevo en las expediciones realizadas por Michael Wood (1997). Pero este núcleo histórico, realista, representado principalmente en las obras de Arriano y de Quinto Curcio Rufo, empezó a incrustarse, ya en la Antigüedad clásica, de elementos ficticios: la Res gestae Alexandri Magni de Quinto Curcio está ya bastante novelizada, y la obra más leída, la del Pseudo-Calístenes, es una biografía plenamente novelada.9 En el ingente número de libros medievales sobre Alejandro, igual que –a partir del siglo XI– en la iconografía medieval, se aumenta la ficción y se disminuye, relativamente, el elemento histórico.10 En lo que sigue voy a centrarme en las dos aventuras marítimas del Libro de Alexandre y en sus fuentes inmediatas.
El Alejandro histórico fue un overreacher (no hay palabra española equivalente), es decir, alguien de afán insaciable, alguien cuya ambición traspasa los límites de lo posible.11 El Alejandro de la literatura medieval, aún más: «La tu fiera cobdicia non te dexa folgar, / señor eres del mundo, non te puedes fartar,» dicen sus soldados.12 Inventan ambiciones absurdas para ilustrar su acusación: «Si meterte quisieres en las ondas del mar, / o en una foguera te quisieres afogar [...]» (2277ab), sin imaginarse que su rey vaya a acometer literalmente la primera de estas aventuras. Este discurso es mucho más tajante que lo que dice Cratero, en nombre de todos, en la fuente de este episodio, el Alexandreis de Gautier de Châtillon.13 Contesta Alejandro:
Non conto yo mi vida por años nin por días,
mas por buenas faziendas e por cavallerías;
non escrivió Omero en sus alegorías
los meses de Achiles mas sus barraganías.
Dizen las escripturas –yo leí el tratado–,
que siete son los mundos que Dïos ovo dado:
de los siete el uno apenas es domado,
por esto yo non conto que nada he ganado. (2288-2289; pp. 515-516)
Estas palabras revelan una ambición extraordinaria, ambición que se expresará de manera más específica:
Enbiónos Dios por esto en aquestas partidas:
por descobrir las cosas que yazen sofondidas [...] (2291ab; p. 516)
Los dos manuscritos principales ofrecen lecturas distintas de 2291b: «sofondidas» es la lectura del ms. P[arís], mientras que el ms. O[suna] lee «escondidas» (Alexandre 1934: 396-397 y 1979: 675). Las dos lecturas son sumamente interesantes. «Sofondidas», elegida tanto por Dana Arthur Nelson como por Jesús Cañas, significa «submergidas», presagiando por lo tanto la aventura submarina de Alejandro (es también posible que se refiera a las Antípodas, al otro lado del mundo y de todos los océanos). «Escondidas», en cambio, se refiere a las cosas secretas, y tal vez a los conocimientos prohibidos (cpse. Gen. 2:16-17 y Cacho Blecua 1994: 205-207).
La ambición de Alejandro se concreta en seguida:
Con todos vós a una queriéndome seguir,
buscaré los antípodes, quiérolos conquerir;
éstos están yus tierra, com’oyemos dezir,
mas yo non lo afirmo, ca cuido de mentir. (2293; p. 516)14
Este pasaje proviene del Alexandreis:
nihil insuperabile forti,
Antipodum penetrare sinus, aliamque videre
naturam accelero, mihi si tamen arma negatis,
non possunt mihi deesse manus [...]15
Empieza el viaje marítimo, pero pronto una tormenta pone en peligro a Alejandro y a sus navíos:
Fueron a poca d’ora en alta mar entrados,
andudieron grant tiempo radíos e errados;
eran los marineros fierament embargados,
ca non sabién guïar do non eran usados.
Como rafez se suelen los vientos demudar,
camióse el orage, ensañóse la mar;
enpeçaron las ondas a premir e alçar,
non las podiá el rey por armas amansar.
Quando ivan las naves más adentro entrando,
ívanse los peligros tanto más embargando;
«Señor» –dizián las gentes–, «tanto irás buscando
que lo que te dixiemos irlo as ensayando».16
Todos estos peligros non los podián domar,
non se querié por ellos repentir nin tornar;
fizo Dïos grant cosa en tal omne crïar,
que non lo podián ondas iradas espantar.
Passó muchas tempestas con su mala porfidia,
que las nuves avién e los vientos enbidia;
dizién los marineros cómol fincarié India,
a esta cosa mala que con las mares lidia.
Ulixes en diez años que andudo errado,
non vio más peligros nin fue más ensayado;
pero quando fue fecho e todo delivrado,
ixió como caboso el rey aventurado. (2299-2304; pp. 517-518)
El comienzo del viaje está en el Alexandreis (X. 1-5), pero la tormenta, no.17 Ésta –y posiblemente el comienzo del viaje (véase Michael 1970: 292)– proviene del Roman d’Alexandre.18
A pesar de su repetido énfasis sobre la ambición de explorar las Antípodas, el Alexandreis nos muestra tan sólo el comienzo del viaje, seguido de la visita de Natura a Satanás para conseguir la condenación de Alejandro y luego su asesinato. No es que Gautier de Châtillon haya olvidado lo de las Antípodas: sigue activo en la mente de Natura, aunque no se realiza en la acción del poema. Natura dice a Satanás, como parte de su alegato:
ni tibi caveris, istud
non sinet intactum chaos, Antipodumque recessus,
alteriusque volet naturae cernere solem [...]19
palabras que el poeta castellano amplía, como en las estrofas 1919-1921 (nota 14, supra), y asigna a Satanás, en su discurso a los otros diablos:
Non le cabe el mundo, nol puede abondar,
dizen que los Antípodes quiere venir buscar;
desent tiene asmado los infiernos proiciar,
a mí con todos vós en cadenas echar. (2440; p. 540)
Si el poeta del Libro de Alexandre quería demostrar dicha ambición, o algo parecido, tenía que inventar o buscar material en otra de sus fuentes, la Historia de preliis o el Roman d’Alexandre. Encuentra allí el famoso episodio de la exploración submarina de Alejandro, que ocupa las estrofas 2297-2323:20
Una fazaña suelen las gentes retraer,
–non yaze en escripto, es malo de creer–,
si es verdat o non, yo non y dé qué fer,
mager, non la quïero en olvido poner.
Dizién que por saber qué fazién los pescados,
cómo vivién los chicos entre los más granados,
fizo cuba de vidrio con muzos bien cerrados,
metióse él de dentro con dos de sus crïados.21
De este modo, la ambición atrevida, incluso pecaminosa, de explorar las Antípodas se ve desplazada hacia otra exploración marítima, igualmente atrevida e igualmente pecaminosa:
La Natura que cría todas las crïaturas,
las que son paladinas e las que son escuras,
tuvo que Alexandre dixo palabras duras,
que querié conquerir las secretas naturas.
Tovo la rica dueña que era sobjudgada,
que le querié toller la lëy condonada;
de su poder non fuera nunca deseredada,
sinon que Alexandre la avié aontada.
En las cosas secretas quiso él entender,
que nunca omne bivo las pudo ant saber;
quísolas Alexandre por fuerça conocer,
nunca mayor soberbia comidió Lucifer.
Aviéle Dïos dado regnos en su poder,
non se le fuerça ninguna defender,
querié saber los mares, los infiernos veer,
lo que non podié omne nunca acabecer.
Pesó al Crïador que crió la Natura,
ovo de Alexandre saña e grant rencura,
dixo: «Este lunático que non cata mesura,
yol tornaré el gozo todo en amargura.
Él sopo la sobervia de los peces judgar,
la que en sí tenié non la sopo asmar;
omne que tanto sabe judicios delivrar,
por qual juïcio dio, por tal deve passar». (2325-2330; pp. 521–522)
El verso 2328c, «los infiernos veer», recuerda 1920cd y 2440bc, donde el infierno se yuxtapone a las Antípodas. En 2328c, sin embargo, parece que «los infiernos» equivale a los Antípodas; parece que hay una relación metonímica. Es una cuestión de mucho interés que no se puede investigar dentro de los límites del presente artículo. Baste por ahora decir que el poeta del Libro de Alexandre toma del Alexandreis la idea de un Alejandro que demuestra su ambición desmesurada al proponerse la exploración y la conquista de las Antípodas, zona desconocida y –según la doctrina cristiana mayoritaria de la Edad Media– imposible de conocer, zona que representa los conocimientos prohibidos.22
3. El Ulises de Dante
El deseo de Alejandro de llegar a las Antípodas y «descobrir las cosas que yazen sofondidas» (2291b) presagia las palabras que, tres generaciones después y en conversación con Dante, otro overreacher famoso recordaría, palabras que había dirigido a los pocos marineros que le quedaban:
«O frati», dissi, «che per cento milia
perigli siete giunti a l’occidente,
a questa tanto picciola vigilia
d’i nostri sensi ch’è del rimanente
non vogliate negar l’esperïenza,
di retro al sol, del mondo sanza gente.
Considerate la vostra semenza:
fatti non foste a viver come bruti,
ma per seguir virtute e canoscenza.»23
Ulises logra persuadir a sus compañeros:
Li miei compagni fec’io sì aguti,
con questa orazion picciola, al camino,
che a pena poscia li avrei ritenuti;
e volta nostra poppa nel mattino,
de’ remi facemmo ali al folle volo, (vv. 121–125; 278)
Si la popa apunta hacia el oriente (v. 124), la proa tiene que apuntar hacia el occidente. Ulises incita a sus marineros a un viaje al extremo occidente, cuando habla de «l’esperïenza, / di retro al sol» (116–117).24 Phillip W. Damon nos recuerda que los viajes de Ulises en la Odisea se dirigían siempre hacia el oeste, y demuestra que «The lore of Ithaca, the western terminus of Ulysses’ wanderings, contains many subtle indications that it has been mythologically assimilated to the region of the sunset» (1965: 32). Sería muy natural, por lo tanto, que una prolongación de sus viajes, ya llegado a las Columnas de Hércules («quella foce stretta / dov’ Ercule segnò li suoi riguardi», 107-108), continuara en la misma dirección.
El verso siguiente, sin embargo, es inquietante. Dice Ulises que «de’ remi facemmo ali al folle volo». La transformación de remos en alas es, desde luego, una metáfora, y hay precedentes clásicos.25 Pero estas palabras recuerdan vagamente otras alas que realmente no lo son, y «folle volo» concreta este recuerdo: se trata de una alusión a la caída de Ícaro.26
Ulises ha incitado a sus compañeros a emprender un viaje hacia el oeste, pero su rumbo empieza a cambiar, «sempre acquistando dal lato mancino» (v. 126), es decir, cada vez más hacia el sur, hasta que es obvio que han pasado el ecuador:
Tutte le stelle già de l’altro polo
vedea la notte, e’l nostro tanto basso,
che non surgëa fuor del marin suolo. (127–129)
Ya no se dirigen al extremo oeste sino a las Antípodas. Durante cinco meses, todo va bien, y creen divisar el continente desconocido:27
Cinque volte racceso e tante casso
lo lume era di sotto da la luna,
poi che ’ntrati eravam ne l’alto passo,
quando n’apparve una montagna, bruna,
per la distanza, e parvemi alta tanto
quanto veduta non avea alcuna.
Noi ci allegrammo, (130–136)
pero la alegría no dura mucho tiempo:
e tosto tornò en pianto;
ché de la nova terra un turbo nacque
e percosse del legno il primo canto.
Tre volte il fe girar con tutte l’acque;
alla quarta levar la poppa in suso,
e la prora ire in giù, com’altrui piacque,
infin che’l mar fu sopra noi richiuso. (136–142)
Ulises y sus compañeros encuentran la misma muerte que, casi dos siglos después, mucha gente preveía para Cristóbal Colón. Es lo que estaba a punto de pasarle a Alejandro Magno, como ya hemos visto:
Como rafez se suelen los vientos demudar,
camióse el orage, ensañóse la mar;
enpeçaron las ondas a premir e alçar,
non las podiá el rey por armas amansar. (2299–2300)
¿Por qué mueren así Ulises y sus compañeros? Por la curiositas desmesurada, el deseo de «descobrir las cosas que yazen sofondidas», la obsesión por los conocimientos secretos, prohibidos («De ligno autem scientiae boni et mali ne comedas»).28 Pero Ulises no comparte sus tormentos infernales con sus marineros, sino con Diomedes, que no tiene nada que ver con el viaje fatal. El pecado que comparten Ulises y Diomedes es el de los malos consejeros, el de los fraudulentos. La reputación de Ulises en la Antigüedad clásica y la Edad Media es ambivalente. A causa de los engaños que comete en la Ilíada y la Odisea, tiene notoriedad de embustero. En la tradición alegórica, en cambio, goza de una reputación mucho más favorable: «That Ulysses represents Sapientia is a regular assumption of the mythographers, and the idea becomes a medieval commonplace [...]. The philosophers’ hero also becomes a Christian hero [...]. This highly favorable image of Ulysses persisted throughout the Middle Ages, most strikingly, perhaps, in the Ovide moralisé en prose» (Thompson 1974: 16n; véase también Freccero 1986: 136-151).
Dante, desde luego, cuenta en la tradición literaria con bastante apoyo para la condena de Ulises como falso consejero, castigado eternamente en las Malebolge, los círculos más bajos del Infierno. ¿Cuál es la conexión entre su castigo y la narración de su último viaje? ¿Qué tiene que ver el deseo de los conocimientos prohibidos con los falsos consejeros? Varios críticos creen que la exhortación de Ulises a conocer el extremo oeste es un ejemplo de consejo fraudulento; otros –tal vez, la mayoría– lo niegan, prefiriendo atribuir su condena a su papel en la toma de Troya.29 Ni la primera opinión ni la segunda me parecen satisfactorias, por razones distintas. La segunda creo que es imposible.30 Cuando los condenados narran a Dante y Virgilio historias de su vida y/o su muerte, la historia es íntimamente relacionada con el pecado por el cual el narrador fue condenado. Creer que Ulises es la única excepción a esta regla no sólo es poco probable (Damon 1965: 37); es inconcebible que Dante haya abandonado en un episodio un elemento esencial de la estructura intelectual de su poema.31 La primera opinión –que la exhortación a los marineros constituye el consejo falso– no es imposible. Al contrario, me parece correcta, pero de una forma distinta. Cuando Ulises incita a sus marineros a viajar hacia el oeste, resulta ser un mal consejo, incluso fatal, pero no sería un consejo fraudulento si se tratara realmente de un viaje hacia el oeste. Lo que sí es fraudulento es incitar a los marineros a poner sus vidas en peligro en una aventura cuando en efecto se trata de una aventura muy distinta. Ulises habla del último oeste, pero su ambición es la exploración de las Antípodas: la proa apunta hacia el oeste («volta nostra poppa nel mattino») pero, ya empezado el viaje, el navío va «sempre acquistando dal lato mancino», hasta que «Tutte le stelle già de l’altro polo / vedea la notte». Ha engañado –engañado fatalmente– a sus compañeros, y por eso arde eternamente en «quel foco che vien sì diviso / di sopra» (XXVI. 52–53).32
4. Conclusión
La Divina commedia es un tejido de préstamos, reminiscencias y alusiones a la literatura, la filosofia y la teología clásicas y medievales. Aunque Dante «conceals his sources as he does his education and the story of his youthful years» (Curtius 1953: 360), los comentaristas desde el siglo XIV hasta nuestros días han logrado identificar las fuentes de gran parte del poema. Huelga decir, sin embargo, que bastante se debe no a la tradición sino a la invención del poeta. «Hoc auctor de industria finxit, et licuit fingere de novo», dijo Benvenuto da Imola (cit. Damon 1965: 30), comentando el episodio de Ulises; y los comentaristas modernos están de acuerdo: «the source of Dante’s account of the death of Ulysses [...] is unknown» (Singleton 1970b: 456-457); «seems to be essentially an invention of our poet» (Grandgent y Singleton 1975: 89); «his own bold, radical revision of the essential structure of the classical version of the myth» (Mazzotta 1998: 348). Esto no significa la ausencia de elementos inspirados en autores clásicos, ni mucho menos: varios investigadores han identificado préstamos y reminiscencias, sobre todo de Virgilio, Cicerón y Lucano.33 Damon registra los doce autores que, según varios comentaristas, han servido a Dante como fuentes de algún que otro elemento de este episodio, pero concluye que «none of these sources takes us very far; they remain a set of disjointed details whose relevance to Dante’s narrative is minor and tenuous» (1965: 40).
Conviene ahora pensar en las semejanzas entre el Libro de Alexandre y el canto
XXVI del Inferno. Hay seis motivos narrativos principales en la búsqueda de las Antípodas por Alejandro y Ulises:
A. Discurso del rey/capitán para persuadir a sus hombres
B. La ambición de descubrir las Antípodas
C. El viaje
D. El descenso a la mar
E. La tormenta
F. El juicio de Dios
En las tablas que siguen, una letra mayúscula significa la presencia del motivo y una letra minúscula indica su presencia en forma implícita y atenuada.
El orden de los motivos es distinto: en el Libro de Alexandre se menciona primero la ambición de Alejandro, luego su discurso, el viaje y la tormenta. La narración se desplaza desde la exploración de las Antípodas hacia el descenso a la mar, y las dos aventuras marítimas convergen luego en el juicio de Dios. Dante, en cambio, empieza con la condena de Ulises y termina con la muerte de éste y de sus compañeros por la voluntad de Dios («com’ altrui piacque», 141). Entre estas dos manifestaciones de la voluntad divina, el orden es el discurso, el viaje, la revelación de la auténtica ambición de Ulises (nos enteramos en este momento de que fue su ambición desde el principio) y la tormenta. Las semejanzas y diferencias se ven con más claridad en una tabla:

Es interesante comparar la distribución de los motivos en el Libro de Alexandre e Inferno xxvi con la que se encuentra en otras obras:

Se ve que la correspondencia entre el Libro de Alexandre y el episodio dantesco es muy estrecha; si eliminamos el descenso a la mar, que proviene de la tradición medieval del Pseudo-Calístenes, es una correspondencia exacta en cuanto a la distribución de motivos, aunque no en cuanto a su orden. ¿Cómo la explicamos? La poligénesis es teóricamente posible, pero inverosímil. La única posibilidad de una fuente común parece ser el Alexandreis. Es la fuente principal del Libro de Alexandre, y es posible que Dante lo haya conocido: Singleton cita X. 312–317 (nota 19, supra) como analogía (no como fuente) para el discurso de Ulises, y menciona a dos autores italianos de fines del siglo XII y primera mitad del XIII que lo conocieron (Dante 1970b: 467). La correspondencia entre el Libro de Alexandre y Dante es, sin embargo, más estrecha, lo que indica más bien una relación directa que una dependencia común del Alexandreis. El único problema es el de la transmisión.
No hay indicio alguno, según creo, de la circulación del Libro de Alexandre en Italia en el último cuarto del siglo XIII o principios del XIV, pero hay un autor famoso que pasó mucho tiempo en la corte de Alfonso el Sabio (donde podría haber conocido el poema castellano sin dificultad) y luego, regresado a Italia, fue maestro de Dante.34 Me refiero, desde luego, a Brunetto Latini. Su estancia en la corte de Alfonso el Sabio, y sus contactos con la ciencia árabe durante dicha estancia, están tan bien documentados que no vale la pena insistir más. Su influencia sobre Dante está aún más documentada.35 No es necesario aceptar totalmente la hipótesis de Miguel Asín Palacios para reconocer la importancia de Brunetto Latini como medio de transmisión de la cultura hispánica a Dante. Tampoco es necesario creer que el poeta italiano hubiera leído el Libro de Alexandre: Brunetto Latini podría haberle contado lo que dice el Libro de las aventuras marítimas de Alejandro (estimulado tal vez por la alusión a Ulises en los versos 2304ab: véase la nota 23, supra). Nunca sabremos con seguridad si el episodio de Ulises en el Inferno se inspiró en el poema castellano, pero me parece más probable que cualquier otra explicación de las semejanzas ya comentadas. E incluso si no se acepta la hipótesis que acabo de bosquejar, la lectura del Libro de Alexandre enriquece nuestra lectura del canto XXVI del Inferno y a la inversa.36
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1. Para la antigüedad clásica, véase Moretti 1994: 17–77. Para las controversias posteriores, véanse Bettem 1918; Wright 1965: 55–57, 160–161 y 385–386; Flint 1984; Woodward 1987: 319; Carey 1989: 1–3; Moretti 1994: 79–111. El último trabajo es, a pesar de los títulos muy diferentes, la 2ª edición de Moretti 1990. Es valiosa la reseña de Reeves 1998.
2. Véanse Bagrow 1964: 43–44; Wright 1965: 17–18, 55–57 y 156–165; Harley y Woodward 1987: índice s.v. zones
3. Inferno xxvi.117; Dante 1970a: 278.
4. De temporum ratione, 34. «No hay razón alguna para creer que hay hombres en las Antípodas» (San Agustín). «Tampoco hay que creer en las leyendas de las Antípodas, ni en la idea de que alguien tenga pruebas (vistas, oídas o leídas) de que sea posible pasar por la intensa calor etíope y, dejando a sus espaldas el sol septentrional, encontrar allí tierras habitables de clima templado» (Beda). San Isidoro se expresa de manera más moderada, pero él también califica de fabulosa la idea de las Antípodas habitadas: «Extra tres autem partes orbis quarta pars trans Oceanum interior est in meridie, quae solis ardore incognita nobis est; in cuius finibus Antipodes fabulose inhabitare produntur». (Etymologiae XIV.v.17: «Además de estas tres partes del mundo hay una cuarta, más allá del Océano y en el sur, desconocida a nosotros a causa del calor del sol; allí, según las leyendas, se ubican las Antípodas habitadas»). Para las opiniones de San Agustín, San Isidoro y Beda véanse Bettem 1918: 658, Flint 1984: 67–69, Moretti 1994: 79–85 y Edson 1997: 48. Las palabras de Isidoro se repiten, aunque con un posible cambio de énfasis, en un manuscrito de la cuarta recensión del mapa que acompaña el comentario de Beato de Liébana sobre el Apocalipsis (traducción inglesa en Woodward 1987: 304; véase también Edson 1997: 151–152).
5. Flint 1984: 65 (hay una versión distinta en Bettem 1918: 654). «En cuanto a la doctrina perversa e inicua que ha publicado contra Dios y contra su propia alma: si resulta claramente comprobado que ha dicho que debajo de la tierra hay otro mundo y otros hombres, y otro sol y otra luna, hay que convocar un concilio para privarle del sacerdocio y expulsarle de la Iglesia». Bettem 1918 y Flint 1984: 65–76 ofrecen extensos comentarios sobre las palabras de Zacarías y su contexto.
6. Véanse Friedman 1981: 48, Woodward 1984: 303–304 y Edson 1997: 151–157.
7. Friedman 1981: 48, con ilustración en Edson 1997: 152.
8. Moretti 1994: 85–98. John Carey señala precedentes en un par de obras vernáculas irlandesas del siglo X o primera mitad del XI (1989: 3-10). Sobre Arturo, véase Loomis 1940-41 y 1959.
9. Arriano quedó desconocido en la Europa occidental hasta el Renacimiento, pero Quinto Curcio hizo fortuna en la Edad Media (véase Dosson 1887: 357-380, Cary 1956: 62-70 y Ross 1988: 68-74). Para la fortuna medieval del Pseudo-Calístenes, véanse Cary 1956: 24-61 y Ross 1988: 6-65.
10. Alessandro 1997 nos proporciona una utilísima antología de la literatura, y una buena muestra de la iconografía se puede ver en las láminas de D. J. A. Ross (1971). Son imprescindibles el catálogo de Ross 1988 y el clásico estudio de George Cary (1956); se destaca en éste no sólo el número de libros dedicados a Alejandro sino también su penetración en obras de otros géneros, por ejemplo, la literatura sapiencial. Peter Dronke nos ofrece una visión actualizada de la literatura (1997).
11. Ian Michael (1970: 50-60 y 152-157) comenta la ambición del protagonista, aunque no presta mucha atención a su ambición geográfica.
12. Libro de Alexandre, estr. 2274ab; Alexandre 1988: 513. Todas mis citas provienen de esta edición, y se identifican por estrofa(s) y página(s). Regularizo el empleo de c/ç y modifico los acentos según las normas filológicas actuales.
13. Libro ix, vv. 515–543 (Gautier 1855: cols. 561–562). Para la importancia del Alexandreis como fuente, véanse Willis 1934 y Michael 1970. Vale la pena recordar que hay mapas en varios manuscritos del Alexandreis, además de la descripción del mapa grabado en la tumba de Darío, VII. 378-430 (Edson 1997: 101-105). Las pocas ilustraciones del ms. O del Libro de Alexandre (véase Ross 1967b) no incluyen ningún mapa.
14. No es la primera mención de las Antípodas en el poema castellano. El portavoz de los escitas dice a Alejandro:
Este pasaje tan rico en sugerencias (merece un estudio aparte) tiene su origen en el Alexandreis, viii. 380–384, aunque gran parte del pasaje (notablemente, el quebrantamiento del infierno y la conquista de los habitantes de las Antípodas) es original.
15. IX. 568-571; col. 562 (Nada es insuperable para el valiente. Me apresuro a penetrar el seno de las Antípodas y ver otra naturaleza. Incluso si me negáis vuestras armas, no pueden faltarme manos).
16. Se refieren, desde luego, a 2277ab, citado supra.
Si toviesses la mano diestra en orïente,
la siniestra en cabo de todo occidente,
todo lo ál yoguiesse en el tu cosimente,
tú non seriés pagado, segund mío enciente.
Quando oviesses todos los pueblos sobjudgados,
iriés cercar los mares, conquerir los pescados;
quebrantar los infiernos que yazen sofondados,
conquerir los antípodes –non saben ónd son nados–.
En cabo si oviesses licencia o vagar,
aun querriás de tu grado en las nuves pujar,
querriás de su oficio el sol deseredar,
tú querriás de tu mano el mundo alumbrar. (1919-1921; p. 462)
17. Recordemos, sin embargo, que cuando Natura se queja ante Satanás del atrevimiento de Alejandro, parece aludir a una tormenta vencida por él:
Namque reluctantem Pellæus classe minaci fregerat Oceanum, jamque indignantibus undis victor ab Oceano, Babylona redire parabat [...] (X. 168–170; col. 566)
(Alejandro ya había aplastado el Océano, a pesar de su resistencia, con su flota amenazadora y, habiendo vencido las ondas iradas, se preparaba a volver del Océano a Babilonia.)
18. El poeta parece haber utilizado un manuscrito del tipo B del Roman (Willis 1935: 59), aunque es muy posible que no fuera idéntico a ninguno de los manuscritos hoy existentes, y que hubiera incluido varios pormenores conocidos hoy sólo en la redacción de Alexandre de Paris (Michael 1970: 22). En una versión del Roman el navío de Alejandro se hunde en la tormenta, y sólo el capitán se salva (Ross 1967a: 10-11), pero el contexto es distinto: el descenso submarino de Alejandro ya ha empezado.
19. X. 98-100; col. 565 (Si no te cuidas, no dejará tranquilo este Caos tuyo, y querrá escudriñar lo más recóndito de las Antípodas y el sol de otro mundo). No es ésta la última alusión de Gautier a las Antípodas: en la víspera de su asesinato, Alejandro dice a sus soldados:
Nunc quia nil mundo peragendum restat in isto,
ne tamen assuetus armorum langueat usus;
oro, quaeramus alio sub sole jacentes
Antipodum populos, ne gloria nostra relinquat
vel virtus quid inexpertum, quo crescere possit,
vel quo perpetui mereatur carminis odas. (x. 312–317)
20. Véanse Willis 1935: 32 y Michael 1970: 292. El estudio fundamental del episodio es el de Ross 1967a.
21. 2305–2306; p. 518. Las palabras «non yaze en escripto» sorprenden, pero las explica Raymond S. Willis: «his statement in st. 2305b may simply indicate that, while he was following the Alexandreis, Gautier’s lines on the marine expedition called to his mind the legend of Alexander’s submarine descent, which he proceeded to relate, piecing together for the purpose scraps which remained in his memory from his reading of the HPr and B and adding certain other details of which he was cognizant and of which analogues are today elsewhere preserved in writing only in the Ethiopian Alexander» (1935: 38-39, apoyado por Michael 1970: 254-255).
George Cary dice que: «as a Christian poet he [el poeta castellano] could not tolerate the machinery used by Gautier to explain Alexander’s premature death [...]. He was therefore obliged to allow the death of Alexander to be sanctioned by God and not by these pagan forces of evil. With this intention he introduces into the account of the descent into the sea, which he has interpolated from the Historia de preliis, a criticism of Alexander’s pride...» (1956: 179).
De acuerdo, pero la soberbia de Alejandro ya se había revelado mucho antes, incluso en los pasajes donde hay alusiones a las Antípodas. La censura de su ambición se ha pasado de una aventura a otra.
22. El tema se remonta a la Antigüedad clásica: Peter Dronke señala que en las Controversiae (VII.vii.19) y Suasoriae (I. 2-3) de Séneca el Viejo hay amonestaciones a Alejandro contra su deseo de atravesar los océanos. A la luz de la posible influencia de la Pharsalia de Lucano sobre Inferno XXVI (nota 33, infra), es interesante otra observación de Dronke: en un ms. de fines del siglo IX, un comentario a Pharsalia III. 233 y sigs. incluye la frase «Alexander Magnus cum Oceanum pernavigare vellet, subito vocis sono monitus est: “Desiste!”» (Dronke 1997: liii, n. 1).Véase también la nota 36, infra.
23. Inferno, XXVI.112-120; Dante 1970a: 276-278. Todas mis citas provienen de esta edición. Puede ser más que una casualidad que Ulises sea mencionado por Alejandro poco después en el mismo episodio del Alexandre:
Ulixes en diez años que andudo errado
non vio más peligros nin fue más ensayado. (2304ab; p. 518)
Babcock 1922 estudia un aspecto importante del Atlántico que, según habría creído Dante, le esperaba a Ulises.
24. Hay dos posibles interpretaciones de «di retro al sol». Una es «siguiendo el sol [hacia el occidente]» («in the sun’s track», según John D. Sinclair, Dante 1948: 327; «following the sun», según Charles S. Singleton, Dante 1970a: 279, cpse 1970b: 468); la otra es «detrás del sol», es decir más allá del ocaso («behind the sun», según Dorothy L. Sayers, Dante 1949: 236). Aunque la primera interpretación es la mayoritaria, me inclino hacia la segunda: ya que el sol se pone en el occidente, la interpretación más satisfactoria de «di retro al sol» es «ir más allá del ocaso» (una tierra de ilusión óptica, como la del fin del arcoiris). Es así como lo lee Tennyson, en Ulysses (escrito en 1833), su magnífica reconstrucción del episodio:
for my purpose holds
To sail beyond the sunset, and the baths
Of all the western stars, until I die. (vv. 59–61)
Así lo leen también Robin Kirkpatrick (1987) y Piero Boitani (1991).
25. Singleton (Dante 1970b: 469) nota «Temptamusque viam et velorum pandimus alas» (Aeneidos, III. 250) y «Classis centenis remiget alis» (Propercio, Elegía IV.vi.47).
26. Singleton no reconoce la alusión: para él, el adjetivo –que se repite en Paradiso XXVII. 82-83, «il varco / folle d’Ulisse»– se refiere a «the folly of disregarding Hercules’ markers» (1970b: 470; cpse Dante 1975: 437). Pero no se trata tan sólo de un adjetivo: habría sido difícil para un autor o un lector culto de la Edad Media pasar por alto en este contexto el famoso mito de Ícaro, otro viaje peligroso y prohibido. Giuseppe Mazzotta tampoco reconoce la alusión a Ícaro, lo que sorprende aún más, ya que habla de «the oblique allusion to Daedalus» en «de’ remi facemmo ali» (1979: 98). Maria Corti comenta atinadamente esta cuestión (1989: 485-489), refiriéndose «al folle volo di Icaro, che cade giù perché si è lasciato eccessivamente prendere dalla curiositas» (485; Freccero 1993: 173-175 y Rubio Tovar 1998: 142 aceptan su interpretación): es esta misma curiositas la que motiva a Ulises y la que él logra inspirar en sus marineros.
27. Aprendemos más tarde que es el Monte del Purgatorio, según Dante, en el centro del hemisferio desconocido, igual que Jerusalén es el centro del oikoumene según los mappaemundi del siglo XIII (Edson
1997: láminas 6 y 7).
28. Phillip Damon ve una relación más estrecha entre Adán y el Ulises de Dante (1965: 37-40). Su argumentación es muy interesante, y estoy totalmente de acuerdo de que «Dante seems to have associated Ulysses’ voyage, at least in a general way, with the Fall of Man» (37), pero no estoy convencido de todos los aspectos en su aplicación de la tipología bíblica.
29. Damon resume el debate, 1965: 36–37; también Barolini 1992: 49–54.
30. Igualmente imposible me parece la opinión de Joseph Anthony Mazzeo: «Dante [...] places Ulysses in hell because he is an example of the sin of curiositas, the thirst for knowledge unchecked by the demands of morality, the desire for mere experience» (1960: 4). Es verdad que Ulises, igual que Alejandro Magno, es culpable de curiositas, y que persuade a sus marineros a compartir dicho pecado. Es verdad que Dante podría haber colocado a Ulises en otro círculo del Infierno a causa de su curiositas. Pero lo coloca en el círculo de los falsos consejeros y nos dice explícitamente que el consejo falso es lo que ocasiona su condena. Kirkpatrick sostiene que la actitud de Dante frente a Ulises es algo ambivalente (1987: 324-348). Su argumentación merece la atención de todos los lectores del episodio; recuérdese que se ha notado una ambivalencia parecida en el Libro de Alexandre.
31. No niego que el engaño a los troyanos constituya consejo fraudulento, ni que justifique la condena de Ulises. Virgilio explica a Dante que
Là dentro si martira
Ulisse e Dïomede, e così insieme
a la vendetta vanno come a l’ira;
e dentro de la lor fiamma si geme
l’agguato dal caval che fé la porta
onde uscì de’ Romani il gentil seme.
Piangevisi entro l’arte per che, morta,
Deïdamìa ancor si duole d’Achille,
e del Palladio pena vi si porta. (XXVI. 55–63; p. 274)
El engaño a los troyanos es un ejemplo del consejo fraudulento, pero no es el único ejemplo. El engaño a los marineros, que comentaré a continuación, es otro; en efecto, es el último consejo fraudulento de Ulises y ocasiona su muerte. Por eso, es sumamente apropiado que, ya condenado, lo narre.
32. Damon tiene páginas muy interesantes sobre la identificación neoplatónica del sur como la región donde el sol se pone (1965: 33–36). Es muy posible que Dante haya conocido esta tradición. Si los compañeros de Ulises hubiesen tenido una creencia parecida, Ulises no sería culpable de aconsejarles fraudulentamente, pero es arriesgado suponer que Dante les hubiera atribuido dicha creencia sin advertir a sus lectores.
El canto XXVI es «perhaps the most treated canto of the Commedia» (Hollander 1969: 116n). Además de los trabajos ya citados, son importantes los de Nardi 1949 y Padoan 1960. El de Mazzotta 1998, incluido en un tomo que constituye un recurso utilísimo (¡ojalá que no tarden mucho los tomos correspondientes dedicados al Purgatorio y al Paradiso!), es en gran parte un resumen de Mazzotta 1969: 66-106. No he logrado hasta el momento ver Avalle d’Arco 1975 ni Lotman 1980.
33. Por ejemplo, el comienzo del discurso de Ulises a sus marineros («O frati...», XXVI. 112–120) está inspirado en Aen. I. 198-203 («O socii...») y Pharsalia i. 299 (Dante 1970b: 466-467); la descripción del naufragio en Aen. I. 114-117 (ibid. 471); el concepto dantesco de Ulises parece deber algo a Cicerón y tal vez, también, a Horacio y Séneca (ibid. 460-463); y es muy posible que la narración del viaje se haya inspirado en el viaje de Catón al extremo sur de Libia, Pharsalia ix (Damon 1965: 43-45). Según creo, la última hipótesis es original de Damon; Singleton, como es natural en un comentario extenso, recoge las ideas de comentaristas anteriores (en cuanto le parecen valiosas) y las aumenta con las suyas propias.
34. Según las investigaciones de Amaia Arizaleta (por ejemplo, 1999), el Libro de Alexandre es de principios del siglo XIII, no de hacia 1225, pero no creo que la revisión cronológica afecte a la accesibilidad del Libro en la corte de Alfonso.
35. Asín Palacios 1984: 381-387; Holloway 1986: 110–123.
36. Cuando el presente artículo ya estaba en prensa leí, gracias a la generosidad del prof. Nicasio Salvador Miguel, las páginas que dedica un artículo reciente de Carlos García Gual a la aventura submarina de Alejandro (García Gual 1998: 54-59). No comenta la relación entre dicha aventura y la búsqueda de las Antípodas, pero sí subraya lo que revela de Alejandro como overreacher: «El submarinismo es sólo un símbolo de ese ansia desenfrenada de cruzar la frontera de lo permitido» (59). Comenta brevemente la semejanza con el último viaje de Ulises (59). No he logrado ver todavía un estudio anterior de García Gual (1992).
EL IMAGINADO DESVELO POR LOS VIAJES DEL POETA CORDOBÉS DON PEDRO GONZÁLEZ DE UCEDA
Francisco López Estrada
Profesor emérito
Universidad Complutense de Madrid
1. La insólita poesía 342 del Cancionero de Baena: el lulismo entreverado
Abierta la vía de la conquista de la Andalucía árabe con la victoria de Alfonso VIII en las Navas de Tolosa en 1212, pronto Fernando III ganó para Castilla y León la gran ciudad de Córdoba en 1236; la posterior campaña de 1240 aseguró el contorno de la ciudad, y Córdoba pasó a ser gobernada por los cristianos. Comienza así la nueva organización política y social de la ciudad que nos importa como marco político y social para situar en él la pieza literaria que será el centro de nuestra consideración. Con la escasa documentación que perdura del siglo XIV y con la algo más abundante del XV, he de trazar un comentario previo que defina a los cordobeses reunidos en la poesía que voy a comentar. Y no olvido que mi objeto es referirme, si bien de una manera condicionada, a la literatura de viajes. Y esto tengo que hacerlo, en este caso, dando un rodeo que justifique la peculiaridad de la poesía escogida. La obra pertenece al Cancionero de Baena, y mereció el siguiente comentario de sus editores, B. Dutton y J. González Cuenca (de cuya edición de 1993 tomo el texto) y que dice así: «Este poema tiene un tema muy original en los Cancioneros» (Canc. Baena, poesía 342, p. 614, nota).
El Cancionero de Baena es una obra polifacética; se puede considerar de muchas maneras, y esta mía ha de resultar insólita, pues hablar de viajes en una pieza poética del mismo no es lo común. Por de pronto, me atrevo a asegurar que Juan Alfonso de Baena la eligió para su Cancionero con predilección. La había escrito un autor, Pedro González de Uceda, cordobés que pertenecía a una familia que se encontraba en la ciudad al menos desde l308 (Nieto Cumplido 1979: 200). Potvin (1989: 56-57), en un intento por comprender el sentido de los encabezamientos de algunas de las poesías del Cancionero, nos dice que, de las rúbricas generales, sólo siete de los poetas de la gran antología medieval aparecen con menciones positivas por parte del de Baena. Y una de ellas es la de nuestro González de Uceda. Y curiosamente se trata de un autor que sólo figura con dos poesías que es seguro que sean de él, y esto supone una cantidad mínima si se la compara con las 223 de Alfonso Álvarez de Villasandino.
Por de pronto, el encabezamiento es una suma de noticias que informan sobre la posición social en Córdoba en relación con esta familia. Esta rúbrica general dice así:
Aquí se comiençan los dezires e preguntas muy sotiles e filosofales e bien e sabiamente compuestas e ordenadas, que en su tiempo fizo e ordenó el sabio e discreto barón Pero Gonçález de Uzeda, fijo del noble e leal cavallero Gonçalo Sánchez de Uzeda, el viejo, natural de la cibdat de Córdova, el qual era omne muy sabio e entendido en todas sçiençias, espeçialmente en el artefiçio e libros de maestro Remón.
He aquí un precioso cúmulo de noticias que nos han de orientar. Pedro González de Uceda pertenece a una familia cordobesa. Su padre, Gonzalo Sánchez de Uceda –escribe el baenense– fue hombre sabio y entendido en las ciencias, y esto lo dice quien pudo estar al tanto de su categoría intelectual. Del hijo, el autor de la poesía que comento dice que es un sabio y discreto «barón» (escrito con la letra be). Barón es palabra que ya figura en el Poema del Cid y que se aplica a don Rodrigo y a los que lo acompañan, y en el curso del cantar se llama así también a los vecinos de los concejos que se portan amistosamente con las gentes del héroe (vv. 2847 y 2851). En un primer grado de consideración social, sirve conjuntamente para el señorío y para el vecindario de las villas. Al padre del poeta se le nombra como noble y leal caballero, y aquí el término caballero sirve para dar realce al cordobés, contando no tanto con el linaje y las armas como con su consideración de sabio.
Padre e hijo fueron, pues, vecinos calificados de Córdoba, pero no hay que buscar a los Ucedas entre lo que se consideró alta nobleza de la época; no están ni en Argote de Molina ([1588] 1886. ed. 1957) ni en Márquez de Castro ([1779] l981), sino en las páginas de los archivos, como mencionó Nieto Cumplido en sus investigaciones cordobesas (1979: 199-201; 1982). El padre en 1347 era jurado de la ciudad de Córdoba para resolver un pleito entre vecinos de la región (Nieto Cumplido 1979: 200); y también Ramírez de Arellano (I, 1921: 67 y 607); en l356 era jurado de la collación de Santiago; y en 1370 aparece en un documento de permutas (1979: 200). Juan Alfonso titula a don Gonzalo como «caballero», con una palabra que ensalza su condición, y el de Baena bien sabría que los Uceda pertenecían a la categoría social de los llamados «hombres medianos», y lo mismo cabe decir del hijo, nuestro poeta. Situados entre los poderosos de la nobleza y la gente menuda de la ciudad, dice Escobar que eran «la clase media cordobesa, la burguesía de fines del siglo XIV, formada por comerciantes, algunos sectores del artesanado, propietarios de los medios de producción y profesiones liberales» (1989: 288).
Creo que el baenense hubo de ser amigo de los Uceda y los conoció y trató, y esto justificaría la extensa y favorable rúbrica que les dedicó. Y me conviene poner de relieve la mención de que el padre era sabio y entendido en el artificio y libros del maestro Remón. En efecto, hay una traducción castellana, hoy en la British Library, de una obra de Raimundo Lulio, titulada Libro del gentil y de los tres sabios, que se atribuye a Gonzalo Sánchez de Uceda, fechada en 1378 (Ramírez de Arellano, I: 607, nº 609; referencia bibliográfica en Bibliography of Old Spanish Texts, 1984: 62, nº 839). Y esto conviene mucho con el curso de la Historia de Córdoba. Un siglo antes, Córdoba era árabe, y en el siglo XIV, bajo el gobierno cristiano, abundaban los moriscos y los judíos seguían en la ciudad. Es decir, los tres protagonistas del libro de Lulio que informan al «gentil», estaban acomodados en la situación política dominante: los cristianos, los árabes y los judíos se hallaban y aún seguían en la ciudad. Por eso Américo Castro (1966: 432-433) dice que no se duda de la ortodoxia de Lulio, declarado por fin beato por la Iglesia y, sin embargo, en estas y otras obras de sus comienzos, aun optimista y fiado en la razón, se acerca en ocasiones a estas posiciones espirituales en las que se trata de la reunión de las creencias sobre Dios, posible en un futuro al que se quiere acercar en esta obra. El libro, a la vez apologético y con una cierta armazón novelística, estaba destinado a los hombres legos y escrito con vocablos llanos; en él la eficacia doctrinal se realiza por medio de una expresión poética de índole alegórica (resumen en Badia y Bonner l993: l63-l67). Este libro de Lulio resultaba muy conveniente para estos cordobeses de condición media que tenían a los judíos como vecinos, como tales o en el grado de conversos, y a los moriscos, y habían de tratar con ellos. Lulio monta un diálogo de particular exposición, filosófico a su peculiar manera, en el que representantes de las tres religiones exponen a un gentil, figura de la invención de Lulio muy característica, que es gran sabio en filosofía y que reflexiona sobre la vejez, la muerte y los placeres mundanos. El gentil no conoce a Dios, no cree en la resurrección y piensa que no hay nada después de la muerte (eds. 1966 y 1993, de A. Llina-rès). La exposición es muy propia del arte de Lulio (el artefiçio a que se refiere el de Baena), y destaca en su curso la cortesía con que se desenvuelve la sucesión de argumentos del cristiano, el judío y el árabe, y el respeto con que se tratan. Al fin del libro, cada uno se excusa ante los otros por si hubiese dicho algo inconveniente, y cada uno de ellos pide perdón a los demás y acuerdan seguir reuniéndose. Indudablemente, la exposición del libro, a medias novelesca y de un precioso didactismo naturalista, pudo complacer a estos hombres medianos de Córdoba que vivían en un ambiente que tendía a la violencia social entre los mismos cristianos enfrentados y con moros sometidos y judíos. El lector avisado percibe que el cristiano es el que convence al gentil, y el mismo Lulio lo dijo así en otros lugares de sus obras, como en el Livre des merveilles (VIII, cap. 79) y en otros lugares (Llinarès 1993: 40-45; y Badia y Bonner l993: l64, n. 46), en donde se menciona un fragmento del Liber de fine, en cual se dice que el Libro del gentil «enseña a descubrir artificialmente [con sus alegorías arbóreas] que la ley cristiana ha de ser elegida por encima de todas las otras».
Sabemos que Juan Alfonso de Baena sintió afición por Lulio; en una ocasión, contestando a Alfonso Álvarez de Villasandino en una pregunta contra los trovadores, menciona al «muy grant Remón», junto a otros escritores como Juan Escoto (Canc. Baena: 108, poesía 81, est. 1). Y también en el importante decir al Rey Juan II sobre el remedio del Reino, en el que confiesa los autores que le han servido para su formación:
Yo leí en el Catón,
e el poeta sabio Dante,
en Ovidio el ilustrante,
en Virgilio, en Platón, en el muy sotil Remón...
(Canc. Baena: 742, poesía 586, est. 17)
Nieto Cumplido (l979: 199; l982: 38) añade un dato importante. En un documento de 1417, autógrafo además, otorga recibir prestados tres libros «para los trasladar»; son los Loores de Santa María, De prima entención y las Oraciones de Lulio. La traducción de Gonzalo Sánchez de Uceda hubo de complacer a un lulista como Juan Alfonso y propiciar las manifestaciones elogiosas que escribió para la rúbrica. Y puedo añadir además la presunción de que el de Baena tuviera alguna propiedad rural lindante con las de los Ucedas. En un regesto de 12 de agosto de 1422, en un documento del cabildo de la Catedral de Córdoba (Nieto Cumplido, 1982: 44), hay referencias del arriendo de unos terrenos en linde con los olivares del mismo Juan Alfonso de Baena y «los de Juan Sánchez de Urda». Pienso que si en vez de Urda, un nombre que resulta extraño, se pudiera leer Uceda, entonces resultaría que Juan Alfonso tuvo que conocer y tratar a la familia de los Uceda, que tenían tierras colindantes con las suyas. A la afición por Lulio se reunirían estas aproximaciones agrarias, propias de la convivencia entre los de una misma clase social, con intereses que serían comunes.
El baenense dio a Lulio la calificación de «muy sotil Remón», y así reconoce la condición espiritual del maestro al que admira y al que también pretende traducir. Juan Alfonso había querido que su auditorio fuese tanto la nobleza como los regidores de ciudades yvillas; y entre los que oyen sus versos se encuentran «grandes sabios remonistas» (Canc. Baena: 741, poesía 586, est. 12) y también «judíos, moros, christianos». Es decir, que los estudiosos de Lulio tenían una calificación propia en la lengua, y entre ellos se hallaban Gonzalo Sánchez de Uceda y el mismo Juan Alfonso, indicación de un alto aprecio intelectual.
2. El viaje geográfico y social implícito en la poesía 342
No estamos dando vueltas en vano. Tengamos en cuenta que entramos en el comentario de la poesía de Pedro González de Uceda, que es mi objetivo y cuyo texto es el siguiente, después de la rúbrica general antes mencionada, según la versión de Dutton y González Cuenca (1991: 614-615), adaptada a mi intención:
E pónese aquí una pregunta filosofal qu’él fizo e preguntó a Juan Sánchez de Bivanco, e aquesta pregunta es fundada sobre las imaginaçiones e pensamientos diversos e infinitos que los omnes toman en sus camas.
1. Amigo Johan Sánchez de Bivanco:
yo, Pero Gonçález de los de Uzeda,
me vos encomiendo con voluntad leda
e ruego e pido como a omne franco
que a mis trobillas tornedes respuesta;
pues que a vos esto dineros non cuesta,
sino estar folgando, echado de cuesta
o bien assentado en el vuestro banco.
2. Pregunto si esto a otros conteçe
que a mí aviene los más de los días,
que anda mi pienso por diversas vías
e mi cuerpo see, que non se remesçe:
a vezes me veo en tierras de Ungría
e dende trespasso [a] Alexandría,
e desí vó a India e vó a Tartaria,
e todo lo ando demientra amanesçe.
3. En la gran Boloña estando el martes
a los escolares las Artes leyendo,
e a los doctores de razón vençiendo
en filosofía e las siete Artes,
allí les leía divina sçiençia,
con tanto donaire e tanta prudençia
que a los maestros de grand excelençia
les fago entender non saber las partes.
4. Quando me cato, con gran ligereza,
véome en Flandes merchante tornado,
do cargo diez naos de paño preçiado
e de otras joyas de grand realeza;
e con todo ello véngome a Sevilla,
onde lo vendo a grand maravilla,
e dó grand presente al Rey de Castilla:
e d’esta guisa [a]llego desigual riqueza.
5. A poco de rato non me pago d’esto
e fágome pobre que va por el mundo,
e luego de cabo sobre ál me fundo:
en ser hermitaño, santo muy honesto;
en estas comedias muere el Padre Santo
e mi fama santa allá suena tanto
que los cardenales me cubren el manto
e me crían papa con alegre gesto.
6. Féme fecho conde,
vóme para Françia donde bastezco justas e torneo,
e do grandes golpes como Fil[i]steo al que no m’ampara,
dól’ mala ganançia;
e assí comienço muy esquiva guerra
contra los paganos por mar e por tierra,
e non se me detiene valle nin sierra:
a todos los vençe la mi buena andança.
7. Ya non me pago de aquesta conquista
e véome sabio en arte de estrellas;
las obras son tales que fago por ellas
de plomo fino oro, ¡gentil alquimista!
Só mágico fino e grand lapidario
e labrador noble con muy rico almario,
e só en el monte muy bien hervolario
e grand ballestero con aguda vista.
8. Assí llego a ser muy grand emperante,
que me obedesçen muy muchos reyes,
e fago decretos e fueros e leyes
a todos los viçios a mí están delante.
Desí con flota de grandes navíos
traspasso la mar e todos los ríos,
e son so mi mano diez mill señoríos,
e ya nunca fue tan grand almirante.
9. Assí, mi amigo, andando pensoso,
véome valiente con fuerça sin guisa,
ligero atanto que mi pie non pisa,
lindo fidalgo, garrido e donoso;
todas las donzellas me dan sus amores,
mejor les paresco que mayo con flores.
En esto traspuesto; prívanme dolores
e fállome triste, doliente, cuitoso.
Después de la rúbrica general a que antes me referí, sigue la introducción de nuestra poesía, en la que se señala la condición literaria que le es propia. Se trata de una pregunta, un género muy abundante en el Cancionero de Baena, pues la cuarta parte de las piezas del mismo lo son. Por fortuna, disponemos de un estudio sobre la pregunta en el Cancionero (Labrador 1974), dedicado a la poesía dialogada medieval. Por tanto, Pedro González de Uceda dirige una pregunta de «orden filosofal», en donde hay que entender la palabra filosofía en el sentido que conviene con el contexto medieval. Esta pregunta es de la especie de las tensonadas, que son de contenido muy diverso, en que cabe plantear las cuestiones más diferentes, y que por eso eran las preferidas por estos poetas reunidos por Baena en su Cancionero, más allá de las de la especie amorosa. Y la filosofía que orienta su contenido es, según el tratado Leys d’amores, la siguiente: «Philozophia es verais ensercaments de cauzas celestials, naturals et humanals, tunt cun per home s’en pot entendre» (Anglade 1920: 72). La filosofía es ciencia que refiere causas celestiales, de Dios, naturales, de la creación de Dios que rodea al hombre, y también es motivo de causas humanas; y no olvidemos la amplitud de esta humanidad, pues el viaje es una aventura propia de los hombres.
La pregunta participa, en cierto modo, de las formas epistolares. Como las cartas, se dirige a alguien, y esto implica saber a quién. En este caso se trata de un amigo, de posición social semejante: Juan Sánchez de los Vivanco. Este Vivanco firma papeles en 1381 y 1385 (Nieto Cumplido 1979: 200-201, y 1982: 43). Como nota Nieto Cumplido, un descendiente de esta familia, Martín Sánchez de Vivanco, tuvo en su biblioteca «cinco volúmenes de libro en papel, enquadernados, de Filosofía y de Theología en latín y en romance, e otrosí unos quadernos en papel de ordenanças de leyes reales...» (1982: 46). Estos libros o cuadernos pudiera ser que proviniesen de la familia. O sea que se trata de letrados de alguna categoría, acaso gente de Derecho. Y además este Juan Sánchez de Vivanco pudiera también haber sido poeta; Juan Alfonso incluye en el Cancionero una poesía de un «Juan Sánchez», llamado luego en los versos «Fernando Sánchez», que pudiera ser el nuestro (414, nº 541); y otra (4l5, nº 543) también de un «Juan Sánchez», y una réplica de Fernán Sánchez de Calavera al mismo (406, nº 544). Todos, pues, caben en un cancionero tan amplio en motivos como el de Baena. Nuestro Uceda pregunta a su amigo, el de los Vivanco, sobre algo que les era común, y pudiera ser que también a otros de la misma condición social e inquietudes.
3. El sueño como vía del viaje
Y ahora viene lo que más nos importa; que la pregunta no se refiere a una cuestión de alto rango, celestial o natural, sino a una experiencia común a todos los hombres: las imaginaciones y pensamientos diversos o infinitos (buen adjetivo culto, cuyo uso se adelanta al que da Corominas en su diccionario, que lo sitúa en Alonso de Palencia, y es palabra tambiém usada por Villasandino) que los hombres tienen en sus camas, esto es, los sueños fisiológicos, necesarios en la vida y comunes a todos.
Entramos en la materia poética. La primera estrofa es, como en las cartas, el saludo inicial con la «captatio benevolentiae» en la que se ensalza a Juan Sánchez como «hombre franco», y el propio autor achica su obra allanándola con un gracioso diminutivo: «trovillas». Y siguiendo una vía de burlas, le dice que averiguar lo que le pregunta no le va a costar dinero alguno y ningún trabajo, pues lo puede experimentar en la cama o sentado cómodamente. Y la pregunta es bien sencilla: si él también sueña como sueña Uceda.
Los sueños fueron motivo para la literatura antigua (bíblica y clásica) y para la medieval, que es la que nos importa (Palley 1983: 31-63 y Spearing 1976). No se trata de un sueño celeste o visión como el que tuvo el Cid con el ángel Gabriel (Poema del Cid, vv. 405-410), ni conviene con los de la clerecía, como un personaje de Berceo en su Vida de Santo Domingo (est. 229-248), que no los cuenta a los demás pues tuvo las visiones «enceladas [...] dentro de sus entrañas» (est. 248). Ni con los viajes al más allá como experiencia iniciática en busca del Paraíso, estudiada en los textos medievales por Corbella (1994: 331-337). Tampoco interviene la nigromancia, como en el caso del célebre ejemplo de don Juan Manuel en El Conde Lucanor sobre el Deán de Santiago y el maestro don Illán de Toledo (aunque pudo haberlo leído). Ni se relaciona con los sueños de los romances con la muerte como enemiga, «sueños de gran pesar» como los de doña Alda o los anuncios de las desgracias, como los de don Rodrigo. Ni es un sueño como el de Lancelot en busca de la amada, como los tratados por Salinero (1994: 493-500). Tampoco, contando con la imaginación, se trata de contar las mirabiliae o maravillas del mundo, propias de los viajes que buscan el contraste con la cotidianidad de la vida común.
Lo que la poesía tiene de libro de viajes es poco en extensión porque el espacio textual de la misma es forzosamente breve, y el libro de viajes requiere un desarrollo amplio. Y además, el libro de viajes conviene más con la prosa, y aquí el vehículo expresivo es el verso. E incluso falta un elemento básico: la realidad histórica del viaje, porque el autor declara en un principio que se trata de un sueño, de características muy peculiares (véase, para estas condiciones generales propias de los libros de viajes, Carrizo Rueda 1997).
No es un exposición de alta categoría como la gran «imaginación» de la Divina Comedia, que es una filosofía celestial en la que la vida es un camino. Sin embargo, el metro de arte mayor concuerda en cierto modo con el que usa Dante. No se trata de recorrer los espacios celestiales de infierno, purgatorio y cielo, sino la dimensión humana que tiene como ámbito el mundo conocido que se puede visitar en un viaje real. El sueño permite emprender la aventura y los lugares mencionados son los más idóneos para las actividades que se citan. Aun tratándose de un sueño, la realidad evocada es la que percibe un hombre cualquiera en unas posibles andanzas. Se cuenta no lo imaginario procedente de una tradición, sino lo que el hombre imagina de acuerdo con la experiencia humana. Acaso mejor que sueño, convendría llamarlo duermevela; es lo que ocurre en el límite en el que la mente humana está a punto de dormirse y el hombre inventa el sueño contando con que el soñador es el mismo protagonista. Esto conviene con lo que en la labor literaria es la invención de la novela, y esta poesía contiene, en efecto, esbozos de posibles relatos de índole novelesca. Por eso González de Uceda deja de lado lo que el sueño pueda tener de transcendente, enigmático y mítico. El poema reúne un cúmulo de imágenes sucesivas, posibles por la libertad inherente al sueño, que son proyectos de vidas de gentes muy diversas y que se formulan con claridad.
4. Comentario de las estrofas
Las aventuras o episodios se refieren en la aparente forma de un viaje en el que no cuentan las dificultades del desplazamiento. El sueño es como una eficaz agencia de viajes que permite al poeta medieval ir de una a otra parte sin límites y a precios económicos, como dice, burla burlando, el poeta a su buen amigo, y que además resulta cómodo.
Y entonces comienza el viaje, que en la estrofa primera es una sucesión de los lugares que visita en el sueño y después, en las otras estrofas, implicará una serie de proyectos de vida, identificables para los lectores de la obra y que el poeta incorpora a sí mismo. He aquí su numeración según el orden de la exposición del poeta.
a) El viajero (est. 2; vv. 9-16). González de Uceda se convierte en este caso en un viajero incansable y emprende el camino posible para los que entonces sentían el afán de correr mundo. Por eso viaja por la Europa interior, hacia Hungría y de allí a Alejandría, y después se dirige hacia Oriente, la ruta de las especies y de los tejidos preciosos, vías que recorren genoveses e italianos, y también los embajadores de muchos lugares. De 1403 a 1406, vinieron del Asia Menor a la corte de Castilla embajadores de Tamorlán, y en respuesta, otros de Enrique III fueron hasta Samarcanda, en el corazón del Asia, donde el gran señor asiático había instalado la capital de su grande y quebradizo imperio; de esto ha quedado el relato de este asombroso viaje (véase F. López Estrada 1981, 1997 y González de Clavijo 1943 y 1999). Y otro cordobés del siglo XV, Pedro Tafur, contó otro largo viaje por Europa (1982). Falta relativamente poco para que de Andalucía salgan las naves de Colón para un viaje por mar hacia oriente por la vía de occidente. Y curiosamente Fernando Colón, el hijo del Almirante, compró el manuscrito de la edición castellana del libro de Lulio al que antes me referí. La imaginación desatada de González de Uceda acierta al proponer la empresa de este viaje por Europa y Asia, posible sobre todo para los que andan metidos en empresas de índole comercial.
b) El maestro de Universidad (est. 3; vv. 17-24). En segundo lugar, el poeta sueña nada menos que con ser maestro en Bolonia. Soplan aires de Italia por entre los escritores españoles, y el grupo avanzado de los poetas del Cancionero sigue la vía de Dante, y Uceda es uno de ellos. Bolonia desarrolla en su Universidad estudios, sobre todo, de derecho romano, que atraen a los españoles. El prestigio de la inteligencia sigue al afán viajero, y lo uno y lo otro se juntan en el empuje renovador de este poeta cordobés, hijo de quien tradujo a Lulio, el sabio que también viajó por los centros intelectuales de Europa.
c) El mercader (est. 4; vv. 25-32). Dije que González de Uceda es un hombre de la condición mediana en las categorías sociales de Córdoba. Por eso no tiene reparos en levantar la condición del mercader si con su esfuerzo logra tener un capital económico importante que asegure su prestigio en la sociedad. La riqueza abre puertas. Entonces, incluso puede ofrecer un gran presente al rey castellano, que bien lo necesita. Y esto trae al poema los nombres ilustres de Flandes y Sevilla, emparejados como lugares adecuados para comprar y vender.
d) La vía social de la religión (est. 5; vv. 33-40). El viajero se siente balanceado, y desde la riqueza mercantil va a parar a la vida religiosa y su diversidad. Por una parte, expone el mejor camino para la salvación del alma: vivir como un ermitaño. Y por la otra, siente la atracción de Roma, tan fuerte que sueña con llegar a ser papa, en la cabeza de la Iglesia.
e) El afán caballeresco (est. 6; 41-48). Más tarde, el prestigio social y literario de la caballería lo inclina a soñar con ser conde. Y en esto anda acertado pues, según Juan Manuel, hay condes «que son más ricos y más poderosos que algunos duques y aun que algunos reyes» (Libro de los Estados, 1981, I, cap. 88: 384). Esta estrofa tiene un especial interés porque es como la síntesis del libro El Victorial, llamada también la Crónica de don Pero Niño, conde de Buelna, que se suele citar, al menos en parte, entre los libros de viajes, dado que el Conde de Buelna fue a Francia, donde acudió a justas y torneos, y luchó contra paganos (o sea árabes) en Túnez y pasó a Inglaterra, combatiendo en muchas partes y acabando vencedor en las lides. Esto quiere decir que la vida caballeresca implica las correrías. Y por ese motivo el siglo XV es una época que propicia los viajes a través de Europa de una corte a otra. Aún no se han alzado las barreras nacionales. Y para esta clase de aventuras, se sitúa a Francia como el lugar más conveniente.
f) El conocimiento de la naturaleza (est. 7; vv. 49-56). En lo que sigue, el poeta no señala objetivos geográficos concretos y su viaje ya no es a lugares determinados, sino que se refiere a actividades que tienen de una manera u otra relación con el conocimiento de la naturaleza y que pueden valerle por su poder científico y económico, además del prestigio y nombradía que da en las sociedades elevadas. Así ocurre con el arte de conocer las estrellas, en su influjo sobre los hombres y en la previsión de los acontecimientos históricos; la alquimia, por pretender la transmutación de los metales en busca del oro enriquecedor; la magia fina (esto es, la de alta condición, sutil, pero en los límites de la ortodoxia, con lo que esto habría de plantear entre los sabios, incluido al mismo Lulio); y lo mismo ocurre con el conocimiento de las piedras preciosas y sus propiedades. Y después, en esta misma estrofa, desciende al «labrador», el que labora y trabaja en oposición a la clase de los de linaje, como Berceo reconoce en su Vida de Santo Domingo, cuando en uno de los milagros se refiere a un ciego: «Si era de liñage o era labrador / non lo diz la leyenda, non so yo sabidor» (est. 338). El labrador puede ser noble, pues posee riquezas. El herbolario conoce las plantas del campo y sus efectos médicos. Y por fin se cita al ballestero, que es referencia al buen cazador que logra hacerse con los animales del bosque.
g) El poder político (est. 8; vv. 57-64). Luego sigue con el ejercicio del poder político, tanto en la tierra, con el emperador, como en el mar, con el almirante. En la tierra son las leyes, convenientemente ejercidas, y en el mar es la habilidad técnica del que sabe gobernar las naves. El cordobés intuye que el dominio de los mares ha de ejercer un gran influjo en la sociedad, y se diría que siente la atracción de estas vías marítimas, que conducirían más adelante a América, con todas las consecuencias políticas y sociales. h) El galán presumido (est. 9; vv. 65-70). Y acaba con lo que tanto abundaba en los cancioneros de la época: la mención del amor. Pero aquí ocurre de una manera chocante: este fidalgo lindo, garrido y donoso pone una nota de burlas en lo que antes parece que está tomado en serio (salvo, claro es, en lo alto de las miras del soñador); pero aquí el hidalgo es un jactancioso, que cree que las damas lo siguen a él y que no es necesario que él las pretenda. Indudablemente, estos galanes presumidos son una buena manera de poner en contraste el evidente formulismo de la poesía cancioneril, en donde hay tantas quejas de amor, y aquí no se mencionan sus dolores, sino la presuntuosidad de quien se cree que es la atracción de las mujeres. i) Un final desalentado y sin respuesta (sigue la est. 9; vv. 71-72). Más adelante viene el fin de la composición, muy rápido, como una caída vertical hasta la realidad cotidiana, que borra y deshace el sueño imaginado. Valen para esto sólo dos versos: traspuesto, esto es, enajenado del sentido por la brusquedad de este ingreso en la razón, despierto, lo privan, esto es, aturden y desazonan, dolores y cuidados, los de todos los días. Representa la vuelta del viaje, el despertar del sueño, cuando, después de la aventura, el poeta recae en la rutina común.
El sueño viajero nos ha permitido sorprender un reflejo de la realidad social que se refracta en las situaciones humanas que he señalado: en primer lugar, el poeta como viajero; luego maestro universitario, mercader, ermitaño, papa, conde, sabio en la magia y en la naturaleza, emperador y galán. Todo esto lo quiso ser el mismo poeta a través de esta transmigración por el espacio geográfico y social de su tiempo. El cordobés González de Uceda adivinó oscuramente lo que luego diría Sigmund Freud en su tiempo moderno: el sueño es la realización de un deseo reprimido. Y en este caso, también la expresión de lo que se quisiera haber sido. Y al final de tanto ajetreo, aunque fuese soñado, se encuentra con la angustia de todos los días. Es cierto que todo comenzó en tono de burlas, dirigiéndose al buen amigo Juan Sánchez, y acaba en una tristeza indefinible, pero que sentimos muy humana: la inquietud del hombre que quiere salir de sí mismo. Esto anuncia la exploración del propio estado de ánimo, un esfuerzo que caracteriza el humanismo moderno. Y esta vez el hombre no se vale de fábulas, ni se apoya en figuras mitológicas, legendarias o históricas, ni se ayuda del consuelo de la religión. Sólo cuenta con su experiencia para confeccionar literariamente el sueño imaginado. El fin de la poesía se limita a expresar concisamente el dolor de vivir. Y no sabemos si fue por comparar lo que quiso ser con lo que era, o si fue por un presentimiento de la angustia vital, que luego, siglos después, penetraría como motivo en la literatura y que aquí se disfraza con un desplante burlesco. La pregunta de González de Uceda a su amigo no obtuvo respuesta. Y si la hubo, se ha perdido en la recolección o en las copias, como ocurre con otras piezas semejantes del mismo Cancionero. O bien el amigo no supo dársela.
5. Interpretación de la poesía
Estos hombres de estado mediano que viven en Córdoba se encuentran entre la presión social de una clase noble dominante y las banderías de un pueblo común pronto a la rebelión por motivos muy diversos. El historiador J. M. Cuenca señala que «Córdoba era la ciudad con mayor concentración nobiliaria de todo el sur cristiano» (1993: 62). Y entre ellos, estos medianos procuran establecer su vida de una manera digna y realizan el cultivo de una literatura en la que se perfilan rasgos de una burguesía de aficiones intelectuales. Y creo que este es un caso evidente. La novedad expositiva puede relacionarse con un lulismo que recuerda, de alguna manera, la novedad expositiva del maestro Raimundo en el aprovechamiento de procedimientos que anuncian la novela, y en el maestro aplicados a fines doctrinales y moralizadores, como ocurría con el Blanquerna y el Libro del orden de la caballería, y en parte lo es el Libre de les meravelles, sólo que en esta poesía comentada esto se reduce a espacios mínimos de contenido. La afición por Lulio fue propia de Juan Alfonso de Baena, cercano a nuestro poeta y a su padre, y esto se manifiesta en la constitución de un ámbito propicio a la tolerancia, como es el que aparece, en cierto modo, al menos en el recurso expositivo, en el Libro del gentil y los tres sabios. La tolerancia era de difícil logro en la vida social cordobesa de la época. La novedad de la poesía es el planteamiento de los límites y la extensión del viaje soñado, pero posible, en los límites de la Europa de la época y en su tratamiento en un plano estrictamente humano. La poesía es, cierto, sólo una breve exposición, pero su proyección espiritual es amplia. Dentro de la multiplicidad de contenidos del Cancionero y su condición reiterativa de determinados temas, aporta una vibración espiritual indudablemente innovadora y sorprendente, «original», como la calificaron los editores actuales del Cancionero. Este afán por moverse de una parte a otra se encuentra patente en la biografía de Lulio. Menéndez Pelayo acierta al escribir: «La biografía de Lulio es una novela: pocas ofrecen más variedad y peripecias» ([1880], 1947: 324). Y recientemente, Sáenz-Díez ha escrito una biografía novelada que pone de relieve este afán viajero de Lulio (1995). Si, por una parte, la poesía nos acerca a la literatura de viajes, por otra parte, la sucesión de los estados sociales señala hacia la técnica expositiva de las danzas de la muerte, ocasión también para la exhibición de las apariencias mundanas. No olvidemos que la poesía comentada se escribió en Córdoba y que su autor es un hombre de la clase mediana de la ciudad, que puede leer El libro del gentil de Lulio vertido por su padre a su propia lengua castellana y que, por eso, se presume que pudo tener acceso a otros más. Un ágil ejercicio mental lo llevó a escribir esta poesía en la que él se siente viajero y personaje de muy diversos estilos de la vida, propios de la época. Cierto que falta el afán misionero y evangelizador de Lulio, peregrino por Cristo, y esto en la poesía aparece sustituido por un impulso civil que lo conduce a imaginar, por medio de un sueño, este alegre vagabundeo geográfico y social por el mundo de su tiempo. Y por esa vía no acaba en ninguna parte, dejándonos como fin esta confesión final, desesperanzada y burlesca, y quedándonos sin saber qué pudo contestarle su amigo.
Siempre leí esta poesía, encontrada al azar cuando buscaba otros datos en el Cancionero de Baena, con una secreta fascinación; deja adivinar mucho y fui intentando su interpretación (1989). A mi juicio, desde lejos, entre otras resonancias, prepara la concepción de aquel hidalgo que en el monótono curso del tiempo clausurado de la aldea, con la lectura desaforada de los libros de caballerías, intentó convertir sus imaginaciones literarias (al fin y al cabo, sueños parecidos a los de González de Uceda) en realidades de una vida imposible en su tiempo. Y más allá del poeta del Cancionero, no sólo imaginó, según cuenta la invención de Cervantes, sus viajes por los caminos de España, sino que se nos dice que quiso realizarlos y así lo hizo (como sabemos por la novela de su vida) con el mismo resultado que los de nuestro cordobés: quedar triste y doliente y lleno de cuidados, vísperas de la muerte.
BIBLIOGRAFÍA
(Esta bibliografía contiene sólo los artículos y libros citados en la exposición de este artículo).
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UNA CARACTERIZACIÓN DEL VIAJE EN LA NARRATIVA MEDIEVAL A TRAVÉS DEL MEDIO EXTRAORDINARIO UTILIZADO: EL VIAJE AÉREO (DE CLEOMADÉS A DON QUIJOTE)
Antonia Martínez Pérez
Universidad de Murcia
I. En la literatura de viajes, una distinción primera nos separaría –independientemente de que el itinerario se presente como real o imaginario– los relatos, o libros de viaje propiamente dichos, del relato de un viaje dentro de una narración. Este segundo punto puede ser un tanto ambiguo, en cuanto que cualquier obra literaria puede construirse a partir del viaje. Sin embargo, del viaje como motivo al viaje como estructuración del relato hay una distinción que las investigaciones actuales sobre su tipología de género van delimitando.1 Se ha reiterado insistentemente el hecho de que se puedan configurar como un viaje numerosas y grandes obras literarias, desde la Odisea y la Eneida, a la Divina Comedia o el Quijote, sin entrar por ello dentro de lo que tipológicamente se ha caracterizado como relatos de viaje. No obstante, siempre será interesante el análisis del viaje literario o su estructuración especial dentro de determinadas producciones literarias.
En ambos casos, desde la Antigüedad hasta nuestros días, el viaje, como exploración de espacios nuevos, se había movido entre la realidad y el mito, entre lo visto y lo imaginado. Ofrecía una entrada a lo desconocido que podía satisfacer la imaginación del relato de viajes, en la expectativa de horizontes exóticos, y la imaginación de la obra literaria, especialmente del roman, buscador de aventura por antonomasia. El espacio desconocido podía engendrar maravillas al mismo tiempo que peligros y temores. En el roman, la aventura, la búsqueda caballeresca incesante, partía del movimiento continuo, de la exploración de nuevos espacios donde nuevos hechos, nuevos avatares, podrían tener su realización. Héroes caballerescos desde Perceval, Lanzarote, hasta el mismo Don Quijote, emprenderán viajes a tierras lejanas en búsqueda de lo extraordinario de la aventura. Su punto en común con los libros de viaje estaría en el camino emprendido, en el descubrimiento, en la apertura a nuevas experiencias. Sin embargo, frente a estos últimos, destacaría la escasez o ausencia de descripción geográfica, de finalidad informativa, de conciencia del relato de viaje como tal. Y podríamos plantearnos si entraría siempre dentro del viaje imaginario –sometido a la ficción de la obra– o sería tal y como en ésta se presente, maravilloso o real, teniendo en cuenta que el movimiento físico que aparece en una obra literaria equivale casi siempre a una acción simbólica.
II. Es importante en la determinación del viaje el medio o modo como se efectúa y los elementos que intervienen. Sin pretender entrar en lo que sería una tipología del género, sí es de resaltar la distinción e importancia en la catalogación de los viajes –ciñéndonos a los literarios– de los medios empleados y cómo, a través de éstos, se puede conseguir una aproximación a la caracterización de los mismos.
El viaje en sí mismo puede ser extraordinario, viaje sobrenatural o mítico, viaje a ultratumba o al Más Allá, llevado a cabo a través de medios un tanto extranaturales, importantes en cuanto a su significación y simbología.2 En la concepción general del homo viator, incluso la llegada al Más Allá se prevé como un camino a realizar y como final de la superación de las etapas correspondientes. Se emprenderán viajes extraordinarios, a «otros lugares», al otro mundo, a través de medios y elementos provistos de una simbología específica, en los que se aúnan elementos bíblicos, fábulas orientales, mitos clásicos y celtas, los mirabilia y las creencias medievales. Desde Jonás, trasladado por una ballena –como más tarde retomará el mallorquín Torroella–, o el Alejandro medieval, bajado al fondo del Océano en una bola de cristal o subido a los cielos en un carro tirado por grifos, abundan los medios «maravillosos» de transporte. En estos casos, el viaje suele también estar impregnado de ese halo mítico o maravilloso en el que la línea entre lo real e irreal queda diluida. En este viaje extranatural a lugares paradisíacos, a las islas mágicas, al otro mundo, a ultratumba,3 a los infiernos o a los cielos..., el medio elegido para llevarlo a cabo anunciaba la naturaleza del mismo. Es frecuente que se realizara a través de una nave o un animal (ballena),4 y que intervinieran elementos como el agua, el viento, el cristal, el canto de los animales que anunciaba un lugar exótico, etc., indicadores en cierto sentido del paso del mundo de la materia al mundo sobrenatural.
Es extraordinariamente densa la red contextual que se entreteje en torno a la búsqueda de «algo más»,5 viajes y medios extraordinarios. Como hemos señalado, en el Alejandro mítico del medievo, éste emprende su descenso al fondo de los mares en la bola de cristal bajo el vientre de una ballena.6 Después llevará a cabo otro viaje, pero ahora asciende a los cielos subido en un carro tirado por grifos. San Brandán de Benedeit realizará su viaje a una isla, símbolo del paraíso terrenal. Tal exploración se presentará llena de descubrimientos maravillosos y se afrontarán peligros fabulosos, llegando a descender incluso a los Infiernos.7 El medio para llevarlo a cabo no podía ser otro que el de una nave que, junto con el viento, el agua, el canto de las aves, e incluso el cristal, forma parte de ese fondo común de los viajes al otro mundo, no faltando, por supuesto, entre sus motivos, el pez-isla y el árbol de los pájaros. El mallorquín Guillem de Torroella emprenderá igualmente, subido en un gran pez, un viaje similar a una isla paradisíaca en la que permanece el rey Arturo, tras un cristal, alimentado por el maná, y tendrá una visión alégorica del rey.8 En la novela artúrica, en general, ese viaje al paraíso terrenal es sustituido por un viaje mágico, al Más Allá. A él se podía acceder simplemente a través del bosque o una zona húmeda, cruzando un río, lago, puente o mar, en una aventura maravillosa llevada a cabo por el caballero y que suponía la unión del mundo sensible con el mundo real.
III. Hay un tipo de viaje extraordinario distinto, el aéreo, a través de un artefacto mágico, un caballo volador, que tendrá un eco importante en la narrativa europea occidental, especialmente en la narrativa caballeresca, y que es el que aquí nos ocupa. El caballo mágico había constituido un tema folclórico9 casi universal, y lo encontramos abundantemente cultivado en la literatura europea y oriental, en la que había proliferado este tipo de prácticas. Como señala, un tanto desenfadadamente, R. Schevill:
En Oriente la gente, por supuesto más favorecida que la nuestra, ha tenido la costumbre envidiable de volar por los aires sirviéndose de anillos, gorras, botas, ramos, sillas, carros, pelos, cajas, cántaros, estrados, flechas, ligas, mantos, nubes, pájaros, sofás, peces, alfombras y hasta elefantes.10
Respecto al caballo, su gran atractivo consistía en poder franquear los cielos a una velocidad vertiginosa, con lo que se podía tener encuentros, resolver conflictos, recorrer lugares de forma prodigiosa. Encanto que no pasó desapercibido para dos grandes narradores como Cervantes o Chaucer. Pero es de señalar que no se trata de la variante del «caballo alado», que Propp nos enraiza perfectamente en la tradición folclórica del «ayu-dante encantado»11 –tal el Pegaso que Atenea da a Belerofonte, como más tarde se precisará en el Quijote–, sino que sigue la variante de un caballo de madera como nos lo encontramos en Las mil y una noches. Caballo volador, pero no el clásico con alas naturales, sino mecánico, provisto de clavija y con la posiblidad de ser construido con el ingenio del hombre. Proporcionaba una cierta verosimilitud al tratarse de un artefacto mágico, un caballo inanimado producto de la «ciencia», colocándose su trayectoria a mitad de camino entre ese viaje maravilloso, irreal, y el viaje veraz.
Si como medios de transporte, la nave, la ballena o el gran pez tenían una simbología muy bien definida, el caballo no quedaría atrás en poder y significación. En tierra, era, en ese momento, el instrumento más veloz, el más codiciado, el de más alta dignidad social, signo de nobleza y de privilegio militar para su propietario. Era, a la vez, indispensable por su velocidad y un lujo por su alto coste, su mantenimiento y su fragilidad. Al mismo tiempo, el caballo constituía el elemento simbólico e insustituible del caballero, con el cual emprendía su aventura, maravillosa en muchos casos, y mantenía vivo el heroísmo de las hazañas y la posibilidad material de que éstas se llevaran a cabo, propiciando desde el punto de vista práctico y simbólico la caballería.12
No es pues de extrañar que, con la facultad de volar, el caballo tuviera un atractivo más en la narrativa medieval, emprendiendo un viaje ya en sí extraordinario que propiciaba aventuras especiales. Con él se podían transgredir todos los límites, llevar a cabo fugas violentas o persecuciones fatales. La presencia del caballo mecánico potenciaba en cierta medida su actuación, al permitir el recorrido de grandes itinerarios en tiempos insospechados y posibilitar lo maravilloso sin romper la verosimilitud del relato. Se podía, pues, recorrer lugares geográficos distantes en los que se situaría la acción sin alargarla temporalmente y sin dañar la verosimilitud; y el caballero andante podría seguir avanzando por un mundo mágico y fabuloso. Tal combinación explicaría la aceptación de esta modalidad de viaje en la narrativa caballeresca, formando parte de sus elementos comunes y siendo por lo tanto suceptible de entrar en la galería de desmantelamiento del Quijote.
IV. Presente el caballo mecánico, de marfil y ébano, con la facultad de volar, en Las mil y una noches,13 lo volvemos a encontrar en el siglo XIII en el Cleomadés de Adenet le Roi14 y en el Cheval de Fust o Meliacin de Girart d’Amiens.15 En las tres obras se nos presenta como núcleo un viaje aéreo mecanizado, que hace posible la simultaneidad de los hechos en lugares alejados y las más variadas peripecias, estructurando el roman. El caballo, artificio de un sabio o de un rey ingenioso pero feo, será en principio utilizado por éste para conseguir su casamiento con una bella princesa, y hacer desaparecer al príncipe –su hermano– que se opone a tal unión. Sin embargo, en posesión este último del caballo, podrá conocer a la más bella princesa de tierras lejanas y emprender los viajes necesarios hasta conseguir su felicidad. Sus amores serán posibles gracias a la magia del caballo volador.
De estas versiones, fue especialmente el roman de Cleomadés el que gozó de mayor éxito y contó con diferentes prosificaciones, de donde procede la historia caballeresca de Clamades y Clarmonda.16 Cleomadés lo escribió Adenet le Roi para María de Francia y Blanca de Castilla dentro de la más estricta atmósfera cortés. De carácter «español» en cuanto a personajes, temática y ubicación, se indica la hipótesis de la existencia de un poema castellano perdido, compuesto a partir de una traducción de Las mil y una noches,17 que conocería la princesa Blanca y transmitiría a Adenet.18 La versión castellana se hizo muy popular y ya no se cuestionan sus reminiscencias en el Quijote cervantino. Fue conocida popularmente con el título de Historia del caballo de madera y formó parte hasta el siglo pasado del repertorio de los romances de ciego.19
En el Cleomadés de Adenet hay una estructuración de la obra en torno a los viajes por él efectuados con el caballo volador.20 Siguiendo la tradición folclórica, éste posibilita la huida de los amantes, pero también –y especialmente– suscita la conflictividad del roman, con la expulsión de Cleomades de su reino y con el rapto de Clarmondina, de modo que su actuación determina los núcleos centrales de la obra, estructurando su desarrollo. Así, el primer viaje de Cleomades, que lo lleva a Toscana, lo hace de manera involuntaria al ser traicionado por Cropardo y lanzado al aire en el caballo:
De Cleomadés parlerai
qui seur le chevalet s’en va.
En petit de tans le porta
si loing qu’il ne sot ou il fu (vv. 2650-53).
Viaje frenético e incontrolado, a una tierra desconocida en principio, a lugares lejanos, donde obtendrá un cierto grado de exotismo en el roman con la descripción del lugar, especialmente del Castillo Noble del rey Carmant, y de algunas de sus costumbres peculiares. Entre ellas, es de resaltar la presencia de la mesa puesta con exquisitos manjares y bebidas, según los usos de aquellas gentes. Como explicará Adenet y será concretado en las prosificaciones, se trata de venerar las fiestas de mayo, su jovialidad, y de celebrar las buenas cosechas.21
Un segundo viaje se centra en el regreso de Cleomades a Sevilla y la liberación de Cropardo. Un tercer viaje lo constituiría la vuelta de Cleomades a Toscana, herido de amor, en busca de Clarmondina. El cuarto, la vuelta de ambos a Sevilla. En el quinto, el caballo otra vez pasaría a manos del traidor Cropardo, quien raptaría a Clarmondina para alejarla de Cleomades y llevarla a tierras lejanas. Así sucesivamente a lo largo de toda la historia, hasta la vuelta final a Sevilla de Cleomades y Clarmondina y la celebración de sus bodas. En la prosificación castellana de Clamades y Clarmonda la obra se reduce drásticamente y se limita a una exposición escueta de la trama, pero se mantienen todos los viajes en el caballo volador, con una descripción de su funcionamiento y destacando la importancia de sus intervenciones. El caballo de madera pasa a ser el auténtico héroe y no es raro que se olviden los nombres de los protagonistas y la obra sea recordada como la Historia del caballo de madera.
V. Es evidente que la popularización de este tema en la Península se debe a la prosificación de Clamades y Clarmonda que, como hemos indicado, tiene sus orígenes en la obra de Adenet le Roi, Cleomadés. Aunque no llega directamente de este extenso poema (casi 19.000 versos), sino a través de la versión en prosa, o, con más concreción, de una de las versiones francesas en prosa.22 La reimpresión castellana de 1565 es la que con más probabilidad manejaría Cervantes,23 que conocería igualmente el roman francés de Valentin et Orson.24 Gran interés tendría, pues, en desmantelar tal historia, que debía complacer y estar en el gusto de los aficionados a las historias caballerescas. Nos dice en el Quijote que con un caballo de este tipo Pierres consiguió a su amada Magalona, aunque en la obra nunca aparece tal hecho.25 Señala Schevill lo poco que esto preocuparía a Cervantes, a quien:
Le podían venir a la memoria muchos cuentos de dos amantes que, estorbados en sus amores, buscan juntos en la huida la solución de sus deseos. Entre dichos cuentos se podrían mencionar la historia de Don Gaiferos y Melisendra, la de Pierres y Magalona, la de Clamadés y Claramonda, y sin fijarse Cervantes en cuál de éstas se habla del caballo de madera, puso como modelo de Clavileño la cabalgadura de Pierres y Magalona.26
Pero él sí se dispondrá a emprender la aventura de la salvación de la dueña Dolorida, duquesa de Trifaldi, valiéndose de tal medio. Acometerá el viaje con un final ya predestinado y, en la presentación misma del medio de transporte, tendremos noticia del talante de la empresa que se va a efectuar. Será por lo tanto importante su descripción. Se tratará, como en Las mil y una noches, en Clamadés, o en Clamades y Clarmonda, de un caballo de madera con una serie de clavijas para su manejo:27 una «máquina», como se nos indica (II, 41, 956).28
Es importante señalar, a este respecto, que ya Adenet le Roi intentó dar realismo y verosimilitud a la presencia de este caballo mecánico con la capacidad de volar, presentándolo como un artefacto más, a la manera de los artificios ingeniosos de Virgilio. Para justificar la existencia del caballo de ébano, sólo había que recordar los que aquél había llevado a cabo, como los dos castillos levantados cada uno sobre un huevo, los baños con propiedades curativas, el caballo sobre un pilar que curaba a los caballos enfermos, la mosca gigante que impedía el paso de las moscas, todos en Nápoles. Y en Roma, el espejo que protegía la ciudad, el fuego inextinguible y los cuatro personajes que, colocados sobre una torre, indicaban por sus movimientos el paso de las estaciones (vv. 1649-1824). Todos estos elementos formaban parte de los mirabilia medievales,29 de manera que, si todo ello era posible y verosímil, también lo sería este caballo mecanizado, concediéndole mayor veracidad a su intervención.
Sin embargo, lo más importante es la finalidad que determina su empleo en cada una de estas obras. En las primeras narraciones tenía la capacidad de salvar situaciones, llevar a cabo grandes hazañas o encuentros sobrenaturales. Aunque con el caballo mecánico se habría podido racionalizar su carácter extraordinario, en el Quijote era preciso destruirlo totalmente. En principio, el episodio de Clavileño entra dentro de un plan de burla más amplio urdido por los duques y sus cortesanos, que viene a constituir una parodia de un motivo básico en la narrativa caballeresca, el de la dama injustamente perseguida que solicita la ayuda de un caballero andante. Se trata de liberar del encantamiento que sufren a los príncipes de Candaya y a la condesa de Trifaldi y sus compañeras, condenadas estas últimas a llevar barbas. La Trifaldi narrará el fatal desenlace de los amores de la princesa Antonomasia, heredera del trono de Candaya y de Don Clavijo que, aun siendo simple caballero, había conseguido sus amores y había contraído matrimonio en secreto con ella. Ante este hecho, la reina madre, doña Maguncia, muere. El gigante Malambruno, un pariente lejano, aparece el día de su entierro montando a Clavileño, un caballo de madera volador, y para hacer justicia y castigarlos por la muerte de Maguncia, encanta a la pareja: a ella como una «jimia de bronce», y a él como un «espantoso cocodrilo». A la Dolorida y al resto de las dueñas que habían sido cómplices, les crecerán las barbas. De este encantamiento que sufren, sólo saldrán, según ordenará Malambruno, cuando Don Quijote se enfrente en combate con él.
La Trifaldi pedirá despavorida a Malambruno que envíe al «sin par Clavileño», que se hacía de esperar, para que acabe por fin con su desdicha. El caballo será el medio de transporte mágico que llevará a los protagonistas al muy lejano reino de Candaya. La estructuración del episodio girará en torno al encuentro con el caballo, la subida en él, el supuesto vuelo y la caída por los suelos. Sancho juega un papel fundamental en esta escena, y sus comentarios sobre la llegada del caballo y la descripción de sus propiedades estructuran la parte central del capítulo. En él, tal vez por la influencia de las historias caballerescas, no se tratará de una versión de los caballos indicados, sino que:
ha de ser aquel mesmo caballo de madera sobre quien llevó el valeroso Pierres robada a la linda Magalona, el cual caballo se rige por una clavija que tiene en la frente, que le sirve de freno, y vuela por el aire con tanta ligereza, que parece que los mesmos diablos le llevan (II, 40, 951).
Confusión, muy probablemente querida, de la obra caballeresca de Pierres de Provenza y la linda Magalona y La historia de Clamades y Clarmonda, como ya hemos indicado. Pero lo importante es la propia naturaleza del mismo, ya que había sido construido por el sabio Merlín, y solamente lo montó Pierres hasta que Malambruno, con sus artes, se hizo con él. «Ni come ni duerme ni gasta herraduras» (II, 40, 951-52), como es propio de la tradición folclórica, y tampoco tiene alas. Pero para Sancho, por supuesto, nunca será comparable con su rucio, aunque éste no ande por los aires. Sin embargo, también se apartará de los caballos de los grandes héroes literarios, como precisará La Dolorida a instancias de Sancho:
no es como el caballo de Belerofonte, que se llama Pegaso, ni como el del Magno Alejandro, llamado Bucéfalo, ni como el del furioso Orlando, cuyo nombre fue Brilladoro, ni menos Bayarte, que fue el de Reinaldos de Montalbán, ni Frontino, como el de Rugero, ni Bootes ni Pirítoo, como dicen que se llaman los del Sol, ni tampoco se llama Orelia, como el caballo en que el desdichado Rodrigo, último rey de los godos, entró en la batalla donde perdió la vida y el reino [...] se llama Clavileño el Alígero, cuyo nombre conviene con el ser de leño y con la clavija que trae en la frente y con la ligereza con que camina; y, así, en cuanto al nombre bien puede competir con el famoso Rocinante (II, 40, 952-53).30
Queda excluido, por lo tanto, de los caballos de los grandes héroes y, naturalmente, de las grandes hazañas que con ellos llevarían a cabo. Y, aunque con esta versión mecanizada se habría podido racionalizar su carácter extraordinario, era preciso destruirlo totalmente. Era preciso que, «lleno de cohetes tronadores», volase por los aires con el impulso de la explosión, y que Don Quijote y Sancho cayesen al suelo «medio chamuscados». Para completar la parodia del viaje emprendido, no faltarán las descripciones de tipo cósmicogeográficas de Don Quijote, de acuerdo con la concepción de la época sobre el universo:31
–Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda región del aire, adonde se engendra el granizo y las nieves; los truenos, los relámpagos y los rayos se engendran en la tercera región; y si es que desta manera vamos subiendo, presto daremos en la región del fuego, y no sé yo cómo contemplar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos (II, 41, 962).
Más tarde, en el relato del vuelo precisará que pasó por la región de «las siete cabrillas», es decir, la constelación de las Pléyades. Aquí el tono burlesco aumenta notablemente en cuanto que Sancho, que dudaba de la veracidad del viaje, afirma haberse bajado de Clavileño y, motivado por su oficio de cabrero, haber jugado con ellas sin que mientrastanto Clavileño se moviera. Hecho que desmiente Don Quijote, siguiendo la trayectoria general de la segunda parte, en la que cordura y mesura parecerán venir de él, intentando atemperar a Sancho. Con la consideración final de que:
No quisieron preguntarle más de su viaje, porque les pareció que llevaba Sancho hilo de pasearse por todos los cielos y dar nuevas de cuanto allá pasaba sin haberse movido del jardín (II, 41, 966).
Se trata de la circularidad del viaje que no lleva a ninguna parte, dar vueltas «sin haberse movido del jardín», como en un plano general representa toda la obra. El viaje de Don Quijote se desarrolla circularmente entre los espacios de su tierra natal, sin llegar a ser su caminar una búsqueda, porque ya ha dejado de funcionar su motivación caballeresca profunda.
Igualmente importante es la desvalorización del instrumento a través del cual se lleva a cabo, el caballo, con el bagaje simbólico que traslucía. Al inicio de la obra, queda sintetizado todo el contenido de la misma en el viaje que se va a emprender, los instrumentos con los que se va a llevar a cabo y la finalidad del mismo, al querer Don Quijote:
hacerse caballero andante y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban (I, 1, 40-41).
Pondrá asimismo de manifiesto la capacidad ilimitada del viaje, al poder recorrer grandes espacios y conocer directamente lo que en ellos se encuentra y relatarlo no de oídas sino de vistas, de modo que, frente a los cortesanos que «sin salir de sus aposentos ni de los umbrales de la corte, se pasean por todo el mundo mirando un mapa, [...] los caballeros andantes verdaderos, [...] a pie y a caballo, medimos toda la tierra con nuestros pies, y no solamente conocemos los enemigos pintados, sino en su mismo ser» (II, 6, 672). Quedan de manifiesto, como tantas otras veces, las enormes concomitancias entre el relato de viajes y el viaje romanesco.
No obstante, el episodio de Clavileño no debe analizarse aisladamente en el Quijote, sino dentro de la desmitificación general del viaje en la obra y, en la particular, al formar parte, junto con el episodio de la Cueva de Montesinos y el Barco Encantado, de la tríada paródica de los viajes extraordinarios que tanto proliferaban en las obras literarias.
Han sido señalados estos tres viajes concretos en cuanto que son viajes irreales, soñados, desmitificadores de ellos mismos. Con la bajada a la Cueva de Montesinos (II, 22-23),32 son parodiados los viajes a ultratumba, tan amados por la literatura caballeresca. Señala W. T. Avery la mofa en el Quijote del concepto dantesco del viaje a las regiones de ultratumba,33 que había –junto a la búsqueda– invadido la narrativa caballeresca. Eran los modelos típicos de los viajes literarios del momento.34 El segundo será el ya analizado vuelo de Don Quijote y Sancho sobre Clavileño (II, 49),35 como desmitificación de su aventura caballeresca. En ambos casos será Sancho quien se cuestione la veracidad de tales trayectorias. En el viaje a ultratumba no creerá que en tan poco tiempo se hayan podido ver tantos personajes:
– Yo no sé, señor don Quijote, cómo vuestra merced en tan poco espacio de tiempo como ha que está allá bajo haya visto tantas cosas y hablado y respondido tanto (II, 23, 824).
Y finalmente, el «equinoccial», como señala D. Pini, en el centro del episodio del Barco Encantado (II, 29), dejado allí por algún mago encantador para que llevara a cabo su empresa, también de carácter caballeresco, pero con un entusiasmo aumentado por el encanto ejercido con las exploraciones del nuevo mundo, tal y como se narraban en los libros de viaje.36 Es evidente que, como en el episodio de Clavileño o en el de la Cueva de Montesinos, no se ha efectuado tal viaje al Ecuador y apenas si se han movido del lugar, como señalará una vez más Sancho:
... veo con mis mismos ojos que no nos habemos apartado de la ribera cinco varas, ni hemos decantado de donde están las alemañas dos varas, porque allí están Rocinante y el rucio en el propio lugar do los dejamos; y tomada la mira, como yo la tomo ahora, voto a tal que no nos movemos ni andamos al paso de una hormiga (II, 29, 871).
Y, en la respuesta de Don Quijote sobre su ignorancia al respecto, no sabiendo qué significan «coluros, líneas, paralelos, zodiacos, eclípticas, polos, solsticios», u otros términos astronómicos, está parodiando al viaje libresco, el que, como tantos otros del momento, recorría el mundo a través del mapa.
VI. En definitiva, el viaje literario en ninguno de sus aspectos queda bien parado en el Quijote: ni, por supuesto, toda la acción simbólica que éste podía traslucir, ni los medios con los que se llevará a cabo. El barco encantado debía ser parado con las largas varas de los molineros de las aceñas antes de que, deslizándose por el caudal del río, destrozase sus ruedas, como así ocurrió. El caballo volador saltaría por los aires en pedazos con la explosión de los cohetes, tirando al suelo a sus ocupantes. Y el descenso a la cueva, viaje a ultratumba que se obtenía con el traspaso de determinadas barreras simbólicas, lo llevaría a cabo Don Quijote «colgado de una soga».
Hemos visto, pues, cómo dentro de la amplia red contextual que entretejen en torno a la búsqueda de «algo más» viajes y medios extraordinarios, con la presencia de elementos maravillosos de transporte, el viaje solía estar impregnado de ese halo mítico o ma-ravilloso en el que la línea entre lo real e irreal quedaba diluida, y el medio elegido para llevarlo a cabo anunciaba la naturaleza del mismo. Una variedad del viaje literario, especialmente vinculado al roman, presentaba al caballo, símbolo de la más alta dignidad caballeresca, como un medio querido en este tipo de narrativa. La facultad de volar con un artificio mecánico le permitía recorrer espacios ilimitados en tiempos mínimos sin dañar la verosimilitud de la acción. La superación física del obstáculo espacial parecía facilitar la superación de cualquier acción argumental, manteniendo la expectativa del caballero, que puede seguir avanzando por un mundo mágico y fabuloso. Esta modalidad de viaje gustó en la narrativa caballeresca, formando parte de sus elementos comunes, y fue por lo tanto susceptible de entrar en la galería de desmantelamiento del Quijote. Y, aunque se tratase de un caballo mecanizado cuya actuación quedaba hasta cierto punto racionalizada, era preciso que su destrucción fuese jocosa y fulminante. Su vuelo se reduciría al instantáneo provocado por una gran explosión de cohetes tronadores y su caída fulgurante al suelo, medio chamuscados.
Tal vez, con el fracaso de la iniciativa aérea, más la de los viajes a ultratumba que, junto a la búsqueda, habían invadido la narrativa caballeresca, quedaban rotos los modelos típicos de los viajes literarios del momento. El hecho de presentarlos como una circularidad que no lleva a ninguna parte, como en un plano general representa toda la obra, pone de manifiesto la desmitificación del viaje de la búsqueda caballeresca.
1. En una estructuración cerrada del género, M. A. Pérez Priego enumeraba los mirabilia, el itinerario, el orden cronológico, el espacial, la forma de presentar el relato, etc., como elementos básicos en la estructuración de los libros de viaje («Estudio literario de los libros de viajes medievales», Epos, I, 1984, pp. 217-39). Frente a ella se presentaban concepciones más abiertas del mismo, como la ofrecida, entre otras, por S. Carrizo en cuanto que «se trata de un discurso narrativo-descriptivo en el que predomina la función descriptiva como consecuencia del objeto final que es la presentación del relato como un espectáculo imaginario, más importante que su desarrollo y su desenlace...» («Hacia una poética de los relatos de viaje», Incipit, XIV, 1994, pp. 123-24) y la de E. Popeanga, («El discurso medieval en los libros de viajes», Filología Románica, 8, 1991, pp. 149-62 [p. 152]), frente a obras, como la de Plan Carpinio, que se estructuran con cierta dificultad como libros de viaje. Vid. para una historia de la evolución del género, F. Gómez Redondo, «Los Libros de Viajes: los primeros pasos», en Historia de la prosa medieval castellana II. El desarrollo de los géneros. La ficción caballeresca y el orden religioso, Madrid, Cátedra, 1999, pp. 1.821-1.852.
2. Vid. J. Rubio Tovar, «Literatura de visiones en la Edad Media románica: una imagen del otro mundo», Études de Lettres, 1992, pp. 53-73.
3. Vid. H. Patch, El otro mundo en la literatura medieval, Madrid, FCE, 1983; J. M. Ribera Llopis, «Viajeros peninsulares a ultratumba», Revista de Filología Románica, 1993.
4. Como las de Jonás, Alejandro Magno, Eneas, San Brandán, Torroella, o incluso la ballena de los cuentos árabes que vuelve a aparecer en las aventuras de Simbad en Las mil y una noches, etc.
5. Vid. Francisco Flores, «El viaje en el tiempo», en Libros de viaje, F. Carmona y A. Martínez (eds.), Murcia, Universidad, 1996, pp. 149-161.
6. Tanto en el Libro de Alexandre o en el francés Roman d’Alexandre, el héroe viaja al fondo del Océano en una tina o bola de vidrio, provocando la cólera de Dios y el susto de Natura, y posteriormente a los cielos en un carro tirado por grifos. Vid. C. García Gual, «Un viajero mítico: Alejandro en el Medievo», en Viajeros, peregrinos, mercaderes en el occidente medieval. Actas de la XVIII Semana de Estudios Medievales, Estela, 1991, pp. 15-52.
7. Vid. Dolores Corbella, «El viaje de San Brandán: una aventura de iniciación», Filología Románica, 8, 1991, pp. 133-34; y «El mito de San Borondón: entre la realidad y la fábula», en Libros de viaje, pp. 127-135.
8. Vid. Isabel de Riquer, «El viaje al otro mundo de un mallorquín», Revista de lengua y literatura catalana, 1991; A. Martínez, «Ficción-realidad en la estructuración narrativa de la Fábula de G. de Torroella», Mundos de ficción, vol. II, Murcia, Universidad, 1996, pp. 1021-29.
9. Vid. Les oeuvres d’Adenet le roi, T. V: Cleomadés, A. Henry (ed.), Ginebra, Slatkine Reprints, 1971, p. 559, n.1.
10. «El episodio de clavileño», en Estudios eruditos «in memorian» de Adolfo Bonilla y San Martín (1875-1926), Madrid, 1927, VI, p. 119.
11. Las raíces históricas del cuento, Madrid, Fundamentos, 1974, pp. 246 y ss.
12. «Los remotos orígenes de la caballería hay que buscarlos en los primeros hombres a quienes, habiendo hecho del caballo salvaje un animal doméstico, se les ocurrió montarlo para desplazarse con más facilidad y rapidez, para cazar desde él o para realizar incursiones depredatorias. Puede sonar a verdad de Perogrullo, pero es difícil negar que sin la doma y monta del caballo no hubiera existido el concepto ni el término de «caballero» ni el tratamiento literario que obtuvo la señera figura de éste, ni varios de los conceptos y términos con él relacionados, como “caballería”, “caballeresco”, etc.» (Textos medievales de caballería, José María Viña Liste (ed.), Madrid, Cátedra, 1993, p. 16).
13. «Caballo volador cuya magia hace posible los amores del príncipe Kamaralakmar y la princesa Schamsennahar» (Las mil y una noches, traducción, introducción y notas de Juan Vernet, Barcelona, Planeta, 1996, pp. 1189 y ss.).
14. A. Henry (ed.), 1971.
15. Girart d’Amiens, Meliacin ou le Cheval de fust, Antoinette Saly (ed.), Senefiance, 27, Aix en Provence, 1990.
16. Historia del muy valeroso y esforzado caballero Clamades, hijo de Marcaditas, rey de Castilla y de la linda Clarmonda, hija del rey de Toscana (Burgos, 1521), en Historias del caballero Clamades y del rey Canamor, F. Gutiérrez, Barcelona, Selecciones Bibliófilas, 1957.
17. Vid. A. Henry (ed.), op. cit., t. 2, pp. 610-11, ns. 2 y 3.
18. También uno de los prosificadores de la obra, Philippe Camus, permaneció refugiado en nuestro país y se le atribuye otra composición de tema español, L’ystoire d’Olivier de Castille et d’Artús d’Algarbe, obra original, y no prosificación, que fue traducida al castellano, como Historia de Oliveros de Castilla y Artús de Algarbe, y pasó formar parte del grupo de novelas de caballerías.
19. Vid. A. Martínez, «De Adenet le roi a las prosificaciones castellanas del caballero Clamades», Actas del VII Congreso de la Asociación Hispánica de Literatura Medieval, Castellón de la Plana, Universitat Jaume I, 1999, vol. II, pp. 425-42.
20. La obra quedaría distribuida en ocho partes, precedidas de un Prólogo y una Obertura, y con un Epílogo:
PRÓLOGO. OBERTURA
PRIMERA PARTE: Infancia de Cleomades. 1. Educación de Cleomades. 2. Guerra con los cinco reyes vecinos. Cleomades pide ser armado caballero para participar en la batalla. Victoria de Cleomades. 3. Fiesta y alegría colectiva.
SEGUNDA PARTE: Proyecto de casamiento de los tres reyes africanos con las hermanas de Cleomades. 1. Amor de «oídas». 2. Los dones. Artefactos prodigiosos. 3. Viaje a Sevilla. 4. Concesión por parte de Marcaditas de sus tres hijas a los tres reyes. 5. Traición de Cropardo.
TERCERA PARTE: 1er VIAJE de Cleomades a Toscana: 1. Llegada al Castillo Noble del rey Carmant. 2. Entrada en la habitación de Clarmondina. El Amor toca a Cleomades y Clarmondina con su dardo. 3. Captura de Cleomades por los guardias de Carmant. Narración de la historia de las hadas.
CUARTA PARTE: 2º VIAJE: Regreso de Cleomades a Sevilla y liberación de Cropardo.
QUINTA PARTE: 3er VIAJE: Segundo viaje de Cleomades a Toscana, herido de amor, en busca de Clarmondina. 4º VIAJE: Regreso con ella a Sevilla.
SEXTA PARTE: 5º VIAJE: Rapto de Clarmondina por Cropardo. Composiciones líricas. Desgracias de Clarmondina y castigo de Cropardo.
SÉPTIMA PARTE: Clarmondina y Meniadus. Búsqueda de Clarmondina en solitario por Cleomades. Búsqueda de Cleomades con Pinconnet. Encuentran a Clarmondina. 6º VIAJE: Regreso de Cleomades y Clarmondina a Sevilla.
OCTAVA PARTE: Epílogo matrimonial.
EPÍLOGO FINAL: Agradecimiento de Adenet a sus benefactores.
21. Así aparece también en el Clamades y Clarmonda castellano: «mandauan hacer los prestes de la ley, y que quedauan assí toda la noche; y después en la mañana hazían su sacrificio y comían dos o tres días de aquellas viandas tanto como durauan» (Clamades..., op. cit., p. 18)), tal y como lo había explicado Adenet.
22. En principio, el Cleomadés de Adenet fue prosificado por Philippe Camus, bajo encargo de Jean de Croy, señor de Chimay, con el título explicativo, propio de las prosificaciones, de L’Histoire du noble et aventureux roy d’Espaigne Cleomadès et de Clarmondine, la constante fille de Carmant, roy de Toscane (Lyon, 1480 aprox.). M. J. Clersy, Mise en prose du Cleomadés, Bruselas, Université libre de Bruxelles, 1967.
23. La traducción aparece en Burgos en 1521 y se continúa su reimpresión hasta el siglo pasado. Casi con toda probabilidad fue la de 1565 la leída por Cervantes, quien echa mano del caballo volador. Desvinculada de su fuente, adquiere por sí sola el protagonismo de la popularidad, de modo que, a principios del siglo XVIII, vuelve a verterse su contenido al francés con la traducción (o «retraducción») de Madame Le Gendre de Richebourg.
24. A. Henry, «L’ascendance littéraire de Clavileño», Romania, 90, 1969, p. 256.
25. Schevill señala cómo desde muy temprano se detectó que el caballo volador no aparecía en Magalona (op. cit., p. 116). Pero es cierto que las historias de Lanzarote, Tristán, Carlomagno, Oliveros, Partinuplés, Melusina, Paris, Magalona, Clamades..., tenían su circulación intensa y casi conjunta en nuestro país con lo que fácilmente se prevé un traspaso de los distintos elementos.
26. Op. cit., p. 116.
27. A. Henry, «L’Ascendance...», pp. 249 y ss., hace un estudio comparativo detallado del sistema de clavijas, su manejo y su concomitancia con otras obras.
28. Francisco Rico (ed.), Barcelona, Crítica, 1998, vol. I.
29. Como ha estudiado y mostrado A. Henry, op. cit., cap. V, pp. 661-74.
30. Entre los antecedentes de Clavileño, A. Henry señala, por supuesto, el caballo de ébano del roman de Adenet le Roy, a través de la prosificación española de la Historia de Clamades, que presentará igualmente reminiscencias del caballo de madera de Orson y Valentín. Vid. n. 27.
31. Vid. Don Quijote, p. 962, n. 28, donde se indica cómo, según el pensamiento vulgar de la época, el espacio entre la tierra y la luna estaba ocupado por cuatro regiones, la del aire, la del frío, la del agua y la del fuego.
32. William T. Avery, «Elementos dantescos del Quijote (segunda parte)», Anales Cervantinos, 1974-75, pp. 3-36.
33. Ibid., p. 20.
34. En el viaje a ultratumba de la Cueva de Montesinos, al igual que que en las novelas artúricas y posteriormente en la Faula de Torroella, se encontrará en un lugar paradisíaco, con un palacio de cristal en el VI. En definitiva, el viaje literario en ninguno de sus aspectos queda bien parado en el Quijote: ni, por supuesto, toda la acción simbólica que éste podía traslucir, ni los medios con los que se llevará a cabo. El barco encantado debía ser parado con las largas varas de los molineros de las aceñas antes de que, deslizándose por el caudal del río, destrozase sus ruedas, como así ocurrió. El caballo volador saltaría por los aires en pedazos con la explosión de los cohetes, tirando al suelo a sus ocupantes. Y el descenso a la cueva, viaje a ultratumba que se obtenía con el traspaso de determinadas barreras simbólicas, lo llevaría a cabo Don Quijote «colgado de una soga». que aparecerá un anciano canoso (Arturo en la Faula, aquí Montesinos) que le espera para que dé al mundo noticia de lo que allí ocurre.
35. Donatella Pini, «D. Quijote in viaggio», en Raccontare nella Spagna dei Secoli d’Oro, 1996, p. 65.
36. Op. cit., p. 64.
VIAJEROS EN BUSCA DEL PARAÍSO TERRENAL
Eugenia Popeanga
UCM
El concepto de hombre medieval, entidad abstracta y globalizadora, nos sirve para hablar, también en términos generales y a modo de introducción, del entorno que le acoge y, especialmente, de su relación con el espacio. Este hombre medieval, que vivía en condiciones físicas tan adversas en comparación con las del hombre moderno, es un ser que se desplaza continuamente, un ser itinerante o viajero y su necesidad, deseo, afán o placer de estar en camino nos plantea una serie de preguntas. Se habla del hombre medieval como un homo viator, pero creemos que hay pocas investigaciones, como no sea la más reciente, debida a P. Zumthor (1993), que habla de una realidad espacial vista a través de los textos literarios medievales.
En primer lugar o, quizás, la primera pregunta sería: ¿qué es el espacio?, ¿cómo entiende este hombre medieval el espacio? Sin duda alguna, hay al menos dos respuestas seguras. El hombre medieval vive y se mueve en un espacio que es para él, a la vez, conocido y desconocido. Conocido, porque todo espacio (real o imaginario) está mencionado o descrito de antemano por las «autoridades religiosas o profanas». Desconocido también, porque la aventura personal, individual, de un cruzado, un misionero, un viajero o un mensajero diplomático convierte este espacio conocido en un espacio desconocido, conquistable o al menos nuevo a nivel de la aventura individual. El viaje, al ser, la mayoría de las veces, textualizado, pierde el carácter único, personal e individual, y se llega a interpretar como una aventura de naturaleza simbólica que contempla, aparte de la semantización de los núcleos espaciales fundamentales, la inclusión del eje temporal también significativo, específicamente medieval. El uso de los elementos retóricos, de los cuadros intertextuales que configuran determinados subgéneros relacionados con el «viaje», lleva esta experiencia personal, individual, al mundo de las «figuras»; así pues, se empieza a distinguir el libro de viajes que cuenta e informa (con pretensiones científicas) sobre una experiencia real a través del así llamado discurso mixto, del libro de viaje que cuenta igualmente una experiencia personal, pero esta vez puramente espiritual. Tenemos, pues, viajes reales y viajes imaginarios, estos últimos cristalizando en lo que se ha llamado la literatura de las visiones. Tanto estos viajes «espirituales» como los viajes contados «desde un sillón» suelen ser viajes puramente librescos, cuya fuente es constituida por un conglomerado de textos mezclados en un afán, quizás, de crear una enciclopedia del viaje, obra a medio camino entre las conocidas imágenes del mundo y los correctores de la ilusión espacial, esto es, libros que cuentan viajes reales. Nuestro intento clasificador no evita que el texto medieval referente a viajes sea muchas veces de carácter misceláneo, incluyendo descripciones de tipo zoológico y botánico, lapidarios y una fuerte carga de datos históricos, al uso especialmente de la historia sagrada. Los títulos, cuando existen, suelen ser genéricos, del tipo El libro de las maravillas o El libro del conocimiento de todos los reinos.
Este trabajo pretende centrarse en uno de los motivos principales de desarrollo de muchos de los viajes reales, esto es, la búsqueda del Paraíso Terrenal. Qué duda cabe: el hombre medieval necesita ampliar su espacio con otros descubrimientos espaciales, sin especial distinción entre los espacios míticos y los reales. Aún más, tratándose de un espacio mítico de origen, un espacio primordial, lugar donde se produce uno de los acontecimientos más importantes de la historia del ser humano. Es el «espacio sin tiempo» (Eliade), que el primer hombre abandona en búsqueda de su trayectoria histórica y de su muerte. El retorno al Paraíso Terrenal, entendido como una de las metas del hombre en general, aparece en la Edad Media, desde sus comienzos, bajo varios aspectos. En primer lugar, mediante una disputa que genera una larga lista de textos, especialmente de tipo religioso, disputa acerca de la situación geográfica del Paraíso Terrenal. Es de reseñar, para el lector moderno, que nunca se ha dudado de la existencia real, «en algún sitio del mundo», del Paraíso Terrenal. Situarlo, pues, para facilitar su búsqueda, ha sido tarea en que se han empleado muchas «autoridades eclesiásticas» en los primeros siglos del cristianismo, continuándose los tratados y disputas sobre la situación geográfica del Paraíso Terrenal hasta el siglo XVII. Sin embargo, se pone de relieve también el concepto de paraíso escatológico situado en el mundo del Más Allá, inalcanzable por los vivos, a no ser a través de un viaje iniciático traducido a la literatura mediante un lenguaje alegórico o hermético.
Dejando de lado el viaje al Más Allá nos ocuparemos del mito espacial del Paraíso Terrenal y de la literatura de viajes y la búsqueda generada por este mito, literatura que se deriva de experiencias reales. Según Delumeau (1992), en su «historia» del paraíso, el cuadro espacial, mítico, llamado paraíso en la mitología judeocristiana, tiene correspondencias en otras religiones y civilizaciones del antiguo Oriente, lo que demuestra la creencia común en la existencia de un paraíso primordial donde reinan la perfección, la libertad, la paz, la felicidad, la abundancia, la armonía del ser humano con la naturaleza. Es igualmente un lugar donde se podía comunicar fácilmente con la divinidad. En la conciencia colectiva de la humanidad se observa la «gran nostalgia» por la pérdida del Paraíso Terrenal y un fuerte deseo de reencontrarlo. Según el concepto temporal que articula una u otra mitología, la esperanza de volver al «espacio de la felicidad» está presente en las religiones y mitologías primitivas que se rigen por el tiempo cíclico. La mitología judeocristiana determina al hombre en su trayecto vital, y lo empuja a aspirar y buscar el paraíso perdido, ofreciéndole en todo caso la eternidad y, en la medida de sus esfuerzos, la posibilidad de alcanzar el paraíso celeste. Dado que el espacio mítico del paraíso es común a varias y distintas mitologías, pasaremos revista brevemente a la tradición grecorromana que, sin lugar a dudas, ha ayudado a mantener y cristalizar el mito judeocristiano.
Las dos principales tradiciones de las que se nutre la vida y la literatura medievales construyen un cuadro intertextual en el que se presentan dos motivos espaciales: los Campos Elíseos y las Islas de los Bienaventurados, y un motivo de naturaleza temporal cíclica: la Edad Dorada. En general, la tradición grecolatina asocia los elementos espaciales con el temporal, dando más importancia a una edad determinada de la humanidad que requiere, a su vez, un espacio apropiado. Lo paradisíaco es aquel tiempo y, a nuestro entender, los motivos espaciales, menos relevantes, están supeditados a la interpretación mítica del origen. Por otra parte, los Campos Elíseos y las Islas de los Bienaventurados son lugares del Más Allá, y sólo mortales iniciados como Eneas pueden conocerlos en vida (aventura que repetirá el poeta de la Divina Comedia).
Sin embargo, podemos mencionar el canto VII de La Odisea, donde aparece la «Isla de los feacios» y el jardín rodeado de muros de Alcínous. La derivación del motivo espacial hacia una isla –derivación que aparece en Hesíodo (Teogonía) y en Horacio (la epoda XVI)– da lugar a la búsqueda a través de un viaje, contado por Diodoro de Sicilia en su Biblioteca Histórica. A la tradición espacial centrada en la felicidad eterna se le añade, con el tiempo, el ingrediente amoroso que prefigura el locus amoenus medieval. La organización de los espacios de la felicidad en torno a un tiempo mítico y la posibilidad (remota y virtual) que tiene el ser humano de volver a estos espacios, están articuladas también en las distintas mitologías precristianas en torno al motivo del viaje, incluso del viaje concreto al Más Allá. A pesar de un primer rechazo, los elementos fundamentales que constituyen el mito de la Edad Dorada y de los espacios correspondientes a la felicidad pasan a incorporarse a la tradición cristiana relacionada con el Paraíso Terrenal, ya que san Justino Mártir, Tertuliano, o el africano Lactancio realizan esfuerzos importantes para demostrar la antigüedad de las Sagradas Escrituras en su parte veterotestamentaria y, por lo tanto, la convergencia inconsciente de los mitos grecolatinos, en lo que se refiere al mito de la Edad Dorada, con el Paraíso Terrenal del libro del Génesis.
La «confusión» entre las descripciones de los autores clásicos, y las que proporcionan distintos autores eclesiásticos premedievales y de la Alta Edad Media, cristalizan en una imagen que se organiza en el cuadro intertextual itinerante proporcionado por san Isidoro en sus Etimologías. Entendido como un tópico articulado mediante una autoridad medieval, este cuadro se repite, circulando con variantes más o menos importantes en las numerosas Imago mundi medievales. Frente a este espacio, considerado «real e histórico» –o según Moises Bar Chefa, obispo de Bethramen (aprox. 900), «físico y místico»–, hay desde siempre interpretaciones que sitúan el Jardín del Edén en un nivel puramente simbólico. San Agustín, al comienzo del libro octavo de su De Genesii ad literam, apunta tres líneas de interpretación en relación con el Paraíso Terrenal: una que lo considera una «realidad corporal», otra sólo una «realidad espiritual» y finalmente la tercera, que opta por «una realidad a la vez corporal que espiritual» (Patr. Lat. T. 38, De Genesii ad litteram, 8, 1: «Paradisus in Eden plantatus et proprie et figurate accipiendus»).
En escritores posteriores a san Agustín y san Isidoro, en el venerable Beda, Raban Mauro y, especialmente, en Honorius de Autun se confirma la existencia real del paraíso. La afirmación dogmática de la realidad del paraíso culmina con santo Tomás, y tanto es así que Vincent de Beauvais, en su Speculum historiale, llega a precisar la hora en que se produjo el pecado y la caída (a mediodía y a las nueve): he aquí unos detalles de referencia temporal que indican la necesidad de ajustar la verosimilitud y veracidad del discurso histórico y enciclopédico medieval, incluso para asuntos extratemporales. Antes de realizar un inventario de las descripciones que se conocen del Paraíso Terrenal, es oportuno precisar que la misma mitología judeocristiana convierte este espacio «maravilloso» en un «lugar de espera». Hay autores que consideran que el paraíso, espacio cerrado y conservado en su estado primitivo, existe en algún lugar de la tierra, adonde podían llegar solamente algunos «iniciados» guiados por un ángel mensajero como ocurre en el viaje de san Brandan. Otros exégetas consideran que el paraíso ha dejado de existir en la tierra, que está en el «tercer cielo», en un espacio de espera que da cabida a unos pocos, como Henoc y Elías que, a pesar de no haber muerto, han sido trasladados allí. La literatura de tipo apocalíptico centrada en un viaje al más allá, requiere la existencia de esta tierra intermedia donde, a la visión inicial del Paraíso Terrenal, se le añaden una serie de detalles relacionados con la «tierra de la promisión» y «de la felicidad». Por ejemplo, en el Apocalipsis de Pablo (Kappler 1986) aparecen los ríos de leche y miel, los árboles que dan frutos distintos según el mes del año y, en general, reina una abundancia desmesurada.1
El viaje al Más Allá, genera la literatura de las visiones, con un amplio desarrollo en el ámbito medieval; se trata de un subgénero que, en lugar de aclarar el concepto espacial, lo complica y lo convierte en más confuso en lo que se refiere a sus interpretaciones «reales, alegóricas y escatológicas». Nos interesa especialmente el mantenimiento, a lo largo de toda la Edad Media, de la creencia en un lugar en la tierra, abarcable pues, que tenga cada una y todas las características del Paraíso Terrenal. Frente a los no lugares que se ofrecen al alma en su viaje, o al iniciado que de forma excepcional lo podía entender en vida, el Paraíso Terrenal se configura como un espacio concreto, como una realidad histórica que se describe y se sitúa dentro de una geografía que organiza el espacio conocido en función de su descubrimiento real, o en función del conocimiento libresco revelado por las autoridades. Alexandre (1987) se plantea un problema primordial, a la hora de trazar la línea de búsqueda del Paraíso Terrenal mediante una serie de viajes, muchos de ellos antiguos, otros más modernos:
Face au lieu qu’évoque le chapitre 2 de la Genèse, tel que l’ont reçu les traditions juives et chrétiennes, se pose la question: que signifie pour le Jardin d’Eden, la qualification de pays mystique? La question vendrait sans doute pour d’autres pays définis comme tels par les modernes mais elle se fait ici singulièrment brûlante. Ce lieu de félicité première où s’inscrit la faute d’Adam, fixant sa condition, et à travers lui, celle du genre humaine en son unité, voué au travail pénible de l’agriculture, à la mort et à la naissance conjointes, ce lieu clos et inaccessible, lieu d’espérance pour tout, est un pôle priviligié de la «geographie sacrée». La realité, revelée par le Livre a constitué un enjeu théologique majeur (1987: 187).
Casi todas las fuentes teológicas mantienen los datos primordiales espaciales fijados por «el Gran Libro». Nadie duda de su situación, «al oriente», y se mantienen todos los elementos expuestos en el Génesis, esto es, el nombre de jardín, con árboles bellos a la vista y con frutos comestibles, y del río que sale del jardín, lo riega y se abre en cuatro brazos que serán los ríos Pisón, Geón, Tigris y Éufrates, ríos cuya trayectoria y características están trazadas de antemano. En el centro de este jardín se hallan el árbol de la vida y el del conocimiento del bien y del mal. El mismo investigador francés cita a Epifanio que, en contra de la interpretación alegórica de Orígenes, afirma que la existencia «sensible» del paraíso está apoyada por la evidente realidad de los cuatro grandes ríos que, «de alguna parte deben de haber salido». Este va a ser uno de los principales argumentos a favor de la existencia del Paraíso Terrenal, ignorantes los exégetas, los investigadores y los viajeros antiguos de las verdaderas fuentes de cada uno de estos ríos. Sin poner en duda la existencia del Paraíso Terrenal en algún lugar oculto para la mayoría de los mortales, sus características lo convierten en un lugar extraordinario, dotado de una serie de cualidades que lo acercan a un «lugar mítico». Está situado en oriente, los ríos que salen de allí acarrean oro y piedras preciosas, hay especias, en el centro se encuentra la fuente de la vida, es una tierra donde hay árboles que producen flores y frutos abundantes y, entre ellos, el árbol del bien y del mal. Es el lugar elegido donde el Creador supremo habla con su Creación, el hombre; es el lugar situado en un jardín, encima de la montaña sagrada. Se trata del lugar donde el hombre convive pacíficamente con los animales, a los que da nombres; se considera el lugar de la felicidad anterior a la muerte, a los dolorosos partos y al trabajo embrutecedor. Sin embargo, es también el lugar donde rige la interdicción que prohíbe al hombre y a la mujer acercarse y comer los frutos del árbol del conocimiento del bien y del mal; es, por lo tanto, un lugar maravilloso, cerrado y perdido pero que, a través de los cuatro ríos, se comunica con el mundo. Vemos aquí que el cuadro maximal que hemos presentado parte de los cuatro datos, bastante escuetos, que presenta la Biblia y que, con más o menos matices, se irá reproduciendo en los escritos religiosos de la Alta Edad Media.
Hoy en día, nuestra percepción sobre el Paraíso Terrenal como lugar concreto situado en algún rincón de la tierra, parece haber cambiado. Sin embargo, y a pesar del buen conocimiento de la geografía terrestre y, quizás, gracias a la nostalgia del paraíso que llevamos dentro, nos negamos a desprendernos del todo de la consideración del Paraíso Terrenal como un lugar alcanzable en vida. Los numerosos escritos científicos, religiosos, de divulgación o incluso de ciencia-ficción mantienen viva, de algún modo, la creencia y establecen los elementos que conforman el mito espacial modernizado. El hombre moderno, igual que el hombre medieval, necesita anclar la coordenada temporal, aquel illo tempore, asignándole un espacio que podría seguir llamándose Paraíso Terrenal, representado por algún planeta al cual se llega venciéndose al tiempo conocido a través de una aventura espacial cósmica.
Sabemos que el origen de los mitos fundacionales reside en una aventura cuyo protagonista, dios u hombre, rompe las barreras y los límites espacio-temporales aceptados y traspasa el umbral de la muerte, para luego volver, originando una religión, y una construcción para albergar objetos y reliquias que dan fe de la aventura. El Paraíso Terrenal pertenece, pues, a estos espacios sagrados que, ocultos al hombre, después de la caída, perduran en la memoria colectiva y en los libros que operan como objetos mágicos testimoniales. No es de extrañar que, aparte de la descripción de este espacio, los himnos de Efrén el Sirio (†373) (Patr. Gr., 62, 57) contengan una visión cósmica de un paraíso que comprende tierra y mar a la vez. El paraíso está situado en un monte sagrado, a gran altura y es tanto el espacio donde se inicia la historia de la humanidad como el último destino del hombre. Espacio del comienzo y del fin, el paraíso es el espacio total que existe en sí; no necesita relacionarse con otros, y de hecho tampoco con el tiempo. Los investigadores del tema, al configurar los principales elementos de una geografía sacra, acuden frecuentemente a la Topografía Cristiana de Cosmas Indicopleustes, comerciante, viajero y finalmente monje en Alejandría (siglo VI). Según Cosmas, la tierra que el hombre habita está rodeada por todas partes de las aguas del Océano, y, más allá de éste, existe un lugar donde podría encontrarse el Paraíso Terrenal. No es fácil para los mortales cruzar el Océano; el viaje iniciático de san Brandán o incluso los viajes de Colón implican precisamente la aventura de buscar más allá de los mares la tierra prometida y perdida. De ser un lugar perfecto para la vida del hombre, el Paraíso Terrenal se ha convertido en un lugar prácticamente inalcanzable, bien porque está en la cima de una montaña inaccesible, bien porque se halla más allá de las aguas, de un Océano que no se puede cruzar. Una vez aceptado todo esto, empieza la gran búsqueda del lugar mítico primordial, una aventura inacabada aún, que ha impulsado a viajeros, aventureros, monjes y descubridores hacia lo desconocido. Se mezclan, como ocurre en todas las aventuras totales, el afán de descubrimiento y conquista con una necesidad de traspasar los límites de lo desconocido e iniciarse o conocer más.
A pesar de lo atractivo del recorrido a través de los textos que inician, organizan y fomentan el mito, nuestro interés se centra en la búsqueda; por lo tanto, en una serie de autores concretos, viajeros activos que relatan su experiencia y el descubrimiento de nuevas tierras que recuerdan el paraíso, o viajeros pasivos, viajeros de sillón que imaginan el mundo, conocido o desconocido, lo describen dejándonos tratados de naturaleza enciclopédica –los imago mundi donde el paraíso tiene su lugar–. Esta última serie se abre con Honorius de Autun, gran divulgador del siglo XII, que describe el mundo a su manera, teniendo, sin embargo, como fuente importante la obra de san Isidoro (Etimologías, Asia). En los capítulos noveno y décimo («De Paradiso –Fons Paradisi; De quator fluminibus. Physon sive Ganges, Geo sive Nilus, Tigris, Euphrates») describe el lugar otorgando importancia al árbol de la vida, cuyos frutos proporcionan la inmortalidad al que pudiera acercarse y comer de ellos. Habla de la fuente de donde nacen los cuatro ríos y finalmente dice: «Post paradisum sunt multa loca deserta et invia, ob diversa serpentum et ferarum genere» (Patr. Lat. CLXXII, Honorii Augustodunensis, Opera omnia, p. 123). Más allá, pues, del paraíso, custodiado conforme a la tradición por muros de fuego, está el desierto habitado por bestias salvajes y serpientes. La imagen volverá en algunos de los relatos de viajes en relación con la tierra de Preste Juan. A la «De imagine mundi» de Honorius de Autun le siguen muchas otras descripciones, parecidas a la suya. Mencionamos la de Vincent de Beauvais en Speculum historiale, cap. LVI, la de Gervais de Tilbury de la Otia Imperialis (en Scriptores rerum brunsvicensium, Hanovra, 1707) y quizás la de Gauthier de Metz de 1274.2 Las descripciones citadas en la parte dedicada al Paraíso Terrenal, así como toda la estructura de este tipo de obras, obedecen al modelo enciclopédico medieval, cuya fuente puede ser precisamente las Etimologías ya citadas de san Isidoro que, a su vez, glosa en parte las Sagradas Escrituras.
Más interesante nos parece la investigación de los relatos de viajes, tanto de los viajes reales como de algún viaje imaginario que incluye la experiencia del viajero –un mortal que pretende haber descubierto el Paraíso Terrenal– o, si no, un espacio con características especiales como, por ejemplo, el reino del mítico Preste Juan. Aparte de los libros de viajes que cuentan una aventura real, en la Edad Media prolifera la literatura de las visiones, género cuyo núcleo es también el viaje. Sin embargo, se trata de un viaje imaginario, viaje algunas veces en cuerpo y alma, como el de san Brandán, otras veces sólo del alma, como la visión muy conocida de Tungdal, viaje descrito en 1149 por un irlandés llamado Marcus, monje casi con toda seguridad. En la misma línea se inscribe el muy conocido y copiado Purgatorio de San Patricio, que cuenta la experiencia ultraterrenal del caballero Owein. Se trata de un subgénero de tipo alegórico-didáctico que culmina con el grandioso viaje de Dante que, a diferencia de los monjes, caballeros y viajeros anteriores, que tienen como guía un mensajero divino, es conducido, al menos por el mundo infernal, de la mano del poeta Virgilio. En nuestra opinión, y dejando de lado la Divina Comedia, el viaje de san Brandán incluye una serie de motivos, de tópicos que articulan el viaje iniciático que se desarrolla precisamente por las aguas de aquel «gran océano» que separaba la tierra de los mortales del Más Allá. San Brandán, gracias precisamente al mensajero divino, puede llegar al «paraíso de los pájaros» –isla blanca donde viven y cantan, bajo aspecto de pájaros, los ángeles que habían seguido a Lucifer en su caída–. Asimismo, penetra con su nave en la maravillosa columna de cristal que se alza en el mar y celebra misa en el altar grálico de piedras preciosas. Finalmente, se le permite entrar y ver el Paraíso Terrenal; sin embargo, su estancia allí es limitada, puesto que como mortal no puede permanecer en aquel lugar maravilloso y vedado ya al hombre. La descripción contiene todos los elementos previstos en el modelo inicial y en las variantes que hemos comentado anteriormente.
Entre los viajes de tipo imaginario, hay uno muy conocido en el siglo XII y utilizado en el XIII para configurar una parte del Roman de’Alexandre. Se trata de un texto escrito probablemente por un judío entre 1100 y 1175 que circula en latín bajo el título Alexandri Magni iter ad paradisum. Como es bien sabido, el protagonista de este viaje, Alejandro Magno, se convierte en un héroe medieval, soportando incluso en la refundición del mito histórico una serie de anacronismos. La fuente de las historias sobre la vida y aventuras de conquista, descubrimiento e iniciación del gran héroe macedonio es el llamado Pseudo-Calístenes, texto griego elaborado en el siglo III en Alejandría, con versiones en latín en el siglo IX. Evidentemente, no se ha podido atribuir al general pagano el privilegio de haber visitado el Paraíso Terrenal, por mucho que se mezclaran los elementos mitológicos grecolatinos con los de la mitología judeocristiana. Sin embargo, hay episodios como el de la fuente de la vida eterna y el de la tierra de los brah-manes, los bienaventurados, que se presentan, evidentemente, como unos cuadros de ficción híbridos donde se mezclan distintas tradiciones relacionadas con «el otro mundo». Ahora bien, el Iter ad paradisum atribuido a Alejandro Magno es un texto bien distinto. Se trata de un viaje concreto, de búsqueda del Paraíso Terrenal, emprendido por Alejandro y su gente una vez llegados a la orilla del Ganges (río que nace precisamente del Paraíso). Remontan el río hasta llegar a un muro que se alza a lo largo del Ganges sin que pudieran encontrar ninguna grieta, puerta o apertura. Después de tres días de navegación, vislumbran un ventanuco en el muro. Allí aparece un viejo; los generales piden que la ciudad –piensan que el muro la rodea– pague un tributo al gran Alejandro, el rey de reyes. El viejo les contesta que se trata de la ciudad de los bienaventurados y que es peligroso para ellos permanecer más tiempo ante ésta, a causa de las aguas turbulentas del río. Regala a Alejandro una piedra misteriosa que éste llevará a Babilonia, donde un mago le descubrirá el sentido de todo aquello; en el platillo de una balanza, la piedra pesa más que cualquier peso en oro. En cambio, cubierta de polvo se vuelve más ligera que una pluma; todo esto significa lo poco que pesa la ambición, el poder y la gloria a la hora de la muerte. Alejandro comprende la parábola y abandona sus aventuras de conquista.
Aparte de los textos didáctico-religiosos, los alegórico-didácticos o de los discursos pseudocientíficos de carácter enciclopédico, la Edad Media conoce los relatos de viajes de intrépidos viajeros, monjes peregrinos y misioneros que emprenden en los siglos XII y XIII el viaje hacia Oriente. La búsqueda del Paraíso Terrenal entra dentro de lo posible en la aventura de descubrimiento de los viajeros medievales; sin embargo, una serie de elementos que configuran el lugar como un cuadro intertextual, se desplazan hacia otro mito de tipo espacial que nace en la época, esto es, el mito de Preste Juan. Sobre la forma en la que se ha forjado la historia, la leyenda y, finalmente, el mito, hay muchas hipótesis.3 Sin ninguna duda, en toda la Edad Media circula una carta, apócrifa, atribuida a un gran emperador de Oriente que detenta tanto el poder político sobre unas tierras que tienen, en parte, las características del Paraíso Terrenal como el poder religioso sobre unos súbditos que, si bien caballeros, tienen los atributos y la vida casta de los hombres de la Iglesia. Aparte del importante juego político que la circulación de dicha carta activa a favor de los levantamientos cristianos en Oriente, en contra del auge impetuoso de los turcos, el texto aviva la imaginación y la codicia. El reino de Preste Juan es buscado y descrito de formas diferentes.
Lo que nos interesa, en relación con este espacio imaginario, «el reino de Preste Juan», es en primer lugar el afán de búsqueda, similar, sin duda, a la búsqueda de un espacio u objeto mágico que prefigura toda aventura. El héroe percibe, a través de una serie de elementos que implican una fuente fidedigna o una autoridad, señales de la existencia de una tierra «más allá de los confines conocidos», o de la existencia de un objeto mágico, maravilloso o sagrado que proporciona conocimiento, dicha y muchas veces poder. La búsqueda se perfila, de este modo, como una escritura virtual preexistente en cualquier tipo de aventura, bien sea de conquista, de descubrimiento o de iniciación. Si bien el objeto mágico (anillo, velo, cofre, piedras preciosas, incluso algunas veces una flor extraordinaria o un alimento maravilloso del tipo de las «manzanas de oro») articula en torno a sí una cadena o periplo de aventuras de tipo mitologicofundacional o simplemente ficcional; la búsqueda de un espacio implica una expedición real y la implicación, muchas veces, de unos personajes históricos. La existencia real y la circulación de la carta de Preste Juan permite a los viajeros emprender una búsqueda similar a la del Paraíso Terrenal. Sin embargo, el afán de descubrir o simplemente encontrar uno u otro espacio, en el caso del paraíso, tiene connotaciones misticoreligiosas que llevan a una interpretación simbólica de la geografía y, por supuesto, a la creación de una geografía imaginaria. En el caso de Preste Juan, los que emprenden la aventura son viajeros, mercaderes, algunas veces frailes misioneros, incluso mensajeros o embajadores; por lo tanto, pertenecen a la clase baja o a la incipiente burguesía. La búsqueda no es inspirada por una idea o concepto sagrados sino por unos intereses muy concretos.
Lo que llama la atención al lector o investigador es el tratamiento distinto, en función de la experiencia individual que inicia la aventura de descubrimientos. Encontramos dos fórmulas: una, la más difundida entre los viajeros medievales y ampliamente conocida por el público medieval, que prefiere guiarse por la descripción de la tierra de Preste Juan, tal y como aparece en la misma carta e insinuar –mediante la fórmula retórica de «no lo he visto», pero «lo oí»– la existencia de dicha tierra. En realidad todos los viajeros en mayor o menor medida conocen y respetan la descripción de la tierra de Preste Juan que sitúan al este en Asia, y concretamente en la India (India inferior, India superior y la India última o la «India Egypto»), tierras bañadas por el Ganges y el Nilo, ríos que salen del Paraíso Terrenal. A diferencia, pues, de la búsqueda del Paraíso Terrenal, entendida y codificada como tal dentro de la categoría de viajes iniciáticos, viajes al Más Allá, visiones religiosas y alegóricas, los que buscan la tierra de Preste Juan relatan sus aventuras en libros de viajes que comprenden mucha materia relacionada con las búsquedas más diversas: oro, especias, una nueva ruta comercial, apoyo político.
Podemos decir, pues, que la aparición del mito de Preste Juan como uno de los principales mitos medievales desacraliza o incluso desmitifica el mito del Paraíso Terrenal. Se llega incluso a actitudes escépticas y, en la fase de la degradación del mito, a la parodia. La descripción más completa de esta tierra maravillosa, aparte de la comprendida en la famosa carta, tanto en sus versiones en latín como en las versiones en vulgar, aparece en un famoso libro de viajes titulado con el genérico Libro de las maravillas. Su autor, Juan de Mandeville, confecciona su viaje a base de un tratamiento de textos que incluye el apropiarse de fragmentos y episodios enteros de relatos de distintos viajeros. El caso más evidente es el relato de viajes de Odorico de Pordenone, muy conocido en la época (s. XIV), traducido al francés y con una larga fortuna literaria. Sin embargo, el episodio de la «tierra de Preste Juan» no figura en el relato en latín de Odorico (el caso de la versión española y en general de las versiones en vulgar es distinto y representa una concesión al gusto del público).
Juan de Mandeville utiliza los tópicos básicos de la carta: la enumeración de los animales reales, fantásticos y monstruosos, los seres humanos que se pueden catalogar de la misma manera, recordándonos todo esto las descripciones de San Isidoro. La tierra, bendecida, está bañada por las aguas de un río que tiene su origen en el Paraíso Terrenal. Ya hemos visto que la misma situación geográfica del reino de Preste Juan permite la consideración de su proximidad con el Paraíso Terrenal; a esto se añade el que las aguas del río sean de leche o miel, que su lecho esté lleno de piedras preciosas, que allí se encuentre el famoso y codiciado «bosquecillo» donde crece la pimienta, sitio guardado celosamente por serpientes venenosas. Algunas versiones hablan de la existencia de la fuente de la vida, que cura toda enfermedad y rejuvenece al que bebe de sus aguas dejándole en la óptima edad eterna de treinta años. Hay detalles interesantes sobre la organización del ejército y de los rangos de los súbditos de Preste Juan; asimismo, se nos cuenta sobre la magnificencia de los edificios y de los soberbios palacios, cuyos interiores están cuajados de espejos. Hay un espejo mágico que permite ver todo lo que sucede en el reino. Como decíamos antes, se trata de un cúmulo de tópicos que crean un cuadro intertextual complejo. La gran diferencia entre la descripción tipificada y codificada del Paraíso Terrenal y la del reino de Preste Juan reside en la cualidad de jardín del paraíso, espacio organizado armoniosamente, donde los elementos primordiales de la naturaleza en el momento de la eterna primavera acogen al primer hombre. El reino de Preste Juan, aun conservando elementos de la serie del paraíso, es un espacio abierto y cerrado a la vez; llama la atención precisamente lo construido y lo organizado, entendiéndose que el reino mítico tiene, sin lugar a duda, modelos medievales de organización feudal a los que se añade la magnificencia de lo más codiciado en las aventuras de descubrimiento: oro, piedras preciosas, especias y la fuente de la vida. Además de en la abundancia, la felicidad reside también en la total y entera honradez y bondad de sus habitantes.
Volviendo al texto de Mandeville (en la versión castellana de 1524; véase Mandeville 1984), observamos que el modelo mítico se convierte en un espacio mucho más real, cuyos elementos ciudades y villas, componen un estado. Por otra parte, este reino tiene «muchas islas, anchas y largas; porque esta tierra de las Indias está partida en muchos partidos e islas, por causa de los ríos grandes que salen del Paraíso Terrenal» (cap. LXIII). La descripción, aparte de las «islas», sigue más bien en términos realistas (mercancías que allí se pueden encontrar, las piedras diamantes, «muy grandes y aun rocas bellas que tienen propiedad de tirar el fierro para sí»). Evidentemente, el detalle que puede interesar al mercader alterna con las «maravillas»; una de las más celebradas es «un río que viene del paraíso terrenal y todo es de piedras preciosas sin agua; y corre por medio de los desiertos abaxo, a grandes hondas, así como la dicha más arenosa, en la cual viene a ferir y allí peresce. E aqueste río corre tres días a la semana» (1984: 165). La descripción de Mandeville sigue el modelo conocido; sin embargo, se diferencia de las cartas que circulaban en su época por situar este reino en la tierra y en las islas que recuerdan las de los Bienaventurados, las islas de la felicidad eterna, espacios cerrados en el mar Océano que justificarán más adelante las grandes expediciones en búsqueda del Paraíso Terrenal, más allá de las aguas que rodean la tierra conocida. También Juan de Mandeville habla de un falso paraíso, de un paraíso artificial. En el capítulo LXV cuenta la historia de «un hombre rico llamado Catocanades, que tenía un «fermoso castillo en una montaña, así fuerte y noble que apenas podía hombre pensar. Y él fizo toda la montaña cercar de bellos muros, dentro de los cuales había un lindo huerto, en el cual había árboles que daban fruta de todas maneras y yerbas de muy lindas flores, con muchas fuentes [...] fizo ende tres fuentes corrientes y muy nobles, todas adornadas de piedras preciosas y perlas; y fizo cañones debaxo de tierra de manera que por estas tres fuentes él facia correr leche y miel y vino; y más una mujer de quince años, la más fermosa que pudo fallar, y un muy fermoso mancebo, y entre ambos eran vestidos de paños de oro; y decía que aquestos eran ángeles. E este lugar llamaba el paraíso» (1984: 168-169). Este curioso «paraíso» forma parte de toda la organización de la secta de los «asesinos», capitaneados por «el Viejo de la Montaña». Sobre éste y sus costumbres «asesinas», fray Odorico es más explícito: «Partendomi delle terre del Presto Giovanni, venendo verso ponente veni a una contrata che si chiama Mileser, bella e abondevole d’ogni bene» (ms. de la Biblioteca Palatina de Florencia),4 ya que sin detenerse en todos los detalles lujuriosos y suntuosos, indica la existencia de una montaña rodeada de un muro, donde hay fuentes maravillosas y donde, aparte de doce vírgenes muy bellas, hay caballos preciosos y todas las cosas que pueden deleitar al varón.
Evidentemente hay viajeros que, después de una búsqueda infructuosa del reino de Preste Juan, al que incluso algunos llevaban cartas de interés político, se encuentran en la situación de tener que describir más bien lo visto, y esto dista mucho del «maravilloso reino». Lo hace Marco Polo y, antes, Guillermo de Rubruck, que afirman que sólo han llegado a conocer la existencia de cabecillas nestorianos que estaban lejos de poseer la magnificencia y la riqueza que se contaba acerca de Preste Juan. Se trata de un proceso continuo de mitificación y desmitificación de un espacio imaginario asociado con el espacio primordial del Paraíso Terrenal, entendido como una directa continuación de éste en una zona de la tierra asequible a los mortales. Los viajeros han seguido la búsqueda de esta tierra más allá de los límites de la Edad Media, desplazando su ubicación desde la India hacia África y Etiopía. Este cambio reduce, pues, el nivel de asociación y analogía con el Paraíso Terrenal situado en el siglo XIV (Odorico de Pordenone, Jourdain de Séverac, el mismo Marco Polo, que realizan parte de su viaje por mar), cuentan sobre la existencia de unas islas «maravillosas». Delumeau llama la atención sobre el motivo de la «isla jardín», comentando la importancia que tiene este elemento entre los pueblos del desierto. Jourdain de Séverac, en sus Merveilles, percibe el cambio al pasar desde la descripción de Armenia y Persia a la descripción de la India Menor: «Il y a de nombreuses et d’infinie merveilles; et dans cette première Inde commence pour ainsi dire un autre monde» (1925: 61). La literatura del islam alaba las delicias del jardín cerrado, delicias relacionadas tanto con una naturaleza exuberante, como con un desenfreno de los sentidos. El jardín cerrado –el de los árabes y los persas es más bien un jardín de amor– es el famoso locus amoemus de la lírica y, en general, de la ficción medieval. Ahora bien, entre las islas descritas por los viajeros destaca la de Ceilán. Odorico de Pordenone describe la multitud de serpientes, de animales salvajes y los elefantes enormes (los viajeros pecan, como casi todo el que cuenta algo en el mundo medieval, del vicio de aumentar cantidades y tamaños obedeciendo a un recurso retórico muy usado). Aparte de esto hay un monte donde Adán lloró cien años por su hijo:
In hac contrata est unus maximus mons de quo dicunt gentes quod super illo Adam pleuxit filium sumun centum annis. In medio montis hujus est quaedam pulcherima planicies in qua est unus lacus non multum magnus. Sed tamen est bene in eo aqua magna quam dicunt gentes esse lacrimas quas Adam et Eva effunde-runt, quod tamen non creditur esse verunt, cum tamen intus nascatur aqua iela.5
En la cima, las lágrimas de Adán y Eva forman un lago lleno de piedras preciosas, pero también de sanguijuelas. El rey de la isla permite a sus súbditos sumergirse y coger piedras preciosas del fondo una vez al año. Del lago nace un río donde hay gran cantidad de rubíes, diamantes y perlas. En la descripción de Jourdain de Séverac aparece la huella de Adán en la cima de la montaña. El mismo Jourdain de Séverac, hablando de una multitud de islas que encierran «maravillas», comenta que, aparte de las piedras preciosas, hay mares donde se pescan las perlas y en una de estas islas «c’est qu’il y a dans l’une d’elles de l’eau, et un arbre spécial au milieu. Tout métal qui est lavé avec cette eau devient de l’or. Toute blessure sur laquelle sont placées des feuilles écrassées de cette arbre est immédiatement guerie» (1925: 75). Sin embargo, ningún viajero asocia de forma directa la isla de Ceilán con su montaña sagrada, testimonio del paso de los padres de la humanidad con el Paraíso Terrenal. Casi todos los viajeros mencionados (Odorico de Pordenone, su imitador Juan de Mandeville, Jourdain de Séverac) son conscientes de la necesidad de contrastar las maravillas, muchas de ellas equiparables con las del Paraíso Terrenal, con determinados espacios infernales. A diferencia de la literatura de las visiones, que indica y caracteriza el infierno como un lugar canónico, los libros de viajes utilizan fórmulas distintas, determinando algunos lugares como próximos al infierno, de la misma manera que otros lugares visitados son próximos al Paraíso Terrenal. Así, Jourdain de Séverac habla de un lugar entre la India Maior y la Minor, lejos del mar, donde los hombres habitan bajo tierra; no comen, no beben ni se visten como los que viven cerca del mar (es interesante la determinación de lo infernal lejos de las aguas del mar; al contrario, lo paradisiaco, esto es, las islas, están rodeadas por el mar). En estas tierras hay serpientes grandes y venenosas, grandes arañas, unas hormigas blancas capaces de destrozar y comerse cualquier cosa: madera, las junturas de las piedras, las telas, y también hay unos pájaros agresivos que se comportan como los perros. Jourdain de Séverac usa para concluir una fórmula retórica: «Que dirai-je? Là le diable parle aussi, souvent et tres-souvent, aux hommes, durant la nuit, ainsi que je l’ai entendu. Tout est admirable dans cette Inde; car c’est véritablement un autre monde» (1925: 82).
En cuanto a la existencia del Paraíso Terrenal, Jourdain de Séverac lo asocia con una Tercera India, que no llegó a visitar; la tierra de Preste Juan –por lo que entendemos, ya que no es nada explícito–, la sitúa ya en Etiopía donde, aparte de un gran número de monstruos, hay muchas piedras preciosas, hay dos montañas de fuego y en medio una montaña de oro. Las gentes que habitan esta tierra, cuyo señor es muy rico y más poderoso que cualquiera en todo el mundo, son cristianos, pero heréticos. En cuanto a Odorico y Mandeville, hablan de cierto «Valle Peligroso». El orden en la estructura del libro es de ubicar el valle inmediatamente después de la descripción de la tierra de Preste Juan y del falso «Paraíso del Viejo de la Montaña». Juan de Mandeville lo llama «valle encantado que se dice el valle del Diablo». Odorico de Pordenone, más escueto que Mandeville, sitúa este valle por encima del río de las delicias. Cuenta que allí había muchos cuerpos muertos, muchos tormentos, miedo y terror. El valle tiene ocho millas de largo. El fraile, interesado y curioso, penetra en el valle, donde encuentra, encima de una montaña, una cabeza de muerto que le produce un gran pavor, superado por la invocación «verbum caro factum est». Al subir el monte arenoso, encuentra allí mucha plata que se podía coger «come uno iscoglia me di pesce din grande cantitá».6 Sobre este cuadro, Juan de Mandeville construye una notable descripción del «valle tenebroso». En primer lugar, sitúa el valle «en aquesta isla de Mistorials, contra la parte sinistra, facía a la vía del río Fisón, hay una maravillosa cosa...» (Mandeville 1982: 170). Estamos, por la afirmación de Mandeville, cerca del Paraíso Terrenal; aparte del «ruido» infernal, de la existencia de una gran cantidad de oro, plata y piedras preciosas que atraen y atrapan a los incautos viajeros, de la «cabeza que tiene la vista muy espantable de mirar», Mandeville cuenta una aventura en la que participa un grupo de viajeros entre los que se encuentran dos frailes menores. Algunos, como «dos griegos y tres españoles», se pierden en el valle; los demás consiguen apartarse del mundo de los diablos. Ahora bien, en ningún momento se le llama a este lugar infierno. A diferencia de fray Odorico, que da por acabado su viaje después de haber contado la aventura del valle peligroso, Juan de Mandeville, aparte de la descripción de unas cuantas islas más, todas formando parte del reino de Preste Juan, nos conduce hacia el Paraíso Terrenal. Se va hacia Oriente «E destos lugares tenebrosos y desiertos, y de aquesta isla, yendo contra Oriente, no hay mucho camino fasta el paraíso terrenal...» (1982: 175). El viajero («de sillón», por cierto) se contenta con una descripción de los elementos más conocidos, ya que afirma no haber estado allí. Se trata de la tierra más alta del mundo, que está cercada de un muro. Pero en lugar de mantener la consabida afirmación del «muro de fuego» dice que «no sabe hombre de qué es aquel muro. Y están cubiertos los muros de boira y no se parece piedra ni otra cosa de los muros». La entrada está cercada de «fuego ardiente». Dentro, «en el más alto lugar», se encuentra la fuente de la que nacen los cuatro ríos. En el río Fisón se encuentran muchas piedras preciosas, oro y madera de áloe. Aparte de hablar sobre el nombre de cada río y sus características, afirma Mandeville:
Muchos grandes señores y de gran esfuerzo, han tentado de ir por aquel río la vía del paraíso con gran compaña; más jamás lo han podido acabar; antes murieron muchos por la gran fatiga y cansancio de remar y navegar contra las ondas de la agua; y muchos otros se tornaron flacos, y muchos sordos por el sonido de la agua; y muchos otros se afogaron en el río; de forma que ningún hombre mortal pudo llegar al paraíso, si no fuese por especial gracia de Dios. Y así del paraíso no vos sabría otra cosa significar, y por tanto callaré y me tornaré a lo que he visto» (1982: 177).
Los comentarios de Juan de Mandevilla indican que la aventura de búsqueda del Paraíso Terrenal, asociada con la del descubrimiento del reino de Preste Juan, estructuran una parte de todos los viajes reales que se dirigen a Oriente. Algunos viajeros, como fray Odorico, más cautos y a la vez conocedores, probablemente de forma directa, de los textos de las autoridades referentes a la existencia y situación del Paraíso Terrenal, apenas lo mencionan, mientras que otros, especialmente los refundidores de los diversos relatos de viajes, como Mandeville, se recrean en el acopio y desarrollo de elementos que mantienen el afán de búsqueda de las tierras míticas antes mencionadas. Sin llegar a una acción de desmitificación tan evidente como la de Marco Polo, en relación con la figura de Preste Juan, fray Odorico, Jourdain de Séverac, Martignolli, todos hombres de la Iglesia, soslayan el tema del Paraíso Terrenal. Sin embargo, a medida que avanza la Edad Media, ya hacia su fin, en el siglo XV, cuando ya los viajeros portugueses recuperan el mito de Preste Juan situándolo en Etiopía, la tierra del gran Negus, aparecen opúsculos que, de forma abreviada, sintetizan la forma y los contenidos fundamentales de los relatos de viajes medievales.
Uno de ellos es El libro del Infante Don Pedro de Portugal, el cual anduvo las cuatro partidas del mundo, cuyo autor es Gómez de San Esteban, tal y como aparece en el prólogo de la edición de 1563, impresa en Burgos por Felipe de Junta. A pesar de ser un conjunto de tópicos relacionados con los viajes reales que empezaban por el viaje y la visita a los Santos Lugares, pasando por Venecia, donde los viajeros (doce compañeros y, con el mismo infante, trece «como nuestro señor Jesu Christo con sus discípulos») embarcan para Chipre de donde pasan a Tierra Santa, hay algunas menciones relacionadas con los elementos que configuran el cuadro del Paraíso Terrenal. Los viajeros parten hacia las tierras de Armenia «y aquesta es la tierra de que mana infinita leche y miel». Aparte de una fuente cuyas aguas se aclaran mediante la intervención del unicornio, en esta tierra, «entre las fieras passa un rio ardiente, donde se cogen muchas piedras preciosas». El Infante don Pedro se propone como meta visitar a Preste Juan y, además de contar las mismas historias que ya circulaban como elementos legendarios y místicos, cuenta un episodio nuevo, de tipo religioso-alegórico, esto es, la colocación de los cuatro vasos de oro en la mesa. Uno contiene una calavera «cabeça de homeu morto», otro un poco de tierra, el tercero las brasas que recuerdan el infierno y el último vaso unas peras partidas por la mitad, peras que nacen entre los ríos Tigris y Éufrates, y que contienen la imagen de un crucifijo. Después de ver todas las maravillas de la tierra de Preste Juan, los viajeros deciden volver a España. Preste Juan les proporciona «dromedarios» y guías. «Partimos dalí huma segunda feira, e atravessamos deide a cidade de Edicia, até o Paraiso Terreal». El viaje sigue a través del desierto: «Nestes desertos nao ha caminhos, que guiem as pessoas, echegando nos a vista da Terra do Paraiso Terreal, as guias, que nos deu o Preste Joao, nao deixarao passar por diante».7
Parece evidente que el mito del Paraíso Terrenal conoce, a finales de la Edad Media, una larga etapa de silencio textual; parece normal incluso que participe de la decadencia del mito de Preste Juan. Los viajeros sitúan la tierra maravillosa del Preste, a finales del siglo XV y sobre todo en el siglo XVI, en África; este cambio geográfico no es en realidad más que el resultado de la necesidad de búsqueda de un espacio que contenga todos los elementos o, al menos, parte de ellos, aludidos en la famosa carta convertida en el objeto-guía mágico. Etiopía es la nueva tierra de Preste Juan, pero no se la asocia ya con el Paraíso Terrenal.
Al final del siglo XV se conoce una nueva experiencia de naturaleza geográfica. Se trata de los viajes de descubrimiento de Cristóbal Colón, una de las más controvertidas figuras de la historia de la época. De hecho, en torno al Almirante (lugar de nacimiento, origen, raza, religión, andanzas previas, conocimientos, iniciación, etc.) se ha preparado una tupida red de leyendas que permiten al lector moderno una interpretación siempre nueva de sus hazañas y aventuras. Entre las historias que se articulan en torno a la figura de Colón, hay un puñado que lo considera como un visionario, un iniciado que entiende, tal y como lo difundían las corrientes milenaristas de la época, que los «tiempos escatológicos» están por venir y por ello es necesario difundir la palabra de Dios, incluso en aquellas partes del mundo donde difícilmente podía llegar. En lugar de ver a un Colón, marinero y explorador, vemos a un aventurero más cercano a esos «caballeros comprometidos con la búsqueda del Grial» que a la gente de su época. Es difícil saber la verdad; los documentos tienen lagunas y su interpretación ha sido, a lo largo del tiempo, sesgada. Lo que sí es cierto es que Colón conoce los principales libros de viajes medievales, especialmente el de Marco Polo y el de Juan de Mandeville, así como la Imago Mundi de Pierre d’Ailly. También es verdad que la cartografía medieval incluía la tierra de Preste Juan y, a veces, también el Paraíso Terrenal en muchos de los mapas que Colón pudo haber conocido y estudiado. No es de extrañar, pues, que la aventura de cruzar el Océano en búsqueda de Cipango incluyera también como perspectiva el acercamiento al Paraíso Terrenal.
Los diarios de los viajes de Colón, a pesar de su manipulación, encierran el asombro maravillado del viajero, tal y como lo interpreta fray Bartolomé de las Casas, ante la belleza de las islas que está descubriendo. Cierto es que el tópico de la isla, vista como locus amoemus e incluso como el jardín de las delicias, formaba parte de la sintaxis del discurso de los libros de viajes y lo encontramos en todos los viajeros antes mencionados. Colón se maravilla de la pureza del aire, de la naturaleza exuberante, de la multitud y variedad de pájaros y, como signo especial, alude al «maravilloso» perfume de los árboles y flores. Todos estos elementos figuran en el cuadro intertextual del Paraíso Terrenal. El «nuevo mundo» descubierto por Colón tiene mucho que ver con la imagen prestablecida y ejercerá su fascinación en todos los aventureros y conquistadores posteriores. Al mito de la isla paradisíaca se le añade el de Eldorado, la tierra del oro, la ciudad dorada, cuyo rey, envuelto en una capa de oro, practica los ritos sagrados de las ofrendas en oro y esmeraldas al río, cuna de su isla, su ciudad y su reino. La carta de Amerigo Vespucci, convertida en el conocidísimo apócrifo Mundus Novus, contiene todos estos elementos descritos en un registro superlativo. Se cuenta sobre una tierra cubierta de árboles muy altos, siempre verdes, donde hay frutos y flores a la vez, cuyo perfume embriaga al viajero. Se habla de la multitud de pájaros y de la belleza de su canto; todo esto lleva al viajero a afirmar que se debe encontrar muy próximo el Paraíso Terrenal. A todo esto, a lo largo del siglo XVI se añaden testimonios diversos de navegantes y conquistadores; todos consideran esta tierra, el «nuevo mundo», o América, una tierra bendecida con todas las bondades y bellezas; además, aparecen testimonios sobre la longevidad de sus habitantes y lo saludable de su clima. El interés se centra especialmente en Brasil. Sin ninguna duda, todos los documentos, las crónicas y las historias sobre las Nuevas Indias dan muchos detalles que permiten acercarse o incluso identificar estas tierras con las soñadas por los viajeros de todos los tiempos. No vamos a detenernos aquí en la desviación del mito del Paraíso Terrenal hacia América; sólo mencionaremos algunos detalles curiosos como, por ejemplo, el intento de identificación del fruto del árbol del bien y del mal con algún fruto exótico. Antonio de León Pinelo cree que el fruto de maracuyá hubiera podido inducir a Eva a pecar, por su aroma y exquisitez. La flor misteriosa de este árbol llevó la marca de la pasión de Jesucristo; por ello a este fruto lo llaman «de la pasión». Muchas y grandes virtudes encuentran asimismo al ananás, y olvidándose o ignorando el origen guaraní de esta palabra, la relacionan con el Anna nascitur (santa Ana, madre de la Virgen).
Nos gustaría, al acabar, hacer unas consideraciones sobre Antonio de León Pinelo, una de las figuras más interesantes del siglo XVII. Aparte de otras obras, de interés histórico, es un apasionado coleccionista de libros, y fruto de su tesón de investigación bibliográfica tenemos el Epitome de la Bibliotheca oriental, occidental, náutico y geográfico.8 Buen conocedor de las Indias, redacta una Historia del Nuevo Mundo, hoy perdida. Por lo que se sabe, utilizó gran parte de la información de esta Historia para su gran obra, el Paraíso en el Nuevo Mundo (1650-1655), considerada una importante descripción del nuevo continente en la línea de las utopías renacentistas. He aquí que, a finales del siglo
XVII, nos encontramos con una obra que mantiene todos los elementos básicos que configuran el mito del Paraíso Terrenal. Se trata de una exposición de historia natural y geografía que resalta la belleza de la tierra americana, único sitio donde podía situarse el Paraíso Terrenal. De nuevo estamos ante una geografía de lo maravilloso donde, a pesar de la voluntad y del logro de un discurso científico, asoman los detalles de tipo maravilloso, mágico y milagroso. En su Historia crítica del pensamiento español, comenta José Luis Abellán:
Como buen judío espiritual, aunque seguro cristiano, buscaba la tierra prometida, que halló en el continente americano, pero imposibilitado de situarla en el futuro, la trasladó al pasado. En este sentido, América, a la que llama Continens Paradisi, es promesa de nueva vida» (1979: 380).
A pocos años de haber escrito León Pinelo su obra, en Francia aparece un tratado sobre la situación del Paraíso Terrenal (1691), cuyo autor es el P. D. Huet, arzobispo y miembro de la Academia Francesa. El mapa que presenta el opúsculo sitúa el espacio mítico en Arabia, muy cerca del Golfo Pérsico. Parece que asistimos de nuevo a una vuel- ta hacia Oriente pero, con el escepticismo y la gracia del comentario del científico francés:
Rien ne peut mieux faire voir combien la situation du Paradis terrestre est peu connue, que la diversité des opinions de ceux qui l’ont recherchée. On la placé dans le troisième ciel, dans le quatrième, dans le ciel de la Lune, dans la Lune mesme, sur une montagne voisine du ciel de la Lune, dans la moyenne region de l’air, hors de la terre, sur la terre, sous la terre, dans un lieu caché et éloigné de la connoissance des hommes. On l’a mis sous le Pôle Arctique, dans la Tartarie, à la place qu’occupe presentement la mer Caspie. D’autres l’ont réculé à l’extrémité du Midy, dans la Terre du feu. Plusieurs l’ont placé dans le Levant, ou sur les bords du Gange, ou dans l’Isle de Ceilan, faisant mesme venir le nom des Indes du mot d’Eden, nom de la Province où le Paradis estoit situé. On l’a mis dans la Chine, et mesme par delà le Levant, dans un lieu inhabité; d’autres dans l’Amerique, d’autres en Afrique sous d’Equateur, d’autres sous les montagnes de la Lune, d’où l’on a crû que sortoit le Nil; la pluspart dans l’Asie, les uns dans l’Armenie majeure, les autres dans la Mesopotamie, ou dans l’Assyrie, ou dans la Perse. Ou dans la Babylonie, ou dans l’Arabie, ou dans la Syrie, ou dans la Palestine. Il s’en est mesme trouvé qui en ont voulu faire honneur à nostre Europe, et ce qui passe toute les bornes de l’impertinence, qui l’ont établi à Hédin, ville d’Artois, fondez sur la conformité de ce nom avec celuy d’Eden. Je ne desespere pas que quelque avanturier, pour l’approcher plus prés de nous, n’entreprenne quelque jour de le mettre à Houdan.9
BIBLIOGRAFÍA
ABELLÁN, José Luis (1979), Historia crítica del pensamiento español, Madrid, Espasa-Calpe.
ALEXANDRE, M. (1987), «Entre ciel et terre: les premières débats sur le site du Paradis (Gen. 2, 8-15 et ses receptions)», en Peuples et Pays Mythiques, París, Les Belles Lettres, pp. 187-224.
DELUMEAU, J. (1992), Une histoire du Paradis, le Jardin des delices, París.
FERRUCCIO GIROMINI, F. (1963), «Tradizioni medievali di viaggi al paradiso terrestre», en F. Surdich (ed.), Momenti e problemi di storia delle esplorazioni.
KAPPLER, C. (1986), Monstruos, demonios y maravillas a fines de la Edad Media, Madrid, Akal.
MANDEVILLE, J. DE (1984), Libro de las maravillas del mundo, Gonzalo Santonja (ed.), Madrid, Visor.
POPEANGA, E. (2000), «La carta de Preste Juan; las versiones castellana y catalana», Cuadernos de Filología Italiana, núm. extraord., t. I, pp. 149-160.
SÉVERAC, Jourdain Catalani de (1925), Les Merveilles de l’Asie, París.
ZAGANELLI, G. (1990), La lettera del Prete Gianni, Parma, Pratiche Editrice.
1.Para más detalles acerca de las creencias y distintas acepciones que se otorgan al paraíso como lugar de espera remitimos al libro de J. Delumeau ya citado.
2. Tanto para la obra de Gervasio de Tilbury como para L’image du monde de Gauthier remitimos a sendos manuscritos de la Biblioteca Nacional de Madrid. El ms. 6213 es conocido y descrito por el investigador americano J. R. Caldwel en Scriptorum, 11, 1957, y 16, 1962, mientras que el ms. francés, si bien consignado entre los manuscritos del Marqués de Santillana por Mario Schiff (1905) como La Mappemonde de Pierre (d’Ailly), es en realidad una copia de finales del siglo XIV del texto de G. de Metz, según nuestras investigaciones y cotejo con otros ms. franceses y con la edición de este texto, de Ginebra 1517.
3. Remitimos a la bibliografía relacionada con el tema, especialmente a la edición de la carta de Preste Juan (las distintas versiones) a cargo de Zaganelli (1990), al artículo de Ferruccio Giromini (1963), y a nuestros trabajos sobre el tema (especialmente, Popeanga 2000).
4. En H. Yule, Cathay and the way thither, London, MDCCCLXVI, vol. II, Apendix II, CXII.
5. H. Yule, Cathay and the way thither, London, MDCCCLXVI, vol. II, Apendix I, latin text of Odoric, from Ms. in the Bibliothèque Impériale, p. XXI.
6. Yule, op. cit, Apendix II, p. LXIII, Ms. de la Biblioteca Palatina de Florencia.
7. Tratado do Infante D. Pedro de Portugal, o qual andou as sete partidas do mondo, Lisboa, 1723, p. 17.
8. Edición y estudio introductorio por Horacio Capel, Barcelona, Universidad, 1982.
9. Pierre Daniel Huet, Traité de la situation du Paradis terrestre, París, 1691, pp. 4-7.
EL VIAJE DANTE POR LOS CIELOS
Joaquín Rubio Tovar
Universidad de Alcalá
Para James Taylor, naturalmente
Byrne me dijo que uno no puede fijar su posición exacta en la tierra si no es por referencia a un punto en el cielo. Un hombre no puede saber dónde está en la tierra salvo en relación con la luna o con una estrella. Existe un aquí sólo en relación con un allí, no al contrario. Hay esto sólo porque hay aquello; si no miramos arriba nunca sabremos qué hay abajo. «Piénsalo, muchacho. Nos encontramos a nosotros mismos únicamente mirando lo que no somos. No puedes poner los pies en la tierra hasta que no has tocado el cielo». (Paul Auster, El palacio de la luna)
Trascendencia de un viaje
La consideración de Dante como viajero aparece en los primeros comentadores de la Commedia, pero también dantistas más modernos, como el excepcional Charles Singleton, han puesto la categoría de viaje en el centro de su interpretación de la obra.1 Uno de los méritos de este estudioso ha sido precisamente el de destacar el viaje, el periplo excepcional por el Más Allá como un procedimiento esencial, frente a cierta crítica de orientación crocciana que había hecho prevalecer los episodios singulares y el encuentro con grandes personajes, y los había interpretado de manera autónoma, con lo que se perdía el sentido de la totalidad.
El poema es la narración de un viaje, la «struttura portante», como afirma Capelli (1994). Ni que decir tiene que el topos no era nuevo. Sí es nueva su polisemia, la variedad y profundidad de sus significados, y también es novedosa la manera en que éstos se entrecruzan. El sentido del viaje se revela poco a poco, pues se otorga una dimensión excepcional al descenso, al ascenso y al vuelo. La Commedia habla del viaje del individuo Dante, pero también de todo ser humano, del hombre pecador en su viaje a la purificación, de la razón ayudada por la fe, etc.
El primero de los guías de Dante es Virgilio, que desaparece en el canto XXX del Purgatorio, donde toma el relevo Beatriz, que le guiará durante treinta cantos aunque en el décimo cielo deje su lugar a san Bernardo. Esta disposición subraya que el poeta ha establecido distinciones en las etapas de su peregrinación, que tiene mucho de aprendizaje. Una vez que Dante ha asimilado las enseñanzas del maestro latino, está preparado para aprender cuanto Beatriz le enseñe, y ella le conducirá de revelación en revelación. A la manera del eremita del Conte dou Graal, san Bernardo ayuda a Dante y le abre el camino de la trascendencia. Al final, el poeta ha aprendido a mirar y comprende muchas cosas que antes desconocía:
rimira in giù, e vedi quanto mondo
sotto li piedi già esser ti fei;
sì che’l tuo cor, quantunque può, giocondo
s’appresenti a la turba trïunfante
che lieta vien per questa etera tondo.2
(XXII, 128-132)
Cuando contemple al fin los misterios sagrados, su vida obtendrá todas las explicaciones necesarias. El viajero pecador, señala Dauphiné, se metamorfosea en esta misa o liturgia que es la Divina Commedia.3
El viaje de Dante, como el de otros viajeros, no es un fin en sí mismo. En el caso de Ulises está subordinado al retorno a la patria, en el de Eneas a la fundación del imperio de Roma y el de Dante tampoco se agota en el relato de contar su periplo. Conviene recordar que, para explicar el significado de su obra, el poeta florentino elige el viaje de los hebreos al salir de Egipto en su Epistola a Cangrande della Scala.4
Dante no escribió un libro de viajes pero, entre otras muchas cosas, cuenta un viaje en la Commedia, el más trascendente que pudiera realizar un hombre y que sólo héroes como Eneas o Ulises, o santos como san Pablo habían sido capaces de llevar a cabo. Su viaje va mucho más allá de una guía de peregrinos, una descripción del mundo o el relato de una embajada. Podremos encontrar en la Commedia algunos de los rasgos que configuran el género de los libros de viajes, pero siempre modificados y trascendidos, porque hay otros rasgos distintivos de mayor calado que convierten la Commedia en el vasto poema sacro construido a partir de múltiples claves.
Los libros de viajes, tal y como los ha analizado Pérez Priego (1984), poseen unos rasgos compositivos bastante esquemáticos: el relato se construye conforme al trazado de un itinerario, de acuerdo con un orden cronológico y un orden espacial en el que la descripción de ciertos núcleos urbanos se convierte en núcleo narrativo principal, y domina, además, un relato lineal en primera persona. Ni que decir tiene que los procedimientos de construcción de la Commedia son diferentes, son más numerosos y más complejos, pero la urdimbre que acabo de citar, por tenue que sea, siempre está presente. Junto a la consideración frecuente entre los contemporáneos de Dante de hacer de él un poeta-teólogo, para los pintores y los poetas Dante representa al viajero, al nuevo Ulises que contribuyó a la exploración de los caminos del mundo del Más Allá (Rubio Tovar 1998). Esta consideración no es extraña, pues la organización de la obra lleva una y otra vez al poeta de círculo en círculo, de cornisa en cornisa y de cielo en cielo, es decir, realiza un trayecto excepcional. El itinerario dantesco, por las abundantes precisiones que contiene, facilita la representación del cosmos atravesado por el viajero, representación que intentaron llevar a cabo con mayor o menor éxito ilustradores desde Botticelli a Dalí. En el canto XI del Purgatorio, Dante evoca el trabajo de los miniaturistas y pintores célebres como Cimabue y Giotto.5 La reflexión sobre la preocupación pictórica de ciertas escenas no es desacertada. La Commedia ofrece similitudes con los retablos de la Edad Media, en los que el arte de pintar era tan dependiente de la disposición, de la organización de la materia. La arquitectura del poema reposa sobre un tríptico que muestra una representación del cosmos. Sólo el pintor celeste sabe lo que conviene hacer.6
La pregunta por el tiempo
Hay varias temporalidades distintas en la Commedia. Una es el tiempo de Dante, la época en la que vivió y que arrastra consigo en su periplo, pero hay que tener además en cuenta los días que dura su viaje por el Más Allá, el tiempo de quienes habitan el reino de los muertos (y habría que realizar distingos, pues no es igual el de los condenados, el de los que purgan y esperan o el tiempo de los bienaventurados), y también está presente el tiempo, la época en la que vivieron los condenados, que reaparece en su conversación con Dante. Y más allá de las referencias temporales, del tiempo con minúscula, no debe olvidarse el gran tiempo, el tiempo con mayúscula, el de la simultaneidad de los hechos y las épocas de la historia que conviven en el magno eje vertical que estructura toda la Commedia. Lo ha explicado magistralmente Bajtin:
La lógica temporal de este mundo vertical es la simultaneidad pura de todas las cosas (o la «coexistencia de todas las cosas en la eternidad»). Todo lo que está separado en la tierra por el tiempo, se reúne en la eternidad, en la simultaneidad pura de la coexistencia. Esas divisiones, esos «antes» y «después» introducidos por el tiempo, no tienen importancia; para entender el mundo, han de ser desechados; todo debe ser comparado al mismo tiempo, es decir, en la porción de un solo momento; el mundo entero debe ser visto como simultáneo. Sólo en la simultaneidad pura o, lo que es lo mismo, la atemporalidad, puede revelarse el sentido auténtico de lo que ha sido, lo que es y lo que será; porque lo que los separaba –el tiempo– carece de auténtica realidad y de fuerza interpretativa. Hacer simultáneo lo no simultáneo, y sustituir todas las divisiones y relaciones temporales-históricas por divisiones y relaciones puramente semánticas, atemporales-jerárquicas, fue la aspiración constructiva-formal de Dante, que determinó una construcción de la imagen del mundo en la vertical pura. (1989: 308-309)
Pero volviendo a los rasgos de los libros de viajes, me parece evidente la importancia que Dante otorga al transcurrir del tiempo. El funcionamiento de un exacto cuadro horario en los primeros dos cantos o el interés por dar puntos de referencia que permitan al lector percibirlo no son irrelevantes. Los sucesos, la ficción, la alegoría, no deben hacernos olvidar los elementos temporales, las fechas en que se desarrolla el viaje y su duración.
Estamos hablando de tiempo y de espacio, de descripción de lugares, es decir, del esfuerzo de Dante para expresar y explicar cuanto sucede en ese reino. A la hora de abordar la compleja relación entre tiempo y espacio es incuestionable de nuevo la auto-ridad de Bajtin, y en concreto, la formulación de la noción de cronotopo, cuya fecundidad metodológica es de sobra conocida. Bajtin llama cronotopo a la conexión entre relaciones temporales y espaciales que aparecen asimiladas en los textos literarios. El tiempo se condensa, se comprime, se hace visible, al tiempo que el espacio entra en el movimiento del tiempo, de la historia. El cronotopo organiza los acontecimientos argumentales y ofrece el campo principal para su representación en imágenes. Todos los elementos abstractos de un relato –generalizaciones filosóficas, digresiones de cualquier clase que abundan en la Commedia– tienden hacia el cronotopo y adquieren cuerpo gracias a él. Es reveladora la importancia de los cronotopos del camino y del encuentro en el texto de Dante. En el camino, en el viaje supremo, en el mismo punto temporal y espacial, se unen caminos de gente de todo tipo, que representan diferentes niveles y estratos sociales, así como religiones, épocas y países distintos. Y junto al camino que recorre Dante, los encuentros. En todo encuentro la definición temporal (al mismo tiempo) es inseparable de la definición espacial (en el mismo lugar). Entre todos destaca uno, el de Beatriz y Dante. Desde el inicio mismo del Infierno se prepara el momento en que los amantes en la tierra se reencuentren en el cielo.
El problema radica en que en el paraíso no hay tiempo («a l’etterno dal tempo era venuto», Par. XXXI, 38). Los saltos de un grado a otro, de un cielo a otro, se suceden sin que transcurra el tiempo, aunque las distancias que se recorren, según señalaron ya los contemporáneos de Dante, son muy notables. El viajero, sin embargo, no percibe el paso del tiempo, tal y como se dice en diferentes lugares del Paraíso. Al hablar de viaje, debemos recordar que hablamos también de una ascensión en términos de una mejora moral que sucede en el instante. La metamorfosis espiritual sucede fuera del tiempo y es un cambio súbito:
e io era con lui; ma del salire
non m’accors’ io, se non com’ uom s’accorge,
anzi ‘l primo pensier, del suo venire.
È Bëatrice quella che sì scorge
di bene in meglio, sì subitamente
che l’atto suo per tempo non si sporge.7
(X, 34-39)
Podemos decir que Dante se mueve a través de las esferas con una sucesión de actos instantáneos como si se moviera de pensamiento en pensamiento. No se trata solamente de la particularidad del viaje. Dante sabía que no podía invocar los parámetros de la racionalidad terrestre ni sus rígidos esquemas del tiempo, porque anularía el misterio y la inmensidad del paraíso. El empíreo está fuera del tiempo y del espacio. Las dimensiones humanas se desvanecen, como veremos luego, en conceptos metafísicos y en imágenes místicas.
La pregunta por el espacio
He mencionado el término espacio y lo he hecho con prevención por las dificultades que plantea su uso en la literatura. Me interesa precisar el sentido que voy a dar a este concepto y me ayudaré de un breve relato de Borges para hacerlo. Cuenta el escritor argentino que, en un imperio lejano, el arte de la cartografía logró tal perfección que el mapa de una sola provincia ocupaba toda una ciudad, y el mapa del imperio toda una provincia. Con el tiempo, estos mapas desmesurados no satisficieron y los colegios de cartógrafos levantaron un mapa del imperio, que tenía el tamaño del propio imperio y coincidía puntualmente con él. Las generaciones siguientes, sigue Borges, consideraron que el mapa era inútil y lo entregaron a las inclemencias del sol y de los inviernos.8
Esta metáfora de Borges ofrece muchas interpretaciones por su inteligencia y su tremenda desmesura. No hay dos realidades idénticas, dos espacios que puedan super-ponerse. El problema se agudiza si intentamos identificar el espacio real y el espacio literario, porque la realidad nunca puede coincidir con la literatura. La Mancha que recorre Don Quijote nunca podía ser la Mancha real ni siquiera en tiempos de Cervantes, ni Macondo puede coincidir exactamente con una zona de Colombia, ni Dublín con el espacio que construye Joyce, Vetusta con Oviedo, algún lugar de las montañas de León con la Región benetiana. El lector encontrará sin duda similitudes, pero existe un terreno que crea el escritor mediante su experiencia, su recuerdo y su imaginación, que no debe trasponerse alegremente a la realidad. El espacio literario, el lugar de las tramas, el cronotopo del encuentro, del camino, el escenario mágico de los romans de Chrétien de Troyes, nunca puede coincidir con espacio alguno de la realidad. Podría quizá parecer más fácil comparar el Madrid de Galdós con el Madrid de la época que el paraíso de Dante con cualquier otra cosa, pero en los dos casos nos movemos en el mismo terreno de la ficción, y el interés de Galdós por reproducir detalles cercanos a la realidad no debe confundirnos.
La pregunta que planteo es cómo construye Dante el espacio del paraíso, de qué referencias filosóficas, literarias, científicas se vale para construir una trama, un espacio del otro mundo. Dante conocía relatos de muchas visiones, casi todas de escasísimo relieve literario, y no le valían de mucho las sencillas descripciones de olores y músicas maravillosas en parajes idílicos. Una mente como la suya no podía satisfacerse con estas minucias, y menos tras haber planeado y escrito tantos cantos (estoy seguro de que la planeó con todo rigor, pero que también se planteó muchas veces cómo se escribía una obra así al tiempo que la componía). ¿Con qué comparar el espacio paradisíaco? ¿De qué materia está construido el Más Allá? ¿Qué hilos teje Dante, qué clase de realidad crea con las palabras?
Nos interesa el paraíso celeste, el regnum coelorum en el que, según los textos sagrados, residían Dios y los justos para gozar de la felicidad eterna.9 Esta idea se alimentaba también de otra literatura muy difundida: las obras hagiográficas apócrifas y la literatura de visiones. Otras tradiciones le resultaban también familiares: el ciceroniano Somnium Scipionis en el comentario de Macrobio, De Nuptiis Philologiae et Mercurii de Marciano Capella, y a todo ello debería añadirse el potente corpus aristotélico, recuperado entre los siglos XII y XIII, y las teorías astronómicas vertidas en las obras de varios autores, desde Alfragano a Sacrobosco o Ristoro d’Arezzo10 y las obras científicas de la ciencia musulmana, para tener una idea aproximada de las múltiples lecturas que llegaron a Dante.
En las primeras líneas de su estudio sobre la leyenda de san Patricio,11 Solalinde habla de «visitas humanas a los lugares teológicos de ultratumba». Fijémonos en el sintagma «lugares teológicos». Se refiere a lugares, es decir, a espacios físicos que se pueden visitar, como son el cielo, el purgatorio o el infierno, pero a lugares teológicos, y, por tanto, materia de una disciplina consagrada a temas abstractos. Son lugares que pueden ser descritos en un doble plano: por viajeros y visionarios, por geógrafos y geólogos, pero también por teólogos, por exégetas de las escrituras, etc. Recordemos que el hombre medieval vivía en un espacio finito, en un cosmos perfectamente definido y cerrado. El mundo que describen muchos tratados medievales es limitado y por eso son muchas las obras científicas, teológicas o literarias que pueden trazar la geografía del infierno, el purgatorio y el paraíso.
Con todas las particularidades y distingos que se quiera, Dante viajó por un lugar, el espacio de la felicidad eterna de los justos, la sede de Dios y de las cortes angélicas. El paraíso se ajusta a unas coordenadas topográficas, si es que puede hablarse de topografía en este canto, o más bien, de una serie de escenarios, de una serie de visiones que se suceden. En cualquier caso, sabemos que su espacio está fuera de la tierra. Cuando Dante asciende a los cielos del paraíso, las notaciones temporales desaparecen, pero no las observaciones espaciales, y en algún pasaje nos comunica su posición, como un topógrafo que señalara un punto. Al entrar en el octavo cielo, una vez que exalta la constelación de los Gemelos, declara:
tu non avresti in tanto tratto e messo
nel foco il dito, in quant’ io vidi ‘l segno
che segue il Tauro e fui dentro da esso.
O glorïose stelle, o lume pregno
di gran virtù, dal quale io riconosco
tutto, qual che si sia, il mio ingegno,
con voi nasceva e s’ascondeva vosco
quelli ch’è padre d’ogne mortal vita,
quand ‘io senti’ di prima l’aere tosco;
(XXII, 109-114)
L’aiuola ci fa tanto feroci,
volgendom’ io con li etterni Gemelli,
tutta m’apparve da’ colli a le foci.12
(XXII, 151-153)
Este detalle facilita el establecimiento de un mapa del cielo en el que figura la posición del poeta. Puede decirse lo mismo en el canto XXVIII, al final de su estancia en el octavo cielo, cuando describe una vez más su posición:
Da l’ora ch’io avea guardato prima
i’ vidi mosso me per tutto l’arco
che fa dal mezzo al fine il primo clima;
sí ch’io vedea di là da Gade il barco
folle d’Ulisse, e di qua presso il lito
nel quale si fece Europa dolce carco.
E piú mi fora discoverto il sito
di questa aiuola; ma ‘l sol procedea
sotto i mie’ piedi un segno e piú partito.13
(XXVII, 79-87)
Si se confrontan ambas posiciones, se concluye que se ha producido un cambio en el espacio, y no sobra recordar el interés de los primeros comentadores de Dante por las medidas, el enclave y la forma del paraíso. Si el infierno y el purgatorio eran mensurables, el paraíso escapaba a esa percepción. El espacio divino trasciende la medida humana, y Dante se esfuerza para hacerlo concebible y para ello se sirve de la ciencia de la época, pero también de la literatura.
Aristóteles señala en el libro I de De caelo et mundo que el movimiento natural de los corpora simplicia llevó toda la tierra al centro del universo y toda el agua, aire y fuego a sus respectivas esferas. No es posible para él que la materia pueda presentarse bajo otra forma que no sea la del éter y la de los cuatro elementos y sus compuestos, ni era posible que más allá de la circunferencia externa de la esfera del éter, más allá del caelum, pudieran existir otros cuerpos. «Por eso, dice Aristóteles, las cosas de allá (arriba) no están por su naturaleza en un lugar, ni el tiempo las hace envejecer, ni hay cambio alguno en ninguna de las cosas situadas sobre la traslación más externa, sino que, llevando, inalterables e impasibles, la más noble y autosuficiente de las vidas, existe toda la duración del mundo» (Acerca del cielo I. 9, 279a, 19-22).14
Dante señala en el Convivio que estas palabras podrían interpretarse como una premonición de la verdad revelada.15 En tiempos de Dante los cristianos cultos admitían que el universo podía ser material, esférico y único, pero consideraban por razones de fe que más allá del cielo físico se encontraba el paraíso, el caelum Empyreum o empíreo, lugar en el que vivían Dios y los santos. Tomás de Aquino dejó escrito que más allá del cielo existía una morada, que no era exactamente un lugar humano, en el que no había tiempo y no se daba la corrupción. Es difícil concebir un espacio que no existe en ningún lugar y dar a este concepto una expresión lingüística, pero lo cierto es que los teólogos hablan del caelum Empyreum como de un lugar. Dante, que era sobre todo poeta, inventor y creador de una realidad, intentó «trovare una maggior purezza di espressione» (Boyde 1984: 234) y así, cuando abandona las esferas del cielo, al que llama el «maggior corpo», para acercarse al empíreo, al lugar en el que mora Dios, lo llama «pura luce»:
Noi siamo usciti fore
del maggior corpo al ciel ch’è pura luce:
luce intellettüal, piena d’amore.16
(XXX, 38-40)
Así las cosas, el procedimiento que siguió Dante para presentar el cielo más alto consistió en traducir lo indecible, si no a términos concretos, precisos, sí a aquellos elementos cercanos a la comprensión humana. Me refiero a la simbología de los números. La geografía sagrada descansa en el número. Como dice Dauphiné:
La geografía sagrada, fundamentada en el número, pasa por esta empresa poética que consiste en traducir lo indecible a términos concretos, precisos y mensurables. (1984: 10).
Hay un axioma atribuido a Pitágoras, según el cual todo está organizado a partir del número. Si atendemos a la exégesis del neopitagórico del siglo I Nicómaco de Gerasia, no hay inconveniente en que esta noción se aplique a varios ámbitos, entre los que destaca la arquitectura, pues el número afecta de manera especial a la estructura de las cosas. Desde el mundo griego, las primeras leyes sobre el número aparecen en una atmósfera que mezcla el misticismo con el rigor científico. El número es sagrado en sí mismo porque simboliza las fuerzas que organizan y ponen orden y proporción al universo. El girar de los planetas está subordinado a relaciones numéricas. En el curso de los siglos, los números se convirtieron en soporte de las grandes analogías porque permitían establecer un orden y organizar dominios muy diversos, desde la cábala, tradiciones esotéricas muy antiguas, etc. (Heitz 1976).
Hay obras canónicas en el estudio de los números, entre las que destacaré el Liber Numerorum17 y las Quaestiones in vetus Testamentum18 de san Isidoro. En esta última descubrimos, entre los mil y un misteriosos vínculos suscitados por el número, un pasaje que asombra lo mismo al historiador de la literatura que al de la arquitectura. Se refiere a la composición del Arca de Noé como símbolo de la Iglesia, considerada como cuerpo místico de Cristo, del Cristo hombre perfecto (de ahí la necesidad de encontrar en el arca la proyección de las proporciones del hombre perfecto). La longitud del arca es de trescientos codos, la anchura de cincuenta y la altura de treinta. Treinta significaba para san Isidoro la duración de la vida de Cristo, trescientos la duración de la ley antigua, cifra que significa también las seis edades del mundo, cada una de las cuales está prefigurada por cincuenta. Estas correspondencias ejercieron una enorme atracción, por lo que no es extraño que se produjeran trasposiciones a otras disciplinas.
La geografía sagrada necesita del número para expresarse, y la Commedia se apoya en una verdadera liturgia del número. El cosmos poético que construye Dante no es una expansión al infinito, sino que está sometido a las leyes del número. Este culto es uno de los grandes ejes directores de la obra, porque a partir del número se descubre la lógica de los azares del viaje: descripciones, digresiones, reencuentros, etc. Todo es número: el hombre, el viajero Dante, el cosmos, la Trinidad santa, el poema entero. «Nadie entre aquí que no sepa geometría», habría podido escribir Dante. Hay muchas construcciones que dependen del número tres, desde la terza rima hasta el hecho de que los tres lugares geográficos y teológicos de ultratumba ofrezcan una perspectiva sobre el cielo estrellado.19 Pero también hay episodios agrupados a partir del número 11 o el 22, profecías que se encadenan con un intervalo regular, etc. Estamos, en todos los casos, ante la misma preocupación por el equilibrio.
En el Paraíso no hay cifras que revelen distancias, como en los libros de viajes, sino números escondidos en la estructura del poema que revelan relaciones armoniosas, orden, jerarquía. Para los sabios del siglo XIII, el cosmos era resultado de un pensamiento organizado. El universo era testimonio de una disposición armoniosa. En numerosos pasajes del Paraíso o en el Convivio, el tema del orden, la jerarquía, es un principio central20 y el círculo es una de sus expresiones máximas.
En un estudio capital para entender la Commedia, Lotman (1980) mostró cómo la noción de espacio está vinculada a un código de valores morales. En el eje alto-bajo que domina el arte y pensamiento medievales, la ascensión es el único medio de encontrar la divinidad. Desde el centro de la tierra hasta Dios, la cosmología circular de la Divina Commedia se eleva verticalmente. Desde los círculos del infierno y las cornisas del purgatorio hasta los cielos del paraíso, todo es un universo de círculos y el poeta geóme-tra21 descubre que la trinidad santa es un círculo en un círculo (XXXIII, 115-120). La esfera celeste y el círculo son la base geométrica del cosmos y testifican, conforme a la filosofía de la época, una visión perfecta del universo.22
El viaje físico y espiritual por el paraíso
¿Qué sucede cuando el viajero Dante Alighieri abandona el paraíso terrenal y llega al reino de los cielos? ¿Cómo se desplaza por el universo de la luz y el bien?
Sabemos muchas cosas de las fatigas físicas, del descenso a los infiernos en el que Dante sufre y a veces se golpea. En ocasiones, el viajero se refiere incluso a experiencias cotidianas para definir la rapidez del transporte (Inf., XVI, 88-89 y XXIV, 100-102). También es lastimoso el «camino santo de penitencia» (Purg., XX, 142) por el purgatorio, pero ¿cómo afronta el viajero el viaje sideral? La explicación no es sencilla. Dante exhorta al lector en el canto II para que aquel que no sea experto en teología abandone la lectura de tan ardua cantica. Me parece que no es sólo teología medieval lo que debe conocer el lector, sino también astronomía, filosofía, física aristotélica y, desde luego, literatura. El viajero ha experimentado cambios en su espíritu y sólo llega a la frontera con el paraíso tras una regeneración moral. Y es que no estamos solamente ante un viaje físico, sino ante un viaje espiritual. Dante sabía de las enormes dificultades que presentaba la explicación del vuelo, de ahí que insista en la transformación que afectó a su ser en el paraíso, pues para él no existen las leyes de la física terrestre. Sin embargo, la ascensión se explica a veces en términos naturales que recuerdan a algunas aclaraciones que provienen de la Física de Aristóteles. Hay dos pasajes en el primer canto del Paraíso en los que Beatriz explica a Dante la novedad de su estado. El primero:
e comminciò: ‘Tu stesso ti fai grosso
col fasso imaginar, sí che non vedi
ciò che vedresti se l’avessi scosso.
Tu non se’ in terra, sí come tu credi;
ma folgore, fuggendo il proprio sito,
non corse come tu ch’ad esso riedi.23
(I, 88-93).
Beatriz utiliza un tú anafórico con el fin de que su alumno adquiera un papel más activo en el aprendizaje y se afane por comprender la naturaleza extraordinaria de su ascensión, y usa para ello una comparación inspirada en un fenómeno natural. El rayo, según la física medieval, era el único componente del elemento fuego que no respetaba la natural tendencia hacia lo alto, es decir, hacia la esfera del fuego en la que ella y el peregrino se encuentran. Esto explica por qué Beatriz dice que el rayo huye a su proprio situ, la tierra, donde está su lugar natural. En cambio, el movimiento de Dante va en dirección opuesta. Al subir retorna a la sede última y eterna del hombre, vuelve a su verdadera naturaleza: el bien, la bondad, la felicidad. Con ello, Beatriz muestra a Dante que está en perfecta consonancia y armonía con lo creado, en la que todo está orientado hacia Dios. Y un poco después dice al viajero que no se asombre:
Non dei più ammirar, se bene stimo,
lo tuo salir, se non come d’un rivo
se d’alto monte scende giuso ad imo.24
(I, 136-138).
No debería extrañarse el viajero de ascender, pues una vez cumplido el último rito de la purificación, su ser se había librado del último impedimento y podía seguir su inclinación natural hacia lo alto. La explicación es coherente con las doctrinas teológicas, y Beatriz insiste en la clase de ascensión y acude a ejemplos de la naturaleza: el rayo, el río y la tierra. Pero Dante se encuentra en la dimensión de lo absoluto, donde ninguna de las leyes físicas está vigente, y para reforzar la tensión hacia el cielo, la única ley que está en vigor, Beatriz hace un gesto más elocuente que cualquier palabra y alza su mirada hacia lo alto.
La fuente esencial de la analogía entre el movimiento espiritual y el de los cuerpos aparece en las Confesiones de san Agustín, en las que el santo habla del peso del amor, el pondus amoris, que lo lleva hasta Dios, su meta natural:
El cuerpo por su peso tiende a su lugar propio. El peso no sólo inclina hacia abajo, sino al lugar propio. El fuego tiende hacia arriba, la piedra hacia abajo. Cada uno es movido por su peso y tiende hacia su lugar [...] Mi peso es mi amor; por él soy llevado a donde quiera que soy llevado. Con tu don nos encendemos y somos llevados hacia arriba: nos enardecemos y caminamos. Subimos las ascensiones dispuestas en nuestro corazón y cantamos el cántico de los grados. Con tu fuego, con tu buen fuego ardemos y caminamos, porque caminamos hacia arriba, a la paz de Jerusalén. (Libro XIII, cap. 9)25
Pero no basta la ascensión natural; también es necesario un guía. En varios lugares de los cantos I y II (I, 43-72; II, 22-30) se explica la particularidad del modo de viajar. Tras fijar los ojos en Beatriz, puede mirar al sol.26 Se ha producido entonces una transformación milagrosa, parecida a la que le sucedió a Glauco cuando se transformó de hombre en Dios (vv. 67-69). Dante utiliza el verbo trasumanar para expresar la transformación sufrida, al tiempo que aclara que no podría explicarla con palabras.
La guía de la vertiginosa ascensión es Beatriz, a través de cuyos ojos puede el poeta ver el sol. Para expresar la rapidez de la subida, Dante recurre a la imagen de la flecha que vuela disparada, muy frecuente en las versiones de la leyenda árabe del viaje de Mahoma al paraíso. Esta idea pudo llegarle a Dante a través de la traducción del Libro della Scala, aunque María Corti apunta que esta metáfora no es extraña en el imaginario medieval, en el que existían además otros términos para explicar la velocidad. Pero son demasiados los puntos de contacto entre el texto árabe (o su traducción latina) y la Commedia, como para no considerar que la imagen de la flecha pueda prove-nir, junto con otros motivos, de una fuente musulmana.27
Pero además de la mirada, vale decir de la luz, tema capital en este tercer canto, hay al menos otro modo de subir al cielo y de moverse por él. En algunos textos leemos que los visionarios son transportados por un pájaro. Dante es llevado en una ocasión por un águila (Purgatorio, IX, 13-33), pero en el paraíso uno de los caminos que más se mencionan en las visiones es la escala de Jacob que aparece, por ejemplo, en el Voie de Paradis de Houndec. La escala aparece también en el paraíso. En el séptimo cielo Saturno se halla calificado de cristal por su transparencia, y en él ve una escala dorada que se pierde a tal altura que no se aprecia su fin. La escala por la que ascienden los bienaventurados tiene una importancia fundamental y representa los varios grados de la ascesis mística. Esta escala conduce a la presencia de la verdad absoluta donde las facultades humanas se anulan al fundirse con Dios. El poeta pierde la conciencia. Los comentaristas de Dante señalan en este pasaje su significado: el único camino para fundirse con Dios es la unión mística. De hecho, Beatriz cede la guía a un místico como san Bernardo, hasta que se alcance la contemplación de Dios (Paraíso, XXXI, 52-69). El origen de esta escala es sin duda la escala de Jacob (Génesis, 28,12), tal y como señala Dante en el Paraíso, al traducir poéticamente el texto bíblico.28 La imagen de la escala hacia el cielo era frecuente en la literatura mística medieval. Sin ir más lejos, Dante la podía haber encontrado en los textos de dos personajes que encuentra en el cielo de Saturno, Pietro Damiano y Benedetto da Norcia, y también estaba presente en el Libro della Scala.
El peregrino se asombra de la rapidez del viaje, que alcanza una velocidad que no es humana:
La dolce donna dietro a lor mi pinse
con un sol cenno su per quella scala,
sì sua virtù la mia natura vinse.29
(XXII, 100-106)
La purificación y el amor de Beatriz han aligerado tanto el cuerpo como jamás lo fue en la tierra. El vuelo es velocísimo y el peregrino parece tener alas y se lanza hacia lo alto por la escala del cielo de Saturno.
El espacio de lo sagrado
Los primeros nueve versos del canto I del Paraíso bastan para indicar que no es posible invocar una única influencia doctrinal para explicar su arquitectura y su sentido. El primer terceto destaca la estructura teológica de toda la parte: la transformación en literatura de una extraordinaria experiencia de contemplación intelectual, expresada a través de la filosofía aristotélico-tomista. Entre los versos 4 y 9, el autor recuerda que la materia del tercer canto es la narración de un hecho real, que procede de la experiencia personal de un privilegiado viajero por los cielos. Pero enseguida se nos dice que ni los medios retóricos ni la endeblez de su memoria podrán rendir cuentas con exactitud de lo que pasó. La vastedad y complejidad del argumento indujeron al poeta, frente a lo que había hecho en los dos cánticos anteriores, a no privilegiar una única doctrina, una única teoría. El orden moral en el Paraíso no puede clasificarse de manera tan sistemática como en el Infierno (IX) o en el Purgatorio (XVII). La gradación ética del mal y la purificación se contraponen a la infinita variedad del bien. El platonismo filtrado a través de san Agustín y de la escuela franciscana de París, el Itinerarium mentis Deo de san Buenaventura, la doctrina teológica fundamentada en Santo Tomás, las exigencias astrológicas y astronómicas, la imagen del cosmos de Ptolomeo, las leyes de la simetría, las preocupaciones éticas..., todo ello se integra en imágenes y se entrelaza para crear un discurso poético en el que no está ausente a veces un intenso sentimiento lírico.
A la hora de hablar de espacio en el que sucede la acción hay que señalar que, no pudiendo situar el paraíso en un lugar del que tuviese experiencia directa, Dante lo colocó en el sistema astronómico de su tiempo, el ptolemaico, que conocía bien y que satisfacía su necesidad de precisión y de orden. Los conocimientos astronómicos de Dante eran profundos. Sin pedantería alguna, menciona el fenómeno de la precesión de los equinocios o la discordancia entre el año trópico y el sideral. Conocía los períodos de los astros y el número de estrellas y menciona las constelaciones. Una presencia excesiva de datos astronómicos, científicos en general, podía convertir el universo en una enumeración de formas geométricas pobres y rutinarias y, de hecho, a veces se aprecia (por ejemplo, entre los cantos XXVIII y XXX) que el paisaje se vuelve geométrico, abstracto. El paraíso ptolemaico era un rígido complejo de esferas cuya armadura rompe Dante en varias ocasiones. En los cantos que preceden a la ascensión al cielo de las estrellas fijas se percibe, por un lado, el esqueleto ptolemaico, pero también reminiscencias de cielo que vemos desde la Tierra. No estamos, en ningún caso, ante un tratado ilustrado de astronomía. El espacio que recorre el peregrino tiene que ver sin duda con la geografía celeste, pero también con la geografía sagrada que está presente en las tres partes de la Commedia. La imagen, la pintura del cosmos, pretende ser una averiguación, una investigación sobre la creación y el creador. Para Dante, la ciencia, de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia, debía ayudar al hombre en su caminar hacia Dios. La palabra revelada se imponía a la exactitud y el punto de vista del poeta teólogo al del geógrafo. En el texto literario se reencuentran, como explica Dauphiné (1984: 58), la aritmética con la astronomía y la teología, con lo que el itinerario del Más Allá se enriquece mediante consideraciones científicas y espirituales, que contribuyen a aclarar las numerosas facetas del cosmos que Dante describe. Beatriz y los santos sustituyen a Virgilio como guía, y la geografía sagrada y la celeste se unen.
La geografía sagrada se convierte en una guía del alma. Es revelador, por lo demás, que todo el paraíso se presente sin ambigüedad, y desde el primer cielo, bajo el orden de la caridad.30
La literatura de la luz
En el Paraíso se pierden casi todas las referencias terrestres, pero Dante no puede prescindir de ellas. En un discurso que ofrece tantas claves y que se construye teniendo en cuenta tantas disciplinas, no pueden faltar relatos de tono autobiográfico, vidas de santo presentadas al modo de exempla, digresiones sobre temas teológicos. Todo ello contrasta con descripciones de músicas y de luces de sobrehumana belleza. Hay comparaciones que provienen del mundo natural, como el rayo entre las nubes (XXIII, 79-81), la «fronda che si leva» (XXVI, 85-87), el amanecer (XXXI, 1-9); algunas del mundo y la vida de los animales, como el halcón liberado (XIX, 34-37) o la cigüeña que vigila a las crías (XIX, 91-93); y algunas de la vida familiar, como el niño que se despierta hambriento (XXX, 82-84, o XXIII, 121-124).
Pero si hubiera que dar nombre al paisaje del tercer reino, sería el de la luz. La luz es la idea motriz, el hilo conductor del poema dantesco. No estamos solamente ante una metáfora, sino ante una de las claves que expresa la organización y el sentido último de la más alta realidad y, por tanto, de la cantica tercera y de toda la Commedia. Dante menciona la luz desde el principio y el viaje por el universo es una elevación a través de cielos más y más brillantes. La jerarquía, el orden, las categorías de la existencia provienen de la luz. En el canto II, Dante no sólo considera la jerarquía de los ángeles, sino que sienta las bases sobre las que trazar un universo jerarquizado por la luz. María Corti veía en el poder inmenso que Dante otorga a la luz una base neoplatónica, según la cual la luz se convierte en «forma sustancial» de los cuerpos celestes, mientras que para el aristotelismo la luz era sólo una cualidad accidental. La luz llena el paraíso, forma el paisaje de los cielos y posee un significado científico, un sentido físico y un altísimo valor teológico.31
Dante entra en las esferas de luz de los astros (VIII, 13-15; X, 28-41; XIV, 85-87), en el espacio sideral de la constelación de los Gemelos (XXII, 110-120) o dentro del «Primo Mobile» (XXVII, 99-102). A la variedad de paisajes contribuyen el color rosado atribuido a la luz de Marte (XIV, 86-87), el color blanco asignado a la luz de Júpiter (XVIII, 64-68), y la luz adquiere formas como la cruz griega formada por dos rayos (XIV, 95-108; XV, 19-24) o la escala de oro en Saturno (XXI, 28-30). El empíreo es sólo luz (XXX-39), pero ya no hablamos de luz en el sentido anterior; no es un simple paisaje, es una luz intelectual que trasciende la categoría de luz sensible. Una vez que Dante entra en el empíreo, es deslumbrado por una «luce viva» que le ciega y le prepara para una visión. Dios es la verdad y la verdad es la luz. Todo el episodio está influido por textos bíblicos, en particular por el episodio de la conversión de san Pablo narrada en los Hechos de los Apóstoles (22, 6-11).32
Sobre este fondo luminoso resaltan los habitantes del paraíso: los santos, los ángeles, Dios. Dante atribuye al cuerpo aéreo de los bienaventurados un halo de luz. Pero por encima de cualquier cosa, destaca la imagen de Dios, que aparece expresado como un punto (XXVIII, 40-42), una de las figuras que organizan la materia y que proviene de la Metafísica de Aristóteles (XII, 7): «Ex tali igitur principio dependet caelum et natura» («Así pues, de tal principio penden el Cielo y la Naturaleza»). Muchos ilustradores de la Commedia asimilaron este punto con el sol, lo que invita a pensar que los mitos solares no habían muerto. La luz, una e indivisible, se proyecta en numerosos espejos (XIII, 49-69; XXIX, 136-145). Visiones como el triunfo de Cristo, la contemplación de María (XXXI, 124-142), o la pintura del río de la luz y de la rosa celeste (XXX, 58-81 y 97-117), inundan de luz al poeta y al lector. Como dice Dauphiné:
Ces épisodes où le mot se fait étincelle, où le chant se fait tableau, sont de véritables hymnes à la lumière (1984: 116).
En el momento de la última visión, la cosmología poética se confunde con la verdad y la fe. Lo que ve Dante es imagen y realidad, fondo y forma. Ningún velo cubre ya nada. La luz coincide con lo que es y su sentido en el paraíso no es solamente el de caracterizar la existencia de Dios, sino el de mostrar cómo coexiste en él con la esencia. Ningún velo cubre ya nada.
En este cosmos donde todo habla de Dios, Dante intenta que todas la criaturas, todos los registros de la creación se expresen en términos de luz. Me interesa destacar, sin embargo, que aunque una y otra vez afloren consideraciones cosmológicas y que Dante trate de esferas celestes o de elementos del universo, y que todas ellas sean a veces materia de un canto, estamos muy lejos de cualquier tratado doctrinal. Frente al didactismo del Convivium, se eleva ahora la poesía visionaria del viaje a ultratumba. Los datos brutos del manual se traducen en imágenes y metáforas gracias al trabajo del poeta. Dante aborda el tratamiento de la materia cosmológica desde el punto de vista de las imágenes, las metáforas, es decir, de lo que hoy llamamos literatura. En el texto aparecen inexactitudes de tipo científico que no obedecen a errores o desconocimiento, sino al sentido poético de la obra. Dante tenía la necesidad de concretar la idea del paraíso en una narración poética que resolviera las contradicciones e incertidumbres de la tradición, y la de dotar al paraíso de una estructura acorde con las otras partes del cosmos designadas en los primeros cánticos del poema. El equilibrio entre la imaginación poética y la ciencia se rompe siempre en favor de la primera. La ciencia se pone al servicio de la indagación simbólica, y de ahí que la Divina Commedia sea polisémica: ciencia, poesía y mitología se relacionan íntimamente. El simbolismo vinculado al dragón o a Venus nos hacen entrar en el corazón de una poética simbólica. En el empeño de Dante, en la andadura del viajero, parecen traducirse las palabras de Máximo confesor, tal y como señaló Dauphiné:
La totalidad del mundo espiritual aparece misteriosamente expresada en formas simbólicas a través del mundo sensible, al menos a los ojos de aquellos a quienes les es dado ver; y todo el mundo sensible se encuentra resumido en el interior del mundo espiritual, llevado a su sentido por la sabiduría del espíritu [...] Pues la contemplación simbólica de las cosas espirituales a través de las cosas visibles es al mismo tiempo penetración por el espíritu y comprensión de cosas visibles por las invisibles.33
El lenguaje insuficiente: la huella de Ricardo de San Víctor
No es extraño encontrar en el relato de un viaje una mención a las dificultades del viajero para encontrar palabras suficientes y adecuadas a la realidad que tenía delante. A veces no les faltan las palabras sino una imagen del mundo, unos conceptos que permitan dar cuenta de un universo que no estaba descrito ni explicado en los libros. Sus carencias y dificultades les hacían volver los ojos a la realidad de la que provenían, en busca de un punto de referencia que permitiera ofrecer al lector –y al propio narrador antes que nada– una imagen parecida a la que tenían delante. Las dimensiones de las ciudades asiáticas, sus monumentos excepcionales a los que ni la más cuidada retórica medieval podía aproximarse, la naturaleza que deslumbraba a los cronistas de Indias, el descubrimiento de lo otro, en definitiva, eran un reto para la mente y la pluma de los viajeros. En el caso de Dante, la dificultad era todavía mayor. La experiencia de la escritura en estos capítulos tan difíciles del Paraíso es, en sí misma, un viaje.
Ya he recordado los autores que sirvieron de apoyo a Dante para explicar la trama de los cielos que va recorriendo. Pero, ¿y el lenguaje? ¿Cómo expresar lo inefable? La mística medieval deja también su huella en la Commedia. Se trata de la influencia de Ricardo de San Víctor, palpable en el canto XXIII, cuando la experiencia de la excessus mentis se describe con la ayuda del lenguaje metafórico de este autor. Tan grave tema no merece sólo un apartado en un artículo general sobre el viaje por el paraíso, pero no dispongo de más espacio y me habré de contentar con una breve muestra.
En Paraíso X, 130-132, Dante menciona a Ricardo de San Víctor,34 († 1173), sucesor de Hugo de San Víctor y prior de la abadía parisiense de los canónigos agustinos de San Víctor, uno de los focos de la mística especulativa del siglo XII. Dos de sus grandes obras místicas –De praeparatione animi ad contemplationem o Benjamin minor, y De gratia contemplationis o Benjamin major– alcanzaron a partir de la segunda mitad del siglo XII una rápida difusión en Europa y fueron bien conocidas por Dante.
En el octavo cielo, Beatriz muestra a Dante el triunfo de Cristo rodeado por bienaventurados. Dante ve millares de luces, y por encima de ellas un sol que «per la viva luce trasparea la lucente sustanza tanto chiara» («por la viva luz trasparecía sobre mi rostro la sustancia clara»). El resplandor es de tal magnitud que la mente de Dante no puede resistirlo, excede a su capacidad de comprensión, sale de sí misma y no puede recordar lo que ha visto:
Come foco di nube si diserra
per dilatarsi sì che non vi cape,
e fuor di sua natura in giù s’aterra,
la mente mia così, tra quelle dape
fatta più grande, di sé stessa uscìo,
e che si fesse rimembrar non sape.
‘Apri li occhi e riguarda qual son io;
tu hai vedute cose, che possente
se’ fatto a sostener lo riso mio’.
Io era come quei che si risente
di visïone oblita e che s’ingegna
indarno di ridurlasi a la mente.35
(XXIII, 40-51)
Manuela Colombo ha destacado la profunda huella que deja la doctrina ricardiana en estos versos de Dante. Hay elementos lingüísticos, retóricos y doctrinales que proceden claramente del Benjamin major, formando, dice Colombo, una «soggiacente filigrana» (1987: 62). Menciona la similitud del fulgor que desgarra la nube descargando a tierra (vv. 40-42), el fenómeno de la dilatatio mentis (según la terminología ricardiana: vv. 43-44), el excessus mentis que provoca el fallo de la memoria (44-45), la potenciación de las facultades visuales de Dante (47-48) o la imagen del hombre que se despierta del sueño (49-51), pues el narrador se desvanece y ha de ser Beatriz quien reconstruya la visión.
Ricardo de San Víctor dedica el Benjamin major o De gratia contemplationis a un análisis de la contemplación mística y de la modalidad según la cual se realiza, distinguiendo seis géneros de contemplaciones, cada uno de los cuales comporta un progresivo desengancharse de lo sensible. En los últimos capítulos del IV libro y en el V completo están algunas de las páginas más interesantes para nosotros, porque se hallan consagrados íntegramente a definir y analizar los tres modos del excessus (dilatatio, sublevatio y alenatio mentis), y constituyen el punto de referencia dantesco para los versos que he citado más arriba. Colombo (1987: 63) aduce algunos textos del Benjamin major cuya coincidencia con las imágenes y el lenguaje dantesco son evidentes:
Humana mens ab illa divini luminis absorpta, summa sui oblivione sopitur; ita ut mirari valeas, et juste mirari debeas quomodo concordet ibi nubes cum igne, et ignis cum nube; nubes ignorantiae cum nube illuminatae intelligentiae. (Benjamin major, IV, XXII)
Las imágenes de las nubes ignorantiae y del ignis que envuelven e iluminan la illuminata intelligentia (esto es, la mens absorbida por la contemplación estática) concuerdan con la semejanza del foco que di nube si diserra y de la mente que rápidamente abandona los angostos límites. Sin duda, existió un contacto entre ambos textos, como lo prueban las correspondencias léxicas (mens, ignis, nubes, oblivio / mente, foco, nube, oblita).36
Conclusión
Dante teje muchos hilos para el fresco del Paraíso. La pobre literatura de visiones no podía bastarle para construir el universo del Más Allá, por lo que acude a la astronomía y a la física, a la teología, a la filosofía y a la lírica para expresar, narrar y explicar su viaje. La tensión a la que somete la escritura para contar tan extraordinario periplo le lleva también a explorar las posibilidades mismas de la escritura. El tiempo y el espacio recorridos y construidos, el relato en primera persona y las descripciones de lugares quedan trascendidos en el poema sacro. Dante no sólo escribió un viaje por el otro mundo, sino que viajó por la propia escritura.
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1. «Sotto il disegno di un viaggio tutto è intessuto», Studi su Dante, 1965, p. 11.
2. «Antes, pues, de engolfarte en ese abismo / mira abajo y contempla cuánto mundo / te hice poner debajo de ti mismo; / porque tu corazón vaya jocundo / a presentarte ante el tropel triunfante en esta etérea esfera sin segundo». La traducción de los versos de la Divina Commedia es de Abilio Echeverría (Dante Alighieri, Divina Commedia, introducción de Carlos Alvar, Madrid, Alianza, 1995).
3. Deseo dejar constancia de la deuda de este trabajo con los estudios de Dauphiné, en particular con Le cosmos de Dante.
4. «In exitu Israel de Egipto, domus Iacob de populo barbaro, facta est Iudea sanctificatio eius, Israel potestas eius.» (Ps. 113). Esta cita aparece en la Epístola XIII, numerosas veces recordada, pues en este contexto recuerda Dante los cuatro sentidos que pueden otorgársele a un pasaje. Dante utiliza la salida del pueblo de Egipto en numerosas ocasiones: Purg. XVII, 133 ss., XXVII, 75 ss., Par. XXII, 94 ss., Ep. V, 4, y en el sentido anagógico en Conv. II, i, 6-7; Purg. II, 46; Par. XXV, 52-7; Ep. II, I).
5. Philippe Sollers decía que el humanismo inmovilizó la Commedia y la redujo «à une référence culturelle dont seul un peintre. Botticelli, semble avoir sécoué la torpeur» (Sollers: 1968, 14).
6. «Quei che dipinge lì, non ha chi ‘l guidi; / ma esso guida, e da lui si rammenta / quella virtù ch’è forma per le nidi.» («Modelo el que tal pinta no ha tenido, / sino modelo es Él, en el que orienta / su instinto el ave para hacer el nido.») (Paraíso, XVIII, 109-111).
7. «Y yo estaba con él, yo en mis cabales / sin notar que subí, cual no se advierte / rebullir los fenómenos mentales. / Es Beatriz quien me guía de esta suerte / desde un bien a un mejor, de una manera / tan rauda que la acción tiempo no invierte.» En el Convivio Dante habla del proceso de la vida moral «lo quale fu di [non] buono e da buono in meglio e da meglio in ottimo.» También Ricardo de San Víctor usa un lenguaje similar en De exterminatione mali I (PL 196.1074): «Qui transit de malo ad bonum bene quidem transit; et qui transit de bono ad optimum, bonum et ipse transitum facit.» Tomo la cita de J. Freccero, The Poetics of Conversion, Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1986, p. 275, n. 3. Véase además A. Cornish (1995: p. 235, n. 7). San Agustín había meditado sobre el carácter instantáneo de la luz y la visión en De Genesi ad litteram, 4, 34. El instante no tiene tiempo y en él pueden suceder iluminaciones y visiones.
8. J. L. Borges, «Del rigor de la ciencia», Historia universal de la infamia, Madrid, Alianza Emecé, 1978, p. 136.
9. El hombre medieval europeo vivía en un mundo finito, cerrado, que contenía todos los lugares a los que podía viajarse, fueran de este mundo o del otro. Además de Roma, de Santiago de Compostela, de Jerusalén, de los lugares de peregrinación o de los más alejados puertos comerciales, existía un espacio en el que se refugiaba lo desconocido. De un lado, los monstruos poblaban las terrae incognitae, las islas misteriosas más allá del horizonte, escenarios de prodigios y maravillas, etc. Pero también había lugares fuera del mundo cotidiano a los que podía llegarse. No había compartimentos estancos entre el mundo terrestre y el más allá. «Sin duda, recuerda Le Goff, existen grados, que representan fosos que se han de franquear, saltos que se han de dar. Pero la cosmografía y la ascesis mística manifiestan por igual que, siguiendo las etapas a lo largo de una ruta de la peregrinación del alma, del itinerario [...] se llega a Dios» (Le Goff 1969: 216).
10. Alfragano fue un científico árabe del siglo IX, autor del Liber de aggregationibus, uno de los textos que más de cerca siguió el escritor florentino. Conoció el Liber de motibus caelorum de Alpetragio, traducido por Michele Scoto al latín en 1217 y otros tratados de carácter más divulgativo como De Sphaera de Juan de Sacrobosco, la Composizione del mondo de Ristoro D’Arezzo y el Tesoretto de Brunetto Latini, así como la tradición de obras musulmanas, como ha demostrado Asín Palacios.
11. Antonio García Solalinde, «La leyenda del purgatorio de San Patricio en España», Homenaje a Menéndez Pidal, II, Madrid, 1925, p. 219.
12. «Que en menos tiempo que se mete y saca / el dedo al fuego, vi, y en él me adentro, / el signo que tras Tauro se destaca. / Oh gran constelación, glorioso centro / de luz al que atribuyo de antemano / el mucho o poco ingenio que me encuentro, / vueltas daba contigo el soberano / astro que vida en luz el mundo abona / cuando empecé a aspirar aire toscano. [...] Vi la erilla que amamos tan feroces / de Géminis, girando yo con ellos: / verla y del monte al mar la reconoces.»
13. Incluso cuando recorre los cielos introduce Dante precisiones geográficas y señala el punto exacto del cielo en que se encuentra, en relación siempre con la Tierra. «De la vez anterior que le eché encima / la vista, recorrí por todo el arco / la segunda mitad del primer clima; / así que en uno y otro extremo abarco / la playa en que fue Europa dulce carga / y el mar que Ulises afrontó en su barco / allá de Gades: pero ni ancha o larga / la orilla veo más, que el sol, que había / corrido más de un signo, el ver me embarga.» Como es sabido, los geógrafos antiguos dividían la tierra habitada en siete climas, es decir, siete zonas horizontales, paralelas empezando desde el ecuador y hacia el norte. Desde el punto en el que dice que se encuentra podría ver toda la tierra habitada, desde el Ganges a las columnas de Hércules.
14. Boyde aduce unas palabras de santo Tomás: «Extra coelum neque est locus, neque vacuum, neque tempus. [...] Ea quae ibi sunt nata esse, non sunt in loco... Talia non senescunt in tempore [...] Neque est aliqua transmutatio eorum quae sunt super illam lationem [...] scilicet ultimae spherae. Illa entia quae sunt exra caelum sunt inalterabilia et penitus impassibilia, habentia optimam vitam [...] Per se sufficientissimam, inquantum non indigent aliquo vel ad conservationem suae vitae vel executionem operum vitae» (apud Boyde 1984: p. 233, n. 8).
15. «Veramente, fuori di tutti questi, li cattolici pongono lo cielo Empireo, chè a dire cielo di fiamma o vero luminoso; e pongono esso essere immobile per avere in sè, secondo ciascuna parte, ciò che la sua materia vuole. [...] E quieto e pacifico è lo luogo di quella somma Deitade che sola [sè] compiutamente vede. Questo loco è di spiriti beati, secondo che la Santa Chiesa vuole, che non può dire menzogna; e Aristotile pare ciò sentire, a chi bene l ‘ntende, nel primo De Celo et Mundo. Questo è lo soprano edificio del mondo, nel quale tutto lo mondo s’inchiude, e di fuori dal quale è ed esso non è in luogo ma formato solo ne la prima Mente, la quale li Greci dicono Protonoè» (Convivio, II, iii, 8, pp. 10-11). Véase Boyde (1984: 234).
16. «Del mayor cielo físico, en la cumbre, / hemos subido hasta éste que es luz pura: / luz pura intelectual, de amor relumbre.»
17. Cf. J. P. Migne, Patrologiae cursus completus... series latina, 83, pp. 179-200.
18. Isidoro de Sevilla, Mysticorum Expsitiones Sacramentorum seu Quaestiones in vetus Testamentum, In Genesin (P.L., 83, pp. 207-424).
19. Inf, XXXIV, p. 139; Purg, XXXII, p. 145; Par, XXXIII, pp. 142-145.
20. «En el orden intelectual del universo, leemos en el Convivio, se sube y se baja por grados casi continuos, de la forma más baja a la más alta y de la más alta a la más baja, como vemos en el orden sensible» (III, VII, 6).
21. Paraíso, XXXIII, 133: «Qual è ‘l geometra che tutto s’affige». «Lo mismo que el geómetra se afana».
22. El místico murciano Ibn Arabi diseñó los lugares de ultratumba inspirándose en el símbolo circular o esférico, que representan el cosmos y su principio. Los cielos astronómicos, los círculos de la rosa mística, los coros angélicos que rodean el foco de la luz divina, los tres círculos que simbolizan la trinidad de personas, se describen de palabra por el poeta florentino tal y como están descritos por Ibn Arabi, el cual, además, los dibuja exactamente igual que los han dibujado siglos más tarde los eruditos dantistas, cuando quisieron representar gráficamente las poéticas descripciones de la Divina Commedia.
23. «Te desconcierta / tu falso imaginar, y a ver no atinas / lo que vieras sin él cual cosa cierta. / No estás en tierra, como te imaginas; / no corre el rayo, que morada muda, / como tú, que a la tuya te encaminas.»
24. «No te asombre, si el caso bien explano, / el que subas, no más que si deriva / del alto monte un arroyuelo al suelo. / Sería de asombrar si en vez de arriba, / libre de trabas, si te viera abajo, / como ver rastrear la llama viva.»
25. «Corpus pondere suo nititur ad locum suum. Pondus non ad ima tantum est, sed ad locum suum. Ignis sursum tendit, deorsum lapis. Ponderibus suis aguntur, loca sua petunt. Oleum infra aquam fusum super aquam attolitur, aqua super oleum fusa infra oleum demergitur: ponderibus suis aguntur, loca sua petunt. Minus ordinata inquieta sunt: ordinantur et quiescunt. Pondus meum amor meus; eo feror, quocumque feror. Dono tuo accendimur et sursum ferimur; inardescimus et imus, ascendimus ascensiones in corde et cantamus canticuum graduum. Igne tuo, igne tuo bono inardescimus et imus, quoniam sursum imus ad pacem Hierusalem» (Libro XIII, ix, 10). Cito por la traducción de Ángel C. Vega, Madrid, Nueva Biblioteca Filosófica, 1932, p. 190.
26. En la ascensión de Mahoma a los cielos, explica Asín, hay un rasgo que se repite hasta la saciedad en casi todos los episodios. Mahoma, al llegar a cada nueva etapa del cielo se queda ofuscado ante el brillo de las luces que se presentan. Sus ojos no pueden soportarlo y se ciegan. Esta escena aparece también en la Commedia. En la esfera de la luna, Beatriz se reviste de tan intensos resplandores que Dante no puede soportarlos. Esta clase de deslumbramiento se repite en varios cantos del Paraíso (Asín Palacios 1984: pp. 46 ss.).
27. Asín Palacios ha demostrado cómo Mahoma (Asín lo menciona como autor) compara en varios pasajes la velocidad del vuelo de la ascensión con la saeta lanzada por el arco. La imposibilidad de describir lo que se ve en cada una de las etapas de su ascensión también es un tópico del que abusa Mahoma en varias ocasiones, y la misma hipérbole aparece puesta en boca de Dante en el prólogo y en cinco cantos más del Paraíso (Asín Palacios 1984: pp. 43 ss.).
28. «Infin là su la vide il patriarca / Iacobbe porger la superna parte, / quando li apparve d’angeli sì carca. / Ma, per salirla, mo nessun diparte / da terra i piedi, e la regola mia / rimassa è per danno de le carte» (XXII, 70-75) («Jacob también la vio en visión serena / alzar su cabecera al infinito, / cuando así la soñó de ángeles llena. / Mas ya nadie, siguiendo antiguo rito, / por subirla alza el pie; y la regla mía / no es otra cosa que papel escrito.»)
29. «La dulce dueña, a un gesto de cabeza, / me hizo seguir tras ellos por la escala, / que así virtud venció a naturaleza / y ningún movimiento en tierra iguala, / donde se sube y baja a ras de suelo / naturalmente a mi potencia de ala».
30. Santo Tomás distinguía tres cielos: el de la luz o Empíreo, el diáfano, llamado Acqueo o cristalino, y el Sidereo, en parte cristalino y en parte diáfano, que comprende ocho esferas, la de las estrellas fijas y las siete de los planetas (Summae theol. I, 68, 4).
31. El Paraíso se presenta desde el principio bajo el orden de la luz y de la caridad. En la Epistola a Cangrande hay constancia de la importancia de la luz y se relacionan ignis y caritas. En el Empíreo, leemos: «Dicitur Empyreum, quos est idem quod coelum igne sui ardoris flagrans; non quod in eo sit ignis vel ardor materialis, sed spiritualis, quod est amor sanctus sive caritas.» (XIII, 66-68).
32. «Hacia mediodía, de repente una gran luz del cielo relampagueó en torno a mí [...] Como yo no veía, cegado por el resplandor del relámpago» (22, 6 y 11).
33. La cita proviene de H.U. von Balthasar, Liturgie cosmique: Maxime le confesseur, p. 216, Mystagogia, 2-91.
34. «Vedi oltre fiammeggiar l’ardente spiro / d’Isidoro, di Beda e di Riccardo.» («Mira allí cuál la llama se te enfrenta / de Isidoro, de Beda y de Ricardo») Dante lo cita además en la Epistola a Cangrande della Scala, donde recuerda De contemplatione: «Et ubi ista invidis non sufficiant, legant Richardum de Sancto Victore in libro De contemplatione [...] Et non invidebunt» (Ep. XIII, 80). Dante consideraba el Benjamin major como una autoridad en el tema de la inefabilidad.
35. «Como un fuego en la nube coge vuelo / a tal punto que en ella ya no cabe / y contra el natural se viene al suelo, / mi alma, crecida de manjar tan suave, / de sí misma salióse de esta guisa / y lo que de ella fue ni ella lo sabe. / “Abre los ojos y cuál soy precisa: / cuanto viste una fuerza suficiente / te dio para enfrentarte a mi sonrisa”. / Como quien, cuando hurgarle el alma siente / olvidada visión, mal se resigna / a no reconstruírsela en la mente».
36. «Vogliamo dire che non solo è stato possibile ritrovare nascosti dalla poesia di Dante elementi linguistici, figurativi, retorici e dottrinali di matrice riccardiana, ma che questi elementi fanno in qualche modo sistema, poiché, come nel trattato mistico, cosí nei versi paradisiaci, sono funzionalizzati alla resa di un identico fenomeno» (Colombo 1987: 69).
EL APRENDIZAJE DE LA INFIRMITAS: LUZ Y TINIEBLAS EN LOS ESPACIOS DEL NAVEGANTE
Isabel Soler
Universidad de Barcelona
Al iniciar el siglo XVI, el italiano Alberto Cantino compró en Lisboa un planisferio de un cartógrafo desconocido fechado en 1502 para el duque de Ferrara.1 Al extender el mapa, el duque pudo observar el rigor y la firmeza de la mano que había dibujado una imagen del mundo que empezaba a aproximarse a la realidad. La carta concentraba el saber occidental del mundo yuxtaponiendo, sin perspectiva histórica, la concepción geográfica del pensamiento clásico, la representación simbólica medieval y la lectura renacentista del espacio ya conocido. Y es justamente en la combinación de las diferentes concepciones históricas del mundo donde estriba la modernidad del Cantino.2 La mentalidad renacentista, al venerar el pensamiento clásico, respeta y, al mismo tiempo, se ve obligada a contradecir las descripciones grecorromanas del mundo a partir de la demostración de la realidad que proporciona el viaje; asimismo, el peso de la interpretación medieval ejerce tanta fuerza que perdura en las mentalidades aunque la evidencia desmienta ya ideas preconcebidas de los espacios geográficos.
Cuando se fechó el planisferio que compró Cantino, hacía diez años que el cosmógrafo alemán Martín Behaim había construido el primer mapamundi esférico de la historia de la cartografía. Desde aquel momento, y a lo largo de una década, el mundo y la manera de pensar en él cambiaron ostensiblemente. En 1502 España ya había entendido que las Indias de Colón eran el Nuevo Mundo; Castilla y Portugal ya se habían repartido lo que intuían que era el planeta; Vasco de Gama, al partir hacia Oriente por segunda vez, aseguraba la ruta hacia la India; y Américo Vespucio regresaba a Lisboa después de haber navegado hasta Río de la Plata y la Patagonia siguiendo la costa brasileña.
Cualquier navegante experto podía observar que en el planisferio de Cantino aparecía una extraña mezcla de informaciones, conocimientos geográficos y técnicas de navegación. Es un documento en el que persisten espacios tratados según los procedimientos de navegación estimada que los primeros portulanos habían establecido3 –esto se comprueba en el tratamiento que recibe el Mediterráneo, el Atlántico Norte y las islas descubiertas por Cristóbal Colón– y al mismo tiempo presenta, por primera vez en una carta náutica, las líneas del ecuador y de los trópicos, lo cual indica que los navegantes ya sabían situarse en el océano mediante el cálculo de latitudes4 y no se limitaban únicamente a rumbos y distancias. El Cantino, asimismo, ofrece datos y representaciones geográficas de zonas orientales que no están interpretadas según una concepción ptolemaica del mundo, lo cual informa sobre la autoridad y la influencia árabe en temas náuticos, incluso en una época en que los navegantes portugueses ya conocían las costas orientales.5 Cabe pensar, por lo tanto, que Occidente se servía ya de los conocimientos de los pilotos, cartógrafos y navegantes de las costas índicas.
La carta portuguesa, al mismo tiempo, establece una drástica frontera interpretativa entre la manera de representar la costa y el interior de los continentes. África, meticulosamente detallada en sus contornos oceánicos, demostrando una férrea voluntad de representación de la realidad, muestra, en su interior, la persistencia de concepciones fantásticas del espacio incógnito, mezcla de la idea ptolemaica del mundo y de la interpretación medieval de éste. La prueba más contundente del medievalismo del Cantino es que Jerusalén sigue representándose en el lugar preferente y central del mapa, y el mar Rojo aparece coloreado en rojo. La novedad del planisferio es América. Aparecen esbozos fragmentados del contorno atlántico del continente interrumpidos en un espacio indefinido; la costa explorada de Brasil, las Antillas, la Florida, Terranova, Groenlandia, se encuentran suspendidas en la nada, controladas por una contundente línea vertical que representa las delimitaciones del Tratado de Tordesillas.
El Cantino puede ser una simbólica metáfora que representa, al mismo tiempo, al hombre que parte y al hombre que regresa del viaje. El planisferio demuestra que los navegantes dominaban las rutas que los llevaban hasta el otro lado del mundo, orientándose en un cielo desconocido desde su propio hemisferio y arriesgándose por un mar que no pertenecía al ámbito de sus dominios. No obstante, cuando el navegante es capaz de repetir una y otra vez la experiencia, de manera que quede firmemente asegurada en un documento cartográfico de valor, la mentalidad occidental lleva ya largo tiempo esforzándose por asimilar la sorpresa de las noticias que acarrea el viaje.
En la literatura europea tardomedieval se detectan rastros que permiten imaginar los esfuerzos de las mentalidades por entender las informaciones que traen los navegantes o los viajeros que se dirigieron hacia otras latitudes geográficas. Prueba de ello es la misma Divina Comedia.
lo ni volsi a man destra e posi mente
all’altro polo e vidi quattro stelle
non viste mai fuor ch’alla prima gente
(Purgatorio, I, 22-24)
Los versos de Dante causaron gran impacto entre la sociedad florentina. Son la prueba de que el pensamiento del siglo XIV intenta con esmero asimilar lo desconocido, y muestran la mezcla de inquietudes, informaciones e actitudes intelectuales de la época. Espacios y cielos lejanos y nunca vistos por Occidente aparecen en los versos de la Divina Comedia, ofreciendo una extraña mezcla de concepción tradicional –preconcebida– e imagen innovadora del mundo. Las cuatro estrellas de las que habla Dante corresponden, desde el simbolismo medieval, a las cuatro virtudes –Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza– y, a partir de la experiencia del viaje, contemplando el firmamento desde este altro polo, las cuatro estrellas dibujan la Cruz del Sur observada por los «primeros hombres».6 Al mismo tiempo, los versos indican la importancia del símbolo que orienta la ruta del viajero en el espacio incógnito. La estrella Polar marca el camino de Occidente –el del mundo conocido– como la Cruz del Sur el de Oriente, el mundo desconocido.
Las reflexiones geográficas y cosmológicas de Dante, así como los posteriores intentos cartográficos de explicación del espacio, son un buen ejemplo para entender una de las grandes dificultades a las que se enfrentó el pensamiento occidental: comprender que el mundo estaba dividido en dos hemisferios era asumible y, además, lo afirmaba la concepción clásica del espacio. Percibir dónde terminaban y empezaban estos hemisferios ya era mucho más difícil, y la tendencia natural fue volver a establecer una simbología que, en cierta manera, todavía perdura en la actualidad. En el hemisferio norte se situó el mundo conocido, Occidente, el mundo cristiano, y el hemisferio sur se destinó a lo desconocido y, sobre todo, a lo infiel, es decir, todo aquello que no pertenece al dios cristiano. Y esta idea se arraigó de tal manera en las mentalidades que incluso en el siglo XVIII, el siglo de los grandes viajes europeos a Australia, no se podía comprender que este es el único continente del planeta que pertenece en su totalidad al hemisferio sur; la mayor parte del territorio africano se encuentra al norte del ecuador y ni siquiera Sudamérica se halla plenamente en este hemisferio.
A partir del siglo XV, la imagen que el hombre tiene de sí mismo y de lo que le rodea cambia totalmente; no obstante, el hombre que parte arrastra a lo largo de su recorrido una carga ideológica que responde a una imagen del mundo como algo estático, abstracto, alegórico. Se adentra por el espacio incógnito con una «idea de mundo» preestablecida y basada en conceptos teóricos delimitados por el aristotelismo, el tomismo y la escolástica. El hombre de principios del siglo XVI todavía mira el espacio que se abre ante sí desde la ventana propuesta por la pintura renacentista. Esa mirada única, fijada en un céntrico punto de fuga, le sirve para ordenar el espacio de forma racional.7 De hecho, haber llegado a esa mirada ya había significado un esfuerzo muy considerable; era el resultado de una suma de reflexiones, ideas e informaciones sobre el espacio –y el lugar que el hombre ocupa en él– que habían ido evolucionando desde la antigüedad. La sustitución o la reorientación de esas ideas significó entrar en un proceso muy lento hacia la transformación de las mentalidades, que ni siquiera los descubrimientos geográficos de los siglos XV y XVI pudieron agilizar. Como en toda época de transición, durante las décadas de los largos viajes coexistió un imaginario anterior de enorme peso ideológico con la intuición de la novedad por descubrir y, sobre todo, por creer. Se trata del lento paso de la utopía teológica a la vivencia racionalista, o lo que es lo mismo, el paso de la creencia en un Mundo regido por Dios hacia la evidencia de un mundo inmanente. El trance fue difícil de asimilar y no se efectuó de forma radical, aunque es probable que el hombre que viajaba asumiera más rápidamente la realidad del mundo que el hombre que recibía la noticia de esa realidad.
Los largos siglos medievales apenas habían modificado la idea del mundo que el período clásico había transmitido. Los mappae mundi de los siglos XII y XIII eran esquemas o representaciones simbólicas de lo que los textos sagrados y el pensamiento griego habían enseñado: las zonas donde habitaban las razas maravillosas y monstruosas de hombres y animales, el lugar donde se encontraba el Paraíso Terrenal, Jerusalén como centro del mundo.8 El hombre imagina e intenta dar una explicación a lo que no conoce y, cuando lo desconocido le parece increíble, lo viste de misterio y lo convierte en maravilloso. J. R. S. Phillips señala lo difícil que es tener la seguridad de que antes del siglo XIII se pensara en el mundo como en una esfera. Algunas historias universales del siglo XII hablan de la ordenación clásica de las zonas climáticas o de la redondez de la tierra o de las diferentes constelaciones que se ven al norte y al sur del ecuador. Textos literarios de amplia difusión en Europa, como el Roman d’Alexandre o el Roman de Troie, o textos hagiográficos como Navigatio Sancti Brandani o Purgatorium Sancti Patricii, también hablan de zonas no conocidas por el hombre, pero no hay una alusión a nociones cosmológicas ni indicaciones concretas sobre la idea del mundo que pueda tener alguien que no sea erudito. La poca información que esos textos proporcionan sugiere que se habla de algo perfectamente asumido por todos y que no es necesario explicar.9 Ningún texto, ni científico ni literario, permite tener una noción de cuál era la conciencia geográfica de la gran mayoría. Una cosa es la circulación de las ideas y otra la asunción de éstas.
El hombre medieval no piensa en el espacio como en algo abstracto porque, en realidad, no tiene una auténtica conciencia de vacío, entendido como intervalo o como distancia, ya que no puede otorgarle una representación simbólica. Lo interesante es situar el concepto de espacio en la imaginación, en el pensamiento de la Edad Media, para confirmar la necesidad que tiene la mentalidad medieval de referentes, de lugares, que llenen ese vacío.10 El lugar11 será el elemento identificador que el pensamiento medieval necesita para establecer sus coordenadas. Adquirirá el carácter de limitador del territorio y al mismo tiempo el de delimitador de la seguridad. Así, alcanzará un sentido totalizador; querrá decir control, sobre todo significará definición de límites.
Lugar y límite son conceptos que el mundo clásico ya tenía plenamente asumidos.12 El lugar, es decir, lo interior –la polis, el cosmos en el sentido de orden, la civitas– es el espacio de la civilización, lo positivo. Poco después se convertirá en ecumene, lo conocido, el Mediterráneo. Lo negativo, en contraposición, será la exterioridad, el agres, lo agreste, lo incivilizado, la terra incognita. Superar el límite, por lo tanto, ir hacia la negatividad es psicológicamente muy difícil; significa aventurarse voluntariamente en la desprotección y la incertidumbre. Todo lo que supera los límites, lo que se sale de los parámetros establecidos, es indefinido y difuso, es intemporal e incógnito. Es, en definitiva, la falta de definición.
Así, para tener una idea de «lo que hay más allá de los límites» es necesaria la imaginación. Pero ésta no puede crear un dibujo determinado y concreto de lo que no conoce ni puede valorar, por lo que, instintivamente, lo viste de extraordinario. La imaginación popular medieval no tenía definida la frontera geográfica entre lo conocido y lo desconocido, como tampoco podía diferenciar entre lo que era verdad y aquello que tenía que serlo.
Un ejemplo fundamental que ilustra esta necesidad de vestir con imaginación lo que se puede suponer como realidad es un texto que influyó mucho en la conciencia de su época y que gozó de gran popularidad: The Travels of Sir John Mandeville, ya que contenía todo lo que podía fascinar a un lector del siglo XIV.13 A medida que Mandeville se va adentrando en Oriente, la obra se va convirtiendo en un catálogo de lo que se suponía que existía más allá del ecumene: cíclopes, hombres que se alimentan del olor de las manzanas, otros con cabeza de perro o que tienen el rostro en el pecho, el reino del Preste Juan... Pero, por mucha fantasía que le pusiera Mandeville, su obra es una fuente de información sobre la idea que tiene el hombre medieval de la exterioridad, y es también la prueba de la suma de interpretaciones sobre lo desconocido que espontáneamente éste se siente obligado a dar. Por otro lado, apunta ideas que no son en absoluto fantasiosas, sino que forman parte de las creencias geográficas de la época, como que la tierra se podía circumnavegar o que las Antípodas estaban habitadas,14 por lo que cabe suponer que el autor tenía acceso a relatos de viajes importantes. También otros autores, éstos del campo ya literario, como Petrarca o Boccaccio, demuestran conocer la información real sobre el mundo –o, al menos, la que tiene voluntad científica–, pero lo que los hombres piensan es muy diferente de lo que los hombres saben, y más en una época en que las diferentes formas de expresión del conocimiento humano se mezclan.
Gracias al Renacimiento, la ciencia será capaz de definir paulatinamente sus márgenes y separar la filosofía y la teología de la matemática, la medicina o la geografía. No obstante, el Renacimiento también significará un cúmulo de contradicciones. No hay que olvidar que el siglo XV fue un momento de redescubrimientos bibliográficos, entre ellos, el texto que iba a ser fundamental para construir de forma sólida una idea de mundo: el manuscrito de Ptolomeo Geografía, un compendio de la experiencia griega sobre el espacio. Lo clásico ejercía tal autoridad que, a pesar de que se comunicaran importantes descubrimientos geográficos propios de la expansión ultramarina, se mantenían las concepciones tradicionales, mezcladas, una vez más, con las clásicas. Por lo tanto, es imposible simplificar el momento histórico, ya que es una época en la que se ofrecen muchas y muy diversas ideas sobre el mundo. Desde el siglo XX resulta muy sorprendente pensar que el siglo XV adoptó con fidelidad concepciones cosmológicas que se habían articulado en el siglo II.15
Prueba del tiento con el que se expresa el pensamiento renacentista son las palabras introductorias del Esmeraldo de Situ Orbis, del cosmógrafo y experto navegante portugués Duarte Pacheco Pereira. Se desconoce la fecha en que fue escrito el Esmeraldo, aunque la historiografía contemporánea supone que, hacia 1505 –cuando Pacheco Pereira regresa a Lisboa después de una larga experiencia en el mar, en África y en Oriente–, D. Manuel I le encarga la tarea de redactar un roteiro16 que drásticamente queda interrumpido en 1508 y que sólo se conoce a través de copias incompletas. A pesar de referirse sucesivas veces a la propia experiencia como argumento irrefutable que demuestra sus afirmaciones, y a pesar de aludir a diferentes fuentes documentales clásicas que enfrentan concepciones cosmológicas, no puede evitar explicar la organización espacial del mundo sin afianzarse en la elucubración tradicional.
devemos primeiro considerar como os filósofos, que nesta matéria falam, disseran que a terra toda é cercada pelo mar, consentindo seus entenderes que a soma de nosso orbe, o assento de nossa vida, a glória de nossos Impérios, pera proveito das águas, em ilha seja feita. [...] Pelo qual devemos notar o que diz Jacobo, bispo de Valença [...]: que as áuguas todas jazem metidas dentro na concavidade da terra, e a terra é muito maior que todas elas. E Plínio [...] diz que todas as áuguas são postas no centro da terra, e isto é concrusão que se não deve negar. E, por que se mais craramente mostre a verdade, notemos o primeiro capítulo do Génese que diz assim: «ajuntem-se as áuguas em um lugar da terra». Enquanto disse e mandou [Deus] que este ajuntamento fosse feito em um só lugar, bem parece que a terra não é cercada pelo mar. [...] Ora como assim seja que esta terra d’além [América] é tão grande, e desta parte d’aquém temos Europa, África e Ásia, manifesto é que o mar oceano é metido no meo destas duas terras e fica médio terrano; pelo qual, podemos dizer que o mar oceano não cerca a terra, como os filósofos disseram, mas antes a terra deve cercar o mar [...]. Pelo qual, concrudo que o mar oceano não é outra cousa senão uma muito grande lagoa17
Faltan todavía nueve años para que Fernão de Magalhães llegue a Sevilla (en 1517) y exponga su proyecto de circumnavegación del mundo, y catorce para que Elcano demuestre que los océanos se comunican y rodean los espacios terrestres, al regresar, el 8 de septiembre de 1522, completando la vuelta al mundo marítima.
A pesar de la admiración que siente el Renacimiento por el pensamiento clásico, tendrá que adaptar y completar la nueva idea de mundo que se empieza a debatir, ya que no encaja perfectamente entre las opiniones tradicionales. Quizás el primer Renacimiento, el marcado por la cultura del quattrocento, todavía no ha entrado en un mundo nuevo, pero sí ha empezado a modificar su percepción del antiguo.
Pero ¿qué ocurre cuando la realidad empieza a ocupar el lugar de la imaginación?, ¿qué sucede cuando el hombre realmente se plantea hacer el esfuerzo de dar una explicación a todo aquello que constituye la exterioridad ?, ¿o cuando la imaginación ya ha hecho que el misterio que lo exterior representa se funda con la cotidianidad, se asuma como verdadero? Desde la seguridad que proporciona el lugar, la mentalidad medieval, de clara tendencia a la comunidad, puede aceptar el agres, puede hasta sentir admiración por los que se aventuran por ese espacio incierto. De hecho, de algún modo, podría decirse que a lo largo de toda la historia de la humanidad el hombre se siente tentado a moverse por lo desconocido. El homo viator, aquel hombre de cualquier época que no admite una localización en ningún tiempo ni en ninguna cronología en concreto, también está presente en una sociedad relativamente estática como la medieval. El movimiento determina su conducta y marca una actitud vital que contrasta con la obsesión de la Edad Media por el afianzamiento.
Si desde la literatura medieval se piensa en el hombre que se mueve, irremisiblemente se evoca el mundo escenográfico por el que avanza el caballero, se rememoran las escenas que va presenciando Dante en su descenso al Infierno o se recuerda ese cúmulo de pruebas que ha de superar el santo en su camino hacia Dios. Siempre será un universo reducido en el que no se entienden las distancias ni el paisaje. El espacio está dominado por la presencia, no por la descripción del lugar. Esta es la razón por la que, muchas veces, se imagina un lugar incoherente o se interpreta que el espacio es una sucesión de lugares discontinuos, esparcidos o inconexos que existen justo en el momento en que la presencia entra en ellos. Para la concepción medieval no es necesario explicar el espacio, porque éste actúa como símbolo; es la justificación del camino que recorre el homo viator.
No obstante, en el mundo medieval sí hay dos espacios exteriores que, sin ser necesariamente incógnitos, pueden representar el vacío o simbolizar la nada. Uno es el desierto, el cual actuará como territorio iniciático.18 Es la representación de la prueba, del peligro, es la tentación, es el enfrentamiento con el mal, con la muerte, con uno mismo. El desierto es una naturaleza deshabitada que se muestra en toda su omnipotencia. Es el agres como espacio de redención que implica un sacrificio físico y moral, sobre todo moral, ya que el que se aventura en él entra voluntariamente en una naturaleza vacía, allí donde no hay vida.
El otro espacio psicológicamente insustancial es el mar. Una inmensidad en constante movimiento, un infinito de una fuerza absorbente e incitante que atrae y atemoriza. El mar es la falta de sostén, es la ruta sin camino, donde la supremacía de la naturaleza fragiliza al ser que se adentra en él porque irremediablemente está sometido a su arbitrio. Mar es desierto. Pero este espacio de la nada que es el mar presenta una contundente diferencia aterradora respecto a la naturaleza deshabitada que es el desierto: si el desierto es lo infinito horizontal, el mar es el abismo vertical y sin fin.
El Mare Nostrum, el mar clásico, era un espacio controlado en el que, yendo en cualquier dirección, se llegaba a algún sitio. Pero el Aliud Mare, el além-mar lusitano, el espacio que se abre hacia poniente más allá del finisterre, es el océano. Es el mar infinito e ilimitado, es el mar del «mondo senza gente»19 por el que navegará Ulises siguiendo al sol; es el «mar Coalhado» por el que se adentra San Amaro buscando el Paraíso Terrenal, el mar helado, el mar inmóvil; es el mar de leche del Tristan, según un tópico de la literatura medieval de influencia céltica; es el mar «verde de tinieblas» que describen los navegantes árabes. El mismo mar que el Vasco de Gama imaginado por Camões contempla al levantarse la tempestad.
Vendo ora o mar até o Inferno aberto,
Ora com nova fúria até o Céu subia 20
Los navegantes se adentran en una exterioridad que rápidamente se convierte en una naturaleza desconocida, inhumana y, sobre todo, indiferente a la presencia humana. El océano será el espacio de la incertidumbre. El mar y el barco se mostrarán como contraste simbólico de lo ilimitado y lo claustrofóbico, lo inmensamente amplio y lo intensamente cerrado. Lo exterior nunca fue tan incierto: el hombre sumido en la infirmitas, en la falta de solidez y, al mismo tiempo, el hombre frágil e indefenso, absorbido por el espacio.
También el océano como espacio del mal se encontraba en la mentalidad colectiva desde la antigüedad. El mar es la imagen del miedo, de la angustia, de la demencia, de la muerte. Mar es sinónimo de oscuridad, abismo, pérdida. Pero, para una mente renacentista, mar también es el otear en el horizonte de una tierra buscada y conseguida. Mar es encuentro y es comunicación.
Estos son los espacios por los que se mueve el navegante. La lectura de lo exterior que hace el hombre que vive el viaje se efectúa desde la experiencia del recorrido de la distancia. Pero en la mente del hombre del siglo XVI que no viaja se dibuja otro tipo de escenario. La concepción del espacio no es lo mismo que su percepción; la primera comporta una notable inclinación especulativa, la segunda la constituyen los sentidos y la experiencia de la realidad. El hombre que viaja, una vez ha superado el miedo a lo desconocido gracias a constatar la realidad del espacio, entrará en un drástico proceso de cambio en su concepción del mundo. Pero el hombre que recibe la noticia del viaje sigue imaginando un espacio en el que no puede establecer ningún vínculo con lo conocido; por lo tanto, sigue llenándolo de extraordinario. La lejanía y lo ignorado activan la imaginación.
Por ese motivo fue tan lento el proceso de transformación de la imagen del mundo. En el siglo XVI –y hasta mediados del siglo XVII– el pensamiento humano efectuará el ejercicio más difícil de la historia de las ideas: la sustitución de la idea del mundo como un todo ordenado y finito, marcado por una jerarquía perfecta, por la de un universo indefinido y sin límites que se rige por leyes. La concepción aristotélico-ptolemaica del espacio llevaba mucho tiempo afianzada en las mentalidades para que, drásticamente, fuera sustituida por una extensión infinita. Por eso, la asimilación fue paulatina, y se requiere el transcurso de cien años desde que Copérnico escribe De revolutionibus orbium coelestium (1543) hasta la Principia philosophiae de Descartes (1644). El problema no era hacer un esfuerzo por cambiar una concepción espacial, lo cual ya es suficientemente complejo, sino que hay que cambiar la manera de ser en el mundo: hay que pasar del objetivismo medieval al subjetivismo moderno, hay que pasar de la contemplación a la acción, hay que inventar un nuevo lenguaje para hablar del mundo. Ciencia, pensamiento y religión se desmembrarán y crearán sus propios discursos. La concepción relativista del mundo que propuso Nicolás de Cusa, ese universo «no terminado», fue el primer paso para desubicar la Tierra del centro del universo y empezar a desmontar el orden cósmico tradicional para llegar a lo que se ha llamado la «revolución copernicana».
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