Kitabı oku: «Nación y nacionalización»

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NACIÓN Y NACIONALIZACIÓN

UNA PERSPECTIVA EUROPEA COMPARADA

NACIÓN Y NACIONALIZACIÓN

UNA PERSPECTIVA EUROPEA COMPARADA

Ferran Archilés,

Marta García Carrión,

Ismael Saz (eds.)

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA


Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.

© De los textos: Los autores, 2013

© De esta edición: Universitat de València, 2013

Coordinación editorial: Josep Cerdà (MuVIM) y Maite Simón (PUV)

Maquetación: Textual IM

Corrección: Communico C.B.

Cubierta:

Diseño: Celso Hernández de la Figuera

Ilustración: Adolf Stieler: Atlas Manual de todas las partes de la tierra y el cosmos

(Atlas Manual de Stieler). Gotha, Justus Perthes, 1891, mapa 8 (Europa)

ISBN: 978-84-370-9315-4

Edición digital

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

FRANCIA: JACOBINISMO Y PETITES PATRIES, Anne-Marie Thiesse

PATRIA, NACIÓN, NACIONALIZACIÓN: EL CASO PORTUGUÉS EN ELSIGLO XIX, Sérgio Campos Matos

EL DISCURSO NACIONAL ITALIANO Y SUS IMPLICACIONES POLíTICAS(1800-1922), Alberto Mario Banti

POLÍTICAS DE NACIÓN Y NACIONES DE LA POLÍTICA, Ismael Saz Campos

CONFLICTOS POLÍTICOS Y LUGARES DELA MEMORIA EN LA ITALIAPOSTUNITARIA, Maurizio Ridolfi

ENTREGUERRAS: LOS HISTORIADORES, LA HISTORIA Y LA VIDA, Ignacio Peiró Martín

EL INTELECTUAL, LA NACIÓN Y LOS PROCESOS DE NACIONALIZACIÓN EN EL SUR MEDITERRÁNEO. ALGUNAS REFLEXIONES, Jordi Casassas Ymbert

CINE Y NACIONALIZACIÓN EN LA EUROPA DE ENTREGUERRAS. EL CASO ESPAÑOL EN PERSPECTIVA COMPARADA, Marta García Carrión

«L’ESPAGNE C’EST ENCORE L’ORIENT» PASADO ORIENTAL Y MORALCRISTIANA EN MARTÍNEZ DE LA ROSA, Xavier Andreu Miralles

¿NI IMPERIO NI IMPERIALISMO? EL IMAGINARIO NACIONAL ESPAÑOLY EL IMPERIALISMO AFRICANISTA EN LA ESPAÑA DE LA RESTAURACIÓN (c. 1880-c. 1909), Ferran Archilés Cardona

REPUBLICANIZAR LA PATRIA O ESPAÑOLIZAR LA REPÚBLICA:CÓMO CONSTRUIR LA NACIÓN ESPAÑOLA DESDE LA IZQUIERDAREPUBLICANA (1931-1936), M.ª Pilar Salomón Chéliz

«SOBRE TIERRAS GERMANAS, CAMISAS AZULES». LA IMAGEN DEALEMANIA EN LA SECCIÓN FEMENINA, 1936-1945, Toni Morant i Ariño

LA PATRIA EN LOS ESTADIOS. FÚTBOL, NACIÓN Y FRANQUISMO, Julián Sanz Hoya

INTRODUCCIÓN

Ferran ArchilésMarta García CarriónIsmael Saz

En 1983 Ernest Gellner publicó su libro Naciones y nacionalismo, una obra en la que sintetizaba más de dos décadas dedicadas al estudio de la cuestión nacional, en lo que pasaría a convertirse en un clásico por derecho propio de este campo de estudio. En aquel mismo año, vio la luz el trabajo de Benedict Anderson Comunidades imaginadas, otra de las piedras miliares de la renovación de los estudios sobre nacionalismo. En realidad, los primeros años ochenta se convirtieron en uno de los periodos más fructíferos en la renovación de los trabajos de las identidades nacionales y especialmente en el marco de lo que ha venido a denominarse la teoría modernista en el estudio del nacionalismo. Aunque ya fuera evidente en aquel momento, lo sería con mucha mayor claridad a lo largo de las dos décadas posteriores; se trató casi de un giro copernicano (sin menospreciar trabajos previos como los de Hans Kohn, Karl W. Deutsch y Anthony Smith) en la forma de abordar el estudio de las cuestiones identitarias nacionales.

Sin embargo, en la década de los setenta habían visto la luz dos trabajos: La nacionalización de las masas, de George L. Mosse, publicado en 1974, y al año siguiente Peasants into Frenchmen, de Eugen Weber. Estos trabajos, de cuya importancia no nos cabe hoy día ninguna duda, debieron haber sido en su momento tan importantes como lo fueron las innovaciones de la década posterior. En cierto sentido, así fue, pero habitualmente solo para las historiografías dedicadas al estudio de la historia de Alemania o de la historia francesa. Su influencia resultó, por tanto, totalmente inexistente, y además un tanto distorsionada. Tal vez pueda resultar significativo el hecho de que el trabajo de Mosse no se tradujo al español hasta 2001, mientras que, por su parte, la obra de Weber no lo ha sido nunca. Entre otros muchos méritos, los trabajos de Mosse y Weber situaron en el centro de sus investigaciones el problema de la nacionalización, esto es, de la difusión social de las identidades nacionales. Más allá del estudio del nacionalismo entendido como ideología (considerada más o menos coherente), elaborada por unas élites autoconscientes de intelectuales o políticos, puesto que esta había sido la caracterización más frecuente en el estudio del nacionalismo, los estudios dedicados a los procesos de nacionalización ampliaban el repertorio de problemas que merecían ser estudiados. Independientemente de los planteamientos teóricos que estaban en la base de los trabajos de Mosse y de Weber, que en ningún caso configuran forma alguna de paradigma ni pueden ser considerados como parte de un mismo marco teórico, ambos abrieron un horizonte hacia consideraciones más propias de una historia social de la construcción de identidades. Planteamientos que, sin embargo, han tardado en ser transitados y en algunos casos lo han sido solo de manera muy parcial. De hecho, ni Gellner ni Anderson, en los trabajos mencionados, parecieron haber acusado de manera explícita el impacto de las obras a las que nos referimos.

En cierto sentido, los trabajos de Weber y Mosse pasaron a convertirse en una suerte de clásicos finalmente más citados que verdaderamente discutidos y desarrollados en muchas de sus implicaciones. Convertidos en monumentos, frecuentemente las tesis defendidas por sus autores han pasado a ser entendidas como paradigmas cerrados de interpretación de la historia de Francia y Alemania. Desde luego, hoy en día nos encontramos con un escenario historiográfico, pero no solo, mucho más matizado gracias a que se han ido acumulando investigaciones, estudios de caso, monografías, etc., sobre los procesos de nacionalización. Probablemente seguimos tan lejos de disponer de un paradigma (si es que tal cosa es deseable) sobre los procesos de nacionalización como lo estuvimos en la década de los años setenta. Sin embargo, contamos con un conjunto mucho más refinado de planteamientos teóricos, repertorios de temas que estudiar y perspectivas metodológicas. Abordar hoy en día el estudio de los procesos de nacionalización en el contexto europeo resulta, en definitiva, una tarea mucho más fácil, aunque no por ello menos sometida a las incertidumbres de todo aquello que aún ignoramos, ni menos apasionante.

Nación y nacionalización. Una perspectiva europea comparada ha nacido del impulso más reciente del grupo de trabajo que, desde hace más de década y media, ha venido ocupándose del estudio de los procesos nacionales en el Departament d’Història Contemporània de la Universitat de València, contando con la participación de más de treinta especialistas procedentes de universidades españolas, europeas y americanas. Nuestro trabajo se ha desarrollado en el marco de sucesivos proyectos, financiados por el Ministerio de Educación y la Generalitat Valenciana, y actualmente en el proyecto De la dictadura nacionalista a la democracia de las autonomías: política, cultura, identidades colectivas (HAR2011-27392).

Una vez más, los esfuerzos de nuestro grupo de investigación han pretendido convertirse en una plataforma de diálogo con especialistas de otros proyectos de investigación dedicados al estudio de los procesos de construcción nacional tanto en España como en el resto de Europa. Junto con diversos artículos en revistas nacionales e internacionales, los dos volúmenes más recientemente publicados son Ismael Saz y Ferran Archilés (eds.): Estudios sobre nacionalismo y nación en la España contemporánea (Zaragoza, PUZ, 2011), e Ismael Saz y Ferran Archilés (eds.): La nación de los españoles (Valencia, PUV, 2012). Si bien el eje central de los trabajos desarrollados por nuestro grupo de investigación se ha dedicado al caso español, la perspectiva comparada, especialmente con el contexto europeo, ha sido una constante. Por ello consideramos que había llegado el momento de editar un volumen que contara con la participación directa de algunos de los mejores especialistas europeos en el estudio de los procesos de construcción nacional, lo que pudiera permitir, como resultado paralelo, una consideración más compleja del caso español.

En la base de este libro está el Congreso Internacional «Procesos de nacionalización en la Europa contemporánea», celebrado en Valencia en abril de 2012, y organizado y financiado por el Museu Valencià de la Il·lustració i la Modernitat (MuVIM) y el proyecto de investigación citado. En este congreso se dieron cita catorce especialistas procedentes de ocho universidades de cinco países europeos. En el presente libro se recogen no tanto las actas de aquel encuentro, como las contribuciones derivadas de aquella puesta en común, verdadero brainstorming dedicado al estudio de los procesos de nacionalización. Los textos que componen Nación y nacionalización. Una perspectiva europea comparada son, por tanto, el resultado de una explícita voluntad de trabajar desde una perspectiva de historia comparada, considerando el marco europeo (al menos de Europa occidental) como un ámbito natural para la historia comparada. Máxime teniendo en cuenta que, por paradójico que pueda resultar expresarlo así, pocos ámbitos de estudio puede haber para una perspectiva de estudio transnacional como el de los fenómenos de la nación, el nacionalismo y los procesos de nacionalización. En este sentido, una parte importante del libro está compuesta por trabajos dedicados al estudio de los procesos de nacionalización en la España contemporánea basados en esta perspectiva comparada y transnacional.

Ciertamente, el estudio de los procesos de nacionalización en España ha sido uno de los temas clave para el estudio de la nación y el nacionalismo en el ámbito español. No han faltado, por tanto, referentes desde los que partir. Pero, sin duda, a pesar de la exuberancia del debate, son todavía muchos los aspectos que nos faltan por conocer. Aportar un mejor conocimiento del caso español es, por tanto, también uno de los objetivos del presente volumen.

Ello no significa que, ni por lo que respecta al caso español o a otros casos europeos (italiano, francés o portugués), ni por lo que respecta a una perspectiva teórica unificada, el presente volumen intente ser una obra ni exhaustiva ni concluyente. Una de las conclusiones que pudieron extraerse de las sesiones de debate acaecidas durante el citado congreso y que en gran medida está presente en la mayoría, si no en la práctica totalidad, de los textos de este libro es el hecho de que no existe una definición única ni del concepto de nacionalización ni de la manera como debe abordarse su estudio. Pero ello no significa, antes al contrario, que debamos resignarnos a una suerte de cacofonía de voces y definiciones. Porque es en el seno de esta diversidad conceptual donde se hallan algunos de los desafíos y también, por qué no, logros ya alcanzados a la hora de profundizar en los procesos de nacionalización en el marco europeo. Así, por ejemplo, el modelo de «nacionalización de las masas» planteado por George L. Mosse parece presentarse a nuestros ojos no tanto como un modelo exportable para el estudio de los procesos de difusión de las identidades nacionales a otros casos más allá del alemán, sino al estudio (puesto que así fue concebido por Mosse, y dejando ahora al margen el debate sobre las singularidades de la historia alemana) de la construcción de una cultura nacionalista que pudo sentar las bases para el ascenso del nazismo. En otro sentido, la monumental obra de Eugen Weber nos ha iluminado e ilumina sobre el papel del Estado en su contribución a los procesos de construcción nacional, pero marginó todas aquellas formas de nacionalización que procedían de los ámbitos más allá del Estado, ámbitos que procedieron de la sociedad civil (de las culturas políticas a las prácticas de sociabilidad y toda suerte de nacionalismo «banal» a la manera expresada por Michael Billig). En Nación y nacionalización se aborda un amplio abanico de problemas referidos al estudio de los procesos de nacionalización en la Europa y la España contemporáneas que tratan de combinar el estudio de aquellos aspectos directamente vinculados a la acción del Estado con los mecanismos que se encuentran más allá de la acción institucional de los poderes públicos. En este sentido, en los diversos trabajos encontramos un amplio repertorio de temas y perspectivas: contribuciones sobre el rol de los intelectuales, y específicamente del discurso histórico y los historiadores; el papel jugado por las culturas políticas (fascistas, reaccionarias o izquierdistas) y los mitos y símbolos promovidos por el nacionalismo; la función ejercida por aspectos frecuentemente obviados como son la dimensión regional o el imperialismo; el papel desempeñado por los espectáculos de masas, como son el cine y el fútbol; y, en definitiva, procurando incorporar perspectivas de historia «desde abajo» y de género que iluminan dimensiones habitualmente opacas en la comprensión de los procesos de nacionalización.

Ciertamente, en el presente volumen son muchas las perspectivas que seguramente no se han podido abordar, y diversos los casos de la Europa occidental que no están presentes. Ello se debe no tanto a una falta de voluntad por nuestra parte para incorporarlos, como a las dificultades de financiación que entraña todo encuentro internacional, especialmente en la muy difícil coyuntura económica en que nos encontramos. En este sentido, queremos agradecer muy especialmente el apoyo prestado por el MuVIM, que cofinanció el congreso mencionado. Porque lo cierto es que si difícil es la coyuntura económica española, más todavía lo es la situación valenciana. A ello hay que añadir, además (y tal vez no haya un lugar más pertinente para referirse a ello que la introducción de un libro dedicado a la construcción de los procesos identitarios nacionales), las dificultades que entraña, para espacios periféricos a los centros de poder económico e intelectual, el poder desarrollar muchas de sus actividades. Ese es el caso de Valencia, donde la práctica total ausencia de instituciones públicas o privadas dedicadas al fomento de actividades en el campo de las ciencias sociales y las humanidades convierte en todavía más compleja la organización de encuentros, publicación de trabajos, etc. Por otra parte, el carácter periférico permite tal vez una mirada, si no más crítica, al menos con mayor perspectiva en lo que respecta al conjunto español. Algo cada vez más necesario a la luz del proceso aparente de recentralización de la vida económica y cultural al que parecen abocarnos los tiempos que corren.

Para terminar, los coordinadores de este volumen queremos agradecer su ayuda, como se ha señalado, al MuVIM y especialmente a Vicent Flor, que actuó como coordinador técnico del congreso mencionado, por las facilidades que puso a nuestra disposición, así como al resto del equipo técnico del Museu y a los traductores de las sesiones. Asimismo, queremos agradecer a Publicacions de la Universitat de València, que se ha encargado de la edición del libro con su habitual profesionalidad. Finalmente, queremos mostrar nuestro agradecimiento a Mónica Granell, que ha realizado la traducción de tres de los capítulos que conforman este libro.

València, abril de 2012

FRANCIA: JACOBINISMOY PETITES PATRIES

Anne-Marie Thiesse CNRS/ENS-Paris

«La República Francesa es una e indivisible». Esta definición se inscribió en la primera Constitución francesa de 1793, y sigue vigente hoy en día. Francia se ha caracterizado frecuentemente por su tradición jacobinista, que enfatiza la uniformidad administrativa, jurídica y política del territorio nacional, algo que implicaría, en consecuencia, una uniformidad cultural. La centralización del Estado ha sido una dinámica a largo plazo, puesta en marcha bajo el Ancien Regime y reafirmada constantemente durante la época nacional. Sin embargo, a pesar de que la construcción del Estado está claramente marcada por la centralización y la posición dominante de París sobre el resto de Francia, este proceso de construcción de la nación ha sido mucho más complejo. La historiografía francesa presenta, por lo general, la construcción nacional de Francia como algo determinado por la unificación, concebida más o menos como uniformización, y se entiende como parte de la excepcionalidad francesa. Sin embargo, varios estudios recientes muestran que las referencias a las culturas e identidades regionales han desempeñado un papel importante en el proceso de nacionalización, al igual que en otros países europeos.1 El regionalismo, tanto en el campo político como en el cultural, ha sido desatendido por los historiadores franceses, incluso negado, ya que la nacionalización y la regionalización han sido planteadas principalmente como polos antagónicos. Desde esta perspectiva, la nacionalización se ha asociado con la noción de progreso económico, social y político, y el regionalismo se ha considerado un residuo arcaico, una resistencia a la modernidad, una fortaleza monárquica y católica de antirrepublicanismo.2

Comprender el proceso de «nacionalización regionalista», incluso en el caso francés, nos obliga a considerar el hecho de que los procesos de nacionalización y regionalización están entrelazados. Las culturas regionales modernas, como las culturas nacionales, se basan en innovaciones y en «invención de tradiciones». En el caso francés, la formación de culturas regionales modernas, iniciada a principios del siglo XIX, se intensificó de forma continuada en la segunda mitad del siglo XIX. Y así, en lugar de mirar hacia atrás y cerrarse sobre sí misma, podría utilizarse como un paso decisivo para fomentar un sentimiento patriótico en la población.

Aunque pocas veces se menciona en los estudios académicos sobre el periodo, la Tercera República fue el momento culminante para el regionalismo cultural (especialmente para la pintura, la literatura, la arquitectura, el diseño) y los movimientos que demandaban una mayor autonomía regional y la descentralización del Estado.3 Esta República se instauró en 1870, después de la derrota del Segundo Imperio por una coalición de estados alemanes. Sus inicios estuvieron marcados por los acontecimientos revolucionarios de la Comuna de París y por los intentos de restablecer un régimen monárquico. Sin embargo, esta Tercera República duró setenta años, y se derrumbó después de otra derrota nuevamente a manos de las tropas alemanas en junio de 1940. De hecho, un aspecto crucial del periodo fue la nacionalización de las clases populares, es decir, su plena integración en el Estado-nación. El historiador estadounidense Eugen Weber describió esta evolución mediante la fórmula «de campesinos a franceses». De esta forma, hacía hincapié en el hecho de que la integración de la población rural en el espacio nacional era todavía relativamente escasa a principios de la Tercera República. Esta hipótesis de Weber fue muy criticada en su momento por los historiadores franceses, pero la cuestión planteada por las élites políticas y culturales francesas durante las primeras décadas de la Tercera República tenía que ver no solo con la integración de la Francia campesina, sino sobre todo con la integración de los trabajadores industriales en los mecanismos nacionales. La clase trabajadora urbana fue percibida claramente como peligrosa, atraída por la ideología internacionalista o anarquista. En cambio, desde la Revolución de 1848, el campesinado francés fue percibido, más bien, como conservador, y conocido como un mundo de paz, sabiduría y gran autenticidad. Por eso, la promoción de las culturas regionales fue, sobre todo, una promoción del campesinado, presentado como la auténtica Francia popular. Se consideró que las culturas regionales estaban dedicadas a la naturaleza, la vida rural, los agricultores y el trabajo artesanal. Por el contrario, el mundo industrial se presentó como algo ajeno y degradante para los seres humanos.

Dos instituciones fueron las encargadas de desarrollar un fuerte sentimiento nacional: el reclutamiento militar y la escuela primaria. Las leyes de Jules Ferry (1881-1882), nombrado después ministro de Instrucción Pública, establecieron un sistema de educación pública. Asistir a la escuela se convirtió en algo obligatorio para todos los niños de 6 a 12 años. Las escuelas públicas eran seculares y gratuitas. Los nuevos curricula incluían formación en literatura, historia y geografía de Francia, así como educación cívica. Los maestros, los libros de texto y los mapas escolares hacían que los niños se enfrentaran constantemente a las representaciones de la nación. Uno de los libros de texto más famosos de la época estaba concebido como un recorrido circular alrededor de Francia. Leyendo esta novela escolar de septiembre a junio, los alumnos seguían los pasos de dos huérfanos alsacianos que escapaban de la ocupación alemana de su ciudad natal para encontrar parientes en su patria. El título del libro era el Tour de la France par deux enfants. Devoir et patrie4 (el Tour de Francia de ciclismo fue creado en 1903). Después de esta peregrinación patriótica, los escolares tenían que adquirir no solo un conocimiento de la nación, de sus paisajes y recursos, de los héroes de la historia, sino también una «educación sentimental», aprendiendo a alabar, admirar, adorar y amar a su patria. Se les enseñaba que la diversidad de Francia era una gran fuente de orgullo nacional. Francia se caracterizaba por su extraordinaria diversidad de paisajes, climas y recursos. El tópico de «la unidad rica en su diversidad» se formuló en muchos países europeos durante este periodo (y se convirtió en el lema de la Unión Europea en el año 2000); pero una interpretación típicamente francesa de esta expresión se había forjado en la segunda mitad del siglo XIX y presentaba a Francia como contenedora de una excepcional diversidad de paisajes, climas y producción agrícola. Se decía que era una combinación perfecta entre el norte y el sur, es decir, una síntesis de todo el continente, el único país verdaderamente universal, líder natural de Europa. Esta concepción de Francia, afirmada a menudo en el discurso académico de la época, era por supuesto una forma de compensar el declive relativo del poder francés en el continente (esta concepción de Francia todavía se enseña en la escuela, por lo general, en tercer curso de enseñanza secundaria, en clase de geografía).

Pero había otra manera de enseñar este sentimiento patriótico, que se basaba en un principio pedagógico: la idea de patria (patrie) era un concepto demasiado abstracto, demasiado distante de las percepciones de los niños para que pudiera ser realmente apreciado y entendido. Sería, entonces, más eficaz empezar la enseñanza en el mundo que los niños realmente conocían: su origen común, familiar, el espacio que los rodeaba; conocer este espacio más pequeño y aprender por qué era digno de ser amado, y luego, gradualmente, ampliar el conocimiento y el amor a la patria, que parecía ser el modelo más eficaz de educación patriótica. La noción de petite patrie, ‘patria chica’, fue utilizada intensamente en los discursos patrióticos y pedagógicos durante la Tercera República.5 El término es una clara adaptación de la palabra alemana Heimat, como expresa en este texto el destacado filólogo Michel Bréal:

Me gustaría que la enseñanza de la geografía tomara realmente como punto de partida el lugar donde viven los niños. [...] Cuando los niños conozcan lo que llaman «patria chica», en la otra orilla del Rin, habrá llegado el momento de mostrarles la gran Patria. [...] Me gustaría que, principalmente, hubiera hechos y datos que pusieran de manifiesto cómo cada parte de Francia contribuye a la grandeza y a la prosperidad de todo el país.6

La llamada petite patrie, como la Heimat alemana, podría ser una zona más o menos extensa: la ciudad, el départament o incluso la región. El significado subjetivo, que lo asociaba con la familia, las raíces, el amor, las emociones o los cuidados, era decisivo.

Entonces se podría decir: «El amor de la petite patrie es la base del amor a la gran Patria». Esta frase se expuso repetidamente en el discurso pedagógico durante décadas, como en esta cita tomada del prólogo a un libro de historia escrito por uno de los historiadores republicanos más famosos de finales del siglo XIX:

Francia es una e indivisible, pero se compone de diferentes partes, cada una de las cuales tiene su espacio como unidad. Somos franceses, pero también somos de Bretaña, Normandía, Picardía, Flandes, Lorena, Borgoña, Provenza, Languedoc o Gascuña. Todos nosotros tenemos una patria chica de la que amamos los paisajes familiares, los trajes, las costumbres, el acento y de la que nos sentimos orgullosos. No hay nada más legítimo que amar esta patria chica, nada es más natural, nada es más apropiado para fortalecer el amor por Francia, nuestra patria común.7

Hay que destacar que, en la promoción de las culturas regionales, estas eran consideradas desde una simple perspectiva patrimonial. La enseñanza regionalista no significaba mantener vivas las culturas populares realmente existentes. Era, más bien, una promoción del folclore tal como había sido creado por los eruditos desde principios del siglo XIX. Es decir, era más una cultura de exposición, de espectáculo, alabada como herencia y utilizada para actos festivos, colecciones de museos y estudios etnográficos. Este punto de vista patrimonial se expresó claramente en las cuestiones lingüísticas. El francés era el único idioma que se enseñaba en la escuela en el territorio estatal, a pesar de la fuerte diversidad lingüística de Francia y la codificación de las lenguas subnacionales durante el siglo XIX (principalmente el bretón y la lengua de oc). Los dialectos del francés y otras lenguas (bretón, occitano, vasco o flamenco) fueron tratados como lenguas inferiores y corruptas, y fueron prohibidos en las escuelas, a pesar de que muchos maestros podían entenderlos y hablarlos. A veces, estos profesores eran miembros de asociaciones que promovían dichos dialectos en la poesía y la narrativa. Las autoridades estatales prohibirían repetidamente la enseñanza de otras lenguas que no fueran el «francés nacional». No obstante, se animó a los maestros para que hicieran estudios locales, desde la historia, la geografía, el folclore y las ciencias naturales. En la época se escribieron numerosas monografías sobre las aldeas, y no solo lo hicieron los maestros de las escuelas, sino también los sacerdotes, porque el clero católico, en un contexto de intensa competencia entre la República y la Iglesia, también se dedicó con fuerza al ámbito de los estudios locales.8

Durante la Tercera República se publicaron numerosos libros escolares de carácter regional. Sus autores eran profesores, directores de écoles normales (escuelas de formación del profesorado) e inspectores escolares. Había algunas series transregionales pero no un modelo nacional. Los textos que se presentaban en estos libros se extraían de publicaciones académicas, publicaciones de las sociedades eruditas, observaciones de viaje y textos literarios. (Algunos maestros de este periodo publicaron novelas regionales o poesía).

En estos libros de texto, la petite patrie, a menudo, era descrita como un valioso componente del maravilloso mosaico nacional, pero también podía ser presentada de otra manera notable. La petite patrie fue concebida, entonces, como la quintaesencia de la nación, como una miniatura de la gran nación.9 Por ejemplo:

Casi todas las páginas de la historia de nuestro departamento ejemplifican la gran Historia de Francia.10

Historia local: significa el estudio de la historia nacional basada en el conocimiento de hechos pasados que han dejado vestigios en la región, en la ciudad cercana.11

Entonces, lo fundamental para una petite patrie era que fuera descrita como un resumen de la gran nación, que es, a su vez, un resumen de segundo grado de Europa.

Estos libros no solo proporcionaron un gran conocimiento de la petite patrie, sino también el discurso apropiado para alabarla. En el prólogo y en los textos, estos libros se dirigían a los niños y les decían que su petite patrie era maravillosa y que nunca debían abandonarla.12 Durante la Tercera República, el llamado «éxodo rural» llevó a los campesinos franceses no a emigrar al extranjero, sino a abandonar sus aldeas para ir a las ciudades industriales francesas. Los libros de texto regionalistas dieron muy poco espacio al mundo urbano e industrial, presentado no como el presente y el futuro de Francia, sino más bien como un mundo ajeno, deshumanizante y horroroso.

En realidad, estos reiterados llamamientos a los niños para que permanecieran en sus petite patrie, para que resistieran cualquier tentación de dejarla, podían entenderse como un llamamiento para que los futuros ciudadanos permanecieran en su espacio, es decir, su espacio social. Los numerosos discursos sobre la diversidad de las regiones, todos diferentes pero complementarios, fueron haciendo hincapié, probablemente, en una metáfora de la nación que reconocía las diferencias, pero las presentaba desde una perspectiva pacífica de complementariedad. Cada ciudadano sería valorado, entonces, por la permanencia en su lugar de nacimiento, donde se merecía tener una vida feliz y próspera. Libertad, igualdad y fraternidad, pero no movilidad. Esta concepción de la nación suena conservadora, pero hay que subrayar que los movimientos izquierdistas del periodo no consideraban la movilidad social como algo positivo. La creciente movilidad social de los individuos fue presentada generalmente como una traición a la clase social de origen. En las novelas de inclinación izquierdista, los escritores regionalistas describían la marcha de los campesinos a las ciudades industriales como una entrada en el «ejército del Capital».

Esta característica del regionalismo como conciliador nacional se pudo observar con motivo de la Exposición Internacional de Artes y Técnicas de París en 1937. El Centro de Exposiciones francés se organizó bajo el signo del regionalismo.13 Esta estrategia de la exposición, decidida antes de las elecciones que llevaron a la formación del Gobierno del Frente Popular, fue aceptada por el gobierno de Leon Blum. Y, como pusieron de relieve los discursos oficiales, esta referencia al regionalismo debía mostrar la unión de todos los franceses en tiempos difíciles: «El patriotismo y el regionalismo no son contradictorios».14

Tres años después, la Tercera República se derrumbó, en unos pocos días, tras la victoriosa invasión alemana. El Gobierno del mariscal Pétain hizo un uso fuerte y lleno de referencias al regionalismo en su propaganda en favor de la llamada Revolución Nacional.15 Las artes y las prácticas regionales fueron recomendadas encarecidamente. O, mejor dicho, esta propaganda exaltó las provincias y el provincialismo, términos que son más coherentes con la ideología monárquica de Charles Maurras y de Action Francaise. (Hablar de regiones y regionalismos sonaba mucho más republicano). Durante todo el periodo de ocupación de la Alemania nazi, el discurso nacionalista incitó a los franceses a volver a la tierra, a reafirmar a Francia como un país católico y rural. El uso de las petites patries era, en muchos aspectos, similar a los «Heimats secuestrados» de la Alemania nazi y la España franquista, estudiados por Xose-Manoel Núñez y Maiken Unmbach:

La Alemania nazi y la España franquista muestran la fluidez de las identidades locales y regionales. Como discurso de la identidad, el regionalismo era compatible con los nacionalismos autoritarios y totalitarios, dirigidos por el Estado. Bajo el régimen de Franco y el de Hitler, un imaginario y una iconografía regionales o sub-nacionales, y en cierta medida incluso un discurso del pluralismo regional y etnográfico, se fusionaron con la construcción del Estado centralista y con un llamamiento muy emotivo a la nación como comunidad superior.16

Como ocurrió en el caso de los «Heimats secuestrados» de la Alemania nazi y la Italia fascista,17 las petites patries en la Francia de Pétain formaron parte de una compleja mezcla de modernidad y arcaísmo.18 Pero hay que subrayar que la propaganda de la llamada «Revolución Nacional», que pretendía restaurar la «auténtica Francia», se basaba en la negación de la realidad, esto es, la ocupación alemana del territorio francés y la colaboración del régimen.

La apropiación de las culturas locales y regionales por parte de la propaganda de un gobierno antirrepublicano, que supuso una política de colaboración con la Alemania nazi, es una de las razones de la asociación, muy común, entre regionalismo y antirrepublicanismo en la Francia de posguerra. El regionalismo aún se sigue considerando en Francia, en gran medida, un movimiento reaccionario que sería básicamente hostil a la democracia y que a menudo se denuncia como una amenaza contra la unidad nacional. Generalmente, los movimientos identitarios subnacionalistas de los años sesenta y setenta (Bretaña, Occitania) se presentaban a sí mismos como anticolonialistas y anticapitalistas; sus discursos estaban llenos de citas tomadas de Marx, Mao o Gramsci. Haciendo hincapié en su orientación izquierdista radical, querían mostrar sus diferencias con la ideología de Pétain. Pero no cambiaron la concepción convencional del regionalismo como una ideología antimodernista (antirrepublicana). El miedo a la desintegración del Estado-nación se ha intensificado en las últimas décadas, combinando el miedo a fuerzas externas (la globalización, la Unión Europea) y a los «enemigos internos» (comunidades identitarias formadas por grupos locales o de inmigrantes). Al igual que en muchos otros países europeos, en Francia, el nacionalismo de Estado ha cobrado fuerza en el pasado reciente, y el viejo discurso jacobino se ha reactivado con intensidad. Una de la primeras y más sorprendentes manifestaciones de esta tensión se refería a la cuestión de la lengua. La Constitución francesa proclama que «el francés es la lengua de la República». Esta declaración apareció por primera vez en 1992, no en 1792 o en 1892, y posibilitó el rechazo de Francia a la ratificación de Francia de la Carta Europea de Lenguas Regionales o Minoritarias. Además prohíbe cualquier reconocimiento de las lenguas de los inmigrantes. A veces, los debates sobre la muy controvertida noción del multiculturalismo mezclan argumentos en contra de la diversidad regional y la cultura de los inmigrantes, entendidas ambas como fuerzas antimodernistas y antirrepublicanas.

Sin embargo, el imaginario nacional de la Francia contemporánea está fuertemente marcado por la representación de las petites patries. La Francia contemporánea no está representada en la publicidad política como un país moderno, urbano e industrial o postindustrial, sino más bien como un nación rural «eterna» compuesta por pequeños pueblos (cf. el célebre cartel «La Force tranquille» que promocionaba a Francois Mitterand como candidato de la unión de las fuerzas de la izquierda en las elecciones presidenciales de 1981 o, más recientemente, el cartel de promoción de François Hollande como candidato socialista en 2012, ilustrado con un paisaje rural).19

Las petites patries son también amplia e intensamente utilizadas para promover productos agrícolas franceses. En particular, este es el caso de la producción vitivinícola, donde el etiquetado de las botellas hace mucho hincapié en la íntima conexión entre la tierra de cultivo única de la región y los beneficios que esto produce en cuanto a calidad y excelencia. La creación de las llamadas appellations controlées (‘denominaciones de origen controladas’) en 1930, vinculadas al paisaje y al folclore regional, tenían como objeto proteger las exportaciones francesas en un mercado internacional altamente competitivo.20 El turismo, que también es un sector económico de gran importancia en Francia, fomenta una valorización constante de las peculiaridades locales. La desaparición de las identificaciones de clase también ha incrementado la necesidad de otras identificaciones. Dado que la identidad local había sido asociada con la percepción de las comunidades trans-sociales, firmemente arraigadas y pacíficas, no podemos sorprendernos de que, en la actualidad, con frecuencia, sea considerada como un recurso para la recuperación de la cohesión social. El fomento de la memoria local puede ser representado, incluso, como una terapia social capaz de superar los conflictos y volver a crear sentimientos de pertenencia común (en numerosas instalaciones industriales antiguas se han llevado a cabo operaciones que recuperan la memoria de la actividad desaparecida, con el objetivo de volver a crear una identidad y un espacio preferente).

A pesar del relato principal, que sigue presentando a Francia como el resultado de un largo camino hacia el centralismo y la uniformidad cultural, considerados la auténtica esencia de Francia (o de la República francesa), el regionalismo ha sido un factor decisivo en el proceso de construcción de la nación y debe ser examinado con urgencia en el contexto transnacional de la modernidad política y cultural.

Traducción de Mónica Granell Toledo

1. Véanse C. Bertho: «L’invention de la Bretagne», en Actes de la recherche en sciences sociales, vol. 35, noviembre de 1980; íd. «L’Identité», pp. 45-62 (<http://www.persee.fr/web/revues/home/prescript/article/arss_0335-5322_1980_num_35_1_2099>); F. Guillet: Naissance de la Normandie. Genèse et épanouissement d’une image régionale en France, 1750-1850, Caen, Annales de Normandie-Fédération des sociétés historiques et archéologiques de Normandie, 2000; íd.: «Naissance de la Normandie (1750-1850)», Terrain, 33; íd. «Authentique?», septiembre de 1999 (<http://terrain.revues.org/2712>); Th. Gasnier: «Le local: Une et indivisible», en P. Nora (ed.): Les Lieux de mémoire, vol. 3, t. II, París, Traditions, 1992, pp. 463-525; S. Gerson: The Pride of Place, Local Memories and Political Culture in Nineteenth-Century France, Ithaca-Londres, Cornell University Press, 2003; Ph. Martel: Les Félibres et leur temps. Renaissance d’oc et opinion (1850-1914), Burdeos, Presses Universitaires de Bordeaux, 2010; O. Parsis-Barubé: La province antiquaire. L’invention de l’histoire locale en France (1800-1870), París, CTHS, 2011; íd. «Régionalismes», Ethnologie Française, 3, 1988, pp. 220-292.

2. Véase, por ejemplo: «En el seno del movimiento descentralizador, el regionalismo propiamente dicho siempre ha ocupado un lugar aparte. ¿Es posible que pueda atribuirse a la nostalgia que no ha dejado de sentir la contra-revolución hacia la pretendida autonomía de las provincias? La cuestión es que el regionalismo tomó demasiado pronto un tono político y se convirtió, hasta el final de la Tercera República, en un tema favorito de la derecha. Los valores que trataban de promover eran naturalmente conservadores. Exaltaba, al mismo tiempo, la tradición y el folclore, los dialectos y los localismos, así como diversos aspectos del particularismo provincial. Vuelto en cierto modo hacia el pasado, solo podía ver una política limitada. Y no habría conocido ninguna aplicación práctica si las circunstancias trágicas de 1940 no le hubieran permitido figurar entre los objetivos de la “revolución nacional”. [...] Rompiendo con esta corriente tradicional, se afirma ahora lo esencial de la ‘revolución regional’, ya que la expansión económica ha trastocado la problemática habitual. El regionalismo institucional, que apenas miraba hacia el pasado, dio paso a un regionalismo “funcional” orientado hacia el futuro». J.-L. Quermonne: «Vers un régionalisme “fonctionnel”?», Revue française de science politique, 4, 1963, pp. 849-876.

3. E. Storm: The Culture of Regionalism: Art, Architecture and International Exhibitions in France, Germany and Spain, 1890-1939, Manchester, Manchester University Press, 2011; A.-M. Thiesse: Ecrire la France, le mouvement littéraire régionaliste de la Belle Epoque à la Libération, París, PUF, 1991; íd.: «L’invention du régionalisme à la Belle Époque», Le Mouvement social, 160, julio-septiembre de 1992, pp. 11-32; íd.: «Jean Charles-Brun et les origines régionalistes du musée des Arts et Traditions populaires», en D.-M. Boëll, J. Christophe y R. Meyran (eds.): Du folklore à l’ethnologie, 1936-1945, París, Editions de la Maison des Sciences de l’Homme, 2009.

4. G. Bruno (Madame Augustine Fouillée): Le Tour de la France par deux enfants. Devoir et patrie, París, Belin, 1877. Se vendieron siete millones de copias antes de 1914.

5. Véanse P. Boutan, M. Philippe y R. Georges (eds.): Enseigner la Région, París, L’Harmattan, 2001; Les «petites patries» dans la France républicaine, Cahiers Jean-Jaurès, núm. 152, abril-junio de 1999; J.-F. Chanet: L’Ecole républicaine et les petites patries, París, Aubier, 1996; A.-M. Thiesse: Ils apprenaient la France, l’exaltation des régions dans le discours patriotique, París, Editions de la Maison des Sciences de l’Homme, 1997.

6. «Je voudrais que l’enseignement géographique prît pour point de départ le lieu même que l’enfant habite. [...] Quand les enfants connaîtront ce qu’au-delà du Rhin on nomme la “patrie étroite”, le moment sera venu de leur montrer la grande patrie. [...] j’y voudrais surtout des faits et des renseignements qui fissent voir de quelle façon chaque partie de la France contribue à la grandeur et à la prospérité de l’ensemble» (M. Bréal: Quelques mots sur l’Instruction publique, París, Hachette, 1872, p. 88). Michel Jules Alfred Bréal (26 de marzo de 1832-1915), filólogo francés, nació en Landau. A menudo se le identifica como uno de los fundadores de la semántica moderna. Entró en la École Normale Supérieure en 1852. En 1857 se trasladó a Berlín, donde estudió sánscrito con Franz Bopp y Weber. En 1864 fue nombrado profesor de gramática comparada en el Collège de France.

7. Ch.-V. Langlois: «Introducción» a la Historia de Bretaña, manual complementario para los cinco departamentos bretones de la historia de Francia del Sr. Ernest Lavisse, 1891.

8. F. Ploux: Une mémoire de papier. Les historiens de village et le culte des petites patries rurales (1830-1930), Rennes, Presses Universitaires de Rennes, 2011.

9. Para estudios concernientes a otros países europeos, véanse C. Applegate: «A Europe of Regions: Reflections on the Historiography of Sub-national Places in Modern Times», American Historical Rewiew, 104, 1999, pp. 1157-1183, e íd.: A Nation of Provincials. The German Idea of Heimat, Berkeley, University of California Press, 1990; F. Archilés y M. Martí: «La construcció de la regió com a mecanisme nacionalitzador i la tesi de la dèbil nacionalització espanyola», Afers, 48, 2004, pp. 265-308; A. Confino: The Nation as a Local Metaphor, Württemberg, Imperial Germany and National Memory, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 1997; X.-M. Seixas: «The Region as the Essence of the Fatherland: Regionalist Variants of Spanish Nationalism (1840-1936)», European History Quaterly, 31, 2001, pp. 483-518.

10. C. Fabre, antiguo director de la École Normale d’Instituteurs de la Haute-Loire, vicepresidente de la Société des Etudes Locales, La Haute-Loire, précis d’histoire et bibliographie historique, Le Puy-en-Velay, Imprimerie La Haute-Loire, Publications de la Société des Etudes Locales, Section de la Haute-Loire, 1925.

11. M. Pieuchard, inspector de educación primaria en Saint-Quentin, «Prólogo» a Gens et choses d’autrefois. L’Aisne, Documents d’histoire locale pour servir à l’illustration de l’Histoire de France, Laon, Inspection Académique, Imprimerie du Guetteur de l’Aisne, s. f.

12. A.-M. Thiesse: «La description paysagère: une initiation civique, amoureuse et esthétique dans les manuels scolaires régionaux de la Troisième République», Pratiques, revue de linguistique, littérature, didactique, «Histoire de la description scolaire», núms. 109-110, junio de 2001, pp. 55-66.

13. Sh. Peer: France on Display: Peasants, Provincials, and Folklore in the 1937 Paris World’s Fair, Nueva York, State University of New York, 1998.

14. Le Régionalisme à l’Exposition Internationale Paris 1937, Folleto oficial, París, Imprimerie Chaix, 1937, p. 16.

15. Ch. Faure: Le Projet culturel de Vichy. Folklore et révolution nationale, 1940-1944, Lyon, Presses Universitaires de Lyon, 1989.

16. X.-M. Núñez Seixas y M. Unmbach: «Hijacked Heimats: national appropriations of local and regional identities in Germany and Spain, 1930-1945», European Review of History-Revue européenne d’histoire, 15-3, junio de 2008, pp. 295-316.

17. S. Cavazza: Piccole patrie: Feste popolari tra regione e nazione durante il fascismo, Bolonia, il Mulino, 1997.

18. A.-M. Thiesse: «Régionalisme et ambiguïtés vichystes. La revue Terre Natale», La Revue des revues. Revue internationale d’histoire et de bibliographie, 24, 1997, pp. 121-129.

19. «La “postura es la de un presidente anclado en la realidad de un paisaje francés, un paisaje francés por excelencia, que podría ser proporcionado por muchos de nuestros departamentos. En este caso, se trata de un paisaje de la Corrèze”, precisó Manuel Valls, director de la campaña»; <http://www.francetv.fr/2012/affiche-de-hollande-dun-francois-a-lautre-116734>.

20. G. Laferté: La Bourgogne et ses vins: image d’origine contrôlée, París, Belin, 2006.

PATRIA, NACIÓN, NACIONALIZACIóN: EL CASO PORTUGUÉS EN EL SIGLO XIX

Sérgio Campos Matos Universidade de Lisboa

Portugal es frecuentemente tratado como uno de los Estados-nación más «homogéneos» y antiguos de Europa: desde un punto de vista religioso y lingüístico, dotado de un espacio territorial de fronteras definidas de forma temprana (tratado de Alcanices, 1297), sin conflictos étnicos y regionales significativos, y que, en contraste con otros casos, se caracterizaría por una fuerte identidad nacional. En esta visión histórica se acentúa una representación unitaria de la nación portuguesa. Sin embargo, es importante revisitar el lenguaje de la cultura histórica nacionalista del siglo XIX, en contextos históricos bien delimitados, teniendo en consideración los debates que entonces se producían. ¿Había sido tan unitario? ¿Cómo contribuyó a la construcción de una sociedad de ciudadanos y de un sentido de la unidad nacional? Ese lenguaje no fue producido fuera del campo social y político. La escuela, las fuerzas armadas, los sistemas electorales, las políticas de transportes y comunicaciones y las estrategias de memoria nacional fueron también relevantes en ese sentido. Sin embargo, el tema de la indiferencia y el alineamiento de los portugueses en relación con la res publica fue una constante en el discurso político, asociado al lugar común de la decadencia y de la ausencia de un espíritu de ciudadanía.

Portugal también ha sido visto como un caso singular en la Europa de las naciones del siglo XIX. Eric Hobsbawm llegó a situarlo entre los «few enough genuinely homogeneous nation-states» europeos.1 La ya referida unidad lingüística y religiosa, la ausencia de conflictos étnicos, la homogeneidad institucional y la ausencia de poderes regionales intermedios entre el estado central y los poderes locales, bien evidentes en los siglos XVII y XVIII,2 parecen apuntar en el sentido de la singularidad portuguesa. Aceptando esta tesis, es importante subrayar, sin embargo, los siguientes aspectos:

1) Nación-estado (o estado-nación) corresponde a un ideal de homogeneidad de las comunidades nacionales perseguido por los estados europeos ochocentistas, que implica una identificación entre tres conceptos: nación, estado y pueblo. El intento de concreción de este ideal ha dado unos resultados más o menos aproximados pero nunca conseguidos por completo: la construcción de una nación y de un estado modernos es un proceso complejo3 que siempre encuentra obstáculos naturales, de transportes y comunicaciones, además de obstáculos sociales más o menos evidentes.

2) En el caso portugués, la profunda diversidad regional se evidencia en la acentuada diferencia entre el litoral y el interior y, sobre todo, entre el norte atlántico y el sur mediterráneo, ya sea desde el punto de vista climático o del relieve, ya desde el de la propiedad o ya desde el de los comportamientos religiosos y políticos.4 Esta diferencia norte/sur tiene raíces muy antiguas y fue señalada por geógrafos, historiadores y etnólogos desde finales del XIX: Basílio Teles, Alberto Sampaio, José Leite de Vasconcelos o, más recientemente, Orlando Ribeiro.5 También se ha destacado el carácter fragmentado del territorio, poco integrado, caracterizado por enraizados localismos.6

3) Cabe destacar la presencia de una fuerte corriente crítica en relación con el centralismo de inspiración francesa, con argumentos naturalistas e históricos por parte de autores de formaciones ideológicas muy diversas –Alexandre Herculano, Henriques Nogueira, Manuel Emídio Garcia y ya en el siglo XX, en otro sentido, António Sardinha– que se movilizaron en defensa del poder local.7 Esta corriente se inspiraba en el pensamiento de Tocqueville, Vacherot o Proudhon y en los historiadores que habían revelado la dinámica autónoma de las ciudades medievales en sus combates contra la nobleza (Thierry, Guizot).8 Con estos argumentos se criticaba la política de eliminación (y concentración) de los concejos locales y el refuerzo de la tutela del poder central sobre ellos. Sin embargo, en Portugal, y en contraste con lo que sucedió en España, así como en Francia,9 y exceptuando el caso de las islas Azores, el provincialismo vendría ya en el siglo XX a reducirse a una cuestión de «mayor o menor grado de autonomía de los poderes locales, a algunos levantamientos populares contra las anexiones de concejos y parroquias, o a querellas entre poblaciones a propósito de las fronteras que dividían parroquias o municipios».10

4) Cabe destacar que, sin embargo, hubo resistencias sociales a la construcción del Estado liberal y de la nación (teniendo en cuenta el final de la Guerra Civil entre liberales y partidarios del Antiguo Régimen político en 1834) a partir de 1832: resistencia a reformas políticas y administrativas emprendidas (caso de la legislación de 1832 que creó una nueva estructura administrativa centralizadora, de inspiración francesa); revueltas y guerrillas en diversas regiones, generalmente movimientos sociales de sentido antiliberal,11 de oposición a los entierros en los cementerios vinculados a un proyecto higienista e secularizador (decretados en 1835 y 1845), de resistencia a la tributación y al reclutamiento militar obligatorio;12 resistencia a la introducción del sistema métrico decimal –la uniformización de los pesos y medidas, desde 1852 y prolongándose en las décadas siguientes–;13 resistencia pasiva a la alfabetización y a la escolarización: aunque desde 1835 diversas medidas habían decretado la escolarización primaria obligatoria, incluyendo la aplicación de multas, la verdad es que esa obligatoriedad no se cumplió y la generalización de la asistencia a la escuela solo se cumpliría en la segunda mitad del siglo XX.

Sin embargo, hay que reconocer que, por otro lado, hay otros factores que acentuaron a lo largo del tiempo un sentido unitario de la nación y del Estado:

1. La estabilidad de una larga línea de frontera que, desde finales del siglo XIII se ha mantenido (con pequeñas alteraciones) en la definición del territorio nacional –o rectángulo, como se dice con frecuencia en Portugal.

2. Una larga tradición de cronistas e historiadores que se remonta al siglo XIII, así como de tradiciones míticas inscritas en la memoria nacional: la identificación entre portugueses y lusitanos (desde finales del siglo xv); mitos fundacionales como el milagro de Ourique (forjado en los inicios de la expansión ultramarina, en 1415) y de las Cortes de Lamego (tradición inventada en el siglo XVII según la cual el primer monarca portugués habría reunido cortes en Lamego en 1143, donde habrían sido aprobadas las Leyes Fundamentales de la nación); asimismo, los mitos según los cuales el infante D. Henrique habría concebido en la primera mitad del siglo xv el proyecto para alcanzar la India y habría fundado la Escuela de Sagres, una escuela de marinos que supuestamente estaría en el origen de los descubrimientos marítimos –ambos asociados al tópico del carácter pionero de los portugueses en la expansión ultramarina.14

3. El principio dinástico de legitimidad del poder, hasta 1911, asociado a la religión dominante, con la religión católica como «Religión del Reino» (Carta Constitucional de 1826, artículo 6.º). Cabe destacar con todo que la legitimidad tradicional del Antiguo Régimen político, basada en el derecho divino, fue sustituida con la Revolución de 1820 por una legitimidad nacional, basada en una argumentación de carácter racional, como corresponde al liberalismo. Y a partir de la década de 1870, la difusión del republicanismo y la expansión de su influencia social, sobre todo en medios urbanos (funcionarios públicos, comerciantes, artesanos, obreros), cuestionó el principio del catolicismo como religión del reino, que fue sustituido por el principio de la soberanía popular, acelerándose entonces el proceso de secularización y de formación de élites laicas.

4. Aunque el republicanismo portugués decimonónico había mostrado una fuerte corriente federalista, la I República portuguesa (1910-26), influida por la III República francesa, adoptó una forma unitaria de Estado y el federalismo tendió a ser marginado. Fundamentado en un nacionalismo cultural en el que el componente historicista era destacado e influenciado por un positivismo mezclado con un espíritu cientificista muy difundido a finales del siglo XIX, algunos republicanos no fueron completamente inmunes a un vago idealismo espiritualista. Y, en cualquier caso, el republicanismo contribuyó fuertemente a la nacionalización cultural de los portugueses.

5. La representación geográfica del territorio evolucionó muy significativamente en la segunda mitad del siglo XIX, con mapas construidos a partir de método moderno de triangulación geodésica (el primero fue la Carta Geográfica de 1865).15 Pero la tardía estructuración del sistema estadístico (las estadísticas regulares del comercio exterior existen solo a partir de 1865, anuarios estadísticos desde 1875, encuestas industriales a partir de 1852, encuestas sobre el sistema escolar desde los años sesenta, etc.) se tradujo en un lento conocimiento de la nación. Sin olvidar que los medios de transporte y comunicación modernos (nuevas carreteras, red ferroviaria, telégrafo eléctrico, puertos y faros) fueron, aunque tardíamente, «instrumentos de construcción de otro territorio».16

6. Las élites de intelectuales y artistas se implicaron de un modo dinámico en el proceso de nacionalización cultural. Valgan, a título de ejemplo, los trabajos pictóricos de Domingos Sequeira centrados en la Asamblea Constituyente de 1821-22 (por ejemplo, el estudio de una «Alegoría de la Constitución de 1822» y los retratos de una serie de diputados), la misa de Réquiem en memoria de Camões (1819) del compositor Domingos Bomptempo, o el retrato de Luís de Camões (1853) por Francisco Metrass;17 el monumento a la memoria de Camões en el centro de Lisboa, inaugurado en 1867 con gran pompa en una avenida a la que se dio el nombre del poeta, el monumento a la memoria los Restauradores de la independencia nacional en 1640, erigido con fondos de la colonia portuguesa en Brasil (e inaugurado en 1886 en la Praça dos Resturadores, en Lisboa), o el estereotipo nacional Zé Povinho (1875), creado por el gran artista Rafael Bordalo Pinheiro para tipificar al portugués rural, analfabeto y generalmente sin espíritu de ciudadanía (a no ser en momentos de reacción contra la oligarquía dominante). La proliferación de monumentos públicos en Lisboa en la segunda mitad del siglo XIX contrasta con el poco interés por estos en España, como hicieron notar autores coetáneos como es el caso de Rafael de Labra. Sin embargo, solo un estudio comparado que todavía está por hacer podría esclarecer esta cuestión. Sea como sea, la erección de estatuas públicas en España no dejó de ser muy significativa en el periodo de la Restauración, de 1878 a 1914, aunque muy inferior a Francia en el mismo lapso temporal.18

7. La persistencia de un contrapunto en la construcción de la identidad nacional, con Castilla y luego con España como opuesto, a la par de una corriente de hispanofilia, más o menos viva entre las élites intelectuales, siempre manifestó una tendencia de sentido contrario, asociada al sentimiento del peligro español: la hispanofobia.19

Las guerras con Castilla o España siempre alimentaron el sentimiento de lealtad nacional y contribuyeron después a la afirmación del patriotismo y del nacionalismo en los siglos XIX y XX. En ellas se inventaron mitos como el de la Padeira de Aljubarrota –una mujer de carácter masculino y viril que, en 1385, durante la batalla de Aljubarrota, habría perseguido y matado a siete castellanos con una pala de panadero–. Esta oposición Portugal versus Castilla habría reforzado un sentido de cohesión nacional. Pero no debe llevarnos a olvidar la referida atracción por las culturas hispánicas que siempre se manifestó entre las élites portuguesas y que, entre muchos otros aspectos, se manifestó en el bilingüismo de diversos autores portugueses (hasta el siglo XVI) y en otras manifestaciones de hispanofilia –caso del iberismo y del hispanismo–. Una conciencia hispánica es muy evidente en la cronística medieval, en Os Lusíadas de Luis de Camões y en las grandes figuras de la literatura portuguesa del siglo XIX (Garrett, Herculano, Antero de Quental, Oliveira Martins). La primera obra de historia que intentó integrar la historia de Portugal y España en un marco transnacional y peninsular (un intento de História da civilización ibérica), realizada por el portugués Oliveira Martins, fue publicada en 1879 y tuvo gran éxito en España.20 En las obras de todos estos intelectuales, poetas e historiadores, se encuentran, con diferentes matices, el sentimiento y la idea de pertenencia a una doble identidad: portuguesa e hispánica o peninsular. Y, en ocasiones, la coexistencia de un patriotismo hispánico y de un patriotismo portugués (caso justamente del autor de la História da civilización ibérica). De ahí que no sea rara la inclusión de los portugueses en un «nosotros» ampliado: los hispánicos.

NACIÓN Y PATRIA

Por lo que respecta a la Europa occidental decimonónica, la nacionalización ha sido definida como «el proceso que conduce a la conversión de los habitantes en ciudadanos de un nuevo colectivo político-identitario: la nación. La nacionalización de los ciudadanos se ha logrado cuando la mayor parte de ellos tiene conciencia de participar activamente en un proyecto colectivo de futuro mejor y se siente vinculada a unos “intereses nacionales”».21 Puede discutirse si algún día será posible saber si la mayor parte de los ciudadanos de una nación europea del siglo XIX adquirieron consciencia de participar en el referido «proyecto colectivo» o adquirieron una conciencia de ciudadanía. ¿Y qué indicios de ciudadanía podríamos utilizar para observar ese proceso de nacionalización: participación en elecciones, tasa de alfabetización, tasa de escolarización? Estos indicadores tendrían su valor para evaluar las condiciones de movilización de los ciudadanos y la difusión de la cultura letrada. Con todo, no serían suficientes para llevar a cabo esa evaluación.

Conceptos como patria, nación y patriotismo conforman un discurso holístico y unitario de larga duración en la experiencia histórica portuguesa y estructuran un conjunto de cuestiones centrales para la comprensión de las sociedades que vivieron procesos de modernización en la Era de las Revoluciones, en la que la experiencia del tempo y su percepción se aceleraron. Todos ellos constituyeron referentes identitarios de gran relevancia en el discurso político ochocentista (y más tardíamente con el nacionalismo).22 Con todo, el lenguaje del patriotismo y del nacionalismo –y hay que mantener la distinción entre estos conceptos– estuvo lejos de expresar apenas un sentido unitario. En verdad, además de inclusión, los conceptos de patria y nación expresan también diversas exclusiones. Son, como veremos, frecuentemente usados en sentidos parciales. Como conceptos abstractos, llevan consigo una ilusión de permanencia. O fueron movilizados incitando a la acción en contextos muy diversos.

Se entiende, por tanto, que, en distintos momentos políticos e intelectuales de Europa del sur se haya proclamado la necesidad de «hacer España», de «hacer italianos» o reportugalizar a los portugueses.23 A eso se referían las palabras del liberal español Alcalá Galiano, que, en 1839, defendía la necesidad de «hacer a la nación española una nación, que no lo es ni lo ha sido hasta ahora».24 En el mismo sentido que la célebre frase «Hecha Italia hay que hacer a los italianos», atribuida al político del Piamonte Massimo d’Azeglio en 1861, aunque su verdadero autor es Ferdinando Martini y fue pronunciada ya a finales de siglo, en 1896.25 O también el comentario del novelista portugués Eça de Queiroz acerca de las biografías históricas que su amigo Oliveira Martins había publicado a principios de la década de 1890:

... han sido los Filhos de D. João I, y ahora, el Nun´Álvares lo que me ha hecho patriota. Con tu tratamiento reconstruyes la patria, y resucitas, con esos libros, el sentimiento olvidado de la Patria. Y no es poca cosa reportugalizar Portugal. Saldas además la deuda que nunca fue pagada de aquellos que hicieron Portugal. Otros están en el limbo oscuro, pidiendo igualmente su recompensa. Piensa en ellos.26

En este último caso, el de reaportuguesar, el prefijo re implica la idea de que ante una pérdida de características anteriores, habría que rehacerlas, que recuperarlas. Este sentido de regreso al pasado con la intención de recuperarlo para un próximo futuro estaría también presente en los movimientos culturales nacionalistas del siglo XIX y principios del siglo XX, la Renaixença en Cataluña o el Rexurdimento en Galicia. En Portugal, la asociación cultural Renascença Portuguesa, creada por Jaime Cortesão en 1911, en los inicios de la I República, no sería ajena a esta misma orientación. En ella se desenvolvió un vivo debate entre el ensayista António Sérgio y el futuro historiador Jaime Cortesão, centrado en las diferentes estrategias para promover el «resurgimiento nacional»: una, enraizada en la historia nacional y en la literatura como factor de nacionalización (Jaime Cortesão, Teixeira de Pascoaes, Augusto Casimiro), atribuía la desnacionalización de los portugueses al catolicismo tridentino y a la Compañía de Jesús; otra, muy crítica con el historicismo y la idea de que los portugueses estuvieran desnacionalizados, estaba más orientada hacia una renovación de mentalidades por medio de una educación volcada hacia el trabajo (António Sérgio). Otras instituciones (como las universidades creadas con la reforma de 1911 y la Sociedad Portuguesa de Estudios Históricos, la primera asociación de historiadores fundada también en ese año) tuvieron, entre otras, la intención de nacionalizar culturalmente a la sociedad portuguesa. Esta es una historia que dejo para un próximo estudio.27 Importa, con todo, volver a un siglo atrás.

Portugal vivió a principios del siglo XIX una experiencia histórica singular. Como consecuencia de la ocupación francesa de Lisboa en 1807, la capital del Estado portugués, el rey y la corte (acompañados de parte significativa de las élites políticas) se trasladaron a Rio de Janeiro.28 Se trató de una retirada estratégica que, salvaguardando la soberanía nacional y sus símbolos, fue, con todo, controvertida. Afectó de manera duradera al prestigio del entonces príncipe regente y después rey João VI. Se operó así una disociación entre el monarca y la nación, que sería subrayada por algunos teóricos del liberalismo y, posteriormente, del republicanismo: el rey habría «huido» a Brasil frente al invasor, una lectura predominante en la historiografía liberal y republicana hasta mucho más tarde. En verdad, se trató de una exportación de la institución del Estado con consecuencias significativas para la economía, pues condujo a una apertura de Brasil hacia el comercio internacional, de manera destacada hacia Inglaterra (1808-1810). Aello siguió el colapso del antiguo sistema colonial portugués y de una economía ausente en el comercio transatlántico. La resistencia a los invasores franceses, seguida de la tutela militar inglesa, contribuyó a la afirmación de un nacionalismo que dio forma al primer régimen liberal, coincidente en el tiempo con el trienio liberal en España (1820-23).29

Ciertamente, las amenazas externas han sido decisivas en la afirmación y difusión de los conceptos de patria, nación y patriotismo. Así sucedió en Portugal como en España, también con la afirmación de idearios nacionalistas liberales, articulados en torno al principio de la autodeterminación nacional. Hasta la invasión francesa de 1807 se usaban con más frecuencia los conceptos de monarquía y reino que el de nación. Monarquía y reino incluían el territorio europeo y también los territorios ultramarinos (como sucederá después en la Constitución portuguesa de 1822). En España como en Portugal «la monarquía abarcaba (...) toda la extensión de los dominios de Su Majestad católica», era «un enorme complejo pluricontinental».30 En Portugal, en el siglo XVIII y antes, la monarquía coincidía y se identificaba con el reino. En ocasiones se escribía «Monarquía y sus dependencias» (1732) o «Reinos y sus dominios» (1771).31 Lo que no ponía en cuestión el sentido unitario del Estado –en contraste con España, una monarquía compuesta que comprendía reinos y provincias.

Hasta las revoluciones liberales el concepto de nación era también usado, pero sobre todo restringido a los estamentos privilegiados. Era la nación de los nobles, no de la totalidad de los pueblos.32 Se estaba lejos de la identificación de la nación con el pueblo, como sucederá en el célebre ensayo de enero de 1789 de Sieyès, ¿Qué es el Tercer Estado? Este teórico francés oscilaba entre un concepto político y jurídico, el de la nación como «cuerpo de asociados que viven según una ley común y son representados por la misma legislatura», y un concepto primordialista: «la nación existe antes de todo, ella es el origen de todo. Su voluntad es siempre legal, es la ley misma. Antes que ella y por encima solo existe el derecho natural».33 Lo que no resulta demasiado sorprendente. En verdad, el de nación era un concepto ambiguo, y no es extraño que se usara indistintamente con el de patria. Sin embargo, por el contexto podemos percibir las diferencias.

En 1821, en el inicio de uno de sus textos más famosos, Almeida Garrett, introductor del Romanticismo y uno de los más destacados teóricos del pensamiento político liberal en Portugal, afirmaba triunfante: «Ya tenemos una Patria, que nos había robado el despotismo».34 Identificaba así patria con libertad y ciudadanía y se oponía al despotismo (aunque ya desde el siglo XVIII el concepto de patria evolucionaba hacia adoptar el sentido de Estado, es el caso de Jaucourt en la Encyclopédie). En ese sentido se había hablado de los «mártires de la Patria», aquellos que habían dado su vida por ella (caso de Gomes Freire de Andrade, ejecutado por los ingleses), portadores de la virtud res publicana. El mismo Garrett se aplicó a explicitar lo que entendía por nación: «Una reunión de hombres, cualquiera que sea su número, cualquiera que sea la extensión de su territorio, que tiene leyes, que tiene una forma de gobierno; he aquí lo que es una nación. La necesidad de ayuda mutua une a los hombres en familias; la necesidad une a las familias entre sí, forma las ciudades, constituye las naciones».35 Ambos conceptos (patria y nación) tienen una dimensión política. Pero en el caso de Garrett, más próximo a Jaucourt, Rousseau y el antes citado Sieyès, nación envuelve una idea de organización política y jurídica, una idea de estado, una ética.

Justo antes, en Portugal (y no solo en la Francia revolucionaria), en diciembre de 1808, en plena ocupación francesa, en una proclama de los gobernadores del Reino surgirá ya el concepto de «nación levantada en masa», nación en el sentido de pueblo unido y soberano de soldados-ciudadanos que vencería a un ejército enemigo de «mercenarios».36 Este era el concepto revolucionario de nación, movilizado ahora contra los franceses. Durante las invasiones francesas en Portugal (1807-1811), también los conceptos de patria y patriotismo se generalizaron en una abundante literatura panfletaria de resistencia contra los ocupantes, que eran calificados muy negativamente como «opresores», «usurpadores», «bárbaros» o incluso «judíos».37 Entre tanto, la resistencia a la ocupación napoleónica se desplegó sobre todo en nombre del trono y del altar, lo que no debe sorprendernos: en Portugal la influencia de los ideales liberales y, en particular, la influencia de los afrancesados era muy limitada, más limitada que en España.

Nación era a veces usada en sentido de imperio, donde se incluía a portugueses y brasileños, Portugal y Brasil comprendidos como partes de la misma monarquía, o sea del mismo Estado (ejemplo de ello fue el periodista Hipólito José da Costa, en 1814 redactor del Correio Braziliense). Al igual que la Constitución de Cádiz en relación con los españoles, la Constitución portuguesa de 1822 establecía que «La nación portuguesa es la unión de todos los portugueses de ambos hemisferios» (artículo 20) y que el territorio respectivo formaba el «Reino Unido de Portugal, Brasil y los Algarves», pasando después a detallar sus partes en los distintos continentes.38

El concepto de nación adquirió una evidente centralidad política en el contexto de las revoluciones del sur de Europa de 1820. Generalmente usado en un sentido abstracto, construido por las élites, fue siempre considerado el conceptoclave del lenguaje político, aunque a veces patria ocupaba ese lugar. Tal vez patria generaba un «mayor consenso que el de nación» (este último concepto tendrá mayor carga política, como sugiere Juan Francisco Fuentes para el caso de España).39 Es posible que así fuera en determinados contextos. Patria tenía una dimensión afectiva, emocional, más evidente que nación. Remite a su origen etimológico: pater (‘padre’), mientras que nación se refiere a nacimiento (natio). Ya Cicerón establecía una distinción entre una patria geográfica, natural (el lugar donde se nace, patria loci), y una patria de derecho, por ciudadanía (patria civitates).40 El uso de patria era en ocasiones más frecuente en el decenio de 1810 (sin embargo, como se ha señalado, se usó indistintamente con nación). Es la tierra de los padres, el origen y humus sacralizado, es la herencia (existe el deber de transmitirla). Como señala Fernando Catroga, ya sea cronológica u ontológicamente, nación es posterior a patria. De manera muy expresiva, remarcando el carácter precedente de patria, Ortega y Gasset dirá que «el patriotismo es ante todo la fidelidad al paisaje».41

Tal como patria, el patriotismo era también una virtud asociada a la libertad y al antidespotismo.42 Patria y patriotismo son palabras de las que todos los sectores políticos decimonónicos se apropian. Incitan a la acción. Contra los otros, los enemigos de la nación: castellanos, españoles, franceses y más tarde ingleses (contra estos, sobre todo en la crisis de 1890-91, cuando el Ultimátum británico que impidió la construcción de un gran imperio en el África austral desde la costa de Angola a la costa de Mozambique).

Había en todo ello una evidente politización de las palabras. Los liberales se identificaron a sí mismos como patriotas y a veces como revolucionarios, desde finales del siglo XVIII. El concepto de nación tenía un carácter más abstracto que el de patria (este último puede remitir a la tierra de los padres, mediando entre la esfera privada y la esfera pública nacional), lo que no impidió que a través de ella se hubiesen definido actitudes muy concretas. Lo cierto es que en la Constitución portuguesa de 1822 (art. 94), tal como en la Constitución francesa de 1791 y en la Constitución de Cádiz, cada diputado representaba a la nación y no «a la división que lo elige».43 La representación remitía al origen del poder, al todo nacional: a la nación.

INCLUSIÓN Y EXCLUSIÓN

Con todo, el concepto de nación también dividía. ¿A quién se incluía en la nación? ¿A los súbditos, a los ciudadanos, y quiénes eran estos? ¿Y quién era excluido? En Portugal, excluidos de la ciudadanía estaban los no católicos (también en España la nación era exclusivamente católica), los extranjeros y las mujeres (a las que no se hacía referencia). En la Constitución de 1822 no tenían derecho de voto los sirvientes, los «vadios» (los que podían ser definidos como vagos), los clérigos regulares y los analfabetos. En la Carta Constitucional de 1826 se establecía una distinción entre ciudadanos activos y ciudadanos pasivos. Los activos eran los que constituían las asambleas parroquiales para elegir a los electores de provincia (y estos a los representantes de la nación),44 mediante elecciones indirectas. De acuerdo con la Carta Constitucional que estaría en vigor hasta la Revolución republicana de 1910, tampoco podían ejercer el derecho de voto los menores de 25 años, criados de servir ni religiosos. No se hacía referencia a los «vadios». Pero tampoco podían votar los que tuviesen un rendimiento líquido anual menor de 100.000 reales (los miembros de las asambleas) y 200.000 reales (los electores de provincia). Era un criterio censitario, también adoptado en la Constitución de Cádiz (como también en las constituciones españolas de 1837, 1845 y 1876)45 y en otras constituciones europeas. El sufragio universal fue adoptado en Francia por la Convención, y después de 1848 en Suiza y también en la España del Sexenio democrático (y de nuevo en 1890), en Alemania en 1871 y, de nuevo, en la Francia de la III República.

En las elecciones municipales el criterio adoptado era igualmente censitario. Solo una escasa minoría participaba en las elecciones a mediados del siglo XIX.46 Entre 1878 y 1910, la tasa media de participación en las elecciones para elegir diputados en las mayores ciudades se aproximó, en el caso de Lisboa, o sobrepasó en el caso de Oporto el 50%. También en las elecciones para el parlamento, de acuerdo con el principio censitario –aunque el censo descendió a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, hasta 1895, y el electorado creció significativamente en relación con la población masculina censada, llegando a alcanzar el 18,8% en 1890–. Con todo, la participación era en general baja.47

¿Podría admitirse que este electorado representaba una comunidad cívica, atendiendo a los criterios en vigor de independencia y alfabetización (presente en el caso italiano en la legislación electoral de 1848 y de 1882)?48 La independencia, representada por el criterio económico, estaba lejos de corresponder a una independencia de voluntad política, pues los constreñimientos del caciquismo y del clientelismo condicionaban fuertemente a los electores. Por ello, no se puede decir que la práctica de voto coincidiese con una conciencia cívica. A pesar de estas limitaciones, que en otros términos persisten hasta hoy, las elecciones pudieron haber adquirido en la cultura política decimonónica una función de «unificación, de nacionalización, de socialización y de educación del ciudadano, en la acepción dada por J. Stuart Mill».49

En los debates entre absolutistas y liberales aparece muchas veces la palabra facción por oposición a nación para designar a los adversarios políticos, una cuestión ya presente en los Federalist Papers (1787-88), el conjunto de textos fundadores de la cultura política americana. ¿Para los liberales, los defensores del Antiguo Régimen político formaban parte de la nación? ¿O eran enemigos interiores? ¿Y el populacho, la plebe, los iletrados? En verdad, el concepto de nación era entendido generalmente en términos mucho más restrictivos que hoy.

Así pues, la nación implicaba una nueva forma de lealtad política, un nuevo «principio organizador» (como ha dicho Romanelli), objeto de culto que sustituía al rey, una figura más concreta. El nuevo culto a los héroes (padres de la patria, fundadores del nuevo régimen) sustituyó, en cierta medida, al culto a los santos. Pero sustituyó también a la veneración al monarca.

A lo largo del siglo XIX en Europa se definieron múltiples teorías de la nación. Dos de ellas tuvieron mayor difusión. La primera, el concepto contractualista de una nación-voluntad, nación cívica que resulta de la adhesión voluntaria de los ciudadanos (Sieyès, Tocqueville, Michelet, Mazzini) que comporta la transmisión del pasado pero que se abre también al futuro (Ernest Renan, Oliveira Martins). En segundo lugar, el concepto de nación-genio, una totalidad orgánica que corresponde a un corpus de lengua y raza dependiente más del pasado que del futuro, es un concepto organicista y romántico (Herder, Fichte).50

Entre los liberales portugueses –tal como en España– la idea de nación se fundamentó ampliamente en términos históricos. Se invocaban las antiguas Leyes Fundamentales (supuestamente establecidas en las Cortes de Lamego), se invocaba la dinastía, se ponía en valor la Edad Media e instituciones como los concejos y las Cortes. Es sintomático que la palabra Cortes continuó usándose durante el siglo XIX para designar el parlamento liberal. Al igual que en España, el llamado constitucionalismo histórico, que había sido olvidado en la construcción del estado absoluto, tuvo, sobre todo a partir del siglo XVII, una función legitimadora del Estado de gran relevancia. Usando los referentes conceptuales de R. Koselleck, podríamos decir que las expectativas de futuro de los liberales tenían que inscribirse en un campo de experiencia muy anterior, el periodo medieval. Y también así justificar la necesidad de intervención de las fuerzas armadas en la vida política, un ejército visto como salvador de la nación.

¿NACIONES GRANDES O PEQUEÑAS?

Otro debate recorre las culturas políticas occidentales y en él Portugal ocupó un lugar significativo. Podemos formularnos las siguientes preguntas conexas. En términos políticos y de administración pública, ¿eran más ventajosas las naciones grandes o las pequeñas? ¿Estados grandes o pequeños? ¿Y cuál debía ser el lugar de las pequeñas naciones en el marco internacional? Ya en Platón encontramos una clara adhesión a la ciudad pequeña, que no debería exceder los cinco mil ciudadanos. Tampoco Aristóteles se alejaba mucho de este ideal como condición de viabilidad de autogobierno.51 El problema estuvo en el aire en los inicios de la formación de los Estados Unidos de América. Por ejemplo, James Madison, en un célebre texto reunido en los Federalist Papers, consideraba que en un pequeño estado era más difícil (si no imposible) evitar los riesgos de que las facciones ocuparan el poder. Se mostraba así favorable a las grandes repúblicas, argumentando que estas tenían más opciones que las pequeñas, pues su heterogeneidad aumentaba la probabilidad de que fueran escogidos los representantes con mayores méritos.52 Evidentemente, tenía en mente la dimensión de los Estados Unidos de América, recientemente independizados de Gran Bretaña, y sus posibilidades de expansión hacia el oeste. La cuestión alcanzaría una mayor actualidad en la Europa que se siguió a la disolución del Imperio napoleónico y a la revolución francesa de 1830. Pequeños estados como Bélgica o Grecia emergieron en el mapa, el primero como obstáculo al expansionismo francés, el segundo como señal evidente de la descomposición del Imperio otomano, que seguiría más tarde, a partir de la década de 1870, con la emergencia de otros pequeños estados, como Serbia, Bulgaria o Rumanía. Pero la cuestión estaba lejos de ser resuelta.53 La teoría de las grandes naciones y el principio del umbral (threshold principle) estaban muy difundidos. La teoría tuvo eco en el Dictionnaire politique (1843), dirigido por Garnier Pagès, en el que se consideraba que Bélgica y Portugal no tenían viabilidad como naciones independientes. En el caso de esta última se defendía una solución iberista, una unión ibérica voluntaria, apoyada por Francia. El argumento era el del umbral: solo las grandes naciones con recursos materiales y humanos deberían subsistir.54 Era también el tiempo en que se difundían las ideas del economista G. Friedrich List, teórico del proteccionismo económico y uno de los inspiradores del Zollverein alemán.

Igualmente inspirado en el caso americano (aunque no solo), Alexis de Tocqueville defendía una idea muy diversa, llegando a afirmar que «... las naciones pequeñas han sido siempre la cuna de la libertad política». A su entender, gozaban de mayor bienestar y tranquilidad política. Además consideraba que el patriotismo no era más fuerte en las grandes repúblicas que en las pequeñas. Con todo, reconocía ventajas a los estados grandes: deseo de participación en el poder político más vivo en los ciudadanos comunes, circulación más libre de ideas, progresos más rápidos en las luces y en la causa de la civilización. En cierto sentido, sus reflexiones se aproximaban a las del founding father Madison: en las grandes naciones el gobierno dispone de más ideas generales, se libera más radicalmente de los hábitos anteriores y de los «egoísmos locales».55 Por razones distintas, Montesquieu y Rousseau se habían mostrado más favorables a los estados pequeños. Y es en esta línea en la que se sitúa el federalista catalán Pi i Margall: según su punto de vista, frente a las grandes naciones o estados tendía a defender que en los «pequeños pueblos (...) el Estado es para todos los ciudadanos un ser real que a todas horas ven y palpan; en los grandes una abstracción que apenas se les hace tangible más que en el pago de los tributos».56 Y añadía: «En una nación pequeña se conocen los hombres y se aman: el amor a los ciudadanos constituye el amor a la patria. En las grandes la patria es el suelo». Partidario de la federación de pueblos constituidos por gentes muy diversas, Pi i Margall idealizaba, con todo, las naciones pequeñas: «En los pequeños pueblos, sobre todo si están democráticamente regidos, el Estado y la sociedad se compenetran en todas sus partes y cuasi se confunden (...). En las pequeñas naciones, por el mismo hecho de estar más en contacto las ciudades, tardan más en corromperse las costumbres». En ellas sería más fácil la vigilancia de los ciudadanos sobre la administración pública y la justicia y sería más fácil hacer frente a la organización de servicios, problemas económicos, problemas políticos, etc. Por ello, como justificación señalaba que: «La sociedad es menos compleja, más compacta; y así, el Estado como el individuo encuentran en ella menos resistencia tanto para la acción como para la difusión de nuevos principios». Asimismo, Pi i Margall sugería que las pequeñas naciones facilitaban el conocimiento y el afecto entre los ciudadanos; por tanto, la construcción del espíritu de ciudadanía y la nacionalización cultural se acrecentaba. Y también se allanaba el camino hacia una organización federal de la humanidad. El sistema federal no era contradictorio con la conciencia nacional, antes bien pretendía ser un instrumento para facilitar la armonía entre las naciones. Por el contrario, las grandes naciones unitarias tenderían hacia el despotismo y la inestabilidad. No sorprende pues la visión positiva que tenía de Portugal y de su historia (aun reconociendo su estado de declive), llegando a considerar que «tiene cien veces más asegurados que nosotros la libertad y el orden».57 Se comprende así la recepción positiva que Las nacionalidades tuvo en Portugal, sobre todo por parte del republicanismo federal, como puede verse, a título de ejemplo, en el caso de Teófilo Braga,58 futuro presidente del primero Gobierno republicano portugués en 1910.

El problema de la dimensión de la nación fue tenido en cuenta en el prolongado debate sobre el iberismo en Portugal. En la reacción nacionalista a la formación de un gran estado ibérico, unitario o federal, inspirado en los ejemplos de grandes estados en vías de constitución en los decenios de 1850 y 1860 (Italia y Alemania), la legitimidad de Portugal como pequeña nación estaba a la orden del día. Pero algunos políticos e intelectuales vieron en esta pequeña nación un gran Portugal, de ahí la insistencia en la idea imperial expansionista según la cual Portugal construiría un gran imperio colonial en África, conectando Angola y Mozambique (anhelo que sería frenado en 1890 por Gran Bretaña), o las propuestas de federación con Brasil ya en el siglo XX.

En el debate internacional, por el lado portugués, más que del derecho a la existencia independiente de Portugal se trataba de mostrar sobre todo su viabilidad y de demostrar que la nación portuguesa no podía confundirse como tantos otros reinos europeos que habían perdido su autonomía a lo largo de la historia. Se invocaba sobre todo una historia de siete siglos de antigüedad, la continuada resistencia a la hegemonía de Castilla (antes referida), la constitución de un extenso imperio colonial –o sea una vocación expansionista y civilizadora–, una lengua y una cultura diferenciadas, una especificidad étnica (basada en una destacada influencia de los pueblos celtas), una geografía diferenciada (teoría siempre discutible) o un distinto «carácter nacional» en el marco peninsular.

¿En qué medida se conectan estas cuestiones con la nacionalización de los portugueses? En verdad, fue en ese prolongado debate público que tuvo lugar en los decenios de 1850 a 1870, y al hilo de las reflexiones anteriores que procedían de la primera generación de liberales exilada en Inglaterra y en Francia, donde se intensificó la reflexión sobre Portugal como nación, su lugar en Europa y su viabilidad como estado independiente. Pero antes de todo esto, Alexandre Herculano –el historiador portugués más prestigioso del siglo XIX– consideró la memoria histórica como el factor más importante en la construcción de la modernidad. Según sus palabras, la historia era una ciencia aplicada, útil para el presente. Útil de cara a la necesaria nacionalización de los portugueses y a la construcción de instituciones adecuadas a los nuevos tiempos: el Estado liberal. En 1843, exhortaba: «Dejemos que las memorias del pasado de la patria que tenemos sean el ángel de Dios que nos devuelva la energía social y los afectos sagrados de la nacionalidad». E incitaba a sus pares a estudiar el pasado, pues ese oficio era eminentemente ético y tenía también una dimensión religiosa, en el sentido original del término: «En el medio de una nación decadente, pero rica de tradiciones, el menester de recordar el pasado es una especie de magistratura moral, y una especie de sacerdocio. Ejerzámoslo los que podemos y sabemos; porque no hacerlo es un crimen».59

Herculano alimentaba una idea de nación-proceso, nación moderna que, en el caso portugués, se habría constituido a lo largo del tiempo, a través de la «revolución y por la conquista». Nación que no se podía explicar por los orígenes étnicos –los portugueses no tendrían nada en común con los antiguos celtas–, sino por la voluntad política de sus élites.60 El autor de la Historia de Portugal evitaba el anacronismo, consciente como era de que los conceptos de nación y patria no existían para los hombres medievales tal como eran entendidos en el siglo XIX. Herculano escribió las palabras antes transcritas con anterioridad al periodo de la Regeneración (1851-1890) y de los debates sobre la cuestión ibérica. Como otros historiadores contemporáneos suyos, contribuía con su obra a la nacionalización de los portugueses. Pero en un país escasamente industrializado, poco urbanizado y, como antes hemos señalado, con una población poco alfabetizada y poco escolarizada, esta nacionalización pasaba por muchas otras variables, entre ellas, por el amor a las patrias locales. Partidario de la descentralización administrativa y del municipalismo, Alexandre Herculano, en la senda de Tocqueville, fue ciertamente el más influyente apólogo del culto al patrimonio local como instrumento decisivo de construcción de la ciudadanía y también de nacionalización cultural.

Otro ejemplo, un poco más tardío, de reflexión sobre el concepto de nación fue Andrade Corvo,61 en un año de profundos cambios en Europa como fue 1870. Corvo adoptó una definición eminentemente política y cívica de nación que, anticipándose a planteamientos como el de la teoría electiva de Ernest Renan (1882), se ajustaba al caso portugués. Para Corvo:

Una reunión de hombres agrupados en un cierto territorio, constituyendo, por voluntad general, una entidad política, con unidad de gobierno, en lo que respecta a la manifestación y defensa de los intereses comunes, es lo que constituye una nación. La unidad del poder político, que representa y dirige los intereses comunes frente a los extranjeros, es una condición esencial para la existencia de una nación. El consentimiento de los pueblos es otra condición igualmente esencial. Las tradiciones y los lazos (...) de familia entre los habitantes de un territorio dado; las similitudes de carácter y de costumbres; las repugnancias o incompatibilidades más o menos profundas, resultantes de los elementos constituyentes de la sociedad o de las leyes, entre un pueblo y sus vecinos, son circunstancias que mantienen la separación entre las naciones, que contribuyen poderosamente a afirmar su autonomía y a asegurar sus derechos a la independencia.62

Para Andrade Corvo, Portugal reunía «todas las condiciones de una verdadera nacionalidad»: el carácter del pueblo, su patriotismo y el sentimiento enraizado de libertad e independencia. Pero Corvo era muy consciente de que la independencia no era algo adquirido para siempre, «se conquista a cada momento, por el uso de la libertad, por la ilustración, por el trabajo, por la civilización en definitiva». Así como la nación de Renan era un «plebiscito cotidiano» –esto es, un acto de adhesión y de ciudadanía diario– también el concepto dinámico de independencia de Andrade Corvo era un ejercicio diario de acción, aproximado al sentido que Hannah Arendt atribuiría a este término.63 Y sobre todo no ignoraba las debilidades nacionales; en una lúcida visión crítica sobre Portugal en 1870 afirmaba que:

La situación de Portugal es grave. Son grandes las dificultades que entorpecen la vida política de la nación. Confusión e incoherencia en los principios; gran desorden en las finanzas; deplorable debilitamiento de la autoridad, dentro de los límites de la Constitución y de las leyes; falta de confianza en la vitalidad del país, en sus capacidades políticas y económicas; un injustificable desaliento, tras el que se esconde una peligrosa indiferencia; la violencia más exagerada en las luchas entre los partidos, sin que ello corresponda ni al vigor de las convicciones ni a la osadía de los propósitos; tendencia funesta a menospreciar todo a todos; pasiones en vez de creencias; preconceptos en vez de ideas; negaciones en vez de afirmaciones, tanto en el terreno de los principios como en el de los hechos; desconfianzas en vez de esperanzas y falta de fe en la libertad, son causas de desorganización y ruina para una nación, por grande que sea su poder, por gloriosas que sean sus tradiciones.64

Andrade Corvo sugería además una explicación para el aparente alejamiento de una parte de la nación respecto de la cosa pública: hasta tal punto el sentimiento de libertad estaría enraizado que el pueblo no podía creer en la hipótesis de la pérdida de la independencia. Pero si un día estuviese amenazada, este «despertaría de su lastimoso entorpecimiento». Aquí se encuentra formulada la teoría que, pocos años después, Eça de Queiroz adoptaría en el cuento «A Catástrofe» (1878): el shock de una ocupación extranjera suscitaría la reacción y regeneración nacional. Con una diferencia, pues Eça sugería la terapia de la catástrofe como medio para la redención: morir para resucitar con renovadas energías. En este sentido, la nacionalización dependía de ese efecto de reacción ante la amenaza externa. Con todo, en 1870, Andrade Corvo admitía que ese despertar de la modorra nacional no llegaría ya a tiempo. A pesar de todo, era uno de los defensores más acérrimos de las virtudes de una nación pequeña como espacio para la libertad.

Andrade Corvo utilizaba indistintamente los conceptos de nacionalidad y de nación. Pero no era así en el caso de Oliveira Martins, que tenía cuidado en distinguirlos, empeñado como estaba en alejarse de los preconceptos patrióticos de la historiografía nacionalista entonces dominante en Portugal y en otras naciones europeas, incluida España. Para Oliveira Martins, nacionalidad era un «agregado de hombres a los que una tradición de ascendencia común da una base etnogénica». El autor de la Historia de Portugal y la Historia da civilización ibérica (1879) siempre insistió en que la independencia de Portugal no se podía explicar únicamente por el factor étnico, pues la nación no tuvo en su origen una unidad de raza (aunque algunos críticos de esta obra discreparon a este respecto, especialmente Teófilo Braga).65 En este sentido, Portugal no era una nacionalidad. En contrapartida, definía el concepto de nación como un «gremio de hombres que adquieren una cohesión orgánica, tradiciones, hábitos y voluntad o conciencia común, fuera cual fuera la composición de sus fundadores, aunque no tuviesen afinidad étnica, y ocupasen o no un espacio adecuado».66 También muy próximo a Ernest Renan, Oliveira Martins formuló un concepto de nación-conciencia, una nación moral que fuera portadora de una vocación cosmopolita, comercial y marítima. Sin todavía dejar de señalar una dimensión étnica: en la Historia de Portugal señalaba de pasada la mayor dosis de sangre celta de los portugueses respecto a otros pueblos peninsulares.67 Asimismo, en diversos pasajes de su obra hay sugerencias de cómo valoraba esta dimensión en la comprensión de la singularidad cultural portuguesa. Nación cívica y nación étnica no estaban pues tan distantes como podría pensarse, lo que ha sido subrayado recientemente por diversos historiadores.

¿Qué implicaciones podían tener estas diferentes teorías sobre la nación con respecto al proceso de nacionalización de los portugueses? Entre otras una se presenta como la más evidente: mientras que los defensores de la teoría política de la formación de Portugal consideraban que la regeneración de Portugal dependía de un esfuerzo colectivo de voluntad, los defensores de la tesis de una nación natural confiaban más en el progreso de cara a la restauración de las fuerzas nacionales en el marco de la secuencia de los tres largos siglos de decadencia. Para estos, la evolución estaba inscrita en una historia natural anterior a la constitución de la primera dinastía portuguesa y del estado independiente.

Cabe decir que fue, en gran medida, en el contexto de las prolongadas polémicas sobre el iberismo y de la independencia misma de Portugal en el que se afirmó de manera indiscutible una intención nacionalizadora. La Comisión 1.º de Diciembre, sociedad anti-iberista fundada en 1861 en el marco de esta coyuntura, intentó movilizar a los portugueses en torno a una idea nacionalista, reuniendo a intelectuales y políticos de diversas facciones y grupos sociales. ¿Fue eficaz socialmente? Todo indica que la movilización social que consiguió no habría ido más allá de las élites urbanas de la monarquía constitucional. En todo caso, el hecho de hacer converger a hombres de tendencias políticas muy distintas (incluyendo algunos miguelistas, partidarios del Antiguo Régimen) en torno a la memoria de la Restauración de 1640 prueba que había un sustrato de cultura nacionalista y un lenguaje de patriotismo suficientemente consensual para que este grupo de presión activase públicamente, por lo menos una vez al año (el 1 de diciembre), un ideario de nacionalización política y cultural.

Muchos de los partidarios de las soluciones iberistas de integración de Portugal y España en un gran espacio plurinacional –especialmente los republicanos federalistas, empezando por Henriques Nogueira– eran apologistas de la descentralización, del municipalismo y de la revitalización del patriotismo local. No obstante, tanto los defensores de la centralización como los del municipalismo estaban empeñados en la nacionalización de los portugueses. En lo que diferían era en los medios que proponían. Para los primeros, el patriotismo local sería un vehículo decisivo de revitalización de la nación y de la conciencia nacional, así como de defensa frente a la que percibían como amenaza de integración ibérica. Para los segundos, era el Estado el que debía ser el gran instrumento para construir la nación.

Se partía del supuesto de que los portugueses ignoraban su pasado como nación secular, y de que era necesario difundir la cultura escrita entre una población desconsoladoramente iletrada –en 1910 la cifra de analfabetismo todavía alcanzaba el 75%– y que solo por la vía de la instrucción (incluyendo la instrucción cívica) y de la cultura en general sería posible regenerar a la sociedad portuguesa. Otros, en el contexto de la ya referida Comisión 1.º de Diciembre, en 1870 llegaban al punto de considerar necesario entrenar militarmente a la juventud portuguesa para resistir a los intentos de fusión iberistas.

Por lo que respecta a los procesos de nacionalización, queda mucho por estudiar en lo referente al papel que las regiones desempeñaron, por iniciativa de las élites locales, por medio o no de los órganos de poder local. Notables locales, escritores y eruditos, eclesiásticos y funcionarios públicos tuvieron un papel significativo en la redacción de monografías locales.68 El asociacionismo laico o religioso, el teatro, la prensa y los medios de comunicación de masas que se difundirán en el siglo XX –cine, radio y televisión– fueron también formatos para la expresión de la cultura histórica y de los patrimonios regionales. Todo ello sin olvidar las transformaciones económicas y sociales operadas sobre todo a partir de finales del siglo XIX, con la migración hacia las ciudades (especialmente Lisboa y Oporto),69 y un proceso de industrialización aunque lento y tardío.

En la cultura política liberal portuguesa decimonónica, el de regeneración fue, como mostró Joel Serrão,70 un concepto clave. ¿Pero qué concepto de nación se adecuaba mejor al caso portugués? Los intelectuales portugueses más influyentes del siglo XIX, casi todos historiadores o escritores que utilizaban la historia (Garrett, Herculano, Teófilo Braga, Oliveira Martins), no tuvieron a este respecto una opinión unánime. Entre los conceptos de nación cívica y de nación étnica –o en otros términos, de nación-conciencia y de nación-natural– el debate se mantuvo abierto, prolongándose hasta el siglo XX.71

NOTAS FINALES

Un historiador portugués podía concluir que los usos de los conceptos de patria y patriotismo en los diccionarios de la lengua portuguesa han estado dominados por un sentido predominantemente cívico. Sin embargo, la dimensión etnocultural, lejos de estar ausente, «estuvo siempre presente».72 A finales del siglo XIX, al igual que en otras naciones europeas, como es el caso de Francia, tendió a afirmarse un nacionalismo cultural conservador y tradicionalista, de matriz étnica y cultural. Nación étnica pero también nación cívica fueron teorizadas en Portugal en prolongado debate que se extiende a lo largo del siglo XX.

En Portugal, ¿respondió el nacionalismo a una necesidad efectiva de homogeneidad, como sugirió en un iluminador estudio Ernest Gellner?73 No tanto de homogeneidad como de cohesión y movilización. Amenazas externas como la ocupación francesa, el Peligro español/iberista, o el Ultimátum británico de 1890 (que obligó a los portugueses a abandonar su proyecto de un gran Imperio de costa a costa en África Austral) estimularon el nacionalismo. Como, en otro sentido, sucedió en España.74 Con todo, la afirmación de este nacionalismo no correspondió en Portugal a una necesidad de resolver una crisis de identidad,75 sino a un imperativo de movilización y defensa contra amenazas externas.

El estado liberal desempeñó una función relevante en la nacionalización de la población, sobre todo a través de la escuela pública, del ejército y también de diversas estrategias de uniformización administrativa y burocrática. Pero no fue el único agente de nacionalización, como también se verificó en otros casos europeos, como España o Francia.76 No se puede decir en términos lineales y simplistas que en el caso portugués el Estado había creado una nación. Como hemos dicho, hubo organizaciones que emanaron de la sociedad civil y de las élites (academias, sociedades patrióticas, sindicatos, asociaciones mutualistas, asociaciones religiosas), que cumplieron, a este respecto, un claro papel dinamizador. La función nacionalizadora de este asociacionismo está en gran medida todavía por estudiar.

La sociedad portuguesa permaneció, durante la primera mitad del siglo XX, mayoritariamente rural, iletrada y poco movilizada cívicamente. Se comprende así que el tema de la decadencia estuviese en el centro de un discurso crítico y de una narrativa histórica liberal y laica muy difundida acerca de la situación del país en el siglo XIX. Regeneración, progreso y resurgimiento nacional fueron expresiones que se afirmaron como alternativa a esa idea o sentimiento de decadencia. Así como sucedió en España. Portugal no fue, a este respecto, un caso tan excepcional como autores de la época sugirieron (puede remitirse, a título de ejemplo, a Oliveira Martins, quien llegó a considerar Portugal una Turquía de occidente, mientras, por el contrario, el británico Raymond Beazley vio en Portugal un caso de éxito en la struggle for life en la Europa de las naciones). En verdad, la comparación con otras naciones de la Europa del sur, particularmente algunas regiones de España e Italia, sin olvidar la Europa balcánica, es fundamental para obtener una visión más profunda respecto a los procesos de nacionalización. Por ejemplo, para Galicia hay indicios de que esa nacionalización (en el sentido de españolización), por lo que respecta al entonces mayoritario mundo rural, habría sido escasa y lenta.77 Sin olvidar el caso de la propia Francia, que aún al inicio de la III República (hacia 1870), A pesar de una cierta unidad administrativa, como entidad nacional no podía considerarse integrada, ni desde el punto de vista material ni moral.78

En 1880, Oliveira Martins señalaba que Portugal, con su «existencia rural, provinciana, y de una vida bancaria cosmopolita», iba perdiendo «el carácter orgánico de nación».79 Cosmopolita por las actividades de circulación, Lisboa parecía no valorar las actividades productivas. ¿Quiere esto decir que la nacionalización de los portugueses fue comparable a la débil penetración de la idea de nación entre los campesinos gallegos? No lo creo. Pero mientras el estudio de esta cuestión no se amplíe al espectro de espacios de sociabilidad y la circulación de lenguajes de patriotismo, a la acción del asociacionismo emanado de la sociedad civil, a los efectos de la construcción de las modernas redes ferroviarias y viarias o a las reacciones sociales a la legislación liberal referente a tributación, a la uniformización de pesos y medidas o al reclutamiento militar, entre otros aspectos, no podremos establecer ideas definitivas en este campo.

Es cierto, y al contrario de lo que podría pensarse, que patriotismo y nacionalismo no conforman un lenguaje único, ni siquiera unitario. Y esto porque, como he señalado, se trata de un lenguaje político marcadamente ideológico que incita a la acción, un lenguaje de inclusión, sin duda, pero también de exclusión. Ha sido, por tanto, un lenguaje simultáneamente unitario y divisivo, movilizado por liberales (y también por partidarios del Antiguo Régimen político), y más tarde por republicanos y socialistas, iberistas y anti-iberistas. ¿Habrá sido esta diversidad de apropiaciones, que he esbozado en otro lugar,80 un obstáculo para la nacionalización cultural de los portugueses? No lo creo. En realidad, la diversidad de sentidos con que se expresó ese lenguaje no dejó de definir un substrato cultural común.

En Portugal las regiones no tuvieron el protagonismo social y político que alcanzaron en España y en otras naciones europeas. Con todo, en momentos históricos específicos tuvieron también un papel decisivo: puede mencionarse la revuelta popular de Maria da Fonte en 1845, que se extendió a partir del noroeste y que condujo a la caída del Gobierno centralista de Costa Cabral. Más tarde, en 1926, el pronunciamiento militar que dio origen a la Dictadura Militar (y después al Estado Novo de Salazar) partió de esa misma provincia: Braga, en el noroeste.

Como señaló Vitorino Magalhães Godinho, en Portugal no hubo problemas de identidad nacional. Portugal no fue, a este respecto y al revés que España, un problema.81 Tal vez por eso el proceso de nacionalización de los portugueses no haya sido estudiado y solo recientemente ha despertado la atención de historiadores y antropólogos. Las especificidades históricas y culturales de las regiones no constituyeron un obstáculo para la afirmación de una conciencia nacional, sino que fueron integradas en la construcción de la nación como un todo. Los desplazamientos de poblaciones de norte hacia el sur (acompañando la reconquista y después las migraciones de poblaciones trabajadoras para la agricultura y la industria en el sur) han contribuido a forjar un sentido de cohesión nacional. Puede así comprenderse la construcción de la nación portuguesa como una «convergencia lenta y diversa».82 Pero, como vimos, el lenguaje del patriotismo (y luego del nacionalismo) estuvo lejos de ser unánime. Múltiples conceptos de nación se confrontaron a lo largo de los siglos XIX y XX, como he señalado respecto a la nación natural (étnica) y a la nación conciencia (cívica). Además, si el Estado fue, sin duda, uno de los agentes promotores de la conciencia nacional y de una visión unitaria de todo lo que es la nación, también hubo momentos en los que contribuyó a la desmovilización de los ciudadanos. En 1895, la legislación electoral de João Franco redujo el electorado a la mitad. En 1913, la I República introdujo restricciones al sufragio que impidieron que los analfabetos pudieran ejercer el derecho de voto. Pero al cercenar la libertad de expresión y al instituir la censura obligatoria en 1926, la Dictadura Militar (1926-32) y después el Estado Novo (1933-74), marcados por un nacionalismo excluyente, ya en otros tiempos, establecieron obstáculos poderosos para la construcción de una sociedad de ciudadanos. Lo que evidentemente no quiere decir que estos regímenes autoritarios no hayan contribuido, a su modo, a la nacionalización de los portugueses. O de una parte de los portugueses.

(Traducción de Ferran Archilés Cardona y Marta García Carrión)

1. Eric Hobsbawm: Nations and nationalism since 1780. Programme, mith, reality, 2.ª ed., Cambridge, Cambridge University Press, 1993, p. 93 (trad. esp.: Eric Hobsbawm: Naciones y nacionalismos desde 1780, Barcelona, Crítica, 1991).

2. Nuno Gonçalo Monteiro: «Poder local e corpos intermédios: especificidades do Portugal moderno numa perspectiva histórica comparada», en Luís N. Espinha da Silveira (coord.): Poder central, poder regional, poder local. Uma perspectiva histórica, Lisboa, Cosmos, 1997, pp. 49-61.

3. Esta es también la perspectiva de Eugen Weber en su clásico estudio Peasants into Frenchmen. The modernization of Rural France, 1870-1914, Stanford, Stanford University Press, 1976: «the nation not as a given realtity but as a work-in-progress, a model of something at once to be built and to be treated for political reasons as already in existence» (p. 493).

4. Orlando Ribeiro: Portugal, o Mediterrâneo e o Atlântico, 8.ª ed., Lisboa, Letra Livre, 2011 (1945).

5. José Manuel Sobral: «O Norte e o Sul, a Raça, a Nação-Representações da Identidade nacional portuguesa, siglos XIX-XX», Análise Social, 171, Verano 2004, pp. 255-284.

6. David Justino: «Território e nação» (agradezco al autor que me haya permitido consultar este texto inédito).

7. También en Francia, teóricos monárquicos y contrarrevolucionarios como Charles Maurras defendieron la descentralización.

8. Fernando Catroga: «Natureza e história na fundamentação do municipalismo. Da Revolução Liberal ao Estado Novo», Estudos em homenagem a Luís António de Oliveira Ramos, vol. 2, Oporto, FLUP, 2004, pp. 409-414.

9. Véase Anne-Marie Thiesse: «Centralismo estatal y nacionalismo regionalizado. Las paradojas del caso francés» y Ferrán Archilés: «“Hacer región es hacer patria”. La región en el imaginario de la nación española de la Restauración», Ayer, 64, 2006, pp. 33-64 y 121-147.

10. Fernando Catroga: «Geografia e política. A querela da divisão provincial na I República e no Estado Novo», en Fernando Taveira da Fonseca (coord.): O poder local em tempo de globalização, Coimbra, Imprensa da Universidade, 2005, p. 176. Sin embargo, esta cuestión, como bien señala Fernando Catroga, carece de un estudio detallado.

11. Maria de Fátima Sá e Melo Ferreira: Rebeldes e insubmissos. Resistências populares ao liberalismo (1834-1844), Oporto, Afrontamento, 1995.

12. Luís N. Espinha da Silveira: Território e poder. Nas origens do estado contemporâneo em Portugal, Cascais, Patrimonia Historica, 1997, p. 113 y Pedro Tavares de Almeida: «A burocracia do estado no Portugal liberal (2ª metade do siglo XIX)», en Burocracia, estado e território. Portugal e Espanha (siglos XIX e XX), Lisboa, Livros Horizonte, 2007, pp. 56-57.

13. Paulo Silveira e Sousa: «A construção do aparelho periférico do Ministério da Fazenda (1832-1878)», en Burocracia, estado..., op. cit., pp. 156-157.

14. Véase mi estudio Sérgio Campos: «A historiografia portuguesa dos descobrimentos no siglo XIX», en Consciência histórica e nacionalismo, Lisboa, Livros Horizonte, 2008, pp. 53-71.

15. Rui Miguel Castelo Branco: O mapa de Portugal. Estado, território e poder no Portugal de Oitocentos, Lisboa, Livros Horizonte, 2003, pp. 123-124.

16. La expresión es de David Justino: «Território e nação», op. cit.

17. Cf. Arte Portuguesa do siglo XIX (pref. de José Augusto França), Lisboa, IPPC, 1988, pp. 69 y 131.

18. Ramón Villares y Javier Moreno Luzón: Restauración y Dictadura, Historia de España (dirs. Josep Fontana y R. Villares), vol. 7, Barcelona, Crítica/Marcial Pons, 2009, pp. 213-214.

19. Véase mi estudio Sérgio Campos: «Castilla y España en la Cultura Portuguesa del Siglo XIX», Alcores. Revista de Historia Contemporánea, 12, 2011, pp. 27-118.

20. La edición más reciente es J. P. Oliveira Martins: Historia de la civilización ibérica (estudio preliminar de S. Campos Matos), Pamplona, Urgoiti Editores, 2009, pp. IX-IXXXIX.

21. Borja de Riquer i Permanyer: «El surgimento de las nuevas identidades contemporáneas: propuestas para una discusión», en Anna Maria Garcia Rovira (ed.): ¿España nación de naciones?, Ayer, 35, 1999, p. 24. Pedro Ruiz Torres adopta un concepto muy próximo a este en «Política social y nacionalización a finales del siglo XIX y en las primeras décadas del XX», en Ismael Saz y Ferran Archilés (eds.): La nación de los españoles. Discursos y prácticas del nacionalismo español en la época contemporánea, Valencia, PUV, 2012, p. 16. Véase también Javier Moreno Luzón: «Introducción: El fin de la melancolía», en Javier Moreno Luzón (ed.): Construir España. Nacionalismo español y procesos de nacionalización, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2007, pp. 13-24.

22. Sobre la historicidad de estos conceptos, véase Fernando Catroga: «Pátria, nação, nacionalismo», Comunidades imaginadas, Coimbra, Imprensa da Universidade, 2008, pp. 9-39.

23. Recientemente, esta expresión ha dado título a un estudio de síntesis de Anne-Marie Thiesse: Faire les Français. Quelle identité nationale?, París, Stock, 2010.

24. Alcalá Galiano: «Índole de la revolución de España de 1808», apud Ramón Villares y Javier Moreno Luzón: Restauración y Dictadura, Historia de España (dirs. Josep Fontana y R. Villares), vol. 7, p. 206.

25. Raffaele Romanelli: Duplo movimento, Lisboa, Livros Horizonte, 2008, p. 121.

26. Eça de Queiroz, carta a Oliveira Martins, París, 26-04-1894, Eça de Queiroz: Correspondência (org. y anotaciones de A. Campos Matos), Lisboa, Ed. Caminho, 2008, vol. II, p. 262, el subrayado es mío. Sobre el movimiento en el sentido de «reaportuguesar» véase Rui Ramos: A Segunda Fundação, História de Portugal (dir. de José Mattoso), vol. VI, Lisboa, 1993, pp. 570-585.

27. Sérgio Campos: «A Renascença Portuguesa-consciência histórica e intervenção cívica (1911-1914)» (en prensa).

28. Jorge Couto (dir.): Rio de Janeiro, capital do império português (1808-1821), Lisboa, Tribuna da História, 2010.

29. El paralelismo entre la historia de Portugal y la historia de España ha sido señalado con frecuencia en la historiografía portuguesa desde la década de 1960. Además de las revoluciones de 1820, se ha señalado la guerra anterior contra la ocupación francesa, la coincidencia en el regreso de las monarquías tradicionales (1823), la instauración de los regímenes monárquico-constitucionales (1834), el papel decisivo que en estas y en otras coyunturas tuvieron las fuerzas armadas, el modelo de representación con sufragio censitario, la subordinación a un orden euroatlántico dominado por Inglaterra y Francia, la dialéctica regeneración/decadencia como tópico central en el discurso político y las afinidades entre las memorias nacionales, marcadas por el sentimiento de pérdida de imperios coloniales americanos. Véase Hipólito de La Torre Gómez (ed.): «Unidad y dualismo peninsular: el papel del factor externo», Portugal y España contemporáneos, Ayer, 37, 2000, pp. 11-35.

30. José M. Portillo Valdés: «Nación. España», en Javier Fernández Sebastián (dir.): Diccionario histórico del lenguaje político y social en Iberoamérica, Madrid, Fundación Carolina, Centro Estatal de Conmemoraciones Culturales, Centro de Estudios Políticos Constitucionales, 2009, p. 920.

31. Respectivamente, António Caetano de Sousa: História genealógica da Casa Real Portuguesa, Coimbra, Atlântida, 1946 (1732); Compêndio histórico do estado da Universidade de Coimbra, Coimbra, Régio Oficina Tip., 1771, y Sérgio Campos Matos: «Nación», Ler História, Lisboa, 55, 2008, p. 114.

32. Hagen Schulze: Estado e nación na história da Europa, Lisboa, Presença, 1997, p. 111 (trad. esp.: Hagen Schulze: Estado y nación en Europa, Barcelona, Crítica, 1997).

33. Emmanuel Sieyès: Que é o Terceiro Estado? (introd. de José Gil), Lisboa, Circulo de Leitores/Temas e Debates, 2008, pp. 78 y 139 (trad. esp.: Emmanuel Sieyès: ¿Qué es el Tercer Estado?, Madrid, Alianza, 1989).

34. Almeida Garrett: «O dia 24 de Agosto pelo cidadão J.B.S.L.A Garrett», Obra Política. Escritos do vintismo (1820-23), Lisboa, Estampa, 1985, p. 189.

35. Ibíd., p. 195.

36. Gazeta de Lisboa, 50, 9-12-1808, p. 3.

37. Sérgio Campos Matos: «A linguagem do patriotismo em Portugal: unidade e conflito, da crise do Antigo Regime à I República», en José Murillo de Carvalho, Miriam Halpern Pereira, Gladys S. Ribeiro e Mª João Vaz (eds.): Linguagens e fronteiras do poder, Rio de Janeiro, FGV Editora, 2011, p. 40. En los párrafos siguientes me he basado, en lo esencial, en este estudio y también en el ya citado «Nación», Ler História, Lisboa, 55, 2008, pp. 111-124.

38. Constitución de 1822, en Jorge Miranda: O constitucionalismo liberal luso-brasileiro, Lisboa, CNCDP, 2001, p. 68.

39. Juan Francisco Fuentes: «Pátria-Patriota. España», en línea <http://www.iberconceptos.net/>.

40. Fernando Catroga: «Pátria, nación, nacionalismo», op. cit., pp. 9-11.

41. Ortega y Gasset: Notas de andar y ver, apud Fernado Catroga: «Pátria, nación, nacionalismo», p. 21.

42. O Patriota, 16, 14-10-1820.

43. Jorge Miranda: O constitucionalismo liberal..., op. cit., p. 84.

44. Constitución de 1822, art. 63, en ibíd., p. 124.

45. Véase Carlos Dardé Morales: «Cidadania e representación política em Espanha 1812-1923», en Fernando Catroga y Pedro Tavares de Almeida (coords.): Respublica: cidadania e representación política em Portugal, 1820-1926, Lisboa, BNP, 2011, pp. 305-321.

46. Luís N. Espinha da Silveira, op. cit., p. 114.

47. Legislación eleitoral portuguesa 1820-1926 (org. e introd. de Pedro Tavares de Almeida), Lisboa INCM, 1998, p. 733, y Pedro Tavares de Almeida: «Eleitores, voto e representantes», Respublica: cidadania..., op. cit., p. 79.

48. Raffaele Romanelli: Duplo movimento, op. cit., p. 47.

49. Ibíd., p. 293.

50. Alain Renaut: «Postérité de la querelle entre Lumières et Romantisme: le débat sur l’idée de nation», Histoire de la Philosophie Politique, t. 3 Lumières et romantisme, París, 1999, pp. 366-376.

51. Fernando Catroga: «A constituionalización da virtude cívica», Revista de História das Ideias, vol. 29, 2008, p. 284.

52. Federalist Papers (ed. Clinton Rossiter, introd. Charles Kesler), Nueva York, Mentor Book, 1999, pp. 45-52 (trad. esp.: El Federalista, México DF, FCE, 1994).

53. Véase a este respecto Eric Hobsbawm: Nations and nationalism..., op. cit., pp. 30-41.

54. E. Duclerc: «Portugal», en Dictionnaire politique (introd. de Garnier Pagès), 2.ª ed., París, Pagnerre, 1843, p. 735. Cf. también, Elias Regnault: «Nation», ibíd., p. 625.

55. Alexis de Tocqueville: Da democracia na América, Lisboa, S. João do Estoril, Principia, 2001, pp. 198-199 (trad. esp.: Alexis de Tocqueville: La democracia en América, Madrid, Alianza, 2002).

56. Pi i Margall: Las nacionalidades (introd. de Juan Trias), Madrid, Biblioteca Nueva, 2002 (1877), pp. 107-108.

57. Ibíd., pp. 63-64.

58. Teófilo Braga: «Bibliografía. Las Nacionalidades por Pi y Margall», O Positivismo, vol. I, 1879, pp. 303-305 (también História das ideias republicanas em Portugal, Lisboa, Vega, s.d., 1880).

59. Alexandre Herculano: O Bobo, 24.ª ed., Lisboa, Bertrand, s.d., p. 13 (texto datado de 1843, inicialmente publicado en la revista O Panorama).

60. Alexandre Herculano: História de Portugal (introd. de José Mattoso), Amadora, Bertrand, 1980 (1846), pp. 81-83.

61. João de Andrade Corvo fue ministro de Portugal en Madrid (1869-70), ministro de Asuntos Exteriores (1871-78) y ministro de Marina y Ultramar (1872-77), en un Gobierno de Fontes Pereira de Melo.

62. Andrade Corvo: Perigos, Lisboa, Tip. Universal, 1870, p. 15. Los subrayados son míos.

63. Hannah Arendt: A condición humana, Lisboa, Relógio d’Água, 2001 (1958) (trad. esp.: Hannah Arendt: La condición humana, Barcelona, Paidós, 1993).

64. Andrade Corvo: Perigos, op. cit., p. 112.

65. Positivista, Teófilo Braga era muy crítico con respecto a la teoría de la nación-consciencia, en tanto en cuanto era defensor de la idea de que la nación era una entidad natural, anterior a la monarquía y se enraizaba en una diferencia étnica

66. J. P. de Oliveira Martins: Política e economia nacional, 2.ª ed., Lisboa, Guimarães, 1954 (1.ª ed. 1885), p. 44.

67. J. P. de Oliveira Martins: «A História de Portugal e os críticos», en História de Portugal (ed. crítica de Martim de Albuquerque e I. Albuquerque), Lisboa, INCM, s.d., p. 223.

68. Augusto Santos Silva: «Os lugares visto de dentro: estudos e estudiosos locais do séc. XIX português», en Palavras para um país, Lisboa, Celta, 1997, pp. 111-171.

69. José Manuel Sobral: Portugal, Portugueses: uma identidade nacional, Lisboa, Fundación Francisco Manuel dos Santos, 2012, pp. 57-79.

70. Joel Serrão: Da «Regeneración» à República, Lisboa, Livros Horizonte, 1990.

71. Sérgio Campos Matos: «História e identidade nacional: a formación de Portugal na historiografia contemporânea», Consciência histórica e nacionalismo, pp. 17-31.

72. Fernando Catroga: Ensaio Respublicano, Lisboa, Fundación Francisco Manuel dos Santos, 2011, pp. 28-29.

73. Ernest Gellner: Naciones y nacionalismo, Madrid, Alianza, 1988.

74. Enric Ucelay da Cal: «The historiography of catalanism», en Nationale bewegingen en geschiedschrijving, National movments and historiography, Amberes, Bijzonder Nummer van W. Tijdingen, 2005, p. 119.

75. Anthony Smith: A identidade nacional, Lisboa, Gradiva, 1997 (trad. esp.: Anthony Smith: La identidad nacional, Madrid, Trama Editorial, 1997).

76. Javier Moreno Luzón (ed.): «Introducción: el fin de la melancolía», Construir España. Nacionalismo español y procesos de nacionalización, p. 19 y Anne-Marie Thiesse: Faire les Français. Quelle identité nationale?, París, Stock, 2010.

77. Para el caso de Galicia, véase Justo Beramendi: «Algunos aspectos del nation-building español en la Galicia del siglo XIX», en Javier Moreno Luzón (ed.): Construir España. Nacionalismo español y procesos de nacionalización, pp. 25-57.

78. Eugen Weber: Peasents ninto Frenchmen..., op. cit., p. 485.

79. J. P. de Oliveira Martins: Portugal Contemporâneo, vol. III, Lisboa, Guimarães, 1953 (1881), p. 310.

80. «A linguagem do patriotismo em Portugal: unidade e conflito, da crise do Antigo Regime à I República», Linguagens e fronteiras do poder..., op. cit., pp. 36-54.

81. Vitorino Magalhães Godinho: «Os Portugueses em busca de si próprios», en Ensaios e estudos. Uma maneira de pensar, vol. I, Lisboa, Sá da Costa, 2009, pp. 97-99.

82. Jorge Borges de Macedo: «Unidade de poder e diversidade de situación nas áreas regionais em Portugal. Consequências metodológicas», en Álvaro Matos y Raúl Rasga (coords.): Primeiras jornadas de história local e regional, Lisboa, Colibri, s.d. [1993], p. 21.

EL DISCURSO NACIONAL ITALIANO Y SUS IMPLICACIONES POLÍTICAS (1800-1922)

Alberto Mario Banti Università de Pisa

1.

El nacimiento del Estado nacional italiano, que tuvo lugar en 1861, fue impulsado por un movimiento político que se había formado en la primera mitad del siglo XIX y que se identificaba, ya en la época, con el término de Risorgimento (que significa ‘resurrección’ o ‘renacimiento’). Se trató de un movimiento político atravesado por contrastes políticos bastantes rígidos (republicanos frente a monárquicos, demócratas frente a moderados, federalistas frente a centralistas). Sin embargo, estos contrastes fueron superados en nombre de la independencia de la nación italiana, un objetivo compartido por todos los elementos de un movimiento que, en el transcurso de los años que van de 1815 a 1861, reunió bajo su bandera a una notable masa de militantes y simpatizantes.

Como el movimiento nacional alemán estudiado por Mosse,1 también el italiano es fruto de una «nueva política». Una política que nace con la Revolución francesa y que, conceptualmente incluso antes que factualmente, pone en el centro del espacio público al pueblo/nación, depositario principal de la soberanía. Como en Alemania, también en Italia, el estilo político que se impone es el de la emoción, más que el de la racionalidad. Es un estilo que se basa en símbolos, narraciones y alegorías, y construye así una nueva «estética de la política». Una vía obligada si, además de evocar al pueblo/nación, también lo quiere ver actuar en carne y hueso.

Más de un nexo vincula la elaboración nacionalista decimonónica a la tradición del clasicismo y patriotismo de época moderna.2 Pero si hay una experiencia intelectual que preside el nacimiento del Risorgimento como un movimiento nacional-patriótico «de masas», esta es la experiencia del Romanticismo. De los muchos aspectos que, más o menos legítimamente, caracterizan la elaboración romántica, uno en concreto merece subrayarse: los intelectuales italianos que abordan la cuestión, y que tienen convicciones nacionalistas, se centran en seguida en una idea muy política de la producción estética, y lo hacen perfeccionando el tema de un arte para «el pueblo» (término que con mucha frecuencia no quiere decir más que «el mayor número posible de personas», especialmente de aquellas personas capaces de leer). Este es un proyecto que cobró actualidad debido al nuevo estatuto socioprofesional del literato en la Italia de la Restauración, un intelectual que si quiere vivir de su trabajo debe vender sus escritos al mayor número posible de lectores; pero los intelectuales próximos al movimiento nacional-patriótico (como Ugo Foscolo, Giovanni Berchet, Alessandro Manzoni, Giacomo Leopardi y otros muchos) atribuyen a este proyecto cultural un claro significado político: hablar al pueblo (es decir, al mayor número de personas posible), para empujarlo a un compromiso militante y convertirlo en nación.3

En efecto, el discurso nacional/patriótico, tanto en Italia como en Europa, toma cuerpo en primer lugar a través de la difusión de los materiales literarios y artísticos de diverso tipo (novelas, poesías, dramas teatrales, pinturas y, fundamentalmente, melodramas), y a través también de ensayos políticos, proyectos, estatutos y proclamas. Aun así, sin organización ni acción política, un «pueblo» no consigue expresarse como una comunidad nacional. El sistema que los líderes más lúcidos del Risorgimento tienen delante es dual; hace falta planificación política, sin duda, pero también hacen falta instrumentos que conviertan los asuntos de la nación en historias capaces de hacer latir el corazón, capaces de hacer hervir la sangre en las venas, de apasionar, hacer llorar y empujar a la acción. Y, de hecho, Giuseppe Mazzini, el más tenaz entre los líderes políticos del Risorgimento, que desde 1831 escribe «nosotros necesitamos a las masas», es también alguien que se ocupa constantemente de la literatura, la pintura y la música. Y cuando lo hace no es, sin duda, menos conscientemente político que cuando proyecta insurrecciones o funda asociaciones, como la Giovine Italia.4

2.

Sin embargo, movilizar a las personas para luchar contra el establishment y derrocarlo en nombre de un ideal inédito –la nación italiana– no es, en absoluto, una operación fácil. Si, a pesar de todo, centenares y centenares de miles de hombres y mujeres escucharon el discurso nacional, en la forma que adquiere desde principios del siglo XIX, es porque desarrolla efectos performativos potentes, que le son permitidos debido a su particular articulación interna. Esta –en el caso italiano, como en todo el nacionalismo europeo decimonónico– se construye a partir de algunas estructuras discursivas elementales que pertenecen a lo que podríamos llamar el espacio de las figuras profundas.5

¿Qué son, en este contexto, las «figuras»? Son las imágenes, los sistemas alegóricos, las constelaciones narrativas, que incorporan una tabla de valores específica, que se ofrece como la fundamental y da sentido al sistema conceptual propuesto.

¿Y por qué son «profundas»? Por dos motivos, porque tienen que ver con hechos «primarios»: nacimiento/muerte, amor/odio, sexualidad/reproducción; y porque las elaboran colocándose en un continuum discursivo que viene de siglos atrás, y en algún caso, de milenios. De ese espacio se recuperan figuras de larga o muy larga duración, que son oportunamente reelaboradas dentro de un discurso funcionalmente innovador. Y el valor de las «figuras profundas» está justo en su colocación en este continuum de valores, que produce imágenes muy conocidas y, al mismo tiempo, adaptables a los nuevos contextos discursivos, mientras la eficacia del sistema discursivo que las incorpora depende de la funcionalidad de las coherencias internas que le son propias.

¿Cuáles son, entonces, estas figuras?

3.

La primera es la figura del parentesco. A través de una imagen tan obvia y fácilmente accesible, se estructura una de las matrices que construyen el lenguaje nacional. Imaginar la nación como un sistema de parentesco, es decir, como una red de relaciones que se extiende hacia atrás, hacia las generaciones precedentes, que actúa en el presente con los contemporáneos y que se proyecta hacia el futuro de las generaciones venideras, significa esencialmente dos cosas:

a) Significa imaginar la nación como una «comunidad de descendencia», dotada de una genealogía propia o, si se prefiere, de una historicidad específica propia. A partir de este tipo de concepción, la reflexión sobre la historia y sobre los grandes hombres de la comunidad (Dante, Petrarca, Machiavelli, Parini) adquiere significado. Lo que vincula las acciones realizadas por las generaciones pasadas (la batalla de Legnano, las vísperas sicilianas, el duelo de Barletta, la defensa de Florencia, la revuelta de Génova, entre otras) al presente de la nación es tanto una concepción «figural de la historia»,6 como el hecho de que los grandes hombres o los combatientes del pasado pertenecen «por naturaleza» a la comunidad cuya historia han ilustrado.

b) Describir la nación como parentesco significa dar una enorme importancia al nexo biológico entre las generaciones y los individuos (de ahí el recurso –inicialmente «ingenuo», si se puede decir así– a términos como raza o sangre para caracterizar los nexos que vinculan las personas a la comunidad). En este caso, la fuerza evocativa de la figura profunda está en su definición de la nación como una comunidad biopolítica, o como una comunidad cuya esencia deriva no solo de la cultura y la historia, sino también de la «naturalidad» de la descendencia biológica.7

En efecto, la figura de la descendencia llega de la época moderna cargada de una condición política propia muy concreta. De hecho, las familias nobiliarias erigen sus pretensiones de superioridad jurídica y social en torno a la reconstrucción, incluso fantástica, de líneas genealógicas proyectadas a muy largo plazo.8 Y las casas reinantes erigen sus pretensiones de soberanía en torno a la coherencia de la sucesión genealógica. Lo que hay de diferente en la genealogía delineada dentro del discurso nacional es que esta pone el acento en la dimensión colectiva, relativamente igualitaria y «cognaticia», más que específicamente lineal. Se vincula, además, a la idea de un espacio territorial determinado que pertenece a la comunidad (la «tierra patria»). Y por eso no admite, desde el inicio, la dimensión interétnica o, más bien, internacional que, por ejemplo, es propia de las genealogías de las casas reinantes. Y así, para incluir a todos aquellos que comparten rasgos comunes –culturales, lingüísticos o conmemorativos–, se trazan unos límites rígidos que son, al mismo tiempo, territoriales, culturales y bioétnicos. Por obra de esta superposición de planos a lo largo del siglo XIX (en Italia, pero también en otros lugares de Europa), se asiste a la creación de una formación política híbrida, que descansa en leyes de nacionalidad rígidamente basadas en el ius sanguinis sobre todo, pero que también está guiada, al menos simbólicamente, por familias reinantes que, perseverando en la práctica tradicional de los matrimonios «internacionales», basan su legitimidad en líneas sucesorias «cosmopolitas».

En cualquier caso, en esta particular articulación del lenguaje nacional, se sigue utilizando una serie de «voces de archivo» que pertenecen al tradicional léxico político de la Europa del Ancien Régime (parentesco/genealogía/descendencia) que, sin embargo, se desplazan a un espacio semántico que tiene características e implicaciones muy distintas de las utilizadas en siglos precedentes.

Es una operación fructífera, en el sentido de que se presta a una multiplicidad de gemaciones metafóricas, a las que se recurre constantemente. La patria (término que evoca por sí mismo la cuestión parental) es declarada, metafórica e iconográficamente, como madre-patria; los grandes hombres del pasado, o los líderes políticos, son concebidos como padres de la patria; el vínculo entre contemporáneos se indica con el término revolucionario de fraternidad (y entre mujeres, de hermandad), donde el lema remite, al mismo tiempo, a la comunión de valores espirituales y a la posesión de lazos más oscuros e incuestionables; la familia se convierte constantemente en sinónimo de la comunidad nacional en su conjunto, o en un término que indica su núcleo fundacional mínimo.

4.

La concepción parental adquiere una fuerza aún mayor porque se coloca en una constelación funcional en la que tienen lugar otras figuras profundas. Y la segunda que nos sale al encuentro es la del sacrificio. Su enorme importancia radica en el hecho de que es esta la que considera propiamente al nacionalismo una experiencia sagrada, incluso religiosa, porque abre una vía –increíblemente llena de resonancias– a la comprensión y dignificación de la muerte. En un bellísimo ensayo sobre la «religión como sistema cultural», Clifford Geertz escribió que el sentido de un sistema religioso está en intentar dar orden a experiencias o imágenes que parecen imposibles de interpretar con instrumentos conceptuales de otra naturaleza, no metafísicos: «Cuando el aparato explicativo, el conjunto de modelos culturales comúnmente aceptados (el sentido común, la ciencia, la especulación filosófica, el mito) del que se dispone para tener un mapa del mundo empírico, fracasa irremediablemente al explicar ciertas cosas que reclaman una explicación, se suele producir una inquietud profunda».9 Y, entonces, interviene la religión para volver a poner orden en las cosas. Sin embargo, no es necesario interpretar la religión como un instrumento que edulcora las experiencias de la vida. Todo lo contrario. Si se considera que dos aspectos importantes de la vida, la enfermedad y el luto, están en el centro de la atención religiosa en general, también es necesario reconocer que los modos de tratar estas experiencias están orientados no tanto a exorcizarlas, como a incluirlas, a una y otra, en un sistema dotado de sentido: «En cuanto problema religioso, el problema del sufrimiento no es, paradójicamente, cómo evitar el sufrimiento, sino cómo sufrir, cómo hacer del dolor físico, del luto personal, de la derrota terrenal o de la contemplación impotente de la agonía ajena algo soportable, aguantable; algo, como decimos, sufrible».10

Ahora bien, las prácticas (discursivas y rituales) del nacionalismo del Risorgimento pretenden concebir la nación como una comunidad de combatientes, unida en un pacto sacramental común en nombre de una entidad parametafísica, la nación-patria. El punto crucial que santifica –es decir, que vuelve sagrada, fuera de cualquier posible discusión, pero objeto de fe– la acción política es la figura del sacrificio de uno mismo (es decir, el martirio, o sea, la muerte testimonial). Aquí es extraordinariamente importante el vínculo primario que se establece con la figura de Cristo y con todas sus variaciones metafóricas. Y este aspecto explica por qué la mayor parte de los héroes del nacionalismo del Risorgimento son, en cierto sentido, héroes tristes, consagrados a la derrota, encuadrados en historias de vida que no tienen o no pueden tener un happy ending. He aquí, pues, la serie de los martirios nacionales, que en todas partes se representa con los mismos personajes, guerreros que si no han dado su vida por la causa de la nación, han mostrado que están listos para hacerlo.11 Bajo esta luz se entiende también la fascinación ejercida, mucho más allá de los límites de Italia, por un hombre como Garibaldi: un buen héroe, valiente y noble, pero políticamente –por no decir militarmente– un perdedor.


Fig. 1. Retrato de Garibaldi en 1850 trans-figurado en Redentor para eludir la censura, prensa, 1850, Roma, Museo centrale del Risorgimento.

Una litografía de 1850 (figura 1), que representa al héroe con la apariencia de un Cristo bendiciendo, ilustra bien el sentido de la relectura cristológica de la figura del héroe. Giuseppe Garibaldi, que ha combatido heroicamente, aunque sin éxito, por la defensa de la República romana en 1849, y que durante la fuga posterior ha perdido trágicamente a su mujer Anita, es retratado como un Cristo patriótico, bueno y triste porque sufre (la mano que bendice lleva, claramente, el signo del estigma).

En este caso, la imagen establece un vínculo directo y positivo entre la epopeya del nacionalismo del Risorgimento y la cristología, una solución de la mitografía que, en los años siguientes, no abandona ya la representación de la figura de Garibaldi.12

Parece que, a partir de este núcleo esencial, se construye la sacralización de la nación, demostrada de forma tan evidente por el léxico del nacionalismo, que incesantemente habla de misión, regeneración, apostolado, fe, resurrección (este es el significado originario de Risorgimento), guerra santa y cruzada. Este núcleo primario, pues, puede ayudar a dar sentido a una serie de importantes connotaciones posteriores del discurso nacional que, de otro modo, podrían seguir siendo enigmáticas. La importancia del culto a los muertos y, en general, el carácter mortuorio del discurso nacionalista encuentra aquí su raíz, en este contacto sagrado con la experiencia de la muerte. La exhibición de la muerte y los muertos de la nación, a través de las estatuas (la «estatuomanía» es un fenómeno específicamente nacionalista),13 puede ser interpretada como una elección que, a través de la representación mimética, quiere evocar la presencia de los héroes, de los grandes hombres y de los padres de la patria, en fin, de los muertos y su testimonio, llevándolos permanentemente a la comunidad de los vivos. También es necesario añadir que los sistemas sagrados ofrecen un cuadro explicativo/ennoblecedor no solo para dar cuenta de la muerte de uno mismo, de los seres queridos, de los miembros de la propia comunidad, sino para explicar y volver aceptable la muerte del «otro» (el diferente, el enemigo, el extraño), cuando esta se produzca de forma «sacrificial» por el bien de la comunidad. Una elaboración conceptual parecida es absolutamente esencial para un discurso como el nacionalista, que parece manifestarse siempre a través de la valorización de la violencia y la guerra. Sin duda, para los cronistas del nacionalismo, se trata siempre y, en cualquier caso, de guerras «justas», por la «defensa» de la patria o la consecución de sus intenciones legítimas. Pero el hecho es que, también en la Italia del Risorgimento, se impone una idea marcial de la comunidad, guiada por líderes y soberanos vistos, principalmente, como jefes de una comunidad guerrera.

5.

La constelación simbólica se completa con una tercera figura profunda, polimorfa e identificable con los términos de honor/virtud, cualidades que definen de forma particularmente asimétrica el perfil de los géneros admitidos por la comunidad nacional. En primer lugar, en el discurso nacionalista del Risorgimento, las identidades de género tienen una articulación puramente diádica: varón y hembra heterosexuales; y de manera explícita no se contempla nada más.

El énfasis sobre el carácter normativo de la heterosexualidad se propone, en las poesías o novelas del Risorgimento, a través de la narración del difícil encuentro entre el héroe y la heroína de la nación que, en el momento mismo en que deben intentar superar los obstáculos que se interponen en su matrimonio, han de intentar también hacer frente a los obstáculos que impiden una feliz vida de la nación. En otras palabras, en el imaginario del Risorgimento, amor romántico y amor patriótico se superponen, desde aquella obra genial y fundamental que es Las últimas cartas de Jacopo Ortis, novela epistolar de Ugo Foscolo, publicada en 1802. Impulsos rebeldes animan una y otra pasión: el amor romántico empuja a luchar contra las convenciones de los matrimonios concertados, hacia la plenitud del amor pasión; el amor patriótico induce a rebelarse contra aquello que impide u obstaculiza la vida de la nación. La razón fundamental que está en la base de todo ello no es solo una simple emotividad sentimental, sino la tesis según la cual la culminación de una relación amorosa feliz es la condición necesaria para una reproducción plena y constante de la comunidad. En este modo de manifestar el amor romántico hay una preocupación de carácter claramente biopolítico, que deriva de la concepción parental de la nación. Si lo que justifica la esencia de una nación es la existencia de una línea genealógica coherente, es necesario que esa línea se conserve y se proteja. Y, precisamente, en torno a las exigencias de protección de la línea genealógica intervienen los valores de honor/virtud, cuyos contenidos son diferentes según se observe el componente masculino y femenino de la comunidad.

Los héroes varones deben ser capaces de defender, arma en mano, la libertad y el honor de la nación. En las narrativas nacionales, su contacto con el sacrificio (personal o de los enemigos) se produce solo y exclusivamente dentro de un contexto bélico. Y desde finales del siglo XVIII, este aspecto del discurso nacional, alimentado por la retórica de la «nación en armas» y por la realidad del reclutamiento obligatorio (introducido por el ejército revolucionario y napoleónico, y recuperado por la experiencia del voluntariado democrático de mediados de siglo), hace que los héroes de la mitografía nacional ya no sean considerados únicamente la expresión de una reducida élite combatiente, sino que sean imaginados como la quintaesencia de la masculinidad nacional. Por el contrario, a las figuras femeninas se les reservan tareas de naturaleza diversa, de asistencia, ayuda o soporte ideológico a los hombres que luchan por la libertad de la nación; y, sobre todo, se les pide un comportamiento sexualmente virtuoso, marcado por una rigurosa castidad monogámica. Válido para todo el nacionalismo del siglo XIX, este tipo de retórica asume características particularmente profundas en el caso italiano, donde los intelectuales y los líderes nacionalistas deben combatir el doble estereotipo que los viajeros y viajeras de otros países europeos han proyectado sobre la sociedad italiana de la época moderna, a la que han descrito como compuesta por hombres que no saben luchar y por mujeres de escasa virtud y costumbres relajadas.14 Por esto, el tema del honor/virtud toca una cuestión muy delicada que es utilizada a menudo; por esto, la narración de las agresiones sexuales, llevadas a cabo por enemigos extranjeros o traidores, se pone en juego con tanta frecuencia, para recordar la necesidad de que los hombres estén preparados para defender a sus mujeres, las cuales se consideran invariablemente preparadas para resistir estoicamente, hasta el propio sacrificio, cualquier ofensa infligida a su honor.

6.

Después de 1861, el discurso nacional construido en el Risorgimento sigue dominando la cultura y la mentalidad de las élites políticas italianas. Un coro unánime de voces, de políticos e intelectuales, interpreta las estructuras constitucionales del nuevo Reino de Italia como expresión de un sujeto compacto –la nación italiana–, descrito a través de un montaje recurrente de las figuras simbólicas que acabamos de describir. Y sobre todo después de 1876, es decir, después de que la izquierda liberal llegue al poder, las figuras simbólicas del discurso nacionalista invaden integralmente el espacio público, a través de los rituales públicos, de los monumentos y de los programas escolares para las escuelas elementales y superiores. La idea de la nación italiana está rodeada de un aura de positividad que le confiere las características de una religión civil. La fuerza de este discurso es tal que supera los circuitos comunicativos oficiales, para imponerse incluso en la dimensión de la narrativa de entretenimiento. El mejor ejemplo que se puede dar viene de la novela de mayor éxito en la Italia posterior a la unificación, Corazón, de Edmondo De Amicis, publicada en 1886. La novela tiene la forma de un diario que el autor imagina escrito por un alumno de una escuela elemental de Turín. En el diario, el pequeño Enrico cuenta lo que le ocurre en el curso escolar de 1881-1882, sus amistades, desventuras, dolores y alegrías. Todas estas vivencias están enmarcadas dentro de una exaltación constante de los valores nacional-patrióticos, confiada a las lecciones del maestro o a las páginas que el padre de Enrico añade al diario para explicarle cuestiones cruciales en su formación. Así, por ejemplo, en una página titulada «El amor a la Patria», el padre de Enrico le explica qué es la patria y por qué es importante amarla:

Puesto que el cuento del Tamburino te ha conmovido, fácil te será escribir esta mañana la redacción sobre el tema del examen: «¿Por qué se ama a la Patria?». ¿Por qué quiero a mi Patria? ¿No se te han ocurrido en seguida cien respuestas? Amo a mi Patria porque mi madre ha nacido en ella, porque sangre suya es la que corre por mis venas, porque es la tierra donde están sepultados los muertos por los que reza mi madre y a los que venera mi padre, porque la ciudad donde he visto la luz, la lengua que hablo, los libros que me instruyen, mi hermano y mi hermana, mis compañeros, el pueblo del que formo parte, el bello paisaje que me rodea, cuanto veo, lo que amo, lo que estudio y lo que admiro pertenece a mi Patria. ¡Tú no puedes sentir todavía ese gran afecto en toda su intensidad! Lo sentirás cuando seas un hombre, cuando retornes a ella tras un largo viaje, después de una prolongada ausencia, y asomándote una mañana desde la cubierta del buque, contemples en el horizonte las grandes montañas azules de tu país; entonces lo sentirás con el ímpetu de ternura que te llenará los ojos de lágrimas y te arrancará un grito. Lo advertirás en alguna gran ciudad lejana por el impulso del alma que, entre la desconocida multitud, te llevará hacia un trabajador desconocido, al que, pasando, le habrás oído decir alguna palabra en tu propia lengua. Lo sentirás en la dolorosa y profunda indignación que te hará subir la sangre a la cabeza, cuando de la boca de algún extranjero salgan expresiones injuriosas para la tierra que te vio nacer, y con mayor violencia y alteración todavía si la amenaza de un pueblo enemigo levanta una tempestad de fuego sobre tu Patria y veas el desasosiego por doquier, a los jóvenes que acuden en masa a tomar las armas, a los padres besar a sus hijos gritando: «¡Adiós! ¡Volved victoriosos!». Lo sentirás con insuperable júbilo si tuvieres la dicha de presenciar en tu ciudad los regimientos diezmados, cansados, con el uniforme destrozado, con aire terrible, con el brillo de la victoria en los ojos y las banderas atravesadas por las balas, seguidos por un número interminable de valientes que llevarán sus cabezas vendadas y brazos sin manos, entre una multitud enfervorecida por el entusiasmo, que los cubrirá de flores, de bendiciones y de besos. Entonces comprenderás lo que es el amor a la Patria, Enrico. La Patria es algo tan grande y sagrado, que si un día te viese regresar salvo y sano de una batalla en la que te hubieses hallado, por haberte escondido para conservar la vida, a pesar de ser carne de mi carne y alma de mi alma, yo, tu padre, que te recibo con tanta alegría cuando vuelves de la escuela, te acogería con la angustia de no poderte querer, y moriría con ese puñal clavado en el corazón.

TU PADRE15

A finales del siglo XIX, la mística biopolítica y sacrificial, tan bien ilustrada desde las páginas de Corazón, impregna los más diversos medios, las más variadas soluciones estilísticas y las más diferentes opciones políticas, moviéndose entre el cine, la poesía, la literatura, la escuela y las ritualidades públicas.

Uno de los ejemplos más impresionantes de la invasión de esta retórica lo ofrece una de las primeras películas producidas por una casa cinematográfica italiana, Il piccolo garibaldino, una película comercial, difundida en las salas cinematográficas del Reino en diciembre de 1909.16 La película narra la historia de un chico que, viendo a su padre partir voluntario para combatir con Garibaldi, sueña con unirse a él y luchar junto al «héroe de los dos mundos». Después de armarse de valor, el joven prepara sus cosas (un uniforme de garibaldino, una bandera italiana y una pistola), las mete en un saco y, después de despedirse silenciosamente de su madre y su hermana, que duermen, se aleja de la casa en el corazón de la noche para dirigirse a un puerto, donde encuentra una barca que lo conducirá al escenario de la guerra. Cuando llega al campamento de los garibaldinos, su padre lo acoge con entusiasmo, orgulloso de tener un hijo tan valiente; y junto a él y los otros compañeros, el muchacho se prepara para el bautismo de fuego. Mientras se libra la batalla, él está ahí, intrépido, preparado para combatir valientemente al lado de su padre. Pero en un momento en que se exhibe demasiado ante el fuego enemigo, una bala le alcanza. Es un golpe mortal. Su padre está desesperado, pero el muchacho ve pasar a Garibaldi, y casi despreocupándose del dolor de su progenitor, pide que lo lleven junto al héroe que, con la espada, hace un gesto parecido a una bendición. Después, se desploma en el suelo, sin vida. Y así llegamos a la secuencia final, la más desgarradora y la más densa. La escena se abre en el salón de la casa del pequeño garibaldino, donde se encuentra la madre, desesperada por la muerte de su joven hijo. De repente, la pared del fondo se abre y aparece una imagen: sobre una especie de pedestal se encuentran una alegoría femenina de Italia y el pequeño garibaldino. Ambas figuras están serenas, casi impasibles, y miran hacia la madre; esta, desconcertada, observa la visión con una mezcla de alegría y consternación. En ese momento, el pequeño garibaldino desciende del pedestal y, en el centro de la habitación, se abre la camisa y muestra una pequeña herida en el costado. La madre se le acerca, primero besa la herida y después besa la cara de su hijo. Él la mira sereno, mientras el subtítulo recita: «Mamá, mira: ¡he muerto como un soldado!». Después de esto, con gestos comedidos, el joven se aleja de la madre biológica para volver a subir al pedestal, donde la madre simbólica, Italia, lo acoge maternal y solícita, bajo su manto que no es otro que el tricolore.

El clímax de la escena se construye a través del contraste entre dos actitudes emotivas completamente opuestas. Por un lado, encontramos a la madre rota por el dolor, que llora y se desespera por la muerte del hijo; por otro, las apariciones de Italia y del pequeño garibaldino, que se caracterizan por una sagrada impasibilidad frente al dolor y la muerte. Cuando desciende del pedestal, el pequeño garibaldino se convierte en una especie de Cristo niño, cuya herida mortal, besada por la mater dolorosa, se convierte en el símbolo de la positividad del sacrificio. La apoteosis de esta mística sacrificial está marcada por la mirada estática y tranquila del pequeño héroe que, dejando a su afligida madre terrenal con la conciencia de haber realizado un acto glorioso, vuelve con su madre trascendente, la alegoría de Italia, que es impasible y hospitalaria al mismo tiempo cuando lo acoge con su abrazo bajo su manto-bandera.

La película Il piccolo garibaldino elige la vía de un medio de comunicación de masas para difundir la palabra nacional-patriótica. Si nos fijamos bien, esto no es un caso aislado. Si repasamos un listado, incluso parcial, de los títulos de las películas proyectadas en las salas a principios del siglo XX, nos damos cuenta de que estamos en el centro de un amplio continuum discursivo, que mucho toma prestado de la obra de referencia fundamental que, como se entiende por los títulos, es indudablemente Corazón; que mucho se inspira en la epopeya garibaldina, y que mucho utiliza de la mitografía más general del Risorgimento: Cuore e patria (Cines, 1906); Mario Caserini, Garibaldi (Cines, 1907); Il Fornaretto di Venezia (Cines, 1907); Piccolo cuore (Aquila Films, 1907); Mario Caserini, Pietro Micca (Cines, 1908); Il piccolo cuore (Itala Film, 1908); I carbonari (Itala Film, 1908); Il piccolo spazzacamino (Rossi & C., 1908); Esercito italiano: I Carabinieri Reali-primera serie (Cines, 1909); Esercito italiano: Artiglieria, Plotone grigio-segunda serie (Cines, 1909); Esercito italiano: Artiglieria da fortezzatercera serie (Cines, 1909); Esercito italiano: Genio militare. I pontieri-cuarta serie (Cines, 1909); Il piccolo garibaldino (Cines, 1909); Mario Caserini, Anita Garibaldi (Cines, 1910); Mario Caserini, Il dottor Antonio (Cines, 1910); La battaglia di Legnano (Cines, 1910); Per la patria-Epopea garibaldina (Cines, 1910); Garibaldi a Marsala (Cines, 1910); Eroico pastorello (Cines, 1910); I piccoli esploratori italiani (Co-merio, 1910); Il tamburino sardo (Cines, 1911); Il piccolo patriota (Milano Films, 1911); Luca Comerio, Dolorosi episodi della guerra Italo-Turca (1911); Luigi Maggi, La lampada della nonna (1913); Eleuterio Ridolfi, Il dottor Antonio (1914); Emilio Ghigne, Ciceruacchio (1915); Il piccolo scrivano fiorentino (Film Artistica Gloria, 1915); Il piccolo patriota padovano (Film Artistica Gloria, 1915); Il tamburino sardo (Film Artistica Gloria, 1915); Sangue romagnolo (Film Artistica Gloria, 1916); Dagli Appennini alle Ande (Film Artistica Gloria, 1916); Valor civile (Film Artistica Gloria, 1916).17

7.

En las décadas posteriores a la unificación, pues, el discurso nacional encuentra sus medios, sus intérpretes y sus narrativas, que son narrativas extremadamente positivas y que imponen el discurso nacional-patriótico como el credo público de la Italia liberal.

No se puede decir lo mismo de otro aspecto esencial de la estructura constitucional del Reino de Italia, la representación parlamentaria. Aquí se plantean tres cuestiones que merecen atención:

a) la primera es que las prácticas clientelares, que son propias del sistema político liberal italiano, así como de otros contextos políticos de la Europa contemporánea, parecen contradecir dramáticamente la nobleza y la sacralidad del credo nacional-patriótico, arrojando una sombra de descrédito sobre la dignidad de la representación parlamentaria;

b) la segunda es que la misma lógica de la representación parlamentaria parece chocar con la razón más profunda del credo nacional-patriótico. Más de un autor considera los partidos, o las divisiones políticas, como algo que entra en contradicción con el deber del organicismo, o de la cohesión nacional, que son un imperativo esencial del discurso nacional-patriótico;

c) el problema empieza a hacerse evidente cuando también la retórica antiparlamentaria encuentra sus narrativas de amplia difusión, pero que invariablemente son narrativas de tono negativo. Los poemas de Giosuè Carducci –uno de los intelectuales más reputados de la Italia de finales del siglo XIX–, los artículos de la Cronaca Bizantina, los numerosos ejemplos de «novela parlamentaria» o las sofisticadas obras teóricas de Gaetano Mosca o Vilfredo Pareto contribuyen a concentrar, en torno a las elecciones y a la representación, un discurso caracterizado por acentos tan sistemáticamente críticos que impiden que el Parlamento se convierta en un símbolo positivo de pertenencia a la comunidad nacional italiana.18

8.

El punto de conexión entre el discurso nacional-patriótico y el discurso antiparlamentario parece hacerse particularmente evidente en mayo de 1915, cuando en Italia el debate público sobre la participación en la Primera Guerra Mundial alcanza momentos de un paroxismo impresionante. Una aportación decisiva para el debate la ofrece otro famoso poeta italiano, Gabriele D’Annunzio, que el 5 de mayo de 1915 pronuncia en Quarto, en los alrededores de Génova, un discurso de particular intensidad. El poeta está allí para inaugurar el monumento a Garibaldi, realizado por el escultor Eugenio Baroni. Pero también está allí por otro motivo, para empujar al Gobierno y a la opinión pública a aceptar la «prueba de sangre», o sea, la entrada del ejército italiano en la guerra que se había iniciado nueve meses antes. A su alrededor se encuentra una multitud variada, autoridades locales y viejos garibaldinos; una multitud que los periódicos describen como numerosa y particularmente partícipe; una multitud que rodea de cerca a D’Annunzio, mientras que algunos jóvenes se suben al monumento que está detrás del orador. Es posible que los asistentes más alejados no consigan escuchar bien lo que dice D’Annunzio, debido en parte al estrépito producido por las sirenas de los barcos fondeados en el puerto que festejan el acontecimiento; pero también es cierto que el discurso tiene una circulación muy amplia, porque en los días siguientes se reproduce íntegramente en los principales periódicos.

D’Annunzio inicia así su discurso:

Majestad, Rey de Italia;

Gran pueblo de Génova, Cuerpo resucitado de San Jorge;

Ligures de las dos orillas y de Oltregiogo;

Italianos de toda generación y toda confesión, nacidos de la única madre, gente nuestra, sangre nuestra, hermanos.19

En pocas líneas D’Annunzio evoca de manera sugerente la imagen del parentesco nacional, que es una de las figuras profundas fundamentales con las que la retórica del Risorgimento ha definido la idea de nación. Para él, lo esencial es nacer de una única madre, compartir la «sangre» y, por tanto, ser hermanos no solo de espíritu, sino también, y sobre todo, de carne y sangre.

Hermanos; por consiguiente, hombres. A ellos, a los garibaldinos supervivientes, a los descendientes de Garibaldi, apela el poeta. Pero después, en su discurso, también aparecen las mujeres. Aparecen cuando recuerda la partida al alba, desde Quarto, de los Mil Camisas Rojas de Garibaldi, en mayo de 1860, cincuenta y cinco años antes. Las mujeres que acompañan la partida de los héroes son las que aparecen en su cuadro imaginario:

Las madres, las hermanas, las esposas, las mujeres amadas venían por el camino, arrastrándose, desde la Porta Pila a Quarto, a La Foce, mientras lloraban, rezaban, consolaban, esperaban y desesperaban, con lágrimas cálidas y voces trémulas, con tiernos brazos.20

Aquí, por enésima vez, se pone en escena una típica estructura de género. Los hombres combaten; las mujeres lloran, consuelan, esperan y se desesperan. Toda su fragilidad es comparada con la firme determinación de los soldados varones. Una determinación firme y necesaria, si se quiere que ellas, las mujeres, el eslabón débil pero precioso de la comunidad nacional, estén protegidas y a salvo; y, sobre todo, si se quiere que la figura fundamental, la mujer por excelencia, la madre arquetípica del imaginario nacionalista, sea rescatada y honrada:

Ninguna de esas criaturas vivas estaba tan viva, para los que partían, como aquella a la que se ofrecían eternamente, como aquella que abandonaba su cuerpo nocturno al mar de mayo, viva con un suspiro, una mirada y un rostro indescriptibles, amada por el amor, elegida por el dolor: la mujer de los tiempos, la mujer de los reinos, Italia.21

La Madre-patria es una amadísima mater dolorosa. Y para redimir su dolor, los caídos de otro tiempo resurgen de sus tumbas en torno a la figura de Garibaldi, que destaca en el centro del monumento que se está inaugurando:

Resurgen los héroes de sus tumbas, de sus carnes desgarradas se rehacen, por las armas muchos perecieron que ahora se rearman, de la fuerza vencedora se ciñen [...]

De sus vendas fúnebres haremos el lienzo de nuestras banderas.

Pero, de lejos, ¿las alas [de la Victoria que, en el monumento, coronan la estatua de Garibaldi], no parecen la talla de una mesa de altar, elevada por la ebriedad de los mártires? ¿Y no hay, dentro, una cavidad parecida a la fosa del sacrificio, para la sangre y para la llama?22

Los caídos resurgen como testigos de su fe. En realidad, resurgen como mártires, para invitar a las generaciones presentes al rito sacrificial colectivo que se debe celebrar sobre el altar de la Victoria:

Encendido está, sin embargo, el gran horno cerrado, oh gente nuestra, oh hermanos; y nuestro Genio quiere que quede encendido, y que el fuego arda y trabaje hasta que todo el metal esté fundido, hasta que la colada esté lista, hasta que el golpe del hierro abra paso a la sangre candente de la resurrección.23

La excitación visionaria de la retórica dannunziana alcanza aquí su cénit. El acero, la guerra, el combate, deben conseguir que la sangre sacrificial fluya, para que una «gran Italia» pueda renacer de nuevo. La inexorable evocación del martirio y el sacrificio da un tono religioso a la exhortación guerrera, que D’Annunzio reelabora en un impresionante final, en el que reconsidera, de una forma nunca oída, las Beatitudes evangélicas:24

Oh, bienaventurados aquellos que más poseen, porque más podrán dar, más podrán arder.

Bienaventurados aquellos que tienen veinte años, una mente pura, un cuerpo templado y una madre animosa.

Bienaventurados aquellos que, esperando y confiando, no dilapidaron sus fuerzas, sino que las preservan con la disciplina del guerrero.

Bienaventurados aquellos que desdeñaron los amores estériles para ser vírgenes en este primer y último amor.

Bienaventurados aquellos que, teniendo en el pecho un odio profundamente arraigado, se lo arrancarán con sus propias manos; y ofrecerán después su ofrenda.

Bienaventurados aquellos que, habiendo clamado ayer contra el acontecimiento, aceptarán en silencio la gran necesidad y ya no querrán ser los últimos sino los primeros.

Bienaventurados los jóvenes que tienen hambre y sed de gloria, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos tendrán que enjugar una sangre resplandeciente y vendar un dolor radiante.

Bienaventurados los puros de corazón, bienaventurados los que regresan victoriosos, porque verán el nuevo rostro de Roma, la frente nuevamente coronada de Dante, la belleza triunfal de Italia.25

Con la exploración y recomposición de estos fragmentos narrativos y simbólicos, D’Annunzio inaugura su tour oratorio que acompañará al éxito a la opinión intervencionista, apoyando eficazmente la decisión del Gobierno de Salandra de llevar a Italia y a sus jóvenes a la masacre que será la Primera Guerra Mundial. No es una opinión aislada. Es, sobre todo, una opinión que se sitúa en una matriz narrativa que reside en la mente de gran parte de la burguesía y los estratos urbanos medios de la Italia de finales del siglo XIX y principios del XX.

Si los acentos dannunzianos, en el discurso de Quarto, son bélico-patrióticoen cortejo haciaunanimistas, cuando se traslada a Roma, D’Annuzio conjuga la retórica nacionalista con una polémica antiparlamentaria muy virulenta. En un discurso del 13 de mayo dice:

Oíd. Estamos a punto de ser vendidos como materia infecta. Sobre nuestra dignidad humana, sobre la dignidad de cada uno de nosotros, sobre la frente de cada uno de nosotros, sobre la mía, sobre la vuestra, sobre la de vuestros hijos, sobre la de los no nacidos, está la amenaza de una marca servil. Llamarse italiano será nombre de vergüenza, un nombre que ocultar, un nombre que quemará los labios. ¿Entendéis? ¿Habéis entendido? Turbia intriga. Esto es lo que quiere hacer con nosotros el maquinador de Dronero...26

La mañana del 14 de mayo, numerosos estudiantes romanos, después de abandonar las clases, se reúnen en la Sapienza, donde el economista Antonio De Viti De Marco, partidario de la intervención, da un discurso en el que, según Il Messaggero, utiliza «palabras de fuego contra aquellos que han intentando traicionar a la patria». El tema de la traición se retoma, con acusaciones completamente explícitas, a partir de una moción aprobada por los estudiantes, en la que se afirma: «Los estudiantes de Roma reunidos en mitin en el vestíbulo de la Sapienza, protestan contra el ministro de la mala vida e invitan a los compañeros de toda Italia a declarar a Giovanni Giolitti cómplice del extranjero y enemigo de la patria».27 Después de esto, «dirigiéndose en cortejo hacia Montecitorio,28 un pequeño grupo de estudiantes logra coger por sorpresa a los guardias y entrar en el palacio, rompiendo a pedradas la luz de la entrada, hasta que otros guardias, que venían de dentro, logran reducirlo».29 Por la tarde tienen lugar otras manifestaciones intervencionistas, entre las cuales es particularmente importante la serie de discursos de exponentes del intervencionismo celebrada en Fontanella Borghese, una plaza del centro de Roma. En esa ocasión, habla el economista nacionalista Maffeo Pantaleoni, que tiene palabras brutales, de pura incitación a la violencia, contra los neutralistas, traidores de la patria. Su discurso viene seguido del alegato, no menos violento, de Gaetano Salvemini, historiador democrático y partidario de la intervención.

La noche de ese mismo día, en un discurso pronunciado en el Teatro Costanzi, D’Annunzio, después de haber acusado a Giolitti de haberse vendido a los alemanes y de albergar planes de traición a la patria, incita a la venganza: «Todo buen ciudadano es un soldado contra el enemigo interno, sin tregua ni cuartel. Aunque corra la sangre, que esta sangre sea bendecida como la derramada en la trinchera». Esa misma noche y al día siguiente, se producen numerosos actos de vandalismo y violencia contra políticos neutralistas y, también, un intento de agresión contra la casa romana de Giolitti.30 Finalmente, en el número del 15 de mayo de la Idea Nazionale, periódico de la Asociación Nacionalista Italiana, en un artículo titulado significativamente «El Parlamento contra Italia» se puede leer:

El Parlamento es Giolitti; y Giolitti es el Parlamento: el binomio de nuestra vergüenza. Esta es la vieja Italia, la vieja Italia que ignora a la nueva, la verdadera, la sagrada Italia que resurge en la historia y el porvenir [...]. Y la ignora precisamente porque es el Parlamento. El Parlamento, es decir, la falsificación de la Nación [...]. El golpe es mortal. El Parlamento abatirá a la Nación, y retomará sobre Su santo cuerpo palpitante su labor de proxeneta para seguir prostituyéndola al extranjero, o la Nación derrocará al Parlamento, romperá los bancos de los estafadores y purificará a hierro y fuego las alcobas de los rufianes. De cara al mundo que espera proclamará la voluntad de su vida, la moralidad de su vida, la belleza augusta de su vida inmortal.31

En mayo de 1915 dos discursos aparentemente distintos, el nacional-patriótico y el antiparlamentario, parecen conectar de manera directa, articulando un proyecto político declaradamente antidemocrático. Esos dos discursos no nacen en mayo de 1915, ni tampoco a principios del siglo XX; ni se entretejen en una densa relación intertextual. De hecho, no son más que dos caras de la misma formación discursiva; dos modos diferentes, pero funcionalmente relacionados, de concebir el sujeto fundador de lo político en el siglo XIX italiano, la nación. Por un lado, un modo positivo: la comunidad compacta, con una base étnico-cultural, movida por devociones del virilismo, el belicismo y el martirologio. Por otro, un modo negativo: la comunidad dividida por discusiones inútiles que se producen en un lugar, el Parlamento, en el que la corrupción reina soberana y en el que no se hace más que degradar la dignidad y el honor de la nación. El futuro de una formación discursiva de este tipo está muy claro: algunas de las bases culturales más importantes de la experiencia fascista se encuentran ya aquí, en el juego de espejos que se crea entre la exaltación del credo nacional-patriótico y la devaluación de la representación como posible núcleo constitucional del Estado-nación.

Traducción de Mónica Granell Toledo

1. G. L. Mosse: The Nationalization of the Masses: Political Symbolism and Mass Movements in Germany from the Napoleonic Wars through the Third Reich, Nueva York, Howard Fertig, 1975 (trad. esp.: La nacionalización de las masas: simbolismo político y movimientos de masas en Alemania desde las Guerra Napoleónicas al Tercer Reich, Madrid, Marcial Pons, 2005).

2. He explorado el tema en el capítulo 2 de L’onore della nazione. Identità sessuali e violenza nel nazionalismo europeo dal xviii secolo alla Grande Guerra, Turín, Einaudi, 2005.

3. Cf. M. Cerruti: «Dalla fine dell’antico regime alla Restaurazione», y R. Tessari: «Il Risorgimento e la crisi di metà secolo», ambos en Letteratura italiana, I, Il letterato e le istituzioni, Turín, Einaudi, 1982; y a. Acciani: «Dalla rendita al lavoro», en Letteratura italiana, ii, Produzione e consumo, Turín, Einaudi, 1983.

4. Cf. F. Della Peruta: Mazzini e i rivoluzionari italiani. Il «partito d’azione». 1830-1845, Milán, Feltrinelli, 1974; F. Mazzocca (coord.): Romantici e Macchiaioli. Giuseppe Mazzini e la grande pittura europea, Génova, Skira, 2005; y A. M. Banti: «Sacrality and the Aesthetics of Politics: Mazzini’s Concept of the Nation», en C. A. Bayly y E. F. Biagini (eds.): Giuseppe Mazzini and the Globalisation of Democratic Nationalism, 1830-1920, Oxford, British Academy-Oxford University Press, 2008.

5. Para una exposición más detallada, remito a mis trabajos: La nazione del Risorgimento. Parentela, santità e onore alle origini dell’Italia unita, Turín, Einaudi, 2000; L’onore della nazione, op. cit.; y Sublime madre nostra. La nazione italiana dal Risorgimento al fascismo, Roma-Bari, Laterza, 2011.

6. E. Auerbach: Mimesis. Il realismo nella letteratura occidentale, Turín, Einaudi, 1956 (1946) (trad. esp.: Mimesis: la representación de la realidad en la literatura occidental, México, Fondo de Cultura Económica, 1979).

7. Utilizo el término biopolítica en la acepción de Foucault; cf. M. Foucault: La volontà di sapere, Milán, Feltrinelli, 1997 (1976), cap. v (trad. esp.: La voluntad de saber, Madrid, Siglo XXI, 2005); íd.: Bisogna difendere la società, Milán, Feltrinelli, 1998, pp. 217-218 (trad. esp.: Hay que defender la sociedad: Curso del Collège de France (1975-1976), Madrid, Akal, 2003); e íd.: Sicurezza, territorio, popolazione. Corso al Collège de France (1977-1978), Milán, Feltrinelli, p. 13 (trad. esp.: Seguridad, territorio, población: Curso del Collège de France (1977-1978), Madrid, Akal, 2008).

8. R. Bizzocchi: Genealogie incredibili. Scritti di storia nell’Europa moderna, Bolonia, il Mulino, 1995.

9. C. Geertz: «Religion as a Cultural System», en íd.: The Interpretation of Cultures, Londres, Fontana, 1993 (1973), p. 100 (trad. esp.: La interpretación de las culturas, México, Gedisa, 1987).

10. Ibíd., p. 104.

11. A. M. Banti: «The Remembrance of Heroes», en S. Patriarca y Lucy Riall (eds.): The Risorgimento Revisited. Nationalism and Culture in Nineteenth-Century Italy, Londres, Palgrave Macmillan, 2012.

12. Banti: La nazione del Risorgimento, op. cit., pp. 172-173; y l. Riall: Garibaldi. Invention of a Hero, New Haven-Londres, Yale University Press, 2007, pp. 149-150.

13. Cf. M. Agulhon: «La “Statuomanie” et l’histoire», en íd.: Histoire vagabonde, I. Ethnologie et politique dans la France contemporaine, París, 1988 (trad. esp.: Historia vagabunda: etnología y política en la Francia contemporánea, México, Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 1994); R. Koselleck: «Les monuments aux morts, lieux de fondation de l’identité des survivants», en íd.: L’expérience de l’histoire, París, 1997; y G. L. Mosse: Fallen Soldiers. Reshaping the Memory of the World Wars, Nueva York, Oxford University Press, 1990.

14. Sobre el tema, cf. S. Patriarca: «Indolence and Regeneration. Tropes and Tensions of Risorgimento Patriotism», The American Historical Review, 2, 2005, pp. 380-408; y R. Bizzocchi: Cicisbei. Morale privata e identità nazionale in Italia, Roma-Bari, Laterza, 2008.

15. E. De Amicis: Cuore, Milán, Feltrinelli, 1993, pp. 75-76 (trad. esp.: Corazón, Córdoba, El Cid Editor, 2003, pp. 172-174).

16. La película, restaurada recientemente, se incluye en un dvd adjunto al volumen Da La presa di Roma a Il piccolo garibaldino. Risorgimento, massoneria e istituzioni: l’immagine della Nazione nel cinema muto (1905-1909), a cargo de Mario Musumeci y Sergio Toffetti (Roma, Gangemi, 2007), que recoge algunos ensayos que introducen y comentan la película (entre ellos, en particular, G. Lasi: L’immagine della nazione: da La presa di Roma a Il piccolo garibaldino; I. Nuñez: Note sul restauro de Il piccolo garibaldino; y S. Toffetti: Nascita di una nazione? Il Risorgimento nel cinema italiano).

17. El listado se ha extraído de las indicaciones contenidas en Lasi: L’immagine della nazione, op. cit., pp. 18 y 22-24; y Toffetti: Nascita di una nazione?, op. cit., pp. 45-47.

18. Resumo aquí, brevemente, una interpretación más larga presentada en «Antiparlamentarismo y liberalismo en la Italia de finales del siglo XIX», en Alcores. Revista de historia contemporánea, 7, 2009, pp. 87-119. Sobre la narrativa parlamentaria, cf. A. Briganti: Il parlamento nel romanzo italiano del secondo Ottocento, Florencia, Le Monnier, 1972; C. A. Madrignani (coord.): Rosso e nero a Montecitorio. Il romanzo parlamentare dela nuova Italia (1861-1901), Florencia, Vallecchi, 1980; y G. Caltagirone: Dietroscena. L’Italia post-unitaria nei romanzi di ambiente parlamentare (1870-1900), Roma, Bulzoni, 1993.

19. G. D’Annunzio: Orazione per la sagra dei Mille [V maggio MDCCCLX-V maggio mcmxv], en íd.: Prose di ricerca, t. I, a cargo de A. Andreoli y G. Zanetti (Milán, Mondadori, 2005), p. 11.

20. Ibíd., p. 14.

21. Ibíd.

22. Ibíd., p. 13.

23. Ibíd., p. 19.

24. «Sermón de la montaña» (Evangelio según San Mateo, 5, 1-12).

25. D’Annunzio: Orazione, op. cit., p. 20.

26. Cit. por A. Asor Rosa: «La cultura», en Storia d’Italia, Iv, Dall’Unità a oggi, 2, Turín, Einaudi, 1975, p. 1323. El «maquinador de Dronero» es Giovanni Giolitti, reputado líder de la izquierda liberal en el Parlamento, contrario a la entrada de Italia en guerra.

27. Las citas han sido extraídas de A. Staderini: Combattenti senza divisa. Roma nella grande guerra, Bolonia, il Mulino, 1995, p. 46. «Ministro de la mala vida» es un epíteto que Gaetano Salvemini, intelectual democrático, dirigió contra Giolitti, para criticar las alianzas que este había estrechado con políticos del sur, apoyados por grupos del crimen organizado.

28. Que es el palacio romano, sede de la Cámara de los Diputados.

29. Staderini: Combattenti senza divisa, op. cit., pp. 46-47.

30. Ibíd., pp. 49-50.

31. Cit. por Asor Rosa: «La cultura», op. cit., p. 1325.

POLÍTICAS DE NACIÓN Y NACIONES DE LA POLÍTICA

Ismael Saz Campos Universitat de València

En abril de 2012, el diario abc publicaba un especial –«Primer Plano»– pomposamente anunciado en su primera página bajo el título «España. Lo que nos une», y subtitulado: «Frente al desafío separatista, abc pone en valor la solidaria e imprescindible idea de España». Ciertamente, más explícito no podía ser. Tampoco era de poco calado la entidad de las firmas que acudían a la llamada del diario monárquico: además de su director, Bieito Rubido; un reconocido economista, Juan Velarde Fuertes, Premio Príncipe de Asturias de Economía; un corresponsal diplomático, Luis Ayllón; una corresponsal en la Casa del Rey, Almudena Martínez-Fornés; el general Fulgencio Coll Bucher, jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra; el historiador Manuel Lucena Giraldo; el director de la Real Academia Española, José Manuel Blecua; el secretario general de Caritas, Sebastián Mora, y el presidente del Comité Olímpico Español, Alejandro Blanco. Junto a ellos, aparecían en las sucesivas páginas una serie de breves opiniones de conocidos personajes del mundo de la cultura, de los negocios o profesiones, del deporte o de la gastronomía, a los cuales se les daba voz a modo de ejemplos de sus respectivas comunidades autónomas. Todo ello «encadenado» por un lazo con los colores de la enseña nacional que tras «abrazar» en la primera página el mapa de España, hacía lo propio, en las sucesivas y según la temática, con una representación del euro, otra del globo terráqueo, otra de la Corona, otra de un soldado, otra de la celebérrima letra ñ, otra de una catedral y, en fin, la última, con raqueta de tenis, balón de fútbol y una Copa.1

Ya en el primer artículo, el de presentación a cargo del director del diario, el problema venía expuesto, como decíamos, con gran claridad en sus tintes tanto positivos como negativos. Entre los primeros, bien resumidos en el titular, la idea no especialmente brillante, la verdad, de que «Juntos somos más y mejores que separados»; y, junto a ello, el más prometedor enunciado de España presentada como una «gran aventura». Pero nos interesan más aquí, por el momento, los elementos que conforman la diagnosis del problema. Porque aquí encontraremos una conjunción de todos los tópicos agónicos del nacionalismo español. Así, se estaría reproduciendo en España, por la situación económica y por el «desquiciado desafío de los nacionalismos», un cuadro semejante al de 1898, al de aquella «depresión colectiva» respecto de la que tan bien habrían sabido responder los intelectuales del 98. Porque de eso se trataría, de hacer frente a la nueva situación de la «patria amenazada», casi al borde del abismo, con un compromiso por la «regeneración profunda de la sociedad española». Gran tarea sin duda si se tiene en cuenta –otro topicazo– que nuestra ciudadanía es «endeble» y nuestra sociedad «débil»; o, sobre todo, que, frente a tan monumental reto, haya que constatar, lamentablemente, que una izquierda «irresponsable» se haya abandonado a la «demagogia», convirtiéndose, incluso en contra de su propio ideario, en «cómplice» de quienes amenazan la cohesión del país. Habría, en fin, con todo, razones para la esperanza en un gran país, rico y diverso, vario y complejo, pero capaz de hacer de todo ello un factor de unidad, de buscar el común denominador, de reafirmar los valores propios de la dignidad humana y de defender lo «que es y significa España». Y habrá que confiar, decimos nosotros, en que así será, toda vez que la biografía de esa «gran aventura que es España» habría nacido, «hace tantos miles de años», en Altamira.

Bien marcada la pauta, los sucesivos artículos abordaban los diversos aspectos del problema. Del económico, en primer lugar, para que Velarde Fuentes nos recuerde que «sin unidad, no hay prosperidad»; que «un mercado necesita ser grande para ser eficaz» so pena de caer en la «decadencia», o que «cualquier escisión de una sola economía sería un daño definitivo para ella y para todas las demás». Todo ello históricamente argumentado merced a un rápido periplo a través de la España decimonónica, Estados Unidos o el Zollverein que anticipa la unidad alemana. Se trataría, en suma, de un problema aduanero y de tamaño de los mercados. Aunque, casualidad o no, no deja de llamar la atención que aquí solo aparezcan Estados-nación, sin mención alguna a Europa, a la, muy actual, Unión Europea. Un gran mercado en el que, por lo demás, ningún secesionista aspira a levantar fronteras y aduanas.

Ya en el terreno de la política exterior, Luis Ayllón encarece la necesidad de hacer un elemento de fuerza de la «marca España», con todos sus activos –«empresas, deportistas, gastrónomos, artistas, militares, cooperantes, etcétera»– y en la forma que tan acertadamente lo estaría haciendo el ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno del Partido Popular. Claro que esto exigiría unidad de acción, de los partidos y de las distintas administraciones. Y es por ahí por donde, de nuevo, se encuentra la feliz ocasión para estigmatizar a los socialistas, en el presente y en el pasado. En el presente, porque dejándose llevar por intereses partidistas dificultan la acción del Gobierno. En el pasado, porque, al parecer, el anterior Gobierno socialista minó la credibilidad de España ante EE. UU., de donde la necesidad y los esfuerzos del ministro popular para convencer a sus interlocutores norteamericanos de que España «vuelve a ser un aliado fiable». Podría parecer a un lector mínimamente informado que fiabilidad no es subordinación y que esto queda muy poco «nacionalista». Tal vez por ello, para compensar, se termina por recordar a los países que tienen contenciosos tradicionales con España. Nótese: Reino Unido, Marruecos, Cuba y Venezuela. Y si por ahí anda el adversario exterior, más cerca está el otro: esas comunidades autónomas que tan «alegremente» se empeñaron en abrir oficinas en el exterior.

Para gran activo de la política exterior e interior, ahí está la corona, el Rey, como se encarga de demostrar Almudena Martínez-Fornés. Porque el Rey no solo sería el «mejor embajador en el mundo», sino que, además, arrastraría un cúmulo de virtudes incuestionable en el plano interior: primer jefe de Estado de la historia de España que, tan pronto como el 22 de noviembre de 1975, habla para todos los españoles, superando la divisoria histórica entre las dos Españas. El Rey que habla con todos, se preocupa por todos y se emociona con las victorias deportivas. El Rey, en fin, como clave del arco de la unidad española. Porque es el elemento de cohesión entre todos los españoles, «cualesquiera sean sus ideas», y porque es «el símbolo de la unidad territorial de una España plural y diversa».

Con orgullo de nación se expresa el general Fulgencio Coll para recordar el peso de España en el mundo, la imagen positiva de la Transición, la universalización de «nuestro idioma común», la riqueza de «nuestros sabores» o nuestra forma de ver y entender la vida. Pero trasciende igualmente en este artículo una clara voluntad de situar las misiones internacionales del ejército español en el marco de los compromisos internacionales, el sentido de la solidaridad y la defensa de unos valores con los que los españoles se sienten identificados. No existe aquí ningún tipo de voluntad de apropiación o de desaprobación de ningún segmento político y sí, en cambio, un especial interés en situar las intervenciones del ejército en un plano de colaboración con otras proyecciones como las de los «cocineros, artistas, cooperantes, grandes políticos o profesionales de la acción exterior».

Más problemático resulta el retorno de la historia con un Manuel Lucena muy preocupado por arremeter contra el nacionalismo decimonónico «con sus arrebatos de egoísmo etnicista, lingüístico, cultural, religioso y fiscal». Claro que habría que entender que España, en tanto que una de las escasas naciones del mundo anteriores a tal plaga nacionalista, habría quedado a salvo de ella. Más aún, España habría sido la creadora del primer imperio global de la historia de la humanidad, de la globalización. Y lo habría hecho desde valores universales, involucrando además, en el interior, a vascos, aragoneses, catalanes o gallegos, a «todas las Españas». Lo que ya no está tan claro es cuándo aparece España, en singular. No parece, ahora, que en la cueva de Altamira, aunque, desde luego, tampoco en la Constitución de 1812, como pretenderían los que no conocen la historia de España. Tal vez, «de los Reyes Católicos a Carlos IV». Y desde luego, no donde la quieren ver los que desprecian como antigualla «la monarquía compuesta y católica (es decir, universal) de los Austrias españoles». La cosa estaría, pues, entre los Reyes Católicos y el nacimiento de una «comunidad política» que ya habrían vivido «Lope de Vega, Cervantes, la monja Catalina de Erauso, Jovellanos o Antonio de Capmany». Sería, en fin, esa comunidad política, que habría articulado «en una matriz cultural común los reinos peninsulares», la que no quiere reconocer a los «escritores de ficción a sueldo autonómico». Y, desde luego, tampoco a aquellos, presos de «hilarante» localismo, que imaginan una patria que, «cual pobre doncella oprimida, habita en el mítico valle de la bartola, a mano izquierda o derecha de los Pirineos».

Queda claro, pues, que el (no)nacionalismo español aparecía inmaculado respecto de todos los arrebatos, incluido el lingüístico. Algo que queda meridianamente claro en el artículo de José Manuel Blecua, quien afirma rotundamente que la «lengua es vehículo de comunicación y también vínculo de unión entre los miembros de una comunidad». Lo que sería claramente aplicable al caso de «nuestra lengua», hasta el punto de que razones diacrónicas harían que «términos históricos como nación española correspondan a un amplio dominio en su territorio y en sus características lingüísticas». Se trataría, eso sí, de un español rico en usos, matices y diversidades, como se podría constatar en América. Un español que viviría en contacto con otras lenguas, en América y en España, para conformar hermosas realidades plurilingüísticas que podrían, eso sí, generar unos problemas de normalización que, afortunadamente, ya no existirían en España.

No mucho espacio ocupa el texto relativo a la religión, en el que Sebastián Mora incide en los valores solidarios y el apoyo a los más débiles. Descansaría todo esto en un trasfondo intrahistórico en sentido unamuniano, aunque ahora transmutado en el «humanismo de base cristiana que sustenta nuestra visión de la persona con dignidad inviolable... (y que) es parte esencial de nuestro acervo cultural». No en vano, lo que nos uniría por este lado sería la «solidaridad con los más débiles y (las) creencias compartidas».

El que parece llevarse la palma –nunca mejor dicho– en eso de «hacer patria» es el deporte. Así lo acreditaría el recuadro con siete deportistas españoles de «la edad de oro», o el hecho de que la gran ilustración del monográfico corresponda a imágenes de la celebración de la victoria en el mundial de Sudáfrica. Quien no tiene ninguna duda al respecto es, desde luego, el presidente del Comité Olímpico Español. No solo afirma este que el deporte «une, integra, hace patria y educa en valores», o que sus éxitos sirven para «unir a millones de españoles y normalizar nuestra convivencia», sino que considera, además, que el deporte es hoy por hoy poco menos que el principal factor nacionalizador:

Nada hay en la sociedad tan integrador y aglutinador del sentimiento nacional que el deporte. Lo hemos visto en España recientemente. Cuando se han multiplicado las voces desintegradoras, cuando parecía que nuestra identidad y nuestros símbolos se ponían en duda o abiertamente se despreciaban, el deporte ha sido capaz de unir a millones de españoles en un mismo objetivo.

No es de extrañar, pues, dadas tales premisas, que este sea el artículo en el que –de nuevo, nunca mejor dicho– se puedan lanzar todas las banderas, nacionales, al viento: en todas las ciudades y pueblos de España con motivo de la Eurocopa, el Mundial, o en aquel Camp Nou «convertido en un mar de banderas españolas» en apoyo a la selección que conquistó el oro olímpico. Sin que falte, por supuesto, el recordatorio de la «hermosa sintonía» del «yo soy español, español, español...».

* * *

Si observamos con detenimiento esta larga –porque quería ser fiel– reconstrucción del especial del diario abc, constataremos que laten, tanto en su conjunto como en buena parte de los artículos que lo integran, todos los topos del nacionalismo español, del de derechas, aunque no solo de él. El primero es, sin duda, la negación del propio nacionalismo, concepto que viene absolutamente estigmatizado para endosárselo a los otros, siempre perversos, nacionalismos; sean estos los de la Europa decimonónica, sea la funesta proyección de estos en los actuales nacionalismos periféricos, los que amenazan la cohesión española. Y, el segundo, el habitual rasgo agónico del nacionalismo español enfrentado a una situación en la que la patria está amenazada, casi al borde del abismo y con el riesgo de caer en la «decadencia». Todo muy «noventayocho». Lo que no es una casualidad. Pues se trata, en efecto, de una suerte de vuelta a los orígenes del nacionalismo español reformulado a raíz de la crisis del 98 y proyectado sobre todo el siglo XX. En sus lamentos agónicos y en sus recetas «regeneracionistas».

Más allá de esto, y dejando de lado las obviedades economicistas del tipo, parafraseamos, «un mercado grande es más grande que uno pequeño», la selección de los elementos fuertes de unión entre los españoles es, en sí misma, toda una declaración: la monarquía, la historia, la religión, la lengua, el ejército... y el deporte. Salvo este último, bien anclado en lo que se ha dado en llamar nacionalismo banal,2 todo apunta a una concepción de la nación española de larga andadura a lo largo del siglo XX. No hay en el conjunto de los textos una sola referencia a la Constitución española de 1978, y si hay alguna a la de 1812 es por aquello de la unidad de mercado o por su empeño en mejorar lo que ya existía. Y lo que ya existía era una España, a veces poco menos que eterna –Altamira–, a veces forjada, parece, desde los Reyes Católicos, con una mención especial a la monarquía católica y universal de los Austrias.

Es difícil no percibir en todo esto ciertos ecos del nacionalcatolisimo. Monarquía y catolicismo constituían, como se sabe, su núcleo y así aparecen en los textos que comentamos. Para el pasado, como acabamos de ver, y para el presente, oportunamente modernizados y democratizados. De una forma no especialmente fuerte en el caso de la religión, aunque no se deje de subrayar lo de la «unidad de creencias»; de un modo más enfático en el caso de la Monarquía, elemento fundamental de cohesión y símbolo de la unidad territorial española, por más que se pase un tanto de puntillas sobre el hecho de que, hoy por hoy, el principal elemento de legitimación de la Monarquía es su carácter democrático; y eso no viene de noviembre de 1975.

Y está, en fin, la lengua, el español. Ya se puede arremeter contra todo, otro, nacionalismo por étnico, lingüístico o cultural que sea, que, al final, el nacionalismo español no parece encontrar asideros más profundos que los culturales y lingüísticos. Se puede reconocer la pluralidad y riqueza de nuestras cocinas, de nuestras gastronomías, pero «nuestra lengua» es solo una, por más que pueda convivir con «otras». La ausencia de toda referencia a la Constitución y, por ende, al «patriotismo constitucional», vendría a revelar que este último no ha pasado de ser, para algunos, un expediente retórico ad hoc, al que se recurre con tanta facilidad como se archiva. Revela también, en última instancia, las dificultades del nacionalismo español, de un cierto nacionalismo español, para reinventarse, y reinventarse en clave democrática.

Tal vez por ello, llama poderosamente la atención, lo que no es nuevo ni novedoso, el carácter sustancialmente reactivo y en buena parte negativo de ese nacionalismo. Reactivo es, claro, frente a los desafíos de los nacionalismos periféricos. Pero negativo, también, cuando se descubre por doquier una profunda carga estigmatizadora respecto de los que no comparten la idea de la España eterna o casi. Y, por otra parte, respecto de los socialistas, reos al parecer de debilitar por motivos partidistas la acción exterior e interior de España. De nuevo, nada nuevo.

No se trata, sin embargo, no al menos en este texto, de quedarnos en estas constataciones, sino de ir un poco más allá para interrogarnos acerca del modo en que se imbrican en todo nacionalismo el proyecto nacionalista-nacionalizador y el proyecto político, de política interior. ¿Quién manda? ¿El proyecto político o el proyecto «nacional»? ¿Es más importante plantearse de verdad, con todas sus consecuencias, el problema de la unidad y cohesión nacional, o reafirmar los valores monárquicos, católicos y esencialistas para estigmatizar de paso al adversario político? Claro que si formulásemos la pregunta en términos del «primado» de la política interior frente al «primado» de la política exterior, tendríamos que admitir que el problema es casi tan viejo en términos historiográficos como la existencia del Estado. Y es cierto, igualmente, que podríamos intentar eludir el problema con la afirmación de que se trata, en última instancia, de las dos caras de la misma moneda. Pero creemos que esto sería por completo insuficiente, porque de lo que se trata, más que de encontrar respuestas definitivas, es de preguntarnos qué cara se «enseña» más y qué cara «pesa» más en los diversos nacionalismos, en distintos momentos y circunstancias, en los enunciados programáticos y en las prácticas políticas.

Para aproximarnos a ello, partiremos de una última constatación que podría parecer casi trivial por obvia: el nacionalismo es política. Sin embargo, esa obviedad se desvanece si tenemos en cuenta que las más de las veces los historiadores tendemos a aislar las dos facetas del problema, o, si se prefiere, los dos problemas. Así, cuando hablamos de España –o de cualquier otro país–, de nación y nacionalismo, de procesos de construcción nacional y proyectos nacionalizadores, tendemos a olvidarnos de las claves políticas, a situar en un segundo plano, a veces ni eso, las culturas políticas, liberales o tradicionalistas, republicanas o socialistas, democráticas o antidemocráticas. Y con ellas las sucesivas experiencias, liberales, democráticas o dictatoriales. No es un secreto para nadie, por ejemplo, que la mayor y más duradera experiencia nacionalista del siglo XX, la dictadura franquista, ha permanecido durante mucho tiempo olímpicamente al margen del gran debate sobre la nacionalización española. Viceversa, las distintas culturas políticas y los diversos regímenes son estudiados con frecuencia como si el grueso de su experiencia poco tuviera que ver con proyectos y efectos nacionalizadores.

Lo que nos proponemos en las páginas que siguen es intentar una aproximación al problema, aunque desde una perspectiva limitada: la de los nacionalismos de derechas, de los antiliberales en concreto, en la Europa del siglo XX, esto es, del nacionalismo reaccionario y del ultranacionalismo fascista.

Para ello nos centraremos en España, pero también en Francia e Italia.3 En el primero de los casos, porque aquí tenemos los dos nacionalismos, además en posiciones de poder y durante casi cuarenta años. Ello hace del caso español una experiencia única. Primero, porque esa experiencia atraviesa distintos momentos históricos, lo que la convierte en un punto de observación imprescindible; y, segundo, porque fue el único país en que se cumplió de modo casi completo, allá por 1969, el sueño que tuvieron un día la Acción Francesa o la Asociación Nacionalista Italiana. La relevancia del caso francés estriba en que, como es sabido, su nacionalismo integral se convirtió en el gran referente para los nacionalismos reaccionarios, europeos o no, al tiempo que hubo de «ir a la prueba» en 1914-1918 y, sobre todo, 1939-1945. El caso italiano, en fin, nos interesa porque allí estuvieron presentes, como en España, pero con una correlación de fuerzas inversa, los dos nacionalismos. Como en Francia, ambos, no solo el fascista, salieron derrotados en 1945. En España, no.

* * *

LA NACIÓN DE LOS FASCISTAS

Aristotle Kallis ha recordado recientemente que la principal ambigüedad del fascismo estribaba en que fue «tanto marcadamente nacional (e hipernacionalista) como, a la vez, un mito universal de renacimiento y redención».4 Formulado en nuestros propios términos, podríamos decir que la cultura política del fascismo era ultranacionalista, al tiempo que se proyectaba como un proyecto político revolucionario orientado en último término a la transformación radical del Estado, la sociedad y el individuo.5 Más que de ambigüedad, habría que hablar de la existencia de dos caras del fascismo; dos caras profundamente entrelazadas, esenciales para comprender en toda su complejidad el fenómeno fascista, que se contienen mutuamente, pero que lo hacen al mismo tiempo de un modo complejo, en perpetua tensión y en un proceso de redefinición permanente. En suma, hay un proyecto fascista de nación y un proyecto político, revolucionario, fascista. El uno contiene al otro, y viceversa. Pero la pregunta es: ¿cuál pesó más en los diversos momentos? ¿Terminó por imponerse uno de los dos? Intentaremos analizar el problema a la luz de los casos que enunciábamos.

En España, el ultranacionalismo fascista de Falange contenía un proyecto, antiliberal y antisocialista, de un nuevo Estado, totalitario, una nueva sociedad y un nuevo hombre. Se trataba de un proyecto revolucionario globalmente articulado como una religión política: de la nación, del partido, de sus hombres. Como en todas partes, el fascismo español aspiraba a la apropiación de la nación.

Sin embargo, por extraño que pueda parecer, en el nacionalismo falangista se solapaban dos conceptos de nación. Por una parte, latía por todos sus poros el esencialismo castellanista heredado del 98, la tierra, el cielo, el campesino, el carácter de sus hombres... todo. Pero, por otra, la noción de la «unidad de destino en lo universal», de resonancias orteguianas y, también, d’orsianas, transmutada en la «voluntad de Imperio» apuntaba a una negación de los supuestos fundamentales del nacionalismo que decían rechazar. Por sus bases roussonianas, democráticas, en unos casos; por sus apelaciones a las culturas, a las lenguas, a los usos y costumbres, en otros; por tratarse, en el caso de los «reaccionarios», de un nacionalismo de «puertas adentro». Así el ultranacionalismo falangista, autodefinido como no nacionalista, podía tocar los dos polos: el esencialismo castellanista –es la tierra– y el universalismo imperialista en tanto que un proyecto político totalitario e imperialista que iba más allá de la tierra y que podía incluso terminar por negarla.6 Por decirlo de otro modo, el ultranacionalismo falangista podía terminar por negar la nación.

Así sucedió, en efecto, en dos de los grandes momentos en los que Falange se enfrentó a la prueba. El primero, cuando apenas iniciada la Guerra Civil el horizonte del fracaso político se dibujaba como una posibilidad no despreciable. El segundo, cuando, al hilo de las grandes victorias alemanas de 1940 y principios de 1941, el horizonte del éxito, el de la Europa totalitaria, cobraba visos de realidad.

Al primero de estos momentos pertenecen las reflexiones del máximo dirigente falangista, José Antonio Primo de Rivera, cuando desde la cárcel de Alicante se preguntaba qué sucedería si ganaba la República. En tal caso, apuntaba, la victoria correspondería a los «bereberes», es decir, a todo lo que de popular, liberal, de izquierda había habido en España prácticamente desde la Reconquista. Ante tal eventualidad, el dirigente falangista podía subrayar su vena aristocratizante e incluso amagar con un cierto distanciamiento del fascismo, pero lo que tenía rotundamente claro es que esa nación resultante ya no le interesaba, ya no era la suya:

La masa que es la que va a triunfar ahora, no es árabe, sino bereber. Lo que va a ser vencido es el resto germánico que aún nos ligaba con Europa. Acaso España se parta en pedazos, desde una frontera que dibuje, dentro de la Península, el verdadero límite de África. Acaso España se africanice. Lo indudable es que, para mucho tiempo, España dejará de contar en Europa. Y entonces, los que por solidaridad de cultura y aun por misteriosa voz de sangre nos sentimos ligados al destino europeo, ¿podremos transmutar nuestro patriotismo de estirpe, que ama a esta tierra porque nuestros antepasados la ganaron para darle forma, en un patriotismo telúrico, que ame a esta tierra por ser ella, a pesar de que en su anchura haya enmudecido hasta el último eco de nuestro destino familiar?7

También Hitler y Mussolini abjurarían, en el momento de la derrota final, de sus pueblos, de unos pueblos que no habrían sabido estar a la altura. Pero entre uno y otro momento estaba el del éxito, el del Eje dominando Europa, y entonces los falangistas volvieron a negar la nación.

En efecto, en un proceso inverso al experimentado por su desaparecido líder en agosto de 1936, los falangistas españoles acentuaron a lo largo de 1940 y primeros meses de 1941 los rasgos fascistas, populistas, revolucionarios y totalitarios, para terminar por sublimar la nación. Fue un modo de superar el viejo dilema entre la dimensión puramente nacional y la asociada a su mítico proyecto revolucionario y supranacional. Lo hicieron a través de tres vías. La primera, batiendo con fuerza la original contraposición entre nación e imperio para subrayar que el segundo era superior a la primera. La segunda, acorde con su radicalización populista y revolucionaria, conducía a un desplazamiento de la nación en nombre del pueblo. Como exponía con rotundidad un editorial del periódico del partido, Arriba, en la Europa «revolucionaria» habrían «concluido las naciones». Y con el pueblo como gran protagonista: «al concepto de nación le replica el concepto de “pueblo”, con todo su pleno sentido revolucionario, como sujeto verdadero de otra enunciación falangista que ahora se hace historia viva: “la unidad de destino en lo universal”».8

La tercera vía era aquella que tendía a resolver todas las nociones, la de nación, patria, pueblo y España, en una sola: Falange; la que culminaba el proceso de apropiación de la nación convirtiendo al instrumento nacido para servirla en la nación misma. Lo diría Ridruejo, cuando reivindicaba para Falange la capacidad para decidir quién podía integrarse y quién no en el Estado falangista y en la Patria.9 Lo había dicho Laín Entralgo: «No se puede ser nacional en España sin el adjetivo sindicalista, a través del cual adquiere lo nacional concreción, actualidad y real sentido histórico».10 Y desarrollaría el argumento hasta sus últimas consecuencias Salvador Lissarrague:

Nada significa lo nacional si no le damos el sentido de una tarea histórica concreta. ¿Es que acaso, en definitiva, es otra cosa una nación que esa tarea expresada en el concepto de unidad de destino? Frente a lo puramente nacional, fórmula abstracta y vacía, proclamamos lo falangista que da a lo nacional vida y configuración en el presente. Lo nacional a secas tenía validez tan solo frente a lo rojo, que constituía en cierto modo su necesario contorno dialéctico. Pero ahora que lo rojo, difuminado por la derrota, carece de concreta existencia política, ningún valor tiene tampoco la mera fórmula vacía de lo nacional y se impone, por tanto, aclarar nuestro propio ser, no por lo que pueda estar fuera de nosotros en el interior de España, sino por lo que positivamente somos. No por lo que sea la nación como materia histórica, sino por la forma estatal que apasionadamente queramos infundir en ella. Y por la misión que tiene que cumplir en el mundo.11

Por la vía del fracaso con José Antonio Primo de Rivera o por la del éxito, como acabamos de ver, el proyecto totalitario y el mito «universalista» de los falangistas terminaban por desprenderse de la nación en tanto que «materia histórica». Otra cosa es, naturalmente, que estos falangistas revolucionarios estuvieran a punto de saborear, no las mieles del éxito de su Europa totalitaria, sino las amarguras de un fracaso, el de mayo de 1941, que terminaría por devolverles a la nación concreta.

No muy distintas eran las cosas en la Italia fascista, con la esencial diferencia, claro es, de que lo que en España no pasó de ser el sueño rápidamente truncado de la Falange, en Italia era un proyecto en curso de realización. Y, desde luego, no es arriesgado suponer que lo que decían los españoles tenía mucho que ver con cuanto sabían y leían sobre las experiencias y proyectos de los fascismos, italiano y alemán, en el poder.

En Italia, en efecto, el proceso de apropiación de la nación por el fascismo se estaba llevando, ya en tiempos de la guerra mundial, al extremo. El partido y la nación se fundían en una sola entidad, pero solo para pretender a continuación la preeminencia del primero sobre la segunda. Ser fascista equivalía ya a la única forma de ser nacional, incluso en términos de ciudadanía.12 Desde una perspectiva más amplia, el mito de la nación venía «riassorbito all’interno della política fascista, diventando parte e non fine di questa, nella nuova sfida tra totalitarismo e democracia liberale».13 La ideología se sobreponía a la nación, y lo hacía ya claramente en nombre del imperio, del universalismo fascista y de la revolución. Desde estas premisas podía afirmarse –recuérdese lo que apuntaba Lissarrague– que el problema de la nación era solo una fase del desarrollo de la revolución fascista. Y una fase ya superada por esa revolución que habría de ser universal o no ser. No solo en Italia. Se pretendía que en toda Europa el principio de la nacionalidad era ya una cosa del pasado.14

Es cierto, por otra parte, que los fascistas italianos recurrían al principio de nacionalidad cuando se trataba de diferenciarse, para mostrar su propia superioridad ideológica respecto del aliado nazi. Pero no por eso dejaban de encontrar un punto fundamental de acuerdo, consistente, precisamente, en la superación de las viejas concepciones de la nación, de los nacionalismos del pasado. Lo decía Camillo Pellizzi en una conferencia en Berlín, en 1942, supervisada por Mussolini:15

Le ragioni della razza e della nazione sono riconosciute come una legge che no debe essere dimenticata, anche perché a queste nazioni è affidata la tutela del principio rivoluzionario nell’avvenire. Ma in ultima analisi la nazione, anche nel suo interesse, è a servicio dell’idea che essa impersona, e non il contrario. Perciò il «nacionalismo» implícito nei nostri due movimenti è di natura tale da superare il concetto stesso di nazione, quale si era venuto delinendo nella civiltà democratica e liberale. In questa civiltà, la nazione racchiudeva in sé i valori supremi della vita dei popoli, come l’individuo singolo rappresentava il valore supremo della vita interna di ciascun paese.

Revolución y guerra se convertían en una y la misma cosa. Y esta última devenía así, como lamentaría Grandi, en «guerra ideológica», «guerra de religión», «guerra revolucionaria», «guerra fascista», «guerra de partido».16 Y todo ello –como reprocharían sus críticos en la noche del Gran Consejo Fascista del 25 de abril de 1943– por encima y en detrimento de su carácter de guerra nacional. Tras apropiarse de la nación, el fascismo la había trascendido en nombre de su proyecto político revolucionario. El resultado, como sabemos, fue el desastre.

LA NACIÓN DE LOS NACIONALISTAS

Charles Maurras y Acción Francesa constituyeron, como es sabido, el gran referente del nacionalismo reaccionario, europeo o no, a principios del siglo XX. Lo que no quiere decir, como se verá, que todos los nacionalismos de esta índole fueran idénticos o respondieran a un patrón o código teórico dogmáticamente fijado por el ejemplo francés. Con todo, del mismo modo que los maurrasianos llegarían a impregnar, mucho más allá de su capacidad organizativa, el pensamiento y las actitudes de sectores fundamentales de la derecha francesa, se constituyeron también en el gran espejo en el que se miraron, para reafirmarse o para diferenciarse, los nacionalismos reaccionarios de los distintos países.17 La experiencia francesa constituye, por ello, un punto de partida imprescindible al objeto que aquí venimos analizando.

Era, en efecto, la Acción Francesa del nacionalismo integral, de la «politique d’abord», de la «France d’abord», de la «monarquie d’abord», del regionalismo; del antiliberalismo y la antidemocracia; del antirromanticismo y el antigermanismo. La enemiga visceral de los enemigos «confederados», judíos, masones, protestantes y metequos; la de una Revolución francesa que acabando con las bases de la grandeza del idealizado Antiguo Régimen, habría abierto los caminos de la decadencia nacional.

Todavía se discute acerca de cuáles fueron los momentos de plenitud y retroceso de esa cultura política tras la Gran Guerra. Aunque parece fuera de duda que la ambigua condena papal y los sucesos de 1934 hubieron de lacerar su capacidad de incidir en la vida política nacional, no es menos cierto que, como se ha señalado, la penetración social de las ideas maurrasianas era de todo menos despreciable.18

Fue esa Acción Francesa la que iba a enfrentarse al momento del juicio, a la gran prueba, a raíz de la derrota de Francia en 1940 y el acceso al poder de Petain. No es que se constituyese en la única y directa fuente de inspiración del régimen de la «revolución nacional», pero sí fue la más importante, al menos en el llamado «primer Vichy».19 Pero todo ello se producía en el marco y como consecuencia de la derrota, con una Francia partida entre la zona de ocupación y la que controlaba Vichy. Y de ahí la «gran prueba». Porque una organización nacionalista no podía sino desarrollar un discurso de este signo ante la nueva situación. Lo hizo de una forma en apariencia consecuente con la acuñación del lema de la «France seul», que se inscribió en el frontispicio del periódico y que podría constituir la mejor concreción para esos momentos de la idea de la «France d’abord». Ni con los alemanes ni con los ingleses, ni con los colaboracionistas ni con la resistencia, frente a esta última y frente al europeísmo filonazi de los fascistas franceses. Solo Francia, Francia por encima de todo, puro patriotismo, pues.20

¿Puro patriotismo? Hay que decir, en primer lugar, que la «divina sorpresa» lo era también, cuando no fundamentalmente, en la medida en que suponía la concreción de un régimen antiliberal, antidemocrático, antimarxista, antisemita, incluso «regionalista». Lo más parecido posible al proyecto reaccionario que había defendido siempre Acción Francesa. Sobre todo, no hubo ninguna «equidistancia» en la condena del colaboracionismo filonazi y la resistencia. Por una parte, se condenaba un colaboracionismo, el fascista, para defender –juegos retóricos al margen– otro, el del propio régimen de Vichy.21 Por otra, la condena de la resistencia adquirió los tonos más virulentos, hasta el punto de pedir la mayor y más brutal de las represiones para los «terroristas». No en vano estaban entre ellos comunistas y masones, no en vano Maurras seguía bramando contra los judíos haciéndolos responsables de todo,22 es decir, los enemigos «confederados» de siempre materializados ahora en la resistencia. Exigiendo el aplastamiento de esta, que era la que estaba luchando efectivamente por la nación francesa, Maurras y la mayoría de los maurrasianos venían a anteponer, en suma, su proyecto político sobre el «nacional»;23 en eso consistía su nacionalismo. Michel Winock lo ha sintetizado a la perfección: «Plus conservative que nationaliste, plus nationaliste que royaliste, l’Action française n’a pu néanmoins resister à l’épreuve de l’événement, tombant de la “divine surprise” à la “revanche de Dreyfus”».24

Ningún nacionalismo subrayó tanto el primado de la política exterior como la Associazione Nazionalista Italiana. Y a no otra cosa parecería remitir la conocida noción de Corradini de las naciones proletarias en términos de transposición de la lucha de clases a la lucha entre las naciones. Pero, como ha constatado un sector de la historiografía, el argumento es perfectamente reversible: podría ser la voluntad de alejar la lucha de clases del interior y reafirmar un proyecto político propio la que «condujese» a reafirmar la centralidad de la lucha por la proyección internacional, agresiva y de conquista, de la nación.25 Ambas cosas iban, una vez más, de la mano. Por otra parte, se ha subrayado insistentemente que una de las mayores diferencias entre la ani y la af radicaría en el decadentismo de la segunda, consecuente con la percepción de una gran potencia en la que podrían apreciarse todos los síntomas de la decadencia, en contraste con el afán expansivo de una nación joven.26 Y, sin embargo, el mito de la decadencia está muy presente también en el nacionalismo italiano. Aunque aquí aparezca como un horizonte posible al que estarían conduciendo el parlamentarismo, la democracia y el socialismo, la «democracia giolittiana», en suma. La propia agitación nacionalista para la entrada de Italia en la Gran Guerra presenta como alternativa negativa, precisamente, la decadencia.27 También el nacionalismo italiano tenía, aunque no se les llamase así, sus enemigos «confederados»; eran los ya mencionados, además de la masonería. Si había una anti-Francia, como una anti-España, Italia tenía también su anti-nación.

En la práctica, ambas caras de la moneda se habían puesto de manifiesto ya en torno a la Gran Guerra, a lo largo de la cual, e inmediatamente después, pusieron tanto empeño en las dimensiones exteriores del conflicto como en reafirmar la voluntad de hacer de este la clave del arco para imponer su propio proyecto político.28 No era fácil deslindar, por ejemplo, en la figura de la estrella emergente del nacionalismo, Alfredo Rocco, lo que había de una y otra cosa.29 Con la llegada al poder del fascismo, los nacionalistas pudieron fusionar su organización con la de los nuevos detentadores del poder con la ilusión –recogida después en la historiografía– de que en realidad eran ellos los que habían «capturado» ideológicamente al fascismo.30 Después de todo, una serie de elementos parecían confirmar a los nacionalistas que las cosas iban por buen camino: la destrucción de la democracia, el respeto a la Monarquía, la puesta a un lado del anticlericalismo fascista, la represión de la masonería, la codificación del Estado autoritario a cargo de Rocco, la Conciliazione y hasta el desarrollo de una política exterior agresiva pero que no terminaba de romper con las pautas tradicionales.

Pero el fascismo no era solamente todo esto ni en política interior ni, como veíamos más arriba, en política exterior. Algo que algunas de las principales figuras nacionalistas no tardaron en apreciar. Tal era, por ejemplo, el caso de Corradini, quien, tan pronto como en 1927, anotaba algunas de sus preocupaciones: «Si parla troppo di Fascismo e troppo poco d’Italia (...) Meno Fascismo e più Italia, meno Partito e più Nazione, meno Rivoluzione e più Costituzione».31 Demasiado pronto tal vez, por cuanto muchos nacionalistas podían sentirse todavía por esas fechas razonablemente satisfechos con la evolución del régimen. Pero no es casualidad que esa misma línea la retomara Federzoni cuando la Segunda Guerra Mundial y el modo, que veíamos más arriba, en el que el fascismo la había combatido condujeron al desastre. Se ha llevado, decía, al pueblo al «cimento parlandogli di rivoluzione anzichè di Patria, di partito anzichè di Stato, di Fascismo anzichè d’Italia».32

Demasiado tarde, tal vez. Pero no le faltaba seguramente razón a Federzoni cuando relacionaba la deriva hacia la guerra fascista y de partido con la aceleración totalitaria asumida por el régimen en la segunda mitad de los años treinta. Desde este punto de vista, podría suponerse que, aquí sí, los nacionalistas italianos anteponían finalmente, dentro de los esquemas del más puro patriotismo, los intereses de la nación a los del propio proyecto político. Pero, nótese, lo hacían en el momento del fracaso y para denunciar las consecuencias de la imposición del otro proyecto político, el fascista. Porque, frente a este, sin «revolución», sin «guerra fascista», con menos partido, con menos fascismo y con Monarquía se podía soñar, y durante un tiempo ilusionarse, con el régimen reaccionario perfecto.

Un régimen reaccionario casi perfecto lo podían soñar en España los nacionalistas de Acción Española a la altura de 1939. A condición, claro, de que desaparecieran, o fueran aún más subordinados, los falangistas, con sus revolucionarismos y universalismos europeístas de signo filonazi. Y a la espera, por supuesto, de que se avanzase hacia la restauración de la Monarquía. No necesitaban ya que España abrazase ninguna aventura exterior. Entre otras cosas, porque sabían, como lo sabían sus rivales falangistas, que la guerra europea se convertía a marchas forzadas en una guerra fascista y que esta iba de la mano con los proyectos revolucionarios de los falangistas.33 El fracaso de la ofensiva falangista de mayo de 1941 y el progresivo alejamiento de toda perspectiva de entrada de España en el conflicto mundial, podían constituir, para los nacionalcatólicos, avances en la dirección correcta. Y desde 1943 buscaron la culminación de su proyecto político en dirección a una Monarquía, «tradicional», reaccionaria, sin «totalitarismo», sin partido y sin Franco. No lo consiguieron del todo –todavía–, pero su patriotismo se reducía ya básicamente a esto. Salvada la nación con la destrucción del liberalismo y la democracia, de la «conspiración judeo-masónica», de marxistas, anarquistas y separatistas, de la «Anti-España», en suma, solo quedaba la apuesta por la realización plena de su programa.

DESPUÉS DE 1945

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial los fascistas y los nacionalistas españoles se quedaron solos, ya que los derrotados en el conflicto habían sido tanto el fascismo como el nacionalismo reaccionario. Oficialmente, tampoco habría ya en España ni fascistas ni nacionalistas. Y sin embargo, seguía habiéndolos; eran los falangistas y los hombres de Acción Española y sus epígonos. Eran los mismos aliados-enemigos y seguirían siéndolo a lo largo del régimen. Pero ¿dónde quedaba la nación con todo esto?

Para los falangistas ya no había horizonte de Imperio, pero sí el de la revolución nacional y social. Una revolución nacional que se plantearía ahora como desarrollaba Laín Entralgo en España como problema, como un intento de síntesis entre las dos Españas que venían del XIX, la progresista y la tradicionalista. De la primera habría que retener lo que habría tenido de «actual», de acorde con los tiempos, y de la segunda su profunda españolidad. Toda una triquiñuela que servía para seguir postulando que la única España posible era la de Falange. La superadora de las viejas divisiones, por más que, eso sí, dentro del régimen franquista y sin horizonte democrático alguno. En suma, la síntesis fascista reactualizada.34

Para los nacionalcatólicos la nación estaba salvada. Derrotados, se suponía que para siempre, sus enemigos, España ya no era problema. Ni precisaba de síntesis o revolución alguna. Se trataba simplemente de avanzar en el terreno de la economía y en el de la restauración de la Monarquía. A no otra cosa apuntaba el feliz enunciado de Florentino Pérez Embid de la «europeización en los medios y la españolización en los fines». Es decir, modernización económica y reacción pura y dura en el terreno político y en el cultural.35

Lo consiguieron en buena parte. Hasta el punto de que España pareció convertirse en el único país que había alcanzado el viejo sueño maurrasiano y de sus pariente políticos. Un sueño coronado muy tarde, en 1969, con la designación de Juan Carlos como sucesor de Franco a título de rey, pero coronado al fin. Significativamente, la culminación del proyecto político reaccionario conllevó el eclipse de la nación, de los discursos de nación. Incluso en el plano simbólico, en el que los grandes referentes nacionalistas –el 2 de Mayo e incluso el día de la Raza/Hispanidad– pasaron a un segundo plano frente a la gran celebración (auto)conmemorativa del régimen, el 18 de Julio.36

Naturalmente, todo esto no quiere decir que desaparecieran como por arte de magia el nacionalismo y la nación. El eclipse de los discursos de nación permitía reforzar el pretendido alejamiento del régimen de todo nacionalismo, al tiempo que orillar un tema que se había demostrado reiteradamente como un terreno conflictivo entre los aliados-rivales que lo sustentaban. Pero nación y nacionalismo hubo, al mismo tiempo, más que nunca. Era ya una España incuestionable, naturalizada y banalizada hasta la saciedad. Se «españolizaba» continuamente con los goles de Zarra a la «pérfida Albión» o de Marcelino al archienemigo ruso; con Lola Flores, Carmen Sevilla o Manolo Escobar; con Manolete o el Cordobés; con todos los logros económicos, y hasta con la búsqueda de pretendidos orígenes españoles de cualquier estrella mundial (como Walt Disney, por ejemplo). España estaba ahí, en todas partes y en todo momento. Y era, además, intocable. Sobre todo cuando aparecía el desafío externo, fuera este la «falsa» celebración del día de la Hispanidad en Nueva York, Gibraltar o, especialmente, cuando arreciaban las protestas internacionales contra la represión franquista. Y lo era también frente al desafío interno, aquel constituido por los enemigos de siempre, rojos y separatistas, frente a los cuales el nombre de España volvía a sonar, atronador, en la propaganda del régimen.

Al final, el eclipse del discurso de nación, con el correlato del rechazo absoluto del «nacionalismo», terminó por volverse contra el propio régimen, que hubo de reconocer en sus postrimerías que la batalla regional-nacional la estaban perdiendo por no haber sabido articular una respuesta coherente a esta.37 Sucesivamente, ya en la transición, franquistas y posfranquistas tendrían no pocas dificultades a la hora de rearticular un discurso de nación.

No se trata, ahora, de entrar en el debate acerca de si el régimen franquista «nacionalizó» o «desnacionalizó»; pero sí hay que constatar que dejó su poso en el terreno de la naturalización-banalización de «España» y en el de los discursos. Así, muchos falangistas y exfalangistas se pudieron reivindicar como nunca nacionalistas, como siempre europeístas y universalistas; aunque, eso sí, con la firme idea de que España era algo eterno, un dato de hecho, algo incuestionable, sobre todo cuando se trataba de hacer frente a los múltiples retos de la España plural. Y así, los que venían de la tradición nacionalcatólica pudieron batir también el terreno de su universalismo nonacionalista en nombre de una España eterna e incuestionable, además de felizmente articulada con su Monarquía, su religión, su lengua, sus fuerzas armadas. Para mostrarse, finalmente, tan reactivos como los anteriores ante esos retos de esa España plural tan impíamente aliada con la izquierda, con los socialistas. Otra vez, el proyecto político se superpone al nacional.

REFLEXIONES FINALES

1. ¿Qué tiene que ver lo que analizábamos en la primera parte de este trabajo con el modo en que lo concluimos? Una primera consideración puede formularse al respecto. Esta es que el nacionalismo español de la derecha sigue teniendo serios problemas a la hora de reinventarse en sentido democrático. En primer lugar, porque subsisten, desprovistos ahora de sus componentes antiliberales y antidemocráticos, los viejos fundamentos de los nacionalismos franquistas: Monarquía, religión, lengua, fuerzas armadas... En segundo lugar, porque el elemento «fuerte» de ese nacionalismo sigue radicando en la naturalización-banalización de la nación española, dos aspectos del problema que se refuerzan mutuamente. En tercer lugar, porque la fundamentación democrática de ese nacionalismo queda relegada, si acaso, a un último plano. Tal legitimación podría haber venido constituida por el «patriotismo constitucional», pero esta noción desaparece –como se habrá observado– con frecuencia. Y su habitual formulación parece reducirse a una herramienta ad hoc a la hora de combatir los nacionalismos alternativos. Más aún, la Constitución viene invocada casi siempre no como un proyecto común basado en la libertad, sino como una suerte de código cerrado que marca los límites de lo «intocable». Que las referencias a la Constitución se limiten casi siempre al menos «constitucional» de sus artículos, el segundo, lo dice prácticamente todo al respecto.

2. En otro orden de cosas, se ha podido observar a lo largo de estas páginas cómo fascistas y nacionalistas españoles antepusieron en sucesivos momentos su proyecto político a los contenidos «nacionales» de este. Los primeros, sublimando la nación en un pretendido europeísmo-universalismo de raíz marcadamente fascista. Los segundos, reduciendo su proyecto nacionalista a la mera y simple destrucción de la Anti-España, completada con la coronación de su proyecto político reaccionario. Ambos intentaron apropiarse de la nación mediante el reiterado procedimiento de descalificar al enemigo, identificado siempre como lo menos nacional o simplemente antinacional. Ambos, en fin, se identificaron absolutamente con el régimen franquista, por cuyo control disputaban, por encima de toda preocupación por la suerte de la nación: durante las tres décadas que sucedieron a la derrota mundial del fascismo y el nacionalismo reaccionario antepusieron la supervivencia del régimen a los intereses de una nación postergada y despreciada en el ámbito internacional.

3. Como se ha visto, nada de especialmente peculiar hubo en la experiencia española respecto a las otras europeas. Acción Francesa antepuso la fidelidad a su proyecto político reaccionario, a la defensa misma de la nación frente al ocupante nazi; los nacionalistas italianos se «acordaron» de la nación en el momento de la derrota, para denunciar los «excesos» del proyecto político rival, el de los fascistas. Estos últimos antepusieron su proyecto de Estado-partido y guerra fascista al de guerra nacional hasta que la catástrofe se consumó. Esto es lo que hicieron todos, nacionalistas y fascistas, a «la hora de la verdad», en «el momento de la prueba». Lo específico de la situación española estriba en su condición de «superviviente». Pero esta circunstancia debe ser analizada no como una especie de peculiaridad a la española, sino como un elemento de reflexión que ayuda a comprender, ratificándolas, las derivas de los nacionalismos antiliberales europeos que acabamos de constatar.

4. Tal vez sea ocioso, por irresoluble, forzar la solución del dilema entre proyecto político y proyecto nacional en los distintos nacionalismos europeos. Al fin y al cabo, todos consideraban que lo mejor para la nación era su proyecto de nación y viceversa. Pero no se les puede conceder el beneficio de la duda en su pretensión de ser única y exclusivamente «nacionales». Eso es lo que afirmaban sus propios discursos, pero las cosas fueron siempre mucho más complejas. La forma en que se comportaron en el «momento de la prueba» constituye toda una advertencia para el historiador y su necesidad de deconstruir tales discursos. Constituye también, tal vez, el último legado, en España y en Europa, de los grandes nacionalismos antiliberales del siglo XX, del ultranacionalismo fascista y del nacionalismo reaccionario.

Nota: El autor participa en el proyecto «De la dictadura nacionalista a la democracia de las autonomías: política, cultura, identidades colectivas» (HAR2011-27392).

1. abc, 8 de abril de 2012.

2. Sobre lo que remitimos al texto en este mismo volumen de Julián Sanz.

3. No desconocemos en absoluto la importancia, fundamental, de la experiencia portuguesa para cuanto aquí se trata. Razones de espacio y de prudencia historiográfica nos impiden, sin embargo, incluirla en el presente análisis.

4. Aristotle Kallis: «El concepto de fascismo en la historia anglófona comparada», en Joan Anton Mellon (coord.): El fascismo clásico (1919-1945) y sus epígonos, Madrid, Tecnos, pp. 14-70 (64).

5. Véase, sobre el proyecto revolucionario del totalitarismo fascista, Emilio Gentile: Fascismo. Historia e interpretación, Madrid, Alianza, 2004, p. 84.

6. Ismael Saz: España contra España. Los nacionalismos franquistas, Madrid, Marcial Pons, 2003, pp. 101-155.

7. «España: germanos contra bereberes», ensayo fechado el 13 de agosto de 1936 y recogido en Miguel Primo de Rivera y Urquijo: Papeles póstumos de José Antonio, Barcelona, Plaza y Janés, 1996, pp. 178-183.

8. «España en su hora», Arriba, 9 de agosto de 1940.

9. Dionisio Ridruejo: «La patria como síntesis», Arriba, 29 de octubre de 1940.

10. Pedro Laín Entralgo: Los valores morales del nacionalsindicalismo, Madrid, S. Aguirre Impresor, 1941, p. 13.

11. Salvador Lissarrague: «Lo nacional y lo falangista», Arriba, 26 de noviembre de 1940.

12. Loreto Di Nucci: Lo Stato-partito del fascismo, Bolonia, il Mulino, 2009, pp. 563 y ss.

13. Emilio Gentile: «La nazione del fascismo. Alle origini del dclino dello Stato nazionale», en Giovanni Spadolini (cur.): Nazione e nazionalita’ in Italia, Roma-Bari, Laterza, 1994, pp. 65-124 (110).

14. Ibíd. pp. 110-111.

15. Citado en ibíd.., p. 111.

16. Di Nucci: Lo Stato-partito..., op. cit., p. 589.

17. Ismael Saz: «¿Dónde está el otro? O sobre qué eran los que no eran fascistas», en J. Anton: El fascismo..., op. cit., pp. 155-190. Ahora en Ismael Saz: Las caras del franquismo, Granada, Comares, pp. 1-24.

18. Eugen Weber: L’Action Française, París, Fayard, 1985, pp. 486-487; Robert Paxton: La France de Vichy, París, Seuil, 1977, p. 311; Michel Winock: «l’Action française», en M. Winock (dir.): Histoire de l’extrême droite en France, París, Seuil, 1993, pp. 125-156 (148).

19. Ibíd., pp. 148-149; Pierre Milza: Fascisme français. Passé et Présent, París, Flammarion, 1987, pp. 228-229.

20. Cf., Stéphane Giocanti: Charles Maurras. El caos y el orden, Barcelona, Acantilado, 2010, pp. 563 y ss.

21. Ibíd., pp. 568-569.

22. Cf., François Huguenin: L’Action française, París, Perrin, 1998, pp. 476 y ss.

23. Aunque hubo también, como se sabe, maurrasianos en la resistencia, como los hubo igualmente entre los colaboracionistas filonazis.

24. M. Winock: «l’Action...», op. cit., p. 156.

25. «In fondo la teoría della nazione proletaria di Corradini era l’espressione propio di questa duplice finalità, da un lato trasferendo la lotta di clase dalla política interna a quella internazionale, dall’altro fornendo un mito, con il quale demagogicamente si poteva sostenere una visione organiza della nazione che permetesse di rimuovere i conflitti di clase». Adriano Roccucci: Roma capitale del nacionalismo (1908-1923), Roma, Archivio Guido Izzi, 2001, p. 72.

26. Esta es, como se sabe, una idea-fuerza del nacionalismo italiano, recogida después por un sector de la historiografía. Véase al respecto Daniel J. Grange: «Le nationalisme français vu d’Italie avant 1914», en E. Decleva y P. Milza (cur.): Italia e Francia. I nazionalismi a confronto, Milán, Francoangeli, 1993, pp. 101-112.

27. La había evocado, por ejemplo, el propio Corradini en un artículo publicado en fechas tan sig-nificativas como las del otoño de 1914 y que portaba por título «La neutralità porta alla decadenza». Véase A. Roccucci: Roma capitale..., op. cit., pp. 209-210.

28. Ibíd.

29. Véase Emilio Gentile: Il mito dello Stato nuovo dall’antigiolittismo al fascismo, Roma-Bari, Laterza, 1982, pp. 184-185.

30. Una tesis, esta, perfectamente rebatida por Emilio Gentile. Véase de este autor, entre otros, Fascismo. Storia e interpretazione, Roma-Bari, Laterza, 2002, pp. 155-160 y 275 y ss.

31. Citado en E. Gentile: «La nazione del fascismo...», op. cit., p. 79.

32. Citado en l. Di Nucci: Lo Stato-partito..., op. cit., p. 584.

33. Me he ocupado de ello en Las caras del franquismo, Granada, Comares, 2013, pp. 51-67.

34. Pedro Laín Entralgo: España como problema, Madrid, Seminario de Problemas Hispanoame-rizanos, 1949.

35. Al respecto, I. Saz: Las caras..., op. cit., pp. 135-146.

36. Ibíd., pp. 89-112.

37. Como se lamentaba reiteradamente el Consejo Nacional del Movimiento en las postrimerías del franquismo. Véase Carles Santacana: El franquisme i els catalans: els informes del Consejo Nacional del Movimiento, Catarroja, Afers, 2000; también, Carme Molinero y Pere Ysàs: La anatomía del franquismo, Barcelona, Crítica, 2008, pp. 141 y ss.

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