Kitabı oku: «Nación y nacionalización»
NACIÓN Y NACIONALIZACIÓN
UNA PERSPECTIVA EUROPEA COMPARADA
NACIÓN Y NACIONALIZACIÓN
UNA PERSPECTIVA EUROPEA COMPARADA
Ferran Archilés,
Marta García Carrión,
Ismael Saz (eds.)
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

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© De los textos: Los autores, 2013
© De esta edición: Universitat de València, 2013
Coordinación editorial: Josep Cerdà (MuVIM) y Maite Simón (PUV)
Maquetación: Textual IM
Corrección: Communico C.B.
Cubierta:
Diseño: Celso Hernández de la Figuera
Ilustración: Adolf Stieler: Atlas Manual de todas las partes de la tierra y el cosmos
(Atlas Manual de Stieler). Gotha, Justus Perthes, 1891, mapa 8 (Europa)
ISBN: 978-84-370-9315-4
Edición digital
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
FRANCIA: JACOBINISMO Y PETITES PATRIES, Anne-Marie Thiesse
PATRIA, NACIÓN, NACIONALIZACIÓN: EL CASO PORTUGUÉS EN ELSIGLO XIX, Sérgio Campos Matos
EL DISCURSO NACIONAL ITALIANO Y SUS IMPLICACIONES POLíTICAS(1800-1922), Alberto Mario Banti
POLÍTICAS DE NACIÓN Y NACIONES DE LA POLÍTICA, Ismael Saz Campos
CONFLICTOS POLÍTICOS Y LUGARES DELA MEMORIA EN LA ITALIAPOSTUNITARIA, Maurizio Ridolfi
ENTREGUERRAS: LOS HISTORIADORES, LA HISTORIA Y LA VIDA, Ignacio Peiró Martín
EL INTELECTUAL, LA NACIÓN Y LOS PROCESOS DE NACIONALIZACIÓN EN EL SUR MEDITERRÁNEO. ALGUNAS REFLEXIONES, Jordi Casassas Ymbert
CINE Y NACIONALIZACIÓN EN LA EUROPA DE ENTREGUERRAS. EL CASO ESPAÑOL EN PERSPECTIVA COMPARADA, Marta García Carrión
«L’ESPAGNE C’EST ENCORE L’ORIENT» PASADO ORIENTAL Y MORALCRISTIANA EN MARTÍNEZ DE LA ROSA, Xavier Andreu Miralles
¿NI IMPERIO NI IMPERIALISMO? EL IMAGINARIO NACIONAL ESPAÑOLY EL IMPERIALISMO AFRICANISTA EN LA ESPAÑA DE LA RESTAURACIÓN (c. 1880-c. 1909), Ferran Archilés Cardona
REPUBLICANIZAR LA PATRIA O ESPAÑOLIZAR LA REPÚBLICA:CÓMO CONSTRUIR LA NACIÓN ESPAÑOLA DESDE LA IZQUIERDAREPUBLICANA (1931-1936), M.ª Pilar Salomón Chéliz
«SOBRE TIERRAS GERMANAS, CAMISAS AZULES». LA IMAGEN DEALEMANIA EN LA SECCIÓN FEMENINA, 1936-1945, Toni Morant i Ariño
LA PATRIA EN LOS ESTADIOS. FÚTBOL, NACIÓN Y FRANQUISMO, Julián Sanz Hoya
INTRODUCCIÓN
Ferran ArchilésMarta García CarriónIsmael Saz
En 1983 Ernest Gellner publicó su libro Naciones y nacionalismo, una obra en la que sintetizaba más de dos décadas dedicadas al estudio de la cuestión nacional, en lo que pasaría a convertirse en un clásico por derecho propio de este campo de estudio. En aquel mismo año, vio la luz el trabajo de Benedict Anderson Comunidades imaginadas, otra de las piedras miliares de la renovación de los estudios sobre nacionalismo. En realidad, los primeros años ochenta se convirtieron en uno de los periodos más fructíferos en la renovación de los trabajos de las identidades nacionales y especialmente en el marco de lo que ha venido a denominarse la teoría modernista en el estudio del nacionalismo. Aunque ya fuera evidente en aquel momento, lo sería con mucha mayor claridad a lo largo de las dos décadas posteriores; se trató casi de un giro copernicano (sin menospreciar trabajos previos como los de Hans Kohn, Karl W. Deutsch y Anthony Smith) en la forma de abordar el estudio de las cuestiones identitarias nacionales.
Sin embargo, en la década de los setenta habían visto la luz dos trabajos: La nacionalización de las masas, de George L. Mosse, publicado en 1974, y al año siguiente Peasants into Frenchmen, de Eugen Weber. Estos trabajos, de cuya importancia no nos cabe hoy día ninguna duda, debieron haber sido en su momento tan importantes como lo fueron las innovaciones de la década posterior. En cierto sentido, así fue, pero habitualmente solo para las historiografías dedicadas al estudio de la historia de Alemania o de la historia francesa. Su influencia resultó, por tanto, totalmente inexistente, y además un tanto distorsionada. Tal vez pueda resultar significativo el hecho de que el trabajo de Mosse no se tradujo al español hasta 2001, mientras que, por su parte, la obra de Weber no lo ha sido nunca. Entre otros muchos méritos, los trabajos de Mosse y Weber situaron en el centro de sus investigaciones el problema de la nacionalización, esto es, de la difusión social de las identidades nacionales. Más allá del estudio del nacionalismo entendido como ideología (considerada más o menos coherente), elaborada por unas élites autoconscientes de intelectuales o políticos, puesto que esta había sido la caracterización más frecuente en el estudio del nacionalismo, los estudios dedicados a los procesos de nacionalización ampliaban el repertorio de problemas que merecían ser estudiados. Independientemente de los planteamientos teóricos que estaban en la base de los trabajos de Mosse y de Weber, que en ningún caso configuran forma alguna de paradigma ni pueden ser considerados como parte de un mismo marco teórico, ambos abrieron un horizonte hacia consideraciones más propias de una historia social de la construcción de identidades. Planteamientos que, sin embargo, han tardado en ser transitados y en algunos casos lo han sido solo de manera muy parcial. De hecho, ni Gellner ni Anderson, en los trabajos mencionados, parecieron haber acusado de manera explícita el impacto de las obras a las que nos referimos.
En cierto sentido, los trabajos de Weber y Mosse pasaron a convertirse en una suerte de clásicos finalmente más citados que verdaderamente discutidos y desarrollados en muchas de sus implicaciones. Convertidos en monumentos, frecuentemente las tesis defendidas por sus autores han pasado a ser entendidas como paradigmas cerrados de interpretación de la historia de Francia y Alemania. Desde luego, hoy en día nos encontramos con un escenario historiográfico, pero no solo, mucho más matizado gracias a que se han ido acumulando investigaciones, estudios de caso, monografías, etc., sobre los procesos de nacionalización. Probablemente seguimos tan lejos de disponer de un paradigma (si es que tal cosa es deseable) sobre los procesos de nacionalización como lo estuvimos en la década de los años setenta. Sin embargo, contamos con un conjunto mucho más refinado de planteamientos teóricos, repertorios de temas que estudiar y perspectivas metodológicas. Abordar hoy en día el estudio de los procesos de nacionalización en el contexto europeo resulta, en definitiva, una tarea mucho más fácil, aunque no por ello menos sometida a las incertidumbres de todo aquello que aún ignoramos, ni menos apasionante.
Nación y nacionalización. Una perspectiva europea comparada ha nacido del impulso más reciente del grupo de trabajo que, desde hace más de década y media, ha venido ocupándose del estudio de los procesos nacionales en el Departament d’Història Contemporània de la Universitat de València, contando con la participación de más de treinta especialistas procedentes de universidades españolas, europeas y americanas. Nuestro trabajo se ha desarrollado en el marco de sucesivos proyectos, financiados por el Ministerio de Educación y la Generalitat Valenciana, y actualmente en el proyecto De la dictadura nacionalista a la democracia de las autonomías: política, cultura, identidades colectivas (HAR2011-27392).
Una vez más, los esfuerzos de nuestro grupo de investigación han pretendido convertirse en una plataforma de diálogo con especialistas de otros proyectos de investigación dedicados al estudio de los procesos de construcción nacional tanto en España como en el resto de Europa. Junto con diversos artículos en revistas nacionales e internacionales, los dos volúmenes más recientemente publicados son Ismael Saz y Ferran Archilés (eds.): Estudios sobre nacionalismo y nación en la España contemporánea (Zaragoza, PUZ, 2011), e Ismael Saz y Ferran Archilés (eds.): La nación de los españoles (Valencia, PUV, 2012). Si bien el eje central de los trabajos desarrollados por nuestro grupo de investigación se ha dedicado al caso español, la perspectiva comparada, especialmente con el contexto europeo, ha sido una constante. Por ello consideramos que había llegado el momento de editar un volumen que contara con la participación directa de algunos de los mejores especialistas europeos en el estudio de los procesos de construcción nacional, lo que pudiera permitir, como resultado paralelo, una consideración más compleja del caso español.
En la base de este libro está el Congreso Internacional «Procesos de nacionalización en la Europa contemporánea», celebrado en Valencia en abril de 2012, y organizado y financiado por el Museu Valencià de la Il·lustració i la Modernitat (MuVIM) y el proyecto de investigación citado. En este congreso se dieron cita catorce especialistas procedentes de ocho universidades de cinco países europeos. En el presente libro se recogen no tanto las actas de aquel encuentro, como las contribuciones derivadas de aquella puesta en común, verdadero brainstorming dedicado al estudio de los procesos de nacionalización. Los textos que componen Nación y nacionalización. Una perspectiva europea comparada son, por tanto, el resultado de una explícita voluntad de trabajar desde una perspectiva de historia comparada, considerando el marco europeo (al menos de Europa occidental) como un ámbito natural para la historia comparada. Máxime teniendo en cuenta que, por paradójico que pueda resultar expresarlo así, pocos ámbitos de estudio puede haber para una perspectiva de estudio transnacional como el de los fenómenos de la nación, el nacionalismo y los procesos de nacionalización. En este sentido, una parte importante del libro está compuesta por trabajos dedicados al estudio de los procesos de nacionalización en la España contemporánea basados en esta perspectiva comparada y transnacional.
Ciertamente, el estudio de los procesos de nacionalización en España ha sido uno de los temas clave para el estudio de la nación y el nacionalismo en el ámbito español. No han faltado, por tanto, referentes desde los que partir. Pero, sin duda, a pesar de la exuberancia del debate, son todavía muchos los aspectos que nos faltan por conocer. Aportar un mejor conocimiento del caso español es, por tanto, también uno de los objetivos del presente volumen.
Ello no significa que, ni por lo que respecta al caso español o a otros casos europeos (italiano, francés o portugués), ni por lo que respecta a una perspectiva teórica unificada, el presente volumen intente ser una obra ni exhaustiva ni concluyente. Una de las conclusiones que pudieron extraerse de las sesiones de debate acaecidas durante el citado congreso y que en gran medida está presente en la mayoría, si no en la práctica totalidad, de los textos de este libro es el hecho de que no existe una definición única ni del concepto de nacionalización ni de la manera como debe abordarse su estudio. Pero ello no significa, antes al contrario, que debamos resignarnos a una suerte de cacofonía de voces y definiciones. Porque es en el seno de esta diversidad conceptual donde se hallan algunos de los desafíos y también, por qué no, logros ya alcanzados a la hora de profundizar en los procesos de nacionalización en el marco europeo. Así, por ejemplo, el modelo de «nacionalización de las masas» planteado por George L. Mosse parece presentarse a nuestros ojos no tanto como un modelo exportable para el estudio de los procesos de difusión de las identidades nacionales a otros casos más allá del alemán, sino al estudio (puesto que así fue concebido por Mosse, y dejando ahora al margen el debate sobre las singularidades de la historia alemana) de la construcción de una cultura nacionalista que pudo sentar las bases para el ascenso del nazismo. En otro sentido, la monumental obra de Eugen Weber nos ha iluminado e ilumina sobre el papel del Estado en su contribución a los procesos de construcción nacional, pero marginó todas aquellas formas de nacionalización que procedían de los ámbitos más allá del Estado, ámbitos que procedieron de la sociedad civil (de las culturas políticas a las prácticas de sociabilidad y toda suerte de nacionalismo «banal» a la manera expresada por Michael Billig). En Nación y nacionalización se aborda un amplio abanico de problemas referidos al estudio de los procesos de nacionalización en la Europa y la España contemporáneas que tratan de combinar el estudio de aquellos aspectos directamente vinculados a la acción del Estado con los mecanismos que se encuentran más allá de la acción institucional de los poderes públicos. En este sentido, en los diversos trabajos encontramos un amplio repertorio de temas y perspectivas: contribuciones sobre el rol de los intelectuales, y específicamente del discurso histórico y los historiadores; el papel jugado por las culturas políticas (fascistas, reaccionarias o izquierdistas) y los mitos y símbolos promovidos por el nacionalismo; la función ejercida por aspectos frecuentemente obviados como son la dimensión regional o el imperialismo; el papel desempeñado por los espectáculos de masas, como son el cine y el fútbol; y, en definitiva, procurando incorporar perspectivas de historia «desde abajo» y de género que iluminan dimensiones habitualmente opacas en la comprensión de los procesos de nacionalización.
Ciertamente, en el presente volumen son muchas las perspectivas que seguramente no se han podido abordar, y diversos los casos de la Europa occidental que no están presentes. Ello se debe no tanto a una falta de voluntad por nuestra parte para incorporarlos, como a las dificultades de financiación que entraña todo encuentro internacional, especialmente en la muy difícil coyuntura económica en que nos encontramos. En este sentido, queremos agradecer muy especialmente el apoyo prestado por el MuVIM, que cofinanció el congreso mencionado. Porque lo cierto es que si difícil es la coyuntura económica española, más todavía lo es la situación valenciana. A ello hay que añadir, además (y tal vez no haya un lugar más pertinente para referirse a ello que la introducción de un libro dedicado a la construcción de los procesos identitarios nacionales), las dificultades que entraña, para espacios periféricos a los centros de poder económico e intelectual, el poder desarrollar muchas de sus actividades. Ese es el caso de Valencia, donde la práctica total ausencia de instituciones públicas o privadas dedicadas al fomento de actividades en el campo de las ciencias sociales y las humanidades convierte en todavía más compleja la organización de encuentros, publicación de trabajos, etc. Por otra parte, el carácter periférico permite tal vez una mirada, si no más crítica, al menos con mayor perspectiva en lo que respecta al conjunto español. Algo cada vez más necesario a la luz del proceso aparente de recentralización de la vida económica y cultural al que parecen abocarnos los tiempos que corren.
Para terminar, los coordinadores de este volumen queremos agradecer su ayuda, como se ha señalado, al MuVIM y especialmente a Vicent Flor, que actuó como coordinador técnico del congreso mencionado, por las facilidades que puso a nuestra disposición, así como al resto del equipo técnico del Museu y a los traductores de las sesiones. Asimismo, queremos agradecer a Publicacions de la Universitat de València, que se ha encargado de la edición del libro con su habitual profesionalidad. Finalmente, queremos mostrar nuestro agradecimiento a Mónica Granell, que ha realizado la traducción de tres de los capítulos que conforman este libro.
València, abril de 2012
FRANCIA: JACOBINISMOY PETITES PATRIES
Anne-Marie Thiesse CNRS/ENS-Paris
«La República Francesa es una e indivisible». Esta definición se inscribió en la primera Constitución francesa de 1793, y sigue vigente hoy en día. Francia se ha caracterizado frecuentemente por su tradición jacobinista, que enfatiza la uniformidad administrativa, jurídica y política del territorio nacional, algo que implicaría, en consecuencia, una uniformidad cultural. La centralización del Estado ha sido una dinámica a largo plazo, puesta en marcha bajo el Ancien Regime y reafirmada constantemente durante la época nacional. Sin embargo, a pesar de que la construcción del Estado está claramente marcada por la centralización y la posición dominante de París sobre el resto de Francia, este proceso de construcción de la nación ha sido mucho más complejo. La historiografía francesa presenta, por lo general, la construcción nacional de Francia como algo determinado por la unificación, concebida más o menos como uniformización, y se entiende como parte de la excepcionalidad francesa. Sin embargo, varios estudios recientes muestran que las referencias a las culturas e identidades regionales han desempeñado un papel importante en el proceso de nacionalización, al igual que en otros países europeos.1 El regionalismo, tanto en el campo político como en el cultural, ha sido desatendido por los historiadores franceses, incluso negado, ya que la nacionalización y la regionalización han sido planteadas principalmente como polos antagónicos. Desde esta perspectiva, la nacionalización se ha asociado con la noción de progreso económico, social y político, y el regionalismo se ha considerado un residuo arcaico, una resistencia a la modernidad, una fortaleza monárquica y católica de antirrepublicanismo.2
Comprender el proceso de «nacionalización regionalista», incluso en el caso francés, nos obliga a considerar el hecho de que los procesos de nacionalización y regionalización están entrelazados. Las culturas regionales modernas, como las culturas nacionales, se basan en innovaciones y en «invención de tradiciones». En el caso francés, la formación de culturas regionales modernas, iniciada a principios del siglo XIX, se intensificó de forma continuada en la segunda mitad del siglo XIX. Y así, en lugar de mirar hacia atrás y cerrarse sobre sí misma, podría utilizarse como un paso decisivo para fomentar un sentimiento patriótico en la población.
Aunque pocas veces se menciona en los estudios académicos sobre el periodo, la Tercera República fue el momento culminante para el regionalismo cultural (especialmente para la pintura, la literatura, la arquitectura, el diseño) y los movimientos que demandaban una mayor autonomía regional y la descentralización del Estado.3 Esta República se instauró en 1870, después de la derrota del Segundo Imperio por una coalición de estados alemanes. Sus inicios estuvieron marcados por los acontecimientos revolucionarios de la Comuna de París y por los intentos de restablecer un régimen monárquico. Sin embargo, esta Tercera República duró setenta años, y se derrumbó después de otra derrota nuevamente a manos de las tropas alemanas en junio de 1940. De hecho, un aspecto crucial del periodo fue la nacionalización de las clases populares, es decir, su plena integración en el Estado-nación. El historiador estadounidense Eugen Weber describió esta evolución mediante la fórmula «de campesinos a franceses». De esta forma, hacía hincapié en el hecho de que la integración de la población rural en el espacio nacional era todavía relativamente escasa a principios de la Tercera República. Esta hipótesis de Weber fue muy criticada en su momento por los historiadores franceses, pero la cuestión planteada por las élites políticas y culturales francesas durante las primeras décadas de la Tercera República tenía que ver no solo con la integración de la Francia campesina, sino sobre todo con la integración de los trabajadores industriales en los mecanismos nacionales. La clase trabajadora urbana fue percibida claramente como peligrosa, atraída por la ideología internacionalista o anarquista. En cambio, desde la Revolución de 1848, el campesinado francés fue percibido, más bien, como conservador, y conocido como un mundo de paz, sabiduría y gran autenticidad. Por eso, la promoción de las culturas regionales fue, sobre todo, una promoción del campesinado, presentado como la auténtica Francia popular. Se consideró que las culturas regionales estaban dedicadas a la naturaleza, la vida rural, los agricultores y el trabajo artesanal. Por el contrario, el mundo industrial se presentó como algo ajeno y degradante para los seres humanos.
Dos instituciones fueron las encargadas de desarrollar un fuerte sentimiento nacional: el reclutamiento militar y la escuela primaria. Las leyes de Jules Ferry (1881-1882), nombrado después ministro de Instrucción Pública, establecieron un sistema de educación pública. Asistir a la escuela se convirtió en algo obligatorio para todos los niños de 6 a 12 años. Las escuelas públicas eran seculares y gratuitas. Los nuevos curricula incluían formación en literatura, historia y geografía de Francia, así como educación cívica. Los maestros, los libros de texto y los mapas escolares hacían que los niños se enfrentaran constantemente a las representaciones de la nación. Uno de los libros de texto más famosos de la época estaba concebido como un recorrido circular alrededor de Francia. Leyendo esta novela escolar de septiembre a junio, los alumnos seguían los pasos de dos huérfanos alsacianos que escapaban de la ocupación alemana de su ciudad natal para encontrar parientes en su patria. El título del libro era el Tour de la France par deux enfants. Devoir et patrie4 (el Tour de Francia de ciclismo fue creado en 1903). Después de esta peregrinación patriótica, los escolares tenían que adquirir no solo un conocimiento de la nación, de sus paisajes y recursos, de los héroes de la historia, sino también una «educación sentimental», aprendiendo a alabar, admirar, adorar y amar a su patria. Se les enseñaba que la diversidad de Francia era una gran fuente de orgullo nacional. Francia se caracterizaba por su extraordinaria diversidad de paisajes, climas y recursos. El tópico de «la unidad rica en su diversidad» se formuló en muchos países europeos durante este periodo (y se convirtió en el lema de la Unión Europea en el año 2000); pero una interpretación típicamente francesa de esta expresión se había forjado en la segunda mitad del siglo XIX y presentaba a Francia como contenedora de una excepcional diversidad de paisajes, climas y producción agrícola. Se decía que era una combinación perfecta entre el norte y el sur, es decir, una síntesis de todo el continente, el único país verdaderamente universal, líder natural de Europa. Esta concepción de Francia, afirmada a menudo en el discurso académico de la época, era por supuesto una forma de compensar el declive relativo del poder francés en el continente (esta concepción de Francia todavía se enseña en la escuela, por lo general, en tercer curso de enseñanza secundaria, en clase de geografía).
Pero había otra manera de enseñar este sentimiento patriótico, que se basaba en un principio pedagógico: la idea de patria (patrie) era un concepto demasiado abstracto, demasiado distante de las percepciones de los niños para que pudiera ser realmente apreciado y entendido. Sería, entonces, más eficaz empezar la enseñanza en el mundo que los niños realmente conocían: su origen común, familiar, el espacio que los rodeaba; conocer este espacio más pequeño y aprender por qué era digno de ser amado, y luego, gradualmente, ampliar el conocimiento y el amor a la patria, que parecía ser el modelo más eficaz de educación patriótica. La noción de petite patrie, ‘patria chica’, fue utilizada intensamente en los discursos patrióticos y pedagógicos durante la Tercera República.5 El término es una clara adaptación de la palabra alemana Heimat, como expresa en este texto el destacado filólogo Michel Bréal:
Me gustaría que la enseñanza de la geografía tomara realmente como punto de partida el lugar donde viven los niños. [...] Cuando los niños conozcan lo que llaman «patria chica», en la otra orilla del Rin, habrá llegado el momento de mostrarles la gran Patria. [...] Me gustaría que, principalmente, hubiera hechos y datos que pusieran de manifiesto cómo cada parte de Francia contribuye a la grandeza y a la prosperidad de todo el país.6
La llamada petite patrie, como la Heimat alemana, podría ser una zona más o menos extensa: la ciudad, el départament o incluso la región. El significado subjetivo, que lo asociaba con la familia, las raíces, el amor, las emociones o los cuidados, era decisivo.
Entonces se podría decir: «El amor de la petite patrie es la base del amor a la gran Patria». Esta frase se expuso repetidamente en el discurso pedagógico durante décadas, como en esta cita tomada del prólogo a un libro de historia escrito por uno de los historiadores republicanos más famosos de finales del siglo XIX:
Francia es una e indivisible, pero se compone de diferentes partes, cada una de las cuales tiene su espacio como unidad. Somos franceses, pero también somos de Bretaña, Normandía, Picardía, Flandes, Lorena, Borgoña, Provenza, Languedoc o Gascuña. Todos nosotros tenemos una patria chica de la que amamos los paisajes familiares, los trajes, las costumbres, el acento y de la que nos sentimos orgullosos. No hay nada más legítimo que amar esta patria chica, nada es más natural, nada es más apropiado para fortalecer el amor por Francia, nuestra patria común.7
Hay que destacar que, en la promoción de las culturas regionales, estas eran consideradas desde una simple perspectiva patrimonial. La enseñanza regionalista no significaba mantener vivas las culturas populares realmente existentes. Era, más bien, una promoción del folclore tal como había sido creado por los eruditos desde principios del siglo XIX. Es decir, era más una cultura de exposición, de espectáculo, alabada como herencia y utilizada para actos festivos, colecciones de museos y estudios etnográficos. Este punto de vista patrimonial se expresó claramente en las cuestiones lingüísticas. El francés era el único idioma que se enseñaba en la escuela en el territorio estatal, a pesar de la fuerte diversidad lingüística de Francia y la codificación de las lenguas subnacionales durante el siglo XIX (principalmente el bretón y la lengua de oc). Los dialectos del francés y otras lenguas (bretón, occitano, vasco o flamenco) fueron tratados como lenguas inferiores y corruptas, y fueron prohibidos en las escuelas, a pesar de que muchos maestros podían entenderlos y hablarlos. A veces, estos profesores eran miembros de asociaciones que promovían dichos dialectos en la poesía y la narrativa. Las autoridades estatales prohibirían repetidamente la enseñanza de otras lenguas que no fueran el «francés nacional». No obstante, se animó a los maestros para que hicieran estudios locales, desde la historia, la geografía, el folclore y las ciencias naturales. En la época se escribieron numerosas monografías sobre las aldeas, y no solo lo hicieron los maestros de las escuelas, sino también los sacerdotes, porque el clero católico, en un contexto de intensa competencia entre la República y la Iglesia, también se dedicó con fuerza al ámbito de los estudios locales.8
Durante la Tercera República se publicaron numerosos libros escolares de carácter regional. Sus autores eran profesores, directores de écoles normales (escuelas de formación del profesorado) e inspectores escolares. Había algunas series transregionales pero no un modelo nacional. Los textos que se presentaban en estos libros se extraían de publicaciones académicas, publicaciones de las sociedades eruditas, observaciones de viaje y textos literarios. (Algunos maestros de este periodo publicaron novelas regionales o poesía).
En estos libros de texto, la petite patrie, a menudo, era descrita como un valioso componente del maravilloso mosaico nacional, pero también podía ser presentada de otra manera notable. La petite patrie fue concebida, entonces, como la quintaesencia de la nación, como una miniatura de la gran nación.9 Por ejemplo:
Casi todas las páginas de la historia de nuestro departamento ejemplifican la gran Historia de Francia.10
Historia local: significa el estudio de la historia nacional basada en el conocimiento de hechos pasados que han dejado vestigios en la región, en la ciudad cercana.11
Entonces, lo fundamental para una petite patrie era que fuera descrita como un resumen de la gran nación, que es, a su vez, un resumen de segundo grado de Europa.
Estos libros no solo proporcionaron un gran conocimiento de la petite patrie, sino también el discurso apropiado para alabarla. En el prólogo y en los textos, estos libros se dirigían a los niños y les decían que su petite patrie era maravillosa y que nunca debían abandonarla.12 Durante la Tercera República, el llamado «éxodo rural» llevó a los campesinos franceses no a emigrar al extranjero, sino a abandonar sus aldeas para ir a las ciudades industriales francesas. Los libros de texto regionalistas dieron muy poco espacio al mundo urbano e industrial, presentado no como el presente y el futuro de Francia, sino más bien como un mundo ajeno, deshumanizante y horroroso.
En realidad, estos reiterados llamamientos a los niños para que permanecieran en sus petite patrie, para que resistieran cualquier tentación de dejarla, podían entenderse como un llamamiento para que los futuros ciudadanos permanecieran en su espacio, es decir, su espacio social. Los numerosos discursos sobre la diversidad de las regiones, todos diferentes pero complementarios, fueron haciendo hincapié, probablemente, en una metáfora de la nación que reconocía las diferencias, pero las presentaba desde una perspectiva pacífica de complementariedad. Cada ciudadano sería valorado, entonces, por la permanencia en su lugar de nacimiento, donde se merecía tener una vida feliz y próspera. Libertad, igualdad y fraternidad, pero no movilidad. Esta concepción de la nación suena conservadora, pero hay que subrayar que los movimientos izquierdistas del periodo no consideraban la movilidad social como algo positivo. La creciente movilidad social de los individuos fue presentada generalmente como una traición a la clase social de origen. En las novelas de inclinación izquierdista, los escritores regionalistas describían la marcha de los campesinos a las ciudades industriales como una entrada en el «ejército del Capital».