Kitabı oku: «Trigo y ovejas»
TRIGO Y OVEJAS
EL IMPACTO DE LAS CONQUISTAS
EN LOS PAISAJES ANDALUSÍES
(SIGLOS XI-XVI)
TRIGO Y OVEJAS
EL IMPACTO DE LAS CONQUISTAS
EN LOS PAISAJES ANDALUSÍES
(SIGLOS XI-XVI)
Josep Torró, Enric Guinot, eds.

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© de los textos: los autores 2018
© de esta edición: Universitat de València, 2018
Coordinación editorial: Maite Simon
Maquetación: Celso Hernández de la Figuera
Diseño de cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Corrección: Pau Viciano
ISBN: 978-84-9134-355-4
ÍNDICE
PRESENTACIÓN, Josep Torró, Enric Guinot
1. Espacios agrarios en el Bajo Ebro en época andalusí y después de la conquista catalana (siglos XI-XIII), Helena Kirchner, Antoni Virgili
2. Feudalización y cambio ecológico en el sector oriental de la Extremadura castellana: poblamiento y paisaje en los territorios de Atienza, Sigüenza y Molina (siglos XI-XIII), Guillermo García-Contreras Ruiz
3. Modelos agrarios en Extremadura. Entre el islam y occidente, Julián Clemente Ramos
4. La transformación de los paisajes rurales en el valle del Guadalquivir tras la conquista cristiana (siglo XIII), María Antonia Carmona Ruiz
5. La construcción de nuevos espacios agrarios en el siglo XIII. Repartimientos y parcelarios de fundación en el Reino de Valencia: Puçol y Vilafamés, Enric Guinot Rodríguez
6. «Por donde jamás habían sido conducidas aguas». La transformación agraria del marjal norte de la Albufera de Valencia (siglos XIII-XV), Josep Torró, Ferran Esquilache
7. Los paisajes rurales en las comarcas gaditanas: transformaciones y permanencias. Interacción entre sociedad y medio ambiente, siglos XIII al XV, Emilio Martín Gutiérrez
8. Los campos de los moriscos y de los castellanos de Igualeja, Serranía de Ronda (Málaga), siglo XVI, Ignacio Díaz, Esteban López, Félix Retamero
PERFIL DE LOS AUTORES
PRESENTACIÓN
Entre finales del siglo XI y finales del XV, los reinos cristianos de la península Ibérica protagonizaron un largo proceso de ampliación territorial a costa de al-Andalus. Aunque los conflictos armados entre monarquías y bandos nobiliarios de dichos reinos marcaron la progresiva construcción política de los mismos, lo cierto es que por diversas razones, en buena medida también ideológicas, es el ámbito de la conquista exterior el que ha despertado más la atención, el interés y, sin duda, también la diversidad de lecturas historiográficas sobre su significado a lo largo del tiempo. Esa búsqueda de la peculiaridad, con todo, no debe hacernos olvidar que la expansión de la sociedad cristiana ibérica no fue un hecho excepcional, sino una de las manifestaciones de la dinámica de ensanchamiento de las fronteras de la Cristiandad latina en esa misma época.
Lo cierto es que la expansión militar sobre al-Andalus conllevó la reproducción de las relaciones sociales feudales sobre dichos territorios, así como la configuración de nuevas formas de distribución poblacional y ocupación del espacio, en el marco de una amplia migración de todo tipo de personas y familias al calor de las guerras de conquista. Con todo, lo que historiografías más tradicionales dieron en llamar la «repoblación», resultó ser un proceso histórico de varios siglos, bastante más complejo en todos sus aspectos. Se repartieron tierras y casas, pero también se fundaron pueblas y villas; se crearon señoríos y se generalizó la condición de vasallos fuera de las villas reales; se erigieron parroquias y se estableció la red de obispados, no sólo con funciones religiosas sino también fiscales. Más bien a partir del siglo XIII se instauraron las estructuras del poder real y los gobiernos urbanos, en algunos reinos incluso anteriormente. También mercados y ferias se fueron generalizando, así como las tiendas y los talleres artesanales.
Las investigaciones han mostrado cierta preferencia por el problema de los repartimientos y el asentamiento de los «repobladores», los migrantes cristianos de diversas clases sociales. No cabe duda de que la transferencia de tierras y espacios residenciales andalusíes a los colonos y la aparente pervivencia de los ámbitos de habitación, tanto en las implantaciones cristianas como en los lugares donde permanece la población musulmana, han propiciado que se generalizase durante bastante tiempo una imagen de continuidad entre las formas de asentamiento y ocupación del espacio anteriores y posteriores a las conquistas. Pero no ha sido éste el único motivo. No se puede ignorar el peso de las interpretaciones ideológicas relacionadas con la persistencia milenaria de una sociedad «española», «andaluza» o «valenciana», así como su variante cristiano-católica, que han jugado con fuerza en la historiografía tradicional para resaltar la idea de fuerte continuidad y escasa ruptura entre la sociedad de los vencedores y la de los vencidos. Tampoco ciertas visiones producidas, fundamentalmente, desde el ámbito anglosajón, en las que las transformaciones cristianas quedarían mitigadas por el pragmatismo latente en los tratados de rendición, la pervivencia de instituciones, las prácticas de irrigación...
No vamos a considerar ahora estas cuestiones, pero sí queremos recordar el cambio de perspectivas que, tanto sobre la sociedad andalusí como sobre los efectos de la conquista cristiana de Valencia, representaron los estudios de Pierre Guichard durante los últimos treinta años del siglo XX. El trabajo del historiador francés no sólo estableció las profundas diferencias en las formas de organización social del mundo andalusí en general, sino que también dejó fuera de lugar las ilusiones continuistas en materia de asentamientos y organización del espacio, propiciando una sustitución de las bases conceptuales con que debía plantearse el problema de la colonización cristiana. En esa misma dirección debemos también resaltar la importancia, desde ámbitos diferentes, de la trayectoria de los profesores Miquel Barceló y Thomas F. Glick. El primero, más preocupado por la caracterización del campesinado andalusí a partir del análisis de la organización de les espacios irrigados, de los asentamientos rurales y de los procesos de trabajo, con una atención muy especial al fuerte papel estructurante del parentesco. El segundo, partiendo del estudio de la organización social del regadío valenciano de la baja Edad Media para llegar a una obra de referencia como lo es Paisajes de conquista, dedicada a la comparación de los dos sistemas de organización social del espacio en la sociedad andalusí y la sociedad cristiano-feudal de la península Ibérica medieval.1
Los trabajos presentados en esta compilación parten del planteamiento historiográfico de que la colonización cristiana de los territorios ibéricos conquistados de al-Andalus entre los siglos XI y XV no se limitó a prolongar la utilización de los espacios agrarios ocupados a los musulmanes, sino que la apropiación fue seguida por cambios profundos en las formas de gestión que, eventualmente, condujeron al abandono y, en otros casos, por el contrario, a una rápida ampliación, dependiendo del éxito de las migraciones que siguen a las conquistas. Por otra parte, todo proceso de colonización se funda en saberes prácticos adquiridos a través del manejo adecuado de muchos factores técnicos y, por tanto, ampliamente experimentados en los medios ecológicos de procedencia. Las cuestiones que permitirían explicar las opciones de los nuevos pobladores y evaluar el alcance de la transformación deben, necesariamente, partir de esta consideración, raramente tenida en cuenta.
Es en este contexto donde deben situarse las aportaciones reunidas en el presente libro, concebido originalmente como uno de los resultados del proyecto de investigación «Modificaciones del ecosistema cultivado bajomedieval en el reino de Valencia» (HAR2011-27662), desarrollado entre los años 2012 y 2015, pero que finalmente ve la luz en el marco del proyecto «Crecimiento económico y desigualdad social en la Europa mediterránea (siglos XIII-XV)» (HAR2014-58730-P).2 El fondo común de los trabajos se identifica con el estudio del reordenamiento de los espacios de cultivo y las operaciones de agrarización que siguieron a las conquistas de al-Andalus, desde mediados del siglo XI hasta los inicios de la época moderna y aún en el paso a la primera época de la colonización hispánica en tierras americanas. Hay, por tanto, una voluntad de tratar el problema desde una perspectiva de la larga duración y sobre una diversidad de territorios de la península Ibérica, aunque no haya sido posible reunir un elenco más completo de investigaciones. Pese a todo ello, el conjunto de trabajos ofrece bastante representatividad, en cuanto presenta una variedad notable de casos, tanto en el arco cronológico como en el espacial.
El título del libro, Trigo y ovejas, pretende evocar, ante todo, las principales producciones de los ecosistemas configurados tras las conquistas y, de este modo, poner de relieve que la agricultura y la ganadería empiezan a organizarse a una escala de magnitud superior, orientándose hacia especializaciones capaces de satisfacer las exigencias de la renta señorial e, indirectamente, el aprovisionamiento de las ciudades y de los mercados interregionales. La lana y el cereal también pueden simbolizar las diferencias en los ritmos de colonización entre los reinos occidentales y orientales de la península. En el primer caso, la escasez inicial de pobladores, unida a la amplitud geográfica y las condiciones ambientales de los espacios capturados, favorecerá el desarrollo de opciones pastoralistas que contrastan con los procesos de transformación agrarias que en las regiones mediterráneas siguen más de cerca a las operaciones militares.
Las contribuciones reunidas, en efecto, comprenden visiones tanto de los reinos castellano y leonés en sus ámbitos de expansión a partir del siglo XI–esto es, las regiones del norte de la actual Castilla la Nueva, Extremadura y Andalucía–, como del sur de Cataluña y Valencia en el marco de la Corona de Aragón. Conviene indicar que hemos decidido, finalmente, un orden de presentación cronológico frente al «político» de los diversos reinos medievales ibéricos. Nos parece relevante, en cierta manera, superar la visión «institucional», atendiendo a que, pese a tratarse de una variable a considerar, en realidad el objeto de estudio se inscribe en las dinámicas de expansión de la sociedad cristiano-feudal en su conjunto (con todas las peculiaridades que se quiera sobre la especificidad de cada uno de los países ibéricos) y la confrontación de dos sistemas sociales en tanto que ecosistemas.
Por todo ello, el libro se inicia con tres aportaciones sobre los procesos de ocupación, reparto y reorganización de los espacios rurales en el periodo de la plena Edad Media, siglos XI-XIII, el marco de la gran expansión agraria y colonizadora de Europa occidental, con aspectos tan llamativos y característicos como lo son las roturaciones y la fundación de nuevas poblaciones, que también se materializan en la península Ibérica. Es ahí donde se inscribe el texto de Helena Kirchner y Antoni Virgili sobre el Bajo Ebro y la región de Tortosa a partir de la conquista catalana de 1148 y los cambios producidos a raíz de la ocupación y reorganización del espacio. Combinando los datos arqueológicos con los de la documentación escrita, los autores identifican los principales rasgos de la intervención colonizadora sobre un paisaje de espacios irrigados discontinuos, alimentados fundamentalmente por agua de norias, a los que en pocas décadas se agregan las áreas pantanosas circundantes, imponiéndose una marcada orientación cerealista y vitivinícola con la consiguiente proliferación de complejos molinares asociados a largas canalizaciones. Roturaciones y desecación de espacios encharcados al servicio de la expansión del cereal son, también, los fenómenos identificados en el trabajo realizado por Guillermo García-Contreras sobre el caso del sector oriental de la Extremadura castellana (entornos de las localidades de Atienza, Sigüenza y Molina de Aragón en la actual provincia de Guadalajara), aunque asociados a una creciente importancia de la ganadería en lo que el autor considera un «cambio de escala» en la gestión del espacio. En el mismo sentido, refiriéndose a la actual región de Extremadura, Julián Clemente Ramos muestra la «sucesión de dos modelos agrarios contrapuestos»: el andalusí, de carácter circunscrito e intensivo, frente a los criterios extensivos y roturadores implantados tras la conquista.
Los tres siguientes capítulos se centran en el periodo histórico inaugurado con las grandes conquistas sobre al-Andalus en el siglo XIII. En él se encuadra la síntesis de María Antonia Carmona Ruiz sobre la transformación de los paisajes rurales en el valle del Guadalquivir, cuyo aspecto más destacable es la despoblación y el abandono de tierras cultivadas que sigue a la conquista castellana. Este hecho tiene como consecuencia una considerable recuperación de los ecosistemas naturales que favorece la expansión ganadera, por lo que la colonización sistemática debe esperar al Cuatrocientos y al fin de la frontera con Granada. El retraso del proceso colonizador de la Andalucía bética contrasta con la celeridad del que tiene lugar en el reino de Valencia. Lo comprobamos en la aportación de Enric Guinot Rodríguez sobre las consecuencias de los repartimientos en la construcción de nuevos espacios agrarios, elaborada a partir de dos ejemplos concretos: el de la localidad de Puçol en la Huerta de Valencia, y el de la villa de Vilafamés en una región de secano como es el Maestrat de Castelló. Por su parte, el texto de Josep Torró y Ferran Esquilache, complementa, en el contexto valenciano, la diversidad de transformaciones de espacios rurales con el caso de la desecación y puesta en cultivo de las franjas pantanosas alrededor del lago de la Albufera de Valencia. El estudio se prolonga en el tiempo planteando una cuestión que también es tratada en el trabajo de García-Contreras, como lo es la de la precariedad de algunas de las tierras ganadas, que se pone de manifiesto con los efectos de la crisis demográfica del siglo XIV, y la subsiguiente recomposición de los ecosistemas cultivados sobre unas bases menos frágiles.
Más centrados en los siglos finales de la Edad Media se hallan los dos últimos capítulos. El de Emilio Martín Gutiérrez examina la evolución de los paisajes rurales de la región de Cádiz, donde se reproduce el escenario –descrito por Carmona– de escasez de pobladores tras la conquista del valle del Guadalquivir. La explotación extensiva del territorio se pone en práctica, pues, entre los siglos XV y XVI, sobre todo mediante la expansión del viñedo y el olivar, acompañada incluso de la fundación de villas. Finalmente, el trabajo de Félix Retamero, Ignacio Díaz y Esteban López aborda una cuestión de particular interés como lo es la gestión diferencial de espacios agrarios compartidos entre moriscos y colonos cristianos en el siglo XVI, a partir del análisis de un caso local en la Serranía de Ronda, Málaga.
Como decíamos más arriba, dentro de la diversidad de casos, cronologías y geografías ibéricas, existen hilos conductores que conectan los diferentes estudios y permiten entender procesos del mundo rural que fueron de larga duración. Facilitan, también, una mejora de nuestras posibilidades de comprensión de las consecuencias de la larga expansión cristiano-feudal europea en esta región meridional ibérica, con todas las singularidades derivadas del hecho de producirse sobre un medio humano y agrario configurado por lógicas sociales extrañas a las de los vencedores.
Josep Torró Universitat de València
Enric Guinot Universitat de València
1. Editado por Publicacions de la Universitat de València en 2007. Se trata de la versión en castellano, ampliamente corregida y modificada, de From Muslims fortress to Christian castle. Social and cultural Change in medieval Spain, Manchester, Manchester University Press, 1995.
2. Financiados por el Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España.
1. ESPACIOS AGRARIOS EN EL BAJO EBRO EN ÉPOCA ANDALUSÍ Y DESPUÉS DE LA CONQUISTA CATALANA (SIGLOS XI-XIII)*
Helena Kirchner Universitat Autònoma de Barcelona
Antoni Virgili Universitat Autònoma de Barcelona
La ciudad andalusí de Madîna Ṭurṭûša capituló ante las huestes del conde de Barcelona, el Común de Génova y otras fuerzas aliadas en diciembre de 1148, tras seis meses de asedio. La conquista supuso la puesta en marcha de un proceso de colonización de la región que generó la redacción de centenares de documentos.1 La mayor parte de estas escrituras reflejan alienaciones de inmuebles y contienen información relevante sobre la ciudad, los asentamientos rurales y el espacio agrario que encontraron los conquistadores (ubicación de parcelas, cultivos, lugares de residencia, caminos, acequias, molinos, pozos, norias, etc.), y también sobre las modificaciones introducidas por ellos a lo largo de las décadas siguientes.2 La abundante información de los textos, conjuntamente con la prospección arqueológica, la toponimia y la arqueología hidráulica ha permitido establecer con precisión el mapa de los asentamientos, distribuidos a ambos márgenes del Ebro. Concretamente, la investigación realizada para identificar los espacios de cultivo, mediante los métodos de la arqueología hidráulica (Barceló, Kirchner y Navarro, 1995; Glick y Kirchner, 2000), la confección de mapas detallados de los parcelarios y la interpretación de estos mediante la contrastación con la información documental, los análisis derivados de los métodos de la geoarqueología, la carpología y las dataciones radiocarbónicas ha permitido una reconstrucción bastante ajustada del paisaje agrícola de la región (Kirchner, Virgili y Antolín, 2014; Alonso, Antolín y Kirchner, 2014; Puy et al., 2014; Kirchner, Virgili y Puy, en prensa; Kirchner et al., 2016). Así mismo, se ha realizado un estudio detallado de la trama urbana de la ciudad andalusí y las modificaciones realizadas a raíz de la conquista a partir de los restos arqueológicos, arquitectónicos, de la morfología de la trama urbana actual y la documentación escrita (Kirchner y Virgili, 2015).
1. LOS ASENTAMIENTOS RURALES
1.1 Las referencias documentales y la toponimia
La mayor parte de los asentamientos y topónimos documentados se alineaban a ambas orillas del Ebro. En algunos casos, es difícil de determinar su entidad puesto que la documentación apenas los describe. La terminología utilizada para definirlos es «lugar» (Som, Tivenys, Bítem, Arram, Aldover, Labar, Bercat, Vila-roja, Palomera, Raval, Castellnou, Algezira Mascor, Alcántera, Beniguerau, Fazalfori, Vinallop, Mianes), «villa» (Benifallet, Aldovesta, Som, Tivenys, Bítem, Xerta, Aldover) o «almunia» (la Aldea y el Antic). Sin embargo, la mayoría de documentos no califican el topónimo; sencillamente se localiza el inmueble objeto de transacción con la fórmula in o apud seguida del topónimo. A menudo se califica indistintamente de «lugar» y de «villa» el mismo topónimo. El uso del vocablo «villa» suele ser tardío en relación a los prime-ros documentos, ya de finales del siglo XII o principios del XIII. Ambos, lugar y villa, podrían designar formas de poblamiento concentrado, a pesar de ser, en algunos casos, muy pequeños. Así puede interpretarse a partir de referencias a casas, mezquitas o necrópolis y sepulturas.3 Se mencionan también «términos» en relación a lugares que en algún momento son calificados de castrum o castellum (Quart, la Aldea, Xalamera, Som, Castellnou, Amposta). Algunos asentamientos han permanecido como núcleos habitados y han mantenido el topónimo (Benifallet, Tivenys, Bítem, Quint, Aldover, Xerta, Vinallop, Amposta). Otros pueblos de formación más moderna podrían haber ocupado espacios de habitación abandonados, de los cuales no ha perdurado el topónimo (Jesús, Roquetes, Raval de Cristo que sustituyen probablemente Palomera, Vila-roja y Raval), puesto que están situados en puntos elevados de la terraza fluvial y muy cercanos a los espacios de cultivo identificados. Otros topónimos han perdurado en masías que son mencionadas como mansi en la documentación de los siglos XII y XIII (Arram, Xalamera, Mianes), o se ha perdido el topónimo pero han podido ser situados con precisión (Labar, o Llaver, en la torre de Corder y el yacimiento de Casa Blanca, Bercat en la torre del Prior, Aquilen o Aguilen en Campredó), o de manera más aproximada (Algezira Mascor, Alcántera, Beniguerau, Fazalfori, Quart). Estos últimos están situados alrededor de la desembocadura del barranco de Sant Antoni y en la confluencia del antiguo camino de Valencia.
Buena parte de esta toponimia se ha identificado con topónimos árabes descriptivos o bien, alguno de ellos, como topónimos de origen clánico. Algunos hacen referencia a las estructuras hidráulicas. Labar sería la forma plural, al-âbâr (pl. de bi’r, «pozo»); Bercat proviene de birka («balsa» o «safareig»,4 en la documentación latina); Burjasénia és claramente burj as-sâniya; burj se traduce habitualmente como torre, pero también puede tener el significado de «casa de campo», por lo que el significado podría ser «torre o casa de la noria».5 Otros hacen referencia a las riberas fluviales: las algeziras (al-jazîra, «isla») son islas fluviales, no necesariamente rodeadas de agua completamente; Xerta podría derivar de šarṭa («meandro»); Aldover podría provenir de al-duwwar («lugarejo»), pero también se puede relacionar con al-dawwâra («meandro») que da Aldovara (Cáceres), y también podría estar vinculado a la ganadería, como Zocodover (Toledo) (sûq al-dawâb, «mercado de animales») (Corriente, 1977: 26, 33, 67); Tivenys podría ser tibbin («serpiente, cono de agua») o tib («río o riachuelo»). Algunos topónimos se pueden relacionar con reduplicaciones de nombres: el río Baytâm (Tobna, Algeria), daría Bítem, y Mayâniš (al-Mahdiyya, Túnez), sería el origen de Mianes. La Aldea se relaciona habitualmente con ḍay‘a («lugarejo, pueblo», «granja, finca»). No obstante, no se puede descartar dayah, que en Marruecos designa «lago, estanque», «agua estancada entre canales o acequias», significado que, en el contexto donde se encuentra la Aldea, rodeada de aguazales, sería coherente. Fazalfori vendría de faḥṣ al-hurî («campo del granero»). Como topónimos clánicos tenemos Vinallop (Banû Lubb), probablement bereber, Beniguerau y Benifallet, no identificados (Barceló, 1987; Barceló coord., 1999). Quart (o Quarto) y Quint (o Quinto y Chint) podrían tener relación con la vía romana, indicando miliarios (Pallí, 1981: 358; Arrayás, 2005: 387-397).
La red de caminos se menciona a menudo en la documentación. Todos los asentamientos de ribera estaban comunicados por sendas vías públicas de recorrido paralelo al río. Se documentan pasos de barca para atravesar el Ebro en Tortosa, Benifallet, y probablemente, Amposta. La vía pública del margen izquierdo del río era conocida, a partir de Tortosa dirección norte, como vía de Benifallet, y dirección sur, como camino de Camarles o de la Aldea. En el margen derecho, la vía hacia el sur era llamada camino de Valencia, que a la altura de Vinallop se bifurcaba: un ramal seguía el curso del río hasta Amposta, mientras el otro ascendía hacia el altiplano para seguir en dirección a Ulldecona. La antigua vía Augusta procedente de Tarragona se dividía en el Perelló. Un ramal se dirigía hacia Tortosa por el Coll de l’Alba, mientras el otro iba paralelo a la línea de costa enlazando los núcleos litorales hasta llegar al Ebro (Morote, 1979: 150-151). Los asentamientos y la toponimia documentada, así como los escasos yacimientos arqueológicos localizados se alinean a lo largo de estas vías o a poca distancia de ellas.
1.2 Los yacimientos arqueológicos
El registro de yacimientos arqueológicos es relativamente escaso, en comparación con la toponimia documentada. Muchos de los asentamientos han quedado probablemente cubiertos por las tramas urbanas de las actuales poblaciones. Sin embargo, a lo largo de las vías de comunicación y en estrecha relación con los espacios de cultivo se conservan todavía algunos yacimientos islámicos identificados, casi siempre, por hallazgos cerámicos de superficie, algunos muros y algunos silos.
En el margen izquierdo del Ebro solo hay restos significativos en el Coll de Som, donde se ha encontrado abundante cerámica en superficie, y se observan muros que se pueden atribuir al período andalusí. No obstante, la localización en este punto elevado y de difícil acceso parece identificarse más con un punto de vigilancia que con un asentamiento. Un documento lo menciona como castellum Summum, donde habría habido un pequeño huerto con olivos (año 1163, DCT: 134), y por tanto, el lugar se distingue claramente de lo que habría podido ser un asentamiento habitado en la llanura de Tivenys, en su extremo norte, donde se concentraban las parcelas atribuibles a este asentamiento. En esta zona no se han hallado restos debido a la intensa transformación reciente de la vertiente con medios mecánicos, convertida en terrazas para albergar el cultivo de cítricos6.
En el Mas del Bisbe se conserva aún una capilla gótica construida durante el episcopado de Arnau de Jardí (siglo XIV) y dos torres con base de sillares tallados y alzado de tapia que requieren un estudio pormenorizado antes de proponer una cronología. En un campo adyacente al complejo arquitectónico actual, los aparceros que explotan las tierras han detectado la existencia de estructuras que, por la descripción que hacen, podría tratarse de silos. El topónimo actual y su emplazamiento pueden relacionarse con la donación que hizo, en 1154, el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV al obispo Gaufred y a la Catedral de Tortosa de un campum de Bitem quod in tempore sarracenorum fuit regis (DCT: 47), confirmada por el papa Adrián IV en 1156 (hospicium et campum de Bitem, DCT: 52; 64). También, en estas fechas, un tal Gandulfo Carbonera, genovés, donó al obispo y a la sede lo que tenía in campum de Bitem qui fuit regis. A su vez, lo había recibido del conde de Barcelona y estaba situado al sur de la posesión episcopal, lindando con la vía pública de Benifallet al este, con el Ebro, al sur y oeste, y con las tierras del obispo y la catedral, al norte (DCT: 56). Las afrontaciones son coherentes con la actual propiedad del obispado, el Mas del Bisbe, justo al sur del pueblo de Bítem. Con la donación de Gandulfo se completaba un espacio homogéneo en poder de la sede de Tortosa, el mansum del obispo, mencionado de esta manera en diversos documentos de donación a censo de las parcelas que lo formaban.
Al sur de Tortosa, en el cerro donde se levanta una torre del orden del Temple conocida con los nombres de Torre de la Llotja y Casa del Prat, probablemente del siglo XIV, hay abundantes fragmentos de cerámica andalusí en superficie, un muro que delimita la colina en parte, así como alineaciones de piedras en la vertiente de levante.
En la torre de la Aldea, excavaciones relativamente recientes permiten dar sentido a hallazgos antiguos, como un miliario romano, señalando un probable hito de la Vía Augusta, que coincide con el eje viario documentado en la Edad Media (Rams y Pérez, 2010). La excavación ha documentado una ocupación romana del siglo I dC que se prolonga hasta los siglos IV y V dC. Superpuesta, se ha identificado la fase islámica sin precisar, por ahora, las cronologías. Esta fase está constituida por una fortificación que aprovecha en parte las estructuras romanas y que consiste en un edificio cuadrangular de grandes dimensiones (15 x 24,5 m) con muros de 1,5 m de grosor, en torno al cual parece que habría silos y estructuras más propiamente de habitación que no han podido ser excavadas. Posteriormente a la conquista cristiana se mantuvo la ocupación y se levantó encima de estas estructuras una torre de planta circular (Rams, Pérez 2010). Finalmente, en el manso del Antic se encontró un solo fragmento de cuello de olla andalusí; existe, en cambio, un yacimiento romano de una cierta entidad.
En el margen derecho del Ebro hay más densidad de hallazgos. El promontorio llamado Puig de la Caldera de l’Arram debió ser el asentamiento andalusí del lugar de l’Arram, si tenemos en cuenta la cantidad de fragmentos de cerámica en superficie y las alineaciones de piedras que delatan la existencia de muros. El cerro fue cortado por el lado del río, a levante, y por el paso de la actual carretera, a poniente, circunstancia que impide tener una visión global del yacimiento. Solo la prominencia del lugar justifica que fuera calificado de castellum en un documento del año 1196, en el que se reconocían los derechos del monasterio de Poblet en Xerta y en el castello Alaran (CP: 186).
En Xerta, la existencia de restos arqueológicos (cerámica, silos) en dos puntos elevados situados justo en el límite de la llanura aluvial (Arenalets y finca catastral 43053A01800203, parcela 203) indica que el actual emplazamiento del pueblo es posterior. Al norte de la torre de Corder (Labar, Llaver), coincidiendo con los restos romanos de la masía de la Casa Blanca (Revilla, 1998), hay cerámica andalusí en abundancia.
Al sur del Raval de Cristo y sobre la terraza fluvial hay un yacimiento arqueológico andalusí de una cierta entidad (Racó d’Omedo). Está situado en una plataforma que sobresale de la terraza fluvial cerrada por un muro de tapia de dimensiones considerables. Se encuentran abundantes restos de cerámica en superficie, mayoritariamente, de los siglos XI y primera mitad del XII. En la desembocadura del barranco de Sant Antoni se encuentra el yacimiento del Pla de les Sitges (mas de Xies), sobre la terraza fluvial,7 En el Mas de Giner, ligeramente al sur, también se han encontrado silos con materiales andalusíes.8 Estos asentamientos se pueden relacionar con diversos topónimos de la zona: Beniguerau, Algezira Mascor, Alcàntera, Fazalfori o Quart. Las lindes de las parcelas documentadas permiten situarlas en la desembocadura del mencionado barranco o algo más al sur.
