Kitabı oku: «Devotos y descreídos»

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Devotos y descreídos

Biología de la religiosidad

Prismas

13

Adolf Tobeña

Devotos y descreídos

Biología de la religiosidad

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© Adolf Tobeña, 2014

© De esta edición: Universitat de València, 2014

Publicacions de la Universitat de València

Arts Gràfiques, 13 – 46010 València

Diseño de la colección y maquetación: Inmaculada Mesa

Corrección: Communico, C. B.

Ilustración de la cubierta:

«Formes» (Daniel Muñoz Mendoza)

ISBN: 978-84-370-9622-3

Índice

PREÁMBULO: CEREBROS RELIGIOSOS Y ATEOS

1. NOSTALGIA DE LA DIVINIDAD

Precariedad de las sociedades arreligiosas **Precariedad de las sociedades arreligiosasPrecariedad de las sociedades arreligiosasPrecariedad de las sociedades arreligiosasPrecariedad de las sociedades arreligiosas

Vigencia de la religiosidad: perfiles de la devoción y el secularismo en el mundo

¿Científicos descreídos?

Maniobras de renovación doctrinal

Buses ateos contra memes religiosos: futilidad de las campañas antidevotas

2. PODEROSAS ENSOÑACIONES

Variedades de la experiencia religiosa

Vectores de los temperamentos religiosos

Religiosidad heredable

Semillas de credulidad e incredulidad: devotos y descreídos

3. NEUROLOGÍA DE LA RELIGIOSIDAD

Cerebros hiperreligiosos y epifanías psicodélicas

Carmelitas canadienses y monjes tibetanos

Neuropatología «religiosa», trascendencia y mecanismos de la cognición social

De la neuroimagen a la neurogenética espiritual

4. CAPTAR Y PREDECIR EL MUNDO

Obviar ambigüedades y errores

Tareas atencionales, coherencias e incertidumbres

Las creencias propias y las divinas

Supersensaciones e ilusiones cognitivas

Adultos con sesgos cognitivos infantiles

Palomas supersticiosas

Inteligencia y religiosidad

5. RELIGIOSIDAD E INCLINACIONES MORALES

Cumplimiento de normas, generosidad y caridad

El ojo vigilante del Todopoderoso

Culpa y contrición

Plegaria misericordiosa y limpieza moral

6. FUNCIONES DE LA RELIGIOSIDAD: COSTES Y BENEFICIOS

Las iglesias son más que un club

La religiosidad como señal valiosa de compromiso grupal

De los templos darwinianos a las mutualidades informales

El relato redondo: memes del orden para las santas alianzas

Placebo antiadversidades

Milagros fisiológicos

¿Optimismo oxitocínico?: el confort esperanzado de las almas

7. TEATRO LITÚRGICO Y BUROCRACIAS CURIALES

Servicios litúrgicos imbatibles

Danzas rituales y músicas transportadoras

Instituciones y burocracias religiosas

8. FUTURO DE LA RELIGIOSIDAD

Investigación de frontera y el arrastre del carisma

Estudios en ateos y descreídos

Robots espirituales y santos

¿Dios en manos de la biología?: la espiritualidad indestructible

9. EPÍLOGO EN TARRACO

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Agradecimientos

ESTE LIBRO ES LA EDICIÓN ESPAÑOLA DE UNA OBRA que vio la luz, en lengua catalana, hace un año y medio largo para cumplir así con la demora cautelar para favorecer las ediciones en idiomas de difusión limitada. Procede de un encargo explícito de Jesús Navarro, físico de la Universidad de Valencia-CSIC que tenía interés en conocer mi visión sobre el origen y las funciones de las creencias religiosas. No estoy seguro, en absoluto, de haber satisfecho sus expectativas y no es cosa menor, eso, porque bien pudiera darse el caso de que fuera el único en progresar desde la primera hasta la última línea. Debo agradecerle su insistencia para hacerme arrancar y culminar la tarea, además de su paciencia para concertar condiciones y plazos con los editores. Antes de sellar el acuerdo de trabajo con PUV (Publicacions de la Universitat de València), tenía unas cuantas simientes previas que he aprovechado, claro. Quizá, las primeras las fue depositando David Jou, físico de mi Universidad, que a lo largo de los últimos veinte años me ha ido convocando a encuentros diversos para debatir la cuestión. Otras provienen de discusiones con Walter Meyerstein, a raíz de unos ensayos que nos pidió a Jou y a mí, para un libro colectivo que estaba gestando con Anders Möller, Luc Brisson y otra gente sobre la credulidad y la definición de la vida. Un mamotreto que vio la luz online en las Publicaciones de la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda). También Berta González de Mingo y Bernardo Castellano, neurohistólogos de la Universidad Autónoma de Barcelona, tienen alguna responsabilidad porque se empecinaron en que impartiera una conferencia sobre el tema en el XIII Congreso de la Sociedad Española de Neurociencia (SENG), en Tarragona, en 2009, salvando más de una reticencia. Con esos mimbres, más el esquema que ya había dejado trazado en un capítulo de Mártires mortíferos (Valencia, Bromera-PUV, 2004), tenía el guión de partida bastante acotado.

Luego vinieron peticiones de gente de mi gremio, los psiquiatras, con la idea de enlazar los engranajes neurales de la espiritualidad con las peculiaridades que, en ocasiones, presentan los síntomas y el discurso de algunas personas con desórdenes mentales. Juan José López Ibor me citó en Ávila, para discutir esas cosas durante el primer Congreso Internacional de «Psiquiatría y Espiritualidad» y, más tarde, se le añadieron Miquel Casas Brugué, en el Hospital Vall d’Hebrón de Barcelona, y Diego Palao, en el Hospital Parc Taulí de Sabadell, además de la Societat Catalana de Psiquiatria y la sección gerundense de la Academia de Ciencias Médicas de Cataluña y Baleares. El grupo de biólogos andaluces y valencianos que pilota la Sociedad Española de Biología Evolutiva (SESBE) también me encargó cometidos para la revista Evolución, tocando las mismas teclas. Teresa Giménez-Barbat me llevó hasta la sede del Ateneo madrileño una noche de frío asesino, para que amenizara la presentación del Fórum «Humanismo Secular.net», junto a prominentes ilustrados hispanos: expliqué, en veinte minutos, mi posición, que viene aquí algo más ampliada y salí con fiebre, un catarro de aúpa y con la sensación de haberles aguado (un poco) la ocasión. Debo consignar, sin embargo, que en su web hermana Tercera Cultura.es anida un grupo de secularistas tozudos y combativos que en más de una ocasión me han alertado sobre materiales interesantes. Scott Atran ha hospedado un ameno rosario de discusiones, aunque nunca sobre el meollo de este asunto del cual él es líder planetario, porque comulgamos bastante, como podrá comprobarse, aunque en la mayoría de temas no coincidimos jamás. Lo cual no obsta para disfrutar de citas estivales compartiendo manjares y vinos junto al imponente mar de Las Alberas. Oscar Vilarroya ha colocado el altavoz de la Cátedra «El cervell social-UAB» a mi disposición, en varias ocasiones, para que pudiera ensayar sermones en versiones preliminares y los últimos en asignarme púlpito fueron los directores de la Fundación Bial, en Oporto, durante el simposio internacional Behind and beyond the brain, en la primavera de 2014.

Además de las influencias, ayudas y conminaciones reseñadas debo confesar, asimismo, que yo había coqueteado con la perspectiva de escribir, algún día, algo de provecho sobre la génesis de la religiosidad. Ese deseo no se remonta al alba adolescente cuando acostumbraba a reiterar que, de mayor, quería ser cardenal en Roma, pero sí desde que comencé a secretar textos más o menos doctrinales, hará un cuarto de siglo. Pretendía dejarlo, sin embargo, para las épocas postreras, cuando pudiera dar ya por transitadas casi todas las etapas del itinerario por el valle de los sueños, las alegrías, los fastidios y las lágrimas. Ha habido que hacerlo antes de lo previsto y con alguna precipitación, aunque tanto da, quizás pasado mañana ya no hubiera podido culminarlo. Vicent Olmos capitaneó la edición catalana en PUV, desde la calle de las Artes Gráficas, en Valencia, rematándola con gusto y cuidado; yo mismo me ocupé de trasladarla al castellano y Gustau Muñoz se ha encargado de darle acomodo, precisión y buena estampa en la colección Prismas de esa misma casa, con el propósito de llegar a públicos mucho más amplios, aunque nunca se sabe si más atentos o propicios.

Bellaterra (Barcelona), septiembre de 2014

PREÁMBULO

Cerebros religiosos y ateos

LAS HOSTILIDADES QUE SE HAN VIVIDO, en los últimos tiempos, entre algunas trincheras muy belicosas de la biología y los frentes teístas más encumbrados sirven de antesala para esta incursión en la neurobiología de la religiosidad, de las convicciones antirreligiosas y del escepticismo prudente ante un asunto inflamable. Repaso, en este paseo, los avances en las indagaciones anatómicas, fisiológicas, moleculares y cognitivas sobre los fundamentos de la querencia por las creencias trascendentes o las propensiones descreídas, y discuto los hallazgos más sólidos y prometedores, así como las vanguardias exploradoras más productivas. A estas alturas empieza a divisarse la posibilidad de anclar las propensiones a la espiritualidad, la trascendencia y la devoción religiosa en circuitos y engranajes singulares del cerebro. Los sistemas neurales más explorados sobre el particular son los que se ocupan de las múltiples y sutiles intersecciones entre la autoconsciencia personal y la de los entornos social y físico. Son circuitos y engranajes al servicio de unas vivencias y unos fenómenos de conciencia que constituyen el fermento de la religiosidad individual. Este será, por tanto, el territorio primordial que habrá que desbrozar a pesar de que a menudo nos alejaremos de las rutas y propiedades del tejido nervioso para adentrarnos en las arquitecturas y tareas cognitivas que produce el magín o en las costumbres y normas sociales donde de manera tan promiscua se incardinan las creencias y los hábitos devotos.

Edificar una biología de la religiosidad es una empresa de alcance que apenas ha iniciado un desafiante itinerario, con las imprecisiones, los atolondramientos y las vacilaciones características de los afanes pioneros. Se trata de una aventura, no obstante, que puede que ofrezca frutos más aprovechables que la reiteración de debates escolásticos y no siempre benignos en la grieta a menudo insalvable entre ciencia, sabiduría y fe, a pesar de su perfecta compatibilidad en un mismo cerebro. Para estudiar con la concreción requerida las raíces de las convicciones y las vivencias religiosas es conveniente partir de una acotación de lo que hay que entender por religión, y me he decantado, para ello, por la fórmula de Pascal Boyer, el antropólogo más reconocido en este ámbito del saber. Boyer desgranó [36] los ingredientes que contienen las religiones de la siguiente manera:

–Representaciones mentales de agentes no físicos (espíritus, ancestros, fantasmas, brujas, demonios, dioses, etc.), y las creencias sobre la existencia, los atributos y los poderes de estos agentes sobrenaturales.

–Artefactos vinculados a esas representaciones mentales: estatuas, amuletos, imágenes, iconos u otras plasmaciones físicas o simbólicas.

–Prácticas rituales (plegarias, cantos, danzas, procesiones) dedicadas a la interacción con los agentes sobrenaturales.

–Vivencias o experiencias que invocan a los agentes sobrenaturales y permiten la comunicación interactiva con ellos.

–Intuiciones morales así como normas explícitas, en una comunidad, supeditadas al escrutinio de los agentes sobrenaturales.

–Afiliación étnica y coaliciones montadas bajo la guía de los agentes sobrenaturales.

Debe cumplirse, además, la propiedad de que estos ingredientes muestren atributos reconocibles en varias culturas. Se trata, por tanto, de unas tradiciones culturales que incluyen nociones y creencias distintivas, vivencias emotivas también singulares y prácticas individuales y comunitarias que cristalizan en costumbres prototípicas. Es decir, un ramillete de vectores psicológicos que permitan una disección así como un engarce practicable con las estructuras neurales que, presumiblemente, hay debajo. Parece un poco rebuscado encararlo así cuando todo el mundo tiene una idea muy sencilla y operativa de lo que son las religiones: las conductas que distinguen a la gente que frecuenta las ceremonias en las iglesias, las mezquitas, las sinagogas u otros templos, desde los más esplendorosos a los más humildes. Además de los ritos y las prácticas comunales que esa misma gente reproduce en la intimidad individual o familiar. Nada que objetar, aunque ello implique añadir a aquellos elementos el envoltorio de las «instituciones religiosas» cuando, de hecho, no son imprescindibles para definir la religiosidad: tanto si han cuajado en una tradición organizada (una doctrina más una casta de «funcionarios» oficiantes), como si no lo han hecho, aquel conjunto de ingredientes pueden catalogarse como religiones si reúnen los atributos señalados. Por lo tanto, la religiosidad íntima y sencilla ya vale, si conecta con una tradición comunitaria compartida aunque sea muy primitiva.

A menudo, cuando diviso pomos de flores que perduran, años y años, en curvas asesinas o en tramos anodinos de la carretera, en una peana o simplemente anudados a la barandilla protectora o a un árbol del margen, pienso que hay ahí una de las señales nucleares de religiosidad. El hito evocador de una persona cercana que dejó este mundo, repentinamente, en un mojón desgraciado del camino, para hacer revivir así su espíritu. Para rememorarlo y establecer algún tipo de conexión duradera. Hay una distancia inmensa desde esos fenómenos espirituales elementales hasta la música más turbadora y profunda de los oficios de tinieblas, la poesía mística de mayor penetración, el pensamiento moral más sutil derivado de intuiciones y nociones religiosas o los imponentes y solemnes espacios para la comunión litúrgica que señorean en villas y ciudades por doquier. Pero es una distancia que tendremos que salvar aunque sea con pasos vacilantes, intentando abrir brechas a través de las intrincadas telarañas neurales de los cerebros de los devotos y de los descreídos.

1.

NOSTALGIA DE LA DIVINIDAD

«No creo en Dios, pero lo añoro», Julian Barness: Nothing to be frightened of, Londres, Jonathan Cape, 2008.

LOS PEQUEÑOS CEMENTERIOS situados en rincones privilegiados permiten cultivar, a los descreídos, la nostalgia del más allá perdido. Eso pensaba mientras me sumergía, con unos amigos, en la solemnidad litúrgica del sol de medianoche desde unas dunas en Fredvang, en la costa occidental de Lofoten (Noruega), en junio de 2011. A nuestros pies, en la suave pendiente herbácea que se extendía hasta la siguiente línea de dunas abiertas al océano, una humilde cerca y una cabaña de herramientas daban paso a un camposanto discreto y elegantísimo, de no más de cincuenta tumbas perfectamente alineadas ante el mar y señaladas por lápidas desnudas, aunque sólidas y pulcras. En una esquina alejada, media docena de piedras enanas para acoger los sepulcros de los infantes que perdieron el aliento vital pronto. Hay muchos cementerios así en aquellos extraños parajes boreales: modestos, elegantes y plácidos; rocas bien dispuestas en prados arenosos y verdeantes, pocas flores y magnéticos colores minerales. Perpetuamente abiertos, sin embargo, a la hostilidad y las inclemencias de una latitud extrema.

He tenido que enterrar a parientes en camposantos domésticos y no tan panorámicos, en el Solsonés y la Baja Ribagorza oscense, y a pesar de la humildad paisajística, la potencia evocadora y la nostalgia de espiritualidad en el aposento de los muertos y de la memoria familiar han sido equivalentes. Mis abuelos paternos están enterrados en una cuesta abrupta en las afueras de Camporrells, en un cementerio angosto y escalonado para subrayar el valor cultivable de las terrazas en el secano de garriga, lindando ya con las primeras casas del lugar. Allí, en la capilla del cementerio, culminaban los vía crucis de jueves y viernes santo, en las gélidas madrugadas de marzo y abril, en los años cincuenta del siglo pasado. Tengo también unos cuantos tíos y primos enterrados en recónditos cementerios junto a diminutas vicarías en Llobera, Pinell y Olius, en los altiplanos del Solsonés leridano. Aposentos mínimos, para una quincena de linajes a lo sumo, situados en promontorios elevados de alguna prestancia. Mi madre reposa en el cementerio de la cabeza de partido, Solsona, cerca de los abuelos y de unos cuantos hermanos. Solsona es ciudad minúscula, y el cementerio, ordenado, espacioso y socialmente estratificado, mantiene un aire pequeñoburgués a pesar del dominio que ejerce desde una terraza, a pie de sierra, sobre la sede episcopal más consagrada y carlista del país.

Los aposentos de los difuntos ofrecen, de manera invariable, la oportunidad de conectar con mundos inabarcables y con los aduaneros de los espíritus, las almas y los benditos que los pueblan. Hasta los escépticos y descreídos más empecinados sienten, de vez en cuando, el turbador escalofrío del vínculo trascendente cuidadosamente preservado en esos lugares de medida solemnidad. Los ta natorios tecnificados ultramodernos y las agencias mortuorias suburbiales no lo consiguen casi nunca, eso. Son instalaciones para el despacho más o menos eficiente de un servicio «hotelero»: arreglar, dignificar y procesar despojos humanos con eficiencia. Pero los cementerios pulcros y diminutos, los templos funerarios en lugares estratégicos a cielo abierto, tienen un vínculo directísimo con la religiosidad esencial. Lo tienen al borde del mar, en las llanuras más o menos ajardinadas, en las mesetas esteparias y en los recodos de alta montaña. En todas partes donde los humanos se han afanado, han nidificado y han laborado desde los tiempos más remotos. Esa conexión preferencial con lo intangible es perceptible desde los enterramientos líticos primigenios hasta los fastuosos monumentos funerarios de antiguas civilizaciones de gran sofisticación. La nostalgia de la divinidad se hace presente, sobre todo, en el culto funerario, en las disposiciones y los homenajes a los muertos más que en las celebraciones de la vida, por más poderosas, hondas y sutiles que sean. En los réquiems mucho más que en los himnos, quiero decir. La transitoriedad, la caducidad coaguladora del periplo vital es la verdadera desazón nuclear, el enigma fundamental. La fuente inagotable de donde beben todas las religiones al proporcionar muletas más o menos firmes para ir superando los trances y escollos de la existencia. La nostalgia o las ansias espirituales de los descreídos son, en esencia, un lamento de soledad, un clamor por la compañía guiadora y el cobijo confortador de la esperanza.

A pesar de la añoranza de un relato con finalidad ultraterrenal que algunos descreídos no tenemos inconveniente en confesar, el escepticismo y la indiferencia en materia religiosa han devenido sólidos y muy visibles en las sociedades tecnificadas actuales. Nos ha tocado conocer un mundo donde las batallas contra los enigmas y los embates des tructores de la naturaleza se van ganando, sistemáticamente, día tras día. No todos ellos, ni de manera completa y definitiva, puesto que tales objetivos son inalcanzables, pero las aplicaciones tecnológicas y los arietes científicos anuncian, sin descanso, la conquista de regiones de misterio, la caída reiterada de bastiones inexplorados. No tiene nada de extraño, por consiguiente, que se haya intentado eliminar el recurso a las religiones, en varias ocasiones, entre los ejes definitorios de algunas sociedades.

Precariedad de las sociedades arreligiosas

Se pueden montar, de hecho, sociedades bastante efectivas sin los andamios y los contrafuertes de las religiones institucionales. Se pueden proscribir totalmente, incluso, los cultos a los agentes sobrenaturales y los ritos de la devoción popular y conseguir erigir, aun así, comunidades políticas trabadas que subsistan sin ningún tipo de ayuda de los vectores religiosos convencionales. Hay ejemplos históricos conspicuos: los largos decenios de rigorismo arreligioso en la Unión Soviética, en China o en sus satélites durante el siglo anterior, por ejemplo, y también los hay actuales, Corea del Norte, por mencionar tan solo el más impactante. Cuando digo comunidades efectivas me refiero a la capacidad de crear cuerpos sociales organizados con los resortes característicos de una época. Es de sobra conocido, sin embargo, que todos estos ejemplos acarreaban la perversión de haber sustituido la religión tradicional con fundamentos sobrenaturales por otra mucho más rígida de base secular o laica. Han funcionado, al fin y al cabo, como excepciones nada felices para confirmar la regla de la terca y reverberante omnipresencia de los cultos y las instituciones religiosas en el meollo de las sociedades humanas.

Lo que vale para las entidades políticas de gran alcance –los países o los imperios– rige también en las pequeñas agrupaciones o comunidades de individuos: en una prospección exhaustiva sobre la duración de las comunas seculares o las religiosas a lo largo del siglo XIX, en Norteamérica, se constató que las comunidades montadas sobre creencias trascendentes y con rituales de observancia devota mostraron una persistencia que llegó a cuadruplicar la de las laicas [222]. La vida media de las comunas de base religiosa fue de unos 25 años, en conjunto, y al cabo de 80 años de existencia nueve de cada diez se habían disuelto. Hasta ahí, un siglo casi, alcanzaba el máximo de perdurabilidad. En cambio, las comunas seculares, que en su mayoría partían de ideologías socializantes, tan solo lograron una duración media de 6,4 años. En apenas 20 años, además, nueve de cada diez habían desaparecido ya. Es decir, las pequeñas comunas religiosas resisten y perduran mucho más que las seculares, del mismo modo que los países que colocan la religión en el núcleo fundacional de sus pactos constitucionales también tienden a ser más estables que los que han intentado devaluar el papel cohesionador de las doctrinas religiosas o incluso prescindir de ellas. Hay quien asigna esa mayor durabilidad al coste y la perseverancia en el seguimiento de las normas grupales que son, por regla general, superiores en las comunidades con fundamentos religiosos [9, 168, 169]. Aunque da igual que eso sea o no cierto, ya que el hallazgo básico es que la religión acompaña a las empresas políticas duraderas y que acostumbra a ser uno de sus cimientos primordiales.

Quizá no sea del todo ajeno a ello el dato de que la ideación religiosa apareció en un estadio bastante primitivo de la evolución de los ancestros hominoideos, en el amanecer de las innovaciones cognitivas que consagraron la singularidad del magín de los humanos en comparación con los primates: la fabricación de herramientas de sofisticación creciente y los lenguajes recursivos y flexibles. La religión ocupa, además, un lugar nuclear en las costumbres de las comunidades humanas que se mantienen todavía hoy en estadios tribales primigenios [7, 34, 36]. Se han documentado ausencias culturales estentóreas en los grupos de cazadores-recolectores que aún se afanan en los remotos hábitats vírgenes que resisten en el planeta: en algunos hay carencia completa de técnicas agrícolas o ganaderas, en otros hay desconocimiento total del valor de la moneda y hay también otros sin vestigio alguno de instituciones que se asemejen a la justicia o a la policía. En todos ellos, no obstante, hay costumbres religiosas comunales más o menos organizadas. La cristalización de ritos religiosos es, por tanto, más antigua que aquellas conquistas culturales en los aborígenes que todavía subsisten en la actualidad. Junto a todo esto, proliferan los hallazgos que indican que los ancestros presapiens practicaban rituales religiosos en comunidad. Los neandertales enterraban a los muertos mediante procedimientos que se asemejan a los ritos funerarios «avanzados» de las culturas paleolíticas. Y las líneas homínidas inmediatamente anteriores a los sapiens (los heidelbergensis de los valles occitanos, como el hombre de Taltaüll, o los pobladores de Atapuerca en la altiplanicie ibérica, por mentar ejemplos domésticos) también practicaban ritos de enterramiento de raíz presumiblemente religiosa [34, 148]. Estos indicios permiten sospechar que los presapiens tenían una concepción trascendente de la existencia (uno de los componentes clave de la religiosidad), aunque la fragilidad de los datos fósiles demanda cautelas extremas para amortiguar el entusiasmo interpretativo que acostumbran a prodigar los especialistas en prehistoria. No hay dudas, en cualquier caso, de que el fenómeno religioso es antiquísimo. Las religiones no son artificios relativamente recientes a partir de revelaciones plasmadas en «textos sagrados» que se diseminaron a medida que lo hacían las sociedades «inventoras». Tampoco se las tiene que considerar, en origen, como un instrumento de ingeniería social creado por castas o élites parasitarias en épocas históricas. Es decir, como un artefacto derivado del lenguaje altamente elaborado y al servicio del dominio grupal. Esas sofisticaciones corresponden a formas bastante modernas de concreción religiosa que implican, a su vez, un buen número de estratos añadidos a los mecanismos de base que pretendo discutir en este ensayo.

Vigencia de la religiosidad: perfiles de la devoción y el secularismo en el mundo

Los estudios de las ciencias sociales sobre las religiones habían asumido, durante mucho tiempo, que el pensamiento religioso es «primitivo», no-racional, incompatible con la ciencia y, por todo ello, condenado a declinar. Los hallazgos contemporáneos sugieren, por el contrario, que la devoción religiosa se asocia a una buena salud mental, que responde a cálculos de coste-beneficio y que perdura a despecho de la educación avanzada y el entrenamiento científico. Aunque los profesores, los científicos y otros norteamericanos muy instruidos son menos religiosos que la población general, la magnitud de esa distancia en devoción no supera a la detectable en función de la raza, el sexo u otros factores demográficos. Además, con frecuencia los investigadores de ciencias «duras» se muestran más religiosos que sus colegas de las humanidades o las ciencias sociales (Laurence Iannacone, Rodney Stark y Roger Fiske: «Rationality and the “religious mind”», Economic Inquiry, 36, 1998, pp. 373-389).

Aunque vengan de lejos y muestren signos de decrepitud, las religiones institucionalizadas continúan muy activas hoy en día. Se había insistido en que las religiones vivían sus postrimerías, que habían entrado en un ocaso irreversible. Que la penetración de las ideas de la Ilustración, junto con la expansión del conocimiento y las tremendas transformaciones impulsadas por las innovaciones tecnológicas debidas al ingenio, la curiosidad y la laboriosidad humanas, tenían que conducir a que las religiones perdieran influencia, de manera paulatina, hasta desaparecer totalmente. De momento, no hay indicios ni señales de que tales predicciones tengan que cumplirse en absoluto [111, 123, 249]. La formidable secularización de las sociedades avanzadas actuales convive con fenómenos al alza como la proliferación de movimientos espirituales y sectas de todo pelaje y condición, el renacimiento sorprendente de los sanadores y curanderos alternativos, el auge de las doctrinas místicas y las ejercitaciones en rituales y procedimientos con fundamentos mágicos, así como el éxito apabullante de los libros, films y juegos de temática esotérica [94, 115, 248].

Las grandes iglesias monoteístas, por su parte, no solamente viven un periodo dulce gracias a la derrota inapelable de quienes fueron sus principales competidores laicos (utopismos humanitaristas como el comunismo o el anarquismo), sino que se han revitalizado y han acentuado su penetración en muchos rincones del planeta, en particular en los países emergentes y en vías de desarrollo. Hay, por lo tanto, una pérdida de influencia relativa de las religiones institucionales en Occidente que queda más que compensada por su peso creciente en el resto de sociedades y por los múltiples rebrotes de religiosidad y espiritualidad «renovada» entre las capas poblacionales más educadas de las comunidades ricas.

La religiosidad individual sigue, por otro lado, muy vigorosa y hay multitud de datos para corroborarlo. Los norteamericanos (la sociedad líder en la antorcha tecnológica, todavía) confiesan tener vivencias y creencias de naturaleza religiosa en unos porcentajes altísimos. Más de un 90% responden de manera afirmativa a preguntas como, por ejemplo: «¿cree usted que hay fuerzas sobrenaturales –más allá, por consiguiente, de lo que conocemos a través de la experiencia y del progreso científico– que inciden en el mundo y con las que puede comunicarse mediante la plegaria, la invocación u otros métodos?». Responden así cuando se les piden esas precisiones no por teléfono y con prisas, sino en entrevistas elaboradas y muy trabajadas, previamente concertadas y sometidas a revisión cuidadosa por parte de expertos independientes. Los sondeos llevados a cabo por los institutos de sociometría más solventes, como Gallup (<www.gallup.com>), Pew Research Center (<http://religions.pewforum.org>) o World Values Surveys (<www.worldvaluessurvey.org/index_surveys>), así lo acreditan una y otra vez.

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