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Ligeros de equipaje
Cuentos de viajes y viajeros


Prólogo

Dise Cees Nooteboom, el escritor holandés que ha hecho del viaje el tema de sus escritos, que éste siempre es hacia uno mismo. “Viajar en solitario es conocerse a uno mismo”. El que viaja se enfrenta a lo otro, a los otros y todo ello opera como una lente para mirarse. El viaje ofrece las preguntas que uno no se ha hecho. Ni siquiera puede saber cuáles son. Claramente viajar, no en el tour que guía y protege, pero aun en ése, es salirse de la zona de confort, de lo habitual, del ámbito conocido. Se puede viajar en la propia ciudad de residencia, en el barrio mismo, o ir al Ártico. Porque el viaje, siendo desplazamiento, es lo que más cerca nos coloca de nosotros mismos, en un diálogo íntimo y refrescante donde nos preguntamos quiénes somos.

La crónica de viaje ha sido un género ampliamente cultivado en varias tradiciones. Bien sabemos que la conquista de México, el nuevo mundo, azuzó asombro de expedicionarios, conquistadores, evangelizadores y viajeros de muchas nacionalidades. La crónica, a diferencia del cuento, pretende un recuento preciso y apegado a lo visto, desde la experiencia y contexto del que se enfrenta a la novedad, e intenta nombrar para su entorno lo nuevo. Los viajeros al nuevo mundo fueron los primeros que hicieron literatura de viajes. Sin duda es intrigante la descripción, por ejemplo, del ajolote que hace Francisco Hernández en su Historia Natural de la Nueva España —“tiene vulva como la de la mujer”—, ya que, siendo una estampa, parece una pieza de minificción (ha sido recogida en algunas antologías y bestiarios). Sabemos que el propio Cortázar hizo del ajolote, esa especie anfibia endémica de México, el asunto del cuento que lleva su nombre: “Axolotl”.

La línea entre la crónica y el cuento puede ser fina (tan fina como nos lo mostró Carver en su memorable “Tres rosas amarillas”, cuando la crónica de la muerte de Chejov se transforma en un cuento estilo chejoviano que rinde homenaje al escritor ruso). En el cuento hay un asunto, y el personaje está en conflicto frente a éste. Por su intención literaria, rebasa la anécdota y es provocador y sugerente, nos enfrenta, como el viaje mismo, a nuestra condición. El viaje, por su naturaleza de novedad y de situación fuera de la rutina, es tema recurrente en el cuento desde muchas tradiciones. El cuento incluso puede revelar que el viaje no necesita el traslado en el espacio; la pieza canónica de Alejo Carpentier, “Viaje a la semilla”, nos muestra que es posible, desde una casa en demolición, asistir al espectáculo del tiempo en sentido inverso y ver el terreno vacío antes de que la casa en escombros fuese construida.

Ante el reto de viajar por miradas literarias diversas, convocamos a algunos escritores mexicanos a participar en esta reunión de cuentos sobre viaje. Y para nuestro halago y sorpresa, sumándonos los abajo firmantes con nuestras propias miradas, hemos llenado el cupo del barco que ahora zarpa con estilos, propuestas, recorridos urbanos, náuticos, en trenes, por geografías locales y extranjeras, para azuzar nuevas preguntas y curiosidades.

El viaje ocurre todos los días, como es claro en el cuento “Un tatuaje” de Ana Clavel, pero el viaje no siempre es el mismo. La tira de estaciones de una línea de metro en la Ciudad de México, en la que se concentra la viajante y tatuadora, enfatiza el reptar de una mirada por la belleza misteriosa de su cuello ilustrado. Como en todo viaje, al descender del vagón no somos los mismos. O tal vez nunca podamos descender del vagón cuando un viaje se vuelve pesadilla, y el tiempo se trastoca como en el cuento “Antesala” de Rosa Beltrán, que ha asimilado la indeleble herencia de Arreola en “El guardagujas”, y nos queda claro el espíritu del viaje y la amenaza de la negrura cuando la protagonista, angustiada por el sol y la inmovilidad, se pregunta: “¿y si los misterios del viaje no hubieran existido más que en la ilusión de los que han relatado sus viajes?”

En el relato “Sin ella no hubiera regresado”, Edmée Pardo cuenta la travesía de la protagonista y sus dos sobrinos en ascenso al Everest. La montaña es el reto al que atender y sobrevivir, lo más importante. El famoso mal de montaña ofrece una lección única y brutal. Lo inesperado, que siempre es acicate del viaje, no sólo aparece en el organismo enfrentando condiciones de altura donde los pulmones y el cuerpo deben adaptarse, sino en las decisiones y la zozobra emocional, en la rasgadura más fina.

Estas decisiones también se dan en un andén. Una estación de tren es parte sustancial de un recorrido, es el contrapunto del movimiento: lugar de llegada, lugar de partida. Allí ha ido, semana a semana, la mujer de Feliciano a esperarlo después de dos años de prisión en España por alguna razón desconocida. Allí lleva al bebé que no es de él. Evocando Casablanca o “Eveline” de Joyce (por cierto, citado por Clavel), en “Dolorosa” Abascal Andrade nos acerca a la decisión despiadada que debe tomar la protagonista.

El monólogo interior es —en ocasiones— el heraldo de la nostalgia, parece decirnos Mónica Lavín con su cuento “El sombrero negro”. Un presente que es pasado, un país distante, distinto. Un encuentro que se alarga en la memoria, que permanece y que regresa en esta historia narrada desde la solidez y elegancia de una escritura madura.

Con un ritmo trepidante y poético, Edson Lechuga nos acerca a su historia hasta hacernos rozar a los personajes en el relato “De noche a sur” mientras nos presenta dos viajes paralelos, el de una relación sentimental y otro en el que cambia de escenario.

La rigurosa —por breve— extensión de los cuentos de Felipe Garrido es la argamasa para crear pequeñas catedrales independientes y sólidas, sorprendentes. Con asombrosos finales posados en atmósferas nítidas, este autor seduce desde la brevedad.

Eduardo Sabugal presenta un lugar encantador; un restaurante peculiar, casi críptico. La ambientación creada por una espléndida pragmatografía es protagonista de un misterio que pareciera no conviene develar en el cuento “El famoso J. Cruz”.

Dos historias imbricadas que se complementan, dos momentos: la permanencia que desciende de la eternidad y un pasado/presente son los tempos en que sucede el cuento de Alberto Chimal, “Las ciudades latinas”, historia que algo tiene de Borges y de Calvino por lo maravilloso, algo también de Marco Polo y su asombro primigenio cuando deambulaba por las tierras del Gran Khan. Un viajero, la descripción de ciudades que se yerguen desde sus peculiaridades hacen de este cuento un memorable referente de la literatura de la imaginación que tan bien conoce y practica Chimal.

En el cuento “Malinalco: en la boca del inframundo”, la voz que nos pone al tanto, que nos informa y nos incomoda es la de un narrador, astutamente impertinente pero necesario. Omar Nieto nos muestra la realidad y, junto con los personajes que no quieren saber, sabemos y sentimos el peligro de vivir aquí, ahora.

Un ojo oblicuo deambula por Nueva York, por sus lugares emblemáticos, narra la vida, se mete en ella y coloca frente a nosotros la rutinaria novedad del viajero que ve y comparte. Marco Tulio Aguilera Garramuño describe con precisión un encuentro con la ciudad más famosa del mundo, en el cuento “Nueva York a pie”.

Rozar el peligro, una noche de parranda, la alegría juvenil que se congela y se detiene en seco. La fortuna y la desgracia siempre caminan pegaditos, nos dice con precisión Raquel Castro en su cuento “Algo va a suceder”.

Ella se siente atraída por él, mucho, aunque sea ajeno. Atraviesa un océano y en pleno invierno berlinés se miran y se palpan y se entregan. Ella regresa y él la alcanza, es verano en Oaxaca; un amor que no acaba de serlo, titubeos y diferencias, una conclusión abrupta y natural es la historia narrada por Paola Tinoco en “Berlín-Oaxaca”.

Con una suerte de conmiseración, de humor tan cáustico como gozoso, Jaime Muñoz Vargas nos acerca a situaciones vividas por muchos de nosotros. Escribir, hablar ¿para quién? Un itinerario de presentaciones librescas que comienza a recorrerse con entusiasmo y la realidad terca y franca va enfriando. “Tour en gris” nos deja con una sensación agridulce, la risa discreta y comedida ante las desavenencias infames del destino.

Mudar de escenarios, mudarse para continuar o para detenerse, para comenzar, para saber o para huir, estos quince cuentos nos señalan la vida que se mueve y lleva en su cresta azarosos encuentros, peculiares descubrimientos. Suba a estas historias, comenzamos el viaje, pero venga ligero de equipaje, cuando incursione por estas páginas irá llenando su maleta. Bienvenido a bordo.

Jorge A. Abascal Andrade

Mónica Lavín

Un tatuaje
Ana Clavel

Ana Clavel (Ciudad de México, 1961) es autora de los libros de cuentos: Fuera de escena (1984), Amorosos de atar (1992), Paraísos trémulos (2002), del volumen de cuentos reunidos Amor y otros suicidios (2012), del libro de minificciones CorazoNadas (2014) y de las novelas Los deseos y su sombra (2000), Cuerpo náufrago (2005), El dibujante de sombras (2009), Las Violetas son flores del deseo (2007), y El amor es hambre (2015). Su novela más reciente es Breve tratado del corazón (2019).

Es autora del libro de ensayos A la sombra de los deseos en flor. Ensayos sobre la fuerza metamórfica del deseo (2008), de Las ninfas a veces sonríen (2013) y de Territorio Lolita (2017).

Sus libros han dado origen a proyectos multimedia que conjuntan video, fotografía, instalación, intervención artística y performance, los cuales pueden consultarse en: www.anaclavel.com.

Ella volvió su rostro pálido hacia él,

pasivo, como un animal desamparado.

“Eveline”, J. Joyce

Entre ella y Martín bajaron la cortina metálica del local de tatuajes. Después de colocar los candados, echaron a andar por la calle de Brasil, que aún bullía de gente por ser sábado. Era una noche cálida, así que los vendedores de los Portales de Santo Domingo se abanicaban con los folletos y muestras de invitaciones que ofrecían a los paseantes, deseosos de convertirlos en los últimos clientes del día. Varios negocios habían cerrado pero otros mantenían su luz fluorescente sobre mercancías inútiles pero llamativas: adornos, lámparas de papel, bisutería, muñecas, ratones de cuerda. Los lugares de comida rápida con sus televisores silenciosos seguían atrayendo gente que se perdía en una contemplación bovina entre ver y masticar. Del “Salón Madrid” escapaban acordes de la Banda el Recodo que alguien del interior había puesto a sonar en una rocola, cuando Martín le pidió que se detuvieran a comprar una botella de agua. Entraron a una miscelánea. La chica que cobraba le dijo a Martín que le gustaban los tatuajes de huesos que traía en ambos brazos, como si su esqueleto se transparentara en esas partes del cuerpo. Él le respondió que cuando quisiera le hacía uno con rebaja especial por ser de negocios vecinos. Ella contestó:

—Pero no de huesos. Uno de flores como el de tu amiga —se refería al que traía Alina en el cuello y que se extendía hacia atrás de su oreja izquierda. Alina sonrió y se acercó a la dependienta, casi de su edad. Estiró el cuello para que pudiera apreciarlo mejor.

—Si te fijas bien, hay una calavera en el centro de la flor —le dijo. La dependienta lanzó una exclamación de sorpresa y agrado.

No hicieron otra parada hasta llegar al metro Zócalo. Apenas alcanzaron la zona de maquetas que representaba las pirámides de la antigua Tenochtitlán, se despidieron. Iban en direcciones opuestas: Martín a Iztapalapa y Alina al Toreo. Él dijo:

—Nos vemos el lunes. Me saludas a Juan.

—Claro, yo le digo. Buen fin de semana —contestó ella.

Descendió al andén poblado de gente que regresaba a sus casas con el cansancio de un día de compras y trajín en el Centro. Un grupo de jóvenes mestizos con paliacates en la frente y camisetas que dejaban ver sus brazos curtidos y correosos bromeaban entre sí y se pasaban uno a otro una efigie de San Judas Tadeo de casi medio metro. La distrajo un mensaje en su celular. Era de Juan preguntándole cuánto tiempo tardaría en llegar al lugar convenido para recogerla. Se aprestó a contestarle que iba para allá. “Pero hay mucha gente, el metro no pasa y el calor está que arde…”, terminó de escribir justo antes de que el convoy arribara con su sonido desfogado.

Cuando entró al vagón traía en mente el recuerdo de Juan. Su barba suave, sus manos de diseñador, la loción de maderas que se ponía en el pecho y las axilas, siempre fresca y aromática por más que sudara. Llevaban poco más de un año viviendo juntos. En unos meses viajarían a un congreso de tatuajes en Atlanta. Varios de los diseños que Alina probaba con sus clientes, y que le habían ganado cierta fama entre los tatuadores del Centro, eran de Juan. Dragones escamados, hadas estilizadas, flores de un jardín de las delicias inusual. De hecho, el tatuaje que llevaba en el cuello, la flor que guardaba una calavera entre sus pétalos fragantes de color, la había diseñado él.

Apenas traspasar las puertas automáticas se desocupó un par de lugares y pudo acomodarse. Frente a ella iba sentada una señora con dos niños pequeños que dormían recargados uno en el otro. Un vendedor ambulante se abría paso ofreciendo pequeños ventiladores portátiles que ponía ante los rostros de los viajantes para demostrarles su efectividad. Cuando lo puso cerca de Alina, ella sintió la caricia del aire y no pudo evitar sonreírle al hombre en señal de agradecimiento. Tan pronto se alejó el vendedor, volvió a respirar el aire caliente del vagón cargado de olores. Observó que la mayoría de los pasajeros llevaban ropas ligeras por donde se asomaban cuellos, brazos, piernas sedientas de frescura, pieles que exhalaban un vaho de humanidad demasiado orgánica. Los niños dormidos, con sus caritas suavizadas por la laxitud del sueño, tenían los cabellos mojados por el sudor. Le pareció que uno de ellos, el más pequeño, se incomodaba dormido porque frunció el ceño y se talló la nariz molesto, como negándose a respirar. Desvió la mirada a los otros viajeros que tenía enfrente y descubrió de pronto, en sus rostros cansados y sudorosos, una señal inequívoca de desagrado.

Fue sólo entonces que se percató del olor aquel, rancio, a humedad reconcentrada. Con el rabillo del ojo percibió al hombre que tenía a su lado. A diferencia del resto, llevaba un traje oscuro de tela gastada que brillaba por el uso. Las manos nudosas salían de las mangas y mostraban una piel cetrina y opaca. También reparó en que el hombre era delgado y que su cabello perfectamente peinado era grasoso y ralo. Todo esto descubrió sin necesidad de mirarlo directamente. Como también supo que ese olor desagradable que todos percibían, y que ella acababa de identificar, emanaba de él, de sus ropas, de sus poros, de sus pliegues. Un olor que hurgaba en la memoria desconocida de cosas oscuras y secretas. Estuvo a punto de levantarse aunque todavía le faltaran varias estaciones antes de llegar a su destino. Fue una reacción instintiva que sólo controló el temor de exhibir su rechazo, una especie de pudor por la vergüenza del otro. En su oficio de tatuadora se había acostumbrado al olor de las pieles de sus clientes, una esencia mezclada de resabios animales que la alimentación y las emociones podían intensificar. También estaban los olores minerales de las tintas, concentraciones de una pureza inusual para el olfato humano que podían llegar a la pestilencia. Pero aquello que ahora respiraba excedía su tolerancia. Se llevó una mano al cuello, ahí donde florecía el tatuaje que llevaba expuesto, como para evitar que aquel olor la contaminara.

Echó un vistazo a la tira de estaciones y contó las que aún tenía por delante. Al hacerlo, descubrió en el cristal de la ventana los ojos del hombre que estaba a su lado. La miraba expectante, como si supiera que en cualquier momento ella se levantaría, alejándose, huyendo de él. Sentirse observada la abrumó todavía más. Desvió la mirada y la concentró en el pequeño que dormía recargado en el hermano. El calor no dejaba de humedecer los cuerpos. Seguramente intensificaba y reconcentraba el olor, aquel olor. Sintió sed y se arrepintió de no haber aceptado la botella de agua cuando Martín se compró la suya. Comenzó a adormecerse con el vaivén pero se obligó a permanecer alerta: no deseaba que un movimiento súbito del convoy la acercara más al hombre de traje. O que, dormida, se le aflojara el cuerpo y llegara a tocar la tela o la piel de donde provenía el olor.

De todos modos cayó en una especie de letargo. Se sujetó con una mano al asiento para evitar soltarse del todo. Pero el olor la invadía y la penetraba cada vez más. Tan sólo un parpadeo y el escenario había cambiado. Atisbó una habitación en penumbra, de paredes húmedas y sórdidas. En el fondo, un resplandor amarillento destacaba la figura del hombre de traje, ahora completamente desnudo salvo por unos papeles que traía pegados en el cuerpo. Sentado frente a un escritorio, recortaba fotos de mujeres de una pila de revistas y luego se las fijaba en la piel como si confeccionara un nuevo traje. A falta de pegamento, lamía los recortes y los aplicaba directamente sobre su torso, sus piernas, su vientre. Fue tal la repugnancia que le provocó la escena que Alina se llevó instintivamente una mano al cuello para proteger su flor. El gesto repentino provocó que el hombre la descubriera. Se aproximó a ella de un salto y el olor a rancio y a humedad se arremolinó en oleadas a su alrededor. Imposible respirar, pero imposible también apartar al hombre que ahora comenzaba a lamerla y tatuaba con restos de saliva su piel dócil y dispuesta. Sintió que su lengua ardía.

Un mensaje en los altavoces le anunció que había llegado a la estación de su destino. Echó una mirada y encontró que la mujer de los niños los había despertado y se aprestaban a bajar llorosos y de mala gana. Pero el hombre que había viajado a su lado ya no estaba. Seguramente había descendido en una estación anterior, sin embargo aún podían percibirse rastros de su olor en el aire contaminado. Alina se precipitó en los andenes como si quisiera dejar atrás el mal sueño.

Juan la esperaba en el área de taquillas. Tan pronto se reconocieron entre los ríos de gente, a ambos les brotó una sonrisa. Pero Alina además lo abrazó apenas lo tuvo cerca. Y al hacerlo aspiró de su cuello y su barba ese aroma fresco que así la rescataba. En efecto, el olor a rancio, a soledad reconcentrada, había desaparecido. Escuchó que Juan le decía:

—Vamos a casa, Alina.

Ella seguía sujeta a él, negándose a soltarlo.

—Vamos —insistió Juan.

Pero Alina se aferraba a su abrazo en una resistencia obstinada. Tenía los ojos cerrados y en esa penumbra momentánea había percibido que otro tatuaje se ramificaba en su interior, añadiendo pétalos oscuros a la flor cárdena de su propio corazón. No ya el olor aquel, sino su recuerdo de tinta indeleble.

Antesala
Rosa Beltrán

Rosa Beltrán (Ciudad de México, 1960) es novelista, cuentista, ensayista, traductora, editora y fundadora de varias colecciones literarias. Es autora de las novelas: La corte de los ilusos (1995), El paraíso que fuimos (2002), Alta infidelidad (2006), Efectos secundarios (2011) y El cuerpo expuesto (2013). De los volúmenes de cuentos: Optimistas (2006) y Amores que matan (1996), y de los libros de ensayos América sin americanismos (1996) y Verdades virtuales (2019). Su publicación más reciente aparece en El edén oscuro, libro de crónicas sobre Acapulco. Sus cuentos aparecen en antologías de distintos países.

Publica en varias revistas y suplementos culturales en México y fuera del país. Colabora con la Revista de la Universidad de México, Laberinto y Gatopardo. Es co-conductora del programa Contraseñas en el canal 22. Es directora de Literatura de la unam y miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua.

www.rosabeltran.net

Twitter: @RosaBeltranA

Que el cielo exista

aunque mi lugar sea el infierno.

Jorge Luis Borges

Estábamos abandonados a los pensamientos que se colaban por alguno de los escondrijos del vagón de tren cuando no sé quién de los cuatro la vio entrar primero. A pesar de que procuraba hacerlo con discreción, la sonrisa delató su entrada y nos hizo removernos en nuestros asientos. Me extrañó que ese solo gesto pudiera romper tan eficazmente el silencio que se había acumulado desde hacía largo rato en nuestra cabina y, en cierta medida, que la negra se hubiera decidido por el angosto lugar entre la anciana de la ventanilla y la joven opulenta, en vez del que quedaba libre junto a Roberto, en el extremo. De este modo quedaba casi frente a mí. Hizo un recorrido general con la mirada, como cuidando que todo estuviera en orden, y volvió a mostrarnos una medialuna blanquísima entre toda esa oscuridad de piel.

Roberto y yo empezamos a hacernos conjeturas respecto al inusual entusiasmo de la muchacha y así matamos algunas horas más. Entre dientes —apenas unos panecillos de jamón y media botella de vino ácido—, llegamos a la conclusión de que tal gusto por un trayecto que duraría más de veinte horas, aunado a la impaciencia que parecía mostrar, eran prueba suficiente del próximo encuentro, estaciones adelante, con algún enamorado, aunque Roberto todavía insistió en la posibilidad del libro de lectura imprescindible que la joven estaba, ya lo ves, pronta a sacar de la bolsa de cuero; pero no, esta vez tampoco era un libro, sino un pañuelo facial con el que se repartía el sudor por cara y cuello haciendo de su maquillaje, a medida que transcurría el tiempo, una desgracia.

De frente a la estación intentábamos hacer alguna otra cosa que no fuera dejar correr el tiempo. Allá afuera, éste era otra cosa, parecía transcurrir de un modo distinto, eficaz. El maletero corría tras una señora solvente y consternada; un viejo se despedía a besos de una joven. Aquí dentro, en cambio, el estancamiento iba generalmente acompañado por dos maletas pequeñas, o una grande y un necessaire, o el rápido acomodo de la mochila naranja con un broche abierto que descansaba sobre la parrilla, y de nuevo cada quien a sus asuntos, pero esta vez, la anciana había abandonado su reposo caliente para llevarse el pañuelo a la nariz, decidida a no quitarlo de ahí y a que la muchacha negra advirtiera lo que ya había advertido y se orillara hacia la izquierda lo más posible. No volvió a moverse sino para lo indispensable, aunque se obstinara en su gesto risueño cuando Roberto le preguntó la hora, a saber si en un intento desesperado de apresurar el tiempo, o con ese maldito afán de proteger, tan suyo.

Eran las tres. La hora del silbato en las fábricas, del recogimiento, de la campanilla en mi casa de niña cuando mi madre pedía el salero. Traté de cubrir el cristal con mi suéter, pero el sol parecía atravesarlo como cuando una mira a través de las radiografías y no entiende nada, pero el médico le dice que está sana, que puede irse a tomar unas vacaciones, y una viene con la ilusión de encontrar un mundo nuevo, la cuna de la civilización y la cultura, y lo único que encuentra es el rayo de plomo en la cara, porque la cortina de nuestro compartimiento ha sido arrancada o están lavándola, o nunca ha habido cortina alguna y soportar este calor es parte de la prueba por la que todo viajero debe pasar si quiere entorpecer su rutina con un paréntesis de ausencia, y bueno, la negra sigue sonriendo.

Miré a Roberto enfrascado en su lectura, ajeno. Por primera vez sospeché de él. Recordé que durante sus narraciones jamás tocaba el punto de los percances, esos minúsculos fracasos, como si no existieran. El sol se colaba por mi cráneo hasta el cerebro palpitante. Como si no lleváramos los fracasos cargando en la maleta.

La anciana había comenzado a abanicarse con furia; estiraba el cuello hacia la ventanilla, como si de esta forma pudiera aspirar el aire que entraba antes que los demás y hurtara el poco de frescor que éste traía desde la barranca caliente, y a lo mejor porque no lograba su propósito, nos lanzaba rencorosas miradas que venían a depositarse en la distancia que guardaba celosamente entre su cuerpo y mis pies frente a los suyos. Comprendí que el avance de alguno de mis zapatos hubiera sido un claro signo de provocación, así que me levanté y comencé a desplazarme trabajosamente por el pasillo. Pensé en encontrar un rastro de oxígeno, una especie de consuelo, pero la mayoría de viajeros en otras cabinas habían tenido la misma idea, así que volví a mi asiento y traté de guardar la calma. Después de todo, ¿qué podrían significar algunas horas si me estaba esperando el Paraíso?

Cerré los ojos. Traté de dormir inútilmente, y los abrí de nuevo. De izquierda a derecha: las cintas plateadas del pelo y los lentes con cadenilla de plata; después el pelo crespo y la mirada tierna y saltona; por último viene el pelo escurrido y por lo menos cinco mil calorías diarias de más. Me apliqué a la tarea de usar mis ojos como una cámara fotográfica. Los abría y los cerraba, elevaba y bajaba el puente de los párpados captando todos los instantes. Así podía observar a los demás a mis anchas. Incluso a Roberto, que se desesperaba a bocanadas con la misma página desde hacía varias horas. La gorda era la más fotogénica. Cambiaba constantemente de posición. Cruzaba las piernas y trataba de elevarlas lo suficiente como para que las lorzas de carne entre ambas no se estorbaran e hicieran imposible la faena. Se rodeaba con los brazos; se azotaba de perfil; lograba fotografías realmente hermosas. Por el contrario, la quietud de la negra la hacía una pésima modelo. Lo único interesante era el efecto de la pintura corrida: la hacía lucir como una improvisada plañidera al llorar silenciosos lagrimones de rímel. Alguien preguntó la hora. Pensé que la ilusión de quienquiera que hubiera hecho la pregunta no acortaba la distancia.

Recordé el método de Roberto para hacer pasar el tiempo: una cuchilla imaginaria en forma de cruz divide el reloj en cuartos; después, otras dos lo subdividen en periodos menores: siete y medio, casi cuatro minutos... así hasta llegar a lapsos de apenas un minuto. Todo era cuestión de imponerse a vivir esas pequeñas metas temporales, un minuto cada vez, sin pensar nunca en el número de horas que éstos suman, en las que aún faltan por transcurrir. Así era también en la tortura; sólo hay que pensar en soportar el dolor el siguiente minuto...

Por lo visto Roberto se las arreglaba muy bien con sus teorías, porque cuando le pregunté extrañada si no habíamos dejado atrás esa misma estación por la que atravesábamos de nueva cuenta, ese tubo de luz que ahora estaba encendido, pero que era el mismo tubo de luz neón de antes, él apenas titubeó: “puede ser, pero mira, igual no, ¿por qué no tratas de dormirte un poco?”, y se abstrajo enseguida en su libro. Yo comenzaba a impacientarme. No obstante, me acordé que pronto todo sería diferente, lo había sentido al empacar mis cosas. Era como comenzar de nuevo. Una idea me tomó desprevenida: ¿y si los misterios del viaje no hubieran existido más que en la ilusión de los que han relatado sus viajes? De cualquier modo, era una tontería. En esa ocasión fue el empleado de ferrocarril quien entró en el camerino: “Mestre, próxima parada”. Saqué el mapa. No habíamos adelantado mucho.

En lo incómodo de un vagón de tren, en lo incierto, también se acurrucan los recuerdos más nítidos: por más esfuerzos que hacía, no lograba pensar en otra cosa que en mi ilusión anterior al momento de iniciar el viaje y en lo que serían los primeros paseos al llegar a la nueva ciudad. Sólo como una sospecha, entreví la insignificancia de los sucesos del primer día, sus rituales ocultos, como una especie de insinuación de lo que podía encontrarme si buscaba demasiado afanosamente. No importaba. El deseo de llegar seguía siendo demasiado intenso, demasiado abrumador. Me asomé por la ventanilla (non jettare acun ojetto per ¡! finestrino) y casi di un brinco: la cinta neón como única referencia, pero tan clara, tan igual a la que habíamos dejado atrás hacía unas horas, que no pude contener las ganas de preguntarle a la negra que observaba muda a través del grueso cristal: “disculpe, ¿no hemos pasado antes por aquí?”. Ella parecía observar con atención algo distante, algo encajado más allá de las letras azules, entre el pedregoso cerebro. “Ya hemos estado aquí, ¿no es cierto?” Pero los ojos no me miraban. Se clavaban en alguna parte de mi cara y no me miraban. No insistí. Había abandonado la idea de que pudiera darme algún informe preciso, por más que fuera la única viajera despierta en el camerino. Volví a la ventanilla y el tren reanudó su marcha. La vista se volvió hermosa: una barranca extendía su húmedo fondo por varios kilómetros a lo largo del camino. Tuve la absurda impresión de que casi me daba lo mismo llegar que permanecer donde estaba, igual que a esa muchacha muda y oscura.

No sé si alguna vez Roberto sintió el hormigueo en la nuca. De cualquier modo no me lo hubiera dicho; para él los viajes son siempre motivo de alegría. “Un ligero cambio —decía— verás que todo adquiere una súbita novedad. No podía defraudarlo con mi estúpida pregunta, con la aclaración de que no era sólo por el calor. ¿Cómo iba a explicarlo después de tantos y tantos kilómetros? Alguien me ofreció un poco de café. Era Roberto. Su rostro suave se tendía como un apoyo; lo besé. Acto seguido me acurruqué sobre su pecho y traté de hacer lo mismo que la gorda, cuya revista yacía olvidada entre los muslos, próxima a caerse; pero entonces el tren se detuvo. Ignoro cuál es la razón que nos hace abrir los ojos cuando el tren está inmóvil y mirar hacia afuera, para confirmar la pesadilla. Un letrero azul, bajo la luz de neón de cualquier estación intermedia. A veces, el empleado de ferrocarril confirma el sueño: “Mestre, próxima parada”. Entonces me levanto, trato de convencerme de que los demás también han oído, de que no miran al mismo maletero ni al viejo impúdico, sino al hombrón de sandalias con cintas atadas a sus pantorrillas, remedo de gladiador, que va descorriendo la puerta del camerino, que se está sentando en el lugar desocupado, junto a Roberto. Todos lo miramos con disgusto, como si viniera a romper con una suerte de orden preexistente. Después de acomodar su breve equipaje se sienta y ve a la negra que mira la estación.

—Parece que todas fueran la misma, ¿no es cierto?

La negra asiente, sonríe. ¿Por qué fingió no entenderme momentos atrás? El tren avanza. La negra no me escuchó, Roberto sigue enfrascado en su lectura y afuera las vacas siguen pastando aunque los relojes cambien puntualmente la hora. Algo adentro no se mueve. Nadie parece notar que algo adentro no se mueve.

La anciana sale y vuelve pronto. Parece indignada de que el recién llegado tenga unas piernas tan gruesas, tan peludas y tan desnudas. Ahora es la negra quien mira a la anciana, desafiante. Pronto vuelven a cerrar los ojos, en un intento por recuperar el sueño. Yo también.

La negra me mira de soslayo, sonriendo su superioridad. Me intimida. Obviamente hay algo que ella sabe y que yo ignoro. Todavía un poco antes de haberme levantado hacia el bidet alcanzo a escuchar la voz del empleado del ferrocarril “Mestre, próxima parada” y veo claramente cómo, sin inmutarse, Roberto se acerca a mi oído en un acto que considero casi piadoso y, con una extraña emoción, susurra: “estamos llegando…”. No quiero imaginar la nueva ciudad; contengo todo asomo de emoción y voy a pararme al pasillo que divide ambos vagones, en espera de que se desocupe el baño. Observo a través del cristal; veo cómo las letras pegadas en éste se mezclan. Sé que en la próxima estación descubriré al maletero corriendo tras la señora que parecerá solvente y consternada, al abuelo que acariciará el rostro de la joven. Todavía de pie, considero la barranca, el perfecto amparo de su fondo. Descubro, en una especie de memoria futura, el tubo de luz sobre el engañoso letrero, nuestro destino.

Sin ella no hubiera regresado
Edmée Pardo

Edmée Pardo (Ciudad de México,1965) es escritora, lectora, maestra de talleres de lectura comentada, de escritura y de creatividad; promotora de la lectura como herramienta de sanación, creadora de Leer para Sanar, conferencista y voluntaria.

Es autora de: Leer para sanar (2017), Encender el mundo (2017), Los días de Lía (2017), La abuela durmiente (2015), Oasis (2015), El misterioso caso de las llaves (2015), Las grandes ligas (2015), Las tres reglas que cambiaron todo (2014), Ese monstruo tiene mi cara (2014), El brasier de mamá (2013), Letras para sanar (2012), Enfermedad se escribe con C (2009), la colección de relatos Las plegarias de mi boca (2005), Escribir cuento y novela: Caja de herramientas y cuaderno de trabajo (2005), Leer cuento y novela, guía para leer narrativa y dejar que los libros nos hagan felices (2004), Flor de un solo día, cuento, Minimalia erótica (2002), Rondas de Cama y La madera de las cosas, invención varia y relatos (Cal y arena, 1999).

Ha escrito las novelas La voz azul (2015), El sueño de los gatos (1998), Morir de amor (2002) y El primo Javier (1996).

O sin él.

Cuando vi el mapa en la pantalla de la computadora supe que ese viaje sólo podía ser con ellos, para regalarles el agotamiento de los pasos y la visión amplia desde los senderos. Un hallazgo recién descubierto que me enfebreció tanto como el que imagino he de haber sentido cuando aprendí a erguirme y caminar. Cuarenta años después, un pie tras otro, sólo quería ver montañas, hablar de montañas, caminar por las montañas: andar por las alturas del mundo con ellos, vivir esa anchura con ellos, para que conocieran cómo se mira desde arriba.

A ambos los puso mi hermana en mis brazos con tres años de diferencia, rojizos y diminutos, cuando se convirtió en para siempre otra. Los recibí con el pulso acelerado de la que fui a partir de ese primer instante. Las fotografías que tengo en mi mente no son imágenes estáticas sino emociones que tienen la forma de un recuerdo. Como el del teléfono de lata con el que nos comunicábamos de un lado al otro de la casa, la voz queda sobre el hilo que de tan estirado las palabras caminaban como equilibristas de un oído al otro. O la visita al panteón cercano donde nos entretuvimos en las esculturas y el silencio, hasta que sus ojos se engrandecieron frente a las tumbas del tamaño de sus cuerpos y el paseo se convirtió en alerta porque comprendimos que no a todos les es dado el privilegio de los años y la vida. Hicimos máscaras, velas y perfumes. Jugamos al restaurante, al teatro y en las albercas. Fuimos al circo, al cine. Leímos historias y nos inventamos otras, nos metimos al mar, fuimos de pesca, jugamos cartas y cantamos en las carreteras. Fueron cachorros que se desarrollaron fuertes a la sombra de una ausencia, con tropiezos y cicatrices visibles. Son orquídeas exóticas que se elevaron con las raíces al aire y encontraron su belleza con el tiempo. No los vi crecer. Crecí con ellos. No los vi cambiar. Me transformé con ellos.

Miente quien dice que lo mejor del viaje está en los preliminares. Es cierto que en los ascensos de preparación se cultivó el anhelo de la altura y usamos palabras recién aprendidas que nos ampliaron los labios. No es que fuera yo experta, pero quería cuidarlos con mis descubrimientos: cómo sujetar los bastones, vestirse y desvestirse por capas, tomar agua y comer sin sed y sin hambre, calzar las gafas solares, encontrar el paso, su propio paso, para subir y bajar. Practicamos varias veces y empezamos a tejer otro lazo entre nosotros. Hubo agotamiento en los amaneceres cobrizos desde la cumbre, los ojos brillantes de dicha y sol. Un gozo iba creciendo en las articulaciones del cuerpo y nos hacía más amplios al regresar cada cual a su casa, un poco más enamorados de la montaña, de nuestras posibilidades en la montaña.

Una noche, de regreso de una larga caminata, me despertó el miedo con su forma de ogro que gusta ahuyentar la alegría. Lo conozco desde niña. Un miedo que susurra al ritmo del oleaje de la mente y que un tiempo confundí con premonición, luego con intuición, para comprender, en el sofá de un psiquiatra, que ese monstruo se llama sabotaje y que crece cuando me falta espacio para contener el deleite. Lo ahogué bajo la almohada pero siguió despertándome en los días ansiosos de los preparativos: cuando comprábamos chamarras y botas para el frío, cuando leíamos historias de los primeros exploradores. Le grité: aléjate que aquí no cabes. Sólo bajó el tono de su voz.

Preparé un botiquín de primeros auxilios ayudada por un doctor. Empaqué toda clase de recursos naturales para los incidentes: aceites, imanes, pomadas, vendas. Guardamos un libro de plegarias cada cual en la mochila que tardamos días en hacer y deshacer, calculando el tamaño y el peso. Finalmente volamos a Katmandú y nos reunimos frente a una taza de té masala con nuestro grupo de expedicionarios guiados por el más experto montañista. Lo nuestro sólo era caminata, en ningún momento se exigirían recursos técnicos como crampones, cuerdas o piolet. Además contratamos un servicio de porteadores que nos ayudaría con el bulto pesado de la bolsa de dormir y los afeites para la noche. Sólo había que cargar la mochila con las cosas del día: capas de ropa en chamarras de diferentes materiales, agua, comida de marcha, gorra, guantes, lentes, protector solar. Lo único que teníamos que hacer era caminar: lento y hacia arriba, a un paso constante; aclimatarnos y cuidarnos del aire.

Antes de volar a Lukla, ella me dijo:

—¿Nos pintamos las manos, tía?

Cuando era niña, y yo había vuelto de un viaje a India, llevé henna y plantillas para decorarnos las manos a la usanza hindú. Era tanto nuestro placer y constancia que hube de comprarle unos guantes blancos para cubrir los dibujos el día de su primera comunión bajo el reproche de mi hermana que sabía que a veces jugábamos de más. Hicimos una cita en el salón de belleza. Con paciencia y asombro vimos aparecer aquel pasado y ese presente tan vivo. Cuando vi las mujeres que hoy somos, con las manos abigarradas de figuras en trazos café, comprendí que este viaje sería jugar a eso que hacíamos tantos años antes.

El día que llegamos a Lukla fue, y seguirá siendo por muchos años, uno de los más plenos de toda mi existencia. Palpitaba la ansiedad del inicio del ascenso al campamento base del Everest. Hacía frío bajo un aire límpido y visible, tan líquido que tenía sabor el trago que respirábamos. No había motores ni luz eléctrica, no es que hubiera silencio pero eso que sonaba era la montaña y su grandeza con diminutas tribus de caminantes que queríamos pisar la tierra, esa tierra.

Antes de emprender el camino, le regalé a él una rueda de oración que se gira con el movimiento del brazo, en honor a una película que sucedía en Tíbet a la que los invité de niños. De lo único que se acordaba, ya adulto, era de los rezos del campesino que llevaba al yak de un risco a otro. Me reía ante sus recuerdos sin hilo, pero sobre todo ante mi ocurrencia de llevar a dos niños al cine de arte. Mi esperanza era que, al cruzarnos con un yak, sacara su rueda de oraciones y diéramos vida a una de las escenas de nuestra memoria.

Desde el día uno supimos que sería el mejor viaje de nuestras vidas. Lo anunciaron las banderas blancas y verticales que ondeaban oraciones. El aire las hacía rezar en el golpe de la tela contra el viento, y así las plegarias bendecían la montaña. Lo supimos en los puentes colgantes con aguas de azul tan claro que parecían blancas, en el verdor de la floresta, en los bombones amarillos que crecían como barda alrededor del refugio donde pasaríamos la noche. Era la primera vez de los tres en esos parajes y no sabíamos cómo ni qué contar al otro. Estábamos desorientados ante la belleza, pero con estar juntos retomábamos el norte.

Nuestro camino coincidió con la fiesta de las luces en Nepal. Varias veces tropezamos con las voces de los niños y sus cantos, sus mejillas requemadas de sol y frío, para celebrar con baile. Vimos a las mujeres trabajar la tierra bajo el gesto de sus ojos rasgados, a porteadores llevar cuarenta kilos en la espalda con un paso natural. Los días eran largos, con sol y viento frío. Pausábamos para beber té de limón y jengibre antes de volver a caminar. Me emocionaba ir atrás de mis sobrinos, verlos subir, el tamaño de sus cuerpos, las personas en que se convirtieron. Me divertía ir junto a ellos, escuchar las bromas, reírnos hasta las lágrimas de tan felices, de tan cansados.

La primera vez que vi la cima del Everest fue en los espejos de sus lentes de sol y en la blancura de sus sonrisas. La cima creció frente a mis ojos, en un día celeste y despejado. Aquí está Dios, me decía, en la belleza, en mis pies, en mis rodillas, en ellos, en todo esto que me mueve. Aquí está Dios, repetía mientras giraba las ruedas de oración sembradas al lado derecho del camino: Aum mane padne hum. Y ahí íbamos: ella, venciendo el vértigo de los puentes; él, sacando fotos; y yo llena, absolutamente llena del aire que ama la vida.

Llevamos una celda solar que no supimos echar a andar, vivimos como un reto los baños de huella que no son baños sino agujeros malolientes sobre una tabla de madera. Mi sobrina se castigaba las ganas con tal de no ir al baño para terminar cediendo, resignada. Mi sobrino no decidía qué lado del río le gustaba más, si el de allá o el de acá, porque en ambos lados era hermoso, pero mucho más donde estuviera él. No extrañamos bañarnos, le teníamos miedo al frío. Empezamos a gozar salir de la bolsa de dormir a la ropa de ayer, que era la de anteayer, siempre tan de buen humor, a las botas empolvadas sobre tierra y lodo. Me sorprendía que ese sendero, por el que andábamos estrenando alma y pasos, fuera hecho cientos de años atrás, cientos de miles de veces pisado, y al mismo tiempo fuera tan nuevo, tan perfecto a nuestros ojos. Hasta que llegó un estornudo, ya con la altura encima y la aclimatación lenta. El ogro del miedo que viajó conmigo hasta esos parajes salió de mi mochila y afinó su voz. Pausamos un día para descansar la gripa, para enojarnos con nosotros mismos, para poner buena cara y seguir. Entonces me salió la otra tía que también soy y les gritaba que se taparan, que se untaran aceites de hierbas medicinales, los perseguía con agua y vitaminas, para ahuyentar la sombra del ogro que me miraba sin condescendencia. Quizá porque al día siguiente caminamos catorce horas, o porque escuchamos el cencerro del yak antes de verlo y mi sobrino finalmente sacó su rueda de oración, o porque estábamos agotados, o porque mojamos los pantalones de las carcajadas que no pudimos contener, fue que toda la noche escuché toser a mi sobrina.

En el siguiente poblado, que era en medio de la nada, había una estación de médicos voluntarios. Una organización inglesa que daba servicio a los porteadores que la pasan fatal con el mal de altura pero que callan por el riesgo a perder el trabajo. Cruzamos un río de agua ya congelada. Fuimos a la plática de conciencia que imparten todos los días y entendimos los síntomas del mal de montaña y lo peligrosa que puede ser la altura, de cómo los pulmones se llenan de agua en cuestión de horas. Pagamos una consulta para que revisaran a mi sobrina, escucharon su respiración y diagnosticaron que con el antibiótico todo estaría bien. Las siguientes dos horas recobró color y ánimo y fue a descansar. A la media noche su respiración empezó a sonar atorada y su siguiente tos fue con flemas de color rosa. Fue él quien me avisó cómo estaban las cosas, pero su cara era la del ogro que finalmente había salido de la sombra. Cuando la miré con las venas transparentadas en sus mejillas y con dificultad para jalar aire, exigí como una chiquilla: “Dios, esta hija no es mía. A mí no me la quitas”. Y con la certeza de que a esa voz de mando no se le niega nada, me senté para sostenerla en mi regazo. Partieron por el médico, que llegó con un tanque de oxígeno y un líquido ambarino que metió prodigios en sus venas. Esos minutos que corríamos a despertar al líder de la expedición, que íbamos de un lado al otro del refugio bajo un cielo intensamente estrellado e iluminado por la blancura de la montaña, fue el tiempo que necesitaba el milagro para asentarse. Tres horas después todo se volvió calmo. Estaba fuera de peligro, pero debíamos evacuar. Llegó un helicóptero que sólo esperaba a que clareara el día para ir a recogernos. Trepamos los tres a una cápsula de cristal que subió como burbuja y nos llevaría de regreso al aeropuerto de Lukla, a una clínica que básicamente atiende a montañistas.

—A esto nunca habíamos jugado, Tía —me dijo él.

— A seguir vivos es a lo único que hemos jugado siempre.

Los tres nos tomamos de la mano y soltamos enormes gotas que no hicieron ruido. Vimos el amanecer cobrizo como metal líquido sobre las puntas de la cordillera.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
29 ocak 2026
Hacim:
140 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9786078564361
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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