Kitabı oku: «Escritos 1789 - 1859 Volumen II»
ESCRITOS
Volumen II
Alexander von Humboldt
ESCRITOS
Editados por primera vez
1789-1859
Volumen II
Edición de Oliver Lubrich y Thomas Nehrlich
Traducción de José Aníbal Campos,
Laura Cecilia Nicolás y Orestes Sandoval
Herder
Diseño de cubierta: Claudio Bado/somosene.com
Corrección de estilo: Doriam Reyes
Diagramación: Irma Martínez Hidalgo
© 2021, Oliver Lubrich y Thomas Nehrlich, por la edición
© 2021, José Aníbal Campos, Laura Cecilia Nicolás
y Orestes Sandoval, por la traducción
© 2021, Editorial Herder
Libros de Sawade, S. de R.L. de C.V.
Tehuantepec 50, colonia Roma Sur
C.P. 06760, Ciudad de México
La traducción de esta obra recibió una subvención del Instituto Goethe.

ISBN (México): 978-607-7727-84-2
ISBN (España): 978-84-254-4330-5
La reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento expreso de los titulares del Copyright está prohibida al amparo de la legislación vigente.
Conversión ePub: Lápiz Blanco S.A.S.
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Índice
Escritos II
Índice de fuentes
Índice general
Escritos II
51 en: Notizen aus dem Gebiete der Natur- und Heilkunde 3:51/7 (septiembre de 1822), col. 97-103.
Contribuciones a la historia natural de los mosquitos
En su obra publicada recientemente, Voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Continent, Humboldt comparte un recuento muy vívido de las experiencias acumuladas sobre los mosquitos durante su larga estancia en la América tropical, con el cual arroja abundante luz en torno a la historia natural, la distribución geográfica y las particularidades de estos enemigos crueles del hombre; tanto más por cuanto hasta ahora solo los conocíamos a partir de los vagos e imprecisos apuntes de otros viajeros.
Quien nunca ha viajado a través de los grandes ríos de Sudamérica —dice Humboldt—, como el Orinoco o el Río de la Magdalena*, no puede hacerse una idea del modo en que cada instante de la vida se convierte en un tormento por causa de esos insectos alados, ni de los territorios enteros que se vuelven casi inhabitables por su culpa. Es posible soportar sin rechistar los dolores más intensos, o tener el más vivo interés por los objetos que se pretende estudiar, pero uno se ve constantemente sustraído a ello por causa de los mosquitos, zancudos, jejenes y tempraneros que se posan por miríadas en la cara y las manos, que atraviesan las camisas con sus trompas con forma de agujas, que revolotean en torno a la nariz y la boca, y provocan toses incesantes y estornudos en cuanto uno pretende hablar al aire libre. También la plaga de las moscas* (“el tormento de las moscas”) en las misiones situadas muy próximas al Orinoco, las cuales están rodeadas de bosques inmensos, ofrece un inagotable material de conversación. Cuando dos personas se encuentran por la mañana, lo primero que se preguntan es lo siguiente: ¿qué le parecieron los zancudos esta noche? ¿Qué trastadas harán los mosquitos hoy?
La distribución geográfica de estos insectos con aspecto de mosquitos presenta varios fenómenos dignos de atención. Parece orientarse no solamente por la calidez del clima, el elevado nivel de humedad y la densidad de las selvas, sino también de acuerdo con algunas circunstancias locales de muy difícil caracterización. Quisiera mencionar, desde el propio comienzo, que esta plaga epidémica no está tan difundida en la zona tórrida como pudiera pensarse. En las mesetas situadas a más de 400 toesas sobre el nivel del mar, como Cumaná, Calabozo, etcétera, no se ven más mosquitos que en las zonas más habitadas de Europa. Sin embargo, estos se reproducen en cantidades enormes en la región de Nueva Barcelona y más hacia el oeste, en la costa que se extiende hacia cabo Codera. Entre la ensenada de Higuerote y la desembocadura del río Unare, los desdichados habitantes se entierran por las noches hasta tres y cuatro pulgadas bajo la arena, dejando únicamente la cabeza al descubierto, la cual cubren con un paño. Si se remonta la corriente entre los paralelos siete y ocho de latitud, desde Cabruta hasta Angostura, o si se navega río abajo, desde Cabruta hasta Uruna, la plaga de estos insectos se vuelve bastante soportable. Sin embargo, más allá de la desembocadura del río Arauca, una vez que se ha dejado atrás el estrecho paso de Bareguan, se acaba la tranquilidad del viajero. Allí, las bajas capas del aire, situadas a una altura de entre 15 y 20 pies del suelo, parecen llenarse de una densa nube de vapor debido a la enorme cantidad de estos venenosos insectos. Si uno se retira a un lugar oscuro, por ejemplo, a las grutas cercanas a las cataratas, que se forman gracias a un bloque de granito suspendido sobre ellas en lo alto, y se mira desde allí hacia la abertura bañada por la luz del sol, verá nubes de mosquitos que serán más o menos densas según la capacidad de los animales para reunirse o dispersarse en sus lentos y acompasados movimientos. En la misión de San Borja los mosquitos son más insoportables que en Cariehara, pero en los raudales de Atures y, principalmente, hacia Maypures, el tormento, por así decir, alcanza su maximum. Dudo que exista un territorio en el que el hombre, durante la estación lluviosa, esté sujeto a mayores sufrimientos. Por encima de los 5° de latitud, las picaduras disminuyen, pero en el alto Orinoco estas son mucho más dolorosas, ya que el calor y la absoluta calma del viento tornan la piel más irritable.
Si uno se adentra más hacia el sur, donde empiezan los ríos de aguas pardas y amarillentas, denominadas habitualmente aguas negras*, por ejemplo, a orillas del Atabapo, del Temi, del Tuamini y de Río Negro, se disfruta de una tranquilidad inesperada, que casi me veo tentado a llamar felicidad inesperada. Estos ríos discurren también a través de bosques tupidos, y solo los insectos de la familia de los tipúlidos evitan, igual que los cocodrilos, las aguas negras, que son algo más frías que las aguas incoloras y que, desde el punto de vista químico, son también distintas. Quizá las larvas de estos animales, que pueden considerarse auténticos animales acuáticos, no pueden prosperar. Algunos ríos pequeños, el Toparo, el Malaveni y el Zama, cuyo color es o bien azul intenso o pardo amarillento, pululan de mosquitos. Cuando bajamos por el Río Negro, pudimos respirar libremente en las aldeas situadas a lo largo de la frontera de Brasil: Maroa, Davipe y San Carlos; pero esa mejoría de nuestra situación duró muy poco. Cerca de La Esmeralda, en el extremo oriental del alto Orinoco, más allá del cual el territorio resulta ya desconocido para los españoles, las nubes de mosquitos son casi tan densas como en las grandes cascadas. En Mandavaca encontramos a un anciano misionero que nos dijo que había pasado 20 años de mosquitos en América. Nos llamó la atención sobre el estado de sus piernas, para que pudiéramos contar luego, en nuestro país, lo que han de sufrir los pobres monjes en las selvas del Casiquiare por causa de los mosquitos. Cada picadura deja un pequeño punto de color negro-parduzco y sus piernas estaban tan picadas de unas manchas semejantes a las de la piel de leopardo que solo con esfuerzo podía distinguirse el blanco de su piel en medio de las picaduras. Ello explica por qué el padre Guardián, para vengarse de alguno que otro cofrade, lo envía normalmente a Esmeralda o «lo condena a los mosquitos». En las aguas incoloras parecen habitar, en su mayoría, especies del Genus Simulium, mientras que en el Atabapo y en el Río Negro abundan las del Genus Culex.
Hasta aquí lo relacionado con la distribución geográfica de estos animales. Sería deseable que un entomólogo versado pudiera estudiar sobre el terreno las distintas especies de estos insectos dañinos, los cuales, a pesar de su tamaño diminuto, desempeñan un papel significativo en el mecanismo de la naturaleza. Importante resulta, y así se ha demostrado, el hecho de que esas especies distintas no forman enjambres al mismo tiempo, sino que cada una lo hace a determinadas horas del día, o, como lo expresan de forma bastante ingenua los misioneros: «cubren la guardia». En medio de cada cambio uno cuenta con algunos minutos de tranquilidad, a menudo hasta un cuarto de hora. Desde las seis y media de la mañana y hasta las cinco de la tarde, el aire pulula de mosquitos que no tienen la misma forma de los nuestros, como afirman algunos viajeros, sino que parecen moscas. Son los Simulie de la familia de los Nematocera de Latreille. Su picadura es tan dolorosa como la de los Stomoxys (Conops calcitrans). En el punto donde la trompa chupadora ha perforado la piel, queda una pequeña mancha de color rojizo y marrón provocada por la sangre extravasada. Una hora antes de la puesta del sol, los mosquitos son sustituidos por una variedad más pequeña de la especie, los tempraneros*, que llevan ese nombre porque aparecen también con la salida del sol y permanecen apenas una hora y media. Tras desaparecer, entre las seis y las siete, y después de que uno ha tenido solo unos escasos minutos de tranquilidad, nos atacan los zancudos, otra variedad de mosquito con patas muy largas. La picadura de este animal es extremadamente dolorosa y la hinchazón posterior dura varias semanas. El zumbido es como el de nuestros mosquitos, pero más fuerte y prolongado, y es un auténtico insecto nocturno, mientras que el tempranero prefiere las horas crepusculares.
Durante el viaje de Cartagena a Santa Fe de Bogotá, en el valle del Río Grande de la Magdalena, entre Mompox y Honda, notamos que los zancudos oscurecen el aire entre las ocho y la medianoche, y disminuyen hacia esa última hora, hasta desaparecer durante cuatro horas, pero luego regresan en masa, sedientos de sangre. En el Orinoco, es rara la vez que pueden verse los verdaderos mosquitos diurnos y los zancudos en las dos corrientes forman parte, sin duda, de especies distintas.
También hemos visto cómo estos insectos de los trópicos proceden de acuerdo con ciertas reglas a la hora de aparecer y desaparecer. En determinadas horas en que no varían, durante la misma estación y en la misma latitud, el aire se puebla con los mismos habitantes, y en una zona en la que el barómetro puede servir como reloj, donde todo tiene lugar con maravillosa regularidad, uno, con los ojos cerrados, casi podría determinar qué hora es, lo mismo de día que de noche, identificándola a partir de los distintos zumbidos y picaduras de los insectos.
En los ríos Magdalena y Guayaquil identifiqué cinco especies de zancudos claramente distintas.1 Los Culex de Sudamérica muestran, normalmente, anillos de color azul en las alas, el tórax y las patas, y emiten destellos metálicos a través de distintos puntos. Aquí, como en Europa, son muy raros los machos que se caracterizan por sus antenas velludas, y las que pican son solo las hembras. Dado que cada una de ellas pone varios centenares de huevos, se explica el modo tan rápido en que se reproduce este bicho. Si uno remonta los grandes ríos de Sudamérica, nota que la aparición de una nueva especie de Culex anuncia en cada caso la existencia de un afluente.
Al reunir las observaciones hechas hasta ahora en una breve visión de conjunto, obtenemos lo siguiente: los mosquitos y los maringouins no se alzan hasta las alturas montañosas de las cordilleras, a esa zona de clima moderado donde la temperatura media está entre los 19 y los 20 grados centígrados. Salvo contadas excepciones, rehúyen las aguas negras y las zonas secas y sin bosque; por ello se mantienen solamente en esas otras zonas donde la linde del bosque no está separada de los ríos por llanuras secas. Cabe esperar, por lo tanto, que con la deforestación gradual se produzca una disminución de esos insectos dañinos.
Los nativos, sean blancos, mulatos, negros o indios, han de padecer, como los europeos, las picaduras de los insectos. Pero los efectos que producen varían en los distintos tipos humanos. Cuando el mismo líquido venenoso se inocula bajo la piel de un indio de piel cobriza o en la de un europeo recién llegado, este no provoca en el primero una tumefacción, mientras que, en el segundo, deriva en una fuerte viruela que va acompañada de una violenta inflamación y provoca dolor a lo largo de varios días.
Así de diferente es la actividad del sistema cutáneo según los distintos grados de irritabilidad de los órganos en cada raza humana, incluso en cada individuo. Pero que los indios sufren igual por las picaduras se infiere ante el hecho de que, mientras reman, se golpean sin cesar con la palma de la mano para espantar a los insectos. Los otomacos, una de las tribus más bárbaras, conocen el uso de los mosquiteros, que tejen a partir de fibras de palmeras. En Higuerote, las personas de color, como hemos dicho, duermen a menudo enterradas en la arena. En los poblados de Río Magdalena los indios nos invitaban con frecuencia a tomar un descanso en la plaza mayor junto a la iglesia, donde se reúne todo el ganado de los alrededores, ya que la proximidad con este proporciona a las personas algo de tranquilidad. Los indios del alto Orinoco y de las orillas del Casiquiare tienen pequeñas habitaciones sin ventanas (los llamados hornitos*), a las que se entra arrastrándose bocabajo a través de una abertura muy baja. En cuanto se ha expulsado a los insectos con ayuda del humo, se clausura la abertura. Pero la ausencia de mosquitos ha de pagarse muy cara, respirando un aire caliente y asfixiante.
Los naturales de Sudamérica, o los europeos que han vivido allí mucho tiempo, sufren mucho más que los indios, pero infinitamente menos que sus compatriotas recién desembarcados. De modo que la causa de que las picaduras sean menos dolorosas en el momento en el que uno las recibe no está en el grosor de la piel, como afirman algunos viajeros. Tampoco puede buscarse en la especial organización de los integumentos de los indios el motivo por el que las picaduras van seguidas de ronchas menores y síntomas de inflamación; ello reside más bien en la distinta irritabilidad nerviosa del sistema cutáneo. Esa irritabilidad se multiplica debido al uso de ropas muy calurosas, a la ingestión de bebidas espirituosas, a la costumbre de rascarse las lesiones y, como nos enseña la propia experiencia, a los baños consecutivos repetidos con suma rapidez. Estos hacen que las heridas antiguas sean, en efecto, menos dolorosas, pero más sensibles en comparación con las más recientes.
Dado que los mosquitos y los maringouins pasan dos tercios de sus vidas en el agua, no debe asombrarnos que estos insectos dañinos sean tanto menos frecuentes en los bosques cuanto uno más se aleja de los grandes ríos que los atraviesan. Parecen gustarles los lugares donde ha tenido lugar su metamorfosis, a los que regresan para poner sus huevos. Por eso los indios se adaptan tan mal a la vida en las misiones, porque en ellas tienen que padecer unos tormentos que apenas conocen en sus lugares de residencia originales, por lo que muy pronto huyen de nuevo hacia la selva. Las misiones, en ese sentido, han sido mal ubicadas.
Los pequeños insectos de la familia de los Nematocera han de emprender migraciones de vez en cuando. En ocasiones, en algunos lugares, a principios de la estación de lluvia, se ven aparecer variedades cuyas picaduras no se han percibido antes. Así nos dijeron cerca de Simití, a orillas del río Magdalena, que en tiempos pasados, de las especies de Culex, aquí se conocía solo el jején, y por tal razón se disfrutaba de tranquilidad durante la noche. Desde el año 1801, sin embargo, el mosquito grande de alas azules (Culex cyanopterus) se estuvo presentando con tanta frecuencia que los pobres habitantes cercanos a Simití ya no podían dormir tranquilos. En los canales pantanosos de la isla de Barú habita la pequeña mosca Cafasi, apenas distinguible para el ojo poco apertrechado y capaz de producir dolorosas tumefacciones. Los tejidos de algodón que se usan como mosquiteros necesitan ser humedecidos para que la Cafasi no penetre a través de los espacios intermedios. Este insecto, el cual, por suerte, es bastante raro, sube en enero a través del canal de Mahates hasta Morales.
Ínfimas modificaciones en la alimentación y en el clima parecen provocar también cambios en estas especies de mosquitos y maringouins en lo que respecta al efecto del veneno que descargan desde su afilada trompa succionadora, la cual tiene dientes en su extremo inferior. En el Orinoco encontramos los insectos más ávidos de sangre2 en las grandes cataratas de La Esmeralda y Mendavaca. En el Magdalena, el Culex cyanopterus es temido sobre todo cerca de Mompox, Chilloa y Tamalameque. Allí su tamaño y su fuerza son mayores, y sus patas son más negras. Uno no puede resistirse a soltar la carcajada cuando oye discutir a los misioneros sobre el tamaño, la voracidad y la avidez de sangre de los mosquitos en distintos lugares del río. Estas manifestaciones son, ciertamente, bastante llamativas; solo entre ciertas especies de animales más grandes puede observarse algo semejante. Vemos, por ejemplo, que en Angostura el cocodrilo persigue a los seres humanos, mientras que en Nueva Barcelona uno puede bañarse sin miedo en el río Neverí en medio de esos carnívoros. Los jaguares de Maturín, Cumanacoa y del estrecho de Panamá se muestran, comparados con los del Alto Orinoco, bastante miedosos. Los indios saben muy bien que los monos de este o de aquel valle son fáciles de amaestrar, mientras que otros de la misma especie, capturados en otras partes, prefieren morir de hambre antes que someterse a la servidumbre. Más obvio es el ejemplo del escorpión de Cumaná, tan difícil de diferenciar del de las islas de Trinidad y Jamaica, o del de Cartagena y Guayaquil, pero no más temible que el Scorpio europaeus del sur de Francia: mientras que el otro provoca incidentes mucho más inquietantes que el propio Scorpio occitanus de España y de la Berbería.
La gente en América, justamente como los eruditos en Europa, han concebido sistemas sobre la salubridad de los climas y las manifestaciones patológicas, los cuales chocan frontalmente en las distintas provincias. En el río Magdalena, por ejemplo, se tiene a los mosquitos por algo molesto, ciertamente, pero también por algo muy provechoso. «Esos animales», dicen los nativos, «causan pequeñas sangrías que nos protegen, en este clima cálido, del tabardillo, la escarlatina y otras enfermedades infecciosas». Por el contrario, en las orillas extremadamente insalubres del Orinoco, se atribuye a los mosquitos la culpa de las enfermedades. «Estos insectos», dicen, «surgen de la materia descompuesta y multiplican la descomposición: infectan la sangre». No hace falta recordar que el primer criterio no es el más correcto.
La frecuencia de los mosquitos y de los maringouins caracteriza los climas insalubres en la medida en que el desarrollo y la reproducción de tales insectos depende de las mismas causas que crean los miasmas. A esos dañinos animalitos les gusta el suelo feraz y cubierto de vegetación, las aguas estancadas, el aire húmedo jamás movido por el viento. Acuden preferiblemente a esos lugares en los que predomina el grado medio de luz, calor y humedad que tanto favorece los procesos químicos y, por lo tanto, estimula la descomposición de sustancias orgánicas. ¿Contribuyen los propios mosquitos a la insalubridad de la atmósfera? Si pensamos que, hasta las cuatro toesas de altitud, a cada pie cuadrado de aire le corresponde un millón de insectos alados que portan consigo un fluido cáustico y venenoso, y si recordamos que en esos enjambres se encuentra una gran cantidad de insectos muertos que las ráfagas de aire trasladan desde abajo o desde un lado, se impone entonces la pregunta de si con la presencia de tantas sustancias animales no podrían surgir unos miasmas propios. Yo creo, sin embargo, que tales sustancias ejercen sobre la atmósfera un influjo distinto al de la arena y el polvo. Pero sería demasiado precipitado decir ahora algo determinado sobre este asunto.
Algo menos incierto y, por así decir, confirmado por las experiencias diarias, es el hecho de que en las orillas del Orinoco, el Casiquiare, el río Caura y dondequiera que predomine un aire demasiado insalubre, la picadura de los mosquitos hace que los órganos sean más proclives a la absorción de los miasmas. Cuando uno pasa meses expuesto día y noche al tormento de estos insectos, la irritación constante de la piel provoca estados de agitación febriles y reprime, por medio del metabolismo del sistema cutáneo y el sistema gástrico, reconocido ya en su momento, las funciones del estómago. Se empieza entonces a padecer indigestión, la inflamación de la piel provoca sudoraciones frecuentes, no es posible aplacar la sed y en personas de constitución débil, a la exasperación siempre en aumento, le sigue una depresión del espíritu que estimula con creces la incidencia de todos los efectos causantes de enfermedades. Hoy en día no son los peligros de la navegación, los indios salvajes, las serpientes, los jaguares y los cocodrilos lo más temible en los viajes por esos canales fluviales, sino el sudar y las moscas*.
Quien ha vivido mucho tiempo en países afectados por los mosquitos, habrá tenido la experiencia, como nosotros, de que contra esos insectos torturadores no existe ningún remedio radical. Los indios se untan con onoto, con tierra sellada o con grasa de jicotea, e intentan, no obstante, espantar sin cesar a los insectos dándose golpes con la palma de la mano. Todos los mosquiteros y toldos, etcétera, resultan, debido al enorme calor que provocan y a la total inactividad que exigen, insoportables. El viento débil, el empleo del humo y los olores fuertes proporcionan, en lugares donde los mosquitos son numerosos y están muy hambrientos, un alivio insignificante. Sin razón se afirma que esos pequeños animales huyen del olor particular de los cocodrilos. En Bataillez, entre Cartagena y Honda, fuimos azotados de un modo terrible por los mosquitos, mientras diseccionábamos un cocodrilo de 11 pies de largo, el cual llenaba todo el lugar con su olor. Los indios recomiendan como algo muy efectivo el olor de las bostas de vaca quemadas. Cuando sopla un viento fuerte acompañado de lluvias, los mosquitos desaparecen por algún tiempo. Las picaduras más crueles las dan cuando se acerca una tormenta, especialmente cuando no se producen aguaceros que sucedan a las descargas eléctricas. El movimiento constante sigue siendo el mejor remedio contra la picadura de los insectos. El zancudo emite largamente su zumbido antes de posarse. Pero cuando ha encajado el aguijón, uno puede tomarlo por las alas sin que dé muestras de temor. Mientras succiona, mantiene las dos patas traseras flotando en el aire y si se lo deja chupar a gusto, sin molestarlo, la picadura no se hinchará ni dolerá en absoluto. Pero, ¿descarga el insecto su líquido cáustico en el instante en que uno intenta espantarlo? ¿Acaso absorbe el líquido de nuevo, cuando se lo deja aplacar su sed a gusto? Yo me inclinaría por la última opinión, porque cuando ofrecí tranquilamente el dorso de mi mano al Culex cyanopterus, el dolor, al principio, fue muy fuerte, pero iba disminuyendo en la medida en que el insecto continuó succionando. También probé a pincharme la mano con una aguja y frotarme la lesión con mosquitos aplastados y, no obstante, quedé exento de toda hinchazón. El líquido irritante de los Diptères, Nemocères, en el que los químicos aún no han podido identificar ninguna cualidad irritante, se encuentra, como en el caso de las hormigas y de otros Hyménoptères, en unas glándulas especiales; probablemente se diluye demasiado y, en consecuencia, se debilita cuando uno se frota la piel con el cuerpo entero aplastado del animal.
1 1) Culex cyanopennis abdomine fusco, piloso, annulis sex albis; alis caeruleis, tarsis albo annulatis. Thorax fusco-ater, pilosus. Abdomen supra fuscocaerulescens, hirtum, annulis sex albis. Alae caeruleae, splendore semi-metallico, viridenti-venosae, saepe pulverulentae, margine externo ciliato. Pedes fusci, tibiis hirtis, tarsis nigrioribus, annulis quatnor niveis. Antennae maris pectinatae. Habitat locis paludosis ad ripam Magdalenae fluminis, prope Teneriffe; Mompox, Chillea, Tamalameque caet. (Regno Novogranadensi.)
2) Culex lineatus, violacco-fuscescens; thorace fusco, utrinque linea longitudinali, maculisque inferis argenteis; alis virescentibus; abdomine annulis sex argenteis; pedibus atro-fuscis; posticorum tibiis apicibusque albis. Habitat ad confluentem Tamalamequen in ripa Magdalenae fluminis. (Regno Novogranadensi.)
3) Culex ferox supra caeruleo aureoque varius, annulis quinque albis inferis, alis virescentibus; pedibus nigricanti-caeruleis, metallico splendentibus; posticis longissimis, basi apiceque niveis. Omnium maximus differt 1 a C. haemorrhodali Fab. cui pedes quoque caerulei, thorace superne caeruleo et auro maculato; 2 a C. cyanopenni corpore superne caeruleo, pedibus haud annulatis, haud fuscis. An. Nhatin Maregr p. 257? Habitat ad ripam inundatam fluminis Guayaquilensis, prope San Borondon. (Regno Quitensi.)
4) Culex chloropterus, viridis, annulis quinque albis; alis virescentibus, pedibus fuscis ad basim subtus albis. Habitat cum praecedente.
5) Culex maculatus viridi-fuscescens, annulis octo albis, alis virescentibus, maculis tribus auticis, atrocaeruleis, auro immixtis; pedibus fuscis, basi alba. Habitat cum C. feroce et C. chloroptero in ripa fluminis Rio de Guayaquil propter las Bodegas de Bahaoyo.
2 Cabe asombrarse de encontrar esta avidez de sangre en insectos que se alimentan de savias vegetales. «¿De qué vivirían estos animales si nosotros no pasásemos por aquí?», suelen preguntarse los criollos, teniendo en cuenta que en esos lugares solo hay cocodrilos de piel acorazada y monos de largos pelos.
52 en: The Cento: A Selection of Approved Pieces, from Living Authors, Londres: John Richardson / C. and J. White 1822, pp. 80-83.
Visita a las ruinas de Ataruipe
(DEL RELATO PERSONAL DE HUMBOLDT)
Escalamos con dificultad, y no sin correr cierto peligro, una toca de granito empinada y completamente desnuda. Habría sido casi imposible apoyar el pie sobre su superficie blanda y resbaladiza, de no ser por unos alargados cristales de feldespato que resistieron la descomposición y que sobresalían de la roca, ofreciendo un punto de apoyo. Apenas alcanzamos la cumbre de la montaña, contemplamos con asombro el aspecto singular de la región circundante. El lecho espumeante de las aguas está lleno de un archipiélago de islas cubiertas de palmeras. Hacia el oeste, sobre la ribera izquierda del Orinoco, se extienden las sabanas del Meta y el Casanare. Semejantes a un mar verde, su horizonte brumoso se ve iluminado por los rayos del sol poniente. Su esfera, parecida a un globo de fuego, queda suspendida sobre la llanura y vemos la silueta del pico solitario del Uniana, que parece más majestuoso al verse envuelto por los vapores que suavizan sus contornos. Todo ello contribuye a aumentar la majestuosidad del escenario. Cerca de nosotros, el ojo desciende hasta el valle profundo, rodeado por cada uno de sus flancos. Algunas rapaces y chotacabras emprendían su vuelo solitario por este coliseo inaccesible. Nos deparaba placer seguir con la mirada sus sombras fugaces al deslizarse lentamente sobre los flancos de la roca.
Una cresta estrecha nos condujo hasta la montaña vecina, cuya cima redonda sostenía inmensos bloques de granito. Esas masas rocosas no tienen más de 40 o 50 pies de diámetro, y su forma es una esfera tan perfecta que, si bien parecen tocar el suelo en tan solo un número escaso de puntos, cabe suponer que rodarían hacia el abismo ante la menor sacudida de un terremoto. No recuerdo haber visto un fenómeno similar en ninguna otra parte, en medio de las descomposiciones de los suelos graníticos. Si esas esferas reposaran sobre rocas de naturaleza diferente, como sucede en los bloques del Jura, cabría suponer que en otro tiempo habrían estado rodeadas por la acción del agua o que habrían sido lanzadas por la fuerza de un fluido elástico, pero su posición sobre la cumbre de una elevación igualmente granítica hace más probable que deban su origen a la descomposición progresiva de la roca.
La parte más remota del valle está cubierta de una selva espesa. En ese paraje sombreado y solitario, en el declive de un monte elevado, se abre la caverna de Ataruipe, que es menos una caverna que una roca prominente en la que las aguas excavaron una enorme cavidad en los tiempos en que, como parte de las antiguas revoluciones de nuestro planeta, alcanzaban esa altura. Pronto contamos allí, en esa tumba de toda una tribu ya extinguida, cerca de 600 esqueletos muy bien conservados y dispuestos a intervalos tan regulares que sería muy difícil cometer un error en relación con su número. Cada esqueleto reposa en una suerte de cesto hecho con peciolos de hojas de palmera. Esos cestos, que los nativos llaman mapires, tienen la forma de un zurrón cuadrado. Sus medidas son proporcionales a la edad de los fallecidos; hay incluso algunos para niños que murieron en el momento de nacer. Los vimos con medidas que oscilaban entre las 10 pulgadas y los tres pies con cuatro pulgadas, con los esqueletos enfundados dentro de ellos, muy pegados los unos a los otros, tan completos que nos les falta ni una sola costilla, ni una sola falange. Los huesos han sido preparados de tres maneras diferentes: blanqueados mediante su exposición al aire y al sol; secados con onoto, una sustancia colorante extraída de la bixa orellana, o embalsamados como auténticas momias, untados con resinas olorosas y envueltos en hojas de heliconia o de plátano. Los indios nos contaron que los cadáveres frescos se entierran en suelo húmedo con el propósito de que la carne se vaya consumiendo gradualmente; varios meses después, los exhuman y raspan la masa muscular restante con afiladas piedras. Varias tribus de la Guayana preservan esa costumbre. Cerca de los mapires o cestos se hallan unos jarrones de barro a medio cocer. Al parecer, contienen los huesos de una misma familia. Los de mayor tamaño entre estos jarrones o urnas funerarias alcanzan los tres pies de altura y cinco pies y medio de largo. Su color es gris verdoso, y su forma ovalada es bastante agradable a la vista. Las asas tienen forma de cocodrilos o serpientes, y sus extremos están orlados con meandros, laberintos y auténticas grecques con distintas combinaciones de líneas rectas. Encontramos esas pinturas en todas las zonas, en pueblos muy remotos entre sí y con independencia del lugar que ocuparon sobre la Tierra o del grado de civilización que alcanzaron. Los habitantes de la pequeña misión de Maipures todavía las realizan en sus objetos de alfarería más comunes; ellas decoran los escudos de los tahitianos, los implementos de pesca de los esquimales, las paredes del palacio mexicano de Mitla y las ánforas de la antigua Grecia. Las vemos en cualquier lugar donde la repetición rítmica de las mismas formas constituye una lisonja para la mirada y la repetición cadenciosa de sonidos aquieta el oído, analogías que tienen su fundamento en la naturaleza íntima de nuestros sentimientos y en la disposición natural de nuestro intelecto, así como no han sido calculadas para arrojar luz sobre las filiaciones y las antiguas conexiones entre los pueblos.
Nos retiramos en silencio de la cueva de Ataruipe. Fue una de esas noches calmas y serenas tan comunes en la zona tórrida. Las estrellas brillaban con una luz tenue y planetaria. Su centelleo apenas se percibía en el horizonte, que parecía iluminado por la gran nebulosa del hemisferio austral. Una incontable multitud de insectos difundía una luz rojiza sobre el suelo cubierto de vegetación, el cual resplandecía con esos avivados fuegos móviles, como si las estrellas del firmamento hubiesen descendido a la sabana. A la salida de la caverna, nos detuvimos varias veces para admirar la belleza de ese escenario singular. Ramas de olorosa vainilla y guirnaldas de begonias decoraban la entrada, y encima, en la cumbre de la colina, el murmullo de las hojas lanceoladas de las palmeras que ondeaban en el aire.
53 en: Abhandlungen der Königlichen Akademie der Wissenschaften zu Berlin. Aus den Jahren 1822 und 1823, Berlín: Königliche Akademie der Wissenschaften 1825, pp. 137-155.
Sobre la estructura y la acción de los volcanes en distintas zonas de la Tierra
POR EL SR. ALEXANDER V. HUMBOLDT (LEÍDO EN LA ACADEMIA DE CIENCIAS EL 24 DE ENERO DE 1823)
Si observamos la influencia que han ejercido desde hace siglos, en el estudio de la naturaleza, la extendida exploración de la Tierra y los viajes científicos a regiones lejanas, de inmediato reconoceremos lo variado que es dicho influjo, en dependencia de la orientación de tales estudios, según tuvieran por objeto las formas del mundo orgánico o la materia muerta de la Tierra, o bien el conocimiento de los tipos de rocas, su edad relativa y su surgimiento. Formas distintas de plantas y animales habitan la Tierra en cada una de las zonas del planeta, lo mismo en las llanuras semejantes a océanos, donde el calor de la atmósfera varía según la latitud geográfica y las diversas curvaturas de las líneas isotérmicas, o donde cambia de forma vertical, en las laderas empinadas de las cordilleras. La naturaleza orgánica confiere a cada región su propia fisonomía; no así la inorgánica, donde la corteza dura del cuerpo terrestre está despojada de su manto vegetal. Los mismos tipos de montañas, que se atraen y repelen en grupos, aparecen en ambos hemisferios, desde el ecuador hasta los polos. Muchas veces, en una isla remota, rodeada de exótica vegetación y bajo un cielo en el que ya no relucen los antiguos astros conocidos, el marino identifica con regocijo y asombro el esquisto arcilloso o el tipo de montaña que tan bien conoce de su propia patria.
Esa independencia de las circunstancias geognósticas en relación con la presente constitución de los climas no disminuye el influjo benéfico de las numerosas observaciones realizadas en tantas regiones desconocidas del mundo sobre los progresos de la orología y de la geognosia física, sino que les otorga una dirección específica. Cada expedición enriquece los estudios de la naturaleza con nuevas plantas y especies de animales. En ocasiones se trata de formas orgánicas que se clasifican en el marco de tipos hace tiempo conocidos y nos presentan la red regularmente tejida, a menudo interrumpida sólo en apariencia, que forman las estructuras de la naturaleza en su perfección original. En otras ocasiones se trata de formaciones que emergen de manera aislada, como vestigios evadidos de géneros desaparecidos, o cual miembros desconocidos de grupos aún por descubrir y generadores de expectativas. Pero en ningún modo el estudio de la corteza terrestre nos proporciona esa variedad, sino que más bien nos revela las coincidencias en las partes componentes, en la superposición de masas de distinta índole y en su recurrencia periódica, algo que siempre incita la admiración del geognosta. Tanto en la cordillera de los Andes como en las montañas del centro de Europa, una formación parece llamar a la otra. Las masas homónimas se configuran en formas similares: montañas gemelas, basaltos y doleritas, o como abruptas paredes rocosas, dolomitas, bloques de arenisca y pórfidos, o bien forman campanas o domos de bóveda elevada a partir de la traquita vidriada y rica en feldespato. En las zonas más distantes, cristales de mayor tamaño de una misma especie se separan, como por obra de una evolución interna, del denso entramado de las masas elementales; se envuelven unos a otros, se reúnen en depósitos secundarios y anuncian a menudo, en cuanto tales, la proximidad de una nueva formación independiente. De ese modo, de manera más o menos clara, se refleja en cada sierra de extensión considerable el conjunto del mundo orgánico. Sin embargo, para poder conocer del todo los fenómenos importantes relacionados con su composición, su edad relativa y el surgimiento de las especies de montañas, es preciso comparar entre sí las observaciones hechas en los rincones más disímiles de la Tierra. Los problemas que al geognosta le parecieron durante mucho tiempo enigmáticos en su región de origen, situada en el norte, hallan solución en las proximidades del ecuador. Y si, como decíamos anteriormente, las zonas remotas no siempre nos proporcionan nuevas especies de montañas, es decir, agrupaciones desconocidas de materias simples, sí que nos enseñan, por el contrario, a desvelar por todas partes las mismas leyes según las cuales los distintos estratos de la corteza terrestre se sostienen mutuamente, se rompen en forma de vetas, o se elevan por medio de las fuerzas elásticas.
Si tenemos en cuenta la antes descrita utilidad que nuestro saber geognóstico extrae de los estudios que abarcan grandes extensiones de territorio, no debe extrañarnos que cierta clase de fenómenos, con los cuales me atrevo a atraer la atención de esta asamblea, fueran examinados durante mucho tiempo de un modo tanto más unilateral cuanto más difícil resultaba encontrar puntos de comparación o, casi me atrevo a decir, cuanto más esfuerzo costaba encontrarlos. Lo que se creía saber a finales del siglo pasado en torno a la forma de los volcanes y a la acción de sus fuerzas subterráneas se derivaba de dos montañas del sur de Italia, el Vesubio y el Etna. Dado que la primera de ellas es más accesible y (como todos los volcanes de baja altura) entra en erupción más a menudo (una elevación que, en cierto modo, podría calificarse como colina), pasó a servir como arquetipo a partir del cual se creía poder representar un mundo totalmente remoto, el de las imponentes cordilleras de los volcanes de México, América del Sur y las islas de Asia. Un método tal recordaba forzosamente, y con razón, al pastor de Virgilio, que creyó ver, en la estrechez de su cabaña, el modelo de la Ciudad Eterna, de la Roma de los reyes.
Sin embargo, un estudio pormenorizado de todo el Mediterráneo, especialmente de sus islas orientales y de las regiones costeras, donde la humanidad despertó por primera vez a la cultura intelectual y a modos de sentir más nobles, habría podido reducir a nada tal visión unilateral de la naturaleza. De las profundidades del fondo marino se han elevado aquí, por debajo de las Islas Espóradas, rocas de traquita que se han transformado en islas, similares a las del archipiélago de las Azores, que han ido surgiendo de manera periódica a lo largo de tres siglos, en tres ocasiones, casi a intervalos iguales. Entre Epidauro y Trizina, cerca de Metana, el Peloponeso tiene un monte nuovo descrito por Estrabón y visto de nuevo por Dodwell, más elevado que el monte nuovo de los Campos Flégreos de Bayas, tal vez incluso más alto que el nuevo volcán de Jorullo de los llanos mexicanos, que encontré rodeado de varios miles de pequeños guijarros de basalto salidos de la tierra y todavía humeantes. En la cuenca del Mediterráneo el fuego volcánico también brota de la tierra no solo a través de cráteres permanentes o de montes aislados que mantienen un vínculo persistente con el interior de la Tierra, como en los casos del Estrómboli, el Vesubio y el Etna. En Isquia, en el Monte Epomeo, y por lo que parecen contarnos los relatos de los antiguos, también en la Llanura Lelantina, cerca de Calcis, han fluido al exterior lavas que brotaron a través de grietas abiertas repentinamente. Además de esos fenómenos pertenecientes a un tiempo histórico, al ámbito estrecho de las tradiciones probadas, y que Ritter compilará y explicará en su magistral Ciencias de la Tierra, las costas del Mediterráneo contienen otros variados vestigios de los efectos del fuego en tiempos más remotos. El sur de Francia nos muestra en Auvernia un sistema cerrado propio de volcanes consecutivos, de campanas de traquita que alternan con conos eruptivos, de los cuales brotan corrientes de lava en forma de tiras. La llanura lombarda de apariencia lacustre, la cual forma la bahía interior del mar Adriático, rodea la traquita de las Colinas Euganeas, donde se elevan domos de traquita granulosa, de obsidiana y de perlstein, tres masas que se extienden por separado y atraviesan la roca calcárea del Jura —rica en sílex—, pero que nunca fluyeron en corrientes estrechas. También encontramos testimonios similares de las revoluciones terrestres en muchas regiones del continente griego y en el Oriente Próximo, regiones que en un futuro ofrecerán material abundante de estudio para el geognosta, cuando regrese a esos sitios la luz que una vez irradió desde allí para todo el mundo occidental, cuando la humanidad torturada no se vea más bajo el yugo de la barbarie salvaje de los otomanos.
Recuerdo la proximidad geográfica de tal variedad de fenómenos, a fin de demostrar que la caldera del Mediterráneo, con sus archipiélagos, habría podido ofrecer al observador atento todo lo que en fecha más reciente ha sido descubierto entre las variadas formas y formaciones de Sudamérica, en Tenerife o en las islas Aleutianas, próximas a las regiones polares. Los objetos de observación se hallaban aquí reunidos en gran número, pero fueron necesarios los viajes a climas lejanos y comparar grandes territorios dentro y fuera de Europa para reconocer claramente los elementos en común de los fenómenos volcánicos y su dependencia entre ellos.
Los usos del idioma, que a menudo otorgan permanencia y prestigio a los primeros puntos de vista erróneos —pero que a menudo también, instintivamente, designan lo verdadero—, llaman volcánicas a todas las erupciones de fuego y materia fundida proveniente de las profundidades de la Tierra: a las columnas de humo y de vapor que se elevan esporádicamente de las rocas, como ocurrió en Colares tras el gran terremoto de Lisboa; a las sales o escoria líquida; a los montículos arcillosos que arrojan asfalto o hidrógeno, como en Girgenti, Sicilia, o como en Turbaco, en América del Sur; a las fuentes calientes de los géiseres que se elevan debido a la presión de vapores elásticos; llaman así, en general, a todos los efectos de las fuerzas salvajes de la naturaleza, asentadas en las profundidades de nuestro planeta. En la América española y en las Islas Filipinas los nativos establecen incluso distinciones formales entre volcanes de agua y volcanes de fuego*. Con el primer nombre designan montañas de las que brota agua subterránea de vez en cuando, al producirse sacudidas violentas de tierra, acompañadas casi siempre de un estruendo seco.
Sin pretender negar el vínculo de los fenómenos que acabamos de mencionar, nos parece aconsejable dotar a las disciplinas física y orictognóstica de la geognosia de un lenguaje más preciso, y no denominar con la palabra volcán ora una montaña que culmina en una boca de fuego permanente, ora cualquier causa subterránea de los fenómenos volcánicos. En el estado actual de la Tierra, la forma más habitual de los volcanes en todas las partes del planeta (lo mismo la del Vesubio, del Etna, del pico de Tenerife, del Tungurahua y del Cotopaxi) es la de montañas cónicas aisladas; he visto volcanes de toda índole, desde colinas muy bajas hasta montes de 17 700 metros sobre el nivel del mar. Pero además de esos conos encontramos también bocas de fuego permanentes, canales perpetuos de comunicación con el interior de la Tierra sobre extensas crestas dentadas y no siempre en el centro de su cima de forma amurallada, sino al final de estas, hacia la pendiente. Es el caso del Pichincha, que se alza entre el Mar del Sur y la ciudad de Quito, y se hizo famoso por las más tempranas fórmulas barométricas de Bouguer; es el caso, asimismo, de los volcanes que se elevan en la estepa de Los Pastos, a 10 000 pies de altitud. Todas esas cumbres de formas variadas están compuestas de traquita, llamada normalmente pórfidotrapp, una roca granulosa y agrietada de feldespato vidrioso y hornablenda, a la que no le son ajenos la augita, la mica, el feldespato laminado y el cuarzo. Allí donde se han preservado los testimonios de la primera erupción, es decir, donde aún vemos intacta la antigua armazón, el cono montañoso aislado se ve rodeado, como en una arena circense, por una pared rocosa elevada, formada de un manto de estratos superpuestos. Tales paredes o entornos en forma de anillos se denominan cráteres de elevación, y constituyen un fenómeno importante y extendido sobre el cual el mejor geognosta de nuestro tiempo, Leopold von Buch, de cuyos escritos he tomado en préstamo varios puntos de vista, también en este tratado, presentó ante nuestra academia, hace cinco años, un ensayo memorable.
Grupos muy variados forman los volcanes que se comunican con la atmósfera a través de sus bocas de fuego, al igual que las colinas de basalto cónicas y las montañas de traquita sin cráteres (entre estas últimas las hay bajas, como la de Sarcouy, y otras muy elevadas, como el Chimborazo). Aquí la geografía comparada nos muestra pequeños archipiélagos, en cierto modo sistemas montañosos cerrados, con cráter y corrientes de lava, como en las Islas Canarias y las Azores, o sin cráter ni verdaderas corrientes de lava, como en las Colinas Euganeas y en las Siete Sierras, cerca de Bonn: allí nos describe volcanes alineados en cadenas simples o dobles, a veces con extensiones de varios cientos de millas, con la orientación principal de la cordillera en paralelo en algunas ocasiones, como en Guatemala, Perú y Java, y en otras, con los ejes de las cordilleras cortándose en vertical, como ocurre en la tierra de los aztecas, donde solo las montañas de traquita que escupen fuego alcanzan el límite de las nieves, brotado, probablemente, de alguna grieta que corta todo el continente, del océano Pacífico hasta el Atlántico, en una longitud de 105 millas geográficas.
Esta aglomeración de volcanes, lo mismo en grupos aislados de forma redonda que en cordilleras dobles, nos proporciona la prueba decisiva de que las actividades volcánicas no dependen de causas insignificantes próximas a la superficie, sino que constituyen fenómenos a gran escala que tienen su origen en las profundidades. Toda la parte oriental del continente americano, tan pobre en metales, está, en su estado actual, despojada de bocas de fuego, de masas de traquita y probablemente también de basaltos. Todos los volcanes, reunidos del lado que mira a Asia, se hallan en la cordillera de los Andes, la cual tiene forma de meridiano y se extiende a lo largo de 1 800 millas geográficas. También el altiplano de Quito, en su conjunto, es un foco volcánico único cuya cima la conforman el Pichincha, el Cotopaxi y el Tungurahua. El fuego subterráneo brota a veces a través de una u otra de estas aberturas, a las que estamos acostumbrados a ver como volcanes aislados. El movimiento progresivo del fuego discurre aquí, desde hace tres siglos, de norte a sur. Y hasta los terremotos que suelen asolar de un modo terrible esta región del mundo proporcionan notables pruebas de la existencia de vínculos subterráneos, y no solo entre los países que no tienen volcanes, tema harto conocido, sino entre bocas de fuego que se hallan muy distantes unas de otras. Vemos, por ejemplo, cómo el volcán de Pasto, situado al este del río Guáitara, estuvo tres meses del año 1797 exhalando ininterrumpidamente una columna de humo elevada, la cual desapareció en el instante en que, a 60 millas de allí, el gran terremoto de Riobamba y la emisión de lodo del Moya arrebataron la vida de entre 30 000 y 40 000 indios. La repentina erupción de la isla Sabrina, en las Azores, el 30 de enero de 1811, fue el anuncio de los terribles temblores de tierra que de manera casi ininterrumpida estremecieron mucho más al oeste, del mes de mayo de 1811 hasta junio de 1813, primero a las Antillas, más tarde a las llanuras del Ohio y del Mississippi y, finalmente, a las costas de Venezuela, situadas enfrente. Treinta días después de la total destrucción de la ciudad de Caracas, se produjo la erupción del volcán de la isla de San Vicente, en las cercanas Antillas. En ese preciso instante, cuando se produjo la explosión el 30 de abril de 1811, pudo escucharse un estrépito subterráneo terrorífico en todas las zonas a lo largo de una franja de tierra de 2 200 millas geográficas cuadradas. Al igual que los habitantes más lejanos de la costa, los vecinos de Apure, en la confluencia con el río Nula, compararon el estruendo con el efecto de la artillería pesada. Desde el punto donde el río Nula desemboca en el Apure, corriente a través de la cual llegué al Orinoco, y hasta el volcán de la isla de San Vicente, existen en línea recta 157 millas geográficas. Ese estruendo, el cual de ningún modo pudo haberse multiplicado por causa del aire, hubo de tener su origen en las profundidades de la Tierra. Fue menos potente en las costas del mar de las Antillas, más próximas al volcán en erupción, que en el interior del continente.
No tendría ningún propósito seguir multiplicando el número de ejemplos, pero sí me gustaría recordar un fenómeno de la mayor importancia histórica para Europa: el famoso terremoto de Lisboa. Simultáneamente con él, el 1ero de noviembre de 1755, no solo se sacudieron con violencia los lagos suizos y el mar de las costas de Suecia, también en las Antillas orientales en torno a las islas de Martinica, Antigua y Barbados, donde la marea normalmente nunca se eleva por encima de las 28 pulgadas, esta ascendió de repente hasta los 20 pies de altura. Todos esos fenómenos demuestran que las fuerzas subterráneas se manifiestan, en el caso de los terremotos, de manera dinámica y mediante tensiones y estremecimientos o, en el caso de los volcanes, de manera productiva y mediante transformaciones químicas. También demuestran que esas fuerzas no son superficiales ni actúan a partir de la corteza exterior, sino que se hallan en las profundidades del planeta y, desde allí, repercuten en los puntos más remotos de la superficie terrestre a través de grietas y conductos vacíos.
Cuanto más diversa sea la estructura de los volcanes, es decir, de las elevaciones que rodean el conducto a través del cual las masas fundidas del interior del cuerpo terrestre llegan a la superficie, tanto más importante resulta estudiar esa estructura por medio de mediciones precisas. El interés de tales mediciones —objeto especial de mis investigaciones en otra parte del planeta— se incrementa tras observar que lo que corresponde medir constituye una magnitud variable en muchos puntos. El estudio filosófico de la naturaleza se esfuerza por conectar el presente con el pasado dentro de la alternancia de los fenómenos. Para determinar la recurrencia periódica de fenómenos o, en general, para descubrir las leyes de los cambios progresivos en la naturaleza, se requiere de determinados puntos de apoyo fijos, de observaciones realizadas con suma minuciosidad, las cuales, vinculadas a distintas épocas, puedan servir como referentes de comparación numérica. Si hubiese sido posible determinar de milenio en milenio la temperatura media de la atmósfera y de la superficie terrestre en diferentes latitudes, o la propia altura media del barómetro en la superficie del mar, sabríamos ahora en qué proporción ha disminuido o aumentado el calor de los climas o si la altura de la atmósfera ha sufrido modificaciones. Se necesitan precisamente esos puntos de comparación, para determinar tanto la inclinación y la declinación de la aguja magnética como la intensidad de las fuerzas electromagnéticas, un tema sobre el cual han arrojado abundante luz, en el círculo de esta academia, dos físicos sagaces, Seebeck y Erman. Mientras que para toda sociedad de eruditos es asunto loable seguir tenazmente el rastro de los cambios cósmicos en los índices de calor, en la presión atmosférica, en la orientación y en la carga de las fuerzas magnéticas, para el geognosta explorador, en cambio, constituye un deber tener en cuenta principalmente la altura variable de los volcanes para determinar las irregularidades de la superficie terrestre. Tras mi regreso a Europa, he tenido oportunidad de repetir en el Vesubio, en distintas épocas, los experimentos que hice tanto en las montañas de México, en el Toluca, el Nauhcampatépetl y el Jorullo, como en los Andes de Quito, en el Pichincha. Ya Saussure había medido esta montaña en el año 1773, en un momento en que le pareció que los dos bordes del cráter, tanto el noroccidental como el suroriental, tenían la misma altura, y determinó una altitud de 609 toesas sobre el nivel del mar. La erupción de 1794 causó un desprendimiento por el lado sur, lo que creó una diferencia de altura en los bordes del cráter que hasta el ojo menos entrenado distinguiría a gran distancia. Los señores Von Buch, Lussac y yo, en el año 1805, medimos tres veces el Vesubio, y hallamos que el borde norte, que está de cara al Somma, la Rocca del Palo, tenía exactamente la misma altura que la determinada por Saussure; el borde meridional, en cambio, tenía 71 toesas menos que en el año 1773. La altura total del volcán hacia el lado de la Torre del Greco (el lado en el que, desde hace 30 años, suele incidir el efecto del fuego) ha disminuido en un nueve por ciento. La proporción del cono de ceniza en relación con la altura total de la montaña en el Vesubio es de uno a tres; en el Pichincha es de uno a 10; en el pico de Tenerife, de uno a 22. Por lo tanto, el Vesubio, en proporción, es el cono de ceniza más elevado, tal vez porque, como volcán de baja altura, su incidencia es mayor a través de la cima. Hace pocos meses conseguí no solo repetir en el Vesubio mis mediciones barométricas anteriores, sino que, tras haberlo escalado tres veces, pude determinar de forma integral la altura de los bordes del cráter. Tal vez dicho trabajo resulte merecedor de cierto interés en la medida en que abarca una época de grandes erupciones, entre 1805 y 1822, y quizá sea la única medición comparable en todas sus partes que se ha dado a conocer hasta ahora de cualquier volcán. Esta demuestra que los bordes de los cráteres constituyen un fenómeno mucho más constante de lo que se ha creído hasta ahora, no solo allí donde se componen visiblemente de traquita (como en el pico de Tenerife y en todos los volcanes de la cordillera de los Andes), sino en todas partes. Los ángulos de altura simples, determinados desde los mismos puntos, son mucho más apropiados para este tipo de estudios que las mediciones trigonométricas y barométricas integrales. Tras mis últimas mediciones, el borde noroccidental del Vesubio no había cambiado en absoluto desde Saussure, o sea desde hace 49 años, mientras que el borde suroriental, hacia Boschetre Case, que en 1794 estaba 400 pies más bajo, había cambiado muy poco.
Cuando se describen las grandes erupciones y vemos a menudo mencionada en los periódicos la forma totalmente cambiada del Vesubio, afirmación que creemos sustentada en las vistas pintorescas de la montaña dibujadas en Nápoles, la causa del error reside en que se confunden los contornos de los bordes del cráter con los contornos de los conos de expulsión que se forman casualmente en el centro del cráter, sobre el suelo de la boca de fuego, levantado por los vapores. Ese cono de salida, un amontonamiento de fragmentos dispersos de lava y rocas, fue haciéndose paulatinamente visible por encima del borde suroriental del cráter entre los años 1816 y 1818. La erupción de febrero de 1822 lo agrandó de tal manera que llegó a alcanzar entre 70 y 80 pies por encima del borde del cráter noroccidental (la Rocca del Palo). Este notable cono, que en Nápoles se han acostumbrado a considerar como la verdadera cima del Vesubio, se derrumbó con un terrible estruendo durante la última erupción, la noche del 22 de octubre, a tal punto que el suelo del cráter, que desde 1811 había sido siempre accesible, se halla ahora 750 pies más bajo que el borde norte y 200 pies debajo del borde sur del volcán. La forma variable y la situación relativa del cono, cuyos orificios no deben confundirse, como sucede tan a menudo, con el cráter del volcán, han conferido al Vesubio, en diferentes épocas, su singular fisonomía. Gracias a ello, el historiógrafo del volcán, a partir del contorno de la cima, con tan solo contemplar los paisajes de Hackert que se exhiben en el palacio de Portici y tener en cuenta la altura del lado norte o sur de la montaña insinuada en ellos, podría adivinar el año en que el artista hizo los bocetos para su cuadro.
En la noche del 23 al 24 de octubre, un día después del derrumbe del cono de ceniza de 400 pies de altura, cuando los pequeños pero numerosos ríos de lava habían concluido su derrame, empezó la expulsión abrasadora de cenizas y fragmentos de roca, que se extendió por espacio de 12 días ininterrumpidos, si bien alcanzó su mayor intensidad en los primeros cuatro días. En ese tiempo, las detonaciones en el interior del volcán fueron tan intensas que el mero estremecimiento del aire (no hubo entonces ni rastro de temblores de tierra) reventó los techos del palacio de Portici. En los pueblos cercanos de Resina, Torre del Greco, Torre dell’ Annunziata y Bosche tre Case se puso de manifiesto un fenómeno interesante. La atmósfera estaba tan saturada de cenizas que toda la región se vio envuelta en la más densa oscuridad durante varias horas, en pleno día. La gente salía a la calle con farolas, como ocurre tan a menudo en Quito tras las erupciones del Pichincha. Nunca antes se había producido una huida tan generalizada de los habitantes. Se teme menos a los ríos de lava que a la expulsión de ceniza, un fenómeno que aquí desconocemos con ese grado de intensidad y que, debido a la oscura leyenda sobre los modos en que quedaron destruidas ciudades como Herculano, Pompeya y Estabia, llena de escenas de horror la imaginación de la gente.
El vapor de agua caliente que ascendió del cráter durante la erupción y se vertió en la atmósfera formó, al enfriarse, un banco espeso de nubes en torno a la columna de ceniza y fuego de 9 000 pies de altura. La condensación tan repentina de los vapores y la propia formación de esas nubes, como ha demostrado Gay-Lussac, multiplicaron la tensión eléctrica. Los relámpagos brotaban de la columna de ceniza y se esparcían, como serpientes, en todas las direcciones; era posible distinguir claramente entre el estruendo de los truenos y el estrépito que brotaba del interior del volcán. En ninguna otra erupción volcánica fue tan llamativo el espectáculo de las descargas eléctricas.
La mañana del 26 de octubre se difundió la extraña noticia: un río de agua hirviente brotaba por el cráter y derruía el cono de ceniza. Monticelli, el afanoso y sabio estudioso del volcán, se dio cuenta muy pronto de que una ilusión óptica había echado a andar aquel falso rumor. El supuesto río no era más que una gran cantidad de ceniza seca que brotaba como arena movediza de una grieta situada en el borde superior del cráter. Mientras que la erupción del volcán se había visto precedida por una sequía que devastó todos los campos de cultivo, ahora, hacia el final de esta, la tormenta volcánica que acabamos de describir generó una lluvia torrencial de larga duración. Los fenómenos de esa índole caracterizan en todas las zonas el final de una erupción. Dado que durante la erupción el cono de ceniza se halla envuelto por las nubes y las precipitaciones son más fuertes en su proximidad, vemos fluir de todas partes las corrientes de lodo. El hombre de campo, asustado, las considera como agua que brota de las profundidades del volcán y que se vierte a través del cráter; el geognosta engañado cree ver en ellas agua de mar o los productos de desecho del volcán, las llamadas eruptions boueuses o, como solían decir los antiguos sistemáticos franceses: productos de una licuefacción ígneoacuosa.
Cuando las cumbres de los volcanes se elevan por encima de la región de las nieves (como ocurre en la mayoría de los casos en la cordillera de los Andes), o simplemente cuando duplican la altura del Etna, las inundaciones aquí descritas, debido a la nieve que se funde y se filtra en la tierra, se hacen sumamente frecuentes y devastadoras. Se trata de fenómenos relacionados meteorológicamente con la erupción de los volcanes; la altura de las montañas, la envergadura de sus cumbres siempre nevadas y el calentamiento de las paredes del cono de cenizas contribuyen a modificarlos de diversas maneras, pero no deberían considerarse fenómenos volcánicos en sentido estricto. En cavernas espaciosas, ya sea en la pendiente o al pie de los volcanes, se forman lagos subterráneos que se comunican de varias maneras con los arroyos alpinos. Cuando toda la masa del volcán se ve estremecida por las sacudidas que preceden las erupciones de fuego en la cordillera de los Andes, las bóvedas subterráneas se abren y vierten al unísono agua, peces y lodo toboide. Es el singular fenómeno que produce el llamado “siluro de los cíclopes” (Pimelodes cyclopum), que los habitantes del altiplano de Quito llaman preñadilla* y del que yo mismo ofrecí una descripción poco después de mi regreso. En la noche del 19 al 20 de junio de 1698, cuando al norte del Chimborazo se despeñó la cumbre del monte Carihuairazo, de 18 000 pies de altura, el lodo y los peces cubrieron todos los campos en un radio de casi dos millas cuadradas. Asimismo, siete años antes, las fiebres pútridas que asolaron la ciudad de Ibarra fueron atribuidas a una expulsión similar de peces salidos del volcán Imbabura.
Recuerdo estos hechos porque arrojan cierta luz sobre las diferencias entre las emisiones de cenizas secas y las inundaciones lodosas de toba y puzolana. Como todo lo relacionado con los volcanes y otros grandes fenómenos naturales que insuflan terror, las cantidades de ceniza arrojadas muy recientemente por el Vesubio se han visto exageradas en demasía en los medios públicos de prensa, y hay incluso dos químicos napolitanos, Vicenzo Pepe y Giuseppe di Nobili, que, a pesar de las refutaciones de Monticelli y Covelli, atribuyen a esas cenizas un contenido de plata y oro. Según mis investigaciones, la capa de ceniza, caída en un periodo de 12 días, medía hacia el lado de Boschetre Case, en la pendiente del cono donde se mezclan los fragmentos de roca, solo tres pies, mientras que en la parte llana alcanzaba, a lo sumo, entre 15 o 18 pulgadas de grosor. Las mediciones de este tipo no tienen por qué realizarse en esos lugares donde el viento lleva la ceniza, cual nieve o arena, o donde el agua la arrastra tras formar con ella una especie de papilla. Atrás han quedado los tiempos en los que, al modo de los antiguos, buscábamos en los fenómenos volcánicos el elemento milagroso; cuando, como suponía Ctesias, el vuelo de las cenizas del Etna llegaba hasta la península de la India. Bien es cierto que una parte de las vetas de plata y oro de México se hallan entre el pórfido similar a la traquita. Pero en la ceniza que traje del Vesubio hasta aquí, la cual fue estudiada a petición mía por un químico tan sagaz como el señor Heinrich Rose, no es posible identificar ni rastro de esos dos materiales.
Por divergentes que sean los resultados aquí expuestos —debidos a las observaciones precisas de Monticelli— de los difundidos en los últimos meses, lo cierto es que la emisión de cenizas del Vesubio entre los días 24 y 28 de octubre sigue siendo uno de los fenómenos más memorables de los que tengamos noticia cierta desde la muerte de Plinio el Viejo. La cantidad ha sido quizá tres veces mayor que toda la ceniza que se ha visto caer desde que se sigue con atención cualquier fenómeno volcánico. Una capa de entre 15 y 18 pulgadas puede parecer, a primera vista, insignificante si se la compara con el volumen que cubrió la ciudad de Pompeya. Pero aun sin mencionar los aguaceros y las inundaciones que hayan podido incrementar ese volumen desde hace siglos, sin ánimos de avivar de nuevo la polémica que se ha sostenido con gran escepticismo al otro lado de los Alpes en torno a las causas que devastaron las ciudades de Campania, sí cabe tal vez recordar aquí que las erupciones de un volcán en épocas muy distantes entre sí no pueden, de ningún modo, compararse en virtud de su intensidad. Toda conclusión basada en analogías es insuficiente cuando hace referencia a relaciones cuantitativas, a cantidades de lava o de ceniza, a la altura de las columnas de humo, o a la fuerza de las detonaciones.
A partir de la descripción geográfica de Estrabón y de un juicio de Vitrubio en torno al origen volcánico de la piedra pómez, podemos ver que hasta la fecha de la muerte de Vespasiano, es decir, hasta que se produjo la erupción que cubrió la ciudad de Pompeya, el Vesubio se asemejaba más a un volcán extinto que a una solfatara. Cuando las fuerzas subterráneas abren de repente nuevas vías de salida tras un largo periodo de reposo, rompiendo para ello capas de roca primigenia y de traquita, era forzoso que se pusieran de manifiesto efectos para los cuales las erupciones posteriores no pueden ofrecer ningún rasero. En la célebre carta en la que Plinio el Joven informa a Tácito de la muerte de su tío, puede leerse claramente que el reinicio de las erupciones, casi podríamos decir el despertar del volcán dormido, se dio con emisiones de ceniza. Es justamente lo mismo que se observó en el Jorullo cuando en septiembre de 1759 el nuevo volcán, atravesando capas de sienita y traquita, se alzó de repente en la llanura. Los labradores huyeron tras observar, en los tejados de sus chozas, la capa de ceniza que había sido arrojada desde las entrañas de una tierra que reventaba por todas partes. En la habitual acción periódica de los volcanes, la lluvia de ceniza, por el contrario, pone fin a toda erupción parcial. Por lo demás, la carta de Plinio el Joven contiene un pasaje que anuncia claramente que, desde el propio comienzo, sin la influencia de los depósitos, la ceniza seca caída del aire alcanzaba una altura de entre cuatro y cinco pies. «[E]l patio desde el que se accedía a su habitación» —dice Plinio—, «repleto de cenizas y piedra pómez, de tal manera había subido de nivel que, si hubiese permanecido más tiempo en el dormitorio, ya no habría podido salir.» Pero en el espacio cerrado de un patio, la acción de los vientos que arrastraban ceniza no pudo haber sido tan considerable.
Me he atrevido a interrumpir mi panorama comparativo sobre los volcanes con algunas observaciones aisladas realizadas en el Vesubio, en parte por el enorme interés provocado por la última erupción, pero también porque cualquier lluvia intensa de cenizas nos recuerda casi involuntariamente el suelo clásico de Pompeya y Herculano. En un anexo cuya lectura no sería apropiada en el marco de esta asamblea, compilé todos los elementos de las mediciones barométricas y los apuntes sobre la colección geognóstica que tuve oportunidad de reunir el año pasado en el Vesubio y en los Campos Flégreos, cerca de Puzzoli. Esa pequeña colección, así como los tipos de macizos rocosos que he traído de las Colinas Euganeas y del valle de Fiemme (en Tirol del Sur), entre Cavalese y Predazzo, región estudiada antes y de manera más minuciosa por el señor Von Buch, pasarán a integrar la colección del Museo Real, una institución cuya utilidad pública se corresponde perfectamente con los nobles propósitos del monarca y cuya sección geognóstica, que abarca las regiones más remotas del planeta, supera ya en ese sentido todas las demás colecciones similares.
Hasta ahora hemos contemplado la forma y la acción de aquellos volcanes que mantienen una relación permanente con el interior de la Tierra a través de sus cráteres. Sus cumbres son masas elevadas de traquita y lavas cortadas por diversos filones. La permanencia de su acción nos permite inferir una estructura sumamente compleja. Tienen, por así decirlo, un carácter más individual, que permanece invariable por largos periodos de tiempo. Las montañas próximas proporcionan casi siempre productos muy distintos, como lavas de leucita y feldespato, obsidiana mezclada con piedra pómez y masas basálticas con contenido de olivino. Figuran entre los fenómenos terrestres más recientes y atraviesan por lo general todas las capas de las vetas de montaña. El origen de sus erupciones y ríos de lava es posterior al de nuestros valles. Su vida —si se me permite el uso de esta expresión figurativa— depende del tipo y de la duración del vínculo que tienen con el interior del cuerpo terrestre. A menudo se mantienen en reposo durante siglos, se encienden de repente y acaban en forma de vapor de agua, solfataras que exhalan ácidos y varios tipos de gases. En ocasiones, como ocurre en el pico de Tenerife, su cumbre se ha convertido en un taller de azufre regenerado, pero por sus laderas siguen fluyendo imponentes corrientes de lava, que descienden en forma de basalto a las profundidades, o ascienden como obsidiana con contenido de piedra pómez a las alturas, donde la presión1 es menor.
Independientemente de estos volcanes provistos de cráteres permanentes, existen otros tipos de fenómenos volcánicos que podemos observar con menor frecuencia, pero que resultan sumamente instructivos para la geognosia y recuerdan el mundo primigenio, las más antiguas revoluciones de nuestro cuerpo terrestre. Existen, por ejemplo, montañas de traquita que se abren de repente, expulsan al exterior lava y ceniza, y luego se cierran quizá para siempre. Es lo que ocurrió en el imponente Antisana, de la cordillera andina, o en el Monte Epomeo, en Isquia, en el año 1302. A veces esas erupciones se producen incluso en lugares llanos, como en el altiplano de Quito, en Islandia, lejos del Hekla, y en Eubea, en la Llanura Lelantina. Muchas de las islas con orografía elevada se deben a estos fenómenos pasajeros. El vínculo con el interior del cuerpo terrestre no es, por lo tanto, permanente: la acción cesa en cuanto la grieta, el canal de comunicación, se cierra. Los filones de basalto, de dolerita y pórfidos que atraviesan casi todas las formaciones rocosas en distintas regiones del planeta; la sienita; los pórfidos de augita y las masas de tonsilolito que caracterizan los estratos más recientes de la montaña de transición, y la capa más antigua de las vetas montañosas, se formaron probablemente del mismo modo. En la juventud de nuestro planeta, las materias del interior de la Tierra que permanecieron en estado líquido brotaron al exterior a través de todas las zonas abiertas de la corteza terrestre. A veces se solidificaban de inmediato en forma de roca filoniana granulosa, otras veces se superponían e iban expandiéndose en estratos. Lo que el mundo prehistórico nos ha legado tan solo en términos de tipos de montañas volcánicas no fluyó en forma de bandas, como las lavas de nuestras aisladas montañas cónicas. Las mezclas de augita, ilmenita, feldespato vítreo y hornablenda quizá fueran las mismas en distintas épocas, a veces más próximas al basalto, otras veces más parecidas a la traquita. Las sustancias químicas (como nos enseñan los trabajos recientes del señor Mitscherlich y la analogía de productos ígneos artificiales) pudieron haber estado alineadas consecutivamente en forma cristalina y mezcladas en determinadas proporciones, pero siempre veremos que materiales de similar composición han accedido a la superficie terrestre a través de vías distintas, o bien, simplemente se elevaron o se vertieron por medio de grietas temporales a través de los estratos más antiguos de la montaña, es decir, al brotar entre la corteza terrestre antes oxidada o descender en forma de ríos de lava desde los conos montañosos con un cráter permanente. Confundir estos fenómenos de índole diversa conduciría a la geognosia de los volcanes de vuelta a unos tiempos de oscuridad de los que un gran número de experimentos comparativos ha empezado a despojarla poco a poco.
A menudo se ha planteado la cuestión acerca de qué arde en el interior de los volcanes, qué genera el calor con el cual la tierra y los metales se funden y mezclan. A ello responde la química moderna del modo siguiente: lo que arde allí dentro son las propias variedades de tierra, los metales, los álcalis, es decir, los metaloides de esas sustancias. La corteza terrestre sólida y ya oxidada separa el mar de aire rico en oxígeno que la rodea de las sustancias combustibles no oxidadas que yacen en las entrañas de nuestro planeta. Los experimentos realizados en todas las zonas climáticas, en minas y cuevas, y que yo mismo reuní en colaboración con el señor Arago en un tratado propio, demuestran que el calor del cuerpo terrestre, incluso a poca profundidad, es bastante más elevado que la temperatura media de la atmósfera en el mismo lugar. Un hecho tan relevante y casi probado de manera general se halla en relación con lo que nos enseñan los fenómenos volcánicos. Laplace intentó incluso calcular la profundidad en la que el cuerpo terrestre puede ser considerado como una masa fundida. A pesar de las dudas que puedan plantearse sobre la certidumbre numérica de esos cálculos, incluso al estar vinculados a un nombre tan insigne que merece justo respeto, sigue siendo probable que todos los fenómenos volcánicos surjan a consecuencia de una causa muy simple: la relación permanente o pasajera entre el interior y el exterior de nuestro planeta. Los vapores elásticos empujan hacia arriba, a través de profundas ranuras, las sustancias fundidas en proceso de oxidación. Los volcanes son, por así decirlo, manantiales terrestres intermitentes; las mezclas licuadas de metales, álcalis y tierras, al solidificarse y formar una corriente de lava, fluyen suave y calladamente cuando, al elevarse, encuentran en algún punto una salida. De manera parecida, los antiguos se imaginaban (según el Fedón de Platón) todas las corrientes de fuego volcánicas: afluentes del Flegetonte.
Permítaseme ahora añadir a estas observaciones otra aún más osada. Tal vez en ese calor interior del cuerpo terrestre, al que aluden los experimentos con termómetros y ciertas observaciones sobre los volcanes, reside la causa de uno de los fenómenos más maravillosos que nos proporciona la petrefactología. En el norte frío yacen sepultadas formas animales tropicales, helechos arborescentes, palmeras y bambúes. Por todas partes el mundo prehistórico nos revela una distribución de las formas orgánicas que contradice las características de los climas actuales. A fin de dar solución a ese problema, se han concebido varias hipótesis: la aproximación de un cometa, la oblicuidad modificada de la eclíptica, el incremento en la intensidad de la luz solar. Ninguna de ellas ha conseguido satisfacer simultáneamente al astrónomo, al físico y al geognosta. Por mi parte, prefiero dejar como están el eje de la Tierra o la luz emitida por el disco solar, a partir de cuyas manchas un célebre cosmógrafo ha explicado la fertilidad y las malas cosechas de los campos. Pero creo reconocer que en todos los planetas, independientemente de las relaciones con su astro central y de su posición astronómica, cualquier desprendimiento de calor se deriva de diferentes causas, lo mismo a través de procesos de oxidación, de precipitaciones y de la capacidad química modificada de los cuerpos, o por aumento de las cargas electromagnéticas, o a través de la comunicación abierta entre sus partes externas e internas.
Allí donde, en el mundo prehistórico, la profundamente rasgada corteza terrestre dejaba salir el calor desde sus grietas, pudieron prosperar tal vez en territorios enteros, durante siglos, las palmeras y los helechos arborescentes, así como todos los animales de la zona tórrida. A partir de esa visión de las cosas, un criterio ya insinuado en una obra de reciente publicación, Geognostischer Versuch über die Lagerung der Gebirgsarten in beiden Hemisphären [[Ensayo geognóstico sobre la estratificación de los tipos de montañas en ambos hemisferios]], la temperatura de los volcanes sería igual que la del interior del cuerpo terrestre y la misma causa que ahora provoca devastaciones tan terribles habría sido capaz, en otro tiempo, de producir la más exuberante vegetación en la recién oxidada corteza terrestre, en los agrietados estratos rocosos de cualquier zona del planeta.
Y si bien, para explicarnos la maravillosa distribución de organismos tropicales en sus antiguos sepulcros, nos inclinamos a suponer que ciertos animales peludos y con forma de elefante, hoy rodeados por témpanos de hielo, fueron una vez originalmente aptos para habitar en los climas septentrionales, o que otros organismos pertenecientes a un mismo tipo troncal, como leones y linces, pudieron vivir simultáneamente en climas distintos, ese tipo de explicación no podría extenderse a los productos del reino vegetal. Debido a razones desarrolladas por la fisiología de las plantas, las palmeras, el plátano o los monocotiledones arbóreos no soportarían los fríos del norte, y en el caso del problema geognóstico aquí abordado me parece difícil separar los organismos vegetales de los animales. La misma explicación debería abarcar los dos tipos de formaciones.
Al final de este tratado he reunido, junto a los hechos recogidos en las más disímiles regiones del mundo, algunas hipótesis inciertas. El estudio filosófico de la naturaleza se eleva por encima de las necesidades de una mera descripción de esta y no consiste en una acumulación estéril de observaciones aisladas. Al espíritu inquieto y curioso del ser humano le ha sido dado en ocasiones trasladarse de su tiempo presente y divagar por un tiempo prehistórico, intuir lo que hasta ahora no puede ser reconocido del todo y regodearse en los viejos mitos de la geogonía, que siempre regresan bajo diferentes formas.
Los elementos de las mediciones barométricas de los que se habla en este tratado (p. 151) fueron entregados posteriormente por el autor al señor Oltmanns, que los ha juntado con otras observaciones y ha sacado de ello los resultados presentados por él a la academia en un ensayo propio. Es ese tratado, en lugar del anexo mencionado antes, el que aparece al final de este tomo, a partir de la página 373.
Las notas sobre la colección geognóstica serán presentadas en otro momento y lugar.
1 Leopold v. Buch sobre el pico de Tenerife, en Abhandlungen der Königlichen Akademie zu Berlin, 1820-1821, p. 99.
54 en: Revue protestante 1 (1825), pp. 81-85.
Evaluación numérica de la población del Nuevo Continente, considerada según las relaciones de diferencia de cultos, razas e idiomas
(EXTRACTO DE UNA CARTA DIRIGIDA A CHARLES COQUEREL)
Usted, señor, desea conocer la relación entre la cantidad de habitantes de América que pertenecen a las distintas comunidades cristianas. Creo poseer materiales lo suficientemente precisos sobre la relación entre católicos y protestantes, pero no entraré hoy en detalles en torno a las divisiones de la iglesia protestante o evangélica. He aquí los resultados en los que creo poder detenerme provisoriamente, según las laboriosas investigaciones que realicé en estos últimos años sobre la población del Nuevo Continente. Algunas evaluaciones parciales son tal vez un poco inciertas —por ejemplo, la cantidad de católicos en la Luisiana, en Maryland y en el Bajo Canadá inglés—, pero esta incertidumbre afecta cantidades que tienen escasa influencia sobre el resultado definitivo. Pienso que la cantidad de protestantes en toda la América continental e insular, desde el extremo meridional de Chile hasta Groenlandia, mantiene una relación de 1 a 2 con la cantidad de católicos romanos. Hay, en la costa occidental de América del Norte, varios miles de individuos que siguen el culto griego. Ignoro la cantidad de judíos distribuidos en la superficie de Estados Unidos y en varias de las Islas Antillas. Su número es poco considerable. Los indios independientes que no pertenecen a ninguna comunidad cristiana mantienen una relación de 1 a 42 con la población cristiana. Los aspectos numéricos en los que se basa el siguiente cuadro se encuentran expuestos en detalle en el vol. III de mi Viaje a las regiones equinocciales, libro IX, capítulo XXVI, que se publicará muy pronto.
POBLACIÓN TOTAL DE AMÉRICA: 34 284 000


En el estado actual de cosas,1 la población protestante aumenta mucho más rápidamente en el Nuevo Mundo que la población católica. Es probable que, a pesar del estado de prosperidad al que la independencia y las instituciones libres elevarán a la América española, al Brasil y a Haití, la relación de 1 a 2 se encontrará, en menos de medio siglo, considerablemente modificada a favor de las comunidades protestantes. Creo que en Europa podemos contar (sobre una población total de 198 millones) con aproximadamente 103 millones de católicos romanos, 52 millones de protestantes, 38 millones que siguen el rito griego y 5 millones de mahometanos. La relación numérica de los protestantes respecto de los miembros de las iglesias católicas romanas y griegas es, por consiguiente, de aproximadamente 1 a 2
. La relación de los protestantes respecto de los católicos romanos es la misma en Europa y en América. Como las diferencias de raza y origen, la individualidad del lenguaje y el estado de libertad doméstica influyen poderosamente sobre las inclinaciones de los hombres por uno u otro culto, le comunico al mismo tiempo, señor, algunos resultados de mis más recientes investigaciones sobre diversos objetos.
La población de América presenta actualmente:

La población negra de 6 223 000 (sin mezcla con blancos e indios) se compone de 1 144 000 negros libres y de 5 079 000 negros esclavos; de estos últimos, 1 152 000 se encuentran en el archipiélago de las Antillas, 1 620 000 en los Estados Unidos y 1 800 000 en Brasil. El siguiente cuadro da a conocer aproximadamente la preponderancia de las lenguas repartidas en América.

De lo que resulta:

No se ha hecho mención aparte del alemán, del gaélico (irlandés) o del vasco, porque los individuos que conservan el dominio de estas tres lenguas maternas hablan también inglés o castellano. La cantidad de individuos que hablan usualmente las lenguas indígenas mantiene en este momento una relación de 1 a 3
con respecto a la cantidad de individuos que se sirven de las lenguas de Europa. Por el crecimiento más rápido de la población en los Estados Unidos, las lenguas de la rama germánica superarán de un modo imperceptible, en la relación numérica total, a las lenguas de la Europa latina; pero estas últimas, por efecto de la creciente civilización de los pueblos de razas española y portuguesa, se propagarán al mismo tiempo entre los pueblos indios, en los cuales apenas una vigésima parte de la población comprende algunas palabras de castellano o de portugués. Creo que existen todavía más de 7 500 000 indígenas en América que han conservado el uso de sus propias lenguas y que ignoran casi por completo los idiomas europeos. Esta es también la opinión del Monseñor arzobispo de México y de varios eclesiásticos muy respetables que vivieron durante mucho tiempo en el Alto Perú y a quienes he podido consultar sobre este tema. La pequeña cantidad de indios (tal vez un millón) que olvidó por completo las lenguas indígenas vive en grandes ciudades y en localidades muy pobladas alrededor de esas urbes. Entre los individuos que hablan francés en el Nuevo Continente, encontramos más de 700 000 negros de raza africana, circunstancia que no contribuye a mantener la pureza del lenguaje, a pesar de los muy loables esfuerzos del gobierno haitiano por instruir a la población. Podemos admitir que, en general, en la América continental e insular hay más de un tercio de 6 223 000 negros (al menos 2 360 000) que habla inglés, más de un cuarto que habla portugués y un octavo que habla francés.
Estos cuadros de la población americana —considerada bajo las relaciones de la diferencia de cultos, de lenguas y de idiomas— se componen de elementos muy variables. Representan aproximadamente el estado de la sociedad americana hacia el fin del año que acaba de terminarse. No se trata aquí sino de grandes masas; las evaluaciones parciales podrán adquirir poco a poco una precisión más rigurosa, como en todos los elementos numéricos de las ciencias.
Reciba, señor, la expresión de mi más afectuosa consideración.
Alexandre von Humboldt. París, 5 de enero de 1825.
1 Si consideramos 34 284 000 para la población de toda América, encontramos, según mis cálculos, 19 650 000 al norte del istmo de Panamá; 2 473 000 en la América insular; 12 161 000 al sur del istmo de Panamá. La América española sola tiene 16 785 000 habitantes en 371 380 leguas cuadradas (de 20 al grado). América completa tiene 1 186 930; Europa, 304 700. (Nota de Humboldt.)
55 en: Hertha, Zeitschrift für Erd-, Völker-und Staatenkunde 4:1 (1825), pp. 5-23, lámina.
Sobre la configuración y el clima en la meseta de la Península Ibérica
POR A. V. HUMBOLDT
(FRAGMENTO DE UNA CARTA AL PROFESOR BERGHAUS)
En el extremo más occidental de Europa, rodeado de mar por tres de sus lados, se alza el altiplano de España, una auténtica meseta1 de 2 200 pies parisinos de altura casi ininterrumpidos y 4 200 millas cuadradas geográficas de superficie. Un fenómeno geognóstico de esa índole es bastante raro en el atlas de nuestro continente: porque si bien en el sur de Alemania las mesetas de Baviera y de Suabia alcanzan los 1 560 y los 900 pies, respectivamente, esos territorios alemanes no forman un todo cerrado y están surcados parcialmente por anchas depresiones y zonas fluviales.2
Cuando recorrí España en el año 1799, buscando allí una oportunidad de trasladarme a las costas de África e incorporarme a la expedición francesa por Egipto, hice un intento de nivelar barométricamente toda la península en dirección sureste-noroeste, desde las costas del mar Mediterráneo, cerca de Valencia, hasta las del océano Atlántico en Galicia. Ya en 1776, Lalande (Mémoires de Paris, 1776, p. 148), a partir de unos cálculos barométricos realizados por el célebre explorador y matemático don Jorge Juan, había concluido que Madrid se elevaba a 294 toesas sobre el nivel del mar, pero en esas fechas los geógrafos no tenían conocimiento aún de las relaciones de todas las mesetas en el interior de la península ibérica. Mis primeras observaciones sobre las diferencias de altura de la región que rodea a Madrid fueron recogidas por Cavanilles en el primer fragmento de los Anales de historia natural (tomo I, p. 86), pero mezcladas con otras mediciones bastante inexactas de nuestro compatriota Thalacker (un minerólogo, por demás, muy versado). El perfil arrojado por esas diferencias de altura fue repetido en la obra de Laborde sobre España (Itinéraire descriptif de l’Espagne, 1808, tomo I, p. CXIV) y yo mismo le añadí algunas notas explicativas referidas al clima. Durante muchos años di por perdido el manuscrito que contenía mis observaciones originales y este no volvió a mis manos sino a raíz de mi último viaje a Alemania. Empleé las alturas barométricas de ese manuscrito, calculadas y combinadas de nuevo, en el perfil que tracé de la península ibérica y que apareció primeramente en el gran mapa de Donnet y Malo (Mapa Civil y Militar de España y Portugal, París, 1823), y más tarde, con algunos cambios, en el quinto cuaderno de mi relación de viaje (Atlas géographique et physique des régions équinoxiales du nouveau Continent, pl. III). Desde ese momento en que se dio a conocer, he continuado reuniendo ininterrumpidamente, por correspondencia, todas las notas referentes a las relaciones de altura y al clima de la península española. Tales notas, de no poco interés para el estudio geognóstico y meteorológico, servirán alguna vez en sus manos y, gracias a su labor de revisión, para confeccionar un mapa físico de España. Ojalá se sienta usted estimulado a entregarnos un trabajo tan excelente sobre la región más occidental de Europa como el que ya tenemos sobre la orografía de Francia. Apenas es necesario recordarle que ninguna de las informaciones que ahora reúno concentradas en este resumen (salvo las comparaciones con las cifras en la segunda edición de la geografía de España, de Antillón) han sido publicadas hasta el momento.
Mi barómetro era uno de cubeta, según el modelo de Ramsden, el mismo de que se han servido figuras como Leopold von Buch, Parrot, Oeynhausen, Dechen y otros observadores sagaces, igual al que recomiendo a esos viajeros que no disponen de tiempo para emplear un barómetro de Fortin con soporte de pie. Obtuve las alturas barométricas comparativas en parte en Valencia, de manos del señor Valenzuela, y en parte también en Madrid, gracias a la bondad del señor Chaix. Los resultados que considero más certeros han sido combinados a partir de tales comparaciones. Esta labor, por la propia naturaleza del barómetro (cuya posición vertical no siempre se consigue de manera exacta) y también debido a las distancias de las alturas correspondientes, no puede compararse con los trabajos de Rammond y de otros viajeros más recientes, pero sí puede servir para dar una visión temporal de la diferencia de altura en una longitud de 110 millas geográficas. Hice las más cuidadosas mediciones en todos los lugares donde pernocté, por las mañanas y al atardecer, y (siguiendo las indicaciones de Parrot) puse un punto en referencia con otro. Para mí lo más importante fue la altura de Madrid como punto central al momento de analizar, por comparación, tantos datos independientes unos de otros, y luego calcular en las dos Castillas y hasta Astorga las localidades por debajo y por encima del horizonte de Madrid.

Madrid, como hemos dicho antes, se eleva, según don Jorge Juan, a 294 toesas, pero sin verificación de la temperatura. A mi llegada a esa capital, mis propias observaciones arrojaron como resultado menos erróneo el de 343 toesas. La siguiente compilación demostrará que ese dato sigue siendo el más próximo a la verdad. En el año 1805, el señor Bauzá3 determinó una altura barométrica media de 30 pulgadas y 6,4 líneas (medida de Burgos) con 15° del termómetro dividido en centígrados: según estos datos, si se asume el mar a 338,2 líneas y 15° de temperatura, arrojaría entonces, según La Place, 628 metros o 322,3 toesas. Antillón4 adopta como altura barométrica media 30 pulgadas y 4 líneas (medida de Burgos), es decir, una altura de 804 varas o 672 metros, o 344 toesas. Desde hace unas semanas, gracias a la generosidad de mi amigo, el célebre geógrafo don Felipe Bauzá (que vive actualmente en Londres, desterrado), estoy en condiciones de recibir las alturas barométricas de Madrid cada mes, al menos por espacio de un año. Los siguientes niveles medios fueron observados por el señor Bauzá en el año 1820 con un certero barómetro de Troughton en la casa del Depósito Hidrográfico. Las cifras no responden a la media a partir de los niveles más altos y más bajos de cada día, sino a las medias a partir de cuatro observaciones (a las 9 de la mañana, a las 12 del mediodía, a las 2 de la tarde y a las 12 de la noche), y las posiciones fueron todas reducidas al punto de congelación.
| enero | 27,834 |
| julio | 27,736 |
| febrero | 27,833 |
| agosto | 27,742 |
| marzo | 27,633 |
| septiembre | 27,829 |
| abril | 27,617 |
| octubre | 27,705 |
| mayo | 27,726 |
| noviembre | 27,665 |
| junio | 27,807 |
| diciembre | 27,791 |
La altura media del barómetro en el año 1820 fue reducida, por consiguiente, al punto cero de temperatura, 27,743 pulgadas inglesas o 0m, 70 465, de lo cual, a una temperatura del aire de 15° centígrados, y acorde con los datos antes mencionados de la altura del barómetro de los mares (338,2 líneas parisinas),5 se deriva una altura de Madrid de 651 metros o 334 toesas.
El señor Bauzá me escribe lo siguiente (mayo de 1825): «El resultado de su perfil de la península ibérica coincide, salvo por cinco toesas, con el que yo he sacado a partir de mis observaciones meteorológicas (de 1817 a 1823): 335,2 toesas. Esta última cifra, creo yo, no sufrirá apenas cambios en adelante. Cuando comparé en Bilbao mi barómetro inglés con el que poseía el señor Ferrer y, al combinar durante varios días mis alturas tomadas en Madrid con las suyas, tomadas en la costa del mar Cantábrico, obtuvimos una cifra media de 336,76 toesas (los datos aislados variaban de 314 a 347 toesas). Espero poder entregarle más adelante otras observaciones correspondientes de Madrid y Cádiz, ya que el barómetro de Troughton del que hice uso en el Depósito Hidrográfico, ha sido comparado del modo más preciso con el de Haux en Cádiz». Mi perfil había sido grabado en cobre muchos meses atrás, antes de que recibiera estos datos confirmatorios, que me proporcionan alegría y tranquilidad. Después de que, de ese modo, me creyera cerciorado acerca de la altura de Madrid sobre el nivel del mar, con la suposición de poder dar la cifra en 340 toesas, continué camino con el propósito de determinar las demás alturas entre Valencia y Madrid. He aquí el fragmento de mi diario.
I. Entre Valencia y Madrid
Cerca de Valencia, campos arados y huertas cultivadas. Más hacia el sur, roca caliza desnuda, aparentemente la misma formación que vi en Tarragona, Oropesa y La Mancha y que, cerca de Col de Ballaguer, está cubierta de nagelflúo. Alcudia, un pueblo en la ubicación más cautivadora; en los alrededores, como ornamento de un lugar de peregrinación (al aire libre), Schinus molle, un árbol del altiplano de Guitto Alginetta [[Quito; Alginet]], 65 toesas sobre el nivel del mar.
Uno se va aproximando a la cadena montañosa que, en esta región meridional del reino de Valencia, discurre del este al oeste. El río Júcar; luego la sierra de Santa Ana, 73 toesas, roca caliza cubierta por una formación de greda y, en ella, el inicio de una imponente veta de yeso. Este yeso (dirección irregular horizontal 9,5, inclinación 48° hacia mediodía) granuloso y foliado, mezclado con arcilla, muy semejante al que contiene sal gema en Villa Rubia y La Mancha. La cumbre más alta de la sierra de Santa Ana (calculada siempre según el nivel del mar), 78 toesas.
El camino asciende suavemente hacia el interior de la meseta de España. La veta de yeso se muestra raramente corroída, sobre todo allí donde colinda con la piedra caliza o tal vez la atraviese. Un valle cultivado entre dos sierras calcáreas dentadas cubiertas de bosque. A media milla (legua) del mojón 53, el llano ya se ha elevado hasta 116 toesas sobre el nivel del mar. La cadena de colinas que se extiende junto al camino discurre en dirección SSO-NNE.
Venta de Morente,6 una hostería aislada, 165 toesas, en el mojón 51, un singular desmoronamiento del estrato de piedra caliza. Cuatro incisiones en las que pueden verse claramente las masas rocosas caídas; luego, un monte escarpado, Puerto de Almansa, 373 toesas. Aquí se llega, en realidad, a la meseta (plateau) que se extiende casi sin interrupción desde La Mancha y a lo largo de Castilla la Nueva y la Vieja hasta el reino de León. El llano se muestra como un antiguo lecho marino.
En esa llanura se cruza la pequeña montaña El Bonete (474 toesas). Sobre la piedra caliza, nuevamente, una pequeña formación de arenisca con cantos rodados de cuarzo, nódulos ferruginosos de color marrón y un cemento con forma de guijarros, probablemente muy distinto de la formación de nagelflúo de la costa.
Se desciende desde El Bonete hacia la Venta del Rincón, 458 toesas.
Llanuras sin árboles, ricas en cereales, en la provincia de La Mancha, Albacete, 341 toesas. La Roda, 360 toesas. Minaya, 374 toesas. Aquí la formación calcárea es muy porosa, casi como burbujas, parecida a la caliza del Jura, entre Streitberg y Muggendorf, en Franconia.
Provencio, 354 toesas. Pedernoso, 359 toesas. Muchas vetas de piedra córnea conchiforme, que pasa a ser calcedonia, a menudo en racimos, en forma de barras arriñonadas y dispersas por el humus, probablemente de la formación calcárea, un yacimiento análogo al de Vallecas, cerca de Madrid. En torno a Toboso, nombre que Cervantes ha difundido tan lejos y con tanta gloria, yace de nuevo sobre la roca caliza una formación arenisca, casi toda de grano fino, compuesta de granos de cuarzo redondos, pero en alternancia con estratos de bastos granos de nagelflúo. Esa piedra arenisca no parece estar muy difundida y, debido a la proximidad del granito de Toledo, empiezan a incrementarse considerablemente, hacia Ocaña, las grandes vetas de cuarzo. Aquí los estratos, como la caliza, se extienden por toda la meseta, dirección horizontal 8-10, e inclinación 8 y 9, a veces hacia el norte y otras veces hacia el sur.
Quintanar del Orden, 351 toesas. En los alrededores, cultivos artificiales de salitre, cónicos montículos de arcilla que, cuando el aire de la atmósfera está cargado de electricidad, se cubren de salitre después de una fuerte tormenta (como ocurre en Cuyavien, Hungría). Molinos de pólvora a cuatro millas de aquí, cerca del Alcázar de San Juan, donde se halla la mayor producción de salitre. El Corralde Almaguer, 360 toesas.
Ocaña, una bella ciudad, 395 toesas. La misma altura (entre las 360 y 380 toesas) a la que se extiende toda la superficie es aquí, como en Francia, muy llamativa. En este último país he notado a menudo —por ejemplo, al hacer mediciones barométricas entre París y Metz, o entre París y Estrasburgo— que incluso allí donde la superficie se ve interrumpida por barrancos o pequeñas cadenas de colinas, su elevación, a lo largo de 50 o 60 millas de longitud, alcanza siempre el mismo máximo como superficie llana. ¿Presupone este fenómeno una igualdad de las fuerzas interiores que provocan esa elevación?
Media hora pasando Ocaña se adentra uno en el amplio valle del Tajo, otrora surcado por una enorme corriente de la que ahora quedan solo unas gotas. En el propio valle, cautivan al ojo unas colinas calcáreas pequeñas, de apenas 20 toesas de altura, que se elevan orgullosas como islas y fortalezas, mostrando por todas sus caras los estratos derruidos. Aranjuez, con sus magníficos jardines (en la estación calurosa un lugar polvoriento y poco saludable), está a 258 toesas. Todas las colinas de los alrededores son de yeso folioso entreverado de arcilla, a menudo con 50 brazas de grosor, separado por estratos de roca calcárea. Muchas cavidades (cuevas naturales) en el yeso. La caída de los estratos sinuosos parece señalar aquí también esas poderosas elevaciones, cuyas conexiones causales con otros fenómenos geognósticos han sido planteadas por Friedrich Hoffmann y Leopold von Buch. En el valle, depositado sobre la piedra caliza, un nagelflúo de grano grueso y fino, a menudo calcáreo. Esta peculiar formación de yeso de Aranjuez contiene sal gema cerca de Villarrubio, en un valle que pude visitar cuando venía de Madrid. La sal gema es menos pura que la de Minglanilla, no lejos de Cabriel, en La Mancha, y que la de Cardona, en Cataluña. Medí con el barómetro las dos cadenas de colinas que cierran el valle del Tajo y encontré que ambas tenían la misma altura.
Valdemoro, rodeado de hermosos olivos, 317 toesas.
Madrid, en parte (en El Retiro) edificada sobre un yeso que, como toda la arcilla de estos alrededores, tiene cierto contenido de sal común, 340 toesas. He evitado completamente en este fragmento de mi diario de viaje todas las denominaciones geognósticas sistemáticas de las calizas del Jura y las calizas conchíferas, ya que esas líneas fueron escritas en una época en la que aún se creía erróneamente que toda sal gema (formación que en fecha muy reciente ha sufrido un fuerte movimiento de abajo hacia arriba) yacía sobre la piedra calcárea.
II. Entre Madrid y La Coruña
El Escorial, el monasterio, se halla exactamente, según mi observación y la fórmula barométrica de La Place, a 201 toesas sobre Madrid, es decir, 541 toesas sobre el nivel del mar.7 Betancourt, ingeniero hidráulico fallecido recientemente en Rusia, midió (como informa Antillón) 511 toesas. No sabemos qué nivel barométrico presupuso Betancourt en relación con el nivel del mar o si (como es más probable) hizo sus mediciones a partir de Madrid, con lo cual supuso una altura para la capital que se aleja considerablemente de la realidad. Verá usted más adelante que el señor Bauzá (casi como yo) determinó 563 toesas para El Escorial.
Guadarrama, 500 toesas; alrededor de El Escorial, siempre granito de grano grueso apilado en grandes bloques, casi formando estratos, a menudo entreverado de hornablenda pero sin llegar a ser auténtica sienita.
Puerto de Guadarrama o del León, el famoso Alto del León, una altura que me incitó muchas dudas. Mi medición, con tiempo muy despejado y constante, arrojó 463 toesas sobre Madrid, u 803 toesas sobre el nivel del mar. Betancourt, no sé a partir de qué fórmula, determinó una altura de 1 698 varas españolas o 729 toesas, una diferencia de 74 toesas.
Por precaución, me he quedado, en mi perfil, en las 766 toesas y recomiendo a futuros viajeros el Alto del León, aunque no dudo que el resultado de Betancourt sea demasiado bajo. Cuando uno desciende hacia el noroeste de esta cordillera granítica que divide como una muralla a las dos Castillas, encuentra, en la bajada a Villacastín, 572 toesas; San Chidrián, 474 toesas, y Ataquines, 388 toesas. De este último lugar se extiende hasta cerca de Astorga una llanura casi ininterrumpida a lo largo de 30 millas.
Medina del Campo, 330 toesas.
Tordesillas, 331 toesas.
Venta de Almaraz, 386 toesas.
Villalpando, 320 toesas; aquí, una formación de piedra arenisca sobre una caliza blanca que, por su color y su fractura plana y conchífera, se parece a la roca caliza del Jura.
Cerca de Lonora [[¿Zamora?]] aparece otra vez el gneis, con extensión horizontal 4,3 e inclinación de 60° hacia el SO.
Benavente, 330 toesas.
La Bañeza, 364 toesas.
Astorga, 397 toesas, según la observación al atardecer; la de la mañana siguiente da 416 toesas.
Puerto Manzanal, 567 toesas. Una cordillera de cinco millas de longitud, con románticos barrancos, compuesta de grauvaca y de pizarra-grauvaca de grano muy fino, dirección horizontal 3-4, con una inclinación de 70° hacia el NO. En esta formación transitoria hay inclusiones de forma redonda con mezcla en su interior de hornablenda, en transición a pórfido verde.
De Puerto del Manzanal se desciende a través de Bembibre (313 toesas) al estrecho valle de Villafranca. En este valle hay pizarra arcillosa a flor de tierra (dirección horizontal 8-9, con inclinación a veces hacia el NE, a veces hacia el NO), en tránsito a esquisto después de pasar Travatelos. Allí la dirección del estrato es otra vez, como ocurre de forma general en esta parte de España, horizontal 3-4. Abundancia de hematita en grietas y depósitos de cuarzo.
Villafranca, 217 toesas.
Venta del Pagador de Castro, 480 toesas. Esta venta se halla situada en la pendiente sur de una cordillera de esquisto micáceo cuya cumbre más alta, escalada por mí, alcanzaba 580 toesas de altitud. He ahí un punto por el que de nuevo se reconoce lo difícil que resulta a menudo trazar una delimitación entre rocas primarias y rocas de transición. Este esquisto micáceo, que habría podido tomarse por primigenio, contiene yacimientos verticales de caliza azul, casi toda de fractura condensada, raras veces en transición a un estado granuloso y con rastros de trilobites.
Los Nogales, 225 toesas. Hacia el sur de este lugar la cordillera caliza está llena de drusas y como cristalizada, tal vez un depósito de dolomías, y poco después nuevamente la pizarra micácea, pero con la inclinación modificada, horizontal 11-12. Ni rastro de granates, pero cerca de Sobrado (277 toesas), muchos cubos de pirita.
Entre Sobrado y Lugo (209 toesas) la pizarra micácea atraviesa el granito de grano grueso en el que observé esferas enormes con fragmentos separados a modo de cáscara. El granito de esas esferas es de grano más fino que la masa que lo envuelve, pero, por lo demás, se le parece mucho. Este fenómeno geognóstico me recordó vivamente otro muy similar entre Seiffen y Wunsiedel, en las Fichtelgebirge. Desde aquí, en dirección al límite noroccidental del granito, aparece de nuevo el gneis, luego pizarra micácea y, pronto, cerca de Lugo (209 toesas) y Baamonde (180 toesas), gneis alternando con pizarra micácea; todos tienen una dirección muy regular, como la propia cadena montañosa, del SO al NE.
Guitiriz, 212 toesas. Toda la inclinación hacia Betanzos y La Coruña es de nuevo una auténtica meseta de granito con mica de dos tipos: color cobrizo como la tumbaga y blanco plateado. Aquí y allá se encuentra el granito granuloso (pero no en transición al gneis) estratificado de la manera más clara, dirección horizontal 2; solo en los valles más profundos aparece algo de pizarra micácea. El contenido de estaño del granito gallego habla de su juventud. La nivelación barométrica aquí presentada, tomada de mi diario de viaje, abarca la ininterrumpida sucesión de alturas desde la región más meridional del reino de Valencia hasta la costa más septentrional de Galicia. Para cerciorarnos todavía más de la configuración poliédrica de la meseta de España, añado las siguientes alturas, que están fuera de esa línea nivelada. Estos resultados han sido tomados de cartas del señor Bauzá.
III. Entre Bilbao y Madrid
Bilbao, 11
toesas sobre el nivel del mar.
Posada (hostería) sobre Zornoza, 34
toesas.
Posada de Durango, 65
toesas.
Vergara, 110
toesas.
Mondragón, 110 toesas.
Uribarri-Gamboa, 280 toesas.
Vitoria, 278 toesas.
Miranda del Ebro, 236 toesas (importante por la inclinación del Ebro).
Santa María de Cubo, 353
toesas.
Quintanapalla, 478 toesas.
Burgos, 449 toesas.
Lerma, 444 toesas.
Honrubia, 541 toesas.
Fresnillo, junto a la fuente, 556 toesas.
Venta de Juanilla, 606 toesas.
Somosierra, en el punto más alto de la carretera principal, 772
toesas.
Buitrago, 521 toesas.
Madrid, 340 toesas.
Estas altitudes, medidas con cuidado extremo por el señor Bauzá en el año 1817, fueron calculadas por el célebre piloto don José Joaquín de Ferrer, y se basan en observaciones contrastadas hechas en Bilbao con barómetros bien comparados.
IV. Entre San Ildefonso, El Escorial y Mondalindo
En el año 1822 (me escribe el señor Bauzá desde Londres) hice una excursión geognóstica a las cordilleras graníticas del norte y el noroeste de Madrid. Me serví, para mis mediciones de altitud, de dos barómetros muy precisos de Carry que había comparado con el de Troughton (destinado a Madrid para las correspondientes observaciones). Después de haber pasado unos días en La Granja o San Ildefonso y en El Escorial, escalé el 14 de agosto el Peñalara con uno de mis barómetros; el otro se quedó en La Granja para las observaciones contrastadas. El tiempo estaba tan despejado y constante como hubiera podido desear. Esto encontré:
Después de nueve días de observaciones, el palacio de San Ildefonso está 301,41 toesas sobre Madrid; tras ocho días de observaciones en El Escorial (hostería de Las Ánimas), 228,53 toesas; tras dos días de observaciones, Miraflores de la Sierra o Porquerizas, 282,42 toesas sobre Madrid; Peñalara, 951,29 toesas sobre Madrid; el mismo punto resultó sobre el nivel del mar Mediterráneo a través de observaciones correspondientes a la misma hora en Cádiz, con barómetros bien comparados, 1 286,49 toesas; de manera que Madrid, también a través de esa combinación, da una altura de 335 toesas. El señor Bauzá, además, encontró:
| 7 picos sobre Madrid: | 793 toesas, |
| San Benito: | 515 toesas, |
| Mondalindo: | 597 toesas, |
Por lo tanto, sobre el nivel del mar: Palacio de La Granja o S. Ildefonso, 641 toesas; Escorial, 568 toesas; Miraflores de la Sierra, 622 toesas; Peñalara, 1 286 toesas; 7 Picos, 1 133 toesas; San Benito, 855 toesas; Mondalindo, 937 toesas.
Se ve, por estas mediciones, que la cordillera de granito que divide las dos Castillas alcanza en sus puntos culminantes la considerable altitud de entre 6 800 y 7 700 pies parisinos, y que la cresta de la montaña en los pasos del Alto del León, cerca del Escorial, y de Somosierra, se comporta respecto de los puntos culminantes en una relación de casi 1:1,7. Como he dicho en otra ocasión, esa proporción, en los Alpes, es de 1:2; en las Ardenas, de 1:1,8; en el Cáucaso, de 1:2; en el Himalaya, de 1:1,8. La cadena del Guadarrama en Somosierra se mantiene cubierta de nieve hasta bien entrado el verano, una circunstancia que, vista desde Madrid, confiere a las montañas un aspecto imponente. La Granja (6 846 pies) es sin duda el palacio situado a mayor altitud en Europa. La medición más antigua de Thalacker (593 toesas) se quedó por debajo en 47 toesas.
La altura de El Escorial, fijada en 568 toesas por las mediciones exactas del señor Bauzá, me infunde mayor confianza para mis mediciones de la sierra de Guadarrama. En el año 1799 encontré unas 550 toesas. A partir de las observaciones contrastadas de Cádiz, el señor Bauzá encontró también únicamente 563 toesas. Hasta aquí las determinaciones de altitud aún no publicadas de Bauzá, Ferrer y mías. Ahora unas palabras sobre los resultados reunidos por Antillón: después de que yo mismo sometiera estos últimos a una revisión crítica, me he quedado con las siguientes cifras en relación con la secuencia de alturas que atraviesa toda España (de NE a SO, o de los Pirineos hasta la Sierra Nevada de Granada):
Pico Aneto, la cumbre más alta de los Pirineos, 1 787 toesas. De la vertiente sur de los Pirineos se desciende a través de Huesca (apenas 240 toesas) al valle del Ebro, en dirección a Zaragoza, desde Miranda del Ebro hasta Zaragoza, el río tiene por lo menos 1 000 pies de inclinación. Del valle del Ebro, el territorio se eleva en dirección a Alcolea, a través de Calatayud. La cordillera Idúbeda o Sierra Ministra alcanza cerca de las fuentes del Tajuña y del Jalón más de 630 toesas de altitud. Las siguientes alturas han sido calculadas en varas españolas por el propio Antillón. Según Císcar, 1 toesa = 2
varas. Guadalajara, 850 varas. Alcalá de Henares, 840 varas. Toledo, 675 varas o 289 toesas. Como Aranjuez, según mis cálculos, está a 260 toesas (según Antillón [página 226], 621 varas o 267 toesas), la altitud de Toledo (debido al declive del Tajo) ha de ser algo más baja. Tal vez la determinación que hace Antillón de Toledo haga referencia a un monasterio situado en lo alto.
Tembleque, 740 varas; Villarta, 710 varas; Manzanares, 723 varas; Valdepeñas, 773 varas; Almuradiel, 880 varas. Aquí se halla el paso a través de la Sierra Morena.
La Carolina, 657 varas; la colonia fundada por Olavide, el desdichado que fue víctima de la Inquisición, con colonos alemanes.
Guarromán, al norte de Bailén, 378 varas. Aquí se encuentra el descenso de la Sierra Morena hacia el valle del Guadalquivir.
Aguas del Guadalquivir cerca de Mengíbar, 203 varas. De ahí se asciende a través de Jaén a la meseta de la ciudad de Granada, 815 varas. La cumbre más alta de la Sierra Nevada es la del Mulhacén, 4 254 varas o 1 826 toesas, es decir, más elevada que todas las cumbres del Pirineo. Gracias a la proximidad del mar y al frescor del verano, el límite de las nieves perpetuas en la Sierra Nevada de Granada parece descender hasta 1 418 toesas. Y añado ahora, como puntos esporádicos medidos con exactitud: Segovia, 1 011 varas; Murcia, 163 varas; Córdoba, 282 varas.8
La considerable altura del terreno en la península ibérica modifica el clima de manera singular mediante un frío seco e invernal. Mi deseo de obtener observaciones exactas de la temperatura en Madrid ha quedado satisfecho por fin en fecha muy reciente. Gracias a la bondad del señor Bauzá, poseo la copia de un diario meteorológico muy detallado del año 1820, el cual incluye las máximas y mínimas de cada día en grados centígrados. He calculado, a partir de ese diario, el calor medio de cada mes, y reúno estos resultados con los de Karlsruhe, París, Marsella y Palermo.
Temperatura media en grados centesimales

Las observaciones sobre Karlsruhe son medias de los años 1800 y 1819, calculadas por el señor Böckmann; las de París, que atañen a diciembre, enero, junio, julio y agosto, son medias de los años 1806-1820, que me fueron comunicadas por el señor Laplace;9 los meses restantes son observaciones a cinco años calculadas por Bouvard. Marsella según Gambart; Madrid10 según Bauzá; Palermo según Seini y Marabitti. El mes más frío en la meseta de España, situada tres grados de latitud más al sur, es 2,7° más frío que en Marsella; en cambio, el mes de julio, debido a la radiación térmica de las mesetas sin árboles, es casi 6° más cálido. Si bien la influencia de la altura de Castilla es más baja sobre el calor medio del año de lo que podríamos suponer a primera vista, el motivo de ese fenómeno reside en la elevada temperatura del mes de verano. En la ladera de una cordillera o en las zonas libres de la atmósfera, el descenso del calor medio anual tiene lugar más rápidamente que en las extensas mesetas. Sin ese efecto de la radiación térmica, la meseta del Tíbet permanecería sepultada bajo nieves perpetuas. Para Lisboa, he tenido en consideración las observaciones del señor Franzini de los años 1784 y 1785, y 1816-1818, y he obtenido los siguientes resultados comparativos.
| Estaciones del año | Lisboa latitud 38° 43´ altitud 36 toesas | Madrid latitud 40° 25 altitud 340 toesas | Roma latitud 41°53 altitud 12 toesas |
| Invierno | 11,°7 | 6,°5 | 7,°7 |
| Primavera | 15,5 | 14,3 | 14,3 |
| Verano | 21,9 | 24,3 | 24,0 |
| Otoño | 16,9 | 14,5 | 17,1 |
| Calor medio anual | 16,°5 | 14,°9 | 15,°8 |
| Mes más cálido | 22,5 | 25,6 | 25,0 |
| Mes más frío | 11,0 | 5,9 | 5,7 |
| Difer. ambos meses | 11,5 | 19,7 | 19,3 |
El clima de Madrid es muy parecido al de Roma, situada más al norte y próxima al mar y a los Apeninos. Mientras que las elevadas mesetas ibéricas, situadas a más de 2 000 pies de altura, tienen un auténtico clima continental de 15° de calor medio,11 en el más crudo invierno, y en el tórrido verano predomina, en las costas y en las espléndidas regiones que rodean la meseta, adornadas con naranjos y datileras, un calor medio de 17°. Los cítricos prosperan en importantes cultivos al aire libre, desprotegidos, solo en sitios en los que predomina ese calor medio anual de entre 16° y 17°, y una temperatura en invierno de más de 9° o 10°.
París, 6 de septiembre de 1825.
1 Tierras altas en oposición a tierras llanas (Ritters Erdkunde, parte 1, § 2, aclaración 2) se refiere tanto a macizos montañosos y cordilleras como a los altiplanos [hautes plaines]. Para designar una elevación de gran envergadura, de la que, como en España y México, emergen otras montañas de altiplanos muy extensos y relacionados entre sí, sería más apropiado recurrir a un calco de la palabra inglesa table-land, meseta. Hace tiempo que nos acostumbramos a llamar a una montaña de la punta meridional de África por su forma, Tafelberg o Montaña de la Mesa, mientras que la expresión francesa plateau cabría mejor traducirla según el genio de nuestra lengua y llamarla a ltiplano (en menor escala, por ejemplo, el altiplano de Bogotá) y meseta (en gran formato, como por ejemplo, las mesetas de la Nueva España y del Tíbet); los finlandeses llaman plateau al Maan-Selkä, que en cierto modo significa “dorsal de la tierra”. (Malte Brun, Annales de Géographie, tomo 19, p. 257.)
2 K. F. Vollrath Hoffmann, Erden-Staatenkunde vom Lande der Deutschen, parte I, p. 10.
3 El señor Oltmanns ha extraído un resultado menor de las más anti-guas mediciones de Bauzá, pero ello sucedió a partir del supuesto de que había un nivel barométrico menor junto a la orilla del mar. (Humboldt, Observations astronomiques, parte I, p. 18. Relation historique, parte I, pp. 46 y 48.) Una línea del pie español de Burgos es exactamente igual a 1
milímetros.
4 Geografía de España, p. LIII. En Cotte: Mémoires sur la Météorologie, parte II, p. 412. El nivel del barómetro de Madrid es dado muy erróneamente en 25 pulgadas y una línea, medida parisina.
5 Exactamente 762,92 milímetros o, reducido a 0: 760,86.
6 Al lado de la ciudad de Almansa, una roca calcárea solitaria de apenas 80 pies de alto, cubierta muy pintorescamente por las ruinas de un antiguo castillo.
7 El nivel medio del barómetro en la superficie del mar y en diferentes grados de latitud, con vientos predominantes tan variados, es un objeto de estudio que aún no se ha tratado con suficiente exhaustividad. Reducido al punto de congelación, Shuckburg determinó el nivel barométrico medio en las costas de Europa en 761,18 milímetros. Oriani, en el caso de las costas del Adriático (siempre reducido al punto de congelación), en 761,12. Mediante observaciones a lo largo de nueve años en el Observatorio de París, Arago determinó, en el caso de las costas de Normandía, 760,85 milímetros. Boussingault y Rivero, cuyos dos barómetros de Fortin fueron comparados del modo más exacto con el del Observatorio de París y, al llegar a Sudamérica, encontraron la misma pequeña diferencia entre los dos instrumentos, diferencia que ya habíamos notado aquí en París; obtuvieron, tras 12 días de observaciones de la costa marina de La Guaira, un resultado de 760,17 milímetros. Por consiguiente, parecía que (como yo ya sospechaba) el incremento de la corriente de aire, en los trópicos, reducía en algo el nivel barométrico medio. Pero (debido a que en la propia La Guaira, en distintas estaciones del año, el nivel barométrico medio diario varía alrededor de un milímetro entero) necesitaríamos, en las playas marinas de los trópicos, recopilar resultados de observaciones de por lo menos un año. Yo he intentado desarrollar con más detalle estos fenómenos en mi Relation historique, tomo III, p. 313. Ciertas operaciones trigonométricas, si bien incompletas, de los ingenieros franceses que establecieron las relaciones por distancia entre Dunkerque, la torre de Cordovan en Burdeos y las costas del mar Mediterráneo, han incitado recientemente en algunos destacados eruditos la peculiar sospecha de que el Mar Rojo es desigual en relación con el océano restante y que el nivel del Mediterráneo es considerablemente más bajo. Un matemático muy sagaz, el señor Cerancez, antiguo cónsul en Bagdad, ya sostenía una hipótesis parecida hace 15 años, relacionada con la evaporación. El gobierno francés ha ordenado que se realicen nuevas mediciones, a través de las cuales se comparará, al pie de los Pirineos, el nivel del océano con el del mar Mediterráneo.
8 También en Portugal se han hecho, en fecha muy reciente (1824), mediciones barométricas de ciertas altitudes, llevadas a cabo por nuestro compatriota S. v. Eschwege (véase Hertha, tomo 3, p. 237 y s.). Este sabio minerólogo, al que debemos el primer conocimiento exacto de las montañas de Brasil, me ha proporcionado en un manuscrito los resultados de sus mediciones en Portugal, resultados que ya aparecieron en el lugar citado en la revista Hertha. Muchas informaciones sobre la todavía muy incierta altitud de la gran cordillera de Portugal han sido reunidas por el señor Balbi en su Essai Statistique sur le Portugal, tomo I, 68, 98. Si se fundamentara que la Serra Gaviarrain llega hasta el límite de las nieves eternas, entonces, por su latitud geográfica, tendría que alcanzar una altura de entre 1 400 y 1 600 toesas.
9 Este gran geómetra hizo calcular esa media de 5 días cada 5 días para fundamentar que, en París, el mínimo de temperatura en 14 años se ha presentado entre el 19 y el 24 de enero; el máximo, a su vez, entre el 25 y el 30 de julio. Sobre este tema, véase el excelente escrito del profesor Brandes: Untersuchung über den mittlern Gang der Wärme, 1820, p. 11.
10 Algunas observaciones más antiguas y menos fiables me arrojan, para los primeros nueve meses del año 1793 (de enero a septiembre), como el calor medio de Madrid, 3,8° Réaumur; 5,4°; 7,4°; 9,2°; 12,2°; 18,1°; 20,°6; 22,2°; 15,2°. Según estos resultados, el mes más cálido fue de 27,7° del termómetro centesimal; Bauzá encontró en 1820 exactamente 25,6°.
11 Siempre que no se exprese claramente lo contrario, en grados centesimales.
56 en: Allgemeine Zeitung 159 (8 de junio de 1825), p. [633].
[Carta al ministro de Exteriores de México]
Periódicos de Nueva York informan desde México, al 19 de marzo, lo siguiente: El secretario de Estado de Asuntos Exteriores, don Alamán, ha enviado al barón Alexander von Humboldt, en nombre del pueblo mexicano, una carta en la que le agradece sus esfuerzos por divulgar el conocimiento de la América española y, al mismo tiempo, lo invita para que haga una segunda visita. El señor Von Humboldt ha expresado en su respuesta: «No he perdido la esperanza de visitar una vez más, con el permiso de mi soberano, las majestuosas Cordilleras* de Anáhuac, de estudiar otra vez sus riquezas y disfrutar del bello espectáculo de un creciente bienestar, el que infaliblemente generarán las instituciones libres y las artes de la paz en la República mexicana».
57 en: Hertha, Zeitschrift für Erd-, Völker-und Staatenkunde 6:2 (1826), pp. 131-161.
Sobre el estado actual de la república de Centroamérica o Guatemala
Entre las siete repúblicas confederadas de México, Guatemala, Colombia, Bajo Perú, Chile, Alto Perú1 y La Plata, localizadas entre los 37,48° de latitud norte y los 41,43° de latitud sur en la antigua América española, la república de Guatemala se halla bastante al centro. No fue sino hasta septiembre de 1821 cuando los habitantes de esta región montañosa empezaron a luchar por la independencia y la libertad. Tras ceder a la intervención extranjera, fueron obligados a unirse a México, pero el 21 de enero de 1823 cesó esa dependencia y Guatemala, al declarar solemnemente su independencia, hizo su propia aparición como estado federal independiente. El nombre del país ha cambiado varias veces. En el edicto que el Consejo Ejecutivo promulgó el 25 de enero de 1824 sobre el asentamiento de los extranjeros, la región se nombra Provincias unidas del Centro de América*;2 pero en la Constitución misma, aprobada por el pueblo el 22 de noviembre, el nombre actual es República federal de Centro América*. Se eligió ese nombre para contrarrestar los celos de las distintas partes (los estados de Salvador, Honduras y Nicaragua) hacia el estado de Guatemala. De ninguna otra parte de la América española nos han llegado hasta ahora menos noticias que de Guatemala. La única obra estadística, de Domingo Juarros (Compendio de la historia de la ciudad de Guatemala), apareció en dos tomos entre 1809 y 1818, y de ella solo se han traducido fragmentos al inglés. Por desgracia, el autor prefirió ocuparse más del estado espiritual del país, aunque también aporta algunas informaciones sobre la ubicación de las montañas, el curso de los ríos, las costumbres de la población y las huellas de sus culturas más antiguas, las cuales los geógrafos e historiadores no han sabido aprovechar hasta el momento. La obra no está acompañada de un mapa y el que se añadió a la traducción inglesa está muy a la zaga del de Brué (anexado a la copia de mi mapa de Nueva España). Para conocer mejor las costas resultan sumamente útiles dos cartas marinas españolas que publicó el Depósito Hidrográfico* de Madrid en 1803 y 1822.3 A mi solicitud por escrito, con la que preguntaba si en los archivos o en cualquier otro lugar se podría encontrar un bosquejo geográfico del interior del país, me llegó de Guatemala la respuesta de que no existe nada, y solo recibí un plano pequeño y muy singular de la meseta entre Nueva Guatemala y el lago de Atitlán, grabado en cobre en el propio país en 1800. Más adelante haré uso de ese mapa,4 encargado por un Alcalde Mayor* de la provincia de Suchitepéquez para plasmar el camino abierto por él entre la capital y el puente sobre el río Nahualate, así como del plano del proyectado canal de Nicaragua, dibujado por Antonio de la Cerda en 1822, el cual conseguí hace poco. Si se tiene en cuenta el renovado espíritu comunitario en Guatemala, cabe esperar que pronto el congreso tome medidas para explorar el interior del país, aprovechando para ello los recursos que ofrece la astronomía, que son los más expeditos entre todos. Ante la falta total de informaciones estadísticas, no hay por qué asombrarse de que los breves artículos con que se ha pretendido satisfacer recientemente la curiosidad del público inglés y francés resulten tan imprecisos como vacíos. El diario el doctor Lavagnino en su viaje desde Omoa hasta Zacapa5 es el único que merece menos reparos, aun cuando no contiene ninguna descripción general de la nueva república. Espero que los lectores de Hertha se complazcan con las informaciones reunidas aquí a partir de mi correspondencia con el señor José del Valle, que durante mucho tiempo ocupó una alta responsabilidad en el comité del poder ejecutivo y de varias de las revistas publicadas en Guatemala en los últimos años.6 Yo mismo nunca he pisado territorio centroamericano, pero gracias a mis relaciones ininterrumpidas con personas de las altas esferas del gobierno mexicano, he tenido la oportunidad de rectificar las informaciones aquí reunidas mediante el contacto directo con muchos nativos que han visitado Inglaterra y Francia.
La antigua Capitanía general* de Guatemala abarca, según mis cálculos, 16 740 millas náuticas cuadradas (20 a un grado).7 Hasta la primera sublevación popular del 15 de septiembre de 1821, formaban parte de este país las provincias de Chiapas, Guatemala,8 Vera Paz o Tezulutlán, Honduras, Nicaragua y Costa Rica. Las costas que pertenecían a esa Capitanía general* se extendían a lo largo del Océano Pacífico desde Barra de Tonatá (16,7° de latitud), al este de Tehuantepec, hasta el cabo Burica o Boruca (8,5° de latitud), al este del Golfo Dulce de Costa Rica. Desde este punto la frontera transcurre primero hacia el norte, a lo largo de la provincia colombiana de Veragua en dirección al cabo Careta (9,35° de latitud), un poco al este del bello puerto de Boca del Toro; después, en dirección nornoroeste, siguiendo la costa hasta el río Bluefields o Nueva Segovia (11,54° de latitud) en el territorio de los indios mosquitos; continúa luego hacia el noroeste, a lo largo de 40 millas, siguiendo la orilla del río Nueva Segovia, y por último hacia el norte hasta el cabo Camarón (16,3° de latitud), entre el cabo Gracias a Dios y el puerto de Trujillo. Desde el cabo Camarón hasta el río Sibún (17,12° de latitud), la costa de Honduras forma la frontera, primero en dirección occidental y luego hacia el norte. En el interior del país, el curso del río Sibún en dirección al este constituye la frontera, atraviesa el río Usumacinta, que desemboca en la laguna de Términos, y se extiende hacia el río de Tabasco o Grijalva hasta llegar a la montaña sobre la que se erige la ciudad india de Chiapas; allí gira entonces hacia el suroeste para nuevamente alcanzar la costa del océano Pacífico en la Barra de Tonatá. En estas dimensiones, la vieja Capitanía general* de Guatemala era algo más grande que España y un poco más pequeña que Francia. Como consecuencia de las intrigas políticas alentadas por Iturbide, el efímero emperador de México, y sus partidarios en Guatemala, la provincia de Chiapas (en la época azteca llamada Teochiapas, la tierra divina, debido a los numerosos sitios sagrados y lugares de peregrinación) se unió a la nueva república mexicana, de modo que actualmente el estado federativo de Centroamérica solo tiene una superficie de 15 400 millas náuticas cuadradas.9
Muchos pobladores de Guatemala se regodean en la esperanza de que la antigua provincia de Chiapas, a la que los atan viejas costumbres y recuerdos, vuelva a unirse con la América Central y se separe de México, para así poder extender la vieja frontera hasta el estado de Oaxaca. La república mexicana, por su lado, interpone sus pretensiones sobre la provincia de Soconusco, célebre por su magnífico cacao. Estas disputas fronterizas en estados federales que el Congreso de Panamá mantiene unidos por los más íntimos lazos de amistad, tienen menor importancia política de la que suele creerse en Europa. Hasta la segunda mitad del siglo XVIII, Soconusco perteneció a la intendencia de Chiapas, cuya capital, como suele aparecer en muchos mapas, no es el poblado de Chiapas de los Indios, sino Ciudad Real (llamada alguna vez también Villa Real, Villa Viciosa o Villa de San Cristóbal de los Llanos). La localidad principal de la provincia de Soconusco es Santo Domingo Escuintla y no debe confundirse con Concepción de Escuintla, capital del departamento de Escuintla. Antes de que estallara la revolución en Guatemala, Soconusco era una gobernación propia; las pretensiones de los mexicanos se fundamentan en el hecho de que, entre 1524 y 1553, Soconusco perteneció a la audiencia de México. En ese último año le fue cedido a Guatemala. Cuando Chiapas, tras la caída de Iturbide, se mantuvo unida a la república mexicana, Soconusco se separó y se pronunció a favor del estado federal de Centroamérica. Del registro electoral del mes de septiembre de 1825 se desprende que esta fértil provincia ha sido incorporada hoy al Estado* de Guatemala.10
En torno a la población de Guatemala predomina todavía una gran incertidumbre y lo que al respecto se describe en julio de 1825 en una ilustre revista nacional, El Redactor General, no ha venido a disminuir en lo más mínimo las dudas mencionadas. Aquí, al igual que en toda la América española, solo se puede obtener un buen censo de población, o mejor dicho, un cálculo de población, con el apoyo eclesiástico. El Capitán general* de Guatemala, don Matías de Gálvez, contó en 1778, bajo la égida de las autoridades civiles, 797 214 almas. El señor del Barrio, antiguo diputado de Guatemala ante las Cortes españolas, me comunicó por escrito la existencia de este censo.11 Pero cuando se compara ese resultado con las listas parciales del clero en los cuatro obispados de Guatemala, León de Nicaragua, Chiapas o Ciudad Real, así como Comayagua u Honduras, uno se da cuenta, al igual que el señor Juarros, que el cálculo de 1778 se queda por lo menos un tercio por debajo. En el obispado de Comayagua el clero contó 93 501 en lugar de 88 145. El obispado de Chiapas arrojó 99 000 en lugar de 62 200. Durante mi estancia en México se calculaba la población de la capitanía general* de Guatemala (en la que la cantidad de indígenas cobrizos es bastante alta) en 1 200 000. Según correspondencia fechada en septiembre de 1825, se cree que actualmente la nueva república está poblada, aún sin contar Chiapas, por 2 o 2,5 millones de personas. Fiel al deseo de ceñirme siempre a los números límites más bajos (nombres límites) en las investigaciones estadísticas, me detuve en el 1 600 000 en mis valoraciones generales de la población de esa América, un dato que aparece en la tercera parte de mi relato de viaje.12 Pero si se toma tan solo una quinta parte como omisiones en el censo de 1778, el crecimiento ocurrido, el cual resulta especialmente grande en las aldeas indias, permite suponer que la población de Centroamérica se halle en estos momentos (1826) entre 1 800 000 y 2 000 000. El número de indígenas cobrizos asciende a por lo menos tres quintas partes, y el dato de 1 291 000 en cuanto a la cantidad de personas de todas las razas en la república de Guatemala en 1823, proporcionado por el señor Poinsett,13 es indudablemente muy bajo. Si a partir de la vieja relación territorial y la semejanza de origen de los nativos de ambos estados federales, México y Centroamérica, se los considerara como un todo, entonces, con sus casi nueve millones de personas actualmente, o sea, en los umbrales de la libertad y la independencia política, ya cuentan con el doble de población que la que tenían los Estados Unidos de Norteamérica 14 años después del primer estallido de su guerra revolucionaria.
América Central o Guatemala, como debe ser llamada, al igual que México, es un país montañoso, aunque también en ella se extienden cálidas llanuras de considerables dimensiones en las provincias de Verapaz, Honduras y Poyais en dirección al Océano Atlántico. La cadena de los Andes desciende hasta convertirse en colinas de pocos centenares de pies, entre la desembocadura del Atrato, las fuentes del pequeño río Napipi y el golfo de Cupica; vuelve a levantarse en el estrecho de Panamá hasta los 600 pies de altura, y se hace cada vez más amplia en las cordilleras de Veragua y Salamanca. Si es cierto que las montañas situadas en la frontera noroccidental de la república de Colombia, llamadas Silla de Veragua y Castillo del Choco (aproximadamente en el meridiano de Boca del Toro y de la laguna Chiriquí), son visibles desde una distancia de 36 millas náuticas,14 entonces sus cumbres, calculadas a partir de las leyes más simples de la refracción, alcanzan la altura de 1 400 toesas. Desde que la cadena andina se adentra en América Central, se mantiene todo el tiempo próxima a la costa del Océano Pacífico, y desde el golfo de Nicoya hasta Soconusco, entre los 9,5° y los 16° de latitud, empieza la larga serie de volcanes que por lo regular están aislados, aunque algunos de ellos se vinculan con la región preandina.
He logrado trazar el siguiente panorama de la situación geognóstica de ese país.
La cadena de volcanes de Centroamérica se levanta entre los basamentos de Veragua y Oaxaca (11°-16° de latitud). Por la mica-gneis de Veragua están vinculados a la cadena occidental de Nueva Granada; por el gneis granítico de Oaxaca, a la cresta montañosa mexicana; una relación que va a la cuenta de la elevada serranía en derredor y no a la cadena de volcanes mismos (en su mayor parte conos aislados entre sí). Durante el viaje de Lima hasta Acapulco, en plena mar pude recoger informaciones detalladas sobre la ubicación de las montañas ígneas de Guatemala, a partir de mapas manuscritos españoles de John Morabda y otros navegantes. La mayoría de ellos fueron registrados por Bauzá —con la exactitud que lo caracteriza— en la Carta esférica del Mar de las Antillas (1805) y en la Carta esférica desde el Golfo Dulce hasta San Blas (1822); pero en su obra clásica sobre las Islas Canarias (1825, pp. 406-409) Leopold von Buch observa con toda razón que William Furnel, timonel principal de Dampier, ya había dado a conocer gran parte de lo que hoy sabemos de esos volcanes. Sigo la cadena de SE a NO, tal como Arago la presentara en el Annuaire du Bureau des Longitudes en 1824, a partir de los materiales que puse a su disposición. Dondequiera que mis informaciones están en contradicción con los mapas, o estos entre sí, dejo clara con exactitud esa desviación, para que futuros viajeros puedan aclarar tales dudas geográficas. Muchos volcanes tienen varios nombres al mismo tiempo, los característicos de las montañas son diferentes en dependencia de los distintos idiomas indígenas, y están tomados de los nombres de sitios cercanos. Así, en Nueva España, al Popocatépetl y al Iztaccíhuatl los llaman a veces volcanes de Puebla y otras, volcanes de México, de modo que, a causa de un malentendido, dos montañas pueden convertirse en seis. Otra causa del error es que en América la palabra volcán no denomina simplemente montañas cuyas erupciones se extienden por todas las épocas históricas, sino también a masas de traquita que, con toda certeza, jamás han escupido fuego ni tampoco están vinculadas con el interior del planeta por medio de aberturas permanentes. En el punto más meridional, en el interior del país, se encuentra el volcán de Barva (8,50° de latitud), situado a siete millas náuticas al noreste de Golfo Dulce. En mapas ingleses lo llaman volcán de Varu y se le ubica, equivocadamente según creo, mucho más al este (a 84,52° de longitud occidental y 8,25° de latitud), en la provincia de Veragua. A ese volcán de Barva le sigue el volcán de Papagayo (10,10° de latitud), no en las estribaciones de Santa Catalina, sino cinco millas náuticas más al norte, apenas a 4 000 toesas de la costa.
Al este del volcán de Papagayo se hallan tres viejas montañas ígneas, próximas a la orilla meridional del Lago de Nicaragua: el volcán de Orosí, entre Río Zabales y Río Terluga, el volcán de Tenorio y el volcán del Rincón de la Vieja (este último a 10,57° de latitud y a solo 1,35° al oeste de la desembocadura de Río San Juan en el Mar Caribe). La existencia del gran lago volcánico de Nicaragua parece tener una relación causal con esta peculiar ubicación oriental del volcán de la Vieja.
Al norte de la ciudad de Nicaragua, en la lengua de tierra entre el lago y la costa marítima, entre los 10,30° y los 12,30° de latitud, todavía predomina alguna incertidumbre en cuanto a la sinonimia de los volcanes. Juarros, el historiógrafo de Guatemala, y Antonio de la Cerda, el alcalde de la ciudad de Granada*, cuyo mapa manuscrito poseo, especifican solamente: 1) el volcán de Mombacho, en una estribación a pocas millas náuticas al sureste de la ciudad de Granada; 2) el volcán de Sapaloca en el Lago de Nicaragua,15 frente al volcán de Mombacho; 3) el volcán de Masaya, entre la ciudad de Granada y la ciudad de León, próximo al pequeño lago de Masaya al oeste del río Tipitapa, que une la laguna de León o Managua con la laguna de Nicaragua; 4) el volcán de Momotombo, en el extremo septentrional de la laguna de León, un poco al este de la ciudad de León. En esta nomenclatura falta el volcán de Granada, que está en todos los mapas españoles, y del que Funner y Dampier dicen que tiene la estampa de una colmena. Se deduce a partir de un pasaje en Gómara (Historia de las Indias, folio 112) que los volcanes de Masaya y de Granada son sinónimos. El mapa del Depósito Hidrográfico* presenta: 1) el volcán de Bombacho, probablemente el Mombacho del alcalde de Granada; 2) el volcán de Granada, al oeste de la ciudad de Granada; el volcán de León, a todas luces, y de acuerdo con su situación geográfica, el célebre volcán de Masaya, 20 minutos al sur de la ciudad de León. Repito que, según presumo, el cono que los mapas españoles llaman volcán de Granada es el volcán Bombacho, Mombacho o el Masaya, pues ambos se hallan en las cercanías (meridional y oriental) de la ciudad de Granada. El volcán Masaya, más próximo al poblado de Nindirí que al de Masaya, fue la más activa de las montañas ígneas de Guatemala en los primeros tiempos de la conquista. «Los españoles», dice Juarros,16 «la llamaban el infierno de Masaya*. Su cráter solo tenía entre 20 y 30 pasos de diámetro, pero en esa abertura la lava derretida hervía como agua y levantaba olas tan altas como una torre (!); el resplandor se esparcía alrededor hasta muy lejos, al igual que el horrible estruendo. A 25 millas de distancia se divisaba el fuego del Masaya». En el siglo XVI ese mismo volcán fue peculiar objeto de las ansias de oro de los monjes. El dominico Blas de Iñena (así lo cuenta Gómara17), amarrado a una cadena de 140 brazas de largo y armado de un cucharón de hierro, descendió por el cráter. Con el cucharón pretendía extraer el oro derretido (¡la lava líquida!), pero este se derritió y el monje pudo salvarse a duras penas. Los detalles de esta historia son ciertamente una invención, pero es más que probable que Iñena se haya atrevido a descender por el cráter, y que su fracasada empresa haya motivado que el deán del cabildo eclesiástico de León solicitara del rey el permiso para «abrir el volcán de Masaya y recoger el oro que esta montaña esconde en su interior». Juarros menciona otro volcán en las cercanías del Masaya, el de Nindirí o Nidirí, que en 1775 tuvo una fuerte erupción, durante la cual una corriente de lava (río de fuego*) fluyó hacia la laguna de León o Managua y mató muchos peces. A juzgar por la posición del poblado de Nindirí, el fenómeno fue una erupción lateral del Masaya. ¡En Tenerife escuché muchas veces hablar del volcán de Chahorra como de una montaña distinta al pico! En todos los países volcánicos es usual confundir volcanes propiamente dichos con erupciones laterales. Cuando se viaja desde el volcán de Masaya a lo largo de la laguna de Tiscapa, atravesando Nagaroti hasta llegar a la ciudad de León, al este de esta ciudad, en el extremo norte de la laguna de León o de Managua, puede verse cómo se alza el elevado volcán de Momotombo. Luego, entre los 12,20° y 13,15° de latitud, o entre la ciudad de León y la ensenada de Amapala o Fonseca, siguen los cuatro volcanes de Felica, del Viejo,18 Giletepe y Guanacaure. El volcán de Telica todavía está activo, al igual que el Mombacho y el Momotombo; algunas personas que el año pasado estuvieron en el puerto de Rialejo también vieron salir mucho humo del volcán del Viejo. En mapas manuscritos españoles, el volcán de Giletepe aparece como volcán de Cosigüina, que, como el señor Von Buch supone correctamente, se halla en la punta cercana de Cosigüina.
Al oeste de la ensenada de Amapala se elevan, como salidos de la misma profundidad, con una inclinación de 80 grados en dirección este-oeste, entre los 13,15° y 13,50° de latitud norte, los volcanes de San Miguel Bosotlán, Tecapa, San Vicente o Zacatecoluca, San Salvador, Isalco, Apaneca o Zonzonate, Pacaya, Volcán de Agua, dos Volcanes de Fuego o de Guatemala, Acatenango, Tolimán, Atitlán, Tujumulco, Zunil,19 Suchitepéquez, Zapotitlán, las Hamilpas (en realidad dos volcanes muy próximos con ese nombre) y Soconusco20. Entre estas 20 montañas ígneas, las de San Miguel, San Vicente, Isalco, San Salvador, Pacaya, Volcán de Fuego de Guatemala, Atitlán y el volcán de Zapotitlán han sido desde siempre las más activas. El volcán de Isalco tuvo grandes erupciones en abril de 1798 y desde 1805 hasta 1807, cuando a menudo se vieron llamas elevándose. Es muy rico en amonio.
El volcán de Pacaya está a tres millas del poblado de Amatitlán, así pues, al oriente del Volcán de Agua. No está tan aislado como este, sino que se prolonga en una poderosa dorsal con tres cumbres claramente visibles desde lejos. Las corrientes de lava (que los habitantes de aquí, igual que en México, llaman el mal país*), la piedra pómez, el magma y la arena han asolado todo el territorio colindante. A fines del siglo XVI (así lo escribe el cronista Fuentes, tomo 1, libro 9, capítulo 9), el Pacaya arrojaba día y noche no solo humo, sino también llamas. Las erupciones más grandes y célebres del volcán de Pacaya fueron las de 1565, 1651, 1664, 1668, 1671, 1677 y la del 11 de julio de 1775. La última erupción no vino de la cúspide misma, sino de una de las tres cumbres ramales que se hallan más abajo.
El Volcán de Fuego* o, como también lo llaman, volcán de Guatemala, se sitúa cinco millas al oeste del Volcán de Agua y dos millas al suroeste de la ciudad de Antigua Guatemala. A veces todavía escupe fuego y humo. Sus mayores erupciones desde la llegada de los españoles han sido las de 1581, 1586, 1623, 1705, 1710, 1717, 1732 y 1737. Forma un bello cono que, sin embargo, cerca de la cúspide, está desfigurado por varias colinas de magma (restos de erupciones laterales). El orden que muestran los volcanes al sur de la laguna de Atitlán, entre Nueva Guatemala y Zapotitlán, me parece muy interesante desde el punto de vista geognóstico. Están orientados como en dos columnas de este a oeste, corridos de lugar por así decir;21 de modo que la cadena situada más al oeste está cuatro leguas más al norte. En la columna oriental se levantan los volcanes de Pacaya, el Volcán de Agua, los dos volcanes de Fuego y el volcán de Acatenango; en la columna occidental, más próxima al lago de Atitlán, se hallan los volcanes de Tolimán, Atitlán y Zunil, junto con varias montañas aisladas, cuyos nombres desconozco.
El Volcán de Agua* es uno de los más altos y el más célebre de los 21 volcanes en parte inactivos, en parte activos, de Centroamérica. Se halla 20 millas náuticas al este de la gran laguna de Atitlán, entre la Antigua Guatemala y los populosos poblados de Mixco Amatitlán y San Cristóbal. Como hasta ahora no ha sido medida ni una sola de las montañas de la cadena andina de Guatemala, solo puedo conjeturar su altura a partir del hecho de que, durante varios meses, la montaña suele permanecer cubierta de escarcha, hielo y quizás incluso nieve. Si se tiene en cuenta cuán meridional es esa latitud, la altura no puede estar por debajo de las 1 750 toesas ni superar las 2 400. Los cerros que superan esta última altura son ya verdaderos nevados*, es decir, están cubiertos de nieves eternas. Aunque a partir de una medición bastante insegura desde 40 millas de distancia, el capitán Basil Hall calcula ambos volcanes de Guatemala, en 2 293 y 2 330 toesas. El Padre Ramesal (Historia de la Provincia de San Vincente, lib. 4, cap. 5), que juega con los números siguiendo la vieja tradición, afirma que en el año 1615 el llamado Volcán de Agua aún tenía tres millas (leguas*) de altura, pese a que durante la erupción de agua del 11 de septiembre de 1541, cuando Almolonga, o Ciudad Vieja, fue destruida, perdió su cumbre (coronilla*), que también tenía ¡una milla de altura! Las circunstancias geognósticas de esta erupción de agua son totalmente desconocidas. Juarros aduce que actualmente no se observan ni piedras calcinadas ni huellas de erupciones volcánicas en las faldas de la montaña; pero quizá la vegetación ha cubierto la ceniza y la lava; quizá no solo las cavernas subterráneas se estuvieron llenando de agua de lluvia durante siglos enteros, sino que también existía un cráter lleno de agua en la propia cumbre. En la provincia de Quito me dijeron que el volcán de Imbabura, en las proximidades de Villa de Ibarra, apagado desde hace mucho tiempo, de vez en cuando (probablemente después de sismos) arroja agua, lodo y peces. En todo caso está claro que el Volcán de Agua, que se ubica entre el volcán de Pacaya y el Volcán de Fuego, tiene la forma de un cono trunco. Las laderas de este gran macizo montañoso, al que se le adjudica una extensión de 18 leguas*, están labradas en sus dos terceras partes como un jardín; más hacia arriba se encuentran bellísimos bosques y en la cumbre se halla todavía hoy una depresión elíptica, cuyo gran diámetro, dirigido de norte a sur, alcanza 400 pies parisinos. Sin duda se trata de un cráter (caldera*) y Juarros, aunque pretende negar la existencia de toda huella de efectos ígneos en el Volcán de Agua, lo describe (tomo II, p. 351) tal como me lo describieron varios nativos guatemaltecos bien informados.
Al norte del grupo de volcanes agrupados entre el Pacaya y el Zunil, en el extremo occidental del lago de Atitlán, parece cerrarse poco a poco la oquedad emisora de calor en Centroamérica. El volcán de Soconusco, que Juarros ni siquiera menciona (según el mapa de Bauzá, entre 15,59° de latitud y 95,41° de longitud), delimitaba la hilera de erupciones volcánicas en el borde occidental de la sierra de gneis granítico de Oaxaca. A orillas del Mar del Sur no se encuentra ninguna otra montaña ígnea en una distancia de 220 millas náuticas hasta el volcán de Colima. Después de haber mencionado en estas mismas páginas 35 montañas cónicas entre los paralelos 8,50° hasta 16° en dirección sureste-noroeste, calificadas como volcanes en el país, y de las cuales 15 han emitido, sin dudas, humo o llamas por lo menos dentro del último siglo transcurrido, puedo repetir la afirmación que he hecho acerca de que en ningún otro lugar del planeta, sin excluir Chile, el archipiélago malayo o las Aleutianas, se podrá hallar una comunicación tan perdurable a través de oquedades entre el interior de la Tierra y la atmósfera. Los futuros viajeros investigarán, desde el punto de vista geognóstico, cuáles de entre los 35 volcanes de Centroamérica* son conos de traquita sin cráteres y cuáles verdaderas y abiertas montañas ígneas.
El nuevo estado federativo22 de Centroamérica se compone actualmente de cinco repúblicas (estados*), cada una de las cuales está gobernada por dos cámaras. De las negociaciones de la asamblea constituyente en el año 1824 se desprende cuán difícil ha sido determinar el número respectivo de representantes a partir de los censos, la mayoría de los cuales databan de 1776 y 1778, otros de 1775 y algunos de 1813. Tras mucha discusión se determinó que cada estado debía tener un voto por cada 15 000 almas y por ende Guatemala, con Soconusco, debía tener 36 votos, San Salvador 18, Honduras 11, Nicaragua 13 y Costa Rica 4 en la elección de las supremas autoridades federales*. Esta distribución presupone en el

La actual población absoluta de la federación es con toda certeza un tercio mayor. El poder legislativo solo tenía la intención de averiguar la población relativa.
Estado de Guatemala23
13 Partidos o Departamentos*
1) Sacatepéquez con la capital del Estado: Antigua Guatemala;24 Chinauta, Palencia, Amatitlán, Ciudad-vieja, Mixco.
2) Chimaltenango con la capital (pueblo cabecera*) de partido: Chimaltenango; además Comalapa, Acatenango, Tepan, etc.
3) Sololá, pueblo cabecera*: Sololá; además San Pedro Laguna, Chichicastenango, Potulul, Quiché, Atitlán, etc.
4) Totonicapán, p. cab.: Totonicapán; además Memostenango, Sta. María Chiquimula, etc.
5) Huehuetenango, p. cab.: Huehuetenango; además San Pedro Soloma, Chiautla, Cuilco, Nevare, etc.
6) Quetzaltenango, p. c.: Quetzaltenango; además Ostuncalco, San Marcos, Tejutla, Yxtaguacan, Zunil, etc.
7) Suchitepéquez, p. c.: Mazatenango; además Cuintenango, Retalhuleu, Samaiaque, etc.
8) Escuintla, p. c.: Escuintla; además Chipilapa, Chiquimulilla, Cusumalguapa, Mozagua, Sucualpa, etc.
9) Chiquimula, p. c.: Chiquimula; además Quesalteneque, Esquipulas, Jutiapa, Xilotepeque etc.
10) San Agustín, p. c.: San Agustín: además Zacapa, Gualán, Acasaguastlán, Jalapa, Mataquescuintla, etc.
13) Verapaz, p. cab.: Ciudad de Cobán; además San Pedro, Cajaven, Languin, etc.
12) Salamá, p. c.: Chicay; además Rabinal, Cubulco, Chol, Tucuru, etc.
14) Petén, p. c.: Remedios, además San Andrés, San José, Santo Torribis, etc.
Estado del Salvador
4 Partidos*
1) San Salvador con la capital del Estado: San Salvador; además Olocuilta, Chalatenango, Metapam, Teotepeque, etc.
2) Sonsonate, con el pueblo cabecera* de partido*: Sonsonate; además Villa de Santa Ana, Villa de Aguachapan, Dolores-Isalco, Asunción-Isalco, Ataco, Texistetepeque, etc.
3) San Miguel, p. cab.: San Miguel; además Gotera, San Alexo, Usulután, Tecapa, Chinameca, Ereguaiquin, Sesore, Anamoros, etc.
4) San Vicente, p. c.: San Vicente; además Apartepeque, Sensuntepeque, Nonualco, Titiguapa, Ostuma, etc.
Estado de Honduras
12 Partidos*
1) Comayagua con la capital del estado: Ciudad de Comayagua; además Lejamani, Cururu, Chinacle, etc.
2) Tegucigalpa, p. c.: Tegucigalpa; además Ojojana, Alugaren, etc.
3) Choluteca, p. cab.: Choluteca; además Texiguat, San Marcos, etc.
4) Nacaome, p. cab.: Nacaome; además Pespire, Aguanqueterique, etc.
5) Cantarrana, p. c.: Cantarrana; además Gustarán, Cedros, Orica, etc.
6) Juticalpa, p. c.: Juticalpa; además Catacemas, etc.
7) Gracias, p. c.: Ciudad de Gracias, además Intibuca, Gualcha, etc.
8) Los Llanos, p. c.: Ciudad de los Llanos; además Quesalica, Ocotepeque, Guarita, etc.
9) Santa Bárbara, p. c.: Santa Bárbara; San Pedro, Quimistán, Omoa, etc.
10) Trujillo, p. c.: Trujillo, Olanchito, etc.
11) Yoro, p. c.: Yoro, además Sulaco, etc.
12) Segovia, p. c.: Somoto; además Ocotal, Mozonte, Ticaro, Palucaguina, Pueblo Nuevo, Esteti, etc.
Estado de Nicaragua
8 Partidos*
1) León, con la capital del estado: León; además Nagarote, Sauce, Somotillo, etc.
2) Granada, p. c.: Ciudad de Granada; además Teurtepit, Labizisca, Camoapa, Boaco, etc.
3) Managua, p. c.: Managua; además Tipitapa, Mateare, San Pedro de Metapa, etc.
4) Realesco, p. c.: Villa de Realesco; además Chinandega, Chichigalpa, etc.
5) Sutiaba, p. c.: Sutiaba; además Telica, Quezalguaque, etc.
6) Masaya, p. c.: Masaya; además Guinotepet, Diriá, Niquinohomo, Nandaime, Nindirí, etc.
7) Nicaragua, p. c.: Villa de Nicaragua; además Potosí, Nicoya, Guanacaste, etc.
8) Matagalpa, p. c.: Matagalpa; además Sébaco, Muy Muy, Jinotepe, etc.
Estado de Costa Rica25
8 Partidos*
1) San José con la capital del estado: Ciudad de San José; además Curridabat, Aserrí, etc.
2) Cartago, p. c.: Ciudad de Cartago;26 además Quericot, Tobosi, Cot, etc.
3) Ujarras, p. c.: Ujarras; además Orosí, Tucurique, etc.
4) Iscan, p. c.: Iscan; además Pacaca.
5) Alajuela, p. c.: Alajuela.
6) Heredia, p. c.: Heredia; Barva, etc.
7) Bagaces, p. c.: Bagaces; Esparza, Cañas, etc.
8) Boruca, p. c.: Boruca; Terraba, etc.
La capital de todo el estado federal, Nueva Guatemala, goza de un clima templado, muy agradable, comparable al de Caracas y Popayán. Por desgracia, el estado medio del barómetro en esta bella ciudad sigue siendo desconocido pero, a juzgar por la temperatura, la altitud sobre el nivel del mar tiene que superar con seguridad las 600 toesas.27 El antiguo presidente de la comisión gubernamental, José del Valle, me escribe: «Mi patria está aún más favorecida por la naturaleza que México. A diferencia de ese país, que sufre sequía por doquier en el altiplano, igual que la vieja España, nuestra Centroamérica está atravesada por muchas magníficas corrientes, las cuales fácilmente se pueden hacer navegables. La capa vegetal que adorna el suelo me parece más exuberante que la de México. Si usted hubiera podido visitar mi patria, o lo pudiera hacer alguna vez, se asombrará de la extensión de la zona templada (lo que solemos llamar tierras templadas*), pero esas planicies de mediana altura no forman en realidad un conjunto, sino que más bien están cortadas por valles. Tenemos puertos en ambos mares y si alguna vez esos mares pudieran estar unidos a través de un canal en Nicaragua (sobre el que usted probablemente disponga ya de muchos documentos), entonces nuestra república, situada en el centro de América, y al unir el comercio de las Antillas con el comercio de China y el archipiélago malayo, será capaz de ocupar un lugar importante en el concierto de las naciones. Por desgracia, hasta el momento hemos permanecido en el lado de la sombra de nuestro planeta y, cuando echo una ojeada a los mapas que nos llegan de Europa, es difícil encontrar en la imagen distorsionada del país las cadenas montañosas y los ríos, y también los nombres de nuestras ciudades más populosas. Cuando en 1823 dejé la capital de México, esperaba poder cumplir con esfuerzo propio vuestro largamente ansiado deseo de poder medir finalmente las serranías de Oaxaca y Guatemala. Me había provisto de un buen barómetro y de termómetros. Desgraciadamente el barómetro se hizo pedazos ya en Venta salata y no me quedó más remedio que medir aproximadamente las alturas siguiendo el método usado muchas veces por usted y vuestro ilustre amigo Caldas en Sudamérica, mediante la determinación del punto meridional. Espero poder enviarle pronto esas observaciones sobre la temperatura».
Una parte de Centroamérica, sobre todo en la provincia de Quetzaltenango, que ahora es un departamento* del estado de Guatemala, proporciona las mayores cosechas de trigo y de todos los demás cereales. Incluso en el departamento de Sololá* y en una parte del estado de Chiapas, perteneciente ahora a México, las regiones montañosas pobladas son tan altas que a veces se las puede ver cubiertas de escarcha durante horas enteras.
Dado que la capital de Centroamérica no ha cambiado de sitio dos veces, como suele creerse, sino cuatro, y en los anteriores sitios se ha quedado siempre una parte de la población, debido a estos cambios y a la semejanza de los nombres han surgido muchas confusiones geográficas.
A raíz de que Pedro de Alvarado28 se hiciera con el control del país el 14 de mayo de 1524, y tras una gran batalla, eligió finalmente el sitio que los nativos llamaban Tyacuaba y los mexicanos en idioma azteca Almolonga (corriente de agua), y fundó allí (noviembre de 1527), cerca del Volcán de Agua, la capital que entonces se llamó Santiago de los Caballeros de Guatemala, pero que ahora se llama Ciudad Vieja. El agua que se derramó del volcán el 11 de septiembre de 1541, arrastrando árboles y rocas a su paso, provocó tantos daños que la capital fue trasladada una milla más al noreste. Una parte de los pobladores permaneció en el sitio anterior hasta 1776, cuando su número disminuyó mucho porque cerca de la Nueva Guatemala se formó una pequeña localidad con el mismo nombre de Ciudad Vieja. Actualmente en Almolonga quedan todavía 2 500 indios que se precian de descender de los miembros de las tropas auxiliares de los vencedores españoles, o sea, de los mexicanos y de los tlascaltecas. Al igual que los nativos de Cholula y Tlascala, son célebres por su orgullo genealógico.
La segunda capital (siguiendo la secuencia temporal) se llama ahora Antigua Guatemala; no es la capital de la confederación, sino del estado de Guatemala, y se halla en una hermosa y muy poblada planicie, el valle de Panchoy. Por desgracia esa llanura ha sido devastada por terribles terremotos, de los que entre 1565 y 1773 se cuentan 10 horribles. El último, el de 1773, destruyó gran parte de la ciudad y la mayoría de los habitantes, en parte por decisión propia, en parte siguiendo estrictas órdenes reales (del 21 de julio de 1775), fundaron nueve millas más allá, en dirección noroccidental, es decir, más lejos aún del Volcán de Fuego, la tercera y actual capital de la confederación, y la nombraron Nueva Guatemala de la Asunción de Nuestra Señora. Entre 7 000 y 8 000 pobladores se quedaron en la Antigua Guatemala, que en 1799 fue declarada villa. La fundación de Nueva Guatemala en la parte del valle de Mixco llamada Llano de la Virgen sucedió en 1776. Los restos mortales del célebre conquistador Pedro de Alvarado permanecieron en Antigua Guatemala.
Los productos agrícolas más importantes que se comercializan en Guatemala son índigo, cochinilla, cacao y tabaco. El índigo proveniente del estado de San Salvador es considerado el más bello del mundo. En su mayor parte lo cultivan trabajadores libres, pues el número de negros esclavos siempre fue muy escaso, por suerte. Desde la declaración de independencia todos los esclavos fueron liberados; el estado prometió a los propietarios indemnizar el precio de compra, pero los ciudadanos más ricos fueron lo suficientemente nobles y desinteresados como para renunciar a ese dinero. La tabla siguiente, publicada el año pasado en un periódico de Guatemala (Redactor General del 13 de julio de 1825, p. 21), ofrece con exactitud los datos de las exportaciones de índigo entre 1794 y 1802.29 La oscilación de las cifras no obedece a irregularidades en el cultivo, sino que, en parte, es consecuencia de las turbulencias en el intercambio comercial. Durante mucho tiempo la importación creciente del índigo de las Indias Orientales perjudicó la exportación de San Salvador. Entre 1815 y 1820 no llegó a los 3 000 tercios* o 450 000 libras. Pero ahora que el precio del índigo ha vuelto a subir, un comerciante muy experimentado y educado de Guatemala, el señor García de Granados, me escribe que los cultivos de índigo en su patria florecen como nunca. Se calcula la exportación anual en 1 800 000 libras españolas, pues se sacan más de 12 000 tercios* (cada uno de 150 libras o seis arrobas*), y una libra de índigo cuesta actualmente en promedio nueve reales de plata* o 1⅛ de piastras; de modo que la exportación de índigo asciende a 2 025 000 piastras. En un trabajo recientemente publicado,30 atribuido al señor José del Valle, se considera que, al sumar el comercio ilegal, las exportaciones de índigo ascienden hoy en día incluso hasta tres millones de piastras.
La atención al insecto de la cochinilla es totalmente reciente en la república de Guatemala. No fue sino hasta 1812 que empezaron a establecerse plantaciones de nopal en la llanura agradablemente templada del entorno de la ciudad de Antigua Guatemala y a traerse los pequeños bichos desde la provincia mexicana de Oaxaca. El clima de esa altiplanicie ha sido muy favorable para esta nueva rama industrial. Desde 1822, las plantaciones de nopal aumentaron con tal rapidez que, si en 1824 llegaron a recogerse 50 tercios* (de a 150 libras), en 1825 ya fueron 600. Se espera llegar pronto a las 300 000 libras. Una libra se vende a tres piastras, de modo que la exportación de cochinilla de Guatemala, que en 1812 todavía no existía, ya hoy alcanza las 400 000 piastras. En un año se logran dos cosechas y en la temporada de lluvia no hay que hacer aquí esos viajes fatigosos con la joven cría de la cochinilla que tuve la oportunidad de describir en mi obra sobre la Nueva España. Oaxaca cosechó en los últimos años 4 000 zurrones* u 800 000 libras de cochinilla.
El cacao de Soconusco, Suchitepéquez y Gualán (cerca de Omoa) es el mejor de todos los que se conocen, incluso mejor que el de Esmeraldas en la provincia de Quito y el de Uritucu y Capiriqual en Venezuela. Pero el excelente cacao de Soconusco se consume casi exclusivamente en Guatemala. En realidad no es un artículo comercial y (al igual que la corteza de quina de Loxa) se enviaba a la corte española en pequeñas cantidades.
El tabaco de Guatemala no tiene nada que envidiar al índigo, a la cochinilla y al cacao. Las variedades de tabaco más famosas son las que se cultivan en torno a Iztepeque (en el estado de San Salvador) y a Copán, en el estado de Honduras (no lejos de Omoa). Maderas tintóreas rojas, palo Brasil* y brasilete* son otros artículos comerciales importantes en el estado de Nicaragua. Bosques de abetos adornan las alturas de Guatemala y de México; hacia el este, sobre la ensenada de Izabal, descienden incluso hasta la llanura, un raro fenómeno de la vegetación tropical que se repite en la parte meridional de la isla de Cuba y en las colinas bajas de la isla de Pinos. Estos abetos (probablemente pinus occidentalis) proporcionan alquitrán y brea en abundancia, dos productos que, a través del puerto de Sonsonate, se envían para la construcción naval hasta Guayaquil, vía océano Pacífico.
Gracias a su situación entre dos mares, a su poco ancho y a sus muchas corrientes de agua, que fácilmente se pueden hacer navegables, así como a sus bellos puertos, el país está en una posición excelente para el comercio. El verdadero asiento agrícola (y este hecho poco atendido es sumamente importante desde el punto de vista político) se halla más cercano al océano Pacífico; por tanto, al igual que Quito, Perú y Chile, es más apropiado para el vínculo con el Asia Oriental que con el viejo continente. Debido a la extensa cresta montañosa que atraviesa el país de sureste a noroeste y que une los Andes colombianos de Veragua con los Andes mexicanos de Chiapas y Oaxaca, este asiento occidental de la mayor parte de la agricultura del país resulta un poco incómodo para la exportación de productos nacionales y la importación de mercancías europeas. Por fortuna hay algunas ensenadas y corrientes de agua que penetran hasta las profundidades de la pendiente oriental y, como muchas veces la cresta montañosa está dividida por valles transversales, al nuevo gobierno le resultará fácil establecer comunicación entre las provincias orientales y las occidentales mediante carreteras. Las corrientes que alguna vez serán muy importantes para el comercio son el Motagua y el Polochic en el estado de Guatemala; el Ulúa, el Leán y el Chamelecón en el estado de Honduras, y el Lempa y el Río de la Paz en San Salvador. Los puertos más conocidos se hallan en la costa oriental: Omoa, Trujillo, San Juan del Norte y Matina o Moin; en la occidental se encuentran Michatoya, donde Pedro de Alvarado construyó sus barcos, Iztapa, Sonsonate, Realejo, Nicoya, Puerto de la Culebra31 y Conchagua. Por desgracia los dos puertos más próximos a la capital, Iztapa y Michatoya, están actualmente cubiertos de arena y obstruidos por bancos de lodo.
El comercio de Guatemala, o más bien la importación de productos europeos a través de la costa oriental, ocurre por dos vías. Por una se trasladan las mercancías desde Omoa hasta San Felipe, donde el río Izabal desemboca en la laguna; luego, atravesando la laguna, se embarcan hasta Gualán, y desde allí se llevan por tierra hasta Acasaguastlán y Nueva Guatemala. Este es el viejo camino, también llamado de la laguna o de Golfo Dulce. El camino nuevo parte del puerto de Omoa hacia la desembocadura del río Motagua o Gualán; después sube este río y, según lo permita la profundidad, llega al poblado de Gualán o hasta Acasaguastlán. Hasta ahora se utilizan ambos caminos para importar y exportar mercancías. Existe el plan de colocar barcos de vapor en el Motagua, pero quienes conocen el río consideran muy difícil su ejecución debido a las sequías recurrentes. Quizá deba considerarse construir un canal artificial más estrecho junto al viejo y serpenteante lecho del río, que es muy ancho, y por eso mismo repetidamente se queda sin agua.
Los hombres que se hallan a la cabeza de la república de Guatemala conocen las ventajas y la importancia política de una ruta marítima en su país. El istmo de Nicaragua se halla entre el de Panamá y Coatzacoalcos. En el primero existe un amplio consenso en cuanto a que el río Chagres, a su paso por Cruces, solo puede ser enlazado a través de un ferrocarril (railway). El coronel Obregoso, mediante mediciones barométricas, encontró ciertas dificultades, mayores de las que se creía, entre el río Coatzacoalcos y el río Chimalapas, en México (según la correspondencia más reciente que he recibido del ministro Lucas Alamán). Con razón todos los ojos del mundo del comercio están volcados sobre el río San Juan en el lago de Nicaragua, el cual debe hacerse navegable, tiene 88 pies de profundidad y se halla en el istmo, entre la ciudad de Nicaragua y el puerto de San Juan del Sur. El fondo del lago de Nicaragua se eleva 46 pies españoles sobre la superficie del océano Pacífico, según he podido conocer hace poco mediante un documento sobre las mediciones realizadas por el ingeniero Galisteo en 1781, el cual me ha hecho llegar el gran geógrafo don Felipe Bauzá. No hay ninguna cadena montañosa que impida el establecimiento del canal oceánico entre las plantaciones de cacao de Nicaragua. Pero prefiero reunir los documentos que poseo sobre este asunto en otro artículo relacionado con otros proyectos. En el estado actual de rusticidad cultural de Centroamérica, se calculan todas las importaciones (el valor de la demanda europea) en 1 800 000 piastras, de las cuales 700 000 corresponden a mercancías que llegan a través de los puertos situados en la costa occidental, a orillas del Mar del Sur.
Las riquezas minerales del nuevo estado federativo de Centroamérica son poco conocidas hasta ahora. El cercano estado mexicano de Oaxaca está lleno de oro puro y de minerales ricos en plata, que forman filones en montañas de gneis y granito.
En dirección sur, estas montañas primigenias llegan sin duda hasta los estados de Chiapas y Guatemala. Quizá los conos volcánicos de traquita salieron de las propias montañas de granito, que se extienden al este de tales conos; pero quizá también (es lo que me parece), a partir de algunos datos presentes en la más reciente correspondencia, la riqueza de metales preciosos aquí, al igual que en una parte de México (por ejemplo Real del Monte o Villalpando), está contenida en diabasas y pórfido sienítico; todo esto lo podrán aclarar pronto los viajeros que, en nombre de las casas comerciales inglesas, actualmente recorren el país para establecer contratos con los dueños de las viejas minas. Hasta 1787 se acuñaban en Guatemala apenas 200 000 piastras de la mayormente ociosa moneda del país; en la actualidad, la producción de oro y plata es ya de 600 000 piastras, y sigue creciendo. Sobre todo ha aumentado considerablemente la riqueza de oro puro (en parte en lavaderos, en parte en filones) en el estado de Costa Rica, desde 1822.
Se asegura que en ocasión de un fuerte terremoto, en el que supuestamente estuvo involucrado el volcán de Cartago, salieron a relucir muchos yacimientos ricos tras el derrumbe de capas completas de rocas. En el estado de Honduras siguen siendo muy productivas las viejas minas de oro y plata que constituyen un bloque en el distrito de Choluteca, y de Tegucigalpa y Mecualizo en el distrito de Comayagua. La mina de Tabancos, cerca de la bella ensenada de Conchagua, hace poco recibió desde Inglaterra una máquina de fuego que merece tanto más atención por cuanto fue trasladada hasta la costa del Mar del Sur a través del río San Juan y el lago de Nicaragua. La descargaron en la orilla occidental del lago, cerca del volcán Mombacho, y desde allí la llevaron hasta la mina después de atravesar la ciudad de Granada.
Sobre el estado de Nicaragua hemos recibido hace poco interesantes noticias estadísticas por medio del gobernador del lugar, el general Miguel González Saravia.32 El censo del año 1813, el cual, por cierto, fue muy incompleto, arrojó el resultado de 149 750 habitantes. En 1824 esa cantidad habría ascendido a 174 200. La mayor parte de ellos están reunidos en una zona que se extiende desde El Viejo hasta Nicaragua. Los resultados en las distintas ciudades arrojan: 32 000 en León 10 200 en Granada; 13 000 en Nicaragua, o como también se llama la ciudad, Villa de la Purísima Concepción de Rivas, y si se tiene en cuenta el poblado cercano de San Jorge y otros suburbios, serían 22 000. Masaya, con un comercio muy activo, cuenta 10 000; Managua 9 500; Sutiaba 5 200, la mayoría indígenas; Chinandega, cercana al hermoso puerto de El Realejo, 5 400 habitantes. El puerto de El Realejo se ha formado gracias a la conjunción de muchas corrientes pequeñas y, en dirección al océano Pacífico, está protegido del golpe de las olas y de las tormentas por las dos islas de Cartón y Castañón. El camino de León a Realejo, perfectamente llano y transitable, tiene 15 leguas de extensión. En la pequeña colina de Cerillo de San Pedro, próxima a León, el mar se hace visible y, como queda tan solo a 2 leguas de distancia, a veces puede escucharse hasta el retumbar de las olas. En estos sitios el clima es muy cálido y de septiembre a noviembre mayormente febril, sobre todo en León, en Realejo y en el totalmente despoblado río San Juan. Lugares más fríos solo pueden hallarse en los distritos de Nueva Segovia y Matagalpa. Debido a la gran altitud, el poblado de Jinotega es considerado frío, mientras que el distrito de Masaya pertenece a la tierra templada*. Bajo la antigua jurisdicción española, a fines del siglo pasado, las exportaciones de los productos de la provincia de Nicaragua eran valoradas en 570 000 piastras, de las cuales 220 000 correspondían al cacao, 160 000 al índigo, 3 000 a las maderas tintóreas (brasilete), 10 000 a la brea y al alquitrán, y 5 000 a las perlas. Dos grandes lagos, uno de los cuales forma un mar interior, y unas carreteras llanas, transitables para vehículos de carga en todas partes desde Honduras hasta el golfo de Amalaca, le proporcionan al estado de Nicaragua33 una gran facilidad para el tráfico interno de mercancías. La dirección principal de entrada y salida de mercancías actualmente va desde la ciudad de Granada, a través del lago de Nicaragua, hasta llegar a la pequeña fortaleza de San Carlos, con seis días de camino; desde allí, baja el río San Juan hasta llegar al mar de las Antillas, cuatro días más de camino. El regreso corriente arriba dura 12 días. Los ingresos públicos de las dos provincias de Nicaragua y Costa Rica, después de descontar las 30 000 piastras de tasas, y al tomar como promedio los años que van de 1815 a 1819, ascienden a 146 000 piastras, que resultan insuficientes para el mantenimiento de la fuerza militar, de las pequeñas fortalezas y de otros gastos estatales.
En cuanto a la agricultura y al desenvolvimiento de los productos coloniales, el estado de Honduras ha llamado preferentemente la atención de los extranjeros en los últimos años. Allí la orilla del río Ulloa invita al cultivo de la caña de azúcar y el café. Los viajeros que han visitado los campos más bellos de la isla de Cuba y conocen esta parte del estado de Honduras creen que este último, con sus campiñas caudalosas y riqueza de ganado vacuno, estará en mejores condiciones que las Antillas de suministrar muchos productos coloniales. Dos corrientes importantes, el río Comayagua y el río Chamelecón, forman el río Ulúa, al confluir cerca del poblado de Santiago (32 leguas al norte de la ciudad de Valladolid o Comayagua). Este atraviesa una llanura fértil de 40 millas de extensión, y su cantidad de agua es tan grande que los vehículos entre 70 y 100 toneladas de peso, construidos especialmente para navegar aquí, pueden subir hasta el poblado de Santiago.
Entre todos los restos del arte y de las antiguas culturas de los pueblos primitivos americanos, merecen sin duda la mayor atención los de Guatemala y los del cercano estado mexicano de Mérida. Tienen un carácter propio que los diferencia esencialmente de todo lo que he podido dar a conocer de la escultura azteca, tanto en el estilo como en las proporciones correctas de la figura humana. Sobrepasaría el objetivo de estas páginas ponerse aquí a examinar críticamente estos restos o el antiguo mito del Wotan guatemalteco (que se ha tratado de confundir con el Odín asiático). Me conformo con mencionar lo siguiente:
1) Las ruinas de la antigua ciudad del Palenque o Culhuacán en el estado de Chiapas, a orillas del río Micol, al noroeste del poblado indio de Santo Domingo Palenque, en la entonces llamada Provincia Tzendales*. Durante el gobierno del rey Carlos III, el capitán de artillería Antonio del Río recibió en 1786, directamente de Madrid, la orden de examinar y dibujar estas ruinas, las cuales abarcan varias millas de extensión. Por suerte una parte de su trabajo fue llevado a Inglaterra y publicado allí con el título: Description of the ruins of an Ancient City discovered near Palenque in the Kingdom of Guatemala by Captain Ant. del Rio with notes by Doctor Paul Felix Cabrera. (London 1822.) Un bajorrelieve, en el que puede verse a un niño sacrificado a una cruz, las extrañas cabezas con nariz grande y la frente echada hacia atrás, la caligulae a la romana que cubre el pie, la llamativa semejanza con divinidades indias que aparecen con las piernas cruzadas, así como las figuras algo rígidas pero trazadas con las proporciones correctas,34 tienen que imbuir del más vivo interés a todo aquel que se ocupe de la prehistoria de la humanidad. Hace pocos días el señor Latour Allard (de Nueva Orleans) trajo a París una nueva colección de dibujos de las ruinas de Palenque en México. Esos dibujos son los frutos del viaje del capitán Dupe, un arqueólogo mexicano con el que realicé varias excursiones interesantes. Yo mismo poseo un dibujo de la adoración de una cruz sagrada proveniente de Palenque, totalmente distinta a la reflejada en la obra inglesa.
2) Las ruinas de un templo de Copán, decorado con columnas estatuarias, y la caverna de Tibulca en el estado de Honduras, decorada con columnas. Se dice que las figuras muestran alguna semejanza con las ropas europeas, aunque es absolutamente improbable que hayan sido talladas después de la llegada de los españoles.
3) Las ruinas de la isla de Petén, en medio de la laguna de Itzá, en las fronteras entre Verapaz, Chiapas y Yucatán. Los españoles fortificaron la isla, que fue un antiguo asentamiento de la muy culta nación itzá.
4) Las ruinas de la ciudad de Utatlán, llamada actualmente Santa Cruz del Quiché. Esas ruinas demuestran la maravillosa grandeza de la arquitectura guatemalteca, solo comparable a la de México o Cuzco. El palacio de los reyes de Quiché tenía 728 pasos geométricos de extensión y 376 de ancho.
5) Las ruinas de las viejas fortalezas de Tepanguatemala, Mixco, Paraxquin, Socoleo, Uspantán, Chalchitán, etcétera.
Estas son las informaciones que he logrado reunir hasta ahora sobre la república de Centroamérica. El país, provisto de los recursos naturales más ricos, es un mercado casi virgen para el comercio europeo. Sus indígenas, los llamados indios cobrizos, son más laboriosos y cultos que los de cualquier otra parte de la América española, incluidos Cuzco y Michoacán. La libertad política ha sido conquistada sin sacudidas internas, pues apenas estaban presentes en el país algunos centenares de tropas regulares. Las pequeñas disputas fronterizas con México, debido a Chiapas, o con Colombia, por la Costa de los Mosquitos, pueden resolverse fácilmente. La rivalidad nacional, así como los malos recuerdos que dejaron los daños ocasionados por el partido de Iturbide en Guatemala, inclinan al congreso federal más hacia Colombia que hacia México. El supremo interés estatal es lograr la mejor conexión entre la bien labrada parte occidental del país y la costa oriental, mediante el desarrollo de la navegación fluvial y por canales.
París, junio de 1826.
1 República de Bolívar o Alto Perú, las antiguas Provincias de la Sierra (Charcas, Potosí, La Paz, Cochabamba, Moxos y Choquitos), separadas de La Plata o Buenos Ayres.
2 La palabra no es lingüísticamente correcta. En el espíritu de la lengua española debió haberse conservado América central*, pero se quería buscar una denominación para los pobladores del país, los cuales se llaman a sí mismos centroamericanos*. También en periódicos hispanoamericanos es costumbre llamar los nort-americanos a los ciudadanos de los Estados Unidos Norteamericanos (contrario al buen uso de la lengua).
3 Carta esférica del Mar de las Antillas y de las Costas de Tierra firme desde la isla de Trinidad hasta el Golfo de Honduras, 1805. Carta esférica desde el Golfo dulce en la Costa Rica hasta en la Nueva Galicia*, 1822.
4 Bosquejo hidrométrico del espacio que media entre los estremos de la Prov. de Suchiltepeque y la Capital de Guatemala*, 1800. ¡Este pequeño mapa es importante debido a la situación de los volcanes de Agua y de Fuego!
5 New Monthly Magazine, número 8, y Revue britannique, 1825, p. 325.
6 El Redactor General de Guatemala Fol., hecho a imagen y semejanza del Moniteur y del Sol de México; El Indicador de Guatemala en cuarto.
7 En Guatemala misma se considera este dato como el más correcto. Redactor, 1825, p. 1.
8 Según algunos etimólogos, el nombre de Guatemala proviene de la palabra Guautemali (árbol podrido o hueco), porque los compañeros mexicanos de Alvarado encontraron un tronco de este tipo en la residencia de los reyes de Nachiquelas; según otros etimólogos, proviene de la palabra tzeltal uhatezmalha, montaña que escupe agua, volcán de agua.
9 8 624 millas cuadradas geográficas (y no 15 498, como se dice en el Esbozo Estadístico de Hassel, p. 78).
10 El Indicador, número 47, p. 189; número 52, p. 210.
11 Otra copia de este censo, en cuyos datos se basó Juarros (Compendio, tomo 1, p. 91), apunta 805 339 habitantes, de los cuales, en 1778, vivían 540 503 en el arzobispado de Guatemala, 93 501 en el obispado de Honduras en 1791 y 99 000 en el obispado de Chiapas en 1796, tomo 1, pp. 96-104.
12 Población en el año 1823:

(Voyage aux régions équinoxiales, tomo III, p. 72)
13 Notes on Mexico. Filadelfia, 1824, p. 245. Creo que la población está compuesta actualmente de ⅗ indios, ⅔ mestizos y ⅕ blancos.
14 Pardy, Colombian Navigator, p. 134.
15 Según el mapa del alcalde de Granada, el volcán de la isla de Sopaloca se halla al norte de la isla de Ometepe; Juarros, por el contrario (tomo 1, p. 51), dice expresamente: el volcán, en el lago, levanta un cono en una isla poblada que los indios llaman Ometep (tomo 1, p. 50).
16 Parte 1, p. 53.
17 Folio 112.
18 Dampier, Voyage, tomo 1, p. 219, lo describe «visible a 20 millas náuticas de distancia», lo cual, descontada la refracción, le da 498 toesas de altura; si se calculan seis millas más, que es la distancia a la que se encuentra el volcán en el interior del país, entonces la altura total es de más de 840 toesas. El general Laravia menciona en su estadística de Nicaragua, entre los volcanes de Telica y Momotombo, el volcán de Asososca.
19 El volcán de Zunil, al sur de Quetzaltenango, no llega a estar alejado del volcán Pacaya por 25 millas náuticas. Que Acaterargo, Tolimán y Zunil alguna vez hayan tenido erupciones, o que en el país los llamen volcanes solo por su forma cónica, como es el caso de muchas montañas de traquita en Sudamérica, es algo que no alcanzo a definir. Conozco la posición de estas montañas a partir del mapa topográfico de la lindante región de Guatemala, que hizo grabar el alcalde mayor Don José Rossi y Rubí en 1800. Ningún mapa, en cambio, mostraba la posición del volcán de Tajumulco cerca de Tejutla, en Quetzaltenango, el cual suele escupir lava, y en el que el ejército de Alvarado se aprovisionó de azufre para la fabricación de pólvora.
20 ¿Existe alguno de los distintos volcanes acabados de mencionar, que los mapas manuscritos españoles nombren como volcán de Sacatepéquez?
21 Este fenómeno de corrimiento de lugar lo muestra también la cadena primitiva de los Pirineos entre Tentenade y Port d’Espot (Charpentier, Constitution géognostique des Pyrennées, p. 10.)
22 El presidente de la confederación es actualmente Manuel José de Arce, y el vicepresidente Mariano Beltranena.
23 Desde el mes de septiembre de 1825 también Soconusco pertenece a este estado.
24 Nueva Guatemala es la capital de toda la confederación y, sin contar la cercana población de Cocotenango, tiene 40 000 habitantes. La población de la ciudad de León en el estado de Nicaragua tiene 32 000; la de San Salvador, 25 000; la de San José de Costa Rica, 20 000; la de Comayagua en el estado de Honduras, 18 000.
25 Redactor General de Guatemala, 12 de junio de 1825, número 1, p. 4.
26 El clima de Cartago es más frío que el de Nueva Guatemala; probablemente la ciudad esté situada más alto sobre el nivel del mar.
27 En el entorno de Nueva Guatemala, cuya altura quizá se halle a medio camino entre las de Jalapa y Puebla, no crecen plantas del género musa con frutos comestibles.
28 La ciudad más antigua de la república de Centroamérica es Cartago, en el estado de Costa Rica. En los archivos de Cartago se conservan todavía documentos de 1520.
29 Exportaciones de índigo (añil*) de Guatemala:

30 Ocios de los españoles emigrados*, 1826, p. 2.
31 Puertos más pequeños del estado de Guatemala son: El Conejo, San Juan del Sur, Tamarindo y Estero Real.
32 Bosquejo político y estadístico de Nicaragua formado por el General de Brigada Don Miguel González de Saravia en el año de 1823, impreso en Guatemala en 1824.*
33 Todavía no existe una carretera desde Cartagena o desde Choco hasta Panamá, pero hay correos que van por tierra desde Nicaragua, atravesando Cartago y las misiones de Talamanca, hasta Panamá. Desde Nueva Guatemala la carretera marcha a través de La Gineta o, para evitar este alto paso montañoso, a través de El Chilillo.
34 Yo mismo tuve la oportunidad de dibujar un fragmento muy interesante de este tipo, primeramente, con el nombre Relief trouvé à Oaxaca en Vues des cordillères et monumens des peuples indigenes de l’Amerique, tomo I, p. 151 (tabla XI, de la edición en folio). Al final del libro (tomo 2, p. 392) se anota que el fragmento pertenece a las antigüedades de Guatemala.
58 en: Morgenblatt für gebildete Stände 20:33 (8 de febrero de 1826), pp. 129-130; 20:34 (9 de febrero de 1826), pp. 134-135.
Sobre las futuras relaciones entre Europa y América
Antes de abandonar las costas del territorio continental para hablar de la importancia política de la isla de Cuba, la mayor de las Antillas, quiero ofrecer una visión general, desde determinado punto de vista, de todo aquello que sea capaz de dar una idea correcta acerca de las relaciones comerciales futuras entre Europa y las Provincias Unidas de Venezuela. Cuando poco después de regresar a Alemania publiqué el ensayo político sobre la Nueva España (Essai politique sur la Nouvelle-Espagne), di a conocer también una parte de los materiales que poseo sobre la riqueza territorial de Sudamérica. La descripción comparativa de la población, la agricultura y el comercio de todas las colonias españolas fue redactada en un momento en el que ciertas instituciones sociales deficientes, un sistema prohibitivo y otros errores nocivos de la administración pública entorpecían los avances de la civilización. Desde que describí y expuse los recursos inconmensurables que los pueblos de ambas Américas pueden encontrar bajo el resguardo de una sabia libertad, en el marco de su situación particular y en sus relaciones con la actividad mercantil de Europa y Asia, una de esas grandes revoluciones que de vez en cuando agitan con sus turbulencias al género humano ha generado cambios radicales en las sociedades de las vastas regiones que recorrí. La parte continental del Nuevo Mundo está actualmente dividida en cierto modo entre tres pueblos de origen europeo: uno de ellos, el más poderoso, es de ascendencia germana; los otros dos, por su idioma, su literatura y sus costumbres, forman parte de la Europa latina. Las regiones más occidentales del Viejo Mundo —la península ibérica y las islas británicas— son también las que poseían las colonias más extensas: nada menos que 4 000 millas de costa, pobladas exclusivamente por descendientes de españoles y portugueses, dan fe de la preeminencia que, gracias a sus expediciones marítimas, lograron adquirir los pueblos de la península ibérica en los siglos XV y XVI en relación con los demás pueblos navegantes. Se puede decir que sus idiomas, extendidos desde California hasta el río de La Plata, tanto en los dorsales de las cordilleras como en los bosques de la corriente amazónica, son monumentos de la gloria nacional que sobrevivirán a toda revolución política.
Actualmente los habitantes de la América española y portuguesa en su conjunto conforman una población dos veces mayor que la de ascendencia inglesa. Las posesiones francesas, holandesas y danesas en el nuevo continente son de escasa extensión. Pero para completar el cuadro general de los pueblos que pueden influir sobre los destinos del otro hemisferio, no podemos olvidar ni a los colonizadores de origen eslavo, empeñados en asentarse desde la península de Alaska hasta California, ni a los africanos libres de Haití, que hicieron realidad la profecía del año 1545 por el viajero milanés Belzoni. La posición de los africanos en una isla que es tres veces y media más grande que Sicilia, y que está situada en medio del Mediterráneo antillano, eleva su peso político. Después de tanta furia y derramamiento de sangre, todos los amigos de la humanidad hacen votos por el desarrollo de una civilización que avanza de manera inesperadamente fructífera. La América rusa parece hasta ahora menos una colonia agrícola que uno de esos puestos comerciales que los europeos han erigido en las costas africanas para la mayor desdicha de los nativos. Consiste tan solo en puestos militares y estaciones de pescadores y de cazadores siberianos. Un fenómeno llamativo es, sin duda, encontrarse el rito de la iglesia griega en suelo americano, y ver cómo dos naciones que habitan los extremos oriental y occidental de Europa —los rusos y los españoles— se convierten en vecinos en un continente al que han llegado desde direcciones opuestas. Pero el estado casi salvaje de las costas despobladas de Ojotsk y Kamchatka, la falta de cualquier apoyo desde los puertos asiáticos y el régimen seguido hasta el momento en las colonias eslavas del Nuevo Mundo representan tantos frenos que, por mucho tiempo, las mantendrán en estado infantil. De lo dicho se desprende que, cuando uno se ha acostumbrado a considerar las grandes dimensiones en asuntos económicos de estado, entonces el continente americano —si hablamos con exactitud— aparece inconfundiblemente dividido entre tres grandes naciones de origen inglés, español y portugués. La primera de estas tres naciones, la de los angloamericanos, es, al mismo tiempo, la que, después de los británicos europeos, cubre con su bandera la mayor superficie de los mares. Sin tener colonias alejadas, su comercio ha alcanzado dimensiones que no ha sido capaz de lograr ningún otro pueblo del Viejo Mundo, excepto precisamente aquel que ha legado al norte americano su idioma, el esplendor de su literatura, su entusiasmo por el trabajo, su amor a la libertad y una parte de sus instituciones civiles.
Los colonizadores británicos y portugueses poblaron únicamente las costas que dan hacia Europa; los castellanos, por el contrario, pasaron la cordillera de los Andes desde el mismo inicio de la Conquista y ampliaron sus colonias hasta las regiones más occidentales. Solo aquí, en México, en Cundinamarca, en Quito y en Perú, encontraron huellas de una civilización anterior, pueblos que practicaban la agricultura, reinos prósperos. Esa circunstancia, el aumento de una población autóctona y serrana, la posesión casi exclusiva de grandes riquezas minerales, así como el tráfico comercial existente desde inicios del siglo XVI con el archipiélago de las Indias Occidentales, confirieron forzosamente un carácter peculiar a las posesiones españolas en la América equinoccial. En las regiones orientales, las correspondientes a los colonizadores británicos y portugueses, los nativos eran pueblos cazadores con asentamientos nómadas que, en lugar de contribuir a la formación de una población agrícola, laboriosa, como fue el caso en las planicies de Anáhuac, en Guatemala o en el Alto Perú, prefirieron, en la mayoría de los casos, retirarse ante la llegada de los blancos. La demanda de trabajo, la preferencia que adquirieron los cultivos del azúcar, el índigo y el algodón, la codicia que a menudo acompaña a la laboriosidad y que la degrada, llevaron a introducir el vergonzoso comercio de negros, tan funesto en igual medida para ambos hemisferios. Felizmente se da el caso de que, en la parte continental de la América española, la cantidad de esclavos africanos es escasa en comparación con la población de esclavos en Brasil o en las regiones del sur de los Estados Unidos, sin sobrepasar la proporción de uno a cinco. En una superficie que por lo menos supera la de Europa en una quinta parte, todas las colonias españolas juntas, incluidas las islas de Cuba y Puerto Rico, tienen menos esclavos negros que el estado de Virginia. En la zona tórrida, los americanos españoles constituyen el único ejemplo de nación de ocho millones de habitantes que, gobernada según leyes e instituciones europeas, cultiva azúcar, cacao, granos y vid, y casi no tiene esclavos arrancados al continente africano.
Todavía la población del continente americano supera por muy poco la de Francia o Alemania. En los Estados Unidos se duplica cada 23 o 25 años; en México, incluso bajo el dominio de la metrópoli, se ha duplicado en 40 o 45 años. Sin abrigar esperanzas vanas para el futuro, cabe suponer que no transcurrirá siglo y medio antes de que la población americana alcance a la europea. Pero esta noble rivalidad, en términos de civilización, aptitudes e intercambio comercial, lejos de llevar al empobrecimiento del viejo continente (como se ha profetizado ya en varias ocasiones) en ventaja del nuevo, elevará más bien la necesidad de consumo, las dimensiones del trabajo productivo y la actividad de intercambio. Ahora bien, después de las grandes transformaciones de las sociedades humanas, el bienestar público, que constituye un bien común de la civilización, se hallará desigualmente distribuido entre los pueblos de ambos hemisferios, pero poco a poco se restablecerá el equilibrio, y sería un prejuicio dañino, casi me atrevo a decir sacrílego, querer vislumbrar en el bienestar creciente de cualquier otra región de nuestro planeta el hundimiento o la ruina de la vieja Europa. La independencia de las colonias no promoverá en modo alguno su separación y aislamiento, más bien las aproximará a los pueblos de civilizaciones anteriores. El intercambio comercial aspira a unificar lo que una política recelosa ha mantenido separado por mucho tiempo. Más aún, está en la naturaleza de la civilización seguir avanzando sin por ello desaparecer allí donde surgió primero. Su movimiento progresivo de este a oeste, de Asia a Europa, no es prueba en contra de esta afirmación. Una clara llama de luz mantiene su brillo aun cuando ilumine un espacio mayor. La formación intelectual, esa fuente fructífera de la riqueza nacional, se propaga por doquier y se extiende sin por ello cambiar de lugar. Su movimiento no es una migración: si se nos apareció en el Oriente, fue porque hordas bárbaras se habían apoderado de Egipto, de Asia Menor y de la otrora libre Grecia, esa cuna abandonada de la civilización de nuestros ancestros.
El embrutecimiento y el hundimiento de los pueblos es consecuencia de la opresión sufrida, ya sea que la ejerza el despotismo local o un conquistador extranjero; el despotismo está siempre acompañado del empobrecimiento progresivo y de la disminución del bienestar público. Instituciones estatales libres y fuertes, dedicadas al beneficio de todos, son capaces de conjurar estos peligros; la creciente civilización del mundo, la competencia del trabajo y el intercambio no hunden a los estados cuyo bienestar fluye de fuente natural. La Europa industriosa y comercial sacará provecho del nuevo orden de cosas que se está desarrollando en la América española; por lo mismo fluirá de nuevo, mediante el crecimiento del consumo y las ventas, a partir de acontecimientos que, en Grecia, en la costa norte de África y en otras regiones sometidas a la tiranía otomana, aspiran a poner fin a la barbarie. Lo que puede amenazar el bienestar del viejo continente es la prolongación de esas luchas internas que estancan la producción y, al mismo tiempo, reducen el número y las necesidades de los consumidores. En la América española se aproxima a su fin esa lucha iniciada seis años después de mi partida. En poco tiempo veremos pueblos independientes a ambas orillas del Atlántico, los cuales, aun entre formas de gobierno muy divergentes entre sí, volverán a parecer unidos gracias al recuerdo del origen común, al mismo idioma y a las necesidades semejantes, como las que surgen por doquier a partir del proceso civilizatorio. Gracias a los avances inconmensurables que ha logrado el arte de la navegación, se han estrechado —por así decirlo— las cuencas de los mares. El océano Atlántico se nos aparece ahora en forma de canal estrecho, que no separa a los estados comerciales europeos de los del Nuevo Mundo más de lo que, en los albores de la navegación, la cuenca del mar Mediterráneo separaba a los griegos del Peloponeso de los habitantes de Jonia, Sicilia o Cirenaica.
59 en: Hertha, Zeitschrift für Erd-, Völker- und Staatenkunde 3:9:4 (abril de 1827), pp. 328-334, dos láminas.
Panorama de Albert Gallatin en forma de cuadro sobre las tribus indias en los Estados Unidos de Norteamérica al este de las Montañas Rocosas (Stony Mountains), ordenada según los idiomas y dialectos, 1826
(INFORMA EL BARÓN ALEXANDER VON HUMBOLDT)
Los números romanos designan idiomas que son muy diferentes entre sí; los arábigos, por su lado, distintos dialectos. Los dialectos unidos mediante } se consideran muy semejantes.




Observación: en el siglo XVII, todas las tribus mencionadas, con excepción de los chippewa, que viven más al oeste, estaban al este de la corriente del Mississippi.
Si se tiene en cuenta la clasificación en ocho idiomas distintos y en 44 dialectos, hay que hacer notar lo siguiente:
1) Que entre los idiomas maskoki y choctaw, e igualmente entre los idiomas iroqueses y cheroquis, existe una semejanza.
2) Que la lengua catawba está emparentada con algunos de los otros siete idiomas.
3) Que algunos confunden a los tutelos (núm. 11) con los nanticokes; otros aseguran que ellos vinieron del río Meherrin, en cuyo caso se trataría de iroqueses.
4) Que los dialectos de los indios del San Juan y de los canois (núms. 1 y 12) no pudieron ser determinados con absoluta seguridad.
5) Que los menomini (núm. 18), como se asegura, tendrían un idioma especial.
6) Que las tribus núms. 38, 39 y 40 hablarían un dialecto del maskoki, según informaciones de los caciques creek que estuvieron recientemente en Washington.
7) Que algunos de estos caciques aseguraron haber escuchado que habría todavía algunos shawnees entre los creeks.
Si se suman los cuatro dialectos probablemente extinguidos y los mencionados, entonces la cantidad de dialectos al este del Mississippi asciende a 31.
* * *
Todos los que siguen, con excepción de los winnebagos y una parte de los sioux dakotas, tienen su asentamiento al occidente de la corriente del Mississippi, pero algunos han emigrado desde el lado oriental.


La clasificación de las siguientes tribus es puramente geográfica, si se tiene en cuenta que las informaciones disponibles sobre sus idiomas son insuficientes. Las divisiones y subdivisiones referidas se fundamentan únicamente en la etimología y no en la gramática o estructura de los idiomas.

Todas esas tribus, desde la núm. 72 hasta la 85, no superarían la cifra total de 2 000 almas.

Con respecto a las tribus núms. 86 al 93 existen grandes confusiones y dudas. Si se tiene en cuenta la pobreza y la soledad del país, hay que concluir que esas tribus, en tanto se hallen asentadas dentro del territorio de los Estados Unidos de Norteamérica no son populosas, y es probable que algunos de esos nombres sean las denominaciones de subdivisiones o distintos nombres para la misma tribu.

Los black feet constituyen una tribu numerosa. Los rapids son conocidos como una tribu especial. Para los demás vale la misma observación que para la división XVII; la mayoría, entretanto, está fuera del territorio de los Estados Unidos.


60 en: Hertha, Zeitschrift für Erd-, Völker- und Staatenkunde 9:3 (1827), pp. 73-94.
Informe sobre las expediciones histórico-naturales de los señores Ehrenberg y Hemprich a través de Egipto, Dongola, Siria, Arabia y la falda oriental de la meseta abisinia entre 1820 y 1825
LEÍDO EN LA REAL ACADEMIA PRUSIANA DE CIENCIAS POR ALEX. VON HUMBOLDT
La Academia de Ciencias nos ha encargado a los señores Link, Lichtenstein, Rudolphi, Weißyamí la redacción de un informe sobre las expediciones que, financiadas por el estado, emprendieron los señores Ehrenberg y Hemprich a través del desierto libio, Egipto, Sennar, Dongola, el Líbano, la Siria Coele, Arabia occidental y la falda oriental de la meseta abisinia entre los años 1820 y 1825, las cuales han contribuido extraordinariamente a enriquecer todas las esferas de las ciencias naturales, así como la descripción física de la Tierra.
Si bien —en vista de la influencia estimulante que toda multiplicación de las colecciones científicas ejerce sobre la ampliación del conocimiento— ya el hecho de descubrir, conservar y traer sanos y salvos a Europa un gran número de nuevos cuerpos naturales es de por sí un mérito que no puede ser pasado por alto en medio de la larga duración que suelen tener esos peligrosos viajes, no es menos cierto que ese mérito se acrecienta muchísimo más si los hombres enviados en misión estatal, provistos de excelentes conocimientos previos y permeados del sentimiento de la más alta vocación científica, obran no solo como recolectores incansables sino también, al mismo tiempo, como naturalistas atentos.
Todo cuanto se refiere a la distribución geográfica de las formas animales y vegetales, a la influencia que sobre la vida orgánica ejercen la composición del suelo, la altura de la localización y las diversas condiciones climáticas, solo puede ser desentrañado mediante la observación directa del propio explorador. Las costumbres de los animales no son menos importantes que el conocimiento de su complexión, la cual determina esas costumbres. Una gran cantidad de las más minuciosas observaciones anatómicas y fisiológicas puede hacerse solo sobre el terreno. El conocimiento geognóstico del cuerpo terrestre no lo promueve el envío de minerales que han sido extraídos de peñascos aislados sin seguir un principio rector, sin tener en cuenta sus agrupamientos en los distintos tipos de montañas, su relativa preeminencia, sus transiciones entre sí y su orden de antigüedad. Solo el geognosta observador puede ser útil a los progresos de la geognosia, y una ciencia cuyas características básicas son la descripción de la relación entre los fenómenos y el desentrañamiento de las relaciones entre masas montañosas heterogéneas no logrará nunca que aun los esfuerzos más diligentes de coleccionistas no científicos le proporcionen el desarrollo que le ofrecerían esos mismos esfuerzos provenientes del sector descriptivo de la botánica y la zoología.
Ehrenberg y Hemprich, sobre quienes recayó la elección de la academia tras llamar su atención gracias a varios excelentes trabajos, cumplen profusamente todos los requisitos que, en el marco del estado actual de las ciencias, se puede exigir a cualquier viajero ilustrado. La simple enumeración de lo que ambos han hecho es la prueba más irrefutable de ello. Recolectaron como si recolectar hubiese sido su único objetivo; trabajaron en la preparación, conservación y denominación específica de los objetos como quizá no lo ha hecho explorador alguno hasta ahora en las mismas condiciones. Los objetos enviados al Museo Real llenan 114 cajas (de entre 20 y 30 pies cúbicos cada una). La cantidad total de especímenes de plantas conservadas sobrepasa los 46 000, entre ellos 2 900 especies. La cantidad de animales alcanza los 34 000 ejemplares, entre ellos 135 especies distintas de mamíferos, 430 tipos de aves, 546 clases de peces y anfibios, 600 especies de anélidos y crustáceos, y 2 000 tipos de insectos. La colección real de minerales ha sido enriquecida con 300 piezas de distintos tipos de rocas, las cuales, ordenadas según su asentamiento y sedimentación, arrojan abundante luz sobre la estructura interna del cuerpo terrestre en remotas regiones desconocidas hasta ahora desde el punto de vista geognóstico. Pero todas esas colecciones de minerales, de plantas fanerógamas y criptogámicas (entre las cuales tan solo las primeras contienen probablemente entre 500 y 600 especies desconocidas), de formas animales de todo tipo, sobre todo de las más primitivas, que los zoólogos viajeros suelen ignorar por completo, son (por muy importante que sea su posesión material para las colecciones reales y para su libre aprovechamiento con vistas a ampliar los conocimientos histórico-naturales) de importancia totalmente secundaria, tan solo una ganancia adicional que quedará por detrás de todo lo que saldrá de las observaciones realizadas por Ehrenberg y Hemprich, cuando estas se hagan públicas.
La investigación de la naturaleza, dentro de la multiplicidad de sus creaciones y de la interrelación de sus fuerzas, ha sido el objetivo principal de una expedición sobre cuyos frutos ahora informamos a la academia. Los viajes de descubrimiento geográfico de Mungo Park, Burckhardt, Cailliaud y Clapperton tienen otro carácter y buscan satisfacer otras obligaciones. Mediante la separación cuidadosa de los objetivos heterogéneos que han de cumplir los dos tipos de viajes, los redactores de este informe se ven situados en una perspectiva desde la cual confían en poder emitir un juicio justo acerca de lo realizado. Penetrar en el interior de un continente aún inexplorado, estudiar nuevos enlaces fluviales o líneas divisorias de las aguas, descubrir ciudades muy pobladas e industriosas, todo ello en calidad de testigo inesperado de los progresos ocultos de la civilización humana, prometen con toda justicia al descubridor una celebridad que difícilmente quedará por detrás del valor que para ello se necesita. Las expediciones geográficas, no tanto aquellas que lenta y casi imperceptiblemente amplían los conocimientos de la geografía mediante localizaciones astronómicas, corrigiendo lo ya conocido, sino más bien las que resuelven repentinamente viejos problemas, y sobrepasan expectativas, despiertan casi por sí mismas un gran interés que se extiende con rapidez; incluso el lenguaje popular circunscribe la palabra descubrimientos a los resultados de emprendimientos puramente geográficos.
Esta visión unilateral del objeto explorado no complace a quienes, en el reconocimiento vívido de la influencia mutua de los conocimientos humanos, incumbe abarcar las ciencias naturales y geográficas en todas sus partes bajo un solo punto de vista. Penetrar más profundamente en la vida interna de las plantas y los animales, encontrar formas orgánicas que sirvan de vínculo mediador a grupos lejanos que suelen aparecer aislados, comprender de manera más abarcadora la interrelación de los fenómenos meteorológicos o el mecanismo de las eternamente activas fuerzas naturales electromagnéticas, honran ciertamente no menos el espíritu humano en sus fatigosos esfuerzos que los descubrimientos geográficos o la determinación de las relaciones espaciales, que son objeto de la geografía descriptiva. Del mismo modo que al valiente y precipitado Mungo Park, a quien se le honran con justicia sus investigaciones y no se le puede reprochar no haber tenido resultados botánicos o zoológicos durante su primer viaje, tampoco se le puede exigir a una expedición propiamente histórico-natural que brille por sus descubrimientos geográficos. Cada tipo de viaje tiene su carácter propio y los exploradores que alcanzan el objetivo que les fue trazado merecen encomio.
Hemos considerado anteponer estas observaciones generales al informe sobre las expediciones de Ehrenberg y Hemprich para llamar la atención sobre lo que diferencia a una empresa tan importante como esta, realizada a instancias de la Academia, de otros viajes por África. La variedad de temas tratados por los naturalistas mencionados hacía necesario hablar en segmentos separados sobre el provecho que la botánica, la zoología, la anatomía comparada y la geognosia han sacado de sus esfuerzos. Todo el empeño perseverante y toda la exhibición de fuerza que fueron necesarios para lograr tales resultados se desprenden de la descripción histórica del viaje mismo y de la consideración de los múltiples obstáculos que tuvieron que enfrentar los viajeros casi ininterrumpidamente, sucumbiendo a menudo ante ellos, ¡por desgracia!
Panorama histórico del viaje
Cuando en 1820 el general Menuvon Minutoli decidió emprender un viaje por el Oriente, cuyo objetivo principal era realizar investigaciones sobre la Antigüedad, solicitó a la Academia que lo acompañaran algunos científicos jóvenes financiados por el estado. El ministerio real aprobó que el profesor de arquitectura Liman se sumara a la empresa y la Academia de Ciencias autorizó a los doctores en medicina Ehrenberg y Hemprich, dos naturalistas que ya se habían distinguido por trabajos propios, a recibir los recursos financieros que parecían suficientes para alcanzar los objetivos propuestos durante los primeros años. En Roma, gracias a la liberalidad de Su Alteza Real, el príncipe Enrique de Prusia, la sociedad se incrementó con la presencia del señor Scholtz, orientalista y doctor en filosofía. El plan del general barón Von Minutoli era recorrer Egipto a través de sus oasis, la Cirenaica, Dongola, la península de Sinaí, Palestina, Siria y una parte de Asia Menor, y regresar a Alemania a través de Grecia. Los naturalistas recibieron de la Academia de Ciencias una breve instrucción escrita, así como preguntas específicas sobre temas que debían recibir atención preferencial en aquellas regiones lejanas. A inicios del mes de agosto, todo el grupo, con excepción del profesor Liman, arribó a Trieste y se distribuyó en dos embarcaciones, las cuales arribaron al puerto de Alejandría en septiembre. Las averiguaciones acerca de la posibilidad de viajar a la Cirenaica fueron respondidas por los conocedores del lugar de manera tal que la empresa parecía posible sin peligro alguno. El señor Drovetti, que había vivido en Egipto muchos años como cónsul francés y que ya había recorrido en persona el oasis de Siwa, proporcionó solícitamente el equipamiento de la caravana, compuesta por 56 camellos y 25 beduinos armados, entre ellos un príncipe árabe y su familia. Un firmán señorial y cartas de recomendación especiales del pachá de Egipto dirigidas a Halil Bey en Derna, que el general Von Minutoli había logrado conseguir, permitían abrigar esperanzas de no tener que enfrentar obstáculos de índole política. El profesor Liman llegó a Alejandría después de que partiera la caravana y solo pudo alcanzarla en Abusir. La prisa exagerada le había hecho pasar por alto ocuparse de adquirir la ropa apropiada y, a pesar de que sus compañeros de viaje hicieron todo lo posible por ayudarle al respecto, es muy probable que ese problema haya contribuido al triste deterioro de su salud. La maldad de los beduinos libres provocaba diariamente serias discordias en el seno de la caravana. Pertenecían a distintas tribus y, cuando ya se había avanzado profundamente en el desierto libio, el propio príncipe beduino Hadji Endaui declaró que no estaba en condiciones de ejercer control sobre aquellas. Su impaciencia era tan grande como la de los exploradores. En estas condiciones desfavorables, que obligaban a realizar guardias nocturnas, llegó la caravana a un punto situado tan solo a un día de viaje de la frontera tripolitana. El príncipe beduino declaró que sin el permiso expreso de Halil Bey en Derna no podía traspasar la frontera. Por esa razón se adelantaron los mensajeros llevando las cartas de recomendación. Pero como la desunión entre los beduinos aumentaba por día, la caravana se dividió de tal forma que el general Von Minutoli, atravesando el oráculo de Amón, regresó a El Cairo con el príncipe beduino y el intérprete principal, mientras que el resto, del que formaban parte los naturalistas y los artistas, decidió esperar el regreso de los mensajeros enviados. Esta división de los viajeros sucedió a la altura de Bir el Kor. Durante 17 días esperaron impaciente e inútilmente en el desierto. Los mensajeros no aparecieron y algunos viajeros que pasaban por el lugar contaron que Halil Bey en Derna se había consternado al saber de la llegada de una caravana en la que se encontraba un general. De haber seguido titubeando, el plazo de alquiler de los camellos se habría terminado. Por eso decidieron dirigirse al oasis de Siwa, donde esperaban conseguir protegerse de los beduinos acompañantes. A uno de los guías que se quedó en un campamento beduino le prometieron un obsequio lucrativo si lograba llevar hasta Siwa una respuesta favorable del Bey de Derna. Pero todas estas esperanzas se vieron nuevamente frustradas. La caravana atravesó el desierto casi sin parar durante cinco días y cinco noches. En Siwa, los caudillos que ejercían el poder supremo en el oasis consideraron a los viajeros como espías y amenazaron con dispararles si se atrevían a traspasar las fronteras de algún territorio perteneciente a ellos. Durante el regreso a Alejandría y a causa de la frialdad que había sobrevenido en las temperaturas, así como de las fatigosas marchas, enfermaron el profesor Liman y el señor Wilhelm Söllner, ayudante del naturalista. Aunque ambos lograron llegar hasta Alejandría, sucumbieron allí a principios del mes de diciembre a sus fatigosos esfuerzos. El orientalista Scholz se separó en El Cairo de los naturalistas y siguió su camino hacia Palestina. A partir de ese momento, Ehrenberg y Hemprich prosiguieron solos el plan de viaje que les fuera trazado. Una excursión emprendida en el mes de marzo a la provincia de El Fayún se vio interrumpida por la fiebre tifoidea que atacó al doctor Ehrenberg durante tres meses en una tienda al pie de la gran pirámide de Saqqara. Solo gracias al cuidado minucioso de su amigo pudo salvarse. No fue sino hasta fines del mes de julio de 1821 que lograron continuar el viaje a través de El Fayún. Para la entomología resultó el más fructífero de cuantos se habían realizado hasta el momento. Debido a un resfriado contraído durante una cacería en el lago de Moeris, falleció de disentería el ayudante Franz Keysel, un silesiano de Uraz que había ocupado el lugar de Söllner.
Las sumas de dinero que la Academia de Ciencias puso a disposición a partir de recursos propios ya se habían agotado y el viaje habría llegado a su fin si los deseos de la Academia no se hubieran visto activamente favorecidos por el Ministro de Educación y Cultura, barón Von Altenstein. Con la esperanza fundada de descubrir nuevas formas de cuerpos naturales en los países del sur, los viajeros decidieron seguir al victorioso ejército de Mehmet Alí. Así pues, entre agosto de 1821 y febrero de 1823 atravesaron la Nubia en dirección a Dongola. Todas las expectativas que podían despertar estas regiones jamás recorridas por naturalistas se cumplieron con creces. Ehrenberg y Hemprich llegaron a través de Nubia hasta el desierto cercano a Embukol y Korti, que separa Sennar, Kordofán y Dongola. La disminución de los recursos financieros, así como el deseo de llevar a un lugar seguro los materiales recolectados hasta el momento, hicieron que los viajeros se separaran aquí. El doctor Hemprich llevó las colecciones hasta Alejandría, donde, en lugar del dinero esperado, recibió la orden de regresar. El doctor Ehrenberg, que había permanecido en Dongola, abandonó el país, el cual había caído en la anarquía después de una revolución y el asesinato de Ismail Pasha. Su salud se había visto debilitada por la malaria. Durante este viaje se ahogó en el Nilo el italiano Vincenzo y el traductor Ibrahin murió a causa de la peste. Ehrenberg y Hemprich se vieron obligados entonces a vender en Egipto sus camellos y enseres. Mientras se preparaban para cumplir con la orden de regreso, llegó la buena noticia de que el gobierno aprobaría nuevos y cuantiosos recursos financieros para que pudiesen proseguir la empresa. Con el fin de aprovechar de modo útil el tiempo que debían esperar hasta la llegada de esos recursos, decidieron visitar la ensenada de Suez, las montañas del Sinaí y las islas a todo lo largo de la costa desde Áqaba hasta Moile. Esta excursión se prolongó durante nueve meses, desde mayo de 1823 hasta marzo de 1824. Hemprich fue el primero en regresar a Alejandría con las colecciones hechas en la península, pero allí encontró solo la mitad de la suma esperada. Ehrenberg, por su parte, permaneció cinco meses en Tor y, por desgracia, se vio en tal situación de apuro que sufrió privaciones incluso de las más elementales necesidades para la vida. El plan concebido originariamente, el de embarcarse ambos en Tor hasta Abisinia, tuvo que ser abandonado y solo tras el regreso de Ehrenberg a Alejandría se aclaró la incertidumbre que reinaba en torno a los nuevos recursos aprobados por el estado. Llegó la triste noticia de que el cónsul prusiano en Trieste, ante el cual se había depositado el dinero, se había declarado en quiebra y suicidado. A los naturalistas no les quedó entonces más remedio que esperar nuevas órdenes y anticipos monetarios. La peste asolaba a Egipto; en vista de ello parecía que era más productivo, en lugar de permanecer aislados e inactivos, aprovechar la mejor estación del año para visitar Líbano, alejado solo 12 días de travesía por mar. Una estancia de tres meses fue suficiente para poder ascender dos veces hasta la cresta de ese monte cubierto de nieve, la primera vez desde Sanin, a través de la Siria Coele hasta las ruinas de Baalbek, y la segunda desde Baalbek, a través de Bisharri y el bosque de cedros del Líbano hasta la costa de Trípoli. A inicios del mes de agosto de 1824 los viajeros llegaron de nuevo a Damietta y Alejandría, pero la empresa sufrió un nuevo revés. Durante el regreso de Siria otro ayudante europeo murió de malaria. Por fortuna ya habían llegado a Egipto los nuevos recursos financieros y las nuevas órdenes para proseguir el viaje. Con renovado valor, Ehrenberg y Hemprich resolvieron emprender de inmediato el viaje a Abisinia que por tanto tiempo habían deseado hacer. El Mar Rojo les prometía una gran riqueza de animales coralinos, anélidos y moluscos; las observaciones fragmentarias, rescatadas de los papeles de Forsskål, hicieron deseable realizar nuevas investigaciones sobre la ictiología de esas cálidas aguas. El 27 de noviembre de 1824 se pudo emprender el viaje a Abisinia. Primero por mar desde Suez hasta Yeda, donde se hizo una excursión hasta Melka con el objetivo de definir la célebre planta balsámica; después hacia el sur hasta Gumfude, en la Arabia Deserta, donde un gobernador turco se mostró agradecido por la ayuda médica que recibió por parte de los viajeros. Los proveyó de una escolta militar, con ayuda de la cual pudieron investigar la sierra cercana de Derban. Durante la continuación del viaje marítimo fueron importantes objetos de observación: la isla volcánica de Kutumbul y otra en la que pacen gacelas y que los lugareños llaman Farasan. Esta última no aparece en la carta marina que acompaña el viaje de Lord Valentia. Desde Gisan, un sitio fronterizo entre la Arabia Deserta y la Felix, los naturalistas marcharon hacia Loheia, en cuya cercanía el infortunado Forsskål se precia de haber recolectado el mayor tesoro de plantas arábigas. Más al sur visitaron Kamaran, Hauakel y Dahlak, y no fue sino hasta el 24 de abril de 1824 que alcanzaron el puerto de Massawa. Aquí, en dirección suroccidental, se eleva la meseta abisinia, que era el verdadero objetivo del viaje. Hemprich emprendió una excursión a la sierra de Gedam. Ehrenberg accedió hasta las cálidas fuentes de Eilet en la sierra de Taranta. En la ladera de la meseta de Abisinia se recolectaron productos naturales que, a juzgar tan solo por su localización, se hallan entre los más raros que puede poseer un museo europeo. Por desgracia, pronto todas estas perspectivas prometedoras se vieron enturbiadas por nuevas adversidades. En Massawa cundía una enfermedad epidémica que le costó la vida a Niemeyer, un ayudante de los naturalistas nacido en Brunswick; todos los demás viajeros, exceptuando al italiano Finzi, que fungía como pintor, enfermaron y durante mucho tiempo sus vidas estuvieron en peligro. El doctor Hemprich, agotado de tan fatigosa travesía por la montaña, sucumbió el 30 de junio, después de haber dado muestras, durante cinco años, de su extraordinario talento, incansable actividad y valor personal, sin los cuales ninguna empresa en el Oriente podría ser llevada a cabo. El doctor Ehrenberg, profundamente conmocionado por la pérdida de su amigo, pensó entonces en regresar y, tras una ausencia de meses, viajó a través de Yeda, Kossir y El Cairo hasta Alejandría, donde se embarcó a inicios de noviembre de 1825 hacia Trieste.
Este es el panorama general de los lugares en que se recogieron observaciones. En la enumeración que sigue a continuación, en la que se indica lo que los viajeros han aportado a la botánica y la geografía de las plantas, a la zoología y la anatomía comparada, a la geognosia y la mineralogía, a la geografía política y la etnología, los autores del informe nunca diferenciarán entre los trabajos de Ehrenberg y Hemprich, pues ambos naturalistas, unidos por los más estrechos lazos de amistad, expresaron antes de iniciar el viaje y durante él su deseo de que todo lo observado fuese adjudicado a ambos por igual.
Resultados para la botánica
Aparte de lo no poco que aportó Delile, en Egipto no se había hecho nada más en tiempos recientes en beneficio de las ciencias vegetales. Pero Delile no llegó hasta lo profundo del sur y los recorridos por la Nubia, si bien resultaron muy provechosos para el arte, no lo fueron para las ciencias naturales. De esos sitios recibimos muchos y muy efectivos medicamentos usados a menudo, pero cuyo origen no conocemos en absoluto o lo hacemos con gran incertidumbre, y cuya autenticidad y calidad, por consiguiente, no somos capaces de juzgar en su justa medida. La mayoría de los expertos en plantas fuera de Europa no han prestado atención a los momentos iniciales de la vegetación, a los que solemos dar el nombre de hongos y algas, a pesar de lo importantes que son para la historia de la naturaleza. El señor Ehrenberg ya se había mostrado, antes del viaje, como un conocedor tan agudo de esta vegetación oculta que, en tal sentido, cabía esperar mucho de él. Desde Forsskål, quien hizo el viaje acompañado por Niebuhr, ningún conocedor de las plantas había pisado Arabia, pero Forsskål murió durante el viaje y lo que pudo salvarse de su colección está en tal estado que da más motivo a malentendidos que a esclarecimientos. El infortunado fallecimiento del señor Hemprich impidió adentrarse en lo más profundo de la Abisinia, pero hasta un pequeño aporte al conocimiento de ese lugar es de suma importancia, pues Bruce y Salt aportaron poco a las ciencias botánicas de ese país. A pesar de que las plantas del Líbano fueron examinadas con mucho empeño por parte de La Billardiere, sus montañas muestran una vegetación tan exuberante que cabe esperar de allí un gran espigueo. Gracias al esfuerzo realizado, los viajeros estuvieron a gran altura de las expectativas. La cantidad de especies de plantas recogidas asciende a 2 875; en Egipto y Dongola recolectaron 1 035; en Arabia y Abisinia, 700, y en el Líbano, 1 140, en un notable desbalance a favor del Líbano, para cuya investigación los exploradores dispusieron de solo dos meses, o sea, de una sola estación del año. Una gran cantidad de estas especies está presente con muchos ejemplares, de modo que la cuantía total asciende a 46 750. Se recogieron semillas de 699 especies, que fueron enviadas al Jardín Botánico Real; más de 300 especies han germinado allí, entre ellas muchas que aún no han sido descritas ni marcadas. La cantidad de las especies por describir se puede contabilizar en 600. Se trajeron 44 muestras de maderas y 40 medicamentos de origen vegetal. Es muy lamentable que 48 cogollos vivos de árboles hayan llegado muertos, salvo una especie de sauce (Salix subserrata). Las investigaciones sobre las plantas, realizadas en vida sobre el terreno, abarcan más de 1 000 especies. Las floraciones y los frutos fueron desmembrados en sus partes y dibujados al instante; las plantas jugosas aparecen íntegramente reproducidas. El gran talento dibujante del señor Ehrenberg le ha venido muy bien; con mucha habilidad ha sabido representar los rasgos del follaje de árboles extraños. Se volvió a encontrar la mayoría de las especies descritas por Forsskål. Hasta de la propia Amyris Kataf extrajeron mirra los viajeros, y también determinaron con exactitud los distintos árboles de los que se extrae la goma árabe y las hojas de sen, e igualmente aportaron informaciones sobre la producción del áloe. La pulpa del Sinaí proviene de un tipo de tamarisco desconocido hasta entonces. Se observaron tres nuevas variedades de árbol del pan: Zygophyllum album, Panicum turgidum y Cucumis farinosa. Desde hace ya mucho tiempo el color del Mar Rojo ha sido motivo de muchas investigaciones; el señor Ehrenberg fue el primero en ver que provenía de una Oscillatoria, uno de esos pequeños organismos que se hallan a medio camino entre el mundo vegetal y el animal. Gracias al señor Ehrenberg sabemos ahora que las especies de mohos, plantas pequeñas que se reproducen sobre superficies pútridas, son las mismas en distintas regiones del planeta; más aun, que la vegetación más primitiva es la misma en cualquier clima. Se han examinado atentamente los tipos de vegetación primaria en las islas llanas del Mar Rojo. En todas partes los exploradores siguieron con mucha atención la difusión de las plantas, tanto de las cultivadas como de las silvestres; por consiguiente, la geografía de las plantas espera de todo ello una gran ampliación.
Resultados para la zoología
Lo aportado por los viajeros en el campo de la zoología no solo está a la misma altura de sus demás trabajos, sino que es de tal importancia en cuanto a riqueza, variedad y tratamiento cuidadoso de lo recolectado, y en la minuciosidad de las experiencias y observaciones realizadas al respecto y recogidas por escrito, que uno podría darse por perfectamente satisfecho si este hubiese sido el único logro de su empresa. Pues dicho logro es de una amplitud tal que es casi inconcebible que hayan sido capaces de aportar tantas otras cosas a las demás ramas de la historia natural.
La verdad de esta afirmación se explicará mejor e irrefutablemente a partir de los siguientes datos.
En mamíferos aportaron en total no menos de 590 ejemplares pertenecientes a 135 especies diferentes. Entre ellos, los hasta ahora conocidos o descritos con exactitud constituyen la menor parte. Los ejemplares o las observaciones realizadas en esos mamíferos arrojaron por doquier las más importantes informaciones sobre los datos aportados por los escritores antiguos, sobre las dudas de los más recientes y sobre el significado de representaciones pictóricas elaboradas en la Antigüedad. La cantidad y la selección de los ejemplares dieron cuenta al mismo tiempo de los cambios según el sexo, la edad y la época del año; el examen anatómico, realizado a la par, completó la imagen que hay que formarse de su esencia y apenas dejó cosas pendientes para futuras investigaciones. Las formas menos conocidas fueron de suma importancia para los conocimientos de su difusión geográfica y para la observación de modificaciones eventuales de algunas criaturas como consecuencia de las muy diversas influencias climáticas de los lugares donde fueron encontradas.
Los límites impuestos por un informe de esta índole impiden mencionar todo lo relevante. Proporcionaremos, a modo de ejemplo, solo algunos detalles.
En el orden de los roedores no solo conocimos por primera vez y con mayor exactitud a la liebre libia, sino también dos variaciones notables de su forma, quizás especies propias, pues una fue descubierta en la Nubia y la otra en el Sinaí. La peculiar familia de los jerbos, tanto en la variante de tres dedos (Dipus) como en la de cinco (Meriones), alcanzó, gracias al descubrimiento de muchas especies nuevas, una riqueza que no podía imaginarse antes. Algunas informaciones un tanto extrañas, aportadas por Bruce, Meyer y hasta el mismo Pallas, quedaron satisfactoriamente esclarecidas o rectificadas por ellos. Muy sorprendente resultó la variedad y particularidad estructurales de tantos pequeños roedores semejantes a los ratones que viven bajo tierra y pueblan el valle del Nilo, Arabia y Siria, e importante la comparación de todos ellos con los roedores asiáticos tan bien descritos por Pallas, de los cuales una afortunada conjunción nos ha permitido en estos días recibir tantos ejemplares desde Siberia, enviados por los señores Eversmann y Gebler. Interesantes especies nuevas de ardillas han llegado del Líbano y de la pendiente oriental de la costa abisinia. De esta última, también el hasta ahora tan malentendido babuino árabe (S. Hamadryas), que puebla las alturas de ambas costas del Mar Rojo en su región tropical. Se trajo desde Sennar un ejemplar vivo del célebre mono rojo S. Patas, de tal tamaño y fuerza que ha cambiado toda la visión que se tenía de esa especie y de su lugar sistémico.
Entre los géneros depredadores se enriquecieron sobre todo perros, gatos, civetas, meloncillos, mofetas, comadrejas y musarañas, en parte con nuevas especies y en parte mediante el complemento de informaciones existentes y de la validez de las pruebas enviadas. El célebre cerdo de los antiguos, el feneco de orejas largas de Bruce, llegó primero a nosotros aquí a Europa gracias a nuestros viajeros y, junto con dos especies parientes, el Canis riparius y el pygmaeus, se mostró como la forma enana de los zorros, la cual, desde el punto de vista genérico, no se podrá separar de ese gran clan. Las cuestiones acerca de la diferencia entre el auténtico chacal y las especies de perros orientales, así como de la degeneración que sufre nuestro zorro en los países cálidos y secos, podrán esclarecerse bastante en nuestros informes futuros. De la misma forma, a los gatos salvajes de esos lugares, que aparecen en los manuales sistemáticos con los nombres de F. libyca, F. ocreata, F. manul, etcétera, ha de vérseles solo como degeneraciones del gato salvaje común y no hay duda de que, en ese sentido, las recuas permanentes que nuestros ejemplares forman aquí llaman mucho la atención de la más reciente metodología zoológica.
Entre los demás depredadores mencionaremos solo una pequeña comadreja de cierto parecido con nuestro armiño en ropa veraniega, pero con claras membranas natatorias, las cuales estrechan aún más el ya de por sí cercano parentesco entre martas y nutrias.
El viaje también aportó una especie de oso encontrado en el Líbano, cuyo menor tamaño y pelaje ralo hacen muy dudoso, hasta que no se examine con más detenimiento el cráneo, que constituya una simple degeneración del oso campestre europeo.
En el Sinaí y en todas las alturas montañosas medianas de Nubia y Arabia vive la especie de los damanes (H. syriacus), de género emparentado con el damán de El Cabo. Sus diferencias con respecto a este no eran conocidas hasta hoy, se dudaba incluso poder encontrarlas. Pero hemos notado una diferencia llamativa en la relación de la longitud de las zarpas con respecto a la longitud del cuerpo, y ya no podemos dudar de lo que Schrebery Shaw correctamente suponían.
Pero los descubrimientos resultan brillantes sobre todo en el orden de los rumiantes, especialmente allí donde ofrecen abundante material para explicar los datos de los antiguos. La academia tiene ya en sus manos un informe detallado sobre lo que ha arrojado el examen de los antílopes nubios. Otra especie nueva se descubrió más tarde en Arabia, que probablemente hasta este momento siempre había sido confundida con la gacela Dorcas. También se la encontró en la hasta ahora desconocida isla de Farasan. Semejante a esta es el antílope Madoqua (A. Saltiana Blainville, probablemente el más grácil de todos), conocido hasta ahora solo a partir de un fragmento existente en el Museo Británico. Los muchos ejemplares de esta especie, recolectados en los distintos momentos de la vida, han permitido diagnosticarlo ya de manera fidedigna. En Nubia nuestros viajeros encontraron también el Tragelaphus descrito por Plinio y en Egipto consiguieron cabras que, por su aspecto, se asemejan a las egipcias de nariz aplastada, pero que, en cuanto a la riqueza y finura de la lana, apenas van a la zaga de las kirguizias, específicamente las que fueron traídas hasta aquí de los rebaños del señor Ternau en St. Ouen. Un cráneo de toro junto con la cornamenta, traído por ellos desde las pirámides de Saqqara, ofrece absoluta seguridad sobre el tipo y la forma de este antiguo animal sagrado.
En las pirámides y criptas del Valle del Nilo se encontró una gran cantidad de murciélagos, todos los que se refieren en la gran obra del francés Geoffroy, y varios nuevos, entre ellos uno con tetillas abdominales llamativamente grandes, nunca vistas hasta ahora en murciélagos.
La sirena del Mar Rojo es, según las investigaciones realizadas, una especie del género Halicore, llamada por los árabes naga y lothrum; un cráneo que los viajeros encontraron en una isla desértica y trajeron consigo ofrece absoluta certeza al respecto. Solo que hay que compararlo todavía en detalle con la conocida especie india, debido a cierta identidad. Aparte de eso, los manuscritos llegados del doctor Hemprich, todavía en manos del doctor Ehrenberg, contienen una extraordinaria riqueza de materiales para la zoología y la anatomía comparada de los animales superiores. No se puede dejar pasar en silencio que ahí se encuentran también aportes sumamente interesantes para la historia natural de los animales domésticos africanos.
Como regalo de parte de Abdim Bey, gobernador de Dongola, el doctor Hemprich recibió una piel de hipopótamo junto con el esqueleto, así como una piel de jirafa.
La cantidad de ejemplares de aves recolectadas, en parte pieles arrancadas al cuerpo del animal, en parte conservadas en alcohol etílico o reducidas al esqueleto, asciende a 4 671, distribuidas en 429 especies.
Ya los primeros envíos contenían todo lo que ilustraban las magníficas, aunque por desgracia no muy numerosas páginas ornitológicas de la Description de l’Egypte, y lo que trajeron los siguientes elevaron cada vez, en la misma medida, la admiración tanto por la inagotable riqueza de aquellos lugares como por la incansable diligencia de nuestros coleccionistas. Aunque el Valle del Nilo proporcionó muchas aves europeas, cada una de las cuales ha sido de gran valor para el acelerado desarrollo actual de la ornitología nacional, las visitas a Dongola, Arabia, Siria y, finalmente, Abisinia, constituyeron fuente de una riqueza cada vez mayor para la colección de aves tropicales. Las estepas aportaron avutardas, gangas, alondras, collalbas grises de especies nunca vistas, sin duda nuevas variedades dentro de esos géneros; las húmedas orillas tributaron una multitud de pájaros cantores, tordos, abejarucos comunes, suimangas, martines pescadores, y las playas contribuyeron con chorlitejos, tejedores, garzas, gaviotas y golondrinas de mar. Casi en todos esos géneros hubo más cosas nuevas y raras que especímenes conocidos y comunes. Algunos de ellos, por ejemplo, Alauda, Saxicola, Charadrius, Larus y Sterna, requieren una revisión completa a partir de ahora, incluso hasta una nueva verificación de sus características más elementales; otros, como Nectarinia, Merops, Lanius, Hirundo, se han enriquecido de manera tan excepcional que, por ahora, solo aquí será posible hacer un estudio monográfico de estos.
Merecen ser mencionados, como especímenes magníficos, no solo los extraordinariamente bellos ejemplares del avestruz de Kordofán, sino también la espléndida cigüeña púrpura (C. Abdimii), el ibis de penacho largo (I. comata), el gran buitre negro egipcio, el halcón de cabeza blanca (probablemente el arquetipo del halcón sagrado, tantas veces vinculado al dios del sol Phre), la gaviota de cabeza gris y negra, así como el Dromas Ardeola, descrito por Paykull hace 20 años a partir de un único ejemplar hallado en un lugar desconocido y nunca más vuelto a ver.
Tan solo los géneros Anas y Tringa Totanus, por muy grande que sea su variedad en el Oriente, no aportan nada que no puedan aportar sus congéneres europeos. En los demás sobresale con mucho lo extraño, incluso en géneros en los que, en vista de la cercanía, cabría esperar numerosos elementos europeos, como son los casos de Falco, Strix, Columba, Turdus, Fringilla, Emberiza, Charadrius, etcétera. Resulta sumamente llamativa la plena identidad de algunas aves acuáticas del Mar Rojo con las de la costa brasileña. Ejemplos de ello son Sterna cayennensis, Larus macrorynchos, Dysporus Sula y otras que han sido encontradas hasta ahora solo en esos dos lugares.
La cantidad de anfibios asciende a 436 ejemplares, de los cuales 27 llegaron en su pellejo, 6 como esqueleto y 704 dentro de alcohol etílico. La cantidad de especies asciende a 120. El doctor Hemprich había concluido antes de su partida un trabajo general sistemático de este tipo, que hizo llegar al señor Fitzinger en Viena con vistas a una edición común. Por esa razón estaba en plenas condiciones de establecer diferencias exactas entre las distintas formas a medida que las iba encontrando en su camino. El doctor Ehrenberg dibujó una gran cantidad vivas y, como este tipo de animales se ha descrito y dibujado casi exclusivamente a partir de ejemplares conservados en alcohol etílico, ambos le dieron cierta importancia a esa parte de su trabajo.
Entre los peces se recolectaron 2 414 ejemplares, 174 de ellos en su piel, 2 156 dentro de alcohol etílico y 84 como esqueleto. La cantidad de especies asciende a 426, de las cuales 310 pertenecen al Mar Rojo, que abarcan, salvo algunas excepciones, todas las recogidas en el índice de Forsskål, cuyo número quedó superado en más del doble. El doctor Ehrenberg y un pintor especialmente formado por él solo con este objetivo durante el pasado año, el italiano Finzi, midieron casi todas las formas y las recogieron en esbozos. Colorearon 110 especies como son en vida. El pez volador del Mar Rojo, quizás el animal alado
Salwa de la historia de los israelitas en el Sinaí, conocido hasta ahora por medio de Forsskål como un fenómeno exclusivo de alta mar, fue visto por ellos a menudo; una vez, gracias a un azar en extremo favorable lo encontraron muerto, pero sin daños, no lejos de Rhalim (Elim), precisamente allí donde los israelitas no estuvieron lejos, si es que no se pretende explicar el asunto remitiéndose a los saltamontes. Cuando hay tormenta fuerte, el pez salta en masa sobre los barcos. Según sus experiencias, no se le puede atrapar con anzuelo ni con las redes usuales allí, porque nunca se acerca a la costa y tampoco cae en la trampa de las carnadas. Provisionalmente lo han llamado Trigla (?) Israelitarum.
Encontraron peces de agua dulce, aparte de los del Nilo, entre ellos varias especies nuevas, sobre todo un gran pez acorazado dongoleño, emparentado con el sudis de Senegal, que constituye un género nuevo y que ellos han llamado Heterotis nilotica, también en el Río del Perro (Nahr el kelb) y en el Río Abraham (Nahr Ibrahim) de Siria, en el cálido cauce del Rhälim en El Tor, Sinaí, así como en los hasta ahora desconocidos ríos Wadi Kanune y Wadi Djara en la Arabia Deserta, y en el cauce de la fuente del sol en el oasis de Amón, en el estómago de una garza derribada de un disparo.
En lo que atañe a moluscos, recogieron 3 508 variedades, de ellas 2 657 en sus conchas y 851 en alcohol etílico. Las especies suman 310. A pesar de la gran cantidad de conchudos recolectados, han sido pocas las novedades que se ofrecen en comparación con otras secciones —algo, por lo demás, muy comprensible—, pero más cosas nuevas y hermosas ofrecieron en cambio las secciones de los moluscos desnudos y las ascidias. La comparación entre la población del Mar Rojo y la del cercano mar Mediterráneo proporcionará un resultado muy concreto a partir de estos materiales. La última enumeración de conchudos del Mar Rojo, realizada por el profesor Brocchi en la Bibliotheca italiana de 1822, contiene solo 91 especies. El doctor Ehrenberg dibujó casi todos los moluscos desnudos vivos, a menudo con muchos detalles. Entre ellos hay algunas formas especialmente importantes desde el punto de vista sistémico. No faltan descripciones en ninguna de las especies.
Los anélidos ocupan 261 frascos pequeños que contienen 67 especies; en la mayoría los casos se trata de formas llamativamente divergentes, y el doctor Ehrenberg cree que estos se encuentran entre los resultados más importantes del viaje. Todos han sido observados y descritos al microscopio, y se dibujaron los rasgos de los nuevos géneros. Los viajeros agradecen la posibilidad de haber llevado a cabo investigaciones precisas de este tipo a la generosidad del señor Savigny en París, quien tuvo la bondad de enviarles su clásico trabajo sobre este objeto.
En crustáceos se recolectaron 675, de ellos 203 secos y 472 en alcohol etílico. Las especies suman 103. Un número de los más bellos fueron reproducidos en colores mientras estaban vivos y hay observaciones sobre todos ellos.
En arácnidos se recolectaron 275 de 120 especies en total, la mayoría conservados en alcohol. El doctor Ehrenberg dibujó todas las especies y no dejó ni una sola sin describir en detalle. Esta sección, poco tenida en cuenta hasta ahora, probablemente sea del mayor interés para la historia natural.
En insectos, según el índice, se enviaron más de 20 000 ejemplares, pero por desgracia muchos se echaron a perder en el camino; sin embargo, parece que se perdieron pocas especies, cuya cantidad se halla entre 1 500 y 2 000. Los viajeros prestaron atención no solo a escarabajos y mariposas, sino sobre todo a himenópteros, dípteros y a otras secciones poco atendidas hasta el momento. De esta cosecha de especies, más de dos tercios parecen ser nuevas. Cada envase venía acompañado de un índice muy detallado con observaciones sobre cantidades, modo de vida y transformaciones, allí donde estas se pudieron hacer. A muchas especies pudieron observarlas en todo su proceso de transformación. De una cantidad de especies perecederas se hicieron dibujos en colores. Resulta grato saber que, en un pequeño Coccus en el Tamarix mannifera (un arbusto del Sinaí de cercano parentesco con Tamarix gallica), lograron descubrir la cochinilla del maná, un insecto buscado largo tiempo en vano. Lo llamaron por ello Coccus mannifera, lo describieron, dibujaron y recolectaron. También pudieron observar nubes de langostas y enviaron ejemplares de ese animal.
En animales epizoóticos llenaron 102 frascos pequeños, en los que recogieron la misma cantidad de especies. A menudo había varias especies de un mismo animal.
En equinodermos reunieron 365 especies, en parte disecados, en parte conservados en alcohol etílico; especialmente ricas son las colecciones de formas del género Holothuria, todas las cuales el doctor Ehrenberg dibujó vivas.
En entozoarios llenaron más de 600 frascos pequeños con 198 especies. A menudo se encontraban numerosas especies juntas, hasta siete y nueve de una vez. Casi todas fueron examinadas microscópicamente vivas y muchas, más de cien, fueron dibujadas.
En acalefos recolectaron 88 ejemplares de 20 especies, todas ellas descritas y dibujadas por el doctor Ehrenberg.
En pólipos y animales coralinos hay 62 especies con 376 ejemplares. Casi todos ellos fueron analizados y descritos mientras estaban frescos; muchos pudieron ser dibujados de inmediato en su estado expandido. Los investigadores consideran esas observaciones como especialmente interesantes. En alcohol etílico se conservan 138; los demás se enviaron disecados.
Observaciones sobre infusorios, aparte de en Egipto y Dongola, se pudieron hacer sobre todo en el oasis de Júpiter Amón y en el Sinaí; la cantidad de formas observadas y dibujadas asciende a 50. Los investigadores trataron de hacer una y otra vez observaciones de infusorios en medio del rocío recién caído, pero nunca lo lograron.
Finalmente, por medio de la observación cuidadosa de las localidades y de las circunstancias, los viajeros intentaron hacer un aporte a la geografía zoológica, el cual se extiende hasta las formas más inferiores, sin dar preferencia a esta o aquella sección.
Resultados para la zootomía y la fisiología
En estas secciones los viajeros prestaron mucho mayor cuidado para examinar los animales más simples y pequeños que en el análisis de los más grandes, lo cual resulta tanto más deseable por cuanto un examen detallado en aquellos solo es posible en estado fresco, en la mayoría de los casos. Por consiguiente, gracias a esto no solo se ha multiplicado la cantidad de géneros y especies sino que, a menudo, se ha logrado explicar su estructura de manera muy satisfactoria y se siente una gran alegría cuando, junto con los animales, uno revisa la cantidad de reproducciones logradas de pólipos, entozoarios, celenterados, moluscos, etcétera, y en todas partes encuentra observaciones interesantes: así, por ejemplo, dicen haber percibido mudanza de piel en el Ascaris spiculigera y en una Ascaris del Hyrax syriacus han descubierto apéndices tanto en el intestino como en el cordón espermático, etcétera.
La anatomía de los insectos en el sentido de Linneo se ha enriquecido mucho, por ejemplo mediante una serie de observaciones sobre la pupila de sus ojos, acompañadas de reproducciones en colores; sobre la formación del pigmento en los ojos durante la metamorfosis; acerca esta última, entre otras cosas se observó que, cuando los dípteros emergen del estado larval, una ampolla que sobresale caprichosamente de la cabeza condiciona su forma en gran medida; en una mantis pudieron observar de manera repetida y clara el movimiento de la savia en las alas. Por otro lado, una cantidad de insectos conservados en alcohol etílico, así como sus larvas, permite llevar a cabo todavía muchas otras investigaciones.
Los peces enviados y sus esqueletos, en parte de formas muy llamativas, acompañados de numerosas observaciones y reproducciones anatómicas, forman una de las partes más ricas de la colección, de modo que ahora se cuenta con dibujos sobre la posición de los intestinos en nada menos que 102 especies de peces, sin contar los demás, aún más numerosos. En el caso de un pez (Heterotis nilotica), nuestros viajeros encontraron un órgano enigmático del tamaño de un puño en las branquias, accesible al agua, que presenta ocho sinuosidades y media y un nervio de tres líneas de espesor, al que el doctor Ehrenberg considera un órgano auditivo accesorio. Algunos bellos ejemplares del pez gato eléctrico, Malacopterurus (Silurus) electricus, han permitido llevar a cabo una descripción anatómica completa del órgano eléctrico (en el tomo de los escritos de la academia a punto de publicarse), algo que hasta ahora solo se había hecho de manera muy superficial.
Entre las muchas observaciones sobre los anfibios destacan sobre todo las numerosas investigaciones sobre el ojo. En todos los géneros examinados, con excepción de las tortugas, encontraron el pecten y, detrás de la retina del ojo del cocodrilo, una piel soluble, semejante al tapetum, etcétera.
De aves recogieron 173 huevos y varios nidos. Muchos pájaros están desmembrados. Se dibujaron las lenguas de 52 especies y el paladar de 17. En el caso del Ardea Virgo, como cabía esperar, se encontró el pecten que Perrault había negado al ojo de esta ave. En el esqueleto que se envió del Buceros melanoleucos se pudo observar una constitución de los huesos neumáticos como no se ha visto en ninguna otra ave. Las vértebras cervicales y caudales son huecas, las demás no, tampoco lo son el esternón y la clavícula. Pero lo que resulta sumamente notable es que no solo los húmeros y los fémures sino también los huesos del antebrazo y de la zarpa, al igual que los de la pata y del metatarso, y también los de los dedos (excepto el último miembro), son huecos y están provistos de aperturas propias.
Al igual que de peces, anfibios y aves, también se reunieron fetos de abundantes mamíferos. Se dibujó y midió el cristalino de 24 aves, se examinó con exactitud el tapetum de muchos animales, y se les representó en colores. Los esqueletos y cráneos enviados, entre ellos del hipopótamo, del Hyrax syriacus, de varias gacelas, etcétera, entre ellas la jirafa, el toro, el dugongo del mar Rojo, etcétera, representan un gran enriquecimiento del museo anatómico. En el cráneo del dugongo está presente algo que los observadores han pasado por alto hasta ahora: claras conchas óseas, a través de las cuales este animal se diferencia mucho de las ballenas, entre las que, aparte de eso, Pallas y Cuvier lo habían registrado con toda razón.
Todos estos preparados, que por supuesto deben ser organizados y clasificados en detalle, seguirán aportando los mayores enriquecimientos para la ciencia incluso durante muchos años, de modo que será más tarde cuando pueda evaluarse todo el incremento.
Resultados para la geognosia y la orictognosia
En los grandes territorios que tuvieron la oportunidad de recorrer, los viajeros examinaron en todas partes, con sumo cuidado, el tipo de roca existente a partir de la naturaleza de los depósitos. Las rocas recolectadas se pueden clasificar en cinco grupos, entre los que destacan: 1) las nuevas formaciones ternarias y de vetas de Egipto y del desierto colindante; 2) las rocas de basamento y de transición de las cataratas, los guijarros de ónice en Asuán, el gneis granítico con cal granulosa y roca de hornablenda en Nubia, junto con la sal gema de Dongola; 3) las formaciones de pórfido y sienita del Sinaí y de la península adyacente; 4) la cal jurásica del Líbano con fósiles de peces a 3 000 pies de altura sobre el nivel del mar en Djebel, con fósiles de moluscos marinos en Sanin, cerca del límite de las nieves, y con lignito en la arenisca y arcilla esquistosa en Bisharri, así como con basalto en Haddet, a unos 6 000 pies sobre el nivel del mar; 5) las regiones costeras del Mar Rojo con la isla volcánica de Kutumbul y la ladera suroriental de la cordillera abisinia. En todos estos lugares, los señores Ehrenberg y Hemprich solo descubrieron semejanzas llamativas en la constitución geognóstica, sobre todo en la asociación de las masas montañosas. Varios bosquejos de mapas mineralógicos, que los autores de este reporte tuvieron la oportunidad de examinar, demuestran la incansable faena de los viajeros también en esta parte de su trabajo.
Resultados para la geografía y la etnología
En el marco de los objetivos del viaje, ya mencionados al principio de este informe, las indagaciones sobre geografía y etnología, así como los bosquejos gráficos de este tipo, han de verse solo como trabajos complementarios. Sin embargo, la breve mención de lo que se hizo en estas especialidades basta para mostrar que los viajeros, aun sin ayuda de localizaciones astronómicas, mediante la medición frecuente de los ángulos que conforman los puntos principales con el meridiano magnético, a través del cálculo de las distancias y del registro cuidadoso de los itinerarios, lograron reunir gran variedad de materiales topográficos. A la entrada de la ensenada de Áqaba, al igual que en Gisan, el señor Ehrenberg dibujó los contornos de varias islas que faltan por completo en los mapas de Valentia. La isla de Farasan, con una dimensión de tres días de camino, la existencia de tres poblados y varios puertos para embarcaciones pequeñas, deben ser vistas como un nuevo descubrimiento geográfico. Además de ello, merecen especial atención las rutas de viaje desde El Tor hasta el Sinaí y Suez; a través de Bir Beda hasta los pantanos de caña cercanos a la montaña de Goaebe; desde Suez hasta la isla de Kameran a lo largo de la costa oriental del Mar Rojo, donde para los geógrafos eran desconocidos ciertos fondeaderos; desde Gumfude, a través de la tierra de los wahabitas, hasta llegar a la montaña de Derban; desde Massawa en Abisinia hasta la sierra de Taranta y las cálidas fuentes de Eilet; desde las dos cumbres nevadas del Líbano, a través de la Siria Coele, hasta llegar a Baalbek, y desde allí hacia la costa de Trípoli; desde Alejandría hacia Bir el Kor, y desde allí hacia el oasis de Siwa. En las regiones costeras septentrionales del Mar Rojo se recopilaron observaciones geográficas que esclarecen las más antiguas y venerables tradiciones del género humano. Así, por ejemplo, los viajeros pudieron ver Bir Beda, probablemente la Bedea de las sagradas escrituras, que hasta el momento no se había podido determinar, así como el Mar de los Juncos de Yam Suff. El antiguo Madián, el sitio de estancia de Moisés, todavía está marcado por la localización de Magne, donde se hallan casas rodeadas de jardines. En El Tor, Ehrenberg y Hemprich reconocieron en la cálida fuente de Rhalim a Elim, el asentamiento de los israelitas. En estas regiones los pozos constituyen monumentos naturales más duraderos que los bosques y las colinas de arena. Aparte de esas anotaciones geográficas, los viajeros también enviaron a Europa lo siguiente:
1) un índice de todas las poblaciones maronitas en la parte septentrional del Líbano, en ortografía árabe y latina, 619 en total, escrito por un secretario del emir Bschir, príncipe del Líbano;
2) un índice de nombres de todos los fondeaderos, islas, arrecifes de coral y poblaciones en la costa oriental del mar Rojo entre Suez y Kameran, 287 en total, la mayor parte en lengua árabe;
3) un índice de nombres parecido, 86 en total, en relación con la costa occidental del Mar Rojo;
4) un mapa dibujado por un árabe del ejército del pachá de Egipto, que muestra el territorio de los wahabitas desde Taife (cerca de Meca) hasta Assir y Gumfude;
5) contornos de la muy montañosa costa oriental del Mar Rojo, del Sinaí, del Líbano y de la isla de Chipre, dibujados por el doctor Ehrenberg.
No mencionamos los comentarios sobre razas humanas, costumbres y lenguas que aparecen en los diarios de los naturalistas. En todas partes observaron la influencia del clima sobre el organismo y también realizaron unas 800 observaciones termométricas en sitios de los que hasta ahora se conocía bastante poco en cuanto a su temperatura media en el trópico, o en la frontera meridional de la zona templada, donde todavía hace un notable frío invernal. Para las colecciones reales representa un importante enriquecimiento haber encontrado en Egipto muchas momias humanas y de animales, así como dos rollos de papiro griegos, siete manuscritos árabes y una biblia abisinia (los salmos en la lengua amhara).
Este es el panorama somero de los resultados científicos aportados por los viajes de Ehrenberg y Hemprich a Egipto, Nubia, Siria y ambas costas del Mar Rojo. El objetivo principal de una empresa tan importante como esta habría quedado incumplido si las observaciones que tanto han aportado a los conocimientos de todas las esferas de las ciencias naturales y de la descripción física de la Tierra, las cuales hay que considerar como propiedad común de todas las naciones civilizadas, no contaran con el apoyo estatal a fin de hacerlas públicas. En vista del patrocinio benévolo que otorga el gobierno a todos los empeños que, siendo fructíferos para las ciencias y las artes, elevan el prestigio de la patria, podemos mantener lejos de nosotros cualquier preocupación al respecto. Pero corresponde también a los redactores de este informe expresar el deseo de la Academia de contar con alguna forma de publicación absolutamente digna de las necesidades actuales de la ciencia, sin que el esplendor excesivo haga que las obras que se pretenda editar se vuelvan inaccesibles para gran parte de los naturalistas. Nunca será suficiente el cuidado que se ponga en reproducir en colores los cuerpos orgánicos a la hora de presentar nuevas formas, digamos, el tipo de una nueva familia o de un nuevo género. Por otro lado, son suficientes los contornos lineales cada vez que se reproduzcan nuevas especies provenientes de géneros ya conocidos. Los magníficos dibujos del señor Ehrenberg, realizados durante el viaje mismo y a la vista de los objetos naturales, pueden servir de modelo para lo que aún queda por hacer. Una obra de viaje, cuyo rasgo primordial es la variedad y minuciosidad de lo observado, tiene que hallar su ornamento principal en la sencilla fidelidad y en la selección adecuada de lo que haya de reproducirse. De esa manera la edición se hará más rápido y resultará menos costosa para el estado. La Academia de Ciencias, que ha promovido el viaje y, en no poca medida, lo ha financiado con recursos propios, dejaría incumplida su vocación por difundir libre y vívidamente el conocimiento si no recomendara con insistencia la pronta publicación de los trabajos de Ehrenberg y Hemprich.
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