Kitabı oku: «Escritos 1789 - 1859 Volumen II»
ESCRITOS
Volumen II
Alexander von Humboldt
ESCRITOS
Editados por primera vez
1789-1859
Volumen II
Edición de Oliver Lubrich y Thomas Nehrlich
Traducción de José Aníbal Campos,
Laura Cecilia Nicolás y Orestes Sandoval
Herder
Diseño de cubierta: Claudio Bado/somosene.com
Corrección de estilo: Doriam Reyes
Diagramación: Irma Martínez Hidalgo
© 2021, Oliver Lubrich y Thomas Nehrlich, por la edición
© 2021, José Aníbal Campos, Laura Cecilia Nicolás
y Orestes Sandoval, por la traducción
© 2021, Editorial Herder
Libros de Sawade, S. de R.L. de C.V.
Tehuantepec 50, colonia Roma Sur
C.P. 06760, Ciudad de México
La traducción de esta obra recibió una subvención del Instituto Goethe.

ISBN (México): 978-607-7727-84-2
ISBN (España): 978-84-254-4330-5
La reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento expreso de los titulares del Copyright está prohibida al amparo de la legislación vigente.
Conversión ePub: Lápiz Blanco S.A.S.
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Índice
Escritos II
Índice de fuentes
Índice general
Escritos II
51 en: Notizen aus dem Gebiete der Natur- und Heilkunde 3:51/7 (septiembre de 1822), col. 97-103.
Contribuciones a la historia natural de los mosquitos
En su obra publicada recientemente, Voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Continent, Humboldt comparte un recuento muy vívido de las experiencias acumuladas sobre los mosquitos durante su larga estancia en la América tropical, con el cual arroja abundante luz en torno a la historia natural, la distribución geográfica y las particularidades de estos enemigos crueles del hombre; tanto más por cuanto hasta ahora solo los conocíamos a partir de los vagos e imprecisos apuntes de otros viajeros.
Quien nunca ha viajado a través de los grandes ríos de Sudamérica —dice Humboldt—, como el Orinoco o el Río de la Magdalena*, no puede hacerse una idea del modo en que cada instante de la vida se convierte en un tormento por causa de esos insectos alados, ni de los territorios enteros que se vuelven casi inhabitables por su culpa. Es posible soportar sin rechistar los dolores más intensos, o tener el más vivo interés por los objetos que se pretende estudiar, pero uno se ve constantemente sustraído a ello por causa de los mosquitos, zancudos, jejenes y tempraneros que se posan por miríadas en la cara y las manos, que atraviesan las camisas con sus trompas con forma de agujas, que revolotean en torno a la nariz y la boca, y provocan toses incesantes y estornudos en cuanto uno pretende hablar al aire libre. También la plaga de las moscas* (“el tormento de las moscas”) en las misiones situadas muy próximas al Orinoco, las cuales están rodeadas de bosques inmensos, ofrece un inagotable material de conversación. Cuando dos personas se encuentran por la mañana, lo primero que se preguntan es lo siguiente: ¿qué le parecieron los zancudos esta noche? ¿Qué trastadas harán los mosquitos hoy?
La distribución geográfica de estos insectos con aspecto de mosquitos presenta varios fenómenos dignos de atención. Parece orientarse no solamente por la calidez del clima, el elevado nivel de humedad y la densidad de las selvas, sino también de acuerdo con algunas circunstancias locales de muy difícil caracterización. Quisiera mencionar, desde el propio comienzo, que esta plaga epidémica no está tan difundida en la zona tórrida como pudiera pensarse. En las mesetas situadas a más de 400 toesas sobre el nivel del mar, como Cumaná, Calabozo, etcétera, no se ven más mosquitos que en las zonas más habitadas de Europa. Sin embargo, estos se reproducen en cantidades enormes en la región de Nueva Barcelona y más hacia el oeste, en la costa que se extiende hacia cabo Codera. Entre la ensenada de Higuerote y la desembocadura del río Unare, los desdichados habitantes se entierran por las noches hasta tres y cuatro pulgadas bajo la arena, dejando únicamente la cabeza al descubierto, la cual cubren con un paño. Si se remonta la corriente entre los paralelos siete y ocho de latitud, desde Cabruta hasta Angostura, o si se navega río abajo, desde Cabruta hasta Uruna, la plaga de estos insectos se vuelve bastante soportable. Sin embargo, más allá de la desembocadura del río Arauca, una vez que se ha dejado atrás el estrecho paso de Bareguan, se acaba la tranquilidad del viajero. Allí, las bajas capas del aire, situadas a una altura de entre 15 y 20 pies del suelo, parecen llenarse de una densa nube de vapor debido a la enorme cantidad de estos venenosos insectos. Si uno se retira a un lugar oscuro, por ejemplo, a las grutas cercanas a las cataratas, que se forman gracias a un bloque de granito suspendido sobre ellas en lo alto, y se mira desde allí hacia la abertura bañada por la luz del sol, verá nubes de mosquitos que serán más o menos densas según la capacidad de los animales para reunirse o dispersarse en sus lentos y acompasados movimientos. En la misión de San Borja los mosquitos son más insoportables que en Cariehara, pero en los raudales de Atures y, principalmente, hacia Maypures, el tormento, por así decir, alcanza su maximum. Dudo que exista un territorio en el que el hombre, durante la estación lluviosa, esté sujeto a mayores sufrimientos. Por encima de los 5° de latitud, las picaduras disminuyen, pero en el alto Orinoco estas son mucho más dolorosas, ya que el calor y la absoluta calma del viento tornan la piel más irritable.
Si uno se adentra más hacia el sur, donde empiezan los ríos de aguas pardas y amarillentas, denominadas habitualmente aguas negras*, por ejemplo, a orillas del Atabapo, del Temi, del Tuamini y de Río Negro, se disfruta de una tranquilidad inesperada, que casi me veo tentado a llamar felicidad inesperada. Estos ríos discurren también a través de bosques tupidos, y solo los insectos de la familia de los tipúlidos evitan, igual que los cocodrilos, las aguas negras, que son algo más frías que las aguas incoloras y que, desde el punto de vista químico, son también distintas. Quizá las larvas de estos animales, que pueden considerarse auténticos animales acuáticos, no pueden prosperar. Algunos ríos pequeños, el Toparo, el Malaveni y el Zama, cuyo color es o bien azul intenso o pardo amarillento, pululan de mosquitos. Cuando bajamos por el Río Negro, pudimos respirar libremente en las aldeas situadas a lo largo de la frontera de Brasil: Maroa, Davipe y San Carlos; pero esa mejoría de nuestra situación duró muy poco. Cerca de La Esmeralda, en el extremo oriental del alto Orinoco, más allá del cual el territorio resulta ya desconocido para los españoles, las nubes de mosquitos son casi tan densas como en las grandes cascadas. En Mandavaca encontramos a un anciano misionero que nos dijo que había pasado 20 años de mosquitos en América. Nos llamó la atención sobre el estado de sus piernas, para que pudiéramos contar luego, en nuestro país, lo que han de sufrir los pobres monjes en las selvas del Casiquiare por causa de los mosquitos. Cada picadura deja un pequeño punto de color negro-parduzco y sus piernas estaban tan picadas de unas manchas semejantes a las de la piel de leopardo que solo con esfuerzo podía distinguirse el blanco de su piel en medio de las picaduras. Ello explica por qué el padre Guardián, para vengarse de alguno que otro cofrade, lo envía normalmente a Esmeralda o «lo condena a los mosquitos». En las aguas incoloras parecen habitar, en su mayoría, especies del Genus Simulium, mientras que en el Atabapo y en el Río Negro abundan las del Genus Culex.
Hasta aquí lo relacionado con la distribución geográfica de estos animales. Sería deseable que un entomólogo versado pudiera estudiar sobre el terreno las distintas especies de estos insectos dañinos, los cuales, a pesar de su tamaño diminuto, desempeñan un papel significativo en el mecanismo de la naturaleza. Importante resulta, y así se ha demostrado, el hecho de que esas especies distintas no forman enjambres al mismo tiempo, sino que cada una lo hace a determinadas horas del día, o, como lo expresan de forma bastante ingenua los misioneros: «cubren la guardia». En medio de cada cambio uno cuenta con algunos minutos de tranquilidad, a menudo hasta un cuarto de hora. Desde las seis y media de la mañana y hasta las cinco de la tarde, el aire pulula de mosquitos que no tienen la misma forma de los nuestros, como afirman algunos viajeros, sino que parecen moscas. Son los Simulie de la familia de los Nematocera de Latreille. Su picadura es tan dolorosa como la de los Stomoxys (Conops calcitrans). En el punto donde la trompa chupadora ha perforado la piel, queda una pequeña mancha de color rojizo y marrón provocada por la sangre extravasada. Una hora antes de la puesta del sol, los mosquitos son sustituidos por una variedad más pequeña de la especie, los tempraneros*, que llevan ese nombre porque aparecen también con la salida del sol y permanecen apenas una hora y media. Tras desaparecer, entre las seis y las siete, y después de que uno ha tenido solo unos escasos minutos de tranquilidad, nos atacan los zancudos, otra variedad de mosquito con patas muy largas. La picadura de este animal es extremadamente dolorosa y la hinchazón posterior dura varias semanas. El zumbido es como el de nuestros mosquitos, pero más fuerte y prolongado, y es un auténtico insecto nocturno, mientras que el tempranero prefiere las horas crepusculares.
Durante el viaje de Cartagena a Santa Fe de Bogotá, en el valle del Río Grande de la Magdalena, entre Mompox y Honda, notamos que los zancudos oscurecen el aire entre las ocho y la medianoche, y disminuyen hacia esa última hora, hasta desaparecer durante cuatro horas, pero luego regresan en masa, sedientos de sangre. En el Orinoco, es rara la vez que pueden verse los verdaderos mosquitos diurnos y los zancudos en las dos corrientes forman parte, sin duda, de especies distintas.
También hemos visto cómo estos insectos de los trópicos proceden de acuerdo con ciertas reglas a la hora de aparecer y desaparecer. En determinadas horas en que no varían, durante la misma estación y en la misma latitud, el aire se puebla con los mismos habitantes, y en una zona en la que el barómetro puede servir como reloj, donde todo tiene lugar con maravillosa regularidad, uno, con los ojos cerrados, casi podría determinar qué hora es, lo mismo de día que de noche, identificándola a partir de los distintos zumbidos y picaduras de los insectos.
En los ríos Magdalena y Guayaquil identifiqué cinco especies de zancudos claramente distintas.1 Los Culex de Sudamérica muestran, normalmente, anillos de color azul en las alas, el tórax y las patas, y emiten destellos metálicos a través de distintos puntos. Aquí, como en Europa, son muy raros los machos que se caracterizan por sus antenas velludas, y las que pican son solo las hembras. Dado que cada una de ellas pone varios centenares de huevos, se explica el modo tan rápido en que se reproduce este bicho. Si uno remonta los grandes ríos de Sudamérica, nota que la aparición de una nueva especie de Culex anuncia en cada caso la existencia de un afluente.
Al reunir las observaciones hechas hasta ahora en una breve visión de conjunto, obtenemos lo siguiente: los mosquitos y los maringouins no se alzan hasta las alturas montañosas de las cordilleras, a esa zona de clima moderado donde la temperatura media está entre los 19 y los 20 grados centígrados. Salvo contadas excepciones, rehúyen las aguas negras y las zonas secas y sin bosque; por ello se mantienen solamente en esas otras zonas donde la linde del bosque no está separada de los ríos por llanuras secas. Cabe esperar, por lo tanto, que con la deforestación gradual se produzca una disminución de esos insectos dañinos.
Los nativos, sean blancos, mulatos, negros o indios, han de padecer, como los europeos, las picaduras de los insectos. Pero los efectos que producen varían en los distintos tipos humanos. Cuando el mismo líquido venenoso se inocula bajo la piel de un indio de piel cobriza o en la de un europeo recién llegado, este no provoca en el primero una tumefacción, mientras que, en el segundo, deriva en una fuerte viruela que va acompañada de una violenta inflamación y provoca dolor a lo largo de varios días.
Así de diferente es la actividad del sistema cutáneo según los distintos grados de irritabilidad de los órganos en cada raza humana, incluso en cada individuo. Pero que los indios sufren igual por las picaduras se infiere ante el hecho de que, mientras reman, se golpean sin cesar con la palma de la mano para espantar a los insectos. Los otomacos, una de las tribus más bárbaras, conocen el uso de los mosquiteros, que tejen a partir de fibras de palmeras. En Higuerote, las personas de color, como hemos dicho, duermen a menudo enterradas en la arena. En los poblados de Río Magdalena los indios nos invitaban con frecuencia a tomar un descanso en la plaza mayor junto a la iglesia, donde se reúne todo el ganado de los alrededores, ya que la proximidad con este proporciona a las personas algo de tranquilidad. Los indios del alto Orinoco y de las orillas del Casiquiare tienen pequeñas habitaciones sin ventanas (los llamados hornitos*), a las que se entra arrastrándose bocabajo a través de una abertura muy baja. En cuanto se ha expulsado a los insectos con ayuda del humo, se clausura la abertura. Pero la ausencia de mosquitos ha de pagarse muy cara, respirando un aire caliente y asfixiante.
Los naturales de Sudamérica, o los europeos que han vivido allí mucho tiempo, sufren mucho más que los indios, pero infinitamente menos que sus compatriotas recién desembarcados. De modo que la causa de que las picaduras sean menos dolorosas en el momento en el que uno las recibe no está en el grosor de la piel, como afirman algunos viajeros. Tampoco puede buscarse en la especial organización de los integumentos de los indios el motivo por el que las picaduras van seguidas de ronchas menores y síntomas de inflamación; ello reside más bien en la distinta irritabilidad nerviosa del sistema cutáneo. Esa irritabilidad se multiplica debido al uso de ropas muy calurosas, a la ingestión de bebidas espirituosas, a la costumbre de rascarse las lesiones y, como nos enseña la propia experiencia, a los baños consecutivos repetidos con suma rapidez. Estos hacen que las heridas antiguas sean, en efecto, menos dolorosas, pero más sensibles en comparación con las más recientes.
Dado que los mosquitos y los maringouins pasan dos tercios de sus vidas en el agua, no debe asombrarnos que estos insectos dañinos sean tanto menos frecuentes en los bosques cuanto uno más se aleja de los grandes ríos que los atraviesan. Parecen gustarles los lugares donde ha tenido lugar su metamorfosis, a los que regresan para poner sus huevos. Por eso los indios se adaptan tan mal a la vida en las misiones, porque en ellas tienen que padecer unos tormentos que apenas conocen en sus lugares de residencia originales, por lo que muy pronto huyen de nuevo hacia la selva. Las misiones, en ese sentido, han sido mal ubicadas.
Los pequeños insectos de la familia de los Nematocera han de emprender migraciones de vez en cuando. En ocasiones, en algunos lugares, a principios de la estación de lluvia, se ven aparecer variedades cuyas picaduras no se han percibido antes. Así nos dijeron cerca de Simití, a orillas del río Magdalena, que en tiempos pasados, de las especies de Culex, aquí se conocía solo el jején, y por tal razón se disfrutaba de tranquilidad durante la noche. Desde el año 1801, sin embargo, el mosquito grande de alas azules (Culex cyanopterus) se estuvo presentando con tanta frecuencia que los pobres habitantes cercanos a Simití ya no podían dormir tranquilos. En los canales pantanosos de la isla de Barú habita la pequeña mosca Cafasi, apenas distinguible para el ojo poco apertrechado y capaz de producir dolorosas tumefacciones. Los tejidos de algodón que se usan como mosquiteros necesitan ser humedecidos para que la Cafasi no penetre a través de los espacios intermedios. Este insecto, el cual, por suerte, es bastante raro, sube en enero a través del canal de Mahates hasta Morales.
Ínfimas modificaciones en la alimentación y en el clima parecen provocar también cambios en estas especies de mosquitos y maringouins en lo que respecta al efecto del veneno que descargan desde su afilada trompa succionadora, la cual tiene dientes en su extremo inferior. En el Orinoco encontramos los insectos más ávidos de sangre2 en las grandes cataratas de La Esmeralda y Mendavaca. En el Magdalena, el Culex cyanopterus es temido sobre todo cerca de Mompox, Chilloa y Tamalameque. Allí su tamaño y su fuerza son mayores, y sus patas son más negras. Uno no puede resistirse a soltar la carcajada cuando oye discutir a los misioneros sobre el tamaño, la voracidad y la avidez de sangre de los mosquitos en distintos lugares del río. Estas manifestaciones son, ciertamente, bastante llamativas; solo entre ciertas especies de animales más grandes puede observarse algo semejante. Vemos, por ejemplo, que en Angostura el cocodrilo persigue a los seres humanos, mientras que en Nueva Barcelona uno puede bañarse sin miedo en el río Neverí en medio de esos carnívoros. Los jaguares de Maturín, Cumanacoa y del estrecho de Panamá se muestran, comparados con los del Alto Orinoco, bastante miedosos. Los indios saben muy bien que los monos de este o de aquel valle son fáciles de amaestrar, mientras que otros de la misma especie, capturados en otras partes, prefieren morir de hambre antes que someterse a la servidumbre. Más obvio es el ejemplo del escorpión de Cumaná, tan difícil de diferenciar del de las islas de Trinidad y Jamaica, o del de Cartagena y Guayaquil, pero no más temible que el Scorpio europaeus del sur de Francia: mientras que el otro provoca incidentes mucho más inquietantes que el propio Scorpio occitanus de España y de la Berbería.
La gente en América, justamente como los eruditos en Europa, han concebido sistemas sobre la salubridad de los climas y las manifestaciones patológicas, los cuales chocan frontalmente en las distintas provincias. En el río Magdalena, por ejemplo, se tiene a los mosquitos por algo molesto, ciertamente, pero también por algo muy provechoso. «Esos animales», dicen los nativos, «causan pequeñas sangrías que nos protegen, en este clima cálido, del tabardillo, la escarlatina y otras enfermedades infecciosas». Por el contrario, en las orillas extremadamente insalubres del Orinoco, se atribuye a los mosquitos la culpa de las enfermedades. «Estos insectos», dicen, «surgen de la materia descompuesta y multiplican la descomposición: infectan la sangre». No hace falta recordar que el primer criterio no es el más correcto.
La frecuencia de los mosquitos y de los maringouins caracteriza los climas insalubres en la medida en que el desarrollo y la reproducción de tales insectos depende de las mismas causas que crean los miasmas. A esos dañinos animalitos les gusta el suelo feraz y cubierto de vegetación, las aguas estancadas, el aire húmedo jamás movido por el viento. Acuden preferiblemente a esos lugares en los que predomina el grado medio de luz, calor y humedad que tanto favorece los procesos químicos y, por lo tanto, estimula la descomposición de sustancias orgánicas. ¿Contribuyen los propios mosquitos a la insalubridad de la atmósfera? Si pensamos que, hasta las cuatro toesas de altitud, a cada pie cuadrado de aire le corresponde un millón de insectos alados que portan consigo un fluido cáustico y venenoso, y si recordamos que en esos enjambres se encuentra una gran cantidad de insectos muertos que las ráfagas de aire trasladan desde abajo o desde un lado, se impone entonces la pregunta de si con la presencia de tantas sustancias animales no podrían surgir unos miasmas propios. Yo creo, sin embargo, que tales sustancias ejercen sobre la atmósfera un influjo distinto al de la arena y el polvo. Pero sería demasiado precipitado decir ahora algo determinado sobre este asunto.
Algo menos incierto y, por así decir, confirmado por las experiencias diarias, es el hecho de que en las orillas del Orinoco, el Casiquiare, el río Caura y dondequiera que predomine un aire demasiado insalubre, la picadura de los mosquitos hace que los órganos sean más proclives a la absorción de los miasmas. Cuando uno pasa meses expuesto día y noche al tormento de estos insectos, la irritación constante de la piel provoca estados de agitación febriles y reprime, por medio del metabolismo del sistema cutáneo y el sistema gástrico, reconocido ya en su momento, las funciones del estómago. Se empieza entonces a padecer indigestión, la inflamación de la piel provoca sudoraciones frecuentes, no es posible aplacar la sed y en personas de constitución débil, a la exasperación siempre en aumento, le sigue una depresión del espíritu que estimula con creces la incidencia de todos los efectos causantes de enfermedades. Hoy en día no son los peligros de la navegación, los indios salvajes, las serpientes, los jaguares y los cocodrilos lo más temible en los viajes por esos canales fluviales, sino el sudar y las moscas*.
Quien ha vivido mucho tiempo en países afectados por los mosquitos, habrá tenido la experiencia, como nosotros, de que contra esos insectos torturadores no existe ningún remedio radical. Los indios se untan con onoto, con tierra sellada o con grasa de jicotea, e intentan, no obstante, espantar sin cesar a los insectos dándose golpes con la palma de la mano. Todos los mosquiteros y toldos, etcétera, resultan, debido al enorme calor que provocan y a la total inactividad que exigen, insoportables. El viento débil, el empleo del humo y los olores fuertes proporcionan, en lugares donde los mosquitos son numerosos y están muy hambrientos, un alivio insignificante. Sin razón se afirma que esos pequeños animales huyen del olor particular de los cocodrilos. En Bataillez, entre Cartagena y Honda, fuimos azotados de un modo terrible por los mosquitos, mientras diseccionábamos un cocodrilo de 11 pies de largo, el cual llenaba todo el lugar con su olor. Los indios recomiendan como algo muy efectivo el olor de las bostas de vaca quemadas. Cuando sopla un viento fuerte acompañado de lluvias, los mosquitos desaparecen por algún tiempo. Las picaduras más crueles las dan cuando se acerca una tormenta, especialmente cuando no se producen aguaceros que sucedan a las descargas eléctricas. El movimiento constante sigue siendo el mejor remedio contra la picadura de los insectos. El zancudo emite largamente su zumbido antes de posarse. Pero cuando ha encajado el aguijón, uno puede tomarlo por las alas sin que dé muestras de temor. Mientras succiona, mantiene las dos patas traseras flotando en el aire y si se lo deja chupar a gusto, sin molestarlo, la picadura no se hinchará ni dolerá en absoluto. Pero, ¿descarga el insecto su líquido cáustico en el instante en que uno intenta espantarlo? ¿Acaso absorbe el líquido de nuevo, cuando se lo deja aplacar su sed a gusto? Yo me inclinaría por la última opinión, porque cuando ofrecí tranquilamente el dorso de mi mano al Culex cyanopterus, el dolor, al principio, fue muy fuerte, pero iba disminuyendo en la medida en que el insecto continuó succionando. También probé a pincharme la mano con una aguja y frotarme la lesión con mosquitos aplastados y, no obstante, quedé exento de toda hinchazón. El líquido irritante de los Diptères, Nemocères, en el que los químicos aún no han podido identificar ninguna cualidad irritante, se encuentra, como en el caso de las hormigas y de otros Hyménoptères, en unas glándulas especiales; probablemente se diluye demasiado y, en consecuencia, se debilita cuando uno se frota la piel con el cuerpo entero aplastado del animal.
1 1) Culex cyanopennis abdomine fusco, piloso, annulis sex albis; alis caeruleis, tarsis albo annulatis. Thorax fusco-ater, pilosus. Abdomen supra fuscocaerulescens, hirtum, annulis sex albis. Alae caeruleae, splendore semi-metallico, viridenti-venosae, saepe pulverulentae, margine externo ciliato. Pedes fusci, tibiis hirtis, tarsis nigrioribus, annulis quatnor niveis. Antennae maris pectinatae. Habitat locis paludosis ad ripam Magdalenae fluminis, prope Teneriffe; Mompox, Chillea, Tamalameque caet. (Regno Novogranadensi.)
2) Culex lineatus, violacco-fuscescens; thorace fusco, utrinque linea longitudinali, maculisque inferis argenteis; alis virescentibus; abdomine annulis sex argenteis; pedibus atro-fuscis; posticorum tibiis apicibusque albis. Habitat ad confluentem Tamalamequen in ripa Magdalenae fluminis. (Regno Novogranadensi.)
3) Culex ferox supra caeruleo aureoque varius, annulis quinque albis inferis, alis virescentibus; pedibus nigricanti-caeruleis, metallico splendentibus; posticis longissimis, basi apiceque niveis. Omnium maximus differt 1 a C. haemorrhodali Fab. cui pedes quoque caerulei, thorace superne caeruleo et auro maculato; 2 a C. cyanopenni corpore superne caeruleo, pedibus haud annulatis, haud fuscis. An. Nhatin Maregr p. 257? Habitat ad ripam inundatam fluminis Guayaquilensis, prope San Borondon. (Regno Quitensi.)
4) Culex chloropterus, viridis, annulis quinque albis; alis virescentibus, pedibus fuscis ad basim subtus albis. Habitat cum praecedente.
5) Culex maculatus viridi-fuscescens, annulis octo albis, alis virescentibus, maculis tribus auticis, atrocaeruleis, auro immixtis; pedibus fuscis, basi alba. Habitat cum C. feroce et C. chloroptero in ripa fluminis Rio de Guayaquil propter las Bodegas de Bahaoyo.
2 Cabe asombrarse de encontrar esta avidez de sangre en insectos que se alimentan de savias vegetales. «¿De qué vivirían estos animales si nosotros no pasásemos por aquí?», suelen preguntarse los criollos, teniendo en cuenta que en esos lugares solo hay cocodrilos de piel acorazada y monos de largos pelos.