Kitabı oku: «El arte francés de la guerra»

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Título original francés: L’Art Français de la guerre.

© Éditions Gallimard, 2011.

© de la traducción: Ana Herrera Ferrer, 2012.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO599

ISBN: 9788490551515

Composición digital: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Citas

Comentarios I. Partida hacia el golfo de los spahis de Valence

Novela I. La vida de las ratas

Comentarios II. Tuve días mejores y los abandoné

Novela II. Subir al maquis en abril

Comentarios III. Una prescripción de analgésicos en la farmacia nocturna

Novela III. La llegada justo a tiempo del convoy de zuavos montados

Comentarios IV. Aquí y allá

Novela IV. Las primeras veces, y lo que siguió

Comentarios V. El orden frágil de la nieve

Novela V. La guerra en este jardín sangrante

Comentarios VI. La veía desde siempre, pero no me atrevía a hablarle

Novela VI. Guerra trífida, hexagonal, dodecaédrica; monstruo autófago

Comentarios VII. Mirábamos sin comprender el paseo de los muertos

Notas

¿Qué es un héroe? No es ni un vivo ni un muerto, sino uno […]

que penetra en el otro mundo y vuelve.

PASCAL QUIGNARD

Fue una verdadera estupidez. Se malgastó a la gente.

BRIGITTE FRIANG

El mejor orden de cosas, según mi opinión,

es aquel en el cual yo debo existir; y a paseo el más perfecto

de los mundos si yo no estoy en él.

DENIS DIDEROT

COMENTARIOS I

PARTIDA HACIA EL GOLFO DE LOS SPAHIS DE VALENCE

El principio de 1991 estuvo marcado por los preparativos de la guerra del Golfo y los progresos de mi irresponsabilidad total. La nieve lo cubría todo y dejaba bloqueados los trenes, ahogando los sonidos. En el Golfo, afortunadamente, la temperatura había bajado, y los soldados se asaban menos que en verano, cuando se remojaban con agua, el torso desnudo, sin quitarse las gafas de sol. ¡Ah, qué hermosos los soldados del verano, de los cuales no murió casi ninguno! Se echaban por la cabeza botellas enteras de agua que se evaporaba sin tocar el suelo, chorreando sobre su piel y evaporándose en seguida, formando en torno a su cuerpo atlético un halo de vapor recorrido por arcoíris. ¡Dieciséis litros nada menos tenían que beberse cada día los soldados del verano, dieciséis litros, tanto sudaban bajo su uniforme en ese lugar del mundo donde no existe la sombra! ¡Dieciséis litros! La televisión divulgaba cifras, y las cifras se establecían como se establecen siempre las cifras: con precisión. El rumor divulgaba unas cifras que nos repetíamos antes del asalto. Porque se iba a llevar a cabo ese asalto contra el cuarto ejército del mundo, el Invencible Ejército Occidental iba a ponerse en movimiento pronto, y, enfrente, los iraquíes se ocultaban detrás de alambre de espinos enroscado y muy apretado, detrás de minas saltarinas y clavos oxidados, detrás de trincheras llenas de petróleo que encenderían en el último momento, ya que ellos tenían mucho petróleo, tenían para dar y vender. La televisión daba detalles, siempre precisos, rebuscaban en los archivos al azar. En la televisión salían imágenes de antes, imágenes neutras que no mostraban nada. No se sabía nada del ejército iraquí, ni de su fuerza, ni de sus posiciones. Solo se sabía que era el cuarto ejército del mundo, se sabía porque lo iban repitiendo. Las cifras se quedan grabadas porque son claras, uno las recuerda, las cree. Y aquello se prolongaba, venga y venga. No se veía el final de todos aquellos preparativos.

A principios de 1991 yo apenas trabajaba. Iba a trabajar porque ya no se me ocurría qué decir para justificar mi ausencia. Frecuentaba a algunos médicos que firmaban, sin escucharme siquiera, increíbles bajas médicas, y yo iba prolongándolas más y más mediante un lento trabajo de falsificación. Por la tarde, bajo la lámpara, rehacía las cifras escuchando discos con los auriculares puestos, mi universo reducido al círculo de luz de la lámpara, reducido al espacio entre las dos orejas, reducido a la punta de mi boli azul, que lentamente me concedía tiempo libre. Primero hacía un borrador, y después con gesto seguro transformaba los números trazados por los médicos. Así doblaba y triplicaba el número de días que podía quedarme en casa y mantenerme alejado del trabajo. Nunca supe si bastaba con modificar las cifras para cambiar la realidad, con repasar las cifras con boli para escapar de todo, no me preguntaba jamás si los datos podían estar consignados en otro lugar además del volante, pero poco importa; el trabajo al que iba estaba tan mal organizado que, a veces, cuando yo no iba, nadie se daba cuenta siquiera. Cuando volvía al día siguiente tampoco se fijaban en mí más que si no estuviera, como si mi ausencia no significara nada. Yo faltaba y mi falta no era percibida. Así que me quedaba en la cama.

Un lunes de principios de 1991 me enteré por la radio de que Lyon estaba incomunicada por la nieve. Las nevadas de la noche habían cortado todos los cables, los trenes estaban parados en las estaciones, y los que habían sido sorprendidos fuera se cubrían con edredones blancos. La gente que iba dentro intentaba que no les entrase el pánico.

Aquí en el Escalda caían apenas algunos copos, pero allá no se movían nada más que grandes quitanieves seguidos de una lenta fila de coches, y los helicópteros llevaban socorro a las aldeas aisladas. Yo me alegré mucho de que todo eso ocurriese un lunes, porque aquí no sabían lo que era la nieve y se les haría una montaña, una misteriosa catástrofe atestiguada por las imágenes que mostraba la televisión. Llamé por teléfono a mi trabajo, situado a trescientos metros, y fingí que estaba a ochocientos kilómetros de allí, en las colinas blancas que aparecían en los telediarios. Yo procedo de allí, del Ródano, de los Alpes, ellos lo sabían, y a veces volvía a pasar algún fin de semana, ya lo sabían, y no sabían lo que eran esas montañas, ni la nieve, así que todo concordaba y no había motivo alguno para que yo no estuviera incomunicado como todo el mundo.

Después me fui a casa de mi amiga, que vivía frente a la estación.

Ella no se sorprendió, ya me esperaba. También había visto la nieve, los copos por la ventana y las borrascas que anunciaba la tele en el resto de Francia. Había llamado también a su trabajo con esa voz frágil que sabe poner al teléfono, diciendo que estaba enferma con aquella gripe tan severa que asolaba Francia y de la que se hablaba en la televisión. No podría ir a trabajar. Cuando me abrió todavía estaba en pijama, yo me desnudé y nos acostamos en su cama, al abrigo de la tormenta y de la enfermedad que asolaba Francia, y de la cual no había ningún motivo, ninguno en absoluto, para habernos podido librar. Éramos víctimas, como todo el mundo. Hicimos el amor tranquilamente mientras fuera seguía cayendo un poco de nieve, flotaba y aterrizaba, copo tras copo, sin prisa por llegar al suelo.

Mi amiga vivía en un estudio que tenía una sola habitación y una alcoba, y una cama que ocupaba todo el sitio de la alcoba. Yo estaba muy cerca de ella, tapado con el edredón nórdico, con nuestro deseo calmado, y nos encontrábamos muy bien al calor tranquilo de una jornada sin horarios, durante la cual nadie sabría dónde estábamos. Me encontraba muy bien al calor de mi nicho robado, con ella, que tenía los ojos de todos los colores, que me habría gustado mucho dibujar con lápices de color verde y azul sobre un papel marrón. Habría querido hacerlo pero dibujo muy mal, y sin embargo solo el dibujo habría podido hacer justicia a sus ojos, que tenían una luz maravillosa. Decirlo no basta, hay que mostrarlo. El color sublime de sus ojos escapaba al decir, sin dejar rastro. Había que mostrar. Pero mostrar no se improvisa, como probaban las estúpidas cadenas de televisión todos los días del invierno de 1991. El aparato estaba alineado con la cama, y podíamos ver la pantalla amontonando los almohadones para levantar la cabeza. A medida que el esperma se secaba me tiraba de los pelos de los muslos, pero no tenía ganas de darme una ducha, hacía frío en el reducto del cuarto de baño y me encontraba muy a gusto al lado de ella, y los dos mirábamos la tele esperando que nos volviera el deseo.

La noticia del día en la tele era la Desert Storm, la Tormenta del Desierto, un nombre de operación tomado de La guerra de las galaxias y concebido por los guionistas de un gabinete especializado. Al lado venía brincando Daguet, la operación francesa, con sus pequeños medios. El Daguet es el gamo pequeño que ha crecido un poco, un Bambi apenas púber en el que despuntan sus primeros cuernos, y que da saltitos y no está nunca demasiado lejos de sus padres. ¿Dónde encontrarán los nombres los militares? Quien lo propuso debió de ser un oficial superior que practicaba la caza en las tierras de su familia. «Tormenta del Desierto» es algo que todo el mundo entiende, de un extremo de la tierra a otro, estalla en la boca, explota en el corazón, es un título de videojuego. «Daguet» es elegante, provoca una sonrisa sutil entre los que lo entienden. El ejército tiene su idioma, que no es el común, y resulta muy turbador. Los militares de Francia no hablan nunca, o hablan solo entre ellos. Nos dan risa, les consideramos de una estupidez profunda que no necesita palabras. ¿Qué nos han hecho para que les despreciemos así? ¿Qué hemos hecho nosotros para que los militares vivan así, segregados?

El ejército de Francia es un tema que molesta. No sabemos qué pensar de esa gente, y, sobre todo, qué hacer con ellos. Nos fastidian con sus gorras, sus tradiciones reglamentarias, de las que nadie quiere saber nada, y sus costosas máquinas que merman los impuestos. El ejército de Francia es mudo, obedece ostensiblemente al jefe de los ejércitos, ese civil electo que no sabe absolutamente nada, que está muy ocupado y deja que el ejército haga lo que quiera. En Francia no sabemos qué pensar de los militares, ni siquiera nos atrevemos a emplear un posesivo que pudiera hacer pensar que son «nuestros»: los ignoramos, los tememos, nos burlamos de ellos. Nos preguntamos por qué se dedicarán a eso, a ese oficio impuro, tan cercano a la sangre y a la muerte; sospechamos complots, sentimientos malsanos, grandes limitaciones intelectuales. A los militares los preferimos lejos, solos en sus bases encerradas en el sur de Francia, o bien recorriendo el mundo para supervisar las migajas del Imperio, paseándose por ultramar como hacían antes, con un traje blanco lleno de dorados sobre enormes barcos muy limpios que brillan al sol. Preferimos que estén lejos, que sean invisibles; no nos conciernen. Preferimos que liberen su violencia en otros sitios, en unos territorios muy lejanos, poblados por gente tan poco parecida a nosotros que apenas es gente.

Eso era lo único que pensaba yo del ejército, es decir, nada, pero yo pensaba como ellos, como todos aquellos a los que conocía; eso fue hasta la mañana de 1991 en que no dejaba que asomase del edredón más que la nariz y los ojos para mirar. Mi amiga, acurrucada a mi lado, me acariciaba suavemente el vientre y mirábamos en la pantalla a los pies de la cama los inicios de la tercera guerra mundial.

Mirábamos la calle del mundo, llena de gente, blandamente acodados en la ventana hertziana, instalados en la feliz tranquilidad que sigue al orgasmo, que permite verlo todo sin pensar mal ni pensar en nada, que permite ver la televisión con una sonrisa que flota mientras se va desarrollando el hilo de las emisiones. ¿Qué hacer después de la orgía? Pues ver la tele. Ver las noticias, mirar la máquina fascinante que fabrica un tiempo ligero, de poliestireno, sin peso ni calidad, un tiempo de síntesis que rellenará de la mejor manera posible el tiempo que nos queda.

Durante los preparativos de la guerra del Golfo y después, cuando se estaba desarrollando, vi cosas muy raras; el mundo entero vio cosas muy raras. Vi mucho, ya que no abandonaba apenas nuestro nidito de Hollofil, esa maravillosa fibra textil de Du Pont de Nemours, esa fibra de poliéster de un solo canal que llena los edredones nórdicos y que no se chafa, y que te mantiene caliente como es debido, mucho mejor que las plumas, mucho mejor que las mantas, un material nuevo que permite, en resumen, (verdadero progreso técnico), permanecer mucho tiempo en la cama y no tener que salir, porque era invierno, porque yo estaba en plena irresponsabilidad profesional y no hacía otra cosa que permanecer acostado al lado de mi amiga, mirando la tele y esperando que se recuperase nuestro deseo. Cambiábamos las fundas nórdicas cuando nuestro sudor las ponía pegajosas, o cuando las manchas de semen que yo emitía en grandes cantidades (habría que decir «a diestro y siniestro») se secaban y dejaban la tela rasposa.

Vi, asomados a la ventana, a unos israelíes en un concierto con máscaras de gas en la cara, y el violinista era el único que no llevaba, y seguía tocando; vi el baile de las bombas encima de Bagdad, los mágicos fuegos artificiales de color verde, y supe así que la guerra moderna se desarrolla en la luz de las pantallas; vi la silueta gris y poco definida de unos edificios aproximarse temblando y luego explotar, enteramente destruidos desde el interior, con todos los que había dentro; vi grandes B52 con alas de albatros salir de su embalaje en el desierto de Arizona y volar de nuevo, llevando bombas muy pesadas, bombas especiales según los usos; vi volar misiles a ras del suelo desértico de Mesopotamia y buscar ellos mismos su blanco con un largo aullido del motor deformado por el efecto Doppler. Vi todo esto sin perder el aliento, solo por la tele, como una película de ficción un poco mal hecha. Pero la imagen que más estupefacto me dejó, a principios de 1991, fue muy sencilla, seguramente nadie más la recuerda, y fue la imagen que hizo de aquel año, 1991, el último año del siglo XX. Asistí durante el telediario a la partida hacia el Golfo de los spahis de Valence.

Esos jóvenes tenían menos de treinta años y les acompañaban sus mujeres jóvenes. Ellas les abrazaban ante las cámaras, llevando niños pequeños que en su mayor parte no estaban todavía en edad de hablar. Se abrazaron tiernamente, esos jóvenes musculosos, esas mujeres guapas, y, a continuación, los spahis de Valence subieron en sus camiones color arena, sus VAB, sus Panhard con neumáticos. No se sabía entonces cuándo volverían, no se sabía entonces que aquella guerra no produciría muertos del lado de Occidente, casi ninguno, no se sabía entonces que la carga de la muerte la soportarían los innumerables otros, los otros sin nombre que pueblan los países cálidos, como el efecto de los agentes contaminantes, como el progreso del desierto, como el pago de la deuda; entonces, la voz en off dejó escapar un comentario melancólico, nos entristecimos todos juntos ante la partida de nuestros jóvenes hacia una guerra lejana. Yo estaba estupefacto.

Esas imágenes son banales, las vemos siempre en las televisiones americana e inglesa, pero en 1991 fue la primera vez que se vio en Francia a unos soldados apretando contra su cuerpo a sus mujeres y a sus hijos antes de partir; la primera vez desde 1914 que alguien enseñaba a los militares franceses como gente cuya pena se podía compartir y que podríamos echar de menos.

El mundo retrocedió bruscamente, yo me sobresalté.

Me incorporé y saqué de debajo del edredón algo más que la nariz. Saqué la boca, los hombros, el torso. Tenía que sentarme, tenía que ver bien, porque asistía en la cadena hertziana (fuera de toda comprensión, pero a la vista de todos) a una reconciliación pública. Encogí las piernas, me las rodeé con los brazos y, con la barbilla apoyada en las rodillas, seguí mirando aquella escena fundacional: la partida hacia el Golfo de los spahis de Valence. Algunos se secaron una lágrima antes de subir a su camión repintado de color arena.

A principios de 1991 no pasaba nada: se preparaba la guerra del Golfo. Condenadas a la palabra y sin saber nada, las cadenas de televisión practicaban el parloteo. Producían un flujo de imágenes que no contenía nada. Interrogaban a expertos que improvisaban conjeturas. Difundían archivos, los que quedaban, los que ningún servicio había censurado, y todo acababa con planos fijos del desierto mientras el comentarista citaba cifras. Inventaban. Dramatizaban. Repetían los mismos detalles, buscando nuevos ángulos para decir lo mismo sin que lo pareciese. Desvariaban.

Yo lo seguía todo. Asistía al raudal de imágenes, me dejaba atravesar por ellas, seguía sus contornos; circulaban al azar, pero siguiendo la pendiente. A principios de 1991 yo estaba completamente disponible, me ausenté de la vida, no tenía otra cosa que hacer que ver y oír. Pasaba el tiempo acostado, al ritmo del rebrote de mi deseo y de su acopio regular. Quizá nadie más se acuerde de la partida hacia el Golfo de los spahis de Valence, salvo ellos que partieron y yo que lo miraba todo, ya que durante el invierno de 1991 no pasó nada. Comentábamos el vacío, llenábamos el vacío de corrientes de aire, esperábamos. No pasó nada salvo esto: el ejército volvió al cuerpo social.

Podemos preguntarnos dónde había estado durante todo ese tiempo.

Mi amiga se extrañó mucho de mi repentino interés por una guerra que no acababa de llegar. A menudo yo afectaba un ligero aburrimiento, un distanciamiento irónico, un gusto por los estremecimientos del espíritu que encontraba más seguros, más descansados, mucho más divertidos que el peso demasiado agotador de lo real. Me preguntó qué era lo que miraba de aquella manera.

—Me gustaría conducir uno de esos cacharros grandes —dije yo—. Esos de color arena, con las ruedas dentadas.

—Pero eso es para niños pequeños, y tú no eres un niño pequeño. Ya no —añadió ella, poniéndome la mano encima, justo encima de ese bello órgano que tiene vida propia, provisto de un corazón propio y por tanto de sentimientos, de pensamientos y movimientos que le son propios.

Yo no respondí nada, no estaba seguro, y me eché de nuevo a su lado. A efectos legales estábamos enfermos, además de incomunicados por la nieve, y así, abrigados, teníamos todo el día para nosotros, y la noche siguiente, y el otro día, hasta agotar el aliento y el desgaste de nuestros cuerpos.

Aquel año practiqué un absentismo desaforado. No pensaba, noche y día, más que en los medios de escabullirme, de escaquearme, de escurrir el bulto, de esconderme en un rincón de sombra mientras los otros iban desfilando. Destruí en pocos meses lo poco que hubiera podido poseer de ambición social, de conciencia profesional y de atención a mi puesto. Desde el otoño, me aproveché del frío y la humedad, que son fenómenos naturales y por tanto indiscutibles: una molestia en la garganta bastaba para justificar una baja. Faltaba, descuidaba mis asuntos, y no siempre iba a visitar a mi amiga.

¿Qué hacía pues? Iba por las calles, entraba en los cafés, leía en la biblioteca pública obras de ciencia y de historia, hacía todo aquello que puede hacer un hombre solo en la ciudad y sin ganas de volver a su casa. Y la mayoría de las veces, nada.

No tengo recuerdos de aquel invierno, nada organizado, nada que contar, pero cuando oigo en France Info la sintonía del boletín de noticias, me sumerjo en un estado de melancolía tal que me doy cuenta de que no debí de hacer otra cosa que eso: escuchar las noticias del mundo en la radio, cada cuarto de hora, como otras tantas campanadas de un gran reloj, el reloj de mi corazón, que latía muy lentamente, el reloj del mundo, que se encaminaba, sin dudar, hacia lo peor.

Hubo una remodelación en la dirección de mi empresa. Aquel que me dirigía no pensaba más que en una cosa: irse. Lo consiguió. Encontró otra cosa, dejó su puesto y vino otro, que tenía intención de quedarse, y puso orden.

La dudosa competencia y el deseo de huida del precedente me habían protegido, pero me perdieron la ambición y el uso de la informática de aquel que vino. El bribón que partía no me había dicho nunca nada, pero sí había tomado nota de mis ausencias. En unas fichas apuntaba las presencias, los retrasos, el rendimiento; todo aquello que podía ser medible lo había conservado. En eso se ocupaba mientras pensaba en huir, pero no decía nada. Ese obsesivo dejó su fichero; el ambicioso que vino se había formado como recortador de costes. Toda información podía servir. Se hizo cargo de los archivos y me despidió.

El programa Evaluaxe representaba mi contribución a la empresa mediante unas curvas. La mayor parte se mantenían al nivel de las abscisas. Una (la roja) se elevaba, subía formando dientes de sierra desde los preparativos de la guerra del Golfo, y se mantenía bien alta. Más abajo, la horizontal era una línea de puntos del mismo color marcando la norma.

Él iba dando golpecitos a la pantalla con un lápiz de grafito cuidadosamente afilado, con goma, que no utilizaba jamás para escribir, sino para dibujar en la pantalla, e insistir en determinados puntos dando golpecitos. Frente a tales herramientas, frente a un fichero meticuloso, frente a un generador de curvas tan indiscutible, mi práctica del boli para maquillar las palabras del doctor no daba la talla. Estaba claro que yo contribuía de una manera muy floja.

—Mire la pantalla. Tendría que despedirle por absentismo.

Siguió dando golpecitos a las curvas con su goma, parecía reflexionar y aquello hacía un ruido como de bola de caucho prisionera de un cuenco.

—Pero puede haber una solución.

Contuve la respiración. Pasaba del marasmo a la esperanza; a nadie le gusta que le echen, aunque se lo tome a broma.

—A causa de la guerra, la coyuntura se ha degradado. Debemos desprendernos de una parte del personal, y lo haremos según las reglas. A usted le ha tocado el gordo.

Yo accedí. ¿Qué iba a responder? Miré las cifras en la pantalla. Las cifras traducidas en formas demostraban muy bien lo que él quería demostrar. Yo veía mi eficacia económica, eso no lo discutía. Las cifras atraviesan el lenguaje sin apercibirse siquiera de su presencia; las cifras te dejan mudo, con la boca abierta, con la garganta agarrotada buscando oxígeno en el aire enrarecido de las esferas matemáticas. Accedí con un monosílabo, estaba contento de que me despidiera según las reglas y no como a un cochino. Él sonrió, abrió las manos haciendo un gesto. Parecía que iba a decir: «Bah, no es nada... No sé por qué lo hago. Pero váyase antes de que cambie de opinión».

Salí andando hacia atrás, me fui. Más tarde supe que hacía ese mismo número a todos los que despedía. Proponía a cada uno de ellos el olvido de sus faltas a cambio de una dimisión negociada. Más que protestar, todos le daban las gracias. Nunca fue más tranquilo un plan de ajuste: la tercera parte del personal se levantó, le dio las gracias y se largó; eso fue todo.

Se atribuyeron esos reajustes a la guerra, ya que las guerras tienen tristes consecuencias. No se puede evitar, es la guerra. No se puede impedir la realidad.

Aquella misma tarde recogí mis pertenencias en unas cajas de cartón conseguidas en el supermercado y decidí volver al lugar de donde procedía. Mi vida estaba hecha un desastre, así que podía llevármela a cualquier parte. Me habría gustado tener otra vida, pero yo soy el narrador. El narrador no puede hacerlo todo: narra, que ya es algo. Si tuviese que vivir, además de narrar, no daría abasto. ¿Por qué tantos escritores hablan de su infancia? Será que no tienen otra vida: el resto se lo pasan escribiendo. La infancia era el único momento en el que vivían sin pensar en otra cosa. Después escriben, y eso les ocupa todo el tiempo, ya que escribir utiliza el tiempo como el bordado utiliza el hilo. Y no tenemos más que un hilo.

Mi vida es una mierda y yo narro; lo que querría es mostrar y, con ese fin, dibujar. Esto es lo que querría: que mi mano se agitase, y que eso bastara para que alguien la viese. Pero dibujar requiere una habilidad, un aprendizaje, una técnica, mientras que narrar es una función humana. Basta con abrir la boca y dejar escapar el aliento. Tengo que respirar, y hablar viene a ser lo mismo. Por lo tanto narro, aunque la realidad se escape siempre. Una prisión de aliento no es demasiado sólida.

Allí había admirado la belleza de los ojos de mi amiga, aquella con la que estaba tan unido, e intenté pintarlos. «Pintar» es una palabra adaptada a la narración, y también a mi incompetencia de dibujante: la pintaba pero en realidad no salían más que garabatos. Le pedía que posara con los ojos abiertos y me mirase, mientras mis lápices de colores densos se agitaban sobre el papel, pero ella volvía la mirada. Sus ojos, tan bonitos, se empañaban, y lloraba. No merecía que yo la mirase, decía, y aún menos que la pintara o la dibujara, o representara, me hablaba de su hermana, que era mucho más guapa que ella, con unos ojos magníficos, unos pechos de ensueño, de aquellos que se esculpían delante de los barcos antiguos, mientras que ella... Yo tenía que dejar los lápices, cogerla entre mis brazos y acariciarle suavemente los pechos para tranquilizarla, secarle los ojos, repitiéndole todo lo que sentía al tocarla, a su lado, solo con verla. Mis lápices, quietos sobre mi dibujo inacabado, ya no se movían más, y yo narraba, narraba, cuando habría querido mostrar, y me hundía en el laberinto de la narración, cuando habría querido solamente mostrar cómo era, y estaba condenado cada vez más y más a la narración, para el consuelo de todos. Nunca conseguí dibujar sus ojos. Pero recuerdo mi deseo de hacerlo, un deseo de papel.

Mi vida de mierda podía desplazarse perfectamente. Sin ataduras, obedecí a las fuerzas de la costumbre, que obran como la gravitación. El Ródano, que conocía, al final resultaba que me gustaba más que el Escalda, que no conocía; finalmente, es decir, por fin, es decir, a tal fin. En fin, que volví a Lyon.

La Tormenta del Desierto me puso en la puta calle. Yo era una víctima colateral de la explosión que no se vio, pero cuyo eco todos oímos en las imágenes huecas de la televisión. Estaba tan poco unido a la vida que un suspiro lejano me desgajó. Las mariposas de la US Air Force batieron sus alas de hierro y en el otro extremo de la tierra eso desencadenó un tornado en mi alma, un chasquido, y volví al lugar de donde venía. Esa guerra fue el último acontecimiento de mi vida de antes; esa guerra fue el final del siglo XX, en el que había crecido. La guerra del Golfo alteró la realidad, y la realidad cedió bruscamente.

La guerra tuvo lugar. Pero ¿y qué? Para nosotros era como si la hubieran inventado, ya que solo la seguíamos en la pantalla. Pero alteró la realidad en determinadas regiones poco conocidas; modificó la economía, provocó mi despido negociado y fue la causa de mi regreso hacia aquello de lo que había huido, y los soldados que volvieron de esos países cálidos no recuperaron jamás, según se dice, toda el alma: estaban misteriosamente enfermos, insomnes, angustiados, y morían de un desmoronamiento interior del hígado, de los pulmones, de la piel.

Valía la pena interesarse por aquella guerra.

La guerra tuvo lugar, no se supo gran cosa de ella. Y mejor así. Los detalles que se supieron, si uno se molesta en unirlos, dejan entrever una realidad que más valdría dejar oculta. La Tormenta del Desierto tuvo lugar, con su ligero Daguet triscando detrás. Aplastaron a los iraquíes bajo una cantidad de bombas difícil de imaginar, más de las que se habían soltado jamás, cada iraquí podía tener la suya. Algunas de esas bombas perforaban los muros y explotaban detrás; otras hacían estallar uno tras otro los pisos de un edificio antes de detonar en la bodega, entre aquellos que se escondían allí, otras proyectaban partículas de grafito para provocar cortocircuitos y destruían las instalaciones eléctricas, otras consumían todo el oxígeno en un vasto círculo, otras más buscaban ellas solas su objetivo, como perros que van olfateando, que corren con la nariz pegada al suelo, que atrapan de un bocado su presa y explotan en cuanto la tocan. A continuación se ametrallaba a las masas de iraquíes que salían de sus refugios; quizá atacaban ellos, quizá se rendían, no se sabía por qué se morían y no quedaba nadie. No tenían municiones desde la víspera, ya que el partido Baas, desconfiado, que liquidaba a todo oficial competente, no daba municiones a sus tropas por miedo a que se rebelasen. Esos soldados harapientos lo mismo podrían haber ido provistos de fusiles de madera. Aquellos que no salían a tiempo eran sepultados en sus refugios por los bulldozers que cargaban en fila, que removían el suelo ante ellos y tapaban las trincheras junto con todo lo que contenían. Eso duró algunos días, esa guerra extraña que parecía una obra de demolición. Los carros soviéticos de los iraquíes intentaron una gran batalla sobre un terreno llano como en Kursk, y acabaron despedazados por una sola pasada de aviones de hélices. Los aviones lentos de ataque terrestre los acribillaron con bolas de uranio empobrecido, un metal nuevo que tiene el color verde de la guerra y pesa más que el plomo, y por eso atraviesa el acero con más indiferencia aún. Las carcasas las dejaron allí, y nadie fue a ver el interior de los tanques humeantes después del paso de los pájaros negros que los mataban. ¿A qué podía parecerse aquello? ¿A unas cajas de raviolis destripados arrojados al fuego? Pero no se trataba de imágenes, y las carcasas quedaron en el desierto, a cientos de kilómetros de todo.

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