Kitabı oku: «Las ruinas de la caza», sayfa 2

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Flashback, Pt. 1

El problema, su problema, era que las palabras nunca decían lo suficiente, ni siquiera lo que de ellas podía surgir a partir de todas las combinaciones posibles, del encuentro de todas las palabras que había escuchado durante treinta y siete años: las palabras no alcanzaban, se quedaban cortas, había que descifrar, siempre, había que indagar, que desentrañar algo superior, una materia fétida que, paradójicamente, subyacía en el marco de la lengua, como una maldición. El problema, pensaba, era muy sencillo, podía resumirse en un solo nombre (y qué es el nombre sino ese sitio donde confluyen las palabras, ese espacio donde se conjuntan sintagmas y constructos que nos hacen creer que lo que tenemos delante nuestro es, a pesar de todo, un ser humano), un solo nombre que lo contenía todo, origen y originario, el inicio de la cadena que le ataba las piernas, le impedía salir del consultorio como antes y saludar a las enfermeras, subirse al auto para conducir a casa, abrir la puerta, mirar, pensar que el silencio era la única palabra. Un nombre, ese: la fórmula condensada de diecinueve letras que habían cambiado su vida porque ya no podía ser indiferente, porque ahora le era imposible ver las cosas desde esa especie de pasividad objetiva que le otorgaban los títulos, las medallas físicas y virtuales, los reconocimientos colgados en marcos de madera que servían —sólo en ocasiones, es preciso decirlo— de escenografía perfecta para su autoritarismo. Se contentaba con escuchar, decir unas cuantas frases repetidas un sinfín de veces y en las más variadas ocasiones y reír por dentro, ahí donde nadie había sabido llegar antes de ella, ese lugar que, creía, estaba asegurado, ese silencio que nadie podía tocar porque las palabras son siempre el indicio del síntoma, la raíz que se hace patente, la imagen construida contra la que debía ingeniárselas, ese objeto que debía escrutar con palabras, irónicamente, para que el otro sintiera un determinado alivio. La ciencia, la suya, era caduca, y tardarse tanto en reconstruir el nombre, en armarlo en su mente para, luego, cuando llegara a casa —esa tarde no había tomado la ruta corta, había escapado, dejando a tres pacientes a la espera en el consultorio; llovía y el noticiero de la radio era una estática interminable, ruido blanco—, en el instante en que abriera la puerta, ser capaz de decir el nombre para después contárselo a sus muebles, a la mesa sobre la que había trabajado durante tantos años (la casa era la misma de sus años de estudiante, ese rincón que su padre le dejó a manera de herencia en vida, cuyo jardín había servido para tantas lecturas, para que sus ojos pasaran sobre tantos libros y sus manos se colorearan con la ausencia siempre latente de alguien a quien confiarle eso que, cada vez con más cautela, escribía en los márgenes, el sitio, único, de sus diálogos, de su reflexión instantánea y, por mucho, hondamente sincera sobre sí mismo; la casa, esa, con su duela a medio destruir y las paredes cortándose en grietas que las recorrían discretamente desde el techo hasta la alfombra, el sitio de tantas reuniones —algunas de ellas programadas, otras espontáneas, como un suspiro— con el recuerdo de su madre en el hospital la tarde en que tomara su mano por última vez), susurrarle el nombre al sofá de piel en el que en una ocasión —la recordaba nítidamente— había llorado frente a esa fotografía de la infancia en la que estaban todos los que alguna vez fueron y que ahora eran solamente olvido.

Miró el reloj del auto y siguió conduciendo.

En el asiento del copiloto —no era necesario volverse a verlo— estaba la pila de archivos que había robado del despacho general del Hospital.

Se preguntaba, entonces, si no habría sido más fácil renunciar, escribir un oficio en el que dijera que estaba cansado, que los años no pasan en vano y que se sentía cansado; quién sabe, quizá solamente alguna de esas líneas prefabricadas con las que la gente se despide de la demás gente, con las que las personas se disculpan por fallar. No lo había hecho porque sabía que habría sido frustrante que le remitieran la carta, que lo quisieran convencer de no dejar el Hospital y que, años después, a la hora de su retiro definitivo —el cual no veía sino en la muerte—, todos hubieran recordado como un episodio de debilidad, de flaqueza. Lo que le quedaba era sólo eso, sin duda, una especie de mecanismo de protección dentro del cual escondía algunos episodios.

No quería abrir las compuertas. Abrirse. No quería explicar la verdadera razón porque entonces tendría que encontrarse una enfermedad, determinar —auto-determinarse, auto-diagnosticarse— los síntomas. Justificarse. Mejor así. Los papeles podrían estar en su casa mientras trabajara en el libro, mientras escribiera. En el fondo sabía que no era necesario tenerlos a la mano. Recordaba cada gesto, cada detalle. Ahora mismo, mientras conducía, recordaba. Ahora, gracias a ella, era capaz de recordar. Si le hubieran preguntado unos meses atrás —tres meses y siete días atrás, para hacerle justicia a la fijación— habría hallado alguna forma para evadir los encuentros, para evitar los nombres y los síntomas, una manera de hacerse el desentendido arguyendo que iba en contra de la ética profesional, que su labor se lo impedía. (Al humanismo siempre le dejaba la salida fácil: ¿quién podía haber dudado de él, de un médico con su prestigio, con su trayectoria?; en todo caso, ¿por qué dudar?) Y, no obstante, ahora sabía que todo estaba ahí, en su cabeza: un fluir de encuentros en los que se había prefigurado la ruta que recorría a tientas con los ojos palpitando y las pupilas dilatadas en contra de su voluntad. Cada charla, cada discurso, cada persona que se había acercado a él o que los otros —la amabilidad es interminable— le habían acercado, todos ellos estaban ahí. Ella había venido a mostrárselo. Tres meses y siete días antes hubiera pensado que no era posible, que nadie nunca podría haberlo hecho entender, que su labor era muy sencilla y que debía enfocarse sólo en ésta con la finalidad de construir las bases de un futuro en el que quedara la impronta de su palabra, testimonio de la humanidad que habita, todavía y a pesar de todo, en el hombre.

Tres meses y siete días antes hubiera dicho que no. Se hubiera negado. Ahora, por el contrario, conducía con la mirada puesta en el parabrisas, en las gotas que chocaban y se deshacían igual que las palabras saliendo de la boca del paciente y estrellándose contra sus ojos, contra sus prejuicios y sus conceptos caducos, pisoteados.

La lluvia en el parabrisas, los limpiadores del auto en su afán por borrarlas lo más pronto posible y su mente averiada. Pensaba que las palabras no existen hasta que se las pone en el papel, hasta que forman conjuntos que pueden reflejar el pensamiento o separarse lo más sinceramente de éste. Por eso tomaba notas, hacía informes, tenía archivos. Por eso se los había llevado. Era necesario impedir que los otros descifraran el mecanismo, que los otros entraran en lo que había construido con el paso de los años. Tenía los archivos porque eran él y porque —aunque esto le sonaba, cada que se lo repetía en la cabeza, imbécil, profunda y cabalmente imbécil— tal vez ella quisiera leerlos. Tal vez, había una mínima posibilidad de que lo hiciera. Bastaba con que la llamara, con que se acercara a ella del mismo modo en el que ella se había acercado a él, con la misma fineza en el paso, con las mismas intenciones de hacerse patente, de reconfigurarse frente al otro sin que se ejerza sobre él ninguna tiranía. Era honesta, dichosa en su desgracia, perfecta en la medida en que la perfección era imposible e imposible en tanto imagen decodificada, en tanto signo vacío, alterado, inaccesible. Era, ella, más de lo que podía resumir en un pensamiento que surgía a medias mientras conducía, mientras no pasaba nada, como en esas narraciones que no son narraciones, esas que emulan las narraciones y se valen de éstas como pretexto para hacer cuadrar un determinado discurso en el foco de la lengua. Ocupaba el espacio vacío, el espacio muerto del trayecto a casa —especialmente patético esa tarde, habiendo tomado la ruta larga; los papeles, que descansaban en el asiento del copiloto— para reconstruir una serie de procesos que había iniciado a las doce dieciséis de un veintiséis de agosto, tres meses y siete días antes de ese momento. Las manos sobre el volante, los ojos fijos en las gotas del parabrisas, conduciendo automatizadamente en una calle que nada dice de las demás, en una ciudad que puede ser cualquiera, bajo una tormenta igual a cualquier otra.

Por un instante creyó que podría arrepentirse, que esa era una opción más, que esa habría sido una opción en aquel momento.

Se sintió pleno.

Detuvo el auto, orillándose hacia la derecha y dando vuelta en la primera calle que encontró. Una esquina sin nombre, sin historia. Miró hacia el asiento del copiloto y se dijo que no era necesario seguirla, que no debía hacerlo, no había por qué, no ahora porque no había sido necesario hacerlo antes. Tomó la pila de papeles, buscó entre todos los fólders y carpetas el papel que necesitaba para saber que todo podía cambiar, que podía tomar una ruta en dirección opuesta, regresar al Hospital, regresar los papeles a su sitio y salvarse, salvar su carrera y su vida. Porque en ese momento sintió que tenía una posibilidad de futuro, que podía haber una opción, que no todo dependía de ella, pero fue en vano: a manera que sus manos escarbaban en el montón de papeles, conforme éstos iban cayendo y revolviéndose como hojas haladas por el viento sobre el suelo del automóvil las diecinueve letras se conjugaron en su cabeza hasta que le fue imposible no repetir el nombre una y otra vez, sintiendo cómo sus raíces se extendían desde la boca del estómago hasta la garganta, estallaba en su cabeza y le impedía seguir buscando porque en el fondo sabía que lo que buscaba estaba en otra parte, en un lugar muy lejos del que había encontrado azarosamente para detener el auto, para pensar que podía evitarse el trabajo de pensar.

Encendió un cigarro.

Dejó de buscar porque la buscaba a ella.

Porque buscaba su expediente, porque había una historia clínica que la concernía.

Ella había llegado por la mañana. Una paciente como cualquier otra. Sin recomendación, según había marcado en la hoja de datos estadísticos que la enfermera le había hecho llegar mientras atendía a ese que él mismo identificaba como el hombre de los sueños en cadena. El nombre, Aïnhoa Idiazábal Lescano, lo había encantado desde ese instante. (Sin quererlo —mientras el humo, luego de haber escapado por una hendidura brevísima de sus labios, salía por el vidrio a su izquierda— había cedido.) Una tipografía casi infantil, tierna o más bien perversa, acentuada por la tinta azul turquesa de una pluma de gel. Escuchaba al hombre de los sueños en cadena pero sus ojos ya se perdían en la tipografía de Aïnhoa, en las respuestas lacónicas y absurdas que había dado a las preguntas (absurdas y lacónicas) que la gente trataba de encontrar verdaderamente significativas, quizá solamente para dar una buena impresión, quizá porque en verdad creían en él, confiaban en que lo que estaban haciendo al llenar esa hoja de datos era un paso hacia la salvación, hacia la cura. Una cosa le impactó desde el principio: la forma en que una respuesta parecía extenderse a la siguiente. Parecía como si Aïnhoa intentara crear un efecto de totalidad; más que un relato, una novela. El hombre de los sueños en cadena lloraba como lo hacía habitualmente. Él levantó la vista, dijo alguna frase hecha para la ocasión, trató de acertar y lo hizo y el hombre de los sueños en cadena volvió a recordar el episodio de la tina, las vecinas de su madre entrando en la sala de baño y preguntándole si ese pequeño cuerpo que salía apenas del agua era de niño o de niña. Tuvo tiempo de mirar la hoja de datos una vez más en el momento en el que el hombre de los sueños en cadena se tocaba los senos, los palpaba con la delicadeza con que se escoge un recuerdo que nos duele. La última respuesta era especialmente reveladora. “Ningún motivo es suficiente para venir aquí pero cualquiera de ellos bastaría para no hacerlo”. Recordaba tan bien esa línea que podía entrecomillarla. Citaba de memoria. Recordaba el momento en que escribió la receta del hombre de los sueños en cadena pensando en Aïnhoa y el cigarro se consumió por entero.

No necesitaba los papeles. Todo estaba ahí. Adentro. Sólo tenía que sacarlo, que escribirlo.

Echó a andar el auto y condujo hasta su casa. En el camino pensó que lo primero que haría sería tomar un baño. Así lo hizo.

Al salir —los papeles, sobre la mesa de trabajo, lo miraban como niños sentados frente a un profesor temido a quien, empero, se le tiene cierto cariño— comenzó la labor metódica de acomodar cada uno de los archivos de acuerdo a los síntomas que se contenían en ellos —tarea que, sin ningún problema, hubiera podido, en cualquier otra circunstancia, haber delegado a alguien más, alguna de esas estudiantes que lo atosigaban con preguntas cada jueves por la tarde cuando impartía cátedra en la universidad, alguna de las enfermeras que buscaban cualquier oportunidad para ir a su casa y dejar que las acariciara sin la menor intención de hacerlo, su secretaria, una anciana amable y anodina, su vecino, que se decía escritor y decía estar trabajando en un proyecto de cuentos que constaba en el libro que escribía un psiquiatra, el cual, habiendo traicionado el código de ética, recuperaba algunas de las sesiones con sus pacientes para escribir una serie de relatos que giraban en torno a la imposibilidad de la representación por medio de los trastornos del lenguaje. Esa noche no contaba con nadie. Estaba solo. En silencio.

Trabajó hasta tarde —once con tres de la noche para ser exactos, según sus propias anotaciones. Una vez terminada su labor, obtuvo una clasificación que, si bien a primera vista no tenía coherencia, decidió conservar, con la posibilidad de realizar algunas modificaciones ulteriores: autismo, bipolaridad, esquizofrenia, border, agorafobia, angustia, paranoia, además de una octava clasificación, arbitraria no menos que el resto: Aïnhoa Idiazábal Lescano. Las clasificaciones, escribió, tienen que avanzar como una escala de colores que debe llegar al blanco, que debe volver…

Nunca terminaría la frase.

Nota al pie de la página 52 de la primera edición de Vidapública:

El pasaje anterior se encuentra evidentemente incompleto. El resto del texto —entiéndase, de esta línea hasta el final— fueron sin duda correcciones que el doctor Ricardo Fernández Kacew agregó después, es decir, antes de presentar el trabajo ante la Société Internationale de Psychiatrie Expérimentale con sede en Liège bajo el título de Vidapública. Informe y análisis del tratamiento y la observación de algunos casos clínicos relacionados tangencialmente con los trastornos del lenguaje. El primer manuscrito entregado cuenta ya con los pasajes que, a continuación, se desarrollan. A este respecto cabe mencionar que el trabajo de edición ha consistido simplemente en darle forma al fárrago que era este manuscrito en su primera versión, terminada, en palabras del autor. El proceso de edición no ha tenido injerencia alguna en el texto original. Los editores han decidido aprovechar la presente intervención para determinar un estatuto de carácter formal: la SIPE se deslinda de cualquier opinión, crítica, comentario o simple punto de vista presentados por el autor del presente libro, dejando en claro, asimismo, que el valor de este trabajo debe ser considerado a la luz de lo estrictamente científico y que, como tal, se recomienda al lector que no lo aborde desde ninguna otra perspectiva que la de la psiquiatría —con la salvedad de ciertos puntos que, como podrá identificarlos, son estrictamente ficcionales y cuya naturaleza es tan clara que cualquier proceso de inteligibilidad podrá detectar.

Documentos anexos al Informe Oficial entregado el 17 de febrero de 2002 a la Dirección General del Hospital Nacional de Psiquiatría. Paciente: Aïnhoa Idiazábal Lescano:

3 de mayo de 20…, Aïnhoa Idiazábal Lescano. Dieciséis años. Caso indeterminado (¿indeterminable?). Aïnhoa entra al consultorio por primera vez. Lleva vestido de flores, tenis rotos, el cabello suelto. Mira a su alrededor y opta por sentarse en el sofá largo, perpendicular a la ventana. Breve saludo. No hay respuesta. La invito a comenzar. Mirada evasiva, errante. “La belleza no se puede determinar sino en el tiempo”, dice. “Por tanto, no se puede representar”. Me mira a los ojos y sonríe. ¿Qué hay detrás de esa sonrisa? Pide que deje de escribir. Así lo hago (Nota —agregada al término de la sesión—: Aïnhoa dibujó un mapa mental de lo que intentaría trabajar conmigo basándose en la estructura del consultorio. Comenzó por la puerta que abre al pasillo que conecta los consultorios y terminó con la ventana perpendicular al sofá donde estaba sentada. Cada espacio involucraba una parte de su trabajo conmigo. Ha estado en sesiones anteriormente, seguramente de psicoanálisis. Tiende a auto-interpretar lo que dice y así forma un marco del lenguaje que es de difícil acceso. La idea de entrada en contraposición a la de salida la atormenta. Sólo en contraposición. Momentos después de trazar el mapa comentó una escena de cuchillos, en una casa —no dio mayores detalles—; mencionó, asimismo, la “desesperación” de enfrentarse al silencio de esa casa “vacía” y saber que “los cuchillos están ahí, en la cocina, en el lugar de siempre”. Dijo que temía volverse loca —cito textualmente—, que temía clavárselos —no agregó a quién. Luego de una breve conclusión de su parte, “no controlo lo que pienso pero puedo darme cuenta de lo que hago mientras lo estoy pensando”, permaneció en silencio más de veinte minutos y luego, sin más, me preguntó si podía irse. Despedida cordial. Evita el contacto físico.

Argumento

Mi vida mental está atravesada totalmente por dudas mezquinas y certezas perentorias que se explican en palabras lúcidas y coherentes. Y mis debilidades son de una contextura más temblante, son ellas mismas larvarias y mal formuladas. Tienen raíces vivas, raíces de angustia que tocan el corazón de la vida; pero ellas no poseen el corazón de la vida, no se siente en ellas ese aliento cósmico de un alma estremecida en sus bases. Ellas son de un espíritu que no habría pensado su debilidad, pues de otro modo la traduciría en palabras densas y agitadas. He ahí, señor, todo el problema: tener en sí la realidad inseparable y la claridad mental de un sentimiento, tenerla al punto de que no haya manera de explicarla, tener una riqueza de palabras, de giros aprendidos y que podrían hacerse bailar, servir al juego; y que, en el momento en el que el alma se apresta a organizar su riqueza, sus descubrimientos (esta revelación), en este inconsciente minuto en el que la cosa está a punto de emanar, una voluntad superior y cruel ataca al alma como a un vitriolo, ataca la masa palabra-e-imagen, ataca la masa del sentimiento y me deja, a mí, palpitando como a la puerta misma de la vida.

Antonin Artaud, “Carta a Jacques Rivière, 6 de junio de 1924”

El 9 de septiembre de 20…, Jolene viajó a su antigua casa en Eau Claire, Wisconsin, cuando aún no se cumplían siquiera los dos primeros meses de su ingreso como profesora del Colegio y exactamente siete meses y tres días antes de copiar en su libreta: “¡Qué bien me enseñaron a odiar! Casi diría que mi vida no será otra cosa que sacar lo que absorbí cuando mi cabeza era una esponja abierta a las emanaciones de los grandes” (Germán García, Nanina). Debajo de la cita, anotó:

Puedo decir, sin temor a equivocarme, que Ricardo Fernández Kacew estaba convencido de que debía escribir como si le faltara el impulso anterior —no el de antes, el de otros tiempos, sino el inmediatamente anterior al momento de la escritura, eso que esperaba y, a veces también, buscaba, propiciaba incluso por medios conocidos y luego a través de cosas o pensamientos que no sabía que podrían propiciarlo—: tenía que escribir así, como sin querer hacerlo, porque escribir era parte de un flujo que lo contenía o en el que él estaba inmerso en formas que la escritura, precisamente, se suponía revelar: circuitos o, quizás aún más que eso, sencillamente ciclos en los que se veía a sí mismo pensando —podía ser cualquier cosa: una palabra que había leído por equivocación al husmear en los diarios por la mañana, camino al trabajo; una frase escuchada de paso mientras se adentraba entre la gente para ingresar al metro; algo como una configuración visual que se le aparecía al volver el rostro, al tornar, como hacia dentro, la mirada hacia las cosas— y luego pensaba cómo iba a escribir exactamente eso y no algo más de lo tanto que ya había aparecido en sus ojos y que quería, de algún modo, adoptar o adaptar, cualquiera que fuese el verbo correcto para ese asunto, en la medida en la que el impulso cabía dentro de un párrafo o dos, a veces demasiado cercado, a veces abierto, expuesto, mostrándose como si fuese capaz de ostentar una especie de cinismo hasta que, al fin, en efecto, sin darse cuenta, delante de la pantalla de la computadora escuchaba el ritmo del golpeteo de las puntas de sus dedos sobre el teclado siempre en contrapunto con las melodías que Oscar Peterson hacía y deshacía, escribía y reescribía en un piano que le gustaba imaginar igual cada vez, o bien con la mano sobre el cuaderno o el libro abierto y el espacio al margen, apenas utilizable, o sobre un trozo de papel que podía ser cualquier otra cosa menos un soporte para la escritura: un flyer, una postal, un boleto de avión. Pero no, me equivoco: no “estaba convencido”: alguien lo había convencido, por medio quizá de alguna especie de artilugio discursivo que en su cabeza funcionara a la manera de las advertencias que nos hacen las profetizas o las madres —quienes, a veces, las más, son nada menos que una y la misma cosa—, convencido de un modo en el que sólo lo están los niños que todavía tienen un margen de duda en cuanto a que aquello que se les dice puede, de un momento a otro y sin la menor explicación, sin el menor atisbo de eso que, más adelante, habrán de entender como “razones”, así, de improviso, volverse real —pienso en mamá: nos ponía un VHS de Dumbo a mi primo y a mí para distraernos un rato las tardes en las que, por alguna razón, mi tío, que era quien se hacía cargo de mi primo después de la muerte de la hermana de mamá, su esposa (o bien, como lo supe algunos años más adelante, al cumplir exactamente la edad que tenía mi tía cuando se suicidó), no podía cuidarlo porque debía doblar turnos en el trabajo; nos quedábamos, mi primo y yo, sentados en el sillón de tres plazas, el ventilador encendido repitiendo su ir y venir de derecha a izquierda incesantemente delante nuestro, pues el calor del verano era insufrible en esa casa a la que le faltaba muy poco para ser un remolque —o tal vez lo había sido en algún momento y había echado raíces de asfalto, florecido muros de madera, capullos de vidrio como ventanas— y él subía las piernas al respaldo, ponía los pies descalzos contra la pared y los deslizaba ligeramente de arriba a abajo haciendo un ruidito apenas perceptible que se me quedó acá, grabado o, como decía mamá, taladrado en la cabeza, y cuya imagen visual asocio siempre con el momento en el que, sea cual sea el tema de la charla, alguien dice algo sobre hormigas; sin decírnoslo, mi madre nos ponía Dumbo no porque fuera especialmente buena, aun cuando hoy pueda decir que se trata de una de las más extrañas producciones de Disney a nivel visual, una en la que se combinan al menos tres tipos de animación, que podríamos llamar, respectivamente: a) realista, como se ve en la escena de los hombres “que no quisieron estudiar” levantando la carpa del circo; b) impresionista, como en la escena, tal vez la mejor de la película, posterior al cautiverio de la Señora Dumbo; y c) expresionista, tal cual pasa en los actos circenses, especialmente el último —que, por cierto, los productores de Bichos parodian casi perfectamente en la escena inicial del espectáculo de P.T. Flea—; si bien, pues, Dumbo cumple con casi todos los elementos que tienen los demás filmes de la que me gusta llamar “la serie antropomórfica” de Disney —que va de Fantasia hasta The Lion King (Pixar es otro asunto)—, la cual es, sin duda, la que implica el más sencillo acceso de los niños pequeños a la ideología del capital —en palabras de Filloy: “la maestría de Walt Disney está en el divorcio con [la fábula]. Transgrede la realidad zoológica. Su destreza reside en el movimiento gráfico, no en la vida misma de los sujetos. Nada más falso, como entidad moral, que embutir en la piel de diversos animales las peores entelequias del hombre. Disney ha invadido la jurisdicción de la fábula sin escrúpulos de ninguna clase, forjando arquetipos con las más groseras imperfecciones humanas”—, tampoco lo hacía, mamá, porque no tuviéramos otra cosa con la cual entretenernos por la tarde: nos gustaban los juegos de rol —especialmente uno que se llamaba Life, en el que se nos premiaba por ayudar a los homeless— o tirarnos de panza sobre la alfombra vetusta (al margen, señalando la palabra “vetusta” con una flecha: buscar otro adjetivo) y colorear unos libros gemelos de Rocky and Bullwinckle, si bien ya ninguno de los dos estaba en edad de libros para colorear ni juegos de rol ni películas de Disney, mi primo recién entrado a Middle School y yo por pasar a grado nueve, aunque tampoco se esperaba de nosotros que cuestionáramos lo que hacía mi madre; no lo entendíamos, o creíamos, o simplemente nos queríamos hacer creer, de algún modo, inocentemente (y tal vez sea eso la verdadera inocencia: la que se pretende poseer y se ejerce como un acto de voluntad y no la que se da espontánea, naturalmente, considerando que la inocencia está del lado de la forma artificial y no de aquél de la forma natural), que no sabíamos que mamá nos ponía específicamente esa película porque quería darnos una lección sobre el alcohol y las drogas con la canción de los elefantes rosas cuando Dumbo bebe (de manera ‘inocente’) una cubeta en la que se había derramado la botella de lo que, quiero suponer, era un ron bastante barato de los payasos que lo humillan en la pista central; nos la ponía en español, de paso, para que aprendiéramos un poco:

al que abusa del licor/ se le aparece una visión/ son elefantes en color/ que

espantan y dan temor;/

esas noches, acostada en la misma cama con primo, espalda contra espalda a pesar del sudor mezclado, recorriéndole yo la pierna con la punta de los dedos de mi pie, rasgándolo incluso, un poco, con unas uñas pubertas que ya para entonces me pintaba de rojo o de lila, soñaba con elefantes rosas que habían desafiado al diablo y le habían arrancado la cola, me perseguían, me tomaban con sus trompas desde todos los ángulos, amarrándome hasta dejarme completamente a merced de un payaso que se acercaba y que, cuando se quitaba la nariz roja del rostro y se le terminaba de escurrir el maquillaje, revelaba su verdadera identidad: era mi tío, la cara muy cerca de la mía, en esa exacta cercanía de quien está a punto de besarte y con las manos te sostiene el rostro, las mejillas: de la mano derecha, el dedo pulgar recorriendo con la punta el pómulo, y el meñique, abajo, acariciando suavemente el final del mentón e inicio del cuello, mientras la izquierda, casi como una sola cosa, sube hasta la cabeza, donde los dedos se desprenden los unos de los otros al contacto con el cabello y, no sé por qué, yo sabía que se mojaban de algo que no era sudor pero no tenía aún palabras para nombrar.

“Violar el agua con lascivo fuego”, había anotado Fernández Kacew en las notas que Jolene revisaba pero ella no recordaba dónde, como tampoco se acuerda de si la sensación anterior a este recuerdo de la infancia interrumpido por el flujo de lo que ahora la ocupaba era radicalmente opuesta o si era, acaso, complementaria.

Al fin, luego de un momento de indecisión —que, en cualquier otro contexto, bien podría haber pasado por duda, por una duda reflexiva, digamos—, agrega un par de palabras más a un apunte que no piensa releer; abajo, sin dejar espacio en la hoja: “pertenencia, legitimidad”.

Descansa sobre el papel a rayas de la libreta la punta del bolígrafo y la separa tan pronto como ve escurrírsele una mancha de tinta. Cierra la libreta, vuelve la mirada a la pantalla del iPad, al documento de Word donde recién ha copiado una más de las cartas de Fernández Kacew:

Liz,

Quisiera preguntarte si las faltas de la semana pasada se me descontaron, porque mi quincena pasó incompleta. Ya hablé a Secundaria y a Coordinación de Francés y ellos no le reportaron las faltas a Valencia porque, como sabes, fueron por enfermedad, por lo que sólo queda Preparatoria. Te agradezco de antemano la respuesta y te mando

saludos cordiales,

Ricardo Fernández Kacew

Jolene mira la pantalla, inmóvil; al lado, la libreta abierta. En ninguna de las dos había una sola pregunta escrita, tal vez porque la única pregunta que realmente le importaba era cómo había llegado hasta ahí. No exactamente a ese punto, a ese momento, sino a ese lugar, al Colegio. Qué la había llevado a dar clases ahí y cómo había hecho para quedarse donde estaba después de siete meses y tres días del viaje a su antigua casa, del que podía decir que marcaba, sin duda alguna, el punto de partida. Traza, entonces, una línea hacia atrás: en el principio hay un evento que no puede demostrar del todo y que tiene que ver con alguien enviándola a trabajar ahí; un evento que, podría decirse, está determinado en contra de su voluntad.

(Así ahora, tres de abril de 20… Ha copiado la frase de Germán García y escrito que Fernández Kacew estaba convencido de que tenía que escribir como si no quisiera hacerlo pero lo que en verdad quiere es comenzar a hacer algo con todo ese material que ha reunido si bien no sabe, primero, si es preciso notificar que quiere hacer algo con ello porque no se trata de fojas de papel o de fotografías —de hecho, no tiene ni una sola fotografía de su estancia en el Colegio, por lo que tal vez esto, todo, no sea sino un sueño del que no sabe cómo despertar— que le pertenezcan: se trata, en cambio, de muchos eventos, muchas charlas, muchas, sin más, cosas que se suman a los días y que comienzan forzosamente en la conferencia sobre pedagogía ignaciana que le gustaría narrar de este modo —si Jolene fuera la narradora y no yo:

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181 s. 3 illüstrasyon
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9786073046091
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