Kitabı oku: «Trabajo social para tiempos convulsos»

Colección: Desarrollo Territorial, 23
Director de la colección: Joan Romero
Cátedra de Geografía Humana. Universitat de València
| Consejo editorial: | |
| Nacima Baron | École d’Urbanisme de Paris |
| Dolores Brandis | Universidad Complutense de Madrid |
| Gemma Cànoves | Universidad Autónoma de Barcelona |
| Inmaculada Caravaca | Universidad de Sevilla |
| Josefina Cruz Villalón | Universidad de Sevilla |
| Carmen Delgado | Universidad de Cantabria |
| Josefina Gómez Mendoza | Universidad Autónoma de Madrid |
| Francesco Indovina | Istituto Universitario di Architettura di Venezia |
| Oriol Nel·lo | Universidad Autónoma de Barcelona |
| Andrés Pedreño | Universidad de Alicante |
| Rafael Mata | Universidad Autónoma de Madrid |
| Carme Miralles | Universidad Autónoma de Barcelona |
| Ricardo Méndez | CSIC |
| Joaquim Oliveira | Director de Política Regional y Urbana de la OCDE |
| José Alberto Rio Fernandes | Universidade do Porto |
| Andrés Rodríguez-Posse | London School of Economics |
| Julia Salom | Universitat de València Estudi General |
| Joao Seixas | Universidade Nova de Lisboa |
Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, de ninguna forma ni por ningún medio, sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso de la editorial. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
© Del texto: los autores, 2020
© De la presente edición: Publicacions de la Universitat de València, 2020
Publicacions de la Universitat de València
puv.uv.es
Coordinación editorial: Amparo Jesús-María Romero
Corrección: Communico
Maquetación: Inmaculada Mesa
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
ISBN: 978-84-9134-741-5
Edición digital
Contenidos
Siglas y acrónimos
Lista de ilustraciones
PRÓLOGO
INTRODUCCIÓN. Cómo ubicarse en tiempos convulsos
CAPÍTULO 1. Buscando una nueva senda en momentos volátiles
1. Otras esferas para la práctica social
2. La práctica clínica, territorio para la construcción de conocimiento
3. El trabajo social comunitario y la seducción de las prácticas narrativas con colectivos
4. Puntos de encuentro entre la práctica narrativa y el trabajo social feminista
CAPÍTULO 2. Los cimientos de un nuevo andamiaje en trabajo social.
1. La contribución de la posmodernidad y el posestructuralismo a la práctica narrativa
CAPÍTULO 3. Los principios de la práctica narrativa
1. Contexto histórico, relato de inconformistas
2. Pensamiento filosófico
3. Conceptos básicos
4. Líneas que orientan la práctica narrativa
5. Postura profesional
6. Aspectos políticos
7. La convalidación de los principios
CAPÍTULO 4. Dibujando los escenarios de verificación
1. Perimetrando los espacios
2. Las entidades objeto de verificación
CAPÍTULO 5. El andamiaje del proceso de estudio
1. Diseño de investigación
2. Gestión del diseño, el armazón necesario
CAPÍTULO 6. Datos, resultados obtenidos y discusión
1. Resultados, análisis de los datos y discurso de los grupos de discusión
2. Resultados, análisis de los datos y opiniones de los/as encuestados/as
3. Resultados, análisis de los datos y discusión del discurso de los/as entrevistados/as
CAPÍTULO 7. Asomándonos al futuro
1. Evaluación de la experiencia
2. Cómo co-construir el nuevo modelo
CAPÍTULO 8. Reflexiones finales
Referencias bibliográficas
Siglas y acrónimos
| AETEN | Asociación Española de Terapia Narrativa |
| FITS | Federación Internacional de Trabajo Social |
| IIDL | Instituto Interuniversitario de Desarrollo Local |
| NASW | Asociación nacional de trabajadores sociales estadounidenses |
| ONG | Organización No Gubernamental |
| PN | Práctica narrativa |
Lista de ilustraciones
Figura 1. Características de los profesionales posmodernos
Figura 2. Bases del trabajo con familias
Figura 3. Objetivos del trabajo social comunitario según autores
Figura 4. Ideas y principios que dan sentido a las prácticas narrativas con comunidades
Figura 5. Relatos de doble historia
Figura 6. Aspectos relevantes de la práctica narrativa con comunidades
Figura 7. Características de los contradocumentos
Figura 8. Tendencias del trabajo social feminista
Figura 9. Fuentes de la práctica narrativa
Figura 10. Visión de la práctica según el paradigma: moderno/ posmoderno
Figura 11. Elementos de la posmodernidad que asume la práctica narrativa
Figura 12. Supuestos básicos del construccionismo social
Figura 13. Ciclo de debilitamiento progresivo
Figura 14. La ruptura del ciclo de debilitamiento
Figura 15. Ejes básicos del construccionismo social
Figura 16. Clasificación de los conocimientos subyugados
Figura 17. Orientación sobre el ejercicio de la práctica posestructuralista
Figura 18. La influencia del poder para fines de la práctica
Figura 19. Propiedades del pensamiento dialéctico
Figura 20. Proceso de la metáfora antropológica
Figura 21. Experiencias vividas relatada/no relatada
Figura 22. Tipología de los acontecimientos extraordinarios
Figura 23. Tipos de deconstrucción
Figura 24. Tipos de representación de la realidad desde la «teoría del andamiaje»
Figura 25. Conceptos básicos en la gestión de la práctica narrativa
Figura 26. Líneas que orientan la práctica narrativa
Figura 27. Funciones que activa la narrativa en la práctica
Figura 28. Dimensiones políticas entre las personas y sus problemas
Figura 29. Ventajas y desventajas de los contextos asistenciales
Figura 30. Dimensiones de la intervención comunitaria
Figura 31. Fases en la obtención de información
Figura 32. Fundamentos de la elección de la población encuestada
Figura 33. Criterios de selección de los informantes
Figura 34. Secuencia de entrevista/conversación de externalización
Gráfico 1. Crisis diversas
Gráfico 2. Sentimientos de culpa, de miedo, de celos
Gráfico 3. Historias dominantes saturadas por problemas en la casa
Gráfico 4. Definición del problema que les afecta: específica y conductual
Gráfico 5. Media de acontecimientos extraordinarios en el último año de vida de los clientes
Gráfico 6. Frecuencia de las excepciones de la historia dominante del cliente o sus habilidades en la resolución de conflicto
Gráfico 7. Red de relaciones interconectadas
Gráfico 8. Promedio de personas que componen las redes interconectadas
Gráfico 9. Identificación de sí mismos, primera opción
Gráfico 10. Identificación de sí mismos, segunda opción
Gráfico 11. Identificación de sí mismos, tercera opción
Gráfico 12. Las instituciones de servicios sociales están constituidas por «verdades normalizadoras»
Gráfico 13. Las verdades se valoran como absolutas entre los clientes
Gráfico 14. Técnicas empleadas en la organización, primera opción
Gráfico 15. Juicios normalizadores o de valor sobre los clientes en el centro de trabajo
Gráfico 16. Orientaciones en la intervención profesional
Gráfico 17. Tipos de práctica, primera opción
Gráfico 18. Tipos de práctica, segunda opción
Gráfico 19. Tipos de práctica, tercera opción
Gráfico 20. Definición de una situación-problema del cliente
Gráfico 21. Defectos de los profesionales de la acción social, primera opción
Gráfico 22. Defectos de los profesionales de la acción social, segunda opción
Gráfico 23. Defectos de los profesionales de la acción social, tercera opción
Tabla 1. Diferencias en las prácticas tradicionales y posestructuralistas
Tabla 2. Representantes de las distintas corrientes en terapia familiar
Tabla 3. Áreas de competencia del trabajador social clínico
Tabla 4. Consejos técnicos de Mary E. Richmond para los trabajadores sociales
Tabla 5. La práctica posestructuralista y factores de cambio
Tabla 6. Distinción entre el poder tradicional y el poder moderno
Tabla 7. Tabla de analogías, establecida por White
Tabla 8. La postura del profesional como relación
Tabla 9. Entidades de procedencia de los/as encuestados/as, en porcentaje
Tabla 10. Ámbito de procedencia de los/as encuestados/as, en porcentaje
Tabla 11. Profesión de los/as encuestados/as, en porcentaje
Tabla 12. Vínculos del contexto sociopolítico con los problemas sociales
Tabla 13. Fortalezas y debilidades de la supervisión y de la co-vi-sión
Tabla 14. Efectos de las conversaciones de internalización/externalización
Prólogo
Mis queridos colegas, la profesora Amparo Martí Trotonda y el profesor José Vicente Pérez Cosín me comentaron hace ya algún tiempo que estaban trabajando en un libro que trataba sobre las prácticas narrativas en Trabajo Social. Al hablar con ellos en la antesala de los actos académicos que hemos compartido en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universitat de València, me trasladaron su intención de solicitarme prologar el texto. Les agradezco sobremanera la oportunidad que me ofrecen del praefatio, es decir, de darme la palabra primero, por delante de su obra, con el objetivo de introducir el texto y a sus autores. Pensaba yo, equivocadamente, que como hacía tiempo de aquella primera solicitud habrían ya desistido del intento o habría caído en el olvido; pero no, nada más lejos de la realidad. La profesora Amparo Martí me llamó hace un par de días para recordarme vivamente la conversación que mantuvimos y relatarme los hechos de mi compromiso. Y la verdad es que hago este relato con sumo placer, a modo de la figura que en el teatro griego exponía ex ante el contexto y las bases de la historia que iba a dar comienzo.
Conozco bien la trayectoria de ambos autores, pues he compartido con ellos prácticamente la totalidad de mi vida académica y, por consiguiente, el ingente esfuerzo que han tenido que hacer en el desarrollo de su carrera académica y científica. De las muchas conversaciones amables y distendidas con la profesora Amparo Martí, cuando todavía estábamos en los primeros despachos de la Facultad de Derecho (la recuerdo siempre de pie hablando, apoyada sobre el marco de la puerta de su despacho), he podido entender lo que para ella ha supuesto erigirse en académica procediendo de la profesión de trabajadora social. Y no me cabe duda de que lo ha hecho muy bien y que este libro es un hecho que atestigua su éxito en este recorrido. El logro de este proceso ha sido que los contenidos académicos que las profesionales de trabajo social han ido adquiriendo para desarrollar su carrera académica se cimentaban sobre una base potentísima de compromiso (responsabilidad) social, de engagement por lo público y por los derechos sociales; sin lugar a dudas una promesa, una obligación como principio de conducta personal para resolver, solucionar y viabilizar problemas de «los otros». Es curioso porque esta actitud profesional, con una base ideológica progresista, se ha transformado hoy día en un requerimiento pragmático de las empresas para seleccionar a su personal más apto, pero el término se denomina ahora (perdón por el anglicismo) trouble shooter. La profesora Martí Trotonda es ahora doctora, ha escalado en la carrera académica con paso lento pero seguro (como ella dice), si bien es cierto que me resulta placentero y reconfortante saber que todavía mantiene en su esencia la frescura de aquellos valores personales que han guiado siempre su vida.
Pero todo llega en esta vida, y entonces aterrizó entre nosotros de lleno la posmodernidad (también para el trabajo social), un concepto a mi entender excesivamente abusivo y al que muchos se refieren pero que nadie sabe muy bien cómo definir; es decir, aparecen la relatividad de las perspectivas, el triunfo de la estética, de la autorreferencia, de la subjetividad interpretativa, la customización y contingencia de las necesidades et alteri. Y en trabajo social, pero también en otras disciplinas y ámbitos socioculturales y económicos, se abren nuevos espacios epistemológicos y metodológicos que, aunque ya estaban vivos a finales del siglo XX, son ahora instrumentalmente adaptativos al Zeitgeist, y al mismo tiempo van a ser capaces de otorgar sentido epistemológico al trabajo social, así como dignidad y respeto a los ciudadanos sujetos de los procesos de intervención social. Las prácticas narrativas se ajustan perfectamente a este nuevo marco; por un lado posibilitan tractorar conocimiento en trabajo social a través de la investigación cualitativa, y por otro orientan epistemológicamente la profesión y la disciplina en un contexto donde el oficio de la trabajadora social está perdiendo su sustancial identidad social, para proyectarla hacia corrientes humanistas cuya finalidad sigue siendo el compromiso con el progreso y el cambio social. Al reflexionar humana, racional y emocionalmente se puede dotar de nuevo de dignidad al proceso de cambio social, siquiera caso a caso, e incrementar así la legitimidad de la profesión y por ende de la propia disciplina en la academia.
Creo sinceramente que el profesor Pérez Cosín ha sido una persona que ha virado valiente y convenientemente hacia esta línea interpretativa que acabo de exponer, y ha orientado así a muchos de sus pupilos. También él bebió de los principios inspiradores de la práctica del trabajo social y, afortunadamente, poco a poco, ha ido construyendo su propio relato académico, ganando espacios de libertad, independencia e identidad personal, para su propio bien pero también para los demás. Desde mi punto de vista, ambos profesores narran con este trabajo científico su propio tránsito vital desde el compromiso autodidacta del trabajo social hacia la academia, y se reencuentran de nuevo consigo mismos, con su propia madurez profesional, por el propio hecho de hallar significados a lo que se ha dicho y hecho en un determinado espacio-tiempo de sus vidas. Es entonces cuando los actores vuelven a comulgar con su pasado, lo abrazan, queriendo seguir siendo testigos del compromiso de otras y dotando de nuevo de autoestima a la propia disciplina y al propio proceso vital de sus vidas.
Estoy altamente satisfecho al contemplar vuestro éxito y el gran trabajo que encierra este libro; sé lo que cuesta y no me cabe ninguna duda de que aporta su granito de arena a esas amplias playas desiertas de la investigación, donde las ásperas rocas no siempre han dejado que las suaves olas horadaran angostos vericuetos ciertos (rigurosos) de investigación, en un área de conocimiento tan necesitada de orgullo y autoestima científica como la de trabajo social y los servicios sociales.
Os agradezco vuestra aportación, porque sabéis que para mí la vida consiste en hacer con diligencia, arriesgar y equivocarse, pero seguir haciendo, con generosidad y con ambición, hacer proyectos necesariamente colectivos, para ser mejores y dar lo mejor de tu propia naturaleza cada día, desterrando la mediocridad y perfidia en un mundo donde ya nadie dice la verdad.
JORGE GARCÉS-FERRER
Catedrático de Trabajo Social y Servicios Sociales
Bruselas, 9 de octubre de 2020
Introducción
Cómo ubicarse en tiempos convulsos
Este libro expresa un proceso vivido, a modo de transición por parte de algunas trabajadoras sociales, en la última década en nuestro país. Hemos emprendido un camino de tránsito desde posiciones modernas y postulados positivistas a posturas posmodernas, posestructuralistas con propuestas de prácticas constructivistas y construccionistas. Este giro metodológico no es producto de la casualidad, sino la consecuencia de varios procesos que incitaron necesariamente un cambio.
Si reparamos en la transición epistemológica basta con analizar los últimos veinte años de la práctica de las trabajadoras sociales para, tal vez, hallar respuestas a esta metamorfosis que se está produciendo en el trabajo social. La función principal de nuestra profesión hay que encontrarla en los servicios sociales de Acción Social, con un alto nivel de responsabilidad en la gestión de las organizaciones sociales. Sin ser exhaustivos reparemos en ese periodo de la vida de los servicios sociales, de los profesionales que en ellos habitan y de sus consultantes. Veamos qué ha ocurrido para que se suscite dicha transformación.
De qué acontecimientos hablamos: económicos, sociales, jurídicos, laborales, etc. Comenzamos nuestro relato por lo que ocurría a finales de 2008 en nuestro país. Nos acostamos una noche creyendo que éramos ricos y nos despertamos sabiendo que éramos pobres. De repente nos vimos inmersos en una crisis larvada durante año y nos pilló a todos a contrapié. Ante la magnitud de esta crisis la Unión Europea tomó el rumbo de afrontarla desde una propuesta económica neoliberal, teniendo como base los recortes de los estados del bienestar, reduciendo drásticamente los déficits financieros y en consecuencia el dinero que permitía a los gobiernos mantener parte de los gastos sociales en sus países.
Mientras esto perjudicaba gravemente a los ciudadanos, se promovió por otro lado el rescate a las entidades financieras que habían sido bastante responsables de dicha crisis con sus planes de expansión de la economía, desde la irresponsabilidad de la barra libre. Esta situación llevó a los ciudadanos de los distintos países a la pérdida de trabajo, el déficit de la sanidad, de la educación, de los servicios sociales, el abandono de la vivienda, la precariedad laboral, la vuelta de los mayores a casa, el retraso de escolarización de los niños, etc. Cada día nos levantamos con algo nuevo, con alguna pérdida más de derechos, lo que derivó en una crisis social de magnitudes todavía hoy no suficientemente evaluadas.
Esta crisis social sorprendió a muchas trabajadoras sociales, se sintieron totalmente desubicadas, no solo por la novedad de la situación y su gravedad sino también porque esto se unía a la situación que hacía ya algunos años se venía denunciando acerca del malestar existente en los servicios sociales.
Por una parte, los clientes mostraban una desafección creciente hacia las instituciones que les prestaban ayuda, unida a una notable asimilación ligada también a la ausencia de mejoría en sus vidas. Todo los conducía a una animadversión creciente de los consultantes respecto de las organizaciones y de quien las representaban.
Por otra parte, existía el malestar de los profesionales de los servicios sociales, que se preguntaban qué ocurría en el periodo anterior a la crisis. Pues también les invadía hacía tiempo la ansiedad, el síndrome de Burnout y otros muchos daños emocionales, ya que de verse reconocidos como agentes de cambio en otros tiempos ahora se encontraban desprestigiados, no valorados por los usuarios y totalmente maniatados, envueltos en una trama de formularios, solicitudes, protocolos, estadísticas, atenciones marcadas y dirigidas por las instituciones, tanto en tiempos de dedicación como en los contenidos del trabajo que debían realizar.
¿Cuál era el escenario profesional que se advertía ante la maraña de la burocracia? Lo que Foucault (2000) llama espacios de control, un cierto grado de acomodación por parte de las trabajadoras sociales y un pasotismo de los usuarios. La resultante era ver como progresivamente se iban instalando, a ambos lados de la acción social, el desasosiego, la ansiedad, la agitación, etc. Por supuesto, no todos los profesionales, ni tampoco todos los usuarios, pero en general sí se percibía un aire enrarecido que estaba impregnando las instituciones del estado de bienestar y que tenía una deriva muy importante para la práctica profesional de los trabajadores sociales que les llevaba hacia un progresivo debilitamiento como técnicos de la acción social.
Los efectos de todo esto es que nos encontramos con un panorama desolador, pero lo importante es responder las siguientes cuestiones: ¿cómo afrontar estos nuevos escenarios de pobreza?, ¿cómo se planteó su gestión la población, y los profesionales de la acción social?, ¿qué hacer en estos nuevos tiempos VICA?,1 ¿cómo volver a tiempos RUPT,2 si es que hay que volver?
Descubrimos con admiración la adquisición de la mayoría de edad de nuestros clientes/usuarios,3 que ya no requieren de alguien que los tutele sino que saben conquistar su espacio. Los consultantes de los servicios sociales comenzaron a movilizarse en todo el Estado, por todos los rincones del país hay asambleas con propuestas de cómo, si no atajar la crisis –ya que excede sus posibilidades–, mejorar sus vidas. Son tiempos volátiles pero se asumen con fuerza: aparecen las mareas blancas, los jubilados pidiendo una mejor vida, las mujeres reclamando su sitio, etc. Dejan de ser pasivos y comienzan a desarrollar lo que los profesionales narrativos indican como de la agencia personal, el fortalecimiento de su nuevo relato, dejan de ser perdedores para ser actores de un relato de resistencia de afrontamiento de su realidad desde la esperanza, más orientado a la acción que a la descripción que hacen otros de sus vidas.
En este proceso, ¿dónde se sitúan las profesionales del trabajo social? Al acercarnos a las trabajadoras sociales observamos que, por un lado, hay un colectivo de profesionales que se han adaptado a esta situación, de alejamiento de los usuarios, pero hay otras muchas que son muy críticas y rechazan el inmovilismo buscando alternativas que las sitúen nuevamente cerca de las personas, próximas a su sufrimiento, deseando colaborar con ellos, y saben que para este tiempo nuevo necesitan otros marcos de referencia. Es ahí donde nuestro relato comienza, donde veremos cómo comienza a surgir el debate, cómo aparecen vías nuevas de intervención para recuperar no solo la autoestima profesional, que también, sino sobre todo nuestro papel como dinamizadores de cambios sociales. A partir de estos nuevos posicionamientos veremos cómo evoluciona un camino hacia la ruptura epistemológica, cómo se adopta un cambio de paradigma que implica volver a estar al lado de las personas, donde ellas sean el centro de nuestra práctica, donde esta se muestre en términos de oportunidades y donde nuestro rol sea el de un habilitador de sus capacidades.
Con estos presupuestos, los trabajadores sociales debemos actuar, intervenir, no quedarnos en la descripción de los acontecimientos o como meros gestores de recursos. Siguiendo a De Robertis (1988) en nuestra práctica, hablar de intervención equivale a querer actuar, intervenir en un asunto quiere decir tomar parte voluntariamente, hacer de mediador, interponer su autoridad. Lo que nos hace poner de relieve la voluntad consciente de modificar, por su acción, la situación del ciudadano.
Ahora es el momento de entender por práctica en trabajo social la visión que hizo la Federación Internacional de Trabajadores Sociales y la Asociación Internacional de Escuelas de Trabajo Social (AIETS) en el año 2014 que presentó una nueva definición del trabajo social a nivel internacional, revisando los nuevos marcos de referencia del trabajo de los profesionales, analizando los nuevos retos a los que se enfrentan y teniendo como prioritario el trabajo con las personas que llegan a consulta. Así, teniendo en cuenta estas premisas, se habla de que:4
El Trabajo Social es una profesión basada en la práctica y una disciplina académica que promueve el cambio y el desarrollo local, la cohesión social, y el fortalecimiento y la liberación de las personas. Los principios de la justicia social, los derechos humanos, la responsabilidad colectiva y el respeto a la diversidad son fundamentales para el trabajo social. Respaldada por las teorías del trabajo social, las ciencias sociales, las humanidades y los conocimientos indígenas, el trabajo social involucra a las personas y las estructuras para hacer frente a desafíos de la vida y aumentar el bienestar (FITS y AIETS, 2014: 1).
En España las trabajadoras sociales comienzan a hacer suya esta definición, que va más allá de una mera conceptualización, para pasar a ser unos principios inspiradores de nuestra práctica. Teniendo en cuenta estas conjeturas, queda claro que los trabajadores sociales apuestan por no quedarse al margen de la situación de sus clientes, que, para intervenir y promover el cambio y el desarrollo local, la cohesión social, etc. debemos utilizar procedimientos estructurados –métodos– que permitan conseguir nuestros objetivos. Cuando los tiempos cambian se hace necesario ajustarse a la realidad social que es variada, compleja y difícil de comprender.
En ese proceso de cuestionamiento comenzaron a abrirse paso algunas preguntas, como dónde buscar alternativas: ¿hay alternativas? Y si las hay ¿son viables en nuestro contexto político-social? Aquí situamos el inicio del debate profesional, por nuestra parte hemos recogido a través de un estudio distintos momentos del proceso de reflexión de los diferentes agentes sociales implicados en la acción social, haciendo especial hincapié en los trabajadores sociales, como principales actores del desarrollo del estado del bienestar en nuestro país y objeto principal de nuestra deliberación en el texto.
Analizamos algunos aspectos de la acción profesional y cómo las prácticas alternativas se hacen viables desde los nuevos postulados. Examinamos de qué manera los trabajadores sociales están orientando su trabajo.
Ofrecemos el análisis construccionista y posestructuralista de la viabilidad de esas prácticas en contextos públicos, base fundamental del desarrollo de nuestro estado del bienestar. En concreto, el estudio se centra en las prácticas narrativas, por ser un enfoque de prácticas posmodernas, en el paradigma de la complejidad, que ofrece al trabajo social una base sólida para construir un nuevo modelo de intervención social, siendo esta una alternativa metodológica muy valorada por los profesionales. Desde este paradigma se plantean distintas opciones, prestando especial atención a la analogía del texto y al pensamiento de Foucault sobre el ejercicio del poder (1988), cuestión esta que representa la base principal del inicio de la reflexión por parte de los profesionales de la acción social. Por lo tanto, esta vía parece dar muchas claves a los interrogantes que se vienen produciendo en el contexto profesional.
De este cambio de pensamiento se destaca una postura que parte de la atribución del profesional como un observador objetivo de sus clientes, que posee un conocimiento técnico sobre la naturaleza humana o sobre las dificultades del usuario. De este modo se marca una jerarquía, pues el profesional «sabe más» que el cliente, lo que genera todo un contexto del déficit, en el que las intervenciones modernas parten generalmente de un diagnóstico que determina la intervención que se ha de seguir y sus objetivos. El profesional, desde este punto de vista, es el único que sabe qué pasos seguir y diseña las intervenciones o estrategias para lograr las metas, por lo general propuestas por él. Por supuesto, es el profesional quien decide cuándo terminar la intervención, salvo cuando las personas dejan de acudir a las citas. Aquí, en el paradigma de la racionalidad moderna, la intervención que en general se tiene es una visión basada en una cadena de ciertos supuestos o conceptos fundamentales, es decir, en la existencia de una realidad separada del observador, susceptible de ser conocida de manera objetiva.
Ahora, tal y como veremos, estos profesionales se dirigen hacia una visión posmoderna que implica una corriente crítica en la academia, que cuestione la naturaleza del conocimiento, y hacia un movimiento filosófico que postule que el conocimiento está construido socialmente a través del lenguaje. No podemos tener representación directa del mundo, solo podemos conocerlo a través de nuestra experiencia de él, y será en ella en la que fijemos nosotros y nuestros consultantes la atención. H. Anderson (2006; 1999) habla del significado que damos a los eventos y vivencias, no al conocimiento científico. El profesional se aleja de las distinciones jerárquicas y desarrolla una práctica más igualitaria, en la que el lenguaje ocupará un lugar central, pues en la crítica posmoderna este más que representar la realidad la constituye.
Es decir, las palabras que utilizamos no solo «reflejan» o expresan lo que pensamos o sentimos, sino que le dan forma en gran medida a nuestras ideas y al significado de nuestras experiencias (Anderson, 1999). La autora cree en la capacidad de la conversación profesional para liberar historias no tomadas en cuenta, en las que se trabaje para suprimir la exigencia del diagnóstico del déficit, y desarrollar y sostener construcciones alternativas en la «práctica»; en las que la transparencia sea la base de la intervención, y en las que se admitan las propias limitaciones y se den prácticas de reciprocidad, entendiendo que la intervención es un proceso bidireccional porque ayuda a mejorar el trabajo y la vida personal.
El debate, la discusión, al igual que otros muchos procesos de estudio, de deliberación de alternativas, se inició disperso y amplio, pero fue dirigiéndose hacia unas prácticas más horizontales entre profesionales y consultantes, tal y como vinimos observando. De entre las distintas vías, el análisis se orientó hacia unas prácticas de mérito literario, como les gusta llamar a sus creadores, White y Epston. Es decir, el camino de transición conduce hacia postulados de intervención posmodernos y posestructuralistas, lo que implica el enfoque de prácticas narrativas, unas «prácticas» donde
el método de trabajo social parte de la herencia secular (los relatos), para que los individuos encuentren alternativas mejores para sus vidas. Por medio de «reescribir» la vida de manera más funcional, a partir de entender la analogía de la práctica como un proceso de «contar» y/o «volver a contar» las vidas y las experiencias de las personas que se presentan con problemas, al evidenciar eventos significados seleccionados contribuyen de forma muy concreta a la co-creación de narraciones nuevas y liberadoras (White y Epston, 1993: 12).
Ni la visión posmoderna ni la posestructuralista se han prodigado mucho en el estudio de la práctica social en nuestro país, y tal vez es ahora más que nunca necesario aportar una visión despatologizante de los demandantes de los servicios sociales que facilite una práctica social en la que se reconozcan sus capacidades, sus habilidades, y en la que se les devuelva a las personas la confianza perdida en ellos mismos. Es el momento en el que los profesionales deben gestionar un perfil en el que se desarrollen «prácticas de descentramiento»,5 donde se lleven a cabo conversaciones que destaquen y afiancen la relación profesional que la «persona» tiene y ha tenido en su vida.
La configuración de una nueva metodología es compleja por todo lo que implica, tanto en la construcción y sistematización del método como en la adaptación de los consultantes, los profesionales y las organizaciones. Afortunadamente, el trabajo social tiene una tradición en sus modelos de intervención basados en disciplinas con abordajes de carácter clínico y el traslado de sus modelos del ámbito privado (como suelen ser los terapéuticos) al ámbito público y a la acción social. Si a esto unimos que la práctica narrativa tiene fundamentos y técnicas muy cercanas al trabajo social, como la visión de la intervención como una conversación entre consultante y consultado (más otros elementos que más adelante veremos que nos ayudan a identificarnos más con este enfoque), consideramos, al igual que un gran número de profesionales, que la narrativa puede ser un buen instrumento de acercar la posmodernidad al trabajo social.
Hasta ahora este camino en nuestro contexto lo habían iniciado algunos académicos y algunas profesionales, pero en el último lustro se han sumado muchos más, tanto en el ámbito universitario como en la práctica social; la transición ya no es una quimera de unas pocas, comienza a ser ya una amplia realidad que implica a consultantes que ven otras prácticas, a profesionales que generan otras intervenciones y a docentes que exponen otros postulados a sus discentes. Es tiempo del salto más general a otra epistemología que cambie la manera de entender el problema, que cree en las personas una identidad distinta que las convierta en su «agencia personal», que los profesionales y las instituciones dejen a un lado las «verdades normalizadoras», como decía M. Foucault (2000), para buscar la insurrección de los conocimientos subyugados.
Es decir, nos dirigimos a alejarnos de la racionalidad y abrazar la incertidumbre, se cree que la teoría no debe generar una práctica autoritaria ni concluyente, que las respuestas, si se hallan, será en perspectivas múltiples, como los descritos con las experiencias y las demandas que surgen en la práctica cotidiana, y para conseguirlo es preciso que se realice un trabajo constante de reflexión, lo que se ha dado en denominar una práctica reflexiva (Glazer, 1974).
Los interrogantes acerca de cómo vienen desarrollando su labor los profesionales que trabajan en la acción social y sobre todo a nivel clínico comenzó a nivel mundial hace ya algunas décadas. Son múltiples las voces que iniciaron un proceso de cuestionamiento de este tipo de prácticas y comienzan a alzarse orientaciones o formas nuevas de relacionarse con los consultantes. La mayoría de ellas surgen del mundo de la relación terapéutica, como la del noruego Tom Andersen, que en su obra de 1991 The Reflecting Team. Dialogues and Dialogues about Dialogues nos muestra una forma original de trabajar con las familias, donde cuestiona la relación entre consultante y profesional, cambiando la posición de los equipos terapéuticos. También surgen controversias sobre las cuestiones de género en la intervención social, tal y como proponen las trabajadoras sociales australianas y recogen K. Healy o C. Weedon, desde Gran Bretaña, y que constataremos que hoy es unos de los ejes principales de análisis de cualquier práctica social. Con otros argumentos, pero igualmente generando discusión, encontramos a H. Anderson y H. Goolishisan, quienes enfatizan la naturaleza relacional del conocimiento y la naturaleza generadora del lenguaje. O como M. White y D. Epston, quienes analizan las relaciones de poder y cómo la identidad no es algo fijo, sino que está en constante creación y revisión dentro de una red de relaciones y conversaciones con otras personas.
En nuestro contexto, las trabajadoras sociales inician este proceso años después que en otros espacios geográficos y lingüísticos. Seguramente porque en nuestro país el desarrollo del estado del bienestar es más tardío y, como consecuencia, la saturación del funcionamiento del sistema se generará después. Sin duda, las preguntas que se hacen los profesionales del trabajo social en España son parecidas a las que estos otros profesionales tuvieron en su día.
Recoger el desasosiego podía ser sencillo, pero desde el principio nos planteamos que no solo se trataba de describir la situación, sino que dado el grado de descontento existente teníamos que ir más allá y orientar posibles alternativas, desde las que iniciar la coconstrucción de un espacio generador de alternativas y donde se puedan recoger las distintas inquietudes y sensibilidades y darles forma.
A partir de estas ideas, dos cuestiones: la posible alternativa tenía que venir de postulados posmodernos y posestructuralistas que orientaran una práctica más igualitaria y de respeto, y para nosotros esta se situaba en las prácticas narrativas; y debía darse un compromiso formativo con las profesionales que implicaba un proceso de discusión sobre el análisis de la formación que permita una valoración que nos ayude a encontrar vías de solución.
Tenemos así una primera aproximación a ese tipo de prácticas que se proponen como modelo vehicular sobre el cual construir un nuevo enfoque de un trabajo social posmoderno. Para ese recorrido seguiremos otro proceso de reflexión, rastreando los pasos iniciados en su día por los padres de las prácticas narrativas, Michael White y David Epston, que llevaban ya algunos años trabajando como terapeutas e investigando sobre las familias cuando, después de varios artículos y otra serie de trabajos conjuntos, se decidieron a publicar Medios narrativos para fines terapéuticos (1993). Esta obra es la concreción de varios años ejerciendo e indagando en nuevas vías de abordaje de los conflictos en los individuos y las familias. White y Epston consideran que este tipo de terapias son «contraprácticas», en contraposición a las prácticas culturales que convierten en objetos a las personas y sus cuerpos. Estas «contraprácticas abren espacios en los que las personas pueden reescribirse o reconstituirse a sí mismas, a los demás y a sus relaciones, según guiones y conocimientos alternativos» (White y Epston, 1993: 78-86).
Destacamos con especial atención la analogía del texto y el pensamiento de Foucault. La descripción saturada por el problema que las personas realicen sobre sus vidas será el inicio para buscar relatos alternativos, para huir del relato dominante de la vida familiar. Por medio de una técnica novedosa como la «externalización», que según sus autores es «un abordaje terapéutico que insta a las personas a cosificar y, a veces, a personificar, los problemas que oprimen. En este proceso, el problema se convierte en una entidad separada, externa por tanto a las personas o a la relación a la que se atribuía» (White y Epston, 1993: 53).
Estas son parte de las bases con las que White y Epston configuraron su modelo terapéutico. Nosotros hablamos de práctica narrativa, tal y como sus creadores rebautizaron su enfoque, pero antes de adentrarnos de lleno en este modelo nos gustaría hacer algunas precisiones terminológicas, como qué se entiende por narrativa y qué entienden White y Epston por práctica. Comenzaremos por la conceptualización de narrativa:
La narrativa es un esquema a través del cual los seres humanos brindan sentido a su experiencia de temporalidad y a su actividad personal. El significado narrativo añade a la vida una noción de finalidad y convierte las acciones cotidianas en episodios discretos. Es el marco sobre el que se comprenden los eventos pasados y se proyectan los futuros. Es el principal esquema por medio del cual la vida del ser humano cobra sentido (Polkinghorne, 1988: 11).
El concepto de «práctica» es más complejo, pues no queda claro el momento en el que se decidió comenzar a hablar de prácticas. Y si bien hay autores que continúan hablando de terapia narrativa, White y Epston optaron en su texto por este término, se interrogan sobre su utilización y se pronuncian al respecto con las siguientes expresiones:
Creemos que «terapia» es un término inadecuado para describir el trabajo que aquí se examina. El Penguin Macquarie Dictionary describe la terapia como «tratamiento de enfermedad, desorden, defecto, etc., por medio de medicinas o procesos curativos». En nuestro trabajo, no entendemos los problemas en términos de enfermedad, y no creemos hacer nada que pueda relacionarse con una curación (White y Epston, 1993: 30-31).
El vocablo prácticas lo emplean los profesionales narrativos siempre que hablan de trabajo con colectivos, con comunidades, pero también encontramos otros profesionales que hablan de conversaciones terapéuticas. Es decir, no hay un acuerdo sobre el término que se debe emplear cuando hablamos de trabajo narrativo. Por nuestra parte, nos identificamos con el concepto de práctica narrativa, siguiendo la propuesta de la FITS, pues consideramos que de este modo no imponemos un elemento de poder, cuestión esta capital para los creadores de las prácticas narrativas, al margen de que también lo consideramos más adecuado y cercano al trabajo social.
Si le ponemos fecha a la narrativa, diremos que el desarrollo de las teorías y técnicas basadas en ella se producen a partir de la década de 1980 con los trabajos de White y Epston. Estos autores plantearon un sistema de trabajo que, partiendo de esta herencia secular (los relatos), hiciera que los individuos encontraran alternativas mejores para sus vidas. Según K. Tomm, proponen
«reescribir» la vida de manera más funcional, plantean la analogía de la terapia como un proceso de «contar» y/o «volver a contar» las vidas y las experiencias de las personas que se presentan con problemas, al documentar eventos y significados seleccionados contribuyen de forma muy concreta a la co-creación de narraciones nuevas y liberadoras (White y Epston, 1993: 12).
Es a partir de estos presupuestos del mundo narrativo, de la posmodernidad, del posestructuralismo y de otros que iremos viendo cuando damos por iniciado el proceso sobre el que profesionales y docentes plantearon construir la alternativa de práctica en trabajo social.
Con las profesionales de la acción social empezamos un proceso de acompañamiento desde un trabajo social moderno hacia otra orientación de corte posmoderno y posestructuralista. Convenimos que un buen proceso de reflexión pasaba sin lugar a dudas por un mirar hacia el interior, es decir, buscar en nuestras raíces como profesión aquellos elementos sobre los que asentar un nuevo sistema de trabajo. Para proseguir con una buena formación sobre el enfoque narrativo, asentada en una buena revisión y análisis documental acerca de los distintos saberes sobre los que se ha nutrido la práctica narrativa, era necesaria, además, una investigación detallada que nos diera las claves tanto de la situación problema como de las posibles alternativas.
Presentamos a continuación el recorrido por el que anduvimos en ese acompañamiento a profesionales y docentes, comenzando por exponer todos los aportes epistemológicos y metodológicos que contribuyeron a enriquecer la discusión entre los profesionales.
1. Tiempos identificados como de volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad.
2. Ese paradigma se denomina RUPT (por las palabras en inglés rapid, unpredictable, paradoxical y tangled). En español podemos traducirlo como «rápido», «impredecible», «paradójico» y «entrelazado». Más orientado a la acción que a la descripción (Magellan Horth, 2019).
3. Utilizamos indistintamente los términos cliente, usuario, asistido, consultante, demandante o persona en función del marco de referencia en el que nos encontremos, del país en que estemos situados y del período del que hablemos. No obstante, el término utilizado preferentemente por la narrativa es el de persona, para evitar su patologización y así no reproducir el dualismo de sujeto/objeto que domina la conformación de las relaciones de nuestra cultura.
4. La Federación Internacional de Trabajo Social y la Asociación Internacional de Escuelas de Trabajo Social (AIETS) ha presentado la nueva definición de trabajo social a nivel internacional en la Conferencia Mundial sobre Trabajo Social, Educación y Desarrollo Social 2014, celebrada en Melbourne (Australia) del 9 al 12 de julio. En adelante utilizaremos su acrónimo (FITS).
5. Prácticas de descentramiento plantea la relación entre el profesional y la persona que busca ayuda. White se basa en tres tipos de práctica: remembrar, transparencia y prácticas de reciprocidad. Profundizaremos más en posteriores capítulos.
1 Buscando una nueva senda en momentos volátiles
La base sobre la que construir una nueva mirada resulta siempre compleja, por supuesto nunca lineal y continuamente sujeta a las necesidades sentidas por los implicados que se encuentran afectados por las dudas sobre cómo reciben una práctica o cómo la llevan a cabo. A esto hay que añadir, en el caso de los profesionales, la necesidad de una elemental identificación con los nuevos postulados.
En la búsqueda de todos estos elementos para la discusión se hacía necesario que todos los involucrados se reconocieran en esta nueva perspectiva. Creamos una iniciativa, a modo de espacio común, por la que observar los rasgos de proximidad y las diferencias entre el trabajo social y la práctica narrativa. De este modo los participantes generaron una confluencia para someter a su consideración las premisas que permitan gestionar un nuevo enfoque de trabajo social. Nuestro objetivo es intentar describir los diferentes factores que apoyaron nuestra elección y que ayudan en la construcción identitaria de un nuevo perfil profesional sustentado en un nuevo enfoque de práctica, que genere un nivel de satisfacción de la práctica profesional y que lleve en consecuencia un mejor bienestar a los consultantes. Ponemos la mirada en aquello que más nos identifica, que no es otra cuestión que nuestra orientación hacia la intervención.
Iniciamos esta tarea haciendo una inmersión por completo en los territorios de la práctica narrativa,1 partimos del significado del término. En el anterior punto hemos aportado la definición que nos ofrecía el profesor Tomm en White y Epston (1993), o mejor dicho, cómo ve él lo que sus creadores hacen. Pero en una práctica donde el lenguaje cobra un sentido tan trascendental es necesario perfilar más, así que vamos a ver otras contribuciones a la definición de PN que nos aporten una fotografía con más matices y claves sobre las que operar una alternativa para la práctica del trabajo social.
La visión que dan los propios fundadores de la PN es muy parecida, si bien ellos enfatizan la gestión que se hace del poder, cuestión capital en todo su enfoque y que tendremos tiempo de desarrollar. De este modo describen ellos su modelo de trabajo:
Partimos del supuesto de que las personas experimentan problemas, por los que frecuentemente acuden a consulta, cuando las narrativas con las que [historizan] su experiencia y/o las que otros utilizan para [historiar]2 no representan suficientemente su experiencia real; y que, en esas circunstancias, su experiencia tendrá aspectos muy significativos contrapuestos a estas narrativas dominantes [...] (White y Epston, 1993: 14-15).
O como la define White (2002: 261), que la orienta hacia la emancipación psicológica y la formula como «un enfoque liberador que ayuda a las personas a cuestionar y superar las fuerzas de la represión del modo que puedan llegar a ser quienes realmente son, de modo que puedan identificar su autenticidad y dar a esto una expresión verdadera».
Otra aproximación la encontramos en M. White (1994: 39). En ella el autor argumenta que
las personas que vienen a consulta tienen una historia que contar, un mapa que mostrar. Suelen estar perturbadas, confundidas, preocupadas y sentirse derrotadas. Sus historias están saturadas del problema, pero son, para ellas, reales y representan adecuadamente lo que recuerdan y lo que están experimentando. Esta historia saturada del problema merece ser respetada y creída. Pero hay otras historias.
En esta descripción se centra el autor en el estado emocional de las personas con las que abordamos la intervención. Partiendo de estas primeras aproximaciones al enfoque de PN intentaremos exponer los indicios que se observan, en nuestra opinión, de vecindad entre la PN y el trabajo social e identificaremos esas relaciones, esas conexiones que se identifican tanto con este enfoque y que inclinan a interrogarnos sobre la posibilidad de desarrollar un modelo de trabajo social desde las prácticas narrativas en ámbitos públicos o en ONG de carácter social, y que favorezcan el debate entre las profesionales.
Consideramos que son varios los rasgos comunes del trabajo social y de la PN, pues observamos que comparten varios elementos de su identidad. La antropóloga M. Carman (2006) plantea, con referencia a la temática de las identidades, que estas no se inventan en el vacío, sino que se encuentran ancladas en experiencias previas significativas. Por ello buscaremos dichas similitudes partiendo de la visión del trabajo social más sociogénica y familiogénica de los trastornos mentales, el uso consciente del proceso de relación de ayuda, la visión acerca del cambio del cliente, el trabajo comunitario y el trabajo social feminista, los escenarios de supervisión, el trabajo con las familias, etc.
1. Otras esferas para la práctica social
Una vez aclarada cuál es la apuesta de la profesión y hacia dónde se genera el debate en el trabajo social, este se realiza en el paradigma de la posmodernidad3 y desde el posestructuralismo, pues se considera que es la respuesta más adecuada a las demandas que están recibiendo por parte de las personas que les consultan acerca de sus vidas, pero también es donde se ofrece al profesional un espacio de trabajo en horizontalidad, algo de lo que carecen ahora y lo que vienen propugnando algunos de ellos. Friedman considera que este paradigma genera profesionales (figura 1).
Además, la posmodernidad ve las experiencias de la realidad o el significado que le damos a nuestras vivencias, que se construyen a través de interacciones con otras personas y que no dependen solo de cuestiones individuales. Todo ello nos lleva a pensar que desde este paradigma se da una adecuada respuesta a los dilemas de los usuarios y los trabajadores sociales (TS) tal y como hemos presentado anteriormente. Ahora bien, ¿por qué la práctica narrativa y no otro modelo dentro del paradigma de la posmodernidad? La respuesta la situamos en dos planos fundamentales: el primero y según sus fundadores es que la PN es «posestructuralista», y respecto al segundo, adoptando una postura posestructuralista, White (2002: 32-37) propone que en la intervención no es muy útil pensar en términos de profundo y superficial, y prefiere hablar de descripciones ricas, densas o gruesas y descripciones frágiles, simples o delgadas (Ryle4 en Geertz, 1973: 20-24).

Figura 1. Características de los profesionales posmodernos.
Fuente: elaboración propia adaptado de Friedman (1996: 450-451).
Una historia «densa»5 (en el relato de nuestros clientes) está llena de detalles, se conecta con otras y, sobre todo, proviene de las personas para quienes esa historia es relevante. Una historia «delgada» (la elaborada por un profesional) generalmente proviene de observadores de fuera, no de las personas que la están viviendo, y difícilmente tiene lugar para la complejidad y las contradicciones de su experiencia. Cuanto más «densa» sea una historia más posibilidades abrirá para la persona que la vive.
Esta postura se acerca más a lo que estamos buscando para un cambio de práctica en trabajo social, ya que las descripciones estructuralistas de la experiencia humana parten de la idea de que existen estructuras subyacentes que no podemos observar, solo podemos ver sus manifestaciones externas o superficiales (White, 2002).
Ducan, Hubble y Miller (2003) plantean que la práctica positivista imposibilita el cambio, pues las etiquetas diagnósticas definen un marco de expectativas que limita dicho cambio. Para Hardy Schaefer (2014), la idea clave en el trabajo clínico, que a nuestro parecer puede hacerse extensiva a cualquier tipo de práctica social, es la acomodación.6 Es decir, en primer plano, adecuar la intervención al usuario, considerando sus recursos, motivaciones y la alianza esperada.
Schaefer establece las diferencias entre prácticas de corte tradicional en psicoterapia y prácticas posestructuralistas.
TABLA 1 Diferencias en las prácticas tradicionales y posestructuralistas
| Criterios | Práctica estructuralista | Práctica posestructuralista |
| Importancia de la teoría | Imprescindible la teórica | Prescindible la teórica |
| Proceso clínico | Proceso guiado por la teoría Guía ejercida por el profesional | Conversación guía el proceso Guía ejercida por el cliente |
| Profesional/cliente | Experto/inexperto (intervención) | Colaborador/experto (alianza) |
| Lenguaje | Representativo de la realidad Uso como descripción | Constitutivo de la realidad Uso como construcción |
| Esencia/construcción | Pauta (individuo o familia) (necesidad de diagnóstico) | Construcción y deconstrucción permanente (sin diagnóstico) |
| Queja o problema | Anomalía estructural y déficit | Relato restrictivo y monológico |
| Cambio | Reestructuración Posibilidades previstas | Apertura del relato Posibilidades no previstas |
| Práctica | Intervención técnica Recorrido anticipado | Conversación clínica Recorrido emergente |
Fuente: Hardy Schaefer (2014).
Y el segundo plano, viene determinado por la semejanza en modelos de intervención entre las prácticas narrativas y el trabajo social, así como en procesos de construcción de las disciplinas. Podemos encontrar varios de estos elementos, pero aquí solo señalaremos algunos de ellos, es decir, aquellos que han sido objeto del acercamiento a esta práctica.
Comenzaremos por mencionar que, por ejemplo, la narrativa y el trabajo social, además de trabajar con las personas y con las familias, también trabajan con la comunidad, hecho que no encontramos en las otras prácticas posmodernas, o al menos con la riqueza de experiencias que aparecen en la narrativa ni con el despliegue de técnicas de registro, como: el árbol de la vida, el equipo de tu vida, las cartas, etc. Otra similitud que nos aproxima a las prácticas narrativas es la visión de género, ya que para ellos es fundamental; de hecho, la práctica narrativa lo plantea como elemento filosófico de su intervención: se cuestiona los efectos del poder sobre las vidas y las relaciones. En el caso del trabajo social ha generado incluso un modelo de práctica; esto tampoco ocurre en las otras prácticas posmodernas.
Y por último la práctica clínica como generadora del conocimiento. En trabajo social la intervención también es fuente de conocimiento, ambos son saberes aplicados, al contrario que otras disciplinas, que se plantean un análisis o que elaboran propuestas pero sin un compromiso claro con los clientes por el cambio. En el caso que nos ocupa, la práctica, la acción es fundamental, siendo lo que les da sentido a nuestros saberes.
El trabajo social es una profesión de ayuda cuyo objetivo es atender a las personas que atraviesan situaciones difíciles, que van desde la desorientación o desinformación a la marginación o a la exclusión social (Lázaro, Rubio, Juárez, Martín, Paniagua, 2007), y en ambas disciplinas el elemento determinante es la intervención. La PN rechaza la idea de encuadrarse en la posmodernidad, ya que hay al menos una contradicción fundamental, que no es otra cuestión que este paradigma fija sus bases en el relativismo, lo que implica un cuestionamiento de todos los presupuestos y que puede llegar al relativismo extremo (si bien adopta el criterio de la posmodernidad en cuanto al cuestionamiento del estructuralismo de la modernidad).
Por su parte, la práctica posestructuralista cuestiona estas verdades del conocimiento experto y analiza cómo se han producido estos significantes como referentes de nuestra cultura. Ello invita a abandonar la búsqueda de fundamentos, los diagnósticos y la postura del experto. Esta propuesta es más asumible por el trabajo social, pues como profesionales de la acción social la toma de postura debe ser consustancial a nuestra práctica.
Por último, por si estos argumentos no fueran suficientes, queremos señalar que la posición narrativa es política y ética, algo que se plantea también desde el trabajo social. Ideas como el perfeccionismo, la influencia de la pobreza, la marginación social, el machismo, etc., históricamente se han abordado desde el trabajo social y las vemos también reflejadas en las prácticas narrativas. Estos cuatro paralelismos son los que nos han llevado a plantearnos una propuesta de modelo de prácticas narrativas en trabajo social, con elementos suficientes para enriquecer la discusión sobre su viabilidad como alternativa de práctica. Pasemos a ver algunas de las referencias que acabamos de mencionar con más detalle.
2. La práctica clínica, territorio para la construcción de conocimiento
La pregunta que nos formulamos en este punto es cómo llegamos aquí, o mejor dicho, cómo se construyó este modelo. Seguramente a través de un proceso reflexivo, que en este caso pasaría por la práctica clínica llevada a cabo por sus fundadores durante varias décadas, más los interrogantes que se suscitaron de dicha intervención y la inquietud de buscar respuestas, y como colofón una postura profesional que rechaza las pretensiones de verdad de los discursos dominantes.
La evolución de la PN se ha generado al igual que otros postulados, que son el producto final de un proceso en donde se crea una corriente entre la teoría y la práctica. Pero aquí ha de entenderse teoría como sinónimo de práctica reflexionada, de experiencia previa teorizada. La experiencia sin teoría es ciega, pero la teoría sin experiencia es un juego intelectual, diría Immanuel Kant (1724-1804). La PN ha seguido el mismo camino que su predecesora, la modalidad de terapia familiar sistémica, considerada un paradigma científico desde la segunda mitad del siglo XX. Es decir, trabajar (práctica), cuestionarse dicho trabajo y elaborar alternativas que mejoren la vida de sus consultantes (teoría).
Este proceso reflexivo White lo consideraba esencial para generar un debate que favoreciera una mejor práctica. En una entrevista concedida a un medio local de información preguntado sobre su trayectoria profesional, él ya describía dicho proceso de ida y vuelta que era el resultado de su propio interrogatorio acerca de lo mejor para sus clientes. La inmediatez sobre el resultado de la intervención profesional es la que multiplica el debate interno, la reflexión y el posible cambio de visión del profesional, sobre la conveniencia o no de una actuación u otra, así como la búsqueda de otras alternativas, la generación de nuevo conocimiento, etc.; el bucle debía ser constante. En sus propias palabras, lo definía de la siguiente manera «[...] hacer mi propia interpretación de esas ideas, en lugar de simplemente aceptar las interpretaciones de los fundadores de estas escuelas» (White, 2002: 15-16).
El autor Pérez Soto refiriéndose a la construcción de la psicología como disciplina comenta que
En la ciencia lo que impera realmente es más bien una diversidad de programas de investigación que establecen no solo qué se entiende por objeto y problemática propia de la disciplina, sino, también, qué tipo de preguntas y qué tipo de procedimientos son aceptables, qué tipos de respuestas se consideran legítimas, qué debe considerarse como «realidades básicas», a partir de las cuales construir las respuestas a problemas concretos (Pérez Soto, 2009: 51-64).
Esta misma idea se puede adaptar según nuestro criterio a cualquier conocimiento, y en el caso que nos ocupa lo observaremos en la práctica narrativa o el trabajo social.
Centrándonos ahora en el enfoque narrativo, analicemos cómo se ha ido gestando su reflexión, en qué espacio profesional se ha producido. A nuestro entender, este no es otro que la práctica clínica, lugar de encuentro de muchas disciplinas, en donde se ha propiciado el debate, la multidisciplinariedad, la crítica, etc. Un espacio donde generar e interrogarse acerca de cómo es mejor un tipo de intervención u otra, una zona de trabajo donde han confluido conocimientos como la psiquiatría, la antropología, la biología, la psicología, la pedagogía, etc.
Y también encontramos el trabajo social, el casework,7 que ha dado nombres muy ilustres a la práctica clínica y ha aportado elementos a la reflexión y al análisis de lo que se ha dado en conocer como terapia familiar sistémica, base de grandes modelos de intervención terapéutica, fuente de la que han bebido en las últimas décadas muchas disciplinas. De hecho no podemos comprender lo que significa la PN si no hacemos un pequeño viaje por la evolución de este conocimiento.
Este ejercicio práctico ha generado un flujo constante de intercambios de propuestas de intervención que han enriquecido de forma sustancial todos los saberes sobre los que se fundó; la retroalimentación constante entre teoría y práctica ha propiciado una viveza única a este saber. Este lugar de encuentro que es el trabajo terapéutico, el trabajo social clínico lo entiende desde los intersticios, es decir, desde los espacios vacíos que genera el sufrimiento en la vida cotidiana. «El trabajo social clínico actúa desde la cotidianidad, desde conversaciones aparentemente inocuas y hasta banales, pero que van acercándose a las personas con respeto y firmeza» (Roscoe, Carson y Madoc-Jones, 2011). De hecho,
pueden trabajar en su despacho, con citas previas fijadas, o pueden trabajar desde el encuentro casual en un barrio, en un territorio compartido. Cuando el trabajador social clínico, conversa, tiene un modelo teórico, con incidencias micro y macro, que enfoca una luz particular sobre las necesidades, dificultades, problemas o conflictos (Cardona y Campos, 2009),
y sobre el sufrimiento psicosocial (Ituarte, 1992).
Pero bajemos ahora a intentar conocer todo el entramado que la práctica clínica con familias desarrolló en los últimos cincuenta años y cómo ha forjado muchos marcos interpretativos y operativos. Describamos, pues, esta reflexión que desencadenó la construcción de la PN. Su inicio lo situaremos con el cuestionamiento de un relato alternativo al imperante originado en los años cincuenta sobre la práctica psiquiátrica psicoanalítica y conductista de aquellos años en los hospitales psiquiátricos, con escasos resultados, especialmente en enfermos esquizofrénicos. En aquel entonces varios países occidentales habían comenzado a mejorar la vida de la población psiquiátrica hospitalizada. Esta situación dio paso a que varios gobiernos impulsaran estudios dirigidos a encontrar nuevos tratamientos. En ellos se comienza a vislumbrar la relevancia de la familia del esquizofrénico para su tratamiento. Es en ese contexto donde comienza a generarse la terapia familiar.
Para explicar esto, en el marco de unas jornadas sobre formación en terapia familiar en la ciudad de Valencia en la década de los ochenta, el psiquiatra y psicoterapeuta Ricardo Sanz (2006) afirmaba que la terapia sistémica responde al intento de los profesionales de dar una respuesta más ajustada a los problemas de sus clientes y sobre todo para aquellos casos en los que no se ofrecían respuestas adecuadas a los problemas de los clientes o no les reducían su malestar.
La ruptura con otros modelos anteriores –especialmente el psicoanálisis, que contaba con una larga tradición en la aproximación intrapsíquica– llevará a tener que replantearse todo lo establecido hasta el momento, desde quién es ahora el cliente (individuo o familia), el tipo de relación, etc. Sin duda, en la década de los sesenta estos planteamientos suponen una auténtica renovación del ejercicio de la terapia, y dan a luz a diferentes corrientes, técnicas e instrumentos generados por aquellos insatisfechos con los modelos predominantes de la época. Esta visión queda fielmente reflejada en la siguiente ilustración.
La figura 2 describe la visión de Sanz, que argumenta que el inicio del trabajo sistémico con familias es un conglomerado de técnicas y formas de trabajo desde diferentes postulados, siendo el casework social uno de ellos. Esta suerte de instrumentos técnicos impone una forma de mirar diferente, ya que la fuerza de la reflexión es la que crea conocimiento, la técnica solo los aplica. La acción de una técnica dura solo su ejecución, mientras que la acción de una profesión trasciende los hechos, si esta produce modificaciones en la realidad que aborda (Kisnerman, 1985).

Figura 2. Bases del trabajo con familias
Fuente: R. Sanz Pons. Universidad de Valencia, 2006.
Esta advertencia se une a otras, como la reflexión que encontramos en los años cincuenta de Milton Erickson,8 que avisaba sobre aquellos procesos terapéuticos donde el cliente era lo suficientemente prescindible para el tratamiento de su patología, resultando central su queja y sintomatología para el desarrollo de una terapia (O’Hanlon, 1993). Parecía necesario, pues, pasar de una amalgama de instrumentos técnicos a gestionar la terapia desde un proceso donde el cliente no fuera prescindible. Como iremos viendo con el tiempo y debido al inconformismo de los profesionales pasó a estructurarse en torno a dos grandes modelos, el comunicacionalismo y el modelo estructural (Linares, 1997).
En estos inicios la situación del cliente y su problema eran enmarcados por el terapeuta dentro de su propio modelo epistemológico. De tal modo que todo lo que el cliente pudiera expresar de sí mismo era traducido por el profesional como un elemento más que confirmaba el diagnóstico y a la vez su propia teoría del problema. Este trabajo terapéutico llevaba al camino de la imposibilidad del cambio en el cliente, situación que Erickson se explica desde los problemas que el terapeuta debe sortear a la hora de hacer terapia y no como un fenómeno que se entiende desde el cliente. Algunos psicoterapeutas explicaban esta situación atribuyendo al cliente una resistencia al cambio (Gómez y Gómez, 1994).
Desde esta situación, Erickson promovía la flexibilidad, la singularidad y la individualidad. La genialidad de su trabajo se encuentra en la utilización de los recursos interiores, considerándolos únicos de cada persona, para encarar creativamente los problemas de la vida de todos los días. Su intervención variaba con cada paciente. Subrayaba la originalidad de cada individuo, que, motivado por necesidades personales y defensas idiosincráticas, requería maneras originales de abordaje en vez de estilos ortodoxos, poco imaginativos y doctrinarios. Esto supone un proceso de terapia a la «medida del cliente». Subraya así la singularidad de los procesos terapéuticos desde la particularidad de cada cliente. Así pues, cada terapia debe ser diferente debido a que cada cliente ha tenido experiencias, contextos, recursos y desafíos desiguales.
A pesar de estos cuestionamientos, podemos decir que los primeros pasos en terapia familiar se encaminan hacia el estudio del plano pragmático de la comunicación, es decir, hacia las secuencias interaccionales de conductas y su relación con la sintomatología. Los profesionales de esta primera etapa están influidos por la teoría general de sistemas y la cibernética, y motivados en parte por la ruptura con otros modelos antecesores, que contaban con una larga tradición en la aproximación intrapsíquica.
Posteriormente, se trabajó intensamente en investigar cómo es que las personas cambian y cómo es que los problemas persisten en el tiempo. Ahora, las propuestas terapéuticas sistémicas centraron su mirada en las formas en que los clientes desarrollan patrones rígidos de relación con la situación que los aqueja, especialmente desde las soluciones con las que intentaban resolver sus problemas (Prochaska, 1998; Watzlawick, 2000). El trabajo sistémico continúa preguntándose cómo dar respuestas más ajustadas a los problemas que les presentan sus clientes; ello va generando constantes avances en la manera de ver los problemas, en cómo acercarnos a ellos, cómo interrogar sobre ellos, etc. Se van incorporando nuevos objetivos, como la visión del cliente y del terapeuta como socios, la adaptación a una aproximación constructivista del significado, la atención centrada en la narrativa o la forma del relato relativa al significado.
Se comienza a cuestionar las intervenciones prolongadas y, paralelamente, el deseo de elaborar procesos más breves que consideren los recursos experienciales del cliente como útiles y necesarios para el proceso terapéutico, se desarrolla una terapia centrada en soluciones (De Shazer, 1988). Esta puso el acento en una mayor efectividad de la terapia, y para ello era importante en el setting clínico hablar y destacar aquellas situaciones en las que el problema original no estaba presente. En estas intervenciones el profesional está llamado a facilitar la identificación de las excepciones del problema, a partir de esquemas conversacionales que permitan al mismo tiempo identificar o descubrir aquellas soluciones exitosas o, incluso, darse cuenta de que el problema descrito no ha impactado de la misma forma en todas las áreas de su vida. En resumen, había espacios en la experiencia vital en que el problema no existía o no había contaminado aún importantes espacios de la vida de la persona.
Las siguientes generaciones de terapeutas familiares, sin embargo, concederán mayor importancia a la exploración del significado, el discurso narrativo y los procesos de cambio ligados a la identidad. Aunque la evolución constructivista no es lineal ni aglutina al conjunto de las propuestas teóricas surgidas, gran parte de los terapeutas sistémicos (sobre todo en EE. UU. y el norte de Europa) cambian su foco de interés hacia los procesos mentales relegados antaño a la caja negra. Así la definición de terapia evoluciona y se concibe como un proceso epistemológico en el que la (re) construcción del conocimiento en un contexto relacional constituye el eje del cambio.
Desde este punto de vista renovado, el síntoma ya no se considera solo como una expresión de la estructura y los patrones de interacción familiar, sino que además se atribuye un papel crucial a la mitología familiar, entendida como una red de narrativas compartidas que alberga las creencias, afectos, legados, rituales y polaridades semánticas respecto a los cuales cada miembro es a su vez agente (contribuye a su construcción) y receptor (se posiciona y es influido por ellas) (Dallos, 1996, 2006; Linares, 1996; Linares y Campo, 2000; Ugazio, 1998). Esta nueva tendencia se caracteriza por un interés creciente en la construcción social del conocimiento y la realidad, la trabajadora social y terapeuta L. Hoffman (1985; 1988a) define este cambio como un movimiento pendular porque estas premisas epistemológicas ya están en las formulaciones originales sobre el modelo ecológico de la mente de Bateson, quien impulsa definitivamente el nacimiento del modelo sistémico.
En aquel momento, el estudio de la intersubjetividad y los procesos de construcción del significado implicado en la experiencia relacional cobran vital importancia. Se cuestiona la noción de autoridad del terapeuta. Este es incluido como una voz más dentro de la red de discursos vinculados al problema. Lo observado no es independiente del observador. El trabajo de Andersen (1994) sobre el equipo reflexivo es un punto de referencia fundamental de esta línea evolutiva al incorporar al espacio terapéutico una multiplicidad reverberante de visiones. Muchos otros autores desarrollan su trabajo bajo el influjo de la nueva forma de entender el cambio del modelo sistémico desarrollando recursos conversacionales de gran trascendencia (Anderson y Goolishian, 1988; 1990).
De especial interés en el plano conversacional es el desarrollo de la entrevista circular del grupo de Milán (Selvini, 1990) por su precisa forma de dibujar secuencias interaccionales coloreadas de matices de significado relacional. La conversación entre los interlocutores del contexto terapéutico (y también el extraterapéutico) adquiere suma importancia, se enriquece con el uso de nuevas metáforas de cambio dotando el flujo conversacional de una carga significativa de connotaciones semánticas. El lenguaje adquiere un protagonismo insólito y se le confiere un poder constitutivo.
Muchas de las propuestas teóricas subscriben la idea de que es en el lenguaje donde reside el centro de poder. A través de él puede generarse un contexto de libertad en el que proyectar futuros alternativos, explorar bifurcaciones y sus implicaciones, y multiplicar las posibilidades vitales de las personas y familias que consultan por un problema. Las posturas más radicales cuestionan incluso la noción de «sistema», al que definen como un subproducto del poder constitutivo del lenguaje.
Es en este punto que el foco sobre la narrativa y los procesos en la construcción de significado, vehiculizados por el lenguaje y la interacción social, así como la concepción del profesional como un coconstructor de alternativas liberadoras, aúna las posturas de una parte significativa de los representantes del modelo sistémico de finales de la década de los ochenta y principio de los años noventa. En efecto, es en la década de los noventa cuando las terapias centradas en las narrativas empiezan a imponerse y extenderse rápidamente. La influencia del construccionismo social propuesto por K. Gergen (1985) será transcendental y en los terapeutas sistémicos inspira la creación de modelos basados en la metáfora del texto. A los profesionales de la intervención clínica con familias la práctica les ha conducido a bucear en territorios hasta ahora no explorados o insuficientemente explorados en las intervenciones clínicas.
Este sistema de trabajo práctica-teoría/teoría-práctica, esta retroalimentación constante, generó en cada momento una postura profesional o rol característico en cada etapa. Hasta ahora hemos realizado algunas indicaciones de cómo era esa postura, pero me gustaría marcar con claridad las diferencias de cada momento, pues es determinante para comprender la evolución de la práctica sistémica y cómo este proceso fue concluyente para llegar a la práctica narrativa. La postura profesional y la gestión que se hace de ella es un rasgo muy identitario de la PN. Al comienzo de este tipo de prácticas, el punto de mira se pone en lo que no cambia, lo que se queda igual y es problemático: el síntoma y las interacciones familiares en su entorno. La idea es que hay una función del síntoma que será mantener el equilibrio de la familia (la homeostasis). El terapeuta, como agente externo, tiene la tarea de desbalancear el equilibrio «malsano» a través de alianzas terapéuticas para conseguir que el síntoma se vuelva innecesario.
En la siguiente etapa el foco se reorienta hacia aspectos de cambio: cómo interactúa el profesional con las familias para provocar un cambio en los síntomas y disfuncionalidades presentadas. La observación se dirige a las redundancias y esto conduce a la formulación de una hipótesis sobre el funcionamiento familiar, y al diseño de una estrategia que dé como resultado la modificación de las reglas que no resultan útiles para el adecuado funcionamiento. La terapia se centra en la solución del problema presentado, y en el aquí y ahora, cambiando la «clase de soluciones intentadas». El éxito de la terapia consiste en provocar un salto cualitativo de un sistema de reglas a otro, y el terapeuta es el facilitador o agente de este cambio.
En los modelos multidimensionales, la visión de la familia y de los síntomas es entendida como un sistema complejo en interacción con el contexto, y se solicita ayuda al definir un aspecto de su convivencia como problema. Disponen de recursos estructurales, cognitivos, emocionales y comportamentales para ajustarse a las demandas del cambio. El proceso de cambio se dirige a: priorizar el síntoma por el cual la familia pide ayuda como primera fase y, después, ampliar el foco hacia otros aspectos de la interacción familiar y de la pareja conyugal, si así se requiere. Las técnicas de intervención son de procedencia estructural, estratégica, construccionista, psicoeducativa y analítica, según el síntoma y la fase del tratamiento, con un pragmatismo funcional orientado a la investigación. El rol del terapeuta es activo, se entiende como parte de un sistema creado a propósito (Stanton y Gardini, 1988; Gammer, 1995).
En las últimas etapas el plan de trabajo se ejecuta desde una perspectiva no patológica que pretende: evitar, culpar o clasificar a los individuos o las familias; apreciar y respetar la realidad y la individualidad de cada cliente; utilizar una metáfora narrativa, y ser colaborativos en el proceso terapéutico y ser públicos o transparentes respecto a sus sesgos y a la información que poseen. Se adopta la posición de no conocimiento y se busca en los elementos del relato, o en los elementos ausentes, aquello que permita establecer un giro en el curso que están presentando los acontecimientos.
La posición del profesional narrativo es descentrada, pero influyente (White, 2002), no se le visualiza como experto, sino como un facilitador de la conversación, como un maestro, o una maestra, en el arte de la conversación. El profesional es un acompañante/testigo con la responsabilidad de asegurar una atmósfera de curiosidad y respeto, y cuya misión es descubrir, junto con la persona, cuál es la vida que quiere vivir y cómo llegar a vivirla. No se acepta ninguna invitación a ser el experto en la vida de las personas, sino que da prioridad a las ideas y recursos personales.
Para este profesional narrativo un desenlace aceptable de la consulta será la «identificación o generación de relatos alternativos que les permitan llevar a cabo nuevos significados y que traigan consigo logros apetecidos, nuevos significados que las personas experimentan como más satisfactorios, útiles y abiertos a múltiples finales» (White y Epston, 1993). Consideramos que, de esta incesante discusión generada en el quehacer de la práctica clínica, se puede constatar que dicho espacio fue creador indudable de conocimiento, de producción de técnicas e instrumentos, de enfoques, de nuevas perspectivas, etc. Sin lugar a dudas, la inquietud profesional supuso un acicate, pero también dos cuestiones que a nuestro modo de ver fueron determinantes.
La primera, la multiplicidad de saberes desde diferentes conocimientos, con profesionales que miraban la realidad desde varios ángulos a la vez, donde este trabajo multidisciplinar y transversal generaba una permanente riqueza a la intervención clínica. Un segundo elemento que también valoramos como esencial es el planteamiento de intervenciones más cortas, sin llegar a ser lo que posteriormente se conocieron como terapias breves, pero intervenciones que no significaban un plan de vida como antes encarnaba entrar en una intervención clínica de carácter psicoanalista. Ese acortar los periodos de intervención alentaba la necesidad de dar respuesta antes y con ello se estimulaba la explosión de nuevos conocimientos.
La suposición que hemos planteado en este mundo de la práctica clínica fue que este espacio propició el suficiente debate para que surgiera la práctica narrativa. Esta suposición aparece en varios textos de autores que al hablar de sus intervenciones terapéuticas cuentan sus anécdotas sobre cómo fue su progresión personal en la práctica clínica, cómo a partir de dicho trabajo se crearon sinergias que los cambiaron.
Epston (1980) comenta que durante la Reunión Inaugural de Terapia Familiar Australiana le sucedió un hecho fortuito, que la programación de sus respectivos talleres a la misma hora les impulsó a unir esfuerzos y la conclusión fue que se convirtió en responder recíprocamente a las respuestas del otro:
Mi trabajo comenzó a fusionarse con el de Michael White. Un aspecto del trabajo de White que hice mío es el concepto de la externalización del problema que puede resumirse en considerar que la persona no es el problema, el problema es el problema. Esto me permitió adoptar una posición racional y práctica en la terapia. Este concepto me liberó de las restricciones que me imponían algunas prácticas dominantes que, según comprobé, me alejaban de la familia. Una vez más, esto determina una posición de intercambio entre iguales.
Estimé que esto era un saludable antídoto contra mi experiencia práctica de posgrado en la psiquiatría infantil ortodoxa: contra su carácter pseudocientífico, su compromiso con aquello que Foucault (1999) llama la mirada, y contra la manera en que dicha psiquiatría dividía el sujeto observador del objeto observado y suprimía los conocimientos innatos (Epston, 1994).
La anécdota ilustra las constantes interacciones que el mundo de la práctica clínica genera, podemos ver que el cambio de paradigma al que se adhiere la PN se produce en el fragor del trabajo cotidiano, dándose una similitud entre lo acaecido con el psicoanálisis y la terapia sistémica, y que comentábamos al inicio de este capítulo. Es decir, la búsqueda de mejores respuestas para con las familias ha generado un nuevo enfoque que pretende ser más respetuoso, dando a su vez un cuerpo de conocimiento distinto, pues sus fundamentos son diferentes, tal y como se verá reflejado en el capítulo dos, donde abordamos los fundamentos del modelo de la PN.
Virginia Satir inició la fecunda participación de trabajadores sociales en el campo de la clínica, con un estilo personal y carismático, dirigiendo numerosos seminarios de formación y publicando uno de los primeros libros sobre terapia de familia, Terapia familiar paso a paso (1964; 1988). Es una experta reconocida tanto por los compañeros clínicos como dentro de la intervención en trabajo social. También encontraremos aquí a Lynn Hoffman (1992), autora de varios libros. Gracias a su longevidad ha podido recoger los aspectos más generales en su libro de fundamentos de la terapia de familia, que se centra en los problemas de la familia, y ofrecer una información enciclopédica sobre las corrientes conservadoras de la terapia familiar, así como aportaciones nuevas e iconoclastas, hasta elaborar más recientemente textos desde marcos de la terapia colaborativa, etc. También De Shazer (1988), creador de las terapias centradas en soluciones y autor de técnicas tan importantes para el trabajo posmoderno como las excepciones a las reglas, las escalas o la pregunta milagro.
Todos estos elementos son relevantes hoy en día para el trabajo con las personas, tanto desde una vertiente de práctica clínica como desde un espacio de práctica social. Son muchos los profesionales desde las dos orillas de la práctica que vienen gestionando alguna de las técnicas creadas por estos autores.
En el cuadro que adjuntamos podemos comprobar la representación amplia y variada que el trabajo social ha aportado a la práctica clínica, desde diferentes posicionamientos y formas de entender la relación y en las distintas etapas de lo que entendemos por terapia familiar. Sus propuestas de trabajo siempre fueron más próximas a las familias, abordando una práctica desde sus aspectos más relacionales, de manera menos patológica y mucho más de ayuda. Circunstancia que deriva, seguramente, de la tradición y la formación como trabajadores sociales.
Como se desprende de la tabla 2, la participación en esta evolución del casework social es significativa, y no solo hemos mantenido la cuota inicial con la que se inició la terapia familiar (tal y como aparece en el gráfico 2) sino que además hemos incrementado el corpus teórico con importantes publicaciones que dieron un impulso a la práctica clínica; básicamente la participación terapéutica de la profesión se ha producido en casi todas las corrientes. A esto hay que unir que son varios los compañeros que desarrollaron sobre todo en la narrativa nuevos modelos, tal es el caso de S. De Shazer con las terapias breves centradas en soluciones o en las PN con M. White y D. Epston. Sin lugar a dudas, la práctica clínica ha sido fuente de crecimiento para muchas disciplinas, incluido el trabajo social. Veamos ahora cómo este espacio de confluencia ha impactado en nuestra disciplina.
La aportación del antiguo casework (trabajo social de caso) viene desde la década de los sesenta. Una de las figuras emblemáticas del trabajo social es Gordon Hamilton (1967; 1984), que aludía a los problemas con los que el trabajador social se encuentra, que en muchas ocasiones pasan por trastornos, frustraciones y traumas que surgen de la vida familiar, y los profesionales tienen que tratar con estas desviaciones. Para muchas personas los psiquiatras no son accesibles, ni procuran este tipo de tratamiento. Los trabajadores sociales tratan constantemente con personas que, al proyectar sus problemas en factores sociales o en otras personas, no buscan inicialmente ayuda porque no reconocen su autoimplicación. Esta situación hace inevitable que los trabajadores sociales se preparen para el trabajo clínico (G. Hamilton, 1974; 1984: 26-50). Un rasgo importante de esta influencia viene determinado por nuestra forma de acercarnos a la realidad social.
TABLA 2 Representantes de las distintas corrientes en terapia familiar

Fuente: elaboración propia, adaptado de Von Schlippe y Schwitzer (2003), Nardone y Portelli (2006) y Cardona (2012).
Para Barker (1995; en NASW, 2005: 9), «El Trabajo Social Clínico es la aplicación profesional de los métodos y teorías del Trabajo Social al diagnóstico, tratamiento y prevención de disfunciones psicosociales, incluyendo desórdenes emocionales, mentales y conductuales». En este sentido, la NASW9 argumenta que el trabajo social clínico tiene un enfoque primario sobre el bienestar mental, emocional y conductual de individuos, parejas, familias y grupos. Se centra en un acercamiento holístico a la psicoterapia y a la relación del cliente con su medio ambiente. El trabajo social clínico ve la relación del cliente con su medio ambiente como esencial para la planificación de un tratamiento. Y, en consecuencia, los trabajadores sociales a menudo son los primeros en diagnosticar y tratar a personas con desórdenes mentales y varias perturbaciones emocionales conductuales. El trabajo social clínico se caracteriza por la versatilidad de sus profesionales y la variedad de sus funciones.
Sobre estas cuestiones son muchos los profesionales del trabajo social que se han posicionado al respecto, pues son muchos también los que desarrollan su profesión en este ámbito de la intervención clínica. Tal es el caso de la trabajadora social clínica Amaia Ituarte (2012: 196), quien expresa así la relación terapéutica entre cliente y profesional:
un proceso psicoterapéutico que, por medio de la relación entre un trabajador social y un cliente (individuo, pareja, familia, grupo) y a través de un análisis y profundización de sus sentimientos, emociones, vivencias, dificultades y de la manera en que todo ello se manifiesta en sus relaciones interpersonales en diferentes contextos significativos, trata de ayudar a las personas a afrontar sus conflictos psicosociales, superar su malestar psicosocial y lograr unas relaciones interpersonales más satisfactorias, utilizando para ello tanto las propias capacidades del cliente como los recursos del contexto social.
Todo esto ha suscitado un debate acerca de las competencias que las trabajadoras sociales deben tener. Aportamos aquí la visión de la doctora y asistente social clínica10 Martha Chescheir (1984), quien nos ofrece su punto de vista sobre cuáles son las áreas de competencia del trabajador social clínico.
TABLA 3 Áreas de competencia del trabajador social clínico
| Áreas de competencia del trabajador social | Finalidades del trabajador social clínico según Martha Chescheir |
| 1. Trabajo con personas en el contexto de su situación social | Establecer un equilibrio entre las necesidades personales y las oportunidades que ofrece la vida. Lograr un ajuste entre lo que le conviene al individuo y lo que le conviene al sistema social. Relacionar a las personas con los recursos y comenzar en cualquier extremo del medio continuo psicosocial, ya sea con la persona o con el sistema social. Ayudar a personas de todas las clases y condiciones para que se adapten a situaciones realistas, y cómo cambiar estas condiciones sociales para adecuarlas a las necesidades de las personas. |
| 2. Trabajo con la familia como medio de ayuda | Evitar una desintegración familiar como reconstituir familias desintegradas. Intervención en familias en momentos de crisis. Trabajar en sus propios hogares cuando es necesario, para así ayudar a movilizar recursos internos y externos para mejorar y conservar el funcionamiento familiar. La terapia familiar y el asesoramiento matrimonial también le competen al trabajador social, pero no están limitados solamente a estos modelos en particular. |
| 3. Trabajo de terapia con grupos en actividades cuyas tareas estén relacionadas | Concebir y utilizar dinámicas del proceso grupal para conservar y mejorar el funcionamiento social. El conocimiento de la dinámica de grupos se traduce en una buena comprensión del contexto organizacional y le permite al trabajador social buscar cambios en marcos institucionales. Los grupos de terapia y socialización ayudan a rehabilitar a personas con dificultades de relaciones interpersonales y que carecen de habilidades sociales. |
| 4. Trabajo con organizaciones y sistemas sociales para mejorar situaciones sociales | Comprenden la importancia de sistemas de apoyo naturales y son presentados a los clientes a medida que los necesitan. Como defensores de los pobres y de los grupos minoritarios, los profesionales clínicos a menudo se encuentran en determinadas situaciones sociales defendiendo a personas que no pueden hacerlo por sí mismas. Cuando las organizaciones e instituciones dejan de funcionar en beneficio de las personas. Crear un medio que custodie y cuide, donde las personas puedan expresar su preocupación por los demás y trabajar juntos por el bien común. Promover cambios en los sistemas para humanizar las condiciones sociales. |
| 5. Trabajo con personas que se enfrentan a crisis de situación o de maduración | Ayudar en toda clase de crisis. Estas pueden ser de situación o de maduración. Las primeras son aquellas en que se produce un trauma físico o una pérdida aguda (personas significativas). Pueden ayudar a las personas a recuperar su fuerza anterior, y en algunos casos incluso mejoran su nivel general de funcionamiento social. |
| Las segundas crisis, que también se llaman de transición de vida (niñez, adolescencia, adultez y senectud), producen crecimiento pero la forma en que una persona los aborda es el resultado de múltiples factores, incluyendo la organización intrasíquica individual, los patrones de interacción familiar y la presencia o ausencia de sistemas de apoyo naturales. |
Fuente: Martha Chescheir (1984).
Destacamos, en este sentido, que el proceso de ayuda que ejerce el trabajador social clínico es siempre intencional, ya que responde a determinados ejes o prioridades de su acción. Andolfi (1985: 31) propone que el trabajador social, cuando se transforma en terapeuta, debe abandonar los viejos paradigmas que hacen suponer la terapia como un proceso de curación. Según sus ideas «el trabajador social debe entrar a formar parte del sistema familiar con su bagaje técnico de experiencias, pero también con su personalidad, su fantasía, su sentido del humor, su capacidad para participar en las emociones de los demás, renunciando al atavío mágico y falso del curador».
Para Quiroz y Peña (1998: 14-25), haciendo un análisis de los modelos teóricos del servicio social propuesto por Ana María Campanini y Francesco Luppi, nos dicen:
Como consideración de carácter general debemos admitir que por ser el Trabajo Social una disciplina que se ocupa de un campo tan complejo como lo social; se encuentra frecuentemente sometido a cambios, fluctuaciones y, a veces a transformaciones rápidas e imprevistas. Además, las Ciencias Sociales y de la conducta, entre ellas profesiones dedicadas a la ayuda, la terapia y la psicoterapia, sufren procesos de aceleración de tal magnitud, que exigen una adecuación continua de las claves de lectura de los fenómenos que trata. Entre este contexto, la aparición de nuevas teorías o corrientes de pensamiento psicoterapéutico, han dibujado tendencias definitivas en el Trabajo Social Clínico, en su evolución y desarrollo.
Como hemos visto en este espacio de confluencia que ha sido y es la práctica clínica, las prácticas narrativas ha crecido en un espacio nada ajeno al trabajo social, y, como miembros de este, también ha ayudado a la generación de la narrativa, al igual que la antropología, la biología, la pedagogía u otras disciplinas. Es cierto que los creadores de este enfoque no sitúan el trabajo social como fuente de inspiración para crear su andamiaje, pero en nuestra humilde opinión sin la mirada de los trabajadores sociales seguramente tampoco se entenderían las prácticas narrativas. Un breve repaso a nuestros orígenes nos puede apuntar algún dato acerca de tal afirmación. Para argumentar este punto tomaremos prestado algunos enunciados del prólogo de la obra de M. Richmond (1917-1922), El caso social individual. El diagnóstico social, que hace M. Gaviria (1996) en él, y en el que nos acerca a la figura de nuestra pionera. También desgrana algunas de las premisas fundamentales del trabajo social, y es aquí donde observamos rasgos que sostienen nuestra argumentación.
Dice Gaviria que Richmond era darwinista, el trabajo social para ella era «conseguir la adaptación de los clientes a un mundo y a una sociedad que se iría reformando progresivamente». Entonces era totalmente revolucionario decir que para trabajar los casos sociales había que comprender, sin prisas y a fondo, a la persona o familia, no solo en su momento actual, sino en toda su historia anterior (Gaviria, 1996: 13-16; en Richmond, 1996). Gaviria nos informa de cómo Mary Richmond «aborrece el burocratismo, entonces llamado oficialismo. Colabora con los sindicatos para lograr la prohibición del trabajo infantil. Se adelanta 40 años a Foucault, al denunciar la perversidad de las grandes instituciones y proponer la desinstitucionalización, todavía hoy no terminada» (Gaviria, 1996: 13-16; en Richmond, 1996).
El último de los enunciados que tomamos de Gaviria al hablar de Mary Richmond es aquel que atribuye a la autora al señalar que «hay que adaptar no solo las personas a la sociedad, sino la sociedad a las personas» (Gaviria, 1996: 13-16; en Richmond, 1996). A lo largo de todo el prólogo el autor intenta que veamos la actualidad de los pensamientos de la pionera, y cómo también muchos de sus enunciados siguen todavía en plena actualidad. Haremos un último intento para mostrar nuestra contribución a la construcción de las prácticas narrativas o al menos unos rasgos de proximidad entre ambas disciplinas, para ello haremos referencia a los consejos técnicos que Mary E. Richmond daba a las trabajadoras sociales de principios del siglo XX y que Gaviria recupera en su prólogo (Gaviria, 1996: 13-16; en Richmond, 1996) (tabla 4).
Estos consejos son una parte de nuestros orígenes más remotos, pero no solo en ellos encontramos referencias cercanas a la propuesta metodológica por la que estamos apostando, pues a lo largo de nuestra historia como profesión y como disciplina son muchos los autores que nos dirigen hacia intervenciones que se ajustan bastante a la propuesta narrativa. Otro ejemplo lo tenemos en Helen Perlman (1960), cuyas aportaciones siguen hoy vigentes y que planteaba que «nadie conoce mejor el problema por dentro y por fuera mejor que el cliente y, por otra parte, si hay que ayudarle a trabajar en ello, tiene que ser ajustándose a su concepción del mismo» (Perlman, 1965: 152).
TABLA 4 Consejos técnicos de Mary E. Richmond para los trabajadores sociales
| Poner el énfasis en lo normal, no en lo patológico. | Evitar la rigidez mental del profesional. | Ir con la verdad por delante. |
| Hablar mucho e intensamente y amistosamente a intervalos frecuentes con los clientes. | Buscar los aspectos positivos de la relación del trabajo de casos. | Estimular el cambio de aires del cliente alejándolo de sus tensiones y conflictos. |
| Estar disponible a las llamadas de emergencia. | Saber ver los avances por escondidos y pequeños que sean, en el caso de que estos se produzcan. | Considerar a las personas desde la honestidad, el afecto, la simpatía, la pulcritud, la puntualidad, la responsabilidad, la estabilidad. |
| Confiar en los clientes, lo que ayuda al éxito. | Emplear el acompaña miento y la paciencia. |
Fuente: elaboración propia adaptado de Richmond (1996).
No queremos extendernos más porque las referencias son considerables, pero pensamos que estas dos menciones tan significativas pueden ser lo suficientemente indicativas para considerar que según estas similitudes podemos establecer que vemos factible la construcción de un modelo de trabajo social en la narrativa, en contextos públicos de ámbito generalista y de atención directa. Esto será objeto de otro apartado más adelante, en concreto al contemplar los escenarios de la práctica narrativa, al desarrollar nuestra propuesta.
3. El trabajo social comunitario, y la seducción de las prácticas narrativas con colectivos
El relato de nuestra profesión se encuentra plagado de intervenciones para resolver los conflictos de los colectivos, objeto de nuestra intervención, desarrollando una modalidad y unas técnicas de aplicación, para remediar los problemas de la comunidad. La historia que hemos ido construyendo los trabajadores sociales a lo largo de los últimos cien años, partiendo desde las primeras actuaciones comunitarias, las «residencias sociales» (settlements) implantadas en los barrios obreros, que podríamos catalogarlos como los antecedentes directos de los actuales centros sociales, pasando por la introducción de los métodos de trabajo social de grupo y de desarrollo y organización comunitarios que fue realizada por Naciones Unidas durante la década de los años cincuenta, nos muestran una larga práctica donde aparecen nombres y definiciones diferentes, tales como: residencias sociales, animación de grupos, organización y desarrollo comunitario, trabajo social en grupos, desarrollo social, acción global, desarrollo social local, etc.
En nuestro entorno más cercano dichos métodos pasan a formar parte del programa especial de servicio social de Naciones Unidas para Europa, este programa planteaba como objetivos principales: Difundir las técnicas modernas del trabajo social con vistas a la formación y al perfeccionamiento de los trabajadores sociales y orientar la política social europea hacia la solución de los problemas que afectan a los individuos, a las familias y las comunidades. En 1955 la ONU publicó un folleto sobre el progreso social por el desarrollo comunitario. Esta publicación y la realización de varios seminarios de carácter internacional pondrán al desarrollo y la organización comunitaria en el centro del debate mundial acerca de la gestión, el avance, y el progreso de los pueblos. Será en 1962 cuando se incorpore a la docencia de los trabajadores sociales la enseñanza de los tres métodos de trabajo social, es decir:
• El trabajo social de casos,
• el trabajo social de grupo y
• el trabajo social comunitario.
Así, de lo que se desprende de lo descrito hasta ahora podemos decir que tanto la acción como la formación acompañan al trabajo social comunitario, pero también el compromiso profesional explicitado a través de los distintos códigos deontológicos.
Las evidencias se encuentran al analizar los documentos profesionales, como los elaborados por la FITS, La ética del trabajo social: principios y criterios, aprobado en 1994, y el Código de ética, aprobado en 1996 por la Asociación Nacional de Trabajadores Sociales de Estados Unidos y revisado en 2008. O también la declaración de la Agenda Global del Trabajo Social y Desarrollo Social: Compromiso para la Acción, aprobada en marzo de (2012) por la FITS, la AEITS y el Consejo Internacional de Bienes Sociales (CIBS), que fija los retos más importantes a los que debe enfrentarse el trabajo social en el presente. En esta serie de documentos se establecen los códigos éticos, pero también las competencias, y es ahí donde queda reflejado el ámbito del trabajo social comunitario.
De lo expuesto podemos inferir que el trabajo social comunitario tiene una amplia tradición. Los profesionales del trabajo social llevamos décadas mirando a los pueblos y compartiendo con ellos su destino. Un ejemplo de este compromiso se refleja en el código deontológico profesional (de ámbito nacional) de 1999, donde aparece una referencia explícita al compromiso con este trabajo; así, en el capítulo II, que habla de los principios generales de la profesión, en su artículo ocho expresa:
Los trabajadores sociales tienen la responsabilidad de dedicar sus conocimientos y técnicas, de forma objetiva y disciplinada, a ayudar a los individuos, grupos y comunidades y sociedades en su desarrollo y en la resolución de los conflictos personales y/o sociales y sus consecuencias.
Más recientemente, en el código deontológico del trabajo social aprobado en 2012 vemos ampliadas las referencias al trabajo social comunitario. Será en los principios generales descritos en el capítulo dos, donde habla de la aplicación de los principios generales de la profesión; en su punto uno dice: «Respeto activo a la persona, al grupo, o a la comunidad como centro de toda intervención profesional», y en el punto diez sobre la «Justicia social con la sociedad en general y con las personas con las que se trabaja, dedicando su ejercicio profesional a ayudar a los individuos, grupos y comunidades en su desarrollo y a facilitar la resolución de conflictos personales y/o sociales y sus consecuencias». Continuamos señalando aspectos significativos del trabajo social comunitario.
Otra aproximación a la conceptualización es la que nos aportan desde el colegio de Diplomados en Trabajo Social y Asistentes Sociales de Barcelona, donde ven que el «Trabajo social de comunidad consiste en incidir en los procesos de cohesión de la comunidad para que pueda hacer frente a los problemas y participar en la organización y gestión de los servicios» (Sitjà, 1988: 49). Esta definición tiene como elemento identificativo esencialmente la cuestión de la cohesión para hacer frente a los problemas y para la organización de servicios. Básicamente es una definición donde la comunidad es vista como un objeto. Veamos otras que nos aporten miradas más amplias.

Figura 3. Objetivos de trabajo social comunitario según autores
Fuente: elaboración propia adaptado de Twelvetrees (1988), De Robertis y Pascal (1994), Carballeda (2002) y Alonso (2004).
Esta clasificación que hemos seleccionado es de autores de referencia en el trabajo comunitario y de distintas épocas, lo hemos hecho con la pretensión de cotejar los objetivos que marcan estos autores para el trabajo social comunitario y desde aquí poder visualizar mejor si existen nexos con la narrativa. Comenzaremos con el papel que se le supone al trabajador social. Si nos acercamos de forma breve a los distintos roles que el trabajador social comunitario puede desempeñar, vemos que según corrientes y autores van desde el que los posiciona como «agentes de cambio», el que los ve como una «relación técnico-político», quien los ve con «roles de acción», como roles profesionales, con funciones de guía, capacitador experto y terapeuta social.
En las dos últimas décadas estamos asistiendo a unas nuevas miradas de ver y entender el trabajo social comunitario, como es la propuesta de conceptualización de Barbero (2003: 427), que señala la dimensión del trabajador social de «pretender orientar el abordaje de situaciones colectivas, mediante la organización y la acción asociativa. Se trata de un abordaje que se enfrenta a la tarea de construir (crear) y mantener (sostener) un grupo en torno a la elaboración y la aplicación de proyectos de desarrollo social». O la más reciente proposición de comprender el trabajo social comunitario que desarrollan J. V. Peréz-Cosín y A. J. Méndez López (2017: 56), quienes plantean el autodesarrollo comunitario en los procesos de transformación comunitaria, entendiendo:
el acercamiento a la comunidad desde un posicionamiento multidimensional y sistémico, contextualizándola y atendiendo a su vez dimensiones que mediatizan los problemas a investigar, a la luz de un marco interdisciplinario comprometido con la acción y con el cambio dignificado, donde se permita la libre expresión de las construcciones colectivas de los sujetos investigados.
Podemos continuar profundizando en las distintas tipologías y modelos del trabajo social comunitario, pero pensamos que los mostrados son suficientes para ejemplificar nuestro compromiso como profesión con el trabajo comunitario e identificar sus objetivos. Desde nuestro punto de vista, algunos de ellos nos resultan difíciles de ejecutar por falta de instrumentos operativos para el trabajo con las personas en la comunidad; creemos que la PN nos los puede facilitar.
Este breve repaso por algunas conceptualizaciones ha puesto de manifiesto que en el trabajo social comunitario existe una preocupación por la situación de las personas, sus emociones, sus angustias, sus afectos, etc., no solo por el crecimiento de la comunidad y su desarrollo. El trabajo social comunitario viene recogiendo dicha preocupación y así se refleja, por ejemplo, en el objetivo de De Robertis y Pascal (1994), que enuncian como la reconstrucción de la identidad, reconociendo diferencias y especificidades, o cuando Twelvetrees (1992) lo expresa como la forma de: «Ayudar a las personas para que trabajen colaborando en adquirir la confianza y las habilidades necesarias para afrontar los problemas». A través de los distintos códigos deontológicos del trabajo social, recordemos aquí lo que se pone de manifiesto en el de 2012, donde aparece con claridad la preocupación por la persona en la comunidad, las alarmas de carácter individual y cómo se pueden abordar colectivamente. Creemos que la PN da una buena respuesta a todas estas cuestiones.
Sobre todo, hay varios elementos totalmente singulares del trabajo narrativo con colectivos que nos sedujeron para apostar por dicho método de práctica de intervención, en ellos se aprecia estas herramientas y especialmente una metodología que nos facilite el pleno cumplimiento de los objetivos del trabajo social comunitario. Pasamos a describir este enfoque y luego concretaremos dichos aspectos.
Para describir este enfoque del trabajo narrativo necesitamos conocer los conceptos fundamentales. El primero de ellos viene de la mano del profesor K. Tomm (1994), de la Universidad de Calgary. Al hacer referencia a los territorios nuevos que aporta la narrativa nos habla de dos: a) «la externalización del problema» y b) cómo se puede usar la palabra escrita en la intervención. En el primer territorio, la exploración profunda de esta cuestión llevará a White y Epston (1993) a plantearse elementos de la identidad de las personas que llegan a consulta. Relativo a esta cuestión, dice Martin Payne que
la terapia narrativa asume que los factores sociales, políticos y culturales afectan a la vida de las personas y, sobre todo, que las relaciones de poder son endémicas en las sociedades occidentales [...] Por consiguiente, examinar las paradojas del poder social puede ayudar a las personas a liberarse de la culpa y la autocensura (Payne, 2012: 28).
Y en esa liberación conformar una identidad diferente.
La identidad narrativa, desde la perspectiva construccionista social, se construye dentro de la vida social, de manera que no es posesión del individuo sino de las relaciones, producto de intercambios sociales. Según Gergen (2007: 175), la identidad narrativa no es un evento repentino y misterioso, sino el resultado sensato de una historia de vida sobre la que, sin embargo, se pueden hacer múltiples construcciones a lo largo de la vida, porque «cuanto más capaces seamos de construir y reconstruir nuestra autonarración, seremos más ampliamente capaces de sostener relaciones efectivas».
Se considera la identidad una manifestación relacional: identidad y alteridad tienen una parte común y están en relación dialéctica. La identidad, entonces, es el resultado de interacciones negociadas en las cuales se pone en juego el reconocimiento (Taylor, 1996). Comprendida de esta forma, la identidad supone tres niveles de análisis: el reconocimiento de sí mismo, el reconocimiento hacia otros y el reconocimiento de otros hacia nosotros.
La PN plantea que las personas conviven con «definiciones problemáticas de sí mismos» y, a través de ella, se buscará deconstruir11 dichos discursos (White y Epston, 1993). Es decir, facilitar que los participantes relaten historias de sí mismos con discursos preferidos de descripciones de historias positivas en las cuales son competentes, actúan con confianza, reconocen sus talentos y habilidades, hacen uso de su capacidad, etc.
La práctica narrativa colectiva (PNC)12 se sustenta en la teoría y práctica de la PN, y se utiliza como un medio o herramienta para describir y analizar la identidad narrativa de los participantes. Una metodología de apoyo psicosocial para trabajo con grupos vulnerables, basada en las fortalezas personales, que ha sido utilizada en diversos contextos y situaciones. Consiste, básicamente, en el uso de metáforas dirigidas a trabajar aspectos de la vida de las personas. El uso de metáforas y de preguntas cuidadosamente formuladas invita a los participantes a contar historias acerca de sus vidas, de maneras que los hacen más fuertes y con más esperanza acerca del futuro. Esta herramienta ha reportado un efecto positivo significativo en las vidas de las comunidades donde se desarrollaron.
Queremos señalar que, mientras que las prácticas narrativas se generaron inicialmente dentro de sociedades industriales urbanas como respuesta alternativa a la sociedad moderna, las prácticas narrativas colectivas han surgido en el diálogo y en la colaboración con las comunidades y los profesionales externos provenientes de las sociedades industriales.
La realidad es que los profesionales narrativos que trabajan con colectivos guardan un respeto exquisito al acercarse y al trabajar con dichas comunidades, no irrumpen en ellas, intentan ser invitados, etc. Con respecto a estas ideas, los autores Chimpén y Dumitrascu (2013) argumentan que se fundamentan en el respeto a la idiosincrasia y a las creencias de cada comunidad y fomentan el rescate de sus habilidades y conocimientos específicos para enfrentarse a las dificultades sin juzgar por raza, creencias, formas de vida, etc., y sin imposiciones de ningún tipo.
La consideración para con las personas se administra con especial cuidado, el trabajo desde el que compartir saberes es consustancial a la PNC, basada en los principios y en los fundamentos de la PN. El hecho de acercarse a las comunidades se plantea con un cuidado exquisito, no se hace de forma abrupta; la idea es que sea la propia comunidad quien plantee una invitación a los profesionales con los que quiere trabajar.
Uno de los máximos representantes de la PNC es David Denborough, profesional del Dulwich Center Adelaida (Australia), que nos propone algunas ideas que han dado sentido a estas prácticas, y también marca los principios de estas, basados en las ideas de los fundadores de la PN White y Epston. Lo hemos representado en la siguiente ilustración:

Figura 4. Ideas y Principios que dan sentido a las PNC
Fuente: elaboración propia, adaptado de David Denborough (2008).
De hecho, la práctica narrativa colectiva ha tomado forma a través de la pregunta: «¿Cómo podemos responder a historias de sufrimiento social en maneras en las cuales no solo se alivie el sufrimiento individual, sino que también mantengan y sostengan acción social local para responder a injusticias más amplias, violencia y abusos en nuestros múltiples contextos?» (Denborough, 2008: 11). Todo esto nos lleva a modos específicos narrativos de trabajar con comunidades, que implica capacitar a las personas para hablar a través de nosotros y no solo a nosotros. Es necesario deconstruir el lenguaje de poder de la ciencia para desarrollar habilidades de doble escucha que harán posible el desarrollo de testimonios de doble historia. Estos serían testimonios que incluyen tanto la historia de los efectos del trauma como la historia de resistencia, reclamo, curación y honra.
El término doble escucha se refiere al proceso en que el profesional logra poner atención en lo implícito del relato de la persona. Esto se realiza a través de White, basándose en lo que J. Derrida denominó «lo ausente pero implícito», que contempla que toda descripción está provista de valores, ideas y creencias, que es necesario recobrar cuando lo explícito en el contenido es el relato saturado del problema, sufrimiento y dolor (White, 2002). Podemos visualizar en la siguiente figura esta idea de trabajo de los profesionales, el cual consistirá en acostumbrar nuestros oídos a no oír constantemente el relato de déficit de los usuarios, sino aprender a escuchar la otra historia, la de resistencia, para así poder generar relatos de esperanza evitando la repetición del trauma, lo que White denomina la retraumatización.

Figura 5. Relatos de doble historia
Fuente: elaboración propia, adaptado de M. White (2003). D. Denborough, Universidad de Valencia, 2013.
Los autores Chimpén, Dumitrascu y Montesano afirman que
además de la doble escucha, las PNC se interesan en fomentar la contribución de la persona a la comunidad. [...] siendo fundamental focalizar la atención de los patrones del lenguaje, las interacciones y las intenciones colectivas, así como las individuales, con la idea de entretejer la historia de la persona con la de su comunidad (2014: 46).
Al inicio de este primer capítulo, al referirnos a los espacios que compartimos la narrativa y el trabajo social en la práctica comunitaria, señalamos que la educación popular era un rasgo identitario de ambas disciplinas. Los postulados de Freire llegaron al trabajo social desde el movimiento de reconceptualización en la década de los setenta, donde hace su aparición el enfoque crítico del trabajo social.
Con la pedagogía del oprimido abordada por Freire, el enfoque crítico encuentra concepciones que recobran el sentido del ser humano en el rol del Trabajador Social, se centra ya no en la adaptación del individuo al sistema estructurante, sino al cambio de las relaciones para lograr la igualdad y la libertad del individuo. [...] Los retos para el Trabajador Social se extienden a nivel reflexivo, y aquella función instrumental propuesta desde el modelo tradicional pierde vigencia, ya que su función no se puede realizar a través de estándares pensados desde lugares externos a la práctica (Carmen y Guevara, 2015: 314-315).
Por su parte, la narrativa ve en Freire una explicación plausible a su concepción del trabajo con las comunidades. Así, la PN comparte con la pedagógica de Freire las ideas del constructivismo social. Desde la narrativa se señalará que el consultante aprende a comprender el mundo en su interacción con él, siendo su aprendizaje más duradero, ya que propicia la reflexión y la crítica y se ubica en una horizontalidad de las relaciones humanas que implica el diálogo. Se pretende una suerte de reencuentro de los seres humanos con su dignidad de creadores, recuperando sus relatos como participantes activos en la cultura que los conforma.
Visto lo expuesto, ¿debemos concluir que estamos hablando de que la PNC y el trabajo social comunitario son lo mismo? La respuesta es no, pero sí que tenemos un parentesco evidente y este puede llevarnos definitivamente a un maridaje en el cual el trabajo social pueda posicionar su práctica definitivamente en una práctica posmoderna, incorporando una nueva visión de esa reflexión que ya planteábamos en los años de la reconceptualización, pero sumándole aspectos como la emocionalidad y las múltiples voces, como deconstruir prácticas de poder y de saber, como recuperar las historias no dominantes de las personas, etc. Todas esas nuevas maneras de ver y entender la relación con los consultantes.
Para concluir este apartado quisiéramos remarcar algunos de los aspectos que identifican la práctica narrativa con colectivos y comunidades, mostrando esquemáticamente los aspectos o principios básicos del trabajo de las prácticas narrativas con colectivos y comunidades, estos son:

Figura 6. Aspectos relevantes de la PNC
Fuente: elaboración propia, adaptado de D. Denborough (Universitat de València, 2013).
Como se aprecia, están interesados en lo que les pasa a las poblaciones, con una construcción de un andamiaje de la práctica desde un lenguaje horizontal, procurando ser respetuosos con esas comunidades, respetando su identidad y contribuyendo a la elaboración de historias alternativas más fructíferas para su desarrollo. Este espacio, como hemos ido identificando, es compartido por el trabajo social comunitario. Aventuramos que esta confluencia, al igual que las anteriores, genera un debate y ayuda en la formación de un nuevo modelo de trabajo social.
También abriéndonos a nuevas formas, como la propuesta para los registros que hace la narrativa, con esa idea suya de contradocumentos, siendo capaces de agregar esos saberes que nos enriquecen como profesión y como disciplina. Hablemos, pues, de esos nuevos registros que propone la narrativa, de cómo su empleo contribuye al desarrollo de la «agencia personal», objetivo de la PN, y de su incidencia en el trabajo con las familias, así como con el ejercicio de la PN con colectivos y comunidades, generando un rico caudal de instrumentos de apoyo a estas prácticas colectivas y cómo este caudal de materiales también puede pasar a formar parte de los objetivos del trabajo social comunitario.
En la literatura sobre prácticas narrativas, los documentos han sido utilizados con el objeto de «reclutar» una audiencia participante para hacer circular las historias preferidas y los conocimientos alternativos. Este proceso constituye lo que Foucault (1980) denominó «insurrección de los conocimientos subyugados». Entre las ideas para reclutar audiencias y poner en circulación las historias preferidas se encuentran cartas, certificados, diplomas, declaraciones y manifiestos, que constituyen un cuerpo de literatura viva y creativa en constante crecimiento.
Todos ellos se usan para generar una rica descripción de la historia alternativa de la vida de la persona, de la familia y/o de la comunidad. Estas prácticas narrativas en ambientes comunitarios buscan dar respuesta a los efectos adversos de las personas que han vivido y sobrevivido a experiencias de trauma (Denborough, 2006; 2008). White y Epston (1993: 50-51) se apoyan en las ideas de Stubbs, (1980) acerca de la tradición escrita y el tiempo sobre el «concepto de que el tiempo es lineal y por tanto requiere la capacidad de registrar secuencias de hechos», siendo la escritura el instrumento ideal para proporcionar tal registro.
Introducen en la intervención el lenguaje escrito, haciendo suyas la visión de Chafe (1985) de
defender la introducción de la tradición escrita en la intervención, basándonos en el hecho de que permite aumentar la cantidad de información que puede procesar nuestra memoria a corto plazo en un momento dado [...] Además, puede sostenerse que la escritura proporciona un mecanismo por el cual las personas pueden participar más activamente en la determinación de la organización de la información y la experiencia, así como en la producción de diferentes relatos de los eventos y las experiencias (en White y Epston, 1993: 51).
Así nos acercamos a la elaboración de los contradocumentos. La PN manifiesta su seducción por la elaboración de contradocumentos que redescriben las capacidades de la persona, su competencia y su lugar en la comunidad a través de cartas, certificados y declaraciones personales. Dentro de estas técnicas de contradocumentación tienen una gran significación las cartas, y de las más famosas PN es la utilización de certificados que den testimonio de los nuevos relatos. Por medio de estos registros la PN con colectivos y comunidades puede documentar los saberes alternativos y ayudar en la generación de la reescritura de las vidas de las comunidades en las que opera. En la bibliografía narrativa se encuentran abundantes ejemplos de contradocumentos, generados por diversos autores y en distintos contextos geográficos. Siendo estos instrumentos esenciales para una intervención respetuosa con las personas, con ellas se intenta o bien reafirmar sus logros o que movilicen sus propios recursos.
Los hemos vistos cuando se ha querido dejar constancia en las comunidades de los acontecimientos que recuerdan su manera de combatir el dolor y una forma de honrar su relato. En cartas muy hermosas y sugerentes de unos familiares a otros o en contradocumentos en donde el profesional intenta privilegiar los logros alcanzados por las personas para reafirmar esta nueva condición adquirida. Son instrumentos muy valiosos para el trabajo desde la narrativa. Con ellos se aborda el lenguaje escrito para la intervención social de manera bidireccional, cuestión que trataremos en profundidad en otro capítulo.
Los creadores de la narrativa denominaron a estos registros con el término de contra-documentos con el afán de diferenciarlos de las técnicas que se utilizan en terapia. Esta diferenciación no solo responde a un cambio terminológico, sino que más bien es una manera distinta de abordaje de los registros profesionales que entraña una concepción de colaboración entre el consultante y el consultado, un posicionamiento que entraña poner en el centro de su práctica al cliente, cobrando así una dimensión preferente. Esto pasa por considerar que este tipo de trabajo son contraprácticas en contraposición con las prácticas culturales que convierten en objetos a las personas y a sus cuerpos (White y Epston, 1993).
En consecuencia, ante unas contraprácticas que abren espacios en los que las personas pueden reescribirse o reconstituirse a sí mismas, a los demás y a sus relaciones, según guiones y conocimientos alternativos, tendremos el correlato de los registros en los contradocumentos con su mismo espíritu. ¿Pero qué les hace diferentes a estos documentos de otro tipo de registros profesionales? A nuestro modo de ver, los contradocumentos reúnen unas características diferenciadoras que las podemos concretar en la siguiente ilustración.

Figura 7. Características de los contra-documentos
Fuente: elaboración propia adaptado de White y Epston (1993).
Como se desprende de sus características, los contradocumentos reflejan cómo se redirige el poder al dueño de las historias, sea un individuo, persona o una comunidad. La elaboración conjunta aumenta la relación entre el consultante y el profesional y ayuda a fijar la nueva identidad no dañada. Pero continuemos mirando otras señas de la identidad de la narrativa.
4. Puntos de encuentro entre la práctica narrativa y el trabajo social feminista
En esta búsqueda que iniciamos en este texto de reubicarnos en la posmodernidad como profesionales de la acción social, hemos andado por varios territorios y ahora queremos concluir con aquel que nos conduce por los espacios de las teorías feministas y el trabajo social. Pareciera que nos dejamos arrastrar por la ola que inunda las calles de morado y no es así. El trabajo social feminista es muy anterior al activismo feminista actual, de hecho, contribuyó a la creación del movimiento de 8M y es justo reconocerlo. No se puede entender el trabajo social sin el movimiento feminista. También el trabajo social feminista ha contribuido de forma relevante a la toma de postura de otras disciplinas, tal como evidenciamos en este apartado.
Así, por ejemplo, cuando M. White pública en el Dulwich Centre Publications una recopilación de varias entrevistas y ensayos, en la introducción de este texto que en español será publicado con el nombre de Reescribir la vida, hace referencia de manera muy clara a la atención que en nuestro trabajo prestamos a la política de género como resultado de las conversaciones que hemos mantenido con mujeres que practican una política feminista y que han estado dispuestas a plantear los problemas difíciles, no tanto específicamente con respecto a las prácticas terapéuticas sino más bien con respecto a las relaciones entre hombres y mujeres de manera más general, es decir, mujeres que están dispuestas a ir al frente, en compañía de los hombres, en la expresión franca de sus experiencias de estas relaciones. Así lo expresa el autor al refirirse a su esposa: «quisiera agradecer especialmente las conversaciones que Cheryl White y yo hemos compartido a lo largo de la historia de nuestra relación» (White, 2002: 14).
Estas conversaciones y otras muchas con diferentes miembros del Dulwich, compañeras trabajadoras sociales al igual que Cheryl White (Yuen y White, 2007), seguramente ayudaron a conformar esa identidad de género que se aprecia en las prácticas narrativas, la manera tan especial en la relación con los demandantes, que incluso opta en ocasiones como lenguaje neutro el femenino en lugar del masculino, etc. La elección de la narrativa por una visión feminista también tiene mucho que ver con las cuestiones de poder que este enfoque tiene muy presente. Un ejemplo de ello lo vemos cuando White, refiriéndose a la anorexia nerviosa, dice que «Es significativo que quienes más han sufrido esta enfermedad hayan sido mujeres y creo que esto dice mucho acerca de cómo este sistema de poder moderno ha sido adoptado en el campo de la política de género» (White, 2002: 51). Esta afirmación que hemos hecho no solamente se sustenta como vemos en las declaraciones de White, sino que también se aprecia en todo el trabajo narrativo, pues existe una especial adopción por la práctica desde la perspectiva de género.
Las contribuciones feministas se evidenciaron en las PN, fundamentalmente en dos cuestiones: la primera era que las prácticas narrativas fueron desarrolladas en el momento en que el feminismo estaba influyendo en el mundo de la intervención clínica, y las ideas narrativas desde su concepción eran explícitamente pro feministas. Y la segunda cuestión era el interesante trabajo de las profesionales narrativas feministas, que jugaron un papel crucial al señalar que las premisas de varias teorías no tomaban en cuenta los problemas de género y las relaciones de poder, «señalando que cuando la diferencia de poder dentro de un sistema familiar es ignorada, la intervención, inadvertidamente, se convierte en cómplice del status quo de género y lo perpetua» (Walters, Carter, Papp y Silverstein, 1988, en White, 1991/1993: 9).
Hemos recogido la versión de Russell y Carey porque sintetiza, en nuestra opinión, la relación de la práctica narrativa y el feminismo. Estas profesionales de la narrativa dibujan, partiendo de un eslogan, una versión muy certera sobre la necesidad de conjugar el feminismo, la política y el poder. A continuación, argumentan que:
Las investigaciones feministas hicieron célebre la frase lo personal es lo político representando una de las contribuciones teóricas claves del feminismo, pues representa un compromiso entender que las experiencias personales están influenciadas por las relaciones más amplias de poder (Russell y Carey, 2004: 7).
Una de las cuestiones que la narrativa retrata es que los asuntos de género no eran reconocidos en el ámbito de la práctica terapéutica, como dirán S. Russell y M. Carey:
Esta era vista neutral respecto al género, ahora se acepta que las relaciones de acuerdo al género no solo forman las experiencias de los individuos y las de sus familias sino también son influyentes en las conversaciones terapéuticas (Hare-Mustin, 1978). Antes del pensamiento feminista, los libros de texto y la enseñanza de la consultoría psicológica estaban centrados en el hombre, la experiencia masculina era la norma para juzgar la vida. Hubo tiempos en que la naturaleza genérica de estos supuestos no se cuestionaba (Russell y Carey, 2004: 6-7).
Es a partir de los años setenta cuando encontraremos a las primeras terapeutas familiares feministas, que empiezan a introducir un análisis de género en la investigación terapéutica y posteriormente abrirán nuevas formas para entender la vida de las personas y las relaciones familiares, creando nuevas posibilidades para abordar de forma diferente los problemas que las personas traían a consulta. Esta nueva forma de entender los problemas la incorporará la narrativa desde sus orígenes, apoyándose en su cuestionamiento de los conocimientos globales desde el poder de la cultura imperante.
Por su parte, la historia de compatibilizar trabajo social y feminismo tiene otra lectura. Aquí se viene ejerciendo la labor profesional con una mirada feminista desde los albores del oficio. Es un hecho que todas las mujeres pioneras del trabajo social han sido al mismo tiempo protagonistas del movimiento feminista (sin importar su corriente política o religiosa); esto nos muestra la estrecha interrelación histórica entre el trabajo social y el movimiento feminista.
Entendemos que, desde el trabajo social en la perspectiva de género, existe una tradición muy amplia de trabajar las cuestiones de los discursos de poder, es más, en su historia son dos los principios que pretenden superar el trabajo social: por una parte, se trata de cumplir con la obligación humanitaria para con las personas que no cuentan con privilegios sociales, a través de la implementación de una red de servicios públicos que llegue a todas las personas, y por otra, está presente en las actrices del proceso de la propia lucha por la emancipación femenina.
Podemos decir que el trabajo social feminista se sustenta en la realidad social que el ejercicio profesional muestra a las trabajadoras sociales de manera empecinada todos los días. Esto es, que el espacio profesional del trabajo social es un espacio de mujeres, tanto desde la vertiente profesional como desde la vertiente de las usuarias; la singularidad de las mujeres, pues cabe recordar las dificultades que tienen para pedir por ellas mismas, ya que cuando las mujeres acuden a un departamento de trabajo social pueden ser consideradas demandantes o pueden ser consideradas como personas de apoyo; la necesidad de incidir en el reconocimiento de los derechos de las mujeres como ciudadanas, ya que soportan la mayor carga en la unidad familiar, etc. Todo ello ha alimentado la necesidad de trabajar desde una perspectiva de género que reequilibre la balanza del desajuste que se produce en las relaciones sociales donde median las cuestiones de género.
Es decir, la propia idiosincrasia de la profesión es la que desde el inicio ha marcado la naturaleza feminista de la profesión, ya que es imposible no estar al lado de las más desfavorecidas, esto es innato a la ética y a los principios del trabajo social. Nuestro trabajo se ha dirigido a la vida de las personas, a mejorar su calidad de vida, a generar situaciones que favorecieran su emancipación, a ayudar en su desarrollo; en esta labor queremos señalar la importancia de la vida cotidiana para el trabajo social, pues toda intervención se desarrolla en torno a dificultades para asumir las demandas de esta.
La vida cotidiana es el espacio menos visible, existe en oposición al espacio público. Su funcionamiento es desconocido y casi despreciado socialmente; su desarrollo, en muchas culturas, se realiza tras los muros de la casa. Esta es una de las dificultades del trabajo social: la vida cotidiana de las mujeres es una parte de su objeto de estudio e intervención. La vida cotidiana es lo conocido, tan habitual que se convierte en invisible. El trabajo social ha sido un instrumento para visibilizar esta vida cotidiana. Queremos hacer una breve referencia a lo que ha significado el trabajo social desde la perspectiva de género; pensamos que esto facilitará la aproximación a la relevancia de este trabajo, en el que se han podido tratar otras disciplinas, entre ellas la práctica narrativa.
En Europa, el trabajo social desde una perspectiva de género comenzó a desarrollarse de manera explícita en los años ochenta, coincidiendo con la etapa thatcheriana en Gran Bretaña. En este periodo, apareció la figura de los y las carers,13 los cuidadores y las cuidadoras. Las trabajadoras sociales feministas analizaron la familia actual y llegaron a la conclusión de que las formas y los objetivos de la familia habían cambiado, que se había pasado de un lugar de protección a un lugar de crecimiento. La irrupción de la política de carers en Gran Bretaña generó grandes alarmas y la reactivación de las trabajadoras sociales feministas en defensa del estado de bienestar social. A la familia se le pide que desarrolle un espacio de «felicidad y crecimiento personal» (Rubiol y Mata, 1992). Esto plantea un contexto social diferente.
Para Dominelli y McLeod (1999) definir los problemas sociales desde una perspectiva de género es reflexionar específicamente acerca de los efectos concretos que tienen sobre las mujeres.
Esto requiere un examen de los problemas que tome como punto de partida la experiencia que las mujeres tienen de ellos, [...], las maneras especificas en que las mujeres viven su existencia (Dominelli y McLeod, 1999: 40-45).
Estas autoras sugieren que cuatro son las aportaciones más importantes de la práctica feminista al trabajo social:
I. La definición de los problemas sociales se debe hacer desde la perspectiva vivida de las mujeres, no desde los decálogos de necesidades y problemas que incluyen las necesidades de las mujeres en relación con la atención a los demás. Las mujeres tienen derecho, por sí mismas, a la «salud mental y física, al acceso a los recursos materiales, al poder político, a sentirse libres de miedo, al goce de su sexualidad y a su talento» (Dominelli y McLeod, 1999: 30).
Esta definición de los problemas desde una perspectiva de género es la base del trabajo social feminista.
Redefinir los problemas sociales con una perspectiva feminista significa [...] considerar [...] su impacto específico en el bienestar de las mujeres. Esto requiere un examen de los problemas que tome como punto de partida la experiencia que las mujeres tienen de ellos, [...] las maneras especificas en que las mujeres viven su existencia (Dominelli y McLeod, 1999: 45).
II. El trabajo en la comunidad es la segunda de las aportaciones de la perspectiva de género, si bien ha de entenderse un trabajo en comunidad desde una perspectiva de apoyo y educación, más cercana a un trabajo voluntario, de reivindicación política para la mejora de los derechos de las mujeres, y no como un método propio de trabajo social (Twelvetress, 1988: 32). En ese sentido, «los principales métodos empleados fueron el asesoramiento sobre derechos individuales al bienestar, la defensa de estos derechos y la campaña para su promoción» (Twelvetress, 1988: 32).
III. El asesoramiento es una práctica que trata de atender, de manera no culpabilizadora y terapéutica, el malestar de las mujeres. Debe atribuirse a motivos sociales y no individuales y ser analizado como resultado de la opresión. «Esto es consecuencia de la problematización del Trabajo Social oficial como institución social que refuerza la posición subordinada de las mujeres» (Dominelli y McLeod, 1999: 44).
IV. En el trabajo social institucional es difícil hacer un trabajo social feminista porque la metodología feminista supone hacer un trabajo igualitario, no jerárquico. Solo «se realiza primordialmente en los departamentos de servicios sociales y de vigilancia de presos en libertad condicional» (Dominelli y McLeod, 1999: 43). Desde una perspectiva de género, las mujeres han de ser consideradas como sujetos con derechos propios y no como sujetos transmisores de los demandantes.
Históricamente, el trabajo social feminista ha tenido varias orientaciones, que plasmamos en la siguiente ilustración siguiendo a Rubiol y Mata.

Figura 8. Tendencias del trabajo social feminista
Fuente: elaboración propia adaptado de Rubiol y Mata (1992).
En esta última perspectiva se insiste en la falta de recursos materiales, de poder y de apoyo emocional. Como en las anteriores tendencias, se insiste en las relaciones de igualdad entre las trabajadoras sociales y las usuarias, para promocionar relaciones igualitarias y fomentar la participación de las mujeres en su propia definición de bienestar. Fomenta una presencia política activa a nivel local y central. Una de las grandes ventajas de la perspectiva de género es que puede aplicarse, en principio, con todos los métodos propios del trabajo social. Se trata de realizar una intervención no jerárquica en una relación de igualdad, de escucha y apoyo mutuo entre trabajadoras sociales y usuarias que permita a todas aprender de todas.
Se ha reivindicado un modo propio de conocer de las mujeres distinto del razonamiento lógico-formal androcéntrico (propio de un yo epistémico), lo que conduce a considerar la narrativa como una forma específica del discurso femenino. Incluir la voz y asumir la condición de autora del discurso (expresada en primera persona del singular) se corresponde con un yo dialógico que siente y ama, frente al modo dominante de discurso. La oralidad tuvo desde sus primeros usos una vocación militante de dar la voz a las «vidas silenciadas» (McLaughlin y Tierney, 1993), entre las que estarían las mujeres.
La narrativa ha incluido el género como elemento constitutivo de poder. Esto mismo lo vemos en el trabajo social de género. La corriente australiana de trabajo social crítico representada por Healy (2001) como principal valedora es un claro ejemplo de ello, o los escritos de Weedon (1997), con títulos acerca de la identidad narrativa, la práctica feminista, etc., son sus claros representantes. Esta mirada sobre el poder es otro de los elementos que nos acercan a la narrativa compartiendo un mismo análisis de la realidad social.
Aquí damos por concluidos los nexos que encontramos entre el trabajo social y la PN. Hay muchas más evidencias, como el tipo de relación que gestiona entre profesional y consultante, que nos recuerda otra relación de ayuda, pero considero que las descritas tienen suficiente entidad como para que a partir de aquí se pueda suscitar la configuración de un modelo de práctica en trabajo social desde la narrativa, pues nos sentimos muy próximas a la manera de acercarnos a la práctica social. Antes de dar paso a los fundamentos de este enfoque, queremos recordar que siempre hay que tener en cuenta que en este modelo todavía es muy reciente su construcción clínica y que, por lo tanto, encontraremos muchas referencias psicoterapéuticas, pues estas están conviviendo con prácticas de intervención, siendo esta la opción de sus creadores y también la de los que nos posicionamos en una intervención social desde este modelo.
1. En adelante utilizaremos la abreviatura PN para hablar de práctica narrativa.
2. En la PN al proceso por el cual la persona cuenta sus narrativas se le llama historiar (storying).
3. Movimiento filosófico que cuestiona la naturaleza del conocimiento, señalando las limitaciones de la epistemología positivista para estudiar y comprender la experiencia humana.
4. Filósofo del cual Geertz tomó el concepto de «descripción densa», específicamente de su ensayo What is le Penseur doing.
5. Este concepto también tiene que ver con las identidades múltiples de la persona, no solo la identidad que dicta el problema, sino aquellas identidades que quedan libres del problema y que el modelo de déficit no busca, ni enfatiza.
6. Concepto acuñado por Piaget, que consiste en la modificación de la estructura cognitiva para acoger nuevos objetos y eventos que hasta el momento eran desconocidos. Subproceso de un proceso general de adaptación al entorno.
7. Trabajo social de casos, modelo clásico de intervención basado en la intervención de los trabajadores sociales sobre las personas, individuos, usuarios o clientes.
8. Milton Erickson, médico hipnoterapeuta. La mayoría de los saberes que conocemos de él son a través de sus discípulos.
9. Acrónimo en inglés de la Asociación Nacional de Trabajadores Sociales estadounidenses.
10. Se utiliza asistente social o trabajador social de forma isomórfica, ya que ambos términos son homologables. Se utilizarán en función de la época de los autores y de la zona geográfica de la que estos provengan.
11. Definición de White que, basándose en el concepto de Derrida de deconstrucción, da una acepción muy personal, que veremos más adelante.
12. PNC: Acrónimo de prácticas narrativas con colectivos y comunidades.
13. Personas que ayudan cuando existen situaciones sociales graves en la comunidad.
2 Los cimientos de un nuevo andamiaje en trabajo social
Durante un espacio formativo colaborativo dentro de la Universidad planteamos los principios del pensamiento narrativo. Y en ese contexto se hizo imprescindible desentrañar las bases que forjaron la arquitectura de esa edificación, esto no es otra cuestión que describir los fundamentos epistemológicos y metodológicos de las PN. Ello no va a ser sencillo, pues la PN tiene una filiación variopinta, una compleja familia, con múltiples influencias. En la organización de este punto, hemos modelado, qué fundamentos sirvieron como cimientos en la creación del andamiaje de la PN, ¿qué bases o qué elementos gestionaron la construcción de este nuevo modelo? ¿Desde dónde situar sus principios? ¿Qué pautas nos marcan los grandes postulados en la construcción de un modelo narrativo en trabajo social? ¿Dónde podemos situar sus orígenes? Estas son varias de las muchas preguntas que suscitaron los profesionales en ese proceso de reflexión.
Pero, como hemos visto para este último interrogante, ya hemos avanzado algunas respuestas en el anterior capítulo, donde venimos comentando que el origen lo encontramos en el trabajo clínico con las familias y en algunos otros rasgos de procedencia de otras disciplinas, como ya expusimos. En este trabajo concienzudo de conocer las bases de la PN facilitamos la discusión sobre la potencialidad que tiene la narrativa como modelo de práctica en trabajo social. Para este capítulo proponemos incorporar el cambio que se ha venido produciendo en las tres últimas décadas del siglo XX con el florecimiento de nuevas formas de abordar la práctica clínica, que discuten y objetan muchos de los presupuestos y los modos en los que se ha fundamentado la tradición de la intervención clínica, y que suponen una rebelión del orden hasta ahora establecido.
Estas turbulencias doctrinarias darán como resultado el desarrollo de prácticas que han tomado diferentes denominaciones como: terapias posmodernas, prácticas narrativas, discursivas, posestructuralistas, colaborativas, dialógicas y socioconstruccionistas, entre otras. Cada una de estas maneras de mirar la intervención acentúa algún elemento significativo de abordar la situación problema, pero en su fundamento todos ven en la nueva práctica clínica un proceso conversacional o discursivo.
Centrándonos en el desarrollo de lo que se ha conocido como enfoque narrativo (White, 1997), terapia narrativa (White y Epston, 1993) y posteriormente prácticas narrativas (White, 2007), estos son los resultados.
Como decíamos al inicio de este capítulo, del desarrollo de las prácticas, de la implementación de técnicas e ideas, tal como orientaban sus principales fundadores, la mayoría de los hallazgos que han significado un elemento relevante en la generación de las prácticas narrativas se han producido después de los hechos (en respuesta a los logros extraordinarios en nuestro trabajo con familias), donde las reflexiones teóricas nos han ayudado a explorar y extender los límites de estas prácticas (White y Epston, 1993).
Estos autores, establecen en su obra cumbre, Medios Narrativos para fines terapéuticos, los pilares sobre los que cimentaron su teoría de la PN. Estos principios son, fundamentalmente, los siguientes:
a. El análisis filosófico de la historia moderna realizado por Foucault sobre el poder y el conocimiento.
b. El método interpretativo es conocido gracias a los escritos de Bateson, que entiende el método interpretativo como aquel que estudia los procesos con que desciframos el mundo dado, cuya realidad objetiva no podemos conocer. Todo conocimiento requiere un acto de interpretación. White (1993: 21) dirá: «la analogía del texto le proporcionó una segunda descripción de la manera en que las personas organizan sus vidas alrededor de determinados problemas».
c. Los pensamientos de Goffman serán esenciales para entender la obra de White y Epston. La influencia de este autor se ve reflejada en la idea de acontecimientos extraordinarios, que se pueden detectar en los relatos de los clientes y que sirven para construir narraciones alternativas; también el concepto de marco que Goffman tomara de Bateson, al que le dio una nueva interpretación. Todo ello bajo el prisma de los nuevos postulados, que serán los que hagan brotar un torrente nuevo que ayude a explicar e interpretar el mundo de forma diferente. Las obras de estos autores son básicas para la construcción del marco teórico de la PN, pero White y Epston reconocen en muchas ocasiones haber recibido inspiración de una amplia gama de pensadores que les han ayudado de un modo muy importante a la construcción de su modelo de intervención. A los antes mencionados deberíamos añadir, según White y Epston, a otros autores de las terapias posmodernas, de la teoría literaria (J. Bruner), de la antropología cultural (C. Geertz, B. Myerhoff, V. Turner), de la psicología estructuralista (W. James, L. Vygotsky) y de la crítica francesa/ posestructuralista filosófica (J. Derrida, G. Deleuze).
A este primer inventario de autores se fueron añadiendo con el tiempo otros como Andersen, que desarrolló los equipos reflexivos que luego White usa para la creación de los testigos externos, también junto a las ideas de B. Myerhoff y su ceremonia de definición; o K. Tomm, con el concepto de los otros interiorizado para el tema de las identidades múltiples; o C. White, con sus ideas del feminismo en la PN y su posterior contribución a la práctica narrativa colectiva;o el filósofo francés G. Bachelard, con su ensayo literario La poética del espacio, que también contribuirá a la creación de los testigos externos. Así como el trabajo con las comunidades aborígenes de Australia y en especial el grupo de K. Tamasese en Nueva Zelanda, junto a las personas que les consultaban, etc.
La lista continúa creciendo. Diríamos que la narrativa está viva al igual que los relatos sobre los que trabaja. Todas estas incorporaciones de nuevos saberes conducen a la PN a gestionar la construcción de un profesional en transformación, ecléctico o integrativo, incluyente y flexible, pero sobre todo facilitador de mecanismos para dar voz a los individuos, a las familias y representación a las comunidades a través de acercamientos participativos. Las intervenciones de reescritura, como también se conoce a las prácticas narrativas, son, siguiendo a los creadores del enfoque, un sistema de trabajo que partiendo de la herencia secular (los relatos) haga que los individuos, por medio de narrar y renarrar, enriquezcan su relato para que encuentren alternativas mejores para sus vidas (White y Epston, 1993).
Todos estos saberes formaron parte del aprendizaje reflexivo de las trabajadoras sociales en ese intento de concretar de estructurar un modelo de trabajo social narrativo que lleve la profesión al siglo XXI, donde las personas sean el centro de su propio relato. Una representación de los distintos conocimientos sobre los que se fundamentan el modelo de PN lo podemos ver en la siguiente ilustración.

Figura 9. Fuentes de la PN
Fuente: elaboración propia adaptado de White y Epston (1993).
Como se aprecia, la filiación es amplia, pero ellos supieron dar coherencia y fluidez a su enfoque. Veremos que este modelo no es la suma de estos diferentes saberes, más bien nos encontramos con un sólido andamiaje que nos aporta una visión holística que ayuda a la interpretación mejor del mundo del consultante. Todas estas disciplinas, todos estos autores, White y Epston los gestionaron en un modelo de práctica cuyo objetivo es la deconstrucción de relatos opresivos impuestos en la vida de los consultantes, para reconducir una historia alternativa que dé un sentido liberador, tanto de los problemas como de la dominación que estos ejercen en las personas.
En los siguientes subcapítulos nos dedicaremos a ir identificando los aportes y las distintas ideas de cada una de las corrientes de pensamiento, y a sus diferentes autores, que han prestado o facilitado a la narrativa sus reflexiones, su emocionar para elaborar este modelo. Esto nos aportará el mapa del territorio de dicho enfoque.
1. La contribución de la posmodernidad y del posestructuralismo a la práctica narrativa
Tras esta andadura examinando los distintos saberes que han forjado el enfoque narrativo, es el momento de profundizar en sus postulados. Lo hacemos acercándonos en primer lugar a la posmodernidad y al posestructuralismo, soporte este último fundamental en la configuración del enfoque. En el capítulo anterior, cuando identificamos los diferentes conectores que podemos encontrar entre el trabajo social y la PN, ya avanzamos algunas de esas contribuciones, permítannos ahora describir con más detalle cada propuesta que la narrativa toma de este paradigma y de esta corriente.
Comenzaremos por una aproximación al concepto de posmodernidad, al que varios autores identifican con ser un movimiento que cuestiona una idea preconcebida del mundo y lo concibe desde un proceso en construcción constante de la realidad. Investigando más sobre esta idea nos hacemos eco de las palabras de Tarragona que define el término posmoderno refiriéndose generalmente a:
No tanto a una época histórica (la actual), como a un movimiento en las artes y a una corriente crítica en la academia, especialmente en las disciplinas sociales y la filosofía [...] y como vimos con anterioridad el posmodernismo, como movimiento filosófico, ha cuestionado la naturaleza del conocimiento y señalado las limitaciones de la epistemología positivista para estudiar y comprender la experiencia humana [...]. Así mismo considera que una de sus propuestas es que la identidad no es algo fijo, sino que está en constante creación y revisión dentro de una red de relaciones y conversaciones con otras personas (Tarragona, 2006: 513).
Las reflexiones de Anderson (1999) nos dicen que es más sustancial pensar en el posmodernismo como una corriente crítica que como una época, y subraya que no se trata de un modelo terapéutico, sino de un movimiento filosófico que incluye muchas propuestas distintas. Desde esta visión nos acercamos a conocer las reflexiones de autores como M. Bakhtin, J. Derrida, M. Foucault, J-F. Lyotard, R. Rorty y L. Wittgenstein, tan significativos en la construcción de las prácticas narrativas.
Por su parte, Anderson, creadora junto con H. Goolishian de una de las terapias posmodernas también referente hoy en día, como es la de la práctica o terapia colaborativa, nos facilita su propia mirada caracterizándola de la siguiente manera:
El pensamiento posmoderno se mueve hacia el conocimiento como una práctica discursiva, hacia una pluralidad de narrativas que son más locales, contextuales y fluidas; se mueve hacia una multiplicidad de enfoques para el análisis de cuestiones como el conocimiento, la verdad, el lenguaje, la historia, el self y el poder. Enfatiza la naturaleza relacional del conocimiento y la naturaleza generadora del lenguaje (Anderson, 1999: 36).
Es necesario comprender bien este paradigma para poder abordar este modelo de prácticas con garantías. Comprender las diferencias e identificar este nuevo pensamiento de otros nos ayuda a la gestión del modelo. La autora Tarragona le da trascendencia a la propuesta de Gergen (1991) y Shawver (2005) porque cree «útil contrastar la postura posmoderna con el pensamiento moderno para apreciar claramente sus características» (Tarragona, 2006: 513). Así, la perspectiva moderna parte de la idea de que existe una realidad separada del observador, susceptible de ser conocida de manera objetiva. «El conocimiento es visto como un espejo de la realidad y la función del lenguaje es representar al mundo tal cual es» (Anderson, 1999: 27).
Con referencia a estos dos universos diferentes el paradigma moderno y el posmoderno H. Anderson nos hace notar que «la propuesta posmoderna sobre el conocimiento postula que este está construido socialmente a través del lenguaje». De ahí que infiera que no se puede tener una visión directa del mundo; que tan solo llegamos a conocerlo por medio de nuestra experiencia del mismo (Anderson, 1999: 29-31). La autora deja claras en su exposición las particularidades existentes cuando se refiere al conocimiento «socialmente construido», especificando que cuando habla del «conocimiento social» alude al significado que le damos a los eventos y vivencias, y no al conocimiento científico o del mundo físico (Anderson, 1999). Como se desprende de sus palabras se le otorga mayor relevancia al conocimiento local. Ello pasará a ser una cuestión central en todas las nuevas formas de práctica; en esencia la base central sobre la que se asienta la crítica posmoderna es el lenguaje.
De hecho, se plantea que el lenguaje más que representar la realidad la constituye. Esto significa que el léxico que utilizamos, las expresiones que empleamos, no «reflejan» o expresan lo que pensamos o sentimos, sino que le dan forma en gran medida a nuestras ideas y al significado de nuestras experiencias. El pensamiento posmoderno ha sacudido las bases en las disciplinas sociales, en el trabajo social, en la psicología y en la psicoterapia, incitando a la reflexión sobre muchos de los principios y presupuestos existentes sobre la naturaleza de las personas, de los problemas y de la relación profesional con el usuario (Anderson, 2003: 125-146).
Hasta aquí hemos hecho una primera aproximación siguiendo a Anderson de la manera diferenciada de comprender el conocimiento, la modernidad y la posmodernidad. Continuaremos en la senda iniciada de observar las diferencias entre estos dos modelos, pues este análisis nos ofrece un conocimiento cada vez más ajustado de lo que representa la posmodernidad en el conocimiento científico-social desde el punto de vista de la intervención clínica y a su vez nos aporta claves de cómo puede contribuir en la construcción de la intervención/práctica social.
De este modo dirigiremos nuestra atención hacia el trabajo profesional de la práctica clínica para establecer las diferencias observadas en la intervención, pues es en este mundo de la práctica clínica donde se encuentra la base desde la que se han nutrido los distintos enfoques narrativos, y es en este trabajo diario donde advertimos mejor las diferencias de perspectiva profesional. Pasamos a dibujar los aspectos más relevantes de esta práctica.
a. Vemos que las psicoterapias ubicadas dentro de la tradición moderna se sitúan en la base de que el profesional es un observador objetivo de sus clientes.
b. Muchas de ellas se inspiran en un modelo médico y el proceso de intervención se entiende como análogo a la intervención de un médico con un enfermo.
c. Se ve al profesional como poseedor de un conocimiento experto sobre la naturaleza humana o sobre las dificultades del cliente.
d. Las intervenciones «modernas» generalmente parten de un diagnóstico que determina el tratamiento o las acciones que hay que seguir y los objetivos de este. El profesional puede saber qué pasos o etapas se darán en las actuaciones y diseñar intervenciones o estrategias para lograr las metas del tratamiento o del proceso de intervención.
e. Con frecuencia es el profesional quien «da de alta» al cliente o decide cuándo debe terminar la intervención.
En consecuencia, este conocimiento privilegiado a menudo se traduce en una marcada diferencia de jerarquía, ya que el profesional «sabe más» que el consultante, sabe lo que «realmente» le está pasando y probablemente tenga algunas ideas sobre cómo «deben ser» las personas y las relaciones humanas sanas o funcionales (Anderson, 1999: 39-62).
Las PN, como avanzábamos, comparten con los postulados posmodernos su cuestionamiento del estructuralismo de la modernidad. Podemos concretar esto si repasamos términos estructuralistas que se refieren a una verdad objetiva que tenemos tan naturalizados por la cultura que nadie pone en entredicho, como son: el desarrollo personal, la realización del self, la personalidad, el carácter, el pensamiento racional, el progreso, la esencia y el saber experto. La mirada narrativa, al hablar de estos términos, hace referencia al cuestionamiento del conocimiento científico. Veamos en la siguiente figura una síntesis de las dos propuestas que plantean en la práctica estos dos paradigmas.

Figura 10. Visión de la práctica según el paradigma: moderno/posmoderno
Fuente: elaboración propia, adaptado de K. Gergen (1996).
En esta figura hemos extractado las diferencias entre ambos paradigmas a partir de la conceptualización, la postura profesional y el tipo de intervenciones que hay que realizar. Desde estos elementos se puede apreciar con claridad el contraste de estas dos maneras de entender la vida y el conocimiento. Nuestro trabajo consistirá en que se perciba con nitidez por parte de los profesionales estas diferencias, para que consideren este nuevo sistema de práctica, donde se asume que la práctica debe perder la verticalidad en favor de un sistema de trabajo más igualitario. A modo de sinopsis de lo que venimos argumentado al respecto, y para subrayar aquellas características del paradigma de la posmodernidad que la PN hace suyas, proponemos el siguiente esquema.

Figura 11. Elementos de la posmodernidad que asume la PN
Fuente: elaboración propia, adaptado de Anderson (1999).
Los autores que se adscriben al pensamiento posmoderno y posestructuralista recalcan que el lenguaje de la psicoterapia y de las intervenciones sociales ha sido históricamente un lenguaje de déficit basado en las disfunciones de las personas, y que la terapia y la intervención frecuentemente se observan como una tecnología para «componer» personas defectuosas (Anderson, 1999; Gergen, 1991; Gergen, Hoffman y Anderson, 1996; White y Epston, 1993). De igual manera, han señalado su temor por los efectos negativos que causan o pueden causar los diagnósticos psicopatológicos sobre las personas.
Avanzando en las contribuciones que vemos reflejadas en la PN, vamos a incidir en aquella que según sus autores consideran que mejor les identifica, de hecho, White intenta dejar claro en numerosas referencias a lo largo de su obra dónde se siente más identificado. Ese espacio lo ocupa el posestructuralismo, una corriente a medio camino entre el paradigma de la modernidad y el de la posmodernidad. El autor defiende su modelo como posestructuralista; testimonio de ello lo encontramos en las siguientes líneas: «Llevo algunos años explorando la tradición de pensamiento y la práctica posestructuralista y es en esa tradición en la que he intentado ubicar lo que hoy se conoce como Terapia Narrativa» (White, 2002: 13). Martínez Reinoso (2015) rechaza con fuerza el relativismo que preconiza la posmodernidad, afirma que ese cuestionamiento de todos los presupuestos es muy radical, pudiendo llegar al relativismo extremo.
¿Qué argumentos tomará la PN del posestructuralismo? Desde este pensamiento se advierte el papel que juega el lenguaje en la creación de significados. Cuando se mandan los mensajes, no se puede estar seguro de que el que escucha recibe lo mismo que se envía, puesto que cada uno lleva a la relación toda su experiencia, valores, cultura, etc.; para llegar a un acuerdo sobre el significado se requiere una negociación de los marcos de referencia de cada uno en un contexto determinado. Dada la incertidumbre acerca de los significados de cada quien, en una conversación los malentendidos son más probables que los acuerdos. Los desacuerdos tienen que ver con descalificar lo que el otro propone, sin analizar las premisas desde las que opera y la construcción de la realidad con que se maneja.
Por el contrario, en las concepciones estructuralistas la organización del lenguaje (la sintaxis y la gramática) determina el significado. El lenguaje representa la realidad, y por lo tanto puede ser estudiado por el grado en el que lo logra. Así, esto conlleva la idea de que una ciencia del significado se puede desarrollar mirando atrás y por debajo de las palabras. Esto es, se confunde la gramática con la ontología.
En el paradigma posestructuralista (Foucault, 1988b) podemos comprometernos con una clase de preguntas acerca de quién somos hoy, de qué somos hoy y qué somos ahora. Esta clase de preguntas está informada por la visión del posestructuralismo. Estas preguntas indican una investigación acerca de cómo son construidas nuestras vidas a través del conocimiento y prácticas de cultura, en cómo el conocimiento y las prácticas de la cultura indican nuestro modo de vivir y de pensar. En lugar de considerar que somos una naturaleza dada, estima el proceso en el que nos formamos como sujetos. Explora la manera en que identidad, subjetividad e interrelación son productos del saber y las prácticas culturales.
El enfoque posestructuralista expone el argumento de que, en nombre de la liberación psicológica, las personas son incitadas a reproducir las formas dominantes de individualidad de la cultura contemporánea. Es a través de esta orientación que las nociones de crecimiento, actualización del self y plenitud son como emblemas de ciertas formas de vida y pensamiento, y son más veneradas por la cultura occidental contemporánea. Bajo el análisis del posestructuralismo, resulta que no es la represión la que oscurece la verdad, sino que es la hipótesis de la represión la que en realidad oscurece el hecho de que las personas están siendo incitadas a reproducir las subjetividades que están especificadas por esta verdad de la naturaleza humana (White, 2002: 269).
Desde construccionismo social,
el significado se construye mediante los discursos, que están siempre histórica y contextualmente situados, y en cualquier contexto dado opera una serie de discursos, lo que hace posible unas interpretaciones de las entidades que compiten entre sí (Weedon, 1997: 25).
Les preocupa comprender los procesos a través de los cuales se producen los objetos sociales en el lenguaje, en particular los procesos mediante los que se afirman ciertas verdades mientras que se marginan otras. Cómo el significado, incluyendo el significado de la identidad, se establece a través de discursos de competición... (Weedon, 1997: 33).
En síntesis, el pensamiento posestructuralista contribuye a la deconstrucción de sistemas de interpretación y entendimiento que constituyen la hipótesis de la represión. Bajo esta orientación, estos sistemas no revelan los elementos que están en el corazón o en el centro del self, y las tecnologías asociadas de documentación y medida no clasifican exactamente estos elementos. Sustituyen el self, y lo que es tomado por naturaleza humana es el producto de estos sistemas de interpretación, y de estas tecnologías de documentación y medición. Estos sistemas de interpretación y estas tecnologías hacen la vida. Constituyen el sujeto moderno, especifican la subjetividad. Esta visión tiene ciertos efectos en la práctica.
Retomamos aquí el análisis comparativo que desarrolla H. Schaefer (2014: 177-184) siguiendo a Duncan, Hubble y Miller (2003) sobre el cambio de paradigma y la significación que este tiene para la práctica. En el capítulo uno ya recurrimos a estos autores para que nos explicaran las diferencias existentes entre prácticas estructuralistas-tradicionalistas y posestructuralistas.
Dichos autores establecen una serie de elementos distintivos entre estas dos prácticas, así, en la primera visión hay una imposibilidad de cambio determinada por el empleo de etiquetas diagnósticas, el modelo teórico guía excesivamente la práctica negando otros hechos y otras posibilidades y la intervención del profesional puede usarse de manera insistente a pesar de no obtener resultados, siendo esto un obstáculo. No considera las motivaciones y preferencias del consultante, lo que hace disminuir los resultados.
Por el contrario, estos mismos autores comentan que el logro de las prácticas posestructuralistas reside en el concepto clave de «acomodación», idea sobre la que ya venimos trabajando, y que el escritor describe como «adecuar la intervención al cliente, considerando sus recursos, motivaciones y la alianza esperada» (Schaefer, 2014: 182).
Esto implica una incorporación deliberada de los contextos de vida del cliente, sus recursos personales y relacionales; una acomodación a la alianza y rol del profesional esperado. Las actividades y temáticas conversacionales se crean y recrean en forma colaborativa entre el profesional y el cliente desde el diálogo; el protagonismo de la intervención es claramente del cliente.
Exponemos a continuación una tabla que expresa con claridad las diferencias entre ambos tipos de prácticas y los factores de cambio que determinan cómo conducir una práctica estructuralista y otra práctica posestructuralista, así como la influencia que estos tienen en la consecución y/o consolidación de un cambio en las personas.
TABLA 5 La práctica posestructuralista y factores de cambio
| Factores de cambio | Práctica estructuralista | Práctica posestructuralista |
| Extraterapéuticos | Importancia secundaria | Importancia primaria Contextos de vida del paciente |
| Alianza profesional | Percepción del profesional El experto es el profesional Dirección del profesional | Percepción del demandante El experto es el demandante Colaboración del profesional |
| Esperanzas y expectativas | Orientación de los déficits Metas predeterminadas | Orientación al futuro y posi bilidades Definición conjunta de metas |
| Técnica y modelo | Rol específico Estructura directa | Promueve factores comunes Estructura coconstructiva |
Fuente: A. Hardy Schaefer (2014).
De estas dos formas de entender la práctica surgen varias interpretaciones, distintos marcos interpretativos, etc. La diferencia estará en función de la toma en consideración de algunos aspectos fundamentales, como el significado, el conflicto relativo al origen y el lugar de este significado en la experiencia. Todo ello ha sido objeto de considerable literatura en la terapia familiar e individual (Neimeyer y Mahoney, 1998; Gergen y McNamee, 1996) y ha dado lugar a diferentes posiciones, siendo una de ellas la constructivista (Neimeyer y Mahoney, 1998) que estima que el significado se deriva de múltiples fuentes como las experiencias personales, el ambiente social, la maduración física y los esquemas desplegados en el desarrollo (Piaget, 1973; Guidano, 1987).
Una segunda posición establece que el significado humano deriva del sistema lingüístico-social del que forma parte una persona, planteamiento teórico que ha venido a ser llamado construccionismo social (Gergen, 1994; Gergen y McNamee, 1996; Danziger, 1997). Desde este enfoque se sugiere que el lenguaje sirve como modelo para la generación de significado. Los actos, expresiones, palabras y demás manifestaciones complejas de la experiencia humana solo cobran sentido en su inclusión en un sistema social que posee un lenguaje determinado y en donde se ponen en juego diferentes discursos que organizan y relacionan el significado de distintas maneras.
Este giro ontológico en la consideración del significado, su lugar y despliegue, constituye el contexto en el que se desarrolla el énfasis en la forma narrativa o «historiada» del significado, a la cual los autores narrativos recurren para dar sentido a sus prácticas.
1.1 Construccionismo social y PN
El construccionismo social es una de las vertientes del pensamiento posmoderno con un denominador epistemológico, orientado hacia el contexto social. Esta es una de las dimensiones relativistas del movimiento constructivista. En una primera aproximación a la idea del construccionismo social diremos que este busca explicar los procesos por los cuales la gente describe, explica o da cuenta del mundo en que vive. [Teoría sociológica de P. L. Berger y T. Luckman (1986) / Teoría psicología social K. Gergen (1982)]. El autor más representativo del construccionismo social es Keneth Gergen. Este pensamiento se ha desarrollado prioritariamente en el terreno de la psicología social y la política. El conocimiento en esta corriente consiste en un proceso psicológico y social constructor de la realidad y, por lo tanto, el comportamiento humano está determinado por dicho proceso. Desde esta perspectiva esto se realiza desde el punto de vista de un intercambio entre individuos que comparten un contexto cultural (Agudelo Bedoya y Estrada Arango, 2012).
El socioconstruccionismo mantiene que las ideas, los conceptos y los recuerdos surgen del intercambio social y son mediatizados por el lenguaje. Todo conocimiento se desarrolla en el espacio entre las personas; nos encontramos sumergidos en actividades sociales en donde, solo a través de la conversación el individuo desarrolla un sentimiento de identidad o una voz interior. Se apoya la idea de que no hay verdades sociales objetivas e incontrovertibles, sino solo relatos del mundo, relatos que nos contamos a nosotros mismos y a los otros. K. Gergen concreta estos pensamientos, que plasmamos en el siguiente esquema:

Figura 12. Supuestos básicos del construccionismo social
Fuente: elaboración propia, adaptado de K. Gergen (2010).
El esencialismo, el individualismo, el realismo, el dualismo y el desarrollismo son cinco hitos de la cultura occidental moderna (usando la terminología de Ibáñez, 2001). Así, están situados y son construidos en un momento histórico determinado, el comprendido entre la Ilustración y finales del siglo pasado. Como tales, no tienen ningún valor de verdad absoluta y son únicamente formas de ver las cosas que han sido útiles y eficaces en un contexto y un momento dados.
El construccionismo social se orienta a las relaciones entre personas y las normas culturales y sociales en vez de dirigirse a «imaginarias dinámicas intrapsíquicas».
El socio-construccionismo argumenta que todos los tipos de conocimiento pueden ser vistos como versiones consensuadas de realidad, producto de la interacción y negociación interpersonal, en donde el significado no sería un «producto de la mente», sino que sería creado y solo posible en el contexto del discurso que lo sustenta (Gergen, 1985: 266-275).
También podemos decir, como hemos visto anteriormente, que el construccionismo establece que el nivel en el que el significado es generado y actualizado es externo al individuo, perteneciendo a la dimensión interper-sonal-social.
Es debido a esta noción de locus de significado externo que en la intervención construccionista las problemáticas del cliente son referidas de manera externa al dominio inmediato de su funcionamiento individual, y explicados como producto de una dinámica dolorosa, un impasse, entre la narrativa que define el cliente y el discurso más general en el que se desenvuelve. Visto desde este punto de vista, el self es una construcción en el diálogo, un producto del diálogo que es generado entre el individuo, él mismo y los otros (Fishbane, 2001: 273-291).
Según Gergen, no existe un self que pueda ser medido o experimentado por los otros, sino que surge del diálogo entre los individuos y las instituciones que crean. El autor llama a este concepto posmoderno del sí mismo el «self relacional»: una intersección vacía cuyos límites se difunden mucho más allá de la corporalidad del individuo. Dado que el self es dialógico, estaría narrativamente fraccionado, es decir, compuesto por múltiples «voces» muchas veces contradictorias que, si bien no tendrían una integración centralizada, sí estarían ordenadas jerárquicamente (Gergen, 1985: 266-275).
En el socioconstruccionismo se interpreta la intervención clínica como un proceso de construcción de significados en el diálogo entre profesional y cliente. De acuerdo con ello, la persona no es el centro de la terapia como un ser aislado, sino que es comprendida, incluso en un proceso de psicoterapia individual, como perteneciente y mutuamente influyente en un sistema tanto familiar como social. Como sostiene M. Payne,
Los aspectos sociales de la persona y sus problemas están ausentes de estas maneras individualistas, patologizantes y de experto, de contemplar la terapia. Por el contrario, los construccionistas sociales se fijan no en los teóricos daños internos, sino en los procesos sociales y culturales con los que forjamos nuestra visión del mundo que a su vez influyen en nuestras acciones (2012: 52).
Apuntadas estas cuestiones generales, queremos señalar cómo se conforman la construcción social y la práctica clínica. El diálogo construccionista promueve todo un rango de prácticas clínicas que reelaboran las prácticas tradicionales, los problemas y el potencial ante nosotros, con cinco dimensiones de cambio que hay que tratar según argumentan K. J. Gergen y L. Warhus (2003; 2010). Iremos de la mano de estos autores descubriendo cómo se reelabora la práctica clínica.
A) La primera dimensión que plantean estos autores es un cambio de mirada del profesional que pasa de fijarse en la mente del cliente a centrarse en el discurso que este elabora, así la dimensión «De la mente al discurso» analiza el giro elaborado por el profesional. Comenta que la clínica tradicional se concentra en los estados mentales del individuo y, por lo tanto, la meta del profesional clínico, sea psicoanalítico, rogeriano o constructivista cognoscitivo, es transformar la mente individual.
Por el contrario, en «los diálogos emergentes sobre la construcción social del conocimiento se ha dado un cambio, donde el significado que “cada uno tiene dentro de su cabeza” se ha convertido en el significado “entre personas”» (Gergen, y Warhus, 2003; 2010). Ante esta afirmación Sluzki (1992: 217-230) dice: «pensemos en la terapia como un proceso de transformación discursiva». Por su parte, esto nos lleva, según Kogan y Brown (1998: 495-512), a plantear que de este modo es evidente que donde se elabora el significado es en el interior del proceso lingüístico, así que es imprescindible concentrar la atención en estos procesos.
Esta nueva perspectiva, «el paso hacia el discurso», ha generado un amplio abanico de innovaciones en la intervención clínica. La mayoría de ellas encajan perfectamente con el interés de las ciencias sociales por la narrativa, que esencialmente consiste en construir el self y el mundo a través de historias, cuestiones estas en las que han reparado varios autores tan significativos como Bruner (1986, 1988, 2001), Sarbin (1988) y Polkinghorne (1988). Estamos asistiendo, pues, a un movimiento narrativo posmoderno que privilegia la forma en que el self y el mundo se construyen a través del lenguaje y lo que estas construcciones implican con respecto al bienestar del cliente. «El consenso establece que los sucesos vitales no determinan nuestra forma de conocer, sino más bien son las convenciones lingüísticas las que determinan lo que cuenta en la vida y cómo se las debe evaluar» (Gergen y Warhus, 2003, 2010: 24).
Según Gergen se tiende a contemplar
que el discurso es propiedad individual, debido a que el significado se manifiesta desde la conciencia individual, pero esto debilita la premisa construccionista de que el lenguaje es relacional y pragmático, surgido no del interior de cada individuo, sino de la relación entre dos o más personas. A esto se suma otro problema: el pensar que el cambio en el discurso es una cura.
Gergen y Warhus se apoyan en Gergen y Kaye (1992) y Newman y Holzman (1999) para afirmar que
esto nos viene del legado individualista que postula que si cambia el pensamiento cambia la acción, entendiendo así el significado como una fuerza originaria [...] Sin embargo, la narrativa y la metáfora, en el sentido construccionista, son tan solo una forma de discurso, no determinan nuestra acción, son únicamente recursos que nos sirven para generar significados conjuntos. [...] Si admitimos que las historias que nos relatamos son acciones sociales, podremos cuestionar el valor de una sola narrativa de vida, ya que bloquea nuestra capacidad relacional y hace menos probable que la narrativa terapéutica sobreviva en nuestra sociedad (Gergen y Warhus, 2010: 9-11).
Aquí nos encontramos con el efecto benéfico que producen las historias alternativas, es decir, cuestionar la historia individual y privilegiar la historia relacional, o lo que White plantea de hablar de historias alternativas no subyugadas por el problema, cuestiones estas que abordaremos en próximos capítulos.
B) Los autores de estos postulados pretenden que en esta segunda dimensión «Del self a la Relación» nos acerquemos a reflexionar sobre las relaciones que el yo y el mí, elementos del self (cuestión individual), tienen con lo que significa el lenguaje (cuestión colectiva) y el proceso relacional que se deriva entre ambas cuestiones y de cómo en esta relación cobra sentido la coconstrucción.
En ocasiones, cuando se está abordando una práctica clínica se olvida la cuestión de que la relación no es un derivado psicológico individual. En esta dimensión Gergen y Warhus (2010: 10-11) justificarán su tesis apoyándose en los argumentos de L. Wittgenstein (1953; 1988), que razona que «la transición construccionista de la mente al discurso le ha dado un lugar central a la relación». Siguiendo la teoría fundamental del autor en Investigaciones filosóficas, en donde argumenta la imposibilidad de un lenguaje privado, se plantea que «el lenguaje no puede ser privado, pues todo un enjambre de significados individuales y privados harían imposible la comunicación». De hecho, el lenguaje es fundamentalmente un fenómeno relacional.
Otra manera de verlo es la que nos traen estos creadores del construccionismo social aportándonos la reflexión de Shotter (1984), que comenta al respecto que «el lenguaje no está compuesto de la acción individual, sino que es una acción conjunta». Desde esta concepción, «el significado no está ubicado dentro de la mente del individuo, sino que emerge continuamente del proceso relacional» (Gergen, 1991, 1994). Este es el contexto que permite entender la coconstrucción, porque afirman Gergen y Warhus que es dentro de la relación cliente-profesional donde surgen los significados.
Un último análisis que nos traen Gergen y Warhus (2010), desde su posición de comprender la intervención clínica como un proceso de coconstrucción de significados, es el de
subrayar la dirección anti-totalitaria del construccionismo, sin embargo, si bien le damos centralidad a lo relacional, es importante no cometer el error de reificarlo. La relación no debe reemplazar al individuo como «lo verdaderamente real».
Tomando las palabras de Paré y Sawatzky (1999), Gergen y Warhus intentan no olvidar lo verdaderamente relevante y para ello ponen en primera línea de la intervención a la persona.
El cambio a lo relacional nos abre a prácticas nuevas, pero no por ello debemos abandonar la exploración del self, nuestras emociones, recuerdos, deseos. El círculo (círculos concéntricos de relación desde la relación cliente/profesional hasta las más amplias como el contexto social) también puede abarcar las relaciones significativas. En definitiva, dejan claro que el lenguaje como construcción individual se crea mediante la relación y es ahí donde el significado de este cobra todo su sentido.
C) La tercera dimensión nos transporta a la consideración de la «De la singularidad a la polivocalidad», que nos trae a examen las terapias tradicionales y su fascinación por la metáfora de lo singular y lo unificado y cómo, por el contrario, el construccionismo cuestiona estos romances tradicionales con la unidad. Esta dimensión afronta la riqueza que ha generado la posmodernidad a partir de los relatos corales, ya sean desde la construcción individual o la construcción colectiva, y también desde la multiplicidad de voces que aportan múltiples expectativas, visiones, alternativas, puntos de vista, etc. El construccionismo admite «que existen diferentes construcciones de lo real cada una válida dentro de su propia comunidad, lo que le quita vigencia al concepto de una “verdad única y coherente”, pues es simplista y potencialmente opresora».
Siendo que las personas están inmersas en múltiples relaciones, cada una construyendo su identidad y su mundo a su manera, no encuentran atractivo el ideal del self unificado; hasta lo pueden ver como poco adaptativo (Gergen, 2010: 12-13). Al comenzar la intervención, frecuentemente estas terapias tradicionales buscan que el cliente perciba diferentes visiones de su realidad. Por su parte, Weingarten (1998: 3-15) explica que «a la terapia posmoderna que utiliza la narrativa no le interesa una conversación que intenta conocer las causas del problema; le interesa la que genera múltiples formas de ir hacia adelante». También, Riikonen y Smith (1997: 90) afirman que «sería un error pensar que se pueden crear mundos de una sola manera».
La aportación de Tom Andersen (1991; 1994) y sus colaboradores sobre el equipo reflexivo1 supuso un gran descubrimiento; su esencia se encuentra en que los miembros del equipo de profesionales dialogan en presencia de los clientes, no tras el espejo y dando sus reflexiones de manera tentativa. Andersen explica de esta manera esta forma de trabajo:
Cuando en una sesión clínica, múltiples observadores comparten sus puntos de vista con la familia, y luego se le pide a esta, que comente sobre lo que ha oído, el camino queda abierto para que se tomen varias opciones en cuenta, incluyendo las propias. Esta es una práctica que no intenta determinar cuál es la «verdadera naturaleza del problema» sino abrirse a múltiples alternativas (Gergen y Warhus, 2010: 13).
Ahora no solo hay la versión canóniga del profesional, sino que se abre un universo de varios discursos y por lo tanto de varias alternativas factibles de resolución de la situación problema.
Pero no solo nos encontramos con prácticas que poseen una gran riqueza interpretativa, también están las que se han centrado en la multiplicidad del self, concepto este último que se atribuye a W. James y sobre el que el construccionismo social extiende algunos de sus postulados. Más adelante hablaremos más del self y por supuesto de James.
Sobre la idea de la multiplicidad, K. Tomm (1999: 129-138), en especial, ha desarrollado la «entrevista del otro internalizado», donde conversa con la voz de otra persona dentro de su cliente. Abundando en esta idea, Penn (1998: 299-310) y Penn y Frankfurt (1994: 217-231), de una manera más general, alientan a la generación de la «multiplicidad en la narrativa»; primero introducen la opción de «voces alternativas», castigadoras, optimistas, seguras de sí mismas, y luego alientan a sus clientes a escribir, ya sean cartas a sus seres queridos vivos o muertos, diálogos, notas entre sesiones, diarios o poemas que puedan de suerte evocar esas voces.
Esta multiplicidad del self creemos que sustenta el trabajo que desarrollaron White y Epston en sus prácticas narrativas, de este modo hablará con esa voz de dentro del cliente para peguntar qué hace esa «voz» para mantener el problema, cómo lo alimenta, etc. Este recurso de ahondar en la multiplicidad del self será utilizado hábilmente para gestionar la externalización del conflicto por estos autores. Además, no solo se trabaja sobre el desarrollo de la riqueza interpretativa del self internalizado por medio del diálogo interno o el escrito, también se interesan en cómo el discurso culturalmente dominante restringe la libertad individual (Riikonen y Smith, 1997: 123). Otros autores abordaran esta situación como Hermans y Kempen (1993) añadiendo a este discurso dominante voces nuevas que pueden movilizar diálogos internos con un gran potencial de cambio. (Gergen y Warhus, 2010: 12-13).
D) La cuarta dimensión («De los problemas a la potencialidad futura») se plantea la gestión del futuro. En esta dimensión los autores cuestionan la base de la terapia tradicional que se centra en el modelo médico, donde los problemas de los «pacientes» se definen como patologías, dificultades de adaptación y relaciones disfuncionales, como enfermedades y demás cuestiones de insuficiencia del cliente; en resumen, la intervención clínica tradicional analiza a todos los usuarios o los clientes incorporándoles prefijos invalidantes y categorizándolos en función de destrezas previamente descritas según los criterios de la voz del «experto». De tal modo que la labor del profesional radica en eliminar el problema, curarlo o rehabilitarlo. Partiendo siempre de la presunción de que existe un problema y que, por lo tanto, hay que diagnosticarlo y tipificarlo.
Por el contrario, el enfoque construccionista postula que
es un error suponer que existen «problemas» o enfermedades en los «clientes» independientes de la interpretación que hacemos de ellos. El construccionista piensa que el «problema» es tan solo un símbolo lingüístico que puede o no ser utilizado para describir una situación, puesto que los «problemas del mundo» no determinan nuestra forma de hablar sino las convenciones lingüísticas. Nuevamente, cabe señalar que no es cuestión de abandonar la terminología convencional con respecto al «problema» sino de abrir una pausa para considerar sus consecuencias (Gergen y Warhus, 2010: 13).
Son muchos los pensadores que aseguran que definir el mundo en términos de problemas equivale a esencializar, reificando así la realidad. De este modo, cuando el/la profesional clínico/a elige investigar los problemas del cliente los magnifica haciendo palpable la realidad conversacional. Asimismo, esto hace que disminuyan las opciones de observar la situación problema desde otro prisma, lo que aumenta la angustia. A esto tenemos que sumarle que tanto el léxico como la tecnología diagnóstica producen efectos adversos, por ejemplo, ubicar el problema en el cliente, haciéndolo dependiente, al tiempo que convierte al profesional en el experto. Ello genera el bloqueo de los posibles relatos alternativos, especialmente los que relatarían las condiciones de opresión (Gergen y Warhus, 2010).
Análisis y reflexiones de este tipo, dicen los autores arriba citados, han llevado a los profesionales construccionistas, deseosos de evitar dicha reificación, a que centren su atención en el discurso sobre los «prospectos positivos», sobre la potencialidad futura. Riikonen y Smith explican: «estamos acostumbrados a analizar problemas como pre-requisito para su solución, su disolución, o su deconstrucción. En la mayoría de los casos, sirve más hablar de acciones, experiencias, pensamientos...» (1997: 25).
E) En la quinta dimensión, «Del insight a la acción», K. Gergen y L. Warhus observan que la práctica clínica tradicional privilegia los déficits psicológicos del individuo, señalando la psique humana como el lugar donde se da el cambio. En ella sobresale la creencia de que una práctica clínica exitosa depende principalmente del cambio en la mentalidad del individuo. Del mismo modo se cree que el cambio se da dentro de la relación profesional/cliente. El compendio de este enfoque es el «cambio estructural», y se espera que una vez que este cambio se da en la práctica clínica continuará fuera de ella. A esta práctica se le puede llamar una práctica clínica de «insight individual».
Argumentan estos mismos autores que «sin embargo, cuando hacemos la transición de pasar de un énfasis en la mente individual a la relación discursiva entre individuos, encontramos que la práctica clínica tradicional tiene una visión parcializada» (Gergen y Warhus, 2010: 14-16). El enfoque construccionista postula que el proceso de generar significados es continuo, y que con frecuencia su forma y contenido cambian de una relación a otra. La capacidad discursiva del ser humano es enorme, por lo que no hay razón para pensar que los significados que se generan en la práctica clínica serán los mismos en las relaciones que fuera de ella. El insight que el profesional y su cliente comparten es esencialmente su logro propio, un momento en su conversación derivado de un intercambio anterior, por lo que no es fácil sacarlo de contexto y ubicarlo en otra conversación lejos de un tiempo y de un espacio.
Pero en el construccionismo aún podemos encontrar un cambio más grande, más proactivo, en las implicaciones de la práctica clínica derivadas del diálogo construccionista. Este se plasma al situar el origen del significado en el proceso dialógico, que se empieza a percibir como una actividad social, ya no originado en el interior mismo de una mente individual, donde queda almacenado para su uso futuro, porque el significado se crea en la acción y se regenera o no en los procesos de coordinación subsecuentes.
Respecto a estos argumentos, Wittgenstein (1953) alega que el significado nace del uso social, o como lo propone S. De Shazer,
en lugar de buscar detrás y debajo del lenguaje que utilizan los clientes y los profesionales, yo creo que su lenguaje es lo único que tenemos para trabajar (...) Además, en este trabajo debemos de renunciar a «leer entre líneas», para limitarnos a «leer las líneas», es decir, describir las interacciones humanas en vez de pretender interpretarlas. El autor argumenta que, contraviniendo al sentido común, el cambio se produce en el lenguaje, lo que establece la diferencia es lo que decimos y cómo lo decimos (De Shazer, 1994: 10).
¿Cómo se implementa el construccionismo social en la relación de ayuda o en cualquier otro tipo de intervención? Según Gergen la relación profesional con los clientes ha ido languideciendo, debido a un proceso de «ciclo de debilitamiento progresivo», el cual provoca la desafección de la persona de su propio deseo de cambio (2006: 296-325). Este debilitamiento se construye por medio de cuatro fases que irán minando progresivamente la voluntad del cliente, y llevándole consecuentemente a un estado de paralización que le impide tomar parte en su propio cambio.
Considero que dicho proceso afecta por igual al profesional, pues según desaparece la voluntad del cliente el profesional comienza también a debilitarse como tal. En un principio muchos de estos no lo ven, pero a la larga lo padecen; cuando el consultante se paraliza el profesional se desmorona, pues sus objetivos como profesional quedan quebrantados. Es el momento de la aparición de síndromes de frustraciones y, en general, de baja autoestima profesional.
En las siguientes ilustraciones vemos los dos procesos potenciales del ciclo en su desarrollo en los consultantes.

Figura 13. Ciclo de debilitamiento progresivo
Fuente: elaboración propia, adaptado de K. Gergen (2006).
Una vez que el ciclo se elaboró y el proceso ha debilitado al consultante, ¿cómo contrarrestamos sus efectos?, o ¿cómo podemos hacer que no se desarrolle dicho ciclo?, o ¿cómo gestionar adecuadamente los principios y dimensiones del construccionismo social en la relación profesional?

Figura 14. La ruptura del ciclo de debilitamiento
Fuente: elaboración propia, adaptado de K. Gergen (2006).
Teniendo en cuenta el concepto de deconstrucción2 de J. Derrida, y por obra de la objetivación de un mundo familiar, podemos ser más conscientes de la medida en que «ciertos modos de vida y de pensamiento» modelan nuestra existencia y, de ese modo, podríamos estar en condiciones de decidir vivir según «otros modos de vida y de pensamiento».
Esta es una perspectiva construccionista que deconstruye las clásicas perspectivas de la clínica. Es decir:
a) La perspectiva estructuralista (la conducta refleja la estructura de la mente).
b) La perspectiva funcionalista (la conducta sirve a los fines del sistema).
Desde de estos posicionamientos, las prácticas narrativas de White y Epston (1993) han generado una acción que le da autenticidad a las narrativas emergentes de los clientes. La intervención centra su trabajo en el relato alternativo y considera que este es fundamental en la organización de la experiencia de cada persona. La oferta de intervención pasa por diseñar nuevas formas textuales para interpretar y afrontar la vida; el nuevo relato deberá expresar la cotidianidad para permitir superar el problema, deberá desarrollar una descripción convincente para exhibirla ante los demás; el nuevo relato debe hallar expresión en la interacción con el otro, de lo contrario no hay un verdadero cambio.
En esa particular tarea las PN han generado todo un elenco de instrumentos y herramientas que ayudan en la construcción de nuevas narrativas. Veremos, pues, cómo se privilegian los conocimientos populares, locales, indígenas y regionales favoreciendo el desarrollo de relatos alternativos por medio de la recuperación de la tradición oral y escrita de los grupos, empleando para ello festejos y celebraciones diversas que favorezcan la recuperación de ese discurso alternativo, a través de la articulación de prácticas de la ceremonia de definición, cuya estructura está constituida generalmente por recuentos y renarraciones multicolores de las historias de las vidas de las personas; es un movimiento de todos los participantes que contribuye a generar opciones para ser otros distintos a quienes han sido.
O por ejemplo «el árbol de la vida», una respuesta a los efectos de haber vivido y sobrevivido al trauma. Este es un tipo de práctica narrativa en ambientes comunitarios que busca dar respuesta a los efectos adversos de las personas que han vivido y sobrevivido a experiencias traumáticas. En resumen, han generado maneras interesantes de anunciar una transición de un estado a otro que favorezca un relato de esperanza. White estaba siempre en busca de gente que perteneciera al «club de tu vida»,3 al que quien lo desee puede pertenecer, vivo o muerto, real o imaginario (Madigan y Epston, 1995: 257-276).
Con todo ello vemos una gran oportunidad para el futuro desarrollo de la profesión que está en las consecuencias pragmáticas de la conversación clínica. Reflexionar sobre la posibilidad de tomar o no tomar en cuenta las dimensiones del cambio favorece una posición creativa para vislumbrar nuevas prácticas clínicas. La forma clásica de PN, la práctica de White y Epston (1993), en el mundo construccionista recibe una calificación muy alta pues posee conciencia de construcción, una posición colaborativa y conciencia de valores y privilegia la relación, los prospectos y la acción.
Podemos terminar este subcapítulo resumiendo los ejes básicos del construccionismo social, situándolos en cuatro puntos esenciales.

Figura 15. Ejes básicos del construccionismo social
Fuente: elaboración propia, adaptado de K. Gergen (1994).
En un último intento por acentuar las particularidades de este conocimiento, se podría resaltar que el individuo desarrolla un sentimiento de identidad por medio del intercambio social a través de la conversación, es decir, mediatizados por el lenguaje y sumergidos en actividades sociales.
1.2 El conocimiento y el poder en la PN
Otro punto medular en la construcción de la PN es la cuestión del poder, elemento central para White y Epston (1993). En este punto queremos desgranar cómo estos autores, haciendo un análisis del pensamiento de Foucault sobre el poder y el conocimiento, forjan una base esencial para elaborar su enfoque terapéutico y con posterioridad y en un proceso evolutivo de proyectar su PN. Tal vez lo primero que se tenga que afrontar es la explicación de por qué White y Epston fijaron su atención en este análisis de Foucault y no en otro pensador.
Ellos dejan clara la razón de su elección, que no es otra que la polémica instalada entre los terapeutas sobre el poder que se ejerce en la terapia sobre los clientes. Esa misma preocupación, acerca del control que se ejerce con los usuarios, existe de manera parecida entre los trabajadores sociales, y probablemente sea por esto que en su doble consideración profesional White y Epston necesitaron posicionarse sobre esta idea de Foucault del poder y el conocimiento, cómo estos determinan la identidad de las personas o grupos y de qué manera les atenaza en su desarrollo personal. Reparemos en qué elementos de este análisis llevan a la narrativa y revisemos la gestión de estos postulados por parte de White y Epston, ya que esto cambiará radicalmente la forma de relación entre profesionales y consultantes.
Uno de los primeros aspectos que analiza es «la narración dominante como conocimiento dominante y unidad de poder» (White y Epston, 1993: 34). Foucault nos propone un cambio en el análisis del poder, es decir, de verlo como algo individual que afecta a la psique, como mecanismo represivo, a contemplar su espectro más general, es decir, a considerar los aspectos constitutivos del poder como algo que genera normas que rigen conductas y que puede determinar la vida de las personas en cualquier dirección. Él consideraba que el conocimiento llevaba a la oportunidad de este poder. Foucault sostiene que «nosotros experimentamos sobre todo los efectos positivos y constitutivos del poder, que estamos sujetos al poder por medio de verdades normalizadoras que configuran nuestras vidas y nuestras relaciones. Estas verdades, a su vez, se construyen o producen en el funcionamiento del poder» (Foucault, 1979, 1980, 1984a).
En la lectura que hacen White y Epston sobre Foucault afirman que el autor plantea un giro en la idea de que el poder no es algo impuesto, no es represivo, sino que es un poder cuyos efectos son positivos,4 lo que conduce a una teoría acerca de su papel en la «construcción» de las vidas de las personas. Los autores de «medios narrativos» secundan a Foucault cuando dice que
al discutir las verdades no asume la creencia de que existen hechos objetivos o intrínsecos respecto a la naturaleza de las personas, sino más bien ideas construidas a las que se asigna un status de verdad. Estas verdades son normalizadoras en el sentido de que construyen normas en torno a las cuales se incita a las personas a moldear o construir sus vidas. Se trata, por lo tanto, de verdades que especifican realmente las vidas de las personas (White y Epston, 1993: 36).
Estos creadores de las prácticas narrativas sostienen que la visión de Foucault observa «que estas verdades normalizadoras subyugan, forjan a las personas como cuerpos dóciles y las hace participar en actividades que apoyan la proliferación de conocimientos globales y unitarios, así como también las técnicas de poder» (White y Epston, 1993: 36). No obstante, al referirse a conocimientos globales y unitarios Foucault sugiere que «son conocimientos que pretenden constituir verdades unitarias y globales: los conocimientos de la realidad objetiva de las modernas disciplinas científicas» (White y Epston, 1993: 36).
Las vidas de las personas se constituyen a través de estas especificaciones y por medio de las técnicas para la continua producción de discursos de verdad. Para este filósofo francés quienes quieren separar poder y conocimiento solo es para apuntalar su visión de un discurso de «realidad objetiva» que permita mantener la jerarquía de los conocimientos. Es decir, el poder de los conocimientos eruditos o científicos, unitarios y globales. Foucault rastreó la historia de estos conocimientos, a los que se otorgó este estatus, investigando sus efectos, sus limitaciones y sus peligros (Foucault, 1984a).
Hay otras dos cuestiones que White y Epston aportan a la narrativa desde el pensamiento de Foucault. La primera es el análisis del poder ascendente versus descendente. La reflexión que nos traería el autor es que las técnicas del poder son activadas desde el nivel local. Según Foucault, vivimos en una sociedad en que la evaluación o juicio normalizador ha reemplazado a la acción judicial y a la tortura como mecanismo primario de control social. La nuestra es la sociedad de la mirada omnipresente (el panóptico de Jeremy Bentham).5 Esto nos hace a todos responsables de nuestro propio sometimiento; el poder, cuando es ejercido por medio de estos sutiles mecanismos, necesariamente desarrolla, organiza y pone en circulación un conocimiento, o más bien ciertos aparatos de conocimiento que no son constructos ideológicos (White y Epston, 1993: 40-41). La segunda cuestión sobre la que White y Epston llevan a la reflexión a su propia introspección es la clasificación que hace Foucault sobre los conocimientos, a los que llama conocimientos subyugados y los divide en:
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.