Kitabı oku: «El teatro de Sam Shepard en el Nueva York de los sesenta»
EL TEATRO DE SAM SHEPARD
EN EL NUEVA YORK
DE LOS SESENTA
Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans
http://www.uv.es/bibjcoy
Directora
Carme Manuel
EL TEATRO DE SAM SHEPARD
EN EL NUEVA YORK
DE LOS SESENTA
Ana Fernández-Caparrós
Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans Universitat de València
El teatro de Sam Shepard en el Nueva York de los sesenta © Ana Fernández-Caparrós
1ª edición de 2015
Reservados todos los derechos
Prohibida su reproducción total o parcial
ISBN: 978-84-9134-173-4
Imagen de la cubierta: Sophia de Vera Höltz
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es publicacions@uv.es
A Guillermo, a Conchita y a Marta.
Y a la memoria de mi padre, Juan Carlos.
Agradecimientos
Este libro fue finalizado en la Universidad de Zúrich en la primavera de 2015 con la financiación de una Ayuda para estancias breves en centros de investigación extranjeros de la Universitat de València, institución a la que quedo muy agradecida. Pero es, sobre todo, a todas aquellas personas que me han ayudado de un modo u otro y me han acompañado en el arduo camino de la investigación académica, a lo largo de muchos años, a quienes quiero mostrar mi enorme gratitud y dedicar este libro. En primer lugar, a quienes con gran generosidad compartieron su amplio conocimiento del teatro estadounidense y me brindaron valiosos comentarios críticos durante los años en los que, gracias a una beca FPI de la Comunidad de Madrid y el Fondo Social Europeo, pude llevar a cabo mi tesis doctoral sobre el teatro de Sam Shepard en el Departamento de Filología Inglesa II de la Universidad Complutense de Madrid: la Dra. Ana Antón-Pacheco (Universidad Complutense de Madrid), mi directora de tesis; el Dr. Matthew Roudané (Georgia State University); el Dr. Félix Martín Gutiérrez (Universidad Complutense de Madrid); la Dra. Ilka Saal (Ehrfurt University) y el Dr. Johan Callens (Vrije Universiteit Brussel) merecen una mención especial. Es un privilegio haber tenido grandes maestros. Los años de formación en la Universidad Complutense de Madrid fueron extraordinarios gracias al apoyo incondicional recibido en el departamento, muy especialmente por parte de la Dra. Antón-Pacheco, el Dr. Dámaso López, la Dra. Isabel Durán y la Dra. Carmen Méndez, quienes alentaron que un grupo de jóvenes investigadores pudiéramos emprender proyectos académicos propios, como el Seminario Interdisciplinar de Estudios Literarios y el grupo de teatro Strange Days, con los que poder imaginar y poner en práctica otras formas de pensar la universidad y habitar las humanidades. De esas aventuras intelectuales surgieron publicaciones, seminarios, representaciones y también grandes amistades: hay en el espíritu de las páginas de este libro algo de Stella, Cris, Íñigo, Ewa, Aneska, Jorge, Carmen, Natalie, David, Isaac, Javier, Paloma y todo lo que hicimos y vivimos juntos.
El origen de este proyecto está asociado inevitablemente a los años transcurridos en la Universidad Complutense, pero quiero expresar mi agradecimiento también a aquellas personas que, en los años posteriores y a mi paso por otras instituciones, me han hecho sentir como en casa, han sido para mí un ejemplo de profesionalidad e inspiración y me han brindado un apoyo y una confianza esenciales para llevar a término este libro, emprender nuevos proyectos y amar mi profesión: la Dra. Ana María Piquer, el Dr. Rafael Alejo y Jim McMcue, en la Universidad de Extremadura; la Dra. Carme Manuel, la Dra. Claudia Alonso, el Dr. Ignacio Ramos, la Dra. Laura Monrós, la Dra. Rocío Gutiérrez Sumillera y el Dr. Miguel Martínez en la Universitat de València.
Por último, quisiera dar las gracias a quienes, más allá de lo profesional y lo académico, nunca han dejado de apoyarme ni de creer en mí: mi familia y mis amigos. Creo que nunca estaré lo suficientemente agradecida a mi madre, Conchita, a mi hermana, a Araceli, a Pedro y a Guillermo.
Índice
INTRODUCCIÓN
Sam Shepard en Nueva York: un encuentro diferente con la imaginación escénica
PRIMERA PARTE: EL CONTEXTO
CAPÍTULO 1
Las transformaciones sociales y culturales de los Estados Unidos en la década de los sesenta
CAPÍTULO 2
Influencias visibles e invisibles: la tradición teatral heredada por Shepard
CAPÍTULO 3
Las dramaturgias subterráneas del Off-Off-Broadway neoyorquino
SEGUNDA PARTE:TEORÍAS DE LA IMAGINACIÓN
CAPÍTULO 4
El teatro de Sam Shepard como teatro de imágenes: percepciones críticas
CAPÍTULO 5
La obra temprana de Shepard desde la perspectiva de las teorías contemporáneas de la imaginación
TERCERA PARTE:LAS OBRAS
CAPÍTULO 6
El debut teatral de Shepard: el programa doble del Theatre Genesis
CAPÍTULO 7
Cowboys # 2: el juego teatral y compositivo de Shepard
CAPÍTULO 8
Chicago: la concupiscencia visionaria y la esencia imaginadora del alma
CAPÍTULO 9
Icarus’s Mother: el oscuro objeto del deseo en la sociedad del espectáculo, o los efectos inesperados de la imaginación colectiva
CAPÍTULO 10
Red Cross: el delirio imaginativo bajo los efectos del malestar físico
CAPÍTULO 11
The Mad Dog Blues: las visiones encarnadas y la fantasía pop
Epílogo
Bibliografía
It would be good for certain boundaries, tacit as well as defined, to be broken. It would be good to have a tossing up of values and experiment with the comedy of sincerity, breaking down the structure that we work within, like a person whose habits in living have left him impaled in patterns of acting which anchor him. It would be good to change the relationships that are frozen in: Theatre’s audiences’, directors’, and actors’ relationships. Other kinds of recognition scenes must be played out.
Joseph Chaikin, The Presence of the Actor
Introducción
Sam Shepard en Nueva York: un encuentro diferente con la imaginación escénica
Humor was the furthest thing from my mind. It wasn’t to make them laugh. It was only for the thrill of having a relationship with them outside the ordinary. A different kind of encounter.
Sam Shepard, Motel Chronicles
En Motel Chronicles, el libro de relatos autobiográficos publicado por City Light Books en 1982, aparece un texto breve en el que Sam Shepard habla de su sonambulismo en la niñez y de las consiguientes reacciones que esa condición provocaba en su familia. Los paseos nocturnos eran bastante frecuentes y Shepard recuerda cómo reía cuando, por la mañana, sus padres le contaban dónde lo habían encontrado la noche anterior, a pesar de que su padre siempre mostraba una cierta reserva ante estas andanzas nocturnas. Una noche lo descubrieron dormido en la bañera y esto ya empezó a preocuparles porque, como comenta el autor, les resultaba una extravagancia, una chifladura. Con el paso del tiempo, la curiosidad que le causaba este deambular nocturno, imposible de recordar al día siguiente, fue tan enorme que Shepard decidió armarse de coraje y fingir un episodio de sonambulismo con el fin de poder sentir lo que ocurría otras noches. El relato es muy cómico y cuenta con gran detalle el paseo hecho con los ojos bien cerrados por todo el pasillo hasta llegar al lado de la habitación de sus padres, que estaban ya observando a su hijo por la puerta entreabierta, y que, en cuanto lo vieron coger el teléfono y empezar a murmurar algo incomprensible, lo llevaron a empujones por el corredor y lo metieron otra vez en la cama, ordenándole que no volviera a moverse de allí, pues la situación no les resultaba nada graciosa. Es entonces cuando el narrador del relato confiesa que su intención estaba bien lejos de provocar una situación cómica, y que lo único que buscaba era sencillamente un encuentro diferente, otro tipo de encuentro generado por el deseo de tener con sus padres una relación fuera de lo ordinario: “the thrill of having a relationship with them outside the ordinary” (1982, 19).
Estas reflexiones originadas por un recuerdo de la infancia podrían perfectamente erigirse en una descripción de lo que ha definido también, en gran medida, el teatro de Sam Shepard desde la década de los sesenta: la concepción de situaciones dramáticas que propiciasen un encuentro diferente con el público. Encuentros capaces de generar unas relaciones entre los personajes alejadas de las convenciones del teatro comercial, pero capaces también de trascender la familiaridad misma de las relaciones cotidianas. Encuentros que, como el paseo nocturno del pequeño sonámbulo impostor de Motel Chronicles, buscan un acercamiento y una exploración de aquellos estados que, como el acto de soñar, de fantasear, o de dejarse llevar por ensoñaciones, pese a ser efectivamente vividos, nos pasan a menudo desapercibidos –ya sea por no poder ser conscientes de ellos o por ser tan habituales que apenas les prestamos atención.
El presente libro quiere ofrecer una lectura crítica de las primeras obras de Shepard fundada sobre esta premisa y concepción de su teatro como un tipo de encuentro dramático diferente y extraordinario –entendiendo este término en su sentido etimológico como algo fuera de lo ordinario. Si la obra dramática de Sam Shepard ocupa un lugar preeminente en la historia del teatro estadounidense de la segunda mitad del siglo XX es porque consiguió llevar a cabo ese proyecto de transgresión de las convenciones escénicas que fue el ideal de toda una generación de creadores que empezaron sus carreras en la década de los sesenta –unos ideales que las palabras de Joseph Chaikin citadas al comienzo del libro expresan con precisión y lirismo. Pero también porque paulatinamente llegó a convertirse, además, en una obra capaz de traspasar las fronteras existentes entre los circuitos alternativos y el teatro comercial hasta llegar a interesar a audiencias amplias y ser reconocida como una obra merecedora de pertenecer al canon literario estadounidense: un trabajo teatral, en definitiva, que ha sabido encontrar una posición difícil de lograr entre los márgenes y el centro.1 Si esto es innegable, no es condición suficiente para considerarla una de las obras más importantes y de mayor influencia en el panorama contemporáneo norteamericano. Dónde reside la originalidad de Shepard es una de las cuestiones que más ha preocupado a la crítica académica, sobre todo desde que, a raíz de que Buried Child recibiera el premio Pulitzer a la mejor obra dramática de 1978, Shepard fuese consagrado como la gran figura del teatro nacional en Estados Unidos en la década de los ochenta.
La obra temprana de Shepard es una obra prolífica, intuitiva y extravagante que ha recibido menos atención crítica que las obras más cercanas al realismo que consagraron definitivamente al dramaturgo desde finales de los años setenta. Se trata de textos de juventud, breves y a menudo excesivos en el modo en que radicalizan sus propios recursos. Como son también muy heterogéneos y muestran una notoria anarquía compositiva, en general se ha obviado el modo en que, pese a sus imperfecciones, se erigieron en una base más coherente de lo que parece a primera vista con la que el joven escritor llegó a definir una poética propia. El autor ha señalado que se trata de obras que no pueden comprenderse si no es en referencia al contexto específico en el que fueron creadas, y efectivamente son representativas de esa nueva dramaturgia creada en el Off-Off-Broadway neoyorquino. De ahí el propósito de leerlas dentro de ese contexto y, además, dentro de ese otro marco más amplio que las define, la transformación imaginativa de los años sesenta en Estados Unidos, para sugerir también que estos textos muestran muchas de las idiosincrasias de lo que en la época se denominó la contracultura y la emergencia incipiente de una cultura juvenil. Más allá de esta necesidad de tomar en consideración el modo en que estos textos establecen un diálogo con el entorno en el que fueron creados, existe no obstante una necesidad de poner sobre ellos una diligencia crítica mayor de lo que suele ser habitual,2 de romper en definitiva con una tendencia antinterpretativa que, al dar por hecho que la obra de Shepard se resiste a ser clasificada dentro de los parámetros estilísticos de una única corriente (realismo, teatro del absurdo, expresionismo, modernismo, posmodernismo), convierte este presupuesto en una ocasión para no someterlos a un escrutinio más severo.
Escribir sobre la obra teatral de Shepard no es tarea fácil. La fascinación que produce su figura pública –el cowboy introvertido y atormentado que se muestra tanto como un macho o como un tímido galán, y que se ha movido sin cesar entre la alta cultura y la cultura popular como dramaturgo, escritor de relatos, músico, director teatral, guionista y director de películas propias, guionista de emblemáticas películas ajenas (Zabriskie Point, Michelangelo Antonioni, 1970; Paris, Texas, Wim Wenders, 1984) y actor de cine y televisión en más de medio centenar de producciones– ha llevado a menudo a una exaltación desmesurada de su talento, a una mitificación de su persona y su obra. Cincuenta años después de que el autor estrenara sus primeras piezas teatrales en un acto y se consagrara paulatinamente como uno de los dramaturgos más interesantes del panorama contemporáneo, existe una bibliografía crítica muy extensa que ha contribuido enormemente a comprender su teatro y a reflexionar acerca del modo en que opera, un teatro que decididamente pone un énfasis mucho mayor en ocasionar un impacto emocional y visceral sobre el espectador que en revelarle certezas de forma autocomplaciente. Hay numerosos volúmenes en inglés que ofrecen una visión panorámica de su obra dramática, entre ellos: Sam Shepard (DeRose 1993), Sam Shepard and the American Theatre (Wade 1997), The Theatre of Sam Shepard: States of Crisis (Bottoms 1998) o los más recientes Sam Shepard: A Poetic Rodeo (Rosen 2004), Dis/Figuring Sam Shepard (Callens 2007); así como varias colecciones de ensayos, como American Dreams: The Imagination of Sam Shepard (Ed. Bonnie Marranca 1981), Rereading Shepard (Ed. Leonard Wilcox 1993), The Cambridge Companion to Sam Shepard (Ed. Matthew Roudané 2002); varias biografías y más de dos centenares de artículos en varias lenguas publicados en revistas científicas. La necesidad de seguir investigando en un universo teatral complejo y fascinante sigue vigente, pues todavía pervive la percepción crítica de que Shepard es un autor “difícil de entender”, como afirma Crank en su reciente Understanding Sam Shepard (2012, 1). La obra de Shepard no es difícil en sí misma: lo que resulta complejo es encontrar parámetros interpretativos únicos con los que poder abarcar piezas teatrales tan dispares formalmente entre sí. Su propia resistencia a ser fácilmente clasificadas multiplica los puntos de vista desde los que pueden ser leídas, corroborando su riqueza. En cierto modo, es posible que sigan teniendo cabida las palabras con las que Richard Gilman comenzaba hace ya años su introducción al volumen Plays: 2: “Not many critics would dispute the proposition that Sam Shepard is our most interesting and exciting American playwright. Fewer,
El interés por indagar con rigor y desde nuevas perspectivas en la originalidad del dramaturgo nacido en Fort Sheridan (Illinois) en 1943, se funda aquí sobre el convencimiento de que dicho proyecto no depende tanto de identificar las idiosincrasias del peculiar estilo shepardiano, que fueron detectadas por varios críticos desde el estreno de las primeras obras, sino más bien de interrelacionar entre sí sus distintas peculiaridades y reflexionar sobre ellas de un modo más exhaustivo y más amplio de lo que es habitual. Movido por un espíritu similar al de Vázquez, el siguiente volumen también pretende contribuir a ampliar la percepción crítica de la obra de Shepard, pero desde una perspectiva más específica y delimitada a un período que es crucial para comprender la obra del dramaturgo. Hay varios libros, si bien son escasos, que abordan temáticas concretas en la obra de Shepard, como por ejemplo el volumen de Taav, A Body Across the Map: The Father-Son Plays of Sam Shepard (2000). Ninguno hasta hora se ha ocupado de ahondar en su intuitiva y compleja presentación y exploración sobre el escenario de la capacidad imaginativa del ser humano. Ésta emergió desde sus primeros textos a través la imaginación narrativa de unos personajes cuya irrefrenable pasión por fantasear se convierte en su principal acción sobre el escenario: por ello podemos referirnos a su acción dramática primordial como su “acción imaginante”, el término usado por Bachelard para referirse a la función poética de la imaginación no tanto como la facultad de crear imágenes, sino de alterarlas, cambiarlas y unir unas con otras inesperadamente.3 El análisis aquí presentado de las diferentes estrategias con las que la acción imaginante fue intensamente escenificada y explorada con libertad nos lleva a vislumbrar en la obra dramática de los sesenta los fundamentos de toda una poética teatral de la imaginación en el teatro de Sam Shepard.
Lo que más llamó la atención del teatro del joven dramaturgo con el estreno de sus primeras obras en el Off-Off-Broadway neoyorquino fue su original uso del lenguaje, de una retórica intensamente visionaria,4 así como la creación de unos personajes tan indefinidos psicológicamente como fascinantes por el modo en que se embarcan en trepidantes monólogos narrativos. No cabe duda de que la exuberante elocuencia discursiva de muchos de los personajes shepardianos, que llegaría a su máxima expresión en ese texto teatral sin parangón en creatividad lingüística que es el duelo entre las estrellas de rock Hoss y Crow en The Tooth of Crime (1972), es uno de elementos más atrayentes del teatro del dramaturgo. Los estallidos logorréicos de estos personajes despertaron interés entre críticos y espectadores, pero al rastrear la bibliografía producida desde el ámbito académico en torno a la obra de Shepard, es sorprendente advertir que no se haya llevado a cabo apenas ninguna tentativa de analizar y reflexionar en profundidad no sólo acerca de lo que estos monólogos narrativos son en primera instancia, actos de imaginación, sino también sobre las múltiples transformaciones del espacio dramático posibilitadas por la utilización escénica de la acción imaginativa de unos personajes que son fantaseadores compulsivos.
En sus Seis propuestas para el próximo milenio –las conferencias que habría de haber pronunciado en la Universidad de Harvard en 1985 y que serían publicadas póstumamente– Italo Calvino argumenta que si había decidido incluir la “visibilidad” como uno de los valores literarios cuya pervivencia debía promoverse en el siglo XXI, era por la sospecha de que la imaginación individual, la facultad humana fundamental de pensar y de enfocar imágenes visuales con los ojos cerrados, corría serio peligro en la llamada civilización de la imagen. Por ello, el escritor pensaba en la necesidad de promover una suerte de pedagogía de la imaginación que nos habituara a “controlar la visión interior sin sofocarla y sin dejarla caer, por otra parte, en un confuso, lábil fantaseo, sino permitiendo que las imágenes cristalicen en una forma bien definida, memorable, autosuficiente, «icástica»” (Calvino 95). La obra dramática de Shepard no llega a proponer explícitamente una pedagogía de la imaginación, pero revela, no obstante, una honda preocupación por esa facultad humana única que es la visión interior y por la capacidad del escritor de crear una retórica visual. En 1977, en un artículo publicado en The Drama Review (TDR) titulado “Visualization, Language and the Inner Library”, Shepard, al igual que Calvino, haría hincapié no sólo en la importancia primordial del proceso de visualización a la hora afrontar el proceso creativo en su faceta como escritor, sino en su deseo explícito de usar las palabras como herramientas de imaginería en movimiento: “Still the power of words for me isn’t so much in the delineation of a character’s social circumstances as it is in the capacity to evoke visions in the eye of the audience […] Words as living incantations, not as symbols” (Shepard 1977, 53).
Uno de los aspectos más interesantes de las narrativas figurativas de las obra de Shepard y de su talento para dirigir a los espectadores hacia visualizaciones mentales muy vívidas es que acredita muchas de las teorías sobre visualización enmarcadas dentro del giro pictórico que se produjo en los estudios literarios en la década de los noventa. Entre ellas, es oportuno tomar en consideración las reflexiones de Elaine Scarry en “On Vivacity: The Difference between Daydreaming and Imagining-Under-Authorial-Instruction” (1995), no sólo porque permiten describir con mayor precisión el talento de Shepard como escritor, sino también porque tienden un puente hacia el aparato crítico que se ha querido privilegiar en este libro para evaluar la obra temprana del dramaturgo estadounidense. El artículo de Scarry se ocupa de intentar demostrar la superioridad de lo que ella denomina las artes verbales en el proceso de visualización llevado a cabo durante el acto de lectura, frente al proceso similar de proyección de imágenes mentales en las ensoñaciones cotidianas. O, dicho de otro modo, dado que el lenguaje verbal de la narrativa carece de contenido sensorial, cómo la “mímesis perceptiva” (2) propia del acto de imaginar llega a menudo a aproximarse a la percepción real y, por lo tanto sensorial, de las cosas, bajo las “instrucciones verbales” de grandes poetas y, sobre todo, de los grandes novelistas. Habitualmente decimos de las imágenes en las novelas que representan la realidad y por ello son miméticas. Pero, como sugiere Scarry, la mímesis no está tanto en ellas sino en nuestra capacidad de visualización de las mismas. Así, por ejemplo, al leer Wuthering Heights (1847) de Emily Brönte e imaginar el rostro de Catherine somos los lectores quienes ejecutamos el acto mimético de ver su cara; del mismo modo, al imaginar la ráfaga de viento azotando los páramos, somos nosotros quienes ejercemos el acto mimético de oír el viento:
Imagining is an act of perceptual mimesis, whether undertaken in our own daydreams or under instruction of great writers. And the question is: how does it come about that this perceptual mimesis, which when undertaken on one’s own is ordinarily so feeble and impoverished, sometimes when under authorial instruction so closely approximates actual perception (Scarry 3).
Si, como veremos, el lenguaje verbal de los monólogos de Shepard parece confirmar la teoría de Scarry de que la estrategia para alcanzar viveza imaginativa consistiría en dar una serie de instrucciones al receptor reproduciendo las estructuras de la percepción, y duplicando en cierto modo el sentido de lo dado que éstas tienen, lo que nos interesa por ahora es la insistencia no sólo en la capacidad humana de crear y re-crear imágenes mentales, la imaginación, sino también ese vínculo inextricable que preocupa a Scarry, y a Shepard, entre retórica y visión, entre palabras e imágenes. Shepard encaja perfectamente en la categoría de escritores sensoriales establecida por la profesora de la Universidad de Harvard, y no es desacertado recordar que, pese a que el teatro se escribe para ser representado y sólo sobre el escenario los textos articulan plenamente todo su sentido, también pueden ser leídos: ya en 1967 cinco de los textos teatrales escritos por Shepard durante los tres años previos fueron publicados por Bobbs Merrill, constatando su naturaleza literaria. Sin embargo, lo que resulta más interesante de los monólogos narrativos del primer teatro de Shepard es la paradoja radical que presentan respecto a las distinciones establecidas por Scarry debido, precisamente, a su naturaleza teatral: es decir, por el hecho crucial de tomar vida en el teatro. Por una parte, los monólogos visionarios de los personajes fantaseadores, enmarcados dentro del artificio de la representación teatral, muestran la agudeza de la viveza imaginativa del lenguaje poético pero, por otra parte, son también una escenificación del acto de dejarse llevar por la fantasía, por la ensoñación cotidiana. Esta última, según Scarry, está caracterizada por “faintness, twodimensionality, fleetingness, and dependence on volitional labor” (22). Sin embargo, para los espectadores de las primeras obras de Shepard, el mero acto de los personajes de visualizar otras realidades queda muy alejado de esa concepción insípida de la ensoñación, pues se convierte en una auténtica aventura imaginativa, vital y estética. En otras palabras, en el teatro de Shepard, la ensoñación (daydreaming) y la instancia a imaginar bajo las instrucciones del autor (imagining-under-authorial-instruction), al ser percibidos en conjunción, convierten la capacidad de imaginar en una facultad fascinante.
Desde sus primeras obras, como Chicago (1965), Icarus’s Mother (1965) o Red Cross (1966), Shepard estaba trasladando al teatro el talento de los grandes narradores para evocar imágenes vívidas, creando así eventos teatrales poco corrientes debido a su sobrecarga narrativa, que ponderaba entonces la mímesis perceptiva de la imaginación mucho más de lo que suele ser habitual en la dramaturgia realista. La cuestión sobre la que apenas se ha inquirido críticamente es sobre el modo en que esto se articulaba en escena: a través del exceso imaginativo de unos elocuentes personajes. Chicago puede que sea la obra en la que la escenificación de la acción imaginante pura es más hiperbólica y más evidente. Cómo se llevaba a cabo esa representación es crucial, porque no se trataba de una sofisticada representación de las fantasías del protagonista. Shepard se arriesgó a lo que es casi una osadía en términos de acción dramática, haciendo que Stu narrase sus extravagantes fantasías sin salir de una bañera, y que todo el evento dramático consistiera y girase en torno a ese relato dramáticamente estático. Lo que durante unos cuarenta minutos se mostraba a los espectadores era sencilla y llanamente a un joven fantaseando en voz alta y, por lo tanto, a lo que se les invitaba, en el teatro, era a compartir e imaginar ellos mismos las fantasías de Stu. Someter a los espectadores a un proceso de visualización inusual en el teatro, propio más bien de la narrativa, cautivó a varios críticos teatrales en los sesenta, aunque un análisis crítico pormenorizado de las implicaciones de esta predilección no se llevó a cabo hasta la década de los noventa, cuando se publicó el libro de Deborah Geis Postmodern Theatric(k)s: Monologue in Contemporary American Drama, que contiene un extenso capítulo dedicado al análisis y a la evolución de las formas monológicas en la obra de Shepard. Puesto que el lenguaje dramático de seductora evocación ya ha sido objeto de análisis crítico, el propósito de este libro es complementar y ampliar la literatura existente poniendo un mayor énfasis en algo cuya importancia parece haber pasado desapercibida: que aquello que estas obras estaban mostrando con tanta inmediatez y sencillez en escena era la capacidad de imaginar, con todo su potencial y todas sus limitaciones, y que el hecho de que el teatro de Shepard creara desde sus orígenes un encuentro diferente con la audiencia se debe, en gran medida, precisamente, a su interés por la imaginación de sus personajes y su consecuente escenificación.
Una mirada panorámica a la obra de dramática de Sam Shepard desde 1964, año en que se estrenaron sus primeras obras, nos permite percatarnos de la recurrencia en crear personajes construidos y definidos no por lo que hacen o por lo que piensan, sino por lo que visualizan, por lo que imaginan, por lo que sueñan: se trata de unos personajes que son, esencialmente, fantaseadores y soñadores. Aunque pudiera parecer que la preferencia por el placer de las ensoñaciones imaginativas es característica solamente de los fantaseadores/narradores compulsivos de las obras de la década de los sesenta, una lectura atenta permite corroborar que su obsesión por lo que diversos personajes en varios textos posteriores denominan como “[to] dream things up” 5 se perpetuaría como uno de los motivos recurrentes de la dramaturgia de Shepard. Como explica indignado el personaje recluido en su mansión, Henry Hackamore, a su sirviente Raul en la obra de 1978 Seduced – cuando este último intenta convencer al decrépito millonario de que le vendría bien subir las persianas y ver el mundo exterior– no es la decepción lo que mueve su pasión por la visualización y el diseño imaginativo, sino que se trata de una preferencia y, por tanto, de una elección premeditada:
HENRY: I’m always seeing things! The room’s got nothing to do with it. I was seeing things before you were born. Before I was born I was seeing things. I prefer seeing things to having them crash through my window in the light of day. It’s a preference, not a disappointment (Shepard 1984, 238).
La descripción que hace Henry Hackamore de su elección vital puede ser considerada imprecisa, como equívoca era la afirmación de Shepard en el artículo publicado en TDR ya mencionado acerca de su interés por un uso de las palabras para que éstas evoquen visiones “en los ojos” del público, en vez de en su mente. Lo que Henry Hackamore denomina como la preferencia por la visión es una predilección deliberada por la representación imaginativa, por el afán de conceder una posición privilegiada a las imágenes subjetivas surgidas de la interioridad, por la visión imaginada y por lo tanto creada a medida, antes que a la aceptación de la contingencia de lo percibido por los sentidos o de aquello que acontece en la realidad escénica circundante. La que podemos denominar entonces como la preferencia por la visualización o por las figuraciones de la imaginación es extensible, si la entendemos en un sentido amplio, a casi todos los protagonistas del teatro de Shepard. Se trata de una preferencia que pone en entredicho la tradicional distinción binaria entre visión y visualización, entre el orden de lo imaginario y el orden de lo real, y que llama la atención sobre el hecho de que aquello que vemos emocionalmente con los ojos de la mente es tan poderoso e incluso más pujante que lo que realmente llegamos a ver con nuestros propios ojos, en la forja de nuestras creencias: una preferencia cuyas implicaciones ontológicas, epistemológicas, estéticas, éticas y culturales han constituido una indagación recurrente en la dramaturgia de Shepard.
El talento de Shepard para “evocar visiones en los ojos de la audiencia” (Shepard 1977, 53) a través de un lenguaje verbal de extraordinaria vivacidad imaginativa es el modo más visible con el que Shepard inició su exploración intuitiva de la representación escénica de la acción imaginante pero, como veremos, no el único. El interés por la exploración de las imágenes de la interioridad se perpetuaría a lo largo de toda su carrera y al considerar el teatro del dramaturgo en su totalidad nos percatamos, en primer lugar, de que su interés por lo que podemos denominar como la topografía y la iconografía de la imaginación está estrechamente vinculado a la exploración de territorios emocionales. Esta inclinación intuitiva por la exploración y la representación escénica de las múltiples facetas de la vida imaginativa se fue renovando y transformando a lo largo del tiempo: la obra de Shepard es una obra profundamente experimental y la indagación adquiriría múltiples matices y connotaciones con el transcurso de los años, transformándose continuamente. Ella no emerge en todos y cada uno del medio centenar de textos teatrales que componen el corpus shepardiano, pero ha perdurado durante cinco décadas.
La década de los sesenta es el período en el que, si efectivamente podemos argumentar que hay en la obra dramática de Shepard una auténtica poética de lo imaginario, ésta se mostró con más intensidad. El presente volumen se centra en esta primera etapa de la indagación experimental y traza una suerte de genealogía crítica de la exploración y la representación de las formas de la imaginación, tanto lingüísticas, como corporales, visuales o metafóricas. A través de ella se puede apreciar la versatilidad del autor a la hora de renovar la búsqueda de formas simbólicas con las que expresar obsesiones recurrentes. Al usar como soporte crítico teorías contemporáneas de la imaginación presentadas en los capítulos cuarto y quinto –las de Kearney, Bachelard, Ricoeur, Sartre o Castoriadis, entre otras– comprobamos cómo el teatro de imágenes de Shepard estaba trasladando intuitivamente al escenario cuestiones que han preocupado a los pensadores de la civilización occidental desde sus orígenes, y cómo, en definitiva, estas obras corroboraban la naturaleza tremendamente contradictoria y ambivalente de la capacidad humana de imaginar. Si, por una parte, la innovación semántica propia de la acción de imaginar es un modo con el que unos personajes tragicómicos lograban dotar de sentido, al menos momentáneamente, a su precaria existencia, la aventura imaginativa, por otra parte, en su carácter ilusorio, tampoco podía llegar a erigirse en una estrategia dotada de transcendencia. Más allá de ello, la idoneidad de establecer los estudios sobre imaginación como marco crítico para la lectura de estas obras se debe a que es un paradigma cuya mayor virtud es su flexibilidad, su amplitud y su potencial de inclusión. Poner el punto de mira en la acción imaginativa desplegada en escena no sólo no impide, sino que permite incorporar con mucha libertad las aportaciones de la literatura crítica previa, complementarlas y revalorizarlas para además arrojar luz sobre las implicaciones de la acción dramática pura y sobre aquello que une obras aparentemente tan diferentes: su fascinación por el inmenso alcance de la función imaginativa.
Es importante tener en cuenta que Shepard era muy joven cuando llegó a la ciudad de Nueva York en los años sesenta, y que carecía de una formación académica específica para escribir teatro; también sus conocimientos literarios eran erráticos y desorganizados. La primera parte del libro pergeña el contexto sociocultural en el que surgieron estas obras: el auge de la contracultura de los años sesenta en los Estados Unidos, la alternativa al teatro comercial implícita en el movimiento Off-Off-Broadway (OOB), 6 así como la influencia de la escena experimental anterior. De hecho, este entorno tuvo más importancia que un posible propósito, por parte de Shepard, por indagar conscientemente en la actividad de la imaginación, aunque este aliciente, indudablemente, le posibilitó encontrar nuevos recursos escénicos para abrir la escena a lo posible. Shepard estaba creando sus textos intuitivamente, trasladando seguramente a sus personajes su propia pasión por la visualización de las imágenes surgidas del discurso, y afirmando, por otro lado, los valores de su generación, pero en ningún caso desde presupuestos teóricos o desde la pretensión de iniciar a los espectadores en unas determinadas ideas filosóficas o de otra índole.
A partir de la década de los setenta la escenificación de la vida imaginativa de los personajes dejaría de ocupar el centro de la acción dramática, o desde luego, no lo haría con la intensidad con la que lo había hecho en la década anterior. Por ello, cabe preguntarse si efectivamente seguiría siendo una cuestión relevante en la obra del autor. Hay una serie de obras intensamente experimentales y metadramáticas que permiten demostrar que, si bien el interés por la geografía de la imaginación sería, cada vez más, inseparable de otros temas, se perpetuaría como un recurso escénico transmisor de una óptica crítica. Es el caso de la meditación explícita sobre el proceso de creación en la romántica Geography of a Horse Dreamer (1974), obra en la que el hecho mismo de que los sueños de Cody sean motivo de su cautiverio los dota de transcendencia. Esto daría paso a reflexiones cada vez más sofisticadas como las que se plantean en Suicide in B-Flat (1976), en la que la imaginación emerge subrepticiamente como una herramienta epistemológica esencial en la búsqueda y la aceptación de una poética de la posibilidad pareja a la que representa la improvisación en la música jazz (Fernández-Caparrós 2008).
Obras como Geography of a Horse Dreamer, Suicide in B-Flat y Angel City
(1976) son muy diferentes entre sí, pero afines en el modo en que combinaron la reflexión metadramática con meditaciones sobre los procesos imaginativos desde puntos de vista muy diferentes. Por una parte, estas obras recuperan la indagación iniciada a partir de finales de los años sesenta sobre la influencia de las imágenes de la cultura popular y la constatación de la intrusión inevitable de un imaginario colectivo en la imaginación privada del individuo inserto en un mundo dominado por los medios de comunicación de masas. Si en la década de los sesenta los personajes jugaban libremente con sus propias fantasías –ya fuese a través del lenguaje o a través de la encarnación material de sus visiones en el escenario, como sucede en The Mad Dog Blues (1971)– una obra como Angel City plantearía justo lo contrario: la imposibilidad de escapar a la seducción y al control invisible ejercido por las imágenes bidimensionales creadas por la industria cinematográfica y televisiva y, por lo tanto, que la autonomía imaginativa es inconcebible dentro de lo que Fredric Jameson bautizó en 1984 como “la lógica cultural del capitalismo tardío”, en la que, tal vez, la única condición imaginante posible es, en vez de una autonomía imaginativa, una heteronomía imaginativa. Pero tal vez lo que resulta más atrayente de estas obras de los setenta son las reflexiones que generan a partir de su discurso metadramático.
El proceso de autorreflexión llevado a cabo por el dramaturgo sobre su propia obra, iniciado desde el exilio londinense a principios de los setenta, le llevaría a una provocativa experimentación que alteraría radicalmente las estructuras dramáticas convencionales, así como a una apertura total hacia posiciones epistemológicas radicales y transgresoras, típicas, por otra parte, de las narraciones posmodernistas. Lo que este proceso llegaría a plantear entonces es que, tal vez, el sentimiento de libertad para abrir la escena a lo posible propiciado por el juego de la imaginación es sólo efectivo en términos receptivos y dirigido inevitablemente hacia el espectador, pues los personajes dramáticos no parecen ser capaces de aprehender las posibilidades que ofrece esa libertad.
Las obras teatrales de Sam Shepard no son resolutivas, raramente proporcionan la satisfacción autocomplaciente que supone atar todos los cabos de los conflictos dramáticos presentados en escena: plantean muchas más preguntas, a menudo, que las respuestas que son capaces de proporcionar. “Ideas emerge from plays, not the other way round” (1977, 50), asevera Shepard. La exploración iniciada en la década de los sesenta plantea ya cuestiones como si el aunar la viveza figurativa del lenguaje poético y la escenificación del acto de imaginar en su faceta más común pueden producir una alteración subrepticia del potencial de nuestra capacidad de imaginar: si la acción de imaginar es una actividad liberadora para los personajes o lo es solamente para la audiencia. La exploración autorreflexiva llevada a cabo en las obras más experimentales parece apuntar a que tal vez sea sólo en el proceso de recepción donde esta libertad pueda tener un sentido pleno, o al menos, llegar a su máximo desarrollo.
El rumbo tomado a partir de la segunda mitad de la década de los setenta en la representación y la valoración de la actividad imaginativa de los soñadores shepardianos parece confirmar que, en efecto, ésta no sólo era una mera preocupación del dramaturgo sino que Shepard llegaría, con sus obras de los ochenta, si no a adoptar una postura moral sobre ella, sí a la necesidad de cuestionarla de un modo que antes había sido obviado. A partir de la década de los ochenta, y sobre todo con el estreno de A Lie of the Mind en 1985, parece producirse un punto de inflexión en la carrera dramática de Sam Shepard, un cambio que comportaría una transición hacia la necesidad de explorar otros territorios dramáticos, y cuestiones éticas hasta entonces no contempladas. La propensión a fantasear que había distinguido a los personajes masculinos durante dos décadas, no sólo se pondría en cuestión, sino que se intentaría soslayar y juzgar para dar paso a nuevos planteamientos dramáticos. En esta mutación fueron determinantes tanto la aproximación a las convenciones dramáticas del realismo para la exploración de la herencia genética que emergió en las denominadas “obras familiares” del autor –Curse of the Starving Class (1977), Buried Child (1978), True West (1980), Fool for Love (1983) y A Lie of the Mind (1985)– como el importantísimo calado que tendría el deseo de explorar “el lado femenino de las cosas” (Shepard en Rosen 1993, 7-8) y la creación, por primera vez, de personajes femeninos dotados de una voz propia y muy crítica con la imposición de una oprimente mirada masculina. La figura del fantaseador –el narrador compulsivo que en las obras de la década de los sesenta había construido sobre sus ensoñaciones su propia supervivencia– se fue transformando en un “willing fantasist” (Fernández-Caparrós 2014, 261), un fantaseador obsesivo atormentado por creer en imágenes fuertemente connotadas emocionalmente, imágenes que serían finalmente identificadas como “mentiras de la mente”, poniendo un mayor énfasis así en el carácter ilusorio, delusorio y potencialmente dañino de la capacidad de imaginar, más que en su capacidad creativa. Si a partir de A Lie of the Mind se produjo una deflación en la valoración y la exploración de los procesos imaginativos, es importante recalcar también el lirismo con el que el dramaturgo fue componiendo una alternativa para explorar una discreta poética de la conciliación en obras como When The World Was Green (1996), Eyes for Consuela (1998), Ages of the Moon (2009) o la más reciente Heartless (2012).
La poética alternativa a la poética de la imaginación que ha ido emergiendo de un modo sigiloso en la obra de madurez de Shepard no ha tenido y es posible que nunca pueda llegar a tener el impacto de la obra precedente. Esto tal vez se deba a que, previamente, el dramaturgo logró definir su originalidad en el panorama teatral estadounidense y expresar también su intensa americanidad por haber sabido trasladar el ideal visionario de los Estados Unidos al teatro con una intensidad sin precedentes en la tradición dramática nacional. Ralph Waldo Emerson escribió en el siglo XIX en ‘The Poet’: “America is a poem in our eyes….its ample geography dazzles the imagination” (1190). Con su ambición de posesión visionaria de la realidad, los personajes de la obra temprana de Shepard nos deslumbran por el afán poético con el que imaginan ante el público el amplio territorio americano a la vez que despliegan una voluptuosa ‘geografía’ interior. Pese a sus evidentes imperfecciones, sus visiones muestran esa perturbadora agitación estilística que, como argumenta Richard Poirier en A World Elsewhere (1966), caracteriza las narrativas genuinamente estadounidenses, unas narrativas movidas por el deseo de expandir los estados de consciencia, y por la urgencia de crear, como si las fuerzas históricas no fuesen capaces de hacerlo, lugares y espacios en los que morar en libertad. En su abundancia verbal y visual, las primeras obras de Shepard muestran una notoria extravagancia lingüística que, a pesar de su viva anarquía, o tal vez debido a ella, exulta en el ejercicio de la imaginación momentáneamente liberada. En última instancia, la imperfección de estas obras es irrelevante en beneficio del sincero acto de liberación de la consciencia que ponen en movimiento.
1 “Sam Shepard: Between the Margins and the Centre” es el título de la edición especial de The Drama Review (TDR) dedicada a la figura de Shepard, editada por Johan Callens, con los artículos más relevantes presentados en el congreso homónimo, y el único dedicado íntegramente a la figura de Shepard hasta la fecha, que se celebró en Bruselas en mayo de 1993. Fue organizado por la Asociación de Estudios Americanos de Bélgica y Luxemburgo y la Vrije Universiteit de Bruselas (VUB).
2 En la entrada ‘Sam Shepard’ incluida en el volumen editado por Philip C. Kolin American Playwrights since 1945: a guide to scholarship, criticism and performance (1989), William Kleb llamaba la atención sobre ello: “More critical pressure needs to be put on the texts themselves” (410). Aunque muchas de sus sugerencias acerca de los campos abiertos todavía para la investigación se han llevado a cabo, como la labor de investigación en los archivos de la Mugar Library en la Universidad de Boston, otras, como una mayor atención a los textos, no parecen haber tenido mucha repercusión, y menos aún en lo relativo a las obras tempranas.
3 El término ‘acción imaginante’, usado con frecuencia a lo largo del texto aparece en la introducción titulada “Imagination et Mobilité” de su libro L’air et les songes: essai sur l’imagination du mouvement (Paris: José Corti, [1943]: 1994). En la traducción al español en versión de Ernestina de Champourcin, publicada por el Fondo de Cultura Económica, leemos: “Queremos siempre que la imaginación sea la facultad de formar imágenes. Y es más bien la facultad de deformar imágenes suministradas por la percepción y, sobre todo, la facultad de librarnos de las imágenes primeras, de cambiar las imágenes. Si no hay cambio de imágenes, unión inesperada de imágenes, no hay imaginación, no hay acción imaginante” (Bachelard 1958, 9). El término crítico usado por Bachelard resulta idóneo para la descripción y valoración de la acción dramática de los personajes de Shepard, sobre todo en la primera etapa de su carrera, por poner énfasis en el hecho de que imaginar es una acción, intencional, dinámica y, por lo tanto, productiva –algo que las primeras obras del dramaturgo ponían claramente de manifiesto al convertirla en el centro y el motor de la acción dramática. Si el filósofo francés fue uno de los autores que en el siglo XX con mayor agudeza y radicalidad accedió al universo de lo imaginario para pensarlo desde el ámbito filosófico (cf. Puelles 16-17), su elección lingüística revela también, por otra parte, la “opción hermenéutica que acerca de lo imaginario elabora [Bachelard]. Una opción más ocupada en la caracterización de la función imaginante (en su versión poiética) que en la definición de una facultad” (Puelles 16; cursivas del autor).
4 El término inglés ‘imagistic’ es muy recurrente en el vocabulario crítico shepardiano para describir la particular fecundidad del autor para evocar imágenes muy vívidas a través del lenguaje verbal. El término es empleado por muchos críticos –Stephen Bottoms (1998, 5, 36, 41), William Kleb (1977, 67), Carla McDonough (2002, 39) o por su biógrafo Don Shewey (1997, 12), entre otros. También Shepard usó este adjetivo en la entrevista que le hizo Michiko Kakutani en 1984, para recalcar cómo las narraciones de sus personajes dramáticos se distinguen de los monólogos y de los soliloquios tradicionales: “The stories my characters tell are stories that are always unfinished, always imagistic having to do with recalling experiences through a certain kind of vision. They’ re always fractured and fragmented and broken. I’d love to be able to tell a classic story, but it doesn’t seem to be part of my nature”(Shepard en Kakutani). Indudablemente, todos los autores mencionados usan el término ‘imagistic’ en su acepción más común en la actualidad de aquello que evoca imágenes, entendido en un sentido amplio, y no como un adjetivo que remita específicamente a la corriente poética anglonorteamericana del Imagismo.
5 El caso más conocido lo encontramos en Fool for Love (1983), cuando el Viejo intercepta a Eddie para preguntarle si no es acaso un fantaseador, exclamando: “I thought you were supposed to be a fantasist, right? Isn’t it basically the deal with you? You dream things up. Isn’t that true?” (Shepard 1984, 27). También los personajes de Lee en True West (1980) y Hobart Struther en Kicking a Dead Horse (2007) utilizan exactamente esa misma expresión.
6 Hemos optado por usar dos guiones para referirnos al movimiento Off-Off-Broadway a lo largo del texto, como lo hacen Crespy (2003) y Bottoms (2006), aunque no hay unidad a la hora escribir el término. En las citas de otros especialistas que escriben el término de otro modo, como Smith –quien ha usado tanto ‘Off-Off Broadway’ (1966a) como ‘Off Off-Broadway’ (1966b)– se ha respetado la elección del autor.
PRIMERA PARTE
EL CONTEXTO
Capítulo 1
Las transformaciones sociales y culturales de los Estados Unidos en la década de los sesenta
Sam Shepard llegó a la ciudad de Nueva York en 1963, con diecinueve años, y en pocos años se convirtió en uno de los dramaturgos más emblemáticos y más prolíficos de la escena Off-Off-Broadway, gozando de un reconocimiento local casi súbito. Lo que la obra de un chico jovencísimo proveniente de California nos plantea, todavía hoy en día, es por qué ésta, más que la de muchos otros dramaturgos que iniciaron también sus carreras en ese mismo período y en ese mismo entorno, logró ocupar un lugar destacado. Si la leemos dentro de su contexto, de hecho, junto con textos teatrales de María Irene Fornés, Adrienne Kennedy, Arthur Kopit o Lanford Wilson, la obra de Shepard no se aleja de manera radical ni de las tendencias formales ni de las cualidades más representativas de una nueva dramaturgia subterránea creada Off-Off-Broadway; no es, en definitiva, verdaderamente extraordinaria. Sin embargo, la voz de Shepard destacó en seguida en medio de ese torbellino de actividad creativa que se concentró entre el Lower East Side y el Greenwich Village de Nueva York, a mediados de los sesenta, como una voz distintiva –tanto que en el artículo que Elinor Lester publicó en The New York Times Magazine en 1965, “The Pass-the-Hat Circuit”, ésta reseñaba que el joven era generalmente reconocido como el genio del OOB. Considerar la primera obra dramática de Shepard como la obra de un genio es excesivo. Si resultó evocadora fue, sobre todo, por su exuberancia verbal, sus evocaciones visuales y también por su apertura hacia la experimentación de un modo tan lúdico como perturbador y tal vez menos derivativo intelectualmente respecto a sus modelos que en el caso de otros escritores de la escena Off-Off. Su fascinación puede que resida, entonces, en su relación con el contexto en la que se enmarca, más allá del ámbito de la escena Off-Off-Broadway: la rebelión contracultural de los años sesenta.
Los sesenta son una época que, como apuntan Jeremy Varon, Michael S. Foley y John McMillan (2008) en el editorial del primer número de la revista The Sixties, publicada por Routledge, todavía hoy en día nos intriga, nos inspira, nos confunde, nos divierte, nos tienta, nos repele y nos cautiva. De acuerdo con los autores, entre los motivos que hacen de este período una era tan atrayente destaca sobre todo el hecho de que, con poca coordinación, pero con un sorprendente espíritu común, tanta gente desde tantos ámbitos se entregara con pasión a una transformación en los modos de entender la política, el gobierno, la raza, las clases sociales, pero también ámbitos más íntimos, poniendo en cuestión las convenciones de la familia, la educación, la sexualidad, la adolescencia y la madurez, el trabajo, el placer, el arte, la naturaleza o la divinidad, así como los códigos cognitivos y sensoriales con los que aprehender la realidad:
As the sum of all this, for a vertiginous spell nothing seemed settled or sacred, everything seemed up for grabs, giving the era the quality of a giant experiment in the mutability of the human condition –an epic contest, to borrow Robert Danton’s characterization of the French Revolution, of “possibili[ty] against the givenness of things” (Varon et al. 1).
La primera obra dramática de Shepard dio una visibilidad escénica clara y honesta al fuerte impacto emocional derivado de la formidable emergencia, coexistencia y convergencia de toda esa serie de transformaciones culturales, políticas, sociales y cognitivas que se estaban produciendo en los Estados Unidos de América. Esto es algo a lo que cada uno de los dramaturgos emergentes del Off-Off-Broadway contribuyó con un estilo propio y, dado el espíritu de libertad que caracterizó el zeitgeist de los sesenta en Estados Unidos, la obra temprana de Shepard es una obra que respondía claramente a los estímulos del entorno en el que el joven se movía. Sin embargo, el interés y la excitación que genera la obra de Shepard, aparentemente tan difícil de situar, puede que resida en que supo dar salida y encontrar una expresión escénica de enorme viveza a esa conquista de ‘la posibilidad frente a lo dado de las cosas’ y convertirla en leitmotiv de toda una poética teatral que, fundada sobre la apertura inherente al concepto de posibilidad, garantizaba inevitablemente la renovación constante. ¿Cómo? Trasladando literalmente al escenario la acción de imaginar, de concebir otras cosas, otras voces, otros ámbitos, de trascender momentáneamente una situación a través de la ensoñación: es decir, a través de una experimentación continua sobre las posibilidades de dejar que los personajes se dejen llevar por sus visiones, por lo que visualizan en su mente. Obras como Cowboys, The Rock Garden, Chicago, Forensic and the Navigators, Red Cross, The Unseen Hand, Back Bog Beast Bait y tantas otras, no fueron sino un medio más de poner a prueba, impulsar, generar, rechazar o atreverse a aceptar todas esas transformaciones sociales, cognitivas, culturales y sus consecuencias. La obra de Shepard destaca, precisamente, por la vitalidad con la que el joven autor se entregó a una experimentación extremadamente prolífica que no es reflejo sino de esa apuesta colectiva por imaginar nuevas formas de concebir el arte y la vida. Shepard parecía inagotable a la hora de inventar en cada obra nuevas formas de experimentación y de percepción, de renovar y repensar constantemente su actividad creativa. Por ello, si su obra es producto de esa insólita energía transformadora que caracterizó los años sesenta norteamericanos, también es una obra que contribuyó activamente a configurar los cambios estéticos que emergieron en ese período. Como el mismo dramaturgo ha explicado, “the only impulse was to make living, vital theater which spoke to the moment. And the moment, back then in the mid-sixties, was seething with a radical shift on the American psyche” (Shepard 1996a, x).
La figura de Kennedy y la retórica de la juventud
La década de los sesenta es un período histórico extraordinario por la sinergia que se produjo en los ámbitos político, social y cultural en el proceso de articular plenamente la disensión hacia formas establecidas de poder. En los Estados Unidos, la consolidación del movimiento por los Derechos Civiles alcanzó un punto álgido en agosto de 1963 con la marcha sobre Washington en la que participaron más de 200.000 personas, nueve años después de que el 17 de mayo de 1954 la Corte Suprema aboliera la segregación racial en las escuelas. La emergencia de grupos políticos estudiantiles como el FSM (Free Speech Movement), el SNCC (Student Nonviolent Coordinating Committee) o la SDS (Students for a Democratic Society), creada en 1962 –lo que se conoce como la New Left– y que abogaban, en principio, por la desobediencia civil no violenta, se erigieron en manifestación visible de un descontento popular que llevaba ya años fraguándose: era la oposición, clara y pública, al triunfalismo americano de la posguerra, al militarismo de la Guerra Fría, a la demagogia anticomunista, a la regimentación social, al consumismo desenfrenado y a la desigualdad y la segregación racial.
El teatro de Sam Shepard, como gran parte del teatro creado Off-Off-Broadway, no es un teatro abiertamente político, que hiciera referencia o articulase una crítica directa a la convulsa realidad político-social del momento. Sin embargo, es un teatro que responde claramente al clima político de una década en la que, incluso antes de la primera conmoción nacional, el asesinato del presidente Kennedy en 1963, quedó claro que la experiencia norteamericana suponía, como sugiere Klinkowitz (1980), “vivir en los extremos”. También J.W. Fenn (1992) afirma con contundencia que la cultura estadounidense de los sesenta fue una cultura sometida a un extremado nivel de estrés. En la década anterior, durante los ocho años de mandato del presidente Eisenhower, la estrategia geopolítica de contención en la Guerra Fría había sido acompañada por una puesta en escena de operaciones que consiguieron que la nación norteamericana, envuelta en una prosperidad económica sin precedentes, no prestase atención a las amenazas de la política exterior. Pero en 1960, el incidente del avión espía U-2 y, en 1962, la Crisis de los Misiles de Cuba, tras el fracaso en el intento de derrocar el régimen castrista en la Bahía de Cochinos, fueron acontecimientos que verdaderamente hicieron patente la posibilidad de entrar en una guerra atómica, y que ponían fin al efecto anestésico de la aparentemente plácida vida doméstica de los cincuenta. La sensación de una perpetua e inminente amenaza, efecto de la política exterior, determinó también en gran medida el transcurso de los asuntos internos a lo largo de la década, que en parte derivaban de los problemas surgidos en la década anterior, como el macartismo o las tensiones derivadas de la integración racial. A todo ello se sumaría además la entrada de Estados Unidos en la Guerra de Vietnam, uno de los conflictos que mayor impacto emocional produjo en la cultura norteamericana en el siglo XX. El transcurso de la década de los sesenta parece estar marcado por innumerables episodios de violencia extrema, de desobediencia civil, revueltas y el impacto de los asesinatos de activistas y líderes políticos que conmocionaron a la nación en un período de enormes tensiones: el de Malcom X en 1965, y los de Martin Luther King y Robert Kennedy en 1968.
A pesar de los acontecimientos imprevisibles de violencia extrema, como los citados asesinatos, las turbulencias sociales y los traumas derivados de ellas que afligieron a la nación estadounidense, estos acontecimientos se convirtieron también, por las respuestas que generaron en la población, en condicionantes para articular reacciones inesperadas, enérgicas y alentadoras, tanto a nivel político como a nivel cultural. Como se mostrará en los capítulos siguientes, las crisis y las tensiones sociales no fueron un impedimento, sino casi una fuerza determinante para que se produjera una respuesta liberadora a la crisis que se estaba viviendo y para fomentar un cambio profundo en la concepción de las artes, y muy especialmente de las escénicas. El ímpetu y la vitalidad con que se respondió desde el teatro a la inestabilidad social lograría alterar y cambiar la concepción de este arte, y la apertura y las innovaciones que se dieron en la teoría teatral, en las prácticas y en la relación con la audiencia marcarían un punto de inflexión en el desarrollo de la tradición dramática norteamericana (Fenn 22).
A otro nivel, y siempre en relación con la emergencia de unas condiciones de posibilidad que propiciaron nuevas formas de expresión y disensión cultural, tanto la figura del presidente John Fitzgerald Kennedy como el impacto ocasionado por su asesinato, como en el caso de Martin Luther King Jr., también han sido reivindicados por el modo en que determinaron e impulsaron la actividad de las fuerzas sociales que emergieron en los sesenta. Pese a tratarse de un presidente conservador y anticomunista –y cuya ambivalente posición respecto a la implicación de los Estados Unidos en Vietnam determinó en parte la guerra por venir– Kennedy sobrevivió en el imaginario popular con otra imagen. Como sugiere Fredric Jameson (1984, 19), el legado del régimen de Kennedy para el desarrollo político de los sesenta bien podría haber sido la retórica de la juventud y del cambio generacional que explotó, pero ésta le sobrevivió sin embargo para erigirse en una forma expresiva a través de la cual el descontento político de los estudiantes norteamericanos pudo articularse plenamente. Si la retórica de la juventud de Kennedy, como sugiere el crítico y filósofo estadounidense, precondicionó y posibilitó el nacimiento de una conciencia política en la juventud, Jerome Klinkowitz también concede a la retórica y a la imagen política del presidente un valor fundamental en la configuración de la necesidad de forjar una nueva forma de imaginar, y por lo tanto de pensar, representar, crear, vivir y actuar en los Estados Unidos. Kennedy citó en el discurso de graduación en la Universidad de Yale el 11 de junio de 1962 las siguientes palabras de Thomas Jefferson: “The new circumstances under which we are placed call for new words, new phrases, and for the transfer of old words to new objects”.1 La recuperación de las palabras de uno de los autores de la constitución de los Estados Unidos y tercer presidente de la nación lleva a Klinkowitz a la siguiente reflexión:
By the time of American 1960s...Jefferson’s “new circumstances” were once more demanding recognition. And the newly elected president, John F. Kennedy, was quoting Jefferson on the need for new words and new phrases to express the making of a new American imagination, for what else could “the transfer of old words to new objects” be? (Klinkowitz 3).
La retórica de la juventud y la retórica imaginativa asidas por una generación de jóvenes que querían crear una identidad propia y deliberadamente diferenciada de la de sus predecesores conforman un marco esencial para poder leer la obra de Shepard. El primer teatro del dramaturgo, en primer lugar, hace totalmente ostensible el cambio sistemático que permea toda la cultura de la época, la tendencia hacia un “ideal imaginativo”, si usamos la expresión de Klinkowitz (viii), gracias al convencimiento de que imaginar otros modos de concebir y percibir la realidad no sólo era posible sino que era necesario: “Persons manage reality by their constructions; and from John Kennedy to Billy Pilgrim, Americans in the 1960s were offered strikingly new ways to put things together” (Klinkowitz viii).2
Indagar en la peculiar forma expresiva que adquiere el ideal imaginativo en la obra de Shepard y enfatizar así en el carácter imaginativo de esa ‘transferencia de viejas palabras a nuevas circunstancias’ es el principal objetivo de este libro. Pero en el caso de Shepard, además, podemos afirmar que este joven proveniente de California sería también la figura más influyente en la plena traslación de una retórica juvenil al ámbito del teatro norteamericano, y con todas sus consecuencias: desde una poderosa irreverencia creativa hasta un desconcertante infantilismo.
La cultura juvenil
La cultura juvenil es una cultura que adoptó un estilo de vida propio y Shepard puso por primera vez sobre un escenario la experiencia del denominado youthquake. No es osado sugerir que la figura de Shepard en el teatro norteamericano de la década de los sesenta es comparable, dentro del movimiento contracultural del momento, a la figura de uno de los grandes ídolos musicales del dramaturgo: Bob Dylan. El paralelismo no debe entenderse como una ocasión para equiparar el impacto mediático y político de medios tan distintos como la música popular, un fenómeno de masas, y el teatro, un género esencialmente minoritario. Se trata más bien de llamar la atención sobre cómo una nueva generación de artistas muy jóvenes contribuyó no sólo a explorar formas poéticas que se adaptaran a una experiencia vital muy diferente a la de sus propios progenitores, sino también, a través de esas nuevas formas, a renovar profundamente la percepción de las funciones del arte y la cultura. Jerome Klinkowitz ha escrito del músico de Minnesota: “The gift of Bob Dylan is that he helped provide a new language for the emerging culture, a musical and poetic form drawn from previously overlooked or discarded elements of American life, which young people like himself found helpful to voice their personal and unique beliefs” (90).
Uno de los grandes logros del joven Robert Allen Zimmerman al reinventarse a sí mismo como Bob Dylan fue su habilidad para tomar o apropiarse de elementos de tradiciones musicales muy diversas y saber integrarlos para lograr un modo de expresión personal.3 Dylan pronto se percató de que la estructura del blues de doce compases era un vehículo mucho más adecuado que los ritmos repetitivos de la música popular para expresar la ironía o el humor negro, una vía que resultaba idónea para expresar sus preocupaciones; pero, además, supo incorporar a ese patrón la fuerza rítmica heredada de James Brown, Chuck Berry o la Bobby Blue Band y, a mediados de los sesenta, la enérgica amplificación de la guitarra eléctrica. El don del joven Steve Rogers al reinventarse como Sam Shepard en el ámbito teatral, también residió en gran medida en la libertad creativa para integrar de un modo imaginativo influencias diversas y hasta contradictorias pero que serían útiles para encontrar una expresión propia y afín a ese deseo de explorar nuevas formas de rebelión ante la insistencia institucional y social de imponer modelos vitales y comportamientos dados por supuesto. Jóvenes como Dylan y Shepard, que provenían de entornos muy diferentes –el primero había crecido en Hibbing, Minnesota, y el segundo en Duarte, un suburbio de Los Ángeles–compartían la pertenencia a una nueva generación que había crecido en una época de extraordinario crecimiento económico. La emergencia de este nuevo bienestar tendría consecuencias imprevisibles en la configuración de la rebelión contracultural de los años sesenta en Estados Unidos, pues estos chicos que para muchos eran unos niños mimados por haber disfrutado de una riqueza material y un tiempo para el ocio sin precedentes, desarrollaron una consciencia de sí mismos sin parangón. Ella define con precisión la dirección de la indagación dramática concebida por Shepard y, como veremos, sería determinante en la búsqueda de formas de expresión adecuadas a la prominencia de un pensamiento autorreflexivo.
La experimentación imaginativa de la obra temprana de Shepard refleja muchos rasgos idiosincrásicos de la contracultura, lo cual nos obliga a preguntarnos si se puede reducir este fenómeno únicamente a ese arrebato hedonista y adolescente con el que se suele asociar el término, “encompassing any action from smoking pot at a rock concert to offing a cop, […] a nebula of signifiers comprehending bongs, protest demonstrations, ashrams and social nudity [which] rears its head at seemingly any Sixties retrospective”, como sugieren Braunstein y Doyle (2002, 5-6). Curiosamente, la obra de Shepard reproduce el carácter marcadamente icónico de muchos movimientos asociados a la contracultura, como el cine y la música rock, que son indisociables de la imagen que proyectan los artistas. La predilección por lo icónico que configura la plasticidad del teatro de Shepard no implica necesariamente, no obstante, una celebración gratuita de la superficialidad. En la obra temprana de Shepard percibimos claramente el impulso de esa rebelión juvenil que se dirigió sobre todo hacia el conformismo social institucionalizado en los años cincuenta, y más concretamente, si aceptamos el diagnóstico que Leslie Fiedler hizo ya en 1965 en “The New Mutants” (1970, 387), hacia la noción de ‘hombre’ que las universidades intentaban imponer a los estudiantes: la versión burguesa y protestante del humanismo cuya visión del hombre está justificada por la racionalidad, el trabajo, el deber, la vocación, la madurez y el éxito (y su consiguiente percepción de la infancia y la adolescencia como los períodos privilegiados para prepararse para la asunción de esas responsabilidades).
El resultado de esta negación de los valores dominantes –y la radical afirmación de otros valores deliberadamente contrarios a éstos– conllevaría, en el caso del teatro de Sam Shepard, la creación de unos personajes dramáticos extrañamente infantiles, que juegan y fantasean sobre el escenario, conducidos a menudo por una insólito impulso erótico, o por el deseo irrefrenable de convertirse en estrellas del rock. Unos personajes movidos por el logro de la visión, más que del aprendizaje, y por la fascinación de la alucinación, más que por las estructuras de la lógica.
Shepard, como muchos de sus contemporáneos, tenía unos modelos literarios muy claros: los escritores de la generación Beat. Si recordamos las idiosincrasias estilísticas que Gilbert Millstein detectó en su crítica de On the Road publicada en The New York Times en 1957, podremos comprobar, en el análisis de obras como Chicago o Red Cross, que esos estigmas que Millstein atribuyó a los Beat son extensivos a la dramaturgia shepardiana:
The “Beat Generation” and its artists display readily recognizable stigmata. Outwardly, these may be summed up as the frenzied pursuit of every possible sensory impression, an extreme exacerbation of the nerves, a constant outraging of the body. (One gets “kicks”; one “digs” everything whether it be drink, drugs, sexual promiscuity, driving at high speeds or absorbing Zen Buddhism.) Inwardly, these excesses are made to serve a spiritual purpose, the purpose of an affirmation still unfocused, still to be defined, unsystematic (1957, 27).
En las primeras obras de Shepard podemos detectar la potenciación de las impresiones sensoriales vinculadas a un deseo de afirmación todavía indefinido, pero también debemos atender al peculiar efecto que producen como evento teatral y, por otra parte, en qué medida esto es la forma visible, o la forma explícita, de algo implícito. En otras palabras, en qué medida puede estar relacionado con lo que para el propio autor ha persistido más vivamente, en retrospectiva, de aquella época, a saber, la idea de (crear) consciencia:
The only thing which still remains and still persist as the single most important idea is the idea of consciousness. How does this idea become applicable to the theatre? For some time now it’s become generally accepted that the other art forms are dealing with this idea to one degree or another. That the subject of painting is seeing. That the subject of music is hearing. That the subject of sculpture is space. But what is the subject of theatre which includes all these and more? (Shepard 1981b, 212).
Las impresiones del dramaturgo no nos sorprenden porque, efectivamente, la idea del arte como instrumento transformador de la consciencia fue una cuestión que tuvo plena vigencia en este período. En el ensayo “One culture and the new sensibility”, Susan Sontag planteaba que no se estaba asistiendo a la desaparición del arte, sino a una transformación de su función, privada de su primitiva función religiosa y disociada también de una secularización de lo religioso. Quizás lo más importante de la nueva función del arte asociado a la consciencia teorizada por Sontag fuese su desvinculación de una moralidad y, por lo tanto, de una utilidad social: “Art today is a new kind of instrument, an instrument for modifying consciousness and organizing new modes of sensibility. And the means for practicing art have been radically extended. Indeed, in response to this new function (more felt than clearly articulated), artists have had to become selfconscious aestheticians: continually challenging their means, their materials and methods” (1966, 296). En “On Style”, otro ensayo publicado también, originalmente, en 1965, Sontag era más precisa al definir la obra de arte como “a kind of showing or recording or witnessing which gives palpable form to consciousness; its object is to make something singular explicit” (1966, 29). Consciente de la dificultad para el creador de reproducir totalmente los contenidos de la consciencia, Sontag resolvía que cada obra de arte ha de ser entendida no sólo como una representación, sino también como una cierta manipulación de lo inefable (1966, 36). Sam Shepard propondría años después una concepción similar del teatro como un lugar en el que emerge una “dimensión añadida” que surge de la posibilidad de “hacer visible lo invisible” (Shepard en Chubb, 197). En sus primeras obras, esta posibilidad sería propiciada por la entrada a otras dimensiones de la experiencia cotidiana. Hacer referencia a otras dimensiones cuando, como veremos, la capacidad humana de crear imágenes que tanto explota Shepard en su obra es realmente algo inherente a nuestra naturaleza, puede resultar sorprendente. Sin embargo, apunta a otra de las cualidades del arte de los sesenta: la férrea oposición a la imposición social de un ‘hombre unidimensional’, si empleamos el célebre término acuñado por Herbert Marcuse en su libro homónimo de 1964. Las ideas de Marcuse resonaron rápidamente con las ideas del movimiento izquierdista estudiantil de los sesenta, pero también fueron abrazadas por intelectuales y artistas porque dotaban de coherencia a un movimiento multidisciplinar como fue la contracultura. Es improbable que Shepard encontrara inspiración directa en la obra del pensador de la Escuela de Fráncfort para dar un soporte intelectual a su experimentación teatral, pero heredaría sus ideas y las de otros pensadores contemporáneos a través, sobre todo, de su relación y colaboración con Joseph Chaikin.
1 Se trata de una cita extraída de una carta de Thomas Jefferson dirigida a John Waldo y fechada el 16 de agosto de 1813 en Monticello. La misiva es una reflexión en torno a la necesidad de establecer y defender un nuevo dialecto americano. Véase: <http://www.let.rug.nl/usa/presidents/thomas-jefferson/letters-of-thomas-jefferson/jefl221.php> Accedido 15/04/2014.
2 El análisis de las transformaciones culturales que traza Klinkowitz en The Imaginative 1960s: Imaginative Acts in a Decade of Change, es muy interesante en cuanto combina el impacto de figuras reales, como John Kennedy, Bob Dylan y Neil Young, como de personajes de ficción como Randall MacMurphy, protagonista de la novela One Flew Over the Cuckoo’s Nest, de Ken Kesey, publicada por Viking en 1962, o Yossarian, el narrador en la novela Catch 22 de Joseph Heller, publicada por Simon and Schuster en 1961, enfatizando así el poder de la literatura para generar transformaciones profundas en la conciencia social y política.
3 La posibilidad de integrar tradiciones musicales que se habían desarrollado hasta entonces de un modo independiente no habría sido posible sin el progreso tecnológico y el crecimiento económico de los años 50 en Estados Unidos. En la historia de Bob Dylan, como en la de muchos adolescentes que crecieron en esa década, la radio posee un papel fundamental. Klinkowitz recuerda cómo en los años cincuenta miles de adolescentes blancos de clase media, como el mismo Dylan o el propio Shepard, tuvieron la posibilidad de sintonizar emisoras del sur de los Estados Unidos, a las que, hasta ese momento, no habían tenido acceso. La noche era el momento en que uno podía acceder por ejemplo al programa de John R. de la WLAC de Nashville, cuya audiencia, hasta ese momento, se había asumido que debía de ser sureña, rural y negra. (cf. Klinkowitz 1980, 89-97).
Capítulo 2
Influencias visibles e invisibles: la tradición teatral heredada por Shepard
The undoubted appeal of Shepard’s plays and their possibly permanent importance are to be found in their transformations, rather than representations, of reality.
Jim McGhee
Para poder ahondar e inquirir críticamente en la exploración de las formas de lo imaginario en el teatro de Sam Shepard es esencial llamar la atención sobre el modo en que su experimentación teatral estuvo tremendamente influida y condicionada por el contexto histórico y cultural en el que se originó. Antes de proponer un paradigma teórico con el que leer esas innovaciones de la dramaturgia shepardiana, es igualmente importante tomar en consideración el modo en que su obra se inscribe en una tradición teatral muy específica y caracterizada, en sus múltiples manifestaciones, por una profunda transgresión de los patrones estéticos convencionales.
Shepard llegó a la ciudad de Nueva York porque para huir de su hogar en California se había unido a una compañía teatral itinerante, The Bishop’s Company Repertory Players. Aunque no estaba entre sus planes convertirse en dramaturgo, el joven Shepard se convirtió pronto en uno de los escritores más fecundos de la escena alternativa neoyorquina a pesar de carecer de una formación específica en dramaturgia –a diferencia de otros de sus coetáneos como Lanford Wilson, quien, cuando descubrió su habilidad para los diálogos, se matriculó en un curso de escritura teatral en la universidad de Chicago.1 La imagen del chico ingenuo e inexperto promovida tanto por él mismo como por los críticos, no obstante, no se sostiene totalmente, como ha sugerido Gerald Weales (1993). Durante los tres semestres en los que Shepard estudió en Mount San Antonio College para dedicarse a la ganadería, se unió al grupo de teatro y formó parte de los repartos de Harvey (1943), de Mary Chase, y de The Skin of Our Teeth (1942), de Thornton Wilder. Y no sólo eso, también escribió una obra teatral para la revista literaria universitaria, titulada The Mildew, que él mismo ha calificado como una imitación mala de Tennessee Williams (Shewey 1997, 23-24). Puesto que durante los ocho meses en los que estuvo viajando con The Bishop’s Company Repertory Players también había en el repertorio one-night stands de Winnie the Pooh y A Sleep of Prisoners (1951), de Christopher Fry, Weales insiste con sensatez: “I find it difficult to believe that Shepard’s early plays took the shape they did –or the shapelessness they did– because he was unaware of conventional stage possibilities” (10). Justamente el hecho de estar algo familiarizado con formas teatrales más convencionales, pero también con las innovaciones de dramaturgos como Wilder, debió de ayudarlo a identificar el tipo de teatro que no le interesaba y ser más receptivo, por otra parte, a esa promoción de la libertad creativa que se desarrolló en el OOB. Si consideramos, en particular, la influencia de una figura como la de Joseph Chaikin, comprendemos que Shepard no fue ajeno, ni mucho menos, a la sensibilidad de una determinada tradición, la del ‘teatro alternativo’ que desde la década de los cincuenta se estaba desarrollando en Estados Unidos.
La influencia de Joseph Chaikin y el Open Theater
Una noche de 1964, en el Upper West Side de Nueva York, el director teatral John Stix convocó a cenar a dos personas que intuía que debían conocerse: se trataba de Joseph Chaikin y Sam Shepard. Chaikin recuerda que él y el joven Sam volvieron caminando a sus casas en el East Village, un largo paseo de unas ochenta manzanas y revela: “we both felt right away that we would be friends and colleagues” (Chaikin 2002, 81). Durante la década de los sesenta, Chaikin y Shepard estuvieron en contacto en diversos modos. Shepard asistía frecuentemente a los ensayos y talleres del Open Theater y mantuvo durante un tiempo una relación sentimental con una de sus actrices, Joyce Aaron. Por una parte, Icarus’s Mother fue interpretada por actores del Open, quienes también participaron unos años después en la película Zabriskie Point (1970) de Michelangelo Antonioni y de la que Shepard fue uno de los guionistas. Por otra parte, Shepard escribió alguno de los textos incluidos en las creaciones colectivas del Open. Ninguno de los tres monólogos que el dramaturgo escribió para Terminal (1970-71) –“Cowboy”, “Stone Man” y “Teleported Man”– fueron usados en la obra cuyo guión compuso finalmente Susan Yankowitz, aunque los tres fueron publicados después en la colección de relatos Hawk Moon (1973). Sin embargo, los que Shepard escribió para Nightwalk (1973) sí fueron usados por Chaikin y su grupo. Blumenthal explica de la relación de ambos creadores durante los sesenta: “While Chaikin thinks of Shepard as one of the writers who nourished the Open Theater, Shepard (like all of the company’s writers except, perhaps, Jean Claude van Itallie) always felt uneasy, on the periphery” (1981, 137). No fue hasta más de diez años después, tras la disolución del Open Theater y el exilio londinense de Shepard, cuando Chaikin y Shepard empezaron a trabajar conjuntamente en la creación de piezas teatrales. Su colaboración en varias ocasiones desde finales de los setenta y hasta la década de los noventa los llevó a crear obras muy experimentales y profundamente poéticas: Tongues (1978), Savage/Love (1979), The War in Heaven (1984) y When the World Was Green: A Chef’s Fable (1996), unas obras que confirman la singular complicidad y las afinidades que existían entre dos creadores que, por otra parte, habían desarrollado en el teatro caminos muy diferentes.
La evocación del primer encuentro entre Chaikin y Shepard tiene una enorme importancia mucho antes de que se estableciera entre ellos una prolongada relación epistolar, se gestaran sus colaboraciones esporádicas y se forjara una amistad que duraría de por vida, hasta el fallecimiento de Joseph Chaikin en junio de 2003. Este encuentro es decisivo porque ponía en contacto al joven dramaturgo con el director teatral más influyente en el Off-Off-Broadway neoyorquino, cuya prominencia llegaría a trascender ese ámbito, llegando a convertirse en una figura equiparable a las de Peter Brook y Jerzy Grotowski, con quienes colaboró estrechamente:
Chaikin’s influence, direct or indirect, on Off-Off-Broadway playwrights –what they wrote and how it was performed– in the early sixties equaled the effect of Lee Strasberg’s gospel of Method acting had a decade before on Broadway drama, to which the Open Theater was in part an innovative response (Shewey 1997, 48).
Parece existir un acuerdo unánime entre la crítica académica en que el personaje shepardiano está en gran medida inspirado en los métodos ensayados por Chaikin y el Open Theater, y en concreto, en los ‘ejercicios de transformación’. Éstos consistían en escenas improvisadas, como una escena de cumpleaños, supervivientes en un bote o cualquier otra situación, en las que en un determinado momento se pedía a los actores que pasaran inmediatamente a otra escena y se convirtieran en otros personajes totalmente distintos. Los objetivos de estos ejercicios eran alcanzar una mayor flexibilidad, reflexionar sobre los clichés interpretativos y promover una mayor cohesión grupal. Según Gilman (1997), Shepard llevó la idea de la transformación mucho más lejos que el grupo de actores dirigido por Chaikin, inscribiéndola en textos teatrales como Back Bog Beast Bait (1971), The Tooth of Crime (1972) y Angel City (1976), en las que, en palabras del crítico teatral, “characters become wholly different in abrupt movements within the course of the work, or speak suddenly as someone else, while the scene may remain the same” (1997, xvii). Bonnie Marranca, por otra parte, plantea que si los personajes de Shepard son derivativos de los ejercicios de transformación es porque no poseen una única sino múltiples identidades en realidades fluidas: “The transformational character has a fluid relationship to changing ‘realities’ whereas a character in realistic drama is fixed in his relationship to a reality which is itself fixed” (Marranca 1981, 14). Si bien, como sugiere Gilman, las transacciones intelectuales entre ambas partes, el Open y Shepard, nunca han quedado del todo claras, se ha ahondado poco en el modo en que el dramaturgo se sirvió de esos estímulos de una manera más profunda.
La importancia de Chaikin y el Open Theater debe ser reevaluada porque las técnicas y los ejercicios son la parte visible de una investigación compleja y continua, con un fuerte componente intelectual, con propósitos claros y una visión poética específica. Podría decirse que si Shepard heredó algo de Chaikin en los sesenta, fue sobre todo una determinada sensibilidad, es decir, una serie de predisposiciones perceptivas que van mucho más allá de la mera adquisición de técnicas interpretativas transformadas después por el dramaturgo en posibles preceptos compositivos. Afirmar esto último no está exento de un cierto riesgo puesto que, en efecto, las que Gilman denomina ‘transacciones intelectuales’ se resisten a ser cuantificadas. Tampoco es inapropiado admitir, no obstante, que a través del contacto directo con Chaikin, Shepard heredaba directa e indirectamente una tradición y una poética específicamente teatrales y además de una índole muy determinada, pues era la tradición de un teatro experimental. Esto es importante por varias razones. Cuando Shepard llegó a Nueva York carecía de una formación intelectual y académica en lo que se refiere al arte dramático y lo que aprendió lo hizo sobre todo allí: es decir, que su escritura, inevitablemente, está muy condicionada por lo que se estaba haciendo en ese momento en el Off-Off-Broadway. Es obvio que Shepard no sólo aprendió de Chaikin sino que, a través de los escritos de éste y de los volúmenes dedicados a su trabajo con el Open Theater, comprendemos que su concepción del teatro y su tenaz investigación tienen, en la obra de Shepard, una repercusión mayor de la que podíamos imaginar en un primer momento y que es extensible también a toda una generación de creadores. De acuerdo con Schmidt (2005), Chaikin fue una figura clave a la hora de tender puentes entre el teatro político de los sesenta y la nueva generación de jóvenes dramaturgos que surgió en esa misma década en el Off-Off-Broadway neoyorquino. Estos últimos eran inevitablemente herederos del descarado inconformismo con el que Julian Beck y Judith Malina abrieron el terreno para la emergencia de un teatro fuera de la respetabilidad burguesa y el ámbito de la alta cultura pero, claramente, se alejaron de la creación del arte explícitamente político y del comunitarismo de sus predecesores.2 En el caso concreto de Shepard las colaboraciones con Chaikin y el Open Theater son importantes en cuanto ese contacto ejercía una doble influencia: una influencia visible y otra invisible. Hasta qué punto la primera, la más obvia, es más relevante que la segunda, la invisible, es lo que tal vez debamos poner en cuestión. La relevancia del legado de Chaikin reside precisamente en que su sensibilidad estética, específicamente teatral, es indisociable de una sofisticada reflexión intelectual y teórica. Karen Malpede (1974, 13) sugiere que, en un movimiento recíproco, es imposible imaginar una compañía como el Open sin los escritos de Herbert Marcuse, Simone Weil o R.D. Laing, e igualmente imposible haber llegado al entendimiento de los proyectos intelectuales de estos pensadores sin la presencia del Open, pues no sólo las ideas componen la cultura y desafían la lógica de la dominación: también hace falta explorarlas a nivel material y, tal vez, puramente físico.
Sam Shepard es un autor que, al contrario que Chaikin, ha fomentado siempre una percepción de sí mismo y de su obra marcadamente antiintelectualista, rechazando de un modo manifiesto la preeminencia de lo intelectual frente a lo afectivo en su trabajo creativo. Pero no por ello se ha de suponer que su obra deje de estar entonces ‘contaminada’ por una serie de ideas. Si suponemos que Shepard heredó visiblemente una serie de ideas ya trasladadas e incorporadas a la práctica teatral por el Open Theater, y quiso prescindir, aparentemente, de entrar en la reflexión intelectual que sustentaba dichas prácticas artísticas, no por ello dejaba de recibir a través de esos estímulos y de esos ejercicios teatrales una herencia intelectual y teórica, menos visible, tal vez, pero igualmente relevante, que le llegaba ya transformada en una sensibilidad. Inspirándose o apropiándose de los ejercicios de transformación, Shepard heredaba inevitablemente algo de lo que los había motivado, una herencia indirecta, de huellas, de trazos de escrituras anteriores, de sombras, de restos, pero restos de un espíritu poderoso. Si a través del contacto con Joseph Chaikin y su grupo a Shepard le llegaban ecos de Marcuse, Laing o Weil, también recibía e incorporaba a su propia obra los ecos de la tradición de teatro experimental en Norteamérica, y en concreto la que se desarrolló con vigor a partir de los años cincuenta. En estos años, la labor de una serie de creadores en los márgenes del teatro como institución, que trabajaban siempre fuera de los circuitos comerciales, llegaría a cuestionar y transformar cada uno de los aspectos que conforman una representación, a saber: la relación entre las formas teatrales y la realidad a las que éstas aluden; el vínculo entre el actor y el personaje; el grado de responsabilidad del arte a la hora de tratar cuestiones sociales y, por último, la estructura económica de la propia industria teatral. Como es bien sabido, el grupo más influyente en la emergencia de un teatro experimental prominente fue el Living Theater, fundado por Judith Malina y su esposo Julian Beck en 1946.
Eileen Blumenthal (1984, 2) señala con acierto que la noción de un teatro norteamericano alternativo no suponía realmente una novedad, pues existía ya una tradición de compañías teatrales o de teatros que habían desarrollado ese propósito: The Washington Square Players, The Provincetown Players y The Neighborhood Playhouse –todos ellos fundados en 1915 y cerrados antes de 1930– y entre los últimos años veinte y la década de los treinta, el Civic Repertory Theatre, el Group Theatre y el Federal Theater Project. Aunque estas compañías habían sido artísticamente innovadoras, su impulso de un teatro no comercial o incluso de un teatro activista socialmente, no obstante, no llegó nunca a consolidarse: de hecho, la única que llegó a tener un impacto en el teatro comercial fue el Group Theater, que no sólo reforzó, sino que casi impuso el naturalismo como el único modo de concebir un teatro serio en el ámbito norteamericano. En la década de los cincuenta ese dominio normalizado e incuestionable del naturalismo fue precisamente ante lo que se rebelarían muchos de los artistas que eligieron el teatro como forma de expresión artística. Si el caso del Living es particularmente relevante es por su concepción de un teatro que suponía una alternativa imaginativa al teatro comercial y por su dedicación durante muchos años a una investigación profunda y amplia en torno a la idea de un teatro poético. Durante diez años se dedicaron a las investigaciones de carácter estilístico y formal, de movimiento y declamación, pero más adelante, a partir de la segunda mitad de la década de los cincuenta, incorporaron también escenificaciones marcadas por los procesos de improvisación y azar, inspirados por John Cage y Merce Cunningham, o la idea del ‘teatro dentro del teatro’. Particularmente importante para el teatro por venir fue su difusión en Estados Unidos de las ideas de Artaud, que ellos mismos supieron conciliar con las propuestas teatrales de Brecht. En el verano de 1958 Mary Caroline Richards llevó a Beck y Malina el texto de Le Théâtre et son double (1938), aún inédito en su versión inglesa, y la lectura de Artaud estimuló “una reafirmación de la tendencia hacia el abandono de la concepción tradicional de lo escénico y a un entendimiento del teatro como ejercicio de liberación de la ‘locura funesta’” (Sánchez 85).3
Joseph Chaikin entró en contacto con el Living en 1959, cuando el grupo había establecido su sede fija en la calle 14 de la gran manzana. Se presentó a unas audiciones y, desde ese momento, formaría parte del grupo como actor durante los tres años siguientes, llegando incluso a irse con ellos de gira por Europa. Chaikin interpretó con el Living Theater varios papeles en distintas obras: Many Loves (1942, revisada 1959), de William Carlos Williams; The Connection (1959), de Jack Gelber, en la que interpretó el papel de Leach, pasando por En la jungla de las ciudades (1924), de Bertol Brecht, hasta llegar al papel que más importancia tuvo en su carrera en ese período, Galy Gay en Un hombre es un hombre (1922), también de Brecht. El sueño de Chaikin, como el de casi cualquier actor que busque suerte en Nueva York, había sido triunfar en Broadway, pero su vinculación con el Living Theater hubo de ejercer finalmente, y pese a la inicial resistencia de Chaikin al activismo radical del grupo, una substancial transformación en su concepción del arte dramático, pues el firme propósito del Living era, en palabras del propio Julian Beck, “to increase conscious awareness, to stress the sacredness of life, to break down the walls” (18).
En 1963 las carreras de uno y otros tomaron finalmente caminos divergentes, pues Chaikin no se unió al exilio forzoso que Beck, Malina y su grupo emprendieron por Europa y que se prolongaría durante cuatro años.4 Chaikin, pese al aprendizaje teatral y vital adquirido con el Living, no comulgaba totalmente con la idea de una investigación teatral indisociable de la forma de vida comunitaria que el Living Theater decidió adoptar. Además, ya se había puesto en marcha ese pequeño laboratorio de investigación teatral formado por exalumnos de Nola Chilton y que se convertiría en el Open Theater. Una vez exiliado el Living Theater, el Open Theater tomó el relevo como el principal laboratorio de investigación teatral experimental permanente con sede en la ciudad de Nueva York, llevando esa tradición experimental impulsada sobre todo por Beck y Malina hacia nuevos territorios (aunque el Open prescindiría en gran medida de la dimensión política activa que el Living sí quiso conciliar con sus prácticas estéticas). Ya en el mismo nombre adoptado por el grupo, Open Theater, encontramos lo que principalmente distinguió su trabajo: la apertura, la susceptibilidad permanente al cambio y el compromiso con la renovación continuada de nuevos modos de expresión; aunque, como apunta Eileen Blumenthal (1984, 15), esta apertura no supuso una renuncia a hacer determinadas elecciones artísticas. El grupo tenía intereses específicos aunque flexibles: querían explorar lo no conductista, o lo que queda en sus márgenes –los sueños, el mito, la poesía– así como la creación en grupo y las relaciones entre el actor y el espectador en la búsqueda de valores políticos y espirituales que pudiesen compartir entre ellos y con la audiencia teatral.
La apropiación imaginativa de la noción de ‘transformación’
El intento de trazar los legados visibles e invisibles que Joseph Chaikin y su grupo pudieron transferir al joven Shepard es muy importante para la lectura crítica de la primera obra shepardiana por varios motivos. Más allá de las herencias formales más evidentes –es decir, la huida de modos de representación miméticos, el rechazo de una concepción psicológica del personaje dramático y el rechazo de la causa y el efecto como modo hegemónico de concebir parámetros narrativos–nos interesa esa sensibilidad que incorporaba una herencia europea, sobre todo ese espíritu artaudiano que abogaba por crear un teatro sensualmente expresivo y evocador con el que asaltar, atacar, seducir y cambiar a la audiencia, más que entretenerla educadamente, pero que, a la vez, era una sensibilidad indiscutiblemente norteamericana. Eileen Blumenthal señala:
Chaikin’s theater also connects –though this has not generally been recognized– with American values and traditions from long before the 1960s. For all his affinity with European movements, and his sense of alienation from U.S. culture, Chaikin’s work is very deeply American. His use of the body to locate and express emotions, and especially, his focus on breathing are at least as much in a line with the dance innovations of Loïe Fuller, Isadora Duncan, and Martha Graham as with Grotowski’s plastiques or Artaud’s gestes. His stress on the emotive power of sounds reflects back through Artaud and the French symbolists to their ancestor, Edgar Allan Poe. Moreover, the basic spirit behind Chaikin’s theater is American. He is the rebel, the iconoclast, the lone troubleshooter.
Como especialista en la figura de Chaikin y el Open Theater, Blumenthal extiende las conexiones de su dramaturgia con la tradición estadounidense para relacionarla también con los personajes de Mark Twain, con el espíritu del ‘preferiría no hacerlo’ de “Bartleby the Scrivener: A Story of Wall Street” (1853) de Melville, o con el pensamiento de los Transcendentalistas, proponiendo que su filosofía teatral tiene, finalmente, más afinidades con la sensibilidad de Emerson y Whitman y su creencia de que cada persona o cada hoja de hierba contienen la totalidad el mundo, que con las “visiones de veneno y pus” (Blumenthal 1984, 5) de Genet y Artaud, o con el trabajo de Peter Brook en el Reino Unido, amparado por la estabilidad económica de un marco institucional.
El concepto mismo de transformación es un concepto que la nación estadounidense ha convertido, a lo largo de su breve historia, en una cualidad definitoria de su carácter. Christopher Bigsby, en la introducción al volumen The Cambridge Companion to Modern American Culture, intentando responder a la pregunta “What, then is the American?”, encuentra que uno de los rasgos primordiales es que se trata de una cultura en la que la transformación constituye su verdadera esencia (2006, 2). La transformación, concebida como “un caleidoscopio de posibilidades cambiantes” (Bigsby 2006, 3) es, de hecho, indisociable de una sociedad ansiosa por encontrar significados estables o definiciones claras de sí misma y sin embargo consciente de que, en la aspiración hacia el estatismo de un significado único, se niega lo que más la define, pues está fundada sobre la noción de la posibilidad, “always coming into being and never fixed” (Bigsby 2006, 1).
La apertura hacia la posibilidad inherente al concepto de transformación es lo que nos conduce hacia la parte que, finalmente, más nos interesa de la relación del Open Theater con el teatro de Shepard, ya que es precisamente lo que nos permite situar y ahondar en la naturaleza del vínculo entre ambos. Apreciaciones críticas como las de Richard Gilman y Bonnie Marranca citadas anteriormente, al reconocer el carácter proteico del personaje shepardiano y su relación ‘fluida’ y adaptación a realidades cambiantes como una elección compositiva inspirada en los ejercicios de transformación, establecieron una percepción de la obra de Shepard que no ha sido nunca cuestionada. No cabe duda de que nos encontramos ante un caso claro de las relaciones horizontales y multidisciplinares que Bottoms (2006) señala como típicas del Off-Off-Broadway, como veremos en el siguiente capítulo. Sin embargo, una lectura pormenorizada de los primeros textos del dramaturgo nos permite ir mucho más allá en la percepción de ese vínculo y nos permite definirlo con mayor precisión. La obra temprana de Shepard muestra una inclinación clara por la exploración y la representación escénica, desde muy diversas perspectivas, por las formas de lo imaginario, por las narraciones de lo imaginado. Es cuando nos detenemos en esta faceta de su peculiar dramaturgia de fantaseadores y soñadores cuando nos percatamos de que las ‘transformaciones’ en el primer teatro de Shepard se producen como efecto de la escenificación de la vida imaginativa de sus personajes. La imaginación es esencialmente apertura hacia la posibilidad: como apunta Bachelard (1958), no se puede disociar la imaginación de la movilidad, pues si no hay cambio, o transformación de una imagen primera, no hay acción imaginante.5 Resulta difícil establecer si Shepard inscribió consciente o premeditadamente en sus textos teatrales aquellos ejercicios que el Open desarrolló, sobre todo, como una premisa para su búsqueda de técnicas interpretativas innovadoras en su transgresión del concepto de mímesis y de los modos de representación canónicos. No es posible determinar con exactitud si cuando el dramaturgo escribió sus primeras obras, como Cowboys o Chicago –que presentan ya a unos cuantos fantaseadores y un interés claro por la intersección entre lo imaginario y lo real– estaba ya en contacto con Chaikin. Pero si esto es así o no, lo relevante es que la filosofía de Chaikin y su grupo consigue, en su relación con la dramaturgia shepardiana, respaldar y consolidar aquello para lo que Shepard encontró, intuitivamente, una visión y una correlación formales propias, explotando en escena esa apertura hacia lo posible propiciada por la acción imaginante de unos personajes dramáticos que son excéntricos por ser, esencialmente, narradores de fantasías. 6
1 Para un retrato minucioso del autor de The Madness of Lady Bright (1964), la obra de más éxito en el Caffe Cino, véase Crespy (56 y sig.).
2 Véase Schmidt (2005, 32). También Brenda Murphy usa las experimentaciones de Chaikin y, curiosamente, también algunos rasgos que definen claramente el teatro de Sam Shepard para extenderlos a lo que define a todo un movimiento: “Originally, the term Off-Off-Broadway referred only to non-profit theatres with fewer than 100 seats and productions with unsalaried actors, but it has come to be applied to all kinds of alternative theatre that rejects representational drama, integrated characterization, and linear plot-lines in favor of heightened or shocking visual images, shifting “transformational” characters, and disrupted non-linear narratives. There is a great deal of a postmodern sensibility in many of the plays, but the Off-Off-Broadway theatre cannot be defined by postmodernism. Its chief characteristic is its constant experimentation, its flexibility, its direct response to contemporary culture” (2006, 423).
3 Ese mismo año la editorial Grove Weidenfeld publicó la traducción de Richards The Theatre and Its Double (1958).
4 En la página web del Living Theater (<http://www.livingtheatre.org/history.html>, accedida 10/05/2010) se ofrecían los datos que nos ayudan a comprender la decisión tomada en 1963 de emprender una vida nómada en Europa: “The difficulty of operating a unique, experimental enterprise within a cultural establishment ill-equipped to accept it, led to the closing by the authorities of all The Living Theatre's New York venues: the Cherry Lane Theater (closed by the Fire Department in 1953), The Living Theatre Studio on Broadway at 100th Street (closed by the Buildings Department in 1956), The Living Theatre on 14th Street (closed by the I.R.S. in 1963) and The Living Theatre on Third Street (closed by the Buildings Department in 1993)”. Una inagotable Judith Malina, fallecida en abril de 2015, reabrió una nueva sede para el Living Theater en 2006 en el número 21 de la calle Clinton en Nueva York, haciendo revivir el Living en el Lower East Side una vez más, y pese a los innumerables obstáculos, sesenta años después de su fundación.
Véase también: Living Theatre Records 1945-1991. The New York Public Library Archives and Manuscripts. <http://archives.nypl.org/the/21263> , accedido 21/02/2015.
5 Richard Kearney ha descrito así el modo en que los escritos de Gaston Bachelard recuperaron y marcaron un punto de inflexión en la concepción fenomenológica del concepto de posibilidad y su relación con la imaginación preestablecidos por Husserl y después por Sartre: “His poetic phenomenology describes imagination as a perpetual interaction between the human subject which imagines and the image itself. Imagination is thus recognized to be something other than itself which motivates, induces and transforms it. What is this something other? Here Bachelard gives a further inflection to the phenomenological concept of possibility adumbrated by Husserl and Sartre: the world of possibility, at once invented and discovered by imagining, is the source of both scientific and poetic creation […] What the imaginative sources of science and poetry share in common is a creative ability to break with the everyday ‘facts’ of homo faber and transmute each one of us into a homo aleator –someone able to explore those imaginary possibles which emerge into existence at the intersection between self and world. Scientific and poetic creation both derive from a deeper poiesis wherein imagination and reality make and remake each other”(Kearney 1998, 97; cursivas del autor).
6 Puede que el hecho de que resultaran y resulten excéntricos todavía hoy en día se deba justamente a que, como veremos, aunque no era ni mucho menos la primera vez que se asistía a la representación sobre un escenario de la vida interior de los personajes (basta pensar, por ejemplo, en los recuerdos que invaden a Willy Loman en Death of a Salesman de Arthur Miller y cómo éstos interfieren en sus acciones presentes), nunca se había representado una imaginación específicamente juvenil, cuyas formas y valores se alejaban totalmente de los patrones estéticos y morales promovidos desde las formas teatrales más convencionales.
Capítulo 3
Las dramaturgias subterráneas del Off-Off-Broadway neoyorquino1
Off-Off Broadway is decidedly clubby. To some extents it has coterie audience; to some extent it is snobbish and self-glorifying; to some extent it is a playground. Sometimes it is despicable. But all this weaknesses are inseparable from its strength, which is its human scale.
Michael Smith
Allen Ginsberg, Andy Warhol, Lou Reed y The Velvet Underground, Bob Dylan, el Judson Dance Theatre, Patti Smith, Robert Mapplethorpe o John Cassavettes son sólo algunos de los nombres más conocidos de aquellos artistas asociados a la Nueva York contracultural de los años sesenta. La ciudad de Nueva York ha sido siempre un centro de ebullición cultural y contracultural, una ciudad de artistas. Por ello, no es de extrañar que también en los sesenta en downtown Manhattan se reunieran pintores, músicos, escultores, escritores y directores de cine que, unidos bajo un mismo espíritu de renovación y experimentación, cambiarían en muchos sentidos las convenciones hasta entonces aceptadas en las prácticas artísticas. Un fenómeno análogo se produjo también en el mundo del teatro, lo que se conoce como el Off-Off-Broadway, sólo que la falta preocupación por documentar muchos de los proyectos que se estaban llevando a cabo, así como un posterior declive del movimiento a principios de los años setenta, hicieron que un momento de inigualable producción, de creación de un espacio de inusitada libertad creativa y de fomento de la experimentación, quedaran prácticamente relegados al olvido. La preocupación de los promotores y de los dramaturgos en ese momento no era ni mucho menos la posteridad, sino la urgencia de crear, de dotar de sentido a la experiencia del presente, de experimentar sin límites. Por otra parte, los cafés, clubs, sótanos, buhardillas y parroquias en las que se gestó este movimiento estaban todos concentrados entre el Greenwich y el East Village de Nueva York, convirtiéndolo en un movimiento cultural esencialmente local. Nada de esto justifica en ningún caso la falta de atención crítica que el Off-Off-Broadway ha recibido. Por ello, la publicación de Off-Off-Broadway Explosion de David A. Crespy (Back Stage Books, 2003) y la más reciente y excelente historia crítica del movimiento escrita por Stephen Bottoms, Playing Underground (Cambridge University Press, 2006), han solventado la deuda que la crítica académica estadounidense tenía con un movimiento que, pese a ser subterráneo, irreverente, y amateur en muchos sentidos, fue sin embargo determinante en la emergencia y posterior consolidación de una verdadera dramaturgia contemporánea, genuinamente norteamericana en sus elecciones temáticas y posmoderna en sus formas. El hecho de que podamos hablar de un fenómeno con unas características propias y al que denominamos Off-Off-Broadway se debe en gran medida al reconocimiento que recibió por parte de The Village Voice, el periódico que habían fundado Ed Fancher, Dan Wolf y Norman Mailer en octubre de 1955 y que, todavía hoy en día, sigue siendo una publicación semanal y gratuita de referencia en el panorama cultural neoyorquino. Si hubo una serie de personas cuya labor sería determinante en promover una nueva dramaturgia autóctona, no menos importante fue la apreciación, valoración y difusión que le otorgaron otras como Jerry Talmer, editor y crítico de teatro de The Voice hasta 1962, año en que se trasladó al New York Post, o Michael Smith, su discípulo, que se convirtió entonces en el crítico de The Village Voice hasta 1974. Smith afirma en la introducción a la antología editada en 1966 por Nick Orzel y él mismo, Eight Plays from Off-Off Broadway, que el nacimiento de esta escena puede ser fechado, algo arbitrariamente, el día 27 de septiembre de 1960, fecha en que una producción de Ubú rey (1896) de Alfred Jarry se estrenó en el café Take 3 del Greenwich Village. El programa contenía una nota inspiradora que decía lo siguiente: “This production…represents a return to the original idea of Off-Broadway theatre, in which imagination is substituted for money, and plays can be presented in a way that would be impossible in the commercial theatre” (Smith 1966a, 6). Unas semanas después Jerry Talmer acuñaría el término Off-Off Broadway.
A partir de ese momento, empezaron a ser muy comunes las representaciones en cafés y pequeños locales, tanto que llegó un punto en el que se creó una auténtica demanda de nuevos textos teatrales. Como vemos, el nacimiento de este teatro underground estuvo condicionado en gran medida por la institucionalización y profesionalización del Off-Broadway, el movimiento teatral que en los cincuenta se había opuesto a las imposiciones comerciales de Broadway. Si a principios de la década de los cincuenta el coste de una producción Off-Broadway no solía sobrepasar unos cientos de dólares, ahora, en esos mismos teatros, era prácticamente inconcebible programar un montaje teatral por menos de 10.000 dólares, aunque los presupuestos podían ascender hasta los 40.000 dólares.
El Off-Off-Broadway surgió inicialmente, al igual que el Off-Broadway anteriormente, como una estación de paso en el camino hacia el éxito, es decir, como un espacio de formación para actores, autores y directores, cuyo objetivo habría sido después dar el salto al teatro comercial. Sin embargo, como apunta Smith (1966a), el progresivo desencanto respecto a nociones convencionales del éxito, así como una revalorización de la libertad que trabajar en locales pequeños y sin fines lucrativos podía llegar a proporcionar, hicieron que el Off-Off-Broadway se erigiera en una alternativa real al teatro comercial, y no en una vía para llegar a éste. Una de las características más interesantes del Off-Off-Broadway es que, pese a que nos refiramos a él usando el término ‘movimiento’, que lo fue, no se trató no obstante de un evento coordinado o premeditado, y mucho menos con un programa estético o político definido, sino que corresponde a la emergencia más o menos simultánea de una serie de locales con políticas culturales afines en el deseo de promover la total libertad de expresión de los artistas, la creación colectiva, y proporcionar espacios donde poder mostrar los resultados de esa libre experimentación. Robert Patrick, uno de los dramaturgos más prolíficos de esta escena subterránea recuerda: “One of the most American things about the Off-Off-Broadway movement was that there was no movement – no manifesto, no credo, no criteria. It just happened” (Citado en Bottoms 2006, 15).
El Off-Off-Broadway ensalzó y promovió sobre todo la figura del dramaturgo, y sin la creatividad de escritores como Lanford Wilson, Paul Foster, María Irene Fornés, Megan Terry, Sam Shepard, Jean-Claude Van Itallie, Murray Mednick, Rochelle Owens y Leonard Melfi, entre otros, no habría alcanzado una identidad propia. El trabajo de éstos no fue en realidad revolucionario: todos ellos debían mucho a sus predecesores inmediatos. Si hubo una obra que marcó un antes y un después, y que para todos los jóvenes principiantes sería una referencia, fue The Zoo Story de Edward Albee, la obra indiscutiblemente de mayor éxito del teatro nortemericano de los sesenta.2 Como apunta Bottoms: “The play revived, almost single-handedly, the American little theater tradition of the self-contained one-act drama, and did it by fusing a distinctly American urban realism with new ideas derived from the European «theater of the absurd» (as Martin Esslin would label the works of Beckett, Ionesco et.al)” (2006, 21). También otros contemporáneos de Albee, como Jack Gelber y Arthur Kopit, o el Living Theatre de Julian Beck y Judith Malina, habían abierto vías para la experimentación inspiradas en el espíritu de Artaud –“agitando sombras en las que siempre ha tropezado la vida” (Artaud 1978, 14)– y, por supuesto, en las innovaciones formales de Beckett. Pero fue Albee quien, por encima de cualquier otro, recordó que se podía prescindir de presupuestos elevados, sofisticados medios técnicos, grandes repartos o textos largos para crear un teatro de calidad: The Zoo Story lo había demostrado usando únicamente un par de bancos, una escenografía tan sencilla como el dibujo de unos árboles y, más importante todavía, poniendo el énfasis en la confrontación verbal y física.
El entorno –o más bien, los entornos– son tal vez lo que resultaría más innovador de la escena Off-Off-Broadway, pues probablemente muy pocos de los dramaturgos citados anteriormente habrían desarrollado una voz propia sin el impulso, la osadía, la fe y el enorme esfuerzo de una serie de personas como Joe Cino, que abrío el Caffe Cino; Ellen Stewart, fundadora de La Mama E.T.C.; el reverendo Alvin Carmines, responsable del programa artístico del Judson Poets’ Theatre de la Judson Memorial Church de Washington Square; Ralph Cook, director artístico de Theatre Genesis, con sede en la iglesia de St. Mark’s in-the-Bowery, o Joseph Chaikin, fundador del Open Theater. No podemos calificarlos de empresarios teatrales: Joe Cino, por ejemplo, tuvo que trabajar horas extras como camarero durante algún tiempo para poder tener abierto su propio local e incluso renunciar a una vivienda para poder mantenerlo; Ellen Stewart iba reabriendo su club en un sótano u otro cada vez que la policía o los bomberos lo cerraban por no cumplir requisitos legales. La supervivencia de estos locales en la semiclandestinidad dependía en gran medida de la colaboración gratuita de todos aquellos que cada noche hacían posible que hubiera una representación, ya fuesen actores, escritores, técnicos, directores de escena o simplemente amigos. Este movimiento refleja en su conjunto el deseo de ‘transformación’ que permeaba tanto la vida política, como la vida social y cultural en aquella década. La experiencia urbana del Off-Off-Broadway refleja un deseo que se convirtió durante unos años en una realidad: el de crear una comunidad real en la ciudad, una experiencia urbana de verdadero intercambio y diálogo social, artístico e intelectual, una auténtica sinergia en el “aullido” –si tomamos prestado el título de uno de los más emblemáticos poemas de Allen Ginsberg, “Howl”– contra el mullido conformismo de los años cincuenta.3 Por ello, como apunta Bottoms (2006, 2), el término Off-Off-Broadway es un poco engañoso, o más bien impreciso, al enfatizar una suerte de relación vertical (jerárquica y económica) con los circuitos Off-Broadway y Broadway, respectivamente, en vez de apuntar hacia una relación horizontal e interdisciplinar mucho más importante con los poetas, músicos, bailarines, pintores, escultores y directores que estaban experimentando en un modo análogo en esas mismas calles o en esos mismos locales donde se gestó una nueva corriente teatral. En este sentido, basta pensar tan sólo en el caso de la iglesia Judson Memorial Church: ningún otro lugar estuvo tan abierto a la integración de diversas disciplinas artísticas. Antes de que el reverendo Al Carmines y el arquitecto Robert Nichols relanzaran el proyecto teatral conocido con el nombre del Judson Poets’ Theater en 1961, la iglesia había montado ya otras obras teatrales, organizado happenings, exposiciones y recitales de poesía. En 1960 el comisario de la Galería Judson, abierta en el sótano de la iglesia en 1958, había sido nada menos que Allan Kaprow. En ella se presentaron obras y happenings de Claes Oldenburg, Jim Dine, Dick Higgins y Robert Whitman. La iglesia era una referencia para el arte de vanguardia y, por ello, no es de extrañar que, a la hora de establecer los criterios para la selección de nuevos textos teatrales, Carmines y Nichols no dudaran en privilegiar obras experimentales y ajenas a cualquier temática religiosa. La iglesia había tenido desde su fundación una política progresista, que intentaba cuestionar y, de hecho, difuminar, esa línea que convencionalmente separa lo sagrado de lo profano y, entre los objetivos definidos en el programa artístico, se encontraba el poder escuchar a los profetas seculares de la ciudad.
El proyecto teatral de St. Mark’s Church in-the-Bowery
El caso del proyecto teatral de la iglesia episcopal de St. Mark’s in-the-Bowery, situada en la esquina de la Segunda Avenida con la calle 10, es otro ejemplo ilustrativo de la relación directa que, desde una parroquia, se quiso fomentar con el contexto urbano específico en la que ésta se encontraba: a través de la mirada de los artistas. En un área mucho menos acomodada que la de los alrededores de Washington Square, el reverendo Michael Allen, al igual que el reverendo Howard Moody de la Judson Memorial Church, estimaba necesario que la parroquia atendiera a toda su comunidad geográfica independientemente de que sus miembros pertenecieran o no a la congregación, aunque, como apunta Bottoms (2006, 107), Allen no compartía con Moody una visión tan secular de la iglesia: lo que caracterizaba a St. Mark’s era el ejercicio incondicionado del ministerio cristiano y un especial énfasis en la ayuda a los necesitados. La creación de un taller de interpretación dirigido a un público joven y, a ser posible, de una programación teatral estable, no surgió tanto de un interés en el arte por el arte mismo, o de un deseo especial de dar cabida a las nuevas experimentaciones artísticas que en ese momento se ensayaban en Nueva York. El programa teatral de St. Mark’s fue concebido en primera instancia, por el contrario, como un espacio de acción que respondiera a las necesidades y los problemas del entorno de la comunidad del Lower East Side –de delincuencia, inmigración y drogas, principalmente– y que llegara a convertirse en una vía innovadora de atender a las necesidades espirituales de sus miembros. La idea de proponer una programación teatral la tuvo de hecho Ralph Cook, quien recién salido de una convalecencia en un centro psiquiátrico, había encontrado en St. Mark’s y en el apoyo y la amistad del reverendo Michael Allen una ayuda inestimable para su recuperación, pese a su confesado ateísmo. Californiano de origen, Ralph Cook había sido actor y, en agradecimiento a su recibimiento en la parroquia, propuso al reverendo Allen contribuir a las actividades culturales y sociales de ésta con el programa teatral ya mencionado. Fue así como surgió Theatre Genesis, que se creó convirtiendo el segundo piso del edificio adyacente a la iglesia en su parte posterior, donde se encontraba la sacristía, en una pequeña sala teatral de paredes negras. A diferencia de la Judson Memorial Church, el teatro estaba separado del templo donde se celebraba la liturgia y se convertiría en uno de los escenarios más emblemáticos del circuito OOB pese a ser el último en ser fundado, en 1964. Como director artístico del Theatre Genesis en St. Mark’s, Ralph Cook escribió en 1966:
The result of what we and the other theatres are doing is revolutionary. We are creating a truly indigenous theatre. The actors, directors, and writers are members of a geographical community and are presenting plays for members of that community, not as a special gala event, but as an integral everyday part of the life of the community. The audience, young and old, born of the streets of New York, or escapees from Ohio or Poland, come together to see themselves or their neighbours as they are, and perhaps to find the means of survival in this accelerated age (Cook en Orzel and Smith, 94).
Las primeras obras en las que Ralph Cook encontró una relevancia artística y social y, por otra parte, una voz honesta en la que emergía esa profecía urbana que él andaba buscando, fueron un par de obras cortas que le entregó uno de los jóvenes camareros del club de jazz Village Gate, en el que Cook trabajaba como jefe de camareros por las noches. Era Sam Shepard, y las obras, Cowboys y The Rock Garden, se produjeron en octubre 1964 inaugurando el programa teatral del Genesis.4 La segunda, un tríptico de escenas breves que mostraban la banalidad y el tedio de la vida cotidiana de una familia media norteamericana, finalizaba con un obsceno monólogo de un hijo adolescente que respondía a las anodinas verborreas de sus padres con la detallada narración de sus experiencias coitales. La irreverencia de semejante monólogo eyaculatorio era inadecuada para un templo religioso. Al igual que había ocurrido cuando se estrenó en noviembre de 1961 The Great American Desert de Joel Oppenheimer en la Judson Memorial Church, obra con la que Al Carmines inauguraba su etapa al frente del Judson Poets’ Theatre, el ultraje lingüístico del autor no fue recibido con indiferencia. En el caso del Poets’ Theatre, la decisión de conceder total libertad de expresión a los autores fue sometida a votación entre los miembros de la congregación, y se decidió defenderla. En el caso del Theatre Genesis, fue el reverendo Michael Allen quien salió en defensa de Shepard ante las críticas de sus fieles, pues consideró que era más cristiano usar un lenguaje obsceno en la búsqueda de la verdad que reprimirlo en nombre de mentiras convencionalizadas. En retrospectiva, el reverendo se ha referido a The Rock Garden como una obra que suponía un “ataque a la pornografía de la vida norteamericana” (citado en Bottoms 2006, 109) y por ello, representaba exactamente el tipo de conciencia social y espiritual que la iglesia de St. Mark’s defendía.
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